LIBRO CUARTO BAJO LA INFLUENCIA NEFASTA DEL DRAGÓN DE GASTIZAR
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I. EL TÍO JUAN
Al llegar Aviraneta a Ustariz se encontró a Choribide que marchaba en un cochecito camino de Bayona. Choribide se detuvo a pedir noticias.
—Me voy de Ustariz, señor Aviraneta—dijo después.
—Lo siento mucho, si esto le molesta.
—Sí, algo me molesta. ¿Qué noticias hay? ¿Cómo ha terminado la expedición de los liberales españoles?
Aviraneta contó lo ocurrido y la enfermedad del tío Juan el guardabosque.
—¿Y está grave?
—Sí, muy grave.
—¿No ha sospechado usted quién es este tío Juan?
—No.
—Es el marido de madama de Aristy.
—¿De verdad?
—Sí.
—¿Estaban separados?
—Sí. Más que por nada por motivos políticos y religiosos. Es absurdo. ¿Verdad? El tío Juan ha sido siempre un ateo y un jacobino. Ella creía que daba un mal ejemplo a los hijos.
—¿Usted lo ha conocido en otro tiempo?
—Sí. Ya lo creo... Voy a aplazar mi viaje y voy a visitarle por si acaso me necesita. Le he hecho algunos favores.
Choribide se dirigió hacia el bosque y Aviraneta a Gastizar. Preguntó por madama de Aristy, dijo a la criada que tenía que hablar a su ama con urgencia y pasó al salón.
—Señora—dijo,—vengo a traerle a usted una mala noticia. El señor Darracq me ha encargado que le diga a usted que el guardabosque a quien llaman el tío Juan, está gravemente enfermo.
Madama de Aristy quedó alterada.
—¿Qué le ha ocurrido?—preguntó.
Aviraneta contó cómo le había encontrado en Urruña de vuelta de la fracasada expedición liberal.
—¿Estaba allí Miguel, mi hijo?
—Sí.
—¿Le han dicho a usted que el tío Juan es pariente mío?
—Lo he adivinado—contestó Aviraneta.
Madama de Aristy contempló en silencio a don Eugenio.
—¿Usted qué cree que debía hacer?
—Yo, señora, no sé la clase de resentimientos que ha habido entre usted y su esposo, pero supongo que éste se encuentra en el actual momento gravísimo, quizás moribundo. Creo que lo mejor que podría usted hacer sería decir a su hijo lo que ocurre, contarle los motivos de diferencias con su marido e ir con Miguel a Aldasoro, a la cabaña del tío Juan.
—Sí, tiene usted razón. Eso haré. ¿Quiere usted esperar un momento?
—Con mucho gusto.
Madama de Aristy hizo que llamaran a Miguel y al caballero de Larresore, y tuvo una explicación con ellos. Al terminarla apareció Miguel, intranquilo e inquieto.
—¿Está mal, de veras?—preguntó a Aviraneta.
—Sí.
—Hay que ir de prisa. ¿Usted no querrá volver?
—No tengo inconveniente.
—Le agradeceré a usted que venga, porque estoy un poco trastornado con una noticia así.
Madama de Aristy había mandado por un coche, en donde iban a ir ella, el caballero de Larresore, el médico y el vicario Dostabat. Miguel y Aviraneta tomarían el tílburi.
Los dos coches partieron de Gastizar, produciendo la expectación del pueblo.
Al llegar a Aldasoro bajaron y entraron a ver al enfermo. El médico dijo que estaba agónico y que le quedaban solamente horas de vida.
Madama de Aristy habló a su marido a solas, y tras larga conversación le indicó que debía confesarse.
—No—dijo enérgicamente el tío Juan, y volvió la cabeza hacia la pared.
—Yo, como usted, le encargaría de esa misión a su hijo—propuso Aviraneta;—yo trataré también de convencerle.
Aviraneta y Miguel Aristy se quedaron en el cuarto del enfermo. Este, sin duda, se hallaba intranquilo y receloso. De pronto se irguió en la cama y se quedó mirando fijamente a Aviraneta.
—Señor—exclamó,—que me dejen morir en paz.
—¿No quiere usted que venga ningún cura?
—No.
—No vendrá.
—¡Gracias! ¡Muchas gracias!
Miguel se acercó a la cama.
—¿Qué hace usted aquí?—le preguntó el tío Juan de repente.—¿Qué está usted espiando?
—Soy yo Miguel... el de Gastizar.
No se atrevió a decir su hijo.
El tío Juan le contempló con una mirada curiosa y de anhelo.
