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Los majos de Cádiz

LOS MAJOS DE CÁDIZ (NOVELA DE COSTUMBRES) (continued 3)

Reading edition

Soledad y María-Manuela se habían sentado de nuevo bajo la parra, que formaba en verano fresco y deleitoso túnel. Como ahora se hallaba desprovista de pámpanos, habían echado por encima algunas sábanas para guardarse del sol de Febrero que ya quemaba. Á las dos mujeres se habían agregado algunas otras y les hacían compañía Antonio, Frasquito, Manolo Uceda y algún otro joven. Hallábanse charlando tranquilamente cuando, rompiendo por entre los grupos con señales de agitación en el rostro, apareció el señor Rafael.

—¿Dónde está mi sobrino? ¿Dónde está ése?—venía preguntando en voz alta.

Y así que llegó á la parra y le divisó, acercóse rápidamente á él y le dió un estrecho abrazo.

—¿Qué ocurre?—¿Qué ha sucedido?—¿Qué albricias son esas?—preguntaron todos picados por la curiosidad.

Pero el señor Rafael, sin hacer caso, seguía estrechando entre sus brazos y dando afectuosas palmaditas en la espalda á su sobrino, quien no correspondía en modo alguno á tales demostraciones de cariño, antes procuraba zafarse, mostrando un semblante fruncido que daba miedo. Al cabo el viejo le dejó libre y, echando atrás dos pasos y dirigiéndose á los concurrentes con su voz ronca y su ceceo de andaluz cerrado, exclamó:

—¡Miren ustedes á ése! ¡mírenlo ustedes bien!... ¿Á que no saben ustedes lo que ha hecho? Voy á contarlo mas que se ponga colorao... porque sí... porque las cosas buenas deben decirse y las malas callarse... Han de saber ustedes que ése y yo hemos estado anoche en la Palma de Londillo á comer un guiso de almejas y unas aceitunas... ¡Vaya una noticia de importancia! dirán ustedes... Ya lo sé que nada tiene de particular; pero vamos al caso. El caso fué que nos marchamos sin pagar. Tampoco esto vale la pena de que se fijen ustedes, porque muchas veces nos ha pasao lo mismo. Pero ahora viene lo mejor. Acabo de dar una vuelta por allá, y pregunto: «¿Cuánto es el gasto de anoche?—Ya está pagado me contestaron.—¿Cómo? ¿Quién lo ha pagado?—Pues su sobrino.—¡Vamos, niño, no gastes guasa!—Que sí, señor Rafael, que lo ha pagado.—¿Cuándo?—Esta mañana ha pasado por aquí y ha hecho la cuenta...» Y efectivamente, señores, me enseñaron el libro y estaba borrada la partida. ¡Ese! ¡ese que está ahí la ha mandao borrar!

Las últimas palabras del viejo apenas pudieron oirse. Tal fué la algazara que había levantado su discurso.

—¡Tío! ¡tío!—exclamó Frasquito rojo de cólera.—¡No tenga usted tanta guasa!...

—Pero, hijo, ¿quieres que diga que estuvo mal hecho?... Lo diré, si te empeñas; pero nadie me creerá.

—¡Tío, ya le he dicho más de cien veces que la hora menos pensada le falto á usted al respeto!

Con dificultad lograron calmarle; todavía más trabajo costó impedir que se marchase. Afortunadamente intervino Paca, y con su labia sin pareja y su trasteo logró pronto reconciliarlos. Llevada á feliz término esta obra de caridad y de elocuencia se subió al columpio.

Mientras Velázquez iba de grupo en grupo haciendo penar á mocitas y casadas con sus palabras, humildes y desdeñosas á un tiempo, y el atractivo de su elegancia, Manolo Uceda se había acercado al de Soledad y María-Manuela. Quiso entablar conversación aparte con la primera, pero no pudo conseguirlo. Soledad, engañada por la complacencia de su amante y por el semblante alegre que mostraba, era feliz en aquel instante. Su egoísmo infantil la hacía incapaz en tal ocasión de sentir ni apreciar siquiera los sufrimientos y el afecto leal de su antiguo novio. Recibióle con marcada frialdad, y apenas hizo caso de sus palabras. Manolo sintió el corazón apretado. Comprendió que su ídolo se hallaba bajo el influjo de uno de aquellos engreimientos en ella tan comunes, y se levantó del banco resuelto á irse. Pero antes de llegar á la puerta salióle al encuentro la morenita del columpio, que estaba agradecida de su galantería.

—¿Adónde tan solo, hijo?

—Pues á la calle, niña—respondió Uceda haciendo esfuerzos por sonreir.

—¿Cómo? ¿de marcha ya? No puede ser. ¿Ve uté aquel rinconsito tan apañaito donde ya no da el sol? Pues allí nos vamo á sentá uté y yo... pa que uté me diga algo... porque ésta es la hora en que no me ha dicho todavía que tengo los ojos así y la boca andando y el talle de esta manera y los cabellos de la otra... en fin, toas esas simplesas que disen ustés los hombres cuando están ajumaos.

—No se necesita estar ajumao para decir que es usted preciosa... pero no puedo sentarme porque me aguardan. Otro día será... Hasta la vista, prenda—manifestó Uceda con la misma sonrisa contraída, alejándose.

La morenita quedó inmóvil mirándole, y cuando ya estaba lejos exclamó con acento donde se traslucía el despecho:

—¡Vaya usté con Dios!

Los concurrentes jaleaban á Paca, que desde el columpio dejaba oir su voz celebrada. Todas las conversaciones quedaron en suspenso. El grito dulce y poderoso á la vez de la gentil cantaora los había reunido presto á todos en torno del columpio. Mas apenas cesó el canto tornáronse á sus respectivos sitios.

No tardaron en agruparse de nuevo, pero no alrededor del columpio, sino del banco que ocupaban debajo de la parra Antonio Robledo y su querida, Soledad, el señor Rafael y su sobrino. La disputa había aparecido al fin. Rara vez dejaba de haber guasa cuando Antonio y María-Manuela se hallaban reunidos en público. Esta pobre mujer, después de tantas experiencias, aún no había escarmentado y seguía cayendo inocentemente en los lazos que para reirse de ella le tendía aquél. Ahora la querella se había producido porque Antonio la había llamado en son de desprecio femenina.

—Oye, guasón, á mí no me digas eso—respondió María, preparada á encolerizarse.

—Que sí, que no eres más que femenina te digo... y todas tus hermanas lo mismo.

—¡Házmelo bueno arrastrao! ¡házmelo bueno!

—Cuando quieras—replicaba él con firmeza, y añadía con énfasis:—Y tu madre igual...

—¡Á mi madre no la toques, sin vergüenza porque vamos á salir mal!

—¡Todas! ¡todas lo mismo!—replicaba Antonio con el mayor desprecio, volviéndose á los circunstantes que estallaban de risa.

—¡Mira, Antonio, no me sofoques! Mira que tengo la sangre más negra ya que mis zapatos y no respondo de mí—decía ella con los labios pálidos, temblando de ira.

—Lo digo y lo repito aquí y en todas partes. ¡Tu madre femenina!... ¡y tu padre masculino!

El furor de María-Manuela no tuvo límites al oir el nombre de su padre.

—¿Á mi padre también, canalla? ¿Á mi padre también?

Y quiso arrojarse sobre su amante; pero los amigos se lo impidieron. Cuando al cabo le explicaron el significado de los vocablos que creía ultrajantes quedó repentinamente en calma, y echando una mirada torva á su querido le dijo:

—¡Anda tú, malaje, que tienes sombra de jiguera negra!

Velázquez se había acercado á un grupo de muchachas y departía con ellas regocijadamente. Soledad lo vió al principio con indiferencia; pero la alegría de las chavalas al cabo fué tan ostentosa, sus carcajadas tan repetidas y sonoras, que concluyeron por crisparla. Sintió la mordedura de los celos, y sin prever las consecuencias se acercó al grupo y mostrando semblante alegre quiso tomar parte también en la jarana. Este paso fué la gota que hizo rebosar el coraje de Velázquez, demasiado tiempo comprimido. Volvióse hacia ella y con gesto desabrido le preguntó:

—¿Qué se le ha perdido á usted aquí, niña?

Era costumbre fatal del guapo tratarla de usted cuando estaba enojado, para hacer más ostensible su desdén. El tratamiento, la burla que envolvía la pregunta y la presencia de las jóvenes, sobre todo, hirieron de tal modo á Soledad, que permaneció clavada al suelo sin acertar á responder. Vencida al cabo, en parte, su confusión por un supremo esfuerzo, dijo con voz apagada:

—Vengo á preguntarte si quieres que nos vayamos... Pronto serán las cinco...

—Usted se puede ir cuando guste. Yo me encuentro muy retebién aquí.

Guardó silencio la joven y bajó los ojos, dudando qué partido tomar. Pero al levantarlos vió pintada en el rostro de las jóvenes presentes una sonrisa de burla. Su orgullo se embraveció súbito con tan cruel espuela. Alzó la cabeza de un modo arrogante y dijo con voz firme:

—Está bien. Quede usted con Dios, y gracias por la galantería.

Velázquez, enfurecido por la ironía de estas palabras, replicó riendo sarcásticamente:

—Anda tú con él, hija, y ten mucho cuidado de no caerte de simple.

—Más vale caerse de simple que de fanfarria—dijo ella mirándole cara á cara.

El majo se puso encendido hasta las orejas.

—¿Cuánto vamos á apostar, niña, á que no te vas á casa tan sana como has venido?

—No apuesto nada: para esa hazaña y otras menores sé yo que eres capaz.

Pintóse un furor rabioso en el rostro de Velázquez al escuchar estas palabras insolentes; alzó el bastón que llevaba en la mano y cruzó con él las espaldas de su querida, que estaba ya medio vuelta para irse. Y hubiera seguido golpeándola si los concurrentes no se hubieran apresurado á interponerse. Todos le recriminaron aquel acto de barbarie. Pero el majo no escuchaba sus amistosas reprensiones; poseído de una cólera ciega, trataba de desasirse, y no pudiendo conseguirlo, la saciaba con feroces insultos y amenazas.

—Dejad, dejad que le pise la cara á esa tía deslenguada... Quiero que se acuerde de mí toda la vida... ¿Os habéis figurao que voy á dejarme insultar delante de personas regulares por una cualquier cosa á quien he recogido en medio de la calle?...

—Vamos, Velázquez, no sueltes cosas que te pueden pesar... Estás acalorao y no sabes tú mismo lo que dices... Cálmate, que estos arrechuchos entre dos que se quieren no tienen importancia—manifestó sensatamente el señor Rafael.

—¿Quién? ¿yo querer á esa mujer?... ¡Si me sofoca ya más que un día de levante!... Si tengo más ganas de soltarla que del premio gordo de la lotería... Porque me carga, ¡ea!... porque me revienta... y está dicho...

Y de esta suerte prosiguió todavía dejando caer otras pesadísimas palabras.

Soledad, al escucharlas, se puso más pálida que la cera, y sin responder ninguna, sin hacer siquiera un gesto, se dirigió precipitadamente á la puerta y salió.

VIII Crisis.

Salió y emprendió una rápida carrera al través de las calles, sin saber dónde iba. El corazón le palpitaba con violencia, ardía su frente y sentía un extraño frío interno que la violencia del paso no alcanzaba á mitigar. Al cabo de un rato se encontró frente á su casa. Quedó un instante inmóvil y se llevó la mano á la frente cual si tratase de ordenar sus ideas diseminadas. Había allí dentro algo que le abrasaba mucho más que el bárbaro golpe de la espalda, cuyo cardenal le quedó impreso largo tiempo. Eran las infames palabras que Velázquez acababa de pronunciar en presencia de la gente: «¡Me carga! ¡Me sofoca! ¡La he recogido en medio de la calle!...»

