← Table of contents
Los cuatro jinetes del apocalipsis

PRIMERA PARTE (continued 3)

Reading edition

IV

El primo de Berlín

El estudio de Julio Desnoyers ocupaba el último piso sobre la calle. El ascensor y la escalera principal terminaban ante su puerta. A sus espaldas, dos pequeños departamentos recibían la luz de un patio interior, teniendo como único medio de comunicación la escalera de servicio, que ascendía hasta las buhardillas.

Argensola, al quedarse en el estudio durante el viaje de su compañero, había buscado la amistad de estos vecinos de piso. La más grande de las habitaciones se hallaba desocupada durante el día. Sus dueños sólo volvían después de comer en el restorán. Era un matrimonio de empleados, que únicamente permanecía en casa los días festivos. El hombre, vigoroso y de aspecto marcial, prestaba servicio de inspector en un gran almacén. Había sido militar en África, ostentaba una condecoración y tenía el grado de subteniente en el ejército de reserva. Ella era una rubia, abultada y algo anémica, de ojos claros y gesto sentimental. En los días de fiesta pasaba largas horas ante el piano, evocando sus recuerdos musicales, siempre los mismos. Otras veces la veía Argensola por una ventana interior trabajando en la cocina, ayudada por su compañero, riendo los dos de sus torpezas é inexperiencias al improvisar la comida del domingo.

La portera tenía á esta mujer por alemana, pero ella hacía constar su condición de suiza. Desempeñaba el empleo de cajera en un almacén que no era el de su compañero. Por las mañanas salían juntos, para separarse en la plaza de la Estrella, siguiendo cada uno distinta dirección. A las siete de la tarde se saludaban con un beso en plena calle, como enamorados que se encuentran por primera vez, y luego de su comida volvían al nido de la rue de la Pompe. Argensola se vió rechazado, en todos sus intentos de amistad, por el egoísmo de esta pareja. Le contestaban con una cortesía glacial: vivían únicamente para ellos.

El otro departamento, compuesto de dos piezas, estaba ocupado por un hombre solo. Era un ruso ó polaco, que volvía casi siempre con paquetes de libros y pasaba largas horas escribiendo junto á una ventana del patio. El español le tuvo desde el primer momento por un hombre misterioso que ocultaba tal vez enormes méritos: un verdadero personaje de novela. Le impresionaba el aspecto exótico de Tchernoff: su barba revuelta, sus melenas aceitosas, sus gafas sobre una nariz amplia que parecía deformada por un puñetazo. Como un nimbo invisible le circundaba cierto hedor compuesto de vino barato y emanaciones de ropas trasudadas; Argensola lo percibía á través de la puerta de servicio: «El amigo Tchernoff que vuelve.» Y salía á la escalera interior para hablar con su vecino. Este defendió por mucho tiempo el acceso á su vivienda. El español llegó á creer que se dedicaba á la alquimia y otras operaciones misteriosas. Cuando al fin pudo entrar, vió libros, muchos libros, libros por todas partes, esparcidos en el suelo, alineados sobre tablas, apilados en los rincones, invadiendo sillas desvencijadas, mesas viejas, y una cama que sólo era rehecha de tarde en tarde, cuando el dueño, alarmado por la creciente invasión de polvo y telarañas, reclamaba el auxilio de una amiga de la portera.

Argensola reconoció al fin con cierto desencanto que no había nada misterioso en la vida de este hombre. Lo que escribía junto á la ventana eran traducciones: unas hechas de encargo, otras voluntariamente para los periódicos socialistas. Lo único asombroso en él era la cantidad de idiomas que conocía.

—Todos los sabe—dijo á Desnoyers al describirle este vecino—. Le basta oir uno nuevo, para dominarlo á los pocos días. Posee la clave, el secreto de las lenguas vivas y muertas. Habla el castellano como nosotros y no ha estado jamás en un país de habla española.

La sensación del misterio volvió á experimentarla Argensola al leer los títulos de muchos de los volúmenes amontonados. Eran libros antiguos en su mayor parte, muchos de ellos en idiomas que él no podía descifrar, recolectados á precios bajos en librerías de lance y en las cajas de los bouquinistes instaladas sobre los parapetos del Sena. Sólo aquel hombre, que tenía «la clave de las lenguas», podía adquirir tales volúmenes. Una atmósfera de misticismo, de iniciaciones sobrehumanas, de secretos intactos á través de los siglos, parecía desprenderse de estos montones de volúmenes polvorientos, algunos con las hojas roídas. Y confundidos con los libros vetustos aparecían otros de cubierta flamante y roja, cuadernos de propaganda socialista, folletos en todos los idiomas de Europa, y periódicos, muchos periódicos, con títulos que evocaban la revolución.

Tchernoff no parecía gustar de visitas y conversaciones. Sonreía enigmáticamente á través de su barba de ogro, ahorrando palabras para terminar pronto la entrevista. Pero Argensola poseía el medio de vencer á este personaje huraño. Le bastaba guiñar un ojo con expresiva invitación. «¿Vamos?» Y se instalaban los dos en un diván de Desnoyers ó en la cocina del estudio, frente á una botella procedente de la avenida Víctor Hugo. Los vinos preciosos de don Marcelo enternecían al ruso, haciéndolo más comunicativo. Pero aun valiéndose de este auxilio, el español sabía poca cosa de su existencia. Algunas veces nombraba á Jaurés y á otros oradores socialistas. Su medio de vida más seguro era traducir para los periódicos del partido. En varias ocasiones se le escapó el nombre de Siberia, declarando que había estado allá mucho tiempo. Pero no quería hablar del lejano país visitado contra su voluntad. Sonreía modestamente, sin prestarse á mayores revelaciones.

Al día siguiente de la llegada de Julio Desnoyers estaba Argensola, por la mañana, hablando con Tchernoff en el rellano de la escalera de servicio, cuando sonó el timbre de la puerta del estudio que comunicaba con la escalera principal. Una gran contrariedad. El ruso, que conocía á los políticos avanzados, le estaba dando cuenta de las gestiones realizadas por Jaurés para mantener la paz. Aún había muchos que sentían esperanzas. Él, Tchernoff, comentaba estas ilusiones con su sonrisa de esfinge achatada. Tenía sus motivos para dudar... Pero sonó el timbre otra vez, y el español corrió á abrir, abandonando á su amigo.

Un señor deseaba ver á Julio. Hablaba el francés correctamente, pero su acento fué una revelación para Argensola. Al entrar en el dormitorio en busca de su compañero, que acababa de levantarse, dijo con seguridad:

—Es tu primo de Berlín que viene á despedirse. No puede ser otro.

Los tres hombres se juntaron en el estudio. Desnoyers presentó á su camarada, para que el recién llegado no se equivocase acerca de su condición social.

—He oído hablar de él. El señor es Argensola, un joven de grandes méritos.

Y el doctor Julius von Hartrott dijo esto con la suficiencia de un hombre que lo sabe todo y desea agradar á un inferior, concediéndole la limosna de su atención.

Los dos primos se contemplaron con una curiosidad no exenta de recelo. Les ligaba un parentesco íntimo, pero se conocían muy poco, presintiendo mutuamente una completa divergencia de opiniones y gustos.

Al examinar Argensola á este sabio, le encontró cierto aspecto de oficial vestido de paisano. Se notaba en su persona un deseo de imitar á las gentes de espada cuando de tarde en tarde adoptan el hábito civil; la aspiración de todo burgués alemán á que lo confundan con los de clase superior. Sus pantalones eran estrechos, como si estuvieran destinados á enfundarse en botas de montar. La chaqueta, con dos filas de botones, tenía el talle recogido, amplio y largo el faldón y muy subidas las solapas, imitando vagamente una levita de militar. El bigote rojizo sobre una mandíbula fuerte y el pelo cortado á rape completaban esta simulación guerrera. Pero sus ojos, unos ojos de estudio, con la pupila mate, grandes, asombrados y miopes, se refugiaban detrás de unas gafas de gruesos cristales, dándole un aspecto de hombre pacífico.

Desnoyers sabía de él que era profesor auxiliar de Universidad, que había publicado algunos volúmenes, gruesos y pesados como ladrillos, y figuraba entre los colaboradores de un «Seminario histórico», asociación para la rebusca de documentos, dirigida por un historiador famoso. En una solapa ostentaba la roseta de una Orden extranjera.

Su respeto por el sabio de la familia iba acompañado de cierto menosprecio. El y su hermana Chichí habían sentido desde pequeños una hostilidad instintiva hacia los primos de Berlín. Le molestaba además ver citado por su familia como ejemplo digno de imitación á este pedante, que sólo conocía la vida á través de los libros y pasaba su existencia averiguando lo que habían hecho los hombres en otras épocas, para sacar consecuencias con arreglo á sus opiniones de alemán. Julio tenía gran facilidad para la admiración y reverenciaba á todos los escritores cuyos «argumentos» le había contado Argensola, pero no podía aceptar la grandeza intelectual del ilustre pariente.

Durante su permanencia en Berlín, una palabra alemana de invención vulgar le había servido para clasificarlo. Los libros de investigación minuciosa y pesada se publicaban á docenas todos los meses. No había profesor que dejase de levantar sobre la base de un simple detalle su volumen enorme, escrito de un modo torpe y confuso. Y la gente, al apreciar á estos autores miopes, incapaces de una visión genial de conjunto, los llamaba Sitzfleisch haben (con mucha carne en las posaderas), aludiendo á las larguísimas asentadas que representaban sus obras. Esto era su primo para él: un Sitzfleisch haben.

El doctor von Hartrott, al explicar su visita, habló en español. Se valía de este idioma por haber sido el de la familia durante su niñez y al mismo tiempo por precaución, pues miró en torno repetidas veces, como si temiese ser oído. Venía á despedirse de Julio. Su madre le había hablado de su llegada, y no quería marcharse sin verle. Iba á salir de París dentro de unas horas; las circunstancias eran apremiantes.

—Pero ¿tú crees que habrá guerra?—preguntó Desnoyers.

—La guerra será mañana ó pasado. No hay quien la evite. Es un hecho necesario para la salud de la humanidad.

Se hizo un silencio. Julio y Argensola miraron con asombro á este hombre de aspecto pacífico que acababa de hablar con arrogancia belicosa. Los dos adivinaron que el doctor hacía su visita por la necesidad de comunicar á alguien sus opiniones y sus entusiasmos. Al mismo tiempo, tal vez deseaba conocer lo que ellos pensaban y sabían, como una de tantas manifestaciones de la muchedumbre de París.

—Tú no eres francés—añadió dirigiéndose á su primo—; tú has nacido en Argentina, y delante de ti puede decirse la verdad.

—¿Y tú no has nacido allá?—preguntó Julio, sonriendo.

El doctor hizo un movimiento de protesta, como si acabase de oir algo insultante.

—No; yo soy alemán. Nazca donde nazca uno de nosotros, pertenece siempre á la madre Alemania.

Luego continuó, dirigiéndose á Argensola:

—También el señor es extranjero. Procede de la noble España, que nos debe á nosotros lo mejor que tiene: el culto del honor, el espíritu caballeresco.

El español quiso protestar, pero el sabio no le dejó, añadiendo con tono doctoral:

—Ustedes eran celtas miserables, sumidos en la vileza de una raza inferior y mestizados por el latinismo de Roma, lo que hacía aún más triste su situación. Afortunadamente, fueron conquistados por los godos y otros pueblos de nuestra raza, que les infundieron la dignidad de personas. No olvide usted, joven, que los vándalos fueron los abuelos de los prusianos actuales.

De nuevo intentó hablar Argensola, pero su amigo le hizo un signo para que no interrumpiese al profesor. Este parecía haber olvidado la reserva de poco antes, entusiasmándose con sus propias palabras.

—Vamos á presenciar grandes sucesos—continuó—. Dichosos los que hemos nacido en la época presente, la más interesante de la Historia. La humanidad cambia de rumbo en estos momentos. Ahora, empieza la verdadera civilización.

La guerra próxima iba á ser, según él, de una brevedad nunca vista. Alemania se había preparado para realizar el hecho decisivo sin que la vida económica del mundo sufriese una larga perturbación. Un mes le bastaba para aplastar á Francia, el más temible de sus adversarios. Luego marcharía contra Rusia, que, lenta en sus movimientos, no podía oponer una defensa inmediata. Finalmente, atacaría á la orgullosa Inglaterra, aislándola en su archipiélago, para que no estorbase más con su preponderancia el progreso germánico. Esta serie de rápidos golpes y victorias fulminantes sólo necesitaban para desarrollarse el curso de un verano. La caída de las hojas saludaría en el próximo otoño el triunfo definitivo de Alemania.

