LOS MAJOS DE CÁDIZ (NOVELA DE COSTUMBRES) (continued 2)
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Los tertulios se callaban; estaban inquietos y tristes y sacudían la cabeza deplorando la escena. Al cabo dos lágrimas se desprendieron de los hermosos ojos de la bailadora y resbalaron lentamente por sus mejillas. Verlas Velázquez y colocar la guitarra sobre la mesa fué todo uno.
—¡Ea!—dijo levantándose con calma amenazadora.—Ya se ha concluído.
Y cogiendo á la joven por un brazo:
—Anda, anda, guasona... ¡Maldita sea tu estampa!
Y la arrojó á empellones del cuarto, cerrando la puerta después.
Los tertulios se lo recriminaron sin excepción.
—No hay razón para eso, Velázquez. Para bailar se necesita el humor. No todos los días nos pide el cuerpo juerga.
—¡Dejarme; ya tengo esa niña sentada en la boca del estómago!—exclamó el majo apurando una caña.
—¿Lo ves, Joseliyo, lo ves cómo toda la vida has de meter la pata?—dijo Paca con enojo á su consorte.
—Pues bien claro estaba que habíamos de tener un disgusto, después que Antonio rompió el vaso—manifestó María-Manuela con un acento de seguridad que hizo volver la alegría á la reunión.
III Soledad.
El padre de Soledad era guarda de consumos en Medina Sidonia. Sus hijos, dos, Soledad la primera y Miguel, que contaba tres años menos. El sueldo, aunque corto, bastaba para subvenir á las necesidades de la familia en un pueblo secundario. Miguel, en quien los padres tenían cifradas sus esperanzas, mostró desde bien chico viciosas inclinaciones y horror al trabajo. Ni los golpes del maestro del taller donde le habían puesto, ni los castigos de su padre, que cierto no se los escaseaba, bastaron á enderezar su torcida naturaleza. Verdad que estos castigos se hallaban funestamente neutralizados por el mimo y regalo con que su madre lo criaba. No sólo ocultaba con mil artificios sus faltas y le amparaba cuando su padre iba á corregirle, sino que le daba cuanto dinero había á mano, sin comprender la desgraciada el daño que hacía. Con esto el chico á los catorce años era un pilluelo que, en vez de ayudar á los gastos de la casa, sacaba de ella de un modo ó de otro cuanto podía. Acompañado de otros pícaros de su misma edad, vagaba por las tabernas, entregando todas sus horas al vino y al juego.
Soledad empezó á coser en una sastrería; pero su jornal era tan exiguo que apenas si con él podía comprarse un vestidito de percal y calzar pasablemente. Aquí era donde le dolía á la mocita. Las andaluzas sufren sin pena el ir vestidas con cualquier trapillo; pero viven infelices si no llevan una media bien limpia y un zapato fino y ajustado. Tanto más, cuanto que Soledad comenzaba á ser festejada y requebrada de cuantos á su lado cruzaban, jóvenes ó viejos. Era el recreo de los ociosos que acudían á la hora del crepúsculo á ver salir las costureras de sus talleres, el orgullo de su familia y la envidia de las compañeras. Su belleza espléndida estaba realzada por una grave y altiva serenidad que desconcertaba á cuantos pretendían acercarse á ella burlando, al estilo de la tierra. La hija de Pontes, el guarda del fielato, adquirió pronto renombre de hermosa y al mismo tiempo de esquiva.
Los señoritos de la ciudad acudieron en torno suyo como moscas al panal. Pero ni sus rendimientos exagerados ni sus ofertas hicieron mella en el corazón de la joven. Prevenida contra sus halagos por la triste suerte de algunas amigas que habían tenido la flaqueza de darles oídos, los rechazaba siempre con ferocidad. En cambio acogía con agrado los rudos obsequios de los braceros; tuvo entre ellos varios novios, y juraba y perjuraba que le gustaban más que los pisaverdes tísicos que la seguían en el paseo. Éstos se vengaban de sus desdenes apodándola la princesa del Fielato.
Pero uno de ellos la sacó en cierta ocasión de un mal paso. La hija del guarda, con otras dos amigas, se había ido un domingo á visitar la ermita de una Virgen situada á alguna distancia de la población sobre un cerrillo áspero y solitario. Llevaron merienda, entretuviéronse más de lo que pensaban: al regresar á su casa empezaba á cerrar la noche. Y hé aquí que, caminando las tres costureras cogidas del brazo, entonando alegres canciones para ahuyentar el miedo, tropiezan con dos mozos labradores que volvían de la ciudad. Las detienen, las requiebran groseramente, se propasan á abrazarlas. Venían un poco ebrios; pero les convino fingirse más de lo que estaban para el caso. Las jóvenes gritan y se defienden valerosamente, pero en vano; el lugar era solitario y sus fuerzas no bastaban á contrarrestar las de los gañanes. Éstos se apoderan de dos de ellas; la otra huye pidiendo auxilio. En este momento se oye el trote de un caballo, y poco después aparece montado en él un joven bien conocido en la ciudad, el hijo de la viuda de Uceda.
—¡Socorro, caballero!—gritan á un tiempo Soledad y su compañera asidas por aquellos bárbaros.
—¿Qué es eso?—preguntó el jinete.—¡Á ver si dejáis ahora mismo á esas chicas!
—Siga usted su camino, señorito, y no se meta donde no le llaman... ¡No sea que se le apee del jaco por las orejas!—dijo uno de ellos.
—¿Á mí, granuja?—exclamó el caballero apeándose de un salto.
Y corriendo hacia el insolente alzó la mano y le tumbó de un puñetazo. Pero el otro jayán sacó prontamente la navaja y acudió al socorro de su compañero, el cual, no bien se hubo levantado, echó mano igualmente á la suya. Mal lo hubiera pasado el valeroso caballero si no hubiera tenido un buen revólver de seis tiros, con el cual les apuntó exclamando:
—¡Ahora vais á ver, cobardes, de qué os sirven las navajas!
Los gañanes, al ver el arma, diéronse á la fuga. El caballero les persiguió largo trecho, obligándoles á echarse á un arroyo y pasarlo con el agua hasta la rodilla. Juzgándose bien vengado por aquel baño afrentoso, se volvió riendo hacia el sitio donde había dejado el caballo. Las muchachas ya no estaban allí. Desde que se vieron libres habían corrido desaladas hacia la población. Montó en su jaco y á trote corto caminó la vuelta de ella. Hasta tocar casi en las primeras casas no alcanzó á sus favorecidas, que sin volver la vista atrás caminaban con toda la celeridad que les consentían sus fatigados pulmones. Al verlas no pudo menos de sonreir exclamando en voz baja: «¡Vaya unas piernas que os ha dado el miedo, hijas mías!» Pasó delante de ellas y saludó cortésmente.
—Buenas tardes.
—Buenas tardes—respondieron las jóvenes.
Pero avergonzada de haber huído sin despedirse, la compañera de Soledad le gritó así que hubo pasado:
—¡Y muchas gracias, caballero!
—No las merece—respondió éste volviendo á medias la cabeza.
Soledad examinó con curiosidad su figura recia y corpulenta, que se perdió al instante en las sombras. ¡No era tísico, no, aquel señorito! Al día siguiente, cuando le vió en la calle, le pareció aún mejor y le saludó afectuosamente. Manolo Uceda respondió al saludo con agrado, y algunos días después, con ocasión de cierta fiesta con música al aire libre, se aventuró á dirigirle la palabra, á acompañarla y, lo que es aún más, á sacarla á bailar. Este último obsequio puso corona inmarcesible á la gratitud de Soledad. Porque los señoritos de la villa poquísimas veces descendían á bailar con las menestralas en un paraje abierto. Lo demás se encargó de hacerlo el niño alado de la venda.
Manolo Uceda pertenecía á una familia distinguida de Medina, aunque sin mucha hacienda. Poseía algunas buenas propiedades rústicas con cuyas rentas vivía cómodamente gracias á la economía de su madre D.ª Carmen y á su propia conducta, arreglada y formal. Entre estas propiedades la más importante era un molino situado á dos leguas de la villa, el cual solía visitar á menudo lo mismo que las otras fincas, porque su madre así se lo encargaba. De él venía cuando tan á tiempo pudo ejecutar la proeza que se acaba de relatar.
Educado en el retiro de su casa solariega, que tenía aspecto claustral, sin trato de mujeres, sin vicios, sin los recreos siquiera propios de su edad, la primera mujer que le reveló el amor fué la hija del guarda de consumos. La amó en seguida con la pasión tumultuosa de los diez y ocho años y de una naturaleza exuberante. Sin temor á las hablillas, sin vergüenza de confesar su amor, acudía á su reja todas las noches y se pasaba pegado á ella largas horas pelando la pava. De quien únicamente se guardaba era de su madre. Ésta, no obstante, muy presto llegó á saberlo y tomó un disgusto gravísimo. Porque era altiva y linajuda, á pesar de su corta hacienda, como una princesa de sangre real. Pero Manolo logró convencerla de que aquella afección no era sino un pasajero devaneo sin importancia, y la noble señora recobró á medias el sosiego. Trascurrieron algunos meses. Los amores no terminaban; antes bien, el joven daba cada día mayores y más ostensibles testimonios de su pasión acompañando á la hija del guarda por los parajes más públicos. D.ª Carmen se agitó de nuevo, interrogó á su hijo con severidad, hubo gritos, llanto, recriminaciones. Esta vez Manolo no adoptó el continente burlón y desdeñoso que antes: confesó su amor, hizo un elogio caluroso del dueño de su albedrío, concluyendo que no había en todo el reino de Andalucía mujer más pura, más ingeniosa y más digna de ser adorada de rodillas que la hija de Pontes. Doña Carmen no quiso convenir en ello; de lo cual le pesó tanto á nuestro joven, que llegó á dudar del talento y de la sensatez de la que le había dado el ser. Desde esta memorable conversación no hubo paz en casa de Uceda. El amartelado mancebo se veía necesitado á escuchar á todas horas ruegos, injurias, suspiros y burlas.
Todo fué inútil. Su pasión crecía á cada instante. Como fuego poderoso iba devorando rápidamente sus facultades y sentidos, dejándole reducido al papel de un autómata. Esto le perdió. Su excesivo rendimiento, las manifestaciones, cada vez más vivas y públicas, de su amor, engendraron al cabo un poco de hastío en el alma de la hija del guarda. Desapareció el respeto que la diferencia de clases había despertado en ella al comienzo de sus amores; se acostumbró á dominarle, á imponerle sus gustos y caprichos, á escuchar con indiferencia sus palabras apasionadas, candentes. De tal modo, que á los seis meses le trataba como á un niño, le hablaba en tono protector, se reía de sus puerilidades, le reprendía y le martirizaba.
Por otra parte, la oposición tan natural de D.ª Carmen lastimaba su orgullo. No faltaban comadres que llegaban presurosas á trasmitirle las palabras amargas que la viuda de Uceda pronunciaba refiriéndose á ella. Y en vez de comprender y perdonar estos desahogos de una madre, se enfurecía con ellos, los devolvía con creces y hacía recaer su cólera sobre el pobre Manolo, que ninguna culpa tenía.
Pero más que todo esto contribuyó á debilitar su cariño, ó, por mejor decir, á que no prendiese jamás en su corazón, como había prendido en el del joven, la disparidad de genio y educación. Soledad era inclinada por naturaleza y nacimiento á las formas rudas, al lenguaje brutal y desvergonzado, no desprovisto de gracia, de la plebe andaluza. Gustaba de sus cantares, de sus chanzas groseras, de sus guisos y ensaladas; aunque por la constante gravedad de su rostro parecía más bien nacida entre las brumas de la Noruega que bajo el ardiente sol de la Bética. Ni comprendía ni mucho menos podían ser de su agrado los modales de un trato delicado y culto. Ahora bien, entre todos los señoritos de Medina, el que había mostrado siempre menos afición á las fiestas y costumbres populares era Manolo Uceda. Ó porque su madre le hubiese trasmitido sus gustos aristocráticos, ó porque llevase dentro de su alma un cierto sentimentalismo romántico, es lo cierto que jamás se le vió en francachelas, ni corriendo novillos, ni en compañía de toreros y majos como otros caballeros de su edad. Tampoco usaba el lenguaje suelto y atrevido que muchos de ellos. Sin ser tímido ni beato, sentía profunda repugnancia por esa libertad de modales que tanto suele agradar á los mozalbetes. Por este lado, pues, no marchaban á la par las aficiones de ambos amantes.
