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Las máscaras, vol. 1/2

LA MAJA DE GOYA

Reading edition

ICEN QUE EXQUISITA JOYA, QUE HA FUNDIDO EN SU TURQUESA EL SEÑOR DE VILLAESPESA,

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es la tal Maja de Goya. Este juicio alguien rebate, y truena, con voz traumática, que eso no es obra dramática, sino un puro disparate. En trance tan problemático, ¿cómo tener el valor de opinar, siendo el autor muy amigo y muy simpático? Mueven sonada querella redondillas retumbantes con la que llamó Cervantes «hermosa y casta doncella». ¿Son los versos de relleno, versos? ¿Sí? Pues los acato. ¿La poesía es sólo flato? Si eso es poesía, bueno; yo en la querella me inhibo y al que ansíe ser poeta le daré aquí la receta, sin cobrar por el recibo. Para salir bien del paso, es la forma más sencilla la estrofa de redondilla, o de cuarteta, si acaso. Escribirás, al principio, un verso o dos: los postreros. Después, llenas los primeros con serrín, cascote y ripio. La primera parte importa, aunque no se diga nada, para que vaya rimada la estrofa, y no quede corta. Acaso, en tu ingenuidad, pienses que, si esta es la trama, pudiera el poema o drama reducirse a la mitad. Y hasta temo que me arguyas, allá en tu fuero interior, que, para eso, lo mejor fuera escribir aleluyas. No te quiebres la chaveta. Vete a favor de corriente. En opinión de la gente, ¿quieres o no ser poeta? Sin esfuerzo ni porfía, a destajo y sin tormento, por aquel procedimiento harás mil versos al día. Lleno de fama hasta el tope, con alarde no sofístico podrás hacer tuyo el dístico que antaño compuso Lope: Y más de ciento en horas veinticuatro pasaron de las musas al teatro. No te detengan atascos. Huye el estudio que abruma. Deja que corra la pluma. No te calientes los cascos. De la gloria los reflejos pondrán un nimbo a tu frente si procuras, diligente, aprovechar mis consejos. A esta altura, ¡aquí fué Troya! No es posible dilatar por más tiempo el disertar sobre La maja de Goya. Frío por la espalda siento. Estoy más muerto que vivo. ¿Cómo hallar un paliativo? Ya está. Ni blando ni esquivo, referiré el argumento. Primer acto. La cortina se alza y descubre la escena. Es una espesura amena, de los Madriles vecina. Con intuición de rayo, y ya ni Dios lo remedia, vislumbramos la tragedia luctuosa del dos de Mayo. Un merendero, con parra. Manolas, con redecillas. Hay baile de seguidillas y rasgueos de guitarra. Bien plantados y valientes, Pedro Romero, el torero, y Malasaña, el chispero, se hallan con los concurrentes. Hablan todos con medida, a lo florido y galán. Es claro, como que están de jolgorio en la Florida. Esmeraldas, sin agravios, diamantes, perlas, rubíes azucenas, alelíes, vierten sin cesar los labios. Todos sufren, espantosa, aunque a ninguno le arredra, la enfermedad de la piedra: la de la piedra preciosa. Rostro fiero, perfil corvo, rojos e hirsutos mostachos, se presentan dos gabachos, que sufren el mismo morbo, pues para pedir botellas, con frases nada sencillas, las piden en redondillas y mentan soles, y estrellas, y los rubíes sangrientos, y el río Nilo, y la mar. A la hora de pagar, hacen grandes aspavientos. Soltando la carcajada, uno, el más desenfadado, dice: «el oro del soldado es el hierro de la espada». Esto las chulas ultraja, y para los castigar amenazan con sacar de la liga la navaja. Cesa todo en un instante, sin andar nadie a la greña. Aparece la Cobeña, como una chula de plante. El torero, con donosas imágenes, la requiebra, como el que ensarta y enhebra con la voz piedras preciosas. Llega Goya, a quien promulga la fama el mejor pintor. Va vestido de un color extraño: color de pulga. Sin lastimar su recato y encomiando aquella alhaja, Goya le dice a la maja que quiere hacer su retrato. Ella acepta, en conclusión, tras de algunos incidentes que ahora no tengo en las mientes, y, entonces, cae el telón. Acto segundo. La casa de la maja del retrato. Fuera, tocan a rebato y se asoma a ver qué pasa. Se oye la repercusión de un bombo, con fuerza herido. Esto simula el sonido de disparos de cañón. La Cobeña, chilla airada. Agítase, como fiera. Mas con el ruido de fuera no se le puede oír nada. Cambio de decoración. Cuartel, de gente pletórico, al parecer, el histórico Parque de Monteleón. Sobre la entrada, tremola, ígnea y gualda, nuestra enseña. Canta un himno la Cobeña a la bandera española. Del cañón se oye el rugido (bombo; ya estáis en el quid). Villaespesa mata a Ruiz, algo antes de lo debido[C]. La maja no se anonada, y en tan triste situación, ¿qué hace? dispara un cañón de ripia y tela pintada. Cae nuevamente el telón. Quinto cuadro. Unos momentos, por dicha, tan sólo dura. Despoblado. Noche oscura. Luego, seis fusilamientos. Bajo el plomo vil e ingrato, sin sudario ni mortaja, cae fusilada una maja, que es la misma del retrato. Cuadro sexto. Pero, no. No se hallaba fenecida la maja; sí sólo herida. El buen Goya la buscó, entre los muertos, un rato. Dió con ella, y sin perder tiempo, la trajo al taller para acabar su retrato. Con la última pincelada del pintor que la retrata, la maja estira la pata... Y aquí no ha pasado nada, sino que la tradición revive, ¿quién lo diría? de Retes y Echevarría, de Carulla y Camprodón.

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