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La rana viajera

UNA NUEVA BATRACOMIOMAQUIA

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La guerra ha terminado en todo el mundo excepto en España. Los alemanes se han rendido, pero no así los germanófilos, quienes siguen apoyando al káiser y cantando las victorias de Hindenburg. Los aliados, por nuestra parte, seguimos creyendo que Inglaterra y Francia representan la libertad, la democracia, el derecho de pueblos, etc., etc.

Es una nueva Batracomiomaquia, de la que el autor—modesta rana beligerante—le ofrece algunas notas a su público.

I LA GUERRA SOBRE EL PAPEL

Si los alemanes perdieron la guerra, no fue por culpa de los críticos germanófilos. Los críticos germanófilos han combatido con tanto ardor como el más heroico de los soldados alemanes. Fabián Vidal y Manuel Aznar pueden decir el trabajo que costaba desalojar a los críticos germanófilos de ciertas posiciones. Se destruían los últimos nidos de ametralladoras, Ludendorff ordenaba la retirada y los ejércitos aliados avanzaban, pero Armando Guerra no se rendía tan fácilmente. En sus mapas, la línea alemana manteníase intacta hasta tres o cuatro días después.

Cuando las tropas alemanas obtenían algún éxito, los críticos alemanes lo anotaban como un éxito propio, y en sus periódicos les aumentaban el sueldo.

—Estoy avanzando en Rusia, en Servia y en Rumania—debió de decirle a su director—. He echado de todas partes al crítico de la Corres, y creo que esto bien vale los doscientos duros...

En 1916, los críticos germanófilos llegaron a entrar en Verdun, en el propio Verdun, y si luego abandonaron la plaza, fue, sencillamente, porque el kronprinz no los siguió, y los pobres se encontraron allí solos, sin contacto ninguno con el ejército alemán...

Han luchado como unos héroes los críticos germanófilos; pero, últimamente, las cosas les han salido algo mal, y yo temo que les rebajen el sueldo, por la misma razón en virtud de la cual se lo subieron un día. En vano tratan de justificarse. Uno de ellos decía recientemente que el avance aliado carecía de mérito porque, según confesión francesa, los alemanes andaban escasos de armas. Pero ¿por qué andaban escasos de armas los alemanes? Pues simplemente porque los aliados les tomaron más de cuatro mil cañones desde el mes de julio. Supongamos que yo me lanzo con un cuchillo sobre el lector. El lector retrocede, para el golpe, y se pone a forcejear conmigo hasta que logra desarmarme. Luego me ataca con mi propio cuchillo, yo huyo, y El Debate, comentando el suceso, escribe: «La huida del Sr. Camba no constituye éxito ninguno para su lector, porque el Sr. Camba estaba desarmado...»

II EL PUEBLO DE LOS GASES LACRIMANTES

Una de las cosas que más le han servido a Alemania es la afición a la música. La gente no cree que los alemanes puedan ser crueles.

—¡Qué van a ser crueles!—dice la gente—. ¡Unos hombres tan tiernos! ¡Tan dulces! ¡Tan musicales!...

Son muy musicales, en efecto, los alemanes. Al más encarnizado perseguidor de armenios se le haría llorar tocándole una melopea. Desgraciadamente, es muy probable que siguiese machacando al armenio mientras sonaba la música. La sensibilidad ante la música no tiene para mí mucho más valor que la sensibilidad ante el zumo de cebolla. Si puede constituir una prueba de bondad, esta bondad no pasará nunca de ser una bondad baja y primitiva. Los misioneros y los exploradores solían tocarles el acordeón a los antropófagos africanos, a fin de ver si eran civilizables; pero utilizar el mismo procedimiento para contrastar la bondad alemana, francamente, me parece algo ofensivo.

