LAS ESTRELLAS
Reading edition
PERSONAJES
ANTOÑITA
SEÑÁ FELICIANA
UNA TIPLE
LA TRIANÓN
SEÑOR PRUDENCIO
CASILDO
POLINIO
SEÑOR PEPE EL CARPANTA
ACACIO
LEOVIGILDO
SEÑOR MÁXIMO
EL CIRUQUI
EL REPOLLO CHICO
PARROQUIANO 1.º
EL EMPRESARIO
RODRÍGUEZ
UN SERENO
UN INSPECTOR
UN CAFETERO AMBULANTE
ELECTRICISTA 1.º
ÍDEM 2.º
UN CARPINTERO
UN TRAMOYISTA
PARROQUIANO 2.º
LA ACCIÓN EN MADRID.—ÉPOCA ACTUAL
ACTO ÚNICO
CUADRO PRIMERO
Salón modesto, en planta baja, de una barbería. Al foro puerta vidriera de dos hojas que da a la calle. En la pared del fondo, a los lados de la puerta, perchas de hierro. En la lateral derecha, en primero y segundo término, adosadas a la pared, anchas repisas de madera imitando mármol, llenas de útiles para el servicio de peluquería; sobre las repisas espejos grandes con marco negro, y ante ellas sillones de rejilla de los que se usan en estos establecimientos. En la lateral izquierda, en primer término, una puerta practicable cubierta por un portier de reps; y en segundo término otro servicio de peluquería igual en absoluto a los de la derecha. En el centro de la habitación un velador sobre el cual habrá periódicos y cepillos. Algunas sillas de rejilla estarán próximas al velador y otras distribuídas convenientemente por el salón. Es de día.
ESCENA PRIMERA
Al levantarse el telón aparecen el Señor Prudencio afeitando al Señor Máximo, guardia de Orden público, cuyo sable y cuya teresiana estarán colgados en la percha de la derecha. Acacio, aprendiz de la barbería, vestido con su blusa larga se halla sentado junto al velador leyendo un periódico.
Prudencio (Afeitando.)—Pues nada, créame usté a mí, señor Máximo, usté será todo lo de orden público que guste—sírvase de inflar el izquierdo (El señor Máximo infla el carrillo izquierdo.)—; pero yo lo que repito es que no siendo el que yo le digo, pa la política española no hay otro remedio.
Máximo (Quejándose.)—¡Ay!
Prudencio.—¿Cuálo?
Máximo.—Oye, ¿hay otra navaja? Porque ¡camará! esa paece que la has afilao en el fregadero.
Prudencio.—¡Hombre, pues precisamente es la joya de la casa!
Máximo.—¡Mecachis en la joya! Pues guárdala pa cuando venga el ispetor de la Latina, le afeitas con ella y pué que le hagas un favor.
Prudencio.—¿Por qué?
Máximo.—¡Porque quié que lo trasladen al Hospital!
Prudencio.—¡Exagere usté una miaja! (Mira el reloj.) ¡Recontra, las once y cuarto y esos dos sin venir! ¡Qué habrá pasao! ¡Estoy de nervioso que no sé cómo no he degollao a este hombre! (Llamando.) ¡Acacio!
Acacio.—¿Mande usté?
Prudencio.—Oye, ponte a la puerta y mira a ver si vienen el señor Polinio y el señor Pepe el Carpanta, que tardan y tengo el alma en un hilo.
Acacio.—Güeno. (Sale a la puerta y mira a ambos lados de la calle. El señor Máximo, durante los anteriores apartes, se ha secado la cara que le habrá lavado Prudencio y se mira al espejo.)
Prudencio (Cogiendo el pulverizador.)—¿Refrescamos con colonia?
Máximo.—No, no quiero eso.
Prudencio.—¡Hombre lo siento!
Máximo.—¿Por qué?
Prudencio.—Porque me quita usté la única satisfacción que puedo tener como republicano: pulverizar a un guardia de orden público. (Peinándole.)
Máximo.—¡Guasón! Lo que he notao es que me has hecho dos cortecitos mu decentes.
Prudencio.—Señor Máximo, no le choque a usté; ¡me ha pillao usté en un día terrible de nervioso que estoy!
Máximo.—¿Pues qué te pasa?
Prudencio (Quitándole el paño, sacudiéndolo y doblándolo.)—¿Que qué me pasa? (Máximo se levanta y se cepilla.) ¡Pues que hoy... (Con voz conmovida y misteriosa.) pué ser un día célebre pa mí! Que estoy esperando un recao que, de serme favorable, si el mes que viene está usté franco un día y quié usté honrarme con su amistad, se viene usté a mi hotel...
Máximo (Queda inmóvil con la pierna derecha en alto y asombradísimo.)—¡Arrea!
Prudencio.—Que ya le daré a usté las señas, y nos damos un paseo en mi automóvil, que ya le diré al Chufer que no corra.
Máximo.—Pero, ¡oye tú! ¿es que te ha caído la lotería? (Se pone la teresiana y el sable.)
Prudencio.—¡Mejor!... Sino que, hoy por hoy, no puedo ser más explicativo. ¡Y lo dicho, dicho!
Máximo (Con cara de asombro.)—¡Chico, me dejas parao!
Prudencio.—Sabía que le iba a dejar a usté parao, pero como usté es guardia, ya tié costumbre.
Máximo.—Pues na, que sea como lo dices. (Le paga el afeitado.)
Prudencio.—Gracias, señor Máximo.
Máximo (Marchándose y mirando con recelo a Prudencio.)—¡Hotel!... ¡Chufer!... ¡Este está mochales!... (Vase foro.)
Prudencio.—¡El infeliz se va creyendo que estoy loco! ¡Mísero agente! (Guarda el dinero en el cajón.)
Acacio (Desde la puerta.)—¡Por fin! ¡El señor Polinio y el señor Pepe vienen!
Prudencio (Respirando con satisfacción.)—¡Ay, gracias a Dios! ¡Me devora la impaciencia! (Sale a su encuentro.)
ESCENA II
Dichos, Polinio y el Señor Pepe el Carpanta, por el foro
Polinio.—¡Hola!
Pepe.—¡Ya estamos aquí! (Entran corriendo y muy alegres.)
Prudencio.—¡Pasar... pasar!
Polinio.—¿No está tu mujer?
Prudencio.—No. ¡Os anhelaba, como el hambriento a una fuente!
Pepe.—¡Será el sediento, hombre!...
Prudencio.—Yo me refería a una fuente de chuletas. ¿Qué hay? (Con impaciencia.)
Polinio (Con alegría.)—¡Hecho el negocio!
Prudencio (En el colmo de la satisfacción.)—¿Hecho?... ¡Venga un abrazo, y cuarenta, y ciento! (Se abrazan efusivamente.)
Pepe.—¡Aprieta! ¡Ya eres feliz!
Prudencio.—¿No han puesto dificultad?
Polinio.—Denguna. El señor Román aceta el traspaso de esta barbería por setecientas pesetas.
Acacio (Que está escuchando, en segundo término, con asombro.)—¡Recontra! ¿Qué dicen?
Pepe.—Dentro de un rato nos esperan en la taberna pa entregarte el dinero, y que firmes la escritura.
Prudencio.—¡Gracias, gracias! ¡me habéis hecho hombre! (Vuelven a abrazarse.)
Acacio (Aparte.)—¡Qué barbaridad! ¡Ha traspasao la barbería! ¡Ay, en cuanto lo sepa la señá Feliciana!
Polinio.—Güeno, y una vez ultimao el asunto, me paece que ya es hora de que me confíes tus proyectos y me digas el por qué del traspaso del Salón, ecetra, ecetra, porque el señor Pepe no me lo ha querido revelar.
Pepe.—Era la consina, hasta que estuviese hecho.
Prudencio.—Es verdá; pero ahora nada más justo. ¿Se lo revelo todo?
Pepe.—Revélaselo.
Prudencio.—Pues mira, Polinio, Dios le da a cá uno la fortuna, en una forma diferente; y a mí me la dao con mis dos hijos, la Antoñita y Casildo. Con la Antoñita, porque el día que esa criatura debute en un teatro como mono-cuplé-tanguista, la Otero va a tener que tostar cañamones, si quié atender a su susistencia.
Pepe (Asintiendo.)—¡Acordes!
Prudencio.—Y con mi Casildo, porque recortando capote al brazo y metiendo el hombro a la hora suprema, el Frascuelo era una pastilla de clorato comparao con él.
Pepe.—¡Acordísimos!
Prudencio.—Pus, güeno; (Con tono iracundo.) mi mujer, la Feliciana, celebro oscuro que no tié más horizontes que la boca del puchero, al ver que he sacao a la chica den cá la modista, y al chico de la imprenta pa atender a su educación artística, se ha empeñao en decirme que estoy loco y que esto va a ser nuestra ruina. ¿Será tozuda?
Polinio.—¿Pero tú no te achicarás?
Prudencio (Con exaltación creciente.)—¿Yo achicarme? Si Dios echa al mundo una horná de celebridades, y en esa horná metes la Patti y metes El Gordito, y me tocan a mí en clase de hijos, dicho se está que coger ambas estrellas y prostergarlas en el antro de una barbería, ¡sería un crimen, que un padre como yo, no comete!
Polinio.—¡Bien hecho!
Pepe.—Y en esto—y perdona que ataje tu palabra honrada—surjo yo con mi ejemplo. Yo era un ser vago y errante que vendía por esas calles chuletas de huerta, y que tenía una chiquilla que andaba galocheando por ahí con ramitos de violetas; pues, güeno; de la noche a la mañana, me se evadió mi hija a París, con su madre, contratá con una troupe pa bailes españoles, ayer hizo tres meses; y de una renacuaja vestía con un pinguito de falda y una criba de mantón, fíjese usté en la metramórfosis. El jueves me lo mandó. (Le enseña un retrato.)
Prudencio.—Fíjate en el retratito. ¡Mira eso!
Polinio.—¡Camará, bonita es, pero va casi en cueros!
Pepe.—Hay que azvertir que apenas ha tenío tiempo de hacerse ropa.
Polinio.—¡Ya, ya! ¿Y dice usté que aquí llevaba una faldita?
Pepe.—¡Una vergüenza!
Polinio.—¡Pues se conoce que la ha perdido!
Pepe.—Pues güeno, desde que se fué que me he dejao las patatas y vivo de guagua, ¡porque no hay mes que no me mande de ciento cincuenta a doscientos franques oro!
Prudencio.—Se conoce que lo que se ahorra en ropa pa ti.
