D. ARMANDO PALACIO VALDÉS (continued 2)
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Genoveva fue a la sacristía a preguntar a Fray Ignacio si podía confesar a su señorita. Ésta quedó hincada de rodillas al lado del confesonario esperando al sacerdote. Experimentaba cierta impaciencia medrosa; un poco de temor mezclado de ansiedad y deseo. El templo exhalaba un olor confuso de humedad y polvo, de cirios apagados y flores ajadas que la penetraba de respeto. Los momentos que precedían a la confesión eran de sobresalto amable para María. El aparato y misterio de que estaba rodeada aquella confidencia íntima, la más íntima que en el mundo existe, ejercía cierta fascinación sobre su espíritu y la turbaba hasta el fondo sin producirle disgusto. Sentía correr por su cuerpo leves temblores de frío alternados con ráfagas cálidas que le subían al rostro y se lo encendían. En aquel momento no pensaba en sus pecados, sino en la manera que tendría de relatarlos.
La figura negra, firme y severa de Fray Ignacio se abalanzó hacia el confesonario y sin dirigir siquiera una mirada a su penitente se introdujo en él. María, trémula y enternecida, se acercó a la ventanilla. Cuando se separó, al cabo de una media hora, tenía los ojos enrojecidos y las mejillas pálidas.
La iglesia, en tanto, se había ido poblando, aunque casi exclusivamente de mujeres. Algunas entraban hasta el medio con almadreñas, produciendo verdadero estrépito al caminar sobre el embaldosado pavimento; las más se despojaban de ellas a la puerta y las traían en la mano. Un clérigo anciano, con sobrepelliz, subió al púlpito, que estaba cubierto con paño de tisú de oro. Los fieles, desde los más apartados parajes de la iglesia, se fueron replegando hacia el centro, formando apretado grupo en torno del púlpito. María y Genoveva hicieron lo mismo. El sacerdote hizo la señal de la cruz y comenzó el rosario en alta voz. Terminado el rosario comenzó la novena, la novena del Sagrado Corazón de Jesús. El clérigo se puso unas enormes gafas de plata, y con voz gangosa y lastimera exclamó:
«¡Oh corazón!—La muchedumbre repitió con solemne rumor:—¡Oh corazooón!—amantísimo—amantísimooo—santísimo—santísimooo—y melifluo—y melifluooo—de mi divino Jesús—de mi divino Jesús.—Corazón—corazooón—lleno de llamas—lleno de llamas—de purísimo amor—de purísimo amooor.»
María repetía las palabras de la oración con el borde de los labios, puestos los ojos en el suelo. Genoveva las decía en alta voz, mirando cara a cara al sacerdote. La muchedumbre suspiró después de decir Amén.
Terminadas las oraciones, el sacerdote propuso que cada cual pidiese a Dios, por medio de estos sagrados corazones, lo que mejor le conviniera, y la muchedumbre meditó en silencio breves instantes. María pidió fervorosamente a Dios que la hiciese más buena. Genoveva estuvo un rato vacilando sin saber qué pedir, y, por último, pidió paciencia para sufrir los dolores de reuma. El cura leyó con voz gangosa que se arrastraba sobre las sílabas como un lamento el siguiente
EJEMPLO
«En la ciudad de Munich vivía no ha muchos años una dama de extraordinaria hermosura que hacía una vida ejemplar; de modo que todos le daban el nombre de santa. Acaeció que un día llegó a su casa un mancebo muy gallardo a hacerle visita de parte de una prima suya, y al instante logró el demonio que se prendase de él perdidamente. Fue su pasión tan loca y miserable, que al cabo de algún tiempo de relaciones consintió en un pecado de impureza ofendiendo a Dios gravemente. Caída en el pecado, viose abismada en una melancolía profunda, porque si bien rechazó prontamente al que había sido la causa de su culpa, la infeliz se creyó condenada al infierno. Comenzó a llevar una vida áspera, mortificándose con ayunos y penitencias sin conseguir desechar su horrible pensamiento. Al fin, por consejo de un peregrino que por allí acertó a pasar, dispuso hacer una novena al Sagrado Corazón de Jesús. Al quinto día de rezarla devotamente, hallándose por la noche en su lecho, oyó un gran estrépito y vio escaparse de su habitación un demonio aullando horriblemente y dejando tras sí un hedor intolerable. A la mañana siguiente se encontró curada de su melancolía y muy confiada en la infinita misericordia de Dios.»
Los fieles se apretaron más en torno del púlpito para escuchar el ejemplo y gustaron con deleite su sabor novelesco. La novena terminó con una oración en latín. La muchedumbre rezó un Avemaría y un Credo. El clérigo bajó de la tribuna.
Hubo fuerte y prolongado rumor en la iglesia. El grupo de mujeres se abrió, se ensanchó, se revolvió charlando todas a un tiempo. Volvieron a sonar los chasquidos de las almadreñas sobre las losas húmedas y sucias del pavimento. Un monaguillo fue a despabilar los cirios que ardían en torno de la imagen de Jesús, y de pie sobre el altar, con su cabeza rapada y sus ojos maliciosos, hizo muecas profanas a otros chicos que sus madres tenían orando de rodillas. Algunos clérigos salieron de los confesonarios y cruzaron hacia la sacristía a paso largo. Uno fue detenido en medio de la iglesia por varias señoras y estuvo hablando un buen rato con ellas, aunque con visibles deseos de dejarlas. Por los vidrios emplomados de los grandes rosetones pasaba ya toda la claridad del día que evaporaba el misterio del templo, dejándolo triste, pobre y sucio como en realidad era. Dos o tres pollastres matinales con cuello bajo y los puños muy sacados entraron lanzando rápidas miradas investigadoras a todos los sitios. A un sacristán se le ocurrió abrir el cancel de la puerta de par en par y una multitud inquieta y estrepitosa, que no había madrugado a rezar la novena, fue penetrando en la vasta nave a escuchar la palabra del misionero que en aquel momento subía al púlpito con ademán recogido y fervoroso.
Cuando estuvo en pie dominando el concurso con la sagrada paloma de madera pintada sobre su cabeza, el ruido se fue apagando poco a poco. La muchedumbre, extraordinariamente engrosada, se apiñó otra vez debajo de la tribuna. Había ya muchos hombres que no venían por pura devoción, sino también con el objeto de juzgar el sermón literariamente. Mas por la puerta seguían entrando grandes oleadas de gente que turbaban a los fieles de adentro e impedían establecer el silencio. María y Genoveva fueron arrastradas diferentes veces de un punto a otro por el vaivén de la muchedumbre. El orador aguardó en vano que se apagara el rumor. Al fin, extendiendo el brazo en forma académica hacia la puerta, exclamó con énfasis, como quien se encuentra ya en pleno discurso:
—¡Cerrad ese cancel!
Las puertas se cerraron lentamente, como si nadie las tocara. Los fieles se fueron acomodando en su sitio. Durante un rato se oyeron muchas toses. Al fin cesaron y el templo quedó en un silencio frágil y artificioso, a menudo roto por algún constipado rebelde o por el trompeteo de una nariz al sonarse.
El orador era joven, alto y delgado, con grandes ojos negros enclavados en un rostro pálido y correcto. Vestía también sotana con sobrepelliz y bonete. Infundía respeto por su gravedad dulce y mansa.
Se quitó el bonete y dijo unas cuantas palabras en latín que nadie pudo escuchar. Después, poniéndose de nuevo el bonete y abalanzándose sobre la baranda, exclamó en alta voz:
«Amados hermanos en Jesucristo...»
Poseía una voz clara, de timbre dulce y simpática en extremo, que prestaba mayor realce a la gravedad de su rostro. Principió mostrando un asombro irónico de que aun hubiera quien dejase las vanidades del mundo para escuchar la palabra de Dios y felicitó calurosamente a los fieles que habían acudido a tomar parte en la novena del Sagrado Corazón de Jesús.
Dedicó la primera parte de su oración a describir los tormentos del alma apartada de su Dios por el pecado y trazó un cuadro minucioso y perfecto de las ofensas e injurias con que diariamente traspasamos el dulce Corazón de Jesús. Al pintar los sufrimientos que el pecado origina, abandonó el camino trillado de hablar de las penas materiales del infierno, y sólo describió los padecimientos espirituales, las congojas y las angustias que el alma siente cuando se ve privada por su culpa del amor del Creador; pero los pintó con tan sombríos colores y con tal fuerza de expresión, que aquel padecer infinito, aquella soledad profunda, aquel silencio y obscuridad causaron más efecto en la fantasía del concurso que el fuego y las culebras de costumbre.
María sintió miedo y tristeza. Se acordó de sus pecados y pensó con horror que podía morir de repente y condenarse. Entonces hizo solemne promesa interior de enmendarse. Pero ¿cómo? Para cambiar de vida era preciso romper el lazo que más la ataba a la tierra y al pecado. Acometiole una turbación profunda, preñada de lágrimas, que no pudo verter. La voz clara y armoniosa del sacerdote resonaba en la gran nave relatando sin fatiga, uno a uno, los dolores del condenado. La muchedumbre escuchaba inmóvil y aterrada. Allá en el fondo, cerca del altar mayor, la imagen del Salvador, rodeada de cirios, parecía una gran mancha roja cuyos resplandores hacían pasar algunas sombras fugitivas por las paredes del templo.
«Pero la clemencia divina es inagotable. No hay pecado, por enorme que sea, que no pueda borrarse por la misericordia de Dios. El amor del Salvador a las almas que ha redimido con su sangre no se marchita y fenece como el de los hombres. Como un amante padre, como un esposo enamorado, está siempre dispuesto a abrir los brazos al pecador arrepentido. Si pecaseis, lavad con lágrimas de arrepentimiento los pies del Redentor, como hizo la santa María Magdalena, y seréis salvos. Acordaos de aquella triste pecadora que, transida de pena, desmayada de amor, da consigo a los pies de Jesús y se los lava con sus lágrimas y se los limpia con sus cabellos y se los unge, sin que se escuche una palabra de su boca porque se derrite en fuego de amor. ¡Oh lágrimas derramadas por Dios, y cuánto valéis y cuánto podéis y cuánto acabáis! Para alcanzar perdón más valen las lágrimas que las palabras, porque las lágrimas, como dice San Máximo, son ruegos callados, no piden perdón, sino que lo merecen. Con las lágrimas no se engaña como con las palabras. Por eso San Pedro, para obtener el perdón de su culpa, no usó de las palabras, con las cuales había pecado, había mentido, había blasfemado y renegado, sino que lloró con amargo llanto y fue creído y perdonado. Son las lágrimas moneda que no se puede falsificar, único refugio nuestro: lavan las manchas de nuestros pecados, aplacan la ira de Dios, alcanzan el perdón, alegran el alma, fortifican la fe, aumentan la esperanza y encienden la caridad. El mismo divino Jesús lo ha dicho: «Bienaventurados los que lloran, porque sacarán fruto de consuelo.»
María se sintió enternecida. Aquel fervoroso panegírico de las lágrimas ahuyentó el temor de su pecho. Al considerar la bondad inagotable de Jesucristo, que después de haber sufrido tanto y haber derramado su preciosa sangre por nosotros, olvida a cada instante las mayores ofensas con sólo presentarse a él arrepentido, la conmovió hasta lo último. Representose a la santa de su nombre, María Magdalena, bañada en llanto a los pies del Redentor, y pensó que ella hubiera hecho lo mismo. Un torrente de lágrimas se escapó de sus ojos al imaginar que ya estaba postrada delante de Jesús. Las mujeres que se hallaban cerca la vieron llorar y le dirigieron miradas respetuosas de admiración cuchicheando entre sí.
