LA PENA NEGRA
Reading edition
PERSONAJES
LUCILA
LA CARMEN
SEÑÁ ANTONIA
EUSTASIA
SEÑÁ LORENZA
SEÑÁ ROSA
INVITADA 1.ª
QUINTINA
UNA VECINA
UNA NOVIA
UNA NIÑA
SEÑOR BALBINO
SERAFÍN
LADISLAO
SEÑOR VALERIANO
UN CARRETERO
TESTIGO 1.º
SEÑOR MANFREDO
TESTIGO 2.º
SEÑOR RÉGULO
SEÑOR METODIO
LIBORIO
EL DUEÑO DEL MERENDERO
EL PINTURAS
TESTIGO 3.º
UN NOVIO
INVITADO 1.º
EL CHICO DEL MERENDERO
DONISIO
CHICO 1.º
ÍDEM 2.º
INVITADOS, INVITADAS Y
VARIOS CHICUELOS
CUADRO PRIMERO
La escena representa un trozo de la Ronda de Valencia. A la izquierda, y en primer término, en un chiscón, construído con tablas pintadas y techumbre de zinc, hay establecida una barbería de quince céntimos y «cara al sol». A los lados de la puerta, sillones para los servicios; en una mesita pequeña, útiles de afeitar, como navajas, bacías, etc. Sobre la puerta un letrero mal pintado que diga: Salón de Barbería. No se azmiten propinas. En el mismo lado y colocada de izquierda a derecha hasta mitad de la escena, se verá la valla de un solar que continúa en ángulo hasta cerca del foro. Próxima a este ángulo y frente al público, la valla tiene una puerta practicable. Entre la barbería y la valla hay espacio para una calle. A la derecha, en primer término, una taberna de pobre aspecto con puerta practicable. En la calle y frente a la puerta, dos mesas, y alrededor, banquetas. Sobre la puerta un letrero que dice: Vinos. Cerca del foro queda un espacio a manera de plaza, formado por las casas de la derecha y la valla del solar que da frente a estos términos, y en este espacio, desemboca una calle bastante ancha. El foro lo constituyen casas y solares. Es de día; un día de invierno de sol muy claro.
ESCENA PRIMERA
Quintina, Eustasia, Señá Rosa, Vecina 1.ª, una Niña, Señor Régulo, el Pinturas, Liborio, Chico 1.º y 2.º
Al levantarse el telón aparecen todas estas personas en la forma siguiente. Quintina, la señá Rosa y Vecina 1.ª, sentadas junto a la valla del solar. Quintina y la señá Rosa cosen al sol, puestos en la cabeza los pañuelos formando pantalla. La Vecina 1.ª peina a una niña que estará sentada en el suelo entre las piernas de su madre. Eustasia, un poco más lejos, lava ropa en un barreño sostenido sobre un cajón. Liborio, sentado en el suelo y apoyada la espalda en la valla, lee un periódico. El señor Régulo, a la puerta de la barbería, pasa por la badana varias navajas de afeitar. El Pinturas trata de obligar a un perrito a que se sostenga sobre las patas traseras. Chico 1.º y 2.º, en la parte derecha del foro, vuelan una cometa que se ve remontarse por las bambalinas.
Eustasia (Dando jabón a la ropa y restregándola luego, canta un tiento.)
¡Ay, ayayay, ay, ayayay! ¡Ay, ayay!... ¡El día que yo te vea... ay, ay, el día!...
Liborio (A Eustasia, dejando de leer y confidencialmente.)—¡Chits!... ¡Eustasia!... Daría los noventa y pico de años que me restan de existencia por ser enagua.
Eustasia.—¡Caramba! ¿sí?... ¿Y con qué ojeto?
Liborio.—Pa tener el gusto de que me echase usté a la colada.
Eustasia.—¡Caray, qué rico! (Cantando.)
¡Ay, ayayay, ay, ayayay, ay!...
Rosa.—¿Pero se pué saber qué es lo que te duele, hija?
Eustasia.—¿Que qué me duele? (Mirando a Liborio.) Un divieso... que me ha salido aquí al lao.
Régulo.—Pues belladona con él.
Eustasia.—Estos me los suele reventar mi marido.
Liborio (Escamado y separándose un poco.)—¡Repringue!
Régulo.—¡Que te mejores!
Eustasia (Al ver que Liborio se ha separado.)—¡Ya nos vamos aliviando, ya!
Niña (La que se peina, casi llorando.)—¡Pero madre!...
Vecina 1.ª—¡Calla, recondená!
Niña.—¡Si es que m’arranca usté el cabello!
Vecina 1.ª—¡Pues no le llama cabello a esto y paece el pelote d’un sofá!
Rosa.—Dame una hebra, Quintina.
Quintina (Dándole una hebra de hilo.)—Tome usté, señá Rosa.
Liborio.—¿Y cómo anda de istrución ese perro, Pinturas?
Pinturas.—Ya sabe el ejercicio. Ahora le estoy educando pa monecipal.
Eustasia.—¡Qué gracia! ¿Y qué le enseñas?
Pinturas.—A andar despacio y a pararse en las esquinas.
Régulo.—Tóo el manual.
Liborio.—¡Já, já! (Riendo.) ¡Tié salero!
Eustasia (Cogiendo el lebrillo de la ropa.)—¡Vaya, me voy a tender!
Liborio.—Y yo. (Se tiende en el suelo, apoya la cabeza en una piedra y sigue leyendo.)
Eustasia (Amenazándole con la pala.)—¡Gracioso! (Vase por la puerta del solar.)
ESCENA II
Dichos y Señor Metodio (guardia de Orden Público). Sale por la calle de la derecha.
Metodio.—Salú, vecindario... Buenos días, Régulo. (Yendo hacia la barbería y quitándose la teresiana.)
Régulo.—¡Hola, señor Metodio!...
Metodio.—Afeitarme en un vuelo, que voy de servicio.
Régulo.—Al vapor. Deje usté el armamento. (Cuelga el sable que se quita Metodio donde éste colgó la teresiana y procede rápidamente al afeitado.)
Chico 1.º (Dejando al Chico 2.º el hilo de la cometa y viniendo furioso ante la taberna.)—¡Señá Lorenza, señá Lorenza, dígale usté a Donisio que no tire piedras a la cometa, que va a cobrar! (Cae una piedra y da en el periódico que lee Liborio.)
Liborio (Incorporándose furioso.)—¡Pero, chico! (Mirando hacia la derecha.) ¡A ver si te estás quieto, que más dao en el folletín! (Cae otra piedra entre las vecinas.)
Rosa (Asustada.)—¡Rediez!... ¡qué cantazo!
Quintina (Indignada.)—¡Pero señá Lorenza, que sigue con las piedras!...
Lorenza (Saliendo con calma de la taberna.)—¡Ay, hija, ni que fueran ustés de porcelana! ¡Jesús!... (Al chico.) ¡Donisio... no tires, hijo, que vas a romper un cacharro!
Liborio.—Guasitas encima, ¿eh?
Donisio (Que sale huyendo por la derecha de los chicos de la cometa, que la recogieron a su tiempo.)—¡Madre! ¡madréee... que me pegan! (Donisio es un pequeñuelo que va en mangas de camisa, lleva tirantes y fuera de los calzones el faldón de la camisa.)
Lorenza.—¡Hala pa dentro, mala pécora! (Lo entra en la taberna dándole azotes.)
ESCENA III
Dichos y un Carretero
Se oye próximo el rodar de un carro, ruido de colleras y dos o tres trallazos.
Carretero (Dentro.)—¡Riá, mula! ¡Riá, condenada! ¡Mula! ¡Sooó! ¡Generala! ¡Sooó! (Saliendo sucio de harina hasta la exageración, con la boina casi blanca y cara y manos enharinadas.) ¡Güen día!... ¿Hay quien afaite?
Pinturas.—Pase, caballero; pase y asiéntese, que se le va a servir de seguida.
Carretero.—¿Ande m’asiento? (Empieza a sacudirse la boina contra una rodilla, y luego se golpea la ropa levantando una terrible polvareda de harina. Tosen todos los que hay en escena.)
Pinturas.—¡Recoles!... (Tosiendo.) ¡Ejem!... ¡ejem! Aquí... asiéntese aquí. (Le ofrece un sillón.)
Régulo (Tosiendo.)—¡Ejem!... ¡Chits!... Oiga, buen amigo, no sacuda más, que ha desperdiciao usté dos libretas, lo menos.
Carretero (Sentándose.)—¡Maldita siá lá!... Si se pone uno que...
Pinturas (Al maestro.)—Paño.
Régulo (Dándole el paño.)—A ese con verduguillo y sin repaso.
Pinturas (Pone el paño al carretero y le quita la boina.)—Dejaremos la boina aquí. (La cuelga.)
Carretero.—¡Oye, tú, a ver ande la dejas, no me la van quitar!
Pinturas.—¡Caballero, este salón es de confianza!
Carretero.—Lo digo porque, no vas a pensarte, el otro día en la Ronda Segovia m’apandaron una a listas, recién estrená.
Pinturas (Dándole jabón.)—Aquí no semos de esos. (Tose.) ¡Ejem! ¡ejem! ¿Y esa harinita que acarrea usté, es candial u centeno?
Carretero.—Es pa cataplasmas.
Pinturas.—¡Bullanguerillo! (Le da más jabón.)
Metodio (Al señor Régulo.)—El bigote déjamelo a lo kaiser.