Y acaeció lo que era de esperar. El padre de Soledad tenía un íntimo amigo de alguna menos edad que él, llamado Perico Velázquez, hombre famoso en la villa por su guapeza y su trato suelto y cortés. Soltero, con alguna hacienda adquirida en los negocios de vinos, espléndido con las mujeres, ostentoso en el vestir dentro de su clase, aficionado á la broma y bureo, pero sosteniéndose siempre en los límites que marca la prudencia, esto es, sin pasar á la categoría de borracho ó perdido. Todos le conocían y en todas las clases se había granjeado simpatías por su carácter abierto y servicial. Los caballeros no desdeñaban alternar con él. Los artesanos, á cuya clase pertenecía, le respetaban como su ideal: era la encarnación de sus gustos y deseos. Pontes, con quien había trabado amistad hacía algunos años, le adoraba. La suprema felicidad para el guarda, la única que le consentía su profesión, era que Velázquez viniese á buscarle á la casilla un día que le quedase libre y le llevase con otros tres ó cuatro amigos á una taberna de las afueras para cañear y pasar la tarde de jarana. Además, le estaba profundamente agradecido porque le había sacado de algunos apurillos de dinero. Por todo lo cual, el nombre del majo sonaba en la casa del guarda como el de un amigo y á la vez como un protector.
Soledad olvidó á Manolo en cuanto Velázquez depuso con ella la actitud paternal y principió á requebrarla de amores. El carácter de aquél, resuelto y desdeñoso, sus famosos devaneos, la esplendidez que se le atribuía, y más que todo las aficiones populares de la joven, hicieron que presto diera oídos á los requiebros y á las palabras atrevidas que el guapo dejó caer en su oído siempre que la ocasión se ofrecía. Pero Velázquez, ó por temor á compromisos, ó por cálculo, ó por la situación especial en que la amistad con Pontes le colocaba, no llegó á declararse abiertamente. Se mantenía en actitud equívoca. Cuando se hallaban solos la dejaba ver lo mucho que le gustaba, pero siempre con la salida abierta para retirarse en cuanto le conviniese. En presencia de gente seguía tratándola como antes. Esta actitud extraña, que en el espíritu no muy penetrante de Soledad se prestaba á diversas interpretaciones, concluyó por rendirla enteramente. Principió á impacientarse, á desear con ansia que de una vez le confesase su amor, á buscar ocasiones para que esto pudiera efectuarse. Y, en su inocencia verdaderamente infantil, llegó á ciertos extremos ridículos.
Un día Velázquez, al despedirse, le dijo en broma, adoptando un continente grave:
—Soledad, tengo que comunicarte un secreto.
Se fué y no volvió á acordarse de tal frase. Pero á la hija del guarda, á quien las congojas consumían, se le quedó clavada en el cerebro. No pensó en otra cosa. Y cuando á los tres ó cuatro días le vió, buscó pretexto para alejar á su madre y, aprovechando un momento, se acercó á él rápidamente y le dijo con voz temblorosa y las mejillas encendidas:
—Dígamelo usted ahora.
—¿El qué?—preguntó Velázquez sorprendido.
—Aquello.
Tardó en comprenderlo el guapo; pero recordando al fin, salió del atolladero lo mejor que pudo, aunque sin entregarse.
Así se hallaban las cosas cuando un suceso inesperado y terrible vino á cambiar su faz por completo. Pontes, viendo cruzar desde la casilla un hombre que le pareció sospechoso aunque no llevase carga alguna, le ordenó detenerse. El hombre, que ocultaba en los bolsillos algunas barras de jabón, se dió á la fuga. Como eran las dos de la tarde, Pontes no pensó en hacer uso del fusil y corrió detrás de él, seguro de alcanzarle ó por lo menos de hacer que le detuviesen. Sucedió, en efecto, lo primero. El guarda tenía admirables piernas; cerró la distancia y pronto llegó á tocarle.
—¡Date! ¡date ó te mato!
Pero en aquel momento el matutero se volvió repentinamente y blandiendo un cuchillo se lo clavó en el pecho hasta el mango.
El guarda quedó muerto en el acto. El suceso puso en conmoción á la villa, y aunque algunas personas caritativas quisieran impedirlo, la noticia llegó pronto á la familia. Corrió la infeliz esposa al lugar del crimen. Los agentes del ayuntamiento que allí estaban no la dejaron abrazarse al cadáver de su esposo porque el juez aún no había llegado. Los gritos de dolor de la pobre mujer partían el corazón de los espectadores. Cuando vino al fin el juzgado, se procedió al levantamiento del cadáver, se le colocó en un carro y emprendieron la marcha hacia la villa. Detrás, pálida como la cera, agarrando con sus manos crispadas la trasera del carro, seguía la viuda, á quien los sollozos ahogaban. Después venían los agentes, algunos compañeros del difunto y los curiosos. Tal fué el espectáculo que se ofreció á los ojos de Soledad al salir por los arrabales en busca de su madre.
Velázquez, en aquellos aciagos instantes, fué la Providencia de la familia. Costeó un muy decoroso entierro á su amigo, le compró sepultura en el cementerio, hizo cuanto le fué posible para lograr la captura del asesino, que se había fugado, y procuró que á la viuda y á sus hijos no les faltase nada. Tales testimonios de cariñosa amistad concluyeron de subyugar á Soledad. La figura del guapo creció ante su vista como la de un dios, y en la misma medida la de Manolo Uceda se fué empequeñeciendo. En efecto, éste, aunque tomó parte en su dolor, no pudo ó no supo ofrecerle la misma protección. Quedó reducido á un papel pasivo y bastante desairado. Velázquez lo era todo en la casa. La indiferencia de Soledad se fué acentuando y cuidó poco de disimularla. De tal suerte que, cuando quince días después Velázquez se determinó á explicarse claramente, no halló obstáculo alguno para ser aceptado. Pero, como hombre corrido en lides amorosas, aprovechó su posición para obtener de la madre y la hija que le siguieran á Cádiz, donde pensaba establecerse. Desaparecieron un día de Medina, alquilaron casa en la capital, cuyos gastos subvencionaba todos el majo á título de huésped ó protector. La hija enloquecida de amor, la madre de gratitud, no echaron de ver el peligro á que se exponían ni la desagradable impresión que este paso causó en el pueblo.
En efecto, muy poco después Soledad sucumbió á las instancias de su adorador. Se engañó á la madre primero, se le pidió perdón después. La pobre mujer experimentó un vivo disgusto, tanto más cuanto que Velázquez no se apresuraba á borrar la afrenta con la bendición del cura. Sólo una vez habló de matrimonio, pero de un modo tan vago, ponderando tanto las dificultades que por el momento se ofrecían para su realización, que la viuda entendió bien claramente lo que podía esperarse en este particular de aquel hombre. Con esto vivió profundamente afligida, y no cesaba de llorar, sin querer salir de su cuarto. Mas con el tiempo su dolor se fué calmando: llegó á acostumbrarse y aceptó al cabo aquella triste y degradante situación, ya que su hija parecía feliz y Velázquez no dejaba de satisfacer ninguno de sus caprichos.
Duró poco, no obstante, tal estado de satisfacción. Á Velázquez, hastiado de la vida inactiva, aunque tuviese suficiente hacienda para vivir, se le ocurrió comprar una tienda de montañés que se traspasaba en el Campo del Sur. Comenzaron los disgustos. Aunque generoso siempre y delicado en los asuntos de dinero, no tardó en mostrar su carácter autoritario. Exigía una sumisión absoluta por parte de cuantos le rodeaban. Le ofendía, mejor dicho, le ponía fuera de sí la menor contradicción. Los primeros choques fueron con Miguel, el hermano de su querida, el cual no se sometía al régimen de la casa. Hubo reprensiones, disputas agrias; por último, Velázquez le levantó la mano y lo arrojó de casa, aunque permitiendo que su madre le diese algún dinero para que se mantuviese fuera. No quedó aún con esto satisfecho su instinto de dominación. Soledad, enamorada de él ciegamente, se sometía sin replicar á todos sus gustos y caprichos, sufría con paciencia sus reprensiones, los malos humores y genialidades. Pero la madre, que no tenía tales motivos para sufrirlo, solía hacerle observaciones y llamarle á la razón cuando injustamente se querellaba con Soledad. Esto le molestaba extremadamente, le producía una sorda cólera que cada día iba en aumento, hasta que al fin estalló. Un día, después de acalorada disputa entre ambos, el guapo se cruzó de brazos delante de Soledad y dijo resueltamente:
—¡Ea, ya se acabó! Aquí no queda otro medio... ¡Ó tu madre ó yo, hija mía!
Ni ruegos ni lágrimas lograron hacerle cambiar de resolución. Y como Soledad hubiera muerto con gusto y hubiera dejado morir al género humano antes que separarse del hombre que adoraba, fué su madre quien se vió necesitada á salir de casa. Se la envió á Medina y se le pasó una pensión suficiente para vivir. De esta suerte quedaron los amantes solos, y Velázquez dueño y señor de aquella mujer que temblaba de amor y miedo en su presencia.
IV Velázquez.
Velázquez pudo desde entonces dar rienda suelta á su fanfarronería. Este era el vicio que le dominaba y servía de triste contrapeso á sus buenas cualidades. Porque las tenía, sin disputa. Era servicial, generoso, despierto de inteligencia y sensible de corazón. Pero así que se tocaba directa ó indirectamente á su orgullo, todas estas bellas cualidades se nublaban y se ofrecía á los ojos de quien no le conociese como un hombre feroz é intratable. Era menester que en todas partes hiciese el primer papel, y si no lo hacía, esto le causaba tristeza y le ponía sombrío. Donde él estaba no había que molestarse en llevar la mano al bolsillo: todos los agasajos estaban pagados. Por esto la tienda no le producía beneficio alguno. Las ganancias del mes quedaban saldadas con sus esplendideces. Pero le servía para hacer figura entre sus amigos.
Se jactaba de bravo, y lo era; de rico, y, dada su clase, tampoco le faltaba motivo. Pero, además, se empeñaba en que todas las mujeres se enamorasen de él, en ser hombre chistoso ó «de buena sombra», como allí se dice, en cantar, tocar la guitarra y bailar como nadie, en jugar á los naipes y al billar mejor que ninguno, en quedar fresco después de haber bebido algunas botellas de manzanilla, mientras los demás rodaban por el suelo borrachos. Y en esto, como se comprenderá fácilmente, había sus más y sus menos. Su figura, aunque agradable, era exigua. El mayor dolor de su vida era no poseer cuatro ó cinco dedos más de estatura. Pero sabía realzarla extremadamente vistiendo con particular esmero: la pechera de la camisa adornada con botones de diamantes, la faja de seda, las botas de charol. Y este alarde de lujo le servía grandemente para fascinar á las hembras y rendirlas. Despojado de tales atavíos, quizá no sería tanta su buena fortuna. Pero esto es lo que no se confesaría el guapo aunque se hallase en el trance de morir.
Soledad le amó con pasión frenética, mezcla de sensualidad, de admiración y gratitud. El mundo entero desapareció á sus ojos, no quedando de toda la creación sino la barba sedosa de Velázquez, sus blancos dientes africanos y su irónica sonrisa y acento displicente. Por mucho que se jactase de guapo, todavía pensaba la joven que se quedaba corto. Creía de buena fe que no existía en Cádiz mujer de alta ó baja calidad que no le envidiase su buena dicha, y las compadecía. Ocupando aquella posición deshonrosa se creía honrada. Su cerebro estrecho no comprendía otra gloria que la de ser preferida por tal hombre. Bebía sus palabras y gestos y se embriagaba con ellos. Hallaba gracia y nobleza en los más prosaicos actos de su vida y prestaba tal importancia á sus gustos para vestir, comer ó dormir cual si fuesen preceptos de un código divino.
—Pues á Velázquez no le gusta el arroz tan cocido, sino bien enterito—decía á alguno de los parroquianos que lo prefería blando.
Y después de comunicarle esta nueva interesante, quedaba sorprendida si el parroquiano aún se obstinaba en que se lo cociese más.
