MR. GUSTAVO AIMARD (continued 6)
J. F. Sáenz de Urraca translation
He ahí la disposición de ánimo en que los dos aventureros se hallaban el uno respecto del otro una hora escasamente después de haber abandonado el sitio en que se encontraron de un modo tan fortuito.
Sin embargo, cada cual ocultaba con el mayor cuidado sus recelos en el fondo de su corazón; nada dejaban traslucir exteriormente. Por el contrario, aumentaban su cortesía y su urbanidad el uno para con el otro, tratándose más bien como hermanos queridos y gozosos por volver a verse después de una ausencia prolongada, que como hombres que dos horas antes se habían hablado por primera vez.
Hacía próximamente una hora que se había puesto el sol, y la noche cerraba por completo cuando llegaron a poca distancia del campamento del Jaguar, cuyas hogueras brillaban en medio de la oscuridad, reflejándose con efectos de luz a cual más fantásticos sobre los objetos inmediatos, y dando al paisaje agreste de la pradera un carácter de salvaje majestad.
—Ya hemos llegado, dijo el cazador parando su caballo y volviéndose hacia su compañero; nadie nos ha visto: todavía puede V. retroceder sin temor de que nadie le persiga. ¿Qué decide usted?
—¡Canario! Compañero, respondió el soldado encogiéndose levemente de hombros con expresión desdeñosa, no he venido hasta aquí para volverme atrás desde la entrada del campamento. Permítame V. que le diga con el debido respeto que su observación me parece cuando menos singular.
—Era deber mío hacérsela a V.: ¿quién sabe si mañana se arrepentirá V. del paso aventurado que hoy Va a dar?
—Es muy posible; pero ¿qué quiere V.? Correré ese riesgo: mi determinación está adoptada y es invariable. Así pues, sigamos adelante en nombre de Dios.
—Como V. guste. Antes de un cuarto de hora estará V. en presencia del hombre a quien desea ver; se explicará con él, y habré cumplido mi cometido.
—Y solo me restará dar a V. infinitas gracias, dijo el soldado interrumpiéndole con viveza. Pero no permanezcamos aquí más tiempo, que podemos llamar la atención y convertirnos en blanco de alguna bala, lo cual confieso a V. que me agradaría muy poco.
El cazador, sin responder, hizo sentir la espuela a su caballo, y continuaron avanzando.
Al cabo de algunos instantes se encontraron en el círculo de luz proyectado por la llama de las hogueras; casi en seguida se oyó el ruido que se produce al amartillar un rifle, y una voz brusca les gritó que se detuviesen al momento.
La intimación, a pesar de no ser del todo cortés, era, sin embargo, muy perentoria, y los dos aventureros juzgaron prudente obedecerla.
Entonces salieron de los atrincheramientos varios hombres armados, y uno de ellos, dirigiéndose a los dos forasteros, les preguntó, quiénes eran y qué buscaban a una hora tan inoportuna.
—Somos amigos, respondió el cazador, y queremos entrar cuanto antes.
—Todo eso está muy bien, repuso el otro; pero si no dicen VV. sus nombres, no entrarán tan pronto, y mucho más cuando uno de VV. viste un uniforme que no está muy bien mirado entre nosotros.
—Está bien, Ruperto, respondió el americano; soy John Davis, y creo que ya me conoce V. Así pues, franquéeme V. el paso sin más tardanza, y yo respondo del señor, quien tiene que comunicar al jefe un asunto de la mayor importancia.
—Sea V. muy bienvenido, John, y no se enfade: ya sabe V. que la prudencia es la madre de la seguridad.
—Sí, sí, dijo el americano riendo, V. nunca se compromete por obrar de ligero, compadre.
Entraron en el campamento sin encontrar más obstáculo.
La mayor parte de los merodeadores de fronteras dormían tendidos en torno de las hogueras; únicamente unos cuantos centinelas vigilantes, colocados en los límites del campamento, velaban por la común seguridad.
John Davis echó pie a tierra, invitando a su compañero a que le imitase; luego, haciéndole una seña para que le siguiese, se adelantó hacia una tienda de campaña, al través de cuya lona se veía brillar una luz débil y temblorosa.
Cuando el cazador hubo llegado a la entrada de la tienda, se paró, y después de dar dos palmadas, preguntó con voz contenida:
—¿Duerme V., Jaguar?
—¿Es V., John Davis, mi buen compañero? preguntaron en seguida desde adentro.
—Sí Señor.
—Entonces entre V., que le aguardo con impaciencia.
El americano levantó la cortina que cubría la entrada y penetró en la tienda; el soldado se deslizó detrás de él, y la cortina volvió a caer.
