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Sab (novela original)

SEGUNDA PARTE

Reading edition

CAPITULO I

Escúchame que no seré largo; la historia de un corazón apasionado es siempre muy sencilla. Alfredo de Vigny. Cinq-Mars.—Una conspiración.

Era una de aquellas hermosas noches de los trópicos: el firmamento relucía recamado de estrellas, la brisa susurraba entre los inmensos cañaverales, y un sinnúmero de cocuyos resaltaban entre el verde oscuro de los árboles y volaban sobre la tierra, abiertos sus senos brillantes como un foco de luz. Sólo interrumpía el silencio solemne de la medianoche el murmullo melancólico que formaban las corrientes del Tínima, que se deslizaba a espaldas de los cañaverales entre azules y blancas piedras, para regar las flores silvestres que adornaban sus márgenes solitarias.

En aquella hora una mujer sola, vestida de blanco, atravesaba con paso rápido y cauteloso los grandes cañaverales de Bellavista, y se adelantaba guiada por el ruido de las aguas, hacia las orillas del río. Al ligero rumor de sus pisadas, que en el silencio de la noche se percibía claramente, levantóse de improviso de entre las piedras del río la figura de un hombre de aventajada talla, y se oyó distintamente esta exclamación, proferida al mismo tiempo por los dos individuos que mutuamente se reconocían:—¡Teresa!—¡Sab! El mulato la tomó por la mano y haciéndola sentar sobre las piedras de que acababa de levantarse, postróse de rodillas delante de ella.—¡Bendita seáis Teresa! Habéis venido como un ángel de salvación a dar la vida a un infeliz que os imploraba; pero yo también puedo daros en cambio esperanza y consuelo: nuestros destinos se tocan y una misma será la ventura de ambos.

—No te comprendo, Sab,—contestó Teresa;—he venido a este sitio porque me has dicho que dependía de ello tu felicidad, y acaso la de otros; respecto a la mía, no la deseo ni la espero ya sobre la tierra.

—Sin embargo, al hacer mi dicha haréis también la vuestra,—la interrumpió el mulato;—un acaso singular ha enlazado nuestros destinos. ¡Teresa! vos amáis a Enrique y yo adoro a Carlota; vos podéis ser la esposa de ese hombre, y yo quedaré contento con tal que no lo sea Carlota. ¿Me entendéis ahora?

—Sab,—repuso con melancólica sonrisa la doncella,—tú deliras seguramente.—¿Yo puedo ser, dices tú, la esposa de Enrique?

—Sí, vos podéis serlo, y soy yo quien puede daros los medios para conseguirlo.

Teresa le miró con temor y lástima; sin duda creyó que estaba loco.—¡Pobre Sab!—dijo ella desviándose involuntariamente;—cálmate en nombre del cielo; no estás en tu juicio cuando crees....

—Escuchadme,—interrumpió con viveza Sab, sin darla tiempo de concluir la frase que había comenzado.—Escuchadme. ¡Aquí, en presencia del cielo y de esta magnífica naturaleza, voy a descubriros mi corazón todo entero! Una sola cosa exijo de vos: prometedme que no saldrá de vuestros labios una sola palabra de cuantas esta noche me escucharéis....

—Te lo prometo.

—¡Teresa!—prosiguió él, sentándose a sus pies—vos sabéis que este desventurado se atreve a amar a aquella cuya huella no es digno de besar; pero lo que no podéis saber es cuán inmensa, cuán pura es esta pasión insensata. ¡Dios mismo no desdeñaría un culto semejante!

Yo he mecido la cuna de Carlota: sobre mis rodillas aprendió a pronunciar—te amo—y a mí dirigieron por primera vez sus angélicos labios esta divina palabra. Vos lo sabéis, Teresa: junto a ella he pasado los días de mi niñez y los primeros de mi juventud; dichoso con verla, con oirla, con adorarla, no pensaba en mi esclavitud y en mi oprobio, y me consideraba superior a un monarca cuando ella me decía: “te amo”.

El mulato, cuya voz fué sofocada por la conmoción, guardó un instante de silencio y Teresa le dijo:

—Ya lo sé Sab: sé que te has criado junto a Carlota; sé que tu corazón no se ha entregado voluntariamente a una pasión insensata, y que sólo debe culparse a aquellos que te expusieron a los peligros de semejante intimidad.

—¡Los peligros!—repitió tristemente el mulato;—ellos no los preveían, porque no sospecharon nunca que el pobre esclavo tuviera un corazón de hombre; ellos no creyeron que Carlota fuese a mis ojos sino un objeto de veneración y de culto. En efecto, cuando yo consideraba aquella niña tan pura, tan bella, que junto a mí constantemente, me dirigía una mirada inefable, parecíame que era el ángel custodio que el cielo me había destinado, y que su misión sobre la tierra era conducir y salvar mi alma. Los primeros sonidos de aquella voz argentina y pura; aquellos sonidos que me parecían un eco de la eterna melodía del cielo, no me fueron desconocidos: imaginaba haberlos oído en otra parte, en otro mundo anterior, y que el alma que les exhalaba se había comunicado con la mía por los mismos sonidos, antes de que una y otra descendieran a la tierra.

Así la amaba yo, la adoraba desde el primer momento en que la vi reciennacida, mecida sobre las rodillas de su madre.

Luego la niña creció a mi vista y la hechicera criatura convirtióse en la más hermosa de las vírgenes. Yo no osaba ya recibir una mirada de sus ojos, ni una sonrisa de sus labios: trémulo delante de ella, un sudor frío cubría mi frente, mientras circulaba por mis venas ardiente lava que me consumía. Durmiendo, aun la veía niña y ángel descansar junto a mí, o elevarse lentamente hacia los cielos de donde había venido, animándome a seguirla con la sonrisa divina y la mirada inefable que tantas veces me había dirigido. Pero cuando despertaba, era la mujer y no el ángel la que veían mis ojos y amaba mi corazón. La mujer más bella, más adorable que pudo hacer palpitar jamás el corazón de un hombre: era Carlota con su tez de azucena, sus grandes ojos que han robado su fuego al sol de Cuba; Carlota con su talle de palma, su cuello de cisne, su frente de quince años...., y al contemplarla tan hermosa pensaba que era imposible verla sin amarla; que entre tantos como la ofrecerían un corazón encontraría ella uno que hiciese palpitar el suyo, y que para él serían únicamente todos los latidos de aquel hermoso seno, todas las miradas de aquellos ojos divinos y las sonrisas de aquellos labios de miel.

¡Teresa!—añadió bajando la voz que había sido hasta entonces llena, sonora y clara, y que fué luego tomando gradualmente un acento más triste y sombrío.—¡Teresa! ¡Entonces recordé también que era vástago de una raza envilecida! ¡Entonces recordé que era mulato y esclavo....! Entonces mi corazón, abrasado de amor y de celos, palpitó por primera vez de indignación, y maldije a la naturaleza que me condenó a una existencia de nulidad y oprobio; pero yo era injusto, Teresa, porque la naturaleza no ha sido menos nuestra madre que la vuestra. ¿Rehusa el sol su luz a las regiones en que habita el negro salvaje? ¿Sécanse los arroyos para no apagar su sed? ¿No tienen para él conciertos las aves, ni perfumes las flores?.... Pero la sociedad de los hombres no ha imitado la equidad de la madre común, que en vano les ha dicho: ¡Sois hermanos! Imbécil sociedad, que nos ha reducido a la necesidad de aborrecerla, y fundar nuestra dicha en su total ruina!

Calló un momento, y Teresa vió brillar sus ojos con un fuego siniestro.

—¡Sab!—dijo entonces con trémula voz:—¿me habrás llamado a este sitio para descubrirme algún proyecto de conjuración de los negros? ¿Qué peligro nos amenaza? ¿Serás tú uno de los....

—No,—la interrumpió él con amarga sonrisa:—tranquilizaos, Teresa, ningún peligro os amenaza; los esclavos arrastran pacientemente su cadena; acaso sólo necesitan para romperla oir una voz que les grite: ¡Sois hombres! pero esa voz no será la mía, podéis creerlo.—Teresa alargó su mano a Sab, con alguna emoción; él fijó en ella sus ojos y prosiguió con tristeza más tranquila:

—Era puro mi amor como el primer rayo del sol en un día de primavera, puro como el objeto que le inspiraba, pero ya era para mi un tormento insoportable. Cuando Carlota se presentaba en el paseo o en el templo y yo iba en su seguimiento, observaba todos los ojos fijarse sobre ella y seguía con ansiedad la dirección de los suyos. Si un momento los paraba en algún blanco y gentil caballero, yo suspenso, convulso, quería penetrar a su corazón, sorprender en él un secreto de amor y morir. Si la veía en casa melancólica y pensativa dejar caer el libro que leía, o el pañuelo que bordaba; si revelaba el movimiento desigual de su pecho una secreta emoción, mil dolores desgarraban el mío, y me decía con furor: Ella siente la necesidad de amar; ella amará y no será á mí.

No pude sufrir mucho tiempo aquel estado de agonía; conocí la necesidad de huir de Carlota y ocultar en la soledad de mi amor, mis celos y mi desesperación. Vos lo sabéis, Teresa, solicité venir a este ingenio, y hace dos años que me he sepultado en él, volviendo a ver raras veces aquella casa en que pasé días de tanta felicidad y de tanta amargura, y aquel objeto adorable, que ha sido mi único amor sobre la tierra; pero lo que no podéis saber ni yo podré deciros, es cuánto he padecido en estos dos años de voluntaria ausencia. ¡Preguntádselo a esos montes, a este río, a estas peñas! Sobre ellas he derramado mis lágrimas que el río arrastraba en su corriente. ¡Oh Teresa! preguntádselo también a este cielo que ostenta sobre nosotros sus bóvedas eternas; él sabe cuántas veces le rogué me descargase del peso de una existencia que no le había pedido, ni podía agradecerle; pero siempre había un muro de bronce interpuesto entre él y yo, y el eco de la montaña me volvía los lamentos de dolor, que el cielo no se dignaba acoger.

Una gruesa y ardiente lágrima se desprendió de los ojos de Sab, cayendo sobre la mano de Teresa, que aun retenía en las suyas; y otra lágrima cayó también al mismo tiempo y resbaló por la frente del mulato; esta lágrima era de Teresa, que inclinada hacia él, le fijaba una mirada de simpatía y compasión.

—¡Pobre mujer!—dijo él—¡Vos también habéis padecido! lo sé; los hombres al ver vuestro aspecto frío y vuestro rostro siempre sereno, han creído que ocultábais un corazón insensible, y han dicho acaso: ¡Qué feliz es! pero yo, Teresa, yo os he hecho justicia; porque conozco que para ahogar el llanto y disfrazar bajo una frente serena el dolor que despedaza el corazón, es preciso haber sufrido mucho.

Siguió a estas palabras un nuevo intervalo de silencio y luego prosiguió:

—Bajo un cielo de fuego, con un corazón de fuego, y condenado a no ser jamás amado, he visto pasar muchos días de mi estéril y triste juventud. En vano quería apartar a Carlota de mi imaginación, y apagar la llama insana que me consumía; en todas partes encontraba la misma imagen, a todas llevaba el mismo pensamiento. Si en las auroras de la primavera quería respirar el aire puro de los campos y despertar con toda la naturaleza a la luz primera de un nuevo día, a Carlota veía en la aurora y en el campo: la brisa era su aliento, la luz su mirar, su sonrisa el cielo. De amor me hablaban las aves que cantaban en los bosques, de amor el arroyo que murmuraba a mis pies, y de amor el gran principio de vida que anima el universo.

Si, cansado del trabajo venía a la caída del sol a reposar mis miembros a orillas de este río, aquí también me aguardaban las mismas ilusiones; porque aquella hora de la tarde, cuando el sinsonte canta girando en torno de su nido, cuando la oscuridad va robando por grados la luz y el color a los campos, aquella hora, Teresa, es la hora de la melancolía y de los recuerdos. Todos los objetos inspiran una indefinible ternura, y al suspiro de la brisa se mezcla involuntariamente el suspiro del corazón. Entonces veía yo a Carlota aérea y pura vagar por las nubes que doraba el sol en sus últimos rayos, y creía beber en los aromas de la noche el aliento de su boca. ¡Oh! cuántas veces, en mi ciego delirio, he tendido los brazos a aquel fantasma hechicero y le he pedido una palabra de amor, aun cuando a esta palabra hubiese de desplomarse el cielo sobre mi cabeza, o hundirse la tierra debajo de mis plantas!

