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Los Caudillos de 1830

LIBRO SEGUNDO EN USTARIZ

Reading edition

I. AVIRANETA Y TILLY

Aviraneta y Tilly se pusieron de acuerdo para ir a pasar unos días a Ustariz, y alquilaron cuartos en la Veleta. A Tilly le acompañó su hermana Margarita.

Aviraneta llevaba la idea de matar el tiempo leyendo. La primera semana estuvo encerrado en su cuarto; salía únicamente los días buenos a tomar el sol por las tardes.

Don Eugenio se había suscrito a un gabinete de lectura de Bayona, y se llevó los quince volúmenes de la obra de Jomini, la Historia crítica y militar de las campañas de la Revolución de 1792 a 1801, y las Historias de la Revolución francesa, de Mignet y de Thiers, que acababan de salir por entonces. Alternaba estas lecturas con novelas de Paul de Kock y de Pigault-Lebrun.

Aviraneta no era un refinado en literatura. Leía a Jomini con gran atención, siguiendo las operaciones en el mapa, queriendo explicarse con claridad aquellas famosas batallas de tanta resonancia universal. Después leyó los "Principios de la estrategia", del mismo Jomini.

Le hacía simpatizar con el autor la idea de que él también era un rechazado.

Jomini, a pesar de su talento no pudo llegar a mandar fuerzas, a dirigir batallas, lo que tanto imbécil pudo hacer.

Aviraneta sentía la tristeza del táctico, de verse desperdiciado, sin empleo.

Se sentía él también una rueda de un reloj de otra clase o de otro tamaño, rueda inútil y que, sin embargo, era perfecta en su género.

La rabia de pensar que sólo en una esfera alta de actividad hubiese podido desarrollar sus condiciones, y que la suerte y el ambiente le impedían escalar este puesto, empujándole automáticamente hacia abajo, a un medio para el cual no tenía condición alguna, le irritaba y le conducía a una profunda desesperación.

Mientras Aviraneta leía y se desesperaba, Tilly frecuentaba la sociedad de Ustariz; visitaba a la familia de Aristy, a quien se había presentado con una carta de Lacy; iba al Bazar de París a hablar con las dos hermanas, Martina y Delfina; se había hecho amigo de Choribide y de su sobrino Rontignon, y visitaba a las damas del Chalet de las Hiedras.

Margarita los primeros días de Ustariz hizo algunas extravagancias y tomó fama de loca en el pueblo. Alquiló un caballo y pasó varias veces al galope por la carretera, vestida de amazona y con un látigo en la mano y una boina roja en la cabeza; otro día anduvo en lancha e hizo después varias inocentes travesuras.

Al tercer día de estancia en la aldea conoció a Dolores, la hija del coronel Malpica, y se hizo amiga íntima de ella.

Al cabo de poco tiempo de conocerla, Dolores era para Margarita la criatura más sabia y más perfecta de la tierra.

Aviraneta leyendo en su rincón, Tilly dedicado a la vida social y Margarita en Chimista; así pasaron el tiempo en el pueblo mientras Lacy y los suyos se batían en España.

II. MALOS VIENTOS

Corrían malos vientos, al decir de los inteligentes, por los alrededores de Ustariz. La veleta de Gastizar parecía alarmada, y andaba nerviosa de la derecha a la izquierda con marcada intranquilidad.

En Gastizar se sentía cierta desazón. Había tenido la familia varios disgustos, y todos, excepto Miguel que conservaba su calma, estaban alarmados. El primer acontecimiento desagradable de la serie había sido la noticia de quiénes eran las dos damas del Chalet de las Hiedras. Madama Aristy había recomendado a Miguel que no dijera nada ni hablara a nadie de esta cuestión.

El segundo golpe había sido la llegada de León, el pintor, el marido de Dolores Malpica.

León dijo a su madre que volvía dejando en París una deuda de quince mil francos.

Madama de Aristy habló con Miguel y quedaron de acuerdo en que pagarían la deuda. Como compensación exigieron a León que se quedara a vivir en Ustariz constantemente.

Otro disgusto que vino después de este, fué que madama Luxe dejó de aparecer por Gastizar sin dar ninguna explicación.

Por último, una mañana en que madama de Aristy pasaba por la galería del piso principal sonó un tiro y cayeron los cristales rotos a sus pies. Madama de Aristy dió un grito y acudieron las criadas. Miguel y Darracq bajaron a ver lo que pasaba, y al enterarse de lo ocurrido corrieron a la huerta, pero no encontraron a nadie.

Con todo esto, la familia estaba amedrentada.

Madama Aristy y Miguel suponían que tan repetidos golpes procedían de las damas del Chalet de las Hiedras.

—¿Cuándo se van esas mujeres?—preguntaba Miguel.

—Ya dentro de poco—decía su madre.—Esperemos sin escándalo.

En Chimista tampoco se sentía gran contento.

A Dolores se le había marchado su padre y le había vuelto el marido. Muchas veces Margarita la veía llorando.

León al llegar a su casa pareció satisfecho y entusiasmado, pero pronto comenzó a aburrirse.

