EL CHICO DE LAS PEÑUELAS O NO HAY MAL COMO EL DE LA ENVIDIA
Reading edition
PERSONAJES
CUADRO PRIMERO
VALENTINA (35 años)
LA SOLE (16 ídem)
ENCARNA (20 ídem)
LA JOSEFA (35 ídem)
LA SEÑÁ MAURICIA (50 íd.)
LA SINFO (20 ídem)
INDALECIA
DOMITILA
LAVANDERA 1.ª
ÍDEM 2.ª
ÍDEM 3.ª
ÍDEM 4.ª
ÍDEM 5.ª
ÍDEM 6.ª
ÍDEM 7.ª
ÍDEM 8.ª
ÍDEM 9.ª
SEÑOR HILARIO (45 años)
SEÑOR BERNABÉ (50 ídem)
PACO CEBRIÁN, CHICO DE LAS PEÑUELAS (25 ídem)
SEÑOR COSME (60 ídem)
AQUILINO (40 ídem)
SEÑOR CECILIO (30 ídem)
EL TÍO PELELE (65 años)
PANOLI (15 ídem)
UN CARTERO
Murguistas, vecinos, vecinas y chicos de la calle.
CUADRO SEGUNDO
SEÑÁ VALENTINA
SEÑÁ RITA
SEÑOR BERNABÉ
PACO
SEÑOR TOBÍAS (50 años)
TÍO PELELE
JUSTO VIDAL (ZIPILÍN) (20 ídem)
ANTONIO RIZO (VIGUDÍ) (18 años)
EMILIO RINCÓN (TELARAÑA) (22 ídem)
AMIGO 1.º
ÍDEM 2.º
ÍDEM 3.º
Transeuntes y banda.
CUADRO TERCERO
SEÑÁ VALENTINA
LA SOLE
ENCARNA
LA JOSEFA
CHULA 1.ª
ÍDEM 2.ª
UNA VENDEDORA
SEÑOR HILARIO
SEÑOR BERNABÉ
PACO
SEÑOR TOBÍAS
ZIPILÍN
VIGUDÍ
TELARAÑA
SEÑOR COSME
AQUILINO
UN POLICÍA
GUARDIA 1.º
ÍDEM 2.º
HORTERA 1.º
ÍDEM 2.º
ACTO ÚNICO
CUADRO PRIMERO
La escena representa el interior de un lavadero cubierto. Es una habitación amplia, cuadrada, de paredes altas. Al foro un gran portalón de dos hojas, ancho, practicable, que da a la carretera de Puerta de Hierro, llena de sol.
En los laterales izquierda, dos puertas de habitaciones de la casa, cubiertas con cortinas de lona.
En los laterales derecha y hacia el último término una puerta de dos hojas que conduce al tendedero.
En la parte superior de las paredes, grandes ventanas de forma apaisada, con cristales polvorientos, por donde se supone que entra la luz que necesita un local tan amplio.
El techo, destartalado, con grandes vigas llenas de telarañas.
En mitad de la escena, y próximos a los laterales, dos lavaderos de piedra, corridos, llenos de agua y en los que puedan lavar ocho mujeres en cada uno.
En el rincón de la izquierda un gran fogón con la caldera para la colada. Tiene tubería moderna.
En los primeros términos una mesa de pino, sillas de anea, un armario, un reloj de pesas, grande, antiguo.
Arrimadas a la pared, sacas de ropa, canastas grandes y muy usadas, barreños, cuerdas, estacas, largueros, etc., etc. Es de día.
ESCENA PRIMERA
Al levantarse el telón aparecen en el lavadero de la derecha en primer término Encarna, Valentina, la Sinfo y cinco Lavanderas. En el de la izquierda, la señá Josefa, Sole, la señá Mauricia y más Lavanderas, hasta ocho. Todas lavan animadamente riendo y bromeando: restriegan las prendas, dan jabón, golpean con las palas, retuercen la ropa, escurren. Una Lavandera, con un barreño de ropa vase por el tendedero. El tío Pelele entra con un montón de prendas, ya secas y las va doblando y metiendo en una saca.
Música
Todas
Lava, lavandera, vaya restregón, dale con la pala, venga más jabón. Que si quiés blanquita la ropa dejar, pala, pala, pala, (Golpeando.) le tendrás que dar.
Rita (Asomándose a la puerta del tendedero y a voces.)
Señá Andrea.
Voz (De mujer, dentro, muy fuerte.)
¿Qué quiés, chica?
Rita
Cuando tienda avíseme.
Sinfo
¡Dí que no tienda en mi cuerda que va a tender Salomé!
Josefa (Furiosa a Sole.)
¿Pero qué haces, criatura?
Sole (Con rabia.)
Si me s’acabao el jabón.
Josefa
Pos coge el de la Tomasa. ¡Jesús qué condenación! (Siguen lavando.)
——
Sinfo
Échate una copla, Sole.
Sole
¡Que me van a regañar!
Una
No te apures.
Sinfo
Picantita.
Valentina
De las tuyas.
Sole
Allá va.
——
La soltera del cuarenta dicen que es de las cabales, y ayer me ha echao dos pañales, conque ajuste usté la cuenta.
(Todas ríen. La señá Josefa golpea enfurecida a la Sole.)
——
Josefa
¡Pero ustedes oyen! ¡Te voy a matar! (La pega.)
Sole (Queriendo huir.)
¡Por Dios, sujetarla! (Avanzando a primer término.)
Todas
Amos, déjala. (Se interponen.)
Josefa
¡Cantar esas cosas!... ¡Te arranco la piel! (Pegándola más.) Toma, toma, toma...
Todas
No la pegue usté.
Hablado
Sole (Huyendo de su madre y llorando.)—¡Amos, pero están ustés viendo!... Estése usté quieta, hombre... que si no pega usté no vive.
Josefa.—¡Cállate o te arranco la lengua, recondená!
Sole.—¡Pero qué he hecho yo, señora!... ¡Misté que es lo grande, hombre!...
Valentina.—Amos, Josefa, déjala, que la tiés el cuerpo a la chica que es un puro cardenal. (Vuelven a las pilas menos Sole y Josefa.)
Sole.—¿Que si es un puro cardenal?... Amos, por gusto quiero que me vean usté este muslo, a ver si saben ustés de qué color es. (Va a levantarse la falda.)
Josefa (Vivamente.)—¡Pero serás capaz, so arrastrá!
Sole.—Si semos mujeres solas.
Josefa.—¿Y el tío Pelele?
Sole.—Es nutral. Al menos eso dice él cuando pellizca.
Pelele.—A los setenta y dos cumplíos, le enseñen a uno lo que le enseñen, desaplicao.
Sinfo.—A más, de que en esta ocasión la chica no es culpable.
Mauricia.—Hemos sío nosotras, que la hemos dicho que cantase a la creatura.
Josefa.—¿Y quién la manda cantar esas indecencias de coplas? (Vuelve a la pila.)
Sole.—Si me mandase usté a un colegio de pago, cantaría el tuesten, u el guau guau estep, u cualquier otra cosa extranjera... ¡pero qué quié usté que aprenda en la cae Los Moratines ande la persona más fina se restriega con papel de lija!
Josefa.—¿Dónde me he educao yo?
Sole.—En ninguna parte.
Josefa.—Pues ya ves como no canto golferías.
Sole.—¡Porque tié usté blonquitis!
Josefa.—¿Blonquitis?... Quítate de mi vista si no quiés que te deshaga, so galocha. (Avanza y la da unos tirones del pelo.)
Sole.—Sí, señora, que me quito, que no paece usté mi madre, que me tié usté deshecha a golpes... (Arreglándose el pelo.) que tengo la cabeza que cuando me peino paece que le saco la raya a un montón de grava.
Josefa.—¡Fuera de aquí!
Sole.—Sí, señora, que me voy. Que por no respetar no respeta usté ni a los agüelos que los respeta tóo el mundo. ¡Me ha arrancao uno! ¡Misté que lástima! ¡Maldita sea!... (Como el que adopta una resolución heroica.) Me voy a tender. (Coge un barreño con ropa.)
Josefa.—A ver si te duermes...
Sole (Casi llorando.)—¡Miá si supiese que no me despertaba más!...
Josefa.—¡Anda d’ahí, que me tiés la sangre negra! ¡Galocha, más que galocha!
Valentina.—Mujer, si es que la pegas por demás a la pobre criatura.
Josefa.—Porque quiero que se haga una mujer.
Sole (Volviendo desde la puerta del tendedero.)—¿Pero usté cree que con estos golpes me voy a hacer una mujer?... ¡Como no me haga una pandereta! (Josefa va a pegarla y ella echa a correr por el tendedero. Valentina va a probar con la mano el agua de la colada.)
ESCENA II
Dichos, menos Sole. Luego Panoli por el tendedero.
Valentina.—¡Tío Pelele!
Pelele.—Presente.
Valentina.—Dígale usté a Panoli que eche más carbón, que esto está pa servirlo en garrafa.
Pelele (Llamando.)—Panoli...
Valentina.—Cuidao que se lo tengo avertido. Que no me se quede fría la colá, niño. Pos como si lloviznara.
Panoli (Un chicuelo con cara de tonto.)—¿Qué pasa? (Avanza a primer término por la derecha.)
Valentina.—Que eches más carbón, vida mía. ¡Camará, que tiés un alma que te se pasea por Recoletos y a lo mejor se sienta!
Panoli.—Pos antes he echao cinco palás.
Valentina.—Pos dobla, rico.
Panoli.—¡Maldita sea!... Miá que tenerse que pasar uno la vida echando lumbre. (Simula echar carbón.)
Valentina.—Mialo, paece un pasmao. (Avanza secándose los brazos con el delantal.) Bueno; las nueve y media; la que quiera irse a almorzar que se vaya, que hasta la tarde hacemos fiesta en esta casa. Y tú, Sinfo, y usté, señá Mauricia, si queréis un bollito y un trago, arrimaros. (Saca del armario bandejas, botellas y vasos que coloca sobre la mesa, que está a la derecha.)
Sinfo.—Allá vamos. (Se acercan y se sientan.)
Valentina.—Y lo mismo te digo, Josefa.
Josefa (Secamente.)—Gracias. (Sigue lavando.)
Valentina.—Amos, ven y no seas erizo.
Josefa.—No me cumple náa; se agradece.
Valentina.—Tu gusto, hija. (Josefa sigue lavando. Las demás lavanderas, se secan, se quitan los delantales, se ponen los mantones y se marchan por el foro. Alguna, así como Panoli, sale por el tendedero.)
Sinfo.—¡Qué señá Josefa!...
Mauricia.—¡Miá que es agria!
Valentina.—¡Eso es un limón pasao! (A Encarna.) Y tú, Encarna, a ver si dejas de lavar, no sea que venga tu padre.
Encarna.—Le estaba ayudando a la Marcelina.
Valentina.—Pero ya sabes que no te quié ver en ello.
Encarna.—¡Y quién se lo va a decir! A más de que es mi gusto. Si no ando en el agua no vivo. (Viene secándose los brazos desnudos.)
Sinfo.—¡Pa que no te hubieses criao en el río!... (Beben unas copas de vino y comen de los bollos que ha servido Valentina.)
Mauricia.—¡De chica se tié dao cáa chapuzón!... ¿Te acuerdas?
Encarna.—¡A ver!
Mauricia.—Paece que la estoy viendo. Se ponía tal que su madre la trajo al mundo. Y, paf... se zampaba en el agua desnudita.
Valentina.—Era su costumbre.
Pelele.—Hay costumbres que no debían de perderse. Con permiso. (Se bebe una copa.) (Sale Sole del tendedero y se acerca mirando los bollos codiciosamente.)
Mauricia.—¿Y qué, hoy tengo oído que es el gran día en esta casa, jóvenes?
Encarna.—Y que lo diga usté, señá Mauricia.
Valentina.—Hoy es el día más feliz de nuestra vida. Vienen a pedir la mano de esta... y el mes que viene las amonestaciones de ella y de Paco y las de su padre y las mías. ¡Los dos matrimonios en un mes!
Sinfo.—¡Ole con ole!... Eso sí que se mojará a lo grande.
Valentina.—Ni te ocupes. Ya conoces a Hilario que estornuda, le sale bien y convida; conque por una cosa así, que es su felicidad, no digamos.
Sinfo.—Sus merecéis el bien que tenís, hay que decirlo.
Sole.—Sí, señora; que han sío ustés mú regüenas páa tóo bicho viviente que las ha arrodeao y eso tié su pago. (Comiéndose un bollo.)
