EL VIAJE SIN OBJETO (continued 2)
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—Es buena persona—me dijo—, pero muy violento y muy terco. Cuando se le pone una cosa en la cabeza no hay quien le pueda convencer de lo contrario. Le hemos querido persuadir el teniente Leguía y yo de que es una barbaridad que ponga cepos en el Bidasoa para los salmones en época de veda; pues los pone, y aunque viniese el obispo y se lo pidiera de rodillas, los seguiría poniendo.
Bidarraín contó otros detalles de la barbarie del panadero. Llegamos a mi posada; el buscador de minas se marchó y yo entré en la tienda. Pasé a la tahona, y vi a dos viejas que amasaban los panes en una artesa, mientras Erlaiz trabajaba con la pala en el horno.
Murgui, la sobrina del panadero, me sirvió la comida; entablé conversación con esta muchacha, y le pregunté qué clase de hombre era Bidarraín. Me dijo que pasaba por hombre rico; que tenía minas de plata y de oro.
También le pregunté a Murgui acerca del teniente Leguía, y, por lo que contó, deduje que a éste le consideraban como el enemigo del pueblo.
Por la tarde volvió a presentarse Bidarraín y me llevó a una huertecilla contigua al cementerio, donde se hallaban enterrados dos oficiales ingleses, muertos en el pueblo al pasar los aliados el Bidasoa, en 1813.
Después fuimos hasta Lesaca, villa donde tuvo lord Wéllington su cuartel general.
Bidarraín debió hablar al panadero de mis conocimientos mineralógicos, porque Erlaiz, por la noche, me preguntó si era ingeniero. Le dije que no, y él pareció no creerme. Me preguntó también si tendría algún inconveniente en ver unas minas algo lejanas. Le contesté que ninguno. Dispusimos hacer la expedición al día siguiente. El panadero, contento, trajo la guitarra y estuvo cantando. Cantaba de una manera bárbara y graciosa. Cuando terminó, me fuí a mi cuarto y estuve un rato en la ventana mirando las estrellas, oyendo el rumor del río y el canto de un sapo (bufo músicus), que entretenía su soledad con sus notas.
III. EL PARADOR DE SUMBILLA
Bidarraín y Erlaiz me llevaron varias veces a ver sus minas. Estaban empeñados los dos en que yo entendía mucho de minería; pero que, por razones especiales, no lo quería confesar.
Erlaiz y Bidarraín me pidieron que les escribiera varias cartas en francés y en inglés, y cuando yo indiqué al panadero me hiciera la cuenta, me dijo que no le debía nada.
El teniente Leguía pensaba marchar a Elizondo con unos cuantos hombres de su partida, y yo quedé en acompañarle y seguir después a Pamplona.
Con este motivo se decidió obsequiarnos a los dos con una cena de despedida en las Ventas de Yanci.
Eramos los comensales, además del panadero, Leguía, Bidarraín y yo; dos milicianos nacionales, sargento y cabo de la partida de Leguía, y un liberal de Vera, que gastaba antiparras de plata, a quien llamaban Laubeguicua (el de los cuatro ojos).
Fuimos todos paseando a las Ventas de Yanci, que distan una legua y media de Vera; nos sentamos a beber sidra, y se llamó al ventero y a la ventera y se les sometió a un grave interrogatorio.
Erlaiz, Bidarraín y el sargento de milicianos dieron a la consulta una importancia sacerdotal.
—Vamos a ver, ¿qué podemos comer?—preguntó Erlaiz.
—Si quieren ustedes un cordero, ya lo asaremos—dijo la ventera, cantando al hablar.
—Bueno, un cordero. ¿Que más?
—Ya tenemos también buenas truchas.
—¿Truchas? No está mal. ¿Que más?
—Pollos también ya tenemos.
—¿Pollos? Bueno. ¿Qué más?
—Jamón bueno ya pondremos.
Así siguió la ventera explicando las provisiones que tenía, siempre empleando esta fórmula de ya tenemos o ya pondremos. Este ya, de aire germánico, me chocaba verlo empleado a todo pasto.
Después de consultarse con la mirada Bidarraín, Erlaiz y el sargento de nacionales, decidieron, de común acuerdo, que pusieran todo lo que hubiese para no engañarse.
Dispuesta la cena, seguimos bebiendo, hasta que nos dijeron que la mesa estaba puesta.
Al sargento de los milicianos, hombre alto, de vientre piriforme, se le encandilaron los ojos, y frotándose las manos de gusto exclamó:
—¡Pien, pien! Una puena cena. Esto es lo que me gusta. Puen cordero, puenas truchas, puen pollo y puen vino. ¡A comerr! ¡A comerr!
Comimos como buitres y bebimos hasta quedar mareados, lo que me dió una idea bastante pobre de la sobriedad de los vascos; se habló con entusiasmo de Mina, Riego y el Empecinado; con rabia, de las correrías que hacían por Navarra Juanito el de la Rochapea y don Santos Ladrón, y se cantó el Himno de Riego, a pesar de que el ventero y su mujer suplicaron que callásemos, porque les comprometíamos.
Salimos de las Ventas de Yanci a media noche; los de Vera se marcharon a su pueblo, y Leguía, con sus dos milicianos y yo, seguimos hasta Sumbilla.
Nos detuvimos en el parador de San Tiburcio. El sargento del vientre piriforme me dijo ingenuamente que con el paseo se le había abierto el apetito, y que iba a mandar que le hicieran unas sopas de ajo. Le miré con asombro y me fuí a acostar.
Al despertarme por la mañana supe que Leguía había partido con sus milicianos camino da Santesteban, dejándome una carta para un amigo suyo de Pamplona.
Como no tenía prisa y hacía calor, dejé la marcha hasta que cayera el sol. Estaba en el portal del parador de San Tiburcio cuando se acercó un carro grande, tirado por siete mulas.
El arriero fué soltando sus animales, llamándolos uno a uno y llevándolos a la cuadra. La Morena, la Montesina, la Capitana, la Coronela, la Bonita, el Vigilante y la Leona fueron despacio al pesebre, donde primero se les dió de beber.
El posadero me preguntó:
—¿No va usted a Pamplona?
—Sí.
—Pues si quiere usted, puede usted ir con este arriero.
—¿No hay inconveniente?...
—Ninguno.
El arriero se llamaba Mandashay, y era un hombre de unos treinta y cinco a cuarenta años, rubio, con unos ojos que parecían de cristal azul.
Me advirtió que si quería ir con él saldríamos a la mañana siguiente; le dije que tendría mucho gusto en marchar en su compañía, y le convidé a un vaso de vino. Quedamos de acuerdo; yo me fuí a acostar, y al amanecer me llamaron.
La mañana estaba fresca; había una niebla espesa que prometía un día de calor. Mandashay sacó sus mulas y echamos a andar camino de Almandoz.
—Cuando se canse usted puede tenderse en la galera—me dijo Mandashay.
—No, no me canso tan fácilmente.
La galera española es un carro grande, de cuatro ruedas, tirado por una larga recua de mulas. En Navarra y en Castilla la Vieja se ven con frecuencia estas galeras; en Castilla la Nueva abunda más el carromato, que también llaman carro catalán.
El viaje a pie detrás de un carro tiene sus encantos. El que aproximó de un modo ideológico la galera carro a la galera barco, dándole el mismo nombre, no estaba equivocado. El parecido de estos dos medios de comunicación salta a la vista. El barco es una casa que flota, como el carro es una casa que rueda. El carretero tiene algo de marino: es un hombre que pasa y no se detiene, que lleva una ruta, que vive en un mundo de soledad.
Mandashay era un hombre muy interesante y ameno. Cada rincón del camino le recordaba una historia. Aquí habían salido a robar a un rico unos enmascarados; allá había vivido una muchacha de cabeza loca que trajo revueltos a todos los jóvenes de los contornos.
En algunos momentos Mandashay se agarraba a la galga, y en otros tiraba de la brida del macho de varas, gritando: ¡Eup! ¡Eup! o ¡ueschqué! ¡ueschqué!
Charlando llegamos a Almandoz y seguimos subiendo una cuesta hasta el alto de Velate. El cielo estaba azul y el sol calentaba de firme. No hacía mucho calor porque íbamos ya a bastante altura y corría aire fresco.
A media tarde cruzamos un bosque, que me pareció debía servir para los misterios de los druidas, y fuimos a parar a las Ventas Quemadas, en lo más alto del puerto.
IV. PAMPLONA
Salimos de Ventas Quemadas por la mañana, y emprendimos la marcha hacia la vertiente del Ebro.
El paisaje había cambiado en absoluto. El cielo se mostraba más azul; el campo, más seco; en los altos corrían pequeños caballos de grandes colas y triscaban las cabras y los corderos; abajo resplandecían los campos de trigo y alguno que otro viñedo.
Al comenzar a descender hacia la cuenca del Ebro, me pareció que empezaba España; todo tomaba a mis ojos un carácter más triste y más serio: veía pueblos taciturnos, casas de paredes grises, árboles cubiertos de polvo.
Nos alejamos de la altura a medida que avanzábamos, y fuimos bajando hacia el llano. En los trigales brillaban las amapolas como gotas de sangre y los grillos nos ensordecían con sus chirridos.
Dormimos en Villaba, y al día siguiente entraba yo en Pamplona. Me despedí de Mandashay y fuí a parar a una posada de la calle de la Curia. Saqué la carta del teniente Leguía; era para un capitán de ejército llamado Iriarte. Me presenté a él, me acogió con amabilidad y me invitó a comer.
Durante la comida le hablé del mito Cox, y de cómo esperaba recoger una pequeña fortuna. En tanto, le dije, me hallaba dispuesto a trabajar en lo que se me presentase.
—Y usted, ¿qué sabe hacer?—me preguntó Iriarte.
—Sé francés y, naturalmente, inglés.
—Sí; quizá esto le pueda servir de algo.
—También tengo nociones de botánica.
—¿Botánica? No creo que haya aquí nadie que se ocupe de eso. A no ser algún herbolario.
—Pues éstos son mis conocimientos. También sé disecar animales—añadí con resignación.
—¡Hombre! Eso quizá nos sirva. Aquí hay un profesor que todos los pajarracos y alimañas que le dan los envía a Francia a disecarlos, lo que le cuesta mucho dinero.
—Voy a verle.
—Sí, iremos juntos.
Fuimos, efectivamente; hablamos con él, y yo me comprometí a restaurarle algunos animales y a disecarle de nuevo otros, por el sueldo de seis pesetas al día, mientras durara el trabajo.
Disequé para aquel señor un caimán, un águila, un cisne y varios otros bicharracos.
El capitán Iriarte me recomendó una casa de huéspedes de la plaza del Castillo y me trasladé a ella.
Mi vida en Pamplona, mientras tuve trabajo, fué muy agradable. Por la mañana y por la tarde trabajaba, y al anochecer paseaba por los alrededores, y cuando no tenía tiempo de sobra iba a la Taconera.
Allí se reunían los aristócratas y los burgueses, los militares, las señoritas, los chicos y los curas, y algunos días de fiesta, por la noche, se ponían unos farolillos de papel colgados de los árboles.
Yo cultivaba mucho el mirador de la Taconera, un sitio bonito, desde donde se ven los pueblos de la cuenca de Pamplona.
Daba con prudencia la vuelta a las murallas. Conocía la Ciudadela y los baluartes: el de la Reina, el de Redín, el de Labrit, el de los Canónigos, el de Gonzaga; las cinco puertas y la poterna de la Tejería.
Tenía algunos amigos, porque el capitán Iriarte me presentó a varios de sus compañeros, militares liberales.
Por entonces, entre los militares y los milicianos de Pamplona, había gran hostilidad; los militares se manifestaban anticlericales, partidarios de la Constitución; en cambio, los milicianos eran fervientes católicos y monárquicos, y armaban trifulcas gritando: «¡Viva Dios!» No parecía sino que tenían miedo de que lo mandasen matar los liberales. Yo, como extranjero, no daba mi opinión acerca de estas cuestiones.
