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Los Caudillos de 1830

LIBRO TERCERO EL DIARIO DE LACY

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I. EL SOÑADOR

Eusebio de Lacy escribió con detalles su vida en los días que duró la expedición de los liberales en la frontera. Lacy esperaba una lucha más brillante, más intensa. En su diario se le ve, a pesar suyo, desencantado y triste. Su espíritu de soñador y de poeta se representaba la realidad como algo más fuerte, más noble, más extraordinario.

Lacy tenía un entusiasmo todavía latente por los militares y por la guerra. Concebido en época de grandes batallas, su infancia se había arrullado con la música estridente de las trompetas y de los tambores. Más tarde había sido educado en colegios con hijos de militares franceses del Imperio, todos estremecidos y pasmados de asombro ante las glorias más o menos inventadas de Napoleón y de su ejército.

Eusebio pensaba en su padre, y se lo figuraba como le había visto en los retratos y en las estampas, vestido de general, con el pecho lleno de cruces ganadas en los campos de batalla, el rostro fiero, la mirada relampagueante y la mano en la empuñadura de la espada.

Después de los años de colegio en Francia y en España, Eusebio había vivido en Quimper, en casa de su madre, en un ambiente pesado, lánguido, de un pueblo bretón oscuro, en una sociedad levítica de comerciantes y de armadores, dirigida por realistas y por curas.

Era aquella época de la Restauración, una época de luchas ardientes en que el monarquismo y el jesuitismo se aprestaban al combate contra las ideas revolucionarias con todas las armas; las misiones religiosas se esparcían por las ciudades y por los campos, Francia entera estaba llena de oradores elocuentes que predicaban el arrepentimiento de las locuras pasadas. Los misioneros quemaban en las plazas públicas los libros de Voltaire y los tomos de la Enciclopedia, las familias enviaban sus hijos a los colegios de jesuítas, las autoridades obedecían servilmente a las Congregaciones y todo se conseguía con intrigas. Por entonces se hablaba de los monstruos del 93 y del ogro de Córcega.

Durante este tiempo, Eusebio había adorado la gloria y el ejército, sólo por la gloria y por contraposición a las ideas y prácticas clericales que trataban de imbuirle. Después fué llegando hasta él, cada vez con más intensidad, la influencia liberal, y reaccionando contra sus sueños militares, llegó a mirar a Napoleón como un ambicioso, antihumano y repugnante, y a sus mariscales como una tropa de brutos miserables dedicados únicamente a la petulancia y al robo.

Lacy creyó haber matado su entusiasmo de gloria y haberlo sustituído por el ideal más severo de la libertad; pero por debajo de éste se transparentaban sus sueños de ambición militar.

En su diario se ve que estos sueños pierden su brillo y decaen las ilusiones de Lacy.

II. LA ENTRADA EN ESPAÑA

Añoa, 15 de Octubre de 1830.

El 14 de Octubre por la mañana salí de Bayona, camino de la frontera, con la tropa mandada por Valdés. Al atravesar la ciudad estuvo a punto de ocurrir un encuentro entre nuestra gente y la de Mina.

Cualquiera al oir a los nuestros hubiera dicho que iban a ser unos héroes; pero no se han portado heroicamente, sino todo lo contrario.

La fuerza de Valdés venía dividida en cuatro compañías: una de extranjeros, mandada por don Francisco Mancha; otra de vascos, semi-independiente, la partida de Leguía; otra de navarros y aragoneses, a las órdenes de Malpica, y un grupo de oficiales al frente del cual va López Campillo.

Estas compañías se han formado con ochenta o cien hombres y cada una tiene sus oficiales y sus sargentos. Los soldados ganan treinta y cinco suses, o sean siete reales diarios.

Yo voy de ayudante del coronel Valdés, y Ochoa, con el mismo cargo, a las órdenes de Campillo.

Llevamos algunos soldados muy buenos y otros muy malos. Las tropas vascas y las navarras son las mejores, conocen el país y se encuentran entre los suyos; las extranjeras son las peores; están, naturalmente, formadas por lo más perdido de cada casa.

No se ha podido contar con los oficiales franceses liberales, porque el Gobierno de Julio los ha aceptado a todos en las filas del ejército.

Descontados éstos que hubieran sido útiles, los que han quedado en nuestras filas son aventureros, gente de presidio más que militares.

Ya a primera vista salta la poca unidad espiritual de esta tropa. Entre los extranjeros hay la más completa diversidad de tipos y de actitudes, se ven hombres que tienen el aire nórtico de un noruego, gentes rubias de cabeza pequeña y ojos azules, al lado de otros que parecen italianos del mediodía con el pelo crespo, los ojos negros y la mirada viva. Hay una gran variedad en la expresión de los unos y de los otros; éste tiene rasgos de energía, el otro de astucia, el de más allá de cobardía y de cinismo.

En cambio, entre los vascos de Leguía hay tal unidad en la expresión, que parecen todos de la misma familia, y sólo fijándose en ellos, uno a uno, se advierte que no se parecen en los rasgos de la fisonomía. En todos ellos se ve una mezcla de audacia y de atención; más que soldados parecen cazadores que van a un ojeo.

Entre los extranjeros hay algunos muy curiosos. Uno de ellos es el guardabosque de Ustariz, amigo de Malpica.

Este hombre, a quien todos llamamos el tío Juan, no se queja de nada, todo le parece bien. Es un estoico. Le suele acompañar un asistente del intendente Darracq, que vive en Ustariz y que se llama Alí.

El tío Juan y Alí van siempre juntos, animando a los demás.

Otro tipo extraño es un muchacho inglés que vino a Bayona de San Sebastián con Tilly. Como no conocemos su nombre y por lo que parece no quiere decirlo, le llamamos el Inglesito. El Inglesito se ha incorporado a nuestra pequeña legión extranjera de una manera aristocrática e individualista; lleva dos criados a su servicio y una tienda de campaña. Siempre le vemos correctamente vestido, recién afeitado. El inglés éste parece una estatua griega por su expresión fría y académica. Tiene el aire de un hombre rico, su traje es irreprochable y sus cuellos y sus puños están siempre limpios y sus zapatos recién barnizados, como si fuera a pasear a Hyde Park.

El Inglesito ha hablado con Mancha, el jefe de nuestra legión extranjera; no parece que quiere tener relación con nosotros y ha debido poner sus condiciones; nosotros, yo por mi parte, estamos dispuestos a respetar su reserva y a no ocuparnos de él.

Urdax, 16 Octubre.

La salida de Bayona fué para mí completamente inesperada. El día 13 me llamó Valdés, y me dijo que había sabido que los dos Gobiernos, el de Luis Felipe y el de Fernando, habían hecho un convenio, y que no teníamos otra solución que adelantarnos o abandonar la empresa. El se lanzaba dispuesto a todo, y al día siguiente al amanecer saldríamos camino de la frontera. Se dieron las órdenes necesarias para la marcha, y salimos de Bayona.

Iban con nosotros Chapalangarra y Méndez Vigo. El 14 llegamos a Saint Pee. Yo dormí en el Castillo de los Brujos de este pueblo. Salimos de allá y al llegar a la frontera entre Añoa y Dancharinea, Chapalangarra y el general Méndez Vigo se despidieron de nosotros el uno para ir a San Juan del Pie del Puerto, el otro a Mauleón.

Hoy por la mañana hemos llegado a Urdax. Nos hemos apoderado del punto avanzado que abandonaron los tercios y de las armas que había aquí guardadas. Llevábamos una proclama, suscrita por varios jefes, dirigida al ejército español, invitándole a imitar al francés, pasándose a nuestra bandera y a librar a la patria del yugo que la oprime. Se han dado vivas a la libertad y a la Constitución, y se han montado dos piezas pequeñas de campaña que encontramos en el puesto avanzado.

Como nos preocupa la cuestión de la alimentación, se han mandado agentes a comprar víveres a los pueblos de alrededor.

Estoy deseando entrar en fuego.

Zugarramurdi, 17 Octubre.

Esta mañana hemos dejado en Urdax a Campillo y a Malpica y hemos salido con las dos compañías, la de Leguía y la de Mancha, camino de Zugarramurdi.

La razón principal de la marcha es la cuestión de las subsistencias, que no hay modo de resolverla en un pueblo pequeño en donde escasea todo.

Zugarramurdi está muy cerca de Urdax, a una media legua próximamente. Es una aldea que se encuentra en la falda de Peñaplata en la vertiente de Francia.

Al acercarnos al pueblo han ido nuestras dos columnas separadas, flanqueando el monte.

En las lomas había unos grupos de tercios realistas que nos han recibido a tiros.

En este pequeño encuentro nuestros extranjeros mandados por Mancha se han portado de una manera vergonzosa. Muchos a las primeras descargas tiraban el fusil y corrían a internarse en territorio francés.

Algunos, por lo que nos han dicho, han entrado en Sara, y la gente, indignada por su cobardía, les ha recibido a pedradas. Ha habido quien ha llegado corriendo hasta Bayona.

Unicamente el tío Juan, Alí, el Inglesito y algunos otros han dejado bien puesto el pabellón.

Afortunadamente, la partida de Leguía al oir los primeros tiros corrió hacia el pueblo y se apoderó de él. Yo creí que los realistas se defenderían en las calles; pero no; han abandonado la aldea sin pelear.

Ahora es de noche. A la luz de la luna veo la torre de la iglesia de Zugarramurdi, blanca, y unos cipreses del pequeño cementerio que la rodea.

Vera, 18 Octubre.

Ayer en Zugarramurdi. Valdés, Leguía, Mancha, Campillo y Malpica, discutieron lo que había que hacer. De todos ellos el menos culto, pero el más inteligente, es Leguía.

Valdés es un castellano de cabeza dura, de continente altivo y soberbio; no tiene flexibilidad, discurre por frases. A pesar de su cerrazón es simpático; tiene una cara noble, un poco alargada, y los ojos claros.

Si a mí me preguntaran quién debía mandar nuestras fuerzas, diría que Leguía.

