MR. GUSTAVO AIMARD
J. F. Sáenz de Urraca translation
TRADUCCIÓN DE
D. J.F. SAENZ DE URACCA.
MADRID
CARLOS BAILLY-BAILLIERE
LIBRERÍA EXTRANJERA Y NACIONAL, CIENTÍFICA Y LITERARIA
—Plaza del Príncipe Don Alfonso, núm..8.—
PARÍS - J. B. Bailliere e hijo. — LONDRES - H. Bailliere.
NUEVA-YORK - Bailliere hermanos.
1863.
Índice de materias.
LOS MERODEADORES DE FRONTERAS
I.
EL FUGITIVO.
Las inmensas selvas vírgenes que cubrían el territorio de la América septentrional tienden cada vez más a desaparecer bajo los hachazos precipitados de los squatters y de los desmontadores americanos, cuya actividad insaciable hace que los límites de los desiertos vayan retrocediendo de continuo hacia el Oeste.
Ciudades florecientes, campos bien labrados y cuidadosamente sembrados, ocupan ahora las regiones en que, apenas hace diez años, se alzaban bosques impenetrables cuyas ramas seculares, solo dejaban penetrar a duras penas los rayos del sol, y cuyas inexploradas profundidades cobijaban animales de todas clases, sirviendo al paso de guarida a hordas de indios nómadas, cuyas costumbres belicosas hacían resonar con frecuencia el grito de guerra bajo aquellas bóvedas majestuosas de ramas y de hojarasca.
Hoy los bosques han caído; sus sombríos habitantes, rechazados paulatinamente por la civilización que les persigue sin tregua ni descanso, han huido paso a paso delante de ella; han ido a buscar a lo lejos otros retiros más seguros, llevándose consigo los huesos de sus padres a fin de que no fuesen desenterrados y profanados por la desapiadada reja del arado de los blancos, que traza su largo y productivo surco sobre sus antiguos territorios de caza.
Este desmonte continuo, incesante, del continente americano ¿será un mal? No por cierto; al contrario, el progreso, que marcha a pasos agigantados y tiende a trasformar antes de un siglo el suelo del Nuevo Mundo, merece todas nuestras simpatías. Sin embargo, no podemos menos de experimentar un sentimiento de dolorosa conmiseración hacia esa raza infortunada puesta brutalmente fuera de la ley, acorralada sin compasión por todos lados, que disminuye de día en día y se ve condenada de un modo fatal a desaparecer muy pronto de aquella tierra, cuyo inmenso territorio, hace todo lo más cuatro siglos, cubría con sus innumerables masas.
Si el pueblo elegido por Dios para operar los cambios que señalamos hubiese comprendido su misión, quizás a una obra de sangre y de carnicería la hubiera convertido en una obra de paz y de paternidad; y armándose con los divinos preceptos del Evangelio, en vez de cogerlos rifles, las teas incendiarias y los sables, hubiera llegado, en un tiempo dado, a verificar una fusión de las dos razas, blanca y roja, y a obtener un resultado más provechoso para el progreso, para la civilización, y sobre todo para esa gran fraternidad de los pueblos que a nadie le es lícito despreciar, y de la que un día tendrán que dar terrible y estrecha cuenta todos aquellos que, olvidan sus preceptos divinos y sagrados.
No se convierte uno impunemente en asesino de una raza entera; no se baña a sabiendas en la sangre inocente, sin que al fin esa sangre clame venganza, sin que el día de la justicia brille y llegue bruscamente a echar su espada en la balanza entre los vencedores y los vencidos.
En la época en que comienza nuestra historia, es decir, hacia fines del año de 1812, la emigración no había adquirido todavía ese acrecentamiento inmenso que muy luego debía llegar a tener; acababa de comenzar, por decirlo así, y los vastos bosques que se extendían y cubrían un espacio inmenso entre las fronteras de los Estados Unidos y de Méjico, solo eran recorridos por los pasos furtivos de los traficantes y de los cazadores de los bosques, o por los mocasines silenciosos de los pieles rojas.
En medio de uno de los inmensos bosques que acabamos de mencionar, es donde comienza nuestro relato, el 27 de octubre de 1812, hacia las tres de la tarde.
El calor había sido sofocante bajo la enramada; pero en aquel momento los rayos del sol, cada vez más oblicuos, alargaban la sombra de los árboles, y la brisa de la tarde, que acababa de levantarse, refrescaba la atmósfera y se llevaba a lo lejos las nubes de mosquitos que durante toda la mañana habían estado zumbando y revoloteando encima de los pantanos.
Era en las orillas de un afluente perdido del Arkansas: los árboles de ambos lados, inclinados suavemente, formaban una espesa bóveda verde sobre sus aguas apenas rizadas por el soplo inconstante de la brisa: en algunas partes, flamantes de color de rosa, garzas blancas plantadas sobre sus largas patas, pescaban su comida con esa mansedumbre indolente que por lo general caracteriza a la raza de los grandes zancudos; pero de improviso se pararon, tendieron el cuello hacia adelante, como para escuchar algún ruido desusado, y echando a correr repentinamente para olfatear en dirección del viento, emprendieron el vuelo lanzando gritos de terror.
De pronto resonó un tiro, repetido por los ecos del bosque, y cayeron dos flamantes.
En el mismo instante una piragua ligera dobló con rapidez un cabo pequeño formado por manglares que se avanzaban sobre el lecho del río, y comenzó a perseguir a los dos flamantes que habían caído al agua: uno de ellos había quedado muerto en el acto, y era arrastrado por la corriente; pero el otro, levemente herido al parecer, huía con extremada rapidez y nadaba con vigor.
La embarcación de que hemos hablado era una piragua india construida con corteza de abedul arrancada del tronco por medio de agua caliente.
En la piragua no había más que un solo hombre; su rifle, colocado en la proa, y que todavía echaba humo, probaba que él era quien había disparado el tiro.
Haremos el retrato de este personaje, que está llamado a representar un papel importante en nuestra narración.
Según podía juzgarse en aquel momento por razón de su postura en la piragua, era un hombre de estatura elevada; su cabeza, algo pequeña, se hallaba unida por un cuello robusto a unos hombros de una anchura poco común; músculos duros como cuerdas se destacaban en sus brazos a cada movimiento que hacían; en resumen, todo el aspecto de aquel individuo denotaba un vigor llevado a su último límite.
Su rostro, animado por unos ojos grandes y azules, chispeantes de sagacidad, tenía una expresión de franqueza y de lealtad que agradaba desde el primer momento, y que completaba el conjunto de sus facciones regulares y de su ancha boca sobre la cual se deslizaba una eterna sonrisa de buen humor. Tendría, cuando más, de veintitrés a veinticuatro años, aunque su tez tostada por la intemperie de las estaciones y la poblada barba de un rubio claro que cubría la parte inferior de su cara, le hacían aparentar más edad.
Aquel hombre vestía el traje de cazador de las selvas; un gorro de piel de castor, cuya cola colgaba sobre sus espaldas, sujetaba con sumo trabajo los espesos rizos de su dorada cabellera, que caía en desorden sobre sus hombros; una blusa de caza, de percal azul, oprimida en las caderas por un cinturón de piel de gamo, le caía hasta cerca de sus nervudas rodillas; unos mitasses o especie de calzones ceñidos cubrían sus piernas, y sus pies estaban guarecidos de las espinas y de las picaduras de los reptiles por unos mocasines indios.
Su morral, de cuero curtido, le colgaba del hombro izquierdo en forma de bandolera, y, como sucede a todos los audaces cazadores de las selvas vírgenes, sus armas consistían en un buen rifle, un cuchillo de monte de hoja recta de diez pulgadas de longitud y dos de anchura, y una hacha de hierro que brillaba como un espejo. Estas armas, exceptuando naturalmente el rifle, estaban colgadas de su cinturón, el cual sostenía además dos cuernos de bisonte llenos de pólvora y de balas.
Equipado de este modo, navegando en aquella piragua rodeada por un paisaje imponente, el aspecto de aquel hombre tenía algo de grandioso, que imponía e inspiraba un respeto involuntario.
El cazador de los bosques, propiamente dicho, es uno de esos numerosos tipos del Nuevo Mundo que no tardarán en desaparecer por completo ante los progresos incesantes de la civilización.
Los cazadores de los bosques, esos atrevidos exploradores de los desiertos, en los cuales trascurría su existencia entera, eran unos hombres que, impulsados por un espíritu de independencia y un deseo desenfrenado de libertad, sacudían, para no volver a someterse nunca a ellos, los pesados vínculos con que la sociedad sujeta a sus miembros, y que, sin más objeto que el de vivir y morir sin verse avasallados por ninguna otra voluntad que no sea la suya, nunca impulsados por la esperanza de ningún lucro, cosa que despreciaban por completo, abandonaban las ciudades y se internaban resueltamente en las selvas vírgenes; vivían al día, indiferentes respecto de lo presente, sin cuidarse de lo porvenir, convencidos de que nunca les faltaría Dios en un momento de necesidad, y colocándose así fuera de la ley común, que desconocían, en el último límite que separa a la barbarie de la civilización.
La mayor parte de los cazadores más afamados que vivían en los bosques fueron canadienses. En efecto, en el carácter normando hay algo de osado y aventurero, que es muy a propósito para ese género de vida lleno de peripecias singulares y de sensaciones deliciosas cuyo encanto embriagador solo pueden comprender aquellos que lo han disfrutado.
Los canadienses nunca han admitido como principio el cambio de nacionalidad que los ingleses han intentado imponerles; se han considerado siempre a sí mismos como franceses; sus ojos han quedado constantemente fijos en esa ingrata madre patria que con tan cruel indiferencia los abandonó.
Aún hoy en día, al cabo de tantos años, los canadienses continúan siendo franceses; su fusión con la raza anglo-sajona solo es aparente, y bastaría el pretexto más leve para producir un rompimiento definitivo entre los ingleses y ellos.
El gobierno inglés lo sabe muy bien; y por eso emplea para con sus colonias del Canadá una mansedumbre que se guarda muy bien de emplear para con sus demás posesiones.
En los primeros tiempos de la conquista, esa repulsión (no nos atrevemos: a decir odio), era tan pronunciada entre las dos razas, que los canadienses emigraron en masa por no sufrir el yugo humillante que se les quería imponer. Los que siendo demasiado pobres para abandonar definitivamente su patria, se vieron obligados a continuar habitando en aquella tierra envilecida ya por la ocupación extranjera, escogieron la ruda profesión de cazadores de los bosques, y prefirieron adoptar esa existencia de miserias y de peligros, a sufrir la vergüenza de someterse a la ley de un vencedor aborrecido. Sacudiendo el polvo de sus zapatos en los umbrales del paterno techo, se echaron la escopeta al hombro, y ahogando un suspiro de pesadumbre, se alejaron para no volver, internándose resueltamente en las selvas impenetrables del Canadá, comenzando, sin saberlo, esa generación de intrépidos exploradores de los que en el principio de nuestro relato hemos puesto en escena a uno de los más hermosos y por desgracia últimos tipos.
El cazador continuaba remando vigorosamente; muy luego alcanzó el primer flamante, que echó en el fondo de su piragua; pero el segundo le dio más que hacer: durante algún tiempo hubo una lucha de rapidez entre el pájaro herido y el cazador; sin embargo, el primero fue perdiendo gradualmente sus fuerzas, sus movimientos se tornaron vacilantes, agitó el agua de una manera convulsiva, un golpe de plano que le dio el canadiense con un remo puso término a su agonía, y fue a reunirse con su compañero en el fondo de la piragua.
Tan luego como el cazador hubo pescado su caza, retiró sus remos y se puso a cargar su rifle con ese esmero que consagran a tal operación los que saben que su vida puede depender de una carga de pólvora.
Cuando su arma se halló de nuevo en buen estado, el canadiense dirigió en torno suyo una mirada exploradora.
