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La Ruta del Aventurero

EL VIAJE SIN OBJETO

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PRÓLOGO

Unos días después del rapto de la Clavariesa estábamos charlando en aquel espléndido mirador del castillo de Ondara, cuando Kitty, la coronela, me preguntó si había escrito alguna relación de mis aventuras desde que salí de Londres.

—Tengo varias notas—la dije—, pero dispersas y sin orden.

—¿Por qué no las ordena usted?—me preguntó ella.

—¿Con qué objeto?

—Para leérmelas a mí.

—Si usted lo desea, lo haré; pero le advierto que es muy probable que tenga usted un desencanto. En mis andanzas no me han ocurrido grandes cosas.

—No importa. Cualquier relato, aderezado con un poco de imaginación, puede ser interesante.

—¡Ah! ya lo creo; pero es que yo no tengo imaginación.

—Se quiere usted excusar, Thompson.

—No, no. Créame usted. Lo único que quiero es prepararle a usted para que no sufra un pequeño chasco.

—No lo sufriré. Esté usted tranquilo. Sus impresiones serán para mí siempre interesantes.

—¡Oh! ¡Bondad!—exclamé yo—. ¿Por qué no guardaría entre mis papeles unos parlamentos inéditos de Calderón, unos diálogos de Shakespeare, unas baladas de Burns o unas páginas desconocidas de Mozart para traérselas a usted?

—No tanta modestia, Thompson. Se quiere usted escabullir.

—No, señora. Cuando ordene mis papeles, aquí estoy.

—¿Da usted su palabra?

—Sí.

Me marché a la fonda de la Marina y comencé el arreglo de mis notas. No era fácil, ni mucho menos. A veces, yo mismo no sabía lo que había querido decir. Cuando concluí una parte de mi trabajo, con un gran paquete de papeles, fuí a ver a mi amiga Kitty.

—El viaje sin objeto—leí en la primera página, con la voz velada por la emoción.

—¿Lo llama usted así?—me preguntó ella.

—Sí; pero si lo encuentra usted mal, lo borro.

—No, no; me parece bien. ¿Le habrá dado usted este título significando que ha hecho usted ese viaje a la buena ventura?

—Sí; eso es. Hubiera sido, quizá, más exacto llamarle «Viaje sin objeto ni fin»; pero no he querido recalcar demasiado. ¿Sigo adelante?

—Sí; siga usted...

Realmente, este Viaje sin objeto es posible que sea una tontería, porque está escrito sin pies ni cabeza, de una manera confusa y desordenada.

El señor Leguía, primer compilador de las Memorias de un hombre de acción, tuvo que suprimir del Viaje sin objeto una porción de digresiones: itinerarios de caminos, clasificaciones botánicas, recetas de cocina, reflexiones religiosas, y otras bagatelas que no venían a cuento.

Thompson tenía el vicio de expandirse, de dispersarse en el comentario; por otra parte, quería ser muy exacto. A la manera de Jorge Borrow, Ricardo Fox y otros viajeros ingleses, se propuso escribir un viaje con gran minuciosidad y lleno de detalles; pero como hombre perezoso y olvidadizo, dejaba muchas de sus ideas en embrión, y únicamente expresaba en un título lo que hubiera querido hacer.

En la gran hojarasca de cuestiones sin tratar y de reflexiones inoportunas que apuntó Thompson, entró Leguía a saco, cortando y rajando.

Después de la poda de Leguía, el editor actual ha tenido que hacer nuevos cortes en el manuscrito, para dar al Viaje sin objeto cierta proporción de obra de arquitectura, o, por lo menos, de albañilería modesta.

Ciertamente, Thompson no era un académico, ni un clásico, y es posible que las tragedias de Racine le parecieran grandes monumentos de cartón piedra.

También hay que reconocer que Thompson no se mostraba siempre hombre serio y razonable, y que muchas veces parecía no comprender la diferencia entre lo trascendental y lo fútil.

Lo único que se puede decir en su descargo es que Thompson no aspiró nunca a terminar su Viaje sin objeto en el Parnaso, porque, de ser así, hubiera sido el suyo un viaje con objeto, y él creía que en el segmento de nuestra limitada vida nada tiene objeto ni fin.

PRIMERA PARTE UNA VIDA INSIGNIFICANTE

I. EL VIAJERO Y SU CANCIÓN

Yo soy un hombre que ha salido de su casa por el camino, sin objeto, sin saber por qué, con la chaqueta al hombro, al amanecer, cuando los gallos lanzan al aire su cacareo estridente, como un grito de guerra, y las alondras levantan su vuelo sobre los sembrados.

De día y de noche, con el sol de agosto y con el viento helado de diciembre, he seguido mi ruta, al azar: unas veces, asustado ante peligros quiméricos; otras, sereno ante realidades peligrosas.

Para entretener mi soledad he ido cantando, silbando, tarareando canciones alegres y tristes, según el humor y el reflejo del ambiente en mi espíritu.

A veces, al pasar por delante de una casa del camino, cantaba más alto, gritaba, quizá con jactancia, queriendo ser escuchado.

Alguna ventana se abrirá—pensaba—y aparecerá un rostro simpático y jovial.

No se abría ninguna ventana, no salía nadie; yo insistía cándidamente, y al insistir iban brotando de aquí y de allá caras torvas, miradas hostiles, gente en guardia, que apretaba el garrote entre las manos huesudas.

Quizá les he ofendido—discurría yo—. Esta gente no quiere nada conmigo, y seguía mi marcha, al azar, con la chaqueta al hombro, sin objeto, sin saber por qué, cantando, tarareando y silbando...

Durante mucho tiempo, esta soledad, el graznido de las lechuzas, el aullido de los lobos, me llenaban de angustia y de inquietud. Entonces intentaba acercarme a la ciudad; pero al querer entrar en ella me paraban en la puerta, y me ponían como condición, para pasar, el dejar a la entrada unos sueños gratos, más gratos que la vida misma.

No, no; prefiero volver al camino—murmuraba—; y seguía marchando con la chaqueta al hombro, al azar, sin objeto, sin saber por qué, cantando, silbando y tarareando, estremeciéndome con los rumores del campo, con el ruido del agua en el arroyo y el cantar agorero de las cornejas.

Después, poco a poco, me dejaron entrar en la ciudad sin condiciones; pero dentro de las calles me sentí ahogado, estrechado, sin poder respirar, y volví de nuevo al campo...

Hoy, algún camarada me dice:

«Descansa aquí. ¿Por qué no vivir entre las gentes? Hay remansos tranquilos, hay rincones donde no se miran unos a otros con faz torva y amenazadora.»

Amigo—respondo yo—, yo soy un hombre de paso, algo que se mueve y no arraiga, una partícula de aire en el viento, una gota de agua en el mar.

Ahora me sucede como al viajero que ha creído marchar a la casualidad por el fondo de los barrancos, y al llegar a una altura, al ver el camino recorrido, comprende que, a pesar de sus desviaciones y de sus curvas, llevaba instintivamente un plan.

Ahora, en el río confuso de las cosas que pasan eternamente, siempre cambiando y buscando su fórmula definitiva (el werden hegeliano), veo mi existencia como una cosa que ha sido y que ha llegado a su devenir.

Ahora, la soledad no me entristece, ni me asustan los murmullos misteriosos del campo, ni el graznido de las cornejas. Ahora conozco el árbol en que cantan los ruiseñores, y la estrella que lanza su mirada confidencial en la noche. Ya encuentro suaves las inclemencias del tiempo y admirables las horas silenciosas del crepúsculo, en que una columna de humo se levanta en el horizonte.

Y así sigo, con la chaqueta al hombro, por este camino que yo no he elegido, cantando, silbando, tarareando.

Y cuando el Destino quiera interrumpirlo, que lo interrumpa; yo, aunque pudiera protestar, no protestaría...

Este preámbulo, que parece que quiere ser alegórico, puso J. H. Thompson a su Viaje sin objeto. Su única legitimación para estar aquí es que es tan sin objeto como todo el libro.

II. DISECACIÓN Y FARMACIA

Entre el gran número de Thompsons que ha producido Inglaterra, yo soy uno de ellos.

Mi padre era disecador de animales y tenía su casa y su taller en Gray's-Inn-Lane, una callejuela que sale a Holborn Street.

El sitio, aunque céntrico, es poco frecuentado por gente rica, y mi padre solía exponer sus ejemplares disecados en la mitad de un escaparate que le cedía un frenólogo de Holborn Street, el señor Fitzhamer, por veinte libras esterlinas al año.

A nuestra casa, bastante sombría y negra, apenas le daba el sol algunos días de verano. Teníamos una ama de gobierno, la señora Webster; pero esta señora llegó a adquirir tanta confianza con nosotros, que no nos hacía caso.

Además, como decía una amiga suya suspirando, la señora Webster tenía la desgracia de beber. Esta amiga quería dar a entender que el tomar la costumbre de ir a la taberna era como padecer el tifus o la viruela.

La señora Webster había perdido la moral doméstica y le parecían accidentes insignificantes y que no afectaban a su honor de ama de llaves el que la carne estuviese quemada o las patatas crudas.

Mi padre no se quejaba. Era un tanto estoico. En sus buenos tiempos había vivido con holgura y ganado mucho dinero; después fué cayendo, y cayendo, hasta arruinarse.

Mi padre fué el Rey Lear de los disecadores, un Rey Lear sin Cordelia. Las Cordelias no abundan en el mundo. Mi padre trabajó con afán por conseguir la elevación de sus hijos, y, efectivamente, los elevó y ellos le olvidaron.

Yo era el hijo más pequeño. Mis hermanos mayores se colocaron bien; mis hermanas llevaron dote al matrimonio; mi padre, que había dado todo su dinero a sus hijos, se quedó, el pobre hombre, sin un penique.

Mi padre se hallaba dispuesto a seguir arruinándose conmigo y llegar a la mayor miseria.

Yo le recuerdo ya viejo. Era alto, robusto, con el pelo muy blanco y la cara sonrosada.

No he conocido a mi madre, que murió cuando yo tenía pocos meses.

Desde la más remota infancia estoy acostumbrado a contemplar la ruina como un estado natural de mi casa. Mi padre me puso en un colegio rico hasta que no pudo pagar más, y entonces me sacó de allí con el pretexto de que nos marchábamos de Londres.

Mientras estuve en el colegio, desde los diez a los catorce años, al volver a mi casa me encontraba invariablemente en las vacaciones con algo menos.

En la extrema necesidad, mi padre tenía que recurrir a empeñar y a vender los mejores modelos de sus animales disecados, y yo vi salir de nuestra casa leones, tigres y serpientes, ejemplares magníficos de piel fina, brillante y sin zurcidos, y quedarse sólo en el taller los zorros calvos, los flamencos desplumados y los buhos sin ojos.

—¡Cuántas veces he pedido inspiración a un caimán disecado o a un buitre sin plumas para resolver el problema de la familia!

Yo tenía que elegir una manera de vivir. Mi padre no quería que me dedicase al arte de disecar. Suponía que este oficio estaba en baja y me hablaba mal de él. Así perdí yo la moral del disecador.

Mi padre tenía varios amigos que no le abandonaban en su desgracia: uno de ellos era Fitzhamer, el frenólogo; otro, un disecador, el señor Sammerson, personaje alto, grande, pomposo, irreprochable en el vestir y adornado constantemente con un gran paraguas; y, por último, un empleado de Fitzhamer, el joven Cheene, hombre delgadito, fino e inteligente, que se dedicaba a armar esqueletos para los estudiantes de Anatomía.

Se discutió entre todos la profesión que debía seguir, y la opinión de los tres consultados fué que lo mejor sería que mi padre me llevara a la farmacia de un cuñado suyo y tío mío farmacéutico, llamado Samuel Cox.

Mi padre tenía viejos resentimientos con su cuñado Samuel; pero viendo que era la única solución para mí, le habló a mi tío, y yo entré de practicante en la botica.

