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Riverita

ARMANDO PALACIO VALDÉS (continued 3)

Reading edition

Por todo esto Miguel fue estrechando su amistad con él. Maximina cada día se mostraba a sus ojos más simpática e interesante. Las personas candorosas y sinceras tienen la ventaja de no repetirse. Así que, sin que ella pudiese sospecharlo, al mismo tiempo que le abría su alma para que hundiese la mirada en ella, iba cautivando la de su joven huésped, en términos que a éste llegaron a fastidiarle todos en la casa si no eran Maximina y su tío. Hablaba con aquélla largos ratos aprovechando los momentos en que venía a arreglar su sala.

—¿Está V. ocupado, D. Miguel?

—Ahora voy a dejar la tarea.

Y mientras salía del cuarto y Maximina se ponía a asearlo, charlaban alegremente. Miguel la embromaba con el convento: ella se defendía negando que tuviese por entonces intención de encerrarse en él. Sin embargo, al través de estas negativas se traslucía que acaso con el tiempo llegase a realizarlo. Un día poniéndose serio le dijo:

—No soy partidario de los conventos. Las virtudes más hermosas de la religión cristiana, que son la caridad y el sacrificio por los demás, no pueden practicarse sino en medio de la sociedad. ¿Para qué sirven todas las que una joven llega a adquirir si han de quedar encerradas entre cuatro paredes; si el mundo no se ha de aprovechar de ellas jamás? Las únicas monjas a quienes respeto y admiro con todo mi corazón son las hermanas de la caridad.

Maximina le miró sorprendida y no contestó. Todo el día estuvo un poco pensativa.

Solían reunirse diariamente a la hora del oscurecer algunos jóvenes delante del estanquillo, aunque no en tanto número como los domingos. Las noches eran apacibles y calurosas, y la tertulia se prolongaba a veces hasta las nueve y media o las diez. Miguel se fue acostumbrando a asistir a ella, dejando las visitas a la generala para otras horas. Sentábase a menudo al lado de Maximina y se complacía en regalarle el oído. Si nos preguntasen si creía lo que la iba diciendo, nos sería casi imposible contestar. Lo único que podemos decir es que no la requebraba por burlarse, ni aun por pasar el rato: es posible que a fuerza de serle simpática, la fuese encontrando hermosa. Pero Maximina estaba tan convencida de lo contrario, que rechazaba las lisonjas del joven con tanto más empeño cuanto más grata le iba siendo su compañía. Una noche le dijo con acento suplicante:

—Por Dios, no me diga V. que soy bonita.

—¿Por qué?

—Porque se me figura que está V. haciendo burla de mí, y me causa mucha pena...

—Aunque V. no lo fuese, a mí me lo parece, y con esto bastaría; pero ya que V. se enfada, la llamaré simpática únicamente.

—Tampoco. No me llame V. nada.

Las demás muchachas que allí había, todas de más edad que Maximina, les echaban miradas penetrantes y comenzaban a murmurar de la persistencia con que el joven forastero se sentaba al lado de aquélla. Los juegos con que se mataba el tiempo en aquella reunión al aire libre, eran poco variados: esconder un objeto para que uno de ellos lo hallase, mientras los demás cantaban, unas veces suave y otras fuerte, según se alejaba o aproximaba a él: adivinar quién era la persona cuyo retrato fuesen trazando de palabra los presentes: correr el florón por la cuerda.... Este juego del florón era el que más agradaba a Miguel: de él conservó toda su vida un recuerdo vivo y placentero. Consistía en introducir una sortija por una cuerda y agarrarse a ésta todos los tertulianos formando corro; uno se quedaba en el medio, y los demás corrían la sortija disimuladamente gritando:

El florón está en la mano. Siga el florón. Siga el florón.

El corifeo hacía una señal: el coro callaba y quedaba inmóvil: si adivinaba quién tenía la sortija, éste pasaba al centro del corro, y aquél ocupaba su sitio; si no, volvía a seguir el florón su carrera. Nuestro joven gozaba con este juego, porque le trasladaba a la infancia, y acaso también porque al agitar las manos sentía el contacto de las de Maximina. Muchas veces se reía pensando: ¡Si el conde de Ríos me viera jugando al florón!

Al domingo siguiente se bailó, como el día en que él llegara había prometido a Maximina entrar en el corro si ella bailaba. La niña, confiando en esta promesa, se decidió a ello, pero el huésped no quiso cumplir la palabra, y se quedó sentado delante del estanquillo como simple espectador. La pobre Maximina, defraudada, le miraba con ojos tristes, dejando adivinar que sin él estaba allí aburrida.

—Oyes, Lolita—dijo el joven llamando a una de las pequeñas de doña Rosalía,—ve a decir a Maximina que en cuanto oscurezca un poco más, bailaré.

Maximina, al recibir la noticia, se puso alegre. Y, en efecto, cuando las sombras de la noche invadieron la plazoleta, seguro ya de no llamar la atención, el forastero se aventuró a tomar parte en el baile. No se mostró todo lo suelto y airoso que fuera de desear, por lo cual tuvo que escuchar algunas carcajadas reprimidas; pero las llevó con paciencia, y a los pocos minutos ya no se fijaba en él nadie... nadie más que Maximina, que le decía en voz baja:—«Levante V. más los brazos.»—«No salte V. tanto.» Consejos todos muy oportunos, que el joven iba siguiendo al pie de la letra. La niña estaba alegre, satisfecha: Miguel la sacaba a bailar con más frecuencia que a las otras: luego procuraba colocarse a su lado para tenerla cogida de la mano, que se complacía en apretar suavemente y acariciar. Después de bailar uno frente a otro, los jóvenes tenían la costumbre de abrazarse un instante al concluir. Miguel, aprovechando uno de estos abrazos, y a favor de la oscuridad, cogió la trenza de Maximina, que colgaba por la espalda con un lazo de seda en la punta, y la llevó a los labios.

—¿Qué hace V.?—dijo la niña volviéndose rápidamente.

—Besar la trenza de su pelo.

—¿Y por qué hace V. eso?—preguntó con sorpresa.

—Porque me gusta.

Maximina bajó los ojos y guardó silencio.

Poco después, el hijo del brigadier quiso besarle una mano; pero la niña la bajó con fuerza sin soltarse, y no le fue posible.

Maximina, desde entonces hasta que el baile se deshizo, se manifestó un poco más circunspecta, aunque sin dejar de estar cariñosa con su amigo. Al concluirse y venir los jóvenes a su acostumbrada reunión, dijo que le dolía un poco la cabeza, y en vez de permanecer en la tertulia, se retiró. Creyó Miguel, en vista de esto, haberla causado algún disgusto, y estaba con deseos de hablar con ella. Al día siguiente de madrugada la halló bordando en el estanquillo. Estaba un poco pálida, y sus ojos, al levantarlos hacia Miguel, aunque sonrientes, expresaban una suave melancolía.

—¿Cómo ha descansado V., Maximina?—la preguntó.

—No he podido dormir en toda la noche—respondió la niña.

—¿Pues?

—No sé... daba vueltas y más vueltas... y nada.

Miguel sonrió admirando aquella ingenuidad.

En los días siguientes, a medida que buscaba las ocasiones de hablar con ella a solas, la niña las evitaba cuidadosamente. Sin embargo, una vez que doña Rosalía se levantó dejándolos solos en el estanquillo, Miguel la cogió una mano y casi a viva fuerza se la besó. Maximina se puso encarnada y no supo más que decir:

—¡Oh, por Dios!...

Otra vez le dijo al oído hallándose de tertulia:

—Tengo que pedir a V. un favor, Maximina.

—¿Qué es?

—Que me dé V. un rizo de su pelo.

La chica levantó los ojos con sorpresa.

—¿Me lo dará V.?—repitió mirándola atrevidamente.

Maximina bajó los ojos haciendo una señal afirmativa.

Pero trascurrió un día y trascurrieron dos, y tres, y no daba señales de cumplir su promesa. Miguel le preguntaba por señas: ella sonreía sin contestar. Entonces el joven se hizo el enojado y evitó a su vez el encontrarse con ella. Maximina comenzó a echarle miradas tristes y tímidas, que observaba riendo interiormente. Al fin, una noche por propia iniciativa, aquélla vino a sentarse a su lado. Nuestro joven se mostró inflexible; no quiso hablar; afectó tomar una parte muy activa en los juegos de prendas. Entonces la pobre niña dijo con voz débil:

—Tome V.

Miguel no la oyó.

—Tome V.—repitió un poco más alto.

Al volverse vio que tenía en las manos un papelito blanco. Comprendió que era el rizo de pelo y lo tomó apretándole al mismo tiempo los dedos con ternura.

—Muchas gracias, Maximina—le dijo con acento conmovido.—Es V. muy buena, y cada día...

Antes que pudiese concluir, la niña se levantó, entrando en la casa. Miguel quedó saboreando una dulce felicidad que nunca hasta entonces había gustado, la de ser querido de aquel modo tan ingenuo y tan puro. Tenía el corazón henchido de suaves sentimientos; una ternura inefable invadía su alma, y se dijo: ¿Por qué no he de querer yo a esta niña también? ¿Por qué no he de decírselo? Agitado por este deseo súbito, se levantó de la silla y entró en casa con la esperanza de encontrar a Maximina y expresarle lo que en aquel momento sentía. Recorrió a oscuras la sala, el comedor y el pasillo, llamándola suavemente; pero no pudo hallarla. Echó una mirada a la cocina y no vio en ella más que a la taciturna criada mondando patatas. Se habrá ido a su cuarto, se dijo, y bajó tristemente la escalera para restituirse a la tertulia; pero al cruzar por delante de la puerta del estanquillo que estaba a oscuras, se le ocurrió meter la cabeza dentro y decir:

—Maximina.

—¿Qué?—contestó una voz apagada.

—¡Oh, picarilla! ¿está V. aquí?

Y se introdujo en la tienda.

—¿Dónde está V.?

—Aquí.

—Deme V. la mano.

—¿Para qué, para besarla? No quiero; es V. muy malo.

Miguel soltó una carcajada, reprimiéndola para que no le oyesen fuera.

—No, criatura; es para saber dónde está V. nada más.

Se sentó al lado de ella en una silla baja.

—¿Por qué se ha escapado V. de la tertulia?

—¿Y V. por qué me anda buscando?

—Para decirla a V. una cosa.

—¿Qué es?

—...Que la voy queriendo a V. mucho—dijo con acento apasionado, cogiéndola una mano.

La niña guardó silencio.

—Y que V. también me va queriendo a mí un poco, ¿no es verdad?

Tampoco contestó.

—Vamos, dígame V. que sí... aunque sea mentira.

—Yo no digo mentiras—manifestó la niña con voz dulce.

—¿Entonces, no me quiere V.?...

—Tampoco digo eso.

Miguel entusiasmado la abrazó.

—Pues yo te quiero, te quiero por lo hermosa y lo buena que eres...

Maximina al sentirse en los brazos del joven comenzó a temblar fuertemente.

—¡Suélteme V.! ¡por Dios me suelte V.!

—¿Me quieres tú? ¿me quieres?

—¡Suélteme V., por Dios!

—No, sin decirme que me quieres.

—Pues sí, le quiero, le quiero; ¡suélteme V.!

El joven la besó con pasión en los labios y la dejó huir a su cuarto. Él se volvió a la tertulia.

XIV

Miguel sacó el reloj para mirar la hora.

—¡Oh qué reloj tan fastidioso!—exclamó la generala apoderándose de él y metiéndoselo de nuevo en el bolsillo sin permitir que lo abriese.—Antes, cuando estabas a mi lado no hacías tanto uso de esa alhaja. De pocos días a esta parte no se te cae de la mano. ¿Qué prisa tienes? ¿No has venido a Pasajes por mí?... Además, observo que estás algo distraído; que siempre cruza tu frente una arruga profunda, signo de graves meditaciones... hasta te encuentro ayer y hoy un poco ojeroso...

—¡Vaya, que no traes mal belén con mi fisonomía!—dijo él sonriendo: bajo esta sonrisa se traslucía la cólera.

