SEGUNDA PARTE
Reading edition
I
Recorremos la ciudad con el encanto de unos ingenuos viajeros complacidos en ir descubriéndola sin guías.
El azar nos cambia sus aspectos.
Recibidos desde el buque Avenida de Mayo adelante por un bulevar lleno de carruajes, de palacios, de una animación completamente europea, fué á la siguiente noche la magna fiesta patriótica que nos aumentó el asombro con el espectáculo de una iluminación de magia, como si Buenos Aires se alumbrara en el opulento incendio de sí mismo. Abierta la Argentina á todos los progresos y en plena y pujante formación, á fuerza de dinero importa á ella cuanto no tiene ni produce de lo más perfecto del mundo: si necesita escuelas, teatros, hospitales, envía una Comisión adonde se encuentren los mejores, y construye lo mejor de lo mejor; si quiere recrearse con los reyes del teatro, contrata, como sucede ahora, á Caruso, á la Paretto y la Guerrero; si desea para un jardín el prodigio de una estatua, le paga á Benlliure otra Dilecta, ó á Rodin otro Penseur.
Estamos en un país al que nada más le inquieta lo fastuosamente positivo del dinero y las riquezas. Así, al hojear en el Majestic los periódicos, alguien nos informa que sobre el frontispicio del alcázar de uno de ellos hay una sirena que, cada vez que resuena anunciando nuevas trascendentes, rompe en un kilómetro á la redonda los cristales—por lo cual el Municipio le impone al periódico una multa de diez mil pesos, sin perjuicio de que vuelva siempre á tocarla y á pagar; así nos dicen que el Jockey Club es el Círculo más lujoso de la tierra, porque dispone de unos cuantos hipódromos que le rinden millones cada año, y así, al cruzar diariamente la Avenida, los inmensos carteles de las fachadas y las vallas, luciendo también cifras de millones y millones de pesos, nos hablan insolentemente del poderío de un emporio comercial.
Tierras, ganados, tabacos, buques, Bancos, explotaciones, nuevos periódicos que se fundan para anunciar más con las planas á mil pesos... Y pesos, pesos, pesos siempre; fija preocupación en las conversaciones de los que corren las calles al apremio del negocio y en las de los que descansan de los negocios en las terrazas de los cafés preparando otros á copas de vermú.
La grandeza singular de Buenos Aires empezó, pues, anonadándonos un poco; un poco, sí, como hecha para glorificar exclusivamente los prácticos dominios de la vida..., como hecha expresamente para arrojar de ella á dos ilusos soñadores. Huyéndole al tráfago mercantil nos alejábamos del centro y por todas partes nos perdíamos en la infinita y como provinciana calma de unas calles rectas y desesperadoramente iguales, de casas de dos pisos, á kilómetros y kilómetros, cortándose á cuadros con el implacable rigor de un tablero de ajedrez. Habríamos jurado que Buenos Aires no fuese sino una vasta factoría adonde las gentes del mundo entero llegaran de pasada á enriquecerse.
—Mire—solía decirme Rocío al bajar del coche en la acera del Majestic é indicándome el cuadriculado del asfalto—: ¡el plano de la ciudad!
Sin embargo, la recorríamos, la recorríamos buscando al azar dentro y fuera del dédalo geométrico sus remansos de hermosura, y no tardamos en hallarlos: la calle Florida, madrileña carrera de San Jerónimo, llena de joyerías y de bazares, donde pasea á pie la elegante juventud; Palermo, espléndido parque de lagos y de selvas, en el cual desfilan los lujosos trenes que no se ven por otros sitios sino en rara dispersión; el Palais de Glace, un magnífico skaating, sobre cuyo hielo gustamos Rocío y yo de patinar al ritmo de la orquesta; el río Tigre, en fin, de aguas profundas que surcamos con ligerísimos esquifes y de paisajes soberanos á los cuales nos lleva un tren cruzando interminables campos de sports donde los bonaerenses corren á caballo ó juegan al tennis, al polo y al foot-ball, en un británico culto á la higiene, todos los domingos.
Así reconciliados con Buenos Aires, fuimos entrando, á través de su grandeza material, en la grandeza generosa y joven de su espíritu. Celebran Rocío y Leopolda la facilidad con que me adapto á la costumbre argentina de guardar los billetes en el bolsillo del pantalón para sacarlos á puñados, arrugados y revueltos; ellas también se van habituando á llevarlos sueltos en las escarcelas, con el pañuelo, el espejito y la caja de polvos, y los tres á la cierta sorpresa europea que al principio nos causaba el verlos pródigamente correr de nuestras manos.
País éste de paradoja, se llama de la Plata, es el de la riqueza y el dinero, á no dudar, y lo único que le falta es la plata, ó lo que es lo mismo, el dinero; lo representan los sucios billetes que nada valen, y todo, en cambio, cuesta un dineral—que tanto menos se regatea cuanto que parece que se paga con viejos papeles inservibles: un paquete de bombones, diez pesos; un par de horas de «taxi», veinte; el hotel, sesenta diarios para ellas y cuarenta para mí..., sin contar los otros cuarenta ó cincuenta á que semanalmente ascienden las gratificaciones repartidas á los camareros del comedor, al camarero y la camarera del cuarto, al portero, á la telefonista, á los ascensoristas...
Pero nuestras alarmas europeas se calman al considerar que un peso equivale á diez reales solamente, y que hasta las clases más modestas, viven confiadas á parecidos rumbos en un medio cuya característica, quizá por desconocer la avaricia del dinero positivo, es la esplendidez que directa emana de la abundancia del trabajo y de las cosas. Noble concepto de una nueva Economía que le explica á Buenos Aires su joven alma generosa.
Se desconoce la tiranía de ahorrar, por lo mismo que el ahorro es fácil y compatible con la cotidiana comodidad de la existencia. La enorme población que al principio tiende á aturdir con los faustos de un París, y que aspira á ser la Nueva York de la América del Sur, es mucho menos todavía; y, sin embargo, con su financierismo propenso á democratizar la riqueza y á desterrar «iniquidades económicas» es ya, acaso, mucho más, aun en medio de la monstruosidad de todo gran conjunto—porque representa la naciente Arcadia donde la Humanidad va afirmando sus decoros. No hay mendigos, no hay ladrones, y se inicia el respeto á la mujer: florearlas en la calle está prohibido bajo multa.
Hasta las propinas las saben aceptar los serviciarios sin el servilismo esclavo de Madrid, sin el servilismo fino de París, donde al que las recibe puede el que las da llamarle «animal» al propio tiempo.
Mandé la otra tarde al chiquillo de un restorán, por un coche, y se excusó de ir porque llovía; acertó á pasar uno, y lo tomó para él el mozo que acababa de servirnos y que ya se retiraba. Asombros, en Rocío y en mí...; asombros sin enojos, en la buena, hacia el hombre independiente que no se juzgó forzado á atenciones con extraños una vez su obligación cumplida, y hacia el discreto muchacho que despreció el peso con que habríamos querido lanzarle á mojarse en nombre nuestro.
—Hacen bien. ¡Oh! ¡Claro!—aplaudió Rocío. Y por castigarse en la intención, llamó al chico y le dió el peso, con pretexto de la vuelta de un periódico.
Asombro como el que en otro orden y en otra tarde nos produjo una especie de rusita elegantemente vestida de pieles y que nos saludaba al cruzar patinando á nuestro lado en el Palais de Glace. No la conocíamos. Al día siguiente, la gentil patinadora me despertaba con el desayuno en el hotel, y se reía de mi torpeza: era la francesa doncella de mi cuarto, la que debe de sacar doscientos ó trescientos pesos mensuales.
Cuando se lo referí á Rocío, comentamos el suceso, comprendiendo por primera vez que en algún hotel del mundo haya lindas doncellitas que puedan servir á plena dignidad.
Así, tocadas de blancas cofias, las vemos diligentes, como monjas de una religión noble del trabajo, por los corredores de este entonado Majestic que dijérase que sólo alberga diplomáticos y reinas.
Harto á diferencia que en el buque, nadie se preocupa de nadie; aquí cada cual confínase en su gravedad cortés y en sus relaciones amistosas. Joyas, sedas, escotes esculturales, desfile de lujos en bizarras toaletas de las damas. Apenas Rocío y Leopolda dan una nota de casta sencillez con sus trajes hasta el cuello, y todas miran simpáticamente extasiadas la beldad niña de mi amiga. Creeríamos haber definitivamente dejado el mundo de las frívolas miserias si no fuese porque también, desde el momento de llegar, la charla de las encopetadas familias por las inmediatas mesas del comedor nos sigue acosando con ese crimen de la Montsalvato, que nada nos importa. Impórtale, por lo visto, al orbe entero. Los periódicos mantienen la estúpida obsesión hinchando cablegramas sobre que no era la condesa la aprehendida erróneamente en Nueva York (sin duda lo que Lambea me contó en el mar la última noche) y de que sea tifus ó no lo sea la grave enfermedad que en Roma tiene á Vanschka á punto de morir antes que hubiese de ser afrontado y ahorcado con su cómplice...
¡Oh, el interés mundial que inspiran los científicos empeños y los cuidados exquisitos con que un concurso de doctores obstínase en salvar al pobre diablo! Insiste, insiste y detállalo todo la Prensa en tono sentimental. De día á día relata los análisis de sangre que efectúan los Laboratorios y Academias para encaminar mejor la curación, los desvelos paternales y las frases de ánimo y cariño de los médicos ilustres al enfermo y las tiernas gratitudes de éste..., cual si se tratase de un héroe esperado por la gloria... Y como no puede ser más repugnante la macabra caridad de arrancarle un hombre á la muerte sin otro fin que entregársele al verdugo..., Rocío y yo, leyendo al menos con interés esta incidente monstruosidad social del célebre proceso, sentimos una tristeza que nos hace temblar y nos ahoga.
Siempre la misma desorientada interrogación de sus ojos á mis ojos. ¿Por qué tanta inconsciencia de maldad ha de ser inevitable?
No atinamos á saberlo.
Lo intentamos, y no logramos comprender por qué. A lo sumo venimos á parar á mi vaga adoración de la Naturaleza, que los ciegos hombres no quieren imitar. No habría ferocidades de lobos, suponiéndolos intelectuados, de ese refinamiento que con el manto piadoso congrega á toda una sociedad cristiana contra un sentenciado inerme.
Sufre mucho Rocío, y, arrebatándola los periódicos, la hablo de mis encinas, de corazón menos dura que el de las gentes, y de mis anchos valles de España, donde está eternamente aguardando almas dolorosas un templo humano del Amor... Y entonces, desde el mundo que es igualmente horrible en todas partes, nuestras ansias de ideal vuelan á perderse en los lejanos campos españoles de encinas, de flores, de cielo, de paz.
—Una noche, un lobo...—la cuento, por contarla historias de pastores...
Mas ¡ah!, mi cuento no suele ser sino una cobarde desviación del infinito miedo á acabar de decirla que sólo ella es en aquel templo la esperada..., del íntimo terror de no saber si haya de resultar posible la liberación legal que acaricié con el divorcio y que me hace retrasar todos los días para el siguiente la consulta á un letrado cuyo juicio negativo hubiera de dejarme en miserables desnudeces ante la angélica, tan bravamente entregada siquiera á mi amistad. Canónico y civil mi matrimonio, no admitirá quizá otra anulación que la civil; y... ¿avendríase á un enlace civil, y en tales adversas condiciones la tan hondamente religiosa?... Cuando por las mañanas la veo volver sola de misa, siento mayor angustia que si continuase ella bajo los sutiles catequismos del P. Ranelahg.—«¡Buenos días!»—la digo besándola, la frente, que nunca se me niega (hermana, hermana confiadísima á mi amistad desde los besos del vapor...), y mis besos de ahora me amargan como los de un farsante que pronto hubiese de quedar al descubierto.
