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Marta y María

D. ARMANDO PALACIO VALDÉS (continued 4)

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A BORDO DE LA SANIDAD.—Hoy he dormido perfectamente después de una porción de noches que llevo sin pegar apenas los ojos—dijo la señorita de Mory a su amiga Rosario que estaba sentada a su lado—. No sé qué tengo hace algún tiempo... Me siento nerviosa... Me duele la cabeza al levantarme de la cama... Yo creo que necesito refrescarme.

—Tal vez necesite usted refrescar el corazón, señorita—se aventuró a decir Isidorito con el rostro espantosamente contraído por una sonrisa.

—No sabía yo que se despachasen también en la botica refrescos para el corazón—repuso la joven con gesto desdeñoso, dirigiendo sus palabras a Rosario.

—¡Oh! no, señorita; en la botica no. El corazón no se cura con los preparados de la terapéutica ordinaria ni con ninguna fórmula de la farmacopea, porque tiene, aparte de su naturaleza física semejante a la de las demás vísceras, otra naturaleza puramente espiritual en el uso corriente de la conversación, que no puede ser influida sino por medicamentos morales. Al decir que tal vez necesitase usted refrescar el corazón quería indicar que acaso convendría que usted desterrase de él ciertas preocupaciones de carácter amoroso que algunas veces lo suelen alterar.

—No tengo esas preocupaciones que usted dice, ni pienso en tenerlas, por ahora, Dios mediante—respondió la señorita con el mismo gesto desabrido y dirigiéndose siempre a Rosario.

—No puede usted afirmar eso de un modo tan categórico.

—¿Pues?

—Porque en la edad que usted tiene es muy difícil, por no decir imposible, sondar las profundidades del espíritu y escudriñar todos sus pliegues. Frecuentemente las impresiones se introducen en nuestra alma de un modo subrepticio, sin que nos demos cuenta de ello; empiezan siendo vagas y fugitivas y por lo mismo pasan inadvertidas; pero lentamente van tomando cuerpo, haciéndose fuertes, y concluyen por apoderarse de la persona y gobernarla a su talante. Entonces pasan a la categoría de pasiones.

—Pues yo sé perfectamente lo que siento y lo que no siento.

—¡Oh! no, señorita; permítame usted que le diga que no lo puede saber.

—¡Hombre, tiene gracia! ¿No he de saber yo lo que siento?... Pues entonces lo sabrá usted...

—Quizá lo sepa mejor. La observación de sí mismo, según todos los filósofos y moralistas, es más difícil que la de los demás, y son pocos los que logran conocerse bien. Por otra parte, la juventud es irreflexiva de suyo y, sobre todo, las mujeres no saben darse cuenta cabal de sus inclinaciones y de las vagas emociones que cruzan por su corazón.

—Mire usted; las mujeres son como Dios las crió, y los hombres también.

—No lo dudo; pero Dios las ha criado así, con una capacidad sensitiva (si vale expresarse de esta suerte) más viva y delicada que la de los hombres. Se puede decir que han nacido exclusivamente para el amor y que el amor debe llenar su existencia. El amor y las consecuencias que de él se desprenden constituyen el primer fin de la unión conyugal o sea del matrimonio. Tal es lo que se encuentra establecido en todas las legislaciones y muy particularmente en la canónica, que es la fuente más pura de todas ellas. La mujer, por consiguiente, obra más bien impulsada por la fantasía y el sentimiento, que por la razón...

—¡Jesús, cuántas cosas sabe Isidorito de las pobres mujeres!—exclamó la señorita de Mory en tono entre irritado y burlón.

El fiscal municipal quedó un poco acortado, pero al cabo prosiguió diciendo sin dejar la seudosonrisa que le atormentaba la cara:

—Siendo, por tanto, el amor el móvil más poderoso, por no decir el único, de la vida de la mujer, nada tiene de particular que haya supuesto que una joven como usted se encuentre agitada por ese sentimiento omnipotente y pague tributo a lo que constituye una ley indeclinable de la vida. Vea usted ahora cómo no andaba descaminado al afirmar que tal vez necesitase usted refrescar el corazón o, lo que es igual, aligerarlo de alguna impresión demasiado punzante.

—¡Ay Dios, qué pesado!—dijo la señorita de Mory en voz baja; y en alta voz repuso—: Pues se equivoca usted de medio a medio, Isidorito; nada me pincha ni me punza por ahora.

—Permítame usted que lo dude.

—Es usted muy dueño de dudarlo, pero le aseguro que lo sé de muy buena tinta.

—De todos modos, en buena lógica, por más que usted asegure lo contrario, no hay posibilidad de sostener una afirmación semejante. No sólo la razón y el buen sentido se oponen a ello, sino que de la observación más superficial de los hechos resulta: primero, que el amor es un sentimiento natural y constante en las jóvenes; segundo, que en usted no existen motivos para sustraerse a él, y tercero, que el hecho de dormir poco y agitadamente hace muy verosímil la suposición de que usted se encuentra enamorada.

La señorita de Mory se encogió de hombros, hizo una mueca desdeñosa con los labios y sin dignarse responder entabló conversación con su amiga Rosario.

Isidorito había triunfado, como siempre, de su contrario. Porque para el joven fiscal la mujer con quien hablara era su contrario y se creía en el caso de envolverla en los pliegues de su lógica y estrecharla de cerca hasta que la rendía lo mismo que a un litigante rebelde. De este modo pensaba captarse la admiración y el respeto del sexo femenino. Mas el sexo femenino (dicho sea en su desdoro) no sólo no admiraba a Isidorito por su lógica contundente, por su formalidad y por sus vastos conocimientos jurídicos, sino que le miraba con marcada ojeriza y huía su conversación cual si se tratase de un ruido enfadoso.

La señorita de Mory, con quien había sostenido controversias reñidísimas sobre la naturaleza del amor y la amistad, las dulzuras del recuerdo, las amarguras del olvido, la simpatía y todo lo demás referente al corazón, en las cuales siempre salía, por de contado, victorioso, había llegado a aborrecerle de muerte. Así que nuestro sensato joven se hallaba a más de cien leguas de los tres mil duros de renta de la graciosa heredera cuando creía estar tocándolos ya con la punta de los dedos. Su formalidad jamás desmentida, su elocuencia reposada y serena, sus levitas prolongadas, sus ideas de orden y su jurisprudencia se habían estrellado contra una prevención tan cruel como injustificada.

EN LA FALÚA DE LAS DE CIUDAD.—¡María Julia, Consuelo, mirad qué bonito hace el agua metiendo la mano dentro!

—¡Lindísimo!

—Se va usted a mojar el vestido, Amparo.

—¡Mire usted qué penachitos blancos tan monos salen por entre los dedos, Suárez!

—Preciosos..., pero se va usted a mojar la manga del vestido.

—Aguarde usted un poco... Me la voy a remangar... Ea, ya está bien... Mire usted, mire usted...

—Todavía me parece que se moja... Levántela usted un poquito más...

—¿Más?

—Sí.

—¡Pero me voy a descubrir todo el brazo!

—¡Qué importa!

—Tiene usted razón; el tiempo no está para constiparse. Ahora me parece que ya queda bien... ¡Huy, qué fría está el agua!... ¡En la mano no se nota, pero en los brazos!... Mire usted, mire usted cómo salta... Poniendo la palma de la mano contra la corriente se sube por el brazo arriba... ¿No ve usted qué hermosa y transparente está hoy?...

—Hablando con franqueza le diré—murmuró el ingeniero al oído de Amparo—que en este momento me llama más la atención su lindo brazo.

—Si no se calla usted, pícaro, le sacudo el agua en la cara—manifestó la niña en medio de castas contorsiones.

—Aunque usted me echase a la ría lo seguiría diciendo... Yo soy artista ante todo, ya lo sabe usted... Nada hay tan hermoso como la forma humana... cuando es hermosa; y ese brazo sostiene la competencia con los más acabados modelos del arte escultórico.

—Vamos, no sea usted bromista... Mi brazo es como otro brazo cualquiera... Lo que hay es que ya voy sintiendo frío en él... ¡Caramba con el agua! ¡Parecía tan templadita al principio!... ¡Y cómo se va enfriando poco a poco hasta que se le mete a una por los huesos!...

—Sáquelo usted, sáquelo usted... Vamos a secarlo.

Y Amparito lo sacó, en efecto, del agua, y lo entregó inocentemente al ingeniero, que se puso a secarlo con el pañuelo, prodigándole cuidados exquisitos y diciendo al mismo tiempo:

—¡Pero qué brazo tan precioso tiene usted, Amparito!... ¡Qué blancura!... ¡Qué cutis delicado!... ¡Y qué bien torneado sobre todo!... El brazo de la mujer ha de ser así..., redondo y fino, como el de la Venus de Médicis... La disminución hacia la muñeca debe ser gradual y proporcionada... La verdad es que si el resto del cuerpo corresponde al brazo, es usted una de las mujeres mejor formadas que un artista puede apetecer para modelo... Las mujeres bien hechas son ahora bastante escasas. A esto se debe la decadencia de la escultura, según los críticos. Si hubiera muchas como usted, no podrían decir eso, seguramente... ¡Qué brazo, qué brazo tan lindo!... No puede usted figurarse el placer que siento al tener una obra tal de arte entre las manos...

El ingeniero al decir esto daba tantas vueltas al brazo de la niña, lo manoseaba tanto, que el señor de Ciudad, que contemplaba la operación desde la proa con ojos torvos, no pudo menos de exclamar en tono colérico:

—Amparo, ¿quieres bajarte esa manga?... ¡Chicuela más tonta!...

La niña se ruborizó y bajó la manga. El ingeniero, no pudiendo desenvolver sus teorías artísticas con el modelo a la vista, renunció por algún tiempo al uso de la palabra.

Las falúas estaban ya delante de los Arenales. El sol había conseguido hacer algunos agujeros en el toldo nubloso y amenazaba desgarrarlo por completo en plazo más o menos breve. El manojo de rayos que por estos agujeros caía sobre los montecillos de arena, hacíalos brillar como enormes pepitas de oro derramando sus resplandores sobre toda la extensión de la sábana de agua. A veces, cuando los rayos del sol fenecían momentáneamente por la interposición de alguna nube, los resplandores se apagaban y la arena tomaba los matices grises y dorados de las telas amarillas de seda. Los viajeros convinieron todos en que aquellos arenales daban una idea bastante aproximada de los desiertos de África, y don Mariano expresó la opinión de que sería muy fácil fijar la arena por medio del esparto y otras plantas adecuadas y convertirlos pronto en magníficos bosques de pinos.

El valle, que en la mitad del camino se abría adquiriendo mayor amplitud, tornaba a cerrarse al llegar al Moral. Las aguas se mostraban más inquietas, revelando la proximidad del mar. Las colinas que protegían el pueblecillo con sus faldas pedregosas y sus cimas desnudas y tristes, también lo anunciaban. Empezaba a sentirse el hálito del monstruo que soplaba vivo y soberbio por la estrecha boca de la ría y escuchábase a lo lejos el sordo y formidable rumor de sus entrañas. Las falúas tropezaban aquí y allá con algunos pañuelos de espuma que venían rodando sobre el agua como jirones desgarrados del manto de algún dios que hubiese combatido toda la noche con los monstruos del océano.

Llegaron al Moral. Don Mariano les tenía preparado un suculento refrigerio dentro de un vasto almacén que allí poseía, y la numerosa comitiva demostró una vez más que los aires del mar son el más excelente aperitivo para todos los estómagos. Cuando hubieron dado buena cuenta de él y descansado un ratito, tornaron a embarcarse para continuar su excursión. A poco trecho del Moral se hallaba la boca del puerto, por donde salieron, dejando a la derecha la torre del faro colocada sobre una eminencia. Los marineros soltaron el remo e izaron las velas para aprovechar el viento fresco del N. E. que los empujaba. Eran las once de la mañana. El toldo nubloso se había replegado enteramente sobre el horizonte, mostrando al descubierto un hermoso cielo diáfano y azul, donde el sol nadaba altivo y encendido como nunca.

