LIBRO QUINTO.
Enrique Soms y Castelín translation
CAPÍTULO PRIMERO.
Tal era el estado de los asuntos de los atenienses y lacedemonios en el Helesponto[174]. Eteónico, sin embargo, había regresado a Egina, cuyos habitantes habían mantenido hasta entonces amistosas relaciones con los atenienses, y de acuerdo con los éforos animaba a cuantos quisieran ir a saquear el Ática por mar, dando por motivo que la guerra estaba en toda su fuerza. Encerrados así los atenienses dentro de sus muros, envían a Egina una expedición de hoplitas a las órdenes de Pánfilo, su general, los cuales se atrincheran en la isla, y como tenían diez trirremes, sitian a los eginetas por mar y por tierra. Pero cuando Teleutias, que se hallaba en las islas ocupado en la exacción de tributos, sabe que está bloqueada Egina, acude en su auxilio y hace retirar las naves atenienses, aunque sosteniéndose Pánfilo en sus atrincheramientos.
Llega mientras tanto Hiérax, enviado por los lacedemonios, toma el mando de la flota, y Teleutias regresa a su patria bajo los más favorables auspicios. Efectivamente, al bajar al puerto para embarcarse, no hay ningún soldado que no quiera estrecharle la mano: unos le coronan de flores, otros le ponen las ínfulas[175], y aun aquellos que llegan tarde para despedirle, arrojan al mar las coronas mientras se aleja y le desean toda clase de prosperidades. Bien sé que en estas cosas no hay ni grandes gastos, ni peligros, ni notables astucias de guerra y sin embargo, ¡por Zeus!, no me parecería impropio de un buen historiador el investigar los medios por los cuales Teleutias consiguió hacerse querer de sus subordinados, pues ni las riquezas ni los peligros son tan dignos de recordación como la conducta de un hombre como este.
Hiérax, haciéndose a la vela para Rodas con sus restantes naves, deja doce de ellas en Egina, a las órdenes de Gorgopas, su lugarteniente, con las atribuciones de harmosta o gobernador. Desde entonces, en realidad, los atenienses de la fortaleza hállanse más sitiados que los habitantes de la ciudad; por lo cual, en virtud de un decreto del pueblo, equipando los atenienses gran número de naves, abandonan sus fortificaciones al quinto mes de su ocupación y conducen la guarnición a su patria. Hecho esto, sufriendo mucho los atenienses a causa de Gorgopas y de los corsarios, equipan trece naves, que ponen a las órdenes de Éunomo. Mientras se halla Hiérax en Rodas, nombran los lacedemonios a Antálcidas comandante de las naves, creyendo que este nombramiento será del agrado de Tiribazo, y al llegar aquel a Egina se hace seguir por las naves de Gorgopas y se dirige a Éfeso, desde donde envía de nuevo a Egina a Gorgopas con sus doce naves, y pone al frente de las restantes a su lugarteniente Nicóloco. Se hace este a la vela hacia Abido, con el fin de socorrerla; pero antes se detiene en Ténedos, cuya comarca saquea, y en la cual exige fuertes contribuciones. Reúnense los generales atenienses de Samotracia, Tasos y de los países comarcanos, para acudir en socorro de Ténedos, y cuando tienen aviso de que Nicóloco se halla en Abido, salen del Quersoneso y bloquean con sus treinta y dos naves la flota de aquel, que tiene solo veinticinco.
Gorgopas, al volver de Éfeso, encuentra a Éunomo; pero se refugia precipitadamente en Egina a la caída del sol, y al desembarcar hace cenar inmediatamente a sus tropas. Éunomo, después de aguardar algún tiempo, se retira, y sobreviniendo la noche tenía luz, según costumbre, en su nave, que marchaba al frente de las demás, para que no pudiera extraviarse ninguna de las que le seguían. Embarca entonces de nuevo Gorgopas a sus tropas y sigue a cierta distancia aquel resplandor, procurando no ser apercibido; para no despertar sospechas, los celeustes[176] dan las voces de mando golpeando dos piedras entre sí, en vez de darlas de palabra, y reman sin hacer mucho ruido. Cuando las naves de Éunomo han llegado ya a la costa de Ática, cerca de Zoster, da Gorgopas la orden de ataque con la trompeta. En las naves de Éunomo, unos desembarcaban ya, otros echaban anclas y otros aún navegaban. Principia el combate a la luz de la luna, y Gorgopas se apodera de cuatro trirremes, que remolcadas por las suyas se lleva a Egina, y las demás consiguen huir al Pireo.
Después de estos sucesos, parte Cabrias para Chipre a fin de socorrer a Evágoras, con ochocientos peltastas y diez trirremes, y tomando en Atenas otras naves y hoplitas, aborda durante la noche a Egina, emboscándose con los peltastas en un lugar oculto a alguna distancia del Heracleo[177]. Al rayar el alba, conforme a lo que se había acordado, los hoplitas atenienses, a las órdenes de Deméneto, avanzan hasta unos diez y seis estadios del Heracleo, a un sitio llamado la Tripirgia[178]. Al saberlo Gorgopas, se dirige al encuentro del enemigo con los eginetas, los soldados de su flota y ocho espartanos que estaban con él: hace saber también a los equipajes de sus naves deben seguirle cuantos sean de condición libre, y algunos hay que comparecen con las primeras armas que hallan a mano. Así que las primeras filas han dejado atrás a la emboscada, Cabrias y los suyos se arrojan sobre ellos, agobiándolos con sus proyectiles; acuden en este momento los hoplitas que han desembarcado de las naves, y pronto queda destruida la vanguardia, de que forman parte Gorgopas y los lacedemonios, pues no puede ofrecer una resistencia compacta; y una vez muertos estos, el resto emprende la fuga. Quedan en el campo unos ciento cincuenta eginetas y más de doscientos hombres mercenarios, metecos y marineros que habían tomado parte en esta salida; con cuya victoria, los atenienses pueden navegar con tanta confianza como si se estuviese en plena paz, pues por no haber recibido sus pagas rehúsan los marineros servir a Eteónico, aunque pretenda este obligarles a ello.
Es enviado de nuevo Teleutias para ponerse al frente de estas naves, y al verle los marineros manifiestan abiertamente su satisfacción, y él, reuniéndoles, les dice:
—«Soldados, llego sin traeros dinero; pero si el dios[179] lo permite y vosotros me ayudáis con vuestros esfuerzos, haré todo lo posible para procuraros víveres en abundancia, pues bien sabéis que mientras habéis estado a mis órdenes he tenido mucho empeño en que nada os faltase; y acaso os admiréis si os digo que preferiría carecer yo de víveres a que vosotros estuvieseis sin ellos, pues ¡por los dioses! os aseguro sufriría mejor estar dos días sin comer, que no veros a vosotros sin víveres un solo día. Hasta hoy siempre ha estado abierta mi puerta a todo el que ha tenido que pedirme algo; del propio modo continuará de hoy en adelante: así es, que únicamente cuando vosotros tengáis abundantes provisiones, me veréis a mí vivir con esplendidez; pero sabed también soportar el frío, el calor y las vigilias, mientras veáis tengo yo también que sufrirlas, pues si os impongo esta conducta no es por el placer de atormentaros, sino para que podáis recoger de ello grandes resultados. Soldados, añade, nuestra patria, que todo el mundo reconoce como la más floreciente, no ha llegado a este grado de prosperidad abandonándose a la molicie, sino, por el contrario, sabedlo bien, exponiéndose a los trabajos y peligros cuando ha sido necesario. También vosotros, lo sé muy bien, os habéis portado como unos valientes; pero es preciso procuréis hoy sobrepujaros a vosotros mismos, para que participemos con gozo de vuestras penalidades y de vuestras victorias; porque ¿qué hay, en efecto, más hermoso que el no tener que adular a nadie, ni griego, ni bárbaro, para obtener una paga, y hallarse en estado de procurarse su subsistencia por sí mismos y del modo más glorioso? Pues no debéis olvidar que la abundancia que en la guerra nos procuramos a expensas del enemigo, produce a la vez nuestro sustento y la gloria a los ojos de todos.»
Esto dijo, y todos gritan que están prontos a obedecer cuanto les mande. En este momento estaba ofreciendo el sacrificio y les dice:
—«Soldados, id ahora a cenar, como ibais a hacer, y después de tomar víveres para un día, volved inmediatamente a las naves para que nos dirijamos a donde el dios tenga a bien llevarnos y lleguemos en momento oportuno.»
Da la orden de embarcarse cuando vuelven y se hace a la vela de noche hacia el puerto de Atenas, mandándoles unas veces remar y otras ordenándoles el descanso. Si alguno cree una locura el ir a atacar con doce trirremes a un enemigo dueño de tantas naves, reflexione un momento que Teleutias pensaba que los atenienses debían tener en completo descuido la flota del puerto después de haber muerto Gorgopas, y que aunque allí hubiese muchas naves arregladas, prefería atacar a veinte estacionadas, que a diez en el mar, pues en estas los marinos no pueden abandonar ni un momento su nave, y por el contrario, sabía que los jefes de las naves ancladas en Atenas duermen en sus casas y habitan los marinos en distintos lugares.
Con estos pensamientos se hace a la vela: cuando no dista ya del puerto más que unos cinco o seis estadios, se detiene y hace tomar algún descanso a sus soldados, y cuando apunta el día, se adelanta seguido de los demás buques. Prohíbeles echar a pique o atacar ninguna nave redonda, pero ordénales que cuando vean alguna trirreme anclada, procuren ponerla fuera de combate, que se amarren a los buques de transporte o de carga y procuren remolcarlos fuera del puerto, y en cuanto a las naves de mayores dimensiones, las aborden y hagan prisionera a toda la tripulación. Hubo algunos que, arrojándose sobre el Digma[180], se apoderaron de varios comerciantes y propietarios de naves y los condujeron a su flota. Todas las órdenes de Teleutias fueron puntualmente ejecutadas.