Terminó el sermón exhortando a los fieles, con arranques de elocuencia henchidos de imágenes, a que se muestren devotos del Sagrado Corazón de Jesús. «Un cuarto de hora todos los días de plática amable con este Sagrado Corazón proporciona al alma el gozo más puro que puede tener en la tierra. Gustate, et videte quoniam suavis est Dominus. Probad a conversar un rato con el Señor, y sentiréis las delicias celestiales y los contentos especialísimos que hallan los que le aman. Todo cuanto hay en el mundo es locura y engaño; festines, comedias, tertulias, diversiones y lo demás que los hombres tienen por bienes están mezclados con hiel y sembrados de espinas. No dudéis que el Corazón de Jesús da más gustos y consuelos a las almas que van a visitarle con devoción y recogimiento que el mundo con todos sus pasatiempos y placeres insulsos. ¡Qué delicia es estar hablando un instante con el amabilísimo Jesús, pronto siempre a escuchar nuestros ruegos! ¡Descubrirle uno su pecho como se hace con un amigo íntimo! ¡Pedirle su gracia, su amor y su gloria! ¡Oh amados míos, gustate et videte, gustate et videte!»
El orador terminó los últimos párrafos de su oración siempre con estas palabras: gustate et videte, gustate et videte!
Al concluir, deseando la gloria eterna a todos, estaba pálido de fatiga. Algunas gotas de sudor se deslizaban por su frente espaciosa. Había dicho la última parte de su discurso con creciente agitación y entusiasmo que supo transmitir a los oyentes. María, después de haber llorado, quedó sosegada y hasta contenta. Genoveva le dijo al oído, mientras bajaba el sacerdote del púlpito:
—Señorita, acabo de ver entre la gente a don César.
La niña se inmutó ligeramente. El grupo comenzó a disolverse, extendiéndose por todo el ámbito del templo. La mayor parte de la gente acudió a la puerta en tropel, empujándose para salir. Después de algunas apreturas, María y Genoveva consiguieron verse en el pórtico y emprendieron el camino hacia casa. Mas la señorita de Elorza volvía con frecuencia la cabeza. Un caballero anciano, alto, delgado, pálido, con perilla y grandes bigotes blancos, vestido de negro de pies a cabeza, las seguía a larga distancia. Al entrar en el soportal de una calle estrecha y solitaria, el caballero apretó el paso y las mujeres lo aflojaron, de suerte que muy presto se juntaron. El caballero se dirigió a María y le dijo gravemente en voz baja:
—Señorita, esta noche llegué de donde usted sabe.
—He pedido a Dios que le trajese a usted bueno, don César.
—Gracias, gracias. ¿Ha terminado usted de bordar el estandarte?
—Sí, señor.
—¿Y los corazones de franela?
—También.
—Está bien, señorita. Tendré presente su diligencia y entusiasmo.
Don César no movió un pliegue de su rostro varonil en esta conversación. Sus ojos, de una extraña firmeza que rayaba en ferocidad, no se apartaban de la niña. Guardó silencio un instante, meditando alguna cosa, y al cabo lo rompió diciendo con tono conciso de mando:
—Mañana a estas horas preséntese usted donde otras veces. Tenemos que darle algunas comisiones.
—No faltaré.
Don César advirtió que dos jóvenes acababan de doblar la esquina y venían hacia ellos. Entonces, sin despedirse, se apartó de las mujeres pasando a la acera de enfrente.
IV
DE CÓMO EL MARQUÉS DE PEÑALTA FUE CONVERTIDO EN DUQUE DE TURINGIA
Pocos días después, Ricardo salió como de costumbre de su casa a las diez de la mañana y se dirigió a la de su novia. No era el amor solamente quien le empujaba tan temprano a pisar la calle, sino también la triste soledad que reinaba hacía tiempo en el inmenso y vetusto caserón en donde vivía; porque nuestro joven se hallaba solo en el mundo desde hacía poco más de un año. Su padre, el viejo marqués de Peñalta, había fallecido cuando él no contaba más de seis años de edad. Apenas recordaba vagamente su rostro pálido asomando entre las sábanas del lecho cuando le llevaron a darle un beso algunas horas antes de morir. Se acordaba también de que aquel mismo día todo el mundo le abrazaba y le besaba llorando, lo cual le había llamado la atención hasta hacerle preguntar: «¿Por qué lloráis todos hoy?»
Su madre le había amado con uno de esos cariños concentrados y feroces que asfixian a fuerza de cuidados. Durante la niñez le tenía preso a sus faldas, sin consentirle tomar parte en los juegos de los demás niños por temor de que se lastimase. Ya bastante crecido, todavía iba ella a acostarle por las noches, rezando con él un sinfín de oraciones inocentes, y esperando sentada, con los brazos cruzados, a que se durmiese, para salir de la alcoba sobre la punta de los pies. Al llegar a la pubertad no tuvo más remedio que pensar en la carrera de su hijo, porque el difunto marqués dejó prevenido que la siguiese. Ricardo quiso ser artillero. ¡Cuántas lágrimas costó a su madre esta implacable decisión del niño! La primera vez que partió a Segovia, la buena señora creyó morir; se empeñó en no salir de casa hasta que su hijo volviese, y cumplió su empeño. Cuando venía a pasar las vacaciones, no se saciaba de estar junto a él, mirándolo, acariciándolo y adivinando en los ojos sus más leves caprichos, para cumplirlos inmediatamente. Dos o tres días antes de partir, otra vez empezaban los sollozos y las lágrimas; le tenía apretado contra su pecho largos ratos y le hacía prometer un millón de veces que le escribiría todos los días, que se abrigaría bien durante el viaje y que no saldría por las noches de casa. Lo único que lograba distraerla algunos momentos era el arreglo del baúl del cadete, al cual consagraba tantos y tan prolijos cuidados que nada se echaba de menos en él, desde las prendas más usuales de ropa hasta un pedazo de tafetán de golpes y un paquete de hilas para el caso de herirse. Ricardo evitaba siempre la despedida, escapándose.
Gracias a su carácter bondadoso, alegre y simpático, más que a su aplicación, terminó el joven marqués de Peñalta la carrera. En el colegio todo el mundo le quería, lo mismo alumnos que profesores. Era uno de esos muchachos francos y entrañables con los cuales es difícil reñir, y que todos buscamos para depositar alguna misteriosa confidencia del corazón en los amargos trances de la vida. Siempre se le encontraba risueño y comunicativo, esparciendo la alegría y la confianza dondequiera que estuviese. Rara era la querella entre dos cadetes que él no consiguiese arreglar amistosamente. A pesar de su temperamento conciliador, nadie dudaba en el colegio ni fuera de él de su valor, ni mucho menos de la increíble fortaleza de sus puños. Más de una vez, en las frecuentes reyertas entre cadetes y paisanos que estallaban generalmente en los bailes de candil, había tirado al suelo tres o cuatro mozos de tres o cuatro puñetazos, lo cual llamaba tanto más la atención del vulgo cuanto que nada tenía de corpulento y atlético en su figura.
Un día, hallándose destinado ya en el parque de Sevilla, le llamó el coronel a su pabellón y le preguntó:
—¿Hace muchos días que no ha recibido usted carta de su madre, Peñalta?
Ricardo se puso pálido como un muerto.
—¿Qué pasa, mi coronel, qué pasa?
—No se sofoque usted, criatura. Sé por una casualidad que se encuentra un poco enferma.
Ricardo lo adivinó todo y cayó en brazos del coronel, derramando un torrente de lágrimas. Aquella noche tomó asiento en el tren del Norte.
La noche funesta de aquel viaje quedó grabada hondamente en su corazón. Cuando la máquina lanzó el grito de marcha y los compañeros que le habían ido a despedir le dijeron adiós con la mano en pie sobre el andén, se fue a sentar en un rincón del carruaje envuelto en una manta, aparentando dormir para entregarse mejor a sus dolorosos y sombríos pensamientos. ¡Oh, qué pensamientos tan dolorosos y sombríos! Se representó el ángel tutelar de su infancia, a la madre de su corazón muriendo sola, sin recibir el beso postrero de su hijo, tal vez llamándole con ansia en los momentos supremos de la agonía. Recordaba que cuando se despidió de ella ya tenía la salud bastante quebrantada y que el abrazo que le dio fue mucho más prolongado y estrecho y sus besos más vivos que otras veces, como si la infeliz tuviese el presentimiento de que no había de verle más. En sus ojos rasgados y húmedos se leía un ruego ferviente y silencioso: que dejase la carrera y no se apartase de ella. Pero él, pagado de las vanidades sociales y seducido por la voz del egoísmo, no había atendido a este ruego que la desdichada mujer no se había atrevido a formular con sus labios. Sentía ira profunda contra sí mismo y se apellidaba interiormente con los adjetivos más injuriosos y humillantes. De vez en cuando sacaba la cabeza fuera del carruaje y respiraba el aire fresco de la noche para evitar que los sollozos le ahogaran.
El misterioso y vago contorno de las ondulaciones del paisaje envuelto en las sombras cambiaba su desesperación en desconsuelo, que poco a poco se iba transformando en melancolía solemne, como los obscuros celajes que se cernían sobre la tierra aun más obscura. Aquella majestad silenciosa de la naturaleza muerta calmaba su excitación, pero le hacía pensar con temblores de frío en la profunda soledad que le aguardaba. Se había roto el lazo de amor que le ataba a la tierra, y por el cual se creía emparentado con todos los humanos. Ya no tenía en el mundo ningún ser que pudiera llamar suyo. El viento que la rauda marcha del tren agitaba, zumbando en sus oídos, parecía decirle: ¡solo!, ¡solo! El traqueteo áspero de las ruedas y maquinaria despertaba con violencia a la naturaleza de su letargo, causándole quizá una sensación de dolor como la que le causaba a él su pensamiento al cruzar por el cerebro. El ritmo sonoro y metálico de las ruedas parecía decirle también con acento más implacable: ¡solo!, ¡solo! Paseaba su mirada triste por los senos profundos del horizonte y éste le devolvía, en trémulos y fatídicos reflejos, que apenas conseguían rasgar la malla de sombras, tristeza por tristeza. La luz de la máquina iba esparciendo una claridad roja, que teñía de sangre el suelo y los árboles de la vía. Donde no había árboles, los postes telegráficos pasaban con vertiginosa rapidez por delante de su vista como las horas felices de la niñez. Por encima de su cabeza flotaba el negro y colosal penacho de humo sujeto al cañón de la máquina que al disiparse en la atmósfera se partía formando mil extraños y monstruosos fantasmas. Estos fantasmas, al huir de la vía arrastrándose por el suelo, le decían también lúgubremente: ¡solo!, ¡solo! Entonces, no pudiendo soportar el soplo glacial del paisaje desierto que le traspasaba el pecho y le secaba los ojos, cerraba la ventanilla y tornaba nuevamente a su rincón y a sus lágrimas.
Dentro del carruaje había otras cuatro personas: una señora anciana y un joven de veinte a veinticinco años, una muchacha de dieciocho a veinte y una niña de cinco o seis que parecían sus hijos. La señora dormitaba abriendo una que otra vez los ojos para vigilar a la niña, que corría de un lado a otro sin cesar. Los dos jóvenes charlaban suavemente en el otro extremo cogidos de la mano. El espectáculo de esta madre rodeada de sus hijos, y posando a cada instante en ellos su mirada amorosa, enterneció todavía más a Ricardo. El susurro apagado de la conversación de los dos hermanos, cortado a menudo por alguna carcajada reprimida, despertaba en su corazón una envidia punzante y triste. La joven era hermosa, con una fisonomía noble y simpática. Ricardo, sin darse cuenta, la estuvo mirando toda la noche; pero ella no pareció fijar la atención en él. Cuando el mozo de la estación gritó: «Córdoba, veinte minutos de parada», todos se levantaron bruscamente y tomaron sus enseres disponiéndose a salir. Sólo entonces fijó la joven en él una mirada suave y prolongada, diciéndole al tiempo de salir con sonrisa triste y compasiva: «Buenas noches, que usted lleve feliz viaje.» No ofrecía duda que se había hecho cargo de su dolor. Ricardo sintió profunda pena de que se quedasen allí, como si le ligase a aquella familia algún vínculo de amor, y tuvo deseos de decir a la mamá: «Señora, acabo de perder a mi madre; estoy solo en el mundo y no tengo a nadie a quien amar ni que me ame; ¿quiere usted llevarme a su casa como hijo?» La puerta del carruaje se cerró de golpe, sonó la campanilla, se oyó el grito ronco de la máquina y el tren prosiguió la marcha con su traqueteo metálico que clamaba sin cesar en el silencio de la noche: ¡solo!, ¡solo!, ¡solo!
