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Las Helénicas; ó, Historia griega desde el año 411 hasta el 362 antes de Jesucristo

LIBRO CUARTO.

Enrique Soms y Castelín translation

CAPÍTULO PRIMERO.

Agesilao, después de haber llegado en otoño[121] a Frigia, gobernada por Farnabazo, tala y saquea la comarca y se apodera de grado o por fuerza de las ciudades. Habiéndole asegurado Espitrídates que si quiere ir con él a Paflagonia, podrá tener fácilmente una entrevista con el rey de aquella región y obtener su alianza; se pone en marcha esperando obtener que abandone esta nación la obediencia del rey, cosa que deseaba hacía mucho tiempo.

Así que llega a la Paflagonia, Otis se dirige a su encuentro para negociar una alianza; había sido llamado por el rey pero no había acudido a su llamamiento, y siguiendo los consejos de Espitrídates, había, por el contrario, mandado a Agesilao mil caballos y dos mil peltastas. Reconocido Agesilao al servicio prestado por Espitrídates, le dice:

—«Espitrídates, ¿darías con gusto tu hija en matrimonio a Otis?

—Con mayor gusto —contesta este— del que tendría aquel siendo rey de un país vasto y poderoso en casarse con la hija de un desterrado.»

No se trató más de este asunto, pero cuando Otis se despide de Agesilao para volverse a su país hace este que se retire Espitrídates, y delante de los Treinta le dice:

—«Escucha, Otis: ¿es noble el linaje de Espitrídates?

—Tanto, contesta Otis, como el que más entre los persas.

—¿Viste cuán hermoso es su hijo? dice nuevamente Agesilao.

—Ya lo creo; anoche cené con él.

—Pues dicen que más hermosa es su hija.

—Por Júpiter, no dicen nada que no sea verdad.

—Pues bien —añade Agesilao—, ya que somos amigos, vería con mucho gusto que te casases con ella, pues dices es tan hermosa, cualidad que es la mejor condición para el esposo. Su padre es de elevado nacimiento, y suficientemente poderoso para haber podido vengarse, como ves, de las injusticias de Farnabazo, arrojándole de toda esta comarca; fácilmente comprenderás, que así como ha podido vengarse de este enemigo, podrá favorecer también al que esté ligado con él por la amistad. Piensa además, que al realizar mis deseos, no solo entras en la parentela de Espitrídates, sino también en la mía y en la de todos los espartanos, y como que mandamos sobre toda Grecia, en la de toda ella. ¿Quién habrá tenido unas bodas más espléndidas si a ello te decides? y ¿qué novia habrá tenida jamás un cortejo tan numeroso de caballeros, peltastas y hoplitas, como la tuya al ser conducida a tu morada?

—Agesilao —dice entonces Otis—, ¿tiene la aprobación de Espitrídates cuanto me dices?

—Por los dioses —contesta Agesilao—, no me ha indicado que te hablase de ese asunto, pero yo, si tengo gran placer al vengarme de un enemigo, mucho mayor le experimento cuando puedo hacer algún bien a mis amigos.

—¿Por qué pues —dice Otis—, no te enteras si sería esto de su agrado?

—Herípidas y todos vosotros —dice Agesilao, dirigiéndose a los demás que están con ellos—, id a verle y convencedle para que consienta en lo que todos deseamos.»

Levántanse estos y le hablan de este asunto, pero como tardasen en volver,

—«¿quieres Otis —dice Agesilao—, que le hagamos venir? Me parece que le convenceremos más pronto que todos estos juntos.»

Hace llamar entonces Agesilao a Espitrídates y a cuantos habían ido a hablarle. Cuando llegan, díceles Herípidas:

—«¿Para qué decirte, Agesilao, detalladamente cuanto hemos hablado? Bástete saber que Espitrídates ha consentido en hacer cuanto desees.

—Paréceme pues, conveniente —dice Agesilao— y cosa próspera y feliz que des tu hija en matrimonio a Otis, y que tú, Otis, te cases con ella.

—Sin embargo, hasta la primavera próxima —dice Espitrídates— no podremos hacer venir por tierra a mi hija.

—Por Júpiter —exclama Otis—, si tú quieres puede venir inmediatamente por mar.»

Después de esto, entrelázanse ambos las manos y acompañan a Otis a su casa. Agesilao, viendo la impaciencia de Otis, hace equipar una trirreme y da orden al lacedemonio Calias para que vaya a buscar a la novia.

Adelántase él mismo hacia Dascilio donde se hallaban los palacios de Farnabazo, rodeados de grandes poblaciones completamente aprovisionadas, con caza abundante en los parques cerrados o en los lugares descubiertos, atravesando por allí un río con toda clase de peces, y aves de toda clase para quien quisiera cazarlas. En este lugar es donde sitúa sus cuarteles de invierno alimentando a su ejército con las expediciones de las partidas de forrajeadores. Hallábase el ejército completamente descuidado y sin parar mientes los soldados en su vigilancia por la falta de resistencia, cuando sorpréndeles un día Farnabazo con diez carros armados de hoces y cuatrocientos caballos, mientras se hallaban dispersos por la llanura en busca de víveres. Al verle avanzar, los griegos se reúnen corriendo en número de unos setecientos, pero esto no le detiene, sino que haciendo avanzar a los carros y colocándolos detrás con su caballería, da la orden de ataque. Lanzados los carros, ponen en confusión al grueso de aquella fuerza y pronto la caballería les causa unas cien bajas, y los restantes se refugian junto a Agesilao, que con los hoplitas no estaba lejos.

Tres o cuatro días después recibe Espitrídates noticia de que Farnabazo se halla acampado en Cave, importante población situada a unos ciento setenta estadios de donde se encontraban. Comunícalo inmediatamente a Herípidas, el que deseando fogosamente distinguirse por alguna hazaña, pide dos mil hoplitas y otros tantos peltastas a Agesilao así como la caballería de Espitrídates, los paflagonios y cuantos griegos deseen seguirle, obteniendo lo cual, ofrece el sacrificio que termina al anochecer después de haber conseguido signos favorables. Manda que después de la comida se reúnan los expedicionarios en las avanzadas, pero como era ya muy oscuro salen solo la mitad de las tropas.

Temiendo Herípidas las burlas de los otros Treinta si se deja intimidar, se adelanta con las tropas que tiene y al clarear la aurora se arroja sobre el campamento de Farnabazo; perecen a sus golpes gran número de misios que formaban la vanguardia, huyen los restantes y es tomado el campamento, así como gran número de copas y otros objetos de valor pertenecientes a Farnabazo; su bagaje y las acémilas que lo llevaban. En efecto, Farnabazo temiendo siempre ser sorprendido y sitiado al establecerse en algún sitio, atravesaba el país en todas direcciones al modo de los nómadas, y tenía siempre oculto su campamento. Al llevarse los paflagonios y Espitrídates las riquezas de que se habían apoderado, Herípidas les despoja de ellas, colocando convenientemente sus compañías a fin de poder entregar mucho botín a los lafirópolas[122]; Espitrídates y los paflagonios no pueden tolerar esta conducta, y por la noche levantan su campo y se dirigen a Sardes entregándose a Arieo, que se había apartado de la obediencia del rey y le hacía la guerra; al recibir Agesilao la nueva de la defección de Espitrídates, Megabates y los paflagonios, experimenta el golpe más rudo de toda la campaña.

Cierto Apolófanes de Cícico, ligado por hospitalidad desde largo tiempo con Farnabazo, y que lo estaba asimismo desde poco con Agesilao, dice a este le parece fácil conseguir de Farnabazo una conferencia para ver de cesar en su enemistad. Después de oírle, decreta Agesilao una tregua y dan su palabra a Apolófanes, quien lleva al lugar convenido a Farnabazo, donde le aguardan Agesilao y los Treinta sentados en el suelo sobre la hierba; Farnabazo vestía un traje cubierto de ricos adornos y al ir a extenderle sus criados los almohadones en que muellemente se sientan los persas, se avergüenza de parecer afeminado ante la simplicidad de Agesilao y se sienta también en el suelo. Principian por saludarse uno a otro y después, habiendo Farnabazo tendido su mano a Agesilao, este se la da también a su vez. Hecho esto principió a hablar Farnabazo, pues era el más anciano:

—«Agesilao, y todos los espartanos que estáis presentes, yo era vuestro amigo y vuestro aliado cuando hacíais la guerra a los atenienses; fortalecí vuestra flota dándoos dinero, he combatido a caballo con vosotros y hemos perseguido juntos hasta el mar a los enemigos. No podréis tampoco reprocharme como a Tisafermes el haber obrado o hablado con doblez, y a pesar de esta conducta me habéis reducido a no poder hallar de qué comer en mi mismo territorio, más que recogiendo como los animales, lo que vosotros dejáis; cuanto me dejó mi padre, hermosos palacios, parques, jardines y casas de todas clases en que yo me complacía, todo esto lo veo arrasado e incendiado. Si acaso ignoro lo justo y sagrado, enseñadme cómo pueden ser tales actos hijos de hombres que no quieran ser tenidos por ingratos.»

Así dice, y los Treinta permanecen confusos y guardan silencio. Agesilao contéstale al cabo de un rato:

—«Farnabazo, creo que no ignoras que en las ciudades griegas todos los hombres se ligan con los lazos de la hospitalidad, y sin embargo, cuando estas ciudades están en guerra, combaten todos por su patria respectiva, y algunas veces acontece que a pesar de estar unidos por la hospitalidad se matan unos a otros. Eso es lo mismo que nos pasa hoy, pues haciendo la guerra a vuestro rey, necesariamente debemos considerar como enemigo todo lo que a aquel pertenece, y sin embargo, nada deseamos tanto como ser amigos tuyos. En modo alguno te aconsejaría cambiaras la sumisión al rey con la nuestra, pero aliándote con nosotros puedes ahora no tener que prosternarte ante nadie y vivir sin ningún dueño que goce de lo que es tuyo, porque por mi parte considero la libertad como superior a todos los tesoros, y sin embargo, no te proponemos que al hacerte libre te empobrezcas, sino únicamente que nos tomes por aliados a fin de aumentar, no el poder del rey, sino el tuyo, y a subyugar tus compañeros de esclavitud para que puedas convertírtelos en súbditos; y a la verdad, si pudieras hacerte libre y rico a la vez, ¿qué te faltaría para ser completamente feliz?

—¿Debo manifestaros con franqueza —contesta Farnabazo— lo que haré?

—Esto deseamos.

—Pues bien —dice—: Si el rey nombra otro general a cuyas órdenes deba yo obedecer, quiero ser vuestro amigo y aliado; pero si me encarga a mí el mando, a consecuencia de la emulación que nace de tal cargo, debéis saber que tendré que emplear para haceros la guerra todos los medios que estén a mi alcance.»

Al oír estas palabras Agesilao, tomole de la mano y díjole:

—«Ojalá puedas ¡oh amigo mío muy querido! ser de este modo nuestro aliado, pero sabe que ahora voy a evacuar cuanto más pronto pueda tu territorio, y que en adelante, aunque haya guerra entre nosotros, nos abstendremos de ir contra ti y los tuyos mientras quede algún otro enemigo.»

