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Marta y María

D. ARMANDO PALACIO VALDÉS (continued 5)

Reading edition

Un suceso de poca monta vino a decidir a María. Su tío Rodrigo, marqués de Revollar, que era uno de los magnates más importantes de la corte del Pretendiente, teniendo noticia de su acendrada fe y de las relaciones que mantenía con los partidarios de la monarquía católica en Nieva, le escribió desde Bayona preguntándole si se prestaría a servir de intermediario de la correspondencia entre él y don César Pardo, presidente de la junta carlista. María se apresuró a responder que tendría en ello mucho gusto, y desde entonces empezó a recibir con frecuencia cartas de su tío, dentro de las cuales venían otras para don César, que eran, a no dudarlo, el hilo por donde la conspiración carlista de Nieva se anudaba a las altas esferas de donde partían las órdenes. Y sin saber cómo, viose comprometida, sin que de ello le pesara, en la causa de los buenos cristianos que trataban, como a menudo escuchaba en boca de don César y de otros, de volver a Jesús a su santo trono y arrojar de él a la soberbia y la herejía. Lejos, pues, de sentir temor ni pesar por esto, crecieron sus ánimos con el peligro que corría, lo cual fue para ella señal evidente de que el favor del cielo la acompañaba, y enfrascose cada vez más en la empresa de los conspiradores, acudiendo a sus reuniones y sirviéndoles con celo y entusiasmo en todo lo que podía. Cuando la intentona armada de don César, ella fue quien bordó el estandarte y los corazones de franela que los defensores de la fe llevaban cosidos al chaleco. Los conspiradores sentían hacia ella grandísimo respeto por la fama de santidad de que gozaba, y le profesaban profundo cariño por el entusiasmo con que había abrazado su causa. En algunas de sus asambleas, invitada a emitir opinión, lo hizo con tanto ingenio y elocuencia, había tal fuego y al mismo tiempo tanta discreción en sus palabras, que los conjurados vieron en la hermosa joven un ángel enviado por Dios para sostener su fe y hacerles persistir en sus grandes propósitos.

Después del fracaso de don César, los carlistas de Nieva quedaron bastante abatidos, María derramó muchas lágrimas y pidió a Dios con fervor que no hiciesen prevalecer la iniquidad y la mentira sobre su santa ley y se compadeciese de los buenos defensores, desterrados y perseguidos a la sazón. Y, en efecto, Dios, compadecido, permitió que don César y la mayor parte de los jóvenes que con él fueron desterrados a las islas Canarias, se fugasen en un vapor extranjero y volviesen de incógnito a su patria, ocultándose en las casas de los amigos fieles y valerosos. Entonces, los partidarios de la tradición cobraron algunos bríos y tornaron nuevamente a conspirar, si bien vagamente y sin objeto determinado. El objeto no apareció hasta después de algún tiempo en que el bravo y obstinado don César les insinuó la idea de dar un golpe de mano atrevido que los pusiese repentinamente en aptitud de luchar ventajosamente contra la escasa tropa que había en la provincia. El golpe de mano que el valiente cabecilla les propuso, fue nada menos que apoderarse de la Fábrica de armas de Nieva. Al principio pareció a todos desatinado el proyecto, mas poco a poco, a fuerza de dar vueltas a la idea, fueron viéndolo menos inaccesible y hasta empezaron con lentitud y sin gran entusiasmo a preparar los medios de llevarlo a término. Hallándose en tal estado las cosas, una tarde se presentó María en la casa donde don César se ocultaba y quiso hablarle a solas. Lo que la joven le dijo debió ser tan importante y halagüeño, que el viejo cabecilla le dijo con voz conmovida, apretándole la mano y dándole un beso en la frente:

—Hija mía, usted va a ser nuestra salvación. Dios quiere poner en unas manos tan delicadas la suerte de muchos valientes y ¡quién sabe si también el triunfo de la causa!

Volvió a casa la joven y retirose a su cuarto, donde hizo oración largo rato, y después bajó a la habitación de su madre. No tardó Ricardo en llegar, como tenía por costumbre. Después de algunos momentos de conversación general, doña Gertrudis empezó a dormitar y los dos jóvenes se retiraron al hueco de un balcón a decirse los dulces secretos de todos los días, más dulces y más amables cuanto más se repiten. María estaba preocupada. Su novio, con la perspicacia del que ama de veras, lo notó al instante.

—¿Qué tienes hoy?... Parece que estás agitada...

—Me siento triste, Ricardo..., me siento triste como si fuera a sucederme una desgracia.

—Son los nervios que trabajan demasiado en ti, querida. Los ayunos te debilitan mucho. Debieras suspenderlos, así como tantas horas de oración, por algún tiempo... Te están poniendo muy delgada.

—Al contrario, nunca me he sentido tan bien como estos días. No son los nervios, sino una verdadera tristeza... Es el alma quien padece y no el cuerpo.

—¿Pero tienes acaso algún motivo de disgusto?...

—Tengo un presentimiento.

—¡Bah, quién hace caso de presentimientos!

María guardó silencio y Ricardo también. Era la hora del obscurecer. Ambos tenían la vista fija, al través de los cristales, en la gran plaza de Nieva, cercada de soportales, donde los chicos que acababan de salir de la escuela se recreaban corriendo y chillando. El sol se había retirado ya, dejando sobre el tejado de las casas consistoriales un gran pedazo de cielo teñido de leve tinta rosada, que hacia el cenit tomaba matices azules y hacia el horizonte amarillos. Los habitantes de la villa discurrían por las calles evacuando los últimos negocios del día y gozando aquel suave crepúsculo, al que no estaban avezados. Los balcones del café de la Estrella estaban ocupados por algunos parroquianos, que pasaban su errante mirada por los ámbitos de la plaza. En el balcón de la casa de enfrente, un niño de ojos azules y blonda y rizada cabellera se entretenía en arrojar con un canutillo pompas de jabón, que unos cuantos pilluelos desde abajo recibían con no poca algazara, deshaciéndolas con la gorra y el pañuelo.

Al cabo de un rato, María volviose hacia su novio, y posando en él una mirada intensa y ansiosa, le dijo con voz que temblaba:

—Ricardo, ¿me quieres mucho?

—¿Cómo me preguntas eso?... ¿No lo sabes bien?

—Sí, sé que me quieres, me has dado ya pruebas de ello..., pero en el amor, como todo lo que no pasa de este mundo, hay siempre más y menos. Sólo el amor divino es infinito. El que me tienes ha resistido bien a ciertas pruebas; ¡quién sabe si podrá resistir a otras!

—El amor que te tengo—dijo el joven marqués apoyando la mano sobre el corazón—tiene fuerza para resistir a todas las pruebas.

—¿A todas?

—A todas.

—¿Y si yo te pidiese la vida?

—¡Bah, bah!—repuso alzando los hombros con ademán desdeñoso—, eso sería pedir muy poco.

María sonrió con satisfacción, y después de una pausa preguntó tímidamente:

—¿Y si te pidiese el honor..., o lo que vosotros los hombres entendéis por honor?...—añadió corrigiéndose.

Ricardo se puso levemente pálido y tardó algún tiempo en contestar. Al fin dijo en voz más baja y con calma:

—El honor, querida mía, no nos pertenece; es un depósito que el cielo pone en nuestras manos al nacer y del cual nos pide cuenta al morir.

Un relámpago de indignación y desprecio pasó por los ojos de María al escuchar estas palabras.

—¿Y quién os ha dicho a vosotros lo que el cielo os deja y os pide, y por qué mezcláis al cielo en cosas que pertenecen muchas veces al infierno?...

Pero, calmándose inmediatamente y comunicando a sus palabras un tono dulce y persuasivo, añadió:

—Lo que el cielo confía al hombre al nacer nadie puede revelarlo más que la religión, y ésta nos dice que el hombre cifra no pocas veces su honor en lo que debiera considerar como su ruina y perdición... Generalmente, lo que el mundo más aprecia y apetece va contra la ley de Dios. Por eso debemos hacer muy poco caso de ese pretendido honor con que se disfraza el orgullo y la soberbia. El verdadero honor del cristiano consiste únicamente en servir a Dios y cumplir sus santos preceptos... Escucha, Ricardo... Cuando te preguntaba si me amabas mucho es porque tenía necesidad de saberlo..., de saberlo con entera y absoluta certeza... Voy a hacerte una confesión, después de la cual, si eres tan virtuoso y tienes tanta fe como puedo exigir de ti, tal vez me ames más... Si tu fe es tibia y vacilante y pagas tributo a las frívolas consideraciones mundanas, seguramente me amarás menos y quizá llegarás a huirme...

—¡Eso nunca!

—Aguarda un instante... Figúrate que tu novia, desechando y aun violando ciertas reglas que la sociedad exige y traspasando los límites que señala siempre a la mujer, sobre todo cuando es una niña soltera, se mezcla en asuntos puramente varoniles..., por ejemplo, en política... Y no sólo se mezcla con el pensamiento y la palabra, sino que toma en ella una parte activa. Figúrate que entra en una conspiración y trabaja con ahínco para que triunfe su causa... y pone en peligro su vida o su libertad para conseguirlo...

—¿Pero tú?

—Sí—dijo con resolución—; yo estoy unida con toda mi alma a una conspiración..., yo trabajo con todas mis fuerzas por el triunfo de la causa de los buenos. ¡Bien sabe Dios que no me importa nada que gobiernen unos u otros ni me ha arrastrado a tal proceder ninguna consideración terrenal! Pero he visto y estoy viendo maltratada a la religión y sus ministros, estoy viendo en peligro la salvación de muchas almas, veo todos los días al divino Jesús y su dulce nombre escarnecidos por los impíos que mandan casualmente en España, poniéndole una corona de espinas mil veces más dolorosa que la que llevó en Jerusalén... y siento que sus ojos me imploran y escucho su voz celestial que me solicita para que afloje un poco aquella terrible corona... ¿Crees tú que debo posponer los sublimes intereses de la religión, la salud de mi alma y la gloria de Jesús al pueril temor de desagradar al mundo?

—Yo no sé nada—dijo sordamente Ricardo, abismado en profunda meditación.

—¡Ves cómo tenía razón! Ahora que me he confesado contigo y te he dicho mi secreto, ya no me quieres y no tardarás seguramente en alejarte de mí y dejarme abandonada.

La última palabra de la joven hizo levantar vivamente la cabeza a Ricardo, quien, presintiendo algo grave, repuso en tono malhumorado:

—¿Y qué es lo que te ha movido a confiarme todas estas cosas que tanto reservaste hasta ahora?

—Ante todo perdóname que no te las haya confiado antes. Eran secretos que no me pertenecían... Además, recelaba que no pensarías como yo y levantarías algún obstáculo a mis planes... Pero hoy has variado mucho; eres más piadoso y amas el nombre de cristiano que posees. Por eso me decidí a abrirte enteramente mi alma y a poner en tus manos fieles y seguras la vida de muchos hombres generosos... Yo soy muy débil, Ricardo mío; no soy más que una pobre niña incapaz de luchar ni de resistir... ¡No me abandones..., por Dios, no me abandones!...

El joven presintió el peligro mucho más próximo y exclamó:

—¡Acabemos de una vez, María, y sepamos de qué se trata!

—Se trata de un gran merecimiento que puedes contraer para salvarte si abandonas las nefandas sugestiones del mundo y acudes al llamamiento del cielo... En esta villa existe un arma poderosa que en vez de servir a Dios, como todo el mundo debe servir, es un temible auxiliar del demonio. Esta arma es la Fábrica de fusiles... (María se detuvo un instante, y echando una mirada de temor a su amante, añadió con voz temblorosa): Tú puedes arrancar al demonio esta arma para ponerla en manos de Dios, entregando la Fábrica a los defensores de la religión, y...