En la casa de huéspedes donde fuí por recomendación de Iriarte, eran todos perfectamente reaccionarios, comenzado por la dueña, doña Saturnina, señora vieja, nariguda y charlatana.
Doña Saturnina era un producto clásico de las ciudades levíticas; tenía la adoración por el aristócrata, por el cura, por el Don Juan provinciano; hablaba con ternura de los mozos calaveras alborotadores, que iban a los toros, bebían vino hasta emborracharse y hacían de cuando en cuando alguna canallada y luego iban a confesarse con aire hipócrita y santurrón al confesonario del cura que pasaba por más severo, que generalmente era el penitenciario de la catedral.
Al principio de estar en casa de doña Saturnina creí que se podría bromear con las costumbres del pueblo, e hice algunos chistes acerca de ese cartel que se pone en ciertos días en las iglesias de España: «Hoy se sacan ánimas del Purgatorio»; pero pronto vi que en Pamplona las bromas de este género tenían sus peligros.
Doña Saturnina la patrona y un sobrino suyo me espiaron y hasta me siguieron un domingo para ver si iba a misa. En vista de que no frecuentaba la iglesia, doña Saturnina me interpeló con valor:
—Dígame usted, ¿usted no es católico?—me dijo.
—No, señora—le contesté.
—¿Pues qué es usted? ¿Protestante?
—Sí; soy de una clase de secta que se llama de los agnósticos, que supone que no se sabe nada de nada.
—¿Pero usted no cree en la Virgen y en los santos?
—Los de mi secta creemos más bien en la substancia única, y practicamos el culto del nuestro señor el Yo, y de nuestra señora de la Cosa en Sí.
A esto dijo mi patrona que esta virgen sería muy importante; pero que los milagros de la Virgen del Camino eran mayores, porque se la había visto elevarse en el aire y ponerse en un madero que hay en la iglesia de San Cernín de Pamplona, a lo cual yo repliqué diciendo que bien podía la ley de la gravitación, inventada por mi paisano Newton, ser una costumbre o una rutina de la Naturaleza, y de nuestro espíritu, y que, como dijo atrevidamente Protágoras, todas las cosas son verdaderas, y que el hombre es la medida de todas las cosas, de las que existen como existentes y de las que no existen como no existentes.
Doña Saturnina me preguntó si este Protágoras era algún santo; yo la dije que si no lo era, podía haberlo sido.
Entonces, doña Saturnina me recomendó que me convirtiese al catolicismo, y yo la tranquilicé diciendo que estudiaría la cuestión.
En España y en pueblos como Pamplona todavía hay un gran atractivo en ser incrédulo. ¿Cuánto durará esto? Al paso que vamos, ya poco. Cien años; doscientos años. Nada, una miseria.
La verdad es que, con el progreso, se priva al hombre libre de los grandes encantos y emociones de ser perseguido.
¿Qué vale un incrédulo, un librepensador en un país donde todo el mundo puede serlo impunemente? Nada. En cambio, en plena persecución, ¡qué delicia! Tener el libro prohibido bien guardado, leerlo a escondidas, burlarse por dentro de todas las ceremonias y mojigangas, y escapar de las tramas de esta red con la cual el despotismo judaico-cristiano ha intentado envolver al mundo. ¡Admirable cosa!
Los incrédulos debíamos protestar de la lenidad actual, que nos priva de una de nuestras mayores satisfacciones...
V. LOS CABALLEROS
En la casa de huéspedes de doña Saturnina conocí a varias personas, gentes pintorescas, cuya vida sabía luego por la misma patrona.
Uno de los fijos en la casa era un señor alto, moreno, de pelo blanco, vestido con traje obscuro, y que se paseaba por los arcos de la plaza del Castillo ataviado con un sombrero de copa cubierto de hule y una levita larga, y que cuando hacía fresco se ponía una esclavina azul sobre los hombros.
—¿Quién es este señor?—le pregunté a la patrona.
Doña Saturnina me dió tres o cuatro nombres de estos compuestos y largos que usan los españoles.
—¿Y este caballero no trabaja?—pregunté yo.
—No. ¡Ca!
—¿Es rico?
—Poca cosa.
—¿Es de buena familia?
—Ya lo creo. ¡Es un Pérez de Cascante! Es de los caballeros de Olite.
Este caballero tenía un amigo que le acompañaba en sus paseos, el señor Sánchez de Peralta.
Doña Saturnina me explicó la genealogía de ambos.
—Ninguno de los dos ha trabajado nunca—me decía la patrona con entusiasmo—. Son caballeros.
Me hizo gracia el equiparar la holganza con la nobleza, lo que en el fondo es muy natural y lógico.
Todos los días les veía a los dos caballeros dar vueltas y vueltas por la plaza del Castillo, con sus sombreros de copa y sus botas, que les crujían al andar. Los dos parecían mucho más jóvenes de lo que eran. Siempre he creído que el no discurrir conserva la vida; por eso dijo Juan Jacobo Rousseau, y otros lo habían dicho antes, que el hombre que piensa es un animal depravado.
Muchas veces he pensado que la felicidad está en ser un Pérez de Cascante o un Sánchez de Peralta, y en dar vueltas por los arcos de la plaza del Castillo con unas botas que crujen y una esclavina azul; pero, puesto en esta actitud espiritual, se me ha ocurrido si no sería aún más perfecto el ser una vaca, o quizá una ostra.
No he decidido yo, como creo que no lo ha decidido nadie, si es mejor la ciencia unida a la desdicha y al dolor o la estupidez mezclada a la felicidad; pero, sin decidirlo, cuando veo algún vago de estos firmes y constantes en su noble ocupación de no hacer nada, siempre pienso si será uno de los caballeros de Olite, el señor Pérez de Cascante o el hidalgo Sánchez de Peralta.
VI. LOS ESTRATOS SOCIALES DE PAMPLONA
Como era la primera ciudad española que habitaba, quise darme cuenta clara de su contextura física y moral. Sus calles, sus plazas, los rincones de la muralla, los conocía palmo a palmo; gracias a alguna que otra amistad y a las explicaciones de doña Saturnina pude darme también una idea de la vida moral del pueblo.
Pamplona era un receptáculo de aristócratas, de leguleyos, de militares, de curas y de perros. Yo no digo que para todo el mundo esta clase de población sea antipática u odiosa, no; ahora, para mí sí lo es, excepto los perros, por los cuales siempre he tenido una debilidad de corazón.
Pamplona se mostraba como una construcción en pisos. En el alto había dos o tres familias aristocráticas, y estas familias tomaban un poco cómicamente un aire de familias reales. A pesar de que doña Saturnina quería demostrarme con todo su fuego oratorio que las dos o tres familias del primer tramo social de Pamplona eran ilustrísimas, la verdad es que no contaba de ellas nada que valiera la pena de esculpirse en bronces.
Después de estas dos o tres familias del primer tramo que miraban al vulgo de los pamploneses como diciendo: podéis vivir, os permitimos graciosamente la existencia, había otras seis o siete ya de menos tono, con algunos titulillos insignificantes y algún coche destartado, pero todavía en buen uso, en la cuadra.
Tras de este segundo tramo venía el tercero, formado por los hidalgos, estos hidalgos por los que doña Saturnina sentía gran respeto y veneración y de los cuales decía: ¡Es un Pérez de Cascante! Es un Sánchez de Peralta!
Fuera del elemento autóctono, había otros dos elementos aristocráticos: el ejército y el clero. El ejército en su alta esfera llegaba a veces al primer tramo; pero lo más corriente era que se quedase en el segundo; el brigadier y el general alternaban con el marqués o con el conde, un poco tronados, si no tenían alguna mancha de liberalismo que se lo impidiese, porque entonces no alternaban con nadie.
El Gobierno constitucional en esto había defraudado al buen pueblo, primero suprimiendo el título de virrey de Navarra, cosa que a los pamploneses sonaba agradablemente al oído, y substituyéndole por el de capitán general; después, enviando militares inficionados con el virus del liberalismo. El clero era, naturalmente, aristocrático y absolutista, y el obispo movía todos los resortes de la mecánica pamplonesa. El obispo entraba de lleno en el primer tramo de la vida ciudadana. El deán y los canónigos distinguidos se distribuían en el segundo y en el tercero. Aristocracia, clero, ejército y clase media formaban un pequeño mundo. Pamplona, encerrada en su muralla, era para el pamplonés un microcosmos. A mí, que llevaba todavía el humo de Londres en la cabeza, me parecía que todo el pueblo vivía enmohecido, apegado a unas cuantas rutinas y a unos cuantos lugares comunes.
A veces se me ocurría pensar que no estaba mal ideado aquel sistema de categorías y de subordinaciones. Realmente, el catolicismo ha resuelto la vida a su modo, disciplinándola y encerrándola en estrechas casillas; esto, unido a que ha dado a las necesidades apremiantes el carácter de vicios, ha hecho que los pueblos pobres como el español, que viven en la estrechez y en la incuria, se crean rodeados de placeres sardanapálicos.
En parte, esta severidad es una ventaja, porque da a la vida un poco de picante.
La construcción, en tramos, de Pamplona, tenía también su parte útil.
Cierto que a mí me parecía un poco absurda y mezquina; pero no le parecía, seguramente, lo mismo al nacido en el pueblo.
La verdad es que todo el aparato enfático y teatral del aristocratismo, que pretende imponer el ánimo por su esplendor, se convierte en una mueca cómica cuando no va acompañado de la fortuna o del poder.
No es fácil encontrar nada tan imponente como esas damas inglesas, hijas de algún almacenista de cacao, de un prestamista o de un fabricante de sebo casadas con algún lord. ¡Qué orgullo! ¡Qué majestad! ¡Qué admirable desprecio por los demás mortales!
Estas alianzas del dinero con los títulos dan buenos resultados; en cambio, en los sitios donde las familias nobles no pueden abonar sus campos o sus cuarteles con dinero plebeyo, los aristócratas degeneran.
Se nota en Francia, como en España, en las ciudades de provincia, que el pequeño aristócrata, el hidalgo, el «hobereau», es mucho más feo y menos inteligente que el hombre de la clase media y del pueblo. Esto depende, seguramente, del cuidado de casarse entre gentes de la misma casta, de la endogamia, que decimos los antropólogos.
En Pamplona, como en casi todas las capitales españolas, me parecieron los pequeños aristócratas muy cómicos. ¡Qué gente! Unas bocas desdeñosas, unos gestos de orgullo, unas mujeres feas y con bigote, unos tipos morenos y escurridos que parecían micos; muy chatos o con narices de loro; con escrófulas o con herpes.
Este prestigio de la aristocracia no es cosa que a mí me preocupe; no tengo la aspiración de saludar al conde ni al marqués, ni siquiera de estrechar la mano de un Pérez de Cascante o de un Sánchez de Peralta. A un vagabundo, como yo, no le pueden importar gran cosa las superioridades locales ni las cuestiones de etiqueta; tampoco sé si estos condes y marqueses de aquí proceden de las Cruzadas (como todos los aristócratas de los folletines franceses); supongo que serán tan antiguos como puedan serlo los de Inglaterra; pero no hay más remedio que reconocer que son más pobres. Y, la verdad: la aristocracia, con casas sucias y destartaladas y unos majuelos por toda propiedad; el aristócrata, con un sombrero seboso y un pantalón con rodilleras, no llega a imponer respeto ni a causar gran sensación. Es decir, a mí no me la producía, porque a mi patrona, doña Saturnina, le producía grande. Verdad que ella veía los conceptos más que los accesorios y las formas. Doña Saturnina era un poco platoniana.
Tras de la aristocracia pamplonesa, venía la clase media, formada por leguleyos y comerciantes, y después, el pueblo.
