ARMANDO PALACIO VALDÉS (continued 4)
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Cierto, no dejaba de ser interesante la situación de ambos hermanos, obligados para testimoniarse su cariño a esconderse como dos amantes contrariados y a emplear toda la astucia y disimulo que éstos usan. Miguel sabía apreciarla y la gustaba, y hasta se placía e interesaba en ella, por más que la deplorase con interminables lamentaciones cuando se hallaba entre amigos. Comenzaron a escribirse por medio de la portera, se hacían señas desde el balcón y la calle respectivamente, citábanse para las casas conocidas, y burlando la vigilancia de la terrible brigadiera, se daban besos apasionados en los corredores. ¡Cuántas veces en sus cartas se hizo mención de aquel día infausto en que Miguel dejó caer a su hermanita sobre el borde de la cuna! ¡Cuántas hablaban de la particular afición que Julita tenía a despeinarle! Miguel le escribía: «Aún siento, picaronaza, tus manos entre mis cabellos y aún me duelen los tirones que me dabas. Media hora por lo menos tardaba tu doncella Rosalía en ponerme la cabeza como la de un querubín; y tú ni un segundo siquiera en dejármela como una selva enmarañada! ¿Conservas fidelidad a los gatos? Si la raza felina no te ha hecho apurar la copa del desengaño, te proporcionaré cuando quieras un variado concierto: aún mayo con bastante afinación.» Julia le contestaba: «Si piensas que se me ha quitado la manía de despeinarte, te equivocas. Cuando te veo en los salones tan perfumado y elegante, hecho un dije de reloj, ¡no sabes lo que daría por achucharte, por chafarte la camisa, por meter las manos entre esos pelos tan rizaditos y engomados ¡simploncillo! y ponerlos tiesos como un escoba! Eres tonto de remate; como sabes que eres guapo no hay quien te sufra...»
Al fin Miguel halló el medio de reconciliarse con su madrastra. El cariño cada día más grande a su hermanita le hizo pensar que la había despojado de una parte considerable de fortuna: su padre no había obrado con toda justicia al mejorarle: las mujeres necesitan siempre un dote proporcionado a su educación, porque no pueden vivir de su carrera como los hombres. «Después de todo, se decía, aunque mi padre me quisiera mucho, no hay duda que al redactar el testamento ha obedecido en cierto modo al deseo de venganza. ¿Y qué culpa tiene mi pobre hermana del carácter altivo y dominante de su madre?» Por otra parte, le dolía verla en un cuarto tercero viviendo con relativa estrechez mientras él gozaba de todos los atractivos del lujo. Estas imaginaciones fueron labrando en su cerebro una decisión que al cabo formuló por escrito en carta a su madrastra: escribiole sin decir nada a Julia suplicándole le concediese una entrevista «para tratar de asuntos que a ella y a su hija interesaban mucho.» La carta, aunque seria, era afectuosa y dejaba traslucir intentos generosos y deseos vivos de reconciliación. La brigadiera le contestó muy atenta citándole para el día siguiente a las tres de la tarde en su casa. Aquella noche apenas pudo dormir nuestro joven bajo la obsesión de mil pensamientos afanosos y cambios súbitos de temor y de alegría: los nervios se le desbocaban fácilmente y no era poderoso a sujetarlos.
Después de almorzar, o de haber intentado hacerlo, porque apenas pudo pasar bocado, después de haberse vestido con pulcritud, después de haber estado algunos minutos en el café tomando maquinalmente una copa, de chartreusse, se encaminó con paso vivo a la calle del Barco, imaginando lo que había de decir a su madrastra y gozando con la grata perspectiva de la reconciliación. Al llegar a la esquina de la calle de la Puebla procuró refrenar el paso y tranquilizarse: mas al doblar la del Barco alcanzó a ver a lo lejos aquel cadete desgalichado que tan ferozmente le había querido interrumpir cuando recogió en el paseo el clavel de su hermana. Ya le había tropezado otras muchas veces en la misma calle con los ojos puestos en el balcón de Julia.
El cadete, al verle pasear la misma calle y al parecer con los mismos intentos, le arrojaba miradas provocativas, cencellantes, cargadas del tradicional desprecio que el elemento militar ha sentido siempre hacia el civil tratándose de empresas amorosas. Pero Miguel, con la imprevisión temeraria de la juventud, hacía caso omiso de este desprecio, y solía contestar a aquellas miradas con una sonrisa dulce y un si es no es burlona que iba amontonando la cólera en el pecho del feroz cadete. La tempestad rugía ya sobre la cabeza de nuestro joven, y él seguía tan sosegado como si estuviese bajo un cielo azul y sereno. Como caminaban en sentido contrario no tardaron en acercarse y pasar uno al lado de otro, repitiéndose la misma torva mirada por parte del militar y la idéntica sonrisa por la del paisano. Miguel cruzó a la acera de enfrente para entrar en casa de la brigadiera; mas antes de efectuarlo oyó una voz cavernosa a su espalda:
—Cabayero; oiga V.
