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La rana viajera

LA POLÍTICA

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En estos comentarios, que fueron escritos a fines del año 18 y comienzos del 19, el lector verá algunos nombres propios: Maura, Cierva, Dato, Sánchez de Toca, Romanones... Lo probable es que semejantes nombres no varíen, o bien porque sus titulares vivan indefinidamente, o bien porque, al morir, le dejen la herencia política a sus hijos. Y, aunque varíen los nombres, es indudable que las cosas no variarán. Es decir, que el lector del año 50 no tendrá que hacer, a lo sumo, nada más que la simple sustitución mental de unos apellidos por otros para convertir este pequeño trozo de historia en una página de actualidad palpitante.

I CEREBROS ARTIFICIALES PARA USO DE DIPUTADOS

El otro día, al salir del Congreso, me fui a cenar con un amigo diputado. Nos sirvieron de postre unas chirimoyas, fruta tropical, y mi amigo, con su chirimoya en la mano, comenzó a hablarme de la autonomía catalana. Yo le miraba, a la vez que le oía, y tenía una sensación así como si fuese de la chirimoya de donde mi amigo sacaba las ideas. De cuando en cuando, y coincidiendo con los momentos en que la argumentación exigía mayor sutileza, mi amigo oprimía nerviosamente la chirimoya, como si quisiera extraerle todo el jugo. Y entonces se me venía a la imaginación la imagen prodigiosa de Le Penseur, de Rodin. Hubo instantes en que yo temí que la chirimoya reventase en manos de mi amigo, quien, cuando no podía terminar un razonamiento, la apretaba de un modo verdaderamente suicida. Por fin, mi amigo se comió la chirimoya y dejó de hablar de la autonomía catalana. Pedimos la cuenta. Las chirimoyas costaban a cinco pesetas cada una. Y yo pensé que, para decirme lo que me había dicho, mi amigo hubiera podido arreglarse perfectamente con una fruta del país, como, por ejemplo, la naranja, que es bastante jugosa y que se encuentra al alcance de las fortunas más modestas.

Estamos ante problemas demasiado graves, y yo temo que nuestros cerebros, ociosos durante muchísimos años, no puedan ahora funcionar con la exactitud necesaria. Algunos diputados razonan con chirimoyas. Otros, vistos desde la tribuna de la Prensa, nos presentan unos cráneos largos y depilados, como melones. Y otros, en fin, más acres, cuando estrujan su pequeña masa encefálica, parece que estrujaran un limón. ¿Por qué no se harán máquinas de pensar, como se hacen máquinas de calcular? El Sr. Torres Quevedo, que ha hecho una máquina para jugar al ajedrez, podría, seguramente, con mucha más facilidad, hacer máquinas que estudiasen la cuestión catalana y vendérselas o alquilárselas a los señores diputados.

Podrían hacerse cerebros de celuloide, sólidos, prácticos y que, como se venderían mucho, resultarían bastante baratos; cerebros a los que se les diese cuerda para veinticuatro horas, o bien que tuviesen una ranura, como ciertos aparatos de gas, para que, al querer iluminar algún punto obscuro de nuestra política, bastase echar en ellos una moneda y aproximar un fósforo. La idea parecerá descabellada, pero yo me atrevería a apoyarla con un precedente: los cerebros alemanes. Minuciosamente preparados por el Estado y exactamente iguales unos a otros, los cerebros alemanes de la avant-guerre podrían considerarse como un producto industrial.

Claro que el día en que los españoles razonemos con unos cerebros artificiales, confeccionados al por mayor, perderemos toda nuestra variedad, tan pintoresca. Pero acaso sea precisamente esto lo que nos esté haciendo falta.

II LA INDUSTRIA ELECTORAL

Las elecciones son nuestra única industria nacional, y si se hicieran dos veces al año, España se depauperizaría. Hay pueblos en los que la cosecha representa unos diez mil duros anuales, la industria unos cinco mil, y las elecciones ciento o ciento cincuenta mil. ¡Y aun hay quien echa pestes contra la ley del Sufragio!

