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La rana viajera

LOS MÉDICOS

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I EN DEFENSA DEL RESFRIADO

El Congreso Médico de Madrid ha sido, según parece, uno de los mejores Congresos Médicos celebrados en el mundo, y de aquí en adelante, nuestros sabios doctores van a curárnoslo todo: el cáncer, la tuberculosis, la lepra, la ceguera, el reblandecimiento medular, etc., etc. ¡Muy bien, señores médicos! ¡Admirable! Pero ¿qué me dicen ustedes del resfriado?

Porque yo ni estoy reblandecido, ni soy ciego, ni sufro de lepra, ni padezco de tuberculosis, ni tengo cáncer ninguno. En cambio, me encuentro resfriado casi siempre y no comprendo por qué razón han de tratarme ustedes con tanto desprecio. Muchas veces, harto de toser y de estornudar, yo he acudido a ustedes en consulta. Ustedes me han auscultado, me han preguntado si me canso al subir escaleras, a lo que yo he contestado que, desde luego, me canso mucho más que al bajarlas, me han obligado a respirar fuerte, y, por último, con un gesto de infinito desdén, me han dicho:

—¡Bah!... Usted no tiene más que un simple resfriado...

¡Un simple resfriado! ¡Y yo que me creía poseedor de una enfermedad importante!... Profundamente avergonzado, yo he cogido entonces mi sombrero y me he lanzado a la calle, sumido en amargas reflexiones.

—El fracaso es evidente—decía yo para mis adentros—. ¿Con qué cara me presento ahora ante los amigos?

Pero ya me he cansado, y en nombre de toda la humanidad acatarrada, solicito para el resfriado la atención de la ciencia y el respeto de las familias. Convengo en que la tuberculosis es más dramática que el resfriado, pero exijo que al resfriado se le otorgue también cierta categoría. Si el gato es el tigre del pobre, como decía no sé quién, el resfriado es la tuberculosis del principiante. Es una tuberculosis modesta, una tuberculosis para personas de poco dinero que no pueden dejar de trabajar ni irse a la sierra a beber leche y respirar aire puro. ¿Por qué este desdén hacia el resfriado en una época tan democrática?

Yo sospecho que es, sencillamente, porque los médicos no saben curarlo. Y es inútil que me hablen del cáncer, de la lepra, de la tuberculosis, etc. Mientras los médicos no curen los resfriados, yo no creeré en la Medicina.

II EL VIRTUOSISMO DE LA CIRUGÍA

A un amigo mío le tenían que operar de la apendicitis.

—Voy a quedarme arruinado—me dijo—; pero no tendré más remedio que acudir a un gran cirujano.

Era un amigo querido, y yo me alarmé.

—No haga usted semejante cosa—le respondí—. Llame usted a un medicucho cualquiera. Llame usted a un sastre. Llame usted a un barbero o a un ebanista, pero no llame usted a un gran cirujano. El gran cirujano le considerará a usted el apéndice así como un virtuoso del violín puede considerar la Sonata de Kreutzer, y de una manera muy artística, le matará a usted...

Yo he visto trabajar una vez a un virtuoso de la cirugía. Rodeado de un coro de admiradores se dirigió a una mesa de mármol, donde, convenientemente narcotizado, yacía el enfermo. El virtuoso cogió unas pinzas y un bisturí y se dirigió a nosotros.

—Para la mayoría de los cirujanos—nos explicó—esta operación no ofrecería dificultad ninguna. Es una operación sencillísima, que está resuelta desde hace mucho tiempo, y que puede realizar cualquiera sin el menor peligro. Comprenderán ustedes, sin embargo, que después de reunir aquí a tan buenos amigos, yo no voy a defraudar su expectación. Las posibilidades quirúrgicas son ilimitadas para todo médico que tenga sangre de artista, y yo voy a demostrarlo ensayando con este enfermo un procedimiento inédito y completamente personal. Es un procedimiento peligroso, indudablemente, pero en eso consiste su encanto. Ya saben ustedes, señores, que a mí no me arredra el peligro...