—¡Ah... sí... sí!—murmuró, y se tendió de nuevo en la cama.
Miguel le arregló la cubierta de la cama, y el viejo le agarró la mano y la besó.
Miguel quedó conmovido y se le saltaron las lágrimas.
Durante todo el día el enfermo estuvo desvariando. Al anochecer comenzó a palidecer y a ponerse lívido, y murió.
Alí marchó a Ustariz por un ataúd.
De noche estuvieron en la cabaña, velando al muerto. Aviraneta, Larresore, Choribide, el intendente Darracq y Miguel.
El intendente contó la vida de su primo Aristy, que acababa de morir, una vida íntegra, de fanático por sus ideas.
—La verdad es—dijo burlonamente Choribide a Aviraneta—que ha tenido que venir un gascón para dar un ejemplo de consecuencia en el pueblo, porque lo que es Garat y yo no hemos quedado como hombres muy consecuentes en política.
—Parece que la influencia de la veleta de Gastizar es muy grande—replicó D. Eugenio con sorna.
—¡Pse! Hay que cambiar—replicó Choribide.—La vida es cambiar. Yo no creo que ser esclavo de sus prejuicios sea una superioridad.
—No; es más bien el resto de la gente quien cree eso—dijo burlonamente Aviraneta.
Por la mañana se verificó el entierro en el mismo bosque. Los aldeanos de los caseríos vecinos se reunieron en Aldasoro, los hombres formaron un corro y las mujeres otro. Hacía una mañana hermosa y tibia, el sol amarillo se esparcía por el campo.
Sacaron al ataúd de Aldasoro y lo colocaron en un carro de bueyes y lo llevaron hasta el pequeño cementerio que tenía la barriada del bosque.
Allí cogieron el féretro Miguel, Ichteben el criado de Gastizar, Alí y Darracq, y lo dejaron sobre un montón de tierra próximo a la fosa.
Bajaron la caja al fondo del hoyo que no era profundo, y fueron cubriéndola de tierra. Al medio día todos volvieron a Ustariz.
Al día siguiente madama de Aristy hizo que se celebrara un funeral solemne en la iglesia por su marido.
II. EL VERANILLO DE SAN MARTÍN
Lacy se había curado de la dislocación del pie, pero la estancia en la cama le había debilitado y agravado su enfermedad crónica del pecho. Por lo que decía el doctor Elissalde, el mejor médico de Ustariz, tenía ya muy pocas probabilidades de curarse. Habían mandado venir a un especialista de Bayona en consulta, y los dos doctores, después de auscultar y percutir al enfermo, habían asegurado que sólo una casualidad podría salvarlo.
—Lo más tarde en la primavera, cuando la hoja de la higuera tenga el tamaño del ala del murciélago, como dice el padre Hipócrates, morirá—dijo el doctor Elissalde, sonriendo.
El doctor era de estos hombres pulidos y emperifollados y un tanto empalagoso. Los ¡Oh! ¡Oh!, los ¡Ah! ¡Ah!, los ¡Tiens! ¡Tiens! y las frases más almibaradas estaban siempre en sus labios. Tenía una sonrisa de satisfacción para todo. Cuando a Miguel le decía que su amigo Lacy estaba desahuciado, lo decía de una manera tan jovial, tan alegre, que indignaba a Aristy.
Aristy había tomado afecto a Lacy y hubiese querido saber un medio de posible curación para emplearlo.
El doctor Elissalde aseguraba que era imposible. Lo único que se podría conseguir era que el pobre muchacho tirara un poco más.
—Lo más tarde en la primavera, cuando la hoja de la higuera tenga el tamaño del ala del murciélago...—repetía el doctor sonriendo.
El tiempo que hacía invitaba a salir de casa y a pasear. Después de las grandes lluvias otoñales había comenzado el veranillo de San Martín, que parecía un verano de verdad.
—Hay que aprovechar el buen tiempo—decía Miguel a Lacy;—hay que tomar el sol. Esta es la mejor época en nuestro país...
Y era cierto. El otoño es, sin duda, la estación más agradable en el país vasco. El campo, que en verano tiene un manto verde, uniforme, adquiere en otoño una variedad extraordinaria de colores; la hierba, los helechos rojizos, los árboles con hojas amarillas, todo toma unos tonos fogosos, ardientes. Hay además en el país vasco francés una serenidad, un reposo, que no hay en el español; el paisaje es más abierto, más tranquilo, más soleado, las gentes son más dulces, las campanas que tocan las oraciones desde lo alto de las torres son más melancólicas y menos imperiosas, más sentimentales y menos dogmáticas.