El Jaguar, sentado sobre un cráneo de bisonte, hojeaba una correspondencia voluminosa a la luz de un candil; en un rincón de la tienda se veían extendidas dos o tres pieles de oso, que sin duda estaban destinadas a servirle de lecho. Al ver a los que llegaban, el joven dobló sus papeles y los metió en una cajita de hierro cuya llave se guardó en el pecho; en seguida levantó la cabeza y fijó una mirada inquieta en el dragón.
—¿Qué es eso, John? dijo: ¿nos trae V. prisioneros?
—No, respondió el cazador; este soldado deseaba a toda costa ver a V. por ciertas razones que él mismo explicará, y he creído que debía complacerle.
—Bien, dentro de un momento nos entenderemos con él. Y V., ¿qué ha hecho?
—Lo que V. me había encargado.
—Según eso, ¿ha alcanzado V. un completo buen éxito?
—Completo.
—¡Bravo! Amigo mío. Cuénteme V. eso.
—¿Para qué dar ahora pormenores? respondió el americano señalando con una ojeada al dragón que permanecía inmóvil e impasible a pocos pasos de distancia.
El Jaguar lo comprendió y dijo:
—Es cierto. Veamos ahora qué viene a ser este hombre.
Y dirigiéndose al soldado, añadió:
—Acérquese V., amigo.
—A la orden de V., mi Capitán.
—¿Cómo se llama V.?
—Gregorio Felpa. Soy dragón, como puede usted verlo por mi uniforme.
—¿Por qué motivo deseaba V. verme?
—Por el deseo de prestar a V. un servicio importante.
—Doy a V. gracias; pero, por lo general, los servicios cuestan sumamente caros, y yo no soy rico.
—Llegará V. a serlo.
—Así lo deseo. Veamos, ¿cuál es ese gran servicio que intenta V. prestarme?
—Voy a explicarme en pocas palabras. Toda cuestión política presenta dos aspectos: esto depende del punto de vista bajo el cual se la considere. Yo soy nacido en Tejas, e hijo de un norteamericano y de una india, lo cual equivale a decir que aborrezco con toda mi alma a los mejicanos.
—Al grano, al grano.
—A eso voy. Siendo soldado, aunque contra toda mi voluntad, el general Rubio me ha encargado que lleve al capitán Melendez un despacho en el cual le cita para un sitio en que debe reunirse con él a fin de evitar el Río Seco, en donde dicen que tiene V. intención de emboscarse para apoderarse de la conducta de plata.
—¡Hola! ¡Hola! dijo el Jaguar, quien escuchaba ya con suma atención; pero ¿cómo conoce V. el contenido de ese despacho?
—De una manera muy sencilla. El general tiene en mí la mayor confianza y me ha leído el despacho, porque a mí es a quien ha encargado que sirva de guía al capitán Melendez para dirigirse al sitio de la cita.
—Según eso, ¿hace V. traición a su jefe?
—¿Es ese el nombre que da V. a mi acción?
—Hablo colocándome en el lugar del general.
—¿Y colocándose V. en el suyo?
—Cuando hayamos arreglado el asunto, se la diré a V.
—Bueno, respondió el dragón con tono indiferente.
—¿Tiene V. ahí ese despacho?
—Aquí está.
El Jaguar lo cogió, lo examinó atentamente dándole algunas vueltas, e hizo el ademán de abrirlo.
—¡Deténgase V.! exclamó el soldado con viveza.
—¿Por qué?
—Porque si le abre V., ya no podré entregársele a la persona a quien está destinado.
—¿Cómo dice V. eso?
—No me entiende V., replicó el soldado con una impaciencia mal disimulada.
—Así lo creo, respondió el Jaguar.
—Solo le pido a V. que me escuche durante cinco minutos.
—Hable V.
—El punto en que el general cita al capitán Melendez es la laguna del Venado. Antes de llegar a ese sitio hay un desfiladero bastante angosto y muy fragoso.
—Le conozco, es el desfiladero del Palo Muerto.
—Bueno. Se emboscará V. en él, a la derecha y a la izquierda, entre los matorrales, y cuando pase el convoy, le atacará V. por todos los lados a la vez. Es imposible que se escape, si, como supongo, adopta V. bien sus disposiciones.
—Sí, el sitio es muy favorable para un golpe de mano; pero ¿quién me responde de que el convoy pasará por ese desfiladero y no por el del Río Seco?
—Yo.
—¿Cómo V.?
—Sí por cierto, puesto que yo he de servir de guía.
—Ahora sí que ya no nos entendemos.