Los atenienses, al apercibirse de que pasaba algo extraordinario, salen fuera de sus casas para averiguar lo que era: unos van en busca de armas, y otros esparcen la noticia por la ciudad. Todos los atenienses hoplitas o de caballería llegan entonces armados al Pireo, que creen en poder del enemigo; pero Teleutias envía a Egina las naves de que se ha apoderado, haciéndolas escoltar por tres o cuatro de sus trirremes, y después, alejándose del puerto con las demás naves, se retira costeando por el Ática, se apodera de muchas barcas de pescadores y de naves mercantes llenas de pasajeros que venían de las islas, y se dirige a Sunio, donde toma gran cantidad de buques de transporte cargados de grano o de mercancías. Hecho esto, regresa a Egina, donde vende su presa, y con el producto de ella da a sus soldados la paga de un mes. Continúa después recorriendo el mar y tomando cuanto encuentra, con lo cual consigue mantener sus tripulaciones y se granjea soldados que lo sirven con placer y prontitud.
Antálcidas volvía de su visita a Tiribazo, después de haber negociado la alianza con el rey para el caso en que los atenienses y sus aliados no quisieran aceptar la paz que este les proponía; pero cuando sabe que Nicóloco y su flota se hallan bloqueados en Abido por Ifícrates y Diotimo, se dirige a pie a dicha población, y tomando el mando de la flota, se hace a la vela durante la noche, después de haber esparcido el rumor de que ha sido llamado por los calcedonios, y aborda a Percote, donde se entrega al reposo. Habiendo sabido Deméneto, Dionisio, Leóntico y Fanias su marcha, salen en su persecución por el lado de Proconeso; pero después que aquellos hubieron partido, regresa a Abido, pues había llegado a su conocimiento que debía llegar Políxeno con las naves de Siracusa y de Italia y quería se juntaran a sus naves.
Mientras tanto, Trasíbulo de Colito[181] sale de Tracia con ocho naves para reunirse a la flota ateniense. Habiendo los vigías anunciado se hallan a la vista ocho trirremes, hace Antálcidas embarcar los marinos en sus doce naves más veleras, y dando orden de completar cuanto pudiera faltar en los equipajes con los de las naves que deja, se pone en emboscada, ocultándose lo mejor que puede. Deja después pasar las trirremes, y entra entonces en sus aguas; así que le distinguen, emprenden la fuga, pero sus buenos veleros alcanzan pronto a las más pesadas. Prohibe a sus naves las ataquen, y continúa en persecución de las más lejanas. Cuando se han apoderado de ellas, pierden ánimo las naves atenienses que ha dejado detrás, y no oponen gran resistencia a las últimas de los lacedemonios, con lo cual todos caen en su poder.
Además de las veinte naves de Siracusa que vienen a juntarse a Antálcidas, llegan otras de la parte de Jonia sometida a Tiribazo, así como varias equipadas por la provincia de Ariobarzanes, con quien se hallaba desde largos años unido por los lazos de la amistad: por otra parte, Farnabazo, llamado por el rey, se había dirigido hacia la capital, ya que entonces fue cuando se casó con la hija del rey. Antálcidas, que se hallaba al frente de más de ochenta naves, domina en el mar e impide la navegación de las naves que del Ponto debían dirigirse a Atenas, obligándolas a refugiarse en los puertos de los aliados.
Viendo los atenienses la fuerza de la flota enemiga, y temiendo termine esta guerra de un modo tan desastroso para ellos como la primera, sobre todo después de haberse aliado el rey con los lacedemonios, y acosados además por los corsarios de Egina, desean vivamente la paz. Los lacedemonios, que sostenían un ejército en el Lequeo y otro en Orcómeno, y que se veían obligados a tener guarniciones en varias ciudades, en las fieles para no perderlas y en las sospechosas para que no se uniesen a los enemigos, y teniendo que soportar asimismo en Corinto todas las contingencias de una guerra, sentíanse también fatigados por la duración de esta lucha. En cuanto a los argivos, viendo que se había decretado una expedición contra ellos, y sabiendo por experiencia que el pretexto de los meses sagrados no les sirve para nada, desean igualmente la paz.
Por todo lo cual, cuando Tiribazo propone a cuantos deseen saber las condiciones de la paz que aceptará el rey acudan a su presencia, todos se apresuran a realizarlo. Cuando se hallan reunidos, Tiribazo, mostrándoles el sello real, da lectura a un escrito que decía:
«El rey Artajerjes considera justo ser reconocido como dueño de las ciudades griegas de Asia, así como de las islas de Clazómenas y Chipre, y que sean independientes las demás, pequeñas o grandes, a excepción de Lemnos, Imbros y Esciros, que continuarán como siempre sujetas a los atenienses. Todos los que no acepten esta paz serán reputados enemigos míos, y les haré la guerra con los que la acepten, así por mar como por tierra, y sin economizar dinero ni naves para ello.»
Después de haber oído estas condiciones, los diputados de las ciudades las participan a sus respectivos estados. Juran todos[182] su cumplimiento, y los tebanos quieren prestar juramento por toda Beocia; pero Agesilao rehúsa recibirlo si, como decía el escrito real, no juran respetar la independencia de las ciudades grandes y pequeñas: contéstanle aquellos diputados que no habían recibido instrucciones suficientes.
—«Id, pues —les dice Agesilao—, y pedidlas, pero anunciad al mismo tiempo a los vuestros que si no lo hacen, serán declarados fuera del tratado.»
Parten dichos diputados, y Agesilao, a causa de su odio a los tebanos, no quiere aguardar, y persuadiendo a los éforos, ofrece el sacrificio de partida. Así que lo ha verificado, se dirige a Tegea, de donde manda algunos soldados de caballería para apresurar los reclutamientos en los alrededores, y varios mensajeros a las ciudades; pero antes de que saliese de Tegea llegan los tebanos declarándole reconocen la independencia de las ciudades. De este modo tienen los lacedemonios que volverse a su población, después de haber obligado a entrar en el tratado a los tebanos y haberles hecho reconocer la independencia de las ciudades beocias. Los corintios no recogían tampoco su guarnición de Argos; pero Agesilao les anuncia que si no se retiran, y a los argivos que si no salen de Corinto, les declarará a todos la guerra. Apodérase el miedo de ambas partes, y se retiran los argivos, volviendo a tomar Corinto su antiguo gobierno, pues los autores de los degüellos y sus cómplices se deciden voluntariamente a abandonar la ciudad, y los demás ciudadanos llaman con placer a los expatriados.
Después que tiene lugar todo esto, y cuando las ciudades se han obligado por juramento a observar la paz dictada por el rey, licéncianse los ejércitos de mar y tierra. Celebran de este modo su primera paz los lacedemonios, los atenienses y los aliados[183], después de la guerra que siguió a la demolición de los muros de Atenas. Los lacedemonios, después de haber hecho inclinar a su parte las ventajas durante la guerra, consíguenlas mayores con la paz, pues no solo fueron los promovedores de esta cerca del rey y obtuvieron la independencia de las ciudades, convirtieron a Corinto en aliada y libertaron a las ciudades beocias de la dominación tebana, cosa que deseaban desde largo tiempo, sino que además hicieron cesar la ocupación de Corinto por los argivos, amenazándoles con la guerra si no se retiraban de dicha ciudad.
CAPÍTULO II.
Aunque todo hubiera salido a medida de su deseo, los lacedemonios son de parecer de castigar a aquellos de sus aliados que durante la guerra se han pasado a sus contrarios, o han mostrado más benevolencia hacia sus enemigos que hacia Lacedemonia, para quitarles de este modo los medios de una nueva defección. Envían primeramente a los mantineos la orden de demoler sus muros, diciendo que no pueden asegurar de otra manera su fidelidad, pues pretenden estar ciertos de que enviaron trigo a los argivos cuando estos se hallaban en guerra con Lacedemonia, que a menudo rehusaban tomar parte en las expediciones, a pretexto de la tregua sagrada, y que si les acompañaban hacían mal el servicio. Añadían también que no ignoraban su envidia cuando alcanzaban alguna victoria los espartanos, y su gozo cuando sufrían alguna derrota. Recuérdase asimismo que la tregua de treinta años, concertada después de la batalla de Mantinea, ha terminado en este mismo año. Rehúsan los mantineos demoler sus muros, por lo cual decrétase contra ellos una expedición[184]. Agesilao suplica a la ciudad se le dispense de dirigir esta expedición, pues la ciudad de Mantinea había prestado grandes servicios a su padre en las guerras de Mesenia; por lo cual se nombra jefe de ella a Agesípolis, a pesar de los lazos de amistad que había tenido su padre con los principales de Mantinea.
Apenas ha llegado a este país lo entrega al saqueo; sin embargo, como a pesar de esto los mantineos no demolían sus muros, hace excavar un foso alrededor de la ciudad, empleando en este trabajo la mitad de sus tropas, mientras la otra mitad está sobre las armas protegiendo a los trabajadores. Una vez terminado este foso, podía ya con plena seguridad levantar un contramuro alrededor de la ciudad; pero al saber que hay en ella mucho trigo, por haber sido muy fértil el año precedente, cree que corre el riesgo de arruinar a Lacedemonia y a los aliados con largas campañas, y corta el río que pasa por la ciudad y que era bastante considerable. Hallándose así obstruido el curso del río, el agua retrocede y se extiende sobre los cimientos de las casas y de la muralla; luego que se mojan los ladrillos de la parte inferior, no pueden sostener el peso de los de arriba y principia el muro a hundirse, y finalmente se derrumba. Intentan los sitiados, durante algún tiempo, apuntalarlo con maderos, e imaginan varios medios para que no caiga la torre; pero vencidos por las aguas y temiendo que una vez haya caído la muralla sean tomados por asalto, consienten en arrasar sus muros. Los lacedemonios rehúsan entonces tratar con ellos, sino con la condición de repartir su población entre las inmediatas, y las mantineos, viendo que no pueden evitarlo, se muestran prontos a hacerlo.