Dicho esto, dase por terminada la conferencia; Farnabazo sube de nuevo a caballo y se aleja; pero el hijo que había tenido con Parapita y que era un hermoso joven, quedándose y corriendo hacia Agesilao:

—«Agesilao —le dice—, quiero estar unido contigo por los lazos de la hospitalidad.

—Yo te recibo como huésped.

—No lo olvides.»

Inmediatamente toma su lanza que era muy preciosa y la da a Agesilao; este la recibe, y quitando los magníficos adornos del caballo de su secretario Ideo, los da al joven, quien salta sobre su caballo y corre para alcanzar a su padre. Posteriormente otro de los hijos de Farnabazo, durante la ausencia del padre se apoderó del poder y destierra al hijo de Parapita. Entonces Agesilao rodéale de cuidados y hace cuanto puede para que el hijo del ateniense Evalces, de quien se hallaba prendado, sea admitido en Olimpia al combate de la carrera, a pesar de ser el de más edad entre los muchachos.

Conforme lo había ofrecido a Farnabazo, Agesilao evacuó en seguida el territorio de aquel; acercábase ya la primavera. Llegado a la llanura de Tebe, acampa junto al templo de Diana Astirene[123], y allí ocúpase en reunir numerosas tropas de todas partes para aumentar las que tiene, pues se preparaba para penetrar tan adentro como pudiera en el interior de Asia, creyendo que cuantos pueblos dejase atrás se sublevarían contra el rey.

CAPÍTULO II.

Hallábanse así las cosas[124], cuando los lacedemonios, sabedores positivamente de que se han derramado por Grecia grandes cantidades de dinero, y que las ciudades más importantes se han coaligado contra ellos para hacerles la guerra, consideran en peligro su república y juzgan necesaria una campaña. Mientras están preparándolo todo para este objeto, envían junto a Agesilao a Epicídidas, quien le expone el estado general de los negocios y le transmite la orden de marchar inmediatamente en auxilio de su patria. Experimenta Agesilao vivo sentimiento por esta noticia, al pensar los honores y esperanzas de que se halla privado; juntando, sin embargo, a los aliados[125], les muestra las órdenes de su patria y les dice que es necesario vayan a prestar auxilio a aquella; «pero podéis estar seguros —añade—, oh aliados, de que cuando marchen bien los asuntos, no solo no os olvidaré, sino que volveré en medio de vosotros para poder llevar a buen término lo que todos deseáis.» Al oír esto, muchos derraman lágrimas y todos decretan ir con Agesilao a socorrer a Lacedemonia, y que si, como es de esperar, todo marcha bien, conservándole como jefe, vuelvan de nuevo a Asia, por lo cual se preparan para seguirle. Deja Agesilao en Asia al gobernador Éuxeno al frente de las guarniciones, en número no inferior a cuatro mil hombres, para que pueda conservar las ciudades; pero al apercibirse de que la mayor parte de los soldados tienen más deseos de quedarse que de ir a combatir con otros griegos, queriendo llevarse en buen número a los mejores, ofrece premios a las ciudades que envíen un ejército más aguerrido, así como a los capitanes de tropas mercenarias que le presenten las compañías mejor armadas y disciplinadas, así de hoplitas como de arqueros y peltastas. Anuncia asimismo un premio para el comandante de caballería que del propio modo presente el escuadrón mejor montado y armado. Declara que la distribución de esos premios tendrá lugar en el Quersoneso después que se haya pasado de Asia a Europa, a fin de que comprendan bien quiere distinguir a los que deben formar parte de la expedición. Los premios eran en su mayor parte armas lujosamente labradas, así de infantería como de caballería; algunas de las recompensas eran coronas de oro. El valor total de los premios ofrecidos no bajaba de cuatro talentos, y a pesar de su excesivo coste, consagrose aún mucho dinero a comprar armas de toda especie para el ejército. Después de haber atravesado el Helesponto, establece como jueces a los espartanos Menasco, Herípidas y Orsipo y a un ciudadano de cada una de las poblaciones aliadas. Después de la distribución de premios se dirige a la cabeza de su ejército a Grecia, por el mismo camino que había seguido el rey[126] en su expedición contra el territorio griego.

Los éforos deciden que comience la campaña, y la ciudad, por la menor edad de Agesípolis, elige a su tutor y pariente Aristodemo, para dirigirla. Así que han pasado la frontera los lacedemonios, reúnense sus enemigos en asamblea para deliberar sobre el modo más favorable de librar combate. El corintio Timolao toma la palabra y dice:

«Aliados: Paréceme que los lacedemonios se asemejan a aquellos ríos que junto a su manantial son pequeños y fáciles de pasar, pero a medida que avanzan se hacen cada vez más violentos por la reunión de otros ríos que a ellos afluyen; del propio modo los lacedemonios, cuando salen de su ciudad, hállanse solos y aislados, pero a medida que se apoderan de las ciudades van engrosando y se hacen más difíciles de combatir. Veo también, añadió, que cuando los que quieren destruir las abejas las persiguen mientras vuelan en libertad, lo único que consiguen es experimentar numerosas picaduras; pero, por el contrario, cuando las atacan con el fuego en el interior de su morada, sin padecer ningún daño se apoderan de todas ellas. Hácenme pensar estas reflexiones, que lo mejor es librar el combate a los lacedemonios lo más cerca posible de Laconia, ya que no se pueda en ese mismo país.»

Esta proposición es aceptada, por parecer a todos tiene razón el orador; pero mientras se discute sobre la jefatura y se acuerda el número de filas en que debe disponerse el ejército para el combate, a fin de que no den los diversos estados demasiado fondo a sus falanges, con lo cual permitirían a los lacedemonios les envolviesen, estos, reunidos ya a los tegeatas y mantineos, avanzan hacia el istmo. Con esta rápida marcha hállanse los lacedemonios en Sición, casi al mismo tiempo en que se encuentran los corintios en Nemea. Adelantan por la Epiecea[127]; pero los gimnetas enemigos[128], arrojándoles dardos y flechas desde lo alto de las colinas, hácenles mucho daño. Bajan entonces de nuevo hacia la costa y avanzan por la llanura, saqueando e incendiando el país. Llegan mientras tanto los corintios y acampan a la otra parte de un torrente[129]; cuando los lacedemonios se hallan a la distancia de diez estadios de sus adversarios asientan también estos su campo y se mantienen a la expectativa.

Voy a indicar la fuerza de cada uno de los dos ejércitos. Los lacedemonios habían reunido unos seis mil hoplitas, tres mil eleos, trifilios, acroreos y lasioneos, mil quinientos sicionios y unos tres mil epidaurios, trecenios, hermioneos y halieos, con más cerca de seiscientos caballos lacedemonios, trescientos arqueros cretenses y casi cuatrocientos honderos marganeos, letrinos y anfídolos; los fliasios, pretextando una suspensión de armas, no habían querido seguirles: tales eran las fuerzas de los espartanos.

Componíanse las fuerzas de los enemigos de unos seis mil hoplitas atenienses, siete mil argivos, unos cinco mil beocios, pues no habían comparecido los orcomenios; tres mil corintios, y a lo menos unos tres mil hombres reclutados en toda Eubea. Este era el número de los hoplitas; y en cuanto a la caballería, componíase de ochocientos beocios, pues no habían acudido los orcomenios; unos seiscientos atenienses, cien calcídeos de Eubea y cincuenta locrios opuntios. Reunida toda la infantería, era superior en número la de los corintios, pues formaban parte de ella los locrios ozolios, los melios y los acarnanios.

Tales eran las fuerzas respectivas. Mientras los beocios ocuparon el ala izquierda, no apresuraron el combate; pero cuando se hubo colocado a los atenienses frente a los lacedemonios y se hallaron aquellos en el ala derecha enfrente de los aqueos, declaráronse en seguida favorables las víctimas y diose la orden de prepararse para el combate.

Descuidando desde un principio la formación de diez y seis en fondo, dan mucha profundidad a la falange y marchan luego hacia la derecha con objeto de hacer retroceder el ala de los enemigos; los atenienses les siguen para impedir se les aísle aunque conozcan corren grande riesgo de ser envueltos. Hasta entonces no habían conocido los lacedemonios la proximidad de los enemigos, pues el país estaba muy poblado de árboles; pero al oír el peán les reconocieron e inmediatamente ordenaron a todas sus tropas se formaran para el combate. Cuando llegan al sitio en que las han alineado los jefes extranjeros, se da la orden de que cada cual siga a su jefe de fila, y se dirigen entonces los lacedemonios hacia la derecha, extendiendo de tal modo su ala, que solo seis tribus de los atenienses[130] se hallan frente a los lacedemonios, y las otras cuatro frente a los tegeatas. Cuando no están ya más que a la distancia de un estadio, los lacedemonios, según su costumbre, inmolan una cabra a Diana Agrótera[131] y avanzan contra los enemigos en línea curva para poder envolverlos. Una vez comenzado el combate, los aliados de los lacedemonios son derrotados por los enemigos; únicamente los peleneos, que luchaban contra los tespieos, lo hacen de manera que mueren muchos de ambas partes. Los lacedemonios derrotan por completo a los atenienses que les están opuestos, y envolviéndolos les matan mucha gente, y como no han sufrido casi ninguna baja, adelantan en orden de batalla. De este modo atraviesan por entre las otras cuatro tribus atenienses antes de que hayan vuelto sobre su persecución; de manera que no tienen más bajas que las sufridas en el primer choque con los tegeatas. Encuentran entonces los lacedemonios a los argivos que se retiraban; iba a atacarles de frente el primer polemarca, cuando, según se dice, grita uno que debe dejarse pasar a las primeras filas, y una vez hecho esto, caen los lacedemonios sobre los flancos descubiertos de los enemigos que pasan ante ellos, y les producen muchas bajas. Atacan del propio modo a los corintios que iban en retirada, y luego, encontrando a algunos tebanos que volvían de la persecución, matan a gran número de ellos. Refúgianse primeramente los vencidos junto a los muros[132], pero rechazados por los corintios, se recogen nuevamente a su primitivo campamento; por su parte los lacedemonios, retirándose al lugar en que había principiado el combate, levantan allí un trofeo. Así terminó esta acción.

CAPÍTULO III.

Agesilao acudía desde Asia en auxilio del ejército[133]. Hallábase en Anfípolis cuando Dercílidas[134] le anuncia la victoria de los lacedemonios, victoria que les ha costado solo ocho hombres, mientras han tenido los enemigos gran número de muertos.

—«¿No te parece —le dice Agesilao— que sería muy conveniente participar cuanto antes esta noticia a las ciudades que nos han enviado soldados?

—Ciertamente —responde Dercílidas—, porque esto contribuirá a aumentar su valor.

—Pero ya que estás aquí, ¿quién mejor que tú puede encargarse de llevarles esta nueva?»

Dercílidas, que era muy aficionado a los viajes, le oye con gusto y le dice:

—«Si tú lo ordenas...