Horrenda ya la duda, cierro los ojos á su espanto, me abandono á la espiritual delicia con la hermana, agravando al paso de las horas nuestra falsa situación, y en vano envidio á los pájaros—libres de leyes que no les fuerzan á ser innobles, como muchas veces á los hombres cuando más bajo la amplitud del cielo se querrían ennoblecer.
Pero es el hotel una artística jaula de hierros y cristales, de cinco pisos, con un hall central en el bajo, sobre el que van abriéndose las abarandadas galerías de los demás hasta la diáfana techumbre que se azulea de cielo, y en la tibia claridad de su interior, al menos, Rocío y yo volamos como dos pájaros á todos los rincones.
No sólo por hábitos de la yanqui educación de Rocío, sino también porque las vigilancias de la madre le fueran humillantes á la hija, capaz de guardarse en su propia dignidad, Leopolda, atareada con sus ocupaciones ó rendida con sus nervios, no se inquieta de nosotros.
Unas veces, pues, estamos en el hall hojeando revistas, y de pronto subimos al sol de la azotea, pasando por mi cuarto á recoger unos gemelos para mirar panorámicamente la ciudad; es la hermana, sola conmigo, que entra en mi aposento sin vacilaciones, sin malicias, sin necesidad de ninguna invitación.—¿Por qué no habría de hacerlo? ¿Por qué, teniendo ella más pureza y más espíritu, un equívoco pudor habría de contenerla en la puerta con menos dignidad que á la doncella que me lleva incluso al lecho el desayuno?—Otras veces descansamos en las galerías del segundo piso, al pie del comedor, esperando para la mesa á Leopolda, ó después de la cena tomamos el té en las mismas galerías oyendo al gran violonchelista que figura en el sexteto y viendo la exposición de lujos que forman al fin las damas al desfilar hacia la ópera; los ascensores no cesan de bajar y subir; las que cruzan no dejan de mirar á esta bellísima amiga mía que, aunque ya no luce las trenzas á la espalda, se peina de un modo juvenil, y que gusta más de la conversación conmigo que no de los teatros; y como á la media hora la deserción alrededor nuestro es completa y han ido apagando muchas luces, y Leopolda se ha retirado á algún quehacer de sus estancias, Rocío y yo quedamos en la semiobscuridad y el abandono, y muchos ratos, oyéndola decir cosas de ensueño ó escuchándola leer cualquier libro en el estrecho confidente, reclino la cabeza en su hombro confiado á mis dolores con ternura igual que el de aquella Elena hermana cuyas cartas leemos juntos según vienen de Madrid.
No sé de nada tan dulce ni tan noble como el hombro de Rocío, como la seda y el perfume y la tibia vida de esta niña, como la divina confianza de esta criatura-arcángel que nos convierte en dos inocentísimos chiquillos, á pesar ó por lo mismo que no desconoce ella mi pasado de barbarie y que no olvida la memoria de mi pecho y de mis brazos los encantos sentidos en la espléndida mujer el día que hubieron de recogerla desmayada.
Olvido esos encantos, ó los exalto sin olvido en la misma castidad, y juego con la mano que ella á veces me abandona; y como la mano de flor es acariciada á un tiempo por mis manos y mis ojos, en el marfil blando de los dedos descubro muchas noches sombras de tinta, que no desaparecen bien á pesar de todos los cuidados, y que creeríanse la impregnación de quien asiduamente coge la pluma con más absorta atención á escribir que á no mancharse. Una mañana, en efecto, al entrar en el salón que separa frente á frente las alcobas de ella y de su madre, la he sorprendido escribiendo..., escribiendo grandes pliegos que se apresuró á ocultar en la carpeta. Cierto estoy de que no cesa en tarea tal todas las mañanas. Ocupación que me la roba algunas horas. Comentarios á sus libros, tal vez...; aunque al interrogarla me ha dicho que son cartas y notas de asuntos que lleva ella por ahorrarle á la pobre madre la molestia... Sí, sí, bastante también podría explicar la indolencia de Leopolda su triste enfermedad, que casi la incapacita. Más que la cariñosa directora de Rocío, dijérase la dirigida por la niña afortunadamente tan sensata. Así comprendo que en la última noche del buque fuera Rocío quien decidió si aceptaban ó no las ofertas del P. Ranelahg.
Éste ha venido á reiterarlas su interés en dos ocasiones—un noble interés nacido, acaso, hacia la niña indefensa, sobre la misma comprensión de las bondadosas inutilidades de la madre; y desde la segunda, porque almorzó aquí, y yo, naturalmente, no tuve por qué desertar de la mesa, no ha vuelto.
¿Sospechó quizá, anticipándose á la realidad, que yo sea el novio de Rocío, y que en mi lealtad también haya encontrado el ángel la protección que haga innecesarias las demás?
¡Oh, cierro, cierro los ojos del alma y de la cara cuando pienso ésto sobre el hombro de la confiada hermana noble, y háceme temblar el alma y el corazón y todo el ser la idea de la responsabilidad que acaso he ido acumulando sobre mí con tanta, insensatez, con tal encadenamiento de insensibles ligerezas!
Porque es cierto que yo no soy el novio de Rocío ni á nada aun con ella me he comprometido de un modo expreso...; ¿pero dónde encontrar más abominable traición que la de mis torpezas con el ángel cuya fe para entregarme su alma toda entera no ha necesitado convenios ni promesas de palabras?
II
Confírmase mi antigua apreciación: lo singular de Rocío es la sensibilidad que hácela vibrar á todas las emociones. De horror se desmayó en el barco cuando el negro se arrojó al mar, de fe llora arrodillada ante la Virgen y conmovidísima la he visto por un suceso lejano que sólo en su corazón de santa podía repercutir de tal modo.
Esperando que vuelva de la misa suelo desayunarme en el bar, al sol de las cristalerías de la azotea, y una mañana se me apareció loca de gozo para mostrarme un periódico cuyos grandes epígrafes decían:
JACOBO WANSCKA HA MUERTO.—SUS ÚLTIMAS DECLARACIONES.—INOCENCIA Y ABSOLUCIÓN DE LA MONTSALVATO.
Era la honda impresión de la compasiva que había seguido paso á paso la tragedia y que inesperadamente se encontraba con un redentor final folletinesco. Tomado también de compasión, leí los cablegramas—á la vez que ella volvía á leerlos inclinándose á mi hombro.
Jacobo Wanscka, por una caridad del infortunio menos cruel que la de los ilustres doctores que querían reservárselo á la horca, ha muerto de la enfermedad que le aquejaba. Sus arrepentimientos de la agonía, en solemnes declaraciones al confesor y á los jueces, dejan establecido que en el asesinato del conde no tuvo la esposa ninguna intervención.
Rica la Montsalvato, esclava de él gracias al adulterio á que la empujó la desdicha conyugal, y tan noble, sin embargo, que le hubiese odiado al sospecharle siquiera designios criminales, el amante, para casarse con la presunta viuda y disfrutar de su caudal, concibió y efectuó el crimen sin que ella se enterase hasta que el ruido siniestro la atrajo de un contiguo dormitorio. Seguían pormenores terribles de cómo la infeliz incluso ignoraba que él hubiese permanecido oculto en el palacio después de la velada, durante la cual envenenó á su víctima; de cómo, desconfiando del veneno, el miserable le confió á sus manos el término del drama repugnante, y de la espantosa escena de amenazas con que al ser por la aterrada sorprendido la forzó al encubrimiento... Apresuré estos pasajes, porque sentía á Rocío llorar detrás de mí; salté apenas al que notificaba que el tribunal de Roma ha cerrado el proceso proclamando inocente á la condesa, salvo en su mínima culpa de encubridora por horror, de la que asimismo será absuelta bajo la piedad del mundo así que ella no tarde en presentarse..., y soltando el periódico me volví á la que lloraba.
—¡Siempre me resistí á creerla criminal!—sollozó, explicándome concentradamente su emoción—. Si ella era ya rica, ¿por qué matarle? Además, hay groserías de la maldad tan increíbles en una mujer fina y educada...
La exactitud de este juicio me admiró. No sólo por él sentí más el gozo de ver redimida á la dama delicadísimamente bella que he visto en los retratos, sino que borró la acusación de absurda que al contemplarlos le había lanzado á la Naturaleza, capaz de tal monstruosidad inarmónica entra las líneas nobles de una cara y las líneas nobles de un espíritu.
Por transmitirme su contento no fué á la iglesia esa mañana el ángel en quien tan bien se acuerdan los bellos trazos del espíritu y los bellos trazos de la faz..., el ángel que todo me lo deja ver dentro de su diáfana conciencia.
Sin embargo, generosa de lo grande y de lo exquisitamente impersonal mejor que de lo que ella pensará que constituyen las vulgaridades cotidianas, nunca me confidencia, nada de sus proyectos, de sus asuntos, de su plan de porvenir; y hay en particular una ocupación, entre las que la enferma madre la deja, la de escribir (tan absorbente ahora que la hace madrugar y asimismo olvidarse muchas mañanas de la misa), que á mí me esquiva en el misterio. ¿Qué escribe?... Notas, ó cuentas, ó cartas. Debo aceptar su reserva como otra sutil delicadeza de la que no quiere mezclar á nuestra idealidad los prosaísmos, y, no obstante, igual que un robo de su alma me duele en ocasiones. Tanto más, cuanto que al fin el nombre temido y ansiado fija nuestra situación: es mi novia.
Como por el azar de una conversación, y sin expresos convenios, llegamos á ser los grandes amigos que se lo comunican todo, desde lo nimio hasta lo enorme, un nuevo é insignificante azar ha hecho que quedemos novios proclamados sin necesidad de declaraciones por mi parte. Creyérase que nos impulsa el Destino antes que nuestra propia voluntad.
Un azar. Nada. O algo que flotase en el aire envolviéndonos, y que á la simple acción de presencias extrañas cuajó sobre nosotros. Acaeció... que al mes de llegar no había visitado á ninguna de las personas para quienes traía presentaciones. Las hubiera roto, feliz de encontrarme con Rocío anónimo y aislado en Buenos Aires, y receloso de que el trato con cualquier compatriota que conociese mi estado descubriéraselo á ella. Pero una de las cartas, de la mujer de mi hermano á unos parientes suyos, argentinos, me inquietaba, especialmente—porque también aparte y con cariñosísimo interés habíales anunciado mi visita. Imposible demorarla. No era de temer que supiesen si soy ó no casado, y fuí. Amables los señores de Rialta, acogiéronme en familia desde luego, obligándome á almorzar. Dos días después Rocío y yo, ella con una mano dulcemente abandonada entre las mías, frente á un ascensor, y en espera de la cena, charlábamos en un diván de la desierta galería de nuestro piso; así nos sorprendió el ascensor, dando paso á los señores de Rialta..., los padres, las tres elegantes hijas..., que venían á visitarme. ¡Ah! ¿Cómo por un simple título de amigos explicar la confianza en que me hallaban con Rocío? ¿Cómo corregir la ingrata impresión causada en quienes creeríanla alguna aventurera de hotel?... Me rehice; adelanté hacia ellos, les saludé y les presenté:
—La señorita Rocío Hoffmeyer..., mi novia, mi prometida ya, puesto que será mi mujer dentro de poco.
Halláronla en seguida tan gentil las señoritas de Rialta, que, celebrando su juventud y su belleza, la rodearon en lluvia de atenciones. No tardó en llegar Leopolda—avisada personalmente por Rocío, sin duda para prevenirla. Cenamos todos juntos, y admiré una vez más los bellos dominios de la hija sobre la pasividad de la pobre madre, cuyas extrañezas al oír que los dos nos tuteábamos nos hubieran puesto con los invitados en conflicto. Terminada la cena, los Rialta se obstinaron en llevarnos al teatro—y al salir, no pudimos eludir tampoco su invitación de almuerzo al día siguiente. Amables, sí; muy amables. Parecía que nos conociésemos de largos años.
—¡Adiós, hasta mañana!—me despedí aquella noche de Rocío, detenida un segundo á la puerta de su cuarto, y confirmándola á solas lo que de los dos había querido hacer la casualidad delante de las gentes—. ¡Adiós, Rocío..., mi novia, mi prometida, pronto mi mujer..., tú!!