Lacy disfrutaba de esta calma, de esta serenidad.
Por la mañana al levantarse veía desde la ventana la niebla inmóvil que llenaba el valle de Ustariz, las casas musgosas que echaban humo por las chimeneas y escuchaba las campanas que retumbaban sonoras y acompasadas en el aire silencioso. Luego, a medida que se levantaba el sol, la bruma se deshacía en jirones y se desvanecía dejando el cielo azul. Por la tarde el calor apretaba y al anochecer comenzaba el frío y venían las nieblas en pelotones blancos rasando el suelo y la superficie de los arroyos a apoderarse de los bosques y de los barrancos.
Miguel Aristy solía llevar a Lacy a pasear en su cochecito al sol, a los montes inmediatos.
Los árboles estaban amarillentos y rojizos, las hojas secas jugueteaban por los senderos.
Miguel tenía que quedarse muchas veces en su casa.
Era época de grandes preparativos en el campo. Aristy dirigía las labores de abonar las tierras, de podar los árboles y hacía grandes hogueras con los hierbajos arrancados, a los que pegaba fuego al anochecer.
Lacy, con esta atención de los enfermos, lo contemplaba todo con una gran curiosidad.
Parecía que quería fijar en la retina por última vez las cosas del mundo.
Lacy no se alarmaba pensando en su porvenir. Se creía muy grave, y, sin embargo, hacía proyectos.
Lacy tenía una gran preocupación por Dolores Malpica; sentía por ella un entusiasmo muy próximo al amor.
Hablaba constantemente de ella y de todo cuanto tuviera relación con ella. A Miguel le hubiese molestado, quizás en otro, este entusiasmo por la mujer de su hermano; pero en Lacy no le molestaba.
El enfermo alternaba con este tema de conversación, los recuerdos de la última etapa de la fuga por los montes de Vera.
Le preocupaba el pensar qué habrían hecho del cadáver de su amigo Ochoa. La idea que se lo hubiesen comido los perros o los cuervos le trastornaba.
También le mortificaba la actitud del Inglesito, que le había salvado y había desaparecido sin dejarle ni siquiera su nombre.
¿Es que le despreciaría aquel inglés? ¿Es que quizás pensaba que no le iban a saber agradecer su heroísmo?
La idea de no poder expresarle su gratitud le entristecía.
Lacy paseaba durante las horas de sol por el campo y por la huerta de Gastizar. Subía con Miguel a un manzanal en un alto, y se sentaba sobre algún montón de hierba seca.
Desde allá, la antigua casa solariega parecía rejuvenecerse, galvanizarse por arte mágica, cuando le daban los rayos del sol. Las viejas piedras de Gastizar se doraban, las vidrieras centelleaban y lanzaban dardos, el dragón de la veleta se agitaba en el aire azul...
Al caer de la tarde el caserón parecía desde arriba un inmenso dado de oro; luego al inclinarse más los rayos solares, adquiría un tono de púrpura y parecía algo irreal y fantástico... De pronto el sol se ponía detrás de un robledal, y en un instante desaparecía la llamarada; la casa entonces era como un cadáver electrizado a quien se le acababa la corriente y quedaba en seguida tenebrosa, siniestra... Al momento en el valle todo era oscuridad, frialdad, melancolía.
Lacy suspiraba y volvía a Gastizar.
Casi constantemente estaba con los Aristy.
Acompañaba a Miguel y miraba cómo disponía éste las labores campestres; solía ir con frecuencia a la biblioteca en donde Darracq le mostraba sus libros y las mil cosas recogidas en sus viajes.
Darracq había domesticado a los gorriones, que entraban en la biblioteca y se acercaban a comer a su mano, Lacy se divertía dando a los pájaros migas de pan.
Las señoras de Gastizar tenían también grandes atenciones para Lacy. Le guardaban el mejor sitio delante de la chimenea, le hacían postres delicados y le traían flores.
En la sala de Gastizar había siempre por aquella época jarrones con inmensos ramos de crisantemos. Era uno de los lujos que madama de Aristy gustaba tener en su casa.
Mezclados con los crisantemos, madama de Aristy ponía matas de heliotropo que perfumaban la estancia.
Muchas noches Alicia y Miguel tocaban alguna sonata, de violín y piano, de Beethoven, y se le veía a Lacy escuchar muy conmovido con la cara llena de lágrimas.