Fueron a esperarle algunos parientes y amigos y le acompañaron silenciosamente hasta su casa, donde le dejaron después de un rato de conversación insulsa. En los días siguientes recibió muchas visitas con traje negro, que le ensalzaron las virtudes de su madre y le recomendaron mucha resignación. Todos le llamaban marqués. Nunca padeció más que entonces. La única persona con quien tenía gusto de hablar era con don Mariano Elorza, que había sido muy amigo de su padre, y cuya casa visitaba con gran confianza siempre que venía a Nieva de vacaciones. Don Mariano, que era expansivo y amable con todo el mundo, no podía menos de mostrarse con él doblemente afectuoso por la situación desgraciada en que se hallaba. Su casa fue para nuestro joven, en la temporada que siguió a la muerte de la marquesa, un lugar de refugio donde distraía sus penas y hallaba un poco de calor de familia que le hacía tanta falta. Por otra parte, es necesario decirlo, Ricardo siempre había sentido hacia la hija primera de don Mariano cierta admiración y simpatía, que fácilmente se trueca en amor cuando la edad y la ocasión convidan y la frecuencia del trato estimula; con mayor motivo aun cuando ni él ni ella habían estado enamorados nunca. Mucho antes de que se formalizasen sus relaciones, ya se hablaba en la villa del matrimonio del joven marqués de Peñalta con la señorita de Elorza. Era un matrimonio indicado y pedido por la opinión pública. Porque es de advertir que las familias de Peñalta y Elorza eran las más opulentas de la villa, y el público encuentra siempre tan lógico que la riqueza vaya a la riqueza, como los ríos a la mar. Así que Ricardo y María fueron declarados marido y mujer, poco después de su nacimiento. Las comadres de la villa no les perdonarían que se hubiesen sustraído a este auto acordado de las tertulias de Nieva. Ya sabemos de buena tinta que los muchachos no pensaron en semejante substracción, y que acataban con la mayor humildad el fallo soberano.
Volviendo, pues, adonde quedábamos, cumple manifestar que Ricardo llegó muy presto al portal de la casa de Elorza, que era espacioso y obscuro. De la gran puerta sólida y ennegrecida por el tiempo y el uso pendía una cadena de bronce con la cual se llamaba. Entrábase inmediatamente en un patio bastante amplio con fuente en el medio. A este patio venía a parar una anchurosa escalera de piedra con balaustrada de la misma materia. Estaba ya gastada y necesitaba reparos en algunos sitios. En el primer descanso esta escalera se partía en dos brazos, uno de los cuales conducía a las habitaciones de los señores y otro a la de los criados. El primero de dichos brazos terminaba en un ancho corredor o galería de cristales que miraba al patio. Toda la casa ofrecía el mismo desahogo, al igual de los antiguos palacios, por más que fuese construida en época relativamente moderna. Llevaba ventaja a los vetustos caserones solariegos, como el del marqués de Peñalta, en que al fabricarla no se había atendido tanto a la vanidad de sus dueños cuanto a la apropiada distribución de las habitaciones para los usos de la vida. No era triste y obscura como suelen serlo aquéllos. Por el contrario, todo su interior denotaba alegría, bienestar y elegancia. Era, pues, un edificio grande sin ser imponente, y cómodo sin caer en la vulgaridad desgraciada de las construcciones modernísimas. Manteníase en un término de conciliación entre la aristocracia y la burguesía, aceptando la altivez fastuosa de aquélla y las inclinaciones prácticas y sensuales de ésta.
La casa reflejaba en cierto modo la posición de sus dueños. Ambos eran hijos de las familias más principales, no tan sólo de Nieva, sino de la provincia en que esta villa radica. La señora era hermana del marqués de Revollar, que tanto había figurado en Madrid hacía pocos años por su increíble disipación y prodigalidad, y que ahora, totalmente arruinado y perseguido de cerca por sus acreedores, había corrido a refugiarse en las huestes del Pretendiente, a quien servía como ministro y consejero. Don Mariano procedía de una familia menos gloriosa y añeja, pero mucho más acaudalada. Su abuelo había traído una fortuna inmensa de Méjico en las postrimerías del pasado siglo, y con ella se había hecho el terrateniente más poderoso de Nieva y fabricado la casa de que estamos hablando. Lo mismo él que su hijo y su nieto habían procurado dar lustre a los millones enlazándose con familias nobles.
Ricardo penetró por las habitaciones de la casa de Elorza con la indiferencia del que se encuentra dentro de la suya, sin quitarse siquiera el sombrero. Cuando entró en el gabinete de doña Gertrudis, esta señora se hallaba tomando una taza de caldo ayudada por dos criadas. Al ver a nuestro joven dejó la taza sobre el velador que tenía delante y echándose hacia atrás en la butaca, exclamó con acento dolorido:
—¡Ay, querido, en qué mal hora llegas!
—Pues ¿qué pasa?
—¡Que me muero, Ricardo, que me muero!
—¿Se siente usted peor?
—Sí, hijo mío, sí, me siento muy mal: no es posible decir lo mal que me siento. Si no me muero hoy, no me muero nunca. Toda la noche la pasé en un puro grito... Después..., después ese tigre de don Máximo no ha venido todavía a pesar de haberle enviado dos recados... ¡Que Dios le perdone!... ¡Que Dios le perdone!
Doña Gertrudis cerró los ojos como si se dispusiese a morir sin auxilios temporales ni espirituales.
Ricardo, acostumbrado a estos exabruptos, permaneció buen rato silencioso. Al cabo dijo en tono indiferente:
—¿No sabe usted?... Enrique ha conseguido cambiar el aderezo, y ayer ha llegado el otro sin novedad.
—Vaya, gracias a Dios—repuso doña Gertrudis, abriendo los ojos—. Bien creí que no se lo cambiarían.
—¿Por qué no?
—¡Toma!, porque vendiendo el otro se habían deshecho de una antigualla de la cual no sé cómo saldrán ahora.
—Sí, pero también perdían un parroquiano que les deja muchas ganancias. ¿Usted no ve que Enrique recibe encargos de toda la provincia?
—Eso también es verdad..., ¿pero no sabes tú que a los comerciantes les ciega la avaricia?... ¡Uf, qué gente más mala! Te digo que no puedo ver a los comerciantes, Ricardo; no los puedo ver, ni pintados.
Después de haber expresado este sentimiento desfavorable para el comercio, que doña Gertrudis en su fuero interno hacía extensivo también a la industria y en general a todas las artes mecánicas, cerró de nuevo los ojos con un gesto de dolor, y siguió de esta manera:
—Lo que siento, hijo mío, es que no os he de ver casados y que por mi causa tendréis que dilatar la boda... Me encuentro muy mal, muy mal... El corazón me dice que me he de morir antes de que llegue el día del matrimonio... Y la verdad es que más vale que me muera si he de padecer tanto...
—Vamos, no diga usted esas cosas; ¡qué se ha de morir! La enfermedad tendrá que ir cediendo poco a poco, se curará usted y se pondrá sana y gorda que dará gusto verla.
En vez de animarse con estas palabras, doña Gertrudis se enfureció.
—Esas son tonterías, Ricardo... Mi enfermedad es mortal, y si no ya severa... Mi marido no quiere creerlo; pero pronto se ha de convencer... No me quejo de mimo, no... ¡Ay, querido, si supieses lo que yo padezco sentada en esta butaca!
Lo cierto es que desde el día en que el cura había echado la bendición nupcial sobre doña Gertrudis, se puede asegurar que esta noble señora no había hecho otra cosa que atender a los quebrantos y lacerias de su cuerpo, arrastrando una vida mezquina al través de las enfermedades más extrañas e inverosímiles que jamás se hubiesen visto. Antes de dar a luz su primera hija María, había padecido de vómitos de sangre y consunción. Después del parto, y por algunos años, hasta el nacimiento de su segunda hija Marta, padeció un mal dolorosísimo del corazón, tan acerbo y cruel que muchas veces le privaba del sentido. Las manifestaciones de esta enfermedad, tal como la paciente las relataba, inspiraban terror a cualquiera. Unas veces creía sentir que le manoseaban el corazón y se lo estrujaban hasta no poder más; otras veces pensaba que se lo metían entre hielo, y allí lo tenía tiritando sin que valiesen de nada las pieles y franelas que le ponían sobre el pecho, hasta que por una brusca transición entraba en un horno encendido donde se abrasaba de tal suerte que hacía pedazos con sus manos crispadas cuanta ropa le habían echado antes encima; otras, en fin, sentía un animal que clavaba en él los dientes, produciéndole tan agudos dolores que no le dejaban fuerzas para gritar. El licenciado don Máximo permanecía totalmente confundido delante de aquel caso patológico, anunciando en cada visita el próximo fin de la paciente si el antiespasmódico que recetaba no la tornaba al instante sana y salva. Como doña Gertrudis no acababa de fallecer ni su extraordinaria enfermedad desaparecía, don Máximo llegó a perder enteramente la fe en ella. Seguía visitando la casa con mucha frecuencia, pero siempre a la hora de costumbre, que rara vez alteraba por más que doña Gertrudis le moliese muchos días a recados, suplicándole se personase acto continuo en su alcoba. Don Máximo concluyó por despreciar profundamente las enfermedades de su noble cliente, y calificarlas públicamente en la botica adonde solía asistir de cajigalinas de mujeres. El significado exacto del vocablo cajigalinas jamás se supo ni dentro ni fuera del pueblo, ni se llegó a averiguar si era invención particular de don Máximo o si procedía de algún idioma antiquísimo, muerto ya, que el licenciado hubiese estudiado. La palabra por su raíz parece de origen semítico, pero no es posible fallar de plano en este asunto: que los sabios lo decidan. Lo que sí está fuera de duda es que con ella quería decir don Máximo dar a entender algo insignificante, baladí o de poco monto. Y basta con esto para que sepamos a qué atenernos sobre la opinión de la ciencia en lo referente a los males de doña Gertrudis.
Después del nacimiento de Marta, las dolencias de doña Gertrudis no desaparecieron, sino que cambiaron de rumbo. El corazón quedó un tanto sosegado, pero en cambio todos los músculos o tendones de la atribulada señora empezaron a contraerse con fuertes dolores, impidiéndole por algunos meses servirse en absoluto de sus miembros, dejándola reducida al cabo, como gran mejoría, a caminar apoyada en su marido o en una de sus hijas. Don Máximo, en los comienzos de esta nueva fase, mostrose preocupado y caviloso, estudió con ojo avizor los síntomas y antecedentes, recetó los antiespasmódicos por azumbres, echó mano, en una palabra, de todos los recursos que la ciencia (la ciencia de don Máximo) ofrecía para tales ocasiones; pero sin lograr resultados satisfactorios. Al cabo, el vocablo cajigalinas, de origen semítico, apareció nuevamente en sus labios, y desde entonces no volvió a entrar en las habitaciones de la señora sin que una fina sonrisa de incredulidad vagase por su rostro atezado.
Ricardo permaneció todavía un rato al lado de doña Gertrudis y después salió a dar vueltas por la casa en busca de las niñas. Halló a Marta en la cocina muy ocupada en heñir la masa de una empanada.
—¿Y María, ma petite ménagère?
—Está en su cuarto arreglándose; no tardará en bajar.
