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Sab (novela original)

PRIMERA PARTE (continued 2)

Reading edition

Sab no miraba a Otway al decir estas palabras y no pudo notar el encarnado que tiñó sus mejillas al oirlas; tardó un momento en responder y dijo al fin con voz mal segura:

—Carlota tiene una dote más rica y apreciable en sus gracias y virtudes.

Sab le miró entonces fijamente; parecía preguntarle con su mirada si él sabría apreciar aquella dote. Enrique no pudo sostener su muda interpelación y desvió el rostro con algún enfado. El mulato murmuró entre dientes:

—¡No, no eres capaz de ello!

—¿Qué hablas, Sab?—preguntó Enrique, que si bien no había podido entender distintamente sus palabras, oyó el murmullo de su voz.—¿Estás por ventura rezando?

—Pensaba, señor, que este sitio en que ahora nos hallamos es el mismo en que vi a su merced sin sentido, en medio de los horrores de la tempestad. Hacia la derecha está la cabaña a la que os conduje sobre mis espaldas.

—Sí, Sab, y no necesito ver estos sitios para acordarme que te debo la vida. Carlota te ha concedido ya la libertad, pero eso no basta y Enrique premiará con mayor generosidad el servicio que le has hecho.

—Ninguna recompensa merezco,—respondió con voz alterada el mulato,—la señorita me había recomendado vuestra persona y era un deber mío obedecerla.

—Parece que amas mucho a Carlota,—repuso Enrique parando su caballo para coger una naranja de un árbol que doblegaban sus frutos.

El mulato lanzó sobre él su mirada de águila, pero la expresión del rostro de su interlocutor le aseguró que ningún designio secreto de sondearle encerraban aquellas palabras. Entonces contestó con serenidad, mientras Enrique mondaba con una navaja la naranja que había cogido:

—Y ¿quién que la conozca podrá no amarla? La señorita de B... es a los ojos de su humilde esclavo lo que debe ser a los de todo hombre que no sea un malvado: un objeto de veneración y de ternura.

Enrique arrojó la naranja con impaciencia y continuó andando sin mirar a Sab. Acaso la voz secreta de su conciencia le decía en aquel momento que trocando su corazón por el corazón de aquel sér degradado sería más digno del amor entusiasta de Carlota.

Al ruido que formaba el galope de los caballos, la familia de B..., conociendo que eran los de Enrique y Sab corrieron a recibirlos, y Carlota se precipitó palpitante de amor y de alegría en los brazos de su amante. El señor de B... y las niñas le prodigaban al mismo tiempo las más tiernas caricias, y le introdujeron en la casa con demostraciones del más vivo placer.

Solamente dos personas quedaron en el patio: Teresa de pie, inmóvil en el umbral de la puerta que acababan de atravesar sin reparar en ella los dos amantes, y Sab de pie también, y también inmóvil enfrente de ella, junto a su jaco negro del cual acababa de bajarse. Ambos se miraron y ambos se estremecieron, porque como en un espejo había visto cada uno de ellos en la mirada del otro la dolorosa pasión que en aquel momento les dominaba. Sorprendidos mutuamente exclamaron al mismo tiempo:

—¡Sab!

—¡Teresa!

Se han entendido y huye cada uno de las miradas del otro. Sab se interna por los cañaverales, corriendo como el venado herido que huye del cazador llevando ya clavado el hierro en lo más sensible de sus entrañas. Teresa se encierra en su habitación.

Mientras tanto el júbilo reinaba en la casa, y Carlota no había gozado jamás felicidad mayor que la que experimentaba al ver junto a sí a su amante, después de haber temido perderle. Miraba la cicatriz de su frente y vertía lágrimas de enternecimiento. Referíale todos sus temores, todas sus pasadas angustias para gozarse después en su dicha presente; y era tan viva y elocuente su ternura, que Enrique subyugado por ella, a pesar suyo, sentía palpitar su corazón con una emoción desconocida.

—¡Carlota!—la dijo una vez,—un amor como el tuyo es un bien tan alto que temo no merecerlo. Mi alma acaso no es bastante grande para encerrar el amor que te debo. Y apretaba la mano de la joven sobre su corazón, que latía con un sentimiento tan vivo y tan puro, que acaso aquel momento en que se decía indigno de su dicha fué uno de los pocos de su vida en que supo merecerla.

Hay en los afectos de las almas ardientes y apasionadas como una fuerza magnética, que conmueve y domina todo cuanto se les acerca. Así un alma vulgar se siente a veces elevada sobre sí misma, a la altura de aquella con quien está en contacto, por decirlo así, y sólo cuando vuelve a caer, cuando se halla sola y en su propio lugar, puede conocer que era extraño el impulso que la movía y prestada la fuerza que la animaba.

El señor de B... llegó a interrumpir a los dos amantes.

—Creo,—dijo sentándose junto a ellos—que no habréis olvidado nuestro proyectado paseo a Cubitas. ¿Cuándo queréis que partamos?

—Lo más pronto posible,—dijo Otway.

—Esta misma tarde será,—repuso don Carlos,—y voy a prevenir a Teresa y a Sab para que se disponga todo lo necesario a la partida, pues veo,—añadió besando en la frente a su hija,—que mi Carlota está demasiado preocupada para atender a ello.

Marchóse en seguida y las niñas, regocijadas con la proximidad de la viajata, le siguieron saltando.

—Estaré contigo dos o tres días en Cubitas,—dijo Enrique a su amada,—me es forzoso marchar luego a Guanaja.

—Apenas gozo el placer de verte,—respondió ella con dulcísima voz,—cuando ya me anuncias otra nueva ausencia. Sin embargo, Enrique, soy tan feliz en este instante que no puedo quejarme.

—Pronto llegará el día,—repuso él,—en que nos uniremos para no separarnos más.

Y al decirlo preguntábase interiormente si llegaría en efecto aquel día, y si le sería imposible renunciar a la dicha de poseer a Carlota. Miróla y nunca le había parecido tan hermosa. Agitado, y descontento de sí mismo, levantóse y comenzó a pasearse por la sala, procurando disimular su turbación. No dejó, sin embargo, de notarla Carlota y preguntábale la causa con tímidas miradas. ¡Oh si la hubiera penetrado en aquel momento!... Era preciso que muriese o que cesase de amarle.

Enrique evitaba encontrar los ojos de la doncella, y se había reclinado lejos de ella en el antepecho de una ventana. Carlota se sintió herida de aquella repentina mudanza, y su orgullo de mujer sugirióle en el instante aparentar indiferencia a una conducta tan extraña. Estaba junto a ella su guitarra, tomóla y ensayó cantar. La agitación hacía flaquear su voz, pero hízose por un momento superior a ella y sin elección, a la casualidad, cantó estas estrofas, que estaba muy lejos de sospechar pudiesen ser aplicables a la situación de ambos:

Es Nice joven y amable y su tierno corazón un afecto inalterable consagra al bello Damón. Otro tiempo su ternura pagaba ufano el pastor; mas ¡ay! que nueva hermosura le ofrece otro nuevo amor. Y es Nice pobre zagala y es Laura rica beldad, que si en amor no la iguala la supera en calidad. Satisface Laura de oro de su amante la ambición; Nice le dá por tesoro su sensible corazón. Cede el zagal fascinado de la riqueza al poder, y ante Laura prosternado le mira Nice caer. Al verse sacrificada, por el ingrato pastor, la doncella desgraciada maldice al infausto amor. No ve que dura venganza toma del amante infiel, y en su cáliz de esperanza mezcla del dolor la hiel. Tardío arrepentimiento ya envenena su existir, y cual señor opulento comienza el tedio a sentir. Entre pesares y enojos vive rico y sin solaz: huye el sueño de sus ojos y pierde su alma la paz. Recuerda su Nice amada y suspira de dolor; y en voz profunda y airada así le dice el amor: «Los agravios que me hacen los hombres lloran un día, y así sólo satisfacen, Damón, la venganza mía. Que yo doy mayor contento, en pobre y humilde hogar, que con tesoros sin cuento, puedes ¡insano! gozar»

Terminó la joven su canción, y aun pensaba escucharla Enrique. Carlota acababa de responder en alta voz a sus secretas dudas, a sus ocultos pensamientos. ¿Habíalos por ventura adivinado? ¿Era tal vez el cielo mismo quien le hablaba por la boca de aquella tierna hermosura?

Un impulso involuntario y poderoso le hizo caer a sus pies y ya abría los labios, acaso para jurarla que sería preferida a todos los tesoros de la tierra, cuando apareció nuevamente don Carlos; seguíale Sab, mas se detuvo por respeto en el umbral de la puerta, mientras Enrique se levantaba confuso de las plantas de su querida, avergonzado ya del impulso desconocido de generosa ternura que por un momento le había subyugado. También las mejillas de Carlota se tiñeron de púrpura, pero traslucíase al través de su embarazo la secreta satisfacción de su alma; pues si bien Enrique no había hablado una sola palabra al arrojarse a sus pies, ella había leído en sus ojos, con la admirable perspicacia de su sexo, que nunca había sido tan amada como en aquel momento.

Don Carlos dirigió algunas chanzas a los dos amantes, mas notando que aumentaba su turbación, apresuróse a variar de objeto.

—Aquí tenéis a Sab,—les dijo,—señalad la hora de la partida, pues él es el encargado de todas las disposiciones del viaje, y como práctico en estos caminos sera nuestro guía.

El mulato se acercó entonces, y don Carlos, sentándose entre Carlota y Enrique, prosiguió dirigiéndose a éste:

—Hace diez años que no he estado en Cubitas, y aun antes de esta época visité muy pocas veces las estancias que tengo allí. Estaban casi abandonadas, pero desde que Sab vino a Bellavista, sus frecuentes visitas a Cubitas les han sido de mucha utilidad, según estoy informado; y creo que las hallaré en mejor estado que cuando las vi la última vez.