Valdés y Leguía discuten sobre el mapa de Navarra. Leguía es partidario de ocupar Vera; Valdés no quiere.

Los informes de los caseros son que Juanito el de la Rochapea va a entrar en Vera con sus tercios realistas y los carabineros. Leguía opina que sería conveniente ocupar Vera y avisar a Mina para que pasase en seguida a España. A Valdés no le agrada la colaboración con Mina.

Después de discutir largo rato se ha resuelto que Leguía con su partida vaya a Vera.

—Usted no ataque—le ha encargado Valdés delante de mí.—La cuestión es ver qué disposiciones tienen las tropas realistas para nosotros. Si ataca usted va a decir Mina que somos unos locos, y si fracasa la expedición asegurará que es nuestra la culpa.

—¿Quiere usted que vaya con él, mi general?—le he dicho a Valdés.

—Sí; vaya usted.

—Quizás quiera venir conmigo Ochoa.

—Que vaya.

El Inglesito al enterarse ha pedido también venir con nosotros.

Leguía ha llamado a sus sargentos y ha dado la orden de que para las dos de la mañana esté la partida formada en la plaza. Leguía, Ochoa, el Inglesito y yo vamos a caballo. Llevamos una pieza de artillería montada en un mulo.

A las dos y media la columna se ha puesto en movimiento. La noche estaba oscura; hemos pasado por una calle con casas hermosas, grandes, hemos salido del pueblo y cruzado por delante de la cueva de las brujas y por el Arroyo del Infierno, después hemos seguido a campo traviesa hasta descansar, al amanecer, en unos caseríos de Sara.

A nuestra espalda dejábamos Zugarramurdi sobre el promontorio de Peñaplata, que entra en la tierra llana de Francia. Bajo el cielo gris se veía un pueblecillo, Sara, y más lejos, vagamente el mar.

Después de tomar el almuerzo hemos seguido adelante, bordeando el monte Labiaga, por unos robledales que el otoño ha dejado rojizos. El suelo está cubierto de hojas doradas. Es época de pasa, y por el cielo cruzan pájaros de todos colores...

En esto, una de las lomas lejanas se llena de siluetas de hombres que comienzan a hacer fuego sobre nuestra partida.

Por lo que hemos sabido después, el teniente realista D. Miguel de Sagastibelza, comandante del puesto avanzado, ha destacado contra nosotros una columna formada por doscientos veinte hombres del 13 de línea, ciento cincuenta voluntarios realistas procedentes de Burguete, y trescientos soldados del batallón de tercios del Baztán.

Leguía manda desplegar en guerrilla a su gente y se contesta al fuego. Después de una ligera escaramuza las fuerzas enemigas se han retirado.

¿Es que están, como dicen algunos, por nosotros y no esperan más que una ocasión favorable para pronunciarse en nuestro favor?

No lo sé; pero así lo parece.

Con la fuerza de que disponen podían, sin duda alguna, habernos hecho retroceder y obligarnos a meternos en Francia.

A las doce de la mañana llegamos a una cañada, desde donde divisamos Vera en el fondo de un valle. Vamos avanzando a caballo Leguía, Ochoa, el Inglesito y yo.

De pronto Leguía se detiene.

—¿Ve usted—me dice—ese monte que está a un lado del pueblo con varios caseríos?

—Sí.

—Se llama Santa Bárbara. En la falda, en un repecho hacia el río que está allí—y señala un barranco,—hay una casa fuerte, la Casherna, y en la misma falda, al acercarse al valle por el lado más próximo a nosotros, hay un convento, el convento de Eztegara. La Casherna y el convento probablemente estarán ocupados por los carabineros.

—¿Y qué tenemos que hacer?—he preguntado yo.

—Dividiremos la fuerza. Usted con Antula, que es mi segundo, y con cincuenta hombres, se presentará delante de la Casherna e intentará parlamentar con la pequeña guarnición. ¿Que se rinden?, entonces mandará usted un hombre al caserío aquel que se llama Lecueder y agitará un pañuelo blanco. ¿Que no se rinden?, el hombre agitará un pañuelo rojo y yo me acercaré a Casherna.

—Está bien. Vamos a la segunda parte. Si se rinden los del fuerte ¿qué hacemos?—he preguntado yo.

—Si se rinden, deja usted diez o doce hombres en la Casherna y se van ustedes acercando al convento de Eztegara. Yo estaré al comienzo de este barrio, que es el barrio de Alzate, y esperaré subido sobre uno de estos montes a ver lo que ustedes hacen y cuándo llegan. Si veo que ha tenido usted éxito, me presentaré delante del convento e intimaré la rendición. Usted entonces se acercará con su gente.

—Creo que estamos entendidos.

Leguía habla en vascuence con Antula, le hace algunas recomendaciones y nos separamos los dos grupos. Leguía toma por la derecha a coger el camino de San Juan de Luz a Vera; yo, acompañado de el Inglesito, de Antula y de unos cincuenta hombres, cruzo un barranco y avanzo por la falda de Santa Bárbara.

Antula, el segundo de Leguía, es un hombre rojo, con las pupilas azules brillantes, las cejas y las pestañas doradas y la melena hasta los hombros. Viste un capisayo corto atado con unas cuerdas y tiene un aire salvaje y fiero. Detrás de él marcha un perro, tan parecido al amo en el aspecto sombrío, que se ve que está identificado con él. Mientras vamos andando por el monte, Antula no me dice nada; pero al divisar la casa fuerte me grita, hablándome de tú:

—¡Baja!

—No, no—exclamo yo, y sigo a caballo.

El Inglesito hace lo mismo.

Nos aproximamos a una casa vieja, aspillerada, que en el pueblo llaman la Casherna. Antula vuelve a decirme:

—¡Baja!—pero yo sigo adelante a caballo y el Inglesito también.

Al acercarnos a la casa fuerte nos encontramos con un piquete de realistas formado por unos treinta hombres. Yo, poniendo en prensa mi cerebro, les dirijo una arenga hablándoles de la libertad.

Los soldados de la Casherna se consultan, vacilan y dicen que se rendirán a condición de que les dejen marcharse cada cual adonde quiera.

Acepto su proposición y los soldados se van.

El Inglesito me da la mano gravemente. Ocupado el viejo cuartel, llamado la Casherna, y un pequeño fortín que hay más abajo, hacemos la seña desde Lecueder a Leguía y nos dirigimos hacia el convento de capuchinos de Eztegara.

Este convento es un edificio no muy grande, con capilla, cementerio adosado a ella, vivienda para los frailes y algunos almacenes y corrales de ganado.

Por las reglas de la Orden el tal convento debía ser un eremitorio de forma humilde y pobre, la iglesia pequeña y estrecha, la vivienda mísera y sólo capaz para ocho a doce frailes con el superior; pero actualmente los frailes no llevan una vida humilde, ni mucho menos. Está fundado el convento de Vera en 1741. Tiene exteriormente una muralla de ronda que rodea el rectángulo de sus campos, que por dos de sus lados está limitado por los arroyos Lamiocingo-Erreca y Convetuco-Erreca.

Antula, el Inglesito y yo nos acercamos al convento y entramos en un caserío que se llama Botinea. Desde los agujeros del pajar veo la huerta del convento, sus campos de maíz, sus filas de perales y de manzanos, el pozo y dos grandes nísperos que hay delante de la capilla.

El convento tiene todas sus puertas y ventanas cerradas.

Los carabineros, en número de trescientos, se han encerrado ahí con su jefe D. Claudio Ichazo. Con ellos están los capuchinos armados y algunos voluntarios realistas. Deben hallarse todos emboscados o parapetados, porque no se les ve.

Al acercarse Fermín Leguía al convento ha comenzado desde las ventanas el fuego graneado. Antula y yo hemos distribuído la gente en Botinea para contestar al fuego desde los agujeros del pajar.

En esto en una ventana del convento ha aparecido una bandera blanca.

Leguía ha mandado a Ochoa a los carabineros como parlamentario, y en vista de que no ha habido acuerdo se han reanudado las hostilidades.

Leguía ha mandado preparar y cargar el cañón; dos artilleros lo han colocado delante del portillo de la huerta del convento, a una distancia de treinta o cuarenta varas y han hecho fuego suprimiendo el obstáculo.

No se ha podido pasar, porque detrás había una barricada formada con maderas y con carros, que se ha deshecho de nuevo a cañonazos.

Hemos entrado en la huerta del convento y en la parte de vivienda de los frailes. Los carabineros se han encerrado en la iglesia. Parece que no tienen municiones, pero no quieren rendirse.

Al poco rato, nueva bandera de parlamento aparece en el tejado de la iglesia.

¿Qué hacemos? Un guerrillero de los que se han quedado en la Casherna viene diciendo que en el camino de Echalar han aparecido fuerzas del batallón de realistas número 10. Son dos compañías que manda el capitán D. Teodoro Carmona.

¿Qué hacemos?, nos hemos vuelto a preguntar. No hay más remedio que retirarse.

Se manda aviso a los de la Casherna para que vengan al convento a emprender la vuelta a Zugarramurdi.

—¿Por dónde vamos?—pregunta Antula a Leguía,—¿hacia Oleta?

—No, no; a Zugarramurdi.

Quedamos de acuerdo en fingir que no nos retiramos, y vamos por el barrio de Illecueta a coger el camino de Zugarramurdi. En el alto de Lizuñaga se prepara la comida. Se enciende fuego y se hierve en cuatro calderos grandes habas secas con tocino. Yo como con gusto y el Inglesito mismo no hace melindres.

El postre nos lo da un pelotón de voluntarios realistas mandados por Carmona, que empieza a hacernos fuego.

Antula con algunos de sus hombres se lanza sobre ellos y los dispersa y los persigue de risco en risco.

—¡Qué tipo este Antula!—le digo a Leguía.

—Sí, es un gran tipo.

—¿Lo conoce usted desde hace mucho tiempo?

—Sí; desde hace mucho tiempo. ¿Que, le interesa a usted?

—Sí.

—Ya le contaré a usted su vida más tarde.

Por la noche entramos de nuevo en Zugarramurdi, y Leguía explica a Valdés los detalles de la expedición, que no ha tenido ningún resultado.

