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Las máscaras, vol. 1/2

SANTA JUANA DE CASTILLA

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S VOY A CONTAR un cuento. Un cuento de niños... y de hombres ya hechos. Ya sabéis que los cuentos son de tres clases: cuentos de risa, cuentos de miedo y cuentos de llorar. Pues éste es un cuento de llorar.

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Una vez era un rey que tenía cinco hijos: un niño y cuatro niñas. Es decir... como tener, tenía más hijos; pero cinco eran príncipes, porque los otros eran sólo hijos del rey, y no de la reina. Cosas que pasan en el mundo, y sobre todo en aquellos tiempos, que son los de Maricastaña.

El rey y la reina gobernaban la tierra más grande del mundo. Y esto ocurrió así; que cada cual era rey por su parte y en su tierra, y al casarse juntáronse los dos reinos. Y por si fuese poco, un marinero hazañoso, a quien los sabidores del reino tildaban de insensato, descubrió un mundo nuevo, mucho mayor que todos los hasta entonces conocidos, para que el rey y la reina lo gobernasen... o lo desgobernasen, que lo que estaba por venir sólo Dios lo sabía.

Así el rey como la reina eran muy buenos cristianos y de muy amoroso corazón. Cristianos viejos eran asimismo los vasallos, como que los del reino de la reina habían estado peleando nada menos que ochocientos años contra unos extranjeros que se les habían metido en casa y que creían en un dios sucio y en un profeta zancarrón; hasta que, en tiempos de la reina de nuestro cuento, los echaron del todo. Pero, entre todos los herejes, a quienes más aborrecían el rey, la reina y los vasallos, eran a unos que llamaban judíos. Los aborrecían por ser herejes, claro está, y también porque los vasallos de aquel reino, después de ochocientos años de manejar armas, eran caballeros muy valerosos, que desdeñaban los bajos oficios y menesteres, en tanto los judíos desdeñaban las caballerías y se empleaban en traficar, trabajar y granjear dinero. Con que el rey y la reina arrojaron de aquella tierra a los judíos, y los vasallos dieron gracias a Dios y se quedaron muy contentos, aunque de allí en adelante muchos oficios quedasen desamparados.

Y en cuanto al amoroso corazón de los reyes, júzguese del corazón del rey por los muchos hijos que tenía. Y del de la reina, dicen los cronicones que era sobremanera tierno, que si mucho amaba a sus hijos, no amaba menos al rey, a tal extremo, que picaba en celosa.

Los cinco hijos heredaron del padre, y sobre todo de la madre, la pasión amorosa, de la cual se engendró su infortunio y el del reino. La hija mayor era hermosa; casó con un príncipe extranjero, que a poco la dejó viuda. Un hermano del príncipe muerto se había enamorado de ella y quería desposarla; mas ella, fiel a la memoria de las bodas primeras, rehusó; hasta que, siendo sobre todo muy buena cristiana, ya que el pretendiente pasó a ser rey, se sacrificó a tomarlo por esposo, no de otra suerte que si profesase en una orden penitente, y con la condición que el rey, su esposo venidero, expulsase de su reino a los judíos. Para que se vea si era piadosa... Esta princesa se llamaba Isabel y murió de sobreparto del primer hijo que tuvo.

El hijo varón, hermano de Isabel, se llamaba Juan. En su cabeza habían de unirse entrambas las coronas de sus padres. Era apuesto, gentil y esforzado. Casáronlo con una hermosa princesa de lueñas tierras, y dióse a amarla con tanto ardor que a los seis meses adoleció y pasó a mejor vida, muy mozo aún. Y con él dió fin la verdadera historia de aquellos reinos, por lo que más adelante se dirá.

Después de Isabel y Juan venía una niña, Juana, feúcha y poco agradable de su persona. Le buscaron para marido un príncipe que era hermano de la mujer de Juan. Juan y Juana, los dos hermanos, salieron juntos para las lueñas tierras de sus bodas en una flota que los reyes, sus padres, les habían aparejado con tantos y tan ricos navíos como jamás se había imaginado.

El marido de Juana era de tan agradable presencia que le apellidaban el Hermoso. Prendóse Juana de él ciegamente, sin ser correspondida; antes bien: el guapo mozo se regodeaba de público con otras damas, despegado de su legítima esposa, la cual no acertó a sobrellevarlo con paciencia, por donde dieron en murmurar que era loca, y de ello enviaron nuevas a los reyes, sus padres; y a esto Juana respondía que no estaba loca, sino celosa, con harta ocasión, y que si celosa era ella, celosa había sido su madre, la reina.

Por cuanto, habiendo muerto Isabel y Juan, y después la reina madre, Juana, la princesita feúcha y triste, fué proclamada reina, y gracias a ella el hermoso marido vióse de regente y señor de un gran reino. Pero no hay dicha que largo dure. El hermoso marido murió a poco, no sin haber dejado sucesión y a la viuda encinta ¡Considérese el dolor de la reina Juana! No aviniéndose a perder para siempre el amado esposo, hizo que, después de enterrado, lo sacasen de nuevo del sepulcro y quiso conducir consigo los despojos a otro paraje apartado. Formó la comitiva, en seguimiento del ataúd, con gran golpe de prelados, eclesiásticos, nobles y servidumbre. La reina iba enlutada de la cabeza a los pies. Caminaban de noche, al resplandor de las antorchas, y de día buscaban cobijo y descanso en los conventos, «porque una mujer honesta—decía Juana—, después de haber perdido a su marido, que es su sol, debe huir de la luz del día». La reina dilataba llegar a término de las jornadas, porque un fraile embaucador le había profetizado que el muerto resucitaría. Si no fuera que para embalsamarlo le hubieron de sacar los entresijos.