Los partidarios de Argos y los principales de la población juzgaban se les condenaría a muerte; pero Agesípolis consiente, a instancias de su padre, en dejarles salir de la ciudad completamente seguros, en número de sesenta. Los lacedemonios, con la lanza en la mano, se colocan para verlos salir a ambos lados de las puertas de la ciudad, y a pesar de su odio, dicho sea como una gran prueba de disciplina, les cuesta menos trabajo el abstenerse de ofenderles que a los oligarcas mantineos. Después hacen arrasar el muro y reparten en cuatro barrios la población de Mantinea, conforme estaba dividida en otro tiempo. Apesadúmbrales este cambio en los primeros momentos, porque era preciso derribar las casas que poseían y levantar otras; pero al ver los propietarios que permanecen de este modo más cercanos a sus tierras, que se hallaban junto a los suburbios, que dominarán con el gobierno aristocrático, y que de este modo se verán libres de los turbulentos demócratas, concluyen por regocijarse de lo sucedido. Los lacedemonios no les mandan un solo oficial para todos, sino uno para cada barrio; y los mantineos, bajo su nueva constitución, toman parte más activa en la guerra que bajo la democracia. He aquí lo que sucedió en Mantinea; esto puede servir de experiencia para que no se deje pasar nunca un río por dentro las murallas.
Cuando los fugitivos de Fliunte saben que los lacedemonios examinaban la conducta retrospectiva de sus aliados durante la guerra, consideraron la ocasión oportuna y se dirigieron a Lacedemonia, recordando a los espartanos que mientras estuvieron ellos en su patria, la ciudad les recibió siempre dentro de sus muros y los habitantes estuvieron siempre dispuestos a acompañarles en guerra donde quisieron, y que después de haber sido arrojados de su población, en cosa alguna querían obedecerles, y eran los únicos a quienes se rehusaba la entrada en la población. Al oír esto los éforos, juzgan digno de observación su parecer, y envían a decir a los fliasios que siendo amigos de Lacedemonia, sus desterrados no habían merecido esta pena, y por lo tanto, parecíales oportuno fuesen llamados voluntariamente por la ciudad, mejor que hacérselos llamar a la fuerza. Los fliasios, después de oír este mensaje, temen que si marchan contra ellos los lacedemonios, haya algunas personas dentro de la ciudad que les introduzcan, y efectivamente, contaban en ella los expatriados buen número de parientes y partidarios, y además hallábanse en ella, como sucede en casi todas las ciudades, bastantes individuos que deseaban un cambio en la cosa pública, así como el levantamiento del destierro a los expatriados. Por todo lo cual decretan sean nuevamente admitidos los desterrados y se les devuelvan los bienes cuya propiedad se pruebe, indemnizando a los actuales poseedores con fondos del tesoro público, y para el caso de sobrevenir algún litigio, que se decida en justicia. He aquí lo que sucedió durante este tiempo, relativamente a los desterrados fliasios.
Llegan a Lacedemonia mensajeros de Acanto y Apolonia, las dos ciudades más importantes de las cercanías de Olinto. Introducidos en la asamblea y ante los aliados, después de haber visto a los éforos, el acantio Clígenes dice:
«Espartanos y aliados: creemos ignoráis algo de lo que sucede en Grecia. Bien sabéis vosotros todos que Olinto es la mayor ciudad de Tracia; los olintios han principiado por apoderarse de algunas ciudades, y después de someterlas les han impuesto sus leyes y su constitución: más tarde han dominado en ciudades más importantes, después de lo cual han procurado desligar de la dominación de Amintas, rey de Macedonia, a las ciudades de esta región, y después de haber persuadido a las más cercanas, se han dirigido igualmente hacia las más distantes y poderosas: nosotros mismos les hemos dejado en posesión de gran número de ciudades, entre ellas de Pela, la más importante de todas las de Macedonia, y hemos sabido que el mismo Amintas habíase visto obligado a abandonar su capital, y que poco falta para que no se vea arrojado de toda Macedonia. Nos han enviado también muy a menudo diputados para anunciarnos a los acantios y apolonios, que si no juntamos nuestras tropas a las suyas, nos declararán la guerra. Nosotros, oh lacedemonios, queremos conservar nuestras antiguas leyes y nuestro gobierno nacional; pero si nadie viene a prestarnos su auxilio, tendremos necesariamente que unirnos a ellos: tienen ya más de ocho mil peltastas, y si tenemos que unir nuestras fuerzas a las suyas, tendrán más de mil caballos. Hemos dejado allí diputados atenienses y beocios, y hemos sabido que habían decretado también los olintios enviar mensajeros a esas repúblicas para negociar una alianza. Si dicha fuerza se junta a la de los atenienses y tebanos, ya podéis comprender, añaden, qué invencible poder adquirirán vuestros enemigos. Se han apoderado ya de Potidea, en el istmo de Palene; juzgad si tardarán mucho en someter todas las ciudades que están aquende el mismo. Una prueba de cuánto temor inspiran a todas aquellas ciudades es, que a pesar del odio que sienten todos hacia los olintios, no se han atrevido a enviar diputados con nosotros para enteraros de cuanto sucede.
»Reflexionad también si sois consecuentes, después de haber procurado con tanto interés que las ciudades de Beocia no estén reunidas bajo el poder de un solo jefe, dejando ahora se forme un poder mucho mayor, y que amenaza aumentar cada día, no solo por tierra, sino también por mar. ¿Qué obstáculo podría, en efecto, hallarse para ello en un país que posee en abundancia maderas de construcción, ingresos de grande importancia en los mercados, y una numerosa población favorecida por la fertilidad del suelo? Además, este país hállase inmediato al de los tracios independientes, que ya actualmente se muestran con ellos muy deferentes: si este pueblo cayera también bajo su dominación, adquirirían mucha mayor fuerza y poder, sin contar con que, una vez dominados los tracios, las minas de oro del Pangeo se ofrecerán a su vista. Y nada de cuanto os decimos ha dejado de repetirse mil y mil veces en la asamblea popular de los olintios. ¿Quién podría decir hasta dónde llegan sus pretensiones? porque parece, en efecto, que el dios haya querido fuesen aumentadas las pretensiones de los hombres a medida que va en aumento su poder.
»Venimos, pues, lacedemonios y aliados, a participaros el estado en que se hallan nuestros asuntos: ahora vosotros deliberaréis si os parecen dignos de atención. Es preciso, sin embargo, que sepáis que esta grande fuerza de que os hemos hablado no es en modo alguno inatacable, porque, en efecto, todas las ciudades a las cuales se ha impuesto un gobierno que detestan, le abandonarán así que vean oponérsele un partido importante; pero si se les deja el tiempo de unirse estrechamente por los lazos del matrimonio y por las adquisiciones que han decretado, y de ver que puede sacarse provecho siendo del partido del más fuerte, como sucede a los arcadios cuando os acompañan, pues aseguran sus bienes y se apoderan de los de los enemigos, entonces este poder será menos fácilmente abatido.»
Después de haber dicho esto, invitan los lacedemonios a los aliados para que den su parecer en el mejor sentido para el Peloponeso y para los aliados, y un gran número de ellos, principalmente los que quieren dar gusto a los lacedemonios, se declaran por la expedición, decidiéndose que cada ciudad enviará su contingente para un ejército de diez mil hombres, permitiéndose también a las ciudades el que den dinero en lugar de hombres, a razón de un trióbolo de Egina[185] por individuo, y las que tienen que proporcionar caballería pagarán por cada soldado de ella el sueldo de cuatro hoplitas. Apruébase asimismo que si alguna ciudad falta al llamamiento, podrán condenarla los lacedemonios a la indemnización de un estatero[186] diario por individuo.
Convenidos estos extremos, levántanse los acantios y hacen nuevamente uso de la palabra para declarar que ciertamente son muy buenas estas condiciones, pero que no son susceptibles de la prontitud que el asunto reclama. Añaden que valdría más que mientras se verifican estos preparativos partiese al instante un jefe con todas las fuerzas disponibles en Esparta y en las ciudades aliadas, y que al obrar así, las ciudades que aún no se hubiesen unido a los olintios, no llegarían a realizarlo, y que las que lo estuviesen ya, les prestarían un auxilio más débil. Prevalece igualmente esta opinión, y envían los lacedemonios a Eudámidas con los neodamodes y unos dos mil periecos y esciritas[187].
Eudámidas, antes de marchar ruega a los éforos den a su hermano Fébidas orden para reunir el resto de las tropas que no se le habían aún juntado, y para conducirlas. Así que llega a las comarcas fronterizas de Tracia, envía guarniciones a las ciudades que las desean, y ocupa a Potidea, que se entrega voluntariamente, pues desde largo tiempo era aliada de los lacedemonios, y de allí verifica varias excursiones, haciendo la guerra en cuanto se lo permite la exigüidad de sus fuerzas.
Fébidas, después de reunir las tropas que no se habían podido juntar a Eudámidas, colocándose a su cabeza, se pone en marcha. Llegado a Tebas, acampa fuera de la ciudad, no lejos del gimnasio. Hallábanse en disensión los tebanos: los dos polemarcas Ismenias y Leontíades eran enemigos y estaba cada uno al frente de su partido. Ismenias, por odio a los lacedemonios, no visitó siquiera a Fébidas; pero Leontíades le agasaja, y cuando hubo intimado con él, le dice:
—«Fébidas, hoy puedes prestar el mayor servicio a tu patria, pues si quieres seguirme con tus hoplitas, te introduciré en la acrópolis, y una vez te hayas apoderado de ella, puedes estar seguro de que Tebas se hallará completamente bajo el poder de los lacedemonios y de nuestro partido, que os es enteramente afecto. En verdad que ahora, como ves, ha sido pregonada la prohibición a todo tebano para acompañarte contra los olintios; pero si nos ayudas a llevar a cabo nuestros planes, enviaremos contigo gran número de hoplitas y caballos; de manera que conducirás numerosos refuerzos a tu hermano, y mientras este procura apoderarse de Olinto, tú te habrás hecho dueño de Tebas, ciudad mucho mayor que aquella.»