III. EL LEÑADOR DE ANTULA

Zugarramurdi, 19 Octubre; por la mañana.

Escribo en la cocina de la posada, a la luz de un candil. Está apuntando el día, un día turbio, húmedo y triste. Hemos estado largo tiempo después de cenar, fumando, bebiendo y contando historias a la luz de la lumbre.

El Inglesito se nos ha reunido. Campillo, Malpica, Mancha y Leguía han contado las suyas; la que más me ha interesado, porque se refiere a un tipo como Antula que acabo de conocer, ha sido la de Leguía. Voy a transcribir su narración, no exactamente, porque el guerrillero navarro ha hecho una porción de divagaciones al contarla:

—La vida de Antula—ha dicho D. Fermín—está unida con la mía. Yo he nacido en Vera del Bidasoa, en Febrero de 1787, en el caserío que se llama Landaburuchipia. Esta casa era de mis abuelos maternos, Norberto de Fagoaga y Mariana de Alzate. Tenía veintiún años cuando los franceses entraron en España: no sabía escribir y apenas sabía leer. El oir los desmanes que hacían los franceses en nuestro país me impulsó a echarme al monte, y con Antula, que era un muchacho salvaje, leñador de un caserío del monte Larrun y cazador de jabalíes, me reuní al cabecilla Belza que operaba en las orillas del Bidasoa... No llegamos más que a intranquilizar al enemigo con alguna que otra correría de poca importancia. En un viaje que hicimos a Guipúzcoa, Antula y yo a recoger caballos, los franceses nos cortaron la comunicación con Belza y tuvimos que pasarnos a Vizcaya y a Santander. Allí tomamos parte con unos estudiantes en la acción de Santoña. Los estudiantes se batían sin orden ni táctica. En un encuentro que tuvimos en Santander el 17 de Julio de 1808 a Antula y a mí nos cogieron prisioneros y nos llevaron al Castillo Viejo de Bayona. Estuvimos presos setenta y cinco días, y el 2 de Octubre nos escabullimos él y yo, entramos en España y nos presentamos a la partida de Mina el Estudiante, que se llamaba el Corso terrestre. Mina había preparado el levantamiento de Navarra; en esta época varios generales franceses a las órdenes de Suchet, entre ellos el navarro Harispe, le perseguían. Javier Mina tuvo que esconderse; y como era hombre de muchos arrestos solía meterse en los pueblos ocupados por el enemigo, y presenció, vestido de aldeano entre un grupo de campesinos, el paso del general Suchet que iba de Zaragoza a Pamplona. En un pueblo que llaman Labiano, del valle de Aranguren, se nos echó encima una columna de tres mil hombres, e hirieron y cogieron prisionero a Javier Mina. La prisión de Mina produjo un desorden grande en sus fuerzas. Había por entonces tres partidas más en Navarra: la de Echeverría, el carnicero de Corella; la de Sádaba, y la del Pelado. Ni a Antula ni a mí nos gustaba reunirnos con esta gente de la Ribera, con quien no podíamos entendernos bien.

Estábamos vacilando, cuando apareció el tío de Mina, D. Francisco Espoz, mandando una partida con los restos de la de Javier Mina. Iban con él Mal Alma, el Chiquito de Tafalla, Tomasito el de Azcárate y otros.

Don Francisco tuvo diferencias con los demás jefes, y cuando logró afirmar su autoridad, una de las cosas que exigió de sus soldados fué que se cortaran el pelo al rape, quedando el sólo con el pelo largo en señal de superioridad y de mando.

Antula era hombre orgulloso, y dijo:

—No me da la gana. Si se corta él el pelo me lo cortaré yo también, si no, no.

Y dejó la partida y se marchó con su perro. Yo quedé con Mina. Al dividir éste su fuerza en tres batallones me hicieron a mí sargento del tercer batallón de Voluntarios de Navarra que mandaba D. Lucas Gorriz y del que era oficial Laquidain.

En este batallón tomé parte en la acción de Monreal, donde me hirieron en la pierna derecha, y en las de Tafalla, Lerín, valle de Ulzama y otras muchas.

Estábamos en Villarreal de Guipúzcoa, me había yo apoderado de varios caballos de los franceses, y el general Mina, en vista de la maña que me daba, me dijo en vascuence:

—Leguía.

—¿Qué?

—Tú preferirías andar suelto por tu país, ¿verdad?

—Sí.

—Bueno; pues escoge quince hombres y vete a la frontera de Francia, a la parte de las Cinco Villas, y te quedas allí de observación. Todos los caballos que cojas nos vendrán muy bien.

Escogí mis hombres y me vine aquí. Estaba entonces incorporado al cuarto batallón ligero de Navarra. Al poco tiempo se me presentaron varios jóvenes, amigos, de los caseríos inmediatos, que algunos todavía están conmigo: Martín Belarra, Erauste, Mendigorri y el leñador de Antula con su hermano.

Antula seguía tan salvaje, con sus pelos largos, su capucha, un hacha en el cinto y su perro al lado.

—Antula guizon fierra da—se decía.

(Antula es hombre orgulloso.)

Nuestra partida daba que hacer. Nos dedicábamos principalmente a quitar caballos a los franceses. En poco tiempo les cogimos en la orilla del Bidasoa más de cien caballos y les hicimos muchos prisioneros. Luego nos apoderamos del castillo de Fuenterrabía...; pero esto es capítulo aparte—dijo el guerrillero.

Con nuestras gatadas, el jefe de la Policía francesa de San Sebastián y el inspector de Irún estaban ojo avizor. Se pusieron de acuerdo con un capitán de la gendarmería para acabar con mi partida. Emplearon todos los medios de seducción. Habían puesto mi cabeza a precio y al mismo tiempo me mandaban recados para que me pasara a su bando. Una de las cosas que hicieron fué mandar a dos muchachas, que engatusaron al hermano de Antula y a otro mozo de mi partida y les citaron en un caserío de Sara. Cuando fueron los mozos los gendarmes los rodearon y los fusilaron.

Antula, que quería a su hermano, se hizo más fiero y más vengativo.

Un día el superior de este convento, en donde hemos estado hoy, el padre Romualdo, nos citó a Antula, a Martín Belarra y a mí; dijo que tenía que hablarnos.

La suerte hizo que confundiéramos la hora de la cita, y en vez de llegar al convento a las doce de la noche en punto nos presentáramos a las once. El portero nos abrió y pasamos. Entramos en el campo de delante de la iglesia, nos asomamos al claustro y vimos al prior hablando con diez o doce gendarmes.

—Son los gendarmes—me dijo Antula.—Estamos perdidos.

Retrocedimos rápidamente y salimos al patio.

Los gendarmes se dieron cuenta y avanzaron contra nosotros en la oscuridad; Martín Belarra llevaba el fusil, yo tenía pistolas. ¡Fuego!, le dije.

Disparamos los dos. Ellos nos contestaron con una descarga. Mientras tanto, Antula rompía la puerta de unos cuantos hachazos y nos escapábamos.

Sabíamos a qué atenernos respecto a los capuchinos de Vera. Estaban en relación con los franceses. Entre los frailes y los curas de entonces había unos muy patriotas que se habían lanzado al campo; otros, afrancesados, decían que lo mismo daba Bonaparte que Borbón.

Esta gente no se preocupaba, como nosotros, principalmente del interés patriótico, sino del interés de la religión. Sobre todo los frailes que habían quedado en las zonas ocupadas por los imperiales eran en su mayoría afrancesados.

Después de la emboscada que nos prepararon los capuchinos de Vera, temiendo las represalias el padre Romualdo reforzó la guardia del convento y llevó un retén de gendarmería.

El superior, ya desenmascarado, se puso claramente contra nosotros, e hizo que el dueño del caserío donde vivía Antula echara de casa a la familia.

Mi partida fué a protegerla con la intención de llevarla a un caserío de aquí, de Zugarramurdi; pero al pasar por Peñaplata, por la parte que llaman de las Tres Mugas, nos atacaron los gendarmes, y una bala perdida fué a dar en el hijo de Antula, que tendría dos o tres años, y lo mató en los brazos de su madre. Después los gendarmes entraron en el caserío de Antula, sacaron los pobres trastos al campo y les pegaron fuego.

La desesperación volvió loco al leñador, que se hizo más sombrío que nunca. La gente le tenía espanto. Todo el mundo se echaba a temblar cuando le veía, seguido de su perro, con sus ojos claros y brillantes, sus cejas rojas, su capisayo pardo y el hacha al cinto.

Tenía tal odio a los frailes, que si encontraba alguno en el camino sin más explicaciones le daba una paliza terrible. Al perro le pasaba lo mismo: siempre que veía un fraile se echaba sobre él y Antula le azuzaba.

Un día, después de la batalla de San Marcial, siendo yo teniente y Antula sargento, nos encontramos al padre Romualdo en una venta de Echalar en compañía de un oficial inglés y de un militar del Cuerpo del general Longa.

El padre Romualdo cantó la palinodia, y como tenía una mala idea de nosotros nos ofreció dinero.

—Ya sé que te perjudicaron los gendarmes quemándote los trastos de la casa—le dijo a Antula;—pues bien, para que no te quejes te voy a dar dos mil pesetas. ¿Estamos de acuerdo? Y tú me firmarás un recibo diciéndome que no te debo nada.

Antula callaba.

—¿Será tan vil para aceptar?—pensaba yo.

El padre Romualdo escribió un recibo.

—Firma—indicó;—te daré dos mil pesetas por la casa y quinientas por tu hijo.

Oir esto Antula y sacar el hacha del cinto, todo fué uno. Rápidamente levantó el arma en el aire y se oyó un grito terrible. Había cortado al fraile el brazo derecho por la muñeca.

Se asistió al mutilado y se buscó a Antula, que había desaparecido con su perro.

Al terminar su narración, Leguía bebió de un trago el vaso de aguardiente y murmuró:

—Bueno, señores; vamos a dormir un rato.