El mar se desplegó ante los ojos de nuestros viajeros como una mancha azul, enorme, infinita, que cerraba por todas partes la esfera celeste para recoger su luz y su armonía. Sobre esta mancha azul la madeja luminosa del sol hacía brillar otra de plata poblada de luces trémulas y chispeantes que se extendía en línea recta hacia el Occidente. En cada una de las crestas que la brisa levantaba en el agua, los rayos del astro depositaban una luz fugitiva y viva, que al mezclarse y confundirse con las demás en cabrilleo incesante semejaba la ebullición monstruosa y fantástica de los tesoros ocultos en el fondo del océano. Los viajeros siguieron con la vista aquella línea argentada sin desplegar los labios por un buen espacio, gustando la impresión profundamente amable y solemne que el mar produce siempre en el alma. Los contornos de la Isla se dibujaban a lo lejos, desvaídos y confusos por el exceso de la luz, frente a la misma embocadura de la ría, a unas cinco millas de la costa. En torno de ella percibíanse grandes jirones de espuma que crecían y menguaban alternativamente ciñéndola de un blanco cinturón de encaje. El viento soplaba recio, pero franco y benigno, porque tenía espacio donde extenderse. Las tres falúas con las velas desplegadas cortaban el agua una en pos de otra como otras tantas gaviotas que se persiguieran. Las maromas rechinaban, los palos gemían en los agujeros que los aprisionaban y las velas se doblaban bajo el soplo de la brisa, inclinando las embarcaciones harto más de lo que desearan las señoras. El agua al dejar paso se rompía, produciendo un garganteo flautado que sonaba en la proa, deslizándose después por ambos costados con rumor de sedería que se despliega.

Don Serapio sintiose acometido nuevamente de un rapto marítimo, y sujetando el sombrero con una mano y accionando dramáticamente con la otra, cantó:

Dichoso aquel que tiene su casa a flote y a quien el mar le mece su camarote.

La voz indefinible del fabricante de conservas tuvo el honor de unirse al eterno concierto de los mares, como uno de tantos ruidos de olas que chocan o piedras que se arrastran. El viento no quiso encargarse de llevarla a veinte varas de distancia siquiera.

Las falúas al resbalar sobre la espalda turgente de las olas subían y bajaban con movimiento blando y perezoso, que agradó en un principio a los pasajeros. Se dejaban columpiar dulcemente; cerraban los ojos con sonrisa voluptuosa y feliz, entregándose de nuevo a los sueños vagos y poéticos que la brisa del mar despertaba en su mente. ¡Quién había de decir, ¡ay!, que los que tan gratamente soñaban y se mecían en un mundo risueño de fantasmas vaporosos y doradas ilusiones se habían de ver a los pocos minutos con la cabeza tristemente inclinada sobre el mar, el cuello apoyado en el carel como si fuese un tajo, el rostro lívido y los ojos fijos en el agua, cual si tratasen de escrutar los arcanos del océano! ¡Oh terrible instabilidad de las cosas humanas!

¿Pero qué pasaba en la falúa de la Sanidad para que diese la vuelta y se apartase de sus compañeras? Un suceso imprevisto y muy enojoso ciertamente. A Isidorito le había hecho daño el almuerzo. Al poco rato de salir del Moral empezó a quedarse pálido y silencioso, sin que nadie lo echase de ver, hasta que la palidez subió tanto de punto que realmente parecía un cadáver. Entonces se creyó que era mareo y le mandaron meter los dedos en la boca; pero el fiscal municipal, harto bien al corriente de la tragedia que en aquel momento se representaba en su estómago, no quiso hacerlo y suplicó humildemente que si era posible diesen la vuelta y lo dejasen en tierra. Todos quedaron estupefactos ante aquella proposición, y la falúa prosiguió su rauda marcha, como si no la hubiese oído. Mas al cabo de un rato, Isidorito la formuló de un modo más enérgico y los marineros se vieron precisados a contestar que, aunque no imposible, el tocar en tierra otra vez les haría perder una hora de tiempo. Pasó otro rato. Isidorito se levantó de improviso con el rostro desencajado y extendiendo su diestra hacia la tierra, exclamó con voz poderosa y angustiada:—¡Vuelta, vuelta por Dios, o me arrojo al agua!—Entonces la falúa, no queriendo ser cómplice de un suicidio, giró sobre sí misma, dejó caer la vela, y echando los remos al agua, comenzó a caminar lo más velozmente que pudo al punto más cercano de la costa. Hay datos, no obstante, para creer que el distinguido jurisconsulto no llegó a tierra con suficiente oportunidad. La señorita de Mory se creyó bastante vengada de las muchas molestias que su inflexible lógica le había ocasionado.

X

SIGUE LA EXCURSIÓN

En tanto el océano, indiferente a las risas y a las angustias de aquellos insectillos que rozaban su bruñida epidermis, reverberaba el incendio del sol en toda su intensidad, gozando este placer augusto con el mismo sosiego que en los primeros días del mundo. La luz ya podía espaciarse libremente sobre su llanura húmeda corriendo leguas y leguas en un segundo, lanzando sus llamaradas a los últimos confines del horizonte o recogiéndolas de pronto en haz resplandeciente; ya podía jugar sobre las crestas espumosas de sus olas o besar tímidamente el espejo diáfano de las aguas o salpicarlo con menudo polvo de plata o dejarse caer desmayada con lánguido y voluptuoso estremecimiento que se perdía entre los pliegues de las olas. Nada conseguía alterar la paz solemne de su corazón ni hacerle emitir una nota más grave o más aguda en la grandiosa aria de bajo profundo que canta desde el principio del universo.

Los contornos de la Isla se dibujaban ya con precisión, negros y adustos como si acabasen de salir de un gran incendio. Según se iban acercando a ella, el blanco cinturón, que desde lejos parecía ceñirla, rompíase en mil pedazos separados por considerable distancia. Ruido formidable de muchedumbres que combaten, cadenas que se arrastran y peñas que se desgajan, venía de allá indicando a nuestros viajeros que se acercaban al término de su jornada. Al cabo de una hora de marcha atracaron por fin, no sin algún trabajo, a su peñascosa costa. Después necesitaron subir por estrecho y peligroso sendero labrado en la roca, para encontrarse al fin en tierra firme y llana. La Isla no merecía este nombre. Era un islote de dos o tres kilómetros de extensión, propiedad de don Mariano de Elorza, que sólo la utilizaba para cazar de vez en cuando y traer de allá todos los años algunos centenares de huevos de gaviota. Estaba cubierta a trechos de pinos, pero en su mayor parte vestida de tojo, donde las liebres y los conejos tenían su guarida. Por casi todos lados ofrecía espantosos precipicios sobre el mar, que la batía incesantemente entrando y saliendo con furia en las concavidades de las rocas que la circundaban. Don Mariano había edificado en el centro una casita para guarecerse, a la cual había ido añadiendo poco a poco algunas comodidades. Constaba solamente de un espacioso salón, un comedor, algunas alcobas y la cocina; pero la tenía bastante bien amueblada y circuída de un jardincito donde crecían de mala gana algunos árboles de adorno.

Mientras se disponía la comida y llegaba la falúa de la Sanidad, que había ido a depositar a Isidorito como triste deportado en un árido paraje de la costa, señoras y caballeros se diseminaron, dedicándose a la caza o a la pesca, según las aficiones y aptitudes de cada cual. Empezaron a sonar tiros aquí y allá, demostrando que los conejos, que se habían propagado en progresión geométrica, sufrían la ley de represión descubierta por Malthus. Los viajeros que no tenían instintos sanguinarios se acomodaban buenamente sobre el musgo al borde de los precipicios, contemplando de hito en hito el horizonte, por donde solía cruzar la vela de algún barco. Otros estudiaban la flora arrancando hierbecillas y discutiendo ampliamente acerca del cultivo que convendría a aquellas tierras y de los productos que pudieran dar. Cuando todo estuvo arreglado, don Mariano lo notificó por medio de sus criados, y unos en pos de otros los tertulios se fueron replegando hacia la casa y entraron en el salón, donde se había improvisado una espléndida mesa atestada de manjares y flores. Buen trabajo y bastante ruido costó sentar a tanta gente; pero al fin se consiguió gracias a la actividad del dueño de la casa, poderosamente auxiliado de un joven que traía el pelo por la frente, a quien ya tuvimos el honor de conocer la noche del sarao celebrado con motivo del santo de doña Gertrudis.

La comida fue digna del anfitrión. Ningún refinamiento gastronómico se echaba de menos. Todo estaba sabiamente previsto por una imaginación familiarizada con los asuntos culinarios, y alguien pudo decir en la mesa, con verdad, que no era tan desdichada la vida en una isla desierta, como se decía en el Robinson Crusoe y en otros libros. Cada comensal tenía frente a sí cinco o seis copas, que dos criados se encargaban de ir llenando sucesivamente de diversos vinos, según los manjares que se servían. A nadie sorprenderá, pues, que al terminarse la comida hubiese brindis entusiastas, precedidos de discursos elocuentísimos y acompañados de gritos, bravos y felicitaciones de todo género al orador. Don Máximo los rompió con unas cuantas frases bastante mal dichas, pero muy conmovedoras, referentes a la brevedad de la vida, a la miseria de los placeres, a la recompensa que nuestros dolores alcanzarán en un mundo mejor y a otros asuntos de ultratumba. El orador concluyó por verter lágrimas copiosas, embargado por tan fúnebres consideraciones. No faltó, sin embargo, quien afirmase por lo bajo que la papalina de don Máximo era la menos divertida que jamás había visto. Pronunció después el ingeniero Suárez, con frase correcta y atildada, un discurso enderezado a preconizar la importancia que la mujer tenía en la actual civilización y las saludables modificaciones que merced a su influjo se habían obtenido en las costumbres de los pueblos modernos; hizo un elogio tan brillante como acabado de sus actitudes artísticas, declarándolas muy superiores a las del hombre; habló también de sus perfecciones físicas, entreteniéndose con mucha complacencia a enumerarlas, y terminó brindando incondicionalmente por la obra más bella y primorosa de la creación, por la eterna y dulce compañera del hombre. Las señoritas de Ciudad batieron palmas. Inmediatamente se levantó don Serapio, y con lengua bastante gorda propuso en términos concretos que el brillante concurso que le escuchaba se estableciese definitivamente en la Isla, a fin de poblarla, invitando a cada uno de los presentes a buscar lo más pronto posible pareja. La circunstancia de hacer un guiño tan malicioso como grosero a una de las criadas que servían la mesa, al terminar su invitación, despertó contra él una tempestad de silbidos e interrupciones. No pudiendo explicar satisfactoriamente su conducta, don Serapio se fue muy incomodado a dar una vuelta por la cocina. Al poco rato sonó allá una bofetada.

Siguieron los brindis, cada vez más acalorados y tempestuosos, de tal modo que nadie se entendía. Uno de los más celebrados fue el de Martita, quien por consejo de Ricardo, que estaba a su lado, había bebido tres copas de champagne y no sabía lo que le pasaba. La pobre niña, tan reservada y silenciosa por temperamento, empezó a charlar por los codos, dirigiendo pullas muy saladas a todos los presentes, que las acogían con regocijo y aplauso. Cuando una señora le dijo que estaba borracha, se puso muy seria y afirmó que sólo estaba un poco alegre, lo cual nada tenía de particular teniendo en cuenta sus pocos años. Esta salida hizo reír a los convidados. Los vapores del champagne habían coloreado sus mejillas fuertemente y le producían alguna sofocación. Mientras hablaba no cesaba de darse aire con el pañuelo. Sus ojos, tan fijos y serenos ordinariamente, habían adquirido singular movilidad y cierto brillo malicioso que consiguió llamar la atención de Suárez el ingeniero. El mismo timbre de la voz se le había modificado de un modo notable, haciéndose más grave y firme. Parecía que se operaba en ella una anticipación artificial y momentánea de la plenitud del sexo.