Y, con un gesto a lo Thuillier, el gran cirujano se lanzó sobre el enfermo, quien, bajo la influencia del cloroformo, había comenzado a cantar unas peteneras. Los admiradores no pudieron contenerse y rompieron a aplaudir.

—Van ustedes a ver con qué rapidez procedo—añadió el gran cirujano—. Toda la operación se reduce a tres trazos. ¡Zas! ¡Zas! ¡Zas!...

El gran cirujano hizo sus tres trazos y el enfermo dejó de cantar.

—Se le va el pulso—observó un ayudante.

Otro ayudante cogió con unas pinzas la lengua del pobre hombre, y se puso a tirar de ella desesperadamente, pero todo fue inútil. Al poco rato el enfermo había muerto.

—¡Qué lástima!—exclamó uno.

—¡Verdaderamente!—exclamó otro, que quizás fuese yo mismo—. Este pequeño detalle enturbia un poco el éxito de la operación...

El príncipe de la cirugía se lavó las manos, y si alguien se ha lavado alguna vez las manos como Pilatos, fue precisamente aquel hombre. Salimos a la calle; pero, como de costumbre, no se veía un guardia...

Amigo lector: Permítame usted que le dé el mismo consejo con que ya favorecí al amigo de quien he hablado antes. Si alguna vez necesita usted que le operen, llame usted a un medicucho cualquiera. Llame usted a un sastre. Llame usted a un barbero o a un ebanista; pero no llame usted a un gran cirujano...

III LA VIRUELA OBLIGATORIA

Cuando se decretó en Madrid la vacuna obligatoria, todo el mundo se indignó.

—Que se vacune el que quiera—solía decirse—; pero ¿y si a mí se me antoja tener viruelas?

Libertad de tener viruelas... Libertad de pegárselas al vecino... Libertad de escupir... Libertad de tronchar los árboles... ¡Con qué ahínco defiende todas estas libertades el español!

—Desengáñese usted—me decía un amigo antes de la vacuna obligatoria—, España es el país más liberal del mundo. Aquí puede usted hacer lo que le da la gana...

—Yo no—le contesté—. Usted. Usted puede hacer aquí lo que le dé la gana, y con usted, pueden hacerlo el Sr. La Chica y otros cuantos señores; pero yo, no. No hay posibilidad de que todo el mundo haga nunca lo que le dé la gana, y si ustedes hacen su gana de ustedes, es sencillamente porque una buena cantidad de señores no podemos hacer la nuestra...

En el caso concreto de la vacuna, la mayoría del vecindario parece considerarla como una tiranía, y si se considera que la vacuna es la tiranía, no se está muy lejos de creer que la viruela sea la libertad. ¿Lo es, en efecto? Desde el punto de vista de los microbios, no cabe la menor duda; pero, desde nuestro punto de vista, la cosa es ya bastante más discutible. Por mi parte, considero la viruela como una verdadera imposición de que han venido haciéndonos víctimas nuestros gobiernos. La viruela tenía en España el mismo carácter obligatorio que ahora tiene la vacuna, y nadie protestaba contra ella. Las gentes se resignaban a padecerla como se resignaban a padecer el tifus y el caciquismo. Y, al igual de los caciques, los microbios, sin duda, pensaban también que España era el país más liberal del mundo.

¡Qué lástima que la libertad práctica no pueda ser absoluta como la libertad teórica! ¡Qué lástima que nuestros intereses no coincidan con los de los microbios! ¡Qué lástima... para los microbios!...

IV CROYDON Y MADRID

Parece que en Croydon, cerca de Londres, la Liga antivacunista se ha opuesto violentamente a la vacunación obligatoria del vecindario. Un periódico español da cuenta del hecho poniéndole esta coletilla: «En todas partes cuecen habas.» Y esta otra: «¡Y aún hablan de l'Espagne et le Maroc!»...

