PRIMERA PARTE (continued 2)
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La imagino en su desnudez de gasas leves... delante de los pomos del tocador ó del baño, cuyo grifo suelto empieza á sonar en catarata... Casta mi veneración á la estatua de purezas hecha por Dios con carne de la gloria...; pero huyo furtivamente, de improviso..., no sé bien si porque la sola idea de la traición á ella y á mí propio me abochorna, ó porque hacia la proa surgen los marineros del baldeo que con el purificador torrente de sus mangas, como á un ladrón, me arrojarían de donde mora la nobleza...
Busco en la borda el refugio de una azoteílla medio cubierta por los cordajes de un bote. Magnífico balcón sobre el mar. Encima, la densa humareda del buque y las estrellas que empalidecen. Apenas una línea de rosada palidez frisa en el Oriente la alborada; y es sobre el color de alma de las olas tan limpia la pureza que sucede á la noche, que la humana visión de la angélica desnuda se me borra en la visión de la blanca angélica vestida que pronto vendrá á reafirmarle á mis ojos el éxtasis de paz.
Debemos ir navegando no lejos de alguna costa, porque las gaviotas siguen al buque, volando sobre la estela y bajo el humo. Paréceme adivinar entre ellas el minúsculo alado Mefistófeles de mi obsesión, y yo soy al fin quien ríe de su impotencia, para atormentarme con la maldita musiquilla. Cuando recuerdo el vals ó se lo escucho á los zíngaros, sólo me suscita un problema de presente: «¿Por qué al contarle á Rocío la carnavalesca muerte de Laura en mi corazón..., no la dije que es Laura mi mujer?»...
Lo ignoro todavía. Me atrevería á jurar, sin embargo, que, más que el egoísmo de un bajo engaño, hubo de impelerme á mentir la cobardía de no haberla empezado con ésta, la mayor, la confidencia de mis penas. Tarde la noche aquélla, y más ahora, á la verdad, puesto que el espíritu capaz de fraternizar inmensamente á la sola advocación de lo desinteresado y de lo inmenso, no pudo el mío sospecharlo en la chiquilla á quien, únicamente buscaban mis ojos como consuelo de candor y que á su vez, en cambio, pudiera estimar que mi contrita y tardía franqueza la ocultó los designios del ultraje.
Guarde este dolor de mi farsa nuestra gran fraternidad, en el terror de trocarla por el desprecio del alma que, á pesar ó por lo mismo de su comprensión para las eternas cosas infinitas, pudiera no comprender ni perdonar las pequeñas cosas miserables. Hay alturas desde las cuales lo pequeño no se ve, y en donde aparece, si se alza á ellas, demasiado repugnante lo pequeño. Está en tales alturas el alma de Rocío..., por encima de la inocencia, por encima del candor, en la cúspide de majestuosas dignidades que la inundan de una virtud más noble que la de las inocentes candorosas.
Esa alma va entregándoseme, sabiendo bien cómo se entrega en sus alturas y en sus lumbres..., con un poco de sorpresa, nada más, hacia el noble ladrón de grandezas de las almas, que siempre la espía calladamente. Protesta, protesta de dejárseme robar...; pero sonríe después y me brinda los tesoros de su espíritu.
Cierto es que también ella me espía. La solicitud de nuestra atención es mutua. Ha visto mi llanto alguna vez, y he visto muchas veces las claras perlas de su llanto. Saber que somos capaces de llorar, no nos da vergüenza.
Así, anteayer, ella durante la misa se sorprendió porque una lágrima de su fe de adoraciones á la Virgen fué sorprendida, haciéndome sonreír de inefable modo, por mí, que también de hinojos, y casi desde un escondite, la adoraba. Poco después estaba yo en la cubierta baja, rodeado de emigrantes. Habían agotado la plata suelta en mi bolsillo; pero he descubierto, aparte de la familia del ex acomodador de la Princesa, otro interesantísimo grupo familiar que nunca pide, que forma un cuadro de conmovedora sencillez, compuesto por una joven madre ciega y dos niñas, de siete y nueve años, cuyas tristes seriedades la sirven de lazarillo de amor en busca del padre á través del Océano, y luego de entregarlas un billete y volverme para que no viesen las niñas el llanto de congoja que me producían sus gratitudes..., vi con sorpresa que Rocío, desde lo alto de la escala, devolvíame mi sonrisa de poco antes, porque estaba viéndome llorar. Juego de vanidosas humildades de corazón á corazón, de celestes represalias. Abrió la escarcelilla, sacó también un billete, y descendiendo un poco me lo alargó, y me suplicó: «—Entregádselo á esas pobres de parte de la menos generosa»...—Cuando me reuní con ella, cuando la dije quiénes eran aquellos desgraciados..., cuando la escuché decirme que no era la primera vez que enternecíala el espectáculo de mis compasiones pródigas con ellos y con otros..., una aureola de amplitud de divina humana vida la envolvía de tal manera, que no pudo asombrarme la mística sensual pureza idéntica que al pie de la escalilla acababan de recibir mis ojos admirándola en la frente la perfecta idealidad del pensamiento y al borde de la blanca falda la blanca media que ceñía la perfección de una de sus piernas avanzada en el peldaño.
Desnuda cual la imaginé minutos antes, la hubiese visto igual. Maravilla hecha por Dios, como las flores, las flores están desnudas. Hubiésela confidenciado este pensamiento de enormes castidades; pero íbamos ya lejos del dolor por la cubierta de nuestro elegante mundo de las farsas, y sólo las eucarísticas desnudeces podíamos presentarnos.—«Es usted bueno, Alvaro»—me acarició.—«Es usted buena, Rocío»—la devolví. Y contemplándonos con las bondades sin rubor en los ojos, ambos tuvimos que sonreír infantilmente á la amargura de un pensamiento mutuamente adivinado sin decirlo: el de que nos creerían «dos tontos», si nos oyesen, los demás; no comprenderían que nos reuniésemos en las matinales citas sin cita para no decirnos nada ó decirnos estas cosas.
Y un afán de no querer ser menos buena que yo, forzó á la buena, cuyas limosnas son también de santidad, porque reza indudablemente por los pobres, á desprenderse, á entregarme la medalla de la Virgen. Quería que yo se la pusiese á la ciega, con el encargo de que no se la quitara nunca. Se lo prometí y no lo cumplí. La guardo, traidor á mi pesar, porque está perfumada, la medalla de la vida de Rocío—aroma á la vez de gardenia y pensamiento. A la ciega (¡oh, su asombro!) la dí los cien duros á que puede ascender el valor de la medalla.
Robados, pues, á la que cuando me descubre ladrón en esta guisa me perdona, tengo de Rocío el pañuelo, la medalla y muchas joyas más de su conciencia. Alma rara, toda por fuera de silencio y de pueril indiferencia; toda por dentro de curiosidad y de inquietud.
Pero tiene más resplandor el mar y advierto tras de mí un aletear de mariposa. Es ELLA. Me trae la calma de todo, en su sonrisa.
—¡Hola!—me saluda simplemente, pasando á la terracilla circular que es una jaula de balcón sobre las aguas.
—¡Hola!—la saludo con la sencillez que pudiera saludar á un etéreo pedazo mío que vuelve á mí.
Durante un rato, la oración matinal de nuestras almas asomadas á los ojos préndese á la beatitud lejana de la aurora, que es rosada y que es clarísima, con una sola nube como una lanza de carmín. Y debemos, sí, cruzar cerca de costas; parece también un alma perdida la nívea vela triangular de una lancha que esfuma la diafanidad del horizonte.