—¡Eh! dijo al cabo de un instante hablando consigo mismo, hábito que contraen por lo general los individuos cuya existencia es solitaria, Dios me perdone, pero creo que, sin sospecharlo, he llegado al sitio de la cita. No, no me engaño; allí a la derecha están los dos sauces derribados y que han caído en cruz uno sobre otro, cerca de aquella roca que avanza sobre el agua; pero ¡qué es eso! exclamó bajándose y montando su rifle.
De pronto habían resonado en el bosque los ladridos furiosos de varios perros; los matorrales se apartaron con violencia, y un negro apareció súbitamente en la cumbre de la roca en que se fijaban en aquel momento los ojos del canadiense.
Aquel hombre, cuando hubo llegado al extremo de la roca, se paró un instante, pareció como que prestaba atento oído, dando muestras de la más profunda agitación; pero aquella detención fue muy corta, pues apenas hubo permanecido así algunos segundos cuando, alzando los ojos hacia el cielo en ademan de desesperación, se precipitó al río y nadó vigorosamente hacia la opuesta orilla.
Apenas se hubo apagado el ruido de la caída del negro al agua, cuando varios perros llegaron corriendo a la plataforma y comenzaron un concierto de ladridos espantosos.
Aquellos perros eran muy corpulentos, tenían la lengua colgando, los ojos inyectados en sangre y el pelo erizado, como si acabasen de dar una carrera larga.
El cazador movió varias veces la cabeza de uno a otro lado, fijando una mirada de compasión en el desventurado negro, que nadaba con esa energía de la desesperación que centuplica las fuerzas, y cogiendo los remos, dirigió su piragua hacia él con el objeto evidente de prestarle auxilio.
Apenas había comenzado a hacer esta maniobra, cuando se alzó en la orilla una voz ronca que gritaba:
—¡Eh! ¡Eh! ¡Silencio, demonios! ¡Silencio, vive Dios!
Los perros lanzaron algunos aullidos lastimeros, y en seguida se callaron.
Entonces el individuo que les había reñido gritó con voz aún más fuerte:
—¡Eh! ¡Él de la piragua! ¡Ohé!
El canadiense atracaba en aquel momento su embarcación a la otra orilla; varó la piragua en la arena y se volvió con indolente indiferencia hacia su interlocutor.
Éste era un hombre de mediana estatura, rechoncho, y vestía el traje que suelen usar los labradores acomodados; su fisonomía era brutal y repugnante; cuatro hombres, que parecían ser criados suyos, se mantenían cerca de él: inútil será decir que cada uno de estos cinco individuos se hallaba armado con una escopeta.
En aquel sitio el río era bastante ancho; tenía próximamente cuarenta metros de orilla a orilla, lo cual establecía, al menos provisionalmente, una barrera bastante respetable entre el negro y sus perseguidores.
El canadiense se apoyó en el tronco de un árbol y replicó en tono bastante despreciativo:
—¿Es a mí a quién se dirige V., por casualidad?
—¡Pues a quién ha de ser, vive Dios! respondió encolerizado el primer interlocutor. Vamos, procure V. responder categóricamente a mis preguntas.
—¿Y por qué he de responder a esas preguntas, si V. gusta? repuso el canadiense riendo.
—¡Porque yo se lo mando, bergante! dijo el otro brutalmente.
El cazador se encogió de hombros desdeñosamente.
—¡Buenas tardes! dijo, e hizo un movimiento para alejarse.
—Estese V. ahí, ¡vive Dios! gritó el americano, o si no, tan cierto como me llamo John Davis, le planto a V. una bala en la cabeza.
Y al proferir esta amenaza se echó la escopeta a la cara.
—¡Ja! ¡Ja! dijo el canadiense riéndose; ¿Es V. John Davis, el famoso cazador de esclavos?
—Sí, yo soy: ¿y qué? dijo John con tono brusco.
—Perdone V., aún no le conocía más que de oídas; ¡pardiez! Celebro en el alma haberle visto.
—Pues bien; ahora que ya me conoce V., ¿se halla dispuesto a responder a mis preguntas?
—Falta saber de qué género serán: ¡veamos!
—¿Qué se ha hecho mi esclavo?
—¿De quién habla V.? ¿Del hombre que hace un momento se tiró al agua desde la plataforma en la cual se halla V. ahora?
—Sí; ¿dónde está?
—Aquí, a mi lado.
En efecto, el negro, apurados su ánimo y su fuerza después de la lucha desesperada que había sostenido durante la encarnizada persecución de que fue objeto, se había arrastrado hasta el sitio en que estaba el canadiense, y se había tendido a sus pies casi desmayado.
Al oír al cazador denunciar tan categóricamente su presencia, juntó las manos con esfuerzo, y alzando hacia él su rostro inundado en llanto, exclamó con indescriptible expresión de angustia:
—¡Oh! ¡Mi amo! ¡Sálveme V., por compasión!
—¡Hola! gritó John Davis en tono irónico; creo que podremos entendernos, mocito, y que no le desagradará a V. ganar la gratificación.
—En verdad, no me desagradaría saber en cuánto se tasa la carne humana en vuestro país de tan decantada libertad. ¿Es muy crecida esa recompensa?
—Veinte duros por un negro fugitivo.
—Eso es muy poco, dijo el canadiense haciendo una mueca desdeñosa
—¿Le parece a V. así?
—Sí por cierto.
—Y sin embargo, para hacerle a V. ganar ese dinero, solo le pido una cosa muy fácil.
—¿Cuál es?
—Atar a ese negro, meterle en la piragua y traérmele.
—Muy bien; en efecto, no es difícil. Y cuando esté en poder de V., suponiendo que yo consienta en devolvérsele, ¿qué piensa V. hacer con este pobre diablo?
—Eso no es cuenta de V.
—Es verdad; por eso no lo preguntaba sino como un simple dato.
—Vamos, decídase V., que no puedo perder tiempo en malgastar palabras. ¿Qué me responde V.?
—Lo que respondo, Señor John Davis, a V. que cara a los hombres con perros menos feroces que V., y que al obedecerle no hacen más que lo que su instinto les enseña, es esto: que es V. un miserable, y que si no cuenta sino conmigo para restituirle su esclavo, puede considerar a éste como perdido.
—¡Ah! ¿Esas tenemos? exclamó el americano rechinando los dientes con rabia.
En seguida, volviéndose hacia sus criados, gritó:
—¡Fuego sobre él! ¡Fuego! ¡Fuego!
Y uniendo el ejemplo al precepto, se echó el rifle a la cara con viveza, y disparó. Sus criados le imitaron: resonaron cuatro tiros, y se confundieron en una sola explosión que los ecos de la selva repitieron en un tono lúgubre.
II.
QUONIAM.
El canadiense no perdía de vista un solo movimiento de sus adversarios mientras les estaba hablando; por eso, cuando estalló la descarga mandada por John Davis, quedó ésta sin efecto; el joven se había ocultado con rapidez detrás de un árbol, y las balas silbaron inofensivas junto a sus oídos.
El mercader de esclavos estaba furioso por verse burlado así por el cazador; profería contra él las amenazas más horribles, blasfemaba y pateaba con rabia.
Pero de nada servían las amenazas y las blasfemias; a no ser que atravesasen el río a nado, lo cual era impracticable en frente de un hombre tan resuelto como parecía serlo el cazador, no había medio hábil para vengarse de él, ni mucho menos para apoderarse del esclavo a quien tan decididamente había tomado bajo su protección.
Mientras el americano se devanaba los sesos inútilmente para encontrar un recurso que le procurase alguna ventaja, silbó una bala, y el rifle que tenía en la mano quedó hecho astillas.
—¡Perro maldito! exclamó rugiendo de cólera; ¿Quieres asesinarme?
—Tendría derecho para hacerlo, respondió el canadiense; me hallo en el caso de legítima defensa, puesto que también V. ha querido matarme; pero prefiero tratar por buenas, aunque estoy firmemente persuadido de que prestaría un gran servicio a la humanidad plantándole a V. un par de postas en el cráneo.
Y en el mismo instante una segunda bala fue a romper la escopeta de uno de los criados que se ocupaba en volverla a cargar.
—¡Ea! ¡Concluyamos! exclamó el americano exasperado. ¿Qué quiere V.?
—Ya lo he dicho; entrar pacíficamente en tratos con V.
—Pero ¿bajo qué condiciones? Dígamelas V. al menos.
—Dentro de un instante.
El rifle del segundo criado quedó roto de un balazo, como el primero.
De los cinco hombres, tres estaban ya desarmados.
—¡Maldición! gritó el mercader de esclavos; ¿Ha resuelto V. tomarnos a todos por blanco unos después de otros?
—No; solo quiero igualar las probabilidades.
—Pero.
—Ya está hecho.
La cuarta escopeta quedó hecha astillas, como las demás.
—Ahora, añadió el canadiense apareciendo, hablemos.
Y saliendo de su escondite, se adelantó hasta la orilla del río.
—¡Sí, hablemos, demonio! exclamó el americano.
Con un movimiento tan rápido como el pensamiento se apoderó del último rifle y se lo echó a la cara; pero antes de que hubiese podido soltar el tiro, rodó por la plataforma lanzando un grito de dolor.
La bala del cazador le había roto un brazo.
—Espéreme V., que allá voy, repuso el canadiense, siempre con su tono burlón.
Volvió a cargar su rifle, saltó a la piragua, y en breve espacio de tiempo estuvo al otro lado del río.
—¡Vamos! dijo desembarcando y acercándose al americano, que se retorcía como una culebra sobre la plataforma, aullando y blasfemando. Ya se lo había a V. advertido; yo solo, quería igualar las probabilidades, y no debe V. quejarse de lo que le sucede, amigo mío: suya es toda la culpa.
—¡Cogedle! ¡Matadle! gritaba el miserable poseído de indecible rabia.
—¡Vaya, vaya, tranquilicémonos! En último resultado no tiene V. más que un brazo roto; comprenda V. que me habría sido muy fácil matarle si hubiese querido. ¡Qué diablos! Es preciso tener las cosas en cuenta; no es V. razonable.
—¡Oh! ¡Yo te mataré! gritó John rechinando los dientes.
—No lo creo, al menos por ahora; más tarde no digo que no. Pero dejemos eso; voy a examinar la herida de V. y a curarla mientras charlamos.
—¡No me toques! ¡No te acerques! ¡O no sé lo que haré!
El canadiense se encogió de hombros y dijo:
—¡Está V. loco!
John Davis, no pudiendo soportar por más tiempo el estado de exasperación en que se hallaba, y debilitado además por la sangre que perdía, hizo un esfuerzo inútil para levantarse y precipitarse sobre su enemigo; pero cayó de espaldas y se desmayó murmurando una imprecación postrera.
Los criados se habían quedado aterrados, tanto por la destreza sin igual de aquel hombre singular, como por la audacia con que, después de haberlos desarmado, había atravesado el río para ir a entregarse en sus manos, por decirlo así; pues si ya no tenían escopetas, en cambio les quedaban sus pistolas y sus cuchillos de monte.
—¡Eh! Señores, dijo el canadiense frunciendo el entrecejo, ¡háganme el favor de tirar el cebo de sus pistolas, pues, de lo contrario, vive Dios que vamos a vernos las caras!
Los criados no tenían el más mínimo deseo de empeñar una lucha con él; además, la simpatía que experimentaban hacia su amo no era muy grande, mientras que, por el contrario, el canadiense, merced a la manera expeditiva en que había obrado, les inspiraba un verdadero terror supersticioso; obedecieron, pues, a su orden con una especie de apresuramiento, y aún quisieron entregarle sus cuchillos de monte.
—No es necesario, dijo el cazador. Ahora ocupémonos en cuidar a este buen hombre. Sería lástima privar a la sociedad de un personaje tan digno de estimación y que constituye su más bello adorno.
En seguida puso manos a la obra ayudado por los criados, quienes ejecutaban sus órdenes con una rapidez y un celo extraordinarios, tanto era lo dominados que se sentían por aquel hombre.