Sab manifestó que dichas estancias estaban todavía muy distantes del grado de mejora y utilidad a que podían llegar con más esmerado cultivo, y preguntó la hora de la partida.

Carlota señaló las cinco de la tarde, hora en que la brisa comienza a refrescar la atmósfera y hace menos sensible el calor de la estación, y Sab se retiró.

—Es un excelente mozo,—dijo don Carlos,—y su celo y actividad han sido muy útiles a esta finca. Su talento natural es despejadísimo y tiene para todo aquello a que se dedica admirables disposiciones; le quiero mucho y ya hace tiempo que fuera libre si lo hubiese deseado. Pero ahora es fuerza que lo sea y que anticipe yo mis resoluciones, pues así lo quiere mi Carlota. Ya he escrito con este objeto a mi apoderado en Puerto Príncipe y tú mismo, Enrique, a tu regreso te verás con él y entregarás con tus manos a nuestro buen Sab su carta de libertad.

Enrique hizo con la cabeza un movimiento de aprobación, y Carlota besando la mano de su padre, exclamó con vehemencia:

—¡Sí, que sea libre!... Ha sido el compañero de mi infancia y mi primer amigo... es,—añadió con mayor ternura,—el que te prodigó sus cuidados la noche de tu caída, Enrique, y quien, como un ángel de consuelo, vino a volver la paz a mi corazón sobresaltado.

Teresa entró en la sala en aquel momento; la comida se sirvió inmediatamente y ya no se trató más que de la partida.

CAPITULO IX

¿Do fué la raza candorosa y pura que las Antillas habitó?—La hiere del vencedor el hierro furibundo, tiembla, gime, perece, y como niebla al sol desaparece. Heredia.

Un viaje es a la infancia origen del más inquieto placer y de la más exaltada alegría. El movimiento y la variedad son necesidades imperiosas en aquella edad en la que libre todavía el alma de pasiones agitadoras, pero sintiendo el desarrollo de su actividad naciente sin un objeto en que emplearla, lánzale, por decirlo así, a lo exterior; buscando en la novedad y en el bullicio un desahogo a la febril vivacidad que le agita.

Las cuatro hermosas niñas, hermanas de Carlota, apenas apareció Sab con los carruajes y caballerías dispuestos para la partida, lo rodearon haciéndole mil caricias con las que manifestaban su regocijo. El mulato correspondía a sus infantiles halagos con melancólica sonrisa.

—Así,—pensaba él,—así saltaba a mi cuello Carlota hace diez años cuando me veía después de una corta ausencia. Así sus labios de rosa estampaban alguna vez en mi frente un beso fraternal, y su lindo rostro de alabastro se inclinaba sobre mi rostro moreno; como la blanca cavellina que se dobla sobre la parda peña del arroyo.

Y abrazaba Sab a las niñas, y una lágrima, deslizándose lentamente por su mejilla, cayó sobre la cabeza de ángel de la más joven y más linda de las cuatro hermanas.

Carlota se presentó en aquel momento. Un traje de montar, a la inglesa, daba cierta majestad a su airoso talle, y se escapaban del sombrerillo de castor que cubría su cabeza algunos rizos ligeros, que sombreaban su rostro, embellecido con la expresión de una apacible alegría. Subió al semblante de Sab un fuego que secó en su mejilla la huella reciente de su llanto, y presentó temblando a Carlota el hermoso caballo blanco dispuesto para ella.

Todos los viajeros se reunieron en torno de la linda criolla, y Sab les manifestó entonces su plan de marcha. Iba,—dijo,—a conducirlos a Cubitas, no por el camino real, sino por una senda poco conocida, que aunque algo más dilatada, les ofrecería puntos de vista más agradables. Aprobada por unanimidad la proposición, sólo se trató de partir.

Había dos volantes (nombre que se daba a la especie de carruajes más usados en Cuba en aquella época), y el señor de B... ocupó una de ellas con las dos niñas mayores, tomando la otra Teresa con las más pequeñas. Carlota, Enrique y Sab montaron a caballo. Así partió la caravana entre los alegres gritos de las niñas y el relincho de los caballos.

Sin reglas de equitación, las damas principeñas son generalmente admirables jinetes; pero Carlota sobresalía entre todas por la gracia y nobleza de su aire cuando montaba. Galopaba aquella tarde junto a su amante con notable seguridad y elegancia, y la brisa naciente, hinchando y batiendo alternativamente el blanco velo que pendía del sombrero en torno de su esbelto talle, presentábala como una de aquellas sílfides misteriosas, hijas del aire y soberanas de la tierra.

Eran hermosos los campos que atravesaban. Enrique se acercó al estribo del carruaje en que iba don Carlos y entabló conversación con éste respecto a la prodigiosa fertilidad de aquella tierra privilegiada, y el grado de utilidad que podía sacarse de ella. Sab seguía de cerca a Carlota y contemplaba alternativamente al campo y a la doncella, como si los comparase; había en efecto cierta armonía entre aquella naturaleza y aquella mujer, ambas tan jóvenes y tan hermosas.

En tanto costaba esfuerzos a Teresa contener a sus dos tiernas compañeras. Una campanilla[17], un pájaro que revolotease sobre ella, cualquier objeto excitaba sus infantiles deseos y querían bajar del carruaje para posesionarse de él.

La noche se acercaba mientras tanto, y sus pardas sombras robaban progresivamente a los viajeros los paisajes campestres que les rodeaban. La rica vegetación no ofrecía ya sus variadas tintas de verdura, y las colinas lejanas presentábanse a la vista como grandes masas de sombras.

A medida que se aproximaban a Cubitas, el aspecto de la naturaleza era más sombrío; bien pronto desapareció casi del todo la vigorosa y variada vegetación de la tierra prieta, y la roja no ofreció más que esparramados yuraguanos[18], y algún ingrato jagüey[19] que parecían en la noche figuras caprichosas de un mundo fantástico. El cielo empero era más hermoso en estos lugares: tachonábase por grados de innumerables estrellas, y cual otro ejército de estrellas errantes, poblábase el aire de fúlgidos cocuyos, admirables luciérnagas de los climas tropicales.[20]

Carlota detuvo de repente su caballo e hizo observar el mulato una luz vacilante y pálida que oscilaba a lo lejos en lo más alto de una empinada loma.

—¿Está allí Cubitas?—preguntó.—¿Será esa luz, que a distancia parece tan pequeña, algún fanal que se coloque en esa altura para que sirva de dirección a los viajeros?

Antes que Sab hubiese podido contestar, el señor de B... cuyo carruaje emparejaba ya con el caballo de Carlota, dejó oir una estrepitosa carcajada, mas Enrique, que no había andado nunca de noche aquel camino, participaba de la admiración y curiosidad de su amada y preguntó como ella el origen de aquella luz singular. Pero la luz desapareció en el mismo instante y la vista no pudo ya distinguir sino la gran masa de aquella eminencia, que como un gigante del aire proyectaba su enorme sombra en el lejano horizonte.

—Parece,—dijo riendo don Carlos,—que os deja mohinos la ausencia de la linda lucecita, pero esperad... voy a evocar el genio de estos campos y volverá a lucir el misterioso fanal.

Apenas había concluído estas palabras, la luz apareció con un resplandor más vivo, y Enrique y las dos señoritas manifestaron una sorpresa igual a la de las niñas. El señor de B..., testigo ya muchas veces de este fenómeno[21], se divertía con la admiración de sus jóvenes compañeros. Los naturalistas,—les dijo,—os darían del fenómeno que estáis mirando una explicación menos divertida que la que os puede dar Sab, que frecuenta este camino y trata a todos los cubiteros. El sin duda les habrá oído relaciones muy curiosas respecto a la luz que tanto os ha llamado la atención.

Las niñas gritaron de alegría regocijadas con la esperanza de oir un cuento maravilloso, y Enrique y Carlota colocaron sus caballos a los dos lados del de Sab para oirle mejor. El mulato volvió la cabeza hacia el carruaje de su amo y le dijo:

—Su merced no habrá olvidado a la vieja Martina, madre de uno de sus mayorales de Cubitas, que murió dejándola el legado de su mujer y tres hijos en extrema pobreza. La generosa compasión de su merced la socorrió entonces por mi mano, hace cuatro años, pues habiéndole informado de la miserable situación en que se encontraba esta pobre familia, me dió una bolsa llena de plata con la que fué socorrida.

—Me acuerdo de la vieja Martina,—respondió el caballero,—su difunto hijo era un excelente sujeto, ella, si mal no recuerdo, tiene sus puntos de loca: ¿no pretende ser descendiente de la raza india y aparenta un aire ridículamente majestuoso?

—Sí, señor,—repuso Sab,—y ha logrado inspirar cierta consideración a los estancieros de Cubitas, ya porque la crean realmente descendiente de aquella raza desventurada, casi extinguida en esta isla, ya porque su grande experiencia, sus conocimientos en medicina de los que sacan tanta utilidad, y el placer que gozan oyéndola referir sus sempiternos cuentos de vampiros y aparecidos, le den entre estas gentes una importancia real. A esa vieja, pues, a Martina es a quien he oído, repetidas veces, referir misteriosamente e interrumpiéndose por momentos con exclamación de dolor y pronósticos siniestros de venganza divina, la muerte horrible y bárbara que, según ella, dieron los españoles al cacique Camagüey, señor de esta provincia; y del cual pretende descender nuestra pobre Martina. Camagüey, tratado indignamente por los advenedizos, a quienes acogiera con generosa y franca hospitalidad, fué arrojado de la cumbre de esa gran loma y su cuerpo despedazado quedó insepulto sobre la tierra regada con su sangre. Desde entonces, esta tierra tornóse roja en muchas leguas a la redonda, y el alma del desventurado cacique viene todas las noches a la loma fatal, en forma de una luz, a anunciar a los descendientes de sus bárbaros asesinos la venganza del cielo que tarde o temprano caerá sobre ellos. Arrebatada Martina en ciertos momentos por este furor de venganza, delira de un modo espantoso y osa pronunciar terribles vaticinios.