León era un hombre petulante, tipo de vanidoso y de descontento. Tenía los tópicos de la época y barajaba siempre en su conversación el Arte, la Naturaleza, Shakespeare, Calderón, las pasiones, la unión de lo maravilloso y lo grotesco... Hablaba mal de todos los artistas, que creía que le estaban usurpando la gloria. Se resistía a encontrar bien las obras de los contemporáneos y hasta las de los antiguos maestros.

Al oirle se sospechaba si se trataría de un hombre de genio. Al ver su obra se comprendía que no era más que un descontento sencillo.

Margarita sintió por León al conocerle un profundo odio. El verle tan frío, tan egoísta, tan indiferente a todo lo que no fuera su vanidad le exasperaba, y muchas veces estaba a punto de insultarle.

Había otras casas en Ustariz que se hallaban en un estado de intranquilidad semejante; madama Luxe desde hacía tiempo no quería recibir a nadie, y en el Chalet de las Hiedras todas eran idas y venidas y misteriosas conferencias.

III. LAS MANIOBRAS DE CHORIBIDE

Desde hacía algún tiempo Choribide en complicidad con las damas del Chalet de las Hiedras intrigaba en el pueblo. Sus maniobras principales tendían unas a enriquecer el legajo que las dos mujeres de la policía hacían para Calomarde, las otras a acercar su sobrino Rontignon a madama Luxe.

Madama Luxe tenía varios galanteadores en Ustariz. Uno de ellos era un tal Iragaray, hombre caballeresco, aunque un poco perturbado. Iragaray había pasado por una porción de chifladuras que le duraban una temporada más o menos larga. La última era la preocupación por las botas. En esta época, todo el calzado que compraba o le hacían le venía mal, lo que a Iragaray le entristecía profundamente.

Esta preocupación la compartía con el amor de madama Luxe, amor tímido y respetuoso que guardaba en el fondo de su alma. El comprendía que sólo madama Luxe le hubiese podido curar de esta cavilación transcendental del calzado.

Iragaray, cuando veía a una persona que estaba a gusto sobre sus zapatos la envidiaba y le tenía por un ser superior.

Si llegaba a ganarse su confianza, la primera pregunta que le hacía era ésta:

—Perdone usted, caballero; ¿quiere usted hacerme el gran favor de decirme dónde se ha hecho usted esos zapatos?

El preguntado, que no comprendía que contestar a esta pregunta fuera ningún gran favor, decía en qué pueblo y en qué zapatería se hacía las botas. Iragaray se preparaba para hacer un viaje, se encargaba un par de zapatos y volvía radiante; pero a los cuatro o cinco días se le veía haciendo muecas de descontento, y tenía que coger los zapatos nuevos y llevarlos a un rincón, spoliarium de sus ilusiones.

Durante algún tiempo Iragaray veía todo negro, como si el mundo entero estuviera recubierto de betún, hasta que encontraba una persona con unos zapatos, que le llegaban al alma. Si esta persona le era desconocida, Iragaray sufría hasta poder hacerla la pregunta de dónde se hacía los zapatos.

Iragaray se había enamorado de madama Luxe, y abandonaba la zapatería por el amor. Le había contado sus cuitas a Miguel, quien le había recomendado mucha prudencia.

—Todo esto va a acabar con unos cuantos zapatos más en el guardarropa de Iragaray—decía madama de Aristy.

—Lo malo es que para el pobre hombre cada par de botas es un desengaño—añadía Miguel.

Choribide, que sabía muy bien las chifladuras de Iragaray, no lo temía como rival de su sobrino, sino todo lo contrario; hubiera querido que el pobre chiflado fuera el único de los rivales de Rontignon.

Choribide, al mismo tiempo, trabajaba para las mujeres del Chalet de las Hiedras.

Los documentos que él facilitaba a madama Carolina, aparecían oficialmente como procedentes de Rontignon. Se había escrito a España y Calomarde se manifestaba dispuesto a dar una gran cruz o a aceptar al ex teniente en el ejército español.

Respecto a la cuestión amorosa, Choribide la dirigió con gran cuidado. Choribide hizo que su sobrino se hiciera un traje a la moda en la mejor sastrería de Bayona, alquilara un caballo y pasara todos los días cuatro o cinco veces por delante de casa de madama Luxe.

Al cabo de una semana escribió una carta, la pensó mucho, comprendiendo que el estilo de 1830 no era el de su época; y después de varios ensayos creyó encontrar lo que deseaba. El teniente Rontignon copió la carta y la dió, con una moneda de cinco francos, a la criada de madama Luxe. La carta no tuvo contestación. A los pocos días, Choribide escribió otra muy respetuosa y romántica y madame Luxe contestó. Decía que no pensaba casarse, que estaba dedicada a la educación de su hija, y aunque agradecía los homenajes del teniente Rontignon, le suplicaba que cesase en hacerle la corte.

Choribide estudió la carta detenidamente y decidió primero hacer que la hija de madama Luxe, Fernanda, tuviera un novio, después se le ocurrió indisponer a madama Luxe con la gente de Gastizar.