Los cazadores de los bosques, obligados, por el género de vida que llevan, a pasarse sin ningún auxilio ajeno, poseen todos, en cierto grado, las nociones elementales de la medicina y sobre todo de la cirugía; y en un caso dado, pueden curar una fractura o una herida cualquiera como el primer doctor graduado en una facultad, y esto con medios muy sencillos, y empleados generalmente con muy buen éxito por los indios.
El cazador, con la destreza y la habilidad con que verificó la primera cura del herido, probó que, si sabía hacer daño, también sabía remediarlo perfectamente.
Los criados contemplaban con creciente admiración a aquel hombre extraordinario que parecía haberse trasformado de improviso y procedía con un aplomo, un golpe de vista y una mano tan ligera, que muchos médicos le hubieran envidiado.
Mientras se estaba haciendo la cura, el herido volvió en sí y abrió los ojos, pero permaneció silencioso: su furor se había calmado; su carácter brutal se hallaba domado por la resistencia enérgica que el canadiense le opusiera. Como sucede siempre cuando la primera cura está bien hecha, al primitivo y violento dolor de la herida, había sucedido un bienestar indefinible; por eso John, agradeciendo, a pesar suyo, el alivio que experimentaba, sintió fundirse su odio y transformarse en un sentimiento que aún no acertaba a comprender, pero que a la sazón le hacía mirar a su adversario de un modo casi amistoso.
Para hacer a John Davis la justicia debida, diremos que no era mejor ni peor que ninguno de sus colegas que, como él, traficaban en carne humana: acostumbrado al dolor de los esclavos, a quienes no consideraba sino como seres privados de razón, como una mercancía en fin, su corazón se había embotado gradualmente hasta el extremo de no sentir las emociones dulces: en un negro no veía más que el dinero que había desembolsado y el que esperaba sacar vendiéndole; y como verdadero comerciante, tenía mucho apego a su dinero: un esclavo fugitivo le parecía un miserable ladrón contra el cual se podía emplear cualquier medio para obligarle a restituirse a poder de su dueño.
Sin embargo, aquel hombre no era inaccesible a todo buen sentimiento, y aún fuera de su comercio gozaba de cierta fama de bondadoso y pasaba por un sujeto muy decente.
—Vamos, ya está hecho, dijo el canadiense dirigiendo una mirada de satisfacción a las ligaduras; dentro de tres semanas ya no se conocerá nada, si V. se cuida bien, con tanto más motivo cuanto que, por una felicidad inaudita, la bala no ha tocado al hueso, y no ha hecho más que atravesar las carnes. Ahora, amigo mío, si quiere V. que hablemos, estoy dispuesto.
—Yo nada tengo que decir sino que se me devuelva el maldito negro que ha sido causa de todo el mal.
—¡Vaya! Si continuamos así, creo que no llegaremos a entendernos. Ya sabe V. que precisamente con motivo de la devolución del maldito negro, como V. le llama, es como se ha suscitado la contienda.
—Sin embargo, no puedo perder mi dinero.
—¿Cómo su dinero?
—O mi esclavo, si V. prefiere que se diga así, representa para mí una cantidad que no deseo perder en manera alguna, con tanto más motivo cuento que hace algún tiempo que los negocios andan muy mal, y he experimentado pérdidas considerables.
—Es muy sensible, le compadezco a V. sinceramente; sin embargo, yo tendría empeño en arreglar este negocio por buenas, según lo comencé, repuso el canadiense en tono bonachón.
El americano hizo una mueca y dijo:
—Rara manera tiene V. de tratar los negocios por buenas.
—Es culpa de V., amigo mío, si no nos hemos entendido desde luego; ha estado V. un poco vivo de genio, confiéselo.
—En fin, no hablemos más de eso; lo hecho, hecho está.
—Tiene V. razón, volvamos a nuestro negocio; desgraciadamente soy pobre; a no ser así, le daría a V. algunos centenares de duros, y todo quedaría concluido.
El mercader se rascó la cabeza.
—Escuche V., dijo; no sé por qué, pero, a pesar de lo que ha pasado entre nosotros y aún quizás por eso mismo, no quisiera que nos separásemos incomodados, y tanto más cuanto que no tengo grande apego a Quoniam.
—¿Qué es eso de Quoniam?
—Es el nombre del negro.
—¡Ah! Muy bien. Raro nombre ha ido V. a ponerle. En fin, no importa. ¿Con que dice V. que no tiene grande empeño en conservarle?
—A la verdad que no.
—Entonces, ¿por qué le daba V. caza de un modo tan encarnizado, con acompañamiento de perros y rifles?
—Por amor propio.
—¡Ah! dijo el canadiense con un gesto de descontento.
—Escuche V., al fin y al cabo yo soy mercader de esclavos.
—Un oficio muy feo, sea dicho entre paréntesis, observó el cazador.
—Puede ser, no discuto acerca de eso. Hace un mes, en Baton-Rouge, se anunció una gran venta de esclavos de ambos sexos pertenecientes a un caballero muy rico que se había muerto de repente. Me trasladé al instante a Baton-Rouge. Entre los esclavos expuestos se encontraba Quoniam. Ese tuno es joven, bien formado, vigoroso; tiene un aspecto audaz e inteligente. Como es natural, me agradó en cuanto lo vi, y deseé comprarle. Me acerqué y le interrogué; el muy tuno me contestó textualmente estas palabras con un descaro que al pronto me desconcertó:
—«Mi amo, no le aconsejo a V. que me compre, porque he jurado ser libre o morir. Por más que haga V. para sujetarme, le advierto que me escaparé. Ahora vea V. lo que ha de hacer.»
—Esta declaración tan explícita y tan perentoria picó mi amor propio. «¡Allá veremos!» le dije, y fui a buscar al hombre encargado de la venta. Este individuo, que era conocido mío, procuró disuadirme de comprar a Quoniam, dándome una multitud de razones a cual más poderosas para que no me obstinase en mi propósito. Pero me hallaba muy decidido y me mantuve firme. Quoniam me fue entregado por el precio de noventa duros, baratura fabulosa para un negro de su edad y de su corpulencia. Pero nadie le quería por ningún precio. Le puse grillos y me le llevé conmigo, no a mi casa, sino a la cárcel, con el fin de estar seguro de que no se me escaparía. Al día siguiente, cuando entré en la cárcel, Quoniam había cumplido su palabra: se había marchado.
Al cabo de dos días cayó de nuevo en mi poder; pero en aquella misma noche volvió a marcharse sin que me fuese posible adivinar de que medios se valía para frustrar las precauciones que yo empleaba para detenerle. ¿Qué más diré? Hace un mes que esto dura; hace ocho días que ha vuelto a escaparse: desde entonces ando persiguiéndole. Perdiendo ya la esperanza de sujetarle, la cólera se ha apoderado de mí, y le he seguido el rastro con esos sabuesos, resuelto esta vez a acabar a toda costa con ese maldito negro que se me escapa continuamente de entre las manos como una culebra.
—Es decir, observó el canadiense, quien había escuchado con marcado interés la narración del mercader, que hallándose V. ya desesperado, no habría vacilado en darle muerte.
—A la verdad que no, porque ese pícaro descarado es un extremo astuto. Se ha burlado tanto de mí, que he concluido por cobrarle un odio encarnizado.
—Escuche V. a su vez, Señor John Davis: no soy rico ni con mucho. ¿Para qué necesito oro ni plata, yo hombre del desierto, a quien Dios depara tan generosamente el pan cuotidiano? Ese Quoniam, tan ávido de libertad y de espacio, me inspira, a pesar mío, un interés muy vivo. Quiero tratar de procurarle esa libertad a que aspira con tan marcada constancia. He aquí lo que propongo a V. Tengo en mi piragua tres pieles de jaguar y doce de castor que, vendidas en cualquiera ciudad de los Estados Unidos, valdrán por lo menos ciento cincuenta o doscientos duros. Tómelas V., y quede todo concluido.
El mercader le miró con una sorpresa mezclada con cierta benevolencia.
—Hace V. mal, dijo por fin; el trato que me propone es demasiado ventajoso para mí, y a V. le perjudica en extremo. No es así como se tratan los negocios.
—¿Qué le importa a V.? Se me ha puesto en la cabeza que ese hombre ha de ser libre.
—No conoce V. el carácter ingrato de los negros, repuso John con insistencia. Ese no agradecerá en manera alguna lo que hace V. por él; al contrario, en la primera ocasión, quizás, le dará motivo para que se arrepienta.
—Es muy posible; pero eso es cuenta suya, porque yo no le exijo gratitud. Si me la demuestra, tanto mejor para él; si no, ¡sea lo que Dios quiera! Obro según mi corazón me lo dicta, y mi recompensa está en mi propia conciencia.
—¡Vive Dios! ¿Sabe V. que es V. un excelente muchacho? exclamó el mercader sin poderse contener por más tiempo. Sería muy conveniente que se encontrasen con más frecuencia hombres del temple de V. ¡Pues bien! Quiero probarle que no soy tan malvado como tendría derecho para suponerlo después de lo que ha pasado entre nosotros. Voy a firmar el acta de venta de Quoniam; y en cambio no aceptaré más que una piel de tigre como recuerdo de nuestro encuentro, aunque ya me deja V. otra memoria, añadió señalando a su brazo y haciendo una mueca lastimera.
—¡Venga esa mano! exclamó el canadiense gozoso; solo que aceptará V. dos pieles en vez de una, porque tengo intención de pedir a V. su cuchillo de monte, una hacha y el rifle que aún le queda, para que el pobre diablo a quien restituimos la libertad (porque ahora contribuye V. ya en igual parte a mi buena acción) pueda procurarse su sustento.
—¡Corriente! exclamó el mercader en tono de buen humor. Puesto que a toda costa quiere ese tuno ser libre, que lo sea, y que se vaya al diablo.
Hizo una seña, y uno de los criados sacó de un morral tinta, plumas y papel, y redactó en el acto, no un documento de venta, sino, con arreglo al deseo del canadiense, un certificado de emancipación perfectamente en regla, certificado que el mercader firmó lo mejor que pudo, y que los criados firmaron también, después de él, como testigos.
—A la verdad, exclamó John Davis, es muy posible que, bajo el punto de vista de los negocios, acabe yo de cometer una necedad; pero, que lo crea V. o no, nunca me he sentido tan contento de mí mismo.
—Es porque hoy ha seguido V. los impulsos de su corazón, respondió el canadiense con seriedad.
El cazador abandonó entonces la plataforma para ir a buscar las pieles. Al cabo de un momento volvió con dos pieles de jaguar magníficas, perfectamente intactas, que entregó al mercader. Este, según se había convenido, le entregó las armas; pero entonces un escrúpulo se apoderó del canadiense.
—Aguarde V. un momento, dijo; si me da V. esas armas, ¿cómo hará V. para regresar a su casa?
—No tenga V. inquietud por eso, respondió John Davis. A unas tres leguas de aquí, todo lo más, he dejado mis caballos y mi gente. Además, tenemos nuestras pistolas, que nos podrán servir en caso de necesidad.
—Es verdad, observó el canadiense; de ese modo nada tiene V. que temer; sin embargo, como la herida no le permitirá a V. que recorra a pie una distancia tan larga, voy a construir unas parihuelas con el auxilio de los criados.
Y con esa destreza de que ya había dado tan repetidas pruebas, en un momento cortó el canadiense con su hacha unas ramas de árbol y construyó unas parihuelas, sobre las cuales se tendieron las dos pieles de tigre.
—Ahora, adiós, dijo. Quizás no volveremos a vernos nunca. Espero que nos separamos en mejores términos que nos encontramos. Acuérdese V. de que no hay oficio tan malo que un hombre de bien no pueda desempeñar con decencia; cuando el corazón de V. le inspire una buena acción, no se mantenga sordo, sino ejecútela sin pesadumbre, porque eso será escuchar la voz de Dios.
—Gracias, respondió el mercader con cierta emoción. Una palabra todavía antes de que nos separemos.
—Hable V.
