VIGILIAS AMARGAS
Reading edition
I
Como las aguas muertas desparraman pestíferos vapores, de juncos y de flores y de brillos fantásticos cubiertas; y como al fin la gente, ya su prole cual muertos insepultos,— descubre los ocultos focos de la malaria pestilente: ¡oh, calumnia cobarde, tu maldad, como un charco, ni se agita, y tu lengua maldita se arranca finalmente, pero tarde! II Tarde... como hay estrellas que cerraron sus ojos soberanos y en los ojos humanos ya muertas en el éter, viven ellas: tus perdurables signos no los borra ni el mar... mucho más anchas donde fueron tus manchas dibujan otras manchas los malignos! Tarde... Como en el suelo que abona el viejo Nilo en sus crecientes, germinan las simientes al primer gestador beso del cielo: las catervas esclavas repletas del rencor de sus fatigas, devuelven cien espigas por cada gota puerca de tus babas. III Tarde... Como traidora la lengua de Don Juan va sugerente bruñendo la pendiente que conduce al nefasto «cuarto de hora»; así, rufián hediondo, al propio corazón del que difamas le tientas y le llamas y le arrojas vencido a lo más hondo; así los directrices de carácter más neto y más hidalgo, vienen a ser por algo lo mismo que tú inventas y tú dices. IV Tarde... Los que tú lames para siempre jamás doblan sus lomos, egregios eccehomos ungidos de las mirras más infames;— porque la frase artera que lanzas al azar y medio trunca, ya no se borra nunca, ni aunque Dios, si hay un Dios, lo dispusiera. V Como va sin testigos, bajo el dosel astral del firmamento, desflorando el jumento la fulgurante gloria de los trigos; o como en el follaje, trémula de ponzoña, la serpiente fulmina de repente la regia vida del león salvaje; o como las carcomas, en el frondoso, perfumado huerto, con diabólico acierto taladran la más roja de las pomas; o como traicioneras, ya mordidas del mal que no se cura, sobre la tez más pura ponen su placa impura las rameras; tú matas, tú suprimes la Virtud, el Honor, los Ideales, y has poblado hospitales con una multitud de almas sublimes. VI Por ti van cohibidas con los ojos en tierra cien mujeres: no concibes, no quieres nada más que bellezas prostituidas; por ti, por tu mandato, no llegan a ser madres las doncellas y apagan sus estrellas en la iracunda paz del celibato; por ti los más garridos, los púberes Apolos más hermosos pasan por tenebrosos, satánicos arcángeles caídos; por ti van los aciagos, impulsivos demonios de los celos, bramando en los Otelos que surgieren al chisme de tus Yagos; por ti marchan sujetas al índice vulgar vidas preciosas sufriendo silenciosas una carrera diaria de baquetas; por ti, locuaz arpía, todos los seres, todos juntos, gimen y la idea del crimen suele turbar a la razón más fría; por ti blancos armiños de máculas y taras están llenos... y no parecen buenos, santos y buenos, ¡ni los propios niños! VII Tú tienes los secretos del reproche y el óbice y la mengua: tan sólo por tu lengua Sócrates y Platón no son completos, por ti los inmortales, en el mármol y el bronce redivivos, aguardan pensativos que caigan de una vez sus pedestales; tú acechas la subida del Tabor de la Gloria en un repliegue, para que nadie llegue sin llevar en el rostro tu escupida; por ti se para el carro del más gran triunfador donde tú mandes; tú obligas a los grandes a ceñir un laurel sucio de barro... ¡y tanto les azotas y es tanto lo que injurias su grandeza que sienten la tristeza de no ser unos míseros idiotas! VIII Sí, calumnia cobarde, tu maldad, como un charco, ni se agita y tu lengua maldita se arranca finalmente, pero tarde; porque la frase artera que lanzas al azar y medio trunca ya no se borra nunca, ni aunque Dios, si hay un Dios, lo dispusiera.