No quiso entrar en la tienda en tal estado de agitación, por si había gente dentro: cruzó el paseo y se arrimó al pretil de la muralla. Allí, de bruces, en el sitio mismo que había ocupado Manolo Uceda la noche que había llegado, sollozó largo rato. Las lágrimas refrescaron su alma. Al erguirse de nuevo había recobrado la calma; era otra mujer. Cuando en su espíritu sencillo y limitado penetraba una idea, inmediatamente se enseñoreaba de él y no dejaba espacio para ninguna otra. Ahora la idea era ésta: «Puesto que él no me quiere, yo no debo quererle á él». Y de tal manera se imprimió en su cerebro que ya no volvió á sentir vacilaciones. Su amor hizo crisis. Desde aquel punto quedó irrevocablemente tomada su resolución. Se enjugó cuidadosamente las lágrimas, aguardó todavía algún tiempo para que la brisa del mar borrase por entero sus huellas, y así que se halló bien serena se dirigió con paso firme á la puerta de la tienda y entró.

Las pocas personas que allí había saludáronla con agasajo. Joselillo le preguntó si podría marcharse á evacuar algunos recados; no lo consintió: tenía que hacer arriba. Subió, pues, á casa é inmediatamente se puso á sacar de los armarios y á descolgar de las perchas la ropa que le pertenecía y á guardarla en el baúl. Se iba: se iba inmediatamente. Mientras colocaba con toda calma y cuidado la ropa, pensaba en el sitio adonde debía dirigirse. Sin duda el único proyecto que le pareció natural era el de irse á Medina con su madre y ponerse á trabajar de nuevo y vivir del mejor modo que Dios les diera á entender; pero necesitaba saber dónde dormiría aquella noche. Pensó en su amiga Paca: era la más digna por su conducta y la que por su posición mejor podía ofrecerle hospitalidad. Sin embargo, avergonzada aún de lo que había pasado entre ambas y quizá también á causa de un cierto rencorcillo que no había podido arrojar de sí, renunció á pedírsela. Resolvió ir á casa de María-Manuela, y partir al día siguiente en el tren.

Velázquez, luego que sació su cólera y orgullo con las afrentosas palabras que se ha dicho, siguió departiendo y jaraneando con sus amigos, como si nada hubiera pasado. Sin embargo, no tardó en sentir una vaga inquietud, algo que podía ser remordimiento y podía ser también temor de las fatales consecuencias que la desesperación de su amante pudiera acarrear. Una mujer despechada es capaz de todo. Tuvo miedo que hubiese ido derecha á tirarse por la muralla ó se tragase una caja de fósforos. Así que, no tardó mucho en despedirse de la buena compañía y se vino hacia casa con el objeto de cerciorarse de que nada funesto había ocurrido y también con el loable propósito de reconciliarse con su querida, si ésta se allanaba á pedirle perdón.

Al entrar preguntó con fingida indiferencia por ella, y como le respondiesen que estaba arriba y la oyese andar con los muebles, quedó tranquilo. Charló unos instantes con sus parroquianos y al cabo subió. Al cruzar para su cuarto vió en uno del pasillo á Soledad limpiando un vestido, y tuvo la magnanimidad de decir: «¡Hola!» Aquélla levantó los ojos y respondió con la misma gravedad y concisión: «Hola». Siguió el guapo hasta su habitación un poco sorprendido: esperaba hallarla bañada en lágrimas ó presa de algún ataque de risa convulsiva de los que á menudo la cogían. Aquella seriedad, y más que nada la indiferencia de la mirada y el saludo, le molestaron fuertemente. Desvanecióse su buen propósito de reconciliación. Sacó del armario los libros de comercio, encendió la lámpara, porque ya estaba oscuro, se sentó delante de la mesa y se puso á arreglar cuentas atrasadas. Poco tardó en advertir que no tenía la cabeza para cuentas. La reyerta primero, la inquietud después y ahora un poco de irritación y despecho, le habían agitado demasiado para poder concentrar su atención. Además, hallándose escribiendo creyó percibir en la habitación contigua cierto ruido especial, como de un baúl que se arrastra. Sintió curiosidad y sorpresa, se levantó y encaminó sus pasos hacia la salita donde tenían las camas, y vió á Soledad inclinada sobre el baúl, apretando la ropa con las manos.

—¿Qué haces?

—¿No lo ves? El baúl—replicó ella con voz firme sin volver la cabeza.

El guapo quedó suspenso un instante.

—¿Para marcharte?

—Eso mismo.

Nueva pausa.

—Bien, hija. Vete bendita de Dios—replicó al cabo girando sobre los talones y encaminándose de nuevo á su cuarto. Sentóse á la mesa y otra vez comenzó á trasladar partidas y confrontar sumas. Pero si antes le costaba trabajo concentrar su atención, ahora le fué del todo imposible; de tal suerte, que á los pocos minutos dejó la pluma descansar, metió las manos en los bolsillos y se recostó en la silla, quedando inmóvil con los ojos en la pared. Llegaban á sus oídos los ruidos de la tienda, pero no los percibía; en cambio notaba perfectamente las vueltas que Soledad daba por la casa buscando sus enseres. Al cabo de rato largo apareció ésta y le dijo desde la puerta:

—¿Quiere usted venir á ver el baúl?

—¿Para qué?

—Para saber si me llevo algo que le pertenezca.

—No, hija, no; ya sé que no te llevas nada... y si quieres llevártelo puedes hacerlo: todo está á tu disposición.

—Muchas gracias. Adiós—respondió volviéndose.

Cuando ya había dado tres ó cuatro pasos, Velázquez la llamó.

—Atiende un instante.

—¿Qué se le ofrecía á usted?—preguntó ella quedándose á la puerta.

—Acércate, hija, que no vamos á hablar á gritos.

Soledad, de mala gana, dió algunos pasos hacia él.

—¿Qué arrechucho es el que te ha cogido, niña?—preguntóle riendo.

Soledad alzó los hombros con desdén y profirió gravemente:

—Hágame usted el favor de decirme lo que se le ofrece, que tengo prisa.

—Pues nada más sino que eres una tonta rematada, y que por esta simpleza que estás haciendo merecías que me enfadase y te calentase la cara—manifestó Velázquez sin dejar de sonreir.

—Está bien. Adiós.

Y de nuevo se volvió para irse. Pero Velázquez la retuvo tomándole una mano.

—Vamos, niña, no te pongas guasona; no vayamos á enredar el asunto más de lo que está. Me has dicho una simpleza, te he pegado un palo... Corriente... ya no hay que hablar del asunto... ¿Pasó?... Pasó.

La joven se desprendió con un fuerte tirón y repitió con acento aún más grave y displicente:

—Está bien. Adiós.

Los ojos del guapo relampaguearon. Se alzó de la silla y, acercando su rostro al de la joven, le dijo con frase lenta y amenazadora:

—¿Sabes, chiquilla, que ya me voy atufando, y que si llegas á sacarme de mis casillas habrá que sentir?

—Lo sentiré por última vez, te lo juro. Pégame, mátame... aprovéchate ahora, porque en cuanto ponga el pie en la calle se concluyó todo.

El guapo la miró fijamente y en silencio. Al cabo soltó una carcajada.

—¡Pero niña! ¿qué mosca te ha picado hoy?

—Ninguna. Lo único que te aseguro es que estamos hablando por última vez.

—Basta, basta—dijo poniéndose grave de nuevo.—No lo cacarees tanto, que aquí nadie te agarra del vestido. Vete cuando gustes, hija.

—Adiós.

—Adiós... Oye una palabra... Aunque te repito que puedes hacer lo que gustes, debo advertirte que el marcharte ahora no me parece muy decente... Es ya noche, como ves, y cualquiera, viéndote salir de mi casa de ese modo, podría suponer que te he echado de ella.

—Pierde cuidado. Ya me encargaré de decir á todo el mundo que he salido por mi gusto.

—De todos modos, el irte ahora es dar una campanada inútilmente. Tienes que buscar casa donde pasar la noche, y la hora no es á propósito para eso... Quédate á dormir, y mañana será otro día. Y si sigues plantada te puedes ir adonde mejor te parezca.

—No puede ser—repuso con sosiego y firmeza la joven.

—Vamos, Soledad, no seas chiquilla. Debes comprender que no hay razón para esa terquedad. Lo que ha pasado hoy es lo mismo que ha pasado ya muchas veces... Que tú has estado un poquillo insolente... que yo he estado otro poquillo bruto... Eso no es motivo suficiente para que se rompa nuestra unión. Nuestras relaciones no son de ayer, hija mía. Te he visto nacer, como quien dice; he sido amigo de tu padre, y no puedo dejarte en medio del arroyo expuesta á la miseria y á la perdición... Tú no eres para mí una mujer cualquiera, una querida que se toma y se suelta como un perro de caza... Á ti te he mirado siempre como cosa propia, y si algunas veces te maltrato es por la misma confianza que contigo tengo y por este genio polvorilla que Dios me ha dado... Pero eso no tiene que ver con el aprecio... Yo te aprecio, Soleá, porque eres buena y eres honrá... y eres decente, ¡vamos!... Y á fuerza de tiempo se toma cariño á las sillas, cuanto más á las personas... Y para que más de la verdad... á ti te he tomado más cariño que he tomado hasta ahora á ninguna mujer...

Soledad levantó los ojos y le miró á la cara con sorpresa y curiosidad. El majo había pronunciado las últimas palabras con emoción.

—Todo eso será verdad, Velázquez... pero estoy convencida de que ni yo puedo hacerte feliz á ti ni tú puedes hacerme feliz á mí—repuso la joven dulcemente, pero con firmeza.

—Eso lo dices porque aún me tienes coraje; pero no es cierto... Ven acá, guasona, ven acá que te dé un mordisco por esas palabrillas amargas que has soltado... Ni tienes vergüenza ni mereces que te mire á la cara...

Al mismo tiempo le tomó una mano, y con el otro brazo le enlazó cariñosamente la cintura para sentarla sobre sus rodillas. Pero la joven se soltó bruscamente.

—Hazme el favor de dejarme. He dicho que me iba y no me vuelvo atrás—profirió en tono resuelto frunciendo el entrecejo.

El guapo se enfureció otra vez, y olvidando toda galantería, la insultó groseramente.

—Pero, hija, ¿qué te has figurao? ¿Piensas que tengo empeño en tenerte en mi casa? ¡Vaya una alhaja que se me escapa!... ¿Pero tú de qué presumes, criatura?... ¡Si no vales dos maravedís! ¡Si hace ya mucho tiempo que no te despido por compasión!... ¡Pues estamos aviados! ¡No se pone pocos moños el pendoncillo porque le dicen que se quede!... Anda, hija, anda donde estás haciendo falta...

Soledad recibió sin pestañear la rociada de injurias que le escupió á la cara. Cuando hizo una pausa se volvió sin responder palabra y salió de la estancia. Al trasponer la puerta dejó escapar un sollozo ahogado. Velázquez siguió todavía largo rato vomitando cólera. Mil frases desdeñosas, infamantes, salieron de su boca después de quedarse solo.

Al cabo se calló. Los nervios, alterados, se fueron sosegando poco á poco, y permaneció en la silla sin hacer movimiento alguno, con los ojos muy abiertos, emboscado en vaga y sombría meditación.

Las voces de la tienda le sacaron al fin de ella. Se levantó, encendió un cigarro y guardó de nuevo los libros en el armario. Tomó la lámpara y fué á la habitación contigua á buscar su capa para salir. Lo primero con que tropezaron sus ojos fué con el baúl de Soledad cerrado en medio de la sala. Dejó la lámpara sobre la mesa, comenzó á pasear por la estancia chupando el cigarro y envolviéndose en nubes de humo. Concluyó el cigarro y encendió otro, y después otro. Fumaba maquinalmente y daba vueltas, hasta que concluyó por marearse. Al fin, enojado consigo mismo, levantó los hombros con ademán desdeñoso, arrojó violentamente la punta del cigarro y tomó la capa. Pero cuando se disponía á salir oyó abajo las voces del señor Rafael y Pepe de Chiclana: «Ya están esos ahí» se dijo. Y volvió á colgar la capa en la percha y bajó á la tienda.

Mostróse á los amigos más alegre y jovial que de costumbre y estuvo locuaz en demasía.

—¿Cómo no baja Soledad?—preguntó al fin Paca.

—¿Soledad?—respondió el guapo dando á su rostro una expresión burlona.—Anda y pregunta por ella al sereno.

—¿Qué quieres decir?

—Que ya no vive aquí. Se ha mudado.

—Pero ¿es de veras?

—¡Y tan de veras! Hace más de una hora que ha salido disparada como un cohete. Dios sabe dónde habrá caído.