Deslúmbrase Fébidas ante este discurso, pues prefería a la misma vida cualquier brillante proeza; bien es verdad que no tenía fama de muy razonable ni muy sensato. Luego que ha consentido en ello, Leontíades le dice que emprenda la marcha como si fuese ya su partida definitiva, y cuando sea oportuno, le dice, me juntaré a ti y te serviré de guía. La asamblea tenía lugar en este momento bajo los pórticos de la plaza pública, pues las mujeres celebraban las Tesmoforias en la Cadmea; era en verano y a la hora del mediodía, por lo cual las calles se hallaban desiertas. Leontíades, saltando entonces a caballo, hace retroceder a Fébidas y le conduce a la acrópolis. Después de haber establecido allí a Fébidas y a sus tropas, le entrega las llaves de las puertas y le recomienda no deje entrar a nadie sin orden suya, y se dirige al senado. Llegado allí, dice:
«Ciudadanos: los lacedemonios ocupan la acrópolis: no os asustéis por ello, pues declaran no tratarán como enemigo al que no quiera la guerra. Pero yo, en virtud de la ley que permite al polemarca prender a todo hombre cuya conducta merezca la muerte, hago prender a Ismenias, aquí presente, como fautor de la guerra. Vosotros, pues, capitanes de las cohortes, y todos los restantes a quienes esto incumbe, levantaos, apoderaos de este hombre y conducidle al lugar convenido.»
Estos, que habían recibido anticipadamente sus instrucciones, obedecen y se apoderan de Ismenias: en cuanto a aquellos que nada saben y que pertenecen al partido opuesto a Leontíades, unos huyen inmediatamente de la ciudad por temor de que se les condene a muerte, y los otros se dirigen primero a sus casas, y al saber que Ismenias está preso en la Cadmea, se refugian en Atenas en número de unos trescientos, todos ellos partidarios de Androclidas e Ismenias. Después de haber hecho todo esto, eligen un nuevo polemarca para la vacante de Ismenias, y Leontíades se dirige inmediatamente a Esparta. Encuentra allí a los éforos y al pueblo fuertemente irritado contra Fébidas, porque ha obrado en todo eso sin conocimiento del gobierno. Sin embargo, Agesilao dice que si su conducta ha sido funesta a los intereses de Lacedemonia, debe ser castigado; pero que si ha sido ventajosa para la ciudad, es costumbre muy antigua poder tomar a su cuenta y riesgos tales golpes de mano. «Se trata, pues —dice—, de averiguar si son favorables o contrarios para Lacedemonia estos sucesos.» Presentándose entonces Leontíades ante los miembros del senado, les dice:
«Ciudadanos lacedemonios: antes de los actuales sucesos conocíais y censurabais los hostiles sentimientos que hacia vosotros abrigaban los tebanos, pues les veíais siempre amigos de vuestros adversarios y enemigos de vuestros aliados. ¿No rehusaron, acaso, seguiros en vuestra expedición contra el pueblo del Pireo, vuestro más acérrimo enemigo? ¿No hicieron también la guerra a los focidios porque los veían favorablemente dispuestos a vosotros? Y ahora, ¿no acaban de concertar una alianza con los olintios, porque sabían os dirigíais contra ellos? Siempre teníais en la mente la posibilidad de que se apoderaran violentamente de Beocia para sujetarla a su dominio, mientras que ahora, después de lo que ha ocurrido, nada tenéis ya que temer de los tebanos, y bastará mostréis una pequeña escítala[188] para que veáis cumplimentadas allí vuestras órdenes, si queréis interesaros por nosotros como nosotros nos interesamos por Esparta.»
Después de oído este discurso, determinan los lacedemonios conservar la acrópolis, ya que se halla en su poder, y hacer juzgar a Ismenias, para cuyo objeto mandan tres jueces lacedemonios y uno por cada ciudad aliada, así de las grandes como de las pequeñas. Una vez reunido este tribunal, se acusa a Ismenias de haber sostenido relaciones con los bárbaros; de estar ligado por la hospitalidad con el rey de Persia, en daño de Grecia; de haber aceptado dinero del rey, y de haber sido autor con Androclidas de las turbulencias de las ciudades griegas. Defiéndese Ismenias de todos estos cargos; pero no puede, sin embargo, probar que no alimente grandes y perniciosos designios, y es condenado a muerte, sufriendo inmediatamente su pena. Leontíades y sus partidarios quedan dueños de la ciudad y conceden a los lacedemonios más de lo que estos deseaban.
Terminado así este asunto, continúan con vigor su expedición contra Olinto. Envían como harmosta a Teleutias, con el contingente que del reclutamiento de diez mil hombres deben proporcionar, y remiten además a las ciudades aliadas las escítalas que ordenan seguir a Teleutias, según el decreto acordado por los aliados. Son generalmente obedecidos, a causa de la fama que tenía de no ser ingrato con los que le complacían; y como era hermano de Agesilao, mostró gran celo la ciudad de Tebas en enviarle hoplitas y caballos. Teleutias, sin embargo, avanzaba con lentitud, porque procuraba no causar en su marcha daño alguno a los países aliados y reunir cuantas fuerzas pudiese. Envía anticipadamente mensajeros a Amintas, diciéndole que si desea reconquistar su reino debe reclutar mercenarios y sembrar a manos llenas el dinero entre los reyes vecinos, con el fin de hacérselos aliados. Hace decir también a Derdas, gobernador de Elimia, que los olintios han sometido ya la parte más considerable de Macedonia, y que no retrocederán ante la más pequeña si no hay quien haga cesar sus violencias.
Mientras toma todas estas medidas, llega al país aliado al frente de un numeroso ejército. Una vez en Potidea, reúne todas sus fuerzas y avanza por el territorio enemigo. Dirigiéndose a la ciudad, no incendia ni devasta la comarca, convencido de que haciéndolo se crearía grandes obstáculos, así para su marcha como para su retirada, mientras que cuando de ella se aleje será el momento oportuno para cortar los árboles, y con ello impedir la marcha de los que le persigan. Cuando llega a unos diez estadios de la ciudad, hace descansar sobre las armas a sus tropas; y como mandaba el ala izquierda, dirígese él mismo contra las puertas por donde debía salir de la ciudad el enemigo: el resto de la falange de los aliados formaba el ala derecha. Había también dispuesto a la derecha la caballería lacedemonia, la de los tebanos y la de los macedonios que se le habían unido. Había conservado, sin embargo, a su lado a Derdas y su caballería, en número de unos cuatrocientos, así porque la tenía en mucho aprecio, como por hacerse agradable a Derdas prestándole un servicio que había de complacerle.
Cuando han salido los enemigos y están formados en batalla al pie de sus muros, reunida toda su caballería, se arroja sobre los lacedemonios y beocios. Policarmo, comandante lacedemonio, es arrojado de su caballo y recibe en el suelo numerosas heridas; otros son muertos, y por fin vuelve grupas la caballería del ala derecha. Al ver la derrota de esta, cede también la infantería, y todo el ejército corría el riesgo de ser vencido, si Derdas a la cabeza de su caballería no se hubiese dirigido al galope hacia las puertas de Olinto; síguele también Teleutias con su división en buen orden. La caballería olintia, al apercibirse de este movimiento, y temiendo se le cierren las puertas, da media vuelta y se retira a toda prisa. Mata entonces Derdas a gran número de ellos, mientras pasaban ante él a escape, y la infantería olintia se retira también dentro de los muros sin haber experimentado muchas bajas por la proximidad de la muralla. Teleutias, después de levantar un trofeo y haber hecho constar esta victoria, se retira cortando los árboles.
Tal fue la expedición que verificó en este verano; después licencia las tropas macedonios y las de Derdas. Los olintios hacen, sin embargo, frecuentes excursiones contra las ciudades aliadas a los lacedemonios, devastan su territorio y matan a sus habitantes.
CAPÍTULO III.
Así que comienza la primavera[189], la caballería olintia, en número de unos seiscientos hombres, verifica una excursión hacia Apolonia en mitad del día, y se disemina por la campiña para saquearla: aquel día Derdas y su caballería habían llegado a Apolonia y se hallaban tomando el almuerzo. Cuando se apercibe aquel de esta correría, da orden a su gente para que armados y con los caballos enjaezados se mantengan a la expectativa; y cuando ve que los olintios avanzan con seguridad completa hasta los suburbios y las mismas puertas de la ciudad, sale al frente de su caballería en correcta formación. Así que le distingue el enemigo, emprende la fuga; mas él no se contenta con esto, sino que le persigue unos noventa estadios[190] sin cesar de matarle gente, hasta los mismos muros de Olinto: dícese que les mató unos ochenta caballeros. Permanecen desde entonces los enemigos encerrados dentro de sus muros y sin cultivar más que una pequeñísima parte de su territorio. Algún tiempo después, Teleutias dirigíase contra la ciudad de Olinto, a fin de destruir los árboles que habían quedado en pie y los trabajos de cultivo de los enemigos, cuando la caballería olintia avanza silenciosamente contra los lacedemonios, a cuya vista Teleutias, indignado por su audacia, ordena a Tlemónidas, jefe de los peltastas, se arroje sobre ellos a paso de carga. Los olintios, al verse atacados por los peltastas, vuelven la espalda, retíranse en buen orden, y vuelven a pasar el río; y los que les siguen, creyendo habérselas con fugitivos, persíguenles con grande audacia y se disponen también a atravesar el río; pero entonces la caballería olintia, aprovechando el momento en que acaban los peltastas de atravesar el río y les ofrecen un inmenso flanco, se vuelve, y cargando sobre ellos, matan al mismo Tlemónidas y a más de ciento de sus soldados. Teleutias, al conocer lo sucedido, monta en cólera, coge sus armas, y dirigiéndose hacia adelante con sus hoplitas, ordena a los caballeros y peltastas persigan sin tregua al enemigo. Gran número de ellos, cumpliendo sus órdenes, avanzan hacia las murallas más de lo que la prudencia exige, y tienen que retirarse con grandes pérdidas; y otros, alcanzados por las flechas arrojadas desde las torres, tienen que replegarse desordenadamente para ponerse a cubierto de los proyectiles. Cargan entonces los olintios con su caballería, apoyada por los peltastas, y últimamente los mismos hoplitas salen de la ciudad y se arrojan sobre la falange desordenada. Perece Teleutias combatiendo, y al momento ceden las tropas; nadie hace resistencia, y se declaran todos en fuga: unos procuran refugiarse en Espartolo, otros en Acanto o en Apolonia, y gran parte en Potidea. Persíguenles en todos sentidos los vencedores, y dan muerte a gran número de hombres de los más útiles al ejército.
