SEGUNDA PARTE
Reading edition
I
Las envidias de don Marcelo
El primer movimiento del viejo Desnoyers fué de asombro al convencerse de que la guerra resultaba inevitable. La humanidad se había vuelto loca. ¿Era posible una guerra con tantos ferrocarriles, tantos buques de comercio, tantas máquinas, tanta actividad desarrollada en la costra de la tierra y sus entrañas?... Las naciones se arruinarían para siempre. Estaban acostumbradas á necesidades y gastos que no conocieron los pueblos de hace un siglo. El capital era dueño del mundo, y la guerra iba á matarlo; pero á su vez moriría ella á los pocos meses, falta de dinero para sostenerse. Su alma de hombre de negocios se indignó ante los centenares de miles de millones que la loca aventura iba á invertir en humo y matanzas.
Como su indignación necesitaba fijarse en algo inmediato, hizo responsables de la gran locura á sus mismos compatriotas. ¡Tanto hablar de la revancha! ¡Preocuparse durante cuarenta y cuatro años de dos provincias perdidas, cuando la nación era dueña de tierras enormes é inútiles en otros continentes!... Iban á tocar los resultados de tanta insensatez exasperada y ruidosa.
La guerra significaba para él un desastre á breve plazo. No tenía fe en su país: la época de Francia había pasado. Ahora los triunfadores eran los pueblos del Norte, y sobre todos, aquella Alemania que él había visto de cerca, admirando con cierto pavor su disciplina, su dura organización. El antiguo obrero sentía el instinto conservador y egoísta de todos los que llegan á amasar millones. Despreciaba los ideales políticos, pero por solidaridad de clase había aceptado en los últimos años todas las declamaciones contra los escándalos del régimen. ¿Qué podía hacer una República corrompida y desorganizada ante el Imperio más sólido y fuerte de la tierra?...
«Vamos á la muerte—se decía á solas—. ¡Peor que en el 70!... Nos tocará ver cosas horribles.»
El orden y el entusiasmo con que acudían los franceses al llamamiento de la nación, convirtiéndose en soldados, produjeron en él una extrañeza inmensa. A impulsos de esta sacudida moral, empezó á creer en algo. La gran masa de su país era buena: el pueblo valía como en otros tiempos. Cuarenta y cuatro años de alarma y angustia habían hecho florecer las antiguas virtudes. Pero ¿y los jefes? ¿Dónde estaban los jefes para marchar á la victoria?...
Su pregunta la repetían muchos. El anonimato del régimen democrático y de la paz mantenía al país en una ignorancia completa acerca de sus futuros caudillos. Todos veían cómo se formaban hora por hora los ejércitos; muy pocos conocían á los generales. Un nombre empezó á sonar de boca en boca: «Joffre... Joffre.» Sus primeros retratos hicieron agolparse á la muchedumbre curiosa. Desnoyers lo contempló atentamente: «Tiene aspecto de buena persona.» Sus instintos de hombre de orden se sintieron halagados por el aire grave y sereno del general de la República. Experimentó de pronto una gran confianza, semejante á la que le inspiraban los gerentes de Banco de buena presencia. A este señor se le podían confiar los intereses, sin miedo á que hiciese locuras.
La avalancha de entusiasmo y emociones acabó por arrastrar á Desnoyers. Como todos los que le rodeaban, vivió minutos que eran horas y horas que parecían años. Los sucesos se atropellaban; el mundo parecía resarcirse en una semana del largo quietismo de la paz.
El viejo vivió en la calle, atraído por el espectáculo que ofrecía la muchedumbre civil saludando á la otra muchedumbre uniformada que partía para la guerra.
Por la noche presenció en los bulevares el paso de las manifestaciones. La bandera tricolor aleteaba sus colores bajo los faros eléctricos. Los cafés, desbordantes de público, lanzaban por las bocas inflamadas de sus puertas y ventanas el rugido musical de las canciones patrióticas. De pronto se abría el gentío en el centro de la calle entre aplausos y vivas. Toda Europa pasaba por allí; toda Europa—menos los dos Imperios enemigos—saludaba espontáneamente con sus aclamaciones á la Francia en peligro. Iban desfilando las banderas de los diversos pueblos con todas las tintas del iris, y detrás de ellas los rusos, de ojos claros y místicos; los ingleses, con la cabeza descubierta, entonando cánticos de religiosa gravedad; los griegos y rumanos, de perfil aquilino; los escandinavos, blancos y rojos; los americanos del Norte, con la ruidosidad de un entusiasmo algo pueril; los hebreos sin patria, amigos del país de las revoluciones igualitarias; los italianos, arrogantes como un coro de tenores heroicos; los españoles y sudamericanos, incansables en sus vítores. Eran estudiantes y obreros que perfeccionaban sus conocimientos en escuelas y talleres, refugiados que se habían acogido á la hospitalaria playa de París como náufragos de guerras y revoluciones. Sus gritos no tenían significación oficial. Todos estos hombres se movían con espontáneo impulso, deseosos de manifestar su amor á la República. Y Desnoyers, conmovido por el espectáculo, pensaba que Francia era todavía algo en el mundo, que aún ejercía una fuerza moral sobre los pueblos, y sus alegrías ó sus desgracias interesaban á la humanidad.
«En Berlín y en Viena—se dijo—también gritarán de entusiasmo en este momento... Pero los del país nada más. De seguro que ningún extranjero se une ostensiblemente á sus manifestaciones.»
El pueblo de la Revolución legisladora de los Derechos del Hombre recolectaba la gratitud de las muchedumbres. Empezó á sentir cierto remordimiento ante el entusiasmo de los extranjeros que ofrecían su sangre á Francia. Muchos se lamentaban de que el gobierno retardase veinte días la admisión de voluntarios, hasta que hubiesen terminado las operaciones de la movilización. ¡Y él, que había nacido francés, dudaba horas antes de su país!...
De día, la corriente popular le llevaba á la estación del Este. Una masa humana se aglomeraba contra la verja, desbordándose en tentáculos por las calles inmediatas. La estación, que iba adquiriendo la importancia de un lugar histórico, parecía un túnel estrecho por el que intentaba deslizarse todo un río, con grandes choques y rebullimientos contra sus paredes. Una parte de la Francia en armas se lanzaba por esta salida de París hacia los campos de batalla de la frontera.
Desnoyers sólo había estado dos veces allí, á la ida y al regreso de su viaje á Alemania. Otros emprendían ahora el mismo camino. Las muchedumbres populares iban acudiendo de los extremos de la ciudad para ver cómo desaparecían en el interior de la estación masas humanas de contornos geométricos, uniformemente vestidas, con relámpagos de acero y cadencioso acompañamiento de choques metálicos. Los medios puntos de cristales, que brillaban al sol como bocas ígneas, tragaban y tragaban gente. Por la noche continuaba el desfile á la luz de los focos eléctricos. A través de las verjas pasaban miles y miles de corceles; hombres con el pecho forrado de hierro y cabelleras pendientes del casco, lo mismo que los paladines de remotos siglos; cajas enormes que servían de jaula á los cóndores de la aeronáutica; rosarios de cañones estrechos y largos, pintados de gris, protegidos por mamparas de acero, más semejantes á instrumentos astronómicos que á bocas de muerte; masas y masas de kepis rojos moviéndose con el ritmo de la marcha, y filas de fusiles, unos negros y escuetos, formando lúgubres cañaverales, otros rematados por bayonetas que parecían espigas luminosas. Y sobre estos campos inquietos de mieses de acero, las banderas de los regimientos se estremecían en el aire como pájaros de colores: el cuerpo blanco, un ala azul, la otra roja, una corbata de oro en el cuello y en lo alto el pico de bronce, el hierro de la lanza que apuntaba á las nubes.
De estas despedidas volvía don Marcelo á su casa vibrante y con los nervios fatigados, como el que acaba de presenciar un espectáculo de ruda emoción. A pesar de su carácter tenaz, que se resistía siempre á reconocer el propio error, el viejo empezó á sentir vergüenza por sus dudas anteriores. La nación vivía, Francia era un gran pueblo; las apariencias le habían engañado como á otros muchos. Tal vez los más de sus compatriotas fuesen de carácter ligero y olvidadizo, entregados con exceso á los sensualismos de la vida; pero cuando llegaba la hora del peligro, cumplían su deber simplemente, sin necesitar la dura imposición que sufren los pueblos sometidos á férreas organizaciones.
En la mañana del cuarto día de movilización, al salir de su casa, en vez de encaminarse al centro de la ciudad marchó con rumbo opuesto, hacia la rue de la Pompe. Algunas palabras imprudentes de Chichí y las miradas inquietas de su esposa y su cuñada le hicieron sospechar que Julio había regresado de su viaje. Sintió necesidad de ver de lejos las ventanas del estudio, como si esto pudiese proporcionarle noticias. Y para justificar ante su propia conciencia una exploración que contrastaba con sus propósitos de olvido, se acordó de que su carpintero habitaba en dicha calle.
—Vamos á ver á Roberto. Hace una semana que me prometió venir.
Este Roberto era un mocetón que se había «emancipado de la tiranía patronal», según sus propias palabras, trabajando solo en su casa. Una pieza casi subterránea le servía de habitación y de taller. La compañera, á la que llamaba «mi asociada», corría con el cuidado de su persona y del hogar, mientras un niño iba creciendo agarrado á sus faldas. Desnoyers consentía á Roberto sus declamaciones contra los burgueses, porque se prestaba á todos sus caprichos de incesante arreglador de muebles. En la lujosa vivienda de la avenida Víctor Hugo, el carpintero cantaba la Internacional mientras movía la sierra ó el martillo. Esto y sus grandes atrevimientos de lenguaje lo perdonaba el señor, teniendo en cuenta la baratura de su trabajo.
Al llegar al pequeño taller le vió con la gorra sobre una oreja, anchos pantalones de pana á la mameluca, borceguíes claveteados y varias banderitas y escarapelas tricolores en las solapas de la chaqueta.
—Llega tarde, patrón—dijo alegremente—. Va á cerrarse la fábrica. El dueño ha sido movilizado y dentro de unas horas se incorporará á su regimiento.
Y señalaba un papel manuscrito fijo en la puerta de su tugurio, á semejanza de los carteles impresos que figuraban en todos los establecimientos de París para indicar que patronos y dependientes habían obedecido la orden de movilización.
Nunca se le había ocurrido á Desnoyers que su carpintero pudiera convertirse en soldado. Era rebelde á toda imposición de autoridad. Odiaba á los flics, los policías de París, con los que había cambiado puñetazos y palos en todas las revueltas. El militarismo era su preocupación. En los mítines contra la tiranía del cuartel había figurado como uno de los manifestantes más ruidosos. ¿Y este revolucionario iba á la guerra con la mejor voluntad, sin esfuerzo alguno?...
Roberto habló con entusiasmo del regimiento, de la vida entre camaradas, teniendo la muerte á cuatro pasos.
—Creo en mis ideas lo mismo que antes, patrón—continuó, como si adivinase lo que pensaba el otro—; pero la guerra es la guerra, y enseña muchas cosas; entre ellas, que la libertad debe ir acompañada de orden y de mando. Es preciso que alguien dirija y que los demás sigan, por voluntad, por consentimiento... pero que sigan. Cuando llega la guerra se ven las cosas de distinto modo que cuando uno está en su casa haciendo lo que quiere.
La noche que asesinaron á Jaurés rugió de cólera, anunciando que la mañana siguiente sería de venganza. Había buscado á los compañeros de su sección para enterarse de lo que proyectaban contra los burgueses. Pero la guerra iba á estallar. Algo había en el aire que se oponía á la lucha civil, que dejaba en momentáneo olvido los agravios particulares, concentrando todas las almas en una aspiración común.
—Hace una semana—continuó—era antimilitarista. ¡Qué lejos me parece eso! Como si hubiese transcurrido un año... Sigo pensando como antes: amo la paz, odio la guerra; y como yo, todos los camaradas. Pero los franceses no hemos provocado á nadie y nos amenazan, quieren esclavizarnos... Seamos fieras, ya que nos obligan á serlo; y para defendernos bien, que nadie salga de la fila, que todos obedezcan. La disciplina no está reñida con la revolución. Acuérdese de los ejércitos de la primera República: todos ciudadanos, lo mismo los generales que los soldados; pero Hoche, Kleber y los otros eran rudos compadres que sabían mandar é imponer la obediencia.
