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La lucha por la vida

TERCERA PARTE

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CAPÍTULO PRIMERO ¿Será la buena?—Proposiciones de Vidal.

Al día siguiente, cuando despertó Manuel, daban las doce. Hacía tanto tiempo que la primera sensación de su despertar era de frío, de hambre ó de angustia, que, al encontrarse entre mantas, abrigado, en un cuarto estrecho y de poca luz, pensó si estaría soñando.

Luego, de pronto, el recuerdo del suicida de la Virgen del Puerto le vino á la memoria; después, el encuentro con Vidal, el baile de Romea y la conversación en la buñolería con la Rabanitos.

—¿Habrá venido la buena?—se preguntó á sí mismo. Se incorporó en la cama, y al ver sus harapos colocados sobre una silla, no supo qué hacer.—Si me ven vestido así, me echan—pensó; y en la vacilación volvió á meterse entre las sábanas.

Serían cerca de las dos cuando oyó que abrían la puerta del cuarto; era Vidal.

—Pero, hombre, ¿no sabes la hora que es? ¿Por qué no te levantas?

—Si me ven con eso me echan—replicó Manuel señalando sus andrajos.

—La verdad es que no puedes vestirte de etiqueta—dijo Vidal contemplando la indumentaria de su primo—. Vaya unos zapatitos de baile—añadió cogiendo por los tirantes una bota deformada y llena de barro, y levantándola cómicamente para observarla mejor—. Es de la última moda de los poceros de la villa. Y de medias nada, y de calzoncillos ídem; de la misma tela que las medias. ¡Estás apañado!

—Ya ves.

—Pues no vas á estar aquí siempre; hay que salir. Yo te traeré ropa mía; creo que te vendrá bien.

—Sí, tu eres un poco más alto.

—Bueno, espera un momento.

Salió Vidal del cuarto y volvió con ropa suya. Manuel se vistió á la carrera. Los pantalones le estaban un poco largos y tuvo que darles vuelta por abajo; en cambio las botas le venían estrechas y cortas.

—Tienes el pie pequeño—murmuró Manuel—. Has nacido para señorito.

Vidal mostró su pie, bien calzado, con cierta coquetería.

—Algunas señoritas darían algo por estos pinreles, ¿verdad? A mi, una mujer que tenga mucha pata, no me gusta; ¿y á ti?

—A mí, chico, me gustan todas, hasta las viejas. Hay tan poco dónde elegir. Anda, dame un periódico. Voy á envolver estas prendas.

—¿Para qué?

—Para que no las vean aquí. Esto desacredita. Las tiraré á la calle. Lo que es el que encuentre el lío puede decir que le ha caído el gordo.

Envolvió Manuel los harapos con mucho cuidado, hizo un paquete, lo ató con una guita y lo cogió en la mano.

—¿Vamos?

—Andando.

Salieron á la calle; Manuel pensaba que todo el mundo se fijaba en él y miraba el paquete que llevaba y no se atrevía á dejarlo en ninguna parte.

—Tráelo, no seas lila—dijo Vidal—, y quitándoselo de la mano lo tiró á un solar por encima de la tapia.

Salieron los dos muchachos por la calle de la Magdalena á la plaza de Antón Martín y entraron en el café de Zaragoza.

Se sentaron. Vidal pidió dos cafés con media tostada.

—¡Qué aplomo tiene!—pensó Manuel.

Llegó el mozo con el servicio, y Manuel se arrojó sobre una de las tostadas con ansia.

—¡Rediez!—exclamó Vidal, mirándole de hito en hito—. ¡Qué facha de golfo tienes!

—¿Por qué?

—¿Qué se yo? Porque la tienes.

—¡Qué se le va á hacer! Uno parece lo que es.

—Pero, ¿tú has trabajado? ¿Tú has aprendido oficio?

—Sí, he sido criado, panadero, trapero, cajista y ahora golfo, y no sé de todo eso lo que es peor.

—¿Y habrás pasado muchas hambres, eh?

—Uf... la mar... y si fueran las últimas.

—Pues lo serán, hombre, lo serán si tu quieres.

—¿Cómo? ¿Poniéndome otra vez á trabajar?

—O de otra manera.

—Pues yo no sé cómo se puede vivir de otra manera, chico; ó hay que trabajar, ó hay que robar, ó hay que ser rico, ó hay que pedir limosna. De trabajar he perdido la costumbre, para robar no tengo agallas, rico no soy, con que me tendré que poner á pedir limosna. A no ser que caiga soldado un día de éstos.