Como novio de Fernanda, ninguno mejor que el joven Larralde Mauleón. Larralde había cortejado sin gran éxito a Alicia de Belsunce, y luego para consolarse se dedicaba a galantear a una de las señoritas del Bazar de París, a la menor, Delfina, creyendo, y con razón, que le llegaría su turno.

De las dos señoritas de La Bastide, la mayor, Martina, se le suponía enredada con el ingeniero de Montes; la pequeña, Delfina, era una histérica. Esta muchacha había andado con todos los hombres del pueblo. Siempre había tenido un amante o dos al mismo tiempo.

Era una mujer lasciva. Le habían cantado varias veces una copla popular, que decía:

Dama orrec emenditu Bederatzi noviyo Apenas joan dan ari Bayetz esandiyo.

(Esa dama tiene lo menos nueve novios, y a cualquiera que se acerca a ella le dice que sí.)

En toda la familia de las muchachas del Bazar había la misma herencia erótica. Por entonces, la Delfina estaba enredada con un mozo, a quien llamaban Marcos el del molino o Marcos el gascón.

Marcos era un hombre de una osamenta fuerte, corpulento, la cara ancha, los pómulos salientes, la mandíbula acusada y los ojos claros. Tenía la frente pequeña y arrugada, el pelo rubio, crespo y duro que le entraba como un pico en el entrecejo, las manos velludas y los brazos largos. Era mozo petulante, vestía grandes y anchos pantalones, faja encarnada y boina azul.

El bello Marcos sacaba el dinero a Delfina, la pegaba, la pateaba, lo cual no era obstáculo para que ella estuviese enamorada de él y al mismo tiempo le engañase. La madre de Marcos era una mujer valiente, que había venido de la parte del Bearn. Al saber los sucesos de la Revolución de Julio, esta mujer cogió un fusil y fué al Ayuntamiento a pedir que se quitara a los concejales y se les sustituyera por otros revolucionarios.

El bello Marcos no compartía las ideas de su madre y era realista. Sacaba algún dinero con esto y no le importaba otra cosa. Marcos era un conquistador y un sátiro; había tenido un proceso por robo y otro por violentar a una chiquilla, medio idiota, en el campo.

Choribide pensó que debía apartar al joven Larralde de Delfina, y llamándole con gran reserva le dijo que no le convenía hacer la corte a aquella muchacha. Era esta una mujer depravada, una cosa perdida. Le aseguró que estaba embarazada de Marcos, y que no tendría nada de particular que si se entregaba a él fuera únicamente por tener un editor responsable del desaguisado.

Después de pintarle tan fea la situación al joven Larralde le puso delante la perspectiva de Fernanda Luxe, una muchacha encantadora llena de juventud y de gracia. Larralde Mauleón mordió en el anzuelo y comenzó a dejar de acudir al Bazar de París. Al mismo tiempo Choribide habló a la Delfina, y le dijo que Larralde era un fatuo que había asegurado en público que tendría como querida a la Delfina cuando le diera la gana. La muchacha, que era poco inteligente, creyó en lo que le decía el viejo y comenzó a tratar con desdén a Larralde, que determinó no volver al Bazar.

Entonces Choribide hizo que su sobrino Rontignon buscara a Larralde y se hiciera amigo suyo.

Pronto pudo notar el astuto viejo que tenía en Gastizar enemigos de sus planes. Madama Luxe iba todos los días a Gastizar, hablaba allí, había quien suponía que miraba con buenos ojos a Miguel Aristy.

Entonces a Choribide se le ocurrió escribir un anónimo, cogió un papel igual al que se empleaba en Gastizar y mandó a madama Luxe una carta en la que se ponía por los suelos al teniente Rontignon y al joven Larralde.

Madama Luxe no tuvo el valor de pedir explicaciones a Madama Aristy; dejó un día de ir a Gastizar, luego al siguiente hizo lo mismo y acabó por romper las relaciones con la familia de Aristy.

Madama Aristy era demasiado orgullosa para pedir ni para dar explicaciones. La ruptura se verificó. Era lo que quería Choribide.

Este al mismo tiempo trabajaba con las dos intrigantes del Chalet de las Hiedras.

Las cartas iban a Madrid y venían de allá constantemente.

Carolina Michu estaba entregada a Choribide y dispuesta a seguir sus indicaciones.

Madama Carolina no tenía un gran interés personal puesto en la vida de Ustariz; estaba deseando que pasaran aquellas circunstancias para salir de la aldea y marcharse a otra parte. No le pasaba lo mismo a Simona. Simona no se ocupaba más que de Ustariz y de los que vivían en el pueblo.

Al saber que madama Aristy quería echarlas del Chalet de las Hiedras, le tomó un odio intenso. Antes había coqueteado con Miguel, porque le era simpático; después coqueteó con León, por ver si podía dar un disgusto a la vieja orgullosa de Gastizar, como llamaba ella a madama Aristy.

Simona, que no tenía inclinación ninguna por León, llegó a dominarle; le sacó dinero, produjo un gran disgusto en Gastizar y otro en Chimista.