El carpintero tenía sus letras. Además de los periódicos y folletos de «la idea» había leído en cuadernos sueltos á Michelet y otros artistas de la historia.
—Vamos á hacer la guerra á la guerra—añadió—. Nos batiremos para que esta guerra sea la última.
Su afirmación no le pareció bastante clara, y siguió diciendo:
—Nos batiremos por el porvenir; moriremos para que nuestros nietos no conozcan estas calamidades. Si triunfasen los enemigos triunfaría la continuación de la guerra y la conquista como único medio de engrandecerse. Primero se apoderarían de Europa, luego del resto del mundo. Los despojados se sublevarían más adelante: ¡nuevas guerras!... Nosotros no queremos conquistas. Deseamos recuperar Alsacia y Lorena porque fueron nuestras y sus habitantes quieren volver con nosotros... Y nada más. No imitaremos á los enemigos apropiándonos territorios y poniendo en peligro la tranquilidad del mundo. Tuvimos bastante con Napoleón: no hay que repetir la aventura. Vamos á batirnos por nuestra seguridad y al mismo tiempo por la seguridad del mundo, por la vida de los pueblos débiles. Si fuese una guerra de agresión, de vanidad, de conquista, nos acordaríamos de nuestro antimilitarismo. Pero es de defensa, y los gobernantes no tienen culpa de ello. Nos vemos atacados y todos debemos marchar unidos.
El carpintero, que era anticlerical, mostraba una tolerancia generosa, una amplitud de ideas que abarcaba á todos los hombres. El día anterior había encontrado en la alcaldía de su distrito á un reservista que iba á partir con él incorporándose al mismo regimiento. Una ojeada le había bastado para reconocer que era un cura.
—Yo soy carpintero—le había dicho presentándose—. ¿Y usted, compañero... trabaja en las iglesias?
Empleaba este eufemismo para que el sacerdote no pudiese sospechar en él intenciones ofensivas. Los dos se habían estrechado la mano.
—Yo no estoy por la calotte—continuó, dirigiéndose á Desnoyers—. Hace tiempo que me puse mal con Dios. Pero en todas partes hay buenas personas, y las buenas personas deben entenderse en estos momentos. ¿No lo cree así, patrón?
La guerra halagaba sus aficiones igualitarias. Antes de ella, al hablar de la futura revolución sentía un maligno placer imaginándose que todos los ricos, privados de su fortuna, tendrían que trabajar para subsistir. Ahora le entusiasmaba que todos los franceses participasen de la misma suerte, sin distinción de clases.
—Todos mochila á la espalda y comiendo rancho. Y hacía extensiva la militar sobriedad á los que se quedaban á espaldas del ejército. La guerra traería grandes escaseces: todos iban á conocer el pan ordinario.
—Y usted, patrón, que es viejo para ir á la guerra, tendrá que comer como yo, con todos sus millones... Reconozca que esto es hermoso.
Desnoyers no se ofendía por la maliciosa satisfacción que inspiraban al carpintero sus futuras privaciones. Estaba pensativo. Un hombre como aquel, adversario de todo lo existente y que no tenía nada material que defender, marchaba á la guerra, á la muerte, por un ideal generoso y lejano, por evitar que la humanidad del porvenir conociese los horrores actuales. Al hacer esto no vacilaba en sacrificar su antigua fe, todas las creencias acariciadas hasta la víspera... ¡Y él, que era uno de los privilegiados de la suerte, que poseía tantas cosas tentadoras necesitadas de defensa, entregado á la duda y la crítica!...
Horas después volvió á encontrar al carpintero cerca del Arco de Triunfo. Formaba grupo con varios trabajadores de igual aspecto que él, y este grupo iba unido á otros y otros que eran como una representación de todas las clases sociales: burgueses bien vestidos, señoritos finos y anémicos, licenciados de raído chaqué, faz pálida y gruesos lentes, curas jóvenes que sonreían con cierta malicia, como si se comprometiesen en una calaverada. Al frente del rebaño humano iba un sargento y á retaguardia varios soldados con el fusil al hombro. ¡Adelante los reservistas!...
Y un bramido musical, una melopea grave, amenazante y monótona surgía de esta masa de bocas redondas, brazos en péndulo y piernas que se abrían y cerraban lo mismo que compases.
Roberto entonaba con energía el guerrero estribillo. Le temblaban los ojos y los caídos bigotes de galo. A pesar de su traje de pana y su bolsa de lienzo repleta, tenía el mismo aspecto grandioso y heroico de las figuras de Rude en el Arco de Triunfo. La «asociada» y el niño trotaban por la acera inmediata para acompañarle hasta la estación. Apartaba los ojos de ellos para hablar con un compañero de fila, afeitado y de aspecto grave: indudablemente el cura que había conocido el día antes. Tal vez se tuteaban ya, con la fraternidad que inspira á los hombres el contacto de la muerte.
Siguió el millonario con una mirada de respeto á su carpintero, desmesuradamente agrandado al formar parte de esta avalancha humana. Y en su respeto había algo de envidia: la envidia que surge de una conciencia insegura.
Cuando don Marcelo pasaba malas noches, sufriendo pesadillas, un motivo de terror, siempre el mismo, atormentaba su imaginación. Rara vez soñaba en peligros mortales para él ó los suyos. La visión espantosa consistía siempre en el hecho de que le presentaban al cobro documentos de crédito suscritos con su firma, y él, Marcelo Desnoyers, el hombre fiel á sus compromisos, con todo un pasado de probidad inmaculada, no podía pagarlos. La posibilidad de esto le hacía temblar, y después de haber despertado sentía aún su pecho oprimido por el terror. Para su imaginación, ésta era la mayor deshonra que puede sufrir un hombre.
Al trastornarse su existencia con las agitaciones de la guerra, reaparecían las mismas angustias. Completamente despierto, en pleno uso de razón, sufría un suplicio igual al que experimentaba en sueños viendo su nombre sin honra al pie de un documento incobrable.
Todo el pasado surgía ante sus ojos con extraordinaria claridad, como si hasta entonces se hubiese mantenido borroso, en una confusión de penumbra. La tierra amenazada de Francia era la suya. Quince siglos de historia habían trabajado para él, para que encontrase al abrir los ojos progresos y comodidades que no conocieron sus ascendientes. Muchas generaciones de Desnoyers habían preparado su advenimiento á la vida batallando con la tierra, defendiéndola de enemigos, dándole al nacer una familia y un hogar libres... Y cuando le tocaba su turno para continuar este esfuerzo, cuando le llegaba la vez en el rosario de generaciones, ¡huía lo mismo que un deudor que elude el pago!... Había contraído al venir al mundo compromisos con la tierra de sus padres, con el grupo humano al que debía la existencia. Esta obligación era preciso pagarla con sus brazos, con el sacrificio que rechaza al peligro... Y él había eludido el reconocimiento de su firma, fugándose y traicionando á sus ascendientes. ¡Ah, desgraciado! Nada importaba el éxito material de su existencia, la riqueza adquirida en un país remoto. Hay faltas que no se borran con millones. La intranquilidad de su conciencia era la prueba. También lo eran la envidia y el respeto que le inspiraba aquel pobre menestral marchando al encuentro de la muerte con otros seres igualmente humildes, enardecidos todos por la satisfacción del deber cumplido, del sacrificio aceptado.
El recuerdo de Madariaga surgía en su memoria.
«Donde nos hacemos ricos y formamos una familia, allí está nuestra patria.»
No, no era cierta la afirmación del centauro. En tiempos normales, tal vez. Lejos del país de origen y cuando no corre éste ningún peligro, se le puede olvidar por algunos años. Pero él vivía ahora en Francia, y Francia tenía que defenderse de enemigos que deseaban suprimirla. El espectáculo de todos sus habitantes levantándose en masa representaba para Desnoyers una tortura vergonzosa. Contemplaba á todas horas lo que él debía haber hecho en su juventud y no quiso hacer.
Los veteranos del 70 iban por las calles exhibiendo en la solapa su cinta verde y negra, recuerdo de las privaciones del sitio de París y de las campañas heroicas é infaustas. La vista de estos hombres satisfechos de su pasado le hacía palidecer. Nadie se acordaba del suyo; pero lo conocía él, y era bastante. En vano su razón intentaba apaciguar esta tempestad interior... Aquellos tiempos habían sido otros: no existía la unanimidad de la hora presente; el Imperio era impopular: todo estaba perdido... Pero el recuerdo de una frase célebre se fijaba en su memoria como una obsesión: «¡Quedaba Francia!» Muchos pensaban lo mismo que él en su juventud, y sin embargo no habían huído para eludir el servicio de las armas; se habían quedado, intentando la última y desesperada resistencia.
Inútiles sus razonamientos buscando excusas. Los grandes sentimientos prescinden del raciocinio por inútil. Para hacer comprender los ideales políticos y religiosos son indispensables explicaciones y demostraciones: el sentimiento de la patria no necesita nada de esto. La patria... es la patria. Y el obrero de las ciudades, incrédulo y burlón, el labriego egoísta, el pastor solitario, todos se mueven al conjuro de esta palabra, comprendiéndola instantáneamente, sin previas enseñanzas.
«Es preciso pagar—repetía mentalmente don Marcelo—. Debo pagar mi deuda.»
Y experimentaba, como en los ensueños, la angustia del hombre probo y desesperado que desea cumplir sus compromisos.
¡Pagar!... ¿Y cómo? Ya era tarde. Por un momento se le ocurrió la heroica resolución de ofrecerse como voluntario, de marchar con la bolsa al costado en uno de aquellos grupos de futuros combatientes, lo mismo que su carpintero. Pero la inutilidad del sacrificio surgía en su pensamiento. ¿De qué podía servir?... Parecía robusto, se mantenía fuerte para su edad, pero estaba más allá de los sesenta años, y sólo los jóvenes pueden ser buenos soldados. Batirse lo hace cualquiera. El tenía ánimos sobrados para tomar un fusil. Pero el combate no es mas que un accidente de la lucha. Lo pesado, lo anonadador, son las operaciones y sacrificios que preceden al combate, las marchas interminables, los rigores de la temperatura, las noches á cielo raso, remover la tierra, abrir trincheras, cargar carros, sufrir hambre... No; era demasiado tarde. Ni siquiera tenía un nombre ilustre para que su sacrificio pudiese servir de ejemplo.
Instintivamente miraba atrás. No estaba solo en el mundo: tenía un hijo que podía responder por la deuda del padre... Pero esta esperanza sólo duraba un momento. Su hijo no era francés: pertenecía á otro pueblo; la mitad de su sangre era de diversa procedencia. Además, ¿cómo podía sentir las mismas preocupaciones que él? ¿Llegaría á entenderlas si su padre se las exponía?... Era inútil esperar nada de este danzarín gracioso buscado por las mujeres; de este bravo de frívolo coraje, que exponía su vida en duelos para satisfacer un honor pueril.
¡La modestia del rudo señor Desnoyers después de estas reflexiones!... Su familia sintió asombro al ver el encogimiento y la dulzura con que se movía dentro de la casa. Los dos criados de gesto imponente habían ido á incorporarse á sus regimientos, y la mayor sorpresa que les reservó la declaración de guerra fué la bondad repentina del amo, la abundancia de regalos á su despedida, el cuidado paternal con que vigilaba sus preparativos de viaje. El temible don Marcelo los abrazó con los ojos húmedos. Los dos tuvieron que esforzarse para que no les acompañase á la estación.
Fuera de su casa se deslizaba con humildad, como si pidiese perdón mudamente á las gentes que le rodeaban. Todos le parecían superiores á él. Los tiempos eran de crisis económica: los ricos conocían momentáneamente la pobreza y la inquietud; los Bancos habían suspendido sus operaciones y sólo pagaban una exigua parte de sus depósitos. El millonario se vió privado por unas semanas de su riqueza. Además, sentía inquietud al apreciar el porvenir incierto. ¿Cuánto tiempo iba á transcurrir antes de que le enviasen dinero de América? ¿No llegaría á suprimir la guerra las fortunas lo mismo que las vidas?... Y sin embargo, nunca Desnoyers apreció menos el dinero ni dispuso de él con mayor generosidad.