Pepe.—Por eso le he aconsejao a éste que lo venda tóo, que se deje de esta porquería de España, que emigre con su hija a París como yo, que me voy pasao mañana, y a la vuelta de un par de años regresamos del extranjero, y ¿usté sabe esos solares de la cae de Lista, pasao un estanco que hay? ¡Nuestros hoteles!
Polinio.—¿Usté dice donde la tienda-asilo?
Pepe.—¡En la acera de enfrente!
Prudencio (Exaltado.)—¡Y yo, Polinio, deslumbrao por este ejemplo, te aseguro que es inútil que me graznen lo que quieran! Busco el aplauso, la fortuna, la gloria de mis hijos... ¡y aunque la persona que se oponga a ello me haga escabeche, mi último cuarto de kilo se saldrá del barril pa cumplimentar esta sacrosanta misión!
Pepe (Entusiasmado.)—¡Eres un varonil!
Prudencio (Con energía.)—¡Soy un padre!
Pepe (Viendo aparecer a Casildo.)—¡Chits, callarse!
ESCENA III
Dichos y Casildo puerta foro
Casildo (Saludando con la mano desde la puerta.)—¡Saluz!
Prudencio (Radiante de satisfacción.)—¡Mirarle! ¡Mi Casildo! ¡Ahí lo tenéis! ¡Ese es el monumento taurómaca más grande del porvenir!
Pepe.—¡Hola, pollo!
Polinio.—¡Adiós, pollo!
Pepe.—¿Cómo estás, pollo? (Casildo no contesta.)
Prudencio.—¡Me se cae la baba! (Casildo después de saludar parsimoniosamente a lo torero, con la mano, se acerca a un espejo, se atusa los tufos con un cepillo y vuelve a ponerse el sombrero con coquetería, estirándose la chaquetilla. Carpanta, al ver que Casildo no contesta, dice con voz más alta.)
Pepe.—¿Que cómo estás? (Sigue el silencio.) (Este monumento es bastante mal educao.)
Prudencio (Sonriendo.)—No te ha oído. Estas notabilidades son así, chico; ¡no se fijan en na! (Acercándose a su hijo.) ¿De aonde vienes, hijo mío?
Casildo (Con tono desdeñoso y sin mirar a su padre.)—Del mundo.
Prudencio (Sonriente y muy complacido.)—¡Qué manera de contestar! ¿eh?
Polinio.—¿Ha madrugao?
Prudencio (Con asombro.)—¿Madrugar esa personalidaz? Que se marchó anoche a las diez y viene ahora. (Aparte y sonriendo a los dos.) (¡Las mujeres que se lo rifan!)
Polinio.—¡Ya, ya!
Prudencio (A Casildo.)—¿Vas a acostarte, hijo?
Casildo.—¡Clarinete!
Prudencio.—¡Oye, qué gracia! ¿Habéis oído? ¡Clarinete!
Casildo (A Prudencio. Secamente y sin mirarle.)—La petaca.
Prudencio (Dándosela.)—Toma, hijo mío.
Casildo (La vacía, se guarda los cigarros y la tira con desprecio sobre el velador.)—Cerillas.
Prudencio (Le da una caja.)—¡Ahí van!
Casildo (Se guarda la caja.)—¡Que no me se despierte hasta que yo avise! (Saluda con la mano y se va contoneándose primera izquierda.)
Prudencio (Siguiéndole hasta la puerta.)—No tengas miedo. ¡Ah, oye! Ciérrate por dentro, no te sorprenda tu mamá en el primer sueño.
Polinio.—¿Por qué le dices eso?
Prudencio (Sonriendo.)—¡Por na! ¡Que anoche se le llevó un mantón a su madre y se conoce que lo ha empeñao!
Pepe.—¡Angelito! ¡Qué monada de criatura! (Riendo.)
Prudencio.—Y como la Feliciana no reflexiona que a estas grandes figuras hay que aguantarlas sus genialidades, me temo un esasbruto.
Polinio.—¡Natural!
Prudencio.—Y qué, ¿habéis visto qué hechuras de torero tiene? ¿Se le da un aire al Conejito, verdá?
Pepe.—¡Sí, tiene algo de Conejito... sino que más en gazapo!
Polinio.—Güeno; y volviendo a lo de enantes, respective al chico, na tengo que ojetarte, porque se ve que cuidándolo pué llegar a ser Gordito, pero por lo que toca a la chica, ¿tú crees que servirá pa chanteuse, Prudencio?
Prudencio.—¡Amos, hombre! ¿Que si servirá?... Vaya, ahora que estamos solos, ¿queréis verla y oirla pa que veais que no es pasión de padre cuando digo que es una maravilla?
Polinio.—¡Sí, hombre!
Pepe.—¡Con mucho gusto!
Prudencio.—¡Pues quitarse las telarañas! (Llamando.) ¡Acacio!
Acacio (Acercándose.)—Mande usté.
Prudencio.—Ponte a la puerta, y si viene la señá Feliciana nos avisas, no sea que nos sorprenda.
Acacio.—Güeno. (Vase a la puerta a vigilar.)
Prudencio (Yendo a la puerta primera izquierda y llamando.)—¡Antoñita!... ¡Antoñita!
Antoñita (Dentro.)—¿Mande usté?
Prudencio.—Sal un momento, haz el favor.
Antoñita.—Voy.
Prudencio.—Ya está aquí. ¡Veréis qué prodigio!
ESCENA IV
Dichos y Antoñita, primera izquierda. Antoñita es una chiquilla como de diez y seis años, con cara abobada y pretendiendo suplir con una verbosidad ridícula la gracia de que carece. Al salir, ligera y sonriente, hace una reverencia.
Antoñita.—Servidora de ustedes. Muy buenos días, ¿Cómo están ustedes?
Los dos.—Bien, ¿y tú?
Antoñita.—Yo, bien, a Dios gracias, pa servir a ustedes. ¿Las familias güenas?... Vaya, me alegro mucho y por muchos años. Tanto gusto.
Polinio.—Muy bien, muy bien.
Pepe.—Es una monada de chica.
Antoñita.—Tantas gracias, es favor. No lo merezco. Ustedes son muy güenos, al parecer. Y ya lo saben ustedes, con permiso de mi papá, en lo que sea útil, pueden mandar a una servidora. Tanto gusto.
Prudencio.—Bueno. Pues estos señores...
Antoñita.—Repito que tanto gusto.
Prudencio.—Desean verte bailar y que nos cantes algo aquí en familia.
Antoñita.—Sí, señor, tanto gusto. Lo que deseen de una servidora de ustedes. ¿Quieren ustedes soleares, tango, sevillanas, panaderos, malagueñas, peteneras u cake-vale? Porque eso tié que ser a gusto de ustedes; porque ustedes sabrán lo que quieren; porque una no sabe con qué dará gusto; porque a lo mejor va una servidora y baila panaderos, y qué sabe una servidora si ustés les tien rabia a los panaderos. Porque eso el que lo quiere es el que lo pide.
Pepe.—¡Tié razón la chica!
Polinio.—¡Es lista, es lista!
Prudencio.—No, lo que queremos es lo que sepas mejor; un tanguito de esos con que vas a debutar, u cualquier cosa...
Pepe.—¡El tango, el tango!
Polinio.—¡Eso! ¡Venga el tango!
Prudencio.—¡Duro con él!
Antoñita.—Perfetamente. Bueno, y cuando baile, ¿lo marco con todo?... (Sonriendo picarescamente.)
Los dos.—¡Con todo, con todo!
Antoñita.—Pues con permiso de ustedes voy a ponerme un alfiler (Se lo pone.) pa ceñirme la falda, ¿saben ustedes? porque si no el ondulao no resalta. El tango se llama “Vete a la gloria.”
Prudencio.—Yo te acompañaré. Venga de ahí. (Cogiendo una guitarra.)
Antoñita.—¡Lo voy a cantar con picardía!
Prudencio.—¡Veréis un pasmo! (Acompaña con la guitarra.)
Música[1]
Antoñita
¡Ay, que me voy a morir y tú me vas a matar! ¡Ay! ¡ay! ¡ay!
Los dos
¿Qué hay?
Antoñita
¡Nada de particular! El moreno que me enloquecía se casa pa Mayo; que yo iznore por Dios la noticia si no me desmayo. ¡Ay, los hombres, mamita, mamita de mi corazón, qué embusteros, qué falsos, qué pillos, qué pérfidos son! ¡Ay! ¡ay! ¡ay!
Prudencio (Recitando.)—¡Olé, por las laringitis agudas!
Antoñita (Cantando.)
Y ahora escuchen con mucho cuidao un tanguito que me han enseñao.
——
¿Quién es pa ti más dulce que lo es el mango? ¡Mi guachindango! ¿Quién es la que conmigo quiere hacer changa? ¡Mi guachindanga! Dame una prueba sólo de amor, nenita. ¡Toma tripita! ¡Ay, deja que me acerque, guachindanguita! ¡Ay, por Dios, chachito, no te acerques, quita, déjame, porque estás loquito, ay, retírate, ay, retírate! ¡Retírate, por Dios, Pepito, retírate, por Dios, que grito, y no me des con el codito que me despepito!
Todos
¡Retírate, por Dios, Pepito, retírate, por Dios, que grito, y no me des con el codito que me despepito!
Antoñita
Anda, por Dios, José, ¡retírate!
Todos
Ande usté, don José, ¡retírese!
(Después de cantar Antoñita hablan sobre música.)
Pepe (Entusiasmado.)—¡Devino!
Polinio.—¡Superior!
Prudencio.—¿Eh? ¿qué sus paece la vocecita?
Polinio.—¡Que es una voz que encanta!... ¡qué digo encanta!... ¡que arroba!... y me quedo corto.
Pepe.—El día que oigan a esta chica en el extranjero, te la enjaulaban. ¡Esto no es mujer, esto es una ruiseñora, hombre!
Antoñita.—Güeno, ¿y a ustedes les molestará quedarse bizcos?... ¿No?... pues les voy a bailar a ustedes un tanguito; ¿que saben ustedes lo que es azúcar cande?... ¡pues más cande!
Prudencio.—¡Veréis qué disloque!... ¡Arza con la salida! (Antoñita baila.)
Acacio (Jaleando.)—¡Su gracia!... ¡Su cuerpo!... ¡Su madre!... (Todos se asustan. Prudencio corre a esconder la guitarra.)
Antoñita (Asustada, cesa de bailar.)—¡Mi madre!
Prudencio.—¡Mi mujer!
Polinio.—¡Su madre!
Pepe.—¡La Feliciana! (Los cuatro simultáneamente.)
Acacio.—¡No, si era que la jaleaba! ¡No asustarse!