Fué grande la sorpresa de los tertulios y unánime su sentimiento, porque Soledad, á pesar de su gravedad habitual y pocas palabras, era generalmente estimada. Todos mostraron vivo interés por conocer los pormenores del rompimiento y lo deploraron con amargura.

—¡Vaya un lance feo!—exclamó Paca.—Por supuesto que las has de pagar todas juntas, Velázquez. No hallarás en la vida una mujer que te quiera tanto.

—Ni tan guapa—apuntó Frasquito.

—Ni tan hacendosa y limpia—manifestó Pepe de Chiclana.

—¿Limpia?—exclamó Paca.—Como los chorros del oro. Daba gusto ver á esa mujer revolverse por casa. Las cosas que ella tocaba con las manos relucían como si les diesen cera.

—Yo no creo que este rompimiento sea para siempre—articuló gravemente el señor Rafael.—Será una desazón volandera de esas que acostumbráis los que andáis metíos en el querer. Mañana os volveréis á juntar y ni tú ni ella os acordaréis si hoy le has dado un palo ó dos besos... Pero si es cierto que la has echado de tu casa y no la vuelves á llamar, digo, Velázquez, que no te ayudará Dios, porque no has hecho una cosa regular... Soleá es una mujer como pocas...

—¡Ea, dejarme ya de Soleá!—exclamó el guapo riendo.—¿Me van á dar ustedes jaqueca toda la noche? ¿No hay otra conversación más entretenida? Me hartaba esa niña... Un día ú otro tenía que suceder... Sucedió... ¿Qué le vamos á hacer?... Precisamente en este momento me están apeteciendo unas lonjitas de jamón. ¿Echamos un solo y las jugamos?... ¡Eh, niño! tráete una baraja...

IX El Carnaval.

El sol abandonaba la mar espumosa y ascendía por la bóveda del firmamento cuando Velázquez despertó de su sueño. Iba á llamar á Soledad para que le trajese una camisa, pero recordó súbito lo que había pasado y sintió un leve vuelco en el corazón. Alzóse del lecho y se vistió lentamente malhumorado y taciturno. Aproximóse al balcón, que señoreaba una gran extensión de mar, y derramó por ella sus ojos distraídos. El céfiro rizaba la inmensa superficie coronando de hermosos y fugaces penachos blancos sus olas azules. El sol esparcía sobre ella su madeja de oro haciéndola lúcida y trasparente como una esfera de cristal.

Pero las sonrisas divinas de la naturaleza no fueron poderosas para desarrugar el semblante ceñudo de nuestro guapo. Dió algunas vueltas por la casa y, cosa que nunca había notado, le pareció grande y fría. Pensó que era necesario buscar una mujer para que la arreglase y guisase la comida, y tuvo intención de llamar á Joselillo para enviar por ella; mas se contuvo: no había prisa: lo mismo sería al día siguiente. Bajó al cabo á la tienda, se desayunó y se puso á fumar cigarrillos. Aunque tuvo deseos de salir para esparcir su mal humor y refrescar la cabeza, no lo hizo retenido por una vaga esperanza, que no tardó mucho en cuajarse. Á eso de las doce apareció un hombre en la puerta preguntando por él, con una carta en la mano. Por su semblante fruncido pasó una imperceptible ráfaga de satisfacción. ¡Al fin! Esto era lo que había estado esperando toda la mañana: ya sabía que más tarde ó más temprano había de llegar, y por eso no se había separado de la tienda. Abrigaba la certidumbre de que Soledad, á solas consigo misma y así que tropezase con las primeras consecuencias de la miseria y desamparo en que había quedado, reflexionaría sobre su falta, se arrepentiría de ella y, depuesto todo orgullo, vendría humillada á pedir que la admitiese de nuevo en su casa. Tomó con su habitual gravedad la carta que le presentaba el portador, le gratificó con largueza y le despidió. Pero el mozo le respondió:

—Aguardo contestación.

Entonces el guapo echó una mirada al sobre y observó que estaba escrito de mano de hombre. Lo rompió con presteza y leyó la carta. Era de Antonio Robledo, su amigo: le decía en ella lacónicamente que Soledad estaba en su casa y que hiciera el favor de entregarle al dador el baúl. No fué menudo el desengaño al leer la tal esquelita. En sus breves y sencillas palabras creyó notar un dejo de desdén, ó por lo menos indiferencia, que le irritó la bilis. Disimuló, no obstante, lo mejor que pudo, y levantándose de la silla subió á casa seguido del mozo y sin decir palabra le llevó hasta la sala y le mostró el baúl, que estaba en medio de ella. Pero cuando el hombre se fué comenzó á resoplar con furia y á dejar salir de su boca palabras amargas.

—¡Vaya con Antoñico!... Se ha dedicao á recoger en su zahurda las palomas que se suertan... ¡Pa que se fíe uno de los amiguitos!... ¿Y quién es el tío para pedir el baúl? ¿Le toca algo con Soledad?... ¿Por qué no lo pide ella?...

Y muy desabrido y amenazando cantar algunas claridades á Antoñico, se salió de casa.

Era domingo de Carnaval. Las calles rebosaban de gente. En los balcones de las casas se apiñaban lindas muchachas de ojos negros para ver desfilar los coches ocupados por jóvenes enmascarados que les arrojaban puñados de almendras, anises y caramelos. Desde los coches á los balcones entablábanse animados diálogos, cambiábanse requiebros por donaires, confites por sonrisas; arrojábanse sonoros besos que, en alas del viento, iban á posarse tímidamente sobre alguna tersa mejilla ruborizada. Y la gente de á pie, desde la acera, hacía coro á aquellos diálogos batiendo las palmas, celebrando con igual algazara los requiebros picarescos de los mancebos que las respuestas saladas de las niñas. Cruzaban numerosas comparsas ataviadas con trajes originales, unas de majos, otras de trovadores, otras de frailes, etc., todas tocando y cantando muy concertadamente. Pero la que excitaba la admiración y el aplauso de la muchedumbre era la denominada de las viejas ricas, compuesta de veinte ó treinta muchachos disfrazados de viejas con espléndidos trajes de seda, peluca blanca, media negra y zapato de raso, cuyos cantos deliciosos, impregnados de toda la sal de la Bética, pronto iban á dar la vuelta á España.

El sol nadaba sereno por el espacio haciendo brillar la seda de los vestidos, el carmín de las mejillas, el azabache de los ojos. Por doquier reinaba el júbilo. El ambiente, cargado de perfumes, de colores y reflejos, vibraba con los dulces sones de las músicas, con los cantos, con las risas, con las palabras de amor. En las estrechas calles, distribuídas en todas direcciones, cortándose, retorciéndose de un modo caprichoso, hervía la muchedumbre con inquieto oleaje, bañándose en un gozo vivo y espontáneo. La hermosa ciudad del Occidente, ceñida, como la diosa de Chipre, de su blanco cinturón de espuma, lanzaba una fresca y alegre carcajada. ¡Oh, feliz el que la haya oído reir de este modo! ¡Más feliz aún el que pueda vivir y morir en su seno amoroso, bañándose en su aire tibio bajo un cielo trasparente, escuchando los besos incesantes de su mar azul que riza la brisa!

Velázquez recorrió las calles sin participar de esta alegría como otras veces. Llevaba en su alma el peso de la cólera y el despecho. Estuvo en la calle Ancha, donde la animación era más grande y las máscaras se apiñaban con preferencia. Allí tropezó con Manolo Uceda, quien le invitó á entrar en la cervecería á beber una copa de Jerez. Aunque muy contra su gusto, aceptó la invitación para que no sospechase su mal humor, y se esforzó en aparecer jocoso.

Consiguiólo sólo á medias; tanto que Manolo, que ignoraba el rompimiento con Soledad, notó, sin embargo, al poco rato que su alegría no era espontánea y le preguntó:

—¿Qué tienes? Parece que estás preocupado.

—¿Yo?... Ni por pienso, hijo. Solamente que este ruido del Carnaval me empacha un poquillo, ¿sabes?

Manolo, como de costumbre, no le preguntó por Soledad. Sería delicadeza ú orgullo, pero es lo cierto que jamás lo hacía. De este modo el guapo pudo salvar del compromiso en que la pregunta le hubiera puesto, y al poco rato se despidió pretextando que le aguardaban sus amigos. Recorrió las calles más animadas sin que las contorsiones grotescas ó los gritos desapacibles de las máscaras que tropezaba provocasen una débil sonrisa en su rostro taciturno. Varias le saludaron llamándole por su nombre, porque era hombre popular y conocido en todas las clases sociales. «Adiós, Velázquez.—Adiós, guapo.—Adiós, elegante.» Respondía y apretaba el paso, porque no le pedía el cuerpo conversación. Sin embargo, en la calle de la Amargura, de un grupo de mujeres disfrazadas de gitanas se destacó una que logró abordarle. Se le plantó delante y le dijo de manos á boca:

—¿Conque ya no está Soledad contigo?

—Eso parece—respondió el majo con su habitual desenfado.

—¿Y por qué la has echado, niño? Eso está muy feo.

—Yo no la he echado. Se ha ido ella—replicó con orgullosa modestia, seguro de no ser creído.

—¡Vamos, hijo, no te diviertas! Ya sé que le has dao una paliza gitana en la tienda de la Parra y luego la licencia absoluta.

—Te engañas, máscara. Se ha marchado ella por su gusto.

—¡Ay, Velázquez, qué malo eres y qué traidor con las pobres mujeres!... Pero Dios te castigará algún día; no tiene remedio. Dame la mano, falso; voy á decirte la buenaventura.

—Tómala, niña, y hazlo vivito que se reúne mucha gente.

En efecto, las compañeras de la gitana se habían aproximado y tras ellas algunos transeuntes.

—Una mujer te quiere, salao, pero tú no la quieres á ella—dijo la máscara observando las rayas de la mano del guapo y remedando á las gitanas.—En cambio, estás chalao por otra que huye de ti. Llegarás á conquistarla, pero al fin te la pegará. Un amigo falso te hará traición. Serás muy desgraciadito y nadie te compadecerá. La mujer que primero te dé un beso, por esa te morirás y pasarás fatigas, y ella se reirá de ti...

Velázquez sospechó en aquel momento que la máscara era Paca, y dijo riendo con fatuidad.

—Consiento en pasarlas. Dame un beso, prenda.

—No; no quiero tu desgracia sobre la conciencia... Suelta, niño.

El la retuvo á pesar de sus esfuerzos.

—Dámelo, aunque tus labios tengan veneno. Mira que muero de ganas de pasar esas fatigas y de que me hagas desgraciado.

—¡Suelta, traidor, suelta!

La gente reía. Las gitanas tiraban de su compañera mientras los hombres, que se habían parado, animaban al guapo gritándole:

—¡Anda! ¡Oblígala!... ¡Que pague la guasita!

Al cabo se desprendió la máscara y, unida al grupo, se alejó gritando, mientras Velázquez prosiguió su camino con los labios contraídos por una sonrisa de orgullosa satisfacción. Aquel ligero incidente le había puesto de buen humor, pues apenas le cabía duda de que la gitana era Paca: su misma estatura, su cuerpo y hasta su modo de andar.

Disipada en parte la niebla que pesaba sobre su espíritu, pudo fijarse y tomar interés en lo que á su alrededor pasaba. El regocijo y la bulla crecían á medida que avanzaba la tarde. Una agitación tumultuosa reinaba en las calles: de su recinto estrecho salía un clamor profundo como el de un río que se despeña. La muchedumbre se estancaba en las calles principales impidiendo el paso de los carruajes, que se veían obligados á permanecer inmóviles largo rato. De pie sobre ellos, máscaras con grotescas cabezas de cartón excitaban la risa de la gente, gritando y manoteando de un modo frenético: estaban roncos ya casi todos. Las damas de los balcones, excitadas por tanto vocerío, mareadas y nerviosas, gritaban también con alegría loca, arrojaban puñados de papelillos de colores, cubriendo la calle y la muchedumbre de un manto irisado. Algunos jóvenes respondían á esta graciosa agresión lanzándoles, con jeringas de goma, chorritos de agua perfumada. Cuando acertaban á darles en la cara, la muchedumbre aplaudía con entusiasmo. Otros, de pie sobre las banquetas de los coches con una botella en la mano y una copa en la otra, servían manzanilla á los conocidos que divisaban.