Volviose y se encontró frente a frente del cadete.
—¿Qué se le ofrecía a V.?—le preguntó sonriendo.
El cadete vaciló un instante, puso sus ojos sanguinarios en el suelo y dijo con voz bronca de adolescente que está en la muda:
—Cabayero, quisiera saber si V. está «en relaciones» con esa chica del número quince...
—¿Del número quince?—dijo Miguel, más risueño aún.
—Sí señor, cuarto tercero.
—Pues en efecto, estoy en muy buenas relaciones; sí señor.
Hubo unos segundos de silencio. El hijo de Marte, apesar de su innata ferocidad, quedose un poco turbado. Al fin rompió a trompicones diciendo:
—Pero bien... esas relaciones... yo hace tiempo que la hago el oso... quisiera saber si es V. novio...
—¡Ah! eso es otra cosa: para que yo sea novio de ella hay una pequeña dificultad; y es que soy su hermano.
El cadete levantó los ojos, donde se pintaba el asombro, la alegría, la duda y algunas otras emociones secundarias que sería prolijo enumerar.
—¿Pero de veras es V.?...
—De padre nada más; no se asuste V.
Al cadete no le hizo efecto esta rectificación; siguió expresando con los ojos los mismos sentimientos, con idéntica viveza. Después, acometido súbito de una idea, la de que aquel paisano «se estaba quedando con él» se puso otra vez fruncido y enfoscado y volvió a sacar la voz de las profundidades de su pecho.
—Cabayero, yo no consiento que nadie se guasee conmigo.
—Hace V. perfectamente; aplaudo esa decisión.
—Es que... yo no creo que V. sea hermano de esa señorita...
—También está V. en su derecho; si le repugna creerlo, nada, nada, por mí no se violente V.
—Es que yo...
—Siento en el alma no traer la fe de bautismo en el bolsillo; pero si V. no tiene cosa más urgente que hacer, puede pasarse por la sacristía de la iglesia de San Ginés y allí le enseñarán el libro parroquial donde consta mi nacimiento y el de mi hermana... Si V. desea una tarjeta para el sacristán se la daré... ¿No la quiere V.?... Bien, pues V. me dispensará, caballero; me aguardan en este momento... Miguel Rivera, para servir a V....
Y giró sobre los talones y se metió pugnando por no reír en el portal de la casa de su madrastra. Una vez dentro de él, quedose repentinamente serio al pensar que antes de tres minutos iba a encontrarse frente a ésta. Era un momento solemne. Subió lentamente la escalera, creciendo su emoción a cada peldaño que iba salvando. Cuando llegó arriba estaba tan conmovido que no se atrevió a que le viesen en aquel estado: descansó algunos momentos procurando serenarse, y después que lo hubo conseguido a medias, cogió el llamador con mano temblorosa, tirando de él suavemente. Esperó un rato sin que nadie viniese: cuando ya iba a tirar segunda vez, oyose una voz adentro que decía con tono imperioso:
—¡Que han llamado!
Le dio un vuelco el corazón: era la voz de su madrastra. Al instante se abrió el ventanillo y le preguntaron:
—¿Qué deseaba V.?
—¿La señora viuda de Rivera?...
—Sí señor—dijo la criada abriendo la puerta.
En aquel momento Miguel estaba, sin saber por qué, completamente sereno.
—¿Cómo es su gracia?
—Miguel Rivera.
—Voy a avisar: tenga V. la bondad de aguardar un instante.
En cuanto nuestro joven se quedó solo, oyó unos pasos vivos y menudos, y divisó en la esquina del corredor a Julia que asomó la cabeza nada más para ver quién era «la visita.» Al encontrarse con su hermano, descubrió todo el cuerpo y se quedó pasmada, estática, mirándole fijamente con marcada expresión de susto. Esta actitud hizo comprender a Miguel que la brigadiera nada le había dicho de la carta ni de la cita. Después avanzó lentamente hacia él manifestando siempre la misma sorpresa mezclada de terror, sin hacer caso de la sonrisa tranquilizadora de su hermano: cuando éste la tuvo cerca, avanzó también algunos pasos, y cogiéndola por la cintura, la dio un par de sonoros besos en las mejillas. Entonces el susto de Julia llegó a su colmo: se arrancó con extraordinaria violencia de los brazos que la sujetaban, se puso terriblemente pálida y se llevó el dedo a los labios, diciendo con voz de falsete:
—¡Por Dios, Miguel, por Dios... que está ahí mamá!
La criada apareció en aquel instante por el otro extremo del corredor.
—Puede V. pasar cuando guste, señorito.
Miguel hizo una mueca risueña a su hermana, le dijo adiós con la mano y se dirigió con paso firme a la sala, precedido de la criada, quien al llegar a la puerta levantó la cortina y le dejó el paso.