Valentina.—Eso no; la suerte de cáa uno, hija. Que esto ha sío como un sueño. Ya veis; hace dos años, aún vivíamos, yo, tan ajena con mi marido, y mi hermana casá con el padre de ésta; pos en menos que se dice, faltó mi marido, murió mi hermana, quedó mi cuñao solo con la chica, me hizo de venir a cuidarla, las dos nos encargamos de esto, él se fué a su negocio del merendero páa no dar que decir, y pasao el luto lo que estaba de Dios: esta se va a casar con el hombre que quiere y su padre y yo, pues... ¡capicúa!
Sole.—Y tú estarás contenta, ¿verdá, Encarna?
Encarna.—Contenta y más que contenta; contenta y recontenta, Sole. (Se abrazan con alegría.)
Sole.—La verdá es que tienes un cacho e novio que no cabe por ese portalón. Es un rato de hombre.
Pelele.—Y una celebridá, que no se os olvide. Que dentro de poco no habrá en España un torero como Paco Cebrián, Chico de las Peñuelas, porque tié unas agallas que pa él no hay toros grandes ni cornalones. A ese le echan un pavo y se lo come.
Sole.—¡En veces, yo también! (Ríen todos.)
Mauricia.—¿Y qué, el domingo dicen que alterna en Tetuán?
Valentina.—Por primera vez, sí, señora.
Encarna.—¡Ay, si queda bien, qué gusto!
Valentina.—Mialá, de pensarlo, se ríe hasta con las orejas.
Encarna.—¡La alegría que tengo! Que quiero, que me quieren, que te veo a ti contenta, a mi padre satisfecho y que hoy por hoy no me cambiaría ni por una marquesa. (Ríe y palmotea.)
Sole.—Ni aunque te diesen prima, miá esta.
Encarna.—Y vaya, vengan ustés pa dentro que les quió enseñar la ropa blanca que me trajo ayer la bordadora. Un primor.
Valentina.—Veréis qué seis enaguas; a la que pueda ser más bonita.
Todos.—Vamos, vamos. (Vanse segunda izquierda. Sole queda la última.)
Sole.—Me gusta a mí más ver ropa interior de novios y novias... porque claro, paece que una se anima y...
Josefa (Deteniéndola.)—¿Ande vas tú? (Haciéndola retroceder de un tirón de la falda y avanzando ambas al proscenio.)
ESCENA III
Josefa y Sole
Sole.—A ver la ropa blanca que dice que la...
Josefa.—Anda a lavar si no quiés que te arranque ese pelote que tienes, so pispajo, fea, gandula... (Amenazándola.)
Sole.—Pero señora... (Retrocediendo.)
Josefa.—¡Tú que tiés que ver náa de nadie!...
Sole.—Pero si es que m’han dicho que...
Josefa.—Anda páa alante que en tóo me tiés que contradecir, mala pécora, tunanta... (Haciéndola retroceder a empujones.)
Sole.—Pero señor, pero hija, pero yo no sé qué la pasa a usté, que cuanta más alegría tien los demás más fiera se pone usté, ¡caray!
Josefa.—¡Fiera!... Cállate si no quiés que te retuerza la lengua, indina, arrastrá... (La pellizca.)
Sole (Huyendo.)—¡Ay, por Dios, madre!... ¡Vamos, hombre!... (Frotándose el brazo pellizcado.)
Josefa.—Que no te gozas si no me ves rabiando. ¡Que yo no debía vivir! ¡¡No debía vivir!!
Sole.—Ni beber, créame usté.
Josefa.—Pué que te figures que es el vino.
Sole.—¿Es el aguardiente?
Josefa.—Es el veneno que tengo aquí que me repudre de ver lo que estoy viendo, que quisiá quedarme ciega pa no verlo... ¡ciega!
Sole.—¡Ya estamos con lo de siempre! (Chillando.)
Josefa (Furiosa.)—No chilles.
Sole.—Pero ¿qué está usté viendo, vamos a ver?... ¿Que son felices? Pues déjelas usté.
Josefa.—Pues no me da la gana. No quiero, no quiero y no quiero, que esto es un asco de farsa. Unos granujas y una tía hambrona engañando entre tóos a un tío baboso... ¡maldita sea! ¿Y pa qué ha sío una buena en este mundo? Pa tener este pago y verse arrastrá como una esclava y ver que otros triunfan, y ver que otros se van a llevar lo que una... ¡Miá si no ardiese la casa y nos consumiese a tóos!
Sole.—Amos, hija, madre... amos, cállese usté, que me da usté miedo. Pero, ¿por qué les tié usté ese odio, señor?
Josefa.—Porque son unas asquerosas.
Sole.—Total, ¿qué nos han hecho aquí? Pos llenarnos la andorguita la mar de veces; que si no hubiá sido por esta casa, ¿qué hubiésemos comido la metá e los días? Pos aleluyas al gratín y pan de no hay.
Josefa.—Pero lo han hecho pa rebajarte, pa humillarte, pa tenerte bajo el zapato. (Reconcentrado.)
Sole (Imitándola.)—Lo habrán hecho pa lo que haigan querido, pero yo he aumentao cinco kilos; que antes paecía que llevaba las carnes en un pellejo prestao y ahora no se me pué coger un pellizco. Al menos eso dicen tóos los que me lo... (Golpeándose los labios.) digo, ay...
Josefa (Interrumpiéndola bruscamente.)—Lo que eres tú, eres un peazo e carne con ojos, que ni sientes ni padeces ni vales pa na; pero yo veo el mundo, y esta casa y tóo esto podía ser mío, mío... ¡nuestro!
Sole.—Pero, ¿qué iba a ser nuestro? Ganas...
Josefa.—¿Tú qué sabes?
Sole.—Pero si el señor Hilario no le ha hecho a usté en jamás ni mención de na.
Josefa.—Porque se entremetió esa golfa de la Valentina, que ha sío más lagarta que una... y me engatusó a ese tío lila... Pero déjate, que poco lo va a gozar, muy poco. ¡Por estas! (Cruza los dedos. Llora.)
Sole.—Amos, madre, no se ponga usté así. ¡Miá que hasta llorar, hombre! Después de tóo, ¿qué le vamos a hacer? ¿Que son felices? Que Dios se lo habrá dao. ¿Que tienen hombres que las quieran? Pa eso son guapas. Misté, a mí no me da envidia de la Encarna. ¿Que ella es más güena moza que yo? Güeno, pero yo llego donde ella llegue. ¿Que no llego de mi natural? Me aupo. Tóo tié remedio. Después de tóo, yo tengo visto que en este mundo con una mijita de labia y un poquito de paripé, rubias, morenas, altas, bajas, guapas, feas... tóo se despacha.
Josefa.—¡Quítate d’ahí, cacho prima!
Sole.—Que sí, señora, ¿pa qué envidiar a nadie? Yo, con tener salú, un río con agua clara, ropita que lavar, puños pa dar jabón, un cacho de novio y boca pa cantar, pos no me cambio ni por la reina de España; porque ¿qué tié la reina, corona? Pos me pongo yo dos claveles en el pelo, salgo a la calle andando así (Anda contoneándose.) y me saludan hasta los alabarderos. (Pasando a la izquierda.)
Josefa (Dándole un manotazo.)—¡Alabarderos! ¡Maldita sea tu estampa! (La zarandea.)
Sole.—¡Pero madre!
Josefa.—¡Que la ves a una repudriéndose y llorando y encima te vienes con chacharramanchas!
Sole.—Pero, señor, ¡encima que lo hago pa aplacarla!...
Josefa.—¡Vete de aquí o te esgarro! (Amenazándola.)
Sole.—¡Dios mío, pero por qué dará tanta pena la alegría de otro! ¡Miá que es castigo! (Vase, atravesando el foro de izquierda a derecha, al tendedero, refunfuñando.)
Josefa.—¡La alegría de otro! ¿Y qué le ha importao la mía a esa golfa? (Se oyen voces y risas dentro.) Yo que había soñao con ser el ama, verla a ella feliz, rica, valiendo una cincuenta mil veces más... ¡Pues no! ¡Sí, reiros, reiros! ¿Veis estas lágrimas? Pos más amargas las tenéis que llorar. (Vase foro izquierda.)
ESCENA IV
Valentina, Encarna, Sinfo, señá Mauricia y tío Pelele de la segunda izquierda
Sinfo.—Bueno, esa camisa del canesú a ondas, esa paece que no l’han tocao manos.
Mauricia.—Pos ¿y el cubrecorsé rosa?
Valentina.—¿Os ha gustao?
Pelele.—Lo que yo digo es que debe dar lástima ponerse una ropa con tanto lazo pa tan poco público. (Ríen.)
Valentina.—Es mu requetebonito todo.
Encarna.—Como dirigido por ti.
Sinfo.—A mí lo que me ha vuelto loca es el juego de novia.
Pelele.—¡Qué juego! (Con admiración.)
Sinfo.—¿Le ha gustao a usté?
Pelele.—Como que es un juego pa hacer las diez de últimas.
Mauricia.—En fin, chicas, yo me voy al tendedero, que con estas y las otras aún tengo dos sacas en las cuerdas. ¿Me ayudas, Pelele?
Pelele.—Pa luego es tarde.
Encarna.—Y yo echo una mano, ande; y así se recoge en cinco minutos. (Vanse los tres al tendedero. Encarna, al tiempo de hacer mutis, hace una caricia a Valentina.)
ESCENA V
Valentina y Sinfo
Sinfo.—Se ve que te quiere mucho.
Valentina.—¿Quién, la Encarna? Y yo a ella. Si eso es un ángel. Tan buena como su padre.
Sinfo.—Y oye, a propósito, ¿ande iría el señor Hilario esta mañana a las siete, que le vi tan majo Cuesta e San Vicente arriba?
Valentina.—Qué sé yo, mujer. Y no creas, que la salidita esa me tié intrigá.
Sinfo.—¿Por qué?
Valentina.—Pues que no ha habío forma de que me dijese ande se marchaba.
ESCENA VI
Dichos, señor Hilario, Aquilino (Guardia municipal), Cosme, señor Cecilio y cinco Murguistas
Hilario (Se asoma con cuidado por la puerta y da dos golpecitos en el suelo con el bastón.)—Valentina.
Valentina.—¡Ay, hijo, qué susto! (Retroceden hacia la derecha.)
Sinfo.—Miá si antes le nombramos.
Hilario (En voz baja.)—¿Y la chica?
Valentina.—En el tendedero.
Hilario.—Me alegro.
Valentina.—Pero, ¿qué pasa?
Hilario (Imponiendo silencio.)—Chist... (A alguien que le sigue.) Introducirse, patrulla. (Entran los murguistas con sus instrumentos y Aquilino y Cosme con una caja, un lío de ropa al parecer y otros paquetes.) De puntillas, virtuosos.
Sinfo.—¡Qué comitiva!
Valentina.—Oye, ¿pero traes charanga?
Hilario.—Cinco Bentovenes y este Puchini. (Por el señor Cecilio.)
Valentina (A Aquilino, que está a su lado.)—Y usté, ¿qué lleva aquí?
Aquilino.—Fuegos artificiales, faroles a la veneciana y cadeneta tricolor.
Valentina.—Pero, ¿qué preparas?
Sinfo.—Alguna de las suyas.
Hilario.—Chist... ya lo sabrás todo. Usté, señor Cecilio y sus diznos... (A Aquilino.) ¿cómo les llamaríamos a los de la banda?
Aquilino.—Bandoleros.
Hilario.—Y sus diznos bandoleros, introdúzcanmese en ese gabinete, que ahora les será remitido bajo sobre un frasco de vino pa que vayan tomando bríos.
Cecilio.—Usté mándenos vino, que ya verá usté cómo soplamos.
Hilario (Indicándoles la habitación.)—Pa adentro.
Cecilio.—Y pa afuera.
Hilario.—Bueno, ahora pa adentro. (Los encierra en la primera izquierda.)
Valentina.—Pero Hilario... pero ¿qué es este misterio, si pué saberse?
Hilario.—¡Chits! Valentina, al verme venir con el señor Cosme Pedrajas, más conocido por Tarángano...
Cosme.—Campeón del mundo en el chascarrillo baturro, pa servir a usté.
Hilario.—Y con el probo urbano señor Aquilino Larrea...
Aquilino.—Cuyo lema es: “Allá donde fueres, ríete lo que pudieres.”
Hilario.—Habrás comprendido que el programa de festejos que nos traemos compite vitoriosamente con el de la atracción pa forasteros.
