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Los majos de Cádiz

LOS MAJOS DE CÁDIZ (NOVELA DE COSTUMBRES) (continued 4)

Reading edition

—La dirás al sonar la primera campanada de las doce, en camisa y descalzo. Luego te meterás en la cama y escucharás con atención. Si oyes un burro rebuznar ó ladrar á un perro es de mal agüero; pero si oyes el ruido de una puerta ó el canto de un gallo, entonces, ¡alégrate, corazón! tus ducas se acabaron. Soledad se hará mansa como una gatita mimosa y te querrá como á las niñas de sus ojos...

El majo, que los recordó en aquel momento ¡tan negros, tan brillantes! sintió un estremecimiento de dicha y en un rapto de entusiasmo abrazó á la maga y quiso darle uno de los anillos que llevaba en los dedos; pero no aceptó el regalo; estaba contenta con descubrirle su buenaventura.

—No tomaré ningún regalo hasta el día en que os caséis, ¿sabes, niño?

Luego, llena de magnanimidad, se dignó darle algunos preciosos consejos para que su horóscopo feliz no se retrasase.

—No regales ligas á Soleá si quieres casarte con ella, ni tampoco tijeras... Evita las miradas de los tuertos... No des vueltas en la mesa al cuchillo, como sueles hacer, que tiene mala pata, ya te lo he dicho... Haz lo posible por no pisar carbón...

Su rostro oscuro, expresivo, se dilataba con majestuosa expresión profética.

Velázquez salió de aquella casa feliz como un desahuciado á quien prometen la vida. Y á paso corto de transeunte curioso y satisfecho emprendió el camino de su casa al través de las calles buscando la sombra. El verano se presentaba duro y fogoso, y aunque la singular posición de Cádiz, flotando como un buque anclado en la mar, templaba sus rigores gracias á la brisa que lo baña, todavía al atravesar algún espacio abierto el ardiente latigazo del sol obligaba á apresurar el paso.

En la calle Ancha encontró algunos amigos y estuvo con ellos jovial y locuaz como pocas veces se le había visto. Al despedirse de ellos tropezó con Mercedes la Cardenala, á quien no había vuelto á hablar desde la memorable noche en que Soledad fué á buscarle á su casa. Como el buen humor le retozaba en el cuerpo, se aventuró á detenerla, saludándola con afectuosa expansión. La muchacha, sorprendida de aquel arranque, estuvo fría, circunspecta y no dejó de mortificarle con algunas palabritas amargas.

—¿Te han dado suelta hoy?... ¿Hasta qué hora tienes permiso?... Dicen que ya no echas roncas como antes, que estás convertido en un palomo buchón...

Pero el majo no se dió por ofendido; procuró echarlo á risa, le dijo algunas galanterías y se despidió al cabo de ella, diciendo para sí con alegría:

—¡Lástima de niña! ¡Qué salada es! Si yo tuviese dos corazones, le daría uno.

Justamente al acercarse á su casa vió salir de ella, bajando los escalones, á Miguel, el hermano de Soledad. En cuanto el chico le divisó, dióse á correr desesperadamente en dirección de la plaza de toros. Velázquez lo siguió también á la carrera, logrando estrechar la distancia.

—¡Quieto, Miguel!

El muchacho, sin hacer caso, presa de un terror pánico, redobló sus esfuerzos, tratando de perderse en las callejuelas próximas á la catedral. Pero Velázquez, más ágil, no tardó en darle alcance, poniéndole una mano sobre el hombro.

—¿Qué es eso, hijo, por qué corres tanto?

El chico retrocedió asustado, arrojándose contra la pared de una casa.

—¡No me pegue usted, señor Pedro, que yo no he tenido culpa! Fué ella quien me mandó á llamar.

El guapo sonrió y repuso cariñosamente:

—No temas, querido, ninguna gana tengo de pegarte... Al contrario, deseaba verte y charlar contigo un rato...

Pero Miguel, juzgando aquello un sarcasmo precursor de los golpes, se oprimía aún más contra la pared, dirigiendo una mirada ansiosa á los lados para ver por dónde podría escapar mejor.

—¡Te digo que no, hijo!... ¡Que no vengo á pegarte!... Quiero que seamos amigos y no se hable más de lo pasado.

Á duras penas logró tranquilizarlo. Tanto que, habiéndole invitado á entrar en una taberna inmediata á tomar unas cañas, el chico se negó á poner el pie dentro, temiendo una asechanza.

—¡Qué escamón estás, hijo!—exclamó el guapo riendo.—Mira, si tienes miedo, llévame adonde tú quieras con tal que haya vino.

Confiado en estas palabras, Miguel le condujo á un tabernucho cerca de los muelles, guarida cómoda de otros pícaros como él, donde solía comer y beber cuando tenía dinero, y no pocas veces también dormir. Mientras caminaban emparejados, Velázquez le preguntó:

—¿Has estado mucho rato en casa?

—No, señor; un momento nada más... y eso porque Soleá me había pasado dos recaos, uno hace quince días y el otro ayer mismo, por un amigo que la vió en la tienda de la Parra...

Se disculpaba todavía con empeño, sin convencerse de que Velázquez no estuviese enfadado.

—No importa que entres y salgas en mi casa cuando bien te venga... Te lo he preguntao por hablar algo.

Llegaron á la tienda y Miguel se introdujo en ella con la familiaridad de parroquiano, acomodándose en un rincón y batiendo las palmas para pedir vino. Velázquez se sentó frente á él, despojóse del sombrero y le miró sonriente y un poco acortado. Después se informó alegremente de su vida y le agasajó, procurando inspirarle confianza.

—Miguelillo, eres una bala perdida; has dado muchos disgustos á tu familia, pero siempre he pensado que tienes buena entraña: así lo he dicho á tu hermana cuando ha venido al caso. Lo que te está haciendo falta es alguien que te abra los ojos. Se puede un hombre divertir, correr guasas y gozar del mundo sin meter la pata, ¿sabes? ¿Qué gracia tiene correr hoy una juerga y mañana que le corran á uno en pelo los guardias? Es menester que dejes á esos andrajosos con quien andas, que no pueden darte más que desazones. Reúnete con hombres regulares que tengan un duro en el bolsillo y sepan gastarlo con los amigos...

El chiquillo estaba encantado. Habiendo perdido todo temor, le confesó que le dolía el alma ya de tanta fatiga, de no comer, de no dormir con sosiego, de ser machucado por todo el mundo... «¡Si yo le contase las crujías que he pasado!»

Al compás de las cañas la conversación se fué animando, estableciéndose pronto entre ambos una cariñosa familiaridad. Velázquez, lleno de condescendencia, le prometía no abandonarlo, hacerle un hombre. Al fin concluyó haciéndole un elogio caluroso de su hermana. En media hora no se detuvo. Todo lo ensalzaba, todo lo hallaba admirable, los cabellos de ébano y la franqueza y lealtad del carácter, su corazón tierno y sus pies diminutos.

—Cada día estoy más satisfecho de tenerla en mi casa—manifestó al cabo con su antigua superioridad.—Y si continúa portándose tan bien como hasta aquí, es casi seguro que al fin me casaré con ella...

Avergonzado de su baladronada, pronunció las últimas palabras rápida y confusamente. Luego tosió y se limpió repetidas veces la boca con el pañuelo y añadió en voz baja, no sin que le subiese un poco de calor á la cara:

—Si por casualidad hablases con ella de mí, espero que te portarás como amigo... Porque, ya sabes... es inocente y propensa á los engreimientos y se cree todas las paparruchas que le cuentan... Y como no faltan malintencionados... ¿tú entiendes?... No te digo más... Eres un hombre y conoces el mundo... Me prestarás un favor grande, Miguelillo, si la convences de que nadie puede hacerla más feliz que yo... Que no haga caso de comadres ni de jaleadores que sólo buscan modo de que regañemos para pescar á río revuelto... Bien sabes que nunca he sido tacaño para ella. Á Dios gracias, me sobra dinero para llevarla vestida como la hija del mayor caballero... Si no va mejor es porque no quiere... Siendo buena para mí, tu hermana será una princesa, querido, y tú nada perderás tampoco...

El chico no comprendía bien, pero le hacían feliz las confidencias de un hombre á quien estaba acostumbrado á admirar y temer. Prometió todo lo que el otro quiso, bebió un número prodigioso de cañas y declaró terminantemente que su hermana sería una sinvergüenza si algún día olvidase lo que le debía. Velázquez, por su parte, se había puesto también de excelente humor.

—Atiende, Miguelillo, no quiero que andes ya más á salto de mata. Te vas á mi casa, ¿entiendes? Allí tienes cama y mesa y todo lo que te haga falta... Supongo que Soledad no se opondrá á que vivas con nosotros—añadió bajando la voz y pronunciando con respeto el nombre de su querida.

—Miguel, que no estaba al tanto de ciertas interioridades, tomó aquellas palabras á burla y alzó los hombros riendo.

Al cabo de un rato, Velázquez llamó al chicuco para pagar. Cuando lo hubo efectuado, miró al gandul con sonrisa maliciosa y le preguntó:

—¿No te ha dado hoy ningún dinero Soledad?

Miguel negó rotundamente poniéndose colorado.

—¡Vamos, Miguelillo, confiesa!

—¡Que no, señor Pedro! No ha hecho más que darme de comer y este pañuelo de seda que usted ve—repuso sacando uno del bolsillo.

Pero Velázquez insistía bromeando. Por último declaró que le había dado tres pesetas. El majo soltó una carcajada.

—Y tú le habrás dicho: ¡Adiós, rumbosa! ¿verdá tú?... Las mujeres todas son lo mismo.

Al mismo tiempo echó mano generosamente á la cartera y le dió un billete de diez duros.

XIII Antoñico.

Razón tenía para poner reparos al ofrecimiento de su casa. Por más que hizo, nunca se pudo lograr de Soledad que admitiese en ella á su hermano. Insistía la joven en que Miguel volviese á Medina para hacer compañía á su madre, ya que en Cádiz llevaba una vida de perdido y se estaba corrompiendo cada día más. El chico se negó resueltamente á obedecerla, con lo cual quedaron las cosas en tal estado, salvo que Velázquez proveía ahora á sus necesidades y no pocas veces también á sus vicios.

Cayó al fin sobre éste un cuidado más grave que los anteriores y mucho más riguroso. Hasta entonces los desdenes de Soledad y las humillaciones que le hacía experimentar podían achacarse á su carácter altanero y quizá al deseo de vengarse de las que él le había infligido. Esto las hacía más llevaderas; parecían un castigo justo. Á veces él mismo, acometido de anhelos de adoración, las provocaba, hallando en ellas dulzura exquisita, como los ascetas en sus penitencias. Pero el sabor se hizo amarguísimo, insoportable, cuando vinieron acompañadas de celos. Soledad, que siempre había mostrado buen semblante á las guasas de Antonio Robledo, las iba encontrando cada día más sabrosas; de tal suerte que cuando entraba en la tienda ya no tenía ojos y oídos sino para él. Establecióse entre ambos una corriente de confianza y aun de inteligencia que no pudo pasar inadvertida para el majo. Con esto la antipatía que Antoñico le inspiraba hacía tiempo creció hasta convertirse en aborrecimiento, el cual apenas con gran trabajo podía disimular. Notábalo aquél en la frialdad y reserva con que su antiguo amigo le hablaba, en las miradas oblicuas, lucientes, que alguna vez sorprendía en sus ojos; pero, sabedor de lo que entre los amantes acaecía, no cejaba en sus proyectos de seducción, aunque guardándose cuanto podía, porque siempre le había tenido miedo. Esforzábase en mostrar en todos los momentos su ingenio gracioso y maleante. Animado por las carcajadas de Soledad, llegaba á ejecutar farsas estupendas que tenían en continuo alborozo á la reunión.

Velázquez manifestaba su desabrimiento manteniéndose serio ó saliéndose del aposento en lo más culminante del regocijo. Cuando hablaba de Antoñico en presencia de Soledad lo hacía con afectado desdén: le llamaba payaso, titiritero, y recordaba con fruición cualquier lance ridículo de su vida. Pero, no bastando esto á desahogar su cólera sorda, un día, con las debidas precauciones, llegó á recriminar á su querida por la atención que le prestaba.