Paréceme que tales desgracias deben enseñar a los hombres, y servirles para comprender que no se debe castigar mientras se está encolerizado, ni siquiera a los esclavos, porque a menudo ha sucedido que, arrastrados los dueños por la pasión, se han atraído a sí mismos mayores desventuras de las que a los demás han ocasionado. Pero sobre todo en la guerra, es una falta, muchas veces irreparable, el obrar siguiendo las inspiraciones de la cólera. La cólera, en efecto, es imprevisora, mientras la reflexión procura hallar con igual cuidado los medios de evitar un desastre, que los necesarios para perjudicar al enemigo.
Los lacedemonios, después de saber esta noticia, celebran consejo y deciden mandar fuerzas considerables para abatir la soberbia de los vencedores y no hacer inútiles cuantas ventajas hasta entonces se habían conseguido. Pensando de esta suerte, envían como general al rey Agesípolis, designándole también treinta espartanos, como se había hecho cuando la expedición de Agesilao a Asia. Muchos periecos, gente esforzada, así como buen número de extranjeros de los que se llaman trófimos y algunos bastardos espartanos bien reputados y que habían ejercido elevados cargos en la ciudad, le siguen como voluntarios. También proporcionan voluntarios las ciudades aliadas, alistándose también como tales algunos caballeros tesalios que querían hacerse conocer y apreciar por Agesípolis, y finalmente Amintas y Derdas muestran mayor actividad que la primera vez. Después de disponerlo todo, Agesípolis parte para Olinto.
La ciudad de los fliasios, que había merecido los elogios de Agesípolis a causa de la prontitud con que había proporcionado grandes cantidades para esta expedición, creyendo que hallándose ausente Agesípolis no se dirigirá Agesilao contra ella, pues no había sucedido nunca que estuviesen los dos reyes ausentes al mismo tiempo de Esparta, se atreve a no conceder justicia a los desterrados que han regresado a su patria, pues estos, en efecto, pedían fuesen decididos los puntos en litigio por un tribunal imparcial; pero los ciudadanos quieren sea juzgada su querella por la misma ciudad. Reclaman aquellos, alegando que no puede haber verdadera justicia si una de las partes litigantes ha de decidir como juez; pero no se les escucha, por lo cual se dirigen entonces a Lacedemonia para quejarse del gobierno de su ciudad: acompáñales asimismo cierto número de habitantes de Fliunte, que afirman se les considera por gran número de ciudadanos como verdaderas víctimas de la injusticia, por lo cual, irritada la ciudad, condena a todos los que se han dirigido a Esparta sin misión alguna del estado. Estos no se apresuran a volver a su patria; antes por el contrario, permanecen en Lacedemonia e informan a los de esta ciudad de que los que cometen estas violencias son los mismos que les han desterrado y cerrado las puertas a las tropas espartanas, que han comprado sus bienes y emplean la violencia para conservarlos, habiendo encontrado por fin el medio de hacerles castigar por haberse dirigido a Lacedemonia, a fin de que nadie, en lo futuro, se atreva a revelarles lo que pasa en su ciudad.
Creyendo los éforos que, en efecto, se cometía allí injusticia, declaran la guerra a los fliasios, cosa que no disgustó a Agesilao, pues la familia de Podánemo, desterrada en la actualidad, estaba unida con su padre Arquidamo por los lazos de la hospitalidad, y él mismo lo estaba con la familia de Procles, hijo de Hipónico. Terminados los sacrificios de la marcha, emprende la campaña, a pesar de que varias diputaciones marchan a su encuentro ofreciéndole grandes cantidades para evitar la invasión: contesta a todos que no se dirige allí para cometer injusticias, antes al contrario, para proteger a los que de ellas son víctimas. Por fin afirman los fliasios se hallan dispuestos a hacer cuanto quiera, rogándole suspenda su expedición; pero él les contesta que no puede creer solo en sus palabras, pues otras veces le han engañado y necesita, por lo mismo, una garantía efectiva. Habiéndole preguntado cuál era la garantía que exigía, contesta: «La misma que nos disteis otra vez sin que hubieseis padecido perjuicio alguno: el entregarnos la acrópolis.» No habiendo accedido a su petición, invade el país y rodea su ciudad con obras de fortificación, dejándola completamente sitiada. Gran número de lacedemonios repiten, sin embargo, que por algunas personas se enajena una ciudad de más de cinco mil almas, y en realidad, para ponerlo más de relieve, los fliasios celebraban sus asambleas a la vista del ejército, por lo cual Agesilao ideó el siguiente medio para contrarrestar este reproche. Cada vez que salía alguien de la ciudad, atraído por la amistad o por la parentela de los desterrados, hace preparar comidas públicas como las de Esparta y dar alimentos suficientes a cuantos quieren tomar parte en los ejercicios; ordena asimismo se les procure toda clase de armas sin retroceder ante ningún gasto. Ejecútanse sus órdenes, y de este modo se forma un cuerpo de más de mil hombres robustos, disciplinados y bien armados; de manera que llegan los lacedemonios a desear por compañeros de armas a estos soldados.
En estas cosas empleaba su actividad Agesilao. Mientras tanto, Agesípolis, saliendo de Macedonia, sitúase con sus tropas frente a Olinto: pero viendo que nadie sale a atacarle, se ocupa en devastar cuanto ha sido hasta entonces respetado en su territorio, y destruye las mieses de las comarcas aliadas, así como cayendo sobre Torone, se apodera de ella por asalto. Hallábase en esto, cuando es atacado por una ardiente fiebre, propia de la estación canicular en que se encontraban; y habiendo visto por la mañana el templo de Dioniso en Afitis[191], entrole el deseo de gozar de la sombra de sus cuevas y de sus aguas límpidas y frescas: transpórtasele aún con vida, pero muere fuera del templo, una semana después de haber caído enfermo. Su cuerpo, cubierto de miel, es llevado a su patria, donde recibe sepultura real.
Agesilao, al saber esta noticia, no demuestra que ha perecido un rival, antes derrama abundantes lágrimas y echa de menos su compañía, pues en Esparta los reyes habitan juntos cuando en ella se encuentran. Agesípolis y Agesilao confiábanse a menudo las confidencias más intimas sobre su juventud, sus cacerías, sus caballos y sus amores, y además, mientras vivían juntos, mostrábale el último gran respeto, pues era mayor en edad. Envían en su lugar los lacedemonios en calidad de gobernador contra Olinto a Polibíades.
Agesilao había dejado ya trascurrir el tiempo prudencial que se había fijado para la duración de las provisiones en Fliunte, pues tal es el dominio que sobre los apetitos puede tenerse que los fliasios, habiendo decretado entregar la mitad del trigo que antes se daba a todo el mundo, al ejecutar esta resolución, pudieron sostener el sitio durante doble tiempo del que se había presumido. Y tal es también la superioridad de la audacia sobre la timidez, que cierto Delfión, que pasaba por hombre distinguido, al frente de trescientos fliasios pudo dominar el influjo de los que deseaban la paz, y retener en la cárcel a los individuos de quienes desconfiaba; pudo asimismo obligar al pueblo a montar las guardias y asegurarse de su fidelidad vigilándole constantemente. A menudo verificaba salidas con sus partidarios más decididos, y rechazaba las guardias de diferentes puntos de las fortificaciones enemigas. Sin embargo, cuando a pesar de todos sus arbitrios esos hombres tan decididos no pudieron hallar víveres en parte alguna de la ciudad, pidieron una tregua a Agesilao para enviar una comisión a Esparta, pues habían determinado entregar a discreción la ciudad a los lacedemonios.
Irritado Agesilao de que no le consideren con autoridad suficiente para ello, halla medio para que sus amigos de Esparta obtengan se le deje árbitro de la suerte de Fliunte, y entonces accede a dejar paso franco a aquella comisión. Redobla, sin embargo, la vigilancia en las guardias para que nadie pueda salir de la ciudad, pero a pesar de todas estas precauciones, Delfión, y con él un esclavo estigmatizado que había sustraído gran cantidad de armas a los sitiadores, consiguen escapar durante la noche. Cuando los diputados vuelven de Esparta con la noticia de que esta da sus más amplios poderes a Agesilao respecto a lo que debe hacerse con la ciudad, decide aquel que cincuenta desterrados y cincuenta sitiados sean los que han de manifestar quiénes deban conservar la vida o perecer de entre los sitiados, y que más adelante establecerá las leyes según las cuales deban gobernarse. Mientras ejecutan sus órdenes, deja una guarnición en la ciudad con el sueldo de seis meses, después de lo cual licencia a los aliados y regresa a Esparta con sus conciudadanos. Así terminó la expedición a Fliunte, después de haber durado un año y ocho meses.
Polibíades, por su parte, acosaba vivamente por el hambre a los olintios, pues no podían recibir por tierra ni introducir por mar alimento alguno, obligándoles con esto a enviar una diputación a Lacedemonia para tratar de la paz. Danse a los enviados amplios poderes, y celebran allí un tratado, obligándose a reconocer por amigos o por enemigos a los que lo sean de Lacedemonia, a seguir a todas partes donde quieran conducirles los espartanos, y a ser sus aliados. Después de haber jurado permanecer fieles a estas condiciones, regresan a su país.