Con la seguridad de un catedrático que no espera ser refutado por sus oyentes, explicó la superioridad de la raza germánica. Los hombres estaban divididos en dos grupos: dolicocéfalos y braquicéfalos, según la conformación de su cráneo. Otra distinción científica los repartía en hombres de cabellos rubios ó de cabellos negros. Los dolicocéfalos representaban pureza de raza, mentalidad superior. Los braquicéfalos eran mestizos, con todos los estigmas de la degeneración. El germano, dolicocéfalo por excelencia, era el único heredero de los primitivos arios. Todos los otros pueblos, especialmente los del Sur de Europa, llamados «latinos», pertenecían á una humanidad degenerada.

El español no pudo contenerse más. ¡Pero si estas teorías del racismo eran antiguallas en las que no creía ya ninguna persona medianamente ilustrada! ¡Si no existía un pueblo puro, ya que todos ellos tenían, mil mezclas en su sangre después de tanto cruzamiento histórico!... Muchos alemanes presentaban los mismos signos étnicos que el profesor atribuía á las razas inferiores.

—Hay algo de eso—dijo Hartrott—. Pero aunque la raza germánica no sea pura, es la menos impura de todas, y á ella le corresponde el gobierno del mundo.

Su voz tomaba una agudeza irónica y cortante al hablar de los celtas, pobladores de las tierras del Sur. Habían retrasado el progreso de la humanidad, lanzándola por un falso derrotero. El celta es individualista, y por consecuencia, un revolucionario ingobernable que tiende al igualitarismo. Además, es humanitario y hace de la piedad una virtud, defendiendo la existencia de los débiles que no sirven para nada.

El nobilísimo germano pone por encima de todo el orden y la fuerza. Elegido por la Naturaleza para mandar á las razas eunucas, posee todas las virtudes que distinguen á los jefes. La Revolución francesa había sido simplemente un choque entre germanos y celtas. Los nobles de Francia descendían de los guerreros alemanes instalados en el país después de la invasión llamada de los bárbaros. La burguesía y el pueblo representaban el elemento galo-celta. La raza inferior había vencido á la superior, desorganizando al país y perturbando al mundo. El celtismo era el inventor de la democracia, de la doctrina socialista, de la anarquía. Pero iba á sonar la hora del desquite germánico, y la raza nórtica volvería á restablecer el orden, ya que para esto la había favorecido Dios conservando su indiscutible superioridad.

—Un pueblo—añadió—sólo puede aspirar á grandes destinos si es fundamentalmente germánico. Cuanto menos germánico sea, menor resultará su civilización. Nosotros representamos la aristocracia de la humanidad, «la sal de la tierra», como dijo nuestro Guillermo.

Argensola escuchaba con asombro estas afirmaciones orgullosas. Todos los grandes pueblos habían pasado por la fiebre del imperialismo. Los griegos aspiraban á la hegemonía, por ser los más civilizados y creerse los más aptos para dar la civilización á los otros hombres. Los romanos, al conquistar las tierras, implantaban el derecho y las reglas de la justicia. Los franceses de la Revolución y del Imperio justificaban sus invasiones con el deseo de libertar á los hombres y sembrar nuevas ideas. Hasta los españoles del siglo XVI, al batallar con media Europa por la unidad religiosa y el exterminio de la herejía, trabajaban por un ideal erróneo, obscuro, pero desinteresado.

Todos se movían en la Historia por algo que consideraban generoso y estaba por encima de sus intereses. Sólo la Alemania de aquel profesor intentaba imponerse al mundo en nombre de la superioridad de su raza, superioridad que nadie le había reconocido, que ella misma se atribuía, dando á sus afirmaciones un barniz de falsa ciencia.

—Hasta ahora, las guerras han sido de soldados—continuó Hartrott—. La que ahora va á empezar será de soldados y de profesores. En su preparación ha tomado la Universidad tanta parte como el Estado Mayor. La ciencia germánica, la primera de todas, está unida para siempre á lo que los revolucionarios latinos llaman desdeñosamente el militarismo. La fuerza, señora del mundo, es la que crea el derecho, la que impondrá nuestra civilización, única verdadera. Nuestros ejércitos son los representantes de nuestra cultura, y en unas cuantas semanas librarán al mundo de su decadencia céltica, rejuveneciéndolo.

El porvenir inmenso de su raza le hacía expresarse con un entusiasmo lírico. Guillermo I, Bismarck, todos los héroes de las victorias pasadas, le inspiraban veneración, pero hablaba de ellos como de dioses moribundos, cuya hora había pasado. Eran gloriosos abuelos, de pretensiones modestas, que se limitaron á ensanchar las fronteras, á realizar la unidad del Imperio, oponiéndose luego con una prudencia de valetudinarios á todos los atrevimientos de la nueva generación. Sus ambiciones no iban más allá de una hegemonía continental... Pero luego surgía Guillermo II, el héroe complejo que necesitaba el país.

—Mi maestro Lamprecht—dijo Hartrott—ha hecho el retrato de su grandeza. Es la tradición y el porvenir, el orden y la audacia. Tiene la convicción de que representa la monarquía por la gracia de Dios, lo mismo que su abuelo. Pero su inteligencia viva y brillante reconoce y acepta las novedades modernas. Al mismo tiempo que romántico, feudal y sostenedor de los conservadores agrarios, es un hombre del día: busca las soluciones prácticas y muestra un espíritu utilitario, á la americana. En él se equilibran el instinto y la razón.

Alemania, guiada por este héroe, había ido agrupando sus fuerzas y reconociendo su verdadero camino. La Universidad lo aclamaba con más entusiasmo aún que sus ejércitos. ¿Para qué almacenar tanta fuerza de agresión y mantenerla sin empleo?... El imperio del mundo correspondía al pueblo germánico. Los historiadores y filósofos discípulos de Treitschke iban á encargarse de forjar los derechos que justificasen esta dominación mundial. Y Lamprecht, el historiador psicológico, lanzaba, como los otros profesores, el credo de la superioridad absoluta de la raza germánica. Era justo que dominase al mundo, ya que ella sola dispone de la fuerza. Esta «germanización telúrica» resultaría de inmensos beneficios para los hombres. La tierra iba á ser feliz bajo la dominación de un pueblo nacido para amo. El Estado alemán, potencia «tentacular», eclipsaría con su gloria á los más ilustres Imperios del pasado y del presente. Gott mit uns (Dios está con nosotros).

—¿Quién podrá negar que, como dice mi maestro, existe un Dios cristiano germánico, el «Gran Aliado», que se manifiesta á nuestros enemigos los extranjeros como una divinidad fuerte y celosa?...

Desnoyers escuchaba con asombro á su primo, mirando al mismo tiempo á Argensola. Este, con el movimiento de sus ojos, parecía hablarle. «Está loco—decía—. Estos alemanes están locos de orgullo.»

Mientras tanto, el profesor, incapaz de contener su entusiasmo, seguía exponiendo las grandezas de su raza.

La fe sufre eclipses hasta en los espíritus más superiores. Por esto el kaiser providencial había mostrado inexplicables desfallecimientos. Era demasiado bueno y bondadoso. «Deliciæ generis humani», como decía el profesor Lasson, también maestro de Hartrott. Pudiendo con su inmenso poderío aniquilarlo todo, se limitaba á mantener la paz. Pero la nación no quería detenerse, y empujaba al conductor que la había puesto en movimiento. Inútil apretar los frenos. «Quien no avanza, retrocede»: tal era el grito del pangermanismo al emperador. Había que ir adelante, hasta conquistar la tierra entera.

—Y la guerra viene—continuó—. Necesitamos las colonias de los demás, ya que Bismarck, por un error de su vejez testaruda, no exigió nada á la hora del reparto mundial, dejando que Inglaterra y Francia se llevasen las mejores tierras. Necesitamos que pertenezcan á Alemania todos los países que tienen sangre germánica y que han sido civilizados por nuestros ascendientes.

Hartrott enumeraba los países. Holanda y Bélgica eran alemanas. Francia lo era también por los francos: una tercera parte de su sangre procedía de los germanos. Italia...—aquí se detenía el profesor, recordando que esta nación era una aliada, poco segura ciertamente, pero unida todavía por los compromisos diplomáticos. Sin embargo, mencionaba á los longobardos y otras razas procedentes del Norte—. España y Portugal habían sido pobladas por el godo rubio, y pertenecían también á la raza germánica. Y como la mayoría de las naciones de América eran de origen hispánico ó portugués, quedaban comprendidas en esta reivindicación.

—Todavía es prematuro pensar en ellas—añadió el doctor modestamente—, pero algún día sonará la hora de la justicia. Después de nuestro triunfo continental, tiempo tendremos de pensar en su suerte... La América del Norte también debe recibir nuestra influencia civilizadora. Existen en ella millones de alemanes, que han creado su grandeza.

Hablaba de las futuras conquistas como si fuesen muestras de distinción con que su país iba á favorecer á los demás pueblos. Estos seguirían viviendo políticamente lo mismo que antes, con sus gobiernos propios, pero sometidos á la dirección de la raza germánica, como menores que necesitan la mano dura de un maestro. Formarían los Estados Unidos mundiales, con un presidente hereditario y todopoderoso, el emperador de Alemania, recibiendo los beneficios de la cultura germánica, trabajando disciplinados bajo su dirección industrial... Pero el mundo es ingrato, y la maldad humana se opone siempre á todos los progresos.

—No nos hacemos ilusiones—dijo el profesor con altiva tristeza—. Nosotros no tenemos amigos. Todos nos miran con recelo, como á seres peligrosos, porque somos los más inteligentes, los más activos, y resultamos superiores á los demás... Pero ya que no nos aman, que nos teman. Como dice mi amigo Mann, la Kultur es la organización espiritual del mundo, pero no excluye «el salvajismo sangriento» cuando éste resulta necesario. La Kultur sublimiza lo demoniaco que llevamos en nosotros, y está por encima de la moral, la razón y la ciencia. Nosotros impondremos la Kultur á cañonazos.

Argensola seguía expresando con los ojos su pensamiento: «Están locos, locos de orgullo... ¡Lo que le espera al mundo con estas gentes!»

Desnoyers intervino, para aclarar con un poco de optimismo el monólogo sombrío. La guerra aún no se había declarado: la diplomacia negociaba. Tal vez se arreglase todo pacíficamente en el último instante, como había ocurrido otras veces. Su primo veía las cosas algo desfiguradas, por un entusiasmo agresivo.

¡La sonrisa irónica, feroz, cortante del doctor!... Argensola no había conocido al viejo Madariaga, y sin embargo, se le ocurrió que así debían sonreir los tiburones, aunque jamás había visto un tiburón.

—Es la guerra—afirmó Hartrott—. Cuando salí de Alemania, hace quince días, ya sabía yo que la guerra estaba próxima.

La seguridad con que lo dijo disipó todas las esperanzas de Julio. Además, le inquietaba el viaje de este hombre con pretexto de ver á su madre, de la que se había separado poco antes... ¿Qué había venido á hacer en París el doctor Julius von Hartrott?...

—Entonces—preguntó Desnoyers—, ¿para qué tantas entrevistas diplomáticas? ¿Por qué interviene el gobierno alemán, aunque sea con tibieza, en el conflicto entre Austria y Servia?... ¿No sería mejor declarar la guerra francamente?

El profesor contestó con sencillez:

—Nuestro gobierno quiere sin duda que sean los otros los que la declaren. El papel de agredido es siempre el más grato y justifica todas las resoluciones ulteriores por extremadas que parezcan. Allá tenemos gentes que viven bien y no desean la guerra. Es conveniente hacerlas creer que son los enemigos los que nos la imponen, para que sientan la necesidad de defenderse. Sólo los espíritus superiores llegan á la convicción de que los grandes adelantos únicamente se realizan con la espada, y que la guerra, como decía nuestro gran Treitschke, es la más alta forma del progreso.

Otra vez sonrió con una expresión feroz. La moral, según él, debía existir entre los individuos, ya que sirve para hacerlos más obedientes y disciplinados. Pero la moral estorba á los gobiernos, y debe suprimirse como un obstáculo inútil. Para un Estado no existe la verdad ni la mentira: sólo reconoce la conveniencia y la utilidad de las cosas. El glorioso Bismarck, para conseguir la guerra con Francia, base de la grandeza alemana, no había vacilado en falsificar un despacho telegráfico.