Con no sé qué congoja, alargándome ambas manos, me ofrecía en los ojos el alma. Recogí sus manos, recogí su alma, y, ávido de su vida entera, la estreché toda contra mí y besé sus ojos con el primer beso de pasión de tantos besos como en tantas noches habían besado las purezas de su frente.
Desde entonces ha dejado de ser la niña para ser plenamente la mujer. La transfiguración viene efectuándose veloz, aunque insensible—según todo en ella se realiza.
No me he dado cuenta de qué modisto la haya podido surtir, ni del momento en que haya abandonado sus trajes de jovencilla, y el hecho es que me parece (siempre la más bella) tan vestida de largo, además, y tan alta y buena moza como cualquiera de estas arrogantes argentinas del Majestic.
No he advertido cuál instante fué el primero en que correspondiesen sus labios á los besos de mi boca, y ahora nuestras bocas se unen fugazmente cada noche en despedidas donde sabe glorificar el ángel las lumbres del amor.
No podría decir cuál minuto marcó el tránsito á la jovialidad expansiva en la pensativa melancólica del buque, y es lo evidente que conmigo está sin desagrado en las reuniones á que frecuentemente nos invitan.
Un cambio exterior que no afecta á la intensa sentimental que es á mi lado. ¿Se debe á que su madre mejora desde hace algunos días, ó á la confianza con que al fin se ve frente á la vida junto á mí?... A ambas cosas, de seguro; y sobre sus alegrías... la duda de la posibilidad de mi divorcio me apuñala el corazón y háceme diferir siempre como un peligro afrentosísimo mi visita al abogado.
Cierro los ojos, cierro los ojos é insensatamente me abandono á la delicia triste del ensueño, que acaso no me guarda más que un ridículo y terrible despertar.
Los Rialta poseen en la Recoleta un magnífico hotel. Allí vamos tratando á muchas gentes distinguidas: diplomáticos, banqueros, hombres de negocios; es decir, vamos tratando á sus esposas y á sus hijas—ya que á ellos, tomados por la argentina actividad que les obliga á pasar las tardes en las oficinas y en las Bolsas y las noches en el Jockey Club cambiando mercantiles impresiones, apenas suele vérseles. Sólo á fin de recoger á las damas con sus automóviles aparecen á última hora en los teatros; y cuando la solemnidad de alguna recepción los fuerza á acompañarlas y á cambiar por la levita el habitual descuido de sus trajes, como en un té donde la otra tarde cantaron la Barrientos y Caruso, las miran con iguales indulgencias que á niñas candorosas vestidas siempre de elegantísimas muñecas.
Y sí, niñas candorosas, grandes niñas candorosas, formado el corazón por el fondo de las rancias virtudes castellanas y el alma abierta á todo lo moderno, á todo lo mundial, esta contradicción las torna encantadoramente incongruentes. Viven á la inglesa desde el punto de vista del confort de sus hogares, sienten en español, menos curiosas por visitar á España que á Francia y Alemania é Inglaterra, y en francés gustan al menor motivo de expresarse. Juegan al tennis ó patinan, sin que las importe lucir las piernas en las cortas faldas, y las mataría el rubor si un descuido en visita se las alzase encima del tobillo. Ofenderíalas un señor recién presentado que al día siguiente las detuviese á saludarlas solas en la calle, y en el salón no tienen el menor reparo en departir con él acerca del Moulin Rouge y de las célebres cocotas de París ó de cualquier tema escabroso puesto en boga desde Europa por libros ó revistas.
Porque, sobre todo, gustan de las conversaciones evocadoras de sus viajes y de la disquisición culta, de la polémica. Jactándose de la ultranueva agilidad de su espíritu, libre de los seculares prejuicios que en el viejo mundo le amodorran, frente á las extranjeras que las tratan, en este cosmopolitismo bonaerense, muéstranse á menudo orgullosas de la espléndida democracia de un país como el suyo, donde no hay que rendir vasallajes á reyes ni señores. Sin embargo, no pueden olvidar los ilustres apellidos españoles que muchas llevan, y así como la señora de Rialta me presenta siempre consignando su parentesco con el conde de Torre-Alba, mi hermano, ella y todas, picadas de aristocratismo, conocen mejor que yo, sin duda por los retratos de las ilustraciones y por las noticias de los revisteros de Madrid, á los descendientes de nuestros históricos duques y marqueses y á los miembros de nuestra dilatada familia real.
En este ambiente de ingenuidad, doblado de rígidas etiquetas, ha caído Rocío como un encanto. Su dominio de varios idiomas confírmala desde luego las simpatías que despiertan su belleza y su bondad. Es admirable la perspicacia que sabe suplirla con una improvisada mundanidad sus infantilismos de inexperta colegiala. Más que una niña educada entre monjas creeríasela una señorita habituada á los refinamientos de un salón. Ninguna acierta á elegir su adorno para cada oportunidad de excursión ó de cena ó de teatro mejor que ella; ninguna se conduce con más gentil desenvoltura de sonrisas y ademanes, y cual ninguna sabe mantenerse en una equilibrada discreción durante las no siempre sencillas discusiones que arman las demás.
Desde el tema tenaz de la Montsalvato, por ejemplo, absuelta como criminal, aunque para estas damas severísimas abominada como adúltera (sin que la disculpen las maldades del marido, que ahora en reacción de sinceraciones y en honor á ella detalla la Prensa diariamente), en términos generales se ha pasado esta noche al del porvenir de la mujer. Un viejo ex ministro sostenía que no pudiera cifrarse sino en la reconstitución del hogar, cada vez más destrozado por perniciosas modas y costumbres, y único semillero de purezas femeninas y de madres capaces de darle al orden social ciudadanos excelentes. Un joven diplomático, opinando que el curso de los tiempos les impondrá á las mujeres la competencia con los hombres en todas las ramas del trabajo y del saber, concedíale, en cambio, más interés al ideal de verlas libertadas, como el hombre mismo, que no al de que continúen siendo sus esclavas virtuosas. Varias señoras han tomado el partido del ex ministro, á pesar de que alguna, junto á mí, me desliza que en su juventud dieron no poco que hablar sus hazañas donjuanescas; más como otras, y entre ellas una culta conferenciante del Consejo Nacional de Educación y una distinguida señorita concurrente á la Escuela de Estudios Psicológicos, apoyan al joven, la controversia sobreviene en una greguería adorable cuyo mismo desorden la encierra pronto en dos extremos inflexibles: el de las que, sin negar la masculina tiranía, juzgan precisamente exaltado frente á ella el sacrificio de pudor y virtud de las mujeres, por lo cual nada deberá cambiarse, y el de las que al sostener la igualdad del hombre y la mujer defiendan que, ó ellos tendrán que confinarse en los hogares con los mismos guardianes de virtud que les imponen á sus esposas y á sus hijas, ó éstas deberán imitarles su absoluta libertad. Recabada mi opinión, abstiéneme el temor de no saber acoplarla de conciso modo entre tanta divergencia; solicitada Rocío más insistentemente, halla la humilde fórmula que á todos satisface: «No cree que esté la solución en que uno ú otro sexo se inviten á sus falsas posiciones actuales, sino en un término medio por el cual los hombres cediesen tanto de su despótica libertad como saliesen las mujeres de su cárcel de prejuicios, hasta encontrarse dignamente.»
¡Oh! Aun conociendo su talento, la vaga profundidad de tal respuesta lánzame al nuevo asombro de la gloria de su alma, tan consciente de ella propia que por nada titubea. Rato después, camino del Majestic, forzado el taxi que nos conduce á rodar despacio entre la aglomeración de otros vehículos frente al teatro Royal, ofrécesenos un cuadro que explica la confinación á que los graves señores argentinos, y los de todas partes, obligan, con más ó menos éxito de resignación, á sus esposas. No todo en ellos resulta abnegaciones de trabajo ni indulgencias desdeñosas á las muñecas bien vestidas, puesto que otras muñecas bien vestidas, no con tanta honestidad, lindas y congregadas en el Royal como en un mercado de placeres, van siendo esperadas á la puerta por los mismos autos que otras noches recogen en Colón honradamente á las honradas... Son las austriacas, las italianas, las francesas; el doloroso cargamento de lujuria y juventud que el viejo mundo le envía al nuevo para saciar el vicio de sus hombres.
Comprende Rocío la significación del espectáculo. Sintiendo la pena del mercado infame que subsiste en nuestro siglo de cultura, tal que en la Alejandría de la barbarie, y recordando á las Eyllin y Placer del buque, á los rebaños de europeas que venían también junto á las monjas, volvemos los dos á evocar lo que yo la dije un día sobre la excisión impuesta á la vida torpemente: ó lo espiritual, en la clausura de renunciaciones de las monjas y en la dorada jaula de resignaciones de las damas, ó lo tan cruel y tan bestial que estamos contemplando.
El auto nos aleja. Con queda voz le resumo á Rocío, sentada al lado mío, enfrente de su madre:
—Todo esto no es sino una forma de la incomprensión á que aludí cuando hube de referirte la mía de otra índole con Laura; y de todo esto hoy tan desacorde, el instinto bruto de los hombres, la pureza de las damas, el misticismo de las monjas y hasta el libre sonreír de las rameras..., fundido alguna vez, por no sé cuál milagro, surgirá definitivo el porvenir que preveías en tu respuesta.
Llegamos. Entramos en el hotel. Subimos.
Como siempre, retrásase Rocío en la puerta de su cuarto brindándome el beso de despedida habitual; pero mi beso en plena boca, y en la vasta sensación de nuestras vidas intensas y diferentes á la vez que parecidas á todas las demás, es tan hondo, es tan largo, fundiendo desde mis labios á sus labios todos los misticismos y purezas y sensualidades de las vidas de los dos, incendiando desde el fondo de mi ser el exaltado afán que en esta noche me invade por saber si la prodigiosa conciencia de Rocío es en verdad tan firme que por nada titubee..., que ella tiene que cortarlo, reclinándose al muro mareada de delicia. Retenida su mano en mi mano, contemplo las gallardas líneas que recorren su estatua hasta los pies.
—¡Qué bella eres! ¡Toda!
Sigo contemplándola, sigo envolviéndola en lo que es otro inmenso beso de mis ojos, nuevo para la casta novia del novio singular que nunca la habló ni la besó sino como hermano, y sobre el rojo anhelo de sus labios sus ojos bajos me esquivan el rubor de su sorpresa.
—¡Qué bella eres toda, toda tú! Una mañana de aquellas de nuestro amanecer de almas en el mar sentí en tu camarote los grifos de tu baño, y cuando saliste estuve para haberte dicho que habría sabido contemplar tu desnudez con idénticas purezas que á tu alma. Así, bajo estas sedas, te estoy ahora imaginando desnuda, purísima y perfecta.
Se estremece. Aumentan la confusión y las lumbres de su faz. Mas no cedo, no quiero ceder, y la reprocho:
—¿Te inquieto? ¡No osas levantar tus ojos á los míos! ¡Ah! Mira, no dí en casa de Rialta mi opinión de la mujer, de la religión de amores que guarda el porvenir y que ya en nosotros se presiente, porque no habría acertado á formularla con las grandes sencilleces de la tuya; la misma, sin embargo: la de la pagana cristiana sin sonrojos de su alma ni su carne, hechas por Dios, y sin ese pudor, por consecuencia, que á solas conmigo te impide confirmar que sea él una de las cadenas de prejuicios de que hablabas hace poco. ¿Te engañabas antes, al decírselo á las otras?
—¡No!—expresa, comprendiendo al fin la intención de mis audacias y entregándome en la firmeza de la voz y de los ojos la brava seguridad de su conciencia.
—¿Qué significa, pues?
—Si lo prefieres, y para ti, para nosotros—sonríe, torturada en humildad—, llámalo «emoción», sencillamente.