—Al contrario, nos entendemos muy bien. Voy a separarme de V.; iré a reunirme con el capitán a quien entregaré el despacho del general; que quiera que no, se verá obligado a tomarme por guía y le llevaré a poder de V., con la misma seguridad con que se conduce a un novillo al matadero.
El Jaguar dirigió al soldado una mirada que parecía que quería penetrar hasta lo más profundo de su corazón.
—Es V. un mozo muy atrevido, le dijo por fin; pero, en concepto mío, arregla V. demasiado bien las cosas a su antojo. Yo no le conozco a V.: ésta es la primera vez que le veo y (perdóneme que le hable con tanta franqueza) es para fraguar una traición. ¿Quién me responde de la fidelidad de V.? Si soy bastante necio para dejarle marchar tranquilamente, ¿quién me asegura que no se volverá contra mí?
—Mi propio interés ante todo: si merced a mi auxilio se apodera V. del convoy, me pagará quinientas onzas de oro.
—No es demasiado caro. Sin embargo, permítame V. que le haga todavía otra observación.
—Hágala V.
—Nada me prueba que no le hayan prometido a V. el doble por apoderarse de mí.
—¡Oh! ¡No! dijo el soldado con energía.
—¡Cáspita! Oiga V., cosas más singulares se han visto, y por poco que valga mi cabeza, confieso a V. mi debilidad de tenerla mucho apego. Así pues, le advierto que si no tiene mejores garantías que darme, queda deshecho el negocio.
—¡Sería lástima!
—Ya lo sé; pero la culpa es de V. y no mía. Debía V. haber adoptado mejor sus medidas antes de venir a buscarme.
—¿Con que nada podrá convencerle a V. de mi buena fe?
—Nada.
—Veamos, es preciso concluir, exclamó el soldado con impaciencia.
—Eso es lo que más deseo.
—¿Queda bien convenido entre nosotros que me dará V. quinientas onzas de oro?
—Sí, si por mediación de V. me apodero de la conducta de plata.
—Desde luego.
—Pues se las prometo a V.
—Basta; sé que nunca falta V. a su palabra.
Entonces se desabrochó el uniforme, cogió una bolsita colgada de su cuello con una cadena de acero, y se la presentó al cabecilla diciéndole:
—¿Conoce V. esto?
—Sí por cierto, respondió el Jaguar santiguándose devotamente, es una reliquia.
—Bendecida por el Papa, como lo prueba este certificado.
—Es cierto.
El dragón se quitó la reliquia y la puso en manos del Jaguar; luego, cruzando el pulgar de la mano derecha con el de la izquierda, dijo con voz firme y acentuada:
—Yo, Gregorio Felpa, juro sobre esta reliquia cumplir fielmente todas las cláusulas del trato que acabo de estipular con el noble capitán denominado el Jaguar: si falto a mi juramento, renuncio desde hoy y para siempre a la parte que espero tener en el paraíso, y me consagro a las llamas eternas del infierno. Ahora, añadió, guarde V. esa reliquia preciosa; a mi regreso me la devolverá.
El capitán, sin contestar, se la colgó inmediatamente al cuello.
¡Contradicción singular del corazón humano! ¡Anomalía inexplicable! Esos hombres, esos indios, paganos en su mayor parte no obstante el bautismo que han recibido, y que a pesar de fingir que observan ostensiblemente las reglas de nuestra religión, practican en secreto los ritos de su culto, tienen viva fe en las reliquias y los amuletos; todos llevan alguna al cuello en una bolsita, y esos hombres disolutos y perversos, para quienes nada hay sagrado, que se ríen de los sentimientos más nobles, y cuya vida entera trascurre imaginando picardías y maquinando traiciones, profesan tan profundo respeto a aquellas reliquias, que no hay ejemplo alguno de que un juramento prestado sobre una de ellas haya sido falseado nunca.
Explique quien quiera este hecho extraordinario: en cuanto a nosotros, nos limitamos a consignarle.
Ante el juramento prestado por el dragón, las sospechas del Jaguar se desvanecieron inmediatamente para ser sustituidas por la confianza más completa.
La conversación perdió el tono ceremonioso que hasta entonces había tenido; el soldado se sentó sobre un cráneo de bisonte, y los tres hombres, puestos ya de acuerdo, discutieron en la mejor armonía los medios más oportunos que debían emplearse para no sufrir un descalabro.
El plan propuesto por el soldado tenía una sencillez y una facilidad de ejecución que garantizaban su buen éxito; por eso fue adoptado en su totalidad, y la discusión solo versó ya sobre los pormenores.
Por último, a una hora bastante avanzada de la noche se separaron con el objeto de disfrutar algunos momentos de un descanso indispensable entre las fatigas del día que acababa de trascurrir y las que tendrían que soportar en el siguiente.