—¡Velázquez! ¡Eh, Velázquez!

El majo vió un máscara que desde lo alto del coche le ofrecía una copa de vino y se acercó.

—Ven acá, valiente. Bebe esa copa á la salud de tu niña.

Velázquez tomó la copa y dijo gravemente:

—Y á la de la tuya, máscara.

—¡Oh! La mía no vale un comino al lado de Soledad ¡Vaya una mujer castiza!... En tu caso no envidiaría ni al arcángel San Rafael.

¿Por qué les daba á todos ahora por elogiar á Soledad? Si era hermosa, otras había como ella: no era para tanto. Prosiguió su camino, levemente disgustado por tal ridículo empeño. Y de nuevo enderezó su pensamiento hacia Paca, cuyas cualidades empezó á exaltar á toda prisa en su mente á fin de borrar la imagen que, al parecer, todos se proponían ponerle delante de los ojos. Había vuelto á quedarse taciturno y marchaba con arrugado ceño por la calle. Tanta gritería, tanta bulla le iban poniendo nervioso.

Pero al revolver la esquina quedó estupefacto viendo frente á sí á Paca, que marchaba tranquilamente al lado de su marido. Sintióse turbado y molesto. ¿Quién era, pues, la máscara que le había dicho la buenaventura? Sin embargo, los abordó con fingida calma y alegría. Charlaron de las máscaras y de las ocurrencias más graciosas que aquella tarde habían oído. Paca se mostraba alegre, satisfecha y no daba paz á la lengua, narrando las aventuras de su paseo, haciendo observaciones profundas unas veces, otras ligeras, siempre atinadas, sobre todo lo que había visto y oído. Pero se detuvo de pronto y las cortó para decir á Velázquez bruscamente:

—Esta mañana he visto á Soledad, ¿sabes? Ya no se va hasta dentro de unos días. María y Antonio se han empeñado en retenerla...

Velázquez se encogió de hombros con afectada indiferencia.

—¡Qué mal has hecho, niño!—prosiguió.—¡Algún día te pesará! No hallarás mujer tan fiel ni tan cuidadosa de tus intereses.

¡Y dale con Soledad! ¿No había otra cosa de que hablar en Cádiz? Abrevió cuanto pudo la conversación y se despidió de los esposos.

La tarde declinaba. Las calles iban quedando oscuras y el semblante del guapo también. Decidióse á entrar en una cervecería y tomar algo, pues no había comido, «¡Vaya con Antoñico! se decía mientras mascaba distraídamente. ¡Ya lo creo que trabajará por que Soledad se quede en su casa! ¡No se relamerá poco ese tío podrido teniéndola al alcance de la mano!... ¡Valiente verde de restregones y achuchones se dará en estos días!» Y en su corazón, que la tristeza oprimía, sintió de pronto la quemadura de los celos. Aquel Antoñico no cesaba, con un pretexto ó con otro, de florearla. Mil veces le había oído decir que ninguna mujer le había gustado tanto en la vida. Luego, era un hombre audaz, no conocía la vergüenza; lo mismo le importaba recibir una injuria ó una bofetada que beberse una copa de vino... Ella, claro que no se iba á enamorar de semejante asqueroso; ¡pero las mujeres son tan bestias! En cuanto las adulan se vuelven jalea. Había observado que las payasadas de Antonio le caían en gracia y aceptaba sus lisonjas con gratitud. Á fuerza de machacar el hierro se dobla...

Sintió calor en las mejillas. La atmósfera de la cervecería le sofocaba. Se levantó, pagó y salió á la calle. Soplaba ya la brisa fresca de la noche. Su pecho oprimido se dilató aspirando con felicidad el aire puro, que refrescó al mismo tiempo sus sienes y serenó su espíritu. Á paso lento y con la cabeza baja caminó la vuelta de su casa siguiendo la ruta de la muralla al borde de la mar para evitar la gente. Una débil esperanza lucía en la oscuridad melancólica de su pensamiento, la de encontrar á su llegada carta de Soledad. Le parecía increíble que ésta rompiese de un modo tan insulso los lazos estrechísimos que los unían, olvidase en un punto su amor frenético, del cual tantas y tantas pruebas había recibido. Animado por esta luz y viéndola brillar delante de sí, cada vez con mayor intensidad, insensiblemente fué apretando el paso hasta llegar casi jadeante á la tienda. Procuró dar á su rostro la misma habitual expresión indiferente y altiva y, después de saludar á las tres ó cuatro personas que allí había, preguntó á Joselillo:

—¿Ha venido algún recado para mí?

—No, señor—respondió el chico.

Subió á su cuarto y se dejó caer en la cama fatigado del largo paseo que había dado y más aún de tanto pensar en la misma cosa. Concluyó por enfadarse consigo mismo. ¿Á qué tomarlo tan á pechos? ¡Vaya una jaqueca tonta la que se estaba buscando! Si se marchó, buen viaje. Las consecuencias del rompimiento serían peores para ella; porque él se quedaba en su casa, y ella... ella Dios sabe adónde iría á parar. La idea de ver á su amante padeciendo los rigores de la miseria ó quizá hundida en un lupanar le conmovió. «¡Pobre chica! se dijo enternecido. Es una niña caprichosa. Ni sabe lo que hace ni lo que quiere, ni calcula lo que le puede suceder.» Y dilatándose su espíritu con estas imaginaciones tiernas y sosegada la cólera, al cabo de un rato se quedó traspuesto.

Cuando despertó eran las nueve. Aplicó el oído á los ruidos de la tienda, y no percibiendo la voz de sus amigos se dijo: «Esos ya no vienen: se habrán ido al baile ó quedarían por ahí de juerga en cualquier montañés». Y rápidamente se echó sobre los hombros su capa torera, bajó al establecimiento, dió á toda prisa las órdenes necesarias y salió á la calle. Sin vacilación de ningún género, con paso vivo y firme se dirigió á casa de su amigo Antonio. Vivía éste en la calle de Enrique de las Marinas, bastante lejos del Campo del Sur, en el piso segundo de una casa vieja y de modesta apariencia. Estaba el portón abierto. Subió por la estrecha y sucia escalera, y cuando llegó á la puerta llamó con los nudillos. Nadie salió á abrirle. Llamó más fuerte, y tampoco. Entonces se puso á dar fuertes porrazos con el puño, hasta que se abrió una de las puertas de al lado y salió una mujer á decirle que excusaba de llamar porque no había nadie en el cuarto. Los vecinos habían salido hacía poco rato y debía de ser para el baile, porque la señá María-Manuela y una amiga que estaba con ella iban disfrazadas.

Velázquez bajó la escalera con un nuevo desengaño en el corazón. ¿Cómo? La niña, después de lo que había pasado y en situación tan angustiosa, ¿tenía humor para irse al baile? Su amor propio le sugirió la idea consoladora de que había ido, no por su gusto, sino arrastrada por Antonio, quien tenía interés en aturdirla y aun corromperla, por aquello de que «á río revuelto ganancia de pescadores». Se detuvo un instante á calcular adónde podrían haber ido, y después de pesar atentamente las probabilidades resolvió encaminarse al teatro Principal.

El salón estaba ya lleno. En el medio bailaban trabajosamente veinte ó treinta parejas ceñidas por una muralla de espectadores que gritaban, reían, y les daban ruidosa cantaleta avanzando insensiblemente y sofocándolas cada vez más. Muchos de ellos estaban ebrios ó tocando en las lindes de la embriaguez y sus chanzas eran descomedidas. Pero los que bailaban con las máscaras hallábanse poco más ó menos en el mismo grado de la escala alcohólica y no se quedaban cortos en las respuestas. Solamente las mujeres estaban disfrazadas: hombres, uno que otro por excepción, acaso para llevar á feliz término alguna aventura que exigiese misterio. Las luces y el vaho de tanta gente habían formado ya una atmósfera espesa y asfixiante.

Velázquez se introdujo en el grupo de espectadores y á fuerza de codazos logró pronto colocarse en primera fila. Se puso á examinar las parejas que cruzaban. El disfraz ordinario de las mujeres era el dominó; las había, sin embargo, graciosamente ataviadas con trajes de capricho. Muchas, sofocadas por aquel ambiente, se habían quitado la máscara, saltaban con las mejillas rojas y los ojos brillantes, dejándose arrebatar en el torbellino del baile. Unas se desplomaban con lánguido abandono en los brazos de sus galanes, abatidas, mareadas, reposando la cabeza despeinada sobre sus hombros. Otras brincaban con frenesí, enloquecidas por el ruido y el movimiento, respondiendo con viveza á cuantos requiebros dejaban caer en sus oídos al pasar. Una linda rubia de ojos negros daba puntapiés con sus zapatitos de raso blanco al galán que la llevaba abrazada, en castigo quizá de algún desmán, mientras otra muchacha se volvía á menudo para saludar con la mano á unos jóvenes que miraban desde un palco, lo cual mortificaba mucho á su pareja.

Velázquez observó cuidadosamente á cuantas mujeres bailaban esperando descubrir á Soledad; pero no logró nada. Calló, al fin, la orquesta. Por todo el ámbito del salón comenzó á hormiguear la muchedumbre con algazara. Los gritos de las máscaras dando bromas á sus conocidos levantaban horrible algarabía. Algunas, por su donaire, llamaban la atención y lucían la viveza de su ingenio en medio de un grupo que las aplaudía, mientras el pobre hombre víctima de sus burlas, con el rostro encendido y desfigurado por una sonrisa forzada, hacía inútiles esfuerzos por exprimir el ingenio y sacar de él alguna respuesta graciosa.

El guapo recorrió el salón en todas direcciones por ver si descubría entre las máscaras á su querida. Tenía la seguridad de reconocerla. Mientras se dedicaba á esta caza sabrosa sin resultado, alzóse súbito gran tumulto. La gente se arremolinó hacia uno de los ángulos; las mujeres chillaban; los hombres se precipitaban para introducirse en el lugar de la gresca: por algunos momentos reinó espantosa confusión en el baile. El motivo era que un hombre, sorprendiendo á su mujer allí, la estaba dando de bofetadas. El galán que la acompañaba salió á su defensa: se había trabado una lucha en la cual tomaron parte los amigos de uno y otro: brillaron las navajas, y hubiera habido que sentir si los muchos concurrentes no sujetasen á los gladiadores y la policía no llegase al punto. Velázquez, que siempre se había mostrado indiferente á estas bullas y se había reído de los burlados, dijo en voz alta y con acento colérico que estaba bien hecho y que fué lástima que el hombre no le hubiese sacado las tripas al galancete.

Cuando los culpables fueron arrojados del salón y se restableció la calma, vió entre las máscaras una más alta que le pareció su amante. La pequeña y gorda que la acompañaba era sin duda María-Manuela. Corrió á su encuentro, pero ellas, al verle, se separaron vivamente y, cada cual por su lado, se introdujeron en la muchedumbre, desapareciendo al instante de sus ojos. Por más que hizo no le fué posible dar con ellas. Mareado de tanta vuelta, rendido y triste, se determinó al cabo á salir del baile. Soledad y María-Manuela sin duda se habían vuelto á casa. Pero antes de retirarse á la suya quiso dar un vistazo por el café Suizo. Un vago presentimiento le animaba á ello. Sabía que Antonio era parroquiano y solía llevar con él á María-Manuela.

En cuanto abrió la puerta y puso el pie dentro la vió. Estaba sentada cerca del mostrador con su amiga María y otra mujer, Antonio y otro hombre. Llevaba dominó negro y se había quitado la careta. Sus ojos se encontraron, pero ella apartó los suyos vivamente y por su hermoso rostro sonriente se esparció una nube sombría. Velázquez vaciló unos instantes, pero al fin se decidió á acercase á la mesa haciendo un gran esfuerzo sobre sí mismo para aparecer sereno.

—Á la paz de Dios, señores.

Soledad no respondió. Los demás, que no le habían visto, levantaron la cabeza sorprendidos y saludaron.

—¿Tú por aquí á estas horas, gachó? ¿Qué milagro es éste?—dijo Antoñico con intención burlona y malévola que hizo dar un vuelco á la sangre del guapo.