—Mira, Soledad, no hay nada que más me ensanche el corazón que verte alegre y contenta. Cuando te oigo reir, las puertas del cielo se abren de par en par para mí... Pero me hace daño que te pongan tan alborotada las desvergüenzas de ese mono sabio... ¡Me revienta ese tío!... no lo puedo remediar. Luego hazte cuenta que todas esas gracias mohosas las suelta para tu regalo. Apenas dice una palabreja aguda, ya te mira á la cara á ver qué gesto pones... Trae de casa los chistes almacenados para ir largándolos poco á poco á modo de anzuelos...

Soledad le escuchó en silencio y se contentó con hacer una mueca de desdén. Y sin parar mientes en su disgusto, siguió riendo con más alegría aún las bufonadas de Antoñico. Éste, halagado por ello y también por el malestar y los celos que inspiraba á Velázquez, empezó á pensar seriamente en la conquista de la bella tabernera. Acudía solícito todas las noches á la reunión, y si siempre se mostraba alegre é ingenioso, los días en que no le acompañaba María-Manuela subía de punto su gallardía y se autorizaba, so capa de broma, el requebrar á Soledad lindamente y departir con ella en un rincón siempre que la ocasión se presentaba.

El malestar y la tristeza de Velázquez iban creciendo. En cuanto Antoñico ponía el pie en la tienda quedaba silencioso y sombrío que daba grima mirarle. Al cabo volvió con la misma suavidad á amonestar á su querida. «Aquellas confianzas con un hombre á quien detestaba le causaban mucha pena. ¿Qué necesidad tenía de aparecer tan contenta cuando él entraba? ¿Por qué consentía que la hablase aparte y en voz baja?... Ya sabía que todo aquello era agua de cerrajas, que ella no iba á enamorarse de sujeto tan ruin; pero con estas confianzas él se crecía y pudiera pasarse á mayores si no se le atajaba. Además, los amigos lo notaban... Estaba quedando en ridículo...»

Soledad permaneció algún tiempo silenciosa. Luego, gravemente y afectando indiferencia, respondió:

—Antoñico tiene buena sombra y me hace reir... Y ¿qué hay con eso?... Los demás también se ríen... Si tú no lo haces ahora es porque le has tomado tema. ¿Quieres que habiendo jarana ponga la cara larga como si fuese á hacer testamento!... Hijo, eso no puede ser... Cada cual es cada cual, y porque tú no críes bilis no me voy á morir de empacho de risa.

No pudo lograr de ella otra respuesta.

—Pues si ese guasón sigue dándome jaqueca, el día menos pensado le cojo por un brazo y le planto en la calle.

Soledad se puso pálida de ira, pero se limitó á decir sordamente:

—Harías muy mal.

Transcurrieron bastantes días después de esta corta explicación y las cosas, en vez de mejorar, empeoraron. Soledad no sólo no reprimía la expresión de su simpatía, sino que afectaba demostrarla con testimonios más visibles. Antonio, observando su frescura, dióse á entender que Velázquez estaba por completo esclavizado y aguantaría todo lo que le echasen encima. Por lo que no se guardó ya tanto de él: festejaba á la tabernera con su habitual desembarazo y sostenía con ella, hasta en presencia del guapo, largos apartes en los cuales se embromaban y reían como locos.

La desazón de Velázquez era tan grande que para nadie pasó inadvertida. Se hicieron comentarios en voz baja y no faltó quien reconviniese á Antonio por su conducta. Pero éste alzó los hombros y respondió, como siempre, con una desvergüenza. El majo se hallaba en una tensión de espíritu insoportable. Tan pronto, acometido de cólera furiosa, proyectaba arrojar á su amigo de la tienda á puntapiés y pescozones, como, presa de profundo abatimiento, quedaba paralizado y devoraba su afrenta en silencio; comía poco, no bromeaba jamás y, contra su costumbre, bebía bastante vino.

Al fin rompió la cuerda, como era de presumir. La insolencia del uno y la despreocupación de la otra llegaron á tal extremo que, hallándose cierta noche en el aposento habitual de la reunión, Antoñico, con pretexto de coger un cigarro que se le había caído, apretó los pies de la hermosa tabernera, quien en vez de enojarse rió la chanza. Velázquez, que advirtió la maniobra, sintió que un flujo de sangre le invadía la cabeza y le cegaba. Llevó la mano al bolsillo para sacar la navaja; quiso levantarse, pero no tuvo fuerzas para hacerlo, como si una mano de hierro le hubiese clavado á la silla. Bañó su frente un sudor frío y, en vez de partir el corazón de su rival, sintió ganas atroces de llorar. Los sollozos le ahogaban. Llenó, con mano trémula, el vaso de vino y lo apuró con ansia.

Cuando los tertulios se despidieron y quedó solo con su querida, inició con voz alterada una explicación.

—Soledad, hija mía, me estás dando muchos disgustos. Acabo de ver al sucio de Antonio propasarse contigo sin que te hayas dado por ofendida... Por milagro de Dios no le he dejado clavado á la pared como un sapo... Vuelvo á suplicarte que si me aprecias en algo dejes de hablar con ese hombre... Ya te he dicho que no lo puedo soportar... ¡Vamos, que no puedo!...

—Pues haz por soportarlo—respondió secamente la joven.

Calló un momento, herido por aquella frase cruel. Luego dijo con humildad, acercándose á ella:

—Sabes que soporto todo cuanto tú quieras... hasta una bofetada en medio de la calle... Te quiero tanto, ¡tanto! que si me mandases tirarme por la muralla, me tiraría... si se te antojase la cruz de la custodia, iría á robarla para ti... Pero hay cosas que hieren más que una bofetada, más que una puñalada en el corazón... Te ruego, por tu salud y por la de tu madre, que no me des más celos... Mira que me estás quitando la vida...

Soledad guardó silencio. Alzóse de la silla en que estaba y se puso á arreglar las botellas de la estantería. Velázquez se acercó de nuevo á ella suplicante.

—Lo que te pido no creo que te ha de costar mucho trabajo... Déjame echar á ese hombre de casa, y yo te prometo no molestarte más con celos...

Tampoco dijo nada la tabernera. Hubo una larga pausa. Al cabo insistió con voz temblorosa:

—Vamos, Solita, no me des ese disgusto... Pídeme en cambio lo que quieras.

—Lo único que te pido es que me dejes ya en paz—repuso ella alejándose para limpiar una de las mesas.

Velázquez no se atrevió á seguirla. La miró acobardado algunos instantes y al fin profirió con amargura:

—¿No merezco siquiera ese pequeño sacrificio? Por ti me privaría yo de hablar con todas las mujeres de este mundo... ¡y tú, en cambio, no puedes pasarte sin las guasas de ese tío!

Soledad, que reprimía á duras penas la impaciencia, exclamó:

—¡Ea, basta ya! Hago lo que se me antoja. Ni tú estás amarrado á mí con una cadena, ni yo á ti tampoco... Así, el día que se me ponga en el moño, con ese ó con otro, con el que me dé la gana, me voy y te dejo plantado. ¿Lo quieres más claro?

Y sin aguardar contestación se dirigió á la puerta para subir á acostarse. Una blasfemia de Velázquez la hizo volverse.

—¡Ah!... ¡Ya se concluyó mi paciencia! Si no quieres ser mía, tampoco serás de otro, porque antes te voy á partir el corazón.

Rápidamente echó mano á un cuchillo que había sobre el mostrador y se lanzó sobre su querida. Retrocedió ésta llena de terror, mas por súbita inspiración exclamó sonriendo:

—¡Anda! ¿Y lo has tomado en serio de verdad?

Velázquez se detuvo y la miró estupefacto, inflamadas las mejillas, llameantes los ojos.

Entonces la joven se acercó á él con semblante pálido que desmentía su forzada sonrisa.

—Pero, guasón, ¿te has creído la simpleza que acabo de decir? ¿Es que no se puede gastar una broma?... ¿Cómo has podido figurarte que yo me había de chalar por ese titiritero?

El majo se calmó, soltó el cuchillo y se dejó caer sobre una silla. Soledad se sentó á su lado y charlaron un rato. Apretada por el miedo, hizo un esfuerzo por mostrarse afectuosa y se disculpó de sus insolentes palabras. Después subieron á casa.

Cuando al cabo logró quedar sola en su cuarto, el rostro de la joven cambió enteramente. Desvanecióse la sonrisa contrahecha que lo dilataba y quedó temerosamente fruncido. La cólera y el miedo se enseñorearon de su alma. ¿Por qué había de estar unida á un hombre á quien no quería? ¿Era su marido? No. Pues entonces, ¿qué obligación tenía de sufrirlo? Además, corría grave riesgo de que con cualquier pretexto fundado ó infundado de celos la diese una puñalada... Conocía bien su temperamento brutal, su orgullo quisquilloso que ahora disimulaba ó parecía dormido á causa del capricho repentino que por ella le había entrado. El día menos pensado se le subía la fachenda á la cabeza, lo echaba todo á rodar, como otras veces, y perecía á sus manos.

Bruscamente tomó la resolución de abandonar la casa. «Nada, yo no estoy más tiempo con este tío.»

Metió sin hacer ruido su ropa y enseres en el baúl y lo cerró. Después se sentó sobre la cama y, con el oído atento, los ojos extáticos, aguardó. Oyó las campanadas de las doce, y suponiendo que Velázquez estaría ya bien dormido, se echó el mantón sobre los hombros, bajó quedo la escalera, abrió la puerta con cautela, salió y la cerró sin ninguna, echando la llave y dejándola puesta para que su querido no pudiera salir á perseguirla, en el caso de que despertase.

Justamente éste acababa de recitar el conjuro que le había enseñado María-Manuela. Al oir el golpe de la puerta, no imaginando que fuese la suya, sino la del vecino, tomólo por feliz agüero que venía á coronar la escena amorosa que acababa de pasar. Una sonrisa de beatitud dilató su rostro y quedó plácidamente dormido.

Mientras tanto, Soledad corría por las calles de Cádiz y llegaba á casa de su amiga Paca. No quiso ir á la de María-Manuela por razones de delicadeza fáciles de apreciar. Además, aunque ruda de inteligencia, ésta no había dejado de advertir que las bromas y chicoleos que su amante usaba ahora con Soledad tenían sabor distinto que antes. Andaba inquieta, celosa y, aunque amiga entrañable de aquélla, no podía disimular su escozor.

Paca la recibió con efusión, porque la quería de veras; la hizo acostarse, y apenas había amanecido Dios, vino á sentarse en su cama y la obligó á contar lo que había pasado. Soledad relató lo sucedido; cómo Velázquez había estado á punto de matarla, los esfuerzos de disimulo que había tenido que hacer para librarse de una puñalada, el miedo terrible que había pasado y, por último, los pormenores de su fuga. Calló el motivo de la reyerta. Paca no se lo preguntó porque de sobra lo conocía. ¿Qué podía ocultarse á aquella inteligencia superior y universal? Pero sin aludir á él directamente, supo pronunciar una brillantísima oración encaminada á persuadirla de que todo aquello «era conversación de Puerta de Tierra», y que el único hombre que la convenía, á pesar de sus defectos, era Velázquez, porque tenía buena entraña y la quería y porque con él se había perdido, y porque la mujer de vergüenza no debe ser más que de un hombre en su vida. Luego que la hubo bien doctrinado pasó á otra conversación, porque suponía que, dado el estado de ánimo de su amiga, era difícil que aceptase sus enseñanzas. Se necesitaba que trascurriesen algunos días para que se calmase y surtieran efecto.

Soledad quería marcharse en seguida para su tierra. No lo consintió su amiga, esperando que la nube se disiparía y vendría la reconciliación. Pero la tabernera cada día se mostraba menos dispuesta á ella. Á cuantas reflexiones la hacían contestaba resueltamente:

—No se cansen ustedes: yo no vivo ya con ese hombre.

Achacábanlo todos á terquedad, porque, en efecto, era apretada de sienes como una aragonesa, casi imposible de convencer cuando se apoderaba de ella una idea. Pero, además, poseía un fondo de rectitud, un alma justiciera que mantenía viva la llama de la ofensa. Los desprecios con que Velázquez había pagado su amor tierno y desinteresado le causaban cada día mayor indignación. Había llegado á aborrecerle y lo confesaba tranquilamente con la sinceridad que la caracterizaba.

