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Los cuatro jinetes del apocalipsis

PRIMERA PARTE (continued 4)

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Viejo, calvo y horriblemente descarnado, el tercer jinete saltaba sobre el cortante dorso del caballo negro. Sus piernas disecadas oprimían los flancos de la magra bestia. Con una mano enjuta mostraba la balanza, símbolo del alimento escaso, que iba á alcanzar el valor del oro.

Las rodillas del cuarto jinete, agudas como espuelas, picaban los costados del caballo pálido. Su piel apergaminada dejaba visibles las aristas y oquedades del esqueleto. Su faz de calavera se contraía con la risa sardónica de la destrucción. Los brazos de caña hacían voltear una hoz gigantesca. De sus hombros angulosos pendía un harapo de sudario.

Y la cabalgada furiosa de los cuatro jinetes pasaba como un huracán sobre la inmensa muchedumbre de los humanos. El cielo tomaba sobre sus cabezas una penumbra lívida de ocaso. Monstruos horribles y disformes aleteaban en espiral sobre la furiosa razzia, como una escolta repugnante. La pobre humanidad, loca de miedo, huía en todas direcciones al escuchar el galope de la Peste, la Guerra, el Hambre y la Muerte. Hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, se empujaban y caían al suelo en todas las actitudes y gestos del pavor, del asombro, de la desesperación. Y el caballo blanco, el rojo, el negro y el pálido los aplastaban con indiferencia bajo sus herraduras implacables: el atleta oía el crujido de sus costillajes rotos, el niño agonizaba agarrado al pecho maternal, el viejo cerraba para siempre los párpados con un gemido infantil.

—Dios se ha dormido, olvidando al mundo—continuó el ruso—. Tardará mucho en despertar, y mientras Él duerme, los cuatro jinetes feudatarios de la Bestia correrán la tierra como únicos señores.

Se exaltaba con sus palabras. Abandonando su asiento, iba de un lado á otro con grandes pasos. Le parecía débil su descripción de las cuatro calamidades vistas por el poeta sombrío. Un gran pintor había dado forma corporal á estos terribles ensueños.

—Yo tengo un libro—murmuraba—, un libro precioso...

Y repentinamente huyó del estudio, dirigiéndose á la escalera interior para entrar en sus habitaciones. Quería traer el libro para que lo viesen sus amigos. Argensola le acompañó. Poco después volvieron con el volumen. Habían dejado abiertas las puertas tras de ellos. Se estableció una corriente de aire más fuerte entre los huecos de las fachadas y el patio interior.

Tchernoff colocó bajo una lámpara su libro precioso. Era un volumen impreso en 1511, con texto latino y grabados. Desnoyers leyó el título: Apocalipsis cum figuris. Los grabados eran de Alberto Dúrero: una obra de juventud, cuando el maestro sólo tenía veintisiete años. Los tres quedaron en extática admiración ante la lámina que representaba la loca carrera de los jinetes apocalípticos. El cuádruple azote se precipitaba con un impulso arrollador sobre sus monturas fantásticas, aplastando á la humanidad loca de espanto.

Algo ocurrió de pronto que hizo salir á los tres hombres de su contemplación admirativa; algo extraordinario, indefinible: un gran estrépito que pareció entrar directamente en su cerebro sin pasar por los oídos; un choque en su corazón. El instinto les advirtió que algo grave acababa de ocurrir.

Quedaron en silencio, mirándose: un silencio de segundos que fué interminable.

Por las puertas abiertas llegó un ruido de alarma procedente del patio: persianas que se abrían, pasos atropellados en los diversos pisos, gritos de sorpresa y de terror.

Los tres corrieron instintivamente hacia las ventanas interiores. Antes de llegar á ellas, el ruso tuvo un presentimiento.

—Mi vecina... Debe ser mi vecina. Tal vez se ha matado.

Al asomarse vieron luces en el fondo; gentes que se agitaban en torno de un bulto tendido sobre las baldosas. La alarma había poblado instantáneamente todas las ventanas. Era una noche sin sueño, una noche de nerviosidad, que mantenía á todos en dolorosa vigilia.

—Se ha matado—dijo una voz que parecía surgir de un pozo—. Es la alemana, que se ha matado.

La explicación de la portera saltó de ventana en ventana hasta el último piso.

El ruso movió la cabeza con expresión fatal. La infeliz no había dado sola el salto de muerte. Alguien presenciaba su desesperación: alguien la había empujado... ¡Los jinetes! ¡Los cuatro jinetes del Apocalipsis!... Ya estaban sobre la silla; ya emprendían su galope implacable, arrollador.

Las fuerzas ciegas del mal iban á correr libres por el mundo.

Empezaba el suplicio de la humanidad bajo la cabalgada salvaje de sus cuatro enemigos.

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