¡Con qué placer le hubiera estampado la botella en la cara! Se contuvo, esperando que algún día se las pagaría aquel sinvergüenza, y adoptando un tono desenfadado explicó su aparición. Salía del baile, donde se había aburrido como un perro en misa y, sintiendo sed, se había metido en el café á tomar una limonada. Y al decir esto batió las palmas y se la pidió al mozo.

—Sí, ya sé que has estado en el baile—replicó Antonio con la misma sonrisilla guasona.

Velázquez mintió; dijo que había recorrido antes otros dos, y que en ellos había bailado; pero aunque tenía por cierto que la vecina se lo diría, no tuvo valor para confesar que había estado antes en su casa, esperando que de aquella conferencia saldría algo que evitase tal humillación. Y estuvo arrogante y oportuno, como en sus horas más felices, cuando se hallaba delante de mujeres que se proponía cautivar. Antonio llegó á dudar, viéndole tan despreocupado, si serían ciertas sus explicaciones y habría entrado allí por casualidad. Ni una sola vez volvió los ojos hacia Soledad, cerca de la cual estaba sentado; pero, sin mirarla, veía su semblante hosco y su entrecejo fruncido. La joven permanecía rígida y silenciosa: los esfuerzos del guapo no lograban desarrugarla.

Al fin se decidieron á retirarse. Velázquez había prevenido al mozo con una seña, y al pedir la cuenta se encontró con que ya estaba pagada. Soledad hizo un movimiento de impaciencia y disgusto, que no pasó desadvertido para el guapo. Pero Antonio halló el paso muy delicado y se puso de mejor humor. Salieron á la calle. Las tres mujeres se habían cogido del brazo; los hombres marchaban delante. Mas Velázquez maniobró hábilmente para quedarse rezagado y se volvió al lado de Soledad, que daba la acera á las otras dos. Al cabo de un rato de silencio dijo en voz baja:

—¿Te has divertido en el baile?

—Sí—respondió la joven secamente sin volver la cabeza.

Después de otra pausa volvió á preguntar tímidamente:

—¿Has bailado mucho?

—No—respondió con la misma sequedad.

Nuevo silencio, durante el cual el majo estrujaba su inteligencia buscando medio de pasar á la conversación que deseaba.

—Te he visto y te he reconocido perfectamente hace un momento aunque llevases careta—dijo al cabo disimulando inútilmente su emoción.

Soledad no respondió.

—¿Sabes por qué te he conocido?

—No.

—Pues por esos pies menuditos que Dios te ha dado y que no tienen pareja.

—¡Bah!—dejó escapar la joven con indiferencia.

María-Manuela, que deseaba vivamente la reconciliación de los amantes, oyéndoles hablar, dijo algunas palabras al oído á su amiga, y ambas se separaron bruscamente de Soledad, dejándola sola. Velázquez lo agradeció en el fondo del alma; pero un gran temor y embarazo le sobrecogieron inmediatamente.

—Hace un rato estuve en casa de Antonio... Quería darte la mano antes de que te fueses... Me dijeron que estabas en el baile, y sin saber cuál era fuí derecho á ese... ¡La querencia, hija mía!... Tenía la seguridad de conocerte en cuanto te echase la vista encima. Ni tu cuerpo, ni tu aire, ni tus pies se pueden equivocar con otros. Tardé mucho en dar contigo; pero cuando al cabo te vi y traté de saludarte, desapareciste de mis ojos entre la gente y ya no pude hallarte... ¿Me has visto tú?

—Sí.

—...Me guardas rencor todavía, ¿verdad?... Pues mira, Soledad, por mucho que tú me tengas, más me tengo yo. Quisiera poder molerme las costillas á palos. Te sobra razón para no mirarme á la cara en tu vida; pero dicen que de los arrepentidos es el reino de los cielos, y tú para mí eres el cielo, ¡el cielo de la mañana con campanillas de plata! Un cachito de gloria, ¿sabes?... Nunca pensé estar tan chalado... Desde que saliste de casa, ni cantan los pájaros en la jaula, ni huelen las flores en el balcón, ni el perro hace otra cosa en todo el día que aullar... Todos parecen decirme: «¡Anda por ella!»

La joven permanecía silenciosa y grave. Entonces Velázquez, deponiendo las últimas migajas de orgullo que le quedaban, profirió con voz temblorosa:

—He pasado una noche y un día muy amargos, Soledad. Me parecía imposible que un cariño de toda la vida pudiera romperse en un minuto. Te he querido de chiquita, cuando te hacía bailar sobre las rodillas y gorjeabas á mi oído pidiéndome alguna golosina: te he visto crecer y desarrollarte y volverte poco á poco una real hembra que hacía la boca agua á toos los gachós de la villa. Y entonces comenzaron mis cuidaos, ¿sabes?... Después pasó lo que pasó y me fuí metiendo, metiendo en el querer... y hoy eres para mis ojos, criatura, la misma Virgen del Carmen, el principio y el fin de todas las cosas... ¿Por qué no me has escrito, dí? Una palabra tuya me hubiera hecho volar á tu lado y pedirte perdón... Pero hacer que me escribiese ese tío no te lo perdonaré jamás...

Soledad alzó los hombros con ademán displicente y dijo:

—Allá tú.

Velázquez se sintió cada vez más turbado. Una tristeza profunda iba entrando poco á poco en su pecho. La que él imaginaba pequeña barrera fácil de saltar se trasformaba en alta, inaccesible muralla. Entonces halló en su alma palabras sumisas y fervorosas que ofreció en holocausto á aquella diosa irritada.

—Desde que te has ido de mi vera no sé lo que me pasa, gachona; ni duermo, ni como, ni sosiego, ni un momento dejo de pensar en ti. ¡Y yo que me figuraba que podía vivir tan ricamente sin verte! ¡Sin duda me has echado algunos polvos en la comida antes de irte, gitana! Me parece como si hubiera vivido hasta ahora con una venda sobre los ojos sin saber que tenía cerca un pedazo de cielo, una palomita de oro, un talego de perlas que á patadas hubiera esparcido por el suelo. Y ahora que me ha caído la venda me bajo á recogerlas y las beso, ¿sabes?... Escucha: todo el mundo dice que soy orgulloso y quizá tengan razón; pero contigo no quiero serlo más. Si has estado en mi casa humillada, de hoy para arriba no volverá á suceder, te lo juro por mi salud... Ocuparás en ella el sitio que mereces, serás respetada como las santas que están en los altares y nadie hará allí sino tu voluntad... Á mí me basta para ser feliz oir tu voz y sentir tus pasos menudos.

Soledad escuchó impasible este concierto de palabras dulces y protestas de amor. Caminaron buen trecho en silencio. Al cabo Velázquez, con voz más débil, prosiguió:

—Borra de tu memoria cuanto malo te haya hecho hasta ahora. Quiero ser otro hombre para ti, y si en la vida vuelvo á hacerte una perrada, mala puñalada me den rejoneá. No pienses más en irte á Medina, ni en que esas manos de cera trabajen para comer: casa tienes en Cádiz, y mientras yo viva tan señora serás en ella como la reina en su palacio...

El mismo silencio obstinado por parte de su compañera.

—Dí, ¿no quieres venirte conmigo? ¿Serás tan rencorosa como todo eso?—profirió ansioso y acongojado.

Pero Soledad, en vez de responderle, se dirigió en voz alta y tono jocoso á sus amigas, que marchaban delante.

—Andad más vivito, hijas, que llevamos paso de procesión. ¿Queréis pasar la noche al fresco?

Cayéronsele al guapo las alas del corazón. En su vida se había sentido tan triste. Aún tuvo fuerzas para exclamar:

—Vamos, Soledad, olvida mis faltas. Eres muy buena y me perdonarás... ¿Te vienes conmigo?

La joven guardó silencio cruel y siguió caminando con igual tranquilidad, como si no hubiese oído.

Velázquez perdió la esperanza de llevarla de nuevo á su casa. Sintió frío y se pasó la mano por la frente con abatimiento. Pero no tuvo aliento para continuar suplicando y caminaron algún tiempo, y llegaron hasta la puerta de la casa de Antonio, sin que ninguno de los dos despegase los labios. Antonio y su amigo se detuvieron; uniéronseles en seguida María-Manuela con la otra mujer: Soledad y Velázquez iban á hacer lo mismo, cuando éste dejó caer en los oídos de la joven, con voz angustiosa, estas palabras:

—¡Pero, Soledad! ¿de veras me vas á dejar marchar solo?... ¡Por lo que tú más quieras... por la memoria de tu padre, que fué mi amigo, no me hagas esa ofensa... no tengas tan mala sangre!... ¡Anda, hija mía, vente conmigo!

Soledad volvió la cabeza sorprendida de aquella voz extraña y temblorosa, le miró un instante á la cara y al fin dijo gravemente:

—Bueno; vamos.

La alegría dejó suspenso al guapo por algunos minutos; pero reponiéndose en seguida y tornando á su habitual arrogancia, tomó la mano de la joven, la pasó por debajo del brazo y así enlazados se acercó al grupo diciendo:

—Camarás, ustedes se van á la cama: nosotros también. Conque á la paz de Dios y dormir bien.

María-Manuela prorrumpió en exclamaciones de gozo. Ya sabía ella que todo aquello era mojama y conversación de Puerta de Tierra.

—¡Pues no faltaba más que dos gachós tan serranos se juntasen y se apartasen como dos perros callejeros! Andad, hijos, que las piedras de la calle os irán echando bendiciones. Soledad, no consientas más en la vida que ese desaborío te regale ligas. Ya te anuncié que habíais de reñir...

Los demás se mostraron igualmente alegres por la reconciliación y les felicitaron; pero Antonio no dejó de verter su gotita de hiel en la alegría de Velázquez.

—¡Así me gustan los hombres!—exclamó dándole palmaditas en el hombro.—Una mujer como Soleá merece que nos echemos la fachenda á la espalda.

El guapo sintió el escozor del alfilerazo, pero disimuló, esperando la ocasión de tomar revancha; y temiendo no fuese más adelante en sus bromas, se apresuró á alejarse arrastrando consigo á su querida. Los despidieron con algazara. Cuando ya estaban lejos, Antonio les gritó recordando la conclusión de los cuentos:

—Y todo quedó en paz y gracia de Dios, y yo fuí y vine y no me dieron nada.

Soledad se volvió con la faz sonriente y replicó, aludiendo también al final de los cuentos:

—Te regalaré unos zapatitos de manteca, si los quieres.

Quedaron al fin solos. Velázquez no halló palabras, acometido á un tiempo mismo de turbación y gozo. Embargábale una emoción gratísima, una ternura suave que refrescaba su corazón y lo bañaba de deleite. Jamás había experimentado aquello. Mil veces había sentido el brazo de Soledad sobre el suyo, sin que su dulce peso le hiciese estremecer de alegría, sin pensar que llevaba sobre sí un tesoro. ¿Por qué era tan exquisita la sensación que ahora percibía? El suave calor de aquel brazo, trasmitido al suyo, se difundía por todo su cuerpo inundándole de felicidad.

Al cabo su lengua se desligó para proponerle tímidamente que siguiesen el camino de la muralla. Soledad no puso reparo alguno, y por una de las bocacalles salieron al Perejil, totalmente desierto á aquellas horas.

Era una noche tibia de las postrimerías de Febrero. La luna bañaba ya su punta argentada en el mar preparándose á dormir en su seno. Por la inmensa llanura líquida se esparcía una blanca claridad que hacía temblar al monstruo de júbilo. La blanca diosa, al abandonar el firmamento y hundirse en las olas, mostraba en silencio su faz radiante y serena. Las estrellas palidecían ante su majestad. Ningún ruido se escuchaba más que el leve batir de las olas. De los confines del horizonte la noche venía desplegando su velo misterioso, que pronto iba á envolver en la sombra la tierra, el cielo y el mar.

Velázquez, que nunca había fijado su atención en los esplendores de la naturaleza, sintió la poesía de aquella hora sublime. Un gozo, que brotaba del fondo del alma, poblaba de encantos cuanto abrazaban sus ojos, y desataba su lengua avara de palabras. Oprimiendo cada vez más el brazo de la joven, narrábale al oído cuanto había acaecido en su ausencia, la informaba de todos los pormenores de la casa, deslizando en el relato conceptos halagadores, frases cariñosas que daban testimonio de su ventura. Sentía en aquel instante irresistibles impulsos de adoración, de poner al descubierto su alma y explicar los sufrimientos que había experimentado en las últimas horas; los explicaba con el placer de un náufrago que, al amor del fuego, en un sillón confortable, cuenta los terribles peligros que ha corrido, seguro de no verse más expuesto á ellos.