En efecto, la generala exploraba a todas horas el semblante de Miguel como el marino el del tiempo. Unas veces estaba pálido, otras fatigado, otras melancólico, otras excesivamente risueño; nunca dejaba de tener alguna cosa que le llamase la atención. Esta eterna y escrupulosa inspección le había halagado al principio, después le aburrió un poco, y últimamente había llegado a irritarle.

—¡Y te enfadas por eso, ingrato!—exclamó Lucía.—Si observo tu fisonomía, es que no miro más que a ella; todo lo demás me parece indiferente... Tu rostro es el libro donde leo mi felicidad o mi desgracia.

Aunque ya no le causaban impresión alguna las metáforas amorosas de la generala, Miguel se dulcificó.

—No me enfado, Lucía... Si es tu gusto trasformarte en un semáforo y señalar todas las variaciones que experimento, ¿qué vamos a hacer? Es una prueba de amor que te agradezco.

La generala creyó que debía continuar con el mismo tema.

—No puedes figurarte, Miguel, lo que sufro cuando te veo triste, lo que gozo cuando estás alegre... ¡Si supieras!... Al través de tu sonrisa veo yo el mundo risueño, hermoso, pienso que el cielo está siempre azul, el campo siempre verde y rondoso, y que los hombres son todos felices... ¡Oh, si lo supieras, estoy segura de que sonreirías siempre como ahora lo haces! ¿No es verdad?... ¡Algunas veces me acometen unos pensamientos tan tristes! La imaginación excitada por el amor, da muchas vueltas... ¡Si Miguel se muriese! me digo. Esta idea me aniquila, me deja yerta, como si el cielo se desplomase... Si tú te murieses, ¿qué haría la pobre Lucía? Morirse también de pena; y si no se moría, peor para ella... No quiero pensar en eso, Miguel, porque toda me acongojo. Ya no habría felicidad posible en la tierra: sólo tu recuerdo dulce podría prestarme algún consuelo en ciertos momentos. ¡Oh, te juro que si te murieses, guardaría tu imagen en el corazón hasta la hora de mi muerte, y aun más allá, si posible fuera, vivirías en espíritu conmigo; y todos los días, todos los días, sin faltar uno, iría a visitarte al cementerio y a dejar sobre tu sepulcro un puñado de flores...

La generala había empleado ya muchas veces este recurso, y siempre con el mismo éxito. A Miguel no le caían en gracia estas ideas lúgubres y procuraba llevar la conversación hacia otro punto. Esta vez la cortó levantándose del diván donde ambos estaban sentados y cogiendo el sombrero. Para paliar un poco el mal efecto de este brusco movimiento, se acercó sonriente a la dama y la acarició amorosamente la cara.

—Tengo una carta para el periódico empezada... Necesito terminarla antes que se vaya el correo. Adiós, amor mío...

Aquel amor mío fue pronunciado de un modo distraído, rutinario, que hubiera mortificado a la generala, si no fuese frecuente en ella también al acariciar de palabra a su amante.

—¡Qué pronto! Apenas has estado conmigo dos horas.

—Mañana procuraré estar más tiempo... Hoy no puedo.

Lucía se levantó también y le echó los brazos al cuello con el mimo de otras veces. Miguel soportó aquel abrazo y aun hizo esfuerzos por mostrarse entusiasmado.

—Aguarda un poco—dijo la generala soltándose y tomando un ramillete que había sobre la chimenea.—Toma estas flores, ponlas delante de ti cuando escribas, para que al levantar la cabeza te acuerdes de tu Lucía.

Miguel cogió el ramo y lo besó maquinalmente, como tenía por costumbre siempre que la generala le daba algún objeto en recuerdo: luego se despidió.

Al salir del challet llevaba el corazón menos oprimido que Romeo al separarse de Julieta en aquella célebre noche que el lector conocerá seguramente; pero su paso era cuando menos tan ligero. Quería llegar a tiempo a la novena de San Ramón Nonnato que se celebraba hacía días en la iglesia de San Pedro. Allí veía a Maximina, a la cual estaba ligado por una simpatía irresistible. Y lo que más le entusiasmaba era que ésta había aceptado sus amores sin aquella reserva que el temor de ser engañadas obliga a manifestar a las muchachas, cuando un joven de condición superior se dirige a festejarlas. Maximina fue su novia sin que tuviese necesidad de vencer escrúpulos y prevenciones que el cálculo o la malicia introduce en el pensamiento de aquéllas. Le entregó su corazón con inocencia, como una cosa natural o que no podría ser de otro modo. Lo único que la había hecho vacilar al principio fue la sorpresa de que se dirigiese a ella con preferencia a otras jóvenes que pasaban en el pueblo por mucho más bonitas; una vez convencida de que aquél tenía el mal gusto de encontrarla bella o al menos simpática, no consideró poco ni mucho la diferencia de fortuna ni se imaginó que todo aquello podría ser nada más que un puro y frívolo pasatiempo por parte del joven forastero. Abrió su espíritu al amor con la inocencia que la flor abre su cáliz a los rayos del sol. Y aquella niña tímida, melancólica y reflexiva, en algunos días había experimentado notable trasfiguración; la alegría que rebosaba de su alma comunicó a su rostro atractivos que antes no tenía, gracia a sus movimientos, sonoridad a su risa, brillo a su palabra. Este cambio no pudo pasar inadvertido a nadie, pero menos a Miguel. Observolo con placer, con el placer del artista que contempla la obra salida de sus manos; fue un aliciente más para seguirla enamorando sin calcular las fatales consecuencias que aquel devaneo honesto podría traer consigo.

Cuando se hubo alejado de casa de la generala, cerca ya de la orilla donde Úrsula le aguardaba con su esquife, echó una mirada al ramo que llevaba en la mano, reflexionó que era grande y molesto para llevar a la iglesia, y diciendo:—¡A dónde voy yo con esta carga de hierba!—lo arrojó al suelo, y siguió rápidamente su camino sin más pensar en él. La novena de San Ramón atraía mucha gente a la iglesia de San Pedro. Era un templo grande, sucio y tenebroso hasta de día: por la noche, con cuatro o cinco lámparas de aceite colgadas aquí y allá a largas distancias, ofrecía un aspecto siniestro. Mas ahora el rosetón de luces que ardía en torno de la imagen alegraba un círculo muy ancho donde resaltaban las cabezas de las beatas que se colocaban en primera fila. Miguel acostumbraba a introducirse en la iglesia por la puerta de la sacristía, y desde ésta, sacando un poco la cabeza, veía toda la parte iluminada del templo.

Maximina y su tía se acomodaban allá enfrente, cerca de un banco para sentarse en los intervalos de descanso. La niña, penetrada de un vivo sentimiento religioso, no osaba mirar hacia Miguel; creía profanar la majestad de la casa de Dios. No obstante, alguna que otra vez, de raro en raro, se autorizaba el levantar los ojos y clavarle una rápida y grave mirada, arrepintiéndose inmediatamente de haberlo hecho. A nuestro joven le hacía gozar más aquella tímida y rapidísima mirada que las ardientes y prolongadas que otras mujeres más bellas y más vistosas le habían echado en el curso de su vida.

Aunque a larga distancia, observó aquella tarde que el semblante de Maximina no era el mismo de otros días; la melancolía, siempre esparcida sobre él, se había convertido en profunda tristeza; sus miradas eran más frecuentes y más largas, y en torno de sus ojos un círculo levemente encarnado acusaba claramente el llanto vertido. ¿Qué le habrá pasado? se preguntó con inquietud. ¿La habrá reñido su tía? Y deseó que se concluyese pronto la novena a fin de enterarse.

Era noche cerrada cuando salieron de la iglesia. El joven forastero acostumbraba a esperar a doña Rosalía y su sobrina en el pórtico, ofrecerles agua bendita y acompañarlas a casa en unión de otras vecinas, lo cual le permitía emparejarse con su novia y sostener con ella conversación aparte. Todo esto respiraba un sentimiento idílico, de suave felicidad, que, como contraste a sus refinados amores cortesanos, le causaba un gran deleite. Después de haberla dirigido algunas preguntas insignificantes, a las cuales contestó la niña con dulce y apagada voz, un poco más apagada que otras veces, la preguntó bruscamente:

—¿Qué tienes?... Parece que estás triste y has llorado (la tuteaba en secreto desde hacía algunos días: ella no se atrevía a hacerlo sino alguna que otra vez, cuando el joven se lo exigía con vehemencia).

Maximina siguió caminando en silencio.

—¿Te ha reñido tu tía?

—No.

Volvió a guardar silencio. Al cabo de un instante, acercando más el rostro, observó que algunas gruesas lágrimas rodaban por sus mejillas.

—¿Estás llorando?... ¿Por qué?—preguntó con zozobra.

—No lloro... no es nada—contestó ella levantando hacia él sus ojos sonrientes, pero nublados por las lágrimas.

—Lloras, sí, y quiero saber por qué. Me parece que tengo derecho para ello... si es que me quieres, como dices.

Todavía le costó algún trabajo arrancarle su secreto. Al fin la niña desahogó el pecho oprimido y dijo con voz cortada por los sollozos:

—Hoy han estado en casa Paulina y Segunda y me llevaron a la tienda de Joaquina antes de venir a la novena... y allí comenzaron a burlarse de mí... ¡Me dijeron unas cosas tan malas!

—¿Qué te han dicho?

—Que V. se estaba riendo de mí y sólo aparentaba quererme por divertirse un rato... Que cómo podía figurarme yo que un joven rico y elegante se había de casar conmigo...

—¿Todo eso te han dicho?—exclamó Miguel con sorda irritación.—¿Nada más?

—También me dijeron que V. tenía una novia... una señora que vive ahí en el camino de Francia, y que la iba V. a ver todos los días... ¡Parece que vinieron a buscarme apropósito para darme esta puñalada!

—Pues no te han dicho más que la verdad.

La niña le miró con ojos suplicantes.

—Sólo que hay una pequeña dificultad para que esa señora, a quien visito muchos días, sea mi novia... y es que esa señora está casada.

Miguel había penetrado perfectamente el alma de la niña: por eso le presentó esto como una dificultad insuperable. En efecto, Maximina abrió más los ojos manifestando gran sorpresa; exigió que el joven se lo jurara, y una vez hecho el juramento, un rayo de alegría iluminó su semblante.

—¡Pero qué malas son esas chicas!—exclamó cruzando las manos.—¿No tendrán miedo que Dios las castigue?

Miguel se esforzó en persuadirla a que no creyese nada de cuanto la dijeran acerca de él, le hizo mil protestas sinceras de cariño, y logró que antes de llegar a casa se disipasen las nubes que velaban su rostro. Al llegar, despojose Maximina inmediatamente de la mantilla y se fue a la cocina, donde nuestro joven la siguió. Era una hora ésta muy ocupada para la niña: la cena de los chicos y del huésped exigía bastantes preparativos: la criada se encargaba únicamente del condimento de los manjares; doña Rosalía de atender al estanquillo. Maximina encendió la lámpara del comedor y puso el mantel sobre la mesa: Miguel la seguía con la vista: ella levantaba de vez en cuando la suya y le enviaba una sonrisa para mostrarle la confianza que tenía en sus palabras y lo feliz que la había hecho con ellas. Una vez puesta la mesa, volvieron a la cocina.

—Hay que limpiar esa vajilla—dijo la criada con el tono agrio que siempre usaba.

—¿La ha fregado V. ya?

—Si no la hubiera fregado, ¿cómo se había de limpiar? ¡Vaya una salida!

—No se incomode, Rufa—dijo un poco acortada la niña.

Y cogiendo un paño, se sentó con calma a secar los platos. Miguel se sentó cerca de ella.

—Voy a contarles a VV. un cuento—dijo aquél tomando otro paño y poniéndose a secar platos también.—Viajando un amigo mío por la China, hace ya bastantes años, me contó que había llegado por la noche a un pueblo llamado Cerdópolis. En cuanto estuvo dentro de él, ya no le extrañó el nombre que tenía; no se veían más que cerdos por todas partes; en las huertas, en las calles y hasta dentro de las casas; en fin, no se podía dar un paso sin tropezar con alguno de estos animaluchos.