Gregorio durmió, como suele decirse, a pierna suelta, es decir, sin interrupción.
Unas dos horas antes de que saliese el sol, el Jaguar se inclinó hacia el soldado y le despertó: éste se levantó en seguida, se restregó los ojos, y al cabo de cinco minutos estaba tan ágil y dispuesto como si hubiese dormido cuarenta y ocho horas seguidas.
—Ya es tiempo de marchar, le dijo el Jaguar a media voz; John Davis ha cuidado y ensillado ya por sí mismo vuestro caballo. Venga V.
Salieron de la tienda. En efecto, el americano tenía de las riendas el caballo del soldado. Éste se puso en la silla de un salto, sin valerse de los estribos, para demostrar que estaba perfectamente descansado.
—Sobre todo, dijo el Jaguar, observe V. la mayor prudencia, tenga sumo cuidado con sus palabras y con sus más mínimos gestos, porque va V. a tener que habérselas con el oficial más valiente y más experimentado del ejército mejicano.
—Fíe V. en mí, Señor Capitán. ¡Canario! La recompensa es demasiado buena para que yo me exponga a echar a perder el negocio.
—Una palabra todavía.
—Diga V.
—Arréglese V. de modo que el convoy no llegue al desfiladero hasta el anochecer, pues la oscuridad entra por mucho en el buen éxito de una sorpresa. Y ahora, ¡adiós y buena suerte!
—Deseo a V. otro tanto.
El Jaguar y el americano escoltaron al dragón hasta los últimos atrincheramientos con el fin de dar el santo y seña a los centinelas avanzados, quienes, a no ser por esta precaución, y viendo el uniforme que Gregorio vestía, sin duda alguna le habrían hecho fuego desapiadadamente.
Cuando hubo salido del campamento, los dos hombres le siguieron con la vista durante todo el tiempo que pudieron distinguir su negra silueta, deslizándose como una sombra entre los árboles del bosque, en donde no tardó en desaparecer.
—He ahí lo que se llama un pícaro redomado, dijo John Davis; es más astuto que una zorra. ¡Vive Dios! ¡Qué tuno tan hediondo!
—¡Eh! Amigo mío, respondió el Jaguar, se necesitan hombres de ese temple. Sin eso ¿qué sería de nosotros?
—¡Es verdad! Esos hombres son necesarios como la peste y la lepra. Sin embargo, sostengo mis palabras: ¡es el pícaro más completo que he visto en toda mi vida, y bien sabe Dios que en el curso de mi existencia he visto desfilar por delante de mí una colección magnífica!
Algunos minutos después, los merodeadores de fronteras levantaban el campo y montaban a caballo con el fin de dirigirse al desfiladero para el cual habían dado cita a Gregorio Felpa, el asistente del general Rubio, quien había depositado en él una confianza a que tan acreedor se hacía en todos conceptos.
XXX.
LA EMBOSCADA.
El Jaguar adoptó tan bien sus medidas, y el traidor que guió la conducta de plata maniobró tan bien, que los mejicanos habían caído en una emboscada de la cual era muy difícil, ya que no imposible, que saliesen.
Los soldados, atemorizados un instante por la caída de su jefe cuyo caballo fue herido mortalmente en el principio de la acción, pero dóciles, sin embargo, a la voz del capitán, quien por un esfuerzo supremo había logrado levantarse casi en seguida, se agruparon en torno de la recua, y haciendo frente con resolución a todos los costados a la vez, se dispusieron a defender con valor el precioso depósito confiado a su custodia.
La escolta mandada por el capitán Melendez, aunque poco numerosa, se componía de soldados viejos y de experiencia, acostumbrados hacía mucho tiempo a la guerra de guerrillas y para quienes nada extraordinario ofrecía la posición crítica en que su mala estrella les había colocado.
Los dragones echaron pie a tierra, y tirando sus largas lanzas que les eran inútiles en una lucha como la que se preparaba, cogieron sus carabinas, se las echaron a la cara, y con los ojos fijos en los matorrales, aguardaron impasibles la orden de comenzar el fuego.
El capitán Melendez había estudiado el terreno con una ojeada rápida, y vio que estaba muy lejos de serle favorable. A derecha e izquierda había ásperas pendientes coronadas de enemigos; a retaguardia, una partida numerosa de merodeadores de fronteras, emboscada detrás de unos árboles caídos que, como por encanto, habían interceptado súbitamente el camino y cortado la retirada; por último, a vanguardia, un precipicio de cerca de veinte metros de anchura y de una profundidad incalculable.