Soledad escuchaba serena, complacida, dejándose arrullar por aquella cascada de palabritas de miel que nunca habían llegado á sus oídos. Llevaba los ojos puestos en el cielo y sonreía de vez en cuando á los amorosos extremos de su amante. De repente vió correr una estrella, y para que no fuese mensajera de algún mal exclamó:

—¡Dios te guíe! ¡Dios te guíe!

Velázquez la miró sorprendido.

—¿Cómo que Dios me guíe? Ya me ha guiado hacia ti, serrana, y estoy contento.

—No: se lo decía á una estrella corrida.

—¡Ah! ¿Cuentas las estrellas del cielo?—dijo el guapo.—Pues ten cuidado, porque tantas como cuentes te saldrán de arrugas en la cara... Pero no te importe, niña, que cuando eso suceda yo no podré ya con la fe de bautismo en papeles y tendrás que sacarme en una espuerta al sol.

Ambos rieron representándose aquel porvenir lejano. Y charlando de esta suerte llegaron al fin á casa; y después que Soledad hubo echado una mirada investigadora por el establecimiento, subieron para reposar.

X Rebelión.

Velázquez se sintió al día siguiente avergonzado en presencia de su querida. Se levantó, no obstante, de buen humor y la prodigó muchas delicadas atenciones que no acostumbraba á usar: bebió y comió con apetito y estuvo locuacísimo todo el día. Por la noche agasajó á sus amigos en celebridad de la reconciliación, y éstos pudieron notar que su alegría era excesiva y que había depuesto aquella gravedad displicente que rara vez le abandonaba. En los días sucesivos se alteraron un poco sus hábitos. Estaba mucho menos tiempo fuera de casa: dentro no se escuchaban aquellos juramentos y amenazas que por el más insignificante descuido dejaba escapar de su boca: se levantaba tarde, se acostaba temprano: jugaba largas horas al rentoy con los parroquianos, y en las disputas que el juego suele engendrar mostrábase tolerante y conciliador. En suma, parecía un hombre feliz en paz con el mundo y consigo mismo.

Soledad también lo era, al parecer. Atenta á la dirección del establecimiento, grave, activa, tranquila como una diosa, recibía las finezas de su amante con suave sonrisa de complacencia, mirándole de vez en cuando con el rabillo del ojo. Escuchaba mucho, hablaba poco y observaba sin cesar. Las noches en que había música en la plaza de Mina, salía con su amante á escucharla. Por las tardes también quería éste sacarla á paseo, pero rara vez aceptaba. Los quehaceres la retenían. Deseaba aquél tomar una criada para aliviarlos; pero ella se opuso siempre con tenaz resolución.

Sin embargo, el majo no podía vencer aquel sentimiento de vergüenza que le acometiera después de la escena de la reconciliación. Aunque ponía empeño en aparecer fresco y despreocupado y como si hubiese olvidado enteramente lo acaecido, era inútil. El recuerdo de la noche memorable en que por primera vez en su vida descendió á las súplicas delante de una mujer le asaltaba, mal de su grado. Y aunque hubiera logrado borrarlo de la memoria, ¿qué adelantaría? ¿Se le borraría á ella? Pues esto era precisamente lo que le inquietaba, lo que, á pesar de la paz y ventura en que vivía, le causaba sordo malestar. Creía estar viéndolo, al través de sus grandes ojos negros, impreso con caracteres indelebles en su imaginación.

Pero Soledad no parecía preocupada con tal recuerdo, ni mucho menos advertir la inquietud de su amante. Era la misma de siempre. Se mostraba con él cariñosa y solícita, prevenida á darle gusto en todo: de tal modo, que el guapo nada echaba menos de los regalos con que le tenía acostumbrado. No había pretexto para reñir y enfurecerse; por eso no lo hacía: esto, á lo menos, pensaba él, y se felicitaba de que en su casa hubiera tanto orden y que Soledad hubiera progresado tanto en pocos días. El demonio de la soberbia, no obstante, abatido y aletargado con el golpe de la escapatoria, comenzaba á revolverse y hacerle cosquillas en el alma. El resquemo de la humillación no se suavizaba, antes iba siendo cada días más áspero é insufrible. Menester era arrojarlo pronto, dar merecida satisfacción á su orgullo y recobrar la prístina grandeza y majestad á los ojos de todo el mundo y á los de sí mismo.

Comenzó á mostrarse más grave y á adoptar en la conversación aquel tono de superioridad displicente que siempre le había caracterizado. Mitigábalo, no obstante, al dirigirse á Soledad, por un resto de temor, que al cabo también fué desapareciendo. Ésta ni se sobresaltó por el cambio, ni se dió siquiera por entendida. Seguía tranquilamente la marcha ordinaria de su vida: al hablarle lo hacía con absoluta libertad de espíritu, con un aplomo que mortificaba al guapo, pues nunca hasta entonces creía habérselo notado.

Al fin, una noche, hallándose todos los amigos reunidos en la tienda, Velázquez, que estaba de vena, se aventuró á soltar una pullita á su querida, de aquellas con que antes la regalaba y que no pocas veces la hacían derramar lágrimas en presencia de la reunión. Soledad alzó la cabeza vivamente y le clavó una larga mirada luciente y colérica. El guapo dirigió la suya hacia otro sitio, se puso un poco colorado y procuró distraer la atención de los amigos. Aquel aviso tácito le impresionó más de lo que contaba. Mas cuando hubo pasado el efecto y pudo recapacitar nació en su alma un sordo despecho con mezcla de desaliento. Ahora fué cuando entendió claramente que la situación había cambiado. Aquella mujer, antes esclava sumisa, se atrevía á desafiar su cólera; luego estaba bien convencida de que no podía vivir sin ella. Devoró su enojo y se guardó en adelante de dirigirle ninguna burla mortificante. Sólo con muchas precauciones y mirándola siempre á la cara se autorizaba de vez en cuando algunas bromitas tímidas y cariñosas que más parecían caricias.

Pero como es difícil mantenerse siempre en un justo medio inofensivo, y más poseyendo el carácter fanfarrón de nuestro majo, sucedió que otra noche, sin darse cuenta, se le fué la lengua y soltó una impertinencia. Soledad esta vez no se contentó con mirarle, sino que exclamó con acento amenazador:

—¡Cuidado!

Volvió á echarlo á broma Velázquez, y le dijo algunas frases cariñosas para desagraviarla. Ella permaneció seria.

Cada día lo fué estando más, y cada día se mostró más silenciosa, afirmándose en el puesto preminente que al fin había logrado adquirir en la casa. Y mientras ella, á toda prisa, ganaba aplomo y libertad, con la misma rapidez los perdía él. Perdió aquellos modales arrogantes que jamás le abandonaban, su mirar altivo, su displicente sonrisa: cuando hablaba con ella hacía esfuerzos increíbles para ocultar su rendimiento, pero sin conseguirlo más que á medias. Temía ofenderla con cualquier frase un poco atrevida. Y, en efecto, la bella fruncía su divino entrecejo por la broma más inocente; iba adquiriendo una susceptibilidad tan delicada que casi se la hería con la vista.

Sin embargo, hasta entonces se habían guardado las apariencias, aunque con trabajo. Velázquez seguía siendo la autoridad infalible é indiscutible de la casa; ella la mujer fiel y sometida que le servía. Pero tal situación no tenía fundamento alguno en la realidad. Velázquez lo sentía allá en el fondo de su alma: sabía que todo era comedia, que su poder era una sombra, que, aunque invisible, Soledad le tenía puesto el pie en el cuello. Esta idea hacía botar su orgullo como un corcel brioso á quien le clavan las espuelas. Á fuerza de habilidad había logrado ocultarlo á todo el mundo, y aun pretendía con mil artificios ocultárselo á sí mismo, pero en vano. La triste verdad, que á su despecho se imponía, le roía el corazón y le quemaba la sangre. Comenzó á vivir en un estado de zozobra que al cabo se le hizo insoportable. Comprendió que era necesario salir de él á toda costa, si no quería fenecer de un empacho de bilis. Y determinó volverlo todo patas arriba con un golpe de audacia, súbito, inesperado. Espió con paciencia algunos días la ocasión; se mostró más afable y condescendiente que nunca, y al cabo, cuando aquélla se le ofreció oportuna, dió fuego á la mecha y disparó el tremendo cañonazo con que esperaba amedrentar al enemigo y alcanzar de nuevo la cumbre del poder.

Era día de toros. Había prometido á su querida que la llevaría á la corrida y, al efecto, tenía comprados dos asientos de delantera de grada. Salió á dar una vuelta, quedando en venir á recogerla á la hora conveniente. Mientras tanto Soledad sacó al sol y se atavió con los mejores trapos que tenía, el vestido de fino merino negro, la media de seda calada, los zapatos de tafilete, el rico pañolón de Manila, los pendientes de diamantes: se rizó el pelo, lo adornó con flores al uso de la tierra y se sentó detrás del mostrador á esperar la hora. Sonó ésta, sin embargo, y trascurrieron algunos minutos después sin que el guapo pareciese. Pasó media hora, pasó una, y nada. Entonces la gallarda tabernera, abrasada el alma de despecho, subió á su cuarto y se quitó, mejor dicho, se arrancó con mano trémula el vestido de gala.

Velázquez entró en casa á la noche y se condujo con la misma soltura y libertad que si no hubiera hecho nada reprensible. Tan sólo dijo con afectada ligereza:

—Dispensa, hija, que no haya venido á buscarte. Me encontré con un antiguo conocido de Jerez, y no tuve más remedio que ofrecerle tu asiento.

Soledad le dirigió una torva mirada de través y guardó silencio. Al cabo de un momento repitió maquinalmente, como si no diese importancia á lo que decía:

—Has perdido poco. El ganado regular, pero los chicos no sé por qué no duermen esta noche en la cárcel... ¡Qué guasa, hija! ¡qué guasa!

La tabernera tampoco despegó los labios. Su rostro estaba sombrío, amenazador. Velázquez se levantó al cabo de la silla y se dirigió hacia ella con sonrisa petulante.

—¿Qué es eso, gitana? ¿Estamos enojados por el lance? Otra corrida vendrá en que no tendré compromisos...

Al mismo tiempo le tomó la barba con la punta de los dedos para acariciarla. Pero ella se sacudió vivamente, exclamando con voz alterada:

—¡Quita allá, mala sangre! Debiera caérsete la cara de vergüenza, ¿y vienes con arrumacos?... Me tienes tan harta, ¡tan harta! que milagro será que sufra tus sandeces mucho tiempo...

El guapo se irguió entonces con arrogancia y respondió fríamente:

—¿Es de veras eso?

—¡Y tan de veras!—exclamó ella mirándole con ojos de indignación.

—Pues, hija mía, no te mortifiques más tiempo... Cuando las cosas no convienen, ya sabes el remedio.

Soledad le miró fijamente y con sorpresa. Resistió el guapo la mirada sin pestañear. Hubo una corta pausa en que ambos trataron de escudriñarse el alma. Al cabo dijo aquélla levantándose:

—Está bien. Lo que ha de ser, cuanto más pronto, mejor.

Y subió á su cuarto con paso firme. Velázquez permaneció en la tienda inmóvil, silencioso, con la vista fija en la puerta por donde había salido. No tardó en presentarse de nuevo con el mantón sobre los hombros, y sin mirarle se dirigió resueltamente á la puerta de la calle. Pero el majo, con rápido ademán, se puso delante, cortándole el paso.

—¡Pero niña! ¿has tomado en serio la broma?—exclamó sonriendo con afectada alegría.—¿Tú no sabes que estamos amarraditos y sentenciados á cadena perpetua?

—¡Quita! ¡quita!—exclamó la joven poniéndole la mano en el pecho para rechazarlo.—Sólo sé que me duele el alma de aguantar tus necedades y que no las aguanto más tiempo.

—No necesitas irte para eso, porque no volveré á decirte ni hacerte nada que te ofenda. Te doy mi palabra. La de esta tarde será la última...