¡Vientos abrasadores del Sur! cuando habéis acudido a mis desesperados clamores, trayendo en vuestras alas la tempestades del cielo, también vosotros me habéis visto salir a recibiros, y mezclar mis gritos a los bramidos del huracán y mis lágrimas a las aguas de la tormenta! He implorado al rayo y le he atraído en vano sobre mi cabeza: junto a mí ha caído, tronchada por él, la altiva palma, reina de los campos, y ha quedado en pie el hijo del infortunio! Y ha pasado la tempestad de la naturaleza y no ha pasado nunca la de su corazón!

—¡Oh Sab, pobre Sab! ¡Cuánto has padecido!—exclamó conmovida Teresa,—¡Cuán digno es de mejor suerte un corazón que sabe amar como el tuyo!

—Soy muy desgraciado, es verdad,—respondióla con voz sombría;—vos no lo sabéis todo; no sabéis que ha habido momentos en que la desesperación ha podido hacerme criminal. Sí, vos no sabéis qué culpables deseos he formado, qué sueños de cruel felicidad han salido de mi cabeza abrasada.... arrebatar a Carlota de los brazos de su padre, arrancarla de esa sociedad que se interpone entre los dos, huir a los desiertos llevando en mis brazos a ese ángel de inocencia y de amor.... ¡Oh, no es esto todo! He pensado también en armar contra nuestros opresores, los brazos encadenados de sus víctimas; arrojar en medio de ellos el terrible grito de libertad y venganza; bañarme en sangre de blancos; hollar con mis pies sus cadáveres y sus leyes y perecer yo mismo entre sus ruinas, con tal de llevar a Carlota a mi sepulcro; porque la vida o la muerte, el cielo o el infierno.... todo era igual para mí, si ella estaba conmigo.

Otro nuevo intervalo de silencio sucedió a estas palabras. Sab parecía haber caído en profundo enajenamiento, y Teresa, fijos en él los ojos, sentía en su corazón nuevas y extraordinarias sensaciones. Teresa, que jamás había oído de la boca de un hombre la declaración de una pasión vehemente, hallábase entonces como fascinada por el poder de aquel amor inmenso, incontrastable, cuya fogosa expresión acababa de oir. Había algo de contagioso en las pasiones terribles del hombre con quien se hallaba; acaso el aire que respiraba saliendo encendido de su pecho, se extendía quemando cuanto encontraba. Teresa temblaba, y una sensación muy extraordinaria se apoderó entonces de su corazón; olvidaba el color y la clase de Sab; veía sus ojos llenos del fuego que le devoraba; oía su acento que salía del corazón trémulo, ardiente, penetrante, y acaso no envidió ya tanto a Carlota su hermosura y la felicidad de ser esposa de Enrique, como la gloria de haber inspirado una pasión como aquella. Parecióle también que ella era capaz de amar del mismo modo y que un corazón como el de Sab era aquel que el suyo necesitaba.

El mulato, que absorto en sus pensamientos apenas atendía a ella, levantó por fin la cabeza y tomó otra vez la palabra, con más tranquilidad.

—En las pocas veces que iba a Puerto Príncipe, apenas veía a Carlota, pero interrogaba a todas sus criadas con mal disimulada ansiedad, deseando saber el estado de su corazón y temblando siempre de conseguirlo; pero mis temores quedaban desvanecidos. Belén, su esclava favorita como sabéis, me decía que aunque Carlota era el objeto de mil obsequios y pretensiones, no concedía a ningún hombre la más ligera preferencia; solía añadir que a su joven ama repugnaba el matrimonio y no escuchaba sin llorar la menor insinuación que respecto a esto le dirigía su padre. Tantas veces me fueron repetidas estas dulces palabras, que mis inquietudes se disipaban por fin poco a poco y.... ¿osaré confesarlo, Teresa? Sólo a vos, a vos únicamente podía hacer la penosa confesión de mi insensato orgullo. ¡Me atreví a formar absurdas suposiciones! Osé creer que aquella mujer cuya alma era tan pura, tan apasionada, no encontraría en ningún hombre el alma que fuese digna de la suya; me persuadí que un secreto instinto, revelándole que no existía en todo el universo más que una que fuese capaz de amarla y comprenderla, la había también instruído de que se encerraba en el cuerpo de un sér degradado, proscripto por la sociedad, envilecido por los hombres.... y Carlota, condenada a no amar sobre la tierra, guardaba su alma virgen para el cielo. ¡Para aquella otra vida donde el amor es eterno y la felicidad inmensa! Donde hay igualdad y justicia, y donde las almas que en la tierra fueron separadas por los hombres, se reunirán en el seno de Dios por toda la eternidad.

¡Oh delirio de un corazón abrasado! ¡a ti debo los únicos momentos de felicidad que después de cuatro años haya experimentado!

Una de las veces que estuve en la ciudad, no pude ver a Carlota, aunque permanecí tres días con este objeto. Belén me dijo que la señorita apenas salía de su cuarto; que se hallaba ligeramente indispuesta y muy triste, y rehusaba recibir hasta vuestras visitas, Teresa, y las de sus parientes. Según me ha confesado después, nadie ignoraba en la casa el motivo de su tristeza: su mano había sido rehusada a Enrique Otway; pero entonces nadie me comunicó estas noticias. A pesar de lo impenetrable que yo creía mi secreto, Belén lo había adivinado, y según me ha dicho después, ella rogó a las esclavas no hablar en mi presencia de los amores de la señorita. Inquieto con lo que se me decía de su poca salud y no logrando verla, pasaba las noches pegado a la ventana de su cuarto que da sobre el patio, y allí me encontraba la aurora, contento si en el silencio de la noche había podido percibir un suspiro, un movimiento de Carlota.

La última noche que pasé en la ciudad, estando más atento que nunca al más leve rumor que se sentía en aquella habitación querida, ya avanzada la noche creí oir andar a Carlota, y poco después aproximarse a la ventana contra la cual estaba apoyado; redoblé entonces mi atención y oí distintamente su dulce voz. Sabiendo que dormía sola, causóme admiración y poniendo toda mi alma en el oído, para entender lo que decía, conocí en breve que estaba leyendo. Era sin duda el libro de los evangelios el que ocupaba su atención, pues después de haber leído algunos minutos en voz baja, que no permitía oir distintamente las palabras, profirió por fin más alto: “Venid a mí los que estéis cargados y fatigados, y yo os aliviaré”[23]. Después de estas tiernas y consoladoras palabras, que repitió dos veces, dejé de oir la argentina voz y sólo pude percibir algunos suspiros. Trémulo, conmovido hasta lo más profundo del alma, repetía yo interiormente las palabras de consuelo que había oído y parecíame ¡insensato! que a mí habían sido dirigidas. Súbitamente sentí descorrer el cerrojo de la ventana, y apenas tuve tiempo de ocultarme detrás del rosal que la da sombra, cuando apareció Carlota. A pesar de ser la noche una de las más frescas del mes de noviembre, no tenía abrigo ninguno en la cabeza, cuyos hermosos cabellos flotaban en multitud de rizos sobre su pecho y espalda. Su traje era una bata blanquísima, y la palidez de su rostro y el brillo de sus ojos humedecidos, daban a toda su figura algo de aéreo y sobrenatural. La luna en su plenitud colgaba del azul mate del firmamento, como una lámpara circular, y rielaban sus rayos entonces sobre la frente virginal de aquella melancólica hermosura.

Yo me arrastré por tierra hasta colocarme otra vez junto a la ventana, y de pecho contra el suelo mis ojos y mi corazón se fijaron en Carlota. También ella parecía agitada, y un minuto después la vi caer de rodillas junto a la reja; entonces estábamos tan cerca, que pude besar un canto de la cinta que ceñía la bata a su cintura, y que colgaba fuera de la reja, mientras apoyaba en ella sus dos hermosos brazos y su cabeza de ángel. Permaneció un momento en esta postura, durante el cual yo sentía mi corazón que me ahogaba, y abría mis secos labios para recoger ávidamente el aire que ella respiraba. Luego levantó lentamente la cabeza y sus ojos llenos de lágrimas tomaron naturalmente la dirección del cielo. ¡Paréceme verla aún! Sus manos desprendiéndose de la reja se elevaron también y la luz de la luna, que bañaba su frente, parecía formar en torno suyo una aureola celestial. ¡Jamás se ha ofrecido a las miradas de los hombres tan divina hermosura! Nada había de terrestre y mortal en aquella figura: era un ángel que iba a volar al cielo abierto ya para recibirle, y estuve próximo a gritarle: ¡Detente, aguárdame! Dejaré sobre la tierra esta vil corteza y mi alma te seguirá.

La voz de Carlota, que sonó en mis oídos más dulce, más aérea que la voz de los querubines, ahogó en mis labios esta imprudente exclamación:—¡Oh tú, decía ella; tú, que has dicho:—Venid a mí todos los que estéis fatigados y yo os aliviaré!—recibe mi alma que se dirige a ti, para que la descargues del dolor que la oprime.—Yo uní mis preces a las suyas, Teresa, y en lo íntimo de mi corazón repetí con ella: Recibe mi alma que se dirige a ti. Yo creía sin duda que ambos íbamos a morir en aquel momento y a presentarnos juntos ante el Dios de amor y de misericordia. Un sentimiento confuso de felicidad vaga, indefinible, celestial, llenó mi alma, elevándola a un éxtasis sublime de amor divino y de amor humano; a un éxtasis inexplicable en el que Dios y Carlota se confundían en mi alma.

Sacóme de él el ruido estrepitoso de un cerrojo; busqué a Carlota y ya no la ví; la ventana estaba cerrada, y el cielo y el ángel habían desaparecido. ¡Volví a encontrar solamente al miserable esclavo, apretando contra la tierra un corazón abrasado de amor, celos y desesperación!

CAPITULO II

¿Qué haré? qué medio hallaré donde no ha de hallarse medio? Mas si el morir es remedio, remedio en morir tendré. Lope de Vega.

—¡Pobre Sab!—exclamó Teresa—cuánto habrás padecido al saber que ese ángel de tus ilusiones quería entregarse a un mortal!

—¡Indigno de ella!—añadió con tristeza el mulato.—Si, Teresa, cien veces más indigno que yo, no obstante su tez de nieve y su cabello de oro. Si no lo fuese, si ese hombre mereciese el amor de Carlota, creedme, el corazón que se encierra en este pecho sería bastante generoso para no aborrecerle. ¡Hazla feliz! le diría yo, y moriría de celos bendiciendo a aquel hombre. Pero no, él no es digno de ella: ella no puede ser dichosa con Enrique Otway.... ¡Ved aquí el motivo de mi desesperación! Carlota en brazos de un hombre era un dolor...., un dolor terrible! pero yo hubiera hallado en mi alma fuerzas para soportarlo. Mas Carlota entregada a un miserable.... ¡Oh Dios! ¡Dios terrible!.... ¡Esto es demasiado! Había aceptado el cáliz con resignación y tú quisiste empozoñar su hiel.

No volví a la ciudad hasta el mes anterior al pasado. Hacía ya cerca de dos que estaba decidido el casamiento de Carlota, pero nada se me dijo de él y no habiendo estado sino tres días en la ciudad, siempre ocupado en asuntos de mi amo, no vi nunca a Otway y volví a Bellavista sin sospechar que se preparaba la señorita de B.... a un lazo indisoluble. Ni mi amo, ni Belén, ni vos, señora.... nadie me dijo que Carlota sería en breve la esposa de un extranjero. ¡El destino quiso que recibiese el golpe de la mano aborrecida!

Sab refirió entonces su primer encuentro con Enrique y, como si el recuerdo de aquella tarde fatal fuese de un peso mayor que todos sus otros dolores, quedó después de dicha relación sumido en un profundo abatimiento.

—¡Sab,—díjole Teresa con acento conmovido—yo te compadezco, tú lo conoces, pero ¡ah! ¿qué puedo hacer por ti?....

—Mucho,—respondió levantando su frente, animada súbitamente de una expresión enérgica;—mucho, Teresa: vos podéis impedir que caiga Carlota en los brazos de ese inglés, y supuesto que vos le amáis sed su esposa.