Numerosos movilizados de aspecto popular que marchaban sueltos hacia las estaciones encontraron á un señor que los detenía con timidez, se llevaba una mano á un bolsillo y dejaba en su diestra el billete de veinte francos, huyendo inmediatamente ante sus ojos asombrados. Las obreras llorosas que volvían de decir adiós á sus hombres vieron al mismo señor sonreir á los niños que marchaban junto á ellas, acariciar sus mejillas y alejarse, abandonando en sus manos la pieza de cinco francos.
Don Marcelo, que nunca había fumado, frecuentó los despachos de tabaco. Salía de ellos con las manos y los bolsillos repletos, para abrumar con una prodigalidad de paquetes al primer soldado que encontraba. A veces el favorecido sonreía cortésmente, dando las gracias con palabras reveladoras de un origen superior, y pasaba el regalo á otros compañeros que vestían un capote tan grosero y mal cortado como el suyo. El servicio obligatorio le hacía incurrir con frecuencia en estos errores.
Las manos rudas, al oprimir la suya con un apretón agradecido, le dejaban satisfecho por unos minutos. ¡Ay, no poder hacer más!... El gobierno, al movilizar los vehículos, le había tomado tres de sus automóviles monumentales. Desnoyers se entristeció porque no se llevaban su cuarto mastodonte. ¡Para lo que servía! Los pastores del rebaño monstruoso, el chauffeur y sus ayudantes, habían partido también para incorporarse al ejército. Todos se marchaban. Finalmente, sólo quedarían él y su hijo: dos inutilidades.
Rugió al enterarse de la entrada de los enemigos en Bélgica, considerando este suceso la traición más inaudita de la Historia. Se avergonzaba al recordar que en los primeros momentos había hecho responsables de la guerra á los patriotas exaltados de su país... ¡Qué perfidia, metódicamente preparada con largos años de anticipación! Los relatos de saqueos, incendios y matanzas le hacían palidecer, rechinando los dientes. A él, á Marcelo Desnoyers, le podía ocurrir lo mismo que á los infelices belgas si los bárbaros invadían su país. Tenía una casa en la ciudad, un castillo en el campo, una familia. Por una asociación de ideas, las mujeres víctimas de la soldadesca le hacían pensar en su Chichí y en la buena doña Luisa. Los edificios en llamas evocaban el recuerdo de todos los muebles raros y costosos amontonados en sus dos viviendas y que eran como los blasones de su elevación social. Los ancianos fusilados, las madres de entrañas abiertas, los niños con las manos cortadas, todos los sadismos de una guerra de terror, despertaban la violencia de su carácter.
—¡Y esto puede ocurrir impunemente en nuestra época!...
Para convencerse de que el castigo estaba próximo, de que la venganza marchaba al encuentro de los culpables, sentía la necesidad de confundirse diariamente con el gentío aglomerado en tomo de la estación del Este.
El grueso de las tropas operaba en las fronteras, pero no por esto disminuía la animación en este lugar. Ya no se embarcaban batallones enteros, pero día y noche los hombres de combate iban entrando en la estación, sueltos ó por grupos. Eran reservistas sin uniformes que marchaban á incorporarse á sus regimientos, oficiales que habían estado ocupados hasta entonces en los trabajos de la movilización, pelotones en armas destinados á llenar los grandes huecos abiertos por la muerte.
La muchedumbre, oprimida contra las verjas, saludaba á los que partían, acompañándolos con los ojos mientras atravesaban el gran patio. Eran anunciadas á gritos las últimas ediciones de los periódicos. La masa obscura se moteaba de blanco, leyendo con avidez las hojas impresas. Una buena noticia: «¡Viva Francia!...» Un despacho confuso que hacía presentir un descalabro: «No importa. Hay que sostenerse de todos modos. Los rusos avanzarán á sus espaldas.» Y mientras se desarrollaban los diálogos inspirados por estas nuevas, y muchas jóvenes convertidas en vendedoras iban entre los grupos ofreciendo banderitas y escarapelas tricolores, continuaban pasando por el patio solitario, para desaparecer detrás de las puertas de cristales, hombres y más hombres que iban á la guerra.
Un subteniente de la reserva, con un saco al hombro, llegó acompañado de su padre hasta la fila de policías que cerraba el paso á la muchedumbre. Desnoyers encontró al oficial cierta semejanza con su hijo. El viejo ostentaba en la solapa la cinta verde y negra de 1870: la condecoración evocadora del remordimiento. Era alto, enjuto, y aún pretendía erguirse más poniendo un gesto fosco. Deseaba mostrarse fiero, inhumano, para ocultar su emoción.
—¡Adiós, muchacho! Pórtate bien.
—¡Adiós, padre!
No se dieron la mano: evitaban que sus miradas se encontrasen. El oficial sonreía como un autómata. El padre volvió bruscamente la espalda, y atravesando el gentío se metió en un café. Necesitaba el rincón más obscuro, la banqueta más oculta, para disimular por unos minutos su emoción.
Y el señor Desnoyers envidió este dolor.
Unos reservistas avanzaron cantando, precedidos de una bandera. Se empujaban y bromeaban, adivinándose en su excitación largas detenciones en todas las tabernas encontradas al paso. Uno de ellos, sin interrumpir su canto, oprimía la diestra de una viejecita que marchaba á su lado serena y con los ojos secos. La madre reunía sus fuerzas para acompañar á su mocetón, con una falsa alegría, hasta el último momento.
Otros llegaban sueltos, despegados de sus compañeros, pero no por esto iban solos. El fusil colgaba de uno de sus hombros, las espaldas estaban abrumadas por la joroba de la mochila, las piernas rojas salían y se ocultaban entre las alas vueltas del capote azul, la pipa humeaba bajo la visera del kepis. Delante de uno de ellos caminaban cuatro niños, alineados por orden de estatura. Volvían la cabeza para admirar al padre, súbitamente engrandecido por los arreos militares. A su lado marchaba la compañera, afable y sumisa, lo mismo que en las primeras semanas de relaciones, sintiendo en su alma simple un reflorecimiento de amor, una primavera extemporánea, nacida al contacto del peligro. El hombre, obrero de París que tal vez cantaba un mes antes la Internacional, pidiendo la desaparición de los ejércitos y la fraternidad de todos los humanos, iba ahora en busca de la muerte. Su mujer contenía los sollozos y le admiraba. El cariño y la conmiseración le hacían insistir en sus recomendaciones. En la mochila había puesto los mejores pañuelos, los pocos víveres que guardaba en casa, todo el dinero. Su hombre no debía inquietarse por ella y los hijos. Saldrían del mal paso como pudiesen. El gobierno y las buenas almas se encargarían de su suerte.
El soldado bromeaba ante el talle algo deforme de su mujer, saludando al ciudadano próximo á surgir, anunciándole un nacimiento en plena victoria. Un beso á la compañera, un cariñoso repelón á la prole, y luego se unió con los camaradas... Nada de lágrimas. ¡Valor!... ¡Viva Francia!
Las recomendaciones de los que se marchaban eran oídas. Nadie lloraba. Pero al desaparecer el último pantalón rojo, muchas manos se agarraron convulsas á los hierros de la verja, muchos pañuelos fueron mordidos con rechinamiento de dientes, muchas cabezas se ocultaron bajo el brazo con estertor angustioso.
Y el señor Desnoyers envidió estas lágrimas.
La vieja, al perder en su arrugada mano el contacto de la diestra del hijo, se volvió hacia donde creía que estaba el país hostil, agitando los brazos con furor homicida:
—¡Ah, bandido!... ¡Bandido!
Volvía á ver con la imaginación el rostro tantas veces contemplado en las páginas ilustradas de los periódicos: unos bigotes de insolente alborotamiento; una boca con dentadura de lobo, que reía... reía como debieron reir los hombres de la época de las cavernas.
Y el señor Desnoyers envidió esta cólera.
II
Vida nueva
Cuando Margarita pudo volver al estudio de la rue de la Pompe, Julio, que vivía en perpetuo mal humor, viéndolo todo con sombríos colores, se sintió animado por un optimismo repentino.
La guerra no iba á ser tan cruel como se la imaginaban todos al principio. Diez días iban transcurridos, y empezaba á hacerse menos visible el movimiento de tropas. Al disminuir el número de hombres en las calles, la población femenina parecía haber aumentado. Las gentes se quejaban de escasez de dinero; los Bancos seguían cerrados para el pago. En cambio, la muchedumbre sentía una necesidad de gastos extraordinarios para acaparar víveres. El recuerdo del 70, con las crueles escaseces del sitio, atormentaba las imaginaciones. Había estallado una guerra con el mismo enemigo, y á todos les parecía lógico la repetición de iguales accidentes. Los almacenes de comestibles se veían asediados por las mujeres, que hacían acopio de alimentos rancios á precios exorbitantes, para guardarlos en sus casas. El hambre futura producía mayor espanto que los peligros inmediatos.
Estas eran para Desnoyers todas las transformaciones que la guerra había realizado en torno de él. Las gentes acabarían por acostumbrarse á la nueva existencia. La humanidad posee una fuerza de adaptación que le permite amoldarse á todo para continuar subsistiendo. El esperaba continuar su vida como si nada hubiese ocurrido. Bastaba para esto que Margarita siguiese fiel á su pasado. Juntos verían deslizarse los acontecimientos con la cruel voluptuosidad del que contempla una inundación, sin riesgo alguno, desde una altura inaccesible.
Esta calma de testigo egoísta de los sucesos se la había inspirado Argensola.
—Seamos neutros—afirmaba el bohemio—. Neutralidad no significa indiferencia. Gocemos del gran espectáculo, ya que en toda nuestra vida volverá á ofrecerse otro semejante.
Lástima que la guerra les pillase con tan poco dinero... Argensola odiaba á los Bancos más aún que á los Imperios centrales, distinguiendo con una antipatía especial al establecimiento de crédito que demoraba el pago del cheque de Julio. ¡Tan hermoso que habría sido presenciar los acontecimientos con toda clase de comodidades, gracias á esta enorme cantidad!... Para remediar las penurias domésticas volvía á impetrar el auxilio de doña Luisa. La guerra había debilitado las precauciones de don Marcelo, y la familia vivía ahora en un descuido generoso. La madre, á imitación de otras dueñas de casa, hacía provisiones para meses y meses, adquiriendo cuantos víveres podía encontrar. El se aprovechó de esto, menudeando sus visitas á la casa de la avenida Víctor Hugo, para descender por la escalera de servicio grandes paquetes que engrosaban las provisiones del estudio.
Todas las alegrías de una buena ama de llaves las conoció al contemplar los tesoros guardados en su cocina: grandes latas de carne en conserva, pirámides de botes, sacos de legumbres secas. Tenía allí para el mantenimiento de una larga familia. Además, la guerra le había servido de pretexto para hacer nuevas visitas á la bodega de don Marcelo.
—Pueden venir—decía con gesto heroico al pasar revista á su almacén—. Pueden venir cuando quieran. Estamos preparados para hacerles frente.
El cuidado y aumento de sus víveres y la averiguación de noticias eran las dos funciones que ocupaban su existencia. Necesitaba adquirir diez, doce, quince periódicos por día: unos porque eran reaccionarios, y á él le entusiasmaba la novedad de ver unidos á todos los franceses; otros porque, siendo radicales, debían estar mejor enterados de las noticias recibidas por el gobierno. Aparecían á mediodía, á las tres, á las cuatro, á las cinco de la tarde. Media hora de retraso en el nacimiento de una hoja infundía grandes esperanzas en el público, que se imaginaba encontrar noticias estupendas. Todos se arrebataban los últimos suplementos; todos llevaban los bolsillos repletos de papel, esperando con ansiedad nuevas publicaciones para adquirirlas. Y todas las hojas decían aproximadamente lo mismo.
Argensola percibió cómo se iba formando en su interior un alma simple, entusiasta y crédula, capaz de admitir las cosas más inverosímiles. Esta alma la adivinaba igualmente en todos los que vivían cerca de él. A veces, su antiguo espíritu de crítica parecía encabritarse; pero la duda era rechazada como algo deshonroso. Vivía en un mundo nuevo, y era natural que ocurriesen cosas extraordinarias que no podían medirse ni explicarse por el antiguo raciocinio. Y comentaba con alegría infantil los relatos maravillosos de los periódicos: combates de un pelotón de franceses ó de belgas con regimientos enteros de enemigos, poniéndolos en desordenada fuga; el miedo de los alemanes á la bayoneta, que les hacía correr como liebres apenas sonaba la carga; la ineficacia de la artillería germánica, cuyos proyectiles estallaban mal.