—¿Y cuáles son?—preguntó don Carlos con cierta curiosidad inquieta, que mostraba haber sospechado ya lo que preguntaba. Sab se turbó algún tanto, pero dijo al fin con voz baja y trémula:

—En sus momentos de exaltación, señor, he oído gritar a la vieja india:—La tierra que fué regada con sangre una vez, lo será aún otra; los descendientes de los opresores serán oprimidos, y los hombres negros serán los terribles vengadores de los hombres cobrizos.

—Basta, Sab, basta,—interrumpió don Carlos con cierto disgusto; porque siempre alarmados los cubanos, después del espantoso y reciente ejemplo de una isla vecina, no oían sin terror en la boca de un hombre del desgraciado color cualquiera palabra que manifestase el sentimiento de sus degradados derechos y la posibilidad de reconquistarlos. Pero Carlota, que había atendido menos a los pronósticos de la vieja que a la relación lamentable de la muerte del cacique, volvió hacia Enrique sus bellos ojos llenos de lágrimas.

—Jamás he podido,—dijo,—leer tranquilamente la historia sangrienta de la conquista de América. ¡Dios mío, cuántos horrores! Paréceme empero increíble que puedan los hombres llegar a tales extremos de barbarie. Sin duda se exagera porque la naturaleza humana no puede, es imposible, ser tan monstruosa.

El mulato la miraba con indescribible expresión. Enrique se burló de sus lágrimas.

—Eres una niña, querida mía,—la dijo,—¿lloras ahora, por la relación de una vieja loca, la muerte de un sér que acaso no existió nunca sino en la imaginación de Martina?

—No; Enrique,—respondió con tristeza la doncella,—no lloro por Camagüey, que ni sé si existió realmente; lloro sí al recordar una raza desventurada que habitó la tierra que habitamos, que vió por primera vez el mismo sol que alumbró nuestra cuna, y que ha desaparecido de esta tierra de la que fué pacífica poseedora. Aquí vivían felices e inocentes aquellos hijos de la naturaleza; este suelo virgen no necesitaba ser regado con el sudor de los esclavos para producirles: ofrecíales por todas partes sombras y frutos, aguas y flores, y sus entrañas no habían sido despedazadas para arrancarle con mano avara sus escondidos tesoros. ¡Oh Enrique! lloro no haber nacido entonces y que tú, indio como yo, me hicieses una cabaña de palmas en donde gozásemos una vida de amor, de inocencia y de libertad.

Enrique se sonrió del entusiasmo de su querida haciéndola una caricia; el mulato apartó de ella sus ojos preñados de lágrimas.

—¡Ah! ¡sí! pensó él:—no serías menos hermosa si tuvieras la tez negra o cobriza. ¿Por qué no lo ha querido el cielo, Carlota? Tú, que comprendes la vida y la felicidad de los salvajes, ¿por qué no naciste conmigo en los abrasados desiertos del Africa o en un confín desconocido de la América?

El señor de B... le arrancó de estos pensamientos dirigiéndole algunas preguntas respecto a Martina.—¿Vive todavía?—le dijo.

—Sí, señor, vive a pesar de haber experimentado en estos últimos años dolorosos infortunios.

—¿Qué le ha sucedido, pues?—replicó con interés el caballero.

—Su nuera murió hace tres años, y diez meses después dos de sus nietecitos. Un incendio consumió su casa, hace un año, y la dejó reducida a mayor miseria que aquella de que la sacara la bondad de su merced. Hoy día vive en una pequeña choza, cerca de las cuevas, con el único nieto que le queda, que es un niño de seis años al cual ama tanto más cuanto que el pobre chico está enfermo, y no promete una larga vida.

—La veremos,—dijo don Carlos,—y la dejaremos instalada en una de mis estancias. ¡Pobre mujer! aunque extravagante es muy buena.

—¡Ah! ¡sí.... muy buena!—exclamó con emoción el mulato, y animando con un grito a su caballo, se adelantó a prevenir la llegada de sus amos al mayoral de la estancia donde iban a desmontar.

Eran las nueve de la noche cuando los viajeros entraron en Cubitas. La casa elegida para su domicilio, si bien de mezquina apariencia, era grande en lo interior, y el mayoral y su mujer procuraron a los recién llegados todas las comodidades posibles. La cena que se les sirvió fué parca y frugal, pero la alegría y el apetito la hicieron parecer deliciosa. Nunca don Carlos había estado tan jovial, ni Carlota tan risueña ni amable. La misma Teresa parecía menos displicente que de costumbre, y Enrique estaba encantado.

Cuando llegó la hora de recogerse a descansar,—Amigo mío,—le dijo Carlota deteniéndose en el umbral del cuartito señalado para su dormitorio, y al cual él la conducía por la mano:—¡cuán fácilmente pueden ser dichosos dos amantes tiernos y apasionados! En esta pobre aldea, en esta miserable casa, con una hamaca por lecho, y un plantío de yucas por riqueza, yo sería dichosa contigo, y nada vería digno de mi ambición en lo restante del universo. Y tú ¿pudieras tampoco desear más?

Enrique por única contestación besó con ardor su hermosa mano, y ella atravesó el umbral sonriéndole con ternura. Dióle las buenas noches y cerró lentamente la puerta, que tornó a abrir para repetirle:—Buenas noches,—con una mirada inefable. Por fin la puerta se cerró enteramente y Enrique, inmóvil y pensativo, quedó un momento como si aguardase que volviese a abrirse aún otra vez. Luego sacudió la cabeza y murmuró en voz baja:—¡No hay remedio! esta mujer será capaz de volverme loco y hacerme creer que no son necesarias las riquezas para ser feliz.

—Señor, aguardo a su merced para conducirle a su dormitorio,—dijo una voz conocida, a la espalda de Enrique. Volvióse éste y vió a Sab.

—¿Cuál es pues mi cuarto?—preguntó con cierta turbación.

—Ese de la izquierda.

Enrique se entró en él precipitadamente y Sab le siguió hasta la puerta, a la cual se detuvo dándole las buenas noches.

Una hora después todos dormían en la casa; sólo se veía un bulto inmóvil junto a la puerta de la habitación de la señorita de B..., pero al menor ruido que en el silencio de la noche se percibía en la casa, aquel bulto se movía, se elevaba y salía de él una respiración agitada y fuerte; entonces podía conocerse que aquel bulto era un hombre.

Una vez, hacia la madrugada, oyóse un ligero rumor acompasado, que parecía producido por las pisadas cautelosas de alguno que se acercaba. El bulto se estremeció profundamente y brilló en la oscuridad la hoja de un ancho machete. Los pasos parecían cada vez más próximos. El bulto habló en voz baja pero terrible:—¡Miserable! no lograrás tus inicuos deseos.—Un prolongado ladrido respondió a esta amenaza. Los pasos que se habían oído eran los de un perro de la casa.

El machete cesó de brillar y el bulto volvió a quedar inmóvil en su sitio; solamente el perro repitió por dos veces su ladrido, pero como acercándose más hubo de conocer olfateando a aquel cuya voz le había alarmado, calló también luego y todo quedó sumergido en profundo silencio.

CAPITULO X

...La mezcla de extravagancia y de entusiasmo que reinaba en sus discursos rara vez dejaba de producir la más viva impresión en aquellos que la escuchaban. Sus palabras, con frecuencia entrecortadas, eran empero demasiado claras e inteligibles para que pudiese sospechársele en un verdadero estado de locura. Walter Scott. Guy Maunering.

Las cuevas de Cubitas son ciertamente una obra admirable de la naturaleza, que muchos viajeros han visitado con curiosidad e interés, y que los naturales del país admiran con una especie de fanatismo. Tres son las principales, conocidas con los nombres de Cueva grande o de los negros cimarrones, María Teresa, y Cayetano. La primera está bajo la gran loma de Toabaquei y consta de varias salas, cada una de las cuales se distingue con su denominación particular, y comunicadas todas entre sí por pasadizos estrechos y escabrosos. Son notables entre estas salas la de La Bóveda por su capacidad, y la del Horno cuya entrada es una tronera a flor de tierra por la que no se puede pasar sino muy trabajosamente y casi arrastrándose contra el suelo. Sin embargo, es de las más notables salas de aquel vasto subterráneo y las incomodidades que se experimentan, al penetrar en ella, son ventajosamente compensadas con el placer de admirar las bellezas que contiene. Deslúmbrase el viajero que al levantar los ojos, en aquel reducido y tenebroso recinto, ve brillar sobre su cabeza un rico dosel de plata sembrado de zafiros y brillantes, que tal parece en la oscuridad de la gruta el techo singular que la cubre. Empero, pocos minutos pueden gozarse impunemente de aquel bello capricho de la naturaleza, pues la falta de aire obliga a los visitadores de la gruta a arrojarse fuera, temiendo ser sofocados por el calor excesivo que hay en ella. El alabastro no supera en blancura y belleza a las piedras admírales de que aquellas grutas, por decirlo así, se hallan entapizadas. El agua, filtrando por innumerables e imperceptibles grietas, ha formado bellísimas figuras al petrificarse. Aquí una larga hilera de columnas parecen decorar el peristilo de algún palacio subterráneo; allá una hermosa cabeza atrae y fija las miradas; en otra parte se ven infinitas petrificaciones sin formas determinadas, que presentan masas de deslumbrante blancura y figuras raras y caprichosas.

Los naturales hacen notar en la cueva llamada de María Teresa pinturas bizarras designadas en las paredes con tintas de vivísimos e imborrables colores, que aseguran ser obra de los indios, y mil tradiciones maravillosas prestan cierto encanto aquellos subterráneos desconocidos; que realizando las fabulosas descripciones de los poetas, recuerdan los misteriosos placeres de las hadas.