Nunca acababa, si alguna comadre del barrio venía á beber una copa de aguardiente y la conversación recaía sobre el guapo. Era menester que le diera cuenta de sus costumbres é inclinaciones, las peripecias de su vida, los negocios que había hecho, las reyertas que había tenido, hasta de las palabras que había vertido aquel día al entrar y salir de casa.
Si á un parroquiano le saltaba el botón de la camisa, mientras se lo cosía, enterábale con orgullo de que Velázquez no gastaba camisas de algodón como aquélla, sino de hilo puro que le costaban tres duros cada una. Sus botas, sombrero, reloj, etc., eran para la hija de Pontes objetos preciosos que no podía tocar sin amor y veneración.
Velázquez se dejaba querer sin sorpresa. La idolatría de Soledad le parecía tan puesta en razón que lo contrario sería una incomprensible trasgresión de la lógica. Dentro de casa y á solas era con ella cariñoso, protector, agradecido, ya que no apasionado. Pero en presencia de sus amigos se mostraba altivo en demasía, satisfaciendo, á costa de la pobre joven, su sed insaciable de jactancia. Era menester que todo el mundo viese patente el rendimiento de aquella mujer. Para ello no le escaseaba las palabras desdeñosas y las bromitas mortificantes en cuanto se le ofrecía ocasión. Una de éstas había tomado pie de la afición desatinada que Soledad tenía al confite más exquisito de la Andalucía, á las famosas «yemas de San Leandro». Velázquez le había prometido traerle un cartucho de ellas, pero se le olvidó: recordóselo la joven, volvió á prometérselo y volvió á olvidársele. Desde entonces, haciendo de este olvido un pretexto de risa, no cesaba de embromarla en presencia de la reunión.
—Soledad, no tengas cuidado... de hoy no pasa, hija mía. Ó te traigo las yemas esta noche, ó me tiro por la muralla.
Y al día siguiente, cuando nadie pensaba en ello, se daba el guapo una palmada en la frente.
—¡Caramba, qué cabeza la mía!... ¡Ya se me han olvidado otra vez las yemas de Soledad!... ¡Vive Dios! Pero ahora no se me olvidan; pueden ustedes estar seguros.
Y sacaba el pañuelo y le hacía un nudo. Los tertulios reían. Soledad, avergonzada, reía también.
—Lo que es conmigo no gastarías tanta guasa, arrastrao—dijo María-Manuela.—¿No tienes á tu disposición el dinero de la venta?—añadió encarándose con Soledad.—¿Pues por qué no mandas por todas las yemas que se te antojen?
—Eso pregunto yo. ¿Por qué no manda?—replicó Velázquez con retintín.
Soledad hizo un gesto de impaciencia indicando á María-Manuela que callase. Por nada en el mundo hubiera distraído un céntimo del dinero que custodiaba. Velázquez tomaba diariamente las cuentas é inmediatamente se llevaba el dinero al cajón de su mesa.
No era esta broma, sin embargo, ni otras semejantes las que mortificaban más á la joven. Lo que le llegaba al fondo del alma y le hería en lo más vivo era el tono irónico y fatuo que Velázquez adoptaba cuando se sacaba á cuento el tema de su matrimonio. Generalmente era Paca quien, en su afán de legalizar la situación de los amantes, lo ponía directa ó indirectamente sobre el tapete.
—Mira, Paca, no te subas al púlpito. Demasiado sabes que estamos en ello y que no tengo en el mundo otro deseo que ese.
—¡Bien se conoce! Si lo deseases ya lo hubieras hecho, ó por lo menos hubieras puesto los medios para hacerlo.
—¡Aguárdate un verano, hija mía! ¿Crees que es tan fácil inflar un perro? ¿No sabes lo que cuesta en este pícaro pueblo el arreglo de los papeles, las vueltas que hay que dar y lo mucho que le hacen sudar á uno por esas oficinas de la iglesia? Te aseguro que hace tiempo que he encargado á un amigo de andar los pasos... Sólo que es cojo el pobrecito y camina poco—añadió bajando la voz con acento cómico.
Los amigos celebraron la gracia. Soledad salió del cuarto llorando, como siempre que se tocaba este punto.
Con todo, era feliz. La presencia de su amante, sus cortas pero sabrosísimas caricias bastaban para enajenarla y hacerle olvidar aquellas y otras penas. Además, estaba orgullosa y solía jactarse con las comadres que iban por el día á hacerle tertulia del respeto que Velázquez la profesaba. Era muy conocida en el círculo de sus amigos la violencia de éste y las formas brutales que solía emplear con las mujeres. Se hablaba de lo ligera que tenía la mano para castigar la más pequeña ofensa: ninguna de sus queridas había dejado de experimentarlo. Pues bien, con ella jamás se había propasado á tales extremos repugnantes. Soledad estaba orgullosa; pero tal vez en lo más íntimo del alma, sin darse ella misma cuenta, sentía cierta curiosidad por conocerlos. Cuando oía describir los rigores que Velázquez había usado en otro tiempo con una de sus amantes llamada la Pitillera, y que esta mujer, lejos de aborrecerle, le adoraba cada día con pasión más firme, quedaba confusa sin comprenderlo; pero sentía cierto cosquilleo interno, mezcla de temor, de curiosidad y apetito ¿Qué será eso?
Lo supo más pronto de lo que imaginaba. Su hermano Miguel se había ido con su madre á Medina cuando Velázquez tuvo á bien despedirla de casa. El muchacho, gandul y vicioso, como ya sabemos, tomó gusto á la vida de Cádiz en los meses que aquí permaneció: era un campo mucho más fértil y ameno para sus calaveradas que Medina. Así que, no pudiendo sufrir la existencia en este, que le parecía lugarón sombrío y desabrido, se trasladó á la capital sin permiso de su madre ni dar cuenta siquiera á su hermana. Vagó algunos días por las zahurdas y lupanares. Velázquez supo que estaba allí y se lo previno á Soledad lleno de enojo.
—El tunante de tu hermanito se ha escapado de Medina y anda por ahí con otros perdidos. ¡Si pone los pies en esta casa cuenta conmigo!
Soledad prometió no recibirle si lo intentaba. Pero esto era fácil de prometer y no de cumplir. Un día, hallándose sola en la tienda, se presentó de improviso Miguel, escuálido, andrajoso, muerto de hambre. ¿Qué iba á hacer la pobre sino socorrerle? Le dió de comer y una de sus sortijas para que la empeñase, pues del dinero no se atrevía á disponer. Velázquez no lo supo. Pero, á pesar del mucho encarecimiento con que Soledad se lo rogó, Miguel no dejó de menudear las visitas, hallando cómodo este puerto donde guarecerse en sus frecuentes naufragios.
Y sucedió al cabo lo que era de esperar. No faltó quien diese soplo al amo. Se puso éste en acecho; y un día en que los dos hermanos platicaban alegremente, Soledad de la parte de dentro del mostrador, Miguel de la parte de fuera, comiéndose una magra de jamón que la munificencia de aquélla le había suministrado, bien ajenos de que pudieran ser sorprendidos, pues Velázquez se había ido á Puerta de Tierra, presentóse éste de improviso. Sin decir palabra, con cólera muda, cayó sobre el infeliz muchacho, y á pescozones y puntapiés lo arrojó de la taberna. Luego, jadeante y pálido, se acercó al mostrador.
—Oye, niña, ¿no te he dicho que no me da la gana que ese granujilla ponga los pies en esta casa? ¿Es que te quieres divertir conmigo?
Y alzando al mismo tiempo la mano, le dió un golpe en el rostro.
—¡Velázquez!—exclamó la joven en el colmo de la sorpresa, el dolor y la vergüenza.
Se alzó de la silla y volvió á dejarse caer sollozando. Después subió á su cuarto, se echó sobre la cama y siguió suspirando largo rato. Los sentimientos que la agitaban eran la ira y la vergüenza. ¡Poner la mano sobre ella un hombre, cuando sus mismos padres no lo habían hecho después que fué mujer! ¿Qué pensarían de ella las comadres ante las cuales se había jactado tanto? ¿Qué diría Manolo Uceda, á quien había desmentido tan orgullosamente hacía pocos días?
Pero su cólera fué ablandando al influjo de las lágrimas, se trasformó en suave melancolía, y de esta melancolía brotó al cabo una extraña dulzura que la llenó de sorpresa. Se había disipado el misterio. Ya sabía lo que era ser abofeteada por un hombre. Destruído aquel último baluarte de su orgullo, permaneció tranquila á merced de su vencedor. Quedaron remachados los clavos de su cadena. ¡Era suya, enteramente suya! Este pensamiento barrió hasta las últimas nubes que oscurecían su alma. Quedó en una dulce quietud, en un íntimo recogimiento de dicha; le acometieron ansias locas de humildad. ¿Qué le importaba á ella por el mundo? ¿Qué le daba á ella el mundo? Quien la hacía feliz era él. Á él debía, pues, obedecer; él era su rey y señor. El calorcillo que aún sentía en la mejilla atestiguaba de este señorío y de su vasallaje. ¡Toda la vida, toda la vida su esclava!...
Velázquez, al cabo de un rato, se asomó á la puerta del cuarto, diciendo con tono rudo:
—Ea, niña, basta de lloriqueo, que la tienda está sola.
Soledad se levantó encendida y sonriente de la cama, se limpió las lágrimas con el pañuelo y le echó los brazos al cuello en un rapto de amor y sumisión.
V Celos.
Dos meses después de esta escena entró Manolo Uceda una tarde en la tienda, que á tal hora solía hallarse solitaria. Soledad se había quedado dormida de bruces sobre el mostrador con la mejilla apoyada sobre las manos. Entró sin hacer ruido y fué á sentarse cerca de ella.
Hacía ya tiempo que debía estar en Medina, pues se había despedido de su madre sólo por diez ó doce días; pero después de haber visto á su antigua novia y haberla hablado se le hizo imposible la vuelta. De nuevo quedó preso en aquel amor, el primero y el único de su vida. Al principio buscando pretextos, luego no respondiendo á las apremiantes invitaciones de D.ª Carmen para que tornase al pueblo, había ido dejando trascurrir los días sin decidirse á subir al tren. Finalmente, había escrito á su madre manifestándole que deseaba permanecer en Cádiz una larga temporada y que si le contrariaba en este deseo estaba resuelto á embarcarse para América. La pobre señora, asustada y conociendo el carácter impetuoso de su hijo, por no perderle para siempre, cedió á su capricho.
¿Qué esperaba allí? ¿Qué pretendía? Ni él mismo sabría decirlo. Su viaje le había servido para convencerle del absoluto olvido que su amor generoso merecía á la hija del guarda, de la ciega pasión que ésta había concebido por el majo de Medina. Y, sin embargo, aunque lo mereciese, le era imposible despreciarla, ni aun dejar de amarla. Encontraba tan inexplicable seducción en sus rasgados ojos aterciopelados, en su gravedad majestuosa, en el contraste adorable de sus cabellos negros con el alabastro de su rostro, que no concebía cómo pudiera aborrecerse á un ser tan bello. El goce de verla, de escuchar su voz, de despertar tal vez que otra una fugaz sonrisa de complacencia en su semblante le retenía á su lado. Hallaba gracia en sus palabras, en sus gestos, en sus manías y hasta en la terquedad que la caracterizaba. La misma limitación de su inteligencia y su falta absoluta de instrucción, pues sólo sabía á duras penas leer, servían de alicientes para su amor. «Es una niña» se decía mirándola con ojos paternales, cuando salía algún gracioso disparate de su boca. «Hace el bien y el mal sin darse cuenta. No es capaz de sentir pasión alguna. Su amor no es más que un capricho como todo lo demás. Quizá algún día...» Y esta vaga esperanza, dulce como la miel, inundaba su corazón de alegría.