—Si te molesto en tu trabajo, me voy; si no, me quedo.
—No me molestas, si te quitas un poco de la luz..., así...; ya estás bien.
—Corriente; me quedo para aprender a hacer..., ¿qué es lo que estás haciendo?
—Una empanada de jamón.
—Pues a hacer una empanada de jamón.
La niña levantó la cabeza sonriendo a su futuro cuñado y emprendió de nuevo la tarea. Estaba colocada en pie delante de una mesa baja destinada, a juzgar por su lustre, a la operación que ejecutaba. Tenía puesto un enorme delantal blanco cómo el de las cocineras y en la cabeza una cofia también blanca. Sus ojos negros, brillantes, lucían mejor con este traje, lo mismo que sus cabellos de azabache. Había alzado las mangas del vestido y mostraba al descubierto unos brazos mórbidos y mejor torneados de lo que pudiera esperarse de su corta edad. Estos brazos anunciaban una mujer en plena posesión de todos los atractivos punzantes, de todas las graciosas curvas de su sexo: eran unos brazos blancos y tersos de virgen flamenca, firmes y macizos como los de una doncella de labor; lo mismo podrían servir de modelo a un estatuario que para arreglar una cama a las mil maravillas. Con ellos hacía rodar de un lado a otro por encima de la mesa un pedazo grande de pasta amarillenta, arrastrándolo y doblándolo constantemente sobre sí sin darse punto de parada. La masa se desprendía suavemente de la tabla por efecto de la manteca de que estaba impregnada con levísimo rumor parecido al roce de la seda. Algunas criadas daban vueltas por la cocina atendiendo a sus quehaceres. Ricardo contempló un instante la operación en silencio; pero no tardó en exclamar con señales de asombro:
—¡Qué atrocidad! ¡Qué atrocidad!
Las criadas volvieron la cabeza. Marta también alzó la suya.
—Pues, ¿qué pasa?
—Pero, niña, ¿dónde te has comprado esos brazos tan rollizos?
La niña se ruborizó, y entre risueña y molesta llevó la mano a las mangas del vestido bajándolas un poquito.
—Vamos, ¿ya principias? Mira, para eso no te he permitido que te quedases.
—Es que ahora ya merece la pena quedarse, aunque mandases lo contrario.
—Bien, haz lo que quieras; pero déjame trabajar en paz.
—Te dejaré que trabajes, pero haciendo constar que nunca había entrado en mis cálculos que la señorita Marta poseyese unos brazos semejantes... Sabía que era apretadita de carnes, redondita y maciza, ¿pero cómo había de sospechar...? Vamos, te digo que a no verlo, no lo creyera.
Las criadas reían. Marta amasaba con afán, haciendo gestos de resignación como quien está dispuesto a sufrir una broma hasta el fin. Ricardo prosiguió:
—Y eso que había oído hablar a María de ellos; pero en términos vagos... No eran bien precisas sus noticias. Lo mejor en estos casos para hacerse cargo del asunto es verlo por sí propio. ¡Al que se meta contigo no le arriendo la ganancia!... La verdad es que, bien mirado, una niña de catorce años no tiene derecho a poseer unos brazos como esos.
Marta suspendió su obra para reír.
—¡Jesús, qué pesadísimo eres, criatura; no se te puede sufrir!
Después, su semblante adquirió la expresión plácida y grave que lo caracterizaba, y emprendió nuevamente el trabajo hundiendo en la masa blanda una y otra vez sus puños tersos y rosados. La pasta iba adoptando sucesivamente diversas formas bajo la presión continuada de las manos breves pero firmes de la niña.
Cuando le pareció que se hallaba en su punto, la partió en varios trozos, y tomando un rollo de madera se puso a modelarlos con gran cuidado.
Ricardo preguntó con timidez.
—¿Me dejas que te ayude, Martita?
—No sabes.
—Me dirás lo que debo hacer, y bajo tu dirección marchará bien el negocio.
—¡Ahora me adulas! Bueno, consiento en ello, pero lávate las manos.
Ricardo no tuvo más remedio que ir a lavarse las manos.
—Está bien; ahora toma este otro rollo y extiende este pedazo de pasta hasta que lo conviertas en una lámina redonda.
El nuevo panadero se puso a la obra con ardor, con demasiado ardor, pues la pasta se agujereó varias veces de puro fina. Las criadas le contemplaban admiradas y sonrientes, mientras Marta permanecía grave y atenta a su tarea. En la cocina se respiraba una atmósfera sofocante, calentada por las chapas de hierro incandescente del fogón e impregnada de olores espesos de manjares a medio guisar, que empachan y repugnan al estómago cuando está ahíto y lo irritan y soliviantan cuando ayuno.
Ricardo no podía estarse callado un instante. Mientras hacía resbalar el rollo sobre la pasta con más precaución que si se tratase de confeccionar un filtro mágico, no cesaba de hacer preguntas y dirigir observaciones de todo género a Marta acerca de la empanada que tenía entre manos. «¿Cuántos huevos había echado en la harina? ¿Qué cantidad de manteca? ¿Con quién había aprendido a hacer empanadas? ¿Cuánto tiempo necesitaba estar en el horno?, etc., etc.» Marta respondía lacónicamente y sin levantar la vista a todas las preguntas, dejando asomar a sus labios una vaga sonrisa de superioridad condescendiente.
—Oye, Marta, ¿qué diría Manolito López si nos viera en este momento?
—¿Qué había de decir? Lo que se le antojara—contestó la niña ruborizándose levemente.
—¿No tendría celos al vernos tan cerca uno de otro?
—¿Pues?
—¡Qué sé yo!... Como está tan enamorado, según dicen...
—¡Qué ganas tienes de embromarme!
—Chica, es lo que se corre por ahí; yo no pongo nada de mi cosecha.
—Bien, pues dale expresiones, como tú dices.
—Se las daré en cuanto le vea.
—¡Vamos, no seas tonto!
Marta profirió esta exclamación demostrando en el acento cierto sobresalto. Se conocía que le molestaba un poco la broma. El fundamento que Ricardo tenía para dársela era deleznable, como sucede casi siempre en la adolescencia; pero verdadero hasta cierto punto. Los zagalillos de catorce o quince años, llamados por el vulgo pipiolos, corren en pos de las zagalas de la misma edad y establecen con ellas, tácitamente la mayor parte de las veces, ciertas relaciones que remedan los amores de los jóvenes. Se dice, por ejemplo, entre ellos, que Fulanito es novio de Fulanita, sin saber por qué, y Fulanito, por ese mero hecho, sin que le importe gran cosa de Fulanita, va a esperarla con otros amigos a la salida del colegio, y la sigue hasta su casa, molestando mucho a la doncella que la conduce; en las giraldillas que se forman en las romerías la saca a bailar con más frecuencia que a las otras; cuando es un poco atrevido le suele ofrecer dulces en cucurucho de papel dorado, y pasa por delante de su casa varias veces el día que se pone traje o sombrero nuevo; procura, cuando la sigue, hablar alto y con desenfado, para que ella le oiga y se regale con su buen decir, y se traba a mojicones por la cosa más insignificante, para lucir en presencia suya el arrojo y coraje que no tiene en ausencia; gasta los cuartos que posee en pomadas o aceites de olor, y se presenta en la misa a que ella asiste con la cabeza lamida y reluciente como un gato cuando sale del agua. La tarde en que se enfada porque ella no le hace caso, la sigue de cerca en el paseo, entre varios amigos, soltando palabras groseras y carcajadas estúpidas, y llegando a veces a tirarle por las trenzas del pelo, hasta que con esta y otras sandeces consigue hacerla llorar.
La conducta de Fulanita suele ser análoga. No le importa tampoco un ardite de Fulanito; pero como dicen que es su novio, hace lo posible por que lo parezca; y así, vuelve la cabeza a menudo para mirarle cuando sale del colegio; en la giraldilla le saca a bailar más veces que a los otros; sale al balcón cuando él pasa y se ruboriza cuando la bromean. Pero estos seudoamores casi nunca prevalecen ni se convierten en verdaderos. Tácitamente principian, tácitamente viven y tácitamente concluyen cuando la niña se pone de largo. La razón de tal frialdad es muy obvia. Fulanito no se encuentra todavía en la edad de las pasiones, sino en la de la gimnasia, los suspensos y los cigarros de salvia. Fulanita está siempre a mucha mayor altura por lo que respecta a la vida del corazón, y en su interior desprecia profundamente a Fulanito, que no sabe divagar un poco sobre la simpatía y el amor, ni es capaz de besar un abanico que cae de la mano, ni tiene pizca de bigote. Por eso, generalmente, cuando a Fulanita le agregan una cuarta más de tela al vestido, no vuelve a mirar ni por casualidad a Fulanito, el cual lo encuentra naturalísimo y no se desmejora por ello ni se suicida.
Tales eran las relaciones, con muy leves variantes, que sostenía nuestra Marta con Manolito López. A las causas generales que marchitan y secan en flor semejantes inclinaciones, debe agregarse en este caso la poca conformidad de los caracteres. Manolito, si bien de rostro expresivo y hasta hermoso, era travieso, ruidoso, pendenciero e insolente. Una buena cualidad se reconocía en él: la de no ser rencoroso. Marta era apacible, callada, firme, circunspecta y reservada. El defecto que en su casa le señalaban era el de ser un poco terca. No era posible, pues, una antítesis más perfecta. Si así no fuese, Marta hubiera llegado a querer a Manolito, porque su temperamento repugnaba la mudanza lo mismo en los muebles del cuarto que en los sentimientos de su corazón.
Cuando terminaron de modelar varias capas delgadas de pasta, Marta las fue colocando unas encima de otras en una tartera de cobre, formando el lecho de la empanada. Después una de las criadas le trajo el jamón, convenientemente aderezado y cortado en rajas. El pringue sazonado de especias exhalaba un olor irritante y apetitoso que hacía la boca agua. Una vez puestas las rajas sobre el lecho del modo más adecuado, la niña se puso a extender nuevas capas de pasta sobre el jamón. Ricardo ya no la ayudaba; al parecer, se había cansado. Mas cuando se trató de ejecutar los adornos de la tapa, acudió de nuevo a prestarle auxilio, complaciéndose largamente en ejecutar con la masa mil suerte de mosaicos, arabescos y primores de toda clase, que no había más que ver. Marta puso término a tan prolijas labores quitándole la pasta de la mano, porque no acababa nunca. Hecha la empanada, fue la misma niña a meterla en el horno, y siguiendo una piadosa costumbre tradicional de aquella tierra, se santiguó y rezó un padrenuestro, para obtener resultado feliz.
—¿Sabes una cosa, Martita?
—¿Qué te pasa?
—Que con estos olores de cocina y el trajín de la dichosa empanada, se me ha despertado un apetito más que regular.
—Pues mira, eso comiendo se quita. Ven conmigo.
Y le condujo al comedor, que estaba cerca, y le hizo sentarse a la mesa. Después sacó de un armario cubierto, servilleta, pan, vino, un plato de pavo en galantina y un tarro de dulce, y se lo fue colocando delante, uno en pos de otro, con el sosiego y compás que caracterizaban todos sus movimientos.
—Coma usted, señor marqués; coma usted.
Llamar a Ricardo señor marqués era una de las bromas más picantes que Marta se autorizaba respecto a su futuro hermano. No estaba en la índole de su genio dirigir cuchufletas y epigramas. Los que salían de su boca alguna vez eran para disimular una caricia que su carácter reservado le impedía hacer abiertamente a nadie, ni aun a su misma hermana.
Ricardo se puso a despachar un pedazo de pavo al estómago con toda solemnidad, empujándolo de vez en cuando con tragos de Valdepeñas, mientras la niña, en pie, lo contemplaba risueña y satisfecha, gozando con el voraz apetito de su amigo, y cuidando de escanciarle vino y arrimarle los platos siempre que hacía falta.
