ARMANDO PALACIO VALDÉS (continued 2)
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—¡Doce duros, amiguito!—Y viendo que el sobrino le miraba sin comprender, repitió:
—Que me han costado doce duros como doce soles... Pero chico, qué quieres, cuando las cosas salen bien, doy por bien empleado el dinero... Lo triste es darlo cuando salen mal... ¡La verdad, se ha portado el amigo Utrilla! Y que no hay otro pantalón en Madrid igual... Es el único que ha venido de este dibujo...
Lo decía en un tono que rebosaba de alegría, moviéndose delante del espejo y dando pataditas en el suelo. Después se puso a silbar La donna e móvile y se fue a la alcoba a buscar la camisa que ya tenía preparada sobre la cama. Pero la camisa no logró satisfacerle como el pantalón; la pechera hacía bomba y el cuello estaba poco descotado. Después de mirarse gravemente al espejo muchas veces y de procurar arreglarla tirando de ella hacia abajo, el tío Manolo soltó un terno y echó una mirada feroz a Miguel. En seguida, procurando refrenarse, sin poder conseguirlo, exclamó por lo bajo y sonriendo forzadamente:
—¡A que no me visto hoy, Miguelito!
Pero éste, en vez de contestar a la sonrisa con otra, permaneció muy serio y asustado adivinando la tempestad que hervía debajo de tales palabras. En efecto, Rivera no tardó en murmurar una blasfemia espantosa. Estaba muy pálido y se le había formado un círculo oscuro en torno de los ojos.
—Oyes, Miguelito, ¿quieres hacerme el favor de salirte a la sala?—dijo a su sobrino en un tono almibarado, pero muy sospechoso.
Miguel se apresuró a escapar del gabinete. No tardó en oír fuertes trastazos, acompañados de vivas interjecciones, paseos y un resuello lúgubre de malísimo agüero. Al fin todo quedó en silencio, y curioso de saber en qué consistía, miró por la rendija de la puerta, y vio a su tío sentado en una butaca, en mangas de camisa, hundida la cabeza en el pecho, el pelo caído por la frente en la más triste y desesperada actitud que nadie pudiera imaginarse. Después de permanecer algunos minutos en tal estado, vecino de la locura, vio que se levantaba, y con cristiana resignación sacaba del armario la tercer camisa, y después de meterle los botones, se la ponía dando un profundo suspiro. Al cabo de un cuarto de hora, concluida su tarea, salió del gabinete serio, tranquilo, un poco pálido, como sucede siempre después de las grandes crisis. Al encontrarse sus ojos con los de Miguel, sonrió avergonzado. A éste le acometieron aquellas malditas ganas de reír que tanto daño le causaron, y no faltó mucho para echarlo todo a perder. Por fortuna consiguió refrenarlas.
Encamináronse lo más pronto posible al parador de la silla de posta, que no tardó en llegar. Abrió la portezuela el tío Manolo, y se apresuró a dar la mano a su cuñada, que saltó en tierra con mucha compostura y elegancia. El brigadier, después de abrazar a su hijo, lo presentó a su nueva mamá, quien le dio un beso en la mejilla, reparando poco en él. Era una mujer hermosa, alta, maciza de carnes, el rostro blanco y ovalado, negros y grandes los ojos, pestaña larga, cabello castaño tirando a rubio, derecha de espaldas y cogida de cintura, gallarda y briosa en sus movimientos y un tantico soberbia. Miguel entendió que no había visto nunca nada tan bello, y la expresó su rendimiento mirándola hasta comérsela con los ojos. Terminados los saludos y las preguntas que en casos tales suelen repetirse bastante, se entraron los cuatro en la carretela. Sentose la dama en el fondo a la derecha, y el brigadier a su lado: Miguel y el tío Manolo se acomodaron enfrente. Comprendiendo el buen efecto que en su hijo había causado la mamá que le traía, el brigadier iba muy complacido y estaba harto locuaz; mucho más de lo que acostumbraba. El tío Manolo, por cierto instinto de coquetería que jamás le abandonaba, hacía esfuerzos por mostrarse agudo y chistoso delante de su cuñada, y la abrumaba a galanterías.—«Ángela, ¿te molestan las ventanillas abiertas?—la decía llamándola por su nombre y tuteándola ya.—¿Quieres que cerremos ésta de la derecha? ¿Llevas los pies fríos? Dame acá esa sombrilla. Échate hacia atrás, que irás más cómoda.» La hermosa dama contestaba a estos homenajes con leves sonrisas no exentas de displicencia.
—Vamos, Miguel—dijo el brigadier.—¿No te parece mejor tu mamá que el retrato?
Miguel, ruborizado y gozoso, contestó que sí con la cabeza.
—De modo que votas a mi favor, ¿verdad?—le preguntó la nueva brigadiera con gracioso acento andaluz.
Miguel, avergonzado, no se atrevió a contestar.
—¡Ya lo creo que vota!—respondió por él su padre.—Y está dispuesto a hacer todo lo que esté de su parte por que le quieras mucho. ¿No es verdad que serás siempre obediente a tu mamá, y no la darás ningún disgusto?
El muchacho afirmó otra vez con la cabeza.
—Vaya, dala un beso ahora.
Miguel fue muy gustoso a besarla en la mejilla, pero en aquel instante la dama sacó la cabeza por la ventanilla para ver los edificios de la Puerta del Sol, mientras le tendía su mano enguantada. El niño, obedeciendo a un signo de su padre, la tomó entre las suyas y la besó.
Al llegar a casa volvió el tío Manolo a ayudarla a saltar del coche y ofrecerla caballerosamente su brazo para subir la escalera. El brigadier y su hijo marchaban detrás.
V
Aquella hermosa señora que estusiasmó a Miguel, era hija de una familia sevillana, tan necesitada de bienes de fortuna como rica en timbres y blasones. Había tenido innumerables admiradores, algunos novios y casi ningún pretendiente. Los hombres en esta edad prosaica rara vez se vuelven locos por amor; y locura era casarse con Ángela Guevara no poseyendo mucho dinero y buenos deseos de gastarlo: porque esta joven esclarecida, educada en la adoración de su estirpe, tenía de ella tan alto concepto y tan pagada estaba igualmente de su belleza, gallardo ingenio, despejo y gentileza, que ningún palacio consideraba bastante suntuoso, ningún trono suficiente elevado para contener y soportar tal suma de perfecciones. Su entrada en los teatros y paseos de Sevilla levantaba siempre un murmullo de admiración en la gente: los forasteros se apresuraban a preguntar a los naturales:—¿Quién es esa joven?—¿Le gusta a V., verdad?—solían contestar chuscamente,—pues tenga V. cuidado, porque es de mírame y no me toques.—Y era cierto: la noble doncella pasó bastantes años (hasta alcanzar casi los treinta), sin que nadie se atreviese más que a mirarla: era una soberbia figura decorativa, el mejor ornamento quizá, exceptuado la Giralda, de la ciudad que baña Guadalquivir famoso; pero como aquélla, ni los ingleses siquiera osaban llevársela.
Y así se hubiera estado la pobre hasta desmoronarse, a no haber arribado, en comisión del servicio, el brigadier Rivera. Ángela había llegado en materia de novios a un escepticismo desconsolador: tanto la habían requebrado con la vista y con la lengua sin ulteriores consecuencias, que concluyó por imaginar que el amor era un frívolo entretenimiento para no aburrirse en las tertulias, y el marido (el suyo, por supuesto) un ser hipotético, una incógnita imposible de despejar. Así, cuando el brigadier, rendido a tanta hermosura, se resolvió a pedir su mano, entregola apresuradamente como si fuera un peso que la molestase: y no reparó en la diferencia de edad, ni en la figura quijotesca del pretendiente, ni en la viudez, ni en el hijo que estaba allá por Madrid: todo era nada comparado con el magno problema que se resolvía: casarse y vivir con boato en la corte. Sevilla entera se alegró; dio un suspiro de descanso, exclamando: ¡Al fin la hemos casado!
Aquí dan comienzo las desdichas del héroe de nuestra historia. Tan pronto como la noble doncella andaluza pisó los umbrales de la casa de Rivera, tomó las llaves de los armarios y se encargó de su dirección, tuvo a bien arrojarle el guante. No se detuvo en melindres hipócritas, ni preparó el terreno, ni dejó trascurrir siquiera el tiempo de cortesía, como hacen la mayor parte de las madrastras; desde el primer momento reveló que Miguel no le agradaba y le declaró la guerra; por lo menos tuvo el mérito de la franqueza. Aquél tardó bastante tiempo en recoger el guante. La impresión que su nueva mamá le había producido era demasiado grata para que se borrase fácilmente; pensó que se entraba un ángel del cielo por su casa. Pronto se hubiera trocado la admiración en amor, si la gentil señora le hubiese tendido su mano protectora. Pero no fue así: la nueva brigadiera rechazó indignamente la fija mirada de adoración que Miguel tenía como muda caricia posada constantemente sobre ella. En vez de agradecerla y de sentirse lisonjeada, comenzó a exclamar ásperamente en presencia de los criados: «¿Por qué me mirará tanto este niño?» Miguel no comprendió en un principio que su madrastra le daba calabazas. Su inteligencia infantil no podía darse cuenta de que un ser tan hermoso aborreciese a quien no le había hecho ningún daño, y persistió cándidamente en su amor platónico. Mas a la postre no tuvo más remedio que percibir que se le declaraba la guerra, ¡guerra bien injusta por cierto, y bien desigual! Sintió las espinas de aquella rosa espléndida, y quedó confuso y apenado. Era un temperamento muy nervioso el suyo; no cabía en él la indiferencia: o amaba o aborrecía. Por eso, pasada la sorpresa, sin buscar la razón de tal antipatía, trocose presto su amor en odio. Y a los pocos días la brigadiera Ángela, si quiso, pudo observar que los ojos de Miguel no expresaban ninguna clase de adoración.
Encendiose más con esto la mala voluntad de aquélla; la guerra estalló con todos sus horrores, sin tregua y sin cuartel. Si Miguel salía de paseo con el lacayo, los ojos penetrantes de la andaluza siempre descubrían a la vuelta en su traje alguna mancha, algún siete mal recosido por una sirviente piadosa:—«¡Jesú, qué niño ma susio y ma revoltoso! ¿Qué dirá la gente que le vea? Dirá que yo le abandono y le dejo andar hecho un pordiosero. ¡Es una vergüensa!» Si se quedaba en casa y jugaba con los criados, la señora se ponía furiosa, le dolía la cabeza, hablaba de la bajeza de sentimientos que el muchacho revelaba, allanándose a estar siempre entre la servidumbre, e increpaba duramente al brigadier porque no sabía educar a su hijo. Si, por complacer a su padre, tomaba la resolución de estarse quieto y sentadito en una silla toda la tarde, esto era lo que no podía ver el pasmo de Sevilla:—«¡Jesú qué niño tan posma! ¡Siempre en las mismitas faldas de una, mirándolo todo, observándolo todo!... ¡Ay, qué fatiga!»
Ni era fácil, como se ve, que le diese gusto en nada. El brigadier padecía mucho con esta injustificada aversión y procuraba mitigarla, sin resultado alguno. Necesitábase la pasión loca que su mujer le había inspirado y su carácter pacífico, para que algunas veces no hubiese un escándalo en casa. Los parientes, en cuanto se hicieron cargo de lo que pasaba, mostraron mucho disgusto. El más indignado fue tío Manolo:—«¡El día que vea a esa petenera tratar mal a mi sobrino—había dicho en cierta casa,—como no se tape las orejas con cera va a escuchar cosas muy lindas!» Y pasó como había previsto. La brigadiera, que no se recataba de nadie para hacer lo que se le antojaba, reprendió agriamente a Miguel en presencia suya, y entre otros insultos cometió la ligereza de llamarle mala casta. Oír esto y volverse loco tío Manolo, fue todo uno; por milagro no acabó allí mismo con su cuñada. Así y todo la agarró fuertemente por el brazo, y soltando tres o cuatro ternos seguidos, le escupió más que le dijo: «Oyes tú, grandísimo pendón; su casta es mejor que la tuya siete mil veces... ¿Qué hubiera sido de ti si no te hubieras casado con el calzonazos de mi hermano? ¿Así pagas el bien que te ha hecho, insultándole a él y a todos nosotros?... ¡Pues mira, chica, que el porvenir de tu casta hubiera sido lucido como hay Dios!... Estabais con el agua al cuello, más pobres que las arañas, ¿y todavía vienes echando fieros?... ¡Si le digo a V., hombre, que es morirse de risa!... ¡Vaya un hermano babieca que tengo!... ¡Babieca!... ¡Más que babieca!...»