Así pues, parecía que a los mejicanos se les arrebataba toda esperanza de salir sanos y salvos de la posición en que se hallaban acorralados, no solo por razón del considerable número de enemigos que les cercaban por todos lados, sino también por la disposición del sitio. Sin embargo, después que el capitán hubo estudiado atentamente el terreno, brilló en sus ojos un relámpago, y una sonrisa sombría iluminó su semblante.
Hacía mucho tiempo que los dragones conocían a su jefe, tenían fe en él, vieron aquella sonrisa y se acrecentó su valor.
El capitán se había sonreído, luego tenía esperanza.
Verdad es que ni un solo hombre, en toda la escolta, hubiera podido decir en qué consistía aquella esperanza.
Después de la primera descarga, los merodeadores coronaron inopinadamente las alturas, pero permanecieron inmóviles, contentándose con vigilar con la mayor atención los movimientos de los mejicanos.
El capitán aprovechó este momento de tregua que tan generosamente le ofrecía el enemigo, para adoptar algunas disposiciones defensivas y corregir su plan de batalla.
Descargáronse las mulas, colocáronse los preciosos cajones enteramente atrás, lo más lejos posible del enemigo; luego las mulas y los caballos, llevados al frente de la línea de batalla del destacamento, fueron colocados de modo que sus cuerpos sirviesen de parapetos a los soldados, los cuales, con una rodilla en tierra y doblados detrás de aquel atrincheramiento vivo, se encontraron guarecidos en cierto modo contra las balas enemigas.
Cuando todas estas medidas estuvieron adoptadas y una ojeada postrera cercioró al capitán de que sus órdenes se habían ejecutado con puntualidad, se inclinó al oído del señor Bautista, arriero principal, y le dijo algunas palabras en voz baja.
El arriero hizo un movimiento brusco de sorpresa al oír las palabras del capitán; pero reanimándose en seguida, bajó afirmativamente la cabeza.
—¿Obedecerá V.? preguntó D. Juan mirándole fijamente.
—Sí, mi Capitán; lo juro por mi honor, contestó el arriero.
—Pues entonces le respondo a V. de que vamos a reírnos, dijo alegremente el joven.
El arriero se retiró, y el capitán fue a colocarse al frente de sus soldados. Apenas había ocupado su puesto de combate cuando un hombre apareció en la cumbre de la pendiente de la derecha: aquel hombre llevaba en la mano una lanza en cuyo extremo flotaba un pedazo de tela blanca.
—¡Oh! ¡Oh! murmuró el capitán, ¿qué significa eso? ¿Temen ya que se les escape su presa?
—¡Eh! gritó con voz fuerte, ¿qué quieren VV.?
—Parlamentar, respondió lacónicamente el hombre de la bandera.
—¡Parlamentar! replicó el capitán, ¿para qué? Además, tengo la honra de ser oficial en el ejército mejicano, y no puedo estipular tratos con bandidos.
—Tenga V. cuidado, Capitán, un valor inoportuno suele degenerar en fanfarronada; la posición de V. es desesperada.
—¿Lo cree V. así? respondió el joven con voz burlona.
—Está V. cercado por todas partes.
—Excepto por una.
—Sí; pero en esa hay un precipicio que no se puede pasar.
—¿Quién sabe? dijo el capitán, siempre en tono de sorna.
—En fin, ¿quiere V. escucharme, sí o no? repuso el otro a quien este diálogo comenzaba a impacientar.
—Corriente, dijo el oficial, veamos las proposiciones de V., y después le manifestaré mis condiciones.
—¿Qué condiciones? preguntó el parlamentario con sorpresa.
—¡Pardiez! Las que me propongo imponer a usted.
Una carcajada homérica de los merodeadores de fronteras acogió estas palabras altaneras. El capitán permaneció impasible y frío.
—¿Quién es V.? preguntó.
—El jefe de la gente que les tiene a VV. cautivos.
—¡Cautivos! Creo que no; en fin, allá veremos. ¡Ah! ¿Con que es V. el Jaguar, ese bandido feroz cuyo nombre es execrado en todas estas fronteras?
—Yo soy el Jaguar, respondió éste sencillamente.
—Muy bien. ¿Qué me quiere V.? Hable, y sobre todo sea breve, replicó el capitán apoyando la punta de su sable en el extremo de su bota.
—Quiero evitar la efusión de sangre, dijo el Jaguar.
—Eso está muy bien; pero me parece un poco tarde para adoptar una resolución tan laudable, dijo el oficial con su voz burlona.