—Eres una gran mujer, Martita—decía Ricardo con la boca llena—. Se te puede comprar al peso, y eso que no debes pesar poco, a juzgar por las señales de que no quiero hacer mención porque no me llames pesado... En cuanto vea a Manolito López le diré que no piense en otra mujer si quiere ponerse gordo y rollizo (que buena falta le hace)... Si a mí me cuidas de ese modo, ¡cómo le cuidarás a él!... Basta, basta, Martita, no me pongas tanto dulce... Tú quieres, por lo visto, que pille una indigestión aquí en secreto... Está bien ese pavo: merece los honores que le he hecho... Échame un poquito de vino...
Marta escanciaba y seguía contemplándole con sus grandes ojos serenos, por donde resbalaba una leve sonrisa de complacencia sensual. Parecía que era ella la que se estaba atracando.
—Mira, chica, haz el favor de comer tú también, porque me da pena verte. Parece que te han castigado...
La niña no tenía apetito y se negó a tomar el plato que le presentó. Sin embargo, cortó un pedacito de pan y empezó a roerlo gravemente con sus dientes blancos y menudos.
—Te profetizo que no tardarás en despachar ese plato de dulce, Martita... La cuestión es empezar... Ya verás, ya verás... Lo peor es que ya son las doce, y que a la hora de comer me voy a hallar sin apetito... Martita, no seas tonta y cómete ese dulce que te está apeteciendo...
Cuando Ricardo daba ya fin a su tarea de engullir y charlar, entró en el comedor Genoveva, diciéndoles:
—A la señorita María le duele un poco la cabeza y está descansando sobre la cama.
—Voy allá—exclamó Marta, ausentándose velozmente.
—De su parte traigo para usted este recado, señorito—añadió la doncella, presentándole una carta.
Pero al ver que el joven trataba de romper el sobre, le dijo:
—La señorita le encarga que no la lea hasta que se vaya de casa.
—Bueno, bueno—articuló Ricardo un poco alterado.
Y tomando el sombrero y sin despedirse de nadie, se fue a escape a su casa devorado por la impaciencia, y rompiendo el sobre con mano temblorosa, leyó la carta que sigue:
«Mi queridísimo Ricardo: Hace ya tiempo que deseo comunicarte un pensamiento que me preocupa, sin atreverme a ello. Conozco bien tu genio; eres impetuoso en extremo, y tal vez antes de reflexionar sobre mis palabras y equivocándote acerca de su sentido, te inflamarías como una pólvora, lo echarías todo a rodar y me asustarías horriblemente como en la noche que celebramos el santo de mamá. Por eso, después de vacilar mucho, me resuelvo a decírtelo por escrito y no de palabra.
»El pensamiento que me agita estos días es el de suplicarte que aplacemos todavía algún tiempo nuestro matrimonio. No te enfades, Ricardo mío, y sigue leyendo con calma. Estoy segura de que lo primero que se te ocurre pensar es que no te quiero. ¡Cómo te equivocarás si lo piensas! Si pudieses leer en mi alma, verías que tu amor tiene avasallada mi conciencia, lo cual deploro amargamente. Pero no se trata ahora de esto.
»¿Estás seguro, Ricardo, de que tú y yo nos hallamos convenientemente preparados para tomar un estado que arrastra consigo tantos y tan graves cargos? ¿Has meditado bien lo que significa el sacramento del matrimonio? ¿No habrá en nuestros corazones más bien una inclinación irreflexiva mezclada tal vez de impulsos carnales que el propósito firme de emprender una vida austera y piadosa como conviene a una familia cristiana, educando a nuestros hijos en el temor de Dios y en la práctica de las virtudes? Si reflexionas un poco en lo frívolos que hasta ahora han sido nuestros amores y en los pecados que constantemente cometemos, no podrás menos de convenir conmigo en que dos muchachos tan desprovistos de gravedad y sólida virtud no están facultados por Dios para educar y dirigir una familia. Sentiría un gran remordimiento de conciencia casándome hoy (y tú debes de sentirlo también) y creería que Dios no podría bendecir ni hacer dichosa nuestra unión. Para que la bendiga es necesario que nos hagamos dignos de celebrarla, dejando para siempre el modo frívolo y mundano que tenemos de querernos por otro más elevado y espiritual, cesando por completo en ciertas expansiones terrenales a que nuestro gran amor nos impulsa, y preparándonos durante algunos meses, por lo menos, con una vida virtuosa y devota, haciendo algunos sacrificios y obras de caridad, y pidiendo a Dios constantemente que ilumine nuestro espíritu y nos dé fuerzas para cumplir los deberes que el nuevo estado nos impone.
»Hay un ejemplo en la historia que nos debe alentar mucho para llevar a cabo lo que te propongo. La Amada Santa Isabel de Hungría estuvo desposada desde su tierna edad con el duque Luis de Turingia, pero sin que las bodas se celebrasen hasta que ambos llegaron a la edad oportuna. Celebrados los desposorios, Isabel y Luis no volvieron a separarse, habitando el mismo palacio como si fuesen hermanos, hasta que por la voluntad de Dios fueron marido y mujer. Los piadosos sentimientos de los dos novios, junto con la austera educación que les dieron, hizo que su cariño fuese siempre puro y limpio, fundando la inalterable unión de sus corazones, no sobre los efímeros sentimientos de un atractivo puramente humano, sino sobre una fe común y la severa observancia de todas las virtudes que esta fe enseña. Hasta que el matrimonio los unió con vínculo indisoluble, siempre se llamaron hermanos, y aun después de casados continuaron dándose a menudo este dulce nombre.
»Te confieso, Ricardo, que el espectáculo de estos nobles y santos jóvenes me seduce hasta un grado indecible. El amor santificado de tal suerte es mil veces más hermoso y proporciona al corazón goces más puros y elevados. ¿Por qué no habíamos de seguir hasta donde nos fuese posible las huellas de estos esposos, dechado de abnegación y de ternura tanto como de pureza y fidelidad? ¿Por qué no habías de imitar tú, amado Ricardo, la virtud severa del joven duque de Turingia, la nobleza y dignidad de todos sus actos, la inocencia y la modestia de su alma, jamás desmentida, y que en nada se oponían al valor y fortaleza de que siempre dio relevantes pruebas? Por mi parte te prometo imitar en la medida de mis débiles fuerzas la ternura, la obediencia y fidelidad de su santa esposa Isabel, viviendo sujeta a la ley de Dios dentro del cariño que te profeso.
»Esto es lo que te propongo y deseo que hagamos. No te enfades, por Dios, querido Ricardo. Reflexiona sobre lo que te acabo de decir y verás como tengo razón. No dudes de que te quiere mucho, mucho, la que es por ahora tu hermana,
María.»
V
CAMINO DE PERFECCIÓN
La carta que acabamos de leer señala una etapa importantísima en la vida de nuestros amantes. Ricardo principió por enfurecerse y escribir una larga contestación a su novia, dando por terminadas sus relaciones, que no llegó a enviar a su destino. Después celebró con ella una conferencia, donde se desató en denuestos. Todo cuanto venía escrito en su epístola no era más que un tejido de necedades y simplezas, fabricado adrede para disimular su perfidia. Bien podía despedirle de otro modo menos grotesco, pues ya que no tuviese derecho a su amor, al menos podía y debía exigir la franqueza y lealtad que él había usado siempre; desde mucho tiempo atrás venía notando su frialdad y desvío, pero jamás pudo creer se sirviese para desatar el lazo que los unía de pretexto tan ridículo, etc., etc. María recibió con humildad tal granizada de insolencias, afirmando con palabras tiernas y persuasivas, siempre que le dejaba un instante para hablar, que le seguía amando con toda su alma; que podía poner a prueba su amor siempre que quisiera, pues resuelta estaba a hacer por él cuantos sacrificios exigiese menos el de su conciencia; que le atravesaban el pecho las sospechas de traición y de engaño, pero que se las perdonaba, teniendo presente el estado de exaltación en que se hallaba; que sentía igualmente en el alma que calificase de grotescos y ridículos los móviles de su resolución, cuando ella los tenía por tan respetables, y, en fin, que le rogaba se calmase.
Ya que hubo desahogado su bilis el joven marqués, sin resultado, comenzaron a desmayar sus ánimos y entró por el camino de las buenas razones, pasando en seguida al de los ruegos, aunque sin lograr mejor éxito. Empleó todos los recursos del ingenio y el lenguaje tierno y expresivo que le dictaba su honrado corazón a fin de convencerla de que ni ella ni él se hallaban, por fortuna, en el caso de ponerse a llorar sus pecados como dos criminales, pues si no eran más buenos, por lo menos lo eran tanto como el vulgo de los mortales; y en cuanto a tino y seso para gobernarse y gobernar a sus hijos en el matrimonio, no se creía tampoco menos apto que los demás, y que, en último término, pasarían por donde otros pasaron. Todo fue inútil. La joven opuso razones a razones y un silencio firme y obstinado a las súplicas salpicadas de ternezas de su amante.
Éste, en tal estado de tribulación, de que no hace mérito el padre Rivadeneira en su tratado, fue derecho a contar el caso y a pedir consejo y ayuda a don Mariano, a quien quería como a un padre. Dicho señor mostrose altamente sorprendido y confuso al leer la carta de su hija. Leyola repetidas veces, como si no acabara de dar en la clave, y a cada nueva lectura la encontraba más turbia e inexplicable. Por último, se la devolvió, con un gesto de susto, manifestando que su hija debía de haber perdido el juicio, porque no entendía nada de aquella monserga.
En efecto, don Mariano era un creyente sincero, que cumplía escrupulosamente con los preceptos morales de la religión, pero que miraba con un poco de tibieza, ya que no con desdén, los referentes al culto. Nunca había dudado de las verdades religiosas aprendidas en la niñez; pero jamás había dado capital importancia a las misas y oraciones, ni había pasado en las iglesias más que el tiempo estrictamente necesario. Sabía distinguir, cuando se trataba de estos asuntos, entre la religión y los curas, profesando hacia éstos cierta enemistad volteriana, que le venía de casta, al decir de doña Gertrudis, pues su abuelo, el mejicano, había sostenido relaciones amistosas y larga correspondencia con un miembro de la Convención francesa. Tenía fe incontrastable en el progreso moderno, y echaba mano de los inventos realizados continuamente por la industria humana para combatir los argumentos deleznables, y pulverizarlos, de sus constantes enemigos los partidarios de la tradición, entre los cuales no era el menos empedernido y molesto su mujer. Se recibía, verbigracia, en la casa un telegrama de cualquier pariente o amigo; don Mariano, con sonrisa triunfal, después de leerlo, se lo alargaba a su señora, diciendo:
—Toma; este endiablado invento moderno viene a comunicarnos que tu hermano ha llegado bueno a París.
Gustaba de hacer consideraciones picarescas sobre el espanto que se apoderaría de nuestros abuelos, si de repente los metiesen en el coche de un ferrocarril, o les dijesen que podían conferenciar cuando quisieran con un amigo residente en la Habana. En cuanto tenía noticia por los periódicos de cualquier invención peregrina, corría a leerle el suelto a su mujer, y guardaba el periódico para leérselo igualmente a los muchos tradicionalistas que frecuentaban la casa. Si el invento no era costoso, hacía que le remitiesen la máquina, aunque no le sirviese para nada. Así, que tenía la casa poblada de artefactos curiosos, casi todos empolvados y descompuestos por la falta de uso; máquinas de hacer hielo, manteca, sidra, pitillos, etc.; telégrafos de salón, estereoscopios, cacerolas para asar la carne con un pedazo de papel, salvavidas, bastones con silla y carabina, paraguas con tienda de campaña, impermeables y otro sinfín de objetos extraños. Cuando la máquina no daba el resultado apetecido, don Mariano tenía un disgusto, se creía humillado y temiendo que por esto sufriese menoscabo la prez de la civilización moderna, no hablaba del aparato delante de su señora, o viéndose obligado, escurría el bulto, como suele decirse, por la tangente, atribuyendo siempre el éxito desgraciado a su propia torpeza y no a la calidad del invento.