Se detuvo otra vez mirando con espanto el rostro lívido y contraído del joven marqués, que agarrándola del brazo y sacudiéndola fuertemente rugió más que dijo:

—¿Quién te ha sugerido la idea de proponerme eso?... Respóndeme... ¿Quién ha sido el miserable, el vil y el canalla que te lo ha aconsejado?... ¡Quiero ir ahora mismo a arrancarle la lengua! Dímelo, dímelo, María... De ti no ha nacido ese pensamiento... Tú no has podido pensar que tu prometido, el marqués de Peñalta, el descendiente de tantos caballeros nobles, un militar pundonoroso y leal, pudiera escuchar con calma semejante proposición... Tú no has podido imaginar que el hombre que te adora sea un cobarde traidor a quien sus compañeros escupirían con razón en la cara... Sólo así te puedo perdonar las horribles palabras que acabas de proferir... Oye, por Dios, María... En este momento tengo la cabeza encendida y el corazón helado... Escucho dentro de mí una voz que me anuncia una gran desgracia. Pues bien, en este momento te digo que te quiero con toda mi alma..., hasta dar por ti la vida con gusto..., pero si el amor que te tengo se multiplicase por mil y no cupiese en este mundo, lo ahogaría, lo apagaría como se apaga una luz..., de un soplo, y me quedaría toda la vida en tinieblas antes que prestarme a tal villanía... ¡Qué digo!... Si el mismo Dios bajase a proponérmela y me amenazase con las penas eternas del infierno, la rechazaría... Preferiría condenarme con los leales a salvarme con los traidores.

María bajó consternada la cabeza. Al cabo de un rato pudo articular débilmente:

—No me entiendes, Ricardo, ni yo te entiendo tampoco. Para juzgar las cosas de este mundo nos colocamos en puntos de vista muy distintos. Tú miras por el cristal de las convenciones establecidas por los hombres y yo únicamente por la de la ley de Dios. Para ti el renombre de valiente, la fama de leal y de noble es lo primero. Para mí lo principal es la salvación del alma... Perdóname si te he ofendido, y que ese honor, al cual rindes tan fervoroso culto, te sirva para no acordarte de lo que hemos hablado.

Ricardo posó sobre la joven una mirada prolongada y triste. Acababa de hacerse cargo de que aquella mujer no podía ser suya; que en aquel corazón idolatrado, henchido de sentimientos misteriosos, quizá grandes y sublimes, pero incomprensibles para él, ocupaba lugar muy secundario. Una lágrima saltó a sus ojos y se deslizó temblorosa por sus mejillas.

—Tienes razón, María..., no te comprendo... Mi padre fue un hombre honrado, y tampoco te comprendería... Mi abuelo fue un militar que perdió la vida defendiendo a su patria, y tampoco te comprendería... Pero mi padre y mi abuelo se ofenderían, como yo me ofendo, de que alguno les recordase que debían guardar los secretos que se les confiaba.

Ambos guardaron silencio obstinado mirando tristemente al través de los cristales de la gran plaza de Nieva, que las sombras de la noche empezaban a ocultar. Los transeúntes se retiraban a sus casas con paso tardo y perezoso. Algunas luces brillaban ya en el fondo de las viviendas. Los pilluelos, que recibían afanosos las pompas de jabón que el chico de la casa de enfrente les arrojaba, habían desaparecido, y aquél, harto de soplar por el canuto, concluyó por dejarlo en el suelo, así como la taza del agua, poniéndose a hacer muecas a Ricardo y María. Pero éstos, graves y rígidos, no le hicieron caso como otras veces, y el niño, sorprendido de hallarlos tan serios, quedose también inmóvil mirándoles fijamente con sus claros y hermosos ojos de querubín.

XIII

EN QUE SE NARRAN LOS TRABAJOS DE UNA VIRGEN CRISTIANA

El comandante general que la vacilante república española tenía en la provincia de... era bastante bárbaro (dicho sea sin ánimo de inferirle agravio, pues todo hombre tiene derecho a ser lo bárbaro que juzgue conveniente dentro de la sana moral y las buenas costumbres). Lo primero que hizo, así que tuvo noticia por un soplo de que los carlistas de Nieva preparaban una algarada (así la llamaba él) e intentaban nada menos que apoderarse de la Fábrica de armas, fue llamar al comandante Ramírez y decirle:

—Necesito que antes de una hora salga usted con dos compañías y acompañado del inspector de policía para Nieva; y en cuanto llegue usted allá me prenda usted y me traiga amarrados codo con codo, ¿lo entiende usted bien?, amarrados codo con codo, a todos los individuos que van apuntados en ese papel.

—Está bien, mi general.

—Para custodiarlos no hace falta más que media compañía. Usted, con lo restante de la fuerza, se pone a las órdenes del coronel director hasta que yo disponga otra cosa.

—Está bien, mi general.

Cuando el comandante Ramírez, después de hacer su saludo, salía por la puerta del despacho, el brigadier volvió a llamarle.

—Oiga usted, Ramírez, ¿cómo le he dicho que trajese a los presos?

—Amarrados codo con codo, mi general.

—Perfectamente. Vaya usted con Dios.

La noche en que las dos compañías llegaron a Nieva era la señalada por los amigos de don César para dar el grito de guerra y apoderarse de la Fábrica. La conspiración estaba bien tramada. A la una de la madrugada debían reunirse cincuenta hombres en la huerta de un rico hacendado carlista y otros cincuenta en la bodega de otro para proveerse de armas y uniformes. A las dos en punto marcharían todos hacia la Fábrica, cuya guardia, encomendada a la sazón al joven marqués de Peñalta, no pasaba de veinticinco hombres, y la atacarían ostensiblemente por las puertas, mientras otros escalarían por detrás las tapias. Una vez dentro, se apoderarían rápidamente de los fusiles construidaos, cargándolos sobre mulos, que también estaban preparados, pegarían fuego a los talleres y se saldrían a toda prisa de la población. Para cuando fuesen atacados contaban llevar ya quinientos o seiscientos hombres bien provistos de armas y municiones. Don César no dudaba del buen éxito de su atrevida empresa; pero el maldito soplo tradicional en todas las conspiraciones habidas y por haber, vino a dar al traste con los proyectos del bravo caballero.

A las once de la noche el comandante Ramírez y el inspector de policía tenían presos ya a todos los individuos de la junta y a diez o doce de los más caracterizados carlistas de Nieva, los cuales, amarrados y custodiados por media compañía, según las prevenciones del comandante general, esperaban debajo de los soportales del Ayuntamiento la orden de marcha. La única mujer que iba entre ellos era María. En vano don Mariano, con lágrimas en los ojos, suplicó al jefe de la fuerza que le permitiese llevarla en un coche. El comandante Ramírez manifestó que sentía muchísimo no poder complacerle y que lo único que en su obsequio haría era llevarla suelta y aguardar unos instantes a que le trajesen calzado fuerte y ropa de abrigo, exponiéndose por ello a incurrir en las iras del general, que era... (Aquí el comandante Ramírez hizo uso del adjetivo que ya hemos tenido el honor de emplear.)

Al fin se dio la orden y el teniente emprendió la marcha con los presos. Don Mariano no quiso dejar a su hija. Aunque no llovía en aquel momento, la noche estaba muy húmeda y el piso, según acusaban las polainas de los soldados, verdaderamente asqueroso. En la villa se hallaban ya casi todos al corriente de lo que pasaba, y muchos bultos negros, silenciosos, ocupaban los balcones, sacándose los ojos para ver cómo desfilaban los presos. Al pasar por cierta calle una voz irritada de mujer gritó desde un balcón:

—¡Infames, ya las pagaréis todas en el infierno!

Los soldados levantaron la cabeza y tornaron a bajarla, prosiguiendo silenciosamente su marcha, cuyo rumor acompasado infundía tristeza y miedo. Todos ellos sentían sobre sus roses una continua descarga de miradas de odio, que, a pesar de no merecer, recibían con la resignación del que está avezado a padecer injusticias. Pronto dejaron las últimas casas del pueblo y entraron en la carretera, cuyo primer trozo estaba guarnecido de altos álamos.

El cielo seguía negro y espeso, envolviendo en tinieblas a la tierra. Apenas se percibían los bultos de los árboles cercanos y los de tal casa que otra de labranza construida al borde de la carretera. Los pies de los viajeros no producían el ruido seco que cuando caminaban por el empedrado de la villa, sino un chapoteo aún más triste. El teniente, que era un mancebo de veinte años, bastante simpático, dio la orden de colocarse en dos filas, dejando a los presos en el medio. Después se acercó a ellos, y, preguntándoles si se les ofrecía algo, disculpose con frases corteses de llevarlos atados; pero ya debían tener noticia de que el general era bastante... (El joven teniente hizo uso del mismo adjetivo que su comandante y que nosotros, los primeros, hemos echado a volar.) Los presos murmuraron las gracias encerrándose en un silencio digno. Al poco rato comenzó a llover fuertemente. Don Mariano, que no había cruzado la palabra con su hija, abrió el paraguas apresuradamente para taparla y la estrechó largo rato contra su corazón, murmurándole en el oído:

—¡Hija mía, qué trago tan amargo me haces pasar!... Embózate bien... ¿Tienes frío? ¡Oh, me las pagará ese bruto!... Iré a Madrid a ver al ministro de la Guerra y conseguiré mandarlo a un castillo. ¿Te entra el agua por algún sitio, corazón mío? ¿Quieres mi impermeable?... ¡Mandar traer atada a mi hija!... ¡Ah, grandísimo puerco! ¿De qué cuadra te habrá sacado este gobierno de sainete?... Si te pones enferma, le mato irremisiblemente... Pero a ti, mentecata, ¿quién te ha metido en estos líos de conspiraciones sin mi permiso?... ¡Si no te hubiese dejado arrastrar tanto los zapatos por las iglesias, a estas horas no estaría pasando tales amarguras! ¿Qué tienes tú que ver con los carlistas ni con los republicanos?... Una niña bien educada se está en su casa quietecita, cuidando de las camisas de su padre y haciendo calceta..., ¿estamos?..., y haciendo calceta... ¡Canalla! ¡Miserable! ¡Mandar traer atada a mi hija!... ¡Si le veo no respondo de no echarle las manos al cuello!...

—Cálmate, papá..., cálmate, por Dios... Voy perfectamente... Cuando se sufre por Dios, el sufrimiento se convierte en placer. Nunca me he sentido tan bien como en este momento... y es porque advierto en mi alma el consuelo de haber hecho algo por restablecer a Jesús en su santo reino... Lo único que me hace padecer es verte disgustado... ¡Ay, papá, cuánto daría porque tu fe fuese tan viva y ardiente como la mía, para que despreciases todos los dolores de la tierra y marchases tranquilo y contento como yo marcho adonde Dios quiera llevarme!

Don Mariano sintió que un torrente de palabras irritadas y coléricas se le agolpaban a la garganta, pero no pudo darle salida. Lo único que hizo fue echarle el impermeable encima a su hija, dejando escapar una especie de gruñido de elocuencia conmovedora.

Cesó de llover al fin. Sintiose un leve soplo de viento ábrego y la espesa capa del cielo comenzó a enrarecerse despidiendo tenue y escasa claridad, que hizo resaltar las siluetas de los soldados y los árboles y los enormes bultos de las montañas que cerraban el valle. El silencio en la comitiva era sepulcral. Los presos no cambiaban entre sí palabra alguna, devorando su rabia y tristeza. En la campiña tampoco se escuchaba ninguno de los gratos ruidos que acrecientan el misterio de la noche y llenan el alma de suave melancolía. Sólo al pasar por delante de alguna casa se oía dentro el gruñido amenazador de un perro que protestaba contra el desfile de la tropa a hora tan inusitada y tal vez que otra el no más dulce murmullo del sargento Alcaraz, que maldecía de la noche, de su suerte y de la madre que le había parido.