Todo favorecía a los lacedemonios: hallábanseles completamente sometidos los tebanos y beocios; afectos y bien dispuestos los corintios; humillados los argivos, después de haber visto que el pretexto de los meses sagrados de nada les servía; de todos abandonados los atenienses, y castigados cuantos aliados a Esparta no habían sido enteramente fieles: de ahí que todo parecía indicar para ellos una gloriosa y duradera dominación.
CAPÍTULO IV.
Podría citarse en la historia de Grecia y en la de los bárbaros gran número de hechos que prueban que los dioses tienen en cuenta así a los hombres religiosos como a los impíos; pero solo referiré lo que atañe a mi objeto. Los lacedemonios habían jurado respetar la independencia de las ciudades, y, a pesar de esto, se habían apoderado de la acrópolis de Tebas, por lo cual fueron castigados por las mismas víctimas de su injusticia, ellos, que no habían sido sometidos jamás a ningún hombre y bastaron siete desterrados para destruir el poder de los ciudadanos que les habían introducido en la acrópolis y habían querido poner a su patria bajo la dominación de los lacedemonios a fin de poder ejercer la tiranía. Voy a relatar cómo sucedió todo esto.
Había en Tebas[192] un cierto Fílidas que hacía de secretario de Arquias y de los demás polemarcas, y que aparentemente les había prestado grandes servicios. Habiendo ido este hombre a Atenas para algunos asuntos, se encontró con Melón, sujeto muy conocido y que era uno de los tebanos allí refugiados. Informado este por Fílidas de la tiranía ejercida por el polemarca Arquias y por Filipo, comprende que la situación de la patria le es tan odiosa a Fílidas como a él mismo. Danse, pues, garantías recíprocas de su fidelidad, y conciertan el plan que debe seguirse. Melón inmediatamente se une a otros seis desterrados, los más a propósito para sus designios, y no les hace tomar otras armas que sus puñales. Principian por entrar de noche en el territorio tebano, y después de haber pasado el día en un lugar enteramente desierto, se acercan a las puertas de la ciudad como si volviesen del campo, a la hora en que dejan su trabajo los más rezagados. Luego que entran en la ciudad, pasan la noche en casa de un ciudadano llamado Carón, y allí permanecen todo el día siguiente. Fílidas se hallaba ocupado en arreglarlo todo para que celebrasen los polemarcas las Afrodisias[193] antes de ser relevados de sus cargos; habíales dicho hacía largo tiempo que les llevaría las mujeres más hermosas y amables de Tebas, y les dice entonces que aquel día cumplirá su palabra, pues querían, según sus gustos, pasar una noche agradable. Terminada la cena, y cuando principian a hallarse ebrios a causa de las incitaciones de aquel, sale para cumplir la orden de llevarles las heteras[194], y vuelve acompañado de Melón y sus compañeros, de los cuales, tres iban disfrazados de dueñas y los otros de sirvientas. Después de haberles introducido en la antecámara del polemarca, entra y dice a Arquias que las mujeres rehúsan entrar si hay en la sala algún criado, por lo cual dan inmediatamente la orden para que todos se retiren, y Fílidas, dando vino a los esclavos, les manda se recojan en la habitación de uno de ellos. Introduce entonces a las heteras y hace sentar una al lado de cada hombre. Se había convenido que después de sentarse y al quitarse el velo, les darían de puñaladas. He aquí, según se dice, cómo perecieron los polemarcas, aunque otros aseguran que entraron como convidados los amigos de Melón, y los mataron.
Tomando luego Fílidas tres de los conjurados, se dirige a casa de Leontíades y llama a la puerta, anunciándose como portador de una orden de los polemarcas. Hallábase aquel acostado solo, después de haber cenado, y su mujer hilaba sentada a su lado. Creyendo fiel a Fílidas, les hace entrar, y apenas introducidos, le degüellan, y obligan a su mujer con amenazas a guardar silencio: cuando salen, dicen que dejan cerrada la puerta y que si la encuentran abierta, matarán a cuantos están en la casa. Tomadas estas medidas, Fílidas se dirige con dos de los suyos a la cárcel, y dice al carcelero que por orden de los polemarcas conduce a un hombre para ser encarcelado; ábreles el carcelero, y después de darle muerte, ponen en libertad a los presos. Entréganles a toda prisa armas tomadas del pórtico y les conducen entonces al Anfión, donde les ordenan se conserven sobre las armas. Inmediatamente hacen pregonar a todos los tebanos, caballeros y hoplitas, pueden salir de sus escondrijos, pues han perecido ya los polemarcas. Mientras es de noche permanecen los ciudadanos en sus casas, resistiéndose a creer que sea verdad; pero cuando se hace de día y se ve la realidad de lo sucedido, júntanse a los conjurados así los hoplitas como los caballeros. Los desterrados envían emisarios montados a los que están en las fronteras de Atenas y a los dos generales, que acuden así que conocen el motivo por el que se les llama.
El gobernador de la acrópolis, así que conoce el pregón que ha tenido lugar durante la noche, pide refuerzos a Platea y Tespias, pero la caballería tebana, informada de la llegada de los plateenses, marcha a su encuentro y mata a más de veinte. Después de este encuentro, vuelven a la ciudad, y reunidos a los atenienses que habían llegado de las fronteras, atacan la acrópolis. Los que se hallaban en ella, conociendo su pequeño número, principian a sobrecogerse de miedo al ver el ardor de los que les atacan, excitados por las recompensas brillantes prometidas a los que asaltaran primero la fortaleza, y declaran la entregarán si se les permite salir libremente con sus armas. Concédeseles gustosamente lo que piden, y se les deja salir, después de haber celebrado una tregua y de haberse obligado con juramento a sostenerla. Pero mientras salen, se apoderan los tebanos de cuantos reconocen como enemigos y les condenan a muerte: algunos son secretamente ocultados por los atenienses que habían venido de las fronteras, y así consiguen salvarse; pero los tebanos se apoderan asimismo de los hijos de aquellos a quienes habían muerto, y les degüellan.
Luego que los lacedemonios conocen estos sucesos, condenan a muerte al gobernador, que había abandonado la acrópolis sin aguardar a que llegaran los refuerzos, y decretan una expedición contra los tebanos. Agesilao, declarando que hacía más de cuarenta años había pasado de la adolescencia, y demostrando que la ley en virtud de la cual los otros ciudadanos de esta edad no se hallan obligados a salir de la patria debe aplicarse igualmente a los reyes, se ve libre de dirigir la expedición. No era, sin embargo, este el motivo por el que deseaba permanecer en su patria, sino porque sabía que si mandaba esta invasión dirían sus conciudadanos que Agesilao creaba obstáculos al estado únicamente para favorecer tiranos, y por esto procuró amoldarse a las circunstancias. Los éforos, acosados por los tebanos que habían podido escapar de la matanza, envían en lo más fuerte del invierno a Cleómbroto[195], que dirigía por primera vez un ejército. Como el camino que pasa por Eléuteras se halla ocupado por Cabrias y los peltastas atenienses, toma Cleómbroto, para atravesar el monte, la vía de Platea; pero al avanzar los peltastas, se hallan en los picos a los prisioneros libertados, que guardaban el paso en número de unos ciento cincuenta. Mátanlos todos los peltastas, a excepción, acaso, de uno o dos, y Cleómbroto baja a Platea, ciudad aún afecta a los lacedemonios, y se dirige después a Tespias, de donde se dirige a Cinoscéfalas, ciudad tebana, para establecer allí su campamento. Permanece en ella unos diez y seis días, y regresa a Tespias, donde deja a Esfodrias como gobernador con la tercera parte del continente de los aliados, y le entrega todo el dinero que había sacado de su patria, ordenándole reclute mercenarios. Esfodrias ejecuta sus órdenes, y Cleómbroto toma el camino de Creusis y conduce a sus hogares a las tropas de su mando, no sabiendo aquellas si en efecto se estaba en guerra o no con los tebanos. Lo cierto es que había conducido su ejército al territorio tebano, y que volvía después de haberles hecho el menos daño posible. A su regreso, fue asaltado por un viento impetuoso, que interpretaron muchos como un funesto presagio para el porvenir. Este viento, que no le ocasionó poco destrozo, sorprendió al ejército después de salir de Creusis, mientras pasaba por el lugar en que la montaña costea el mar, y precipitó a él gran número de acémilas con sus bagajes y arrebató muchas armas, que cayeron también al mar. Finalmente, muchos de ellos, que no podían seguir la marcha con las armas, abandonaron en las cimas del monte sus escudos vueltos del revés y llenos de piedras para que no volasen. Comieron del mejor modo que pudieron en Egóstena de Mégara, y al día siguiente volvieron a buscar sus armas. Hecho esto, fuese cada cual a su casa, pues Cleómbroto había licenciado a sus tropas.
Viendo los atenienses el poderío de los lacedemonios, pues la guerra no está ya en Corinto, sino a las puertas del Ática, invadiendo Tebas, se dejan dominar de tal modo por el miedo, que citan a juicio a los dos generales que ocasionaron la conjuración de Melón contra Leontíades y su partido, condenando a muerte a uno de ellos y desterrando al otro, que no había esperado a saber el resultado del juicio.