—Te lo mando —contesta Agesilao—, y te encargo les digas que si la fortuna nos es próspera, volveremos a verles conforme les prometimos.»

Dercílidas dirígese entonces al Helesponto, y Agesilao, después de atravesar Macedonia, llega a Tesalia. Los de Larisa, Cranón, Escotusa y Farsala, pueblos aliados todos de los beocios, así como los tesalios que no se hallaban expatriados, le seguían acosándole: hasta entonces su ejército estaba formado en un gran cuadrado con la mitad de la caballería a la cabeza y la otra mitad a la cola. Pero como los tesalios atacan su retaguardia deteniendo su marcha, envía allá toda la caballería de la vanguardia excepto su guardia personal. Cuando los dos ejércitos se hallan frente a frente, pareciendo peligroso a los tesalios combatir a los hoplitas con solo caballería, se retiran poco a poco. Son perseguidos prudentemente; y Agesilao, conociendo el error que por ambas partes se comete, envía los vigorosos caballeros que le acompañan[135] con orden de unirse a los demás y de perseguir a los enemigos con la mayor prontitud posible sin dejarles tiempo para rehacerse. Los tesalios, al verse cargados de improviso, no se vuelven en su mayoría, y los que quieren hacerlo son alcanzados cuando dan media vuelta sus caballos; mientras, el farsalio Policarmo[136], comandante de la caballería que combate con denuedo, perece, con los suyos, después de lo cual los tesalios se declaran en derrota. Hallan unos la muerte, caen otros prisioneros, y los fugitivos no se detienen hasta que llegan al monte Nartacio, y elevando Agesilao un trofeo entre Pras y el monte Nartacio, queda muy satisfecho de haber derrotado al pueblo más célebre por su caballería, con soldados que él mismo ha reclutado y formado; al día siguiente atraviesa las montañas aqueas de la Ftía, y desde entonces no tiene que pasar más que por países amigos hasta la frontera de Beocia. Cuando iba a franquear dicha frontera, el sol se muestra bajo la forma de luna[137] y reciben al mismo tiempo la noticia del desastre naval de Cnido y la muerte del lacedemonio Pisandro, comandante de las naves. Se le cuenta también la manera cómo tuvo lugar este combate: junto a Cnido, Farnabazo, ejerciendo de comandante de las naves, se hallaba al frente de las trirremes fenicias, delante de las cuales Conón[138] con la flota griega había dispuesto sus buques; Pisandro se había puesto en orden de batalla, y cuando se vio cuán inferiores eran en número a los de la flota griega mandada por Conón, los aliados que se hallaban en el ala izquierda emprenden la fuga; reducido Pisandro a sus propias fuerzas, libra combate, pero su trirreme, atravesada en varios puntos por los espolones de los buques enemigos, tiene que encallar en la costa, salvándose huyendo la mayor parte de los que estaban con él después de haber abandonado la nave y refugiándose en Cnido, mientras perece Pisandro combatiendo en su nave.

Al saber estas noticias experimenta Agesilao grande aflicción, y reflexionando después que la mayor parte de su ejército se halla bien dispuesto a pelear, pero que en modo alguno podrá retener a sus soldados si saben han experimentado los lacedemonios algún desastre, disimula y les anuncia que Pisandro ha muerto después de haber vencido en un combate naval. Dicho esto, sacrifica algunos bueyes como en acción de gracias por la buena nueva y manda a muchos algunos trozos de las víctimas; de este modo las tropas de Agesilao, gracias al rumor de la victoria naval de los lacedemonios, quedan vencedoras en una escaramuza que tiene lugar poco después.

Los enemigos que iban a oponerse a Agesilao se componían de beocios, atenienses, argivos, corintios, enianos, eubeos y locrios de las dos regiones[139], mientras que Agesilao tenía consigo la cohorte lacedemonia que había llegado de Corinto y otra media recién llegada de Orcómeno, además de con los neodamodes que habían hecho la campaña de Asia, los mercenarios mandados por Herípidas, las tropas de las ciudades griegas de aquella misma región y las que había reclutado a su paso por las de Europa, así como los hoplitas de Orcómeno y de Fócida. Los peltastas de Agesilao eran mucho más numerosos y el número de los caballos era casi igual por ambas partes.

Tal era la fuerza de cada uno de los dos ejércitos, cuyo combate voy a describir[140], pues no ha habido otro igual en nuestra época. Tiene lugar el encuentro en la llanura cercana a Coronea, viniendo los de Agesilao del Cefiso y los tebanos del Helicón. Mandaba Agesilao el ala izquierda y los tebanos en su ejército formaban el ala derecha y los argivos la izquierda. Iníciase el combate con gran silencio, pero llegados los tebanos a la distancia de un estadio, arrojan grandes gritos y avanzan a paso de carga: había entre ellos aún un intervalo de tres pletros, cuando la falange mercenaria de Agesilao, al mando de Herípidas y con ella los jonios, eolios y helespontinos, se destacan del grueso del ejército, y a la carrera ponen en derrota a los tebanos cuando han llegado al alcance de las picas; los argivos, no pudiendo resistir el empuje de las tropas de Agesilao huyen hacia el Helicón. Coronaban ya a Agesilao algunos soldados extranjeros, cuando le anuncian que los tebanos se han entrado por entre los orcomenios hasta los bagajes; despliega entonces la falange por medio de una brusca evolución, se arroja sobre ellos, y los tebanos, viendo que sus aliados huyen hacia el Helicón, apresuran el paso para alcanzarlos.

Entonces es sin duda alguna cuando muestra Agesilao el valor más decidido; pero el partido que toma es el más peligroso. Podía haber dejado pasar al enemigo, que se batía en retirada, y luego, cayendo sobre él, destrozar su retaguardia, pero no lo hizo, sino por el contrario, marchó de frente contra los tebanos, que chocando entre sí los apretados escudos, y combatiendo dan la muerte al par que la reciben. Finalmente, una parte de los tebanos consigue refugiarse en el Helicón, pero en la derrota ha perecido gran número de ellos. Después que está ya la victoria asegurada y que se ha conducido al mismo Agesilao herido hasta su falange, llegan algunas soldados de a caballo, preguntándole qué deben hacer con unos ochenta enemigos que se hallan armados en el templo, y él, cubierto de numerosas heridas, pero sin olvidar lo que debe a la santidad del lugar, manda se les deje salir en completa libertad. Después, como ya era tarde, cenan los soldados y se entregan al descanso.

Al día siguiente, manda Agesilao al polemarca Gilis forme el ejército y levante un trofeo, se coronen de flores los soldados en honor del dios y toquen sus instrumentos los flautistas; todo lo cual se cumple puntualmente. Envían los tebanos sus heraldos, pidiendo una tregua para recoger los muertos: concédesela Agesilao y se dirige a Delfos para consagrar al dios la décima parte del botín, que no bajó de cien talentos. Retírase a la Fócida el polemarca Gilis a la cabeza del ejército y desde allí invade la Lócrida. Durante el día los lacedemonios saquean efectos y víveres en las aldeas, pero cuando llega la noche y quieren retirarse, son perseguidos por los locrios que les lanzan dardos y flechas: vuélvense los espartanos y tratan de perseguirles, causando algunas bajas a sus enemigos, pero los locrios, renunciando desde entonces a acosarles, se contentan con ofenderles desde lo alto de las colinas; recházanles también los lacedemonios hasta los lugares más escarpados, y cuando emprenden la retirada, habiendo cerrado por completo la noche, unos caen por las desigualdades del terreno, otros porque no pueden ver, y muchos, finalmente, a manos del enemigo. Halla la muerte, entre otros muchos que le rodean[141], el polemarca Gilis, así como diez y ocho soldados aplastados por las piedras o atravesados por los dardos, y si no hubiesen sido socorridos por los soldados del campamento, después de haber cenado en él, corrían todos gran riesgo de perecer.

CAPÍTULO IV.

Después de esta campaña, parte cada división del ejército para su respectiva ciudad y Agesilao se embarca en dirección a su patria[142]. Hácese la guerra desde entonces entre los atenienses, beocios, argivos y aliados apostados en Corinto, y los lacedemonios establecidos en Sición. Viendo los corintios su territorio devastado y diezmada su población por el continuo pelear en su comarca, mientras goza el resto de los aliados de la paz y cultivan sus campos, desean se llegue a un acuerdo, principalmente los más notables y de mayor poderío, y se reúnen para comunicarse sus deseos. Pero los argivos, atenienses, beocios y aquellos corintios que habían participado de las dádivas del rey y que eran los más activos fautores de la guerra, comprenden que si no se deshacen de aquellos que piensan en la paz, correrán gran riesgo de volver a caer bajo la influencia de Lacedemonia, y apelan al degüello para impedirlo. No vacilan ante la más impía de las medidas, pues que en efecto, ninguna sentencia de muerte se ejecuta durante una fiesta y ellos escogen el último día de las Eucleas[143], a fin de que puedan dar la muerte al mayor número de personas en la plaza pública. Al dar la señal, cuantos se habían obligado a ejercer de asesinos sacan sus puñales y principian a dar golpes a diestro y a siniestro, así entre los que están de pie como entre los que están sentados, así entre los espectadores como entre los jueces. Al esparcirse la noticia del degüello, refúgianse los principales ciudadanos, unos junto a las estatuas de los dioses en la plaza pública y otros en sus altares, pero también allí aquellos impíos, pisoteando toda clase de leyes y siendo a la vez sentenciadores y ejecutores, les degüellan delante de los santuarios, de tal modo, que aun aquellos que no son asesinados, por poco amor que tengan a la justicia, sienten horrorizarse su alma al ver esta impiedad. De este modo perecen gran número de los ciudadanos de más edad, pues eran los que en mayor cantidad se hallaban en la plaza pública, ya que los más jóvenes, sospechando algo de lo que se tramaba por las indicaciones de Pasimelo, se hallaban tranquilamente en el Craneo[144]; pero pronto oyen los gritos y ven llegar algunos ciudadanos que han podido escapar al degüello; arrojándose entonces al Acrocorinto[145] rechazan a los argivos, así como a las restantes tropas que les acosan. Mientras deliberan sobre lo que deben hacer, ven caer el capitel de una columna[146], sin temblor de tierra ni viento alguno, y cuando sacrifican, las víctimas son tales que los adivinos declaran que lo mejor es abandonar la plaza.

Aléjanse, pues, para huir del territorio de Corinto; persuadidos empero por las madres, hermanos y amigos que han ido a su encuentro y por los juramentos de los que están en el poder, garantizándoles la más completa seguridad, algunos regresan a sus hogares. Pero más tarde, cuando ven el país tiranizado y destruido el estado al quitarle sus fronteras y el nombre de Corinto a su patria, para darle el de Argos, y un gobierno argivo impuesto a los corintios, gobierno que no puede convenirles, pues les deja menos independencia que la que tienen los metecos, comienzan muchos a pensar que no es vivir el tener que sujetarse a tal estado de cosas, y paréceles una acción meritoria procurar que Corinto vuelva a ser de nuevo la antigua patria, que goce de su libertad, que se la purifique de los degüellos y se la haga disfrutar de una buena legislación; enardécense al considerar que si tales cosas llevan a cabo serán tenidos por los salvadores de la patria, y que si no pueden realizarlo, conseguirán la más gloriosa de las muertes, pues habrán ambicionado el mejor y más grande de los bienes.