Era para él ordinario y lógico que la pequeña Bélgica venciese á la colosal Alemania: una repetición del encuentro de David y Goliat, con todas las metáforas é imágenes que este choque desigual había inspirado á través de los siglos. Como la mayor parte de la nación, tenía la mentalidad de un lector de libro de caballerías que se siente defraudado cuando el héroe, un hombre solo, no parte mil enemigos de un revés. Buscaba con predilección los periódicos más exagerados, los que publicaban más historias de encuentros sueltos, de acciones individuales, que nadie sabía con certeza dónde habían ocurrido.
La intervención de Inglaterra en los mares le hizo imaginar un hambre espantosa, fulminante, providencial, que martirizaba á los enemigos. A los diez días de bloqueo marítimo creía de buena fe que en Alemania vivía la gente como un grupo de náufragos sobre una balsa de tablones. Esto le hizo menudear sus visitas á la cocina, admirando emocionado sus paquetes de comestibles.
—¡Lo que darían en Berlín por mi tesoro!...
Nunca comió mejor Argensola. La consideración de las grandes carestías sufridas por el adversario espoleaban su apetito, dándole una capacidad monstruosa. El pan blanco, de corteza dorada y crujiente, le sumía en un éxtasis religioso.
—¡Si el amigo Guillermo pillase esto!—decía á su compañero.
Mascaba y tragaba con avidez; alimentos y líquidos, al pasar por su boca, adquirían un nuevo sabor raro y divino. El hambre ajena era para él un excitante, una salsa de interminable deleite.
Francia le inspiraba entusiasmo, pero á Rusia le concedía mayor crédito. ¡Ah, los cosacos!... Hablaba de ellos como de íntimos amigos. Describía los terribles jinetes de galope vertiginoso, impalpables como fantasmas, y tan terribles en su cólera, que el adversario no podía mirarlos de frente. En la portería de su casa y en varios establecimientos de la calle le escuchaban con todo el respeto que merece un señor que, por ser extranjero, puede hablar mejor que otros de las cosas extranjeras.
—Los cosacos ajustarán las cuentas á esos bandidos—terminaba diciendo con absoluta seguridad—. Antes de un mes habrán entrado en Berlín.
Y su público, compuesto en gran parte de mujeres, esposas ó madres de los que habían partido á la guerra, aprobaba modestamente, con el deseo irresistible que todos sentimos de colocar nuestras esperanzas en algo lejano y misterioso. Los franceses defenderían el país, reconquistando además los territorios perdidos; pero eran los cosacos los que iban á dar el golpe de gracia, aquellos cosacos de que hablaban todos y muy pocos habían visto.
El único que los conocía de cerca era Tchernoff, y con gran escándalo de Argensola escuchaba sus palabras sin mostrar entusiasmo. Los cosacos eran para él un simple cuerpo del ejército ruso. Buenos soldados, pero incapaces de realizar los milagros que todos les atribuían.
—¡Ese Tchernoff!—exclamaba Argensola—. Como odia al zar, encuentra malo todo lo de su país. Es un revolucionario fanático... y yo soy enemigo de todos los fanatismos.
Julio escuchaba con distracción las noticias de su compañero, los artículos vibrantes recitados con tono declamatorio, los planes de campaña que discurría ante un mapa enorme fijo en una pared del estudio y erizado de banderitas que marcaban las situaciones de los ejércitos beligerantes. Cada periódico obligaba al español á realizar una nueva danza de alfileres en el mapa, seguida de comentarios de un optimismo á prueba de bomba.
—Hemos entrado en Alsacia: ¡muy bien!... Parece que ahora abandonamos Alsacia: ¡perfectamente! Adivino la causa. Es para volver á entrar por un sitio mejor, pillando al enemigo por la espalda... Dicen que Lieja ha caído. ¡Mentira!... Y si cae, no importa. Un incidente nada más. Quedan los otros... ¡los otros! que avanzan por el lado oriental y van á entrar en Berlín.
Las noticias del frente ruso eran las preferidas por él; pero quedaba en suspenso cada vez que buscaba en la carta los nombres enrevesados de aquellos lugares donde efectuaban sus hazañas los admirados cosacos.
Mientras tanto, Julio continuaba el curso de sus pensamientos. ¡Margarita!... Había vuelto al fin, y sin embargo parecía vivir cada vez más alejada de él...
En los primeros días de la movilización rondó por las inmediaciones de su casa, creyendo engañar su deseo con esta aproximación ilusoria. Margarita le había escrito para recomendarle la calma. ¡Feliz él, que por ser extranjero no sufriría las consecuencias de la guerra! Su hermano, oficial de artillería de reserva, iba á partir de un momento á otro. La madre, que vivía con este hijo soltero, había mostrado á última hora una serenidad asombrosa, después de llorar mucho en los días anteriores, cuando la guerra era todavía problemática. Ella misma preparó el equipaje del soldado, para que la pequeña maleta contuviese todo lo que es indispensable en la vida de campaña. Pero Margarita adivinaba el suplicio interior de la pobre señora y su lucha para que no se revelase exteriormente en la humedad de sus ojos, en la nerviosidad de sus manos. Le era imposible abandonar á su madre un solo momento... Luego había sido la despedida. «¡Adiós, hijo mío! Cumple tu deber, pero sé prudente.» Ni una lágrima, ni un desfallecimiento. Toda la familia se había opuesto á que le acompañase hasta el ferrocarril. Su hermana iría con él. Y al regresar Margarita á la casa la había encontrado en un sillón, rígida, con el gesto hosco, eludiendo nombrar á su hijo, hablando de las amigas que también enviaban los suyos á la guerra, como si únicamente ellas conociesen este tormento. «¡Pobre mamá! Debo acompañarla, ahora más que nunca... Mañana, si puedo, iré á verte.»
Al fin volvió á la rue de la Pompe. Su primer cuidado fué explicar á Julio la modestia de su traje tailleur, la ausencia de joyas en el adorno de su persona. «La guerra, amigo mío. Ahora lo chic es amoldarse á las circunstancias, ser sobrios y modestos como soldados. ¡Quién sabe lo que nos espera!» La preocupación del vestido la acompañaba en todos los momentos de su existencia.
Julio notó en ella una persistente distracción. Parecía que su espíritu abandonaba el encierro de su cuerpo, vagando á enormes distancias. Sus ojos le miraban, pero tal vez no le veían. Hablaba con voz lenta, como si cada palabra la sometiese á previo examen, temiendo traicionar algún secreto. Este alejamiento espiritual no impidió, sin embargo, la aproximación física. Fueron uno del otro, con el irresistible choque de las atracciones materiales. Ella se entregó voluntariamente, resbalando por la suave cuesta de la costumbre; pero al recobrar la serenidad mostró un vago remordimiento. «¿Estará bien lo que hacemos?... ¿No es inoportuno continuar la misma existencia cuando tantas desgracias van á caer sobre el mundo?» Julio repelió estos escrúpulos.
—¡Pero si vamos á casarnos tan pronto como podamos!... ¡Si somos lo mismo que marido y mujer!
Ella contestó con un gesto de extrañeza y desaliento. ¡Casarse!... Diez días antes no deseaba otra cosa. Ahora sólo de tarde en tarde surgía en su memoria la posibilidad del matrimonio. ¡Para qué pensar en sucesos remotos é inseguros! Otros más inmediatos ocupaban su ánimo.
La despedida de su hermano en la estación era una escena que se había fijado en su memoria. Al ir al estudio se proponía no acordarse de ella, presintiendo que podía molestar á su amante con este relato. Y bastó que se jurase el silencio para sentir una necesidad irresistible de contarlo todo.
No había sospechado jamás que amase tanto á su hermano. Su cariño fraternal iba unido á un ligero sentimiento de celos porque mamá prefería al hijo mayor. Además, él era quien había presentado á Laurier en la casa: los dos tenían el diploma de ingenieros industriales y marchaban unidos desde la escuela... Pero al verle Margarita próximo á partir, había reconocido de pronto que este hermano, considerado siempre en segundo término, ocupaba un lugar preferente en su cariño.
—¡Estaba tan guapo, tan interesante, con su uniforme de teniente!... Parecía otro. Te confieso que yo iba con orgullo al lado de él, apoyada en su brazo. Nos tomaban por casados. Al verme llorar, unas pobres mujeres intentaron consolarme. «¡Valor, madama!... Su marido volverá.» Y él reía con estas equivocaciones. Únicamente mostraba tristeza al acordarse de nuestra madre.
Se habían separado en la puerta de la estación. Los centinelas no dejaban ir más adelante. Ella le entregó su sable, que había querido llevar hasta el último momento.
—Es hermoso ser hombre—dijo con entusiasmo—. Me gustaría vestir un uniforme, ir á la guerra, servir para algo.
No quiso hablar más, como si de pronto se diese cuenta de la inoportunidad de sus últimas palabras. Tal vez notó una crispación en el rostro de Julio.
Pero estaba excitada por el recuerdo de aquella despedida, y después de una larga pausa no pudo resistirse al deseo de seguir exteriorizando su pensamiento.
En la entrada de la estación, mientras besaba por última vez á su hermano, había tenido un encuentro, una gran sorpresa. El había llegado, vestido igualmente de oficial de artillería, pero solo, teniendo que confiar su maleta á un hombre de buena voluntad salido de la muchedumbre.
Julio hizo un gesto de interrogación. ¿Quién era él? Lo sospechaba, pero fingió ignorancia, como si temiese conocer la verdad.
—Laurier—contestó ella lacónicamente—. Mi antiguo marido.
El amante mostró una ironía cruel. Era un acto cobarde denigrar á este hombre que había marchado á cumplir su deber. Reconoció su vileza, pero un instinto maligno é irresistible le hizo insistir en sus burlas, para rebajarlo ante Margarita. ¡Laurier militar!... Debía ofrecer un aspecto ridículo vestido de uniforme.
—¡Laurier guerrero!—continuó con una voz sarcástica que le extrañaba, como si procediese de otro—. ¡Pobre hombre!...
Ella dudó en su respuesta por no contrariar á Desnoyers. Pero la verdad pudo más en su ánimo, y dijo con simplicidad:
—No... no tenía mal aspecto. Era otro. Tal vez el uniforme; tal vez su tristeza al marchar solo, completamente solo, sin una mano que estrechase la suya. Yo tardé en conocerle. Al ver á mi hermano se aproximó; pero luego, viéndome á mí, siguió adelante... ¡Pobre! ¡Me da lástima!
Su instinto femenil debió indicarle que hablaba demasiado, y cortó bruscamente su charla. El mismo instinto le avisó igualmente por qué razón el rostro de Julio se ensombrecía y su boca tomaba el pliegue de una sonrisa amarga. Quiso consolarle, y añadió:
—Por suerte, tú eres extranjero y no irás á la guerra. ¡Qué horror si te perdiese!...
Lo dijo con sinceridad... Momentos antes envidiaba á los hombres, admirando la gallardía con que exponían su existencia, y ahora temblaba ante la idea de que su amante pudiera ser uno de ellos.
Este no agradeció su egoísmo amoroso, que lo colocaba aparte de los demás, como un ser delicado y frágil, apto únicamente para la adoración femenil. Prefería inspirar la envidia que había sentido ella al ver á su hermano cubierto de arreos belicosos. Le pareció que entre él y Margarita acababa de interponerse algo que no se derrumbaría nunca, que iría ensanchándose, repeliéndolos en dirección contraria... lejos... muy lejos, hasta donde no pudieran reconocerse al cruzar sus miradas.
Siguió tocando este obstáculo en las entrevistas sucesivas. Margarita extremaba sus palabras de cariño, mirándole con ojos húmedos. Sus manos acariciadoras parecían de madre más que de amante; su ternura iba acompañada de un desinterés y un pudor extraordinarios. Se quedaba obstinadamente en el estudio, evitando el pasar á las otras habitaciones.
—Aquí estamos bien... No quiero: es inútil. Tendría remordimientos... ¡Pensar en tales cosas en estos instantes!...
El ambiente estaba para ella saturado de amor; pero era un amor nuevo, un amor al hombre que sufre, un deseo de abnegación, de sacrificio. Este amor evocaba una imagen de blancas tocas, de manos trémulas curando la carne desgarrada y sangrienta.
Cada intento de posesión provocaba en Margarita una protesta vehemente y pudorosa, como si los dos se encontrasen por vez primera.
