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Los Merodeadores de Fronteras

MR. GUSTAVO AIMARD (continued 3)

J. F. Sáenz de Urraca translation

XII.

CONVERSACIÓN.

Habíase disipado gradualmente empero el primer impulso de terror que obligara a los tres hombres a retroceder cuando apareció el Jaguar: ante el aspecto inofensivo del hombre a quien hacía mucho tiempo que estaban acostumbrados a temer, recobraron, ya que no el valor, por lo menos el descaro.

Ruperto, el más bribón de los tres, fue quien primero recobró su sangre fría, y reflexionando que el individuo que les había causado tanto susto se hallaba solo, y que por lo tanto no podía tener la fuerza de su parte, se adelantó con resolución hacia él y le dijo brutalmente:

—¡Rayo de Dios! Deje V. a esa remilgada; ha merecido, no solo lo que le sucede, sino también el castigo que vamos a imponerle ahora mismo.

El joven se enderezó como si le hubiese picado una serpiente, y lanzando a su interlocutor una mirada llena de amenazas, le dijo:

—¡Calle! ¿Es a mí a quien habla V. de ese modo?

—¿Pues a quién ha de ser? repuso Ruperto con insolencia, si bien sentía cierta inquietud por la manera en que había sido acogida su interpelación.

—¡Ah! dijo únicamente el Jaguar, y sin añadir una palabra se adelantó con lento paso hacia Ruperto, a quien mantenía inmóvil con su mirada fascinadora, y que le veía llegar con un espanto que iba creciendo por instantes.

Cuando el joven estuvo a dos pasos del campesino, se detuvo.

Esta escena, tan sencilla en la apariencia, debía tener, sin embargo, una significación terrible para los circunstantes, porque todos los pechos estaban anhelosos, todas las frentes pálidas.

El Jaguar, con el rostro lívido, las facciones crispadas, los ojos inyectados en sangre y el entrecejo fruncido, adelantó el brazo para coger a Ruperto, quien, vencido por el terror, no hizo el movimiento más leve para librarse de aquella presión que, sin embargo, sabía que debía ser mortal.

De improviso Carmela saltó como una corza asustada, y se arrojó entre los dos hombres.

—¡Oh! exclamó juntando las manos; ¡tenga V. compasión de él, no le mate V., por Dios!

El semblante del Jaguar varió súbitamente y se revistió de una expresión de inefable dulzura.

—¡Corriente! dijo, puesto que tal es la voluntad de V., no morirá; pero ha insultado a usted, Carmela, y debe ser castigado. De rodillas, miserable, añadió dirigiéndose a Ruperto y apoyando pesadamente la mano en su hombro; de rodillas y pide perdón a este ángel.

Ruperto, más bien que arrodillarse se dejó caer al sentir el peso de aquella mano de hierro, y se arrastró hasta los pies de la joven, murmurando con voz tímida:

—¡Perdón! ¡Perdón!

—¡Basta! dijo entonces el Jaguar con terrible acento; levántate y da gracias a Dios porque todavía esta vez te has librado de mi venganza. Abra V. la puerta, Carmela.

La joven obedeció.

—A caballo, prosiguió el Jaguar; id a esperarme al Río Seco, y sobre todo, bajo pena de muerte, que nadie se mueva hasta mi llegada. ¡Id!

Los tres hombres bajaron la cabeza y salieron sin contestar: un momento después se oyó resonar en el camino el galope de sus caballos que se alejaban.

Los dos jóvenes quedaron solos en la venta.

El Jaguar se sentó delante de la mesa en que un momento antes estaban bebiendo los tres hombres, apoyó la cabeza en ambas manos y pareció que quedaba sepultado en serias reflexiones.

Carmela le miraba con una mezcla de interés y de temor, sin atreverse a dirigirle la palabra.

Por último, cuando hubo trascurrido un espacio de tiempo bastante largo, el joven levantó la cabeza y miró en torno suyo como si despertase de un sueño profundo.

—¿Ha permanecido V. ahí? dijo a la joven.

—Sí, respondió Carmela con dulzura.

—Gracias, Carmela, es V. buena y solo V. me quiere, cuando todos me aborrecen.

—¿No hago bien?

El Jaguar se sonrió con tristeza; pero respondió a esta pregunta haciendo otra, táctica habitual de todo aquel que no quiere revelar su pensamiento.

—Ahora, dijo, cuénteme francamente lo que ha pasado entre V. y esos miserables.

La joven pareció como que vacilaba un instante; sin embargo, se decidió y confesó las palabras que había dicho al capitán de dragones.

—Ha hecho V. mal, le dijo severamente el Jaguar; la imprudencia de V. puede tener consecuencias muy graves; sin embargo, no me atrevo a censurarla. Es V. mujer, y por consiguiente ignora muchas cosas. ¿Está V. sola aquí?

—Enteramente sola.

—¡Qué imprudencia! ¿Cómo puede Tranquilo abandonar a V. de ese modo?

—Su deber le detiene actualmente en Mezquite; dentro de pocos días debe dar una gran batida.

—Bien; pero al menos Quoniam debió quedar al lado de V.

—No ha podido, porque Tranquilo necesitaba su ayuda.

—Parece que el diablo se mezcla en todo esto, dijo el Jaguar en tono de mal humor; es preciso estar loco para abandonar así a una joven sola en una venta situada en medio de una comarca tan desierta, y eso durante semanas enteras.

—No me hallaba sola, pues habían dejado conmigo a Lanzi.

—¡Ah! ¿Y qué se ha hecho?

—Un poco antes de salir el sol le envié a ver si traía alguna caza.

—Muy bien pensado, ¡por vida mía! Así ha permanecido V. expuesta a las groserías y al mal trato del primer tuno a quien se le antojase insultarla.

—No creí que hubiese peligro.

—¿Supongo que ahora estará V. ya desengañada?

—¡Oh! dijo Carmela haciendo un movimiento de terror, juro a V. que no me volverá a suceder.

—Muy bien; pero me parece que oigo los pasos de Lanzi.

La joven se asomó a la puerta y dijo:

—Sí, ahí viene.

En efecto, en aquel momento entró el hombre de quien habían hablado.

Era un individuo de unos cuarenta años, de fisonomía inteligente y audaz; llevaba sobre sus hombros un magnífico gamo atado, sobre poco más o menos, del mismo modo que los cazadores suizos acostumbran a llevar las gamuzas. Su mano derecha empuñaba una escopeta.

Hizo un gesto de disgusto al ver al Jaguar; sin embargo le saludó y puso su gamo encima de la mesa.

—¡Hola! ¡Hola! dijo el Jaguar en tono de buen humor, parece que ha hecho V. buena cacería, Lanzi; los gamos no escasean en la llanura, ¿eh?

—He conocido un tiempo en que abundaban más, respondió Lanzi en tono brusco; pero ahora, añadió moviendo tristemente la cabeza, apenas puede un pobre hombre matar un par de ellos en todo un día.

El joven se sonrió y dijo:

—Ya volverán.

—No, no, replicó Lanzi; los gamos, una vez espantados, nunca vuelven a las comarcas que abandonaron, por grande interés que tengan en hacerlo.

—Pues entonces, amigo mío, es preciso que se resigne V. y se consuele.

—¡Eh! ¡No hago otra cosa! murmuró Lanzi volviendo la espalda con aspecto descontento.

Y después de esta réplica volvió a cargar el gamo sobre sus hombros y entró en otra habitación.

—Lanzi no está hoy muy amable, dijo el Jaguar cuando se hubo vuelto a quedar solo con Carmela.

—Le disgusta encontrar a V. aquí.

El Jaguar frunció el entrecejo y preguntó:

—¿Por qué es eso?

Carmela se ruborizó y bajó los ojos sin responder; el Jaguar la examinó un momento con una mirada penetrante.

—Ya lo entiendo, dijo por fin; mi presencia en esta hostería desagrada a alguien, quizás a él.

—¿Por qué ha de desagradarle? Me parece que él no es el amo.

—¡Es cierto! Entonces es al padre de V. a quien le desagrada, ¿verdad?

La joven hizo una seña afirmativa.

El Jaguar se levantó con violencia y se paseó presuroso por la sala de la venta, con la cabeza baja y los brazos a la espalda. Al cabo de algunos minutos de este paseo, que Carmela observaba con una mirada inquieta, el Jaguar se paró bruscamente delante de ella, levantó la cabeza, y mirándola con fijeza preguntó:

—Y a V., Carmela, ¿le desagrada mi presencia en este sitio?

La joven permaneció silenciosa.

—¡Responda V.! repuso el Jaguar.

—No he dicho eso, murmuró Carmela vacilando.

—No, repuso el Jaguar con una sonrisa amarga; pero lo piensa V., Carmela, solo que no tiene V. valor suficiente para confesármelo cara a cara.

La joven levantó la cabeza con viveza y respondió con febril animación:

—Es V. injusto para conmigo, injusto y malo. ¿Por qué he de desear que V. se aleje? Nunca me ha hecho V. daño; al contrario, siempre le he encontrado dispuesto a defenderme. Hoy mismo, todavía, no ha vacilado V. para librarme del mal trato de los miserables que me insultaban.

—¡Ah! ¿Lo confiesa V.?

—¿Por qué no he de confesarlo, si es cierto? ¿Tan ingrata me juzga V.?

—No, Carmela; solo que al fin es V. mujer, repuso el Jaguar con amargura.

—No entiendo lo que quiere V. decir, no quiero entenderlo. Aquí, cuando mi padre, o Quoniam, o cualquier otro, acusa a V., solo yo soy quien le defiende. ¿Es culpa mía si, por su carácter y por la vida misteriosa que hace, está V. colocado fuera de la existencia común? ¿Soy responsable acaso del silencio que se obstina V. en guardar acerca de cuanto le concierne personalmente? V. conoce a mi padre, y sabe cuan bueno, franco y valiente es; muchas veces y por medios indirectos, ha procurado arrastrar a V. a una explicación leal, y siempre ha rechazado V. sus tentativas. Así pues, a nadie culpe V. más que a sí mismo por el aislamiento en que se encuentra y por la soledad que se establece en torno de V.; y no dirija reconvenciones a la única persona que hasta ahora se ha atrevido a sostenerle y defenderle contra todos.

—¡Es verdad! respondió el Jaguar con amargura: soy un loco y reconozco mis errores para con V., Carmela, porque dice V. muy bien: entre toda esa gente, solo V. ha sido buena y compasiva para con el réprobo, para con el hombre a quien persigue el odio general.

—Odio tan estúpido como injusto.

—Y del cual no participa V., ¿verdad? preguntó el joven con viveza.

—No, no participo de él; pero padezco al ver la obstinación de V., porque, a pesar de todo lo que cuentan, le juzgo bueno.

—¡Gracias, Carmela! Quisiera poder probar inmediatamente que tiene V. razón y dar un mentís a los que me insultan de un modo cobarde cuando estoy ausente, y tiemblan cuando me presento delante de ellos. Desgraciadamente, eso es imposible por ahora; pero tengo la esperanza de que llegará un día en que me será lícito darme a conocer tal como en realidad soy, y arrancarme la máscara que ya me pesa; entonces...

—¿Entonces? preguntó Carmela viendo que se interrumpía.

El Jaguar vaciló un instante, y después dijo con voz ahogada:

—Entonces tendré que hacer a V. una pregunta y dirigirle una petición.

La joven se ruborizó levemente; pero reponiéndose en seguida, murmuró en voz baja:

—Me encontrará V. dispuesta a responder a ambas cosas.

—¿De veras? exclamó el Jaguar con alegría.

—Se lo juro a V.

Un relámpago de felicidad iluminó, cual un rayo de sol, la fisonomía del joven.

—¡Bien, Carmela! dijo con profundo acento. Cuando llegue el momento oportuno, recordaré su promesa.

Carmela bajó la cabeza haciendo una seña de mudo asentimiento.

Hubo un momento de silencio. La joven se dedicaba a los quehaceres de la casa con esa gracia y esa ligereza de pájaro, propias de las mujeres; el Jaguar se paseaba por la sala con aspecto preocupado; al cabo de algunos instantes se acercó a la puerta y miró hacia fuera.

—Es preciso que me marche, dijo.

—¡Ah! exclamó Carmela fijando en él una mirada escudriñadora.

