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La Ruta del Aventurero

EL VIAJE SIN OBJETO (continued 3)

Reading edition

Al anochecer llegamos a Lebrija, y el sargento y yo fuimos enviados a casa de un labrador rico, de ideas liberales, que nos trató muy bien.

CUARTA PARTE PRISIONERO

I. EL SALÓN DE CORTES

El día 27 de septiembre de 1823, a las once de la mañana, llegábamos los presos a la capital de Andalucía y hacíamos nuestra entrada triunfal en medio de gritos y mueras y de alguno que otro tomate podrido o troncho de berza con que nos obsequiaba el pueblo soberano.

Fuimos todos a parar a la subdelegación de policía.

El subdelegado estaba en Alcalá de Guadaira, y nos recibió su secretario.

Interrogó al sargento rápidamente y mandó que llevaran a los presos por delitos comunes a la cárcel, a los soldados catalanes a la comandancia militar, y a mí al Salón de Cortes.

El sargento distribuyó su fuerza y me envió con un soldado a mi destino. Aquel Salón de Cortes era un antiguo cuartel de artillería, que antes había sido colegio de jesuítas. Me recibió el alcaide, un andaluz de unos sesenta años, a quien llamaban el señor Pepe, hombre que para dar mayor brillo a su figura vestía un frac viejo y un sombrero de copa.

—¿Ez uzté inglé?—me dijo.

—Sí, señor.

—No zé zi estará uzté bien aquí, porque loz ingleze zon muy amigoz de comodidadez; pero véngaze al zalón, y ayí ze encontrará entre cabayeroz.

Entré en el salón, y fuí muy bien acogido por aquellos señores liberales presos.

El señor Pepe, el alcaide, me alquiló dos colchones y una almohada, y buscando sitio para hacer mi nido encontré una pequeña tribuna vacante, donde me instalé.

Poco después del mediodía, los presos se disponían a comer en las mesas, formando grupos. Como yo no pertenecía a ninguno de ellos, me senté por separado en un banco y me preparé a comer un poco de pescado frito y pan, que me vendió el alcaide por seis reales.

Los de la mesa inmediata me instaron a que me reuniese con ellos; les di las gracias, diciendo que no tenía ganas; pero dos señores se levantaron, me agarraron, me pusieron de pie y me obligaron a sentarme a su lado.

Comimos admirablemente, y algunos de aquellos sevillanos me dieron broma por mi falta de apetito.

—Un muchacho como éste, como un castillo, y además inglés—decía un viejo—, se traga todo lo que le pongan.

Después de comer y de tomar café se quitaron las mesas, y unos se pusieron a fumar sentados en las sillas, y otros a pasear por la antigua iglesia, como si estuvieran en una plazoleta.

Hubo discusiones violentas, interrumpidas por chistes; luego un señor se subió en una silla y echó un discurso muy retórico que fué estrepitosamente aplaudido.

Aquello me daba una impresión un poco rara: no se podía comprender si iba en serio o en broma.

La mayor parte de los presos eran caballeros y ricos propietarios de Sevilla.

Se pasó la tarde así, y al anochecer comenzaron a entrar en el salón las familias, los parientes y amigos de los presos.

A la hora estaba llena la antigua capilla. Se encendieron las lámparas, se pusieron mesas de juego y el salón se convirtió en un gran café.

Asistieron también muchos oficiales de artillería y algunos jefes de la guarnición.

Yo me paseé con un coronel llamado Rosales y un canónigo grueso que estaba detenido como liberal: el canónigo Molinedo.

El coronel Rosales y el canónigo dijeron que las noticias de Cádiz eran muy malas y que el Gobierno constitucional había hecho proposiciones de paz a los franceses.

A las once se dió la orden de evacuar el salón por las familias y gente extraña. Cada cual se dispuso a acostarse; yo me metí en mi tribuna, y tendido en el colchón pasé la noche en un sueño.

II. LA SEÑORA LANDON

Al día siguiente me desperté temprano, me lavé y me vestí, y salí a pasear por los claustros del convento.

Le dije al señor Pepe, el alcaide, que me permitiera hacer gimnasia en el claustro, porque me apoltronaba estando quieto.

El señor Pepe debió desconfiar, porque puso un subordinado suyo, un hombre bajito y rubio, para que me vigilara. No tenía aquel guardián un aire tranquilizador. Se me figuró conocerle, aunque no sabía de qué.

Hice una porción de flexiones en el montante de una puerta, bastante fuerte para sostenerme a mí, y anduve después con las manos, con la cabeza para abajo y los pies para arriba.

Me encontraba en esta actitud cuando oí risas de mujer; volví a mi posición natural y me encontré con la señora Landon y su sobrina Mercedes.

—Hace usted unas planchas preciosas—me dijo Mercedes, burlonamente.

—Sí, no las hago mal. Y ¿qué las trae a ustedes por aquí?

—Vengo por usted—me dijo la señora Landon—. Me hablaron ayer de un inglés que estaba preso de las señas de usted, y venimos a verle.

Yo me incliné muy reconocido.

Añadió la señora Landon que conocía mucho al subdelegado de policía de Sevilla, don Lorenzo Hernández de Alba, y que inmediatamente que volviera de Alcalá de Guadaira le hablaría para que me dejaran en libertad.

—Yo supongo que usted no será ningún Bruto. ¿No habrá usted matado a ningún tirano?

—No, no. A no ser en sueños.

—Entonces creo que le libraremos a usted.

Le di mis más expresivas gracias, y la señora Landon añadió que mandaría enviar una cama y ropa blanca para mí, y que encargaría a una fonda mi comida y almuerzo.

—Señora—le dije—, que no me manden mucha comida, porque la comeré toda y me pondré pesado y no podré hacer estos ejercicios.

La señorita Mercedes se reía. Charlaron un largo rato conmigo, dijeron que volverían al día siguiente y se fueron.

Yo me reuní con el canónigo grueso de la noche anterior y con un joven capitán que se llamaba Iscar.

Iscar era un hombre muy nervioso y muy vivo, que había tomado parte en varios movimientos revolucionarios. Fué el brazo derecho del general Porlier cuando éste intentó levantarse en Galicia con el marqués de Viluma. Fracasada la empresa de Porlier y fusilado el general, a quien llamaban el Marquesito, Iscar, Viluma y los demás complicados estuvieron presos en La Coruña durante algún tiempo.

—Ha tenido usted la visita de una señora principal de Sevilla—me dijo el canónigo.

—Sí, la señora Landon.

—Los sevillanos que están aquí han quedado un poco asombrados de la visita, y dicen que debe usted ser hombre de gran familia y posición.

—No, no. Soy de familia modesta.

El canónigo sonrió con incredulidad. En esto pasó el hombrecito rubio que me había vigilado mientras yo hacía gimnasia, y el capitán Iscar se abalanzó a él.

El hombre rubio miró antes a derecha e izquierda con gran alarma, hablaron los dos un rato rápidamente y se separaron.

—Esto está lleno de misterios—me dijo el canónigo.

Volvimos al salón; pero la estancia allí no era del todo grata. Entre los presos había enfermos en sus camas, algunos de tifus y de disentería; nadie se había cuidado de resolver el modo de ventilar la antigua iglesia, y el ambiente era ya irrespirable.

Yo decidí dejar la tribuna y poner mis dos colchones en el claustro, a pesar de que todo el mundo consideraba esto como una extravagancia.

III. LA TORRE

El último día del mes de septiembre entraron en el viejo edificio del Salón de Cortes una nueva remesa de nacionales prisioneros del Trocadero. Estaban asustados. Hablé con alguno de ellos, y me dijeron que temían por su vida, pues habían fusilado varios de los suyos en el camino.