—Es imposible—decía—: pienso en mi hermano; pienso en tantos que conozco y tal vez á estas horas habrán muerto.
Llegaban noticias de combates; empezaba á correr en abundancia la sangre.
—No, no puedo—repetía ella.
Y cuando llegaba Julio á conseguir sus deseos, empleando la súplica ó la apasionada violencia, oprimía entre los brazos un ser falto de voluntad, que abandonaba una parte de su cuerpo insensible, mientras la cabeza seguía independientemente su trabajo mental.
Una tarde, Margarita le anunció que en adelante se verían con menos frecuencia. Tenía que asistir á sus clases: sólo le quedaban dos días libres.
Desnoyers la escuchó estupefacto. ¿Sus clases?... ¿Qué estudios eran los suyos?...
Ella pareció irritarse ante su gesto de burla... Sí; estaba estudiando; hacía una semana que asistía á clase. Ahora las lecciones iban á ser más continuas: se había organizado la enseñanza; los profesores eran más numerosos.
—Quiero ser enfermera. Sufro mucho al considerar mi inutilidad... ¿De qué he servido hasta ahora?...
Calló un momento, como si abarcase con la imaginación todo su pasado.
—A veces pienso—continuó—que la guerra, con todos sus horrores, tiene algo de bueno. Sirve para que seamos útiles á nuestros semejantes. Apreciemos la vida de un modo más serio; la desgracia nos hace comprender que hemos venido al mundo para algo... Yo creo que hay que amar la existencia no sólo por los goces que nos proporciona. Debe encontrarse una gran satisfacción en el sacrificio, en dedicarnos á los demás, y esta satisfacción, no sé por qué, tal vez por ser nueva, me parece superior á las otras.
Julio la miró con sorpresa, imaginándose lo que podía existir dentro de su cabecita adorada y frívola. ¿Qué se estaba formando más allá de su frente contraída por el movimiento rugoso de las ideas y que hasta entonces sólo había reflejado la ligera sombra de unos pensamientos veloces y aleteantes como pájaros?...
Pero la Margarita de antes vivía aún. La vió reaparecer con un mohín gracioso entre las preocupaciones que la guerra hacía crecer sobre las almas como follajes sombríos.
—Hay que estudiar mucho para conseguir el diploma de enfermera. ¿Te has fijado en el traje?... Es de lo más distinguido: el blanco va bien lo mismo á las rubias que á las morenas. Luego la toca, que permite los rizos sobre las orejas, el peinado de moda; y la capa azul sobre el uniforme, que ofrece un bonito contraste... Una mujer elegante puede realzar todo esto con joyas discretas y un calzado chic. Es una mezcla de monja y de gran dama que no sienta mal.
Iba á estudiar con verdadera furia para ser útil á sus semejantes... y vestir pronto el admirado uniforme.
¡Pobre Desnoyers!... La necesidad de verla y la falta de ocupación en unas tardes interminables que hasta entonces habían tenido más grato empleo le arrastraron á rondar por las cercanías de un palacio eternamente desocupado, donde acababa de instalar el gobierno la escuela de enfermeras. Al estar de plantón en una esquina, aguardando el revoloteo de una falda y el trotecito en la acera de unos pies femeniles, se imaginaba haber remontado el curso del tiempo y que aún tenía diez y ocho años, lo mismo que cuando esperaba en los alrededores de un taller de modisto célebre. Los grupos de mujeres que en horas determinadas salían de aquel palacio hacían aún más verosímil esta semejanza. Iban vestidas con rebuscada modestia: el aspecto de muchas de ellas resultaba más humilde que el de las obreras de la moda. Pero eran grandes damas. Algunas subían en automóviles cuyos chauffeurs llevaban uniforme de soldado por ser vehículos ministeriales.
Estas largas esperas le proporcionaron inesperados encuentros con las alumnas elegantes que entraban y salían.
—¡Desnoyers!—exclamaban unas voces femeniles detrás de él—. ¿No es Desnoyers?...
Y se veía obligado á cortar la duda saludando á unas señoras que lo contemplaban como si fuese un aparecido. Eran amistades de una época remota, de seis meses antes; damas que le habían admirado y perseguido, confiándose á su sabiduría de maestro para atravesar los siete círculos de la ciencia del tango. Le examinaban como si entre el último encuentro y el minuto actual hubiese ocurrido un gran cataclismo transformador de todas las leyes de la existencia, como si fuese el único y milagroso superviviente de una humanidad totalmente desaparecida.
Todas acababan por hacer las mismas preguntas:
—¿No va usted á la guerra?... ¿Cómo es que no lleva uniforme?
Intentaba explicarse, pero á las primeras palabras le interrumpían:
—Es verdad... Usted es extranjero.
Lo decían con cierta envídia. Pensaban sin duda en los individuos amados que arrostraban á aquellas horas las privaciones y riesgos de la guerra... Pero su condición de extranjero creaba instantáneamente cierto alejamiento espiritual, una extrañeza que Julio no había conocido en los buenos tiempos, cuando las gentes se buscaban sin reparos de origen, sin experimentar la retracción del peligro que aisla y concentra á los grupos humanos.
Se despedían las damas con una sospecha maliciosa. ¿Qué hacía allí esperando? ¿Alguna nueva aventura que le deparaba su buena suerte?... Y la sonrisa de todas ellas tenía algo de grave: una sonrisa de personas mayores que conocen el verdadero significado de la vida y sienten conmiseración ante los ilusos que aún se entretienen con frivolidades.
A Julio le hacía daño esto, como si fuese una manifestación de lástima. Se lo imaginaban ejerciendo la única función de que era capaz; él no podía servir para otra cosa. En cambio, aquellas casquivanas, que aún guardaban algo de su antiguo exterior, parecían animadas por el gran sentimiento de la maternidad: una maternidad abstracta que abarcaba á todos los hombres de su nación, un deseo de sacrificarse, de conocer de cerca las privaciones de los humildes, de sufrir con el contacto de todas las miserias de la carne enferma.
Este mismo ardor lo sentía Margarita al salir de sus lecciones. Avanzaba de asombro en asombro, saludando como grandes maravillas científicas los primeros rudimentos de la cirugía. Se admiraba á sí misma por la avidez con que iba apoderándose de estos misterios, nunca sospechados hasta entonces. En ciertos momentos creía con graciosa inmodestia haber torcido la verdadera finalidad de su existencia.
—¡Quién sabe si nací para ser una gran doctora!—decía.
Su temor era que le faltase serenidad en el instante de llevar á la práctica sus nuevos conocimientos. Verse ante las hediondeces de la carne abierta, contemplar el chorreo de la sangre, resultaba horroroso para ella, que había experimentado siempre una repugnancia invencible ante las bajas necesidades de la vida ordinaria. Pero sus vacilaciones eran cortas: una energía varonil la animaba de pronto. Los tiempos eran de sacrificio. ¿No se arrancaban los hombres de todas las comodidades de una existencia sensual para seguir la ruda carrera del soldado?... Ella sería un soldado con faldas, mirando de frente el dolor, batallando con él, hundiendo sus manos en la putrefacción de la materia descompuesta, penetrando como una sonrisa de luz en los lugares donde gemían los soldados esperando la llegada de la muerte.
Repetía con orgullo á Desnoyers todos los progresos que realizaba en la escuela, los vendajes complicados que conseguía ajustar, unas veces sobre los miembros de un maniquí, otras sobre la carne de un empleado que se prestaba á fingir las actitudes de un falso herido. Ella, tan delicada, incapaz en su casa del menor esfuerzo físico, aprendía los procedimientos más hábiles para levantar del suelo un cuerpo humano cargándolo en sus espaldas. ¡Quién sabe si alguna vez prestaría sus servicios en los campos de batalla! Se mostraba dispuesta á los mayores atrevimientos, con la audacia ignorante de las mujeres cuando las empuja una ráfaga de heroísmo. Toda su admiración era para las nurses del ejército inglés, damas enjutas, de nervioso vigor, que aparecían retratadas en los periódicos con pantalones, botas de montar y casco blanco.
Julio la oía con asombro. ¿Pero aquella mujer era realmente Margarita?... La guerra había borrado su graciosa frivolidad. Ya no marchaba como un pájaro. Sus pies se asentaban en el suelo con firmeza varonil, tranquila y segura de la nueva fuerza que se desarrollaba en su interior. Cuando una caricia de él le recordaba su condición de mujer, decía siempre lo mismo:
—¡Qué suerte que seas extranjero!... ¡Qué dicha verte libre de la guerra!
En su ansia de sacrificio, quería ir á los campos de batalla, y celebraba al mismo tiempo como una felicidad ver á su amante libre de los deberes militares. Este ilogismo no era acogido por Julio con gratitud; antes bien, le irritaba como una ofensa inconsciente.
«Cualquiera diría que me protege—pensaba—. Ella es el hombre, y se alegra de que la débil compañera, que soy yo, se halle á cubierto del peligro... ¡Qué situación tan grotesca!...»
Por fortuna, algunas tardes, al presentarse Margarita en el estudio, volvía á ser la misma de los tiempos pasados, haciéndole olvidar instantáneamente sus preocupaciones. Llegaba con la alegría del asueto que siente el colegial ó el empleado en los días libres. Al pesar obligaciones sobre ella, había conocido el valor del tiempo.
—Hoy no hay clase—gritaba al entrar.
Y arrojando su sombrero en un diván, iniciaba un paso de danza, huyendo con infantiles encogimientos de los brazos de su amante.
A los pocos minutos recobraba su serenidad, el gesto grave que era frecuente en ella desde el principio de las hostilidades. Hablaba de su madre, siempre triste, esforzándose por ocultar su pena y animada por la esperanza de una carta del hijo; hablaba de la guerra, comentando las últimas acciones con arreglo al retórico optimismo de los partes oficiales. Describía minuciosamente la primera bandera tomada al enemigo, como si fuese un traje de elegancia inédita. Ella la había visto en una ventana del Ministerio de la Guerra. Se enternecía al repetir los relatos de unos fugitivos belgas llegados á su hospital. Eran los únicos enfermos que había podido asistir hasta entonces. París no recibía aún heridos de guerra; por orden del gobierno los enviaban desde el frente á los hospitales del Sur.
Ya no oponía la resistencia de los primeros días á los deseos de Julio. Su aprendizaje de enfermera le daba cierta pasividad. Parecía despreciar las atracciones de la materia, despojándolas de la importancia espiritual que les había atribuído hasta poco antes. Se entregaba sin resistencia, sin deseo, con una sonrisa de tolerancia, satisfecha de poder dar un poco de felicidad, de la que ella no participaba. Su atención se había concentrado en otras preocupaciones.
Una tarde, estando en el dormitorio del estudio, sintió la necesidad de comunicar ciertas noticias que desde el día anterior llenaban su pensamiento. Saltó de la cama, buscando entre sus ropas en desorden el bolso de mano, que contenía una carta. Quería leerla una vez más, comunicar á alguien su contenido con el impulso irresistible que arrastra á la confesión.
Era una carta que su hermano le había enviado desde los Vosgos. Hablaba en ella de Laurier más que de su propia persona. Pertenecían á distinta batería, pero figuraban en la misma división y habían tomado parte en iguales combates. El oficial admiraba á su antiguo cuñado. ¡Quién habría podido adivinar un héroe futuro en aquel ingeniero tranquilo y silencioso!... Y sin embargo, era un verdadero héroe. Lo proclamaba el hermano de Margarita, y con él todos los oficiales que le habían visto cumplir su deber tranquilamente, arrostrando la muerte con la misma frialdad que si estuviese en su fábrica, cerca de París.
Solicitaba el puesto arriesgado de observador, deslizándose lo más cerca posible de los enemigos para vigilar la exactitud del tiro de la artillería, rectificándolo con sus indicaciones telefónicas. Un obús alemán había demolido la casa en cuyo techo estaba oculto. Laurier, al salir indemne de entre los escombros, reajustó su teléfono y fué tranquilamente á continuar el mismo trabajo en el ramaje de una arboleda cercana. Su batería, descubierta en un combate desfavorable por los aeroplanos enemigos, había recibido el fuego concentrado de la artillería de enfrente. En pocos minutos rodó por el suelo todo el personal: muerto el capitán y varios soldados, heridos los oficiales y casi todos los sirvientes de las piezas. Sólo quedó como jefe Laurier el Impasible—así lo apodaban sus camaradas—, y auxiliado por los pocos artilleros que se mantenían de pie, siguió disparando, bajo una lluvia de hierro y fuego, para cubrir la retirada de un batallón.