—¿Para qué queremos el voto?—se preguntan algunas gentes.

Y estas gentes, no sólo carecen de sentido político, sino que carecen también de todo instinto comercial. Queremos el voto para venderlo. La ley que nos ha proporcionado el derecho a votar nos ha asegurado con él una renta vitalicia. Un voto puede valer cinco, diez, veinte, cien, hasta doscientos duros. Muchos hombres en España ganan con su trabajo cincuenta duros al año, y con el voto obtienen el doble y el triple. Claro que es preciso votar a los candidatos conservadores. Los socialistas, que se las echan de protectores del pueblo, en realidad quieren robarle al pretender que el pueblo los vote gratis. ¡Falsos apóstoles!, como dice un colega...

Cuando llegan las elecciones es como si llegara una cosecha milagrosa. Una cosecha de cereales, de salchichones, de chorizos y de cigarros de a peseta con áureas sortijillas. El vino circula abundantemente en nuestros pueblos más miserables. Las gallinas, animadas de un fuego sagrado, dijérase que ponen los huevos ya cocidos y todo. Los corderos nacen asados. España come y bebe a sus anchas.

¿Y son los socialistas quienes censuran al Sr. Maura por echar sobre el pueblo español esta bendición de unas elecciones generales? Pues que el decreto de disolución se retrase unos meses más, y con lo cara que está la vida, España se morirá de hambre. Es preciso acabar con esta leyenda de que un candidato no es importante más que como un diputado en potencia. Lo importante no es el diputado, sino el candidato. Lo importante no es el Parlamento, sino el período electoral. Un hombre que se deja en un distrito de cincuenta mil duros para arriba es, indudablemente, un hombre que favorece al distrito, y el pueblo, agradecido, debe votarle...

A no ser que el candidato contrario se deje lo doble.

III UNA CARTA

Un lector me envía la siguiente carta:

«Sr. D. Julio Camba.

Muy señor mío: Su artículo sobre las elecciones, publicado en El Sol del día 13, contiene varias inexactitudes que me apresuro a rectificar. Dice usted que los votos constituyen en España una gran industria. ¡Ay, señor Camba! Como tantas otras, esta industria ha venido aquí considerablemente a menos. La concurrencia es terrible. Hay quien vende su voto por dos duros. Hay quien lo da a cambio de una comida, de un paseo en automóvil o de un cigarro puro. Hay quien vota por amistad, y hay algo mucho peor aún: hay quien vota por convicciones políticas. Y así se explica el que se presenten candidatos hombres que no tienen donde caerse muertos.

Yo creo que se debiera constituir una liga de electores imponiendo una tarifa mínima para los votos. Esta sería, a mi juicio, la única manera práctica de que los ciudadanos hiciéramos valer nuestros derechos. Cinco duros por voto, y si los candidatos no aceptaban, iríamos a la huelga. Y no me hable usted de inmoralidad. El hecho de que usted cobre sus artículos no quiere decir que usted venda sus ideas. En realidad, un escritor no tiene verdadera independencia de pensamiento mientras no puede vivir de su pluma, y algo de esto ocurre también con el elector. ¿Sabe usted lo que yo he tenido que hacer en las elecciones pasadas para valorizar un tanto mi derecho de elector? Pues he tenido que votar dos veces: una por un candidato monárquico, y otra, por un republicano.

Porque eso de que los candidatos conservadores son quienes pagan mejor los votos, tampoco es exacto, señor Camba. Cuando están en el Poder, ¿qué necesidad tienen de pagarlos? Generalmente, ni siquiera se toman la molestia de echarnos un discurso.