—¡Yo! ¿Qué estás diciendo, pobre joven? ¡Yo puedo ser la esposa del amante de Carlota.

—¡Su amante!—repitió él con sardónica sonrisa—os engañáis, señora, Enrique Otway no ama Carlota.

—¡No la ama! ¿Y por qué pues ha solicitado su mano?

—Porque entonces la señorita de B.... era rica;—respondió el mulato con acento de íntima convicción—porque todavía no había perdido su padre el pleito que le despoja de una gran parte de su fortuna; porque aun no había sido desheredada por su tío. ¿Me entendéis ahora, Teresa?

—Te entiendo,—dijo ella,—y te creo injusto.

—No,—repuso Sab,—no escucho ni a mis celos ni a mi aborrecimiento al juzgar a ese extranjero. Yo he sido la sombra que por espacio de muchos días ha seguido constantemente sus pasos; yo el que ha estudiado a todas horas su conducta, sus miradas, sus pensamientos....; yo quien ha sorprendido las palabras que se le escapaban cuando se creía solo y aun las que profería en sus ensueños, cuando dormía; yo quien ha ganado a sus esclavos para saber de ellos las conversaciones que se suscitaban entre padre e hijo, conversaciones que rara vez se escapan a un doméstico interior, cuando quiere oirlas. ¡No era preciso tanto, sin embargo! Desde la primera vez que examiné a ese extranjero, conocí que el alma que se encerraba en tan hermoso cuerpo era huésped mezquino de un soberbio alojamiento.

—Sab,—dijo Teresa,—me dejas atónita; luego tú crees....

El mulato no la dejó concluir. Creo,—respondió,—que Enrique está arrepentido del compromiso que lo liga a una mujer que no es ya más que un partido adocenado; creo que el padre no consentirá gustoso en esa unión, sobre todo si se presenta a su hijo una boda más ventajosa; creo, Teresa, que vos sois ese partido que el joven y el viejo aceptarán sin vacilar.

Teresa creyó que soñaba.—¡Yo!—repitió por tres veces.

—Vos misma,—respondió el mulato.—Jorge Otway preferirá una dote en dinero contante (yo mismo se lo he oído decir), a todas las tierras que puede llevar a su hijo la señorita de B.... y vos podéis ofrecer a Enrique con vuestra mano una dote de cuarenta mil duros en onzas de oro.

—¡Sab!—exclamó con amargura la doncella,—no te está bien ciertamente burlarte de una infeliz que te ha compadecido, llorando tus desgracias aunque no llora las suyas.

—No me burlo de vos, señora,—respondió él con solemnidad.—Decidme ¿no tenéis un billete de la lotería? le tenéis, yo lo sé: he visto en vuestro escritorio dos billetes que guardáis; el uno tiene vuestro nombre y el otro el de Carlota, ambos escritos por vuestra mano. Ella, demasiado ocupada de su amor, apenas se acuerda de esos billetes, pero vos los conserváis cuidadosamente, porque sin duda pensáis, siendo rica, sería hermosa, sería feliz.... siendo rica, ninguna mujer deja de ser amada.

—¡Y bien!—exclamó Teresa con ansiedad,—es verdad.... tengo un billete de la lotería....

—Yo tengo otro.

—¡Y bien!

—La fortuna puede dar a uno de los dos cuarenta mil duros.

—Y esperas....

—Que ellos sean la dote que llevéis a Enrique. Ved aquí mi billete,—añadió sacando de su cinturón un papel,—es el número 8014, y el 8014 ha obtenido cuarenta mil duros. Tomad este billete y rasgad el vuestro. Cuando dentro de algunas horas venga yo de Puerto Príncipe, el señor de B.... recibirá la lista de los números premiados, y Enrique sabrá que ya sois más rica que Carlota. Ya veis que no os he engañado cuando os dije que había para vuestro amor una esperanza, ya veis que aun podéis ser dichosa; ¿consentís en ello, Teresa?

Teresa no respondió; una sola palabra, no salió de sus labios. Pero no eran necesarias las palabras. Sus ojos habían tomado súbitamente aquella enérgica expresión que tan rara vez los animaba. Sab la miró y no exigió otra contestación; bajó la cabeza avergonzado y un largo intervalo de silencio reinó entre los dos. Sab lo rompió por fin con voz turbada.

—Perdonadme, Teresa,—la dijo,—ya lo sé... nunca compraréis con oro un corazón envilecido, ni legaréis la posesión del vuestro a un hombre mezquino. Enrique es tan indigno de vos como de ella. ¡Lo conozco! Pero, Teresa, no podéis aparentar algunos días que os halláis dispuesta a otorgarle vuestra dote y vuestra mano?, y cuando vencido por el atractivo del oro, que es su Dios, caiga el miserable a vuestros pies, cuando conozca Carlota la bajeza del hombre a quien ha entregado su alma, entonces abrúmenle vuestros desprecios y los suyos, entonces alejad de vosotras a ese hombre indigno de miraros. ¿Consentís Teresa? Yo os lo pido de rodillas, en nombre de vuestra amiga, de la hija de vuestros bienhechores.... ¡De esa Carlota fascinada que merece vuestra compasión! No consintáis en que caiga en los brazos de un miserable ese ángel de inocencia y de ternura... no lo consintáis Teresa.

—En este corazón alimentado de amargura por tantos años,—respondió ella,—no se ha sofocado, sin embargo, el sentimiento sagrado de la gratitud; no, Sab, no he olvidado a la angélica mujer que protegió a la desvalida huérfana, ni soy ingrata a las bondades de mi digno bienhechor, que es padre de Carlota. ¡De Carlota, a quien yo he envidiado en la amargura de mi corazón, y cuya felicidad que me hace padecer, sería un deber mío comprar a costa de toda mi sangre. Pero ¡ay!... ¿Es la felicidad la que quieres darla?... Triste felicidad la que se funde sobre las ruinas de todas las ilusiones! Tú te engañas, pobre joven, o yo conozco mejor que tú el alma de Carlota. Aquella alma tierna y apasionada se ha entregado toda entera; su amor es su existencia, quitarle el uno es quitarle la otra. Enrique, vil, interesado, no sería ya, es verdad, el ídolo de un corazón tan puro y tan generoso; pero ¿cómo arrancar ese ídolo indigno sin despedazar aquel noble corazón?

Sab cayó a sus pies como herido de un rayo.—¡Pues qué!—gritó con voz ahogada,—¿ama tanto Carlota a ese hombre?

—Tanto,—respondió Teresa,—que acaso no sobrevivirá a la pérdida de su amor. ¡Sab!—prosiguió con voz llena y firme,—si es cierto que amas a Carlota con ese amor santo, inmenso, que me has pintado; si tu corazón es verdaderamente capaz de sentirlo, desecha para siempre un pensamiento inspirado únicamente por los celos y el egoísmo. ¡Bárbaro!... ¿Quién te da el derecho de arrancarla sus ilusiones, de privarla de los momentos de felicidad que ellas pueden proporcionarla? ¿Qué habrás logrado cuando la despiertes de ese sueño de amor, que es su única existencia? ¿Qué le darás en cambio de las esperanzas que le robes? ¡Oh! ¡desgraciado el hombre que anticipa a otro el terrible día del desengaño!

Detúvose un momento y viendo que Sab la escuchaba inmóvil, añadió con más dulzura: Tu corazón es noble y generoso, si las pasiones le extravían un momento, él debe volverse más recto y grande. Al presente eres libre y rico; la suerte, justa esta vez, te ha dado los medios de elevar tu destino a la altura de tu alma. El bienhechor de Martina tiene oro para repartir entre los desgraciados, y la dicha de la virtud le aguarda a él mismo, al término de la senda que le abre la Providencia.

Sab miró a Teresa con ojos extraviados y como si saliese de un penoso sueño.

—¡Dónde estoy!—exclamó.—¿Qué hacéis aquí? ¿A qué habéis venido?

—A consolarte,—respondió conmovida la doncella.—¡Sab! querido Sab... vuelve en ti.

—¡Querido!—repitió él con despedazante sonrisa:—¡Querido!... no, nunca lo he sido, nunca podré serlo.... ¿Veis esta frente, señora? ¿Qué os dice ella? ¿No notáis este color opaco y siniestro?... Es la marca de mi raza maldecida.... Es el sello del oprobio y del infortunio. Y sin embargo,—añadió apretando convulsivamente contra su pecho las manos de Teresa,—sin embargo, había en este corazón un germen fecundo de grandes sentimientos. Si mi destino no lo hubiera sofocado, si la abyección del hombre físico no se hubiera opuesto constantemente al desarrollo del hombre moral, acaso hubiera yo sido grande y virtuoso. Esclavo, he debido pensar como esclavo, porque el hombre sin dignidad ni derechos, no puede conservar sentimientos nobles. ¡Teresa! debéis despreciarme.... ¿Por qué estáis aquí todavía?... Huid, señora y....

—¡No!—exclamó ella inclinando su cabeza sobre la del mulato, arrodillado a sus pies:—no me apartaré de ti sin que me jures respetar tu vida.

Un sudor frío corría por la frente de Sab, y la opresión de su corazón embargaba su voz; sin embargo, a los dulces acentos de Teresa levantó a ella sus ojos, llenos de gratitud.

—¡Cuán buena sois,—la dijo;—pero ¿quién soy yo para que os intereséis por mi vida?... ¡Mi vida! ¿Sabéis vos lo que es mi vida?... ¿A quién es necesaria?... Yo no tengo padre ni madre... soy solo en el mundo: nadie llorará mi muerte. No tengo tampoco una patria que defender, porque los esclavos no tienen patria; no tengo deberes que cumplir, porque los deberes del esclavo son los deberes de la bestia de carga, que anda mientras puede y se echa en tierra cuando ya no puede más. Si al menos los hombres blancos, que desechan de sus sociedades al que nació teñida la tez de un color diferente, le dejasen tranquilo en sus bosques, allá tendría patria y amores... porque amaría a una mujer de su color, salvaje como él, y que como él no hubiera visto jamás otros climas ni otros hombres, ni conocido la ambición, ni admirado los talentos. Pero ¡ah! al negro se rehusa lo que es concedido a las bestias feroces, a quienes le igualan; porque a ellas se les deja vivir entre los montes donde nacieron, y al negro se le arranca de los suyos. Esclavo envilecido, legará por herencia a sus hijos esclavitud y envilecimiento, y esos hijos desgraciados pedirán en vano la vida selvática de sus padres. Para mayor tormento serán condenados a ver hombres como ellos, para los cuales la fortuna y la ambición abren mil caminos de gloria y de poder; mientras que ellos no pueden tener ambición, no pueden esperar un porvenir. En vano sentirán en su cabeza una fuerza pensadora, en vano en su pecho un corazón que palpite. ¡El poder y la voluntad! En vano un instinto, una convicción que les grite: levantaos y marchad; porque para ellos todos los caminos están cerrados, todas las esperanzas destruídas. ¡Teresa! esa es mi suerte. Superior a mi clase por mi naturaleza, inferior a las otras por mi destino, estoy solo en el mundo.

—Deja estos países, déjalos,—exclamó con energía Teresa.—¡Pobre joven! busca otro cielo, otro clima, otra existencia..., busca también otro amor...; una esposa digna de tu corazón.

—¡Amor! ¡Esposa!—repitió tristemente Sab:—no, señora, no hay tampoco amor ni esposa para mí; ¿no os lo he dicho ya? Una maldición terrible pesa sobre mi existencia y está impresa en mi frente. Ninguna mujer puede amarme, ninguna querrá unir su suerte a la del pobre mulato, seguir sus pasos y consolar sus dolores.

Teresa se puso en pie. A la trémula luz de las estrellas pudo Sab ver brillar su frente altiva y pálida. El fuego del entusiasmo centelleaba en sus ojos y toda su figura tenía algo de inspirado. Estaba hermosa en aquel momento: hermosa con aquella hermosura que proviene del alma, y que el alma conoce mejor que los ojos. Sab la miraba asombrado. Tendió ella sus dos manos hacia él y levantando los ojos al cielo.—Yo—exclamó—yo soy esa mujer que me confío a ti; ambos somos huérfanos y desgraciados... aislados estamos los dos sobre la tierra y necesitamos igualmente compasión, amor y felicidad. Déjame pues, seguirte a remotos climas, al seno de los desiertos... ¡Yo seré tu amiga, tu compañera, tu hermana!