III. LA FAMILIA DE CHIMISTA
Don Valentín Malpica al llegar a su casa abrazó a su hija y a sus nietos.
—¿Qué ha pasado?—le preguntó Dolores varias veces.
—Nada. Un fracaso más.
Don Valentín creía que estas cosas de la guerra eran sólo para hombres, y que con las mujeres no se debía hablar de ellas.
Al día siguiente Dolores averiguó que su padre estaba herido. Malpica dijo que no era nada. El pensaba que sabía más que los médicos y que con algunas hierbas se curaría. Efectivamente, gracias a su constitución se curó pronto, aunque él creyó que era gracias a su ciencia.
Don Valentín estaba acostumbrado a mandar en su casa despóticamente. Pronto notó con asombro la oposición que le hacía Margarita Tilly, defendiendo a Dolores. A D. Valentín le sorprendió tanto, que casi le hizo gracia. Malpica desarrollaba una gran cantidad de trabajo al día, aunque no siempre útil, pues el tiempo se le pasaba en hacer y deshacer, en ir y venir.
El viejo coronel no podía aguantar el aire embebido y absorto que había tomado su hija desde que le había abandonado su marido.
—¡Muévete, dormilona!—le decía.—Te vas a quedar tonta.
Margarita se indignaba.
—¡Bruto, más que bruto!—solía murmurar por lo bajo.
—Déjale—decía Dolores,—él me quiere así, a su modo.
Era la manera de ser cariñoso de D. Valentín. Si tenía que recomendar silencio, decía: Silencio en las filas; y cuando había que prepararse para algo, gritaba: ¡Escuadrones!
El chico Miguelito le imitaba y se reía.
Margarita, convertida en amiga íntima de Dolores, se quedaba muchos días en Chimista. Solían ir a veces a la cocina del piso bajo, donde vivía Fanchon, y hacían grandes fogatas y asaban castañas en el rescoldo.
Los días buenos, Margarita y los chicos, Grashi Erua y Chistu corrían por los campos.
IV. SIMONA BUSQUET
Pocos días después de la muerte del tío Juan, madama Aristy se presentó en el Chalet de las Hiedras acompañada de Ichteben, y dijo a madama Carolina y a Simona que hicieran el favor sin pretexto alguno de abandonar la casa.
Madama Carolina había amenazado anteriormente a la señora de Aristy con divulgar en el pueblo que era la mujer de un revolucionario y regicida como el tío Juan. Ya no tenía arma ninguna que emplear contra la propietaria de Gastizar y se resignó a dejar la casa sin protesta.
No así la Simona. Esta, más violenta y agresiva, puso a la señora de Aristy como un trapo. La insultó en su marido, en sus hijos y en sus amigos. Madama de Aristy, pálida y con los ojos brillantes, no contestó, pero al marcharse dijo con voz iracunda:
—Saldrá usted de aquí inmediatamente, si no la mandaré echar por los gendarmes.
Efectivamente, salieron las dos mujeres y fueron a parar a la posada del Caballo Blanco.
Madama Carolina a los pocos días se marchó para no volver; Simona quedó en Ustariz, animada por el ardor de la venganza.
Manejaba a las muchachas del Bazar de París y a Marcos el del molino.
Poseía por instinto esa táctica de los intrigantes que consiste en unir y desunir voluntades moviendo el resorte de los caracteres. Sabía sembrar una sospecha, cultivarla si existía, y alimentar un resquemor o una mala pasión con cariño. Era la única para indisponer a dos personas amigas.
Tanta confianza llegó a tener con las dos señoritas de la Bastide y con su abuela, la Diosa Razón, que dejando la posada del Caballo Blanco fué a vivir con ellas. Intrigante y mentirosa como era Simona, llegó a convencer a todos de la verdad de sus embustes.
Desde que se instaló en casa de las señoritas de La Bastide se la veía muchas veces en el mostrador despachando.
Simona era una mujer bonita, con la cara muy cuadrada, la frente ancha, la nariz corta, los ojos muy negros, muy vivos, un poco juntos y muy rasgados, y el pelo castaño. Tenía una palidez mate, una expresión de intranquilidad y de suspicacia, unos tics nerviosos que agitaban su rostro y una sonrisa de dolor, de ironía y de maldad.
Parecía que estaba siempre dispuesta al ataque, como un cínife o una avispa.
Simona tenía una conversación más picante y más amena que las señoritas de La Bastide, e hizo que la tertulia del Bazar aumentase y tomara más crédito.
Dejó al mismo tiempo en el ambiente un semillero de rivalidades, de suspicacias y de complicaciones.