Cuando concluyeron de disparatar, don Mariano hizo que sacaran las mesas del salón, para que bailasen los jóvenes. Un piano, jubilado por su respetable ancianidad en aquel retiro, fue el que marcó con voz cascada el compás de una mazurca. Como era de esperar, el baile perdió al instante toda gravedad y ceremonia y se convirtió en torbellino de saltos, gritos y risas. Marta, que bailaba con Ricardo, le dijo de pronto:

—No puedo soportar este calor: ¿quieres que salgamos un poco a tomar el fresco?

—Vamos; yo también estoy muy sofocado.

Cuando estuvieron en el jardín, le dijo:

—Si quisieras hacer conmigo una expedición, te llevaría a un sitio que no conoce aquí nadie más que papá y yo; una playa oculta entre las rocas. Hasta que se está en ella no se la ve... Es un sitio precioso...

—¡Vaya si quiero! Demasiado sabes la afición que tengo a los pasajes, y sobre todo a los del mar... ¿Por dónde se va?

—Sígueme..., ya verás.

Marta emprendió la marcha hacia un bosque de pinos situado no muy lejos de la casa y Ricardo la siguió. Vestía la niña un traje azul marino, con adornos de encaje blanco, y en la cabeza llevaba sombrero de paja adornado con una guirnalda de campanillas rojas.

—Después que lleguemos a ese bosque vas a experimentar una sorpresa.

—¿De veras?

—Ya verás, ya verás.

En efecto, así que estuvieron en el bosque y caminaron algún tiempo por él, tropezaron con una cueva tapada a medias por los árboles y la maleza. Marta, sin decir palabra, se introdujo en ella, y en dos segundos desapareció. Ricardo quedó un instante parado y altamente sorprendido; pero una fresca carcajada que sonó dentro le sacó de su estupor.

—¿Qué es eso; no te atreves a entrar, cobarde?

—¿Pero chica, no ves que puedes hacerte daño?

—¡Entre usted, bravo guerrero!

—Bien..., ya que te empeñas...

Cuando se había unido a Marta observó que la cueva se abría bastante y estaba tapizada de arena.

—¡Oh, no pensé que era tan grande y cómoda!

—Bueno; pues ahora sígueme.

—¿Adónde?

—¡Qué preguntón eres!... Ya lo sabrás, hombre; ya lo sabrás.

Entró por la cueva adelante, que cada vez se iba haciendo más obscura, seguida de Ricardo, el cual no apartaba la vista de ella temiendo a cada instante verla caer o chocar con algún obstáculo. Al cabo de poco tiempo borrose la silueta de la niña en el fondo obscuro de la caverna, y Ricardo se halló en verdaderas tinieblas.

—No tengas cuidado: sigue, que no te pasará nada... Iré hablando para que camines en dirección de la voz... Si quieres que te dé la mano, te la daré... ¿No?..., bueno, no te quedes atrás... Dentro de muy poco tiempo empezarás a bajar..., pero es una pendiente suave... ¿Lo ves?... No te quejarás del suelo..., aunque uno se cayese no se haría mucho daño... No tardaremos en ver luz... Ten cuidado... inclínate a la derecha, que el camino hace ahora una revuelta... ¡Ea, ya tenemos claridad!

Un punto luminoso se veía efectivamente a los pies de nuestros jóvenes a unas cien varas de distancia. La silueta de Marta volvió a romper las tinieblas y a resaltar sobre la escasa claridad que entraba por el agujero. Oyose en la cueva un sordo y prolongado rumor que hacía sospechar la proximidad del océano. A los pocos minutos salían a la luz.

Ricardo quedó extasiado ante el espectáculo que se ofreció a su vista. Estaban frente al mar, en medio de una playa rodeada de altísimos peñascos cortados a pico. Parecía imposible salir de ella sin arrojarse a las olas, que venían majestuosas y sonoras a desplomarse sobre su dorada arena festoneándola con sábanas de espuma. Nuestros jóvenes avanzaron hasta el medio contemplando, sin decirse una palabra, embargados por la emoción, aquel misterioso retiro del océano que semejaba un locutorio escondido y amable donde venía a contar sus profundos secretos a la tierra. El cielo, de un azul muy claro, hacía brillar el arenoso pavimento que se inclinaba hacia el mar con declive suave. Se pasaban los meses y los años sin que la planta de un hombre imprimiese su huella en él. Los altos muros negros y carcomidos, que cerraban en semicírculo la playa, esparcían sobre ella silencio triste. Sólo el grito de algún pájaro marino, al cruzar de un peñasco a otro, turbaba la eterna y misteriosa plática del mar.

Ricardo y Marta continuaron avanzando hacia el agua lentamente, dominados por el respeto y la admiración. Según caminaban, la arena se iba haciendo más blanda; las huellas de sus pies se llenaban inmediatamente de agua. Al acercarse, observaron que las olas crecían y que sus volutas retorcidas en el momento de desplomarse los taparían si se pusiesen debajo. Venían graves, firmes, imponentes hacia ellos, como si tuviesen seguridad de arrollarlos y sepultarlos para siempre entre sus pliegues, pero a las cinco o seis varas de distancia se dejaban caer en tierra desmayadas, expresando su pesar con un rugido inmenso y prolongado. Los torrentes de espuma que salían de su ruina venían extendiéndose y resbalando por la arena a besarles los pies.

Al cabo de algún tiempo de contemplarlas fijamente, Marta sintiose turbada. Creyó advertir en ellas cada vez más ansia de tragarla y que expresaban su deseo con gritos rabiosos y desesperados. Retrocedió un poco y tomó la mano de Ricardo sin comunicarle el miedo pueril que la embargaba. La sábana de espuma que las olas extendían, en vez de besarla, pensaba que le mordía los pies. Al replegarse de nuevo con aspiración gigantesca la arrastraba contra su voluntad para llevarla quién sabe adónde.

—¿No te parece que nos vamos acercando demasiado a las olas, Ricardo?

—¿Crees, acaso, que van a llegar adonde estamos nosotros?

—No sé..., pero se me figura que nos vamos deslizando insensiblemente... y que concluirán por taparnos.

—Pierde cuidado, preciosa—dijo echándole un brazo sobre el hombro y atrayéndola suavemente hacia sí—; ni las olas suben, ni nosotros bajamos... ¿Tienes miedo a morir?

—¡Oh, no; ahora no!—exclamó la niña en voz apenas perceptible, estrechándose más contra su amigo.

Ricardo no oyó esta exclamación. Seguía con la vista atentamente la marcha de un vapor que cruzaba por el horizonte sacudiendo su negra columna de humo.

Al cabo de un rato quiso anudar la conversación.

—¿De veras tienes miedo a la muerte? ¡Oh!, haces bien... Hoy el mundo guarda para ti su sonrisa más amable... Ni una sola nube oscurece el cielo de tu vida... ¡Dios quiera que no llegues a desearla nunca!

—Y tú, ¿tienes miedo, di?

—Unas veces sí y otras veces no.

—¿En este momento lo tienes?

—¡Ah, qué curiosilla eres!—exclamó volviendo hacia ella su cara sonriente—. No; en este momento, no.

—¿Por qué?

—Porque si el mar nos tragase, moriríamos los dos juntos, y yendo en tan amable compañía, ¡qué me importa dejar este mundo!

La niña le miró un rato fijamente. Los labios del joven estaban plegados por una sonrisa galante y protectora. Separose de él bruscamente y, volviéndole la espalda, se puso a caminar por la playa rozando los dominios de las olas.

El vapor iba a ocultarse ya detrás de uno de los cabos como un guerrero fantástico que caminase dentro del agua, asomando solamente el penacho de su casco. Cuando hubo desaparecido, Ricardo fue a unirse a su futura hermana, que no pareció advertir su presencia, enteramente abismada en la contemplación del océano. No obstante, al cabo de un rato volviose de improviso y le dijo:

—¿Te atreves a ir conmigo a la peña que se ve allá abajo, a la derecha?

—No tengo ningún inconveniente; pero te prevengo que está subiendo la marea y que esa peña quedará rodeada de agua antes de una hora.

—No importa; tenemos tiempo para ir a ella.

Dando brincos y haciendo equilibrios sobre los peñascos de la costa, llenos de charcos y tapizados de algas, donde corrían grave riesgo de resbalar, llegaron a la peña, que avanzaba buen trecho dentro del mar.

—Sentémonos—dijo Marta—. ¡Cuánto mar se ve desde aquí!, ¿no es cierto?

Ricardo se sentó a su lado y ambos contemplaron la húmeda llanura que se extendía a sus pies. Cerca de ellos ofrecía un color verde oscuro. A lo lejos era azul. Allá, en el centro, la gran mancha de plata seguía resplandeciendo con vivos destellos reflejando el diseño del disco del sol. De los profundos senos líquidos de aquel infinito salía una música grave, pero insinuante, que empezó a sonar como caricia paternal en los oídos de nuestros jóvenes. El gran desierto de agua cantaba y vibraba en los espacios como el eterno instrumento del Hacedor. La brisa que de sus olas llegaba tenía una frialdad grata que les refrescaba las sienes y las mejillas. Era un aliento vivo y poderoso que ensanchaba su corazón y lo inundaba de sentimientos vagos y sublimes.

Ni uno ni otro hablaron. Gozaban contemplando la majestad y grandeza del océano con un sentimiento humilde de su pequeñez y con vago deseo de participar de su fuerza sagrada e inmortal. Sus ojos paseaban una y otra vez, sin fatigarse nunca, por la línea indecisa del horizonte, que les revelaba otros espacios sin fin azules y luminosos. Sin darse cuenta de ello, por un movimiento instintivo, se habían acercado de nuevo uno a otro como si temiesen algo de la presencia de aquel monstruo que rugía a sus pies. Ricardo había pasado un brazo en torno de la cintura de la niña y la tenía sujeta suavemente para defenderla de cualquier peligro.

Al cabo de mucho tiempo, Marta volvió su rostro encendido hacia él y le dijo con voz conmovida:

—Dime, ¿me dejas apoyar la cabeza en tu pecho? ¡Tengo unas ganas de llorar!

Ricardo la miró con sorpresa y atrayéndola dulcemente hacia sí la acostó sobre su regazo. La niña le dio las gracias con una sonrisa.

—¿Te encuentras bien ahora?

—¡Oh, sí; muy bien, muy bien!

—¿Quieres dormir un poco a ver si te pasa ese malestar?

—No, no quiero dormir... Déjame..., no me hables..., ¡si supieras qué bien me encuentro!

Ricardo sonrió satisfecho y le acarició la cara como a un niño.

El agua batía la peña donde se hallaban, salpicándoles de espuma y entrando y saliendo sin cesar en las profundas concavidades de la roca, que parecía hueca como un edificio. Las corrientes que se precipitaban por ellas despertaban en su seno extraños y confusos rumores, que unas veces semejaban los ecos lejanos de un trueno, otras los ronquidos profundos de un órgano.

Marta, con la cabeza apoyada en el regazo del joven y la cara vuelta al cielo, hacía rodar sus grandes y límpidos ojos continuamente por la bóveda azul, con el oído atento a los graves rumores que debajo de ella sonaban. El viento fresco del mar no había conseguido aún apagar el ardor de sus mejillas.

—¡Atiende!—dijo de pronto—. ¿No oyes?...

—¿Qué?

—¿No oyes entre los ruidos del agua algo parecido a un lamento?

Ricardo atendió un instante.

—No oigo nada.

—No; ya ha cesado... Aguarda un poco... ¿No lo oyes ahora?... Sí, sí, no cabe duda..., en las cuevas de esta roca hay alguien que se queja...

—No hagas caso, tonta. Es la resaca que produce sonidos extraños... ¿Quieres que me baje a mirar lo que hay dentro?

—¡No, no!—exclamó con sobresalto—. Estate quieto... Si te movieses ahora me harías mucho daño...