Nadie ha osado todavía penetrar más allá de la undécima sala; se dice empero vulgarmente que un río de sangre demarca su término visible, y que los abismos que le siguen son las enormes bocas del infierno. La ardiente imaginación de aquel pueblo ha adoptado con tal convicción esta extravagante opinión que, por cuanto hay en el mundo, no se atreverían a penetrar más allá de los límites a que se han concretado hasta el presente los visitadores de las cuevas, y lo estrecha y peligrosa que se va haciendo la senda subterránea, a medida que se interna, parece justificar sus temores.

Don Carlos de B... y su familia, llevando a Sab por Cicerone, emprendieron, al día siguiente de su llegada a Cubitas, la visita de estas grutas. En la bajada, que es peligrosa, Carlota tuvo miedo, y el mulato, más diestro y vigoroso que Otway, fué esta vez también más dichoso, pues bajó casi en sus brazos a la doncella.

Teresa apenas necesitó ayuda; ágil y valiente descendió sin palidecer un momento, y con aquella fría serenidad que formaba su carácter. Sab bajó luego una a una con el mayor esmero a las niñas, y ayudó al señor de B.... siendo Enrique el último que verificó aquel descenso, con más animosidad que destreza. A pesar del auxilio de una gruesa cuerda, y de la robusta mano de un negro, fallóle un pie en la mitad del declive y hubiera indudablemente y caído, arrastrando consigo al esclavo, si Sab, que bajaba detrás de él, conduciendo una gran tea de madera resinosa, que en el país llaman cuaba, no le hubiese socorrido con tanta oportunidad como osadía.

—Sab,—díjole el inglés cuando todos juntos empezaban a recorrer las salas subterráneas,—te soy segunda vez deudor de la vida y casi me persuado que eres en la tierra mi ángel protector.

Sab no respondió nada, pero sus ojos se fijaron en Carlota, cuyas miradas le expresaban con mayor elocuencia cuánto sabía agradecer aquel nuevo servicio prestado a su amante.

Sab, que buscaba aquella gratitud, no pudo sin embargo soportarla; apartó la vista de ella, suspiró profundamente y se dirigió hacia su amo al cual entretuvo con la relación de algunas tradiciones populares relativas a los sitios que recorrían.

Las paredes estaban llenas con los nombres de los visitadores de las grutas, pero la compañía no pudo dejar de manifestar la mayor sorpresa al ver el nombre de Carlota entre ellos, no habiendo ésta visitado hasta entonces aquellos sitios. En fin, después de emplear una gran parte del día en recorrer diferentes salas, las señoritas fatigadas mostraron deseos de descansar, y ya declinaba la tarde cuando a instancias suyas salieron de las grutas.

Sab les tenía dispuesta la comida, de antemano, en la choza de Martina, de la que ya nuestros lectores han oído hablar en el capítulo precedente, y toda la compañía se preparó con placer a ver a la vieja india.

Distaba poco de las cuevas la habitación de ésta, y los viajeros se vieron al umbral de su humilde morada a los seis minutos de marcha.

Prevenida la vieja por Sab, salió a recibir a sus huéspedes con cierto aire ridículamente majestuoso, y que podía llamarse una parodia de hospitalidad. Rayaba Martina en los sesenta años, que se echaban de ver en las arrugas que surcaban en todas direcciones su rostro enjuto y su cuello largo y nervioso, pero que no habían impreso su sello en los cabellos, que si bien no cubrían sino la parte posterior del cráneo, dejando descubierta la frente que se prolongaba hasta la mitad de la cabeza, eran no obstante de un negro perfecto. Colgaba este mechón de pelo sobre la espalda descarnada de Martina, y la parte calva de su cabeza contrastaba de una manera singular, por su lustre y blancura, con el color casi cetrino de su rostro. Este color empero era todo lo que podía alegar a favor de sus pretensiones de india, pues ninguno de los rasgos de su fisonomía parecía corresponder a su pretendido origen.

Sus ojos eran extremadamente grandes y algo saltones, de un blanco vidriado sobre el cual resaltaban sus pequeñas pupilas de azabache; la nariz larga y delgada parecía haber sido aprensada, y la boca era tan pequeña y hundida que apenas se le veía, enterrada, por decirlo así, entre la prominencia de la nariz y la de la barba, que se avanzaba hacia afuera hasta casi nivelarse a ella.

La estatura de esta mujer era colosal en su sexo, y a pesar de sus años y enflaquecimiento manteníase derecha y erguida, como una palma, presentando con una especie de orgullo el semblante superlativamente feo que hemos procurado describir.

Al encontrarse con dos Carlos inclinó ligeramente la cabeza, diciendo con parsimonia:

—Bien venido sea, tres veces bien venido el señor de B.... a esta su casa.

—Buena Martina—respondió el caballero entrando sin cumplimiento en una pequeña sala cuadrada, y sentándose en una silla, (si tal nombre merecía un pedazo de madera mal labrado),—tengo el mayor gusto en volver a ver a una tan antigua conocida como sois vos, pero me pesa hallaros en tan extremada pobreza. Sin embargo, Martina, los años no pasan por vos, lo mismo estáis que cuando os vi hace diez años. No diréis otro tanto de mí: leo en vuestros ojos que me halláis muy viejo.

—Es verdad, señor,—repuso ella,—que estáis muy diferente de como os vi la última vez. Es natural,—añadió con cierto aire melancólico,—porque aun no habéis llegado a ser lo que yo soy y los años hallan todavía algo que quitaros. El árbol viejo del monte, cuando ya seco y sin jugo sólo alimenta curujeyes,[22] ve pasar años tras años sin que ellos le traigan mudanza. El resiste a los huracanes y a las lluvias, a los rigores del sol y a la aridez de la seca; mientras que el árbol todavía verde sufre los ataques del tiempo y pierde poco a poco sus flores, sus hojas y sus ramas. Pero he aquí,—añadió echando una ojeada sobre Enrique y las dos señoritas y luego en las cuatro niñas que la rodeaban,—he aquí tres hermosos árboles en todo el vigor de su juventud, con todos los verdores de la primavera, y cuatro tiernos arbolitos que van creciendo llenos de lozanía. ¿Son todos hijos vuestros? Pensaba que no teníais tantos.

Don Carlos tomó de la mano a Enrique.—No es mi hijo este mancebo,—la dijo,—pero lo será en breve. Os presento en él, querida Martina, al esposo de mi Carlota.

—¡Al esposo de vuestra Carlota!—repitió la vieja con tono de sorpresa e inquietud y echando en torno suyo una mirada cuidadosa, que pareció detenerse en el mulato que se mantenía respetuosamente detrás de sus amos. Luego volviéndose hacia las dos señoritas, examinólas alternativamente.—Una de ellas es mi hija y otra mi pupila,—dijo don Carlos notando aquel examen,—vamos a ver si adivináis cuál es Carlota. No he olvidado, Martina, que os preciáis de fisonomista.

La vieja miró fijamente a Teresa, cuyos ojos distraídos recorrían el reducido recinto de la pequeña sala en que se hallaba, y luego desviando lentamente su mirada la detuvo en Carlota, que se sonreía encendida como la grana. Los ojos de la india (pues no pretendemos disputarla este nombre) se encontraron con los de linda criolla.

—Esta es,—exclamó al momento Martina,—esta es Carlota de B..., he conocido esa mirada... sólo esos ojos podrían....—y se detuvo como turbada, añadiendo luego con viveza:—Solamente ella puede ser tan hermosa.

Carlota se mortificó de un elogio que le pareció poco atento en presencia de su amiga, mas Teresa no atendía a la conversación y tenía fijos los ojos en aquel momento en un objeto extraño y lastimoso, en cual aun no había reparado nadie sino ella.

En una especie de tarima de cedro, sobre una estera de guano yacía acurrucada en un rincón oscuro de la sala una criatura humana, que al pronto apenas podía reconocerse por tal. Mirándole con más detención, notábase que era niño, pero la horrible enfermedad que le consumía había casi del todo contrahecho su figura. Su cabeza voluminosa, cubierta por cabellos pobres y ásperos, se sostenía con trabajo sobre un cuello tan delgado, que parecía quebrantado por su peso, y sus ojos pequeños y hundidos aparecían rodeados de una aureola cárdena, que se extendía hasta sus pálidas mejillas. Sonreía el infeliz y se entretenía con un perrillo que estaba tendido entre sus dos flacas piernecitas, reclinada su cabeza en el abultado vientre del niño.

Las miradas de Teresa habían dirigido hacia aquel sitio las de todos los individuos de la compañía, y Martina, observándolo, exclamó con tristeza:

—¡Es mi nieto, mi único nieto!... Nada más me queda en el mundo... Mi hijo, mi nuera, mis dos nietecitos, tan lindos y tan robustos...., todos han muerto! Esta pobre criatura raquítica es lo único que me queda...., es la última hoja marchita que se desprenderá de este viejo tronco.

Don Carlos y sus hijos conmovidos se aproximaron al pequeño enfermo, pero divisando a Sab en aquel momento, arrojó el niño un grito penetrante de alegría, y el perro saltó, ahullando también. Arrastrábase el niño fuera de la tarima para acercarse al mulato, brillando en sus apagados ojos una vislumbre de felicidad, y el perro saltaba moviendo la cola y ahullando, y mirando alternativamente al niño y al mulato, como si quisiera indicar a éste que debía aproximarse a aquél. Hízolo Sab y al momento la pobre criatura se colgó de su cuello y el animal redoblando sus ahullidos, como si celebrase tan tierna escena, corría en torno de los dos, y se levantaba ora poniendo sus manos sobre los muslos del mulato, ora sobre la espalda del niño.