—Sí; tenga V. la bondad de mandar a Lanzi que prepare mi caballo; quizás si se lo dijese yo mismo, lo haría de mala gana; me ha parecido ver que no soy santo de su devoción.

—Voy allá, respondió la joven sonriendo.

—El Jaguar la miró alejarse y ahogó un suspiro.

—¿Qué es esto que siento? murmuró apoyando la mano con fuerza sobre su corazón, como si acabase de sufrir un dolor repentino; ¿será por ventura lo que llaman amor? ¡Estoy loco! repuso al cabo de un instante; ¿acaso puedo yo amar? ¡El Jaguar! ¿Acaso se puede amar al réprobo?

Una sonrisa amarga contrajo sus labios; su entrecejo se frunció, y murmuró con voz sorda:

—Cada cual tiene su misión en este mundo, ¡y yo sabré cumplir la mía!

Carmela volvió a entrar y dijo:

—El caballo estará pronto dentro de un momento. Tome V. sus botas vaqueras que Lanzi me ha encargado le entregue.

—Gracias, dijo el Jaguar.

Y se puso a atar a sus piernas esos dos pedazos de cuero labrado que en Méjico hacen próximamente las veces de las polainas y sirven para librar al jinete de los golpes del caballo.

Mientras que el Jaguar, con un pie apoyado en el banco y el cuerpo inclinado hacia adelante, se ocupaba en atarse sus botas, Carmela le examinaba atentamente con una expresión de vacilación tímida.

El Jaguar reparó en ello y le preguntó:

—¿Qué tiene V.?

—Nada, dijo la joven balbuceando.

—Me engaña V., Carmela. Vamos, el tiempo urge, dígame V. la verdad.

—Pues bien, respondió la joven con una vacilación cada vez más marcada, tengo que pedir a V. un favor.

—¿A mí?

—Sí.

—Hable V. pronto, niña; ya sabe que, sea lo que quiera, se lo concedo de antemano.

—¿Me lo jura V.?

—¡Lo juro!

—Pues bien, suceda lo que quiera, deseo que si encuentra V. al capitán de dragones que estaba aquí esta mañana, le conceda V. su protección.

El joven se enderezó como si le hubiese impulsado un resorte.

—¡Ah! exclamó, ¿con que es cierto lo que me han dicho?

—No sé a qué alude V.; pero le reitero mi súplica.

—No conozco a ese hombre, puesto que he llegado aquí después que él se marchó.

—Sí, le conoce V., repuso Carmela con acento resuelto; ¿a qué buscar un efugio si desea V. falsear la promesa que me ha hecho? Vale más obrar con entera franqueza.

—Está bien, respondió el Jaguar con voz sombría y con un tono de ironía mordaz; tranquilícese V., Carmela; defenderé a su amante.

Y se lanzó precipitadamente fuera de la sala poseído de la más violenta cólera.

—¡Oh! ¡Qué bien hacen en llamar el Jaguar a ese demonio! exclamó la joven dejándose caer sobre un banco y prorrumpiendo en llanto. ¡Es un corazón de tigre lo que su pecho encierra!

Ocultó su rostro entre ambas manos y prorrumpió en sollozos.

En el mismo instante se oyó fuera el galope rápido de un caballo que se alejaba.

XIII.

CARMELA.

Ahora, antes de continuar nuestra narración, es preciso que demos a nuestros lectores ciertos detalles importantes e indispensables para los hechos que van a seguir.

Entre las provincias del vasto territorio de Nueva España, hay una, la más oriental de todas, cuyo valor verdadero ignoró constantemente el gobierno de los virreyes, ignorancia continuada por la república mejicana que, en la época de la proclamación de la independencia, no la juzgó digna de formar un Estado separado; y sin calcular lo que más tarde pudiera suceder, con la mayor indolencia la dejó colonizar por los norteamericanos, quienes ya en aquellos tiempos parece que estaban atormentados por esa fiebre de invasión y de ensanche que hoy ha llegado a ser una especie de locura endémica para aquellos dignos ciudadanos. La provincia a que nos referimos es la de Tejas.

Aquella comarca magnífica es una de las mejor situadas que hay en Méjico; bajo el punto de vista territorial es inmensa; ningún país tiene mejor riego: nueve ríos considerables llevan al mar sus aguas aumentadas por las innumerables corrientes que en todas direcciones surcan y fertilizan aquella tierra: estos ríos, profundamente encajonados en terrenos movedizos, nunca forman, desparramándose a lo lejos, esas inundaciones tan comunes en otros países y que se convierten en fétidos pantanos.

El clima de Tejas es sano y se halla exento de esas enfermedades espantosas que han dado una celebridad tan siniestra a ciertas comarcas del Nuevo Mundo.

Las fronteras naturales de Tejas son la Sabina al este, el Río Rojo al norte, al oeste una cordillera de altas montañas que ciñe vastas praderas y el Río Bravo del Norte; y por último, desde la embocadura de este río hasta el de la Sabina, el golfo de Méjico.

Ya hemos dicho que los españoles ignoraban casi por completo el valor verdadero del Tejas, aunque hacía mucho tiempo que le conocían, porque es casi seguro que en 1536 Cabeza de Vaca cruzó por él cuando desde la Florida se trasladó a las provincias septentrionales de Méjico.

Sin embargo, la honra del primer establecimiento que se intentó formar en aquel hermoso país pertenece sin disputa a la Francia.

En efecto, el infortunado y célebre Roberto de la Salle, encargado por el marqués de Seignelay de descubrir la embocadura del Misisipí en 1684, se equivocó y entró en el Río Colorado, por el cual bajó con suma dificultad hasta la laguna de San Bernardo, en donde tomó posesión del país y construyó un fuerte entre Velasco y Matagorda. No entraremos aquí en mayores detalles acerca de aquel explorador audaz que por dos veces intentó trasladarse a las tierras desconocidas situadas al este de Méjico, y que en 1687 fue cobardemente asesinado por unos malvados que formaban parte de su tropa.

Un recuerdo más reciente nos une de nuevo a Tejas, porque allí fue donde en 1817, y bajo el nombre de Campo de Asilo, intentó el general Lallemand fundar una colonia de franceses refugiados, restos desventurados de los invencibles ejércitos del primer imperio. Esta colonia, situada a unas diez leguas de Galveston, fue completamente destruida por orden del virrey Apodaca, en virtud del sistema despótico observado siempre en el Nuevo Mundo por los españoles de aquel tiempo, y que consistía en no dejar bajo ningún pretexto que se estableciesen extranjeros en punto alguno de su territorio.

Se nos perdonará que hayamos dado estos pormenores prolijos cuando se reflexione que aquel país, libre tan solo de veinte años a esta parte, de una superficie de cerca de cuarenta y dos millones de hectáreas, habitado cuando más por doscientos mil individuos, ha entrado sin embargo en una era de prosperidad y de progreso que inevitablemente ha de llamar la atención de los gobiernos europeos y excitar las simpatías de los hombres inteligentes de todas las naciones.

En la época en que pasan los hechos que nos hemos propuesto referir, es decir, en la segunda mitad del año de 1812, el Tejas pertenecía todavía a Méjico; pero había comenzado ya su gloriosa revolución, y luchaba valerosamente para sacudir el vergonzoso yugo del gobierno central y proclamar su independencia.

Pero antes de volver a tomar el hilo de nuestra historia, necesitamos explicar cómo Tranquilo el cazador canadiense y Quoniam el negro, que le debía su libertad, esos dos hombres a quienes dejamos en el alto Misuri haciendo la vida libre de cazadores de los bosques, se hallaban establecidos, por decirlo así, en el Tejas, y cómo el cazador tenía una hija, o al menos llamaba así al precioso ángel rubio y sonrosado que hemos presentado al lector bajo el nombre de Carmela.

Unos doce años antes del día en que comienza nuestro relato en la venta del Potrero, Tranquilo había llegado a aquella misma hostería seguido de dos compañeros y una niña de cinco a seis años, de cara despabilada, ojos azules, labios rosados y cabellera dorada, que no era sino Carmela; en cuanto a sus compañeros, uno era Quoniam, y el otro un mestizo indio que atendía al nombre de Lanzi.

El sol se hallaba ya próximo a ocultarse cuando la reducida caravana paró delante de la venta.

El ventero, que en aquel país desierto, situado en la frontera india, estaba poco acostumbrado a ver viajeros, y sobre todo a una hora tan avanzada, había cerrado y atrancado la puerta de su casa, y se disponía a entregarse al descanso, cuando la llegada imprevista de nuestros personajes le obligó a modificar sus intenciones por aquella noche.

Sin embargo, solo con marcada repugnancia y después de las repetidas seguridades que le dieron los viajeros de que nada tenía que temer por parte de ellos, fue como se decidió a abrir la puerta e introducirlos en la casa.

Por lo demás, desde el momento en que se decidió a recibirlos, el ventero fue lo que debía ser, es decir, tan atento y servicial como puede permitirlo el carácter de los hosteleros mejicanos, que, sea dicho entre paréntesis, son la raza menos hospitalaria que existe.

Éste era un hombrecito repleto, de modales zalameros y mirada astuta, ya de cierta edad, pero todavía listo y vivo.

Cuando los viajeros hubieron instalado sus caballos en el corral delante de una buena provisión de alfalfa, y que también ellos hubieron cenado con el apetito propio de hombres que acaban de hacer una jornada larga, se estableció cierta confianza entre el ventero y ellos, merced a algunos tragos de refino de Cataluña, generosamente ofrecidos por el canadiense, y la conversación se entabló bajo el pie de la más franca cordialidad, mientras que la niña, cuidadosamente envuelta en el mullido zarapé del cazador, dormía con esa tranquila y cándida indiferencia peculiar de tan feliz edad, en la que lo presente es todo y lo porvenir no existe todavía.

—¡Eh! Compadre, dijo Tranquilo alegremente al ventero, echándole otro vaso de refino, ¿paréceme que lleva V. aquí una vida muy feliz?

—¡Yo!

—¡Pardiez! Se acuesta V. a la misma hora que las gallinas, y estoy seguro de que se levantará tarde.

—¿Qué otra cosa puedo hacer en este maldito desierto en donde he venido a perderme por mis pecados?

—Según eso, ¿escasean los viajeros?

—Sí y no; depende de la manera en que V. lo entienda.

—¡Diablo! Me parece que no hay dos maneras de entenderlo.

—Sí, hay dos y muy diferentes.

—¡Hombre! Me alegraría de conocerlas.

—Es muy fácil. No faltan en el país vagabundos de todos colores y castas, y si yo quisiese llenarían mi casa todo el santo día; pero lléveme el diablo si me dejarían ver el color de su dinero.

—¡Ah! Muy bien. Pero supongo que esos señores no constituirán exclusivamente la parroquia de V.

—No; hay también los indios bravos, los Comanches, los Apaches, los Pawnees, y qué sé yo cuantos más, que de vez en cuando vienen a rondar por los alrededores.

—¡Vamos! Es mal vecindario; y si no tiene V. más que esos parroquianos, comienzo a opinar como V.; sin embargo, algunas veces debe V. recibir visitas más agradables.

—Sí, de tarde en tarde algunos viajeros extraviados, como V., sin duda; pero los ingresos están siempre muy lejos de cubrir los gastos.

—Es claro. A la salud de V.

—A la de V.

—Pero entonces, permítame V. una observación que quizás le parecerá indiscreta.

—Diga V., caballero; diga lo que guste; estamos hablando como buenos amigos y no debemos contenernos.

—Tiene V. razón. Si se encuentra V. mal aquí, ¿por qué diablos permanece en este sitio?

—¡Ah! He ahí la cuestión: ¿a dónde quiere usted que vaya?

—¡Pardiez! No lo sé, a cualquiera parte, en donde siempre estará V. mejor que aquí.

—¡Ah! ¡Si solo dependiese de mi voluntad! dijo el ventero lanzando un suspiro.

—¿Tiene V. a alguien consigo aquí?

—No, estoy solo.

—Pues bien, entonces ¿quién le detiene?

—¡Caramba! ¿Qué ha de ser? ¡El dinero! Todo cuanto yo poseía, y no era mucho, lo invertí en edificar esta casa y establecerme en ella, y aún eso gracias a los peones de la hacienda.

—¿Hay alguna hacienda por aquí?

—Sí, a unas cuatro leguas de distancia está la hacienda del Mezquite.

—¡Ah! dijo Tranquilo muy pensativo, está bien, continúe V.