Así, pues, dos de ellos, Pasimelo y Alcímenes atraviesan el torrente y procuran llegar hasta el polemarca lacedemonio Praxitas, que se hallaba con su guarnición en Sición y le dicen que podrán introducirle en el recinto del muro que lleva al Lequeo[147]. Praxitas, que los conocía desde mucho antes como hombres dignos de fe, cree en su palabra, y lo dispone todo de manera que la división que debía partir a Sición, se quede para tener fuerzas con que entrar en la ciudad. Sea casualidad, sea cálculo, aquellos dos hombres se hallaban de guardia en el lugar en que había sido levantado el trofeo[148], cuando se presenta Praxitas a la cabeza de su división con los sicionios y todos los corintios desterrados. Llegados junto a las puertas y temiendo la entrada repentina, prefiere mandar antes a un hombre de su confianza para que examine el estado interior de la ciudad; introdúcenle aquellos dos hombres y se lo enseñan todo con tanta naturalidad, que vuelve y declara que no hay que temer ningún engaño, conforme habían asegurado. Con estas seguridades entran en la ciudad[149], pero como los muros estaban separados entre sí por un intervalo bastante considerable, les parece ser poco numerosos para ocupar este espacio, y hacen del mejor modo que pueden una empalizada y un foso delante de ellos, a fin de poder esperar acudan a unírseles los aliados. El puerto que estaba a su espalda se hallaba guardado por los beocios.

Termina sin combate el día siguiente a la noche en que entraron, pero llegan en masa al otro día los argivos y encuentran a sus enemigos formados en orden de batalla, y constituida el ala derecha por los lacedemonios, al lado de los cuales estaban los sicionios y los fugitivos de Corinto en número de unos ciento cincuenta a la parte oriental del muro; apoyándose en dicho muro están Ifícrates y sus mercenarios y a su lado los argivos: el ala izquierda está formada por los corintios de la ciudad. Llenos de confianza en su número, marchan de frente al enemigo derrotando a los sicionios, derribando la empalizada y persiguiéndolos hasta el mar, junto al cual hacen de ellos gran matanza. El jefe de caballería[150] Pasímaco, que mandaba un pequeño número de caballos, ordena a sus soldados aten sus corceles a los árboles, arranca a los fugitivos sus escudos y marcha contra los argivos con cuantos quieren seguirle. Al ver los argivos grabada la Σ[151] en sus escudos, creen que son sicionios y no les temen; se cuenta que Pasímaco dijo en este momento: «¡Por los Dióscuros![152] estas Σ os engañan», y se arrojó sobre ellos; pero a pesar de combatir con valor con el puñado de valientes que le rodean, él y muchos otros, no consiguen más que hacerse matar.

Los expatriados corintios, sin embargo, habían vencido a sus adversarios, y avanzando siempre se habían aproximado mucho al recinto de la plaza; los lacedemonios también al apercibirse de la derrota de los sicionios, acuden en su auxilio, defendiendo al mismo tiempo la empalizada que estaba a su lado izquierdo. Así que saben los argivos que van a acosarles los lacedemonios, se vuelven, y a la carrera se dirigen hacia la empalizada para pasarla nuevamente, pero las últimas filas de la derecha, al exponer sin defensa su flanco, son destrozadas bajo los golpes de los lacedemonios, y el resto, que se había reunido junto a los muros, se retira en gran desorden hacia la ciudad, queriendo dar un rodeo para evitar el encuentro con los desterrados corintios que se reconocen como enemigos, y subiendo a los muros por medio de escalas, sin hallar en su precipitación más que la muerte, ya al saltar de la muralla, ya al pie de la misma escalera, a manos de sus perseguidores o bien aplastados bajo los pies de sus mismos compañeros.

No falta gente que matar a los lacedemonios, pues parece les concedió en aquel momento la divinidad una victoria que jamás hubieran podido esperar; porque, en efecto, ¿cómo es posible no parezca empujada por una fuerza divina aquella multitud de enemigos entregada por su voluntad, llena de miedo y estupor presentando al descubierto sus cuerpos y arrastrada toda ella a combatir, contribuyendo a su pérdida con todos sus esfuerzos, de manera que en un pequeño espacio de tiempo pereció tan gran número, que los hombres acostumbrados únicamente a ver montones de trigo, de leñas y de piedras, pudieron ver asimismo montones de cadáveres? Los guardias beocios apostados en el puerto son también muertos unos sobre los muros y otros sobre los tejados de los astilleros, donde se habían refugiado.

Después de esta acción, los corintios y argivos alcanzan una tregua para recoger sus muertos; llegan entonces los aliados de los lacedemonios y una vez reunidas todas las tropas, decide Praxitas demoler en los muros un trozo suficiente para dar paso a un ejército y luego, poniéndose a la cabeza de sus tropas, se dirige hacia Mégara. Toma por asalto a Sidunte y Cromión[153], y después de dejar allí guarniciones, retrocede fortificando Epiecea, a fin de que tengan los aliados una fortaleza avanzada que proteja a los países amigos, licenciando luego su ejército, y volviéndose a Lacedemonia.

Tienen lugar entonces importantes expediciones por ambas partes: envían las ciudades contingentes de tropa, unas a Corinto y otras a Sición para conservar los puestos avanzados; los dos ejércitos sostienen tropas mercenarias con las cuales se mantiene la guerra en vigor.

Invade Ifícrates el territorio de Fliunte, y por medio de sucesivas emboscadas devasta el país con pequeño número de soldados, y produce muchas bajas a los habitantes de la ciudad que salen sin las debidas precauciones, con lo cual los fliasios, que no habían querido antes admitir en sus muros a los lacedemonios, temiendo no hiciesen volver a sus desterrados bajo pretexto de su adhesión a Esparta, tienen un miedo tal a las tropas de Corinto, que llaman en su auxilio a los lacedemonios y les entregan la defensa de la ciudad y de la fortaleza. Los lacedemonios, sin embargo, aunque afectos a los desterrados, no hacen mención de su llamamiento mientras ocupan la ciudad, y cuando les parece está suficiente tranquila, se marchan dejando el gobierno y las leyes en el mismo estado en que se hallaban cuando entraron.

Ifícrates y sus soldados verifican numerosas irrupciones en Arcadia, saquean el país y ponen sitio a las ciudades fuera de las cuales nunca se atreven a salir los hoplitas arcadios, pues tienen un miedo cerval a los peltastas, quienes a su vez temen de tal modo a los lacedemonios, que no se ponen jamás a tiro de los hoplitas; pues había sucedido ya, que poniéndose a su alcance habían sido perseguidos por los lacedemonios más jóvenes, que habían conseguido matarles algunos soldados. Los espartanos, que menospreciaban a los peltastas, despreciaban aún más a sus propios aliados desde la conducta que los mantineos habían tenido cierto día en una salida contra los peltastas; habíanse arrojado sobre ellos fuera del Lequeo, pero recibidos con una lluvia de dardos, se habían replegado y declarado en fuga, dejando en poder de los enemigos algunos muertos, de manera que los lacedemonios no dejaban de burlarse de ellos, diciéndoles temían más a los peltastas que los niños a los fantasmas.

Salen los lacedemonios del Lequeo con una cohorte y con los desterrados corintios, con objeto de rodear de tropas a Corinto. Por su parte los atenienses, temiendo el poderío de los lacedemonios, y que después de abatir los grandes muros de Corinto se dirigían contra ellos, creen que lo mejor es reconstruir los muros derruidos por Praxitas, por lo cual llegan con albañiles y carpinteros en gran número, restablecen en pocos días el muro occidental que mira a Sición, y en cuanto al muro oriental lo reconstruyen con mayor facilidad.

Reflexionando los lacedemonios que los argivos están en completo reposo en su país y que se complacen en esa guerra, determinan dirigir contra ellos otra expedición. Pónese al frente de ella Agesilao, y después de devastar el país, pasa de improviso la frontera en Tenea y se dirige hacia Corinto, donde destruye las murallas reconstruidas por los atenienses. Acompañábale por mar su hermano Teleutias con una docena de trirremes; de manera que pudo alabarse su madre de que en un mismo día, uno de sus hijos se había apoderado por tierra de los muros enemigos, y el otro por mar de sus naves y astilleros. Hecho esto, licencia Agesilao el ejército de los aliados y conduce a Esparta las tropas nacionales.

CAPÍTULO V.

Informados los lacedemonios por los desterrados de que todos los ganados que poseían los habitantes de la ciudad los habían puesto en seguridad en el Pireo[154], donde se refugiaron también muchos de la población, determinan una nueva expedición contra Corinto, siendo asimismo jefe de ella Agesilao[155]. Dirígese[156] primero al Istmo, pues era durante el mes en que tienen lugar los juegos ístmicos, y eran los argivos los que hacían los sacrificios a Neptuno, como si fuesen una misma cosa Argos y Corinto; pero cuando saben la llegada de Agesilao, dejan abandonados los sacrificios y festines y se retiran con gran miedo a la ciudad por el camino de Céncreas. Agesilao, al ver esta retirada, no los persigue, sino que estableciéndose en el templo, sacrifica por sí mismo al dios[157], y permanece allí hasta que los fugitivos corintios hayan sacrificado y celebrado los juegos en honor de aquel dios. Así que se marcha vuelven los argivos y a su vez comienzan los juegos ístmicos, por lo cual se vio este año a los mismos individuos vencidos dos veces en los juegos, y a los demás proclamados dos veces vencedores.

Al cuarto día conduce Agesilao su ejército contra el Pireo; pero viendo que está guardado por numerosas fuerzas, se retira después del almuerzo en dirección a la ciudad, como si fuese a hacerse cargo de la entrega de la misma. Temiendo entonces los corintios que en realidad esto se verifique, ordenan a Ifícrates vaya con numerosos peltastas a reforzarla; pero Agesilao, informado de su marcha durante la noche, cambia de dirección al apuntar el día, y avanza contra el Pireo. Dirígese él mismo, hacia las termas, mandando una cohorte a las cimas más escarpadas, y pasa la noche junto a las termas, mientras la cohorte tiene que pernoctar en las alturas. En esta ocasión tiene Agesilao que imaginar un rasgo oportuno que, aunque pequeño en sí mismo, no deja, sin embargo, de merecer aplauso: ninguno de los que habían llevado alimentos a la cohorte se había acordado de llevar fuego consigo, y haciéndose sentir en gran manera el frío, por la extremada elevación en que se hallaban así como por haber llovido y granizado durante la tarde, los soldados, que habían subido en traje de verano, hallábanse ateridos de frío, y por esto y por hallarse en la oscuridad, no se sentían con ganas para comer la cena. Entonces Agesilao envía no menos de diez hombres con utensilios llenos de fuego. Subiendo estos por distintas partes y hallando leña en abundancia, encienden gran número de hogueras, después de lo cual se frotan con aceite, y la mayor parte se ponen a cenar. Viose durante esta misma noche el resplandor del incendio del templo de Neptuno, sin que nadie supiese la causa que lo ocasionó.