—Y reconocerás que es el héroe más grande de nuestros tiempos. La Historia mira con bondad su hazaña. ¿Quién puede acusar al que triunfa?... El profesor Hans Delbruck ha escrito con razón: «¡Bendita sea la mano que falsificó el telegrama de Ems!»

Convenía que la guerra surgiese inmediatamente, ahora que las circunstancias resultaban favorables para Alemania y sus enemigos vivían descuidados. Era la guerra preventiva recomendada por el general Bernhardi y otros compatriotas ilustres. Resultaba peligroso esperar á que los enemigos estuvieran preparados y fuesen ellos los que la declarasen. Además, ¿qué obstáculos representaban para los alemanes el derecho y otras ficciones inventadas por los pueblos débiles para sostenerse en su miseria?... Tenían la fuerza, y la fuerza crea leyes nuevas. Si resultaban vencedores, la Historia no les pediría cuentas por lo que hubiesen hecho. Era Alemania la que pegaba, y los sacerdotes de todos los cultos acabarían por santificar con sus himnos la guerra bendita, si es que conducía al triunfo.

—Nosotros no hacemos la guerra por castigar á los servios regicidas, ni por libertar á los polacos y otros oprimidos de Rusia, descansando luego en la admiración de nuestra magnanimidad desinteresada. Queremos hacerla porque somos el primer pueblo de la tierra y debemos extender nuestra actividad sobre el planeta entero. La hora de Alemania ha sonado. Vamos á ocupar nuestro sitio de potencia directora del mundo, como la ocupó España en otros siglos, y Francia después, é Inglaterra actualmente. Lo que esos pueblos alcanzaron con una preparación de muchos años lo conseguiremos nosotros en cuatro meses. La bandera de tempestad del Imperio va á pasearse por mares y naciones: el sol iluminará grandes matanzas... La vieja Roma, enferma de muerte, apellidó bárbaros á los germanos que le abrieron la fosa. También huele á muerto el mundo de ahora, y seguramente nos llamará bárbaros... ¡Sea! Cuando Tánger y Tolón, Amberes y Calais, estén sometidos á la barbarie germánica, ya hablaremos de eso más detenidamente... Tenemos la fuerza, y el que la posee no discute ni hace caso de palabras... ¡La fuerza! Esto es lo hermoso: la única palabra que suena brillante y clara... ¡La fuerza! Un puñetazo certero, y todos los argumentos quedan contestados.

—Pero ¿tan seguros estáis de la victoria?—preguntó Desnoyers—. A veces, el destino ofrece terribles sorpresas. Hay fuerzas ocultas con las que no contamos y que trastornan los planes mejores.

La sonrisa del doctor fué ahora de soberano menosprecio. Todo estaba previsto y estudiado de larga fecha, con el minucioso método germánico. ¿Qué tenían enfrente?... El enemigo más temible era Francia, incapaz de resistir las influencias morales enervantes, los sufrimientos, los esfuerzos y las privaciones de la guerra; un pueblo debilitado físicamente, emponzoñado por el espíritu revolucionario, y que había ido prescindiendo del uso de las armas por un amor exagerado al bienestar.

—Nuestros generales—continuó—van á dejarla en tal estado, que jamás se atreverá á cruzarse en nuestro camino.

Quedaba Rusia, pero sus masas amorfas eran lentas de reunir y difíciles de mover. El Estado Mayor de Berlín lo había dispuesto todo cronométricamente para el aplastamiento de Francia en cuatro semanas, llevando luego sus fuerzas enormes contra el Imperio ruso, antes de que éste pudiese iniciar su acción.

—Acabaremos con el oso, luego de haber matado al gallo—afirmó el profesor victoriosamente.

Pero adivinando una objeción de su primo, se apresuró á continuar:

—Sé lo que vas á decirme. Queda otro enemigo: uno que no ha saltado todavía á la arena, pero que aguardamos todos los alemanes. Ese nos inspira más odio que los otros porque es de nuestra sangre, porque es un traidor á la raza... ¡Ah, cómo lo aborrecemos!

Y en el tono con que dijo estas palabras latían una expresión de odio y un deseo de venganza que impresionaron á los dos oyentes.

—Aunque Inglaterra nos ataque—prosiguió Hartrott—, no por esto dejaremos de vencer. Este adversario no es más temible que los otros. Hace un siglo que reina sobre el mundo. Al caer Napoleón, recogió en el Congreso de Viena la hegemonía continental, y se batirá por conservarla. Pero ¿qué vale su energía?... Como dice nuestro Bernhardi, el pueblo inglés es un pueblo de rentistas y de sportsmen. Su ejército está formado con los detritus de la nación. El país carece de espíritu militar. Nosotros somos un pueblo de guerreros, y nos será fácil vencer á los ingleses, debilitados por una falsa concepción de la vida.

El doctor hizo una pausa y añadió:

—Contamos además con la corrupción interna de nuestros enemigos, con su falta de unidad. Dios nos ayudará sembrando la confusión en estos pueblos odiosos. No pasarán muchos días sin que se vea su mano. La revolución va á estallar en Francia al mismo tiempo que la guerra. El pueblo de París levantará barricadas en las calles: se reproducirá la anarquía de la Commune. Túnez, Argel y otras posesiones van á sublevarse contra la metrópoli.

Argensola creyó del caso sonreir con una incredulidad agresiva.

—Repito—insistió Hartrott—que este país va á conocer revoluciones aquí é insurrecciones en sus colonias. Sé bien lo que digo... Rusia tendrá igualmente su revolución interior, revolución con bandera roja, que obligará al zar á pedirnos gracia de rodillas. No hay mas que leer en los periódicos las recientes huelgas de San Petersburgo, las manifestaciones de los huelguistas con pretexto de la visita del presidente Poincaré... Inglaterra verá rechazadas por las colonias sus peticiones de apoyo. La India va á sublevarse contra ella y Egipto cree llegado el momento de su emancipación.

Julio parecía impresionado por estas afirmaciones, formuladas con una seguridad doctoral. Casi se irritó contra el incrédulo Argensola, que seguía mirando al profesor insolentemente y repetía con los ojos: «Está loco: loco de orgullo.» Aquel hombre debía tener serios motivos para formular tales profecías de desgracia. Su presencia en París, por lo mismo que era inexplicable para Desnoyers, daba á sus palabras una autoridad misteriosa.

—Pero las naciones se defenderán—arguyó éste á su primo—. No será tan fácil la victoria como crees.

—Sí, se defenderán. La lucha va á ser ruda. Parece que en los últimos años Francia se ha preocupado de su ejército. Encontraremos cierta resistencia; el triunfo resultará más difícil, pero venceremos... Vosotros no sabéis hasta dónde llega la potencia ofensiva de Alemania. Nadie lo sabe con certeza más allá de sus fronteras. Si nuestros enemigos la conociesen en toda su intensidad, caerían de rodillas, prescindiendo de sacrificios inútiles.

Hubo un largo silencio. Julius von Hartrott parecía abstraído. El recuerdo de los elementos de fuerza acumulados por su raza le sumía en una especie de adoración mística.

—La victoria preliminar—dijo de pronto—hace tiempo que la hemos obtenido. Nuestros enemigos nos aborrecen, y sin embargo nos imitan. Todo lo que lleva la marca de Alemania es buscado en el mundo. Los mismos países que intentan resistir á nuestras armas copian nuestros métodos en sus universidades y admiran nuestras teorías, aun aquellas que no alcanzaron éxito en Alemania. Muchas veces reímos entre nosotros, como los augures romanos, al apreciar el servilismo con que nos siguen... ¡Y luego no quieren reconocer nuestra superioridad!

Por primera vez Argensola aprobó con los ojos y el gesto las palabras de Hartrott. Exacto lo que decía: el mundo era víctima de la «superstición alemana». Una cobardía intelectual, el miedo al fuerte, hacía admirar todo lo de procedencia germánica, sin discernimiento alguno, en bloque, por la intensidad del brillo: el oro revuelto con el talco. Los llamados latinos, al entregarse á esta admiración, dudaban de las propias fuerzas con un pesimismo irracional. Ellos eran los primeros en decretar su muerte. Y los orgullosos germanos no tenían mas que repetir las palabras de estos pesimistas para afirmarse en la creencia de su superioridad.

Con el apasionamiento meridional, que salta sin gradación de un extremo á otro, muchos latinos habían proclamado que en el mundo futuro no quedaba sitio para las sociedades latinas, en plena agonía, añadiendo que sólo Alemania conservaba latentes las fuerzas civilizadoras. Los franceses, que gritan entre ellos, incurriendo en las mayores exageraciones, sin darse cuenta de que hay quien les escucha al otro lado de las puertas, habían repetido durante muchos años que Francia estaba en plena descomposición y marchaba á la muerte. ¡Por qué se indignaban luego ante el menosprecio de los enemigos!... ¡Cómo no habían de participar éstos de sus creencias!...

El profesor, interpretando erróneamente la aprobación muda de aquel joven que hasta entonces le había escuchado con sonrisa hostil, añadió:

—Hora es ya de hacer en Francia el ensayo de la cultura alemana, implantándola como vencedores.

Aquí le interrumpió Argensola: «¿Y si la cultura alemana no existiese, como lo afirma un alemán célebre?» Necesitaba contradecir á este pedante que los abrumaba con su orgullo. Hartrott casi saltó de su asiento al escuchar tal duda.

—¿Qué alemán es ese?

—¡Nietzsche!

El profesor le miró con lástima. Nietzsche había dicho á los hombres: «Sed duros», afirmando que «una buena guerra santifica toda causa». Había alabado á Bismarck; había, tomado parte en la guerra del 70; había glorificado al alemán cuando hablaba del «león risueño» y de la «fiera rubia». Pero Argensola le escuchó con la tranquilidad del que pisa un terreno seguro. ¡Oh tardes de plácida lectura junto á la chimenea del estudio, oyendo chocar la lluvia en los vidrios del ventanal!...

—El filósofo ha dicho eso—contestó—y ha dicho otras cosas diferentes, como todos los que piensan mucho. Su doctrina es de orgullo, pero de orgullo individual, no de orgullo de nación ni de raza. El habló siempre contra «la mentirosa superchería de las razas».

Argensola recordaba palabra por palabra á su filósofo. Una cultura, según éste, era «la unidad de estilo en todas las manifestaciones de la vida». La ciencia no supone cultura. Un gran saber puede ir acompañado de una gran barbarie, por la ausencia de estilo ó la confusión caótica de todos los estilos. Alemania, en opinión de Nietzsche, no tenía cultura propia por su carencia de estilo. «Los franceses—había dicho—están á la cabeza de una cultura auténtica y fecunda, sea cual sea su valor, y hasta el presente todos hemos tomado de ella.» Sus odios se concentraban sobre su propio país. «No puedo soportar la vida en Alemania. El espíritu de servilismo y mezquinería penetra por todas partes... Yo no creo mas que en la cultura francesa, y todo lo demás que se llama Europa culta me parece una equivocación. Los raros casos de alta cultura que he encontrado en Alemania eran de origen francés.»

—Ya sabe usted—continuó Argensola—que, al pelearse con Wágner por el exceso de germanismo en su arte, proclamó la necesidad de mediterranizar en música. Su ideal fué una cultura para toda Europa, pero con base latina.

Julius von Hartrott contestó desdeñosamente, repitiendo las mismas palabras del español. Los hombres que piensan mucho dicen muchas cosas. Además, Nietzsche era un poeta que había muerto en plena demencia, y no figuraba entre los sabios de la Universidad. Su fama la habían labrado en el extranjero... Y no volvió á ocuparse más de aquel joven, como si se hubiese evaporado después de sus atrevidas objeciones. Toda su atención la concentraba ahora en Desnoyers.

—Este país—continuó—lleva la muerte en sus entrañas. ¿Cómo dudar de que surgirá en él una revolución apenas estalle la guerra?... Tú no has presenciado las agitaciones del bulevar con motivo del proceso Cailloux. Reaccionarios y revolucionarios se han insultado hasta hace tres días. Yo he visto cómo se desafiaban con gritos y cánticos, cómo se golpeaban en medio de la calle. Y esta división de opiniones aún se acentuará más cuando nuestras tropas crucen las fronteras. Será la guerra civil. Los antimilitaristas claman, creyendo que está en manos de su gobierno el evitar el choque... ¡País degenerado por la democracia y por la inferioridad de su celtismo triunfante, deseoso de todas las libertades!... Nosotros somos el único pueblo libre de la tierra, porque sabemos obedecer.