Temiendo también los tebanos al poder lacedemonio si se hallan solos contra ellos en la guerra, recurren a la siguiente estratagema. Persuaden a fuerza de dinero al gobernador de Tespias, Esfodrias, que aparente invadir el Ática para que se origine con ello una ruptura entre atenienses y lacedemonios. Dócil Esfodrias a dichas instrucciones, aparenta querer apoderarse del Pireo, que se hallaba ya sin puertas, y parte de Tespias una mañana con sus soldados, después de haberles hecho comer, diciendo quiere llegar al Pireo antes de terminar el día. Llega en aquel mismo día a Tría y nada hace para ocultar su camino; pero tomando otra dirección, se apodera de los ganados y saquea las casas. Algunos de los que le habían encontrado durante la noche, habían huido hacia Atenas, donde habían anunciado la proximidad de un ejército formidable. Habíanse los atenienses armado a toda prisa, y tanto los de a pie como los de a caballo, custodiaban las puertas de la ciudad. Hallábanse en Atenas en aquella ocasión los embajadores lacedemonios Etimocles, Aristóloco y Ocilo, quienes estaban alojados en casa del próxeno Calias; préndenlos los atenienses después que reciben aquella noticia, y los vigilan cuidadosamente creyendo que han tenido parte en la trama; pero ellos quedan sorprendidos del suceso y se justifican diciendo que si hubiesen sabido que debían tomar el Pireo, no hubieran sido tan imprudentes para entregarse de este modo a los atenienses, y sobre todo en casa del próxeno, donde a cualquier momento podía hallárseles. Dicen además que pronto verán los atenienses que nada de ello sabía la ciudad, pues están seguros de que Esfodrias será condenado por Esparta. Se decide, pues, que ninguna participación tienen en el asunto, y se les pone en libertad. Por su parte, los éforos llaman a Esfodrias e intentan contra él una acusación capital: el temor le impide comparecer a la citación, es sentenciado, y a pesar de esta desobediencia, se le absuelve. Muchos encontraron en Lacedemonia esta sentencia como informada por una notoria injusticia. He aquí cuál fue su causa:
Esfodrias tenía un hijo llamado Cleónimo, que apenas había salido de la infancia y era el más bello y amable de los muchachos de su edad y el favorito de Arquidamo, hijo de Agesilao. Los amigos de Cleómbroto, que en su cualidad de íntimos de Esfodrias deseaban vivamente salvarle, temían a Agesilao y sus amigos, así como a los hombres imparciales, pues parecía que Esfodrias había cometido una grave falta. En dicha ocasión, Esfodrias díjole a Cleónimo: «Hijo mío, de ti depende el salvar a tu padre, rogando a Arquidamo me vuelva favorable al suyo para mi juicio.» Al oír estas palabras Cleónimo, se atreve a dirigirse a Arquidamo y le suplica sea el salvador de su padre. Al ver Arquidamo deshecho en llanto a Cleónimo, permaneciendo a su lado acompáñale en su llanto, pero cuando hubo oído su súplica le contesta: «Oh Cleónimo, has de saber que ni siquiera me atrevo a mirar cara a cara a mi padre, y que cuando quiero obtener algo en la ciudad, procuro recurrir a cualquier persona mejor que a él; pero sin embargo, ya que tú me lo ruegas, está seguro que emplearé todo mi valimiento para hacer esto por ti.» Vuélvese a su casa después de la comida pública y se entrega al descanso. Al día siguiente, apenas se levanta, se pone al acecho para que su padre no salga de casa sin que él se aperciba de ello. Así que le ve salir, deja que le aborden los ciudadanos, que se dirijan después a él los extranjeros, y aun cede el paso a los mismos esclavos que tienen algo que pedir, y por fin, cuando Agesilao volviendo de la orilla del Eurotas entra en su casa, se retira a sus habitaciones sin haberle dicho nada. Al día siguiente hace lo mismo; Agesilao sospecha el motivo de su presencia continua, pero no le interroga y le deja hacer. Por su parte Arquidamo deseaba, como era natural, ver a Cleónimo, pero no se atrevía a ir a su casa hasta que no hubiese hablado con su padre; y los amigos de Esfodrias, no viendo entrar a Arquidamo en la casa que antes frecuentaba, hallábanse en la mayor inquietud, y creían había sido rechazado por su padre encolerizado.
Por fin Arquidamo se decide a abordarle y decirle: «Padre mío, Cleónimo me ruega te suplique salves a su padre, y yo te lo ruego encarecidamente, si es posible.» Agesilao le contesta: «En cuanto a mí, te perdono la súplica que acabas de hacerme; pero ¿cómo obtendría yo el perdón de mi patria si no declaraba culpable a un hombre que se ha enriquecido a expensas de la ciudad?» Nada puede replicar Arquidamo, y se retira vencido por la evidencia de la justicia. Sin embargo, volvió de nuevo a la carga, ya espontáneamente, ya aguzado por otros, y dijo: «Padre mío, ya sé que absolverías a Esfodrias si no fuese culpable; pues bien, si ha cometido alguna falta, perdónale por amor a mí.» Agesilao le contesta: «Si esto debe sernos honroso, así se hará»; y él, al oír esto, se retira completamente descorazonado. Pero uno de los amigos de Esfodrias, hallándose de conversación con Etimocles, le dice:
—«Supongo que vosotros, los amigos de Agesilao, decidiréis todos la muerte de Esfodrias.»
A lo cual contesta Etimocles:
—«¡Por Zeus! entonces haríamos todo lo contrario de lo que desea él mismo, pues este repite a cuantos habla de este asunto que no puede negarse que sea culpable Esfodrias, pero sería muy cruel condenar a muerte a un hombre que ya desde niño, de adolescente y de hombre formal, ha llevado siempre la conducta más honrosa; sobre todo necesitando, en efecto, Esparta de soldados como él.»
Referidas estas palabras a Cleónimo, este, radiante de júbilo, se dirige inmediatamente a casa de Arquidamo, y le dice: «Ya sé lo que has hecho por nosotros, y por lo mismo has de saber que procuraré obrar de manera que nunca tengas que sonrojarte de mi amistad.» No mintió, pues durante su vida conservó en Esparta la conducta más ejemplar; y en Leuctra, donde combatió a la vista del rey, junto al polemarca Dinón, después de haber caído tres veces, fue el primero de sus conciudadanos que halló la muerte combatiendo a los enemigos. Esta pérdida afligió cruelmente a Arquidamo, pues según su promesa, Cleónimo no fue jamás para él un motivo de vergüenza, sino más bien de honor. De este modo evitó Esfodrias su condenación.
Los atenienses que eran partidarios de los beocios anuncian al pueblo que los lacedemonios no solo no han castigado a Esfodrias, sino que han alabado su proceder al tender asechanzas contra Atenas; por lo cual colocan inmediatamente puertas en el Pireo, construyen naves y socorren a los beocios con todo el celo posible. Por su parte, los lacedemonios decretan otra expedición contra los tebanos, y creyendo que Agesilao la dirigiría con más prudencia que Cleómbroto, le ruegan se ponga al frente de aquella expedición, y él, contestando que no resistirá jamás a la voluntad de la ciudad, se prepara para la marcha. Conociendo, empero, que no es fácil llegar a Tebas si no se ocupa de antemano el Citerón, y averiguando que los cletorios se hallan en guerra con los orcomenios y sostienen mercenarios, entra en tratos con ellos, a fin de poder disponer de sus tropas mercenarias cuando las necesite. Después de haber ofrecido los sacrificios de la marcha y antes de llegar a Tegea, hace entregar al jefe de los mercenarios de Clétor el sueldo de un mes, con orden de apoderarse del Citerón, y al mismo tiempo ordena a los orcomenios suspendan toda hostilidad mientras dure la campaña, declarando que, según lo decretado por los aliados, se dirigirá inmediatamente contra toda ciudad que ataque a otra cualquiera, mientras esté el ejército ocupado en su expedición.
Después de haber pasado el Citerón, se dirige a Tespias, de donde sale para entrar en el territorio tebano; pero encuentra la llanura y los puntos más importantes del país completamente fortificados con fosos y empalizadas. Sin punto fijo como centro de operaciones, y acampando donde mejor les parece, salen las tropas cada día después del almuerzo, y saquean la campiña situada a oriente de las empalizadas y fosos. En efecto, los enemigos, así que aparecía Agesilao en un punto, llegaban por su parte, para defenderse detrás de sus trincheras. Un día que se retiraba ya hacia su campamento, los caballos tebanos se arrojan de improviso sobre él por las aberturas practicadas en la trinchera, mientras los peltastas habían salido para preparar la comida, y mientras la caballería se hallaba completamente desmontada o en preparación. Sorprenden los tebanos a los peltastas, así como a Cleas y Epicídidas, caballeros espartanos, a un perieco lacedemonio, Éudico, y a algunos desterrados atenienses que no habían montado aún a caballo. Agesilao inmediatamente hace retroceder a los suyos, y acude en su auxilio con los hoplitas; su caballería carga sobre la del enemigo, estando apoyada por los hoplitas, que hacía diez años servían en el ejército. Los de la caballería tebana, sin embargo, parecían como si hubiesen bebido demasiado, pues aguardaban al enemigo hasta que se hallaba a tiro, y entonces les lanzaban sus dardos sin alcanzarles; finalmente, empezaron la retirada, en la cual perdieron más de doce hombres. Así que comprende Agesilao que la caballería tebana no comparece hasta después que ha pasado la hora de almorzar, ofrece los sacrificios al clarear el día, introduce a sus soldados en el interior del territorio atrincherado, saquea y quema cuanto en él encuentra, y avanza hasta la ciudad. Después de haber hecho esto, se retira a Tespias, que fortifica, y donde deja como gobernador a Fébidas; volviendo él a pasar el monte, llega a Mégara, donde licencia sus tropas, y conduce a Esparta la milicia nacional.