Ella cesó de hablar y aun parecía escucharla el mulato. Asombrado e inmóvil fijaba en ella los ojos, y parecía preguntarle si no le engañaba y era capaz de cumplir lo que prometía. Pero ¿debía dudarlo? Las miradas de Teresa y la mano que apretaba la suya eran bastante a convencerle. Sab besó sus pies, y en el exceso de su emoción sólo pudo exclamar: ¡Sois un ángel, Teresa!

Un torrente de lágrimas brotó en seguida de sus ojos; y sentado junto a Teresa, estrechando sus manos contra su pecho, sintióse aliviado del peso enorme que le oprimía, y sus miradas se levantaron al cielo, para darle gracias de aquel momento de calma y consuelo que le había concedido. Luego besó con efusión las manos de Teresa.

—¡Sublime e incomparable mujer!—la dijo:—Dios sabrá premiarte el bien que me has hecho. Tu compasión me da un momento de dulzura que casi se asemeja a la felicidad. ¡Yo te bendigo, Teresa!

Y tornando a besar sus manos, añadió:

—El mundo no te ha conocido, pero yo que te conozco debo adorarte y bendecirte. ¡Tú me seguirías...! ¡Tú me prodigarías consuelos cuando ella suspirase de placer en brazos de un amante!... ¡Oh! ¡Eres una mujer sublime, Teresa! No, no legaré a un corazón como el tuyo mi corazón destrozado... toda mi alma no bastaría a pagar un suspiro de compasión que la tuya me consagrase. ¡Yo soy indigno de ti! Mi amor, este amor insensato que me devora, principió con mi vida y sólo con ella puede terminar; los tormentos que me causa forman mi existencia; nada tengo fuera de él, nada sería si dejase de amar. Y tú, mujer generosa, no conoces tú misma a lo que te obligas, no prevés los tormentos que te preparas. El entusiasmo dicta y ejecuta grandes sacrificios, pero pesan después con toda su gravedad sobre el alma destrozada. Yo te absuelvo del complimiento de tu generosa e imprudente promesa. ¡Dios, sólo Dios es digno de tu grande alma! En cuanto a mí ¡ya he amado, ya he vivido...! ¡Cuántos mueren sin poder decir otro tanto! ¡Cuántas almas salen de este mundo sin haber hallado un objeto en el cual pudiesen emplear sus facultades de amar! El cielo puso a Carlota sobre la tierra, para que yo gozase en su plenitud la ventura suprema de amar con entusiasmo; no importa que haya amado solo. ¡Mi llama ha sido pura, inmensa, inextinguible! No importa que haya padecido, pues he amado a Carlota; a Carlota que es un ángel! ¡A Carlota digno objeto de todo mi culto! Ella ha sido más desventurada que yo; mi amor engrandece mi corazón y ella... ¡ah! ella ha profanado el suyo! Pero vos tenéis razón, Teresa, sería una barbarie decirle: ese ídolo de tu amor es un miserable incapaz de comprenderte y amarte. ¡No! ¡nunca! Quédese con sus ilusiones que yo respetaré con religiosa veneración... ¡Cásese con Enrique, y sea feliz!

Calló por un momento, luego volviendo a agarrar convulsivamente las manos de Teresa, que permanecía trémula y conmovida a su lado, exclamó con nueva y más dolorosa agitación:

—Pero ¿lo será?... ¿Podrá serlo cuando después de algunos días de error y entusiasmo vea rasgarse el velo de sus ilusiones, y se halle unida a un hombre que habrá de despreciar?... ¿Concebís todo lo que hay de horrible en la unión del alma de Carlota y el alma de Enrique? Tanto valdría ligar al águila con la serpiente, o a un vivo con un cadáver.

¡Y ella habrá de jurar a ese hombre amor y obediencia! ¡Le entregará su corazón, su porvenir, su destino entero!... ¡Ella se hará un deber de respetarle! ¡Y él... él la tomará por mujer, como a un género de mercancía, por cálculo, por conveniencia... haciendo una especulación vergonzosa del lazo más santo, del empeño más solemne! ¡A ella que le dará su alma! ¡Y él será su marido, el poseedor de Carlota, el padre de sus hijos!... ¡Oh! ¡no! ¡no, Teresa! Hay un infierno en este pensamiento... lo véis, no puedo soportarlo... ¡Imposible!

Y era así, pues corría de su frente un helado sudor, y sus ojos desencajados expresaban el extravío de su razón. Teresa le hablaba con ternura ¡pero en vano! Un vértigo se había apoderado de él.

Parecíale que temblaba la tierra bajo sus pies y que en torno suyo giraban en desorden el río, los árboles y las rocas. Sofocábale la atmósfera y sentía un dolor violento, un dolor material como si le despedazasen el corazón con dos garras de hierro, y descargasen sobre su cabeza una enorme mole de plomo.

¡Carlota esposa de Enrique! ¡Ella prodigándole sus caricias! ¡Ella envileciendo su puro corazón, sus castos atractivos con el grosero amor de un miserable! Este era su único pensamiento, y este pensamiento pesaba sobre su alma y sobre cada uno de sus miembros. No sabía dónde estaba, ni oía a Teresa, ni se acordaba de nada de cuanto había pasado, excepto de aquella idea clavada en su mente y en su corazón. Hubo un momento en que, espantado él mismo de lo que sufría, dudó resistiese a tanto la organización humana, y pasó por su imaginación un pensamiento confuso y extravagante. Ocurrióle que había muerto, y que su alma sufría aquellos tormentos inconcebibles que la ira de Dios ha preparador los réprobos. Porque hay dolores cuya espantosa profundidad no puede medir la vista del hombre; el cuerpo se aniquila delante de ellos y sólo el alma, porque es infinita, puede sufrirlos y comprenderlos.

El desventurado Sab en aquel momento quiso levantarse, acaso para huir del pensamiento horrible que le volvía loco; pero sus tentativas fueron vanas. Su cuerpo parecía de plomo y, como sucede en una pesadilla, sus esfuerzos agotando sus fuerzas, no acertaban a moverle de aquella peña infernal en que parecía clavado. Gritos inarticulados, que nada tenían del humano acento, salieron entonces de su pecho, y Teresa le vió girar en torno suyo miradas dementes, y fijarlas por fin en ella con espantosa inmovilidad. El corazón de Teresa se partía también de dolor al aspecto de aquel desventurado, y ella lloraba sobre su cabeza atormentada, dirigiéndole palabras de consuelo. Sab pareció por fin escucharla, porque buscó con su mano trémula la de la doncella y asiéndola la apretó sobre su seno, alzando hacia ella sus ojos encendidos; luego haciendo un último y violento esfuerzo para levantarse, cayó a los pies de Teresa, como si todos los músculos de su cuerpo se hubiesen quebrantado.

Inclinada sobre él y sosteniéndole la cabeza sobre sus rodillas, mirábale la pobre mujer y sentía agitarse su corazón. ¡Desventurado joven!—pensaba ella—¿quién se acordará de tu color al verte amar tanto y sufrir tanto? Luego pasó rápidamente por su mente un pensamiento, y se preguntó a sí misma ¿qué hubiera podido ser el hombre dotado de pasiones tan ardientes y profundas, si bárbaras preocupaciones no le hubiesen cerrado todos los caminos de una noble ambición? Pero aquella alma poderosa obligada a devorar sus inmensos tesoros, se había entregado a la única pasión que hasta entonces había probado, y aquella pasión única la había subyugado.—No, pensaba Teresa, no debías haber nacido esclavo... el corazón que sabe amar así, no es un corazón vulgar.

Al volver en sí el mulato miróla y la reconoció.

—Señora,—la dijo con desfallecida voz,—¿estáis aquí todavía? ¿No me habéis abandonado como a un alma cobarde, que se aniquila delante la desventura a que debiera estar tan preparada?

—No,—respondió ella con emoción,—estoy aquí para compadecerte y consolarte. ¡Sab! has sufrido mucho esta noche.

—¡Esta noche! ¡ah! no...., no ha sido solamente esta noche; lo que he padecido a vuestra vista una vez, eso he padecido otras mil, sin que una palabra de consuelo cayese, como una gota de rocío, sobre mi corazón abrasado; y ahora vos lloráis, Teresa ¡Bendígate Dios! ¡No, no es esta noche la más desgraciada para mí. Teresa!.... acercaos, que sienta yo otra vez caer en mi frente vuestro llanto. A no ser por vos, yo hubiera pasado por la senda de la vida, como por un desierto, solo con mi amor y mi desventura, sin encontrar una mirada de simpatía, ni una palabra de compasión.

Guardaron ambos un momento de silencio, durante el cual Teresa lloraba, y Sab sentado a sus pies parecía sumergido en profundo desaliento. Por fin, Teresa enjugó sus lágrimas, y reuniendo todas sus fuerzas, señaló con la mano al mulato el punto del horizonte en que aparecían ya las nubes ligeramente iluminadas.

—¡Es preciso separarnos!—le dijo—¡Sab toma tu billete, él te da riquezas...., puedas también encontrar algún día reposo y felicidad!

—Cuando tomé ese billete,—respondió él,—y quise probar la suerte, Martina, la pobre vieja que me llama su hijo, estaba en la miseria; al presente goza comodidades y el oro me es inútil.

—¡Y qué! ¿no hay otros infelices?

—No hay en la tierra mayor infeliz que yo, Teresa, no puedo compadecer sino a mí mismo..... Sí, yo me compadezco, porque, lo conozco, no hay ya en mi corazón sino un solo deseo, una sola esperanza.... ¡la muerte!

—Sab, no te abandones así a la desesperación; acaso el cielo se dispone a ahorrarte el tormento de ver a Carlota esposa de Enrique. Si el viejo Otway es tan codicioso como crees, si su hijo no ama sino débilmente a Carlota, ya saben que no es tan rica como suponían, y ese enlace no se verificará.

—Pero vos me habéis dicho,—exclamó con tristeza Sab,—que ella no sobrevivirá a su amor... vos lo habéis dicho, vos lo sabéis.... pero lo que no sabéis es que yo que os ofrezco el oro, para comprar la mano de ese hombre, no os perdonaría nunca si lo hubieseis aceptado; ni a él ni a mí mismo me perdonaría. Vos no sabéis que la sangre sacada de sus venas, gota a gota, y mi propia sangre no me parecería suficiente venganza, ni mil vidas inmoladas por mi mano pagarían una sola lágrima de Carlota. ¡Carlota despreciada! ¡Despreciada por esos viles mercaderes! ¡Carlota que haría el orgullo de un rey!.... No, Teresa, no me lo digáis otra vez... vos no podéis comprender las contradicciones de un corazón tan atormentado.

Teresa se puso en pie y escuchó por un momento.

—Adiós, Sab....,—dijo luego,—paréceme que los esclavos están ya levantados y que se aproximan a los cañaverales; adiós, no dudes nunca que tienes en Teresa una amiga, una hermana.

Ella aguardó en vano algunos minutos una contestación del mulato. Apoyada la frente sobre una peña, inmóvil y silencioso, parecía sumido en profunda y tétrica meditación. Luego de repente brillaron sus ojos con la expresión que revela una determinación violenta y decidida, y alzóse del suelo, grande, resignado, heroico.

Los negros se acercaban; Sab sólo tuvo tiempo de decir en voz baja algunas palabras a Teresa, palabras que debieron sorprenderla, pues exclamó al momento:

—¡Es posible!... ¿Y tú?

—¡Moriré!—contestó él haciéndole con la mano un ademán para que se alejase. En efecto, Teresa se ocultó entre los cañaverales al mismo tiempo que los esclavos llegaban al trabajo. Uno solamente, más perezoso que los otros, o sintiéndose con sed, dejó su azada y se adelantó hacia el río. Un fuerte tropezón que dió por poco le hace caer en tierra.

—Es un castigo de Dios, José,—le gritaron sus compañeros,—por lo holgazán que eres.

José no respondía sino que estaba estático en el sitio en que acababa de levantarse, los ojos fijos en el suelo con aire de pasmo.

—¿Qué es eso, José?—gritó uno de los negros—¿te habrás clavado en el suelo?

José los llamó hacia él, no con la voz sino con aquellos gestos llenos de expresión que se notan en la fisonomía de los negros.

Los más curiosos corrieron a su lado y al momento los que quedaron oyeron una sola palabra repetida a la vez por muchas voces:—¡El mayoral!