Y yo me tendí en un jergón con los pies hacia el fuego, pensando en aquel terrible Antula de los ojos brillantes y de las cejas rojas.

IV. ATAQUE DE JUANITO

Zugarramurdi, 20 Octubre.

Juanito el de Rochapea conociendo nuestra posición en esta aldea de Zugarramurdi, se ha presentado por la mañana a atacarnos con unos mil quinientos a dos mil hombres.

Juanito ha formado tres columnas: una al mando de Carmona, otra al de Sagastibelza y otra al suyo inmediato.

Nosotros no llegamos a cuatrocientos hombres. Parte de nuestra gente ha salido del pueblo a ocupar los altos, asegurándonos de antemano la retirada a Francia.

En el casco del pueblo y en la iglesia hemos quedado Valdés, Mancha, Malpica y yo con ellos, con cien hombres, la mayoría extranjeros, a los cuales al parecer no se les considera muy seguros: la gente de Campillo ha ocupado un robledal inmediato, y la partida de Leguía, en la que se tiene completa confianza, ha evolucionado por los alrededores.

A las diez de la mañana han roto el fuego las guerrillas enemigas. Su objeto era rodearnos, pero no lo han podido conseguir. A pesar de la superioridad de las fuerzas realistas no han realizado sus planes.

Los tres grupos de nuestra gente han rechazado al enemigo en todas sus acometidas. Campillo ha maniobrado alrededor de un robledal con gran pericia de guerrillero.

Entre los nuestros ha habido un francés prisionero, ocho hombres muertos y varios desaparecidos. Entre los realistas supongo yo que habrán tenido las mismas bajas, quizás algunas más.

Este pequeño éxito no ha servido para animar a nuestra gente. No se nos une nadie; no tenemos víveres ni municiones. Si sigue así, no cabe duda, la expedición va a ser un fracaso...

V. CHAPALANGARRA

Zugarramurdi, 21 Octubre.

Hoy hemos sabido el final desastroso de Chapalangarra en Valcarlos. Fiado en su gloria de guerrillero y en el influjo que creía tener entre sus paisanos, supuso, como muchos de los nuestros, que bastaba su presencia para arrastrar a los amigos y hasta a los enemigos.

Al despedirse de nosotros, cerca de Dancharinea, Chapalangarra con algunos de los suyos fué a San Juan del Pie del Puerto. Llevaba a sus órdenes, según me han dicho, ciento cincuenta hombres. De éstos, unos cien eran aventureros franceses, casi todos parisienses, gente levantisca y poco disciplinada. Entre los españoles iba una partida que había reclutado D. Joaquín Cayuela con elementos heterogéneos, y algunos curiosos como el poeta Espronceda.

De Pablo abandonó San Juan del Pie del Puerto de noche y avanzó con toda su gente hasta Arnegui, aldea que tiene una parte española y otra francesa divididas por un riachuelo.

En Arnegui dejó los cien parisienses en un grupo de casas próximo a la carretera llamado Ventaberri, para tener, en caso de necesidad, la salida libre a Francia.

Hecho esto, él con un grupo de quince hombres a caballo avanzó hacía Valcarlos. Valcarlos, en vasco Luzaide, se encuentra en un valle estrecho al descender el Pirineo a la llanura de Francia.

El valle de Valcarlos es el final del Barranco de Roncesvalles, que comienza en su parte más alta cerca del santuario de este nombre y termina en Arnegui. Por esta garganta pasa el camino real que va de Burguete a San Juan del Pie del Puerto, y por su parte baja corre un riachuelo que contribuye a formar el Nive.

Chapalangarra al llegar a Valcarlos se instaló en la posada y comenzó a dar disposiciones para defender el pueblo.

Cuando llegaron los hombres de la partida de Cayuela y los demás españoles, tenían ya preparado el alojamiento en las casas cerca de la iglesia.

Mandó Chapalangarra traer materiales para cerrar la entrada de la aldea por el lado de Roncesvalles; pero como no había útiles ni herramientas no se pudo hacer nada.

Al día siguiente por la mañana al levantarse el caudillo supo que acababa de llegar un leñador con la noticia al pueblo de que por la carretera iban acercándose grupos numerosos de tropas realistas.

Estas tropas, salidas de Burguete, se hallaban formadas por el regimiento de Infantería 6.º de ligeros, por el batallón de Voluntarios realistas número 10 al mando del oficial D. Francisco Benito Eraso, comandante del cantón de Roncesvalles, y por una compañía de Voluntarios de Navarra.

No había tiempo de fortificar la villa. Eran, además, muchas fuerzas las que llegaban para que Chapalangarra intentara oponerse a ellas con un puñado de hombres.

No había más remedio que retirarse y volver a Francia, y esa fué la opinión de los liberales que acompañaban al jefe; pero Chapalangarra exaltado por su patriotismo y por su orgullo, creyó que una retirada tan inmediata era una vergüenza y un oprobio.

—Dejadme a mí hablarles primero—exclamó.—Son españoles y me oirán.

Y sin hacer caso de observaciones montó a caballo y avanzó al encuentro de la primera patrulla de realistas.

Estos, al verle y al oirle, quedaron inmóviles, sorprendidos y admirados.

—Navarros—gritó el caudillo con voz sonora.—Yo soy de Pablo, Chapalangarra; vuestro amigo, vuestro paisano. Vengo a sacar a la patria de la ignominia en que se encuentra. Gritad conmigo: ¡Viva España! ¡Viva la libertad!

Los realistas verdaderamente absortos no salían de su admiración al ver a aquel loco que se les presentaba indefenso, cuando el teniente del sexto de Ligeros, D. Pedro Roca, volviéndose a sus soldados dijo:

—Voluntarios... Apunten... ¡Fuego!

Los soldados dispararon una descarga cerrada, y Chapalangarra cayó al suelo atravesado de balazos.

Algunos de los suyos que se habían detenido esperando un resultado de la decisión del caudillo, al oir los tiros escaparon por la carretera de Valcarlos a Francia dejando en poder de las tropas de Eraso una bandera, doce mil cartuchos y una porción de fusiles y de bayonetas.

Los tercios realistas, viendo la fuga de los liberales echaron a correr tras ellos con tal ímpetu, que los liberales no intentaron resistir en ninguna parte. Unicamente los parisienses de Ventaberri soltaron algunos tiros, pero abandonando pronto las casas de Arnegui entraron en Francia. Todos hubieran sido sacrificados en territorio francés a no ser por un oficial de la gendarmería, que mandó aviso a los jefes de los tercios de que habían pasado la frontera. No hubo necesidad de desarmar a los fugitivos, porque habían tirado los fusiles en la huída.

El cadáver de Chapalangarra, abandonado en Valcarlos en medio del camino, fué mutilado por los realistas de una manera bárbara y cruel.

Este final ha tenido la empresa de Chapalangarra, final que ha llevado el desaliento a nuestra gente.

¡Pobre Chapalangarra! ¡Desdichado! ¡Iluso!—dicen todos.

Ahora me parece estar oyéndole hablar en Cambó, con su voz áspera y su mirada sombría y brillante. ¡Pobre hombre!

Quizás mañana hablen también de nosotros con lástima.

VI. NOTICIAS DE MINA

Errota-sarreco-borda, 23 Octubre.

Estoy con veinte hombres en un caserío de este pequeño nombre: Errota-sarreco-borda. El tal nombre quiere decir, en vasco, la Borda del molino viejo. Cerca tengo Errota-berri (el molino nuevo) y Errota-echezubi (el puente de la casa del molino).

Errota-sarreco-borda es un caserío pequeño del término de Zugarramurdi, hacia Vera. Vive aquí una viuda con tres chicos y un viejo. No hablan una palabra de castellano ni de francés, el leñador de Antula me sirve de intérprete.

Estamos impacientes por saber lo que ha hecho Mina. Los partidarios acérrimos de Valdés desean que no se presente para poder acusarle. ¡Qué mezquinas pasiones!

Hace dos días recibí un emisario que venía de Vera a darnos cuenta de la entrada de Mina en este pueblo.

Por lo que nos dijo, el 18 se reunió por la noche toda la gente disponible que había en Bayona, y Mina la hizo formar fuera de la puerta de España y la pasó revista. Se contaron escasamente 350 hombres, incluídos los 51 de la Compañía Sagrada, compuesta por oficiales algunos ya muy viejos que van como soldados.

A la luz de las hachas se saludaron todos como amigos y juraron fidelidad.

A Mina le acompañaban el jefe de Estado Mayor, O'Donnell, los generales Butrón y López Baños y el coronel Iriarte.

Don Gaspar de Jáuregui, el Pastor, dió la voz de marcha a sus voluntarios que iban de vanguardia, y comenzó la columna a alejarse de Bayona.

Mina iba acompañado por Sanz de Mendiondo y por el capellán D. Agustín de Apezteguía.

Después de caminar toda la noche del 18, al amanecer del día 19 hizo alto con sus tropas en el bosque de Saint Pee; allí permanecieron durante el día y al hacerse de noche rompieron la marcha amaneciendo cerca de Vera.

Estuvieron en las alturas de Vera dando descanso a la tropa y repartieron varias proclamas en los caseríos próximos.

Al amanecer del día 21, Mina con la columna en orden de combate entró en el pueblo. Al acercarse al convento de capuchinos de Eztegara envió como parlamentario al comandante D. Felipe Tolosana; pero los carabineros que lo ocupaban y su jefe D. Claudio Ichazo al oir la corneta de parlamento se retiraron, saltando la tapia que da al arroyo Convetucoerreca y abandonaron el pueblo.

Mina parece que acusa a Leguía de falta de diplomacia con los carabineros en nuestra expedición anterior.

Creo que le han informado mal.

Vera, 24 Octubre: mañana.

De Errota-sarreco-borda he vuelto a Zugarramurdi. Hemos quedado reducidos a unos ciento cincuenta hombres. La gente se va a la desbandada, sobre todo los aventureros extranjeros que venían principalmente en espera de botín. El Cuerpo que manda Leguía es el que no ha disminuído; los de Campillo y Malpica se han quedado en cuadro, y a Mancha no le resta más que el Inglesito, el tío Juan, Alí y otros tres o cuatro.