Prudencio.—¡Maldita sea tu estampa, qué susto nos has dao, ladrón! (Pegándole con la guitarra.)
Pepe.—¡Anda, sigue, sigue! (Antoñita sigue bailando hasta terminar el tango.)
Hablado
Polinio.—¡Ahí la gracia!
Los dos (Aplaudiendo.)—¡Bravo! ¡bravo! ¡Muy bien!
Prudencio (Con entusiasmo.)—¿Qué? ¿qué tal? ¿y el salero? ¡el salero!
Polinio.—¡Yo no he visto un salero parecido!
Antoñita (Sonriente y satisfecha.)—¡Tantas gracias!... Una servidora está alicortada. No sé cómo pagar a ustedes... Es algo de favor... Y eso que he bailao en suelo de madera, que el día que a una servidora le pongan linoleum... ¿Saben ustés lo que es linoleum?
Pepe.—¡Ya lo creo!
Antoñita.—Una cosa que se escurre... ¡pues ese día, que no se me agarren los pies, yo creo que arrebato!
Pepe.—Nada, chico, que esto en un París u en una Londres, nos traemos el dinero en camiones.
Prudencio.—¿Sí, verdad? (Con entusiasmo, abrazando a su hija.) ¡Hija mía, qué porvenir nos aguarda!...
Antoñita.—¡Ya lo creo papá!
Pepe (A Polinio, aparte.) (¡Ya habrá usté advertío que tié menos gracia que una caja e betún!)
Polinio (Ídem.) (Ya, ya; pero, ¿quién le quita las ilusiones a un hombre así?)
Antoñita.—Y respective a declamar en picaresco, sabe una servidora una cosa un poco verde, que donde me la oyen, me se mueren de risa; porque una servidora, la recalca con una intención, que verán ustedes, si no les molesta.
Polinio.—No, dila, dila.
Parroquiano 1.º (Entrando.)—Buenos días; ¿me hacen el favor de afeitarme?
Prudencio (Contrariado.)—¡Hombre, espere usted si quiere, porque ahora!...
Acacio.—Siéntese, que es que estamos mu ocupaos... (El parroquiano se sienta al foro.)
Prudencio.—Empieza.
Antoñita.—Pues verán ustedes. Es un monólogo, pero lo tengo que decir yo sola, si no no paece monólogo. Es en verso, fijarse:
Cuando salgo a la calle y llovizna un poquito, me levanto las faldas enseñando el tobillo; mas si un pollo me sigue, recogiendo el vestido, me le... (Como recordando.) me le...
¡Ay! ¿cómo dice?... ¡qué rabia! me le... ¡pos no me s’ha olvidao!... me le... (Haciendo esfuerzos ridículos por recordar.) me le... ¡mecachis qué coraje!
Acacio (Acercándose a ella y en voz baja.)—¿No es me le atortolo?
Antoñita.—¡Qué va a ser! Bueno, me se ha olvidao, pero es una cosa que voy ¿saben ustés? y cuanto más me sigue el pollo, más me levanto, más me levanto, hasta que una servidora le enseña las medias y acabo así con este desplante:
¡Pa los listos son a listas! ¡pa los tontos son a cuadros!
(Hace una postura ridícula, quedando recogida y enseñando las pantorrillas. El parroquiano se acerca, mira y se vuelve a sentar.)
Pepe.—¡Una monada!
Polinio.—¡Preciosa! (Aplauden todos.)
ESCENA V
Dichos y Feliciana en la puerta
Feliciana (Con ira al ver el cuadro.)—¡Maldita sea la pena!
Prudencio (Aterrado.)—¡La Feliciana!
Antoñita.—¡Mi madre!
Acacio.—¡El ama!
Pepe.—¡Tablón!
(Estas voces simultáneas.)
Feliciana.—¡Muy bonito! ¡Está bien! (A la Antoñita, zarandeándola.) ¡Arza pa dentro, gandula! (Dándola metidos disimulados.)
Antoñita.—¡Madre, si era que!... (Huyendo.)
Feliciana.—¡A remendar la ropa, que es tu obligación! ¡Bribona! ¡Holgazana! (La persigue hasta que se va primera izquierda.)
Prudencio (A Polinio y Carpanta.)—¿Estáis viendo cómo trata a las celebridades?
Feliciana (Al parroquiano.)—¿Y usté, qué quería?
Parroquiano 1.º (Con extrañeza.)—Servirme.
Feliciana.—¿Y lo tenéis esperando? ¡Anda a afeitarle u te desuello, granuja! (Queriendo pegar a Acacio.)
Acacio.—Si era que... era que... Siéntese, siéntese el caballero. (Se pone a afeitarlo.)
Feliciana.—Y ustés, (A Polinio y a Carpanta, con brusquedad.) si no tién na que hacer aquí, la calle es gratuita...
Polinio.—Señora, nosotros estábamos almirando... las dotes de la niña.
Feliciana.—¡Tantas gracias! Aquí pelo pa quitar es lo que nos hace falta.
Prudencio.—Feliciana, que son amigos...
Feliciana.—Lo celebro. Tertulias en el Cerro e los Ángeles.
Pepe.—Usté disimule... (Excusándose.)
Feliciana.—Y si no quién ustés volver, aquí tienen ustedes su casa...
Prudencio (Aparte a los dos.)—(Hacer caso miso y esperarme en la taberna.)
Los dos.—Somos suyos... (Saludan y se van.)
Feliciana.—Pal gato. (Saluda también muy fina.)
ESCENA VI
Prudencio, Feliciana, Acacio y el Parroquiano que, después que lo afeitan, paga y se va
Prudencio.—¡Muy bonito! (Con ira.) ¡Feliciana!
Feliciana.—¿Qué hay? (Rabiosa.)
Prudencio.—¡Como trato social eres más repelente que una manga riega!
Feliciana.—Mira, Prudencio, vamos a hablar con franqueza. ¿Tú necesitas las narices este invierno?
Prudencio.—¡Quizás que sí!
Feliciana.—Pues si no quieres desprenderte de ellas... ¡Ya me conoces! Hazme caso a mí y que acabe este desorden de casa; que acabe hoy mismo, ahora mismo, porque estoy decidía, cueste lo que cueste, a que no se lleve la trampa el peazo e pan que tenemos y a no perder por tus locuras dos hijos que me han costao muchas lágrimas y muchos dolores el criarlos. ¡Eso es!
Prudencio.—Está bien. (Cualquiera le dice ahora lo del traspasito.) Bueno, ¿y todo eso, qué viene a ser poco más o menos?
Feliciana.—Pues viene a ser que mañana vuelve Casildo a la imprenta y la chica en cá la modista. ¡Eso es!
Prudencio.—Bueno, de modo que te ostinas en que ese monumento taurómaca...
Feliciana.—¡Mentira! El chico no sirve pa torero.
Prudencio.—¿Que no sirve? (Con indignación.)
Feliciana.—¡Qué va a servir; si está la pobre criatura de cornás que lo miras por la espalda y se le ve la corbata al trasluz!... ¿Y tú crees que he criao yo a mi hijo pa colador?
Prudencio.—¿Y respetive a la Antoñita, qué?... ¿También es un guiñapo artístico?...
Feliciana.—¡La Antoñita, peor!
Prudencio.—Entonces dí, celebro oscuro, ¿pa qué le ha dao la naturaleza una voz a nuestra hija?
Feliciana.—Pa que se calle y no berrée.
Prudencio (Frenético.)—¡Feliciana!
Feliciana.—Loco, más que loco. No quieres tú a tus hijos más que yo los quiero. Pero el quererlos no es motivo pa que me ciegue y vea cosas que no son. ¿Que es fácil ser torero?... ¡Ese es tu error, Prudencio! Y no mires a los que han llegao porque Dios les dió ese don; mira a los infelices que, ciegos por la avaricia, mueren como perros en la cama de un hospital. Y por lo que toca a la chica, estás igualmente equivocao; porque una cosa es la gracia que hacen los hijos a los padres en el comedor de casa, y otra la que se necesita pa brillar en el mundo. Y sobre todo, que no, ¡vaya! ¡Que no me da la gana ver a mi hija en un tablao enseñando las carnes; porque mujer que se remangue más arriba de lo necesario pa no coger barro, será buena pal cromo de una caja e cerillas, pero no lo es pa su casa ni pa sus hijos! ¡Eso es!
Prudencio.—¡Pero ven acá, mollera vacía! Si eso fuera así, ¿por qué me dicen tóos los parroquianos que hago bien?
Feliciana.—Pues, porque personas que vienen pa un cuarto de hora y que encima te ven con una navaja en la mano, ¿pa qué te van a contrariar?
Prudencio.—¡Razonas como una sandía!
Feliciana.—Razono como una madre sensata y prudente.
Prudencio.—¿Sí, eh?... Pues ahí va mi ulti-matum. Estoy cumpliendo mi deber y argumentarme en contrario es como tomar el caldo con tenedor. Y creo haberte dicho lo suficiente.
Feliciana (Con rabia.)—¿Es decir, que no cejas?
Prudencio.—¿Cómo cejas? ¡Ni cejas ni narices!
Feliciana.—¿Es decir que te empeñas?
Prudencio.—¡Empeñao! ¡Mi hijo será diestro, mi hija divete! ¡Es mi misión!
Feliciana.—¡Tu hijo será impresor, tu hija modista! ¡Es la mía!
Prudencio.—¡Por estas te juro que no! (Junta las manos.)
Feliciana.—¡Por estas te juro que sí! (Le imita.)
Prudencio.—¡Hemos acabao! (Desde la puerta. Vase foro.)
Feliciana.—¡Usté lo pase bien! (Con ira.)
ESCENA VII
Feliciana y Acacio. Luego, Antoñita.
Feliciana (Desolada.)—¡Dios mío; pero es posible que ni reflexiones, ni amenazas, curen a este hombre de su ceguera!... ¿Y cómo voy a consentir yo que este loco, trastornao por el consejo de unos cuantos guasones, nos lleve a la miseria y a la perdición?... (Llorando.) ¡Dios mío! ¡Dios mío! (Se sienta junto al velador ocultando la cara con el pañuelo con que seca sus lágrimas.)
Acacio (Con pena.)—¡Pobre mujer!... ¡Y eso que no sabe la metá de la metá! ¡Qué dramas! ¡Amos, que yo no puedo ver esto! Una mujer traspasá por el dolor, una barbería traspasá por setecientas pesetas y un servidor traspasao... al arroyo en cuanto venga el otro amo. Si yo tuviese valor se lo relataba todo. Porque, ¿qué hago yo en la calle? Nada, que se lo digo. Allá voy. (Acercándose y con voz temblorosa.) Se... se... señá Feliciana.
