VI La esmeralda
José Aguado y Menéndez translation
Diremos con el mayor gusto á nuestros lectores, que durante toda esta escena se habían mantenido firmes Gringorio y su pieza teatral. Sus actores espoleados por él, no habían cesado de encajar la comedia, como tampoco él se había cansado de escucharla. Habíase ya familiarizado con la zambra, y resuelto á llevar la cosa á cabo sin desesperar nunca de cautivar, aunque tarde, la atención del público. Avivóse este rayo de esperanza cuando vió salir de la sala á Cuasimodo, Coppenole y la vocinglera comitiva del papa de los locos, seguida ansiosamente por la turba.—¡Bueno! dijo entre sí, ya se van todos los alborotadores.
Por desgracia los alborotadores eran todos los concurrentes; y en un quítame allá esas pajas, la sala se quedó vacía.
Es verdad que había aún algunos otros asistentes, unos desparramados, otros en corrillos alrededor de los pilares, las mujeres, los viejos ó los niños que se contentaban con la clamorosa vaya; y algunos estudiantes que se habían quedado ahorcados en los vuelos de las ventanas y estaban mirando á la plaza.
—Eso basta, se hubo de decir Gringorio, para oir el fin de mi misterio; pocos son pero escogidos y literatos.
Al cabo de un rato una sinfonía, que debía producir el mayor efecto á la llegada de la virgen, no se ejecutó; Gringorio conoció que la procesión del papa de los locos se había llevado su música.
—Pasad adelante, dijo estoicamente.
Vió un corrillo que á su parecer hablaba de su composición, acercóse, y hete aquí el trozo de conversación que entendió.
—¿Ya conocéis, maestre Cheneteau, el palacio de Navarra que era del duque de Nemours?
—Sí, frente por frente de la capilla de Braca.
—Pues bien, el fisco acaba de arrendarla á Guillermo Alixandre, el historiero, por seis libras y ocho sueldos parisis al año.
—¡Cómo se encarecen los alquileres de las casas!
—¡Buena va la danza!, díjose Gringorio suspirando, si éstos no, otros escuchan.
—Compañeros, gritó en esto un chusco de los que miraban á la plaza: ¡la Esmeralda! ¡la Esmeralda!
Esta palabra produjo un efecto mágico. Todos los que estaban en la sala se precipitaron hacia las ventanas, encaramándose por las paredes para ver, y repitiendo: ¡la Esmeralda! ¡la Esmeralda!
Al mismo tiempo se oyeron por la parte de afuera prolongados y estrepitosos aplausos.
—¡Qué significa eso de Esmeralda!, dijo Gringorio cruzando con dolor las manos. ¡Oh Dios mío!, parece que ahora toca el turno á las ventanas.
Volvióse hacia la mesa de mármol, y vió que estaba interrumpida la representación; era puntualmente el momento en que debía aparecer Júpiter con su rayo; y el buen Júpiter quieto que quieto debajo del teatro.
—Miguel Giborne, gritó el irritado poeta, ¿qué haces ahí? ¿es ese tu papel? ¡pronto arriba!
—¡Ah!, exclamó Júpiter, ha llevado la escalera un estudiante.
Miró Gringorio, y vió ser así, y estar interceptada toda comunicación entre la tramoya y el desenlace.
—¡Trasto!, murmuró. ¿Y por qué se ha llevado la escalera?
—Para ver á la Esmeralda, respondió el compungido Júpiter. ¡Toma!, ve allí una escalera que no sirve, dijo, y se la llevó.
Era éste el último golpe; pero Gringorio lo recibió con resignación.
—¡Lléveos el demonio!, dijo á los cómicos, si me pagan, os pagaré.
Entonces se llamó á retirada muy cabizbajo; pero el último, como un buen general que ha peleado con valor.
Como iba bajando las tortuosas escaleras del palacio, decía refunfuñando: ¡Guapa cuadrilla de asnos y de avestruces son esos parisienses! ¡vienen á oir un auto sacramental, y no escuchan nada! De todo han charlado, de Clopín Truillefú, del cardenal, de Coppenole, de Cuasimodo, ¡del diablo! ¡pero de Nuestra Señora la Virgen María, Dios guarde á usted muchos años! ¡Á haberlo sabido, ya os hubiera dado yo, vírgenes Marías, badulaques! ¡Buena desgracia es la mía! ¡venir á ver caras, y ver sólo espaldas! ¡ser poeta, y quedarme con piedra boticaria! Es verdad que el buen Homero mendigó por los aduares griegos, y Nasón murió desterrado entre los moscovitas. Pero ¡que me emplumen si entiendo lo que quieren decir con su Esmeralda, con esa palabra que por de pronto es egipcíaca!
LIBRO SEGUNDO