Los alemanes son tiernos, son dulces, son musicales y lloran en el cinematógrafo. Yo recuerdo, a propósito de la ternura alemana, una Nochebuena que pasé en Berlín. La patrona de mi casa de huéspedes había comprado un pino, que los inquilinos se encargaron de adornar con ampollas de cristal coloreado, con algodón hidrófilo, con cintas de plata y oro, con bombillas eléctricas, con lentejuelas y con toda esa pacotilla sentimental a que había allí tanta afición. Sobre una mesa estaban los regalos que unos huéspedes se hacían a otros. A mí me habían regalado una corbata de siete colores, una cajetilla de sesenta «pfening», un tomo de poesías de Schiller, unos tirantes y un grupo escultórico en escayola, que representaba Psiquis y el Amor. Llegó la hora solemne. Se encendió el árbol, y la patrona produjo un gran jarro de vino caliente con especies aromáticas. Comenzamos todos a berrear en torno del pino:

—Weinachtsbaume... Weinachtsbaume...

Poco a poco, la pensión entera fue emborrachándose y enterneciéndose, y, al cabo de una hora, todo el mundo lloraba allí a lágrima viva. ¿Bondad? ¿Vino? ¿Música? ¿Estupidez?... Yo lo que sé es que cogí mi corbata, mi cajetilla, mi tomo de Schiller, mis tirantes y mi grupo escultórico de Psiquis y el Amor y que desaparecí. Aquel ambiente tan tierno me parecía indigno del centro de Europa. Yo me consideraba rebajado en él. Además, yo no creía que la bondad se caracterizase por la blandura ni por la humedad. Conocía muy bien a mis convecinos, y el que se les cayesen las lágrimas o el moco era para mí lo mismo que si les hubiese atacado el hipo.

¿Cuántos de aquellos hombres habrán tomado luego parte en el atropello de Bélgica? ¡Y quién sabe si alguno de ellos no habrá intervenido también en el bombardeo de París!...

Los alemanes son aficionados a la música como los chinos son aficionados al opio. Son un pueblo triste y llorón. Yo simbolizaría esta especie de sentimentalismo sin piedad que constituye su espíritu en una de sus últimas invenciones de guerra: los gases lacrimantes.

III SI LOS ALEMANES HUBIESEN GANADO

Terminada la guerra no hemos resuelto nada.

Nos esperan catástrofes, revoluciones, guerras, asolamientos y fieros males.

—¿Lo ve usted?—me dice un germanófilo—. Si los alemanes hubiesen ganado, no ocurriría nada de esto.

Y el caso es que, por primera vez, desde agosto del año 14, este germanófilo tiene razón. Si los alemanes hubiesen ganado, en efecto, el problema de las nacionalidades dejaría de ser un conflicto, porque todos seríamos alemanes. Todos seríamos alemanes, y hasta es posible que todos fuésemos rubios. Y, siendo alemanes todos los hombres, no tan sólo no habría conflictos internacionales, sino que no habría tampoco discusiones particulares. Todos tendríamos las mismas ideas. Los filósofos discurrirían por nosotros, y ¿quién duda de que las ideas hechas en las Universidades son siempre de mejor resultado que las que se hacen en casa?

El ciudadano se proveería de ideas lo mismo que de salchichas. La cuestión de las lenguas—el polaco, el armenio, el catalán, etc.—desaparecería por completo, ya que todo el mundo hablaría alemán. Se clasificarían todas las cosas. A los perros se les prohibiría ladrar, y a los socialistas se les negaría el uso de la palabra. En los paseos públicos habría unos bancos para niños, unos bancos para niñeras, unos bancos para ancianos, y quizás hubiese también unos bancos especiales para los candidatos al Parlamento: los chicos de tres años, cuando estuviesen cansados de jugar, irían de banco en banco, y, calándose unas gafas, estudiarían los diferentes letreros:

—¿Soy yo candidato?—se preguntaría Manolín—. ¿Soy una niñera?...

Si los alemanes hubiesen ganado, el individuo no tendría nada que hacer, y el Estado alemán se encargaría de todo. Uno cobraría, y el Estado se le llevaría a uno el dinero. Uno fumaría, y el Estado escupiría por uno. En España, es probable que la situación no hubiese variado gran cosa. Tendríamos también, seguramente, un gobierno Maura y un régimen de censura; pero como toda Europa estaría en condiciones análogas, no constituiríamos una excepción.