Desengáñese usted. Para levantar un poco la industria electoral no hay más procedimiento que la Liga. Recientemente se hablaba de señalar sueldo a los diputados. Muy bien; pero que los diputados comiencen por pagar a sus electores. Y mientras haya gentes que voten de balde, yo no podré creer que el derecho a votar represente para el pueblo conquista ninguna...»

Hasta aquí la carta de mi comunicante. Yo, en prueba de imparcialidad, la reproduzco íntegra.

IV EL AUTOR NECESITA UN DISTRITO

En estos hermosos días de mayo, para estar a tono con las costumbres y no hacer entre mis contemporáneos un papel despreciable, yo necesito dos cosas: un distrito y un sombrero de paja.

Casi todo el mundo tiene un distrito y un sombrero de paja. Algunos tienen sombrero de paja y carecen de distrito. Otros tienen el distrito únicamente, pero podrán contarse con los dedos de una mano los españoles que se encuentren hoy, a la vez, sin distrito y sin sombrero.

Lector: ¿No tendrá usted por ahí algún distrito suelto que ofrecerme? ¿Ha mirado usted bien?...

Todos mis amigos tienen distrito, y hasta hay quien hace gala de dos o tres. A juzgar por las apariencias, en España hay muchos más distritos que candidatos, y muchos más ciudadanos elegibles que ciudadanos electores. Hombres que se han pasado el invierno sin gabán comparecen ahora en la tertulia del café con distritos magníficos. No me extrañaría nada que alguno de ellos empeñara el suyo...

Es muy hermosa la libertad del hombre soltero; pero cuando uno se va haciendo un poco viejo y comienza a padecer del estómago, echa de menos una mano amante que le arrope bien en la cama y le sirva tacitas de caldo. También es muy hermosa la situación del escritor independiente; pero no en época de elecciones. En época de elecciones, ¿quién no siente el anhelo de un partido político, un partido cariñoso que le dé un distrito así como le daría un caldo la tierna esposa?

Al salir a la calle y coger su sombrero, su bastón y sus guantes, uno tiene estos días la sensación de que le falta algo todavía, y lo que le falta es un distrito. Luego, en la tertulia habitual, así que todos los amigos se ponen a hablar de sus distritos respectivos, el hombre que carece de distrito es algo así como un paria. Los camareros mismos le sirven de cualquier manera. El limpiabotas no acude a sus requerimientos...

La vida sin distrito ha llegado a parecerme ya una carga insoportable. Me figuro que las gentes me señalan en la calle diciéndose:—He ahí un hombre que no tiene distrito. Y por esto me dirijo al lector pidiéndole uno. Después de todo, un distrito se le da a cualquiera. Haga el lector un pequeño esfuerzo. Necesito un distrito, y lo necesito de toda necesidad.

V ESPAÑA, EMPORIO DEL PARLAMENTARISMO

Qué se entiende por un hombre muy parlamentario?

En España, por un hombre muy parlamentario se enriende un hombre que tiene mucho parlamento. El señor Dato, por ejemplo, y el señor conde de Romanones son hombres muy parlamentarios. También es bastante parlamentario el Sr. García Prieto. Y yo mismo, que a primera vista no parezco nada parlamentario, lo soy, sin embargo, considerablemente más que la mayoría de los españoles: tengo numerosos amigos diputados, puedo tomar café en el Congreso, puedo utilizar la franquicia postal parlamentaria...

Cuando el Sr. Maura disolvió las Cortes, dijo que lo hacía porque siendo un hombre muy parlamentario, no quería aprobar los presupuestos a espaldas de la representación nacional. La representación nacional era entonces datista, romanonista, albista, socialista, etcétera, y el Sr. Maura necesitaba una representación nacional maurista a fin de no gobernar a espaldas del país, sino de acuerdo con él. Necesitaba un Parlamento, en fin, para que no se dijese de él que era un gobernante antiparlamentario.