Sab estaba sin sentido junto al río; los esclavos le levantaron y le condujeron en hombros al ingenio.

Cuando dos horas después se levantó don Carlos de B... oyó galopar un caballo que se alejaba.

—¿Quién se marcha ahora?—preguntó a uno de los esclavos.

—Es el mayoral, mi amo, que se va a la ciudad.

—¡Cómo tan tarde! son las siete y yo le había encargado marcharse al amanecer.

—Es verdad, mi amo,—respondió el esclavo,—pero el mayoral estaba tan malo....

—¡Estaba malo!.... ¿qué tenía, pues?

—¿El mayoral, mi amo?... yo no lo sé, pero tenía la cara caliente como un tizón de fuego, y luego echó sangre, mucha sangre por la boca.

—¡Sangre por la boca! ¡Cómo! ¡Sangre por la boca y se ha marchado así!—exclamó don Carlos.

José, que pasaba cargado con un haz de caña, se detuvo al oirle y echó una mirada de reconvención sobre el otro negro. José era el esclavo más adicto a Sab, y Sab le quería porque era congo, como su madre.

—No haga caso su merced de lo que dice ese mentecato. El mayoral está bueno, sólo que echó un poco de sangre por la nariz, y me dijo que a las tres de la tarde tendría su merced las cartas del correo.

—Vaya, eso es otra cosa,—dijo el señor de B....,—este bruto me había asustado.

El negro se alejó murmurando:—¡Bruto! yo soy bruto porque digo la verdad.

CAPITULO III

Echábase de ver en su traza que había corrido mucho, y que debía ser en gran manera interesante su mensaje. Labra. (El doncel de D. Enrique el Doliente.)

El buque consignado a Jorge Otway había anclado en puerto de Guanaja el día antes de la llegada de Enrique, y a las pocas horas hubiera podido éste volverse a Puerto Príncipe con el cargamento, pero no lo hizo así. El cargamento fué enviado a su padre con un hombre de su confianza, y aunque nada le detenía en Guanaja, Enrique permaneció allí, sin poder explicarse a sí mismo el objeto de esta detención. Cuando sienten la necesidad de tomar una resolución decisiva los espíritus débiles, descansan, en cierto modo, retardándola; y un día, una hora les parece un porvenir, durante el cual esperan algún acontecimiento poderoso a decidirlos. Enrique veía ya positivamente detruídas sus últimas esperanzas; sabía sin ningún género de duda el verdadero estado de la fortuna de don Carlos, y conocía sobradamente a su padre para esperar que consintiese en su unión con Carlota. Al volver a la ciudad seríale forzoso confesar a Jorge la certeza que había adquirido del poco valor de las fincas que el señor de B.... poseía en Cubitas, y la declaración que el mismo don Carlos le había hecho de los considerables atrasos de su caudal. Su casamiento estaba fijado para dentro de un mes, y el joven veía que era llegado el momento de tomar una resolución y comenzar a proceder consecuente a ella. ¿Y cuál sería esta resolución? Momentos hubo en que la idea de renunciar a Carlota le pareció tan cruel, que si no hubiera tenido un padre codicioso, si hubiese sido libre en su elección, acaso la habría dado su mano con preferencia a la más rica heredera de todas las islas; pero aun en estos momentos de exaltación amorosa Enrique no pensó ni remotamente en contrariar la enérgica voluntad de su padre, y ni aun siquiera intentar persuadirle. Según las ideas en que había sido educado, nada era más razonable que la oposición de su padre a un enlace que ya no le convenía, y Enrique se reprochaba como una debilidad culpable el amor que le hacía repugnar la voluntad paterna.

—Esto es un hecho, decía él hablando consigo mismo, esa mujer me ha trastornado el juicio, y es una felicidad que mi padre sea inflexible, pues si tuviese yo libertad de seguir mis propias inspiraciones es muy probable que cometiera la locura de casarme con la hija de un criollo arruinado.

Y sin embargo de raciocinar de este modo, hallábase confuso y casi avergonzado al pensar que Carlota iba a conocerle por fin como a un hombre interesado, y quizás a aborrecerle o despreciarle. ¿De qué modo podría él sustraerse de un compromiso tan público y solemne sin dar a conocer el motivo de su mudanza? ¿Y cómo dejar de aparecer a los ojos de su querida, de su querida tan generosa, tan desinteresada sin el aspecto odioso que su codicia debía darle?

Agitado con estos pensamientos, paseábase a orillas del mar la tarde del segundo día de su llegada a Guanaja, y buscaba modo de decidirse a sí mismo a volver al siguiente a Puerto Príncipe.

—Iré,—decía,—iré sin ver a Carlota, sin detenerme en Bellavista, diré a mi padre la verdad de todo y le suplicaré se revista de prudencia y discreción, para que al romper mis compromisos no hiera demasiado el orgullo ni la sensibilidad de Carlota; le diré que busque, que invente un pretexto plausible, que disfrace en lo posible la verdadera causa de este rompimiento, y luego le pediré permiso para marcharme a la Habana, a Filadelfia, a Jamaica... a cualquier parte. Viajaré cuatro o seis meses para distraerme de esta pasión, que me torna débil como un niño.

Pero apenas había tomado esta resolución, parecía que algún mal espíritu ponía delante de sus ojos a Carlota más bella, más tierna que nunca, y la veía desolada reconvenirle por su abandono, echarle en cara su avaricia y acaso despreciarle en su corazón. Luego (y este último cuadro le afectaba más vivamente), luego la veía consolada de su perfidia con el amor ardiente y desinteresado de un apasionado criollo, y le juzgaba dichoso y a ella también dichosa. Entonces sentía que la sangre se agolpaba a su cabeza y a su corazón, y que le ahogaba. Porque los celos son a veces más omnipotentes que el mismo amor, y el hombre menos capaz de sentir en su sublimidad esta noble pasión, es acaso susceptible de conocer los celos en toda su terrible violencia. El hombre, egoísta por naturaleza, se irrita de ver gozar a otro la felicidad que él mismo ha despreciado, y muchas veces cesando de amar se cree todavía con el derecho de ser amado. Las almas grandes, como las débiles, los elevados y los bajos caracteres son susceptibles de celos; pero; ¡cuán diverso aparece el mismo sentimiento! ¡Cómo las pasiones se amoldan, por decirlo así, al corazón que dominan! Sab, sucumbiendo a los celos devorados por largo tiempo en el secreto de su alma, Sab sintiendo quebrantarse su corazón a la espantosa idea de un rival indigno y feliz, sólo llora que sus tormentos no compren la felicidad de Carlota. Enrique no puede sufrir esa felicidad de la mujer que abandona, y el pensamiento de que un amante más digno goce un bien que él ha despreciado, le saca de su habitual serenidad para hacerle probar un cáliz de amargura y de furor.

La tarde era cálida y calmosa. Estábase a mediados de junio y ya empezaba la atmósfera a tomar aquel aspecto amenazante que caracteriza el verano de las Antillas. Después de la gran tempestad que se sintiera algunos días antes, el tiempo había quedado fresco y hermoso, pero desde su llegada a Guanaja Enrique había notado los signos que presagian las tempestades, casi diarias en aquellos países desde junio hasta septiembre. En la tarde a que nos referimos la calma era tan profunda que el mar aparecía terso y bruñido como un espejo, y no se percibía ni un soplo, ni un movimiento. La ribera estaba desierta; no se notaba nada de aquel bullicio y de aquella actividad que parece indispensable en un puerto de mar. Dos goletas y algunas otras embarcaciones más pequeñas ancladas en el puerto, yacían tristes e inmóviles, sin que la canción o los gritos de un marinero viniesen a dar vida a aquella inmensa soledad. Solamente algunas grullas aparecían por intervalos en la playa, para recoger silenciosamente los mariscos que la poblaban.

Enrique se había sentado tristemente en una peña, y fijos sus ojos en el mar dejaba vagar su pensamiento.—¿Qué hará ahora Carlota?—decía interiormente,—¿esa alma tan apasionada sentirá un presentimiento que la anuncie que en este momento su Enrique piensa en el modo de abandonarla, o bien confiada y alegre se gozará formando dulces proyectos de felicidad en nuestra próxima unión? Y luego, he aquí este puerto pobre y silencioso,—pensaba él,—cuando yo vuelva a ser tan rico como era, en vez de estos miserables barquichuelos, esta bahía se verá adornada con elegantes buques, que traigan a mis almacenes las producciones de la industria de toda Europa. Sí, porque si yo fuese poseedor de una fortuna mediana, sería centuplicada en mis manos antes de veinte años, y luego ya no sería un triste traficante en una ciudad mediterránea; sería un opulento negociante de New York o Filadelfia, y mi nombre sería conocido por los comerciantes de ambos hemisferios. Y entonces ¿qué me importaría que Carlota de B... tuviese un marido y me olvidase por él? Ella llenaría su destino como yo el mío.

Enrique, como todo hombre que siente halagada su pasión dominante por una esperanza, aunque sea remota e incierta, sintióse fuerte en aquel momento contra toda oposición que pudiera presentarse al logro de sus deseos. Amor, celos, todo desapareció entonces, o todo sucumbió a un poder superior; porque la ambición de riquezas, lo mismo que todas las ambiciones, es una pasión fuerte y enérgica. El avaro sediento de oro huella con sus pies sus afectos, su propia ventura, si se le presentan en el camino que sigue para alcanzarlo, así como la ambición más noble, la de gloria, lo sacrifica todo para correr en pos del fantasma engañoso que oculta bajo una corona de luz una frente de ceniza. ¡Oh! ambos son igualmente insensatos, el que acumula oro para comprar un sepulcro, y el que sacrifica su juventud a un porvenir que no alcanza, y expira con la esperanza de que su nombre, pasando de año en año y de siglo en siglo, llegue a perderse más tarde que él en el insondable abismo del eterno olvido. Pero no digáis al sediento de oro que no le dará la felicidad, ni al sediento de gloria que ella le conducirá al infortunio; ellos se levantarán para deciros: no importa, mi alma lo necesita.

—Carlota,—decía Enrique fijando sus ojos en el anillo que brillaba en su mano, prenda de amor que le otorgara su querida—yo no podré amar a otra mujer tanto como a ti, ninguna podrá hacerme tan feliz como tú me hubieras hecho; pero el destino nos separa. Es preciso que yo sea rico, y tú no puedes hacerme rico, Carlota.

Se puso en pie entonces, decidido a volverse a la ciudad al día siguiente, y echó una mirada orgullosa en torno suyo, como hombre que acaba de triunfar de un enemigo poderoso. Detúvose empero esta mirada quedando fija por algún tiempo, y su cabeza en la actitud de quien pone toda su atención en escuchar alguna cosa. Y era que Enrique percibió, primero confusamente y luego con más distinción, la carrera de un caballo, que se aproximaba evidentemente al sitio donde se encontraba. Parece que un instinto del corazón le advirtiera que algo de muy interesante para él se le acercaba en aquel momento, pues anduvo algunos pasos como para encontrar más presto a aquel que se le aproximaba. De repente se paró; había ya descubierto al caballo y al hombre que le montaba; era tan violenta la carrera de aquél, que el jinete, aunque haciendo visibles esfuerzos, no pudo contenerle, como al parecer deseaba; el caballo pasó como una saeta, y sólo se detuvo, poco a poco y como a su pesar, a muchos pasos de distancia del sitio en que se hallaba Enrique. Pudo ver, sin embargo, éste que el jinete echaba pie a tierra y el caballo cubierto de espuma vacilaba, cayendo por fin a sus pies; el hombre se inclinó sobre él, y parecióle a Enrique que hablaba al pobre animal, el cual levantando lentamente la cabeza miró aún una vez a su amo, como si quisiera responderle, y dejándola caer al momento se estremeció en todo su cuerpo por dos o tres veces, y en seguida quedóse inmóvil. El hombre permaneció inclinado y Enrique que se acercaba pudo percibir dos hondos y ahogados gemidos. Detúvose, sin poder defenderse de una cierta conmoción, y como el hombre inclinado levantase al mismo tiempo la cabeza, pudo conocer al mulato.

—¡Sab!—exclamó; y al instante el mulato se puso en pie y se adelantó hacia él.