La brigadiera Ángela, que estaba sentada en una butaca, se levantó al ver a Miguel, pero no avanzó a su encuentro. Tenía la misma figura gallarda y arrogante, mas el rostro estaba notablemente ajado; dibujábase en torno de sus ojos un círculo grande azulado, y surcaban su frente dos profundas arrugas, señales que acreditaban la violencia y soberbia de su genio: los negros y sedosos cabellos que Miguel admiraba en otro tiempo, blanqueaban ya por tantos sitios, que eran más grises que negros: vestía una bata de seda, también ajada, y ajados estaban también los muebles de la sala, y ajadas las cortinas y la alfombra. Todo lo advirtió el hijo del brigadier de una sola pero intensa mirada, y no sin pena, recordando el antiguo esplendor de su casa.
—¡Oh, mamá! ¿cómo sigue V.?—dijo avanzando con efusión hacia ella.
—Bien, ¿y tú, Miguel?—contestó tendiéndole una mano.
Miguel, que iba decidido a abrazarla, se detuvo ante aquella actitud y se contentó con tomarle la mano y apretarla contra su pecho. Y reteniéndola aún entre las suyas, exclamó:
—¡Cuánto tiempo!...
—¡Mucho, sí!... Trae una silla y siéntate.
Pero Miguel, sin hacer caso, siguió en pie, y volvió a exclamar, arrasados los ojos de lágrimas:
—¡Pobre papá!
La mano de la brigadiera tembló un poco dentro de las suyas; pero soltándose en seguida, le señaló de nuevo una silla.
—Siéntate, Miguel, siéntate.
Obedeció, colocándose al lado de la butaca de su madrastra, y metiendo las manos entre las rodillas y la barba en el pecho, guardó silencio: algunas lágrimas le resbalaron lenta y calladamente por las mejillas.
—¿Hace mucho tiempo que has concluido la carrera, Miguel?—le preguntó en tono natural la brigadiera al cabo de un rato.
—Hace dos años nada más—repuso secándose los ojos con el pañuelo.
—¿Y qué te haces ahora?
Esta pregunta seca y hecha en un tono más seco aún, cortó la tierna emoción que embargaba a nuestro joven en aquel momento y le dejó un poco embarazado.
—Poca cosa... Me divierto lo más que puedo.
—Sí, sí, ya lo he sabido, que eres un joven a la moda.
—Las modas duran poco; pasaré como han pasado las trabillas y las corbatas de suela...
La conversación iba a tomar un sesgo demasiado frívolo, y Miguel lo cambió preguntando con interés:
—¿Y VV. qué tal se encuentran en Madrid, mamá?
—A mí me sienta bien este clima... a Julia no tanto.
—¡Pobrecilla!... acostumbrada al calor de Sevilla, el frío de este pueblo no le hará mucho provecho seguramente.
—Yo también estaba acostumbrada al calor cuando vine hace años, y sin embargo no me ha hecho daño;... depende de las naturalezas...
—¿Pero Julia se ha puesto mala aquí?—preguntó Miguel, aunque ya lo sabía.
—Ha tenido un catarrillo pertinaz, pero la he mandado a Mejorada unos días con mi prima Rafaela, y se ha puesto buena.
—Es una chica muy graciosa... ¡Caramba cómo se ha desarrollado, y qué monísima se ha puesto!
—Tus flores no tienen gran valor en este caso—dijo la brigadiera sonriendo nada más que con el borde de los labios.
—¿Por qué? ¿Porque soy su hermano?... No crea usted que influye tanto en mi juicio esa circunstancia; la juzgo desapasionadamente, como un extraño... como un joven a la moda—añadió devolviendo irónicamente a su madrastra el calificativo que le había dado. Y por si esto pudiera ofenderla, dijo después:
—Usted, mamá, debe escuchar con gusto que Julia es guapa, porque además de ser su hija, se le parece notablemente.
—Tampoco admito esa flor encubierta... ¡Te has vuelto muy galante, Miguel!—repuso la brigadiera dignándose sonreír afablemente.
Más había de galantería que de verdad en lo que aquél acababa de decir. Aunque la brigadiera había sido bella, acaso más que su hija, ésta no se le parecía sino en la forma de la frente, estrecha y delicada, y en la boca. Los ojos de Julia eran más chicos que los de su madre, pero más vivos, y de un mirar suave y halagüeño, que nunca los de ésta habían tenido; la nariz no era tampoco aguileña, sino recta y fina. En la figura aventajaba mucho la madre a la hija, y en el color también, para los que prefieren las blancas a las morenas. Julita era una muchacha más bien baja que alta, pero muy bien proporcionada; tenía el talle esbelto y airoso como pocos; todos sus ademanes eran vivos y resueltos y estaban impregnados, si vale la palabra, de una gracia singular; el color tostado en demasía, acercándose mucho al de las gitanas, con las cuales guardaba más de este punto de semejanza; los cabellos idénticos a los de su madre cuando tenía su edad, negros, sutiles y lustrosos, y cayéndole en rizos sobre la frente. No era la hermana de Miguel un dechado de belleza, o lo que es igual, no poseía la pureza y corrección de líneas generadoras de la armonía (la cual es más aparente que real algunas veces); pero en cambio llevaba en sus ojos, en su garbo, en su sonrisa, el brillo y la sal de Andalucía.