Entonces mi padre deshizo su casa y su taller y entró de director en el establecimiento de Sammerson.

Yo estuve en la botica de Cox cerca de tres años, y salí no por mi culpa.

Mi tío Samuel era un solterón empedernido que vivía asistido por una viuda, mistress Blount.

La tal señora tenía un hijo que estudiaba Farmacia fuera de Londres. Era esta viuda una mujer de unos cincuenta años, ceñuda, mandona, con anteojos y una papalina blanca.

Mi tío Samuel le tenía miedo y la esquivaba con mucho arte. Mi tío era hombre de gran sagacidad, tan diplomático como Talleyrand y casi tan egoísta. A fuerza de egoísmo se había hecho un completo poltrón, y las recriminaciones le molestaban horriblemente.

Mi tío Samuel y yo nos hicimos pronto amigos. Al principio me trató como a su dependiente, pero luego se convirtió en un camarada.

Así, mi infancia se ha deslizado parte en el taller de disecar y parte en la botica de mi tío. He vivido al lado de una fauna y de una flora exótica, en una fauna y una flora muerta y conservada.

En mi niñez he puesto mi hamaca entre los leones, las panteras y los cocodrilos disecados; en mi adolescencia he recogido el maná como los israelitas, el sperma cœti como los balleneros y la canela de Cylán como los vedas y los cingaleses.

Soy un hombre exótico, oriental y occidental, polar y ecuatorial. Soy un planetario.

Los tres años de farmacia se interrumpieron con la llegada del hijo de mistress Blount. Entonces hubo una serie constante de riñas, de amenazas entre la viuda, su hijo y mi tío.

Un día supe con asombro que éste dejaba la botica. La viuda le había puesto como condición, o casarse con ella o dejar la farmacia. Mistress Blount tenía cartas en donde el tío Samuel le daba palabra de casamiento.

Mi tío no vaciló en aceptar la cesación de la botica y se alejó del barrio de Soho para siempre.

—Tú te vienes por ahora conmigo—me dijo. Y, efectivamente, yo, armado de unos cuantos bártulos, me marché a su casa.

III. LOS LIBROS DE MI TÍO

A pesar de ser hijo de viejo, mi padre contaba más de sesenta años cuando yo nací, soy hombre fuerte y de gran vigor.

Según Fitzhamer, el frenólogo, que nos cedía la mitad de su escaparate, donde exponíamos nuestros ejemplares disecados por veinte libras esterlinas al año, mis facultades más desarrolladas son la adquisividad, la habitabilidad y la religiosidad. La vida no ha destacado en mí estas condiciones pronosticadas por su frenologidad. Es posible que la culpa sea mía.

No sé a punto fijo cuáles son las condiciones íntimas de mi carácter, como no lo sabe nadie o casi nadie. La divisa délfica de conócete a ti mismo no ha fructificado en mí. Respecto a los orígenes de mis conocimientos, son el colegio, el taller de mi padre y la botica de mi tío. En el colegio adquirí rudimentos clásicos; llegué al latín y un poco al griego; en el taller de mi padre aprendí a disecar y algunas nociones de zoología, y en la botica de mi tío comencé el estudio de la química y de la botánica y abrí las obras de los grandes filósofos.

El tío Samuel se contaba entre los mejores bibliófilos de Londres. Reunía libros y colecciones de estampas con una gran perseverancia. Mientras estuve yo en la botica solía verle llegar todos los días con paquetes de libros y rollos de papel.

Si se le hablaba del cliente que había venido por la triaca magna o por el aceite de escorpión, todavía en aquel tiempo se usaban estas cosas, escuchaba, al parecer, muy atentamente; pero la verdad era que no hacía caso.

Cuando abandonamos la botica él y yo, fuimos a vivir a una estrecha callejuela que comunicaba por un arco con la plaza llamada Lincoln's-Inn-Fields. La casa era un edificio negro y alto, que tenía delante un jardinillo desolado. Difícil hubiera sido encontrar una vivienda que tuviera un aire más triste. El humo y la niebla habían dejado sus paredes negras, los cristales de las ventanas empañados. En el último piso tenía sus habitaciones mi tío. Estaban éstas llenas de libros y de papeles.

Los libros constituían allí una vegetación parásita; asomaban por encima de los armarios, por debajo de las sillas y de las mesas.

Todos los días mi tío solía hacer compras, y yo le acompañaba. Ibamos a los baratillos, a las ferias, a las casas particulares. Mi tío tenía alquilados varios cuartos pequeños en distintos barrios de la ciudad, donde depositaba sus compras.

Yo, al ver estos rincones abarrotados de libros y papeles, le pregunté qué quería hacer con tanto libro y tanta estampa, si quería venderlos o regalarlos al Museo Británico; después, cuando comencé a tomarle gusto a la caza del libro y de la estampa, comprendí que la bibliofilia y la estampofilia, como todas las chifladuras humanas que amenizan la existencia, tienen su fin en sí mismas. Mi tío pasaba por coleccionista humilde, y si alguien le preguntaba si compraba libros, decía que no, que sus medios no se lo permitían.

Ciertamente no era mi tío un bibliófilo bastante rico e ilustre para pertenecer al Roxburg-Club de Londres; pero algunos de los individuos de esta Sociedad le conocían y le habían invitado más de una vez al banquete anual que celebraban en la taberna de Old-Saint-Albans, invitación que mi tío Samuel aceptaba, porque además de bibliófilo era un gastrónomo consumado.

A mi tío lo encontraba siempre en tratos y cabildeos con toda clase de libreros, anticuarios, traperos, comerciantes de papel viejo y encuadernadores. Uno de los hombres con quien tenía más negocios pendientes era un comerciante de papel llamado Tick, dueño de una tienda de White Hart Sreet, callejuela próxima a Drury Lane. Tick, hijo de un judío alemán y de una irlandesa, era un viejo alto, de barba cana, con los ojos azules y la expresión sonriente. En su tienda era difícil entrar, por lo estrecha y negra. En la muestra apenas podía leerse:

ABRAHAM TICK

COMERCIO DE PAPEL AL POR MAYOR Y AL DETALLE

De la tienda se pasaba a un pequeño patio atestado de papeles viejos.

Abraham Tick tenía un hijo de mi edad, William, muchacho fuerte y guapo, con los ojos negros, las cejas rubias y el pelo negro.

Según el frenólogo Fitzhamer, hay que desconfiar de las personas cuyos cabellos y cejas son de un color diferente. No sé si en todos los casos; pero, al menos, en aquél, Fitzhamer tenía razón.

William Tick, a quien todos llamábamos Will Tick, se hizo muy amigo mío; mejor dicho, yo me hice amigo suyo, porque al poco tiempo de conocerle estaba sometido a su influencia.

IV. LA CASA DE ISRAELS Y PIPER

Como mi tío Samuel vió que yo tenía afición a los libros, creyó debía perfeccionarme en la bibliografía, y me llevó de dependiente a la casa de Israels y Piper, de Chancery Lane.

Chancery Lane es una callejuela que baja de Holborn a Fleet Street. Como muchas de Londres, tiene una especialidad; es una calle de gente de toga, de librerías de Derecho y banqueros.

Entonces, supongo que ahora seguirá lo mismo, Chancery Lane estaba formada por casas altas, de ladrillo, ennegrecidas por el tiempo, la bruma y el humo, y acariciadas muy de tarde en tarde por los rayos de un sol traducido al inglés.

Los colores de esta calle, la gradación de matices de sus paredes de ladrillo, los encontraba yo muy agradables a la vista; tenían en tonos obscuros las variaciones irisadas del coral y del nácar.

Las casas de Chancery Lane eran tan indiferentes y tan hostiles como las demás londinenses, y un poco más: presentaban al transeúnte puertas bien cerradas y claveteadas, verjas llenas de pinchos, rejas tupidas; eran estas casas de leguleyos de lo más inhospitalarias, de lo más fundamentalmente británicas que pueden ser unas casas, unas puertas y unas rejas.

Próxima a la salida de Chancery Lane a Lincoln's-Inn-Fields, y casi enfrente de Cursitor Street, se hallaba la librería de Israels y Piper. Tenía en la puerta, sobre la pared roja de la casa, este letrero, medio borrado por las lluvias:

ISRAELS & PIPER, LIMITED

EDITORES DE OBRAS DE HISTORIA, FILOSOFÍA Y GENEALOGÍA

La librería de Israel y Piper tenía un escaparate pequeño, una tienda reducida y casi siempre desierta, y después, un pasillo larguísimo.

Cualquiera hubiese pensado que aquel establecimiento no tenía apenas importancia; pero a medida que se penetraba en él, se iba haciendo mayor y mostrando sus grandes galerías de catacumba.

Por un lado daba el establecimiento de Israels y Piper al jardín de Lincoln's-Inn-Fields, donde se hallaba instalada la imprenta.

Los depósitos de la casa eran inmensos; los libros formaban calles y más calles, y de trecho en trecho, por encima de estas calles, había puentes de tablas y más libros encima.

A algunos pasos de la tienda había una puerta que daba a un gran patio enlosado y cubierto de cristales, y a todas horas estaban allí los empleados embalando libros en cajas, que luego se cargaban en carros, y a todas horas entraban los mozos de la imprenta, llevando montones de papel en rama en la cabeza.

De los dueños, Israels era un judío de unos sesenta años, de ojos claros, nariz cortante y perilla blanca. Tenía una amabilidad excesiva y una mirada burlona.

El señor Piper era un buen inglés, de cabeza cuadrada, con cara de perro dogo y aire malhumorado.

El empleo en casa de Israels y Piper no me sedujo. Teníamos Will Tick y yo un despacho cerca del patio, en un subterráneo muy húmedo y sombrío, donde trabajábamos constantemente; y este vivir de topo, siempre con luz artificial, en sitio negro y húmedo, me molestaba mucho.

Will Tick se las arreglaba para no trabajar, y me puso al corriente de sus mañas.

La casa de Israels y Piper tenía grandes curiosidades: se guardaban las prensas que se habían usado en la casa desde su fundación, los originales de las obras publicadas y un gran archivo con ejecutorias y manuscritos heráldicos.

Para preservar estos tesoros de las ratas había cuatro perros repulsivos y una docena de gatos feroces.

Los perros enseñaban los dientes a cuanto desconocido veían, y los gatos saltaban y bufaban como panteras. Estos animalitos eran hijos de una gata atigrada, que atacaba y arañaba al que se acercara a ella.

Este animal feroz era para Israels el genio familiar de la casa; le miraba con el mismo entusiasmo que Dick Whittington, el popular personaje, a su felino, a quien debía la fortuna y el llegar a haber sido lord mayor de Londres.

Entre los dependientes de la librería Israels y Piper, me hice amigo, además de Will Tick, de un joven, Percy Harrison, muchacho simpático, hijo de un labrador.

Percy tendría mi edad y mis aficiones, y me convenció para que fuera con él, de noche, a una academia de dibujo. Había visto los ensayos de caricaturas que yo hacía, y pensaba que podría utilizar mi pequeño talento.

Todo el tiempo que estuve en casa de Israels y Piper, un año y medio, fuí de noche a la academia de dibujo; pero noté que, a medida que copiaba de estatua, la poca gracia que tenían mis caricaturas desaparecía.

Se lo advertí a Percy, y éste reconoció que el cultivo del arte clásico no me convenía.

Percy, al mismo tiempo que se perfeccionaba en el dibujo, practicaba la litografía. Cuando creyó que dominaba este arte, proyectó comprar una prensa litográfica y útiles para el oficio, y establecerse.

Formamos una sociedad Will Tick, Percy y yo, y decidimos abandonar a Israels y Piper y lanzarnos un poco a la aventura.