Valentina.—Bueno; pero si lo que yo no me explico...
Hilario.—Paso a aclararte... Tú sabes, Valentina, que Paco Cebrián, Chico de las Peñuelas, hoy por hoy la única esperanza seria del arte taurómaca nacional e hijo del antiguo y afamao picador de toros señor Bernabé Cebrián, Tomates, va a contraer matrimonio canónigo con mi hija Encarna, que, a medias contigo, es la reina de mi corazón.
Cosme.—Elocuente.
Aquilino.—Conmovedor.
Hilario.—Pues bien, como ahora mismo vendrán Paco y su padre a pedirme la mano de la chica, quiero solenizar este día regalándole a él el capote de paseo que ha de lucir el domingo en Tetuán y a ella el mantón de Manila con que ha de concurrir a dicha fiesta; prendas que te serán exhibidas iso fazto por los pollos que al margen se expresan. Desenvolvan. (Cosme enseña el mantón y Aquilino el capote.)
Valentina.—¡Qué preciosidad!
Sinfo.—¡Jesús, qué hermosura!
Hilario.—¿Te gustan?
Valentina.—Un encanto. ¡Y no me habías dicho na, so arrastrao!
Hilario.—Quería sosprenderos. Y ahora comprenderás también que lo de la murga tiene por ojeto amenizar el azto de la entrega de estas prendas a los agraciaos; azto que quiero que se verifique con la solemnidaz de rública.
Valentina.—Te he cogío la idea. Entrega, bailoteo, un arroz, mucha gente, cohetes, música, ecétera, ecétera.
Aquilino.—El ecétera de González Byas y en grandes proporciones, si pué ser.
Hilario.—Me has calcao el pograma, reina. (La abraza.)
Valentina.—Descuida. Voy a convidar a media vecindaz.
Sinfo.—Verá usté qué festival organizamos.
Encarna (Dentro.)—Padre... padre...
Hilario.—Repeine, la chica. Esconde eso.
Valentina.—Hasta luego. Vamos. (Se llevan capote y mantón segunda izquierda.)
ESCENA VII
Hilario, Aquilino, Cosme y Encarna, del foro izquierda
Encarna (Jadeante y contenta.)—Padre, padre...
Hilario.—¿Qué pasa, chiquilla?
Encarna.—Que ya... que ya vienen por allá abajo Paco y el señor Bernabé.
Hilario.—¡Pero qué nerviosa, hija, y qué coloraíta te has puesto! De que ves a ese melón, cerezas.
Encarna (Ruborosa.)—¡Amos no me sofoque usté, padre! Y a tóo esto, ¿cómo están ustés?
Aquilino.—Pa que nos revoquen, pero gozando de verte dichosa. (Sube al fondo.)
Cosme (Le da la mano.)—Corroboro.
Encarna.—Muchas gracias.
Cosme.—Conque a pedir tu manita, ¿eh?
Encarna.—Sí, señor. Ya están ahí. Voy a arreglarme un poco. (Vase segunda izquierda.)
Aquilino (Desde la puerta.)—¡Camará, vienen el padre y el hijo que echan humo de elegancia!
ESCENA VIII
Hilario, Aquilino, Cosme, Bernabé y Paco, del foro izquierda
Bernabé (Desde la puerta, quitándose el sombrero.)—Viva cuarenta mil años tóo lo que se acobija en este distinguido lavadero.
Hilario.—Y tú que lo veas, so tumbón.
Bernabé.—¡Hilario! (Avanzando.)
Hilario.—¡Bernabé! (Se abrazan.)
Bernabé (Estrechándoles la mano.)—Adiós, Cosme... ¡Hola, munícipe!
Aquilino.—Salú, varilarguero.
Cosme.—¿Y el chico?
Paco (Que aparece en la puerta y sin avanzar.)—¡Señores, jovialidá y metálico! (Quedan unos cuantos chicos y chicas, que le han seguido, a la puerta del lavadero.)
Bernabé.—Ahí tenéis a esa aureola de la coleta.
Hilario.—Pasa fenómeno.
Bernabé.—No le llames fenómeno, por tu salú, que eso ya está mu desacreditao. Llámale compendio, estrépito, arrebato, ocecación... Lo que te dé la gana, que de todo tiene.
Paco.—Amos, padre, no me floree usté, que m’azaro.
Bernabé.—¿Que s’azara? Un hombre como un hastial, más guapo que yo, si cabe, astro naciente de la tauromaquia triunfante y más corto que un cablegrama... Pasa, derrumbamiento taurómaca... (Le hace entrar empujándole.)
Paco (Con modestia.)—Ceguera paterna. Ustés le desimulen. (Dándoles la mano.) Padrino, señores... (Se saludan.)
Bernabé (A los chicos de la puerta.)—¡Amos, niños! ¿Pero es que no habéis visto nunca una celebridá, hombre? Largarse d’aquí.
Paco.—Na, que salgo y un hormiguero de almiradores en mi pos. (Aquilino sube y hace intención de sacar el sable; los chicos vanse corriendo.)
Hilario.—Eso es la popularidaz.
Paco.—La popularidaz y la silueta.
Bernabé.—Ven que te vean. (A Hilario.) Qué, ¿te gusta la presentación? (Queda en el centro; a su izquierda Paco e Hilario.)
Hilario.—De primera. Vitola de matador de cinco mil. No le falta detalle. Roten, dije, habano...
Paco.—El sombrero es lo último. Cordobés; copa lisa, ala plana, tono plomo, y por dentro forro verde, Cabestreros, 18, Sombrerería, y un escudito que dice Omni soit qui mal y pense, que debe ser una cosa pal dolor de cabeza. (Se lo pone.)
Aquilino.—Y buen ternito, mi amigo.
Bernabé (Señalando a Hilario.)—Regalo de éste.
Cosme.—Y te cae de primera. ¡Vaya un sastre!
Paco.—Sastre y que tengo un cuerpo que no debía decirlo; pero a mí, por no sentarme mal, ni los calamares en tinta.
Bernabé.—Hemos elegido el tono chocolate. No sé si te gustará.
Hilario.—Es muy señorito.
Paco.—Señorito, y que como usté dijo que fuese un traje pa por las mañanas, pues yo dije: pues pa por las mañanas, chocolate... Es sufrido y alegre. (Da unos pasos.)
Bernabé.—¡Ahí mi niño! ¡Qué suerte tién las mujeres! ¡Maldita sea!
Cosme.—Cómo se nos cae la baba, amigo.
Bernabé.—Si no tengo otra cosa en el mundo. Es mi ceguera, mi chifladura, mi esperanza... mi tóo... ¡Y es que lo vale! No es porque sea mi hijo.
Paco.—Bueno, y sabrán ustés que al remate el domingo se ciñe la mona aquí el tumbonazo este. (Dando un golpe cariñoso a su padre.)
Hilario.—¡Hola! ¿Te has decidío al fin?
Bernabé.—Sí, la verdá. Quiero picar yo el primer toro que mate mi hijo en los Madriles.
Cosme.—¡Ole por los buenos picadores!
Bernabé.—Aunque estoy arrinconao, ya verán apretar en lo alto.
Aquilino.—Y qué, ¿hay esperanzas de quedar bien, pollo?
Paco (Riendo con cierto desdén.)—Padre, aquí el urbano pregunta que si hay esperanzas.
Bernabé (Riendo.)—Ja, ja... Esperanzas y realidades y moños por el suelo y coletas mutiladas... El día que este espanto taurino despliegue el capote en el ruedo de Madrid, con las plumas de los Gallos se hace una almohada.
Paco.—Y con la asaúra de Belmonte un endreón.
Bernabé.—Doy fe.
Paco.—Y estará feo que yo lo diga.
Bernabé.—A ti no te está feo na. (Convencido.)
Paco.—Ya lo sé. Es un decir. ¿Pero cuáles son las tres promesas del porvenir aztual taurino? Examinemos: Antonio Rioja El Confeti. ¿Me pué hacer a mí sombra El Confeti?
Bernabé.—Muy poquita.
Paco.—Descontao. Casildo Peña Sorbete.
Hilario.—Hombre, ese es un torero concienzudo.
Paco.—Es un torero concienzudo, pero frío; eso no me lo niega a mí nadie.
Bernabé.—Descuenta el Sorbete.
Paco.—Descontao. Felipe Canales Chaparrón. ¿Estira los brazos como yo? ¿Empapa como yo?
Bernabé.—¡Qué va empapar el Chaparrón!
Paco.—Descontao.
Bernabé.—En cambio éste tiene de tóos los clásicos.
Paco.—Soy un puz purri.
Bernabé.—Es Lagartijo, por el estilo.
Paco.—Mejorao.
Bernabé.—Frascuelo, por la valentía.
Paco.—Cientuplicada.
Bernabé.—Guerrita, por la elegancia.
Paco.—Que ya quisiera...
Bernabé.—Espartero, por el valor.
Paco.—Chsss... (Gesto de resignación.)
Bernabé.—Gordito por la figura y Carancha por el aire.
Paco.—Hombre, padre, por el aire no quisiera yo parecerme a nadie.
Bernabé.—No me refiero al amosférico. En fin, que sus diga Hilario la tarde que le vió torear en Morata de Tajuña, ¿te acuerdas?
Hilario.—Y eso que aquella tarde no te acompañó la fortuna.
Paco.—¡La Guardia civil!
Hilario.—En fin, lo que tú eres lo verá el domingo la afición. Conque ahora a lo que estamos.
Bernabé (Adoptando un tono solemne.)—Pues a lo que estamos, Hilario, es que vengo con toda solemnidá a solicitar de ti pa esa memez taurina la mano de ese manojito de claveles que Dios te ha dao por vástaga.
Hilario.—Pues yo, al llegar este momento, que me emociona como na en el mundo te digo que te doy la mano de mi hija y mi corazón y un abrazo.
Paco.—Gracias, padrino.
Bernabé.—¡Bendita sea tu alma buena! (Se abrazan.)
Aquilino.—¡Qué trístico!
Cosme.—¡Patético!
Hilario.—Y ahora una sospresa que os preparo.
Bernabé.—¿Qué sospresa?
Hilario.—Silencio. (Coloca tres sillas a la derecha.) Siéntate aquí. (Le sienta en la del centro.)
Paco.—¿Me van a afeitar?
Hilario (A Bernabé.)—Tú a su diestra. Y vosotros venir conmigo.
Bernabé.—Pero, ¿qué es esto?
ESCENA IX
Dichos y todos los que se indican en la escena
Música
Hilario
Ha llegao el momento.
(Va a la puerta segunda izquierda.)
Sal aquí, hija mía, que Paco te espera; que aguardamos tóos.
(Sale Encarna.)
Que quiere tu padre darte una alegría.
(La lleva donde está Paco.)
Siéntate a su vera, juntitos los dos.
Encarna
¡Mi Paco!
Paco (Se levanta.)
¡Mi Encarna!
Bernabé
¡Cachito de cielo!
Encarna
Pero, bueno, padre, ¿qué piensa usté hacer?
Cosme
Pues una película.
Bernabé
Cállese el agüelo.
Hilario (A Paco.)
Repara qué cromo llevas por mujer.
——
Paco
Chula más barbiana yo nunca la ví, ni ha venío al mundo otra más juncal, desde Mataderos hasta Chamberí, bien por Hortaleza, bien por Fuencarral. Y ese cuerpecito sólo es para mí, porque me lo gano con el corazón. ¡Ay del que se atreva a mirarte a ti sin consentimiento de este chulapón!
——
Encarna
Pues tú eres, Paco, el torero en quien tu Encarna se mira.
Paco
Y tú eres, negra, la chula por quien tu Paco suspira.
Los dos
Si no estuviera delante toa la gente que hay aquí, te diría, mi chulapo/a, lo que siento yo por ti.
——
Hilario
Atención. Que ahora llegan los momentos de mayor espeztación.
Todos
¡Qué emoción!
Hablado con música
Hilario (En la segunda izquierda.)—Valentina, venga pa alante la cabalgata con toda su debida solemnidá.
Valentina.—Allá vamos. Desenvaine, munícipe. Toque la música.
Aquilino.—Abran paso, que viene la fuerza armá. (Van saliendo todos en dos filas. Delante el municipal como despejando. Luego la charanga; después dos lavanderitas con una caja descubierta, en la que llevan un mantón de Manila; detrás otras tres mozas, una que lleva el capote colgado de un palo y las otras dos que lo sostienen abierto por las puntas. Detrás gente con faroles de colores, banderolas, botas de vino colgadas en palos, etc., etc. Mucha alegría y animación. Josefa y Sole salen por el fondo y se ponen a lavar.)