La brigadiera, respuesta al instante del susto, se revolvió airada y le vomitó tres o cuatro insultos feroces, y después tuvo por oportuno desmayarse. Tío Manolo salió del gabinete batiendo las puertas y soltando juramentos. Encontrose en la escalera a su hermano, y encarándose con él, le dijo: «¡Parece mentira que con esos bigotazos te traiga alineado la cursilona de tu mujer! ¡El día que vuelva a poner los pies en tu casa, que me entierren vivo!»
Y sin aguardar la respuesta del atónito brigadier, bajó en cuatro saltos la escalera y desapareció.
La bella andaluza logró al cabo de poco tiempo indisponerse con todos los parientes de su marido, y lo que es más grave, que éste apenas se tratase con ellos. En cambio comenzaron a frecuentar la casa bastantes miembros de la colonia sevillana amigos de la familia Guevara: la mayoría señoras y señoritas. Entre estas últimas la más íntima y asidua fue Lucía Población, aquella joven rubia que D. Manuel de Rivera saludó en el Prado llevando a Miguel en su compañía. Los pormenores biográficos que había dado a su sobrino eran exactos.
Lucía no tenía fortuna; vivía atenida a una pensión que el Estado le pagaba por haber sido su padre regente de la Audiencia de Puerto Rico. Relacionada y aun emparentada por su madre con varias familias aristocráticas de Sevilla y Madrid, disfrutó, aunque sin poseerlo, del bienestar y esplendor que el dinero procura. Desde que había quedado huérfana de padre, sus ricos parientes habían tenido la amabilidad de invitarla a comer con frecuencia y llevarla al teatro y al paseo. A los diez y siete años perdió también a su madre y fue recogida por los Marqueses de Cisneros, sus parientes más próximos establecidos en Madrid. Como Lucía era una joven hermosa, discreta y bien educada, y como por otra parte contaba con diez o doce mil reales de orfandad, fue carga muy liviana para aquellos señores, que sólo tenían dos hijos y gozaban buena renta. Había sido en Sevilla muy íntima de la familia Guevara, y en particular de Angelita, por más que ésta la aventajase en edad siete u ocho años lo menos. Enfriadas un poco las relaciones por la separación, volvieron a calentarse tan pronto como se encontraron en Madrid. Al poco tiempo de llegar Ángela, su amiga apenas salía de casa sino para dormir; ni al paseo, ni al teatro, ni a misa siquiera dejaban de salir juntas.
Era Lucía una rubia de las dichas vulgarmente vaporosas; ojos azules y claros y un poco húmedos, tersa y blanca la frente, los cabellos como madejas de oro, las cejas perfiladas en arco, algo aguileña, el talle fino y esbelto, el rostro alegre y muy apacible. Formaba su hermosura dichoso contraste con la de la brigadiera; quizás fuera este el fundamento más sólido de su amistad. También se diferenciaban notablemente en el humor. Ángela era desdeñosa, irascible, absolutamente incapaz de enternecerse, amiga de los placeres de la mesa sobre todos los demás. Lucía era romántica, llorona, con ribetes de literata, amiga de contar los sueños y los presentimientos, muy habladora, astuta y zahorí para explicar los misterios y laberintos del corazón; apenas comía. De tal diversidad de cuerpo y espíritu nacía el acuerdo que entre ellas existía. Ángela mandaba sobre Lucía, pero a condición de escucharla, lo cual no le costaba trabajo; ejercía sobre ella un cierto protectorado maternal. Lucía en sus adentros compadecía a su amiga por estar tan ignorante de los inefables deleites de la poesía y del amor, y en este mutuo aprecio y desprecio vivían ambos genios acordados y tranquilos.
Lucía notó en seguida la antipatía de su amiga por el hijastro, y trató de vencerla suavemente; pues no hallaba fundamento para ello. Recordaba Miguel después de hombre que la belleza de esta señora no le había impresionado como la de su madrastra; mas el cariño que le mostró y su carácter afable y expansivo, concluyeron, no obstante, por seducirle. Un día, recién casado su padre, charlaban las dos amigas mientras él jugaba en un rincón; debía referirse la conversación a su persona, porque ambas le miraban a menudo, la mamá con ojos severos y desdeñosos, Lucía con dulzura.
—Ven acá, Miguelito—le dijo ésta de pronto. Miguel acudió al llamamiento. La amable señorita le hizo unas cuantas preguntas de poca sustancia, y cogiéndole después por la barba y mirándole fijamente, dijo como si atase el hilo a una conversación empezada:
—¡Pues no es feo este chico, Ángela!
La brigadiera calló. Miguel, que tenía ya más penetración de lo que se figuraban, comprendió que había estado su rostro sobre el tapete, y agradeció toda su vida a la blonda sevillana esta buena opinión.
Otra vez su nueva mamá, cuya antipatía fue siempre en aumento, le castigó por haber roto con la pelota un juego de tocador que le habían regalado en su boda. Dejolo encerrado en el cuarto ropero con orden a los criados de que bajo ningún pretexto le diesen de merendar, y se fue de visita con su marido. Llegó al poco rato la señorita de Población, y enterándose de que no había nadie en casa más que Miguel, y éste sumido en oscura mazmorra, tuvo a bien sacarle de ella, apesar de las advertencias de las doncellas, que temían a su señora más que al mismo demonio. Llevolo al comedor, hizo que le diesen de merendar y le acarició y agasajó cortesísimamente. De este y otros favores fue Miguel deudor a esta dama durante su permanencia en la casa paterna, y siempre se los tuvo muy en cuenta.
A la brigadiera se le había metido en la cabeza casar a su amiga, y casarla ventajosamente. Como Miguel era muy niño y no se recataban de él, pudo oír varias conversaciones acerca de este punto y hasta percibió alguna vez el nombre del novio que su mamá proponía. A todos los encontraba la amable señorita poco adecuados; juraba y perjuraba que sólo se casaría cuando hallase el marido que había visto en sueños o al menos el que más se le pareciese. A esto contestaba la brigadiera que no fuese tonta, que todo era música celestial y que lo importante era casarse con un hombre capaz de mantenerla en la categoría y con el bienestar que había disfrutado siempre. Digamos que la vaporosa rubia no echó en saco roto los consejos de su buena amiga y aun que supo aprovecharlos. Pero esto se verá más adelante.
Al año de casarse el brigadier diole su esposa, como fruto de bendición, una hermosa niña que se bautizó con el nombre de Julia: fue refuerzo de desgracia para el pobre Miguel, aunque de modo inocente. Como astro de primera magnitud, oscureció a los demás seres racionales e irracionales de la casa, y pasó a ser el centro de todas las miradas y atenciones, y el tema de todos los discursos. En los días que siguieron a su nacimiento Miguel vivió completamente ignorado, haciendo lo que bien le placía, gozando una calma dichosa. Por desgracia, duró poco. Las negras pupilas de la brigadiera no tardaron en caer de nuevo sobre él, y detrás de aquellas pupilas se agitaba ahora un pensamiento tan egoísta y mezquino como acorde con nuestra flaca naturaleza. Aquel chicuelo que tenía delante iba a privar a su hermosa y adorada hija de una mitad de fortuna, por lo menos. Este pensamiento, siempre fijo, siempre presente en el cerebro no muy sólido de la brigadiera, llegó a exasperarla a tal punto, que convirtió la casa muy pronto, de monarquía absoluta, pero discreta, que era, en feroz e insufrible despotismo. El mismo brigadier, que tenía a mucha honra no haberse pronunciado jamás contra las instituciones vigentes, estuvo a pique de sublevarse con toda la guarnición, representada por Miguel y tres o cuatro criados antiguos. Y como la soga quiebra siempre por lo más delgado, la guarnición padeció más en este lance que su digno jefe. Después de frecuentes combates, emboscadas, escaramuzas y hasta batallas campales en que la brigadiera dio pruebas de ser consumada estratégica, muy superior por cierto a su marido, que no pasaría jamás de mediano general de división, a los tres fieles y antiguos servidores se les dio la absoluta, y a Miguel... también se la dieron. Veamos de qué modo.
Tenía Julita dos años, poco más o menos. Era una niña encantadora, que se reía hasta desternillarse cuando caía cualquier objeto al suelo, y decía ya papá y mamá correctamente y con propiedad. Al mismo tiempo demostraba felices y excepcionales disposiciones para la música clásica. Cuando su padre entonaba con vozarrón de sochantre el aria de bajo de Lucrezia Borgia o la serenata de Fausto, la niña se enternecía, empezaba a hacer pucheritos, y concluiría por llorar frenéticamente, si antes no diese la brigadiera la voz preventiva de: «¿Quieres callarte, Fernando?»
No es posible negar, sin embargo, que Julita profesaba algunas ideas equivocadas acerca del régimen gramatical y del valor de las palabras. Por ejemplo, ¿qué razón podía tener para llamar a la carne chicha y a la niñera Tita, nombrándose Felisa? Comprendemos perfectamente que para pedir queso dijese quis quis: aquí, por lo menos, existe la raíz del verdadero vocablo. Sus opiniones acerca de los instintos y carácter de los animales domésticos eran igualmente absurdas. Al paso que exageraba hasta lo indecible el poder y la fiereza de las gallinas, huyendo de ellas con gritos de terror, guardaba simpatía viva y profunda hacia los gatos, la cual no pudo destruirse con los frecuentes arañazos que estas ingratas criaturas infligían sobre sus tiernas manecitas. Así que tropezaba con uno perdía nuestra Julia la chabeta, y gritando con la dulzura de un ruiseñor «¡papá, mamo! ¡papá, mamo!» se iba hacia él y le cogía por el rabo. En la misma categoría que los gatos, o acaso un poco más alto, colocaba Julita a su hermano Miguel, a quien llamaba Michel. Era un cariño ciego el que le tenía: lo mismo era verle, que sus bracitos se agitaban de alegría, lanzaban chispas de gozo los ojos, y pedía con toda la fuerza de sus pulmones que trajesen a Michel, o le diesen a ella la muerte. Así que le tenía cerca, le tiraba por los cabellos hasta hacerle llorar, en señal de admiración, o bien llenaba su rostro de baba. Miguel, más galante que los gatos, no sólo se dejaba tirar de los pelos con la paciencia de un mártir, pero hasta buscaba con afán las ocasiones del martirio. Con una generosidad de que hay muy pocos ejemplos en la historia, no solamente perdonaba a su hermanita sus feroces caricias, sino también los malos tratos y desabrimientos que por causa de ella estaba obligado a padecer. Porque la brigadiera no podía sufrir con paciencia esta simpatía: se irritaba contra su hija cuando pedía que le trajesen a Miguel sin demora, y mucho más cuando éste, motu propio, se llegaba a darla un beso. Teníale formalmente prohibido el tomarla en brazos, jugar con ella, y en general acercarse cuando no se lo mandasen: pero nuestro Miguel, desafiando las iras de la brigadiera unas veces, y otras burlando su vigilancia, pasaba largos ratos con ella, haciendo payasadas para verla reír, o acariciándola buenamente.
Una mañana se hallaba Julita muy arrellanada en su cuna, contemplando fijamente el cielo raso. La niñera la había dejado sola por irse a retozar a la cocina. Su rostro ofrecía una gravedad desusada; los ojos inmóviles, estáticos; los labios plegados en señal de reflexión; las manos descansando tranquilamente sobre el vientre. Todo parecía indicar que estaba embebida en alguna meditación fantástica. De vez en cuando levantaba un poco la mano y chasqueaba la lengua, lo cual comunicaba una melancolía profunda a su meditación: otras veces decía en voz baja y ronca: «¡upa, upa!» Arrastrada por el torbellino de sus tristísimas ideas, hubiera concluido sin duda por llorar y gritar desesperadamente, si al entornar un poco la vista hacia la puerta no hubiese visto en ella admirablemente peinado y acicalado a su hermano Miguel.
