EPITALAMIO
Reading edition
En el casamiento de la hija de Don Anacleto Domínguez.
I
Sólo vibra mi salterio pensativas notas graves. Yo no sé, como las aves, «saludar al padre sol»; Para mí la gran natura, por su cielo y por su tierra nada dice, nada encierra que cautive mi emoción. Por lo mismo—porque nunca ni vacila, ni fracasa y es eterna y solo pasa por el riel de lo cabal— no la tengo yo por sabia como el sabio que la escruta: Fuerza misma, fuerza bruta, que no sabe adonde va. Yo la siento un mecanismo que no piensa, que no fragua— cual su gas, como su agua que proceden porque sí— un recurso, un instrumento del propósito divino: Un vehículo en camino con un fin que no es su fin. Y jamás de los jamases me absorbieron las esferas, ni el verdor de las praderas, ni el desierto, ni la mar, ni las aves, ni las flores, ni los ríspidos insectos: Serán bien, serán perfectos, mas lo son sin voluntad. ¿Quién dirá que la Gioconda modeló sus propios labios y esos finos ojos sabios que Leonardo eternizó?... Así el sol, así los astros de más fúlgida apariencia: Luminarias sin conciencia que dan luz y dan calor. Nada saben, nada quieren, nada buscan, nada inventan, ni reforman ni violentan ningún fin, ninguna ley. Y a pesar de que circulan por el éter tan audaces, son idiotas incapaces de pensar y resolver. II Pero el Hombre, pero el Genio, más que un sol en el abismo, por sí solo, por sí mismo marcha mal o marcha bien: Tiene rumbos preconceptos, con sus planos y su equipo y ha forjado el arquetipo supraexcelso de su ser. Y persigue aquel modelo por más leyes que lo impidan, por más fuerzas que coincidan y le arrastren hacia atrás: Presidiario incorregible que la ergástula no arredra y en el hierro y en la piedra va y escribe ¡Libertad! Eso canta, mi Gertrudis, ese arcángel, ese mito que ultramonta lo infinito tras la sombra de su Dios: Que reniega de sí propio, de sí propio horrorizado, que se siente desolado, que se siente triunfador. No te asombre pues, hijita si en la noche de tus bodas yo no cuento y nombro todas tus bellezas de mujer: Si a la faz de tus encantos cual un torpe, cual un ciego, yo renuncio, yo reniego del color y del pincel. Si no tengo ni una nota, si no bordo ni una frase que pregone de tu enlace la suntuaria señoril, que compare las estrellas con los soles de tus ojos y tus rojos labios rojos con la fresa y el rubí. III Yo te canto en este día, para ti de augurios lleno, la canción del bardo bueno, del poeta del Dolor: La canción de los tesoros todavía insuperables, superpuros, inefables de un anciano corazón. Yo te llamo a tus deberes de mujer americana, con los sones de campana de más ansias de la luz: Y con voz que por los senos de tu espíritu prolongo, yo te intimo, yo te impongo tu segunda esclavitud. Yo desciendo a la perpleja candidez de tu alma informe, con mi sola, con mi enorme potestad de creación: Y adobando y sazonando tus candores de camelia de Penélope y Cornelia las dos almas te doy yo. Yo te muestro a las miradas de tus jóvenes hermanos, cuyos pechos espartanos fueron muros para ti, cuyo nombre sin mancilla tú llevabas hace poco... ¡Yo te yergo bajo el foco de su gesto emperatriz! Yo te limpio y te perfumo con los besos de tu hermana, cual perfuma una manzana la manzana que rozó: Bajo el cetro formidable de su almita de azucena, yo sé bien que serás buena, santa y buena por las dos. Yo me lanzo a las regiones del misterio donde moran, donde ríen, donde lloran los que nunca serán más: Y pulsando los abismos con mis manos como plectros; yo conozco los plectros, familiares de tu hogar Y a la faz de los deleites que sospechas y no sabes, de la entrega de las llaves de tu altivo corazón: De los planes deliciosos que proyectas y no nombras, pongo juntas esas sombras por testigos de tu honor. Yo te riego con el llanto de tu madre cariñosa, la veraz, la decorosa, la perfecta gran mujer,— y en sus bíblicas virtudes que yo aplaudo, que yo admiro, como en púrpura de Tiro yo te envuelvo hasta los pies. Yo levanto frente a frente de tu nueva dulce aurora, la cabeza pensadora de tu sabio genitor; Y te forjo deslumbrantes prodigiosas filigranas, con la crín de aquellas canas... ¡Misma crín del mismo sol!... Yo te ciño por coraza de tu amable inexperiencia, su criterio, su prudencia, su dialéctica fugaz: Y te labro cinto y peplo de matrona, de patricia, con su afán de la justicia con su fresca voluntad... Y así noble, y así pura, y así sabia, y así fuerte, y así dueña de tu suerte cual un ínclito varón: Yo el errante, yo el postrero, yo el sin patria, yo el sin nido, te presento a tu marido... ¡Tu marido y tu señor!...