Nuestra pequeña fuerza está formada por oficiales. El viejo coronel Malpica se desespera pensando en las deserciones; de rabia quisiera fusilar a medio mundo.

Anteayer se recibió un oficio de Mina dirigido a Valdés. En él Mina nombra a Valdés gobernador del fuerte de Vera, y le dice que se traslade a este pueblo.

Valdés ha creído ver en tal nombramiento una humillación, y me ha dictado un oficio lleno de violencia, afirmando que no reconoce en Mina mando alguno. Pasado algún rato me ha dicho:

—¿Qué le parece a usted?

—En estos momentos sería conveniente que olvidasen ustedes toda cuestión de amor propio.

—Bueno. Rompa usted ese oficio, y escriba usted otro diciendo que me trasladaré a Vera.

Salimos el mismo día de recibir el oficio, por la noche, y llegamos ayer por la mañana. El gobernador del fuerte de Vera nombrado por Mina es D. Joaquín Sanz de Mendiondo. Envía parte de nuestra tropa al viejo cuartel (la Casherna), parte al pequeño fortín derruído que está debajo, y parte al campamento del Bidasoa instalado por Mina en la otra orilla del río en el término de Lesaca.

Al entrar nosotros Mina ha dejado Vera, y siguiendo el curso del río ha llegado a Irún y ha ocupado el alto de San Marcial con dos compañías de guipuzcoanos, doce lanceros y veinte hombres de la Compañía Sagrada al mando del Pastor. Los voluntarios realistas de Irún han huído a Francia.

Vera, 24 Octubre: noche.

Por lo que parece, Mina ha tenido el temor de que nos ataquen en Vera con fuerzas superiores, y ha dispuesto que Butrón, López Baños y O'Donnell, que iban siguiéndole, vuelvan a ocupar el campamento del Bidasoa en término de Lesaca con sus fuerzas. Hoy por la tarde han llegado, según nos han dicho.

El tiempo está muy malo. El invierno se nos echa encima.

Valdés quiere que me cuide, y me ha enviado de alojado al pueblo, al barrio de Alzate. Estoy en casa de una hermana de Leguía, una señora ya anciana, que vive sola, con pobreza, y tiene una tiendecita.

La hermana de D. Fermín me ha recibido muy amablemente. Es alta, fuerte, muy guapa. A mí me mira con lástima por verme demacrado y débil.

—¡Gashúa!—me dice a cada momento. Esto parece que quiere decir en vascuence: Pobrecillo. Desdichado.

Por la tarde ha venido D. Fermín a visitar a su hermana y han hablado largamente. En el curso de la conversación se han ocupado de mí; ella le preguntaba al guerrillero:

—¿Para qué traeis chicos como éste? No os puede servir para nada. ¡Tan pequeño! ¡Tan charrico!

Leguía contestaba:

—No, no. Este muchacho tiene nervio.

Yo estoy un poco febril. Este constante llover, esta constante humedad me ponen muy triste. Desde la ventana de la cocina de la casa veo el paisaje nebuloso y la niebla amarilla y triste que forma como un telón en el aire. Todo está convertido en un charco.

De noche, la hermana de Leguía ha encendido una gran fogata en la cocina y hemos estado al calor de la lumbre charlando. El Inglesito ha venido a visitarme. La gente dice que es muy raro que en Octubre haga tan mal tiempo.

Sin duda tenemos poca suerte. Seremos unos gashúas, como dice la hermana de Leguía.

VII. EN EL FORTÍN DE VERA

25 Octubre: mañana.

Me han dejado en el fortín de Vera con quince hombres, mientras los jefes hacen reconocimientos. Tengo como asesor a Antula; él sabe el vascuence y conoce el terreno. Han supuesto que el leñador y yo nos completamos.

Me pongo a escribir en este cuaderno para entretenerme. La noche pasada ha nevado y hay todavía nieve en las cumbres. Son las doce del día. Hace un momento de buen tiempo. Ha salido un poco el sol. Hay grandes espacios de cielo azul del que tratan de apoderarse las nubes plomizas.

Pasan bandadas de palomas y cruzan pájaros de todas clases, que sin duda vienen del Norte huyendo hacia los países del sol.

Voy a describir el sitio en donde me encuentro.

Hay frente a Vera, hacia el sudoeste, un monte de unos mil pies de alto que se llama Santa Bárbara. Este monte tiene en la cumbre una ermita y restos de trincheras y de otras obras de fortificación que hicieron los españoles cuando la guerra con la República francesa en 1794 y en tiempo de la Independencia.

Este monte, en su falda que mira al pueblo tiene una loma que se llama Casherna-gaña (Alto de Casherna). La razón de tal nombre es que hay en la cumbre de la loma un viejo edificio que sirvió durante las dos invasiones francesas de cuartel, al que los franceses llamaban, naturalmente, la Caserne, y los naturales del pueblo castellanizando y vasconizando la palabra francesa, lo llamaron la Casherna.

La Casherna está en medio de campos fértiles y su fachada mira hacia el pueblo. A su lado izquierdo y abajo, como avanzando a dominar el camino próximo al río, hay un fortín construído por cuatro paredes ruinosas y una tejavana provisional. A este fortín, en donde me encuentro yo, se sube por la estrada que comunica el barrio de Alzate con Vera, por una escalera tortuosa que pasa hundida por entre dos muros de piedra.

Desde el fortín, donde estamos de guardia, se ve enfrente el pueblo, la iglesia con su torre cuadrada por una de cuyas aristas va trepando una hiedra y su escalera exterior. Detrás del pueblo cierran el horizonte dos montes puntiagudos, uno de ellos con una fila de cruces que sube hasta lo alto, que es el Calvario, el otro con varios caseríos.

A mi izquierda hay un valle por donde pasa el Bidasoa. Desde mi observatorio no se le ve. Se divisa únicamente el puente y sobre él una barriada de casas: Alcayaga, y un poco más abajo otra barriada que se llama Zalain. Por encima de los montes próximos se ve una cresta nevada como una sierra. Antula me dice que es de la Peña de Aya, del lado de Oyarzun.

Hacia mi derecha se destaca el monte Larrun con grandes manchas de nieve.

Todos los montes de alrededor se ven ahora en las alturas blancos, en las faldas rojizos por los helechos que se han agostado. Las heredades de los valles están cubiertas por las cañas blanquecinas de los maíces secos; los tejados brillan por la humedad. Los chopos, los álamos, los castaños, tienen el follaje amarillo; los robles todavía están hojosos, aunque empiezan a enrojecer. En medio de esta superficie amarilla y cobriza que presentan los montes, se ven algunas manchas rectangulares de un verdor profundo de los prados.

25 Octubre: al medio día.

La posición que defendemos en este momento, la Casherna, con su fortín, sería buena si contáramos con gente; pero la gente nos falta.

Desde la Casherna se pueden vigilar las veredas y caminos de Echalar y de Zugarramurdi; desde el fortín avanzado se divisa si viene alguien por el lado de Navarra, por Lesaca; por el lado de Guipúzcoa, por Endarlaza, o cruzando el Bidasoa, por el puente de San Miguel...

Estoy mirando el pueblo iluminado por este pálido sol; a pesar de ser pálido y sin brillo me parece muy hermoso. Es el sol de mi patria.

25 Octubre: tarde.

He tenido una larga conversación con Antula, que me ha hablado de sus hombres. ¿Qué hacen estos vascos, a los cuales no entiendo? ¿Qué piensan? ¿Qué proyectan?

Antula me ha hablado de ellos y de sus deseos y aspiraciones. Hay dos de cara alegre que siempre están hablando.

Por lo que me ha dicho Antula, se entretienen en pensar proyectos de comidas.

El uno hace un menú y el otro le pone objeciones, y al contrario. Discuten si empezarán su supuesto banquete con sopa de fideos o con sopa de pan, si son mejor las judías blancas o las rojas, y si un cochinillo asado es más propio para tercer plato que un cordero. Cada salsa, cada vino merece una discusión. Los demás les escuchan con gran interés y se ríen.

Otros hablan de brujas constantemente y se ponen a mirarse con los ojos alucinados, y hay uno de los nuestros que canta y sobre todo silba admirablemente. Le llaman Sosua (el mirlo). Sosua suele estar asomado a la muralla. Generalmente canta la primera voz y luego canta el acompañamiento; y no se contenta con cantar una vez, sino que canta muchas veces hasta aburrirse. Hoy le ha dado por una tonada triste.

—¿Qué dice, qué significa lo que canta?—le he preguntado a Antula.

—Es una canción del país del Sul que se llama Uso churia—me ha dicho el leñador.

—¿Qué significa?

—Esto que ha cantado dice: "¿Paloma blanca, adónde vas? Los montes de España están blancos de nieve. Si esta noche necesitas albergue, lo tienes en mi casa."

Ahora que sé el significado de la canción me parece más triste aún. Los montes están blancos y aparecen como bloques de hielo en el horizonte gris.

Sosua sigue con la canción. ¡Qué tristeza! Me parece que me van a enterrar.

He aprendido yo la canción de Sosua, y la repito también hasta aburrirme.

25 Octubre: noche.

Al oscurecer me han mandado un aviso para subir a la Casherna. Estaban reunidos allí Valdés, Leguía, Campillo, Malpica y Mancha.

No se saben los proyectos del enemigo.

Leguía es partidario de dejar la Casherna y el fortín y ocupar el convento de Eztegara, proveerse de víveres para un mes y defenderse allí. Valdés no acepta el plan; teme que el pueblo se ponga contra nosotros, y supone que Leguía quiere vengarse de los frailes.

Veremos mañana si mejora o empeora nuestra situación.

VIII. LOS REALISTAS

Fortín de Vera, día 26.

Hemos pasado una malísima noche en el fortín sin poder dormir. Se nos ha echado encima un temporal de agua y nieve que parece que va a durar.