Feliciana.—¿Qué te pasa?
Acacio.—Que vaya, que quió que lo sepa usté todo; que el señor Prudencio, a espaldas de usté y con objeto de allegar recursos pa irse con la Antoñita a París, le ha traspasao al señor Román, (Feliciana se levanta.) por setecientas pesetas, el presente salón con tóos los enseres, menos usté y yo, que seremos las vítimas.
Feliciana (Aterrada.)—¡Jesús! ¿Qué dices?
Acacio.—Lo que usté oye, ce por be.
Feliciana.—¡Dios mío!... ¿pero es posible?
Acacio.—Ce por be. Se lo juro a usté por la memoria de mi santa madre que está en el pueblo.
Feliciana (Exaltadísima.)—¡Basta! ¡Te creo! ¡Ese loco es capaz de todo!... ¡Me temía esto! ¡Ay, si no puedo evitarlo, nos ha perdío pa siempre! (Como tomando una resolución repentina.) ¡Acacio, la gorra, ponte la gorra!
Acacio.—¿Y qué hago?
Feliciana.—Ponte la gorra y vete corriendo a la ebanistería de mi hermano y le dices: Señor Leovigildo, de parte de la señá Feliciana que vaya usté a la barbería en seguida pa una cosa mu grave. Vuela.
Acacio.—Comprendido. Un momento. (Entra primera izquierda y sale en seguida.)
Feliciana.—¡Quién sabe si todavía podremos evitar esta ruina! ¡Corre por Dios, Acacio! (Vase Acacio foro.) ¡Virgen del Carmen! ¡Qué locura! ¡Ay, Dios mío, que yo no sé lo que me pasa! Pero güeno; no hay que amilanarse; pa estas ocasiones es el carácter. ¿Traspasar el salón, eh?... ¡Ni a pedazos, ni con el Juzgao, ni hecha harina me sacan de aquí! ¡Lo juro! Y en este mismo instante se han acabao los toreros y las divetes... pero pa siempre.
Antoñita (Dentro, cantando.)
Retírate por Dios, Pepito... Retírate por Dios, que grito...
Feliciana (Que se exalta más al oir a su hija.)—¡Sí, canta, canta... so gamberra! ¡Ya te daré yo a ti Pepito! (Llamando.) ¡Antoñita! ¡Antoñita!
Antoñita (Dentro.)—¡Madre!
Feliciana.—Ven aquí, sal.
Antoñita.—Estoy ensayando.
Feliciana.—Sal, rica, sal, que te voy a dar un repaso.
Antoñita (Saliendo.)—Oiga usté, madre, ya he cogido un cambio de tono pa darle más picardía, misté. (Cantando.)
Retírate por Dios...
Feliciana (Furiosa.)—¡Retírate de mi vista o te desuello, so tunanta!
Antoñita (Huyendo atemorizada.)—¡Uy, por Dios! ¿pero qué es eso?
Feliciana.—Que como te oiga yo rebuznar otra vez u me vuelvas a cantar un tango, es el último día de tu vida, ¡so bribona! ¡Y arza, ahora mismo a ponerte el mantón, que vas a volver en cá la modista!
Antoñita (Con espanto.)—¡Cómo en cá la modista!
Feliciana.—¡Yo, yo te voy a llevar de una oreja! (Todo esto con gran energía.)
Antoñita.—¿Pero está usté loca? ¡Una meso-soplano quitando hilvanes!... ¡En seguida!... ¡No señora; no, señora, y no, señora!
Feliciana.—¡Ah, sí! ¿Y te vuelves contra mí? ¡Te voy a arrancar la piel, so tunanta, bribona, holgazana! (Persiguiéndola furiosa.)
Antoñita (Huyendo asustada.)—¡Ay, ay, ay! ¡Casildo! (A grandes voces.) ¡Padre! ¡Ay, que me quié pegar! ¡Casildo! ¡Casildo!
ESCENA VIII
Dichas y Casildo primera izquierda, interponiéndose entre las dos
Casildo (Con solemnidad.)—¡Chits! ¡Quietuz!
Feliciana.—¡La mato! (Casildo la contiene.)
Casildo.—¡Parsimonia! ¿Óbice de la reyerta?
Antoñita.—Y tó por no quererse morir una iznorada en esta porquería de casa, entre pelos y navajas, ¡eso es!
Feliciana.—¿Porquería, eh?... ¡Ya te daré yo a ti porquería!
Casildo.—Señora madre... El libre albedrío de los hijos es tan respetable como la...
Feliciana (Rabiosa.)—¿Y qué has hecho tú del mantón que te llevaste anoche, so golfo? ¡Dilo, dilo en seguida!
Casildo.—¡No entremezclemos!
Feliciana.—¿Lo has empeñao, verdá? Lo mismo que los pendientes de la semana pasá y los juegos de cama de hace quince días... ¿Y pa eso quiés la turomaquia? Pa dejar tu casa sin un trapo y vengan borracheras y malas compañías y vagancia y perdición, ¿no es eso? Pues ea (Sujetándole por la solapa.) ¡se acabó el toreo y mañana a la imprenta a ganarte honradamente una peseta! ¡Porque yo quiero! ¿Lo oyes? ¡Porque yo lo mando! (Le zarandea.)
Casildo.—¡Del dicho al hecho hay que tomar el tranvía!
Feliciana (Ya frenética.)—¡El tranvía! ¡Vaya, pues ahora mismo! ¡Ya me se ha llenado a mí el costal de ganas! (Furiosísima.) ¡Lo vas a ver! (De un tocador de la derecha coge unas tijeras.)
Antoñita (Atemorizada.)—¡Pero, madre!
Casildo (Con extrañeza y terror.)—Señora madre...
Feliciana (Frenética.)—¡Córtate esa coleta inmediatamente!
Casildo (Aterrado.)—¡Rediez! ¿Pero qué dice usté? ¿Que me ampute?...
Feliciana.—¡Córtate esa coleta he dicho, o por la sangre de mis venas que te deshago, so granuja! ¡En seguida!
Antoñita (De rodillas, suplicante.)—¡Ay, madre, la coleta no!
Casildo.—¡Que me suelte usté, que no!
Feliciana.—¡Que no! ¡Yo te la cortaré, so vago, tunante, infame! (En un arranque de fiereza le hace inclinarse contra el suelo y le corta la coleta de un tijeretazo.)
Casildo (Durante la lucha.)—¡No, madre! ¡Mi porvenir! ¡Por Dios!
Feliciana (Tirando la coleta al suelo después de cortársela.)—¡Así, fuera porquerías!
Casildo.—¡Rediez! (Tocándose la cabeza y en el colmo del terror.) ¡¡Me la ha cortao!!
Antoñita (Con horror.)—¡Se la ha cortao!
Casildo (Tirado en el suelo y dando un grito desgarrador.)—¡¡Padre!!
ESCENA IX
Dichos y Prudencio
Prudencio (Entra corriendo asustado por los gritos.)—¿Qué pasa?
Casildo (Sentado en el suelo con desaliento y señalando la coleta.)—¡Me la ha cortao!
Antoñita (Señalándola también.)—¡De raíz!
Prudencio (Cogiéndola y con inmenso pavor.)—¿La coleta? ¿Quién?
Feliciana (Empuñando valientemente las tijeras.)—¡¡Yo!!
Prudencio (Aterrado.)—¡Ah! ¡¡Tú!! ¡¡¡Tú!!! ¿Pero tú sabes lo que has quitado de la cabeza a tu hijo, so imbécil?
Feliciana.—¡Una tontería! (Con desprecio.)
Prudencio (Frenético.)—¡Ea! ¡Esta bestialidad colma la medida! Y puesto que te opones bárbaramente a que tus hijos lleguen a la gloria que Dios les destina, me los llevo de aquí. ¡Nos vamos de esta casa! ¡No aguanto más!
ESCENA X
Dichos, Leovigildo y Acacio de la calle; Parroquiano 2.º
Acacio (Que entra corriendo.)—¡Aquí está, aquí está su hermano de usted!
Feliciana.—Leovigildo, Leovigildo, ven, escucha...
Leovigildo (Entrando.)—Lo sé todo. Silencio. Me lo ha contao Acacio en el camino. (A Prudencio.) ¿Pero, qué has hecho, so insensato? ¿Pero es de veras que has traspasao la barbería?
Prudencio.—¡Sí, señor! ¡La he traspasao porque estoy cumpliendo un sacrosanto deber! (Enseñándole la coleta.) ¡En cambio, mira la mutilación bárbara que le ha hecho ese cernícalo a este monumento! (Enseñándole la cabeza de Casildo.)
Leovigildo.—¿Y le llamas monumento a una cebolleta?
Antoñita.—¡La cebolleta lo será usté!
Casildo.—¿Qué dirá el Ciruqui? (Con voz llorosa.)
Leovigildo.—¡Prudencio, vuelve en ti, reflexiona!
Prudencio.—No tengo na que reflexionar. Nos vamos de esta casa. Estoy decidido.
Antoñita.—Sí, señor; vámonos.
Casildo.—Nos vamos.
Feliciana (A Leovigildo.)—¿Pero estás oyendo?
Prudencio.—Y conste, que te echarán de la barbería.
Feliciana (Con furia.)—¡No hay quién!
Leovigildo.—No la echarán, porque yo desharé el traspaso devolviendo al señor Román las setecientas pesetas.
Prudencio.—Haz lo que gustes. Mandaremos por la ropa. ¡Hijos míos, la gloria nos llama! Yo os llevaré a ella. Vámonos de aquí.
Antoñita.—¡Madre, no sea usté tonta y véngase usté a la gloria!
Feliciana.—¡Prudencio, por Dios, mira lo que haces!... ¡Mira que si sales por esa puerta!...
Prudencio.—¡Es mi deber! ¡Adiós pa siempre!
Antoñita.—¡Adiós, madre!
Casildo.—¡Qué dirá el Ciruqui! (Vanse los tres foro.)
Feliciana (Llamándolos acongojada.)—¡Prudencio!... ¡Hijos!
Leovigildo (Sujetándola.)—¡Quieta!
Feliciana (Llorando amargamente.)—Pero, ¡si se van!
Leovigildo (Con energía.)—¡Deja que se vayan! ¡Muérdete el corazón, pero tú aquí, a conservar la libreta! ¡Es tu deber serio y honrao! ¡Que se vayan! Pué que sea mejor; así probarán dónde está la verdá, si en las ilusiones tontas, o en el trabajo humilde y verdadero. ¡Y poquitas lágrimas!