Martina contemplaba aquel cuadro con visible emoción; la ridícula gravedad con que se presentara a sus huéspedes había desaparecido y volviendo a don Carlos sus negros ojos, en los que temblaba una lágrima:

—Ya lo véis,—le dijo,—su cuerpo está casi muerto, pero aun hay vida en su corazón. ¡Pobre desgraciado!, vive todavía para amar: ama a Sab, a su perro y a mí, a las únicas criaturas que pueden apreciar y corresponder su cariño. ¡Pobre desgraciado! Y enjugó con su delantal la lágrima que ya había resbalado por su mejilla.

—Martina,—le dijo don Carlos,—habéis sido muy desgraciada, lo sé.

—Aun pude serlo más,—respondió ella,—vi expirar en mis brazos, uno tras otro, mis hijos y mis nietos; quedábame uno solo.... ¡Este! un incendio consumió mi casa y hubiera perecido entre las llamas mi pobre único nieto sin el valor, la humanidad....

Martina se detuvo repentinamente. El mulato, que acababa de desprenderse del niño y del perro, habíase puesto de pie frente a ella y su mirada imperiosa ahogó en sus labios las palabras que iba a proferir. Don Carlos y sus hijos la invitaron en vano a continuar su comenzada relación. Martina varió de objeto y preguntó a don Carlos si quería que se les sirviese la comida. Luego que Sab se alejó para prepararla, volvióse la anciana a sus huéspedes y con voz baja y cautelosa, y acento más conmovido, prosiguió:

—Sí, él fué, él quien salvó a mi pobre Luis, pero no se puede hablar de ello en su presencia: oféndele la expresión de mi gratitud. Mas ¡ah! ¿por qué había yo de ahogarla? ¿por qué?...., me es tan dulce repetir: ¡A él debo la vida de mi último nieto!

Carlota a estas palabras aproximó su silla a la de Martina, escuchándola con vivísimo interés. El mismo Enrique le prestaba atención; sólo Teresa manteníase algo desviada y como distraída. Martina prosiguió:

—Una feliz casualidad trajo a Sab a esta aldea algunos días antes del fatal incendio que me redujo a la indigencia. Visitábame a menudo y yo le amaba, porque él había asistido en sus últimos momentos a mi hijo, porque él fué nuestro consolador cuando había otros séres que participasen mis dolores. Luego que los perdí, todavía estuvo él junto a mí y lloramos juntos. El acompañó a su última morada a mis dos nietecitos, y el día en que enterró al último de ellos, volviendo a casa traía los ojos llenos de lágrimas y me abrazó gimiendo. Sab,—le dije en mi dolor señalando a mi pobre Luis,—ya no tengo más que a él en el mundo...., no me queda otro hijo.—Aun tenéis otro, madre mía,—exclamó uniendo sus lágrimas a las mías y con un acento que me parece estar oyendo todavía;—yo soy también un pobre huérfano: nunca di a ningún hombre el dulce y santo título de padre, y mi desgraciada madre murió en mis brazos: soy también huérfano como Luis, sed mi madre, admitidme por vuestro hijo.

—Sí, yo te admito,—le respondí levantando al cielo mis trémulas manos.—El se arrodilló a mis pies y en presencia del cielo le adopté desde aquel momento por mi hijo.

Martina se detuvo para enjugar las lágrimas que hilo a hilo caían de sus ojos; Carlota lloraba también; don Carlos tosía para disimular su conmoción, y aun Enrique se mostraba enternecido. Teresa verosímilmente no atendía a lo que se hablaba, entretenida al parecer en limpiar con su pañuelo un pedazo de piedra muy hermosa, que había cogido en las grutas.

—Sab estaba en Cubitas cuando el incendio de mi casa,—prosiguió Martina,—de aquella casa que yo debía a vuestra bondad, señor don Carlos, y a la eficacia de mi hijo adoptivo. El incendio consumía mi morada y yo medio desmayada en brazos de algunos vecinos atraídos por la compasión, o la curiosidad, veía los rápidos progresos del fuego y gritaba en vano con todas mis fuerzas:—¡Mi nieto! ¡Mi Luis!—Porque el niño, abandonado por mí en el primer instante de susto y sorpresa, iba a ser devorado por las llamas, que ya veía yo avanzar hacia el lado en que se encontraba el infeliz. Dejadme ir,—gritaba yo,—dejadme salvarle o morir con él. Pero me agarraban estorbando mi desesperado intento, y aunque penetrados de compasión todos, ninguno se atrevía a exponer su vida por salvar la de un pobre niño enfermo.

—¡Y Sab le salvó!—exclamó con viveza y emoción la señorita de B...—¿No lo habéis dicho así, buena Martina?

—¡Sab le salvó, sí!—respondió la anciana olvidando su cautela y levantando la voz en el exceso de su entusiasta gratitud.—¡Sab le salvó! Por entre las llamas y quemados los pies y ensangrentadas las manos, sofocado por el humo y el calor cayó exánime a mis pies, al poner en mis brazos a Luis y a Leal..., a este perro que entonces era pequeñito y dormía en la cama de mi nieto. ¡Sab los salvó a ambos! Sí, su humanidad se extendió hasta el pobre animalito.

Y Martina acariciaba con mano trémula al perrillo, que al oir su nombre había corrido a echarse a sus pies.

Carlota lloraba todavía y todavía tosía don Carlos, pero Enrique se había distraído de la relación de la anciana con la piedra que limpiaba Teresa y de la cual ambos admiraban el brillo extraordinario.

—¡Es hermosa!—decía Enrique.

—¡Oh! sí, ¡es hermosa!—repetía Martina que no echara de ver la distracción de dos de sus oyentes.—¡Es hermosa el alma de ese pobre Sab, muy hermosa! Luego que quedé sin casa, sin más bienes que mi nieto enfermo y su perro, no hallé otro asilo que esas cuevas, morada algunas veces de los negros cimarrones y siempre de los cernícalos y murciélagos.

Allí hubiera acabado miserablemente mis tristes días sin el ángel protector de mi vida. Sab, el mismo Sab ha levantado para su vieja madre adoptiva esta choza, en que tengo el honor de recibiros; él ha trabajado con sus manos los toscos muebles que me eran necesarios; él me ha dado todos sus ahorros de muchos años para aliviar mi miseria; él con su cariño, con su bondad, ha hecho renacer en este viejo y lacerado corazón las emociones deliciosas del placer y la gratitud. Sí, todavía palpita este pecho cuando le veo atravesar el umbral de mi humilde morada; todavía vierten estos ojos lágrimas de enternecimiento y alegría cuando le oigo llamarme su madre, su querida madre. ¡Oh Dios mío, Dios mío!—añadió elevando al cielo sus manos descarnadas:—¿Por qué ha de ser desgraciado siendo tan bueno?

En aquel momento Sab se presentó trayendo una mesita de cedro, que estaba destinada a la comida, y su presencia aumentó la conmoción que el relato de Martina había producido. Don Carlos, olvidando que se le había confiado a escondidas del mulato la historia de sus buenas acciones, alargóle la mano y haciéndole aproximar a su silla: Sab,—le dijo,—Sab,—repitió cada vez con más viva expresión,—¡eres un excelente mozo!

El mulato pareció adivinar de lo que se trataba y arrojó a Martina una mirada de reconvención.

—Sí, hijo mío,—exclamó la vieja,—sí, puedes reconvenirme porque he faltado a la promesa que me exigiste; pero ¿por qué quieres Sab, querido Sab, por qué quieres privar a tu vieja madre del placer de bendecirte, y de decir a todos los corazones buenos y generosos: mi hijo se os parece? Sab, amigo mío, perdóname, pero yo no puedo, no puedo complacerte.

Carlota redobló su llanto, y cubrió su lindo rostro con sus manos, como para ocultar el exceso de su emoción; pero Sab había ya visto correr sus lágrimas y cayó de rodillas.

—Madre mía,—prorrumpió con trémula y enternecida voz;—sí, yo os perdono y os doy gracias; yo os debo las lágrimas de Carlota, añadió, pero estas últimas palabras fueron proferidas tan débilmente que nadie, excepto Martina, pudo percibirlas.

—Sab,—dijo el señor de B...., levantándole y abrazándole con extrema bondad:—yo me envanezco de tu bello corazón; sabes que eres libre y desde hoy te ofrezco proporcionarte los medios de seguir los generosos impulsos de tu caritativo corazón. Sab, continuarás siendo mayoral de Bellavista, y yo te señalaré gajes proporcionados a tus trabajos, con los cuales puedas tú mismo irte formando una existencia independiente. Respecto a Martina corren de mi cuenta ella, su nieto y su buen Leal. Quiero que al marcharme de Cubitas quede instalada en la mejor de mis estancias y la señalaré una pensión vitalicia, que recibirá anualmente por tu mano.

Sab volvió a arrojarse a los pies de su amo, cuya mano cubrió de besos y lágrimas. Carlota se colgó de su cuello besando también la frente y los cabellos del buen papá, y su vestido rozando en aquel momento con el rostro del mulato fué asido tímidamente, y también recibió un beso y una lágrima. ¿Y quién no lloraría con tan tierna escena? ¡Teresa, únicamente Teresa! Aquella criatura singular se había alejado fríamente del cuadro patético que se presentaba a sus miradas, y parecía entonces ocupada en examinar de cerca la figura deforme del pobre niño. Enrique, menos frío que ella, miraba conmovido ora a don Carlos, ora a su querida, y luego dando un golpecito en el hombro de Sab, que aun permanecía arrodillado:—Levántate, buen muchacho,—le dijo,—levántate que has procedido bien y quiero yo también recompensarte. Diciendo esto puso en su mano una moneda de oro, pero la mano se quedó abierta y la moneda cayó en tierra.

—Sab,—dijo Carlota con tierno acento,—Enrique quiere sin duda que des esa moneda, en nombre suyo, al pequeño Luis.