—¡Michel, Michel!—dijo saliendo de su estupor doloroso y extendiendo hacia él los bracitos desnudos.
Miguel se dirigió a ella mirando a todas partes como un ladrón que teme ser sorprendido. Al instante quedaron los dos confundidos en un estrecho abrazo: del cual abrazo resultó Miguel completamente despeinado, con la cara llena de baba y sin corbata. Julita la blandía en señal de triunfo.
El muchacho, que había sufrido con harta impaciencia que le asease la doncella, permitió ahora muy complaciente que su hermana le desasease, y acercando a ella los labios, le preguntó bajito:
—Di, ¿me quieres, mona?
La niña volvió a tirarle de los pelos y a sobarle la cara en fe de eterno cariño.
—¿A quién quieres más, a mí o a Tita?
—Michel, Michel—dijo Julita trayéndole hacia sí y dándole un furioso puñetazo en la nuca. Y no contenta con esta clara manifestación, prosiguió con énfasis:
—Tita feya... Michel apo.
Miguel enajenado besó apasionadamente los brazos de su hermanita. Después le preguntó:
—¿Quieres que te coma?
Habiendo asentido Julita con una docena de inclinaciones de cabeza, el chico comenzó a figurar que la comía los brazos, la cara, el pecho, las piernas, en fin, toda su diminuta persona. La niña se deshacía de gozo al verse devorada de tan gentil manera.
—¿Te como más?
Claro está. Julita deseaba que la comiese hasta no dejar rastro de ella. El tigre, así que hubo terminado, descansó algunos instantes sobre la misma almohada de su víctima. Esta todavía se arrancaba la carne del pecho a puñados para ofrecérsela.
—Oyes, Julita, ¿cómo hace el gato?
—¡Mau, mau!
—¡Ca! no es así, verás tú como hace.
Y poniéndose en cuatro patas, comenzó a dar vueltas por la estancia, lanzando tales y tan verdaderos maullidos, que Julita quedó suspensa y estática, creyendo tener delante de sí y en realidad un individuo de la raza felina. Como no era cosa de dejar pasar tan oportuna ocasión de dar a conocer sus benévolos sentimientos hacia esta familia, dijo con profunda convicción:
—Mamo, apo.
Miguel vino triunfante a ella, y la dio un beso.
—¿Quieres agua, monina?—le preguntó de repente.
No sabemos qué clase de motivos habrían impulsado a Miguel a ofrecer tan espontáneamente agua a su hermana. Sean los que quieran, lo cierto es que ésta, como no podía negarle nada, aceptó el ofrecimiento. Mas al servírsela el bueno de Miguel, dejó caer sobre la cuna el vaso lleno. La niña estuvo tres veces para llorar y otras tantas para reír: al fin se decidió por lo último, hallando muy gracioso, aunque demasiadamente húmedo, el chiste de su hermanito. Para recompensar su tolerancia, éste tornó a hacer el gato con más voluntad aún y maestría. Después imitó al perro y al burro menos que medianamente. Al fin, queriendo terminar de un modo digno y brillante sus trabajos zoológicos, propuso hacer la gallina. Todas las antipatías, terrores y resentimientos de Julita se despertaron al escuchar este nombre malhadado.
—¡No... ina no... ina feya!
Pero Miguel, arrastrado del deseo de lucir su habilidad en este nuevo ejercicio, no quiso atender a la negativa y se puso a cacarear de lo lindo en todos los tonos agudos y graves. La niña, agitada, convulsa, con los ojos espantados, gritaba cada vez con más fuerza:
—¡No... ina no...! ¡feya, feya!
Fue necesario terminar. El artista quedose un tanto mohíno viendo despreciados sus esfuerzos.
—Upa, upa—dijo la niña al cabo de un rato de silencio, tendiendo a Miguel los brazos.
—No, no te levanto, que riñe mamá.
—¡Valiente cosa me importa a mí que riña mamá!—dijo la niña; esto es, debió decirlo; en realidad no hizo más que repetir con un gesto que no daba lugar a réplica:
—¡Upa, upa!
Miguel se sometió. Cuando la tomó en brazos hallose con que estaba hecha una sopa. ¡El maldito vaso! Al pensar en su madrastra se le puso la carne de gallina. Fuese porque tal pensamiento le privara repentinamente de las fuerzas, o porque nunca las hubiera tenido muy hercúleas, es lo cierto que al sacarla de la cuna, sin saber cómo la niña se le deslizó de los brazos, y cayó dando un fuerte porrazo con la barba en la barandilla.
¡Oh Dios clemente! ¿qué pasó allí? La sangre de Julita corrió en abundancia; los gritos se oyeron en media legua a la redonda. Acudió la servidumbre, y el portero, y los vecinos, y los guardias municipales de la calle, y el médico de la casa de socorro, y la guardia del Principal, fuerza de artillería y carabineros, y lo que es aún más espantable que todo esto... acudió la brigadiera.
En la misma noche el consejo de guerra, presidido por aquélla, condenó al reo nombrado Miguel Rivera a seis años de presidio con retención, que debían purgarse en un edificio grande, feo y sucio, sito en la calle del Desengaño donde se leía con caracteres borrosos este rótulo: Colegio de 1.ª y 2.ª enseñanza bajo la advocación de Nuestra Señora de la Merced.
VI
Tan sucio era aquel caserón por dentro como por fuera; la enseñanza y el alimento que se daba correspondían muy bien con el local. El fundador y director del establecimiento era un excoronel de artillería andaluz y amigo de la familia Guevara; por eso Miguel había ido a dar allí con sus huesos. El tal coronel, llamado D. Jaime, había salido del cuerpo por un asunto de honor en que el suyo no había quedado bien parado; tuvo algunas palabras con otro oficial de ingenieros, nombráronse los padrinos, y cuando llegó la ocasión de formalizarse el desafío, nuestro D. Jaime se achicó y dio toda clase de satisfacciones; los artilleros se ofendieron mucho con esta conducta, dejaron de saludarle, y el coronel al cabo se vio obligado a pedir la absoluta. Por supuesto que los alumnos no sabían palabra de todo esto; antes se tenían formada, de la braveza y esfuerzo de su director, una idea superior a toda hipérbole; no había en el colegio quien no le tuviese por más áspero y belicoso que Roldán y más denodado que Oliveros de Castilla, y quien no le temblase. El propio coronel había fomentado esta opinión refiriendo a sus discípulos en los momentos en que el álgebra les dejaba algún respiro, un sin número de hazañas portentosas y aventuras sangrientas llevadas a término por su mano, o en cuya ejecución, por lo menos, había tenido parte muy lucida. Además, cuando se incomodaba, y era muy a menudo, acostumbraba a desafiar al muchacho delincuente, y no sólo a él, sino también a toda la cátedra y al colegio entero lo mismo que hizo el Cid con el pueblo de Zamora.—«¡Hombre, tendría gracia que uztede ze burlasen de mí!... Nada, zeñore, el que quiera reírze que lo diga francamente. Lo hombre han de zer hombre siempre. ¡Que lo diga y le daré una piztola para que nos peguemo un tiro! ¡Y zi viene el papá, ze lo pego al papá, canazto! ¡Y zi viene el hermano, ze lo pego al hermanito! ¡Y zi viene el abuelito, al abuelito! ¿Eztamo?» Los chicos quedaban petrificados de terror.
Había otro profesor para la geografía y las Historias de mediana edad, hombre tímido y pusilánime hasta el exceso, que ganaba el sustento suyo y el de su madre y hermanas con grandísimo esfuerzo, corriendo todo el día de un colegio a otro, dando además lección particular en algunas casas y cantando de tiple en las funciones religiosas. Llamábase D. Leandro; era de estatura baja y bajo también de color, con grandes ojos negros y dulces que pedían misericordia; andaba siempre vestido de negro y cuidadosamente rasurado, como convenía a su estado semisacerdotal; poco le faltaba para gastar corona. Daba lección de música a los alumnos que la pagasen, y era en lo que más se placía; todo su amor y pasiones se cifraban en el arte; no tenía grandes facultades para él, bien lo sabía y no se avergonzaba de confesarlo; pero lo amaba platónicamente, y adoraba a quien brillase cultivándolo. Hablarle a él de los grandes maestros y aun de los pequeños, era verle caerse boca abajo como un indio en presencia de sus ídolos. También dibujaba un poquito, muy poquito; pero en secreto. En cuanto le mirasen fijamente se ruborizaba; cuando por casualidad hablaba con una mujer, tenía los ojos puestos en el suelo.
El profesor de Psicología, Lógica y Ética era el reverso de éste: pedante, charlatán sin pizca de sustancia, procaz de palabra y de obra, y colérico cuando se creía denigrado. No llegaba a los treinta años de edad y había hecho ya nueve o diez oposiciones a cátedras sin resultado alguno; sólo una vez había obtenido un segundo lugar. Fuera de los momentos en que estaba sentado en cátedra, no hablaba de otra cosa; oposiciones por arriba y por abajo; conocía los nombres de todos los catedráticos de España, de instituto y de facultad, sabía cómo habían ingresado en el profesorado (casi siempre por intrigas según él), llevaba la cuenta exacta de todas las cátedras vacantes y aun de las que iban a vacar, las que tocaban a turno de oposición o a concurso, los tribunales que se habían nombrado desde diez años hasta la fecha, y calculaba los que podían nombrarse en lo sucesivo, y mejor aún los que le convendría que se nombrasen. Apesar de sus ínfulas, era un gorrón que se dejaba regalar tabaco, alfileres de corbata y hasta tal cual peseta por los alumnos. Llamábase D. Benigno, pero estos le apodaban Pppsicología recalcando mucho la p, como él acostumbraba a hacer.
El catedrático de Física e Historia natural, señor Marroquín, era un antiguo republicano de barricada, que había perdido la plaza de auxiliar en el Instituto de San Isidro por sus ideas políticas y religiosas. En toda España no había hombre más heterodoxo que él: no creía ni en la madre que le parió. D. Jaime, que no era intolerante, y la prueba es que lo sostenía en su colegio, le había prohibido, no obstante, que hiciese alarde de sus ideas, contrarias a toda religión positiva, delante de sus discípulos.—«Amigo Marroquín, no zea uzté balzamina en zu vía; too eztamo enterao de que eso de Dio y lo santo son arma al hombro; pero si los papá y laz mamá quieren que zuz hijos lo crean, ¿qué lez va V. a hacé? Ojo, pue, con el pico, ¿eztamo? No vaya a atufárseme D. Juan (D. Juan era el cura), y tengamo un lío.»—Por instinto de conservación, que tarde o nunca abandona ni aun a los enemigos de Dios, procuraba Marroquín refrenarse: pero con mucho trabajo lo conseguía. Halló un medio ingenioso de manifestar su rencor al Ser Supremo sin comprometerse, y fue la preterición: ni por casualidad se le escapaba el nombre de Dios; en reemplazo suyo decía siempre la naturaleza, y cuando algún chico lo nombraba, solía rectificarle suave y disimuladamente, diciendo:—«Eso es, las fuerzas de la naturaleza, perfectamente.»—Era hombre de complexión recia, hirsuto como un jabalí (así le llamaban en el colegio), le salían los pelos hasta por debajo de los ojos, firmes y erizados como púas; los de la cabeza andaban siempre revueltos y aborrascados por la imposibilidad absoluta de domeñarlos, y los gastaba largos para que mejor se observase. Pues no diremos nada de las cerdas que le salían por las manos y las muñecas, que podían competir muy bien con las de los cepillos más ásperos. Cuando Marroquín escribía, uno de los trabajos mayores era pelear con aquel vello de la muñeca, que le borraba a lo mejor los renglones: no tenía otro remedio que metérselos a cada momento debajo del puño de la camisa; pero a veces se impacientaba terriblemente. ¡Estos pelos indecentes! Y se arrancaba con rabia un puñado de ellos. «Tantos pelos tiene en el alma como en el cuerpo,» decía de él el capellán del colegio con sorda cólera. No estamos conformes con este juicio. Marroquín era un pobre diablo, no exento de las pasioncillas que atormentan a los humanos, tales como la envidia, la lujuria, la gula, pero no en más alto grado que la mayoría de ellos. Sin embargo, erraba mucho en echárselas de austero y hombre acrisolado, rompiendo en presencia de los discípulos tarjetas de recomendación y tratando con afectado desdén al hijo de algún título, porque en realidad estaba muy lejos de serlo, y de ello tenemos datos inconcusos.