Desde arriba a abajo; desde lo alto de la pirámide hasta la base; desde el primer tramo hasta el último, Pamplona era un pueblo intoxicado por la clericalina. La clericalina rebosaba por todas partes; una clericalina activísima; pues no había apenas un pamplonés que no tuviera depósitos de este alcaloide entre la píamadre y la aracnoides. Era una clericalina que producía un estado de estupor incurable.
Una gota en la conjuntiva de un individuo lo envenenaba para siempre.
Todas las aguas del Arga reunidas, no bastaban para disolver la clericalina, la cleritoxina y el ácido clerigálico que producía la ciudad.
VII. PHILONOUS
Solía yo andar con mucha frecuencia por la Taconera, y daba casi todas las tardes un paseo por las afueras de la muralla, lo que llaman en el pueblo la Vuelta del Castillo. Un día vi que un perrucho me seguía. Era un perro feo y poco estético, que tenía cara de persona, lanas rojizas y unas barbuchas lacias de filósofo cínico.
—Bueno, bueno—le dije—. Márchate, que aquí no haces nada.
Seguí mi camino, e iba pensando en la realidad que podían tener las cosas, cuando vi a mi lado de nuevo al perro feo.
—Este can me sigue—murmuré—. A ver si es un demonio como el perro de aguas que acompaña al doctor Fausto a su laboratorio.
Continué mi paseo, y siguió el perro feo junto a mí.
—Bueno; que haga lo que quiera—dije—. Si el destino ha dispuesto que este canis familiaris sea mi amigo, no me opongo.
Pensé que si venía hasta mi casa y se unía a mí, tendría que darle un nombre, y decidí llamarle Philonous.
Efectivamente: entró en mi casa, le di de comer y le adopté. Unos meses después, al llegar a Tafalla, Philonous riñó con otro perro con gran valor; el otro perro le mordió en una pata y tuvo una llaga que le duró mucho tiempo.
Entonces, como tributo a su valor y como recuerdo a un héroe griego, que padeció también una úlcera en una pierna, añadí a su nombre el de Philotectes, y así se llamó mi perro en su vida terrena, que no es poca cosa para un perro.
Philonous era profundo y sentimental. En las circunstancias difíciles se crecía. A veces era un poco cínico; estaba en su derecho, siendo perro y perro de pobre; a veces me parecía un caballero «sans peur et sans reproche», como Bayardo.
Yo siempre le encontré un aire socrático.
Me parecía que el mejor día iba a salir Minerva de su cabeza.
VIII. LOS REALISTAS FRANCESES
Un día pararon en la casa de doña Saturnina unos franceses realistas.
Estos franceses, supe, cuando se marcharon, que habían ido a reunirse con la partida absolutista de un tal Salaverri, que merodeaba por la ribera de Navarra.
Los tales franceses me fueron poco simpáticos. Tenían un criterio pequeño y estrecho. Elogiaban lo peor de Francia y de España. Para ellos la crueldad empleada con los liberales era un gran mérito; el talento militar consistía en hacer todas las barbaridades posibles en perjuicio del enemigo.
Así un vendeano cualquiera era un militar más ilustre que Napoleón.
Nunca jamás he visto una gente más vanidosa, más necia ni más incomprensiva. Tenían unas ideas extrañas. Según ellos, puesto que los revolucionarios franceses habían guillotinado a Luis XVI, a su mujer y a su hijo, ellos podían, con un derecho natural de represalia, matar a todos los hombres, mujeres y niños del Universo.
La carreta en donde habían ido a la guillotina estos Borbones debía ser como el célebre carro de Jaggernath, del Indostán, que va aplastando a todo el mundo.
Así como nosotros, que hemos nacido mil ochocientos años después de Cristo, tenemos la culpa de su muerte, según los místicos, y estamos deshonrados por la mayor o menor bellaquería que hicieron unos supuestos Adán y Eva en el paraíso, así también todos, franceses y no franceses, tenemos la responsabilidad de la muerte de Luis XVI y de su familia.
¡Qué fanatismo el de aquella gente! Seguramente hubiera sido difícil encontrar en personas de otro país un producto así de amaneramiento, de afectación y de petulancia.
Si no hubiera sido porque tenían modales de señores, se les hubiera tomado a aquellos franceses por unos brutos feroces y fanáticos que no buscaban mas que el exterminio de todo el que no pensara como ellos.
Después de conocerles, los absolutistas de Pamplona me fueron casi simpáticos.
Al menos el reaccionarismo español es más natural: es la incompresión y la brutalidad simple; el reaccionarismo francés es la incompresión adornada; el uno es una construcción de espíritus toscos, el otro es un gótico pestilente de confitería.
IX. CONSPIRACIONES
No me ocupaba yo gran cosa de lo que ocurría en Pamplona, ni estaba enterado de sus cuestiones políticas, cuando el capitán Iriarte y un francés emigrado por sus ideas republicanas, Juan Pontecoulant, me llevaron un día a una velada masónica que se daba en el billar de un café.
Se trataba de celebrar el triunfo liberal obtenido en Madrid el 7 de julio.
Mientras esperábamos que comenzase la reunión, Pontecoulant, que tenía bonita voz, cantó La Marsellesa, y después, la canción de Los Girondinos, con mucho fuego y gran énfasis:
Par la voix du canon d'alarmes la France appelle ses enfants.
Le escuchamos con gusto y coreamos sus cantos.
Cuando se reunieron los masones, que casi todos eran militares, se comenzó a hablar de la conspiración realista que se había tramado en Navarra y tenía su centro en Pamplona. Yo entonces me enteré de los manejos de los absolutistas.
Los primeros conspiradores de Navarra habían sido el cura de Barasoaín; el canónigo Lacarra; un tal Uriz, de un pueblo llamado Sada, y los militares Eraso, Juanito el de la Rochapea y don Santos Ladrón de Cegama.
Estos tres últimos eran antiguos guerrilleros del general Espoz y Mina en la guerra de la Independencia. Mina consideraba a Eraso como absolutista de corazón, pero no a Ladrón ni a Juanito; a Ladrón le tenía por hombre de ideas liberales; respecto a Juanito el de la Rochapea, lo miraba como a hombre desleal y traidor.
Juanito el de la Rochapea, Juan Villanueva, había sido capitán del primer regimiento de la división Navarra, mandada por Mina.
Cuando la tentativa liberal de éste sobre Pamplona, en 1814, Juanito fué el que comprometió con su impaciencia al coronel Górriz, y pasándose luego a los realistas contribuyó a su fusilamiento.
Villanueva odiaba a Mina y le tenía miedo. Al entrar éste en Pamplona en triunfo con la bandera constitucional, en 1820, Juanito se escapó e hizo preguntar a su antiguo jefe si tenía que temer algo de él. Mina le contestó que no. Juanito creyó que todo se había olvidado entre los dos y se presentó al general, quien le miró de arriba a abajo, con desprecio.
Respecto a Ladrón de Cegama se había lanzado al campo por despecho y por rivalidad con los militares que se pronunciaron por la Constitución.
Reunidos los contrarrevolucionarios realistas, Eraso, Juanito y los demás dispusieron una estratagema para armarse. Eraso era alcalde de Garinoaín, pueblo del valle de Orba. Eraso mandó reunir las cendeas del valle e hizo que oficialmente se pidieran a la Diputación provincial trescientos fusiles y sus municiones correspondientes con destino a los milicianos nacionales. La Diputación los proporcionó, y los trescientos fusiles sirvieron para formar la primera expedición realista.
La política de los católicos siempre ha sido igual. Ellos harán una deslealtad o una infamia; pero eso sí, la harán con reservas mentales; luego oirán su misa con devoción, se confesarán, tendrán propósito de enmienda, se darán unos golpes de pecho, y limpios para hacer otra canallada.
Los fusiles del Gobierno sirvieron para preparar unas compañías absolutistas bien armadas y equipadas.
El general Eguía, presidente de la Junta realista, y don Vicente Quesada, comandante general de las tropas del rey absoluto, nombraron jefes a Guergué, a Ladrón y a Juanito el de la Rochapea, que salieron al campo y comenzaron a operar.
El capitán general de Navarra ordenó a las compañías del regimiento de Toledo y a las partidas de milicianos guardasen los pasos de la frontera, por si los realistas entraban por Francia.
Se vigiló Vera, Zugarramurdi, Maya, el Irati y el Roncal.
Los absolutistas tenían protectores por todas partes y no se les encontraba; en cambio, se capturó en el Irati a ocho soldados franceses desertores y a su capitán, llamado Adolfo, que intentaban entrar en España con proclamas republicanas.
El capitán Adolfo se escapó, gracias a la protección masónica del comandante español; los otros soldados franceses, presos por los milicianos nacionales de Salazar, fueron traídos a Pamplona. La gente creía que los iban a fusilar, y les parecía muy lógico a los buenos católicos que se les fusilase, por ser republicanos; pero el capitán general mandó incorporarlos en las filas del ejército.
Juan Pontecoulant me dijo que Adolfo era un hijo del general Berton, y que este general, que por entonces era el jefe de los revolucionarios y con quien más se contaba para la revolución en Francia, había estado en San Sebastián.
El capitán Adolfo vivió oculto en un caserío de la frontera; pero los realistas de Ochagavia lo denunciaron y fué preso.
La hostilidad entre el ejército y los milicianos, la conspiración permanente de los absolutistas, los rumores que corrían de que los exaltados de Madrid intentaban establecer la República, todo esto hacía que la provincia de Navarra viviese en perpetua agitación. Los realistas pamploneses se escapaban al campo con armas, y algunos se descolgaban de noche por las murallas. Yo hubiera estado tranquilo en Pamplona si hubiese tenido medios de fortuna; pero mis trabajos de disecación se acababan y era indispensable levantar el vuelo. Así que puse mis papeles en regla, gracias al capitán Iriarte y a sus amigos, y preparé mi viaje.
X. EL CALOR
Salí de Pamplona a mediados de julio. Hacía un tiempo bochornoso; el cielo estaba blanquecino del vaho y del polvo, los campos de trigo segados, los montones de gavillas en la tierra. Anduve yo largo rato resguardándome en las sombras de los árboles y bebiendo en las fuentes; Philonous hacía lo mismo.
En las paradas me dedicaba a reflexionar. Una de las cosas que se me ocurrió fué el hacer un esfuerzo en dominar las impresiones desagradables y ver si podía llegar a contemplar el paisaje con el máximo de ecuanimidad. Me pareció que con ese sistema se encontraría belleza e interés en todo. El primer ensayo del procedimiento lo hice mirando en el valle de Orba una nube de polvo sofocante iluminada por el sol.
¿Se puede llegar en esta contemplación a suprimir el dolor o la molestia física? Es lo que me preguntaba varias veces en el camino.
No cabe duda que el carácter de la contemplación es una más o menos aparente generosidad; ¿pero es real o no este carácter?
¿No habrá en el fondo de nuestras efusiones estéticas una raíz utilitaria?
Cuando ve uno un campo verde y se regocija, ¿no será esto el resultado de que nuestros antepasados, al ver los campos verdes, han supuesto que en ellos había algo que comer?
El segundo punto que intenté dilucidar en el camino fué si la contemplación desinteresada es buena o no, y saqué en consecuencia que si es cierto que arrastra a la pereza y al aislamiento, le lleva a uno también a bastarse a sí mismo en momentos penosos, lo cual no es poco.
El primer alto en mi marcha lo hice en la venta de las Campanas, donde tomé unos huevos cocidos y pan, y por la tarde seguí hasta llegar a Barasoaín, rendido de cansancio y, sobre todo, de calor. Dormí bastante mal en una posada y me levanté al amanecer a continuar mi ruta.
El día prometía ser tan ardoroso como el anterior.