Miguel no sabía cómo dar a la conversación un giro elevado y noble, acomodado a los sentimientos que agitaban su alma. Hubiera querido hablar de su padre, de su bondadosísimo padre, a quien tanto había amado; de buena gana hubiera recordado también los pormenores de su infancia, por más que en ella la brigadiera no desempeñase un papel muy grato; dispuesto estaba a olvidar todas las heridas, todos los desdenes y acordarse únicamente de los cortos momentos de dicha que había disfrutado; hasta los castigos de su madrastra adquirían, con la velada luz de los años, y al través de la súbita ternura que se había apoderado de él, un aspecto maternal que borraba su injusticia; por su gusto se reiría, trayéndolos a cuento como hacen algunas veces los hijos cariñosos después que llegan a hombres. Pero la actitud reservada, aunque atenta y afable de la brigadiera, le imponía respeto y le cortaba los vuelos para desahogar el pecho. Por otra parte, deseaba también entrar en la cuestión de intereses y no se atrevía, temiendo ofender su orgullo. Después de hablar algunos minutos todavía en el mismo tono indiferente, más propio de una visita de amigo que de una entrevista tan grave y solemne como debía ser aquella, procuró encauzar la conversación hacia lo que quería, hablando mucho de sí mismo, de sus tristezas y de su porvenir.
—No son todo flores en la vida, mamá: aunque me encuentre en una posición desahogada y pueda disfrutar de los placeres que ofrece la corte a los jóvenes, no soy tan feliz como el mundo supondrá seguramente. Tengo muchísimos momentos de murria, de tristeza, acordándome de que vivo solo, que me falta el calor de la familia, el cual no puede reemplazarse con nada... Mi tío Manolo, ya sabe V. como es... muy bueno, muy cariñoso... pero... ocupado exclusivamente en divertirse... Y el hombre no vive sólo con el recreo de los teatros, de los cafés y de los bailes. Cuando hay un poco de corazón, se apetece otra cosa...
—¿Por qué no te casas?—dijo la brigadiera secamente y sin levantar la cabeza.
—El casarse no es un acto tan libre como parece a primera vista... Se casa uno cuando llega la hora y una porción de circunstancias se han juntado para ello... Casarse porque sí, por una determinación de la voluntad, sin haberse enamorado antes de una mujer y sin juzgarla digna de llamarla esposa, me ha parecido siempre insensato... Además, en Madrid, en las sociedades que yo frecuento, se encuentran muchas jóvenes bonitas, elegantes, que tocan el piano admirablemente, y cantan a veces como las tiples que se chichean en el Real, y a veces pintan acuarelas y paisajes al óleo demasiado verdes, y escriben cartas a los novios con bastante ortografía... pero buenas esposas y buenas madres de familia, ¿cree V. que se encuentran con tanta facilidad?
—¡Bah!
—No lo crea V., mamá... En fin, a mí no me ha llegado aún la hora... Y mientras que me llegue, lo estoy pasando mal. Me sobra gran parte de la renta que tengo, y si no hago mal uso, no sé qué hacer de ella...
Miguel guardó silencio un instante, y después de vacilar, dijo tímidamente:
—Si V. me lo permitiera, la partiría de buena gana con mi hermana...
—Bien—dijo la brigadiera con voz un poco temblorosa.
—¿Y consentiría V. que me viniese a vivir con ustedes?
—¿Por qué no?
—¡Oh mamá!—exclamó Miguel enternecido;—me hace V. feliz con esa respuesta. ¡Tengo unos deseos tan vivos de vivir con VV.!...—Y apoderándose al mismo tiempo de una mano de la brigadiera, la besó con efusión repetidas veces, mientras dos lágrimas le resbalaban por las mejillas.
—¡Vamos, que no me negará V. que tengo un corazón muy sensible!—dijo riéndose de su propia emoción, como tenía por costumbre.
A la brigadiera no le pareció bien esta salida y se quedó seria. Ni era fácil que penetrase jamás el verdadero carácter de Miguel, y lo que aquellos arranques significaban. No obstante, se mostró después todo lo amable y expansiva que le consentía su naturaleza, lo cual pudiera muy bien achacarse, sin ser mal pensado, a la promesa que Miguel acababa de hacer respecto a su fortuna, por más que ella en la apariencia no le hubiese concedido ninguna importancia. Mas el hijo del brigadier era tan dichoso con aquella reconciliación y con la perspectiva de vivir en la misma casa de su hermana, que prefirió creer que también su madrastra se enternecía y se gozaba en tenerle nuevamente por hijo.