Enemigo irreconciliable de éste era el capellán D. Juan Vigil, director espiritual de los alumnos, maestro de doctrina cristiana, y catedrático de latinidad y retórica y poética. Es persona tan notable desde varios puntos de vista, que de ella nos ocuparemos con alguna detención más adelante. Sólo diremos ahora que era hombre de cuarenta años de edad, rubio, pálido, de pocas carnes y no muy apretadas, de mediana estatura y grandes extremidades. Después del director, la persona más influyente en el colegio: dormía dentro de él, y aun se decía que tenía alguna participación en las ganancias.
Además de estos personajes principales, había algunos otros secundarios: un maestro de primeras letras, un pasante, un inspector, dos criados, una cocinera, una doncella de labor y una planchadora.
El régimen interno del colegio no era un modelo de orden y disciplina. El director se cuidaba poco de él: decíase que tiraba de la oreja a Jorge en el casino, y tal vez fuese cierto: lo indudable era que las cosas casi nunca andaban bien, que más de cuatro veces faltó dinero en la caja para pagar al almacenista, y que a los profesores se les adeudaban casi siempre tres o cuatro meses de sueldo. A pesar de esto, D. Jaime tenía suerte; no se le marchaba un chico: el colegio siempre lleno. Tal vez contribuyese a ello su mismo desorden, que tenía algo de patriarcal; aquella amable indisciplina era muy del gusto de los niños. Aunque la comida era de inferior calidad, no estaba tasada ni había gran rigor en las horas: si un chico tenía hambre, bajaba a la cocina, pedía pan y queso, y sin inconveniente alguno, se lo daban, y si la cocinera, de natural francota y bonachona, estaba de humor, hasta le freía un huevo o una magra. Cuando D. Jaime «estaba en fondos,» los gaudeamus se sucedían en el colegio; variedad de postres, vino de Jerez y hasta se improvisaba una que otra merendeta en el campo: D. Jaime era muy aficionado a pintar paisajes, muy malos, eso sí, pero que no por eso dejaban de ser celebrados por discípulos y profesores. En cambio, si se daban bizcas y el bolsillo se desmayaba, adiós confites y la mantequilla del chocolate y las copitas a las once; nadie comía más que lo estrictamente indispensable para no fenecer de hambre. Además, aquellos días no había quien dirigiese la palabra a D. Jaime, ni aun le mirase a la cara: los castigos eran más frecuentes: el palo andaba listo y la sopa perezosa. Hay que confesarlo, porque es la pura verdad, los únicos progresos literarios y científicos del colegio de la Merced se hacían en estos días de crisis monetaria.
La llegada de Miguel no causó efecto alguno, ni en profesores, ni en discípulos: un niño más, y bien atrasadito por cierto. Sin embargo, no tardó en llamar la atención de unos y de otros por su condición inquieta y ruidosa: en cuanto tomó confianza, y le bastaron pocos días, mostrose tan travieso, tan turbulento, que los maestros comenzaron a murmurar y a tenerle sobre ojo, y los alumnos a contar con él para todas las jugarretas. Don Jaime dijo que aquel chico «era de la piel del diablo y había que apretarle un poco los tornillos.» El cura, aficionado a los motes, le puso por sobrenombre Bullita, y por él se le conoció mucho tiempo en el colegio. Apesar de esto, no despertó rencores, ni antipatías; había en su rostro expresivo cierta nobleza que atraía generalmente, y en sus travesuras nunca dejaba de hallarse alguna gracia: así que, los profesores, aunque le castigasen con dureza, no dejaban muchas veces de reírse y de celebrar al hallarse reunidos «la buena sombra de aquel muchacho.» El único que le odió cordialmente desde su entrada, fue el famoso Pppsicología, el eterno y asendereado opositor. Por supuesto que el odio fue recíproco al instante, y que Miguel no perdonó medio humano de vejarle y tenerle en continuo sobresalto: cuando iba a pronunciar la palabra Psicología, nunca dejó en su vida de prepararse con cierta tosecilla, que hacía inmediatamente sonreír a los compañeros. Los castigos que por esta broma hubo de padecer, no son para contados: pasaba casi todas las horas de recreo encerrado en unas jaulas de madera con rejas de hierro que D. Jaime había hecho construir en el patio para los delincuentes: sobre estas jaulas, y debido a la inventiva de Pppsicología, se habían puesto grandes cartelones con nombres de animales; en uno decía Hipopótamo, en otro Rinoceronte, en otro Bucéfalo, en otro Mastodonte, etcétera, etc. Miguel recorrió innumerables veces la fauna moderna y la antediluviana, pero ya no le daba bendita la vergüenza; se distraía el tiempo de prisión tocando la trompeta con los puños hasta que venía el inspector a hacerle callar: los chicos, de quienes era querido, solían traerle los postres que les sobraban, o bien cigarrillos, o cualquiera otro entretenimiento para que no lo pasase tan mal.
No por virtud de los castigos y reprensiones, sino por otra causa muy distinta, la conducta de Miguel reformose algún tanto durante una temporada de varios meses, a los dos años próximamente de hallarse en el colegio. Fue el amor quien operó este cambio, si merece tal nombre la afición prematura que le prendió por la planchadora del colegio. Había establecido ésta en su cuarto de trabajo, situado en la guardilla, una tertulia donde acudían algunos niños en las horas de recreo: contábales historias maravillosas mientras repasaba la ropa blanca o la aplanchaba. Desde un día que subió casualmente aficionose tanto a ellas, que comenzó a acudir asiduamente para escucharlas. Sentado a los pies de la narradora, con la cabeza apoyada en sus rodillas, pasaba admirablemente las horas embebecido y suspenso. Por delante de sus ojos desfilaron las aventuras estupendas de Los doce pares de Francia, la historia de Aladino o la lámpara maravillosa, la de Flores y Blanca-Flor «su descendencia, amores y peligros que pasaron por ser Flores moro y Blanca-Flor cristiana,» la de Pierres de Provenza y la hermosa Magalona, la de El esforzado Clamades y la hermosa Clermonda, o sea El caballo de madera, y otras muchas interesantísimas donde la virtud sale triunfante y el vicio corrido. Sabida de todos es la particular inclinación que tienen las planchadoras a ver a los buenos ricos y felices y a los malos abatidos y miserables. Miguel participó muy pronto de estas ideas: y aunque la bella narradora agotó prontamente el repertorio de sus fábulas, cada día las escuchaba con más atención y deleite. Fuerza es confesar, como ya indicamos, que algo, bastante y aun mucho influía en su atención el placer que empezaba a sentir contemplando la vigorosa y agraciada figura de Petra (así se llamaba). Llegó a admirarla como un bruto: el ideal de la belleza se encarnó para él en sus carnes frescas, sonrosadas y un tanto crasas.
El cuarto de la planchadora era una verdadera estufa en las tardes de verano. La proximidad del tejado, lo bajo del techo y la hornilla encendida se conjuraban para hacerlo intolerable. No obstante, Miguel encontrábase allí como el pez en el agua: la mayor parte de las tardes, cuando llegó esta época, se las pasaba nuestro héroe mano a mano con el ideal, sin que nadie viniese a turbarlo. Los tertulianos de la guardilla desertaban hostigados por el calor. El ideal se mostraba en su posible desnudez, los brazos remangados hasta el sobaco, el liviano pañuelo de percal arriado hasta donde el pudor empezaba a gritar con fuerza. El mórbido cuello relucía con el sudor, las mejillas se inflamaban y los negros y mal peinados cabellos caían en crenchas sobre la espalda y en rizos sobre la frente salpicada también de menudas y brillantes gotas de agua. Ahumaba la planchadora, o por mejor decir, despedía un vaho sutil y punzante que Miguel aspiraba embriagándose sin darse cuenta de ello.
Cuando no venían otros chicos, Petra no se decidía a malgastar sus talentos de novelista, y se dedicaba con alma y vida a la tarea que se le había encomendado; el hijo del brigadier seguía con atención profunda, como un aprendiz que desea imponerse pronto en el arte, las manos de la bella. Algunas veces le daba a ésta por hacerle un sin número de preguntas, enterándose de todos los pormenores de su vida; los disgustos de Miguel con su madrastra la enternecieron sobremanera, y se desató en injurias contra ella, diciendo que no tenía corazón y que era peor que las fieras de los montes; después alargó su diatriba a todas las señoras.—«Mira Miguelito, que te lo digo yo; ninguna señora sabe lo que es conciencia; tienen el corazón más duro que una piedra; si es caso, vale más una pobre de la calle que todas esas señoras con su colorete y su ringo rango... No llevan nada que no sea postizo: el pelo, el color, los dientes... y otras cosas que no quiero decirte porqué eres todavía pequeño... Pocas gracias que sean bonitas de ese modo... ¡anda, anda!... ¡pues si las pobres nos pusiéramos todos esos perendengues!... Pero más vale lo natural, ¿no es verdad, Miguelito? ¿Llevo yo polvos de arroz? ¿llevo colorete? ¿eh?... Toca, toca lo que quieras... frota bien (Miguel frotaba con mano temblorosa). Y apesar de eso, no cambio mis colores por los de ninguna de esas señoritas tísicas que van al Prado en carretela...»
El hijo del brigadier asentía incondicionalmente a estas atrevidas proposiciones; quizá las llevase en su pensamiento más allá que la misma interesada. La verdad es que la admiración de Petrarca a Laura y la de Dante a Beatriz eran nada en comparación con la apasionada y vehemente que nuestro chico profesaba a la planchadora. La admiraba sin comprender que la naturaleza pudiese formar otro ser que rivalizase con ella; todo lo encontraba hechicero, desde sus cabellos, un tantico revueltos, hasta sus pies, nada breves y nada bien calzados. Petra, que al principio no había reparado, concluyó por fijarse en aquel niño que tan asiduamente la visitaba, y vencida de su constancia o por ventura halagada por la adoración que en él veía, testimoniole algún afecto. Un día que estaban solos, como Miguel la mirase desde su taburete hasta comérsela con los ojos, le dijo con sonrisa burlona y placentera a la par:
—¿Por qué me miras tanto, Miguelito?... ¿Te gusto?
La vergüenza y la confusión se apoderaron del chico; se puso como una cereza y concluyó por llorar desconsoladamente como si le hubiese dicho alguna injuria. Petra le consoló y le mimó, dándole algunos besos, que fueron los hierros con que le esclavizó para siempre.
De allí en adelante mostrose muy benévola hacia él; le cosía con esmero cualquier rotura que hubiese en su vestido; le pegaba los botones y le arreglaba la corbata; cuando venía despeinado, con sus propios peines le aliñaba el pelo. Miguel vivía entre los bienaventurados; el roce de aquellas manos en su cabeza le producían espasmos de dicha, y el perfume de la pomada de heliotropo que la planchadora usaba, causábale una embriaguez dulce y feliz como no volvió a sentirla jamás en su vida.
Es condición precisa de las planchadoras, y también de las que no lo son, hacer con gusto el papel de ídolos y propender a la dominación. Petra, dejándose adorar, adoptó cierta actitud protectora y maternal. Se interesó vivamente por todo lo que a Miguel concernía, revolvió su baúl, contó las camisas y los pañuelos, fue depositaria del dinero que le daban, en una palabra, se hizo cargo por completo de la dirección de sus negocios, tanto morales como económicos. Las pocas cartas que el muchacho recibía leíalas ella de cabo a rabo, y frecuentemente dictaba la respuesta: cuando le castigaban, le llevaba la comida a la prisión; algunas veces llegó por su propia autoridad a levantar el castigo, y lo que aún es más grave, a recriminar al profesor que se lo había impuesto.