Carretero (Al escuchar un inquieto cascabeleo de colleras, se vuelve furioso hacia la derecha y dice dando un grito terrible.)—¡Coronela!
Pinturas (Asustado y dando un salto.)—¡Mi madre! ¿Qué pasa?
Carretero.—¡Aguarda, hombre! (Incorpórase y mira hacia donde ha dejado el carro.) ¡Maldita siá! ¡Coronelááá! (A gritos.) ¡Ay, Granaíto, Granaíto, que te voy a hacer polvo!
Pinturas.—¿Más polvo?
Carretero (Se levanta rápidamente, coge el látigo que habrá dejado apoyado en la pared y echa a correr con el paño puesto y la cara llena de jabón.)—¡Siooó, mula! (Se oyen trallazos.) ¡Machooó!... ¡Perro! ¡Maldita sea tu casta, ladrona! (Se oye ruido de colleras.) ¡Siooó! ¡Mala sangre! ¡Asesinooó! (Vuelve y deja el látigo) ¡Amos, hombre; esa perra, ca vez que la engancho en varas, m’atolondra el macho!
Pinturas.—¿Es coqueta?
Carretero.—¡Burro! (A Pinturas.) (No es a ti.) (Alto.) ¿Tú también? ¡ay, si güelvo, si güelvo! (A Pinturas.) Afaita.
Pinturas (Afeitando.)—¿Y qué, ha visto usté cómo anda eso de la política?
Carretero.—¡Política! Quita, hombre, a mí tóo lo que no sea la República ¡agua limón! (Metodio se vuelve y le mira.) Y vengan palos, y cortar caezas, y colgar gente rica. (Metodio vuelve a mirarle.)
Pinturas.—Sí, vamos, usté tira a la demagogogía.
Carretero.—¡Natural! ¡Y ajuera ladrones, y abajo los empleaos, y a destripar guindillas! Créeme a mí.
Metodio (Con la cara llena de jabón.)—¡Oiga usté, mi amigo!
Carretero (Con la cara llena de jabón, también.)—¿Qué pasa?
Metodio.—Que como siga usté rebuznando a ese tenor, le acabamos a usté de afeitar en la Delegación.
Carretero.—¿D’ande ha salío esa voz aflautada?
Metodio.—De Metodio Lagunilla, agente de primera afezto a la Zona norte.
Carretero.—Pus pa otro día se afeita usté con kepis, porque así enjabonao no se le nota a usté la autoridaz.
Metodio.—Se usan gafas.
Carretero.—Se usan narices postizas. Acaba, chico. (Por lo bajo.) ¡Nos ha matao el tío guinda éste!
Metodio (A Régulo.)—¿Y que tenga uno que aguantar esto?
Régulo.—No haga usté caso, señor Metodio, en estos salones hay que oir toa clase de ditirambos.
Pinturas (Acabando con el carretero.)—Pa servir a usté.
Carretero (Levantándose.)—¡Está esto güeno! (Mira al guardia con ira, mientras saca de la faja una bolsa de cuero y deslía el cordón que la cierra.) ¡Te digo que si uno no mirara!... ¡Así degollasen a la!... ¡Lástima de!... ¿Qué se debe?
Pinturas.—Quince céntimos.
Carretero.—¡Maldita siá! (Dando los quince céntimos.) En paz. (Liando la bolsa y guardándola.) ¡Y luego que si libertá, y si pimientos morrones! (Coge el látigo, se acerca a la pared y en vez de descolgar su boina coge la teresiana de un manotón.) ¡Miá tú a mí el esbirro éste!
Metodio.—¿Eh? que ha cogido usté mi teresiana.
Carretero (Soltándola encima de la mesa.)—¡Rediezla, pues eso me faltaba, irme con tonterías en la caeza! ¡Me caso hasta en!... (Dando trallazos y voces.) ¡Riá, Coronela! ¡Huesque! ¡Ladrona! ¡Granaíto! ¡Ay, qué macho, qué macho! ¡Mala sangre! ¡Arreeé! (Se oye alejarse el carro y se oyen las voces del Carretero que se pierden a lo lejos.)
Régulo (Acabando.)—Servidor, señor Metodio.
Metodio.—Bueno, ¿y qué haces cuando te tropiezas con un devocionario de esos?
Régulo.—Hacer la vista gruesa, es lo que coge.
Metodio.—Hay que tener más pacencia... (Vase foro izquierda. El señor Régulo vase con Pinturas a la barbería. Durante la escena anterior, se han marchado la Quintina, Vecina 1.ª y la Niña, y luego Liborio, quedando sólo la señá Rosa.)
ESCENA IV
Señá Rosa y el Señor Balbino
(El señor Balbino, es un tipo de verdulero ambulante; sale por la izquierda con un borriquillo que lleva un serón cargado de frutas y hortalizas.)
Balbino (Pregonando.)—¡Pimientos coloraos d’asar! ¡A treinta, tomates! ¡Como la grana, tomates! ¡Parroquianitas, que son de moda! ¡A treinta, tomates!
Voz (Dentro.)—¡Verdulero!
Balbino (Contestando.)—¡Perroquiana!
Voz.—¿Los da usté a veinte?
Balbino (En voz alta.)—Aguárdate que consulte. (Al burro.) ¿Los damos a veinte, Catalino? (En voz alta.) Dice mi socio que no hay negocio. (Pregonando.) ¡Como la grana son! ¡Como la grana son!
Rosa.—Adiós, Balbino.
Balbino.—Hola, señá Rosa, ¿pero toavía anda usté pol mundo?
Rosa.—Y el rato que me queda, hijo.
Balbino.—Así sea.
Rosa.—¿Y vienes por la manduca?
Balbino.—A ver. He visto bostezar a Catalino y he dicho las doce y cuarto y nos hemos venío pa acá en busca del lunche. (Descarga el serón con las verduras y lo pone junto a la taberna y le coloca al burro en el cuello el saco del pienso.)
Rosa.—Siempre estás de güen humor, hijo.
Balbino.—¿Yo? Yo no. El que es feliz es mi socio. Aquí lo tié usté; tié tres cargos, cuadrúpedo, industrial y verdulero, pus entavía le queda tiempo pa sus asuntos particulares con una burra vecina. Místelo; nos queremos como hermanos. Hace cinco años que nos hemos juntao bajo la razón social de Balbino Verdolaga y Compañía, y menos en las algarrobas en tóo lo demás vamos a medias; pues aún no hemos tenío el más ligero disgusto. ¿Qué le falta a este burro pa ser una persona?... ¡Darme un par de coces! Y no lo espero, ¿verdá Catalino?
Rosa.—¿Qué dice?
Balbino.—¿Dice que si usté gusta?
Rosa.—Gracias, hijo.
Balbino.—¡Ande come uno comen dos, no sea usté niña!
Rosa (Levantándose y marchándose.)—¡Anda y que te dé el viento, guasón! (Vase.)
Balbino.—Usté se lo pierde. (Mira el reloj.) ¡Cuánto tarda la Lucila! Voy a avisar que nos preparen la comida. (Mete al burro por la calle de la derecha y entra él en la taberna.)
ESCENA V
Señor Manfredo. Luego, Balbino.
(Manfredo, que es un viejo desastrado que se dedica a pasear anuncios, sale por la izquierda llevando en alto y sujeto por un palo un gimnasta de músculos atléticos, pintado en un lienzo en actitud de sostener dos enormes pesas en las que se leen las palabras: “Fuerza”, “Robustez”, “Hermosura”, “Virilidad” y a los pies de la figura un letrero que dice: Bola, 10, Gran Gimnasio.)
Música
Manfredo
Quien quiá ser un señor de poder y vigor y adquirir robustez, puede ir Bola diez. Me alquilé para anunciar como ustedes pueden ver, mi misión es pasear y exhibirme por doquier y aunque no expreso el rubor que esta exhibición me da, digo para mi interior: ¡Ay, mamá! ¡Ay, mamá! Cuántas tonterías hacen los mortales cuando necesitan tres o cuatro reales. Yo he visto a un banquero que quebró en León bailando guajiras en un callejón.
——
Ayer tarde me paré en la calle de Alcalá y una joven de buen ver que pasó con su mamá, al mirar este Sansón le salió del pecho un ¡ah! y exclamó con timidez: ¡Ay, mamá! ¡Ay, mamá! y la madre al verla tan acongojada y tan suspirante y tan colorada, dijo: no hagas caso, que es una ilusión, Siempre se exagera la musculación. Este sansón vale un millón.
Hablado
Manfredo (Mirando al gimnasta.)—¡Chitsss!... Hercúleo... ¿Vamos a ver si nos fían media copa?... Bueno. (Se dirige a la taberna.)
Balbino (Que sale de ella.)—¡Calle!... (Reparando en Manfredo.) ¡Manfredo!... pero, ¿eres tú?...
Manfredo.—¡Balbino de mi alma!... ¡¡Cuánto me alegro!!
Balbino.—¡No te había conocido! Chico, ¿pero qué es eso que llevas a cuestas?
Manfredo.—¡Un azleta!
Balbino (Mirándolo.)—¡Gachó, qué tío! (Leyendo.) Fuerza, robustez, hermosura, verilidaz... ¿Y tóo eso, qué es?
Manfredo.—Cinco reales. Que me he metido a niñera d’anuncios; los llevo a paseo.
Balbino.—Pues la cosa no es mu pesá que digamos.
Manfredo.—Sin embargo; ¡el Herculitos este tié sus deficultades, no creas!
Balbino.—¿Cuálas?