—¡Dígame V. su nombre a fin de que, si algún día la casualidad hace que volvamos a encontrarnos, pueda yo apelar a los recuerdos de V., como V. lo haría respecto de los míos!
—Es muy justo: me llamo Tranquilo, cazador de los bosques, y mis compañeros me han apellidado el Cazador de tigres.
Y antes de que el mercader volviese en sí de la sorpresa que le causó la súbita revelación del nombre de un hombre cuya fama era universal en las fronteras, el cazador le hizo una seña postrera de despedida, saltó de la plataforma a la playa, desató su piragua, y se alejó remando vigorosamente en dirección a la orilla opuesta.
—¡Tranquilo, el Cazador de tigres! murmuró John Davis tan luego como se hubo quedado solo. Sin duda alguna mi genio benéfico es el que me ha inspirado la idea de granjearme un amigo en ese hombre.
Se tendió en las parihuelas, que dos criados cargaron sobre sus hombros, y después de haber dirigido una mirada postrera al canadiense, que en aquel momento desembarcaba en la otra orilla, dijo:
—En marcha.
Muy luego volvió a quedar solitaria la plataforma, pues el mercader y sus criados habían desaparecido bajo la enramada, y ya no se oía más que el ruido de los ladridos alegres de los sabuesos que corrían delante de la reducida comitiva, ruido que se debilitaba cada vez más, y que tardó muy poco en apagarse por completo.
III.
NEGRO Y BLANCO.
Entretanto el cazador canadiense, cuyo nombre por fin sabemos ya, según dijimos, había llegado al otro lado del río en que dejara al negro oculto entre los matorrales de la orilla.
Durante la prolongada ausencia de su defensor, el esclavo hubiera podido fugarse con facilidad; y esto con tanta más razón, cuanto que tenía casi la certidumbre de no ser perseguido antes de un espacio de tiempo que le habría permitido tomar una delantera considerable sobre los que con tanta obstinación se empeñaban en apoderarse de él.
Sin embargo, no había hecho tal cosa, ya fuese porque el pensamiento de su fuga no le pareciera realizable, o porque estuviese muy cansado, o, en fin, por cualquiera otra causa que ignoramos. No se había movido del sitio en que buscó un refugio en el primer momento. Había permanecido con los ojos pertinazmente fijos en la plataforma, siguiendo con una mirada ansiosa los diferentes movimientos de los individuos que en ella se encontraban.
John Davis no había ponderado en manera alguna al hacer su retrato al cazador. Quoniam era realmente uno de los tipos más magníficos de la raza africana. Tendría, a lo más, veintidós años; era alto, robusto y bien formado; tenía los hombros anchos, el pecho muy desarrollado, los miembros vigorosos; debía unir una destreza y una ligereza poco comunes con una fuerza sin igual. Sus facciones eran astutas, expresivas; su fisonomía respiraba franqueza; sus ojos grandes revelaban inteligencia; en fin, aunque su tez era del negro más lustroso, y que desgraciadamente en América, en ese país clásico de libertad, aquel color sea una marca infamante, indeleble, de servidumbre, aquel hombre no parecía haber nacido para la esclavitud, pues todo en él era una aspiración a la libertad y a ese libre arbitrio que Dios ha dado a sus criaturas, y que en vano ha intentado el hombre arrebatarles.
Cuando el canadiense volvió a embarcarse en su piragua y los americanos abandonaron la plataforma, una sonrisa de satisfacción vagó por el semblante del negro, porque, sin saber a punto fijo lo que había ocurrido entre el cazador y su antiguo amo, puesto que se hallaba demasiado lejos para oír lo que se decía, comprendió que, al menos provisionalmente, nada tenía ya que temer del último, y aguardó con una impaciencia febril el regreso de su generoso defensor, con el fin de saber lo que en lo sucesivo podría esperar o temer.
En cuanto el canadiense hubo llegado a la orilla, varó su piragua en la arena y se dirigió con paso firme y mesurado hacia el sitio en que suponía que había de encontrar al negro.
No tardó en verle sentado, y casi en la misma postura en que le había dejado.
El cazador no pudo contener una sonrisa de satisfacción y le dijo:
—¡Hola, amigo Quoniam! ¿Está V. aquí todavía?
—Sí, mi amo. ¿Le ha dicho a V. John Davis mi nombre?
—Ya lo ve V. Pero ¿qué hace V. ahí? ¿Por qué no se ha escapado durante mi ausencia?
—Quoniam, dijo el negro, no es un cobarde que vaya a escaparse mientras otro expone su vida por él. Aguardaba, dispuesto a entregarme, si la seguridad del cazador blanco se veía amenazada[1].
Esto fue dicho con una sencillez llena de grandeza de alma, que demostraba que tal había sido en efecto la intención del negro.
—Bien, respondió el cazador afectuosamente, le doy a V. gracias; la intención era buena; por fortuna la intervención de V. ha sido inútil. En fin, ha hecho V. bien en quedarse aquí.
—Suceda lo que quiera conmigo, mi amo, esté V. seguro de que le conservaré una gratitud eterna.
—Tanto mejor para V., Quoniam; eso me probará que no es V. ingrato, lo cual es uno de los vicios más feos que afligen a la humanidad. Pero ante todo hágame el favor de no volverme a llamar amo, porque me disgusta; esa palabra implica una condición de inferioridad degradante; y además yo no soy para V. un amo, no soy más que un compañero.
—¿Qué otro nombre puede dar a V. un pobre esclavo?
—¡Pardiez! El mío. Llámeme V. Tranquilo, como yo le llamo Quoniam. Me parece que Tranquilo no es un nombre muy difícil de conservar en la memoria.
—¡No por cierto! dijo el negro riendo.
—Bueno, queda convenido. Ahora pasemos a otra cosa, y ante todo tome V. esto.
El cazador sacó entonces un papel de su cinto y se lo dio al negro.
—¿Qué es esto? preguntó Quoniam fijando una mirada inquieta en el papel que su ignorancia le impedía descifrase.
—¿Eso? repuso el cazador sonriendo, es un talismán precioso que le convierte a V. en un hombre igual a todos los demás, y le borra del número de los animales entre los cuales ha estado confundido hasta hoy; en una palabra, es un documento por el cual John Davis, natural de la Carolina del Sur, mercader de esclavos, restituye desde el día de hoy a Quoniam, aquí presente, su libertad plena y completa, para que en lo sucesivo la disfrute como mejor le parezca, o si V. prefiere que se lo diga de otro modo, es el acta de la emancipación de V., escrita por su antiguo amo y firmada por testigos competentes para que en caso necesario le valga a V.
Al oír estas palabras, el negro se había tornado pálido en la manera en que les sucede a los hombres de su color, es decir, su rostro se había revestido de una tinta gris sucia, sus ojos se habían abierto de un modo desmesurado, y durante algunos segundos permaneció inmóvil, anonadado, sin poder pronunciar una palabra ni hacer un gesto.
Al fin lanzó una carcajada estridente, dio dos o tres saltos con una agilidad de fiera, y de improviso prorrumpió en llanto.
El cazador observaba con la mayor atención los movimientos del negro, sintiéndose sumamente interesado por lo que veía, y a cada momento experimentaba mayor simpatía hacia aquel hombre.
—Con que ya soy libre, completamente libre, ¿no es verdad? dijo por fin el negro.
—Completamente libre, contestó Tranquilo sonriéndose.
—¿Ahora puedo ir y venir, acostarme, trabajar y descansar sin que nadie me lo impida, sin que tenga que temer los latigazos?
—Eso es.
—¿Me pertenezco, me pertenezco exclusivamente? ¿Puedo obrar y pensar como los demás hombres? ¿Ya no soy un animal a quien se carga o se engancha a pesar de mi color? ¿Soy lo mismo que cualquier otro hombre blanco, amarillo o rojo?
—Exactamente lo mismo, respondió el cazador, a quien a la vez entretenían e interesaban aquellas preguntas cándidas.
—¡Oh! dijo el negro cogiéndole la cabeza con ambas manos; ¡Oh, con que soy libre, libre por fin!
Pronunció estas palabras con un acento singular que hizo estremecer al cazador.
De improviso cayó de rodillas, juntó las manos, alzó los ojos al cielo, y exclamó con un acento de inefable felicidad:
—¡Dios mío! ¡Tú, que todo lo puedes; tú, para quien todos los hombres son iguales, y que no miras a su color para protegerlos y defenderlos; tú, cuya bondad es sin límites, lo mismo que tu poder; gracias, gracias, Dios mío, por haberme sacado de la esclavitud y restituido la libertad!
Después de haber pronunciado esta oración, que era la expresión de los sentimientos que se agitaban en el fondo de su corazón, el negro se dejó caer al suelo, y durante algunos minutos quedó sumido en serias reflexiones. El cazador respetó su silencio.
Por último, al cabo de algunos instantes el negro levantó la cabeza y dijo:
—Escuche V., cazador; he dado gracias a Dios, como debía, por mi emancipación. Ahora que me siento un poco tranquilo y comienzo a acostumbrarme a mi nueva condición, tenga V. la bondad de referirme lo que ha pasado entre usted y mi amo, a fin de que yo sepa de un modo exacto lo que debo agradecer a V., y arregle según esa gratitud mi conducta venidera. Hable V. que ya le escucho.
—¿Para qué he de hacer esa narración que tan poco le interesa a V.? Es V. libre, y eso debe bastarle.
—No, no me basta. Soy libre, es cierto; pero ¿cómo he llegado a serlo?
—Esa narración, lo repito, no puede interesarle a V. mucho. Sin embargo, como puede hacer que forme V. mejor opinión respecto del hombre a quien antes pertenecía, no persistiré en callar. Escuche V. pues.
Después de este exordio, Tranquilo refirió prolijamente los sucesos que habían ocurrido entre el mercader de esclavos y él, y cuando por fin hubo terminado, añadió:
—Vamos, ¿está V. satisfecho ahora?
—Sí, respondió el negro que le había escuchado con la atención más sostenida; sé que, después de Dios, a V. es a quien debo todo, y no lo olvidaré; sean las que quieran las circunstancias en que nos encontremos el uno respecto del otro, nunca tendrá V. que reclamar el pago de mi deuda.
—Nada me debe V., que ahora es ya libre; lo que le corresponde es emplear esa libertad como debe hacerlo un hombre de corazón recto y honrado.
—Procuraré no ser indigno de lo que Dios y V. han hecho por mí; también agradezco sinceramente a John Davis el buen sentimiento que le ha impulsado a prestar oído a las observaciones de V.: quizás me será dado algún día mostrarle mi gratitud; y si tal ocasión se presentase, no la desperdiciaré.
—¡Bien! Me gusta oírle a V. hablar así; eso me prueba que no me he equivocado en el concepto que acerca de V. he formado. Y ahora, ¿qué se propone V. hacer?
—¿Qué consejo me da V.?
—La pregunta es importante, y no sé a punto fijo cómo contestar: la elección de una profesión cualquiera es siempre cosa muy difícil; antes de adoptar una resolución de ese género, es necesario reflexionarlo con madurez: a pesar de mi deseo de serle a V. útil, no quisiera darle un consejo que, sin duda por consideración hacia mí, se apresuraría a seguir, y más tarde podría causarle pesadumbre. Además, soy un hombre cuya vida, desde la edad de siete años, ha trascurrido constantemente en los bosques; y por lo tanto, tengo muy poca experiencia para aventurarme a lanzarle a V. por una senda que yo mismo no conozco, y cuyas ventajas e inconvenientes ignoro.
—Ese raciocinio me parece muy exacto; sin embargo, no puedo permanecer así: tengo que adoptar un partido, sea el que quiera.
—Haga V. una cosa.
—¿Cuál es?