Cuando más embebido se hallaba en la conversación, sintió que unas manos chiquititas le sujetaban la cabeza por detrás, y se la despeinaban con furia. Era Julia que había entrado de puntillas sin ser notada.
—¡Al fin has caído en mis manos! ¡Abajo los peluqueros!
—¡Y tú en las mías! ¡Arriba las niñas sevillanas!—dijo Miguel sujetándola para darla un beso.
—¿De dónde sacas tú, fatigoso, que yo soy de Sevilla?—repuso Julita con marcado acento andaluz, y comiéndose más de la mitad de las letras.—Yo soy gata, y muy gata, y porque soy gata, te araño y te arranco estos ricitos tan cucos de donde cuelgas los corazones.
—¿Hay alguno colgado?—preguntó Miguel riendo y dejándose sobar pacientemente.
—Vamos, basta, Julia—dijo la brigadiera sonriendo también.
—¡Oh, no!—contestó aquélla, siguiendo con más ardor en su tarea.—¿Tú te has figurado que se puede echar impunemente flores a una chica que no hace tres meses siquiera que ha llegado de Sevilla? ¡Y qué flores, Virgen del Amparo, qué flores tan cursis! ¡Que me he desarrollado! ¡Que soy muy mona!... Anda, tonto; ¿te figuras que sólo en Madrid se desarrolla la gente?
—¿Y cómo sabes tú que te ha estado echando flores?—le preguntó su madre, clavándola una mirada terrible.
Julia se puso encarnada hasta las orejas.
—Lo he oído por casualidad al cruzar por el pasillo...
—¿Casualidad, eh?—dijo la brigadiera con sonrisa sarcástica.—Pierde cuidado, que ya me encargaré yo de que no se repitan esas casualidades.
Julia se turbó ante la amenaza de su madre: quedose un momento pensativa y triste; pero en cuanto aquélla bajó la cabeza para continuar su labor, hizo un mohín gracioso y alzó los hombros en señal de indiferencia. Colocada en pie al lado de su hermano, siguió acariciándole los cabellos y la barba. Miguel se había quedado también repentinamente serio. Al cabo de un momento, Julia, metiéndole la boca por el oído, le dijo muy quedo:
—Mira, vamos a sentarnos al sofá y podremos hablar lo qué queramos... Lo haremos con disimulo; aguarda un poco.
Y después de acercarse al balcón y echar una ojeada a la calle, dijo en voz alta:
—Miguel, tú no has visto los retratos que nos hemos hecho últimamente mamá y yo, ¿verdad?
—Como no hubiera ido a casa del fotógrafo, es difícil...
—Voy a enseñártelos ahora mismo: verás también los de nuestros parientes de Sevilla... Tengo unas primas muy guapas: a ver si te conviene alguna.
Y salió corriendo de la sala.
—¡Qué chiquilla tan viva!—exclamo Miguel volviéndose a su madrastra.
—Sí, muy viva y muy insufrible—repuso ésta con mal humor.
—Es la edad—dijo Miguel, a quien parecía imposible que la brigadiera no hallase graciosa y amable a su hija.
—Nada de eso: ya ha cumplido diez y seis años, y cada día está peor.
Julia entró con un álbum en la mano.
—Ven aquí, al sofá, Miguel, y ten ánimo para ver nuestra colección de fieras.
—Enséñame primero tu retrato y el de mamá para que me infundan valor.
—Aquí los tienes—dijo sentándose al lado de su hermano.—Mira a mamá ¡qué bien está!—Tan guapetona como siempre—añadió guiñando un ojo y apuntando con los labios a su madre, que estaba sentada de espaldas a ellos.—¿No te apetece darla un beso?... Vamos, dáselo...
Miguel acercó, riendo, los labios al retrato. Julita quería desagraviar a su mamá. Ésta, sin levantar la cabeza, y en un tono entre alegre y displicente, exclamó:
—¡Ah, aduladora! Ya sabes que me empalaga el dulce.
Julita hizo otra mueca, se rió, y presentando con extraordinaria viveza su retrato a Miguel, le dijo:
—Eh, ¿qué tal?
—Admirablemente.
—¿No es verdad que con esta mantillita blanca y estos rizos por la frente y estos ojillos entornados, soy capaz de dar el opio a cualquiera?
—Sí, a cualquier cadete—repuso su hermano por lo bajo.
Julita quedó un segundo suspensa, y se puso otra vez encarnada; pero reponiéndose en seguida, le dio un pellizco, diciendo:
—¡Ah granuja! ¿Qué correo de gabinete te ha venido a dar la noticia?
—¡Y yo que soñaba para ti lo menos con un coronel!—siguió en voz baja y reprimiendo la risa.
—¡Ya llegaremos allá!
—¡Diablo! es menester que se pronuncie antes siete veces lo menos; y te lo pueden escabechar fácilmente.
—¡Pobrecillo de mi alma!—exclamó Julita poniendo la cara triste.
—¿Pero le quieres de veras?
—Un poquito.