El mulato levantó entonces la moneda y la llevó al niño que la tomó con alegría. Teresa estaba sentada en la misma tarima de Luis, y Sab creyó al mirarla que tenía los ojos humedecidos; pero sin duda era una ilusión porque el rostro de Teresa no revelaba ninguna especie de emoción.

Martina quiso dar las gracias al señor de B.... por su caritativa promesa, pero éste, que deseaba cortar una conversación que le había causado ya demasiado enternecimiento, mandó traer la comida, rogando a Martina no se ocupase por entonces sino en hacer dignamente los honores de la casa. Servida la comida, el señor de B.... quiso absolutamente que se sentasen con ellos no solamente Martina sino también Sab. La vieja india, que pasado el primer momento del entusiasmo de su gratitud había recobrado su aire ridículamente majestuoso, y tal cual ella creía convenir a la descendiente de un cacique, ocupó sin hacerse de rogar una cabecera de la mesa, y Sab se vió precisado por su amo a colocarse en un frente, en medio a la mayor de sus niñas y de Teresa. Martina aprovechó la ocasión que le dieron algunas preguntas de Carlota para repetir los maravillosos cuentos que ya mil veces había contado, de la muerte de Camagüey y las apariciones de su alma en aquellos alrededores. Las niñas la escuchaban abriendo sus grandes ojos con muestras de vivo interés y admiración, sin cuidarse ya de comer. Enrique no parecía tampoco con gran apetito y se notaba en su aire cierto descontento, acaso por un pueril sentimiento de vanidad, que le hacía no aprobar la excesiva bondad de don Carlos, en sentar a su mesa a un mulato que quince días antes aun era su esclavo. Ninguna vanidad tan ridículamente, susceptible como la de aquellos hombres de la nada que se ven repentinamente, por un capricho de la suerte, elevados a la fortuna.

Carlota, por el contrario, estaba radiante de placer y agradecía a su padre la ligera distinción que concedía al libertador de Luis y bienhechor de Martina. Ella era siempre la que se adelantaba a ofrecer al confuso mulato, ya de este ya de aquel plato; ella la que le dirigía la palabra con acento más dulce y afectuoso, y la que, con exquisita delicadeza, evitaba que en la conversación general se escapase una sola palabra que pudiese herir la sensibilidad o la modestia de aquel excelente joven, cuyo corazón merecía tantos miramientos; hizo ella misma el plato destinado a Luis, y no olvidó tampoco a Leal. Mirábala de rato en rato Martina, aunque no cesase de relatar sus sempiternos cuentos, y luego miraba también a Sab. Una vez después de estas miradas suspiró profundamente y sus ojos se cargaron de lágrimas: era precisamente cuando refería la triste historia del cacique Camagüey, y nadie extrañó su conmoción.

Era necesario regresar a la estancia de don Carlos, pues se iba haciendo tarde; al despedirse de Martina dejóle éste su bolsillo lleno de dinero, y la vieja lo colmó de bendiciones. Enrique le dió cariñosos adioses, y Carlota la abrazó con las lágrimas en los ojos, e igualmente al pequeño Luis; luego acarició a Leal recomendándoselo al niño y salió a juntarse con el resto de la compañía, que la aguardaba para partir.

La despedida de Sab fué más larga: tres veces le abrazó Martina y otras tantas tornó a abrazarle con mayor afecto. Luego Luis, colgado de su cuello, parecía reanimado por el cariño que su hermano adoptivo le inspiraba. Sab iba por último a arrancarse de sus brazos, dándole con paternal afecto el último beso, cuando el niño, reteniéndole con extraña tenacidad,—escucha,—le dijo,—tengo que pedirte una cosa, una cosa muy bonita que me han dado para ti; pero que tú, que eres tan bueno, querrás dejarme. El mulato oyó la voz de su amo que le llamaba para partir, y apartándose de Luis,—Sí,—le contestó, sin atender al objeto que excitaba los deseos del niño y éste apretaba en su mano derecha, cerrada con fuerza:—sí, yo te la regalo.

—Ya lo sabía yo,—exclamó con pueril regocijo el enfermo.—¡Ah! qué bueno eres: ya lo sabía yo desde que me dió este regalo aquella señora, que lloraba al dármelo para ti; pero tú no lloras porque se lo das a tu hermano; tú eres mejor que ella.

—¡Cómo! ¿Una señora te dió ese regalo para mí?—exclamó el mulato volviendo a arrodillarse sobre la tarima de Luis.

—Sí, una de esas que han estado hoy en casa, y me dijo que tú le amarías mucho: ¡ya la creo! ¡es tan bonito! pero tú amas más a tu hermano y por eso se lo has dado,—y el niño acariciaba la cabeza de Sab, pero éste no atendía ya a sus halagos.

—¡Una de estas señoras te lo ha dado! ¡Para mí! ¡Oh! ¡dámelo, dámelo!—y arrancó de la mano del niño, que defendía su tesoro con todas sus fuerzas, aquel objeto que excitaba ya su más ardiente anhelo.

—¡No me lo quites; tú me lo has dado! ¡es mío, es mío!—gritaba llorando Luis, y Sab precipitándose junto a la mesa, donde ardía una bugía, devoraba con los ojos aquel presente misterioso. Era un brazalete de cabellos castaños de singular hermosura, y el broche lo formaba, un pequeño retrato en miniatura.

—¡Es mío! ¡Dámelo!—repetía el niño tendiendo sus descarnados brazos y sus manitas transparentes.

—¡Es ella!—exclamaba sin oirlo el mulato.—¡Es su retrato! ¡Su pelo! ¡Dios mío, es ella!

Volvió a caer de rodillas junto a la tarima del enfermo y enajenado, convulso, fuera de sí, apretaba el brazalete y al niño sobre su pecho, gritando siempre:—¡Es ella! ¡Es ella!—El niño casi sofocado entre sus brazos procuraba desasirse sin dejar de repetir:—¡Es mío! ¡Es mío!

—En nombre del cielo,—le dice Sab,—en nombre del cielo repíteme lo que me has dicho. Luis, dímelo otra vez, dime que fué ella quien te ha dado esto para mí.

—Sí, pero tú me lo has regalado,—decía la pobre criatura.

—¡Oh! yo te daré mi vida, mi alma, todo lo que quieras, Luis, pero dímelo: ¿fué ella? Y oprimía entre las suyas las delicadas manos del niño.

—¡Me haces mal!—gritó amedrentado de los arrebatos de su hermano adoptivo:—¡Sab, déjame! No te pediré! No te pediré más esa cosa tan bonita. ¡Suéltame! Ay! Me rompes las manos.—Lloraba el niño y Sab era insensible a su llanto.

—¡Fué ella! ¡Fué ella!—repetía cada vez más enajenado.

—Sí, ella,—respondió balbuceando Luis,—esa señora, la más chica de las dos grandes, esa de los ojos verdes, y....

—¡Oh! ¡Teresa! ¡Teresa!—le interrumpió tristemente Sab, soltando las manos del niño:—¡Teresa ha sido!

—Mira, me le dió envuelto en este papelito y yo le saqué para mirarle. Toma el papel, y dame eso, dámelo querido Sab, tú me lo ofreciste.

Sab tomó el papel en el cual escritas con lápiz leyó estas palabras: «Luis ofrece al que ha salvado dos veces la vida de Enrique Otway esta prenda, en compensación de los beneficios que le debe.»

—¡Teresa! ¡Teresa!—exclamó Sab;—tú has penetrado, pues, en este corazón, tú conoces todos sus secretos, tú sabes cuánto aborrezco esa vida que he salvado dos veces y comprendes todo el precio de mi generosidad. ¡Oh Teresa! Este presente tuyo es lo más precioso que podías darme; pero acaso pueda yo pagarte muy en breve: sí, lo haré, lo haré y te bendeciré mientras palpite este corazón, del cual no se apartará jamás el inestimable tesoro que me has creído digno de poseer.

La voz del señor de B...., impaciente ya con la tardanza del mulato, se oyó en aquel momento, llamándole para partir. Sab ocultó en su pecho el precioso brazalete y arrancándose de los brazos del niño, que aun le repetía:—¡Dámelo!,—lanzóse fuera de la sala. Encontróse a Martina que entraba a buscarle; todos los viajeros estaban ya a caballo y sólo por él se aguardaba.

Sab, todo turbado, murmuró una excusa insignificante y tomando su jaco se adelantó a paso largo sirviendo de guía a los viajeros.

CAPITULO XI

¿Cuál es vuestro designio? ¿Qué significa ese lenguaje misterioso? Shakespeare. Macbeth.

En efecto, aquel brazalete tejido con cabellos de la hermosa hija de don Carlos, y cuyo broche era retrato de ésta, fué regalado a Teresa por su amiga hacía algunos años y desde entonces pocas veces dejaba de llevarlo, pues si su carácter, seco y huraño, la hacía poco afectuosa con Carlota, su corazón, noble y agradecido, sabía apreciar dignamente la preciosa prenda de una amistad tan sincera como aquella que debía a su interesante compañera.

Sab, poseedor de tan inestimable joya, apretábala a su seno mil y mil veces, bendecía a Teresa y buscaba sus miradas deseoso de que leyera en las suyas la inmensa gratitud de su corazón. Pero eran vanos sus esfuerzos. Durante el camino Teresa, sepultada en el fondo del carruaje, no levantó los ojos de un libro que al parecer leía, y llegaron de noche a la estancia sin que Sab hubiese podido dirigirla ni una mirada de agradecimiento.

Inútilmente buscó después proporción de hablarla un momento. Teresa lo evitó con tanto cuidado que le fué imposible conseguirlo.