El viento siguió soplando cada vez más vivo; un viento tibio y húmedo que los presos encontraban asaz siniestro. Los árboles que bordaban las orillas de la carretera se retorcieron angustiados, dejando caer toda el agua de que estaban cargados. En la escasa claridad del cielo comenzaron a resaltar los bultos de grandes nubarrones negros que rodaban velozmente por la atmósfera cual si viniesen perseguidos de cerca por algún monstruo de la noche. Detrás de estas nubes no se percibía el azul oscuro del firmamento, sino un espeso manto gris que parecía impenetrable. No obstante, el viento, cuyo ímpetu iba siempre en aumento, logró desgarrarlo, al fin, por algunos sitios, formando gratos agujeros, en el fondo de los cuales se percibía el suave fulgurar de alguna estrella. Las grandes nubes negras venían a taparlos; pero el manto se desgarraba por otros parajes a toda prisa y las diminutas estrellas tornaban a hacer guiños amables a la tierra. Al cabo, una gran luz argentada bañó súbitamente toda la campiña. La luna había aparecido entre dos nubes, bella y esplendorosa como una virgen que abre las ventanas de su aposento. Mas apenas hubo echado una mirada curiosa a nuestra comitiva, cuando los nubarrones se estrecharon, poniendo venda a sus ojos y dejando a la tierra triste y sombría. De nuevo volvió a aparecer en lo alto y otra vez tornó a ocultarse, mirando resbalar por delante de sí una legión presurosa de nubes de todas formas y tamaños que volaban a regiones desconocidas. En el espacio de media hora presentose y ocultose un número incalculable de veces, ofreciéndose a los ojos de los viajeros como un navío presto a sumergirse en aquel océano inquieto y tenebroso.

Por último, sosegó la tempestad del cielo. Poco a poco habían ido desapareciendo detrás de las montañas los espesos nubarrones que manchaban la faz del firmamento. Unos cuantos que habían quedado rezagados y que a largos intervalos, cruzando por delante de la luna, sumían a la tierra en las tinieblas, también traspusieron los picos de las montañas. Y quedó el firmamento sereno y límpido, desplegando su oscuro manto tachonado de estrellas. La luna trazaba un círculo luminoso a su alrededor, en el cual, como reina orgullosa, no permitía brillar ningún otro astro. El dilatado valle pareció estremecerse suavemente de placer al sentir el beso de la luz. Y de sus bosquecillos de naranjos, y arroyos sosegados y blancos caseríos esparcidos aquí y allá dejó escapar millones de reflejos que se perdieron con dulce misterio en el aire. En ciertos parajes se extendían grandes sábanas argentadas donde se percibían con admirable claridad las siluetas de los árboles y vallados; en otros se acumulaban las sombras protegiendo el sueño de las plantas. El anchuroso valle así iluminado ofrecía un aspecto de lago dormido.

Después de caminar bastante tiempo por el medio, nuestra comitiva tocó en las montañas que lo cercaban. Era necesario trasponerlas para entrar en la campiña que rodea a... La carretera penetraba por los sitios más accesibles, ciñendo el costado de uno de los montes con declive bastante pronunciado. El horizonte se estrechaba de modo extraordinario. Al comenzar la subida, el teniente mandó hacer alto delante de un enorme mesón situado al pie de la carretera, y haciendo llamar al dueño le obligó a levantarse y a servir vitualla a la tropa. Los presos entraron en la casa y descansaron buen rato. Y otra vez emprendieron la marcha subiendo con calma el áspero repecho.

La briosa vegetación del valle había desaparecido. Los montes, que se cerraban cada vez más, dejando apenas paso a la carretera, estaban vestidos únicamente de helecho. De vez en cuando se tropezaba con el agujero de alguna mina de carbón, abierta sobre el camino. Don Mariano no pudo resistir a la tentación de hablar del ferrocarril de Nieva, y se acercó al teniente mostrándole por dónde iba el trazado de Sotolongo y explicándole ampliamente las ventajas que llevaba sobre el de Miramar. El piso estaba bastante más enjuto a causa de la pendiente, y la luna seguía desde lo alto esclareciendo la ruta, posando su dulce y tranquila mirada sobre los viajeros. Oyéronse los acordes de una guitarra. ¡Cuándo dejó de sonar la guitarra en una marcha de soldados españoles! Y una voz de timbre varonil, con acento del Mediodía, cantó:

Como cosita propia te miraba yo, te miraba yo; pero quererte como te quería, eso se acabó, eso se acabó.

Cuatro o cinco soldados esparcidos en distintos puntos acusaron también su origen meridional, gritando al concluirse la estrofa: «¡Olé, olé!» Aquella canción, nacida en el ardiente suelo de Andalucía, fue una varilla mágica que ahuyentó la tristeza de los corazones. Las montañas severas, poseídas de súbito enternecimiento, hicieron resonar la voz del soldado, conduciéndola muy lejos al través de sus gargantas y quebraduras. Entabláronse animadas conversaciones en la tropa que se suspendían cada vez que el soldado andaluz lanzaba al aire una copla. Los presos continuaban en su obstinado silencio.

Todos marchaban perezosamente, con la boca entreabierta, gozando, sin darse cuenta, del cambio favorable que la noche había experimentado. De pronto, al salvar una de las numerosas revueltas de la carretera, en el sitio más fragoso de la divisoria, oyose el disparo de un fusil. Un soldado vino a tierra. Casi al mismo tiempo el grito formidable de ¡Viva Carlos Séptimo! fue lanzado al espacio. Al levantar la cabeza vieron todos no a mucha distancia y en pie sobre una de las rocas que dominaban el camino, a un hombre de grandes bigotes blancos vestido con zamarra y boina. Los presos reconocieron inmediatamente en él al presidente de la Junta, don César Pardo. El teniente ordenó en batalla a la tropa temiendo una emboscada, y mandó hacer fuego; pero la descarga no dio resultado. Disipado el humo, tornaron a ver a don César cargando tranquilamente su arma. Al dispararla, gritó otra vez con más fuerza:

—¡Viva Carlos Séptimo!

—¡Mal rayo te parta, viejo zorro, me has destrozado un brazo!—exclamó el sargento Alcaraz llevando la mano a la herida.

—¡Segunda fila, apunten, fuego!—dijo el teniente.

Tampoco se consiguió nada. Don César disparó de nuevo, gritando:

—¡Viva la religión!

Entonces el teniente ordenó con voz colérica:

—¡Fuego a discreción!

Un tiroteo incesante partió de la media compañía formada en batalla. Pero el solitario enemigo ni huía ni caía. En pie sobre la roca, sin intentar siquiera guarecerse detrás de alguna piedra, seguía cargando y disparando su arma, repitiendo siempre con voz terrible:

—¡Viva Carlos Séptimo! ¡Viva la religión!

Raro era el disparo que no ocasionase alguna baja en la tropa. La luna iluminaba su rostro altivo y feroz surcado de arrugas.

—¿Me conocéis?—gritó sin dejar de hacer fuego—. Soy don César Pardo, cristiano viejo y carlista de los pies a la cabeza.

—¡Eres un ladrón!—contestó un soldado.

—Oye, chiquito; te tiembla mucho el pulso y tus balas pasan muy lejos.

—¡Allá va ésa!

—¡Nada..., no has acertado!... Si trajese diez hombres conmigo, ¡cómo correríais todos, falderillos!

—Haced lo que queráis, muchachos... ¡A matar ese perro!—gritó el teniente en el colmo de la irritación.

Los soldados se lanzaron veloces a la montaña y se pusieron a treparla con la agilidad de gatos monteses. La rabia de que estaban poseídos redoblaba sus fuerzas. Pero al mismo tiempo el teniente, que había arrebatado el fusil a uno de los soldados, disparó sobre don César y le volcó.

—Basta, muchachos..., volveos..., ya cayó el milano—tornó a gritar con acento de triunfo.

—¡No tiene más que una pata herida!... ¡Todavía le queda el pico!—repuso el cabecilla con voz ronca.

Y, en efecto, con el muslo atravesado consiguió incorporarse y cargar su fusil, que disparó inmediatamente sobre los que subían. Éstos lanzaban rugidos de cólera mientras se iban agarrando a los helechos o hincaban las uñas en el musgo para trepar más presto.

—¡Venid, venid, cobardes!—decía don César trasportado también por el furor—. Venid a aprender a pelear... ¿Veis cómo se bate un oficial carlista?... ¿Veis cómo vale por cincuenta republicanos?... Contad mañana vuestra hazaña al general Bum Bum que os ha enviado... ¡Que os den la cruz laureada, valientes! ¡Allá va ese tiro por don Carlos!... Ya sé que lleváis una niña presa, bravos soldados de la república... Allá va ese otro por doña Margarita... ¿Te ha sabido mal la peladilla, muchacho?... ¡Oh, me alegro que ya estéis aquí! ¡Viva Carlos...!

No pudo acabar. Un soldado, que había llegado a la cima, le puso el cañón del fusil en la frente, y le deshizo la cabeza, diciendo:

—¡Muere, cochino!

Lo mató sin hacer caso de las voces de sus compañeros, que gritaban:

—¡Déjamelo a mí; déjamelo a mí!

Al llegar con las mejillas pálidas y los ojos inyectados, todos dispararon sobre el cuerpo inanimado del terrible cabecilla, que pronto quedó espantosamente destrozado. Una vez concluido aquel acto de barbarie, engendrado por la cólera, los soldados quedaron silenciosos. Calmada la irritación, se hicieron cargo de que habían luchado contra un hombre solo y no quedaron satisfechos de sí mismos. A su despecho se sentían poseídos de admiración.

—¡Tenía agallas el viejo!—dijo uno, limpiándose unas gotas de sangre que le habían saltado a la cara.

—¡Bien reñido estaba con la vida!—manifestó otro.

—La verdad es, muchachos, que uno por uno este viejo se hubiera tragado a la media compañía con trapos y todo—concluyó por apuntar un tercero, sin que nadie protestase.

En la tropa habían resultado cinco heridos. Colocáronlos como pudieron en andas improvisadas y emprendieron nuevamente la marcha. Lo mismo los soldados que los presos caminaban silenciosos y tristes, profundamente impresionados por el trágico suceso que acababa de ocurrir. El cielo seguía tan plácido y sereno como antes, y en medio de él la luna, que acababa de alumbrar con su luz tibia y poética aquella lucha desigual, seguía esparciéndola sobre la comitiva, que ascendía lentamente por la carretera y sobre el lívido y destrozado cadáver que dejaban atrás, encima de la roca. Las luchas, las alegrías, los dolores de estos pobres diablos que nos movemos por la tierra, ¡qué valor tienen, qué significan ante la paz augusta de los cielos! Para ellos lo mismo pesa la caída de un imperio que la de una hoja, lo mismo suena el suspiro de una niña enamorada que el estertor de un moribundo. «La naturaleza es sorda—dijo el gran Leopardi—y no sabe compadecer.»

Pero María caminaba con los ojos clavados en el firmamento, mirándolo de un modo muy diverso. Allí donde el poeta no encontraba sino una voluntad ciega incapaz para el bien, la piadosa niña veía un Dios providente y misericordioso, tan misericordioso como terrible, que acogía en su seno a los buenos y mandaba a los malos a penar eternamente; un Dios que, como nosotros, se ablandaba con las súplicas y las lágrimas. Sintiose conmovida pensando en la suerte que correría ante la justicia divina el alma del que acababa de expirar, y por un movimiento vivo y espontáneo de su corazón, dijo con alta y sonora voz:

—Por el alma del difunto don César Pardo: «Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre; venga a nos el tu reino, hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo.»

Los presos contestaron rezando con fervor. Algunos soldados hicieron lo mismo. Después siguieron caminando en silencio, sin que se escuchase más que el ruido de su fatigosa respiración, y tal vez que otra las quejas de los heridos, no muy bien acomodados en sus parihuelas. Salvaron, al fin, el punto más alto de los montes divisorios y comenzaron a bajar hacia el extenso valle de... Rayaba ya el alba en los confines del Oriente. El oscuro azul del cielo por aquel lado se desvanecía en una claridad pálida y triste que borraba también el centelleo de las estrellas. Los viajeros sintieron un vientecillo fresco y desagradable. Muy pronto se extendió una gran franja dorada sobre las colinas de Levante, y la comitiva pudo contemplar a su placer el dilatado valle que tenía a los pies. Algunos jirones de niebla se alzaban lentamente del fondo de los arroyos que lo surcaban, y allá, al Occidente, una gran cortina de montañas negras, en cuyas cimas aun blanqueaba la nieve, cerrábalo bruscamente arrojando sobre él un manto de sombra. A pesar de esta sombra, los ojos de los viajeros, conocedores del terreno, distinguieron en la misma falda de la negra cortina la aguja de la torre de la catedral. Los presos y sus custodios llegaron al llano y atravesaron el valle de un cabo a otro, empleando en ello mucho tiempo, a causa principalmente del cuidado que exigían los heridos. Por último, tocaron a las ocho de la mañana en las primeras casas de los arrabales de...