La paradoja hizo sonreir á Julio. ¡Alemania único pueblo libre!...

—Así es—afirmó con energía von Hartrott—. Tenemos la libertad que conviene á un gran pueblo: la libertad económica é intelectual.

—¿Y la libertad política?...

El profesor acogió esta pregunta con un gesto de menosprecio.

—¡La libertad política!... Únicamente los pueblos decadentes é ingobernables, las razas inferiores, ansiosas de igualdad y confusión democrática, hablan de libertad política. Los alemanes no la necesitamos. Somos un pueblo de amos, que reconoce las jerarquías y desea ser mandado por los que nacieron superiores. Nosotros tenemos el genio de la organización.

Este era, según el doctor, el gran secreto alemán, y la raza germánica, al apoderarse del mundo, haría partícipes á todos de su descubrimiento. Los pueblos quedarían organizados de modo que el individuo diese el máximum de su rendimiento en favor de la sociedad. Los hombres regimentados para toda clase de producciones, obedeciendo como máquinas á una dirección superior y dando la mayor cantidad posible de trabajo: he aquí el estado perfecto. La libertad era una idea puramente negativa si no iba acompañada de un concepto positivo que la hiciese útil.

Los dos amigos escucharon con asombro la descripción del porvenir que ofrecía al mundo la superioridad germánica. Cada individuo sometido á una producción intensiva, lo mismo que un pedazo de huerta del que desea sacar el dueño el mayor número de verduras... El hombre convertido en un mecanismo... nada de operaciones inútiles que no proporcionan un resultado inmediato... ¡Y el pueblo que proclamaba este ideal sombrío era el mismo de los filósofos y los soñadores, que habían dado á la contemplación y la reflexión el primer lugar en su existencia!...

Hartrott volvió á insistir en la inferioridad de los enemigos de su raza. Para luchar se necesitaba fe, una confianza inquebrantable en la superioridad de las propias fuerzas.

—A estas horas, en Berlín todos aceptan la guerra, todos creen seguro el triunfo, ¡mientras que aquí!... No digo que los franceses sientan miedo. Tienen un pasado de bravura que los galvaniza en ciertos momentos. Pero están tristes, se adivina que harían cualquier sacrificio por evitar lo que se les viene encima. El pueblo gritará de entusiasmo en el primer instante, como grita siempre que lo llevan á su perdición. Las clases superiores no tienen confianza en el porvenir; callan ó mienten, pero en todos se adivina el presentimiento del desastre. Ayer hablé con tu padre. Es francés y es rico. Se muestra indignado contra los gobiernos de su país porque le comprometen en conflictos europeos por defender á pueblos lejanos y sin interés. Se queja de los patriotas exaltados, que han mantenido abierto el abismo entre Alemania y Francia, impidiendo una reconciliación. Dice que Alsacia y Lorena no valen lo que costará una guerra en hombres y dinero... Reconoce nuestra grandeza: asegura que hemos progresado tan aprisa, que jamás podrán alcanzarnos los demás pueblos... Y como tu padre piensan muchos otros: todos los que se hallan satisfechos de su bienestar y temen perderlo. Créeme: un país que duda y teme la guerra, está vencido antes de la primera batalla.

Julio mostró cierta inquietud, como si pretendiese cortar la conversación.

—Deja á mi padre. Hoy dice eso porque la guerra no es todavía un hecho, y él necesita contradecir, indignarse con todo lo que se halla á su alcance. Mañana tal vez dirá lo contrario... Mi padre es un latino.

El profesor miró su reloj. Debía marcharse: aún le quedaban muchas cosas que hacer antes de dirigirse á la estación. Los alemanes establecidos en París habían huído en grandes bandas, como si circulase entre ellos una orden secreta. Aquella tarde iban á partir los últimos que aún se mantenían en la capital ostensiblemente.

—He venido á verte por afecto de familia, porque era mi deber darte un aviso. Tú eres extranjero y nada te retiene aquí. Si deseas presenciar un gran acontecimiento histórico, quédate. Pero mejor será que te marches. La guerra va á ser dura, muy dura, y si París intenta resistirse como la otra vez, presenciaremos cosas terribles. Los medios ofensivos han cambiado mucho.

Desnoyers hizo un gesto de indiferencia.

—Lo mismo que tu padre—continuó el profesor—. Anoche, él y tu familia me contestaron de igual modo. Hasta mi madre prefiere quedarse al lado de su hermana, diciendo que los alemanes son muy buenos, muy civilizados y nada puede temerse de ellos cuando triunfen.

Al doctor parecía molestarle esta buena opinión.

—No se dan cuenta de lo que es la guerra moderna, ignoran que nuestros generales han estudiado el arte de reducir al enemigo rápidamente y que lo emplearán con un método implacable. El terror es el único medio, ya que perturba la inteligencia del contrario, paraliza su acción, pulveriza su resistencia. Cuanto más feroz sea la guerra, más corta resultará: castigar con dureza es proceder humanamente. Y Alemania va á ser cruel, con una crueldad nunca vista, para que no se prolongue la lucha.

Había abandonado su asiento, requiriendo el bastón y el sombrero de paja. Argensola le miraba con franca hostilidad. El profesor, al pasar junto á él, sólo hizo un rígido y desdeñoso movimiento de cabeza.

Luego se dirigió hacia la puerta, acompañado por su primo. La despedida fué breve.

—Te repito mi consejo. Si no amas el peligro, márchate. Puede ser que me equivoque, y esta gente, convencida de que su defensa resulta inútil, se entregue buenamente... De todos modos, pronto nos veremos. Tendré el gusto de volver á París cuando la bandera del Imperio flote sobre la torre Eiffel. Asunto de tres ó cuatro semanas. A principios de Septiembre, con seguridad.

Francia iba á desaparecer; para el doctor, era indudable su muerte.

—Quedará París—añadió—, quedarán los franceses, porque un pueblo no se suprime fácilmente; pero ocuparán el lugar que les corresponde. Nosotros gobernaremos el mundo: ellos se cuidarán de inventar modas, harán agradable la vida del extranjero que los visite, y en el terreno intelectual les estimularemos para que eduquen actrices bonitas, produzcan novelas entretenidas y discurran comedias graciosas... Nada más.

Desnoyers rió mientras estrechaba la mano de su primo, fingiendo tomar sus palabras como paradojas.

—Hablo en serio—continuó Hartrott—. La última hora de la República francesa como nación importante ha sonado. La he visto de cerca, y no merece otra suerte. Desorden y falta de confianza arriba; entusiasmo estéril abajo.

Al volver la cabeza vió otra vez la sonrisa de Argensola.

—Y nosotros entendemos un poco de esto—añadió agresivamente—. Estamos acostumbrados á examinar los pueblos que fueron, á estudiarlos fibra por fibra, y podemos conocer con una sola ojeada la psicología de los que aún viven.

El bohemio creyó ver á un cirujano hablando con suficiencia de los misterios de la voluntad ante un cadáver. ¡Qué sabía de la vida este pedante interpretador de documentos muertos!...

Cuando se cerró la puerta fué al encuentro de su amigo, que volvía desalentado. Argensola ya no tenía por loco al doctor Julius von Hartrott.

—¡Qué bruto!—exclamó levantando los brazos—. ¡Y pensar que viven sueltos estos fabricantes de sombríos errores!... Quién diría que son de la misma tierra que produjo á Kant el pacifista, al sereno Goethe, á Beethoven... Haber creído tantos años que formaban una nación de soñadores y filósofos ocupados en trabajar desinteresadamente por todos los hombres...

La farsa de un geógrafo alemán revivió en su memoria como una explicación: «El germano es un bicéfalo. Con una cabeza sueña y poetiza, mientras con la otra piensa y ejecuta.»

Desnoyers se mostraba desesperado por la certidumbre de la guerra. Este profesor le parecía más temible que el consejero y los otros burgueses alemanes que había conocido en el buque. Su tristeza no era únicamente por el pensamiento egoísta de que la catástrofe iba á estorbar la realización de sus deseos y los de Margarita. Descubría de pronto, en esta hora de incertidumbre, que amaba á Francia. Veía en ella la patria de su padre y el país de la gran Revolución... El, aunque no se había mezclado nunca en las luchas de la política, era republicano y había reído muchas veces de ciertos amigos suyos que adoraban á reyes y emperadores, considerando esto como un signo de distinción.

Argensola pretendió reanimarle.

—¡Quién sabe! Este es un país de sorpresas. Al francés hay que verlo á la hora en que procura remediar sus imprevisiones. Diga lo que diga el bárbaro de tu primo, hay entusiasmo, hay orden... Peor que nosotros debieron verse los que vivían días antes de lo de Valmy. Todo desorganizado: como única defensa, batallones de obreros y campesinos que por primera vez tomaban un fusil. Y sin embargo, la Europa de las viejas monarquías no supo cómo librarse durante veinte años de estos guerreros improvisados.

V

Donde aparecen los cuatro jinetes

Los dos amigos vivieron en los días siguientes una vida febril, considerablemente agrandada por la rapidez con que se sucedían los acontecimientos. Cada hora engendraba una novedad—las más de las veces falsa—, que removía la opinión con rudo vaivén. Tan pronto el peligro de la guerra aparecía conjurado, como circulaba la voz de que la movilización iba á ordenarse dentro de unos minutos.

Veinticuatro horas representaban las inquietudes, la ansiedad, el desgaste nervioso de un año normal. Y lo que agravaba más esta situación era la incertidumbre, la espera del acontecimiento temido y todavía invisible, la angustia por el peligro que nunca acaba de llegar.

La Historia se extendía desbordada fuera de sus cauces, sucediéndose los hechos como los oleajes de una inundación. Austria declaraba la guerra á Servia, mientras los diplomáticos de las grandes potencias seguían trabajando por evitar el conflicto. La red eléctrica tendida en torno del planeta vibraba incesantemente en la profundidad de los océanos y sobre el relieve de los continentes, transmitiendo esperanzas ó pesimismos. Rusia movilizaba una parte de su ejército. Alemania, que tenía sus tropas prontas con pretexto de maniobras, decretaba el estado de «amenaza de guerra». Los austriacos, sin aguardar las gestiones de la diplomacia, iniciaban el bombardeo de Belgrado. Guillermo II, temiendo que la intervención de las potencias solucionase el conflicto entre el zar y el emperador de Austria, forzaba el curso de los acontecimientos declarando la guerra á Rusia. Luego, Alemania se aislaba, cortando las líneas férreas y las líneas telegráficas para amasar en el misterio sus fuerzas de invasión.

Francia presenciaba esta avalancha de acontecimientos, sobria en palabras y manifestaciones de entusiasmo. Una resolución fría y grave animaba á todos interiormente. Dos generaciones habían venido al mundo recibiendo al abrir los ojos de la razón la imagen de una guerra que forzosamente llegaría alguna vez. Nadie la deseaba: la imponían los adversarios... Pero todos la aceptaban, con el firme propósito de cumplir su deber.

París callaba durante el día con el enfurruñamiento de sus preocupaciones. Sólo algunos grupos de patriotas exaltados, siguiendo los tres colores de la bandera, pasaban por la plaza de la Concordia para dar vivas ante la estatua de Estrasburgo. Las gentes se abordaban en las calles amistosamente. Todos se conocían sin haberse visto nunca. Los ojos atraían á los ojos; las sonrisas parecían engancharse mutuamente con la simpatía de una idea común. Las mujeres estaban tristes, pero hablaban fuerte para ocultar sus emociones. En el largo crepúsculo de verano, los bulevares se llenaban de gentío. Los barrios extremos confluían al centro de la ciudad, como en los días ya remotos de las revoluciones. Se juntaban los grupos, formando una aglomeración sin término, de la que surgían gritos y cánticos. Las manifestaciones pasaban por el centro, bajo los faros eléctricos que acababan de inflamarse. El desfile se prolongaba hasta media noche, y la bandera nacional aparecía sobre la muchedumbre andante escoltada por las banderas de otros pueblos.