—Tome V. una escopeta, un cuchillo de monte, pólvora y balas; el desierto está abierto delante de V. Márchese, ensaye durante algunos días la Vida libre de las grandes soledades. Durante sus largas horas de caza reflexionará con entero descanso acerca de la profesión a que le conviene dedicarse; pesará V. en su mente las ventajas que de ella espere obtener, y luego, cuando haya adoptado una determinación irrevocable, vuelve V. la espalda al desierto, se encamina de nuevo a los sitios habitados, y como es V. un hombre activo, inteligente y honrado, estoy seguro de que alcanzará buen éxito, sea la que quiera la profesión a que se dedique.
El negro movió la cabeza varias veces, y dijo:
—Sí, en lo que V. me propone hay bueno y hay malo; no es eso completamente lo que yo quisiera.
—Explíquese V. claramente, Quoniam; adivino que quiere V. decirme algo y no se atreve.
—Es verdad: no he sido franco con V., Tranquilo, y he hecho mal; ahora lo conozco. En vez de pedirle hipócritamente un consejo que de ningún modo tenía intención de seguir, debí decir a V. lealmente mi modo de pensar, y eso siempre hubiera sido mejor.
—Veamos, dijo el cazador riendo, hable V.
—¡Tiene V. razón! ¿Por qué no he de decirle lo que mi corazón siente? Si en el mundo hoy un hombre que se interese por mí, es V., sin disputa; por lo tanto, más vale que sepa yo en seguida a qué atenerme. La única profesión que me conviene es la de cazador de los bosques. A ella me impulsan mis instintos y mis inspiraciones. Todas mis tentativas de evasión, cuando yo era esclavo, tendían a ese objeto. No soy más que un pobre negro con un talento muy limitado y una inteligencia muy corta, que no podrían servirme de un modo conveniente en las ciudades, en donde al hombre no se le aprecia por lo que vale, sino únicamente por lo que parece. ¿Para qué me serviría esa libertad, con la que tanto me envanezco, en una ciudad en donde, para mantenerme y vestirme, al instante me vería obligado a sacrificarla en provecho del primero que se dignase procurarme los recursos más necesarios de que me hallo completamente privado? Solo habría reconquistado mi libertad para convertirme yo mismo de nuevo en esclavo. Así pues, solo en el desierto es en donde puedo aprovechar ese beneficio que debo a V., sin temer nunca que la miseria me arrastre a cometer acciones indignas de un hombre que tiene el convencimiento de lo que vale. Por eso, solo en el desierto es donde puedo vivir en lo sucesivo, sin volver a acercarme a las ciudades más que para cambiar las pieles de los animales que yo haya cazado por balas, pólvora y ropa. Soy joven y vigoroso: ¡Dios, que me ha protegido hasta ahora, no me abandonará!
—Quizás tenga V. razón: yo, para quien la vida que llevo es preferible a cualquiera otra, no puedo censurar a V. porque quiera seguir mi ejemplo. ¡Bueno! Ahora que todo está arreglado y convenido a gusto de V., vamos a separarnos, mi buen Quoniam. Dios le dé a V. buena suerte, y quizás nos encontremos algún día en el territorio indio.
El negro se echó a reír, enseñando dos hileras de dientes blancos como la nieve, pero no respondió.
Tranquilo se echó su rifle al hombro, le hizo una seña postrera de amistosa despedida, y se volvió para dirigirse a su piragua.
Quoniam cogió la escopeta que el cazador le había dejado, se puso el cuchillo de monte en el cinto, del cual colgó también los dos cuernos llenos de pólvora y balas, y luego, habiendo dirigido una mirada en torno suyo para cerciorarse de que nada dejaba olvidado, siguió al cazador, que le había tomado ya una delantera bastante considerable.
Le alcanzó en el momento en que llegaba junto a la piragua y se disponía a ponerla a flote. Al oír el cazador el ruido de los pasos, se volvió y dijo:
—¡Calle! ¿Es V. todavía, Quoniam?
—¡Sí! contestó el negro.
—¿Qué motivo le trae a V. hacia este lado?
—¡Ah! dijo Quoniam metiéndose los dedos entre su encrespada cabellera y rascándose con furor, es que ha olvidado V. una cosa.
—¿Yo?
—Sí Señor, respondió el negro con cierto embarazo.
—¿Qué es?
—El llevarme con V.
—Es verdad, dijo el cazador tendiéndole la mano; perdóneme V., hermano.
—Según eso, ¿consiente V.? exclamó Quoniam con una alegría mal contenida.
—Sí.
—¿Ya no nos separaremos?
—Eso dependerá de la voluntad de V.
—¡Oh! Entonces, exclamó lanzando una carcajada alegre, viviremos mucho tiempo juntos.
—¡Pues bien! ¡Corriente! respondió el cazador; venga V.: dos hombres, cuando tienen completa fe el uno en el otro, son muy fuertes en el desierto. Sin duda Dios ha querido que nos encontremos. En adelante seremos hermanos.
Quoniam saltó a la barca y cogió alegremente los remos.
El pobre esclavo nunca había sido tan feliz, nunca había encontrado el aire tan puro, la naturaleza tan bella; le parecía que todo le sonreía y le festejaba; desde aquel momento iba a comenzar realmente a vivir con la existencia de los demás hombres, sin ninguna traba amarga; lo pasado no era ya más que un sueño. Había encontrado en su defensor lo que tantos hombres buscan en vano durante el curso de una larga existencia, un amigo, un hermano, en quien podría confiar por completo, y para el cual no tendría secretos.
En pocos minutos llegaron al sitio en que el canadiense había reparado al llegar; aquel punto, claramente designado por los dos sauces caídos en cruz el uno sobre el otro, formaba una especie de promontorio de arena muy favorable para establecer un campamento por la noche, porque desde allí se dominaba, no solo el curso del río hasta una distancia muy larga por ambos lados, sino que también era fácil vigilar las dos orillas y evitar una sorpresa.
—Aquí es donde pasaremos la noche, dijo Tranquilo; trasportemos a tierra la piragua para guarecer nuestra hoguera.
Quoniam cogió la ligera embarcación, la levantó en alto, y colocándola sobre sus robustos hombros, la llevó al sitio que su compañero le había designado.
Había trascurrido ya un espacio de tiempo considerable desde que el canadiense y el negro se encontraron de un modo tan milagroso. El sol, que estaba ya bastante bajo en el horizonte en el momento en que el cazador dobló el promontorio y cazó los flamantes, se hallaba a la sazón próximo a desaparecer; anochecía con rapidez, y los segundos términos del paisaje comenzaban a perderse entre las sombras del crepúsculo que se condensaba cada vez más.
El desierto despertaba; los roncos rugidos de las fieras se oían por intervalos, mezclándose con los maullidos de los carcayús y con los violentos aullidos de los lobos rojos.
El cazador escogió la leña más seca que pudo hallar para encender la lumbre, a fin de que el humo fuese poco, y la llama, por el contrario, iluminase los alrededores de modo que denunciase inmediatamente la aproximación de los terribles vecinos cuyos gritos oía, y a los que la sed tardaría muy poco en llevar hacia aquel sitio.
Los flamantes asados y algunos puñados de pennekann (carne picada y reducida a polvo) constituyeron la cena de los aventureros, cena muy sobria, regada tan solo con agua del río; pero que comieron con buen apetito y como hombres que saben apreciar el valor de los manjares que les depara la Providencia, sean los que quieran.
Cuando hubieron comido el último bocado, el canadiense partió fraternalmente su provisión de tabaco con su nuevo compañero, y encendió su pipa india, que saboreó como un verdadero aficionado, ejemplo seguido concienzudamente por Quoniam.
—Ahora, dijo Tranquilo, bueno será que sepa V. que un antiguo amigo mío hará como tres meses que me dio una cita para este sitio. Es un jefe indio, y debe llegar aquí mañana al amanecer. Aunque es muy joven, ya goza de gran nombradía en su tribu. Le quiero como a un hermano, y casi puede decirse que nos hemos criado juntos. Me alegraré de ver que simpatice con V. Es un hombre entendido y experimentado, para quien la vida del desierto no tiene secretos. La amistad de un jefe indio es cosa preciosa para un cazador de los bosques; piense V. en eso. Por lo demás, estoy convencido de que convendrá V. en ello al primer golpe de vista.
—Haré todo lo que sea necesario para conseguir su amistad. Basta que ese jefe sea amigo de V. para que yo desee que lo sea mío también. Hasta ahora, aunque como esclavo fugitivo he vagado durante mucho tiempo por los bosques, todavía no he visto nunca a un indio independiente; así pues, es muy posible que, contra mi voluntad, cometa alguna torpeza. Crea V., sin embargo, que no será por culpa mía.
—Estoy convencido de ello; tranquilícese V. respecto de eso: advertiré al jefe, quien creo que quedará tan sorprendido como V., porque supongo que V. será el primer negro a quien haya encontrado en toda su vida. Ea, ya ha anochecido por completo; debe V. estar cansado por la obstinada persecución que ha sufrido durante todo el día y por las emociones fuertes que ha experimentado; duerma V., que yo velaré por los dos, pues mañana, probablemente, tendremos que hacer una marcha muy larga, es preciso que esté V. ágil y dispuesto.
El negro comprendió lo justas que eran las observaciones de su amigo, con tanto más motivo, cuanto que estaba abrumado de cansancio; los sabuesos de su antiguo amo le habían perseguido tan de cerca, que en las cuatro últimas noches no había podido dormir. Así pues, prescindiendo de toda vergüenza mal entendida, se tendió en el suelo con los pies junto al fuego, y se durmió casi al momento.
Tranquilo permaneció sentado sobre la piragua, con su rifle entre las piernas, a fin de estar dispuesto para cualquier alarma, y quedó sumido en profundas reflexiones, al paso que vigilaba con el mayor cuidado los alrededores y prestaba atento oído al ruido más leve.
IV.
LA MANADA.
La noche estaba espléndida. El cielo, de un azul oscuro, se veía tachonado por millones de estrellas que derramaban una luz dulce y misteriosa.
El silencio del desierto era interrumpido por mil ruidos melodiosos y animados; leves resplandores que se filtraban por entre las hojas de los árboles corrían sobre la fina yerba a manera de fuegos fatuos. En la orilla opuesta del río algunos robles secos y carcomidos se alzaban cual fantasmas, y la brisa agitaba sus largas ramas cubiertas de plantas trepadoras; mil rumores cruzaban el espacio; gritos incalificables salían de las madrigueras invisibles de la selva; se oían los suspiros ahogados del viento entre las hojas, el murmullo del agua sobre los guijarros de la playa, y ese ruido, en fin, inexplicable de las oleadas de la vida, ruido que procede de Dios, y al que hace ser aún más imponente la soledad majestuosa de las llanuras americanas.
El cazador se dejaba arrastrar, a pesar suyo, por la omnipotente influencia de aquella naturaleza primitiva que le rodeaba: al encontrarse aislado así en ella, por todos los poros percibía su savia fortalecedora; todo su ser se estremecía y se identificaba con la escena sublime a que asistía; apoderábase de él una melancolía dulce y serena: tan lejos de los hombres y de su mezquina civilización, se sentía más cerca de Dios, y su fe cándida se aumentaba con toda la admiración que le causaban los secretos medio revelados de los grandes arcanos de la naturaleza, secretos que sorprendía, por decirlo así, en el acto.
Y es que el alma se engrandece, y los pensamientos se ensanchan con el contacto de esa vida nómada, en la que cada minuto que trascurre produce peripecias nuevas e imprevistas, en la que a cada paso ve el hombre el dedo de Dios señalado de una manera evidente en los paisajes ásperos y grandiosos que le rodean.
Así esa existencia de peligros y de privaciones tiene, para los que la han ensayado una vez siquiera, encantos y embriagueces inexplicables, alegrías incomprensibles, que hacen que siempre se las eche de menos, porque solo en el desierto es donde el hombre siente que vive, donde tiene la medida de sus fuerzas, y donde se le revela el secreto de su poder.