Cuando vieron los del Pireo ocupadas las alturas, ya no pensaron en defenderse, sino que hombres y mujeres, esclavos y libres, huyeron a refugiarse con la mayor parte del ganado en el Hereo[158]. Agesilao dirígese entonces con su ejército hacia el mar, y al mismo tiempo la cohorte, al bajar de las alturas, se apodera de la fortaleza de Énoe y de todo lo que contiene, proveyéndose abundantemente de víveres los soldados en los alrededores de la misma. Cuantos se habían refugiado en el Hereo salen asimismo y piden a Agesilao decida sobre su suerte: este ordena se entreguen a los desterrados cuantos hayan contribuido a los degüellos, y que los demás sean vendidos como esclavos, con lo cual se hace una inmensa cantidad de prisioneros en el Hereo.

Llegan entonces diputados de varias ciudades, sobre todo de Beocia, para saber las condiciones bajo los cuales podría obtenerse la paz. Agesilao les niega audiencia orgullosamente, a pesar de que Fárax, en su calidad de próxeno[159], se interesara mucho en que los recibiese; sentado en un edificio circular construido en el puerto, inspecciona los prisioneros. Los hoplitas lacedemonios, armados con sus lanzas, acompañan a estos esclavos y atraen principalmente la mirada de cuantos están presentes; porque siempre los que son felices y vencedores parecen merecer más la atención de todo el mundo.

Estaba aún sentado Agesilao, y parecía satisfecho de su victoria, cuando llega al galope un soldado con el caballo lleno de sudor, sin contestar a cuantas preguntas se le hacen sobre las noticias que trae, salta del caballo cuando está junto a Agesilao, corre hacia él y con profunda tristeza le relata el desastre que ha sufrido la cohorte del Lequeo. Levántase Agesilao de su asiento a esta nueva, coge su lanza y ordena al heraldo convoque inmediatamente a los polemarcas, penteconteras y jefes de las tropas mercenarias. Así que se presentan les dice que coman algo, pues aún no habían almorzado, y le sigan al instante, poniéndose él en marcha al frente de sus comensales, sin pensar siquiera en tomar alimento. Ármanse los doríforos[160] y le siguen inmediatamente. Habían ya pasado las termas y llegado a las llanuras del Lequeo, cuando se les presentan tres soldados de a caballo anunciándoles se han recogido ya los muertos. Así que Agesilao oye esto, manda deponer las armas y da algún reposo a sus tropas, que conduce después al Hereo; al día siguiente son vendidos los prisioneros.

Los diputados beocios que Agesilao hace llamar, y a quienes pregunta el motivo de su venida, no hacen ya mención de la paz, sino que dicen desean dirigirse a la ciudad junto a sus soldados, si nada se opone a ello, y él, sonriendo, «Bien sé —les dice— que no os mueve el deseo de ver a los soldados, sino el de inspeccionar por vuestros propios ojos hasta dónde llegan las ventajas obtenidas por vuestros amigos; quedaos, pues; yo mismo voy a conduciros, y podréis comprender mejor que yo cuanto allí ha sucedido.» No se engañó: al día siguiente, después de ofrecer un sacrificio, conduce a su ejército hacia la ciudad, y sin derribar el trofeo, pero talando y quemando cuantos árboles quedaban en pie para demostrar que nadie se atreve a salir a su encuentro, establece su campo junto al Lequeo, y en lugar de dejar entrar en la población a los diputados tebanos, les hace partir por mar hacia Creusis[161]. La magnitud del desastre sufrido por los espartanos causó gran pena a los soldados, excepto en aquellos cuyos hijos, padres o hermanos habían perecido en el combate, pues se les veía pasear adornados como después de una victoria, y glorificándose de la pérdida que habían experimentado.

He aquí cómo había sucedido este revés a la cohorte. Cuando los amicleos se hallan en campaña o ausentes de su patria, tienen costumbre de volver a ella en la época de las Jacintias, para cantar el peán, y en esta ocasión Agesilao había dejado a todos los amicleos de su ejército en el Lequeo. El polemarca que mandaba la guarnición ordena a las tropas de los aliados que allí se hallaban, queden guardando la plaza, y él con una división de hoplitas y de caballería, escolta a los amicleos a lo largo de los muros corintios. Al llegar a unos veinte o treinta estadios de Sición, vuelve a tomar el camino del Lequeo con los hoplitas, en número de unos seiscientos, y ordena al jefe de la caballería regrese después de haber acompañado a los amicleos todo el tiempo que lo deseen. No ignoraban los lacedemonios que se hallaban en Corinto gran número de peltastas y de hoplitas, pero confiaban no se atreverían estos a atacarles después de las últimas victorias. Al ver dos hombres de los de la ciudad, Calias, hijo de Hipónico, general de los hoplitas atenienses, e Ifícrates, jefe de los peltastas, aquellas tropas en número tan exiguo y desprovistas de infantería ligera y de caballería, creen poder atacarles con entera seguridad con el cuerpo de peltastas; porque, en efecto, si los lacedemonios continúan su marcha, asaltando sus flancos indefensos podrán causarles muchas bajas, y si tratan de perseguirlos, los peltastas, que son los soldados más ligeros, podrán escapar fácilmente a su persecución, por lo cual se deciden a atacarles. Calias forma sus hoplitas a cierta distancia de los muros, e Ifícrates, a la cabeza de los peltastas, ataca a la cohorte; alcanzados los lacedemonios por los dardos que les hieren o matan, ordenan a los escuderos cojan los heridos y los lleven al Lequeo, y en realidad fueron los únicos de la cohorte que quedaron con vida. Después ordena el polemarca a sus veteranos persigan a los que les acometen; pero pesadamente armadas estas tropas, no pueden aproximarse a tiro de los peltastas, pues habían recibido estos la orden de retirarse sin aguardar a pie firme a los hoplitas, y los lacedemonios, no corriendo todos con igual velocidad, se habían desordenado algún tanto. Así, pues, cuando quieren juntarse de nuevo a los suyos, los soldados de Ifícrates, dando una media vuelta, les agobian con sus dardos, unos por detrás y otros por su flanco descubierto, y matan en esta primera etapa diez o doce lacedemonios, éxito que les infunde mayor osadía. Habiendo tenido los lacedemonios esta desventaja, ordena el polemarca ataquen de nuevo los que hacía ya quince años habían salido de la adolescencia; pero cuando se repliegan, perecen en mayor número que la primera vez. Habían perdido ya sus mejores tropas, cuando se les une la caballería e intenta con ellos un nuevo ataque, y cuando se retiran los peltastas, ejecuta aquella una falsa maniobra, pues en lugar de perseguirles hasta haberles causado algunas bajas, carga de frente con los hoplitas y avanza y se retira al mismo tiempo que estos. Después de haber repetido varias veces la misma maniobra con iguales resultados, se debilitan cada vez más en número y valor, mientras, por el contrario, los enemigos atacan cada vez con mayor audacia y en mayor número.

No sabiendo ya qué hacer, se reúnen en una pequeña colina a dos estadios del mar y a diez y seis o diez y siete del Lequeo. Los de este punto, al apercibirse de su mala situación, se embarcan en botes para dirigirse a la colina, y los lacedemonios, reducidos ya a la mayor desesperación por su triste posición y por el número de sus muertos, no pudiendo hacer nada para su defensa, emprenden la fuga cuando ven que solo vienen hoplitas en su auxilio. Arrójanse unos al mar, y otros, en reducido número, consiguen refugiarse en el Lequeo con los caballos. En estos combates parciales y en la derrota pierden unos doscientos cincuenta hombres. He aquí cómo sucedió este desastre.

Agesilao, después de dejar en el Lequeo una cohorte y los restos de la que ha quedado en cuadro, se dirige a Esparta, entrando en las ciudades lo más tarde posible y saliendo a primera hora. Aunque sale de Orcómeno por la mañana, no entra en Mantinea hasta por la noche: tanto es lo que teme la exasperación de sus soldados al comprender la alegría e irrisión de los mantineos por su derrota. Ifícrates añade nuevos laureles a los anteriores, pues se hace dueño de todas las plazas en que había Praxitas establecido guarniciones, como en Sidunte y Cromión, y Agesilao en Énoe, después de tomar el Pireo. En cuanto al Lequeo, estaba guarnecido por tropas lacedemonias y aliadas. Desde el desastre de la cohorte lacedemonia, los desterrados corintios no se atrevían ya a salir de Sición más que por mar, y costeando desembarcaban en distintos puntos, desde donde inquietaban a los de la ciudad que a su vez los inquietaban también cuando podían.

CAPÍTULO VI.

Poco después[162] los aqueos, que eran dueños de la ciudad de Calidón[163], en otro tiempo de Etolia, y que habían concedido el derecho de ciudadanía a los calidonios, se ven obligados a poner en ella guarnición, pues los acarnanios se dirigían a atacarla sostenidos por algunas tropas atenienses y beocias con quienes habían hecho alianza. Acosados por ellos, envían, pues, los aqueos mensajeros a Lacedemonia, donde declaran al llegar que no habían sido bien tratados por los espartanos.

«Ciudadanos —dicen—, nosotros hemos tomado parte en todas las expediciones a que nos habéis convocado y os hemos seguido donde quiera nos lo habéis mandado, pero vosotros, en cambio, ningún cuidado experimentáis por nosotros al vernos sitiados por los acarnanios y por sus aliados los atenienses y beocios. Si esto continúa así, no podremos resistirles, pues nos será preciso abandonar la guerra del Peloponeso y pasar el mar con todas nuestras fuerzas para ir a combatir a los acarnanios y sus aliados, o procurar hacer la paz bajo las mejores condiciones posibles.»

He aquí lo que dicen a los lacedemonios, amenazándoles veladamente con apartarse de la alianza si no acuden a prestarles auxilio. Los éforos y el senado declaran, después de haberles oído, que es preciso marchar en auxilio de los aqueos contra los acarnanios, y envían a Agesilao al frente de dos cohortes y del contingente de los aliados, a los cuales se unen también en masa los aqueos. Así que desembarca Agesilao, los campesinos acarnanios se retiran a las ciudades, y todos los rebaños son llevados a gran distancia para que no caigan en poder de los soldados. Al llegar a las fronteras, envía Agesilao mensajeros a la asamblea acarnania reunida en Estrato[164] para que declaren que asolará por completo su país, sin perdonar lo más mínimo, si no renuncian a la alianza de los beocios y atenienses y no se confederan con los lacedemonios. No obedeciéndole, lleva a efecto sus amenazas, y ocupado únicamente en devastar el país, no avanza más que diez o doce estadios por jornada, por lo cual, creyéndose los acarnanios en seguridad a causa de la lentitud de su marcha, hacen bajar de los montes a sus rebaños y continúan el cultivo de sus tierras; pero cuando Agesilao les supone completamente tranquilizados, a los quince o dieciséis días de su entrada en la comarca, sale temprano después de haber celebrado los sacrificios, hace una marcha de ciento cincuenta estadios, llega por la noche a las orillas del lago alrededor del cual están apacentándose casi todos los rebaños acarnanios, y apoderándose de una inmensa cantidad de bueyes, caballos y otros animales de toda clase, hace igualmente gran número de prisioneros.