No era esto, sin embargo, lo que más preocupaba á Paca. Tenía absoluta confianza en su elocuencia y sabía que más tarde ó más temprano llegaría á convencerla. Lo peor era que Antoñico rondaba la costa. En cuanto salían de casa ya lo tenían encima. En el Perejil, en la plaza de Mina, en todas partes se pegaba á Soledad como una lapa. La joven, en vez de huirlo, parecía buscarlo, le mostraba un semblante risueño y satisfecho. Esto tenía inquieta á la esposa de Pepe de Chiclana, porque conocía las pésimas condiciones del sujeto. Deploraba lo que podía suceder, no sólo ya por Soledad, sino también por María-Manuela, á quien igualmente estimaba. Tal inquietud subió de punto y se convirtió en miedo cuando supo que Antonio y María, después de una escandalosa reyerta en que se arañaron y apalearon, habían concluído por separarse: él se quedó en casa y ella se fué á la de su hermana.

Justamente acababa de recibir la noticia cuando tropezó en la calle con Manolo Uceda. Andaba éste retraído hacía algún tiempo. Desde el rompimiento de Soledad con Velázquez, en vez de acudir solícito á sitiar la plaza vacante, se había despegado un poco. Saludaba á la joven cuando la hallaba y hablaba con ella algunos ratos, pero no se le veía asiduo como antes. Quizá notaba la predilección de aquélla por Antoñico y esto le producía la natural repugnancia, ó bien trabajaba sobre sí mismo para vencer un amor que tantos dolores le había causado. Paca le contó lo que pasaba, hablaron largamente de Soledad, le expuso sus temores y concluyó por rogarle que tratase de disuadirla también de aquella relación que tanto podía perjudicarla.

—Convendría que se fuese en seguidita á Medina; pero, hijo, yo no puedo decírselo... Está en mi casa... Además, bastaría que notase por lo que es para que se encaprichase en quedarse y tal vez hiciese una atrocidad... Ya la conoce usted.

—Sí, sí; la conozco bien—respondió el joven con acento amargo.

—¿Por qué no la habla usted?

—¿Yo?—exclamó con sorpresa.—Yo no tengo ninguna influencia sobre ella.

—Está usted equivocado. Sé que le aprecia mucho... Cuando se habla de usted.... ¡uf! le pone por las nubes...

—¡Sí, para tenerme más lejos aún!—repuso con sonrisa melancólica.

Paca insistió. Argumentó metódicamente desenvolviendo sus ideas en serie interminable de sutiles demostraciones; estudió, examinó los pros y los contras, se lanzó con pasmosa agilidad al campo del análisis trascendental; en una palabra, rajó por los codos hasta quedar fatigada. Y como todo se lo dijo ella, Manolo no pudo decir nada, encontrándose, cuando menos pensaba, solo y citado para el día siguiente, á las once, en casa de Pepe de Chiclana.

No le pesó mucho. Aunque harto de desengaños y dolorida el alma, aún rebullía en su corazón la esperanza, por poco que la hurgasen. Acudió, pues, puntualmente á la cita con pretexto de hablar á Pepe de un caballo que iba á comprar. No tardó la ingeniosa Paca en dejarle solo y mano á mano con Soledad. La conversación fué mucho tiempo indiferente y penosa. No se atrevía á comenzar; estaba distraído, no decía cosa ordenada. Soledad, que tal vez sospechaba algo, se mostraba más grave que de ordinario y más parca de palabras. Mas por fin, y tomando pie de los frecuentes paseos que la joven daba por el Perejil, se atrevió á decir:

—Te veo casi siempre acompañada de Antoñico.

—Sí; alguna vez nos acompaña—repuso ella secamente.

Hubo una larga pausa.

—¿Y crees—dijo al cabo con tímida sonrisa—que te conviene ese acompañamiento?

—¿Pues?—replicó la joven con semblante serio mirándole á la cara.

Manolo bajó los ojos.

—Porque, á la verdad...., no ganarías nada en la opinión de la gente siguiendo de esa suerte... Es demasiado pronto para tomar otras relaciones... Además, Antonio tiene compromisos sagrados con una mujer, y sobre todo... tú lo sabes lo mismo que yo... no está bien reputado...

—¡Bah!—exclamó la joven un poco pálida.—Esas son cosas de la tienda de Velázquez. Los amigos no le perdonan que tenga buena sombra y que de vez en cuando les tome un poco el pelo.

Uceda se sintió mortificado por esta respuesta picante, pero tuvo fuerzas para disimular y dijo con acento grave y resuelto:

—Tendrá toda la sombra que quieras, pero no ha sabido portarse como persona decente ni con María ni con su amigo Velázquez, á quien debe favores y dinero.

Soledad se puso aún más pálida. Y dejando escapar la cólera que hinchaba su corazón desde el principio de la entrevista, profirió con voz alterada:

—¿Sabes lo que te digo, Manolo?... Que hagas el favor de dejarme en paz. Ni eres mi padre para reprenderme, ni el cura de la parroquia para darme consejos... Tú no puedes hablar de Antonio ni de ningún otro hombre que se me acerque... porque ya ves... cualquiera pensaría que lo haces por envidia.

Manolo se alzó de la silla como si le hubiesen pinchado. Toda su sangre dió una vuelta y le acudió al rostro. Acercóse á ella y, sacudiéndola por el brazo, profirió con ira concentrada:

—¡Niña! ¡niña! ¡niña! ¿qué estás ahí diciendo? El cariño que te he tenido no te autoriza para insultarme. No te pongas tantos moños. Si eres hermosa, otras lo son también, y si te quiero no es por tu mérito, sino por ser la primera mujer con que he tropezado... Después de todo, quizá no esté enamorado de ti, sino de la imagen que de ti se ha formado en mi corazón... Porque, á la verdad... voy viendo que interiormente vales bien poquito.

Soledad se puso á su vez roja como una amapola. Comprendió que le sobraba razón para encolerizarse y por un impulso noble de su naturaleza espontánea y justiciera le tendió la mano diciendo:

—Perdona, Manolo. Tengo el genio demasiado vivo y cuando me enfado digo cosas que nunca he pensado.

El caballero de Medina te estrechó la mano, habló pocas más palabras y se despidió al cabo de algunos minutos con bastante frialdad.

XIV La boda de Pepa.

Como puede inferirse, la fuga de Soledad impresionó hondamente el corazón del guapo. Pero el exceso mismo del golpe trajo consigo el abatimiento: en pos de éste vino una resignación desesperada que le guardó de dar paso alguno para buscarla y atraérsela. Hizo de tripas corazón y procuró distraer su dolor con el trato de los amigos más bulliciosos. Frecuentó mucho más las tiendas de vinos y en la suya procuraba que reinase la alegría hasta las altas horas de la noche. Con lo cual, si no se consolaba, por lo menos se aturdía.

Era esto poco, sin embargo. Comprendía que la mejor medicina para aliviarse sería un nuevo amor y trató de buscarlo. Vacilaba en dirigirse de nuevo á Mercedes la Cardenala, temiendo fundadamente que le rechazase, cuando llegó á sus oídos la noticia del rompimiento de Antonio y María-Manuela. De pronto nació en su mente la idea de galantear á ésta, con lo cual, además de procurarse distracción, se vengaba, hasta donde era posible, de su rival y molestaba á Soledad. De tal modo le sonrió este deseo que aquella misma tarde comenzó á ponerlo en obra, acompañando á la maga en el Perejil y por la noche en la plaza de Mina. Aunque imperfecta y abultada de facciones era María mujer de mucho atractivo y poseía una gracia picante y sensual que á no pocos había seducido. Á Velázquez nunca le había gustado, mas aguijoneado ahora por el anhelo de la venganza, procuró doblegar á ella su gusto, consiguiéndolo á medias. Animado por el éxito, llegó á esperar que al cabo le hiciese olvidar su desdichado amor, cosa que deseaba con todas las veras de su alma. Pocas entrevistas fueron necesarias para que los dos se entendiesen. La una aceptó al instante los galanteos, por la misma razón que el otro se los dispensaba. Y con afectada libertad exhibieron sus relaciones por todas partes. Velázquez pensaba ya en proponerla que se fuera á vivir con él.

Estaba en toda su fuerza el verano. El África exhalaba su aliento cálido sobre la coqueta ciudad enardeciéndola, sobresaltándola, como una doncella que recibe el beso abrasador de su amante. Por las mañanas, la gente acudía á los baños del Real á refrescarse, y los mancebos tenían ocasión de acercarse á las zagalas para decirles mil requiebros hiperbólicos, y lo que aún era mucho más grato, para ver sus blancos pies desnudos y observar la graciosa curva de sus formas bajo el leve, flotante, vestido de baño. Por la tarde volvían á hallarlas en el Perejil, y allí, viendo al sol hundirse majestuosamente en el Océano entre rojizos resplandores, su amor se hacía reservado y melancólico. El horizonte se desplegaba como una visión de oro. El mar bebía la irradiación del cielo. El crepúsculo, subiendo poco á poco de Levante envolvía á la ciudad con su velo sombrío, apagaba después las luces temblorosas del Océano, se esparcía sobre las olas dejándolas verdes, inmóviles. Un soplo de tristeza estremecía súbito á los enamorados, poniéndolos graves y mudos, mirando con ojos extáticos la huída de la luz. Pero llegaba la noche sembrada de estrellas, y allá en la plaza de Mina, escuchando los sones armoniosos de la música, favorecidos por la sombra, de nuevo se acercaban para verterse en el oído los dulces secretos de su corazón. Y su amor entonces adquiría un sentimiento de tierna intimidad, venía envuelto en promesas halagadoras que los ponía gozosos y locuaces.

En una de estas noches sembradas de estrellas, y en un banco de la plaza de Mina, fué cuando nuestro amigo Frasquito dejó señalado el día de su matrimonio. Hubo dificultades para arreglarse antes. El padre de Pepa, que era maestro carpintero y había adquirido en sus contratas un razonable caudal, tenía demasiado apretados los cordones del bolsillo, no se decidía á señalar dote á su hija, contentándose con responder á las instancias de los novios que «los ayudaría en todo lo que pudiese». Pero tal vaga promesa estaba lejos de satisfacer el espíritu esencialmente práctico y ordenado de Frasquito. Enemigo irreconciliable de las abstracciones tratándose de asuntos tan serios, iba aplazando la boda mientras no viese algo más concreto. Finalmente, aquella mañana, el maestro carpintero se había humanizado y le prometió diez mil pesetas para comprar la participación que su tío tenía en el comercio y quedarse él solo con el negocio de las harinas.

Señalado el día por los novios, pedida la novia oficialmente por el señor Rafael y arreglados los papeles á toda prisa, se tomaron los dichos en la vicaría. Después de las correspondientes amonestaciones celebróse la boda, al entrar la noche, en casa de la novia. Fueron padrinos el señor Rafael y Mercedes la Cardenala, prima de Pepa. Asistieron á ella los parientes y amigos de ésta y la reunión de la tienda de Velázquez, por ser los más íntimos que el novio tenía. Manolo Uceda se excusó por verse obligado á dormir aquella noche en la Isla; en realidad, por no encontrarse con Antonio y Soledad. Ésta se había negado en un principio á asistir á pesar de las vivas instancias de Frasquito, pero habiendo venido la misma Pepa á suplicárselo no tuvo más remedio que ceder.

Se preparó la comida en una de las tiendas de Puerta de Tierra, y después de la ceremonia todos se trasladaron allá en coche. Iba una jardinera de diez asientos; pero no cabiendo todos en ella, los sobrantes se acomodaron en berlinas de punto: Velázquez en una con Frasquito, el señor Rafael en otra con el padre de Pepa, y así sucesivamente. Las mujeres prefirieron casi todas ir en la jardinera acompañando á la novia. Esta, después de haberse despojado de la mantilla, se había echado encima del traje negro de seda con que se casara un espléndido pañolón de Manila azul bordado en blanco. La mayoría de las otras iban adornadas con prendas semejantes. El de Soledad era negro bordado en rojo, el de Paca amarillo con flores negras, el de María-Manuela rojo y blanco, el de la madrina blanco y verde.

Las calles hervían de gente cuando la comitiva se puso en marcha atravesando al medio la ciudad por mayor gala. El estrépito de los coches y su número desusado sorprendían á los transeuntes, que se detenían, y al enterarse de que era boda gritaban riendo:

—¡Vivan los novios!