—Escuche V., Capitán; es V. un oficial valiente, y sentiría yo que sucediese una desgracia; no se obstine V. en sostener una lucha imposible, rodeado como lo está por fuerzas considerables; toda tentativa de resistencia sería una locura imperdonable que no daría más resultado que la muerte de todos los soldados que usted manda, sin que le quede la menor esperanza de salvar el convoy confiado a su custodia. Ríndase V., se lo repito, pues no le queda otro medio de salvación.
—Caballero, respondió el oficial hablando ya esta vez en tono muy serio, doy a V. gracias por las palabras que acaba de pronunciar; tengo cierta experiencia para conocer a los hombres, y veo que en este momento habla V. lealmente.
—Sí, dijo el Jaguar.
—Desgraciadamente, prosiguió el capitán, me veo obligado a repetir a V. que tengo la honra de ser oficial, y que nunca consentiré en entregar mi espada a un jefe de partida cuya cabeza está a precio. Si he sido bastante idiota y loco para dejarme atraer a un lazo, tanto peor para mí; sufriré las consecuencias.
Los dos interlocutores se habían ido acercando uno a otro, y a la sazón hablaban frente a frente.
—Comprendo, Capitán, que en ciertas y determinadas circunstancias su honor militar le obligue a sostener una lucha, aún en condiciones desfavorables; pero aquí el caso es muy distinto, todas las probabilidades están contra V., y nada padecerá su honra con una rendición que librará: la vida de tantos soldados valientes.
—Y que sin disparar un tiro le entregará a usted la rica presa que tanto codicia, ¿no es verdad?
—Esa presa, por más que V. haga, no se nos puede escapar.
El capitán se encogió de hombros, y dijo:
—¡Está V. loco! Como todos los hombres acostumbrados a la guerra de las praderas, ha querido V. ser sobrado astuto, y sus ardides han ido demasiado lejos.
—¿Cómo así?
—Aprenda V. a conocerme, caballero: soy cristiano viejo, desciendo de los antiguos conquistadores, y la sangre española corre por mis venas. Todos mis soldados me son fieles y adictos: por orden mía se dejarán matar todos sin vacilar lo más mínimo; y por muy ventajosas que sean las posiciones que V. ocupa, por muy numerosa que sea su gente, se necesita cierto espacio de tiempo para exterminar a cincuenta hombres reducidos a la desesperación y resueltos a no pedir cuartel.
—Sí, dijo el Jaguar con voz sorda; pero se concluye por matarlos.
—Sin duda alguna, repuso tranquilamente el capitán; pero mientras V. nos va degollando, los arrieros, que al efecto han recibido ya mis órdenes terminantes, harán que las cajas de dinero vayan rodando unas después de otras al fondo del abismo, en cuya orilla nos ha acorralado V.
—¡Oh! exclamó el Jaguar con un ademán de amenaza mal entendido, no hará V. eso, Capitán.
—¿Por qué no he de hacerlo, si V. gusta? respondió fríamente el oficial. Sí que lo haré, se lo juro a V. por mi honor.
—¡Oh!
—Y entonces ¿qué sucederá? Que habrá V. asesinado cobardemente a cincuenta hombres sin más resultado que el de saciarse en la sangre de sus compatriotas.
—¡Rayo de Dios! ¡Eso es un delirio!
—No, no es más que la consecuencia lógica de la amenaza que V. me dirige: moriremos, pero como valientes, y habremos cumplido con nuestro deber hasta el fin, puesto que el dinero se salvará.
—Según eso, ¿serán inútiles todos mis esfuerzos para obtener una solución pacífica?
—Todavía hay un medio.
—¿Cuál es?
—Déjenos V. pasar, comprometiéndose bajo palabra de honor a no hostilizar nuestra retirada.
—¡Nunca! Ese dinero me es indispensable, lo necesito.
—Entonces venga V. a buscarle.
—Eso voy a hacer.
—Como V. guste.
—¡Que esa sangre, que he querido ahorrar, recaiga sobre la cabeza de V.!
—O sobre la de V.
Y se separaron.
El capitán se volvió hacia sus soldados que, habiéndose acercado bastante a los dos interlocutores, habían seguido atentamente la discusión en todas sus peripecias, y les preguntó
—¿Qué queréis hacer, muchachos?
—¡Morir! contestaron todos con acento breve y enérgico.
—¡Corriente! ¡Moriremos juntos!
Y blandiendo su espada por encima de su cabeza, gritó:
—¡Dios y libertad! ¡Viva Méjico!
—¡Viva Méjico! repitieron los dragones con entusiasmo.
En este intermedio el sol había desaparecido en el horizonte, y las tinieblas iban cubriendo la tierra cual un sudario sombrío.
El Jaguar, lleno de rabia por ver el mal resultado de su tentativa, se había reunido con sus compañeros.