Estremecido yo ahora de grandezas, quedamos mirándonos, fijos, serenos, con una serenidad trémula de majestades de la Vida.
—¿Crees en mí?
—¡Como en Dios!
—¿Por encima de toda clase de desconfianzas, por encima de toda clase de temores?
—Sí.
—¡Aunque hubiera de causarte algún mal!
—Aunque hubieras de causármelo; pensaría que tu nobleza me lo causase á pesar tuyo.
—¡Ah! ¿De modo que crees en mí incluso por encima de pudores, por encima de prejuicios?
—Incluso por encima de pudores; incluso por encima de prejuicios.
La acoso—por ver su serenidad cuánto resiste:
—Entonces, ¡ah Rocío!..., ¿si quisiera mi antojo verte desnuda alguna vez?
No vacila. Unicamente al contestar vuelve á bajar los ojos.
—Me verías.
—¿Y si en la alucinación de tu beldad—apuro yo hasta lo cruel—ansiase mi pasión tenerte toda entera?
Se acoge toda roja al refugio de mi hombro y responde en un suspiro de su mismo corazón:
—Me tendrías.
Lo ha dicho con sublime sencillez la purísima, la virgen. Humilde y confiada, su frente háceme en el hombro sentir la de una diosa. Reposa su dignidad en mi dignidad. Ambos callamos.
Es mía y es mi preciadísimo tesoro. Es alma, clara alma de cristal desde la frente á los pies; un alma que en su abandono pasa dulce sobre mí el inmortal peso de la Vida, y con la eucarística unción que á una divina alma que se podría romper, beso su frente; besa ella, santa, mi mano, y así nos despiden en esta noche los dos besos más castos que hayan podido cambiar jamás nuestras noblezas.
III
El coche. Bella perspectiva de todo un día en nosotros mismos. Almorzaremos en el Tigre. Sube Leopolda.
—¿Lloverá?—inquiétase, al subir, Rocío.
—No—afirmo, conminando á las sueltas nubes con el imperio de mi dicha.
Y el portero preséntame una carta cuyo membrete me indica que es, al fin, del letrado á quien anteayer tarde consulté.
Entro en el portal para ocultar mi emoción, y abro la carta. «Tiene el placer» de manifestarme que puedo recoger el informe cuando quiera. Un frío de agujas me recorre; sin embargo, este «tengo el placer» parece desvelar un poco el misterio en el sentido de lo no horrible. ¡Oh! Iría mañana; pero, incapaz de soportar la duda que hoy turbase mi alegría, les ruego á Rocío y Leopolda que me esperen en el Tigre. Va á retenerme una hora la urgencia de un asunto.
Parten.
Tomo otro coche.
Veinte minutos después el letrado me recibe amabilísimo y me anticipa sonriendo:
—Mal; largo. Mas no absolutamente imposible el divorcio, á la mira de otro matrimonio, según le anticipé. Habría que realizarlo en Francia, con previa nacionalización, y no sé si pudiendo prescindir de la voluntad y la comparecencia de ambos cónyuges.
No advierte mi palidez, y pónese á leerme el informe:
«Código argentino. Capítulo VII. Apartado 198: El divorcio que este Código autoriza consiste únicamente en la separación personal de los esposos, sin que sea disuelto el vínculo matrimonial.
»164: Es válido en la república, y produce efectos civiles, el matrimonio celebrado en país extranjero que no produzca allí efectos civiles, si lo ha sido según las leyes de la Iglesia católica.
»159: La validez del matrimonio, no habiendo poligamia ó incesto, es regida por la ley del país en que se ha celebrado, aunque los contrayentes lo abandonen por no sujetarse á...»
No le atiendo.
Es el mismo efecto que si este hombre me hubiese arrojado contra un muro. Contra el muro imbécil de la ley ó contra el muro de mi inmensa estupidez. El lee, lee; yo vuelvo á atenderle cuando, á modo de salvación, invoca la ley francesa:
—«La mujer casada tiene la nacionalidad del marido, aunque se halle ausente.» Siendo así, bastaría que el interesado se nacionalizase en Francia, sin la imprescindibilidad de llevar consigo á su mujer. Única favorable contingencia que nos resta—y termina alargándome con el informe la nota de honorarios—: doscientos pesos.
Pago.
Desde el despacho de ese hombre me encuentro de nuevo en la calle como si me hubiese arrojado por el balcón al mar de mi infinita estupidez.
Las gentes pasan. Yo floto, vacío y perdido, sarcasmo de mí propio.
El muro de la ley y de mi infinita estupidez contra el cual me habría estrellado el amable sonreír de ese hombre de la ley, y el mar de mi infinita estupidez al cual habría caído un harapo lamentable. Más allá de estas casas, que existen ó no existen, no existe ya Buenos Aires, ni el Tigre..., ni ella..., todo borrado en mi sandez que se dilata á la amplitud del universo.
¡Rocío!
Un cerco de hierro en la frente, un temblor de hielo en las entrañas, y en mi desolación un solo convencimiento rotundo y frío: el de que acabo de perderla..., el de que no deberá, en mi miseria, verme más..., el de que para siempre me alejo de ella en el oleaje de la vida como el negro aquél á quien vimos alejarse en el oleaje de las aguas...
Y lo que más le sorprende á mi corazón es que haya podido sorprenderse ante una realidad de destrozo tan temida durante toda mi lenta obra de soberano mentecato.
Cruzo, cruzo calles...; necio inmenso que huye avergonzado sin saber de qué manera y dónde y hasta de él mismo esconderá su necedad.
A ratos, me paro. Me miran las gentes creyéndome borracho, quizá. Medito correr al Majestic (antes que regresen á él Rocío y Leopolda) á tomar rateramente mi equipaje que me permita escapar de Buenos Aires en un tren, en un buque; pero me vuelve la impresión del guiñapo ó del náufrago que no necesitan para nada meditaciones ni equipajes..., y sigo—acabando á mi vez por hallar imbécilmente divertidas á las gentes y á las cosas.
—¡Eeeh!—grítanme de pronto.
Un tranvía; por un centímetro y un segundo no me aplasta. Sonrío; recuerdo que yo he pisado algún sapo alguna vez, y en el vacío de mi pensar queda un pensamiento: el hombre es una cosa blanda y destripable como un sapo.
A las doce, sin saber cómo, encuéntrome en el puerto. Y sí, sí, desde el punto de vista del guiñapo he acabado por hallarlo todo inexplicablemente divertido. Para transportar carbón los carros llevan los caballos con plumas y platas y escudos, como caballos guerreros. Leo: «Dársena Norte». Fondeado un buque: el «Mafalda»; salen señores y damas del pasaje, muy dichosos. Ignoran que la dicha no es cuestión sino de un centímetro y un segundo. Yo asimismo desembarcaba tan contento una mañana. Yo asimismo creía hace dos horas mandar en la tierra y en los cielos.
Pero un carro está ahora á punto de aplastarme, y recójome á la acera.
Hay que ir por donde se pueda ir muriendo sin peligro.
Cruzan marineros. Les oigo hablar, el italiano, el francés, el alemán, y miro las tabernas y las tiendas de cuchillos donde ellos los comprarán para partirse la barriga. Vuelvo á leer. Políglotas letreros: «Bubet», «Trattoria della Alta Italia», «La Giovane Somellina». Portalones de antros cruzados de vigas y tinieblas. Un borracho que con su mujer come salchicha, le larga á un hijito suyo un puñetazo que le tira contra el suelo.
Y yo sonrío. Radicalmente estoy curado de piedad. ¿Qué me importa? ¿Qué más le importa al sol que ese niño goce ó sufra, y que el padre, porque puede, le suelte un puñetazo?
Aléjome hacia la confusión de los muelles y por mucho tiempo me entretengo en mirar cómo entre dos diques alzan un puente para que pase un vapor. ¡Qué estupidez, tantos vapores! Mil, diez mil, cien mil. Cargaderos de trigo, galpones. Barricas de sebo. Bueyes. Negra multitud de hombres que se afanan. ¡Qué estupidez! Al fondo, el Plata...; sucio, como la vida.
Sigo, sigo, otro siglo ú otra hora.
Estoy ya fuera del tumulto. Aquí no hay más que lanchones de patatas; llueve, por último, y me ampara el cobertizo de un figón. Me ladra un perro y asusto á las palomas. Una moza que suda, pregúntame si quiero almorzar: tiene jamón, vino. Perfectamente. Como, bebo, le echo la mitad del jamón al perro y migajas de pan á las palomas. Son muchas; bajan y vuelven al tejado. Vuela con ellas un pájaro negro con cresta roja, cuyo nombre desconozco. El tampoco lo sabrá—y de seguro las palomas ignoran que se llaman las palomas.
Las veo arrullarse y amarse libremente.
¿Qué dirían si las contase mis tristezas?... «Me veis morirme porque en la bandada humana amé á una paloma que me huyó, y ya la bandada no me dejará jamás amar á la que amo...»
Es decir—rectifico, volviéndome á mí mismo—: si por haberme unido á una mujer la ley de la bandada no me deja unirme noblemente á otra mujer, me grita, en cambio: «¡Imbécil! ¡Ahí tienes la falsedad para engañarla, ó ahí tienes la prostitución en que legal y variadamente te brindo mil mujeres!»
La honorable sociedad. Yo también de piedades y ternuras disfrazaba mi vileza.
¡Oh Rocío! ¡Me esperas; hoy debiera haber sido un día más de los de mi bella farsa en tu delicia..., y por primera vez tardo en volver á ti, sin que sospeches que sea ésta mi tardanza de lo eterno... la fuga vergonzosa del cobarde que te ha envuelto en el ridículo..., del grotesco ladrón que, de tan necio, no ha acertado ni á robarte la inocencia!...
Y sin embargo, á las cinco me acerca al Tigre un automóvil. He releído el informe y ha renacido mi esperanza; quizá tenía razón el hombre de la ley: á Francia, Rocío y yo; la espera; el divorcio... con la voluntad ó sin la voluntad de mi mujer. ¿Le aceptará la noble tantas dilaciones más á la farsa descubierta?... Por lo pronto he visto también que puedo darme tiempo á tranquilas reflexiones ocultándola esta tarde mis angustias.
Tales son mis dudas de puñal y mi propósito cuando llego al Tigre Hotel; cuando ella me recibe blanca, toda ángel..., advirtiéndome la trémula zozobra, lo mismo que su madre, á pesar de mis esfuerzos placenteros.
Sin mí tuvieron que almorzar. No sé desentenderme de las preguntas acerca de mi huída y mi retraso con un pretexto baladí, y... miento malas noticias de España:
—Enferma Elena.
—¿Tu hermana?
—Grave—acentúo, mirando á Rocío, que no puede adivinar á qué hermana se refiere la verdad de mi mentira.
Y como en la mentira se me brinda la oportunidad de dejarle tendido un jalón á la inminencia de horror que desconozco, añado:
—Estuve cablegrafiando. No vendrá hasta mañana la respuesta. Acaso mañana mismo deba irme á Madrid.
Cúbrela súbitamente el rostro un velo de pena en que no entra la menor desconfianza. A su piadoso deseo de tornar á Buenos Aires, opone mi tristeza el de distraernos paseando por el río. Dócil siempre, bajamos á una lancha. Inútilmente Leopolda nos arguye que va á llover y que anochece... Abro el motor, y como una flecha la pequeña nave se aleja de Leopolda—cuyo miedo al agua la hace preferir la espera en la terraza, igual que de costumbre.
Sino que, harto contra la costumbre, á la verdad, por mi ensimismamiento ó por no sé cuál ansia de volar con Rocío á soledades inmensas donde no hubiese leyes ni abogados, la lancha, veloz, sigue y sigue, perdiéndose del Tigre Hotel por el ancho Luján, cauce arriba. Desde el hervor de espuma de la quilla, parte la serena superficie en una ondulación que se abre silenciosa para ir á besar la fronda en las riberas.
Empieza á chispear.
Rocío, la que tanto sabe hablar callando, de alma á alma, respeta mi silencio.