«Lo han citado dos veces en la orden del día—continuaba leyendo Margarita—. Creo que no tardará en conseguir la cruz. Es todo un valiente. ¡Quién lo hubiese creído hace unas semanas!...»
Ella no participaba de este asombro. Al vivir con Laurier había entrevisto muchas veces la firmeza de su carácter, el arrojo disimulado por su exterior apacible. Por algo la avisaba el instinto, haciéndole temer la cólera del marido en los primeros tiempos de su infidelidad. Recordaba el gesto de aquel hombre al sorprenderla una noche á la salida de la casa de Julio. Era de los apasionados que matan. Y sin embargo, no había intentado la menor violencia contra ella... El recuerdo de este respeto despertaba en Margarita un sentimiento de gratitud. Tal vez la había amado como ningún otro hombre.
Sus ojos, con un deseo irresistible de comparación, se fijaban en Desnoyers, admirando su gentileza juvenil. La imagen de Laurier, pesada y vulgar, acudía á su memoria como un consuelo. Era cierto que el oficial entrevisto por ella en la estación al despedir á su hermano no se parecía á su antiguo marido. Pero Margarita quiso olvidar al teniente pálido y de aire triste que había pasado ante sus ojos, para acordarse únicamente del industrial preocupado de las ganancias é incapaz de comprender lo que ella llamaba «las delicadezas de una mujer chic». Decididamente, Julio era más seductor. No se arrepentía de su pasado: no quería arrepentirse.
Y su egoísmo amoroso le hizo repetir una vez más las mismas exclamaciones:
—¡Qué suerte que seas extranjero!... ¡Qué alegría verte libre de los peligros de la guerra!
Julio sintió la irritación de siempre al oir esto. Le faltó poco para cerrar con una mano la boca de su amante. ¿Quería burlarse de él?... Era un insulto colocarlo aparte de los otros hombres.
Mientras tanto, ella, con el ilogismo de su aturdimiento, insistía en hablar de Laurier, comentando sus hazañas.
—No le quiero, no le he querido nunca. No pongas la cara triste. ¿Cómo puede compararse el pobre contigo?... Pero hay que reconocer que ofrece cierto interés en su nueva existencia. Yo me alegro de sus hazañas como si fuesen de un amigo viejo, de una visita de mi familia á la que no hubiese visto en mucho tiempo... El pobre merecía mejor suerte: haber encontrado una mujer que no fuese yo, una compañera al nivel de sus aspiraciones... Te digo que me da lástima.
Y esta lástima era tan intensa, que humedecía sus ojos, despertando en el amante la tortura de los celos.
De estas entrevistas salía Desnoyers malhumorado y sombrío.
—Sospecho que estamos en una situación falsa—dijo una mañana á Argensola—; la vida va á sernos cada vez más penosa. Es difícil permanecer tranquilo, siguiendo la misma existencia de antes, en medio de un pueblo que se bate.
El compañero creía lo mismo. También consideraba insufrible su existencia de extranjero joven en este París agitado por la guerra.
—Debe uno ir enseñando los papeles á cada instante para que la policía se convenza de que no ha encontrado á un desertor. En un vagón del Metro tuve que explicar la otra tarde que era español á unas muchachas que se extrañaban de que no estuviese en el frente... Una de ellas, luego de conocer mi nacionalidad, me preguntó con sencillez por qué no me ofrecía como voluntario... Ahora han inventado una palabra: «emboscado». Estoy harto de las miradas irónicas con que acogen mi juventud en todas partes; me da rabia que me tomen por un francés «emboscado».
Una ráfaga de heroísmo sacudía al impresionable bohemio. Ya que todos iban á la guerra, él quería hacer lo mismo. No sentía miedo á la muerte: lo único que le aterraba era la servidumbre militar, el uniforme, la obediencia mecánica á toque de trompeta, la supeditación ciega á los jefes. Batirse no ofrecía para él dificultades, pero libremente ó mandando á otros, pues su carácter se encabritaba ante todo lo que significase disciplina. Los grupos extranjeros de París intentaban organizar cada uno su legión de voluntarios, y él proyectaba igualmente la suya: un batallón de españoles é hispanoamericanos, reservándose, naturalmente, la presidencia del comité organizador y luego la comandancia del cuerpo.
Había lanzado anuncios en los periódicos: lugar de inscripción, el estudio de la rue de la Pompe. En diez días se habían presentado dos voluntarios: un oficinista, resfriado en pleno verano, que exigía ser oficial porque llevaba chaqué, y un tabernero español que á las primeras palabras quiso despojar de su comandancia á Argensola con el fútil pretexto de haber sido soldado en su juventud, mientras el otro sólo era un pintor. Veinte batallones españoles se iniciaban al mismo tiempo con igual éxito en distintos lugares de París. Cada entusiasta quería ser jefe de los demás, con la soberbia individualista y la repugnancia á la disciplina propias de la raza. Al fin, los futuros caudillos, faltos de soldados, buscaban inscribirse como simples voluntarios... pero en un regimiento francés.
—Yo espero á ver qué hacen los Garibaldi—dijo Argensola modestamente—. Tal vez me vaya con ellos.
Este nombre glorioso le hacía tolerable la servidumbre guerrera. Pero luego vacilaba: tendría de todos modos que obedecer á alguien en este cuerpo de voluntarios, y él era rebelde á una obediencia que no fuese precedida de largas discusiones... ¿Qué hacer?
—Ha cambiado la vida en medio mes—- continuó—. Parece que hayamos caído en otro planeta: nuestras habilidades antiguas carecen de sentido. Otros pasan á las primeras filas, los más humildes y obscuros, los que ocupaban antes el último término. El hombre refinado y de complicaciones espirituales se ha hundido, quién sabe por cuántos años... Ahora sube á la superficie como triunfador el hombre simple, de ideas limitadas, pero firmes, que sabe obedecer. Ya no estamos de moda.
Desnoyers asintió. Así era: ya no estaban de moda. El podía afirmarlo, que había conocido la notoriedad y pasaba ahora como un desconocido entre las mismas gentes que le admiraban meses antes.
—Tu reino ha terminado—dijo Argensola riendo—. De nada te sirve ser buen mozo. Yo, con un uniforme y una cruz en el pecho, te vencería ahora en una rivalidad amorosa. El oficial únicamente hace soñar en tiempos de paz á las señoritas de provincias. Pero estamos en guerra, y toda mujer tiene despierto el entusiasmo ancestral que sintieron sus remotas abuelas por la bestia agresiva y fuerte... Las grandes damas que hace meses complicaban sus deseos con sutilezas psicológicas, admiran ahora al militar con la misma sencillez de la criada que busca al soldado de línea. Sienten ante el uniforme el entusiasmo humilde y servil de las hembras de animalidad inferior ante las crestas, melenas y plumajes de sus machos peleadores. ¡Ojo, maestro!... Hay que seguir el nuevo curso del tiempo ó resignarse á perecer obscuramente: el tango ha muerto.
Y Desnoyers pensó que, efectivamente, eran dos seres que estaban al margen de la vida. Esta había dado un salto, cambiando de cauce. No quedaba lugar en la nueva existencia para aquel pobre pintor de almas y para él, héroe de una vida frívola, que había alcanzado de cinco á siete de la tarde los triunfos más envidiados por los hombres.
III
La retirada
La guerra había extendido uno de sus tentáculos hasta la avenida Víctor Hugo. Era una guerra sorda, en la que el enemigo, blando, informe, gelatinoso, parecía escaparse de entre las manos para reanudar un poco más allá sus hostilidades.
—Tengo á Alemania metida en casa—decía Marcelo Desnoyers.
Alemania era doña Elena, la esposa de von Hartrott. ¿Por qué no se la había llevado su hijo, aquel profesor de inaguantable insuficiencia, que él consideraba ahora como un espía?... ¿Por qué capricho sentimental había querido permanecer al lado de su hermana, perdiendo la oportunidad de regresar á Berlín antes de que se cerrasen las fronteras?...
La presencia de esta mujer era para él un motivo de remordimientos y alarmas. Afortunadamente, los criados, el chauffeur, todos los de la servidumbre masculina, estaban en el ejército. Las dos chinas recibieron una orden con tono amenazante. Mucho cuidado al hablar con las otras criadas francesas; ni la menor alusión á la nacionalidad del marido de doña Elena y al domicilio de su familia. Doña Elena era argentina... Pero á pesar del silencio de las doncellas, don Marcelo temía alguna denuncia del patriotismo exaltado, que se dedicaba con incansable fervor á la caza de espías, y que la hermana de su mujer se viese confinada en un campo de concentración como sospechosa de tratos con el enemigo.
La señora von Hartrott correspondía mal á estas inquietudes. En vez de guardar un discreto silencio, introducía la discordia en la casa con sus opiniones.
Durante los primeros días de la guerra se mantuvo encerrada en su cuarto, reuniéndose con la familia solamente cuando la llamaban al comedor. Con los labios fruncidos y la mirada perdida se sentaba á la mesa, fingiendo no escuchar los desbordamientos verbales del entusiasmo de don Marcelo. Este describía las salidas de tropas, las escenas conmovedoras en calles y estaciones, comentando con un optimismo incapaz de duda las primeras noticias de la guerra. Dos cosas consideraba por encima de toda discusión. La bayoneta era el secreto del francés, y los alemanes sentían un estremecimiento de pavor ante su brillo, escapando irremediablemente. El cañón de 75 se había acreditado como una joya única. Sólo sus disparos eran certeros. La artillería enemiga le inspiraba lástima, pues si alguna vez daba en el blanco casualmente, sus proyectiles no llegaban á estallar... Además, las tropas francesas habían entrado victoriosas en Alsacia: ya eran suyas varias poblaciones.
—Ahora no es como en el 70—decía, blandiendo el tenedor ó agitando la servilleta.—. Los vamos á llevar á patadas al otro lado del Rhin. ¡A patadas!... ¡eso es!
Chichí asentía con entusiasmo, mientras doña Elena elevaba sus ojos como si protestase silenciosamente ante alguien que estaba oculto en el techo, poniéndolo por testigo de tantos errores y blasfemias.
Doña Luisa iba á buscarla después en el retiro de su habitación, creyéndola necesitada de consuelo por vivir lejos de los suyos. «La romántica» no mantenía su digno silencio ante esta hermana que siempre había acatado su instrucción superior. Y la pobre señora quedaba aturdida por el relato que le iba haciendo de las fuerzas enormes de Alemania, con toda su autoridad de esposa de un gran patriota germánico y madre de un profesor casi célebre. Los millones de hombres surgían á raudales de su boca; luego desfilaban los cañones á millares, los morteros monstruosos, enormes como torres. Y sobre estas inmensas fuerzas de destrucción aparecía un hombre que valía por sí solo un ejército, que lo sabía todo y lo podía todo, hermoso, inteligente é infalible como un dios: el emperador.
—Los franceses ignoran lo que tienen enfrente—- continuaba doña Elena—. Los van á aniquilar. Es asunto de un par de semanas. Antes que termine Agosto, el emperador habrá entrado en París.
Impresionada la señora Desnoyers por estas profecías, no podía ocultarlas á su familia. Chichí se indignaba contra la credulidad de la madre y el germanismo de su tía. Un enardecimiento belicoso se había apoderado del antiguo «peoncito». ¡Ay, si las mujeres pudiesen ir á la guerra!... Se veía de jinete en un regimiento de dragones, cargando al enemigo con otras amazonas tan arrogantes y hermosotas como ella. Luego, la afición al patinaje predominaba sobre sus gustos de cabalgadora, y quería ser cazador alpino, «diablo azul» de los que se deslizan sobre largos patines, con la carabina en la espalda y el alpenstock en la diestra, por las nevadas pendientes de los Vosgos.