Este amor fervoroso que profesaba a los increíbles adelantos de la época presente, y la lucha que dentro y fuera de casa sostenía a todas horas contra los amigos de la tradición, le impulsaban en ocasiones a valerse de armas prohibidas, como eran, por ejemplo, el exagerar el poder de la industria moderna, forjando nuevas y estupendas empresas que él daba por comenzadas, cuando a nadie se le habían pasado aún por la cabeza. Un día asombraba a sus amigos manifestándoles que se pensaba muy seriamente en establecer un puente flotante entre Europa y América, por el cual se podría ir en ferrocarril al Nuevo Mundo; otro, los dejaba atónitos diciéndoles que se estaba construyendo un telescopio que traería la luna a media legua de distancia, con el que podríamos percibir si en este satélite había seres movientes; otro, les llenaba de admiración noticiándoles que en los Estados Unidos habían trasladado entera una catedral de un pueblo a otro, por medio de la presión hidráulica. En materia de progresos mecánicos don Mariano tenía más imaginación que Shakespeare. La política nacional le preocupaba poco en comparación del incesante y sublime progreso realizado por la humanidad, y odiaba las exageraciones que en su concepto lo retrasaban. Estaba afiliado al partido conservador liberal.
Con estos antecedentes fácil es imaginarse el efecto que la carta de su hija le causaría. Considerola como una extravagancia de las muchas que la niña había padecido en su vida, y prometió a Ricardo solemnemente hacerla desistir de aquella tontería. Mas después de haberla llamado a su cuarto y pasar encerrado con ella cerca de dos horas, empezó a sospechar que la cosa no era tan fácil como a primera vista parecía. Ni con echarlo a broma haciendo chacota de su austero propósito, ni con mostrarse enojado, ni con bajarse a las súplicas logró nada nuestro buen caballero. María opuso a estos ataques, como había hecho con su novio, una actitud humilde, pero resuelta, imposible de vencer. A unos y a otros no les quedó otro recurso que resignarse, y eso hicieron de mal grado con la secreta esperanza de que la joven cambiaría pronto de acuerdo una vez satisfecho el capricho. Aplazose, por tanto, la boda indefinidamente, y el pobre Ricardo empezó a desempeñar su papel de duque de Turingia, casi tan mal como un actor español. Las entrevistas con María fueron desde entonces menos frecuentes y familiares. La joven parecía huirle y evitar las ocasiones de conversar con él íntimamente como antes. Ricardo las buscaba con empeño y las aprovechaba unas veces para dirigirle amargas reconvenciones, otras para decirle con labio balbuciente mil frases apasionadas. Ella se mostraba siempre dulce y cariñosa, mas procurando encaminar la conversación hacia asuntos serios. Ricardo siguió acariciándola siempre que tenía ocasión para hacerlo; pero no volvió a obtener de ella la acostumbrada reciprocidad por más que hizo increíbles esfuerzos para conseguirlo. Y no sólo no logró este favor, sino que poco a poco la joven evitó que él se propasase a lo primero, hablándole siempre delante de gente. Un día que la encontró sola en el comedor, se dijo con íntimo gozo: «Esta es la mía.» Y, acercándose a ella cautelosamente por detrás, le dio un sonoro beso en el cuello. María se levantó bruscamente de la silla y le dijo con cierta dulzura no exenta de severidad.
—Ricardo, no vuelvas a hacer eso.
—¿Pues?
—Porque no me gusta.
—¿Desde cuándo?
—Desde siempre; no seas tonto.
Estas palabras las dijo ya con enojo, y señaló otra etapa desgraciada de los amores de Ricardo. Cesaron casi en absoluto aquellos felices momentos de tiernas expansiones, dulces y amables como los placeres de los ángeles, cuyo recuerdo esparce por toda la vida, hasta por la del hombre más prosaico, una vaga y poética melancolía que ayuda a sufrir los contratiempos de la existencia y a contemplar sin envidia la felicidad ajena. Lo más que recabó el joven marqués de su amada fue que le permitiese besarla en la frente de vez en cuando a título de hermano. Y no es necesario manifestar a los experimentados lectores que con este ayuno forzoso el amor del joven, lejos de mermarse, creció y se sobresaltó hasta lo indecible; porque deben suponerlo.
María pudo entregarse de lleno a la vida de perfección, a la cual aspiraba con vehemencia. Las horas del día le parecían pocas para orar, lo mismo en la iglesia que en su casa, y para llorar sus pecados. Frecuentaba los sacramentos cada vez más, y asistía y tomaba parte con su presencia y dinero en todas las solemnidades religiosas que se celebraban en la villa. El tiempo que le dejaban libre sus oraciones lo empleaba en leer libros devotos, los cuales formaron al poco tiempo una biblioteca casi tan numerosa como la de novelas. Las vidas de las santas le placían sobre todos los demás. Devoró pronto una multitud, fijándose, como es lógico, en las de aquellas que más gloria alcanzaron y más esplendor han dado a la Iglesia: la vida de Santa Teresa, la de Santa Catalina de Siena, la de Santa Gertrudis, Santa Isabel, Santa Eulalia, Santa Mónica y la de algunas otras que, sin hallarse canonizadas aun, fueron célebres por su piedad y por las gracias espirituales que Dios les otorgó, como la Beata Margarita de Alacoque, Mademoiselle de Melum, etcétera. Estas lecturas causaron profundísima impresión en el ánimo ardiente y exaltado de nuestra joven, empujándola más y más por el camino de la devoción. Los increíbles y maravillosos esfuerzos de aquellas almas heroicas que, por el amor y la caridad, lograron elevarse al cielo y gozar por anticipado en la tierra de las gracias reservadas a los bienaventurados la llenaban de íntima y fervorosa admiración. Extasiábase ante los incidentes más insignificantes de la existencia de las santas, en los cuales solía mostrar Dios que las tenía elegidas para sí y que no permitía que el mundo se las arrebatase, como, por ejemplo, la escena del milagroso sapo que Santa Teresa vio hallándose conversando en el jardín con un caballero hacia quien se sentía inclinada; la muerte inopinada de Buenaventura, hermana de Santa Catalina, que encaminaba a esta santa por la senda mundanal del adorno del cuerpo y los placeres, y otros muchos de que están llenos los libros referidos. María admiraba a las insignes heroínas de la religión, como se admiran los fenómenos y prodigios de la naturaleza, con emoción y asombro. Mucho tiempo se pasó sin que osara levantar sus ojos hasta ellas para imitarlas. Limitábase a pedirles con interminables oraciones que intercediesen para que Dios le perdonase sus pecados. Compraba las mejores efigies que de ellas encontraba, y después de ponerles un rico marco, las colgaba de las paredes de su cuarto. Para hacerlo hubo necesidad de descolgar a Malec-Kadel y a otros varios guerreros de la Edad Media que las tenían invadidas. Le seducían en alto grado las escenas de los años infantiles y los primeros pasos que las bienaventuradas habían dado en el camino de la perfección. Pero al llegar a aquella parte de la vida que determina el apogeo de su gloria en la tierra, cuando Dios, vencido de su constante amor, de su fidelidad y de los pasmosos sacrificios que se imponen, comienza a otorgarles favores y regalos espirituales por medio de éxtasis y visiones, quedaba un poco turbada y hasta aterrada. No comprendía aún el goce místico de la comunicación directa y sensible entre el alma y su Dios, y se confesaba con gran remordimiento que si en ella se efectuase una de estas maravillosas visiones sentiría mucho más miedo que placer.
No tardó, sin embargo, en nacer en su corazón el deseo de imitarlas. De la admiración a la imitación va siempre poco trecho. Principió por donde debía, esto es, por imitar su humildad. Hasta entonces había sido modesta, aunque no tanto que no le gustase verse lisonjeada y aplaudida; mas a partir de esta época no sólo huyó toda alabanza con cuidado, sino que rechazó las que le dirigían y hasta procuró ocultar sus habilidades para quitar a los amigos la ocasión de ensalzarla. Principió a hablar lo menos posible, tanto con los de fuera como con los de casa, y a ejecutar al instante cualquier cosa que le suplicaran, lamentándose en su interior de que no se lo mandasen en términos ásperos. Hizo con maña que los criados le sirviesen en la mesa después que a todos los demás y que le pusiesen siempre pan duro en vez de tierno. Para vencer los naturales impulsos del amor propio se mostró más afable con las personas que le habían causado algún disgusto que con las otras, y bastaba que una le hiriese más o menos en el orgullo para que inmediatamente la colmase de atenciones como si le debiese gratitud. En cambio, con las que sabía que la querían y la admiraban gustaba de aparecer desabrida para que no la tuviesen en mejor concepto del que merecía.
Enderezada por esta piadosa vía, que todos los santos han recorrido, para honra de Dios y del género humano, y socorrida de su viva imaginación, llevó a cabo una porción de actos extraños y hasta incomprensibles para aquellos cuya atención está convertida al mundo y no a las prácticas religiosas, actos que el ilustre biógrafo de Santa Isabel califica de secretas y santas fantasías, que son los peldaños místicos por donde el alma sube a la perfección y se comunica con Dios. Un día, por ejemplo, le venía en mientes comer con los criados humildemente como si fuese uno de ellos. Para realizarlo simulaba a la hora de comer una jaqueca y se quedaba en su cuarto; y cuando la familia se hallaba reunida en el comedor bajaba muy despacito a la cocina, y allí se estaba todo el tiempo que duraba la comida, sirviéndose por sí misma las sobras de la mesa, con sorpresa y admiración de la servidumbre.
Otro día, en que, a su parecer, no había contestado con bastante respeto a su padre, se presentaba repentinamente en el despacho, se hincaba de rodillas y le pedía perdón. Don Mariano la levantaba del suelo con ojos espantados.
—¡Pero, hija mía, si no me has ofendido en nada ni has cometido falta ninguna!... Y aunque la hubieses cometido no es para hacer esos extremos... ¡Vaya una tontería!... Anda, dame un beso y vete a coser con tu hermana, y no vuelvas a asustarme con tales boberías.
María no encontraba en el seno de su familia las contrariedades que hubiera deseado para probarse. Su padre y su hermana, aunque no la alentasen en las devociones, nada le decían en contra, y cada día le otorgaban mayores muestras de cariño, pues a ello les invitaba la creciente dulzura y afabilidad de su carácter. Su madre la adoraba con pasión loca y aplaudía ciegamente todos sus actos de piedad. No se cansaba de alabar la virtud y el talento de su primogénita. Los criados, y muy particularmente Genoveva, hacían coro también a estas alabanzas difundiendo por la villa la fama de sus virtudes y formando en torno suyo una aureola de respeto y santidad. Nuestra joven hubiera preferido para los efectos de su salvación tener un padre bárbaro y tirano que la mandase con dureza, o una madre despegada o una hermana envidiosa que no la dejase vivir, pues ninguna santa se había librado de padecer persecuciones dentro de su familia, al decir de las historias que leía. Dolíase interiormente del sosiego y felicidad que en su casa disfrutaba, pensando en que nada sufría por el Dios que nos redimió con su sangre. Ansiaba que le levantasen una calumnia como las que Palmerina hizo sufrir a Santa Catalina de Siena, a fin de que la despreciasen y maltratasen; pero a ninguna persona de su casa ni de fuera se le pasaba por la imaginación semejante cosa.
Para compensar esta ausencia de persecuciones mortificábase con ayunos y penitencias, ejecutando siempre lo que más le disgustaba. Le repugnaba algún manjar de la mesa; pues se imponía la penitencia de comerlo, dejando, en cambio, otros que le placían extremadamente. Llegó hasta echar en algunos acíbar, a imitación de lo que hacía San Nicolás de Tolentino. Los viernes ayunaba rigurosamente a pan y agua, haciendo prodigios de habilidad para que su padre no cayese en la cuenta, pues de notarlo tenía por seguro que no se lo consentiría.