Manfredo.—Pues mira, primero, la chirigota pública. Ayer sin ir más lejos nos ven dos señoritos y va uno y le dice al otro: ¡Miá qué grupo tan bonito: Sansón y Donlila! Y el pitorreo siempre molesta: Y segunda y prencipal, que como tóo el peso lo llevas arriba, en cuanto te tomas dos copas, te empieza a titubear el azleta y de una legua te conocen que has bebido.
Balbino.—¿Por la oscilación?
Manfredo.—Natural. (Deja el gimnasta apoyado en la tapia de la taberna y se sientan.) ¿Y tú qué haces por estos barrios?
Balbino.—Pues náa, chico, que ahora comemos aquí.
Manfredo.—¿Sus habéis mudao?
Balbino.—Arganzuela, decisiete. Hace un mes escaso.
Manfredo.—¿Y tu vástaga?
Balbino.—Dedicá a su comercio. Ya no tardará.
Manfredo.—¿Y tu sobrino?
Balbino.—¿Quién, Serafín? No sé de él.
Manfredo.—¡Repringue! pero, ¿no vive con vosotros?
Balbino.—Hace dos meses. Nos la jugó de puño.
Manfredo.—¡Chico!... ¡No lo hubiá creído! ¡Qué engratetú! Toa la vida a tu lao y de repente...
Balbino (Con tristeza.)—Y lo peor de que nos haiga dejao no es la engratetú, Manfredo...
Manfredo.—Pues, ¿qué es? (Con interés.)
Balbino (Acercándose a su interlocutor y con misterio.)—Lo peor es que con ese motivo estoy atravesando un drama de familia que atufa.
Manfredo.—¡Porra! Pero, ¿es de veras?
Balbino.—¿Que si es de veras? Te quiero como un hermano y te lo voy a contar tóo pa que veas cómo las estoy pasando.
Manfredo.—Me dejas demudao. Cuenta, cuenta...
Balbino.—Mira, Manfredo, tú ya sabes que respetive al bienestar, mi casa era un eden... ¡Más!... ¡Un eden concert!...
Manfredo.—Me costa.
Balbino.—Ya que mi chica perdió a su madre a los tres años, dije, pues que no eche de menos el cariño que la va a faltar y la quintudupliqué el mío; que tú sabes que ciego por ella y si me pide la luna no se la traigo porque no sé por dónde se sube, que si no, se la bajaba de un cuerno.
Manfredo.—Me sigue costando.
Balbino.—De chiquilla, pa que tuviese con quién juar, recogí a mi sobrino Serafín, como sabes, cuando murió mi cuñada y me lo llevé a casa.
Manfredo.—Acción meritoria.
Balbino.—Pues bien, los chicos, primero con el apego de criarse juntos, después con lo natural que da el roce, pues lo que era una cosa, luego fué otra, y en total, que mi Lucila se pirrió por Serafín, sin que él se diese cuenta, y de pronto, cuando más mochales estaba la chica, va el ganso ese y se nos larga a vivir con una tal Carmen.
Manfredo.—¡Mi madre!
Balbino.—Lo que oyes.
Manfredo.—¿Ella se habrá quedao desconsoladisma?
Balbino.—¡Carcúlate! Ahora, que ya la conoces, y como ella cree que yo no me he enterao de náa, pues pa no darme el desgusto, la creatura se repudre por dentro y se va a llorar por los rincones; pero delante de mí siempre está con unas risas y unas alegrías que m’hacen más daño que un clavo en las botas.
Manfredo.—Pues vaya una coba triste.
Balbino.—¡Considera! Y yo, la verdad, quisiera una cosa de ti.
Manfredo.—¿Cuála?
Balbino.—Que t’aguardes, y cuando venga la chica, yo me largo ahí dentro, y a ver si tú pués sacarla con maña su verdadero sentir. No sea que me haga algún disparate que me amargue.
Manfredo.—No lo creo; pero en fin, déjamela a mí, que yo la hablaré. (Se oyen risas lejanas.)
Balbino.—¡Calla!... ¡Ella viene! Ya está ahí.
Manfredo.—¡Y cómo se ríe!
Balbino.—Lo de siempre. ¡La pobrecilla, pa engañarme!...
ESCENA VI
Dichos y Lucila
Lucila (Sale por la izquierda con una cesta llena de juguetes baratos, y atado al asa un hilo con globitos de colores. Viene riéndose exageradamente y mirando atrás.)—¡Já, já, já! ¡Qué gracia! ¡El demonio del hombre! (A su padre.) ¡Hola, agüelo!
Balbino.—¿Pero qué te pasa, tarambana?
Lucila.—¡Náa... calle usté, que vengo partía de risa! ¡Já, já, já! ¡Qué salao!
Manfredo.—¿Pero qué t’ha sucedío pa ese jolgorio?
Lucila.—¡Quite usté, señor Manfredo! ¡La gracia el mundo! Un señor viejo que m’ha preguntao que cuánto quería por los juetes con escaparate y tóo.
Balbino.—¿Y tú qué has dicho?
Lucila.—Que veinticinco años y un bigote rubio.
Balbino.—¿Y qué t’ha contestao?
Lucila.—Que no llevaba suelto, y le he añadío que pa gaitas ya las vendo yo. ¡Já, já! ¡Qué salero!
Manfredo.—¡Eres el demonio!
Balbino.—¿Y has vendío mucho?
Lucila.—¿Vender?... ¡Ganas! Dende que ha salío el futu-bul se están poniendo las creaturas que no siendo a coces no saben a qué juar. ¡El mejor día agarro yo el bazar, le pego un puntapié y futu-bul! En toa la mañana no he vendío más que Don Nicanor tocando el tambor, a una señora gruesa, y Don Genaro saludando a una estitutriz, que como era francesa no ha entendío el saludo y me lo quería devolver. Total: entre la señora y la estitutriz, dos perras. Se lleva una perra el Ayuntamiento, conque le queda a usté otra pa mantención, ropa limpia y ladridos... ¡Usté verá el negocio!
Balbino.—¡Pa echar utomóvil! Vaya, voy a avisar que nos calen la sopa. (Vase a la taberna.)
Lucila.—Sí, que traigo gazuza, padre.
ESCENA VII
Lucila, Manfredo. Luego Balbino.
Manfredo (Aparte.)—¡A ver si se me franquea! (Hace señas de inteligencia a Balbino, que se asoma con disimulo tras la puerta de la taberna. Alto a Lucila.) Oye, ya m’ha dicho tu padre que sus habéis mudao.
Lucila.—Sí, señor, en la cae la Arganzuela. Tenemos un chalete lujosísimo, con vistas a la mar... a la mar de solares.
Manfredo.—Ya iré a veros.
Lucila.—Pues vaya usté pronto, que está la escalera pa caerse. ¿Y l’habrá dicho a usté también que Serafín nos hizo rabona, eh?
Manfredo.—Eso m’ha contao. Y que se fué con una tal Carmen.
Lucila (Con tristeza.)—Sí, señor. Mañana precisamente hace dos meses, mire usté.
Manfredo.—¿Tú habrás tenido el primer disgusto?
Lucila.—¡Hombre... sí que lo sentí, porque le tenía una miaja de ley, pero náa más! Ahora que... ¡lo que son las cosas de la Providencia!... ¿A que no sabe usté lo que he sabío esta mañana, señor Manfredo?
Manfredo.—¿Qué has sabido?
Lucila.—¡Pues que Serafín y la Carmen han tarifao ya!
Manfredo.—¡Rediez!
Lucila.—¡Y de mala manera! Me he encontrao al cojo Changa, ese amigote suyo, y me lo ha contao tóo. Al mes de vivir juntos, la madre lo echó a la calle; creo que no congeniaban. Al menos eso dicen ellas. Pero la verdá de la cosa es que la Carmen no le quería, y se ha encaprichao, según dicen, con el señor Valeriano, el pollero, que tié guita larga, y ha dejao al otro por puertas.
Manfredo.—¡Buen castigo! ¿Tú te habrás alegrao de ole?
Lucila.—¿Yo? ¿Por qué me voy a alegrar?
Manfredo.—¿Que por qué?... ¡Porque sí! No disimules; porque tú quiés a Serafín hasta donde se pué querer.
Lucila (Sorprendida.)—¿Yo? ¡Qué tontería! ¿Quién se lo ha dicho a usté?
Manfredo.—Un pajarito que tóo lo sabe: la experencia. ¡Tú le quieres, no lo niegues!
Lucila.—¡Hombre... quererle, claro!... Algo.
Manfredo.—¡Mucho!
Lucila.—Es natural... ¡Toa la vida a su lao!... Que cuidarle cuando se ponía malo... que reirme con sus bromas... que adivinarle los gustos... Y un año y otro, siempre juntos... pues, claro, aunque una sea un perro... se toma cariño.
Manfredo.—Es que tú l’has tomao un poquito más que cariño.
Lucila (Vacilando.)—¡Tanto como eso no, pero he pasao malos ratos, sí, señor; pa qué le voy a usté a engañar! Pero no se lo diga usté a mi padre, ¿eh?
Manfredo.—¡Descuida, mujer!
Lucila.—Pues los he pasao; porque yo que sé lo que es querer, he visto que ella no le quería y él cáa vez más loco. A una palabra suya iba de cabeza, y en cambio mis consejos y mis avertencias, náa... Como si soplase usté al sol pa enfriarlo: inútil. Pero el querer es así: loco, y hay que aguantarse. Ya ve usté, yo era todo por su bien, sin interés denguno... (Se le saltan las lágrimas,) y ella en cambio, le desprecia... pus se ha ido con ella, y es que la vida tié esas cosas... ¡Ay! ¡Si yo me hubiese podido hacer más chiquita, más chiquirritita de lo que soy... y me hubiese podido esconder en el corazón de esa mujer, entonces sí que le hubiera querido, señor Manfredo, entonces sí que le hubiera querido! (Llora.)