Los habitantes de la capital habían tenido noticia del repentino golpe que su gobernador militar había dado a los carlistas de Nieva, y una gran muchedumbre, reunida en las calles, esperaba impacientemente para ver desfilar a los presos. Estaba compuesta en su casi totalidad por lo que durante el período revolucionario se llamó pueblo soberano, esto es, por todos los pilluelos y ganapanes de la ciudad, a los cuales se agregaban algunas personas dignas, aunque ociosas, y casi todas las comadres de los arrabales.

Al ver de lejos la comitiva, la multitud se agitó tempestuosamente, y hubo un sordo clamor general:

—¡Ya están ahí, ya están ahí! Dicen que tenían preparado para esta noche el asesinato de todos los liberales de Nieva. ¡Ah, tunos! ¡Gracias que han caído antes en la ratonera!

—Hay que desengañarse—manifestó un gordo y colorado caballero de aspecto bonachón—, todos los carlistas son unos pillos o unos tontos. Yo no emplearía con ellos otros medios que el exterminio..., ¡el hierro y el fuego!

—Vamos a cantarles el trágala cuando pasen—dijo un chico desarrapado a otros dos elegantes que le acompañaban.

La gente avanzó cuando ya los tuvieron cerca, poniéndose los que pudieron en pie sobre el pretil de la carretera. Al ver los heridos y al tener noticia por las breves palabras de algún soldado del incidente de don César, los curiosos ciudadanos se creyeron en el caso de indignarse, y contentándose al principio con manifestarse unos a otros sus pensamientos hostiles, concluyeron por vomitar furiosas injurias contra los presos, apostrofándoles en voz alta, como si todos hubieran recibido de ellos algún agravio. De esta suerte continuaron escoltándoles por las calles de la población, creciendo siempre su furor e indignación, hasta querer pasar a vías de hecho. Los presos caminaban con la cabeza baja y el rostro encendido.

—¡Ah, hipócritas, comesantos!—les decía uno—. ¡Cuándo será el día en que os vea ahorcados!

—¡Míralos cómo bajan la cabeza esos malditos! ¡Si nos tuvieran entre sus uñas ya estarían más contentos los muy arrastrados!

—¡Gritad ahora viva Carlos Séptimo, tunantes!

Pero con quien más se ensañó el furor popular fue con María. Ni su juventud, ni su belleza, ni su debilidad fueron parte a librarla de feroces y asquerosos insultos.

—¿Quién es la mujer que viene entre ellos? Dicen que es una santa.—¡Sí, una santa que anda suelta!—¡Oye, muchacha, si buscas novio, aquí tienes uno!—¡Qué falta de algunas docenas de azotes!—¡Mira qué ojillos hipócritas pone la pendanga!

Comprenderáse fácilmente en qué estado de aturdimiento, furor, angustia y exaltación pondrían al noble don Mariano Elorza estas groseras frases que se veía obligado a escuchar. En su impotente rabia mordíase las manos y se tapaba los oídos, temiendo que la sangre le cegase y llegase a cometer algún delito que comprometiera la vida de su hija.

Como ya dijimos, la muchedumbre, no contenta con prodigarles injurias, trató asimismo de arrojarse sobre ellos brutalmente. Un chicuelo dio la señal lanzándoles un pedazo de naranja. Otros muchos siguieron su ejemplo, y cayó sobre los desgraciados una granizada de proyectiles más sucios en verdad que mortíferos. Sin embargo, un tallo de berza lanzado con fuerza vino a dar en el rostro de María y la hizo sangrar por los labios.

¡Oh!, entonces el furor del infeliz don Mariano estalló terrible y alborotado como el del mar en momentos de borrasca, como el de un volcán en erupción. Su atlética figura cayó sobre el grupo de curiosos que tenía más cerca y lo deshizo del primer empuje, volcando a los hombres por el suelo cual si fuesen de paja. Los que quedaron en pie huyeron, sin esperar la segunda arremetida. El señor de Elorza quiso internarse por la muchedumbre, pero encontrando resistencia por lo apretada que estaba, echó las manos al cuello al primer ganapán con quien tropezó, y lo hubiera asfixiado seguramente a no haber intervenido los soldados, que sujetaron por detrás al irritado padre. Su ira entonces se deshizo en palabras desbordadas y frenéticas que impusieron silencio a los rumores de la plebe.

—¡Canalla!, ¡vil canalla!, ¡cobardes, miserables!... Si no me sujetasen, os iría arrancando la lengua uno a uno... Habéis herido a mi hija... ¿No sabíais que era mi hija, pillos? ¡Aquí demostraréis vuestro valor! ¿Por qué no vais a Navarra a combatir con los hombres armados, y atacáis ahora a los indefensos?... ¡Porque sois unos cobardes..., una chusma indecente, que se debe esparcir a latigazos!... Si hubiese entre vosotros alguna persona digna de medirse conmigo, que salga para que le escupa en la cara... ¡Déjenme ustedes, déjenme ustedes, por Dios, matar a alguno de estos granujas que han herido a mi hija! ¡Déjenme ustedes, señores; por Dios, me dejen ustedes!...

Don Mariano forcejeaba por desasirse de los brazos de los soldados. Los curiosos, que habían retrocedido ante su empuje, viéndole sujeto y repuestos del susto, volvieron hechos basiliscos, arrojando espumarajos por la boca.

—¡Este vejestorio está insultando al pueblo!—¡Es un carcunda rabioso!—¡Vaya una vergüenza que así se insulte al pueblo!—¿Por qué no matáis a ese bribón?—¡Matarlo, sí; matarlo!—¡Matarlo! ¡Matarlo!...

Y la muchedumbre se fue acercando, aunque lentamente, a la tropa como un océano de olas hinchadas y amenazadoras, y hubiera dado buena cuenta de don Mariano y los presos a no haber impedido el teniente tal acto de barbarie, gritando con voz entera:

—Compañía..., preparen..., ¡ar...!

Entonces las olas hinchadas se deshincharon como por ensalmo. La voz del teniente fue el... Sed motos prestat componere fluctus de Neptuno. El pueblo soberano volvió grupas, y diciendo para sus adentros, ¡sálvese el que pueda!, se dio a correr en todas direcciones, cayendo aquí y levantándose más allá. Y es fama que su majestad corrió tanto y tan bien que en menos de tres minutos desaparecieron de la puntería de los soldados.

Gracias a ello los presos continuaron tranquilos hasta la cárcel, donde preventivamente los alojaron en una gran sala bastante sucia, con pavimento de madera agujereado de los ratones por no pocos sitios. A María se le concedió un cuarto independiente, de relativo aseo y comodidad.

La hora designada para comparecer ante el Consejo de guerra fueron las doce, y cuando sonaron se les trasladó perfectamente custodiados a un salón bien decorado del cuartel, donde aquél se hallaba reunido. Los oficiales que lo componían estaban sentados detrás de una larga mesa, vestida de damasco encarnado, debajo de un dosel de terciopelo que, en otro tiempo, cuando no estábamos en república, había servido para dar realce y prestigio al retrato del monarca. Se hallaban presididos por el gobernador militar, quien se había empeñado en llevar de un modo rápido y violento el asunto. Quería escarmentar duramente a todos los conspiradores, o lo que es igual, no dejar títere con cabeza, según sus propias palabras. Era un hombre rechoncho, con grandes mofletes y exiguo bigote; gran traza de lo que ya hemos dicho y con nosotros el comandante Ramírez y el teniente de la escolta. Los demás oficiales no ofrecían absolutamente nada de particular en sus rostros: facciones abultadas, ojos negros, bigotes retorcidos, perillas puntiagudas, fisonomías vulgares en un todo, aunque varoniles. Se comprendía a primera vista que les venía muy ancha la toga. Cuando los presos llegaron, las puertas y los alrededores del cuartel estaban invadidos por numeroso público, no tan grosero y soez como el de la mañana. Lo componían personas de más categoría, estudiantes en su mayor parte, hidalgos y empleados. Este público guardó prudente y compasivo silencio al verlos entrar.

Fueron introducidos uno por uno en la vasta sala del Consejo. El capitán que hacía de fiscal les fue tomando declaración con los documentos justificativos de la delincuencia a la vista. Los individuos de la junta carlista de Nieva fueron deponiendo como mejor les convenía, negando la mayor parte de los hechos, afirmando sagazmente otros y haciendo, en fin, todo lo posible para salir absueltos. El mofletudo general se enfureció no pocas veces durante el curso de las declaraciones, cortando la palabra al fiscal para apostrofar duramente a los conspiradores y amenazarlos con fusilarlos interinamente si no declaraban todos los pormenores y ramificaciones de la conjuración; pero no consiguió gran cosa con sus bravatas. Cuando tocó el turno a María sonrió sarcásticamente, y dijo con burda ironía:

—Tenga usted la amabilidad de acercarse, señorita, y de contestar a las preguntas que este caballero capitán va a dirigirle.

—¿Cómo se llama usted?—dijo el fiscal.

—María de Elorza y Valcárcel.

—De, dee, dee—murmuró el general—. ¡Siempre los mismos humos aristocráticos!

—Se le acusa a usted de servir de intermediaria en la correspondencia entre el marqués de Revollar, ministro y consejero del Pretendiente, y el cabecilla don César Pardo, desterrado hace poco tiempo, por virtud de sentencia firme del Consejo de guerra, reunido en catorce de marzo. Además, se le acusa a usted de haber asistido y tomado parte en varias reuniones que los conspiradores de Nieva han celebrado con asistencia del mismo fugado cabecilla y de otros varios reos políticos. En estas reuniones usted ha usado de la palabra alentando a la rebelión y suministrando ideas para que lograse éxito feliz. Se dice que usted ha bordado el estandarte para los facciosos y que ha ocultado boinas y polainas en su casa y también que ha facilitado dinero a los conjurados...

El fiscal dejó de hablar. Hubo unos instantes de silencio. El general dijo con impaciencia:

—¡Vamos..., conteste usted! ¿Son ciertos los hechos de que se la acusa?

María, con la mirada serena, clavada en el rostro ceñudo del presidente, y con tono firme y reposado, respondió:

—Todo cuanto acaba de manifestar el señor fiscal es la pura verdad, y de ello me felicito ardientemente. Es verdad que he servido de intermediaria en la correspondencia entre mi noble tío el marqués de Revollar y el bravo don César Pardo (que Dios tenga en gloria). Es cierto que he asistido a reuniones donde se conspiraba contra el impío gobierno que hoy existe y que he procurado con mi torpe palabra alentar a los conjurados al combate, y es cierto igualmente que he bordado el estandarte y otras prendas para los defensores de la fe. También es verdad que les he facilitado el dinero que pude, pero no es exacto que haya ocultado solamente en casa de mi padre boinas y polainas; he ocultado también armas, fusiles con sus bayonetas y municiones.

Los oficiales del Consejo quedaron estupefactos. El mismo general, a pesar de su temperamento colérico, permaneció algunos instantes suspenso ante la audacia de aquella niña. Mas si la conociesen, como nosotros la conocemos, es bien seguro que no hallarían motivo para asombrarse tanto. La primogénita de la casa de Elorza había entrado en la conspiración carlista completamente persuadida de que realizaba una obra grata a los ojos de Dios y con el propósito firme de no retroceder ante ningún peligro. Su fe ardiente y todopoderosa buscaba los medios de servirle, y además el prurito de imitación de que ya hemos hecho mérito la impulsaba a remedar la conducta de aquellas santas vírgenes que desafiaron el poder de los más crueles tiranos y dieron ejemplo glorioso de constancia en tiempos de persecución. Sabía de memoria las vidas de Santa Leocadia, Santa Bárbara, Santa Julia, Santa Eulalia y otras ilustres mártires de la fe cristiana, y su firmeza era para ella un ejemplo y un incentivo más en el camino de santidad que había emprendido. Innumerables veces se había representado escenas de martirio de las cuales era protagonista y en las que siempre salía vencedora: bien así como muchos hombres aficionados a las peleas se imaginan luchar con una docena de campeones y hacerlos correr ignominiosamente, y otros enamorados de la oratoria se representan dirigiendo su voz a las muchedumbres, conmoviéndolas y arrastrándolas a su talante. ¡Con cuánta admiración había leído la fuga de la santa doncella de Mérida desde la casa de campo de sus padres hasta la ciudad, donde se presentó voluntariamente ante el gobernador Calfurniano a confesar su fe y a pedir el martirio! En el viaje que acababa de hacer desde Nieva había recordado muchas veces los detalles de aquella memorable fuga, queriendo hallar en él cierta analogía con el de la santa. Ahora que se veía en presencia de jueces severos y enojados, notaba aún más determinada la semejanza, lo cual alentábala no poco a persistir en su propósito de mantenerse firme ante el peligro.