Simona aduló y lisonjeó a Larresore y lo llevó a su campo, con la intención de sacarle noticias de lo que pasaba en Gastizar; pero el viejo caballero era maestro en malicias y en marrullerías y supo defenderse sin decir nunca nada en concreto.
V. EL PRÍNCIPE QUIROMÁNTICO
Dos o tres comisionistas solían presentarse en Ustariz todos los meses. Recorrían los principales comercios y hacían una parada larga en el Bazar de París, que era el principal establecimiento de la villa.
Uno de los más asiduos de estos viajantes era el señor Pardies d'Espelunque, accionista y dependiente de un almacén de Burdeos.
Monsieur Pardies d'Espelunques era un señor de más de cuarenta años, fuerte, rechoncho, moreno, de bigote largo, negro y engomado. Pardies era gascón, pasaba por ser de origen español y sus íntimos no le llamaban Joseph sino Pepito, que ellos decían Pepitó.
Pardies tenía la cabeza grande con la melena negra y encrespada y la cara mefistofélica. A pesar de la hermosa cabellera que lucía mientras iba cubierto, en lo alto del cráneo estaba calvo, y para disimular su calvicie tenía el sistema de llevar los pelos de un parietal a otro, así que su cabeza mirada a vista de pájaro tenía un enrejado que parecía un dibujo topográfico hecho con tiralíneas.
Pardies d'Espelunques era un hombre hablador, turbulento y exasperado, cínico y burlón. Solía vender sus géneros mareando a los compradores con su verbosidad.
Pardies era elocuente, revolucionario, dantoniano, y pronunciaba las erres a la española. Su exclamación favorita era decir: ¡Pardies!—y luego añadía:—Así me llamo.
Un día Pardies se presentó en Ustariz con un señor de pobre aspecto. Aquel señor podía ser todo menos comisionista. El comisionista en algunos pueblos es el representante más brillante de la civilización y de la elegancia. Aquel señor, a pesar de su aspecto, era comisionista.
Vendía medallas, rosarios, escapularios y otras chucherías místico-religiosas bendecidas por el Papa y traídas de Jerusalén. Pardies llevó a su compañero a los distintos comercios del pueblo y estuvo un momento con él en el Bazar de París.
La Diosa Razón del Bazar, como sus nietas, recibían siempre muy amablemente a Pardies y reían sus gracias.
—¿Cómo se llama su compañero de usted?—preguntó Martina, una de las señoritas de La Bastide, a Pardies.
—Se va usted a reir—dijo el comisionista.
—¿Por qué? ¿Es un nombre tan raro?
—Es un nombre raro para él. Se llama Rohan. Luis de Rohan. Es descendiente del príncipe de Rohan.
—¿De verdad?—preguntó, extrañada, Simona.
—Sí, sí.
El señor de Rohan era alto, cano, afeitado, muy humilde, muy místico. Tendría unos cincuenta años, el pelo blanco, la cara roja, con un sarpullido blanquecino. Solía andar con un gabancito raído, una bufanda de lana y un sombrero de copa, metido hasta las orejas. Cuando marchaba de prisa, cortando el viento con su nariz afilada y roja y sus brazos largos, cojeando un poco, parecía un galgo a quien le hubiesen pegado una pedrada en una pata.
Simona dijo que debía llevarle a Rohan a la tertulia del Bazar, y Pardies prometió ir con él al anochecer.
Efectivamente, después de cenar en la Veleta fueron los dos al Bazar de París. Rohan habló con una gran unción y con un acento francés muy puro. Cuando su amigo Pardies cometía alguna falta gramatical le corregía sonriendo.
—¡La gramática! ¡Bastante me importa a mí la gramática!—dijo Pardies.—Todo eso no es más que reaccionarismo. ¡Si viniera la nuestra! Lo primero que haría es pedir la cabeza de todos los gramáticos de Francia. Ya lo creo. ¡Pardies! No asustarse, señoras. Así me llamo.
—No le hagan ustedes caso—replicó riendo Rohan y dirigiéndose a Simona y a las señoritas de La Bastide.—Es un embustero.
—Yo, embustero. Y la cabeza de usted pediría también, señor Rohan.
—Me haría usted un favor—replicó Rohan—frotándose las manos con su aire meloso y llorón.—¡La vida! ¡Pse! Para mí no tiene valor. Tengo fe.
—¡Bah! ¡Bah! Usted es un impostor príncipe. Todos esos escapularios y medallitas los fabrica usted en su casa y ni han estado en Jerusalén ni mucho menos. La impostura le viene a usted de familia.