Simona sintió tanto odio por Dolores Malpica como por madama Aristy; a la vieja, como ella la llamaba, la odiaba por su orgullo; a la española, por su aire de candidez y de bondad.

León, que se creía amado por una gran dama, no sólo no se recataba, sino que hacía alarde de visitar el Chalet de las Hiedras. Dolores se determinó a pedirle explicaciones, y marido y mujer riñeron.

Miguel Aristy tuvo que terciar en el asunto, y como mal menor se decidió que León volviera a París.

Mientras tanto Tilly, enterado por Aviraneta de que las damas del Chalet de las Hiedras eran dos aventureras, las trataba así, y era muy bien acogido en la casa. El y Choribide solían pasar la tertulia en el chalet y en el Bazar de París.

Madama Carolina comenzaba a asustarse de la violencia y del fuego que ponía en sus empresas Simona.

—Esa loca me va a comprometer—decía, y suplicaba a Choribide que la vigilara para que no hiciese alguna tontería.

Simona tenía su centro de operaciones en el Bazar de París; allí solía estar intrigando con las dos señoritas de la Bastide, con Choribide y con Marcos el gascón, de quien se había hecho gran amiga.

IV. MARGARITA

Todos los días y a todas horas estaba Margarita Tilly en Chimista con su amiga Dolores. Margarita había tomado gran cariño a Dolores, para quien tenía todas sus amabilidades.

Dolores, que pasaba en aquel momento por la amargura de tener a su padre expuesto a ser muerto y a su marido separado de ella, estaba llorando a cada instante. Dolores tenía un carácter resignado y dulce y encontraba la calma en la mayor contrariedad.

Margarita se había constituído en protectora de Dolores. Cogía a los dos chicos, a Miguelito y a Dolorcitas, y se marchaba con ellos para dejar a la madre desahogar su pena.

Si Miguelito era travieso y valiente, Dolorcitas prometía ser como su madre, dulce y tranquila.

El chico era fanfarrón y charlatán; jugaba con un gato que se llamaba Chipi. Chipi era un poco payaso, gran cazador de pájaros, ladrón y fantástico. Chipi, la pequeña pantera doméstica, corría con Miguelito, se afilaba las uñas en los muebles y rasgaba la tela de los sillones; subía a los árboles, perseguía a las lagartijas y a las mariposas; hacía bufonadas y parecía incomodarse cuando la gente se reía. Solía divertirse mucho cazando musarañas, a las que martirizaba.

Miguelito era gran ingeniero; hacía fortalezas con arena y las coronaba con banderas.

Mientras él se dedicaba a la ingeniería, Dolores tenía a la niña en brazos y quedaba embebida.

—No te duermas, mamá—le decía el chico.

Margarita se sentaba en la escalera de piedra, adornada con tiestos, un escalón más bajo que Dolores, como en adoración, y solía estar hablándole y jugando con los chicos.

Contaba a su amiga su vida y explicaba sus ideas. Dolores daba su opinión mientras hacía algún trabajo de costura o de media.

Cuando Dolores tenía que trabajar, Margarita con los chicos salía fuera por los campos. Se había ganado la amistad de Grashi Erua, la loca, y de un chiquillo de diez o doce años, atrevido, a quien llamaban Chistu.

Grashi Erua llevaba flores a Chimista y jugaba con Miguelito, por quien tenía gran cariño.

Grashi Erua vivía en la miseria; los aldeanos que se habían hecho cargo de ella se habían enriquecido despojándola. Luego, viendo que nadie se presentaba a reclamarla, la quisieron obligar a trabajar en el campo y a servirles de criada, pero ella no obedecía. Era un ser montaraz e indomable. A veces se la veía en medio del bosque o a la orilla de un arroyo con una guirnalda de yedras o de muérdago en la cabeza, cantando una canción triste. Al principio los chicos le tiraban piedras, pero llegaron a tener por ella cierto temor.

Grashi Erua solía entrar en Chimista cuando le parecía, ayudaba a alguna cosa a Dolores; pero en general no hacía más que jugar. En invierno se metía en la cocina cerca del fuego, y allí charlaba de una manera confusa e incoherente.

Chistu, el chico vagabundo, era un pillastre a quien le gustaba la libertad y el aire libre. Estaba negro por el sol y tenía una cara viva de granuja. Aquí pescaba o se bañaba, allí se subía a los árboles y venía con una ardilla o con una lechuza viva que había cogido.

Margarita era la capitana de aquella tropa menuda. Grashi Erua, Chistu y los pequeños le obedecían sin réplica.

Todo el día se pasaba Margarita en Chimista. En cambio a Gastizar iba poco, y aunque pasaba por delante no se detenía nunca.

Margarita no quería nada con los de Gastizar; sentía gran antipatía por madama Aristy y se manifestaba desdeñosa con Alicia. El egoísmo y la discreción de ésta le producían el mayor desprecio.

—Es un taco—solía decir.

Al lado de Alicia, Margarita Tilly era como un torbellino. No podía tener prudencia; pero se le perdonaba todo por su espontaneidad y por su gracia.