Traía siempre un medallón al cuello con el retrato de su novio. Un día que éste consiguió hablar un momento a solas con ella, le dijo:
—Oye, Ricardo; si no te enfadas, te diría una cosa.
—¿Qué es?—se apresuró a preguntar el joven con el sobresalto de quien teme siempre alguna desgracia.
—Estoy viendo que te vas a enfadar..., pero te lo diré. He quitado tu retrato del medallón.
La fisonomía de Ricardo expresó el asombro.
—Y lo peor es que lo he sustituido con otro...
La expresión de asombro se trocó en dolorida, de tal modo, que María, al contemplar aquel rostro contraído y rebosando de aflicción, no pudo menos de soltar una carcajada sonora y fresca como las que en otro tiempo salían a cada instante de su boca y que poco a poco habían ido cesando, como si se hubiese apagado el foco de luz y alegría de donde se escapaban.
—¡Dios mío, qué cara has puesto!... Espera; para que sufras más voy a mostrarte tu sustituto.
Y, quitando el medallón del cuello, se lo presentó. Tenía la efigie de Jesús coronado de espinas. Ricardo sonrió entre satisfecho y molesto.
—Ahora, bésalo.
El joven obedeció al punto posando los labios sobre la imagen del Señor y un poco también sobre los dedos rosados que la apretaban. María se escapó corriendo.
Al par que se ejercitaba en la humildad no descuidaba tampoco otra virtud, que es, por decirlo así, el fundamento de nuestra religión y el timbre mayor de gloria que la criatura puede ofrecer a Dios: la virtud de la caridad. Bastábale a nuestra joven su excelente corazón y el ejemplo de sus padres para aliviar siempre que podía las miserias del prójimo; pero añadíase a esto tener presente a la continua los increíbles esfuerzos de abnegación y caridad llevados a cabo por las santas que con más fervor veneraba, particularmente la santa duquesa de Turingia, que mereció el nombre de Madre de los pobres. Así que, mostrábase compasiva hacia todos los miserables, y no perdía ocasión de remediar sus necesidades con mano próvida. Todo el dinero que su padre le daba empleábalo en hacer limosnas. Visitaba, en compañía de Genoveva, las casas de algunos pobres, a los cuales aliviaba, no sólo con dinero, sino también con palabras de consuelo, atento que no sólo de pan vive el hombre. Para ejercitarse en la humildad, al tenor de lo que practicaba muy a menudo la santa reina de Escocia, Margarita, hizo venir en secreto algunos pordioseros a su cuarto y les lavó los pies con el mayor esmero. Cada uno de estos actos piadosos le llenaba de una santa e íntima alegría que jamás había experimentado anteriormente. Tomó la costumbre de no despedir sin limosna a ningún pobre que se la pidiese, pues, además de dictárselo así su corazón, tenía la multitud de casos en que Nuestro Señor o la Virgen se habían aparecido bajo la forma de pordioseros a muchos santos y santas. El temor y el deseo de que otro tanto le sucediese a ella, la obligaba a escudriñar el semblante de los pobres con cierta emoción. Mas como su peculio no bastase para atender a tan numerosas caridades, diose traza para obtener dinero de su padre valiéndose de mil ardides inocentes; un día pidiéndole para una sombrilla, otro para un reloj, otro para un estuche de costura, etcétera. Tanto fue lo que abusó, no obstante, que don Mariano sospechó la verdad y señaló un límite a sus larguezas. Su hija le hubiera arruinado con la mayor inocencia.
Arrastrada por su ardiente caridad, quiso también probarse en cuidar enfermos, sobre todo aquellos que padecían enfermedades repugnantes. Supo que cerca de su casa una mujer padecía de llagas en el pecho, y tomó la resolución de ir todas las mañanas a curárselas, lo cual puso en práctica al instante. Mas al hacerle la primera cura, queriendo añadir a ella lo que había leído en la historia de Santa Catalina, esto es, queriendo besar las llagas de la enferma, fue tanto el asco y el horror que se le apoderó, que le dio un vahído, se puso muy mala y fue necesario que Genoveva la llevase en brazos a casa. La pobrecita no atribuyó, como era justo, su fracaso a la debilidad de estómago, sino a falta de virtud, y se aplicó con creciente afán a mejorar su vida.
Genoveva era en todos esos ejercicios de piedad, más bien compañera y confidente íntimo que su doncella. Ayudábala sin comprender en muchos casos adónde iba a parar, persuadida enteramente a que no iría por mal camino, pues tenía fe ciega en la discreción de su señorita. Más que cariño era una especie de idolatría la que le profesaba, donde se mezclaba la admiración de su belleza, el respeto de su talento y el orgullo de haber visto nacer y contribuido a criar aquel prodigio. María no había logrado infundir en ella el entusiasmo místico de que se sentía poseída, porque Genoveva no era de suyo inflamable, y una ignorancia supina la ponía a cubierto de toda suerte de entusiasmos; pero había conseguido con sus actos y pláticas religiosas despertar en ella el fanatismo que duerme siempre en el fondo de las almas vulgares e ignorantes.
Una noche, después de recogida la familia y los criados, se hallaban ambas en el gabinete de la torre. María leía a la luz del quinqué de bomba esmerilada, mientras Genoveva, sentada en otra silla, frente a ella, se ocupaba en hacer calceta. Acaecíales muchas veces pasar de esta manera una o dos horas antes de acostarse, pues la señorita estaba acostumbrada de antiguo a leer en las altas horas de la noche.
No parecía tan absorta en la lectura como otras veces. Posaba el libro con frecuencia sobre la mesa y se quedaba largo rato pensativa con la mano en la mejilla. Tornaba a cogerlo vacilando, para dejarlo otra vez muy presto. Su cuerpo estaba nervioso, a juzgar por los crujidos que dejaba escapar la silla. De vez en cuando fijaba en Genoveva una larga mirada en que se vislumbraba un deseo inquieto y temeroso y cierta lucha interior con algún pensamiento que la preocupaba. Genoveva, en cambio, aquella noche estaba más embebida en la calceta que nunca, entreverando, sin duda, por sus puntos, una muchedumbre de consideraciones más o menos filosóficas que la obligaban tal vez que otra a dar con la frente en las manos, lo mismo que cuando se dormita.
Por último, la señorita decidiose a romper el silencio.
—Genoveva, ¿quieres leer este trozo de la vida de Santa Isabel?—dijo alargándole el libro.
—Con mil amores, señorita.
—Mira, ahí donde dice: Cuando su marido...
Genoveva comenzó a leer para sí el párrafo; pero muy presto la interrumpió María, diciéndole:
—No, no; lee en voz alta.
Entonces obedeció, leyendo lo que sigue:
«Cuando su marido estaba ausente, ella pasaba la noche entera en vela con Jesús, el esposo de su alma. Pero no se reducían a sólo éstas las penitencias que se imponía la joven e inocente princesa. Bajo los trajes más espléndidos llevaba siembre un cilicio a raíz de la carne; hacíase azotar en secreto y con dureza todos los viernes en memoria de la Pasión dolorosa de Nuestro Señor y diariamente durante la Cuaresma (a fin, dice un historiador, de pagar en algún modo al Señor el suplicio de los azotes), presentándose luego delante de la corte con alegre y sereno semblante. Andando el tiempo trasladó esta austeridad a las altas horas de la noche, y entrándose en un aposento inmediato a la cámara donde dormía con su esposo, hacía que sus doncellas le diesen áspera disciplina, volviendo después al lado de su marido más alegre y amable que nunca, confortada con estos rigores contra su misma y su propia debilidad. Así es como ella, dice un poeta contemporáneo, procuraba acercarse a Dios y romper las ligaduras de la cárcel de su carne como valerosa guerrera del amor del Señor...»
—Basta, no leas más: ¿qué te parece?
—Ya he leído muchas veces esto mismo.
—Es verdad; pero ¿qué pensarías si yo tratase de hacer algo parecido?—se arrojó a decir con precipitación, como quien se decide a proferir una cosa que le ha preocupado mucho.
Genoveva se le quedó mirando con los ojos muy abiertos, sin comprender.
—¿No entiendes?
—No, señorita.
María se levantó, y echándole los brazos al cuello, le dijo al oído con el rostro encendido de rubor:
—Quiero decir, tonta, que si tú te avinieses a hacer el oficio de las doncellas de Santa Isabel, yo imitaría a la santa esta noche.
Genoveva comprendió vagamente; pero todavía preguntó:
—¿Qué oficio?
—Tonta, retonta, el de darme algunos azotes en memoria de los que recibió Nuestro Señor y todos los santos y santas a su ejemplo.
—¡Señorita, qué está usted diciendo! ¿Cómo se le ha metido una cosa como esa en la cabeza?
—Se me ha metido porque quiero mortificarme y humillarme a un mismo tiempo. Esta es la penitencia verdadera y más agradable a los ojos de Dios por la razón de que Él mismo la sufrió por nosotros. He intentado hacerla por mí, pero no he podido, y además no es tan eficaz como sufriendo la humillación de recibirla por mano ajena... Conque no dejarás de satisfacerme este deseo, ¿verdad?
—No, señorita, de ninguna manera... No puedo hacer eso...
—¿Por qué, tonta? ¿No ves que es por mi bien? Si yo dejara de librarme de algunos días de purgatorio por no hacer lo que te pido, ¿no tendrías un remordimiento?
—Pero mi palomita del alma, ¿cómo quiere usted que yo la maltrate, aunque sea para su bien?
—Pues no tienes más remedio que hacerlo, porque es una promesa y tengo que cumplirla... Tú me has ayudado hasta ahora en el camino de la virtud... No me abandones a lo mejor. No lo harás, Genovita, ¿no es verdad que no lo harás?
—¡Señorita, por Dios, no me mande usted eso!
—¡Vamos, Genovita! Te lo pido por el cariño que me tienes.
—No..., no..., no me pida eso.
—Anda, querida, dame ese gusto... No sabes el sentimiento que tendré si no me lo das... Creeré que has dejado de quererme...
María agotó todos los recursos del ingenio para convencerla. Sentada sobre sus rodillas la cubría de caricias, le hacía mimos, enfadándose unas veces, suplicando otras y siempre poniendo unos ojos zalameros a los cuales parecía imposible resistirse. Semejaba una niña que demanda un juguete que le tienen guardado. Cuando vio a su doncella un poco ablandada o más bien fatigada de negar, le dijo con graciosa volubilidad:
—Verás, tonta; no vayas a creer que es una cosa del otro jueves... Mucho peor es un fuerte dolor de muelas y ya sabes que los he sufrido bastante a menudo... La imaginación te hace creer que es una cosa terrible, cuando, en realidad, tiene muy poco de particular... Todo depende de que ahora no se usa porque la virtud se ha desterrado del mundo; pero en los buenos tiempos de la religión era cosa común y corriente y nadie que se preciara de buen cristiano dejaba de hacer esta penitencia... Vamos, prepárate a darme ese gusto y hacer al mismo tiempo una buena obra... Aguarda un poco... Voy a buscar lo que nos hace falta...
Y, corriendo a la cómoda, abrió un cajón y sacó de él unas disciplinas, unas verdaderas disciplinas, con su mango torneado de madera y sus ramales de cuero. Después, toda agitada y nerviosa, con las mejillas encendidas, fuese a Genoveva y se las puso en la mano. Ésta las tomó sin saber lo que hacía, de un modo automático. Estaba completamente estupefacta. La joven volvió a acariciarla, animándola nuevamente con frases persuasivas, sin que ella profiriese una palabra. Entonces la señorita de Elorza, con mano trémula, comenzó a desabotonarse la bata de color azul que traía. Tenía pintado en el rostro el goce irritado y ansioso del capricho que va a ser satisfecho. Sus pupilas brillaban con luz inusitada, dejando adivinar vivos y misteriosos placeres. Los labios secos, como los de un sediento. Había crecido el círculo morado que rodeaba sus ojos y tenía rosetas de un encarnado subido en los pómulos. Respiraba agitadamente por las narices, más abiertas que de ordinario. Sus manos pálidas y aristocráticas, de dedos afilados y uñas sonrosadas, soltaban con extraña velocidad los botones de la bata. Con rápido movimiento despojose de ella.