Quédase al día siguiente en el mismo lugar para venderlos como esclavos; pero los peltastas acarnanios, llegando en número bastante regular, y apostándose en los montes, al pie de los cuales está acampado Agesilao, arrójanle dardos y piedras, permaneciendo ellos fuera de su alcance, y obligando al ejército a abandonar las alturas para bajar a la llanura, a pesar de hallarse ocupado en preparar la cena. Durante la noche retíranse los acarnanios, y colocando centinelas los lacedemonios, se entregan al descanso.

Al día siguiente comienza Agesilao su retirada; pero las montañas que rodean el valle y la llanura donde está situado el lago no dejan más que un estrecho paso, y los acarnanios, dueños de las alturas, arrojan desde allí proyectiles de toda clase, y bajando de las cúspides, atacan al ejército y le acosan de manera que hacen completamente imposible su avance. Ningún daño causan a los acosadores los hoplitas y caballeros de la falange que intentan su persecución, pues pronto, al retirarse, llegan los acarnanios a posiciones inexpugnables. Conociendo entonces Agesilao la dificultad en que se encuentra de salir de aquel desfiladero mientras esté expuesto a los mismos ataques, decide atacar a los que inquietan su izquierda a pesar de ser su número bastante considerable, pues esta ladera de montaña es más accesible a los hoplitas y caballos.

Mientras ofrece los sacrificios acósanle vivamente los acarnanios, arrojando a sus soldados flechas y dardos, y adelantándose tanto, que les causan gran número de heridos; pero luego que da la orden de ataque, los hoplitas, que hacía quince años servían en el ejército, se lanzan con arrojo hacia adelante; carga la caballería sobre los enemigos, y él mismo les sigue con el grueso del ejército. Repliéganse entonces los acarnanios que habían bajado hasta la llanura, y después de haber lanzado algunos proyectiles, son alcanzados y muertos al querer huir a las alturas. Los hoplitas acarnanios y la mayor parte de sus peltastas se hallaban ordenados en batalla en la cima del monte, donde aguardan a pie firme al enemigo: arrojan gran número de dardos; sírvense de sus lanzas como armas arrojadizas, hiriendo a algunos soldados de a caballo y matando muchos caballos; pero cuando están a punto de llegar a las manos con los hoplitas lacedemonios, emprenden la fuga y pierden en esta jornada unos trescientos hombres.

Levanta entonces Agesilao un trofeo, devastando después e incendiando los alrededores; y obligado por los aqueos, ataca algunas poblaciones, pero sin conseguir apoderarse de ninguna. Finalmente, como se acercaba el otoño, decide abandonar el país, a pesar de que los aqueos creen nada ha conseguido, pues no se ha apoderado de población alguna de grado ni por fuerza. Ruéganle, pues, que, ya que no ha hecho otra cosa, se quede allí el tiempo necesario para impedir a los acarnanios la siembra de sus tierras; pero él les contesta que lo que le aconsejan es contrario a sus propios intereses. «En cuanto a mí —dice—, pienso dirigir una nueva expedición contra este país en el próximo verano, y cuanto más hayan sembrado, mayores deseos tendrán de la paz.» Dicho esto, se retira por la vía terrestre a través de Etolia, por un camino que ni con muchas ni con pocas tropas hubiera podido seguirse contra la voluntad de los etolios, pero que estos le franquean, con la esperanza de que se les devuelva Naupacto. Llegado a Río, atraviesa el mar y llega a Esparta, porque el paso del Calidón en el Peloponeso había sido interceptado por las trirremes que los atenienses habían enviado desde Eníadas.

CAPÍTULO VII.

Al terminar el invierno, Agesilao, para cumplir la promesa hecha a los aqueos, preparó al principiar la primavera[165] una nueva expedición contra los acarnanios. Habiéndolo sabido estos, consideran que a causa de su situación en medio de la campiña, serán sitiadas sus ciudades por un enemigo que destruirá sus mieses y por ejércitos que rodearán sus muros, por lo cual envían diputados a Lacedemonia y firman la paz con los aqueos y una alianza con los lacedemonios. Así terminaron los asuntos de los acarnanios.

Entonces los lacedemonios, considerando peligroso el dirigirse contra los atenienses o contra los beocios dejando detrás de ellos en las fronteras de Laconia una ciudad enemiga tan poderosa como Argos, declaran la guerra a esta república.

Luego que sabe Agesípolis[166] que debe mandar la expedición, y después de celebrar los sacrificios de la marcha, dirígese a Olimpia para consultar al oráculo, preguntando al dios[167] si podía sin impiedad rehusar la tregua que puedan proponerle los argivos, pues tenían costumbre de pretextar los meses sagrados[168], no cuando llegaba su época, sino cuando los lacedemonios estaban a punto de invadir su territorio. Contéstale el dios, que puede sin impiedad desechar una tregua injustamente reclamada; y entonces, dirigiéndose a Delfos para pedir a Apolo si tiene sobre esta tregua igual modo de sentir que su padre, aquel dios le da una contestación exactamente igual. Encamínase entonces a Fliunte para reunirse con su ejército, pues este era el punto para el cual había citado a sus tropas mientras consultaba los oráculos, e invade la Argólida por Nemea. Al ver los argivos que no pueden resistir, envían, según su costumbre, dos heraldos coronados de flores para pedir la tregua; pero Agesípolis, contestando que los dioses han declarado la injusticia de su petición, no acepta la tregua, e invade el país, causando gran terror así en los campos como en la capital.

Mientras cenaba por primera vez en el territorio argivo, y cuando terminaban de hacer las libaciones acostumbradas después de la comida, el dios[169] conmovió la tierra. Siguiendo el ejemplo de los comensales del rey, los lacedemonios entonan el peán en honor de Neptuno, creyendo los soldados se va a ordenar la retirada, puesto que Agis había abandonado Élide después de un temblor de tierra. Mas Agesípolis dice que si el temblor se hubiese verificado en el momento de entrar en el territorio enemigo, lo hubiera considerado como una prohibición, pero habiendo acontecido después de su entrada, lo consideraba como signo favorable; así es que al día siguiente, después de haber ofrecido los sacrificios a Neptuno, prosigue su marcha, sin ir, sin embargo, muy lejos. Teniendo ante su vista la reciente expedición de Agesilao contra Argos, pide Agesípolis a sus soldados hasta qué distancia de los muros llegó Agesilao y hasta dónde extendió sus devastaciones por el país, como un pentatlo[170] que procura sobrepujar en todo a su rival.

Un día atraviesa dos veces los fosos excavados alrededor de los muros de la ciudad, a pesar de los proyectiles que le arrojan desde lo alto de las torres; otra vez, mientras la mayor parte de los argivos habían ido a Laconia, se adelanta tan cerca de las puertas, que los argivos que las guardaban no se atreven a abrirlas a la caballería beocia que iba a entrar en la ciudad, por miedo de que los lacedemonios entren en ella al mismo tiempo, de manera que tuvieron los caballos que pegarse como murciélagos a los muros y a las barbacanas, y si los cretenses no se hubiesen hallado en expedición contra Nauplia, hombres y caballos hubieran perecido en gran número bajo sus flechas. Algún tiempo después, mientras Agesípolis estaba acampado alrededor de los muros de la ciudad, cayó un rayo en el campamento, pereciendo unos asfixiados y otros de miedo. Más tarde, mientras ofrece un sacrificio para levantar un fuerte en el paso de Celusa, las entrañas de las víctimas aparecen incompletas; por todo lo cual se retira con su ejército, y le licencia, después de haber hecho, sin embargo, mucho daño a los argivos al atacarles tan de improviso.

CAPÍTULO VIII.

Tales eran los acontecimientos que tuvieron lugar por tierra durante ese tiempo; voy a contar ahora cuanto sucedió por mar en la misma época,[171] así como cuanto tuvo lugar en las ciudades marítimas, fijándome únicamente en los hechos más culminantes y dejando de mencionar aquellos que carecieron de gran importancia.

Después de haber derrotado a los lacedemonios en el combate naval, Farnabazo y Conón dieron la vuelta a las islas y ciudades marítimas para arrojar de ellas a los gobernadores lacedemonios, dando a aquellas la seguridad de que no se ocuparían sus fortalezas y que se les respetaría su independencia. Oyen con placer las ciudades esta declaración, y envían en reconocimiento dones de hospitalidad a Farnabazo. Conón era quien había hecho comprender a este que tratando de ese modo a las ciudades se las haría completamente amigas, mientras que si quería sujetarlas abiertamente, cada una de ellas le suscitaría tantos obstáculos como pudiera, y le pondría en el riesgo de una coalición de todos los griegos si comprendían sus designios; y estas reflexiones habían convencido a Farnabazo. Desembarca después en Éfeso y da cuarenta trirremes a Conón, diciéndole le aguarde en Sesto, pues él irá por tierra a su gobierno, ya que Dercílidas, que era su enemigo desde largo tiempo, se hallaba en Abido, mientras tenía lugar la batalla naval, y en lugar de huir como los otros gobernadores lacedemonios, se había conservado en dicha población y había sabido mantenerla fiel a Esparta.

Convocando a los abidenos, les había dirigido estas palabras:

«Abidenos, ahora es cuando vosotros, los antiguos amigos de nuestra ciudad, podéis mostrar vuestros beneficios hacia Esparta. Nada tiene de notable el conservarse fieles en la próspera fortuna, pero se es acreedor a un reconocimiento eterno cuando se permanece fiel a los que se hallan en desgracia. No hay que creer, sin embargo, que hayamos perdido nuestra importancia por haber sido vencidos en este combate naval, pues aun en la época en que los atenienses tenían el predominio marítimo, en todas partes se hallaba nuestra república en situación de recompensar a los amigos. Y ciertamente, cuanto más se apresuren las otras ciudades en abandonarnos cuando no nos sonríe la fortuna, más grande aparecerá realmente vuestra fidelidad. Si teme alguno de vosotros ver sitiada por tierra y por mar a esta ciudad, piense que no hay aún en estos parajes ninguna flota griega y que jamás Grecia podrá consentir intenten los bárbaros tomarle el imperio sobre el mar, de manera que esta ciudad al defenderse se hará a la vez aliada nuestra.»