—¡Qué olor habría allí, madre mía!—exclamó Maximina.

—¡Atroz! me dijo que no se podía respirar. Pues sucedió que fue a alojarse a casa de uno de los principales del pueblo; pero la mayor parte de las casas, aun las de los ricos, no tenían más habitaciones que la cocina y los dormitorios. El dueño le presentó a sus hijas, unas chicas bastante feas, con los ojos torcidos y los pies muy chiquitos... en fin, VV. ya habrán visto a algún chino. Parecían amables, y mi amigo quedó muy satisfecho del recibimiento que le hicieron. No quedó tan contento de la madre, esposa de nuestro chino. Era una vieja que estaba al lado del fogón picando cebolla, así como está ahora Rufa.

Maximina levantó los ojos hacia la cocinera y luego los volvió hacia Miguel con una expresión entre cándida y maliciosa, sospechando alguna broma.

—Cuando mi amigo se dirigió a ella preguntándole cómo estaba de salud, no le contestó más que ¡hum! sin levantar la cabeza siquiera. Mi amigo miró con sorpresa al marido y a las hijas, como diciendo: ¿Qué le he hecho yo a esta señora para que me reciba de este modo? Pero lo mismo él que ellas, en vez de avergonzarse, levantaron los ojos al cielo, con un gesto de resignación que le sorprendió todavía más. Se pusieron a cenar, y mi amigo durante la cena y después de ella trató de captarse las simpatías, o por lo menos la benevolencia de la señora, prodigándole muchas atenciones y dirigiéndole a menudo la palabra. Todo fue inútil: la china contestaba con su gruñido acostumbrado, o a todo más, con algún monosílabo que revelaba su mal humor. El marido y las hijas se contentaban con hacer aquel gesto de resignación y dolor, que cada vez iba maravillando más al viajero. Después de estar algún tiempo de sobremesa, retirose a descansar. Cuando por la mañana se levantó, encontró a toda la familia muy triste y como consternada. Les preguntó en seguida con interés qué les pasaba de malo.

—¡La pobre madre!—exclamó una de las niñas.

—¿Qué le ha pasado? ¿Está enferma?—preguntó.

—Ahí la tiene V.

—¿Dónde?—dijo mirando a todas partes, sin ver rastro de china.

—Ahí.

—¿Pero dónde?

—Esa marrana que tiene V. delante.

—¡Cómo!—exclamó mi amigo, creyendo que el chino se había vuelto loco.

—Sí, señor; ya sabíamos en casa que de esta semana no podía pasar. Usted, señor, por lo visto, no sabe lo que ocurre en este pueblo...

El chino le explicó entonces que en aquella villa había una enfermedad, por desgracia muy común, que se llamaba cerdofalgia, y que consistía en la trasfiguración del hombre en cerdo. De ahí la inmensa cantidad de cerdos con que tropezaba en las calles. El primer síntoma de esta enfermedad era el mal humor: en este primer grado, los enfermos podían curarse como los tísicos, y al efecto siempre que alguno era atacado, se empleaban para volverle a la salud mil clase de fiestas y regocijos, en las cuales tomaba parte toda la familia. Algunos salvaban, pero la mayoría pasaban al segundo período, llamado «del silencio,» porque hablaban muy poco: todavía en este grado, salvaba uno que otro. Pero si desgraciadamente entraban en el período de los «gruñidos,» entonces era cosa perdida: al cabo de algún tiempo, venía la trasfiguración. Su señora hacía ya dos meses que estaba en el tercer grado.

Mi amigo quedó pasmado y comprendió por qué cuando gruñía el ama de casa hacían todos gestos de resignación.

Al terminar Miguel su cuento, Maximina hacía esfuerzos sobrehumanos para contener las carcajadas que se le escapaban de la boca, viendo lo amoscada que se había puesto Rufa.

En aquel momento entró doña Rosalía con otra señora de su misma traza. Miguel al verlas dejó apresuradamente el paño y el plato que tenía en las manos, para que no le viesen ocupado en tarea tan poco varonil. Después de cambiar algunas palabras, Maximina, sin darse cuenta de lo que hacía, le alargó dos platos diciendo:

—Ya no nos quedan más que siete.

Pero el joven, avergonzado y con muy mal humor, se los rechazó.

—Deje V... Deje V. eso.

La niña ruborizada y confusa exclamó con voz débil:

—¡Como hasta ahora me había ayudado!...

XV

«Mi queridísima hermana:—escribía Miguel a Julia—Me preguntas por qué permanezco tanto tiempo en este pueblecillo, y supones, infundadamente, que pasaré la mayor parte en San Sebastián. Asimismo haces algunas reticencias que me desagradan, porque no están bien en boca ni en pluma de una niña tan candorosa como tú eres y deseo que sigas siendo. Te has equivocado en todas tus hipótesis. Permanezco en Pasajes (ya puedes comenzar a reírte) porque estoy enamorado de la sobrina de mi patrona. Es una niña (sigue riendo) que no pasa por bonita, ni es gallarda, ni tiene talento, ni una educación esmerada. Estoy enamorado no sé de qué; acaso del alma, aunque no lo aseguro. Lo que sí puedo afirmar es que no hay mujer (exceptuando tú) que me parezca tan linda, tan amable y tan bien educada. No ha cumplido aún los diez y seis años. ¡Si vieras qué buena y humilde es! Está tan convencida de su insignificancia, que yo he hecho como Jesucristo; queriendo ser la última, la elevé a primera. Ha pasado dos años en un convento de Vergara, y cuando yo llegué, estaba empeñada en hacerse monja: ahora ya se fue a paseo el monjío. Esto no quiere decir que no fuese una buena religiosa; Maximina, que así se llama, en cualquier estado y situación de la vida sería buena, porque así la hizo Dios. Me paso los ratos como un tonto escuchándola; cuando narra su vida de colegiala: las nonadas y puerilidades de sus compañeras, que me cuenta con gran calor, me embelesan lo mismo que la novela más interesante: conozco ya a todas las hermanas del colegio como si las hubiera parido: hay una hermana San Onofre, de diez y ocho años, hermosa, instruida, pero de muy mal genio; en el convento todo el mundo la temía más que a la superiora; ¡figúrate que a una niña, porque manifestó asco al vaso de otra, la hizo comer las sobras de todas las demás en un plato! Hay otra llamada María del Socorro, de la misma edad que Maximina, muy dulce, muy tímida; cuando las niñas enredaban en su clase, no teniendo ánimo para reñirlas o castigarlas, se echaba a llorar. Pero los amores de mi niña eran la hermana San Sulpicio, una andaluza hermosísima, llena de gracia y atractivo; había cuatro chicas enamoradas de ella perdidamente; pero la que se llevó la palma y llegó a ser su favorita al cabo de algún tiempo, fue Maximina; sin embargo, la hermana, que era un poco coqueta al parecer, se complacía algunas veces en mortificarla mostrándole gran frialdad o adoptando con ella un continente severo, hasta que viendo su cara contristada, se echaba a reír y le tiraba suavemente de una oreja, llamándola tonta. Un día vino orden de arriba para trasladar a esta hermana a otro convento, y se marchó secretamente sin despedirse. ¿Quién se lo dice a Maximina? se preguntaron todas las colegialas. Al fin una, más habladora y peor intencionada que las otras, se lo comunicó bruscamente: mi niña recibió un fuerte golpe en el corazón; pero trató de reprimirse, porque le daba vergüenza estallar en sollozos delante de sus compañeras: este esfuerzo sobre sí misma le costó caro, porque al poco rato se sintió mal y hubo que desabrocharle a toda prisa el vestido, para que no se ahogase.

Oyendo el relato de tales escenas infantiles se pasa el mentecato de tu hermano sabrosamente el tiempo, y no tiene ganas de volver a Madrid. ¿Querrás creer, querida hermana, que encuentro más sabiduría en las palabras de Maximina que en los cursos de sistemas coloniales que nos da en su casa el conde de Ríos? Indudablemente, estoy perdido. Razón tiene mi tío Bernardo en decir que no seré en la vida nada de provecho.

Muchos recuerdos a mamá. Salud y Estado Mayor. Un abrazo que casi te asfixie de tu hermano,

Miguel.»

Tres días después la contestación de Julia, que decía así:

«Mi más querido hermano: Si por mi gusto fuese, no te escribiría hoy, porque tengo que darte una noticia desagradable; pero mamá lo manda... y... cartuchera en el cañón, quepa o no quepa. La noticia es que nos vamos a Madrid en la semana próxima, hacía el miércoles o jueves. Por consiguiente, ya sabes que debes ponerte en camino cuanto antes. Mucho siento arrancarte esa felicidad que dices sentir y en la cual no creo. Toda la vida has sido un pillo de playa, y no te arriendo los tizonazos que has de llevar en el otro mundo. Esa pobre chica será bien desgraciada si se fía de tus palabritas de miel; no tardará en ir al panteón de las víctimas, como Teresa, Paquita, etc., etc. ¡Me avergüenzo de ser hermana tuya, gran tuno!

Sabrás como tenemos noticia de que tío Manolo se casa con la viuda de marras. Ya era tiempo. Lo mismo uno que otro necesitan ponerse dentadura nueva, porque están algo duritos. Ahí te envío una carta que por la letra me parece de él: supongo que será dándote parte de la boda.

El cuerpo de Estado Mayor me manda darte recuerdos. Mamá lo mismo. Yo no me contento sino con un fuerte mordisco en una oreja: ya sabes que soy especialista en ese ramo. Avisa cuando sales.

Julia.»

Dentro de ésta venía otra carta de D. Manuel Rivera noticiándole su próximo matrimonio. El antiguo seductor se manifestaba en ella contrito y con grandes deseos de reformarse en lo tocante a la moral y las costumbres, y anunciaba en términos concretos que estaba resuelto a someterse a las leyes generales que rigen los destinos de la humanidad y la encaminan a lo infinito: hablaba de la necesidad imperiosa que siente el hombre de tener una compañera «que le ayude a soportar el fardo de la vida,» de los goces dulces e inefables del hogar doméstico, de los mutuos sacrificios. Por último, llamaba al Ser Supremo en su auxilio y le rogaba se dignase bendecir «su pobre choza.»

Miguel, en vez de enternecerse como debía, se rió mucho leyéndola: mas al instante quedó triste y cabizbajo al recordar que debía abandonar a Pasajes dentro de pocos días. La verdad era que lo estaba pasando bien y que no le halagaba nada tornar de nuevo a la bulliciosa vida de la corte. Por otra parte, ¡qué sentimiento tan vivo experimentaría la pobre Maximina! En cuanto a la generala, hacía ya días que había formado propósito irrevocable de romper con ella, si bien esperaba verse lejos para llevarlo a cabo; no le acomodaba hacerlo en una entrevista por no escuchar sus quejas de codorniz romántica.

En la expresión melancólica y reflexiva de su cara adivinó Maximina que algo triste le pasaba. Trató de mostrarse entonces más alegre y habladora que de ordinario, a fin de disipar su mal humor: adivinaba vagamente que de rechazo iba a caer sobre ella; pero no lo consiguió; Miguel, contra su costumbre, respondía con gravedad a sus instancias.

—¿Qué tienes?—le dijo al fin tímidamente.—¿Estás enfadado conmigo?

—¿Por qué había de estarlo?—contestó sonriendo tristemente.—¿Te remuerde por algo la conciencia?

—A mí no... pero...

Miguel guardó silencio unos instantes: los ojos escrutadores de Maximina estaban posados con anhelo sobre él.

—Tengo que darte una mala noticia—dijo al cabo dulcificando cuanto pudo la voz.

La niña se puso extremadamente pálida; pero no despegó los labios.

—Me ha escrito mi hermana para que vaya a reunirme con mamá y con ella a Santander, y acompañarlas a Madrid.