Enrique le consideró un momento. El sudor empapaba su cabeza y corría por su rostro en gruesas gotas; sus ojos tenían un brillo extraordinario, y su color parecía más oscuro que lo era naturalmente. En toda su fisonomía se notaba aquella especie de vivacidad triste y extraña que presta comunmente la fiebre.

—Sab,—dijo Enrique—¿qué novedad ocurre? Cuando me separé de tu amo no me dijo que vendrías a Guanaja; sin duda te conduce algún motivo extraordinario y exigente, pues parece has hecho un viaje muy apresurado.

—Ya lo ve su merced,—contestó el mulato señalando su caballo.—¡Está reventado! ¡muerto!... Hace poco más de cuatro horas que salí de Bellavista.

—¿Poco más de cuatro horas?—exclamó Enrique.—¡Diez leguas en cuatro horas reventando tu jaco tan querido!... Sin duda es muy exigente el motivo.

—Esta carta informará a su merced,—respondió Sab alargándole un papel y dejándose caer quebrantado junto a su caballo. Enrique rompió el sello con mano mal segura, y mientras leía, el mulato tenía en él fijos los ojos, sonriendo con amargura al ver la notable turbación que se pintaba en el rostro del inglés. La carta era del señor de B..., y decía así:

“Son las dos de la tarde, Enrique, y aun no hace una hora ha venido Sab de la ciudad trayéndome la correspondencia de la Habana del correo pasado, que no recibí a su debido tiempo, por no sé qué fatalidad maldecida. Esperaba carta de mi hijo y en vez de ella he recibido una del Director del colegio, en la que me participa que la tisis, que parecía amenazar a mi hijo hace tantos años, que ya habíamos cesado de temerla, se ha declarado súbitamente con extraordinaria violencia. Eugenio se hallaba tan malo a la salida del correo que los médicos le daban pocos días de vida. El hijo de mis entrañas mostrábase resignado a la muerte cuya proximidad conocía, pero atormentado por el deseo de verme una sola vez antes de dejarme para siempre. Ya conocerás, Enrique, la fuerza que semejante deseo debe tener en el corazón de un padre. Mañana mismo salgo para la Habana y no sé si podré volver; no sé si me será posible resistir a este golpe después de tantos otros, y si podré sobrevivir a mi hijo. Como quiera que sea, quiero al marcharme dejar con su esposo a Carlota. Mis orgullosos parientes me han renunciado y yo no puedo dejar solas a mis hijas. Por tanto, no salgo hoy mismo para la Habana, porque quiero presenciar antes tu enlace con Carlota. Sab marcha inmediatamente con toda la prontitud posible a llevarte esta carta, y tú no debes dilatar ni un minuto tu regreso a Puerto Príncipe, para donde salgo con mi familia dentro de dos horas. A tu llegada todo estará dispuesto para que puedas casarte en mi casa inmediatamente, y un minuto después partiré dejándote entregada mi familia, mis adoradas hijas, que acaso no tendrán otro apoyo, ni otro padre que tú.

Ven sin dilación, hijo mío, a recibir el precioso depósito que quiere confiarte,

Carlos de B.”

Enrique temblaba y una palidez lívida había sucedido, mientras leía esta carta, al bello color de rosa que teñía comunmente sus mejillas. El mulato, siempre fija en él su mirada penetrante.

—Y bien,—le dijo,—¿qué determináis?

Enrique tartamudeó algunas palabras, de las cuales Sab sólo pudo comprender:—¡Imposible! no puedo sin orden de mi padre dejar a Guanaja.—Sab calló, pero su mirada siempre fija en el inglés parecía devorarle. Enrique lleno de turbación y desconcierto, apenas pudo leer la posdata que seguía a las últimas líneas de la carta de don Carlos, y que el mulato le indicó con un gesto expresivo. La posdata, decía:

“La suerte, por una cruel irrisión, ha querido compensar el golpe mortal dado en mi corazón con la pérdida de mi hijo, otorgando fortuna a mi hija mayor. Carlota ha sacado el premio de cuarenta mil duros en la última lotería. Enrique, tú que no pierdes un hijo, puedes dar gracias al cielo por este favor”.

Al concluir de leer Enrique estas palabras, Sab volvió a preguntarle:

—Y bien, señor ¿qué determina su merced?

—Marchar inmediatamente a Puerto Príncipe,—contestó el joven con resolución.

—Ya lo sabía yo,—dijo el mulato con sonrisa sardónica, y apartó de Enrique su mirada, que expresaba en aquel momento un profundo desprecio.

—Ven, vamos a marchar ahora mismo.

—Su merced marchará solo,—respondió Sab volviendo a sentarse junto a su caballo,—estoy rendido de cansancio.

—Tienes razón, pobre Sab, yo no puedo perder un minuto, pero tú quédate hasta mañana.

—Sí,—dijo Sab,—apresúrese su merced; yo tengo necesidad de reposar un momento.

Enrique se alejó: Sab le siguió con los ojos hasta que le perdió de vista, y luego dejóse caer sobre el cadáver del pobre animal tendido a su lado.—Ya no existes,—dijo con triste voz:—ya no existes, mi pobre amigo; has muerto, cumpliendo con tu deber, como yo moriré cumpliendo el mío. ¡Pero es terrible este deber! ¡es terrible! mi corazón está reventado como tú, mi pobre amigo, pero tú no sufres ya y yo sufro todavía. ¡Esto es hecho!—añadió en seguida, levantando su cabeza abatida y echando una mirada extraviada en torno suyo. ¡Esto es hecho; ya no hay remedio!... ¡no hay esperanza! ¡Algunas horas más y ella será suya! ¡Suya para siempre! ¡Para siempre! El cielo para él en esta vida y para mí el infierno; porque el infierno está aquí, en mi corazón, y en mi cabeza.

Levantóse y tendió su mirada en la extensión del mar que estaba delante de él. Entonces se estremeció todo, y como si quisiera apartar de sí un objeto importuno, extendió las manos con fuerza, desviando los ojos al mismo tiempo: ¡La muerte! Era una terrible tentación para el desventurado, y aquel mar se abría delante de él como para ofrecerle una tumba en sus abismos profundos. ¡Mucho debió costarle resistir a esta terrible invitación! Levantó al cielo su mirada y con ella parecía ofrecer a Dios aquel último sacrificio, con ella parecía decirle: Yo acepté el cáliz que me has mandado apurar, y no quiero arrojarlo mientras tú no me lo pidas. Pero ya está vacío, rómpele tú, Dios de justicia.

El cielo oyó sin duda sus votos y Dios tendió sobre él una mirada de misericordia, pues en aquel momento sintió el infeliz quebrantarse todo su cuerpo, y helar su corazón el frío de la muerte. Una voz interior pareció gritarle: Pocas horas de sufrimientos te restan, y tu misión sobre la tierra está ya terminada.

Sab aceptó aquel vaticinio, miró al cielo con gratitud, dejó caer la cabeza sobre el cadáver de su caballo y le bañó con un caño de sangre que brotó de su boca.

Un pescador que venía a tender sus redes a orillas del mar, pasando un minuto después por aquel sitio, vió el extraño espectáculo de un hombre y un caballo tendidos, y sangre en derredor. Creyó que acababa de descubrir un asesinato, y su primer movimiento fué huir; pero un gemido que oyó exhalar al que creía cadáver le obligó a acercarse. Registró en vano todo su cuerpo buscando la herida de que saliese aquella sangre; y con no poca admiración le halló ileso. Entonces le tomó en brazos para transportarle a su casa que estaba cerca, y mientras se ocupaba en levantarle con piadoso cuidado, el moribundo hizo un violento esfuerzo para soltarse de sus brazos, y con pasmo indecible le vió el pescador ponerse en pie, como un espectro pálido y cubierto de sangre.—¡Un caballo! ¡Dadme un caballo en nombre del cielo! buen hombre;—exclamó Sab—aun no estoy tan malo que no pueda andar siete leguas con el fresco de la noche; dadme un caballo.

—Si me pidierais una barca, podría serviros,—respondió todavía sobrecogido el pescador,—pero un caballo, no le tengo. Sin embargo, aquí cerca vive el tío Juan mi compadre, que podrá prestaros el suyo.

—Bien, llevadme adonde está ese hombre. El pescador presentó su brazo a Sab, que se apoyó en él porque estaba trémulo; echó una lenta y última mirada sobre el cadáver de su caballo, y se dejó conducir por el pescador a la casa del tío Juan.

CAPITULO IV

...Por sus miembros todos que abandona la vida, un sudor frio vaga, y triste temblor. Quintana.

Era la una de la noche, y todo yacía en silencio y reposo en la aldea de Cubitas; los labriegos de la tierra roja descansaban durmiendo de los trabajos del día, y solamente algunos perros, únicos transeuntes de las desiertas calles, interrumpían por intervalos con sus ladridos el silencio de aquella hora de calma. Sin embargo, el viajero que por acaso atravesase entonces la aldea, notaría en aquella oscuridad y reposo general, la señal evidente de que un individuo, por lo menos, no gozaba las dulzuras del sueño. La ventana principal de una de las casuchas de menos mísera apariencia, estaba abierta, y la claridad que salía por ella probaba haber luz en la habitación a que pertenecía. De rato en rato esta luz parecía mudar de asiento, y el observador hubiera fácilmente adivinado que una persona despierta, en aquella pieza, variaba la posición. Sin embargo, el silencio era tan profundo dentro de la casa alumbrada como fuera de ella, sin que pudiera percibirse ni el ligero rumor de las pisadas.

Nosotros nos permitiremos penetrar dentro y descubrir quiénes eran las personas que velaban solas, en aquella hora de reposo general.

En un pequeño catre de lienzo, entre sábanas gruesas pero muy limpias, aparecía la cara enjuta y cadavérica de una criatura, al parecer de pocos años, pues el bulto de su cuerpo apenas se distinguía en el catre. La inmovilidad de aquel cuerpo era tan completa, que se le hubiera creído muerto, a no ser por el aliento que se le oía exhalar con trabajo por sus labios blancos y entreabiertos. Junto al lecho, sentada en una silla de madera, estaba una mujer anciana de color cobrizo, fijos sus ojos en la lívida cara del enfermo, y cruzados los brazos sobre el pecho con muestras de triste resignación. Un perro estaba echado a sus pies.

De rato en rato levantábase esta mujer y con pasos ligeros se acercaba a una mesilla de cedro colocada cerca de la ventana, abierta sin duda para refrescar la habitación, en la cual por su pequeñez hacía un calor excesivo, y tomaba de ella un vaso y una palmatoria de metal en la que ardía una vela de sebo; volvíase en seguida poco a poco junto al lecho del enfermo, colocando la luz en la silla que había ocupado, examinaba atentamente su rostro, y humedecía sus labios con el licor contenido en el vaso. El perro la seguía cada vez que se levantaba para esta operación, y cuando colocaba otra vez en la mesa la palmatoria y el vaso, y volvía a sentarse en su silla junto a la cama, el animal tornaba también a echarse tranquilamente a sus pies, sin que en todo esto se interrumpiese el silencio. Sin embargo, sobre las dos de la madrugada serían cuando se abrió con cautela una puerta, por medio de la cual se comunicaba aquella habitación con la sala principal de la casa, y un hombre de edad avanzada entró por ella en puntillas hasta colocarse junto a la vieja, a cuyo oído aproximó su boca diciéndole en voz muy baja:—¿Cómo va el enfermo, Martina?

—Ya lo veis,—respondió ésta señalando con su mano afilada el rostro del niño:—no verá el día, aunque son ya las dos de la madrugada.

—¡Cómo! tan pronto creéis que....

—Sí,—dijo Martina moviendo tristemente la cabeza.—Sí, mayoral, muy pronto.

—Pues bien,—repuso el recién llegado:—id a descansar un rato, Martina, y yo quedaré velándole. Hace cuatro noches que no cerráis los ojos; id a descansar y yo quedaré en vuestro lugar.

—Gracias, mayoral, vos no podéis pasar malas noches, porque tenéis harto trabajo durante el día, y don Carlos de B... os ha puesto aquí para atender a sus intereses, y no para cuidar mis enfermos. Volveos a vuestra casa y dejadme ¿qué importa una noche más sin descanso? Mañana,—añadió con triste sonrisa,—mañana ya no tendrá necesidad de mí el pobre Luis, y podré descansar.

—Haré lo que queráis, Martina,—respondió el mayoral de la estancia encogiéndose de hombros,—pero ya sabéis que estoy en la habitación inmediata para si algo se os ofreciere.

