SEGUNDA PARTE (continued 2)
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Por un instante, mi contemplación cobra los asombros de toda mi torpeza y de toda mi piedad ante la víctima adorada y desdichada.
Y, erguido en la butaca, exclamo:
—Creo en ti, purísima, á pesar de tus posibles impurezas, y más cuanto más grande tu impureza hubiese sido. ¡Te lo juro por la sombra de mi madre!
—¡Oh, no!—vuelve á rechazar en sobresalto que no estórbale á su faz los destellos de un gozo como infernal, como excelso, y empezando lenta á desabrocharse las trabas del abrigo, tal que si el calor la sofocara—. Para perdonar ó creer, espera á conocer lo que ese escrito te dirá. Por lo pronto bástame saber que no dudas de las lealtades de mi alma, que no odias á aquella niña de inocencia que no fué nunca de inocencia junto á ti, siquiera mientras no llegues á abominar toda la infamia que te me puede hacer abominable... y que... siendo yo la que puede conocer todas las ternuras infinitas, porque sufrí toda la infamia, te adora mi alma como no adoró jamás una mujer, infame ó pura, hasta ansiar darte esta noche la caricia entera de su ser en su pobre cuerpo ultrajado por el mundo.
—¡Rocío!!—no puedo reprimirme de gemir en la doble sorpresa de cuanto le brinda á mi afán y de cuanto á mi fe, aunque para otra fe, le está robando.
Sin levantarse, su ademán es el de ir á despojarse de ropas, en una lánguida y firme lentitud de las manos que iguala á la con que sigue modulando sus palabras.
—En esta noche, sí, tuya; Rocío, aún, unas horas, toda para ti: ignota enamorada de misterio entre tus brazos, de la cual desconoces hasta el nombre de triste celebridad que yo propia te he oído pronunciar con odio. Y mañana, cuando yo no esté, cuando te hayan dicho quién soy esos papeles, me buscas de nuevo y me perdonas ó escupes mi memoria y me maldices: no habría en mi castigo ni una queja.
Ante mi estupor, saca de las mangas los hombros y los brazos desnudos.
—La mártir de lo horrible, en tanto, te ofrece su vida vil, sin pudores, sin sonrojos, según tú la querías..., santificada cuanto es posible por su alma y por tu alma.
Abre el abrigo pesadísimo. Lo aparta á uno y otro lado... Sobre las negras pieles del forro queda absolutamente desnuda.
¡Oh!
Mi impresión es de hechicería.
El hechizo, el prodigio, el portento de beldad me deja extático.
No he acertado sino á sobrecogerme con la sagrada veneración que impondría una diosa.
Bórrame en un momento toda noción de impurezas del mundo su resplandor de purezas del cielo, y ella, mostrada así, sólo me esquiva al fin su emoción reclinando contra el respaldo la cabeza caída hacia una mano que ocúltala los ojos.
Tiene la otra mano fuera de la butaca, tendida á mí, tal que una flor de nieve. Un seno que altivo le proyecta sombra de valle de rosa á aquél bajo el cual late el corazón, estremécese en la altura á los apasionados sollozos del pecho como una paloma sorprendida. Ánfora de nácares la de su busto, la de su talle, la de sus muslos unidos, cuya dulce esplendidez me explica que hundiéranse al estribo los coches cuando los pisaba el breve pie de la hermosísima criatura. Y es tan casta su olímpica desnudez, que apenas si la luna tiene que recatarla en la penumbra el rincón que en el regazo la forma rizoso y leve broche de divina humanidad.
¡Oh! ¡La bruja de mi asombro!
¡El traje de alma que escondíame la penitente del amor!
Calladamente, como quien pudiera ahuyentar al hada de un ensueño, me levanto y voy á sentarme en el brazo de la butaca, rodeándole el mío por el áureo tesoro de su pelo á la divina.
—¿Quién eres?—la pregunto.
Se refugia en mí—de una convulsión. No me contesta.
—Quién eres lo sé mejor que tú; largamente ha ido diciéndomelo tu alma, y me lo ha dicho de tal modo, que ni el temor me queda de que te lo impida ser lo que hayas sido. Pero porque lo sé, porque en tu tormento de indignidad eres la digna de mí, es preciso que tú, la valerosa, la leal, al ser mía, y para que yo recoja á un tiempo y para siempre en tu vida entera tu amor y tus dolores, arrostres la lealtad y el valor de decirme lo que fuiste. ¡Ya ves, si no, Rocío que ni Rocío te llamas, cómo la mentira de ese bello nombre suspirado por los besos de mi alma en nuestro amor, mancharíalo de mentira!... Dime el tuyo.
—¡Ah!
Otra convulsión recógela más contra mi hombro.
—Dilo. Lo exige la fe suprema que en cada uno no nos haga desconfiar de la del otro; la previa y noble firmeza de la conciencia de los dos, sin la cual esto no significaría más que un término de farsa en el juego de la farsa. Y puesto que él sólo bastaría, según me has anunciado, á revelarme lo que fuiste, aunque de haberlo sido tu escrito mañana te sincere..., y puesto que ya tus joyas, también, y esa madre falsa me han revelado lo bastante..., dímelo, dímelo, pronúncialo, ¡tu nombre! ¡Ah, pobre ángel mío!... Contra tu voluntad y tu inocencia pudo ser el de una famosa vendedora de inocencia y de caricias. ¿Verdad?
Repentina, apártala de mi pecho un nuevo espasmo.
Una señorial dignidad hácela ocultarse instintiva el regazo con el vuelo del abrigo.
—¡No!—protesta luego, solemne y lenta—. ¡No he sido jamás lo que sospechas!... Más infame, menos vil. Habría preferido que, si has de maldecirme; no me maldijeses hasta que yo no pudiese oír tu maldición; pero te obstinas; tienes razón, además, y... sabrás mi nombre, ¡Oh, mi nombre!
Se gira á mí, pleno el rostro á la luna; vuelve á echarse y á ahuecarse el pelo hacia atrás con ambas manos.
—Mírame bien, Alvaro: aun antes de conocernos, tu repugnancia y tu desprecio estaban hartos de verme retratada en los periódicos... entre el escándalo de un crimen... ¿No me recuerdas?
¡De... un crimen! ¡Ah!
En las transfiguraciones, en las sorpresas, en los asombros que la hermética del misterio me guardaba, éste es el más horrible y el último. Estoy contemplándola, esclavo de la fija voluntad con que excita mi memoria, y adquiere su belleza soberana algo de fatídico. Surge su busto como el de una esfinge de marfil de las negras pieles que la frisan la cadera, y la luna alumbra por igual el vello negro en sus axilas y el rubio pelo en su cabeza sujeta por las manos.
—¿No me recuerdas? ¿No me recuerdas?—persiste, trágica, advirtiendo mi atención á su cabello y sus axilas—. ¡Claros mis ojos, que no pude transformar; hueco, así, pero negro también, y no rubio, mi peinado!... ¿No me recuerdas?... ¡Oh, has mirado tantas veces mi retrato en los periódicos, conmigo misma, junto á mí, y te he oído despreciar mi propio nombre tantas veces!...
Tremenda insinuación. Mis torpezas se rasgan.
—¡Tu nombre!—exclamo—. ¿Tú?... ¿Tú eres... tú te llamas...?
Y como me paraliza el terror, ella deja caer los brazos, dobla la frente y termina:
—¡Sí..., la condesa de Montsalvato!!
Repelida de la que ha dicho este nombre, sepárase mi mano tal que de una víbora.