Cecilio (Al salir.)—Marcha torera original de Cecilio Azquerino Bangüey, director de la Sinfónica Asqueriana de Cabestreros, que tiene el honor de dedicársela al Chico de las Peñuelas en el día de hoy y personas que le acompañen. Titulao “Entra por derecho”. ¡A una, profesores! (Tocan. La comitiva desfila.)
Hilario (Adelantando.)
Este mantón, hija mía, tu padre te lo regala pa que te vistas de gala la tarde de la corría. Del palco en el antepecho lo tiendes pa que él lo vea, y de seguro torea como en su vida lo ha hecho.
Encarna
Es precioso y tóo lleno de flores.
Todas
En tu cara las tiés tú mejores.
Encarna
Cuántas veces con él soñé yo.
Bernabé
Pues, mujer, anda ya, póntelo. (Se lo pone.)
Encarna
Con este mantón de flecos todo llenito de flores, iré yo a ver la corría donde Paco hará primores. Con él iré a la Paloma pa unirme con el que quiero; con él iré a las kremeses cogida de su bracero. Que envuelta una madrileña con sus flecos y sus flores le parece hasta pequeña la calle de Embajadores. Y a los hombres que me miran y cuando paso, suspiran, voy diciendo sin querer: “¡Pa mi novio yo he de ser!”
Todos
Que envuelta una madrileña, etc., etc.
Hilario (Ofreciendo el capote a Paco.)
Y toma tú, torerazo, un capote de paseo. Si no te parece feo, dame después un abrazo. Póntelo con chulería, porque tengo yo el empeño de que un diestro madrileño venza a los de Andalucía.
Paco
¡Ay, padrino, me deja usté helao!
Todos
Qué capote que le ha regalao.
Paco
Con él puesto me haré una postal.
Bernabé
Póntelo, torerazo inmortal. (Se lo pone.)
Encarna
Parece que ya le veo ceñido y envuelto en él, y sale a hacer el paseo y es pequeño el redondel.
Todos
Parece que ya le veo ceñido y envuelto en él y sale a hacer el paseo y es pequeño el redondel, etc., etc. ¡Olé ya por las chulapas de verdá! Míralo, que ni Belmonte le igualó. ¡Lo digo yo!
(Voces, aplausos, alegría, algazara.)
Hablado
Todos (Con mucha alegría.)—¡Olé!... ¡bien!... ¡bravo!... (Aplausos, risas, algazara.)
Bernabé.—¡Qué bueno eres, Hilario!... (Con entusiasmo.) Déjame que te incruste mi gratitú en una mejilla. (Le da un beso. Todos ríen.)
Hilario (Limpiándose la cara y rechazándole con cómica indignación.)—Amos, tonto.
Bernabé.—¡Que sí, señor; que esta felicidad, el pan, el porvenir, hasta la ropa, tóo se lo debemos a este hombre!
Paco (Con entusiasmo abrazando a Encarna.)—¡Ay, señor Hilario, qué favor me hizo usté a mí también, de acuerdo con su señora, el día que se les ocurrió esta tontería!
Bernabé (A Valentina.)—¿Pues y tú?... Ven acá... Diosa del Manzanares, que lo que has hecho tú por nosotros no te lo pago yo ni andando a gatas. (A Hilario.) ¿Me permites que la dé un abrazo?
Hilario.—Y cuarenta.
Valentina.—Amos, no seas pegajoso.
Paco (Riendo.)—A ver si se va a enfadar el señor Hilario, padre.
Bernabé.—¿Enfadao éste?... Dentro de un rato.
Paco.—Tendría yo gana de verle a usté un día enfadao, hombre.
Hilario (Riendo también.)—Pos mira, pué que me veas. Y que soy un tigre cuando me enfado.
Valentina.—Como que muerde.
Hilario (Cariñosamente.)—A ti.
Sinfo.—¡Bueno, señores, a bailar, a bailar!...
Todos.—¡Eso, eso!...
Paco.—Amos ahí fuera al aire libre.
Todos.—Sí, sí.
Hilario.—Señor Cecilio, toque usté lo que quieran.
Bernabé (A Valentina.)—Y tú y yo vamos a romper la marcha. Con tu permiso.
Hilario.—Anda con ella.
Valentina.—Doy dos vueltas y vengo por ti... que aquí el socio es la fama en chotis.
Hilario.—Aquí t’aguardo. (Van saliendo algunos por el tendedero.)
Paco (Subiendo con todos.)—¡Pero señá Josefa!... No había reparao. Amos, suelte usté la pala y venga a divertirse.
Josefa.—¿Y quién me va a lavar la ropa, el obispo?
Paco.—¡El obispo!... ¡Tendría gracia el obispo dando jabón! (Risas generales.)
Encarna.—Al menos deje usté a la Sole que venga.
Sole.—Sí, madre, déjeme usté que vaya a echar un tuesten.
Josefa.—Si sueltas la pala, t’amargo.
Valentina.—Dejarla, no la pague con la criatura.
Paco.—Señora, es usté menos animada que un callejón sin salida.
Valentina.—Y que lo jures.
Paco.—¿Quién ustés que le haga un chiste lavandero?
Todos.—Sí, sí.
Paco.—A esta mujer no hay quién la saque de pila. (Muerto de risa por su supuesta gracia.) ¡Ja, ja, ja!
Uno.—¡Precioso!
Todos.—¡Muy bien, bravo! (Hacen mutis por el tendedero.)
Sole.—Un día que están tóos tan contentos...
Josefa.—¿Y qué tenemos nosotras que ver con la alegría de nadie? A trabajar. (Siguen lavando. Hilario, Aquilino y Cosme, al quedarse solos se sientan alrededor de la mesa y se sirven unas copas de vino; beben y fuman puros que les da Hilario. Se oye fuera la murga y jaleo de baile bastante lejano para que no interrumpa el diálogo.)
Aquilino.—¡Qué feliz eres, Hilario!
Hilario.—No lo sabes bien, Aquilino. Tu pecho municipal y cariñoso no pué abarcar esta felicidad que me embriaga. Porque veo a mi hija dichosa; a la mujer que quiero, feliz; a mis amigos, contentos: oigo esa música; ese barullo, que es como el ruido de esta alegría interior que me corre por dentro y reflexiono y me digo: este bien que gozo es el fruto de mi vida, de mis afanes; tóo ganao con lágrimas y con horas de trabajo. ¡Qué mayor dicha pa un hombre de bien! ¡Bendito sea Dios que me la concede!
Aquilino.—Porque te la mereces.
Cosme.—¡A tu salú!
Aquilino.—¡Vaya!
Hilario.—¡A la vuestra! (Chocan las copas y beben.)
ESCENA X
Dichos y Dimas (cartero) foro izquierda
Dimas.—Buenos días.
Hilario.—Hola, Dimas.
Cosme.—Hombre, el cartero.
Aquilino.—Adiós, paloma mensajera.
Hilario.—¿Un chupito?
Dimas.—Se acepta y se agradece, que ya va haciendo mucha calor. (Bebe.)
Josefa (A la chica.)—Ámonos. (Mirando con temor al cartero.)
Sole.—Pero...
Josefa.—Ámonos. (Vanse foro izquierda.)
Hilario.—¿Y que te trae por este domicilio?
Dimas.—Que tié usté carta. (Busca en el paquete.)
Hilario.—Hombre, ¿quién se acordará de mí? Toma la perra. (Se levanta para dársela.)
Dimas.—No paga, es del interior (Se la da.) Vaya, hasta otra, señores. (Vase foro.)
Hilario.—Anda con Dios, hombre. ¿Quién me escribirá a mí del casco y a esta casa? Oye, y es letra de máquina.
Aquilino.—Algún amigo.
Hilario.—Yo amigos con máquina... no m’acuerdo. Veamos. (Se sienta, rompe el sobre y empieza a leer. A poco palidece, se demuda, tiembla, se levanta, se sienta, se pasa la mano por la cara con angustia.)
Aquilino (Alarmado.)—¿Qué te pasa?
Cosme.—Oye, ¿pero qué tienes? (Hilario se pone en pie.)
Hilario.—Dame un... dame un poco de agua, haz el favor.
Aquilino.—¡Pero te has quedao blanco! (Hilario vuelve a leer.)
Cosme (Muy alarmado.)—¿Qué te dicen?
Aquilino.—¿De quién es esa carta?
Hilario.—Pues esta carta... yo no... no sé... si... (Vuelve a mirarla.) esto no... ¡mi madre! (Cae sentado.) no es carta, sabes; es...
Aquilino.—¿No trae firma?
Hilario.—Ni fecha ni na.
Cosme.—¿Un anónimo?
Hilario.—Sí; un anónimo... una puñalá... (con ira creciente.) Esto es una infamia... pero, amos... pero me ha dejao que yo no sé qué tengo... (Se pasa la mano por la cara con angustia.)
Aquilino.—¿Pero qué dice? Venga ya, hombre.
Hilario.—Toma, lee...
Aquilino (Lee.)—¡Recontra!... ¡oye! ¡mi madre! Bueno, esto es una asquerosidad; de esto no hay que hacer caso. (Con la carta hecha un rebuño da un puñetazo sobre la mesa.)
Hilario.—No, sí, claro... pero cuando hay quien te diga esas cosas y ves en lo que te dicen algo que...
Aquilino.—Oye tú, reponte, que te va a dar una alferecía. Miá cómo tiembla.
Cosme.—¿Pero qué dice ese papel, releñe? ¡Leer alto! (Cesa de tocar la murga.)
Aquilino.—Casi na. Atiende. (Lee.) “Amigo Hilario: Una persona que le quiere bien...”
Cosme (Torciendo la cabeza.)—Mal.
Aquilino.—“Aunque usté no se lo merece, le avisa de que la Valentina que le pinta a usté otra cosa, porque vale pa ello, está liada...”
Cosme.—¡Rechufla!
Aquilino.—“Está liada desde antes de quedarse viuda de su primer marido, u lo que fuese... con el señor Bernabé el picador, carne y uña como usté recordará de aquel pobre hombre.”
Cosme.—¡La panocha!
Aquilino.—“Y de ahí el meter en su casa de usté al citao Bernabé, así como al hijo que ha engatusao a la Encarna. Y van tóos a una a comérsele a usté su honrao sudor. Reflexione en todo y no haga el primo. Se lo avisa quien bien le quiere.” (Vuelve a oirse la murga.)
Cosme.—¡Mi madre!... ¡pues es una misivita!
Hilario (Saliendo de su profunda abstracción.)—¡Maldita sea! (Con amargura.)—¿Habré tenío yo una venda en los ojos, Aquilino?... ¿Habré estao ciego?
Aquilino.—¡Por Dios, Hilario, no desbarres, que esto es una infamia!
Hilario.—¿Pero quién va a tener interés en hacerme peazos la felicidad de esta forma tan cruel y en un día como el de hoy si yo no tengo enemigos?
Cosme.—Eso no lo digas. Tóo el que es feliz los tiene, Hilario.
Aquilino.—Esto es de algún envidioso, estoy seguro, que la envidia es lo más malo de este mundo.
Hilario.—¿Pero qué me van a envidiar a mí, Aquilino?... ¿Un peazo e pan, un rincón de casa, una pizca e felicidá?
Aquilino.—El envidioso no repara en más o en menos... quitarte el bien que tengas, poco o mucho, grande o chico.
Hilario.—No, Aquilino, no... No hay alma por negra que sea que se atreva sin motivo a hacer una cosa como ésta, cincuenta veces peor que un asesinato. (Se levanta y va hacia la derecha.)
Aquilino.—Por Dios, Hilario, cálmate. (Siguiéndole.)
Hilario.—Sí; quizás que habré estao ciego: que cuando quieres hay cosas que las tiés delante de los ojos y no las ves hasta que te las dicen... La Valentina me trajo aquí a Bernabé. Eso no puedo negarlo.
Aquilino.—¿Pero vas a dudar?...
Hilario.—No es que dude; es decir, las cosas como han pasao. Ella trajo a ese hombre y ella arregló lo de los chicos, y tóo se le hace poco pa esa gente, esta es la verdad... ¡maldita sea!... Y si esto es una traición; si esto fuese una traición después de lo que yo he hecho por ellos, os juro por la sangre que tengo... (Amenazador avanza.)
Aquilino (Conteniéndole.)—Hilario... amos, hombre, una meaja de aplomo, que tú no pués partir de ligero.
