LIBRO SÉPTIMO.
Enrique Soms y Castelín translation
CAPÍTULO PRIMERO.[248]
Al año siguiente llega a Atenas una comisión de lacedemonios y aliados, con plenos poderes para negociar las condiciones de una alianza entre Esparta y Atenas. Diciendo muchos extranjeros y atenienses que la alianza debía tener lugar bajo el pie de la más perfecta igualdad, el fliasio Procles pronuncia el siguiente discurso:
«Atenienses: ya que os ha parecido bien aceptar la amistad de los lacedemonios, considero conveniente procuréis, por todos los medios posibles, que esta amistad sea duradera: esto lo conseguiréis estableciendo como bases del tratado las condiciones que sean más ventajosas a los dos partidos, y de este modo podremos permanecer largo tiempo unidos. Estamos de acuerdo sobre todos los puntos, a excepción del referente a la hegemonía[249], de que ahora se está tratando; vuestro consejo ha propuesto que el mando en la mar pertenezca a los atenienses, y en tierra a los lacedemonios, y me parece a mi también que este reparto de atribuciones está indicado, no solo por la prudencia humana, sino por la naturaleza y providencia divinas. En primer lugar, vuestra situación es lo más favorable que imaginarse pueda para el imperio del mar, pues la mayor parte de las ciudades que necesitan de él se hallan construidas en los alrededores de la vuestra, y todas ellas son más débiles que vosotros; además poseéis varios puertos, sin los cuales es imposible todo poder marítimo. Tenéis asimismo muchas trirremes, y habéis heredado de vuestros mayores el afán de aumentar sin cesar su número.
»Además, todas las artes necesarias para este poderío las tenéis aclimatadas en vuestra ciudad; y respecto a la habilidad en la profesión marítima, dejáis atrás a todos los pueblos, pues la mayor parte de vosotros no vive, efectivamente, más que por el mar; de manera que, mientras cuidáis de vuestros particulares asuntos, no descuidáis el sobrepujar a los demás en las maniobras navales. Pero aún hay más: no hay puerto alguno que pudiese proporcionar reunidas tantas naves como el vuestro, lo cual no es poco para la hegemonía, pues todos prefieren agruparse alrededor del que desde el principio y por sí mismo, les supera en fuerzas. Los dioses mismos os han concedido el poder sobresalir en esto; habéis librado los más importantes combates navales, y con poquísimos reveses habéis conseguido el mayor número de victorias, por lo cual es muy natural que los aliados prefieran correr junto a vosotros las penalidades de estos combates. Comprenderéis asimismo la necesidad y el deber que os están impuestos respecto al cuidado y vigilancia de vuestras fuerzas navales, por lo que voy a deciros. Os hacían la guerra los lacedemonios desde largos años, y aunque vencedores por tierra, no conseguían gran cosa para vuestra ruina; pero así que la divinidad les concedió poder dominar por mar, inmediatamente consiguieron subyugaros por completo. ¿No hay, pues, en esto una prueba evidente de que vuestra salvación depende de vuestro poder marítimo? Siendo esto así, ¿cómo podríais abandonar a los lacedemonios el mando en el mar, una vez convienen ellos mismos en la inferioridad de su marina, sobre todo si consideráis que no hay paridad entre ellos y vosotros en las luchas navales, pues que ellos exponen únicamente los hombres que tienen en sus trirremes, y vosotros exponéis a vuestros hijos, a vuestras mujeres y a vuestra ciudad entera?
»Eso por lo que hace a vuestra ciudad. Pongámonos ahora en el punto de vista lacedemonio: en primer lugar tienen su morada lejos de la costa; de manera que, mientras sean dueños de su comarca, su existencia no está comprometida, aunque sean inferiores en el mar. Por esto, desde su más tierna infancia se entregan a los ejercicios necesarios para los ejércitos terrestres: poseen en tierra, como vosotros en el mar, y en el más alto grado, la obediencia a los jefes, cosa la más esencial a todo ejército. Además pueden poner en pie de guerra un numeroso ejército con la misma prontitud con que podéis vosotros equipar una poderosa flota; de donde resulta que los aliados se unen también a ellos con la mayor confianza. También la divinidad les ha concedido en tierra igual beneficio que a vosotros por mar: han sostenido en tierra el mayor número de luchas, habiendo experimentado muy pocas derrotas y obtenido innumerables triunfos. De ahí la necesidad en que se hallan de fijar toda su actividad del lado de la tierra, como vosotros en el mar, resultando asimismo de los hechos pasados, pues aunque les hayáis ganado a menudo combates marítimos, sin embargo, no habíais conseguido nada importante para dominarles; pero así que les derrotasteis una sola vez en combates terrestres, vieron comprometida la existencia de sus hijos, de sus mujeres y de su misma ciudad[250]. ¿Cómo, pues, dejaría de serles penoso el confiar a otros la supremacía de los ejércitos de tierra, cuando ellos son los primeros en este elemento? He aquí por qué he hablado en apoyo del proyecto del consejo, pues, a mi modo de ver, ofrece las mayores ventajas a ambas partes. Ojalá seáis todos felices por haberos decidido conforme al general interés de todos.»
Tal fue su discurso. Los atenienses y lacedemonios presentes aprobaban vivamente sus palabras, pero levantándose Cefisódoto, les dice:
«Atenienses: estad alerta, que os quieren engañar; escuchadme, que voy a daros inmediatamente las pruebas de ello[251]. Ciertamente mandaréis en el mar, pero al hacerse aliados vuestros los lacedemonios, es natural que os envíen jefes y marinos espartanos, aunque los marineros serán únicamente hilotas o mercenarios; he aquí los hombres que pondrán a vuestras órdenes; por el contrario, cuando os anuncien los lacedemonios una expedición terrestre, es natural que les mandéis vuestros hoplitas y vuestra caballería. He aquí, pues, que vosotros os pondréis bajo sus órdenes y en cambio vosotros no tendréis bajo las vuestras más que esclavos y gente de ningún valer.
»Dime, Timócrates lacedemonio, ¿no has dicho hace poco que venías para concertar la alianza, partiendo de la base de la más perfecta igualdad?
»—Así lo dije.
»¿Puede haber, pues, una igualdad más perfecta que si cada uno a su vez ejerce el mando de la flota y del ejército, y si participáis vosotros de las ventajas que puede presentar el mando marítimo, y nosotros del terrestre?»
Al oír estas palabras, cambian los atenienses de opinión, y decretan que cada uno de los dos estados ejerza el mando durante cinco días.
Dirígense las tropas de ambos estados y las de sus aliados a Corinto, donde deciden guardar todos juntos el monte Oneo, y cuando llegan los tebanos con sus aliados, distribúyense los pasos que cada uno debe defender. Los lacedemonios y peleneos se colocan en el lugar de más peligro. Así que los tebanos y sus aliados se hallan a unos treinta estadios[252] de estos pasos, acampan en la llanura, y calculando entonces el tiempo que necesitan para franquear esta distancia, salen con el alba contra el destacamento lacedemonio: su cálculo no les engaña, pues caen sobre los lacedemonios y peleneos cuando acababan de relevarse las guardias nocturnas, mientras los soldados se levantaban de sus lechos para ir cada cual a sus quehaceres. Arrójanse sobre ellos los tebanos en correcta formación, y los derrotan por completo, pues no habían tomado precaución alguna y se hallaban en desorden. Al refugiarse los que se habían salvado de este combate a la colina más próxima, hubiera podido el polemarca lacedemonio conservar su posición tomando el número que le hubiese parecido conveniente de peltastas y de hoplitas aliados, pues le era fácil recibir en completa seguridad las provisiones desde Céncreas; pero no lo hizo, y mientras los tebanos vacilan sobre si bajarán por el lado de Sición o si volverán sobre sus pasos, concierta una tregua que consideran casi todos más ventajosa para los tebanos que para los suyos, y se retira con sus tropas.
Los tebanos bajan con la seguridad más completa, reúnense a todos sus aliados arcadios, argivos y eleos, y principian por atacar a Sición y Pelene, dirigiéndose después sobre Epidauro y devastando todo su territorio. Retíranse después sin preocuparse del enemigo, y cuando se hallan junto a la ciudad de Corinto se arrojan a la carrera por la cuesta que conduce a Fliunte a fin de penetrar en ella si se encuentran abiertas sus puertas. Algunas tropas ligeras de la ciudad se dirigen en armas contra los soldados escogidos de los tebanos que no se hallaban ya más que a unos cuatro pletros[253] de las murallas, y subiendo sobre los túmulos sepulcrales y sobre las eminencias del terreno, arrojan gran número de dardos y flechas sobre los enemigos, a quienes matan gran número de los que se hallan en los puntos más avanzados, y después de haberles puesto en fuga, les persiguen hasta la distancia de tres o cuatro estadios[254], después de lo cual, los corintios se llevan los muertos hasta junto a las murallas; concédese al enemigo una tregua para recogerlos y levantan los trofeos. Esta victoria consigue dar algún ánimo a los aliados de los espartanos.
Al mismo tiempo que tenían lugar estos sucesos, reciben los lacedemonios un refuerzo de más de veinte trirremes que les manda Dionisio, consistente en celtas e iberos y unos cincuenta soldados de caballería. Al día siguiente, los tebanos y todos sus aliados, formándose en la llanura, que llenan por completo hasta el mar y las colinas que rodean a la ciudad, destruyen en ellas todo cuanto puede prestar alguna utilidad. La caballería ateniense y corintia no se atreve a aproximarse a un ejército enemigo tan fuerte y numeroso; pero los caballos de Dionisio, a pesar de su pequeño número, esparciéndose por una y otra parte, se acercan a las líneas enemigas y les arrojan sus dardos, retirándose así que son perseguidos, y comenzando de nuevo cuando ya no les persiguen: al mismo tiempo bajan del caballo para descansar, y así que el enemigo quiere aprovecharse de esta maniobra, saltan de nuevo ligeramente sobre sus corceles y se baten en retirada. Si algunos enemigos se abandonan en su persecución a gran distancia del ejército, persíguenles al retirarse y les arrojan sus dardos, causándoles grandes bajas: de este modo obligan a todo el ejército a que avance o se retire a causa de ellos.