—Todo eso que dices—replicó Vidal, es una pura pamplina—. ¿De mí se puede decir que trabajo? no; ¿que robo ó que pido limosna? tampoco; ¿qué soy rico? menos... y ya ves, vivo.

—Bueno, tendrás algún secreto.

—Puede ser.

—Y ese secreto, ¿no se puede saber cuál es?

—Si lo supieses tú, ¿me lo dirías?

—Hombre... verás; si yo tuviese un secreto y tú me lo quisieras birlar, la verdad, me lo guardaría para mí; pero si tú no pensases en quitármelo, sino en vivir y no me estorbases, entonces sí, que no te quepa duda.

—Bien, eso es justo. Tú eres franco... ¡qué moler! Mira, yo por ti haría cualquier cosa, y no tengo inconveniente en ponerte al tanto de cómo vivimos nosotros. Tu eres un barbián, no eres un bruto de esos que no quieren más que matar y asesinar á las personas. Yo te digo con franqueza, ¿por qué no? Yo no soy valiente...

—Ni yo tampoco—exclamó Manuel.

—¡Bah! Tu eres templado. El Bizco mismo te tenía respeto.

—¿A mí?

—A ti.

—¡Quia!

—Como quieras. Pero voy á lo de antes. Tú y yo, yo sobre todo, hemos nacido para ser ricos; pero ha dado la pijotera casualidad de que no lo somos. Ganarlo no se puede; á mí que no me vengan con historias. Para tener algo, hay que meterse en un rincón y pasarse treinta años trabajando como una mula. ¿Y cuánto reúnes? Unas pesetas cochinas; total, ná. ¿No se puede ganar dinero?, pues hay que arreglarse para quitárselo á alguno y para quitárselo sin peligro de ir á la trena.

—¿Y cómo?

—Ese es el busilis. Ahí está la cuestión. Mira: cuando yo me vine al centro desde Casa Blanca, era un descuidero, un randa. Me tuvieron sin culpa una quincena en el Abanico, en la jaula, y cuando lo recuerdo, ¡chico!, metiemblan las carnes. Me daba más miedo que vergüenza robar, esa es la verdad; pero ¿qué iba á hacer? Un día, que cogí unas lamparillas eléctricas de una casa de la calle del Olivo, la portera me vió, una tía vieja indecente, y se echó á correr tras de mí, gritando: «¡A ese! ¡A ese!» Yo tenía alas en los pies; figúrate. Al llegar á la iglesia de San Luis, tiré las bombillas al suelo, me colé entre la gente de la iglesia y me agazapé en un banco; no me cogieron; pero desde entonces, ¡gachó!, tuve un miedo que no podía con mi alma. Pues, ya ves, á pesar del miedo, no escarmenté.

—¿Volvistes á coger otras lámparas?

—No. Verás. Estaba en el patio de Apolo con aquella florera que tanto la odiaba la Rabanitos. ¿Te acuerdas?

—Sí, hombre.

—Era muy interesada la chica aquella. Pues estaba allá, cuando veo á un señor gordo, de chaleco blanco, que estaba de palique con unas golfas. Había mucha gente; me acerco á él, cojo la cadena, tiro suavemente hasta sacar el reloj del bolsillo, doy la vuelta á la anilla y la hago saltar. Como la cadena era bastante pesada, había el peligro de que, al soltarla, le diera al señor en la barriga y le hiciese comprender que le habían afanado; pero en aquel momento, dieron unas palmadas, la gente comenzó á entrar en el teatro á empellones, yo solté la cadena y me escabullí. Iba escapado por frente á San José á meterme por la calle de las Torres, cuando siento que me cogen del brazo. Chico, me entró un sudor...—Déjeme usted—dije yo.—Calla, si no llamo á uno del orden (Yo me callé)—. Te he visto cómo limpiabas el reloj á ese pimpi.—¿Yo?—Tú, sí. Tienes el reloj en el bolsillo del pantalón, conque no seas memo y anda á tomar una copa á la taberna del Brígido.—Vamos—pensé yo—; este es un vivo que viene á la parte. Entramos en la taberna y allí el hombre me habló claro:—Mira—me dijo—, tú quieres prosperar de cualquier manera, ¿no es verdad?; pero le tienes asco al Abanico, y lo comprendo, porque tú no eres tonto; pero, bueno; ¿cómo quieres prosperar? ¿Qué armas tienes tú para luchar en la vida? Tú eres un cimbel, que no conoce la sociedad ni el mundo. Mañana vienes á mi casa; yo te llevaré á un bazar de ropas hechas, compras un traje, un sombrero y un baúl y te recomendaré á una casa de huéspedes buena; te haré ganar dinero, porque, que te conste que ganar dinero, cuando se está en un sitio donde lo hay, es lo más mollar de la vida. Ahora dame ese reloj; á ti te engañarían.