El mismo día el Salón de Cortes se desocupó y más de la mitad de los presos vecinos de Sevilla quedaron libres, gracias a las gestiones del subdelegado de policía. Esta mezcla de severidad y de lenidad me preocupaba; a veces me figuraba que se iba a implantar el terror blanco por los realistas; a veces, que todo era una broma.

Al parecer, esta divergencia dimanaba de que en ocasiones mandaba el capitán general, y en otras, el subdelegado de policía.

El capitán general quería fusilar a todo el mundo, y, en cambio, el subdelegado de policía pretendía dejar en libertad a los presos políticos; de aquí esta desigualdad de procedimientos tan inquietante y tan absurda. Yo estaba sin saber a qué atenerme; tan pronto me parecía aquello una comedia de risa, como una cosa seria. Los presos se escapaban con el asentimiento del subdelegado; pero de cuando en cuando se ponía a uno en capilla y se le fusilaba por orden de un consejo de guerra.

Una mañana, antes de almorzar, vino a visitarme la señora Landon con su sobrina; me dijeron que el subdelegado había dado orden de dejarme en libertad; pero que el secretario se oponía diciendo que el capitán general había escrito recomendando la mayor vigilancia con los extranjeros sospechosos.

—Así que tendrá usted que estar unos días más—terminó diciendo la señora Landon.

—No me importa gran cosa el encierro—le contesté—; lo que me desagrada es ir a comer al salón, en donde ya no se puede estar por la pestilencia que hay. Si me trasladaran a otro lado, estaría bien.

—¿Adónde quiere usted que le trasladen?

—¡Qué sé yo! A un rincón cualquiera de este viejo edificio.

—Espere usted un cuarto de hora. Voy a hablar con el jefe del cuartel.

Me quedé con la señorita Mercedes, que me imponía un poco, y media hora después entró la señora Landon con un comandante de artillería.

El comandante dijo que todo el edificio estaba ocupado por la tropa y los presos políticos.

—El único local vacío que hay—siguió diciendo—es una pequeña habitación en el campanario, la antigua vivienda del campanero. En este momento la ocupa un sargento guardaalmacén que ha puesto allí su oficina; pero le podemos decir que se vaya.

—Vamos a ver esa habitación—dijo la señora Landon.

—Vamos—repuse yo.

Fuimos las dos señoras, el comandante y yo; recorrimos un claustro, pasamos una puerta y salimos a un patio abandonado y lleno de hierbas. El comandante abrió una puerta maciza de una torre, pasamos un pequeño zaguán empedrado y subimos por una escalerilla de piedra, de caracol hasta el primer piso.

La habitación del guardaalmacén consistía en un cuarto como un gabinete y una alcoba. El cuarto tenía una gran ventana con rejas, y la alcoba, una aspillera.

—¿Qué le parece a usted esto?—me preguntó el comandante.

—Muy bien. Me conviene.

—¿Le gusta a usted?—me dijo la señora Landon.

—Sí, mucho. Pienso inmortalizar esta torre llamándola desde ahora la torre de Thompson.

El comandante mandó desocupar el local e hizo trasladar mi cama. Me pusieron una mesita y una silla, y la señora Landon prometió enviarme unos tomos de sir Walter Scott.

—Aquí puede usted dedicarse a contemplar Sevilla. Desde lo alto del campanario se domina toda la ciudad—me dijo el comandante.

—Aprovecharé el permiso.

—¿Supongo que no se escapará usted, señor inglés?—me dijo luego el comandante al darme la mano.

—Si encuentro ocasión, creo que lo haré.

El comandante se echó a reír, y la señora Landon y Mercedes hicieron lo mismo.

Al día siguiente de ocupar mi celda en la torre de Thompson, mi amiga la señora Landon me envió los libros prometidos. Estuve leyendo algún tiempo y cuando me cansé me fuí a pasear al claustro con el canónigo Molinedo y el capitán Iscar.

De noche subí a lo alto del campanario, desde cuyo balcón pasé horas y horas contemplando Sevilla a la luz de la luna. Veía la Giralda, los pináculos de la catedral, algunas torres y cúpulas lejanas que no conocía y los tejados, bañados de luz plateada.

IV. «MARE SERENITATIS»

Muchas extravagancias, absurdos e insensateces escribió Thompson dirigidos a la luna, a la que contemplaba por las noches desde el balcón de la torre. Entre sus notas fragmentarias la única que tiene un poco de sentido es ésta, titulada Mare Serenitatis, y que dice así:

«Entre los nombres extraordinarios y poéticos que los astrónomos han puesto en la geografía de la luna, ninguno para mí tan sugestivo como el Mar de la Serenidad (Mare Serenitatis).

Antiguamente debían creer que estos mares lunares tenían agua y oleaje; hoy se sabe que son llanuras, oquedades entre montes y cráteres volcánicos.

Como ese supuesto mar tuyo, ¡oh Luna!, nosotros quisiéramos que en el espíritu humano hubiera también otro mar de la Serenidad en una región oculta e inexplorada...

¡Qué admirable descubrimiento sería llegar a él por entre un laberinto de montañas abruptas!

Este mare serenitatis tendría un agua más sutil que la de las lagunas de las altas cumbres, y se extendería bajo un cielo claro y sin brillo.

Yo no le pediría a este mar placeres indignos de un espíritu noble, ni el olvido de las aguas del Leteo, sino la claridad, la comprensión de los enigmas de la vida, de nuestras brutalidades, de nuestros fanatismos y de nuestras violencias.

Allí me gustaría verme, sin cólera y sin humildad, limitado ante la Naturaleza y tranquilo en mi limitación; allí me gustaría ver mi espíritu limpio de posos turbios y malsanos como un cristal brillando a la luz del sol.

Desgraciadamente, ni en ti, vieja Selene, pequeño satélite, ni en nuestro espíritu humano, tan pequeño como tú, existe ese mar de la Serenidad».

V. EL FRAILE

El segundo día de mi prisión en la torre no vinieron la señora Landon y su sobrina; en cambio, tuve la visita del canónigo Molinedo y del capitán Iscar. Por lo que dijo el canónigo no quedaban ya presos en el Salón de Cortes, excepto unos milicianos, a los cuales querían trasladar a otro pueblo. El rey iba a llegar a Sevilla, y los realistas habían pensado, como un número de festejos para agasajar a Fernando VII, hacer una degollina de negros; y el subdelegado de policía, siempre paternal con los liberales, se disponía a ir sacando de Sevilla a los más calificados y llevarlos a otra parte. Molinedo e Iscar saldrían al día siguiente.

El absurdo seguía; persistía el régimen mixto de severidad y de benevolencia. Se fusilaba a las personas más inocentes y se dejaba libres a las más comprometidas.

El capitán Iscar me dijo:

—¿Sabe usted aquel hombre bajito y rubio, algo bizco, que estuvo vigilándole a usted por orden del alcaide?

—Sí. ¿Qué le ha ocurrido?

—Que se ha escapado.

—Pero, ¿no era un vigilante de la cárcel?

—¡Ca! Es un conspirador.

Iscar me contó cómo había engañado a los carceleros.

—Y ¿quién era ese hombre?

—Es uno de los tipos más revoltosos de la época. Se llama Aviraneta, y ha sido el brazo derecho del Empecinado.

—Ahora que me habla usted del Empecinado, recuerdo a este Aviraneta. Le he visto una vez con el general en el café de La Fontana de Madrid. Y ¿usted le conocía de hace tiempo?

—Sí; yo le conocía desde la intentona de Porlier. Yo fuí como emisario de Porlier a ver al Empecinado a su finca de Castrillo de Duero, y allí hablamos Aviraneta, él y yo.