Los tebanos permanecen allí, sin embargo, solo unos días, después de los cuales regresan a sus hogares y hacen lo mismo sus aliados. Entonces las tropas de Dionisio marchan contra Sición, derrotan a los sicionios en la llanura, y en combate regular, haciéndoles unos setenta muertos: toman después por asalto el fuerte de Deras, y realizadas estas proezas hácense a la vela para Siracusa los primeros socorros de Dionisio. Hasta entonces los tebanos y los demás pueblos que se habían apartado de los lacedemonios, habían obrado de consuno y guerreado bajo el mando de los tebanos; pero cierto Licomedes de Mantinea, hombre de esclarecido linaje y poseedor de grandes riquezas, comenzó a alimentar inmensa ambición y a excitar orgullosas aspiraciones entre los arcadios, diciendo que ellos solos pueden considerar como a su patria al Peloponeso, puesto que son ellos los únicos autóctonos del mismo y les asegura que la nación arcadia es la más numerosa de todas las griegas y que sus habitantes son los más robustos de toda Grecia. Añade que ellos son los más valientes, dándoles como prueba, que cuando hay necesidad de mercenarios siempre son preferidos los arcadios, afirmando además que los lacedemonios no hubieran podido atacar el territorio ateniense si ellos no les hubiesen auxiliado, ni los tebanos hubieran tampoco podido llegar sin ellos a Esparta.
—«Si, pues —dice—, tenéis el buen sentido necesario, rehusaréis acudir adonde se os llama, pues del propio modo que antes habéis acrecido en gran manera el poder lacedemonio poniéndoos a sus órdenes, también ahora, si seguís ciegamente a los tebanos, sin reclamar la parte que os corresponda en el mando, hallaréis pronto otros lacedemonios en ellos.»
Hinchados de orgullo los arcadios con estos discursos, y apreciando a Licomedes, a quien consideran como el único varón esforzado de quien deban seguir los consejos, eligen por jefes a cuantos él les propone. Los sucesos contribuyen a aumentar aún el alto concepto que de sí mismos tenían formado, pues habiendo invadido los argivos el territorio de Epidauro, su retirada es cortada por los mercenarios de Cabrias con los atenienses y corintios: entonces los arcadios les socorren y libran a aquellos argivos sitiados por todas partes, a pesar de tener que luchar para ello, no solo con los hombres, sí que también con las condiciones topográficas del territorio.
En otra expedición hecha contra Ásine en Laconia, derrotan a la guarnición lacedemonia, matan al polemarca espartano Geranor, y saquean los extramuros de Ásine[255]. Nada les detiene cuando deciden alguna expedición; ni la noche, ni el mal tiempo, ni la distancia, ni los montes impracticables; de manera que en aquel tiempo se consideraban mucho más poderosos que todos. De ahí que los tebanos desconfíen de los arcadios y no se hallen ya amigablemente dispuestos a su favor. Por su parte, los eleos piden a los arcadios las ciudades de que habían sido despojados por los lacedemonios; pero viendo el poco caso que se hace de su petición y en cambio las consideraciones que se tienen con los trifilios y con los demás estados apartados de ellos y que se llaman arcadios, comienzan también a mirar a estos con malos ojos.
Mientras cada uno de los aliados exagera así su importancia, llega el abideno Filisco, portador de grandes sumas por parte de Ariobarzanes. Reúne primeramente a los tebanos, a sus aliados y a los lacedemonios para tratar de la paz. Después de reunidos no comunican con el dios sobre la manera como puede hacerse la paz, si no que, por el contrario, deliberan únicamente entre sí; pero rehusando los tebanos consentir en que se deje Mesenia sujeta a los lacedemonios, recluta Filisco gran número de mercenarios a fin de hacer la guerra de consuno con los espartanos.
Durante este tiempo, llegan los segundos auxilios mandados por Dionisio: los atenienses pretenden debe mandárseles a Tesalia contra los tebanos y los lacedemonios a Laconia, parecer que prevalece entre los aliados. Cuando la flota de Dionisio llegó a Laconia, Arquidamo une a las tropas de Esparta los soldados que la formaban y entra inmediatamente en campaña. Apodérase por asalto de Carias, donde degüella a todos los prisioneros; al frente de sus tropas dirígese inmediatamente contra los parrasios de Arcadia y saquea su comarca; pero a la aproximación de los arcadios y argivos, se retira y acampa sobre las colinas que se hallan junto a Midea[256]. Hallábase en este lugar cuando Císidas, jefe de los socorros mandados por Dionisio, declara haber terminado ya el tiempo que se le había prescrito para permanecer allí, y marcha para regresar a Esparta; pero apenas se ha separado del ejército, es detenido por los mesenios en un desfiladero y pide socorros a Arquidamo, quien se dispone a proporcionárselos; cuando llega a la encrucijada que conduce a Eutresia, los arcadios y argivos avanzan en dirección a Laconia para cortarle la retirada; pero Arquidamo baja a una llanura en el cruce de los caminos de Eutresia con los de Midea, y allí forma en orden de batalla a sus tropas.
Cuentan que pasando por delante de sus compañías las exhortó en estos términos:
«Ciudadanos: procuremos que hoy nuestro valor nos dé derecho a ir con la cabeza erguida. Entreguemos a nuestros descendientes la patria, tal como la hemos recibido de nuestros mayores: cesemos de tener que avergonzarnos ante nuestros hijos, nuestras mujeres, los ancianos y los mismos extranjeros, que tenían antes los ojos fijos en nosotros más que en ningún otro pueblo griego.»
Terminaba de decir esto, cuando, según se dice, viose algún relámpago seguido de truenos, a pesar de que el cielo estaba completamente despejado, lo cual se consideró como un feliz presagio; llegó también a su conocimiento que junto a su ala derecha se hallaba un bosque sagrado y una imagen de Hércules a quien considera como uno de sus antepasados. Todas estas circunstancias inspiran tal ardor y una confianza tal a los soldados, que no tienen poco que hacer sus jefes para impedir se arrojen sin previo mandato contra los enemigos. De ahí que cuando Arquidamo se pone a su cabeza, los enemigos, que se mantienen firmes hasta llegar al alcance de las lanzas, son muertos, y los demás se declaran en fuga o caen bajo los golpes de la caballería o de los celtas. Terminado el combate, Arquidamo levanta un trofeo y manda a Esparta al heraldo Demóteles para anunciar la magnitud de la victoria, pues los lacedemonios no han tenido una sola baja, mientras los enemigos han perecido en gran número. Dícese que al saber esta nueva los senadores espartanos y el mismo Agesilao y los éforos, todos derraman lágrimas: de tal modo son estas comunes al placer y al dolor. Este revés de los arcadios no regocija, sin embargo, menos a los tebanos y a los eleos que a los mismos lacedemonios: de tal manera se hallaban heridos a causa de su orgullo.
Los tebanos, que pensaban constantemente en la manera cómo podrían apoderarse de la hegemonía de Grecia, creen que algún resultado práctico alcanzarán para su poder enviando embajadores al rey de Persia. Después de haber excitado a sus demás aliados para que se les unan con este objeto, bajo el pretexto de que el lacedemonio Euticles se hallaba junto al rey, envían como diputados a Pelópidas como tebano, al pancratiasta Antíoco como arcadio, y Arquidamo, a quien acompaña Argeo, como eleo. Por su parte, los atenienses al saberlo mandan a Timágoras y a León. Una vez llegados a Persia los diputados, Pelópidas es quien consigue mayor influjo con el rey, pues era quien podía decirle que entre todos los griegos, los tebanos habían sido los únicos que se habían batido por el rey en Platea, y que nunca habían peleado contra él, mientras los lacedemonios les hacían la guerra únicamente por no haber querido acompañar a Agesilao en su expedición contra los persas, y por no haberle querido dejar sacrificar en Áulide a Ártemis Diana, en aquel mismo lugar donde sacrificó Agamenón antes de emprender su expedición a Asia y de apoderarse de Troya. Contribuye asimismo a dar a Pelópidas gran crédito junto al rey, la reciente victoria obtenida por los tebanos en Leuctra y el haber visto todos las devastaciones que han realizado en las comarcas lacedemonias. Dijo asimismo Pelópidas, que los argivos y arcadios han sido derrotados por los lacedemonios en un combate cuando no se hallaban entre ellos los tebanos. Cuanto dice se halla confirmado por el testimonio del ateniense Timágoras, que es quien goza de mayor consideración con el rey después de Pelópidas.
Pidiendo el rey a este la clase de edicto que deseaba, manifiesta Pelópidas desea se consigne la independencia de Mesenia respecto a los lacedemonios y que los atenienses pongan en seco sus naves, añadiendo que si rehúsan cumplimentarlo, les sea declarada la guerra, y que si una ciudad rehúsa tomar parte en la expedición, deban dirigirse en primer término contra ella.
Redactadas y leídas estas condiciones a los diputados, León dice de manera que pueda oírlo el rey: «¡Por Zeus, oh atenienses! paréceme es ya tiempo para nosotros de acudir buscando otro amigo fuera del rey.» Habiendo el secretario repetido al rey las palabras que dijo el ateniense, hace aquel añadir al decreto, que si los atenienses saben algo que sea más justo, pueden participárselo al rey.
Cuando los diputados han regresado cada cual a su patria, los atenienses condenan a muerte a Timágoras, acusado por León de no haber querido habitar con él y por haber constantemente obrado de concierto con Pelópidas. Respecto a los otros enviados, Arquidamo de Élide alaba al rey por haber este manifestado mayor aprecio a los eleos que a los arcadios; pero Antíoco, lastimado de que la confederación arcadia haya sido tratada con cierto menosprecio, rehúsa los presentes y anuncia a los diez mil[257] que el rey tiene gran número de panaderos, cocineros, coperos y reposteros; pero que a pesar de todas sus investigaciones, no ha podido ver hombre alguno capaz de combatir contra los griegos. Añade, además, que respecto al gran número de riquezas que se le atribuyen, parécele es también una baladronada, puesto que aquel plátano de oro tan ensalzado no podría siquiera dar sombra a una cigarra[258].