—No sé por qué no habrá pintores de albas—susurrábame Rocío cuando la hechicería de luz la tiene lleno el ser—; pintores que no pintasen más que albas. Pintarían siempre lo infinito inagotable.
No la contesto. La maga posee el secreto de florecer en los espacios los halagos de la vida; y yo, que sin ella no sabré qué hacer de la mía aunque haya de seguir en mitad del piélago de ilusión de los espacios, me quedo contemplándola.
En la sensación de mi miseria invádeme la angustia de implorarla limosnas de piedad y de salvación.
—Rocío, usted, que en la mística filosofía de sus libros busca la felicidad del porvenir, y que espiritualmente sabe entretener la felicidad de su presente, ¿qué me dice de su espíritu ó qué ha leído en sus libros que pueda servir para forjarle á mi porvenir alguna felicidad?
Percibe pronto el fondo de mi interrogación, y se sonríe.
—¿No es usted feliz?
—Ahora sí, porque también el mar, como á usted, me tiene en un limbo de delicia—; pero... pronto no lo seré..., y quisiera serlo, quisiera que alguien me indicase para la soledad del mundo el programa de una existencia venturosa.
—¡Pobre de mí! ¿Yo había de trazárselo?
—Usted, que es feliz de sí misma porque ha sabido trazárselo á sí misma.
Suspira.
—Pues eso dependerá de sus predisposiciones y aptitudes. Rece y crea mucho en la Virgen, lo primero.
—¡Ah! Esa aptitud, Rocío, la perdí. Únicamente me restan vulgares aptitudes de la tierra.
—¿Cuáles?
—La música, el piano, por ejemplo.
—Bella cosa. Conságrese á la música hasta alcanzar la perfección.
—Pinto algo, también, y sé la fotografía.
—Muy bien. Complementos admirables. Quedábamos en que sería hermoso pintar albas.
—Amo, además, el campo y los cultivos por razón de mis estudios.
Estamos charlando como en afable broma.
—Por Dios, Alvaro..., y ¿con tales cualidades y aficiones no ha de saber formarse un poco de ventura?
—No. Son grandes cualidades, quizá, cuando á la vida no le falta la clave de un amor; usted lo tiene en lo divino; yo no lo encuentro por el mundo.
Mi acento ha sido menos ligero, casi severo..., y la toma á ella su severidad, dejándola una sonrisa triste. Como siempre que sospecha el riesgo de una derivación de mi espiritual afecto á otros egoístas, se me esquiva en sutil condescendencia.
Al cabo de un instante inquiere con una especie de remota compasión que la escuda contra cuanto no sea compadecer desde su alteza mis humanos infortunios:
—¿No tuvo usted nunca otro amor que el de aquella novia, que el de aquella Laura?
Y me observa la mujer de comprensión tan hondamente, que yo creería que ven sus ojos en la profundidad de mi corazón los otros dos nombres de amargura que le ha removido la pregunta: el de Ana María (Loló, para Placer—que brutal un día hubo también de recordármelo) y el de Enriqueta.
Cedo á la tentación de descargar mis pesadumbres en la hermana.
—Amor, ninguno más; bajas pasiones, sí—digo—; Laura constituyó el fracaso de la redención de aquellas pasiones mías, y en singular de dos que me mancharon de crimen y de infamia.
Expresado esto con la tranquila convicción de quien ni miente ni exagera, comprendo que lo he dicho en homenaje de heroicos respetos á Rocío. Es la compensación excesiva de la mentira de omisión referente á mi matrimonio; es más aún, porque será la barrera que por propia voluntad establezca entre mis imprudentes sentimientos, posibles á mi pesar, y la que me deba conocer tan vil que jamás pueda otorgarme sino su horror en la inmensidad de sus santas compasiones.
—¡De crimen y de infamia!—ha repetido, crispada y lúgubre, como ya otra vez que no llegué más que á insinuarla la misma confesión.
No lo cree, tal vez, en aquél cuya bondad la ha emocionado viéndole repartir limosnas á los pobres, y una rabia de mi infamia me fuerza á ponérsela completamente al descubierto.
—Perdida la divina fe y con el afán de recobrarla—empiezo á hablar—, ante la Virgen que usted se arrodilla contándola sus dolores inocentes, me he arrodillado yo contándola mis dolores de impudicia. Y, dígame, Rocío, si á la pureza de una Virgen del altar se le pueden revelar impudicias sin agravio, ¿lo habría en que se las repitiese á usted, á la pureza de una Virgen de la Vida?
Calla, siempre con los ojos bajos, siempre con su anhelación de espera, y no tiene que esperar más la así purificada bestialidad de mis recuerdos.
Acodados ambos sobre el mar, ella dispónese á escuchar el prometido relato de mis crímenes—tanto más horrendos cuanto que son los mismos que realiza á cada hora, entre aplausos y con la absoluta impunidad, la social galantería. Corresponden á la primera época de mi degradación; y reducidos en el mundano ambiente á las sendas elegancias de haber sabido coronar caballerescamente con un duelo un adulterio y de haber seducido á una chiquilla..., en la contrición de mi alma, después, y aquí en la clara grandiosidad de las aguas y los cielos, cobran su negra realidad de asesinatos.
De una de mis historias fué protagonista una mujer conocidísima en Madrid por linda y por liviana. Conquista mía y de mil, su marido, sabio ilustre, más atento á la gloria de su ciencia y al encanto de su hogar y de sus hijos que no á las perfidias de la esposa, la adoraba. Existencia de engañosa dicha en aquel hombre, y que sitié y rompí villanamente. Ciego á la sazón en el torbellino de demencia, mis desaprensiones lanzaron al escándalo con harta facilidad á la histérica, que antes, cuando menos, habíase contenido en ciertos respetos familiares. Ella llamándole inmortal pasión á nuestro desenfreno y yo exasperado por la vanidad satánica de lucirla prostituída más que los demás, hacíala volver á media noche á casa, ebria de champaña y desvergüenza, y en ninguno de los dos cedían las procacidades, ni ante la presencia misma del hombre de dignidad, cuya paz tan rudamente desgarrábamos. Los teatros, cuando la pobre loca iba con él y con su hija, servíanme para proclamarle más á la multitud que era mi esclava y mi querida la que no apartaba sus gemelos de los míos. Llegó á tal punto una vez este descaro, que el marido, desde su butaca, sufriendo la burlona piedad del público y lanzándome la amargura de su enojo, casi de violento modo tuvo que reñirla. Pero todo lo sobrepasaba nuestra obcecación, ajena ó desdeñosa incluso á la angustia dolorida de la niña, que, mirándonos también, comprendía la indecencia de su madre... Y como hubo un momento en que el ultrajado hombre de dignidad se tornó hacia mí amenazadoramente... mi matonería de rufián de frac me sacó del aristocrático palco en que me hallaba y me hizo descender al patio y situarme frente al «provocador»—el cual intentó en seguida mi castigo, y me escupió al verse detenido entre los espectadores que nos estaban observando. Mi tarjeta puso término al tumulto. Duelo. Lance de honor. El público lo sancionaba. Y aquella sanción del público, que no nos arrojó á silbidos á mí y á la impudente, y aquel hombre de ciencia y de bondad, que no nos metió en la cárcel como á dos rateros de su honra, al día siguiente consintieron que por la grave ofensa de un escupitajo de su desprecio y su dolor, la fría saña de un diestro espadachín le hundiese un acero en el pecho al deshonrado. Un hogar deshecho, en suma: una traidora abandonada á su mayor libertinaje, y un herido, mal curado de heridas de la carne, al año por las del alma muerto de pena y de locura entre el amor triste de dos niños.