El general, que no tenía noticias muy exactas de lo que había sucedido a Santa Eulalia con Calfurniano, creyó buenamente que aquella mocosa quería burlarse y exclamó dando un tremendo puñetazo sobre la mesa:

—Oiga usted, señorita, ¿sabe usted con quién está hablando? ¿Sabe usted que soy el gobernador militar de la provincia y que nunca he tenido afición muy decidida a las bromas? ¿Sabe usted a lo que se expone al querer burlarse del respetabilísimo consejo de guerra que en este momento presido? ¿Sabe usted que me están dando intenciones de mandarla a usted a la cárcel y encerrarla en un calabozo y tenerla allí a pan y agua hasta que se pudra?... ¿Lo sabe usted, eh?..., ¿lo sabe usted?... ¿Eh?..., ¿eh?...

—Sé perfectamente—repuso María en tono firme, aunque modesto—que estoy en presencia de un consejo de guerra; pero aunque me hallase frente a un batallón de soldados que me apuntasen con sus fusiles, diría lo mismo, sin quitar ni añadir una letra. No acostumbro a faltar a la verdad, y tratándose de actos que pueden prestar algún servicio a la causa de Dios sería indigna de llamarme cristiana si renegase de ellos en presencia de nadie.

—¿Y qué es lo que usted llama causa de Dios, bella señorita?—preguntó el general con aparente calma, mientras por sus ojos pasaban relámpagos de ira.

—Llamo causa de Dios a la que en estos momentos representa el rey legítimo y católico en torno del cual se agrupan todos los que se escandalizan de ver perseguida la religión y vejados sus ministros, los que lloran al leer las infames blasfemias proferidas en el Congreso y repetidas diariamente por los periódicos, los que no quieren ver entronizada la impiedad en España, la tierra católica por excelencia, favorecida siempre por Dios con una sola fe y un solo culto.

El general se puso más rojo que una guindilla; temblaron sus labios, agitados por la cólera; iba a proferir alguna gran atrocidad, pero al fin, dominándose, dijo enderezando sus palabras hacia el fiscal:

—Continúe usted el interrogatorio, señor capitán.

Primera vez en su vida que al general le quedó una barbaridad entre pecho y espalda. El fiscal, en quien tal vez por ser el más joven, la fuerza de atracción de los sexos no había perdido aún su influjo, prosiguió, dulcificando cada vez más la voz y la sonrisa que contraía su rostro:

—Bien; puesto que usted ha tenido la franqueza de confesar que ha intervenido en la conspiración, esperamos que siga siendo tan franca y nos declare todas las circunstancias de ella y los nombres de las personas que han tomado parte.

—¡Oh!, no..., eso no puede ser. Yo declaro y confieso mis actos, pero no puedo confesar los de los demás. Aunque ellos me otorgasen permiso, bien pueden ustedes estar seguros de que no lo haría, pues me parece pecado dar a los impíos armas para matar a los buenos cristianos...

—¡Esto ya no se puede sufrir!—vociferó el general montando en cólera—.Vamos a ver, señorita: ¿usted cree que yo no dispongo de medios para hacer que usted cante de plano? Diga usted prontito lo que sabe, pues de otro modo vamos a estar mal..., ¡vamos a estar maaaaal!...

—Señor presidente, me hallo resuelta a no decir una sola palabra que pueda comprometer a mis amigos los piadosos y leales defensores de la fe de Jesucristo. Haga usted de mí lo que quiera, en la inteligencia de que aceptaré con gusto cualquier ocasión de padecer algo por el que tanto padeció por nosotros.

—¡Rayo de Dios!—gritó el general, dando otro terrible puñetazo sobre la mesa—. ¡Esta chiquilla ha concluido con mi paciencia!... A ver, ordenanza, que conduzcan inmediatamente esta joven a la cárcel y la pongan incomunicada hasta nueva orden...

Los oficiales del consejo, comprendiendo que aquello era dar una campanada sin resultado alguno, se lo hicieron presente al gobernador en voz baja, y éste un poco calmado también lo comprendió.

—Tienen ustedes razón—dijo en voz alta—. Todas las noticias que esta chica puede dar las conocemos nosotros, y algunas más. No quiero que esos papeluchos carlistas digan que nos hemos ensañado con una mujer... Oiga usted, ordenanza, vea usted si anda por ahí el padre de esta joven y hágale usted entrar.

A los pocos instantes entró don Mariano.

—Me veo en el caso de decirle a usted, señor de Elorza—manifestó el general encarándose con él—, que tiene usted una niña muy mal educada, y que gracias a que no figura usted como carlista y a nuestra benevolencia, no adoptamos con ella las medidas de rigor que merece por su atrevimiento. Puede usted llevársela cuando quiera a casa, respondiéndonos antes de que no volverá a meterse directa ni indirectamente en conspiraciones o en cosa que lo valga..., ¿estamos?... Cuide usted más de ella si no quiere exponerse a disgustos mayores y no la deje andar tan suelta como hasta ahora.

Faltó poco para que don Mariano lo echase todo a rodar, lanzando algún insulto a la cara de aquel soldadote; pero las amarguras que desde la noche anterior venía padeciendo le tenían muy abatido. Por otra parte, temió comprometer gravemente la situación de su hija, y viéndola libre no quiso perderla de nuevo. Reservándose, pues, in pectore, para tiempos mejores el derecho de exigir al gobernador cumplida satisfacción de sus groseras palabras, dio la caución que se le pedía y salió inmediatamente de la sala y del cuartel con María, yendo a alojarse a casa de unos parientes. Por la tarde se trasladaron a Nieva, llegando a su casa cuando ya cerraba la noche.

XIV

PÁLIDA MORS

Cuando se detuvo el carruaje, don Mariano conoció en el rostro del criado que salió a abrir la portezuela que nada halagüeño había acaecido en su ausencia.

—¿La señora...?—preguntó con sobresalto.

—La señora se encuentra en cama.

—¡Oh, debía suponerlo!... ¡Cómo había de tener fuerzas la pobre para resistir este golpe!

Las caras de los otros servidores que halló al paso estaban de la misma suerte, graves y taciturnas, lo cual aumentó extraordinariamente su agitación. María le seguía. Cuando llegaron a la habitación de doña Gertrudis observaron que dentro había algunas personas, las cuales, al verlos, vinieron hacia ellos en ademán de detenerlos.

—Pero qué, ¿tan mala está?—exclamó el infeliz don Mariano con voz ronca y ya temblorosa.

—No está muy mal—dijo una señora oficiosa—, pero no conviene que ustedes entren así de golpe, porque una emoción fuerte le puede hacer daño. Ha tenido algunos ataques desde ayer noche y se encuentra bastante débil. Déjenme ustedes que la prepare.

La señora fue, en efecto, a decir a doña Gertrudis que su hija estaba libre y que no tardaría en llegar a Nieva.

—¡Mi hija está ahí!—gritó la enferma con maravilloso instinto de madre y de mujer histérica—. ¡Sí, está ahí!..., ¡la siento!..., ¡la estoy viendo!...; ¡ven, ven, hija mía!...

Y al mismo tiempo hizo un esfuerzo supremo para incorporarse. María entró en la alcoba, y poniéndose de rodillas al lado de la cama, besó respetuosamente las manos que su madre le tendía.

—Perdóname, mamá; perdóname el disgusto que te he dado... Te has puesto enferma por mi causa, pero el Señor querrá sanarte pronto...

—No, hija mía; no tengo de qué perdonarte; has hecho lo que Dios te ha ordenado. Me he puesto mala..., es verdad..., pero es porque no tengo tanta virtud como tú para sufrir los dolores que Dios nos envía... Tú eres una santa... Ya me pondré buena..., no pienses en mí... Lo que ahora me asusta es no haberme muerto viéndote marchar de aquel modo...., entre soldados... ¡Pobre hija mía!..., ven, dame un beso.

Cuando María entró en la alcoba estaban en ella Marta y Ricardo; la niña sentada cerca de la cabecera y Ricardo a los pies de la cama. El joven marqués, al saber en la Fábrica la prisión de María, había solicitado del coronel que se le relevase en la guardia aquella noche, y otorgada su petición, corrió a casa de Elorza cuando ya don Mariano y su hija estaban fuera del pueblo. Doña Gertrudis se hallaba padeciendo un ataque fortísimo, del cual se temió que no saliese. Volvió en sí, pero fue para caer en seguida en otro. ¡Qué noche tan angustiosa! Don Máximo y la señora de Ciudad se quedaron con la pobrecita Marta para velar a la enferma. Ricardo tampoco quiso dejar la casa. La niña, haciéndose cargo de que de su actitud dependían tal vez la salud y la vida de su madre, se mantuvo firme, no cesando de moverse en torno del lecho, entrando y saliendo en la alcoba centenares de veces. Apenas don Máximo emitía una orden, ya se estaba cumplimentando con admirable exactitud. Se agotaron multitud de remedios que exigían mucho esmero y cierta costumbre: sinapismos, sanguijuelas, fricciones en las sienes con varios líquidos, etcétera. Marta no consintió que ninguna criada pusiera la mano en su madre: todo lo hizo ella sin precipitación, sin ruido, como si en toda su vida no hubiese hecho otra cosa. En algunos momentos de respiro se sentaba al lado del lecho y contemplaba fijamente con ojos ansiosos el rostro de la enferma. La alcoba estaba débilmente esclarecida por un quinqué que ardía a media mecha en la sala. Un fuerte olor de drogas y medicinas partía de los frascos acumulados en la mesilla de noche; pero Marta no se mareaba con ningún olor, ¡tenía la cabeza firme!, y su salud, jamás alterada, era la envidia de todos los de casa. Ricardo también se sentaba a veces a los pies de la enferma. La niña apenas veía más que su silueta dibujada sobre el hueco claro de la puerta; pero esta silueta le causaba gran consuelo. Ya no estaba sola; Ricardo no era un extraño. Alguna vez, cuando la enferma pedía algo, los dos se levantaban presurosos a dárselo; mas al coger un frasco, si sus manos se tocaban, Marta retiraba la suya velozmente, como si hubiese tropezado con una víbora, y dejaba hacer a su amigo. Ambos guardaban silencio. Marta, olvidada de sí misma, no pensaba más que en su madre. Ricardo, más egoísta, pensaba en María. Toda el alma de la niña estaba pendiente del ser querido que respiraba agitadamente a su lado, y sin equivocarse un punto, con la exactitud de un cronómetro, contaba los latidos de su corazón y observaba los movimientos de su pecho. Don Máximo y la señora de Ciudad cuchicheaban en la sala como si se estuviesen confesando. La señora le explicaba al anciano médico el carácter y temperamento de cada una de sus hijas; la conversación era larga. En el espacio de nueve horas le dieron cuatro ataques intensos a la enferma, que la dejaron a tal punto postrada, que el médico temió seriamente un mal resultado. No obstante, después del cuarto, quedó relativamente bien, y pasó el día bastante tranquila. El peligro, a pesar de esto, aun continuaba.

Pasados los primeros momentos de efusión, María llamó a su hermana aparte, a un rincón de la sala.

—Oye, ¿mamá se ha confesado?

—No.

—¿Y por qué no has mandado llamar a un sacerdote?... ¿No veías que estaba en peligro?