Se fueron Iscar y el canónigo Molinedo; yo subí al campanario y estuve contemplando Sevilla, iluminada por los últimos rayos del sol.

Al día siguiente, por la mañana, al despertar, experimenté la desagradable sorpresa de ver a un fraile dominico que entraba en mi cuarto acompañado del sargento guardaalmacén.

Era un fraile grueso, panzudo, con un aire de ballenato putrefacto, las barbas rubias, el pelo rojo y ensortijado, que parecía hecho con virutas, y los ojos de míope.

—Hijo mío—me dijo el fraile con un acento andaluz muy meloso—, he sabido que estás preso y vengo a ofrecerte los socorros de la religión. Supongo que tendrás cargada la conciencia y que una confesión general aliviará tu alma.

—¿Es que han pensado ahorcarme?—pregunté yo al sargento, saltando en camisa de la cama.

—No, no. Este padre ha venido aquí a confesar a otros presos y ha querido verle a usted.

—¡Pues así se muera de repente!—murmuré para mis adentros.

—¿No quiere usted confesarse?—me preguntó el padre.

—No, yo no soy católico—exclamé—. Soy inglés y de la religión de mi país.

—Tienes que abandonar esa herejía, hijo mío.

—Si tengo que convertirme por la fuerza—murmuré yo—, mi conversión no tendrá ningún valor. Me he educado en la religión reformada y no tengo motivo ninguno para creer que sea falsa. Si me dan argumentos, los tomaré en cuenta.

No me atreví a decir que el protestantismo, como el catolicismo, me parecían formados por mitos más alejados de la realidad que el de la Cosa en sí.

El fraile me echó una plática de las más ramplonas; en su acento dulzón me dijo que el momento de la muerte podía estar muy próximo; que había que prepararse para este instante terrible, y que me traería libros religiosos.

Se marchó el fraile con el sargento. Salté de la cama, me vestí y bajé las escaleras hasta la puerta de la torre. Tenía ésta un cerrojo por dentro y decidí correrlo para que no me sorprendieran visitas como aquella.

Acababa de echar el cerrojo cuando oí un ruido de pasos en el pequeño portal.

—¿Quién está aquí? ¿Quién es?

—¡Por Dios, caballero!—dijo una voz—. No me pierda usted.

—¿Pero quién es usted? A ver. Venga usted a la luz, que nos veamos las caras.

Subimos al primer piso y quedé atónito al ver una muchacha vestida de soldado.

—No diga usted nada, por Dios—exclamó.

—Yo qué voy a decir, si soy un preso.

—¿Es usted un preso?

—Sí.

—Pues yo he venido disfrazada de soldado a darle un papel a mi novio, en el que le explicaba por dónde se podía escapar; pero precisamente esta misma noche le han sacado de Sevilla. Al saberlo he intentado marcharme; pero me he encontrado la puerta cerrada, y para que no me vieran me he metido aquí.

—Pues le va a usted a ser muy difícil salir. ¿No traía usted ropa de mujer?

—No.

—Veremos qué se hace. Suba usted.

La muchacha no era melindrosa. Nos repartimos los colchones, y ella durmió en la alcoba, y yo, en el gabinete.

Al otro día la Tránsito, así se llamaba la chica, arregló el cuarto y lo limpió, mientras estaba la puerta de la torre cerrada. Después tuvo que subir al campanario y pasar el día allí.

VI. EVASIÓN

Al día siguiente decidí estudiar el terreno para ver si era posible una evasión.

Me acosté muy temprano y me levanté al amanecer. Bajé las escaleras de mi encierro, abrí la puerta y exploré el patio. Este patio, en donde se levantaba la la torre, se hallaba enlosado y circunscrito por tres paredes altísimas y otra no tan alta que le separaba de un jardín poblado de árboles.

Examiné la tapia más baja y vi que había una antigua ventana cerrada a una altura de tres o cuatro varas.

Si esta ventana no tenía reja, por allí debía de ser fácil pasar al jardín vecino.

Vi en el patio una barrica, la empujé y la llevé debajo de la ventana; bajé de mi cuarto una silla y la puse encima. Después me subí a la silla, y con un palo con punta, metiéndolo en el resquicio de la ventana, llegué a abrirla. No había reja. Cerré la ventana y me volví a la torre.

A las nueve de la mañana vino a visitarme el sargento guardaalmacén que había ocupado la torre antes que yo. Traía varios libros místicos, enviado para mí por el fraile.

Me dijo que ya no quedaban presos políticos, pues todos habían sido trasladados fuera de Sevilla, mientras estuviera el rey en la ciudad.

—Y conmigo, ¿qué van a hacer?

—No sé. A mí me han ordenado que le ponga un centinela de vista y que le encierre con llave desde mañana.

—Pues es una broma.

Me convenía hacer algunas investigaciones antes de que se cerrase la puerta, y al día siguiente, antes del alba, bajé al patio.

La Tránsito quedaría en la ventana, y si veía asomarse a alguien tiraría una piedrecita al suelo para avisarme.

Cogí la silla en una mano, bajé las escaleras, abrí la puerta de la torre, marché hacia donde estaba la barrica y la coloqué debajo de la ventana, y encima la silla, y después a pulso entré por la ventana, llenándome de arañazos la cara y las manos.

Pasé al otro lado, al jardín vecino; me agarré a la rama de un árbol y bajé por el tronco hasta la tierra. Estaba el huerto en el mayor silencio; se oía únicamente el piar de los pájaros en el follaje. Crucé el jardín sin hacer ruido.

Me acerqué al árbol que estaba más inmediato a la pared que daba a la calle; trepé por él, y de rama en rama llegué al borde de la tapia y miré con precaución. Daba a una callejuela estrecha y desierta. La tapia tendría seis o siete varas de alto. Me dieron tentaciones de saltar; pero no quise dejar sola a Tránsito y volví al jardín, luego al patio y después a mi torre.

Hecha la excursión me lavé y me acosté.

Al día siguiente, al levantarme de la cama, vi que en la puerta había un artillero de centinela, con la bayoneta calada.

—¿Es que no puedo salir?—le pregunté.

—Esa es la orden que me han dado.

Al mediodía se presentó la señora Landon. Le dije que mi asunto se complicaba; que tenía un centinela de vista y que me encerraban en la torre con llave.

—Yo voy a ver si me escapo—continué diciendo.

—Hará usted muy bien—exclamó ella.

—¿Usted me podría ayudar?

—Sí, sí; dígame usted lo que necesita.

Yo tenía pensado mi plan.

—Necesitaré un cordel de ochenta varas de largo, del grueso del dedo meñique.

—¿Y eso cómo lo voy a entrar aquí?

—Usted mañana me regalará un almohadón; dirá usted que es mi cumpleaños, y dentro del almohadón vendrá la cuerda.

—Muy bien.

—Además, tomará usted dos botellas de Jerez, vacías, que conserven las etiquetas, las llenará usted de aguarrás, las cerrará muy bien y me las enviará con el almohadón, como regalo.

—Descuide usted; todo esto se hará. ¿Cómo piensa usted salir?

—Voy a hacer una escalera con el cordel que usted me traiga, y me descolgaré por la torre.

—¿Y después?

—Después pasaré al jardín de al lado por un agujero de la tapia, y de este jardín iré a la calle. Lo que quisiera saber son las salidas de la calle que va por ahí detrás.

La señora Landon y yo nos asomamos a la ventana enrejada, y yo le mostré las copas de los árboles del jardín próximo, que asomaban por encima de la tapia.