Cosme (Cortándole el paso.)—A más de que lo primero es cerciorarse, por lo tanto, lo que te conviene es fingir y...
Hilario (Vivamente.)—No, eso no... fingir no; no tengo carácter pa ello. De que me serene pensaré lo que sea menester... pero por de pronto, como tengo ya el corazón envenenao, me molesta esa música y esa alegría y ese barullo, conque vete a decirles a tóos que se vayan.
Aquilino.—Pero, hombre, no comprendes...
Cosme.—Calla, ellos vienen. Aplomo, Hilario. (Pasa al lado de Aquilino.)
ESCENA XI
Dichos, Valentina y Bernabé. Del tendedero vienen riendo.
Bernabé (Entrando.)—¡Ja, ja, ja!... Bueno, vais a hacernos el favor de asomar las narices pa vernos bailar la machicha brasileña.
Valentina (Muy alegre.)—Nos hemos llevao la palma... que se pué decir... Conque, pollo, andandito, que vengo por el chotis ofrecido.
Hilario (Secamente.)—Gracias, no tengo gana de na.
Valentina (Fijándose en él y con asombro.)—Oye, ¿pero qué tienes? Estás blanco como el papel.
Bernabé (Quedando repentinamente serio.)—Es verdá. ¿Qué te pasa, Hilario?
Valentina.—¿Te has puesto malo? (Anhelante.)
Hilario.—No, no tengo na, gracias. (La rechaza.)
Valentina.—Pero esa voz... ese tono... ¿Qué ha pasao aquí?
Bernabé.—Hilario, ¿has tenío algún disgusto?
Hilario.—He dicho bien claro que no tengo na.
Valentina.—¿Pero qué ha sucedío?... ¡No estén ustés como dos pasmaos y hablen por lo que sea!...
Aquilino.—Señora...
Valentina.—¿Qué tienes, Hilario?... ¿qué tienes?... No me atormentes.
Bernabé.—Desembucha ya, hombre, que nos tiés con el alma...
Hilario.—He dicho que no me pasa nada, sino que tóo tié su fin y esta juerga es hora ya que se acabe.
Valentina.—Está bien; pero cuando tóo el mundo, y tú el primero, estábamos tan contentos, ¿qué motivos tienes pa que así de repente...?
Hilario.—Es mi voluntá. Llama a tóo el mundo y que se vayan.
Valentina.—¿Pero es que yo no tengo derecho a saber...?
Hilario.—¡Tienes derecho! Pero una meaja de calma que ya hablaremos tú y yo lo que sea menester hablar.
Valentina.—Está bien.
Hilario.—Llama a mi hija. (Valentina sube despacio hacia el fondo.)
Bernabé.—Hilario, yo estoy que no sé lo que me pasa... Yo salía tan contento y de pronto te veo de una forma que... y comprenderás que... amos, que necesito una explicación, porque esto...
Hilario.—No tengo explicación que dar a nadie. Deseo quedarme solo con los míos. Creo que tengo derecho a hacer lo que quiera en mi casa.
Bernabé.—Sí, señor, tiés derecho a hacer lo que quieras en tu casa; pero el que está en ella y no la ha agraviao, también tié derecho a saber por qué se le echa.
Hilario.—Yo no te echo.
Bernabé.—No me dices que me vaya, pero me señalas la puerta, conque verde y con asas... Y yo no salgo de aquí sin una explicación, Hilario.
Hilario (Agresivo.)—Y a mí no me paece este el momento de dártela, ¿qué hay?
Valentina.—¡Por Dios! (Le contienen entre los tres.)
Bernabé (Con fría calma.)—Nada, nada. No te acalores. Me has hecho mucho bien para que me se olvide en cinco minutos. No sé qué es esto: algo pasa y algo muy grave. Tú me lo dirás hoy, mañana, cuando sea. Pero escucha, Hilario: hoy, mañana, cuando sea, yo no te daré más que una respuesta, una... Que si me hacen a cachitos el corazón, aquí dentro no encontrarán más que lealtad y gratitú pa esta casa. Y ahora me voy por mi hijo.
ESCENA XII
Dichos, Paco, Encarna, señor Cecilio, los Murguistas, Lavanderas, Vecinas, Vecinos, Todos. Josefa y Sole vuelven a salir colocándose en su puesto en la pila. Paco y Encarna salen delante riendo y bromeando.
Paco.—Padre, salimos con murga y tóo, porque queremos que vean ustés bailar al tío Pelele el... (Viene con Encarna a primer término derecha.)
Bernabé (Gravemente.)—Cállate, Paco.
Paco (Con asombro.)—¿Qué?
Bernabé.—Paco.
Paco.—¿Qué pasa? (Mirándolos a todos.) ¡Oye, pero qué caras!... (La gente queda parada en segundo término al fondo.)
Encarna.—Es verdá. ¿Qué sucede? ¿Qué es esto? ¡Tóos tan serios!...
Paco (Riendo locamente.)—¡Ja, ja, ja!... Calla, que ya caigo. ¡Tié gracia! Como antes le he dicho a tu padre que tenía gana de verlo serio, pues nos han preparao esa guasa para... ¡ja, ja, ja!
Encarna.—Es verdá... ¡ja, ja, ja! y qué bien lo hacen.
Paco (Cariñosamente.)—Y miá cómo s’han quedao, paecen unas feguras de celuloide.
Bernabé (Muy serio.)—Paco, que no es chufla.
Paco.—Quíte usté d’ahí, so cómplice. Y miá el municipal; paece la careta de Dato... ja, ja, ja. (Ríe.)
Bernabé.—Paco, por la memoria de tu madre, que es en serio.
Paco (Aterrado.)—¿Qué?
Bernabé.—Que es en serio, por tu salú.
Paco.—¡Rediez!
Encarna (Temblorosa.)—¿Pero es verdá?
Bernabé.—Coge el sombrero y el bastón.
Paco.—¿Pa qué?
Bernabé.—Coge el sombrero y el bastón, que nos vamos.
Paco.—¿A dónde?
Bernabé.—A la calle.
Paco.—¿Pero y el arroz?
Bernabé.—Se nos ha pegao. (Paco coge su sombrero y su bastón.)
Encarna.—¿Pero qué dicen?... ¿pero es de veras esto, Valentina? (Yendo a su lado.)
Hilario (Atrayéndola hacia sí.)—Es de veras. Tú, aquí, conmigo. (A todos.) Y ustés, señores, esto se ha arrematao; gracias por tóo y hasta otra. (Se van marchando todos poco a poco y en silencio, quedando en las puertas sin desaparecer.) Señor Cecilio, puén ustés retirarse.
Cecilio.—¿Repito el pasacalle pal desfile?
Aquilino.—Desfile sin repetir na, haga el osequio. (Vánse los murguistas. Josefa y Sole vuelven a ponerse a lavar, en silencio, sin ruido.)
Paco.—Pero padre, ¿qué es esto?... ¿por qué nos vamos? ¿por qué nos echan?
Bernabé.—No te lo puedo decir.
Paco.—¿Pero es que le he faltao yo a alguien en algo? Al que le haiga yo faltao en algo, que lo diga. (A Hilario.) ¿Le he faltao yo a usté? (Pasando a su lado.)
Hilario (Con desabrimiento.)—A mí no.
Paco.—¿A quién le he faltao yo?... Señor Aquilino, usté que es autoridá, ¿le he faltao yo a usté en algo?
Bernabé.—Tú no has faltao a nadie, hijo mío.
Paco.—Entonces ha sío usté... porque de no haber sido yo, tié usté que haber sido...
Bernabé.—¿Pero es que dudas de mí?
Paco.—¿Qué ha hecho usté pa que nos echen?... ¿qué ha hecho usté pa destrozarme la felicidad? ¿qué ha hecho usté, padre?
Bernabé.—¿Que qué he hecho yo?... Quererte con toa mi alma, y cuando nos creíamos más dichosos, salgo y me dicen que nos vayamos; pido explicaciones y no me las dan y quiero exigirlas porque me sobran agallas, pero me acuerdo que hasta la ropa que llevas se la debemos a este hombre y me repudro y me achanto y me voy a la calle. No puedo hacer más, es decir, no puedo hacer menos. ¡Vámonos, hijo! (Coge su sombrero.)
Paco.—¿Pero es que llora usté?... Caray, porque eso no. Que antes de que se le caiga a usté una lágrima, me desnudo yo aquí mismo y dejo la ropa y el corazón y lo que sea menester dejar.
Bernabé.—Ámonos.
Paco.—Sí, señor.
Encarna.—¡Paco!... (Suplicante.)
Paco.—Es la primera vez que le veo llorar y mi padre no... ¡A la calle!
Bernabé.—Y coste que me voy con la frente muy alta.
Paco.—Y si quié usté, pa que la lleve más alta le saco yo a usté en brazos.
Bernabé.—Quedar con Dios.
Paco.—Buenos días. (Vanse abrazados foro izquierda.)
Encarna.—¿Pero qué es esto, padre, hable usté?... Si estoy que me muero... Si esto no pué ser... tanta felicidá y de repente... ¿qué ha pasao por esta casa, Valentina, qué ha pasao? (Yendo a su lado.)
Valentina.—¡Yo no lo sé, Encarna, no lo sé; estoy como loca!... pero me da el corazón que por esta casa... ¡por esta casa ha pasao la envidia!
Encarna (Aterrada.)—¡La envidia!
Sole (Aterrada.)—¡Madre!
Josefa.—¡Silencio! (Cuadro.) (Telón rápido.)
Intermedio musical.
Mutación
CUADRO SEGUNDO
Gabinete humildísimo en casa del señor Bernabé.
En la pared del foro dos balconcitos con puertas vidrieras y cortinas por dentro. A la izquierda la puerta de entrada al piso con mirilla, cerradura y llamador de hierro que sonará cuando se indique.
En los laterales derecha dos puertas que dan acceso a habitaciones interiores. Entre ambas, una silla con el chaleco, chaquetilla, montera y capote de paseo de Paco.
Mobiliario: un sofá foro izquierda y unas cuantas sillas de anea. Una cómoda vieja entre los dos balcones y sobre ella varios retratos deslucidos. En la pared una cabeza de toro disecada. Números de «La Lidia» pegados por distintos sitios.
En el centro de la habitación hacia la izquierda una camilla con un tapete de hule. Encima una botella de barro y un vaso. Es de día.
ESCENA PRIMERA
La Rita. El tío Pelele.
Al levantarse el telón nadie en escena. Sale Rita segunda derecha, con un lío de capotes y dos estoques de matar, que deja sobre el sofá. Llaman a la puerta.
Rita.—Ya voy, ya voy. (Abre.) Alante.
Pelele (Con traje de fiesta.)—Buenas las tenga usté, señá Rita.
Rita (De mal talante.)—Regulares las quisiera, hijo.
Pelele (Quitándose el sombrero.)—Yo, como es la costumbre... ¿Y su hermano de usté y su sobrino?
Rita.—Ahí están, empezando a vestirse pa la corrida.
Pelele.—Pos un servidor, como le ofrecí a Paco de hacerle de mozo de estoques, pos venía pa ello.
Rita.—¡Usté de mozo!... Bueno, asiéntese usté. (Le da una silla.)
Pelele.—S’agradece. (Se sienta a la izquierda de la camilla. Con gran interés y bajando un poco la voz.) ¿Y qué, los ánimos andarán mu caídos por esta casa?
Rita.—Ni quiá usté saber; con eso de no haber sabío de la Encarna en tres días que van del desgusto, pos el chico está que su alma se la arrancan. (Queda de pie a la derecha.)
Pelele.—¡Con tantas ilusiones y tóo pol suelo en media hora!
Rita.—Un asco de mundo. ¡Pos la señá Valentina, la pobre, también estará pa que la pidan una fábula!
Pelele.—¿La señá Valentina?... Más serena que usté y que yo. ¡Eso es una mujer! Del seso femenino no se encorambra con más agallas.
Rita.—¿Pero no se l’ha venío el mundo encima?
Pelele.—Se le ha venío el mundo encima, pero ella lo ha apartao y ha seguido pa alante. Amos, eso hay que verlo. Misté, de que supo por boca del mismo señor Hilario que estaba acusá de mantener relaciones inlícitas con su hermano de usté, que fué y no le dijo más que esta cosa lacónica: “Ah, ¿pero era eso?—Eso.—¿Y has dudao de mí?—Y dudo”, le refutó él. Y fué ella, se quedó un poco amarilla, levantó así la cabeza con orgullo, miró al señor Hilario de hito en hito, prorrumpió en una carcajada consistente en ¡ja, ja, ja! agarró sus cuatro trapitos y echó a andar calle alante, tranquila y serena.