Y sucedió, un día, que entraron a posar en el patio de un convento que la reina juzgó que era de frailes; pero como viniese en conocimiento de que era de monjas, la reina sintió la pasión de los celos, porque las monjas a la sazón eran muy disolutas; y, sacando al medio del campo el féretro, allí se estuvo, con toda la procesión, el día entero, bajo el agua de la lluvia.

A la postre, el rey, su padre, la encerró, con achaque de que estaba loca, y gobernó, como rey, el reino que había sido de su mujer y que era de pertenencia de su hija. Y después de este rey subió al trono el hijo de doña Juana, que era nacido y criado en tierra forastera y ni siquiera sabía hablar habla del reino. Y llegó con gran corte de forasteros, flamencos y borgoñones, que él puso de regidores; y cayeron como buitres sobre la tierra. Y los vasallos levantaron armas contra el rey forastero y su corte de borgoñones y flamencos, y procuraron poner libre a Juana, la única y legítima reina. Mas los soldados del rey mozo sofocaron la rebelión, y él afincó como soberano. Por eso más arriba se dice que, con la muerte del príncipe Juan, concluyó la verdadera historia de aquel reino; porque desde aquel punto ya no lo gobernaron sino reyes forasteros.

El hijo de doña Juana llegó a ser el rey más poderoso de la tierra. No hizo sino esquilmar el suelo de sus mayores y tuvo tantas empresas y negocios entre manos que andaba lejos de uno a otro lado y no se le deparó coyuntura de poner libre a su madre, ni siquiera de verla, sino que la dejó en el cautiverio de un castillo, durante el espacio de cincuenta años, con achaque de que estaba loca... ¡Cincuenta años cautiva; la madre del César, del rey más poderoso de la tierra; cautiva por voluntad de su propio hijo! Mas los vasallos amaban a su reina y rezongaban que doña Juana no estaba loca. ¿Por qué, entonces, la mantenían en cautiverio?

Pasaron años y siglos hasta que un tudesco sabio, llamado Bergenroth—porque estas cosas siempre se descubren gracias a la diligencia tudesca—averiguó, revolviendo papelotes en los archivos, que a la reina Juana la habían tenido encerrada sus fanáticos padre e hijo a causa de creerla inficionada de ciertas doctrinas heréticas, contraídas por la lectura y torcida interpretación de un tal Desiderio Erasmo, humanista y teólogo. Pero nada se conoce de cierto, sino que doña Juana murió ejemplarmente, asistida de un santo varón; de donde se saca que, en el momento de morir, cierto que no estaba loca. Al año de morir la reina, su hijo, el rey más poderoso de la tierra, se despojó voluntariamente de tanto poderío y majestad, y fué a encerrarse en un convento, acaso lastimado del torcedor de la conciencia.

Tal es el cuento de la reina loca o desgraciada; un cuento que no parece historia, o, por mejor decir, una historia que parece cuento. Ni en el repertorio de los hechos verídicos, ni en la foresta de los hechos fabulosos, es fácil dar con nada más patético, más dramático que esta historia de la reina loca. ¿Pues qué no será para nosotros, españoles, si al interés genéricamente humano se añade que todo fué verdad, que la reina fué castellana? Así corrió la vida de Juana, reina de Castilla, hija de los católicos reyes Fernando e Isabel, y madre de la sacra majestad de Carlos V de Alemania y I de España.

En su obra Santa Juana de Castilla, don Benito Pérez Caldos nos presenta a la infortunada reina en los últimos días de su cautiverio, hasta que su alma vuela a Dios, un Viernes Santo; concepción sublime, sólo verosímil en una mente tan espiritualizada que ve todas las cosas de la tierra en su cabo y extremidad, sub specie aeterni, en el punto de desembocar en el origen, ya consumado su destino y trayectoria.

Santa Juana de Castilla no es propiamente un drama, sino la misma quintaesencia dramática; emoción desnuda, purísima, acendrada, en que se abrazan la emoción singular de cada una de las pasiones, pero ya purgadas de turbulencia y en su máxima serenidad. Y en esta máxima serenidad de firmamento resplandecen dos grandes luminares, dos grandes amores: el amor de Dios y el amor al pueblo, a nuestro pueblo, España, y señaladamente a Castilla. Religiosidad y españolismo son los rasgos familiares de ésta, como de todas las obras galdosianas.

El público recibió la obra como es ya obligado en estas solemnidades del espíritu, que son los estrenos de nuestro glorioso patriarca: con calor de culto sincero. Don Benito adora a su pueblo, y su pueblo le devuelve redoblada la adoración.

La presentación fué escrupulosa de verismo y carácter, entonada y bella. La interpretación, digna de loa. Nombraré singularmente a la señora Segura y a doña Margarita Xirgu, que acreditó, como reina fingida, ser de verdad reina de la escena.

Illustration from Las máscaras, vol. 1/2
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