Al oír estas palabras, obedecen con intenso placer los abidenos y reciben amigablemente a los gobernadores que llegan a la ciudad, así como llaman a los que se encuentran fuera de ella. Cuando se halla reunido en la ciudad un número considerable de hombres importantes, Dercílidas pasa a Sesto, que está a una distancia que no llega a ocho estadios; reúne allí a todos los lacedemonios que han recibido de Esparta los bienes que poseen en el Quersoneso y a todos los gobernadores que habían sido arrojados de las ciudades de Europa; les recibe amigablemente y les dice no deben desesperar de su actual situación, antes bien, acordarse de que en la misma Asia y en los dominios del rey hay las pequeñas ciudades de Temnos, Egas y otras plazas, que pueden habitar sin estar sujetos al rey. «Y sin embargo —añade—, ¿podríais acaso encontrar una posición más segura e inexpugnable que Sesto, para cuyo sitio son necesarios un ejército terrestre y una flota?» De este modo con sus discursos procuraba fortalecer su valor. Farnabazo, hallando en estas disposiciones a los de Sesto y Abido, les hace saber que si no mandan retirar a los lacedemonios, les declarará la guerra, y como rehúsan obedecerle, ordena a Conón les bloquee por mar, mientras él devastará el territorio de los abidenos. Pero no pudiendo llevar a cabo su sumisión, se vuelve a su provincia y ordena a Conón procure concertarse con las ciudades griegas del Helesponto a fin de que pueda reunir gran número de naves para la primavera siguiente. Irritado contra los lacedemonios por cuanto ha sufrido de ellos, su más vivo deseo es el poder dirigirse a su país vengándose de la manera más manifiesta.

Consumen ambos el invierno ocupándose en estos preparativos y al llegar la primavera equipa Farnabazo gran número de naves, recluta un ejército mercenario y se hace a la vela con Conón, pasando por Melos a través de las islas y dirigiéndose a Laconia. Principia por abordar en Feras[172], cuyo país saquea por completo, y después verifica varios desembarcos en distintos puntos de la costa, haciendo en ella todo el daño posible. Pero temiendo pronto la falta de puertos en estos parajes y la llegada de los enemigos, así como la falta de víveres, abandona aquellas costas y se dirige a Fenicunte, en la isla de Citera. Temiendo un asalto, las tropas que ocupaban aquella ciudad abandonan la plaza y Farnabazo deja que se retiren en libertad a Laconia, bajo la garantía de un tratado repara después las fortificaciones de la ciudad, y estableciendo en ella una guarnición, nombra gobernador de los citereos al ateniense Nicofemo. Dirígese después al istmo de Corinto y exhorta a los aliados para que sostengan con vigor la guerra y se muestren fieles aliados del rey, con lo cual, después de entregarles todo el dinero de que puede disponer, regresa a su gobierno.

Conón le ruega entonces se le confíe la flota, que sabrá sostener a expensas de las islas, y con la cual podrá volver a su patria y reconstruir los grandes muros atenienses y la muralla del Pireo, ya que no cree haya cosa más penosa para los lacedemonios. «De este modo —añade—, te asegurarás la amistad de los atenienses y te vengarás de los lacedemonios, pues con esto solo inutilizarás todos los esfuerzos que hasta ahora han realizado.» Persuadido de esto Farnabazo, le envía inmediatamente a Atenas, dándole además el dinero necesario para la reconstrucción de los muros. Luego que llega a Atenas levanta Conón gran parte de la muralla, empleando el equipaje de su flota, pagando el salario de los albañiles y demás operarios y haciendo todos los gastos necesarios; reconstrúyense otras partes por los atenienses, beocios y demás aliados que se apresuran todos a contribuir a tal obra.

Habiendo los corintios equipado algunas naves con el dinero que les dejó Farnabazo, nombran comandante de las mismas a Agatino y dominan en el golfo de Acaya y del Lequeo. Por su parte los lacedemonios hacen a la vela las naves mandadas por Podánemo; pero es muerto en un combate, y habiéndose visto obligado Polis, su lugarteniente, por sus heridas a dejar la flota, toma Herípidas el mando de las naves. El corintio Proeno, sucesor de Agatino en el mando de la flota, sale de Río[173], punto de que se apoderan los lacedemonios, y Teleutias, que había sucedido en el mando a Herípidas, vuelve a adquirir la supremacía en el golfo.

Sabiendo los lacedemonios que Conón reconstruye los muros de Atenas y sostiene su flota con el dinero del rey, conquistando para Atenas las islas y las ciudades vecinas del continente, piensan que si informan de todo esto a Tiribazo, general del rey, podrán conquistarle a su partido, o a lo menos hacer que se retiren a Conón los medios para el sostenimiento de la flota. Envían con este objeto a Antálcidas junto a Tiribazo, con encargo de informarle de cuanto sucede y de procurar la paz entre Lacedemonia y el rey. Sabiendo los atenienses estas disposiciones, envían por su parte a Conón, Hermógenes, Dión, Calístenes y Calimedonte, así como deciden a sus aliados manden también los suyos, haciéndolo los beocios, corintios y argivos. Una vez allí, Antálcidas dice a Tiribazo que viene de parte de su república para proponer al rey la paz bajo condiciones verdaderamente ventajosas para él, pues respecto a las ciudades griegas de Asia, ninguna condición pretenden imponer los lacedemonios al rey, bastándoles sea reconocida la independencia de las islas y de las restantes ciudades. «Y como estos son nuestros deseos —añade—, ¿qué motivo hay para que los griegos o el rey nos hagan la guerra y derrochen neciamente el dinero? Toda expedición contra el rey es imposible por parte de los atenienses mientras no la ordenemos nosotros, cosa que nos es completamente inútil desde el momento en que sean autónomas las ciudades.»

Oye Tiribazo con la más viva fruición estas palabras de Antálcidas; pero la opinión contraria se formulaba en estos términos: temían los atenienses ver declarada la independencia de las islas y ciudades, pues perderían Lemnos, Imbros y Esciros; los tebanos temían también verse obligados a reconocer la autonomía de las ciudades beocias, y los argivos no deseaban se los obligase a renunciar a tratar a Corinto como parte de Argos, cosa que sucedería si se firmaba esta paz. Esto hizo que la paz no pudiese concertarse y que cada cual volviera a su patria. Tiribazo, sin embargo, cree puede ser peligroso para él el aceptar la alianza de los lacedemonios sin previo conocimiento del rey; pero da ocultamente dinero a Antálcidas, con objeto de que puedan los lacedemonios equipar una flota y obligar de este modo a los atenienses y demás aliados a que deseen más vivamente la paz, y luego, dando crédito a las referencias lacedemonias, hace prender a Conón como traidor. Preséntase después al rey para participarle las proposiciones de los lacedemonios; dícele asimismo que ha hecho prender como traidor a Conón, y le pide instrucciones para obrar a tenor de lo que el rey le mande.

Este, mientras se halla Tiribazo junto a él, envía para dirigir los asuntos marítimos a Estrutas, quien se inclinaba fuertemente en favor de los atenienses y de sus aliados, recordando todo el daño que había causado Agesilao a los países del rey. Al ver los lacedemonios que Estrutas les es hostil y que se halla favorablemente dispuesto hacia los atenienses, envían a Tibrón para que le haga la guerra. Dirígese este a Asia, y saliendo de Éfeso, atraviesa por Priene, Leucofris y Aquileo, ciudades de la llanura del Meandro, pasando a sangre y fuego el país del rey. Por fin Estrutas, observando que Tibrón sale cada vez desordenadamente sin tomar precauciones de ningún género, destaca la caballería para la llanura, ordenándole se arroje sobre el enemigo procurando envolverle y cargándole de frente con todo el empuje posible. Tibrón acababa de almorzar y salía de su tienda con el flautista Tersandro, quien no solo era un músico excelente, sino que se gloriaba también de haber aprovechado la educación lacedemonia, relativamente a su fuerza y vigor. Estrutas, viendo marchan en aquel momento las fuerzas enemigas en completo desorden con una vanguardia muy débil, se le opone de improviso con una caballería numerosa y bien ordenada. Son de los primeros en morir Tibrón y Tersandro, y los demás soldados, al saber que han perecido, emprenden la fuga, siendo perseguidos por el enemigo, que hace en ellos gran matanza, consiguiendo solo unos pocos refugiarse en las ciudades aliadas. Quedan también con vida algunos que no han salido con la expedición por ignorar que se verificase, ya que muchas veces, como en esta, Tibrón se ponía en marcha sin anunciarlo anticipadamente. De este modo tuvo lugar el referido desastre.

Llegan a Lacedemonia algunos rodios desterrados por el pueblo, y declaran que es una indignidad tolerar que los atenienses ocupen a Rodas y robustezcan de tal modo su poderío. Comprendiendo los lacedemonios que efectivamente si el pueblo domina en Rodas toda la isla caerá en poder de los atenienses, y por el contrario, dominarían en ella si mandasen los ricos, equipan ocho naves bajo el mando de Écdico. Embárcase también en ellas Dífridas, a quien habían ordenado protegiese las ciudades que se habían entregado a Tibrón, reuniese los restos del ejército y aumentándolo con cuantas tropas pudiese reclutar, hiciese la guerra a Estrutas con todas estas fuerzas reunidas. Dífridas ejecuta estas órdenes y consigue algunas ventajas; apodérase del yerno de Estrutas, Tigranes, que se dirigía a Sardes con su esposa, y por el cual exige considerable rescate, que le proporciona los necesarios medios para pagar a sus tropas. Era Dífridas un hombre no menos amable que Tibrón, y un general más previsor y activo: no se dejaba dominar por los placeres corporales, y al mismo tiempo ponía todo su empeño en llevar a buen término cuanto se proponía.

Al llegar Écdico a Cnido, y sabiendo que el pueblo de Rodas gobernaba en todos los asuntos de mar y tierra y que poseía doble número de trirremes de las que él traía consigo, se queda a la expectativa en Cnido, hasta que se convencen los lacedemonios de que no tiene bastantes fuerzas para ayudar a sus aliados, y ordenan a Teleutias se reúna a Écdico con las doce naves que están a sus órdenes en el golfo, en las zonas de Acaya y del Lequeo, y dictan las necesarias instrucciones para que volviéndose Écdico a Esparta abrace los intereses de cuantos se declaren amigos y cause todo el daño posible a los enemigos. Teleutias llega a Samos, donde toma el mando de las naves, y se hace a la vela para Cnido, regresando Écdico a la patria. Dirígese Teleutias a Rodas, teniendo a sus órdenes veintisiete naves, y por el camino encuentra casualmente a Filócrates, que venía de Atenas con diez trirremes y se dirigía a Chipre para auxiliar a Evágoras, apoderándose de todas ellas, con lo cual se invierten los papeles, pues los atenienses aliados del rey protegen a Evágoras, que hace la guerra a aquel, y Teleutias, mientras los lacedemonios están en guerra con el rey, destruye las naves que iban a hacerle la guerra. Vuélvese a Cnido para vender la presa, y después dirígese nuevamente a Rodas para socorrer a los partidarios de Esparta.