No podía menos de felicitarse también de la facilidad venturosa que tenía para verla y hablarla á cualquier hora del día. La circunstancia de habérsele antojado á Velázquez tomar un establecimiento de bebidas, y, mejor que esto aún, su arrogante tranquilidad, la ausencia completa de celos que mostraba, dejábale expedito el camino para menudear las visitas. Hay más, el tabernero le acogía con mayor afecto y cortesía que nunca y le había presentado en la reunión que todas las noches se formaba en uno de los cuartos. Era una de tantas señales de su orgullo. La presencia de Manolo atestiguaba su victoria, que ya los amigos conocían, y el amor que el pobre joven no lograba disimular le servía de pretexto para mil bromas jactanciosas en que daba suelta á la arrogancia que rebosaba de su corazón. No se le escapaba á Manolo esto, ni tampoco que aquella reunión, compuesta de gente ruda, no correspondía á la calidad de su persona ni á la educación que había recibido; pero todo lo sufría con tal de hallarse cerca de Soledad. Quizá no habría mentira en decir que era relativamente feliz. Cuando se hubo acostumbrado al puesto secundario que su antigua novia le asignara y á la libertad de trato de aquella sociedad ordinaria lo pasó bastante bien. Su temperamento sano y alegre se imponía: era llano, cordial, bullicioso y en poco tiempo supo granjearse el cariño de los tertulios de Velázquez. Tan sólo cuando observaba algún rasgo del despotismo escandaloso que éste ejercía sobre su ídolo, alguna frase despreciativa que hacía asomar las lágrimas á los ojos de la bella, se oscurecía su semblante y quedaba silencioso y sombrío largo rato. El majo lo notaba y hacía un guiño expresivo á sus amigos; pero éstos poco á poco fueron dejando de celebrar sus baladronadas y mirando con mayor respeto al enamorado mancebo.
Soledad dormía, sin que la mirada de su adorador, posada sobre ella, inquietase su sueño profundo. Larguísimo rato la estuvo contemplando en suspensión deliciosa. ¡Qué hermosa estaba! Miraba su mejilla y nada hallaba en la creación comparable á la suavidad de su piel sonrosada trasparente. Fijaba la vista en sus labios: las cerezas no eran tan rojas ni tan frescas: la llevaba más tarde á su cuello, y aquella línea blanca ondulante donde su negra cabellera se deshacía gradualmente en vello finísimo como una armonía fugitiva que se pierde en el espacio, le parecía un sueño más que una verdad tangible. «¡Qué hermosa! ¡qué hermosa!»—murmuraba con la unción de un místico que dice sus preces.—¡Y eso que aún faltan los ojos, las dos lámparas maravillosas, como yo los llamo!... De buena gana se hubiese prosternado y permaneciera así velando su sueño. En aquel instante hallaba disculpa para sus traiciones y legítimos todos sus caprichos y genialidades, por extravagantes que fuesen. «Un ser tan soberanamente bello—se decía—tiene derecho á ser voluble, ya que nadie en el mundo lo merece por completo. Bastante felicidad produce con dejarse ver: ¿por qué le hemos de exigir que se sacrifique?»
Pero sus ojos zahoríes de enamorado creyeron percibir al cabo en torno de los de la bella un leve círculo rojo que no era producido por la incómoda postura en que dormía. «Soledad ha llorado hoy» se dijo con emoción. Tenía conocimiento de lo mucho que sufría, aunque no de los extremos vergonzosos á que Velázquez había llegado, y siempre que lo comprobaba por algún signo sentía un estremecimiento de dolor y de ira. Por su cruel proceder, más que por haberle arrebatado á su amante, odiaba cordialmente al majo.
Despertó al fin Soledad. Abrió los ojos repentinamente y, fijándolos en Manolo, dijo:
—¡Ah! ¿Eres tú? ¿Has entrado ahora?
—No, hace ya cerca de una hora que estoy aquí.
—¿Una hora?... ¿Y qué hacías?
—Mirarte y remirarte... y aún no quedé satisfecho.
—¡Pues, hijo, no sé cómo no te empalago!—replicó ruborizándose. Y añadió para distraer la conversación:—Me he levantado temprano esta mañana, he trajinado mucho por arriba: de modo que en cuanto me senté me he quedado fritita sobre el mostrador.
Manolo guardó silencio y reparó con inquietud que tenía los ojos muy encendidos, señal de haber llorado recientemente y no poco. Soledad, á quien no pasó inadvertida aquella mirada escrutadora, hizo lo posible por disipar su sospecha. Se mostró alegre, jaranera.
—Y díme, ¿cómo te ha ido el jueves por la Palma de Londillo? Ya sé que has estado allí con unas mujeres...
—¿Yo?
—Sí, tú; no me lo niegues. Os habéis bebido un río de manzanilla, y tú has dormido debajo de la mesa.
—Hija, te contaré la verdad. Pasaba por allí casualmente de retirada, cuando me llamaron unos amigos de Medina, Rafael Sánchez y Felipito el de D. Paco, á quien tú conoces. Entré, charlé cinco minutos, bebí una copa y me fuí á la cama. Ni yo conozco á las tales mujeres, ni jamás he dormido ni pienso dormir debajo de las mesas.
Pero Soledad no quiso creerle. Siguió embromándole con empeño, charlando y riendo mucho más que de costumbre. Manolo se defendía suavemente, sin dejar por eso de observar con atención aquellas aciagas señales que su rostro ofrecía. Al fin no pudo contenerse y cambiando de tono exclamó:
—¡Tú has tenido un fuerte disgusto hoy, Soledad!
La joven soltó una carcajada.
—¿Eso es lo que estabas reparando, desaborío? ¿Por qué no lo has soltado antes y me has tenido asustada con esos ojos de alma del otro mundo?
—No me engañes, Soledad... Tú has tenido un disgusto—repitió Uceda mirándola fijamente.
Soledad siguió riendo con afectación sin responder.
—¡Hace tanto tiempo que estudio en tu semblante! Por torpe que sea, ya debo comprender los signos de bonanza y tempestad—manifestó tristemente.—¿Por qué ocultarme tus penas? ¿Te da vergüenza que yo las sepa? No debes tenerla... Ya ves, las mías las sabe todo el mundo, y por eso no me abochorno. El amar no ha sido jamás delito... ¿Temes hacerme sufrir demasiado mostrándome los estragos de tu pasión? Desecha ese temor. Por mucho que tú me digas, mi imaginación de seguro ha ido todavía más allá. Hace ya tiempo que vivo resignado. Sé que no puedo esperar otra cosa que ser tu amigo; pero, al menos, eso quiero serlo de verdad, quiero que no tengas otro mejor en el mundo... Cuéntame tus pesares, hija mía, que aunque yo no pueda hacer nada por aliviarlos, el pecho se desahoga y no roen tanto allá dentro.
Soledad reía mientras su antiguo novio hablaba; pero aquella risa se fué al cabo haciendo convulsiva, y algunas lágrimas concluyeron por brotar de sus hermosos ojos.
—Soledad, ¿qué tienes?—profirió asustado Uceda levantándose de la silla.
La joven le hizo un gesto con la mano para que se sentase, sin dejar de reir.
—¿Qué tienes, Soledad?... ¡No rías, por Dios, de ese modo!
La tabernera dejó caer la cabeza sobre el mostrador, ocultándola entre sus manos, y así permaneció algún tiempo sacudida por incesantes carcajadas. Poco á poco estas sacudidas fueron siendo menos vivas, hasta que cesaron por completo. Al cabo alzó su rostro enteramente bañado de lágrimas, y dijo sonriendo:
—¡Qué tonta soy! ¿verdad, Manolo?
—¿Te has puesto mala?—preguntó él con ansiedad.
—No, ya estoy bien.
Y levantándose tomó de la estantería un frasco de azahar, vertió con mano temblorosa una cucharada y la tragó. Después se enjugó el rostro cuidadosamente con el pañuelo y volvió á sentarse.
—Vamos á ver, ¿qué ha sido?—le preguntó cariñosamente el joven.
Soledad guardó silencio. Él insistió con palabras cada vez más vivas y cariñosas. Al fin la tabernera profirió en voz baja y concentrada:
—Todo se lo he perdonado... ¡todo!... Pero lo que está haciendo ahora ni yo se lo perdono ni se lo perdonará Dios.
Y al pronunciar las últimas palabras se le anudó la garganta y estalló en sollozos. Uceda la dejó llorar un rato en silencio.
—Que haga de mí lo que quiera—prosiguió cuando se hubo calmado...—Que me haga su criada... Después de todo, ya lo soy... Pero refregarme los ojos con otras mujeres... eso no debía hacerlo, ¿no te parece?... Porque yo no le he dado motivo hasta ahora para tratarme así, bien lo sabe Dios... Desde que estoy con él no he mirado á ningún otro hombre... ¡que se me quiebren las manos y se me salten los ojos si no digo la verdad!... No he ido un día siquiera á Puerta de Tierra, ni á los toros, ni he puesto los pies fuera de casa más que cuando él me ha llevado á la plaza de Mina por la noche ó los domingos por la mañana á la del Mercado. Miro por sus intereses como si fuesen míos... mucho más que si fuesen míos... ¿Por qué se goza en hacerme padecer?... En cuanto hay mujeres delante me trata con un despego y un despotismo como no se trata á una negra... Y les dice requiebros, y retoza con ellas... y si me presento en el cuarto me pregunta con desprecio: «¿Qué hace usted ahí? ¿A qué viene usted aquí?» Hasta que me echa, y esas perdidas se quedan riendo de mí... Ahora le da por una que llaman Mercedes la Cardenala. Se pasa las tardes en su casa, ahí en las Barquillas de Lope, y se pasea con ella por el Perejil... De todo me han informado...
—¡Eso, más que maldad, es una estupidez!—exclamó Manolo, á quien le parecía monstruoso que Soledad pudiera ser pospuesta á otra mujer cualquiera de este mundo.
—Pues no se ha contentado con esto... Era necesario que me la pusiese delante de los ojos... Hace un rato pasó por aquí con ella en coche. Y para que yo no dudase que era él, el malvado, al cruzar por delante de la puerta, sacó la cabeza.
—¿Pero iban solos?
—¡No! Iba una hermana de ella y otras tres personas!... ¡Si me han dicho que se casan!... ¡Vaya si se casarán!... Como que es rica... Su padre tiene no sé cuántas tiendas... ¡Y yo no soy más que una pobrecita huérfana!
Al llegar aquí rompió á sollozar de nuevo. Manolo hizo lo posible por calmarla con reflexiones consoladoras. Velázquez tenía buen fondo y la quería. No era posible que por un capricho momentáneo la abandonase, deshiciese un lazo que era sagrado por las circunstancias en que se había contraído. Le gustaba que nadie contrariara su voluntad; pero por lo mismo no se casaría á un dos por tres con cualquier mujer, sino con una que tuviera bien probada, que le estuviese enteramente sometida... como ella.
¡No lo sabía bien el pobre Manolo! Soledad le había dado cuenta de la última etapa de sus agravios, que era, después de todo, la más dolorosa para ella, pero no del proceder brutal que venía usando. Desde el día en que la golpeó por causa de su hermano, Velázquez soltó las riendas á su temperamento altivo y caprichoso. La pobre muchacha no sabía cómo darle gusto. Por el asunto más baladí armaba una reyerta, se enfurecía y concluía por maltratarla. Soledad se encerraba en su cuarto, lloraba un rato y volvía al cabo á él más sumisa y más enamorada que antes. Fuerza es declarar que el guapo no solía excederse en estos castigos, como otros: ni la hería ni la dejaba casi nunca señales ó cicatrices. Más que por hacerla daño, la pegaba para satisfacer su orgullo; quizá hallando también cierta voluptuosidad en ello. De todos modos, no dejaba de ser curioso y extraño ver á aquella mujer, alta, fornida y arrogante, sufrir con resignación los golpes de un sujeto tan exiguo. Porque Velázquez era valiente, y lo había demostrado en varias ocasiones; pero siempre con la navaja. Luchando á brazo partido, con sus propias fuerzas, es casi seguro que Soledad hubiera dado buena cuenta de él.
—No; conmigo no se casará jamás, no habiéndolo hecho ya... Ya no me quiere...
—Son aprensiones tuyas. Velázquez te quiere, y tarde ó temprano se casará contigo.
Decía esto para consolarla, pero sin creerlo. Al pronunciar tales palabras no pudo reprimir un movimiento de alegría que se le traslució en la voz. Ó porque Soledad lo notase ó, lo que es más probable, porque le saliese del alma en aquel momento, replicó limpiándose las lágrimas:
—Es igual... De todos modos yo no seré de nadie más que de él en este mundo.