Así trascurrían las horas con rapidez para el cazador, sin que el sueño llegase todavía a cerrar sus párpados; ya la fresca brisa de la mañana hacía estremecer las altas copas de los árboles y rizaba la tersa superficie del río, en cuyas aguas plateadas se reflejaban las grandes sombras de sus accidentadas orillas. En el horizonte, anchas fajas rosadas anunciaban la próxima salida del sol; el búho, oculto en la enramada, había saludado por dos veces con su grito melancólico la vuelta del día: eran próximamente las tres de la madrugada.
Tranquilo abandonó el rústico asiento en que hasta entonces había permanecido en completa inmovilidad, sacudió el entorpecimiento que se había apoderado de él, y dio algunos paseos por la playa con el fin de restablecer la circulación de la sangre en todos sus miembros.
Cuando un hombre, no diremos se despierta, porque el buen canadiense ni un solo instante había cerrado los ojos durante el trascurso de aquella larga velada, pero sacude el entorpecimiento en que le han sumido el silencio, las tinieblas y sobre todo el frío penetrante de la noche, necesita algunos minutos antes de que consiga entrar de nuevo en posesión de todas sus facultades y restablecer el equilibrio en su cerebro: esto fue lo que le sucedió al cazador. Sin embargo, acostumbrado hacía muchos años a la vida del desierto, aquel espacio de tiempo fue menos largo para él que para cualquier otro, y muy luego recobró la plenitud de su inteligencia, sintiéndose tan despejado, y con la mirada tan penetrante y el oído tan sutil, como en la noche anterior. Disponíase, por lo tanto, a despertar a su compañero, que seguía durmiendo con ese sueño bueno y reparador que en este mundo solo disfrutan los niños y los hombres cuya conciencia está pura de todo mal pensamiento, cuando de improviso se paró, prestando atento oído con marcada inquietud.
Desde las escondites profundidades del bosque que formaba un espeso cortinaje detrás de su campamento, el canadiense había oído alzarse un ruido inexplicable que aumentaba por momentos, y que muy luego adquirió las proporciones de los violentos estampidos del trueno.
Este ruido se acercaba cada vez más: eran patadas secas, fuertes y apresuradas, estremecimientos y roces de árboles y de ramas, mugidos sordos que parecían sobrehumanos, en fin, un rumor incalificable, espantoso, indefinible, que, acercándose ya bastante, resonaba como el ruido sordo y continuo de una gran masa de agua cuando va a producir una inundación.
Quoniam, que había despertado sobresaltado por aquel tumulto singular, estaba de pie, con su rifle en la mano y la vista fija en el cazador, dispuesto a obrar a la primera señal, aunque sin adivinar lo que pasaba, con la imaginación embotada todavía por la pesadez del sueño, y poseído de ese terror instintivo que se apodera del hombre más valiente cuando comprende que le amenaza un peligro terrible y desconocido.
Así trascurrieron algunos minutos.
—¿Qué haremos? murmuró Tranquilo con vacilación, procurando, aunque inútilmente, explorar con la mirada las profundidades de la selva y adivinar lo que ocurría.
De pronto resonó a corta distancia un silbido agudo.
—¡Ah! exclamó Tranquilo haciendo un movimiento de alegría y alzando súbitamente la cabeza, por fin voy a saber a qué atenerme.
Y llevándose los dedos a la boca, imitó el grito de la garza. En el mismo instante se precipitó un hombre fuera de la selva, y dando dos saltos de tigre llegó junto al cazador.
—¡Ooah! exclamó; ¿Qué hace aquí mi hermano?
Aquel hombre era el Ciervo-Negro.
—Le estaba a V. aguardando, jefe, respondió el canadiense.
El piel roja era un hombre de veintiséis a veintisiete años, de estatura mediana, pero muy bien proporcionada; llevaba el gran traje de guerra de su nación, y estaba pintado y armado como para ir a una expedición. Su semblante era hermoso; su fisonomía inteligente y leal revelaba valor y bondad, y en todas sus facciones se reflejaba una majestad suprema.
En aquel momento parecía que se hallaba poseído de una agitación tanto más extraordinaria, cuanto que los pieles rojas consideran como punto de honra el no dejarse conmover nunca por suceso alguno, por terrible que sea; sus ojos lanzaban relámpagos, sus palabras eran breves, su voz tenía un acento metálico.
—¡Pronto! dijo, hemos perdido ya demasiado tiempo.
—Pues ¿qué sucede? preguntó Tranquilo.
—¡Los bisontes! dijo el jefe.
—¡Oh! ¡Oh! exclamó Tranquilo con terror.
Había comprendido: aquel ruido que estaba oyendo hacía algún tiempo, le producía una manada de bisontes que venía del este, y se dirigía probablemente a las praderas altas del oeste.
Lo que el cazador había adivinado tan pronto necesita serle explicado brevemente al lector, a fin de que pueda comprender el peligro terrible a que de improviso se hallaban expuestos nuestros personajes.
Llámese manada, en las antiguas posesiones españolas, a una reunión de varios millares de animales salvajes. Los bisontes, en sus emigraciones periódicas durante la estación de los amores, se reúnen algunas veces en manadas de quince o veinte mil cabezas, que forman una tropa compacta, y viajan juntos; aquellas reses caminan siempre en derechura delante de sí, oprimiéndose unas contra otras, trasponiendo y derribando cuantos obstáculos se oponen a su paso. Desgraciado el temerario que intentase detener O variar la dirección de su furibunda carrera, porque sería destrozado y molido como paja bajo los pies de aquellos animales estúpidos, que pasarían por cima de su cuerpo sin tan siquiera verle.
Así pues, la posición de nuestros personajes era muy crítica, porque la casualidad les había colocado precisamente en frente de una manada que llegaba sobre ellos con la rapidez del rayo.
Toda fuga era imposible; no había que pensar en ello, y la resistencia era aún más imposible.
El ruido se acercaba con una rapidez espantosa; ya se oían clara y distintamente los mugidos salvajes de los bisontes mezclados con los aullidos de los lobos rojos y con los ásperos maullidos de los jaguares, que iban saltando por los flancos de la manada y cazando a los rezagados o a los que se apartaban imprudentemente a la derecha o a la izquierda.
Con un cuarto de hora más que trascurriese, nuestros tres hombres quedaban perdidos; pues la espantosa masa aparecía barriéndolo todo en su paso con esa fuerza irresistible de la fiera, a la que nada puede vencer.
Lo repetimos, la posición era crítica.
El Ciervo-Negro se dirigía al punto de cita que él mismo había designado al cazador canadiense; ya no distaba más que tres o cuatro leguas del sitio en que pensaba encontrar a su amigo, cuando su oído ejercitado percibió el ruido de la furibunda carrera de los bisontes. Cinco minutos le bastaron para comprender la inminencia del peligro que amenazaba al cazador: con esa rapidez de decisión que caracteriza a los pieles rojas en los casos apurados, resolvió avisar a su amigo y salvarle o perecer con él; entonces se lanzó a la carrera, salvando con vertiginosa rapidez el espacio que le separaba del sitio de la cita, sin tener más que un pensamiento fijo, el de tomar una gran delantera a la manada, de modo que el cazador pudiese salvarse: desgraciadamente, por rápida que fuese su carrera, y los indios son afamados por su fabulosa agilidad, no pudo llegar bastante a tiempo para poner en salvo a aquel a quien quería librar.
Cuando el jefe, después de haber avisado al cazador, hubo reconocido la inutilidad de sus esfuerzos; verificóse en él una reacción súbita; sus facciones, animadas por la inquietud, recobraron su rigidez habitual; una sonrisa triste arqueó sus labios desdeñosos, y se dejó caer al suelo murmurando con voz sombría:
—¡Wacondah no ha querido!
Pero Tranquilo no aceptó la posición con igual resignación y fanatismo; el cazador pertenecía a esa raza de hombres enérgicos cuyo carácter, de un temple muy fuerte, nunca se deja abatir, y que luchan hasta el último instante.
Cuando vio que el piel roja, con el fatalismo propio de su raza, abandonaba la partida, resolvió hacer un esfuerzo supremo e intentar un imposible.
A veinte pasos más allá del sitio en que el cazador había establecido su campamento, había varios árboles derribados por el suelo, muertos de vejez, y, por decirlo así, amontonados unos sobre otros; luego, detrás de aquella especie de atrincheramiento natural, se alzaba un grupo de cinco o seis robles aislados de todos los demás, y que formaban como un oasis en medio de los arenales de la orilla del río.
—¡Alerta! gritó el cazador. Quoniam, recoja V. toda la leña seca que pueda, y véngase acá; jefe, haga V. lo mismo.
Los dos hombres obedecieron sin comprender, pero tranquilizados por la sangre fría de su compañero.
En pocos momentos quedó amontonada sobre los árboles derribados una cantidad considerable de leña seca.
—¡Bueno! gritó el cazador; ¡Vive Dios! Aún no se ha perdido todo: ¡buen ánimo!
Llevando entonces a aquella hoguera improvisada los restos de la lumbre que había encendido en su campamento para combatir el frío de la noche, atizó y avivó el fuego con materias resinosas, y en menos de cinco minutos una ancha llamarada se alzó oscilando hacia el cielo, y formó una cortina espesa y de más de diez metros de extensión.
—¡En retirada! ¡En retirada! exclamó el cazador; ¡Seguidme!
El Ciervo-Negro y Quoniam se precipitaron en pos de él.
El canadiense no fue muy lejos; cuando hubo llegado al grupo de árboles de que hemos hablado, trepó al más corpulento con sin igual destreza y agilidad, y muy luego sus compañeros y él se encontraron encaramados a cincuenta metros de altura, cómodamente establecidos sobre fuertes ramas, y ocultos por completo entre las hojas.
—Así, dijo el canadiense con la mayor sangre fría; éste es nuestro último recurso. En cuanto aparezca la columna, fuego sobre los flanqueadores; si el resplandor de las llamas asusta a los bisontes, nos salvamos; si no, no nos quedará más remedio que morir. Pero al menos habremos hecho todo lo posible para salvar nuestras vidas.
El fuego encendido por el cazador había tomado proporciones gigantescas; se había ido extendiendo, inflamando las yerbas y los arbustos, y aunque estaba demasiado lejos de la selva para poder incendiarla, muy luego formó una cortina de llamas de cerca de un cuarto de milla de longitud, y cuyos resplandores rojizos teñían a lo lejos el cielo y daban al paisaje un aspecto de grandiosidad imponente y salvaje.
Los cazadores, desde el sitio en que se habían refugiado, dominaban aquel océano de llamas, que no podía alcanzarles, y se cernían, por decirlo así sobre él.
De pronto se oyó un crujido horrible, y en el linde de la selva apareció la vanguardia de la manada.
—¡Atención! exclamó el cazador echándose el rifle a la cara.
Los bisontes, sorprendidos de improviso por la vista de aquel muro de llamas que se alzaba súbitamente ante ellos, deslumbrados por el resplandor del fuego, y al mismo tiempo abrasados por aquel calor tan fuerte, vacilaron por un instante como si se hubiesen consultado, y en seguida se precipitaron hacia adelante con un furor ciego, lanzando bramidos de cólera.
Sonaron tres tiros.
Los tres bisontes que iban más adelantados cayeron revolcándose en las angustias de la agonía.
—Estamos perdidos, dijo Tranquilo fríamente.
Los bisontes seguían avanzando.
Pero muy luego el calor llegó a ser insoportable; el humo, lanzado por la brisa en dirección de la manada, cegó a las reses, y entonces se verificó una reacción; hubo un momento de parada, seguido muy pronto de un movimiento de retroceso.
Los cazadores, con el pecho anheloso, seguían con una mirada ansiosa las singulares peripecias de aquella escena terrible. Era una cuestión de vida o muerte para ellos la que en aquel momento se decidía; su existencia estaba colgada de un hilo, por decirlo así.
Entre tanto la imponente masa seguía avanzando. Los animales que guiaban a la manada no pudieron resistir al empuje de los que les seguían; fueron derribados y pisoteados por los que venían detrás; pero estos, abrumados a su vez por el calor, quisieron también retroceder; en aquel momento supremo algunos bisontes se desbandaron a derecha e izquierda, y esto bastó para que los demás les siguiesen; entonces se establecieron dos corrientes, una por cada lado del fuego, y la manada, cortada en dos, pasó como un torrente que ha roto sus diques, reuniéndose en la playa y vadeando el río en columna cerrada.