Manfredo (Conmovido.)—¡Me caso en el gimnasta! ¡Maldita sea mi suerte!
Lucila (Secándose las lágrimas.)—(¡Chito! ¡Calle usté! ¡Mi padre!)
Balbino.—Ya está la sopa, tú.
Lucila.—Vamos.
Balbino.—Oye, (Observándola.) ¿pero qué es eso? ¿Llorabas?...
Lucila.—¿Yo?... ¡Quite usté, hombre! ¿Llorar? (Ríe.) ¡Já, já! ¡qué gracia!... Pues precisamente le estaba diciendo al señor Manfredo, que estoy mu contenta porque ca día está usté más arriscadete y más guapo. ¡Como que unas señoras me lo querían coger anteanoche pa una tómbola!... ¡Misté qué ojos más ladrones... y misté qué nariz! ¿Usté ha visto una alcachofa más bonita en su vida?
Balbino.—¡No seas niña, Lucila, y no desimules!
Lucila.—¡Bendito sea mi padre! ¡Ele! ¡Esto sí que se quiere de veras en el mundo, señor Manfredo! ¡Él pa mí, yo pa él, sin coba, ni paripé... siempre juntos los dos! (Le abraza.) ¡mi agüelete!... ¡Ele! (Quiere reir y llora.)
Balbino.—¿Lo ves, lo ves cómo lloras?
Lucila.—Bueno, ¿y qué? Aunque llore, ¿qué? Es de alegría, señor. También se llora de alegría. Hay días que llueve con sol, ¿verdá usté?... (Empujando a su padre.) ¡Eche usté pa alante, so gitanazo! ¡Já, já! ¡Místelo, tié la esbeltez del talego! (Abrazándole.) ¡pues no quiero yo na a este tío viejo!
Balbino.—¡Pero lloras, lloras!
Lucila (Llorando francamente.)—¡De alegría... de alegría! ¡Si es de alegría, señor!
Balbino (A Manfredo.)—¿Estás viendo? ¡Maldita sea!... (Entran abrazados en la taberna.)
Manfredo (Furioso, cogiendo el gimnasta.)—¡Mecachis hasta en!... ¡Después de ver esto, hoy te va a pasear a ti tu señora agüela! (Se lo echa al hombro y sale corriendo por detrás del solar.)
ESCENA VIII
Serafín y Ladislao
Salen por la derecha. Vienen mirando hacia atrás como ocultándose de alguien.
Serafín (Azorado.)—¿Es la Carmen?
Ladislao.—Sí, es ella. Se ha parao en la tienda de telas con una mujer.
Serafín.—La esperaré aquí.
Ladislao.—Bien hecho. Y atiende, Serafín; espero que quedes como un hombrito; duro con esa golfa, y que no te ablande el cariño que l’has tenido.
Serafín.—No tengas cuidao. Lo que no la diga, será porque no me deje la rabia.
Ladislao.—Piensa que esa mujer te ha tomao de pito en tales términos... que te puede utilizar un sereno impugnemente; y piensa que por su culpa estás siendo el hazme de reir de la sociedad.
Serafín.—Lo he pensao tóo, y que no me quiera y me deje por otro es lo que me importa. Lo demás, ¡a mí qué!
Ladislao (Furioso.)—¿Cómo que a ti qué?... ¿Y el honor?... ¿Y la guapeza de un hombre tirá por los suelos?... ¿Y la befa social?... ¿Son fruslerías? Ten denidaz.
Serafín.—¡Lo que tengo es que no puedo vivir sin ella, y hay que arreglarlo sea como sea!
Ladislao.—Por la tremenda. Créeme a mí. La mujer es un ser fútil y veleta que compará con nosotros no vale el pan que come. Ahora tú procede.
Serafín.—¡Chist! ¡Cállate! Ya viene.
Ladislao.—Pues ahí estoy. A ver esas agallitas. (Se oculta junto a la barbería.)
ESCENA IX
Serafín y Carmen
Carmen sale por la derecha y va a seguir y marcharse por la izquierda hasta que la detiene Serafín.
Serafín (Estoy temblando, no sé si de coraje u de qué.) (Alto a Carmen.)—¡Carmen!
Carmen (Volviéndose sorprendida.)—¡Tú!
Serafín.—Yo, sí, señora.
Carmen.—Bueno, ¿y qué quieres?
Serafín.—Dos palabras.
Carmen.—Vengan y que no sean más.
Serafín.—Mucha prisa llevas.
Carmen.—Regular. Conque, ¿qué hay? Acaba.
Serafín (Titubeando.)—Náa... que yo... que yo no puedo estar así más tiempo.
Carmen (Con frialdad.)—Pues cambia de postura.
Serafín.—Miá, Carmen, no te burles, que vengo muy en serio. ¿Tú es que quieres mi perdición?
Carmen.—De ti no quiero nada, ni eso; ya lo sabes.
Serafín (Exaltado.)—Entonces, ¿por qué me has engañao?
Carmen.—Y dale molino. La engañá he sido yo, Serafín; te lo he dicho cincuenta veces; yo, que creí que la simpatía que te tuve podría ser cariño, que luego he visto que no y que prefiero ser franca a ponerte en ridículo. Me lo debías de agradecer.
Serafín.—¡Carmen, piensa lo que dices!
Carmen.—Estas cosas del querer no se piensan, chico; se sienten u no se sienten, y en paz. Conque me alegro verte bueno... (Intenta irse.)
Serafín (Sujetándola.)—Aguarda, miá que voy a hacer una barbaridad, Carmen.
Carmen.—No lo creo.
Serafín.—Miá que tú no sabes cómo te quiero; miá que estoy en ridículo, y miá que lo sé todo; porque tú me has dejao por otro.
Carmen.—¡Mentira!
Serafín.—Y ahora tiés prisa pa ir a buscarle.
Carmen.—¡Mentira!
Serafín.—Verdá; y es el señor Valeriano el pollero.
Carmen.—Bueno, y últimamente, ¿qué? ¿No soy libre? Ese u otro, alguno tié que ser; porque monja no querrás que me meta. Conque suelta...
Serafín.—No te suelto... no... ¡Tú te vienes conmigo!
Carmen.—Vaya, Serafín, no te pongas pelma, y déjame...
Serafín.—Pues vente.
Carmen.—¡Ni arrastrá! Suéltame o grito.
Serafín (Exasperado.)—¿Qué gritas?... ¡Maldita sea, no sé como no te ahogo!
Carmen.—¡Ay!... (Luchando por desasirse.) ¡Suelta, granuja!... ¡Guardias!
Serafín.—¡Calla! ¡calla!
Carmen (Llorando.)—¡Déjame!... ¡Suelta!... ¡Guardias! (Empieza a asomarse gente a las puertas.)
ESCENA X
Dichos, señá Antonia y señor Valeriano por la izquierda
Antonia.—¡Carmen! ¡Carmen!
Carmen (Soltándose de Serafín.)—¡Madre! (Se abraza a ella.)
Antonia.—¿Pero qué es eso?... ¿Es ese golfo?... ¿Qué te hacía ese golfo?
Carmen.—No, nada; si no era nada.
Antonia.—¿Pero otra vez a atosigarte? Quita... (Queriendo soltarse.) deja... déjame que lo lisie, ¡ladrón, sinvergüenza, granuja!
Serafín.—¡Usté tié la culpa de tóo!
Antonia (Gritando.)—¿Pero es que no nos vas a dejar en paz, so randa?... ¡so vago!... ¡Que maldita sea la hora que te conocimos!... ¡Dilo! ¡dilo! (Pausa.)
Valeriano (Que ha quedado en último término, adelanta con cachaza y le dice a Carmen en voz baja, casi al oído.)—Que no escandalice.
Antonia.—¡Habla, so chulo sinvergüenza, habla!
Carmen.—Madre, por Dios, no escandalice usté, que se asoma gente. (Se van asomando más vecinos por esquinas, puertas y ventanas.)
Antonia.—¿Y qué?... (A grito pelado.) ¿Y qué que escandalicemos? ¡Mejor! Así se enterará tóo el mundo, que no, que no, y que no lo quieres, no señor... ¡por granuja! ¡por golfo! ¡Eso es!... (A todos.) ¡Sí, señores, ya lo saben ustés!...
Serafín (Amenazador.)—¡Si no fuá usté una mujer!...
Antonia.—Pos si no fuera yo una mujer, ya hace tiempo que llevarías tú las narices con medias suelas: que por eso has abusao, so gallina; pero se acabó la ganga... Ya hay un hombre que nos defiende... ¡Uno!... ¡Ahí lo tienes!... ¡Atrévete ahora! (Señala a Valeriano.)
Valeriano (Al oído de Antonia.)—¡No me ponga usté en ridículo!
Serafín.—Ya he visto a ese señor, sí señora; y sé cómo se llama y todo: don Nadie.
Valeriano (Va hacia él con calma.)—Creo que hace usté mal en faltarme, joven.
Serafín.—Lo dicho, está dicho.
Antonia.—¡Vale más que tú, cien mil veces!
Serafín.—¡Mentira!
Valeriano.—Con sosiego. (Vuelve hacia Serafín.)