Cuando los tebanos han convocado todos los estados para dar lectura a la carta del rey, y cuando el persa portador del decreto, después de haber mostrado el sello del rey, lo verifica, los tebanos invitan a cuantos quieran ser amigos del rey y suyos, a que presten juramento de observar sus condiciones; pero los diputados de las ciudades objetan que han sido enviados únicamente para oír la lectura de aquella carta y no para jurar su contenido, para lo cual es preciso manden nuevos mensajeros a cada ciudad. Añade, sin embargo, el arcadio Licomedes, que la reunión debe tener lugar en el teatro de la guerra y no en Tebas. Encolerizándose a consecuencia de esto los tebanos, y diciendo que procura destruir la alianza, no quiere ya seguir tomando asiento en el consejo, y levantándose sale de Tebas y con él los restantes arcadios. No queriendo, pues, prestar juramento los enviados reunidos en Tebas, envían los tebanos mensajeros a las distintas ciudades para recibir el juramento a los edictos del rey, figurándose que todas las ciudades temerán atraerse su enemistad y la del rey. Pero los corintios, que son los primeros a quien se dirigen, les manifiestan su oposición y les contestan que de nada ha de servirles la alianza del rey, por lo cual, muchas otras ciudades siguen su ejemplo y les dan igual contestación. Tal es el resultado de las intrigas de Pelópidas y de los tebanos para alcanzar el mando.
Epaminondas, por otra parte, queriendo unir a los aqueos a su causa, a fin de que los arcadios y los demás aliados concediesen mayores consideraciones a Tebas, decide una campaña contra Acaya. Persuade, pues, al argivo Pisias, general de los de su población, para que se adelante y ocupe militarmente el monte Oneo. Habiendo averiguado Pisias que las tropas que le custodiaban bajo el mando de Naucles, jefe de los mercenarios lacedemonios, y del ateniense Timómaco, hacían el servicio muy negligentemente, se apodera durante la noche, con unos dos mil hoplitas, de la colina que está más allá de Céncreas, habiéndose aprovisionado primeramente para una semana. Llegan durante este tiempo los tebanos franqueando el monte Oneo, y se dirigen, bajo el mando de Epaminondas y con todos los aliados, contra Acaya. Habiéndole implorado gracia los principales de esta, consigue Epaminondas que no sean desterrados los oligarcas, ni se cambie la forma de gobierno, y después de haber recibido los aqueos garantías suficientes a su promesa de ser aliados de los tebanos y de seguirles donde quiera que vayan, regresa a su patria. Siendo acusado, sin embargo, por los arcadios y sus enemigos de haber abandonado Acaya, después de haberla organizado convenientemente para los lacedemonios, deciden los tebanos enviar gobernadores a las ciudades aqueas. Arrojan estos al llegar a los oligarcas con ayuda de la plebe y establecen en Acaya el gobierno democrático; pero los desterrados se coaligan con prontitud, dirígense aisladamente contra cada una de las ciudades, entran en ellas por su gran número y las retienen bajo su dependencia. Restablecidos ya, no se mantienen neutrales, sino que apoyan vigorosamente a los lacedemonios, con lo cual los arcadios se hallan acosados de una parte por los lacedemonios y de otra por los aqueos.
En Sición, sin embargo, el gobierno se había conservado según las antiguas leyes; pero Eufrón, que bajo la dominación lacedemonia era el ciudadano más poderoso, quiere conservar también su rango bajo el mando de sus adversarios, por lo cual dice a los argivos y arcadios que es evidente que si los ricos conservan el gobierno de Sición, se declarará la ciudad a la primera ocasión en favor de los lacedemonios. «Por el contrario —les dice—, debéis considerar que si se establece la democracia, la ciudad siempre quedará a su favor. Si, pues, me secundáis, yo mismo me encargo de reunir al pueblo, y a la vez os daré esta garantía de mi fidelidad y una aliada segura a vuestra ciudad. Debéis saber, además, que el motivo de obrar así, es que estoy, como vosotros, cansado desde largo tiempo del orgullo lacedemonio, deseando escapar de la esclavitud.»
Los arcadios y argivos escúchanle con placer y le secundan en sus deseos. Eufrón, entonces, aprovechándose de la presencia de los arcadios y argivos, convoca al pueblo en la plaza pública, declarándole que desde entonces el gobierno se apoyará en la base de la más perfecta igualdad, y después le exhorta a que elija los generales que quiera, resultando elegidos el mismo Eufrón, Hipódamo, Cleandro, Acrisio y Lisandro. Hecho esto, pone Eufrón al frente de los mercenarios a su hijo Adeas después de haber quitado el mando a Lisímenes, que era quien antes lo tenía. Luego se asegura el reconocimiento de algunos de dichos mercenarios por medio de favores, y toma a sueldo a muchos otros sin economizar para esto ni el tesoro público ni los fondos generales. Emplea asimismo para sus designios los bienes de cuantos destierra por su afecto a Esparta, y con astucia hace dar la muerte, o destierra a todos sus colegas, reduciéndolo así todo a su poder y convirtiéndose claramente en un tirano. A fin de obtener el consentimiento de los aliados, les prodiga su dinero y sus bienes y les acompaña siempre en sus expediciones con los mercenarios.
CAPÍTULO II.[259]
Así las cosas, los argivos habían ya fortificado contra Fliunte[260] el fuerte de Tricárano, cerca del templo de Juno, cuando los sicionios rodearon también con muros a Tiamia, que se halla en la frontera de los fliasios, con lo cual estos se encontraron vivamente acosados y privados de víveres, pero no por esto perseveran menos en la fidelidad de su alianza. Cuando las grandes ciudades realizan algo glorioso, menciónanlo todos los historiadores; mas paréceme a mí que cuando una pequeña ciudad se manifiesta como autora de gran número de gloriosas acciones, merece aún más que sean estas publicadas.
Habían sido los fliasios amigos de los lacedemonios cuando estos se hallaban en la prosperidad; después de sus reveses en la batalla de Leuctra, a raíz de la sublevación de gran número de periecos y de la de casi todos los hilotas, a pesar de la defección de los aliados y cuando los griegos todos les abandonaban, no solo permanecieron fieles a ellos, sino que teniendo por enemigos los pueblos más poderosos del Peloponeso, los argivos y los arcadios, vinieron a socorrerles. Designados por la suerte para pasar a Prasias[261] como último cuerpo de los auxiliares (corintios, epidaurios, trecenios, hermioneos, halieos, sicionios y peleneos), no solo no les hicieron traición, sino que abandonados por su jefe, que a la cabeza de la vanguardia se retiró, sin acobardarse y tomando un guía de Prasias por estar los enemigos alrededor de Amiclas, consiguieron abrirse paso por entre mil obstáculos y llegar finalmente a Esparta, donde los lacedemonios les dieron varias muestras de admiración y les enviaron un buey como presente de hospitalidad.
Cuando los enemigos se retiraron de Lacedemonia, irritados los argivos por el celo excesivo de los fliasios, invadieron en masa el territorio de Fliunte y lo devastaron por completo; pero ellos no cedieron tampoco, sino que, por el contrario, en el momento en que los enemigos se retiraban después de haber saqueado cuanto a mano habían hallado, la caballería fliasia verifica una salida, y poniéndose a sus alcances, a pesar de tener en contra toda la de los argivos y las compañías se hallen desplegadas junto a su retaguardia, cargan sobre ellos en número de sesenta, consiguiendo derrotarlos, y si bien dan muerte solo a unos pocos, levantan a la vista de los enemigos un trofeo, del mismo modo que si los hubiesen muerto a todos.
En otra ocasión custodiaban los lacedemonios y sus aliados el monte Oneo, mientras se aproximaban los tebanos para atravesarle; pasaban por Nemea los arcadios y eleos para reunirse a los tebanos, cuando los desterrados de Fliunte les indican que con solo mostrarse pueden apoderarse de la ciudad. Concertada la empresa, los desterrados, seguidos de unos seiscientos hombres, se colocan durante la noche junto a los muros, después de haberse procurado escalas para el asalto, y cuando los centinelas de Tricárano señalan la presencia del enemigo, los traidores aprovechan los momentos en que la atención toda de la ciudad se dirige hacia aquella parte, y dan la señal de subir a los que se hallan apostados al pie de los muros. Una vez han conseguido subir, apodéranse de las armas abandonadas por los centinelas, persiguen a los guardas diurnos, que eran únicamente uno por cada diez, y dan muerte a uno que se hallaba durmiendo y a otro que se había refugiado en el Hereo[262]. Cuando los centinelas fugitivos se arrojan desde lo alto de los muros por la parte que mira a la ciudad, se cree, sin ninguna clase de duda, que la ciudadela se halla en poder de los enemigos; pero cuando los gritos de alarma llegan a la población, acuden los ciudadanos después de haberse armado, saliendo entonces los enemigos de la acrópolis peleando frente a la puerta que conduce a la ciudad, y allí, viéndose rodeados por la incesante multitud, que cada vez más en aumento les ataca, tienen que retirarse de nuevo a la acrópolis, donde se precipitan con ellos los ciudadanos. Pronto queda desierto el centro de la acrópolis, pero súbense los enemigos a la muralla y a las torres, desde donde arrojan sus proyectiles y sus dardos sobre cuantos se hallan dentro de su recinto: defiéndense estos desde abajo y combaten a lo largo de las rampas y escaleras por las que se sube a la muralla. Una vez dueños los ciudadanos de algunas de las torres, avanzan desesperadamente sobre sus enemigos, a los que por su audacia acosan y acorralan en un pequeño espacio. Al mismo tiempo, los arcadios y argivos rodean la ciudad, y en su parte superior principian a minar el muro de la acrópolis.