—Vea, Rocío, un crimen que, parecido á ese célebre de Roma, entraña más iniquidad y estupidez; y, sin embargo, ahorcarán al repugnante Jacobo Wanska y á la miserable Montsalvato, presa en Nueva York, aborrecidos por la indignación universal, mientras yo sigo gozando consideraciones de las gentes.
Mis palabras prodúcenla impresión enorme. Se ha puesto pálida. Veo temblar sus manos y su boca. Nada dice. Es el juez de severidad que me estará juzgando en el mudo horror de su conciencia..., y yo, sombrío en el mortal dolor que no puede remediar lo irreparable, quiero, al menos, mostrarla la inmensidad de mi arrepentimiento, apurando hasta el final el cáliz de lo inmundo.
Para amontonar crueldades de una vez, concreto desde luego que mi otra víctima fué una modesta muchacha á quien, en calvario de cruces juradas de mi honor, hice perder todos los pudores; á cuyo espanto de deshonra le consintió la complicidad de mi desvío matar una inocente vida de los dos en sus entrañas, y cuyo odio á mí, luego de destrozada por siempre en cuanto tenía de noble su espíritu y su ser, la arrojó desesperada al vicio de los demás como pudiera arrojarse á una florida charca de cienos la aparente belleza de un guiñapo.
Así dejo enunciada mi segunda historia de vilezas; y cuando intento irlas destacando con el proceso entero de las iniquidades que asesinaron una vida no nacida y otra vida que, muerta, sigue viviendo del oprobio..., contiéneme una inmutación del pálido semblante de Rocío. Miro adonde ella mira con asombro, con horror, y descubro una especie de fatídico fantasma que en silencio se desliza hacia nosotros por la lejanía de la cubierta.
Algo maldito y espectral que turba también desde fuera de mí el candor de la mañana. Algo como si las sombras desenterradas de mi conciencia se hubiesen ido cadavéricamente concentrando tras de mí.
Quedamos fijos en la extraña aparición que va acercándose, y en su sombría silueta vemos dibujarse las marañas de un lanoso pelo erizado á modo de orejas de tigre; los ojos lívidos de una calavera de carbón que conservase sobre la blancura de los dientes el agónico sarcasmo de una boca seca, estirajada, y la vacía holgura de un esqueleto amortajado en las amplitudes de un chaquet y de un pantalón lleno de manchas... Antes que por él mismo, por el violín que trae en la mano reconozco al negro violinista. No había vuelto á verle desde Cádiz. Más que del fondo del buque, dijérase que surge del fondo de una tumba: tales son las verdes demacraciones de su cara, como de putrefacción, y tal su aspecto de muerto galvanizado por una póstuma amargura.
Sin advertirnos, llega á muy poca distancia de nosotros, y repósase en la borda. Aunque su expresión de sardónica ferocidad me ha paralizado en igual congoja que á Rocío, por un momento me tranquiliza la sospecha de que el estrambótico artista, de que el tísico infeliz venga buscando la sagrada soledad del alba para tocar su extradivarius donde nadie pueda oirle—y le habremos nosotros de escuchar. Lo acaricia, en efecto, con mano trémula, y besan sus labios secos una rosa seca contra el mástil... ¿Qué amores de su vida y de algún lejano corazón besa en el extradivarius y en la rosa?
Mas, no: certero el terror que nos impuso. No le traen afanes de dulzura, sino el odio. Le vemos pulverizar la rosa al viento en la ira de su puño..., le vemos repentinamente la cólera de un golpe de maza que destroza contra la borda el violín... y, helada nuestra sangre, vemos el gesto de demonio con que él, al fin, oprimiendo en la diestra mano los pedazos de madera, salta el antepecho y se arroja de cabeza al mar.
¡Ah! ¡Horrible!
Ha caído como un desbaratado muñeco entre el vuelo de las faldas del chaquet y de sus brazos extendidos; se le han desprendido las zapatillas por el aire, y las olas le recogen, le hunden..., le arrastran en su diáfana profundidad verdosa bajo nuestra atónita mirada... haciéndole reaparecer un momento, allá atrás, con las zapatillas que flotan en la furia espumosa de la estela...
Un sordo gemir de Rocío, la desmaya al arrancarse de la trágica visión. Por no desplomarse, doblase á la borda como una tronchada flor de nieve, y porque no se desplome, recíbenla mis brazos. En la doble y urgente solicitud de aquella desdichada vida que llévanse las aguas, y de este glorioso cuerpo que se ahoga pesadamente contra mí, miro con alternativas ansias la dirección en que aún reapareciendo alguna vez se pierde el trágico suicida, y miro cómo la faz de la divina se descompone en fulguraciones que me espantan. Sus manos suben á la garganta sin sentido; están frías, y está fría la frente que mis manos intentan reanimar. La llamo. La nombro. Agítase toda á las angustias de quien va á morirse sofocado..., y el dolor de mi impotencia por quitarla tal martirio inclíname en suspiros y sollozos hacia ella para darla aliento con mi aliento.
—¡Rocío! ¡Rocío!
No responde; no sé si pedir á voces socorro ó transportarla..., y estoy como loco, y mi angustia y mi piedad besan la frente y las sienes puras con muchos pequeños besos que mis labios vierten como llamas de la vida con su nombre.
—¡Rocío! ¡Rocío! ¡Oh, Rocío!...
Pero siente al fin la inerte el cálido contacto, y recobrada la conciencia, de improviso, suéltase de mí y huye con un larguísimo alarido de espanto y de dolor...
La veo alejarse en la cubierta, rápida, oscilante, previniéndole á la incertidumbre de sus pies el apoyo de las manos avanzadas..., y tras de volverme á mirar todavía la estela del barco, que ya no es quizá sino sudario eterno para el infortunio del negro..., gritando á mi vez escapo en contraria dirección.
Cunde la alarma. ¡Hombre al mar! Acuden marineros. Minutos después el Victoria Eugenia se detiene, vira, retrocede en su camino, y larga botes cuya inútil intención de salvamiento, por más de media hora, presencia el duelo de mucha gente del pasaje. Un duelo de silencio fúnebre que es por el infortunado que nadie acierta á descubrir, y que en la desolación de mi alma podría extenderse al asesinato que yo acabo quizá de efectuar en la nobleza de una hermana.
Buscan los otros al infeliz, que ya no lo será, sin encontrarle..., y busco yo torvamente á Rocío, sin verla en parte alguna.
El buque ha vuelto á tomar su rumbo, separándose durante toda la mañana del desierto lugar de la tragedia. Pero la tragedia sigue en mi soledad del corazón con el vacío de la que refugió en su camarote no sé si el espanto de la macabra escena ó el de la traición torpe de mis besos.
¡Ah! ¡Mis torpezas y mis crímenes!... ¡Bárbaramente he violado las castidades de su espíritu y su faz de tantos modos!...
Por la tarde, continúa recluída con su madre.
Por la noche, el médico de á bordo la visita.
—¡Nada—me dice cuando trato de informarme—; la impresión de la chiquilla! La he puesto morfina y dormirá.
Cuando á la hora del almuerzo, al día siguiente, y pensando en lo que para siempre he perdido, voy al comedor, mis ojos sorpréndense de ver en su mesa á Rocío, muy pálida, muy pálida. La cobardía del asesino ante la víctima impúlsame á escapar; pero me ve también, y me inclino desde lejos como en mísero ruego de perdón. Afable y triste, me sonríe... ¡Oh!