Lo más aparte que puedo, desde el brazo del sillón, la contemplo; ella, en rechazo de mi huída recogida de improviso también al otro lado, fulge sobre la espantada torva su halo siniestro del crimen...
La contemplo, la contemplo sombría toda y envuelta la cara en la blancura misma de sus brazos, monstruo increíble, y miro alrededor de la estancia cual si en un rincón de sus tinieblas estuviese un hombre estrangulado y el tétrico asesino Wanska tras de mí.
Demasiado espantosamente comprendo ahora el descuido de la extraña madre para aquella niña del vapor..., para esta mundana mujer en que pudo transformarse la niña en Buenos Aires..., para esta inicua disfrazada de rubio arcángel en los altares de la Virgen, y en mi corazón de enamorada candorosa...
Mas... ¡oh!... Llora... Veo que el forzado silencio de las lágrimas recórrela la espalda en congoja de sollozos que la ahogan, que la matan, y su desconsuelo ata, las repulsiones que impúlsanme á escapar.
Llora. Llora.
La súbita cobardía de mis nervios disípase dejándome en no menos súbita reacción de angustiosas reflexiones.
Transpira alma su dolor, alma á cuyos fosfóreos resplandores recobro amarga y plena la serenidad de la conciencia. El muerto y el asesino se funden y flotan en sombra sobre mí y sobre la que no es más que una víctima inocente..., sobre la que pudo para mí mismo seguir siendo siempre la Rocío de su mentira impenetrable y por la sola noble voluntad de su lealtad deja de serlo..., sobre la que es la mártir calumniada y santa que sabe todas las ternuras infinitas porque, sin ser infame, sufrió todas las infamias.
Inocente, sí, inocente; inmensamente infortunada. Y así, absolviéndola allá en Roma, lo habría de haber reconocido el Tribunal de la justicia, y en el mundo entero el tribunal de la opinión, para que, ¡ah!, por el delito de su generosidad y de su amor, por el delito de haber sabido ser ángel de perdón á mis vilezas efectivas, ciegas la condenasen mis vilezas.
Me inclino á ella, la atraigo con la dulce y casi brutal violencia del enorme pesar del corazón mío por haber podido abominarla ni un minuto, y con la emoción de sus bellezas sagradas, excelsas, beso su frente, beso su pecho, uno mi boca á su boca.
Cuando la he infundido fervores absolutos, la alzo, medio envuelta en las pieles, y la llevo contra mí hacia el lecho nupcial que ella ha sabido delicadamente prepararle á nuestra vida.
—¡Rocío! ¡Esposa, perdóname!... ¡Juro por ti, lo más alto sobre que ya sabré jurar, que aunque pudiese no te libraría de las infamias que volviéronte mi Ensueño...! Seas quien hayas sido para los demás, para mí eres el Amor, eres la Amada, eres y serás siempre la Mujer, la criatura de Dios, el Ángel que no habría podido ser tan ángel sin las feroces crueldades de la tierra. Nunca cuando yo te hablaba de lo horrible, pude imaginar que me escuchase quien lo había sufrido de tal modo. Nuestra noche triunfal hará que olvidemos el pasado, y Rocío de nombre y alma siempre quedarás para mi alma...
VI «NOTAS DE LA EX CONDESA DE MONTSALVATO»
Nací en Veracruz hace veintidós años. Cesárea Fernanda, por nombre de pila. Mi padre era de origen español; mi madre, norteamericana. Le debo á él mis cabellos negros y el fondo meridionalmente apasionado de mi corazón, y á ella mis ojos claros y la fe serena de mi espíritu.
Se deslizó mi infancia en la dulzura de un hogar donde no recuerdo que mis padres trataran casi á nadie. Ídolo de los dos y muñeca de las inteligentes adoraciones de mi madre, ella me adornaba y me vestía, ella me mimaba, ella exclusivamente me educaba y con ella aprendí los domésticos cuidados y los idiomas y las cuentas que, desde bien niña, permitiéronme ayudarla en su dirección de la correspondencia comercial y de los libros de negocios. Nos acostábamos á las diez, nos levantábamos al alba; juntas, rezábamos en nuestro cuarto de baño, mirando el cielo del jardín, y juntas íbamos á la iglesia los domingos y luego á ver el mar—á cuyo opuesto lado estaba mi padre con frecuencia.
El mundo figurábaseme una cosa tan vasta y limpia como el mar, tan limpia y noble como mi casa, multiplicación de mi casa misma en un edén abierto á los espacios y en el que el dolor y la maldad nunca hubiéranse excitado. Gentil ilusión infundida en la niña por quien, creyendo poder siempre ampararla con su amor, iba abriéndola el alma á los bellos agrados de Dios y de la vida, sin entenebrecérsela siquiera con esos terrores de los cuentos de ladrones y fantasmas que todas las madres les cuentan á sus hijos. Así, á los doce años tuvo que ser enorme y como absurda la primera conmoción del dolor en mi sorpresa con la muerte de mi madre.
Golpe fatal para todos. Mi padre debía continuar sus viajes á Roma, á Nueva York, á Nueva Orleáns, y, á medio formar mi educación, no quiso confiarme á la antigua sirviente que tuvo que encargarse de la casa. No habiendo buenos colegios en Veracruz, me llevó á uno de Nueva Orleáns, ciudad por él muy frecuentada; y sus presencias allí, aunque breves, y sus cartas, fueron mi consuelo. Cartas en que el dolido amor del ausente mitigaba cada día un nuevo dolor de mi inocencia. Aunque de niña, era ya aquello el mundo de la realidad, que me iba hiriendo á alfilerazos; y hasta que me habitué, hasta que aprendí á ahorrarle la fatiga de mis quejas á mi padre, sus cartas tuvieron que ser algo así como las de un ideal enamorado que quería guardar mi alma para él, aterrándola con la verdad, y aun tal vez la exageración, de las crueldades de la vida. Mi dolor se refugiaba en su recuerdo, en el cariño de las monjas y en el altar de una Virgen; pero á la luz de las estrellas, en la majestad de las noches, evocando á mi madre, lloraba de no poder amar amplia y candorosamente la vida, como ella me enseñó.
A los diez y seis años dejé el colegio. Mujer ya vestida de mujer, me consagré á aquel padre infeliz cuya viudez le había minado la salud y en cuyos ojos leía yo su miedo de morir y dejarme abandonada. Más de una vez, en los viajes á que me llevó y en sus esfuerzos por hacerme frecuentar en Nueva York la sociedad, vislumbré sus ansias de encontrarme un digno marido; rica, no habría sido difícil; pero mi ambición cifrábase en continuar la humilde vida á que habíame acostumbrado la reclusión de mi niñez y la reclusión de mi convento. Para aguardarle en las ausencias, me bastaba Ana Leopolda, la sirviente—leal, buenísima, viuda de un torrero de faros holandés, y que había puesto en mí el cariño de una hija (Rocío) que perdió también cuando pequeña. La llamábamos Popó por familiar abreviación.
Los negocios de mi padre consistían en la importación y exportación de caucho, algodón, maderas, café y petróleo. Su corresponsal más importante era el marqués de Scoppa, linajudo prócer italiano, cuyo hijo, el conde de Montsalvato, completábase la educación mercantil viajando por América; llegado éste á Veracruz, fué acogido cordialmente en nuestra casa.
Era un joven guapo y elegantísimo, de una corrección irreprochable. Su anunciada estancia de tres días, dedicada á visitar los almacenes y centros productores, se dilató á casi un mes. Yo parecía haberle impresionado desde luego; pero supo mantenerse discreto para no requerirme de sentimiento alguno que no fuese la amistad. Debo confesar que me halagó su conducta, tanto como su arrogantísima figura, impregnada de cierta melancolía y dulzura principescas, y que correspondí á las cartas y postales que durante todo el invierno me envió desde Nueva York y Filadelfia.