La verdad era que Marta apenas se había acordado de tal cosa. Además, tenía mucho miedo de asustar a su madre, y que esto le hiciese daño. En el fondo también a ella le causaba gran terror aquella escena imponente y procuraba alejarla de su pensamiento. María la reprendió duramente su negligencia, haciéndole ver la terrible responsabilidad en que incurría si su madre hubiese muerto. Marta comprendió que tenía razón y bajó la cabeza. Enviose a llamar acto continuo al confesor de doña Gertrudis, y María se encargó de prepararla. ¡Caso raro! Doña Gertrudis, que durante su vida había pedido infinitas veces que le trajesen un confesor, sintiose sobrecogida, llena de espanto, cuando su hija le manifestó que debía disponerse. Quizá consistiera en que cuando ella lo pedía abrigaba el convencimiento de que no había peligro de muerte, mientras que ahora comprendía que las cosas se habían puesto verdaderamente graves. De todos modos, las palabras de su hija le causaron profunda impresión, y resistiose cuanto pudo a recibir al cura, pretextando que se sentía mejor; que cuando hubiese peligro ya lo llamaría ella misma... María se opuso a esta dilación y se vio en la dura necesidad de manifestar claramente a la enferma la gravedad de su estado. Doña Gertrudis se sometió, reflejando en el rostro gran abatimiento.

Cuando llegó el sacerdote dejáronla sola con él, y salieron todos de la sala. Marta se fue a llorar a su cuarto para no entristecer a su padre. Este hizo lo mismo para no asustar a sus hijas. María aguardaba a la puerta la señal de haberse terminado el piadoso acto. Al fin, el cura abrió la sala, y con la máscara de tristeza que necesitan ponerse todos los que presencian diariamente escenas de muerte, bajo la cual se oculta una indiferencia que es lógica consecuencia de tal costumbre, dijo a los que aguardaban:

—Pasen ustedes; ya hemos concluido.

—¿Qué tal?—preguntaron.

—Bien..., bien..., bien... La pobrecita se encuentra tranquila... Yo creo que el recibir a su Divina Majestad le vendrá bien, lo mismo para el alma que para el cuerpo.

—Es verdad..., tiene usted razón, señor cura—dijeron algunas señoras.

—He visto en mi familia un caso muy notable de lo que puede la fe—manifestó una de ellas—. Mi tío Pepe se encontraba enfermo del pecho; tísico confirmado. Le habían visto una infinidad de médicos y había tomado más medicamentos que puede llevar un carro. Pues bien, a él se le antojó que mientras no se dispusiese a bien morir no sanaría. Hizo llamar al cura, se confesó, recibió el Viático y hasta se empeñó en que le pusieran la Extremaunción... Pues desde entonces, yo no sé lo que fue, pero es lo cierto que quedó más tranquilo y empezó a mejorar..., a mejorar..., a mejorar..., en fin, hasta ponerse como ustedes le ven ahora.

Las demás mujeres confirmaron esta opinión. Cada cual contó su caso en apoyo de ella y el cura resumió todos los turnos manifestando que nada tenían de particular aquellos milagrosos efectos, dada la presencia en el cuerpo del enfermo del Señor de cielos y tierra, en cuyas manos está la salud de todos los mortales.

A las diez de la noche trajeron el Viático a doña Gertrudis con todo el aparato que merecía tan solemne acto. La casa de Elorza se pobló de caras extrañas. Una muchedumbre, compuesta en su mayoría de gente artesana, invadió la escalera, los pasillos y hasta la habitación de la enferma, con hachas de cera en las manos. El cura, con el monaguillo delante y la sagrada bolsa colgada sobre el pecho, atravesó por el medio y se introdujo en la alcoba. Don Mariano había huido a esconderse. María, con un libro devoto en la mano, leía a su madre las oraciones que suelen decirse antes de la comunión. Marta estaba arrimada a la pared, lívida, desencajada, mirando la augusta ceremonia cual si tuviese delante alguna terrible visión. Una de las mujeres que penetraron en el cuarto le alargó un hacha encendida y ella la tomó sin saber lo que hacía. Cuando el sacerdote mostró la Sagrada Partícula hubo necesidad de advertirle que se arrodillase. La escena era triste e imponente para cualquiera, cuanto más para una hija. Las luces de cera chisporroteaban lúgubremente en el silencio de la alcoba y arrojaban trémulos y amarillos reflejos a las paredes. La voz del cura al levantar la Hostia era aún más lúgubre que el chisporroteo de las hachas. La enferma, desmejorada por la enfermedad, se había puesto terriblemente pálida por la emoción: se incorporó lo que pudo y sostenida por María, con las manos cruzadas sobre el pecho, abrió la boca para recibir el Cuerpo de Jesucristo. Después los circunstantes se fueron retirando lentamente y en la escalera se oyó el repique vibrante de la campanilla del sacristán anunciando que el Señor se alejaba de la casa. Quedaron solamente los íntimos. Un grupo de señoras invadió el cuarto de la enferma para felicitarla y enterarse de su estado. Doña Gertrudis dijo que se hallaba más tranquila, y apretando la mano a su hija María le dio las gracias por haberle procurado la dicha de comulgar. Era de esperar la mejoría. Todas las señoras la encontraban muy natural y aseguraron a la enferma que no tardaría en ponerse buena.

—Dios todo lo puede, doña Gertrudis. Cuando se tienen arregladas las cuentas con el Señor, no hay miedo que suceda nada malo. Nada; eso no es nada, señora. Ya verá usted cómo se cura en seguida.

—Yo tengo ofrecida una misa al Santo Cristo de Tunes para el día en que la señora se levante—dijo Genoveva, la doncella de María.

—Mujer, ¿por qué no la has ofrecido al Eccehomo de la Merced?—preguntó con sorpresa una vieja planchadora de la casa, que siempre había encendido la lámpara del dicho Eccehomo y cuidaba del aseo de su capilla, llegando a considerarla como propia.

—¡Ay, mujer!, porque el Santo Cristo de Tunes es más milagroso.

—¡Serán cuernos para él!—exclamó vivamente y con ojos iracundos la planchadora.

Prodújose un furioso altercado entre ambas, hasta que María, escandalizada, les hizo callar, advirtiéndoles que el de Tunes y el de la Merced eran un mismo Señor, aunque cada cristiano era libre para tener más fe en la imagen que quisiera.

Por último, se fueron retirando las señoras, quedando solamente dos, la viuda de Delgado y una de sus hermanas, a pasar la noche con las niñas. Don Máximo se fue a descansar un rato, prometiendo venir pronto. El confesor no quiso dejar la casa porque no encontraba nada bien a su penitente, y se tumbó en un sofá. Ricardo también continuaba allí.

A las dos acaeció lo que don Máximo temía. Repitiose el ataque, y por desgracia con tal violencia que faltó poco para que la infeliz señora se quedase en él. Marta, con el peligro, recobró la actividad que había perdido ante la lúgubre ceremonia de la comunión; preparó todos los medicamentos, dio fricciones con un cepillo a la enferma en los pies, la sostuvo incorporada largo rato para que no se sofocase y ejecutó cuanto don Máximo había prescrito en los casos anteriores. Todos los que tocaban a doña Gertrudis le hacían daño; sólo las suaves manos de Martita tenían el privilegio de moverla a un lado y a otro y colocarla en las posturas más cómodas sin causarle dolor. Por fin se consiguió que la enferma volviese en sí y hablase; pero don Máximo al llegar, llamado apresuradamente por los criados, halló el pulso tan débil que no pudo reprimir un leve gesto de susto. Marta sorprendió aquel gesto, y llamándole a solas al pasillo se abrazó a él sollozando:

—¡Don Máximo de mi vida, por Dios, cure usted a mi madre!... ¡Sí; mi madre se muere..., sí..., se muere!... Yo le he visto a usted hacer un gesto...

—No llores, chiquita—dijo el anciano médico apretándole la cabeza contra su pecho—; no hay motivo aun para alarmarse... Yo haré lo que pueda y más de lo que pueda para salvarla.

—¡Sí, sí, don Máximo..., hágalo usted por cuanto más ame en este mundo!..., ¡por la memoria de su esposa, a quien usted quería tanto!

—Nada, déjate de llorar ahora; lo que importa es que vayas a darle la cucharada de quinina a tu mamá. Después le pondremos un reparo sobre el estómago.

El bueno de don Máximo procuró consolar a la niña, ocultándole el funesto presentimiento que abrigaba y se puso a dictar las medidas que su pobre ciencia cuanto rico deseo le sugerían. Pero no logró detener la marcha presurosa de la muerte, que a carrera desatada se venía hacia el lecho de la pobre señora. A las cuatro de la mañana observaron que hablaba con más dificultad; la pronunciación era arrastrada y un poco estropajosa. Casi todas sus palabras se dirigían a María, preguntándole y haciéndole repetir infinitas veces los sucesos de la noche anterior, prodigándole elogios desmesurados por su fortaleza y felicitándose de tener una hija tan buena.

—Hija mía..., pide a Dios por mi salud. Dios no puede... negarte nada.

María, comprendiendo que su madre se moría, repuso:

—Mamá, lo que más importa es la salud del alma... Si Dios quiere llevarte, que te sorprenda en su santa gracia...

—¿Pero... me muero..., hija mía?

—Dios solamente puede decirlo... ¿Quieres que entre el señor cura para reconciliarte?

—Sí..., que entre..., hija mía..., que entre...

El cura entró y estuvo unos instantes a solas con la enferma. Las personas que había en la sala guardaban triste silencio. Don Mariano, reclinado en un sofá, con la mejilla apoyada en una mano, cerraba los ojos, dando señales de profundo abatimiento. Después que el cura hubo terminado, volvieron a entrar Marta, María, Ricardo y don Máximo. El estado de doña Gertrudis iba siendo cada vez más grave. Empezó a manifestarse en ella una inquietud de mal agüero: movía la cabeza de un lado y de otro como si no hallase sitio donde colocarla, como si buscase ya la almohada donde había de reposar eternamente. Las manos vacilantes tomaban y soltaban las ropas del lecho incesantemente, mientras sus ojos también rodaban sin parada por las órbitas, clavándolos de vez en cuando en el techo de la estancia. Parecía que no encontraba persona en quien fijarlos. Al poco rato, Martita advirtió que tenía las manos frías y lo manifestó en voz alta, de un modo sencillo, sin comprender la infeliz lo que aquello significaba. Don Máximo volvió la cabeza para ocultar la emoción. El sacerdote dejola caer sobre el pecho.

—Me encuentro... muy bien... ahora—dijo a María llevando la mano de ésta a los labios—. En cuanto sane..., iremos las dos... a Lourdes..., ¿no es... verdad?... Es muy... bonito... aquello..., muy bonito..., muy bonito... ¡Si supieras... lo que estoy... viendo ahora!... La Virgen... la Virgen que viene... rodeada de estrellas... Ponedme... el vestido de terciopelo... para recibirla... Vamos..., pronto, pronto... ¿No veis que ya entra... por la puerta?... ¡Ay qué pesados!... Buenos días, señora... Tengo una hija que se... parece mucho a vos... Tiene el pelo rubio y los ojos azules..., ¡muy hermosos!..., ¡muy hermosos!

Un leve ronquido empezó a salir de la garganta de la enferma, que exhalaba más que profería las anteriores palabras: era un ronquido seco y agudo que se fue señalando cada vez más. El confesor, al oírlo, hizo una seña a María y ésta tomó rápidamente un Cristo de plata que colgaba de la pared, y lo puso en las manos de su madre, diciéndole:

—Mamá, acuérdate de Dios... Acuérdate de lo que padeció este Divino Señor por nosotros...

—Yo... no me muero—dijo la enferma.

—Sí, mamá... sí..., te mueres—repuso la joven con el rostro encendido, llena de sobresalto y congoja, temiendo que no estuviese bien preparada—. Arrepiéntete de los pecados que hayas cometido... ¿No es verdad que te arrepientes y pides perdón de ellos al Señor?...

—Sí..., sí—murmuró la enferma.

—Diga usted conmigo el credo—manifestó el confesor tomando un tono más solemne—. Creo en Dios Padre..., todopoderoso..., creador de cielo... y de la tierra.