Y los de la comitiva respondían con vivas aún más sonoros, golpeando al mismo tiempo con los bastones hasta romperlos. El padrino hacía parar delante de todas las tiendas de montañeses conocidas; llamaba al chicuco; aparecía éste con una batea de cañas; se bebían alegremente entre el corro de la gente que se apiñaba instantáneamente para verlos, y ¡arrea, niño! vuelta á escapar desempedrando las calles.

En la de la Carne el aplauso y la algazara fueron indescriptibles. Los transeuntes se arremolinaban impidiendo el paso de los carruajes. El grupo de mujeres de la jardinera alcanzó una ruidosa ovación.

—¡Viva la sal de la tierra! ¡Vivan las mujeres castizas! ¡Vivan los novios! ¡Vivan los padrinos!

El señor Rafael, entusiasmado, arrojaba puñados de almendras y monedas de cinco céntimos á los chicos. Con lo cual éstos corrían detrás del cortejo dando chillidos penetrantes y poniendo en conmoción al vecindario.

Salieron al fin de la ciudad por la famosa puerta, siguieron buen trecho la angosta lengua que la une á la tierra y pararon delante de una de las más nombradas tiendas de vinos en que la juventud gaditana acostumbra á solazarse. Como el calor sofocaba, habíanles puesto la mesa en el jardín, dentro de un aposento formado de tablas con dos grandes ventanas al campo. Y sin ceremonia alguna, en medio del bullicio y la alegría, sentóse cada cual donde bien le pareció. La novia entre el padrino y la madrina, el novio al lado de su suegro, á quien empezaba á bailar el agua mucho más que á su esposa; Soledad junto á Antoñico, Velázquez junto á María-Manuela, Gregorio, hermano de la novia, pegadito á su prima Isabel la Cardenala, Paca entre el Cardenal y la Cardenala viejos, embelesándolos con su afluencia maravillosa.

Velázquez había saludado á Soledad fríamente en casa de Pepa durante la ceremonia. Aquélla le había contestado con mayor frialdad aún. Luego no habían vuelto á dirigirse la palabra ni á mirarse siquiera. Mientras duró la comida el majo afectó mucha alegría y prodigó á su pareja mil delicadas atenciones procurando hacerlas bien ostensibles. Ella le ayudaba siguiéndole el humor, no teniendo ojos ni oídos más que para él. Soledad y Antoñico charlaban mucho más quedo, pero también con más sabrosa intimidad, riendo á cada momento ella con no fingidas ganas los chistes del pícaro.

Cuando hubieron comido según sus deseos, empezaron á levantarse de las sillas y á cambiar de asiento y postura, formando pequeños grupos, retrayéndose las parejas enamoradas á los rincones para charlar más á su gusto. Pero seguían cambiándose entre unos y otros, aunque á distancia, las mismas guasas picantes. Se charlaba, se gritaba, se reía cada vez con mayor ruido y regocijo. El guitarrista y la cantaora que habían traído consigo no daban paz á los cantos de la tierra, malagueñas, seguidillas, polos, soleares, aunque sólo tres ó cuatro más filarmónicos los escuchasen en silencio.

Pepe de Chiclana tuvo una idea feliz.

—¡Que bailen los novios!—gritó.

Este grito halló eco en seguida entre los invitados.

—Eso está bien dicho. ¡Que bailen!

Pepa se prestó al instante á ello, pero á Frasquito no hubo poder humano que le hiciese menear las piernas. Alegaba ignorancia; si supiese, con mucho gusto echaría un baile. En realidad desdeñaba el arte de Terpsícore: toda su devoción la consagraba á Mercurio. Sentado en un rincón al lado de su suegro, departía con él amigablemente sobre asuntos serios, remojando á menudo las fauces con sendas cañas de manzanilla. Ni la misma Pepa con sus ruegos logró moverle de la silla. Entonces el señor Rafael, enojado de aquella falta de galantería, se levantó exclamando:

—Ea, chiquilla, deja á ese gallego y humíllate á dar cuatro pataditas con este pobre viejo.

—¡Ole por el padrino!—gritaron los compadres con entusiasmo.

Y entre el furioso palmoteo de todos la novia y el padrino chasquearon los palillos y empezaron á moverse acompasadamente uno frente á otro. La cantaora, con voz penetrante, cantó:

«Á la señora novia

sacadla á bailar,

para que se despida

de su mocedad.»

—¡Bueno va!—¡Oblíguela usted, padrino!—¡Vivan las novias saladas!

Todos palmeteaban y chillaban jaleando á los bailadores. Algunos tomaron puñados de almendras de la mesa y las arrojaron al aire, cayendo como una nube sobre ellos.

La novia se fatigó antes que el padrino. Esto causó gran regocijo. El viejo fué felicitado con entusiasmo.

Pepa, jadeante, dijo:

—Que baile ahora Soledad para quitarles á ustedes el amargor de la boca.

—¡Que baile! ¡que baile!—gritó la reunión.

Soledad hizo signos negativos con la cabeza.

—Déjenla ustedes ahora: Soledad no está templada todavía—manifestó Velázquez afectando desenfado.

El rostro de la joven se contrajo con expresión sombría, y volviéndolo hacia Antoñico dijo en voz baja:

—No soy guitarra para templarme.

Los convidados, que sabían bien lo que pasaba, temieron una escena desagradable y no insistieron.

Pero la alegría no se enfrió por eso. El señor Rafael tomó la guitarra exclamando:

—Ya me han conocío ustedes como bailarín. Ahora van á conocerme como músico.

Y después de rasguear y puntear el instrumento con no esperada habilidad, cantó con bronca voz, dirigiéndose á Pepa:

Porque te quiero te digo

que te registren el novio,

porque no está de recibo.

La chuscada causó gracia á todos menos á Frasquito, quien sacudió la cabeza malhumorado. Lo estaba también porque la conversación con su suegro tomaba un sesgo bastante desagradable. El maestro carpintero, que había embaulado un río de manzanilla, con la expansión que el vino comunica, le estaba haciendo una porción de confidencias gravísimas. Decíale con lengua estropajosa que no era tan rico como se decía, que si es verdad que en algunas obras había ganado algunos cuartos, en otras salió con las manos en la cabeza. Además, había gastado un caudal en la enfermedad, bien larga, de su difunta esposa. Y para remate de fiesta, tres meses hacía que un pícaro de la Isla á quien tenía dados quince mil reales á réditos se había declarado insolvente.

Frasquito escuchaba todo esto serio, fruncido, sin asomo de borrachera, llevando las cañas á la boca con mano trémula. Después de larga pausa, el maestro carpintero, con la mayor tranquilidad, como quien no dice nada, soltó la siguiente bomba:

—De modo, hijo, que por ahora y en mucho tiempo tampoco, no cuentes con las diez mil pesetas de que hemos hablado.

Frasquito se puso pálido como un muerto. Quedó paralizado un momento y apenas pudo balbucir:

—¡Cómo! ¿Ahora salimos con eso?

—Pues ahora es la ocasión, porque empezáis á vivir—replicó con audacia tranquila el carpintero.—Tú eres un hombre formal, sabes trabajar y harás feliz á mi Pepa. Cuando yo me casé tenía solamente...

Frasquito no le dejó concluir. Con ademanes descompuestos, echando casi espumarajos por la boca, profirió:

—Lo que ha hecho usted es engañarme como un charrán. Eso no lo hace ningún hombre que tenga vergüenza, ¿sabe usted?

El carpintero empalideció á su vez.

—¡Voto á Dios! ¿Me estás insultando?

—Sí, señor, lo repito—gritó aún más sofocado el novio.—¡Es usted un sin vergüenza! ¡un canalla!

El viejo alzó la mano y descargó una tremenda bofetada, una bofetada de carpintero, en el rostro de su yerno. Éste le echó las manos al cuello. Gritos, maldiciones, espantosa confusión. A duras penas lograron entre todos separarlos. La novia exhalaba quejidos lastimeros, llorando abundantes lágrimas y sin saber á quién dirigirse. El viejo, sujeto por unas cuantas manos, juraba y perjuraba que había de espachurrar al morral de su yerno. El yerno, estrechado por un grupo de convidados, les demostraba palmariamente que su suegro era un pillo, un estafador, acompañando la demostración de un áspero crujir de dientes que ponía espanto á los circunstantes y en particular á las hembras.

Pero su tío, el señor Rafael, tomándole por un brazo y llevándole aparte, le dijo al oído:

—Hijo, no te sofoques. ¿No ves que tu suegro está borracho perdido?

Estas prudentísimas palabras gozaron el privilegio de calmar instantáneamente la cólera de Frasquito. Renació la esperanza en su corazón y otra vez tornó á ver las diez mil pesetas delante de los ojos.

Lo mismo, poco más ó menos, le dijo el viejo Cardenal al maestro carpintero. Frasquito tenía una mona que no se lamía el infeliz. Con lo cual se le aplacó bastante á aquél su enojo, contentándose ya solamente con manifestar su profundo desprecio hacia los muchachos del día, que «en cuanto lo cataban perdían la cabeza».

Finalmente, tranquilizáronse los ánimos y otra vez reinó la concordia y la alegría. El señor Rafael volvió á tomar la guitarra y soltó una serie de coplillas chuscas y picarescas que hicieron brincar de gozo á los alegres compadres.

Velázquez y María-Manuela, sofocados por el calor, se habían acercado á la ventana y respiraban la brisa frente á la bóveda estrellada del cielo. El majo mostraba una alegría miedosa, donde se percibía, no obstante, alguna afectación, un dejo de inquietud y tristeza que por momentos lo hacía enmudecer y le arrugaba la frente. Al salir de una de estas breves pausas, dijo á su compañera con sonrisa melancólica:

—María, ¿te acuerdas de aquel rey de copas que anunciaba mi matrimonio con Soledad?

La maga quedó turbada sin saber qué contestar. Al fin balbució:

—Las cartas no mienten nunca, hijo... Habrá sido culpa mía el no haberlas entendido.

—¡Lo que anunciaba no era mi matrimonio, sino el de Frasquito!—exclamó riendo.

Y, observando que su burla oscurecía el rostro de la joven, añadió tomándole una mano y acariciándola:

—No hagas caso, serrana; anunciaba, sí, mi matrimonio, pero era contigo... ¡contigo, morena, que tienes unas pestañas que se clavan en el alma como alfileres!

—¡Quita allá, falso! ¡No gastes guasa!—replicó ella dándole un leve empujón.

El guapo se mostró entonces exageradamente cariñoso y rendido, cubriéndola de flores y requiebros. La ruda y graciosa morena concluyó por decir sonriendo:

—¡Calla, calla, Velázquez, que me empalaga la arropía!

Pero á su espalda se había armado gran algazara. El señor Rafael, harto de cantar y tocar, se entretenía, como de costumbre, en embromar á su sobrino.

—Has hecho una buena boda, Pepa. Te llevas un mozo de circunstancias; te llevas mis pies y mis manos... Un hombre corriente y trabajador como el que más... que te saca una cuenta de multiplicar ó dividir en menos tiempo que se persigna un cura loco... Solamente tiene un vicio... que se le cuela al pobrecillo el dinero por entre los dedos como si fuese agua...

—¡Qué bilis tiene usted, tío!—exclamaba Frasquito mientras los demás reían á carcajadas.

—¡Casi ná!... Átale corto, prenda, porque si te descuidas es capaz de dejarte sin platos en la cocina...

Y el viejo, á quien el vino ponía siempre provocativo, soltaba un chorro de gracias mortificantes. Los invitados se retorcían de risa. El novio, cada vez más sofocado, gritaba con acento colérico:

—¡Dejarlo!... ¡dejarlo! Se le ha destapao el tarro, y hasta que eche toda la bilis no callará.

Velázquez se había aproximado para gozar de la guasa, dejando sola á María-Manuela á la ventana. Antoñico, se levantó de la silla donde estaba cerca de Soledad y, dando una vuelta con disimulo al aposento, se acercó á su antigua querida.

—Presente, mi capitán—le dijo blandamente al oído.

La joven se estremeció, volvió rápidamente la cabeza y, echándole una mirada torva, siguió contemplando en silencio el firmamento. Antoñico se apoyó á su lado en el marco de la ventana, y después de una larga pausa dijo en voz baja:

—Soy yo, el arrastrao, el sinvergüenza de Antoñico, que está dando las boqueadas como un pez fuera del agua.

—Pues tírate de la muralla y zambúllete en el mar—repuso ella en voz baja también y sin cambiar de postura.

—Eso haría de buena gana, si no fuese que me hace daño el agua fría. Ya sabes que padezco de reúma.