Inesperadamente volvió á presentarse en Veracruz y le solicitó á mi padre mi mano, manifestándole el deseo de efectuar la boda (para lo cual se había provisto de los necesarios documentos y permisos familiares) con tal celeridad, que yo hubiera de seguirle inmediatamente á Europa. Mucho aturdió á mi padre la sorpresa, y no menos hubo de aturdirme y casi desagradarme á mí; porque por lo mismo que en mis vagos sueños pudo haber entrado la no imposibilidad de ver á través del tiempo trocada en más que de amistad aquella cortés correspondencia, heríame que el hombre delicado aspirase á la brusca adquisición de mi cariño al modo de la de una cosa comercial. Sin embargo, él, con su acento comedido, me explicó tal vehemencia achacándola á la del amor que sentía por mí y á la dignidad que le vedó descubrírmelo, como huésped de mi casa; mi padre, por otra parte, conocedor de la honorabilidad del marqués de Scoppa, no encontraba reprochable en la conducta del hijo más que, si acaso, su excesiva cortesía, su excesiva corrección—y acabó por vencer mi resistencia en su afán de situarme con un hombre distinguido y laborioso. La pena de nuestra separación quedaba compensada para el pobre enfermo que no lo parecía, para el pobre enfermo del corazón, más grave de lo que yo imaginaba en su complexión aparentemente fuerte, con la circunstancia de ser Roma una de las ciudades adonde le llevaban cada dos ó tres meses sus negocios.
A la boda concurrió el marqués, cuyas bondades me encantaron. Durante los preparativos de ella, creí también confirmar en todo la excelente educación del conde: sus maneras selectas; su ilustración, que le permitía opinar con breve seguridad en no importaba qué cuestiones; la sensibilidad de su alma á la moderna, liberada de aristocráticos prejuicios é inclinada á amar lo dulce, lo modesto, lo sencillo.
Vuelto á Roma el marqués, partimos para Nueva York los recién casados.
Luna de miel harto extraña, por su misma violencia pasional y por ciertos hábitos y rasgos de carácter que en la intimidad le fué descubriendo á Guido. Aficionado á los licores y al éter, con los cuales exaltábase su fondo de indolencia taciturna á una vida artificial, inyectábase después morfina ó absorbía grandes dosis de cloral para calmarse la excitación de los insomnios. Irritable en demasía, todo lo hallaba ridículo ó ingrato: los museos, los enormes edificios, la fastuosa insolencia de los grandes potentados que solíamos ver en la ópera. Como potentados, sin embargo, él nos había instado en el mejor alojamiento del mejor hotel, y por la menor cosa trataba á los criados con dureza. Sólo á mí envolvíame en atenciones excesivas, como á una niña que necesitase protección y guía á cada instante: al pasar una puerta jamás dejaba de adelantarse á abrirla por su mano, no olvidaba ofrecerme el brazo al bajar una escalera, y temía que en la calle me atropellasen los coches ó que en las tiendas me engañasen, si no intervenía él con su elección, acerca de la finura y el buen gusto de un dijecillo, de un abanico, de un sombrero que compraba. Incongruente siempre, llevábame á media noche á cenar en los restoranes de cocotas, y me contaba cuentos é historietas de inocencia encantadora..., en tanto una tras otra iba apurando copas de coñac.
Pero las consideraciones infantiles, las fraternales sonrisas y las tiernas delicadezas del hombre de veintiséis años á la niña de poco más de diez y ocho, cambiaban radicalmente su cariz en cuanto nos recogíamos al hotel. Guido bebía éter, me lo hacía beber á mí, y me obligaba á fumar cigarros turcos, igual que me había obligado á tomar con él cloral por las mañanas á fin de calmar las extenuaciones de las noches con unas horas de narcótico descanso. Noches tremendas, horriblemente intensas de placer brutal, y de las cuales no olvidaré nunca el estupor de mis candores. Esposa demasiado inocente para poder juzgar en el mundo de nuevas impresiones á que se me había lanzado de improviso, un instinto de mi carne estremecida gritábame el ultraje á cada extraña caricia de Guido, presintiendo en ellas la locura. Mas era mi marido, era el hombre de inflexibles dignidades que me adoraba y no querría manchar á su mujer de perversión, y la protesta de mi alma, cuando agotada y muerta recobrábala en las hondas vergüenzas de mí misma, desvanecíaseme á la consideración de que todo aquello debería de ser la íntima realidad del matrimonio.
Guido me ofrecía cloral, volvía á ser el espiritualísimo hermano que se levantaba á llevarme la cofia y la camisa porque no me molestase enfriándome los pies, que sacaba de la alcoba las flores que pudieran darme dolores de cabeza, que ahuecábame la almohada, que me contaba otro cuento de inocencias al dormirnos á la luz del alba que filtraban los balcones...; y despiertos de nuestro forzado sueño á las pocas horas, ó tornábame al agudo infierno abrasador de sus caricias, para tratar de pedirle luego á la morfina y al cloral nuevos letargos, ó nos levantábamos y nos íbamos en un coche á reponer nuestra pálida fatiga por las frondas de los parques...
En Roma, la familia de Guido, excepción hecha del marqués, me recibió con fría curiosidad. Dijérase que esperaban en mí á una salvaje cubierta de plumas de avestruz. Como si lo fuese, al menos, se me vigilaba en la mesa y se me presentaba á las visitas temiendo que cometiese inconveniencias. Se nos alojó en un departamento de la vetusta casa solariega, más que de abundancias de dinero surtida de coronas y de escudos, y yo me moría de pena entre los secos orgullos de tal gente, entre los viejos muebles de caoba y bajo los apolillados artesones. Aunque sabía por mi padre que el marqués de Scoppa no disponía apenas de otras rentas que las de su trabajo, lo cual habíale constituído feliz augurio á la hija del trabajador infatigable..., los desprecios de mi marido á las magnificencias de Nueva York me habían llevado á imaginar, ciertamente, una Roma mejor que aquella Roma y un palacio mejor que su palacio.
Nueve hermanos. Él, el primogénito. Mi suegra y mis cuñadas, las dos mayores, celosas de la impresión que yo causaba, celosas de cualquier alhaja que llevaba á los teatros, celosas de «mis mejicanas riquezas» que humillaban su económica estrechez..., trocáronme en franco menosprecio la tolerancia hostil cuando Guido hubo de declararlas que no ascendía la dote de mi madre, precisamente, al fabuloso caudal de un Moctezuma. La india, según oí que de unas á otras me llamaban, perdió sus últimos prestigios. No hubiesen perdonado mi plebeyez sin una lluvia de oro que, redimiendo á Guido, volviéselas á ellas también más ó menos directa y desagradecidamente á la opulencia.
Sin embargo, Guido se apresuró á comprar un automóvil, y aprovechándolo les fué á las vanidosas posible desentenderse un poco de la servil estimación que, por lucirse en el de ella, rendíanle á una encopetada pariente (prima del marqués), llamada Bianca, marquesa de San Bassano. Blanca les constituía el único nexo con el mundo aristocrático que les cerraba la falta de fortuna. Alta, cínica, separada del marido, y de una gentileza no mal conservada en sus cuarenta años, gozaba de enorme libertad y de una intimidad en nuestra casa, especialmente con Guido, que me chocó—aunque él me la explicaba por el afecto que debiérala como á una tita discretísima, como á una especie de segunda madre cuyo consejo le guió desde pequeño. Aparecía á cualquier hora de la mañana ó de la tarde, y se instalaba con nosotros ó nos llevaba á conferencias y conciertos.