Feliciana.—Es verdá. Tiés razón. Ellos lo quieren; ¡que Dios los ampare! (Sin dejar de sollozar.)
Parroquiano 2.º (Entrando.)—¿Me pueden afeitar?
Feliciana.—Sí, señor. Acacio, afeita a este caballero.
Acacio.—Pase aquí. (El Parroquiano se sienta en el tocador de la izquierda y Acacio le afeita.)
Leovigildo.—Y tú, a tu trabajo, como si tal cosa. Voy a hablar con el señor Román. Vuelvo en seguida.
Feliciana.—Gracias, Leovigildo. Pero, ¡esos hijos!... ¡ingratos!... ¡sin mí!... (Llorando.)
Leovigildo.—Adentro, a lo tuyo, y calma. (La lleva hasta primera izquierda.) ¡Hasta luego! (Vase foro. Acacio queda afeitando al parroquiano y limpiándose las lágrimas.—Cae el telón pausadamente.)
Empieza un preludio en la orquesta, y al terminar el motivo del tango, se levanta la cortina y aparece un telón blanco, y, pegado en él, un gran cartel de color que dirá:
SALÓN MADRILEÑO
Debut sensacional en la cuarta función
LA BELLA ANTOÑITA
mono-cuple tanguista
NUEVA ESTRELLA
No faltéis
Al terminar el preludio, se alza el telón del anuncio y aparece el
CUADRO SEGUNDO
La escena representa el escenario de un salón «Music-Hall» visto de costado. El telón de boca del supuesto escenario figura estar al lado izquierdo del verdadero, ocupando desde la segunda caja hasta el foro, y, por consecuencia, el foro simulado ocupa iguales términos a la derecha. Los bastidores de este escenario se verán de canto, ocupando el centro de la escena, a distancias simétricas y con varales de luz tras ellos. En primer término, a la izquierda y cerca del supuesto telón, la taquilla de la luz eléctrica. A la derecha una puerta practicable, que se supone da a un pasillo, con cuartos de artistas. La decoración supuesta será una selva.
ESCENA PRIMERA
Al hacerse la mutación aparecen dos o tres Carpinteros acabando de colocar la decoración. El Electricista 2.º colocando bombillas de luz en los varales. El Electricista 1.º manipulando en la taquilla de la luz. Rodríguez, representante de la empresa, mirando por el agujero del telón.
Carpintero 1.º (A los otros.)—¡Amos, rediez, que sus dormís! (Mirando hacia las bambalinas y con voz más fuerte.) Manolo, pon el foro.
Una voz (Desde arriba.)—¿El japonés?
Carpintero 1.º—No, hombre, la selva. (Cae desde arriba un telón que ventea el Carpintero 1.º, colocándolo en su sitio.)
Electricista 2.º (Al primero.)—¿Qué luz se le da a la debutanta?
Electricista 1.º—P’al tango dicen que la demos el rojo; pa los coplés la daremos el verde.
Electricista 2.º—Pues prueba a ver.
Electricista 1.º (Dando luz verde.)—¿Va?
Electricista 2.º—Sí, apaga. (Se apaga la luz verde.)
ESCENA II
Dichos y Empresario, que sale primera derecha
Empresario (Con acento catalán.)—“¡Rodrígues! ¡Rodrígues!”
Rodríguez (Deja de mirar por el telón. Habla con acento andaluz.)—¿Qué quié osté?
Empresario.—Oiga, miri, que se dé la entrada a escape y curriendo, ¿sabe? ¡Que vamos con una mica de retraso y me tengo al ispetor detrás de las urejas!
Rodríguez.—Oiga osté, ¿y qué tar de gente, don Manué?
Empresario.—Va a haber un llenaso de bote en bote. Pero miri, no es estraño: cuarta sesión y debut... ¡as claro!
Rodríguez.—Y qué, ¿ha visto osté vestía a esa niña?
Empresario.—Ahora vengo de su camarino, y qué quiere que le diga, como mona es mona.
Rodríguez.—Pero oiga osté, que yo la he visto ensayar esta tarde y... (Gestos de duda.)
Empresario.—Miri, miri, déjese de cuentos; el caso es que da un lleno, que es lo que se buscaba, y si la matan que la maten, ¿sabe? A nosotros, ¿qué?
Rodríguez.—En eso tié osté rasón.
Empresario.—Lu que se busca, y nada más... ¡hombre! Ande, avise.
Rodríguez.—Voy allá. (Vase primera derecha.)
Empresario (Al Carpintero 1.º)—¿Está todo listo?
Carpintero 1.º—Todo, sí, señor. (Vase el empresario por el foro. Suena fuera un timbre eléctrico.)
ESCENA III
Polinio y Prudencio
Polinio (Sacando casi en brazos a Prudencio.)—¡Vamos, hombre! ¡Pero no te pongas así! ¿Pero qué te pasa?
Prudencio (Temblando de miedo y con voz acongojada.)—¡Ay, Polinio! ¿Que qué me pasa?... ¡Pues que a medida que va llegando la hora del debut de mi hija, me se está poniendo un amargor de boca, y tengo un vacío de estómago que me muero! ¡Mira cómo tiemblo!
Polinio.—¿Pero hombre, qué has hecho de aquellos bríos?
Prudencio.—¡Ay, no sé, no sé! ¡Ay, Polinio de mi alma, oye! ¿Tú crees en serio que gustará la chica?
Polinio.—¡Pues no ha de gustar! La chica es un asombro de gracia. ¿Qué digo un asombro? ¡un aspaviento!
Prudencio (Con voz entrecortada.)—¡Ay, Polinio, no te choque esta emoción! Tú no sabes lo que es ver a una celebridad y decir: ¡eso es un engendro mío!
Polinio.—¡Me lo explico! Y además que comprendo tu miedo; porque si por una de esas cosas, que no lo mande Dios, la chica no gustase...
Prudencio.—¡Calla, hombre! (Aterrado y nervioso le da un puñetazo.)
Polinio.—¡No, si hablo en pletérito! ¡Calcúlate tu situación! Sin dinero y sin barbería; porque aunque tu mujer siga con ella, con la Feliciana no hay que contar.
Prudencio.—¡Como que ayer me la encontré, me miró el saqué, se echó a reir y me volvió la cara!... ¡figúrate! (Se oye un gran rumor detrás del supuesto telón, rumor que remeda con la mayor exactitud al del público cuando invade un teatro: escúchanse entre el natural vocerío estas frases: ¡Acomodador... a ver mi asiento!—¡Caramelos y bombones!—¡El Heraldo!... Sin cesar en absoluto, se atenúan los rumores del público supuesto, para que no se pierda el diálogo.) ¡Ay! ¿oyes? ¿qué ruido es ese? ¿qué pasará? ¿qué es? (Impaciente.)
Polinio.—Voy a ver. (Se acerca, mira por el agujero del telón y dice con mucha alegría.) ¡La gente, la gente que entra!... ¡Ya están entrando!
Prudencio (Asustado y tembloroso.)—¿Entran ya? ¡Ay! ¡ay, qué emoción!
Polinio (Que sigue mirando.)—¡Y qué buen público! ¡Va a estar lleno!
Prudencio.—¡Ay! ¡Aquí quisiá yo ver a la Feliciana, a ese ser egoísta y bárbaro, que estará a estas horas roncando en su cama muy tranquila! ¡Ay, qué temblor! ¡Ay, que no creí que era esto tan emocionante! (Se escuchan bastoneos y muestras de impaciencia en el público.) ¡Oye!... (Los dos atienden.) ¿Qué pasa ahora?
Polinio.—¡Que se cansan de esperar! ¡Como no empiezan!
Prudencio.—¡Ay, pues que empiecen, que empiecen!... (Muy nervioso, y recorriendo el escenario dice a grandes voces.) ¡Que empiecen! ¡Que empiecen!
Polinio (Conteniéndolo.)—¡Calla, hombre!
ESCENA IV
Dichos y Rodríguez; luego Antoñita; después Empresario y luego el Inspector; por último, Trianón
Rodríguez (Saliendo. A Prudencio.)—¿Y la Antoñita?
Prudencio.—¡Ya debe estar; ya debe estar vestida!
Rodríguez.—¡Voy a avisarla, que empieza ella! (Acercándose a la puerta derecha.) ¡Antoñita! ¡Antoñita! (Llamando a voces.)
Antoñita (Dentro.)—¡Voy, voy en seguida!
Prudencio.—¡Ay, Polinio, llegó el momento! ¿Qué será de nosotros?
Polinio.—¡Ánimo, Prudencio! ¡El porvenir es tuyo!
Rodríguez (Asomándose por el agujero del telón.)—¡Molina, la sinfonía! (Se oye a poco un vals al piano. Antoñita sale por la puerta de la derecha, vestida de “coupletista”, con un traje corto, verde y rosa, de muy mal gusto; lleva muchas flores en la cabeza; saca en la mano un sombrero cordobés. Viene radiante de alegría.)
Antoñita.—¡Ya estoy! ¿qué les paece a ustedes el trajecito? (Contoneándose muy satisfecha.)
Polinio.—¡Precioso! ¡Una monada! ¡Una divinidaz!...
Prudencio.—Oye, ¿no será demasiao verde pal público?
Antoñita (Enfadada por la observación.)—¡Qué va a ser! ¿Usté qué sabe? ¡Ya verá usté en cuanto me vean qué murmullo! ¡Pal teatro cosas vivas! ¡En vestir las voy a dejar a todas así!... (Empequeñecidas.)
Prudencio.—Sí, hija; si pué que tengas razón. Pero yo es que ya no veo de miedo. ¡Mira qué temblor! (Enseñándole la mano temblorosa.)
Antoñita (Enfadada.)—¡Caramba, padre! ¡pero qué pesao está usté con el miedo! ¡Jesús! que lo tuviese yo, güeno; ¿pero usté?... ¡Si sabré yo lo que va a pasar! ¡Un delirio en cuanto me vean y me oigan! y es que lo mismo me se da a mí del público este que del del Real, que el de cualsiquier lao. La cuestión pa gustar es atractivo, y desenvoltura, y cosas modernistas... ¡y déjeme usté a mí!... ¿Que todas saludan de esta manera? (Hace un saludo vulgar.) ¡Pues yo así!... (Hace un saludo raro moviendo la cabeza hacia la izquierda muy rápidamente y con una sonrisa más rara que el saludo todavía.) ¡que tié más novedad! ¡y con esto y dos o tres ademanes que ha estudiao una servidora, el público en el bolsillo de una servidora!... ¡Va usté a verlo!
Polinio (Con entusiasmo.)—¿Pero no te animas de oirla?
Prudencio.—No; si yo también estoy seguro... pero... vaya... es que...