Y como necesitaba un Parlamento, el Sr. Maura—y quien dice el Sr. Maura dice el Sr. Cierva—se dedicó a hacerlo. Primero, el jefe del Gobierno eligió los candidatos. Luego, los candidatos eligieron a los electores. Y, dentro de pocos días, el Sr. Maura tendrá un Parlamento propio, así como algunos señores tienen un teatro casero.

¿Quién ha dicho que aquí se gobierna arbitrariamente, sin tener en cuenta los gustos ni las aficiones del país? Aquí no se hace semejante cosa. El país ha derramado su sangre para conseguir el régimen parlamentario, y respetuosos de la voluntad nacional, a cada Gobierno le damos aquí su Parlamento correspondiente. En el mismo espacio de tiempo, ninguna nación ha tenido tantos Parlamentos como España. España es, indudablemente, el pueblo más parlamentario del mundo.

VI LOS MINISTROS NUEVOS

Cuando caiga el actual Gobierno, nuestro presupuesto de gastos se encontrará gravado con unas cuantas cesantías más. ¡Para que la gente pida ministros nuevos!

¿Qué se entiende por un ministro nuevo? Por un ministro nuevo no se entiende un ministro joven ni un ministro distinto de los otros ministros, sino un hombre que es ministro por primera vez. Un ministro nuevo suele ser un subsecretario viejo, un gobernador viejo o un general viejo... El marqués de Mochales llegó a ministro y se murió; pero este lamentable suceso será único en nuestra historia. La mayoría de los políticos no consideran colmada su ambición al llegar a ministros. Ser ministro no es, en realidad, ser nada. Un ministro está a merced del poder moderador, a merced de la Prensa, a merced de las oposiciones parlamentarias, a merced de todo el mundo. En cambió, un ex ministro no está a merced de nadie. Las carteras pasan y las cesantías quedan. Y por esto, lejos de morirse una vez que han jurado el cargo, es entonces cuando la mayoría de los ministros comienzan a vivir.

¿Ministros nuevos? No. Nunca. Un ministro nuevo se usa en seguida y a los dos o tres meses queda convertido en un ex ministro. Hay países de una intensa vida económica que pueden permitirse el lujo de cambiar frecuentemente de ministros, así como un hombre rico cambia frecuentemente de automóvil; pero nosotros no estamos en el mismo caso. ¡Si cada nueva cesantía anulase una cesantía vieja! ¡Si cuando el señor Prado Palacio, por ejemplo, sea declarado ex ministro, dejasen de ser ex ministros el marqués de Lema o el conde de Bugallal!... Pero, hoy por hoy, lo que nos conviene es ir tirando con los ex ministros actuales. Son viejos, muy viejos, tan viejos como el mismo sistema parlamentario; son malos y están pasados de moda, pero no nos suponen ningún nuevo gasto. Bien conservados, estos ex ministros pueden durar todavía otro cuarto de siglo u otro medio siglo, lo que en la política española no creo que represente gran cosa. Y cuando se mueran del todo—allá para el año 1950—, entonces se podrá pensar en sustituirlos con algunos hombres jóvenes, como D. Melquiades Alvarez, por ejemplo, o el doctor Simarro...

VII UN ARTÍCULO MINISTERIAL

Si yo fuese un escritor ministerial, ¡qué artículo haría acerca de las últimas elecciones!

Nos han derrotado en las grandes ciudades—diría—, pero esto no nos extraña. Las grandes ciudades son verdaderos focos de corrupción, donde se van perdiendo íntegramente los sentimientos de humildad, de obediencia y de amor al pasado. Casi todos los madrileños saben leer y escribir, y aunque una enérgica censura amordaza a los escritores de la mala prensa, las ideas disolventes siempre encuentran camino por donde llegar al cerebro del pueblo. Indudablemente, el analfabetismo vale mil veces más que la censura. Todo el arte de los escritores radicales se estrella contra el hombre del campo, hombre sano de cuerpo y de inteligencia, que no sabe leer ni lo necesita para trabajar las tierras de su señor y para darles el voto a los candidatos del orden. Y el hombre del campo ha votado la candidatura ministerial.