Simpática, empezó por mirarme recelosa y acabó por cultivar mis simpatías. De ella era la única asidua afabilidad que íbame restando en aquel ambiente donde el bondadoso y triste marqués de Scoppa no permanecía sino lo preciso á las horas de comer, y en el cual hasta mi marido retirábame las suyas según absorbíaselas su madre, según se las consagraba á la extraña tita que para leer ó conversar de arte y de ciencias rodaba con él por los rincones.
A cada encubierto desaire, á cada grosería de mi suegra, tan torpe que me lo juzgaba á mí lo necesario para no advertírselas, sólo Bianca, ó el noble marqués, si hallábase presente, suplicábanme indulgencia á miradas de piedad; mas como Guido no encontraba siquiera un gesto de reproche para la burla que en presencia suya me inferían, yo me recogía á mi cuarto, á llorar..., y sólo podía ser mayor mi desconsuelo cuando él, al fin, iba de raro modo á consolarme.—«¡Discúlpala! ¡Discúlpala! ¡Me quiere tanto mi madre!»... Pasábame la mano por los hombros, con la lástima que pudiese merecerle un perro castigado, y yo lloraba más..., lloraba más al sentirle partir á pretexto de que esperaba Bianca en el salón...; y yo hube de llorar aún muchísimo más una vez en que, ampliando su franqueza, quiso, sin duda, arrancarme más sinceros los perdones: tras nuevas protestas del fanático cariño de su madre, me declaró que «habíala disgustado nuestra boda, porque rompió su ilusión de casarle con alguna alcurniada millonaria».
¡Ah, sí, inicuos procederes y consuelos espantosos de gentes sin corazón, que ahondaban hora tras hora la sima en que me veía caída sin remedio!
Confié en la posibilidad de corregir á Guido á fuerza de ternura, así que nos viésemos libres del influjo de su casa; tomamos la nuestra en un hermoso edificio de la Vía Nazionale, y en verdad que durante los preparativos de la instalación creí que hubiera ido á realizarse mi esperanza.
En muchos días no se me apartó, consagrados ambos á recorrer tiendas de muebles y tapices, dedicados después á ordenarlos en estancias y salones, y bellamente absortos, por último, en completar los adornos con tal esplendidez, según él lo quería, que la envidia hizo desertar á su madre y sus hermanas ante aquel lujo claro y moderno. Junto al garage del automóvil, una cochera recibió un landó con buen tronco de caballos.
«—¿Qué te parece, nenita?»—consultábame á cada cosa el que, rendido de la tarea, no necesitaba ya del cloral al acostarse; y yo, que, experta en números, me hallaba inquieta por las enormes discordancias de tales gastos y mi humilde capital, callábaselas, y, aun mejor, le animaba en todo, contentísima de un derroche que á tiempo, y como Guido mismo, podría enmendarse.
Desgraciadamente, la invasión de cocineras y criados, de la madre y las hermanas otra vez, de Bianca de nuevo, volvió á precipitarle en su mezquina realidad. No portaba por las oficinas de su padre; prescindía de mí como de una necia incapaz de entender las «cultas conversaciones» entabladas con su tita y los demás, y después de los teatros me dejaba en casa y desaparecía con el auto, para regresar de madrugada, borracho, y despertarme raras veces al horror de sus caricias.—Una tarde, ¡oh, el altivo, que trataba á puntapiés á los sirvientes!, le sorprendí besando á una doncella; echada de la casa tras el natural disgusto en que él, no pudiendo disculparse, casi me injurió..., pocas tardes después Bianca y yo le encontramos por el Corso, en un coche, con ella, vestida á pleno lujo.
Y todo esto en cuestión de tres ó cuatro meses, completándome la revelación de aquel hombre, lo mismo que sin transiciones al salir de Veracruz hubo de comenzar á mostrarme sus cambios sorprendentes, increíbles...; y de todo esto tan triste, yo no le contaba nada al pobre padre mío, que creía en la dicha que seguían fingiéndole mis cartas, y al cual, de otra manera, hubiesen abrumado los remordimientos del afán con que me indujo á semejante matrimonio.
Guido, por lo demás, indiferente á la mudez sombría en que yo encerraba mi dolor, ansioso de lucirme con él algunas veces, y no negado nunca al «buen tono» de sus extremos corteses, continuaba abriendo las puertas ante mí y dándome cancillerescamente el brazo al subir ó bajar las escaleras.
Acompañados de la tita Bianca, emprendimos un viaje al llegar la primavera. Niza, la primer etapa. Fué una fatigosísima peregrinación de ciudad en ciudad, de sitio en sitio, durante la cual yo quedé bajo la protección de ambos como una niña tonta. Me hallaba encinta, y, sin consideraciones á mi estado, el afán insaciable de los dos hacía cuanto las guías les señalaban de notable, hacíame seguirles de teatro en teatro y de museo en museo, ó, en mulo, á lo mejor, á los picos de los Alpes. Sus charlas (entre ellos ó con cualesquiera que encontrábamos), eran de lo más vacío que cabe imaginar, no obstante sus pretensiones de elegancia y trascendencia. En efecto, de mi marido, que á primera vista impresionaba como un hombre culto porque hablaba de lo humano y lo divino, yo sabía ya que toda la ilustración reducíase á su voraz lectura de periódicos y revistas extranjeras; y los dos, en punto á arte y á historia, no hacían sino repetir las vulgaridades del Bœdecker: el estilo de tal arco ó de tal templo, el origen de tal histórico castillo, las bellezas de tal plaza, las tales estatuas y tales cuadros y óperas de Fidias, del Greco, de Wagner... Repetían y glosaban lo mismo tantas veces, alternándolo con largas disquisiciones sobre automóviles y perros y caballos, que yo tenía que escucharles en silencio sin acertar á ponerme á tono con tanta necedad. En cambio, eso sí, él me reprendía correcto sobre el modo mío poco distinguido de tomar el cuchillo, el tenedor, y ella de cuando en cuando y compasivamente me dirigía preguntas en varios idiomas para que yo las contestase y no me juzgaran las gentes idiota por completo.
Así y todo persistía siendo la de Bianca la única afabildad con que contaban mis tristezas; y en París, donde nos estacionamos algún tiempo, multiplicando la vida de actividad al acudir á todas partes, ella fué mi socorro en un trance que me puso á punto de morir. A las fatigas del largo recorrido por Suiza y por Bélgica, uniéronse las propias de la gran capital; y «por buen tono», siempre por «buen tono», aumentándolas, discurrió Guido que yo aprendiese equitación, á fin de que elegantemente recorriésemos los tres á caballo el Bosque de Bolonia. Tres mañanas en un picadero, tres mañanas en el Bosque, yo junto á ellos como improvisada amazona, trotando, galopando..., y, á la cuarta, el lecho del hotel y el grave aborto de la pobre destrozada. Los dos primeros días Guido y Bianca me cuidaron, compitiendo en atenciones; pero desde el tercero él no se resignó al augurio del doctor acerca de que no podría levantarme en muchos más, y lanzóse á los encantos de París, dejando á la tita á mi cuidado.