V. ELOGIO DE LA LITOGRAFÍA

Los primeros trabajos litográficos que hicimos entre Percy y yo fueron vistas de pueblos, escenas pintorescas y retratos de personajes célebres. Will Tick vendió las estampas a buen precio, y al recibir el producto de las ventas, consideramos que un río de oro entraba en nuestros bolsillos.

Tras de estos tímidos ensayos, intenté yo la caricatura, y una de las mejores que hice fué a favor de los liberales españoles y en contra del rey Fernando VII. Esta caricatura me relacionó con algunos españoles, entre ellos, con el hispanoinglés Blanco-White, que acababa de publicar unas cartas sobre España, y que fué, probablemente, el que me sugirió la idea de venir a la Península.

Después de mi estampa antifernandina, hice otras varias, que se vendieron mal que bien. Pronto noté que faltaba a mis caricaturas personalidad y crueldad. No podía llegar a la sátira brutal y enconada de un Gilray, ni a dar a mis personajes el aire tan típicamente inglés de las estampas de Jorge Cruikshank.

—En la caricatura—me dijo Will Tick, que en esto, como en todo, discurría con mucha claridad—hay la cepa dulce y la cepa agria. Tú eres de la cepa dulce, y en Inglaterra, actualmente, eso no gusta.

Will Tick tenía razón.

Como vi que el mercado se cansaba pronto de mis estampas, intenté dar otro producto, y me dediqué al agua fuerte.

El agua fuerte es un arte, indudablemente, de más interés, de mayor individualidad que la litografía.

Tiene, además, un encanto para el que la cultiva, y es el encanto de las sorpresas. Estas sorpresas proceden de los efectos inesperados de la mordedura del ácido en la plancha, y también mucho de la estampación.

La litografía, en cambio, no tiene sorpresa alguna, y su estampación es más mecánica. Se puede decir que cada prueba de agua fuerte es casi tan única como un cuadro; en cambio, las pruebas litográficas son todas iguales.

El procedimiento del agua fuerte me gustó, por ser más personal, más complicado y, al mismo tiempo, más libre que el de la litografía.

En la litografía, vencida la dificultad de dibujar al revés, está todo resuelto; en tanto que se realiza el trabajo se puede seguir su progreso mirando la piedra directamente o en un espejo; en cambio, en el agua fuerte, mientras se raya la plancha de cobre, ésta es un misterio. El grabador supone que una parte le ha salido bien, que la otra, mal; cree que esto es demasiado negro; aquello, por el contrario, demasiado blanco; mete la plancha en el ácido, saca después la prueba, y todas son para él sorpresas.

La litografía es más honrada; en ella no sale ni más ni menos que lo que se pone.

Mis entusiasmos por el agua fuerte me quitaron la afición a trabajar en la litografía. Me gustaba, sí, la estampa litográfica; pero más las de los otros que las mías. Prefería ser coleccionista de estampas que litógrafo.

Realmente, la litografía no es un gran arte, pero es un arte simpático dentro de su vulgaridad. Es algo como la canción de la calle, como la melodía popularizada por un organillo.

La fusión de la litografía con el costumbrismo y con la historia episódica de la época ha dado origen a una clase de estampas que son los mejores documentos de nuestro tiempo.

Se dirá que estas láminas nos dejan una impresión falsa de las cosas.

Cierto.

Alguno asegurará que el arte debe dar la sensación de la realidad con elementos artificiales y que la litografía hace todo lo contrario: dar una impresión de irrealidad con elementos verdaderos. ¿Qué importa? ¿Es que hay una realidad fuera de nosotros? Yo, lector de Kant y de Berkeley, no creo en más realidad que la de nuestro yo. Lo demás son disfraces de la Madre Naturaleza, aspectos de la Cosa en sí que no sabemos hasta qué punto existen, y si sus presentaciones ante nuestros sentidos son o no constantes.

Podrán otros despreciar la litografía como un arte industrial, vulgar e insignificante; para mí ha tenido y sigue teniendo grandes atractivos.

Estas vistas de pueblos, tan falsas en conjunto y tan exactas en los detalles; estas escenas campestres, tan poco campestres; estos españoles, tan poco españoles; estos griegos, tan poco griegos; estos ríos, estas cataratas, estos personajes, estas amazonas, que son la verdad convencional de un momento histórico, no hubieran podido representarse tan en armonía con el espíritu de la época como con el lápiz ligero, amable y un poco banal de la litografía.

VI. EN PLENA BOHEMIA

Percy y yo alquilamos un cuarto, y llevamos a él nuestros útiles y algunos muebles al fiado.

Al principio trabajamos con entusiasmo; luego, poco a poco, fuimos flaqueando y llegamos a no hacer nada y a mirar con desdén y con cierta sorna nuestros instrumentos de grabadores.

Will Tick nos sacaba con frecuencia de apuros con la fertilidad de sus recursos. Muchas veces nos llevaba a su casa para que le ayudásemos.

Tick, padre e hijo, se dedicaban a negocios sospechosos.

Guardaban montones de papel sellado viejo, que les debía servir para falsificar documentos. Lavaban y cocían papeles escritos con agua de cloro y los sacaban limpios; sabían también hacer tinta antigua y calcar firmas.

Todos los trabajos de la casa eran poco claros y menos lícitos. Durante el tiempo que acudí al taller de los Tick, el negocio más legal que hicieron padre e hijo fué decolorar y raspar unas hojas en pergamino de unos libros capitulares y convertirlos en parches de tambores y panderetas.

Siempre se les veía al padre, al hijo y a un criado, albino y zambo, en el patio, sucio y negro, borrando papeles y secándolos en una estufa.

Abraham Tick maniobraba en aquellas cosas que no caen fácilmente bajo la mirada de un juez.

Una de sus especialidades consistía en inventar genealogías y falsificar documentos nobiliarios. La impunidad estaba asegurada. Era muy difícil que su trabajo llegara a conocimiento de la justicia, porque el que encargaba la falsificación de una ejecutoria o de un árbol genealógico era el primer interesado en que ningún perito examinara con cuidado sus documentos.

Abraham Tick nos pagaba bien cuando le ayudábamos. En su tienda conocí mucha gente, porque el viejo Tick tenía grandes relaciones. Solían reunirse allí una porción de tipos que andaban a la husma por las prenderías, librerías y tiendas de antigüedades.

Yo también me decidí a sacar la comida al husmeo, y comencé a proveer a mi tío y a unas cuantas personas más de libros y de estampas. También compraba retratos, que vendía después a Fitzhamer. El frenólogo los utilizaba para sus estudios. Algunas estampas anteriores al título no tenían nombre, y yo solía ponerlo al margen con lápiz. Era curioso ver con qué candidez se las arreglaba el frenólogo para encontrar en la cabeza del retratado lo que, según todo el mundo, había; cómo adivinaba el espíritu matemático en Pascal, la gracia en Voltaire, el sentido astronómico en Copérnico, etcétera, etc. Una confusión mía hizo que el retrato de Fenelón pasara por el de Maquiavelo, y el de Florián por Fouquier-Thinville, y al contrario: y hubo que admirar con qué precisión Fitzhamer encontró matemáticamente la chistosidad y la astuciosidad en Fenelón, tomándolo por Maquiavelo, y la destructividad en el insípido Florián, a quien tomaba por Fouquier-Thinville.

No siempre daba yo en el blanco en mis paseos a la busca de unos cuantos chelines, y entonces Percy y yo nos dedicábamos a comer al fiado. Al principio nos preocupábamos de pagar; pero llegó un día en que el pensamiento del mañana no nos alteró lo más mínimo, y nos dedicamos, desde entonces, a los platos más suculentos y a los líquidos más espirituosos, con la vaga esperanza de que alguien los pagara.

Cuando la estrechez era grande íbamos a ver a Will Tick; pero éste nos ofrecía ya descaradamente trabajos peligrosos de falsificación, lo que nos alarmaba.

Los amigos de Percy y los míos, alegres camaradas, vivían de una manera parecida a la nuestra, dispuestos a gozar, a sacarle jugo a la existencia.

Uno de ellos, para mí el más querido, a quien había conocido en el colegio, era Tomás Burton, joven disipado y de familia acomodada, de la escuela de lord Byron, que encontraba todo muy negro en la vida.

Burton se envenenaba con opio y leía libros de astronomía, de los cuales sacaba argumentos para deducir la mezquindad y la miseria de la vida humana.

—Lo mejor que puedo hacer, en obsequio de mi familia, es arruinarla—decía—, y después suprimirme yo. El dinero nos ha hecho desdichados.

Otro de los comensales constantes en nuestras francachelas, Joe Flinder, viejo estudiante de leyes, guardaba, según decía, un gran baúl lleno de obras maestras, diez o doce poemas que hubiera firmado Milton, y un centenar de tragedias y comedias bastante más sugestivas y profundas que las de Shakespeare.

A pesar de esta premisa, él pensaba que se podía afirmarla con la seguridad de un axioma matemático, no había editor ni empresario para sus obras. ¡Tal era la estupidez y el mal gusto de la orgullosa Inglaterra!

Otras personas se reunían con nosotros, sobre todo algunos jóvenes ricos que venían acompañados por Will Tick. Will nos presentaba a ellos como hombres de un talento enorme, bohemios incorregibles, de una existencia pintoresca, desordenada y absurda.

Percy y yo habíamos llegado a encontrar muy lógico nuestro sistema de vida; generalmente no pagábamos a los proveedores, y los ingresos que obteníamos unas veces por la compraventa de un cuadro, de un grabado o de un libro raro, los empleábamos en una cena alegre.

Solíamos tener grandes discusiones, debatíamos acerca de la gloria, de la política, de la literatura, de los medios de hacer dinero, de la Reforma, de la Constitución, y concluíamos con las caras inyectadas, cantando a voz en grito el Fantasma, de Cock Lane, los Niños en el bosque, o alguna canción patriótica, como ¡Rule Britannia! y ¡Oh, Bretaña, el orgullo del Océano!

VII. DÍAS TRISTES

Bien comprendía yo que aquella vida no podía durar, que era un paréntesis más o menos largo que se había de cerrar de un día a otro. Efectivamente, el paréntesis se cerró pronto. Una mañana el dueño de la casa nos avisó que habiendo aguardado mucho tiempo el cobro de nuestros alquileres, ya no podía esperar más. Nos daba un plazo de veinticuatro horas para desalojar la habitación.

Poco después de este aviso llegó Flinders con la noticia de que Burton se acababa de suicidar. Al entrar su madre en su cuarto se lo había encontrado tendido en el suelo y muerto.

La noticia me hizo una gran impresión.

Percy, Flinders y yo hablamos largo rato, y yo me olvidé de mis apuros.

Hubiéramos ido a dar el último adiós a nuestro amigo; pero temíamos que la familia no nos quisiera dejarle ver, considerándonos como gente perdida que quizá había arrastrado al suicida a su mal fin.

Decidimos salir y acercarnos a la casa de Burton. Al bajar las escaleras un muchacho me trajo una carta.

Decía así:

«Querido Thompson: Si te envían esta carta, es que me habrán encontrado muerto. Me voy con gusto. Un apretón de manos y buena suerte.

Burton.»

Discutimos si había hecho bien, si había hecho mal nuestro camarada, porque no hay nada que remueva tanto el espíritu como esa negación de la vida del suicidio.

Hablando de Burton salimos a la calle. Era al anochecer. Hacía uno de estos días de otoño de Londres en que el cielo, invariablemente sombrío, descarga aguaceros sobre aguaceros; toda la gran urbe exudaba humedad negra y polvo de carbón, y los hombres, los caballos y los perros se arrastraban sobre el fango de las calles, mientras algunos pocos privilegiados se aburrían en sus palacios o miraban por la ventana del club o por el cristal del coche a los desharrapados rebozados en el barro.

Llegamos a casa de Burton y no nos quisieron recibir; tales eran nuestras trazas. Volver a la habitación de noche, despertando a la vecindad, hubiera sido exasperar al propietario. Pasamos la noche a pie firme y por la mañana me presenté a mi padre.