Los de dentro[263], entonces, mandan proyectiles a diestro y a siniestro a los que se hallan sobre los muros, a los que están en las escalas procurando escalarlo, y a los que han conseguido subir a las torres; habiendo hallado fuego en las tiendas, las incendian, y para este objeto sírvense de los haces de heno que encuentran a mano por haber sido segado en la misma acrópolis. Arrójanse desde lo alto de las torres cuantos en ellas se hallaban, por temor a las llamas, los que se encuentran en la muralla perecen bajo los golpes de los ciudadanos, y así que principian a ceder desaparecen los enemigos de la ciudadela. Verifica también la caballería una salida, al ver lo cual, los enemigos se retiran abandonando las escalas y los muertos, así como los heridos de gravedad. Sus bajas, contando así los que perecieron combatiendo en el interior de la acrópolis cómo los que se arrojaron de ella, no bajaron de ochenta hombres. Era de ver entonces los abrazos y las felicitaciones que se daban mutuamente cuantos se habían librado de aquel peligro, y a las mujeres darles de beber, derramando al mismo tiempo lágrimas de alegría, y era de ver también a todos los presentes llorar y reír a la vez.
Al año siguiente, los argivos y todos los arcadios invaden nuevamente el territorio de Fliunte: la causa de esas continuas luchas consistía en la animadversión que contra los fliasios sentían por hallarse situados dentro de sus fronteras y por la esperanza que abrigaban siempre de que la falta de víveres les obligaría a entregarse. En esta invasión, la caballería y las tropas escogidas de los fliasios, reunidas a los caballos atenienses que se hallaban en ella casualmente, caen de improviso sobre el enemigo mientras atravesaba el río[264], y después de derrotarle, le obligan a retirarse a las colinas cercanas durante el resto del día, como si temiese pisotear en la llanura las mieses de pueblos amigos.
En otra ocasión, dirígese contra Fliunte otra expedición mandada por el gobernador tebano de Sición, al frente de la guarnición de esta ciudad y de las tropas de sicionios y peleneos, pues en aquella época obedecían ya a los tebanos; Eufrón tomó parte en la expedición con sus mercenarios en número de unos dos mil hombres. Bajaron todos hacia Tricárano junto al Hereo, con objeto de saquear la campiña, a excepción de los sicionios y peleneos, que se hallaban apostados en las alturas junto a los desfiladeros que conducen a Corinto, a fin de que no pudiesen los fliasios, circunvalándoles, hacer frente a su vanguardia, que se hallaba junto al Hereo.
Luego que saben los de la ciudad que los enemigos ocupan la llanura, verifican la caballería y las tropas escogidas de los fliasios una salida, y librando combate, impiden a los enemigos apoderarse de los alrededores: pasan en dicho lugar la mayor parte del día en escaramuza, persiguiendo Eufrón y sus tropas al enemigo hasta los lugares accesibles a la caballería, y los de la ciudad hasta el Hereo. Cuando creen los enemigos que ya es tiempo de partir, rodean a Tricárano, pues el foso que se halla delante de esta fortaleza les impedía dirigirse en línea recta hacia los peleneos. Después de haberles seguido durante algunos momentos en su marcha hacia las alturas, los fliasios se inclinan hacia uno de sus lados, y pasando por el camino que existe junto a los muros, se dirigen a atacar la división pelenea; observando el jefe tebano la rápida marcha de los fliasios procura con todas sus fuerzas llegar antes que ellos en socorro de los peleneos; pero alcanzándoles la caballería fliasia, carga contra ellos, y si bien son rechazados en el primer choque, vuelven después a cargar apoyados por la infantería que había ya podido juntárseles, y se generaliza el combate. Principian a ceder entonces los enemigos y perecen algunos sicionios y muchos peleneos, soldados esforzados, y los fliasios elevan un magnífico trofeo y cantan un peán, como era natural, mientras los tebanos y Eufrón hacen de espectadores como si hubiesen acudido a una función teatral. Después se retiran ambos bandos, el uno a Sición y el otro a la ciudad.
He aquí asimismo otro bello rasgo de los fliasios. Logran apoderarse del peleneo Próxeno, y aunque se hallasen faltos de todo, le sueltan sin rescate alguno. ¿Cómo dejar de llamar generosos y valientes a los que así se conducen?
Es proverbial, además, su constancia en guardar fidelidad a sus amigos; como no recolectaban nada en sus tierras, vivían así de lo que tomaban al enemigo, como de lo que compraban en Corinto, a cuyo mercado se dirigían a través de mil peligros, procurándose difícilmente fondos para sus compras y hallando la misma dificultad para encontrar quien les procurase víveres o quien les garantizara las cabezas de ganado que les traen. Hallábanse ya en verdadero apuro, cuando consiguieron que Cares escoltase un convoy. Después de llegar a Fliunte, persuádenle a que se lleve las bocas inútiles a Pelene: allí les deja, compran provisiones, preparan tantos animales de carga como pueden, y vuelven a marchar durante la noche. No ignoraban que los enemigos les espiaban; pero juzgaban menos terrible el combatir, que el no tener que comer. Iban en la vanguardia los fliasios con Cares cuando dan con los enemigos: excitándose recíprocamente y sin pensarlo un momento, se arrojan sobre ellos mientras gritan a Cares que les socorra. Queda para ellos la victoria, y limpiando de enemigos el camino, llegan sanos y salvos a Fliunte con todo lo que traían. Como habían velado toda la noche, duermen hasta una hora avanzada del día. Cuando Cares se ha levantado ya, dirígense a él los de la caballería y los más escogidos de los hoplitas, diciéndole:
—«Cares, hoy puedes obtener un triunfo de los más notables: los sicionios están fortificando una de sus plazas fronterizas, tienen gran número de operarios, pero no tienen muchos hoplitas; vamos, pues, a dirigirnos contra ellos todos los de a caballo, y los más distinguidos hoplitas; si quieres seguirnos con tus mercenarios, acaso cuando vengas hallarás el trabajo ya hecho, o podrás decidir, como en Pelene, el resultado de la acción. Si te parece cosa demasiado difícil lo que te proponemos, ofrece un sacrificio a los dioses para consultarles, pues creemos que te exhortarán aún con mayor fuerza que nosotros para que hagas lo que te pedimos. Importa también que sepas, oh Cares, que si realizas lo que te suplicamos, no solo adquirirás un fuerte contra el enemigo, sino que también conservarás una ciudad amiga y adquirirás gran fama en tu patria y gran renombre entre los aliados y entre los enemigos.»
Persuadido Cares, ofrece el sacrificio, y la caballería fliasia, sin perder un momento, se arma con sus corazas y enjaeza sus caballos, mientras los hoplitas realizan los preparativos peculiares a la infantería. Después de haberse armado se dirigen adonde se verificaba el sacrificio, y les anuncian Cares y el adivino que las víctimas son favorables; «pero, aguardad —añaden—, pues vamos a salir todos juntos». Se da a toda prisa la señal de marcha y acuden los mercenarios inmediatamente, como arrastrados por un ardor divino. Cuando se pone en marcha Cares, forma la vanguardia la caballería y la infantería de Fliunte; primero marchan con rapidez y después a la carrera, y finalmente, la caballería avanza al galope y la infantería a paso de carga procurando conservar apretadas sus filas: a todos ellos sigue Cares marchando con bastante velocidad. Era poco antes de la puesta del sol, mientras los enemigos se hallaban ocupados unos en bañarse, otros en arreglar su comida, en la elaboración del pan o en preparar sus camas: todos ellos se sobrecogen de terror al ver la impetuosidad del ataque, huyen a la desbandada abandonando a los valientes enemigos todas sus provisiones. Después de haber cenado los fliasios con estos víveres y con otros llegados de Fliunte, haciendo libaciones por la victoria y entonando el peán, colocan centinelas y se entregan al descanso. Los corintios, a la llegada del mensajero que durante la noche les trae noticia de lo ocurrido en Tiamia, muestran amistosa actividad en reunir, por medio de pregón, vehículos y animales que cargados de trigo envían a Fliunte. Estos convoyes se renuevan cada día mientras dura la construcción del fuerte.
CAPÍTULO III.
He aquí cuanto quería decir respecto al valor de los fliasios en la guerra, de su fidelidad y constancia hacia los aliados aun en sus momentos más difíciles. Casi al mismo tiempo[265] Eneas de Estínfalo, general de los arcadios, cree que no debe soportarse ya más tiempo lo que sucede en Sición. Sube con su ejército a la acrópolis, convoca a los notables de la ciudad y envía a buscar a cuantos han sido desterrados sin decreto. Temiendo el resultado de estas medidas, Eufrón huye al puerto de Sición, y haciendo venir de Corinto a Pasimelo, entrega por su mediación a los lacedemonios aquel puerto y entra de nuevo en su alianza declarándoles les ha sido siempre fiel. Pretende que cuando se puso a votación en la ciudad la proposición que decidió la defección, él votó contra ella con pequeño número de senadores, y que después había establecido la democracia para vengarse de los que le habían hecho traición.
—«Yo soy —añade— la causa del actual destierro de cuantos os han abandonado. Si hubiese podido hacerlo, hubiera tomado vuestro partido cuando me hallaba dueño de toda la ciudad; pero ya que no puedo más, os entrego ahora el puerto de que me he apoderado.»