Las tropas del campamento del Bidasoa, próximo a Lesaca, han tenido que trasladarse a Vera. Son unos doscientos cincuenta hombres. Vienen mandados por el general Butrón y López Baños, y marchan como oficiales el brigadier Sancho y los coroneles O'Donnell, Iriarte, D. Agustín Jáuregui y D. Epifanio Mancha.

Esta columna llegó ayer al medio día a ocupar la posición que dejaron los nuestros en la orilla del Bidasoa y se encontraron a campo raso, sin techo, sin comida y sin ropa; pasaron la noche a la intemperie resistiendo a pie firme la lluvia y la nieve y por la mañana entraron en el pueblo.

Hemos fraternizado los unos y los otros, y les hemos dado lo que teníamos.

27 Octubre: al amanecer.

Esta noche he dormido un poco en el barrio de Alzate, en casa de la hermana de Leguía. Le he indicado que me despierte a las cuatro, y a esta hora me he vestido y he marchado al fortín.

Hay calma absoluta.

No se ha recibido durante toda la noche ningún aviso de los confidentes acerca de los movimientos del enemigo, lo cual hace suponer que no se ha presentado todavía.

A las cinco de la mañana han tenido una conferencia Butrón y López Baños con Valdés. Butrón ha dicho que en vista de que no hay peligro de ataque en Vera, saldrá cuando se haga de día hacia las alturas de Oyarzun, para reunirse a Mina que debe estar en los caseríos de Arichulegui.

27, seis de la mañana.

A las cinco de la mañana se hallaban listos y formados los hombres de Butrón y López Baños.

Estaba completamente a oscuras. Butrón no ha querido salir mientras no amaneciese, porque, a pesar de que no había noticias de aproximación de fuerzas enemigas, no tenía confianza.

A las cinco y media comienza a clarear y aparece el pueblo chorreando agua por entre la bruma, en un cielo de nubes de plomo. La campana de la iglesia anuncia la primera misa. Siento una profunda tristeza. Me gustaría ser el último de los campesinos y vivir esa vida oscura del campo...

27, ocho de la mañana.

Iba Butrón a dar la orden de marcha, cuando viene corriendo un centinela que estaba en el puente de San Miguel, sobre el Bidasoa, a decir que un campesino al pasar por el puente le ha dicho que por los altos del término de Lesaca: Baldrun, Pompollegui y Escolamendi, por donde pensaba marchar Butrón camino de Oyarzun, hay apostada mucha tropa.

Inmediatamente se han dado órdenes de defender el puente de San Miguel, y Campillo, Peman y Malpica han salido con tropas y se han colocado en el extremo del puente. Valdés distribuye sus hombres por la orilla del río.

López Baños y Butrón marchan al pueblo para asegurar la retirada a Francia. Leguía va a Santa Bárbara por si por la espalda aparece el enemigo. Yo me quedo en el fortín con mis quince hombres.

El día está frío, húmedo y triste. Comienzan a verse grupos de tropas realistas en los altos y en una barriada próxima al río que se llama Alcayaga.

Hemos tenido aviso de la distribución de las fuerzas enemigas.

Las columnas realistas han maniobrado de noche sin que lo hayan advertido nuestros centinelas.

Viene contra nosotros el general Llauder, con más de cuatro mil infantes, ochocientos caballos y dos piezas de artillería.

La dirección de estas tropas es la siguiente:

El ala derecha, al mando del brigadier Villanueva, con mil quinientos soldados de tropa y quinientos voluntarios navarros, avanza hacia Yanci y Echalar; el ala izquierda, dirigida por el general González Villalobos, con mil hombres entre Cazadores, Guardia Real y Provincial de Burgos, más cien caballos, viene hacia Oyarzun; el centro, con dos mil hombres va a las órdenes del capitán general Llauder. Lleva éste el regimiento de Mallorca, los Cazadores, el 13 de línea y Voluntarios realistas. Van además con él el primer batallón de Milicias bilbaínas, al mando de D. Ignacio Unceta; el 4.º de Vizcaya y la 1.ª columna alavesa mandada por Verástegui.

Llauder lleva de segundo al coronel Benedicto.

Entre nosotros se dice que algunas compañías del 13 de línea se pasarán a nuestro campo.

Antula me pregunta si se nos reunirá Mina.

Creo que no. Mina debe estar acampado en este momento en los altos de Pago-gaña y de Erlaiz, altos que dominan la orilla española del Bidasoa y están frente al monte de Biriatu.

Antula cree que si Mina viniera sería otra cosa. Yo dudo que venga; probablemente él estará en disposición de pedir ayuda, porque será atacado por las tropas de Villalobos o por las milicias de Sáinz de Pedro.

Como para darnos esperanza, los realistas han estado en los altos y en la otra orilla del río, en observación, sin atacarnos. En esto, entre los nuestros suena un tiro. (¿Será el sino de los liberales la torpeza?) Y comienza el ataque. Ya no se puede retroceder.

IX. EN EL PUEBLO

Desde la torre de la iglesia.

Escribo estas notas desde la torre de la iglesia de Vera en un momento de tregua. Llevamos cuatro horas de fuego.

La primera embestida de los realistas ha sido para ellos infructuosa. Al querer pasar el puente, nuestros tiradores, escondidos entre los maizales, han hecho un fuego nutrido sobre ellos y han tenido que retirarse.

En un recodo del Bidasoa, enfrente de un molino, los realistas han querido utilizar una lancha para cruzar el río; pero el fuego de un grupo de soldados de Butrón se lo ha impedido.

Estando en el fuerte de Casherna, uno de la partida de Leguía ha venido a decirme, de parte de su jefe, que ha aparecido un grueso núcleo de fuerzas por el lado de Santa Bárbara. La han visto avanzar por encima de un caserío que llaman Premosa.

Estas fuerzas son, indudablemente, de las que manda Juanito y vienen de Echalar, adonde han debido ir desde Zugarramurdi en persecución de Valdés.

Leguía marcha hacia Premosa para contenerlas y dar tiempo a la retirada.

He enviado uno de mis soldados a comunicar la noticia a Valdés. Este ha contestado que se le avise en seguida a Leguía para que vuelva y se reuna al grueso de las fuerzas. He mandado a uno de los guerrilleros a caballo con el aviso.

Como las tropas realistas son mucho más numerosas de lo que se figuraban los nuestros, han conferenciado Butrón, López Baños y Valdés, y han decidido que se desaloje la Casherna y el fortín y que toda nuestra fuerza se refugie en el pueblo.

Antula dice que de retirarse sería mejor marchar por el barrio de Alzate a coger el camino de Inzola; pero los jefes tienen dos conocedores del terreno de la partida de Leguía y saben lo que hacen.

Se ha decidido la retirada hacia el pueblo; primero han marchado los soldados de Butrón, que han ido ocupando las casas; después los de Valdés, que quedaron un momento escalonados en el camino, y por último Campillo, Malpica y Leguía.

Los tres marchaban con sus hombres a cual más valientes. Malpica y Campillo iban atentos a la perfección de la maniobra. Llevaban a sus órdenes veteranos, entre ellos los dos franceses Alí y el tío Juan.

Malpica, con el bastón en la mano, descubriéndose siempre, parecía querer demostrar su invulnerabilidad; Leguía, por el contrario, llevaba un fusil, disparaba, gritaba e insultaba.

El Inglesito ha estado magnífico de serenidad y de elegancia.

Antula y yo, con nuestra gente, bajamos desde el fortín a unas heredades que llaman de Aguerra y contribuímos a detener al enemigo.

Al mismo tiempo engrosaban los tiradores realistas en el puente y en el barrio de Alcayaga, y cuando vieron que no había obstáculos en el camino comenzaron a pasar.

Mi pelotón ha sido el último que ha entrado en el pueblo.

El gran peligro para nosotros era que mientras nos defendíamos de los que llegaban por el río, nos cogieran la delantera los del monte y nos cerraran el paso al pueblo.

Afortunadamente no ha sido así y hemos podido llegar sin dificultad hasta la plaza de la iglesia, que se encuentra en un alto.

Ahora nuestros hombres se están parapetando en las casas próximas. Tenemos ocupado el casco del pueblo. Los realistas se han apoderado de la Casherna y el fortín. Esperamos el nuevo ataque.

X. POR LA TARDE

Caserío Achulecheco-borda.

Estoy en este caserío descansando un momento. Por ahora, para la pequeñez de nuestra fuerza se va verificando la retirada con algún orden.

A las diez en punto de la mañana ha comenzado el ataque a Vera. El primer empuje ha sido violento, tanto que nos ha hecho creer que los realistas tomaban el pueblo al asalto.

Ha habido que batirse a la bayoneta, a la entrada de las dos calles en cuesta que suben a la plaza.

Los nuestros no cejaban, y los jefes iban de aquí para allá, a los sitios de peligro, animando a la gente. Leguía no era un hombre, sino un terremoto; se agitaba, vociferaba, salía a las ventanas a insultar al enemigo. Hace un momento les gritaba:

—Yo soy D. Fermín Leguía, hijo de este pueblo.

Y los realistas le decían:

—Te conocemos. ¡Vendido! ¡Judío! ¡Traidor!

—¡Sois unas canallas!—vociferaba él, y disparaba su fusil.

En vista del número de enemigos y de su empuje, Butrón, López Baños y Valdés deciden la retirada.

Algunos oficiales han recorrido el camino que va a Francia, por encima del pueblo, y salen grupos a guardarlo.

Los oficiales, como los soldados, sabemos que no hay cuartel y que nuestro único recurso es la retirada, y la retirada lenta con serenidad y orden.

Los tres jefes principales son, además de valientes y de serenos, hombres de arranque.

Valdés tiene ante el enemigo una actitud soberbia y orgullosa; Butrón es animador y tranquilo; López Baños, pequeño, calvo, con una cara arrugada y agria, de vieja, parece que quiere demostrar que no es más peligroso recibir las balas que la lluvia.

Mientras se pelea en las calles de Vera, Valdés con las fuerzas que más han luchado en el puente sube a los altos que dominan el pueblo y toma posiciones con Peman, Campillo y Malpica.

Los soldados de Butrón y de López Baños siguen ocupando las casas, las salidas de la plaza a la carretera y la torre de la iglesia.