Quedan atrás los embarcaderos, los chalets, el restorán, las últimas cabañas de hortelanos. No rompo mi mudez sombría, ganoso sólo de correr por el río desierto, y limítase la prisionera de mi fe á girarse de rato en rato hacia la proa como á inquirir adónde iremos. Puesto el sol entre las nubes que amenazan un diluvio, la luna filtra su claridad sobre nosotros. Y va arreciando la lluvia; va calando la toldilla, que nos deja caer algunos goterones.
—¡Oh, Alvaro, lloverá mucho, y es tarde!—me dice la que más lo dice atenta á mi preocupación que no á temores.
—¡Oh, sí! Verdad.
Viro. Emprendemos el regreso. Pero aumenta la lluvia, con la cual entablo al fin una desesperada competencia—y en nada de tiempo el manso diluvio nos envuelve.
El Tigre Hotel dista media hora. No hallando más refugio que el restorán, cuyas luces vuelven á brillar entre los cendales de agua, á él nos acogemos.
Un mozo se encarga de la lancha; otro nos lleva á un gabinete.
Pido piña y champaña, según pedí jamón y vino en la taberna, por pagar de cualquier modo los refugios á que hoy me fuerzan los desastres del cielo y de mi alma.
Afortunadamente la toldilla nos protegió hasta aquí, bien ó mal. Rocío tiene apenas que quitarse el jersey y el sombrerito de blanco fieltro, y sacudirse un poco la falda.
Por los vidrios del balcón mira cómo cierra el aguacero el horizonte. Resignada, se sienta; yo, con la barrera de mi indignidad ante la dignísima, voy á caer en el diván—lo más lejos posible.
Quedo muy triste. Es más violentamente torvo el silencio en esta confinada soledad. Empieza ella á sentir la desorientación del obstinado hermetismo de mi pena, que la huye.
Apoyado en la mesa el codo, está bajo la lámpara. La contemplo, la contemplo. Su obediencia en toda nuestra correría á través de lo insensato, me sigue revelando la grandeza de su espíritu. La belleza de su rostro, además, y la beldad de su viva vida entera, van lentamente saturándome de lo que he de perder al perderla. Habrá de arrebatármela el rigor social por encima de ella misma.
Este pensamiento me hace recogerme á las rodillas en una convulsión de impotente rebeldía, y Rocío, que lo advierte, se me acerca.
—¿Qué tienes?—pregunta, posándome en el hombro la caricia de su mano.
Mas no sabe contestarle mi esquiva pesadumbre, y se sienta junto á mí, volviendo á demandar, á la vez que procura atraerme compasiva con el brazo:
—¿Qué tienes?
¡Oh, qué tengo! Lo que tengo es un ansia inconfesable de esta caridad que se me brinda; y en otra convulsión refugio contra ella mi dolor. Así permanecemos, y así se acrece insoportablemente mi martirio, porque, envuelto por su alma, estoy oyendo el corazón de la que es tesoro de todos los hechizos. Cruel la suerte que de tal manera háceme sentir cuanto habrá para siempre de quitarme, lloro; y como Rocío, al notarlo, álzame la frente insistiendo: «¿Qué tienes, Alvaro? ¿Qué tienes?», é intenta besar y besa santa mis lágrimas..., yo, en un ímpetu, en un exasperado impulso de apoderamiento loco, beso y retengo contra mi boca, como para la eternidad de una agonía inmortal, la boca ya ungida por mi llanto.
Beso muy hondo, beso muy largo; beso sin fin, al que un afán de morir matándola le da la voluntad de irla aspirando hasta el último aliento de la vida. Beso insaciable de vampiro que la agota, que al desfallecer le desfallece y que hácela cerrar los ojos y continuar siempre el beso pálidamente reclinada é inerte en la corona de reposo que por último nos forman nuestros brazos contra el brazo del diván...
Mas ¡ah!, lo estúpido turba la letal gloria de veneno y nos fuerza á separarnos. Me he levantado al ver entrar al camarero, que, á no dudar, nos cree una impaciente pareja de aventura. Sin tiempo ó fuerzas para incorporarse, Rocío permanece medio tendida y como dormida, ahorrándose sonrojos.
Sigo contemplándola, en tanto el camarero ordena copas y cuchillos.
Es tan bella, que el pobre hombre retarda su faena por mirarla y envidiarme. Y me daña tanto, últimamente, el sarcasmo de envidia tal en el que no puede pensar que mi «aventura» redúcese á un adiós tristísimo á la hechizada hechizadora, que el nuevo choque de la dura realidad en mi vida, llena de los fuegos de su vida, me arranca del corazón una centella.
Una centella, sí..., y con la instantaneidad de las centellas, negros antros de mi ser se han alumbrado: la virgen, la novia, la confiada á mi fe, la toda mía... lo será, y sólo cuando al lado allá del deshonor se vea atada á mi farsa, tendrá que aceptarla sin remedio.
¡Oh, sí!
En cuanto el camarero sale, lánzome á la puerta y cierro el pasador. Al volver, le llevo á la alarmada una rueda de piña y una copa de champaña—pensándole á la escena una preparación de gentil galantería. Pero suelto el champaña y la piña, de pronto—cierto de que no sé ni sonreír, de que todo tendrá que suceder de un modo torvo y casi tétrico—y llegando á la que por no agraviarme demás ha reducido sus alarmas á incorporarse sobre el codo, me siento junto á su cuerpo en el diván.
Nos miramos un momento: yo á ella duro y hosco; ella á mí con la humilde dulzura de una víctima.
—Rocío—la digo secamente—, me confesaste una noche que crees en mí como en Dios, por encima de pudores y temores. ¿Es esto verdad?
—¿Por qué lo dudas?
—Por nada, y no lo dudo; pero por algo que no debe importante (si es cierto que crees en mí de tal manera), yo ansío la prueba completa de tu fe en la realidad, y te pregunto: si quisiese verte ahora mismo desnuda y si mi afán de tu beldad quisiese tenerte toda entera, ¿te vería? ¿te tendría?
Cierra los ojos. No contesta.
Al asombro de lo brusco que la ha dejado caer mi voluntad, sucede en su cara la melancolía de una sonrisa. Con tal angustia se fuerza en comprenderme, que adivino el proceso de su comprensión á través de sus párpados cerrados y en la sonrisa que se la va dilatando y haciéndola expresar una triste y recóndita alegría. Debe de pensar que, en mi obsesión del «viaje á España», durante toda la tarde he estado meditando el modo de asegurarme su amor, no importa cómo, contra olvidos de la ausencia.
¡Oh, la generosa!
Aparto de su bello error el designio mío, en que es preciso que el engaño la haya de ser irreparable, é insisto con igual lenta pesadez:
—Di, Rocío; dime..., ¿te tendría?
Mi acento, mi crispación, mi rigidez siniestra, mi sorda maniobra de antes al cerrar el pasador..., todo, todo la confirma el sacrificio de amorosa que no habré de perdonarla; el sacrificio de pudor á que no puede negarse sin negarse ella propia en la divina sinceridad que me mostró más libre en otra noche; el sacrificio de fe que torpe la está imponiendo el que «por falta de fe para una breve ausencia» se lo exige..., y la dicha y la amargura al mismo tiempo mantienen en el silencio su sonrisa.
—¿Te tendría?—acósola implacable, acósola más duro, posándola como una garra una mano sobre el pecho para más intimación.
La veo ahora abrir los ojos de esmeralda, fijarlos en mí todavía, en vano suplicadores un segundo, girarlos después con pena al ajado lujo de este inmundo saloncillo que yo hubiésele elegido por cámara nupcial á nuestro amor, siquiera digno de otro ambiente..., y á la vez que cierra de nuevo los ojos y abate y gira la cara al otro lado en la cabecera del diván para esquivarme los rubores que la abrasan, la oigo ceder á mi terquedad en un suspiro:
—¡Sí, me tendrías!
Queda á mi merced.
A menos de crueldad, he de ser yo quien la desnude.
Podría envolverla á besos en narcotismos de pasión que salváranla de frialdad ingrata en el despojo de sus ropas, y sin saber por qué, sólo acierto, temblando, á empezar á soltar trabas y corchetes por su peto, por su talle. Suelto un imperdible de oro, en su garganta, temblando. Suelto unos botoncillos de nácar y unas cintas temblando, temblando.
Temblor de un ladrón que se desliza á las vírgenes purezas de una vida, pronto la tibia palpitación de estas purezas entre diáfanos encajes me turba con el sacrílego estupor de un ladrón que lo fuese de la gloria.
Torpe y ávido aparto en el santuario de su pecho los últimos cendales...
Y ¡sí!, ¡sí!..., ¡glorias! ¡Dos glorias han surgido en la sagrada y viva nieve que me quema!
¡Dos glorias! En una de ellas pesa paralizada de terror divino mi mano de ladrón, y mis ojos la miran con divino espanto y miran á la inmóvil virgen profanada que se muere.
¡Ah! Un miedo singular me petrifica. Por un rato no he acertado sino á retirar la mano del ultraje á pureza tanta; pero mis ojos fascinados van hundiéndose en la neta realidad de la traición inicua que realizo..., en la rufianesca sensación de lo brutal, de lo grosero, de lo villano, de lo cobarde que estoy haciendo con la noble abandonada..., y en la súbita y colérica indignación de la repugnancia de mí propio álzome rugiendo:
—¡Levántate! ¡Despréciame! ¡Nos vamos!
La silla que ella antes ocupó me sirve para ir á ocultar sobre la mesa, de bruces, el cieno de sollozos en que rompe mi ser mientras trata de recobrarse de su nuevo asombro la asombrada..., mientras al fin me obedece y arregla rápida y sombría el desorden de su pecho.
Esto ha sido mi galantería en el galante restorán.
Al poco estamos en la calle. No llueve. La luna nos alumbra. Dejado á quien quiera el encargo de conducir la lancha al Tigre Hotel, caminamos por las mojadas aceras, que reflejan la luz de los faroles, tal que dos espectros, un poco separados uno de otro, sin habernos vuelto á cruzar una palabra. Soy yo, cuando queda atrás el caserío y tomamos la avenida á la sombra de los árboles, quien, como en un soplo de las negras confesiones de su alma, pronuncia las primeras:
—Rocío, ¿recuerdas?... La última noche que pasamos en el mar te dije que no me conocías nocías y que pudiera ser un miserable. Muy miserable en otras noches habíame descubierto á ti la saña de purificación de mi pasado, y juro que en aquélla parecíame purificado hasta no creer esto que sigue siendo la verdad: que soy un miserable.
Su confusión es tan grande, que nada puede comprender.
—Un miserable que te ha mentido siempre, siempre...; que hoy también no ha cesado de mentir, y que con mi última traición, ladrón de amor, habría querido robarte los decoros entrando de puntillas por tu alma. Ni está mi hermana enferma, ni es cierto que haya recibido noticia alguna de Madrid: sólo lo es que jugaba á lo inicuo con todas las purezas y que soy un miserable.
Me mira, y vuelve á bajar los ojos. La aturdo. No puede entenderme; no puede creer ladrón de amor á quien la acaba de renunciar de tal manera.
—Escúchame—prosigo—. Juntas nuestras compasiones lloraron demasiadas veces sincera y pródigamente generosas la miseria y el dolor ajenos, y la tuya, tan santa, tendría ahora que volverse á mi infinito dolor de miserable por el daño que me he hecho con el daño que te he hecho. Habrás de odiarme y despreciarme, y ya ves tú si cábele á crimen alguno de la tierra castigo más terrible. Pero diciéndote mi infamia, y porque siquiera me reste en tu desprecio tu piedad, déjame evocar al mismo tiempo en nuestra historia algo que pueda un poco disculparme. El ratero de tu amor, mendigo ya únicamente de las caridades de tu alma, guarda, como las que han estado á punto de servirle de ganzúa, otras palabras tuyas, á que se ampara al fin un desdichado: «Si me causases un mal pensaría que me lo causases contra tu voluntad y noblemente.» ¡Ah, Rocío!, esto me dijiste, y no; noblemente, no; que no admite noblezas la doblez; pero sí, acaso, y sólo, torpemente.