Y siguió cerrándola el paso para que no pudiera alcanzar la puerta.

—Te digo que me dejes Velázquez—repitió con calma y severidad.—Nada adelantarás con retenerme á la fuerza.

Entonces el majo se abatió á las súplicas, á los halagos, empleando los recursos de su ingenio en persuadirla. Todo fué en vano. La irritada joven le escuchaba inflexible y repetía con tenaz resolución:

—Me voy, me voy: no quiero sufrir más.

Cayó al fin el guapo de hinojos y la retuvo por el vestido, dirigiéndole ruegos tan vehementes y haciéndole promesas tan disparatadas que Soledad vaciló. Le miró todavía con ojos coléricos, le cubrió de dicterios, le amenazó con marcharse á la primera ofensa que le hiciera; pero, desahogada su cólera, consintió al cabo en quedarse.

XI Sumisión.

No volvió á rebelarse. Aquel hombre de corazón altivo, tan fiero con las mujeres que habían tenido la desgracia de amarle, rindió al fin la cerviz al yugo de la última. Fué una pasión súbita, ardorosa, que le abrasaba las entrañas. Vivió desde entonces en dulce y á la vez insoportable inquietud, como si hubiese bebido un filtro mágico que le trastornara ó pesase al fin sobre él la venganza de la diosa del amor, justamente irritada por sus ofensas. Perdió el gusto de las francachelas en Puerta de Tierra, de la conversación, de la guitarra y las cañas y hasta de salir á la calle. Se hizo melancólico, taciturno, indolente: en sus miradas no brillaba aquella chispa de arrogancia que le daba ascendiente entre los hombres; de su boca no fluían las palabras chistosas y libres con que sometía á las mujeres.

Delante de Soledad se mostraba amable y rendido, sin ocuparse ya en disimular su vencimiento. Al contrario, parecía que sentía gozo y el pecho se le dilataba cuando la daba un testimonio de adoración más vivo que de costumbre. No se saciaba de estar á su lado, de prodigarla nuevas y sabrosas caricias. Recibiólas ella con gratitud y alegría primero, después con graciosa condescendencia y sin devolverlas sino tal vez que otra; por último, á medida que el guapo las menudeaba, le fueron siendo más indiferentes, terminando por hacérsele pesadas.

Acostumbróse Velázquez á tomarle la mano siempre que hablaba con ella y á retenerla entre las suyas largos ratos, cosa que llegó á molestar á la bella. Suave, lentamente comenzó á desasirse siempre que podía. Él, achacándolo á distracción, volvía á tomarla sin darse por advertido. Pero estas retiradas se fueron haciendo poco á poco más francas, de tal modo que, desengañado al fin, le preguntó con acento triste:

—¿Qué? ¿no quieres ya darme la mano?

Ella, grave y silenciosa, volvió á entregársela. Pero tanto llegó á enfadarle aquella prueba de afecto, que se puso nerviosa y un día le dijo bruscamente:

—Mira, suéltame la mano.

—¿Por qué?—preguntó él tímidamente.

—Porque me dan calor las tuyas, ¿sabes?

Velázquez, confuso, hizo lo posible por echarlo á broma, pero se abstuvo en adelante de molestarla.

Todavía era feliz, sin embargo. Porque, á medida que Soledad se hacía más reservada, sus raros momentos de expansión adquirían mayor atractivo, tenían un sabor exquisito que le resarcía de su creciente frialdad. Lo único que le causaba grave desazón era la amenaza de marcharse, que cada día más á menudo y por cualquier pretexto salía de su boca. Cuando esto acaecía quedaba anonadado, como si fuese la mayor desgracia que pudiera sobrevenirle, y se apresuraba á conjurarla por los medios que estaban á su alcance. Para tenerla contenta apelaba al recurso de los regalitos; apenas se pasaba un día que no viniese de la calle con alguno: un alfiler imperdible, una peineta, un frasco de perfume. Lo que más papel representaba eran las yemas de San Leandro, aquellas famosas yemas que tanto agradaban á la tabernera y con las cuales antes no cesaba de burlarla. Pues ahora fueron tantas las que le trajo que consiguió empalagarla y que las aborreciese.

De tal modo llegó á impresionarle la amenaza, no obstante, que pronto le hizo vivir en un estado de agitación y anhelo insoportable. Entonces, para arrancarse del corazón esta espina, pensó seriamente en casarse con Soledad. Una vez dueño de ella por la ley, se imaginaba que volvería á adquirir el perdido predominio y gozaría sin zozobra la dicha de poseerla. No se le pasaba por la tela del juicio volver á tratarla del modo cruel y desdeñoso que antes: la amaba ya demasiado para que esto pudiera repetirse. Lo único que ambicionaba era estrechar el lazo que los unía, hacerlo indisoluble y vivir en calma.

Acarició por varios días la idea, gozando de antemano con el efecto que iba á causar en Soledad. Sin duda lo que le hacía falta á ésta era adquirir la dignidad de esposa. Su situación humillante era lo que la tenía constantemente seria, malhumorada. En cuanto se viese colocada en la jerarquía á que era merecedora, no temiendo ya ser herida en su orgullo, perdería aquel humor melancólico é irascible que desde algún tiempo la venía dominando. Y en cuanto se ofreció una ocasión para hablar de ello, se lo propuso abiertamente en términos halagüeños y con alegre semblante. Contra lo que esperaba, el de Soledad no se dilató al oir la noticia. Estaba lavando vasos y esto siguió haciendo sin levantar la cabeza ni dignarse responder una palabra. Velázquez aguardó en vano alguna señal de aquiescencia: como no llegaba, trató de provocarla hablando con animación de su proyecto, pintando un cuadro lisonjero de su dicha futura. Pero la tabernera permaneció impasible y grave, como si nada de lo que estaba escuchando fuese con ella. Calló al fin el majo y, sin atreverse á exigir respuesta, se alzó de la silla donde estaba, y salió de la estancia no poco triste y desengañado.

Así anduvo varios días; pero la esperanza, que tarde ó nunca nos abandona, le hizo pensar al fin que lo que había hecho callar á Soledad fué la sorpresa en parte y en parte también el temor de ser burlada como otras veces. Era absolutamente incomprensible que no prefiriese ser su esposa á vivir con él sin decoro. Por esto se determinó á provocar una explicación que concluyese con sus dudas.

Viéndola un día más expansiva y serena que de ordinario, como hablasen de Paca la de la Parra y su marido, celebrando lo bien avenidos que vivían á pesar de la oposición de sus caracteres, Velázquez le tomó de pronto una mano y le dijo cariñosamente:

—Tú y yo viviremos al fin tan felices como ellos... Dí, flamenca, ¿cuándo quieres que nos casemos?

El rostro de la joven se oscureció repentinamente y, retirando su mano, profirió con acento desdeñoso y colérico á la vez:

—Mira, déjame de casorios... Como he vivido hasta ahora seguiré viviendo... sin honra, pero libre... muy libre, ¿sabes?

Velázquez quedó confuso, anonadado. Conociendo el temple de su querida, se abstuvo de insistir. Pero, disipada aquella última esperanza, pensó con tristeza que los lazos que á ella le unían no podían ser más frágiles y que el mejor día caerían al suelo rotos.

Los amigos, de un modo inconsciente, contribuían á llevar el desconsuelo á su corazón. Paca no abandonaba la idea de legalizar la situación de los amantes: las atenciones extrañas que ahora observaba en Velázquez la animaban á persistir, juzgándolo ya maduro para el caso; los compadres de la reunión, solicitados por ella, le prestaban ayuda. Así que, comenzaba á tocarse más á menudo que antes el punto del matrimonio en la conversación. El efecto que esto causaba en el guapo era cruel. Quedaba repentinamente sombrío, paralizado, y no pocas veces se le habían subido los colores á la cara, lo mismo exactamente que le pasaba á Soledad en otro tiempo. Ésta permanecía tranquila, sin ningún vano alarde que dejase traslucir que el platillo de la balanza había subido para ella y bajado para su querido; al contrario, hacía lo posible por distraer la conversación y sacarle del aprieto.

Pero aunque Velázquez se esforzase en ocultarlo y Soledad nada hiciese para ponerlo de manifiesto, el cambio operado en sus relaciones no era ya un secreto para nadie. Los amigos murmuraban, se hacían guiños cuando observaban algún signo de sumisión, se comunicaban sonriendo los descubrimientos que iban haciendo. Y no sólo los amigos, sino todas las comadres del barrio que frecuentaban la tienda llegaron pronto á sospechar lo que ocurría. Desde entonces cien ojos de zahorí los espiaron incesantemente: muy pronto se supo con todos los pormenores la caída del guapo y el estado de abatimiento á que su pasión le había reducido. Las comadres celebraron con alborozo el triunfo de Soledad, no sólo por ser de justicia, sino también por espíritu de cuerpo. Era la apoteosis merecida del elemento femenino. Y la celebraban y la festejaban con toda especie de palabrillas, homenajes y sonrisas picarescas.

—¡Al fin llegó tu hora, querida!... Así debe ser: la mujer siempre muy alta... ¿Qué se creen esos tíos? ¿Que porque somos buenas y callamos la mitad de las veces por evitar disgustos se nos ha de tratar como trapos sucios?... ¡Que se limpien!... Ya que le tienes bajo el pie, aprieta, hija, no temas; cuantos más sofocones le des más suavecito lo tendrás... Esos malditos hombres son así...

Soledad no se mostraba ni alegre ni lisonjeada por esta charla arrulladora. Guardaba silencio, según su costumbre. Cuando le parecía que se dilataba demasiado ó se excedían en ella, la cortaba bruscamente.

Sin embargo, las comadres no podían explicarse aquella súbita mutación de un modo natural. Para ellas fué indiscutible pronto que Soledad había apelado á las artes mágicas para lograrla. Y aun alguna se atrevió á insinuárselo sonriendo maliciosamente.

—Vamos, querida, confiesa que le has dado jicarazo...

Pero la tabernera se había puesto tan encrespada al oirlo, que no se tocó más el asunto en su presencia.

—¡Qué jícaras ni qué cuernos! ¿Soy yo quizá una bruja como usted? Todavía no he llegado á necesitar polvos para atraer á los hombres... ¿sabe usted?

Á espaldas suyas, no obstante, todas seguían sosteniendo que hubo maleficio. La que menos afirmaba que Soledad llevaba constantemente sobre el pecho una bolsita con pedacitos de oro, plata y coral, algunos granos de trigo y una piedra imán con raspaduras de acero.

Entre tanto Velázquez seguía exagerando sus rendimientos, no tanto para suavizar la aspereza de su querida, como por el íntimo placer que esto le causaba. El placer de antes dominándola, martirizándola, era menos que nada comparado con el que ahora sentía satisfaciendo sus caprichos, uncido, prosternado á sus pies. Y á pesar de su inveterada fanfarronería, cada día le iba importando menos que los amigos se enterasen de su humillación. Alguna vez, observando ya señales vergonzosas de ella, los más autorizados, como el señor Rafael y Pepe de Chiclana, le hicieron prudentes advertencias. «No era ése el camino para ser feliz. Bueno que á las mujeres se las lleve con mano suave: está en el orden de Dios, y para eso somos cristianos y no cafres; pero eso de dejar las riendas sueltas ningún hombre debe hacerlo en su vida, porque hasta los animales corren peligro de desbocarse, cuanto que más la mujer...» Velázquez los oía y se callaba, no atreviéndose á contradecirlos y no osando tampoco confesarles el miserable estado á que su pasión le había conducido. Llegó un día, sin embargo, en que todos pudieron cerciorarse y verlo claramente.

Se hallaban reunidos, como de costumbre, en uno de los cuartos de la tienda. Se había bebido y charlado en demasía. Velázquez estaba de alegrísimo humor, quizá porque su querida no lo tenía tan melancólico como otras veces y se había avenido á bailar unas seguidillas con Frasquito, cosa que hacía mucho tiempo no se había podido recabar de ella. En la corriente de la conversación se habló de fruta, y el majo manifestó que había recibido aquel mismo día de Medina unos albérchigos magníficos.

—Vamos á probarlos—concluyó diciendo—y nos refrescaremos la boca... A ver, Solita, hija, haz el favor de subir y traérnoslos.

—No tengo gana—respondió secamente ésta.

Velázquez quedó suspenso y acortado.