—¿Qué hay? le preguntó John Davis, que acechaba con ansiedad su regreso; ¿qué ha obtenido V.?
—Nada. Ese hombre está endemoniado.
—Ya le advertí a V. que era un verdadero diablo. Afortunadamente, por más que haga, no se nos puede escapar.
—En eso es en lo que está V. equivocado, respondió el Jaguar pateando de rabia; que muera o viva, el dinero está perdido para nosotros.
—¿Cómo es eso?
El Jaguar refirió en breves palabras a su confidente lo que había pasado entre el capitán y él.
—¡Maldición! exclamó el americano, entonces démonos prisa.
—Para colmo de males reina una oscuridad profunda.
—¡Vive Dios! Hagamos una iluminación, y quizás les dará en qué pensar a esos demonios.
—Tiene V. razón: ¡vengan teas!
—Hagamos otra cosa mejor: incendiemos el bosque.
—¡Ja! ¡Ja! exclamó el Jaguar riendo, ¡bravo! ¡Vamos a ahumarlos como si fuesen arenques!
Esta idea diabólica fue ejecutada al momento, y muy luego un cordón de llamas brillantes ciñó la cumbre de la colina y corrió en torno del desfiladero, en donde los mejicanos aguardaban impasibles el ataque de sus enemigos.
No tuvieron que esperar mucho, pues muy pronto comenzó un vivo fuego de fusilería mezclado con los gritos y los aullidos de los agresores.
—¡Ya es tiempo! gritó el capitán.
En seguida se oyó el ruido de la caída de una caja de dinero al precipicio.
Merced al incendio había tanta claridad como si fuese de día; y ningún movimiento de los mejicanos pasaba desapercibido para sus adversarios.
Los bandidos lanzaron un grito de furor al ver a las cajas rodar unas en pos de otras al abismo.
Precipitáronse con furia sobre los soldados; pero estos los recibieron con bayoneta calada y sin cejar lo más mínimo.
Una descarga hecha a quemarropa por los mejicanos, que habían reservado su fuego, tendió en el suelo a un número considerable de enemigos e introdujo el desorden en sus filas, obligándoles a retroceder a pesar suyo.
—¡Adelante! gritó el Jaguar.
Sus compañeros volvieron a la carga con más furor que nunca.
—¡Manteneos firmes! ¡Es preciso morir! dijo el capitán.
—¡Moriremos! respondieron unánimes los soldados.
Entonces se empeñó la lucha cuerpo a cuerpo al arma blanca, mezclándose los agresores con los atacados, empujándose unos a otros con sordos rugidos de cólera, peleando más bien como fieras que como hombres.
Los arrieros, diezmados por los tiros que les asestaban, no por eso dejaban de continuar con ardor su trabajo: tan luego como la palanca se escapaba de las manos de uno de ellos que rodaba expirante por el suelo, otro se apoderaba en seguida de la pesada barra de hierro, y las cajas de dinero caían sin interrupción al precipicio no obstante las rabiosas vociferaciones y los esfuerzos gigantescos de los enemigos, que en vano se afanaban por derribar la muralla viva que les cerraba el paso.
Era un espectáculo de horrible belleza el que ofrecía aquella lucha encarnizada, aquel combate implacable que sostenían aquellos hombres al resplandor brillante de un bosque entero que estaba ardiendo cual un faro lúgubre y siniestro.
Los gritos habían cesado, la carnicería continuaba sorda y terrible, y solo se oía de vez en cuando la voz del capitán que repetía con breve acento:
—¡Estrechad las filas! ¡Estrechad las filas!
Y las filas se estrechaban, y los hombres caían sin quejarse, habiendo hecho de antemano el sacrificio de su vida, y no peleando ya sino para ganar las pocos minutos indispensables para que aquel sacrificio no fuese estéril.
En vano los merodeadores de fronteras, excitados por la codicia, procuraban destruir aquella resistencia enérgica que les oponía un puñado de hombres: los heroicos soldados, apoyados unos en otros, con los pies afirmados contra los cadáveres de los que les habían precedido en la muerte, parecía que se multiplicaban para cerrar el desfiladero en todos los puntos a la vez.
Sin embargo, el combate no podía durar ya mucho tiempo; de toda la escolta del capitán, diez hombres cuando más permanecían todavía de pie, los demás habían sucumbido, pero heridos todos por delante en mitad del pecho.
Todos los arrieros habían muerto; dos cajas quedaban todavía en la orilla del precipicio; el capitán dirigió una mirada rápida en torno suyo, y exclamó:
—¡Un esfuerzo más, hijos míos! Cinco minutos tan solo bastan para concluir nuestro trabajo.