¿Qué dolor parecido al mío sintió Bianca ante el abandono del que llegó á faltar noches enteras?... No lo sé; pero me veía llorar, y so pretexto de que mi inocencia perdonara, como ella, muchas cosas que de otro modo encontraría siempre incomprensibles, se puso á revelarme el carácter de él, deducido de su vida de soltero, y la inmunda historia de su madre. Más aun que por la escasez de fortuna—á decir de Bianca—, la familia de Guido hallábase distanciada de la alta sociedad por la discreción con que el marqués de Scoppa hubo de recogerse en el aislamiento con su mujer, antigua cómica á quien habían hecho célebre su desvergüenza y su hermosura, querida de todo el que la quiso y la pagó, y con la cual, al serlo suya últimamente, retirada á un campestre palacete en Montsalvato, fué teniendo hijos—cuyo amor, al cabo de los años, impulsó á casarse al más que generoso. Improvisada marquesa, la ex cómica, sintió á la vez la invasión de los orgullos de una parvenue y las iras de sus frustradas ambiciones en el borde mismo de la vida de grandeza; quedó, pues, como una especie de rabiosa loba presa en un cepo aristocrático; y si el caritativo marqués supo evitarla el ludibrio social entre las gentes de su clase, no supo impedir que los odios secos de la bestia á todo, á todo lo del mundo, hacia lo de arriba porque no podía llegar, hacia lo de abajo porque recordábala demasiado crudamente su indecencia, transmitiérase á los hijos en la incongruente educación que les fué formando con las finas y nobles maneras del padre y los instintos de rencor y las toscas insensibilidades de la madre.
Guido (el predilecto de ella) resultaba su más lamentable víctima. Cifrados en el niño gentil y luego en el joven arrogante sus ensueños de desquite, el padre encaminábale al estudio y el trabajo—tanto menos eficazmente cuanto más la madre imbuíale ideas de señorío, entregábale dinero para que honrase su rango, en lo posible, y, tras de hacerle conferir uno de los familiares títulos, acariciaba el pensamiento de casarle con cualquier dama linajuda.
Espoleado Guido en tan inversas direcciones, habría ido cumpliendo su forzoso papel de negociante de peor gana que su papel de aristócrata de fuste; habríase mantenido en las ambiguas elegancias de una vida de disipación, que le ofreció más aventuras al hombre guapo que novias princesas al conde sin dinero, y, «buenísimo en el fondo—según Bianca—, había venido últimamente á dar en una suerte de demencia lujuriosa que hacíale desear ávido toda clase de mujeres y conocer todos los vicios».
«Íntimamente»... Y ¿cómo sabía Bianca lo que Guido fuese «íntimamente»? Quizá por experiencia conocería tan bien sus intimidades, que, al escucharla, yo le había visto retratado en su miserable proceder conmigo propia. No cabían más engaños para mi candor después de aquellas revelaciones, y comprendí espantosamente claro y de una vez: Guido era un fracasado negociador del matrimonio de honores y riquezas que habría constituído su obsesión, y que al precio de su libertad, ya inútil, y con la compensación siquiera de mis cien mil duros, pagó el cuerpo de la plebeya que no habría de otra manera podido obtener un nuevo capricho de su vicio. Saciado de mí en los brutos treinta días de Nueva York, desde que llegamos á Roma y á los absurdos orgullos de su madre, yo quedaba reducida á una estúpida intrusa que le había otorgado sus favores y á quien el gran señor habría incluso de despedir si no necesitase mi dinero.
Fluctuando como nunca entre las dudas de que Bianca fuese solamente una tita cariñosa que querría guiarle y le pensara dejar su capital, ó una antigua amante que en el otoño de la pasión y con tal de no perderlo le pasaba todo al vicioso incorregible, volvimos á nuestra casa—donde Guido organizó unos «artísticos» almuerzos, por él llamados «intelectuales», y presididos por Bianca, en honor de yo no sé qué bohemia laya de tiples de ópera, de pintores extranjeros y de jóvenes poetas y sabios, que, á mi juicio, se burlaban disimuladamente de las pedanterías de los dos..., no sin devorarme á mí, de paso, con los ojos.
De sus dos ó tres viajes á Roma, mi padre se llevó la ilusión de una ventura mía tanto más fácil de mentir, aun en su presencia, cuanto más amable y digno parecía seguir siempre mi marido con su correcta educación.
Al año y medio, estábamos arruinados; ó lo que es igual, Guido había dilapidado hasta el último céntimo de mi dote. Tuvo que vender el coche, el automóvil, los lujos de la Vía Nazionale; y con un par de sirvientes, tal que á una querida que se asila porque no muera de hambre y de abandono, me recluyó en la campestre Villa Montsalvato, situada en el tranvía de Grottaferrata, no lejos de Frascati, á una hora de Roma. Aunque él se instaló conmigo, vivía realmente en la ciudad, y cada vez más de tarde en tarde iba á verme y á llevarme algún dinero. Hacíame escuchar terribles cosas de «mi plebeyez», de «mi pobreza», de «la oportunidad de que me volviese á mi país, ya que él, no pudiendo con su trabajo sostenerme, no debía tampoco imponerle á su madre que me recogiese de limosna»... Y en una de aquellas ocasiones me dejó tan desesperada y locamente ansiosa de volver junto á mi padre, que, porque éste no demorase ni un momento el llegar á recogerme, le escribí una larga carta contándole todo mi calvario.
La respuesta fué un cablegrama anunciándome que había caído enfermo, y que hasta que él, pronto, pudiera emprender la travesía, enviábame á Popó. Un augurio me hizo comprender horrorizada que la impresión de mi carta habría herido gravemente al enfermo del corazón...—y, en efecto, cuatro días después, firmado por un dependiente, pues que ya, Ana Leopolda hallábase en el mar, otro cablegrama avísame su muerte.
¡¡Su muerte!!... No quisieron creerlo mis ojos de loca, que negábanse á llorar.
¡Yo le había matado!
Llegó Leopolda.
Guido fué á Méjico á recoger la no pequeña herencia.
Y pasaron, pasaron los meses. Ya sin padre, y dándome lo mismo continuar en Montsalvato que en otro lugar de las soledades del mundo, vi con la impavidez de una estúpida que mi marido reincidía en las disipaciones que hubieran de lanzarme definitivamente en la miseria. Vuelto junto á mí, y adquirido otro automóvil y dos caballos, en que inútilmente intentó que, como en París, le acompañase á pasear (sin duda, le componía en «buen tono» mi figura), partía con el suyo en busca de Bianca, y juntos tornaban muchas mañanas para cumplimentar, entre los renovados lujos del hotel, los «intelectuales» almuerzos ofrecidos con más fausto á los artistas, á los bohemios extranjeros, á los poetas, á los sabios.
Me forzaba á presenciarlos, con mi lúgubre mudez. Lo demás del tiempo pasábalo con Popó en la triste paz de mis estancias—en tanto que unas veces Guido desaparecía por varios días de Montsalvato, buscado desoladamente por la tita, y otras, prescindiendo también de mí y de mi dolor, ella lograba monopolizarle, y ambos tocaban el piano en el salón ó refugiábanse á leer en la profunda biblioteca.
Pero sobre la índole del afecto de los dos, y acerca de la condición de los comensales de los almuerzos, empecé á recibir acusaciones concluyentes. Anónimos, inicuos como cuanto me rodeaba en el ambiente de asfixiadora iniquidad, sin duda escritos por cualquiera de aquellos sabios y poetas que en la mesa me miraban con ansiosos disimulos. Delatándome los amores de Guido con las aparatosísimas artistas, ó llamándome «inocente y tonta», que ignoraba lo que toda Roma sabía de Guido y Bianca, públicos amantes desde largos años, me citaban á tal hora de tal noche y en tal sitio para sorprenderlos y «vengarnos» luego en la misma moneda de traición.