Maximina continuó silenciosa, doblando la cabeza sobre el pecho. Entonces le tocó a nuestro joven observarla con cierta inquietud.

—No será la última vez que nos veamos, hermosa—dijo cariñosamente.....—Lo mismo te seguiré queriendo en Madrid, y a la primera ocasión que se me presente, vendré a hacerte una visita.

La niña levantó los ojos hacia él esforzándose por sonreír.

—Ahora que estoy próximo a separarme de ti—siguió diciendo el joven,—es cuando veo cuánto has penetrado en mi corazón... Parece mentira que en tan poco tiempo te haya llegado a querer de un modo tan entrañable... ¿Te pasa a ti lo mismo? ¿Me seguirás queriendo cuando dejes de verme?

Maximina movió varias veces la cabeza en señal afirmativa. Conmovido por aquel silencio, que revelaba mejor que ninguna frase lo que su alma sentía, el joven le tomó una mano y la llevó suavemente a los labios: por primera vez desde que se conocieran, ella no hizo resistencia alguna. Cada vez más embargado por la emoción, Miguel dejó que su alma se desbordase; la expresó con lenguaje vivo y apasionado cuánto la amaba y lo feliz que algún día sería uniéndose a ella; la prometió no olvidarla ni un solo instante, escribirla a menudo y venir a verla en cuanto le fuese posible.

La niña se llevó la mano a la frente y dijo con voz alterada:

—Se me está partiendo la cabeza de dolor...

En aquel momento entró doña Rosalía en el estanquillo.

—¡Pobrecita!—exclamó Miguel.—Debe V. acostarse un poco a ver si se le pasa.....

—¿Qué; te duele la cabeza?—preguntó la tía.—La canción de siempre..... Anda ve a recostarte hasta la hora de comer: ya te llevaré el agua sedativa.

Maximina subió a su cuarto y doña Rosalía quedó disertando con Miguel, que apenas la escuchaba. Por la tarde la niña pudo bajar al estanquillo: tenía el semblante un poco descompuesto. Cuando estuvieron solos, ella le dijo tímidamente:

—¿Quieres una cosa que voy a darte?

—¡Ya lo creo! Cuanto tú me des será para mí sagrado.

Maximina sacó del bolsillo un crucifijo de plata pendiente de un cordón y se lo entregó ruborizada diciendo:

—Este crucifijo me lo regaló la hermana San Sulpicio el día de su santo: lo traigo colgado al pecho hace tres años sin quitarlo jamás...

Miguel se lo arrebató con alegría.

—Precisamente iba yo a pedirte una medallita para colgar al cuello. ¡Cuánto me alegro que te hayas anticipado! Te prometo no separarme de él ni de día ni de noche... Pero voy a suplicarte un favor... que tú misma me lo cuelgues.

Maximina vaciló un instante: al fin tomó de nuevo el crucifijo; Miguel bajó la cabeza y el Cristo quedó colgado por la parte de fuera del chaleco.

—Ahora—dijo él con sonrisa maliciosa—es menester que lo ocultes debajo de la camisa.

—No; eso hazlo tú.

Los dos días que siguieron a esta escena trascurrieron suaves y melancólicos. Los amantes estaban mucho tiempo juntos, pero se hablaban poco. Maximina hacía visibles esfuerzos por mostrarse serena. Miguel, adivinando estos esfuerzos, sentía su amor y su compasión crecer.

Tomó pasaje en un vapor que debía salir por la tarde. Maximina aquel día por la mañana se manifestó casi contenta. Sin embargo, estando en conversación con él en la sala, cuando menos parecía indicarlo la expresión de su fisonomía, rompió a sollozar fuertemente. Miguel la acarició y la consoló en los términos mejores que pudo.

Después que arregló su equipaje, el joven recorrió el pueblo despidiéndose de los amigos que durante su estancia se había ganado: próxima ya la hora de partirse y habiendo oído sonar el pito del vapor, volvió a casa con objeto de despedirse de Maximina. Por más que la buscó por todas partes no pudo hallarla: nadie sabía dónde se había metido: doña Rosalía opinó que se habría ido a la iglesia. No es decible lo que esto disgustó a Miguel, quien después de mandar el equipaje, se fue con el corazón oprimido hacia el muelle; pero antes se le ocurrió dar una vuelta por la iglesia. Como el tiempo apuraba, corrió hasta sofocarse; no vio rastro de Maximina en todo el ámbito del templo. Salió cabizbajo y llegó al vapor, que estaba pitando terriblemente en espera suya. Cuando saltó a bordo, el capitán le dijo con malos modos que hacía quince minutos que aguardaban por él: no le causó ningún efecto la reprensión. Subió al puente; en el momento de arrancar el buque, percibió en el balcón corrido de la casa de D. Valentín la figura de la niña. Echó mano apresuradamente a los gemelos del capitán que colgaban de la baranda, y pudo ver a su novia llorosa con un pañuelo en la mano haciéndole señas. Sacó el suyo del bolsillo y contestó lleno de emoción. La tarde estaba tranquila, el cielo nublado, las aguas de la pequeña bahía inmóviles y verdosas espejaban confusamente la columna de humo que el vapor dejaba en pos de sí. Algunas otras figuras humanas se asomaban a los balcones y terrados al oír los prolongados y furiosos ronquidos de la máquina.

En tanto que el barco no salió por la boca estrecha de la bahía, Miguel no apartó los gemelos de los ojos, dirigiéndolos al balcón donde la triste Maximina quedaba. Cuando una peña se la ocultó, dejó caer las manos con dolor: después se limpió las mejillas, que estaban húmedas.

XVI

Llevaba el corazón tan henchido de amor, de admiración, de entusiasmo, que Julita se vio necesitada a sufrir a diario, por algún tiempo, las descripciones que le plugo hacer de la bondad, sencillez e inocencia de la niña de Pasajes. A las mujeres no les disgusta esta clase de confidencias: así que, lejos de huirlas, las provocaba, informándose con deleite de todos los pormenores más o menos pueriles de aquellos amores idílicos, tan en consonancia con su edad y su sexo.

Miguel rehusaba enseñarle el retrato. Temía que no le gustase. Después de muchos ruegos, y anunciando con empeño «que físicamente valía poco,» lo sacó de una cartera donde lo llevaba.

—¡Pues no tiene nada de fea!—exclamó Julita.—Al contrario, es una cara muy simpática...

A Miguel se le ensanchó el corazón, y se dibujó en sus labios una sonrisa beata.

—¿Sabes a quién se parece un poco?... A Clarita Mazón...

Clarita Mazón era una joven bastante linda. Sin embargo, Miguel no transigió con el parecido, y hasta se indignó.

—¡Pero qué enamorado estás, Miguel!—exclamó Julita sonriendo maliciosamente.—Así me gusta... Ya era tiempo de que la veleta quedase fija un instante... ¿Sabes que si yo estuviese en la piel de esa niña las habías de pagar todas juntas?

—Lo creo—repuso el joven riendo.

—No te duermas sobre los laureles, pillo, porque en cuanto yo pueda entenderme con ella, se lo he de aconsejar.

—No te hará caso.

—¡Quién sabe! Le haré ver lo que tú eres con esa cara de angelito de retablo.

Desde Santander, Miguel telegrafió a Pasajes, dando noticia de su llegada. Así que saltó del tren en Madrid, puso otro telegrama, y escribió aquel mismo día. La contestación de Maximina tardó seis en llegar. La impaciencia que nuestro joven manifestó en estos días hizo reír mucho a su hermana. Contra su costumbre, aguardaba en casa al cartero, y hasta le espiaba detrás de los cristales del balcón y le iba a abrir él mismo la puerta.

La carta, que al cabo recibió, venía en un sobre pequeño, escrito con magnífica letra inglesa, la letra que se enseñaba en el convento de Vergara; su contenido no era largo ni expresivo, pero respiraba modestia y candor: llamábale en el comienzo «apreciable Miguel» y se despedía como «segura servidora,» lo cual le hizo reír. En la réplica le dio bastante matraca con aquella «segura servidora,» y la niña, en las cartas siguientes, modificó su despedida: el comienzo, o sea el «apreciable,» ya le costó más trabajo que lo cambiase; al fin, se aventuró a llamarle «querido Miguel.» Todas las cartas se las leía éste a su hermana. Julia principió a sentir viva simpatía hacia aquella niña de menos edad aún que ella. Un día le dio una estampita de su libro de misa, para que se la enviase de su parte. Maximina, al acusar el recibo, se manifestó tan conmovida por aquel regalo, que Julia no pudo resistir al deseo de ponerla una posdata en la carta de su hermano, dándole cariñosas expresiones. La niña de Pasajes contestó con otra; se cambiaron después los retratos; por último, al cabo de dos meses, ya se escribían directamente.

Por este tiempo el hijo del brigadier había cortado enteramente sus relaciones con la generala Bembo. No pocos esfuerzos caligráficos le costó aquel rompimiento: las quejas de la nueva Ariadna venían diariamente por el correo esparcidas en cinco o seis pliegos de letra menuda: era necesario contestar a ellas: al fin Teseo se cansó y las guardó filosóficamente en el bolsillo. Entrado ya el invierno, Ariadna volvió a Madrid, y no se pasaron quince días sin que la trompeta del escándalo pregonase sus amores con el secretario de la Embajada francesa. A Miguel no le maravilló nada este suceso.

Un día Julita le dijo a boca de jarro:

—¿Cuándo piensas casarte, Miguel?

Se puso colorado, y respondió vacilante y confuso:

—¡Oh, el matrimonio!... Hay que pensarlo con calma.... Es un negocio muy grave.

Y cortó repentinamente la conversación, hablando de otra cosa. Julia se quedó triste y pensativa. Le hizo esta pregunta, porque había observado que su hermano no menudeaba tanto las cartas a Pasajes como antes. Empezó a sospechar que se iba cansando, y tembló por la pobre Maximina. No se dio por vencida, sin embargo. Al cabo de pocos días le cogió en su cuarto, por la oreja, y le dijo medio en broma medio en veras:

—No te suelto si no me dices ahora mismo si piensas o no casarte.

—Pero, chica, ¿a ti que te va ni te viene en eso?—contestó el joven riendo.

—Tengo interés por Maximina, porque es mi amiga.

—¡Si no la conoces!

—No importa, la quiero ya como si la conociese.

—¿Tendrías gusto en ser hermana política de la sobrina de una estanquera?—preguntó el joven con malicia.

—¡Ya lo creo!—repuso Julia poniéndose seria.—Si es buena y bien educada, ¿por qué no?...

—No vayas a pensar que yo me detengo por eso—dijo Miguel, poniéndose también serio.—He meditado mucho en estos últimos meses acerca de tal asunto, y al fin no he podido menos de confesarme que no sirvo para casado. El que ha hecho hasta los veintisiete años la vida independiente que yo, es muy difícil que pueda acomodarse al orden, a la paz, a la serie de sacrificios que el matrimonio exige... Y, francamente, para ser un mal casado, ¿no vale más que permanezca soltero toda la vida?... Por otra parte, si me caso con esa chica, que no está acostumbrada al trato de gente ni ha entrado jamás en sociedad alguna, ya comprendes que debo renunciar en absoluto a mis relaciones y a las antiguas amistades de mi familia: yo no quiero pisar un salón donde mi mujer no haga buen papel... Además, Maximina es demasiado niña y demasiado inocente para dominar a un hombre tan maleado como yo, y para regir una familia...

Así continuó el hijo del brigadier rebuscando argumentos en su cerebro para ocultar los verdaderos móviles de su conducta, que eran el tedio y la vanidad, pasiones asquerosas que la vida cortesana habían despertado nuevamente en su corazón. Julia no apartaba su mirada escrutadora de él, lo cual concluyó por turbarle y obligarle a callar. Después de algunos momentos de silencio, aquélla exclamó moviendo la cabeza con dolor:

—¡Pobre Maximina!

Y después de una pausa larga, dijo con energía:

—Pues mira, Miguel, si no has de casarte con ella, es un pecado grande que la estés engañando. Debes cuanto antes cortar esas relaciones.