Muchos fueron los que le oyeron pronunciar estas palabras, pero no se ha averiguado aún el número de los que las creyeron. Ya que la he principiado, voy a concluir la historia de Eufrón. Aprovechándose de las disensiones que tenían lugar en Sición entre los notables y la plebe, consigue Eufrón entrar de nuevo en esta ciudad, con ayuda de un cuerpo de mercenarios que había alistado en Atenas. Auxiliado por la plebe se apodera de la población; pero el gobernador tebano conserva en su poder la acrópolis. Comprendiendo entonces que no podría ser dueño de Sición mientras los tebanos posean la ciudadela, reúne grandes cantidades de dinero y sale a fin de persuadir por este medio a los tebanos para que arrojen de la ciudad a los notables y se la entreguen nuevamente. Pero habiendo averiguado los antiguos desterrados su viaje y el objeto del mismo, dirígense también a Tebas; y viéndole en intimidad con los magistrados, temen se salga con la suya, y algunos, sin hacerse cargo del peligro que corren, asesinan a Eufrón en la acrópolis, en el mismo instante en que los arcontes y senadores se hallaban en sesión. Los arcontes conducen a los autores de aquella muerte ante el senado y se expresan en estos términos:
«Ciudadanos: reclamamos la pena de muerte contra los matadores de Eufrón, considerando que jamás los hombres honrados cometen acciones criminales e impías, y que los mismos malvados, al llevarlas a cabo, procuran ocultarlas en la sombra; pero estos que aquí veis dejan de tal modo atrás a todos los hombres en osadía y en maldad, que con pleno conocimiento de causa, y por su sola voluntad, han dado muerte a ese hombre en presencia de vuestros magistrados y de vosotros mismos, que sois dueños de castigar y de absolver. ¿Quién se atreverá, pues, a venir aquí si no reciben estos culpables el último castigo? ¿Cuál será la suerte de nuestra ciudad, si está permitido a todo el mundo hacerse justicia por sí mismo, sin haber siquiera dado a conocer el motivo de su venida? Acusamos, pues, a estos hombres y les perseguimos como culpables de la más grande impiedad y del crimen más horrendo, como individuos que se han atrevido indignamente contra esta ciudad. A vosotros os toca ahora, después de habernos oído, darles el castigo que a vuestro juicio merezcan.»
Así dijeron los arcontes; en cuanto a los culpables, todos niegan haber cometido el crimen, fuera de uno solo que después de confesarlo se defendió poco más o menos en estos términos[266]:
«Tebanos: es imposible que se atreva nadie a afrontar vuestro poder, puesto que todos sabemos que tenéis la fuerza necesaria para tratar como mejor os parezca al que os insulte. ¿Qué sentimiento, pues, de confianza ha podido llevarme a dar muerte aquí a este hombre? Sabedlo bien: en primer lugar, el de que obraba justamente; y en segundo, el de que juzgaréis mi acción del modo que se merece. Sabía, en efecto, que no habíais esperado a juzgar a Arquias y a Hípates, a quienes habíais hallado culpables del mismo crimen que Eufrón, pues sin aguardar a la votación les castigasteis así que pudisteis, convencidos de que el mundo entero tendría que condenar a los que no procuraban siquiera ocultar su impiedad, sus traiciones y su deseo de ejercer la tiranía. Pues bien; ¿no era acaso Eufrón culpable de esos mismos crímenes? Después de haber hallado el tesoro sagrado lleno de ofrendas de oro y plata, lo dejó completamente vacío. ¿Quién podría haberse mostrado más evidentemente traidor que Eufrón, el cual, siendo amigo íntimo de los lacedemonios, les ha abandonado por vosotros, y que después de haberos dado las garantías más evidentes de fidelidad, os ha hecho nuevamente traición por aquellos, después de haber entregado el puerto de nuestra ciudad a vuestros enemigos? Y ¿cómo poder negar que fuese un tirano quien reducía a la esclavitud no solo a los hombres libres, sino a los ciudadanos, quien no cesaba de matar, desterrar y despojar de sus bienes, no a los culpables, sino a cuantos quería, a pesar de ser los mejores ciudadanos?
»Reúnese después a los atenienses, vuestros enemigos más tenaces, vuelve a entrar en Sición, haciendo armas contra el gobernador que vosotros habíais nombrado, y no habiendo podido arrojarle de la acrópolis, dirígese aquí después de reunir todo el dinero que puede. Bien sé que si hubiese abiertamente levantado tropas contra vosotros, tendríais que mostraros agradecidos por haberle dado muerte, pero ¿cómo os hallaríais animados por la equidad, al castigarme a muerte por haber hecho justicia con un hombre que llegaba con el dinero recogido para corromperos y persuadiros a que le restablecieseis como tirano de su patria? Y en efecto, aquellos contra quienes se emplea la fuerza de las armas, experimentan una desgracia, pero no aparecen nunca como criminales, mientras que, por el contrario, los que por dinero se dejan corromper, caen en la desgracia y se llenan de infamia.
»Sin embargo, si Eufrón hubiese sido mi enemigo personal o vuestro amigo particular, reconozco que no hubiera debido matarle dentro de vuestro territorio; pero una vez que os había hecho traición, ¿dejaría acaso de ser tan enemigo vuestro como mío? Y ¡por Zeus! se dirá: ha venido libremente. ¡Pero qué! Hubiera merecido vuestros elogios el que le hubiese muerto lejos de vuestra ciudad, y ahora que volvía nuevamente para aumentar el número de las maldades que os ha hecho, ¿ha de poder decirse que no ha merecido su suerte? ¿Dónde podréis enseñarme entre los griegos tratado alguno que favorezca a los traidores, a los desertores o a los tiranos? Recordad, además, que habéis votado la extradición de los desterrados de todos los estados aliados. En cuanto a mí, ciudadanos, pretendo que si me condenáis a muerte conseguiréis únicamente vengar a vuestro mayor enemigo, pero que si proclamáis la justicia de mi conducta, habréis vengado a la vista de todos, vuestras propias injurias y las de vuestros aliados.»
Los tebanos, después de haber oído esta defensa, decretan que Eufrón ha sufrido el castigo que merecía. Sus conciudadanos[267], sin embargo, recogen su cuerpo como el de un hombre honrado y le dan sepultura en la plaza pública, donde le honran como uno de los jefes supremos o fundadores de la población[268]. De este modo, según parece, la mayor parte de la gente trata como hombres honrados a sus bienhechores.
CAPÍTULO IV.[269]
He aquí lo que debíamos decir de Eufrón: volvamos ahora a nuestro relato. Ocupábanse aún los fliasios en fortificar Tiamia, y Cares se hallaba todavía entre ellos, cuando la ciudad de Oropo[270] cae en poder de los ciudadanos que habían sido desterrados. Todos los atenienses dirígense entonces contra esta plaza y llaman a Cares desde Tiamia, con lo cual este puerto de los sicionios vuelve a caer en poder de estos y de los arcadios; y en cuanto a los atenienses, como no están auxiliados por ninguno de sus aliados, tienen que dejar a Oropo en poder de los tebanos hasta que puedan hacer valer sus derechos[271].
Comprendiendo Licomedes[272] que los atenienses se hallan quejosos de sus aliados, que les ocasionan grandes contratiempos sin que a su vez les presten el más mínimo apoyo, persuade a los diez mil[273] para que negocien con ellos una alianza. En los primeros momentos hay algunos atenienses que ven con malos ojos que Atenas, amiga de Lacedemonia, se alíe con sus adversarios; pero reflexionando más tarde que son las ventajas tan grandes para los lacedemonios como para los atenienses, por aislar de los tebanos a los arcadios, aceptan la alianza de estos. Licomedes, encargado de estas negociaciones, muere al regresar de Atenas por un azar del destino, pues escogiendo de entre el gran número de buques de transporte el que más le place, bajo condición de que él mismo fijaría el lugar del desembarco, elige casualmente el sitio donde se encuentran los desterrados. Así es como perece; pero la alianza no por esto deja de ratificarse.
Democión manifiesta en la asamblea popular de Atenas que la alianza con los arcadios, si bien es verdad que parece ser una feliz negociación, no obsta, sin embargo, para mandar a los generales órdenes terminantes a fin de conserven Corinto a la dominación ateniense. A esta nueva envían los corintios con todo apresuramiento suficientes guarniciones de tropas propias, a todos las plazas donde han puesto los atenienses guarnición, y dicen a estos últimos que pueden retirarse, pues no tienen ya necesidad de sus tropas. Obedecen los atenienses, y cuando las tropas de estos que custodiaban las fortalezas se hallan reunidas en la ciudad, hacen pregonar los corintios que todo ateniense que tenga que reclamar de alguna injusticia por ellos causada, no tiene más que anunciarse y se le hará justicia. Durante este tiempo llega Cares con la flota delante de Céncreas: cuando averigua lo que ocurre, manifiesta que ha venido a socorrer a la ciudad, sabiendo que se hallaba amenazada; pero los corintios le agradecen su cuidado, sin que por eso abran el puerto a sus naves; le suplican que se vaya y despiden también a los hoplitas después de haberles hecho justicia. De este modo evacuaron los atenienses a Corinto; en virtud de la alianza, debían, sin embargo, poner su caballería a disposición de los arcadios, cuando se hallasen amenazados de una invasión, pero no llevar la guerra a Laconia.
Los corintios, considerando que tienen pocas probabilidades de éxito, sobre todo después de haberse atraído la malevolencia de los atenienses y habiendo anteriormente sido vencidos, deciden formar un cuerpo mercenario de infantería y otro de caballería, que emplean en defender la ciudad y en llevar la devastación a los enemigos más cercanos. Sin embargo, envían a Tebas una diputación para saber si podrían fácilmente alcanzar la paz, y obtenida la venia de los tebanos, que se la garantizan, suplícanles los corintios les permitan dirigirse a los demás aliados a fin de hacer la paz con los que quieran hacerla y continuar en guerra únicamente con los que la prefieran. Siéndoles igualmente concedida por los tebanos esta petición, los corintios se dirigen a Lacedemonia, donde se expresan de esta manera:
«Lacedemonios: venimos a vosotros como amigos y reclamamos de vuestra parte nos descubráis, si las veis, las probabilidades de salvación que tenemos perseverando en la guerra, pero que si reconocéis las pocas esperanzas de nuestra situación, hagáis con nosotros la paz, si eso entra igualmente en vuestras intenciones, pues con nadie preferimos participar nuestra prosperidad más que con vosotros. Sin embargo, si la reflexión os convence de que está en vuestro interés el hacer la guerra, os suplicamos nos concedáis la paz, pues si conservamos nuestra ciudad, algún día acaso podamos seros de alguna utilidad; pero si perecemos ahora, es completamente evidente que jamás podremos acudir en vuestro auxilio.»