La gran mancha de plata se extendía cada vez más por el ámbito del océano, pero empezaba a palidecer. El sol caminaba velozmente hacia el horizonte con serenidad majestuosa, sin una nube que lo escoltara, anegado en un vapor de oro y grana que se filtraba hasta perderse enteramente en el azul claro del firmamento. La peña donde se hallaban extendía también su sombra sobre el agua, cuyo verde oscuro se iba trocando poco a poco en negro. Los rugidos de las olas se amortiguaban y la brisa soplaba dulcemente como el hálito perezoso del que se prepara a dormir. Un silencio augusto y conmovedor empezaba a elevarse del seno de las aguas. En las cavernas de la roca, Marta dejó de percibir el grito acongojado que la asustara, y los truenos y ronquidos se habían ido cambiando lentamente en un glu glu suave y lánguido.

—¿No te duermes?—volvió a preguntar Ricardo.

—Ya te he dicho que no quiero dormirme... ¡Me encuentro tan bien despierta!... El que duerme no padece, pero tampoco goza... Sólo es bueno dormir cuando se sueñan cosas lindas, y yo no las sueño casi nunca... Ahora me parece que estoy durmiendo y soñando... ¡Te veo de un modo tan raro!... Estoy viendo el cielo debajo y el mar encima. Tu cabeza está bañada por un vapor azul... Cuando la mueves parece que oscila la bóveda que nos cubre; cuando hablas, tu voz parece que sale de lo profundo del mar... ¡No cierres los ojos, por Dios, que me haces sufrir!... Se me figura que estás muerto y que me has dejado aquí sola. ¿No ves los míos qué abiertos están? Nunca tuve menos deseos de dormir que ahora. Oye; acerca un poco la cara. ¿Sentirías mucho que el mar fuese poco a poco subiendo y llegase a cubrirnos?

Ricardo se estremeció levemente. Echó una mirada en torno y observó que el agua empezaba a cerrar el istmo que unía la peña a la costa. Los ojos de Martita, cuando volvió el rostro hacia ella, brillaban con fuego malicioso y singular.

—Vámonos, que ya estamos casi cercados de agua.

—Espera un poquito..., tengo que decirte una cosa... Te la voy a decir muy bajo para que no se entere nadie..., nadie más que tú... Ricardo, me alegraría que el mar subiese ahora de pronto y nos sepultase para siempre... Así estaríamos eternamente en el fondo del agua, tú sentado y yo apoyada en tu regazo con los ojos abiertos... Entonces, sí, me dormiría a ratos y tú velarías mi sueño, ¿no es verdad? Las olas pasarían sobre nuestra cabeza y nos vendrían a contar lo que sucedía en el mundo... Esos peces blancos y azules que los marineros pescan con los anzuelos vendrían silenciosamente a visitarnos y nos permitirían pasar la mano por sus escamas de plata... Las algas se enredarían a nuestros pies, formando cojines blandos, y cuando el sol saliera le veríamos al través del cristal del agua más grande y más hermoso, filtrando sus rayos de mil colores por ella y deslumbrándonos con su esplendor... Di, ¿no te gusta?

—Calla, Martita; estás delirando... Vámonos, que el agua sube.

—Espera un momento... Hace una hora que estamos aquí y el viento no ha conseguido enfriarme las mejillas..., tengo cada vez más calor en ellas. No importa..., me encuentro bien... ¿Quieres hacerme un favor?... Sóplame en la cara a ver si se me pasa esta sofocación... ¡Así, así!... ¡Qué amable eres!... Por algo dice todo el mundo que eres muy simpático... Tienes el genio un poco vivo, pero a mí me gustan los hombres de genio vivo... Oye; necesito pedirte perdón.

—¿De qué?

—De un susto que te he dado el otro día. ¿Te acuerdas cuando hicimos juntos un ramo de flores en el jardín?... Después quisiste hacerme una caricia y fui tan necia que lo llevé a mal y me eché a llorar... ¡Qué sorpresa y qué disgusto habrás tenido!... Confieso que soy una tonta y que no merezco que nadie me quiera... Sin embargo, bien puedes creerme que no estaba enfadada contigo... Lloré de sentimiento..., sin saber por qué... ¡Qué motivo tenía yo para llorar! Tú no querías hacerme ningún daño..., no querías más que besarme las manos, ¿verdad?

—Nada más, hermosa.

—Pues yo tengo mucho gusto en que las beses, Ricardo... Tómalas...

La niña extendió hacia arriba sus lindas manos, que se agitaron en el aire alegres y cándidas como dos palomitas recién salidas del nido. Ricardo las besó con efusión repetidas veces.

—No basta eso—prosiguió la niña riendo—. Antes me besabas en la cara siempre que me encontrabas o te despedías... ¿Por qué has dejado de hacerlo? ¿Me tienes miedo?... Yo no soy una mujer..., soy una niña todavía... Hasta que me ponga de largo tienes derecho a besarme... Después ya será otra cosa... Anda, dame un beso en la frente...

El joven se inclinó y le dio un beso en la frente.

—Ahora dame un beso en cada mejilla... Aun sigue el calor, ¿no es cierto?... Ahora quiero que beses las trenzas de mi pelo... Aguarda..., déjame sacarlas que estoy acostada sobre ellas... A ti no te gusta el cabello negro..., ya lo sé..., pero eres muy amable y lo besarás para darme gusto...

Ricardo iba besando tiernamente los sitios que le señalaba. Al fin se detuvo y se puso a jugar con las trenzas negras, azotando con ellas suavemente el rostro de la niña. En los ojos de ésta seguía luciendo el mismo fuego malicioso. Sintiose levemente turbado y trató de fijar los suyos en el mar; pero ella le dijo sonriendo:

—Si no te enfadases, te pediría otro aquí—y señaló a sus labios rojos y húmedos.

El rostro del joven marqués se tiñó de carmín. Quedó un instante inmóvil, y bajando al fin la cabeza unió sus labios a los de la niña con prolongado beso.

Un fuerte soplo de viento había despertado el océano cuando se preparaba a dormir: agitose un instante en su inmenso lecho de arena, cual si cambiase de postura, y dejó escapar un sordo murmullo de disgusto. Las olas tornaron a rodar de nuevo con extrañas voces. Apagáronse las luces que ardían en sus crestas y se desvaneció la esplendorosa ebullición de los tesoros submarinos. La mancha de plata iba adquiriendo los tristes reflejos del acero bruñido.

Cuando Ricardo separó sus labios de los de la niña, lo primero que hizo fue pasear una mirada inquieta por los contornos de la peña. Estaban ya cercados por el agua. Levantose bruscamente y sin decir nada cogió a Marta entre sus brazos con la misma facilidad que si fuese una cervatilla, y dando un prodigioso salto cayó de bruces sobre la peña vecina, lastimándose un poco en una mano. Marta quedó ilesa y contempló la herida del joven; después, sacando su fino pañuelo de batista, lo ató silenciosamente sobre ella y echó a andar con paso rápido. Ricardo la siguió. Los dos marchaban callados. La distancia que los separaba se fue haciendo cada vez mayor, porque Marta ya no andaba, corría. El joven marqués sentía vago malestar y una turbación extraña que le impedían apretar el paso. Estaba enojado consigo mismo. Cuando entraron en el agujero del túnel que conducía al bosquecillo de pinos, perdió enteramente de vista a su amiga y hasta dejó de escuchar el ruido de sus botitas por el suelo. Al hallarse en medio de la cueva, sumido en las tinieblas, creyó oír muy confusamente el eco de un sollozo y sintió aún más oprimido su corazón. Después de salir a la luz, empezó a encontrarse mejor.

Cuando llegaron a la casa supieron que se habían expedido ya varios criados a buscarlos, pues hacía rato que todo estaba dispuesto para el regreso. La tarde avanzaba y no era muy del gusto de las señoras que las sorprendiese la noche en el mar. Recibiéronlos, pues, con muestras de satisfacción, y todo el mundo se apresuró a acomodarse nuevamente en las falúas, que con el oleaje no estaban quietas un instante, como caballos enjaezados, esperando al jinete al pie de la cuadra.

Izáronse las velas y, dando largar bordadas para aprovechar el viento, hicieron rumbo hacia El Moral. Marta, al entrar en la lancha, había perdido los vivos colores de las mejillas.

El sol se acercaba cada vez con más prisa al horizonte. Las señoras veían con recelo crecer la sombra en el cielo como en el mar, dirigiendo miradas inquietas a los marineros. Las frecuentes viradas que las lanchas hacían les retrasaban extraordinariamente. Al cabo fue necesario arriar las velas y caminar al remo en línea recta. Nada tenía esto de particular, y es lo más usual cuando no se tiene el viento por la popa; pero he aquí que a Rosario, la amiga de la señorita de Mory, se le mete en la cabeza de pronto que aquel cambio de motor náutico significa peligro inminente de naufragio, el cual se le representa a la imaginación con todos los horrores de que suele venir rodeado en las novelas por entregas: la densidad espesa de la noche, las olas elevándose como montañas a los cielos, los gritos de los náufragos mezclándose a los rugidos de la mar, etcétera. Y sin poder evitarlo, empieza a agarrarse con mano nerviosa a su amiga y a dejar salir de su boca exclamaciones de angustia y terror.

—¡Ay, Dios mío, vamos a perecer; vamos a perecer!

—No pasa nada; tranquilízate, Rosario.

—¡Sí, sí, vamos a perecer..., nos vamos a ahogar! ¡Dios mío, qué muerte tan horrible!... ¡Por qué habré venido yo a la Isla!... ¡Qué dirá mi papá cuando sepa que no tiene hija!... ¡Papá, papá de mi alma!...

—¡Pero, niña, si no ocurre absolutamente nada!

—¡No me digas eso, por Dios!, ¿no estoy viendo que han bajado las velas? ¡Ay, qué muerte, qué muerte tan espantosa!... ¡Morir sin confesión!... ¡Morir separada de mi papá!... ¡Y luego quedar sepultada aquí en este fondo tan negro..., y ser comida por los peces..., y por los cangrejos!... ¡Es horrible!...

Los esfuerzos de la señorita de Mory para calmar a su amiga eran inútiles. No contribuían poco a asustarla las voces de los marineros, que para alentarse y vencer la resistencia de las olas a cada golpe de remo gritaban a un tiempo: ¡Aaaguanta!..., ¡aaaguanta!... Cada vez que sonaba esta palabra en el aire con ritmo brutal, Rosario exhalaba un grito de angustia; tanto que la vivaracha señorita de Mory, temiendo que se pusiera mala, dijo a los marineros:

—Señores, hagan ustedes el favor de no decir aguanta, porque esta señorita se asusta mucho.

Pero Rosario, toda azorada y hecha un mar de lágrimas, exclamó inmediatamente:

—¡No, no; que digan aguanta, que digan aguanta! Si no, vamos a perecer más pronto...

Poco a poco, no obstante, y viendo que la tremenda catástrofe no llegaba, se fueron calmando sus nervios, y no tardó en reírse, como niña aturdida que era, de sus ridículos temores.

En la falúa de Elorza se hablaba poco: don Mariano y don Máximo llevaban demasiado Medoc en el cuerpo para hallarse en estado de sostener una conversación animada. La señorita de Delgado, secundada por sus hermanas, admiraba con vivos transportes de entusiasmo, abriendo y cerrando mucho los ojos, la puesta del sol. El marqués de Peñalta había cerrado los suyos y parecía dormido con la mano en la mejilla. Algunas parejas cuchicheaban.

¿Qué pensaba Marta en aquel instante, con la mirada clavada en el mar, grave, inmóvil y pálida como una estatua? ¿Qué negros fantasmas surgían ante ella de lo profundo de las aguas para trazar en su cándida frente las profundas arrugas de que estaba surcada? ¿Qué funestos secretos le soplaba la brisa en el oído?

¡Oh! ¡Más fácil es descifrar el misterio de los rumores del océano y los secretos de la brisa, que los vagos pensamientos que oculta la frente de una niña!

La mar quería entregarse otra vez al sueño. Las crestas de sus olas ya no blanqueaban a lo lejos con su corona de espumas. El horizonte replegaba su línea indecisa que se borraba en la sombra de la tarde. Las serenas y abultadas ondas bajaban y subían, semejando la respiración perezosa y dormida de un seno gigantesco. Una por una, con amable sosiego y confianza, las iban dejando atrás las falúas, avecinándose al puerto. La costa festoneaba con línea negra y ondulante la gran llanura resplandeciente. Allá, a lo lejos, en lo interior, columbrábanse las cimas de las montañas, bañadas de un transparente vapor violáceo.