Era lo contrario de la señorita de Belsunce. En Margarita no había cálculo ni disimulo. Las simpatías y antipatías se desarrollaban en ella de una manera rápida y esporádica y no se tomaba el trabajo de disimularlas.

Alicia, en cambio, era de una discreción y de una prudencia monjiles. Sabía guardar los pequeños secretos como nadie. No había miedo de que dijera una inconveniencia. Medía las palabras con cuidado exquisito.

Madama de Aristy, que creía éste uno de los mayores méritos que podía tener una persona, le otorgaba su benevolencia.

Alicia era defensora de las prerrogativas aristocráticas de su familia. No le gustaba que se dijese que entre los vascos no había habido feudalismo. Le hubiera gustado ser feudal.

Margarita no se preocupaba de estas cosas. Quería ser libre, hacer su capricho, y tenía para las personas y para las ideas una mirada atrevida y de frente.

A Miguel le gustaba la gracia rebelde de Margarita.

De toda la gente de Gastizar únicamente por Miguel tenía Margarita simpatía, y eso que Miguel se burlaba un poco de ella y de su insociabilidad.

Charlaban los dos amistosamente largo tiempo.

—Usted también habrá sido un conquistador, Miguel—le decía ella.

—Yo, no. Las mujeres me han hecho poco caso, Margarita; lo mismo de joven que de viejo.

—¡Bah! No le creo a usted.

—Pues es cierto. Sin duda yo no he tenido nunca grandes atractivos para las damas.

Margarita no se convencía. Un día creyó que Miguel era un corruptor.

En el piso bajo de Chimista vivía un matrimonio joven que trabajaba en los campos. El era un muchacho nacido en un caserío próximo; ella, la hija de un jardinero de Gastizar. Este jardinero, un normando alto y rubio, había venido de guardia de Aduanas y se había quedado en Gastizar. Fanchon, su hija, había nacido allá. Era Fanchon una mujer con un aire selvático; la sangre normanda de su padre mezclada con la vasca de su madre había dado un hermoso producto. Era rubia, blanca, con los ojos azules.

El día que la vió Margarita hablando con Miguel estaba dando de comer a los cerdos y a las gallinas, riñendo a toda la tropa con los pies metidos en los zuecos y un pañuelo en la cabeza.

En el corral, una vieja flaca y acartonada, la boca sin dientes, la cara llena de arrugas, tenía un niño rollizo en brazos.

—Estás guapa, Fanchon—le decía Miguel con cierta tristeza cómica.—Yo me debía haber casado contigo y esa criatura sería mía.

—A buena hora se acuerda usted—replicó ella con desgarro.—¿Por qué no lo pensó usted antes?

—¿No podríamos empezar todavía, Fanchonette?

—No.

—De manera que Praschcu, ese imbécil de tu marido, exige fidelidad.

—Como la exigiría usted.

—¡Qué pena!—exclamó Miguel con melancolía burlona.—¡Yo! ¡Que te he tenido en brazos cuando eras niña! ¿No podría tener un poco de derecho?...

—Ninguno.

—Eres muy cruel, Fanchon.

—¡Ah! Siempre está usted así. ¿Por qué no se casa usted de una vez?

—No me hacen caso, chica, ya. No me hacen caso.

Margarita que oyó la conversación se la contó a Dolores con gran misterio, y ella, riendo, volvió a contársela a Miguel.

V. EL NIÑO

Una tarde en que D. Eugenio y Tilly charlaban en el comedor de la Veleta comentando a Maquiavelo, se presentó Margarita que venía corriendo, sofocada y sin aliento.

—¿Qué pasa?—le preguntó su hermano.

—El niño... el niño de Dolores... lo han robado.

A Tilly no le preocupaba tanto como a su hermana el niño de Dolores, y se encogió de hombros.

Aviraneta preguntó cómo había ocurrido el caso.

—Estaba, como todos los días, jugando a la puerta de la casa, cuando ha pasado un rebaño de ovejas por delante. Vamos, Miguelito, le ha dicho la chica que iba con el rebaño. El niño le ha seguido y ha desaparecido. Se ha mirado por todos los alrededores y no se le ha encontrado.

—¿Y cuánto tiempo hace que falta?—preguntó Aviraneta.

—Ya cerca de diez horas.

—¿Qué edad tiene el chico?

—Cuatro años y medio.

—Sí; entonces es muy posible que lo hayan robado.

—¿Qué haremos?—exclamó Margarita.—La pobre madre figúrese usted cómo está. Vengan ustedes conmigo.

—Bueno, vamos—dijo Aviraneta.

Salieron los tres, y al pasar por Gastizar, Margarita dijo a su hermano:

—Llámale a Miguel Aristy y dile lo que pasa.

Tilly entró en Gastizar y volvió al poco rato solo.

—¿No está?—le preguntó Margarita.

—Debe estar en Chimista.

Efectivamente, al llegar a Chimista se lo encontraron. Empezaba a oscurecer y el niño no venía. La madre estaba en la mayor desesperación. Miguel y Dolores habían salido por los alrededores llamando al niño, pero no aparecía.