Oyendo esto los lacedemonios, aconsejan a los corintios que hagan la paz, y al mismo tiempo permiten también a todos los aliados que la hagan si no quieren guerrear concertadamente con ellos. Declaran al mismo tiempo que continuarán la guerra y se someterán a los designios providenciales, pero que jamás consentirán en dejarse tomar Mesenia[274], que habían recibido de sus mayores. Los corintios, obtenida esta declaración, se dirigen a Tebas para negociar la paz: pretenden los tebanos que les juren también alianza, a lo cual contestan los diputados que la alianza no es una paz, sino un cambio en el lugar de la guerra, y añaden que, si quieren, de ellos solos depende el establecer una paz completamente informada por los principios de la justicia. Llenos de admiración los tebanos por esos hombres, que aunque en peligro rehúsan enemistarse con sus bienhechores, les conceden la paz, del mismo modo que a los fliasios y demás estados que con ellos han venido a Tebas, y aseguran por medio de juramento la posesión de su territorio a cada cual.
Según la convención, los fliasios evacúan inmediatamente Tiamia; pero los fliasios que habían jurado la paz bajo estas mismas condiciones, viendo que no pueden conseguir que los desterrados fliasios habiten en Tricárano, dentro del mismo territorio de Fliunte, se apoderan de aquella plaza y establecen en ella una guarnición después de dar el nombre de propiedad a un territorio que poco antes habían devastado como enemigos, y sin querer hacer justicia a los fliasios.
En esa misma época, poco después de haber muerto Dionisio el antiguo, envió su hijo a los lacedemonios doce trirremes bajo el mando de Timócrates. Después de haber llegado, ayúdanle a apoderarse de Selasia[275], y después de este hecho de armas vuelven a hacerse a la vela para Siracusa.
Algún tiempo después apodéranse los eleos de Lasión, que les había antiguamente pertenecido, pero que dependía ahora de la confederación de los arcadios. Estos no permanecen indiferentes a la ofensa, pues reúnen inmediatamente sus tropas y se dirigen contra ellos; los eleos ponen en pie de guerra sus cuatrocientos, y además otros trescientos hombres. Durante la noche, los arcadios, que habían estado durante el día acampados frente a frente a los eleos en un terreno llano e igual, por la noche se apoderan de unas alturas que dominaban a sus contrarios y se arrojan sobre ellos al apuntar el día. Viendo los eleos bajar de las alturas, y en tan gran número, a los enemigos, se avergüenzan de tener que retirarse hallándose aún a tan larga distancia, y viniendo a las manos, se declaran en fuga a los primeros embates, perdiendo muchos hombres y gran número de armas en su retirada por caminos difíciles de atravesar.
Después de esta victoria, los arcadios marchan contra las ciudades de los acroreos. Apodéranse de todas ellas, a excepción de Tresto, y llegan a Olimpia, donde, después de haber rodeado el Cronión[276] con una empalizada, establecen en él una guarnición y se apoderan del monte Olímpico y de Margana, que les es entregada. Esta serie de reveses entrega a los eleos a la desesperación más completa; pero los arcadios marchan contra su ciudad y llegan a penetrar hasta la plaza pública, donde, sin embargo, la caballería elea y los demás ciudadanos les hacen cara, les arrojan de la ciudad y después de matarles algunos hombres levantan un trofeo. Anteriormente habían tenido lugar en Élide ciertas disensiones públicas. El partido de Cáropo, Trasónidas y Argeo tendía a la democracia mientras que la facción de Estalquias, Hipias y Estrátola deseaban la oligarquía; como los arcadios, al frente de considerables fuerzas, pasaban por los aliados del partido que quería la democracia, Cáropo y los suyos se hacen más audaces, y concertándose con los arcadios para que le ayuden, se apoderan de la acrópolis; pero la caballería elea y los trescientos, sin perder un momento, se arrojan a la ciudadela y les echan de allí, después de lo cual Argeo, Cáropo y cerca de cuatrocientos ciudadanos son desterrados. Consiguen estos apoderarse poco tiempo después de Pilos[277] con ayuda de algunos arcadios; y muchos del partido popular abandonan entonces su ciudad natal, yendo a juntarse a los desterrados que se ven en posesión de una hermosa plaza fuerte y sostenidos por considerables fuerzas de arcadios.
Más tarde, invaden estos igualmente el territorio eleo después de haberles asegurado los desterrados que la ciudad se les rendiría. Sin embargo, los aqueos, que se hallaban nuevamente en amistad con los eleos, defienden la población de manera que tienen que retirarse los arcadios sin haber hecho más que devastar el país; pero apenas salen, noticiosos de que los peleneos se hallan en Élide, verificando durante la noche una larga marcha, se apoderan de Oluro, ciudad de los peleneos, que desde largo tiempo permanecían aliados a los lacedemonios. Así que saben aquellos la toma de Oluro[278], verifican una contramarcha y se dirigen a Pelene, su patria, y desde entonces, a pesar de su pequeño número, se hallan constantemente en guerra con los arcadios establecidos en Oluro y con el partido popular, sin tener un punto de reposo hasta haber rescatado esa población.
Los arcadios, por el contrario, verifican una nueva expedición contra los eleos. Mientras acampan entre Élide y Cilene, asáltanles los eleos; pero los arcadios se defienden con valor y los rechazan; Andrómaco, jefe de la caballería elea, a quien se acusa de haber promovido este ataque, se da la muerte, y el resto de los vencidos se refugian en la ciudad. En el mismo combate pereció el espartano Soclides, quien había tomado parte en él en virtud de la alianza que ya se había establecido entre los espartanos y los eleos; estos, en efecto, viéndose acosados por sus enemigos en su propio territorio, envían a Lacedemonia una comisión que reclame su auxilio y les exhorte a que realicen una expedición en el territorio arcadio, pues consideraban el mejor medio para librarse de sus enemigos, el atacarles por ambas partes. Arquidamo parte, pues, con un ejército de ciudadanos y se apodera de Cromno[279], donde deja en guarnición a tres de las doce cohortes que llevaba, y regresa a su país. Hallándose, sin embargo, los arcadios reunidos todos a su regreso de la expedición a Élide, llegan a Cromno y la rodean con dos filas de empalizadas, con lo cual, hallándose en seguridad, asedian a la guarnición; pero Esparta, indignándose al saber se hallan sitiados sus ciudadanos, envía un ejército, también al mando de Arquidamo, que a su llegada hace cuantos destrozos puede en Arcadia y Escirítide y procura con todas sus fuerzas hacer levantar el sitio; pero los arcadios no se mueven y nada les importa cuanto hace.
Había notado Arquidamo una colina por el centro de la cual pasaba el atrincheramiento exterior de los arcadios; cree que podrá apoderarse de ella y que una vez en su dominio será imposible a los enemigos sostener su posición. Mientras hacía dar un rodeo a sus tropas para llegar a aquel lugar, los peltastas y su vanguardia, viendo fuera de las trincheras a los eparitas[280], caen sobre ellos al propio tiempo que la caballería procura cargarles. No ceden los eparitas, sino que se conservan inmóviles en correcta formación; vuelven los enemigos a la carga, pero aquellos, en vez de ceder en este segundo ataque, llegan a avanzar algún terreno. El tumulto era ya muy grande, cuando llega Arquidamo, que había dado la vuelta por la carretera que conduce a Cromno y guiaba sus tropas, que iban de dos en dos, tal como se hallaban al recibir la orden de marcha. Los dos ejércitos se aproximan, el de Arquidamo en larga fila a causa del camino que había seguido y los arcadios formando un tupido cuerpo de escudos; los lacedemonios no pueden resistir al empuje de los arcadios y pronto Arquidamo es herido en el muslo, que le atraviesan con una lanza, sucumbiendo junto a él Poliénidas y Quilón, que se había casado con la hermana de Arquidamo, elevándose a más de treinta el número de los que allí perecen.
Emprenden, pues, los lacedemonios su retirada por el mismo camino por el que habían venido, y así que salen a más ancho terreno, se despliegan y hacen cara al enemigo; pero los arcadios conservan su misma formación, y aunque inferiores en número, hállanse animados del mismo entusiasmo, puesto que persiguen tropas que se baten en retirada y a las que han ocasionado gran número de bajas. En cuanto a los lacedemonios, habían perdido todo su valor al ver herido a Arquidamo y al saber los nombres de los que han muerto, quienes formaban todos entre los más valientes y más ilustres ciudadanos. Al hallarse los dos ejércitos uno junto a otro, grita uno de los más ancianos:
—«Soldados: ¿quién nos obliga a combatir, y por qué no podemos pedir una tregua y hacer cesar la guerra?»
Los dos bandos acogen con placer estas palabras y se hace la tregua: retíranse los lacedemonios después de haber recogido sus muertos, y los arcadios levantan un trofeo en el lugar en que habían comenzado a dar las primeras cargas.
Mientras los arcadios se hallan ocupados en Cromno, los eleos dirígense primeramente contra Pilos y se encuentran con los pilios que habían sido rechazados de Tálamas[281]. Al verles, la caballería elea carga sobre ellos matándoles mucha gente, y los restantes se refugian en una eminencia; pero al llegar la infantería los derrota por completo, matando a unos y haciendo prisioneros a los otros en número de unos doscientos: todos los mercenarios son vendidos y los desterrados degollados. Después de esto subyugan a los pilios, que no recibían ya auxilios de nadie, se apoderan de su ciudad y recobran Marganea.
Algún tiempo después, sin embargo, habiéndose los lacedemonios durante la noche aproximado a Cromno, apodéranse de la trinchera y llaman a los argivos y lacedemonios sitiados. Cuantos se hallaban cerca y supieron aprovecharse de esta ocasión, consiguieron escaparse; pero los que dieron tiempo a los arcadios para que acudiesen en gran número, fueron encerrados en el interior de la ciudad y después presos y distribuidos entre los vencedores. Una parte de ellos tocó a los argivos, otra a los tebanos, otra a los arcadios y otra a los mesenios; el número de espartanos y periecos hechos prisioneros elevose a más de ciento.