El pensamiento de Marta rompió la tupida nube que lo encerraba en un piélago de confusiones y vaguedades, y en su alma asomaron de golpe un sinnúmero de recuerdos dulces e inefables como otros tantos puntos luminosos de que estaba sembrado el cielo sereno de su vida. Entretúvose largo rato a contarlos recreándose en cada uno de ellos. ¡Qué vivos y qué hermosos ardían en su memoria! ¡Qué luz tan suave derramaban los monótonos y laboriosos días de su existencia! Estaban rodeados de silencio y misterio; nadie los había gustado, nadie los conocía siquiera más que ella; la misma mano que había dejado caer en su corazón el bálsamo de la felicidad ignoraba en absoluto su bienhechora influencia. Este pensamiento la llenaba de íntimo gozo, que hacía asomar a sus labios descoloridos una sonrisa. Uno tras otro, no obstante, y sin saber por qué, aquellos puntos luminosos se fueron apagando, se fueron borrando y perdiendo en los abismos profundos y negros de una idea. Su imaginación empezó a dar vueltas como un pájaro aturdido dentro de esta idea triste y desesperada, donde no penetraba el más delgado rayo de luz. ¿Para qué estaba ella en el mundo? La felicidad que había venido a buscar estaba ya recogida y no le quedaba otro recurso que contemplarla sin rencor y sin envidia, porque la envidia en este caso constituía enorme pecado. ¿Y estaba segura de no caer en él a cada instante o, lo que es peor, estaba segura de no llevar la mano a aquella felicidad? La escondida playa de la Isla le vino de pronto a la memoria con su arena de oro y sus olas espumosas derramándose sobre ella. Un gran remordimiento, un remordimiento vivo y cruel empezó a entrar en su inocente corazón como la hoja fina de un puñal, produciéndole tal dolor que dejó escapar un grito ahogado que nadie escuchó más que ella misma. La confusión y el vértigo se apoderaron de su cabeza, que ardía como un volcán. Se llevó la mano a la frente y estaba fría como si fuese de mármol. Esto la sorprendió de un modo extraordinario. ¡Tanto calor dentro y tanto frío fuera!

El océano se mostraba en aquel instante lleno de paz y dulzura. El sol iba a sumergir muy pronto su abrasado disco en el cristal de las aguas, iluminando algunos parajes de la llanura con dorada y fantástica claridad y dejando otros en la sombra. Los rumores eran más graves y profundos, de una melancolía infinita. Aquella masa inconmensurable de agua perdía lentamente su color azul, tomando otro verde muy opaco sembrado aquí y allá de fugaces reflejos. El sosiego melancólico con que el mar se despedía de la luz causó en Marta impresión profunda. Con la cabeza inclinada sobre el agua y los ojos extáticos contemplaba los más leves matices que la luz iba despertando en ella y atendía a todos los rumores que sonaban en lo profundo.

El sol se sumergió enteramente. El océano dejó escapar un sollozo inmenso, colosal. En este sollozo había tal enternecimiento, que Marta creyó sentir vibrar el ambiente con movimiento de simpatía y admiración. Nunca había visto al mar tan grande y tan sublime, tan fuerte y bondadoso a un tiempo mismo. Aquel silencio augusto, aquel reposo momentáneo del gran atleta la conmovía hasta lo íntimo, infundía en su espíritu alborotado un ansia ardiente de paz. ¿Quién le había dicho que el mar era terrible? ¿Qué corazón pequeño le había hablado de sus crueles traiciones? ¡Ah, no! El mar era noble y generoso como lo son los fuertes siempre, y sus cóleras, aunque temibles, eran pasajeras. En su fondo tranquilo vivían felices las perlas y los corales, las blancas sirenas, los peces azules...

La falúa, al oprimir su húmeda espalda, formaba entre proa y popa un lecho ancho y cómodo con bordes de espuma, un lecho que convidaba a dormir eternamente con el rostro vuelto al cielo, mirando resbalar por el seno transparente del agua el fulgor de las estrellas...

—¡Jesús!... ¿Qué ha sido eso?

—¿Quién se ha caído al agua?

—¡Hija mía de mi alma! ¡Marta!... ¡Marta!... ¡Dejadme..., dejadme salvar a mi hija!

—Ya está salvada, don Mariano; no hay necesidad de que usted se arroje al agua.

—¡Cía!, ¡cía firme!—dijo la bronca voz del patrón—. Echa esa beta al agua, Manuel... No asustarse, señores, que no es nada... ¡Ciar más!... Basta... Agárrense ustedes a la beta... Ya no hay cuidado...

La confusión fue muy grande en el primer instante. Ricardo y uno de los marineros se habían echado al agua y nadaban vigorosamente para salvar la corta distancia que la falúa había recorrido antes de que se diera el grito de alarma. Ricardo, que iba delante, se sumergió, y a los pocos segundos tornó a aparecer con la niña entre los brazos. La falúa ya estaba cerca de ellos, y pudo coger la beta que le echaban, y en seguida el carel de la lancha, viéndose suspendido por una porción de brazos que los metieron dentro. Don Mariano, en los cortos momentos que esto duró, forcejeaba con don Máximo y otras personas, pugnando por arrojarse al agua. Cuando vio a su hija en la embarcación faltó poco para que la ahogase contra su pecho.

Martita se había desmayado. Varias señoras se apresuraron a desatarle el corsé y a sacudirla fuertemente para que soltase el agua que había tragado. Después la extendieron en uno de los asientos de popa, y Ricardo, tomando un frasco de éter que don Máximo había traído, se lo aplicó a la nariz. No tardó en abrir los ojos, y al ver el demudado semblante del joven inclinado sobre ella, sonrió dulcemente, y le dijo de modo que nadie lo oyó más que él:

—Gracias, señor marqués... ¡No se estaba tan mal allá abajo!

Así que llegaron al Moral se enjugaron en casa de unos amigos, que allí estaban tomando baños, y se echaron encima la primer ropa que les dieron. Después emprendieron de nuevo la marcha y tocaron en el muelle con una hora de noche, cuando las respectivas familias empezaban a inquietarse por su tardanza.

XI

¡CASO EXTRAÑO!

Los tertulios de don Mariano se recreaban con el juego de prendas. La noche estaba harto desapacible y habían acudido solamente las personas de más confianza. Cuando esto acaecía (que no dejaba de ser con alguna frecuencia), proscribíanse el baile y la música y sustituíanse con juegos de naipes, de aduana o de prendas y a veces simplemente por una amena y sabrosa conversación. La noche a que nos referimos, el sexo femenino estaba representado por tres señoritas de Ciudad, dos de Delgado, la señorita de Mory y alguna otra que, unidas a las de casa, formaban un núcleo bastante respetable. En el masculino figuraban el médico de la casa, el señor de Ciudad, don Serapio, el ingeniero Suárez y otros cuatro o cinco pollastres que por lo simples e insignificantes no merecen especial mención. La tertulia no ocupaba sino uno de los ángulos del salón, si bien en ocasiones, cuando el juego lo exigía, se diseminaba por todo él, aunque momentáneamente. Don Mariano, rodeado de sus amigos, paseaba y discutía, parándose a menudo a exponer alguna razón intrincada y siguiendo después su paseo con las manos atrás.

A don Serapio le tocó decir tres veces sí y tres veces no, y, en consecuencia, se retiró a uno de los rincones, mirando a la pared. Las señoras y los caballeros se estrecharon aún más, formando grupo, y empezaron a cuchichear animadamente, proponiendo cada cual una pregunta. Al fin quedaron acordes en preguntarle si gastaba bisoñé.

—¿Eeeeh?—gritó el coro prolongando la nota.

—Sí—respondió el infeliz don Serapio.

La respuesta fue acogida con ruido y alegría que hicieron temblar al fabricante de conservas. En seguida convinieron en preguntarle si pensaba en casarse.

—¿Eeeeh?

—No—dijo resueltamente.

—¡Bravo!, ¡bravo!—gritaron los hombres.

—¡Qué hombre tan empedernido!—chillaron las mujeres.

Uno de los pollos propuso que se le preguntase si continuaba con la misma afición a las criadas. Las señoras quisieron oponerse, pero no hubo remedio.

—¿Eeeeh?

—Sí.

Gran algazara en el grupo. El mismo pollo malévolo propuso otra cosa peor: si pensaba dar carrera a alguno de sus hijos. Las señoras rechazaron seriamente esta pregunta y fue sustituida por otra. Y de esta suerte prosiguieron hasta que dijo los tres sí y tres no de rúbrica, y vino cabizbajo a informarse de lo que habían preguntado.

Tocole después a Amparito Ciudad contentar a todos los caballeros de la reunión, y empezó a ejecutarlo con suma discreción y donaire, contentando de la primera a los pollos, exceptuando al ingeniero Suárez, que se negó rotundamente a darse por satisfecho con ninguna de las proposiciones, y que muy quedo le dijo a la niña lo único con lo que se contentaría. Amparito se puso colorada y le dirigió una tierna mirada de reconvención, volviendo después la vista a su padre, que por fortuna se hallaba de espalda paseando con don Mariano.

Llegó la vez a Isidorito, teniendo la mala suerte de ponerse en berlina: ¡y allí fue ella para la señorita de Mory! Isidorito, aunque nada simpático, infundía general respeto por su fama de estudioso y sensato: así que la mayoría de las niñas y pollos se contentaron con ponerle en berlina por «demasiado serio», por «tener poco pelo», por «bailar muy mal», por «estudiar con exceso», por «gastar levitas muy largas», etcétera; pero al llegar a la señorita de Mory, ésta, que esperaba con impaciencia su turno, le puso en berlina con fruición nada disimulada, por «muy pesado de cabeza y ligero de estómago». Isidorito, al tener noticia de las causas por que le habían puesto en berlina, conoció con dolor de dónde partía aquella saeta envenenada, pero no tuvo ánimos para manifestarlo y prefirió guardar sobre este punto un silencio noble y prudente al mismo tiempo.

La primogénita de los señores de la casa, como de costumbre, no tomaba parte en el juego. Estaba sentada al lado de su madre totalmente abstraída de lo que la rodeaba, con los ojos fijos en el vacío. Por su rostro un poco marchito, pero siempre hermoso, se esparcía una intensa y singular palidez, y todo su cuerpo ofrecía señales de inquietud y zozobra. Apenas contestaba a las preguntas que de vez en cuando le hacía doña Gertrudis, y eso con tal brevedad, que cortaba en la buena señora las ganas de menudearlas. Cuatro o cinco veces se había levantado ya de la silla y había ido hacia el balcón, permaneciendo largo rato detrás de él con la frente apoyada en los cristales sin que nadie supiera lo que miraba. La plaza de Nieva estaba como en la primer noche en que la vimos, obscura y sembrada de charcos de agua donde se reflejaban tristemente los rayos de los faroles de petróleo que ardían en las esquinas. Ni un alma la cruzaba aquella noche. En vano se sacaba los ojos por penetrar las tinieblas de los soportales. Los vecinos todos se habían retirado ya a sus casas, perfectamente convencidos de que la humedad es causa de muchas enfermedades. Los balcones del café de la Estrella eran los únicos que estaban iluminados. La lluvia difundía por la atmósfera un rumor levísimo que apenas traspasaba los cristales para llegar a los oídos de la joven.

A Rosarito le tocó hacer la sultana. El pollo del pelo por la frente colocó un sillón en medio de la sala y la hizo sentarse en él; después puso delante un cojín de terciopelo. Los caballeros zegríes y abencerrajes de la tertulia comenzaron a desfilar por delante de ella, doblando la rodilla en su presencia y esperando humildemente su resolución. Rosario, con la notable aptitud que tienen todas las mujeres para hacer el papel de reinas, los iba rechazando con gesto de soberano desdén. Únicamente cuando llegó el pollo de las mazurcas, y se mostró temblando a sus pies, dignose la bella cuanto feroz sultana alargarle el pañuelo que tenía en la mano y elegirle como amante como justo premio a sus notabilísimas corbatas y sus no menos excepcionales chaquets. Después marcharon ambos en triunfo a una de las alcobas del harem, o lo que es igual, dieron dos vueltas por el salón y se fueron a sentar en el sofá, donde antes se hallaban.