—De ese modo ya comprende V. que si me voy, me veo obligado a abandonarlo todo.

—¿Por qué no lo vende V.?

—¿Y quién lo compra? ¿Cree V. que sea fácil encontrar por aquí un individuo que tenga cuatrocientos o quinientos duros en el bolsillo y que esté dispuesto a hacer una tontería?

—¡Pardiez! No se sabe, acaso buscando podría encontrarse

—Vamos, caballero, ¡tiene V. gana de burlarse!

—En verdad que no, dijo Tranquilo variando de tono repentinamente, y voy a probárselo a usted.

—Veamos.

—¿Dice V. que vende su casa en cuatrocientos duros?

—¿He dicho cuatrocientos?

—No andemos con tretas, lo ha dicho V.

—Muy bien, lo admito; ¿y qué más?

—¿Qué más? Que yo se la compro si V. quiere.

—¿Usted?

—¿Por qué no?

—¡Pardiez! Sería preciso verlo.

—Está visto: ¿quiere V., sí o no? Es cosa de tomarlo o dejarlo; quizás dentro de cinco minutos habré variado de intención, con que decídase V.

El ventero fijó una mirada investigadora en el canadiense.

—¡Acepto! dijo.

—Corriente; solo que no le daré a V. cuatrocientos duros.

—¡Oh! entonces... dijo el ventero sobresaltado.

—Le daré a V. seiscientos.

El ventero se quedó estupefacto y en seguida dijo:

—No me parece mal.

—Pero con una condición, añadió Tranquilo.

—¿Cuál es?

—La de que mañana, tan luego como se haya efectuado la venta, montará V. a caballo... ¿Supongo que tendrá V. un caballo?

—Sí Señor.

—Pues bien, montará V. en él, se marchará y no volverá a parecer por aquí.

—¡Oh! De eso puede V. estar muy seguro.

—¿Queda convenido?

—Sí Señor.

—Entonces, mañana al salir el sol que estén preparados los testigos.

—Lo estarán.

En esto quedó la conversación. Los viajeros se envolvieron en sus mantas y zarapés; se tendieron en el áspero suelo de la sala y se durmieron. El ventero les imitó.

Según lo habían convenido, el ventero, un poco antes de amanecer, ensilló su caballo y se ocupó en procurarse los testigos necesarios para la validez de la transacción; con este objeto se fue a rienda suelta a la hacienda del Mezquite, y al salir el sol estaba ya de vuelta. Le acompañaban el mayordomo de la hacienda y siete u ocho peones.

El mayordomo, que era el único que sabía leer y escribir, redactó una escritura de venta; luego reunió a todos los circunstantes y la leyó en alta voz.

Tranquilo sacó entonces de su cinto treinta y siete onzas y media de oro, y las extendió sobre la mesa.

—Señores, dijo el mayordomo dirigiéndose a los circunstantes, sean VV. testigos de que el señor Tranquilo ha pagado los seiscientos pesos fuertes estipulados para la compra de la venta del Potrero.

—Somos testigos, respondieron todos.

Entonces todas las personas presentes, con el mayordomo a la cabeza, pasaron al corral situado en la parte trasera de la casa.

Cuando Tranquilo hubo llegado al corral, arrancó un puñado de yerba y le tiró por encima de su hombro; en seguida, cogiendo una piedra, la tiró al otro lado de la tapia: con arreglo a la ley mejicana acababa de tomar posesión de la finca.

—Sean VV. testigos, Señores, volvió a decir el mayordomo, de que el señor Tranquilo, aquí presente, toma legalmente posesión de esta finca. ¡Dios y libertad!

—¡Dios y libertad! exclamaron los circunstantes. ¡Viva el nuevo huésped!

Habíanse llenado todas las formalidades. Volvieron a entrar en la casa en donde Tranquilo suministró sendos tragos de vino a sus testigos, a quienes esta munificencia inesperada colmó de alegría.

El antiguo ventero, fiel al convenio estipulado, dio un apretón de mano al comprador, montó a caballo y se marchó deseándole buena suerte. Desde aquel día no se volvió a oír hablar de él.

He ahí cómo había llegado el cazador a Tejas y cómo se estableció.

Dejó a Lanzi y a Quoniam en la venta con Carmela. En cuanto a él, merced a la protección del mayordomo, que le recomendó a su amo D. Hilario de Vaureal, entró en la hacienda del Mezquite en calidad de tigrero o cazador de tigres.

Aunque la comarca escogida por el cazador para establecerse se hallaba situada en los confines de la frontera mejicana, y que por esta razón se hallaba casi desierta, de vez en cuando hubo ciertas suposiciones entre los vaqueros y los peones acerca de las razones que podrían haber inducido a un cazador tan audaz y tan diestro como el canadiense a retirarse allí; pero todas las tentativas hechas por los curiosos para averiguar aquellas razones, todas las preguntas que dirigieron, quedaron sin resultado; los compañeros de Tranquilo y aún él mismo permanecieron mudos; en cuanto a la niña, ella nada sabía.

Entonces los curiosos, frustrados en su esperanza y cansados de hacer averiguaciones, renunciaron a encontrar la explicación de aquel enigma, confiando en el tiempo, ese gran aclarador de misterios, para saber por fin la verdad tan cuidadosamente encubierta.

Pero transcurrieron las semanas, los meses y los años sin que nada fuese a levantar ni una punta del velo que ocultaba el secreto del cazador.

Carmela había llegado a ser una joven deliciosa; la venta se había hecho con una buena parroquia. Aquella frontera, tan tranquila hasta entonces por razón de su alejamiento de las ciudades y pueblos, se resintió del movimiento que las ideas revolucionarias imprimieron al centro del país; los viajeros llegaron a ser más frecuentes, y el cazador, que hasta entonces parecía que se había cuidado muy poco de lo porvenir, fiando para su seguridad en el aislamiento de su morada, comenzó a sentirse inquieto, no por sí, sino por Carmela, que se hallaba expuesta, casi sin defensa, a las tentativas audaces, no solo de los enamorados a quienes su hermosura atraía cual la miel a las moscas, sino también de los hombres sin fe y sin conciencia que los disturbios habían hecho surgir por todas partes, y que vagaban por los caminos como coyotes, en busca de una presa que devorar.

El cazador, no queriendo dejar por más tiempo a la joven en la posición peligrosa en que las circunstancias la colocaban, se ocupó activamente en conjurar las desgracias que preveía, pues si bien por ahora es imposible saber los vínculos que le unían con Carmela, quien le daba el nombre de padre, diremos que en realidad la profesaba paternal cariño y tenía para con ella una abnegación absoluta; en esto le imitaban Quoniam y Lanzi. Para aquellos tres hombres, Carmela no era una mujer, ni una niña, sino un ídolo a quien adoraban de rodillas y por el cual habrían sacrificado con júbilo hasta sus vidas a la más leve indicación suya.

Una sonrisa de Carmela les hacía felices, el más mínimo gesto de mal humor suyo les ponía tristes.

Debemos añadir que Carmela, a pesar de que conocía toda la extensión de su poder, no abusaba de él, y que su mayor alegría consistía en verse rodeada por aquellos tres corazones que le eran tan fieles.

Ahora que hemos dado ya estos datos, muy incompletos sin duda alguna, pero los únicos que nos es posible suministrar, volveremos a tomar nuestro relato en el punto en que lo dejamos en nuestro penúltimo capítulo.

XIV.

LA CONDUCTA DE PLATA.

Volveremos ahora a la caravana que vimos salir de la venta del Potrero al amanecer, y por cuyo jefe parecía que tanto se interesaba Carmela.

Este oficial era un joven de unos veinticinco años, de facciones finas y distinguidas, de semblante audaz; llevaba con suprema elegancia el uniforme brillante de capitán de dragones.

D. Juan Melendez de Góngora, aunque pertenecía a una de las familias más nobles y más antiguas de Méjico, había querido deber tan solo a sí mismo sus ascensos en el ejército, pretensión singular en un país en que el honor militar es considerado casi como nada, y en donde solo los grados superiores dan a los que los disfrutan una consideración que, por parte de la población, es más bien efecto del miedo que de la simpatía.

Sin embargo, D. Juan había perseverado en sus ideas excéntricas, y cada grado que obtenía era, no la recompensa de un pronunciamiento bien hecho en favor de tal o cual general ambicioso, sino el premio por alguna acción brillante. D. Juan pertenecía a esa clase de verdaderos mejicanos que aman realmente a su país, y que, celosos de su honra, sueñan para él una rehabilitación, si no imposible, al menos, muy difícil de conseguir.

Es tan grande la fuerza de la virtud, aún sobre las naturalezas degeneradas, que el capitán don Juan Melendez de Góngora era respetado por todos los hombres que se ponían en contacto con él, y aún por aquellos que menos lo querían.

Por lo demás, la virtud del capitán nada tenía de austera ni exagerada; era un militar franco, alegre, servicial, valiente como un león, y siempre dispuesto a auxiliar, con su brazo o con su bolsillo, a todos aquellos que a él recurrían, ya fuesen amigos o enemigos. He ahí como era, física y moralmente considerado, el hombre que mandaba la escolta y que había concedido su protección al fraile que cabalgaba al lado suyo.

Este digno fraile, de quien ya hemos tenido ocasión de decir algunas palabras, merece una descripción especial.

En cuanto a su físico, era un hombre de unos cincuenta años, casi tan alto como ancho, bastante parecido a un tonel al cual se le hubiesen puesto pies y cabeza, y sin embargo dotado de una fuerza y una agilidad poco comunes; su nariz amoratada, sus labios abultados y su rostro colorado le daban una fisonomía jovial a la que hacían aparecer irónica y burlona dos ojillos grises y hundidos, llenos de fuego y de resolución.

En cuanto a su parte moral, en nada se diferenciaba de la generalidad de los frailes mejicanos, es decir, que era en extremo ignorante, glotón, borracho, muy aficionado a mujeres, y supersticioso en sumo grado; en fin, el mejor compañero de bromas que pudiera imaginarse, ocupando bien su puesto en todas las reuniones y diciendo siempre algún sabroso chiste.

¿Qué singular casualidad podía haberle llevado tan lejos hacia la frontera? Esto era lo que nadie sabía y de lo que nadie se cuidaba, pues todos conocían el carácter vagabundo de los frailes mejicanos que pasan toda su vida corriendo de continuo de una parte para otra sin objeto y sin interés alguno las más veces, y solo con arreglo a su capricho.

En aquella época, el Tejas, reunido con la provincia de Coahuila, formaba todavía un solo estado con el nombre de Tejas y Coahuila.

La caravana mandada por el capitán D. Juan Melendez había salido ocho días antes de Nacogdoches para trasladarse a Méjico; solo que el capitán, con arreglo a instrucciones que recibiera, había abandonado el camino ordinario, que estaba inundado de gavillas de bandidos de todas clases, y había dado un gran rodeo para evitar ciertos pasos peligrosos de la sierra de San Sabas, que sin embargo tenía que cruzar, pero por la parte de las praderas altas, es decir, por el sitio en que las elevadas mesetas, bajándose gradualmente, no ofrecen ya esos accidentes de terreno tan temibles para los viajeros.

Preciso era que las diez mulas escolladas por el capitán estuviesen cargadas con una mercancía muy preciosa para que el gobierno federal, a pesar de las pocas tropas que tenía en el Estado, se hubiese decidido a hacerlas acompañar por cuarenta dragones mandados por un oficial tan afamado como D. Juan, cuya presencia en aquellas circunstancias, sin duda alguna habría sido muy necesaria, si no indispensable, en el interior del Estado, para reprimirlas tentativas revolucionarias y mantener a los habitantes en la senda del deber.

En efecto, aquellas mercancías eran muy preciosas: aquellas mulas conducían tres millones de duros que de seguro habrían sido una buena presa para los insurgentes si hubiesen caído en sus manos.

Estaba ya lejano el tiempo en que, bajo la dominación de los virreyes, el pabellón español, enarbolado a la cabeza de un convoy de cincuenta o sesenta mulas cargadas de oro, bastaba para proteger eficazmente una conducta de dinero y hacerla atravesar sin el más leve riesgo el territorio de Méjico en toda su anchura; tan grande era el terror inspirado por el solo nombre de la España.

A la sazón no eran ciento, ni siquiera sesenta mulas, sino solo diez las que cuarenta hombres resueltos parecía que no habían de bastar para proteger.