—Avisa que te lo calienten.

—¡Soy muy desgraciado! La bañera se empeña en ponérmelo como hielo.

—¿La bañera de ahora?

—No, la bañera de antes.

—¿Qué importa si el baño no es para ti?.

—Pues me cuelo en él aunque me quede tieso.

—La bañera te haría salir á palos.

—Eso me conviene para entrar en calor más pronto.

—¡Qué sin vergüenza!

—¡Noticia fresca! Acabo de decírtelo.

Velázquez al volverse y observar la maniobra de Antonio, sintió un movimiento de cólera. Pero se calmó pronto al ver la silla cercana á Soledad desocupada. Por impulso repentino se sentó atrevidamente en ella. La joven no pudo reprimir un vivo estremecimiento y manifestó al instante su disgusto con semblante oscuro y enojado como pocas veces se le había visto.

Después de su golpe de audacia, el majo quedó confuso sin saber qué hacer ni decir. Al cabo, con alegre rostro, exclamó:

—¡Quien fué á Sevilla perdió su silla!

Soledad no respondió ni movió siquiera un pliegue de su fisonomía. Entonces él, adoptando un tono jocoso y desenfadado, dijo:

—¿Me permite usted descansar un momento en esta silla?

—No es mía—respondió secamente.

—Supongamos que lo fuese.

—Si lo fuese no estaría en un establecimiento de Puerta de Tierra.

—Voy á comprarla y se la regalo. ¿Qué haría usted?

—Dejarla donde está.

—¿Conmigo encima?

—Con usted ó con otro. Me es igual.

—Si le es á usted igual, me quedaré yo. Quiero más sentarme aquí que á la diestra de Dios Padre.

Soledad se encogió de hombros con desdén y murmuró:

—¡Tardaba ya mucho!

Estaba inquieta desde que Antoñico se había acercado á María-Manuela. Sus ojos se clavaban coléricos en ellos y querían pulverizarlos. Las palabras temblorosas de Velázquez le parecían un ruido molesto, la ponían aún más nerviosa. Pero habiendo vuelto la cabeza Antonio y habiéndose encontrado sus miradas, el humor de la joven cambió repentinamente. Empezó á responder con amabilidad á su antiguo amante, á mirarle cara á cara y hasta á inclinarse hacia él, á mostrarse jovial y locuaz, demasiado locuaz para que no se advirtiese el esfuerzo sobre sí misma.

Velázquez se hallaba en el séptimo cielo. Aceptaba aquella amabilidad como moneda de buena ley. A los pocos minutos de conversación ya se creía otra vez dueño del corazón de la hermosa y se mecía en un océano de risueñas ilusiones.

Seguía la zambra en el aposento. Mercedes la Cardenala bailaba con Gregorio, su futuro cuñado. Frasquito, que estaba agitadísimo después de la reyerta con su suegro, experimentó la necesidad de bailar, quizá para aturdirse, y bailaba con Isabel. El señor Rafael trincaba con el maestro carpintero en un rincón, mientras en otro, una joven casada, cuyo marido no estaba allí, contaba sus desazones domésticas y pedía consejo á Paca la de la Parra.

—Bien puedes creerme, Paca, no hay tío más desalmao ni más hereje. El otro día, seis duros tristes que tenía apartados para hacer unos vestiditos á los niños, me los quitó y se fué con ellos cantando á la taberna y no vino en dos días á casa...

—Pues no parece...

—¡Anda! ¡Ya lo creo que no parece! ¡Como que el que lo ve le apetece cogerlo y ponerlo en el altar de San José en lugar del santo! Para todos es una mosquita muerta... pero en casa, yo te aseguro, hija, que está demasiado viva y que pica mejor que un alacrán... Mira—añadió remangándose los brazos,—nadie creerá que él es quien me ha hecho estos cardenales...

—Pero ¿te pega?—exclamó Paca con asombro.

—Á lo señorito, ¿sabes? Sin gritos ni blasfemias como los demás, me da unos pellizquitos de monja que me deja el cuerpo negro como el cordobán... Y el angelito mientras tanto sonríe y me pregunta con mimo: «¿Qué tienes, hija mía? ¿Te he hecho daño?» ¡Maldita sea su estampa!... Como sé cuáles son los sagrarios que recorre, muchas veces mando á un chico á buscarlo. ¿Crees que se viene para casa ó que se enfada? ¡Na! Se queda con el chico y le emborracha. Le mando otro, y lo mismo. ¡Ha habido veces en que se han reunido los cinco niños en la taberna! «¡No falta ahora más que la cocinera!» dice el sinvergüenza... porque es así como me llama.

Paca no pudo reprimir una carcajada.

—¡Sí, ríe, que yo también he reído cuando vi llegar á los hijos de mis entrañas cayéndose contra las paredes!... ¿Y sabes la gracia que ha sacao nuevamente? Pues ahora al tío roío le da por celarse de su sombra... Ya ves tú—añadió con leve inflexión de vanidad,—¡á mis años y después de haber parido siete veces!... No puedo salir á la calle sin que se ponga en acecho; no puedo peinarme ni vestirme un poquito decente... Á fuerza de trabajos había logrado comprar unos zapatos de charol y hacerme un vestidito de merino fino. Pues un domingo que salí con él al Perejil, por si había mirado á Fulano y por si Mengano había dicho ¡ole!, llegamos á casa y, sin decir palabra, toma unas tijeras y tiene las malas tripas de hacerme rajas el vestido y los zapatos... ¡Ea! ¡otra vez desnuda!... Yo le digo: «Pero, hijo, ¿es que te gusto más en cueros?...»

Iba á emitir Paca su autorizada opinión en este litigio, cuando se interpuso Frasquito, que venía á consultarla sobre si sería ó no oportuno enviar por amoniaco á la botica más próxima, para dárselo á su suegro á ver si despejaba un poco. Aunque su tío Rafael le había asegurado que en durmiendo la mona recordaría la sagrada promesa que le había hecho, su inquietud no le permitía esperar con calma al día siguiente. Ansiaba que por cualquier medio recobrase la razón y con ella la conciencia de sus obligaciones.

Paca no juzgó prudente aquella medicación, tanto menos, cuanto que el maestro carpintero departía muy tranquilamente con el señor Rafael, bien ajeno de la necesidad de introducir en su cuerpo una dosis de álcali volátil. Justamente en aquel momento estaba dirigiendo por vigésima vez á su compadre una serie de preguntas que alejaban toda sospecha sobre este punto.

—Vamos á ver, ¿estoy yo borracho? ¿Hablo cosas formales?... ¿He faltado á alguno?... ¿Soy ó no un hombre regular?... ¿Me levantan á mí la cabeza dos cañitas?... ¿Sé alternar ó no sé alternar?...

El señor Rafael apoyaba con todas sus fuerzas estas proposiciones, aunque disimuladamente hacía guiños expresivos á su sobrino; pero éste sacudía la cabeza con desesperación, hallando cada vez más inevitable el socorro de la química.

Mientras tanto seguía el bailoteo en aumento. Tomaban ya parte en él los que antes hacían más remilgos. Hasta la vieja Cardenala se arrancó por panaderos con un comerciante vecino casi tan antiguo como ella. La novia, rendida ya, jadeante, se empeñaba, no obstante, en bailar sola, sin hacer caso de María-Manuela que le advertía con empeño de que no lo hiciera, porque se bailaba con el diablo.

Mercedes, la madrina, un poco excitada por el vino, quería que Velázquez bailase con ella. Desde su rompimiento, la joven guardaba en el fondo de su pecho hacia el majo un sentimiento indefinible, mezcla de rabia y simpatía, de desprecio y amor. Velázquez, que siempre había sido poco amigo de echar las piernas al alto, se negaba, haciendo, sin embargo á su antigua novia mil cortesías, mostrándose con ella extremadamente dulce. No era pura galantería ó gratitud lo que le impulsaba á ello. Había también su parte de vanidad, porque Mercedes tenía novio, y éste, que era un mancebo casi imberbe, no mal parecido, llamado Gabino, andaba celoso, desesperado, desde que viera que su novia coqueteaba con Velázquez. El guapo, á quien el amor y los pesares no habían podido arrancar de cuajo su inveterada arrogancia, gozaba con las preferencias de la bella y los celos del muchacho.

—¿Dónde va tu novio tan encandilao?—díjole sonriendo con orgullo, viendo salir al joven del aposento como un huracán.

—Déjalo—respondió ella haciendo una mueca de desdén.—Es un tío lila, ¿sabes?... Se ahoga el infeliz en una tacita de agua. De seguro que ha salido al campo para llorar más á gusto.

—¡Para llorar!... ¿Por qué?

—Porque está celoso de ti.

—¡Válgame Dios!... Parece mentira que un buen mozo tenga celos de este pobrecito viejo—repuso Velázquez con mal disimulada jactancia.

—¡Ya, ya! Es que se fía poco de mi gusto.

—¿Tan echao á perder lo tienes?

—Estragaíto del todo, querido... Figúrate que hace ya un mes que no puedo comer más que cosas frías.

—¿Me quieres comer á mí?

—Por lo frío podía pasar, pero eres demasiado duro.

—Mírame un ratito con esos ojillos puñaleros y me verás derretío.

—Te estoy mirando hace un año y no veo ninguna pringue en el suelo.

—¿Á que no me esperas esta noche en la reja de tu casa?

—¿Á que no echas conmigo un bailecito?

—Vamos á verlo—replicó el guapo levantándose.

Mientras tanto, el desgraciado Gabino, después de atravesar el jardín, había salido al campo, como su novia adivinó burlando. No lloraba, pero tenía el corazón tan henchido de tristeza que le tomaron deseos de sentarse entre los railes de la vía férrea que por allí cruzaba y esperar á que algún tren lo arrollase. Se arrimó á una empalizada y se puso á rumiar sus desengaños, cuando oyó cerca rumor de conversación. Las ventanas del salón de tablas donde la boda se celebraba abrían hacia aquel sitio. Ocultóse en la sombra y acercóse cuanto pudo á ellas para escuchar, no tanto por curiosidad como por la esperanza de percibir la voz de su adorada. Á la escasa claridad de la luna, que comenzaba á salir, vió que los dos que departían en la ventana eran Soledad y Antoñico. Observó que la joven estaba agitada, convulsa, que acompañaba sus palabras de vivos movimientos de cabeza, mientras Antonio, con la suya inclinada hacia el suelo, hablaba poco y con humildad.

—Si no la puedes ver más que al diablo—profería la joven haciendo esfuerzos por reprimir la voz,—si la aborreces, ¿por qué te acercas á ella públicamente? ¿Por qué le das ese gusto sabiendo que á mí puede mortificarme? ¿No ves que la gente nos observa, que puede muy bien suponer que de aquella candela queda algún rescoldo?... ¿Te has figurao, hijo, que vas á ponerme en ridículo como has hecho más de mil veces con ella? ¡Que te se quite, niño!... Nuestro compromiso es de ayer y está sostenido por un hilito... Tomo las tijeras y ¡zas! lo corto... ¡Ya está cortado!... Ya no tenemos ná... Conque tú por un lado y yo por otro...

—¿Por qué lado voy?

—Por el que te dé la gana.

—Entonces voy por el de tu corazón y me quedo en él de huésped.

—En mi corazón no caben tíos fanfarrias... Acabo de salir de un fachendón y ¿quieres que dé en otro?

—Te arrepentirás de haberme insultado sin motivo. Me acerqué á María para preguntarle solamente por su sobrinito que está enfermo... Ya sabes cuánto he querido yo siempre á ese niño...

—¡Ay qué Dios! ¿Y para preguntar por la salud del sobrinito te estás media hora de pitorreo con la tía?... Mira, Antonio, no quieras meterme los dedos por los ojos...

—¡Líbreme Dios de ese sacrilegio!... Lo que quiero es meter los labios ahora mismo.

—¡Ea! no me vengas con monerías de gata tripera... Confiesa que te gusta aún María... Vete con ella bendito de Dios y déjame á mí el alma quieta...

—Confieso que te quiero de todo corazón... que paso las fatigas de Dios en cuantito me miras soberbia; que eres la primera y la única mujer que he querido de verdad... y que en prueba de amor eterno te regalo este higo paso—añadió presentándole uno.

—¡Anda que te zurzan!—exclamó la joven riendo y arrojando el higo al suelo.

Bajaron la voz. La plática comenzó á ser suave y cordial y entreverada de risas.