¿Quiénes hablan de l'Espagne et le Maroc? Los ingleses, en todo caso, hablarían de Spain and Marocco, y la verdad es que si nosotros no tuviéramos con Europa más analogía que la de oponernos a la vacunación obligatoria, no tendríamos analogía ninguna y estaríamos completamente unidos al África. Porque Europa puede combatir la vacunación obligatoria y nosotros no. Es el caso de dos personas que se opusieran al alumbrado de petróleo, una en nombre de la luz eléctrica y otra en nombre del candil. Los vecinos de Croydon, con una urbanización excelente, creen que deben prescindir de la vacuna. «En vez de vacunarnos—dicen—dennos ustedes más agua y más aire.» Aquí, en cambio, la alternativa es trágica: o vacuna o viruela. Nosotros estamos todavía en el período de la vacuna, como estamos en el del reformismo y el republicanismo. De vivir en Croydon yo sería, muy probablemente, miembro de la Liga antivacunista, y, no obstante, cuando el Sr. Romeo inició aquí su campaña en pro de la vacunación obligatoria, hice un artículo defendiéndola. La vacuna, que en Inglaterra me parecería reaccionaria y anticientífica, aquí me parece liberal y cientificísima. Y si los espíritus revolucionarios ingleses pudieran traspasarnos con la vacuna su partido conservador, no habría un hombre verdaderamente progresivo en España que se negara a acogerlo. El partido conservador inglés vendría entonces a representar la tendencia más avanzada de la política española.

Indudablemente, el hecho de que en Londres se combata la vacuna, no debe servir para animar a los antivacunistas españoles. En un Estado norteamericano se está haciendo ahora una campaña con cierto ferrocarril en proyecto... pero con objeto de que se establezca un servicio de comunicaciones aéreas. El ferrocarril comienza ya a ser un atraso en el mundo. Aquí no se puede decir aún que tengamos ferrocarriles.

V MICROBIOS A SUELDO

El microbio de la gripe ha vuelto. A su llegada a Madrid, un microbio local fue a visitarlo con propósitos periodísticos.

—Parece que ha recorrido usted medio mundo—le dijo el microbio local.

—Sí... He estado en Francia, en Alemania, en Suiza, en Dinamarca, en Inglaterra, en los Estados Unidos...

—Grandes países, ¿eh?

—¡Quite usted allá! Para un pobre microbio que quiera vivir tranquilamente, el mejor país es España. Aquí funda usted una pequeña familia—cuatrocientos o quinientos mil hijos—, y la saca usted adelante sin el menor contratiempo. Lleva usted sus chicos a la escuela, al teatro y al cine, y es un gusto ver cómo se instruyen y se divierten. La alimentación es magnífica. ¡Qué carnes tan podridas! ¡Qué leche tan adulterada!...

—La leche es muy buena, en efecto—respondió el microbio local—; pero ¿y el ácido fénico?

—¿El ácido fénico?—exclamó el microbio de la gripe—. ¿Pero usted cree en el ácido fénico?

—¡Hombre! Los médicos aseguran...

—¿Pero es que cree usted en los médicos?... Que un hombre crea en los médicos, pase. Lo inconcebible es que un microbio, que está en el secreto de estas cosas, les haga caso ninguno. Por mi parte, le aseguro a usted que el ácido fénico me hace engordar y que su aroma me parece exquisito. Desengáñese usted, querido colega. El ácido fénico sólo es desagradable para los hombres...

—¿Y piensa usted quedarse mucho tiempo por aquí?

—Verá usted. Yo he venido a reponerme. He sufrido mucho en mis correrías por el mundo. Fuera de España todo se vuelve hablar de libertad; pero si existe algún país donde un pobre microbio puede hacer lo que quiera, ese país es éste. Aquí se siente uno amparado por las leyes y por las costumbres. Los naturales nos aman, y cuando alguna autoridad inicia una campaña contra nosotros no faltan amigos que nos defiendan enérgicamente diciendo que tienen un perfecto derecho a cultivarnos. Esto es libertad, libertad para los microbios, y lo demás es cuento. ¿Sabe usted cuánto peso he perdido durante mi estancia en Inglaterra? Pues muy cerca de una diezmillonésima de miligramo. ¡Para que digan que Inglaterra es un país más libre que España!... Además, en España uno puede cultivar el trato de toda clase de microbios, y esto siempre es instructivo. El microbio del tifus, por ejemplo, y el de la viruela, expulsados de todo el mundo, se han refugiado aquí, donde viven a las mil maravillas. Yo los he visto el otro día en el pecho de un enfermo que es cliente mío y a quien se los había llevado su médico.