—¿Y le diste el reloj?

—Sí. Al día siguiente...

—Te quedarías de boqueras...

—Al día siguiente estaba yo ganando dinero.

—¿Y quién es ese hombre?

—Marcos Calatrava.

—¿El cojo? ¿El amigo del repatriado?

—El mismo. Conque ya sabes, lo que me dijo á mí él, te lo digo yo á ti. ¿Quieres entrar en la combi?

—¿Pero, qué hay que hacer?

—Eso depende del negocio... Si tú aceptas, vivirás bien, tendrás una buena hembra... peligro no hay... conque tú dirás.

—No sé qué decirte, chico. Si hay que hacer una granujada, casi casi prefiero vivir así.

—Hombre, eso depende de lo que tú llames granujada. ¿A engañar le llamas granujada? Pues hay que engañar. No hay otra cosa: ó trabajar ó engañar, porque, lo que es regalarte el dinero, que te conste que no te lo han de regalar.

—Sí, es verdad.

—¡Pero si es que eso lo tienes en todo! Negociar y robar es lo mismo, chico. No hay más diferencia que, negociando, eres una persona decente, y, robando, te llevan á la cárcel.

—¿Crees tú?...

—Sí, hombre. Es más, creo que en el mundo hay dos castas de hombres; unos, que viven bien y roban trabajo ó dinero; otros, que viven mal y son robados.

—¡Sabes que me parece que tienes razón!

—Y tal... No hay más que comer ó ser comido. Conque tu dirás.

—Nada, se acepta. Otra Sociedad como la de los Tres.

—No compares, que aquello no hay que recordarlo. Aquí no hay un Bizco.

—Pero hay un cojo.

—Sí, pero es un cojo que vale un riñón.

—¿Es el jefe de la partida?

—Te diré, chico... yo no lo sé. Yo me entiendo con el Cojo, el Cojo se entiende con el Maestro, y el Maestro no sé con quién se entiende; lo que sé es que arriba, arriba, hay gente gorda. Una advertencia te tengo que hacer: tú ves, oyes y callas. Si te enteras de algo, me lo dices á mí; pero fuera, ni una palabra. ¿Comprendes?

—Comprendido.

—Aquí todo es cuestión de habilidad y de mucha pupila. Si marchamos bien, dentro de unos años se puede uno encontrar viviendo bien, hecho una persona decente... al pelo.

—Y oye: ¿tú has entrado ya en quintas?—preguntó Manuel—; porque yo maldito si lo sé.

—Yo sí; estoy rebajado. Debes de arreglar eso, si no te van á coger por prófugo.

—¡Pse!

—Se lo diremos al Cojo.

—¿Cuándo le veremos?

—Dentro de un momento estará aquí.

Efectivamente, poco después el Cojo entraba en el café, Vidal le indicó lo que había propuesto á su primo en breves palabras.

—¿Servirá?—preguntó Calatrava mirando atentamente á Manuel.

—Sí, es más listo de lo que parece—contestó riendo Vidal.

Manuel se irguió con un sentimiento de amor propio.

—Bueno; ya veremos. Por ahora no tiene que hacer gran cosa—repuso el Cojo.

Se pusieron inmediatamente Calatrava y Vidal á tratar de sus asuntos, y Manuel entretuvo el tiempo leyendo un periódico.

Cuando concluyeron de hablar, salió Calatrava del café, y quedaron nuevamente solos los dos primos.

—Vamos al Círculo—dijo Vidal.

El Círculo estaba en una calle céntrica. Entraron; en el piso bajo había billares y algunas mesas de café.

Se sentó en una de ellas Vidal, llamó en un timbre, y á un mozo que apareció le dijo:

—Dos cubiertos.

—Van.

—Oye—añadió Vidal—, desde que entres aquí, ni una palabra; ni me preguntas ni me dices nada. Lo que tengas que saber yo te lo diré.

Comieron los dos; Vidal charló de teatros, de casinos, de cosas que Manuel no conocía, y éste estuvo callado.