Por la pendiente de la soberanía se llega muy pronto al absolutismo. Petra empezó a mandar en Miguel como en cosa propia, y a dictarle reglas de conducta para todos los actos de la vida, haciéndole estudiar a su lado el tiempo que juzgaba necesario y prohibiéndole los juegos cuando lo creía oportuno. Porque perdió dos pañuelos en pocos días, tomó la resolución de cosérsele al bolsillo. Tenía que darle cuenta del empleo de todos los momentos:—«¿Qué has hecho después de salir de clase? ¿Con quién estabas hablando en el patio? ¡Cuidado que vuelvas otra vez a subirte al pasamano de la escalera! No andes más con Pepito; no me gusta ese chico. Ya me han dicho que ayer no has sabido la lección. ¿Qué haces el tiempo que estás en la sala de estudio? Por de contado, enredar: ¡si te tuviese siempre a mi lado andarías un poco más derecho!»—Llegó a reprenderle duramente las faltas como si tuviese sobre él autoridad. Miguel temblaba cuando subía al cuarto de la guardilla con el pantalón roto, lo mismo que cuando iba a ver a su madrastra. Mas en cambio de estos apuros tenía compensaciónes: la planchadora se mostraba amable y generosa a ratos: algunas veces le levantaba entre sus robustos brazos y le tiraba al aire volviendo a recogerle; le daba vivos y sonoros besos; le llamaba pichoncito, rico mío, querido, y le estrechaba con tal fuerza contra su seno, que andaba cerca de asfixiarle. Era nuestro héroe ya muy hombre y todavía al recordar estos abrazos experimentaba una dulzura inexplicable.
Desgraciadamente, como sucede casi siempre, Petra se desvaneció con el poder; en vez de mantener su dominio en los límites discretos y convenientes, empujolo lentamente hasta los últimos extremos, convirtiéndolo en un despotismo escandaloso y repugnante. Miguel pasó al cabo de algunos meses a ser su paje de cola: «Miguel, tráeme las tenazas.—Miguel, echa carbón en la hornilla.—Miguel, corre a pedir a la cocinera agujas.—Miguel, abre esa ventana.» El hijo del brigadier se apresuraba a cumplimentar estas órdenes como el caballero que busca ocasión de festejar a su dama y ansía testimoniarle su rendimiento. La dama recibía el homenaje sin pestañar, cual si le fuese debido. Poco a poco empezó a mostrarse impertinente y descontentadiza: «¿Cómo has tardado tanto, chico?—No es eso lo que te pido, hombre, no es eso, ¡parece que estás en Babia!—¿Dónde tienes los ojos? ¡tonto, retonto!—¡Me estás consumiendo la paciencia, chiquillo!» Nuestro muchacho llegó prontamente a ejecutar los oficios más viles. La planchadora se complacía en tenerle horas enteras abanicándola mientras trabajaba, en obligarle a dar lustre a sus zapatos y en general en proporcionarle todos los oficios de un consumado negrito. Pero él los desempeñaba con gusto; después de todo, era el favorito y nadie le disputaba este título. La sultana, aunque cada día más altiva y desdeñosa, todavía le consentía apoyar la barba en su regazo y contemplarla largos ratos fijamente. Aquellos ojos ardientes y ávidos demandaban tímidamente una caricia. Petra era cada vez menos expresiva; pero aunque de mala gana y con semblante hosco, aún se dignaba hacérselas.
La verdad es que se iba cansando del chico; la adoración ferviente sin límites que éste la tributaba, llegó a empalagarla. ¡Tal es la condición humana! Este cansancio manifestose en frecuentes enojos y desabrimientos, sin motivo alguno la mayor parte de las veces. Mostrábase amable con todo el mundo menos con Miguel, para quien reservaba tan sólo su mal humor. Esto le hizo padecer bastante, y aun conmovido por sus desprecios y reprensiones, lloró lágrimas amargas que la planchadora concluía por enjugar con el pañuelo. Acariciaba, más le hacía pagar las caricias: «¡Ahora le da el sentimiento al niño! ¡Quieres callarte, tontuelo! ¿Te figuras que estoy yo aquí para templar gaitas? ¡Bueno, bueno, ya empieza el lloriqueo!» Con estas y otras tales expresiones abría la llave de las lágrimas que su mano trataba de secar. Mas no pararon todavía aquí las cosas. Un día trasladando Miguel una cesta con ropa aplanchada de un sitio a otro, la dejó caer al suelo y se manchó una buena parte. Petra, hasta entonces, en sus más fuertes enojos no había hecho mas que cogerle por el brazo y sacudirle; ahora le dio una soberbia bofetada que le encendió el rostro. En vez de ponerlo en conocimiento del director, o por lo menos marcharse y no subir más al cuarto, como aconsejaba su dignidad, contentose con llorar perdidamente. ¡Y bien perdido quedó desde entonces! Petra, para resarcirle, le hizo caricias muy exquisitas, con lo cual dio por bien empleado el bofetón y se dispuso a recibir todos los que en adelante aquélla fuera servida darle, como así acaeció en efecto. Las reprensiones comenzaron a ir casi siempre con acompañamiento; segura ya de que se aceptaban los golpes, no los escaseó; más por una contradicción, bien explicable por cierto, desde que comenzó a dárselos, le mostró al mismo tiempo mayor afecto; tan suyo le consideraba, tan pobre y miserable le veía a sus pies, y tanto le sorprendió su paciencia, que no es mucho si después de una buena granizada de mojicones, le otorgase algunas pruebas de afecto. El muchacho se creía bien indemnizado recibiéndolas; lejos de apagarse el fuego de su pecho, creció y se sobresaltó hasta lo sumo. Era una pasión encarnizada, furiosa, bestial, como sólo existen en esa edad en que los sentidos amanecen. Los hombres pueden hablar cuanto gusten de sus pasiones, los poetas y novelistas exaltar la violencia de las de sus héroes como plazca a su fantasía; nada es comparable a la afición concentrada, fija y ardiente que alguna vez despiertan en el alma y en el cuerpo de un niño las formas exuberantes y macizas de una mujer. Miguel despreciaba en el fondo de su corazón a Petra. Con la precoz viveza de comprensión de los niños cortesanos, no se le ocultaban sus defectos ni el despreciable papel que desempeñaba cerca de ella; pero una adoración ciega y frenética que le hacía soñar noche y día, le tenía fatalmente encadenado. Los malos tratos de su ídolo, eran un aliciente que comunicaba sabor más exquisito a los deleites que disfrutaba. Aquella dependencia absoluta en que estaba, aquel temor y zozobra en que vivía, ejercían sobre él cierta suave fascinación, un encanto irresistible. Después de gustarlo, por nada en el mundo quisiera que su dueño cambiase de condición y templase sus rigores.
Ni se crea tampoco que los castigos de Petra le produjesen mucho dolor. Al principio le hicieron llorar, más por la humillación que por su efecto físico; pero más tarde halló en esta misma humillación una nueva fuente de dulces y halagüeños placeres. Por una aberración que a nosotros sólo nos toca hacer constar, los golpes de aquellos brazos tersos y mórbidos, en vez de causarle dolor, evocaron en su natural fogoso un mundo de ignotas voluptuosidades. Y desde entonces, no sólo los sufría con resignación, pero aun llegó a provocarlos con astucia, contrariando a su terrible dueño hasta verlo fuera de sí. ¡Oh, cuando se irritaba, era Petra una mujer realmente hermosa! Sus mejillas se coloreaban fuertemente, los labios se encendían, las narices se dilataban, los ojos adquirían una expresión de olímpico orgullo, y todo su cuerpo se estremecía al soplo de la ira. Miguel permanecía aterrado, y al propio tiempo embelesado ante ella. Cuando la iracunda planchadora le estrujaba entre sus manos, sentíase poseído de espanto, de amor, de respeto y de gozo, lo mismo que los héroes de la gentilidad cuando incurrían en el desagrado de alguna de sus diosas, tan bellas como terribles y vengativas. Caía de rodillas a sus pies pidiendo perdón, y se los abrazaba y besaba temblando de terror y voluptuosidad. La diosa, vencida de tanta humildad, solía tenderle una mano y levantarle haciéndole jurar que no volvería más a quebrantar sus preceptos. De muy buen grado lo haría Miguel si no se huyeran de este modo los misteriosos deleites que gozaba en sus enojos.
Finalmente, también llegó a aburrirse la regia planchadora de ejercer un mando tan despótico; que la mujer, como dicen los que filosofan acerca de ella en las mesas de los cafés, es más feliz dejándose dominar que dominando. El pobre Miguel la cansó y apestó de tal manera, que vino a cobrarle verdadero aborrecimiento. Apenas se pasaba día sin que no le arrojase de junto a sí con algún insulto que iba a clavársele en el corazón: en no pocas ocasiones le cerró la puerta o le tuvo aguardando horas enteras para dejarle entrar. Coincidió este desvío con frecuentar el cuarto de la guardilla un nuevo muchacho de los años de Miguel, pero gordo y crecido, y tan rubio y blanco como una inglesa. El reciente tertuliano rindió pleito homenaje a la planchadora, y comenzó a visitarla con asiduidad. ¡Ah miserable Miguel! En un instante perdió hasta las pocas migajas de favor que le quedaban. El chico gordo quedó alzado sobre el pavés a los pocos días y proclamado favorito exclusivo, dueño absoluto del cuarto de la plancha y sus alrededores. No obstante, Miguel insistió en acudir a él por las tardes, sin obedecer las órdenes de Petra, que formalmente se lo había prohibido. Un día entró nuestro niño muy descuidado: la traición le acechaba: de entre las faldas de la planchadora salió repentinamente el nuevo favorito y cayó sobre él con el ímpetu y rabia de una fiera; arrojole al suelo y comenzó a golpearle con tal furia, que en pocos minutos no le dejó sitio en el rostro sin su correspondiente señal. Mientras duraba el vapuleo, Petra lo contemplaba riendo, ¡que a tal grado de fiereza llevó su despego! Molido, deshecho y ensangrentado bajó nuestro Miguel, y al verlo en tal estado diose parte al director. El cual, enterado del suceso y sospechando lo demás que en el cuarto de la guardilla ocurría, tuvo a bien prohibir, bajo penas severas, que ningún chico pusiese los pies en la guardilla, ¿eztamo?
VII
Aquel chico gordo, rubio y tan espigado que aporreó al hijo del brigadier, tenía un nombre sonoro y aristocrático, Pedro Mendoza y Pimentel. Era en el fondo un muchacho excelente, tranquilo, amable, inofensivo: si había cometido aquella vileza fue solamente por instigación de la planchadora. A los pocos días, arrepentido sin duda, procuró hacer las paces con Miguel; éste, que no era rencoroso, le perdonó fácilmente y le aceptó por amigo: en poco tiempo llegaron a ser íntimos. No poco contribuyó a estrechar esta amistad por parte de nuestro héroe la ojeriza injustificada que el cura había tomado a Mendoza, y que le hacía padecer bastante. Mendoza era en la clase de don Juan el blanco de todos sus donaires y el hazme reír de los chicos. Llamábale alternativamente brutandor o parisiense; el primer mote, como la palabra misma indica, porque le tenía por el mayor majadero que comía pan; el segundo, porque era muy pulcro, aficionado a vestir a la moda y a llevar esencias en el pañuelo. Aquella vaya continua, aquel martilleo, parecíale muy pesado a Miguel. El pobre Mendoza no hacía en clase nada que no fuese tuerto; en todo hallaba motivos el cura para soltar una cuchufleta o un sarcasmo que hacía prorrumpir en carcajadas a los alumnos: cuando le sacaba al medio para traducir, ya sabían todos que había jarana para rato.