Hablamos, me sermoneó un tanto y me dijo que debía ir a ver a mis hermanos. Yo le contesté que no. Mis hermanas se sentían orgullosas de su posición; estaban casadas con personas de calidad y no les gustaba pensar que tenían un pariente perdulario. Mis dos hermanas mayores eran de la misma madera; de un egoísmo perfecto y de una indiferencia insolente por la suerte de la familia. No iban a preocuparse de mí, a quien apenas conocían.

Me dió mi padre unos peniques, lo único que tenía; comí y fuí a ver a mi tío. Le dije que me hallaba en una situación difícil y que había pensado pedir trabajo a William Tick. Luego le conté los procedimientos que empleaba Will.

—Sí, los ha heredado de su padre—dijo mi tío—. Se ve que es tan granuja como todos los de su familia. Ten cuidado, no te vayan a arrastrar a dar un mal paso. Abraham Tick está haciendo constantemente falsificaciones; tú dibujas algo y querrán utilizarte. No seas tonto. Haz todas las deudas que puedas; pon tu firma en todos los pagarés que te traigan; pero nada de imitar letras, facturas, sellos o cosa por el estilo. Esto es la cuerda o los trabajos forzados.

La observación de mi tío me hizo mella; yo pensaba lo mismo, aunque no me había planteado la cuestión tan claramente. El era un truchimán listo y su consejo no cayó en olvido.

Viví unos días en casa de Tick encerrado, pintando árboles genealógicos, y un día Will me trajo unas láminas de un banco de la City para que yo las calcara y luego las estampara Percy.

Pretexté que no tenía vista. Will Tick se rió diciéndome que lo hiciera, o que si no, me marchase. Yo opté por marcharme.

—Te morirás de hambre—me dijo.

—No; porque mi tío me ha encargado hacer un catálogo de su biblioteca.

Will Tick me insultó, llamándome estúpido y egoísta; y yo fuí en busca de mi tío. Le conté el caso; cómo me hallaba perseguido por los acreedores, la proposición de falsificación que me había hecho Will Tick, y le pedí que me cediese una de sus madrigueras de libros y me diera de comer, a cambio de lo cual yo le haría el trabajo que me indicara de copia o de calco. Después de vacilar mucho mi tío aceptó y quedamos de acuerdo en que le restauraría algunas portadas y documentos antiguos. Fuimos los dos a una casucha del barrio de Islington. Era un zaquizamí del último piso, lleno de montones de libros que conservaban polvo de muchos años.

Un tabernero de la esquina, conocido de mi tío, me traería la comida y no me prestaría ni un penique.

Tomé posesión de mi cuchitril y comencé mis trabajos.

Todo el invierno lo pasé así encerrado. Miraba desde mi palomar el cielo bajo y sombrío de Londres con el humo espeso que salía de las chimeneas. Por la mañana hacía las restauraciones para mi tío, y después estudiaba francés y español, porque tenía el proyecto de escaparme de Londres.

De noche los ratones me hacían compañía y venían a devorar los restos de mi comida. Algunas veces ataba con un bramante una corteza de queso y me divertía retirándola cuando se echaban sobre ella los pequeños y graciosos roedores.

Los días brumosos y negros me entraba la desesperación de no hacer nada y me metía en la cama.

VIII. EXAMEN DE MIS APTITUDES POR EL SISTEMA MÉTRICO DECIMAL

Uno de aquellos días en que me hallaba más aburrido aún que de ordinario, hice este cuadro de mis aptitudes morales e intelectuales por el sistema métrico decimal:

CONDICIONES DE J. H. THOMPSON

Amor al trabajo. 5 por 100.

Benevolencia. 10 »

Egoísmo. 15 »

Valor personal. 5 »

Sentido erótico. 10 »

Moralidad. 5 »

Espíritu religioso y superstición. 2 1/2 »

Adquisividad (estilo Fitzhamer). 2 1/2 »

Sociabilidad. 10 »

Instinto de vagabundez. 15 »

Después del cuadro sinóptico de mis aptitudes, comencé el de mis conocimientos por el mismo sistema métrico decimal, y me resultó éste:

Dibujo. 10 por 100.

Literatura. 10 »

Filosofía. 5 »

Botánica y Farmacia. 10 »

Arte de disecar. 15 »

Geografía. 5 »

Lenguas. 5 »

Por una fantasía como ésta, el frenólogo Fitzhamer cobraba bastante dinero; en cambio, yo no me cobré nada a mí mismo.

Mi interés en esta época consistía en elevar mis conocimientos lingüísticos (5 por 100, según el cuadro) a un 10 o a un 15 por 100.

Aprendía el español y el francés sin maestro, y tenía la sospecha de que iba a entendérseme con dificultades. Sobre todo la pronunciación y la propiedad de las palabras me fallarían. Me pasaría probablemente lo que al inglés de una caricatura francesa, que entra en un café de París y para pedir: Garçon, une bouteille de biere, hace un esfuerzo de memoria y dice: Celibataire, une bouteille de cercueil!

Esta confusión de las cervezas con los ataúdes, lo más que podía producir es que se burlasen de uno.

Aunque comprendía que no me las arreglaría fácilmente, no me preocupaba esto mucho. Lo difícil para mí era dar el primer paso, cruzar el canal de la Mancha y desembarcar en el Continente.

Había pensado marchar a España. Sentía hambre de sol y de cielo azul; estaba cansado de encierro, de lluvias y de barro.

Había leído bastante sobre España; no creía, ni mucho menos, que fuera un país de delicias en que a cada paso ocurrieran aventuras extraordinarias; pero pensaba ir allí.

Aunque soy optimista, no soy de los que abrigan una confianza excesiva en los hombres y en las cosas, y que se desilusionan al menor tropiezo. Mi fuerza está en la perseverancia y en la resignación estoica. He sido siempre más espectador que actor; la vida me ha dado la impresión de una comedia, a veces amable, a veces aburrida. Tengo las decisiones tardas. He necesitado siempre el aguijón de la necesidad imperiosa para lanzarme a la acción. Si esta necesidad imperiosa no me azuza, miro los acontecimientos con calma.

Muchas veces he dicho: Veremos a ver esto adónde nos arrastra; y he seguido a la deriva, bastante indiferente, mientras no aparecía la cruel y urgente necesidad.

Mi viaje a España era cuestión de momento. A veces creía si sería mejor quedarme en Londres. Mis acreedores estaban despistados, ¿pero cómo vivir así constantemente? La quietud me iba enmoheciendo; necesitaba hacer algo, aunque fuesen tonterías: andar, correr, cambiar de escenario...

IX. ULTIMA HAZAÑA EN LONDRES

Un día leí en un periódico el descubrimiento de una falsificación de billetes de Banco y la prisión de los falsificadores y encubridores, entre los cuales se encontraba mi amigo Percy Harrison. Will Tick no aparecía en la lista de los presos.

¿Sería extraño al asunto? ¿O se habría escabullido de las garras de la justicia con arte?

Dada su habilidad y su maña, era cosa muy probable.

Unas semanas después iba yo muy envuelto en mi gabán raído, y más envuelto aún en una niebla espesa y rojiza, a casa de mi padre, cuando me encontré a Will Tick hablando con una mujer.

Me paró; le dije claramente que suponía que el instigador de la falsificación por la cual habían prendido a Percy era él; pero Will Tick me demostró, con argumentos, que no era cierta mi sospecha.

Sus razones mitigaron la cólera que sentía en contra suya, y hablamos largamente. Le dije que pensaba marcharme a España.

—¿Tienes dinero?—me preguntó.

—No.

—¿Sabes a quién le podríamos sacar unos cuartos?

—¿A quién?

—A mi padre.

—¿Cómo?

—Tu tío ha dejado en depósito cuarenta libras esterlinas en casa de mi padre para que le compre la biblioteca de un anticuario que ha muerto. Mi padre ha visto la biblioteca y siente tener la necesidad de comprarla para tu tío, porque en esa biblioteca hay algunos libros de valor; pero ha dado su palabra y no se puede volver atrás; perdería un buen parroquiano.

—Entonces no hay nada que hacer.

—Sí, hay mucho que hacer. Mi padre, al menor pretexto que tenga, devuelve con gusto las cuarenta libras esterlinas. Tú vienes conmigo a mi casa, le dices a mi padre que tu tío ha cambiado de parecer, y te entrega las cuarenta libras, que nos las repartiremos.

—No, no. Yo no hago eso.

—Lo haré yo por tu cuenta; pero es necesario que tú te presentes conmigo y recibas el dinero.

Vacilé, porque la cosa me parecía un poco dura, tratándose de un hombre que me había favorecido como mi tío Samuel; pero pensé también: «Si no aprovecho esta ocasión, ¿cuándo se me presentará otra? Hay que decidirse. ¡Adelante!»

Fuimos a casa de Tick, y Will habló a su padre.

El viejo falsificador escuchó largo tiempo sonriendo, moviendo la cabeza en ademán negativo, hasta que se decidió, y sacando de un cajón las cuarenta libras esterlinas me las puso en la mano. Will me empujó a la salida y me dijo:

—¡Venga mi parte!

Le di veinte libras; luego me pidió que le diera otras cinco por la comisión.

—No; no te doy una más.

—Bueno. Eres un roñoso. ¡Adiós!

Con el dinero en el bolsillo y el espíritu lleno de remordimientos un poco cómicos, me fuí a los muelles y averigüé que, pocas horas después, al amanecer, salía un paquebot para Burdeos. Como temía la indignación de mi tío Samuel, a quien quizá ya no podría pedir nunca nada en la vida, le escribí una carta desde una taberna contándole la hazaña que habíamos realizado a expensas entre Will y yo. Le decía que obraba impulsado por una fuerza mayor. Después escribí otra carta a mi padre despidiéndome de él, y al rayar la mañana bajaba en el barco por el Támesis, camino del Continente.

—Veremos lo que nos reserva el destino—murmuré, mientras me acercaba a la borda, mareado y con la mano aplicada a la boca del estómago.

X. LOS DESTINOS ABSURDOS

Cualquiera, al leer la frase final del capítulo anterior, supondrá que yo soy un fatalista. No; no lo soy. No lo soy, pero no ando lejos de serlo. Esta idea de fatalidad es un poco confusa. Encerrando la idea de predestinación, es para mí falsa; pero significando sólo destinación, me parece exacta.

No cabe duda que si uno marca en un papel una serie de puntos, se pueden unir éstos con una línea; tampoco cabe duda que la tal línea tendrá un carácter: será recta o quebrada, y presentará una figura especial. A esta figura, después de hecha a posteriori, le llamaremos necesidad, destinación, y si estuviera hecha a priori, le llamaríamos fatalidad, predestinación.

En el punto 1 de la línea no sabemos dónde va a caer el punto 2, ni en el punto 2 cuál va a ser el 3; pero trazados los puntos 2 y 3, podemos asegurar que de ninguna manera, aunque se deshiciera el Universo, podrían estar en otro sitio mas que en el que están.

Tales reflexiones me hacía yo, tendido en un banco de la cubierta del paquebot, a medida que salíamos del canal de la Mancha y se me iba pasando el mareo.

Cuando se disipó por completo pensé que sería práctico inventar una finalidad para mi viaje al llegar al Continente, y se me ocurrió una pequeña historia basada en mi tío, el sargento Cox, que había sido un calavera y había estado en la Península con las tropas del general Moore. Me pareció que nadie se incomodaría porque ascendiese un poco en el escalafón a mi tío, y decidí llamarle el comandante Cox. El comandante había muerto en la Península, dejando una pequeña fortuna, que yo iba a recoger, ¿cinco mil libras?, ¿seis mil libras? Creo que nadie se enfadaría si elevaba la herencia a diez mil libras.

Animado por una perspectiva tan agradable, me levanté de mi banco y me puse a pasearme por la toldilla.