La diminuta tertulia, después de agotar los no muy variados recursos del juego de prendas, permaneció inactiva y acomodada en el ángulo de la sala, entablando en voz baja una vivísima plática entrecortada de risas y exclamaciones, donde los jóvenes de ingenio tuvieron ocasión de lucirlo a expensas de algún desventurado a quien despellejaron sin piedad. Los que no lo tenían se contentaban con sonreír y aplaudir estúpidamente los chistes de los otros. Se daban interminables bromas a las niñas, sobre los aspirantes a sus respectivas manos, y aquéllas se defendían como de costumbre, con las clásicas respuestas: «No sé por qué dice usted eso.—Le han informado a usted muy mal.—Entra en casa como amigo y nada más, etcétera.» Las sonrisas maliciosas y la expresión de reserva que acompañaban a estas respuestas decían bien claro que a las niñas no les disgustaba la broma.

Doña Gertrudis se había dormido. Don Mariano y sus prosélitos seguían recorriendo de un cabo a otro el salón, enfrascados en profundas disquisiciones acerca de la baja probable de la propiedad inmueble. María continuaba con la frente pegada a los cristales, sumida, al parecer, en una de sus largas y frecuentes meditaciones a que ya estaban acostumbrados los de casa, en realidad explorando con ojos ansiosos las sombras que envolvían la plaza de Nieva, sin atender poco ni mucho a la frívola conversación que los amigos de la casa sostenían. De pronto creyó oír un extraño rumor a lo lejos y se estremeció, se abstrajo cuanto pudo de los ruidos de la sala y prestó atención profunda y llena de zozobra a aquel lejano rumor, que fue poco a poco creciendo en el silencio de la noche, haciéndose cada vez más claro y preciso. No era un rumor confuso y fantástico, como los que produce el viento o la mar, sino firme y bien definido, perfectamente claro para sus oídos. Pronto se convirtió en el ruido acompasado y característico de la muchedumbre que marcha ordenadamente. Los ojos atónitos de la joven distinguieron a la luz del farol las puntas de las bayonetas y los roses charolados de la tropa. Los tertulianos todos al escuchar los pasos acudieron en tropel a los balcones y vieron, con sorpresa, desfilar por delante de la casa dos compañías de soldados que cruzaron la plaza y se perdieron en las encrucijadas de la villa.

Los amigos de don Mariano se miraron con sorpresa.

—¿Qué vendrá a hacer esta tropa a tales horas?—preguntó una señora.

—No comprendo adónde pueda ir—repuso don Mariano—. Para dirigirse al interior de la provincia, aunque vengan del Occidente, no necesitaban pasar por aquí; tienen el valle de Cañedo a su disposición, que es un camino mucho más breve.

—Hoy precisamente he paseado con el capitán de carabineros—dijo don Máximo—y no me ha dicho una palabra de la venida de esa tropa.

—No lo sabría; lo más probable es que venga de marcha y no haga más que pernoctar aquí para continuar mañana su camino—dijo el señor de Ciudad.

—Rara marcha lleva—apuntó don Mariano—, pero en fin..., podrá ser..., podrá ser.

Los jóvenes volvieron a sus sitios y se olvidaron al instante del suceso, anudando la rota y alegre conversación. Los viejos siguieron su paseo, haciendo interminables comentarios e infinitas hipótesis acerca de aquella visita inesperada. María continuó obstinadamente pegada a los cristales del balcón, velada a los ojos de sus amigos por las grandes cortinas de damasco.

En el grupo juvenil donde la sensible señorita de Delgado figuraba, contra los deseos vehementemente expresados de Rosarito, que aseguraba sobre su honrada palabra que la citada señorita la había tenido a ella en brazos muchas veces, y que cuando iba a confesarse siendo niña, y la señorita de Delgado se hallaba en casa, le besaba la mano como a una persona mayor, se empezó a discutir con extraordinario fuego acerca de la música. Uno de los mancebos más elegantes, que se había preparado en Madrid para cinco carreras especiales consecutivamente, sostenía la primacía de los maestros alemanes, asegurando que no había óperas como Roberto, Hugonotes y Profeta, ni música sinfónica que pudiera competir con la de Beethoven y Mozart. Las señoras, poderosamente secundadas por los demás hombres, venían por los fueros de la música italiana.

—¡No nos maree usted con sus alemanes, Severino! ¡Vaya una música la de esos señores! ¡A mí me suena lo mismo que una jauría de perros ladrando!

—Eso no es más que al principio; si usted continuase oyéndola, llegaría a tomarle el gusto: sucede lo mismo que con las aceitunas y la cerveza.

—Pues si ha de pasar uno malos ratos antes de acostumbrarse, francamente, no merece la pena. Vea usted cómo con la música italiana no acontece eso y gusta desde el primer día.

—¡Claro, porque la mayor parte de la música italiana no es más que una tonadilla que se acompaña con cuatro guitarras!

—¡Calle usted, hombre, calle usted! No diga usted sacrilegios. ¡Quiere usted comparar ese galimatías que ni ellos mismos entienden con el sublime final de la Lucía o con el aria de tiple de la Favorita, que empieza: «Oh miooo Ferna... a... a... an... do... riii... raaa... ri... ra.., ro... riiira...!»

—¡Ah, si usted hubiera oído el cuarto acto de Hugonotes! ¡Qué música tan dramática! ¡Aquello sí que expresa!... ¡Se le ponen a uno los pelos de punta!... ¡Qué dúo aquel tan grandioso: «La... sciami... paar... tiiir... la... sciami... paar... tiiiir... riira... riri... riri... ra... roo... rir... ra... roo... laa... to... rii... ro... raa...!»

—¿Pero podrá haber nada más dulce que el concertante de la Sonámbula, que empieza: «Tooo... ra... ri... ro... ra... roooo... laa... riii... roo... raa... rora... rooo... tii... ra... ri... roo...?»

—¡No es posible, no es posible!—dijeron varios a un tiempo.

—Sobre todo, la música italiana conmueve el corazón, mientras que la alemana no hace más que aturdir los oídos—apuntó la señorita de Delgado.

—Es verdad—afirmó su hermana la viuda.

—Yo creo—siguió la señorita—que el objeto de la música es conmover..., elevar el alma, hacernos derramar lágrimas..., transportarnos a regiones ideales, lejos del mundo prosaico en que vivimos... Porque la verdad es que la prosa se va apoderando de tal modo de la sociedad que pronto va a parecer ridículo hablar de cosas que no sean materiales y sórdidas.

—Cierto—volvió a afirmar la viuda.

—La música sigue el camino de la prosa como todo lo demás... ¿No oyen ustedes qué tonterías cantan ahora, qué pasacalles tan desabridos? ¡Y gracias que no sea algún trozo indecente de una zarzuela bufa! En las canciones ya no se habla de amor; ya no hay más que frases con doble sentido que ocultan alguna suciedad.

—Creo que usted sabe varias canciones románticas muy lindas y las canta admirablemente—dijo el pollo del pelo por la frente, apercibido como siempre a proporcionar a la tertulia algún nuevo solaz.

—No, señor..., no lo crea usted... Antes cantaba alguna, pero ya se me han olvidado...

—Por mi parte—manifestó el pollo con sonrisa altamente diplomática—y pienso que también por parte de todos estos señores, le agradecería muchísimo que rebuscase en su memoria y nos hiciese conocer alguna..., ¿no es verdad, señores?

—Sí, sí, Margarita, cante usted, por Dios, alguna.

—¡Si no me acuerdo!

—Vamos, ya se acordará usted... Empezando, la irá usted sacando poco a poco.

—Me parece que no podrá ser... Además, yo me las acompañaba con guitarra...

—¿No hay en casa alguna guitarra?—se apresuró a preguntar el pollo, levantándose de su silla.

A la guitarra que trajo Marta le faltaban dos o tres cuerdas y fue menester echárselas, en cuya operación se invirtió algún tiempo. Después se tardó también un poco en templarla. Una vez templada, la señorita de Delgado declaró terminantemente que no cantaría porque no se acordaba de nada. La tertulia se conmovió profundamente y trató con reiteradas súplicas de infundirle un recuerdo fresco de alguna preciosa melodía. Mas como la cantante no abandonaba el instrumento y seguía haciéndole sonar dulcemente, volvieron todos a guardar silencio y a esperar con ansia la canción. Sin embargo, cuando ya estaba a punto de emitir la primer nota, la sensible señorita hizo nuevas y rotundas declaraciones en el mismo sentido que las primeras, lo cual afligió de tal modo a la tertulia, y en particular al pollo del pelo por la frente, que de buen grado habría concedido a la cantante en aquel momento toda la memoria de que disponía, con tal de que no le dejase en mal lugar. Por último, la señorita fijó los ojos en el techo y, con voz bastante dulce aunque temblorosa, entonó la siguiente canción:

Esperanza halagüeña a mis sentidos, tú endulzas de mi pena el amargor; ¡ay!, tú no eres un bien imaginario, eres el bálsamo grato al corazón. Si lejos de la vista de mi amada me lleva de los hados el rigor, tan sólo es la esperanza quien mitiga mi tormento cruel y mi aflicción.

—¡Bravo!, ¡bravo!—¡Qué bonita!—¡Qué dulce!—¡Qué melancólica!—Siga usted, por Dios, Margarita, siga usted.

La señorita de Delgado siguió de esta manera:

Si recuerdo en la noche solitaria el nombre de la prenda de mi amor, se presenta hechicera a mi memoria la imagen de su rostro encantador: y tú eres, esperanza, quien me anuncia que amante corresponde a mi pasión, y sólo tu dulzura es quien mitiga mi tormento cruel y mi aflicción.

Al llegar a este punto y cuando el auditorio se preparaba a saborear las inefables dulzuras de una nueva estrofa, más apasionada tal vez y más patética que las anteriores, cuando la señorita de Delgado apoyaba lánguidamente sus dedos carnosos sobre las cuerdas del instrumento y la cabeza más lánguidamente aun sobre el pecho en testimonio de amargo duelo, acaeció en la casa de los señores de Elorza uno de esos sucesos terribles y extraños, más terribles aun por lo inopinados, a tal punto sorprendentes, que suspenden y cortan por un instante el uso de la palabra; una escena extraordinaria, realizada con tal brevedad que no da tiempo a reflexionar, y deja sumidos a los espectadores en profunda consternación, sin haber podido intervenir en ella.

Abriose con violencia la puerta de la sala, y los ojos de los circunstantes vueltos hacia ella vieron con asombro el rostro pálido de un criado que exclamó dirigiéndose a su amo:

—¡Señor, señor!

—¿Qué ocurre?—preguntó don Mariano con el acento enérgico que emplean los caracteres bien templados cuando adivinan un peligro.

—¡Los soldados están ahí!

—¿Y qué tengo yo que ver con los soldados, majadero?—replicó con voz colérica.

—¡Es... que vienen a prenderle!

—No es verdad—gritó una voz desde el pasillo.

Y al mismo tiempo seis u ocho figuras taparon la puerta por detrás del criado. Los primeros que se dejaron ver fueron un oficial muy joven con un uniforme de marcha y un caballero no muy bien parecido con gabán abrochado y llevando en la mano bastón con borlas.

Por detrás de ellos se veían los roses y los fusiles de algunos soldados. El hombre del bastón, que era al parecer quien había hablado, avanzó dos pasos por la sala y sin quitarse siquiera el sombrero, preguntó a don Mariano con tono áspero:

—¿Es usted don Mariano Elorza?

La mirada del anciano caballero centelleó de indignación.

—Ante todo, quítese usted el sombrero.

El hombre del bastón, un poco cortado por la actitud del caballero y las miradas del concurso, se quitó el sombrero.