—Verás, no tengo más que la camisa y la chambra. Ya me había preparado.
En efecto, quitose, o por mejor decir, arrancose la chambra y quedó cubierta solamente de la camisa. Detúvose un instante, echó una mirada al instrumento que Genoveva tenía en la mano y corrió por su cuerpo un estremecimiento de frío, de placer, de angustia, de terror y de ansia, todo en una pieza. Con voz baja y alterada por la emoción dijo:
—¡Que no sepa papá esto!
Y la camisa de batista se deslizó por el cuerpo, deteniéndose un instante en las caderas y cayendo después pausadamente al suelo. Quedó desnuda. Genoveva la contempló con ojos extáticos y la joven sintiose un poco avergonzada.
—No te enfadarás conmigo, ¿eh, Genovita?—preguntó sonriendo.
La doncella no acertó más que a decir:
—¡Señorita, por Dios!...
—Cuanto más pronto mejor, porque voy a constiparme.
De este modo quería obligar aún más a su doncella. Con ademán febril le arrancó las disciplinas de la mano izquierda, se las puso en la derecha, le echó nuevamente los brazos al cuello, y, dándole un beso, le dijo muy quedo al oído en tono jovial:
—Has de dar fuerte, Genovita, porque así lo he prometido a Dios.
Un violento temblor se apoderó de su cuerpo al decir estas palabras; pero un temblor delicioso que le penetró hasta los huesos. Luego, tomando a Genoveva de la mano, la atrajo un poco hacia la mesa donde estaba la imagen del Salvador.
—Aquí ha de ser..., hincada de rodillas delante de Nuestro Señor.
La voz se le anudaba en la garganta. Estaba pálida. Postrose, en efecto, humildemente ante la imagen, persignose rápidamente, cruzó las manos sobre el pecho, y, volviendo el rostro hacia su doncella con sonrisa dulce, le dijo:
—Ya puedes empezar.
—¡Señorita, por Dios!...—tornó a exclamar Genoveva toda confusa.
Por los ojos de la señorita pasó un relámpago de cólera que se apagó al instante; pero le dijo en tono un poco irritado:
—¿Estamos en eso?... Obedece y no seas terca. La doncella, dominada y convencida de que ayudaba a una obra de piedad, obedeció, descargando las disciplinas harto suavemente sobre las desnudas espaldas de la señorita.
Y en verdad que parecía sacrilegio tocar en aquel cuerpo, prodigio de hermosura y elegancia. María no poseía aún, ni era de presumir que poseyera nunca, atento su temperamento, la plenitud de la forma femenina. Era un poco delgada para que pudiera servir de modelo a un escultor. Pero esto mismo constituía atractivo más poderoso para los que gustan de contemplar en la belleza de la mujer el sello del espíritu, y anteponen a la hermosura clásica de la forma la delicadeza y la elegancia. Los brazos eran finos y frágiles, como los de un niño, pero admirablemente torneados; el cuello, flexible y esbelto, como el de la gacela, se unía a los hombros por una línea fugitiva y ondulante, cuya suprema gracia sólo se encuentra en las vírgenes de Rafael.
Los primeros azotes de la doncella fueron tan suaves y comedidos, que no dejaron rastro alguno en aquella preciosa epidermis. Pero María se irritó; quiso que fuesen más fuertes.
—No, así no; con más fuerza... Pero espera un instante; déjame quitar estas joyas, que son ridículas en este momento.
Y velozmente sacó todas las sortijas de los dedos, se arrancó los pendientes de las orejas y depositó el puñado de oro y pedrería a los pies de Jesús. También Santa Isabel, cuando oraba en la iglesia, depositaba la corona ducal al pie del altar.
Volvió a la misma actitud humilde, y Genoveva, viendo que no podía pasar por otro camino, empezó a macerar sin duelo las carnes de su piadosa ama. El quinqué despedía luz tibia y difusa, que bañaba el pequeño gabinete de una claridad discreta. Sólo al reflejarse en las joyas que yacían a los pies del Redentor lanzaba hermosos y fugaces destellos. El silencio en aquellas horas era absoluto: ni aun el viento dejaba oír su voz plañidera en las ventanas. Respirábase en el cuarto una atmósfera de misterio y recogimiento que enajenaba a María y la penetraba de un placer embriagador. Su hermoso cuerpo, desnudo, se estremecía cada vez que cruzaban por él las correas de las disciplinas con un dolor no exento de voluptuosidad. Apretaba la frente contra los pies del Redentor, respirando ansiosamente y con cierta opresión, y sentía latir en sus sienes la sangre con singular violencia, mientras el dorado y sutil vello de su nuca se levantaba de un modo imperceptible a impulso de la emoción que la embargaba. De vez en cuando sus labios, pálidos y trémulos, decían en voz baja:
—¡Sigue, sigue!
Los azotes habían dejado ya algunos surcos de color de rosa en su cándida epidermis, sin que hubiese pedido tregua. Mas llegó un instante en que el bárbaro instrumento hizo saltar sobre ella una gota de sangre. Genoveva no pudo contenerse; tiró las disciplinas muy lejos y se arrojó llorando a abrazar a su señorita, cubriéndola de caricias y pidiéndole, por la salvación de su alma, que no la obligase a hacer semejante atrocidad. María la consoló, asegurándole que le había dolido muy poco la flagelación. Y ya un tanto apagado su ardor y calmados sus impulsos ascéticos, despidiose de ella, pasando a recogerse a su alcoba.
VI
EN BUSCA DEL MENINO
—Te conozco, Ricardo, déjame.
Ricardo callaba.
—Vamos, déjame; mira que necesito concluir pronto para llevar el caldo a mamá.
El joven seguía tapándole los ojos por detrás sin decir una palabra.
—Por Dios me dejes, Ricardo... Ya no tiene gracia, después de haberte conocido...
—En castigo de no haber encontrado graciosa la broma, no te suelto.
—Bueno, pues confieso que tiene mucha gracia.
—Eso ya es otra cosa... Si te sometes te dejo..., pero con precauciones.
Marta, en cuanto se vio libre, corrió con la escoba enarbolada detrás de él, aunque sin lograr alcanzarle; por lo cual dio la vuelta y siguió barriendo el comedor. Aun no se había arreglado. Vestía una bata suelta de color carmesí bastante usada, y traía el cabello sujeto con una redecilla blanca. Mas pasaba una cosa singular con esta niña. Con el vestido usado, y descosido a veces, de trajinar por la casa, y el cabello al desgaire, estaba más linda que cuando se ponía de tiros largos. Bien fuese porque la índole de su belleza no era para brillar con los trajes ricos y suntuosos, como la de su hermana, bien porque la falta de costumbre de ponérselos (pues rara vez usaba los que le compraban), la hiciese aparecer atada y encogida cuando iba al paseo, lo cierto es que aquí y en el teatro Marta llamaba poco la atención y quedaba totalmente oscurecida por la hermosura altiva y espléndida de su hermana. En cambio, dentro de casa, aumentaban sus gracias sobremanera; sus movimientos eran sueltos y desembarazados, los ojos adquirían brillo y animación y todo su cuerpo cobraba una libertad que perdía así que ponía el pie en la calle.
Barría sin apresurarse, con firmeza y sosiego, como quien cuenta siempre llegar a tiempo, tarareando muy bajito un pasacalle. No tenía voz para el canto ni gran afición a la música, y todos los esfuerzos de sus maestros y su buena voluntad para el estudio se estrellaron contra esta ausencia de facultades filarmónicas. Las obras maestras de la música y aun las fantasías, réveries y nocturnos que María tocaba en el piano la dejaban fría, sin comprender su mérito. En cambio, confesaba, avergonzada, que ciertas melodías de zarzuela y muchas canciones populares la encantaban. Otra cosa no confesaba, aunque no era menos cierta. La música que algunas veces acompaña a los entierros, que por regla general es pésima y compuesta casi exclusivamente de instrumentos de bronce, la conmovía profundamente hasta hacerle derramar lágrimas. No cantaba, pues, casi nunca, pero solía tararear suavemente cuando ejecutaba alguna labor, como ahora. De vez en cuando se paraba a tomar aliento, apoyándose un instante en la escoba, y después de echar hacia atrás algunos rizos que le caían por la frente, seguía su tarea.
Ricardo apareció de nuevo en la puerta.
—¿Martita, estás enfadada aún?
—Sí que lo estoy—repuso entre severa y risueña—y escape usted pronto, señor marqués, antes que le siente las costuras con el palo de la escoba.
—¿Pero de veras estás enfadada?
—De veras lo estoy.
—Pues bien, te pido perdón humildemente—dijo poniéndose de rodillas—. Dame todos los escobazos que quieras, porque yo no pienso moverme.
—Vamos, álzate y no hagas boberías... Mira que te estás manchando los pantalones...
—Aunque me manchase el mismísimo cuello de la camisa, no me movería, mientras no me perdones.
—¡Qué payaso eres, Ricardo!
—Muchas gracias.
—¿Quieres alzarte, criatura?
—No, mientras no me perdones.
—Has de ser formal, Ricardo.
—Hablaremos de eso con espacio... ¿Me perdonas?
—Sí, pesado, sí; levántate.
Ricardo se levantó, aproximose a Marta y sacudiéndola fuertemente, exclamó:
—¡Chiquita, qué remonísima eres!... No me admira que Manolito... Ya me entiendes...
—¡Vaya un modo de empezar a ser formal!
—Lo seré con el tiempo; no te apures.
—Bien, pues ahora déjame concluir para llevar el caldo a mamá.
—¿Sabes que he recorrido toda la casa y no he hallado a nadie?
—Mamá aun no ha salido de su cuarto y papá y María están fuera.
—María en la iglesia, como siempre, ¿verdad?
—No fue más que a misa; pronto vendrá.
—¡Ya, ya!—exclamó el joven, poniéndose repentinamente grave y silencioso.
Marta dio fin a su tarea bajo la inspección seria y no muy atenta de su futuro hermano.
—¿Quieres aguardarme? No tardaré en venir...
Ricardo hizo un signo de asentimiento, y mientras la niña estuvo ausente, subió uno de los transparentes de los balcones y se puso a tocar el tambor con los dedos sobre los cristales, posando una mirada vaga y perdida en las casas de la vecindad.
No tardó en presentarse otra vez Marta.
—Anda, vente conmigo; voy a meter ropa en el armario.
Ricardo siguió a la niña como un cordero hasta una habitación clara y llena de armarios que daba a la huerta. En el centro de ella y sobre una mesa se hallaba una gran cesta atestada de ropa recién lavada.
—¿Quieres ayudarme a bajar esta cesta y ponerla aquí cerca del armario?
—¡Pues no faltaba más!
La cesta era enorme y costó trabajo llevarla al sitio designado. Mientras la conducían se les soltó la risa, lo que les obligó más de una vez a dejarla en el suelo.
El joven, con los esfuerzos, se ponía muy colorado, y esto hacía reír de tal modo a la niña que le privaba en absoluto de las fuerzas. Reía pocas veces, mas cuando se le soltaba la llave no había quien la atajase. Ricardo, con sus instintos de clown, procuraba hinchar los carrillos y ponerse aún más colorado. Se le había disipado por completo el mal humor. La cesta no avanzaba poco ni mucho: ambos permanecían inclinados y agarrados a ella sin poder alzarla un dedo del suelo, la una desternillándose de risa y el otro afectando una desesperación cómica.