Y murió repentinamente la alegría en nuestro mancebo, como una chispa de fuego cuando cae en el agua. Quedó silencioso y sombrío largo rato. Soledad, rumiando con desesperación sus celos, tampoco hablaba. Al cabo profirió en voz baja:
—¡Daría la mitad de la vida por sorprenderlos, por decir á esa sinvergüenza cuatro verdades!
Manolo siguió silencioso.
—Oye, querido—tornó á decir con resolución al cabo de un rato.—Me voy en busca de ellos. ¿Quieres hacerme el favor de acompañarme?
Una ola de vergüenza subió á las mejillas del caballero de Medina.
—¿Yo?... ¿Qué dices?...
—No te apures, hijo—manifestó la joven observando su turbación.—Te lo he pedido porque, como dudo que Velázquez me defienda, es fácil que entre todos ellos me maten. Pero si te parece mal, no he dicho nada... Tan amigos como antes.
Al mismo tiempo se levantó é hizo ademán de subir á su casa. Manolo la detuvo, cogiéndola por la ropa.
—Aguárdate un instante, criatura...
Con palabras sensatas le hizo presente lo desatinado de aquel paso, le expuso todos sus inconvenientes y peligros. Soledad no quiso escucharle. Acudió luego á las súplicas, á los halagos, y obtuvo el mismo resultado. Una vez más tuvo ocasión de convencerse de la terquedad nativa de aquella mujer. Al fin la dejó marchar.
Estaba cerrando la noche. La tienda se poblaba de sombras que luchaban con la escasa claridad que aún entraba por la puerta. Uceda metió la cabeza entre las manos y quedó meditando. Indudablemente, lo que había dicho Soledad tenía muchos visos de verosimilitud. Velázquez, irritado por la osadía de su querida, era muy capaz de dejar que la maltratasen, si es que él mismo no se arrojaba á hacerlo. ¡Pobre Soledad! Aquel funesto amor la había enloquecido y sería la causa de su ruina completa. Cuando la vió aparecer de nuevo con un mantón sobre los hombros y pañuelo de seda á la cabeza sintió tanta compasión que le dijo, alzándose de la silla:
—Vamos, niña... vamos donde tú quieras.
—Gracias, Manolo—replicó la joven con voz temblorosa.—Salte fuera y aguárdame en la esquina. Necesito que venga Joselillo... pero no tardará.
Salió de la tienda Uceda y necesitó esperarla cerca de media hora paseando por la muralla. Al fin llegó y echaron á andar emparejados.
Era ya noche completa: los faroles de la ciudad estaban encendidos. El mar rugía sordamente, batiendo su recinto amurallado.
—Y cuando venga la gente de la reunión ¿qué les dirá el chico?—preguntó Manolo.
—Que me dolía la cabeza y estoy en mi cuarto durmiendo.
Caminaron en silencio algunos minutos.
—Pero ¿dónde vamos?—dijo al fin Uceda parándose.
Soledad tardó en responder. Al cabo dijo con acento de vacilación:
—Si han venido ya de Puerta de Tierra, deben de estar en la tienda de Crisanto. Velázquez suele parar allí muy á menudo.
La tienda de Crisanto estaba en la calle de Pedro Conde, muy cerca de los muelles. Para ir á ella era necesario dar la vuelta á la ciudad, ó atravesarla por el medio. Soledad optó por lo primero. Siguieron la curva de la muralla ciñendo la ensenada de la Caleta y, dejando á un lado las Barquillas de Lope, donde habitaba la aborrecida rival, continuaron por el paseo del Perejil, y después de bastante andar llegaron á los baños del Carmen. Ni uno ni otro habían despegado los labios. Manolo iba avergonzado y pesaroso, temiendo las consecuencias que de aquel paso precipitado podían resultar. Soledad, emboscada en sus pensamientos sombríos, sin atender más que al egoísmo de su pasión, ni miraba á su compañero ni se daba cuenta siquiera de que iba á su lado.
Era una noche desapacible de invierno. El cielo estaba nublado. El viento soplaba recio, haciendo rodar sobre la negra superficie del mar enormes olas que venían á estrellarse con fragor sobre la muralla. Cádiz, la más bella ciudad de la Bética, enclavada dentro del Océano, apoyándose en la tierra solamente por un brazo estrechísimo, vivía feliz y tranquila en las fauces del monstruo. El bullicio de sus calles llegaba á los oídos de nuestros jóvenes. De todas las puertas y ventanas salían rayos de luz y de algunas también las notas dulces de la guitarra, el chasquido de los palillos y el canto vibrante, apasionado, de alguna copla. Ya podían las olas batir como bestias feroces sus murallas, rugiendo amenazas de muerte toda la noche. Nadie escuchaba sus gritos; nadie se asomaba siquiera á ver sus esperezos titánicos.
Uceda y Soledad huían instintivamente la luz. En vez de acercarse á las casas, seguían el pretil de la muralla donde se amontonaban las sombras. Desde los baños del Carmen no tomaron por una de las calles trasversales para salir á los muelles, sino que continuaron distraídamente á la orilla del mar hasta la punta de San Felipe. Los clamores del Océano eran allí más sonoros y profundos. Las olas rompían en el baluarte con estrépito y muchas veces saltaban por encima del muro y mojaban el suelo. Los jóvenes se detuvieron fascinados por aquel imponente espectáculo: quedaron inmóviles frente á la hirviente llanura, olvidando en un punto sus penas. Al cabo Soledad profirió:
—¡Qué tiempo tan duro!... Ayer tenía cerco la luna.
Uceda guardó silencio. Largo rato permanecieron junto al pretil contemplando la agitación tumultuosa de las aguas. Poco á poco sus ojos se fueron acostumbrando á la oscuridad. La inmensa superficie del Océano se desplegó ante ellos erizada de crestas amenazadoras. Soledad concluyó por sentirse aterrada, como si estuviera en medio de ellas sin pisar tierra firme. Sin darse cuenta de ello se fué colocando poco á poco detrás de su amigo.
—¿Qué es eso?—dijo éste volviéndose.—¿Tienes miedo? ¡Qué harán entonces aquellos que van por allí!
Y señaló con la mano un punto que apenas se divisaba en el horizonte.
—¿Un barco?—preguntó la joven con ansiedad.
—Sí.
—¡Pobrecitos!
Y añadió al cabo de un instante:
—Pidamos á Dios, Manolo, que los saque de esta noche en paz... Padre nuestro que estás en los cielos...
El caballero de Medina respondió á la oración quitándose el sombrero. Mientras murmuraba el Padre nuestro, su pensamiento cantaba alabanzas á Soledad, «¡Tiene un corazón excelente! El día que adquiera juicio será una mujer adorable.»
Apartáronse del pretil, doblaron la punta de la batería y entraron en los muelles.
—¿Sabes una cosa que estoy pensando, Soledad?
—¿Qué?
—Que si por casualidad tropezásemos en este momento con Velázquez ó con algún amigo que se lo fuese á contar, podría imaginarse cualquier cosa y tendrías un grave disgusto...
—No lo creas. Velázquez nunca ha tenido celos de ti—se apresuró á decir la joven con increíble aturdimiento.
Uceda, en la oscuridad, se puso encarnado hasta las orejas.
—Es decir, no tiene celos de ti, como no los tiene de nadie... Porque él es así... ¿sabes?—añadió después de hacerse cargo de su indiscreción.
—¡Es natural!... Está muy por encina de todos los demás—manifestó el joven con acento sarcástico.
—No es eso, Manolo... Cada cual es como Dios le crió... Hay unos que se celan de su sombra y dan mucha guerra á las mujeres... y otros que son confiados y viven siempre tranquilos.
Uceda estuvo á punto de decir: «Sólo siente celos el que ama»; pero su alma generosa le hizo volverse atrás, y guardó silencio.
En el gran puerto de Cádiz numerosos barcos de todos portes cabeceaban furiosamente á impulso del oleaje. Sonaban las cadenas, crujían las maromas y todo parecía á punto de estallar. Algunos farolillos sujetos á las vergas lucían con vivos movimientos en la oscuridad como estrellas filantes.
Bajaron la escalerilla de la muralla, y entrando en la calle de Pedro Conde se acercaron á la taberna de Crisanto, y Soledad suplicó á su amigo que se quedara fuera y se ocultase mientras ella entraba á preguntar. Penetró, en efecto, y la informaron de que Velázquez había estado allí hacía poco rato, en compañía de algunos amigos y amigas.
—Hemos llegado tarde—dijo, cuando salió.—Han estado aquí, pero ya se han ido.
—Me alegro infinito—replicó Manolo.—El paso que ibas á dar no podía menos de acarrearte un grandísimo disgusto. Vuélvete á casa antes que llegue Velázquez, sube á tu cuarto y duerme tranquila. Verás cómo mañana, con la luz del día, se disipan esas nubes negras que ahora te atormentan.
—Sí, sí... me vuelvo—replicó la joven bajándose aún más el pañuelo de la cabeza para taparse la frente y embozándose con el mantón.—Déjame ahora, que me voy por las calles.
—Echa á andar delante. Yo te seguiré nada más que hasta la esquina de la calle de la Verónica, porque me voy á la cervecería.
Emprendió la marcha la arrogante tabernera, y Manolo le dió escolta á respetable distancia hasta la citada esquina. Allí se detuvo. Soledad, sin volverse, levantó el brazo é hizo un gracioso saludo de despedida. Uceda permaneció inmóvil hasta que la perdió de vista. Después, lentamente, sofocado por mil pensamientos melancólicos, hizo rumbo hacia la Cervecería inglesa.
VI Disputa.
Soledad siguió á paso vivo por la calle de la Carne, que estaba á tales horas animadísima. Los faroles del municipio y las luces de los escaparates la bañaban de claridad. Discurría la gente por ella perezosamente, gozando de aquella primera hora de la noche antes de retirarse á casa. Grupos de hombres cruzaban charlando en voz alta. Las señoras iban de uno á otro escaparate paseando los ojos sobre las telas colgadas en ellos. Algunos chiquillos andrajosos los recreaban con los dulces expuestos detrás del cristal de las confiterías.
Soledad avanzaba rebujada en su mantón, con el pañuelo sobre los ojos.
—¡Vaya unos andares! ¡Qué gloria de cuerpo!—Mare bendita, ¿cuándo ha caído este cacho de firmamento?—¡Bendígate Dios, salero, que me has deshecho el alma con ese taconeo chiquito!
Pocos transeuntes cruzaban sin verter en su oído algún requiebro. Los grupos se abrían para dejarla paso. La gentil tabernera marchaba sin fijar la atención en tales palabras, sin oirlas siquiera, totalmente abstraída de lo que la rodeaba. Los celos seguían oprimiendo su corazón y turbando sus ideas.
Antes de alcanzar el fin de la calle comenzaron á caer algunas gotas y se declaró al instante un fuerte aguacero. Siguió caminando impávida sin guarecerse en los portales, como hizo la mayoría de la gente. Y en vez de dirigirse á su casa, que ya no estaba lejos, se encaminó hacia las Barquillas de Lope, donde esperaba sorprender al infiel. Antes de llegar allá su cuerpo chorreaba. Atravesó á la intemperie la plaza del Balón, y por una pequeña travesía entró en las Barquillas. Habita allí gente pobre; las viviendas son pequeñas, sucias: hay algunas tiendas de vinos y comestibles. Hacia una de éstas algo mejor que las otras avanzó rápidamente; pero antes de llegar á ella escuchó un canto que la dejó repentinamente clavada al suelo. Era Velázquez que entonaba una seguidilla gitana. Quedó inmóvil y pálida. El canto de su querido le producía siempre efecto extraño que jamás se pudo explicar: la entristecía, le daba miedo; se ponía pálida, y siempre que era posible se escurría para no oirlo. Y no porque el guapo cantase mal, al contrario: sin poseer una gran voz, era extremado por su estilo para las seguidillas gitanas y soleares.
Nunca se había atrevido á confesar este misterioso efecto; pero Velázquez llegó á notarlo, y como era hombre complaciente cuando no se tocaba á su orgullo, procuraba evitarle el disgusto; tanto más, cuanto que tampoco era muy inclinado á mostrar esta habilidad, que juzgaba poco varonil. Cuando le instaban para que tomase la guitarra, miraba de reojo á su querida, sonreía y siempre hallaba pretexto para excusarse.