Los arcadios, no teniendo ya que ocuparse de Cromno, vuelven a dirigirse contra los eleos, refuerzan la guarnición de Olimpia, y cuando se acerca el año olímpico prepáranse para celebrar los juegos en compañía de los pisatas, que pretenden haber sido los primeros que tuvieron en otro tiempo el cuidado del templo. Ya en el mes[282] en que se celebran los juegos olímpicos, y durante los días en que se reúne la Panegiria, los eleos hacen sus preparativos abiertamente, llaman a los aqueos y toman el camino de Olimpia. Nunca se hubieran figurado los arcadios que vinieran los eleos a atacarles, y lejos de este pensamiento, hallábanse organizando las fiestas con los pisatas y habían terminado ya las carreras de caballos y el pentatlón; pero cuando llegó el turno de la lucha, no tuvo esta lugar en el estadio sino entre este y el altar, pues los eleos en armas ya estaban junto al recinto sagrado. Sin ir más lejos a su encuentro, los arcadios despliegan sus fuerzas a orillas del Cládeo, riachuelo que corre a lo largo del Altis[283] y que desemboca en el Alfeo: tenían como aliados unos dos mil hoplitas argivos y unos cuatrocientos caballos atenienses.
Los eleos, que se habían formado en batalla al otro lado del riachuelo, inmolan las víctimas y avanzan inmediatamente contra los enemigos. Hasta esta época habían sido considerados siempre como guerreros de segundo orden por los arcadios y argivos, así como por los aqueos y atenienses, pero aquel día fueron considerados como los más valientes de entre todos los aliados. Ponen en fuga a los arcadios, contra los cuales primero se dirigen, y hacen lo mismo, después de rechazarlos valientemente, con los argivos. Persiguen los eleos a los fugitivos hasta el espacio situado entre el senado, el templo de Vesta y el teatro, que se halla junto a aquel edificio: allí combaten con igual denuedo y rechazan al enemigo hasta el altar, pero alcanzados por los proyectiles que se les arrojan desde lo alto de los pórticos de la sala del consejo y del gran templo, mientras que ellos combaten en un suelo completamente llano, pierden a muchos de sus soldados, y entre otros al mismo Estrátola, jefe de los trescientos.
Después de esta acción se retiran a su campamento, pero los arcadios y sus aliados quedan atemorizados de tal modo, en previsión de lo que ocurrirá al día siguiente, que no se dan punto de reposo durante toda la noche, derribando las tiendas elevadas a gran coste, y fortificándose con trincheras. Al otro día, cuando se aproximan los eleos y ven una fuerte empalizada y gran número de individuos subidos a los templos, se retiran a su ciudad, pues el valor que habían desplegado el día anterior había sido tal que solo un dios podía haberlo inspirado y hacerle aparecer en un solo día, pues no está en el poder de los hombres, aun en un largo espacio de tiempo, volver valientes a los que se hallan privados de valor.
Habiendo los arcontes arcadios hecho uso de los fondos sagrados para el sostenimiento de los eparitas, los mantineos prohíben por un decreto hacer uso de los fondos sagrados, y recogida en su ciudad la parte que les toca pagar para los eparitas, la envían a los arcontes. Pretenden entonces los jefes arcadios que los arcontes mantineos atentan a la confederación arcadia, y les citan ante los diez mil; pero no compareciendo, se pronuncia sentencia y mandan a los eparitas que conduzcan a los condenados. Cierran los mantineos sus puertas y no les admiten dentro de sus muros: al mismo tiempo levántanse otras voces entre los diez mil, diciendo que no debe gastarse el dinero sagrado y legar a sus descendientes este crimen contra los dioses, por lo cual, así que se ha decretado en la asamblea común que no se pueden tocar aquellos fondos, los eparitas que no pueden servir sin sueldo se retiran, mientras por el contrario, los que poseen medios abundantes, se exhortan mutuamente y ocupan el lugar de los que se han marchado, a fin de no hallarse más bajo su dependencia y tenerles, por el contrario, bajo la suya.
Los jefes arcadios, que habían gastado el dinero sagrado, conociendo que pronto se les obligará a dar cuenta de él, y con el temor de ser ahorcados, hacen decir a los tebanos que si no se ponen en marcha inmediatamente, corren peligro de ver nuevamente amigos de los lacedemonios a los arcadios, por lo cual, los tebanos se preparan para ponerse en camino; pero cuantos sinceramente se preocupan de los verdaderos intereses del Peloponeso, persuaden a la asamblea arcadia para que mande embajadores a los tebanos, que les digan no vayan en armas a Arcadia entretanto no se les llame, y mientras hacen decirles esto, reflexionan que de nada ha de servirles la guerra y que, en efecto, ninguna necesidad tienen de correr con el cuidado del templo de Júpiter, y que, por el contrario, al renunciar a él realizarán una acción más justa y piadosa y se harán más agradables a la divinidad. Como los eleos no tenían ninguna otra pretensión, ambos partidos se deciden por la paz y firman el tratado.
Jurado este por todas las ciudades, del propio modo que por los tegeatas y por su mismo gobernador tebano, quien se hallaba en Tegea con trescientos hoplitas beocios, todos los arcadios permanecen en dicha población, entregándose a la alegría y a las fiestas y júbilo con libaciones y cantos en honor de la paz. Pero el tebano y los arcontes que temían la rendición de cuentas, uniéndose a los beocios y a los eparitas, que hacían causa común con ellos, cierran las puertas de Tegea y hacen prender a los primeros ciudadanos en medio de los banquetes. Como se encontraban allí arcadios de todas las ciudades, pues todos deseaban la paz, el número de los que prendieron fue muy considerable: pronto queda llena la cárcel y aun la casa del consejo. Siendo muchos los presos, algunos saltaron desde lo alto de los muros, y aun permitiose a otros evadirse por las puertas, pues solo se estaba quejoso de los que eran considerados como causantes de su perdición; y lo que enoja más al tebano y a sus cómplices, es que solo tienen en su poder un pequeño número de mantineos, cuando casualmente contra ellos era contra quienes se tenía una enemiga mayor; pero gracias a la proximidad de su población, casi todos habían podido escapar.
Cuando viene el día y saben los mantineos lo que ha ocurrido, recomiendan inmediatamente a todas las ciudades de Arcadia se pongan a la defensiva y vigilen sus murallas: hacen ellos lo mismo y envían al mismo tiempo a Tegea pidiendo la libertad de todos los mantineos que se hallan detenidos, exigiendo al mismo tiempo que ninguno de los otros arcadios sea encarcelado o condenado a muerte sin someterle previamente a juicio, ofreciendo la garantía de la ciudad de Mantinea para el caso de que contra ellos hubiese motivo de acusación y prometiendo llevar ante la asamblea arcadia a cuantos sean citados ante ella. El tebano no sabe qué resolver ante esta embajada y da libertad a todos. Al día siguiente reúne a cuantos arcadios quieren acudir a su llamamiento, y procura justificarse con ellos, asegurando ha sido engañado y pretendiendo, en efecto, haber sabido que los lacedemonios se hallaban en armas en las fronteras y que algunos arcadios querían entregarles la ciudad de Tegea. Después de oírle, le dejan libre, a pesar de saber bien que había mentido en cuanto les había dicho, pero envían diputados a Tebas para acusarle y para pedir se le condene a muerte. Cuéntase, sin embargo, que Epaminondas, entonces uno de los generales en mando, dijo que se había tenido más razón al detener a aquellos hombres que al devolverles la libertad.
—«Pues —dijo—, ¿cómo no os acusaríamos de traición con justicia después que nos habéis hecho la guerra y sin nuestro consentimiento ajustáis la paz? En cuanto a nosotros, sabed, añadió, que marcharemos a Arcadia, y allí haremos la guerra concertadamente con aquellos que pertenecen aún a nuestro partido.»
CAPÍTULO V.
Habiendo sido llevada esta contestación a la asamblea arcadia y a las diferentes ciudades, los mantineos y cuantos arcadios se interesan por el Peloponeso, del mismo modo que los eleos y aqueos, se convencen desde entonces de que los tebanos no ocultan ya su deseo de ver al Peloponeso lo más débil posible para subyugarlo después con mayor facilidad.
—«¿Por qué, en efecto, dicen, quieren que estemos siempre en guerra, si no es para que nos hagamos todo el mal que podamos unos a otros y para que los dos partidos beligerantes tengan ambos necesidad de sus auxilios? ¿Por qué contestan que se hallan dispuestos a marchar cuando les decimos que por el momento no tenemos necesidad de ellos? ¿No es evidente que si preparan esta expedición es para hacernos algún daño?»
Envían igualmente a Atenas en demanda de socorro y dirígese también a Lacedemonia una comisión de eparitas, encargada de exhortar a los lacedemonios para rechazar todos juntos a cuantos quisieran subyugar el Peloponeso. En cuanto a la hegemonía, convínose desde entonces en que cada pueblo ejercería en su territorio el mando supremo. Durante estas negociaciones, Epaminondas había salido[284] en expedición con todos los beocios y con gran número de eubeos y tesalios, enviados unos por Alejandro[285] y otros por los adversarios de este tirano. Los focidios no van con él, sin embargo, alegando los tratados, que, según dicen, les obligan a socorrer a Tebas cuando se halle atacada, pero no a formar parte de ninguna expedición contra otros estados. Epaminondas no duda de que, una vez en el Peloponeso, se le juntarán los argivos y mesenios, del propio modo que los arcadios que permanecen en su amistad y que eran los tegeatas, megalopolitas, aseatas, palantieos y todas aquellas ciudades a las que su pequeñez y su situación, en medio de dichos estados, no les dejaban otro remedio.
Parte Epaminondas a toda prisa, y llegado a Nemea, permanece allí con la esperanza de sorprender a los atenienses a su paso, contando que sería un gran motivo de animar a sus tropas y aliados y desanimar a sus adversarios, pues, para decirlo en una palabra, creía que todo revés para los atenienses era una ventaja para los tebanos. Durante esta detención reúnense los estados confederados en Mantinea, y cuando Epaminondas sabe que han renunciado los atenienses a pasar por tierra y se preparan a enviar por mar, y a través de Laconia, sus refuerzos a los arcadios, sale de Nemea y llega a Tegea. No puedo decir que este hombre haya sido afortunado en la época de su mando, pero creo que nada dejó que desear de cuanto es obra de la prudencia y de la audacia. En primer lugar, debo alabarle por haber instalado su campamento dentro de los muros de Tegea, pues esto le daba una posición más segura que si acampaba al aire libre, le permitía al mismo tiempo ocultar mejor sus designios al enemigo y proveerse más fácilmente en la ciudad de cuanto podía necesitar. Podía también además ver a los enemigos acampados fuera y juzgar de la bondad de todos sus actos, así como, a pesar de creerse más fuerte que el enemigo, podía dejar de atacarle si creía que tenía este ventajas por las condiciones del terreno.