Había otro joven, poco más o menos de mi misma edad, que llevaba por todo equipaje una caja de tabaco; nos pusimos a hablar, y, llevado por esa necesidad de confidencia que se siente al viajar solo, le conté mi historia.

—¿Así que va usted sin objeto al Continente?—me preguntó.

—Sí.

—Pues a mí me pasa lo mismo; pero como soy en el fondo fatalista, creo que adonde me lleve la casualidad allí estaría fijado mi sino. Aquí donde me ve usted, salgo de una cárcel, donde he estado durante algún tiempo deshaciendo cuerda.

—¿Hizo usted alguna falsificación?

—No; yo estaba en relaciones mercantiles con una banda de ladrones que me alimentaban. Una vez proyectaron un robo en un hotel. Cada cual tenía su misión; yo era el encargado de echar un pedazo de carne con láudano al perro. Me dieron el frasquito y, como yo soy desmemoriado, lo dejé en un rincón; luego lo confundí con una botella de una salsa, y eché salsa a la carne que tenía que comer el perro, y, claro, no se durmió. Resultó que la policía estaba avisada, y que me habían visto echar la carne al perro, y que nos prendieron a todos los ladrones, a mí con la botella de la salsa. Cuando le conté lo ocurrido a mi abogado, éste dijo en el juicio que yo era un joven muy virtuoso, y explicó cómo había caído en manos de malhechores, que me habían enviado con un frasco de láudano y un pedazo de carne para echársela al perro, y yo había dejado el láudano y cogido una botella de salsa para rociar con ella la carne que iba a echar al guardián de la casa.

Reconocieron todos los jueces que yo era un joven virtuoso, y me echaron a la calle, donde empecé a morirme de hambre.

Entonces entré en sociedad con un par de individuos que se dedicaban a ese negocio bastante lucrativo que llaman los franceses chantage. Llevaban ya en preparación uno importante; tenían documentos de un político, con los cuales pensaban sacar mucho dinero, y me enviaron a mí a hacer la proposición. Llegué yo a casa del político con la lección aprendida; pero no sé cómo me las arreglé, que confundí todo lo que tenía que decir; descubrí el juego de mis socios e hice que nos metieran a todos en la cárcel.

Como la otra vez, me absolvieron, y considerándome, sin duda, como un inconsciente, me llevaron a un asilo, donde he estado durante algún tiempo haciendo estopa.

Al salir del asilo pensé si mi porvenir estaría en explotar a las mujeres. Elegí una muchacha que me pareció dócil, y comencé a cultivarla con el fin de vivir a sus expensas; pero se interpuso un hombre, luché con él; nos llevaron a juicio, y todo el mundo creyó que yo era un idealista y que me había pegado con mi rival por defender a una dama.

Ayer estaba en Hyde Park, al anochecer, pensando en la manera de quitar a una señora, acompañada de un caballero, un collar que llevaba, cuando vi que el señor que hablaba con esta dama era el político a quien habíamos querido explotar. Este se acercó a mí y me dijo:

—Si no hablas de lo que has visto, te daré veinte libras.

Yo no había visto nada. Alargué la mano y recibí un billete. Fuí al Arco del mármol y miré el billete a la luz de un farol. Era bueno.

Por la mañana compré un traje, comí y me vine a este barco. Voy a desembarcar en Francia, en donde no sé qué haré. Ya que no puedo ser un criminal hábil, intentaré ser una persona honrada. Si no puedo ser ni una cosa ni otra, me dedicaré al comercio.

El joven fatalista se encogió de hombros y yo me volví a tender en mi banco.

XI. EN MEMORIA DE BURTON

El paquebot había entrado en Burdeos. El día, de mayo, estaba espléndido; el sol, brillante. Hacía un ligero vientecillo del norte. Como no llevaba equipaje, salí inmediatamente del barco, fuí a la terraza de un café y estuve contemplando la gente que pasaba y el movimiento del puerto. Sentí cierta soñolencia y hubo un momento en que cerré los ojos y estuve desvariando. Creí encontrarme entre mis amigos de Londres y que interpelaba a Burton, que me escuchaba muerto y sonriendo.

J. H. Thompson pone aquí el discurso que dirigió a la sombra de su amigo, que aunque no viene muy a cuento lo insertamos:

—¡Qué error el de suprimirse así del mundo de los vivos!—le dice a su amigo—. ¡Qué error, querido Burton. Habiendo este sol y este aire puro, y este cielo azul, surcado por nubes blancas, y estas gentes que van y vienen, y estas extrañas apariencias de la Cosa en sí! ¡Qué error, amigo Burton, el suprimirse!

Oh, no; yo no te diré que estos hombres valgan la pena de ser hablados, ni que estas mujeres sean Ofelias románticas y puras, no. Es posible que la mayoría de todos ellos sean ganado vacuno, o quizá de cerda; pero ¡qué cielo! ¡qué luz! ¡Cómo se siente la sangre que circula por las venas!

¡Qué error, amigo Burton, el de suprimirse!

No, yo no trataré jamás de convencerte de que el amor y la fraternidad humana nazcan con tanta facilidad como las algas en el mar, ni que la amistad pura sea una cosa corriente. Yo reconozco, de buen grado, como tú, que la mayoría de los hombres somos egoístas y bestias, ¿pero qué duda cabe de que los hay inteligentes y buenos?

Ciertamente, yo no creo en las grandes palabras; soy nihilista de todos los nihilismos, y ateo de todos los ateísmos; pero, aun así, amigo Burton, ¡qué error más grande el de suprimirse!

Verdad que todo lo que nos rodea es fugitivo, es inasible; pero nos queda el momento, ¡el minuto! ¡Cosa admirable!

Sí, quizá las grandes palabras se encuentren un poco vacías; pero en cambio las pequeñas, ¡qué llenas están!

Una conversación agradable, una mujer bella que pasa, una bocanada de aire puro de un día de verano, un libro entretenido...

—¡Qué error, amigo Burton, el de suprimirse!

Tú afirmarás que nuestra vida no es nada, que un guiño de una estrella representa más que todas las existencias humanas.

Yo te contestaré que la grandeza y la pequeñez son ideas relativas, y que los soles de la Vía Láctea y los rayos de Sirio o de Aldebaran son menos trascendentales para ese señor que pasa y para mí que la lámpara que se nos apaga por la noche.

Sí, amigo Burton; ese infinito del Universo que tanto te preocupaba es, después de todo, un infinito de negaciones, y esas nebulosas de estrellas no deben tener más importancia para nosotros que las nubes de chispas que salen de una fragua.

Tú me dirías, bajando a la vida fisiológica, que cuando el engranaje de nuestras ruedas interiores chirria, todo es molestia y dolor. Es verdad.

Pero aun así, en los intervalos del dolor se puede encontrar momentos de placidez y de reposo.

¡Qué error, amigo Burton, el de suprimirse!

Así sigue perorando Thompson, hasta que dice que despertó, abrió los ojos y, en vez de ver a su antiguo camarada, vió los mástiles de los barcos, que se balanceaban en el puerto.

XII. CHARLATANES Y SALTIMBANQUIS

Dejé el café y las divagaciones—sigue escribiendo Thompson—y fuí a hospedarme a un garni barato, desde donde escribí de nuevo a mi tío. Le decía que William Tick había sido el inventor de la combinación para sacarle las cuarenta libras esterlinas, y que yo no había hecho mas que dar mi asentimiento, por encontrarme perseguido por un acreedor, que me puso en la alternativa de pagarle inmediatamente o llevarme a la cárcel. De tanto repetir esta invención, llegué a creerla. Comunicaba también a mi tío mi proyecto de ir a España, y le juraba que si conseguía encontrar trabajo le devolvería el dinero. También le escribí a mi padre. Los dos me contestaron en seguida; mi padre, dándome consejos; mi tío, menos incomodado de lo que yo suponía. Por lo que me contaba, advertido por la carta que le envié al salir de Londres, había comprado la biblioteca del anticuario antes de que se presentara Abraham Tick.

Tranquilizado, con relación a esto, me dediqué en Burdeos, por unos días, al dolce farniente. Burdeos me pareció grande, tristón, como un pueblo desalquilado, hecho para capital de un gran Estado y que se queda en capital de provincia.

Paseando por el pueblo tuve la suerte de encontrar en un tenducho un paquete de caricaturas francesas contra los ingleses, que me costaron quince francos. Eran las figuras lores ventrudos y ladys delgadas y ridículas. No había podido dar con ellas en Londres.

Las compré y se las envié a mi tío, quien reconciliado conmigo me escribió pocos días después a Bayona, muy contento, encargándome que cuando entrara en España no me olvidara de buscar las estampas de Goya.

Pasados seis días en la capital de la Gironda, hice mi primer ensayo de viandante. Había comprado un traje de verano barato, un morral de tela, donde metí la ropa que tenía, y un mapa de Francia, con las carreras de postas, hecho por J. B. Poirson en 1821, en París, en la calle Saint-Jean de Beauvais. Con estos requisitos me eché a andar.

Como me habían dicho que el camino por las Landas era poco agradable, tomé por la orilla del Garona, con la intención de bajar hacia Orthez y marchar de allí de nuevo hacia el mar.

El primer día lo pasé bien, hice una caminata de seis leguas y comí y dormí perfectamente.

El segundo día hice unos conocimientos un tanto raros. En un pueblo del camino, antes de llegar a Bazas, había une feria y me detuve un poco a curiosear en sus puestos.

Entré en una barraca de figuras de cera y pasé revista a los personajes de la Revolución, a los generales del Imperio, a María Antonieta, a varias víctimas y asesinos, y a un gran grupo en que se veía un cazador devorado por tigres y leones. Aquellos animales no eran una maravilla de exactitud. Me permití hacer unos gestos desdeñosos y manifestar mi poca conformidad. Un señor bajete y rechoncho, vestido de negro, me preguntó:

—¿No le gustan a usted?

—Poca cosa.

—Esos animales se han copiado del natural.

—No. ¡Ca! No puede ser.

Y expliqué cómo y por qué esto no era posible.

—¿Lo haría usted mejor?

—Yo, ¡ya lo creo! Soy disecador de Londres y pintor.

—Sí; en Londres se trabaja bien en estas cuestiones; pero en París tampoco se hacen las cosas mal. No hay que quitarle nada a París.

Callé, como no queriendo comprometerme demasiado, y entonces el dueño de las figuras de cera me dijo si tendría inconveniente en trabajar para él, modelándole en cera varias alimañas en actitud feroz, y retocando algunas figuras como la de Danton, la de Fualdés, el asesinado, y otras que habían perdido el color, pues la gente no se contentaba con ver sus caras, sino que quería tocarlas.

—¿Tanto tiempo va usted a estar aquí?—le pregunté yo.

—No, me marcho en seguida; pero usted puede venir conmigo en mi coche.

Quedamos de acuerdo en que le haría el trabajo y en que él me proporcionaría los útiles necesarios, pagaría mis gastos y me daría tres francos al día. Me instalé en su carreta de cuatro ruedas, cerrada y con techo, y comenzamos a marchar despacio camino de Pau.

El dueño de las figuras de cera, monsieur David, era un señor fino que hubiera podido ser académico, notario o enterrador. Vestía de negro y llevaba una cinta roja en el ojal. Viajaba en compañía de sus figuras de cera y de su criado Michel. Al mismo tiempo que monsieur David, y llevando el mismo camino, iban varias carretas: dos de un domador de fieras, que se decía húngaro, con un león viejo, unas panteras y varios monos; un coche de una señora que tenía cacatúas amaestradas; un furgón de un domesticador de focas, y un tílburi de un charlatán vendedor de específicos, prestidigitador, sacamuelas y frenólogo.

En el camino nos encontramos con saltimbanquis, gitanos, y alguna mujer harapienta con un carretón donde llevaba un organillo y la familia menuda.