Doña Gertrudis repetía borrosamente las palabras del cura, y como si no se fijase en lo que hacía. Miraba al techo con singular insistencia, mientras las facciones de su rostro se descomponían precipitadamente. Un círculo azulado se iba dibujando en torno de los ojos, y la nariz se afilaba de modo extraño. Cuando el cura hubo terminado, volvió de nuevo a dirigir la palabra a María.

—La verdad... es... que no tengo sombrero... para hacer... el viaje a Lourdes... Los que tengo... son... muy antiguos... Hazme el favor... de escribir... a Luisa... y que me envíe... uno, de novedad... Tú también... necesitas un vestido... Encárgalo..., hija mía..., encárgalo.

—Mamá, deja las vanidades del mundo... Acuérdate de Dios... Mira que vas a comparecer muy pronto a su presencia...

—No..., no..., yo no me muero...

—¡Ay mamá, por la Virgen Santísima te pido que pienses en que vas a morir!... ¡Piensa en tu salvación!

—Ya pienso..., sí..., ya pienso—dijo la enferma maquinalmente.

El cura se puso a rezar por un libro la recomendación del alma en latín. Todos se arrodillaron. Entonces la moribunda preguntó levantando un poco la cabeza:

—¿Por qué os arrodilláis todos?

—Para encomendarte a Dios, mamá—repuso María.

Y levantándose y acercando el rostro al de su madre, siguió en voz baja:

—Di conmigo, mamá: Jesús...

La madre replicó torpemente:

—Jesús.

—Jesús mío.

—Jesús mío.

—Por vuestra sacratísima pasión.

—Por vuestra sacratísima... pasión.

—Por los innumerables dolores que habéis sufrido...

—Por los... innumerables.... dolores...

—Que habéis sufrido—repitió María.

—Que... habéis sufrido...

—Perdonadme mis pecados.

—Perdonadme... mis pecados.

—Y salvad mi alma.

—¡Quita, quita!—dijo la moribunda separando con mano vacilante a su hija—. No; yo no me muero..., estoy buena... Ven acá, Martita... ¿No es verdad... que no me muero..., hija mía?

—No, mamá—respondió la niña apretándole las manos—, no te apures, mamita, no... Te has de poner buena pronto y saldremos a dar nuestros paseos en carruaje como antes... Ahora el tiempo está bueno...

—Sí, hermosa, sí..., saldremos... Mira..., incorpórame... un poco... Estoy mal en esta postura.

Marta fue a incorporarla; pero al hacerlo, los ojos de su madre se clavaron en ella, fijos, inmóviles, terribles. Aquella mirada penetró hasta lo más hondo del corazón de la pobre niña, y dando un grito espantoso, desgarrador, la dejó caer sobre la almohada. La cabeza de la señora de Elorza se desplomó como si estuviese descoyuntada, con la boca entreabierta y los labios rígidos. Y aun desde la almohada siguió dirigiendo a su hija, con sus grandes ojos vidriados, la misma fija y aterradora mirada.

—¡Madre de mi alma!—gritó la niña abrazándose inmediatamente a ella—. ¡No me mires así, por Dios!... ¡Mamita mía, no me mires así! ¡Ay, no me mires así!... ¡Ay por Dios, que me das miedo!... ¡Mamita, mamita!... ¡Ay, Dios mío! ¿Qué es esto?

Don Mariano, que al oír el grito se había precipitado en la alcoba, el rostro encendido y los cabellos erizados, quiso separar a su hija del cadáver.

—¡Sepárate, hija del alma, ya no tienes madre!

—Sí la tengo..., sí..., ¡aquí está!... ¡Mamá..., mamita!... ¿No es verdad que estás aquí?... ¡Responde!, ¡habla!... ¡Dame un beso, por Dios, mamita!... ¡Déjame, papá!... Déjame..., ahora me lo va a dar... ¡Espera un poco, por Dios!... ¡Déjame, papá del alma!... ¡Déjame que me dé un beso!...

La niña se había abrazado con fuerza incomprensible al cadáver de su madre y lo cubría de vivos y sonoros besos. Don Mariano, exaltado de un modo terrible, casi loco, tiraba de ella brutalmente, como si de arrancarla de aquel sitio dependiese la salvación de todos. María, de rodillas en un rincón del cuarto, elevaba los ojos y las manos al cielo, pidiendo la gloria eterna para la difunta.

Al fin, consiguieron arrancar a Marta de allí, trasladándola a otra habitación. Sin saber lo que hacían, le causaron un gran daño. La infeliz no había desahogado bastante su dolor. Con la emoción se le habían cortado las lágrimas y no volvieron a aparecer. Pálida, completamente demudada, los ojos fijos en el vacío, ni escuchaba lo que le decían ni quería tomar nada de lo que le daban para calmarla. No hacía otra cosa que repetir sin cesar en voz baja y enronquecida:

—Mamá..., mamá..., mamá...

El cura se acercó a ella y le dijo:

—Hija mía, cálmate, cálmate. Esta es una prueba que Dios te envía para que demuestres tu resignación. Lejos de rebelarte contra su voluntad, debes darle las gracias porque se ha acordado de ti.

—¡No diga usted necedades, hombre de Dios!—exclamó la niña con voz colérica y arrojando sobre él una mirada de desprecio—. ¿Me ha de querer Dios por llevarme a mi madre?... ¡Pues tiene gracia el cariño!... ¡Tiene gracia el cariño!... ¡Tiene gracia el cariño!...

Y estuvo repitiendo la misma frase algún tiempo con acento irritado. Cuando se hubo calmado un poco, el sacerdote volvió a decirle:

—Hija mía, debieras tomar ejemplo de tu hermana, que sintiendo su desgracia tanto como tú, está dando pruebas de resignación y fortaleza cristianas. Ella no se rebela; acata los designios del Altísimo y contribuye con sus oraciones al mayor bien y gloria de la que acaba de expirar.

Marta comprendió que el sacerdote tenía razón. Se arrepintió de su cólera y bajó la cabeza murmurando:

—¡Oh, mi hermana es una santa!

—Tú también puedes serlo, hija mía. El camino de la perfección está abierto para todo el que quiera seguirlo...

La niña recibió los consuelos del sacerdote y los de las demás personas que la acompañaban, sin contestar ya una palabra. Continuaba del mismo modo pálida, descompuesta, los ojos fijos y sin mover un dedo siquiera. Aquella inmovilidad llegó a inspirar temor, y fueron a avisar a su padre. Al entrar don Mariano en la habitación, Martita sintió una sacudida, y levantándose de pronto arrojose en sus brazos sollozando fuertemente. Estaba salvada.

Los amigos de la casa lograron a fuerza de instancias que don Mariano y Martita se retirasen a descansar unos instantes, mientras ellos se pusieron a dictar las medidas oportunas para la conducción del cadáver y funeral. María seguía orando en el cuarto de su madre. Las luces pálidas de la aurora sorprendiéronla todavía de rodillas con la mirada puesta en el cielo. Las hachas de cera, que ella misma había cuidado de colocar en torno del lecho mortuorio, ardían melancólicamente, rompiendo con su cruda luz amarilla la tibia claridad que envolvía la estancia. Nadie osaba distraerla de su devota meditación. Los que penetraban en la sala y la veían en aquella actitud murmuraban entre sí palabras de sorpresa y se retiraban silenciosamente, conmovidos y admirados.

Por fin, toda la gente de fuera se fue retirando, y la misma María se encerró en su cuarto a descansar, que harto lo necesitaba después de la amarga serie de peripecias y los grandes trabajos que había padecido en el espacio de algunas horas. A la del mediodía, reuniéronse en el comedor el padre y sus dos hijas, para dar comienzo a la triste comida, que todos los que hayan experimentado una desgracia de familia recordarán con horror; comida en que las lágrimas se mezclan a los manjares y los sollozos llenan los largos intervalos de silencio. En esta primera refacción apenas se habla. Ninguno se atreve a levantar los ojos para no encontrarse con los de los demás, y tan sólo se dirigen miradas furtivas y dolorosas al sitio que el ser que acaba de huir de este mundo para siempre ha dejado vacío. Los manjares se tragan maquinalmente, sin gustarlos, y el pañuelo va más veces a los ojos que la servilleta a los labios. El choque de la vajilla hiere cruelmente los oídos y las escasas palabras que se cambian salen temblorosas y sin aliento de los labios. El espíritu protesta sordamente contra aquella brutal necesidad que el cuerpo le impone y que le obliga a detener para un acto tan miserable la expresión de su acerbo dolor y el curso de sus melancólicos pensamientos.

Levantáronse de la mesa con el mismo silencio. María tornó a encerrarse en su cuarto. D. Mariano acompañado de Martita se fue también al suyo. Ambos se sentaron en un sofá y se mantuvieron estrechamente abrazados una gran parte de la tarde. Las caricias que mutuamente se prodigaban iban convirtiendo su dolor desesperado en un sentimiento tiernísimo que se deshacía en llanto. Alternativamente se consolaban. La niña aseguraba que desde el cielo su madre velaría por todos y prometía ser buena siempre y juiciosa y no dar ningún disgusto a su padre. Éste la apretaba contra su corazón y bendecía a su mujer por haberle dado unas hijas tan buenas y hermosas. Cuando llegó un criado a avisarles que había señoras de visita, sintieron malestar inconcebible, una impresión desagradable, como si les sacasen de aquel dolor melancólico y tierno para hundirlos otra vez en la desesperación.

Don Mariano adivinó el motivo de aquella visita. Se quería distraerlos para que no percibiese el ruido que habían de hacer los hombres al sacar el cadáver de casa. Y en efecto, un grupo de señoras y algunos caballeros procuraron con repetidas instancias llevarlos a las habitaciones interiores; pero fueron inútiles sus gestiones por lo que se refiere a don Mariano: antes rogó encarecidamente a sus amigos, y en tono que no daba lugar a réplica, que le dejasen solo, como así lo hicieron, llevándose consigo a Martita.

A solas con el dolor, el señor de Elorza sintió más vivo su desconsuelo y más profunda su desgracia. En la juventud apenas hay una que no sea reparable. Las pasiones, los sentimientos son más intensos, pero también más fugaces. Se vive de lo porvenir, y al través de las más negras y furiosas borrascas, nunca deja de lucir algún punto luminoso que nos promete consuelo. Mas en la edad en que se hallaba nuestro caballero no existe la esperanza, no existe lo porvenir. Cada desgracia que se experimenta es un nuevo dolor que viene a agregarse a los pasados, esperando los que llegarán más tarde. Los afectos mueren, como los cabellos caen, no encuentran substitución. Don Mariano, con los ojos cerrados y la cabeza tristemente doblada sobre el pecho, dejó volar el pensamiento por todos los sucesos de su ya larga existencia, y en todos ellos, prósperos o desdichados, veía la imagen de su esposa, de la inseparable compañera de su vida. La veía despertando en su corazón juvenil una pasión tierna y ardorosa a la vez; bella y pura como un querubín, con el rostro fino y ovalado y ojos azules que le miraban con amor.