La verdad es que el pobre Mendoza no era de los más despiertos, pero no se podía negar que estudiaba y trataba de cumplir con su deber, y que solamente por capricho o por algún sentimiento menos digno, el cura se ensañaba con él. Miguel le compadecía de veras: si carecía de inteligencia para aprender y explicar bien las lecciones, la culpa no era suya. Así que, cedió en seguida al ruego que le hizo, poco tiempo después de trabar amistad con él, de estudiar juntos y ayudarse a «sacar las composiciones.» Y como Miguel era de comprensión rápida y expedita, aunque un poco aturdido, no fue pequeño el servicio que le prestó; tanto, que al verle traducir con más facilidad y al examinar sus temas mejor concertados, el cura no salía de su asombro: «¡Brutandor, parece que la Providencia ha querido al fin mandarte un rayo de sentido común; alabada sea ella!» El capellán, aunque presumía de perspicaz, no dio en la razón de este favorable cambio hasta pasados algunos meses; cuando al fin averiguó que las composiciones y las traducciones se sacaban con ayuda de vecinos, no quisiera equivocarme, pero tuvo un verdadero alegrón, porque veía confirmado su juicio: «¡Hola! ¿conque Bullita se ha dignado tenderte su mano protectora? ¡Oh generoso niño!... Ven aquí, Bullita... declíname generoso puer.......... y tú, Brutandor, declíname asinus.......... a un tiempo.» Y en verlos ir declinando a voces formando algarabía holgábase D. Juan y se divertía la clase.
Este capellán era un hombre bastante original. Miguel tuvo ocasión de conocerle muy bien, porque le mostró predilección desde el principio, aunque no dejaba por eso de castigarle duramente y a menudo; en los últimos años de la segunda enseñanza llegó a ser su favorito, y hasta le trajo a dormir a su mismo cuarto; le hizo algunas confidencias, y gustaba de charlar con él, o, más propiamente, murmurar del personal del colegio, lo mismo del masculino que del femenino. Tenía un amor propio exagerado; presumía de todo lo que un hombre puede presumir, hasta de guapo, pero muy singularmente de forzudo, aunque no lo era gran cosa. Nada había que le placiese tanto como enseñar los músculos del brazo y los tendones, y ponerlos contraídos y tiesos. Los demás eran hombres afeminados por los vicios; sólo conservándose puro como él, no bebiendo más que agua, no tomando café y huyendo de las porcuzas (las mujeres), se podía llegar a tal robustez, energía, ánimo y hermosura.
No obstante el cariño que Miguel tenía a su amigo Mendoza, no dejaba de jugarle algunas pasadas. Había notado que el capellán era muy aficionado a las palabras terminadas en amen, emen, imen, omen y umen, y que experimentaba cierto deleite pronunciándolas; a cada momento decía examen, o resumen, o dictamen, y a veces traía poco apropósito algunas raras, y que no eran muy castellanas, como el velamen de los barcos, el cacumen, etc. Pues bien; preguntándole un día a Mendoza cierto punto que no traía el libro, Miguel, que estaba a su lado, le dijo rápidamente al oído: «Di que no lo trae el textumen.» El infeliz, que estaba atortolado, lo repitió sin fijarse, y..... ¡aquí fue ella! D. Juan, pensando que uno y otro se burlaban de él, les dio a entrambos una corrida de mojicones que por poco les arde el pelo. Miguel lloraba y reía a un mismo tiempo. En otra ocasión el hijo del brigadier, que dormía en la misma sala que Mendoza, se levantó por la noche, y con un pedazo de nitrato de plata que se había procurado, le pintó las manos mientras se hallaba dormido. Al día siguiente Mendoza le preguntó muy apenado lo que serían aquellas manchas. Miguel quedose grave y pensativo y le contestó:—«Mientras estén en las manos me parece que no tienen mucha importancia; pero oí decir a mi padre que si salen en la cara es muerte segura, porque manifiesta que la sangre está corrompida; un tío mío se murió de esa enfermedad.» Con estas noticias se quedó Mendoza más apenado aún. Por la noche no dejó Miguel de pintarle tres o cuatro manchas en el rostro, con lo cual, al verse por la mañana en el espejo, comenzó a dar tales gritos y a proferir tales lamentos, que acudió el director y algunos profesores. Enterados del caso y hechas las correspondientes averiguaciones, se le impuso a Miguel un severo castigo. El capellán, que sabía la amistad que ambos chicos mantenían, salió de la sala diciendo:—«Tanto quiso el diablo a su madre, que al fin le sacó los ojos.»
Sin embargo, la amistad seguía inalterable. Mendoza le perdonaba al instante estas y otras bromas, y Miguel, que no las llevaba a cabo con intención malévola, sino por el afán irresistible de reírse, le pagaba su paciencia «sacándole los significados» y metiéndole en la cabeza las lecciones. Y eso que Brutandor, según todas las señas, continuaba siendo el favorito de la planchadora; pero a Miguel ya se le había pasado aquella prematura inclinación amorosa y no se le daba un bledo por el antiguo objeto de sus ansias. Este burlaba las órdenes perentorias del director, llevando a Mendoza a su cuarto, si bien con secreto; y digo que era ella y no éste quien las burlaba, porque el muchacho nunca hubiera osado hacerlo si no fuese porque ella le obligaba. Al fin, tanto miedo tuvo de que el terrible coronel lo supiese, que con precoz sentido determinó separarse de aquel devaneo que no le convenía y no subir más al cuarto de la planchadora. Miguel le dio por ello la enhorabuena. Petra le persiguió todavía algún tiempo; pero el nuevo Teseo se hizo el sordo y la dejó abandonada. No lo estuvo mucho tiempo, sin embargo, porque el demagogo Marroquín comenzó a romper con desusada frecuencia los botones de la levita y el pantalón, y con la misma frecuencia a subir a su morada buscando remedio para tales desperfectos. Y era lo extraño, que aunque Petra era expedita y tenía la mano larga para el trabajo, nunca tardó menos de media hora en pegar un botón a Marroquín o en coserle el más insignificante siete.
Estos retrasos injustificados comenzaron a notarse en el colegio; los chicos se pusieron en observación y al instante se propalaron entre ellos mil especies, absurdas unas, verosímiles otras, pero todas graciosas. Uno decía que había visto a Marroquín por el agujero de la llave, de rodillas delante de Petra y besándola una mano lo mismo que un caballero andante; otro le había visto pellizcarla un muslo al pasar por su lado; otro le había oído decir, estando los dos asomados a un balcón:—«Petra, te amo;» otro, más serio que los demás y más digno de crédito, aseguraba que su criado había visto un domingo a Marroquín en un merendero de las Ventas del Espíritu Santo, mano a mano con la planchadora. Estas noticias volaban por el colegio y se comentaban entre risa y algazara. Pero los demás profesores, sus compañeros, no se reían; estaban indignados. Distinguíase entre todos el cura D. Juan, a quien no le faltaba más que esto para aborrecer de muerte al heterodoxo naturalista. Después que éste salía de la estancia destinada a los profesores, entregábase a furiosos comentarios y soltaba toda la bilis que tenía acumulada: «¡Barájoles, si no fuese mirando a Dios, le ponía los cinco dedos en la cara a ese puerco!... ¿Han visto ustedes nunca un hombre más rijoso?... ¡Ese hombre quema por donde pasa, barájoles!... ¡Y luego, con quién va a ensuciarse!... ¡con una porcuza!...» Este desprecio que D. Juan testimoniaba a Petra, no era sincero, según pudo convencerse más adelante Miguel; el odio a Marroquín, sí. Otro de los que expresaban con más calor su indignación era Pppsicología: propuso que se diese parte a don Jaime y que se arrojase ignominiosamente a Marroquín del colegio, y que él se comprometía a desempeñar sus clases hasta fin de curso, mediante una corta gratificación; pero los compañeros se negaron a dar este paso. Al poco tiempo, el mismo Pppsicología fue sorprendido por el inspector durmiendo la siesta con la cocinera, una mujerota fea y obesa hasta la monstruosidad, y enterado el coronel, los puso a ambos en la calle, con alegría general de los alumnos por lo que se refería a D. Benigno y con sentimiento en lo que tocaba a la cocinera, que era generosa y amable en sumo grado.
Con este suceso, que llamó extraordinariamente la atención, dejose en paz al hirsuto Marroquín, «el cual por lo menos sabía guardar las formas,» según decía D. Leandro, el tiple de San Isidro. Andando el tiempo se supo que aquél estaba enseñando a leer y escribir a Petra, que después le dio lecciones de Historia, Geografía, Aritmética, Física e Historia natural, que en seguida la hizo leer la Historia de los Papas y la Inquisición y algunos folletos materialistas, y que después de haberla separado convenientemente de toda religión positiva, la hizo su esposa «ante el altar de la propia conciencia.» Pero cuando sucedió esto ya había salido Miguel del colegio.
El carácter del hijo del brigadier nunca pudo modificarse, ni por las buenas ni por las malas; últimamente ya se había renunciado a corregirle y se le castigaba únicamente cuando las travesuras subían de punto. Todos reconocían que tenía mucha disposición y que si se aplicase sería el número uno del colegio; desgraciadamente, durante el curso estudiaba poco, y sólo al llegar el último mes apretaba de firme; pero le bastaba para sacar en el Instituto tan buenas notas como el primero. Tampoco era buen guardador de los deberes religiosos; el cura le tenía encerrado muchas veces por hincarse sólo con una rodilla en misa o pellizcar a los compañeros; durante el rosario se entretenía en comer castañas y meter las cortezas en los bolsillos de los otros, o en prolongar la ese del ora pro nobis más de la cuenta, o en cualquier otra irreverencia que solía costarle cara. Cada seis meses confesaba todo el colegio con su director espiritual, quien los preparaba previamente en el estudio de la doctrina cristiana y con un examen de conciencia colectivo; se hacía en el salón mayor del establecimiento a fin de que cupieran todos los alumnos; las ventanas se entornaban para que en la estancia hubiese una luz discreta y misteriosa que convidase al éxtasis y la meditación; cada cuál estaba sentado en una silla formando círculo en torno del cura, el cual iba leyendo por un libro los diversos pecados que en la vida pueden cometerse y explicándolos en seguida con proligidad invitándoles después a recordar si tenían que acusarse de ellos. Reinaba un silencio profundo durante algunos minutos. Volvía el cura a leer otro pecado, y así se pasaba casi toda la tarde. «Terminado el examen de conciencia—dijo una vez don Juan—el niño se prosternará ante una imagen de Jesús crucificado (el cura tendió la vista en torno, y no viendo ninguna, dijo cambiando de tono:)—A ver, Miguel, ve al oratorio y trae el crucifijo grande de madera.» Miguel se presentó en seguida con él en las manos.—«Ponte ahí de frente y levántalo.» Todos se arrodillaron frente al hijo del brigadier, que estaba de pie sosteniendo la imagen. «Terminado el examen, el niño se prosternará ante una imagen de Jesús crucificado y dirá conmigo con el mayor fervor posible: ¡Dios!...» El cura pronunció esta palabra en voz tan alta y tan lastimera, que Miguel, sin poder contenerse, soltó el trapo de la risa, cayéndole los mocos sobre las manos. Don Juan se indignó tanto, que levantándose de un salto y agarrando la vara de señalar en los mapas, arremetió con él hecho un basilisco. Fue de ver entonces a Miguel correr por la sala y brincar sobre las mesas con el Cristo en alto, perseguido de cerca por el cura, que cuando le tenía al alcance de la vara, se la arrimaba a las carnes no suavemente. Los alumnos que aún viven recordarán seguramente aquel incidente chistoso, que terminó mandando a Miguel al encierro y poniéndose otro chico en su lugar.
Al día siguiente por la mañana, iban a confesarse uno por uno al oratorio, y desde allí a comulgar a la iglesia de San Martín. El cura era muy aficionado a imponer penitencias extrañas y severas. A uno le mandó una vez que cuando sintiese tentaciones de pecar, arrimase el dedo índice a una luz hasta quemárselo, rezando después un padrenuestro: a Miguel le mandó en cierta ocasión que metiese ortigas en la cama y se acostase en cueros con ellas una noche; pero el muchacho no tuvo ánimos para cumplir esta penitencia, y a la postre el cura se vio precisado a conmutársela por otra. Mandole también en otra ocasión que cuando soltase alguna palabra obscena, besase inmediatamente la tierra: esta sí la cumplió, con no poca risa y algazara de los compañeros, pues cuando se hallaba más embebecido en el juego y se le escapaba cualquier palabra de aquéllas, se bajaba rápidamente a dar un beso en el suelo; mas él no se ruborizaba y llegó a tomarlo a risa como ellos.