—Yo le podría enviar a usted un plano de Sevilla—dijo la señora Landon—. Pero ¿para qué? Es mejor otra cosa. ¿Mañana será la escapatoria?

—Sí, si usted me manda el almohadón.

—Eso vendrá sin falta. ¿A qué hora piensa usted escaparse?

—De diez a diez y media de la noche.

—A esa hora habrá en esa callejuela una persona apostada que le esperará y le acompañará.

Se marchó la señora, y yo pasé el día con la mayor impaciencia. Por la mañana me despertaron, trayéndome los regalos de la señora Landon: el almohadón y las dos botellas de aguarrás disfrazadas de Jerez. Al verme solo rompí el almohadón, saqué la cuerda, y la Tránsito y yo comenzamos a hacer la escala. Reservé un trozo de cordel de unas ocho varas.

Cerré el cerrojo de la puerta de la torre y estuvimos trabajando en el campanario.

Desde allí advertimos la gran animación del pueblo.

Iba a entrar el rey de España en la ciudad. Todos los balcones se veían engalanados con colgaduras, con arcos de triunfo, ramas y flores. Las calles estaban atestadas de gente.

—Por la orilla del río se veían coches y calesines que iban hacia la torre del Oro, y por los caminos lejanos se advertían grupos de labradores a pie y en caballerías.

—¡Pueblo estúpido!—exclamé yo elocuentemente—. Entusiásmate con tu Fernando. Cuando le convenga a este truhán te calentará las espaldas.

En todo el día terminamos la escala entre la muchacha y yo. A la hora de retreta bajé yo a la puerta de la torre. Estaba cerrada con llave. Escuché. No andaba nadie por el patio.

Comencé mis pruebas. La escala no bastaba; le faltaban cinco o seis varas para llegar desde el balconcillo del campanario al patio. Estuve pensando en la manera de resolver esta dificultad, y me decidí a añadir a la escala una cuerda hecha con un trozo de sábana.

—Yo bajaré primero—le dije a la Tránsito—; esperaré en el patio y silbaré. Si acaso, cuando llegue usted a la cuerda hecha con la sábana le falta fuerza para sostenerse, la recogeré en brazos.

La muchacha dijo que no tenía miedo. Entonces yo vacié mis dos botellas de aguarrás en la palangana y fuí embebiendo la escala y el trozo de la sábana, hasta que empaparon casi todo el líquido. El resto lo eché por un agujero en el zaguán de la torre.

Después até la escala al barandado de piedra del balcón del campanario, y fuí echándola abajo. Hecho esto, metí una caja de pajuelas en el bolsillo, y salté al lado de fuera del barandado y fuí descendiendo con dificultades hasta alcanzar al trozo de sábana y llegar al patio.

Silbé suavemente, y noté, por la cuerda, que la escala se agitaba y la muchacha comenzaba a bajar despacio. Antes de que llegara al trozo de la sábana yo acerqué la barrica y me subí a ella. Al llegar la Tránsito al trozo de sábana pude sostener a la muchacha por los pies y luego por el cuerpo.

Venía la muchacha rendida.

—Descanse usted—le dije—. Ahora vamos a ver un bonito espectáculo—añadí.

Saqué el eslabón, el pedernal y la mecha; até una pajuela de azufre en el trozo de sábana en que terminaba la escala y la pegué fuego con la mecha.

Ardió la pajuela, después el pedazo de sábana, luego la escala, de una manera tan discreta, que parecía desaparecer por arte de magia.

Concluída esta parte, acercamos la barrica al ventanillo que comunicaba con el jardín contiguo; hice pasar a la muchacha, luego pasé yo, cruzamos el jardín y subimos por un árbol a la tapia.

Até el trozo de cuerda que llevaba a una rama gruesa de un árbol y la punta la eché fuera de la tapia, hacia la calle.

—Yo me descolgaré primero—le dije a la Tránsito—; luego la recibiré en brazos.

Me deslicé por cerca de la pared y descendí fácilmente. Después bajó la muchacha, que se desolló las manos, y estuvo a punto de derribarme al sostenerla.

Para que nadie lo advirtiera, desde la calle hice un ovillo con la punta de la cuerda y la tiré al otro lado de la tapia hacia el jardín.

—Ahora ¿qué hacemos?—preguntó la Tránsito.

—¿Usted tiene sitio adonde ir?

—Sí.

—Pues entonces cada cual por su lado.

La estreché la mano y me separé de ella. La noche estaba obscura; no había un alma por aquellas inmediaciones.

Di dos vueltas arriba y abajo por la calle, cuando se me acercó una mujer de pobre aspecto.

Era la señora Landon.

—Sígame usted—me dijo.

La seguí; en las calles céntricas se sentía el gran barullo; había comparsas de guitarras y panderetas y gente que cantaba canciones alusivas a la entrada del rey. Los curas y frailes pasaban seguidos del populacho, hablando y accionando, y capitaneando a patrullas de desharrapados.

Todos eran gritos y vivas al rey absoluto y mueras a la Constitución, a los herejes y a los negros.

VII. LA CASA ABANDONADA

Siempre tras de la señora Landon llegué a una calle muy lejana de la cárcel y me detuve delante de un gran caserón. Cruzó mi guía un portal, pasé yo después de ella; llegamos a un patio con jardín; luego a otro patio, y me encontré en una casa grande y abandonada. La señora Landon me llevó a una sala con una alcoba con columnas. Me mostró una mesa con viandas y me dijo:

—Cene usted y acuéstese.

—Muy bien. ¿Nada más?

—Puede usted estar con la luz encendida; pero no vaya usted con ella a las habitaciones que dan a la calle. Esta casa está deshabitada y tiene dos salidas. Si por una casualidad, que me parece improbable, vinieran a buscarle por el lado por donde hemos entrado, puede usted escaparse por esta otra parte. La llave está en la puerta.

—Bueno. Entendido.

—¿Quiere usted alguna cosa?

—Si no le molesta a usted, le diría que cree que sería conveniente el que fuera usted mañana al Salón de Cortes a hacer como que va a visitar al preso y ver lo que dicen de su fuga.

—Sí, sí; tiene usted razón. Así lo haré.

Dicho esto, la señora Landon me dió las buenas noches y me dejó solo. Cené, me acosté y dormí perfectamente hasta las siete.

Me levanté a esta hora y recorrí la casa.

Las habitaciones que daban a la calle estaban cerradas; el suelo y los muebles, cubiertos de una capa de polvo. En los grandes espejos deslustrados me veía en la semiobscuridad como un duende.

Salí al momento al jardín. Era grande, tenía naranjos y palmeras y comunicaba únicamente con el de la señora Landon. Una pared muy alta lo separaba de un convento.

Me paseé una hora, escudriñé en un antiguo invernadero, con las puertas podridas y los cristales rotos y después entré en la casa; recorrí los salones, y en uno encontré un armario abierto lleno de libros encuadernados en pergamino. Casi todos estaban en latín, y únicamente vi en castellano la historia de la conquista de Méjico, por el capitán Bernal Díaz del Castillo, y el libro de mi paisano William Bowles, la Introducción a la Historia Natural y a la Geografía de España.

Leí alternativamente uno y otro libro y me engolfé de tal modo en la lectura, que cuando miré al reloj eran las doce.

Bajé al jardín, y la señora Landon, desde su ventana, me dijo que me acercase.

Había estado en la cárcel, y al llegar al patio de la torre se había encontrado con los artilleros asombrados y risueños.

—El inglés ha volado—le dijo el sargento guardaalmacén.

—¿Cómo? ¿Ha huído?—le preguntó ella.

—Sí.

—¿Por dónde?

—Pues no se sabe. Es un misterio.