—Vamos á tomar café arriba—dijo Vidal.

Junto al mostrador había una puerta y de ella subía una escalera de caracol, muy estrecha, hasta el entresuelo. A la terminación de la escalera se topaba con una puerta de cristales esmerilados. La empujó Vidal, y pasaron á un corredor á cuyos lados se veían mamparas forradas de verde.

Al final del pasillo, sentado en una mesa, escribía un hombre; contempló á Vidal y á Manuel y siguió escribiendo. Vidal abrió una puerta, empujó una pesada cortina y pasaron los dos.

Se encontraron en una sala con tres balconcillos á la calle y otros tres á un patio. Hacia el lado de la calle había una mesa verde grande con dos escotaduras, una frente á otra, en los lados largos; hacia el patio, se veía una mesa más pequeña, iluminada por dos lámparas, alrededor de la cual se agrupaban treinta ó cuarenta personas. Había un gran silencio; no se oía más que las palabras de los dos croupiers y el ruido que hacían al recoger con el rastrillo las monedas colocadas sobre el tapete verde.

Cuando cesaban las jugadas cambiábanse algunas observaciones entre los puntos. Luego la voz monótona del banquero decía:

—Hagan juego, señores.

Callaban todos y el silencio era tan grande que se oía el roce de las cartas entre los dedos del croupier.

—Esto parece una iglesia, ¿verdad?—murmuró Vidal—. Como dice un señor que viene aquí, el juego es la única religión que queda.

Tomaron café y una copa.

—¿Tienes cigarros?—preguntó Vidal.

—No.

—Toma. Fíjate bien en este juego; yo me voy.

—¿Se podrá saber cómo se llama?

—Sí; el bacarrat. Oye, á las ocho en el café de Lisboa.

Vidal salió y Manuel quedó solo; miró con atención cómo iba y venía el dinero de la banca á los puntos y de los puntos á la banca. Después se entretuvo en observar á los jugadores. Era un anhelo tan grande el que sentían todos, que nadie se fijaba en los demás.

Los que estaban sentados tenían delante de ellos montones de plata y de fichas y las ponían sobre el tapete. El croupier echaba las cartas francesas, y poco después pagaba ó recogía el dinero puesto.

Los que estaban de pie alrededor, y de los cuales la mayoría no jugaba, parecían interesarse en el juego tanto ó más que los que se hallaban sentados y jugaban fuerte.

Eran aquéllos, tipos de miseria y de sordidez horrible; llevaban chaquetas rozadas, sombreros grasientos, pantalones con rodilleras, llenos de barro.

En sus ojos brillaba la pasión del juego, y se les veía seguir la marcha de las jugadas, con los brazos cruzados sobre la espalda y el cuerpo echado hacia adelante conteniendo la respiración.

Manuel se aburría allá; miró por los balcones á la calle; vió cómo se reemplazaban los jugadores, y al anochecer salió y fué al café de Lisboa.

Cuando llegó Vidal, mientras cenaron, le expuso sus dudas acerca del juego.

—Bueno; eso en seguida lo aprendes—le dijo el otro—. Además, los primeros días yo te daré un cartoncito con la indicación de cuándo debes jugar.

—Muy bien, ¿y el dinero?

—Toma para mañana. Cincuenta duros.

—¿Son buenos?

—Enséñaselos á cualquiera.

—De modo que es una combina como la del Pastiri.

—Igual.

La tarde siguiente, con los cincuentas duros que le dió su primo y las indicaciones en una tarjeta, jugó y ganó veinte duros, que entregó á Vidal.

Unos días después le llamaron de un cuartel, le preguntaron el nombre en una oficina y le despacharon.

—Te han rebajado—le advirtió Vidal.

—Bueno—contestó alegremente Manuel—; me alegro de no ser soldado.

Siguió acudiendo al Círculo todos los días que le indicaron, y al cabo de algún tiempo conocía el personal de la casa de juego. Había mucha gente empleada allá; varios croupiers muy atildados con las manos limpias y perfumadas; unos cuantos matones, otros medio ganchos, otros que vigilaban á los que entraban y á los ganchos.

Eran todos tipos sin sentido moral, á quienes, á unos la miseria y la mala vida, á otros la inclinación á lo irregular, había desgastado y empañado la conciencia y roto el resorte de la voluntad.

Manuel experimentaba, sin darse cuenta de ello con claridad, la repugnancia por aquel medio, y sentía obscuramente la protesta de su conciencia.