Rita.—Amos, miá que ese tío está loco. ¡Dejarse marchar a una mujer como la Valentina!
Pelele (Dando un puñetazo en la mesa y poniéndose de pie.)—Y quedarse con la perra de la Josefa, que dende el desgusto es la que lleva el remo de la casa. Y pa mí que ella es la del anónimo... y la causanta de tóo...
Rita.—Pero qué me va usté a contar, hijo, si la tengo conocida de chica, que íbamos juntas a la escuela y siempre estaba castigá de envidiosa que era. Que, vamos, un día—pa que se vea lo que son las presonas,—fué y tenía yo una berruga aquí, mal señalao, (En la mejilla.) que decían tóos que me hacía muchisma gracia, y fué ella y pa que no la tuviese, me la quemó con una cosa negra que le dicen nitrato, que me hizo de ver las estrellas; que yo no la he vuelto a tratar en mi vida desde entonces.
Pelele.—Pero señora, si su segundo marido tuvo que retirarse de con ella y se fué a Buenos Aires por no matarla. Y su primer marido no digamos, que ahí lo tié usté vivo y sano, que es el señor Antonio el cañamonero, que cuando habla de ella hay que taparse los oídos con hidrófilo.
Rita.—Pero oiga usté, ¿cuántos maridos le viven?
Pelele.—Bueno, digo maridos, porque de alguna manera hay que llamarle en sociedad a cierta clase de ñudos.
Rita.—Sí, ñudos, ñudos... corredizos. (Llaman.)
Pelele.—¿Quién será?
Rita.—Voy a ver. (Abre.)
ESCENA II
Dichos, señor Tobías. Es un tipo de tabernero rico, vestido de fiesta. Cadena de oro muy gruesa, sombrero ancho, puro en la boca y un palasán muy gordo, con bola de hierro.
Rita.—Pasa, Tobías.
Tobías (Entra y da un golpe en el suelo con el bastón.)—¡La panocha, qué cochino mundo! Amos, que si no lo viese uno...
Rita.—¿Qué te pasa?
Tobías.—Dile a Bernabé que salga, maldita sea la liendre, que un asesinato de esa forma no lo consiente mi cuerpo.
Rita.—¿Pero qué estás diciendo?
Tobías.—Que a ese tío le pego yo un tiro en la sien, apuntarlo. Que cuando se es amigo de un diestro se es amigo y no se debe consentir que se le menoscabe ni se le atropelle.
Rita.—Bueno, pero...
Tobías.—¡Ladrones!... ¡Qué proceder con un debutante! Ahora, que no se han fijao en mi punto de apoyo y yo escalabro a uno. (Mirando a la garrota.) Hoy ejerces.
Rita.—Pero...
Tobías.—Que salga tu hermanito, hale...
Rita.—Es que está en calzoncillos.
Tobías.—Mejor. Pa lo que le voy a decir, sobra; porque Paco no torea esta tarde. Eso firmao.
Rita.—¿Qué dices?
Tobías.—Lo dicho. Hale, que es urgente.
Rita.—Voy, voy. (Vase primera derecha.)
Pelele.—¿Pero es que ocurre algo?
Tobías (Que pasea agitado.)—¡Qué granujá! ¡Maldita sea la liendre!
Pelele.—Tome usted asiento.
Tobías.—No quiero. (A Pelele.) No es a usté. No quiero, no quiero y no quiero consentir una infamia como esa. ¡Abortarnos un torero de esta manitú! ¡Canallas!... ¿De dónde?... Aquí está mi cuerpo pa que no. Hoy ejerces. (Blande la estaca.)
ESCENA III
Dichos, Bernabé. Sale primera derecha con el calzón ya puesto y una americana de casa.
Bernabé.—Hombre, Tobías.
Tobías.—Hola. Hagan el favor. (Indica que se vayan Rita y Pelele.)
Bernabé.—Chico, dispensa, pero nos estamos vistiendo porque son las dos, y la cuadrilla... (Vanse Rita y Pelele segunda derecha.)
Tobías (Con misterio.)—Pues no sigas vistiéndote, Bernabé.
Bernabé (Asustado.)—¿Qué pasa?
Tobías.—Que tú no sabes lo que os han fraguao pa esta tarde.
Bernabé.—¿Qué nos han fraguao?
Tobías.—¡Una infamia horrible!
Bernabé.—¿Qué dices?
Tobías.—Que quién machacarle a tu hijo el porvenir, pero eso no será... mientras a Tobías Peñasco le quede (Accionando conforme habla.) un dedo de vergüenza, un palmo de dinidá y una vara de acebuche. (Por el bastón.) ¡Hoy ejerces!
Bernabé.—Bueno, pero dime pronto...
Tobías.—Agárrate, que de pie no lo aguantas.
Bernabé.—Venga.
Tobías.—Bueno, pues que Hilario, que desde el desgusto que tuvísteis, está ciego contra vosotros, ha ido a decirle a don Isidro Solano, el empresario de Tetuán, que ya no tiene interés por Paco; y ese tío asqueroso que le debe más de nueve mil pesetas, oliéndose que si tu hijo queda mal esta tarde, el señor Hilario tendrá una gran alegría, ¿qué dirás que ha hecho el muy granuja?
Bernabé.—¿Qué ha hecho, Tobías? porque yo ya estoy con un sobresalto en el corazón, que tóo me lo espero.
Tobías.—Pues que a última hora, ha fijao un anuncio en el cartel diciendo que se le han estropeao tres toros y en vez de los seis Bobadillas que tenía preparaos para Paco y el Herrerito y que eran seis merengues de fresa, los ha sustituído por seis marrajos... agárrate... de Pérez Labulla.
Bernabé (Aterrado.)—¡¡Labullas!! ¡Mi madre!
Tobías.—Vengo de los corrales. Son seis mansos pregonaos, con más poder que un mercancías, y con unos cuernos, que ¿tú has visto el palo ese de la telegrafía sin hilos, que hay en San Fernando el Jarama? pos un mondadientes en parangón.
Bernabé.—¡Pero eso es un asesinato!... ¡Labullas pa un prencipiante!... ¡y en el estao de ánimo de ese chico!... (Con indignación.) ¡canallas!... ¡asesinos!
Tobías.—Bernabé; Paco no debe torear esta tarde.
Bernabé.—Pero si no torea, ¿cómo queda, Tobías?
Tobías.—Entero; pero como toree te lo traes en un pañuelo de hierbas, que tú no has visto el ganao.
Bernabé.—¡Calla, por Dios!... ¡Ladrones!... ¡Infames! ¿Qué hago, qué hago, Tobías, qué hago?... Si torea, tal como está Paco, un bueyacón de esos me lo pué mandar al hospital. Ya lo sé; pero si pone una excusa y no torea, pos se ve el miedo... y vienen el descrédito, la burla y la miseria... ¿Qué hago, Tobías? ¿Qué hago?
Tobías.—¡Qué sé yo, Bernabé, si tampoco sé qué decirte!... Ahora, que esta infamia que os hacen no la aguanta mi cuerpo, y yo te garantizo que esta tarde va a haber una de cabezas vendás en la plaza e toros que va a parecer que la corrida se está dando en Aragón. (A la estaca.) Hoy ejerces. (Se oye ruido de cascabeles. Sale por la segunda derecha el tío Pelele y va a abrir.)
Bernabé.—Calla, que ha parao un coche. (Se asoma al balcón.) Es la cuadrilla.
Tobías.—Buenos vendrán los pobres chicos si han visto el ganado. (Llaman.)
Pelele (Abriendo.)—Yo me voy a decírselo tóo a la señá Valentina. (Entran los toreros y sale él, dejando la puerta abierta.)
ESCENA IV
Dichos. El Zipilín, el Vigudí y el Telaraña, con trajes de luces, capotes de paseo. Todo muy pobre y viejo. Entran con cara de pánico, temblorosos.
Los tres.—Buenas tardes.
Bernabé.—¡Hola, jóvenes!
Zipilín.—¿Ya sabrá usté el cambiazo?
Bernabé.—Sí, hijo, sí. Me lo ha dicho, aquí, el señor Tobías.
Vigudí.—¡Nos echan Labullas!
Bernabé.—¿Y habéis visto el ganao?
Vigudí.—¿Que si le hemos visto? Seis enormidades corniveletas, señor Bernabé.
Zipilín.—Esos bichos no se le echan a una cuadrilla debutanta, a menos que se esté conchavao con el trus funerario...
Bernabé.—Hombre, no será tanto...
Telaraña.—Ya los verá usté. ¡Qué cuernos!... Tiran un viaje y es con kilométrico. (Indicando la dimensión del cuerno.)
Tobías.—¿Y cómo os habéis vestío tan pronto?
Zipilín.—Por disfrutar un rato más de la ropa.
Vigudí.—¡Nos van a desnudar en seguida!...
Telaraña.—Darme un cigarro... yo no hago más que fumar. (Bernabé le da un pitillo.)
Zipilín.—Con permiso... (Se sirve agua. Tiembla la botella sobre el vaso.) ¡Tengo una sequedá de boca!...
Tobías.—¿Pero es que tiemblas?...
Zipilín.—¿Pos qué creía usté, que repiqueteaba el tango argentino?
Bernabé.—¡Bueno, hijos; hay que tener ánimos!
Vigudí.—No, si después de tóo qué me pué pasar a mí, que R. I. P... Bueno, pero tengo una satisfación, que no se alegrará nadie. No tengo amigos.
Paco (Dentro.)—Padre...
Bernabé.—Por Dios santo, que no os vea Paco acoquinaos.
Zipilín.—Sí; pero la verdá hay que decírsela.
Tobías.—Bueno; pero de cierta manera.
ESCENA V
Dichos y Paco, primera derecha. Sale con la taleguilla puesta y la faja en la mano.
Paco.—Padre, hágame usté el favor de ayudarme a la faja.
Bernabé.—Sí, hijo mío.
Tobías.—Hola, Paquillo.
Paco.—Adiós, señor Tobías. (A la cuadrilla.) Y vosotros, qué pronto...
Zipilín (Esforzándose por sonreir.)—Las ganas que tié uno de salir de...
Tobías.—¿Y qué, hay muchos ánimos, pollo?
Paco.—Pos ya ve usté; a cumplir. Ilusión... alegría... Eso ya, después de lo pasao... Agarre usté, padre... (Afectado.)
Tobías.—(¡Se le nublan los ojos!)
Bernabé.—(¡Pobre hijo mío!) (Paco empieza a ajustarse la faja que el señor Bernabé sostiene en sus manos por el otro extremo.) Pues náa, Paco, aquí los chicos, venían, sabes, a decirnos que... vamos... que hay unas pequeñas variantes en el cartel.
Zipilín.—No tan pequeñas.
Paco (Que ha dado dos vueltas liándose la faja, se detiene.)—¿Qué variantes?
Bernabé.—Pos náa, que ya no toreas esta tarde seis Bobadillas.
Paco (Sorprendido.)—¿Que no toreo Bobadillas?
Bernabé.—No; los han sustituído por seis bichos de...
Paco.—¿De quién?
Bernabé.—De Pérez Labulla.
Paco (Con terror.)—¿Labulla?... ¿Yo Labullas?
Bernabé (Con amargura.)—¡Labullas!
Paco (Se deslía.)—¡Ay, padre!... ¿Labullas a mí?...
Zipilín.—¡A nosotros!... ¡Una infamia, Paco!
Paco.—¿Esa corrida que no ha querío torear nadie?
Vigudí.—¡La mismisma!
Paco.—¿Esa que le llaman la del pa... pa... la del papánico?...
Telaraña.—La propia.
Paco.—¡Pero, padre, echarme Labullas!... ¡Eso es darme una puñalá trapera!...
Bernabé.—Sí, hijo; es una infamia la que te hacen. No sirve negártelo... pero es que quién machacarte el porvenir. Reirse de nosotros... vernos en la miseria, y eso, Paco, eso...
Paco.—Es verdá, es verdá, padre... Tié usté razón. ¡Pos no!... ¡Maldita sea! ¡No se ríen! (Da tres vueltas en la faja y se detiene de pronto.) ¿Y vosotros habéis visto el ganao?
Zipilín.—Lo hemos visto.
Paco.—¿Y qué?
Zipilín.—Que ajustamos el árnica en mil pesetas y pierde el farmacéutico.
Paco.—¿Que pierde?... (Desliándose de la faja.) ¡Ay, padre, que dice que pierde!...