Hemos triunfado en el campo, donde todavía se conservan las venerandas tradiciones de nuestros mayores; donde el médico, no contaminado por teorías extrañas, sangra buenamente a sus enfermos, igual que en tiempo de nuestros abuelos; donde el pobre se resigna a ser pobre como el rubio se resigna a ser rubio; donde el cura prohíbe que se baile el agarrado y que se lean los periódicos liberales, y donde se respeta el orden, la propiedad, el clero y la Guardia civil. Hemos triunfado en el campo y hemos fracasado en las ciudades. ¿Hay nada más significativo?

Porque las ciudades están dejadas de la mano de Dios. En Madrid, la juventud pasa su vida bailando bailes extranjeros, bebiendo bebidas extranjeras y—cosa mil veces más nefanda—leyendo libros extranjeros. Ahora les ha dado a los madrileños por poner en las casas baño y ascensor, y esto será muy agradable para el cuerpo, pero tiene que ser funesto para el alma. Baños, librerías, grandes hoteles, derechos políticos, un Ateneo, una Casa del Pueblo... ¿Es que nuestros mayores necesitaban ninguna de estas cosas?

Días atrás, cuando los balcones de Madrid se engalanaron con toda suerte de colgaduras en homenaje al Corazón de Jesús, creíamos que la capital de España se arrepentía y hacía enmienda de sus errores. Las elecciones nos demostraron que esta hipótesis era falsa. Indudablemente, el madrileño que tiene colgaduras está deseando un pretexto para exhibirlas, y cualquiera que sea este pretexto las exhibe; pero esta exhibición, puramente decorativa, no tiene jamás un carácter ideológico. Madrid está perdido, y con él están perdidas todas las grandes ciudades españolas. Las han perdido las bibliotecas públicas, la Prensa, el agua corriente, los hoteles cosmopolitas, el telégrafo, el teléfono, los teatros, que, de lugares de solaz, van convirtiéndose en vehículos de ideas pecaminosas, y tantas otras invenciones de este siglo maldito. (Para un escritor ministerial todas las cosas antiministeriales son invención de este siglo.) ¿Cómo iban a votarnos?

Nuestra derrota demuestra que nosotros no tenemos nada que ver con esta época de disolución social. Nosotros representamos las venerandas tradiciones de nuestros mayores. Somos el pasado. Somos el año de la Nanita...

VIII EL ENGAÑO DE LAS CRISIS

Cada vez que cae un Gobierno, yo experimento un sentimiento de liberación. El aire me parece más puro; las mujeres, más guapas; los manjares, más sabrosos.

—Trabajillo ha costado—exclamo—; pero, al fin, somos libres. Ya no tenemos Gobierno. Hemos realizado nuestro ideal...

Desgraciadamente, está en nuestra naturaleza el no poder nunca darnos cuenta de la felicidad presente. Por esto, la felicidad es inasequible, y por esto, acaban resolviéndose todas las crisis ministeriales. Al cabo de dos o tres días, el Gobierno caído es siempre sustituido por otro, y de nuevo hay que dedicarse a la tarea de demolerlo. Totalizando las diferentes crisis que, poco a poco, logramos obtener, apenas si España llegará a vivir al año un mes entero sin Gobierno. ¡Un mes entre doce! No vale la pena.

Por mi parte, yo no ayudaré ya nunca a echar abajo a ningún Gobierno, como no me garanticen que luego no van a sustituirlo con otro. Mucho más cuando al otro es seguro que ya habíamos tenido también que echarlo abajo anteriormente. No veo en qué puede convenirle a un hombre soltero, que ejerce una profesión liberal, el que le gobiernen el Sr. Dato o el señor Maura, el Sr. García Prieto o el Sr. Sánchez de Toca. Probablemente, les interesa mucho más a estos señores gobernarme a mí de lo que pueda nunca interesarme a mí el que me gobiernen ellos.