Á este inexplicable efecto uníase ahora otro que se explicaba perfectamente. Soledad necesitó de todas sus fuerzas para no caer al suelo. El coraje se las dió para seguir avanzando y llegar hasta la puerta de la tienda, que se hallaba abierta. Dentro no estaba más que su dueño, el padre de la Mercedes. Pero en un departamento contiguo, cerrado por cristales al exterior y que comunicaba con la tienda, sonaba el canto y la guitarra. Los cristales estaban embadurnados con jabón para que no se pudiese registrar la habitación desde fuera. Se acercó á ella, y á fuerza de buscar dió con un pequeño intersticio donde la pringue no había caído, y por él logró ver quién había dentro. Estaban, á más de Velázquez, la Mercedes á su lado, Frasquito al lado de Pepa, prima de aquélla, con quien mantenía relaciones según se decía, y Gregorio, hermano de Pepa, cerca de Isabel su prima, hermana de Mercedes, con la que estaba próximo á casarse. La madre de las Cardenalas andaba de un lado para otro escanciándoles el vino y sirviéndoles lo que les hacía falta.
Soledad, por el momento, no tuvo ojos sino para esta madre complaciente.
—¡Alcahueta! ¡asquerosa!—murmuró con ira reconcentrada.—Lo que tú buscas es enredar á Velázquez para que se case con tu hija. ¡Claro, como es rico, para él todo son mimos! ¿Qué te importa que una pobrecilla quede deshonrada y á la clemencia de Dios?
Dos lágrimas saltaron á sus ojos que se secaron al instante. Velázquez había cesado de cantar y se inclinaba para hablar con Mercedes, quien con el codo sobre la mesa y la mejilla sobre la mano mostraba una actitud marcadamente displicente. Era graciosa esta Mercedes con sus ojillos chispeantes, los dientes blancos y menudos y la nariz remangada. Soledad la devoró con la vista largo rato y dejó escapar un suspiro. ¡Sí, si cualquiera hallaría á su gusto esta chiquilla! Y ella, que poseía los ojos más hermosos de Cádiz, envidió en aquel momento los pequeñuelos y maliciosos de su rival; quisiera ser bajita y tener la nariz remangada como ella.
Isabel era rubia y desgarbada. La prima Pepa, pequeña y fea con un costurón en el cuello; pero eso y mucho más sufriría el avaro de Frasquito con tal de atrapar el gato de su padre, que lo tenía gordo y lucido al decir de la gente. Hablaban en voz alta, pero nada de lo que decían llegaba distintamente á los oídos de la celosa tabernera. Espoleada por la curiosidad, tanto como por la cólera, entró en el portal de la casa, donde había una puertecilla que comunicaba con el cuarto de la tertulia. Por el agujero de la cerradura apenas lograba verse nada; pero en cambio se oía claramente cuanto se hablaba. Pegó el oído á él y escuchó.
Velázquez embromaba á la graciosa Cardenala sobre su tristeza. ¿Por qué tenía aquella cara tan larga? ¿Por qué no hablaba? ¿Había visto al lobo? ¿Dónde le había cogido aquel aire? Mercedes respondía con palabras sueltas y breves, casi siempre agudas; porque tenía ingenio y sal la muchacha. Los demás reían y tomaban parte en la broma. La voz del guapo era dulce, insinuante; tenía unas inflexiones humildes que Soledad jamás había percibido en ella. El corazón se le oprimió, sintió un frío que le penetró hasta los huesos, y ella, que había venido á armar un escándalo, á sacar los ojos á su rival, se encontró repentinamente sin fuerzas para mover un dedo. Su felicidad había volado para siempre: Velázquez estaba enamorado de aquella mujer. Iba á salir de aquel maldito portal donde le faltaba la respiración, donde temía estallar en sollozos, cuando entre el oleaje de la conversación creyó percibir su nombre. Aplicó mas el oído: en efecto, se hablaba de ella. Velázquez invitaba á bailar á Pepa. Esta se excusaba; había bailado ya mucho en Puerta de Tierra. El majo insistía. Frasquito, que no deseaba verse privado de la compañía de su novia, concluyó por decir:
—Pero, hombre, ¿qué mosca te ha picado? No sé cómo apeteces tanto el bailoteo, cuando tienes en casa una real hembra que baila en la mano.
—¡Echa realezas, hijo!—exclamó Pepa con mal humor.—¡No eres alguien para dar títulos!
—Déjalo, querida—replicó Isabel.—Ha querido decir que es una hembra de á real.
—Nada de eso—profirió con viveza Frasquito.—Soledad es una hermosa mujer aquí y en todas partes, y á nadie se lo he oído negar hasta ahora.
—¡A cualquier cosa llamas tú hermosa!... ¡Mala puñalá te den rejoneá!... ¡Quitá allá desaborío! ¿No ves que se están riendo de ti?... Que me perdone Velázquez, pero en esta ocasión no ha dado pruebas de buen gusto. No sé cómo hay quien pueda decir que es hermosa una mujerota grande, grande, como una ballena; sosa, sosa, más que las calabazas.
—¡Pues si la hubieses visto, como yo, sin corsé!—exclamó Isabel.—¡Para matarla, hija!...
—El vientre le arrastra por el suelo.
—Y la mitad del pelo que lleva es postizo: me lo ha dicho su peinadora.
—¡Vamos, callaros ya!—dijo Mercedes con enojo.—Que sea guapa ó fea, ni á vosotras ni á mí nos debe tener con cuidado.
—Yo no digo más que una cosa—replicó Isabel,—y es que si fuese hombre me gustarían las mujeres, pero no los elefantes.
—¡Anda con ella, hija!—exclamó Frasquito.—¡Cómete la cabeza y no dejes siquiera las espinas!
—Oye tú, empachoso, yo no me como carne tan dura. Tú la subes mucho, porque está Velázquez presente.
Este se hallaba molestísimo. Le indignaban aquellas injustas y malévolas palabras, pero no se atrevía á salir á la defensa de su querida por miedo de enojar á Mercedes.
—Ni la subo ni la bajo—manifestó Frasquito en tono agrio.—Digo lo que todo Cádiz sabe. Si tú no lo quieres confesar, será también porque está tu hermana delante.
La disputa iba tomando mal sesgo. La madre de las Cardenalas se creyó en el caso de atajarla.
—Déjala, hija, déjala ser todo lo hermosa que dicen y algo más todavía. Á ti no te toca más que compadecerla, porque le falta á la pobrecita la hermosura mayor, que es la honra.
Soledad levantó el pestillo de la puerta y penetró en la estancia. Se acercó lentamente á la vieja, que retrocedió espantada, y plantándose delante de ella con los brazos en jarras dijo roncamente:
—¿Sabe usted, señora, por qué no tengo honra? Pues porque ese hombre que está ahí me la ha quitado. Pero usted, en vez de aconsejarle que me la vuelva, se humilla y le baila el agua para meterle en casa. Y no sólo hace usted eso, sino que me afrenta y me clava el puñal por la espalda. ¿Quién es más honrada, señora, usted que le entrega su hija por dinero, ó yo que me he entregado á él por amor?
La sorpresa los había clavado á todos á la silla; pero repuestas las Cardenalas, al instante se levantaron como fieras para arrojarse sobre la intrusa.
—¡Cómo! ¿Atreverse la tía pendanga á venir á insultarlas á su propia casa? ¿Insultar á su madre? ¿Insultarlas á ellas? ¡Esa sin vergüenza! ¡Esa cualquier cosa! ¡Esa p...!
Y salió el vocablo infamante, y se repitió infinitas veces á gritos por las cuatro mujeres, trasformadas en cuatro tigres de Hircania. Y hubieran dado buena cuenta de la infeliz Soledad, á pesar de su corpulencia, si Velázquez, con arranque generoso, no se hubiese plantado delante de ella.
—¡Nadie la toque con un dedo siquiera!
Las mujeres no osaron avanzar. La fiera actitud del majo les impuso silencio por un instante. Volviéndose aquél después á su querida y sacudiéndola por el brazo la miró cara á cara con ira concentrada. Los dos estaban pálidos.
—Dí, ¿á qué vienes aquí, loca? ¿á qué vienes aquí?
—Pues á ver cómo te diviertes—respondió la joven, cada vez más pálida.
—Esas tenemos, ¿eh? Pierde cuidado, que ya ajustaremos cuentas.
—Á eso vengo también... á que me pegues—replicó ella con el rostro contraído por una triste sonrisa.
—¡Ya arreglaremos eso, ya!
—Puedes arreglarlo ahora mismo... ¡Anda, hombre, pega, si con eso te desahogas!...
—Lo que vas á hacer es largarte al momento, ¿entiendes?
—Como tú quieras... Yo no hubiera entrado si esa tía asquerosa no me hubiera insultado.
Las cuatro mujeres tornaron á enfurecerse y quisieron acometer á la tabernera; pero Velázquez la echó fuera á empellones y cerró la puerta. Entonces su negra cólera se deshizo en injurias candentes, interminables. Velázquez las escuchó un rato con calma bebiendo á sorbos el vaso de vino que tenía delante; pero al cabo se hicieron tan pesadas, que no pudo sufrirlas más tiempo.
—¡Ea, señoras! ¿Qué va aquí jugado?—profirió dando un fuerte puñetazo sobre la mesa.—¿Quieren ustedes que dure esta guasa toda la noche?
Las mujeres, aunque con trabajo, refrenaron su ira, porque el guapo tenía malas pulgas. Además, Frasquito y Gregorio las instaron á hacerlo. Se habló de cosas indiferentes como si nada hubiese pasado; se bebió y se cantó otra vez. Pero como la ira seguía rugiendo en los corazones, aunque los rostros se mostrasen alegres, cuando menos se pensaba estalló la tempestad de nuevo.
Velázquez había tomado la guitarra y preludiaba unas soleares. Todos callaban. De pronto Isabel soltó una fuerte risotada, que al guapo le produjo insoportable escozor.
—¿De qué te ríes, hija mía?—le preguntó con aparente calma.
—Pues me río de verte así, tan pacífico, con la guitarra sobre las piernas... Dispensa, hijo, no lo puedo remediar.
Y soltó otra risotada.
—¿Y cómo quieres que esté, prenda? ¿con la navaja abierta?—replicó el majo, la voz alterada ya, aunque fingiendo sosiego.
—No, pero como decían que eras esto y lo otro... y que las mujeres se desmayaban cuando tú las mirabas serio y que no se atrevían á mover un dedo sin tu permisos, francamente, me río.
—Pues mira, niña, hasta ahora ninguna me ha faltado al respeto, ¿sabes? Pero si tú quieres empezar, puedes hacerlo...
Isabel no contestó. Siguió riendo de un modo insolente. Al cabo dijo con calma provocativa:
—La verdad es, querido, que se te caen los calzones de hombre de bien.
El rostro del guapo se enrojeció, alzóse airado de la silla y se abalanzó á la insolente, diciendo:
—Oye tú, niña guasona, ¿quieres probar cómo saben las bofetadas de este hombre de bien?
Frasquito y Gregorio le contuvieron. Las mujeres, temerosas, procuraron calmarle. Todo había sido broma. Parecía mentira que tomase en serio las simplezas de Isabel. Ésta se apresuró igualmente á darle excusas. Restablecióse el sosiego. Velázquez volvió á sentarse sin despegar los labios, pero á los pocos momentos se despidió con trazas de marchar muy desabrido.
Cuando entró en casa, Soledad se hallaba aún en la taberna. En vez de subir y mudarse la ropa mojada, había querido aguardarle. Al verle avanzó á su encuentro y le echó los brazos al cuello, diciéndole con voz temblorosa:
—¡Perdóname!
Pero el majo traía el alma resquemando por las palabras de Isabel. Ningunas podían ser más pesadas y mortificantes para él. Se desprendió vivamente de aquellos amorosos lazos y la rechazó, dándole un fuerte empellón. Soledad retrocedió tambaleándose, tropezó con una silla y dió con su pesado cuerpo en el suelo, hiriéndose con la esquina del mostrador en la sien. Velázquez no acudió á prestarle socorro. La dejó tendida en el suelo y subió á encerrarse en su cuarto.
VII El columpio.