Avancé todo lo que pude por la mañana. Al llegar al puente sobre el Cidacos se despertaba una tropa de gitanos. Dos o tres hombres se desperezaban extendiendo los brazos, una mujer hacía fuego con unas ramas y unos chicos dormían al sol, medio desnudos.
El calor y el bochorno seguían terribles. El cielo echaba lumbre; los montones de gavillas parecían rebaños de oro sobre un campo ceniciento.
A lo lejos veía pueblos con tejados blanquecinos que con la fuerza de la luz del sol me parecían nevados. Las mujeres, montadas en los trillos, daban vuelta a las eras.
Cuando más apretaba el sol, muerto de sudor, llegué a Tafalla y entré en una posada. El posadero era hombre amable que nos recibió bien a Philonous y a mí.
Tafalla es una ciudad colocada en una enorme llanura. Tiene una campiña fértil y de aspecto monótono, formada por viñedos, trigales y huertas.
Este pueblo se me figuró una granja colocada en medio de sus tierras de labor.
Por todas partes se notaba el reinado de Baco, de un Baco huraño y violento. Se veía vino en las barricas, en los toneles, en las palanganas.
Pasé la tarde y la noche en Tafalla en una taberna.
La gente me pareció agresiva y malhumorada. Únicamente estos ribereños se humanizaban hablando del vino, por el cual tenían una verdadera adoración.
Allí el vino es un dios, un dios que hace a los hombres irritables y violentos.
En toda la ribera de Navarra la agresividad es una costumbre.
El carácter de los ribereños es de una petulancia que desconocen los vascos de la montaña. Al llegar a Castilla esta petulancia se transforma en una serenidad arrogante, a veces un poco teatral, pero que da cierta idea de nobleza.
Uno de los rasgos simpáticos que encontré en estos navarros, rasgos que quizá es común a todos los pueblos un poco primitivos, fué el tener cierto desdén por el dinero.
El amo de la posada de un pueblo considera mucho más al compadre suyo que al forastero rico.
Esto me parece muy bien. Yo soy de los que creen que el dinero no es apenas de uno; solamente son de uno los instintos y las pasiones, las enfermedades y los deseos.
Salí de Tafalla de noche, antes de que apuntara la mañana, y comencé a marchar.
Entreví en Olite al amanecer las torres amarillentas de su castillo y seguí por la orilla del Cidacos. Comenzó el día muy temprano. Persistía el horrible bochorno; tuve que ir quitándome ropa, y llevándola al brazo. Mi primera entrevista con la tierra llana española era poco grata. Mi cuerpo marchaba en perpetuo incendio; tenía la cara roja, los ojos inyectados, las manos abultadas por la sangre. El maldito bochorno no desaparecía. El cielo seguía gris y el aire caliginoso.
Almorzamos Philonous y yo en la venta del Morillete, y tuvimos que detenernos en un pueblo requemado y polvoriento, con unas cuevas agujereadas en una tierra blanca y arenosa y una gente áspera y desabrida.
Todo el mundo estaba con plan de reñir. Se lo hice notar al posadero y éste me dijo, riendo, que a aquellos navarricos no los bautizaban con agua, sino con vino.
Inmediatamente que el ribereño bebe se muestra jactancioso y desafiador y siente deseos de golpear o de herir.
En este pueblo, donde me detuve, me contaba un mozo con satisfacción que todos los sábados había allí trabucazos. No se podían tener faroles en las calles porque al día siguiente estaban hechos añicos.
Otro mozo de Ujué que estaba oyendo dijo, celebrándolo, que en su pueblo era una cosa rara un día sin puñaladas y que había habido un cura que tenía que ir a decir misa con el trabuco debajo del manteo, porque si no se burlaban de él. Esto me entristeció.
—En el fondo, la gente no tiene la culpa—dije—. Es la geografía en connivencia con las instituciones la que produce tales efectos.
Es imposible que la gente sea civilizada y sociable en una tierra gris, abrasada por el sol, olvidada por las personas ricas, donde no hay frescura, ni sombra, ni medias tintas y a la cual no llega ni el eco más lejano de la cultura de Europa.
Mientras marchaba por estos pueblos, Philonous me producía serios conflictos, y yo, como Pedro, tenía que negarle más de tres veces.
Hacía barbaridades; un día entraba en la cocina de una venta, tiraba la olla y se la comía; otro salió de una tahona con todo el hocico lleno de harina, perseguido por el tahonero; también se comía los pollos que podía, pero sólo cuando estaba muy hambriento.
Muchas veces no le veía en todo el día, pero luego, por la noche, se me acercaba y me daba con la pata, como diciendo: Aquí estoy, amigo.
XI. LAS MOSCAS
Tanto o más que el calor me molestaban en mi viaje las moscas. Había en las calles de estos pueblos una cantidad inconcebible de moscas, pesadas, pegajosas, repugnantes.
—Mientras haya moscas en el mundo no habrá civilización—me decía yo con tristeza.
Para combatir sus ataques, me puse a filosofar acerca de ellas, en lo perniciosas que debían ser y en la poca ciencia que demuestra la Naturaleza, que se deja llevar de sus rutinas y de sus lugares comunes de una manera lamentable.
Recordé que Luciano de Samosata, el célebre satírico griego, había hecho un elogio de la mosca, y de aquí obtuve una casi luminosa consecuencia.
Muchos suponen que este escritor fué cristiano, a pesar de que en la historia de Peregrinus llama a Cristo un sofista crucificado.
Este dato parece dar a entender que Luciano no fué cristiano; pero el elogio de la mosca para mí es definitivo. Da el diagnóstico del escritor greco-sirio.
Era cristiano. ¿Hay algo más cristiano que la mosca? La mosca es constante, persistente, zumbona.
A la mosca le gusta andar en las llagas, en el pus, en las basuras, como a los verdaderos cristianos.
Alguno dirá que a los obispos y a los papas les agrada más el dinero, la opulencia, el fausto; pero esto no demuestra más sino que las moscas son mucho más cristianas que los obispos y que los papas.
La mosca crece en razón directa del sol, de la suciedad, de los establos y de las cuadras, y en razón inversa de la limpieza, del agua corriente y de la gente razonable. Lo mismo les pasa a los frailes.
Sorprendido por tales semejanzas obtuve la ecuación de la cultura en la forma que expongo aquí.
El índice de la cultura se expresa sumando la cantidad de vino, el número de moscas y el número de clérigos, y partiendo el total por el número de árboles.
X (índice de la cultura) = Vino + Moscas + Clérigos
Arboles
Las profundas consecuencias que se desprenden de mi descubrimiento las entrego a la Humanidad futura. Ella sabrá plantar más árboles y exterminar las moscas.
XII. EN LAS BÁRDENAS
Estando yo en Caparroso se presentó una partida de milicianos nacionales, mandada por un capitán que iba de vanguardia de la columna de un jefe llamado Iribarren. Saludé al capitán, a quien conocía de Pamplona por ser amigo de Iriarte, y hablamos.
Me dijo que se había quedado la partida sin cirujano, porque a este le habían muerto, y me preguntó si yo podría sustituírlo por lo menos un día.
—Yo no soy cirujano—le dije.
—¡Bah! Para lo que hay que hacer, lo hará usted mejor que cualquier otro. Mañana vamos a atacar a la gente de Salaberrí, que campea por ahí, por las Bárdenas. Necesitamos de alguien que sea capaz de poner una venda.
—¿Y el cirujano de este pueblo?
—Es uno de los facciosos y anda por el monte.
No tuve más remedio que aceptar; pero puse la condición de no seguir después a la partida; pasada la acción, yo me marcharía por donde quisiera.
—Bueno. Bueno. Muy bien.
El capitán señaló un cabo y ocho hombres para que quedasen a mis órdenes. Sacamos el botiquín del cirujano y vimos lo que había.
Mientras hicimos los preparativos estuve tranquilo; pero por la noche, al tenderme en el pajar, me vino la idea de que cuando el otro cirujano había muerto, el cargo era peligroso. Luego, la imaginación se puso en movimiento y fué pintándome con una realidad desagradable las perspectivas que me esperaban.
Creer que estos forajidos realistas iban a respetarle a uno porque llevase el carácter de cirujano o de médico me parecía una ilusión.
Pensé en lo que me pasaría si quedaba herido al cuidado de un barbero en un rincón sucio, con aquella temperatura al rojo blanco.
Se me pintaron todos los horrores posibles. Comencé a agitarme de la derecha a la izquierda, sin poder dormir.
Al amanecer, momentos antes de salir el sol, me cogió el sueño, y poco después me llamaron. Estaba tan fuertemente dormido, que tuvieron que empujarme de un lado a otro para despertarme. El sol iluminaba el campo, desolado y desierto, cuando la partida se puso en marcha. Yo iba a retaguardia con las camillas, unas mulas y un carro. Caminamos durante un par de horas hasta llegar a las Bárdenas. El sitio era solitario y pobre, de una monotonía, de una tristeza y de una fealdad desagradable, agudizada por el tiempo bochornoso. La tierra, cenicienta, se extendía como un mar, y delante se nos presentaba unas colinas roídas por las lluvias.
Estaba yo pensando que los realistas rehuían el encuentro cuando sonaron los primeros tiros. Se hallaban los facciosos parapetados en unas lomas blanquecinas.
Mandé yo a mis hombres con la mayor serenidad posible que abriesen el botiquín e hicieran sus preparativos.
Nuestros soldados se desplegaron en guerrilla y comenzaron a disparar y a avanzar.
Hubo que seguirlos. Las balas pasaban silbando, y yo volvía la cabeza a un lado y a otro violentamente. Uno de los nuestros cayó. Me entró un sudor frío; me acerqué a él; le tomé el pulso. Estaba muerto.
De nuevo tuvimos que marchar adelante. Los enemigos habían vuelto a ocupar otras posiciones y seguían tiroteando. Los nuestros fueron avanzando de una manera irregular y consiguieron que la partida absolutista se disolviera.
El capitán tuvo que esperar largo rato a que se reunieran sus fuerzas, que se habían desperdigado; y mientrastanto, los sanitarios improvisados y yo comenzamos a vendar a varios heridos; y yo sangré a uno que se trajo sin conocimiento en unas parihuelas, y que recobró el sentido.
Cuando se reunió la fuerza, el capitán ordenó la retirada y nos pusimos en marcha. Los heridos venían a mi cargo en las caballerías y en el carro. Contemplábamos a los lejos Caparroso en un collado y las ruinas de un castillo antiguo.
Ibamos tranquilos internándonos en un soto de álamos blancos que llaman la Lobera cuando unos realistas apostados hicieron una descarga que produjo el desorden en nuestra partida. Se desordenó la columna, comenzó el tiroteo por nuestro lado, y yo me vi separado de mi gente y en medio del soto en compañía de Philonous.
Cuando cesaron los tiros comencé a avanzar despacio. Iba marchando con las mayores precauciones cuando topé con el cuerpo de un realista herido o muerto. Me paré para ver si vivía; llevaba un pañuelo atado a la cintura lleno de sangre. Se lo corté con el cuchillo; y viendo que pesaba me encontré que llevaba dos onzas de oro, cuatro centenes y varias monedas de plata, que me apropié porque el hombre estaba muerto. Salí del soto y me acerqué a la carretera. Estaba rendido de cansancio y de hambre. Debía ser media tarde. Eché a andar por la carretera en dirección contraria a Caparroso cuando se acercó un coche viejo y desvencijado.
En el coche iban un hombre, que dirigía, y un cura.
Se paró el coche un momento, y yo le pregunté al cochero si podía llevarme al pueblo próximo.
—Si el señor cura quiere, a mí no me importa—me dijo, con tosco acento.
—Por mí, que suba—dijo el cura.
Subí y me senté. El cura era un hombre flaco, desmayado, las cejas como dos acentos circunflejos; los párpados, apenas abiertos, como dos líneas, y un lente en la mano.
Llegamos a Valtierra a media tarde; fuí a una posada-taberna, y lo primero que hice fué pedir que me pusieran de comer.