Dos días más pasaron en Cubitas nuestros viajeros, empleados por don Carlos en hacer conocer a su futuro yerno todas las tierras que le pertenecían, y en mostrar a las señoritas otras curiosidades naturales del país. Entre ellas el río Máximo, llamado de los Cangilones, cuyas límpidas aguas corren mansamente por medio de dos simétricas paredes de hermosas piedras, y en cuyas márgenes pintorescas florecen las clavellinas, y una infinidad de plantas raras y preciosas. Sab les hizo ver también los Paredones, cerros elevados y pedregosos por medio de los cuales se extiende un camino de doce o catorce varas de ancho. El viajero que transita por dicho camino no puede levantar la vista hacia la altura sin sentir vértigos y cierto espanto, al aspecto imponente de aquellas grandes moles, paralelas y de admirable igualdad, que no ha levantado ninguna mano mortal.

Carlota hubiera deseado aguardar en Cubitas la vuelta de su amante, que se veía obligado a ir por algunos días a Guanaja; pero el señor de B.... había determinado de antemano regresar a Bellavista el mismo día que Otway partiese a Guanaja. Estaba impaciente el buen caballero por enviar a Sab a Puerto Príncipe y acercarse él mismo a aquella ciudad, a fin de tener más presto las noticias que deseaba. En el último correo de la Habana no había tenido carta de su hijo ni de sus preceptores. Sab, que había ido a la ciudad, como sabe el lector, llevando entre otros el encargo de sacar las cartas del Correo, había declarado al llegar (el día en que partieron para Cubitas), que no había carta ninguna para el señor de B.... Extraño era este silencio de su hijo que no dejaba de escribirle un solo correo, y extraño también que su corresponsal de negocios no le mandase, como acostumbraba, los periódicos de la Habana, mayormente cuando debían contener la noticia del sorteo de la gran lotería; que ya sabía don Carlos por Enrique haber caído el premio mayor en Puerto Príncipe. Deseaba, pues, con toda la impaciencia de que era susceptible su carácter, tener noticias de su hijo, cuyo silencio le inquietaba, y saber cuál era el número premiado. Aunque, como ya hemos dicho, no era don Carlos codicioso, ni diese demasiada importancia a las riquezas, no dejaba de conocer con dolor cuánto las suyas estaban desmembradas, y cuán bello golpe de fortuna sería, para él sacar 40,000 duros a la lotería. Por tanto, al saber que este premio cayera en Puerto Príncipe, latió su corazón de esperanza y acordándose que tenía dos billetes, y Teresa y Carlota cada una otro;—¿Quién sabe,—dijo,—si uno de estos cuatro billetes será el premiado? ¡Oh! ¡Si fuese el de Carlota! ¡Qué felicidad!—Pero, no,—añadió prontamente el generoso caballero;—más bien deseo que sea el de Teresa; ella lo necesita más. ¡Pobre huérfana, que no ha heredado más que un mezquino patrimonio! Carlota será sin la lotería bastante rica, mayormente casándose con Enrique Otway.

Enrique partió para Guanaja pasados tres días en Cubitas y la familia de B.... para Bellavista, después de dejar instalada a Martina en su nuevo domicilio, colmándola de regalos y recibiendo en cambio sus bendiciones.

¡Cómo pierden su hermosura los objetos mirados por los ojos de la tristeza! Carlota al restituirse a Bellavista miraba con indiferencia aquellos mismos campos, fértiles y hermosos, que tan grata impresión le causaran tres días antes, admirándolos con Enrique.

Iba a estar ocho días separada de aquel objeto de toda su ternura, y su tristeza era tanto mayor cuanto que una vaga inquietud, un indefinible temor atormentaban por primera vez su imaginación.

En los tres días pasados en Cubitas habíale parecido su amante frecuentemente triste y caviloso, y sus adioses fueron fríos. Cuando Carlota le hablaba de su próxima unión, Enrique callaba o contestaba con cierta confusión; cuando Carlota le reprochaba su displicencia, Enrique se disculpaba con pueriles pretextos. Una desconfianza indeterminada, pero cruel, oprimió por primera vez aquel cándido y confiado corazón.—No me ama tanto como yo le amo, se atrevió Carlota a confesarse a sí misma; alguna cosa le aflige que no se atreve a confiarme.

¡Enrique tiene secretos para mí! ¡Para mí que le he entregado mi alma toda entera! ¡Para mí que seré en breve su esposa!

Trataba en vano de adivinar la causa secreta de las cavilaciones de Enrique, y preguntábasela a su propio corazón. ¡Ah! ¿Cómo había de responderle aquel noble y desinteresado corazón? Carlota oyó decir a su padre que Otway se había sorprendido al saber el poco valor y escasos productos de las tierras que poseía en Cubitas; pero, ¿podía ella sospechar remotamente que aquel descubrimiento influyese en la tristeza y frialdad de su amante?... Si un desgraciado instinto se lo hubiese revelado, Carlota no hubiera podido amar ya, pero acaso tampoco hubiera podido vivir.

Melancólica y preocupada, llegó al anochecer a aquel ingenio del cual saliera tres días antes con tan risueñas disposiciones, y sabiendo que Sab debía partir al día siguiente para la ciudad pretextó tener que escribir varias cartas a algunas de sus conocidas y se encerró en su cuarto, para entregarse toda a su tristeza e inquietud; don Carlos siguió su ejemplo retirándose a su escritorio, con el verdadero objeto de escribir muchas cartas que debía Sab llevar al Correo, y las niñas, fatigadas, no tardaron en dormirse. Así únicamente Teresa permanecía en la sala al cuarto de hora de llegar al ingenio. Todos, al parecer, la habían olvidado y hallóse sola enteramente. Levantóse entonces de la butaca en que se había sentado, y acercándose con cautela a la puerta del cuarto que servía de dormitorio a las dos, y en el cual se hallaba entonces encerrada Carlota, aplicó el oído a la cerraja y escuchó atentamente por espacio de algunos minutos. Luego volvióse muy despacio a su silla.—¡No hay duda!—dijo en voz baja:—¡He oído sus sollozos! ¡Carlota! ¿Qué puede afligirte? ¡Eres tan dichosa! ¡Todos te aman! ¡Todos desean tu amor!... ¡Deja lágrimas para la pobre huérfana sin riquezas, sin hermosura, a la que nadie pide amor, ni ofrece felicidad!

Inclinó lánguidamente la cabeza, y quedó sumida en tan larga y profunda meditación, que durante más de dos horas no hizo el menor movimiento, ni apenas podría percibirse que respiraba. La vela de sebo, que ardía a su lado sobre una mesa, habíase gastado sin que ella lo advirtiese y estaba ya próxima a extinguirse. Por fin, volviendo progresivamente de aquella especie de letargo, exhaló primero un hondo suspiro; levantó luego con lentitud la cabeza y echó una ojeada al reloj de mesa que estaba junto a ella. ¡Las diez!—exclamó:—¡las diez! ¡Hace pues dos horas que estoy aquí sola!—Miró luego la puerta del cuarto en que se hallaba Carlota, y que permanecía cerrada todavía, y por último fijó los ojos en la vela expirante, que ya apenas iluminaba débilmente los objetos, si bien arrojaba por intervalos ráfagas de vivísima luz.—Así un corazón gastado por los pesares,—dijo tristemente,—arroja aún de tiempo en tiempo destellos de entusiasmo, antes de apagarse para siempre: así mi pobre corazón cansado de amargura, despedazado de dolores, vierte todavía sobre mis últimos años de juventud el resplandor siniestro de una llama criminal y terrible!

La luz arrojó en aquel momento una ráfaga más viva que las anteriores; pero fué la última: Teresa quedó en profunda oscuridad, y oyóse entonces su voz proferir con acento más triste:

—Así te extinguirás, desgraciado fuego de mi corazón, así te extinguirás también por falta de pábulo y de esperanza.

—¡No, Teresa! ¡Aún hay para vuestro amor una esperanza! Aún podéis ser dichosa,—respondió otra voz no menos sombría, que Teresa escuchó casi en su mismo oído. Lanzó ella un ligero grito, que al parecer fué sofocado por una mano colocada oportunamente sobre su boca.—¡Silencio!—repitió la misma voz,—silencio si no queréis perdernos a ambos. Teresa, yo os debo mucho y acaso puedo pagaros; vos habéis adivinado mi secreto y yo en cambio poseo el vuestro. Es preciso que haya una explicación entre nosotros: es preciso que me oigáis. ¿Lo entendéis, Teresa? Esta noche, cuando el reloj que hace un momento mirabais, haya sonado las doce, os aguardo en las orillas del río a espaldas de los cañaverales del Sur. Mañana debo partir y es forzoso que me oigáis antes, porque esta conferencia, yo os lo juro, decidirá de mi suerte y la vuestra. ¡Acaso también de la suerte de otros! ¿Juráis acudir a la cita, que os pido en nombre de todo lo que más amáis?

—Sab,—respondió Teresa con voz trémula y asustada:—¿qué quieres decir? soy una desgraciada a quien debes compadecer.

—Y a la que quiero y puedo hacer dichosa,—repuso con vivacidad su interlocutor.—¡Yo os lo suplico por la memoria de vuestra madre, Teresa! dignaos otorgarme lo que os pido. Mi vida, la vuestra acaso depende de esta condescendencia.

—¡A las doce! ¡Sola! ¡Tan distante!—observó en voz baja la doncella.

—¡Y qué! ¿Tendréis miedo del pobre mulato, a quien creisteis digno de recibir de vos el retrato de Carlota? ¿Me tendréis miedo, Teresa?

—No,—respondió ella con voz más segura:—¡Sab! yo te lo prometo, acudiré a la cita.

—¡Bendita seas mujer! ¡Y bien! a las doce, a orillas del río, a espaldas de los cañaverales del Sur.

—Allí me hallarás.

—¿Lo juras, Teresa?

—¡Lo juro!

A este diálogo habido en las tinieblas sucedió en la sala un silencio profundo, y cuando tres minutos después salió don Carlos de su escritorio llamando a Sab, para entregarle las cartas que debía llevar a la ciudad, encontró a Teresa en la misma butaca en la que la había visto al dejar la sala y al parecer profundamente dormida. A las voces del señor de B...., y al ruido de la puerta del cuarto de Carlota, que se abrió casi al mismo tiempo, despertó de su sueño, y oyó esperezándose la dulce voz de su amiga que la decía abrazándola.