Los domingos, y también algunas tardes serenas y templadas entre semana, iba todo el colegio de paseo, alumnos y profesores: marchaban de dos en dos uniformados por las calles de Madrid, y salían a menudo por el Salón del Prado hacia Atocha o por la puerta de Toledo hacia San Isidro. Los transeúntes se detenían un instante para ver pasar aquella comitiva donde abundaban los rostros delicados de cutis nacarado, un tanto pálidos por la clausura y los hábitos viciosos del colegio: cruzaban poblando el aire de un murmullo suave, como un enjambre de abejas, más atentos a la conversación que llevaban entablada que a la perspectiva de las calles y a las bellezas del campo. Delante iban los más pequeños, y detrás los mayores; el capellán, el inspector y los demás profesores cerraban la marcha. Cuando llegaban a un paraje solitario y apartado, se hacía alto y se rompían filas. Durante una hora entregábanse todos a los juegos peculiares de la infancia, el salto, la pelota, la peonza, etc. A veces, los profesores alternaban con ellos en estos juegos y llegaban a interesarse y a herirse en el amor propio; el capellán, principalmente, ya sabemos que se jactaba de sobresalir en toda clase de ejercicios corporales, y creía poseer las fuerzas de Sansón; así que le pinchaban un poco, se despojaba de los manteos y la sotana y se ponía a dar brincos como un zagal, cogía a los bueyes de las carretas por los cuernos, sacudía los árboles, enseñaba los brazos, levantaba los chicos a pulso y ejecutaba otras prodigiosas hazañas que recordaban las celebradas de Orlando furioso.
Si el director los acompañaba, que no era siempre, había sesión de pintura; un chico le llevaba la caja, y en cuanto se hallaban frente a un objeto digno de ser pintado (y el coronel no era escrupuloso en la elección de asunto), sentábase en una tijerita formada con el mismo bastón y comenzaba el degüello del arte de Vinci y Rafael. D. Leandro, por su parte, sacando del bolsillo la flauta hecha pedazos, y uniéndolos después con esmero, y templándola con pausa, principiaba a atormentar a Rossini y Mercadante, aunque más tímidamente y confesando su indignidad. Los chicos se reunían en torno de uno o de otro, según sus aficiones; pero los más preferían los ejercicios gimnásticos del capellán. Marroquín, el velloso, no tomaba parte casi nunca en el juego; prefería apartarse un buen trecho de todos y sentarse sobre alguna piedra y entregarse a la meditación; últimamente había descubierto que el estudio servía de muy poco para ilustrarse; lo principal era pensar, meditar mucho.
Ya hemos dicho que el cura mostró predilección por Miguel, apesar de su conducta nada ejemplar. Sin duda la misma travesura del chico le caía en gracia; además, tenía en mucho sus partes intelectuales y creía de buena fe «que en formalizando llegaría a ser algo de provecho.» Cuando hubo un poco de aprieto en el colegio por el excesivo número de muchachos, no tuvo inconveniente en llevarle a su habitación y en que se le armase una cama a su lado. El hijo del brigadier, al principio no encontró de su gusto este cambio; prefería la celda formada con biombos en el salón, donde a hurtadillas del inspector, recorría las camas tirando de los pies a los compañeros o «haciéndoles carteras con las sábanas.» Después se halló mucho mejor, cuando el capellán comenzó a tratarle con cierta familiaridad de amigo más que de profesor. Las extravagancias y el carácter de aquél llegaron a hacerle tanta gracia, que no había para él mayor placer que tirarle de la lengua y escuchar. D. Juan necesitaba un oyente a quien exponer los muchos pensamientos que le fatigaban la cabeza, sus teorías, su braveza, sus fuerzas, su higiene y su horror a «las porcuzas.» Miguel, que era ya un mancebo de quince años, le servía admirablemente para el caso; a veces el capellán, pensando que hablaba con un hombre ya formado, se deslizaba un poco en ciertas materias escabrosas. Observó Miguel que apesar de su odio al sexo femenino, D. Juan gustaba mucho de esta conversación y venía a ella con frecuencia. Por las noches, después que se acostaban y apagaban la luz, era cuando se departía largamente acerca de este y otros asuntos. Decíale el cura muchas veces, que había aceptado aquella plaza en el colegio por no ir de párroco a un pueblo, y eso que le habían ofrecido curatos muy lucrativos.—«Pero en un pueblo está uno muy expuesto; no tendría más remedio que tomar ama de gobierno, y eso siempre es comprometido... ¡Cuántos han caído y se han roto las narices!... El que ama el peligro, perecerá en él, dice el apóstol... Figúrate, Miguel, que meto de ama a Petra u otra así por el estilo, y que una noche la gran porcuza, con mala intención, viene a mi cuarto a llamar.—¿Quién está ahí?—Señor cura, tengo miedo.—¿A qué tienes miedo, gran yegua?—Señor cura, tengo miedo a los truenos... ¿Y qué hace un hombre en este caso, barájoles? Lo más probable es que uno abra la puerta, y entonces ¡adiós con la colorada!... El hombre más santo mete la cara en el barro y queda perdido para siempre jamás, amén.» Observaba Miguel que cuando el capellán describía tales escenas, nunca dejaba de traer como elemento de ellas a Petra, si bien en calidad de término de comparación; esto le hizo presumir que todo aquel desprecio que hacia ella afectaba era pura música, y que la gentil planchadora obraba sobre su corazón la misma mágica influencia que sobre otros muchos del colegio. Y entonces penetró también la razón del odio profundo que Marroquín le inspiraba de algún tiempo a aquella parte, y hasta de la antipatía hacia Mendoza, de quien todos los alumnos creían que estaba Petra enamorada. Riose no poco en su interior al descubrir aquella flaqueza, y con intención poco caritativa, comenzó a soliviantarle siempre que podía, sacándole conversación acerca de las relaciones de Marroquín y la planchadora, noticiándole todo lo que corría por el colegio acerca de ellas, y agregando él mismo cuanto podía para abrasarle de celos. El cura llegaba a ponerse frenético y se le oía dar vueltas después en la cama sin lograr conciliar el sueño.
En cierta ocasión descubrió en el baúl de un alumno un libro de mitología con estampas deshonestas, y se lo llevó a su cuarto. Miguel le sorprendió con él entre las manos mirándole atentamente: el capellán quedó algo confuso:—«Barájoles, acabo de encontrar este libraco en el baúl de Adolfito Medina... ¡Con estas cosas se entretiene ese cerdo!» Miguel tomó el libro y comenzó a hojearlo, sin que el cura se lo impidiese; antes echaba miradas intensas y escrutadoras cada vez que daba vuelta a la página y aparecía una nueva figura, que era por lo general la de una mujer desnuda o medio desnuda; pero nunca dejaba de hacer algún comentario despreciativo.—«¡Mire V., barájoles, mire V. esa porcuza enseñando todo lo que Dios la dio!... ¿Y todo eso qué es, Miguel?... ¡Nada!... ¡Porquería!... ¡Barájoles! ¿No es vergüenza que los hombres se pierdan por esas cochinadas?» Tales comentarios servían de contrapeso a las miradas; pero Miguel no se dejaba engañar.—«¿No le parece a V., señor cura, que esta sirena se parece a Petra?—Pchs... un poco, pero no debe de ser tan gorda como ésta.—¿Que no? Anda, anda, pues se conoce que V. no la ha reparado bien.—Puede ser, puede ser—decía el cura bajando los ojos,—yo no reparo mucho en esas cosas.» Después que las hubieron visto con detención sin dejar una, D. Juan le echó un largo sermón acerca de la necesidad de mantenerse puro, para ser vigoroso física e intelectualmente, tomándolo nada más que desde el punto de vista utilitario.—«Aquí me tienes a mí, que derribo de una mocada a un hombre fornido. ¿Por qué? Porque en cuanto amanece me levanto de la cama, y... ¡al agua, patos! Sin temor de ninguna clase me echo el jarro lleno sobre el cuerpo... Por la noche me acuesto en cuanto puedo... A la comida, agua pura... Los alimentos sanos, nutritivos... Y en cuanto a esas porcuzas que acaban con los hombres, siempre procuré tenerlas lejos... Cuando era estudiante, hubo una que hasta quiso ponerme casa; pero yo alcé el bastón ¡barájoles! y, si no se me escapa pronto, la dejo como una breva. Nada... en cuanto alguna se me acercaba en la calle, mocada limpia... ¡Vayan allá, al infierno, a tener tratos indignos!...»
A pesar de esta higiene y régimen espartano, el cura tuvo la desgracia de enfermar. Comenzó a ponerse triste y amarillo, que daba pena verlo: comer, comía bien, pero no le aprovechaba. El médico del colegio, que vino a visitarlo, le dijo que tenía una afección hepática, una ictericia, y que era de todo punto necesario que se distrajese, pasease largo, y mejor que a pie, a caballo. Pero don Juan no era jinete, por más que sobresaliese en otros ejercicios gimnásticos, y no quería verse expuesto a ser derribado. Sin embargo, como el médico insistía en los paseos a caballo, se determinó a alquilar un jamelgo para dar una vuelta por las afueras, de madrugada. Miguel alquiló otro para acompañarle, y así que Dios amanecía, salíanse ambos por la puerta de Toledo o San Vicente, y se espaciaban por aquellos campos media legua o una, según el tiempo y la ocasión. El cura llevaba en el bolsillo una onza de chocolate, y había aconsejado a Miguel que llevase otra: en el primer merendero o taberna que tropezaban, las tomaban disueltas en agua, y proseguían su marcha. A Miguel le gustaba mucho trotar, pero el cura se oponía, porque según él «se batían demasiado los hipocondrios:» en realidad era que temía caerse. Ordinariamente iban emparejados, departiendo amigablemente: el capellán mostraba a su discípulo cada día más estimación: en una cosa no estaba conforme con él, y se la recriminaba a menudo: era la amistad que Miguel profesaba a Brutandor.—«¡Mentira parece ¡barájoles! que seas amigo de ese jumento! Y él ha sabido bien aprovecharse. Si no fuese por ti, no sale adelante nunca de algunas asignaturas.» Nuestro héroe pensaba mal del cura por esta antipatía, achacándola a lo que ya hemos dicho, porque si bien Mendoza no era un águila, ni había de sobresalir jamás en los estudios especulativos, tampoco le parecía un asno; discurría bastante acertadamente en ocasiones, era amigo de cumplir con su deber, y tenía un carácter, aunque grave, muy apacible y simpático. Por este aborrecimiento injusto, por su presunción y ridiculeces, Miguel no pagaba al cura su estimación; antes buscaba modo de reírse de él y remedarle delante de los compañeros. Un suceso de poca monta vino a aumentar este desprecio y a hacerle formar una idea más ruin aún de su carácter.