Bernabé.—No te apures, que allí estaré yo, apretando en lo alto; echando el corazón pa quitarles poder a esos bueyes ladrones...
Tobías.—Piensa en tu pundonor, en el pan de este viejo.
Paco.—Sí, señor, sí; es verdá. (Da dos vueltas.) Sea lo que Dios quiera.
Zipilín.—Lo malo es el primero que te echan. Un jabonero sucio.
Paco.—¿Sucio? (Se detiene.)
Vigudí.—¡Una asquerosidad!
Telaraña.—Y disforme.
Paco.—¿Grande?
Vigudí.—Un automóvil con dos chuzos.
Paco.—¿Dos chuzos? (Se deslía.) ¡Dice que dos chuzos, padre!...
Tobías.—Paco, hay que estar sereno.
Paco.—¿Sereno con dos chuzos?... Es demasiado, señor Tobías... ¡Qué infamia!... El día de mi debut, a última hora echarme Labullas... y sabiendo cómo estoy... ¿Qué hago, padre, qué hago?...
Bernabé.—¡Qué voy a decirte, Paco!... Haz lo que quieras... Si fuera yo, yo ya sé lo que haría, pero yo no soy nada mío... ¡tú, tú eres mi hijo!
Paco.—¡Pues no, no se ríen!... ¡no!... ¡Quedaré como usté quedaría, (Dando vueltas rápidamente.) como usté quedaría!... (Al dar la última vuelta a la faja cae en brazos de Bernabé.) ¡Sí... sí, señor!... y si me matan, que me maten... que me maten...
Bernabé.—¡Hijo mío!
Paco.—¡Padre!... (Quedan abrazados.)
Vigudí.—¡Nos están dando el vermú! (Conmovido.)
Telaraña.—¡Pos sí que es un cuadrito!
Zipilín.—¡Se me está poniendo el corazón que hoy no le pongo yo banderillas ni a un caracol! ¡Maldita sea!
ESCENA VI
Dichos. Valentina. Detrás Pelele. Al final Rita y Amigos 1.º, 2.º y 3.º, puerta izquierda. Valentina viene con mantón de Manila y un manojo de claveles en el pecho.
Valentina.—Buenas tardes.
Paco (Asombrado.)—¿Usté?
Valentina.—Servidora.
Bernabé.—¿Tú aquí?
Valentina.—Yo aquí a daros ánimos, y luego a la corrida a aplaudiros. Sé lo que os han hecho. Me lo ha venío a decir el tío Pelele.
Bernabé.—¿Sabes la infamia?
Valentina.—Lo sé todo.
Paco (Casi llorando.)—¡Me echan Labullas señá Valentina, Labullas a mí!...
Valentina.—No le hace. Que te echen lo que quieran. Tú eres un hombre y quedarás como un hombre.
Bernabé.—¡Pero Valentina, qué has hecho!... ¿No tiés miedo de lo que digan si saben que has venío a esta casa?
Valentina.—Déjalo... Si cuando hablan mal no dicen la verdá, que digan lo que quieran. ¿Pos qué, os iba yo a dejar solos, acoquinaos en una tarde como la de hoy, víctimas de una venganza asquerosa?... ¡En jamás! ¿No nos ha unío la infamia? Pos siquiera que nos sirva esta unión pa darnos alientos unos a otros y pelear juntos contra ella. ¡Conque arriba el ánimo!...
Bernabé.—¡Valentina!
Valentina.—¿Pero qué pasa aquí?... ¿A qué vienen esas caras de pánico?...
Paco.—Es que creo, señá Valentina, que los toros...
Valentina.—No hagas caso... ¿Que salen toros que pegan? Ese es el oficio. ¡Más grande el triunfo! Levanta el corazón pa que no te den en él y fe en Dios y en las agallas de cáa uno. ¿No se juega esta tarde tu porvenir?... Pos a jugarlo.
Zipilín.—Señora, usté no ha visto cuernos como los que...
Valentina.—Yo he visto cuernos de todas clases, pollo. Hombres es lo que quiero ver ahora.
Vigudí.—¿Pero no los querrá usté ver por el aire?...
Valentina.—Por donde sea menester... ¡Pero a qué viene ese canguelo!... ¡Pero esto es cuadrilla u un pin, pan, pún!... Ánimo los valientes, que paecéis ahí cuatro gelatinas... Y tú, Bernabé, dales el ejemplo, levanta esa cara, vengan los arrestos de otros días, y tú que lo sabes diles cómo se pelea y cómo se ganan las palmas... ¡Mirarme a mí, me he quedao sola, calumniá, en metá e la calle; pos como no lo merezco lo desprecio y aquí me tenéis, tan conforme y tan compuesta, de cara a la vida, y alante siempre! ¡Conque si os faltan agallas, decírmelo, porque yo, una pobre mujer, soy capaz de irme a la plaza y matarme los seis toros! (Todos han cobrado ánimos y sus caras tristes van tomando expresión de valor y confianza.)
Vigudí (Con entusiasmo.)—¡Señora, es usté mejor que tila!
Tobías.—¡Tié razón!
Bernabé.—¡Valentina, eres como un rayo de sol que tóo lo llena de alegría y de ánimo!
Paco.—¡Sí, señora, ya soy otro!... ¡Que me echen Labullas!... ¡El tifus va a ser una ligera indisposición compará conmigo! (Se pone chaleco y chaquetilla.)
Bernabé.—Rita, Pelele... Las chaquetillas, mi sombrero...
Paco.—Venga todo... Elefantes voy a matar yo esta tarde.
Zipilín.—¡Ahí los hombres! (Sale Rita. Unos a otros se ayudan llenos de entusiasmo, nerviosos... beben, fuman, se mueven. Se oyen en la calle los sones alegres de una charanga que se aleja tocando un pasodoble torero. Se escucha el ruido de los coches, sonar de cascabeles. Voces de gente alegre. Gritos de “¡Eh, a la plaza, a la plaza!”. Restallar de látigos. Mucho bullicio y animación. Bernabé hace mutis primera derecha. Entran los Amigos 1.º, 2.º y 3.º por la izquierda.)
Amigo 1.º—Hola, Paco, aquí venimos a saludarte.
Paco.—¡Hola, señores! (Coge el capote.)
Amigo 2.º—¡Toma un puro!
Amigo 3.º—¡Amos, que ya es hora!
Amigo 1.º—¡A ver cómo queda Madrid!
Tobías.—¡Amos allá, señores!
Paco.—La montera...
Amigo 1.º—Si la llevas puesta...
Paco.—¡Ah, sí, es verdá!... Vaya adiós... Hasta luego, señá Valentina. (Le da la mano.)
Valentina.—Ahora voy yo. ¡Buena suerte, Paco! (Salen todos en un tropel bullicioso. Pausa. Valentina coge de Rita, que lo saca de la segunda derecha, un cuadro de la Virgen de la Paloma, pone el mantón de Manila sobre la cómoda, coloca el cuadro en ella y ante él dos velas encendidas y un vaso con los claveles que se quita del pecho.) ¡Virgen de la Paloma, una mirá de compasión pa esos pobres hombres que van a jugarse la vida por un cacho de pan!... (Se arrodilla; se limpia una lágrima. Asoma por la puerta derecha el señor Bernabé, se quita el castoreño y dice:)
Bernabé.—¡Bendita seas! (Pausa; pasa hacia la puerta de la calle. Mutis al buen juicio del actor. Se escuchan ya muy lejanos los alegres sones de la charanga y el bullicio de la gente. Telón de cuadro. Música en la orquesta.)
Mutación
CUADRO TERCERO
Lugar donde se encuentra situada la Plaza de Toros de Tetuán, cuya fachada se ve al foro, unida al Merendero de «El Cubanito».
Son practicables la puerta de la plaza, la del patio de caballos y la del merendero, en cuya terraza habrá algunas mesas rodeadas de banquetas.
Es por la tarde, una tarde radiante de primavera, en la que se celebra una corrida, cuyo anuncio se verá pegado en las paredes de la plaza.
ESCENA PRIMERA
Al levantarse el telón aparecen cuatro golfos mirando por las rendijas de la puerta de la plaza.
Uno de rodillas, otro empinándose sobre las puntas de los pies, otro de pie, y el último tumbado mirando por debajo de la puerta. Dos cocheros sentados ante una de las mesas del merendero, toman unos quinces. Una vendedora junto a un pequeño tabanque con “cacahuets” y naranjas, dormita tristemente.
De la plaza, de vez en cuando, sale un griterío infernal de indignación, con que el público castiga la torpeza de un torero.
Suenan palmas de chunga, monótonas, acompasadas, burlonas; sobresalen voces agudas: “¡Al corral! ¡Maleta! ¡Asesino! ¡Pincha ratas!” Todo el público, con voces acompasadas: “¡Al corral! ¡Al corral!” Vuelven a escucharse silbidos, suenan trompetillas infamantes, un cencerro golpeado con un palo. Risas, voces atipladas: “¡Ay, qué miedo!... ¡que se mude!... ¡Fenómeno!”
En un silencio, La Josefa sale por la izquierda, se acerca a la plaza, escucha, mira también por las rendijas de la puerta, y oyendo los denuestos y los gritos del público contra el pobre matador, sonríe y se aleja. Desaparece por el fondo.
Música
Sole (Aparece por la puerta de los corrales, demudada, temblorosa, con un mantoncito de crespón negro y con dos o tres claveles cayéndosele del pelo. Trae en la mano un par de banderillas adornadas con muy mal gusto. Dos corchos van clavados en los arponcillos. Lloriquea, y, a cada grito que se oye en la plaza da un salto cómicamente atemorizada. Grito en la plaza y susto.)—
¡Ay!... Santa María por poco me muero. Ese hombre no sirve para torear. Catorce estocadas le atizó al primero, y al segundo toro veinte mal contás. Al tercero, ahora, lo estaba pinchando, y al treinta pinchazo le dijo una voz: “Oiga, cocinero, ¿le está usté mechando, o es que va a dejarle para colador?” Ese mismo toro le dió una embestida, y subió tan alto que me figuré, que si San Antonio le ve, le convida, ya que estaba un paso, a tomar café.
(Grito en la plaza.)
——
¡Ay!... Y luego un tío, con una trompeta, daba unas notitas que... ¡vaya con Dios! Y otro le decía: “Deja la muleta, que pa cuando salgas necesitas dos.” Yo traje a la plaza estas banderillas pa que se luciera poniendo un buen par; y ahora estoy con ellas que... tengo cosquillas, y por no pincharme no me puó rascar.
(Nuevos gritos en la plaza.)
¡Ay!... Ahora dan voces. ¿Qué dicen? “Cabestros”. ¿Es a él o es al toro pa echarle al corral? Yo llevo rezados dos mil padrenuestros.
(Grito y susto.)
¡Ay!... ¡Ahora le llaman!... ¡Le llaman morral!
(Grandes gritos en la plaza. Echando a correr asustadísima hace mutis por donde salió.)
ESCENA II
Se abre la puerta de la plaza y salen el señor Tobías, descompuesto, con la corbata deshecha, despeinado, el sombrero en la mano. Le trae sujeto por un brazo un joven Policía; le siguen dos Guardias de seguridad y tres o cuatro Individuos con la cabeza vendada, dos, Mujeres y un Hombre. Salen vociferando todos.
Hablado
Vendados.—¡A la cárcel!
Mujeres.—¡Granuja!... ¡Fuera!
Policía.—¡Eche usté adelante!
Tobías (Golpeando el suelo con el bastón.)—¡Pero por qué me se detiene a mí, que me se especifique!
Policía.—Porque ha golpeado usté a la gente.
Tobías.—No, señor. ¿De dónde? Lo que hay es que aquí, los denunciantes, han dirigido a la familia del matador, que es amiga mía, un insulto con música del Ven y ven, y eso no se lo aguanta un servidor ni al alcalde de barrio.
Policía.—¡A la Comisaría!
Tobías.—Pero, señor; si yo no he faltao a nadie; y si no que lo diga aquí la señora pareja, que ha sido testiga del cuplé.
Guardia 1.º—¡Usté ha agredido al señor!
Tobías.—¿Servidor? ¡Miopía es lo que se padece, guardia! Que yo estaba quieto; pero aquí, la parte contraproducente, se ha puesto de una forma que si yo no les agredo, me agreden, y a mí no hay quien me agreda.
Policía.—Eche adelante y menos música.