Fébidas, entonces, envía partidas de merodeadores para que pasen a sangre y fuego el país tebano, y él dirige en persona varias expediciones, en las que destruye cuanto a su mano encuentra. Por su parte los tebanos, queriendo hacer uso de represalias, dirígense en masa contra el país de Tespias; pero llegados allí, se encuentran con Fébidas, quien, acosándoles constantemente con sus peltastas, les impide separarse un solo instante de la falange; de manera que, arrepentidos los tebanos de su invasión, emprenden inmediatamente la retirada, y aun los mismos bagajeros, arrojando los granos de que se habían apoderado, se apresuran a encaminarse hacia sus casas: tan grande es el temor que ha sobrecogido al ejército. Fébidas, rodeado de sus peltastas, y seguido, según sus órdenes, de los hoplitas en correcta formación, acosa vivamente al enemigo. Acaricia ya la esperanza de derrotarle; marcha valerosamente a la cabeza de las tropas, exhortándolas a cortar la retirada al enemigo, mientras da orden a los hoplitas tespieos para que le sigan; pero llegada en su retirada la caballería tebana a un bosque impenetrable, reúnense primero, y después dan media vuelta, ya que es completamente imposible el pasar: el pequeño número de peltastas que se hallan a la cabeza de los lacedemonios tienen miedo y emprenden la fuga, y entonces la caballería tebana toma de ellos mismos la idea de su persecución. Fébidas y dos o tres de los que estaban a su lado perecen combatiendo, y los mercenarios emprenden todos la fuga. Cuando llegan huyendo junto a los hoplitas tespieos, estos, que se alababan antes de no haber cedido nunca a los tebanos, huyen también, sin que se intente siquiera perseguirles, pues era ya muy tarde. Por esto no fueron considerables sus bajas; pero sin embargo no se detuvieron en su retirada hasta llegar a los muros de la ciudad. Esta victoria inflama con nuevo ardor a los tebanos, que verifican entonces varias expediciones contra Tespias y las ciudades vecinas. El partido democrático de estas se refugia en Tebas, pues que en todas ellas, como había sucedido con aquella misma, se hallaban dominando los aristócratas; de manera que también en ellas necesitaban socorros los amigos de Lacedemonia. Después de la muerte de Fébidas, envían los espartanos por mar un polemarca y una cohorte para conservar a Tespias.
Así que se aproxima la primavera decretan los éforos otra expedición contra Tebas, y como en la anterior, suplican a Agesilao se ponga al frente de ella. Juzgando este necesario seguir el mismo plan de invasión, antes de ofrecer los sacrificios de la marcha da orden al polemarca de Tespias para que se apodere de los desfiladeros del Citerón, conservándolos en su poder hasta que él haya pasado. Después de haberlos atravesado y haber llegado a Platea, aparenta querer dirigirse a Tespias, dando orden para que preparen los alojamientos, y mandando a las diputaciones se dirijan allí a esperarle, con lo cual los tebanos creen que invadirá su territorio por aquella parte. Pero Agesilao, después de haber sacrificado, se dirige, al apuntar el día, del lado de Eritras; hace en un día con su ejército dos jornadas de marcha, y a toda prisa pasa el atrincheramiento junto a Escolos, antes de la llegada de los tebanos, que se hallaban defendiendo el lugar por el cual había penetrado la primera vez. Obrando así, destruye el país situado a oriente de Tebas, hasta el territorio de los tanagrios, que se hallaba sometido bajo el poder de Hipotadoro a la influencia espartana, y luego se retira, teniendo a su izquierda los muros de la ciudad.
Acudiendo los tebanos, se forman en batalla junto a Graostetos[196], teniendo detrás de ellos el foso y la empalizada, creyendo hallarse en un lugar muy favorable para el combate por la estrechez de la llanura y la dificultad del acceso. Conociendo Agesilao la ventaja de la posición del enemigo, no se dirige contra ellos, sino que, describiendo una curva, avanza contra la ciudad, y los tebanos, temiendo por su capital, que había quedado abandonada, se retiran de estas posiciones y corren hacia Tebas por el camino de Potnia, pues en realidad era el más seguro. Este ingenioso artificio de Agesilao, que obligó a los enemigos a retirarse a la carrera, a pesar de estar distante él con su ejército, fue muy celebrado y admirado. Algunos polemarcas con sus cohortes atacan al enemigo a su paso; pero los tebanos, lanzando sus dardos desde las colinas, dan muerte a Alípeto, uno de los polemarcas, alcanzado por una lanza, siendo por fin rechazados los tebanos de la altura en que se encontraban, mientras los esciritas y algunos caballos, subiendo detrás de ellos, alcanzan a los últimos que se dirigían a la ciudad. Pero una vez que han llegado los tebanos junto a sus muros, se vuelven de frente, y al verlos a la defensiva los esciritas se retiran velozmente. No murió ninguno de ellos, pero sin embargo los tebanos erigieron un trofeo, pues habían hecho retirar a sus perseguidores.
Agesilao por lo avanzado de la hora se vuelve situando su campamento en el lugar en que los enemigos se habían formado en batalla, y al día siguiente regresa a Tespias. Los peltastas mercenarios de Tebas le siguen audazmente a poca distancia, y llamaban en voz alta a Cabrias, que no había querido seguirles, cuando la caballería olintia, que fiel a su juramento se hallaba en las filas lacedemonias, se vuelve y les persigue en las laderas del monte, donde mata a gran número, pues la infantería es alcanzada fácilmente por la caballería, si tiene que subir una cuesta franqueable a los caballos. Llegado a Tespias, Agesilao encuentra en completa desunión a los habitantes de la ciudad: los que pretendían ser del partido lacedemonio querían matar a sus adversarios, entre los cuales se hallaba Melón; oponiéndose a sus designios, procura reconciliarles y les hace jurar la unión; luego atraviesa nuevamente el Citerón y llega a Mégara, donde licencia las tropas aliadas, conduciendo a las espartanas a su patria.
Atormentados vivamente los tebanos por la falta de víveres, pues hacía ya dos años que no habían recolectado las mieses, envían a Págasas[197] algunos comisionados, para que con dos trirremes compren diez talentos de trigo. Mientras se hallan en esa comisión, Alcetas, lacedemonio que guardaba a Oreo[198], equipa tres trirremes y procura que nada se trasluzca de su intento, y cuando se halla el trigo en la travesía, Alcetas se apodera de las trirremes, del trigo y de la tripulación, que no bajaba de trescientos hombres. Enciérralos en la acrópolis, donde habitaba él mismo, y hallándose entre los de su séquito un jovencito oreíta, hermoso y amable, baja de la acrópolis para entretenerse con él; pero, aprovechándose de esta negligencia los prisioneros, se apoderan de la acrópolis. Sublévase también la ciudad, y desde entonces los tebanos encuentran allí toda clase de facilidades para procurarse víveres.
Al volver la primavera, hállase enfermo Agesilao, pues cuando con el ejército volvió de Tebas, encontrándose en Mégara, y subiendo del templo de Afrodisia[199] a la casa del gobernador, rompiósele una vena, y la sangre del cuerpo se fue toda hacia la pierna sana[200]: habiéndosele hinchado el muslo, y sufriendo insoportables dolores, un médico siracusano le abrió la vena junto al tobillo, y una vez que principió a manar sangre, no se detuvo día y noche, siendo vanos cuantos esfuerzos se hacían para atajarla, hasta que perdió el sentido Agesilao: únicamente entonces fue cuando cesó de fluir. Llevado en este estado a Lacedemonia, permaneció allí enfermo el resto del verano y durante todo el invierno.
Así que vuelve la primavera, los lacedemonios decretan una nueva expedición, y dan el mando de ella a Cleómbroto. Cuando llega con su ejército al pie del Citerón, destaca a los peltastas para apoderarse de las alturas que dominan el camino. Pero siendo ya dueños de aquellas alturas un cuerpo de tebanos y uno de atenienses, dejan avanzar a los peltastas, y cuando están a sus pies se arrojan en su persecución y matan más de cuarenta de ellos, por lo cual Cleómbroto considera imposible el tránsito al país tebano, y retirándose con sus fuerzas, las licencia.
Reunidos en Lacedemonia los aliados, hacen presente en su asamblea que se hallan agotados sus recursos por la guerra, a causa de la debilidad con que se verifican las operaciones, porque podríase, en efecto, equipar un número de naves mayor que el de los atenienses, y tomar su ciudad por hambre; podríase también con estas naves hacer pasar un ejército a Tebas por la Fócida, o si se quería por Creusis. A consecuencia de este parecer, equípanse sesenta trirremes, que se ponen a las órdenes de Polis. Los que habían tenido esta idea no se engañaron, pues los atenienses son bloqueados. Las naves cargadas de víveres llegan hasta Gerasto[201], pero no se atreven a pasar de allí, pues la flota lacedemonia se halla en los alrededores de Egina, Ceos y Andros. Impulsados por la necesidad, suben los atenienses a las naves, y bajo el mando de Cabrias obtienen la victoria en un combate naval con Polis, desde cuyo suceso pueden llegar sin obstáculo los víveres a Atenas.
Como los lacedemonios se preparaban para hacer pasar un ejército a Beocia, los tebanos suplican a los atenienses envíen otro alrededor del Peloponeso, creyendo no les sería posible a los lacedemonios defender al mismo tiempo su país y las ciudades aliadas de estos comarcas mientras enviaban fuerzas suficientes contra ellos. Irritados también los atenienses por el asunto de Esfodrias, envían llenos de ardor sesenta naves alrededor del Peloponeso, después de haber elegido como jefe a Timoteo[202]. Hallándose Tebas libre durante toda la estación de la invasión de los enemigos, mientras mandaba las tropas Cleómbroto y se hallaba en expedición naval Timoteo, dirígense osadamente los tebanos contra las ciudades próximas y les hacen volver a su dominio. Al mismo tiempo Timoteo en sus correrías marítimas somete en poco tiempo a Corcira, sin reducir a sus habitantes a la esclavitud, ni desterrar a nadie, ni cambiar las leyes, conducta que le granjea la simpatía de todas las ciudades.
Los lacedemonios por su parte equipan otra flota y nombran como comandante de la misma a Nicóloco, hombre osado: así que se hallan a la vista las naves de Timoteo no duda ni un momento, y aunque le faltan seis naves de los ambraciotas, ataca con sus cincuenta y cinco embarcaciones a las sesenta de Timoteo. Es vencido, y Timoteo eleva un trofeo en Alicia; pero mientras este, después de haber varado sus naves, se ocupaba en arreglar las averías, reforzado Nicóloco con las seis trirremes ambraciotas, navega hacia Alicia[203], donde se hallaba Timoteo, y no acudiendo este a la provocación, levanta a su vez un trofeo en las islas más próximas. Timoteo, sin embargo, después de haber recompuesto sus naves y recibido otras de Corcira, con lo cual reúne una flota de más de setenta velas, conserva decididamente la superioridad naval, y pide dinero a Atenas, pues lo necesita en abundancia a causa de tener muchas naves.