El pueblo me pareció grande, triste, polvoriento y abrasado.
En la taberna, a la moza que me servía le pregunté si hacía mucho calor.
—¿Aquí?—exclamó un hombre interrumpiendo—. Aquí en invierno se hiela la Virgen y en verano se deshace el palio.
Es la costumbre de esta gente el barajar siempre y con cualquier motivo en su conversación los artefactos religiosos.
Dormí en el corral, y de noche salí para Tudela.
XIII. REVELACION DE LA ESPAÑA CLÁSICA
A pesar de que Philonous y yo salimos a media noche de Valtierra, llegamos a Tudela, rendidos por el calor, a media mañana.
Entré yo en una posada, pedí un cuarto y me tumbé en el suelo, porque no podía aguantar el sofoco del jergón. Tendido y sudando estuve varias horas oyendo el retumbar de unas campanas y el rebuzno de un burro, hasta que el hambre me indicó que era hora de levantarme. Pregunté a qué hora se cenaba, y me dijeron que a las nueve. Cuando empezó a caer la tarde salí con Philonous a la orilla del Ebro, a respirar. No se movía una partícula de viento. El cielo estaba blanquecino por el calor; el tío, muy ancho, parecía arder, con un color rojo de escarlata, sombreado por los bosquecillos de las riberas; el horizonte se encendía con los relámpagos de los montes lejanos; por el puente, de arcos desiguales, pasaban algunos carromatos.
Estuve sentado a las orillas del Ebro hasta que empezó a obscurecer. Su superficie roja palideció y la sombra de los bosquecillos quedó muy negra.
Volví a la posada y estuve hablando con el patrón, que era herrador, un viejo canoso con unas antiparras y aire de sabio. Todavía faltaban tres cuartos de hora para la cena.
Salí de nuevo; había visto al llegar una parte del pueblo moderna, insignificante. Tiré ahora por el lado contrario; seguí una callejuela; luego otra; después pasé un arco. En aquellos callejones estrechos había carros grandes llenos de paja que interceptaban el paso; en las puertas de las casas la gente salía a respirar el aire ardoroso, seco y lleno de polvo; y algunos campesinos medio desnudos pasaban montados en un borrico o en una mula.
Un farol debajo de un arco brillaba iluminando una hornacina y la puerta de una iglesia. La obscuridad y el piso desigual me hacían ir tropezando por las calles.
Al pasar por una encrucijada me tiraron agua y tierra desde un balcón.
Intenté volver a casa del herrador, pero me perdí, y durante algún tiempo anduve dando vueltas por los mismos sitios y rincones.
En esto oí una campanilla, y vi poco después, delante de un portal estrecho, una fila de hombres con cirios en la mano que, sin duda, acompañaban al Viático. Tenían la cabeza para abajo, iluminada por el resplandor de los cirios. ¡Qué caras! ¡Qué aires de cansancio y de resignación! ¡Qué miradas de abatimiento! ¡Qué español! ¿Qué terriblemente español era aquello!
Sin fijarme en la dirección eché a andar, salí a una plaza y de allí encontré fácilmente la posada.
El herrador y otros dos huéspedes me esperaban a cenar.
Nos sentamos a la luz de un candil. Uno de los hombres era un campesino de un pueblo próximo, hombre de unos cincuenta años, de ojos azules y pelo rubio; el otro, un tipo de judío tan característico, que me chocó.
El labrador tenía una idea de Tudela como de un foco de comodidades y de placeres. Yo le dije que el campo por donde había cruzado me pareció árido y seco; pero él me aseguró que era fertilísimo, y es posible que tuviera razón.
El otro, el del aire judaico, era, por lo que me dijo, saludador, medio brujo y medio médico; hacía conjuros para que no enfermaran las caballerías y para quitar el mal de ojo a los niños, y creía que tenía procedimientos especiales para alargar la vida.
Le dije que viéndole en otra parte le hubiera tomado por un judío de casta sacerdotal, lo cual no le molestó; por el contrario, me dijo que su padre y su familia procedían de la judería de Tudela, y que no sería raro que él fuese de raza hebrea.
Después de cenar se apagó el candil, me fuí yo a la cama, y tuve que acostarme sin ropa por el calor. Afortunadamente, a media noche comenzó una tormenta con truenos y relámpagos, cayó un copioso chaparrón y refrescó el ambiente.
Dormí unas horas y salí por la mañana.
El aire era ya respirable. Inmediatamente me dirigí hacia la catedral. Me reconcilié con el pueblo.
A pesar de ser la mayoría de las casas de ladrillo, eran hermosas; algunas, verdaderos palacios con grandes puertas, balcones espaciados y una galería alta con arcadas en el segundo piso. Empotrados en las paredes ostentaban escudos abultados y salientes de piedra blanca, y en las ventanas se veían orlas esculpidas con los primores del Renacimiento incrustadas en el ladrillo.
Recorriendo este pueblo y luego visitando otros, me expliqué que en España la gente de inclinaciones estéticas no sea muy entusiasta del progreso; lo viejo tiene aquí su hermosura y su nobleza; en cambio, lo nuevo es de una mezquindad que asombra por su sentido de economía, por su sordidez trágica y completa. Callejeé largo rato por Tudela, al amanecer; ¡qué nombres los de las calles! Calle de la Vida, calle de la Muerte, calle del Juicio...; luego las calles de los oficios: de las Chapinerías, de las Herrerías, de los Caldereros...
Se iban abriendo las puertas de las casas y saliendo los labradores para sus faenas; luego comenzaron a pasar mujeres, muchachitas y viejas con su mantilla, camino de la iglesia, y empezó a tocar una campana.
Di varias vueltas a la catedral hasta encontrar una puerta abierta. Entré y estuve sentado contemplando la majestuosa nave; luego pasé a una capilla a mirar un admirable retablo. Estaba apoyado en un confesonario, por el lado de la reja por donde se confiesan las mujeres. De pronto apareció por la ventanilla una cabeza gruesa de un cura, y, sin hablarme, me hizo con la mano un gesto de que me acercara. Quedé paralizado, horrorizado. Quizá había cometido yo un sacrilegio. Quizá me esperaba la Inquisición.
Retrocedí de prisa, salí de la capilla y me dirigí hacia la puerta. No me seguía nadie; pero, por si acaso, me marché fuera.
Comenzaba a hacer calor, pasaban muchos curas por las callejuelas. Llegué a la plaza y me senté. Había mercado, puestos de verduras, de cacharros, de instrumentos de labranza....
En las mujeres que correteaban por allí, me pareció ver más claramente que en los hombres dos tipos distintos: unas, morenas de óvalo alargado, ojos negros, melancólicos, de aire un tanto judaico, y otras, con un tipo germano, rubias, con ojos azules o claros, la cara cuadrada y la mirada enérgica y dura.
Fuí a mi posada. Acababan de llenar de paja el patio, y los montones dorados de gavillas lo inundaban todo.
Los mozos que habían trabajado, sudando a chorros, estaban bebiendo vino.
Este polvo, este calor, esta mezcla de barbarie y de simplicidad, este contraste de la pobreza de los callejones del pueblo con la pompa de la catedral me dió la revelación de la España clásica, emborrachada con su sol, con su vino, con su fanatismo y con su violencia.
XIV. EL SANTERO
El saludador de aspecto judaico pensaba ir hasta Agreda y fuí con él en el carro de un ordinario. En Cintruénigo se nos reunieron un santero y un muchacho vizcaíno que iba a Madrid a buscar una conveniensia, como decía él.
El santero era un hombre flaco y denegrido, con los ojos muy brillantes y el pelo rizado. Parecía un cuervo; llevaba una sotana raída, unas polainas y un sombrero ancho colocado encima de un pañuelo negro que le apretaba la cabeza.
El vizcaíno era alto, estrecho, de nariz larga y gruesa, ojos abultados y expresión parada. Se llamaba Belausteguigoitia, y tenía un segundo apellido más largo que éste.
Belausteguigoitia creía que los Belausteguigoitias eran la flor de su pueblo en Vizcaya; que Vizcaya era la flor de España, y España, la flor del mundo. Los Belausteguigoitias eran las delicias del género humano, y se podía considerar como un verdadero honor el que este exquisito molde de los Belausteguigoitias siguiera produciendo más Belausteguigoitias y esparciéndolos por el mundo, para ejemplo de los demás y gloria suya.
La sociedad entera debía estar interesada en el acrecentamiento y en la propagación de los Belausteguigoitias y de sus narices.
Este vizcaíno habló de las grandezas de su pueblo y de su familia de una manera tan exagerada, que provocó la réplica irónica del saludador, quien le dijo que no comprendía cómo estando tan bien en su casa podía dirigirse a Madrid, a pie, en busca de una conveniensia.
El vizcaíno dijo orgullosamente que el saludador era un ignorante y un plebeyo, y el saludador le contestó que había conocido mucha gente fantasmona y vanidosa entre los vizcaínos; pero que nunca había encontrado uno tan vanidoso y tan fantasmón como él.
Belausteguigoitia se dió por ofendido y no nos dirigió la palabra.
Discutimos después el santero, el saludador y yo de varias cosas; los dos creían en el diablo como en un personaje que anduviera todos los días cruzándose en su camino, algo como un perro que se metiera entre las piernas.
—Si yo creyera tanto como ustedes en el diablo y en Dios—les dije—, dejaría al diablo que se explicara alguna vez, no fuera a tener razón.
El santero dijo que no había oído nunca absurdo mayor; el saludador murmuró que quizá estaba yo en lo cierto.
En Agreda quedó el saludador; y el vizcaíno de la conveniensia, el santero y yo seguimos en otro carro, camino de Almazán.
El santero tenía que ir a Barahona a cobrar una parte de herencia. Nos invitó a ir con él, y fuimos el vizcaíno y yo. Yo estuve a ver, de lejos, el campo de las Brujas y un pueblo en ruinas que se llama Los Hoyos, en donde no quedaba mas que una casa en pie y al lado una horca.
Por la noche fuimos a cenar a casa del cura del pueblo con el santero, y no sé por que me dió a mí la ocurrencia de decir que no era católico.
—¿No es usted católico?
—No.
—Tenemos un hereje en casa—murmuró el cura, dirigiéndose al ama.
A la mujer le entró un temblor tal, que creí se le iban a caer los platos de la mano. No hacía mas que mirarme con gran curiosidad, para ver, sin duda, si se me veían los cuernos.
Interrumpí la cena con un pretexto, y me marché a la posada, y por la noche vinieron el alcalde y el alguacil a buscarme. Estuvo el alcalde vacilando en prenderme; pero se decidió por mandarme salir del pueblo a la mañana siguiente.
Desde entonces no volví a decir, ni en broma, que era protestante.
Seguimos el vizcaíno de la conveniensia y yo, a pie, nuestra marcha por Paredes y la Venta de Río Frío a entrar en Castilla la Nueva.
Hacía mucho calor; pero estábamos en la segunda mitad de agosto, y por la noche refrescaba y se podía dormir.
De vez en cuando encontrábamos arboledas, en las que solíamos descansar. En estos países donde el árbol escasea, toma tal valor, que un bosquecillo de chopos o de álamos parece un paraíso, una maravilla de la Naturaleza, algo divino y admirable.
En Jadraque encontramos un carretero, con quien nos hicimos amigos, y en el carro de éste llegamos a Alcalá.
Aquí me pareció lo mejor tomar la diligencia, y en la diligencia entré en Madrid.
TERCERA PARTE DE MADRID A SEVILLA
I. LA CASA DE HUÉSPEDES
La llegada a las proximidades de Madrid en un día de verano, de sol, con la tierra desnuda, sin color por la claridad y el polvo, me pareció un tanto trágica y sombría. La puerta de Alcalá mitigó algo la triste impresión del paisaje que había recibido. Nos detuvimos a la entrada de la villa, y después subimos al galope por la calle de Alcalá y llegamos a la de las Huertas, hasta una administración de coches.