El gobierno había juzgado oportuno emplear la mayor prudencia para expedir aquella conducta de dinero, esperada en Méjico hacia mucho tiempo; habíase guardado el más profundo silencio acerca del día y la hora de la partida y del camino por donde se dirigiría.

Los fardos fueron hechos de modo que ocultaban lo mejor posible el género de mercancía que contenían; las mulas, enviadas una después de otra en medio del día, y confiadas únicamente a sus arrieros, solo a quince leguas de la ciudad se habían reunido con la escolta que, bajo un pretexto plausible, hacía un mes que estaba acantonada en un antiguo presidio.

Así pues, todo se había previsto y calculado con el mayor esmero y la mayor inteligencia para hacer llegar con seguridad aquella mercancía preciosa; los arrieros, que eran los únicos que conocían el valor de su cargamento, tenían buen cuidado de no revelar el secreto, puesto que lo poco que poseían servía de fianza para la seguridad de su flete, y para ellos era cuestión de verse completamente arruinados si los robaban en el camino.

La conducta de plata avanzaba en el mejor orden al ruido del esquilón de la nena: los arrieros cantaban alegremente arreando a cada momento a sus mulas.

Las banderolas de las largas lanzas de los dragones flotaban con gracia, agitadas por la matutina brisa, y el capitán escuchaba con indiferencia la charla del fraile, al paso que de vez en cuando dirigía a la desierta llanura una mirada escudriñadora.

—Vamos, vamos, fray Antonio, dijo a su obeso compañero, ahora ya no debe V. sentir el haberse puesto en camino tan temprano; la mañana está magnífica, y todo nos anuncia un buen día.

—Sí, sí, respondió el fraile riendo, gracias a Nuestra Señora de la Soledad, Señor Capitán, estamos en las mejores condiciones que pueden imaginarse para hacer un viaje.

—Vaya, me alegro de ver a V. tan contento; temí que el despertar algo brusco de esta mañana le hubiese puesto de mal humor.

—¡A mí! Válgame Dios, Señor Capitán, respondió el fraile con fingida humildad, nosotros, indignos miembros de la Iglesia, debemos someternos sin murmurar a todas las tribulaciones que el Señor tenga a bien enviarnos, y luego la vida es tan corta, que más vale no ver más que su lado bueno, a fin de no perder en vanos pesares los pocos momentos de alegría a que podemos tener derecho.

—¡Bravo! He ahí una filosofía que me gusta. Es V. un buen compañero, padre, y espero que viajaremos mucho tiempo juntos.

—Eso dependerá algún tanto de V., Señor Capitán.

—¡De mí! ¿Cómo es eso?

—¡Pardiez! Será según la dirección que se proponga V. seguir.

—¡Ya! dijo D. Juan; ¿pues hacia dónde va usted, padre?

Esta antigua táctica de responder a una pregunta con otra es excelente, y casi siempre da buen resultado. Esta vez el fraile quedó cogido; pero, siguiendo la costumbre de sus colegas, su respuesta fue lo que debía ser, es decir, evasiva.

—¡Oh! Para mí, dijo con fingida indiferencia, todos los caminos son casi iguales; mi hábito me asegura buena cara y buena acogida en todos los puntos a donde la casualidad me lleve.

—Es verdad, y por lo mismo debe sorprenderme la pregunta que me dirigió V. hace un momento.

—¡Oh! No merece la pena de que piense V. en eso, Señor Capitán; sentiría en el alma haberle incomodado, y le pido humildemente que me dispense.

—No me ha incomodado V. en manera alguna, padre; ninguna razón tengo para ocultar el camino que me propongo seguir; esa recua de mulas que voy escoltando no me interesa lo más mínimo; mañana o pasado, a más tardar, pienso separarme de ella.

El fraile no pudo reprimir un gesto de sorpresa.

—¡Ah! ¿De veras? dijo lanzando una mirada penetrante a su interlocutor.

—Sí por cierto, continuó diciendo con indiferencia el capitán; esos pobres hombres me han rogado que les acompañe durante algunos días, por temor de las gavillas que infestan los caminos. Según parece, llevan mercancías de bastante valor y no les gustaría ser robados.

—¡Ya lo creo!

—Así pues, no he querido negarles ese favor insignificante que no me causaba sino muy poca molestia; pero tan luego como se juzguen seguros, los abandonaré para internarme en las praderas con arreglo a las instrucciones que he recibido, porque ya sabe V. que los indios bravos comienzan a agitarse.

—No, no lo sabía.

—Pues sí, así sucede. He ahí una ocasión magnífica que se le presenta a V., fray Antonio; no debe desperdiciarla.

—¡Que se me presenta una ocasión magnífica! repuso el fraile con sorpresa; ¿quiere V. decirme cuál es, Señor Capitán?

—La de predicar a los infieles y enseñarles las dogmas de nuestra santa fe, dijo D. Juan con imperturbable sangre fría.

Al oír tan, singular proposición, el fraile hizo una mueca espantosa, y dando un estallido con los dedos, exclamó:

—¡Vaya al diablo la ocasión! Quédese para otros necios, que yo no tengo la más leve vocación para el martirio.

—Como V. padre; y sin embargo, hace V. mal.

—Es muy posible, Señor Capitán; pero lléveme el diablo si le acompaño a V. a ver esos perros infieles; dentro de dos días me separo de V.

—¿Tan pronto?

—¡Ya lo creo! Puesto que se dirige V. a las praderas y abandonará a la recua que va escoltando en el rancho de San Jacinto, que es el último punto de las posesiones mejicanas en la frontera del desierto.

—Es muy probable.

—Pues bien, yo continuaré caminando con los arrieros; como entonces habremos pasado ya todos los sitios peligrosos, nada tendré que temer, y mi viaje continuará de la manera más agradable que puede imaginarse.

—¡Ah! dijo el capitán dirigiéndole una mirada penetrante.

Pero no pudo continuar esta conversación, que parecía interesarle mucho, porque un jinete de la vanguardia llegó a rienda suelta, se paró junto a él, y acercándose a su oído, le dijo algunas palabras en voz baja.

El capitán dirigió en torno suyo una mirada investigadora, se afirmó en la silla, y dirigiéndose al soldado, dijo:

—Está bien. ¿Cuántos son?

—Dos, mi Capitán.

—Vigílelos V., aunque sin dejarles sospechar que van prisioneros; cuando lleguemos al primer alto los interrogaré. Vaya V. a reunirse con sus compañeros.

El soldado se inclinó respetuosamente sin responder, y se alejó al mismo paso con que había llegado.

Hacía mucho tiempo que el capitán Melendez había acostumbrado a sus subordinados a no discutir sus órdenes y a obedecerlas sin vacilar.

Hacemos notar este hecho, porque es muy raro en Méjico, en donde la disciplina militar es casi nula y la subordinación casi desconocida.

D. Juan mandó a la escolta que estrechase sus filas y apresurase el paso.

El fraile había visto con secreta inquietud el coloquio que medió entre el oficial y el soldado, y del cual no pudo coger ni una palabra. Cuando el capitán, después de vigilar atentamente la ejecución de las órdenes que había dado, volvió a ocupar su puesto junto a fray Antonio, este intentó chancearse acerca de lo que acababa de suceder y de la expresión de gravedad que había oscurecido repentinamente el semblante del oficial.

—¡Oh! ¡Oh! le dijo lanzando una carcajada ruidosa, ¡qué mal humorado está V., Capitán! ¿Ha visto V. volar tres búhos por su derecha? Los paganos aseguran que es mal presagio.

—¡Puede ser! respondió el capitán con sequedad.

El tono con que fueron pronunciadas estas palabras nada tenía de amable ni amistoso, y el fraile comprendió que toda conversación sería imposible en aquel momento. Se dio por advertido, se mordió los labios y continuó caminando silencioso al lado de su compañero.

Una hora después llegaron al sitio en que debían acampar; ni el oficial ni el fraile habían pronunciado una palabra: solo que, a medida que se acercaban al paraje designado para hacer alto, uno y otro parecía que iban estando más inquietos.

XV.

EL ALTO.

En el momento en que la caravana llegaba al sitio designado para hacer alto, el sol había desaparecido por completo en el horizonte.

Aquel paraje, situado en la cumbre de una colina bastante escarpada, había sido elegido con esa sagacidad que distingue a los arrieros del Tejas o de Méjico; toda sorpresa era imposible, y los árboles seculares que guarnecían la cresta de la colina podían ofrecer seguro abrigo contra las balas en caso de un ataque.

Las mulas fueron descargadas; pero contra el uso consagrado en tales casos, los fardos, en vez de servir de parapeto o atrincheramiento al campamento, fueron amontonados y colocados fuera del alcance de los merodeadores que la casualidad o la codicia pudiesen atraer hacia aquella parte cuando fuesen más densas las tinieblas.

Encendiéronse en círculo siete u ocho hogueras grandes para alejar a las fieras; las mulas recibieron su ración de maíz sobre unas mantas tendidas en el suelo. Después, tan luego como se hubieron colocado los centinelas en torno del campamento, los soldados y los arrieros se ocuparon con actividad en preparar una cena frugal que las fatigas del día hacían necesaria.

El capitán Melendez y el fraile, un poco retirados y colocados junto a una hoguera encendida expresamente para ellos, comenzaron a fumar sus pajillas, mientras que el asistente del oficial preparaba a toda prisa la cena para su amo, cena que, debemos confesarlo, era tan sencilla como la de los demás individuos de la caravana, pero que el hambre tenía el privilegio de hacer que fuese, no solo apetitosa, sino también casi suculenta, a pesar de que solo se componía de algunas lonchas de tocino y de cuatro o cinco galletas.

El capitán terminó muy luego su cena. Se levantó, y como había anochecido por completo, fue a recorrer los centinelas para cerciorarse de que todo estaba en orden. Cuando hubo vuelto a ocupar su puesto junto al fuego, fray Antonio, con los pies hacia la lumbre y cuidadosamente envuelto en su mullido zarapé, dormía o al menos así lo parecía.

D. Juan le examinó un instante con una expresión indescriptible de odio y de desprecio, movió la cabeza dos o tres veces con aspecto meditabundo, y llamando a su asistente que estaba de pie a pocos pasos de él aguardando sus órdenes, le mandó que los dos prisioneros fuesen conducidos a su presencia.

Estos prisioneros habían sido mantenidos hasta entonces en un sitio apartado. Aunque se les trataba con suma consideración, les fue fácil observar que se les custodiaba y vigilaba con el mayor cuidado; sin embargo, ya fuese porque no les importase, o por cualquiera otra causa, no dieron a entender que comprendiesen se les detenía como cautivos, porque les habían dejado sus armas; y al ver sus formas musculosas y sus facciones enérgicas, a pesar de que los dos tenían ya una edad provecta, era de suponer que cuando llegase el momento en que quisiesen recobrar su libertad, serían hombres muy capaces de reconquistarla por la fuerza.

Sin hacer observación alguna siguieron al asistente del jefe, y muy luego se hallaron delante de este.

La noche estaba oscura; pero las llamas de la hoguera derramaban una claridad bastante viva para iluminar el rostro de los dos hombres.

Al verlos, D. Juan no pudo contener un gesto de sorpresa; entonces uno de los prisioneros se puso con viveza un dedo en los labios para encomendarle la prudencia, y con una ojeada le designó al fraile tendido cerca de ellos.

El capitán comprendió aquel aviso silencioso, al cual contestó con una leve inclinación cabeza, y fingiendo la mayor indiferencia, se puso a liar un cigarrillo y dijo:

—¿Quiénes son VV.?

—Unos cazadores, respondió uno de los prisioneros sin vacilar.

—Hace algunas horas se les encontró a VV. parados en la orilla del río.

—Es cierto.

—¿Qué hacían VV. allí?

El prisionero dirigió en torno suyo una mirada investigadora, y luego, fijando de nuevo los ojos en su interlocutor, dijo:

—Antes de seguir contestando a las preguntas de V., desearía dirigirle una a mi vez.

—¿Cuál es?

—¿Con qué derecho me interroga V.?

—Mire V. en torno suyo, respondió el capitán con ironía.

—Sí, entiendo, con el derecho de la fuerza, ¿verdad? Desgraciadamente ese derecho no le reconozco yo. Soy un cazador libre, no reconozco ningún dueño ni más ley que mi voluntad.