Hay un monótono ritmo en la desesperación cuando se arrastra sangrienta y destrozada, y tras un descanso de aliento lo recobro:
—¿Recuerdas?... Al embarcar en Cádiz yo era un enfermo de pesares de la vida; un hombre enloquecido por la brutalidad del mundo; un místico visionario de purezas, de ideales, que al huir en las Placer y Eyllin los escarnios del humano amor que él soñó divinizado, te encontró divina..., á ti, niña tan niña que llevabas la inocencia del ángel en los ojos y las trenzas á la espalda. Trece, quince años—supuse yo, que aun ignoro los que cuentas; una madre, dos venerables sacerdotes y una virgen del altar guardaban tus candores. ¡Ah, di, Rocío..., para el pobre ansioso de ideal, para el mísero que con todo su posible sedimento de vilezas venía arrancado del consuelo de una hermana, ¿podrían juntarse en ti misma y alrededor tuyo mejores garantías de la lealtad de su intención?... Como á otra hermana te elegí, por niña, por dulce niña triste, triste como yo y única que, al no jugar con las demás, amaba las soledades donde mi corazón podía rendirte adoraciones que no importaba que nunca conocieses... No sé cuál sucesión de insidias flotantes sobre nosotros pudo hacer que aquel melancólico leal ansioso de castidades infantiles, sin notarlo, sin que acertase al menos á estimar el preciso instante del funesto cambio para haberle opuesto la voluntad que lo evitara, pasase á ser el mortalmente prisionero del alma y de la vida de la niña aquella del vapor; no lo sé, y se me ocultará eternamente incomprensible de no achacarlo á la magia que en la niña, por conjuro ó portento más incomprensible todavía, consumó la transfiguración á la mujer que temblaba hace poco entre mis brazos. ¡Oh, Rocío, Rocío..., á la verdad que si en los amaneceres del mar el genio que iba á operar el prodigio hubiese querido mostrarnos en proyección de porvenir, la niña de trenzas á la espalda no hubiese concebido que fuese ella misma esta mujer dolida que va escuchándole su traición á un miserable!... Mujer: no eras la mujer..., y esa traición del genio que me engañó en la niña, contiene la razón, la única razón de sus traiciones... ¿Recuerdas? Yo no te hablaba de amor; nos hablábamos de almas; nos fundimos en las almas; por ternuras de las almas te besaron mis labios una vez..., y al fuego de tu vida se fundieron en las almas nuestras vidas... ¿Recuerdas?... La mañana dulce, bella..., el negro..., tu desmayo..., mis besos y mi enorme abrazo de piedad... Supe entonces de mi amor y de tu amor y fué tarde para desvelarle á la mujer lo que antes no le hubiese interesado á la chiquilla... Recuérdalo... ¿Lo recuerdas?, ¿lo recuerdas?... A la chiquilla le había contado pocas mañanas más atrás mi pena de una Laura que asesinó mis ilusiones, y ahí estuvo mi culpa ó mi torpeza, que ya debiera quedar inconfesable entre los dos: te mentí; aquella Laura del Carnaval horrible, no era mi novia: era mi mujer, es... mi mujer.
—¡Tu... mujer!
Detiénese, espantada como si la sima de mi infamia hubiérase abierto en el camino.
El faro de un automóvil que nos alcanza y nos pasa lanza nuestras sombras fantásticamente alargadas, á los troncos de los árboles. Su sirena se aleja resonando en lamento clamoroso.
Y los fantasmas volvemos á marchar—un poco oblicuamente ante mí la desdichada que lleva roto el corazón.
Yo la he herido. Con la misma calma de ferocidades sin remedio he de ensancharla las heridas para atenuar en lo posible mi infamia y sus angustias.
—Laura vive; pero Laura murió y está muerta en mi alma—digo, arrancándola lo primero el puñal de que mi anunciado «viaje á España» hubiera de haber sido por Laura que me aguarde—. ¡Nos unió una ley cruel, y nos separó hace muchos años el desprecio! Libre mi vida y mi corazón, y sólo mi nombre esclavo de una ley absurda, en la posibilidad de romper con el divorcio tal absurdo, en este país de libertad á que veníamos, descansó mi conciencia del dolor de la única mentira (¡de la única que te he dicho jamás!) al saber que te adoraba. Mas, ¡oh!, posibilidad, no seguridad, la mía, escondida en mis tremendas dudas tuvo que permanecer la indecisión de mi esperanza; y no otro tuvo que ser también el secreto que le seguí guardando á la niña, cuya voluntad no se había revelado aún sino en luces de los ojos; no otro el secreto que mi vergüenza le siguió guardando á la mujer enamorada; no otro el secreto que para mí propio he ido guardando día tras día entre el ansia y el horror de que mi consulta á quien pudiera resolverlo en gloria resolviéralo en catástrofe..., y no otro el secreto, en fin, resuelto ya en catástrofe, porque mi divorcio no se puede efectuar en la Argentina y sí nada más en Francia á través de no sé qué dilaciones de obstáculos y años, que, por forzarte á afrontar esos obstáculos, me acaba de impulsar á la traición de encadenarte á ellos y á mí por tu deshonra. Demasiado noble, demasiado pura para mí, á tiempo, afortunadamente, ha podido tu pureza infundirle al ladrón un respeto religioso. Aborrécele; pero concédele tu perdón, tu caridad..., á cambio de este papel que esta mañana recogí y que te patentizará su torpeza más que su vileza.
He sacado el informe. Tal que su llaga un leproso, se lo muestro á la luz de una farola. Lo toma. Detiénese y lo lee con indolencia triste. Me lo devuelve...
Seguimos silenciosamente avanzando al Tigre Hotel, que ya se ve á cien metros.
Nada me ha dicho. Nada que no sea una digna majestad de mártir puedo en ella traducir.
—Rocío—imploro al pisar la escalinata—, ¿qué piensas de mí?
Y como me retardo, un momento gírase hacia mí, solemne:
—Déjame el espacio de esta noche para que lo piense y sepa contestarte.
—¡Oh, Rocío, Rocío! ¡Siquiera tu piedad!
Entramos.
Mantenida en la dignidad de sus decoros, lo explica breve á su madre la tardanza.
Al regresar en el tren, ella no desdeña intervenir melancólicamente alguna vez en la charla á que me fuerzo con Leopolda—la cual, aunque su discreción lo calla y la mía procura distraerla, comprende que algo horriblemente ingrato nos sucede.
IV
La espero en el bar, donde la he esperado tantas veces y adonde ya hoy acaso no vendrá. He dormido en la hipnotización de la sonrisa que substituyó anoche á nuestro beso, y mi vida no es más que la melancolía de una sonrisa. Calma extraña, recogida en la triste compasión de la que al menos no me odia.
El sol tiende por la galería la alfombra de colores con que lo tiñen los cristales. Se halla no lejos la viajera llegada anteayer. La inmóvil, la aislada, la muda de extraña belleza monstruosa. Vestida de blanco, y muy blanca su cara y sus manos exangües, recúbrese de alhajas y tiene el pelo negro y unos ojos inmensos que miran con fijeza sepulcral. Es jorobada y paralítica, esquelética; dos viejas sirvientes condúcenla al sillón, retirándose detrás á sentarse, y ella ha contemplado en las dos pasadas mañanas, con sus ojos inmensos y hermosísimos, la pareja de triunfo que formábamos Rocío y yo ante el sarcasmo de su vida.
Irradia una simpática resignación de mártir, y la envidia con que sigue contemplándome hiere el idéntico sarcasmo de la vida mía, que ella no sospecha. Somos la misma burla de la suerte.
Mas... ¡oh! Acércase Rocío; me lo advierte una leve inmutación de la jibosa, al verla en la escalera.
Me levanto. Viene pálida. Vuelvo á sonreírme como anoche, y en vano tras la serenidad de su piedad pretendo escudriñar lo que acerca de nuestra situación hayan podido concretarla la noche y el insomnio. Acaban de entregarle dos cartas para mí; las leo, mientras el camarero nos sirve.
El ministro brasileño Rego da Silva nos convida á una cena «en que estará también el ilustre dramaturgo español Carlos Victoria», y luego á Parsifal; y los Rialta á una excursión campestre, á una estancia, mañana, si tenemos libre el día.
—¡Oh!—me limito á lamentar, al darle á Rocío las cartas, cierto de que no querrá exponerse más al ridículo en que la han colocado mis torpezas.
De tal modo he ido en ellas envolviéndola, que así á mi nombre la invitan siempre, con su madre, como si fuésemos una familia cuya representación ostento: como si fuese mi mujer. Y mi gratitud hacia la abnegada que no me quita hoy, al menos, la sensación de la hermana que sola y confiadamente desayuna con su hermano, anticípale consuelos inefables al fallo que irá á decirme el honrado rigor de su conciencia.
—A Parsifal—me dice, dejando los pliegos sobre el mármol—iremos, si quieres. Mañana, á la estancia, no. ¡Oh, mañana! ¡Habrán ocurrido mañana tantas cosas!
Me estremezco. Indicación al enigma que irá en seguida á descifrarme; pero inútilmente lo espera mi ansiedad.
—¡Cuáles!—No puedo, al fin, por menos de excitarla.
—Aún no las sé. ¡Es tan dulce jugar á la inocencia! Déjame seguir sin querer siquiera pensarlas todo el día y pregúntamelas al salir de Parsifal.
Se inclina. Toma el café á cucharaditas. En su sonrisa leo su decisión: habrá resuelto partir mañana de mi lado, en rápida fuga, además, de su falsa posición en Buenos Aires, y desea que hoy sea el último día de nuestra calma en el olvido. No me asiste el derecho de turbarle á la generosa esta mísera ampliación de «su engaño» con impaciencias ni súplicas estériles. La pedía su caridad y me la otorga.
Parecemos dos hermanos á quienes les ha ocurrido una catástrofe de cuyo bochorno no sabrían hablar sin removerse sus angustias, y á la mutua campaña muda le fiamos el consuelo.
Terminado el café, propóneme salir; trata de que distraigamos en las calles la obsesión que, ahondada en reflexiones, se nos hace intolerable, haciéndosenos mortal.
Al poco vagamos por la Avenida, con Leopolda; miramos los escaparates. Entran luego en las tiendas, y algunos de los objetos que adquieren convéncenme de que han salido expresamente á adquirirlos. En una perfumería, Leopolda se surte abundantemente de éteres y sales; en un bazar, Rocío compra un neceser, una pequeña maleta, que habrán de enviarle al Majestic, y en una librería, las Conferencias, del P. Félix, El arte de crecer, de Augusto Nicolás, y El mundo de Dios, de Lepton. Lo inminente se me impone. Propósito terrible el que confirmo. Son los preparativos del viaje que de mí las separará mañana eternamente.
Ni me atrevo á interrogarla, ni debo con lamento alguno reinducirla á explicaciones tan necias como inútiles. Concentrado en mi yerta persuasión, la contemplo—afanoso de fijar cada uno de sus gestos y ademanes; la contemplo cual si, en fuerza de quererlo, pudiera absorberla y guardarla toda dentro de mis ojos.
Novios que hemos llegado casi á ser amantes sin cruzarnos un «te adoro» y sin los infantiles trueques de cintas, de pelo, de flores secas y retratos, no me restará ni la reliquia de su imagen cuando mañana sólo tenga su lejana caridad.
La detengo de pronto, porque la vitrina de un óptico recuérdame mis antiguas aficiones.
—Rocío, el día está espléndido. Paseemos entre flores. ¿Quieres? Compraré un veráscopo y haré durante la tarde cien Rocíos pequeñitas..., cien retratos tuyos para mí.
Compréndeme la angustia en toda su extensión, y accede agradecida.