Era un espectáculo horrible el que ofrecía aquella manada huyendo aterrada y lanzando gritos de terror, perseguida por las fieras y encerrando en su centro el fuego encendido por el cazador, que parecía un faro lúgubre destinado a iluminar el camino.
Muy luego se echaron los bisontes al río, que atravesaron en línea recta, y su prolongada columna oscura serpenteó en la opuesta orilla, en donde no tardó en desaparecer la cabeza de la manada.
Los cazadores estaban salvados, merced a la presencia de ánimo y sangre fría del canadiense; sin embargo, todavía permanecieron ocultos durante dos horas entre las ramas que les cobijaban.
Los bisontes continuaban pasando por derecha e izquierda. El fuego se había apagado por falta de alimento; pero ya estaba dada la dirección a las reses, y al llegar a la apagada hoguera, que no era ya más que un montón de cenizas, la columna se dividía por sí sola y desfilaba por ambos lados.
Al fin apareció la retaguardia, hostigada por los jaguares que saltaban por sus flancos, y después todo concluyó. El desierto, cuyo silencio había sido turbado por un instante, volvió a caer en su habitual tranquilidad. Solo una ancha senda trazada en medio del bosque y sembrada de árboles destrozados atestiguó el paso furibundo de aquella tropa desordenada.
Los cazadores respiraron; a la sazón podían abandonar sin peligro su fortaleza aérea y bajar de nuevo al suelo.
V.
EL CIERVO-NEGRO.
Tan pronto como nuestros tres personajes hubieron bajado del árbol, reunieron los tizones desparramados de la hoguera casi apagada, con el fin de encender el fuego para condimentar el almuerzo.
Los víveres no les escaseaban, y no se vieron obligados a recurrir a sus provisiones particulares, pues varios bisontes tendidos sin vida en el suelo les ofrecían con profusión el manjar más suculento del desierto.
Mientras que Tranquilo se ocupaba en preparar convenientemente un lomo de bisonte, el negro y el piel roja se examinaban con una curiosidad que se revelaba por mutuas exclamaciones de sorpresa.
El negro se reía como un loco considerando el aspecto singular del guerrero indio, cuyo rostro estaba pintado de cuatro colores diferentes, y que llevaba un traje tan raro en concepto del buen Quoniam, quien, según ya hemos dicho, nunca se había encontrado con indios.
El jefe manifestaba su sorpresa de diferente manera. Después de haber permanecido mucho tiempo inmóvil mirando al negro, se acercó a él, y sin decir una palabra le cogió de un brazo y comenzó a frotarle con toda su fuerza con una punta de su manto de piel de bisonte.
El negro, que al pronto se había prestado gustoso al capricho del indio, no tardó en impacientarse; al pronto procuró desasirse, pero no lo pudo conseguir, pues el jefe le sujetaba con fuerza y procedía de una manera concienzuda a su operación singular. Entre tanto, Quoniam, a quien aquel frote continuo comenzaba no solo a incomodar, sino a hacer sufrir en extremo, principió a lanzar gritos horribles, haciendo los mayores esfuerzos para librarse de su impasible verdugo.
Los gritos de Quoniam llamaron la atención de Tranquilo; levantó la cabeza y acudió presuroso a libertar al negro, que lanzaba miradas extraviadas, saltaba a uno y otro lado, y aullaba como un condenado.
—¿Por qué atormenta mi hermano así a ese hombre? preguntó el canadiense interponiéndose.
—¿Yo? repuso el jefe con sorpresa; no le atormento; su disfraz no es necesario y se lo quito.
—¿Cómo, mi disfraz? exclamó Quoniam.
Tranquilo le impuso silencio con un gesto, y prosiguió diciendo:
—Ese hombre no está disfrazado.
—¿A qué pintarse así todo el cuerpo? repuso obstinadamente el jefe; los guerreros no se pintan más que el rostro.
El cazador no pudo contener una carcajada, y tan luego como recobró su seriedad, dijo:
—Mi hermano se equivoca; ese hombre pertenece a otra raza. El Wacondah le ha hecho la piel negra, así como ha hecho roja la de mi hermano y blanca la mía. Todos los hermanos de ese hombre son de su color; el Gran Espíritu lo ha querido así, a fin de no confundirlos con las naciones de los pieles rojas y de los rostros pálidos; mire mi hermano su manto de piel de bisonte y verá que no se le ha pegado el más mínimo átomo negro.
—¡Oeht! dijo el indio bajando la cabeza como un hombre que se halla colocado ante un problema insoluble; el Wacondah todo lo puede.
Y obedeció maquinalmente al cazador, dirigiendo una mirada distraída a la punta de su manto, que aún no había pensado en soltar.
—Ahora, continuó diciendo Tranquilo, sírvase V., jefe, considerar a este hombre como a un amigo, y hacer por él lo que en caso necesario haría V. por mí; pues se lo agradeceré en extremo.
El jefe se inclinó con gracia, y tendiendo la mano al negro, le dijo:
—Las palabras de mi hermano el cazador resuenan en mi oído con la dulzura del canto del cenzontle. El Wah-rush-ar-menec (el Ciervo-Negro) es un sachem en su nación, su lengua no está partida, y las palabras que sopla su pecho son claras, porque proceden de su corazón; el Cara-Negra tendrá su puesto en el fuego del consejo de los Pawnees, porque desde este momento es amigo de un jefe.
Quoniam saludó al indio y correspondió cordialmente a su apretón de mano, diciéndole:
—No soy más que un pobre negro; pero mi corazón es puro, y mi sangre corre tan roja por mis venas como si yo fuese blanco o indio. Ambos tenéis derecho para pedirme mi vida; os la daré con alegría.
Después de este mutuo cambio de seguridades amistosas, los tres hombres se sentaron en el suelo y se dispusieron para almorzar.
Merced a las emociones sufridas durante la mañana, los aventureros tenían un apetito feroz; devoraron el lomo de bisonte, que desapareció casi por completo bajo sus reiterados ataques, y que regaron con algunos cuernos de agua mezclada con ron, del cual llevaba Tranquilo una pequeña provisión en una calabaza colgada de su cintura.
Cuando el almuerzo hubo terminado, encendiéronse las pipas, y cada cual se puso a fumar silenciosamente y con esa gravedad propia de las gentes que viven en los bosques.
Cuando la pipa del jefe se hubo apagado, sacudió sus cenizas golpeándola sobre la uña del dedo pulgar de la mano izquierda, se la colocó en el cinto, y volviéndose hacia Tranquilo, le dijo:
—¿Quieren mis hermanos celebrar consejo?
—Sí, respondió el canadiense. Cuando me separé de V. en el Alto Misuri, a fines de la luna de Mikini-Quisis (mes de las frutas quemadas, julio), me citó V. para la caleta de los sauces secos del Río del Alce, para el diez de setiembre, día de la luna de Inaqui-Quisis (mes de las hojas que caen, setiembre), dos horas antes de la salida del sol. Ambos hemos sido exactos. Ahora aguardo a que se sirva V. explicarme, jefe, por qué me ha dado esta cita.
—Tiene razón mi hermano: el Ciervo-Negro hablará.
Después de haber pronunciado estas palabras, el semblante del indio pareció que se oscurecía, y quedó sumido en una meditación profunda que sus compañeros respetaron, aguardando con paciencia a que volviese a tomar la palabra.
Por fin, al cabo de un cuarto de hora el jefe indio se pasó la mano por la frente varias veces, levantó la cabeza, dirigió en torno suyo una mirada investigadora, y se decidió a hablar, pero en voz baja y contenida, como si aún en aquel desierto hubiese temido que sus palabras fuesen escuchadas por oídos enemigos.
—Mi hermano el cazador me conoce desde mi infancia, dijo, puesto que ha sido criado por los sachems de mi nación; así pues, nada le diré de mí. El gran cazador pálido tiene en su pecho un corazón indio; el Ciervo-Negro le hablará como a un hermano. Hace tres lunas el jefe estaba cazando con su amigo a los alces y los gamos en las praderas del Misuri, cuando un guerrero Pawnee llegó a rienda suelta, llamó al jefe aparte y habló en secreto con él durante largas horas. ¿Recuerda eso mi hermano?
—Perfectamente, jefe: recuerdo que, después de aquella conversación prolongada, el Zorro-Azul, que así se llamaba el guerrero Pawnee, partió con la misma rapidez con que había llegado; y mi hermano, que hasta aquel momento había estado alegre y gozoso, se tornó triste de improviso. A pesar de las preguntas que dirigí a mi hermano, no quiso revelarme la causa de aquella tristeza súbita, y al día siguiente, al salir el sol, se separó de mí citándome para hoy aquí.
—Sí, respondió el indio, eso es exacto, así pasó todo; pero lo que entonces no podía yo decir, se lo voy a manifestar ahora a mi hermano.
—Mis oídos están abiertos, respondió el cazador inclinándose; temo que mi hermano no tenga que comunicarme desgraciadamente sino malas noticias.
—Mi hermano juzgará, dijo el indio: he aquí las noticias que me trajo el Zorro-Azul. Un día llegó a las orillas del Río del Elk, en donde se alzaba la aldea de los Pawnees-Serpientes, un rostro pálido de los Cuchillos Largos del oeste, seguido de unos treinta guerreros de los rostros pálidos, de varias mujeres y de grandes casas de medicina arrastradas por bisontes rojos sin joroba y sin crin. Aquel rostro pálido se detuvo a dos tiros de flecha de la aldea de mi nación, en la orilla opuesta del río, encendió hogueras y acampó. Mi padre, como sabe mi hermano, era el primer sachem de la tribu; montó a caballo, y seguido de algunos guerreros, pasó el río y se presentó al extranjero con el fin de darle la bienvenida a su llegada al territorio de caza de nuestra nación y ofrecerle los refrescos que pudiese necesitar.
«Aquel rostro pálido era un hombre de elevada estatura, de facciones duras y acentuadas. La nieve de varios inviernos había blanqueado su cabellera. Al oír las palabras de mi padre, se echó a reír, y respondió:
—»¿Es V. el jefe de los pieles rojas de esa aldea?
—»Sí, dijo mi padre.
»Entonces el rostro pálido sacó un gran collar (carta) en el cual estaban dibujadas figuras singulares, y enseñándosele a mi padre, le dijo:
—»Vuestro abuelo pálido de los Estados Unidos me ha concedido la propiedad de todas las tierras que se extienden desde la cascada del Antílope hasta el lago de los Bisontes. He aquí, añadió dando con el dorso de su mano sobre el collar, lo que prueba mi derecho.
»Mi padre y los guerreros que le acompañaban se echaron a reír.
—»Nuestro abuelo pálido, respondió mi padre, no puede dar lo que no le pertenece; esas tierras de que V. habla constituyen el territorio de caza de mi nación desde que la gran tortuga salió del seno del mar para sostener al mundo sobre su concha.
—»No entiendo lo que V. dice, repuso el rostro pálido; solo sé que esas tierras me han sido dadas, y que, si no consiente V. en retirarse y dejarme su libre goce, yo sabré obligarte a ello.»
—Sí, dijo Tranquilo interrumpiéndole; he ahí el sistema de esos hombres: ¡el asesinato y la rapiña!
—Mi padre se retiró al oír aquella amenaza, continuó diciendo el indio; inmediatamente tomaron las armas los guerreros, las mujeres fueron escondidas en unas cuevas, y la tribu entera se dispuso para la resistencia. Al día siguiente, al amanecer, los rostros pálidos pasaron el río y atacaron la aldea. El combate fue largo y encarnizado; duró todo el espacio de tiempo comprendido entre dos soles; pero ¿qué podían hacer unos pobres indios contra los rostros pálidos armados con rifles? Fueron vencidos y obligados a emprender la fuga. Dos horas después la aldea estaba reducida a cenizas, y los huesos de los antepasados desparramados en todas direcciones. Mi padre había sido muerto en la batalla.