—¡Hola! ¡Hola! compañero, ¡muy orgulloso es su lenguaje!

—Es él de un hombre acostumbrado a no doblegarse ante ningún poder arbitrario; para apoderarse de mí ha abusado V., no de su fuerza, porque sus soldados me habrían muerto antes que obligarme a seguirles si tal no hubiese sido mi intención, sino de la facilidad con que me fie de ellos; así pues, protesto ante V. y reclamo que inmediatamente se me ponga en libertad.

—Las palabras altaneras de V. no me imponen en manera alguna; y si se me antojase hacerle a V. hablar, sabría obligarle a ello por medio de ciertos argumentos irresistibles que tengo a mi disposición.

—Sí, dijo el prisionero con amargura, los mejicanos se acuerdan de sus antepasados los españoles, y en caso necesario saben echar mano del tormento. Pues bien, inténtelo V., Capitán, ¿quién se lo impide? Espero que mis pobres canas no flaquearán ante el juvenil bigote de V.

—Dejemos eso, exclamó el capitán en tono de mal humor; si yo le permitiese a V. marcharse, ¿libertaría a un amigo o a un enemigo?

—Ni lo uno ni lo otro.

—¡Calle! ¿Qué quiere V. decir?

—Me parece que mi respuesta es muy clara.

—Sin embargo, no la entiendo.

—Se la explicaré a V. en dos palabras.

—Hable V.

—Colocados ambos en posiciones diametralmente opuestas, la casualidad se ha complacido hoy en reunirnos. Si ahora nos separamos, no llevaremos en nuestros corazones ningún sentimiento de odio como resultado de nuestro encuentro, puesto que ninguno de nosotros habrá tenido motivo de queja del otro, y que probablemente no volveremos a vernos.

—¡Ya! Sin embargo, es evidente que cuando mis soldados les encontraron, aguardaban VV. a alguien en este camino.

—¿Por qué cree V. eso?

—¡Pardiez! Según V. me ha dicho, son VV. cazadores, y no veo la caza que podían encontrar en la orilla del camino.

El prisionero se echó a reír, y marcando intencionalmente sus palabras, repuso:

—¿Quién sabe? Acaso acechábamos una caza más preciosa de lo que V. imagina y de la que querría V. tener su parte.

El fraile hizo un movimiento leve y abrió los ojos como si despertase en aquel momento.

—Calle, dijo dirigiéndose al capitán y conteniendo un bostezo, ¿no duerme V., Señor Don Juan?

—Todavía no, respondió este; estoy interrogando a los dos hombres de que se apoderó mi vanguardia hace algunas horas.

—¡Ah! dijo el fraile dirigiendo a los desconocidos una mirada desdeñosa, me parece que esos pobres diablos no son muy temibles.

—¿De veras?

—No sé; pero ¿qué puede V. recelar de esos dos hombres?

—¡Eh! Quizás sean espías.

Fray Antonio se revistió de un aire paternal y replicó:

—¡Espías! ¿Teme V. acaso una emboscada?

—En las circunstancias en que nos encontramos, creo que esa suposición no sería muy inverosímil.

—¡Bah! En un país como éste y con una escolta como la que V. lleva bajo sus órdenes, sería cosa extraordinaria; además, según he oído decir, esos dos hombres se han dejado coger sin la menor resistencia, cuando les habría sido tan fácil escaparse.

—Es verdad.

—Por lo tanto es evidente que ninguna mala intención abrigaban. Si yo me hallase en lugar de V., les dejaría que se marchasen a donde mejor les pareciese.

—¿Es esa la opinión de V.?

—Sí por cierto.

—Mucho parece que se interesa V. por esos dos desconocidos.

—Nada de eso: digo a V. lo que me parece justo, y nada más. Ahora obre V. como se le antoje, que yo me lavo las manos.

—Quizás tenga V. razón. Sin embargo, no pondré en libertad a estos dos individuos, hasta tanto que me hayan dicho el nombre de la persona a quien aguardaban.

—¿Aguardaban a alguien acaso?

—Al menos así lo dicen.

—Es verdad, Capitán, repuso el prisionero que había hablado hasta entonces; pero, aunque sabíamos que V. venía, no era a V. a quien esperábamos.

—Pues entonces ¿a quién era?

—¿Tiene V. absoluto empeño en saberlo?

—Sí por cierto.

—Pues entonces responda V., fray Antonio, dijo el prisionero en tono zumbón; porque solo V. puede revelar el nombre que el señor capitán nos exige.

—¡Yo! exclamó el fraile dando un salto, lleno de cólera y poniéndose pálido como un cadáver.

—¡Hola! ¡Hola! dijo el capitán volviéndose hacia él, esto comienza a ser interesante.

Era un espectáculo singular el que ofrecían aquellos cuatro hombres de pie y frente a frente, en torno de aquella hoguera cuyas llamas iluminaban sus rostros con reflejos fantásticos.

El capitán fumaba indolentemente su cigarrillo de papel, mirando con expresión burlona, al fraile en cuyo rostro sostenían el miedo y el descaro una lucha cuyas peripecias todas era fácil seguir. Los dos cazadores, con las manos cruzadas sobre el extremo del cañón de sus largos rifles, se sonreían con sorna y parecía que gozaban interiormente con el embarazo y confusión del hombre a quien acababan de poner en escena de una manera tan brusca y brutal.

—Vamos, no se muestre tan sorprendido, fray Antonio, dijo por fin el prisionero, pues bien sabe V. que a V. era a quien esperábamos.

—¡A mí! repuso el fraile con voz ahogada, ¡por mi alma que ese miserable está loco!

—No estoy loco, padre, y puede V. ahorrarse los epítetos con que se complace en regalarme el oído, respondió el prisionero con sequedad.

—Vamos, resígnese V., dijo brutalmente el cazador que hasta entonces había permanecido silencioso. No tengo ganas de bailar en el extremo de una cuerda por darle a V. gusto.

—Lo cual sucederá sin duda alguna, observó tranquilamente el capitán, si VV. no se deciden, Señores, a darme una explicación clara y categórica acerca de su conducta.

—¡Eh! Ya lo ve V., fray Antonio, replicó el prisionero; la posición principia a ser escabrosa para nosotros. Vamos, haga V. bien las cosas.

—¡Oh! exclamó el fraile ciego de rabia, ¡he caído en un lazo terrible!

—¡Basta! dijo el capitán con voz fuerte; está farsa ha durado ya demasiado, fray Antonio. No es V. quien ha caído en un lazo horrible; por el contrario, a mí era a quien quería V. poner en ese caso: hace mucho tiempo que conozco a V. y tengo los pormenores más circunstanciados acerca de sus proyectos. Era una partida peligrosa la que estaba V. jugando hace mucho tiempo; no se puede servir a la vez a Dios y al diablo sin que al fin y a la postre se descubra todo. Únicamente he querido carear a V. con estas buenas gentes a fin de confundirle y arrancarle la hipócrita máscara con que se encubre.

Al oír este rudo apostrofe, el fraile se quedó cortado por un momento, doblegado ante la evidencia de los cargos que se le dirigían; al fin levantó la cabeza, y volviéndose hacia el capitán, le dijo con tono altanero:

—¿De qué se me acusa?

D. Juan se sonrió con desprecio, y respondió:

—Se le acusa a V. de haber querido hacer caer la conducta de plata confiada a mi cuidado en una emboscada preparada por V., y en la que en este momento nos aguardan sus dignos secuaces para robarnos y asesinarnos. ¿Qué responde V. a eso?

—¡Nada! dijo el fraile con sequedad.

—Hace V. bien, porque sus negativas no serían aceptadas. Solo que, ahora que está V. confeso y convicto, no se me escapará sin que le deje un recuerdo eterno de nuestro encuentro.

—Cuidado con lo que va V. a hacer, Señor Capitán, que pertenezco a la Iglesia, y este hábito me hace ser inviolable.

Una sonrisa burlona arqueó los labios del capitán, y dijo en tono irónico:

—No quede por eso: le quitarán a V. el hábito.

La mayor parte de los soldados y los arrieros, despertados por las voces que daban el fraile y el oficial, se habían ido acercando poco a poco, y seguían atentamente el curso de la discusión.

El capitán señaló al fraile con el dedo, y dirigiéndose a los soldados, les dijo:

—Quiten VV. el hábito a ese hombre, átenle a un árbol y aplíquenle doscientos chicotazos.

—¡Miserables! gritó el fraile fuera de sí, a aquel de vosotros que se atreva a tocarme le maldigo: ¡por haber puesto la mano sobre un ministro del altar, estará condenado eternamente!

Los soldados se detuvieron asustados ante este anatema.

El fraile se cruzó de brazos, y desafiando al oficial con aspecto triunfante, le dijo:

—¡Desventurado insensato! Podría castigarte por tu audacia, pero te perdono. Dios se encargará de mi venganza. Él será quien te castigue cuando haya sonado la hora. Adiós. ¡Vamos! Abridme camino, vosotros.

Los dragones, confundidos y atemorizados, se apartaron lentamente y vacilando ante él; el capitán, obligado a reconocer su impotencia, apretaba los puños y dirigía miradas coléricas en torno suyo.

El fraile había salido casi de entre las filas de los soldados cuando de pronto sintió que le detenían de un brazo; se volvió con la intención evidente de reprender severamente al individuo bastante audaz para atreverse a tocarle; pero la expresión de su rostro varió de improviso al conocer al que le detenía mirándole con aspecto burlón, pues no era sino el prisionero desconocido, causa primera del insulto que se le había inferido.

—Aguarde V. un momento, padre, dijo el cazador. Comprendo que esos hombres, que son católicos, teman la maldición de V. y no se atrevan a ponerle la mano encima por miedo a las llamas eternas; pero yo, es muy diferente; soy hereje, como V. sabe, y por lo tanto nada aventuro desembarazándole de su hábito. Así pues, si V. lo permite, voy a hacerle ese pequeño favor.

—¡Oh! dijo el fraile rechinando los dientes, ¡te mataré, John; te mataré, miserable!

—¡Bah! ¡Bah! La gente amenazada vive mucho tiempo, repuso John obligándole a despojarse del hábito de fraile que vestía.

Después añadió:

—¡Eso es! Ahora, amigos míos, podéis ejecutar con entera seguridad las órdenes de vuestro capitán: ese hombre es ya, para vosotros, lo mismo que cualquier otro.

La acción atrevida del cazador había roto súbitamente el encanto que contenía a los soldados. Tan luego como el temido hábito dejó de cubrir los hombros del fraile, sin escuchar ya los ruegos ni las amenazas se apoderaron del reo, a pesar de sus gritos le ataron con solidez a un árbol, y le administraron concienzudamente los doscientos chicotazos decretados por el capitán, mientras que los cazadores presenciaban la ejecución, contando con sorna los golpes y riéndose a carcajadas al ver las contorsiones del miserable a quien el dolor hacía retorcerse como una serpiente.

Al llegar al latigazo ciento veintiocho, el fraile calló: el sistema nervioso, completamente trastornado, le dejó insensible; sin embargo no se había desmayado, sus dientes estaban apretados, una espuma blanquecina se escapaba de sus labios; miraba con fijeza delante de sí sin ver, sin dar más pruebas de que existía que los profundos suspiros que de vez en cuando agitaban su poderoso pecho.

Cuando se hubo concluido la ejecución y le desataron, cayó y permaneció en el suelo como una masa inerte.

Le volvieron a poner su hábito y le dejaron allí, sin cuidarse de lo que pudiese acontecerle.

Los dos cazadores se habían alejado después de hablar algunos instantes en voz baja con el capitán.

El resto de la noche trascurrió sin incidente alguno.

Algunos minutos antes de salir el sol, los soldados y los arrieros se levantaron para cargar las mulas y preparar lo todo para continuar el viaje. Luego se dio la orden para ponerse en marcha.

—¿Dónde está el fraile? exclamó de pronto el capitán; no podemos abandonarle así. Tenderle sobre una mula, y le dejaremos en el primer rancho que encontremos.

Los soldadas se apresuraron a obedecer y a buscar a fray Antonio; pero todas las pesquisas fueron inútiles: había desaparecido sin dejar rastro alguno de su fuga.

D. Juan frunció el entrecejo al recibir esta noticia; pero después de un momento de reflexión, movió la cabeza a uno y otro lado con indiferencia y dijo:

—Me alegro, porque nos hubiera estorbado en el camino.