—Bueno, señor Aristy—dijo Aviraneta;—si andan ustedes así a la casualidad, como locos, no encontrarán ustedes ninguna pista. Vamos a hablar los dos serenamente a ver si encontramos algún indicio.

—Tiene usted razón. El dolor de la madre le perturba a uno, contagia su intranquilidad.

—Vamos a un sitio donde estemos solos.

—Entremos aquí. Sentémonos.

Entraron en el cuarto del coronel Malpica.

—Veamos el hecho escueto primeramente—dijo Aviraneta.—¿Cómo ha sucedido?

—¿Quiere usted que le llame a Fanchon, la mujer que vive aquí?

—Sí.

Entró Fanchon en el cuarto, con la cara llena de lágrimas.

—Cuéntanos lo que ha pasado con detalles—le dijo Aviraneta en vascuence.

—Pues nada—dijo Fanchon;—el niño estaba jugando, como casi todos los días, por aquí, por delante de la casa. Ha pasado un rebaño, y el chico que iba detrás le ha dicho: "¿Miguelito, vienes?" Miguelito ha salido detrás del rebaño y no ha vuelto. Eso ha sido todo.

—¿Tú has visto al chico que le ha llamado?—preguntó Aviraneta.

—No, no le he visto. No sé si mi marido le habrá visto.

—Llámalo; y si no sabe nada, pregunta por ahí a ver si hay alguno que haya visto al chico que ha llamado a Miguelito al pasar.

Salió Fanchon corriendo del cuarto y volvió al poco rato, sofocada, con Praschcu, su marido.

—Mi marido le ha visto.

—¿Usted le ha visto al chico que ha llamado a Miguelito?

—Sí.

—¿Quién era?

—Era un chico que llaman Mandharra, del caserío de Gros Jean, el tramposo—dijo Praschcu hablando muy despacio.

—¿Es pastor?

—No; es un chico pobre que suele andar a veces pidiendo limosna y que ahora está en un caserío.

—¿Y cómo llevaba hoy ese rebaño?

—Mandharra iba al lado de la zagala que suele andar siempre con el rebaño.

—¿Ese Mandharra suele tener punto fijo donde dormir?

—Sí; en el caserío de Gros Jean, el tramposo, que se llama Beletchea (la casa del Cuervo).

—¿Y quién es ese caballero?

—Ese caballero, como usted dice, no vive—contestó Aristy.—Viven sus hijas, que yo creo que están un poco locas.

—Pues ¿qué les ocurre?

—Son tres solteronas solitarias, que no salen nunca de casa. Yo las llamo las Tres Lamias. No quieren ver a nadie. Trabajan en el campo de noche, a la luz de la luna, para que no las vean. Y de día se asoman a mirar por entre las parras.

—¿Viven cerca?

—Sí; a un cuarto de hora de aquí. ¿Sospecha usted de ellas?

—Por ahora no. Primeramente dígame usted qué enemigos tiene su cuñada.

Miguel habló de las damas del Chalet de las Hiedras y de sus antecedentes.

Como no especificaba nada, Aviraneta dijo:

—Vamos a interrogar a la madre del niño. ¿Quiere usted llamarla?

Aristy llamó a su cuñada, que entró llorando a lágrima viva.

—Una pregunta nada más—le dijo Aviraneta.—¿Tiene usted algún motivo para suponer que una de las mujeres que vive en el Chalet de las Hiedras le odia a usted?

—Sí, algún motivo tengo, porque hace unos días me envió las cartas que le había escrito mi marido a ella.

—¿Las tiene usted ahí?

—No, las rompí.

—¿Usted supone que se las envió la más joven de las dos, Simona?

—Sí.

—Al enviarle las cartas a usted ¿no decía nada?

—Sí; me escribía un papel lleno de mala intención para mí.

—Está bien. Tranquilícese usted. Encontraremos al chico—dijo Aviraneta.—El chico no está perdido, está robado, y una de las mujeres del Chalet de las Hiedras lo ha mandado robar.

La opinión de Aviraneta era también la de Aristy.

—Ahora vamos a ver qué hay que hacer—dijo Aristy.

Aviraneta llamó a Tilly y los tres deliberaron. Era indudable que Simona, si era ella la que había preparado el robo del chico, no se había entendido con Mandharra, porque ella no sabía el vascuence ni el chico el francés. Simona se había valido de algún intermediario, probablemente de Marcos.

Aviraneta, Aristy y Tilly decidieron volver al pueblo y apoderarse de Simona y de Marcos, y obligarles a decir dónde estaba el niño.

Antes de salir de Chimista, Aviraneta preguntó al marido de Fanchon:

—¿Por este camino hacia el monte, en una legua o en dos, hay alguna cueva?

—Sí. Hay una que llaman Lecebeltz (la sima negra).

—Pues id a registrarla. Praschu, Fanchon y Grashi Erua salieron en aquella dirección, mientras Aviraneta, Aristy y Tilly se encaminaron hacia Gastizar. Entraron por la huerta, y andando a oscuras se dirigieron hacia el Chalet de las Hiedras.