El sargento le contó que por la mañana, al ver la puerta cerrada por dentro, habían creído que el inglés estaría enfermo y llamaron repetidas veces, y en vista de que no contestaba descerrajaron la puerta y entraron. En el cuarto del preso se vió que estaba rota una sábana de la cama; en el campanario se encontró una peineta de mujer, y en el zaguán de la torre un fuerte olor a aguarrás.

Algunos creían que el inglés había huído por arte de magia.

En aquel momento dos capitanes hacían un informe para resolver cómo se había podido llevar a cabo la evasión.

Después de contarme esto, la señora Landon mandó que me pasaran la comida, y por la tarde me dediqué a leer.

Al tercer día de cautiverio la señora Landon vino a visitarme y me dijo que había visto al subdelegado de policía y le había confesado que yo estaba en su casa. El subdelegado le advirtió que no me presentara en la calle, pero que no tenía necesidad de esconderme.

El mismo día la señora Landon me indicó que me iba a llevar por la noche a casa de un sastre; le dije que en aquel momento yo no tenía dinero, a lo que contestó que no importaba. Como la señora Landon era tan dominante, tuve que ceder y fuí con ella en coche a ver al sastre, que llegaba de Gibraltar.

Era este sastre un francés de caricatura inglesa: alto, flaco, con los hombros más altos que la cabeza, la cara juanetuda y amarilla y las piernas delgadas. No le faltaba para ser un tipo de Gillrray mas que llevar las pantorrillas al aire, coleta y papillotes, y una rana en la mano.

El sastre nos elogió sus telas con grandes extremos y nos mostró sus trajes hechos.

La señora Landon escogió una levita verde botella que, según dijo, me venía muy bien, dos chalecos de piqué y un pantalón claro.

Después pasamos por una sombrerería, donde me compró un sombrero de copa; luego, por una zapatería, y volvimos con nuestras compras.

—Ahora, señor Thompson, va usted a hacer lo siguiente: Mañana por la mañana, antes de que se hayan levantado mis criadas, irá usted al sitio en donde paran las diligencias con un maletín en la mano; esperará usted que venga una, y en seguida tomará usted un coche, dará las señas de mi casa, y se presentará usted aquí y llamará a la puerta. Pasará usted por mi sobrino.

Hice lo que me dijo, y al día siguiente llamaba a la puerta haciendo mi papel de extranjero. La criada me hacía entrar en la sala, y la señora Landon me recibía con una mezcla de displicencia y afecto, como si fuera de verdad un pariente importuno.

VIII. DILEMA

Los días siguientes fuí presentado a los amigos como sobrino de la señora Landon, y llegó esta señora a estar tan bien en su papel de tía, que me acusaba de holgazán y vagabundo, como si me conociera a fondo.

Aunque lo pasaba bien, me aburría sin salir; tenía grandes conversaciones con Mercedes, a quien llamaba mi prima, en broma. Le conté mi vida sin ocultarle nada, y ella me habló de su novio, un muchacho de Sevilla, que estaba en el ejército, por quien sentía la señora Landon un gran odio.

Un día, la señora Landon me llamó a su gabinete, y me dijo:

—Habla usted bastante con mi sobrina Mercedes.

—Sí.

—Mi sobrina, que, como habrá usted notado, es bastante coqueta, tiene una bonita renta, y le convendría a usted, que es un vagabundo sin un cuarto.

—Ciertamente que me convendría—le dije—; pero como yo, aunque sea un vagabundo, no soy un granuja, ni siquiera un ambicioso, no tengo pretensiones con respecto a ella. No. Conozco mi situación.

—No me entiende usted—dijo la señora Landon—. No me parece mal que se dirija usted a ella.

—Pero hay un inconveniente, señora.

—¿Cuál?

—Que ella tiene un novio.

—Sí; un miserable botarate, raquítico, inútil para todo.

—Pero ella le quiere.

—Pues piense usted que no le quiere. En fin, ya sabe usted. Si usted consigue que Mercedes olvide a ese mico, usted aquí será el amo; si no, ya se puede usted marchar de esta casa cuanto antes. Ocho días le doy de plazo.

Tuve una conferencia con Mercedes, y le dije lo que me había expuesto la señora Landon.

—Me ha dado ocho días para hacer su conquista. Como yo no me siento ningún Don Juan, me voy a marchar.

Ella me dijo que no me fuera; pero como el dilema era irme o casarme con ella, Merceditas optó porque me marchase.

—¿Tiene usted dinero?—me dijo.

—No.

—Yo no tengo mas que dos monedas de cinco duros, que se las ofrezco.

—No; no quiero.

—Las tendrá usted que tomar.

—Bueno; las tomaré.

—¿Y cuándo se va usted?

—Mañana mismo. Llevaré de la biblioteca este libro de Historia Natural de William Bowles.

—Sí, sí; puede usted llevárselos todos, si quiere.

Al anochecer salí de la casa y fuí a ver al banquero y representante de Bertrán de Lis, por si tenía alguna noticia de Inglaterra.

Al entrar en la cárcel le había escrito a Will Tick diciéndole lo que me pasaba y encargándole que si tenía algo que decirme escribiera al banquero de Sevilla.

El banquero me dijo que no le habían escrito absolutamente nada.

Únicamente sabía que, por encargo de los filohelenos de Londres, se estaban comprando armas en Algeciras, que se llevarían en un barco que pasaría por el Estrecho con voluntarios, en dirección a Grecia.

Volví a casa, y por la noche escribí una carta a la señora Landon dándole las gracias por sus bondades, y al amanecer me vestí mi redingote viejo y la ropa que había sacado de Madrid; abrí la puerta, crucé Sevilla y me dirigí camino de Jimena.

IX. DE VIAJE

Tomé mi camino hacia Gibraltar por Utrera. Era a principios de noviembre y hacía un hermoso tiempo para viajar. Las horas de sol apretaba el calor, pero no de una manera molesta.

Solía dormir en el campo; compraba pan en los pueblos, y con pan y fruta me alimentaba.

Me sirvió mucho el libro de William Bowles que había sacado de casa de la señora Landon, y gracias a sus indicaciones pude desayunarme con los frutos del madroño (arbustus unedo), del alfonsigo (pistacia vera) y del algarrobo (seratonia silicua), que produce vainas azucaradas. También tuve que explotar, en malas ocasiones, la glycyrrhiza gladia o regaliz y el opuntia vulgaris o higo chumbo.

Lo pasaba mal que bien siguiendo mi camino cuando, al comenzar a subir una sierra, entre El Bosque y Ubrique, me encontré con un aldeano que marchaba con su hija a Gibraltar; los dos a caballo.

El era hombre de cincuenta años, muy moreno y muy seco, con patillas ya grises. Ella tendría lo más unos quince o diez y seis, y era preciosa, delgada, fina, con los ojos negros, llameantes, la cara redonda y los labios rojos.

Hablamos largamente el hombre y yo; me dijo que viajaba con frecuencia y que hacía contrabando. El se llamaba el señor Juan; la niña, Milagros. Yo les conté quién era y algunas de mis aventuras, y los dos se rieron mucho.

—Vaya, móntese usted a la grupa de mi caballo—me dijo él—, que me va dando pena verle caminar a pie.

Subí al caballo y seguimos conversando y marchando por entre breñales secos, abruptos, interrumpidos muy de tarde en tarde por matas polvorientas y lentiscos.

En los picachos áridos, quemados por el sol, se veían algunas cabras, y las águilas volaban trazando grandes curvas por el aire.

—¿Y qué? ¿No tiene usted miedo a los bandidos?—me dijo de pronto ella.