La reconciliación estaba hecha.

Al cabo de un momento Gabino pudo observar, sin embargo, que Soledad tornaba á ponerse seria. Antonio la instaba con dulzura: ella negaba vivamente haciendo repetidos signos con la cabeza. Excitada su curiosidad, el mancebo permaneció inmóvil á ver en qué paraba y lo que aquello significaba. Antoñico no cejaba en sus demandas ni la joven en sus negativas. Mas al fin éstas fueron desmayando y la bella concluyó por quedarse inmóvil con los ojos extáticos, mientras el galán seguía murmurándole al oído sus deseos.

Soledad se pasó entrambas manos por el rostro y, con súbito ademán, sacó una llave del bolsillo y se la entregó. Al mismo tiempo dió la vuelta y se retiró de la ventana.

Velázquez bailaba con Mercedes. Su antigua querida comenzó á palmotear y á jalearlos de tal modo que el guapo volvió la cabeza sorprendido y los presentes hicieron lo mismo. Al observar su faz pálida, demudada, se guiñaron el ojo y no faltó quien exclamase:

—¡Bueno va! Soledad al fin la ha pescao... Si te caes, yo me comprometo á llevarte á casa en brazos, niña.

—¡No me caigo, no, desaborío!... ¿Quieres ver cómo no se me doblan todavía las piernas?... Venga un tango, Luisillo, que voy á bailar á la salud de los novios y de toa la compañía.

—¡Ole la niña graciosa!... ¡Viva tu boca, salero!—gritaron entusiasmados los hombres.

Y lo mismo ellos que ellas suspendieron sus pláticas para darse el gusto de ver á la que pasaba por primorosa bailadora.

El guitarrista preludió un tango. La cantaora iba á modular la copla cuando Soledad exclamó con violencia:

—¡Yo no bailo más que sobre la mesa! ¡Quitarme todo eso de encima!

Veinte manos se apresuraron á cumplir la orden, separando la vajilla y los manjares que aún quedaban. Pero como estuviese manchada de vino, Pepa, excitada, descolgó de la percha con brioso ademán su espléndido pañolón de Manila y se puso á limpiar con él. Frasquito, al ver aquella monstruosidad, dió un brinco y cayó sobre ella, arrebatándole el pañolón de las manos con gesto colérico. Este acto produjo gran indignación en los presentes.

—¡Cómo!... ¿No te da vergüenza mirar por un pañuelo el día de tu boda? ¿No vale más la alegría de tu mujer que un trapo? ¡Habrá gallego!...

Y todos le increpaban con ira mientras el señor Rafael se retorcía de risa en un rincón gritando:

—¡Vivan los novios rumbosos!

Las mujeres, más irritadas que los hombres de aquella falta de galantería, echaron mano igualmente á sus mantones y se disputaron el placer de limpiar también con ellos la mesa. Había llegado la hora del vértigo. Soledad puso el pie en una silla y de un brinco se plantó sobre la mesa, inaugurando el baile con un fuerte taconeo que electrizó á la reunión. Luego se irguió haciendo resaltar su bella figura escultural.

—¡Ole la palma gallarda! ¡Vaya un talle sandunguero!... ¡Suelta esa mata de pelo, gachona!... ¡Vivan las mujeres flamencas!

Y entre los gritos y los oles y el palmoteo infernal, Soledad bailó con toda la elegancia y gentileza que ella sólo sabía. Los hombres ponían bajo sus pies los sombreros para que los pisase; las mujeres arrancaban las flores de su cabello para arrojárselas. Cuando bajó la cubrieron de besos.

Pero la bella se dejó caer jadeante en una silla y quedó silenciosa y sombría sin participar del frenesí que allí reinaba.

Los viejos dieron, al fin, la señal de retirarse. La partida fué ruidosa. Antes de acomodarse en los coches se pasó cerca de media hora, cambiándose entre unos y otros interminables bromas que hacían fluir las carcajadas. Casi todos estaban roncos. Los hombres, perezosos para meterse en los vehículos, hacían traer á ellos bateas con cañas y las servían á las hembras, que las rechazaban riendo, cuando no les bañaban el rostro con ellas.

Los cocheros ya se preparaban á arrear á los caballos cuando el señor Rafael, que chorreaba alegría por todos los poros, tuvo la ocurrencia de obligar al viejo Cardenal y á su esposa á que echasen un baile de despedida. Y no hubo otro remedio. Tan pesado se puso que al cabo los Cardenales bailaron sobre la carretera, á la luz de la luna, entre la algazara del cortejo nupcial que los jaleaba desde los coches.

Pero aquel momento gozoso fué turbado por la mala intención de Antoñico, que participó al maestro carpintero cómo Frasquito intentaba darle amoniaco para limpiarle la mona. Encrespóse atrozmente aquél y nada menos pretendía que bajarse del coche y echar los dientes fuera á su yerno. Á duras penas podían sujetarlo. Pepe de Chiclana cortó en flor la querella gritando á los cocheros:

—Arread, muchachos, y que se quede el que quiera.

Chasquearon los látigos y los caballos arrancaron al trote. Pero todavía, por encima del ruido de las ruedas y las campanillas, se oía vociferar al carpintero:

—¿Álcali volátil á mí? ¡Granuja! Vamos á ver, ¿estoy yo borracho? ¿Hablo cosas formales? ¿He faltado á alguno?... ¿Sé alternar ó no sé alternar?

XV Noche gaditana.

Cuando entraron en Cádiz sonaba la una. La hermosa ciudad dormía sobre el mar, como una odalisca en brazos de su déspota. El cielo espléndido de la Bética formaba sobre ella un pabellón poblado de luces. Una leve brisa embalsamada refrescaba su frente ardorosa.

El estrépito de los coches turbó un momento aquel sueño tranquilo. Más de una tierna doncella dejó sobresaltada el lecho y se acercó á su balcón con los pies desnudos para ver lo que pasaba. Y al oir el grito de ¡vivan los novios! que repetía sin cesar el cortejo nupcial, sus cándidas mejillas se coloreaban, sus labios de coral se dilataban con sonrisa dulce murmurando: «¡Una boda!» y tornaba al lecho y se dormía soñando escenas de felicidad que el cielo bendice.

La comitiva recorrió las calles deteniéndose delante de algunas tiendas de montañés y haciéndolas abrir para beber unas cañas. Los novios, que habían regresado juntos en una berlina, dieron esquinazo á su cortejo y se escabulleron bonitamente para casa. Los demás recalaron todos á la tienda de Crisanto, en la calle de Pedro Conde, levantaron al montañés que ya se había acostado, é introduciéndose por la puerta falsa del portal, invadieron ruidosamente el establecimiento. Y ¡vengan cañas de Sanlúcar! ¡venga cante y guitarra y jaleo!

Pero las mujeres estaban rendidas: no tardaron en hablar de su casa; se inició la retirada por la vieja Cardenala y poco á poco fueron desfilando casi todos. No quedaron en la tienda más que los borrachos empedernidos, el señor Rafael, el maestro carpintero, el Cardenal y otros cuatro ó cinco convidados.

Velázquez se puso al lado de María-Manuela mientras marchaban en grupos por las calles; pero cuando al llegar á una esquina se despidieron de la familia de Mercedes, tuvo ocasión de acercarse á ésta y hablar con ella algunas palabras.

—Adiós, gitana—le dijo estrechándole la mano afectuosamente.—Adiós, naranjita china.

—Estoy deshecha, niño—respondió ella con languidez afectada.—He bailado más que un trompo.

—¿De modo que no sostienes la apuesta?

—¡Anda! Ya lo creo que la sostengo.

—Entonces, dentro de media hora me tienes arrimado á tu ventana.

—Dentro de media hora te espero en ella.

Y con las manos enlazadas se clavaron una larga mirada, entre burlona y amorosa, tratando de registrarse el alma. Pero al volver la cabeza cesó repentinamente la alegría del majo al observar que María-Manuela estaba haciendo lo mismo con Antonio. Quedó repentinamente serio, no porque la bravía morena le hubiese tocado en el corazón, sino por la insolencia de Antoñico. Á pesar de los últimos reveses seguía tan puntilloso y delicado. Murmuró un juramento y se acercó de nuevo á la maga. Antoñico, que vió su rostro contraído, se apresuró á alejarse juntándose á Soledad, que también había advertido la maniobra y estaba irritada y seria.

—¿Qué te decía Antonio, querida?—preguntó el majo.

—¡Antonio!—exclamó la morena con sorpresa.—¿Qué me había de decir Antonio?... Nada.

—¿No estaba hablando contigo en este momento?

—¡Ah, sí!... Ni me había fijado siquiera... Creo que me preguntaba por mi sobrinito.

—Está bien; pero otra vez, cuando te pregunte por tu sobrinito, procura que yo no esté delante—manifestó el guapo con calma amenazadora.

María quedó turbada y balbució con timidez:

—¿Por qué?... No entiendo... Hijo, tú por cualquier cosilla te remontas...

—No hablemos más. Ya te he dicho lo que hace al caso.

Hubo un largo silencio mientras caminaban lentamente la vuelta de casa precedidos y seguidos de otros grupos.

—No te vayas á figurar que á mí me importa ya nada de ese tío—profirió ella al cabo.

—No me figuro nada—respondió secamente Velázquez.

—Que se me salten los ojos y no vuelva á ver la luz del sol, que me vea pidiendo de puerta en puerta una limosna y vaya á morir al hospital, si tengo más interés por él que por el carro de la basura... Anda, hijo, pues ni que estuviera echada á los perros para acordarme ya de ese tío sucio sin vergüenza. Primero me dejaba hacer tajaditas así que mirar más en cara á ese arrastrao. No pienses en ello, niño, que si algún día me dan ideas de faltarte, será con todos menos con él. ¿No vale más tu personilla que ese mono? ¿Por qué te celas? ¡Pues el gachó es de oro para que una mujer se chale por sus pedazos! ¡Con más botones en la cara que un jardín en primavera! Deja que Soledad coma de esa fruta... ¡Para mí ya está podría!

Velázquez se fué calmando con la charla de su nueva querida. Y de esta suerte llegaron hasta la puerta de casa. La hermana de María vivía en una callecita estrecha del barrio de la Viña, cerca de la Catedral. Paca la de la Parra vivía algo más lejos, en el mismo barrio. Despidiéronse, pues, allí, ésta con su marido, Soledad, Antonio y otras dos mujeres, y siguieron adelante. Velázquez se quedó un instante á la puerta con su amante y al cabo también se despidió de ella hasta el día siguiente. Estaba cansado y tenía ganas atroces de dormir. Esto dijo, al menos, al separarse: la verdad era que deseaba acudir á la graciosa cita de su antigua novia.

Cuando quedó solo se fué paso entre paso á la tienda de Crisanto á esperar la hora. Allí seguían los residuos más antiguos de la boda rindiendo culto á puerta cerrada al hijo de Júpiter y Semele.

No tardó en recalar también Antonio; Gregorio y algunos otros jóvenes de los que habían acompañado á las mujeres llegaron poco después. La juerga prosiguió más grosera y alborotada por la ausencia del elemento femenino.

Al entrar Antoñico, Velázquez le clavó una mirada cargada de odio y de amenazas que no pasó inadvertida para aquél. Se abstuvo cuidadosamente de acercarse al grupo donde el majo estaba, y al cabo de unos instantes se escabulló sin ser notado. Sin dilación alguna se dirigió nuevamente al barrio de la Viña y se detuvo delante de la casa de su antigua querida: acercóse á una reja baja que tenía, llamó con los dedos á los cristales y esperó. No tardaron en abrir.

—¿Estás ahí, desaborío?

—Aquí estoy, limoncito verde.

—¿Por qué limoncito verde?

—Porque eres agria para mí y veo mis esperanzas cada vez más verdes.

—¡Vete, vete, canalla, no me des coba tan sucia! Después que has sido para mí un perro te vienes con esa.

—Un ladrón en la horca no está más arrepentío que yo, María. Díme que me tire al agua y me verás hacerlo.

—¡Ya! Si te mandase tirarte al vino, acaso...

—¡Si supieses las penitas que estoy pasando!

—¡Calla, calla, perro!

—Eso es, las de un perro cuando le cortan el rabo.

La ruda morena soltó una carcajada. La plática, aunque burlona, se fué haciendo más y más cordial, no tardando mucho aquel perro en obtener su perdón. El cuchicheo se hizo más íntimo y más suave. Hallaban los dos grato enamorarse por la reja después de haber hecho vida matrimonial cuatro años.