Y si un pueblo no puede vivir sin Gobierno—premisa a la que no le concederé ningún valor mientras, como ocurre ahora, tampoco pueda vivir con él—; si un pueblo no puede vivir sin Gobierno, y si los gobiernos constituyen «un mal necesario», entonces, por lo menos, debemos exigir que las crisis duren un poco más. Una crisis de tres o cuatro días no compensa el esfuerzo necesario para arrancar del banco azul a estos ministros que parecen lapas.

IX ACCIÓN POLÍTICA DE LOS MARISCOS

Se inicia un cambio en la política española. Hasta hace muy pocos días, el político solía ser, entre nosotros, un hombre de la provincia de Pontevedra, amigo personal del marqués de Riestra y padre de una numerosa familia. Cuando un paisano mío carecía de oficio y no sabía hacer nada que le permitiese vivir en su tierra, si no tenía dinero bastante para irse a Buenos Aires, venía a Madrid y se dedicaba a ministro. De mí sé decir que, este verano, unos marineros me pidieron en mi pueblo nada menos que un grupo escolar; aquellas gentes sencillas sabían que yo vivía en Madrid y no concebían que pudiese vivir de otra cosa más que de ministro, lo que, después de todo, demostraba cierta lógica. Si, en efecto, la mayoría de mis paisanos residentes en Madrid no fuesen ministros o ex ministros, ¿cómo se las arreglarían para pagar al casero? ¿Es que el Sr. García Prieto, por ejemplo, podría sostenerse en la corte escribiendo artículos para El Sol? Pero ahora, para llegar a ministro, ya no basta haber nacido en la provincia de Pontevedra, y comienza a hacerse indispensable el ser catalán. Y éste es el cambio que se inicia en la política española.

A primera vista, parece que se trata de un cambio superficial, y quizá no se trate, en efecto, de un cambio muy profundo. Sin embargo, yo creo que entre el político gallego y el político catalán hay una diferencia mucho más importante que la del acento. Lo terrible del político gallego era su asombrosa capacidad de reproducción. Nacidos al pie de las rías bajas, aquellos políticos se reproducían como las sardinas. Al cabo de quince años, cada ministro le había dado vida a cinco ministros, a diez subsecretarios, a diez directores generales y a veinte gobernadores, sin contar los empleados subalternos. Todo el mundo conoce la fecundidad de la provincia de Pontevedra, que es una de las más pobladas, si no la más poblada, de España. Esta fecundidad suele atribuírsele a los mariscos, y si la explicación es exacta, los mariscos vienen a ser, en fin de cuentas, los verdaderos responsables del nepotismo español. ¡El nepotismo español o las ostras, los cangrejos y los percebes de las rías bajas!...

Los políticos catalanes no parece que se reproduzcan tanto como los políticos gallegos, y esto constituye, por sí sólo, una gran ventaja para el país. ¿No se comen, quizá, muchos mariscos en Cataluña, o es que el marisco del Mediterráneo vale menos que el del Atlántico? Y por otro lado, ¿conocemos nosotros todas las posibilidades políticas del marisco catalán? Si hubiese en España alguien que estudiase la política con un criterio realmente científico, yo le propondría este problema, que considero de un interés capital; pero, por desgracia, aquí no hay ningún tratadista político verdaderamente serio.

X ARRASAMIENTOS

Cuando una insubordinación se manifiesta en Barcelona o en otra provincia—ha dicho el general Aznar—, sólo procediendo enérgicamente se domina y se la hace entrar en la ley.» «Si es preciso—añadió—, se arrasa la población...»