Carmen (Intentando detenerlo.)—¡Por Dios, Valeriano!
Valeriano (Al oído.)—No me pego con obleas. (A Serafín.) Esclarecido pollo. Esa joven y su respetable y distinguida madre...
Balbino (Que está asomado con Lucila a la puerta de la taberna, tose.)—¡Ejem! ¡ejem!
Valeriano (Siempre en su voz.)—¡Tolú! Quedan desde este momento bajo mi salva... guardia; con lo cual quiero decir que el camino de su domicilio para usté desde hoy, es una senda erizada de cosco... rrones. Punto. En la brevedaz está la claridaz.
Antonia.—¡Mu bien dicho!
Serafín.—¡A mí, Prim!
Valeriano.—Sin embargo, medite. (A los vecinos.) Y esto se ha arrematao, curioso vecindario. (Saludando a todos con el sombrero.) De ustés afeztísimos. (A Carmen y Antonia.) Caminen.
Antonia.—Toma quina. (Vanse los tres izquierda.)
Serafín (Dando un puñetazo en una mesa y sentándose violentamente.) ¡Maldita siá!
Lucila.—¡Bribonas! ¡Infames!... ¡Serafín!
Balbino.—¡Chist! Nosotros ni pío. Se lo tiene ganao. Adentro. (Entran en la taberna.)
Vecina 1.ª (Con sorna a Eustasia, que está a la puerta del solar.)—Oye, Ustasia, ¿has visto qué fresco... que qué fresco hace?
Eustasia.—Éntrate no te costipes, chica.
Vecina 1.ª—¡Ja jay! (Ríe. Los vecinos se retiran sonriendo con burla y comentando en voz baja el ridículo de Serafín.)
ESCENA XI
Serafín, Ladislao, que sale de su escondite
Ladislao, cuando ya se han ido todos, sale como disparado y furioso del sitio donde se ocultaba, va hacia Serafín, que habrá quedado de bruces sobre la mesa en que se apoyó, y levanta la estaca como para sacudirle un palo en la cabeza, deteniéndola luego en el aire. Le mira, después con desprecio y escupe.
Serafín (Levantando la cabeza y mirando a Ladislao.)—¿Has oído?
Ladislao (Se sonríe, se acerca a él, y casi en su oído imita el balido de un cordero.)—¡Béee!
Serafín (Levantándose descompuesto.)—¡Ladislao!
Ladislao (Muy serio.)—¡Béee!
Serafín (Con rabia.)—¿Y qué quiés decir con eso?
Ladislao.—Que te lo traduzgan.
Serafín.—¿Qué me quiés decir, contesta? ¡Y no me vuelvas más loco de lo que estoy!
Ladislao.—Serafín, has quedao a la altura de un cacahué apaisao.
Serafín.—¿Y qué quiés que haga, dímelo?... ¿Qué voy a hacer?
Ladislao (Con energía.)—Después de la chunga de que eres vírtima, no tiés más que dos caminos: u vengarte u rifar el bigote. Ozta.
Serafín.—¡Ladislao!
Ladislao.—En seco. Piensa en el choteo de tóo el mundo; en que los vecinos se te han pitorreado; y sobre tóo, en que esa y ese a estas horas se están columpiando con tu mansedumbre.
Serafín.—¡Eso es verdá! En eso tiés razón.
Ladislao.—Cuando una moza le hace a un hombre lo que esa te ha hecho a ti, el hombre tié derecho a todo... ¡a todo!
Serafín.—¿Qué quiés decir?... (Se asoman a la taberna Balbino y Lucila.)
Ladislao.—Que pa un sujeto de vergüenza es más dizno un grillete que un cencerro. Ya lo sabes. Conque si quiés recuperar mi estimación, hoy se toman los dichos el Guitarrero y la Isabel; La Carmen y el señor Valeriano son los padrinos; a las doce y media pasará por aquí la comitiva pa ir a la Vicaría; pues bien, vente aquí a esa hora, espéralos, y a la una ponme un Besa tu mano dende la delegación u dende la Casa de Socorro. De lo contrario ya sabes el piropo que te aguarda en la historia. ¡Béee!
Serafín (Desesperado.)—¡Es verdá!... ¡Adiós! (Le alarga la mano.)
Ladislao (Rechazándola con el bastón.)—No, la manita no. ¡Cuando la denifiques!
Serafín.—¡Por éstas, que me las pagan! (Vase corriendo por la derecha.)
Ladislao.—¡Anda con ellos! (Se sienta.) Náa, que está visto; hombres que tengan vergüenza no quedamos en el mundo arriba de siete.
ESCENA XII
Ladislao, señor Balbino y Lucila, de la taberna
Balbino (Acercándose a Ladislao de puntillas y acercándose a su oído.)—¡Béee!
Ladislao (Asustándose.)—¡Canario!
Lucila (Por el otro lado.)—¡Béee!
Ladislao.—¿Pero qué es esto?
Lucila.—Que te balamos. (Sentándose a su lado.)
Balbino (Sentándose también.)—Y de esos siete que tienen vergüenza déjalo en media docena.
Lucila.—Pa que sea cuenta redonda.
Ladislao.—¿Quién sobra?
Balbino.—¡Tú!
Ladislao.—¿Yo?
Lucila (Imitando el balido.)—¡Síiii!
Ladislao.—Señor Balbino, si es broma...
Balbino (Levantándose.)—Ven aquí, obelisco de la morralidaz, diosa Cimbeles del honor: y tú que precipitas a una perdición a un pobre chico que le ves amargao de un desengaño, dime... ¿Aonde tiés enterrao el cadáver del que se fué a vevir con tu mujer y encima te rompió un brazo?... ¡Contesta!
Lucila.—¡Es una pregunta suelta!
Ladislao.—¡Señor Balbino, lo mío era otra cosa! Me engañó mi mujer y fué con un amigo, pero yo tenía un hijo.
Lucila.—Y no sabías de quien era... la culpa... ¿verdá?
Balbino.—¿Y aonde están los restos del que luego la puso una churrería, y del monecipal que la usufructuó tres meses, y del que la mantiene ahora?, ¿dónde? ¿Es en la negrópolis del Este, por un casual?...
Lucila.—¡Contesta rico, no te cortes, que semos de confianza!...
Ladislao.—Lo mío fué una desgracia.
Balbino.—¿Una desgracia?... ¡Béee!
Ladislao.—¡Hombre, si se pone usté así!...
Lucila.—¿Y tú le niegas la mano a un hombre honrao?... ¡Béee!
Ladislao.—¡Si no fueran ustés un viejo y una chica!... (Furioso.)
Los dos.—¡Béee!
Ladislao.—¡Maldita siá! (Vase rápido izquierda.)
Balbino.—¡Adiós, so pulcro!
Lucila.—¡Canalla... novedá!
Los dos.—¡Sinvergüenza!
Balbino.—¡Va servido!
Lucila (Apurada. Con amargura.)—Y ahora, padre, ¡por Dios! Corra usté. Traiga usté a Serafín.
Balbino.—¡Miá, hija, que si nos metemos nosotros, van a creer!...
Lucila (Suplicante.)—¡Hágalo usté por mí! ¡Es pa quitarle de una perdición pa toa su vida!
Balbino.—Miá que está muy cegao y que me expongo a un desaire.
Lucila.—No, padre, no le hace. Búsquelo usté. Hay que salvarlo y que piensen lo que quieran.
Balbino.—Tiés razón. Yo daré con ese loco. Pero tú me aguardas ahí dentro. Sin salir pa náa. Sin meterte con nadie.
Lucila.—Sí, señor, palabra. Ahí quieta espero.
Balbino.—Pues adentro. No tardo.
Lucila.—¡Por Dios, tráigalo usté! (Entra Lucila en la taberna.)
Balbino.—¡Ojalá lo encuentre! (Vase corriendo derecha.)
ESCENA XIII
Testigo 1.º, Testigo 2.º y Testigo 3.º Son tres tipos ridículos; el primero es el Pinturas, dependiente de la barbería, vestido de gala, el segundo, un mancebo de una tienda de ultramarinos a todo lujo, y el tercero un concertista de guitarra. Llevan una guitarra, una bandurria y una cítara.
Testigo 1.º—Güeno, ¿estamos?
Testigo 2.º y Testigo 3.º—Estamos.
Testigo 1.º—Pus ahora permitidme que sus arengue.
Testigo 2.º—Oye, tú, no te dilates, que faltan cinco minutos.
Testigo 1.º—Seré un tiro.
Testigo 3.º—Pues, ¡pum!
Testigo 1.º—Allá voy. Semos, como sus costa, testigos de la boda de la Isabel y Fernando el Guitarrero, y he creído de mi deber componerles un hizno cantando sus esponsales.
Testigo 2.º y Testigo 3.º—Ha sío una idea.
Testigo 1.º—Conque vamos a darle el último repaso con ojeto de ejecutarlo esta tarde después de la cuchipanda.
Testigo 2.º y Testigo 3.º—Duro con él.
Testigo 1.º—Bueno, pues cuando veamos a los novios más amartelaos, me adelanto yo y exclamo: Señores, oído a la caja. Hizno-tango. A Isabel y Fernando, en sus esponsales.
Música
Los tres.