—Yo, ninguno. ¿A mí qué me van a hacer, si no tengo un cuarto?

—Quitarle la vida.

—¿Para qué?

—¿No le han ofrecido allí en Sevilla un seguro para los ladrones?—me preguntó él.

—A mí, no. ¿Es que hay un seguro así?

—Sí, señor. En toda Andalucía tiene usted seguros contra los ladrones. El propietario que viaja y no quiere ser robado paga una cantidad a la sociedad, y ésta le da un salvoconducto y a veces una pequeña escolta.

—¿Pero el Gobierno no hace nada para acabar con esta inmoralidad?

—Nada. El Gobierno de la Constitución parece que ha querido hacer algo; pero con la entrada de los franceses se ha acabado todo el orden, y la gente perdida anda por los caminos como Pedro por su casa.

Mientras el señor Juan hablaba, su hija me examinaba con una mirada curiosa e irónica.

Ibamos marchando por un mal camino ardoroso y polvoriento, por la sierra, entre grandes encinas y algarrobos.

Antes de llegar a Ubrique paramos en una venta del camino.

—¿Usted hará noche aquí?—me dijo el señor Juan.

—¿Es buena venta ésta?—le pregunté.

—Muy buena.

—Es que no me quedan mas que unas pocas pesetas para llegar a Algeciras y no me atrevo a gastarlas.

—No tenga usted cuidado. No le llevarán aquí casi nada.

Bajamos en la venta, y el ventero, un tipo no muy bien encarado, nos llevó a los tres a la cocina. Estuvimos charlando, cenamos, y después de cenar se armó un bailoteo de padre y muy señor mío con la Milagros y otras chicas de la venta y unos mozos arrieros.

Los tales arrieros me parecieron un tanto desvergonzados. El señor Juan me presentó a ellos.

Se llamaban el Gavilán, el Moreno, el tío Malaspulgas y el Manquillo; todos iban muy elegantes.

Me chocó que obedecieran al señor Juan ciegamente, y éste me dijo que eran sus mozos.

Yo tuve que bailar y lucir las habilidades que había aprendido en Sevilla en la academia de Alvarez de Acuña.

—¡Olé por el inglés! ¡Ahí la sangrecita gitana! ¡Vaya calor!—me gritaban.

Estuvimos de broma hasta media noche.

Cansado y con el recuerdo de la Milagros en el cerebro me eché en un colchón y me quedé dormido.

Desperté ya entrada la mañana. Bajé a la cocina y no había nadie. Llamé, no me contestaron. La puerta estaba cerrada.

Entré en un cuarto próximo a la cocina y me chocó ver en un rincón dos trabucos y varios paquetes.

¿Quizá aquél era un nido de contrabandistas? Salí al zaguán y quedé atónito y espantado al ver en el suelo un reguero de sangre. Este reguero manchaba el portal y la cocina, seguía por un corralillo y terminaba en un rincón, donde la tierra estaba removida. La idea de que allí acababan de enterrar a un hombre me sobrecogió.

Entonces recordé vagamente que de noche había oído ruido y rumores de lucha. ¿Este señor Juan y su hija y sus mozos serían bandidos?

Me pareció que no cabía duda, y sin pensar en más escalé la tapia del corral, salté al campo y salí a marchas forzadas camino de Ubrique.

Al registrarme los bolsillos vi que me habían robado el poco dinero que llevaba, dejándome solamente unas monedas de cobre.

X. UN LOCO

Pasé Ubrique, pueblo bastante mísero, en donde todo el mundo se dedicaba a hacer contrabando con la mayor impunidad y a coser petacas de cuero. Me chocó que se vendiera el tabaco de contrabando a la vista de todo el mundo, y me dijeron que el Gobierno español no se atrevía a mandar aduaneros.

Los ubriqueños estaban dispuestos a defender su prerrogativa de hacer contrabando con la sangre de sus venas.

Desde Ubrique me interné en la sierra de los Gazules y llegué a Jimena.

Entraba en este pueblo por una callejuela cuando me vi seguido por un hombre alto, delgado, moreno, con los ojos muy hundidos y la barba negra, manchada de plata. Me esperaba algún nuevo percance. Me detuve dispuesto a afrontar el conflicto. El hombre se me acercó y me dijo con una voz bronca:

—¿Es usted godo?

Hice un gesto de extrañeza, que lo mismo podía ser afirmativo que negativo.

El hombre debió creer que decía que sí, y sacando una hoja del bolsillo exclamó:

—Tome usted y lea usted.

Cogí el papel, que era un impreso, y comencé a leerlo. Se trataba de un manifiesto anticonstitucional completamente absurdo en donde se protestaba de las impiedades de la época. El manifiesto terminaba diciendo: «¡Viva la religión! ¡Viva el Cid! ¡Viva el honor castellano! ¡Abajo el vil judío que mora en Gibraltar!

»Dado en Jimena de la Frontera el 15 de agosto de 1823.—Yo el Rey.»

Después de leer el papel sonreí, comprendiendo que aquel pobre hombre no andaba bien del caletre, e hice una señal de asentimiento, y el loco, agarrándome del brazo, me dijo:

—¿Me reconoce usted como soberano?

—Sí, señor.

—¿Me traerá usted la cabeza del traidor Riego?

—Ahora mismo.

—¿Sabe usted dónde está ese pillo?

—Sí; necesitaría una cuerda para atarlo.

—Ahora vengo con ella.

El loco echó a correr y yo me metí en una posada. Pedí noticias de aquel desdichado, y me dijeron que las cuestiones políticas le habían sorbido el seso; se habló también de los bandidos que merodeaban en la sierra; pero yo no dije nada ni indiqué que los conocía.

Por la tarde salí de Jimena, y poco después comencé a ver el mar.

El paisaje cambiaba; se veían grandes piteras y chozas con el tejado de ramaje y de hierba.

Ya enfrente de la bahía encontré a un guardia del resguardo, que me indicó el camino de Algeciras.

XI. EL COPO

Llegué a Algeciras un día de noviembre por la mañana, cansado y sin una moneda de cobre; antes de entrar en el pueblo me acerqué a la playa de los Paredones, y viendo que no había nadie me desnudé, dejé la ropa sujeta con una piedra y me metí en el mar.

El agua estaba templada; me froté el cuerpo con manojos de algas secas y con arena.

El baño me quitó la comezón del camino y me dió un gran sueño y mucha hambre.

Me hubiera gustado ser como el asno de Buridán, que me hubiesen puesto a un lado una ración de comida y al otro unos colchones, para demostrar, eligiendo, que tenía libre albedrío.

Como no estaba de suerte, no pude satisfacer mis dos necesidades de comer y dormir, y me decidí por aquella que no me costaba nada, y me tumbé al lado de una barca, de manera que el sol no me diese en la cabeza.

Dormí bastantes horas, y cuando me desperté me encontré rodeado de un círculo de muchachos y de algún hombre, haraposos todos, que me miraban hablando y riendo.

—Este es un gigante—decía uno.

—¡Ca! ¡Es un elefante!

—Pues las patas las tiene de camello.

—No vaya a ser un ballenato que se ha escapado de la jaula.

—¿A qué va a venir aquí un ballenato, compadre?

—Quizá quiera tomar lecciones para sacar el copo.

—Señores—dije yo, incorporándome—, no soy nada de lo que dicen ustedes; soy un ciudadano inglés que en este momento bosteza de hambre.

—¡Ah! Es un inglé—exclamaron todos.

—Pues, nada—dijo uno—: si tiene usted tanta carpanta, tire usted del copo con nosotros y tendrá usted su parte.

—Tiraré aunque sea de una carreta por comer.