Una chusma policíaca, cínica y desvergonzada, revolvió mi pequeño equipaje, y uno de ellos me dijo que tenía que tomar carta de seguridad.
Fuí a cumplir este requisito y me instalé en una fonda muy mala de la calle de la Gorguera.
La primera impresión de Madrid fué para mí confusa.
Afortunadamente, como venía de pueblos abandonados, no me dió la sensación de pequeñez y de miseria que daba a otros extranjeros.
Mi primer cuidado fué buscar un modo de vivir, pues no tenía mas que unas monedas de cobre por todo capital.
Fuí al café de La Fontana de Oro, tomé un refresco y pregunté al mozo por el Gran Oriente Escocés. Me dió la dirección y me presenté en la logia masónica. Salió a recibirme un hermano con aspecto frailuno; me preguntó lo que sabía hacer, expuse yo mis conocimientos y dejé las señas de mi posada. Al día siguiente me enviaron una esquelita diciéndome que fuera al Museo de Historia Natural, en la calle de Alcalá, y que preguntara por el director.
Fuí, efectivamente, y el director me dijo que podía tener trabajo durante algún tiempo, y que me pagarían cincuenta duros al mes. Me marché satisfecho y comencé a acudir todos los días al Museo. Pronto vi que allí no trabajaba nadie. El director tenía por costumbre no ir a la oficina, y los demás empleados hacían lo mismo.
Después pude comprobar que esta era una costumbre de casi todos los centros oficiales de España.
Como se veía en la precisión de pasar el mes entero sin cobrar un céntimo, fuí de nuevo a la logia y me hicieron un anticipo de veinte duros, que devolví puntualmente cuando me pagaron.
En seguida que me encontré dueño de algún dinero, pagué la fonda y busqué una casa de huéspedes. Un empleado del Museo me recomendó a un oficinista amigo, que tomaba algunas personas en familia. Vivía este ciudadano en los barrios bajos, en la calle de la Encomienda, entre la de Embajadores y la de Mesón de Paredes; se llamaba don Nemesio Fernández de la Encina, y era escribiente en la Contaduría general de Valores, con poco sueldo. Su mujer, doña Mencía, patroneaba sus huéspedes, y con esto se ayudaba un poco.
Don Nemesio y doña Mencía me mostraron un cuarto claro y bastante ancho, que me cederían; me explicaron con detalles lo que se comía en la casa, y me dijeron que me llevarían diez reales.
Al principio se negaron a aceptar a Philonous; pero como yo dije que no quería desprenderme del perro, lo aceptaron, a condición de que lo llevara siempre conmigo y no lo tuviera en el cuarto mas que de noche.
La casa del señor Fernández de la Encina era una casa vieja, a la que por una casualidad le daba el sol; tenía muchos cuartos, con un piso de baldosas rojas que se deshacían.
No había en aquella casa ni una arista aplomada, ni un ángulo recto; todo parecía andar bailando, y muchas veces se me figuraba que los techos y las paredes iban a venirse al suelo.
Al principio, la vida en casa del señor Fernández de la Encina me pareció un tanto monótona; pero me fuí acostumbrando hasta encontrarla bien.
El señor Fernández era un poco petulante, y hablaba de su familia y de sus posesiones de Extremadura como un hidalgo venido a menos.
Su mujer, doña Mencía, una señora de cara pálida y agria, se lamentaba siempre de la carestía de la vida, y tenía que explicarme lo que costaban cuantos manjares ponía en la mesa.
—Ya ve usted, don Juan—me decía—, este escabeche que está usted comiendo me ha costado dos reales. No sabe usted cómo está la plaza.
Doña Mencía hablaba el castellano como un libro, con unos giros tan académicos y una cantidad tal de palabras, que me sorprendía.
Los otros huéspedes de la casa eran un matrimonio que había venido de un pueblo de Andalucía.
Los dos, muy viejecillos, tenían cierta gracia, por lo amartelados que estaban.
De las hijas del señor de la Encina, la mayor era una solterona ya marchita y de mal genio, que hacía labores. La segunda, muy decidida, iba y venía y estaba siempre en la calle; y la pequeña, la Paquita, tenía afición a las cosas de la casa, administraba los caudales familiares e impulsaba a moverse a la criada, una asturiana que se dormía de pie, se olvidaba de todo y tiraba las salsas encima de los comensales.
El hijo, el más joven de todos, era un diablo; estaba constantemente haciendo ruido, pegando a los gatos, y aspiraba a ser miliciano nacional.
La madre y las niñas se pasaban la mitad de la vida cosiendo en el balcón, debajo de una cortina de lona. Tenían allí algunos tiestos con geranios y claveles, y para ellas el balconcito éste era un Versalles.
Enfrente, en la vecindad, vivían unos muchachos, y solían pasarse los vecinos cestitas con caramelos y con cartas.
La hija menor, la Paquita, solía bromear conmigo y me preguntaba si tenía novia en Inglaterra. Yo le contestaba contándole mentiras, y ella me decía:
—¡Ay, don Juan, don Juan! Es usted un pillo.
En el piso bajo de la casa trabajaba un sillero, picado de viruelas, que se llamaba Deogracias y que tocaba la guitarra; en su tenducho se reunía una tertulia de milicianos.
Allí solía oír contar lo que ocurría en Madrid.
Los sábados, el Deogracias y su hijo salían al portal, el uno con la guitarra y el otro con la bandurria, y tocaban ellos y bailaban las chicas de la vecindad.
La Paquita, la niña pequeña de doña Mencía, bailaba con mucha gracia el bolero.
—Es muy bonita mi niña; ¿no es verdad, señor inglés?—me decía su madre.
—Ya lo creo.
Todos los muchachos de la vecindad andaban tras ella, y los domingos, después de misa mayor, aparecían en la calle tres o cuatro lechuguinos con aire de Tenorio.
II. DIGRESIONES SOBRE EL PAÍS
En la sillería de Deogracias, como en el taller del Museo de Historia Natural, como en la mesa de La Fontana de Oro, adonde solía ir de cuando en cuando por la noche, no se hacía mas que discutir de política. Quizá no se razonaba gran cosa; pero se ponía en las discusiones mucho fuego y apasionamiento.
El presenciar estos altercados me dió la idea de que España perdía por completo su antigua homogeneidad. El país no podía transformarse en bloque y se escindía violentamente. El Gobierno revolucionario había dado una carrera en una senda obscura y estaba ya perdido, sin poder orientarse. Su empujón había desgarrado más el espíritu del país y no era posible ya un zurcido. La clase pobre en Madrid seguía su vida a la antigua, en sus callejuelas estrechas y sórdidas, y tenía sus majos y sus majas, sus manolas, sus toreros, sus bravucones, sus menestrales, que empeñaban el colchón para ir a los toros; sus maestros zapateros y herreros, que trabajaban en un portalillo o en la calle; sus aguadores, sus rateros, sus mozas de partido, sus ciegos que tocaban la guitarra en los rincones...
La clase directora quería transformar esto rápidamente, y como no podía, se quejaba del pueblo.
Les pasaba lo que a algunos extranjeros que habían venido a España creyendo que la Revolución iba a cambiar el país en un momento.
—Esto no es Europa—solían decir, y hablaban de París, de Londres, de Bruselas.
Los tales franceses e ingleses suponían que no hay mas que un figurín para vestir a los pueblos y un modo, uno e indivisible, de hacer su dicha.
Esto, por lo menos, no está probado. Yo, por mi parte, creo que cada cual debe buscar la felicidad a su manera; cada cual bebe en la fuente de la vida cuando puede y como puede.
Mucha gente cree que no hay mas que una felicidad para el individuo: ser rico, respetable, etc., etc.; pero hay hombres que son felices contemplando un paisaje, otros interviniendo en una intriga, otros pensando exclusivamente en las mujeres, otros trabajando en un laboratorio, otros mirando un campo verde. La vida de cada uno tiene sus directrices. El poder seguirlas lo más exactamente posible es el sentirse bien, y lo mismo pasa en los pueblos. Claro que esto no se puede conseguir fácilmente; pero, ¿por qué hemos de creer que no hay para el hombre mas que una clase de felicidad? ¿Por qué hay que pensar que únicamente el voto y el sistema parlamentario y lo que llaman la democracia es la felicidad y el progreso de los pueblos?
Algunos dicen que para saber si las cosas son buenas no hay mas que confrontarlas con la realidad. ¿Pero cuál es la realidad?
Hay mucha gente que cree que la realidad es sólo lo tangible, como si el tacto fuera un sentido de exactitud matemática. Tan realidad es una piedra como una nube; no hay más diferencia que a la piedra se le siente con el tacto y con los ojos, y a la nube sólo con los ojos. En la Naturaleza misma no es fácil distinguir la realidad. Y si en la Naturaleza no es fácil distinguir la realidad, ¿cómo se va a distinguir en los hechos sociales?
Cuando yo discutía con mis amigos de Madrid de política y de filosofía me tenían por un perturbador.
—Nuestras conclusiones están demostradas; son definitivas—afirmaban ellos.
Es notable el afán de los políticos de concluír, de no dejar nada que hacer a los que vengan detrás.
Esto es lo definitivo, lo verdadero, lo inatacable—dicen los de los ojos miopes, y lo creen cándidamente.
¿Qué sabemos nosotros qué es lo definitivo y lo que no lo es? ¿No va rodando la verdad por el mundo y cambiando de aspecto de época en época? Más definitivo que la democracia y el parlamentarismo pareció en su tiempo Júpiter con su cortejo de dioses, y se vino abajo; más definitivo ha parecido Jehová, y ya se retira entre bastidores con su cortejo de profetas de barba negra y de nariz de loro; tan verdadero como el sistema de Copérnico se creyó el de Hiparco, corregido por Ptolomeo...
¡Qué imprudencia más ridícula hablar de lo definitivo! ¡Qué ganas de cerrar puertas que han de abrir los que vengan detrás!
Por eso yo le suelo decir constantemente a Philonous:
—Amigo can. Dejemos las conclusiones para los imbéciles.
III. SALIDA DE MADRID
El ambiente de Madrid, de broma y de vida picaresca, me cogió a mí de lleno. Vi que no se trabajaba apenas en el taller del Museo y que nadie tomaba aquello en serio, e hice como los demás: ir cada vez más tarde, y acabar por no aparecer. Algunos amigos masones me dijeron que mientras ellos siguieran en el mando disfrutaría del sueldo con seguridad; pero que cuando salieran del Poder no duraría mi empleo más que una semana a lo sumo.
Escribí a Will Tick diciéndole lo que había hecho en mi viaje, y me contestó una larga carta; me contaba que le habían nombrado secretario de una sociedad de filohelenos de Londres, y que él, a su vez, me había nombrado agente de esta sociedad en España. Añadía que para junio me girarían una cantidad a Sevilla con el objeto de que comprara armas y las llevara a Gibraltar, y me indicaba que si yo conocía algunas personas simpatizadoras del movimiento libertador de Grecia iniciara una suscripción y me quedase con los cuartos. Pensé que si no encontraba otro recurso acudiría a éste, preparándome de antemano alguna máxima jesuítica y una gruesa de reservas mentales.
Mientrastanto, ya sin ocuparme de mi destino mas que para cobrar, comenzaba a tomarle gusto a Madrid: formaba corrillos con los liberales y los serviles, oía las letanías de los ciegos e iba a la vuelta de los toros a ver las manolas en los calesines y a los picadores con los monosabios en las ancas de los caballos.
Una persona con quien solía reunirme casi todos los días era un tal Patricio Moore, ex fraile español, de origen irlandés, exaltado y afiliado al carbonarismo.
Con él andaban dos italianos de aire muy misterioso, con los bigotes erizados, y un cómico, hombre de ciertas condiciones geniales en su oficio, pero que abusaba del alcohol e iba enronqueciendo por momentos.