Recordaba perfectamente las pocas veces que de novio se había enfadado con ella y la ninguna razón que le asistía en casi todas. ¡Gertrudis tenía un genio tan apacible y un carácter tan débil! Siempre concluía por hacerla llorar. La veía el día de su matrimonio, vestida con su traje de raso negro (estaba aún de luto por su padre el marqués de Revollar), sobre el cual la blancura de su tez y el oro de sus cabellos resaltaban de un modo deslumbrador. Cierto personaje de Madrid que había asistido a la boda, le dijo llevándole a un rincón de la sala: «Elorza, se casa usted con una de las mujeres más hermosas de España; se lo digo yo, que he visto muchas en mi vida.» El mismo día se habían ido a viajar por los países extranjeros. Recordaba, como si aun la estuviese sintiendo, la impresión embriagadora, inefable, tal vez la más dulce y dichosa de la existencia, que le produjo el hallarse repentinamente a solas con su amada, cuando el cochero dio un latigazo a los caballos y oyeron los adioses de los deudos y amigos que los despedían a la puerta del palacio de Revollar. Todas las peripecias encantadoras de aquel viaje estaban clavadas en la memoria del señor de Elorza. Después, recordaba la extraña sensación de placer y sobresalto que experimentó al tener el primer hijo y la impresión deliciosamente cruel que su mujer le causó teniéndole fuertemente asido, sin querer soltarle, en aquellos momentos de angustia. Pero ¡ay!, al poco tiempo la pobre Gertrudis se puso enferma y nunca más volvió a recobrar una salud perfecta. A pesar de esto jamás se había entibiado su amor. Él la cuidaba con esmero, procurando por cuantos medios estaban en su mano hacerle más llevaderos los dolores, y ella agradecía sus sacrificios viendo en él una Providencia que se los mitigaba con sus caricias. Después de transcurridos muchos años y cuando ya nadie hacía caso de los males de la buena señora, todavía don Mariano era quien más la compadecía aunque fingiese mirar sus achaques con desdén. Ella lo comprendía perfectamente y le seguía reservando en su corazón el mismo puesto privilegiado que en la juventud. La armonía de sentimientos generosos y tiernos en ambos, el cariño que tenían depositado en sus hijas, la profunda estimación que se profesaban y el recuerdo, siempre presente, de sus apasionados amores, habían compenetrado de tal suerte su existencia que ninguno de los dos la comprendía sin tener el otro a su lado. Era la unión íntima perfecta y absoluta ordenada por Dios, y que los hombres pocas veces obedecen.

Un rumor triste, fatídico, que escuchó detrás de las paredes de su cuarto, le hizo levantar la cabeza y clavar los ojos atónitos en el vacío. Sí; no cabía duda; se la llevaban, se la llevaban. Don Mariano se arrojó de bruces sobre el sofá y hundió el rostro en los almohadones para reprimir los gritos.

—¡Esposa mía! ¡Esposa de mi alma!... Te llevan..., te llevan para siempre... ¡Ay, qué horror!...

Y las lágrimas del buen caballero se filtraban por el tejido del damasco y su atlética figura se agitaba convulsivamente a impulsos de los gemidos. Después sintió una gran curiosidad, una de esas terribles curiosidades que suelen fascinar en tales momentos y dejar señal indeleble en la memoria del que las ha satisfecho. Atendió con cuidado y no tardó en escuchar el sordo rumor de la muchedumbre y más tarde el canto fúnebre, desgarrador de los clérigos, casi debajo de los balcones. Entonces se levantó velozmente y alzó con discreción una de las cortinas. Y vio el ataúd, el ataúd negro y dorado flotando como una barca sobre la muchedumbre. El cielo estaba nublado y tenía un color gris que sombreaba la gran plaza de Nieva. Las olas de la multitud se extendían por todo su ámbito con vaivén acompasado. Y la barca se alejaba, se alejaba llevándose para siempre su tesoro, precedida de una gran cruz de plata en medio de dos cirios encendidos.

Dejó caer la cortina y arrojose de nuevo sobre el sofá, murmurando palabras incoherentes. No supo el tiempo que estuvo así. La luz también fue huyendo, dejando el cuarto en la sombra, y todo quedó en silencio... Todo, menos su pensamiento, que le hablaba sin cesar, y el pecho, que se rompía en sollozos.

Y así estuvo mucho tiempo, mucho tiempo. Al cabo notó que la puerta del cuarto se abría suavemente. Volvió la cabeza y vio a su hija María, que vino a sentarse silenciosamente a su lado. Pero él, como si presintiera un nuevo dolor, no le preguntó nada, no le dijo nada. Contentose con apretarle la mano y cerró de nuevo los ojos.

—Papá—pronunció la joven después de largo rato de silencio—, hemos padecido una desgracia inmensa, una de esas desgracias que hacen levantar los ojos al cielo hasta a los más descreídos en demanda de consuelo. Sólo Dios tiene la clave de ellas, conoce su porqué y sabe enderezarlas a un resultado ventajoso para nosotros. Esta desgracia me ha afianzado en una resolución que hace ya algún tiempo tenía tomada: la de consagrarme a Dios para siempre... Conozco por mil señales que Él me llama, y sería en verdad muy ingrata si no atendiese a su llamamiento... Yo no sirvo para el mundo... Todas sus diversiones me causan tedio; así, pues, no hago ningún sacrificio encerrándome en un convento... Además, desde allí puedo mejor pedir por vosotros y seros más útil que aquí... La idea de matrimonio, que tú me has insinuado, repugna a mi corazón, en el cual ha echado por fortuna raíces otro amor más puro, que es inmortal... Esta resolución no debe cogerte de sorpresa... Yo creo que no debes sentirla... En este momento solemne en que la desgracia pesa sobre ti tal vez te servirá de consuelo el saber que vas a tener una hija asegurada de todo engaño, de toda traición, que vive feliz sirviendo a su Dios y pidiendo por vosotros...

María había hablado deteniéndose a menudo como si esperase que su padre la interrumpiera. Pero concluyó y aun transcurrió un largo intervalo de silencio sin que aquél se acordase de despegar los labios. Al fin la joven le preguntó tímidamente:

—¿No me dices nada, papá?

—Nada—repuso éste sin mirarla.

—¿Pero me das tu consentimiento para poner por obra mi propósito?

—Sí.

—¡Oh, ya lo sabía!... Tú eres muy bueno... y bastante piadoso... Tú no eres como otros padres ciegos que prefieren entregar sus hijas a los peligros del mundo a dejarlas para siempre esclavas de Señor, recogidas en una santa casa... Gracias, papá, gracias... Yo temía, la verdad, temía que no te pareciese bien mi resolución... Pero Dios te ha tocado en el corazón... Ahora te dejo... me está esperando Marta... Adiós, papá... déjame darte un beso... Adiós.

Y la puerta tornó a abrirse y cerrarse suavemente. El señor de Elorza continuó inmóvil, en la misma postura que le había dejado su hija, sentado, con las manos enlazadas y la cabeza inclinada sobre el pecho.

El cuarto quedó en tinieblas. Los ruidos de lo exterior se fueron apagando lentamente. Un dolor inmenso, agudo, cruel palpitaba sólo en aquella estancia, y unos ojos fijos, atónitos, sin lágrimas, reflejaban los átomos de claridad que aún vagaban perdidos por el ambiente.

¿Cuánto tempo permaneció así?

Los pajarillos que vinieron a posarse a la madrugada sobre los hierros de los balcones acaso pudieran dar respuesta. Pero la palidez de unas mejillas, el lívido círculo que rodeaba ciertos ojos y las profundas arrugas que surcaban una frente la daban, sin duda, más exacta.

XV

GOCÉMONOS, AMADO

En la pequeña y linda iglesia de las monjas Bernardas de Nieva había gran movimiento. El sacristán, ayudado de tres monagos, las dos demandaderas de convento y un marica de la población, célebre por su pericia en vestir los santos, armaban un trajín insoportable sacudiendo con zorros y plumeros los retablos de los altares. No tenían escrúpulo en colocarse de pie sobre ellos y hasta encaramarse sobre los mismos santos, cuando así lo requería la necesidad de quitar el polvo a alguna moldura o poner un cirio en el paraje designado. La madre abadesa desde el coro, con la frente pegada a las rejas, dictaba sus órdenes como un general en jefe, con vececita delgada y áspera.

Aquí un candelabro; allá un ramo de flores; subir un poco más esa lámpara; poner derecha la corona a esa Virgen...

En lo interior del convento también reinaba agitación. Un grupo de monjas contemplaba, desde la puerta de una celda, cómo otra compañera daba la última mano al pobre lecho que estaba arreglando, después de haber colgado el crucifijo reglamentario sobre la cabecera. Una gran bandeja de plata descansaba sobre la mesa, también reglamentaria, de pino. Cuando la monja dejó lista la cama, salió de la celda, dirigiendo breves palabras a las otras al pasar. Después volvió con un lío de ropa en la mano, que todas se apresuraron a tomar en las suyas abriéndolo, extendiéndolo y dándole mil vueltas. Era un hábito completo de novicia; la túnica de franela blanca, la toca de lienzo, los zapatos, el rosario, la cruz de bronce, etc. Las monjas contemplaba con afán cada uno de los objetos como si se tratase de algo que jamás hubiesen visto, emitiendo en voz baja muchas y diversas opiniones.

—¡Ay! este rosario me parece que tiene las cuentas más gordas.—No, hermana, tome el suyo y verá cómo son iguales.—Voy a ver por gusto... Es verdad, son iguales..., ¡qué tonta!—La franela está demasiado tiesa.—Es que no la han mojado bien.—La toca está planchada.—¡Jesús mío, qué puntadas!... ¡Esto no es coser, es hilvanar!...—¿Quién ha hecho esta túnica?—La hermana Isabel.—¡Pues se ha lucido!—No diga eso, hermana, que tal vez ella lo haría peor.—¡Yo, peor!... ¡Anda, anda! Nunca en mi vida hice una chapucería semejante.—¡Cuántas habrá hecho, hermana!—¡Nunca, nunca!—repitió la monja en tono colérico—. A los siete años ya sabía yo coser mejor.

En aquel momento apareció la superiora en el pasillo. La monja que había reprendido a su compañera se destacó del grupo para decirle:

—Madre, la hermana Luisa acaba de jactarse de coser mejor que la hermana Isabel y se ha impacientado mucho porque le dije que no debía hacerlo.

—¿Es verdad, hija mía?—preguntó en tono severo la superiora.

La hermana Luisa bajó la cabeza.

La superiora meditó unos instantes; después le dijo:

—Hija, ya tiene bien sabido que aquí nadie debe jactarse de hacer nada mejor que otra... Debes creerte la última, porque acaso lo serás... Hace tiempo que vienes siendo poco humilde y es necesario que empecemos a corregirte ese vicio... Por lo pronto, ve a pedir perdón a la hermana Isabel de tu falta y en seguida enciérrate en la celda a rezar un rosario a la Virgen... Después, cuando esté en el locutorio con la novicia, te presentarás allí y te pondrás de rodillas para que la gente vea que estás castigada.

La hermana Luisa inclinó aún más la cabeza y se alejó con paso precipitado. La monja triunfante sonrió con el borde de los labios.

A la misma hora los criados de la casa de Elorza iban y venían de un lado a otro con diversos objetos en la mano. Pedro, el viejo cochero, daba cera a la carretela de lujo, mientras dos mozos de cuadra limpiaban los caballos. Martín, el cocinero, preparaba un espléndido refresco. Las doncellas subían y bajaban desde el piso principal al cuarto de la señorita María, que estaba lleno de gente, a pesar de no haber aún sonado las diez de la mañana. Las quince o veinte damas, que apenas podían revolverse en aquel sitio, hablaban a un tiempo, como es natural, haciendo de aquel silencioso y elegante retiro un insufrible gallinero.

De pie, en medio de él, se hallaba la primogénita del señor de Elorza, a medio vestir, y en torno suyo unas cuantas señoras, algunas de ellas de rodillas, que la estaban aderezando lo mismo que si fuese una Virgen de madera. Reinaba gran emoción en todas. Ya le habían puesto un precioso vestido de raso blanco guarnecido por delante desde el pecho hasta los pies con una franja de azahar. Una la estaba calzando en aquel momento con diminutos y elegantísimos zapatos de la misma tela, mientras otra cosía precipitadamente algunas flores que se le habían caído. Por la parte de arriba le estaban poniendo una guirnalda de azahar en la cabeza: había gran marejada con tal motivo. Amparito Ciudad sostenía que la guirnalda era demasiado grande y que no dejaba ver bien el hermoso cabello de su amiga, mientras las demás creían que no había necesidad de aligerarla. Después de vivo altercado se convino en adoptar un término medio, quitando algunas florecitas a la guirnalda, aunque pocas. Se oían frecuentes exclamaciones de las que no tomaban parte en el tocado.

—¡Ay, qué valor se necesita, Dios mío!

—¡Esta sí que es verdadera vocación!... ¡Una chica tan joven y tan guapa!

—No se habla de otra cosa en la villa... ¡Todo el mundo anda revuelto con el dichoso monjío!

—¡Dichosa ella, querida! Yo no sé si tendré valor para ver la ceremonia.

—Pues yo, aunque me cueste una enfermedad, la he de ver.

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