La conducta de plata se puso en marcha y continuó su viaje.

XVI.

RESUMEN POLÍTICO.

Antes de ir más lejos, diremos en pocas palabras cual era la situación política de Tejas en el momento en que pasa la historia que hemos acometido la empresa de referir.

Desde el tiempo de la dominación española los habitantes de Tejas revindicaron su libertad con las armas en la mano; pero después de varios triunfos y reveses, fueron definitivamente derrotados en la batalla de Medina, dada el 15 de agosto de 1813, fecha nefasta, por el coronel Arredondo, jefe del regimiento de Extremadura, al cual se había agregado la milicia del estado de Coahuila. Desde aquella época hasta la segunda revolución mejicana, el Tejas permaneció humillado bajo el intolerable yugo del régimen militar, y entregado sin defensa a los incesantes ataques de los indios Comanches.

En varias ocasiones habían formulado pretensiones los Estados Unidos respecto de aquel país, sosteniendo que las fronteras naturales de Méjico y de la confederación eran el Río Bravo. Pero obligados en 1819 a reconocer ostensiblemente que sus pretensiones eran infundadas, buscaron un medio indirecto para apoderarse de aquel rico territorio y enclavarle en sus fronteras.

Entonces fue cuando desplegaron esa política astuta y pacientemente maquiavélica que al fin había de hacerles triunfar.

En 1821, los primeros emigrados americanos hicieron su aparición tímidamente y casi de incógnito en los brazos, desmontando las tierras, colonizando a la sordina, y tornándose en pocos años tan poderosos que en 1824 habían hecho ya progresos bastante grandes para formar una masa compacta de cerca de cincuenta mil individuos. Los mejicanos, ocupados incesantemente en luchar unos contra otros en sus interminables guerras civiles, no comprendieron la trascendencia de la emigración americana que ellos mismos habían estimulado en su principio.

Apenas habían trascurrido ocho años desde la llegada de los primeros americanos a Tejas, y ya éstos componían casi toda su población.

El gabinete de Washington no ocultaba ya sus proyectos y hablaba claramente de comprar a Méjico el territorio de Tejas, en el cual había desaparecido casi por completo el elemento español para ceder el puesto al espíritu emprendedor y mercantil de los anglo-sajones.

El gobierno mejicano, despertando por fin de su prolongado letargo, comprendió el peligro que le amenazaba de la doble invasión de los habitantes del Misuri y del Tejas en el estado de Santa Fe. Quiso contener la emigración americana; pero era demasiado tarde: la ley promulgada por el congreso de Méjico fue impotente, y no se detuvo la colonización a pesar de los puestos mejicanos diseminados por la frontera, y encargados de detener a los emigrados y obligarles a retroceder.

El general Bustamante, presidente de la república, comprendiendo que muy pronto tendría que luchar con los americanos, se preparó silenciosamente para el combate, y bajo diferentes pretextos fue dirigiendo al Río Rojo y a la Sabina varios cuerpos de tropas que no tardaron en formar un contingente de mil doscientos hombres.

Sin embargo, todo estaba tranquilo en la apariencia; nada hacía prever la época en que comenzaría la lucha, cuando una perfidia del gobernador de las provincias orientales la hizo estallar de repente en el momento en que menos se pensaba.

He aquí el hecho:

El comandante de Anáhuac, sin ningún motivo plausible, mandó arrestar y meter en la cárcel a varios colonos americanos.

Los habitantes de Tejas habían aguantado hasta entonces, sin quejarse, las innumerables vejaciones que les hacían sufrir los oficiales mejicanos; pero al ver este último abuso de fuerza, se alzaron como de común acuerdo y se presentaron armados delante del comandante, exigiendo con amenazas y gritos de cólera que inmediatamente se pusiese en libertad a sus conciudadanos.

El comandante, harto débil para resistirse abiertamente, fingió conceder lo que le pedían; pero hizo presente que necesitaba dos días para llenar cierta formalidad y poner a cubierto su responsabilidad.

Los insurgentes accedieron a concederle aquel plazo; y el oficial lo aprovechó para hacer que a toda prisa acudiese a auxiliarle la guarnición de Nacogdoches.

Esta guarnición llegó en el momento en que los insurgentes, fiando en la palabra del gobernador, se retiraban a sus casas.

Furiosos por haber sido burlados tan pérfidamente, volvieron atrás e hicieron una demostración tan enérgica, que el oficial mejicano se consideró muy dichoso con evitar el combate y restituir los prisioneros.

En este intermedio, un pronunciamiento hecho en favor de Santa Anna derribó del poder al general Bustamante a los gritos de «¡Viva la Federación!»

Lo que más temía Tejas era el sistema del centralismo, del cual nunca habría obtenido su reconocimiento como Estado separado, y por lo tanto la población de Tejas se mostró unánime en favor del federalismo.

Los colonos se sublevaron, y uniéndose a los insurgentes de Anáhuac, que aún estaban con las armas en la mano, marcharon resueltamente sobre el fuerte Velasco, al cual pusieron sitio.

El grito seguía siendo «¡Viva la Federación!» pero esta vez ocultaba el grito de «¡Viva la Independencia!» que los de Tejas, harto débiles, no se atrevían a lanzar aún.

El fuerte Velasco estaba defendido por una reducida guarnición mejicana, mandada por el valiente oficial llamado Ugartechea.

En aquel sitio extraordinario, en el que los sitiadores no respondían a los cañonazos de la fortaleza sino con tiros de carabina, los de Tejas y los mejicanos hicieron prodigios de valor, y mostraron inaudito encarnizamiento.

Los colonos, diestros tiradores, emboscados detrás de enormes trincheras, tiraban como al blanco y cortaban a balazos las manos de los artilleros mejicanos cada vez que se disponían a cargar sus piezas. A tal extremo llegaron las cosas, que el comandante Ugartechea, viendo caer mutilados a sus soldados más valientes, se sacrificó y él mismo puso manos a la obra. Los de Tejas, que cien veces hubieran podido dar muerte al valeroso comandante, sorprendidos al ver tan heroico valor, cesaron el fuego, y Ugartechea se rindió por fin, renunciando a una defensa que era ya imposible.

Este triunfo llenó de júbilo a los colonos; pero Santa Anna no se dejó engañar por el objeto de la insurrección de Tejas; comprendió que el federalismo encubría un movimiento revolucionario muy pronunciado; y lejos de fiarse de las apariencias de adhesión de los colonos, en cuanto su poder se hubo consolidado lo suficiente para permitirle obrar con energía contra ellos, despachó a toda prisa al coronel Mejía con cuatrocientos hombres para que restableciese en Tejas la autoridad mejicana ya muy debilitada.

Después de muchas vacilaciones y manejos diplomáticos, sin resultado posible entre gentes cuya arma principal por ambas partes era la perfidia, estalló por fin la guerra con furor; se organizó en San Felipe una comisión permanente de seguridad pública, y se llamó al pueblo a tomar parte en la lucha.

Sin embargo, la guerra civil no había estallado todavía oficialmente, cuando al fin apareció el hombre que debía decidir la suerte de Tejas y a quien estaba reservada la gloria de hacerle ser libre: nos referimos a Samuel Houston.

Desde aquel momento la insurrección tímida y circunscrita de Tejas se convertía en una revolución. Sin embargo, en la apariencia el gobierno mejicano seguía siendo dueño legítimo del país, y a los colonos naturalmente se les denominaba insurgentes y se les trataba como tales cuando caían en manos de sus enemigos, lo cual equivale a decir, que sin ninguna forma de proceso se les ahorcaba, ahogaba o fusilaba, según el sitio en que eran cogidos se prestaba a uno de estos tres géneros de muerte.

En el día en que comienza nuestra historia habían llegado a su colmo la exasperación contra los mejicanos y el entusiasmo por la noble causa de la independencia.

Unas tres semanas antes había tenido efecto un encuentro formal entre la guarnición de Bejar y un destacamento de voluntarios de Tejas mandado por Austin, que era uno de los jefes más afamados de los insurgentes; los colonos, no obstante su ignorancia de la táctica militar y su inferioridad numérica, se batieron con tanto valor y manejaron tan bien su único cañón, que las tropas mejicanas, después de haber sufrido pérdidas muy graves, se vieron obligadas a retirarse precipitadamente sobre Bejar.

Este encuentro fue el primero que verificó en el oeste de Tejas después de la toma del fuerte de Velasco, y decidió el movimiento revolucionario, el cual se comunicó con la rapidez con que se incendia un rastro de pólvora.

Entonces en todas partes alzaron tropas las ciudades para unirse al ejército libertador, la resistencia se organizó en grande escala, y algunos jefes de partida audaces comenzaron a recorrer el territorio en todas direcciones, haciendo la guerra por su cuenta y sirviendo a su manera la causa que abrazaban y que suponían defender.

El capitán D. Juan Melendez, rodeado por todas partes de enemigos tanto más temibles cuanto que le era imposible conocer su número y adivinar sus movimientos, encargado de una misión en extremo delicada, teniendo a cada paso el presentimiento de una traición que le amenazaba sin cesar, sin saber donde, como, ni cuando caería sobre él, tenía que emplear precauciones extremas y una severidad implacable si quería conducir a buen puerto la carga preciosa que le estaba confiada; por eso no vaciló ante la necesidad de imponer un castigo ejemplar a fray Antonio.

Hacía ya mucho tiempo, que pesaban graves sospechas sobre el fraile; su conducta ambigua había producido inquietud y dado margen a sospechas nada favorables para su honradez.

D. Juan; se había, propuesto aclarar sus dudas en la primera ocasión que se le presentase. Ya hemos dicho de qué modo lo logró haciendo una contra-mina, es decir haciendo espiar al espía por otros más diestros que él, y colándole casi in fraganti.

Sin embargo, debemos hacer al digno fraile la justicia de decir que para nada entraba la política en su modo de proceder; no, sus pensamientos no se elevaban a tanta altura: sabiendo que el capitán se hallaba encargado, de escoltar una conducta de plata, solo procuró hacerla caer en un lazo para tener una parte en sus despojos y hacer su fortuna de un solo golpe, con el fin, de procurarse los goces de que hasta entonces había estado privado sus pensamientos, no habían ido más lejos; el buen hombre era simplemente un ladrón en despoblado, pero nada tenía de personaje político.

Le abandonaremos, por ahora, para seguir a los dos cazadores a quienes debía el rudo castigo que recibió y que abandonaron el campamento tan luego como hubo terminado la ejecución.

Estos dos hombres se habían alejado con presuroso paso, y, después de bajar silenciosamente de la colina, se internaron en un poblado bosque en donde les aguardaban, comiendo con la mayor tranquilidad su pienso, dos magníficos caballos de las praderas, mustangs medio salvajes, de ojo vivo y remos finos y fuertes; estaban ensillados y dispuestos para ser montados.

Después de haberles quitado las trabas con que estaban maneados, los cazadores les pusieron los frenos, montaron, y clavándoles las espuelas, partieron a rienda suelta.

Así corrieron durante mucho tiempo, tendidos sobre el cuello de sus caballos, sin seguir ningún camino trazado, pero siempre en línea recta, sin cuidarse de los obstáculos que encontraban al paso y que trasponían con inaudita destreza; por último, una hora antes de salir el sol se detuvieron.

Habían llegado a la entrada de una garganta, flanqueada en ambos lados por elevadas colinas, primeros estribos de las montañas cuyas fragosas cumbres parecía que dominaban perpendicularmente la campiña.

Los cazadores echaron pie a tierra antes de internarse en la garganta, y después de haber maneado sus caballos ocultándolos en unos carrascales, comenzaron a explorar los alrededores con la sagacidad y cuidado de los guerreros indios cuando buscan un rastro en el sendero de la guerra.

Sus pesquisas fueron por mucho tiempo infructuosas, lo cual era fácil conocer por las exclamaciones de disgusto que algunas veces proferían en voz baja; por último, al cabo de más de dos horas, merced a los primeros rayos del sol que, al salir, había disipado súbitamente las tinieblas, vieron ciertas huellas casi imperceptibles que les hicieron estremecerse de júbilo.