En los tres días que fuí en compañía de monsieur David, puse los más brillantes colores en las mejillas de Fualdés, el asesinado; animé los ojos de María Antonieta, de Carrier, de Napoleón, de Danton y de Marat, y comenzaba unos bocetos de fieras cuando nos detuvimos en una posada, poco antes de llegar a Pau.

Estaba lloviendo; se metieron las carretas en un corral y nos reunimos en un cuarto de la posada, el domador húngaro y su criado, el charlatán prestidigitador, un ventrílocuo, el domesticador de focas, la madama de las cacatúas, monsieur David y yo.

Cenamos juntos, y como esta gente es jactanciosa, cada cual contó sus triunfos en los diferentes pueblos del tránsito. El domesticador de focas hizo tales elogios de sus animales, que la gente los tomó a broma. Apostó entonces él a que enviaba a su Baby, la mejor de sus focas, con una carta para monsieur David, y a que se la entregaba. Se aceptó la apuesta y se puso dinero en pro y en contra. El domesticador salió del cuarto al patio y, poco después, vimos a la foca que avanzaba pesadamente con sus aletas por el pasillo, entraba en el cuarto donde estábamos, ofrecía un sobre que llevaba en la boca a monsieur David y le hacía una ceremoniosa reverencia. Se aplaudió al domesticador de focas y a su discípula Baby, que se dieron un beso. El charlatán explicó sus juegos de manos, y después sacó una baraja e invitó a una partida. Yo creí que los demás no aceptarían. ¿A quién se le ocurre jugar a las cartas con un prestidigitador?

Se sentaron en la mesa, y el charlatán, el domador, la madama de las cacatúas, el domesticador de focas y monsieur David barajaron y cortaron y se pusieron a jugar a la malilla. Yo me tendí en un diván y me quedé dormido.

A media noche me despertaron los gritos.

Todos vociferaban y discutían, y tenían montones de plata y de cuartos encima de la mesa.

El domador debía de perder mucho; estaba anhelante, congestionado, con una gruesa vena hinchada en la frente. A cada momento se pasaba la mano por las patillas. La madama de las cacatúas marchaba también mal, a juzgar por su aire humillado; el domesticador de focas estaba indiferente; monsieur David sonreía, y el charlatán, delgado, mefistofélico, tenía un aire plácido e insinuante y ponía derecho un naipe en la nariz y seguía jugando.

Mientrastanto el ventrílocuo, alto y flaco, con los brazos y piernas recogidos en la silla, sacaba unas extrañas voces de su cuerpo.

El final del juego se aproximaba, y, efectivamente, en una pasada, el dinero del domador húngaro desapareció y fué a parar a manos del charlatán y de monsieur David. El domador se irguió lanzando juramentos, y los gananciosos, con aire compungido y los bolsillos llenos, se prepararon a levantarse.

—Esperen ustedes—gritó el domador—. Me deben el desquite. Vuelvo en seguida.

Salió el domador, y al momento monsieur David y el charlatán se escabulleron del cuarto. El ventrílocuo, el de las focas y la madama de las cacatúas hicieron lo mismo.

Yo iba también a salir y me dispuse a ponerme los zapatos cuando entró el domador de nuevo con un látigo seguido de dos panteras.

Yo quedé horrorizado.

Al ver que no había ningún jugador se puso a pasear por el cuarto furioso, gritando y blasfemando y dando trallazos en el aire, mientras las dos fieras que traía saltaban y enseñaban los dientes.

Yo estaba espantado. El domador se fijó en mí y se acercó al diván.

Me dijo burlonamente que el dueño de las figuras de cera y el prestidigitador le habían robado su dinero. Era necesario que le pagase yo.

—Yo, hombre, ¿por qué?

—Porque me han estafado. Venga el dinero... Si no...

—Si no..., ¿qué pasará?

—Se arrepentirá usted—y dió un latigazo sobre el diván, y las dos panteras saltaron como gatos.

—Espere usted, espere usted, no tenga usted prisa le dije yo, y me levanté y me puse tranquilamente la chaqueta.

—Pronto, pronto—gritó él, asombrado de mi súbita serenidad.

—¡Ah! ¿Pronto? Pues ahora le voy a decir a usted una cosa.

—¿Qué?

—Que no le voy a dar a usted nada.

—¿No? Y levantó el látigo.

—No—le dije yo, y le pegué un puñetazo en la barba que lo tumbé al suelo, derribando una silla y la mesa.

Las dos panteras se escondieron en un rincón asustadas.

Antes de que el domador pudiera levantarse, abrí el cuarto, salí al patio y de aquí al camino. Crucé la aldea y fuí andando hasta que se hizo de día. Estaba a poca distancia de Pau; llegué a esta ciudad, entré en una posada, me lavé, me puse mi traje de señor y metí el otro en el morral. Pregunté cómo podría salir para Bayona. Me indicaron el punto donde partían las diligencias, y me encaminé hacia él con el morral convertido en maleta.

XIII. COMIENZO DE UNA AVENTURA ROMÁNTICA

Estaba sentado en un banco de la Plaza Real esperando que dieran las ocho y se abrieran las oficinas de la diligencia, cuando vi dos mujeres de luto que avanzaban vacilando y mirando a derecha e izquierda.

Se sentaron en el mismo banco que yo; pero debían estar impacientes, porque se levantaron pronto, dejando un paquete en el asiento.

Al notarlo llamé a las dos damas y les di lo que olvidaban.

—¡Gracias! ¡Muchas gracias!—exclamó la mayor de las dos—. No sé dónde tenemos la cabeza.

—Si en algo puedo servirlas, lo haré con mucho gusto—les dije yo.

—Venimos a buscar la diligencia que va hacia Orthez.

—Yo también; pero me han dicho que no hay diligencia hasta el mediodía. Ahora únicamente se puede tomar un pequeño coche, que llaman Cuco.

—¿Y cuándo va a salir?

—Parece que hasta dentro de hora y media no sale.

—¿Y qué hacemos aquí hora y media?—exclamó la joven—. Nos van a conocer.

—¿Usted ha tomado el billete?—me preguntó la señora mayor.

—No; todavía, no.

—¿Quiere usted acompañarnos?

—Con mucho gusto.

Nos metimos los tres en un café que acababan de abrir.

La señora mayor tenía unos cincuenta o cincuenta y cinco años, y llevaba tocas de viuda; la otra era una muchacha, pálida e insignificante, de unos veintitrés años.

La señora hablaba con un acento nervioso y asustado; la señorita estaba como apabullada.

Cuando pasó el tiempo necesario nos acercamos al despacho de diligencias. Esperamos a que prepararan el Cuco, y entramos en él las dos señoras y un capitán de la gendarmería de Bayona, que había ido a Pau a recibir órdenes, y yo.

El capitán y yo hablamos. La señora mayor no hacía mas que saltar en el asiento, de impaciencia. El Cuco marchaba perfectamente, con un movimiento suave.

En los diferentes puntos que mudaban los caballos se presentaban los gendarmes y preguntaban invariablemente si no iban españoles.

—Point d'espagnols—decía el capitán—. Dos damas francesas, un señor inglés y un capitán de la gendarmería real.

—Perdón, mi capitán—decían los gendarmes, haciendo el saludo militar.

—¿Por qué preguntan siempre si van españoles?—dije yo.

—Es que se teme que haya por aquí agentes españoles revolucionarios—contestó al capitán.

Llegamos a Orthez por la mañana. El capitán y yo ofrecimos a las señoras nuestra compañía, y como ellas aceptaron, fuimos hasta su casa. El capitán dió el brazo a la mayor, y yo a la muchacha. Llegamos delante de la puerta de la verja de una magnífica posesión y nos despedimos de las señoras. El capitán fué hacia un lado y yo hacia el contrario. Avancé un poco paralelamente a la verja, que era más larga de lo que yo me figuraba, y al volver vi que las dos mujeres estaban todavía a la entrada.

—¿No les oyen?—les pregunté—. ¿Quieren ustedes que yo llame?

—No, no—dijeron las dos, asustadas.

—Lo que ustedes quieran—y me preparé a seguir.

—¿Podría usted hacernos un favor?—me preguntó la señora con su voz trágica.

—Sí, con mucho gusto.

—Querríamos entrar en el parque sin que nos viera el portero.

—No sé la manera.

—Hay una puerta chiquita, cerrada con solo un cerrojo, aquí, a un lado.

—¿Y desde fuera cómo la va usted a abrir?

—No, desde fuera ya sé que no. ¿Usted no sería capaz de escalar esta verja?

—¡Escalar la verja! ¿Y si le ven a uno?

—No. No se levanta en la casa nadie hasta muy tarde.

—Bueno; avísenme ustedes si aparece alguien.

Sin más dejé mi fardelillo en el suelo, escalé la verja, bajé por el otro lado, corrí hacia la puerta pequeña y abrí el cerrojo. Las dos mujeres entraron en el jardín y yo salí al camino.

Al pasar de nuevo por delante de la puerta de la verja estaba la señora aguardando y me dijo:

—Quiero darle a usted una explicación y hablar con usted. Venga usted cuando se haga de noche a esta verja.

—Sí, señora, vendré.

Me fuí a una fonda con la imaginación un poco excitada, y de noche me presenté en la verja. Al poco rato llegó la señora. Me habló durante más de una hora con un tono inquieto, lleno de angustia, y me contó, atropelladamente, una porción de cosas.

Aquella dama era pariente y al mismo tiempo señora de compañía de la muchacha joven que había venido con ella en el coche. Se llamaba madama Domesan. La muchacha, Gabriela de Beaumont; por lo que me dijo, vivía con su padre, su tío y una señora amiga de su padre, Enriqueta Sarrazin, que se había hecho dueña de la casa de tal manera, que los tenía presos a todos, sin dejarles salir de allí.

El día anterior esta señora había marchado del castillo, y aprovechando su salida, Gabriela y ella habían ido a Pau a hablar con un pariente y a explicarle la situación en que se encontraban, pero no le habían visto.

En la casa, la Enriqueta Sarrazin mandaba como dueña, y había dispuesto casar a su hijo, que era un perturbado, con Gabriela, y estaba aislando a la familia de Beaumont de sus amigos y parientes, de tal manera, que ya nadie entraba en la casa. En los planes le ayudaba un cura del pueblo.

Después de todos estos datos, madama Domesan me dijo que si yo tenía valor y energía para ello, que me presentara al día siguiente en el castillo preguntando por el vizconde Beaumont de Lomagne; que le dijera que llegaba de Londres y que era aficionado a los árboles y a las plantas exóticas, y que quería ver el parque y el invernadero, y me hiciera amigo de él.

Me sugestionaron los relatos de aquella dama y prometí seguir la aventura.

Al día siguiente, al mediodía, me presenté en el castillo y llamé tirando de la cadena.

Salió a abrir un portero viejo, con una gran librea; le di mi tarjeta, y esperé.

Poco después se abrió la verja, y el criado me dijo que pasara.

Comencé a marchar por una avenida enarenada. Al final de ésta se veía un edificio grande, pesado, de piedra, con varias torres de pizarra adornadas con veletas.

A un lado y a otro había árboles centenarios, altísimos, y delante de la fachada del castillo, un estanque oval, de agua profunda y obscura, a cuyo alrededor las hojas caídas en muchos años formaban como un marco de plata.

Este estanque parecía un espejo negro que reflejase el cielo a través del follaje de los árboles. Bordeando el estanque nos acercamos al castillo, y entramos en un gran zaguán, que parecía una cripta, con el suelo, las paredes y el techo de piedra. Subimos la ancha escalera, pasamos un salón grande como un museo y fuimos a un gabinete elegante, pero también triste, en donde había dos viejos momificados sentados el uno frente al otro, la señora y la señorita del coche y madama Sarrazin, una mujer de cara juanetuda, de ojos claros y pelo blanco.