Antoñita.—¡Paece mentira! ¡Dudar de mí!... ¡Si gusto, como gustaré, no le vuelvo a mirar a usté a la cara!... ¡Merecía usté tener una hija tonta!
Rodríguez (Acercándose.)—¡Prevenida Antoñita!
Antoñita (Preparándose.)—¡Venga ya! (Acercándose a la primera caja.)
Rodríguez.—¡Arriba el telón! (Sube el telón y se llena de luz el escenario.)
Prudencio (Casi llorando.)—¡Ay, cómo me ha herido esa luz! ¡Hija mía, Dios te bendiga!
Polinio (A Antoñita.)—¡Ánimo!
Antoñita.—¡Me sobra! (Con indiferencia.)
Rodríguez.—¡Fuera! (Antoñita sale a escena, saluda y se oye un aplauso prolongado. Los personajes que están en escena y dos o tres tramoyistas quedan entre cajas de topes y arrojes mirando a Antoñita.)
Polinio.—¿Lo ves? (Con viva satisfacción y abrazando a Prudencio.)
Antoñita (Desde escena, sonriendo a su padre con disimulo.)—¿Ve usté el efecto del saludo?
Prudencio.—¡Qué aplauso! (Muy alegre.)
Rodríguez.—¡Tenemos una gran clac! (Prudencio, indignado, le da un cogotazo. El piano deja oir un tango y Antoñita empieza a bailarlo muy mal y con ademanes raros; se pone el cordobés y se le cae en dos ocasiones. Se oyen en el público risas prolongadas.)
Prudencio (Con angustia.)—¡Ay, paece que se ríen! ¿Qué será?... ¿Qué es?... ¿Qué es?... ¿Qué es?...
Rodríguez.—No sé... ¡voy a ver! (Vase a mirar por detrás del foro.)
Polinio.—¡Nada, que se conoce que hace gracia, que gusta!... ¡Que les ha chocao lo del sombrero! (Se acentúan las risas en el público y se escuchan toses burlonas.)
Prudencio.—¡Ay, Polinio, que paece pitorreo! (Lo dice muy azorado.)
Polinio.—¡No, hombre, qué va a ser!
Antoñita (Sin dejar de bailar se acerca a la caja donde está su padre, y al dar una vuelta, dice muy rápidamente y con cara de angustia que trueca en seguida en el gesto sonriente que pone constantemente al público.)—¡Se me ha desatao una cinta! (Habla con gran rapidez.)
Prudencio.—¡Recontra! (Aterrado. A Antoñita.) ¿Salgo a atártela?
Polinio (Sujetándole.)—¡No por Dios! ¿Dónde vas? (Siguen en el público las toses y las risas.)
Prudencio.—¡Que se esperen un poco y ven y te la ato!
Antoñita (Que baila ya azoradísima.)—¡No sé de dónde es!
Una voz (En el público.)—Pero, ¿quién te ha vestido?
Prudencio.—¡No sigas!... ¡Ven, ven, Antoñita!
Polinio.—¡Calla, hombre, calla, por Dios! ¡Que la azaras!
Antoñita (Sin dejar de bailar.)—¡Y me se está cayendo una liga!
Prudencio.—¡Dios mío!
Una voz (Atiplada, del público.)—¡Pero si eso es una niñera!
Otra voz.—¡Asaura!
Voces.—¡Callarse!
Otras.—¡Fuera la clac! (Siguen rumores fuera.)
Antoñita (Bailando cada vez peor y casi llorando ya.)—¡Ay, que me muero de angustia!
Prudencio.—¡Éntrate, éntrate y no sigas!
Rodríguez.—¡Deje usté de bailar! ¡El cuplé, el cuplé en seguida! ¡Pronto, el cuplé, Antoñita! ¡Valor! (Todos hablan a un tiempo, el público grita y patea; Antoñita, cada vez más azorada, hace un desplante ridículo y termina el baile entre carcajadas y voces de burlona aprobación. El piano preludia el cuplé.)
Polinio.—¡Duro en el cuplé, que te haces con el público!
Prudencio (Furioso y a gritos y desesperado.)—¡Gritarla, con lo que vale esa criatura! ¡Porque lo vale! ¡A qué andar ya con modestias! ¡Lo vale, sí, señor! ¡Lo vale!
Rodríguez.—¡Calle usté ahora! (Antoñita empieza a cantar con voz temblorosa.)
Antoñita.—(Cantando.)
¡Ay, que me voy a morir! ¡y tú me vas a matar! ¡Ay!... (Hace un gallo.)
Una voz (Del público.)—¡Qui-qui-ri-quí! (Risa general.)
Prudencio.—¡Cochinos! ¡Dejarme salir!... ¡Cerdos!
Polinio.—¡Cállate, Prudencio!
Antoñita.—(Cantando con voz llorosa.)
El moreno que me enloquecía se casa pa Mayo, que yo iznore, por Dios, la noticia si no me desmayo. ¡Ay, los hombres, mamaíta, mamaíta de mi corazón!
Una voz.—¡Ande usté a vender décimos!
Prudencio.—¡Insúltalos! ¡Ladrones! ¡Asesinos! (Frenético de ira.)
Antoñita (Cantando.)
¡Qué embusteros, qué falsos, qué pillos, qué pérfidos son!
(Acercándose.) ¡Ay, padre, que yo estoy muy mala!... ¡Yo me muero! (Intenta cantar otra vez, desafina y se produce un pateo formidable, voces e insultos.)
Rodríguez.—¡Al Pepito! ¡Al Pepito!
Antoñita (Cantando.)
Retírate, por Dios, Pepito, retírate, por Dios, que grito.
Una voz (Del público.)—¡Retírate tú!... (Risas, toses, aullidos.)
Antoñita (Llorosa, sofocada y sin saber lo que hace deja de cantar y grita dirigiéndose al público.)—¡Indecentes! (Vocerío espantoso, gritos, imprecaciones. Cae el telón. Llorando, acongojada se abraza a Prudencio.) ¡Ay, padre de mi alma, que creo que no he gustao!
Prudencio (Sosteniéndola en sus brazos.)—¡Pues no has de gustar hija mía!... ¡Han sido dos o tres!... ¡Morrales! ¡Golfos!... ¡No llores, hija!
Polinio.—¡Cálmate, cálmate, Antoñita! (Sigue oyéndose fuera un alboroto horrible.)
Antoñita (Angustiadísima.)—¡Ay, agua, agua, que me ahogo!
Prudencio (Suplicante.)—¡Por Dios! ¡Por caridad! ¡Un poco de agua!
Empresario (Saliendo primera derecha hecho una fiera.)—¡Nos ha perdido! ¡Insultar al público! ¿Qué ha hecho usted?
Polinio (Con ira.)—¡Qué sabe la chica!
Rodríguez (Sin dejar de mirar por el telón.)—¡Y no callan!
Empresario.—Pero, ¿qué quieren?
Rodríguez.—¡Rompen las butacas! (Miran los dos por el telón.)
Antoñita.—¡Ay, a mi casa! ¡Llevarme a mi casa! ¡Yo me muero aquí, me ahogo! ¡Vámonos!
Inspector (Furioso.)—¡La empresa! ¡A ver, la empresa inmediatamente!
Empresario.—¡Servidor!
Inspector (Con tono imperativo.)—Es necesario que esta señorita salga inmediatamente a pedir perdón al público, inmediatamente.
Prudencio (Frenético de coraje.)—¿Qué? ¿Mi hija a pedir perdón a esos golfos? ¡Primero me ahorcan!
Inspector.—O pide perdón, o me la llevo detenida inmediatamente.
Prudencio.—¡Detenida mi hija! (Furioso.)
Antoñita (Sollozando y aterrada.)—¡Ay, no por Dios, perdón!... ¡Ay, no padre, detenida no! ¡Ay, que no me lleven, por Dios! (Se abraza a su padre como quien se refugia de un peligro.)
Prudencio.—¡No hija; me matarán antes!
Inspector.—Pues que salga inmediatamente.
Empresario.—Sí, hombre, que salga; verá usted, si no cuesta nada. (Empujando a Antoñita.)
Polinio.—Sí, hombre, es mejor, déjala. (Trata de que Prudencio suelte a su hija, que es zarandeada por unos y otros.)
Prudencio.—¡Mi hija humillada!
Antoñita.—¡Sí, señor; deje usted, padre, saldré! ¡Después de todo, he faltao! Así no se me llevarán, ¿verdá? ¡Que suban el telón! ¡Ay, sostenerme! (Desfallecida, sin poder casi andar.)
Rodríguez.—¡Arriba el telón! (Sube el telón.)
Empresario.—Vamos. (Empujándola.)
Antoñita (Sale trémula, cogida a los bastidores; al verla el público protesta y grita.)
Voces.—Chist... (Imponen silencio.)
Antoñita (Entre el hipo amargo de un llanto mal contenido.)—¡Re... re... respetable público!... ¡Perdón! (Se echa a llorar amargamente y cae arrodillada. Baja el telón en silencio.)
Prudencio (Sale a cogerla.)—¡Canallas! ¡Asesinos! (Llorando.) ¡Hija mía! ¡Yo, yo tengo la culpa! ¡Perdón, hija mía! ¡Perdóname! ¡Insultarme a mí!... ¡Matarme a mí, si queréis... pero a este peazo e mi alma!... (Llora.)
Polinio.—¡Vamos, vámonos! (Sacándolos del escenario.)
Empresario.—¡Vaya, fuera, fuera, despejar! (Los empuja a un rincón.)
Rodríguez.—¡Libre la escena! (Empujando a todos.)
Antoñita.—¡Ay, sí... nos echan!... (Angustiadísima.) Vámonos... ¡pero con mi madre!... ¡Llevarme con mi madre!
Prudencio.—¡Sí, hija, sí! Polinio, trae la ropa en un rebuño.
Polinio.—¡Voy en seguida! (Vase puerta derecha.)
Empresario (Empujándolos.)—¡Libre el paso! (A Rodríguez.) Que salga la Trianón y les cante la pulga, a ver si los contenta.
Rodríguez.—¡Trianón! ¡Trianón! (Dando voces primera derecha.)
Trianón (Saliendo.)—Aquí estoy. (Viste de cupletista.)
Rodríguez.—¡Sugestiva, niña, sugestiva: a ver si los amansas!
Trianón.—Conmigo hocican... Verá osté. Arriba er trapo. (Esto último lo dice mirando arriba.—Se levanta el telón, se oye el tango, empieza a bailar y se oyen voces en el público.)
Voces.—¡Esto, esto!... ¡Ahí lo bueno!... ¡Tu madre!... ¡Olé!... (La Trianón baila de un modo descocado e indecente.)