Ni los paseos ecuestres, ni otras medicinas que el médico le propinó, consiguieron ponerle bueno. Iba decayendo de día en día y en poco estuvo que se muriese; pero la providencia de Dios, que sin duda le reservaba todavía para algo útil, quiso que, cuando menos lo pensaba, arrojase algunas varas de solitaria. Averiguada con tal motivo la enfermedad que le aquejaba, era fácil curarle, y en efecto, en poco tiempo se curó y quedó tan bueno como antes. Así que se vio sano comenzó de nuevo a bravear y hacer piernas esforzándose en levantar pesos enormes y enseñando de nuevo los músculos del brazo. Pero no bastaba esto a sus ánimos y a su presunción de varón atlético y gladiador: quería demostrar alguna vez que estas fuerzas que el cielo le había concedido podían utilizarse y dejar bien sentada en el colegio su fama de valiente y esforzado. Había en el establecimiento un criado gallego, mozo de veinticinco años a lo sumo, alto, grueso, fornido, del cual se contaba entre los chicos que había levantado dos hombres con los dientes y otras proezas; con éste determinó de habérselas nuestro capellán. Un día descubrió que el gallego se había puesto sus botas para ir a paseo; no quiso mejor ocasión, y ardiendo en cólera, le dijo a Miguel:—«¿Sabes que el bribón de Manuel se puso ayer mis botas para irse a tunantear por las tabernas?... ¡Pero no se ha de reír de mí ese jayanote indecente!... Ahora vas a ver, barájoles.» Y le llamó desde su cuarto. Acudió Manuel; el cura cerró la puerta y comenzó a recriminarle durísimamente; Manuel, bajando la cabeza, se disculpó torpemente; mas el cura, en vez de suavizarse con esta actitud humilde, siguió alzando el gallo cada vez más, y concluyó por pasar a vías de hecho, dándole una tremenda bofetada, que resonó en toda la casa. El pobre Manuel, avezado a llevar palizas de cabos y sargentos cuando estaba en el servicio y penetrado desde niño del profundo respeto que se debe a los sacerdotes, no se movió y aguardó, escondiendo la cara, la granizada de mojicones y puñadas que el cura le descargó. No bastaron a desarmarle ni la humildad evangélica del gallego (que por cierto a levantar la mano le hubiera deshecho), ni las súplicas de Miguel que presenciaba conmovido aquel escándalo. Hasta que se cansó estuvo aporreando al infeliz criado, dejándole con varios chichones en la cara y las narices ensangrentadas. Esta conducta indignó a Miguel en alto grado, y lo que acabó de desprestigiar al cura fue que, en vez de avergonzarse de haber pegado a un hombre que no se defendía, aún se jactaba de ello el muy ruin.—«¿Has visto, barájoles, has visto qué mocada tan gorda le asesté la primera? ¿Qué bien sonó, eh?... Pues aún fueron mejores las que le di por debajo, en las narices, aunque no sonaban tanto... ¡Barájoles, ya le tenía yo ganas a ese mastuerzo!... ¡que eche roncas ahora con sus dientes de caimán!»
Pero no se pasaron muchos días sin que el cielo vengara al pobre Manuel, dejando a Miguel en extremo complacido, y fue del modo siguiente: Salieron una tarde de paseo hacia la Moncloa todos los alumnos y profesores, y cuando hubieron llegado a sitio a propósito, mandó el director romper filas, y los chicos comenzaron, como ordinariamente, a recrearse acompañados por sus maestros. Armose juego de peonza en un paraje, en otro de salto, más allá de aro, y así se distribuyeron en un instante todos; el coronel se puso, como siempre, a dibujar, copiando del natural un carromato, y don Leandro se fue a un lugar apartado a sonar la flauta acompañado solamente de tres o cuatro discípulos; mientras el cura, que desde que había expulsado la solitaria andaba muy galán y boyante, se divertía, tumbado en el suelo, en levantar a pulso dos niños, uno en cada brazo. Mas cansado al fin de este ejercicio, se levantó y comenzó a pasear buscando medio de utilizar nuevamente sus músculos poderosos: y sin darse cuenta de ello, fue acercándose en silencio al paraje donde tocaba la flauta D. Leandro. Una vez cerca de él, no se le ocurrió nada más gracioso que agarrar por detrás al infeliz preceptor, levantarle en alto y apretarle con todas sus fuerzas:—«¡Suélteme, D. Juan, que me hace daño!»—gritó el tiple de San Isidro medio asfixiado y pataleando. D. Juan se reía sin soltar. Pero no contó con la huéspeda, la cual en esta ocasión fue Marroquín, quien indignado de aquel acto brutal, o por ventura cediendo a la aversión que le inspiraban todos los clérigos, acudió velozmente en auxilio de su compañero, y sujetando a su vez al cura por la espalda, le apretó tanto la cintura, que aquél se vio obligado, no solamente a dejar en paz a D. Leandro, sino a pedir con voz quejumbrosa misericordia. Dejole al cabo de un rato Marroquín, pero tan estropeado y maltrecho, que en vez de reírse de la broma, comenzó a toser y a quejarse; la verdad es que estaba muy pálido:—«¡Barájoles! esto pasa de broma, Sr. Marroquín.—¿Pues no estaba V. haciendo lo mismo con D. Leandro?—Pero yo no le apretaba con todas mis fuerzas, como V. ha hecho conmigo.»
Los chicos se rieron del percance, hallando el castigo de Marroquín muy en su lugar. En cambio, el cura se puso cada vez más hosco, y comenzó a pasearse solo tosiendo y escupiendo a menudo y llevando la mano al bajo vientre. Cuando llegó la hora de la cena, no probó bocado; los alumnos se hacían guiños y contenían a duras penas la risa. Al tiempo de acostarse, Miguel se vio obligado por más de media hora a oírle vomitar injurias contra su mortal enemigo. Al fin concluyó diciendo:—«Por las buenas, Miguel, ya sabes que no hay hombre mejor que yo... ¡Pero por las malas, soy una fiera! Marroquín me las ha de pagar. Se figura, barájoles, que porque soy clérigo no he de pedirle satisfacción... Se equivoca... yo lo mismo visto los hábitos del sacerdote, que empuño la espada del militar. Mañana hablaremos.»
Durmiose, por último, en estas disposiciones belicosas, mientras Miguel sonreía entre sábanas, pensando que todo quedaría en agua de cerrajas. No fue así, sin embargo. Al día siguiente el cura continuaba taciturno y encrespado, meditando feroces venganzas: el apretón del día anterior hacía rebasar la copa, y sentía la necesidad de dar cualquier desahogo a su odio. Mientras duraron las clases se mantuvo grave, y sosegado: actitud digna del que piensa jugar la vida a las pocas horas: comió poco y sin hablar palabra. Al llegar la noche comenzó a pasear, agitadamente, por uno de los corredores. Poco rato después pasó por allí Marroquín que iba al comedor a cenar: el cura le dejó cruzar a su lado sin saludarle; pero cuando estaba a unos cuantos pasos de distancia, le llamó:—«Oiga usted una palabra, Sr. Marroquín.»—Miguel, que estaba en acecho, vio que Marroquín se volvía y el cura le hablaba al oído; el profesor heterodoxo levantó la cabeza con sorpresa y se apresuró a decir en voz bastante alta y nada pacífica:—«Cuando usted quiera.»—D. Juan volvió a hablarle al oído, y tornaron a separarse. Miguel, interesado y afanoso por saber el resultado de aquella aventura, no perdió de vista al cura un instante: viole sentarse a la mesa y no probar apenas bocado. Marroquín comió como si tal cosa. Concluida la cena, el cura subió a su cuarto y se estuvo allí un ratito: después salió cautelosamente y subió a la boardilla. Marroquín, que estaba paseando por el corredor y le vio subir, no tardó en seguirle también sin hacer ruido. A entrambos los siguió Miguel con más sigilo aún. Cerraron tras sí la puerta de la boardilla; pero esta puerta, vieja y desvencijada, tenía tales rendijas, que le permitieron a Miguel enterarse de lo que dentro ocurría: el cura encendió un quinqué, que había sobre la mesa de la plancha, y acto continuo se despojó de la sotana, y quedó en mangas de camisa hecho un gladiador; y para que todavía la semejanza fuese más perfecta, remangóselas, y lo mismo los pantalones. Marroquín se limitó a quitarse el gorro y la levita. Todo se volvía ojos Miguel tratando de ver dónde estaban las espadas a que el cura había aludido la noche anterior; pero no parecían por ninguna parte. Y con gran sorpresa y desengaño, pues estaba creído de que iba a presenciar una extraña y terrible aventura, vio que los campeones se ponían a darse de morradas como mozos de cuerda. El cura, que estaba espantosamente lívido, dijo con voz ronca:—«Podemos empezar,»—y al instante arremetió con Marroquín, dándole una granizada de puñetazos que, por precipitados y descompuestos, no consiguieron aturdir al hirsuto profesor, el cual echando dos pasos atrás, y alzando la mano, asestó al cura, en medio de la cara, tan tremenda bofetada, que medio le volcó, y si no hubiera sido por la mesa, en que tropezó, le hubiera volcado por entero. Y sin aguardar a que el clérigo se repusiese, le alumbró una nueva, por el otro lado, de tal manera que le puso derecho. El cura entonces se trabó con él, cuerpo a cuerpo, procurando con todas sus fuerzas arrojarle al suelo; pero Marroquín, sujetándole a su vez por el cuello y metiéndole la cabeza debajo del brazo, principió a darle con el otro tan fieros golpes en las narices, que el cura gritó con voz sofocada:—«¡Socorro; que me matan!»—Miguel le dejó gritar un poco más, pues no le pesaba de aquel merecido vapuleo, y sólo cuando vio que Marroquín persistía incansable en solfearle, bajó a escape la escalera llamando al inspector:—«D. Ruperto, creo que D. Juan y el Sr. Marroquín se están pegando allá arriba en la guardilla.»—Subió el inspector a saltos y halló al cura en un estado que daba lástima verlo: echando sangre por las narices y los dientes. No quiso, sin embargo, que se diese parte al director, ni se dijese nada en el colegio. Entre D. Ruperto y Miguel lleváronle a su cuarto, le pusieron algunos paños de árnica, y le dejaron acostado. Al día siguiente se quedó en la cama, porque tenía la nariz muy hinchada y un ojo también. Miguel fue a hacerle compañía y procuró consolarle del mejor modo que pudo con alguna piadosa lisonja. Lo que más alivió la pesadumbre del vencido atleta fue oírle decir:—«V. está malo, señor cura; pero Marroquín tampoco anda muy bueno... Tiene la cara como un pan... Además, dicen que va a quedar resentido del pecho.»
VIII
En los dos primeros años vino el asistente de su padre a sacarle todos los domingos del colegio y llevarle a casa. El corazón le palpitaba de alegría cuando el inspector le avisaba para que se vistiese el uniforme y se preparase a salir. En casa, sin embargo, no le aguardaban grandes recreos: comer con su padre, besar a su hermanita, retozar con los criados en la cocina y salir a paseo en coche: y a cambio de estos gustos, contemplar todo el día el rostro de su madrastra que cada vez le parecía más aborrecible, y sufrir sus reprensiones y desdenes. Pero el pobre chico apetecía con ansia el amor y los cuidados de la familia: ante la bárbara indiferencia del colegio, el cariño y la consideración que le testimoniaban los criados de su casa éranle sabrosos.
Fácil es de suponer que la antipatía de la brigadiera no cedió nada durante este tiempo; antes se fue recrudeciendo gradualmente, por más que no tuviese tantas ocasiones como antes de mostrarla. Otro tanto acaeció con Miguel: en su naturaleza impresionable fue echando raíces de tal suerte, que apenas podía mirarla sin advertir que se le encendían las mejillas y la cólera le roía el corazón. En ciertos momentos, cuando se hallaba bajo el peso de algún nuevo agravio, volaba su imaginación en alas de la cólera y se complacía en ir estudiando detenidamente todos los tormentos de que había oído hablar, los que empleaba la Inquisición con los herejes y los Emperadores romanos con los cristianos, y todos ellos se los aplicaba con fruición a su madrastra. Al cabo sucedió lo que era de esperar. Una tarde, al regresar del paseo con sus compañeros, cruzando desde el Prado a la calle de Alcalá, se vieron obligados a pararse por no ser atropellados de los carruajes. Los ojos de Miguel, que estaba en primera fila aguardando el desfile, tropezaron con los de su madrastra, que venía en carretela abierta. La brigadiera le hizo un signo con la cabeza; pero el niño contestó clavando en ella una mirada fría y apartando después los ojos con desdén. ¡Ay! la brigadiera llegó a su casa en tal estado de exaltación, que los criados pensaron que se había vuelto loca: hubo necesidad del frasco del éter, fricciones de agua fría en las sienes y una cucharada del anti-espasmódico; al cabo de media hora la irascible andaluza rompió a llorar perdidamente, llamándose la mujer más infeliz de la tierra. La brigada toda padeció durante quince días por causa de la grosería de Miguel; pero muy particularmente su digno jefe, que tardó algunos meses en ver limpio de nubarrones el cielo conyugal. Desde entonces el colegial no volvió a pisar las escaleras de la casa, mal llamada de su padre, pues era de todo en todo de su madrastra.