No poneros tontitos ahora y un instante tan sólo dejad el arrobo, el cariño y los mimos y este hizno al amor escuchad. Hizno chulo que ha compuesto este gachó, un e-mulo del glorioso don Gunó. Paca, Paca, pa casarse hay que tener poca, poca, poca juerga y trabajar, y no beber y no faltar ni una noche de tu hogar. Se mu formalito, cumple su deseo, pero siempre acorde con lo que aconsejan en el himeneo. Pero si ella tace algo que esté feo, cógela del moño y meneo, meneo, meneo. Como este plan lo cumplas tú, turururú, nadie en Madrí te tose a ti, tiriririrí; mas si ella no te es fiel del tó, tororororó; pero si la guías como un hombre debe hacer no hay que temer. Si eres formalito como así lo creo, ya verás qué dulce himeneo, meneo, meneo. Y esto dicho que el Señor salud os dé, y avi-sarnos en cuanto venga un bebé bebé, bebé, bebebebé.
Hablado
Testigo 1.º—¡Creo que ha salío al pelo!
Testigo 2.º—¡Superior!
Testigo 3.º—Sin embargo, en la segunda corchea del otavo compás, te se duerme la púa.
Testigo 2.º—Se tendrá en cuenta.
Testigo 1.º (Se oye dentro rumor de gente.)—¡Chits!... ¡Callarse... que están ahí! ¡Ya viene la cometiva!
Testigo 3.º—¡Es verdá!... ¡Mialos!
Testigo 2.º—¡Vivan los novios!...
Voces (Dentro.)—¡Vivan!...
ESCENA XIV
Dichos, el Guitarrero, la Isabel, Carmen, Valeriano, la señá Antonia, Liborio, invitados e invitadas. Salen todos los del acompañamiento, detrás de los novios y los padrinos, armando alegre algazara, dando vivas y tirando al alto gorras y sombreros.
Antonia.—Hombre, podíais haber avisao. Ya sus echábamos de menos.
Testigo 1.º—Pues estábamos aquí aguardando.
Liborio.—Pues una vez que no falta nadie, en marcha pa la vicaría. Primera pareja, los novios. Segunda, la Carmen y el señor Valeriano, que pronto harán el mismo recorrido por su cuenta.
Antonia.—¡Y que lo digas!
Liborio.—¡Y el resto de la cometiva a la neglisé, y la orquesta a la cola!
Todos.—Mú bien.
Testigo 1.º—¡Andando!
Todos.—¡Andando!
ESCENA XV
Dichos y Serafín, luego Lucila, después unos Chicos, y por último Balbino
Serafín (Saliendo por la derecha.).—¡Señores, un minuto!
Carmen (Con sorpresa.)—¡Serafín!
Antonia.—¿Otra vez?
Valeriano.—¡El consabido pollo!
Liborio.—¿Qué se ofrece, joven?
Serafín.—Ustés disimulen. Siento molestar, pero deseo decirle dos palabras a ese señor.
Valeriano.—¿A mi humilde persona?
Serafín.—Quería que tratásemos un asunto solos y fuera de puertas.
Valeriano.—Joven, es usté menos oportuno que una charanga a la hora e la siesta. Voy envitao. Tenga usté cachaza, que hay tiempo pa todo. (A la gente.) ¡Andando!
Serafín (Deteniéndole.)—¡Es que u viene usté u le llevo yo!
Valeriano (Con calma.)—No me zarandee usté, que puede que me moleste.
Hombres.—¿Pero qué es eso?
Serafín.—¡Eche usté pa alante como los hombres, so tardío!
Todos.—¡Fuera ese!
Carmen.—No haga usté caso. (A Valeriano.)
Antonia.—¿Vienes a armarla, so charrán?
Valeriano.—Señores calma. Por un garbanzo no se descompone la olla. Ustés, a la Vicaría. Yo voy ahí a cincuenta pasos, hago así, (Acción de dar un papirotazo.) y regreso. (A Serafín.) ¡Andando!
Serafín.—Vamos. (Vanse los dos por la izquierda.)
Todos (Intentando detenerlos.)—¡No, no!
Antonia (Furiosa, deteniéndolos a todos.)—¡Sí!... ¡Sí!... ¡Dejarlos! (Se asoma Lucila a la taberna.) ¡Dejarlo que lo escalabre!... ¡Quieto tóo el mundo! (Volviéndose hacia donde se han ido.) ¡Rómpale usté la cabeza a ese golfo, pa que escarmiente! ¡Zurre usté a ese granuja!... ¡Así te hagan trizas, so hambrón!... ¡Sinvergüenza!... ¡Fuerte, dele usté fuerte!
Lucila (Frenética de ira, sale de la taberna, se lanza hecha una hiena sobre la señá Antonia, y la agarra del moño zarandeándola.)—¿Que le dé fuerte? ¡Toma, tía perra! ¡Toma!
Antonia (Aterrada.)—¡Jesús!
Carmen.—¡Ay, mi madre!
Antonia.—¿Pero quién?... ¿Quién ha sido?
Lucila.—¡Yo!... ¡Yo he sido, tía gamberra!
Antonia.—La arrastro. (La sujetan.)
Lucila.—¡Azuzar a dos hombres pa que se maten!... ¡Tía asesina! ¡tía chula! (A los hombres.) ¡Y vosotros, gallinas, que lo consentís!... ¡Cobardes!... ¡Granujas!... ¡Yo!... ¡Yo sola contra todos! (Empieza a tirarles verduras del serón que dejó Balbino a la puerta de la taberna, con una ira y una rapidez que les asusta.) ¡Tomar, tomar, blancotes!
Isabel (Huyendo.)—¡Ay, mi mantilla! (Se arma un escándalo monumental.)
Novio.—¡Que me han dao con un tomate! (Limpiándose la cara.)
Carmen.—¡Sujetarla!
Testigo 1.º—¿Pero quién se arrima?
Muchos.—¡Guardias, guardias!
Lucila (A unos chicos que salen.)—¡Ayudarme vosotros, chicos!
Chico 1.º—¡Venga de ahí! (Los chicos empiezan a tirar también.)
Chico 2.º—¡Duro! (Tirando.)
Balbino (Que sale corriendo.)—¿Pero qué es esto?
Lucila.—¡Padre, duro con ellos!
Balbino.—¡Vaya una menestra! (Huyen todos chillando y corriendo.)
Lucila.—¡Cobardes! ¡Granujas! (Tirando.)
Balbino.—¡Una boda con patatas!
Mutación
CUADRO SEGUNDO
Telón corto. Un lugar de las afueras de Madrid. En el telón, a la izquierda, se verá pintado un merendero cuya puerta es practicable. Sobre la puerta un emparrado, y debajo de él dos o tres mesas y algunas sillas de anea y banquetas. Es de día.
ESCENA PRIMERA
Dueño del merendero y el Chico
El Dueño retira el servicio de una mesa que acaba de ser abandonada por algunos parroquianos.
Chico (Sale por la derecha mirando hacia atrás con cara de asustado.)—¡Anda diez!
Dueño.—¿Qué te pasa?
Chico.—Náa... dos que se están pegando ahí en un desmonte.
Dueño.—¿Por qué?
Chico.—No sé; se conoce que venían desafiaos. Y uno le ha dao al más joven una de tortas que lo ha vuelto loco... (Mirando.) ¡Calle!... Sí... ya han acabao de pegarse... y vienen pa acá.
Dueño.—Pues silencio. Nosotros ande nos llamen. (Entran los dos en el merendero.)
ESCENA II
Serafín y señor Valeriano
Salen por la derecha, revelando cierta agitación en sus semblantes, y con los trajes algo descompuestos. Serafín viene sacudiéndose la ropa, sucia de tierra, oprimiéndose los labios con un pañuelo, y mirando a ver si tiene sangre. De vez en cuando escupe. Trae un carrillo muy colorado.
Valeriano (Con su habitual tranquilidad.)—Bueno, yo, salvando su parecer, creo que las bofetás tienen un límite, pollo.
Serafín (Secamente.)—Lo que a usté le parezca. (Se toca las narices con un pañuelo.)
Valeriano.—Lo de las narices es una ligera erosión. Tengo una mano... ¡que estoy más disgustao!... ¡paece una piedra! ¿Conque me guarda usté rencor por los cachetes?
Serafín.—A usté, no.
Valeriano.—Pues entonces, después de la refriega yo opino que debíamos darnos las manitas, como hacen los hombres.
Serafín.—Me es igual. (Se dan la mano.)
Valeriano.—Sí, señor; en medio de su desgracia, me ha sido usté simpático, joven. Es usté un hombrito de corazón, aunque no le acompañen las fuerzas; y ¡qué caramba! Eso no es náa; a su edad de usté me las han arreao a mí, que durante ocho días tenía que llevar las narices en equilibrio. Siéntese usté ahí. (Señalando una mesa.)
Serafín.—No, gracias.
Valeriano.—Que se siente usté, digo.
Serafín.—Bueno. (Se sientan los dos. Valeriano llama dando dos palmadas.)
Dueño (Sale.)—¿Qué desean?
Valeriano.—Dos quinces y un botijo.
Dueño.—En seguida. (Vase al merendero.)
Valeriano.—Y ahora cuando la traigan, se lava usted el carrillo con un poco de agua fresca; es mejor que el árnica.
Serafín.—No, si no tengo náa.
Valeriano.—Bueno, hombre, pero por si se infla espontaniamente. (El dueño sirve el vino y el botijo y vase.) Beba usté. (Ofreciendo un vaso de vino a Serafín. Beben unos sorbos.)
Serafín.—Gracias.
Valeriano.—Y ahora, joven, aquí de sobremesa y antes de separarnos, quiero darle a usté como compensación de los mamporros, cuatro consejos.
Serafín.—Usté dirá.