—Pues él también te quiere a ti: al entrar en esta casa hace un momento, me vino a preguntar con semblante fosco si yo te galanteaba.
—¡Qué tonto!—exclamó la niña roja de placer.—¿Y tú qué le dijiste?
—Que no podía aunque quisiera, porque era tu hermano.
—¿Y él que ha dicho?
—¿De veras es V. hermano de esa joven?
—Y tú, ¿qué dijiste entonces?
—Y tan de veras, aunque de padre nada más.
—Y él ¿qué dijo a eso?
—¡Chica, no me acuerdo!—manifestó Miguel soltando a reír.—¡Qué graciosa estás con eso de qué dijiste y qué dijo!
Julia estaba tan interesada y pendiente del relato de su hermano, que no se había dado cuenta de aquellas repeticiones. Quedose un poco cortada; pero concluyó en seguida por reírse de sí misma.
—Mira el retrato de tío Joaquín—dijo en voz alta.—Vivíamos en Sevilla muy cerquita de su casa. Es fiscal de la Audiencia y tiene las tres hijas que vas a ver... ésta es la primera, Sofía.
—¡Uf qué fea!... Dispénseme VV., no he podido remediar este grito...
—Di lo que gustes—manifestó la brigadiera.—Hace ya tiempo que estamos todos en ello.
—Mira la tercera, Gertrudis.
—Pues ésta es más fea aún.
—Aquí está la segunda, Lola.
—¡Demonio, esta es verdaderamente horrible!
Julia se echó a reír diciendo:
—En Sevilla las llaman «las tres circunstancias agravantes.» A la primera Premeditación, a la tercera Alevosía, y a la segunda Ensañamiento, por orden de fealdad.
—Tiene gracia... Cualquier día me voy a Sevilla por una de ellas. ¿Y son esas las primas de que me hablabas?
—No, hombre no: éstas son tías... primas segundas de mamá... Por supuesto, te lo digo en reserva, porque si ellas supieran que yo ando propalando este secreto, serían capaces de asesinarme, ¿no es verdad, mamá?
—Pues que quieran o no—respondió la brigadiera,—son tus tías, y la menor pasa ya de los treinta.
—Oyes, Julia—dijo Miguel hablando otra vez en voz baja.—¿Se te ha declarado ya ese...?
—El otro día me puso una carta en la mano; pero yo la dejé caer.
—¿Pues?
—Es un tío lila, ¿sabes?
—¿Pero no acabas de decirme que le quieres?
—¡Qué sé yo si le quiero!—dijo alzando los hombros con displicencia.
—Pues eres la más interesada en el asunto.
—Desde un día en que le vi de paisano con unos pantalones muy cortos, se me ha quitado bastante la ilusión.
—No te apures por eso, chica; es que está creciendo aún... debes alegrarte.
Siguió la conversación todavía un buen rato. Miguel prometió traer al día siguiente sus maletas. Julia, brincando de alegría, le enseñó el gabinete donde iba a dormir en tanto que no se buscase una casa más capaz, como acababa de convenirse entre ellos. Al fin se despidió lleno de gozo, prometiendo venir a buscarlas de noche para llevarlas al teatro.
Al poner el pie en la calle, cortó repentinamente el hilo de sus risueños pensamientos el ver apostado en la acera de enfrente, y en actitud de espera, a lo que podía sospecharse, al cadete enamorado de su hermana.—«Vaya, me parece que voy a tener que andar a pescozones con este majadero»—se dijo. Pero muy contra lo que presumía en aquel momento, el cadete salvó rápidamente la distancia de una acera a otra y arremetió con él con los brazos abiertos, la cara sonriente y rebosando de júbilo.
—Déjeme V. que le abrace, D. Miguel—y lo hizo sin aguardar el permiso.—Acabo de saber, por la portera, que es V., en efecto, hermano «de esa chica,» y me pesa muchísimo de haber tenido con V. esa cuestión...
—¿Qué cuestión?
—La que tuvimos, antes de entrar V... ¡Caramba, si yo lo hubiera sabido!... ¡Cómo había de atreverme! Por Dios, me dispense V.
A Marte, al decir esto, se le había suavizado notablemente la expresión del semblante: la voz tampoco era tan profunda.
—No tengo por qué dispensar a V.—contestó Miguel, zafándose de sus brazos y mirándole entre risueño y admirado.
—¡Y yo que pensaba que era V. mi rival! Le estuve a V. esperando más de dos horas: no quería marcharme a casa sin darle una satisfacción... He perdido la academia por ello.
—Lo siento mucho y se lo agradezco; pero no había necesidad.
—Ahora voy a pedir a V. un favor—dijo vacilando un poco.
—Usted dirá.
—Que venga V. conmigo a beber una botella de cerveza al Suizo.
—No me gusta la cerveza.
—Quien dice cerveza, dice cognac, marrasquino, chartreusse..., en fin, lo que V. guste.
—No tengo inconveniente en ello: lo que sentiré es que, por mi causa, pierda V. alguna otra clase.