Todos ellos eran republicanos y vivían en una exaltación perpetua, hablando y perorando constantemente. Yo me encontraba con ellos casi siempre en desacuerdo y me parecían proyectos utópicos los que ellos consideraban realizables, y al contrario. Una de las cosas que se discutía a todas horas entre ellos era si debía haber una o dos Cámaras representativas. Parecía imposible que una cuestión así pudiera apasionar a la gente. Claro que al pueblo esto le tenía sin cuidado; pero ellos suponían que el pueblo era una entidad que habían inventado y que servía para realizar las más estúpidas de las utopías.
No comprendían estos reformadores que se encontraban en España en una minoría insignificante, porque no sólo en el campo, en donde todos eran realistas, sino en Madrid mismo, no estaban los liberales con relación a los serviles en proporción de uno a diez.
Patricio Moore y sus amigos me tachaban de poco afecto al nuevo régimen y de que miraba las cosas serias con indiferencia. Yo no podía entusiasmarme en el mismo grado que ellos ni llegar a la pasión ardiente por una cuestión de palabras.
Cuando los soldados del duque de Angulema se presentaron en la frontera, la expectación pública se hizo enorme: algunos creían que si entraban los franceses volvería una época como la de la Independencia; pero la mayoría de la gente veía que los momentos eran distintos.
En la tertulia de Deogracias, el sillero de la calle de la Encomienda, explicó un criado del conde de Montijo cómo su amo estaba trabajando por el partido que llamaban de los anilleros o moderados, y cómo estaban de acuerdo los generales O'Donnell, Ballesteros, Morillo y los amigos de Martínez Rosa en intentar el cambio de la Constitución.
Este mismo criado de Montijo, liberal acérrimo, nos contó una escena que ocurrió en el palacio del conde, en la plazuela del Angel, entre Montijo y el Empecinado.
Montijo había convidado a comer a D. Juan Martín y a su ayudante Aviraneta y les esperó en compañía de una muchacha, querida suya. Se sentaron los cuatro a la mesa y hablaron de cosas indiferentes. Cuando acabaron de tomar el café, Montijo invitó al Empecinado a pasar a su gabinete. El ayudante quedó solo con la muchacha y comenzó a galantearla; ella se reía. En esto se oyó un estrépito de voces; la muchacha llamó al criado, se forzó la puerta del gabinete y se vió al conde de Montijo debajo de una mesa gritando y al Empecinado amenazándole con el bastón en la mano. La muchacha empezó a chillar; pero el conde le tapó la boca, y el Empecinado y su ayudante se fueron. Uno de los criados había visto y oído lo ocurrido. El conde había tratado de convencer al Empecinado de que era necesario cambiar de Gobierno y acabar con la Constitución; después le había intentado sobornar, y en vista de la frialdad del guerrillero le dijo con cólera: «Es usted un bruto, incapaz de sacramentos». Entonces el Empecinado, enfurecido, le dió tal bofetón al conde que le tiró al suelo, y enarbolando el bastón intentó pegarle.
El criado que nos contó esto nos dió tantos detalles, que no nos dejó duda alguna de que la escena era cierta.
Al entrar los franceses en España, la cólera de unos y el desaliento de los otros se acentuó.
Por esta época hubo un cambio de ministerio y me dijeron en el Museo que habían suprimido mi plaza y que estaba de más.
Tenía guardado algún dinero, y como no me convenía esperar, me decidí a marcharme a Sevilla sin tardanza. Hice mi maleta, y con mis documentos en regla y una recomendación eficaz para la logia masónica del Oriente Escocés, dispuse el viaje.
Me despedí del señor Fernández de la Encina y familia, que me dijeron que me quedara con ellos hasta encontrar trabajo, y tomé la diligencia.
Quise llevar conmigo a Philonous, pero el perro se opuso. Al subir yo al coche se me quedó mirando como diciendo; Esto no es lo pactado entre nosotros; y dando una vuelta, se fué.
Le dediqué un recuerdo sentimental y seguí adelante.
En el camino tuvimos un ligero tropiezo con una partida de realistas que mandaba un sacristán, lugarteniente de Palillos.
Entre Andújar y Carmona se habló constantemente, en la diligencia, del peligro de encontrar partidas de bandoleros; pero no las encontramos, y llegamos con toda felicidad a Sevilla.
IV. DE SEVILLA A LA CÁRCEL DE SANLÚCAR
Llegué a Sevilla con bastante dinero para esperar un mes. Era ya verano; hacía un calor respetable.
Acudí a la logia masónica, donde trabé algunos conocimientos, y estuve en casa de un banquero representante de Beltrán de Lis, el cual me dijo que en seguida que recibiera el aviso de los filohelenos de Londres me pagaría.
Este banquero me presentó a varias personas, entre ellas a una inglesa viuda, la señora Landon, y a su sobrina Mercedes.
El tiempo que estuve en Sevilla lo pasé bien. A pesar de las trifulcas políticas, la vida era allí alegre. Se bailaba en todas partes; y yo, siguiendo el ejemplo de otros señores, fuí a una academia de baile que dirigía un hidalgo apellidado Alvarez de Acuña. Alvarez de Acuña era una de las personas más serias de la Península. Pocos hombres ponen tan buena fe en su sacerdocio. El daba a la ciencia del baile todo lo necesario, y cada pirueta suya tenía la estabilidad de un axioma y la transcendencia de un dogma.
Alvarez de Acuña era un hombrecito pequeño y canoso, con una cara tan movible que parecía de goma. Exageraba la gesticulación de tal modo, que yo me figuraba si haría gimnasia con la cara. Vestía con una pulcritud excesiva y tenía la costumbre de taparse la boca con la mano derecha, como considerando cínico el mostrar una mella de su dentadura.
En la academia de Alvarez de Acuña conocí a mucha gente joven; se supuso, no sé por qué, que yo era hombre rico, y aunque afirmé repetidas veces que no, no se me creyó.
Mientras yo me divertía, los asuntos de España iban de mal en peor; los franceses ocuparon Madrid, y presencié su entrada en Sevilla y el alboroto que armaron la gente de Triana y los gitanos en contra de los liberales y a favor de Fernando VII.
Una día de agosto recibí una carta de Will Tick en la que me decía que fuese a Cádiz y esperara allí un brick-barca que vendría con un cargamento de fusiles para Missolonghi.
Todo el mundo me dijo que por tierra sería muy difícil llegar a Cádiz, y que me prenderían.
Tomé en Triana un barquito de vapor que se llamaba el Guadalquivir, y bajando el río llegué hasta Bonanza. Desembarqué y fuí a hospedarme a un fonducho lleno de oficiales franceses.
Iba a salir inmediatamente, cuando el dueño de la fonda me recomendó no saliera.
—Pues ¿qué pasa?—pregunté.
—Pasa, que la playa de Sanlúcar está llena de ladrones y bandidos y al extranjero que lo pescan lo cosen a puñaladas.
—¿No hay vigilancia?
—Sí; andan rondando patrullas francesas de caballería, infantería y gendarmes.
—Pues yo necesito trasladarme a Sanlúcar para ir a Cádiz.
—Le será a usted imposible.
—¿Por qué?
—Porque todos los barcos de estos puertos y los vapores del Guadalquivir están embargados por las autoridades francesas para llevar municiones al Puerto de Santa María.
—¿Y qué se dice de la guerra?
—La gente dice que Cádiz resistirá ya muy poco.
Me acosté sin resolver el plan de viaje. Dormí profundamente, y a la mañana siguiente me encontré sorprendido al ver que entraban en mi cuarto un sargento y cuatro soldados realistas. Venían a prenderme.
—¡Esto es una equivocación!—exclamé yo—. Yo soy una persona pacífica.
—Sí, será cierto—me replicó el sargento—; pero tenemos la orden de conducirle a usted preso a Sanlúcar de Barrameda.
Pensé si me habría denunciado el fondista; aunque éste me juró que no había hablado a nadie de mi presencia allí.
Pagué la fonda, tomé un calesín para preservarme del sol de fuego que caía, y al paso, y escoltado por los cuatro soldados, salimos de Bonanza.
El sargento de realistas subió conmigo en el calesín y fuimos hablando. Me contó que era bodeguero y cachicán de un rico propietario de Sanlúcar que estaba en Cádiz con los liberales, y que él había tomado el partido de inscribirse en la Milicia realista para defender los intereses de su amo contra la barbarie de los absolutistas, que estaban fanatizados por algunos frailes y clérigos furibundos.
Llegamos al pueblo de Sanlúcar, y entre grupos de campesinos y de soldados franceses nos acercamos a casa del comandante de voluntarios realistas.
Entramos en una sala de estas de los pueblos españoles, llenas de cortinas, que tienen aire de capillitas, y me llevaron a la presencia del comandante, que estaba en compañía de un cura.
El comandante era un hombre rechoncho, de unos cincuenta años, con los ojos chiquitos y negros, la cara muy carnosa y roja y una levita entallada. Le saludé y comenzó a interrogarme.
Conferenciaron después el clérigo y el comandante y me dijeron que tenía que ir a la cárcel pública.
Protesté, pero fué inútil.
Salí en compañía del sargento; tomamos de nuevo el calesín y bajamos delante de la cárcel, en una plaza cuadrada. El sargento dió dos aldabonazos, abrió un soldado un rastrillo, y pasamos adentro por un corredor hasta otra puerta. Se volvió a llamar: se descorrieron varios cerrojos; giró un postigo, y un hombre viejo y seco, con una gorrilla en la cabeza, me hizo pasar a una cuadra grande, donde había unos cien hombres; unos sentados, otros tendidos, unos charlando y otros fumando.
Saludé a derecha e izquierda, sonriendo amablemente, y me retiré a un rincón.
—Es un francés—decían unos.
—No; es un inglés.
En esto dos hombres ennegrecidos y malencarados se abanlanzaron a mí, y cogiéndome uno de ellos de la barbilla me dijo:
—Oiga uzté, inglé. Ya zabe la obligasión de loz novatoz.
—No sé nada. ¿Qué obligación es?
—Apoquine uzté aquí la mitá del dinero que yeva y haga cuenta que noz ha entendío.
—¿Yo? ¡Ca!—exclamé.
—Vamoz, cabayero, zuelte uzté el dinero—dijo el otro con sorna—, que en nuestraz manoz eztará máz zeguro, porque aquí hay mucha gente perdía y ze lo podrían robar.
Volví yo a agitar la cabeza con energía en señal de negación, y uno de los matones, metiéndome la mano en el bolsillo, me sacó el pañuelo.
Le agarré yo inmediatamente de la chaqueta, y como le tenía sujeto y él quería escaparse, se desgarró la chaqueta hasta el hombro. El matón, al ver la prenda de vestir rota, dijo que la estimaba más que a su propia piel y que aquella ofensa no se podía lavar mas que con sangre. Efectivamente, abrió la navaja; pero yo, con una rapidez extraordinaria, le agarré de la muñeca y se la estrujé con tal fuerza que tuvo que soltar el arma, dando unos chillidos que creí que le había roto el brazo.
El otro matón se me acercó de lado, con la navaja escondida en la manga; pero acerté a darle una patada tan definitiva en la parte más redonda de su individuo, que le dejé en potencia propincua para hacer, a estilo de Fielding, una luminosa disertación acerca de los puntapiés en el trasero.
Después de la batalla recogí la navaja del primer matón, que era una navaja realista, pues en la hoja, a un lado, ponía: «Muero por mi rey», y, en el otro: «Peleo a gusto matando negros».
La riña mía había producido un tremendo estrépito entre los presos; unos estaban a mi favor, otros en contra. Se gritaba y se chillaba con exageraciones y frases cómicas que se lanzaban unos a otros.
—Que traigan el zanto óleo para ezte zeñó, porque lo voy a matar—decía uno.