¡Qué orden, qué paz, qué tranquilidad las del mundo si, en vez de triunfar los aliados, hubiesen triunfado los alemanes! Entonces, nadie se hubiese vuelto contra los triunfadores. Ahora, en cambio, hasta los alemanes mismos van a tener que hacerse revolucionarios de veras.

IV EL LIBRO FUTURO

Un periódico, y no por cierto un periódico aliadófilo, hablando del destrozo de Alemania, decía: «Es inútil que los alemanes pretendan protestar. ¡Que lloren como mujeres lo que no han sabido defender como hombres!...» Parece, sin embargo, que los alemanes no lloran como mujeres lo que no han sabido defender como hombres. Antes bien, lo bailan, lo cantan y lo beben con gran regocijo. Según el Daily Mail—en una carta de su corresponsal en Berlín—la antigua capital del imperio se divierte como en sus mejores días. Alemania está deshaciéndose, y los mismos hombres que hace apenas unos meses lo sacrificaban todo por ella, hoy le dedican al fox-trot sus energías restantes.

—¿Es posible tanta depravación?—preguntará el lector.

Y yo, que he vivido dos años entre alemanes, le contesto:

—Sí; es posible. Y es posible... porque no es depravación.

A comienzos de la guerra, muchas gentes no creían que los alemanes fueran capaces de bombardear ciudades indefensas ni de hundir barcos de pasajeros. Yo sí lo creía. Y no es que yo tuviese de los alemanes peor concepto que mis interlocutores, sino que tenía un concepto distinto. Mis interlocutores suponían que para que un alemán matase a un niño en la guerra era preciso que ese alemán fuese un malvado. Yo, en cambio, opinaba que un alemán podía matar niños sin dejar por ello de ser un excelente padre de familia y un hombre sensible a las emociones de carácter más elevado. Hay mujeres que ni aun puestas en la cumbre del Mont-Blanc, como decía no sé quién, serían inaccesibles; mujeres que han caído mil veces y cuya alma, sin embargo, adivinamos más pura que la de una niña de seis años. Parece que no se enteran nunca. Pues la psicología de estas mujeres podría acaso servir para explicar la de ese alemán que con una rosa entre las páginas de un libro de versos se iba, tiernamente, a arrojar bombas de cuarenta kilos sobre los tejados de París...

Ahora, mientras Alemania se desmorona, Berlín arde en fiestas. ¿Depravación? Nada de eso. Lo que pasa es que los alemanes no se han enterado aún del resultado de la guerra. Saben que su ejército ha sido vencido; saben que el Káiser ha abdicado; saben todo esto vaga y confusamente; pero no saben nada más.

Dentro de veinte años, sin embargo, las cosas cambiarán radicalmente. Hacia esa época, un sabio profesor habrá publicado una obra enorme en muchos volúmenes muy gordos, estudiando la guerra, no sólo en su aspecto militar, sino en su aspecto social, en su aspecto político, en su aspecto económico y en todos sus aspectos. Probablemente, la primera parte de esta obra estará dedicada a las guerras de la Edad Antigua, cuando aun no existía Alemania. Quizás el autor habrá hecho también un estudio detenido sobre la catapulta, considerándola como punto de origen del mortero del 42. Y entonces, toda una generación de alemanes se calará las gafas, se pasará las noches en claro estudiando y se enterará exactamente de lo que le ha ocurrido a su patria desde el 1914 al 1918.

Todo el mundo sabe que los alemanes no suelen reír los chistes hasta veinticuatro horas después de haberlos oído, que es cuando «les ven la punta». Dentro de veinte años le verán también la punta a la guerra europea y romperán a llorar. Llorarán en verso y llorarán en música. Llorarán todos los violines, todas las arpas, todas las gaitas, todos los saxofones, todos los contrabajos del ex imperio. Alemania entera llorará, y llorará mucho; pero llorará tarde.

Y, mientras tanto, en el Palais des Dances, Alemania ríe a cien marcos por hora.

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