CAPÍTULO II El Garro.—Marcos Calatrava.—El Maestro.—Confidencias.

Una noche salió Manuel del Círculo, acompañado de un hombrecito con trazas de enfermo. Los dos llevaban el mismo camino; entraron en el cafe de Lisboa; el hombre se reunió allí con una mujer gorda y se sentó con ella, y Manuel se acercó á su primo.

—¿Qué hablabas con ese?—le preguntó Vidal al verle.

—Nada, de cosas indiferentes.

—Te advierto que es uno de la policía.

—¿Sí?

—Ya lo creo.

—Pues lo he visto en el Círculo.

—Sí, cobra allí. Le llaman el Garro. Está casado con esa, que es la Chana, una timadora antigua. Vivía en la calle de la Visitación, en casa de María la Guerrero, cuando yo me fuí con la Violeta. La Chana entonces ya se dedicaba á perista, conocía á todos los inspectores y estaba liada con un matón que llamaban el Ministro y á quien le mataron en la calle de Alcalá. Ten cuidado con el Garro; si te pregunta algo no le digas nada; ahora, si puedes sonsacarle alguna cosa, eso sí, hazlo.

Al día siguiente el Garro volvió á reunirse con Manuel y le preguntó quién era y de dónde venía. Manuel, advertido, contó una porción de embustes con gran candor, y se hizo el engañado por Vidal y por el Cojo.

—Le advierto á usted que son dos pájaros de cuenta—le dijo el policía.

—¿Sí, eh?

—Uf, que se pierden de vista. El Cojo, sobre todo, es atravesado. No se meta usted con él, porque ese es capaz de todo.

—¿Tan fiero es?

—Ya lo creo. Yo conozco su historia, él no lo sabe. Se llama Marcos Calatrava y es de buena familia. Hace doce años cursaba medicina.

El Garro contó toda la historia de Marcos. Al principio había sido un gran estudiante. Luego, de pronto, comenzó á frecuentar garitos, y en uno de éstos robó una capa. Tuvo la mala suerte de que le cogieran in fraganti, le llevaron á la Cárcel Modelo y estuvo allá arriba dos meses. Al año siguiente tomo la decisión de no estudiar, y como de su casa no le mandaban dinero, comenzó á matonear por garitos y chirlatas. Una navajada que le dieron en una bronca que tuvo, le quitó por algún tiempo sus arrestos de matón. Cuando se puso bueno fué á ver á la superiora de las Hermanas de la Caridad de San Carlos y le pidió dinero. Quería hacerse fraile, le había herido la gracia divina; y con su manera de hablar melosa, la convenció, le sacó los cuartos, y además una carta para el prior de un convento de Burgos.

Calatrava se gastó el dinero, y á los dos ó tres meses estaba muerto de hambre. Entonces organizó una compañía de cómicos de la legua, á quienes explotó de una manera miserable, y al año ó cosa así de recibir la carta de la superiora, en un período de hambre horrorosa, se encontró en el fondo de una maleta la carta y determinó aprovecharse de ella. Como era hombre de decisiones rápidas, no vaciló, tomó el tren sin billete y entre los fardos de los vagones de mercancías llegó á Burgos, se presentó en el convento y entró de novicio. Al poco tiempo pidió que le enviaran por los pueblos pidiendo limosna; al principio estuvo bien, hasta se distinguió por su celo; pero después empezó á hacer barbaridades, escandalizó á las personas piadosas de las aldeas, y cuando el prior, á quien había llegado la noticia de sus fechorías, le mandó llamar y volver al convento, Calatrava, sin hacer caso, anduvo explotando los hábitos, y cuando ya iban á pescarle volvió á Madrid. A los tres ó cuatro meses de estar aquí agotó todo su dinero y su crédito y tomó la determinación de sentar plaza en Sanidad militar y marcharse á Filipinas.

Un médico de regimiento, viendo á Marcos tan servicial y tan listo, trató de ayudarle á terminar la carrera y le colocó de interno en el Hospital militar de Manila.

Inmediatamente, Calatrava empezó á robar de la botica del Hospital, medicamentos, vendajes, aparatos, todo lo que podía, para venderlo; le despacharon de allá; pidió la absoluta y se dedicó á cobrar el barato en los chabisques de Manila. Como era tan quisquilloso, pronto allí se le hizo la vida imposible, y entonces recurrió á un Círculo de militares y consiguió que se hiciera una colecta para él, y con el dinero vino á España.