Los atenienses, al ver que los espartanos vuelven a estar en camino para reconquistar su poderío sobre el mar, envían a Trasíbulo, el de Estiria, con cuarenta naves, quien no se dirige a Rodas, pues le parece difícil tomar venganza en los amigos de Lacedemonia, siendo, como son, dueños de una plaza fuerte y apoyados por la presencia de Teleutias y de su flota, y además no cree que los aliados de los atenienses corran peligro de sucumbir, pues poseen las ciudades, son superiores con mucho a sus adversarios, y acaban de ganar una batalla, por todo lo cual navega hacia el Helesponto, y no encontrando allí adversario alguno, imagina podrá prestar algún buen servicio a su patria. Habiendo, pues, sabido que Amádoco, rey de los odrisios, y Seutes, soberano del litoral, se hallaban enemistados, los reconcilia y se capta su amistad y alianza para Atenas, pues esperaba que, gracias a esta alianza, las ciudades griegas de Tracia estarían mejor dispuestas en favor de los atenienses. Y como estas comarcas, del propio modo que las ciudades griegas de Asia, no le daban inquietud alguna, a causa de la alianza del rey con Atenas, se dirige a Bizancio y asegura el diezmo que se exigía a las naves que salían del Ponto. Sustituye asimismo el gobierno democrático al oligárquico de los bizantinos, por lo que este pueblo ve con placer a gran número de atenienses que residen en su ciudad. Después de esto afirma con mayor seguridad la amistad de los calcedonios, y luego sale del Helesponto.

Halla aliadas al partido lacedemonio a casi todas las ciudades de la isla de Lesbos, excepción hecha de Mitilene; pero no ataca a ninguna de ellas antes de haber reunido en esta población los cuatrocientos hoplitas que se hallaban en sus naves y todos los desterrados de aquellas ciudades que se habían refugiado en Mitilene, a los cuales añade asimismo los habitantes más valerosos de esta última población. Promete a los mitilenios que si se apodera de aquellas ciudades les dará la preeminencia sobre toda la isla; a los desterrados, que si reúnen sus fuerzas contra cada una de las ciudades de que han sido expatriados, se hallarán en condiciones para volver cada uno a su patria y a los marinos, que si consiguen hacer de la isla de Lesbos una aliada de Atenas, procurarán a esta un abundante manantial de riquezas. Después de haberles animado de esta suerte, forma sus tropas y las conduce contra Metimna.

Cuando Terímaco, el gobernador lacedemonio, sabe la llegada de Trasíbulo, reúne los marineros de sus naves, los metimneos y a todos los mitilenios que se hallaban en la ciudad, y se dirige con sus tropas a la frontera. Librado el combate, perece Terímaco, sus tropas emprenden la fuga y mueren muchos de ellos. La mayor parte de las ciudades abren entonces las puertas a Trasíbulo, quien devasta a las que rehúsan rendirse, con lo cual procura dinero a sus soldados. Apresúrase después en volver a Rodas; pero a fin de infundir ánimo a su ejército, exige contribuciones a las diferentes ciudades y llega a Aspendo, sobre el río Eurimedonte. Había ya recibido el dinero de los aspendios, cuando sus soldados cometen algún destrozo en los campos, e irritados aquellos, verifican de noche una irrupción y le degüellan en su tienda. Así murió Trasíbulo, que era tenido por uno de los hombres mejores de su patria, y los atenienses eligen como su sucesor a Agirrio, que va a tomar el mando de las fuerzas.

Los lacedemonios, al saber que los atenienses han vendido en Bizancio el diezmo sobre las naves que salen del Ponto, que ocupan a Calcedonia y que gracias a la amistad de Farnabazo se hallan en inmejorables relaciones con las demás ciudades del Helesponto, creen no deben descuidar sus asuntos. Nada tenían que echar en cara a Dercílidas; pero Anaxibio, que había sabido conquistarse el favor de los éforos, alcanza que se le mande como gobernador a Abido, prometiendo, si se le conceden subsidios y naves, hacer una guerra tan decidida a los atenienses, que su posición en el Helesponto no pueda sostenerse. Concédenle tres trirremes y el dinero necesario para poder sostener mil soldados mercenarios, y entonces se le manda a Abido. Una vez allí, recluta en los alrededores buen contingente de tropas mercenarias, aparta de la amistad de Farnabazo algunas ciudades de Eólida, ataca a las que se habían confederado contra Abido e invade y devasta su territorio, equipa además otras tres naves, que añade a las que posee, e intenta con ellas apoderarse en el mar de alguna nave ateniense o de sus aliados.

Informados los atenienses de estos hechos, y temiendo ver destruido el predominio que ha obtenido para ellos Trasíbulo en el Helesponto, envían a Ifícrates con ocho naves y cerca de mil doscientos peltastas, la mayor parte de los cuales habían servido a sus órdenes en Corinto. Los argivos, una vez sometida Corinto, les habían declarado no necesitaban ya de ellos, acaso porque Ifícrates había hecho matar algunos argivos, por lo cual había regresado a Atenas, donde entonces se hallaba. Después de su llegada al Quersoneso, Anaxibio e Ifícrates pelean entre sí mandándose corsarios, pero algún tiempo después, habiendo sabido Ifícrates que Anaxibio se había dirigido a Antandro con sus mercenarios, con los lacedemonios que tenía a sus órdenes y doscientos hoplitas de Abido, y sabiendo además que se ha aliado con la ciudad de Antandro, sospecha que después de dejar allí una guarnición, regresará a Abido para conducir de nuevo a los habitantes de esta población, por lo cual, pasando la noche en lo más desierto del territorio de Abido, y subiendo a los montes, le prepara una emboscada; al propio tiempo ordena a las trirremes que le han conducido allí, se vuelvan al Quersoneso, para aparecer, como de ordinario, ocupadas tan solo en la exacción de tributos. Obrando de este modo no se equivocó, pues Anaxibio emprende su regreso sin que las víctimas, según se dice, fuesen favorables; pero esto no le inspira cuidado, pues tenía que pasar únicamente por territorio amigo hacia una ciudad aliada, y con la noticia que dan cuantos encuentra, de que Ifícrates navega en dirección a Proconeso, avanza completamente descuidado.

Ifícrates, sin embargo, no se mueve mientras que el ejército de Anaxibio se halla a su misma altura; pero así que los abidenos, que formaban la vanguardia, han llegado a la llanura de Cremaste, donde se hallan las minas de oro, y que el ejército que le seguía se encuentra en la pendiente del monte que baja Anaxibio con los lacedemonios, échaseles encima a la carrera saliendo de su emboscada. Comprende Anaxibio que no tiene esperanza alguna de salvación, y contemplando la larga línea de su ejército, que se extiende por el desfiladero, conoce que la montaña impedirá vengan en su auxilio los que le preceden. Viendo, pues, el terror que se apodera de todas sus tropas cuando se aperciben de la emboscada, dice a los que le rodean: «Amigos, hermoso me parece el morir aquí; procurad salvaros vosotros, antes de que vengáis a las manos con los enemigos.» Dice esto, y tomando el escudo a su paje, halla la muerte combatiendo. Perece a su lado su amado, así como unos doce gobernadores lacedemonios de diferentes ciudades, y el resto, o perece en la fuga o es perseguido hasta la ciudad. Quedan en el campo unos doscientos hoplitas y unos cincuenta abidenos, después de lo cual, Ifícrates regresa nuevamente al Quersoneso.

Notes in this chapter

Note 1 · Del año 395 antes de la era vulgar.Note 2 · Estos empleados eran una especie de comisarios que se cuidaban de vender en pública subasta el botín tomado a los enemigos.Note 3 · De Astira, ciudad de Misia.Note 4 · En dicho año 395 antes de Cristo.Note 5 · Los griegos de Asia.Note 6 · Jerjes.Note 7 · Desfiladero de que se habla también más adelante, en el cap. IV de este mismo libro.Note 8 · Es decir, de los corintios y de sus aliados.Note 9 · Según las conjeturas de Schneider, en un lugar cubierto de bosque.Note 10 · Hallábanse los atenienses divididos en diez tribus para los asuntos civiles, y esta división se conservaba también en el ejército.Note 11 · Cazadora.Note 12 · De Corinto.Note 13 · En el año 394 antes de nuestra era.Note 14 · Había vuelto a Europa después de haber llevado a cabo su misión junto a Tisafernes. Compárese, lib. III, capítulo IV.Note 15 · Dice Schneider que eran 300 caballeros escogidos, que desempeñaban las funciones de estado Mayor con los reyes de Lacedemonia.Note 16 · Weiske le llama Polímaco.Note 17 · A causa de un eclipse anular.Note 18 · Conón, después de la batalla de Egospótamos, había huido al lado de Evágoras, y más tarde junto al rey de Persia.Note 19 · Ozolia y Opuntia.Note 20 · Compárese Agesilao, cap. II.Note 21 · Leemos, con A. Turretini y L. Dindorf, πολλοὶ, a pesar de la autoridad de Weiske, quien lee Πελλεῖς, opinión que siguen asimismo otros doctoNote 22 · En el año 393 antes de Jesucristo.Note 23 · Fiestas en honor de Ártemis o Diana, que era adorada en Tebas en el templo que le edificó Hércules después de la victoria que alcanzó sobre Note 24 · Gimnasio situado en la cumbre de una colina cercana a Corinto y rodeado de un bosque sagrado.Note 25 · Montaña coronada de una ciudadela que dominaba a Corinto.Note 26 · Era una columna consagrada a Cibeles, madre de los dioses.Note 27 · Puerto de Corinto.Note 28 · Véase el final del cap. II de este mismo libro.Note 29 · Para la inteligencia de estos movimientos, será bueno recurrir al mapa que inserta Weiske en la pág. 189 del tomo IV de su edición de las obNote 30 · Ἱππαρμοστής.Note 31 · Es la primera letra de la palabra Σικυώνιοι (sicionios).Note 32 · Ναὶ τὼ σιώ, literalmente, ¡por los dos dioses! Fórmula de juramento especial a los dorios; los Dióscuros son Cástor y Pólux.Note 33 · Población situada en la campiña de Corinto.Note 34 · Puerto de Corinto.Note 35 · Véase Agesilao, cap. II.Note 36 · En el año 392 antes de la era vulgar.Note 37 · Poseidón o Neptuno.Note 38 · Véase Tito Livio, lib. XXXI, cap. XXIII.Note 39 · Huésped público.Note 40 · Lanceros.Note 41 · Ciudad del golfo de Corinto.Note 42 · En el año 391 antes de Cristo.Note 43 · La ciudad más populosa e importante de la Acarnania.Note 44 · Ciudad de la Acarnania en la embocadura del Aqueloo.Note 45 · Del año 390 antes de nuestra era.Note 46 · Rey de Esparta, hijo de Pausanias.Note 47 · Zeus o Júpiter.Note 48 · Estaría mejor: el mes sagrado. Era el Carneo (Καρνεῖον) de los dorios y el Metagitnio (Μεταγίτνιον) de los atenienses, correspondiente a unaNote 49 · Poseidón o Neptuno.Note 50 · Llamábase pentatlo al atleta que disputaba el premio o lo había conseguido en el quíntuple combate (πένταθλον) del salto, la carrera, la lucNote 51 · En los años 394 a 390 antes de Cristo.Note 52 · En Mesenia.Note 53 · Estrecho y promontorio de Etolia.
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