La mojadura y el disgusto postraron en cama á la pobre Soledad. Se le declaró una fiebre intensa y estuvo algunos días bastante grave. Velázquez, como si le remordiese la conciencia de lo que había hecho, se portó con ella mejor de lo que podía esperarse. Hizo venir al médico y la prodigó todo género de cuidados y atenciones y, lo que aún es más raro, apenas salió de casa. En la de las Cardenalas no volvió á poner los pies; pero tal proceder no debía achacarse al amor de su querida, sino á su vidriosa susceptibilidad. Las palabras burlonas de Isabel eran una espina que tenía clavada en el corazón. El orgullo le hizo, pues, renunciar sin dificultad, no sólo á la mano, sino también al trato de la Mercedes. No volvió á acordarse de ella. Soledad, que muy pronto lo advirtió, sintió su alma bañada en alegría celeste, y pensando la inocente que era debido á su cariño, se lo agradeció profundamente. Tal conducta contribuyó infinitamente más á su curación que las recetas del médico.
Después que se levantó de la cama gozó todavía algunos días felices. Velázquez, en la convalecencia, se mostró afectuoso y atento, la sacó de paseo y le hizo algunos leves regalos, para ella de gran precio. No tardó, sin embargo, en fatigarse. En cuanto la vió fuerte comenzó á tratarla de nuevo con desdén; luego con crueldad. Pero ella todo lo halló bueno, observando que no reanudaba sus amores con la Cardenala.
Sus celos no estuvieron dormidos mucho tiempo, por desgracia. Principiaron á atormentarla con ocasión de las frecuentes y largas pláticas que el guapo mantenía con Paca la de la Parra. Ésta proseguía infatigable su tarea de persuasión, ejerciéndola unas veces sobre Velázquez, otras sobre Antonio. Tanto uno como otro la escuchaban sin disgusto, porque era una graciosa predicadora y porque les servía para hacer alarde de su ingenio con agudas respuestas. Resueltos á no seguir sus consejos, los recibían con benevolencia, se mostraban amables, jocosos, y embromaban cariñosamente á la célebre cantaora. La llamaban el padre Francisco. Pero ella no se atufaba ni descomponía. Con la gracia y afluencia que caracterizaban su discurso no cesaba de sermonearles un día y otro, esperando que al cabo Dios les tocaría en el corazón.
—Compare, ¡cómo ha rajado hoy el padre Francisco!—se decían uno al otro guiñando el ojo.
Y Paca sonreía y cogía cualquiera ocasión por los pelos para volver á la carga.
La verdad es que no tenía mérito alguno sufrir con paciencia sus sermones. Era Paca una de las más amables, ingeniosas y profundas mujeres que pudieran hallarse en parte alguna del mundo. En sus ojos brillaba la inteligencia; su voz insinuante, sus modales impregnados de natural elegancia, sus palabras llenas de prudencia, como las de Nestor, rey de Pylos arenosa, y sobre todo aquel incesante jugar con los rizos de su negra cabellera mientras hablaba, seducían á cuantos tenían la dicha de escuchar sus lecciones. Su fuerte era la teología moral. Ningún problema, por arduo que fuese, referente á los deberes del hombre consigo mismo y con los demás dejaba de tener solución adecuada en aquella linda cabeza rizada. Pudiera escribir un tratado del matrimonio más completo é interesante que el del padre Sánchez. ¡Con qué admirable habilidad iba descomponiendo y repasando cada uno de los términos del caso ético que cualquier amiga le presentaba! «Á tu marido, dices, no le gusta la ensalada de patatas... bueno. Tú se la has puesto tres días seguidos... y te pegó... pero ha sido porque no tenías dinero para comprar longaniza ó carne, ¿no es eso?... Dices que se te había concluído el dinero antes del fin de la quincena, porque te habías comprado unos zapatos... Pero los compraste porque tu marido se enfadó un día que saliste con él y los llevabas rotos... etc.» ¡Oh, cuán profundamente examinaba los datos y con qué suave elocuencia emitía luego su fallo inapelable!
La esposa de Pepe de Chiclana no predicaba sólo con la boca, como tantos moralistas, sino también con el ejemplo. Á pesar de haberse criado en una taberna, con la libertad y los peligros que para las jóvenes ofrecen, jamás tuvieron las malas lenguas sitio por donde atacarla. Era virtuosa por temperamento, quizá también por el orgullo que le inspiraba el convencimiento de su superioridad moral é intelectual. Los requiebros no conseguían conmoverla. En cambio estimaba cualquier signo de respeto y consideración á su talento, gozaba increíblemente cuando, gracias á su elocuencia, se alcanzaba la avenencia de dos amigas enemistadas, el perdón de un padre, la reconciliación de un matrimonio. Y sobre esto ninguna rigidez antipática, ninguna hipocresía. No le importaba entrar en una casa de mala fama ni acompañarse de cualquier mujer de dudosa conducta. Cruzaba sin reparo por medio del lodo, segura de no mancharse.
Pues tal sencilla altivez, tal indiferencia por los halagos de los hombres, llamaron al cabo la atención del irresistible Velázquez y concluyeron por preocuparle. Gustaba el guapo de prodigar galanterías, de festejar á cuantas mujeres hablaba; pero hallaba justo que estas mujeres se mostrasen lisonjeadas, quería verlas ruborizadas, adivinar que le hallaban de su gusto: avezado estaba á ello. Con Paca no sucedió lo mismo. Cuantos más requiebros la soltaba, cuanto más le hacía comprender que le causaban impresión sus atractivos, más indiferente y distraída se mostraba ella. Con su donaire peculiar cortaba en seco cualquier lisonja, desviaba ingeniosamente la conversación y la encauzaba hacia los temas filosóficos en que tanto se placía. Velázquez se sintió humillado. Por más que tenía conocimiento de la virtud de la esposa de su amigo Pepe, y nunca se le había pasado por la imaginación ponerla á prueba, excitado su orgullo, principió por galantearla en broma y concluyó por requerirla de amores en serio.
Paca opuso la misma suave indiferencia á uno que á otro: ni se mostró halagada ni ofendida. Su táctica consistió en hacerse incrédula y en rehusar oirle.
—¡Vaya, niño! ¡á callar!... Too eso es guasa viva. Déjala para las pobrecitas que no te conozcan como yo.
Y el majo con esto se mordía los labios y ocultaba con una sonrisa forzada el despecho que le roía.
No pasó inadvertido este galanteo para Soledad. Aunque su inteligencia no era penetrante de ordinario, la tenía muy fina para adivinar cuanto ocurría en el alma de su amante. Ningún pensamiento alegre ó triste, ningún deseo más ó menos vago se le escapaba. Comprendió, pues, al instante, al través de las bromas triviales de siempre, que Paca le interesaba y que la estaba galanteando. Pero aquí se detuvo su penetración. No vió que Paca rehusaba aquel galanteo, que le daba un ardite por Velázquez, como por todos los demás hombres; no comprendió el carácter altivo y original de su amiga. Por eso comenzó á ponerle mala cara, á responderla con sequedad y aun á dirigirle algunas indirectas ofensivas. Como no podía concebir que mujer alguna rechazase los obsequios de su querido, estaba persuadida de que Paca los alentaba. Esta, al principio, no dió importancia á su actitud: la vió triste y seria, y pensó que su desgraciada situación y el desvío cada vez más acentuado de Velázquez eran la causa. Pero llegó un momento en que advirtió claramente que Soledad tenía celos de ella, y se propuso provocar lo más pronto posible una explicación.
Una tarde llegó sola á la tienda. Soledad la recibió con marcada frialdad. Cambiaron algunas palabras indiferentes y, como siempre, la esposa de Pepe de Chiclana concluyó por tocar el asunto del matrimonio de su amiga, dándole cuenta de los trabajos diplomáticos que llevaba á cabo para su realización y procurando infundirle esperanzas. Soledad escuchó distraída y dijo al cabo con impaciencia:
—Mira, Paca, no te molestes más. No tengo ya ninguna gana de casarme. Estoy perfectamente así.
—¿Y desde cuándo eso, niña?... porque hace pocos días bien fatigadita andabas por llegar á la Vicaría—repuso Paca, picada por el acento despreciativo que Soledad había dado á sus palabras.
Ésta no respondió. Encolerizada á su vez por las de su amiga, hizo un esfuerzo para no dispararse, y lo consiguió; pero no pudo reprimir un gesto desdeñoso. Paca se mostró aún más herida por este gesto y volvió á preguntar con sorna:
—Vamo, hija, cuéntame eso... ¿Desde cuándo?
Entonces Soledad, volviendo hacia ella su rostro contraído por la ira, dijo con afectada calma:
—Desde que tú y Velázquez os entendéis tan bien. Por si se muere Pepe, no quiero serviros de impedimento.
Paca soltó una carcajada.
—¡Acabases de reventar, criatura!... ¿Conque Velázquez y yo nos entendemos?... ¡Qué traición! ¿verdad tú? Engañar á una amiga que se confía, que me abre su corazón y me pide ayuda... Por delante mucha sonrisa, mucha compasión, mucha promesa, y por detrás clavándole el cuchillo hasta las cachas... ¡Ya! ¡ya!... La verdad es que no sé cómo te contienes y no me rompes la cabeza con una de esas botellas...
Se echó hacia atrás en la silla y se puso á jugar con los rizos negros de su frente. Pero su mano, á despecho del sosiego que afectaba, temblaba levemente. Soledad, con la cara entre las manos, se mantenía en actitud fiera y recelosa. Paca tuvo lástima de ella.
—Escucha, Soledad: tú eres una criatura que no ha visto el mundo más que por un agujero. Ni tienes experiencia ni Dios te ha dado cabeza para saber lo que entra y lo que sale y lo que cada cual se trae... En una palabra, Soledad, y dispénsame que te lo diga: tú no vas á ninguna parte... Porque me ves alegre y guasona á ratos, y bebo y canto y no me asustan las sandeces de los hombres, te has llegado á figurar que estoy aquí para todo el que quiera alargar la mano, ¿verdad? Que se te quite, hija. Tengo un alma de la cual he de dar cuenta á Dios, y no he de faltar á mi Pepe por nada ni por nadie en este mundo. Porque ahí donde le ves tan pesadote y tan pelmazo, y que parece que se le pasea el alma por el cuerpo, es un hombre que sabe distinguir, ¿entiendes? Y hay otros que parece que las cogen por el aire y, sin embargo, no distinguen, ¿estamos?... Y voy á decirte una cosa para que la sepas, sólo para que la sepas: si el diablo me tentara algún día, ten por seguro que no escogería á Velázquez para ello, porque sabe muy bien que en la vida me han gustado los hombres fanfarrones... Bien puedes dispensarme, hija: ya comprenderás que en este mundo los gustos no son iguales. En mi sentir, los tuyos son de los que merecen palos; por eso te los dan.
Soledad guardó silencio obstinado.
—¡Qué! ¿no te convences?... Pues mira, fácilmente te lo voy á poner clarito como el agua. Velázquez va á llegar dentro de un momento, ¿no me has dicho eso?... Anda, hazme el favor de esconderte en ese cuarto y verás qué chaladita estoy por él... Y mira bien por la cerradura, no sea cosa que nos hagamos una seña para engañarte.
La tabernera empezó por resistirse; pero vencida al cabo de las instancias de su amiga, y aún más por los vivos deseos de arrojar los celos que la mordían, consintió en ocultarse y asistir á la plática que se preparaba.
No tardó en llegar Velázquez, quien se sintió tan sorprendido como alegre de encontrar sola á Paca, y más cuando se enteró de que Soledad había ido á casa de una vecina que estaba de parto y tardaría en volver. No la quiso ver mejor el irresistible jaquetón. Se sentó en la silla que había de la parte de fuera del mostrador, relamiéndose interiormente, aunque mostrando en lo exterior la misma actitud fría y soberbia que le caracterizaba. Y comenzó muy pronto el tiroteo. Rara vez tenía ocasión de hablar á solas con la esposa de Pepe. Ahora que se presentaba no quiso desperdiciarla.
—Vengo muy cansado, padre.
—Pues descansa, hijo.
—¿Me permite su paternidad besarle la mano?
—Mi paternidad no da la mano á pillos.
—Me alegro. Por eso debe dármela á mí, que soy hombre de bien.
—¿Tú? Ni tienes vergüenza ni la has conocido en tu vida.