En Madrid volvió á encontrarse apurado, y como no era de los que se ahogan en poca agua, se alistó en el batallón de Voluntarios que iba á Cuba. Marcos se distinguió por su valor en muchas acciones, ascendió pronto á sargento cuando una bala le atravesó la pierna y tuvieron que cortársela en el Hospital de la Habana; y el hombre volvió á España ya sin porvenir y con un retiro ridículo.

Aquí anduvo fingiéndose agente de la policía secreta, robando por las calles, hasta que encontró un socio y se dedicó con él al timo del entierro, que, á pesar de lo divulgado que está, suele dar resultados entre los estafadores. Formó en una época una sociedad de espadistas y de criadas de servir para desvalijar las casas; falsificó billetes; luego no hubo engaño ni timo que no intentase; y como tenía una inteligencia clara y despierta, estudió metódicamente todos los procedimientos conocidos de estafa, calculó el pro y el contra de cada uno de ellos y encontró que todos tenían grandes quiebras.

Al último—concluyó diciendo el Garro—, se encontró con el Maestro que se ha retirado, y yo no sé de dónde han cogido dinero para estos garitos; el caso es que lo tienen.

—¿Hay más de un Círculo de éstos?—preguntó Manuel.

—Abierto al público no hay más que éste; pero tienen la casa de la Coronela, en donde se juega mucho más. Allá está todas las noches el Maestro. ¿No ha ido usted á aquella casa?

—No.

—Ya le llevarán. Si tiene usted dinero que perder, entre Vidal y el Cojo ya le llevarán. Luego la Coronela, como mete á la hija á bailarina, va á abrir un salón.

—Esa Coronela, ¿es cubana?—preguntó Manuel.

—Sí.

—La conozco, y conozco también á un amigo suyo que se llama Mingote.

El policía miró con cierta reserva á Manuel.

—Puede usted decir—le dijo—que conoce usted lo peorcito de Madrid. Mingote está ahora con Joaquina la Verdeseca. Tienen una casa de citas elegante. Van señoras y dejan su retrato. Este Mingote, fué el que organizó aquel baile célebre. Se pagaba un duro la entrada, y al final, se rifaba una señorita. La hija de la querida de Mingote.

Unos días después de esta conversación, Manuel, al salir del Círculo y encontrarse con Vidal, sintió la necesidad de hablarle del malestar que experimentaba con aquella vida. Vidal estaba también aquella noche de humor triste, é hizo lamentables confidencias á Manuel.

Fueron á un teatro, pero no había gente; entraron en un café y, después de pasear con una noche horrible de frío, Vidal propuso que entraran á tomar algo en casa de la Concha, en la calle de Arlabán.

Manuel no quería, porque no tenía ganas de comer ni de nada; pero á remolque entró en la taberna. Hacía dentro mucho calor, y esto les reanimó á los dos; se sentaron y Vidal pidió unas copas y luego unas chuletas.

—Hay que olvidar—dijo después de dar estas disposiciones.

Manuel hizo un gesto de desaliento y vació un vaso de vino que llenó Vidal.

Después contó lo que le había dicho el Garro. Su primo le escuchaba atentamente.

—No sabía la historia de Calatrava—dijo al concluir Vidal.

—Pues historia por historia—repuso Manuel—¿dime tú? ¿quién es ese Maestro?

—El Maestro... es un coloso. ¿Tú has leído Rocambole?

—No.

Vidal quedó un poco parado; la figura de Rocambole, sin duda, le parecía la más á propósito para comparar al Maestro.

—Bueno, pues figúrate tú un hombre como el Cojo, ¿sabes?, pero muchísimo más listo que él; un hombre que imita todas las letras, que sabe cuatro ó cinco idiomas, que tiene una serenidad como nadie, que viste la blusa lo mismo que la levita, que habla con una señora y parece un caballero, y habla con una golfa y parece un chulo, y une á esto que es una especie de payaso, que toca el acordeón, imita el tren, gesticula, se ríe de todo el mundo. Y luego ¡chiquillo! le ves medio llorando porque ha visto un viejo medio desnudo por la calle ó le ha pedido limosna una golfilla.

—¿Y cómo se llama?

—¡Qué sé yo! Cualquiera lo sabe. Algunos dicen que han conocido á su padre y á su madre, pero no es verdad. Yo he pensado si será hijo natural de algún personaje, pero no lo creo del todo, porque si hubiera sido así, sería chocante que le prendieran, como le prendieron, cuando tenía diez y siete años.