Valeriano (Bebe un trago.)—Discreto pollo: es usté un chavalillo inesperto con el atolondro propio de la juventú y debe usté apuntarse esta máxima pa el resto de su vida: La mujer, es como un sorbete, cuando se toma con mucho calor hace daño. Tóquese usté las narices y me dará la razón; y crea usté a un zorro viejo: no desafíe usté a nadie sin motivo, porque acalorao no mira usté el rótulo y, creyendo meterse en una confitería, a lo mejor le resulta a usté una tahona. Llueven las tortas. Y no canso más. Respective a lo de la Carmen, no sea usté niño. Yo, como ca quisque, poseo el espejuelo de mis atraztivos y lo manejo con la contumelia propia de una pestaña experimentada. ¿Que cae una alondra? No la voy a hacer ascos por miramientos al cazador vecino. Sería majadero. (Se levanta.) Conque cuatro cosas en total, joven; pacencia, serenidaz, agua fresca y... pague usté esas dos copas, que no lo voy yo a poner todo. Y venga esa mano. Sé que se queda usté amargao por dentro y por fuera; pero así he aprendido yo, y como el tiempo desinfla y tranquiliza, cuando pasen algunos días, pué que no tenga usté una mano más amiga que la que hoy le ha hecho a usté daño, bien a su pesar. Salú. (Vase por la izquierda.)
ESCENA III
Serafín; luego Ladislao. El Dueño del merendero durante la escena.
Serafín (Casi llorando.)—¡Sí! ¡Me comen la vergüenza y la rabia!... ¡pero ese tío tié razón! ¡No tié él la culpa; es ella!... ¡ella!
Ladislao (Sale por la derecha azorado y jadeante.)—¡Gracias a Dios! ¡Por fin doy contigo! (Mira a todos lados.) ¿Pero qué es esto?... (Con burlona sorpresa.) ¡Tú solo! ¡Solo con dos copas! ¡Tú meditamundo! ¿Y ese hombre, que no lo veo? (Mira por debajo de las mesas y las banquetas y luego dice a Serafín con voz siniestra y casi al oído.) Serafín, ¿ande has echao los pedazos?
Serafín (Con desprecio.)—¡Déjame en paz!
Ladislao.—Oye, ¿pero qué tiés en la cara?... ¿Tú no habías pasao el sarampión?
Serafín (Llama y sale el dueño del merendero.)—¿Qué se debe?
Dueño.—Treinta céntimos.
Serafín.—Ahí van. (Paga y se levanta. Vase el dueño llevándose las copas.)
Ladislao.—¡Recontra! De modo, que tras... ecétera, apaleao y encima pagano.
Serafín (Furioso.)—¡Cállate, o por mi salú que te dejo seco!
Ladislao (Aterrado.)—Oye, tú...
Serafín (Separándose dominado por una gran excitación.)—¡Sí! ¡No tengo cara pa vivir mal mirao! Ahora irá ese tío, lo contará todo y se reirán de mí... Y se reirá ella... ¡ella más que nadie! Y luego, por donde voy, la burla y la chirigota... ¡No, no lo resisto; ella me ha engañao, pues contra ella! ¡La mataré! ¡Tengo derecho! ¡Hay que ser hombres! Adiós, Ladislao; voy a dar gusto a todos, a ti y a mí, y a los compañeros de taller y a las vecinas y al mundo entero.
Ladislao.—Pero, ¿qué dices?
Serafín.—¡Adiós! (Vase por la izquierda.)
Ladislao.—Oye, tú, y de paso dile a tu tío Balbino, que ya lo cogeré yo a solas, que lo de esta mañana no me s’ha olvidao. (Se sienta y da dos palmadas.) ¡Merenderero!
ESCENA IV
Ladislao y Balbino
Balbino (Que sale por la derecha, se acerca a la mesa.)—¡Va!
Ladislao (Sorprendido y temeroso.)—¡Caray!
Balbino.—¿Qué desea el gorrión?
Ladislao.—¿Usté? ¡Hombre, m’alegro! (Levantándose, al mismo tiempo se sienta Balbino.)
Balbino.—No; que he venido, he visto la solfa que le han dao a tu amigo por seguir tus consejos, he visto que la cosa no pasaba a mayores, he permanecido nutral y aquí me tiés pa servirte.
Ladislao.—Pues m’alegro, porque quería yo que arreglásemos la cuentecita de esta mañana.
Balbino.—¿Tiés prisa en cobrar?
Ladislao (Amenazador.)—¡Lo que tengo prisa es en mascarle la nuez a los que me faltan, eso!
Balbino (Fingiendo miedo.)—¡Oye, tú, Ladisladito, por Dios, que yo creo... (Solloza.) que no debías ensañarte con un pobre viejo!
Ladislao (Envalentonado.)—Y si tié usté miedo, ¿pa qué insulta usté, so maula?
Balbino (Llorando.)—¡Hombre, no te enfades... yo, ha sío en un pronto; y piensa que si a mis años me haces así, (Le da un pescozón.) me tiras al suelo!... ¡Tenme lástima!
Ladislao.—Oiga usté... (Cogiendo el sombrero.)
Balbino.—No sabes el miedo que he pasao dende esta mañana... porque yo decía, si esa fiera me encuentra, con el genio que tiene, y me da así na más... (Le da un puñetazo.) ¡me atonta!
Ladislao.—Oiga usté, haga el favor de poner los ejemplos de palabra, ¿eh?
Balbino.—Los viejos, hijo, ya no valemos pa náa... Figúrate si con tu fuerza levantas el pie y me das de esta manera... (Le da un puntapié.) pues me amargas.
Ladislao (Asustado.)—¿Pero quiere usté hablar sin acionar?
Balbino.—¡Yo es pa que me comprendas, hijo! De manera que tenme lástima y que no te se ocurra darme dos chuletas así... (Le pega dos bofetadas.) ni tirarme encima de una silla, como un pingajo indecente... (Lo tira al suelo.)
Ladislao.—¡Pero qué es esto!
Balbino (Llorando.)—Ten lástima de un pobrecito anciano, hijo...
Ladislao (Furioso.)—¡Eso le vale a usté, que es un viejo!
Balbino.—¡Dios te lo pague, hijo! ¡Adiós, rico! (Vase llorando.)
Mutación
CUADRO TERCERO
Riberas del Manzanares. En los laterales izquierda, últimos términos, se ve la fachada posterior de un restaurant, y un trozo de jardinillo correspondiente a él y circundado por una empalizada de listones unidos en forma de celosía. Esta valla que constituye un ángulo recto, tiene un pequeño portoncillo, practicable, que da a la escena en línea paralela a la casa. Por las ventanas abiertas del merendero sale la viva claridad de la luz eléctrica. En el telón de fondo se ven los pinares de la Florida, y en la parte derecha de la decoración un poético remanso del río, iluminado por la luna, que luce su claridad entre las copas de viejos álamos. Un puentecillo rústico da por el foro, paso sobre el río.—Sobre la orquesta se oye muy lejos la marcha de un tren, que pasa por la vía férrea próxima al lugar de la acción; las levísimas campanadas de un reloj muy lejano y los perdidos ecos de la canción de un viandante. Escúchase también el ladrido, casi imperceptible, de un perro de los que acompañan a los vigilantes de los lavaderos, y contrastando con estas perdidas notas de soledad y misterio se escucha dentro del merendero el rasgueo alegre de las guitarras y la vibrante voz de un cantador de flamenco, que es jaleado con ruidoso entusiasmo.
ESCENA PRIMERA
Cantador, dentro
Música
Es la penita más grande querer y que no te quieran, quien quiere sin esperanza conoce la pena negra. Ay, serrana mía, por quererte a ti de veras conozco yo esa penita.
ESCENA II
Lucila. Sale por la izquierda, primer término, envuelta en un mantoncillo; se para junto a la empalizada y escucha las últimas notas de la canción flamenca, que termina con voces y aplausos, reinando luego el silencio.
Hablado
Lucila (Admirada.)—¡Buena voz! Paece un mixto de verderón. Debe ser Pepe el Trampas. Náa, que no he marrao. Aquí está la boda del Guitarrero. ¡Jesús divino, qué día llevo! Dende la ensalá que armé esta mañana lo estoy pasando de ole. Primero cuatro horas en la delega por haberle deteriorao el crepé a la Señá Antonia; así de que salgo, dejo a mi padre, me voy a cá la señá Quintina a ver qué había sido de Serafín, y me cuenta la pobre vieja, toa azará, que a las siete había llegao el susodicho joven con la cara como una pandereta, después de haber corrido tóo el barrio averiguando en qué merendero estaban celebrando la toma de dichos; y así de que llegó a casa escribió una carta, le dijo a la señá Quintina que se la llevase a su maestro si a las once de la noche no había vuelto, y apretó a correr. No se necesita ser un lince pa calcular las tripitas que traerá. Y yo, yo estoy que me deshago de nerviosa; tengo frío y calor tóo a un tiempo, y me saltan las sienes. ¡Ojalá dé con él! Rondaré el merendero... (De pronto queda escuchando.) ¡Sí!... (Mira con atención.) Uno se acerca. ¿Será él? (Se oculta por la izquierda.)