—¡Oh! exclamó el canadiense lleno de dolor.
—Aún no es eso todo, repuso el jefe; los rostros pálidos descubrieron la cueva en que se habían refugiado las mujeres de la tribu, y todas, o al menos casi todas, porque solo diez o doce lograron escaparse llevándose sus niños, ¡fueron asesinadas a sangre fría con todo el refinamiento de la más horrible barbarie!
El jefe, después de haber pronunciado estas palabras, ocultó el rostro en su manto de piel de bisonte, y sus compañeros oyeron los sollozos que en vano procuraba ahogar.
—He ahí, repuso al cabo de un momento, las noticias que me comunicó el Zorro-Azul: mi padre había muerto en sus brazos legándome su venganza; mis hermanos, perseguidos como fieras por sus feroces enemigos, obligados a esconderse en el fondo de las selvas más impenetrables, me habían elegido para ser jefe suyo: acepté haciendo jurar a los guerreros de mi nación que, en los rostros pálidos que se apoderaron de nuestra aldea y asesinaron a nuestros hermanos, habían de vengar todo el mal que nos hicieron. Desde nuestra separación no he desperdiciado un solo instante para reunir todos los elementos de mi venganza. Hoy todo se halla dispuesto; los rostros pálidos se han adormecido en una seguridad engañosa: su despertar será terrible. ¿Me seguirá mi hermano?
—¡Sí, vive Dios! Le seguiré a V., jefe, y le ayudaré con todo mi poder, respondió Tranquilo resueltamente; porque su causa es muy justa. Pero impongo una condición.
—Hable mi hermano.
—La ley del desierto dice: ojo por ojo, diente por diente, es verdad; pero puede V. vengarse sin deshonrar su victoria con crueldades inútiles. No siga V. el ejemplo que le han dado; sea V. humano, jefe, y el Grande Espíritu sonreirá a sus esfuerzos y le será propicio.
—El Ciervo-Negro no es cruel, respondió el jefe; deja eso para los rostros pálidos; no quiere más que la justicia.
—Lo que dice V. está muy bien, jefe, y me alegro de oírle hablar así. ¿Pero ha tomado V. bien sus medidas? ¿Son sus fuerzas bastante considerables para asegurarle el triunfo? Ya sabe V. que los rostros pálidos son numerosos, y que nunca dejan impune una agresión; suceda lo que quiera, debe V. prepararse para ver represalias terribles.
El indio se sonrió con desdén y respondió:
—Los Cuchillos Grandes del Oeste son unos perros y unos conejos cobardes; las mujeres de los Pawnees les darán unas sayas; el Ciervo-Negro irá con su tribu a establecerse en las grandes praderas de los Comanches, quienes les recibirán como hermanos, y los rostros pálidos no sabrán donde encontrarlos.
—Eso está bien pensado, jefe. Pero desde que fue V. expulsado de su aldea, ¿no ha mantenido V. espías cerca de los americanos para que le tengan al corriente de todas sus acciones? Eso era muy importante para el buen éxito de sus proyectos posteriores.
El Ciervo-Negro se sonrió, pero no contestó, de lo cual dedujo el canadiense que el piel roja, con esa sagacidad y esa paciencia que caracterizan a los hombres de su raza, había adoptado todas las precauciones necesarias para asegurar el buen éxito del golpe de mano que quería intentar contra los nuevos colonos.
Tranquilo, por la educación semi-india que había recibido, y por el odio hereditario que, como verdadero canadiense, profesaba a la raza anglo-sajona, se hallaba del todo dispuesto a ayudar al jefe Pawnee a tomar sobre los norteamericanos una venganza terrible por los insultos que de ellos había recibido: pero con esa rectitud que constituía el fondo de su carácter, no quería dejar que los indios cometiesen con sus enemigos esas crueldades espantosas a que con sobrada frecuencia se dejan arrastrar en la primera embriaguez de la victoria. Por eso la determinación que había adoptado tenía doble objeto: primero asegurar, si era posible, el triunfo de sus amigos, y después emplear toda su influencia sobre ellos para contenerlos terminado el combate, e impedir que saciasen su rabia sobre los vencidos, y especialmente sobre las mujeres y los niños.
Para esto no se ocultó del Ciervo-Negro, y, según hemos visto, impuso como condición expresa de su cooperación, que de seguro no era cosa de desdeñar por los indios, que no se cometiese ninguna crueldad inútil.
Quoniam, por su parte, no anduvo con tantos escrúpulos. Enemigo natural de los blancos, y sobre todo de los norteamericanos, aprovechó presuroso la ocasión que se le presentaba para hacerles todo el daño posible y vengarse de los malos tratos que había sufrido, sin tomarse la molestia de reflexionar que las gentes contra quienes iba a pelear, eran completamente inocentes respecto de las injurias que él había recibido. Aquellos individuos eran norteamericanos, y esta razón bastaba en demasía para justificar a los ojos del vengativo negro la conducta que se proponía observar cuando llegase el momento oportuno.
Al cabo de algunos instantes el canadiense volvió a tomar la palabra.
—¿Dónde están los guerreros de V.? preguntó al jefe.
—Los he dejado a tres soles de marcha del sitio en que nos hallamos: si mi hermano no tiene ya nada que le detenga aquí, nos pondremos en marcha al instante, a fin de reunirnos con ellos lo más pronto posible, pues mis guerreros aguardan mi regreso con impaciencia.
—Entonces marchemos, dijo el canadiense; el día aún no está muy adelantado, pero es inútil que perdamos el tiempo en charlar como viejas curiosas.
Los tres hombres se levantaron, se abrocharon los cintos, se echaron los rifles al hombro, se internaron presurosos por la senda que la manada de los bisontes había trazado en la selva, y muy luego desaparecieron bajo la enramada.
VI.
LA CONCESIÓN.
Abandonaremos durante algún tiempo a nuestros tres viajeros, y usando de nuestro privilegio de narrador, trasportaremos la escena de nuestro relato a algunos centenares de millas más lejos, a un fértil y verde valle del alto Misuri, ese río majestuoso de aguas claras y limpias, en cuyas orillas se alzan hoy tantas ciudades y pueblos prósperos y florecientes, cuya corriente surcan en todas direcciones los magníficos vapores americanos, pero que, en la época en que pasaba nuestra historia, era todavía casi desconocido, y no reflejaba en sus profundas aguas más que los corpulentos y frondosos árboles de las misteriosas selvas vírgenes que cubrían sus bordes.
En el extremo de una especie de horquilla formada por dos afluentes bastante considerables del Misuri, se extiende un ancho valle cerrado en un lado por montañas escabrosas, y en el otro por una prolongada cordillera de altas y fragosas colinas.
Este valle, cubierto casi en toda su extensión por poblados bosques llenos de caza de todas clases, era un sitio de reunión predilecto de los indios Pawnees, de los que una tribu numerosa, la de las Serpientes, se había establecido por completo en el ángulo de la horquilla con el fin de hallarse más cerca de su territorio de caza favorita. La aldea de los indios era bastante considerable: contaba unos trescientos cincuenta hogares, lo cual es enorme para los pieles rojas, quienes generalmente no gustan de reunirse en gran número en un mismo sitio, por temor de tener que sufrir el hambre; pero la posición de la aldea estaba tan bien escogida que esta vez los indios prescindieron de su costumbre. En efecto, por un lado el bosque les suministraba más caza de la que podían consumir; por otro el río abundaba en peces de todas clases y de un sabor delicioso; y las praderas que les rodeaban estaban cubiertas todo el año de una yerba crecida y sustanciosa que ofrecía excelente pasto para los caballos. Hacía varios siglos quizás que los Pawnees-Serpientes se habían fijado definitivamente en aquel bienaventurado valle que, merced a su posición abrigada por todas partes, disfrutaba de un clima dulce y exento de esas grandes perturbaciones atmosféricas que con tanta frecuencia trastornan las altas latitudes americanas. Los indios vivían allí tranquilos e ignorados, ocupándose en cazar y pescar, enviando a lo lejos todos los años reducidas expediciones de jóvenes a seguir el sendero de la guerra bajo las órdenes de los jefes más afamados de la nación.
De improviso aquella existencia pacífica fue turbada para siempre; el asesinato y el incendio se habían extendido cual un sudario siniestro por todo el valle; la aldea fue destruida por completo, y sus habitantes muertos sin compasión.
Los norteamericanos habían llegado a tener noticia por fin de aquel Edén ignorado, y su presencia en aquel rincón de tierra, nuevo para ellos, y su toma de posesión, se habían señalado, como siempre, con el robo, el rapto y el asesinato.
No reproduciremos aquí el relato hecho al canadiense por el Ciervo-Negro; nos limitaremos tan solo a consignar que aquel relato era exacto y fiel en todas sus partes, y que el jefe, al hacerle, lejos de recargarle con enfáticas exageraciones, le había suavizado por el contrario con una justicia y una imparcialidad poco comunes.
Penetraremos en el valle unos tres meses después de la llegada de los americanos, tan fatal para los pieles rojas, y describiremos en pocas palabras la manera en que los nuevos colonos se habían establecido en el territorio de donde tan cruelmente expulsaron a los legítimos propietarios.
Tan luego como los norteamericanos fueron dueños absolutos del terreno, comenzaron lo que llaman un desmonte.
Hace unos treinta años, el gobierno de los Estados Unidos tenía, y probablemente tendrá aún en la actualidad, la costumbre de recompensar los servicios de sus antiguos oficiales haciéndoles concesiones de terrenos en las fronteras de la República más amenazadas por los indios. Esta costumbre ofrecía la doble ventaja de extender paulatinamente los límites del territorio americano; rechazando a los pieles rojas a los desiertos, y de no abandonar sin recursos, en su vejez, a unos soldados valientes que, durante la mayor parte de su vida, habían derramado noblemente su sangre por la patria.
El capitán Jaime Watt era hijo de un oficial distinguido de la guerra de la Independencia: el coronel Lionel Watt, ayudante de campo de Washington, había asistido, al lado de este celebre fundador de la República americana, a todas las batallas dadas a los ingleses: herido de gravedad en el sitio de Boston, con gran sentimiento suyo se vio obligado a volver a la vida privada; pero fiel a sus principios de lealtad, tan luego como su hijo Jaime llegó a los veinte años, le hizo ocupar su puesto bajo las banderas.
En la época en que le ponemos en escena, Jaime Watt era un hombre de unos cuarenta y cinco años, aunque representaba diez más por lo menos, por las innumerables fatigas de la dura vida militar en que había trascurrido su juventud.
Era un hombre de cinco pies y ocho pulgadas de estatura, robusto y vigoroso, ancho de hombros, seco, nervioso y dotado de una constitución de hierro; su rostro, cuyas líneas eran de extremada rigidez, tenía impresa esa expresión de enérgica voluntad mezclada con indiferencia, rasgo peculiar de la fisonomía de los hombres cuya existencia no ha sido sino una serie continua de peligros vencidos. Su cabellera corta y canosa, su tez tostada, sus ojos negros y penetrantes, su boca bien rasgada, pero de labios algo delgados, daban a su semblante un aspecto de severidad inflexible que no carecía de grandeza.
El capitán Watt, casado hacía dos años con una preciosa joven a quien adoraba, era padre de dos hijos, un niño y una niña.
Su mujer, llamada Fanny, era parienta suya lejana. Era morena, con unos ojos azules encantadores, y tenía un carácter dulce y modesto. A pesar de ser mucho más joven que su marido, puesto que aún no tenía veintidós años, Fanny le profesaba el más puro y acendrado cariño.
Cuando el veterano militar vio que era padre, cuando comenzó a experimentar las alegrías íntimas de la familia, se verificó en él una revolución completa; le inspiró súbita repugnancia la carrera militar, y ya no deseó más que los goces tranquilos del hogar.