—Pronto empezó.

—Sí; lo prendieron sin culpa. El era empleado de uno que había hecho una estafa, y lo metieron en el Saladero con su principal. Esto lo cuenta el mismo. Un día parece que fué el juez á tomar declaración á un preso, y estando el escribiente copiando la declaración le dió un mal y tuvieron que llevarle á casa. El juez preguntó al alcaide si no tenía algún preso que supiera escribir al dictado, y el alcaide llamó al Maestro. Este se sentó en la silla, miró los papeles y se puso á escribir. El juez, al terminar la declaración, echa una mirada á los autos y queda asombrado. No se conocía dónde había empezado á escribir el Maestro y dónde había acabado el escribiente; la letra de uno y de otro eran iguales.

—¡Qué tío!

—Cuando contaba el Maestro esto, decía que si aquel juez no hubiera sido un estúpido, él no hubiera terminado mal; pero al juez lo único que se le ocurrió fué decir que aquel chico era peligroso y que había que tener con él mucho ojo. El Maestro, que vió que extremaban la vigilancia con él por el motivo de haber hecho un favor, claro, se indignó. Luego, en el Saladero, conoció á un falsificador célebre, y entre los dos, desde la misma cárcel, le sacaron á un francés cuarenta mil duros por el registro del entierro.

—¡Qué bárbaros!

—Dieron cinco ó seis golpes por el estilo. Al fin cayeron en que eran ellos dos y se les formó causa de nuevo. Le preguntaban á uno:—¿Quién ha sido el que ha escrito esto?—Yo, contestaba; le preguntaban al otro:—¿Quién ha sido el que ha escrito esto?—Yo, contestaba también. No podían saber cuál de los dos era. Entonces al juez se le ocurrió meterles á cada uno de ellos en un cuarto y hacerles escribir la carta por la que habían venido á saber que estaban preparando un entierro, y ¡chico! los dos escribieron igual, con la misma letra y con los mismos borrones. Figúrate tú qué maña tendrá este hombre, que algunas veces, cuando ha habido bailes y banquetes en el Palacio Real, ha falsificado la invitación, se ha puesto un frac y allá se ha marchado, alternando con duques y marqueses.

—¡Rediez!—dijo Manuel admirado—. ¿Y el compañero del Saladero vive?

—No; creo que murió en América.

—¿Ha estado allá también el Maestro?

—En todas partes; ha recorrido medio mundo, y en cada sitio ha dejado diez ó doce falsificaciones.

—¿Será rico?

—Sí, seguramente.

—¿Y qué hace con el dinero?

—Chico, yo no lo sé. No le gustan las juergas, no tiene queridas. El Cojo me dijo una vez que el Maestro tenía una hija educándose en Francia y que le dejaría una fortuna.

—¿Y dónde vive ese hombre?

—Vive hacia Chamberí; allí creo que se pasa los días leyendo y tocando la guitarra y besando el retrato de su hija.

—Sería curioso saber lo que hace.

—No lo hagas; á mí me entró la misma curiosidad. Un día le vi salir de un juego de bolos de los Cuatro Caminos:—Vamos á ver lo que hace este punto, me dije; fuí al otro día y lo encontré. Estaba muy alegre, jugando, hablando, accionando; parecía que no me había conocido. Al día siguiente el Cojo me dijo:—No vuelvas donde estuviste ayer, si no quieres reñir conmigo para siempre. Comprendí la advertencia y no he vuelto.

Era curiosa la vida pura y sencilla de aquel hombre metido en combinaciones de estafas y de engaños. Manuel escuchaba á su primo como quien oye un cuento.

—¿Y la Coronela?—le preguntó.

—Nada... una pendona. Fué la querida de un relojero, que se hartó de ella porque es una tía ordinaria y luego se lió con ese militar. Es una tía sucia y mala.

—Es mala, sí. Desde el primer día que la vi me lo pareció.

—¿Mala? Es una loba y tiene furor... ¿sabes? Hace ignominias. Antes, cuando algún señorito seguía á alguna de sus hijas, le hacía subir á su casa y allá le decía que con sus hijas nada, pero con ella sí. Ahora va á los cuarteles. Es una tía de lo más indecente... Pero lo que está haciendo con el hijo es todavía peor.

—¿Pues qué hace?

—Nada. Que por entretenerse, le visten de chica y le pintan, y ya no le llaman Luis, como se llama él, sino Luisita la Ricopelo.