—¡Qué bárbaro!—exclamó Rohan sonriendo y corrigiendo con su sonrisa amable el dicterio.
—Sí, bárbaro porque uno dice la verdad. En cambio yo tengo sangre de jacobino ¡Pardies! Así me llamo. ¿Usted sabe cómo me confirmé yo, señor de Rohan?
—No, ¿cómo quiere usted que yo sepa eso, mi querido amigo?
—Pues cuando yo era chico mi padre era del Comité de Salvación Pública de Bayona nombrado por Monestier del Puy-de-Donce. Un día mi padre me dijo: Vamos a comer con el ciudadano Monestier. El ciudadano Monestier era un ci devant cura. Entramos en su casa y fuímos al comedor. En la mesa en vez de manteles había paños de los altares y las copas eran cálices.—¿Qué harías tú pequeño ciudadano—me preguntó Monestier—si yo te dijera que este vino es sangre de aristócratas? Lo bebería—contesté yo. ¡Ya lo creo! ¡Pardies!—no asustarse, señoritas. Es mi nombre.
—¡Qué farsante!—exclamó riendo Rohan.
La diosa Razón del Bazar de París sacó una tabaquera y ofreció un polvo de rapé al príncipe. Los dos se atiborraron las narices de tabaco y estornudaron con gran satisfacción. Simona, a quien no divertían las frases de Pardies tanto como a las señoritas de La Bastide, se puso a hablar con Rohan.
El príncipe era un hombre un tanto misterioso, creía o aparentaba creer en sortilegios, en hechicerías y en amuletos.
Simona era también supersticiosa y se dejó llevar por el camino a que le arrastraba Rohan.
—¿Podría usted averiguar mi sino?—le preguntó ella.
—Sí.
—¿Y decirme después qué tengo que hacer para corregirlo?
—También.
—¿Por las líneas de la mano?
—Sí, por las líneas de la mano.
—¿Ahora mismo?
—Será mejor mañana—contestó Rohan con su acento llorón—tengo que recogerme mucho, concentrar mi atención y convendría que estuviéramos solos.
—Bueno, venga usted mañana por la tarde a mi cuarto.
Al día siguiente el príncipe se presentó en la habitación de Simona con dos libros debajo del brazo. Uno era las "Disquisiciones de magia" del padre Martín del Río, y el otro el tratado de "Arte magnética" del padre Kircher.
El príncipe dejó los libros en un velador y se sentó frente a Simona con el sombrero de copa sobre las rodillas. Hablaron la aventurera y el príncipe largo rato, él siempre muy humilde, muy quejumbroso y con gran unción.
—¿Quiere usted que empecemos?—preguntó Simona.
—Lo que a usted le parezca.
Simona mostró su mano. El señor de Rohan sacó unas grandes antiparras, se las colocó gravemente, cogió la mano y la estudió con meticulosidad abriendo y cerrando los dedos.
—¿Qué le dice a usted mi mano?—preguntó Simona.
—¡Oh, dice tanto!—exclamó Rohan con un aire elegíaco y al mismo tiempo de inspirado.—Aquí se ve todo su pasado. En su comienzo su vida es difícil. Venus y Mercurio la presiden. No tiene usted cuidados paternos.
—Sí, soy hija natural—dijo Simona—no he conocido a mi padre.
—La mano lo dice—replicó el príncipe.—Y sin embargo usted es de raza aristocrática. Quizás su madre era una mujer del pueblo, pero su padre era un gran señor. En su infancia hay abandono, miserias, enfermedades. En los primeros años de su juventud hay un disgusto grande... una fuga de casa... después viajes por el extranjero, amores... vigilancia... una amistad con una mujer rubia.
—Cierto, todo eso es cierto—murmuró Simona.—¿Y ahora?
—¿Ya quiere usted pasar al presente? ¿No quiere usted saber siquiera lo que me dice la mano de usted de su temperamento?
—Sí, sí.
—Es usted tímida y atrevida, sensible y dura, de pasiones fogosas y al mismo tiempo sencilla y humilde. No le han querido a usted nunca como usted ha querido.
—Es cierto, es cierto.
—Está usted hoy en un momento de crisis; hay un hombre rubio que la quiere y dos mujeres que la odian, una ya vieja y la otra joven... extranjera. En este momento está usted en lucha con ellas. Las dos intentarán perseguirla y humillarla, pero usted podrá librarse de su presencia.
—¿Cómo?—exclamó Simona.