El vizconde me saludó amablemente. Era un hombre alto, encorvado y pálido, con un aire de temor y de cansancio.

Vestía un traje del tiempo del Imperio, y al andar parecía arrastrarse.

Su hermano, el caballero de Maslac, era un vejestorio del tipo más completo del antiguo régimen; llevaba calzones de terciopelo de color, medias de seda, casaca y coleta. Iba perfumado, pintado, con colorcitos en las mejillas y en los labios; los dientes, postizos, y peluca. Usaba constantemente un lente y una tabaquera; en los dedos, anillos, y dijes, y, al levantarse de la butaca, se apoyaba en un bastón con puño de oro.

La señorita Gabriela y madama Domesan me saludaron amablemente, y la señora Sarrazin apenas se dignó mirarme.

El vizconde de Beaumont, que tenía la manía de la botánica, me mostró el parque y el invernadero de su castillo.

El parque era tristísimo; parecía que habían querido darle un aire lúgubre, haciendo que los árboles gigantescos estuvieran tan cerca uno de otro que, paseando por las sendas, no se veía el cielo.

El estanque reflejaba las nubes como una pupila desesperada y sombría.

El vizconde me enseñó la antigua torre de los Beaumont, con sus baluartes y sus argollas, que daban al río y servían para atar las gabarras.

Después de ver sus plantas extrañas, dije que tenía que marcharme; pero el vizconde me rogó varias veces que me quedara a cenar y a dormir. Como este era mi objeto, me quedé allá.

La cena fué siniestra. El vizconde miraba a un lado y a otro, como poseído por el mayor espanto; el caballero de Maslac, con sus adobes y sus dijes, parecía una momia desenterrada.

No se habló en la mesa mas que de genealogías, y únicamente el vizconde interrumpía esta conversación para disertar acerca de botánica. Después de cenar jugaron una partida de cartas entre los dos viejos, la Sarrazin y Gabriela, y madama Domesan me indicó que fuera a la biblioteca, donde hablaríamos.

Efectivamente, fuí a ella y hablamos largamente. Me dijo, de una manera nerviosa y perentoria, que yo, que había sido simpático al vizconde, debía entrar en la casa y luchar contra la influencia de madama Sarrazin, que les dominaba a todos.

Después me contó, con su tono dramático, la historia de un muchacho que había galanteado largo tiempo a Gabriela, y a quien se había encontrado ahogado en el río, y de un hombre misterioso que aparecía de cuando en cuando en las proximidades del castillo.

Luego me habló de su vida y de su familia.

Me dijo que ella procedía del secretario de Felipe II, Antonio Pérez.

—Al evadirse Antonio Pérez de la cárcel de la Inquisición de Zaragoza—me contó—, se refugió en el Bearn y fué protegido por Enrique IV y por Margarita de Valois. Antonio Pérez tuvo amores con una señora de Orthez, y su hijo se estableció aquí definitivamente, y de él procedo yo.

Siguió la señora Domesan contando una serie de relatos de crímenes y de sucesos extraños donde aparecían asesinos, misterios, fantasmas, y llegué a pensar si aquella mujer estaría un poco perturbada, y sería, sin proponérselo, una especie de Anna Radcliffe gascona. Por lo menos era un folletín de muchas entregas.

Al pasar a la alcoba que me destinaron, que era inmensa y obscura, no pude dormir. Toda la noche la pasé pensando en ahogados y muertos.

Al día siguiente comprendí que aquellas grandezas no eran para mí, y, sin despedirme de nadie, con el pretexto de dar un paseo, me marché del castillo y no volví.

XIV. EN LA DILIGENCIA

Corrí con mi morral al sitio donde salían las diligencias y tomé un asiento para Bayona.

Me encontré con el mismo capitán de la gendarmería con quien había ido a Orthez. Nos saludamos y nos dimos nuestros nombres. Me dijo que se llamaba Montmartin, y me invitó a tomar una copa de coñac.

En la diligencia iba mucha gente que subía y bajaba en los pueblos pequeños, llevando cestas y encargos, y un comerciante bayonés, con su mujer y dos hijas.

Una de ellas, por lo que contó su madre, tenía una voz preciosa, y había obtenido un gran éxito cantando la Cavatina «Una voce poco fá», del Barbero de Sevilla, en una de las casas del gran mundo de Orthez.

La otra señorita poseía, según su madre, grandes conocimientos literarios e históricos, y sabía el inglés y el español. Había sido muy galanteada por un joven oficial de la guarnición de Orthez, llamado Alfredo de Vigni, que había escrito para ella una poesía preciosa.

A pesar de hablar yo bastante mal el francés («¡Celibataire, une boutaille de cercueil!), quedé un poco mejor que el capitán de la gendarmería, pues éste consideraba que ante las señoras debía tomar una aptitud rígida, como si estuviera en actos de servicio.

Quizá influían en su tiesura las frecuentes libaciones, pues aprovechaba todas las paradas para intoxicarse cuanto podía.

Con este combustible se reveló en él su fondo de francés, y dijo que Napoleón era un grande hombre, a quien los ingleses habían hecho perecer miserablemente. Habló también de la batalla de Orthez, en que Wéllington, con el ejército aliado, había batido al mariscal Soult, y se deshizo en insultos contra el vencedor de Waterloo.

El comerciante bayonés y su familia parecían desolados al oír esto, y me miraban como pidiéndome mil perdones.

El capitán vió que yo no me daba por aludido, se calmó, se hizo amigo mío y amenizó el viaje con algunos cuentos de cuerpo de guardia.

A la tardecita llegamos a Bayona, y, pasado el puente sobre el Adour, el sargento del puesto de la gendarmería preguntó si no había viajeros españoles. El capitán Montmartin dijo que no, y seguimos adelante hasta la plaza de Armas.

El capitán sintió no sé por qué un vago impulso de simpatía o de remordimiento al despedirse de mí, quizá por haber hablado mal de los ingleses, y me invitó a cenar con él al café del Comercio tan insistentemente, que tuve que aceptar.

Estaba el café, envuelto en una nube de humo, atestado de oficiales de la guarnición. Se hablaba a gritos.

En una mesa había un grupo de tenientes y suboficiales, y uno de ellos leía un libro que acababa de publicarse, de un tal Paul de Kock, llamado Gustavo el calavera. Los que escuchaban se reían a carcajadas. El capitán Montmartin y yo nos acercamos al grupo, y aunque yo apenas oía la lectura, contagiado por la risa de todos, acabé por reírme.

Mareado y algo intoxicado me despedí de Montmartin y me fuí a la fonda. Al día siguiente me levanté temprano y salí a la calle. Vi muchos grupos de españoles que me dijeron eran realistas, y entre ellos un cura y un fraile, el uno con su gran sombrero de teja y el otro con su cerquillo.

Los dos tiraban al blanco con carabina y tenían una magnífica puntería.

—Son soldados de la Fe—me dijo un francés que debía ser realista entusiasta.

—No cabe duda que con esa puntería—le contesté yo—han de ganar muchas almas para el cielo.

XV. MARY LA DE BIRIATU

En la fonda de Bayona me dijeron que podía ir a San Juan de Luz a caballo en un cacolet. No sabía lo que era esto, que resultó un artefacto que en castellano llaman jamugas.

Llegué a San Juan de Luz en mi cacolet; dejé el morralillo en un fonducho de la salida del pueblo y fuí a estirarme las piernas hacia la playa.

Me sorprendió un chubasco y entré en un café pequeño y me senté delante de una ventana con cristales, y estuve contemplando cómo chocaban las gotas de agua en la tierra, y las nubes que corrían por el cielo.

Al terminar el chaparrón volví al fonducho de la salida del pueblo e hice mis preparativos para entrar al día siguiente en España.

Estaba sentado en la mesa y estudiando un mapa cuando entró una muchacha a preguntarme si quería cenar. Al verla, me pareció que el cuarto se iluminaba; tan bonita era.

—¿Usted me va a servir la cena?—le dije.

—Sí.

—No creí poder ser tan feliz.

Ella se rió. Yo la contemplé embobado. Tenía unos ojos claros azul verdosos, una boca burlona y un cuerpo ligero y fuerte al mismo tiempo. Era un fruto del Norte dorado por el sol del mediodía.

Le pregunté cómo se llamaba y me dijo que Mary; le volví a preguntar de dónde era y me contestó que de Biriatu, un pueblecillo pequeño asentado en un cerro próximo al Bidasoa.

—Voy a quedarme aquí—le dije—para poder verla a usted muchos días.

—No podrá ser—contestó ella.

—¿Por qué?

—Porque me marcho a Biriatu mañana.

—Iré yo a Biriatu.

—Es igual; no me verá usted.

—¿Tendrá usted novio?

—No.

—¿Pero tendrá usted muchos pretendientes?

—No; tampoco.

—¿Cómo puede ser eso, siendo tan bonita?

—No opinan todos como usted—me replicó riendo.

—Eso es imposible—exclamé—. ¿Es que los hombres de este país no tienen ojos? ¿Es que son como esos peces de los lagos sin luz, que son ciegos? ¿Es que tienen alguna membrana nictitante perpetua? ¿Es que...?

Mary la de Biriatu iba y venía trayendo platos, haciendo poco caso de mis frases.

Cuando se acabó la cena le dije que ya que no podía verla quería marcharme al amanecer y que me diera la cuenta.

Me la trajo y quise darle de propina un luis de oro.

—No, no—me dijo—; guárdese usted su moneda de oro. No la quiero.

—¡Pero, si yo no la pido nada a cambio!

—Es igual; no la quiero. Le hará a usted más falta que a mí. ¡Adiós! Buenas noches.

J. H. Thompson dice, al llegar aquí, que se metió en su cuarto y sacando lápiz y papel escribió una poesía en inglés en honor de la muchacha que encontró en la fonda. La tal poesía es una españolada poco seria que no nos puede agradar a las personas sensatas, y si la traducimos y la copiamos es, más que para otra cosa, para demostrar la extravagancia de los extranjeros cuando se ocupan de España. Dice así la canción traducida al pie de la letra:

«A Mary la de Biriatu:

»Tienes los ojos azul verde claros, Mary la de Biriatu, como las olas del mar; tienes la boca burlona y fresca y el cuerpo ágil y armónico como el de una diosa. Cuando te veo marchar de aquí para allá, mi corazón tiembla y siente el mismo sobresalto que si fuera una pieza de porcelana de Sèvres en manos de una criada cerril, o la copa más fina de cristal de Bohemia entre los dedos de un chico atolondrado.

»Eres amable, Mary la de Biriatu, y, sin embargo, eres cruel. Tienes la crueldad de la fuerza, que no sospecha la debilidad ajena; tienes la exactitud del teorema matemático, que es un tormento para la inteligencia obscura; eres soberbia como la Naturaleza, y yo soy humilde como una cosa humana.

»¡Si tú quisieras!, yo saldría de mí mismo como un dragón de su agujero, y sería el hombre más turbulento y más dionisíaco de la tierra. Pero no, no lo sería; lo soy ya.

»Me he transfigurado, y las furias anidan en mi corazón. Ya no soy un inglés pesado y grueso; soy andaluz y tengo sangre mora en las venas; tengo garras como las águilas y colmillos agudos como los tigres. Ya no diseco fieras, las mato; ya no discuto con los hombres, los domino.

»Ven conmigo, Mary, Mary la de Biriatu. Yo te llevaré en mi caballo cordobés, desde el Pirineo a Sierra Nevada y reposaremos al pie de las palmeras de Andalucía al son de las castañuelas y las guitarras.

»Si quieres que sea contrabandista, Mary, me haré contrabandista; si quieres que sea salteador de caminos, lo seré sin miedo e imitaré al bandido generoso,

el que a los ricos robaba y a los pobres protegía.