—¿De modo que se establece usted entre nosotros para siempre?

—¡Ah, no!... Llegará un día en que España será un país de microbios solos, y entonces la lucha por la vida adquirirá aquí caracteres horribles.

—Antes de esa fecha—exclamó el microbio local—yo me agarraré al presupuesto. Buscaré un empleíllo en algún laboratorio, como microbio de cultivo, y ¡a vivir!

VI JUVENTUD, DIVINO TESORO...

Han leído ustedes las experiencias del doctor Voronof? El doctor Voronof pretende haber descubierto, sencillamente, el secreto de la eterna juventud. «Nuestra vida—dice el doctor Voronof—no depende tanto del funcionamiento de los grandes órganos como de la secreción de ciertas glándulas, minúsculas algunas veces...» Al leer esto, le entran a uno vivísimas sospechas de que el doctor Voronof llama glándulas minúsculas a los talones del Banco de España, al papel moneda y a los distintos valores en curso, sospechas que se acentúan a medida que uno sigue leyendo: «Un hombre—añade el sabio cirujano—puede vivir sin riñón o sin estómago; pero si le suprimimos, por ejemplo, las cápsulas subrenales, muere...» Indudablemente—piensa uno—el doctor Voronof, llevado de su tecnicismo profesional, denomina cápsulas subrenales a las piezas de cinco pesetas. El nombre parece extraño; pero quizás no carezca de abolengo. Un filósofo podría, tal vez, descubrir cierta analogía entre ese término y la expresión popular de «costarle a uno un riñon», expresión demostrativa de que el pueblo considera también los duros como una especie de cápsulas subrenales...

Pero todo esto son fantasías. El doctor Voronof sabe muy bien lo que se dice y nos asegura que los médicos pueden rejuvenecer a la humanidad sin más que injertar en los organismos decrépitos las glándulas intersticiales de organismos vigorosos. Por este procedimiento ya le ha devuelto el doctor Voronof la juventud a numerosos carneros. ¿No se la podría devolver también a algunos de nuestros políticos?

Es posible que todos los problemas españoles se reduzcan a un solo problema quirúrgico, y que lo único que necesitemos en este país sean glándulas intersticiales. Nuestros carneros son más o menos viejos; pero nuestros políticos son todos anteriores a la revolución francesa, y si los cirujanos no logran matarlos, que por lo menos procuren rejuvenecerlos. No creo que los políticos se diferencien tanto de los carneros que no se pueda hacer con los unos lo que se ha hecho con los otros. Ensaye en ellos sus glándulas intersticiales el doctor Voronof y ensaye también esas glándulas tiroideas con las cuales parece que, ya en el año de 1913, convirtió a un idiota en un ser sensato y razonable.

Ahora, que el doctor Voronof debe tomar precauciones, porque aunque científicamente un político sea igual a un carnero, hay, sin embargo, entre ambos una diferencia esencial. El carnero no vive de su vejez, y el político sí. ¿Qué sería de un político español sin vientre, sin barbas blancas, sin asma y sin calvicie? Quitarle estas cosas a un político es quitarle el prestigio y la respetabilidad. Por otra parte, ¿es que los ex ministros seguirían cobrando sus cesantías cuando volviesen a la edad en que eran simples diputados? Porque si seguían cobrándolas, el fracaso del doctor Voronof no podía ser más evidente.

Decididamente, no creo que sea nada fácil rejuvenecer a un político español. El doctor Voronof podrá rejuvenecer a un carnero de catorce años, a un loro de ciento cincuenta y a una carpa de doscientos; pero no así a uno de nuestros políticos. Y es que para devolverle la juventud a un animal cualquiera, se necesita una cosa que no depende ni del doctor Voronof ni tampoco del animal. Se necesita, sencillamente, que el animal en cuestión haya sido joven alguna vez.

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