Nos saludamos, rato después, en la cubierta. Sentados uno junto al otro, y los dos cerca de la madre, á quien el suceso de ayer destrozó más todavía, lo recordamos. La impresión le ha dejado á Rocío una languidez de dulce enferma. Débil, tiene en la mano un libro y pónese á hojearlo. Leopolda cierra los ojos y aspira el pomo de las sales.
Dudo ahora un instante si Rocío se dió cuenta de mis besos, y á pesar de la duda quiero sincerarme de lo que, abandonado á su inadvertencia y mi silencio, quedaría en mí ó en ambos con sombras de traición.
Me inclino y dígola al oído:
—Ayer huyó usted de junto á mí por no sé cuál horror. Perdóneme si fué también por el de la locura de mi piedad ante su angustia.
—¡Oh!—suspira resignada en halagos inefables.
—¿Me perdona usted, Rocío?
—¡Oh!—vuelve á suspirar.
No sólo sabe, pues, que la besé, sino cómo la besé.
—Son nuestras almas demasiado hermanas—añado—para que en el supremo dolor no puedan acariciarse sus purezas.
Abre el libro y lee, sin dejar la sonrisa de feliz convaleciente.
Y puesto que hay cosas de la santidad del sentimiento que profanan las palabras, no la digo más.
VIII
Aunque están abiertas las ventanas y los ventiladores funcionan, nos sofoca el calor durante el banquete que es en este anochecer la comida. Hemos pasado hace una hora la línea ecuatorial. Hay quien lleva tomadas cinco duchas, y señoritas que, incapaces de aguantar la ropa, é imitando á Placer y á Eyllin, lucen el corsé y las piernas en la transparencia de los vestidos sin enaguas.
Venimos en plena fiesta. Despertó al pasaje una burlesca diana de acordeones y sartenes, y entre los escudos y banderas que adornan la cubierta desfiló la mascarada de Neptuno; luego de almorzar, música y baile; á las tres, lunch de emparedados y champaña..., brindis, canciones y alguna digna borrachera paseada de alto á bajo del buque á traspiés...
Lambea encuéntrase rendido. Principal director de la zambra, aún le quedan, para después del nuevo lunch de la noche, el concierto y la comedia. Cuando salimos á la cubierta con la dispersión de los que buscan al aire libre algún consuelo, se nos unen el P. Reims y el P. Ranelahg. El mismo afán de un poco de fresco y de reposo nos lanza á los cuatro á la más elevada altura posible en la azotea de popa, donde se hallan Rocío y su madre. Han comido en el bar. Leopolda no soporta la confinación del comedor.
Charlamos, comentando pormenores del festejo. Pero otra actualidad, relativa al infeliz que allá quedó hace tres días en el fondo de las aguas, se ha mezclado hoy á la expansión de regocijos, y Lambea, que todo lo averigua, nos informa de la especie de testamento del suicida que guarda el sobrecargo. Son cartas y retratos de una bella berlinesa, mujer del negro, y de una niña de doce años, su hija. Con un amante se fugó la esposa del violinista años atrás; tuvo que entregarse á otros, al ser por él primero abandonada..., y enferma, al fin, de repugnante mal que la ha destruído la belleza, desde un hospital de Buenos Aires escribió las cartas que demandaban las compasiones del marido. A impulsos de sublime caridad iba, pues, el negro á América, ya casi un agonizante de la pena y de la tisis, sin otro empeño que salvar en el harapo de hermosura la reliquia del espíritu falaz que fué su religión. No pudo terminar la travesía. Sintiéndose morir, prefirió ganarle al inútil sufrimiento algunas horas. Realizaba el viaje sin el amparo de la hija, dejada en un colegio de Europa porque no sepa jamás la vida de la madre, y lega, á una y otra importantes sumas, cuyos documentos y efectivos se han encontrado en la maleta del generoso moribundo que viajaba hasta sin ropa.
Un alma como esa alma ha podido extinguirse aislada entre el desprecio del pasaje.
Y ahora un poco de compasión tardía..., que no le estorbe á nadie divertirse. Únicamente en nuestra tertulia, y sobre el holgorio del buque engalanado, pesa el relato de Lambea como una maldición humana que arrojó á un mártir á la tumba de las olas y que tiene en lejana reclusión á una niña inocente de que un hospitalario pudridero de la vida está agotando las impúdicas podredumbres de su madre...
Es una historia idéntica á mi historia y á la de la Montsalvato y á tantas más.
Siempre la obra destructora del amor en un mundo que sin el amor, no obstante, sería absurdo. ¡No lo comprendo!
Parte el inquieto teniente de fragata. Rocío se ha quedado pensativa, y yo permanezco también dolorosamente impresionado. El Padre Ranelahg, que á la vista de la futura monja y de mis ansias ideales dijérase que ha tomado á empeño nuestra catequística rección, aprovecha la oportunidad para una de sus pláticas. En el cristianismo cree que vuelve á surgir el paganismo más hipócrita y cobarde. No tornará el mundo á la bienandanza de los cristianos primitivos, hasta que con la mirada en Dios acierte de nuevo á recogerse cada cual en la caridad, en la oración, en la pobreza, en la vida interior del penitente. El drama, por mitad horrendo y por mitad hermoso, que acabamos de oír, prueba el desastre de cualquier ventura que se cifre en los bienes de la tierra. Solamente la belleza del alma perdura como lazo de amor á través de las contingencias y de la muerte misma de la física belleza, ya que ésta no es sino una mentira del pecado, encubridora de las repugnancias de la carne.
Calla, y á pesar de la paz que ha derramado en mí, sufro una confusión, puesto que, por una parte, se me impone la evidencia de que sólo con un criterio tal de santidad fuesen imposibles las injusticias que yo siento alrededor, sin encontrarlas el remedio, y, por otra, el estruendo del buque, confirmándome que la humanidad resurge al bruto paganismo, parece que me quiere gritar que con él es la vida misma la que reclama turbulentamente sus derechos. La vida misma, que ni proviene de la santa castidad, ni pronto haría sino agotarse si el mundo entero llegase un día á alcanzar la perfección de la santa castidad. ¿Habría de ser condición de la vida, entonces, vivir de lo bestia y lo cruel, ó no vivir, por el místico suicidio?
Guárdome de manifestar mi duda, iniciando una intempestiva discusión en que yo no podría oponer, después de todo, afirmaciones; pero me inquieta ver reflexiva á Rocío bajo el influjo de las sutilezas del dialéctico.
Afortunadamente corta las meditaciones de la niña una invasión de estruendo que se acerca. Capitaneados por tres comerciantes catalanes, suben las escaleras dos docenas de emigrantes haraposos; detrás va llegando el pasaje, en turbión. Lambea, que vuelve acompañando á la familia del ex presidente de República, se nos acerca un momento á decirnos que se efectuará aquí esta especie de intermedio bufo, porque la cubierta se está arreglando para la función teatral. Todo el mundo se enfila en corro alrededor del la azotea, por los bancos, ó en pie, ó en donde puede.
Y empieza la diversión. Parece los títeres de un pueblo. Carreras de costales, cuyo premio serán cinco pesetas. Meten y atan los comerciantes á diez infelices (cabeza y todo) en sendos sacos, dan la señal de partida, caen de primera intención cuatro ó cinco, y el público se ríe. Al poco están todos en el suelo; se arrastran, ruedan y de cualquier modo procuran avanzar; ni ven adónde van ni en dónde chocan. Unas veces se amontonan y se agarran en pelea de coces desde dentro de los fardos; otras veces salen disparados contra una lucerna, y á un gemido doloroso y á un magullamiento de narices mánchanse de sangre. Pero el elegantísimo pasaje chilla y goza ante los desdichados á quienes ha traído por primera vez al lujo de su cámara para que por un duro le divierta.