Entramos. Elijo un veráscopo, al cual proveo de tres almacenes de placas; dejo pagados también, con orden de que me los remitan al hotel, las diapositivas, el revelador, las cubetas, una linterna roja y un estereóscopo.
Tomamos en seguida un automóvil.
Volamos á Palermo.
Pero al cruzar en La Recoleta, frente el Palais de Glace, se me ocurre conservar en mis clichés á la gentil patinadora. Mi primera instantánea sorpréndela al bajar del auto con el pie avanzando hacia el estribo.
Media hora. Ella se desliza por el hielo, y yo voy grabando en el veráscopo las graciosas actitudes de sus pies, de sus brazos, de su estatua ágil, á la vez que la sonrisa de su cara dolorosa. ¡Oh, sonrisa que jamás olvidaré! ¡Oh, temblor sagrado el de mis manos, que preparan la vida de mi muerte!... Tiene algo de fúnebremente espantoso, á la verdad, en el desierto skaating, este vuelo de la funámbula que por última vez juega rauda á la sonrisa y al amor delante de quien va á perderla para siempre.
Cuando he impresionado muchas placas, quince, veinte, el afán de sentir cerca de mí la vida de alma que sólo en alma tengo desde anoche, me impulsa á ponerme unos patines y á enlazarla y conducirla. Es un rato, un momento nada más; pero un momento de gloria durante el cual la caritativa se abandona á mis brazos como nunca en los dehors, y durante el cual nuestras manos se oprimen como hierros.
A la una, estamos en Palermo.
Almorzamos en el restorán del lago, á cuyo borde he hecho otros dos retratos de ella y de un cisne atraído por una golosina de sus dedos (símbolo de Leda para la lumbre del recordar de mi memoria), y tras de impresionar más placas en la mesa de champañas y gardenias á la diáfana luz del recinto de cristal, el antojo de tenerla también en un retrato galantemente bella junto á mí, llévame á instruír á su madre y á rogarla que sea ella quien enfoque y dispare esta vez sobre nosotros.
El resto de la tarde, hasta las cuatro, ya que tenemos que vestirnos para la cena y la ópera, porque empieza á las siete Parsifal, lo pasamos en el mismo agrado triste de seguir impresionando placas entre rosas, entre acacias, por los más abandonados rincones de Palermo.
Una camelia de estufa, que compro al paso, cuando regresamos en el auto, es el beso de flor con que pago á la que ya no volverá á darme sus besos.
Llegamos al hotel de Silva. Alta etiqueta en que encajan bien las elegancias de Rocío. Viste un blanco traje de gasa, cuyo cuerpo ciñe delicadamente la elástica opulencia del suyo, hasta la rosada nieve del escote, y luce en el oro del peinado una diadema de perlas. Está Carlos Victoria; en la arrogantísima mujer no reconoce á la niña del buque; por el parecido y por Leopolda, cree, al pronto, que sea una hermana mayor.
Nos sentamos los seis comensales á la mesa, regada de pétalos de flores.
Entre la discreta conversación, sírvennos los platos tres criados de media roja, y los vinos un jigantesco abisinio de exótico uniforme.
La señora de Silva es una de las damas más celebradamente hermosas de Buenos Aires; plácela acompañarse de Rocío en los paseos, en los teatros..., porque sabe que si una mujer muy bella es un encanto, dos mujeres muy bellas aumentan de una á otra la beldad y el estupor que esparce su presencia.
En el enorme teatro, un poco cansado el público de las grandezas del lírico banquete sin entreactos (al modo de París), á pesar de las semitinieblas vuelven los gemelos á fijarse en la señora de Silva y en Rocío. Va terminando la ópera.
Semiobscuridad de catedral. Recogimiento y unción de catedral. Mística llamaba á los espíritus por el genial espíritu de Wagner. Cuando niño pasé en las catedrales horas como éstas, entre olor á inciensos, sin noción del tiempo, purificado en beatitud y adorando en los altares á una Virgen. Aquí, la virgen de alma únicamente está siéndolo Rocío.
Como bajo la, voluptuosidad de un día de sol en la primavera de los campos el alma materializada cae á los ojos, á los sentidos, á todo el cuerpo, para no ser sino cuerpo también é ir derramándose en sensual emanación por la Naturaleza inmensa..., bajo la voluptuosidad de los grandes dolores el cuerpo se sutiliza y se funde al alma para no ser también sino alma é ir derramándose en eterna comunión con purezas inmortales que están por encima del mundo.
Mi impresión (y juraría que la de esta Rocío que ha escuchado á Wagner adormecida en mis ojos) es la de estar existiendo en un limbo de cosas irreales..., de cosas que jamás podrán dejar de ser porque nunca hubieran sido. No hay más en nosotros ni en torno nuestro que su piedad y el fondo de dulzor de mi desdicha: su piedad es Wagner, y ha sido la consagración del Graal y esas polifonías armónicas de las brisas de las selvas... He olvidado los hechizos de la carne que vi en la amorosa abandonada, y el ángel y el perdón del ángel nada más están conmigo.
Crisis de mi ser ante ella, ante mí propio y ante todo. Durante la representación, absorto alternativamente por el templo de la escena y por la adoración á la mujer que al robárseme habrá de quedarme siempre en eucaristía de su piedad, he tenido largamente que pensar si no seré yo el equivocado, el equivocado con mis directos é intensos impulsos del vivir, y si no serán los verdaderos hermenéuticos del sentido de la vida éstos que la cercenan y reducen á fórmulas austeras: los Rego da Silva, con sus serias etiquetas, que ahogan la espontaneidad del corazón; los Wagner, que sobre el dolor de los humildes de la tierra pregonan la miseria humana del amor, exaltando el cruel dominio de lo aristocrático y lo heroico: los P. Ranelahg, en fin, predicando la renunciación al mundo en nombre de la gloria. No lo sé; pero no tendrían razón, entonces, las violetas que nacen sólo para el valle. No lo sé, y no lo comprendo. ¡No lo comprendo!
Cae el telón. Aplauden. Ilumínase el teatro.
El público desfila.
Hiéreme en las escalinatas regias y en el foyer de jaspes y columnas lo que en los místicos y heroicos wagnerianos de dentro de la sala vuelve á no ser heroico ni místico al contemplar el paso de la señora da Silva y de Rocío, las dos vivas beldades. Si rugiesen las miradas, irían cruzando las dos entre un rugido de lujuria... ¡Oh, Wagner! Y ésto, en el pórtico del templo.
El automóvil de los Silva nos recoge con ellos y nos lleva volando hacia el hotel. Vuela también el tiempo del limbo de mi dicha que se acaba. El fatídico mañana se acerca con la impasible velocidad de lo espantoso. «Pregúntame, después de Parsifal.» ¿Qué irá á decirme Rocío?... Un adiós, quizá un último beso sin inútiles palabras.
Cuando el ascensor nos deja en nuestro piso del hotel, aléjase Leopolda.
Rocío y yo permanecemos torvos frente á frente, sin mirarnos.
«Pregúntame al salir de Parsifal»—me dijo.
Me da miedo, un miedo horrible preguntarla, y ella, que lo advierte, anticípase sombría:
—Dentro de medita hora te esperaré; ve á buscarme.
Y rígida, lenta, se aleja. Es una sombra blanca por la luna.
¿Qué se propone?
La he visto muy pálida; no me han mirado sus ojos; no me ha dado siquiera la alianza de su mano..., y la súbita impresión de...
¡Oh!
Con un mundo de confusiones encamínome á mi cuarto.
V
A la media hora, invertida en cambiar por otro mi traje del teatro, cruzo entre el sueño del hotel las galerías. No sé á qué ni dónde voy de mi destino.
Cerrada la puerta del enigma.
Al apoyarme en ella á tranquilizar mi corazón, se abre.
La mano de conjuro que la ha abierto, vuelve á cerrar, sin ruido—y me guía en la obscuridad á otra puerta que cierra también tras de los dos. Avanzo, mientras el negro fantasma que antes era blanco echa la llave, y siento después que se me acerca:
—Tú te crees un miserable; yo, lo soy. Para decírtelo y probártelo te llamo.
—¡Rocío!—suspiro con la pena del dolor de ella por la ruindad de que haya podido contagiarla.
Estamos en su dormitorio, situado salón al medio frente al de su madre, y al fulgor de luna que recogen las vidrieras de un balcón. Las sedas claras del lecho esfúmanse en el fondo. Una mesita sostiene en un vaso mi camelia, junto á dos tazas y un samovar bajo el cual arde el alcohol lívidamente.
Tuerce ella un conmutador, encendiendo un globo azul en el techo, y torna á mí.
—Por si esta noche—me anuncia—es la última que tomamos juntos el té..., ¡ve!, lo preparaba.
«La última». Frase de mis obsesiones; sus labios me la confirman.
Entretiénese poniendo azúcar en las tazas. Está tan pálida, tan sobrenaturalmente transfigurada en su expresión, que la desconozco. Como á Carlos Victoria, me parece una hermana mayor de ella misma que aventajara su belleza por milagro. Si á explicármelo no bastase la emoción que la sofoca, atribuiríalo al negro ropón que la envuelve desde la barba á los pies y al peinado deshecho que descúbrela la frente pana caerla en nudo pesadísimo á la espalda. ¡Ah, sí; yo la había visto siempre con los bandós de oro arcangélicamente pegador á las sienes!
—Mira—vuelve á decir, con su voz y su sonrisa apagadas y siniestras—. El té tendrá esta noche algo de mis gustos de chiquilla. Las monjas de Nueva Orleáns lo hacían así. ¿Te gustará? Clavo, canela y cáscara de limón cocidos con la leche.
Me sobrecoge una trágica impresión. Completamente desconcertado, hallo raro que para nuestro adiós me reserve tal dedicación de sus gustos infantiles.—Vierte té en el samovar. Ante la dificultad de sus movimientos en el abrigo forrado interiormente de pieles, que asoman á los bordes y que pesadísimamente la maniata, quiero adivinar qué ropas sean las que debajo me oculte..., de viajera ó de sencilla penitente que quizá al amanecer y con su madre haya de ir á confiarse al P. Ranelahg.
Tibia, calurosa la habitación, lo que la extenuada pretende abrigar no puede ser sino lo yerto de su alma. El neceser, la maleta y los libros santos que hoy compró espárcense, los unos, aquí, al lado nuestro, en la mesita, y los otros, en un rincón, como atestados de lo preciso para un viaje.
¿Adonde el viaje..., á la tierra por la tierra... ó al convento?
Da lo mismo. A las eternidades de mi ausencia. No dudo más que no se la alumbrará á mis ojos el sol del nuevo día. Tal vez su madre, que sabe sus purezas, no ignore que ella me despide hermana y celeste como nunca en esta noche.
Mas... ¿á qué, entonces, guardarse la angélica conmigo tras de llaves y misterios?... La veo apagar el alcohol, dejando que el té se repose; veo además en la mesa un paquete encintado y lacrado que dice: «Para él»...; un extraño paquete que irá á abrir y á leerme..., testamento de la lúgubre que me esconde en el secreto profundo de la noche por mostrarme únicamente el mimo de agonía de sus sonrisas..., y..., ¡sí, sí!, mirando como una redención las tazas, vuelve á cruzarme la sospecha del veneno. ¿Fuesen tan heroicos su amor y su piedad que deseasen...? ¡Oh! ¡Cómo yo sabría morir en la delicia del último aliento de su ser!
Abrúmame á una silla la delicia. No cesa Rocío de observar mi ansia hacia el «testamento» de su amor, y rodeando la mesa acércaseme de nuevo y me dice, tal que á un niño torpe y terco:
—Durante mucho tiempo has sufrido la inquietud de averiguar lo que yo escribía, cuando por escribir te me hurtaba algunas horas. Ahí lo tienes. Eso. A ti.
De un gesto contiene mi impulso de tomarlo.
—No. Aun no. Mañana no estaré en Buenos Aires. Lo abres entonces; lo lees. Dentro encontrarás la indicación de cómo y dónde mi alma, al menos, queda esperándote siempre.