—Ahora, ¿qué se le ofrece a usted?

—¿Es usted don Mariano Elorza?

—No; soy el excelentísimo señor don Mariano de Elorza.

—Es lo mismo.

—No es lo mismo.

—Bien, dejemos discusiones: traigo orden de prender a su hija doña María.

Toda la energía del señor de Elorza se desvaneció de golpe como una sombra al escuchar estas monstruosas palabras. Quedó algunos momentos extático y petrificado, con la mirada apagada, como el que acaba de ver un milagro y no quiere creer a sus propios ojos. Después, recobrándose súbito, se lanzó sobre el hombre del bastón y sacudiéndole fuertemente por la solapa, le dijo con voz de trueno:

—¿Y quién es usted, insolente, para pensar en cosa semejante?

—Soy el jefe de orden público de la provincia, y le advierto que si usted intenta la menor resistencia, haré uso de la fuerza que traigo.

—¿Está usted bien seguro de que es a mi hija a quien viene usted a prender?

—Sí, señor, traigo orden de prender a la señorita doña María Elorza. Ruego a usted que me la entregue sin pérdida de tiempo.

—Aquí está—dijo María saliendo del hueco del balcón y avanzando hacia el jefe de los esbirros.

—¡Pero eso no puede ser!—rugió de nuevo don Mariano deteniendo a su hija—. ¡Este hombre está loco o viene equivocado!

—¿Está usted dispuesta a seguirme?—preguntó el comisario a la joven.

—Sí, señor—contestó ésta con firmeza.

—Pues vamos.

Don Mariano se llevó las manos al rostro y exclamó con un grito de dolor:

—¡Hija mía de mi alma! ¿Qué has hecho?

—Nada que pueda deshonrarme ni deshonrarte—replicó la niña levantando su rostro hermoso y altivo y saliendo precipitadamente del salón.

Don Mariano fue detenido por todos sus amigos que le habían rodeado; pero viéndose inmediatamente solo, porque todos, advertidos por un grito de Marta, acudieron a socorrer a doña Gertrudis, presa de un síncope, se arrojó también como un relámpago fuera de la sala.

XII

ANTECEDENTES

Algún tiempo antes de los sucesos que acabamos de narrar, los amores de Ricardo y María, que se habían ido desvaneciendo gradualmente como las notas de una hermosa melodía, hasta el punto de no saber el mismo Ricardo si realmente existían o se habían extinguido por completo, si aun era el amante de la primogénita de Elorza, o si no tenía sobre su corazón otros derechos que los que se conceden a un antiguo y estimado amigo; estos amores, decimos, habían cobrado, sin que nadie supiese a qué atribuirlo, repentina e inesperada vida, como si a una luz próxima a morir por falta de aceite, le echasen alguna buena cantidad de ese combustible. Todos se mostraban sorprendidos de verlos juntos charlando como antes, en un ángulo de la sala, larguísimos ratos, abstraídos de cuanto les rodeaba, habitando en ese rincón del cielo que los amantes encuentran tan fácilmente lo mismo en la soledad que entre la muchedumbre. A la sorpresa sucedía la complacencia en los amigos, y a la complacencia las hipótesis sobre la mayor o menor proximidad de la época del matrimonio y las conjeturas acerca de los motivos que habían operado tal cambio en la conducta de los novios. Los maliciosos, guiñando el ojo al decirlo, sostenían que de los tres enemigos del alma la carne era el más temible, y que Dios había dicho: «crescite et multiplicamini», y que era tontería oponerse a las leyes de la naturaleza. Las señoras manifestaban, bajando la vista, que en todos los estados se podía muy bien servir a Dios y que no eran las más flojas penitencias las que imponían el cuidado de los hijos, su educación y el gobierno de la casa.

Mas de todas suertes, el hecho era que las cosas habían cambiado sin saber por qué, y que señoras y caballeros se alegraban de ello, esperando que los ilustres novios les proporcionasen pronto un día agradable. El regocijo de don Mariano era tan grande, que se traslucía en los ojos cada vez que los dirigía hacia la gentil pareja, y mil hermosos ensueños, en que siempre figuraba un enjambre de nietezuelos rubios y traviesos como lo había sido su hija, venían por la noche a acariciarle en las soledades de su lecho feudal. Doña Gertrudis, como de costumbre, encontraba muy bien la conducta de María. He aquí ahora cómo se había efectuado el suceso.

Cierta mañana, en que el joven marqués de Peñalta se despertó más temprano que otras veces, observando por el balcón de su cuarto que el cielo estaba limpio (contra su costumbre inveterada), le vino en apetito el dar un paseo por los alrededores de la villa, y pensando y haciendo se vistió rápidamente y se echó a la calle en busca de aire puro. Mas antes de salir del casco de la villa y cruzando por delante de la casa de Elorza, tropezó casualmente con María, que iba hacia la iglesia con su doncella. Le dio un salto el corazón y un poco turbado se detuvo a saludarla. La niña le abocó con aquel gesto alegre y travieso, lleno a un mismo tiempo de malicia y de candor, que por ser peculiar de su carácter, no había podido vencer con ningún esfuerzo.

—Tú te habrás levantado temprano, por supuesto, para oír misa.

—¡Oh!, no—repuso Ricardo sonriendo—; salía a dar un paseo por el campo, que debe de estar muy hermoso.

—Bien, pues hoy no hay paseo; te secuestro y te llevo conmigo a misa—dijo la niña en tono resuelto y con cierta inflexión de voz adorable. Y acompañando el hecho al dicho le tomó por la mano y le llevó cogido de esta guisa unos cuantos pasos.

¡Venturoso Ricardo; qué otra cosa mejor podía apetecer en aquel momento que verse secuestrado de tan gentil manera! No supo decir palabra en los primeros momentos; embargole la emoción y una lágrima se deslizó por su rostro honrado y varonil.

—¡Oh, María, si supieses qué feliz me haces!—le dijo en voz baja y temblorosa—. Si tú quisieras llevarme, ¿adónde no iría yo contigo? Tú no puedes comprender lo que ansío que me hables, que me sonrías, que me dirijas. Busco con afán los medios de agradarte y no los encuentro. Dime con qué puedo complacerte, con qué puedo deshacer el hielo que seca nuestros amores. Y lo buscaré aunque sea a costa de mi vida. Si no te quisiera más que a ningún otro ser de este mundo, tanto como el recuerdo bendito de mi madre, ¡cuánto tiempo hace que hubiera huido de ti para siempre!... Pero es de tal suerte mi amor, tan poderoso, tan vivo, tan absorbente, que ha logrado concluir con todo mi orgullo... y temo que llegue a concluir con mi dignidad—añadió sordamente.

La joven le miró fijamente, agradecida y admirada de tan sincero cariño, y repuso con jovialidad:

—Por lo pronto, para complacerme, vendrás a misa conmigo, ¿no es verdad?

—Sí, querida mía.

—¿Vendrás mañana también y todos los demás días?

—Sí, hermosa; no deseo otra cosa.

—¡No sabes lo que me alegro, Ricardo!

—¿De veras?

—Sí; te quiero mucho, pero te quiero bueno y piadoso, porque antes que en todo lo demás debemos pensar en nuestra salvación y en hacer el mayor bien que podamos en este mundo.

El joven sintiose en aquel momento enternecido, saboreando las gotas de cariño que su amada dejaba caer sobre sus labios.

Nada hay que haga cambiar tan presto nuestras ideas más arraigadas y nuestros juicios más firmes como la voz de la mujer querida. Ricardo era un creyente tibio, como la generalidad de los hombres en nuestra época, que odiaba las exageraciones y miraba con cierta repugnancia las prácticas religiosas. Pues bien, por arte de encantamiento, esto es, por arte de aquella voz dulce y de aquellos ojos más dulces aún, que le miraban con elocuente expresión, se despojó súbitamente de sus opiniones anticlericales, transformándose en un decidido campeón del altar y en un fervoroso devoto de todos los santos y santas de la corte celestial. Pensó con alegría que lo que su novia ejecutaba, después de todo, nada tenía de censurable; que su piedad y su misticismo eran el reflejo de un noble y elevado espíritu; que esta misma piedad era la prenda más segura de su felicidad conyugal, pues la guardaría de las vanidades a que otras mujeres se entregan después de casadas; que nada tenía de particular que la pobrecita desease que su novio fuese creyente y devoto, dadas sus ideas acerca de la salvación eterna, y que en este concepto él había hecho muy mal en contrariarla de un modo tan obstinado, hiriéndola en lo más vivo de su fe sencilla y admirable. En fin, concluyó por resolver que él era un bárbaro incapaz de sacramentos ni de entender los misterios adorables que puede encerrar un corazón consagrado a Dios, y María una santa que le había sufrido con demasiada paciencia. Penetrado en parte de esta idea y en parte infinitamente más grande de la emoción que le produjo la inesperada ternura de su novia, repuso con acento conmovido:

—Escucha, María..., ya sabes que yo no soy ni he sido nunca un incrédulo... Es verdad que he mirado con cierta tibieza las prácticas religiosas, pero también debes saber que éste es un vicio frecuente en los jóvenes y particularmente entre los militares... Por lo demás, te lo digo con toda la sinceridad de mi alma, jamás me ha abandonado la fe que mi santa madre me inculcó en la niñez. Aun suenan en mis oídos sus consejos y aun podría repetir sin equivocarme la multitud de oraciones que me hacía decir de rodillas sobre la cama a la hora de acostarme... Esto no se puede olvidar, María..., ¡sería un infame si lo olvidase!... Hoy los mismos consejos vuelven a salir de unos labios idolatrados... ¿Cómo quieres que no sea para mí dulce la religión viniendo siempre predicada por los seres a quienes más he querido y respetado en mi vida?... Sí, hermosa mía, soy religioso por nacimiento y por convicción, y espero serlo aún más fervoroso con tu ayuda. Dime lo que quieres que haga en este punto y lo haré... Dime lo que quieres que piense y lo pensaré... Soy todo tuyo, en cuerpo y en alma...

—Así, así te quiero yo... Pero no has de ser piadoso por amor mío, porque entonces no tiene mérito alguno, sino por amor de Dios. Los lazos que en este mundo se establecen, ¿qué valen en comparación del que existe eternamente entre el Criador y las criaturas? Si me quieres mucho, quiéreme en Dios y por Dios, como yo te quiero a ti. De otro modo es pecado fijar nuestra atención y nuestro amor en ninguna criatura.

La emoción y el ardor de Ricardo recibieron un chorrito de agua fría con estas palabras, pero supieron resistirlo sin menoscabo y siguieron apoderados de su corazón hasta que llegaron al pórtico de la iglesia. Allí María le dijo, tomando el agua bendita, que le ofreció con la punta de los dedos.

—Ahora te quedarás debajo del coro a oír la misa; yo me voy a poner cerca del altar. ¡Cuidado que mires para mí una sola vez! Ya comprendes que eso sería profanar el templo y en tal caso más vale que no entres.

—No, no te miraré aunque me cueste mucho trabajo.

—Dame tu palabra de que lo harás así.

—Te la doy.

—Bien, pues, adiós..., hasta luego... Espérame a la salida.

Cuando ya se había alejado unos pasos se volvió para decirle, bajando cuanto pudo la voz:

—Cuidado que cumplas eso... Y que estés con devoción, ¿eh?

Ricardo hizo señal afirmativa mientras se dibujaba en sus labios una sonrisa feliz.

Desde entonces el marqués de Peñalta acompañó todas las mañanas a misa a la primogénita de los Elorza, separándose de ella a la puerta de la iglesia y volviendo a juntarse a la salida. María mostraba recibir mucho placer de este acompañamiento. En cuanto a Ricardo, no es necesario encarecer la dicha que de repente cayó sobre él con el cambio efectuado en la conducta de su novia.