A la carrera de costales sucede otra en que parejas de hombres, con sendos cordeles al cuello y pasados entre las piernas, marchando á gatas y tirando uno de otro tendrán que llegar á metas prefijadas. Las parejas son cuatro, y se han descalzado para mejor afianzarse á las rendijas de las tablas con los pies... Le gana el espectáculo en brutalidad al anterior: antes sangraron las narices; ahora sangran las uñas de los pies y de las manos. Si el que va vencido se aferra á un gancho ó al remate de un cordaje, el rival se obstina en arrancarlo, y á la presión del cáñamo parece que van á ser segados los cogotes apopléticos. Entonces, entre la risa general, se les azuza, se les arrea, casi se les golpea y se les pincha como á bueyes que tuviesen atascada la carreta.
Rocío y yo nos ahogamos de una piedad que se dicen de tiempo en tiempo nuestros ojos. Y como la tal pelea, á más de bestial, es larga, pues cada vencedor debe acollerarse con otro vencedor, el público empieza á fatigarse, y advierto que muchos se fijan en el grupo que formamos. Curiosidad de los que no suelen vernos reunidos entre ellos, y que no pudiendo sospechar en mí otra índole de afectos que los del más puro desinterés hacia una niña de falda corta y trenzas á la espalda, pensarán que sólo la intransigencia fanática y el misantropismo sean los que me hagan preferir la soledad al lado de la chiquilla por una igual veneración de los dos á los señores sacerdotes. Todos, todos lo pensarán..., incluso mis amigos, ante los cuales mis desdenes á Placer dejaron bien sentada mi aversión á cierta clase de aventuras y á no importa qué otros devaneos..., é incluso los propios sacerdotes, á pesar de que nos observan más de cerca.
Y, sin embargo... se engañan—como yo mismo me engañaba no hace mucho. Sé al fin que adoro locamente á la «niña de falda corta y trenzas á la espalda», y sé, además, que el misterio de su espíritu y el contacto de su vida en los besos de mi boca fuéronme la revelación de lo que ya puedo confesarme sin bochorno... ¡Casado, sí..., y ella, purísima!... Mas ¿qué importa?... Un insomnio y una tenacidad de mi corazón, en la noche misma que hubo de luchar con la evidencia gloriosa y miserable, en un relámpago de idea me hicieron ver que los nudos de la ley se desatan por la ley..., que un casado se divorcia..., se divorcia..., y que yo, por tanto, podré recobrar mi libertad en Buenos Aires. Secreto que le guardo á la chiquilla por si pasase alguna vez á la plenitud de la mujer de humanidad en mi cariño.
¡Oh, la plena mujer de humanidad que sintieron mis brazos y mis besos! ¡La plena alma de mujer tantas veces sentida por mi alma!
¿Conoce mi pasión?
Lo ignoro. Y en vano aquí trataría de penetrarlo en el hermético candor y en la piedad de la niña tan niña delante de las gentes.
Pero aumentan las risotadas, de pronto, y acrece hasta el tormento su piedad. Agotada la resistencia de un luchador que se aferraba á la lumbrera, de un tirón hercúleo es arrastrado de tal modo por el otro, que tienen que llevárselo con un síncope, del calor y del esfuerzo.
El P. Ranelahg y el P. Reims se marchan, contristados. Les imitaríamos si no le fuese á Leopolda difícil hendir la multitud.
Menos mal que á lo cruento sucede lo jocoso. Depositadas ahora las monedas en el fondo de grandes cubos de agua y de cazuelas embadurnadas con aceite y con tizne, los míseros emigrantes, ya de sobra lastimosos con sus andrajos y sus carnes laceradas, de rodillas, y atadas atrás las manos, han de sacarlas con los dientes. Parece resultar muy divertido verles caerse cara al tizne ó sepultar en los cubos la cabeza hasta los hombros. Se van poniendo hechos una lástima, y el público ríe, ríe... No son hombres, son vivos autómatas que se han traído aquí por diversión. Antes se escarneció el ultraje á sus dolores, y ahora, se escarnece el ridículo de su grotesca humillación con las mismas carcajadas. Cuando alguno á punto de ahogarse saca la abotagada faz de un cubo y vierte el agua por la nariz como una foca, llega al colmo el regocijo. Y no obstante, no fuese una piltrafa de humanidad lo que se ahogaría con la desdicha de estos seres á la vista del aristocrático concurso, sino la humana dignidad.
Sigue, sigue el espectáculo soez, y aun por media hora me obliga á recordar mis sandeces de aquel día en que yo quise sacudir las compasiones de estas gentes gritándoles que se ahogaba la humana dignidad en la sentina de emigrantes...
Soy yo, pues, y es Rocío, quienes únicamente nos ahogamos de piedad, de piedad, de piedad... Somos nosotros, tan sólo, los necios mártires de la piedad estéril, ante la imposición de las crueldades del mundo que el selectísimo concurso manifiesta en toda la magnitud de su inconsciencia.
Y no, no lo comprende; no puede comprenderlo, á pesar de la sanción general abrumadora, la protesta constante de mi alma.
¿Por qué la necesidad de ser crueles? ¿Por qué en todas partes las durezas de la vida, ó por qué, si no, frente á ellas el absurdo de ángeles de bondad como Rocío?
Leopolda, siquiera, oculta en el abanico, le ha pedido anestesias á sus sales.
Dormita tan tronchadamente, que no siente, por último, la dispersión de la desdichada tropa de payasos, á puntapiés de sus joyosos directores—y tras ellos la del público.
Junto al sueño de la pobre enferma destrozada quedamos Rocío y yo en la soledad.
Quedamos con nuestro dolor, con nuestra angustia, con nuestro horror del mundo...; y mudos, caídos atrás en los sillones, el ángel que es del cielo acoge su aflicción á los mundos de los cielos.
Estrellas. Amigas suyas de pureza fulgurante. Están tan altas que no las llegarán las miserias de la tierra. Brillan á través del dosel de humo que nos va tendiendo el buque. Sabe Rocío sus nombres y las va nombrando—algo desorientada bajo este firmamento, que es ya la mitad del Sur. Pero Lambea nos las indicó en las pasadas noches, y puedo á mi vez dirigirlas mi saludo... «Acharnair»... «Procion»... «La Corona»... «Tomalhaut»... «El Fénix»...
La espléndida «Cruz Austral», predilección de nuestros embelesos, queda oculta, hacia la proa, en la balumba de chimeneas y botes y mástiles y puentes del Victoria Eugenia.
Levántase Rocío y va en vago paseo de abstracciones á la borda.
Al poco, voy á su lado.
Ella contempla perdidamente las cinco estrellas de la Cruz Austral. No sé lo que las hable. Seguro de no discordar mucho en el diálogo de alma y de luz, susúrrola al oído:
—Y sin embargo, también tiene sidéreos resplandores nuestro mundo. Desde allí nos deben ver como otra estrella.
Cierra y abre los ojos. Yo insisto:
—Con la misma pureza, que otra estrella.
Me mira.
—Y por mucha razón que parezca apoyar la unánime ferocidad del mundo, contra todo él hay que afirmarle que es estrella en mitad del Universo y que habrá de ser estrella.