Leía estos anónimos, los rompía con igual sardónico desdén hacia sus autores que hacia las artistas y Bianca y Guido..., y solamente cuando otra directísima acusación llegó á herirme en otro santo sentimiento más vivo que los celos, me resolví á dejar mi indiferencia: una de las «artistas», en un almuerzo, bien porque á su desaprensión nada le importase ó porque desconociese el origen de lo que, regalo de Guido, lucía ante mis propios ojos, llevaba una pulsera de esmalte negro y de brillantes que había sido de mi madre.
A mi dura queja, cuando estuvimos solos, confirmada por la falta de la pulsera en el joyero, Guido trató cortés, primeramente, de hacerme pensar que estaría engañada, que habría perdido la mía y que pudiese otra parecérsele..., y, al fin, montando en cóleras de gran señor, como un bofetón ó un salivazo me echó por cara «la plebeyez mía tan ruin que le creyera en su misma casa, ladrón de baratijas despreciables...»
Me limité á guardar mejor mis reliquias de recuerdo, y llorando, llorando con Leopolda, volvimos largamente á meditar proyectos de separación que nunca maduró nuestra ignorancia de cómo ni á nombre de quién tendría Guido situado mi dinero. La idea de ser yo la que revolviese como una ladrona en sus papeles, ó de provocarle con tal objeto á una previa explicación, me repugnaba.
Un día apareció con un extranjero, «noble conspirador reclamado por la policía de su país», y á quien Guido bajo palabra de honor había prometido secreto amparo en nuestra casa. Era Jacobo Wanscka. Alto, tétrico, moreno, de negras barbas, de unos cuarenta y cinco años; hablaba poco y cifraba su distinción en rendir á cada instante profundas reverencias. Iba sin un cuarto y vestido desastrosamente, y tras de alojarle en una buena habitación, Guido le facilitó ropas suyas y le sentó á la mesa con nosotros. No sé de qué ni dónde le hubiera conocido; pero tanto él como Bianca, admiradores de lo artístico y genial dondequiera que lo hallasen, otorgáronle pronto un respeto de adoraciones al que, diciéndose químico eminente, inventor y ex profesor de ampliación de estudios sociales en Budapest, no era quizá sino un profesional de la aventura que, como cuantos viven al azar, sabía un poco de todo, y mal que bien había ejercido distinta profesión en cada parte. Así «por sus ideas liberadoras forzado perpetuamente al destierro y al incógnito, había tenido que ser maestro de lenguas en Rusia, barítono de ópera en Hong-Kong y maestro de equitación y de esgrima en Río Janeiro».
No sólo Bianca y Guido se extasiaban oyéndole hablar sentenciosamente de filosofía y de sus viajes por el mundo, sino hasta dijérase que copiaban la seca majestad de su voz y de sus gestos. Especie de rey gitano caído en la desgracia, «que soportaba dignamente».
Tan dignamente—en opinión de Guido—que éste discurrió dignificarle la estancia en Montsalvato con un sueldo, á pretexto de que me perfeccionase á mí en la equitación y me instruyese en arte y filosofía. «No se le podía dar á aquel hombre dinero para sus necesidades como á un mendigo; yo, por otra parte, estaría harto necesitada de completar mi social educación». De nada sirvieron mis protestas. Y como la desocupada vida de la tita y el sobrino apasionábase por todo lo mentecato, Bianca llevó otros dos potros de sus cuadras, y los cuatro comenzamos una serie de paseos campestres en que, al menos, se le respetó á mi luto la voluntad de no exhibirme en Roma. Por las mañanas, pues, á caballo; por las tardes, una hora de lección de estética, á la que también concurrían atentísimos los dos—y que me hizo pensar si, con disculpa mía, la hubiesen dispuesto realmente para ellos.
Sólo que incapaces de cualquier orden, de cualquier esfuerzo sostenido, antes de concluír una semana me abandonaron al extraño profesor. Claro está que yo asimismo le abandoné á él, y que quedaron interrumpidas las lecciones. No le vi por unos días más que en la mesa, donde hice concurrir á Ana Leopolda. Guido volvió. Se enteró. Se incomodó mucho. Contra las razones que le aduje sobre mi poca gana de paseos, y, principalmente, sola por los campos con un desconocido, contestó «que aquel desconocido tenía cien veces más decoro que yo misma»; que «aquel desconocido hallábase al amparo del honor del dueño de ella en nuestra casa», y «que aquel desconocido, además, un hidalgo en el fondo, en la apariencia era un maestro de equitación, un serviciario, una suerte de lacayo con el cual cualquiera dama que supiese serlo no tendría en hacerse acompañar á caballo más reparo que si lleváselo en el pescante de su coche»... A título de ejemplo «de buen tono», para vencer «mis vulgares suspicacias», me recordó las jóvenes elegantes amazonas que habíamos visto en el bosque de Bolonia acompañadas por un groom; y, en suma, no saldría á caballo, ya que no tenía yo gana de salir; pero, dispuesto á que no le dejase en ridículo, exigíame la continuación de las lecciones literarias, aunque no estuviese él, sin la onerosa vigilancia de Popó en la sala ni en la mesa.
¡Ah, bien! Era Wanscka un hombre «con cien veces más decoro que yo misma». Las lecciones siguieron. Perspicaz el profesor para saber más del mundo que no de artes ni de letras, y pronto habiendo podido hacerse cargo de la desairada situación mía (en modo alguno necesitada de grandes perspicacias) con respecto á Bianca y muchas más, sus lecciones consistieron en lecturas y torpes glosas de novelas y de libros, como Afrodita, como El Satiricón, como otros de la biblioteca frívola de Guido, de los que, luego de hacerme oír pasajes escabrosos ó francamente indecorosos, tomaba pie para filosofar de grosero modo acerca de las «licencias de la antigua Grecia»; cuando al verme cerrar los ojos de asco y de dolor pensaba el miserable que mi emoción érale propicia, iba poco á poco acercándoseme, acercándoseme, acosándome—hasta que yo me levantaba y me marchaba gravemente.
No podía quejarme á mi marido. Indelicado y tosco el brutal aventurero para intentar siquiera «mi conquista» de otro modo, yo me resignaba á volver, á escucharle con desprecio y en silencio, á insinuarle alguna vez la conveniencia de cambiarle el giro á sus palabras y á encerrarme á llave por las noches. Todo menos delatarle su conducta á Guido, que hubiésela achacado á recelos de «mis vulgares suspicacias», ó tal vez, antes aun que dudar del «hombre de decoros», á provocaciones ó abandonos de la que sólo fiara en su virtud con guardas de presencia.
Quince días después, parecidos á quince siglos, había cambiado mucho el aspecto de las cosas. Cuando Bianca y Guido no estaban con nosotros, Jacobo Wanscka vagaba siniestramente por la casa, como un tigre. Dos noches seguidas le había sentido llegar á la cerrada puerta de mi habitación, y la segunda se atrevió á llamar. No me dí por entendida. Sin embargo, á la tarde siguiente, durante «la lección», comprendiendo por mi mayor desprecio que le hubiese oído, osó querer buscarme la disculpa en una dolida declaración de la «noble pasión que le mataba por la mártir á quien agraviaba todo el mundo»... Le interrumpí, indicándole que se debía marchar de Montsalvato; no hubo desde entonces más lecciones, y pérfidamente reducido él á la condición de un esclavo que me extremase los respetos, otra tarde fué á avisarme que Guido, en la biblioteca, me esperaba.