Libres ya, al parecer, de la preocupación que les atormentaba, fueron a donde estaban sus caballos, se tendieron indolentemente en el suelo, y buscando en sus alforjas sacaron de ellas todo lo necesario para un modesto almuerzo que comieron con el apetito terrible propio de hombres que habían pasado toda la noche cabalgando a escape tendido por montes y valles.

Desde su partida del campamento mejicano, no había mediado una sola palabra entre ambos cazadores, quienes parecía que obraban bajo la influencia de una preocupación profunda que hacía inútil toda conversación.

Por lo demás, es una cosa notable la mudez de los hombres acostumbrados a la vida del desierto: pasan días enteros sin pronunciar una palabra; no hablan sino cuando la necesidad les obliga a ello, y la mayor parte de las veces sustituyen las palabras con la mímica, que tiene sobre aquellas la incontestable ventaja de no denunciar la presencia de los que de ella se sirven a los oídos de los enemigos invisibles que están de continuo en acecho y dispuestos a precipitarse como aves de rapiña sobre los imprudentes que se dejan sorprender.

Cuando el primer apetito de los cazadores se hubo aplacado algún tanto, aquel a quien el fraile había llamado John encendió su corta pipa, la colocó en un ángulo de su boca, y pasando a su compañero la bolsa del tabaco, le dijo a media voz, como si hubiese temido que le oyesen:

—¿Qué tal, Sam? ¿Me parece que hemos salido bien, eh?

—En efecto, tal creo, John, respondió Sam inclinando afirmativamente la cabeza. Es V. astuto como un diablo, amigo mío.

—¡Bah! dijo el otro con desdén, no hay mucho mérito en engañar a esos brutos de mejicanos; son muy bestias.

—De todos modos el capitán ha caído en la red con una gracia particular.

—¡Eh! No era al capitán a quien yo temía, porque hace mucho tiempo que he sabido congraciarme con él, sino a aquel fraile maldito.

—Si no llegamos tan a tiempo, es muy probable que nos hubiese birlado el negocio; ¿no es verdad, John?

—Tal creo, Sam. ¡Vive Dios! Me reía con toda mi alma al verle retorcerse bajo los chicotazos.

—En efecto, era un espectáculo hermoso; pero ¿no teme V. que llegue a vengarse? Esos frailes son rencorosos como demonios.

—¡Bah! ¿Qué podemos temer de semejante gusano? Nunca se atreverá a mirarnos frente a frente.

—No importa; bueno es estar en guardia. Nuestro oficio es escabroso, ya lo sabe V.; y puede suceder que algún día ese maldito animal nos juegue una mala pasada.

—¡Bah! Déjese V. de eso, lo que hemos hecho ha sido propio de una guerra de buena ley. Esté V. seguro de que el fraile, en una ocasión análoga, no habría dejado de hacer lo propio con nosotros.

—Es verdad. Entonces, ¡vaya al diablo! y con tanto más motivo, cuanto que la presa que codiciamos no podía llegar con más oportunidad para nosotros. Nunca me hubiera perdonado el dejarla escapar.

—¿Permaneceremos emboscados aquí?

—Es lo más seguro. Siempre tendremos tiempo para reunirnos con nuestros compañeros cuando veamos asomar la recua por la llanura. Además, ¿no tenemos una cita en este sitio?

—Es verdad, ya no me acordaba.

—Y mire V., en hablando del lobo, ahí viene justamente nuestro hombre.

Los cazadores se levantaron con viveza; cogieron sus armas, y se escondieron detrás de una roca con el fin de hallarse dispuestos para cualquier evento.

Oíase el galope rápido de un caballo que se acercaba por momentos; muy luego desembocó de la garganta un jinete, hizo saltar a su caballo hacia adelante, y se detuvo tranquilo y altivo a dos pasos de distancia de los cazadores.

Estos se lanzaron fuera de su escondite y se adelantaron hacia él con el brazo derecho extendido y la mano abierta en señal de paz.

El jinete, que era un guerrero indio, correspondió a estas demostraciones pacíficas haciendo flotar su manto de piel de bisonte; en seguida echó pie a tierra, y sin más ceremonia fue a estrechar amistosamente las manos que le tendían los cazadores.

—Bienvenido, jefe, dijo John; le aguardábamos a V. con impaciencia.

—Miren mis hermanos al sol, respondió el indio; el Zorro-Azul es puntual.

—Es verdad, jefe, nada hay que decir: tiene usted una exactitud notable.

—El tiempo a nadie aguarda; los guerreros no son mujeres: el Zorro-Azul quisiera celebrar consejo con sus hermanos pálidos.

—Corriente, repuso John, la observación de V. es justa, jefe; deliberemos. Anhelo ya entenderme definitivamente con V.

El indio saludó gravemente a su interlocutor, se sentó en el suelo, encendió su pipa y comenzó a fumar con recogimiento; los cazadores se colocaron a su lado, y como él permanecieron silenciosos todo el tiempo que duró el tabaco contenido en sus pipas.

Al fin el jefe sacudió la ceniza de la suya en la uña del dedo pulgar y se dispuso a hablar.

En el mismo instante se oyó una detonación, y una bala llegó silbando a cortar una rama casi encima de la cabeza del jefe.

Los tres hombres se levantaron de un salto, y cogiendo sus armas se dispusieron a rechazar valerosamente a los enemigos que tan de improviso les atacaban.

XVII.

TRANQUILO.

Entre la hacienda del Mezquite y la venta del Potrero, próximamente a mitad de camino entre aquellos dos puntos, es decir, a unas cuarenta millas de uno y otro, en la noche del día en que comienza nuestra historia, había dos hombres sentados a la orilla de un riachuelo ignorado, y conversaban cenando un poco de carne tostada y manzanas cocidas.

Aquellos dos hombres eran Tranquilo el canadiense y su amigo Quoniam el negro.

A unos cincuenta pasos de ellos, en unos matorrales espesos, se veía un potrillo de dos meses atado al pie de un catalpa gigantesco.

El pobre animal, después de haber hecho vanos esfuerzos para romper las ligaduras que le sujetaban, concluyó por reconocer la inutilidad de sus tentativas y se tendió tristemente en el suelo.

Los dos hombres a quienes dejamos jóvenes al fin de nuestro prólogo, a la sazón habían llegado ya a la segunda mitad de su vida. Aunque la edad había hecho poca impresión sobre sus cuerpos de hierro, sin embargo algunas canas comenzaban a platear la cabellera del cazador, y algunas arrugas precoces surcaban en varios puntos su rostro tostado por la intemperie de las estaciones.

Sin embargo, fuera de estas leves señales que sirven como de sello a la edad madura, nada denotaba en el canadiense la más mínima decadencia; por el contrario, sus ojos seguían siendo vivos, su cuerpo estaba derecho y sus miembros se mantenían tan musculosos como antes.

En cuanto al negro, nada, al parecer, había variado en su persona; no había enrojecido lo más mínimo; solo que estaba bastante grueso y ya no estaba esbelto, aunque nada había perdido de su sin igual agilidad.

El sitio en que se hallaban acampados los dos cazadores, de seguro era uno de los más pintorescos de la pradera.

El viento de la noche había despejado el cielo cuya bóveda de un azul oscuro aparecía entonces tachonada por innumerables estrellas en cuyo centro aparecía la Cruz del Sur: la luna derramaba sus rayos blanquecinos que prestaban a los objetos una apariencia fantástica; la noche tenía esa transparencia suave peculiar de los resplandores crepusculares; a cada ráfaga de la brisa, los árboles sacudían sus húmedas copas y hacían llover perlas que esmaltaban los arbustos.

El río corría tranquilo entre sus fragosas orillas, extendiéndose a lo lejos como una ancha cinta de plata y reflejando en su serena superficie los rayos temblorosos de la luna, que había llegado casi a los dos tercios de su carrera.

Tal era el silencio que reinaba en aquel desierto que en él se oía la caída de una hoja seca o el estremecimiento de la rama agitada por el paso de un reptil.

Los dos cazadores hablaban en voz baja; pero, ¡cosa singular en hombres tan acostumbrados a la vida de los bosques! Su campamento nocturno, en vez de estar establecido en la cumbre de una altura, según las reglas invariables de la pradera, se hallaba, por el contrario, situado en el borde de un talud que bajaba por una pendiente suave hasta el río y en cuyo barro se veían impresas numerosas huellas más que sospechosas, pues en su mayor parte eran de grandes fieras carnívoras.

A pesar del frío bastante penetrante de la noche y del abundante y helado rocío, los cazadores no habían encendido lumbre; sin embargo, era evidente que les hubiera agradado mucho calentarse a la llama ardiente de una hoguera; el negro, sobre todo, que estaba vestido muy ligeramente con un calzón que dejaba sus piernas descubiertas y con un pedazo de zarapé lleno de agujeros, tiritaba dando diente con diente.

Tranquilo, que estaba mejor abrigado con el traje de los campesinos mejicanos, parecía que no reparaba en el frío; con su rifle entre las piernas, sondeando de vez en cuando las tinieblas con su mirada infalible, o prestando atento oído a algún ruido que solo a él le era dado percibir, hablaba con el negro sin dignarse parar mientes en sus muecas ni en sus tiritones.

—¿Con que hoy no ha visto V. a la niña, Quoniam? dijo.

—No, hace ya dos días que no la veo, respondió el negro.

El canadiense suspiró y repuso:

—Yo debía de haber ido allá. Esa niña está muy aislada en la venta, sobre todo ahora que la guerra ha desencadenado hacia aquella parte a todas las gentes de mal vivir y a todos los merodeadores de las fronteras.

—¡Bah! Carmela no es tonta y no se verá apurada para defenderse si la insultan.

—¡Voto a bríos! exclamó el canadiense oprimiendo con ambas manos su carabina, si alguno de esos malvados se atreviese con ella...

—No se atormente V. de esa manera, Tranquilo; ya sabe V. que si alguien se atreviese a insultarle, la niña querida no carecería de defensores. Además, Lanzi no se separa de ella un solo instante, y ya sabe V. que es fiel.

—Sí, murmuró el cazador, pero al fin Lanzi no es más que un hombre.

—Es V. atroz con las ideas que se le meten en la cabeza sin razón.

—¡Quiero mucho a esa niña, Quoniam!

—¡Pardiez! ¡Vaya una cosa! Yo también la quiero. Mire V., si V. quiere, en cuanto matemos al jaguar iremos al Potrero: ¿le conviene?

—Está muy lejos de aquí.

—¡Bah! Tres horas de marcha todo lo más. Diga V., Tranquilo, ¿sabe V. que hace mucho frío y que materialmente me estoy helando? ¡Maldito animal! ¿Qué estará haciendo ahora? De seguro anda rondando por ahí en vez de venirse aquí en derechura.

—Para que le maten, ¿verdad? dijo Tranquilo sonriendo. ¿Quién sabe? Acaso sospeche lo que le estamos preparando.

—Es muy posible: ¡esos diablos de animales son tan astutos! Mire V., ya se estremece el potro: de seguro ha olfateado algo.

El canadiense volvió un poco la cabeza y dijo:

—No, todavía no.

—¡Pues ya tenemos para toda la noche! murmuró el negro haciendo un gesto de mal humor.

—¡Qué siempre ha de ser V. el mismo, Quoniam! ¡Impaciente y testarudo! Por más que le digo, se ha de obstinar siempre en no entender: ¿cuántas veces le he repetido que el jaguar es uno de los animales más astutos que existen? Aunque nos hayamos colocado en dirección contraria al viento, para mí es evidente que nos ha olfateado. Anda rondando cautelosamente en torno nuestro, temiendo acercarse demasiado a nuestro puesto; como V. dice, anda de un lado para otro sin objeto aparente.

—¡Ah! ¿Y cree V. que todavía durará mucho tiempo esta broma?

—No, porque ya debe comenzar a tener sed; en este momento lucha él con tres sentimientos: el hambre, la sed y el miedo; esté V. seguro de que este último será el más débil, no es más que cuestión de tiempo.

—Ya lo veo; hace cerca de cuatro horas que estamos aquí de plantón.

—Paciencia, que lo más ya está hecho, y estoy seguro de que no tardaremos en tener noticias suyas.

—Dios le oiga a V., porque me estoy muriendo de frío. ¿Es grande al menos el jaguar?

—Sí, sus huellas son anchas; pero, o mucho me engaño, o está apareado.

—¿Lo cree V.?