Es su sentencia. Al escuchársela expresa, por fin, me recorre un calofrío.
Está á un paso de mí.
Tras una pausa en que, alto su rostro, alumbra bien el globo del techo la lívida expresión de su amargura, me pregunta, mesándose atrás el cabello con un rápido movimiento de las manos:
—¿Cuántos años crees que tengo?
En vano para inquirirlo acentúola mi atención.
—No lo sé—tengo que responderla.
Y es cierto que no lo sé ni puedo saberlo, porque hay un grado de intensidad de la belleza, cuando llega hasta el prodigio, que triunfa de la edad. Nadie piensa en los años de la juventud perenne de una estatua.
—¿Cuántos años—varíame su insistencia—crees que tenía la niña aquella del vapor?
—Quince—me es ahora más fácil contestar.
Sonríese amargamente.
—Bien, sí, ven. Vas á ver las joyas de la niña.
Diríjese á un armario; la sigo. Lo abre. Percibo la finísima esencia de las blancas ropas, según ella las remueve buscando un cofrecito. Arrodillada, empieza á sacar de él medallas, cruces, rosarios de oro y pedrería. Por un extremo, de sus ropas adviértola de improviso los dedos de un pie, que ella en seguida esconde..., y... ¡oh!..., veo que está descalza..., descalza!...; lo cual compruébame horriblemente que descalza piensa ir en humildad de penitencia á su convento. Sigue mostrándome alhajas. Conságrale á la tarea tal calma, que yo sonrío de etérea gratitud imaginando que en la monja de mañana, en la divina muerta para mí, sea ello el elegido juego de inocencia con que piensa entretenerme el resto de la noche.
Pronto, sin embargo, me aturde la sucesión de cosas profanas que va enseñándome, impropias de una niña: anillos con brillantes y esmeraldas de altísimo valor; collares de gruesas perlas; pulseras y solitarios de fausto regio; dos broches de liga, también con diamantes y zafiros... Tantas joyas, que constituyen un caudal. Las voy mirando y devolviéndoselas. Ella ha caído sentada á la alfombra, y me muestra luego de una vez las que quedan en el cofre...; vuelve á guardar á puñados desdeñosos las del suelo, y al alzarse, últimamente, e invitarme á las butacas de cerca del balcón, ya no sé impedirme sospechar que no haya puesto Rocío en lo que ha hecho algo más que un juego de chiquilla.
La incongruencia vibra en mí, en, tanto ella, después de servir las tazas, me entrega una y va con la otra á ocupar la anchísima butaca de enfrente. O son esas joyas de su madre ó algo muy singular significaría que hubieran sido de la propiedad y el uso de una niña de quince años, de la colegiala de Nueva Orleáns, del ángel del Victoria Eugenia.
Domino mi curiosidad—puesto que la enigmática parece ir siguiendo en todo un plan preconcebido. Bebo, bebo el té, y lo cierto es que, si es veneno, me sabe á veneno de la gloria; mas no beben ni dan las envenenadoras de amor sus venenos, en verdad, con esta distraída displicencia de atención, puesta en otras cosas, con que va tomándolo Rocío.
Por no espiarla más en mi constante fracaso de supuestos, de torpezas, vuelvo á mirar la habitación. Lujo y buen gusto de un hotel, en cuanto cabe. La alfombra y los muros son pálidamente verdes; el lecho, de caoba, y bronce, tiende sobre los almohadones el damasco verde agua de la colcha...
—Alvaro—interrumpe Rocío mi observación—, ¿me has querido mucho?
—¡Oh!—me hace contestarla la sorpresa de oirla así—; y... ¿por qué haberte querido? ¿Por qué no preguntármelo en presente?
Vuelve humilde á sonreír. Nota que he terminado el té, y corto su intención de levantarse á recoger mi taza, yendo por la suya. Las dejo en la mesa.
—Alvaro—óigola de lejos añadir, divagadora—; nunca nos hemos hablado como novios. Sería bien que, al dejar de serlo y para dejar de serlo, esta noche me permitieras preguntarte todas esas menudas y bellas cosas que los novios se preguntan.
La baña la luna—novia excéntrica, toda envuelta en la negrura del abrigo. Paréceme grato, si ha de hablarme como novia de un ensueño, poder mirarla y escucharla al fulgor de ensueño de la luna..., y pidiéndola permiso, acércome á la llave de la luz, la apago y vuelvo á mi butaca.
Ya es de ensueño la intangible. Recostada en la honda concha del alto respaldar, creyérase que duerme. Sobre el denso luto de su cuerpo, la luna realza blancas las abandonadas manos y la faz con clarores diáfanos de alma.
—¿Me quieres mucho?—interrógame esta vez.
—Sí—contesto—; pero la frase le es pobre á la sencillez de tu grandeza. Te amo mucho.
—Explícame la diferencia de una y otra cosa. Explícame lo que para ti mi amor significaba.
—La diferencia está... en que amar es más que querer, y más que adorar, y más que apasionarse, ya que todo esto implica solamente insensatez ó ceguedad, efímera locura. Te amo con el amor de la Vida, con el que no es sino la mayor necesidad de perfecciones de la vida; con el que no es al mismo tiempo, acaso, sino una forma de la gravitación universal, y con el que resume, pues, las humanas simpatías más altas: porque compendia las ternuras de la madre, las noblezas de la hermana, la serenidad de la amistad y las atracciones del instinto. Por este amor buscaba la miseria mía sus redenciones en tu inteligencia como amiga, en tus delicadezas como madre y como hermana, y en la divina sensualidad de tu belleza como amante. Sólo él hubiese hecho florecer mi alma de ocioso enfermo á una existencia de ventura y de trabajo bello consagrada á ti, á mí y á los demás..., y sin él volveré á ser el infinitamente desdichado en un mundo de odios donde no encuentra un poco de amor el corazón. Así te amo.
Desde la sombra que me protege he ido siguiendo á la luz de la luna, que llena el severo rostro de Rocío, su expansión de dicha dolorosa.
—Y di, Alvaro, ¿me juzgas digna de ti? ¿Quieres decirme qué cualidades mías te hayan hecho creerme digna de tu amor?
—¡Todas! Tu bondad, tu belleza, tu talento, tus noblezas, tus purezas, tu candor.
Dóblase al brazo de la butaca, como agobiada de bochorno.
—¡Tu candor!—reafirmo, adivinándola el recuerdo de su abandono de anteayer—. ¡Tu candor, por encima de ridículos pudores!
Mi enérgica persuasión no logra más que incorporarla retorcida en sus angustias; tornando á caer hacia el respaldo, me pide:
—Si quieres jurarme que crees en mi bondad, en mis noblezas, en cuanto sabes de mi alma, como creo yo en cuanto sé de la tuya á pesar de lo que ignoraba de tu vida; si quieres jurarme que, á pesar de lo que también tú de mi vida desconoces, creerás en todo aquéllo..., mi alma, sintiéndose tal vez rendir justicia, se lo agradecerá á tu compasión; pero... ¡oh!, no existen mis purezas.
Tiemblo de admiración hacia la tan pura que sin duda se obstina en acusarse porque besó de amor mis labios, porque viéronla mis ojos entregada en el amor, y juro con la mano sobre el pecho:
—Creo en tu alma y en tu vida y tus purezas; ¡en toda tú!
Pero sigue moviendo la cabeza en desesperación desfallecida que parece rechazar la amplitud que la concedo.
—Me basta—díceme después con la insensata calma de un delirio—tu sinceridad con respecto á lo que yo la conjuraba. Ahora, escúchame. Siempre he sido yo la que ha oído con el dificilísimo silencio del mentir de mi silencio la verdad de tus palabras, sombreadas, sin que yo lo viese, de mentira, y te toca á ti, por fin, escuchar en silencio la mentira de las purezas mías que voy á descubrirte. El propósito, ¡nótalo bien!, no es improvisado de esta noche ni suscitado siquiera por la franqueza que tú llamaste tus miserias y traiciones de ladrón. También yo era una ladrona que iba entrando de puntillas en tu alma..., y en esos papeles, escritos para ti, y escritos con tanto más dolor cuando más lealmente franco te juzgaba, está la confesión que ya puedo entregarte con menos repugnancia de mí misma.
Se ahoga. Recóbrase un instante.
—Como tú, lanzada por grandes crueldades del mundo á aquel buque en que la fatalidad quiso juntarnos; como tú y más que tú envilecida é impura, y con un afán tan grande como el tuyo de noblezas en que descansasen mis tormentos, tu alma de martirizado solitario, que á su vez buscábase un consuelo de ideal en la simple contemplación de la máscara de inocencias de una niña, hizo que la infortunadísima mujer oculta dentro de la niña, por primera vez admirada noblemente, quisiera descubrirte todos los infantilismos del alma suya á que nadie jamás habíale concedido aprecio en las brutas ambiciones á su carne. Amigos, hermanos pronto, me entregaste tus pesares; y como los dos nos reconocimos al fin enfermos de muerte en la misma ansia de piedad, tú, que falto de fe en el cielo caminabas á la nada en la tierra, sin querer hacerme daño con tu amor te fuiste enamorando de mi pena; y yo, que no con toda la fe necesaria llevaba el horror de mi desdicha al olvido de un convento, sin querer, sin querer tampoco hacerte daño con mi amor, me fuí enamorando de tus penas, de tu amor, de tu piedad. Cada uno sabíase un miserable; pero un miserable redimido en el pesar de su conciencia y humanamente salvado en el «imposible amor de traición» al otro; y la lástima es que á ambos nos faltase en tantos días, en tantos días, y sobre todo en aquéllos tan diáfanos del mar, el valor de confesarnos mutuamente miserables—para no haber tenido que llegar á la misma confesión en estas noches, tras un calvario de vergüenza. Sin embargo, has sido el primero en la lealtad, y tal vez el no haberlo sido yo haga á mi tardía confesión inútil para redimir en tus caridades á quien, como tú, y más que tú, porque tú en Madrid tienes una hermana, sin ti habría de seguir su triste camino sola por el mundo.
—¡Rocío! ¡Tienes á tu madre!
Marca un silencio, y gime abandonándose á una mano:
—Leopolda... no es mi madre.
—¡Cómo!! Que... ¿Leopolda...?
—No es nada de mí.
¡Ah!
Enorme lo que afirma.
La contemplo; la contemplo.
Empiezo á temer que su tortura no sea únicamente la de la cándida novia que me hubiese abandonado sus candores.
¿Por qué me ha mostrado sus joyas? ¿Por qué me acaba de hablar de brutas ambiciones á su carne?
Inmensa mi confusión.
—Como tú, también—continúa, advirtiéndola—, igual que tú de mi alma, guardo palabras de tu alma que pudieran servirle á mi perdón; que pueden servirle al menos de disculpa á la tenacidad de mi amor, si en la vil hubieses al fin de despreciarlo. ¿Recuerdas?... De Laura me dijiste: «Era bella, dulce, noble; mas era al mismo tiempo demasiado pura, demasiado niña; manchado de todas las vilezas, hubiese cambiado á aquella niña por otra con alma de santa que asimismo, al ser buena de nuevo, hubiese sido, sin quererlo, incluso infame..., porque sólo pueden saber de las ternuras infinitas las mártires del dolor y de lo horrendo». Esto te escuché una vez allá en el mar, y no puedes figurarte, Alvaro, la alegría (¡tú la tomaste por el horror de una inocente!) que sintió la que no era sino «una mártir del dolor y de lo horrendo», y que ahora te pregunta: ¿lo repites para mí?
Quedan fijos en avidez sus ojos claros.
Su alma me está expresando tantas cosas de ignominia y de martirio, que una súbita y terrible conexión de aquel ángel del vapor que todo lo entendía y que no se azoraba de mis besos, de esta alusión á las brutas ambiciones á su carne, de estas joyas y de esta madre que no lo es..., fuérzame á pensar en no sé qué precoz prostitución involuntaria de la cual la mártir, la mártir inocente, vendría de Europa huyendo con su máscara de niña.