Creí que Wanscka hubiese resuelto partir, evitando así nuestra absurda situación, y que Guido me llamase para facilitarle cualquier cosa indispensable... Al ir á entrar en la biblioteca, sin ruido por la alfombra, desde la entreabertura de las cortinas del despacho vi á la tita Bianca sentada en un sofá, leyendo un libro, con una pierna alzada al respaldo de una silla de enfrente, que la desordenaba las ropas hasta el muslo, y al «sobrino» tendido de espaldas y con la cabeza en el regazo de ella... No quise turbarlos, ¿á qué?...; la indignación contra las canallas intenciones de Wanscka, principalmente, hízome alejarme, renunciando á una escena tan ingrata como inútil... Pero debía pasar de un repugnante asombro á otro, y Wanscka, que me espera en la sombra de un rincón, saltó á mí y me besó, aprisionada entre el hierro de sus brazos. Pude huirle, por último..., y le escupí.
Al poco rato sonaba bajo mi balcón el automóvil. Bianca y Guido iban á salir. Le llamé á él, y, despreocupada de su conducta ante la del otro miserable que afectábame aún más personal é inminentemente, mi primer ímpetu fué confesarle todo para que no pudiese vacilar; sino que temí embrollar la cuestión suscitando los enojos del que á su vez resultaría acusado y provocando un escándalo complejo por demás, en que todos estaríamos contra todos, y por simplificar, en mis vivas ansias de calma, opté por la prudencia.
—Guido—supliqué—; creo que no debe permanecer más tiempo tu amigo en nuestra casa.
—¿Por qué?
—Porque ni yo necesito sus lecciones, ni, faltando tú tanto tiempo de ella y siéndote fácil socorrerle en una fonda, es correcto que me obligues á su estrecha intimidad.
Le impacientaba la prisa por Bianca. La faz fulgurábale de ira.
—¿Cómo, en su estrecha intimidad?—hubo de decirme.
—El come y cena conmigo—traté de suavizar humildemente—; está solo conmigo por las tardes; anda á todas horas por todas partes á su antojo..., y, ya ves, Guido, los criados, las gentes, tratándose de un hombre que no es de la familia y á quien apenas conocemos, acabarían pensando mal.
Nos hallábamos de pie, lejos el uno del otro; yo con la mirada en el suelo; mi marido cerca de la puerta, trémulo de rabia, crispados los puños. Se me acercó.
—Mira, Cesárea; porque tú ames la vida de ignorancia y soledad idiota, que me ha apartado de ti, ó... por lo que sea, te propones estorbar todos mis proyectos: un día me llamas ladrón y obligas á que no pueda volver una dama á nuestra mesa; otro, me inculpas de abandono, pretendes señalarme líneas de conducta y quieres expulsar á quien yo he acogido bajo el honor de mi palabra... Y esto no puede ser; y esto puede ser menos, todavía, cuando en nombre de una virtud más que sospechosa, á fuerza de miedo y terquedad, me amenazas con el temor de que en opinión de las gentes peligre mi respetabilidad porque alojo en mi casa á un caballero.
Le ahogaba la soberbia. Viendo que no lograría convencerle de otro modo, fuí á descubrirle el proceder de Wanscka, en lo referente á mí, cuando menos—y no me dió lugar.
—Pues bien—continuó—; no lo olvides nunca: de la mujer del conde de Montsalvato, ni los criados ni nadie por nada del mundo debe poder sospechar eso que dices..., ¡ni tú misma, aun siendo la villana estúpida que eres!...
Me descargó un tremendo bofetón que me hizo caer vacilante en la otomana, y partió.
Y apenas rodó en el jardín el automóvil, entró Wanscka.
Yo no estaba llorando. Tendida como una mujer de hielo, únicamente tenía la mano en el dolor del ultraje de mi cara y los ojos secamente abiertos.
En otras ocasiones parecidas, aunque no tan inicuamente brutales, mi desesperación, resuelta en lágrimas, me había dejado fuerzas para irme á buscar á Popó ó á rezar ante la Virgen; pero en aquélla quedé desamparada del mundo y de los cielos..., y miré á Wanscka con el infernal rencor impávido de la inmediata venganza que al frío de fuego de mi ser le brindaba su misma repulsión...
Se me acercaba, y no le rechacé. Se inclinó á besarme, y bajo su contacto duro y huesoso de diablo cerráronse mis ojos y sonreía mi boca de maldita. Sin una palabra suya, sin una palabra mía, en la plena insensibilidad de mi indecencia, era ya su poseída de mármol cuando el automóvil no habría corrido cien metros fuera de las verjas...
Hecho lo hecho.
Hecho lo que ya no me era posible deshacer cuando recobré la sensación de la conciencia.
Lloré mucho.
Mi locura no me había permitido pensar que, desde las tiranías de un insensato, atada de pies y manos iba á parar, además, á la servidumbre de un bandido.
Le confesé mi vergüenza á Popó, y las dos lloramos juntas. En vano habría intentado negarme á Wanscka nuevamente. Dueño de mi terror, quedaba dueño de mi asustada voluntad y dueño de la casa. Lejos de guardar reservas, como no fuese respecto á Bianca y mi marido, dejó traslucir nuestra situación á los criados por el descaro con que á cualquier hora entraba en mis habitaciones á instalarse junto á mí, y á las gentes de fuera haciéndome pasear á caballo y sola con él por todas partes. Esta sumisa y triste obediencia mía para el profesor de equitación y de estética, encantaba á Guido, que poníala en cuentas de la eficacia del bofetón, á no dudar. Y tanto le agradaba verme, al fin, dulce y complaciente con él, con Wanscka, con la «tita» Bianca, con las actrices y poetas y periodistas de los almuerzos (ante las miradas de los cuales los ojos del tétrico Jacobo ejercían delatoras vigilancias de dominio sobre mí), que él propio tornó á desearle mi cuerpo á sus desenfrenadas caricias ciertas noches—aquellas de las series de tres ó cuatro días que recluíanle en Montsalvato, á reponerse, la extenuación de sus orgías por Roma en ausencias de semanas.
A los dos meses de semejante vida, Wanscka resolvió, sin dejar, claro, mis «lecciones», y pretextándole á Guido que había encontrado otras que le empezaban á permitir la independencia, trasladarse á residir en Marino, pequeño pueblo á un kilómetro en la carretera del hotel. Ni á mí se tomó el trabajo de fingirme otro motivo cualquiera de tal resolución. Amo despótico siempre, convencido de que yo, á pesar de todo, le aborrecía, me hablaba poco, me saqueaba de cuanto dinero podía entregarle, rufianescamente renegado de que, «siendo mío, la usurpación de Guido me impidiese mayor prodigalidad», y sabía que para nada podría contar jamás conmigo á no ser por el espanto. La idea de suprimir á Guido de juntó á la pusilánime á quien por el solo secreto de su honra de mujer hubiese impunemente de explotar á plena libertad, debió de sugerirle el crimen; y el objeto de aquella previa é inexplicable separación, no era otro—según revelaron pronto los sucesos—que prepararse una coartada.
Una enfermedad del desdichado Guido precipitó la ocasión. Vuelto un día desde sus crápulas con una hemiplejía que le paralizaba el lado izquierdo, bajo la asistencia médica y sus propias cobardes aprensiones quedó recluído en Montsalvato. Bianca y yo le asistíamos; su madre y sus hermanas iban á verle con frecuencia; y Wanscka, solícito, vigilaba sus medicamentos y le formaba la tertulia hasta última hora de la noche. Habituado á los narcóticos, no lograba conciliar el sueño más que con inyecciones de morfina; y como él no podía valerse, Wanscka se las ponía también, antes de partir. En la noche terrible, sólo me extrañó un poco la atenta lentitud con que detrás del enfermo apercibía Wanscka la inyección, y el afán que mostró de hacer constar ante los criados su salida de la casa..., de la cual, por lo demás, él hallábase provisto de llaves para llegar furtivamente junto á mí.