—Teresa mía, perdona el que te haya dejado sola por tanto tiempo.!Tenía tanto que escribir!—Y al momento, como si se arrepintiese de ser poco sincera con su amiga, añadió más bajo:—¡Tenía tanta necesidad de estar sola!

Teresa, sin prestar atención a esta excusa, miró alrededor de sí, como si después de un tan largo sueño apenas recordase el sitio en que se hallaba.—¿Qué hora es?—preguntó seguidamente.

—Mira el reloj,—respondió Carlota,—son las diez dadas y creo justo nos recojamos, tanto más cuanto parece estás muy dispuesta a volver a dormirte. Pero he aquí a Sab que recibe órdenes y cartas; mañana al amanecer marcha a la ciudad; voy a darle dos cartas que he escrito para nuestras amigas. ¿No tienes tú nada que encargar a Puerto Príncipe?

—Nada,—contestó Teresa, levantándose y dirigiéndose hacia el dormitorio, al cual la siguió Carlota después de poner en manos del mulato sus dos cartas, y de recibir un beso y una bendición de su padre.

—Te habrás fastidiado mucho, mi buena Teresa,—dijo cariñosamente a su compañera, después de cerrar la puerta y mientras se desnudaba para acostarse:—¡tan sola como estabas! ¿Qué has hecho?

—Dormir, ya lo has visto,—respondió Teresa, que ya estaba en la cama y al parecer muy próxima a volver a dormirse.

—He sentido mucho dejarte sola,—repuso Carlota;—pero mira: ¡tenía tanta necesidad de soledad y silencio! ¡Estaba tan triste! ¡Tan agitada!

—Estabas triste, ¿qué tenías, pues?—dijo Teresa incorporándose un poco en la almohada.

—Tenía... ¿qué sé yo? ¡Una opresión del corazón!... Necesitaba llorar, lloré mucho y ya me siento aliviada.

—¿Has llorado?—repitió Teresa alargándola una mano, con más ternura en su voz y en sus miradas que la que Carlota estaba acostumbrada a ver en ella. Conmovida en aquel momento, a vista de este inesperado interés, arrojóse la pobre niña en los brazos de su amiga y renovó su llanto. Poco tuvo que insistir Teresa para arrancarla una entera confesión de los motivos de su tristeza. No acostumbrada al dolor, pero dotada de un alma capaz de recibirlo en toda su plenitud, Carlota había padecido tanto aquella noche con sus cavilaciones e inquietudes, que sentía una necesidad de pedir consuelo y compasión. Por otra parte, aunque Teresa con su sequedad genial recibiese sus confianzas por lo común con muestras de poco interés, Carlota había adquirido el hábito de hacérselas, y reprochábala su corazón, como una falta, la reserva que en aquella ocasión había tenido con su amiga. Así pues, abrazada de su cuello y llenos los ojos de lágrimas, refirióle con candor y exactitud todas las quejas que formaba de Enrique. Teresa la escuchaba con atención, y luego que hubo concluído:

—¡Pobre Carlota!—la dijo:—¡Cómo te forjas tú misma motivos de inquietud!

—¡Pues qué!—exclamó con ansiedad de temor y de esperanza,—¿piensas tú que soy injusta?

—Lo eres indudablemente,—repuso Teresa.

—¿Piensas que me ama lo mismo que antes?

—Y ¿por qué no te amaría más cada día, querida Carlota? ¡Eres tan buena, tan hermosa!

—¿Me adulas, Teresa?—preguntó Carlota, que a las primeras palabras de su amiga había levantado su linda cabeza, enjugando sus lágrimas y conteniendo sus sollozos, para oirla mejor.

—No ciertamente, eres amada y mereces serlo. ¿Por qué interpretas en tu daño lo que puede ser, y es indudablemente, efecto de ese mismo amor del cual dudas? ¿Es acaso extraño que Enrique esté triste y de mal humor, cuando, acostumbrado a verte diariamente por espacio de tres meses, y con la esperanza de verte en breve sin cesar, se halla sin embargo al presente forzado por enojosos asuntos de comercio a dejarte con frecuencia y a pasar semanas enteras lejos de ti? Esa frialdad de que te quejas es una aprensión tuya, y además, ¿quieres que un hombre abrumado de negocios esté tan entregado como tú a su ternura? ¿Quieres que no haga otra cosa que suspirar de amor a tus pies? ¡Oh! eres injusta, no lo dudes Carlota: Enrique no merece las sospechas de tu suspicaz ternura.

Escuchaba estas palabras Carlota con inexpresable alegría. Es tan fácil persuadirnos de aquello que deseamos, y tan dulce esta persuasión, que la apasionada joven no necesitó más que aquellas pocas palabras de Teresa, para disipar todas sus inquietudes; y si aun no se mostró convencida fué por el placer de que su amiga le repitiese que era injusta y que Enrique la amaba. ¡Cuánto bien hacían a su corazón aquellas palabras! ¡Cómo se aplaudía de haber confiado a Teresa sus penas, reconviniéndose de no haberlo hecho antes! Teresa la parecía aquella noche adorable, elocuente, sublime. Persuadíase con placer que era mil veces más justa, más sensata que ella, y lloró entonces haber ofendido a su amante con infundados recelos.

—He sido ciertamente muy injusta,—dijo entre sonrisas y lágrimas;—pero merezco perdón. ¡Le amo tánto! Una palabra, una mirada de Enrique es para mi corazón la vida o la muerte, la felicidad o la desesperación. Tú no comprendes esto, Teresa, porque nunca has amado.

Teresa se sonrió tristemente.

—Estás tan poco acostumbrada a padecer,—la dijo después,—que el menor contratiempo, hallando indefenso tu corazón, se posesiona y le oprime. ¡Oh Carlota! aun cuando la desgracia que sin razón has temido llegase a realizarse, ¿deberías abandonarte así cobardemente al dolor? Si Enrique fuese mudable, pérfido, ¿no tendrías bastante orgullo y fortaleza para despreciarle, juzgando poco digna de tus lágrimas la pérdida de un corazón inconstante?

Carlota desenlazó sus brazos de los de Teresa con un movimiento convulsivo, y pintóse en sus ojos un triste sobresalto.

—¡Qué! ¿Intentas acaso prepararme? ¿Me has engañado al asegurarme que me amaba? ¿Has conocido tú también su mudanza? ¿La sabes? dímelo ¡oh! en nombre del cielo, dímelo, cruel!

—No, pobre niña,—exclamó Teresa,—¡no! no he conocido otra cosa sino que serás desgraciada, no obstante tu hermosura y tus gracias, no obstante el amor de tu esposo y de cuantos te conocen. Serás desgraciada si no moderas esa sensibilidad pronta siempre a alarmarse.

—Sí,—respondió Carlota, con un hondo suspiro, mientras se sentaba tristemente y con aire pensativo sobre su cama:—Sí, seré desgraciada; no sé qué voz secreta me lo dice sin cesar; pero al menos la desgracia contra la cual quieres prepararme, no será la que yo llore más largo tiempo. Si Enrique fuese pérfido, ingrato...., entonces todo habría concluído....; yo no sería ya desgraciada. No son los más temibles aquellos males a los que hay la certeza de no poder sobrevivir.

Concluyendo estas palabras dejóse caer con abatimiento sobre la almohada, y Teresa fijó los ojos en ella con profunda emoción. Miraba con cierta sorpresa, y con la más tierna piedad, impreso el dolor en aquella frente tan joven y tan pura, en la que ni el tiempo ni las pasiones habían grabado hasta entonces su dolorosa huella, y reconveníase por haber turbado un momento su deliciosa serenidad.—Desgracia para aquellos, decía interiormente, que derraman la primera gota de hiel en un alma dichosa. ¿Quiénes son los que, surcado el rostro por las arrugas, que les han impreso los años o los dolores, se acercan atrevidos a la juventud confiada y feliz, para arrebatarle sus ilusiones inocentes y brillantes? Seres fríos y duros, almas sin compasión que pretenden hacer un bien cuando anticipan el momento fatal del desengaño: cuando ofrecen una triste realidad al que despojan de sus dulces quimeras. Hombres crueles, que hielan la sonrisa en los labios inocentes, que rasgan el velo brillante que cubre a los ojos inexpertos, y que al decir: esta es la verdad, destruyen en un momento la felicidad de toda una existencia.

¡Oh vosotros, los que ya lo habéis visto todo, los que todo lo habéis comprendido y juzgado, vosotros los que ya conocéis la vida y os adelantáis a su último término, guiados por la desconfianza! Respetad esas frentes puras, en las que el desengaño no ha estampado su sello; respetad esas almas ricas de esperanzas y poderosas por su juventud....; dejadles sus errores...., menos mal les harán que esa fatal previsión que queréis darles.

Teresa, haciendo estas reflexiones, se había inclinado hacia su prima y la apretaba en sus brazos con no usada ternura. Carlota recibía sus caricias sin devolverlas—tan preocupada estaba—hasta que Teresa renovando la conversación procuró tranquilizarla repitiéndola, con acento de convicción, que Enrique la amaba, que la amaría siempre y que le ultrajaba en dudar un momento de su sinceridad y constancia.

Luego que la vió menos agitada, rogóla procurase dormir y ella misma aparentó necesidad de reposo. Imposible fué sin embargo a Carlota dormirse en algún tiempo; bien que sosegada de sus temores, sentíase sobradamente conmovida, y ya Teresa dormía al parecer profundamente, hacía más de media hora, cuando ella aun daba vueltas en su cama sin poder sosegar. Por fin, después de esta agitación, el deseado sueño descendió a sus ojos, y Carlota se quedó dormida al mismo tiempo que el reloj sonaba distintamente las doce.

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