—Os doy las gracias, mayoral.

El anciano se volvía de puntillas, cuando al pasar la puerta detúvose, y puso atención al galope de un caballo que se oía distintamente en el silencio de la noche. El perro se alarmó también, pues se levantó derechas las orejas y el oído atento.

—¿Oís Martina?—dijo en voz baja el mayoral.

—¡Y bien! ¿Qué os asusta? es alguno que pasa a caballo,—respondió la vieja.

—Es que no pasa: que o yo me engaño mucho o el caballo se ha detenido delante de vuestra puerta.

En acabando estas palabras, dos golpes sonaron sucesivamente en la puerta principal de la sala contigua al cuarto de Martina. El perro empezó a ladrar, y el mayoral exclamó:

—Es aquí, es aquí, ¿no lo decía yo? ¿Pero a estas horas quién puede venir a molestaros? A menos que sea algún enviado del amo, y para que venga a estas horas, preciso es que haya acontecido alguna cosa bien extraordinaria...

—Id a abrir la puerta,—le interrumpió Martina,—he conocido a Sab en los dos golpes... ¡oid, oid!... ya los repite: es Sab, mayoral, corred y abridle la puerta. ¡Leal! silencio que es Sab.

El mayoral obedeció, y sea que el ruido de los cerrojos que descorría para dejar libre la entrada, y los ladridos del perro asustasen al enfermo, sea que en aquel momento su agonía comenzase a hacerse más dolorosa, se estremeció todo y extendió sus bracitos descarnados. Sab se presentó en la habitación y detúvose inmóvil delante del lecho del moribundo.

—Hijo mío,—le dijo Martina,—ya lo ves... acércate, el cielo te ha traído sin duda para recordarme que aun tengo un hijo. Tú solo quedarás en el mundo para consolar los últimos días de esta pobre mujer.

Sab se puso de rodillas junto a la cama y besó la mano de Martina, mientras el perro saltaba en torno suyo acariciándole, y Luis hacía penosos esfuerzos para levantar la cabeza.

—Mírale hijo mío,—dijo Martina—tu presencia le ha reanimado; háblale, sin duda te oye todavía. Sab se inclinó hacia el moribundo y le llamó por su nombre; Luis entreabrió los ojos aunque sin dirigirlos a Sab, y alargó sus manecitas transparentes como para asir alguna cosa. Las tomó Sab entre las suyas, e inclinando el rostro sobre el del niño, dejó caer sobre él una gruesa y ardiente lágrima.

—¿Me conoces?—le dijo,—soy yo, tu hermano.

Luis dirigió su mirada vidriada hacia el paraje de que partía la voz, y apretó débilmente las manos de Sab; en seguida volvió el rostro al lado opuesto y quedóse en su primera inmovilidad, solamente que su respiración se hizo más trabajosa formando aquel sonido gutural y seco que es el estertor de la agonía.

—Es preciso que descanséis, madre mía,—dijo Sab a Martina,—vuestro semblante me dice que habéis pasado muchas noches de vigilia.

—¡Cuatro!—exclamó el mayoral de la estancia,—cuatro noches hace que no cierra los ojos, y no porque yo haya dejado de decirla....

El mulato interrumpió al anciano, y tomando la mano de Martina,—Esta noche descansaréis,—la dijo,—porque yo estoy aquí, yo velaré a mi hermano.

—Sí y tú recibirás su último aliento,—respondió la india con amarga resignación,—porque Luis no vivirá dos horas. ¡Bien! ¡Bien!—añadió poniéndose en pie e inclinándose sobre la cama del niño.—Yo le dejo, porque ya... ya no puedo servirle de nada al infeliz.

—Os engañáis madre mía,—díjola el mulato, mientras ayudado del mayoral disponía una cama para Martina;—Luis no está tan malo como creéis, aun me conoce.

—Sab, hijo mío, yo te dejo a su lado y me retiro tranquila; pero no quieras alucinarme; harto sé que está agonizando. Pero por eso mismo le dejo... he visto ya en igual trance, a mi nuera, y a dos de mis nietos, y he recibido sus últimos suspiros, pero con todo me siento débil junto a esta pobre criatura. Es el último, Sab, es mi último lazo que me une a la vida, y me siento débil en este momento.

Sab tomó la mano de la vieja y la apretó entre las suyas. Martina dejó caer la cabeza sobre su hombro y añadió con voz enternecida:

—Soy injusta, lo conozco, aun tengo un hijo. ¡Tú! tú me restas aún.

—¡Eh! no es ahora tiempo de llorar y hacernos llorar a todos,—dijo el mayoral de la estancia acabando de arreglar la cama para Martina.—Venid a acostaros y dejaos ahora de esas reflexiones; mañana hablaréis largamente con Sab y le diréis todas esas cosas; lo que importa al presente es que durmáis un rato.

Martina se inclinó y estampó un beso en la frente ya helada de su nieto, dejándose conducir en seguida por Sab a la cama que se le había preparado. El joven la colocó cuidadosamente y la cubrió él mismo con una manta. Luego se volvió al mayoral de la estancia y le dijo con voz que revelaba su agitación:

—Mañana temprano necesito un hombre de confianza para llevar una carta a Puerto Príncipe a casa de mis amos, y os encargo procurármelo.

—Yo mismo iré, si lo permitís,—respondió el anciano.—Pero decidme, Sab, ¿ocurre alguna novedad en la ciudad? Vuestra venida a estas horas y esa carta...

Sab no le dejó concluir.—Ninguna novedad ocurre que pueda importaros mayoral; mañana a las seis saldréis a llevar una carta a la señorita Teresa, sobrina de mi amo, y a poneros a las órdenes de éste, al que diréis el motivo de mi detención en Cubitas. Va a emprender un viaje y acaso necesite un hombre de confianza que le acompañe. Yo debía ser ese hombre, pero vos iréis en mi lugar.

—¡Oh! yo os aseguro, Sab, que aunque viejo soy tan capaz como vos...

—Lo creo,—interrumpió el mulato con alguna impaciencia.—Ahora, mayoral, idos a dormir; buenas noches. Dadme solamente un pedazo de papel y un tintero. Hasta mañana.

El viejo obedeció; había en el acento de aquel mulato un no sé qué de autoridad y grandeza, que siempre le había subyugado.

Cuando Sab quedó solo, se puso de rodillas junto al lecho de Martina, que incorporándose sobre su almohada y fijándole una mirada penetrante y profundamente triste, le dijo:

—Conmigo, Sab, no tendrás reserva; yo exijo que me digas el motivo de tu venida y el de ese viaje que dices debe emprender don Carlos.

El joven abrazó las rodillas de Martina inclinando la cabeza sobre ellas en silencio.

—¡Sab!—exclamó la anciana bajando la suya sobre aquella cabeza querida y oprimiéndola entre sus manos,—tu cabeza arde... el sudor cubre tu frente... tú tienes calentura, hijo mío.

—Tranquilizaos,—la dijo esforzándose en sonreir—es la agitación del viaje; estoy bueno, procurad descansar... mañana, lo sabréis todo, madre mía.

—No, no,—gritó Martina con ansiedad—déjame coger esa luz y alumbrar tu rostro... ¡Dios mío! ¡qué mudanza!... Tus ojos están hundidos y brillan con el fuego de la fiebre. ¡Hijo mío! ¡hijo mío! ¿qué tienes?

Y se puso de rodillas delante de él.

—¡Por compasión!—exclamó el mulato, levantándola con una especie de furor,—callad, callad Martina... tranquilizaos si no queréis verme morir de dolor a vuestros pies.

Martina se dejó llevar otra vez al lecho y se esforzó la pobre mujer en parecer tranquila.

—Siéntate aquí, a mi cabecera, hijo mío; yo no te importunaré más: callaré como el sepulcro...; pero ven, hijo mío, que yo te oiga, que oiga tu voz, que vea tus facciones, que sienta latir tu corazón junto al mío. ¡Oh Sab! piensa que ya nada me queda en el mundo sino tú... que eres mi único hijo, el único apoyo de esta larga y destrozada existencia.

Sab la abrazó estrechamente y regó su frente con dos gruesas y ardientes lágrimas.—Sí, madre mía,—la dijo,—descansad sobre mi pecho; mi voz arrullará vuestro sueño. Yo os hablaré de Dios, y de los ángeles entre los cuales va a habitar nuestro querido Luis. Yo os hablaré del eterno descanso de los desgraciados y de las consoladoras promesas del evangelio. Descansad en mis brazos; ¿estáis bien así?

Martina, agobiada de fatigas y de penas, dejóse colocar por Sab y pareció sucumbir a aquella especie de letargo que sigue a las grandes agitaciones.—Habla,—repetía ella,—habla hijo mío, yo te escucho. Sab sólo murmuraba algunas palabras inconexas; en aquel momento también el infeliz sufría horriblemente. Pero Martina descansando en su pecho se sentía más tranquila, y se durmió por fin cuando Sab comenzaba a hablarle de la resurrección de los justos. Sintiéndola dormida, colocó suavemente su cabeza sobre la almohada; imprimió un largo y silencioso beso en su frente y cayó de rodillas delante de la mesa, en la que el mayoral le había dejado el papel y el tintero.

Entonces aquel humilde recinto presentó un cuadro dramático. Entre el sueño de la vejez, y la tranquila muerte de la inocencia, aquella vida juvenil despedazada por los dolores era un espectáculo terrible. Al lado de Luis, frágil criatura que se doblada sin resistencia, débil caña que cedía sin ruido, echábase de ver aquella fuerza caída, aquel hombre lleno de vigor sucumbiendo como la encina a las tempestades del cielo.

Parecía que su alma a medida que abandonaba su cuerpo se trasladaba toda a su semblante. ¡Ay! aquella terrible agonía no tuvo más testigos que el sueño y la muerte. Nadie pudo ver aquella alma apasionada que se revelaba en su hora suprema.

Pero Sab escribía y aquella carta fué todo lo que quedó de él.

Pasó desconocido el mártir sublime del amor, pero aquella carta le sobrevivió y le conquistó el solo premio que sin esperarlo deseaba: ¡una lágrima de Carlota!

Sab escribía con mano mal segura y que fué poniéndose más y más trémula. Dejó por un instante la pluma y sacó de su pecho un objeto que contempló largo rato con melancólica atención. Era el brazalete de Carlota que Teresa le había regalado por mano de Luis en aquella misma habitación cinco días antes.

—¡Hela aquí!—murmuró fijando sus ojos en el retrato.—¡Tan bella! ¡tan pura! ¡para él! ¡toda para él!...

Sus dedos crispados dejaron caer el brazalete y un momento después volvió a escribir. Pero era claro que sus fuerzas se debilitaban rápidamente. Sin embargo escribió sin descanso más de una hora, interrumpiéndose únicamente para acercase algunas veces a la cama de Luis y humedecer sus labios, como lo había hecho Martina. Esta continuaba sumida en una especie de letargo y de vez en cuando se la veía agitarse y tender los brazos exclamando:

—¡Sab! no tengo otro hijo que tú.

El mulato la escuchaba y su mano temblaba más en aquellos momentos; pero seguía escribiendo. La claridad del día penetraba ya por la ventana cuando concluyó su carta.

Puso dentro de ella el brazalete, cerróla, quiso rotularla, pero su mano no obedecía ya al impulso de su voluntad, y violentas convulsiones le asaltaron en el momento.

Hubo entonces un instante en que el exceso de sus dolores le comunicó un vigor pasajero y probó a ponerse en pie por medio de un largo y penoso esfuerzo, pero volvió a caer como herido de una parálisis, y sus dientes rechinaron unos contra otros al apretarse convulsivamente.

Sin embargo, consiguió arrastrarse trabajosamente hasta la cama de Luis, y su mirada delirante y ardiente se encontró allí con la mirada vidriada e inmóvil del moribundo. Sab quiso dirigirle un último adiós, pero se detuvo espantado del sonido de su propia voz, que le pareció un eco del sepulcro.

Entonces pasaron por su mente multitud de ideas y multitud de dolores. Pensó que iba a morir también, y que en aquel mismo instante que él sufría una dolorosa agonía, Enrique y Carlota pronunciaban sus juramentos de amor. Luego ya no pensó nada: confundiéronse sus ideas, entorpecióse su imaginación, turbóse su memoria; quebrantóse su cuerpo y cayó sobre la cama de Luis bañándola con espesos borbotones de sangre que salían de su boca.