»Para mí no habrá más leyes que tu capricho, Mary, Mary la de Biriatu; para mí no habrá más cielo azul que el azul verdoso de tus ojos. Con el trabuco al brazo, montado en mi jaca torda, seré una exhalación. Yo me escabulliré de entre las manos de la justicia y haré llorar de rabia a los alguaciles, y a los alcaldes, y a los corchetes de la Santa Hermandad.

»¿Hay que desafiar al rey, a la Inquisición, a los ángeles, a los demonios?

»Aquí estoy yo. Yo robaré las alhajas de la Virgen para adornar tu garganta y te daré la Biblia de Lutero para que con sus hojas hagas papillotes.

»Y cuando el mundo entero esté retemblando con mi gloria como una caldera de vapor, y mis hazañas sean cantadas por los ciegos, tú, con tu mantilla de casco y una peineta de concha; yo, con el calzón corto y mi capa andaluza, iremos los dos del brazo a la corrida.

»Ven conmigo, Mary, Mary la de Biriatu. Mira que soy capaz de todo por ti. Mira que si no te pierdes al mismo Robin Hood con calañés».

Esta es la absurda e insensata poesía que J. H. Thompson dedicó a la muchacha de la fonda de San Juan de Luz, donde estuvo hospedado, y que ha desagradado profundamente a varias personas respetables que la han leído.

XVI. LA VENTA DE INZOLAS

Después de descargar mi corazón en estos versos me tendí en la cama, me quedé dormido, y por la mañana, al amanecer, me levanté y salí de casa.

—Veremos lo que nos reserva la suerte—me dije.

Anduve una legua antes de que saliera el sol, y me senté al pie de un árbol y saqué del bolsillo mi mapa de España. Estaba publicado en Londres, en 1808, por la casa John Stockdale de Piccadilly, y debió de servir para las tropas de Wéllington que iban a la Península.

—Como no tengo objeto—murmuré—, seguiré el meridiano. El mito de mi tío el comandante Cox y el meridiano serían mis directrices.

Decidí pasar uno o dos meses en el país vasco, medio año en Castilla, e ir a parar a Andalucía. Estaba enfrascado en la observación del mapa cuando pasó una chiquilla que se me quedó mirando.

Me levanté y la pregunté:

—¿Este es el camino de Navarra?

—Sí.

La muchacha iba hasta un caserío llamado Herburu, y yo fuí con ella.

Encontré a un aduanero francés a quien le dije me indicara el camino de España. Me miró con desconfianza y me mostró un sendero.

Siguiéndolo, llegué a un bosque bastante cerrado, con una venta, la venta de Inzola. Estaba en territorio español. Pedí en la venta que me pusieran algo de comer, y con un gran trozo de pan, de chorizo y de queso y una botella de vino, me senté en la hierba, en un prado. Brillaban las margaritas y las flores del brezo; una serpentaria mostraba su mazorca roja entre lo verde. Corría allá un vientecillo del mar fresco y agradable; el cielo estaba muy azul; en Francia se veía la llanura y la costa; hacia España, un laberinto de montes ceñudos y sombríos. Unos grillos amenizaban la soledad y un cuco lanzaba su voz irónica entre los árboles.

Devoré mis provisiones, y después dirigí un toast elocuente a la vieja España de Don Quijote, y del Cid, y de San Ignacio de Loyola. Añadí a Loyola, para probarme a mí mismo, que este Amadís de Gaula, católico y papista, no sólo no irritaba mis sentimientos de protestante de raza, sino que veía en él un hermoso manantial de energía y de tesón.

Después de este toast hice mi segunda libación brindando por las damas españolas, los caballeros, las majas, los toreadores, los gitanos, los corchetes, los alguaciles y los alcaldes, y, sobre todo, por la bella entre las bellas, Mary la de Biriatu. Como me quedaba más vino en la botella y no era desagradable, tuve que brindar por el mar, por el cielo azul, y hasta por la Cosa en sí, y me quedé un momento dormido.

SEGUNDA PARTE DEL PIRINEO A MADRID

I. LOS PLACERES DEL CAMPO

Cuando yo leía de chico las descripciones de los placeres campestres—dice J. H. Thompson—, me parecían una de las cosas más insulsas y más tontas del mundo. Es extraño cómo la retórica, a fuerza de repetir las mismas frases, llega a borrar todo sentido de la realidad.

Los placeres campestres en las páginas de los escritores bucólicos del siglo XVII y XVIII han sido siempre placeres amables y sociales; se ve que para estos escritores la Naturaleza estaba representada por un parque bien cuidado, como para Fenelón la gruta de Calipso era uno de los subterráneos del jardín de Versalles. Los placeres campestres en la pintura han sido también tan sosos, tan amanerados, como los descriptos por los poetas.

Al llegar a vivir en el campo por primera vez, nunca recordé las descripciones que había leído en la infancia, ni los cuadros de los pintores. No me acordé jamás de Galatea, ni de Amarilis, ni de Thirsis, ni de Nemoroso; todas estas amables personificaciones no salieron del estante que les corresponde en el armario de la guardarropía poética para presentarse a mi imaginación. Me desdeñaron tanto como les desdeñaba yo a ellas.

Al acercarme al campo, la Naturaleza, en vez de una impresión amable, pastoril y bucólica, me dió una sensación ruda y me habló con una voz áspera y discordante.

El viento y la lluvia, el murmullo de los árboles en el follaje y el rumor del arroyo, el caminar por entre las altas hierbas o por el claro del bosque me produjeron una sorpresa.

Tuve también otras sorpresas y descubrimientos. Uno de éstos fué encender hogueras.

Pocas cosas me han parecido tan sugestivas. ¡Hacer fuego al borde de un camino y ver cómo chisporrotean las hierbas secas, serpentean las llamas y se desparrama el humo por el aire! ¡Qué gran placer! ¡Qué eterna admiración!

Siempre parece un espectáculo nuevo, como si guardara uno en el fondo del alma el asombro del hombre primitivo, descubridor del fuego al ver levantarse las llamas en el aire.

Este es uno de los grandes placeres tristes y melancólicos del campo. Mirar la llama de la hoguera, ver el humo que mancha las claridades del crepúsculo, mientras las estrellas comienzan a presentarse en el cielo...

Hoy, al pensar en ello, siento melancolía, la melancolía del enamorado de la Naturaleza unida a la melancolía del reumático.

II. ERLAIZ EL PANADERO

Después de mis libaciones dejé la venta de Inzola y comencé a marchar hacia Vera. Enfrente tenía un enmarañamiento de montañas fragosas y obscuras, de crestas y de barrancos.

Por toda la zona pirenaica vasconavarra ocurre lo mismo: lo trágico y fosco ha quedado para España; lo sonriente y amable, para Francia.

A pesar de esto, el espíritu de los vascos de un lado y otro de la frontera ha quedado el mismo; la misma seriedad, el mismo gusto por los trajes negros, el mismo aire de desilusión.

Parece que este pequeño pueblo tiene la conciencia vaga de su desaparición, de su absorción por los de alrededor, y le queda la tristeza y el orgullo de los pueblos viejos que se hunden sin dejar apenas rastro de su existencia.

Bajaba despacio de la venta de Inzola a Vera del Bidasoa cuando oí a lo lejos el ruido de una carreta. ¡Cómo chirriaba! Tan pronto se la oía como se perdía su sonido, como volvía a aparecer. Estas carretas vascas tienen las ruedas de madera de una sola pieza y sujetas al eje, lo que hace el rozamiento muy grande.

Preguntaba unos días después a los campesinos en Vera por qué hacían así las carretas, al menos por qué no daban sebo a los ejes, y uno me dijo que con aquel chirrido áspero se divertían los bueyes, y otro, que así no había que avisar a nadie del paso de la carreta, porque el chirrido de las ruedas avisaba solo.

Iba bajando al fondo de un arroyo, a cuyo borde se veían varios caseríos, cuando me encontré con un viejo que marchaba seguido de su perro. Era un hombre afeitado, encorvado, con un perfil de cuervo.

Entablé conversación con él y, después de someterme a un interrogatorio, me dijo que andaba buscando minas.

En el interrogatorio tuve que decir quién era y a qué venía a España, y eché mano del mito Cox y de la herencia, y expliqué mis planes.

El mismo individuo me preguntó qué pensaba hacer en Vera; le dije que pasaría allí un día nada más y seguiría adelante.

—¿Tiene usted posada?

—No.

—Pues yo le llevaré a casa de un paisano amigo mío, que le hospedará barato.

Llegamos a uno de los barrios del pueblo al anochecer. En lo hondo de un valle se veían unas cuantas casas viejas en fila, envueltas en la niebla; el humo salía de las chimeneas en ligeras columnas azules.

El viejo y yo recorrimos una calle larga, pasamos por cerca de la iglesia y salimos a la carretera, a orilla del Bidasoa, y en una casa con una tienda nos detuvimos.

A la puerta estaba Erlaiz, el panadero; hablaba con un herrador de una fragua próxima. El panadero, un hombre bajo, cuadrado, picado de viruelas, de cara fosca y ceñuda, explicaba algo al herrador, hombre grueso, panzudo, con una sonrisa llena de malicia.

El panadero nos recibió ásperamente, al viejo y a mí, y a una muchacha que estaba en la tienda le dijo que me llevara a una habitación.

Crucé la tienda, subí a un cuarto pintado de verde, me lavé y eché un vistazo al pueblo. El vasco es indiferente y un tanto hostil al extranjero; aunque se le hable en español, si le ven a uno extraño, le miran con desconfianza y con suspicacia. La gente a quien pregunté algo, en vez de responderme dándome los datos que les pedía, me contestaban preguntándome a qué venía y qué pensaba hacer.

Estos vascos recelosos suponen que se les tiende un lazo al hacerles la pregunta más sencilla.

Pensé que no estaría muchas horas en el pueblo.

A la hora de cenar volví a mi posada de casa del panadero, y me hicieron pasar a un comedor, en donde se hallaban el buscador de minas, que había encontrado en el monte, Erlaiz y un militar.

El panadero, mi patrón, cambiado por completo de aspecto, se mostraba sonriente y amable. Me indicaron mi sitio en la mesa, y nos pusimos a cenar.

El viaje me había abierto el apetito, y di un ataque formidable a los platos, al pan y al vino. Los demás no se quedaron atrás. Después de cenar trajeron café y licores, y nos pusimos a hablar y a cantar. Yo no he visto compadres más alegres que aquéllos.

El militar, guerrillero con Mina en la guerra de la Independencia, contó sus hechos de armas, y el panadero habló de sus aventuras en tierra de Castilla.

Los dos estuvieron a cuál más exagerados.

Estos buenos vascos, cuando se lanzan a ello, son un tanto fanfarrones, como los escoceses de Walter Scott, o como los gascones. Al oírles a ellos, cualquier encuentro de cincuenta hombres contra otros cincuenta es una batalla de Austerlitz; una aldea con cuatro casas viejas, una Florencia y un granero con una torre es el Louvre o el Kremlin.

Después de las hazañas del militar y del panadero, el viejo buscador de minas, que se llamaba Bidarraín, nos dió lecciones de botánica y de mineralogía popular, mezcladas con algunas supersticiones.

A las doce y media, rendido de sueño, me fuí a la cama, dormí de un tirón hasta las diez, y, al despertar, pensé si la cena de la noche habría sido una realidad o una fantasía.

Me vestí, bajé a la tienda de Erlaiz y me lo encontré displicente y malhumorado.

—Ahí ha venido ese viejo Bidarraín a preguntar por usted—me dijo—. En la huerta debe estar.

Tomé el café con leche que me sirvió la sobrina de Erlaiz, salí a la huerta y encontré al viejo buscador de minas.

Me preguntó si quería dar un paseo con él, le dije que sí y echamos a andar. Bidarraín me mostró varias muestras de mineral, y hablamos de mineralogía y de botánica. Luego le pregunté qué clase de hombre era Erlaiz, el panadero, pues me parecía de genio mudable.

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