—Voy a llamar más gente—dijo Aristy.

Miguel marchó despacio hacia Gastizar y volvió a la media hora con Víctor Darracq y con Ichteben. Al acercarse Aristy a Aviraneta éste le dijo:

—Chit.

—¿Qué pasa?

—Está aquí Marcos.

—¿Tendrán ahí el niño?

—No creo.

—Vamos a ver si cazamos al bello gascón.

Esperaron más de una hora.

—Yo conozco la casa—dijo Tilly;—si tuviera una escalera para subir podría arreglármelas para oir la conversación.

—Yo la traeré—saltó Ichteben y desapareció en la oscuridad.

Al poco rato volvió con una escalera larga. La aplicaron al balcón del chalet y Tilly subió con grandes precauciones.

Al cuarto de hora bajó de prisa.

—Sale Marcos—dijo;—no detenerle. Parece que es un mendigo viejo a quien llaman Pachi Zarra y también Ontza (el Buho) el que se ha llevado al niño. Marcos no sabe dónde lo guarda. Mañana les dirá dónde está.

Salió Marcos del chalet, y cruzando la huerta saltó la tapia y desapareció.

Tilly volvió a subir al balcón.

—¿Adónde va usted?—le dijeron.

—Voy a coger algo que he dejado ahí.

Efectivamente; subió y bajó con un gran legajo en la mano.

—Esto, que lo guarden—dijo a Aristy.

—Lo guardarán. Yo voy a tranquilizar un poco a la madre. Mañana buscaremos a Pachi Zarra, el Buho.

—Bueno, vamos—dijo Aviraneta.

Aviraneta, Tilly y Aristy volvieron a Chimista.

Al llegar al caserío vieron al chiquillo que venía medio riendo, medio llorando, en brazos de Grashi Erua. Lo habían encontrado en la cueva de Lecebeltz, como había indicado Aviraneta.

El marido de Fanchon traía preso a Pachi Zarra (el Buho), un viejo con una anguarina parda, con el pelo y la barba blancos, que habían encontrado en la cueva guardando al niño.

Dolores comenzó a sollozar de alegría al ver a su hijo salvo, y Margarita le acompañó en su contento.

Aristy apostrofó a Pachi Zarra y le dijo que se fuera, que no volviera al pueblo, porque le metería en la cárcel.

El Buho se marchó refunfuñando.

Dolores dió las gracias a Aviraneta con la mayor efusión, y los tres hombres volvieron al pueblo. Al llegar a Gastizar, Tilly pidió el grueso legajo que había sacado del Chalet de las Hiedras. Se lo entregó Ichteben y fué con él a la fonda.

Al día siguiente, antes de levantarse Aviraneta, Tilly entró en su cuarto.

—Don Eugenio—dijo.

—¿Qué hay?

—Me voy. He encontrado un pequeño filón, y voy a ver si lo exploto. Adiós.

Cuando Aviraneta se levantó Tilly había desaparecido.

VI. CHORIBIDE Y AVIRANETA

La noticia del robo del niño se extendió por el pueblo, y todos los vecinos del barrio y de Ustariz creyeron unánimemente que eran las damas del Chalet de las Hiedras las que habían dirigido esta mala acción. Las simpatías por los Aristys, que estaban apagadas en la aldea, se despertaron y fueron muchas personas las que estuvieron en Gastizar a felicitar a madama Aristy por la salvación de su nietecillo. Madama Luxe escribió una carta de felicitación y Miguel fué a visitarla por encargo de su madre.

Madama Luxe, interrogada acerca del motivo que tenía para haber roto sus relaciones con Gastizar, habló del anónimo que ella creía que le habían enviado los Aristy.

Miguel lo leyó fríamente; después sintió tal indignación al pensar que la viuda se lo había atribuído a él, que estuvo con ella tan severo que la dejó bañada en lágrimas. Al día siguiente, madama Luxe acompañada de Fernanda fué a Gastizar a explicarse con madama Aristy y a pedirle perdón. Se quedó de acuerdo en que eran las mujeres del Chalet de las Hiedras las que habían escrito el anónimo. Estas no salieron de casa durante algunos días. Marcos el del molino se ocultó también, e iba de noche a ver a la Delfina, del Bazar de París, por la huerta.

Aviraneta supo estas noticias por Esteban Irisarri, el posadero de la Veleta, que se las contó con profusión de detalles.

Una mañana leía don Eugenio en el libro de Jomini la batalla de Valmy, cuando entró Esteban a decirle que estaba el señor Choribide preguntando por él.

—¡El señor Choribide! ¡el jefe de los enemigos!—dijo Esteban Irisarri con voz hueca.

—No le conozco—contestó don Eugenio.

—¡Choribide! El amigo de esas viejas intrigantes del Chalet de las Hiedras.

—¿Pregunta por mí?—dijo Aviraneta.

—Sí.

—Que pase.

El posadero debió quedar asombrado de la serenidad de Aviraneta. Abrió la puerta y se presentó el viejo muscadin elegante y currutaco.