—Bien; de eso ya hablaremos... Acaso tengas razón... Hasta luego—dijo poniéndose el sombrero y dándole un beso de despedida.

Por más que nos duela hablar mal del héroe de nuestra historia, la verdad nos obliga a confesar que Miguel tuvo la cobardía de cortar sus relaciones con la niña de Pasajes dejando de escribirla. Al cabo de unos quince días, su hermana le enseñó una carta que había recibido de ella; se daba por enterada del desamor de su novio, sin proferir una queja; disculpaba su conducta manifestando que después de la separación había reflexionado que ella no podía convenir a un hombre como Miguel; hubiera deseado, sin embargo, que éste se lo hubiera dicho antes de tenerla impaciente y triste muchos días; terminaba diciendo que al fin había conseguido de su tía el permiso para hacerse monja de la caridad.

Esta carta, donde al través de la firmeza y naturalidad de los conceptos, se entrevía una mano temblorosa y unos ojos nublados por las lágrimas, conmovió hondamente a nuestro héroe, y le hubiera conmovido aún más, hasta el punto quizá de marcharse aquel mismo día a Pasajes para pedir perdón a Maximina y hacerla su esposa, si desgraciadamente aquél no fuese un día crítico y terrible de su existencia.

El periódico del conde de Ríos sostenía frecuentes polémicas con otro diario conservador titulado La Monarquía. Estas polémicas, un tanto ásperas, no habían rebasado hasta entonces los lindes de una cortesía más o menos ambigua. Llegó un punto, no obstante, en que la discusión se fue agriando en términos que aparecieron en el diario moderado algunos insultos velados contra el inspirador y los redactores de La Independencia. Miguel se juzgó en el caso de escribir un artículo contestando a estas injurias, que fue un verdadero prodigio de habilidad: devolvíanse con creces todas aquéllas al enemigo, pero de un modo tan fino y bien encubierto, que era imposible demandar reparación ante los tribunales, y no era fácil tampoco hallar motivo para un duelo. El artículo se leyó en la redacción y fue calurosamente aplaudido. Por desgracia, en esta ocasión fue cuando a Mendoza se le ocurrió descubrir enteramente aquel secreto que su amigo le tenía guardado hacía años. Al traerle las pruebas del artículo, se autorizó, sin consultar a nadie, cambiar uno de sus párrafos metiendo otro de cosecha propia. Por virtud de esta funesta ocurrencia, lo que era una frase incisiva y bien meditada, se convirtió en grosero y feroz insulto. En cuanto Miguel, al leer el periódico por la mañana, se enteró de la modificación, revolviósele la bilis, comprendiendo que no podía menos de producir fatales consecuencias; fue a la redacción, y no encontrando a Mendoza, comenzó a decir en presencia de sus compañeros lo que ya hemos visto en otro capítulo.

Todos sus cálculos quedaron confirmados. No se pasaron muchas horas sin que dos caballeros, padrinos del director de La Monarquía, viniesen a exigir al de La Independencia una satisfacción personal. Mendoza, pálido y tembloroso, les contestó que él no era el autor del artículo, y les prometió que en el número del día siguiente saldría una rectificación. No faltó quien le pasara recado a Riverita, quien a toda prisa acudió a la redacción, antes que de ella hubiesen salido aquellos señores. Así que llegó, deshizo cuanto se había convenido; contestó que era suyo el escrito, se opuso a publicar ninguna rectificación, y nombró por padrinos al conde de Ríos y a un compañero llamado Merelo. Después se volvió a casa, y fue cuando Julita le mostró la carta de Maximina.

Los padrinos de los contendientes tardaron un día entero y emplearon toda la saliva de sus gaznates en discutir las condiciones del desafío. El punto más arduo era el de la elección de armas. El conde de Ríos, fundándose en que su apadrinado era el retado, creía tener derecho a elegirlas, y lo sostenía con gran calor. En realidad, hacía mucho hincapié en este asunto, porque era sabedor de que el periodista moderado pensaba elegir el sable, no porque lo manejase con gran destreza, sino porque, dada su estatura y corpulencia, debía llevar ventaja al adversario. Los padrinos de aquél defendían con igual tesón su derecho, por ser el ofendido. A las diez de la noche aún no habían podido arreglarse. En una de sus entrevistas con Ríos, Miguel, cansado al fin por tanta dilación, le rogó que aceptase cuantas condiciones quisieran poner los contrarios.

En virtud de esto, quedó convenido que el duelo se efectuase a sable con punta. Hora, las siete de la mañana; sitio, la quinta de Vistalegre, en Carabanchel.

No fue a dormir a casa: pasó recado a su madrastra, advirtiéndola que debía velar a un amigo enfermo, a fin de que ni ella ni Julia estuviesen con cuidado. No salió del casino, donde había estado toda la tarde esperando el resultado de la discusión de los padrinos. Hasta las dos de la madrugada jugó al tresillo: cuando la partida se disolvió, estuvo paseando largo rato por uno de los salones; cansado al fin, se recostó en un diván, y no tardó muchos minutos en prenderle un sueño pesado y letárgico. La tensión en que sus nervios habían estado las últimas horas, había terminado por un enervamiento. Durmió media hora, y, durante ella, soñó mil disparates: ahora se encontraba en un inmenso palacio deshabitado, donde cierta sombra, que vio cruzar, le causó un terror extraño, que jamás había sentido: ahora se iba a batir dentro de una iglesia con un hombre que no conocía, y que resultaba ser D. Valentín, el tío de Maximina, el cual, sin saber cómo, se convertía en gato y se arrojaba sobre él, clavándole las uñas al cuello: después se vio en medio del mar, flotando como una boya, a merced de las olas, sin esperanza de que nadie viniese a socorrerle.

—Señorito, señorito...

—¡Eh! ¿qué hay?—dijo restregándose los ojos.

—Vamos a apagar.

—Bueno... ¿Sabe V. si está en la sala de juego el Sr. Merelo?

—Me parece que sí, señor.

Se fue hacia allá y encontró a su amigo ganando bastante dinero. Al verle entrar, Merelo le dirigió una sonrisa alegre y expansiva; bien claramente se entendía que en aquel instante no le importaba mucho que Miguel se fuese a matar. Todavía estuvo en ganancias un largo rato, hasta que viendo señales de que la suerte se torcía, levantose como jugador experto y salió de la sala abrazado a su amigo.

—¿Qué hora es, Miguelillo?

—Las cinco menos cuarto.

—¿Hay ánimo, verdad?—le preguntó abrazándole de nuevo con efusión.

—¡Sí, hombre, sí! Yo tengo ánimo y tú dinero—contestó sonriendo.

—¿Quieres que vayamos a casa de doña Mariquita a tomar chocolate?

—Vamos.

Mientras tomaban el desayuno, Merelo, cada vez más alegre y cariñoso, habló de muchas cosas con pasmosa lucidez; pero especialmente de esgrima. Realmente esta era la conversación que venía al caso entonces, y entendiéndolo así le dio una multitud de consejos encaminados todos a no dejarse pegar por el director de La Monarquía; antes bien, a partirle por el medio en la primera ocasión.

—Nada de fintas, ¿entiendes?... Los golpes han de ser rápidos y decisivos... Déjale a él que finte cuanto quiera... Tú quieto, sereno, aplomado... a parar y contestar nada más... Ya caerá en alguna contestación. ¡Pues no ha de caer!

Miguel mojaba distraídamente el bizcocho en el chocolate pensando Dios sabe en qué. Cerca ya de las seis salieron del establecimiento y enderezaron los pasos hacia la calle de la Reina, donde vivía el general Ríos. Era noche cerrada todavía. Al llegar vieron el coche a la puerta en espera ya de su dueño. Pasaron al conde un recado por el lacayo y no tardó en presentarse envuelto en un gabán de pieles; el lacayo venía detrás con los sables. Después de saludarse afectuosamente, subieron al carruaje, y éste comenzó a rodar por las calles silenciosas con áspero traqueteo.

Cuando salieron por la puerta de Toledo, comenzaba a rayar el día. Al llegar a Carabanchel ya estaba claro. Durante el trayecto, el general y Merelo no cesaron de hablar de política. La mañana despejada. Al apearse cerca de la regia posesión, hacía un frío intenso: los árboles, desnudos, tenían su armazón cubierto de escarcha. Por el carruaje que vieron a la puerta, comprendieron que sus contrarios ya habían llegado, y en busca de ellos se dirigieron por los hermosos jardines del opulento banquero. Mucho antes de llegar al paraje designado, vieron sus figuras negras resaltando sobre el blanco tapiz de la helada. Miguel, que hasta entonces había dado señales de hallarse inquieto y nervioso, quedó repentinamente en calma: desde entonces hasta el fin del lance manifestó una absoluta y extraña serenidad que dejó altamente complacidos a sus padrinos. Saludaron éstos a los contrarios y al médico, que debía servir para los dos contendientes según se había convenido: Miguel y el periodista moderado se hicieron de lejos una leve inclinación de cabeza. Escogiose el terreno, que fue un camino de arena mejor resguardado que los otros por dos altos setos de rosal; midiéronse los sables; despojáronse los adversarios de los gabanes y levitas, quedando con el chaleco, en gracia del frío que hacía; colocóseles en su sitio con el sable en la mano: por último, el conde de Ríos, como la persona de más respeto que allí había, se colocó en el medio, alargó los brazos tomando con los dedos las puntas de los dos sables y se apartó diciendo con fuerte entonación:

—Señores, cumplan VV. con su deber.

El director de La Monarquía era un mocetón robusto, de treinta y cuatro a treinta y seis años de edad, cuya figura formaba triste contraste en aquella ocasión con la delicada y exigua de Rivera. Sin embargo, a los pocos momentos comprendió éste que no se las había con un tirador consumado. Miguel había tirado algunas temporadas el sable y el florete: su contrario no conocía al parecer más que esta última arma; pues hubo que advertirle por los padrinos que no levantase la mano izquierda, y la colocase detrás de la espalda. Pero esto mismo le hacía muy peligroso, porque en vez de hacer uso del filo, alargaba a cada instante la punta del sable, manteniendo a Miguel fuera de distancia. Este comenzó a atacar vigorosamente tirando golpes sencillos al brazo, a la cabeza y al hombro: su contrario, en vez de pararlos, la mayoría de las veces rompía alargando la punta: de esta suerte, a los tres minutos la lucha se convirtió en un asalto desordenado de florete. Sin embargo, el periodista monárquico le tiró impensadamente un golpe a la cabeza; pero hubo de salirle caro, porque Miguel paró y contestó con tal rapidez, que si no rompe a tiempo le raja la cara. Desde entonces no tiró más tajos. La lucha se prolongó cerca de quince minutos sin resultado. Miguel, que era el que atacaba, se sintió fatigadísimo; tanto, que lo hizo presente en voz alta, y los padrinos les obligaron a suspender y les dieron diez minutos de descanso. Durante ellos, Miguel se vistió el gabán y se fue a fumar un cigarro en un banco con la mayor tranquilidad, en la apariencia, en realidad muy irritado por aquel extraño procedimiento de su contrario. Comenzada de nuevo la lucha, tampoco dio resultado alguno en bastante tiempo, apesar de que Miguel, cada vez más impaciente, atacaba con furia batiendo para herir el sable de su adversario; pero éste tenía brazo de hierro, y apenas si conseguía apartar la punta un instante. A los ocho o diez minutos volvió a sentirse cansado, mas no osó declararlo por vergüenza. Aflojó en el ataque, haciéndolo cada vez más débil y desordenado. Advertido el contrario, comenzó a tirarle frecuentes estocadas: apenas tenía fuerzas para pararlas. Al cabo, el robusto periodista le separó el sable con el suyo a viva fuerza, y le hundió la punta en el pecho.

Miguel cayó soltando un chorro abundante de sangre. Todos se apresuraron a socorrerle. El director de La Monarquía balbució algunas palabras manifestando su sentimiento, a las cuales el herido no pudo contestar. El médico le hizo la primera cura y acto continuo fue trasladado al coche, que le llevó en compañía de aquél y sus padrinos a casa.