Viendo, sin embargo, que ninguna ciudad se declara a su favor, y juzgando que pasa el tiempo, se determina a obrar, pues de lo contrario, cuanto mayor ha sido su gloria anterior, mayor será su consiguiente deshonra. Habiendo, pues, sabido que los enemigos se han fortificado en los alrededores de Mantinea y han venido a buscar a Agesilao y a todos los lacedemonios, quienes, según le refieren, se hallan ya en camino y han llegado a Pelene, hace cenar a sus tropas, y dando la orden de marcha, se dirige directamente a Esparta. Si un cretense, por inspiración divina no hubiera venido a anunciar a Agesilao la aproximación del ejército enemigo, la ciudad entera hubiera caído en poder de Epaminondas, que la hubiese hallado como un nido y completamente desguarnecida; pero Agesilao, informado a tiempo de este golpe de mano, llega antes que él a la ciudad, y los espartanos se reparten los distintos puntos de peligro, a pesar de hallarse en pequeño número, pues su caballería estaba en Arcadia, del mismo modo que los mercenarios y tres de las doce cohortes.
Cuando Epaminondas llega a los alrededores de Esparta, evita entrar en lugares en que las tropas tengan que pelear a descubierto y ofreciendo blanco a los proyectiles que se les arrojarán desde las casas y en situación en que el mayor número no pueda dar ninguna superioridad; pero apoderándose de una posición que cree ventajosa, en lugar de atacar subiendo, dirígese contra la ciudad partiendo de una altura. En cuanto a lo que después sucedió, puede verse en ello la intervención de un dios; pero puede decirse también con razón que nadie puede resistir a los que se hallan en estado de completa desesperación; en efecto, cuando llega Arquidamo con menos de cien hombres después de una marcha que se reputa muy difícil, dirígese en línea recta hacia los enemigos, y he aquí que estas tropas que se hallaban arrojando fuego, que estos vencedores de los lacedemonios superiores en número y en posiciones ventajosas, no resisten el choque de Arquidamo, y ceden, pereciendo las primeras filas de los de Epaminondas; pero como los de Esparta, orgullosos por su victoria, continuaran la persecución más lejos de lo que debían, reciben a su vez el justo castigo, pues sin duda estaba escrito por una mano divina hasta qué límite les estaba concedida la victoria. Arquidamo levanta, pues, un trofeo y devuelve, bajo la fe de una tregua, a los enemigos los cuerpos de los que allí han muerto.
Epaminondas, por su parte, previendo que los arcadios vendrán en auxilio de los lacedemonios, no quiere tener que combatir con todos los lacedemonios reunidos con ellos, sobre todo después de haber alcanzado los enemigos una ventaja y sufrido sus tropas un revés, por lo cual se dirige a toda prisa a Tegea, donde deja descansar a sus hoplitas, aunque mande su caballería a Mantinea, exhortándoles a no dejarse abatir y manifestándoles que a causa de la estación probablemente encontrarán fuera de los muros de Mantinea a todos sus rebaños y a todos sus habitantes. Partió, pues, la caballería tebana, pero saliendo la ateniense de Eleusis, había cenado en el Istmo, y después de atravesar Cleonas, había llegado al territorio mantineo acantonándose dentro de los muros. Cuando se sabe en Mantinea que se aproximan los enemigos, ruegan los habitantes de dicha población a los atenienses que les socorran con todas sus fuerzas; muéstranles en los campos sus rebaños, sus obreros y gran número de ancianos y niños de libre condición, y los atenienses al oírles, se ponen en campaña a pesar de hallarse en ayunas ellos y sus caballos. ¿Quién no admirará el valor que desplegaron en estas circunstancias? Aunque inferiores en número, y a pesar de haber experimentado su caballería un desastre en Corinto, no se dejan dominar por estas consideraciones ni se detienen pensando que van a combatir a los tebanos y tesalios, que siempre han sido reputados como los mejores caballos, sino que, sonrojándose a la idea de que su presencia no preste utilidad alguna a sus aliados, se arrojan sobre los enemigos así que les distinguen, deseosos de poner en buen lugar a su patria, y a su valor debieron los mantineos el poder salvar cuanto tenían en los campos. Pierden los atenienses algunos valientes y los enemigos pierden también algunos evidentemente, pues no había armas bastante cortas para que los dos partidos no pudiesen alcanzarse recíprocamente. Recogen sus muertos, y por medio de convención entregan a los enemigos los suyos.
Epaminondas, sin embargo, considerando que va a verse obligado dentro de pocos días a partir, pues terminaba ya el tiempo fijado para la expedición, conoce que si deja sin defensa los estados que ha venido a socorrer, serán atacados por sus adversarios y que él mismo verá completamente perdida su reputación por haber sido vencido en Lacedemonia con su numerosa infantería por un puñado de hombres, y junto a Mantinea en un combate de caballería, siendo causa con su expedición al Peloponeso de la liga formada por los lacedemonios, arcadios, aqueos, eleos y atenienses. Por esto le parece vergonzoso marchar sin combatir, sobre todo reflexionando que si vence terminará todo en bien, y que si muere combatiendo, será un fin muy glorioso perecer procurando dejar a su patria el dominio del Peloponeso.
No son, sin embargo, estos sentimientos los que le hacen más admirable a mis ojos, puesto que tales son los pensamientos de todos los hombres generosos; lo que me parece más digno de admiración es el haber formado un ejército que no teme ninguna penalidad ni de día ni de noche, que no retrocede ante ningún peligro y que no rehúsa jamás su obediencia aun cuando carezca de todo. Cuando manda por la última vez a sus tropas que se preparen para el combate, la caballería se pone a dar brillo a sus cascos, y los hoplitas arcadios graban en sus escudos marcas que indican son tebanos[286], afilando todos las espadas y sables y pulimentando sus escudos. El orden de combate que emplea después de haberse puesto al frente de sus tropas es también digno de alabanza. Así que manda alinear filas, como era natural parece indicar se dispone para el combate; pero cuando su ejército se halla en completa formación, no se dirige hacia el enemigo por el camino más corto, sino que marcha en dirección a las montañas situadas al occidente y frente a frente de Tegea, de manera que hace creer al enemigo que no quiere aquel día librar el combate. Efectivamente, llegado al pie de la montaña, despliega su falange y hace deponer las armas en las alturas como si quisiese acampar allí. Con esta maniobra debilita el ardor del enemigo que se había dispuesto para el combate y que entonces rompe filas; pero después de haber hecho converger a la vanguardia las compañías que marchaban por filas y formar alrededor de él un fuerte cuerpo de ataque, hace repartir nuevamente las armas y avanzar contra el enemigo. Sus tropas le siguen inmediatamente.
Cuando los enemigos, contra sus esperanzas, le ven llegar, nadie sostiene el ataque; unos corren a sus filas o se alinean, ensillan otros los caballos mientras los restantes revisten sus corazas, y todos, en fin, tienen que rechazar al enemigo, más bien que atacarle. Epaminondas guiaba su ejército como una trirreme con la proa hacia adelante, contando con hacer retroceder al enemigo allí donde atacase y aniquilar así todo el ejército. Preparábanse, en efecto, a combatir con las tropas más vigorosas, habiendo colocado todo lo más lejos posible y en la retaguardia a los soldados más débiles, comprendiendo bien que la derrota de estos produciría a los suyos el desaliento y entusiasmaría al enemigo. Este había ordenado su caballería como un cuerpo de hoplitas, sin mezclar con ella la infantería; pero Epaminondas forma también la suya en un compacto cuerpo de ataque, mezclando con ella a los infantes para que una vez deshecha la caballería sea completa la derrota de los enemigos, pues, en efecto, difícilmente se halla quien sostenga el ataque del enemigo una vez emprende la fuga una parte de su ejército; y a fin de impedir asimismo a los atenienses del ala izquierda vayan en auxilio de sus vecinos, coloca frente a ellos, en las alturas, algunos caballos e infantes para inspirarles el temor de ser cogidos por la retaguardia así que se dirijan a auxiliar a los demás. Tal fue su orden de batalla, y sus esperanzas no salieran fallidas, pues, vencedor allí donde atacó, puso en fuga a todo el ejército enemigo.
Sin embargo, así que cae herido[287], no saben los suyos aprovecharse de la victoria, y aunque los hoplitas ven derrotados a los enemigos, no matan a nadie y se quedan inmóviles en el punto en que había tenido lugar el primer choque. La caballería, por su parte, aunque ve huyendo a la del enemigo, no mata tampoco ni infantes ni caballos, pues sobrecogidos de terror se arrojan, como lo hubieran hecho unos vencidos, a través de las filas enemigas en derrota; sin embargo, la infantería que había sido mezclada con la caballería, y los peltastas, habían participado de la victoria de la caballería, y llegaban vencedores al ala izquierda; pero allí son casi todos deshechos por los atenienses.
Terminada la batalla, sucedió lo contrario de lo que todos creían, pues al ver reunido el contingente de toda Grecia[288] formado en batalla, nadie podía prever que los resultados del combate no fuesen la dominación de los vencedores ni la sujeción de los vencidos; pero la divinidad hizo que cada bando elevase un trofeo como vencedor sin oponerse el contrario; ambos recogen sus muertos por una tregua, concediéndola como vencedores y suplicándola como vencidos, y más tarde, aunque ambos pretenden haber quedado dueños de la victoria, no se vio a ninguno de ellos poseer comarca, ciudad o mando que no tuviese antes del combate. Después de este, la confusión y la turbulencia dominan con mayor insistencia que antes en toda Grecia.
En cuanto a mí, no me he propuesto escribir de esta historia más que lo que llevo referido: la narración de lo que siguió a este combate, queda para otro escritor.
FIN.