Hacía ya largo rato que estaban charlando cuando se oyó el ruido de un coche.

—¿Un coche á estas horas?—exclamó María con sorpresa.

Antonio no dijo nada, pero quedó repentinamente serio. El ruido se fué aproximando. Á los pocos momentos vieron aparecer por el extremo de la calle una berlina de punto que pronto cruzó por delante de ellos. Antonio sufrió una fuerte sacudida y dijo con voz alterada:

—¿Sabes quién va ahí?

—¿Quién?

—Velázquez.

—¡Calla, lioso! Los dedos se te vuelven huéspedes.

—Por mi salud te juro que es Velázquez. Lo he conocido perfectamente.

—Pero, niño, ¿qué estás ahí diciendo?... Si fuese Velázquez se hubiera apeado para armar pendencia contigo... Demasiado sabes cómo las gasta.

—Pues es Velázquez, no tengas duda—repuso Antonio cada vez más trémulo.

Y tanto juró y perjuró que su querida concluyó por darle crédito. También se puso seria.

—¡Es bien extraño!

Cuando hubieron comentado largamente el caso, María le propuso entrar.

—Anda, niño, entra... Me arriesgo mucho, porque si mi hermana se entera me pone de patitas en la calle... y ya ves, me quedaría á la clemencia de Dios... Pero no importa: por todo paso con tal que tú no vayas á tener un disgusto. Mira que ese tío tiene muy malas tripas...

Antonio le dió gracias con efusión y estuvo muy tentado á aceptar la oferta, porque sentía un miedo de primera calidad. Pero se acordó de la cita con Soledad, la halló muy sabrosa y tuvo fuerzas para rehusar. Se las echó de valiente.

—Si no me quedo es precisamente porque no vayas á figurarte que le tengo miedo. Cinco dedos tengo en cada mano como él y una buena herramienta en el bolsillo... Que cuide de asegurarme, porque si no, esas malas tripas que tiene se las echo todas fuera de una vez.

Gozó todavía un rato del susto de su querida, que muy acongojada trataba de persuadirle á que pasase allí la noche, y al cabo se despidió.

El que le viese deslizarse solapadamente por las calles, oculto en la sombra y volviendo á cada instante la cabeza, no pensaría ciertamente que tuviese vivos deseos de andar con los intestinos á nadie.

Bien había echado de ver su ausencia Velázquez allá en la tienda de Crisanto. No quiso ir tras él, porque estaba seguro de que se había marchado de miedo, y con esto quedaba en sosiego su amor propio. Cuando juzgó llegado el momento de acudir á la cita de Mercedes se dispuso á salir; pero aquellos borrachos le tenían secuestrado. El padre de Pepa, tomándole de la solapa de la chaqueta, se desahogaba contra el gallego de su yerno, anunciando con voz cavernosa las mil crueldades que iba á ejercitar sobre él así que amaneciese Dios. Y cada uno de sus pronósticos siniestros iba acompañado de las correspondientes preguntas:

—¿Álcali volátil á mí? ¿Estoy yo borracho? ¿Hablo cosas formales? ¿He faltado á alguno? etc.

El viejo Cardenal, hombre pacífico si los había en Cádiz, iba adquiriendo á la sazón un humor belicoso también que le hacía muy molesto. Después de tomarlas con Gregorio, injuriándole y declarando á gritos que nunca le dejaría casar con su hija Isabel, la emprendió con Velázquez acusándole de traidor.

—Permíteme que te lo diga, Velázquez... No eres un hombre regular ni decente... Con mi hija te has portado peor que un gitano... Yo soy así, ¿me entiendes?... Digo las cosas á la cara... Al pan pan y al vino vino... y al que es un falso traidor le digo que es un sinvergüenza... ¡Ea, ya está! ¿Qué hay?...

Colocado en este terreno dramático, el viejo tendero concluyó por desafiarle.

—Tú y yo somos dos, ¿me entiendes? No pienses que te tengo miedo... Aunque viejo, aún no se me cae una herramienta de la mano... ¡Sal conmigo, cobarde! ¡Sal á la calle y verás cómo te corto el cuello!

Velázquez sonriendo procuró calmarle; pero cuanto más pacífico se mostraba, más se crecía el anciano, hasta el punto de que, temiendo que se propasara á vías de hecho, el señor Rafael, que era el menos borracho de todos, hizo seña al guapo de que se fuese. Así lo hizo con gusto, porque los insultos repetidos iban ya alterando sus nervios y temía que al fin se desbocasen y le impeliesen á poner la mano en el viejo.

Cuando se vió en la calle respiró libremente y se dirigió sin vacilar á casa de Mercedes. La cita amorosa con aquella muchacha iba adquiriendo en su imaginación un atractivo que nunca hubiera pensado. Sin embargo, la despedida de Antonio y María-Manuela y las palabras secretas que entre sí cruzaron, habían despertado en su espíritu sospechas de que estaban citados para aquella noche. Más por curiosidad que porque la traición de la rústica morena le llegase al alma, en vez de tomar el camino directo de las Barquillas, hizo un pequeño rodeo para pasar por delante de la casa de aquélla. Y hallando casualmente al paso un coche de los que habían ido á Puerta de Tierra, se metió en él. Al ver á Antonio pegado á la reja de su querida, á pesar del escaso interés que ésta le inspiraba, no pudo reprimir un movimiento de ira; se abalanzó para ordenar al cochero que parase; pero, sosegándose repentinamente, se encogió de hombros exclamando:

—¡Ps! ¡Buen provecho!... Todos los cerdos saben el camino de sus pocilgas.

Antes de llegar á las Barquillas de Lope se apeó y despidió el coche, encaminándose vivamente hacia la casa de su antigua novia. Pero cuando ya estaba cerca, de uno de los portales próximos salió un hombre y se le puso delante.

—Buenas noches, señor Pedro.

El majo, sorprendido y mirando con fruncido rostro al que se le atravesaba, respondió:

—Buenas noches, Gabino. ¿Qué se ofrece?

—Pues nada... Estaba la noche tan hermosa que no tuve ganas de acostarme... y andaba dando vueltas esperando el sueño.

—Está bien—repuso mirándole de arriba abajo con ojos recelosos y severos.—¿Y aún no te ha llegado el sueño?

—No, señor.

—Pues mira, hijo, lo mejor que puedes hacer es irte á la cama, porque te expones á quedar dormido en mitad del arroyo.

—No tengo yo miedo á eso, porque al fin y al cabo, ¿qué importa la cama dura si es blando el sueño? Lo único que me da pena es dejar despiertos por ahí á algunos traidores.

Sintió el guapo un fuerte estremecimiento, pero supo dominarse y exclamó riendo:

—¡Anda! ¿y eso te pone triste?... Pues hazte guardia civil y pasarás las noches persiguiendo á los ladrones.

—No son ladrones los que yo quisiera perseguir, sino á ciertos sujetos que hacen el daño sin interés, sólo por capricho ó por fachenda.

—Pues ve tras ellos y buenas noches, que yo no puedo detenerme—dijo Velázquez con voz ya levemente alterada, tratando de alejarse.

Pero el mozo se le interpuso nuevamente, diciendo con resolución:

—Dejémonos de guasa, señor Pedro. ¿Va usted á ver á Mercedes?

—Dejémonos de guasa, Gabino... ¿Te importa algo?

—Sí que me importa, porque soy su novio.

—Pues hazte cuenta que para mí no eres na—dijo Velázquez con acento agresivo.

—No basta que usted lo diga; á todo el mundo le consta y á usted también. Por consiguiente, no es portarse como hombre regular ni decente rondar á las mocitas que están comprometidas.

—¡Ea, basta ya de rodeos!—exclamó el guapo.—Quieres reñir,¿verdad tú?... Pues cuando gustes podemos comenzar.

Y al mismo tiempo llevó la mano al bolsillo y sacó el cuchillo.

Gabino permaneció quieto y manifestó con calma:

—Ya sé que no le importa reñir, que tiene usted corazón y no ha de temer á un pobre muchacho como yo... Pero al ponerme delante de usted bien puede figurarse qué desesperado estaré... Quiero á esa mujer más que á las niñas de mis ojos, y por ella, no digo delante de usted, delante de un cañón cargado de metralla me pondría. Lo que temo al reñir no es la muerte, sino que de todos modos la pierdo para siempre... Si yo le mato, ¿qué gano? Nada, porque me espera la cárcel... Se lo juro á usted por la gloria de mi madre, lo mejor que podría sucederme es que usted me matase...

La voz se le anudó en la garganta al pobre mancebo al proferir las últimas palabras. Velázquez quedó inmóvil y silencioso. Al cabo dijo en tono resuelto, guardando la navaja:

—Tienes razón... Me gusta esa niña, pero tú la mereces más que yo porque la quieres mucho más... Sé, por desgracia—añadió con voz temblorosa,—lo que es querer de ese modo, y que poco importa la vida ó la muerte al que tiene ya el corazón hecho pedazos...

Bajó la cabeza y permaneció callado unos instantes.

—Choca, querido—dijo alzándola de nuevo y alargándole la mano.—Vete en paz á hablar con tu novia y que Dios te proteja.

Se estrecharon la mano y el majo se alejó precipitadamente.

—Gracias, señor Pedro—murmuró Gabino conmovido.

—¡Oiga!—le gritó cuando ya el otro estaba lejos.

Velázquez volvió sobre sus pasos.

—Quisiera pagarle de algún modo el favor que me hace. Si usted tiene todavía algún interés por esa mujer que ha querido, le diré que la he visto hace poco allá en Puerta de Tierra entregar una llave á Antoñico, que debe ser la de su casa... Haga usted ahora lo que mejor le parezca.

El majo se encogió de hombros con afectado desdén.

—Eso es cosa perdida ya. Nada tengo con ella hace tiempo. Puede abrir la puerta á un toro de Veragua si gusta... De todos modos, gracias por el aviso, Gabino, y buena suerte.

No era sincero aquel desprecio. La noticia le llegó al alma, porque si bien conocía las relaciones de su querida con Antonio, tenía por cierto que no habían alcanzado tal grado de madurez. Así que vagamente nutría en su alma la esperanza de poseer de nuevo á Soledad y hacerla su esposa. Ahora sí que la sentía perdida enteramente. Sus ilusiones se desvanecían como el humo.

Á paso lento recorrió varias calles presa de un abatimiento que le quitaba las fuerzas. Nadie cruzaba á la sazón y libremente podía revolcarse en sus pensamientos dolorosos. Mas del tropel de ellos surgió repentinamente uno que le hizo estremecerse. Quedó inmóvil un instante y, recobrando de súbito toda su energía, emprendió su camino de nuevo con resolución y á paso vivo. Al pasar por la calle de Horno Quemado vió venir hacia él un hombre que no tardó en reconocer. Era el señor Rafael que se retiraba á su casa. Trató de evitar el saludo pasando á la acera contraria; pero el viejo, que no estaba tan borracho como suponía, le conoció perfectamente y le chicheó.

—¡Eh! ¡Chis! Velázquez... Atraca, hijo... ¿Dónde va el hombre?

—Pues... á ninguna parte. Estoy tomando el fresco... y pensando en lo divertido que estará ahora su sobrino.

—¡No lo creas!... Mi sobrino es un gallego desorejado. No se ha divertido jamás de la vida ni se divertirá. Ahora mismo está pensando en el gasto.

Velázquez sonrió y trató de alejarse, pero el viejo le retuvo.

—Ahí dejó al Cardenal y al suegro de mi sobrino con una mona superior... pero ¡superior!... El Cardenal quería salir con la navaja abierta en tu busca... Luego la emprendió conmigo y me dijo las mil y una injurias... pero yo me he reído, ¿sabes?... Éstos infelices que viven en familia, en cuanto se apartan de las enaguas de su mujer y lo prueban, se vuelven locos...

Velázquez estaba impaciente. La charla gozosa del viejo le parecía insufrible en aquel momento. Pero por más que hacía no lograba despegarse. Al fin tuvo que decir con acento malhumorado:

—Vaya, déjeme usted, señor Rafael, que tengo prisa.

El viejo le miró á la cara sorprendido y, observando su palidez, soltó la carcajada.

—¡Anda, hijo, anda á la cama en seguida!... No pensé que te hacía daño también el vino... Ya no queda en Cádiz más hombre que yo...