—Vamos, querida—manifestó tímidamente,—es cuestión de un instante... Los tienes á la puerta misma del comedor, en un cesto...

—Es que no tengo ganas de subir escaleras ahora. Vé tú por ellos si quieres—respondió con más sequedad aún.

Entonces Velázquez, reparando que los amigos se habían callado y observaban con asombro la escena, tuvo la debilidad de insistir.

—Pero, hija, no seas así. Estos señores están aguardando, y por subir cuatro escalones no te vas á morir.

Los ojos aterciopelados de la tabernera brillaron con cólera y, dando á sus palabras acento despreciativo, profirió:

—Te he dicho ya dos veces que no me da la gana. ¿No te has enterado aún? Si lo quieres por escrito, trae pluma y papel y te entregaré en seguida el documento.

Velázquez se puso rojo de vergüenza. Quiso responder, pero la palabra expiró en sus labios. Reinó silencio embarazoso en la tertulia, echándose bien de ver la triste impresión que en todos había causado la breve pero significativa reyerta. Cuando, á los pocos instantes, llamada por Joselito, salió Soledad del aposento, el señor Rafael, Pepe, Frasquito y hasta la misma Paca y María-Manuela cayeron sobre él, afeándole su conducta. «¡Aquello era un escándalo! ¡una vergüenza! ¿Cómo toleraba semejante insolencia? Ningún hombre que tuviese dignidad se dejaba sopapear de una mujer. Si ahora sufría aquel insulto, ¡Dios sabe adónde llegarían los vuelos de la niña!»

El majo los escuchaba, pintada la angustia en su semblante. Al fin exclamó con desesperación, mesándose los cabellos:

—¡Tenéis razón! Soy un calzonazos, un sinvergüenza. Pero no puedo... ¡no puedo! ¡Esa mujer me ha cogido la acción!

XII La maga.

Como si hubiese tenido una venda sobre los ojos y repentinamente se le hubiese caído, todas las cualidades de Soledad se le aparecieron con maravilloso relieve. Unas veces alababa su cuerpo garrido, otras su destreza en el baile; ahora se fijaba en sus pies torneados, después en su cabellera de ébano. Y con sus partes morales acaecía otro tanto. No había en todo Cádiz mujer más hacendosa y limpia y discreta ni más amiga de la verdad, y se empeñaba en que todos admirasen, como él, sus palabras graves y medidas, su gesto severo y hasta las más leves inflexiones de la voz.

Un día María-Manuela le llamó aparte estando de reunión en la tienda y le dijo en voz baja:

—Mira, Velázquez, te veo ya demasiado chalao. Cuando la tortilla dió vuelta confieso, hijo, que me alegré y le puse un cirio á San Rafael bendito, porque tú eres un gitano falso, traidor, sin vergüenza, y me tenías á la pobrecilla fatigaita, y porque, sin razón, delante de los amigos, la corrías como una mona. ¡Ajá! San Rafael tuvo lástima de ella y te dió lo que merecías. Ya sabes lo que son ducas. En la cara las llevas señalás. Estás paliito y ojeroso como un chavaliyo de quince años. Me da lástima de ti y no quiero que te ahoguen las fatigas. Si deseas que Soleá te quiera como antes y se case contigo pásate mañana por mi casa y te daré el remedio... ¡Pero cuidao que digas ná al lechonaso de Antonio!... Ve á la hora en que está en la oficina... Ya sabes, después de las diez.

El guapo se había reído toda la vida de la ciencia mágica de la querida de su amigo: fueron infinitas las bromas que había gastado con ella por tal motivo. Pero ahora, á semejanza de los que maldicen de los médicos y se apresuran á llamarlos en cuanto les duele algo, aceptó el ofrecimiento con alegría y prometió no faltar á la cita.

Y, en efecto, al día siguiente, entre diez y media y once, salió de su casa y se fué por la orilla del mar á la de Antonio. Después de cerciorarse que éste había salido, subió por la estrecha y sucia escalera á las alturas en que habitaba. Y llamó á la puerta pálido y jadeante tanto por el esfuerzo como por la emoción. María-Manuela abrió instantáneamente y le llevó por la mano, sin decirle palabra, hasta una salita donde había un sofá y cuatro sillas de paja, una consola con sus correspondientes caracoles de mar encima, espejo resguardado de las moscas por una gasa, algunos cuadros en litografía representando la historia de Hernán Cortés y D.ª Marina y en el centro una mesilla cubierta con tapete de hule. Le hizo sentar en el sofá y comenzó á hablarle con voz baja y grave ademán autoritario que contrastaba con su habitual desenfado:

—Me alegro que hayas dado este paso. Dentro de un momentito sabrás tu suerte, y, sea mala ó buena, debes quedar tranquilo, porque contra lo que allá arriba está ordenado no hay más que bajar la cabeza. Pero yo espero que saldrás de aquí satisfecho y llevarás medicina con que te cures pronto y logres tus deseos... Díme antes de empezar qué es lo que te pasa.

Velázquez la miró con sorpresa.

—Sí; es menester que me cuentes toíto lo que sientes, que yo sepa una por una tus ducas desde que han comenzao... Se me ha metió en la cabeza, hijo, que te han dado bebía, y si es así, hay que deshacerla con alguna oración, ó de otro modo que ya te iré explicando.

Velázquez, sonriendo, le dió cuenta del cambio que había sentido hacía tres meses: cómo su indiferencia hacia su querida se había trocado repentinamente en amor ardiente, cómo desde entonces vivía en constante zozobra pendiente de sus menores gestos, con qué frenesí la adoraba y qué mal pagaba ella esta adoración. Narró los más insignificantes pormenores de su vida con Soledad desde hacía algún tiempo, complaciéndose en enumerar los desaires que de ella recibía y en pintar los humillantes testimonios de idolatría que él la prodigaba sin lograr suavizarla. Cuanto más amoroso y humilde se mostraba, más se embravecía ella y peor le trataba. Comenzó riendo y terminó llorando como una criatura.

María-Manuela le puso su mano protectora sobre el hombro.

—No te apures, querido, que todo se arreglará. ¿Lo has desembuchao too?

—Todo.

—Pues, entonces no me cabe duda que te ha dao una bebía compuesta ó bien has olío una rosa hechizá... Bien pudiera suceder también—añadió cayendo en una meditación profunda—que te hubiera pasao la piedra imán por la espalda; pero esto me parece poco para tanto maleficio... Ó bien que haya hecho el muñeco... Mira, hijo, procura abrir el cofre ó el armario donde guarda la ropa y regístrala bien, y si encuentras un muñeco que tenga clavados unos alfileritos sobre el corazón, deshazlo prontito; hallarás un hueso dentro, sácalo y corre al cementerio y entiérralo.

Velázquez se lo prometió, y ella, cada vez más inflada y poseída de su papel maravilloso, le dijo:

—Antes de pasar adelante, es menester que consultemos las cartas. Según lo que te anuncien, así tendré yo que aconsejarte lo que debes hacer. Te confías en mí, ¿verdá tú?... Para que las cartas digan la verdad hay que creer en ellas y obedecer cuanto yo te mande. ¿Lo prometes?

Velázquez, aunque fingiese despreocupación y se riese de agüeros, guardaba, como buen andaluz, un fondo supersticioso. Trastornado ahora por su pasión además, juró de buena fe que creía en la virtud de las cartas y los ensalmos, y se manifestó dispuesto á seguir ciegamente cuanto María-Manuela le ordenase. Esta, desvanecida por su humildad, le obligó á declarar que se arrepentía de cuantas guasas había gastado respecto á los oráculos y que sólo de ella esperaba su salvación.

Hecho esto, fué á su cofre y sacó dos velas de cera verdes y un mantón negro, con el cual tapó la mesa. Cerró luego la ventana y encendió las velas. Abrió el cajón de la consola y sacó una baraja.

—Aquí dentro está tu suerte—dijo en voz baja y misteriosa colocándola sobre la mesa.

Velázquez se sintió impresionado. La maga le hizo sentarse, quedando ella en pie. Dió algunas vueltas en torno murmurando palabras de conjuro, y al cabo, deteniéndose y pasándose las manos por la cara, con aparato solemne tomó la baraja nuevamente, la barajó largo rato en silencio y la entregó á Velázquez para que la cortase con la mano izquierda. La puso otra vez encima de la mesa é, inclinándose hacia aquél, le dijo al oído:

—Da encima tres golpecitos y llámala.

El guapo abrió los ojos sorprendido.

—¿Á quién?

—¿Á quién ha de ser, desaborío? Á ella, á la mujer por quien penas.

Obedeció, dando con los nudillos sobre la baraja y diciendo al mismo tiempo con voz apagada y temblorosa: «¡Soledad!»

—Está bien—dijo la maga tomando la baraja y formando con ella varios montoncitos.

Contó de derecha á izquierda, y del quinto montón sacó una carta que dejó separada. Barajó después, hizo que Velázquez cortase y llamase de nuevo á su querida, y volvió á hacer montoncitos y á sacar del quinto otra carta, repitiendo la operación hasta siete veces.

La emoción del guapo crecía. Aquel aparato mágico iba influyendo poco á poco en su imaginación y disponiéndole á creer en la cabalística revelación que se preparaba. Pero aún más contribuía á turbarle la repetición solemne del nombre de su querida, hecha en voz baja, como una evocación misteriosa y dulce. Así que cuando la maga le dijo con afectada majestad: «En esas siete cartas está escrito tu porvenir» sintió un escalofrío y quedó inmóvil y pálido.

María-Manuela volvió las siete cartas, colocándolas en fila, siempre de derecha á izquierda. Las examinó largo rato con atención. Después, pasándose la mano por la cara repetidas veces, respirando con agitación como si se sintiese inspirada y hablando en voz de falsete para mayor solemnidad y misterio, comenzó á decir:

—Este cuatro de copas que aquí ves primeramente no es para ti de buen agüero: significa que vas á regañar con tu amante, que será fuerte el enojo, y este rey de oros que le sigue dice que será á causa de un hombre moreno. El dos de espadas al revés, que viene luego, te anuncia que debes librarte de amigos falsos y traidores; que te levantarán un testimonio y te costará mucho trabajo poner en claro tu inocencia. El siete de oros al revés dice que has de pasar muchas desazones que te harán perder el sentío; pero si logras tener calma y no haces un disparate, el siete de espadas que está á su lado te anuncia esperanza: harás las paces con Soleá y disfrutarás de tranquilidad... No durará mucho la paz, porque este as de bastos dice que pronto tropezarás y caerás otra vez. Volverán los disgustos, los enojos, os pelearéis con más fuerza aún que antes; pero este rey de copas, que es la última carta, está diciendo que al cabo todo se arreglará con la bendición del cura, que os casaréis y seréis muy felices... ¿Quieres saber más, empachoso, traidor?—añadió volviendo hacia el guapo su faz radiante de satisfacción y suficiencia.

Velázquez, que tenía el pecho oprimido, lo desahogó con un largo suspiro que hizo sonreir á la maga; pero su rostro se frunció de nuevo al oirle decir:

—¿Y todo eso será como lo cuentas?

—¡Gachó! ¡las cartas no mienten! Cuanto has oído te sucederá. Lo que importa ahora es deshacer el maleficio de la bebía compuesta, si es que la has bebío, ó de la rosa hechizá, si la has olío... Primeramente, un día de éstos que salga Soleá á la calle, tomarás un puchero y echarás en él aceite y sal y tres clavitos de hierro atados por la cabeza. Lo verterás todo cuando ella vaya á llegar á la puerta de casa. Si pisa los clavos no tardarás en hallarla vuelta como una media: te seguirá á todas partes y no verá ya sino por tus ojos... Si entrase sin pisar los clavos, entonces hace falta que digas á las doce de la noche una oración que voy á enseñarte...

Y se puso á repetirle gravemente algunas palabras de ensalmo en que se conjuraba á una cierta Elena, hija de rey, que escarbando la tierra del monte Olivete se había hallado los tres clavos de Nuestro Señor, para que clavase uno de ellos en el corazón de Soledad.

Para que no pueda vivir,

ni sosegar,

ni en silla sentar,

ni en cama acostar,

sino que muriendo de pena

me venga á buscar.

Velázquez, aunque con menos fe que en las cartas, aprendió la oración.

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