Antula me dice que hay varios senderos para llegar al camino que va a Francia: uno que termina en el Calvario, el otro que serpentea por un robledal y sale a un caserío llamado Lasamborda, y el tercero que parte por cerca del caserío Cigastea. Todavía hay otro que va escalando la altura desde la calle de Alzate.

El capitán D. Pedro Vidarte, de la columna de Butrón, se sitúa en los bordes del camino al Calvario entre los árboles y los peñascos.

Una de las compañías guipuzcoanas compuesta de veintiséis hombres a las órdenes del capitán D. Juan Croward, se coloca en el sendero del robledal que pasa por el caserío Lasamborda.

Don Agustín Jáuregui con otros quince o veinte hombres se dispone a defender el camino de Cigastea, y a mí me envían al que baja a la calle de Alzate.

El fuego se generaliza con violencia por todas partes. El enemigo tantea los sitios más débiles de la defensa para atacar allí. Los tres o cuatro mil realistas van avanzando contra nosotros.

En esto vemos que una columna baja de Santa Bárbara y cruza el barrio de Alzate.

Leguía se acerca a mí.

—¿Ve usted aquella tropa?—me pregunta.

—Sí.

—Si pasan nos cortan la retirada y nos cogen a todos. Voy con mi gente a detenerlos. Cuando no podamos más nos dispersaremos. Conocemos el país. Encontraremos sitio donde escondernos. Tienen ustedes que apresurar la retirada. Dígaselo usted a Valdés.

No tengo yo autoridad para hacer desistir a Leguía de su intento. Don Fermín reune su gente, y uno detrás de otro, a la deshilada, corriendo por entre maizales secos, marchan de prisa hacia donde vienen los realistas y comienzan el fuego.

Yo recibo la orden de dejar el camino y subir adonde está Valdés.

En las fuerzas que mandan Butrón y López Baños hay más de treinta bajas entre muertos y heridos.

Comunico a Valdés lo dicho por Leguía.

No dice nada y da órdenes para que se apresure la retirada.

Los realistas no se dan cuenta del abandono completo del pueblo hasta media hora después de hecho. Han supuesto, quizás, que queríamos ahorrar las municiones.

La partida de Leguía sigue sosteniendo el fuego y cerrando el paso a los realistas. Su objeto es apoderarse de las primeras casas del barrio de Alzate y defenderse allí.

Al ver los realistas que hemos desalojado la villa entran en la plaza, y se apoderan de las casas y de la torre de la iglesia. Viendo que estamos en los altos marchan a nuestro encuentro.

Un pelotón de Cazadores entra por el sendero de Lasamborda a forzar el paso defendido por los guipuzcoanos mandados por Croward; pero éstos a tiros y a bayonetazos les impiden avanzar, y tienen los Cazadores que retirarse y dispersarse en el robledal.

Por el camino del pueblo al Calvario avanza una compañía de tercios con ímpetu, al grito de: ¡Viva el Rey! ¡Viva la Religión! ¡Mueran los masones!

El capitán Vidarte los detiene más de media hora haciéndoles bajas, y cuando queda sin municiones y sin gente abandona la posición.

Estamos ahora en una explanada del monte que llaman Bidepartieta, donde se dividen dos caminos, esperando.

Leguía sigue batiéndose en el fondo del valle. Al acercarse con su partida al convento de capuchinos, los frailes se asoman a las ventanas y le hacen varias descargas.

—¡Canalla!—grita Leguía.

—Ven, ven a asaltar el convento—le dicen los frailes.

Leguía tiene que retroceder hacia la izquierda y entra en el barrio de Illecueta. Ya allí no le vemos, pero seguimos oyendo el tiroteo de su partida durante largo tiempo.

—Este hombre nos salva—murmura Valdés.

Estamos sosteniéndonos en nuestras posiciones; cuando los tercios que han forzado el camino del Calvario se lanzan al asalto.

Al retirarse los que defienden el sendero, los tercios dan una acometida fuerte a la bayoneta; las tropas de Butrón creen que van a ser protegidas, y viendo que los tercios avanzan sin obstáculo se consideran cogidos y comienzan a huir.

Un contratiempo inesperado contribuye a ello. Dos compañías mandadas por O'Donnell, emboscadas entre las matas y las piedras, con quienes se contaba para aquel momento, no pueden entrar en acción, se encuentran con la mayoría de los fusiles inservibles y con que los cartuchos son desproporcionados.

Los de Butrón, al verse desamparados comienzan a huir a la desbandada, y los tercios corren tras ellos hiriendo y matando a los caídos.

Los soldados de Butrón se han salvado, gracias a un pelotón de Infantería de la Compañía Sagrada, formada por viejos de la guerra de la Independencia, que se arroja a la bayoneta intrépidamente contra los realistas.

—No dan cuartel. ¡Libertad o muerte!—gritan los viejos con furia, acometiendo ciegos de coraje.

En esta encrucijada, unos cuantos hombres decididos bastan para contener a una columna, y los viejos liberales la contienen.

Retroceden un momento los tercios, los soldados de Butrón avanzan, y mientras tanto nosotros entramos en fuego.

Pasado este mal momento la retirada comienza bajo la protección de los grupos escalonados en el camino. Así vamos, haciendo una marcha lenta, con un gran orden, dominando las alturas y los senderos de través. Un grupo se defiende entre las matas, las piedras y los árboles, hasta que no le quedan municiones. Cuando llega este momento se dispersa; los realistas avanzan y se encuentran con otro grupo que les cierra el paso.

Constantemente vamos relevando las tropas de retaguardia.

El primer avance por Bidepartieta ha costado a los realistas más de una hora. Dominando el camino que hemos seguido, hay por la izquierda un monte bastante alto llamado Cigorriaga. Luego ya el terreno se despeja, y se va por estribaciones de poca altura pobladas de robles, de castaños y de carrascas.

Cada árbol, cada peña, nos sirve de punto de resistencia. Ochoa y yo nos lucimos. Nos hemos batido con un gran orden, sin estorbarnos el uno al otro. Valdés nos ha felicitado efusivamente. Para soldados bisoños parece que lo hemos hecho bien. El Inglesito demuestra una serenidad y un valor extraordinarios.

Hace unos minutos, después de estar defendiendo nuestra posición durante un cuarto de hora, nos retiramos Ochoa y yo a descansar.

Encontramos al paso un caserío.

—¿Cómo se llama este caserío?

—Achulecheco-borda—nos dice un hombre.

—¿Nos falta mucho para Francia?

—Sí; todavía cerca de una hora.

—¿Habrá algo que beber? Lo pagaremos.

Una mujer nos trae una jarra de sidra y la bebemos con ansia. Ochoa pide pan.

En este momento, a pesar del frío, siento que mi cuerpo arde.

El sol ilumina el panorama lleno de nieve. Por el lado de Guipúzcoa se ve la peña de Aya, con sus cabezos en forma de sierra; Larrun hacia Francia, y hacia el interior de Navarra, Peñaplata y luego otros montes lejanos y vagos...

—¡Cómo me quedaría aquí, aunque fuera tirado en el suelo!

Ochoa grita:

—Ya están ahí. Vamos de nuevo.

El Inglesito me agarra del brazo.

XI. FIN DEL DIARIO DE LACY

28 Octubre. En Frixu-baita: Urruña.

Ya ha terminado nuestra empresa guerrera. Estoy ahora en la cama; la excitación no me deja dormir. Voy a continuar mi diario. A la salida de Achulecheco-borda, Ochoa, el Inglesito y yo tomamos posiciones con nuestra gente y las defendimos el tiempo necesario. Tuvimos un muerto, que abandonamos, y nos retiramos en formación sin dispersarnos.

Marchábamos todos con un orden verdaderamente admirable, cuando cerca de una cantera, a un cuarto de hora lo más de la raya de Francia, por un camino que sube de un barranco, apareció a nuestra retaguardia la cabeza de una columna de doscientos hombres pertenecientes al regimiento de Mallorca.

Por fortuna el camino era estrecho y los realistas venían en grupos poco compactos.

—¡Viva el Rey! ¡Viva la Religión! ¡Mueran los masones!—gritaron ellos con entusiasmo al ver que rodeaban parte de nuestra gente.

Valdés, que venía muy atrás, estuvo a punto de quedar copado con cuarenta o cincuenta hombres que le rodeaban, cuando el coronel D. Francisco Cía y Azanza, que llevaba a sus órdenes diez y seis lanceros de la columna de Butrón, algunos oficiales de la Compañía Sagrada y dos o tres paisanos, entre ellos D. José María Trueba, en total unos veinticinco jinetes, dió la orden de cargar.

El terreno era malo, lleno de sinuosidades, de agujeros, de matorrales altos y espesos y de troncos de árboles tendidos en la tierra.

El pelotón de Caballería se lanzó contra los grupos del regimiento de Mallorca, que lo recibieron con una descarga cerrada casi a quemarropa. Cuatro jinetes cayeron muertos del caballo, entre ellos el ayudante de Caballería D. Mariano Amorós.

Pasado un momento de vacilación, los jinetes cargaron de nuevo.

—Libertad o muerte. ¡Viva la libertad!

Los sables brillaban como rayos, pinchando, golpeando y rajando. Ochoa, Malpica y el Inglesito con veinte hombres se metieron por entre los helechos y atacaron a los realistas del regimiento de Mallorca a la bayoneta, por el flanco y por la espalda.

Los realistas tuvieron que huir a la desbandada.

Las dos cargas nuestras hicieron que quedasen prisioneros diez soldados realistas, dos oficiales, los hacheros y la banda de tambores.

Valdés decidió quitar las armas a los enemigos y dejarles volver a sus banderas.

Ochoa, satisfecho, se pavoneaba y había adquirido tal confianza, que se creía invulnerable.

Subía a los altos para ver el avance de los realistas y permanecía quieto desafiando sus balas mirando con sus gemelos.

Al comenzar la tarde aparecieron en las cimas nuevos batallones, entre ellos uno de la Guardia Real que parecía querer cortarnos la entrada en Francia.