Polinio (Sale, puerta derecha, con un lío de ropa y el mantón, y se acerca donde están Prudencio y Antoñita abrazados.)—¡Vámonos! (En este momento hace la Trianón un desplante y el público aplaude, quedando luego en silencio.)
Antoñita (Llorando.)—¡Cómo la aplauden a esa! ¿Por qué no habré gustao yo así, padre?
Prudencio (Con amargura.)—¿Que por qué no has gustao así? ¡Pues porque Dios no me ha querido castigar del todo, hija mía! (Salen por detrás del telón del foro. Sigue bailando la Trianón y el público jaleándola.)
Mutación
CUADRO TERCERO
Calle corta de los barrios bajos de Madrid. Es de noche.
ESCENA PRIMERA
La Señá Feliciana dando muestras de impaciencia y de extremada curiosidad pasea por la calle envuelta en un mantón. Se para, se acerca a menudo al primer término izquierda y mira.
Feliciana.—¡Ay, Dios mío! ¡Cuánto tarda ese chico! ¿Qué habrá pasao?... ¡Los menutos se me hacen siglos! ¡Ay, Jesús Nazareno de mi alma, Dios quiera que haiga gustao esa chica!... ¡Su padre me creerá tan tranquila roncando en la cama, le conozco y llevo un diíta que no sé cómo me tengo en pie!... Porque yo lo odio; odio eso de ercenarios y de públicos, bien lo sabe la Virgen Santísima, pero así de que recibí el recao de que la chica debutaba esta noche, le puse dos velas a la Virgen, le recé un rosario y le pedí... ¡paece mentira que se lo pidiera yo!... ¡le pedí que la aplaudiesen, que la llenasen el ercenario de flores, de coronas, de tóo lo mejor que haiga en el mundo! ¡No por mí, bien lo sabe Dios! ¡Por ella, na más que por ella, por su bien y por su alegría! ¡Hija de mi alma! (Se seca los ojos con el pañuelo y mira a la izquierda.) ¡Ay! ¿es aquél?... ¡Sí, aquél es! ¡Gracias a Dios! ¡Acacio!... ¡Aquí, aquí estoy! (Llamándole con la mano.)
ESCENA II
Dicha y Acacio, que sale por la izquierda, con el traje descompuesto y con las narices hinchadas; jadeante.
Acacio.—¡Señá Feliciana!
Feliciana (Cogiéndole la mano con gran impaciencia.)—¿Qué, qué ha pasao?
Acacio.—Pu... pu... pues nada, que...
Feliciana.—¿Te has caído?
Acacio.—¡Yo no!... ¡Ha sido que!... ¡Espere usté que respire! (Toma aliento.)
Feliciana.—¿Pero ha gustao la chica?... ¡Pronto, dilo pronto!
Acacio (Titubeando y sin saber qué decir.)—No... si... la... la chica... como gustar la chica... le diré a usté...
Feliciana.—¿Qué?
Acacio.—Que al principio, sí, señora, ha gustao.
Feliciana.—¿Y luego?
Acacio.—Luego también... ¿sabe usted?... Al menos a mí.
Feliciana.—Bueno, ¿y al público, y al público?
Acacio.—Sí... sí, señora... al público, mucho... Sino que aunque ha gustado un poco, yo que usté en cuanto llegase a casa, lo que es las dos velitas de la Virgen, ¡puf! ¡puf!... (Hace la acción de soplar.) ¡Apagás!
Feliciana.—¡Pero, ay, no me asesines! ¡Habla! ¿Qué es lo que ha sucedío con la chica?
Acacio.—Pues na; tóo ha sío por culpa de uno; un guasón de patillas que estaba en delantera. Verá usté cómo ha pasao la cosa. Se alza la cortina, se presenta la Antoñita de verde, que estaba pa comérsela, con permiso de usté, y rompo yo sólo en un aplauso nutrido, y me sigue el público; ella, en vez de saludar, hace una cosa así elegante con la cabeza, (Imita el saludo de Antoñita.) como si estornudara, y va el guasón de las patillas y dice:—¡Jesús!—Y yo digo:—¡Fuera ese! y me sigue el público y le echan. Encomienza a bailar la chica, y en esto me veo que se la salía una cinta por la abertura de la falda... y van, y se ríen las butacas. La Antoñita, algo azará canta, se le va una nota que yo no sé si era un re o un sí, aunque creo que sí, y al dar el gallo, se armó el maremanun en el público. Risas, toses, patadas, ladridos... Ella se sofoca, se echa a llorar, yo aplaudo, me sigue el público; les llamo ¡cochinos!... y me sigue el público... me sigue el público y me da una paliza en el fuayere, con grabaos en el texto como salta a la vista. Y el final no lo he visto. No lo he visto por dos razones: primera, porque misté cómo tengo este ojo; y segunda, porque me echaron los guardias a la calle; y me he venido corriendo pa tranquilizarla a usté como lo hago; porque como gustar, la verdá es que la chica ha gustao. ¡Al menos a mí!
Feliciana (Que durante el relato anterior expresa con gestos el convencimiento del desastre, dice con energía.)—¡Bueno, no me digas más! ¡Lo que yo me temía! (Sigue furiosa como hablando consigo misma.) ¿Lo ves, infame, ladrón, asesino, mal padre?... ¿Lo ves? ¿Lo estás viendo? ¡Amarga es la leción... pero quién sabe si Dios lo habrá hecho! ¿Dónde habrán ido?... ¿Qué será de ella?... ¡Pobre hija mía! (Vase derecha.)
Acacio (Que ha dicho la anterior escena con el sombrero en la mano, intenta ponérselo de varias maneras sin conseguirlo.)—¡Rediez con el debutito! ¡Na, que póngame el sombrero como me lo póngamelo, me encuentro con una dificultad del tamaño de una nuez! No, lo que es como debute otro día, voy de mantilla. ¡Palabra! (Vase corriendo por la derecha.)
Mutación
CUADRO CUARTO
Plaza en los barrios bajos de Madrid. Desembocan en ella distintas callejuelas. A la izquierda; en segundo término, una puerta practicable cerrada, y sobre ella un rótulo que dirá «Barbería». Sobre la puerta cuelgan dos bacías de cartón. Es de noche. Los faroles de la plaza y de las callejuelas encendidos. La luna ilumina con suave claridad la parte izquierda del escenario.
ESCENA PRIMERA
El Sereno y un Cafetero ambulante. Al levantarse el telón aparece el Sereno sentado en un portal leyendo un periódico a la luz del farol. Se oye a lo lejos el pregón del Cafetero.
Cafetero (Hablado con música.)—¡Cafeeé calienteeeé!... ¡Cafeeé!... (Sale a escena.)
Sereno.—¡Hola, tú!
Cafetero.—¡Adiós, Pepe!
Sereno.—Échate un vasito.
Cafetero (Sirviéndole.)—¡Vaya una helá que está cayendo!
Sereno.—¡Anda, que de peores han de caer! ¡Ahora escomienza el invierno! (Bebe el café.)
Voz (Lejos.)—¡Serenooó!
Sereno (Fuerte.)—¡Vaaá!... (Pagando.) ¡Toma! (Vase foro izquierda.)
Cafetero.—¡Hasta mañana! (Vase foro derecha.) ¡Cafeeé calienteeé... cafeeé!
ESCENA II
El Señor Prudencio y Antoñita. Al desaparecer el Cafetero, aparecen por el extremo de la calle del foro el señor Prudencio, embozado en su capa y Antoñita, arrebujada en un mantón, con una toquilla en la cabeza y un lío de ropa en la mano. Andan vacilantes y como temerosos de llegar a la barbería.
Antoñita (Llorosa y sosteniéndose en el brazo de su padre.)—¡Ay, padre de mi alma, yo no puedo más!... ¡Tengo un temblor y un frío!... ¡Yo no me muevo de aquí! (Se sienta en el quicio de una puerta al lado de la barbería.)
Prudencio (Muy conmovido.)—Pero oye, rica, ¿por qué no nos vamos en cá el señor Polinio, donde estábamos, y mañana de día vienes tú solita?
Antoñita.—¡Ay, no, padre; no se empeñe usté! ¡Yo estoy muy mala! ¡Yo quiero subir a casa! ¡Yo no estoy fuera de mi madre ni un menuto más, no señor!
Prudencio.—¿Pero no comprendes, hija, que después de lo que nos acaba de pasar y siendo tu madre dueña de la barbería, yo ya no puedo entrar ahí más que a que me pelen? ¡y carcúlate si me coge tu madre, me rapa!... ¡y con razón!
Antoñita.—¡Ay, qué temblor! (Tiritando.)
Prudencio.—Llamaremos al sereno y entras tú, ¿quieres? ¡Yo... yo voy a dar un paseo!... (Llorando.)
Antoñita (Se levanta y le abraza.)—¡No, padre; por Dios! ¿cómo se va usté a ir?
Prudencio.—¿Pero con qué cara entro yo, si esa casa ya no es nuestra, Antoñita?
Antoñita.—La casa no será de usté, pero es de mi madre, y mi madre es mía, y usté también es mío; y yo la hablaré, y verá usté cómo no nos echa; porque si nos echara, ¿dónde vamos a media noche y con la helá que está cayendo?
Prudencio.—¡Hija de mi alma!... ¿tienes frío?
Antoñita (Llorando.)—¡Ay! ¿por qué no habré gustao, padre?
Prudencio.—¡No, si has gustao, hija!... ¿pero crees que no has gustao?... ¡ya lo creo que sí!... sino que... vamos... te ha faltao eso que... ¿Quiés mi capa, hija? ¿Estarás helá con ese traje?
Antoñita.—No. Misté qué lástima, ¡se me ha roto todo! (Enseña el traje roto.) ¡Pero el frío lo tengo en los huesos!
Prudencio (Con ira, señalando a la barbería.)—¡Y esa madre infame y egoísta, ahí dentro, roncando!... ¡miserable!
Antoñita.—¡Ay!... ¡mire usté! (Asustada mirando al foro.)
Prudencio.—¿Qué es? (Volviéndose.)
Antoñita.—Dos hombres. (Aparecen en el foro discutiendo el Ciruqui y el Repollo Chico.) ¿Me querrán coger por lo del teatro? Arrímese usté... tengo miedo. (Prudencio la abraza.)
ESCENA III
Dichos, el Ciruqui y el Repollo Chico, que salen del foro, se acercan a la barbería, se fijan en el grupo y saludan
Ciruqui (Acercándose.)—¡Güena noche!