En una de estas noches de sincero entusiasmo fué cuando los dos amigos escucharon una noticia inesperada, absurda: «Han matado á Jaurés.» Los grupos la repetían con una extrañeza que parecía sobreponerse al dolor: «¡Asesinado Jaurés! ¿Y por qué?» El buen sentido popular, que busca por instinto una explicación á todo atentado, quedaba en suspenso, sin poder orientarse. ¡Muerto el tribuno precisamente en el momento que más útil podía resultar su palabra de caldeador de muchedumbres!... Argensola pensó inmediatamente en Tchernoff: «¿Qué dirá nuestro vecino?...» Las gentes de orden temían una revolución. Desnoyers creyó por unos momentos que iban á cumplirse los sombríos vaticinios de su primo. Este asesinato, con sus correspondientes represalias, podía ser la señal de una guerra civil. Pero las masas del pueblo, transidas de dolor por la muerte de su héroe, permanecían en trágico silencio. Todos veían más allá del cadáver la imagen de la patria.

A la mañana siguiente el peligro se había desvanecido. Los obreros hablaban de generales y de guerra, enseñándose mutuamente sus libretas de soldado, anunciando la fecha en que debían partir así que se publicase la orden de movilización: «Yo salgo el segundo día.» «Yo el primero.» Los del ejército activo que estaban con permiso en sus casas eran llamados individualmente á los cuarteles. Se sucedían con atropellamiento los sucesos, todos en una misma dirección: la guerra. Los alemanes invadían el Luxemburgo; los alemanes se permitían avanzar en la frontera francesa cuando su embajador todavía estaba en París haciendo promesas de paz. Al día siguiente de la muerte de Jaurés, el 1.º de Agosto á media tarde, la muchedumbre se agolpó ante unos pedazos de papel escritos á mano con visible precipitación. Estos papeles precedieron á otros más grandes é impresos llevando en su cabecera dos banderitas cruzadas. «Ya llegó; ya es un hecho...» Era la orden de movilización general. Francia entera iba á correr á las armas. Y los pechos parecieron dilatarse con un suspiro de desahogo. Los ojos brillaban de satisfacción. ¡Terminada la pesadilla!... Era preferible la cruel realidad á una incertidumbre de días y días que los prolongaba como si fuesen semanas.

En vano el presidente Poincaré, animado por una última esperanza, se dirigía á los franceses para explicar que «la movilización no es la guerra» y que un llamamiento á las armas sólo representaba una medida preventiva. «Es la guerra, la guerra inevitable», decía la muchedumbre con expresión fatalista. Y los que iban á partir en la misma noche ó al día siguiente se mostraban los más entusiastas y animosos: «Ya que nos buscan, nos encontrarán. ¡Viva Francia!» El Canto de partida, himno de marcha de los voluntarios de la primera República, había sido exhumado por el instinto del pueblo, que pide su voz al arte en los momentos críticos. Los versos del convencional Chenier, adaptados á una música de guerrera gravedad, resonaban en las calles al mismo tiempo que la Marsellesa.

La République nous appelle, Sachons vaincre ou sachons périr; Un français doit vivre pour elle, Pour elle un français doit mourir.

La movilización empezaba á las doce en punto de la noche. Desde el crepúsculo circularon por las calles grupos de hombres que se dirigían á las estaciones. Sus familias marchaban con ellos, llevando la maleta ó el fardo de ropas. Los amigos del barrio los escoltaban. Una bandera tricolor iba al frente de estos pelotones. Los oficiales de reserva se enfundaban en sus uniformes, que ofrecían todas las molestias de los trajes largamente olvidados. Con el vientre oprimido por la correa nueva y el revólver al costado, caminaban en busca del ferrocarril que había de conducirlos al punto de concentración. Uno de sus hijos llevaba el sable oculto en una funda de tela. La mujer, apoyada en su brazo, triste y orgullosa al mismo tiempo, dirigía con amoroso susurro sus últimas recomendaciones.

Circulaban con loca velocidad tranvías, automóviles y fiacres. Nunca se había visto en las calles de París tantos vehículos. Y sin embargo, los que necesitaban uno llamaban en vano á los conductores. Nadie quería servir á los civiles. Todos los medios de transporte eran para los militares; todas las carreras terminaban en las estaciones de ferrocarril. Los pesados camiones de la Intendencia, llenos de sacos, eran saludados por el entusiasmo general: «¡Viva el ejército!» Los soldados en traje de mecánica que iban tendidos en la cúspide de la pirámide rodante contestaban á la aclamación moviendo los brazos y profiriendo gritos que nadie llegaba á entender. La fraternidad había creado una tolerancia nunca vista. Se empujaba la muchedumbre, guardando en sus encuentros una buena educación inalterable. Chocaban los vehículos, y cuando los conductores, á impulsos de la costumbre, iban á injuriarse, intervenía el gentío y acababan por darse las manos. «¡Viva Francia!» Los transeuntes que escapaban de entre las ruedas de los automóviles reían, increpando bondadosamente al chauffeur. «¡Matar á un francés que va en busca de su regimiento!» Y el conductor contestaba: «Yo también partiré dentro de unas horas. Este es mí último viaje.» Los tranvías y ómnibus funcionaban con creciente irregularidad así como avanzaba la noche. Muchos empleados habían abandonado sus puestos para decir adiós á la familia y tomar el tren. Toda la vida de París se concentraba en media docena de ríos humanos que iban á desembocar en las estaciones.

Desnoyers y Argensola se encontraron en un café del bulevar cerca de media noche. Los dos estaban fatigados por las emociones del día, con la depresión nerviosa que sigue á los espectáculos ruidosos y violentos. Necesitaban descansar. La guerra era un hecho, y después de esta certidumbre, no sentían ansiedad por adquirir noticias nuevas. La permanencia en el café les resultó intolerable. En la atmósfera ardiente y cargada de humo, los consumidores cantaban y gritaban agitando pequeñas banderas. Todos los himnos pasados y presentes eran entonados á coro, con acompañamiento de copas y platillos. El público, algo cosmopolita, revistaba las naciones de Europa para saludarlas con sus rugidos de entusiasmo. Todas, absolutamente todas, iban á estar al lado de Francia. «¡Viva!... ¡viva!» Un matrimonio viejo ocupaba una mesa junto á los dos amigos. Eran rentistas, de vida ordenada y mediocre, que tal vez no recordaban en toda su existencia haber estado despiertos á tales horas. Arrastrados por el entusiasmo, habían descendido al bulevar para «ver la guerra más de cerca». El idioma extranjero que empleaban los vecinos dió al marido una alta idea de su importancia.

—¿Ustedes creen que Inglaterra marchará con nosotros?...

Argensola sabía tanto como él, pero contestó con autoridad: «Seguramente; es cosa decidida.» El viejo se puso de pie: «¡Viva Inglaterra!» Y acariciado por los ojos admirativos de su esposa, empezó á entonar una canción patriótica olvidada, marcando con movimientos de brazos el estribillo, que muy pocos alcanzaban á seguir.

Los dos amigos tuvieron que emprender á pie el regreso á su casa. No encontraron un vehículo que quisiera recibirlos: todos iban en dirección opuesta, hacia las estaciones. Ambos estaban de mal humor, pero Argensola no podía marchar en silencio.

«¡Ah, las mujeres!» Desnoyers conocía sus honestas relaciones desde algunos meses antes con una midinette de la rue Taitbout. Paseos los domingos por los alrededores de París, varias idas al cinematógrafo, comentarios sobre las sublimidades de la última novela publicada en el folletón de un diario popular, besos á la despedida, cuando ella tomaba al anochecer el tren de Bois Colombes para dormir en el domicilio paterno: esto era todo. Pero Argensola contaba malignamente con el tiempo, que madura las virtudes más ácidas. Aquella tarde habían tomado el aperitivo con un amigo francés que partía á la mañana siguiente para incorporarse á su regimiento. La muchacha lo había visto algunas veces con él, sin que le mereciese especial atención; pero ahora lo admiró de pronto, como si fuese otro. Había renunciado á volver esta noche á la casa de sus padres: quería ver cómo empieza una guerra. Comieron los tres juntos, y todas las atenciones de ella fueron para el que se iba. Hasta se ofendió con repentino pudor porque Argensola quiso hacer uso del derecho de prioridad buscando su mano por debajo de la mesa. Mientras tanto, casi desplomaba su cabeza sobre el hombro del futuro héroe, envolviéndolo en miradas de admiración.

—¡Y se han ido!... ¡Se han ido juntos!—dijo rencorosamente—. He tenido que abandonarlos para no prolongar mi triste situación. ¡Haber trabajado tanto... para otro!

Calló un momento, y cambiando el curso de sus ideas, añadió:

—Reconozco, sin embargo, que su conducta es hermosa. ¡Qué generosidad la de las mujeres cuando creen llegado el momento de ofrecer!... Su padre le inspira gran miedo por sus cóleras, y sin embargo se queda una noche fuera de casa con uno á quien apenas conoce y en el que no pensaba á media tarde... La nación siente gratitud por los que van á exponer su existencia, y ella, la pobrecilla, desea hacer algo también por los destinados á la muerte, darles un poco de felicidad en la última hora... y regala lo mejor que posee, lo que no puede recobrarse nunca. He hecho un mal papel... Ríete de mí, pero confiesa que esto es hermoso.

Desnoyers rió, efectivamente, del infortunio de su amigo, á pesar de que él también sufría grandes contrariedades, guardadas en secreto. No había vuelto á ver á Margarita después de la primera entrevista. Sólo tenía noticias de ella por varias cartas... ¡Maldita guerra! ¡Qué trastorno para las gentes felices! La madre de Margarita estaba enferma. Pensaba en su hijo, que era oficial y debía partir el primer día de la movilización. Ella estaba inquieta igualmente por su hermano y consideraba inoportuno ir al estudio mientras en su casa gemía la madre. ¿Cuándo iba á terminar esta situación?...

Le preocupaba también aquel cheque de cuatrocientos mil francos traído de América. El día anterior habían excusado su pago en el Banco por falta de aviso. Luego declararon que tenían el aviso, pero tampoco le dieron el dinero. En aquella tarde, cuando los establecimientos de crédito estaban ya cerrados, el gobierno había lanzado un decreto estableciendo la moratoria, para evitar una bancarrota general á consecuencia del pánico financiero. ¿Cuándo le pagarían?... Tal vez cuando terminase la guerra que aún no había empezado; tal vez nunca. El no tenía otro dinero efectivo que dos mil francos escasos que le habían sobrado del viaje. Todos sus amigos se encontraban en una situación angustiosa, privados de recibir las cantidades que guardaban en los Bancos. Los que poseían algún dinero estaban obligados á emprender una peregrinación de tienda en tienda ó formar cola á la puerta de los Bancos para cambiar un billete. ¡Ah, la guerra! ¡La estúpida guerra!

En mitad de los Campos Elíseos vieron á un hombre con sombrero de alas anchas, que marchaba delante de ellos lentamente y hablando solo. Argensola lo reconoció al pasar junto á un farol: «El amigo Tchernoff.» El ruso, al devolver el saludo, dejó escapar del fondo de su barba un ligero olor de vino. Sin invitación alguna arregló su paso al de ellos, siguiéndoles hacia el Arco de Triunfo.

Julio sólo había cruzado silenciosos saludos con este amigo de Argensola al encontrarle en el zaguán de la casa. Pero la tristeza ablanda el ánimo y hace buscar como una sombra refrescante la amistad de los humildes. Tchernoff, por su parte, miró á Desnoyers como si lo conociese toda su vida.

Había interrumpido su monólogo, que sólo escuchaban las masas de negra vegetación, los bancos solitarios, la sombra azul perforada por el temblor rojizo de los faroles, la noche veraniega con su cúpula de cálidos soplos y siderales parpadeos. Dió algunos pasos sin hablar, como una muestra de consideración á los acompañantes, y luego reanudó sus razonamientos, tomándolos donde los había abandonado, sin dar explicación alguna, como si marchase solo.

—...Y á estas horas gritarán de entusiasmo lo mismo que los de aquí, creerán de buena fe que van á defender su patria provocada, querrán morir por sus familias y hogares que nadie ha amenazado.

—¿Quiénes son esos, Tchernoff?—preguntó Argensola. Le miró el ruso fijamente, como si extrañase su pregunta.

—Ellos—dijo lacónicamente.

Los dos le entendieron... ¡Ellos! No podían ser otros.