Pero el gobierno despreciaba á las mujeres, y ella no podía obtener otra participación en la guerra que la de admirar el uniforme de su novio René Lacour, convertido en soldado. El hijo del senador ofrecía un lindo aspecto. Alto, rubio, de una delicadeza algo femenil que recordaba á la difunta madre, René era un «soldadito de azúcar» en opinión de su novia. Chichí experimentaba cierto orgullo al salir á la calle al lado de este guerrero, encontrando que al uniforme había aumentado las gracias de su persona. Pero una contrariedad fué nublando poco á poco su alegría. El príncipe senatorial no era mas que soldado raso. Su ilustre padre, por miedo á que la guerra cortase para siempre la dinastía de los Lacour, preciosa para el Estado, lo había hecho agregar á los servicios auxiliares del ejército. De este modo, Lacour (hijo) no saldría de París. Pero en tal situación, era un soldado igual á los que amasan panes ó remiendan capotes. Únicamente yendo al frente de la guerra, su calidad de alumno de la Escuela Central podía, hacer de él un subteniente agregado á la artillería de reserva.
—¡Qué felicidad que te quedes en París! ¡Cuánto me gusta que seas simple soldado!...
Y al mismo tiempo que Chichí decía esto, pensaba con envidia en sus amigas cuyos novios y hermanos eran oficiales. Ellas podían salir á la calle escoltadas por un kepis galoneado que atraía las miradas de los transeuntes y los saludos de los inferiores.
Cada vez que doña Luisa, aterrada por los vaticinios de su hermana, pretendía comunicar su pavor á la hija, ésta se revolvía furiosa:
—¡Mentiras de la tía!... Como su marido es alemán, todo lo ve á gusto de sus deseos. Papá sabe más; el padre de René está mejor enterado de las cosas. Les vamos á largar la gran paliza. ¡Qué gusto que golpeen á mi tío de Berlín y á todos mis primos, tan pretenciosos!...
—Cállate—gemía la madre—. No digas disparates. La guerra te ha vuelto loca como á tu padre.
La buena señora se escandalizaba al escuchar la explosión de sus salvajes deseos siempre que hacía memoria del emperador. En tiempo de paz, Chichí había admirado algo á este personaje «Es guapo—decía—pero con una sonrisa muy ordinaria.» Ahora todos sus odios los concentraba en él. ¡Las mujeres que lloraban por su culpa á aquellas horas! ¡Las madres sin hijos, las mujeres sin esposo, los pobres niños abandonados ante las poblaciones en llamas!... ¡Ah, mal hombre!... Surgía en su diestra el antiguo cuchillo de «peoncito», una daga con puño de plata y funda cincelada, regalo del abuelo, que había exhumado de entre los recuerdos de su infancia, olvidados en una maleta. El primer alemán que se acercase á ella estaba condenado á muerte. Doña Luisa se aterraba viéndola blandir el arma ante el espejo de su tocador. Ya no quería ser soldado de caballería ni «diablo azul». Se contentaba con que la dejasen en un espacio cerrado, frente al monstruo odioso. En cinco minutos resolvería ella el conflicto mundial.
—¡Defiéndete, boche!—gritaba poniéndose en guardia, como lo había visto hacer en su niñez á los peones de la estancia.
Y con una cuchillada de abajo á arriba echaba al aire las majestáticas entrañas. Acto seguido resonaba en su cerebro una aclamación, el suspiro gigantesco de millones de mujeres que se veían libres de la más sangrienta de las pesadillas gracias á ella, que era Judith, Carlota Corday, un resumen de todas las hembras heroicas que mataron por hacer el bien. Su furia salvadora le hacía continuar puñal en mano la imaginaria matanza. ¡Segundo golpe!: el príncipe heredero rodando por un lado y su cabeza por otro. ¡Una lluvia de cuchilladas!: todos los generales invencibles de que hablaba su tía huyendo con las tripas en las manos, y á la cola de ellos, como lacayo adulador que recibía igualmente su parte, el tío de Berlín... ¡Ay, si se le presentase ocasión para realizar sus deseos!
—Estás loca—protestaba la madre—: loca de remate. ¿Cómo puede decir eso una señorita?...
Doña Elena, al sorprender fragmentariamente estos delirios de su sobrina, elevaba los ojos al cielo, absteniéndose en adelante de comunicarle sus opiniones, que reservaba enteras para la madre.
La indignación de don Marcelo tomaba otra forma cuando su esposa le repetía las noticias de su hermana. ¡Todo mentira!... La guerra marchaba perfectamente. En la frontera del Este, los ejércitos franceses habían avanzado por el interior de Alsacia y la Lorena anexionada.
—Pero ¿y Bélgica invadida?—preguntaba doña Luisa—. ¿Y los pobres belgas?
Desnoyers contestaba indignado:
—Eso de Bélgica es una traición... Y una traición nada vale entre personas decentes.
Lo decía de buena fe, como si la guerra fuese un duelo donde el traidor quedaba descalificado y en la imposibilidad de continuar sus felonías. Además, la heroica resistencia de Bélgica le infundía absurdas ilusiones. Los belgas le parecían hombres sobrenaturales destinados á las más estupendas hazañas... ¡Y él que no había concedido hasta entonces atención alguna á este pueblo!... Por unos días vió en Lieja una ciudad santa ante cuyos muros iba á estrellarse todo el poderío germánico. Al caer Lieja, su fe inquebrantable encontró un nuevo asidero. Quedaban muchas Liejas en el interior. Podían entrar más adentro los alemanes: luego se vería cuántos lograban salir. La entrega de Bruselas no le produjo inquietud. ¡Una ciudad abierta!... Su rendición estaba prevista: así los belgas se defenderían mejor en Amberes. El avance de los alemanes hacia la frontera francesa tampoco le produjo alarma. En vano su cuñada, con una brevedad maligna, iba mencionando en el comedor los progresos de la invasión, indicados confusamente por los periódicos. Los alemanes estaban ya en la frontera.
—¿Y qué?—gritaba don Marcelo—. Pronto encontrarán á quien hablar. Joffre les sale al paso. Nuestros ejércitos estaban en el Este, en el sitio que les correspondía, en la verdadera frontera, en la puerta de la casa. Pero éste es un amigo traidor y cobarde, que en vez de dar la cara entra por la espalda, saltando las tapias del corral, lo mismo que los ladrones... De nada le servirá su traición. Los franceses ya están en Bélgica y ajustarán las cuentas á los alemanes. Los aplastaremos, para que no perturben otra vez la paz del mundo. Y á ese maldito sujeto de los bigotes tiesos lo expondremos en una jaula en la plaza de la Concordia.
Chichí, animada por las afirmaciones paternales, se lanzaba á imaginar una serie de tormentos y escarnios vengativos como complemento de tal exposición.
Lo que más irritaba á la señora von Hartrott eran las alusiones al emperador. En los primeros días de la guerra, su hermana la había sorprendido llorando ante las caricaturas de los periódicos y ciertas hojas vendidas en las calles.
—¡Un hombre tan excelente... tan caballero... tan buen padre de familia! El no tiene la culpa de nada. Son los enemigos los que le han provocado.
Y su veneración á los poderosos le hacía considerar las injurias contra el admirado personaje con más vehemencia que si fuesen dirigidas á su propia familia.
Una noche, estando en el comedor, abandonó su mutismo trágico. Varios sarcasmos dirigidos por Desnoyers contra el héroe agolparon las lágrimas en sus ojos. Este enternecimiento la sirvió para recordar á sus hijos, que figuraban indudablemente en el ejército de invasión.
Su cuñado deseaba el exterminio de todos los enemigos. ¡Que no quedase uno solo de aquellos bárbaros con casco puntiagudo que acababan de incendiar á Lovaina y otras poblaciones, fusilando á paisanos indefensos, mujeres, ancianos, niños!...
—Tú olvidas que soy madre—gimió la señora de Hartrott—. Olvidas que entre esos cuyo exterminio pides están mis hijos.
Y rompió á llorar. Desnoyers vió de pronto el abismo que existía entre él y aquella mujer alojada en su propia casa. Su indignación se sobrepuso á las consideraciones de familia... Podía llorar por sus hijos cuanto quisiera: estaba en su derecho. Pero estos hijos eran agresores y hacían el mal voluntariamente. A él sólo le inspiraban interés las otras madres que vivían tranquilamente en las risueñas poblaciones belgas y de pronto habían visto fusilados sus hijos, atropelladas sus hijas, ardiendo sus viviendas.
Doña Elena lloró más fuerte, como si esta descripción de horrores significase un nuevo insulto para ella. ¡Todo mentira! El kaiser era un hombre excelente, sus soldados unos caballeros, el ejército alemán un ejemplo de civilización y de bondad. Su marido había pertenecido á este ejército; sus hijos marchaban en sus filas. Y ella conocía á sus hijos: unos jóvenes bien educados, incapaces de ninguna mala acción. Calumnias de los belgas, que no podía escuchar tranquilamente... Y se arrojó con dramático abandono en los brazos de su hermana.
El señor Desnoyers se sintió furioso contra el destino, que le obligaba á convivir con esta mujer. ¡Qué cadena para la familia!... Y las fronteras seguían cerradas, siendo imposible desprenderse de ella.
—Está bien—dijo—; no hablemos más de eso: no llegaríamos á entendernos. Pertenecemos á dos mundos distintos. ¡Lástima que no puedas irte con los tuyos!...
Se abstuvo en adelante de hablar de la guerra cuando su cuñada estaba presente. Chichí era la única que conservaba su entusiasmo agresivo y ruidoso. Al leer en los diarios noticias de fusilamientos, saqueos, quemas de ciudades, éxodos dolorosos de gentes que veían convertido en pavesas todo lo que alegraba su existencia, sentía otra vez la necesidad de repetir sus puñaladas imaginarias. ¡Ay, si ella tuviese á mano uno de aquellos bandidos! ¿Qué hacían los hombres de bien que no los exterminaban á todos?...
A continuación veía á René con su uniforme flamante, dulce de maneras, sonriente, como si todo lo que ocurría sólo significase para él un cambio de vestimenta, y exclamaba con un acento enigmático:
—¡Qué suerte que no vayas al frente!... ¡Qué alegría que no corras peligro!
El novio aceptaba estas palabras como una prueba de amoroso interés.
Un día, don Marcelo pudo apreciar sin salir de París los horrores de la guerra. Tres mil fugitivos belgas estaban alojados provisionalmente en un circo, antes de ser distribuídos en provincias. Desnoyers entró en este local, que meses antes había visitado con su familia. Aún estaban en el vestíbulo los anuncios de los regocijados espectáculos que había presenciado.
Dentro percibió un hedor de muchedumbre enferma, miserable y amontonada, semejante al que se huele en un presidio ó un hospital pobre. Vió gentes que parecían locas ó estúpidas por el dolor. No conocían exactamente el lugar donde estaban; habían llegado hasta allí sin saber cómo. El horroroso espectáculo de la invasión persistía en su memoria, ocupándola por entero, no dejando lugar á las impresiones siguientes. Veían aún cómo entraba la avalancha de los hombres con casco en sus tranquilos pueblos: las casas cubiertas de llamas repentinamente, la soldadesca haciendo fuego sobre los que huían, las mujeres agonizando destrozadas bajo la aguda persistencia del ultraje carnal, los ancianos quemados vivos, los niños deshechos á sablazos en sus cunas, todos los sadismos de la bestia humana enardecida por el alcohol y la impunidad... Algunos octogenarios contaban, llorando, cómo los soldados de un pueblo civilizado cortaban los pechos á las mujeres para clavarlos en las puertas, cómo paseaban á guisa de trofeo un recién nacido ensartado en una bayoneta, cómo fusilaban á los ancianos en el mismo sillón donde los tenía inmóviles su dolorosa vejez, torturándoles antes con burlescos suplicios.
Habían huído sin saber adonde iban, perseguidos por el incendio y la metralla, locos de terror, como escapaban las muchedumbres medioevales ante el galopar de las hordas de hunos y mogoles. Y esta fuga había sido á través de la Naturaleza en fiesta, en el más opulento de los meses, cuando la tierra estaba erizada de espigas, cuando el cielo de Agosto era más luminoso y los pájaros saludaban con su regocijo vocinglero la opulencia de la cosecha.
Revivía la visión del inmenso crimen en aquel circo repleto de muchedumbres errantes. Los niños gemían con un llanto igual al balido de los corderos; los hombres miraban en torno con ojos de espanto; algunas mujeres aullaban como locas. Las familias se habían disgregado en el terror de la huída. Una madre de cinco pequeños sólo conservaba uno. Los padres, al verse solos, pensaban con angustia en los desaparecidos. ¿Volverían á encontrarlos?... ¿Habrían muerto á aquellas horas?...