Yo creo que estas palabras del general Aznar tienen toda la categoría de un proyecto, y me extraña el ver que algunos periódicos lo rechazan sin tomarse la molestia de estudiarlo técnicamente. Porque desde luego, si existe en España alguna dificultad para arrasar poblaciones, a mí me parece que es una dificultad exclusivamente técnica. Eso de imaginarse que el Gobierno no puede arrasar Barcelona por razones de orden moral, político o jurídico, demuestra, en mi sentir, una profunda ignorancia en materia de arrasamientos. Las dificultades de este triple carácter tienen muy poca importancia en el país de La Cierva y Sánchez Guerra. En cambio, las dificultades técnicas constituyen, en el país de los mismos señores, algo verdaderamente muy serio.

Y, sentado esto, yo considero que debemos dejar a un lado consideraciones ociosas, y rogarle al general Aznar que no desarrolle su plan. Cuando el general Aznar, que ocupa en el Ejército un puesto tan alto, ha insinuado la idea de arrasar Barcelona para dominar a los elementos rebeldes, es que, indudablemente, esta idea es factible. Ahora bien, general: nos hace falta un presupuesto. Queremos saber en cuánto tiempo y por cuánto dinero se comprometería su señoría a hacer en Barcelona un arrasamiento en forma. El Ejército alemán, con un material formidable y una dirección de primer orden, tardó cuatro años en arrasar Reims a satisfacción del Káiser; y siendo Reims una de las ciudades más ricas de Francia, invirtió en la destrucción tanto como lo que ella valía. Claro que nosotros no somos tan exigentes como el ex Káiser. Acostumbrados a innumerables resignaciones, probablemente nos conformaríamos con un arrasamiento mucho más vasto que el de la ciudad de Reims; pero ¿qué nos vendría a costar ese arrasamientito? El caso está en que, para evitar la posibilidad remota de perder Barcelona una vez, no vayamos realmente a perderla dos veces, primero arrasándola, y segundo, invirtiendo en el arrasamiento el dinero que costó la edificación. Por otro lado, el problema de Barcelona es urgente, y si el arrasamiento puede durar cincuenta o sesenta años, no creo que constituya una solución eficaz.

Supongo que el general Aznar sabrá apreciar la diferencia que existe entre esos periódicos que han acogido sus manifestaciones del Senado con una vocinglería sentimental, y yo, que las enfoco seriamente en el terreno de la realidad. ¡Arrasar Barcelona! ¿Qué duda cabe de que así se acabaría de una vez y para siempre con todas las cuestiones de Barcelona? Lo malo, como digo, son las dificultades prácticas. A veces, discutiendo con un amigo, y no logrando hacerle adoptar mis puntos de vista, yo he sentido también el deseo de arrasarlo, y, si me contuve, no fue, no, por motivos morales, sino, precisamente, por dificultades técnicas. Y es—para decirlo con una frase digna de la Alta Cámara, donde hizo sus manifestaciones el general Aznar—que «los individuos son como los pueblos, y los pueblos son como los individuos».

XI EL CONGRESO, A CUARENTA GRADOS

El otro día, con un calor de cuarenta y tantos grados, estuve en el Congreso. Yo nunca había observado la política española a una temperatura tan alta. Algunos diputados, tendidos en sus escaños, parecían cadáveres en descomposición. Olía mal.

—Indudablemente—pensé—, el Parlamento no es un espectáculo de verano. Para el verano ya tenemos las corridas de toros, que se hacen al aire libre.

Y, dirigiéndome a un diputado amigo:

—¿Por qué no cierran ustedes?—le dije.

—¿Cerrar?—exclamó—. Y la labor legislativa que tenemos por delante, ¿es que van a hacerla los porteros?

—¡Hombre! En caso de apuro...

—Todo se vuelven diatribas contra el diputado en este país—añadió mi amigo—, y el diputado es un mártir. Ya ve usted a los diputados franceses. No contentos con ganar quince mil francos al año, quieren que se les dupliquen las dietas. El diputado español, en cambio, lejos de cobrar, paga. ¿Sabe usted cuánto me han costado a mí las elecciones? Veinte mil duritos. Así se demuestra el amor a la patria. Y aquí me tiene usted, en pleno mes de agosto, respirando este aire corrompido.