El mayoral de la estancia había consultado al sol, su reloj infalible, y no dudó fuesen ya las cinco. Dejó pues preparado su caballo a la puerta de la casa, y acercándose poco a poco a la habitación de Martina, y tocando ligeramente la puerta, para no despertar a la anciana si por ventura dormía, llamó repetidas veces a Sab. Pero Sab no respondía. En vano fué levantando progresivamente la voz y golpeando con mayor fuerza la puerta, aplicando en seguida el oído con silenciosa atención. Reinaba un silencio profundo dentro de aquella sala, y alarmado el mayoral descargó dos terribles golpes sobre la puerta. Entonces ladró el perro y despertó Martina, y echó en torno suyo una mirada de terror. ¡No vió a Sab! Precipitóse con un grito hacia el lecho de su nieto. Allí estaban los dos... Luis muerto, Sab agonizando.

Martina cayó desmayada a los pies de la cama, y el mayoral, echando abajo la puerta, entró a tiempo de recoger el último suspiro del mulato.

Sab expiró a las seis de la mañana; en esa misma hora Enrique y Carlota recibían la bendición nupcial.

CAPITULO V

Esta es la vida, Garcés, Uno muere, otro se casa, Unos lloran, otros ríen.... ¡Triste condición humana! García Gutiérrez. (El Paje.)

Reinaba la mayor agitación en la casa del señor de B... que, verificado el casamiento de su hija, había partido para el puerto de Nuevitas, en el cual debía embarcarse para la Habana.

Jorge, que había estado presente a la celebración del matrimonio y partida de don Carlos, volvióse a su casa dejando ya instalado a Enrique en la de su esposa. La inquietud que inspiraba a ésta la situación de su hermano, las dolorosas sensaciones que en ella había producido la primera separación de un padre tiernamente querido, y su repentino matrimonio verificado bajo tan tristes auspicios, teníanla en cierta manera enajenada, e insensible, en aquellos primeros momentos, a la ternura oficiosa que su marido la prodigaba.

Rodeábanla llorando sus hermanitas sin que ella acertase a dirigirles una palabra de consuelo. Unicamente Teresa conservaba su presencia de espíritu, y al mismo tiempo que daba órdenes a las esclavas restableciendo en la casa la tranquilidad, momentáneamente alterada, cuidaba de las niñas y aun de la misma Carlota. Instábala con cariño para que se acostase algunas horas, temiendo que tantas agitaciones y una noche de vigilia alterasen su salud delicada, y, vencida por fin de sus ruegos, ya iba Carlota a complacerla cuando llegó el mayoral de las estancias de Cubitas anunciando la muerte de Sab.

—Esta desgracia,—dijo,—era efecto sin duda de alguna gran caída, pues según decía Martina, que era un oráculo para el buen labriego, Sab tenía reventados todos los vasos del pecho.

Esta noticia, que algunos días antes hubiera sido dolorosísima a Carlota, apenas pareció afectarla en un momento en que tanto había sufrido. Acababa de separarse de su padre, su hermano expiraba tal vez en aquel momento, y la pérdida del pobre mulato era bien pequeña al lado de estas pérdidas.

Enrique manifestó con más viveza su pesar y su sorpresa.

—¡Pobre muchacho!—dijo,—estas muertes repentinas me aterran.—Luego, como si se le presentase una idea luminosa, añadió: Martina tiene razón: una caída del caballo ha sido indudablemente la causa de su muerte. ¡Pobre Sab! Ahora recuerdo lo pálido, lo demudado que estaba ayer cuando llegó a Guanaja. Yo lo atribuí al cansancio del viaje tan precipitado; reventó su jaco negro.

—Aquí traigo una carta sin sobrescrito,—dijo el mayoral,—pero que creo es para la señora.

—¡Para Carlota! ¿Y de quién es esa carta, buen hombre?

—Del pobre difunto, señor,—respondió el mayoral presentándola.—Creo que agonizando la escribió, pues me pidió el papel y la tinta a las tres de la madrugada, y a las seis el desgraciado rindió su alma al Creador. Pero parece que el asunto era de importancia, y luego, como yo debía venir para acompañar al amo a la Habana... pero ya lo veo, he llegado tarde y mi venida sólo habrá servido para traer esta carta.

En el breve tiempo que duró este discurso del mayoral, al que nadie atendía, pasó una escena muy viva en aquella sala. Enrique, que se había apoderado de la carta que decían ser para su esposa, rompió la cubierta apresuradamente, y al abrir la carta cayó en tierra el brazalete, que levantó sorprendido.

—¡Un brazalete!... Carlota..., este brazalete...

—Es mío:—dijo Teresa adelantándose con serenidad.—Es un regalo de Carlota que yo estimo en tanto que sólo he podido cederlo a la persona a quien he creido en este mundo más digna de mi afecto y estimación. Ahora que vuelve a mis manos, quiero conservarle hasta el sepulcro. Dádmele, pues, Enrique y esa carta que también es para mí.

Enrique estaba estupefacto y miraba a Teresa y luego a Carlota, como si quisiese leer en sus rostros la aclaración de aquel enigma. Pero el semblante de Teresa estaba pálido y sereno, y en la hermosa fisonomía de Carlota sólo se veía en aquel momento la cándida expresión de la sorpresa.

—Tened la bondad de darme esa carta y ese brazalete, Enrique,—repitió con firmeza Teresa,—y conducid a Carlota a su aposento: tiene necesidad de descanso.

Enrique echó una mirada sobre la carta, cuya primera línea leyó, y en seguida la alargó con el brazalete a Teresa, diciéndole con una sonrisa maliciosa:

—Efectivamente, para vos es, Teresa, pero yo ignoraba que tuvieseis correspondencia con el mulato, y que os devolviese él una prenda que, según decís, sólo podíais ceder al hombre a quien quisieseis y estimaseis más.

—Pues si lo ignorabais, Enrique,—respondió ella con dignidad,—ya lo sabéis.

Luego abrazó a Carlota rogándola nuevamente fuese a descansar algunas horas con sus hermanitas, cuyos rostros infantiles estaban descoloridos con la mala noche.

Carlota tomó en sus brazos, una después de otra, a las cuatro niñas. Sí,—las dijo,—venid a descansar, pobres criaturas, que en toda la noche habéis velado y llorado conmigo. Y tú, Teresa,—añadió fijando en su amiga una mirada de indulgencia y compasión,—descansa también, querida mía, porque también padeces.

Se levantó entonces y sostenida por Enrique y rodeada de sus hermanas, como de un coro de ángeles, retiróse a su aposento, después de estampar un beso en la frente pálida y resignada de su amiga.

Para obligar a acostarse a sus hermanitas, que no querían apartarse de ella un momento, echóse vestida sobre la cama, y en torno suyo se colocaron las cuatro niñas, que no tardaron en dormirse.

Enrique cerró la cortina recomendando a su joven esposa procurase también dormir, mientras él se ocupaba en arreglar algunos papeles de los que el señor de B... le había encargado.

—Sí,—dijo Carlota,—guardaré silencio para no despertar a estas pobres niñas, pero no salgas del aposento, Enrique, porque, te lo confieso, tengo miedo. Esta muerte de Sab tan repentina me ha causado una fuerte impresión.

¡Oh querido mío! ¡qué tristes auspicios para nuestra unión!... ¡Muertes, despedidas!... No me dejes sola, Enrique, paréceme que veo a la muerte levantarse amenazando todas las cabezas queridas, y que si dejo de verte un momento no volveré a verte más.

—Tranquilízate, vida mía,—contestó su marido,—aquí estaré velando tu sueño. Pero no temas mi muerte porque no se muere uno cuando es tan feliz como yo lo soy. Duerme tranquila, Carlota, para que vuelvan las rosas a tus mejillas. ¿No sabes que quiero verte hermosa el día de nuestra boda?

—¡El día de nuestra boda!—murmuró ella:—¡qué triste ha sido este día!

Pero Enrique se había puesto ya en el escritorio de don Carlos, donde se ocupaba en leer y arreglar papeles, y Carlota sin esperanza de descanso, pero deseando no interrumpir el de sus hermanas, cerró los ojos y aparentó dormir. Cerca de una hora pudo mantenerse en la misma posición, pero no le fué posible permanecer más tiempo, y sacando con cuidado uno de sus brazos, sobre el cual descansaba la cabeza de la más joven de sus hermanas, echóse poco a poco fuera del lecho.

—¿Ya estás despierta?—dijo Enrique llegándose a sostenerla;—¿no quieres descansar una hora más, vida mía?

—No puedo,—contestó ella,—porque he estado pensando, Enrique, que en la perturbación del primer momento de sorpresa y pesar, no me he acordado de que se atendiese al buen hombre que nos ha traído la noticia de la muerte de nuestro pobre Sab; y ciertamente debía haber dado orden para que se le diese para refrescar; el buen viejo se ha apresurado, con la mejor voluntad del mundo, a traernos la desagradable noticia. También es preciso que se vuelva inmediatamente a Cubitas, y que lleve algún dinero a Martina para el entierro de ese infeliz. ¡Y Teresa, Enrique, la pobre Teresa!... La he dejado en un momento... debo hablarla, saber qué misterio se encierra en esa carta y ese brazalete que ha recibido.

—Fácil es de adivinar,—dijo Enrique sonriendo,—Teresa amaba al mulato.

—¡Amarle! ¡amarle!—repitió Carlota con tono de duda,—se me había ocurrido esa sospecha, pero... ¡amarle!... ¡Oh! no es posible.

—Las mujeres, querida mía, tenéis caprichos tan inconcebibles y gustos tan extraordinarios.

—¡Amarle!—repitió Carlota,—¡A él! ¡A un esclavo!... Luego, Teresa es tan fría... ¡tan poco susceptible de amor!

—Acaso nos hemos engañado juzgando su corazón por su semblante, querida mía.

—No, Enrique, yo no he juzgado su corazón por su semblante; sé que su corazón es noble, bueno, capaz de los más grandes sentimientos; pero el amor, Enrique, el amor es para los corazones tiernos, apasionados... como el tuyo, como el mío.

—Es para todos los corazones, vida mía, y Teresa tiene un corazón.

—Ven pues, vamos a verla Enrique, y si es verdad que amó a ese infeliz, compasión merece y no vituperio. El era mulato, es verdad, y nació esclavo; pero tenía también un bello corazón, Enrique, y su alma era tan noble, tan elevada como la tuya, como todas las almas nobles y elevadas.

Al oir estas palabras, la mirada de Enrique, que había estado amorosamente clavada en los bellos ojos de su mujer, vaciló un tanto, y como si su conciencia le hiciese penosa una comparación que sabía bien no era merecida, se apresuró a contestar:

—Ven pues, Carlota, vamos a ver a tu prima, no creo que después de lo que dijo, al pedirme el brazalete, quiera negar sus amores con Sab.

—Yo no trataré tampoco de arrancarla su secreto, pero si llora, lloraré con ella;—contestó Carlota apoyándose en el brazo de su marido; y hablando así salieron ambos del aposento y llegaron a la puerta del de Teresa, que estaba abierta. Enrique se detuvo a la entrada y Carlota se adelantó llamando a su amiga. Pero no estaba en el aposento. Carlota hizo venir a Belén y preguntó por Teresa.

—¡Pues qué!—respondió admirada la esclava,—¿no advirtió a su merced que iba a salir? Hace más de media hora que se marchó.

—¿Dónde? ¿Con quién?

—Dónde, no dijo, pero presumo que a la iglesia porque se puso su vestido negro y se cubrió la cabeza con su mantilla. La acompañó el mayoral que vino de Cubitas.

—¿Oyes, Enrique?—dijo Carlota sentándose tristemente en una silla que estaba delante de la mesa de Teresa.

—¡Y bien! ¿Por qué te asustas, Carlota?

—¿Por qué? Porque Teresa no acostumbra salir a esta hora con un hombre que apenas conoce y a pie, sin decírmelo... ¡Esto es extraordinario!

Carlota, en aquel momento notó un papel escrito sobre la mesa en que se había apoyado, y conociendo la letra de Teresa, lo leyó con apresuramiento. En seguida se lo alargó a su marido, deshaciéndose en lágrimas, y Enrique lo leyó en alta voz. Decía así:

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