—La manera más segura sería hacer un largo viaje.
—No, no, no quiero eso. ¿No hay otra solución?
—Veré.
Rohan tomó el libro del padre Kircher, lo abrió, leyó enfáticamente trozos en latín hasta que se detuvo en un párrafo marcándolo con el dedo.
—Será conveniente que se quite usted todas las alhajas que lleva y no use usted de hoy en adelante más que una mano de coral y un rubí en el dedo del corazón.
—¿Y venceré al fin a mis enemigas?
—Sí. El agua acabará con una de ellas y el fuego con la otra.
Simona preguntó al príncipe lo que le debía.
—Lo que usted quiera—contestó el señor de Rohan volviendo de pronto a su aspecto humilde y a su aire quejumbroso.
Simona alargó un luis que el príncipe lo cogió con cuidado y se lo metió en el bolsillo. Después el hombre largo tomó sus libros debajo del brazo y se retiró haciendo una reverencia. Al llegar a la calle en su boca había un rictus irónico y en ojos una gran alegría que se tradujo ostensiblemente en que de pronto el mago se frotó las manos con gran satisfacción.
Simona se puso a pensar acerca de lo que le había dicho el príncipe quiromántico y quedó convencida de que era verdad. Ella era atrevida y tímida, humilde y orgullosa, dura y de corazón blando, ¿quién no se cree un producto excepcional y extraordinario de la naturaleza con todas las más nobles facultades y todas las más extrañas contradicciones? El príncipe quiromántico le había dicho la verdad. Nadie le había querido, existían dos mujeres que la odiaban. Todo esto le pareció axiomático.
Las palabras del misterioso Rohan fueron produciendo en ella una gran agitación y llegaron a traducirse en hechos.
VI. LA VENGANZA DE SIMONA
Simona Busquet vivió durante algún tiempo anhelante pensando en las predicciones de Rohan. Un día el cartero le llevó un pliego que le puso en un estado de intranquilidad y de nerviosidad grande.
A la mañana siguiente Simona se presentó en Gastizar, llamó y dijo a Ichteben a voz en grito que comunicara a la señora de Aristy que León, su hijo, acababa de ahorcarse en París. La noticia era cierta y llevó la desolación a Gastizar. Simona la había sabido por una carta de Carolina.
La resignación y el recogimiento de las dos familias, la de Gastizar y la de Chimista, irritaron a Simona, que pensó en llevar más lejos su venganza.
Simona, que era tan vengativa como envidiosa, había comenzado a odiar a una de las señoritas del Bazar y llegó a quitarle su amante Marcos, el gascón.
Marcos se dejaba querer por las dos mujeres; la Simona le daba dinero, y el mozo, en vez de trabajar, se pasaba el día en la taberna bebiendo y jugando.
Como la sed de venganza era en Simona inextinguible, pidió a Marcos que, como una prueba de cariño a ella, incendiase Chimista, la casa donde vivía Dolores Malpica. El fuego acabará con una de ellas le había dicho Rohan. Simona pintó a su amante una serie de ultrajes supuestos que le había inferido a ella la española.
Marcos sabía que el negocio era grave, pero dijo que lo estudiaría.
Había en la parte de atrás de Chimista dos almiares grandes de heno y otros dos de helecho. Un día de viento sur uno de los montones comenzó a arder con violencia; el fuego se comunicó a los otros tres y el viento llevó las llamas hacia la casa.
Afortunadamente, Fanchon y Praschcu se dieron cuenta del siniestro, llamaron a otros vecinos y entre todos a palos apagaron el fuego.
Se sospechó, sin pruebas, que había sido Marcos el gascón. Ichteben, el criado de Gastizar, le había visto pasar a Marcos por el puente hacia el pueblo dos horas antes del siniestro. Naturalmente, el autor material del crimen no podía ser él.
Marcos fué detenido, negó toda participación en el hecho y fué puesto en libertad. Marcos siguió llevando su vida de holgazanería y de crápula, sacando siempre dinero a la Simona cada vez en mayores cantidades.
En esto un día Mandharra, el chico del caserío de Gros Jean, el tramposo, vino con Praschcu, el marido de Fanchon, al pueblo y se dirigió al Juzgado.
Praschcu contó al juez que el chico aquel había sido el que había pegado fuego a los montones de hierba seca de Chimista, instigado por Marcos el gascón.
Mandharra declaró que era verdad que Marcos le había impulsado a que encendiera la hierba, y para darle ánimo le había emborrachado con aguardiente.