Al apartar de mí la mirada, Rocío déjala melancólicamente caer en nuestro mundo, que debería ser estrella y no lo es, en nuestro barco, que es por todas partes cargamento de crueldades. A la izquierda, en el hundido entrepuente de tercera, y al agónico fulgor de las bombillas, muéstrasenos la incongruencia humana con los dos grupos que forman á uno y otro lado las blancas monjas y las colorinescas prostitutas. Y como queda fija en ellas la angélica compasión de la que tanto puede comprender, no dudo en expresarla las mismas reflexiones que sentí al verlas el primer día: «Símbolos del social absurdo, representan lo que de un modo indefectible se tiende á hacer con todas las mujeres; se las parte sin término medio para ellas: ó lo espiritual, en un calvario de renunciaciones, ó lo animal, en plena desvergüenza.»
—Unas—concluyo—van á aprisionar su juventud sin juventud y sin vida en hospitales y lúgubres conventos argentinos; otras, á servirles en burdeles su beldad sin beldad y sin alma al vicio de los hombres.
—¡Qué horrible!—clama algo del ser entero de la mujer-ángel, volviendo á la Cruz Austral la angustia de los ojos.
Callamos los dos. Pero si ella adora los luceros al rechazo de no poder noblemente adorar lo humano, yo estoy adorando en ella la excelsa humanidad de su belleza divinizada por su espíritu.
—¡Qué horror!—repite suspirando.
—¡Y qué error y qué pena, Rocío!—añado, con el recuerdo de las abominaciones del catequista que pudiésemela robar lanzándola al otro extremo de la vida místicamente cercenada—. Vea: todo es bello y digno en la Creación..., la estrella, la nube, la luz, el mar..., el árbol y la montaña, el pájaro y la flor...; todo es diáfano y purísimo en su mismo incesante cambio del vivir y del morir que realiza la eternidad de la armonía creada por Dios y que cautiva de divinidad universal á nuestros ojos..., y sólo nuestros ojos, sólo nuestra, vida material, sólo la plástica belleza, humana, que en usted, por ejemplo, resume todas las purezas de la luz y de las flores..., habría de ser inmundo y despreciable.
Me mira otra vez la que todo lo comprende, y sonríeme para quedarse agradecida en mi mirada. Su atención de espera es tan intensa como la que hubo de prestarle al P. Ranelahg. Él la presentó el enigma de los odios á la vida. No debo yo en el sentido opuesto defraudarla.
—¿No cree usted, Rocío—la expongo lo más humildemente que puedo, es decir, en interrogaciones, que buscan también mi orientación al fulgor que me está irradiando el ángel de la tierra—que hubiera más egoísmo y cobardía al recogernos al alma limitados á la ambición única del cielo, sólo porque en el mundo nos hiera su barbarie, que no en salvarnos combatiendo esa barbarie y salvando á los demás? ¿De qué, entonces, sirviese la humana, caridad del amor que á usted y á mí nos acongoja porque vemos siempre en torno lo cruel?...
Tiembla en la grandeza de alma de sus ojos la conciencia del impoderío de la chiquilla, que fuese toda, á pesar suyo, de estéril compasión, é interrógame á su vez:
—¡Oh! ¿Y es posible eso?
—¡Sí!—no vacilo en contestar—; con el amor que haga religión amorosa de la vida; con el amor que no odie; con el amor que lo ame todo y lo embellezca, desde el perfume de una rosa y el rosa de unos labios, hasta la desdicha de los que no saben besar con pureza igual los labios y las rosas.
Me corrijo, al advertirle demasiadas seguridades á mis dudas de inseguro:
—Es posible, cuando menos, intentar contra la crueldad que inmediatamente nos rodee la obra redentora. Así, usted y yo bajamos á los pobres y les damos limosnas de dinero. No basta, bien lo sé; pero tampoco las limosnas de oración. Entre las religiosas de la caridad espiritual, que huyen de la vida con espanto, y la vida aborrecida y torturada que por las únicas esclusas sin alma del brutal instinto de las gentes reclama sus imperios como puede y sin cesar, siempre invencible, nunca vencida, yo creo que falta un sentimiento de humanas amplitudes que, fundiendo y concordando á aquellos dos, le entregase á la partida vida sus noblezas. Lo creo, y porque lo creo, allá, en mitad del mundo, en mitad de un abierto campo de España, dejé abandonado á la barbarie el templo de humana religión que le dije á usted que esperaba á la Laura que no fué..., á una Laura allí quizá esperada todavía. Con ella, Venus idealizada por el místico resplandor de la Pura Concepción, mitad pagana, mitad cristiana, habría fundado yo la colonia del amor de todos los amores y de todas las limosnas: para ella, besos de ideal en las flores de su pecho y de su boca; para los otros, piedad que aliviase sus dolores, escuela que combatiese su ignorancia, generosidad que salvase su pobreza, y para nosotros y los otros, hijos de los dos á quienes poder educar de modo que continuasen la misma redención de la vida bajo el manto de estrellas de los cielos.
Extínguese mi voz en un suspiro de oración, y nada más tengo que decirla á la divina humana que nada tiene que reprocharme ni decirme. Han debido estremecerse á mis palabras las flores de su boca y de su pecho.
La noche ecuatorial envuelve nuestras vidas en su inmensidad de maravilla. Los astros son lumbres cuya pureza ilumina á la del ángel. Piensa, tal vez, el ángel, la mujer, en lo lejos que va quedando el triste templo de mi amor, y al girar más la cabeza, ansiando descubrir en los nuevos horizontes nuevas tierras que pudiesen convertirse en templo abierto de los cielos, la sorpresa arráncala una exclamación alucinada.
Me vuelvo y sufro el mismo asombro.
Toda una magia.
A mi evocación, la diáfana tierra de divinas claridades habría surgido del mar y está delante de nosotros.
Está inmensa y radiante en la obscuridad, como una gloria. Isla fantástica, blanca, en blanco incendio de resplandor de paraíso.
No comprendemos, al pronto; no podemos comprender, y juntos y silenciosos nos acercamos á la otra borda con la atracción sobrecogida del milagro.
¡Ah! El hechizo se deshace un poco y nos obliga á sonreír humanamente. Es la luna, que sale tras un celaje denso, en el cual finge el país de la ilusión.
Es la luna..., y aunque adivinada por nuestra serena predisposición contra lo sobrenatural, nos cuesta violencia hacerles aceptar á los ojos que sea la luna y que no sea aquéllo un Olimpo donde las desnudas diosas vayan efectivamente á aparecer ante nuestro curioso aturdimiento de mortales.
Fundidas platas y fúlgidos velos en decoración de inmensidad. Apoteosis del ensueño. La negrura de las aguas corta rectamente la negrura de unas acantiladas costas que parecen ganar la línea del cielo avanzadas á nosotros y que en rompientes blancas figuran las suaves playas de luz que van á internarse y perderse en los valles de la luz, en las paradisíacas selvas de transparencias ambarinas, en las edénicas cumbres de albor de nieve que otras sombras pintan por el dilatado reino azul de la quimera...
Miramos la celeste fantasmagoría no sé cuánto tiempo; y cuando la luna ha acabado de salir redonda por lo alto, dejando reducidas las nubes á su gris, Rocío concreta la emoción sentida en un solo pensamiento:
—¡Se comprende que en la inspiración de la Naturaleza quisiese alguna vez la Humanidad forjar su religión!
Digno de ella el pensamiento, fija como definitivamente otro mío en mis angustias eternas de piedad.
—Las ruindades humanas—la digo—no se borrarán hasta que los hombres encuentren su perfección en la simple imitación de la Naturaleza, donde nada es crueldad, donde todo es ritmo y belleza y armonía.