En este momento vi a Ochoa subido sobre unas peñas, tan cerca del enemigo, que quedé aterrado.

—Baja de ahí—le grité.

—¡Ca!—exclamó él.—No saben tirar.

—Loca criatura—murmuró el Inglesito.

—¡Baja!—volví a gritar yo.

—Si no saben apuntar.

Acababa de decir esto, cuando una bala le dió en la cabeza y cayó rondando por entre las peñas.

Nos acercamos a él. Estaba muerto. Tenía la cabeza abierta. Era un horror. Quise ver si respiraba, pero el Inglesito me agarró del brazo y me impulsó a seguir.

—No hay nada que hacer con él—me dijo.—Vamos.

—Sálvese usted—le dije yo.—Yo no puedo correr más... no puedo...

—Un esfuerzo...; ya nos falta poco. Apóyese usted en mí.

Iba corriendo, cuando metí un pie entre unas matas y caí de bruces. Cuando quise levantarme sentí que tenía el pie dislocado y que me era imposible andar.

—Yo no puedo más—exclamé.—Escápese usted.

El Inglesito me cogió por la cintura, me echó al hombro y siguió marchando. Yo iba llevado como por el viento.

Al tocar el territorio francés, el Inglesito vió que tenía que apresurarse si no quería quedar prisionero. Corrió llevándome a mí al hombro, saltando obstáculos por encima de las piedras y de los helechos.

Tras de esta carrera desenfrenada llegó al camino real, entró en un caserío de la carretera, cerca de Urruña, en donde salió una mujer apurada y me dejó tendido en un montón de helechos.

—Quédese usted aquí—me dijo.

—¿Y usted?

—Yo me voy—exclamó.—No quiero que me cojan los franceses—y sin más palabras desapareció.

Yo hubiese querido darle las gracias, decirle que si me necesitaba estaba dispuesto a pagarle su servicio; pero no tuve tiempo... Me incorporé sobre los helechos, me quité la bota del pie dislocado, que me dolía mucho, cortando los cordones y esperé con resignación.

Sonaban todavía tiros, cosa que no me explicaba yo estando, como estábamos, en territorio francés.

La mujer del caserío, que parecía más tranquila, me dijo que algunos de mis compañeros, muertos de fatiga y confiando en que estaban ya en Francia, se habían echado en el suelo a descansar. Su confianza les perdió, porque fueron fusilados por los realistas.

Añadió que la persecución en territorio francés duraba; pero que en aquel momento la Guardia Nacional de Urruña y un pelotón del 63 regimiento de línea había intimado la detención a los realistas y la rendición y la entrega de armas a los liberales.

Llevaba una hora en el caserío, cuando aparecieron Alí y el tío Juan. Este venía desencajado apoyado en el otro, sin poder respirar.

—¿Está usted herido?—le pregunté.

—No; el pecho, la fatiga... Me muero.

Se tendió en el montón de helechos en donde yo estaba, tenía una disnea que no le dejaba alentar.

En esto Alí me dijo que Aviraneta y Miguel Aristy se hallaban en un cochecito a la puerta. Era cierto.

—Suba usted—dijo Aristy.

—Aquí hay otro amigo—exclamé.

—¿Un español?—preguntó Aristy.

—No; es el guardabosque de Ustariz.

Aviraneta y Miguel me ayudaron a subir a mí y después al tío Juan.

Nos acomodamos los tres, y al comenzar a marchar hacia el pueblo tropezamos con Malpica, que venía cojeando, sucio, harapiento.

—Suba usted—dijo Aristy.—Nosotros iremos a pie.

Aristy nos dirigió a esta casa de Urruña, llamada Frixu-baita, donde había alquilado dos cuartos pensando que vendríamos nosotros.

Ahora estoy en la cama, febril y sin poder dormir. Aviraneta nos va a traer un médico.

XII. LOS HÉROES DE LA AVENTURA

De los cuatro recogidos por Miguel Aristy y Aviraneta, Alí, que no tenía nada, se lavó, se afeitó, se puso unos pantalones azules, una blusa negra y una boina, y salió para Gastizar con el encargo de traer un carro con un colchón para transportar al tío Juan.

Por la noche al salir el médico de Frixu-baita, Aviraneta le preguntó:

—¿Cómo están estos enfermos?

—Medianos. No sé cómo han podido llegar hasta aquí. El viejo francés está muy mal, con una bronquitis aguda muy grave.

—¿El joven español?

—Ese también mal. Me figuro que tiene, desde hace tiempo, focos tuberculosos en el pulmón y ha debido de tomar un golpe en el pecho.

—¿Y el coronel Malpica?

—Ese es el que ha salido mejor librado. Tiene una herida de bala en la pierna; pero como no ha perdido sangre y está muy animado, se curará en seguida.

—Hemos pensado transportar a los tres a sus casas.

—Si no es muy lejos está bien.

Al día siguiente, por la mañana, Miguel Aristy aparejó su coche y llevó en él hasta Ustariz a Malpica y a Lacy. Al ponerse en camino, Lacy se encontró con un oficial español que conferenciaba con un francés.

—¡Lacy!—gritó.

—¿Eres tú Sampau?—dijo Lacy.

—¿De dónde vienes? ¿Qué te pasa?—exclamó Sampau.

—¿Y tú?

—Yo he venido con las tropas de Llauder persiguiendo a los liberales.

—Pues yo he estado con los liberales.

—¿De verdad?

—Sí.

—¿Has estado en Vera?

—Sí.

—¡Pensar que podía haberte matado!

—Y yo a ti.

—¿Adónde vas ahora?

—Voy a Ustariz, un pueblo de por aquí cerca, a descansar.

—¿Vives en ese pueblo?

—Por ahora sí.

—¿Estarás allá dentro de quince días?

—Seguramente.

—Pues iré a verte.

Se despidió Lacy de Sampau y Aristy siguió adelante en su tílburi.

Malpica y Lacy presenciaron, desde el fondo del carricoche, la división en grupos de los liberales españoles que hacían los oficiales franceses para enviarlos a los depósitos de Bourges, Perigueux y Limoges.

En los jefes liberales españoles se veía la cólera y la vergüenza de la derrota; los soldados se manifestaban indiferentes.

Ni para unos ni para otros el porvenir era muy halagüeño. El Gobierno francés les daría treinta céntimos de sueldo y una ración de pan a cada soldado y dos francos diarios a los jefes.

Malpica y Lacy cruzaron por entre sus compatriotas sin ser reconocidos y se dirigieron a Ustariz.

Por la tarde Alí se presentó en Frixu-baita con un carrito y un colchón a llevar al tío Juan a su casa.

Pusieron al guardabosque dentro del carro arropado con mantas, y Aviraneta y Alí se dirigieron por Saint Pee a entrar en los robledales del cantón de Ustariz.

Llegaron a la cabaña del tío Juan al amanecer.

Esta cabaña, Aldasoro de nombre, estaba rodeada de otras cuatro o cinco. En el interior esperaba el intendente Darracq.

—¿Usted va a Ustariz?—le preguntó a Aviraneta.

—Sí.

—¿Quiere usted llevar una carta a madama de Aristy?

—No tengo inconveniente.

Darracq se sentó a la mesa, cogió un lápiz y papel y vaciló.

—Es difícil decir esto—murmuró.—Casi será mejor darle el recado de palabra. Dígale usted a madama de Aristy que el tío Juan, el guardabosque, está muy grave. El tío Juan es pariente muy próximo de madama Aristy.

—Está bien; se lo diré.

Aviraneta marchó a pie a Ustariz.

El tiempo estaba claro. El viento soplaba con fuerza. La veleta de Gastizar rechinaba, y el dragón seguía amenazando a todo el mundo con la flecha de su lengua.

XIII. LOS RESULTADOS DE LA EMPRESA

Unos días después se supo el resultado de la empresa liberal. De los quinientos hombres de Valdés y Butrón que habían luchado en Vera, más de cien habían quedado en España entre muertos, heridos y prisioneros. De estos últimos se aseguraba que algunos habían sido fusilados en Irún y que otros lo iban a ser al llegar a Pamplona.

Mina y Jáuregui se habían salvado haciendo prodigios de valor. Mina anduvo por los montes, desorientado, perseguido y ojeado por perros de caza, que echaron los realistas tras él. Después de fatigas enormes, rendido y con las viejas heridas echando sangre, llegó a tocar Francia.

En la parte de Aragón y Cataluña la invasión no se efectuó. Méndez Vigo quedó inmóvil en Mauleón, no habiendo podido reunir armas ni organizar sus tropas.

Gurrea, Milans del Bosch y San Miguel no hicieron cosa eficaz en la frontera.

En Gibraltar la salida proyectada por Torrijos, Palarea, Escalante y sus amigos fué impedida por el gobernador inglés de la plaza.

Respecto a Fermín Leguía, a quien se creía perdido, apareció días después en Bayona.

Algunos que llegaron de Vera contaron su persecución y trajeron unos versos en vascuence que había escrito el versolari Martín Coplari contra Leguía. Este versolari era conocido en el país por su canción sobre Buenaparte.

Los versos contra Leguía empezaban así:

Armada eder bat ecarridigu Verara, Fermín Leguiac.

(Un hermoso ejército nos ha traído a Vera Fermín Leguía.)

Y concluía explicando el fracaso:

Comisanyura goician zuten Viserregueren trampiya Iruñiaco videa libre Eben ustez valentiya Zacu videan lertu eta Isuritzayo cantiya.

Lo que traducido libremente quiere decir:

El día de todos los santos por la mañana tenían la trampa preparada para el virrey. El camino de Irún libre. Ellos se creían valientes, pero el saco se les ha reventado en el camino y se les ha derramado el grano.

Aviraneta, que tenía carta de seguridad y no había tomado parte en el movimiento, volvió a Bayona días después.

Allí por mediación de Iturri se le comisionó para que secretamente fuera vendiendo los caballos que se habían salvado de la expedición.

Aviraneta hizo el encargo y fué vendiendo los caballos guardados en el bosque de Saint Pee a los tratantes españoles y franceses.

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