—¿El señor de Aviraneta?—preguntó sonriendo.

—Soy yo. Pase usted y siéntese usted.

Choribide entró, se sentó en el borde de la silla, puso el sombrero metido en el bastón y el bastón entre las piernas.

—Yo, señor—dijo,—me llamo Choribide, Gastón de Choribide. Soy vasco, como usted. He llevado en mi juventud una vida un tanto irregular. Yo no sé si usted tendrá ideas religiosas...

—Creo que no—repuso Aviraneta.

—Es usted de mi escuela. Si yo tuviera ideas religiosas diría que he sido un gran pecador. No teniéndolas, suelo decir que he sido un hombre crapuloso y de vida poco honorable.

—¿No será usted un tanto severo consigo mismo, señor Choribide?—preguntó Aviraneta.

—No, no. Muchas gracias por su opinión. Me hago justicia. Verá usted... Yo vivo bien dentro de mi modestia. No trabajo; no he trabajado nunca.

—Se aburrirá usted.

—No, no me aburro. Yo tengo un sobrino ex oficial de la Guardia Real, Aquiles Rontignon. Rontignon tiene condiciones para agradar a una mujer; es guapo y es tonto.

—¿Usted cree que la tontería...?

—Es indispensable. Yo había pensado casar a Rontignon con una viuda rica de aquí, madama Luxe. Como un teniente retirado no es bastante para producir entusiasmos en una mujer rica por sólo su posición, yo había pensado adornar el pecho de Rontignon con una gran cruz o buscarle un empleo. Aprovechando la estancia aquí de una señora española, la condesa de Vejer...

—Que no es española ni condesa... saltó Aviraneta.

—Cierto; pero hay que darla un nombre para señalarla.

—En Madrid se llamaba madama Carolina.

—Bien; me es igual; aprovechando la estancia aquí de madama Carolina, me acerqué a ella y le dije que puesto que ella trabajaba para el Gobierno español, yo le ayudaría a cambio de que ella concediera a mi sobrino un empleo, un cargo honorífico...

—¿Y ha trabajado usted para ella?

—Sí, habíamos hecho un legajo con todos los datos necesarios para remitirlo a Madrid, cuando las cosas se han torcido. Primeramente Rontignon no ha sabido aprovechar su tontería ni tampoco su arrogancia de hombre guapo, y madama Luxe lo ha rechazado; después Tilly, ese muchacho amigo de usted, un muchacho encantador, se apoderó del legajo formado por nosotros, y por último, la sobrina de madama Carolina...

—Que no es su sobrina...

—Cierto. Simona Busquet ha intervenido en esta cuestión, y con sus odios y su genio vengativo ha hecho que roben al nieto de madama de Aristy. Esta barbaridad ahora me la atribuyen a mí, y me molesta. Ese no es mi género. No me ha gustado nunca el melodrama. La alta comedia, quizás; el melodrama, nunca. Por estas razones voy a dejar la partida.

—¿Va usted a dejarla?

—Sí.

—Yo no puedo vivir aquí ya. El pobre Garat no se encuentra en estado de recibir a los amigos. Madama Aristy está indignada, porque cree que yo he indicado que roben a su nieto, cosa absurda. Voy a ir a Bayona, pero antes le voy a pedir a usted un favor.

—Usted dirá.

—Yo he venido a verle a usted, porque he comprendido que es usted un hombre fuerte. Me ha recordado usted a su excelencia el duque de Otranto.

Aviraneta sintió un movimiento de alegría.

—¿Ha conocido usted a Fouché?—preguntó.

—Sí; he estado a su servicio. Tiene usted el mismo aire de penetración que él. Ahora, que quizás usted no pueda poner sus facultades al servicio del Estado. Hay países que desperdician su gente.

Choribide había dado dos golpes buenos en la coraza de indiferencia de Aviraneta, uno comparándole con Fouché, el otro suponiendo que no se le comprendía.

—¿Y qué servicio quería usted de mi, señor Choribide?—preguntó.

—Le diré a usted. Actualmente mi sobrino Rontignon sencillamente me estorba. Si lo hubiera casado con madama Luxe, yo hubiera sido su administrador; pero no ha sido bastante hábil para enamorar a la viuda. Ahora quiero desprenderme de él, y como ha aparecido como un realista que ha mandado informes al Gobierno español por intermedio de esas damas del Chalet de las Hiedras, he pensado hacer valer esos servicios y su calidad de ex teniente de la Guardia Real para pedir para él un destino en España. ¿Usted, que seguramente sabrá cómo se hace esto, no podría escribirme una solicitud en español?

—Sí; lo haré.

—¿Ahora mismo?

—Sí; ahora mismo.

Aviraneta escribió un borrador de solicitud y lo entregó para que lo copiase Choribide.

Al terminar, Choribide dió las gracias a Aviraneta y murmuró efusivamente:

—¡Cómo nos desperdician, mi querido señor!

Y haciendo una reverencia llena de respeto y de gracia, completamente siglo XVIII, Choribide se retiró y salió de la Veleta.

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