Tobías.—Güeno, después de tóo estoy satisfecho. Me llevo una rondalla. ¡Has ejercido, palasán! (Vanse izquierda. Se escucha dentro una bronca definitiva. Gritos, insultos, ruidos de cencerro. Cesa poco a poco el escándalo. Empieza a salir la gente por las puertas de la plaza, que se abren. La charanga ejecuta un pasodoble.)
Espectador 1.º—¡Que se l’han echao al corral, pobre chico!
Espectador 2.º—¡Bien hecho!
Espectador 3.º—¡Si eso es una torera!... (Siguen.)
Espectador 4.º—¡Anda y que lo maten! (Salen dos chulas con el mantón al hombro y comiendo cacahués.)
Chula 1.ª—¡Amos, miá que habernos traído pa esto!
Chula 2.ª—Paecéis de pueblo.
Hortera 1.º—Pos a mí me habían dicho que era un torero que se comía los toros.
Chula 1.ª—Por medios kilos. (Sigue saliendo gente.)
Chula 2.ª—Si no me gustan los torraés, hago la tarde. (Vanse por la izquierda.)
ESCENA III
Bernabé y Vigudí. El último sale cojeando por la puerta de caballos.
Bernabé.—Oye, Vigudí, tú que eres el único que has quedao en condiciones de moverte haz el favor de decirle al chico del merendero que nos busque un coche y que arrimen, que hasta la jardinera se nos ha ido.
Vigudí.—¡Qué Labullitas, señor Bernabé! ¡Maldita sea su casta!
Bernabé.—¡Anda, hijo! (Sacan en hombros por la puerta principal a un torero. La gente le aplaude.)
Vigudí.—Y sacan al Herrerito en hombros; ¿oye usté?
Bernabé.—Déjalo. Es nuestra desgracia. Anda. (Vase Vigudí por el fondo izquierda. Cesa la música y acaba de desfilar el público.)
ESCENA IV
Bernabé y Valentina, que sale por la puerta de la plaza
Valentina (Con ansiedad.)—¡Bernabé, Bernabé!
Bernabé.—¡Valentina!
Valentina.—¿Cómo está Paco?
Bernabé.—¿Cómo quiés que estea?... Magullao, sofocao, llorando. ¡Hecho una lástima por dentro y por fuera! La Virgen de la Paloma no ha querío oirte.
Valentina.—¿Pero crees tú que por un Padrenuestro tenemos derecho a que nos lo arreglen tóo?... No es poco milagro que salga vivo. Confórmate.
Bernabé.—Pué que digas la verdá. ¡Qué tardecita! Calla, ahí lo sacan.
Valentina.—¡Pobre chico! ¡Qué compasión!
ESCENA V
Dichos, Paco, Telaraña, el Zipilín, Sole. (Puerta de caballos). Al final Vigudí.
Sale Paco apoyado en los hombros del Telaraña y el Zipilín. Detrás la Sole. Paco trae todo el calzón roto, la corbata deshecha, la pechera desgarrada, despeinado, la coleta suelta, las medias sucias de tierra. Además lleva vendada la pantorrilla derecha. Cojea. Los compañeros de cuadrilla vienen poco más o menos que él.
Bernabé.—¿Cómo estás, hijo?
Paco (Abrazándole y llorando amargamente.)—¡Ay, padre de mi alma, qué mal he quedao!
Bernabé.—¡Amos, hijo; por Dios, no te apures!
Paco (Abrazando a su compañero.)—¡Ay, Zipilín de mi vida, qué mal he quedao!
Zipilín.—Consólate, que ya me verás en casa la región glútea.
Paco.—¿Por qué habré salío yo esta tarde de lila, padre?
Valentina.—¡Pero qué tié que ver la ropa!
Paco.—¡Sí, señora, sí; que hay colores sombrones... y siempre que he salío de lila me han catao!
Bernabé.—No hagas caso. Ya ves, éste va de verde manzana y de poco le mondan.
Paco (Llorando y mordiéndose los dedos de ira.)—¡Echarme a mí un toro al corral!... ¿A mí?... ¡Maldita sea! ¡Yo no aguanto esta vergüenza! ¡Yo me quiero cortar la coleta! ¡Darme unas tijeras!
Valentina.—Amos, Paco; ten reflexión y serénate, caray, que ahora no estás pa cortarte nada.
Paco (Abrazándola.)—¡Ay, señá Valentina, qué mal he quedao!
Valentina.—Has quedao entero, que no es poco. Lo demás ya se arreglará. Árnica y reflexión.
Bernabé.—No pués tener más que un consuelo, hijo; que toas las veces has entrao por derecho, y hasta cuando te ha cogido el toro y te ha zamarreao rompiéndote la taleguilla de arriba abajo, el público te ha hecho una ovación. Algo habrá visto el público.
Sole.—¡Ya lo creo que ha visto! ¡Como que dende donde yo estaba, toas las señoras nos hemos tenío que tapar los ojos!
Zipilín.—Y el torito ese te lo han echao al corral porque no me has hecho a mí caso; si no, ¿de dónde?
Paco.—Pero, ¿qué iba yo a hacer?
Zipilín.—¿Pero no oíste cuando yo te dije: anda vivo, que ese toro se acuesta?
Paco.—¡Yo que había de oirte! ¿Crees tú que con un toro con el que llevo media hora de faena, si yo veo que se acuesta, no le canto hasta la nana, hombre?
Bernabé.—A más que el chico ya no sabía lo que se hacía.
Paco.—El público me ha vuelto loco, padre.
Bernabé.—Tóos gritándole: “Mójate los dátiles”; “Entra por uvas, melón, que es una pera”.
Paco.—Dátiles, uvas, melón y tirándome naranjas. Que si no hubiese sido más que fruta nominal, menos mal.
Bernabé (Con amargura.)—¡En fin, l’han lograo! ¡Qué se le va a hacer!
Valentina.—Déjalos. Triste alegría.
Vigudí (Que vuelve.)—Ya está ahí el coche.
Bernabé.—Amos, hijo, despacito. (Lo llevan con precaución.)
ESCENA VI
Dichos y Encarna, primera izquierda
Encarna (Saliendo.)—¡Paco! ¡Paco!
Paco.—¡Encarna!
Encarna.—¡Paco de mi alma! (Se abrazan.)
Paco (Llorando.)—¡Ay, Encarna de mi vida, qué mal he quedao!...
Valentina.—Pero, ¿cómo estás aquí? ¿Qué has hecho, Encarna?
Encarna.—Escaparme de con mi padre. Correr a vuestro lao. ¿Qué tienes, Paco? ¿Estás herido?
Paco.—No... Seis esquimosis, dos frazturas conminutas y un puntazo...
Encarna.—¿Grave?
Paco.—No; lo voy a tener que pasar de pie.
Encarna.—Pero, ¿dónde lo tienes?
Paco.—¿No te digo que lo voy a tener que pasar de pie?
Bernabé.—¡Pero, oye, Encarna, márchate, por Dios!... Que si te encontraran aquí, creerían que nosotros...
Encarna.—Que crean lo que quieran, señor Bernabé. Yo sin Paco, sin Valentina, sin ustés, me muero de tristeza. ¡Yo no vuelvo a mi casa!
ESCENA VII
Dichos, Hilario, Aquilino, Cosme, fondo izquierda
Hilario (Con indignación.)—¿Veis? ¡Lo que yo decía! ¡aquí con ellos!... ¡Maldita siá!
Encarna (Adelantando valientemente.)—¡Sí, padre; aquí... con ellos!
Hilario.—¿Quién te ha mandao venir aquí?
Encarna.—Mi corazón.
Hilario.—Pero ¿qué te han dao esa gente?
Encarna.—Alegría, cariño, ilusión pa vivir. Eso me han dao.
Hilario.—Amos a casa. (Cogiéndola de un brazo.)
Encarna.—¡Sin ellos, en jamás! (Soltándose.)
Hilario.—Pero, ¿es que los prefieres a tu padre?
Encarna.—No, señor; los prefiero a tóos juntos, como estábamos antes que la envidia nos hubiese envenenao la felicidad. ¡La envidia negra, la envidia triste!
Hilario.—¡No ha sío la envidia, ha sío la verdá!
Bernabé y Valentina (A un tiempo y con igual energía.)—Ha sío la envidia.
Hilario.—¡La verdá!
Los dos.—¡La envidia! (Cuando Bernabé e Hilario están a punto de acometerse, se interpone Sole, llorosa, temblando.)
Sole.—¡Señor Hilario, por Dios, no se pongan ustés así! Y, vaya: yo no sé si hago bien u hago mal, pero yo le voy a decir a usté una cosa que me la arrancan del corazón, pero yo se la digo.
Hilario.—¿Qué me vas a decir?
Sole.—Que sí, señor; que tóo lo que ha pasao ha sío una ceguera de la envidia. (Baja avergonzada la cabeza.)
Hilario.—¿Qué estás diciendo?
Sole.—Cuando yo se lo digo a usté... (Se arrodilla a sus pies.)
Valentina.—¿Lo oyes? ¿Lo estás oyendo?
Hilario.—Pero tú...
Sole (Con tristeza.)—No me hagan ustés hablar más.
Valentina.—Basta. Levanta, hija; no hace falta que pa defendernos acuses a la persona que más tiés que querer.
Sole (Enternecida.)—¡Señá Valentina!
Valentina.—No hay nada que defienda a la gente mejor que la verdá.
Hilario.—Y si tóo era mentira, ¿por qué no has venío tú a defenderte?
Valentina.—Porque no me hacía falta. Honrada he sido siempre. Creerme honrada es hacerme justicia. Si tú no me la quiés hacer, no me la hagas. Las mujeres como yo, esa justicia no la piden de limosna.
Hilario.—Eso es orgullo.
Valentina.—No sé lo que será.
Hilario.—¿Y quién me prueba que tóo era mentira?
Valentina.—Lo que acabas de oir a esta criatura. Mi vida siempre clara, el cariño de tu hija.
Encarna.—Si yo hubiese visto en ella lo más mínimo contra mi padre, ¿cómo la iba a haber querido?
Aquilino.—Hilario, son veinticinco años de afezto. ¿Quiés creerme, aunque soy municipal?
Hilario.—¿Qué me vas a decir?
Aquilino.—Que abras los ojos a la luz.
Encarna.—Sí, padre; toavía pué arreglarse tóo.
Paco.—Tóo menos mi reputación.
Sole.—¡Señor Hilario!... (Suplicante.)
Cosme.—Amos, ¡un rasgo, Hilario!
Hilario.—Que haga lo que guste... Que venga. Ya hablaremos.
Valentina.—Voy o no voy. Lo que tú quieras.
Hilario.—Cuando no he querido, es de tanto que he querido. Ya lo sabes.
Encarna.—¡Padre!... (Los abraza y los aproxima.)
Bernabé (Con amargura.)—Bueno; ustés s’han arreglao. Está mu bien. Pero nosotros estamos de más. Que lo de los Labullas lo tengo yo clavao en el corazón. (Paco da un suspiro muy hondo.) Ámonos, monumento malograo.
Aquilino.—Perdónalo, Bernabé. Ha tenío una venda en los ojos.
Paco.—Sí; pero por tener él una venda, fíjese usté la que tengo yo. (Enseñando la de la pierna.)
Bernabé.—Doce metros. (Inician el mutis.)
Valentina.—¡Alto! ¡Quietos aquí! A obedecerme. Y oye una condición, Hilario.
Hilario.—Tú dirás.
Valentina.—Que mañana tóo el mundo a casa. Aquel arroz que quedó en pie, se comerá, si Dios quiere. Tú torearás Bobadillas, y si entonces quedas mal, a seguir en tu oficio. Luego os casaréis. Nosotros al trabajo, al cariño; tóo como antes. No le cedo a la envidia ni el canto de un duro.
Sole.—Y a mí no me echarán ustés del lavadero, ¿verdá, señá Valentina?
Valentina.—¡Quiá hija, ni lo sueñes! Soy buena, pero no tanto. Tú tiés que ganarte allí una peseta pa llevársela a tu madre. Que no hay peor castigo pa un envidioso que tener que vivir del bien que ha querido destrozar.
Bernabé.—¡Olé, eres Agustina de Aragón y Cascorro tóo en una pieza!
Valentina.—¡Soy una madrileña honrada, dilo de una vez!
Vigudí (A Hilario.)—¿Convidará usté a árnica?
Hilario.—Y a más os doy un duro por cada chichón.
Paco.—Se arruina.
Valentina (Al público.)—
Y al fin vencida la envidia, quien de ella triunfó, os demanda que al terminar el sainete perdonéis sus muchas faltas.
TELÓN