Quizá el hombre había hecho su ofrecimiento con ironía; pero al ver que yo aceptaba su proposición se quedó sorprendido.

Me enteré en qué consistía el copo; me quité la levita, que dejé en una caseta de la playa, cogí una cuerda de esparto con un corcho en la punta y me puse a tirar de la sirga como los demás.

Teníamos ya las redes cerca de la playa cuando se nos acercó un vejete.

—No cogeréis más de dos pájaros—nos dijo.

El pronunciaba páharos.

—Así revientes, pájaro de mal agüero—murmuré yo.

Se sacó el copo, salieron en la red un amontonamiento de peces grandes, y de pececillos, y se presentaron en seguida varios hombres a ofrecer dinero por el pescado. Se terminó la subasta y se sacaron cincuenta reales, de los que me correspondieron a mí tres. Al parecer fué una buena pesca. Concluída la faena me lavé y me puse la levita.

—¿Dónde coméis vosotros?—le dije a uno de los muchachos compañeros míos de tirar del copo.

Cada uno me indicó un sitio distinto y me decidí a ir a un figón con uno a quien llamaban Cara e perro, que me inspiró más confianza. Comí en el muelle, en una taberna, cerca de donde sale al mar el río de la Miel, y fraternicé con Cara e perro, el Currichi, el Mojama, el Chirri, el Rondeño y otros personajes distinguidos.

Estaba pensando en el problema de acostarme cuando se presentó en la taberna un hombre de unos veinticinco años, en compañía de un viejo.

El joven se acercó a la mesa.

—Tú, Chirri—dijo de una manera imperiosa—, vete a casa del Nacional y dile que mañana esté listo para las siete.

El Chirri se levantó inmediatamente y salió escapado.

—¿Quién es este señor?—pregunté yo, señalando al hombre del bigote.

—Este es Paquito, nuestro patrón—me dijeron—, el amo de la red de la que ha tenido usted que tirar esta mañana, y de los botes.

—¿El no suele estar allá?

—No; él tiene dos barcas, una grande, con la que hace el contrabando, que se llama el Lince, y otra más pequeña, la Consolación.

Al mismo tiempo el dueño de las barcas y el viejo que le acompañaba debían hablar de mí. Paquito llamó a uno de los muchachos que estaban en mi mesa, que después se me acercó.

—El patrón—me dijo—quiere hablar con usted.

Me levanté y fuí a su mesa.

—Siéntese usted—me dijo Paquito—y tome usted lo que quiera.

Me senté y pedí una taza de café.

Era el patrón un hombre de unos treinta años, delgado, seco, curtido por el sol y el aire del mar, con los ojos brillantes y el bigote negro.

—¿Es usted inglés?—me preguntó de pronto.

—Sí, señor.

—Me han contado que ha estado usted esta tarde tirando del copo.

—Es verdad.

—¿Ha sido por capricho?

—No. Por ganar unos cuartos para comer. Se me ha concluído el dinero que traía...

—Eso está bien. Puede uno ser más caballero que el verbo divino y tener las manos callosas del trabajo... ¿Viene usted de Gibraltar?

—No, vengo por Francia.

—Y, oiga usted, ¿ha venido usted a España por pasear nada más?

—No.

Y en seguida eché mano del mito Cox y lo desarrollé ante los ojos del patrón.

—¿Le ha gustado a usted España?

—Mucho. Es un país por el que tengo gran simpatía.

—Chóquela usted. No le falta a usted más que una cosa para tenerme de su parte.

—¿Y es?

—El ser liberal.

—Pues lo soy.

—Es usted de los míos. ¿Cómo se llama usted, señor inglés?

—Yo, Thompson.

—Bueno, señor Thompson, aquí tiene usted un amigo.

—Muchas gracias.

—¿Qué necesita usted por el momento?

—Un sitio donde comer y dormir hasta que me manden dinero de mi país.

—Vendrá usted a mi casa. ¡Hala, vamos!

Salimos de la taberna, tomamos por una calle en cuesta a salir a una hermosa plaza, y de allá seguimos por una avenida hasta detenernos en una casita de un piso solo con una puerta grande y un escalón.

—Pase usted, Thompson—me dijo Paquito, y yo pasé.

XII. LA FAMILIA DEL PATRÓN

Me presentó Paquito a su mujer y a su madre y ordenó después que me arreglaran un cuarto. Estuvimos hablando de varias cosas. Paquito, como todos los liberales españoles, altos y bajos, tenía la preocupación de la política y me preguntó acerca de las costumbres parlamentarias inglesas, estas costumbres que son, según parece, un gran honor para todo inglés, aunque a mí, la verdad, me han dejado siempre un tanto indiferente.

Luego hablamos de la posibilidad de que la reacción, entronizada por los Cien Mil Hijos de San Luis en España, se sostuviera o no. Paquito tenía la esperanza de un movimiento revolucionario. A mí no me parecía esto probable, y menos próximo, porque la mayoría de la gente había quedado cansada de los ensayos infructuosos de los constitucionales.

Acabada nuestra charla me llevaron a un cuarto pequeño y encalado que me cedieron.

Paquito se mostraba en su casa, a pesar de su liberalismo, perfectamente tiránico. Era exigente, gruñón; todo lo que hacían los demás le parecía detestable y únicamente manifestaba benevolencia para sus faltas.

La madre era por el estilo: una vieja que reñía por costumbre y hablaba con una rapidez incomprensible para mí. Siempre se quejaba de frío.

Muchas veces que yo estaba sofocado por la tibieza del ambiente le oía lamentarse de que no cerraban las puertas:

—¡Jesús! ¡Dios mío! ¡Qué frío hace hoy! ¡Me quieren matar! ¡Yo no puedo resistir este viento, que corta! Santo Cristo de la Alameda, ¿por qué no me habrá quitado Dios de en medio, que no sirvo mas que de estorbo a todo el mundo?

Así iba esta vieja engarzando quejas y conjurando todos los santos y santas del calendario.

La mujer de Paquito parecía una princesita condenada a vivir entre piratas. Tenía un aire resignado, unos ojos claros, ingenuos y una gran suavidad. Era hija de un militar que había guerreado en América. Había quedado huérfana muy niña. Se llamaba Dolores. Me pareció que en la casa no la guardaban consideración alguna y que la hacían trabajar demasiado.

El matrimonio tenía un chico y una chica. El chico era un salvaje de seis o siete años, despótico y mal educado. Yo estuve muchas veces a punto de calentarle las orejas porque se manifestaba de muy mala intención. El chiquillo llegó a tomarme odio.

Al cuarto o quinto día de llegar a Algeciras fuí a ver al cónsul inglés, que me proporcionó trabajo para una temporada.

Le dije que estaba en relación con los filohelenos de Londres, y él me informó de que iba a llegar un barco con soldados para Grecia.

Cuando cobré el dinero del cónsul hablé con Dolores, la mujer de Paquito, para que me dijera lo que tenía que pagar por estar en su casa.

Nos pusimos de acuerdo, y quedé allá, en mi cuartito pequeño, escribiendo y pintando. Por la tarde solía dar un paseo por la playa, y recorría también las calles del pueblo, con sus grandes caserones blancos, con balconadas salientes, adornadas con hierros barrocos, sus rejas, sus canalones y sus persianas pintadas de verde.

Paseaba también por la plaza Alta y por una avenida, cuyas bocacalles iban a dar a la bahía, y por las cuales se divisaba el cielo y el mar.

Como se estaba en un período de política revuelta, todos los días había algún acontecimiento. A medida que los ministros de Fernando VII se apoderaban del Poder la represión era mayor. Se hacían prisiones, y llegaban constantemente cuerdas de presos que el comandante del campo de Gibraltar, don José O'Donnell, enviaba a los presidios de Africa.