—Es el aire de la política. Yo había oído hablar de él, pero no lo había respirado nunca. Cuando leía en algún periódico eso del aire corrompido de nuestra política, creía que se trataba de una frase. Ahora lo respiro materialmente y me doy cuenta de que es mefítico.

—A veces huele como a ajos.

—Ese olor es la democracia. Es la esencia misma del régimen parlamentario. No hable usted mal de él...

Los ventiladores giraban a toda velocidad; pero inútilmente. Está demostrado que la política española, sometida a una temperatura de cuarenta grados, se descompone por completo. Quizás ocurra también lo mismo con la política inglesa, por ejemplo; pero ¿cuándo marca el termómetro cuarenta grados en Londres?

Decididamente, habrá que cerrar el Congreso si no queremos que se declare en Madrid, y que se extienda luego por el mundo, una nueva epidemia hispánica. Y por tarde que lo abran después, siempre lo abrirán a tiempo.

XII OPTIMISMO

Yo no sé si el lector ha observado mi actitud ante el porvenir de España. Hasta ahora, esta actitud ha venido siendo la de un escéptico, la de un hombre sin fe ni esperanza ningunas. Los conservadores nos prometían una revolución desde arriba, y yo sonreía incrédulamente; los republicanos y los socialistas nos anunciaban una revolución desde abajo, y yo volvía a sonreír con la misma incredulidad.

—Esto no puede seguir así—me decían—. Esto tiene fatalmente que transformarse. El mundo entero se transforma, y España no está en la Luna, sino en el mundo...

Todo era inútil. En el fondo, yo tenía una idea así como de que España no estaba en el mundo, sino en la Luna. Yo no creía en el porvenir de España. Yo era un escéptico...

Era un escéptico, amigo lector, pero ya no lo soy. Mi escepticismo tenía una causa y esta causa acaba de desaparecer. Ahora sólo me toca manifestar que la causa en cuestión estaba en la calle de Cedaceros, y que era esa valla con que el Sr. Vitórica ha estado, durante tanto tiempo, entorpeciendo el tráfico de Madrid.

Cuando yo pasaba por la calle de Cedaceros, mi espíritu se anegaba en un torrente de amargas reflexiones.

—¿Cómo vamos a derrumbar nada en España—pensaba yo—si todavía no hemos podido derrumbar esta valla? La Prensa la ataca, el Parlamento la combate, el pueblo la maldice y ella sigue en pie. La juventud estudiantil, esperanza de la patria, ha venido aquí una noche, armada de mazas y de picos, y la ha asaltado románticamente, pero la valla sigue incólume. Hasta las autoridades gubernativas se propusieron echarla abajo, sin que su gestión obtuviera éxito ninguno... Y ¿qué se puede esperar de un pueblo que, todo él, no logra demoler una pobre valla de maderas carcomidas?...

Es indudable que, si yo me manifesté durante estos últimos años como un escritor pesimista, ello ha consistido, principalmente, en la frecuencia con que pasaba por la calle de Cedaceros. Pero, al fin, la famosa valla ha caído en tierra, y ahora todo me parece posible.

—Unas gentes que han acabado con la valla de Vitórica—me digo—pueden acabar con la misma política del Sr. Cierva. España se transformará. Llegará un día en que los madrileños tendremos hasta gas para el alumbrado público. Hay que mirar al porvenir con confianza. Hay que ser optimistas... Dentro de más o de menos años, no tendría nada de asombroso el que los habitantes de Madrid pudiesen trasladarse a La Coruña en un término de veinticuatro horas. Todo es de esperar en un pueblo tan enérgico. Los trenes andarán. Un kilo de pan llegará a pesar lo menos tres cuartos de kilo. Hasta es posible que haya casas para las familias que deseen alquilarlas... Tengamos fe en los hombres que han deshecho la valla de la calle de Cedaceros.

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