Prudencio.—(¡Calla! ¡Paece la voz del Ciruqui!) (Alto.) Ciruqui, ¿eres tú?
Ciruqui.—¡Pa servirle, no asustarse!
Repollo.—¡Y un servidó!
Prudencio.—¡Con el Repollo Chico! (¡La cuadrilla de tu hermano!)
Antoñita.—(¿A qué vendrán?)
Prudencio.—¿Y qué os trae por aquí a estas horas?
Ciruqui.—Pos na, que viníamos a jasele una rasón a la señá Felisiana de parte de Casirdo y se la jaremo a osté, que mejó será. ¿No? (Al Repollo.)
Repollo.—Sí (Muy seco.)
Prudencio.—¿Pues qué pasa?
Repollo (A Ciruqui.)—(Díselo en frazmentos. ¿No?)
Ciruqui.—(Sí.) (Titubeando.) Pué lo que pasa es que... Casirdo ¿sabe osté?... pué ha toreao esta tarde.
Prudencio.—¡Mi hijo! ¿Ha toreao? (Muy alegre.)
Repollo (Con tristeza.)—Un ratito.
Ciruqui.—Y como Casirdo e como e, que ya sabe osté como e, dijo dise, puesto que esta noche drebuta mi hermaniya, si le digo a mi pare que atoreo, le doy un día de acongojo... ¡y se lo cayó er probetiyo!
Prudencio.—¡Pobre hijo mío! (Con cara radiante.) Y qué, ¿habrá quedao como los ángeles? (Los toreros se miran.)
Ciruqui.—¿Como los ángeles? (Mira al cielo.) ¡Por ahí, por ahí!
Repollo (Mirando al cielo también.)—¡Más arto!
Prudencio (Cambiando en gesto de terror la expresión alegre de su cara.)—¡Recontra! ¿Qué decís?
Antoñita.—¡Ay mi Casildo! (Llora.)
Prudencio.—¡Ay mi hijo! ¡Ay, Ciruqui, habla! ¿Muerto?... ¿herido?... (Interroga con ansia horrible.)
Ciruqui.—Una mijita meno. Carmarse.
Repollo.—¡Cuéntalo tó!
Prudencio.—Sí, cuenta, cuenta... (Impaciente.) ¿qué le ha ocurrido?
Ciruqui.—Pos na... fué en su segundo. Era un berrendo en negro, gordo, de Palha... ¡Palha tenía que ser! ¡Mardita sea su casta, que le tengo yo un asquito a esos bichos!... Coge Casirdo los trastos, se va ar toro, y ar da er quinto pase, lo empitona, se lo sacude, ¡y a la armósfera!
Prudencio.—¡Dios mío!
Antoñita.—¡Qué horror!
Ciruqui.—Y esto sería a las cinco y media... güeno, pos no le gorvimo a ve hasta las ocho y cuarto.
Repollo.—¡Con desile a osté que bajó ya vendao!
Antoñita.—¡Virgen Santa!
Prudencio.—¿Y dónde tiene la cornada?
Ciruqui.—No, corná no tié denguna. Ha sío una palisa na má, sino que ha sío una de esa ¡de órdago! ¿No? (Al Repollo.)
Repollo.—¡Ha sío un cúmulo!
Prudencio.—¿Y dónde está? ¿dónde está mi hijo?...
Ciruqui.—Pues ahí se queó en un cafetín hasta sabé si su mare quié recibilo.
Antoñita.—¡Vamos, vamos por él!
Prudencio.—Sí. ¿Dónde? ¿Dónde es?
ESCENA IV
Dichos y Casildo, que viene por el foro cojeando, con la cabeza vendada y un brazo en cabestrillo
Casildo (Con voz llorosa.)—¡Padre!
Ciruqui.—¡Erse-lomo!
Prudencio.—¡Hijo mío! (Van a abrazarle Prudencio y Antonia y huye.)
Casildo (Con terror.)—¡No; no apretarme! ¡Ay, ay, qué dolores!
Prudencio.—¿Qué tienes?
Antoñita.—¿Qué ha sido?
Casildo.—¡Ay, padre, que yo no toreo más! (Llorando.) ¡Que no toreo más!
Ciruqui.—¡Vaya, pues nosotros... con permiso!...
Prudencio.—¡Gracias por todo, hijos!
Repollo.—Aliviarse y que no sea na. (Mutis los toreros foro.)
Prudencio.—¿Dónde te duele, hijo de mi alma, dónde?...
Casildo.—¡Me duele en el total, padre! ¡Ay, qué dolores!... (Mirando a su hermana.) ¿Y qué... y ésta cómo ha quedao?
Prudencio.—Pues por el estilo. ¡Le ha tocao un publiquito de Palha también!
Antoñita.—¡Podíamos estar en la cárcel, conque no te digo más!
Casildo (Con desconsuelo.)—¡Dios mío! ¿De manera que ya no se van ustés a París?
Prudencio (Con viveza y furia imponente.)—¿A París?... ¡Maldita sea su vida!... ¡Si yo cogiera alguna vez al ladrón aquel del Carpanta, que fué el que me metió en el jaleo y el que me ha traío esta ruina y esta tristeza, te juro que!... (Amenazador y furioso.)
Pepe (Desde lejos pregonando.)—¡Chuletas de huerta! ¡Chuletaas!...
Prudencio.—¡Recontra! (Con asombro.)
Casildo.—¡Paece su voz! (Atendiendo.)
Pepe.—¡Que humean!... ¡Chuletaas!...
Prudencio.—¡Él es! (Se acerca a la primera derecha y llama a voces.) ¡Carpanta! ¡Carpanta!
ESCENA V
Dichos y Pepe el Carpanta por la primera derecha con una cesta
Pepe (Saliendo.)—¿Quién?
Prudencio.—¡Carpanta! ¡Maldita sea! (Le amenaza.)
Pepe.—¡Prudencio! ¡Tú! ¡Ay, Prudencio de mi alma, mátame si quieres!
Prudencio.—Pero oye: ¿cómo es esto? ¿No estabas en París?
Pepe.—Sí, Prudencio. Allí estuve y de allí vengo.
Prudencio.—¿Pues qué te ha pasao?
Pepe.—¿Que qué me ha pasao?... Pues que a mi mujer y a mi hija me las encontré que estaban de una conformidad... que ya sabes tú que yo siempre he sido un fresco; bueno, pues pa ver lo que veía y aguantarlo, tenía que ser completamente glacial, y a frapé no hay padre que llegue. Las dejé y me volví.
Antoñita.—¡Pobrecito! ¿De manera que se ha quedao usté solo en el mundo?
Pepe.—¡Solo, no, con patatas! (Señalando la cesta.) Me he vuelto a agarrar a la cesta, y poco es una peseta, pero al menos se duerme tranquilo. ¿Y vosotros, qué hacéis?
Prudencio (Señalándole a los hijos.)—Pues mira el espetáculo; ésta recién gritada, éste recién cogido y yo recién ambas cosas; con la barbería perdida y sin atreverme a implorar de la Feliciana la miaja de acobijo que tanto despreciábamos.
ESCENA ÚLTIMA
Dichos, Feliciana y el Sereno por el foro
Feliciana (Dentro, llamando.)—¡Pepeee! ¡Serenooo!
Prudencio.—¡Ay, callarse! ¿Esa voz?...
Antoñita.—¡Es mi madre! (Con alegría.)
Casildo.—¡Ella es!
Sereno (Dentro y desde lejos.)—¡Vaaa!
Prudencio.—¡Ay, en cuanto nos vea! ¡Pero ella fuera e casa! ¿A qué habrá salido? (Carpanta se separa y se va a un rincón. El padre y los dos hijos se quedan formando un grupo a la puerta de su casa.)
Feliciana (Sale foro.)—¡Abra, Pepe! (Deteniéndose al fijarse en el grupo.) ¿Quién está a la puerta e casa?
Sereno.—No sé... (Acercándose.) ¿Quién?
Antoñita.—¡Madre! (Los dos con voz lastimera.)
Casildo.—¡Madre!
Feliciana (Corriendo y abrazando a Antonia.)—¡Mis hijos! ¡Hijos míos! ¡Hija de mis entrañas! ¡Corazón! ¡Alma mía! (Abraza y besa a su hija, y al ir a abrazar a su hijo, éste da un grito de terror. Pausa larga.) ¿Has toreao, eh? (Con amargura.)
Antoñita.—¡Un ratito!
Casildo.—¡Palhas, madre!
Feliciana.—¡Pobrecitos míos! (A Prudencio que permanece callado.) ¿Y tú alucinao, pobre loco, lo ves? (Teniendo abrazados a sus hijos.) ¿Lo estás viendo? ¿Has visto las estrellas?
Casildo.—¡Yo las he visto, madre!
Antoñita.—¡Y yo casi, casi!
Prudencio (Realmente conmovido.)—¡Feliciana, perdón... pero pa ellos na más! ¡Yo no lo merezco! ¡Armítelos en casa, y yo... yo me iré solo! ¿Los armites?
Feliciana (Furiosa y gritando.)—¡Vaya usté a paseo, peazo animal! ¡Eso se le pregunta a una loba! Abra usté esa puerta, sereno. (Abre el Sereno.) Adentro, hijos míos. (Con dulzura.) Entrad a ese rincón de casa que llamábais triste y oscuro, porque vosotros ¡pobrecitos! no sabíais que el cariño y el trabajo son alegría y claridad. Adentro.
Antoñita.—¡Ay, madre! ¡Cualquier día vuelvo yo a bailar un tanguito! (Antonia y Casildo hacen mutis por la barbería.)
Prudencio (Entusiasmado y conmovido.)—¡Feliciana, eres una santa! ¡¡Adiós!!
Feliciana (Cogiéndole del pescuezo.)—¡Pasa, pasa tú también o te acogoto, so mandria! (Le lleva a la barbería a empujones y puñetazos.)
Prudencio.—¡Eres una santa! ¡Dame un beso!
Feliciana (Rechazándole bruscamente.)—¡Quita de ahí, majadero!
Prudencio.—Bueno, te lo daré dentro. (Entra en la barbería.)
Feliciana (Con inmensa satisfacción.)—¡Ya son míos! ¡Y curaos de su locura! ¡Gracias a Dios! (Al Sereno.) ¡Buenas noches, Pepe! (Mutis barbería.)
Sereno (Cerrando.)—¡Ustés descansen!
Pepe (Acercándose con entusiasmo.)—¡Eso es una madre, eso!... y no las que cogen a las hijas y las quién pa... ¡maldita sea!... (Marchándose hacia el foro y pregonando.) ¡Chuletas de huerta!... ¡Chuletaaas! (Música.)
TELÓN