—¡Dios y libertad! gritaron los soldados.
Y aunque estaban abrumados de cansancio, se arrojaron resueltos en lo más espeso de la multitud de enemigos que les rodeaban.
Durante algunos minutos, aquellos diez hombres hicieron prodigios de valor; pero al fin prevaleció el número: ¡todos cayeron!
¡Solo el capitán vivía aún!
Había aprovechado el sacrificio de sus soldados para coger una palanca y hacer que una de las cajas rodase al precipicio; la segunda, levantada con sumo trabajo, solo necesitaba ya un esfuerzo postrero para desaparecer a su vez, cuando de improviso un «¡hurra!» terrible hizo que el capitán levantase la cabeza.
Los merodeadores de fronteras acudían enfurecidos y anhelosos cual tigres sedientos de sangre.
—¡Ah! ¡Al menos esa la tendremos! exclamó alegremente Gregorio Felpa, el guía traidor, precipitándose hacia adelante.
—¡Mientes, miserable! respondió el capitán.
Y alzando con ambas manos la pesada barra de hierro, rompió el cráneo al soldado, quien cayó sin lanzar un grito, sin exhalar un suspiro.
—Ahora a otro, dijo el capitán volviendo a levantar la palanca.
Un aullido de horror resonó entre la multitud, que vaciló un momento.
El capitán bajó con viveza su palanca, y la caja se inclinó sobre el borde del abismo.
Este movimiento restituyó a los bandidos toda su cólera y su rabia.
—¡Muera! ¡Muera! exclamaron precipitándose sobre el oficial.
—¡Deteneos! gritó el Jaguar lanzándose hacia adelante y derribando cuanto se oponía a su paso. Nadie se mueva: ese hombre me pertenece.
Al oír esta voz bien conocida de todos, aquellos hombres se detuvieron.
El capitán tiró su palanca: la última caja acababa de caer al precipicio.
—Ríndase V., Capitán Melendez, dijo el Jaguar adelantándose hacia el oficial.
Éste había vuelto a coger su sable, y respondió:
—Ya no merece la pena: prefiero morir.
—Pues entonces defiéndase V.
Ambos enemigos se pusieron en guardia. Durante algunos segundos se oyó el choque furioso de los aceros. De improviso y por un movimiento brusco, el capitán hizo volar por el aire el arma de su adversario. Antes que éste se hubiese repuesto de su sorpresa, el oficial se precipitó sobre él y le enlazó con sus brazos como una serpiente.
Los dos hombres rodaron por el suelo.
A dos pasos detrás de ellos se hallaba el precipicio.
Todos los esfuerzos del capitán tendían a atraer al Jaguar al borde del abismo; el cabecilla, por el contrario, procuraba librarse de la presión terrible de su enemigo, cuyo siniestro proyecto había adivinado sin duda alguna.
Por fin, después de una lucha de algunos minutos, los brazos que oprimían el cuerpo del Jaguar se aflojaron poco a poco; las crispadas manos del oficial se soltaron, y el cabecilla, reuniendo todas sus fuerzas, logró desembarazarse de su enemigo y levantarse.
Pero apenas se hallaba de pie, cuando el capitán, que parecía estar aniquilado y casi desmayado, saltó como un tigre, se agarró a brazo partido con su enemigo, y le imprimió un sacudimiento terrible.
El Jaguar, que todavía estaba aturdido por la lucha que acababa de sostener, y no esperaba aquel ataque brusco, se tambaleó y perdió el equilibrio, lanzando un grito horroroso.
—¡Por fin! exclamó el capitán con feroz alegría.
Los circunstantes lanzaron una exclamación de horror y de desesperación.
Los dos enemigos habían desaparecido en el abismo.
FIN.
ÍNDICE DE MATERIAS.
I.El fugitivo.
II.Quoniam.
III.Negro y blanco.
IV.La manada.
V.El Ciervo-Negro.
VI.La concesión.
VII.Cara de Mono.
VIII.La declaración de guerra.
IX.Los Pawnees-Serpientes.
X.La batalla.
XI.La venta del Potrero.
XII.Conversación.
XIII.Carmela.
XIV.La conducta de plata.
XV.El alto.
XVI.Resumen político.
XVII.Tranquilo.
XVIII.Lanzi.
XIX.La caza.
XX.Confidencias.
XXI.El Jaguar.
XXII.El Zorro-Azul.
XXIII.El Desollador-Blanco.
XXIV.Después del combate.
XXV.Una explicación.
XXVI.El parte.
XXVII.El guía.
XXVIII.John Davis.
XXIX.El trato.
XXX.La emboscada.