ESCENA III
Lucila, oculta; Serafín. Después Carmen, señor Valeriano, Invitado 1.º e Invitada 1.ª
Serafín (Apoyándose angustiado en la empalizada.)—¡No me puedo tener en pie! Tengo el sudor helao y la boca amarga como una retama. Llevo dos horas esperando una ocasión, sin saber si entrar de repente u aguardar que salgan. Aguardaré: es más seguro. He querido irme cien veces, he probao y no puedo; cuando me separo de aquí paece que hasta las piedras me llaman gallina... Y en toas partes oigo lo mismo... las mismas palabras, que ya se me han agarrao al corazón. ¡Te ha engañao! ¡Mátala! ¡Tiés derecho!... Y yo no sé; no sé si tengo derecho u no, lo que digo es que me ciega la idea de que está con otro. Y así no puedo vivir. Sí. Esta noche acabará todo. (Se oyen voces dentro del merendero.) Salen... ¡Que no me vean! ¡Si fuera ella! (Se oculta tras la empalizada.)
Carmen (Dentro del jardinillo y como hablando con alguno del merendero.)—¡Ja, ja, ja! (Ríe.) No, si no tardamos.
Serafín.—¡Ella! ¡Por fin! (Saca la navaja.)
Valeriano (Dentro.)—No, un menuto. Vamos ahí, al lavadero del Quico, a ver si quié dejar venir a la chica, y verán ustés cómo baila las sevillanas. (Salen por el portoncillo a la parte exterior de la escena Carmen, Valeriano, Invitada primera e Invitado primero.)
Invitada 1.ª—¡Oye... qué noche hace; si paece de verano!
Invitado 1.º—Da gusto.
Carmen.—Yo estaba deseando de salir; me ahogaba ahí dentro con el humo de los cigarros (Aparte a Valeriano.) y tenía gana de que hablásemos un ratito con libertá.
Valeriano.—Y yo. Pero, ¿por qué no has sacao el mantón?
Carmen.—Si no tengo frío.
Invitada 1.ª—Yo me le he puesto.
Valeriano.—Póntelo que por aquí siempre cae relente.
Carmen.—Lo cogeré por darte gusto. (Entra por el jardinillo al merendero.)
Invitada 1.ª—No tardes.
Invitado 1.º (Desde el puentecillo.)—Mirar qué bonito hace desde aquí este pedazo del río con la luna. (Valeriano y la Invitada 1.ª van a mirar.)
Invitada 1.ª—Qué hermosa es la noche, ¿verdá?
Valeriano.—La noche y el día; cuando se está a gusto tóo es bonito.
Carmen (Saliendo.)—¿Dónde están?... (En este momento Serafín, que se oculta tras la empalizada, va a lanzarse sobre Carmen con la navaja en la mano y se encuentra fuertemente detenido por Lucila, que al ver su actitud sale de su escondite sigilosamente quedando en acecho tras él, hasta este momento en que le sujeta el brazo y le tapa la boca con la otra mano.)
Serafín (Va a llamar.)—Car...
Lucila (Tapándole la boca.)—Chissss...
Serafín (Con voz ahogada.)—¿Eeeeh?... ¿quién?
Lucila (En voz baja.)—¡Silencio!
Carmen (Llamando.)—¡Valeriano!
Valeriano (Desde el foro.)—Por aquí.
Carmen (Mirando hacia atrás al irse.)—Juraría que he oído moverse esas ramas. (Desaparece por el foro.)
ESCENA IV
Lucila y Serafín
Serafín.—¡Lucila! pero, ¿eres tú?
Lucila.—Sí, yo; ¡yo mismita!
Serafín.—Suelta... suelta... (Forcejean.)
Lucila.—No... aguarda... aguarda un momento. (Al ver que ha desaparecido Carmen.) Ya... ya estás libre; ya pués guardarte esa navajita y salir. Y a tóo esto mu buenas noches.
Serafín (Tembloroso y frenético.)—¿Y tú a qué has venido?
Lucila.—Náa, hombre, que como no te se vé el pelo por dengún lao y no tiés tiléfono, quería hablarte y ¡velay!
Serafín.—¡Vete... vete y déjame, Lucila!
Lucila.—Y ¡camará, cómo recibes; recibes que arañas! (Restañándose con saliva un arañazo de la mano.) Si lo sé te dejo trajeta.
Serafín.—Bueno, pronto; acaba y vete. ¿A qué has venido?
Lucila.—¿Que a qué he venido? (En voz baja con ira.) ¡pues a llamarte asesino y cobarde!...
Serafín.—¡A mí!
Lucila.—¡A ti!... ¡que querías asesinar a una mujer! (Le sujeta el brazo.)
Serafín.—¡Lucila!
Lucila.—¡Baja la voz!... ¡Sí, asesinarla!
Serafín.—¡Tengo derecho!
Lucila.—¿Derecho a matar? ¡A matar a una mujer! ¿porque no te quiere?... ¡Mentira!
Serafín.—Suelta.
Lucila.—No quiero. Ten paciencia. Alguna vez en la vida hay que oir a la razón, aunque moleste. El hombre, no tié derecho a matar a una mujer, nunca, Serafín, nunca; ni aunque le engañe. Así, en redondo. ¡Ni aunque le engañe!
Serafín.—¡Bueno, déjame en paz! Tú eres una chica que no sabes lo que hablas.
Lucila.—¿Que no sé lo que hablo? ¿que no tengo razón?... Bueno, conformes; pero si yo no la tengo, menos la tienen esos chulos indecentes que te aconsejan y que porque llevan un pantalón ceñido y unos tufos repeinaos, se creen amos de las mujeres y jaleándose unos a otros arrean por el mundo, haciendo cisco a toda la que se les resista. ¡Pero, eso sí, cuando ellos se cansan de una mujer, entonces, chito! Pa eso son los amos. La pisotean y ahí queda eso. ¡A la basura!... ¡Ole los valientes! ¿Quién defiende eso?... ¿Quién? ¡porque si lo dice la justicia, reniego de ella! ¡y si lo dicen los hombres, los hombres que dicen eso, no son hombres, Serafín! ¿Queréis que la mujer sea una esclava?... bueno; pero entonces lo menos que se pué hacer es dejarla que escoja la cadena que más le guste. ¿No te parece?
Serafín.—Yo no sé de eso que me dices; pero oye, Lucila, (Con amargura.) ¿cómo vive uno viendo su querer en otros brazos?
Lucila.—¡Ay, mu remalamente, chico! Eso sí que lo sé yo por esperencia.
Serafín (Sorprendido.)—¿Tú?
Lucila.—¡Yo!... ¿Te paece raro, verdá? Pues sí, Serafín; yo, he querido a un hombre más que a mi vida.
Serafín.—¿Pero tú?
Lucila.—Más que a mi padre; más que a náa en el mundo. ¡Y él, ni agua!
Serafín.—¡No se lo habrás demostrao!
Lucila.—Tóos los días.
Serafín.—¿Con palabras?
Lucila.—¡Qué palabras! Lo que no dicen los ojos al mirar y las acciones buenas, ¿cómo lo van a decir los labios? Y ese hombre, no ha reparao en ello ni pa agradecérmelo. Y yo callando y sufriendo le he visto irse con otra. Llorar y reir por ella; y en mis ratos de desesperación lo he pensao tóo, tóo... ¡Menos matarlo!... porque él no tenía la culpa. El cariño lo escoge el corazón libremente y se quiere lo que se quiere, bueno o malo, sin saber por qué. Y por amor, Serafín, se sufre, como yo he sufrido; se llora, como yo lloro... ¡pero no se mata! (Llora.) ¡No se mata!
Serafín.—¡Lucila!
ESCENA V
Dichos, señor Balbino; luego Valeriano y Carmen
Balbino (Saliendo y poniendo la mano en el hombro de Serafín.)—Y sabes...
Serafín (Sorprendido.)—¡Tío Balbino!
Lucila.—¡Padre!
Balbino.—¿Y sabes quién es el sujeto que ha matao la alegría de esa creatura?
Serafín.—¿Quién?
Balbino.—¡Tú!
Serafín.—¿Yo?
Balbino.—¡Tú!
Lucila.—¡Padre, por Dios!
Balbino.—¡Me da la gana decirlo! No está la nochecita pa miramientos; conque trae esa navaja, (Se la quita del bolsillo.) y arrea pa tu casa.
Serafín (Resistiéndose.)—¡Tío!
Balbino (Amenazador.)—Y cállate, si no quiés llevarte el melón en rajas; que lo menos que podemos pedirte es que sufras tú por esa, lo que ésta ha sufrido por ti, ¡conque andando!
Serafín.—¡Es que me llamarán cobarde!
Balbino.—Te aguantas. ¡Más vale paecer cobarde que ser asesino de mujeres! ¡Esa sí que es cobardía!... Y además, mira... (Aparecen en el fondo Carmen y Valeriano, cogidos del brazo muy juntos, hablándose amorosamente al oído. Quedan parados.)
Serafín.—¡Ellos!
Balbino.—¡Ellos!... ¿Y ves ese cariño que es pa otro? ¡Pues ese no sería pa ti ni a navajazos! Conque ¿a qué pelear?...
Serafín.—¡Sí... tié usté razón!... ¡Tié usté razón!... ¡Adiós!... ¿Por qué... por qué no me habrá querido? (Vase rápidamente frotándose los ojos.)
Lucila (Con amargura infinita. Abrazando a su padre.)—¡Así, Serafín, así es como se quiere!... ¡Ay, padre, cuántas veces he dicho yo esas mismas palabras!; ¿por qué... por qué no me habrá querido?
(Se escucha en el merendero la voz del Cantador que canta:)
¡Es la penita más grande querer y que no te quieran; quien quiere sin esperanza conoce la pena negra!
(Cae pausadamente el telón, mientras cantan la copla.)
FIN DEL SAINETE