Don Marcelo regresó á su casa apretando los dientes, moviendo su bastón de un modo alarmante. ¡Ah, bandidos!... Deseaba de pronto que su cuñada cambiase de sexo; ¿por qué no era un hombre?... Aún le parecía mejor que de repente pudiese tomar la forma de su marido von Hartrott. ¡Qué entrevista tan interesante la de los dos cuñados!...
La guerra había despertado el sentimiento religioso en los hombres y aumentado la devoción de las mujeres. Los templos estaban llenos. Doña Luisa ya no limitaba sus excursiones á las iglesias del distrito. Con la audacia que infunden las circunstancias extraordinarias, se lanzaba á pie á través de París, yendo á la Magdalena, á Nuestra Señora ó al lejano Sagrado Corazón, sobre la cumbre de Montmartre. Las fiestas religiosas se animaban con el apasionamiento de las asambleas populares. Los predicadores eran tribunos. El entusiasmo patriótico cortaba á veces con aplausos los sermones. Todas las mañanas, la señora Desnoyers, al abrir los periódicos, antes de buscar los telegramas de la guerra perseguía otra noticia. «¿Adónde irá hoy Monseñor Amette?» Luego, bajo las bóvedas del templo, unía su voz al coro devoto que imploraba una intervención sobrenatural. «¡Señor, salva á la Francia!» La religiosidad patriótica colocaba Santa Genoveva á la cabeza de los bienaventurados. Y de todas estas fiestas volvía trémula de fe, esperando un milagro semejante al que había realizado la santa de París ante las hordas invasoras de Atila.
Doña Elena también visitaba las iglesias, pero las más cercanas á la casa. Su cuñado la vió entrar una tarde en Saint-Honorée d'Eylau. El templo estaba repleto de fieles; sobre el altar figuraban en haz las banderas de Francia y las naciones aliadas. La muchedumbre implorante no se componía únicamente de mujeres. Desnoyers vió hombres de su edad, erguidos, graves, moviendo los labios, fijando en el altar una mirada vidriosa que reflejaba como estrellas perdidas las llamas de los cirios... Y volvió á sentir envidia... Eran padres que recordaban las oraciones de su niñez pensando en los combates y en sus hijos. Don Marcelo, que había considerado siempre con indiferencia á la religión, reconoció de pronto la necesidad de la fe. Quiso orar como los otros, con un rezo de intención vaga, indeterminada, comprendiendo en él á todos los seres que luchaban y morían por una tierra que él no había sabido defender.
Vió con escándalo cómo la esposa de Hartrott se arrodillaba entre estas gentes, elevando luego los ojos para fijarlos en la cruz con una mirada de angustiosa súplica. Pedía al cielo por su marido el alemán, que tal vez á aquellas horas empleaba todas sus facultades de energúmeno en la mejor organización del aplastamiento de los débiles; rezaba por sus hijos, oficiales del rey de Prusia, que revólver en mano entraban en pueblos y granjas, llevando ante ellos á la muchedumbre despavorida, dejando á sus espaldas el incendio y la muerte. ¡Y estas oraciones iban á confundirse con las de las madres que rogaban por la juventud encargada de contener á los bárbaros, con los ruegos de aquellos hombres graves y rígidos en su trágico dolor!...
Tuvo que contenerse para no gritar, y salió del templo. Su cuñada no tenía derecho á arrodillarse entre aquellas gentes.
—Debían expulsarla—murmuró indignado—. Coloca á Dios en un compromiso con sus oraciones absurdas.
Pero, á pesar de su cólera, tenía que sufrirla cerca de él, esforzándose al mismo tiempo por evitar que trascendiese al exterior la segunda nacionalidad que había adquirido con su matrimonio.
Representaba un gran tormento para don Marcelo contener sus palabras cuando estaba en el comedor con la familia. Quería evitar la nerviosidad de su cuñada, que prorrumpía en lágrimas y suspiros á la menor alusión contra su héroe; temía igualmente las quejas de la esposa, pronta siempre á defender á su hermana como si fuese una víctima... ¡Que un hombre de su carácter se viese obligado en la propia casa á vigilar su lengua y hablar con eufemismos!... La única satisfacción que podía permitirse consistía en dar noticias de las operaciones militares. Los franceses habían entrado en Bélgica. «Parece que los boches han recibido un buen golpe.» El menor choque de caballería, un simple encuentro de avanzadas, lo glorificaba como un hecho decisivo. «También en Lorena nos los llevamos por delante...» Pero de repente pareció cegarse la fuente de optimismos. En el mundo no ocurría nada extraordinario, á juzgar por los periódicos. Seguían publicando historietas de la guerra para mantener el entusiasmo, pero ninguna noticia cierta. El gobierno lanzaba comunicados de vaga y retórica sonoridad. Desnoyers se alarmó: su instinto le avisaba el peligro. «Algo hay que no marcha—pensaba—; debe haberse roto algún resorte.»
Esta falta de noticias coincidió con una repentina animación de doña Elena. ¿Con quién hablaba aquella mujer? ¿Qué encuentros eran los suyos cuando salía á la calle?... Sin perder su humildad de víctima, con la mirada dolorosa y la boca algo torcida, hablaba y hablaba traidoramente. ¡El tormento de don Marcelo al escuchar al enemigo albergado en su casa!... Los franceses habían sido derrotados á un mismo tiempo en Lorena y en Bélgica. Un cuerpo de ejército se había desbandado: muchos prisioneros, muchos cañones perdidos. «¡Mentiras, exageraciones de los alemanes!», gritaba Desnoyers. Y Chichí ahogaba con sus carcajadas de muchacha insolente las noticias de la tía de Berlín, «Yo no sé—continuaba ésta con maligna molestia—; tal vez no sea cierto. Lo he oído decir.» Su cuñado se indignaba. ¿Dónde lo había oído decir? ¿Quién le daba tales noticias?...
Y para desahogar su mal humor, prorrumpía en imprecaciones contra el espionaje enemigo, contra la incuria de la policía, que toleraba la permanencia de tantos alemanes ocultos en París. Pero de pronto tenía que callarse, al pensar en su propia conducta. El también contribuía involuntariamente á mantener y albergar al enemigo.
La caída del ministerio y la constitución de un gobierno de defensa nacional le hicieron ver que algo grave estaba ocurriendo. Las alarmas y lloros de doña Luisa aumentaron su nerviosidad. Ya no volvía la buena señora entusiasmada y heroica de sus visitas á las iglesias. Las conversaciones á solas con su hermana le infundían un terror que pretendía comunicar luego al esposo. «Todo está perdido... Elena es la única que sabe la verdad.»
Desnoyers fué en busca del senador Lacour. Conocía á todos los ministros: nadie mejor enterado que él. «Sí, amigo mío—dijo el personaje con tristeza—, dos grandes descalabros en Morhange y en Charleroi, al Este y al Norte. Los enemigos van á invadir el suelo de Francia... Pero nuestro ejército se mantiene intacto y se retira en buen orden. Aún puede cambiar la fortuna. Una gran desgracia, pero no está todo perdido.»
Los preparativos de defensa de París eran activados... algo tarde. Los fuertes se armaban con nuevos cañones; desaparecían bajo los picos de la demolición oficial las casuchas elevadas en la zona de tiro durante los años de paz; los árboles de las avenidas exteriores caían cortados para ensanchar el horizonte; barricadas de sacos de tierra y de troncos obstruían las puertas de las antiguas murallas. Los curiosos recorrían los alrededores para admirarlas trincheras recién abiertas y los alambrados con púas. El Bosque de Bolonia se llenaba de rebaños. Junto á montañas de alfalfa seca, toros y ovejas se agrupaban en las praderas de fino césped. La seguridad del sustento preocupaba á una población que mantenía vivo aún el recuerdo de las miserias sufridas en 1870. Cada noche era más débil el alumbrado en las calles. El cielo, en cambio, estaba rayado incesantemente por las mangas de luz de los reflectores. El miedo á una agresión aérea venía á aumentar las inquietudes públicas. Las gentes medrosas hablaban de los zeppelines, atribuyéndoles un poder irresistible, con la exageración que acompaña á los peligros misteriosos.
Doña Luisa aturdía con su pánico al marido. Este pasaba los días en una alarma continua, teniendo que infundir ánimo á su mujer, temblorosa y lloriqueante. «Van á llegar, Marcelo; me lo dice el corazón. Yo no puedo vivir así. La niña... ¡la niña!» Aceptaba ciegamente todas las afirmaciones de su hermana. Lo único que ponía en duda era la caballerosidad y la disciplina de aquellas tropas en las que figuraban sus sobrinos. Las noticias de las atrocidades cometidas en Bélgica con las mujeres le merecían igual fe que los avances del enemigo anunciados por Elena. «La niña, Marcelo... ¡la niña!» Y el caso era que la niña, objeto de tales inquietudes, reía con la insolencia de su juventud vigorosa, al escuchar á la madre: «Que vengan esos sinvergüenzas. Tendría gusto en verles la cara.» Y contraía la diestra, como si empuñase ya el cuchillo vengador.
El padre se cansó de esta situación. Le quedaba uno de sus automóviles-monumentos, que podía guiar un chauffeur extranjero. ?l senador Lacour obtuvo los papeles necesarios para el viaje de la familia, y Desnoyers dió órdenes á su esposa con un tono que no admitía réplica. Debían irse á Biarritz ó á las estaciones veraniegas del Norte de España. Casi todas las familias sudamericanas habían salido en la misma dirección. Doña Luisa intentó oponerse: le era imposible partir sin su esposo. En tantos años de matrimonio no se habían separado una sola vez. Pero la hosca negativa de don Marcelo cortó sus protestas. Él se quedaba. Entonces, la pobre señora corrió á la rue de la Pompe. ¡Su hijo!... Julio apenas escuchó á la madre. ¡Ay, éste se quedaba también! Y al fin, el imponente automóvil emprendió la marcha hacia el Sur, llevando á doña Luisa, á su hermana, que aceptaba con gusto este alejamiento de las admiradas tropas del emperador, y á Chichí, contenta de que la guerra le proporcionase una excursión á las playas de moda frecuentadas por sus amigas.
Don Marcelo se vió solo. Las doncellas cobrizas habían seguido en ferrocarril la fuga de las señoras. Al principio se sintió desorientado en esta soledad; le causaron extrañeza las comidas en el restorán, las noches pasadas en unas habitaciones desiertas y enormes que guardaban aún las huellas de su familia. Los otros pisos de la casa estaban igualmente vacíos. Todos los habitantes eran extranjeros que habían escapado discretamente, ó franceses sorprendidos por la guerra cuando veraneaban en sus posesiones del campo.
El instinto le hizo ir en sus paseos hasta la rue de la Pompe, mirando de lejos el ventanal del estudio. ¿Qué haría su hijo?... De seguro que continuaba su vida alegre é inútil. Para hombres como él, nada existía más allá de las frivolidades de su egoísmo.
Desnoyers estaba satisfecho de su resolución. Seguir á la familia le parecía un delito. Bastante le martirizaba el recuerdo de su fuga á América. «No, no vendrán—se dijo repetidas veces, con el optimismo del entusiasmo—. Tengo el presentimiento de que no llegarán á París. ¡Y si llegan...!» La ausencia de los suyos le proporcionaba el valor alegre y desenfadado de la juventud. Por su edad y sus dolencias no era capaz de hacer la guerra á campo raso, pero podía disparar un fusil, inmóvil en una trinchera, sin miedo á la muerte. ¡Que vinieran!... Lo deseaba con la vehemencia de un buen pagador ganoso de satisfacer cuanto antes una deuda antigua.
Encontró en las calles de París muchos grupos de fugitivos. Eran del Norte y el Este de Francia y habían escapado ante el avance de los alemanes. De todos los relatos de esta muchedumbre dolorosa, que no sabía adónde ir y no contaba con otro recurso que la piedad de las gentes, lo más impresionante para él eran los atentados á la propiedad. Fusilamientos y asesinatos le hacían cerrar los puños, prorrumpiendo en deseos de venganza. Pero los robos autorizados por los jefes, los saqueos en masa por orden superior, seguidos del incendio, le parecían tan inauditos, que permanecía silencioso, como si la estupefacción paralizase su pensamiento. ¡Y un pueblo con leyes podía hacer la guerra de este modo, lo mismo que una tribu de indios que parte al combate para robar!... Su adoración al derecho de propiedad se revolvía furiosa contra estos sacrilegios.