IX
Frío, lluvia y huracán; crespones de nubes. El pampero, el terrible pampero, que nos viene embocando hace sesenta horas desde El Plata. Zarpamos de Montevideo, hermosa población que no he visitado por no restarle ni uno de estos últimos momentos á Rocío, y vuelve á su ingrata danza el barco. Casi una tempestad, en que persiguen nuestros tumbos las aves blancas y las aves negras, como esperando despojos de la muerte.
Mirándolas yo, creyese que van recogiendo de la estela mis propias ilusiones.
El mar ya no es el mar, sino un piélago de sucias aguas.
Mi alma ya no es tampoco más que un piélago de dudas.
He vivido un infinito en tiempo breve. Desde la primavera que mi desolación dejó en España, y desde el estío que mi loca ilusión de juzgarlo eterno cruzó en el Ecuador, pocos días más han bastado para lanzarme á estos otros de tristezas invernales.
Tal que una sombra de mí mismo recorro las abandonadas cubiertas con un ansia de «adiós» á cada sitio en que bebí olvidos de la pena. Nadie. Mudos duelos de la gente mareada, de aquel alegre pasaje que ahora en los salones tristes le huye al yerto anochecer. Rocío, con su obscuro abrigo, parece en luto por los dos.
¿Dónde están las músicas y los gozosos bailes de los otros? ¿Dónde nuestras amigas las estrellas y el perla de nuestras purísimas auroras?
El encanto del mar se rompe según nos acercamos á la tierra. Una noche, ésta, la última, y mañana Buenos Aires. La dispersión se ha iniciado para concentrar á cada cual en su egoísmo. Amistades y simpatías que se deshacen; hondas afabilidades, nacientes amores, quizá, que se deshojan. Ya nadie le importa á nadie, y todos se aperciben á ser extraños que apenas se habrán de saludar en la gran ciudad al verse desde lejos.
¡Sí, sí, los egoísmos!... Cargamento de cosas inconexas que habrán de diseminarse en la vida. Los veo por el cristal de las ventanas. Unos yacen tumbados, con el displicente horror de su mareo, porque el buque no cesa de hundirse y levantarse en el barro furioso de las olas; y otros, en los camarotes, preparan para el desembarco sus maletas. Yo también he ordenado las mías, y Rocío arregla las suyas aún, junto á la madre infeliz, tendida sobre el lecho. Alcázar que se muda, y desabrimiento y trastorno de mudanza, en mitad del cual se va asfixiando mi efímera felicidad.
¿Habremos de ser ella y yo, asimismo, los extraños que no vuelven á verse ó que sólo hayan de saludarse desde lejos?
¡Oh!
Mi corazón protesta; mi corazón me grita que no podrá ser; que no podrá ser esto con la niña cuya angustia resignada siempre está pendiente de mi angustia; pero el plan de su destino, que desconozco, y la falta de un convenio del de ambos, que tampoco me he atrevido á proponerla por exceso de respetos, contra su afán y mi afán pudieran separamos para siempre. Aparte los empeños del P. Ranelahg, que porque ella sea un ángel quiere guardársela á Dios en la clausura, ignoro absolutamente la solicitación de vida que la espera, y los proyectos de su madre. Anoche hablaban del hospedaje que en un convento ofrecíalas el P. Ranelahg. Ello significaría el secuestro con respecto á mi última esperanza. No pude entender bien, sin embargo, más que el dolor que Rocío me lanzaba de soslayo, en despedida.
Está pálida y nerviosa. Su incertidumbre ante el dilema del sacrificio en el espíritu á que la incita el sacerdote y de la amplia vida que yo la he ponderado sin que nadie se la ofrezca, la tienen en algo así como la crispada expectación de la urgencia con que el fin de este viaje habría de resolverlo.
¡Pobre niña!
¡En el momento decisivo, y á pesar de mis ideas de salvación, cuán lejanas se me vuelven á aparecer su purísima existencia y mi existencia miserable!
Suenan los timbres. Llaman á la última comida.
El pampero viene arreciando hasta hacer verosímil la posibilidad de que seamos nosotros los que les sirvamos de festín á los peces y á las aves. Todo se mueve y todo cruje y amenaza, estallar en el buque, que el horrible viento combate por la proa.
Pocos van al comedor: apenas si algunos valerosos cruzan con los pies abiertos y sin soltar los pasamanos.
Me acerco al camarote de Rocío. Como ayer y anteayer, mi brazo le servirá de sostén á Leopolda.
Rocío aparece.
—No; no iremos, gracias. Aquí nos servirán.
Anúnciame que no saldrán luego tampoco al salón porque no puede su madre levantarse, y quedo en volver un instante á decirla el «adiós» de esta última noche...; á decirla: «¡hasta mañana!»
Parto. Mi zozobra va pensando que volveré á decirla «¡hasta mañana!», ó «¡hasta nunca!...» ¡Quién lo sabe! Damas solas que necesitan una noble protección..., ¿aceptó tal vez Leopolda el ofrecimiento del P. Ranelahg? ¿Qué hospedería, qué colegio ó qué convento sería ése, cerrado seguramente para mí?
Mañana, cuando el Victoria Eugenia amanezca anclado en Buenos Aires y con la confusión de todo el mundo por dejarlo, el «adiós», el último «adiós» de Rocío, no podrá tener al menos la efusiva fraternidad de nuestras almas.
Desierto el comedor. O lo que es lo mismo (comparado con la pasada animación, que ya no tornará), algunos solitarios por las mesas. En la mía falta el matrimonio austriaco, y sólo acompáñame Lambea, que celebra mi resistencia contra el mar. En la de Rocío, nadie. En la de Placer, desde su artística absolución, restituída al comedor con Eyllin y los jovencitos bonaerenses, ella únicamente.
Se aburre Placer ó ha olvidado mis desaires; me sonríe. Su afable bestialidad, en la ausencia de lo que constituye caricia ideal para mis ojos, parece burlescamente querer decirme que no me guardará el mundo más que el escarnio de su amor ó el de otras como ella.
Lambea charla de noticias que adquirió en Montevideo.
Todavía la Montsalvato; el crimen que maldito si nunca ha logrado interesarme y que menos le importa ahora, á mi gran preocupación. Mientras dice y comenta el marino no sé qué de si van á ahorcar á Wanska ó de si se está muriendo del tifus y de si se ha confirmado ó no la prisión de la condesa en Nueva York..., yo no logro arrancarme á la obsesión exagerada que me causa este concepto de «lo último» en cuanto hago y cuanto miro: la «última» cena en el vapor; «la última» noche al lado de Rocío; el «último» adiós que de aquí á un poco hayamos de cruzarnos.
Abrevio la amarga cena de desastre, que me evoca la cena de un entierro, y sin saber cuál haya sido entre Rocío y yo el muerto cuyo lúgubre vacío me turba el corazón, voy á mi camarote á besar llorando sus reliquias.
El pañuelo. La medalla. La horquilla de concha que quedó en su sillón una noche.
Es la «última» vez que soñaré en esta pequeña estancia, donde he soñado tantas. Es la «última» vez que miraré estas cosas en esta mesa donde tanto las miré. Y como la «última» vez, como la «última» vez, miro con tristeza igual el diván de mis descansos infinitos, las butacas, la bañera, las cortinas, las perchas y el armario donde ya no están mis ropas; las almohadas del dorado lecho, donde ya no están mis ilusiones...
Pasa el suficiente tiempo para que también Rocío haya acabado de cenar, y, guardando junto al pecho nuevamente las reliquias, salgo á buscarla.