Prosiguió el majo su camino mientras el tío de Frasquito, retorciéndose de risa, intentaba en vano meter la llave en la cerradura de su casa. Así estuvo largo rato hasta que pasó el sereno y le dijo sonriendo:

—¡Pero señó Rafael, si está usted engañado! Su casa está tres puertas más abajo.

El viejo echó dos pasos atrás y exclamó:

—¡Verdad, amante!... Estoy metiendo la llave en casa de D. Justo el escribano... ¡Tendría gracia que fuera á sorprenderle en el cuarto de la criada!... ¡Ji, ji!... Toda la culpa ha tenido ese perdío de Velázquez... ¡Qué mona llevaba! ¡Superior! ¡pero superior!... Escucha, Ramón... no digas á nadie que me he equivocado, porque se van á creer que estaba borracho... ¡Ji, ji!... ¡Borracho el señor Rafael!... ¡Tendría que ver!... Adiós, Ramón... buenas noches... Chito ¿eh?... Buenas noches... Hasta mañana, si Dios quiere...

El sereno, sin dejar caer la sonrisa de los labios, le miró alejarse con marcha vacilante, abrir la puerta de su casa y desaparecer.

Velázquez, al separarse de él, había apretado el paso. Cuando llegó á las inmediaciones de la casa de su amigo Pepe de Chiclana, se detuvo. Habitaba éste un caserón viejo, enorme, del cual formaban parte las cuadras donde tenía los caballos en que traficaba. La puerta exterior, que cerraba un zaguán largo y sucio á modo de túnel, solía permanecer abierta toda la noche. El majo se ocultó en la sombra y espió aquella puerta. Una duda le agitaba: si Antoñico habría llegado ya. Habíale dejado pelando la pava con María, pero temía que el tiempo que había gastado con el novio de la Mercedes y el que le había hecho perder el señor Rafael hubiese bastado para que el traidor dejase á su antigua querida y viniese á buscar la nueva.

Pronto se desvaneció esta duda al ver doblar la esquina de la calle á un hombre. A la luz de la luna pudo reconocer á Antonio. Dejó que se aproximara, y cuando ya estaba cerca de la puerta de Pepe, salió de pronto de la oscuridad y se le plantó delante.

—Buenas noches, Antoñico.

El amante de la maga dió un salto atrás y echó una ansiosa mirada á los lados, sin duda con intención de huir. Pero observando la actitud pacífica de Velázquez y su sonrisa pudo dominarse y exclamar con fingida cordialidad:

—¡Adiós, gachó!... ¿Tú por aquí?... Lo que menos podía pensar era tropezarte á estas horas.

—Ni yo á ti.

—Pues, hijo, como hemos bebió mucho más de lo que era menester y la noche está para freírse María Santísima, andaba dando vueltas por las calles como un papamoscas y se me ocurrió venir á ver si Pepe y Paca habían salido á la calle á tomar el fresco.

—Pues hazte cuenta que lo mismo me ha ocurrido á mí.

Hubo una pausa embarazosa. Antonio no las tenía todas consigo y escrutaba el semblante de su amigo, por ver si descubría en él señales de guerra. Pero el rostro del guapo expresaba en aquel momento absoluta tranquilidad, la misma indiferencia desdeñosa que lo caracterizaba.

—Y como aquí no veía á nadie con quien rajar un poco, me iba en busca de la cama.

—Pues hazte cuenta que otro tanto me pasaba á mí—repitió Velázquez con el mismo sosiego.

—Pues vámonos ya.

—Mira... Echaremos antes un cigarro, si te parece.

—Como quieras.

Sacó el majo un cigarro puro y luego la navaja para picarlo. El fino cuchillo de Albacete brilló con resplandor siniestro á la luz de la luna. Antoñico se inmutó visiblemente.

—Toma—dijo alargándole cortésmente el cigarro.—Pica de él si quieres.

—Muchas gracias—respondió Antonio, rechazándolo.

Velázquez lo miró con sorpresa.

—¿Es que no tienes cuchillo?

—Sí tengo... pero no gasto ese tabaco... fumo de cajetilla...—balbució torpemente.

—¡Allá tú!—profirió el majo alzando los hombros.

Y con toda calma se puso á picar, mientras el otro sacaba un pitillo hecho y lo encendía. Hubo largo silencio. Velázquez parecía absorto en su tarea. Antonio fumaba nerviosamente, echando grandes bocanadas de humo.

—¡Ah!—exclamó al fin aquél, llevándose la mano á la frente.—¡Qué cabeza la mía! Tenía que dar un recado preciso á Soleá y ya se me olvidaba... ¿Me haces el favor de la llave?

—¿Qué llave?—profirió Antonio con la misma sorpresa que si viese desplomarse todas las casas de la calle.

—La que llevas en el bolsillo y que Soleá te ha dado hace un rato—manifestó Velázquez con naturalidad.

Se puso aún más pálido de lo que estaba. En un instante pasaron por su cerebro veinte respuestas evasivas; pero los ojos del majo estaban clavados sobre los suyos con una expresión tan resuelta y enconada que claramente vió el dilema: ó soltar la llave ó matarse. Optó por lo primero. Hizo un esfuerzo para reir y exclamó en tono jocoso:

—¡Vaya un chasco!... Pensé que eso era ya agua pasada, niño... Si supiese que esa mujer te tiraba algo no me hubiera acercado á ella... Porque donde está un amigo verdadero como tú toas las mujeres están de más para mí... Y si antes hubieras hablado, antes te hubiera dejado el campo libre... Pero tú eres como Dios te crió, guasón y cazurro si los hay, y no tienes confianza para decirle á un amigo: «Hijo, quítate del medio que me estorbas...» Toma, toma la llave, que no tengo vergüenza si vuelvo á hablarte en los jamases de la vida.

Velázquez la tomó, se la echó en el bolsillo gravemente y guardó silencio. El otro, viendo que no quería seguirle el humor é inquieto por su actitud sombría, se apresuró á despedirse.

—Vaya, hijo, que pases buena noche... y otra vez no seas tan desaborío con los amigos que te aprecian.

—Adiós—dijo Velázquez secamente.

Permaneció inmóvil hasta que Antonio dió vuelta á la esquina y en seguida avanzó hasta el portal de Pepe de Chiclana. Se detuvo un instante escuchando, atravesó después cautelosamente el largo zaguán, sembrado de carretas y coches deteriorados, y llegó á un espacioso patio. Había numerosas puertas, la mayoría dando acceso á las cuadras. La vivienda de Pepe ocupaba uno de los frentes. Hacia ella se dirigió, pero en vez de acercarse á la puerta del centro, se corrió hacia uno de los rincones donde había otra más chica. Por allí se entraba al cuarto de la huéspeda: lo conocía perfectamente, como conocía toda la casa. Paca había dado á su amiga aquella habitación independiente, única que tenía bien amueblada.

Puso el oído á la puertecita, permaneciendo en esta posición largo rato. Luego sacó la llave, la metió con suavidad en la cerradura y abrió lentamente procurando no hacer ruido. Avanzó después por una pequeña antesala, buscando á tientas en la pared otra puerta, hasta que dió con ella y se detuvo. Llamó quedo con los nudillos. Nadie contestó. Tornó á llamar más fuerte.

—¿Quién va?—dijo desde dentro una voz bien conocida.

Velázquez puso los labios sobre la cerradura y respondió en voz de falsete:

—Abre.

—¿Quién es?—preguntó Soledad.

—Antonio.

—Aguarda un momentito.

Oyó el majo, con el corazón palpitante, el rechinar de una cama y el ruido de unos pies que se ponen en el suelo. Al instante se abrió la puerta.

—Pasa—dijo Soledad con voz apagada.

Velázquez obedeció.

—¡Cómo has tardado tanto, hijo!—siguió con acento de mal humor, mientras cerraba de nuevo la puerta.—Ya no contaba contigo. Te he estado esperando un rato muy largo y, al fin, viendo que no venías me he determinado á meterme en la cama... Espera, voy á encender un fósforo.

—¡No!—dijo Velázquez con la misma voz de falsete.

—¿Por qué no?

Y sin aguardar respuesta tomó la caja de cerillas de su mesa de noche é hizo brotar la luz. Al volver la cabeza dió un grito y se le cayó la cerilla de la mano.

—¡Tú! ¡tú! ¡tú!—repitió con espanto en las tinieblas.

—¡Sí!... Yo soy, Soleá... ¡Perdóname que haya dado este paso!... El cariño que te tengo me ha vuelto loco...

Al mismo tiempo dió un paso hacia la joven; pero ella retrocedió y sacando apresuradamente otro fósforo encendió la bujía. Luego se plantó delante de él erguida, altanera, pálida, clavándole con furor sus ojos llameantes. Hubo un momento de silencio. La cólera le apretaba la garganta, no dejando salir las palabras. Al fin exclamó con voz alterada, extendiendo la mano:

—¡Sal de aquí, canalla!

El majo se estremeció, se puso también densamente pálido.

—¡Por tu vida, Soledad, no me repitas esa palabra!... ¡Mira que te pierdes y me pierdes!

—¡Sí! ¡sí! ¡canalla! ¡más que canalla!—profirió la joven trocando el color blanco de su rostro por otro encendido como la grana.—¿Qué otro nombre mereces, charrán, indecente?... ¿Quién comete una acción tan baja como ésta sino tú?... Sí, canalla... Te llamo canalla porque lo eres.

Velázquez se lanzó de un salto sobre ella, la agarró por los brazos y la sacudió convulsivamente, mientras la joven, loca de furor, seguía escupiéndole á la cara más que diciéndole:

—¡Sí, te llamo canalla!... Mátame ahora, cobarde... mata á una mujer... ¡Eso debes hacer, granuja!...

Velázquez quedó lívido, inmóvil; sus ojos se clavaron con extraña fijeza sobre los de la joven, que sostuvo fieramente la mirada. Pero haciendo un esfuerzo supremo sobre sí mismo soltó los brazos que tenía cogidos, dió un paso atrás y quedó de repente tranquilo, profundamente tranquilo. Hubo un instante de silencio en que ambos se contemplaron con intensa atención.

—¡Basta ya!—dijo al cabo con voz ronca y respiración anhelante, como si acabara de hacer una carrera fatigosa.—Has llegado con esa espada que tienes en la boca al sitio mismo donde te tenía guardada... Te quería más que he querido á mi madre... Te respetaba más que á la Virgen de Grasia... Todo ha terminado... El soplo que acabas de dar ha sido tan fuerte que ni cenizas quedaron de ese fuego... Me alegro y te doy las gracias... Escucha, niña, no te he partío el corazón ahora mismo porque me acuerdo de lo mucho que te he querido... Conque Dios te guarde... Si te debía algunas, ya te las has cobrado...

Giró sobre los talones y salió con paso firme de la estancia. Al encontrarse en la calle se detuvo; sacó la petaca, volvió á picar un cigarro, lo encendió y prosiguió su camino sosegadamente como un vecino que sale á respirar el fresco. Era la calma del hombre á quien acaban de hacer una operación dolorosa y se encuentra de repente sin fuerzas y sin dolores, en abatimiento feliz. Recorrió varias calles gozando este sosiego extraño parecido á un letargo. Su pensamiento y su corazón permanecían quietos.

Reinaba un silencio profundo en aquella última hora de la noche. Ni un transeunte se tropezaba por casualidad en las calles. Sólo sus pasos sonaban sobre la acera y de vez en cuando el silbo agudo del pito de los serenos.

Como no tenía cuenta por dónde andaba, se encontró sin pensar en las Barquillas de Lope. Al advertirlo se apresuró á volverse pensando en Mercedes. «¡Vaya por Dios! murmuró internándose de nuevo en la ciudad. Esa chiquilla es apañadita y salada y parecía que la iba cobrando apego... ¡Pero está de Dios que todo me salga mal de algún tiempo á esta parte! Tiene razón Paca... Será que me voy haciendo viejo.»

De nuevo vagó por las calles á paso lento, bañando su frente en el frescor de la noche. Hacía ya tiempo que no se sintiera tan tranquilo y dueño de sí mismo. Antes de retirarse á casa quiso dar una vuelta por la tienda de Crisanto. Al llegar á las inmediaciones, en la calle de San Francisco, oyó voces desentonadas, ruido de disputa. Acercóse más y pudo percibir el grito bronco del suegro de Frasquito.

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