—No lo crea su merced, padre. Si no tuviese vergüenza ya le hubiese dicho hace tiempo algunas cositas que me hacen cosquillas en el alma.
—Tapa, tapa, hijo. No las descubras, porque si las tienes hace tiempo guardadas deben de oler á podrido.
—Los sacerdotes tienen obligación de escuchar en confesión á los penitentes...
—Pero es á los que llegan arrepentidos.
—Yo lo estoy, padre Francisco.
—¿Sí? Pues no vivas más tiempo en pecado mortal. Cásate con Soledad.
Velázquez soltó una risotada.
—¡Ya pareció aquello! Me extrañaba que tardase tanto.
—Sí, ya pareció aquello, arrastrao, y parecerá mientras me quede alguna palabra en la boca.
—¡Anda! pues tendré que esperar hasta el día del Juicio. Primero le faltará agua al mar y al cielo estrellas que á ese piquito palabras.
Paca se incomodó. Le picaba cualquier alusión dirigida á su increíble afluencia. Así que, sin advertir que con ello dejaba firme la burla, respondió con un sin fin de denuestos; de aquí pasó á las reprensiones, á las censuras, después á las consideraciones y por último á los consejos. En un cuarto de hora no cerró la boca.
Velázquez la escuchó con la suya abierta, muy atento y admirado, porque Paca hablaba tan bien ó mejor que cualquier folletín de los que había leído. Pero no quiso confesárselo. Antes persistió en embromarla desviando la conversación hacia los parajes donde le convenía.
—Pero, en fin, ¿qué me importa que rajes hasta morir y me des tanta jaqueca, si tienes unos ojos, chiquilla, que bailan como las estrellitas sobre el agua, si cuando hablas y te mueves hasta el aire que te envuelve queda empapado de sal?...
—¿Quieres callarte, pelmazo?... ¿Vas á empezar con las simplezas de siempre?
—¡Que sí, niña, que sí!—profirió Velázquez bajando la voz y avanzando el cuerpo hacia ella hasta meterle las alas del sombrero por los ojos.—Que eres más rica que los doblones de á cuatro, más salada...
—Vaya, niño, déjame el alma quieta y no me saques los ojos con el sombrero, que aunque no son bonitos á mí me hacen avío.
—¿Que no son bonitos, lucero? Anda, vé y dí eso delante de testigos y te llevarán á la cárcel. Déjame besarlos, salero, ya que sin razón les has faltado...
Al pronunciar estas palabras se alzó de la silla y alargando las manos cogió la cara de la joven para besarla; pero ésta se zafó de ellas con prontitud; volvió á tomarla Velázquez y de nuevo se arrancó con fuerte sacudida, levantándose y saliendo á la parte de afuera. Avanzó airada hacia el majo, que se había sentado, y le dijo con voz alterada apoyándose en el mostrador con una mano y poniendo la otra en la cadera.
—Pero, hijo, ¿qué te has figurao? ¿Piensas que no hay más que decir «allá voy» para que te respondan «aquí estamos»? Me conoces hace años, me estás hablando casi todos los días, ¿y todavía no te has enterao de que no me gustas ni pizca? Porque traes pechera rizá y botones de brillantes y botas de charol ¿no hay más remedio que derretirse por ti? No, hijo, yo no me enamoro de la lencería ni de esos requiebros mohosos que traes siempre en la boca. Anda, vé á emplear tanta gala con las infelices que te han escuchado. En el mundo hay seda y hay percal, pero quien no sabe distinguir la seda del percal no debe ir á la tienda, ¿comprendes? Aquí te has equivocado de medio á medio. Lo siento por ti, que no has dado prueba de mucho pesqui, y lo siento también por esa pobre muchacha, que merece un hombre más regular.
Y salió de la tienda con ademán resuelto y airado. Velázquez quiso echarlo á risa y la detuvo por el mantón.
—Perdone su merced, padre... No he querido faltarle al respeto...
Pero ella se zafó con un fuerte tirón, dejando en su mano algunos flecos.
Quedó bien humillado el guapo. La sonrisa que contraía sus labios se apagó. Permaneció algunos instantes inmóvil y pensativo, haciendo esfuerzos por tragar la amarga píldora que le habían propinado. Al cabo logró consolarse á medias por la consideración de que nadie había presenciado su derrota y Paca seguramente no daría cuenta de ella. Mas cuando averiguó que Soledad estaba en casa y cuando ésta le confesó, después de muchas instancias, que lo había oído todo, se le encendió el alma de vergüenza y furor. Tuvo fuerzas, no obstante, para disimular. Dió á su revés la apariencia de una broma mal interpretada. Ya sabía que con la mayor parte de las mujeres acostumbraba á usarlas, que las hacía disparatadas declaraciones de amor y le gustaba verlas enojadas. Con Paca las había usado infinitas veces, sin que jamás se le hubiese puesto seria; pero como ahora la estaban escuchando, quiso hacerse un poco la persona y darse tono...
Soledad fingió creer estas explicaciones, ó acaso las creyó de veras, pues mirando desde su punto de vista le costaba trabajo suponer que hubiera mujer capaz de desdeñar aquella octava maravilla de la tierra.
Al día siguiente, víspera de Carnaval, fueron ambos á la tienda de la Parra, por ser último día de columpio. Es costumbre en Cádiz, cuando llega Navidad, fijar columpios en los patios de las casas, y aun dentro de éstas cuando no hay acomodo fuera. Por las tardes se reúnen mancebos y zagalas en torno del aparato y pasan gozosamente el tiempo columpiándose, en medio de alegres cánticos y algazara. Los columpios se descuelgan cuando llega Carnaval.
En casa de los padres de Paca todos los años se ponía y era uno de los más famosos y concurridos de la ciudad, porque la tienda poseía un gran patio (donde crecía la parra que le diera nombre), muy acomodado al caso. La reunión de la casa de Velázquez se trasladaba allí en masa por las tardes. Éste casi nunca faltaba tampoco, tanto por el empeño que había formado de conquistar á Paca, cuanto por las muchas y lindas jóvenes que allí acudían y ante las cuales gustaba de mostrar su ingenio y gentileza. Á Soledad sólo la había llevado dos veces en la temporada, y eso gracias á los ruegos de las amigas. Pero este sábado, por ser la despedida, ó quizá con algún secreto designio, él mismo la invitó, y la inocente Soledad aceptó con alegría.
Cuando llegaron estaba la fiesta en todo su esplendor. Una linda morena de rostro picaresco ocupaba el columpio y unos cuantos jóvenes lo impulsaban á porfía sin cesar de cambiarse entre ellos y ella con gracioso tiroteo un sin fin de donaires, de bromas picantes, de frases, insustanciales muchas veces, pero alegres siempre y con un delicado sabor de galantería que sólo se halla en esta poética región del mundo. Derramados acá y allá, sentados unos en bancos, otros de pie formando pintorescos grupos, charlaban los mancebos con las mocitas ó escuchaban embelesados el punteado melancólico de la guitarra. Las conversaciones eran animadas, ingeniosas; en todas campeaba la imaginación inquieta, el fácil ingenio, la incoherencia y la irreflexión que caracteriza al amable pueblo andaluz. Era un burbujeo leve y fugaz como el de sus vinos dorados. ¡Cuánto donaire, cuánto disparate, cuánto embuste!
Debajo de la clásica parra, nuestra pareja halló sentados á Antonio y María-Manuela con otras personas, y fueron á colocarse cerca de ellos. Paca predicaba allá en un grupo lejano; pero en cuanto los vió se vino hacia ellos, saludó á Soledad con efusivo cariño y á Velázquez con la franqueza de siempre, como si no hubiera pasado nada. La presencia de Soledad causó, como de costumbre, grata impresión en el sexo masculino. Se murmuraron requiebros hiperbólicos, se dijeron al oído unos á otros frases de entusiasmo. Todos envidiaban á Velázquez aquella mujer elevada y arrogante como una torre de marfil, de pies diminutos y lindos como los de Hebe la inmortal copera de los dioses. Pero nadie osaba requebrarla en voz alta, porque el majo tenía fama de puntilloso y agresivo. Tan sólo Antonio, como amigo íntimo, tuvo fuero para exclamar:
—Dios guarde á la rosa hechizá. Ven acá, salero, siéntate á mi vera, á ver si vivo cien años más.
Soledad sonrió con benevolencia.
—¿Para qué tanto? ¿No vale más estar á mi vera que vivir cien años?
—¡Mucho que sí! ¡Bendita sea tu boca, clavel de la Italia! Mejor quiero estar á tus pies una hora que seis meses tomando monedas de cinco duros.
—Es que no las has visto.
—Todos los días, en cuanto amanece Dios, le doy tres ó cuatro á María para que me compre buñuelos.
—¡Sí darás!—murmuró María-Manuela con mal humor.—¡Disgustos!
—¡Y bofetás!—añadió Velázquez riendo.
—Sólo los jueves por la tarde. Tengo ese ramo bien organizado.
—¡Vaya, no te las eches de plancheta, hijo—profirió la irascible María,—que se va á creer la gente que te comes los niños crudos!
Algunas personas se habían acercado y rodeaban el banco donde se hallaban sentados. Las eternas disputas de Antonio y su querida causaban gran placer á los amigos. Ésta, por desgracia, se cortó en flor merced á la voz del guitarrista, que cantó:
«Á la que se columpia
echarle rosas,
que todo se lo merece
por buena moza.»
—¡Ole!—¡Anda con ella!—gritaron de todas partes.
Y la atención se convirtió á la linda morena que ocupaba el columpio. Ésta sonrió complacida, cerró los ojos y á los pocos instantes cantó:
«Al columpio he subido
porque no digan
que mi amante está ausente,
yo pensativa.»
Un palmoteo ruidoso, gritos desaforados de entusiasmo, acogieron la copla de la chavala.
Tornó á cantar el guitarrista: respondió ella con la misma gracia. Las conversaciones se habían suspendido. La gente se había acercado al columpio y formaba círculo en torno para jalear á la simpática cantaora.
En aquel instante Manolo Uceda, á quien el chico de la tienda de Velázquez había dicho dónde estaban sus amos, apareció en la puerta del patio y quedó inmóvil contemplando la escena. La cantaora, que le vió desde el columpio, guiñó sus ojos maliciosos y le soltó esta copla:
«Mocito que está á la puerta
mirando para el columpio:
entre usté y columpiará
la que sea de su gusto.»
Todos los rostros se volvieron entonces risueños hacia él. Manolo avanzó confuso y dijo galantemente:
—De mi gusto, prenda, ninguna más que usté.
—Pues colúmpie me usté, hijo, y de salud le sirva.
Apartáronse los jóvenes que movían el aparato y Manolo lo impulsó unas cuantas veces entre los aplausos del concurso.
La casualidad había hecho que Paca y Velázquez estuviesen juntos en el círculo formado alrededor del columpio. Cuando, por haberse bajado la graciosa morenita, se distrajo la atención de los concurrentes y se diseminaron otra vez, la esposa de Pepe de Chiclana llevó al majo á un rincón y tuvo á bien darle una satisfacción de las injurias que le había dicho el día anterior.
—Ayer estaba un poco sofocá, ¿sabes? Te habré dicho las mil perrerías: que eras esto y lo otro... No me acuerdo. Una mujer ofendida chilla más que una rata salida del caño... Luego que me dió el aire entendí que había hecho mal en sofocarme, porque tú, aunque un poco sin vergüenza, siempre te has portado como buen amigo y serías un sujeto á pedir de boca... si te dieran las viruelas. Quiero decir que el día que no presumas tanto no tendrás pero... á lo menos para mí... Porque hay mujeres que les gustan los hombres así... ¡vamos!... que repiquen gordo al andar... Á mí me hicieron de otro modo. Me gustan los hombres formales, callados... y sobre todo que no se la den de nada, ¿comprendes?
Las explicaciones de la joven fueron largas, interminables é impregnadas de una profunda filosofía. Así era todo lo que salía de su espíritu, fértil en pensamientos elevados. Pero en vez de calmar el rencor de Velázquez dieron por resultado lo contrario. El guapo se sintió aún más humillado. Tuvo el talento, sin embargo, de disimularlo. Las aceptó por buenas, rió, lo echó á broma y pidió que no se hablase más del asunto. Pero en su pecho ardía la cólera y no esperaba más que un pequeño agujero para salir rugiente y abrasadora.