La encuentro en la cubierta. Infantil y valerosa, delante de su camarote, abierto, entretiene la impaciencia jugando á pasear como pudiera un equilibrista pasear por un ancho balancín. El buque, en efecto, cabecea y se hunde de costado hasta hacer rodar las sillas á las bandas.
—¡Qué noche!—me dice.
—¡Qué noche!—contesto.
Y puesto que sólo con habernos parado los dos nos lanza de costado un balanceo, rehacémonos y buscamos el apoyo de la borda.
¡La «última» vez que habremos de conversar en esta borda, desde la cual han contemplado tantas maravillas nuestros ojos!
Se lo manifiesto así... y sonríe..., y sonrío, sonrío yo... por no ceder á la emoción de llanto que volviérame quizá algo ridículo. Pero sonríen tan tristes las afabilidades de los dos, que nuestras sonrisas no son más que llanto de las almas. Sin embargo, ó por lo mismo, queremos aferrarnos á la frivolidad de lo que está fuera de nosotros.
—Ya no tiene el mar fosforescencias.
—No, Rocío; no tiene más que sombra y confusión.
Según se inclina el buque, nos moja la fina lluvia que el viento arrastra ó nos salpican espumas los montes de agua que estrella el casco á nuestros pies. Va en una monstruosa galopada que nos levanta hasta el cielo y nos sepulta hasta el abismo. Unos ratos parece que se para, que gime vencido por el horror del viento y que va á hundirse de popa; otros, que se precipita de quilla en la cuesta abajo de las simas que abre el vendaval.
Negrura, alrededor: ni hay cielo ni horizontes. Perdidos en la locura infernal de las tinieblas, sólo las ráfagas luminosas de las redondas ventanas del casco enfilan cerca alguna vez las turbias aguas..., turbias cual si hubiese removido la tempestad los limos de su fondo.
—Es decir—corrígese Rocío en lo que antes expresó—¡creo que desde ayer no navegamos por el mar!
—Navegamos por El Plata, por un río...
—Menos limpio, pero ancho como un mar.
—Ni tan ancho que en la otra orilla y en pocas horas más no nos haga encontrar á Buenos Aires.
—¡Oh, sí!
A pesar del intento en contrario, he dado pronto en mi obsesión de lo «que acaba», en mi manía dolorosa de lo «último», que la invade y que la apena.
E insisto:
—El término del limbo de delicia. En él empezarán acaso los olvidos.
—¡Los olvidos! ¿De qué?
—De todo. De los recuerdos que cada uno haya de perder al perderse por el mundo.
La oigo suspirar.
—¿No lo cree usted, Rocío?
—¡Oh! Eso será según la intensidad de los recuerdos y el propósito que cada uno ponga en olvidarlos.
Vibra en lo que me dice casi un reproche, no obstante estar viendo mi ansiedad, y, para reasegurarla de mi parte mejor que con palabras, saco su pañuelo.
—Mire. Prenda del propósito de no olvidar con qué nacieron sus recuerdos. Se lo he robado á usted.
Con ligera sorpresa, lo toma de una punta. Yo lo retiro con el jovial temor de que quiera arrebatármelo, y saco y le muestro en la mano la horquilla.
—Mire. ¡La he robado á usted! ¡La he robado á usted!
Sonríe. Sus recónditas alegrías del corazón me devuelven la alegría.
Saco al fin la medalla.
—Mire, mire, Rocío.
A mi ademán de esquivársela tras de habérsela enseñado, responde esta vez más honda su sorpresa:
—¡Oh, mi medalla! ¡Usted la tiene!... ¿Por qué?
—La tengo..., la tengo...—balbuceo mientras ávido lo vuelvo todo al bolsillo—¡porque sí! Me la dió usted para una ciega que no ve sino con los ojos de la fe, sin reparar en que yo no veo sino con mis ojos de codicia. La tengo, Rocío..., porque es de oro y de brillantes... y porque hizo usted mal en comisionarle tal encargo á un hombre á quien no conocía..., á un hombre que bien pudiera resultar un estafador indigno de sus generosas confianzas. La dí á la ciega cien duros y me quedé con la medalla. Sólo me resta pedir á usted perdón... cínicamente, puesto que no pienso devolvérsela.
Se ríe; rápida y sutil, sabe contestarme en igual tono:
—Bien. Entonces... estoy cobrada con exceso; porque no sólo hizo una limosna de cien duros por lo que no me costó ni treinta, sino que además le ha venido usted entregando joyas y tesoros de su alma á una niña á quien tampoco conocía..., á una mujer que... igual pudiese ser una ladrona.
—Verdad es—bromeo, defendiendo de la divina ladrona mi más positivo tesoro con la mano contra el pecho.
—¿Conoce usted, Alvaro—bromea también—nada tan candorosamente ridículo como las fórmulas sociales?... ¡Bah! Dos que no se conocen, otro recién presentado desconocido que los presenta (Lambea, en nuestro caso) y sobra: ¡la amistad!
—¡Entre nosotros, Rocío, la fraternidad, la inmensidad!—comento yo volviendo brusco á lo severo ante la fascinación del talento de la niña—; pero nuestra presentación no la hizo Lambea: la han hecho nuestras almas de profundo modo, y nos conocemos uno al otro mejor aún, tal vez, que á sí propio cada cual. Sea cualquiera, por ejemplo, mi historia, que ya conoce usted, usted me juzga, sin duda, menos miserable que lo que yo mismo me creo.
Nada dice, la que dice siempre más con sus silencios.
Y hay en su purísima belleza una tal exaltación de mártires llantos prontos á correr..., que para no estrecharla en los brazos gritándola que es mía y que nadie de mi ser la arrancará, domo el ímpetu en vagas amarguras, y prosigo:
—Tanta es la virtud de las presentaciones tan raramente realizadas por las almas; tanto nos conocemos, tanto, á pesar del larguísimo pasado que tuvo á las nuestras esperándose, que en vano Buenos Aires las quisiese separar aunque hubieran de apartarse nuestras vidas. Pero ¡ah, Rocío!, ¿no fuese horrendo que con las almas unidas tuviésemos que vivir lejos los dos? ¿No va, acaso, en la misma dirección nuestro camino?
Cedo á la violencia del dolor tomándola una mano para quitársela de la faz, donde espero franca la respuesta, y se crispa, al responder sin esquivarme la franqueza ni la mano:
—Sí, al menos, por lo pronto; usted va también á Buenos Aires. ¿Por qué, pues, Alvaro, lo teme?
—¡Porque le oí anoche al P. Ranelahg brindarle á la futura monja su convento! ¡Porque he temido venir ahora, á despedirme hasta nunca del alma de mi alma!
Beso con lágrimas su mano, largo rato, en el afán de retener á la que querría robarme el sacerdote; ella llora, tornado, sobre la borda, el rostro hacia la otra mano que oprime su pañuelo. Beso luego con besos de dulzuras infinitas sus sienes y su frente..., y ella, al fin, se yergue y se desprende de mi brazo:
—Hasta mañana, Alvaro. Iremos al mismo hotel. Búsquenos para desembarcar.
La he soltado dulcemente ó se ha soltado dulcemente, como se suelta lo que ya es de uno y no puede jamás abandonarle. Me quedo viéndola cruzar, divina y vacilante, al camarote.
Desde él, antes de cerrarlo, me envía otro adiós que adivino en las palabras que borra el huracán.
—¡Hasta mañana!
El viento ruge; el agua hínchase en furia de montañas; el barco gime y bota en su bravo galopar á Buenos Aires: me había olvidado de todo esto, que ya esta noche no hará sino mecer con sus grandezas los ensueños de mi triunfo.