—Encomiéndeze uzté a Dioz—gritaba otro.
En esto entraron los calaboceros repartiendo estacazos a diestro y siniestro, seguidos del alcaide. El alcaide prendió a los dos matones y me interrogó. Era un hombre tuerto, alto, seco, membrudo y malencarado.
Le conté lo que había ocurrido y decidió sacarme de aquella cuadra y llevarme a la alcaidía.
V. NIEVES LA ALCAIDESA
En compañía del tuerto salí de la cuadra, recorrí un largo pasillo, subimos una escalera de madera y entramos en una hermosa casa. Era la alcaidía. En una salita, cosiendo, había una mujer. El tuerto me dijo que era su señora. Se llamaba Nieves.
Era la Nieves una mujer soberbia, de unos treinta años, morena, de tipo árabe, los ojos negros, rasgados, el pelo de ébano, los dientes deslumbrantes y la boca pequeña. Había nacido en Ceuta.
Explicó el tuerto a su mujer lo que me había pasado. Nos sentamos. Luego el tuerto habló largo rato. Era un aventurero. Había sido sargento de artillería en Orán y vivido mucho tiempo entre los moros.
El alcaide, después de contarme largas historias muy interesantes, dijo a su mujer que me arreglara dos comidas al día, me pusiera una cama y me llevara lo que bien le pareciera. Dicho esto, el hombre se marchó y nos quedamos la alcaidesa y yo solos.
Me preguntó quién era y por qué me habían metido en la cárcel, y se lo conté. Estuvimos charlando amablemente largo rato.
Por la noche, antes de la hora de cenar, vino el tuerto y me dijo que el comandante de los voluntarios realistas, el amo del pueblo en aquel momento, había sabido mi riña en la cárcel con los matones, lo que le hizo mucha gracia, y añadió que podía estar yo en la alcaidía con tranquilidad hasta que se enviara la remesa de presos a Sevilla, y que me autorizaba para salir a pasear por la ciudad con una persona de confianza.
—Bueno; entonses zaldrá conmigo—dijo la Nieves—. ¿Eh, qué parese inglé?
—Yo encantado. Si su marido lo permite.
—Nada, nada; aquí mando yo.
Se marchó el tuerto y quedé solo con la alcaidesa y la criada.
Pusieron la mesa y dos cubiertos.
—¿Su marido de usted no come con nosotros?—pregunté.
—No; él come zolo y yo también.
Me sirvió la sopa, un puchero con garbanzos y jamón, y un buen trozo de carne, un plato de verdura, luego una perdiz asada, después pescado frito, aceitunas en abundancia, todo esto regado con vino de Manzanilla de Sanlúcar y tinto de Rota.
Yo comí como un bárbaro, y algo arrepentido le dije a la alcaidesa:
—He comido como un príncipe, como un príncipe hambriento; pero temo no poder estar aquí mucho tiempo, porque esto debe costar mucho.
—Te yevaré trez pezetaz al día—dijo la Nieves, que se había empeñado en hablarme de tú.
—¿Tres pesetas?
—Zí.
—¡Pero se va usted a arruinar!
—Ezo a ti no te importa. Ahora me voy a veztir y noz vamoz al café.
Esperé un momento, y poco después se presentó la Nieves muy peinada, con grandes rizos, vestida de negro, con mantilla de casco y una rosa roja en la mata negra del pelo.
—¿Eztoy bien azí?—me dijo.
—Como la mismísima diosa Venus.
—Bueno, bueno; pocaz bromaz, que tengo mal genio.
—Pues no sabe usted lo que a mí me gustan las mujeres de mal genio, patrona—le dije yo.
—Vamoz, sosón, ¡zangre gorda! Arréglate.
La alcaidesa me miró, me arregló la corbata y se echó a reír.
Cruzamos unas calles, salimos a la plaza de la Constitución, que ya era de la ex Constitución, y entramos en un café lleno de gente.
La Nieves y yo llamamos la atención de todos los espectadores; las mujeres hablaban de mí; aseguraban que era un inglés millonario y liberal; los franceses se entusiasmaban con la gracia y el garbo de la Nieves.
—¡Oh, quelle belle fille!—se les oía decir—. ¡C'est un vrai tipe d'andalouse! Voilà una véritable manola.
Salimos del café y estuvimos paseando por la plaza.
Había muchas chicas bonitas, de ojos negros y vivos, en el paseo. Este cantar que oí por entonces me pareció muy legitimado:
Para alcarrazas, Chiclana; para trigo, Trebujena, y para niñas bonitas, Sanlúcar de Barrameda.
A las once de la noche mi patrona se cansó de pasear y nos volvimos a la cárcel.
VI. LAS RECOMENDACIONES
Aquella noche me acosté en una hermosa cama y dormí hasta las ocho. Poco después la Nieves abrió la ventana y me trajo un vaso de leche azucarada, con una torta, y me dijo que la tomase bien caliente y que no me levantase hasta las diez.
—Señora—le dije—: me trata usted demasiado bien; yo debo ser quien tenga el honor de servir a usted.
—A mí no me llamez zeñora. Erez un tonto, inglé.
—Sí; pero soy un tonto bien cuidado.
Me levanté de la cama y me vestí.
—Ahora vamoz a zalir—dijo ella.
—Bueno.
Salimos a la calle y fuimos a la parroquia.
—Le advierto a usted que soy protestante—le dije, para ver qué contestaba.
—¿Qué me cuentaz con ezo?—exclamó ella con desgarro—. ¿Que erez hereje? Pues hijo mío, dilo en alta vo y te llevarán al palo.
Yo quise convencerla seriamente de que todo el mundo tiene derecho a profesar sus ideas religiosas; pero no me hizo caso y fué necesario oír misa, tomar agua bendita y hasta darse golpes de pecho como un verdadero papista.
Al salir de la iglesia me dijo:
—Ahora vamoz a ve a mi comadre, que ez prima del comandante de voluntarioz realiztaz, a ver si hase algo por ti.
—Vamos donde usted quiera.
La comadre era una mujerona morenaza y atrevida.
—¿De dónde haz zacado a ezte inglezote?—le dijo a mi patrona, al verme.
La Nieves le contó lo que me había pasado; dijo que yo era un inocente completo y que quería que ella hablase al comandante de realistas para que no hicieran una charranada conmigo.
La comadre dijo que haría lo que pudiese; pero que la Nieves debía hablar también al primo de una amiga del ama del cura que era consejero del comandante.
Por la conversación resultaba que no se hacía absolutamente nada en el pueblo mas que por recomendaciones.
Esta red de influencias y de manejos maquiavélicos lo tenía todo minado.
Era imposible que hubiese así la más ligera sombra de justicia en el pueblo.
Después de la visita a la comadre de la Nieves volvimos a la cárcel.
Estuve seis días en la alcaidía. Para no quedar torpe con la inmovilidad y la buena alimentación me dedicaba a hacer gimnasia; luego hablaba con mi patrona.
La Nieves llevaba y traía a su marido como a un cordero; ella vestía los pantalones en la casa, y, según las malas lenguas, empleaba de cuando en cuando y con gran eficacia una vara de fresno, con la cual devolvía la razón a su marido, que la perdía en la taberna, por lo menos una vez por semana.
Por lo que me dijeron, esta costumbre la inauguró una noche que el tuerto, de mal humor, quiso emplear con su mujer el mismo procedimiento que empleaba con los presos; es decir, el del garrote; pero ella se lo quitó a tiempo y le supo administrar tal paliza que el tuerto quedó convencido para siempre de la superioridad de su mujer.
VII. EN EL CAMINO
A los seis días de vivir en casa de la Nieves la comadre suya me avisó que a la mañana siguiente iban a trasladar a los presos a Sevilla; yo iría a caballo con el sargento.
Efectivamente; antes de la siete se presentó la escolta a la puerta de la cárcel. Sacaron de ella unos ochenta presos, cincuenta milicianos y soldados prisioneros del Trocadero, y el resto, de delitos comunes.
El comandante de realistas y la comadre de la alcaidesa vinieron a saludarme, y la Nieves me abrazó casi llorando.
Subí a mi caballo, y al lado del sargento, que montaba una linda jaca cordobesa, salimos del pueblo.
Llegamos a las tres horas a una venta del camino entre Sanlúcar y Trebujena y se detuvo nuestra comitiva. A los presos de delitos comunes se les metió en un corral, debajo de un cobertizo; a los políticos se les llevó a una cuadra, y nosotros, el sargento y yo, quedamos en el ventorro.
Entramos en la cocina, que era enorme, y hablamos con la ventera. Nos dijo que si no queríamos esperar podía darnos al momento una sopa, un puchero, una cazuela de arroz con conejo, un plato de callos y ensalada.
—¿Qué le parece a usted?—me preguntó el sargento.
—Que luego es tarde, como decía mi patrona.
Nos sentamos en una mesita pequeña, dispuestos a comer, cuando estalló un gran escándalo en el zaguán; salimos a ver qué pasaba y vimos a un grupo de oficiales franceses acompañados por una pequeña escolta.
Hablaban de una manera tan despótica y tan desagradable, que para cortar las explicaciones salí yo al portal y me ofrecí a servirles de intérprete y de amistoso componedor.
Los franceses querían habitaciones para dos jefes; el ventero se las pudo proporcionar.
Arreglada la cosa comimos el sargento y yo en paz en un rincón de la cocina.
Habíamos dado buena cuenta de la sopa, del cocido y del arroz con conejo, e íbamos a comenzar con los callos cuando me acordé de los presos liberales que venían con nosotros, y dije:
—¿Habrá comido esa pobre gente?
—Sí, algo tendrán.
—¿Quiénes son estos presos políticos?
—Son catalanes—me dijo el sargento—que estaban en el ejército de Cádiz. Parece que hicieron una salida de la isla a los pinares de Chiclana y se vieron rodeados por los franceses. Quisieron resistir, pero la mitad de ellos murieron, y los demás quedaron prisioneros con el teniente.
—Bueno; vamos a llevarles esta fuente de callos. Les compraré unos panes y unas botellas de vino.—Lo hice así; entramos en una tejavana, y hablé yo con el teniente catalán, quien me confesó que tenía un hambre que se le nublaba la vista, y que nuestra aparición en el corral con la fuente de callos y los panes le había parecido más sublime que todas las apariciones celestes.
A las dos horas de llegar a la venta el sargento dió la orden de marcha y nos formamos todos.
Uno de los militares franceses, comandante de la gendarmería real, estaba en el balcón de la posada.
—¿Es que es usted el jefe de esta canalla de soldados de la Fe?—me preguntó en francés, de una manera incisiva y seca.
—Esta canalla se ha formado gracias a la protección y a los cuidados de ustedes los franceses—le dije, inclinándome.
—Ya lo sé. Es una vergüenza para la Francia. ¿En calidad de qué va usted con esa tropa?
—Voy como prisionero a que me identifiquen en Sevilla.
El comandante me dió su nombre y sus señas, ofreciéndose por si me podía ser útil en algo, y echamos a andar.
—¿Qué le ha dicho a usted ese franchute?—me preguntó el sargento.
—Me ha preguntado por qué iba en la comitiva.
—¡Qué gente! Se tienen que meter en todo; ya se creen otra vez los amos de España.
Al salir del camino de Trebujena y desembocar en la carretera que va de Jerez de la Frontera a Lebrija, se acercó a nosotros un escuadrón de caballería española. Iban diez o doce jefes, entre ellos un edecán francés, escoltando a un general.
El general era un hombre ya viejo, de cara correcta, patillas blancas, ojos claros y aspecto malhumorado.
Uno de los jefes del escuadrón se paró a preguntar al sargento quién era yo, y el sargento preguntó a su vez a un soldado quién era el general que escoltaban, a lo que contestó diciendo que era don Francisco Ballesteros, un militar de los liberales exaltados que acababa de capitular de una manera más que sospechosa.