XVII

El pronóstico del médico fue reservado en los primeros momentos. Al cabo de veinticuatro horas manifestó que su estado era grave, aunque no desesperado.

Julita había padecido varios ataques nerviosos en el trascurso de aquel día: la vista de su hermano moribundo le había causado profunda y terrible impresión: no hubo fuerza humana capaz de hacerle tragar alimento ni medicina alguna. El susto de su madre también fue grande, pero trasformose súbito en viva y áspera irritación, de la cual fueron víctimas los padrinos, el médico, los criados, y hasta el mismo Miguel así que se encontró en estado de sufrirla: la gran preocupación de la brigadiera no era que aquél se curase, sino saber quién había tenido la culpa de la desgracia: tan intemperante y desbocada estuvo, que el conde de Ríos no pisó más la casa, limitándose a preguntar todos los días por medio de un lacayo el estado del enfermo.

Afortunadamente, salió del peligro pronto: a los cinco días ya se le permitía hablar, aunque no mucho. Julia no se apartaba de su cabecera. La mamá era la encargada de recibir las numerosas visitas que llegaban; y por cierto que no se hartaba de contar a todo el mundo los pormenores de la catástrofe.

Una tarde, Julia se hallaba, como de costumbre, cosiendo al lado de la cama del enfermo; el cual dormía.

—Oyes, Julia—dijo de pronto despertándose.—¿Quieres hacerme un favor?

—¿Cuál?

—Léeme otra vez la carta de Maximina..... El día aquel no estaba yo para enterarme de nada.....

Julia sonrió con semblante triunfal. En efecto, hacía días que observaba en su hermano cierta predisposición a la melancolía bastante ajena a su carácter: a menudo se pasaba horas enteras con los ojos estáticos, inmóvil, dando señales de hallarse emboscado en una maraña de pensamientos tristes: le molestaba la compañía de los amigos y aun llegaba a desagradarle que su hermana le leyese demasiado tiempo.—Miguel piensa en Maximina—se dijo aquélla al verle tan reflexivo. ¿Qué misterio de amor se le escapará a una joven de diez y siete años?—Pues que pene un poco; ya resollará.

Y así fue, como lo pensó la niña.

—Voy a buscarla—contestó saliendo apresuradamente de la alcoba.

No tardó en llegar con ella en la mano: sentose de nuevo y se puso a leerla con gran calma, observando de reojo al herido.

Al concluir, éste tenía los ojos húmedos, y exclamó mirando al techo:

—¡Pobre niña!

Julia guardó la carta en el pecho, cogió otra vez la costura y se puso a mover la aguja en silencio. Al cabo de algunos minutos el enfermo volvió a decir:

—Voy a pedirte otro favor...

—Lo que quieras...

Toma las llaves de mi escritorio, que están ahí en el chaleco, abre el segundo cajón de la izquierda y saca un crucifijo de plata que hay en él... y tráemelo.

—Aquí está—dijo presentándoselo a los pocos instantes colgando de un pedazo de cordón.

—Este crucifijo—manifestó algo ruborizado—me lo dio Maximina al separarnos: se me rompió el cordón, y esperando comprar otro, lo guardé en el escritorio.

—Tengo yo uno; no necesitas comprarlo—repuso la joven tornando a salir de la estancia y entrando otra vez al instante con un cordoncito azul. Y sin más dilación tomó el crucifijo de manos de Miguel, sacó el cordón viejo, metió el nuevo y dijo con naturalidad:

—¿Quieres que te lo cuelgue?

—Bueno—contestó Miguel poniéndose otra vez colorado.

Al tiempo de colgárselo, Julita acercó la boca a su oído y le dijo graciosamente:

—Si lo hubieras traído siempre, no te habrían herido.

Y sin esperar contestación salió dando brincos. Cuando estuvo en el pasillo, se quedó inmóvil de repente, meditó un momento, y dibujándose en su rostro una sonrisa de placer, siguió corriendo a su cuarto y acto continuo se puso a escribir.

La verdad es que en los días que siguieron a esta escena, Julita se manifestó digna de una plenipotencia de primer orden.

Pocos diplomáticos se hubieran conducido con tanta habilidad.

No volvió a hablar a su hermano de Maximina: pero le dejaba largos ratos solo, y cuando estaba a su lado permanecía quieta y silenciosa, esperando con razón que el pensamiento del herido llevaría a cabo su tarea, y mejor por sí solo que con auxilio de nadie. De vez en cuando, dando largos rodeos, que la hacían reír, Miguel sacaba la conversación de Pasajes y de Maximina, contándole por centésima vez todos los episodios de sus inocentes amores. Ella le escuchaba atenta, le animaba a seguir, pero guardándose de hacerle pregunta alguna acerca de sus designios. Esta táctica parecía excitar cada vez más la locuacidad del enfermo; y aun se advertían en él ciertos deseos de comunicar alguna cosa de más trascendencia; mas tales deseos veíanse contenidos por la reserva y el silencio de Julia.

Una mañana, por fin, ésta vino a sentarse más temprano que de costumbre a su cabecera. Si Miguel se hubiera fijado en ella, tal vez habría advertido en sus ojillos inquietos y negros un brillo singular y en sus manos cierto temblor inusitado; pero se hallaba tan embebido en sus pensamientos y habitual melancolía, que nada observó.

—Dime, Miguel—le dijo la joven levantando resueltamente la cabeza,—¿qué piensas hacer cuando te levantes?

—¿Cuando me levante?... ¿Qué quieres decir?..—repuso sorprendido.

—Sí; ¿qué piensas hacer de tu vida?

—¿Qué sé yo, chica?... Lo de siempre.

Hubo un rato de silencio. Miguel esperaba que su hermana concretase más el pensamiento: viendo que no lo hacía, se decidió a hablar.

—La verdad es, Julia, que he meditado bastante en estos días acerca de mi situación, y no la encuentro tan halagüeña como a primera vista parece. Tú y mamá constituís hoy mi única familia. Con los demás parientes no cuento para nada. Tú te casarás, como es natural. Mamá... ya sabes cómo tiene el genio; la vida a su lado no puede ser alegre. Por otra parte, me voy haciendo viejo (carcajada de Julia). No te rías; aunque por fuera no me siento viejo, por dentro necesito ya sosiego, comodidades; la vida de fonda me horroriza. No puedes figurarte la compasión que me inspiran esos viejos que andan rodando solos por las casas de huéspedes..., que se ponen enfermos y tienen que llamar a una hermana de la caridad... que al llegar de la calle no pueden comunicar sus impresiones tristes o placenteras con un ser querido... que con ganas o sin ellas se ven forzados a salir todas las noches, porque la soledad les arroja del cuarto... ¡Es horrible!

—Bien; todo eso quiere decir que deseas casarte—manifestó Julia con sonrisa burlona.

—No he dicho tal cosa—respondió avergonzado, y reponiéndose en seguida, exclamó:—Pero si lo hubiera dicho, ¿qué?... ¿Tiene algo de particular?

—Nada, hombre, nada; al contrario, siempre he creído que debías casarte.

—¿Pero con quién?—preguntó el joven en tono angustioso.

—Con la muchacha que más te guste..., si es que te quiere.

—Ahí está la dificultad..., que no me gusta ninguna.

—¿Ni la de Pasajes tampoco?

Miguel se turbó aún más, y dijo con palabra vacilante:

—¡Qué pícara eres! Maximina me gustaba. La verdad es que sería una buena esposa...

—¿Pues por qué no te casas con ella?

—¿Crees tú...?—preguntó dirigiéndole una mirada tímida y anhelante.

—¡Vaya! Yo me alegraría muchísimo. Creo que es la única mujer que te conviene.

—¡Ay, Julita!—exclamó con vehemencia incorporándose un poco.—Qué placer me has dado. Hace una porción de días que no pienso en otra cosa.

—Lo sabía perfectamente... Pero hazme el favor de taparte, porque si te mueres no hay boda, y yo quiero comer dulces a toda costa.

Miguel la dirigió una sonrisa de reconocimiento. Hubo otra pausa. Se quedó pensativo y miró dos o tres veces de soslayo a su hermana, como si no se atreviese a manifestarle lo que cruzaba por su mente. Al fin se aventuró a decir:

—Todavía tengo que pedirte otro favor, Julita.

—Ya sé cuál es: que escriba a Maximina, ¿verdad?

—¡Qué talento tan prodigioso! No pareces hermana de un redactor de La Independencia... Escríbele, sí, porque yo, Dios sabe cuándo podré coger la pluma.

—¿Y qué le digo?

—Lo que quieras.

—Bien; le diré que la quieres mucho y que deseas casarte con ella a escape.

—¡Eso; y que es más guapa que la virgen del Carmen!

—Calla, bruto. Voy ahora mismo, no sea que te vuelvas atrás.

Salió de la alcoba; no se pasaron dos minutos sin que se la oyese gritar desde la puerta:

—Ya he escrito, Miguel. Ahí está la contestación.

Alzó los ojos y vio a la misma Maximina, a quien Julia empujaba hacia la cama. Detrás vio asomar la cara del hombre-pez, o sea de D. Valentín, el ex-capitán del Rápido, quien hacía todo lo posible por ocultarse detrás de las jóvenes. Creyó que estaba soñando: de tal modo se pintó el espanto en sus ojos, que Maximina se detuvo en medio del gabinete.

—¡Vamos, necio, no pongas esa cara, que la asustas!—exclamó Julita.

Brilló entonces una chispa de gozo en los ojos del joven. Maximina, más roja que una cereza, avanzó unos pasos más y le preguntó con voz temblorosa:

—¿Cómo se encuentra V., Miguel?

—¡En el sétimo cielo; a la derecha de Dios Padre!

Y tomándole una mano comenzó a besarla con frenesí, como si no hubiera nadie delante.

—Julia te ha escrito pidiéndote perdón de mi parte, ¿no es verdad?... Diciéndote que estaba en peligro de muerte, y deseaba casarme contigo, ¿verdad?... Pues todo, todo eso es cierto... Sólo que ya no me muero. Me casaré en cuanto me levante de esta cama y seremos muchos años felices... Digo (bajando la cabeza y cambiando de tono) en el caso de que tú me quieras... ¿Estás conforme con el programa?

La niña hizo una señal afirmativa: la emoción la impedía hablar.

Miguel estrechó con fuerza sus manos y las llevó al corazón.

D. Valentín contemplaba atónito aquella escena. Julita, desde la puerta, exclamó sentenciosamente llevándose un dedo a la frente:

—¡Y luego dirá mamá que aquí no hay más que viento!

Aquella misma noche volvieron D. Valentín y su sobrina a Pasajes. Tres semanas después fue Miguel a casarse. A las dos horas de recibir la bendición del cura, emprendieron la marcha para Madrid.

El destino tenía reservadas todavía a Miguel otras penas y otras alegrías, las cuales más adelante contaré, si en ello fuere Dios servido.

FIN

OBRAS DEL MISMO AUTOR

CRÍTICA

pesetas

Los Oradores del Ateneo, un tomo2

Los Novelistas Españoles, un tomo2

Nuevo Viaje al Parnaso, un tomo2

La Literatura en 1881 (en colaboración), un tomo2

NOVELAS

El Señorito Octavio, un tomo3

Marta y María (ilustrada por Pellicer), un tomo4

El Idilio de un Enfermo, un tomo4

Aguas Fuertes (novelas y cuadros), un tomo3

José, un tomo3,50

LIBRERÍA DE VICTORIANO SUÁREZ

CATALOGO

LIBRERÍA

DE

VICTORIANO SUÁREZ

Calle de Jacometrezo, 72, Madrid

Los precios indicados en primer término son para Madrid los en segundo para provincias, francos de porte.

ALARCON (D. Pedro).—Diario de un testigo de la guerra de África; 3 tomos, 9 y 10 pesetas.

—De Madrid a Nápoles; 7 y 8 pesetas.

—Poesías; 5 y 5,50 pesetas.

—El Sombrero de tres picos; 3 y 3,50 pesetas.