—Yo he vivido diez años en Alemania—continuó, dando más conexión á sus palabras al verse escuchado—. Fuí corresponsal de diario en Berlín, y conozco aquellas gentes. Al pasar por el bulevar lleno de muchedumbre, he visto con la imaginación lo que ocurre allá á estas horas. También cantan y rugen de entusiasmo agitando banderas. Son iguales exteriormente unos y otros, pero ¡qué diferencia, por dentro!... Anoche, en el bulevar, la gente persiguió á unos vocingleros que gritaban: «¡A Berlín!» Es un grito de mal recuerdo y de peor gusto. Francia no quiere conquistas; su único deseo es ser respetada, vivir en paz, sin humillaciones ni intranquilidades. Esta noche, dos movilizados decían al marcharse: «Cuando entremos en Alemania les impondremos la República...» La República no es una cosa perfecta, amigos míos, pero representa algo mejor que vivir bajo un monarca irresponsable por la gracia de Dios. Cuando menos, supone tranquilidad y ausencia de ambiciones personales que perturben la vida. Y yo me he conmovido ante el sentimiento generoso de estos dos obreros que, en vez de pensar en el exterminio de sus enemigos, quieren corregirlos, dándoles lo que ellos consideran mejor.

Calló Tchernoff breves momentos para sonreir irónicamente ante el espectáculo que se ofrecía á su imaginación.

—En Berlín, las masas expresan su entusiasmo en forma elevada, como conviene á un pueblo superior. Los de abajo, que se consuelan de sus humillaciones con un grosero materialismo, gritan á estas horas: «¡A París! ¡Vamos á beber champañ gratis!» La burguesía pietista, capaz de todo por alcanzar un nuevo honor, y la aristocracia que ha dado al mundo los mayores escándalos de los últimos años, gritan igualmente: «¡A París!» París es la Babilonia del pecado, la ciudad del Moulin Rouge y los restoranes de Montmartre, únicos lugares que ellos conocen... Y mis camaradas de la Social-Democracia también gritan; pero á éstos les han enseñado otro cántico: «¡A Moscou! ¡A Petersburgo! ¡Hay que aplastar la tiranía rusa, peligro de la civilización!» El kaiser manejando la tiranía de otro país como un espantajo para su pueblo... ¡qué risa!

Y la carcajada del ruso sonó en el silencio de la noche como un tableteo.

—Nosotros somos más civilizados que los alemanes—dijo cuando cesó de reír.

Desnoyers, que le escuchaba con interés, hizo un movimiento de sorpresa y se dijo: «Este Tchernoff ha bebido algo.»

—La civilización—continuó—no consiste únicamente en una gran industria, en muchos barcos, ejércitos y numerosas universidades que sólo enseñan ciencia. Esa es una civilización material. Hay otra superior que eleva el alma y no permite que la dignidad humana sufra sin protesta continuas humillaciones. Un ciudadano suizo que vive en su chalet de madera, considerándose igual á los demás hombres de su país, es más civilizado que el Herr Professor que tiene que cederle el paso á un teniente ó el rico de Hamburgo que se encorva como un lacayo ante el que ostenta la partícula von.

Aquí el español asintió, como si adivinase lo que Tchernoff iba á añadir.

—Los rusos sufrimos una gran tiranía. Yo sé algo de esto. Conozco el hambre y el frío de los calabozos; he vivido en Siberia... Pero frente á nuestra tiranía ha existido siempre una protesta revolucionaria. Una parte de la nación es medio bárbara, pero el resto tiene una mentalidad superior, un espíritu de alta moral que le hace arrostrar peligros y sacrificios por la libertad y la verdad... ¿Y Alemania? ¿Quién ha protestado en ella jamás para, defender los derechos humanos? ¿Qué revoluciones se han conocido en Prusia, tierra de grandes déspotas? El fundador del militarismo, Federico Guillermo, cuando se cansaba de dar palizas á su esposa y escupir en los platos de sus hijos, salía á la calle garrote en mano para golpear á los súbditos que no huían á tiempo. Su hijo Federico el Grande declaró que moría aburrido de gobernar un pueblo de esclavos. En dos siglos de historia prusiana, una sola revolución: las barricadas de 1848, mala copia berlinesa de la revolución de París, y sin resultado alguno. Bismarck apretó la mano para aplastar los últimos intentos de protesta, si es que realmente existían. Y cuando sus amigos le amenazaban con una revolución, el junker feroz se llevaba las manos á los ijares, lanzando las más insolentes de sus carcajadas. ¡Una revolución en Prusia!... Nadie como él conocía á su pueblo.

Tchernoff no era patriota. Muchas veces le había oído Argensola hablar contra su país. Pero se indignaba al considerar el desprecio con que el orgullo germánico trataba al pueblo ruso. ¿Dónde estaba, en los últimos cuarenta años de grandeza imperialista, la hegemonía intelectual de que alardeaban los alemanes?... Excelentes peones de la ciencia; sabios tenaces y de vista corta, confinado cada uno en su especialidad; benedictinos del laboratorio, que trabajaban mucho y acertaban algunas veces á través de enormes equivocaciones dadas como verdades por ser suyas: esto era todo. Y al lado de tanta laboriosidad paciente y digna de respeto, ¡qué de charlatanismo! ¡qué de grandes nombres explotados como una muestra de tienda! ¡cuántos sabios metidos á hoteleros de sanatorio!... Un Herr Professor descubría la curación de la tisis, y los tísicos continuaban muriendo como antes. Otro rotulaba con una cifra el remedio vencedor de la más inconfesable de las enfermedades, y la peste genital seguía azotando al mundo. Y todos estos errores representaban fortunas considerables: cada panacea salvadora daba lugar á la constitución de una sociedad industrial, vendiéndose los productos á grandes precios, como si el dolor fuese un privilegio de los ricos. ¡Cuán lejos de este bluff Pasteur y otros sabios de los pueblos inferiores, que libraban al mundo sus secretos sin prestarse á monopolios!

—La ciencia alemana—continuó Tchernoff—ha dado mucho á la humanidad, lo reconozco; pero la ciencia de las otras naciones ha dado mucho igualmente. Sólo un pueblo loco de orgullo puede imaginar que él lo es todo para la civilización y los demás no son nada... Aparte de sus sabios especialistas, ¿qué genio ha producido en nuestros tiempos esa Alemania que se cree universal? Wágner es el último romántico, cierra una época y pertenece al pasado. Nietzsche tuvo empeño en demostrar su origen polaco y abominó de Alemania, país, según él, de burgueses pedantes. Su eslavismo era tan pronunciado, que hasta profetizó el aplastamiento de los germanos por los eslavos... Y no quedan más. Nosotros, pueblo salvaje, hemos dado al mundo en los últimos tiempos artistas de una grandeza moral admirable. Tolstoi y Dostoiewsky son universales. ¿Qué nombres puede colocar enfrente de ellos la Alemania de Guillermo II?... Su país fué la patria de la música, pero los músicos rusos del presente son más originales que los continuadores del wagnerismo, que se refugían en las exasperaciones de la orquesta para ocultar su mediocridad... El pueblo alemán tuvo genios en su época de dolor, cuando aún no había nacido el orgullo pangermanista, cuando no existía el Imperio. Goethe, Schiller, Beethoven, fueron súbditos de pequeños principados. Recibieron la influencia de otros países, contribuyeron á la civilización universal, como ciudadanos del mundo, sin ocurrírseles que el mundo debía hacerse germánico porque prestaba atención á sus obras.

El zarismo había cometido atrocidades. Tchernoff lo sabía por experiencia y no necesitaba que los alemanes vinieran á contárselo. Pero todas las clases ilustradas de Rusia eran enemigas de la tiranía y se levantaban contra ella. ¿Dónde estaban en Alemania los intelectuales enemigos del zarismo prusiano? Callaban ó prorrumpían en adulaciones al ungido de Dios, músico y comediante como Nerón, de una inteligencia viva y superficial, que, por tocarlo todo, creía saberlo todo. Ansioso de alcanzar una postura escénica en la Historia, había acabado por afligir al mundo con la más grande de las calamidades.

—¿Por qué ha de ser rusa la tiranía que pesa sobre mi país? Los peores zares fueron imitadores de Prusia. En nuestros tiempos, cada vez que el pueblo ruso ó polaco ha intentado reivindicar sus derechos, los reaccionarios emplearon al kaiser como una amenaza, afirmando que vendría en su auxilio. Una mitad de la aristocracia rusa es alemana; alemanes los generales que más se han distinguido acuchillando al pueblo; alemanes los funcionarios que sostienen y aconsejan la tiranía; alemanes los oficiales que se encargan de castigar con matanzas las huelgas obreras y la rebelión de los pueblos anexionados. El eslavo reaccionario es brutal, pero tiene el sentimentalismo de una raza en la que muchos príncipes se hacen nihilistas. Levanta él látigo con facilidad, pero luego se arrepiente y á veces llora. Yo he visto á oficiales rusos suicidarse por no marchar contra el pueblo ó por el remordimiento de haber ejecutado matanzas. El alemán al servicio del zarismo no siente escrúpulos ni lamenta su conducta: mata fríamente, con método minucioso y exacto, como todo lo que ejecuta. El ruso es bárbaro, pega y se arrepiente; el alemán civilizado fusila sin vacilación. Nuestro zar, en un ensueño humanitario de eslavo, acarició la utopía generosa de la paz universal, organizando las conferencias de La Haya. El kaiser de la cultura ha trabajado años y años en el montaje y engrasamiento de un organismo destructivo como nunca se conoció, para aplastar á toda Europa. El ruso es un cristiano humilde, igualitario, democrático, sediento de justicia; el alemán alardea de cristianismo, pero es un idólatra como los germanos de otros siglos. Su religión ama la sangre y mantiene las castas; su verdadero culto es el de Odín, sólo que ahora el dios de la matanza ha cambiado de nombre, y se llama el Estado.

Se detuvo un instante Tchernoff, tal vez para apreciar mejor la extrañeza de sus acompañantes, y dijo luego con simplicidad:

—Yo soy cristiano.

Argensola, que conocía las ideas y la historia del ruso, hizo un movimiento de asombro. Julio insistió en sus sospechas: «Decididamente, este Tchernoff está borracho.»

—Es verdad—continuó—que me preocupo poco de Dios y no creo en los dogmas, pero mi alma es cristiana como la de todos los revolucionarios. La filosofía de la democracia moderna es un cristianismo laico. Los socialistas amamos al humilde, al menesteroso, al débil. Defendemos su derecho á la vida y al bienestar, lo mismo que los grandes exaltados de la religión, que vieron en todo infeliz á un hermano. Nosotros exigimos el respeto para el pobre en nombre de la justicia; los otros lo piden en nombre de la piedad. Esto nos separa únicamente. Pero unos y otros buscamos que los hombres se pongan de acuerdo para una vida mejor; que el fuerte se sacrifique por el débil, el poderoso por el humilde y el mundo se rija por la fraternidad, buscando la mayor igualdad posible.

El eslavo resumía la historia de las aspiraciones humanas. El pensamiento griego había puesto el bienestar en la tierra, pero sólo para unos cuantos, para los ciudadanos de sus pequeñas democracias, para los hombres libres, dejando abandonados á su miseria los esclavos y los bárbaros, que constituían la mayor parte. El cristianismo, religión de humildes, había reconocido á todos los seres el derecho á la felicidad, pero esta felicidad la colocaba en el cielo, lejos de este mundo «valle de lágrimas». La Revolución y sus herederos los socialistas ponían la felicidad en las realidades inmediatas de la tierra, lo mismo que los antiguos, y hacían partícipes de ella á todos los hombres, lo mismo que los cristianos.

—¿Dónde está el cristianismo de la Alemania presente?... Hay más espíritu cristiano en el socialismo de la laica República francesa, defensora de los débiles, que en la religiosidad de los junkers conservadores. Alemania se ha fabricado un Dios á su semejanza, y cuando cree adorarlo, es su propia imagen lo que adora. El Dios alemán es un reflejo del Estado alemán, que considera la guerra como la primera función de un pueblo y la más noble de las ocupaciones. Otros pueblos cristianos, cuando tienen que guerrear, sienten la contradicción que existe entre su conducta y el Evangelio, y se excusan alegando la cruel necesidad de defenderse. Alemania declara que la guerra es agradable á Dios. Yo conozco sermones alemanes probando que Jesús fué partidario del militarismo.

El orgullo germánico, la convicción de que su raza está destinada providencialmente á dominar el mundo, ponía de acuerdo á protestantes, católicos y judíos.