La alcoba de mi marido hallábase apartada de la mía por el cuarto de baño. Serían las tres de la madrugada. Me despertó un lúgubre quejido y un rumor sordo de lucha. Salté de la cama, acudí al dormitorio de Guido... (¡me horroriza la evocación!), y vi á Wanscka aferrado á su garganta...; sorprendido y vuelto á mí, ya sus manos no soltaban más que el cuerpo de un cadáver con la cara descompuesta.
Quedé petrificada. No podría ahora ordenar siquiera mis recuerdos. Sólo sé que, sin acción para gritar, creyendo que el asesino no se habría procurado como amante las llaves de la casa más que para poder así matarnos y robarnos, un azorado terror me postró de rodillas implorándole piedad.
Y de sus palabras, secas, feroces, en tanto me agarrotaba una muñeca, dirigidas á no sé qué bárbaros reproches de imprudencia por haber ido á presenciar «lo que nadie debería haber sabido nunca», sólo también recuerdo éstas, que, luego de haberme arrastrado al cuarto de baño, aclaráronme con no menos espanto la horrorosa situación:
—Tú no has visto lo que has visto. El conde ha muerto de un ataque. Si cuando amanezca, en vez de llamar serena á los criados y en seguida al médico para que lo certifique así, me delataras, tú, mi querida... hubieras de ser la que conmigo, y por librarnos de él, le habrías asesinado.
Iba tal vez á romper de un alarido el mudo nuevo horror de lo que oía, y me tapó la boca:
—Si gritas—dijo—, los que acudan certificarán desde luego, encontrándonos aquí, que fuimos los dos los asesinos.
Demasiado complejas, demasiado terribles emociones. Medio caída en el suelo, mi estupor se recogió en el pánico de temblores que me hacía castañetear los clientes. Wanscka volvió al dormitorio á comprobar que el muerto estaba muerto; tornó para instruirme en la macabra comedia que yo debería representar, y se marchó por el sigilo de la casa.
El miedo me llevó corriendo al cuarto de Leopolda. La conté lo que pasaba, entre ahogos y sollozos, y tras no sé cuánto tiempo de congoja impúsosenos la urgencia de alguna decisión. ¿Habría salido, efectivamente, Wanscka? Como por la noche se escondió ó volvió para vigilar los efectos del veneno, habría podido esconderse para espiar mis obediencias... ¡Oh! Nuestras pobres confusiones impedíannos discernir nada de nada, y no habían sabido hacer más que encerrarnos á llaves y cerrojos... El cadáver allá, con sus ojos abiertos, en un rincón del hotel..., el asesino quizá en otro, todavía, dispuesto á asegurar el secreto de su crimen por nuestro silencio de esclavas ó por nuestro silencio de la muerte..., y yo, de todos modos, aunque á voces demandásemos socorro contra él, por él ante un Tribunal acusada de complicidad y llena de ignominia; á él ligada por una irreparable ligereza; sola en el mundo entre los odios de la familia de Guido, y abandonada á una pública opinión que volveríaseme también adversa al trascender á ella lo que de mi adulterio era sospechado por muchas gentes de Roma y de Montsalvato.
Dos infelices cobardes, en suma; dos inexpertas mujeres acorraladas en un ambiente enemigo, y que con la prisa de resolverse á algo en medio del horror y de la maldad, resolviéronse (sin otra guía que el instinto, acertado ó torpe en su angustia—lo ignoro todavía) á lo que, dentro de lo siniestro siempre, era, cuando menos, lo más fácil.
Y no me abandonaron ni hacia el martirio sombrío del crimen las abnegaciones de aquella sirviente fiel, á quien ya mi ceguedad había envuelto tanto en mis vergüenzas.
A partir de aquí, la premisa divulgó abrumadoramente los detalles.
Las señales de violencia encontradas por los médicos. La autopsia.
La busca del hábil criminal, que entró y partió de la casa sin dejar rastros.
Mi dolorosa postración, que no tenía que exagerarse para merecer respetos compasivos.
Salvo la contrariedad de no haber podido pasar como muerte natural la de la víctima, las cosas parecían marchar bien en los planes del bandido. Iba transcurriendo la segunda semana. Mi íntimo y nuevo horror más grande, mi idea, predominantemente fija, consistía en la repugnancia de tener que volver á entregarme á él; y tan cierta estaba de que él no hubiese de lograrlo, de que yo me moriría antes que ceder, que segura también, por otra parte, de que el fatídico ladrón deseaba, más que mi cuerpo, mi dinero, invertía los reposos que empezaban á rodearme en revisar los papeles de Guido, viendo la manera de poder ofrecerle á Wanscka, de una vez y cuanto antes, una fuerte suma, á condición de su partida. Por lo pronto, íbame librando de aquella mortal repugnancia la inquietud que le mantuvo alejado del hotel. No iba á verme sino en breves y raras visitas delante de las gentes—porque, tarde, pretendía despistar de nuestras relaciones á la policía, que vigilaba.
Cuando un periódico deslizó las primeras sospechas sobre Wanscka, insinuando «como pista digna de seguirse» mi intimidad con él—me vi perdida. Fué Wanscka á vernos y nos conminó á la fuga, sin otra dilación que un perentorio plazo para «reunir de mi capital lo más posible». Iba á ser un salto desde la ignominia á otro vacío abismo de ignominia; tuvimos que someternos: aparte las amenazas del criminal, pesaba ya en mí y en Leopolda la efectiva responsabilidad del encubrimiento.
Gracias á que él, sin delatarse, no podía personalmente emprender la negociación de mi dinero. Esto nos salvó; porque al tercer día, cuando aún faltaba otro para que lo retirásemos de un Banco, tuvimos la desgracia y la suerte, á un tiempo, de que Wanscka escapase con toda rapidez. Era que los periódicos arreciaban contra él, y que al regresar una tarde había visto rodeada de polizontes su casa de Marino. Desde la estación, con un mandadero nos envió una carta avisándonos que «nos esperaría en Trieste»; y para asegurar nuestra sumisión añadía que, si no fuésemos, ya él en salvo, le escribiría al juez participándole «que yo, su amante, había matado al conde».
No volvimos á verle. A las veinticuatro horas nuestra huída también se realizaba; pero antes aún que de Roma y del rigor de la justicia, huíamos de él y de mis públicos bochornos...; huían, dos desdichadas inocentes, de aquella funesta condesa de Montsalvato que yo había sido, y cuyo recuerdo querían por siempre borrar de su memoria como una pesadilla del infierno.
Nápoles. Marsella. Lyon. Unos trajes humildes; unos viejos documentos de Ana Leopolda (Popó, breve, y nada más, para los jueces y las gentes que dejábamos atrás), por engaño de los cuales yo debería pasar como su hija Rocío, de quince años..., y á Barcelona después, vestida de niña y pintada de rubio ángel la que, por suerte, según parece, no había perdido su aspecto infantil ni á través del calvario de lo horrible y de lo inmundo.
Ultimamente, el mar, el buque..., en donde estaba por el Destino escrito que yo hubiese de encontrar, con el amparo de respetabilidades santas que acabaron de alejar de sobre mí toda sospecha, el dilema de la redención siquiera de mi alma en un convento, ó el de la purificación de mi vida en las noblezas del Amor.
Alvaro: si tu piedad no pudiese seguir amando á tu plena enamorada amante de una noche, después de haber leído ésto, perdóname y déjame que mi alma pueda creer que Dios quiere perdonar y acoger en sus asilos á la que quiso siquiera una vez estar entre unos brazos de amor santificada.»