—El Escándalo; 4 y 4,50 pesetas.

—El Niño de la Bola; 4 y 4,50 pesetas.

—El Final de Norma; 4 y 4,50 pesetas.

—El Capitán Veneno; 3 y 3,50 pesetas.

—La Pródiga; 4 y 4,50 pesetas.

—Novelas cortas; 3 tomos, 12 y 13 pesetas.

Contiene: Primera serie. Retrato y biografía del autor. Cuentos amatorios.—Segunda serie. Historietas nacionales.—Tercera serie. Narraciones inverosímiles.

—La Alpujarra; 5 y 5,50 pesetas.

—Cosas que fueron; 4 y 4,50 pesetas.

—Viaje por España; 4 y 4,50 pesetas.

—Juicios literarios; 4 y 4,50 pesetas.

—Amores y amoríos; 4 y 4,50 pesetas.

BALZAC.—(Dos tomos.)—Contiene el primero: Escenas de la vida privada.—Una familia doble.—La señora de Firmiani.—La Vendetta.—La casa del gato que pelotea.—El baile de Sceaux.—El bolsillo.

Contiene el segundo: Alberto Savarus.—La paz del hogar.—La querida falsa.—Estudio de mujer.—Un estudio más de mujer.—La gran Breteche.

Traducción de E. Borrel y L. Aner; precio de cada tomo, 2,50 y 3 pesetas.

—Cuentos droláticos, traducidos por Querubín de la Ronda, con un prólogo de Clarín; 2 pesetas.

AMICIS (Edmundo de).—España: traducción de Suárez Figueroa. Un volumen holandesa, tela, 5 pesetas.

—Marruecos: traducido por J. Muñiz Carro. Un volumen, con noticia biográfica, 3,50 y 4 pesetas.

—El vino, sus efectos psicológicos; una peseta.

—Recuerdos de París y Londres: traducción del mismo. Un volumen, 2,50 y 3 pesetas.

—Holanda: traducido por H. Giner de los Ríos y J. Muñiz Carro. Un volumen, 4 pesetas.

—Constantinopla: traducción de H. Giner de los Ríos. Dos volúmenes, con el retrato del autor, 5 pesetas.

—Recuerdos de 1870-71: traducción del mismo. Un volumen, 3 pesetas.

—La vida militar: bocetos, primera serie, traducción del mismo. Un volumen, 3 pesetas.

—La vida militar: nuevos bocetos, segunda serie, traducción del mismo; 3 pesetas.

—Novelas: traducción del mismo; 3 pesetas.

Contiene: Camila.—La casa paterna.—Furio.—Manuel Menéndez.—Un gran día.—Alberto.

—Páginas sueltas: traducción del mismo; 3 pesetas.

—Retratos literarios: traducción del mismo; 3 pesetas.

—Italia: traducción del mismo; 2 tomos, 6 pesetas.

—Los amigos: traducción del mismo; 3 tomos, 9 pesetas.

—Poesías: traducción del mismo; 3,50 pesetas.

BIBLIOTECA de autores escogidos.—A 1 y 1,25 pesetas cada tomo.

Quevedo.—Marco Bruto; un tomo.

Sauvestre.—Un filósofo en una guardilla; un tomo.

Quintana.—Obras poéticas; un tomo.

Ossian.—Poemas gaélicos; 2 tomos.

Jovellanos.—Oraciones y discursos; un tomo.

Víctor Hugo.—Discursos; 2 tomos.

BIBLIOTECA de cuentos y leyendas de autores ingleses y norte-americanos.

Traducida por M. Juderías Bénder.

Una carta de Miss Greenwood y cuatro cuentos de N. Hawthorne; un tomo, una peseta.

Memorias de un Gobernador, por Wáshington Irving; un tomo, una peseta.

Leyendas extraordinarias, por E. Poe y Wáshington Irving un tomo, una peseta.

El Tesoro escondido y Los Pigmeos, por Natanael Hawthorne; un tomo, una peseta.

El Vellocino de Oro, por Natanael Hawthorne; un tomo, una peseta.

La segunda parte de Ivanhoe, por W. M. Thackeray; un tomo, una peseta.

El Barón y un proyecto de ferrocarril, por X. X. X.; un tomo, una peseta.

CAMPOAMOR (de la Real Academia Española).—Los pequeños poemas: quinta edición, única completa: 1882; un tomo, 5 pesetas en Madrid, y 5,50 en provincias. Encuadernados a la inglesa con una elegante plancha, 1,50 pesetas más.

—Doloras y cantares: décimo-sexta edición, única completa, con el retrato del autor. Madrid, 1882; un tomo, 5 pesetas en Madrid y 5,50 en provincias. Encuadernadas a la inglesa con una elegante plancha, 1,50 pesetas más.

—Poesías y fábulas: quinta edición. Contiene: Ternezas y flores.—Ayes del alma. Un tomo, 8.º mayor, 4 y 4,50 pesetas.

—El drama universal: poema en ocho jornadas; primera edición de gran lujo, 8 y 9 pesetas.

—Idem; tercera edición, 3 y 3,50 pesetas. Encuadernado, una peseta más.

—Colón: poema, con un prólogo de D. Severo Catalina (nueva edición diamante), 3 pesetas. Encuadernado lujosamente, una peseta más.

—Epístola necrológica de D. Luis González Brabo; una peseta.

—El Palacio de la verdad: comedia en tres actos; 2 pesetas.

—Guerra a la guerra: dolora dramática; una peseta.

—Díes Iræ: drama en un acto; una peseta.

—Cuerdos y locos: comedia en tres actos; 2 pesetas.

—El honor: comedia en tres actos; 2 pesetas.

—Pensamientos: extracto de sus primeras obras; 1,50 peseta.

—Poética: 1,50 peseta en toda España.

—Polémicas con la democracia: segunda edición aumentada; un tomo, 8.º mayor, 3 y 3,50 pesetas. Encuadernado, una peseta más.

—Lo absoluto: 3,50 y 4 pesetas.

CANTOS populares españoles.—Recogidos, ordenados e ilustrados por Francisco Rodríguez Marín, socio facultativo de El Fok-Lore Andaluz. 5 tomos 8.º, 25 y 27 pesetas.

Contiene: Nanas, o coplas de cuna.—Rimas infantiles.—Adivinanzas.—Pegas.—Oraciones, ensalmos y conjuros amorosos.—Requiebros, declaración, ternezas, constancia, serenata y despedida.—Ausencia, celos, quejas y desavenencias, odio, desdenes, penas, reconciliación y matrimonio.—Teoría y consejos amatorios.—Cariño y penas filiales.—Religiosos.—Sentenciosos y morales.—Fiestas y baile.—Columpio.—Jocosos y satíricos.—Estudiantes, soldados, marineros y mineros contrabandistas, brabucones y borrachos.—Carcelarios.—Históricos y tradicionales.—Locales.—Varios.—Apéndice general.—Algunas observaciones sobre los versos del Cantar de los cantares citados en la presente obra.—Melodías.—Advertencias.—Post scriptum, etcétera, etc.

DAUDET.—Los reyes en el destierro. Novela parisién, traducida por D. Joaquín Portuondo; 3,50 y 4 pesetas.

ELICES MONTES.—El patriotismo español. Apuntes para un libro, recogidos de las glorias patrias, dedicado a los españoles residentes en América. Madrid 1885; un tomo en 8.º, 2,50 pesetas.

—El gobierno y el ejército de los pueblos libres.—Tratado de derecho político y plan de organización militar, según el credo democrático y los últimos adelantos del arte de la guerra, 2,50.

ESCANDON.—Historia monumental del heroico Rey D. Pelayo y sus sucesores en el trono cristiano de Asturias, ilustrada, analizada y documentada. Obra de sumo interés para los historiadores y curiosos; contiene las crónicas oficiales de aquellos tiempos, que son muy poco conocidas; un tomo en 4º, 5 pesetas en toda España.

FLORES.—La historia del matrimonio; 2 y 2,50 pesetas.

—Tipos y costumbres españolas; 3 y 3,50 pesetas.

—Ayer, hoy y mañana; 6 tomos, 18 y 20 pesetas.

FERRER DEL RÍO.—Galería de la litera, con los retratos de Quintana, Lista, Gallego, Burgos, Toreno, Martínez de la Rosa, Lastra y otros; un tomo en 4.º, 5 pesetas en toda España.

—Album literario español. Esta obra comprende una colección de artículos y poesías de nuestros más célebres escritores contemporáneos y forma la Segunda parte de la Galería de la literatura española; un tomo en 4.º, 4 pesetas en toda España.

GOMEZ SIGURA.—El Taciturno (novela); 4 pesetas.

GIMENEZ Y HURTADO.—Cuentos españoles contenidos en las producciones dramáticas de Calderón de la Barca, Tirso de Molina, Alarcón y Moreto, con notas y biografías, 1881; un tomo en 8.º, 2,50 pesetas.

—La sal de María Santísima. Musa epigramática y cancionero festivo popular, en donde figuran los más célebres epigramas de autores antiguos y contemporáneos y los más intencionados y alegres cantares del pueblo, etc., etc., con un razonado e interesante prólogo de D. Eduardo Bustillo, 1882, 8.º; 2 pesetas en toda España.

LISTA Y ARAGON.—Ensayos literarios y críticos, con un prólogo de D. José Joaquín de Mora; 2 tomos en un volumen 4.º, 6 pesetas en toda España.

OVILO Y CANALES.—La mujer marroquí, estudio social. Ilustrada con cromo al lápiz y dibujos a pluma, por Demócrito; un tomo 8.º, 3 pesetas.

PEREZ GALDÓS (D. Benito).—Episodios Nacionales, 20 tomos, a 2 pesetas uno.

—Doña Perfecta; 2 pesetas.

—Gloria; 2 tomos, 4 pesetas.

—Marianela; 2 pesetas.

—La Familia de León Roch; 3 tomos, 6 pesetas.

—El Amigo manso; 3 pesetas.

—La Desheredada; 8 pesetas.

—El Doctor Centeno; 2 tomos, 6 pesetas.

—Tormento; 3,50 pesetas.

—La de Bringas, tercera parte del Doctor Centeno; 3 pesetas.

—Lo Prohibido; 2 tomos, 6 pesetas.

—La Fontana de Oro; 2 pesetas.

—Episodios Nacionales: edición ilustrada con más de 1.200 facsímile.

Tomo I. Trafalgar. La Corte de Carlos IV; 120 grabados, 13 pesetas.

Tomo II. El 19 de Marzo y el 2 de Mayo. Bailén; 125 grabados, 14 pesetas.

Tomo III. Napoleón en Chamartín. Zaragoza; 125 grabados, 14 pesetas.

Tomo IV. Gerona Cádiz; 130 grabados, 14 pesetas.

Tomo V. Juan Martín el Empecinado. La batalla de los Arapiles; 14 pesetas.

Tomo VI. El equipaje del Rey José. Memorias de un cortesano; 13 pesetas.

Tomo VII. La segunda casaca. El grande Oriente.

Tomo VIII. El 7 de Julio y los cien mil hijos de San Luis; 13 pesetas.

Tomo IX. El Terror de 1824 y un voluntario realista; 14 pesetas.

Tomo X y último. Los Apostólicos y un faccioso; 15 pesetas.

PONSON DU TERRAIL.—El Herrero del convento; 2 tomos 8.º, de 336 y 434 páginas, 3 pesetas.

—Los Amores de Aurora: segunda parte del Herrero del convento; un tomo 8.º, de 668 páginas, 2 pesetas.

—La justicia de los bohemios: tercera parte y última del Herrero del convento; un tomo 8.º, de 567 páginas, 2 pesetas.

—El Capitán de los penitentes negros; 2 tomos, 2 y 2,50 pesetas.

—El Diamante del Comendador; un tomo, 1,50 pesetas.

PEREDA.—Sotileza. 1885; un tomo, 4,50 y 5 pesetas.

—Tipos y paisajes; un tomo, 3 pesetas.

—Tipos trashumantes; 2 pesetas.