Un día vi en la plaza Alta un espectáculo triste. Un constitucional, un hombre viejo, de noble aspecto, se escapó de la cuerda; dos voluntarios realistas le siguieron gritando: «¡A ése! ¡A ése!» La gente fué tras él, le cogieron y a palos lo dejaron tendido en el suelo.

El pueblo entero manifestaba un gran fervor realista; se había sustituído la lápida de la Constitución por otra con el letrero: «Plaza del Rey», con las armas de la ciudad y una corona. Paquito, que estaba señalado como liberal exaltado, no salía apenas, y muchos, entre ellos yo, le aconsejaron que fuera a Gibraltar y que no viniese mas que de tarde en tarde. Esto fué lo que hizo.

Yo me alegré mucho, no por la seguridad de Paquito, que me tenía sin cuidado, sino por hablar libremente con Dolores. La verdad es que me iba enamorando de ella por momentos. ¡Era una mujer tan simpática, tan buena! No me cansaba de oírla.

Ya sé yo que hay un mandamiento, no se cuál, que dice que no se debe desear la mujer del prójimo; pero esto siempre me ha parecido una tontería; yo, no sólo deseaba la mujer de mi prójimo, sino que se la hubiera quitado si hubiese podido.

Cuando Dolores quedó sola con su suegra y los chicos, yo le decía que saliera, que no estuviera siempre metida en casa.

Un domingo dimos una vuelta por la bahía en el Lince, una barca grande. El Chirri iba al cuidado de la vela y yo al timón.

Estaba el cielo azul y el mar casi tan azul como el cielo.

Enfrente se divisaba el Peñón, de un color gris de ceniza, obscuro en los sitios cubiertos de bosque y alargado hasta la punta de Europa...

Dolores me habló de su infancia, de la que conservaba un recuerdo confuso de idas y venidas por colegios de distintas ciudades; me contó una serie de niñerías con verdadera gracia. Yo le hacía mil preguntas y le oía encantado.

El barco marchaba suavemente; veía desarrollarse ante mis ojos la línea quebrada de los montes formada por las últimas ramificaciones de la sierra de los Gazules.

A lo lejos aparecía la serranía de Ronda, los montes de Gaucín y Casares y los de Estepona.

Más cerca la sierra Carbonera, con San Roque en un alto; El Campamento, a orillas del mar, y luego La Línea sobre el arenal que une la tierra con Gibraltar.

—Vamos ya—dijo Dolores—, que la madre estará esperando.

—¿Qué prisa tiene usted para volver?—le pregunté yo.

—Sí, hay que hacer la cena.

—Deje usted la cena; por un día cenaremos más tarde. ¡El día está tan hermoso!

—Bueno—replicó ella.

Seguimos hablando. Avanzamos hasta la salida de la bahía. Estaba el Estrecho lleno de barcos, que navegaban con las velas desplegadas. Pasamos cerca de las murallas, llenas de líquenes, de la isla Verde.

Ahora se veía el otro extremo de la gran bahía casi circular, la Punta Carnero, y a lo lejos, la costa de Africa, el acantilado blanquecino de los montes de Sierra Bullones y el pico de la Almina de Ceuta.

Seguimos hablando Dolores y yo largo rato, y al caer la tarde le dije al Chirri que volviéramos.

Pasamos de nuevo por delante de la isla Verde. El sol iba retirándose con lentitud, iba escalando las casas de Algeciras, brillaba en los cristales, subía a los tejados, los abandonaba e iluminaba el campanario de la iglesia con una claridad rojiza. La sierra parecía acercarse, y al borrarse sus repliegues tomaba el aspecto de una muralla que se levantara tras del pueblo. Las casas se destacaban con más claridad a la luz fría del crepúsculo.

El cielo tomaba un color de escarlata por el lado del mar y éste iba brillando con resplandores de rosa.

Al desembarcar, al acercarnos a Algeciras, las ventanas de las casas comenzaban a iluminarse; se oía en las tabernas rasguear de guitarras y se sentía un olor fuerte de aceite frío.

Desde el muelle fuimos hasta la plaza Alta.

Al pasar hacia casa oíamos la retreta en un cuartel.

Dos días después estaba en mi cuarto escribiendo, cuando se me presentó Paquito, con un aire grave, dramático.

Me advirtió que me tenía que hablar; hice ademán de oírle, y de repente me dijo que yo era un sinvergüenza, un ingrato y un canalla que estaba cortejando a su mujer. Negué yo el hecho, y entonces él me replicó que el domingo anterior había ido a pasear en la lancha con Dolores y que le había dicho que era muy guapa y otra porción de cosas.

—¿Quién le ha dicho a usted eso?

—Mi chico y el Chirri.

Me callé y no repliqué; él siguió insultándome, y después insultando a su mujer.

Esto no lo pude soportar y salté.

Ya furioso, le dije que era un botarate y que su mujer valía millones de veces más que él; que le tenía por un vanidoso y un farsante; que su liberalismo era una mentira, porque no era mas que envidia por los que podían y valían más que él, y, en último término, que estaba dispuesto a batirme con él a puñetazos, a navajazos o a tiros, porque le consideraba uno de los seres más despreciables y más ridículos de la tierra.

Mi indignación le enfrió a Paquito, y sin contestarme nada se marchó, dejándome solo e iracundo.

XIII. MAC CLAIR

Después de nuestra riña, toda la familia de Paquito se trasladó a Gibraltar, y yo quedé en una casa de la vecindad, en la más profunda desesperación.

Seguía trabajando para el cónsul, cuando recibí un carta de Will Tick anunciándome que pocos días después pasaría el Estrecho, en dirección a Grecia, una expedición de filohelenos.

Antes llegaría a Algeciras el coronel Mac Clair, que iba a comprar armas y municiones de guerra.

Saldría yo a recibirle al muelle y le reconocería, por ser un tipo alto y delgado, vestido con un ulster negro con rayas blancas, y que llevaría un bulto cuadrado envuelto en tela encerada en la mano derecha y un paraguas en la izquierda.

Efectivamente, lo reconocí. Era Mac Clair un hombre delgado, seco, de aire enfermizo. Tenía el pelo rojo, rizado, patillas cortas, bigote grueso y anteojos azules. Por debajo del ulster usaba redingote de color de castaña.

Llevé a mi casa a Mac Clair, y al día siguiente fuimos en coche a Tarifa, donde recogimos varias cajas de fusiles, escondidas cerca de la playa, y las embarcamos en una gabarra.

El coronel Mac Clair marchó después a Gibraltar, donde compró un ciento de fusiles españoles e ingleses.

El coronel me dijo que me avisaría la llegada del paquebot que venía de Londres con los filohelenos.

Efectivamente, quince días después me avisó. Con un tiempo muy malo salimos los dos en un falucho.

Fuimos hasta Tarifa, en donde teníamos nuestras cajas de fusiles, las embarcamos y esperamos toda una tarde y toda una noche.

Al día siguiente, el coronel reconoció el bergantín Fénix, al que esperábamos.

Nos acercamos al barco, que parecía un gran pez negro sobre el agua, y entramos en él.

Al pasar por delante de Algeciras se me humedecieron los ojos con el recuerdo de Dolores.

Estas cuartillas leí a mistress Hervés, en el mirador del castillo de Ondara, una tarde de verano.

Mi aventura en Grecia, quizá por ser insignificante, no la he escrito todavía. No sé si la escribiré alguna vez.

Itzea-Vera del Bidasoa.—Octubre, 1916.

FIN DE LA RUTA DEL AVENTURERO

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