Poco a poco la influencia de ésta empezó a pesar de tal suerte sobre su espíritu que en poco tiempo, como ya él mismo lo había anunciado, se modificaron notablemente sus ideas y no sólo sus ideas sino también sus hábitos y manera de vivir. Se hizo más circunspecto de genio y mesurado de palabras, más apacible y más religioso. Atento a dar gusto a su novia, que le solicitaba a la continua con súplicas y consejos, comenzó a abandonar las diversiones ruidosas y hasta la compañía de los demás oficiales de la Fábrica. Se retiraba temprano a casa, frecuentaba las iglesias y paseaba muchas tardes con algún clérigo; se hizo socio de varias cofradías piadosas, entre ellas de la de San Vicente de Paul, visitando a los pobres en compañía de los beatos de la villa y gastando no poco dinero en donativos para el culto. Por último, después de muchos y sentidos ruegos, hizo confesión general con fray Ignacio, el confesor de María.

Por más que parezca extraño, debemos declarar que Ricardo, lejos de sentir en esta nueva vida repugnancia o malestar halló profundos y misteriosos placeres, que hasta entonces jamás había gustado. El aparato del culto católico, en el cual había fijado poco la atención, empezó a fascinarle; el dulce recogimiento del templo, a la caída de la tarde, cuando se puebla de sombras y de murmullos, le infundía suave desasosiego, cierta ansia especial de un nosequé elevado y arcano; los olores del incienso y de la cera eran para él como grato beleño que le adormecían arrastrándole a regiones gloriosas de dicha inmortal; los actos de caridad frecuentes le producían un dejo agradable y grande bienestar que acrecía su fe; la humillación del sacramento de la penitencia, que al principio tanto le repugnaba, llegó a ser un manantial de goces que él mismo no sabía de dónde procedían ni de qué modo embargaban su alma.

La mañana en que tomó la comunión le dijo su novia al salir de la iglesia:

—Hoy me has causado el mayor placer de mi vida, Ricardo.

El joven marqués sonrió beatamente y repuso en voz baja:

—¿Me quieres más ahora?

—No quiero responderte—replicó la niña con una mueca graciosa—. Después de comulgar no se debe hablar de ciertas cosas... Esperemos a mañana.

Esperaron efectivamente a mañana, y entonces María le dijo sin rebozo que aquella conducta virtuosa le incitaba a amarle cada vez más, y que no desmayase en seguirla si quería verse siempre amado. En nada menos que en eso pensaba Ricardo, quien se hallaba tan a su placer con el nuevo estado de cosas, que por ninguna ventaja de este mundo consintiera en variarlo. Así, pues, siguió cada día con más decisión por la senda que su novia le trazaba, sin hacer caso de las bromas que los compañeros le daban en la Fábrica, pues que en otros sitios, como no fuese en su casa, en la de don Mariano o en la iglesia, era difícil echarle la vista encima.

—¡Me has convertido en un beato!—le decía a veces a su ídolo a modo de cariñosa reconvención.

—¿Y qué; te pesa, pícaro?

—No, querida, no; me alegro en el alma, porque así he conquistado tu amor...

—¿Nada más que por eso?

—¡Eso es otra cosa!

Digamos ahora (aunque el lector no dejaría de advertirlo) que la fantasía y aun la inteligencia de María eran superiores a las del joven marqués de Peñalta, y que en tal supuesto y teniendo presente el profundo cariño que éste la profesaba, no tenía mucho de sorprendente que defiriese a su parecer y a sus consejos en puntos en que otros hombres de más instrucción e ingenio ceden con frecuencia a sus madres y esposas. María, a más de su viva imaginación, estimulada y enardecida por la continua lectura, poseía un don especialísimo para persuadir. Su palabra era siempre fácil y pintoresca, ejercitándose con predilección en convencer a sus amigos cuando trataba de arrancar de ellos algún dinero para los pobres o para el culto de las iglesias. La rara volubilidad con que pasaba repentinamente de lo grave y patético a lo jocoso, y mezclaba en una súplica ardiente la sal de un dicho oportuno, la hacía irresistible. Las cofradías y sociedades devotas de Nieva no tenían en su seno otro cofrade más activo ni más poderoso, y contaban con ella en los trances difíciles como con un ángel tutelar que sabría sacarles del atolladero. Como es de suponer, no poco contribuía a mantener esta gran consideración, además de las preciosas cualidades morales y físicas de la joven, la circunstancia de ser hija del caballero más opulento y respetado de la villa.

Digamos asimismo que en la época en que estos sucesos se efectuaban, el clero y las tendencias religiosas de nuestro pueblo padecían cierta persecución por parte del gobierno, depositado a la sazón en manos de los liberales más extremados y más conocidos por sus ideas heréticas. Esto, como era de esperar, había excitado vivamente las conciencias timoratas, encendiendo en las provincias del Norte, más religiosas de suyo y más apegadas a nuestra tradición, una obstinada y sangrienta guerra civil que amenazaba concluir con el orden político establecido y de paso con nuestra riqueza y prestigio. Todas las personas más o menos piadosas y amantes de nuestras tradiciones católicas, todo el que detestaba la persecución que la Iglesia padecía y ansiaba el reinado de Jesús en la tierra por mediación de sus ministros, estaba pendiente de tal guerra formidable donde se debatían, no sólo los derechos más o menos respetables de un pretendiente al trono, sino también los más caros y augustos intereses de la religión. Los que frecuentaban las iglesias y se relacionaban con el clero ligábanse tácitamente contra los herejes del poder, acogiendo con alegría y comunicándose velozmente las noticias favorables a la causa monárquico-católica, y llenos de zozobra y tristeza las adversas. En las casas de los hacendados más ricos, en las sacristías y en las trastiendas de algún comerciante absolutista leíase en secreto el Cuartel Real, diario oficial del Pretendiente, que llegaba de vez en cuando entre las piezas de cretona o los paquetes de macarrones. Celebrábanse con gran pompa funciones de desagravio a la Virgen por las impiedades vertidas en el Congreso de los Diputados, funciones que en alguna ocasión terminaron violentamente por la intervención del populacho. Crecía la devoción al culto, sobre todo al de los Sagrados Corazones de Jesús y de María, y mucha gente piadosa iba en peregrinación al santuario de Lourdes, contando de regreso a sus amigos las buenas disposiciones y la sólida organización que tenían las huestes católicas en las provincias vascas. Algunos jóvenes de las familias más conocidas de Nieva habían desaparecido de la noche a la mañana, dándose por seguro que habían ido a engrosarlas. De esto a la conspiración franca y resuelta hay poco que andar, y en Nieva se anduvo lo que hacía falta para llegar a la conspiración.

Actuaba dentro de la villa una junta carlista, que celebraba sus sesiones con cierto misterio y sostenía relaciones estrechas con la junta central, a la que obedecía, y frecuente correspondencia con el ejército del Pretendiente. Como en el país, aunque no de tanta monta como en las provincias vascas, existían bastantes elementos al servicio de la causa católico-monárquica, que bien aprovechados podían dar por resultado, si no una guerra formal, al menos alguna agitación conveniente, la junta de Nieva, instigada por la de la capital, decidiose, después de mucha vacilación y no pocas discusiones, a levantar una partida dentro del territorio. Los preparativos fueron largos. Comenzaron a principios del invierno y no terminaron hasta los comienzos de la primavera. Fueron noticias circunstanciadas a Bayona, vinieron órdenes y planes de conducta, hubo infinitos cabildeos, mezcláronse algunas mujeres, salieron subrepticiamente fusiles de la Fábrica, sustraídos por algunos operarios carlistas; hízose acopio de boinas blancas y polainas; por último, cierta noche salieron al campo como unos treinta jóvenes, en su mayoría estudiantes y seminaristas, a cuyo frente se puso el presidente de la junta, don César Pardo, a quien hemos tenido el honor de conocer al final del capítulo tercero de esta narración. Pasaban de trescientos los juramentados para salir aquella noche, mas sólo acudió aquel puñado de valientes, y don César, dando prueba de lo que era, esto es, de caballero firme y bizarro, no tuvo inconveniente en acaudillarlos, esperando arrastrar con su ejemplo a los tímidos. Dirigiéronse a la montaña por el valle de Cañedo, pero al día siguiente una docena de guardias civiles, que salió inmediatamente en su persecución, los sorprendió en el momento de estar acampados comiendo, y sin que pudiesen hacer resistencia los trajo para la villa amarrados. La gente que tuvo noticia del suceso acudió en gran número a esperarlos a la carretera, y violes desfilar hacia la cárcel, tristes, pero dignos y severos, mostrando en sus ojos altivos que, a no haber sido víctimas de una sorpresa, hubiera corrido la sangre en abundancia.

La primogénita de la casa de Elorza, ardentísima devota del culto religioso, entregada con alma y vida a la divina tarea de santificar su espíritu y salvarlo de las garras del pecado, incansable trabajadora del campo de la virtud evangélica, aspirando siempre a una perfección mayor y celosa propagadora de la fe y la piedad, no podía menos de participar de la indignación que ardía en los pechos de las personas con quienes más se relacionaba. A sus oídos llegaba muy aumentado el ruido de los excesos revolucionarios y de las impiedades diariamente vertidas por las hojas periódicas de la capital, aunque ella jamás osaba leerlas. Los confesores le encargaban que rogase a Dios en sus oraciones por el triunfo de la Iglesia y la confusión y arrepentimiento de sus enemigos; las amigas y compañeras de cofradía la solicitaban para que hiciese con ellas novenas de desagravio a la Virgen; en no pocas ocasiones le pidieron limosna para algún sacerdote que yacía en la miseria, y otras veces para las infelices monjas de algún convento arrojadas de él cruelmente para transformarlo en cuartel.

Todas estas cosas iban fomentando en su alma entusiasta y ardiente, a par de un cariño fervoroso a las santas instituciones así perseguidas, profunda aversión a sus perseguidores y a los impíos que gobernaban contra la ley de Dios. Alguna vez, arrastrada de su temperamento impresionable, sintió impulsos vehementes de seguir el ejemplo de Judith, haciendo expiar a algún malvado tan horribles sacrilegios. Quisiera tener en su mano a los perseguidores de Jesús para deshacerlos y convertirlos en polvo. Cuando estos ímpetus crueles la cogían, quedábale siempre una eterna compasión por las inocentes víctimas de las iras de la impiedad, y un vago deseo de contribuir con su sangre al reinado de Jesús y María sobre todas las potestades de la tierra. Sintió que en su corazón nacía un algo que la impulsaba hacia la vida activa, persuadiéndola a que dejase por algún tiempo las dulzuras de la contemplación por los dolores de la lucha, el reposo, por el trabajo, el encanto de la soledad por el tumulto; escuchó, como la esposa del sagrado Cantar, una voz que le decía: «Ábreme, hermana mía, amiga mía, mi paloma, mi inmaculada; porque mi cabeza está llena de rocío y mi cabellera mojada por las gotas de la noche.» Vio claramente que su Jesús padecía por las injusticias de los hombres y que demandaba su concurso, que le pedía una nueva prueba de amor arrancándola al bienestar que disfrutaba y arrojándola en medio de los huracanes del mundo.

Pero la hermosa joven vio al mismo tiempo las enormes dificultades que surgían delante de ella al primer paso que intentara dar, las persecuciones de que sería objeto y lo extravagante que parecería su conducta aun a las personas que la amaban. Comprendió su debilidad, tuvo miedo a los amargos dolores que se le preparaban y respondió como la esposa: «He quitado ya mi túnica; ¿cómo ponérmela otra vez? He lavado mis pies; ¿cómo mancharlos nuevamente?» Largo tiempo estuvo luchando consigo misma para apagar la voz que la llamaba a la vida activa, y convencerse de que ella no serviría de nada a la causa del Señor, pero fue en vano. A todos sus especiosos argumentos contestaba vigorosamente la voz haciéndole presente que no debía preocuparse de si su concurso serviría o no serviría, sino más bien de la voluntad con que lo prestaba; que Dios se complace muchas veces en mostrar su poder encargando la consecución de grandes empresas a una humilde y flaca criatura, de lo cual daban testimonio bien patente la ínclita Juana de Arco, Santa Catalina de Siena, Santa Teresa y otras egregias vírgenes que realizaron, contra altos poderes de la tierra, obras portentosas.

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