—Por encima de sus diferencias de dogma está el Dios del Estado, que es alemán; el Dios guerrero, al que tal vez llama Guillermo á estas horas «mi respetable aliado». Las religiones tendieron siempre á la universalidad. Su fin es poner á los hombres en relación con Dios y sostener las relaciones entre todos los hombres. Prusia ha retrogradado á la barbarie creando para su uso personal un segundo Jehová, una divinidad hostil á la mayor parte del género humano, que hace suyos los rencores y las ambiciones del pueblo alemán.

Luego, Tchernoff explicaba á su modo la creación de este Dios germánico, ambicioso, cruel, vengativo. Los alemanes eran unos cristianos de la víspera. Su cristianismo databa de seis siglos nada más, mientras que el de los otros pueblos de Europa era de diez, de quince, de diez y ocho siglos. Cuando terminaban ya las Cruzadas, los prusianos vivían aún en el paganismo. La soberbia de raza, al impulsarlos á la guerra, hacía revivir á las divinidades muertas. A semejanza del antiguo Dios germánico, que era un caudillo militar, el Dios del Evangelio se veía adornado por los alemanes con lanza y escudo.

—El cristianismo en Berlín lleva casco y botas de montar. Dios se ve movilizado en estos momentos, lo mismo que Otto, Fritz y Franz, para que castigue á los enemigos del pueblo escogido. Nada importa que haya ordenado: «No matarás» y que su hijo dijese en la tierra: «Bienaventurados los pacíficos.» El cristianismo, según los sacerdotes alemanes de todas las confesiones, sólo puede influir en el mejoramiento individual de los hombres y no debe inmiscuirse en la vida del Estado. El Dios del Estado prusiano es el «viejo Dios alemán», un heredero de la feroz mitología germánica, una amalgama de las divinidades hambrientas de guerra.

En el silencio de la avenida, el ruso evocó las rojas figuras de los dioses implacables. Iban á despertar aquella noche al sentir en sus oídos el amado estrépito de las armas y en su olfato el perfume acre de la sangre. Thor, el dios brutal de la cabeza pequeña, estiraba sus bíceps, empuñando el martillo que aplasta ciudades. Wotan afilaba su lanza, que tiene el relámpago por hierro y el trueno por regatón. Odín, el del único ojo, bostezaba de gula en lo alto de su montaña, esperando á los guerreros muertos que se amontonarían alrededor de su trono. Las desmelenadas walkyrias, vírgenes sudorosas y oliendo á potro, empezaban á galopar de nube en nube, azuzando á los hombres con aullidos, para llevarse los cadáveres, doblados como alforjas, sobre las ancas de sus rocines voladores.

—La religiosidad germánica—continuó el ruso—es la negación del cristianismo. Para ella, los hombres no son iguales ante Dios. Este sólo aprecia á los fuertes, y los apoya con su influencia para que se atrevan á todo. Los que nacieron débiles deben someterse ó desaparecer. Los pueblos tampoco son iguales: están divididos en pueblos conductores y pueblos inferiores cuyo destino es verse desmenuzados y asimilados por aquéllos. Así lo quiere Dios. Y resulta inútil decir que el gran pueblo conductor es Alemania.

Argensola le interrumpió. El orgullo alemán no se apoyaba únicamente en su Dios; apelaba igualmente á la ciencia.

—Conozco eso—dijo el ruso sin dejarle terminar—: el determinismo, la desigualdad, la selección, la lucha por la vida... Los alemanes, tan orgullosos de su valer, construyen sobre terreno ajeno sus monumentos intelectuales, piden prestado al extranjero el material de cimentación cuando hacen obra nueva. Un francés y un inglés, Gobineau y Chamberlain, les han dado los argumentos para defender la superioridad de su raza. Con cascote sobrante de Darwin y de Spencer, su anciano Haeckel ha fabricado el «monismo», doctrina que, aplicada á la política, consagra científicamente el orgullo alemán y reconoce su derecho á dominar al mundo, por ser el más fuerte.

—No, mil veces no—continuó con energía después de un breve silencio—. Todo eso de la lucha por la vida con su cortejo de crueldades puede ser verdad en las especies inferiores, pero no debe ser verdad entre los hombres. Somos seres de razón y de progreso, y debemos libertarnos de la fatalidad del medio, modificándolo á nuestra conveniencia. El animal no conoce el derecho, la justicia, la compasión; vive esclavo de la lobreguez de sus instintos. Nosotros pensamos, y el pensamiento significa libertad. El fuerte, para serlo, no necesita mostrarse cruel; resulta más grande cuando no abusa de su fuerza y es bueno. Todos tienen derecho á la vida, ya que nacieron; y del mismo modo que subsisten los seres orgullosos y humildes, hermosos ó débiles, deben seguir viviendo las naciones grandes y pequeñas, viejas y jóvenes. La finalidad de nuestra existencia no es la lucha, no es matar, para que luego nos maten á nosotros, y que á su vez caiga muerto nuestro matador. Dejemos eso á la ciega Naturaleza. Los pueblos civilizados, de seguir un pensamiento común, deben adoptar el de la Europa mediterránea, realizando la concepción más pacífica y dulce de la vida que sea posible.

Una sonrisa cruel agitó las barbas del ruso.

—Pero existe la Kultur, que los germanos quieren imponernos y que resulta lo más opuesto á la civilización. La civilización es el afinamiento del espíritu, el respeto al semejante, la tolerancia de la opinión ajena, la suavidad de las costumbres. La Kultur es la acción de un Estado que organiza y asimila individuos y colectividades para que la sirvan en su misión. Y esta misión consiste principalmente en colocarse por encima de los otros Estados, aplastándolos con su grandeza, ó lo que es lo mismo, orgullo, ferocidad, violencia.

Habían llegado á la plaza de la Estrella. El Arco de Triunfo destacaba su mole obscura en el espacio estrellado. Las avenidas esparcían en todas direcciones una doble fila de luces. Los faroles situados en torno del monumento iluminaban sus bases gigantescas y los pies de los grupos escultóricos. Más arriba se cerraban las sombras, dando al claro monumento la negra densidad del ébano.

Atravesaron la plaza y el Arco. Al verse bajo la bóveda, que repercutía, agrandado, el eco de sus pasos, se detuvieron. La brisa de la noche tomaba una frialdad invernal al deslizarse por el interior de la construcción. La bóveda recortaba las aristas de sus extremos sobre el difuso azul del espacio. Instintivamente volvieron los tres la cabeza para lanzar una mirada á los Campos Elíseos, que habían dejado atrás. Sólo vieron un río de sombra en el que flotaban rosarios de estrellas rojas entre dos largas escarpaduras negras formadas por los edificios. Pero estaban familiarizados con el panorama, y creyeron contemplar en la obscuridad, sin ningún esfuerzo, la majestuosa pendiente de la avenida, la doble fila de palacios, la plaza de la Concordia en el fondo con su aguja egipcia, las arboledas de las Tullerías.

—Esto es hermoso—dijo Tchernoff, que veía algo más que sombras—. Toda una civilización que ama la paz y la dulzura de la vida ha pasado por aquí.

Un recuerdo enterneció al ruso. Muchas tardes, después del almuerzo, había encontrado en aquel mismo lugar á un hombre robusto, cuadrado, de barba rubia y ojos bondadosos. Parecía un gigante detenido en mitad de su crecimiento. Un perro le acompañaba. Era Jaurés, su amigo Jaurés, que antes de ir á la Cámara daba un paseo hasta el Arco desde su casa de Passy.

—Le gustaba situarse donde nos hallamos en este momento. Contemplaba las avenidas, los jardines lejanos, todo el París que se ofrece á la admiración desde esta altura. Y me decía conmovido: «Esto es magnífico. Una de las perspectivas más hermosas que pueden encontrarse en el mundo...» ¡Pobre Jaurés!

El ruso, por una asociación de ideas, evocaba la imagen de su compatriota Miguel Bakounine, otro revolucionario, el padre del anarquismo, llorando de emoción en un concierto luego de oir la sinfonía con coros de Beethoven, dirigida por un joven amigo suyo que se llamaba Ricardo Wágner. «Cuando venga nuestra revolución—gritaba estrechando la mano del maestro—y perezca lo existente, habrá que salvar esto á toda costa.»

Tchernoff se arrancó á sus recuerdos para mirar en torno y decir con tristeza:

—Ellos han pasado por aquí.

Cada vez que atravesaba el Arco, la misma imagen surgía en su memoria. Ellos eran miles de cascos brillando al sol; miles de gruesas botas levantándose con mecánica rigidez todas á un tiempo; las trompetas cortas, los pífanos, los tamborcillos planos, conmoviendo el augusto silencio de la piedra; la marcha guerrera de Lohengrin sonando en las avenidas desiertas ante las casas cerradas.

El, que era un extranjero, se sentía atraído por este monumento, con la atracción de los edificios venerables que guardan la gloria de los ascendientes. No quería saber quién lo había creado. Los hombres construyen creyendo solidificar una idea inmediata que halaga su orgullo. Luego sobreviene la humanidad, de más amplia visión, que cambia el significado de la obra y la engrandece, despojándola de su primitivo egoísmo. Las estatuas griegas, modelos de suprema belleza, habían sido en su origen simples imágenes de santuario regaladas por la piedad de las devotas de aquellos tiempos. Al evocar la grandeza romana, todos veían con la imaginación el enorme Coliseo, redondel de matanzas, ó los arcos elevados á la gloria de Césares ineptos. Las obras representativas de los pueblos tenían dos significados: el interior é inmediato que le daban sus creadores, y el exterior, de un interés universal, que les comunicaban luego los siglos, haciendo de ellas un símbolo.

—El Arco—continuó Tehernoff—es francés por dentro, con sus nombres de batallas y generales que se prestan á la crítica. Exteriormente, es el monumento del pueblo que hizo la más grande de las revoluciones y de todos los pueblos que creen en la libertad. La glorificación del hombre está allá abajo, en la columna de la plaza Vendôme. Aquí no hay nada individual. Sus constructores la elevaron á la memoria del Gran Ejército, y ese Gran Ejército fué el pueblo en armas esparciendo por toda Europa la revolución. Los artistas, que son grandes intuitivos, presintieron el verdadero significado de esta obra. Los guerreros de Rude que entonan la Marsellesa en el grupo que tenemos á la izquierda no son militares de oficio, son ciudadanos armados que marchan á ejercer su apostolado sublime y violento. Su desnudez me hace ver en ellos unos sans-culottes con casco griego... Aquí hay algo más que la gloria estrecha y egoísta de una sola nación. Todos en Europa despertamos á una nueva vida gracias á estos cruzados de la libertad... Los pueblos evocan imágenes en mi pensamiento. Si recuerdo á Grecia, veo las columnatas del Parthenón; Roma señora del mundo es el Coliseo y el Arco de Trajano; la Francia revolucionaria es el Arco de Triunfo.

Era algo más, según el ruso. Representaba un gran desquite histórico: los pueblos del Sur, las llamadas razas latinas, contestando después de muchos siglos á la invasión qué había destruído el poderío romano; los hombres mediterráneos esparciéndose vencedores por las tierras de los antiguos bárbaros. Habían barrido el pasado como una ola destructora, para retirarse inmediatamente. La gran marea depositaba todo lo que envolvían sus entrañas, como las aguas de ciertos ríos que fecundan inundando. Y al replegarse los hombres, quedaba el suelo enriquecido por nuevas y generosas ideas.

—¡Si ellos volviesen!—añadió Tchernoff con un gesto de inquietud—. ¡Si pisasen de nuevo estas losas!... La otra vez eran unas pobres gentes, asombradas de su rápida fortuna, que pasaron por aquí como un rústico por un salón. Se contentaron con dinero para el bolsillo y dos provincias que perpetuasen el recuerdo de su victoria... Pero ahora no serán soldados únicamente los que marchen contra París. A la cola de los ejércitos vienen, como iracundas cantineras, los Herr Professor, llevando al costado el tonelito de vino con pólvora que enloquece al bárbaro, el vino de la Kultur. Y en los furgones viene igualmente un bagaje enorme de salvajismo científico, una filosofía nueva que glorifica la fuerza como principio y santificación de todo, niega la libertad, suprime al débil y coloca al mundo entero bajo la dependencia de una minoría predilecta de Dios, sólo porque dispone de los procedimientos más rápidos y seguros de dar la muerte. La humanidad debe temblar por su porvenir si otra vez resuenan bajo esta bóveda las botas germánicas siguiendo una marcha de Wágner ó de cualquier Kapellmaister de regimiento.