—Casi me atrevería a apostarlo. Es imposible que un solo jaguar haga tantos destrozos en menos de ocho días. Según me lo ha asegurado don Hilario, han desaparecido diez cabezas de ganado.

—¡Oh! exclamó Quoniam restregando alegremente las manos, entonces vamos a hacer buena cacería, es evidente que tiene cría.

—Eso mismo he supuesto yo: preciso es que tengan hijuelos cuando tanto se acercan a las haciendas.

En aquel momento, un rugido ronco que se parecía algún tanto al maullido lastimero de un gato, turbó el silencio profundo del desierto.

—He ahí su primera voz de alarma, dijo Quoniam.

—Todavía está lejos.

—¡Oh! No tardará en acercarse.

—Todavía no; no es a nosotros a quienes quiere atacar en este momento.

—¡Calle! ¿Pues a quién?

—¡Escuche V.!

En aquel momento resonó a poca distancia un grito semejante al primero, pero que procedía del lado opuesto.

—¡Cuando yo decía que estaba apareado! repuso pacíficamente el canadiense.

—Yo no lo ponía en duda. Si V. no conoce las costumbres de los tigres, ¿quién va a saberlas?

El pobre potro se había levantado y todo su cuerpo temblaba; medio muerto de miedo, con la cabeza oculta entre sus patas delanteras, se mantenía firme sobre sus cuatro remos lanzando una especie de quejido.

—¡Pobre animal inocente! dijo Quoniam, comprende que está perdido.

—Espero que no.

—El jaguar le ahogará.

—Sí, si no le matamos antes.

—Confieso a V., dijo el negro, que me alegraría mucho de que ese desgraciado potro pudiese librarse.

—Se librará, dijo el cazador; le he escogido para Carmela.

—¡Bah! Entonces ¿para qué le ha traído V. aquí?

—Para acostumbrarle al tigre.

—¡Calle! Es buena idea esa; entonces ¿no tengo yo que cuidarme de ese lado?

—No; piense V. tan solo en el jaguar que ha de venir por su derecha, que yo me encargo del otro.

—Queda convenido.

Casi al mismo tiempo resonaron otros dos rugidos más poderosos.

—Tiene sed, observó Tranquilo; se despierta su cólera y comienza a acercarse.

—¡Bueno! ¿Debernos prepararnos ya?

—Aguarde V. todavía, que nuestros enemigos vacilan; aún no han llegado al parasismo de la rabia que les hace olvidar toda prudencia.

El negro que se había levantado volvió a sentarse filosóficamente.

Así trascurrieron algunos minutos. De vez en cuando, una ráfaga de viento nocturno, cargada de rumores vacilantes, pasaba como un torbellino por encima de las cabezas de los cazadores y se perdía a lo lejos como un suspiro.

Los dos hombres estaban serenos e inmóviles, con los ojos fijos en el espacio, con el oído atento a los ruidos del desierto, con el dedo en el gatillo del rifle, dispuestos a hacer frente a la primera señal al enemigo invisible todavía, pero cuya aproximación y ataque inminentes adivinaban instintivamente.

De pronto el canadiense se estremeció y se inclinó con viveza hacia el suelo.

—¡Oh! exclamó enderezándose con ademan de terrible ansiedad, ¿qué sucede en el bosque?

Los rugidos del tigre estallaron como un trueno.

A ellos contestó un grito terrible, y se oyó el galope furibundo de un caballo que se acercaba con vertiginosa rapidez.

—¡Alerta! ¡Alerta! exclamó Tranquilo; alguien se halla en peligro de muerte, el tigre le persigue.

Los dos cazadores se lanzaron intrépidamente en dirección del sitio en que sonaban los rugidos.

El bosque entero parecía que se estremecía; ruidos inexplicables salían de las ignoradas guaridas, asemejándose unas veces a carcajadas burlonas, y otras a gritos de angustia.

Los roncos maullidos de los jaguares continuaban sin interrupción. El galope del caballo que los cazadores oyeron primero parecía que se había convertido en múltiple, y resonaba en puntos opuestos.

Los cazadores, anhelosos y fuera de sí, seguían corriendo en línea recta, saltando barrancos y zanjas con una rapidez aterradora; el terror que experimentaban por los desconocidos a quienes querían socorrer les prestaba alas.

De pronto, un grito de angustia más estridente, más desesperado que el primero, se oyó a corta distancia.

—¡Oh! ¡Es ella! ¡Es Carmela! exclamó Tranquilo poseído de una especie de vértigo.

Y saltando como una fiera, se lanzó hacia adelante seguido de Quoniam, quien durante toda aquella loca carrera no se había separado de él ni una línea.

De pronto reinó en el desierto un silencio de muerte; todo ruido, todo rumor había cesado como por encanto; solo se oía la respiración anhelosa de los cazadores que seguían corriendo.

Alzóse un rugido de furor lanzado por los tigres; un crujido de ramas agitó unos matorrales próximos, y una masa enorme, saltando desde lo alto de un árbol, pasó por encima del canadiense y desapareció; en el mismo instante un relámpago rasgó las tinieblas y sonó un tiro, al cual respondieron casi en seguida un rugido de agonía y un grito de espanto.

—¡Ánimo, niña! ¡Ánimo! exclamó una voz varonil y acentuada a poca distancia; ¡está V. salvada!

Los cazadores, por medio de un esfuerzo supremo de energía, apresuraron más aún la rapidez casi increíble ya de su carrera, y al fin desembocaron en el teatro de la lucha.

Entonces se ofreció ante su aterrada vista un espectáculo singular y terrible.

En una explanada bastante pequeña, una mujer desmayada estaba tendida en el suelo junto a un caballo herido que se agitaba en las últimas convulsiones de la agonía.

Aquella mujer estaba inmóvil, como muerta.

Dos tigrecillos jóvenes, acurrucados como gatos, fijaban en ella sus ojos ardientes y se disponían a atacarla; a pocos pasos de allí un tigre herido se revolcaba en el suelo rugiendo con furor, y procuraba arrojarse sobre un hombre que, con una rodilla en tierra, con el brazo izquierdo envuelto en los numerosos pliegues de un zarapé, echado hacia adelante y empuñando con la mano derecha un machete, esperaba resueltamente su ataque.

Detrás de aquel hombre, un caballo, con el cuello estirado, el hocico humeante y las orejas: tendidas hacia atrás, se estremecía lleno de terror afirmándose en sus cuatro remos; otro tigre, encaramado en la rama más fuerte de un árbol, fijaba una mirada ardiente en el jinete desmontado, azotando el aire con su poderosa cola y lanzando sordos maullidos.

Lo que hemos tardado tanto tiempo en describir lo vieron los cazadores de una sola ojeada: con la rapidez del rayo y con un gesto de sublime sencillez se repartieron los puestos los atrevidos aventureros.

Mientras Quoniam se precipitaba sobre los dos cachorros, y cogiéndolos del cuello les estrellaba la cabeza en una roca, Tranquilo se echaba el rifle a la cara y derribaba de un tiro a la hembra del tigre precisamente en el momento en que desde el árbol se arrojaba sobre el jinete; luego, volviéndose con extremada viveza, mató de un culatazo al segundo tigre y lo tendió a sus pies.

—¡Ah! dijo el cazador con un sentimiento de orgullo, poniendo su rifle en el suelo y enjugándose la frente bañada en sudor frío.

—¡Vive! exclamó Quoniam, quien comprendió toda la angustia que encerraba la exclamación de su amigo; solo el terror la ha hecho desmayarse; pero está salvada.

El cazador se quitó lentamente el gorro, y alzando los ojos al cielo, murmuró con acento de indescriptible gratitud:

—¡Gracias! Dios mío.

Entre tanto, el jinete tan milagrosamente salvado por Tranquilo se adelantó hacia él, y tendiéndole la mano, le dijo:

—A cargo de revancha.

—Yo soy quien quedo en deuda con V., respondió con franqueza el cazador: a no ser por la sublime abnegación de V., hubiéramos llegado demasiado tarde.

—No he hecho más de lo que hubiera ejecutado cualquier otro en mi lugar.

—Puede ser. ¿El nombre de V., hermano?

—Corazón Leal[1]. ¿Y el de V.?

—Tranquilo. Desde hoy seremos amigos hasta la muerte.

—Acepto, hermano. Ahora pensemos en esa pobre joven.

Los dos hombres se estrecharon otra vez la mano y se acercaron a Carmela, a quien Quoniam prodigaba todos los auxilios imaginables sin lograr sacarla del profundo desmayo en que se hallaba sepultada.

Mientras Corazón Leal y Tranquilo sustituían a Quoniam junto a la joven, el negro se apresuró a reunir leña seca y encender fuego.

Sin embargo, al cabo de algunos minutos Carmela entreabrió los ojos, y muy luego se encontró bastante bien para explicar las causas de su presencia en aquel bosque, en vez de estar tranquilamente dormida en la venta del Potrero.

Este relato que, por razón de la debilidad de la joven y de las fuertes emociones que había experimentado, exigió varias horas, se le haremos nosotros al lector en breves palabras en el capítulo siguiente.

XVIII.

LANZI.

Carmela siguió con la vista durante mucho tiempo la carrera desordenada del Jaguar por el campo. Cuando por fin le vio desaparecer a lo lejos en medio de un bosque, bajó tristemente la cabeza y volvió a entrar en la venta con lento paso y muy pensativa.

—Le aborrece, murmuró en voz baja y muy conmovida; le aborrece; ¿querrá salvarle?

Se dejó caer sobre un asiento, y durante algunos momentos quedó sumida en profundas reflexiones.

Al fin levantó la cabeza: un rubor febril teñía su rostro; sus ojos tan dulces parecía que despedían relámpagos.

—¡Yo le salvaré! exclamó con soberana resolución.

Después de esta exclamación se levantó, y atravesando la sala con presuroso paso, entreabrió la puerta del corral y gritó:

—¡Lanzi!

—¿Qué quiere V., niña? respondió el mestizo, que en aquel momento se ocupaba en dar alfalfa a dos caballos de mucho precio pertenecientes a la joven, y cuya custodia especial lo estaba confiada.

—Venga V.

—Allá voy al momento.

En efecto, al cabo de cinco minutos, todo lo más, apareció en la puerta de la sala.

—¿Qué desea V., Señorita? dijo con esa obsequiosidad tranquila, habitual en los criados mimados por sus amos; estoy muy ocupado en este momento.

—Es muy posible, mi buen Lanzi, respondió Carmela con dulzura; pero lo que tengo que decir a V. no admite dilación alguna.

—¡Oh! ¡Oh! dijo el mestizo con cierto tono de sorpresa, ¿pues qué sucede?

—Nada de particular, amigo mío, todo está en orden en la venta, según costumbre; solo que tengo que pedir a V. un favor.

—Un favor, ¿a mí?

—Sí.

—Hable V., Señorita; ya sabe V. que le pertenezco en cuerpo y alma.

—Va siendo tarde, y es probable que en una hora tan avanzada no se detenga ningún viajero en la venta.

El mestizo levantó la cabeza, calculó mentalmente la marcha del sol, y por fin dijo:

—No creo que vengan ya hoy viajeros; son cerca de las cuatro; sin embargo, aún podría suceder que viniesen.

—No hay motivo alguno para suponerlo.

—Es verdad, Señorita.

—Pues bien, entonces quisiera que cerrase V. la venta.

—¡Que cierre la venta! ¿Por qué?

—Voy a decírselo a V.

—¿Es realmente muy importante?

—Sí por cierto.

—Entonces hable V., niña, soy todo oídos.

La joven lanzó una mirada profunda e interrogadora al mestizo, que estaba de pie delante de ella, apoyó los codos con coquetería sobre una mesa, y dijo con tono indiferente:

—Tengo inquietud, Lanzi.

—¡Inquietud! ¿Por qué?

—Por la prolongada ausencia de mi padre.

—¡Cómo! Pues si apenas hace cuatro días que estuvo aquí.

—Nunca me ha dejado sola tanto tiempo.

—Sin embargo... dijo el mestizo rascándose la cabeza algo confuso.

—En resumen, dijo la joven interrumpiéndole con resolución, tengo inquietud por mi padre y quiero verle. Va V. a cerrar la venta y a ensillar los caballos, y nos iremos a la hacienda del Mezquite; no está lejos, y dentro de cuatro o cinco horas podremos hallarnos de regreso.

—Pero es muy tarde...

—Razón más para marcharnos al instante.

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