Marcos volvió a ser preso y negó todo lo que decía el muchacho; pero los indicios se acumulaban contra él.
Simona, pensando sin duda que la venganza la había llevado demasiado lejos y que las predicciones de Rohan no se cumplían al pie de la letra, huyó del pueblo.
Marcos el gascón preguntó en la cárcel varias veces por ella, y al saber que se había escapado, contó al juez lo ocurrido y denunció a Simona como instigadora del crimen.
La Simona fué presa, y Marcos y ella fueron poco después condenados a presidio.
VII. NAVIDAD TRISTE
Es el día de Navidad. Llueve; el tiempo está negro, la niebla espesa da una opacidad gris al ambiente. El campo encharcado, lleno de cañas secas de maíz, se va convirtiendo en lago turbio, que burbujea al caer las gruesas gotas de agua.
El cielo de plomo se aclara a veces, toma otras un color de tinta, brilla el resplandor del sol en un monte y con tono claro y con tono oscuro llueve con idéntica furia.
En el salón de Gastizar, al anochecer, hay un aire de pesadez y de tristeza. Las dos señoritas de Belsunce se aburren más que nunca; la una lee, la otra hace una labor; madama de Aristy dice a las muchachas cada cuarto de hora:
—Id a la guardilla y ved si hay goteras.
Las muchachas suben, riendo, al desván. Las goteras cantan suavemente en los barreños como si fueran martillos que golpearan un tímpano. El desván de Gastizar muestra su armazón de vigas fuertes como el esqueleto de un animal gigantesco.
En el suelo de madera, carcomido y combado, se ven montones de maíz; calabazas largas, redondas, surcadas, rugosas, unas rosadas de un color de carne, otras verdes como la piel de un cocodrilo; ajos muy blancos, cebollas irisadas y montones de heno que exhalan un olor exquisito. Por la claraboya abierta entra el aire húmedo y templado de la tarde, y se ve cruzar la lluvia en líneas brillantes que parecen varillas de acero. El viento se divierte en jugar por entre los pilares de madera que sostienen el tejado, hace por los rincones hu... hu... como un buen gnomo que soplara en un caracol, y arrastra por el suelo briznas de hierba y de helecho seco.
En el salón, en la chimenea, al lado del fuego están Miguel Aristy, Darracq y el caballero de Larresore.
Aristy está melancólico y mira ensimismado las llamas. Larresore se exalta en frío contra un enemigo al que, desde hace algún tiempo, tiene como blanco de sus tiros: el Romanticismo.
Larresore se considera adversario personal de Hernani, de Víctor Hugo, queriendo convencerse de que este drama está muy mal, aunque se entusiasma con sus versos. Llama a los románticos Erostratos, iconoclastas, bárbaros enemigos de la tradición latina.
La señorita vieja de Belsunce, otras veces le lleva la corriente y habla con sorna de las mujeres pálidas, lánguidas y tristes.
Esta noche tradicional hay como un ambiente de frío y de tristeza en la casa. El señor de Aviraneta, que otras veces va de visita a Gastizar, hoy no ha aparecido. Se dice que el joven Lacy está tan grave, que no pasará del día.
El caballero de Larresore, a quien molesta este aire glacial, ha hecho esfuerzos inútiles para animar la conversación; ha hablado durante largo tiempo del camino de hierro entre Liverpool y Manchester, de la inauguración de esta vía y del accidente ocurrido al duque de Wellington.
En vista de que el asunto no templa los ánimos, se ha decidido a bromear sobre los sansimonianos. Tampoco ha tenido éxito.
La criada anuncia que la cena está en la mesa, y van todos al comedor.
Madama de Aristy pálida, se acuerda de su hijo León y no prueba bocado. Miguel está ensimismado y triste, las señoritas de Belsunce de mal humor, Darracq indiferente. Larresore hace esfuerzos para conservar su indiferencia jovial.
Después de cenar, Larresore y Miguel se sientan cerca de la lumbre. Se oye el agua que golpea en los cristales y que entra por la chimenea a caer chirriando en las brasas.
Y luego a lo lejos, en el campo, se escuchan voces roncas que cantan un villancico.
—¿Usted no se pregunta a veces—dice Miguel a Larresore—si la vida no será una estupidez?
El caballero se queda mirando al fuego, y murmura:
—¿Y para qué hacerse esa pregunta?
—Sí; es la verdad, tiene usted razón. ¿Para qué?
Y los dos hombres callan y sigue oyéndose el azotar de la lluvia en los cristales y el murmullo del viento en los árboles.