Se alejaron del Arco, siguiendo la avenida Víctor Hugo. Tchernoff marchaba silencioso, como si le hubiese entristecido la imagen de este desfile hipotético. De pronto continuó en alta voz el curso de sus reflexiones:

—Y aunque entrasen, ¿qué importa?... No por esto moriría el Derecho. Sufre eclipses, pero renace; puede ser desconocido, pisoteado, pero no por esto dejar de existir, y todas las almas buenas lo reconocen como única regla de vida. Un pueblo de locos quiere colocar la violencia sobre el pedestal que los demás han elevado al Derecho. Empeño inútil. La aspiración de los hombres será eternamente que exista cada vez más libertad, más fraternidad, más justicia.

Con esta afirmación el ruso pareció tranquilizarse. El y sus acompañantes hablaron del espectáculo que ofrecía París preparándose para la guerra. Tchernoff se apiadaba de los grandes dolores provocados por la catástrofe, de los miles y miles de tragedias domésticas que se estaban desarrollando en aquel momento. Nada había cambiado aparentemente. En el centro de la ciudad y en torno de las estaciones se desarrollaba un movimiento extraordinario, pero el resto de la inmensa urbe no delataba el gran trastorno de su existencia. La calle solitaria ofrecía el mismo aspecto de todas las noches. La brisa agitaba dulcemente las hojas de los árboles. Una paz solemne parecía desprenderse del espacio. Las casas dormían, pero detrás de las ventanas cerradas se adivinaba el insomnio de los ojos enrojecidos, la respiración de los pechos angustiosos por la amenaza próxima, la agilidad trémula de las manos preparando el equipaje de guerra, tal vez el último gesto de amor, cambiado sin placer, con besos terminados en sollozos.

Tchernoff se acordó de sus vecinos, de aquella pareja que ocupaba el otro departamento interior detrás del estudio. Ya no sonaba el piano de ella. El ruso había percibido rumor de disputas, choque de puertas cerradas con violencia y los pasos del hombre, que se iba en plena noche, huyendo de los llantos femeniles. Había empezado á desarrollarse un drama al otro lado de los tabiques: un drama vulgar, repetición de otros y otros que ocurrían al mismo tiempo.

—Ella es alemana—añadió el ruso—. Nuestra portera ha husmeado bien su nacionalidad. El se habrá marchado á estas horas para incorporarse á su regimiento. Anoche apenas pude dormir. Escuché los gemidos de ella á través de la pared; un llanto lento, desesperado, de criatura abandonada, y la voz del hombre, que en vano intentó hacerla callar... ¡Qué lluvia de tristezas cae sobre el mundo!

Aquella misma tarde, al salir de casa, la había encontrado frente á su puerta. Parecía otra mujer, con un aire de vejez, como si en unas horas hubiese vivido quince años. En vano había intentado animarla, recomendándole que aceptase con serenidad la ausencia de su hombre para no hacer daño al otro ser que llevaba en sus entrañas.

—Porque esa infeliz va á ser madre. Oculta su estado con cierto pudor, pero yo la he sorprendido desde mi ventana arreglando ropitas de niño.

La mujer le había escuchado como si no le entendiese. Las palabras eran impotentes ante su desesperación. Sólo había sabido balbucear, como si hablase con ella misma: «Yo alemana... El se va; tiene que irse... Sola... ¡sola para siempre!...»

—Piensa en su nacionalidad, que le separa del otro; piensa en el campo de concentración, al que la llevarán con sus compatriotas: Le da miedo el abandono en un país hostil que tiene que defenderse de la agresión de los suyos... Y todo esto cuando va á ser madre. ¡Qué miserias! ¡Qué tristezas!

Llegaron á la rue de la Pompe, y al entrar en la casa se despidió Tchernoff de sus acompañantes para subir por la escalera de servicio. Desnoyers quiso prolongar la conversación. Temía quedarse á solas con su amigo y que resurgiese su mal humor por las recientes contrariedades. La conversación con el ruso le interesaba. Subieron los tres por el ascensor. Argensola habló de la oportunidad de destapar una botella de las muchas que guardaba en la cocina. Tchernoff podría volver á su casa por la puerta del estudio que daba á la escalera de servicio.

El amplio ventanal tenía las vidrieras abiertas; los huecos sobre el patio interior estaban abiertos igualmente; una brisa continua hacía palpitar las cortinas, balanceando los faroles antiguos, las banderas apolilladas y otros adornos del estudio romántico. Tomaron asiento en torno de una mesita, junto al ventanal, lejos de las luces que iluminaban un extremo de la amplia pieza. Estaban en la penumbra, vueltos de espaldas al interior. Tenían ante ellos los tejados de enfrente y un enorme rectángulo de sombra azul perforada por la fría agudeza de los astros. Las luces de la ciudad coloreaban el espacio sombrío con un reflejo sangriento.

Bebió dos copas Tchernoff, afirmando con chasquidos de lengua el mérito del líquido. Los tres callaban, con el silencio admirativo y temeroso que la grandiosidad de la noche impone á los hombres. Sus ojos saltaban de estrella á estrella, agrupándolas en líneas ideales, formando triángulos ó cuadriláteros de fantástica irregularidad. A veces el fulgor parpadeante de un astro parecía enganchar al paso el rayo visual de sus miradas, manteniéndolas en hipnótica fijeza.

El ruso, sin salir de su contemplación, se sirvió otra copa. Luego sonrió con una ironía cruel. Su rostro barbudo tomó la expresión de una máscara trágica asomando entre los telones de la noche.

—¡Qué pensarán allá arriba de los hombres!—murmuró—. ¿Estará enterada alguna estrella de que existió Bismarck?... ¿Conocerán los astros la misión divina del pueblo germánico?

Y siguió riendo.

Algo lejano é indeciso turbó el silencio de la noche deslizándose por el fondo de una de las grietas que cortaban la inmensa planicie de tejados. Los tres avanzaron la cabeza para escuchar mejor... Eran voces. Un coro varonil entonaba un himno simple, monótono, grave. Más bien lo adivinaban con el pensamiento que lo percibían con sus oídos. Varias notas sueltas llegadas hasta ellos con mayor intensidad en una de las fluctuaciones de la brisa permitieron á Argensola reconstituir el canto breve rematado por un aullido melódico; un verdadero canto de guerra:

C'est l'Alsace et la Lorraine, C'est l'Alsace qu'il nous faut. Oh, oh, oh, oh.

Un nuevo grupo de hombres iba á lo lejos, por el fondo de una calle, en busca de la estación de ferrocarril, puerta de la guerra. Debían ser de los barrios exteriores, tal vez del campo, y al atravesar París envuelto en silencio, sentían el deseo de cantar la gran aspiración nacional, para que los que velaban detrás de las fachadas obscuras repeliesen toda perplejidad sabiendo que no estaban solos.

—Lo mismo que en las óperas—dijo Julio siguiendo los últimos sonidos del coro invisible, que se perdía... se perdía, devorado por la distancia y la respiración nocturna.

Tchernoff siguió bebiendo, pero con aire distraído, fijos los ojos en la niebla rojiza que flotaba sobre los tejados.

Adivinaban los dos amigos su labor mental en la contracción de su frente, en los gruñidos sordos que dejaba escapar, como un eco del monólogo interior. De pronto saltó de la reflexión á la palabra, sin preparación alguna, continuando en voz alta el curso de sus razonamientos.

—...Y cuando dentro de unas horas salga el sol, el mundo verá correr por sus campos los cuatro jinetes enemigos de los hombres... Ya piafan sus caballos malignos con la impaciencia de la carrera; ya sus jinetes de desgracia se conciertan y cruzan las últimas palabras antes de saltar sobre la silla.

—¿Qué jinetes son esos?—preguntó Argensola.

—Los que preceden á la Bestia.

Encontraron los dos amigos tan ininteligible esta contestación como las palabras anteriores. Desnoyers volvió á repetirse mentalmente: «Está borracho.» Pero su curiosidad le hizo insistir. ¿Y qué bestia era aquella?

El ruso le miró como si extrañase la pregunta. Creía haber hablado en alta voz desde el principio de sus reflexiones.

—La del Apocalipsis.

Se hizo un silencio; pero el laconismo del ruso no fué de larga duración. Sintió la necesidad de expresar su entusiasmo por el soñador de la roca marina de Patmos. El poeta de las visiones grandiosas y obscuras ejercía influencia, á través de dos mil años, sobre este revolucionario místico refugiado en el último piso de una casa de París. Todo lo había presentido Juan. Sus delirios, ininteligibles para el vulgo, encerraban el misterio de los grandes sucesos humanos.

Tchernoff describió la bestia apocalíptica surgiendo de las profundidades del mar. Era semejante á un leopardo, sus pies iguales á los de un oso y su boca un hocico de león. Tenía siete cabezas y diez cuernos. De los cuernos pendían diez diademas, y en cada una de las siete cabezas llevaba escrita una blasfemia. Estas blasfemias no las decía el evangelista, tal vez porque eran distintas, según las épocas, modificándose cada mil años, cuando la bestia hacía una nueva aparición. El ruso leía las que flameaban ahora en las cabezas del monstruo: blasfemias contra la humanidad, contra la justicia, contra todo lo que hace tolerable y dulce la vida del hombre. «La fuerza es superior al derecho...» «El débil no debe existir...» «Sed duros para ser grandes...» Y la bestia, con toda su fealdad, pretendía gobernar al mundo y que los hombres la rindiesen adoración.

—¿Pero los cuatro jinetes?—preguntó Desnoyers.

Los cuatro jinetes precedían la aparición del monstruo en el ensueño de Juan.

Los siete sellos del libro del misterio eran rotos por el cordero en presencia del gran trono donde estaba sentado alguien que parecía de jaspe. El arco iris formaba en torno de su cabeza un dosel de esmeralda. Veinticuatro tronos se extendían en semicírculo, y en ellos veinticuatro ancianos con vestiduras blancas y coronas de oro. Cuatro animales enormes cubiertos de ojos y con seis alas parecían guardar el trono mayor. Sonaban las trompetas saludando la rotura del primer sello.

«¡Mira!», gritaba al poeta visionario con voz estentórea uno de los animales... Y aparecía el primer jinete sobre un caballo blanco. En la mano llevaba un arco y en la cabeza una corona: era la Conquista, según unos; la Peste, según otros. Podía ser ambas cosas á la vez. Ostentaba una corona, y esto era bastante para Tchernoff.

«¡Surge!», gritaba el segundo animal removiendo sus mil ojos. Y del sello roto saltaba un caballo rojizo. Su jinete movía sobre la cabeza una enorme espada. Era la Guerra. La tranquilidad huía del mundo ante su galope furioso: los hombres iban á exterminarse.

Al abrirse el tercer sello, otro de los animales alados mugía como un trueno: «¡Aparece!» Y Juan veía un caballo negro. El que lo montaba tenía una balanza en la mano para pesar el sustento de los hombres. Era el Hambre.

El cuarto animal saludaba con un bramido la rotura del cuarto sello. «¡Salta!» Y aparecía un caballo de color pálido. «El que lo montaba se llama la Muerte, y un poder le fué dado para hacer perecer á los hombres por la espada, por el hambre, por la peste y por las bestias salvajes.»

Los cuatro jinetes emprendían una carrera loca, aplastante, sobre las cabezas de la humanidad aterrada.

Tchernoff describía los cuatro azotes de la tierra lo mismo que si los viese directamente. El jinete del caballo blanco iba vestido con un traje ostentoso y bárbaro. Su rostro oriental se contraía odiosamente, como si husmease las víctimas. Mientras su caballo seguía galopando, él armaba el arco para disparar la peste. En su espalda saltaba el carcaj de bronce lleno de flechas ponzoñosas que contenían los gérmenes de todas las enfermedades, lo mismo las que sorprenden á las gentes pacíficas en su retiro que las que envenenan las heridas del soldado en el campo de batalla.

El segundo jinete, el del caballo rojo, manejaba el enorme mandoble sobre sus cabellos, erizados por la violencia de la carrera. Era joven, pero el fiero entrecejo y la boca contraída le daban una expresión de ferocidad implacable. Sus vestiduras, arremolinadas por el impulso del galope, dejaban al descubierto una musculatura atlética.

Explore with AITake your curiosity a little further.

Reading settings