—Esbozos y rasguños; 4 y 4,50 pesetas.

—El sabor de la tierruca; tela, 3 y 4 pesetas.

—Pedro Sánchez, segunda edición, 4,50 y 5 pesetas.

En publicación:

Obras completas, esmeradamente corregidas, a 4 y 4,50 pesetas tomo. Encuadernadas bonitamente, en tela, una peseta más.

Se hallan de venta las siguientes:

—Los hombres de pro.

—El buey suelto...

—D. Gonzalo González de la Gonzalera.

—De tal palo tal astilla; 4 y 4,50 pesetas.

—Escenas Montañesas; 4 y 4,50 pesetas.

POLO Y PEILORÓN (D. M.).—Borrones ejemplares, miscelánea de artículos, cuentos, parábolas y sátiras; 1883, 8.º, 2,50 y 3 pesetas.

—Costumbres populares de la Sierra de Albarracín; cuentos originales (muy morales); 1876, tercera edición, 2 y 2,50 pesetas.

—Sacramento y concubinato: novela original, de costumbres aragonesas, con una carta-prólogo de D. Manuel Trueba; 1884, 8.º, 2,50 y 3 pesetas.

—Supuesto parentesco entre el hombre y el mono, contra Darwin; 1884, 8.º, segunda edición, 3,50 y 4 pesetas.

—Los mayos: novela original, de costumbres aragonesas, con un prólogo de D. M. Menéndez Pelayo; 1879, segunda edición, 8.º, 2,50 y 3 pesetas.

—Elementos de Psicología; 1881, segunda edición, 8.º, 3 y 3,50 pesetas.

—Elementos de Lógica; 1882, segunda edición, 8.º, 3 y 3,50 pesetas.

—Elementos de Ética; 1882, segunda edición, 8.º, 3 y 3,50 pesetas.

RODA.—Los oradores romanos: lecciones explicadas en el Ateneo científico y literario de Madrid, en el curso de 1873-74, con un prólogo del Excmo. Sr. D. Antonio Cánovas del Castillo; un tomo, 2,50 y 3 pesetas.

—Los oradores griegos. Lecciones explicadas en el Ateneo científico y literario de Madrid, en el curso de 1882-73, con un prólogo del Excmo. Sr. D. Antonio Cánovas del Castillo; un tomo 8.º, 2,50 y 3 pesetas.

—Breves noticias sobre la vida literaria y política de Cánovas del Castillo: una peseta.

—Ensayo sobre la opinión pública; 3 pesetas.

—Traducción del mismo. Bacón, ensayo de moral y de política; un tomo 4.º, 3 y 3,50 pesetas.

RODRIGUEZ MOURELO.—La Radiofonía. Estudio de una nueva propiedad de las radiaciones, con una carta de D. José Echegaray y prólogo de D. José Rodríguez Carracido; 1883, un tomo en 8.º, 4 y 4,50 pesetas.

SPENCER (Herbert).—De la educación intelectual, moral y física: vertida al castellano, con notas y observaciones, por Siro García del Mazo; segunda edición, corregida y aumentada en vista de la inglesa de 1884; 8.º, 3 pesetas. Obra muy recomendada a los padres, jefes de familia y a los maestros en general.

—Fundamentos de la moral, vertida directamente del inglés, por Siro García del Mazo; 4.º, 1881, 5 y 5,50 pesetas.

—Los primeros principios, traducción de José Andrés Irueste; 4.º, 6 y 7 pesetas.

—Principios de Sociología; traducción de Eduardo Cazorla, 1883, 2 tomos 4.º, 14 y 15,50 pesetas.

VARELA (D. Juan).—Pepita Jiménez; 2,50 y 3 pesetas.

—Doña Luz; 2,50 y 3 pesetas.

—Las ilusiones del doctor Faustino; 2 tomos, 5 y 6 pesetas.

—El Comendador Mendoza; 2,50 y 3 pesetas.

—Pasarse de listo; 2,50 y 3 pesetas.

—Cuentos y diálogos; 2,50 y 3 pesetas.

—Poesía y arte de los árabes en España; 3 tomos, 9 y 10 pesetas.

—Disertaciones y juicios literarios; 6 y 7 pesetas.

—Algo de todo; 2,50 y 3 pesetas.

—Dafnis y Cloe; 3 y 3,50 pesetas.

—Estudios críticos; 3 tomos, 9 y 10 pesetas.

—El individuo contra el Estado; 2 pesetas.

PSICOLOGÍA ALEMANA CONTEMPORÁNEA,

POR

TH. RIBOT

Traducida con autorización del autor

POR

FRANCISCO MARTÍNEZ CONDE,

Profesor de Psicología. 1880, 8.º, 3,50 pesetas.

Este libro, una de las mejores producciones del eminente psicólogo Ribot, expone con claridad y precisión admirables el movimiento de la Psicología científica en Alemania, desde principios de este siglo, en que se hizo el primer ensayo, hasta nuestros días. Por su orden cronológico aparecen los trabajos de Herbert y su escuela (Waitz, Lazarus, Steinthal y otros); de Beneke, que aplica la Psicología a la educación; de Lotze, autor de la teoría de los signos locales; de Fechner, fundador de la Psico-física; y de Wundt, creador de la Psicología fisiológica. A la vez que expone la obra de cada uno de estos investigadores, el autor se detiene a estudiar, al paso que se presentan, las cuestiones fundamentales de la Psicología científica, esclareciendo con gran copia de luz, entre otros problemas, el origen de la noción de espacio, la crítica de la ley de Fechner y la duración de los actos psíquicos. Así este libro, a la ventaja de imponer al lector en el movimiento de la Psicología moderna alemana, movimiento más hondo y de más porvenir que el de la inglesa, junta la de darle a conocer el concepto y plan de la Psicología científica, tan distintos de la antigua metafísica, y los vitales problemas que hoy ocupan la atención de los investigadores.

DERECHO INTERNACIONAL PÚBLICO DE EUROPA

POR

A.-G. HEFFTER

TRADUCCIÓN DE GABINO LIZARRAGA, ABOGADO DEL ILUSTRE COLEGIO DE MADRID, ETC., ETC.

Esta obra, cuyo mérito está reconocido por todo el mundo, y de que son evidente prueba las traducciones que se han hecho a casi todas las lenguas, viene a llenar un vacío en nuestra literatura patria. Su interés no puede desconocerse al considerar que en ella se tratan todas las cuestiones internacionales, lo mismo en la paz que en la guerra.

Hoy que los lazos de nación a nación van siendo cada vez más íntimos, a la par que más definidos, creemos prestar publicándolo un gran servicio a todos los que se interesan por esta clase de cuestiones.

Tales son las razones que hemos tenido presentes al decidirnos a ofrecer al público la presente traducción, habiendo conseguido hacerlo con tal baratura, que costando en francés 70 rs., la nuestra, que forma un elegante tomo en 4.º de 553 páginas, buen papel y esmerada impresión, su precio es el de 8 pesetas en Madrid y 9 en provincias.

ENRIQUE AHRENS

ENCICLOPEDIA JURIDICA O EXPOSICIÓN ORGÁNICA DE LA CIENCIA DEL DERECHO Y EL ESTADO

VERSIÓN DIRECTA DEL ALEMÁN

AUMENTADA CON NOTAS CRÍTICAS Y UN ESTUDIO SOBRE LA VIDA Y OBRAS DEL AUTOR

POR

FRANCISCO GINER, GUMERSINDO DE AZCÁRATE Y AUGUSTO G. DE LINARES

Profesores en la institución libre de enseñanza.

Este importantísimo libro es uno de los que más alto renombre han dado en toda Europa a su autor, tan estimado entre nosotros, y a cuyas obras tanto debe la cultura filosófica y social de nuestro pueblo. Contiene, después de la Introducción, un compendio de Filosofía del Derecho, por demás preciso y completo, en medio de su brevedad; una Historia general del Derecho, quizá superior a cuantas hasta hoy se han publicado; una exposición, modelo acabado en su género, del Derecho, especialmente en cuanto a la esfera civil o privada, y por último, una ojeada a los principales problemas del Derecho público.

En el Estudio sobre la vida y las obras del ilustre jurisconsulto alemán se exponen en breve resumen sus principales escritos: así como en el gran número de notas críticas que acompañan a la versión, se ha procurado completar el texto primitivo, en vista de otros trabajos posteriores, poniéndolo en consonancia con las últimas investigaciones filosóficas e históricas. Por último, en la parte referente al Derecho civil alemán, no sólo se han indicado las principales modificaciones introducidas en éste después de la publicación de la Enciclopedia, sino las más importantes diferencias entre aquél y nuestro derecho positivo.

El tomo I consta de 336 páginas, y comprende:

Advertencia de los traductores y anotadores.—Noticia sobre la vida y obras de Ahrens.—Prólogo del autor.—Introducción.

Principios de Filosofía del Derecho: Fundamentación de la idea del Derecho.—Exposición de sus elementos capitales.—Crítica de los principales sistemas.—Formas del Derecho; fuentes inmediatas y mediatas.—El Estado.—División orgánica del Derecho privado y público, según los fines de la vida.

Historia del Derecho: Principios filosóficos de esta historia.—Períodos capitales.—El Derecho pre-histórico.—Derecho oriental; ojeada general.—Los indos.—El pueblo zendo.—China.—Egipto.—Los hebreos.—Derecho musulmán.—Apéndices.

El tomo II consta de 464 páginas, y contiene:

Historia del Derecho en Grecia y Roma: Diferencia entre ambos Derechos.—Derecho griego.—Derecho romano.—Juicio histórico y filosófico.

Historia del derecho de los pueblos cristianos: Derecho germánico de sus diversas épocas hasta nuestros días.—Derecho de los pueblos germánicos no alemanes.—Derecho germánico de los pueblos latinos.—Derecho de los pueblos eslavos.—Derecho húngaro.—Juicio filosófico-histórico.

El tomo III consta de 384 páginas, y contiene:

Sistema del derecho privado: El concepto, fin, división y método del mismo.

Parte general: Sujeto del Derecho.—Objeto del mismo.—Relaciones jurídicas; origen y terminación de los Derechos.—Modos de adquirir el Derecho.—Información de las relaciones jurídicas en el espacio y el tiempo.—Protección de los Derechos.—La posesión.

Parte especial: Derecho de las personas.—Derecho de bienes.—Derecho de obligaciones; contratos y sus clases.—Derecho de sociedad.—Derecho de matrimonio, de familia y de sucesión.—Derecho de las profesiones.

Derecho público: Derecho del Estado y de la sociedad.—Derecho internacional.

Metodología jurídica.

Precio de la obra, 18 pesetas en Madrid y 21 en provincias.

Encuadernado en pasta española, 4,50 pesetas más.

CALDERÓN DE LA BARCA

Teatro selecto, precedido de un estudio crítico de D. Marcelino Menéndez Pelayo; 4 tomos, 8.º, 48 y 56 reales. Contiene:

TOMO I

Estudio crítico, por D. Marcelino Menéndez Pelayo.

DRAMAS RELIGIOSOS Y FILOSÓFICOS

La vida es sueño.—La devoción de la Cruz.—El mágico prodigioso.—El Príncipe constante.

TOMO II

DRAMAS TRÁGICOS

El médico de su honra.—A secreto agravio, secreta venganza.—El alcalde de Zalamea.—El mayor monstruo los celos.—Amar después de la muerte.

TOMO III

COMEDIAS DE CAPA Y ESPADA

Casa con dos puertas mala es de guardar.—La dama duende.—No hay burlas como el amor.—Mañanas de abril y mayo.

TOMO IV

OBRAS VARIAS.—COMEDIAS

No siempre lo peor es cierto.—Guárdate del agua mansa.

ZARZUELAS

El laurel de Apolo.—La púrpura de la rosa.

AUTOS SACRAMENTALES

La cena de Baltazar.—La vida es sueño.—A Dios por razón de estado.

Se venden los tomos sueltos a 12 y 14 reales.

MADRID, 1886.—Imprenta de Manuel G. Hernández, Libertad, 16 duplicado

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