—No señor, ya las he perdido todas.
—Pues vamos allá.
Y se emparejaron caminando en dirección al café Suizo. El cadete le dejó respetuosamente la acera.
—Mozo, una copa... ¿de qué, D. Miguel?
—De agua.
—¿Cómo de agua?—dijo sorprendido y un tanto amostazado.
—Es lo único que me apetece en este momento.
—¿Pero?...
—¿No quería V. antes darme una satisfacción?
—Sí señor.
—Pues deme V. ahora la de dejarme beber agua, puesto que tengo sed.
—Bueno; si V. se empeña...—Y dirigiéndose al mozo con voz ronca de mando:
—Con azucarillo y gotas, ¿entiendes? A mí una copa de ron. Tráete además los cigarros, para que escojamos.
Se habían sentado uno frente a otro. El cadete, siempre galante, había obligado a Miguel a sentarse en el diván, mientras él se había acomodado en una silla. Examinábale aquél atentamente sin quitarle ojo, mostrando en el semblante tal gravedad, que a leguas se adivinaba que era forzada. Realmente el cadete era un ser curioso en su aspecto físico. Por su delgadez parecía montado en alambres; tan rubio, que casi daba en albino; el cuello largo como el de las girafas, y con una nuez... Miguel no había visto jamás nuez tan desmesurada: de todo el individuo era lo que preferentemente llamaba su atención.
Vino el mozo con el servicio y los cigarros. Utrilla, que así se llamaba el cadete, se empeñaba en que Miguel escogiese uno.
—No puede ser, querido: esas brevas son demasiado fuertes para mí; yo gasto unos cigarros más flojos... aquí tiene V... si V. gusta...
—Muchas gracias: yo necesito que pique un poco el tabaco; lo flojo no me sabe a nada...
—¡Milagro será—pensó Miguel—que tú te tragues esa copaza y esa breva!
—Pues como le iba diciendo, Sr. Rivera—manifestó Utrilla, comenzando a pegar feroces chupetones al cigarro,—no sabe V. lo que a mí me alarmó verle pasear la calle de su hermanita. En seguida se me subió el tufo a las narices... Los militares somos así... Y dije para mí, entonces: Hay que cortar esto por lo sano y jugar el todo por el todo: o tú o yo. ¿A qué vienen esas rivalidades en que los dos se están odiando, y sin embargo, se aguantan un día y otro sin decirse una palabra? Eso lo puede hacer muy bien un paisano, pero un militar... creo yo... V. bien me comprende. Así que ¡zás! en cuanto vi la cosa seria, me fui derecho al bulto y me aboqué con V...
—Y si yo no hubiera sido hermano de Julia y la galantease, ¿qué hubiera V. hecho?
—Pues nada... hubiéramos ido al terreno.
—¿A qué terreno?
—Al del honor. Nosotros, los militares, estamos más comprometidos que VV., los paisanos, cuando llegan estos casos. A nosotros el uniforme nos obliga a no transigir...
—Con que una muchacha prefiera a otro, ¿verdad?
—No señor, no es eso; entre nosotros hay ciertas leyes... Lo que en otro cualquiera no es cobardía, pongo por caso, en uno de nosotros lo es... Luego hay el espíritu de cuerpo... Si los compañeros saben que V. no ha quedado encima en cualquier cuestión, le dejan de saludar y le obligan a salirse del cuerpo... La verdad es que la milicia es una cosa muy seria, y que no se puede jugar con ella.
—Mucho—afirmó Miguel gravemente, lanzando al aire una bocanada de humo.—¿Y cuánto tiempo hace que es V. militar, Sr. Utrilla?
—En la academia—respondió el cadete después de vacilar un poco y toser—no llevo más que seis meses... pero me he estado preparando antes dos años con un comandante del cuerpo... y en realidad, desde que uno entra en la academia preparatoria, ya se le considera como militar.
—Mucho—volvió a afirmar Miguel inclinando la cabeza.
—Dentro de quince días nos examinamos del primer semestre; si salgo bien, me faltarán cuatro años y medio nada más para salir a teniente del cuerpo...; por supuesto, si no pierdo algún semestre. Hacen falta oficiales; de modo, que lo más probable es que no aprieten mucho... Además, estos quince días pienso estar empollando el álgebra. Soy un hombre muy especial. ¡Caramba, si no fuera su hermanita, algo mejor andaría yo de ella! En dibujo estoy bastante bien... ¡claro, como que mi padre me ha hecho dibujar desde los diez años! En topografía tampoco ando mal. Al único que tengo miedo, es al tío del álgebra... ¡Es un tío más marrajo y más seco! Sale uno al encerado a exponer un teorema, y a lo mejor se equivoca, porque es muy fácil equivocarse... ¿V. cree que se lo advierte? ¡Nada! El muy perro se queda serio como un poste, y V. no sabe que se ha equivocado hasta el fin, después de una hora...
Miguel le escuchaba distraído, pensando en su hermana y en su madrastra, echando cálculos alegres sobre la vida feliz que iba a hacer en su compañía, recordando con placer los pormenores de la entrevista que con ellas acababa de tener.
Cuando el cadete hizo una pausa, le preguntó por hablar algo:
—¿Y V. es natural de Madrid?
—Sí, señor; he nacido aquí, y aquí me he criado... Mi padre tiene una fábrica de bujías esteáricas en las afueras, cerca de los Cuatro Caminos... acaso V. la haya visto... ¿no?... pues si V. va por allí algún día de paseo, no tiene V. más que preguntar por mí, y le dejarán pasar a verla. O mejor será, que el día que V. quiera ir allá, me avise, y le acompañaré, con tal que sea después de los exámenes. Mi padre es viudo, y tiene tres hijos; el último de ellos soy yo; mi hermano primero es el que corre ahora con la fábrica; mi hermana Eugenia está casada con un agente de Bolsa... A mí también quería meterme mi padre en estos líos, pero yo soy un hombre muy especial; basta que me manden una cosa, para hacer la contraria. A mí siempre me gustó mucho la vida del militar; hoy aquí, mañana allí, unas veces con mucho dinero, otras veces sin una peseta.
—¿De modo, que a V. le gustaría viajar, conocer países?
—Sí, señor, muchísimo; yo soy un hombre muy especial en eso.
—¿Y qué necesidad tiene V. de hacerse militar para ello? ¿No se puede viajar de paisano?
—Claro; habiendo dinero... Pero a mí me gusta viajar de cierto modo; estando en un pueblo quince días, en otro un mes... y luego que siendo uno militar, en todas partes se le recibe con los brazos abiertos... Las chicas se mueren por el uniforme... ¡Es una tontería, por supuesto!—añadió sonriendo y dejando bien traslucir que no la tenía por tal, sino por una prueba grande de sabiduría.—Mire V., a mí no me gusta el uniforme; soy un hombre muy especial. Los primeros días, me lo ponía con entusiasmo; pero ahora ya me apesta... Además, como uno tiene que saludar a todos los oficiales, ¡y hay tantos en Madrid!...
El cadete siguió todavía bastante rato hablando de sí mismo con voz de bajo profundo, contándole cien mil cosas que no le importaban nada, y afirmando a cada instante que era un hombre muy especial. Miguel no podía adivinar en qué consistía esta especialidad, como no fuese en la nuez, que, en efecto, cada vez le parecía más especial. Observó también que estaba un poco más pálido que al principio, lo cual le movió a preguntarle por dos veces si se sentía mal, pero el cadete afirmó rotundamente que se encontraba admirablemente. No obstante, allá a lo último, se puso en pie, confesando que la atmósfera del café estaba algo pesada y que sería bueno dar una vueltecita entre calles, a lo cual accedió muy gustoso su compañero.
Llamaron al mozo, y ambos trataron de pagar; pero éste, sea porque juzgase a Miguel con más edad y carácter para el caso o por otra causa que no es fácil adivinar, rechazó el dinero que el cadete le ponía en la mano y tomó la moneda que aquél le ofrecía. ¡Aquí fue Troya! El cadete se indignó con esta acción, de un modo indecible, se puso aún más pálido de lo que estaba, echó tres o cuatro ternos redondos con la voz más cavernosa que halló entre sus registros, y amenazó con estrangular al mozo acto continuo. Esfuerzos inauditos costó a Miguel sosegarle, y solamente lo consiguió con la promesa de que vendría otro día a tomar cualquier cosa para que él la pagase. Apesar de esto salió del café taciturno y sombrío; aquello de que Miguel hubiese pagado siendo él quien le invitara, parecíale el colmo de la humillación. Todavía cuando iba en dirección a la puerta cruzando por entre las mesas, se volvió dos o tres veces para lanzar una mirada de desafío al mozo, que ya estaba sirviendo a otros parroquianos sin hacer caso.
Una vez en la calle, Utrilla se mostró mucho menos locuaz. Miguel se vio precisado, para sostener la conversación, a hacerle preguntas a las cuales contestaba cada vez con más concisión. Al poco rato se detuvo repentinamente y manifestó que no se sentía nada bien. Decir esto y arrimarse a un portal y echar los hígados por la boca, fue todo uno.
—¿Le habrá hecho a V. daño el cigarro?—le preguntó Miguel.
—¡Cá, no señor!... No comprendo lo que pudo ser... Acaso el ron que me dieron estaría malo.
—Sin embargo, el cigarro... V. escupía mucho...
—No señor, no; estoy acostumbrado.
Viéndole aún bastante pálido y desfallecido, Miguel llamó a un coche de punto, le hizo subir a él y le condujo a su casa, situada en la calle del Sacramento. El cadete, apesar de su mal estado, quería descoyuntarse dándole las gracias.
FIN DEL TOMO I
RIVERITA
NOVELA DE COSTUMBRES
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