—¡Cristo!—murmuró Manuel dando un puñetazo en la mesa—. Eso es demasiado. Hay que denunciar eso.

—Calla, que viene gente—advirtió Vidal.

Tres hombres y una muchacha se sentaron en la mesa de al lado de la taberna.

Uno de ellos era un viejo teñido, con la cara llena de arrugas blandas y el aire de un cinismo repugnante; el otro tenía el tipo de un peluquero, patillas de hacha muy repeinadas y el pelo rizado; el tercero, calvo, con la nariz roja y las barbas deshilachadas y amarillas, presentaba el aspecto del joven decrépito.

La muchacha era muy bonita; tenía la nariz afilada, los labios finos, el pelo negro, separado en dos bandas; llevaba una capa de color perla con cuello de plumas, la mantilla prendida en el moño que encuadraba su rostro y caía sobre el pecho.

En su cara latía una continua nerviosidad y una expresión sarcástica; no paraba un momento de moverse, y cuando escuchaba, accionaba y movía nerviosamente los labios.

Tenían todos las mejillas rojas y los ojos brillantes. El hombre de las barbas hacía preguntas y más preguntas á la muchacha, y ésta contestaba con gran descoco.

Manuel y Vidal se pusieron á escuchar.

—¿De veras eres partidaria del amor libre?—decía el de las barbas.

—Sí.

—¿No quisieras casarte?

—Yo no.

—Es una mujer indiferente—interrumpió el de las patillas—no comprende esas cosas de cariño.

—Bah, no lo creo.

—Lo que tiene la pobre es que es muy... bruta—murmuró el viejo con voz aguardentosa.

—¿Y tu mujer?—preguntó ella agitándose en la silla y mirando al viejo con los ojos fríos y burlones. La muchacha aquella daba la impresión de una avispa ó de un bicho con aguijón. Se agitaba en el asiento cuando iba á decir algo, pinchaba y quedaba ya tranquila y satisfecha por un momento.

El viejo masculló una serie de blasfemias. El de las barbas rojas siguió preguntando á la muchacha.

—¿Pero tú no has querido á nadie?

—Yo no; ¿para qué?

—Si te digo que es fría como el mármol—murmuró el de facha de peluquero.

—Cuando le conocí á éste—añadió ella riéndose y señalando al de las patillas—tenía un hombre que me había puesto un cuarto y la patrona de la casa pasaba por mi madre. Además, tenía otros amigos; pues ya ves, ninguno notó nada.

—Es terrible—exclamó el de las barbas llenando un vaso de vino y vaciándolo—; no nos quieren, y nosotros suponiendo siempre que tienen corazón. Pero de veras, dime de veras, ¿no has querido nunca á nadie?

—A nadie, á nadie.

—Si te digo que es fría como el mármol—repitió el hombre con facha de peluquero—. ¡Si supieras las majaderías que hice yo por ella! Preguntaba tímidamente en la portería; pasé un mes sin atreverme á hablarla, y luego, al conseguirla, supe que era una mujer á quien se dice:—¿Mañana estás libre á tal hora?—Sí.—Pues mañana nos veremos.

—Como quien avisa á un afinador de pianos—repuso el de la barba, encontrando no se sabe qué relación entre los hombres y los pianos—. Es terrible—añadió, y después con un arrebato de ira, golpeó la mesa con el puño é hizo tambalearse los vasos.

—¿Qué te pasa?—preguntó el viejo.

—Nada. Había que destruir esta cochina humanidad. Me siento anarquista.

—Bah, yo creo que te sientes borracho—interrumpió el de las patillas.

—San Dios; porque tú seas un indecente burgués dedicado á los negocios...

—Si tú eres más burgués que yo.

El hombre de la nariz roja y de la barba amarilla se calló indignado; luego, dirigiéndose á la muchacha, con voz iracunda, la dijo:

—Dile á este imbécil que cuando habla un hombre de talento él debe callar. La culpa la tenemos nosotros que le otorgamos la beligerancia.

—¡Pobre hombre!

—¡Idiota!

—Si eres más pesado que un artículo tuyo—gritó el de las patillas—; y todavía, si esa soberbia de que haces gala la sintieras, estaría bien; pero si no la sientes; si eres un pobre desgraciado que te reconoces á ti mismo, imbécil; si te pasas la vida aburriéndonos, recitándonos artículos que ya has publicado y que ni siquiera son tuyos, porque los coges de cualquier parte...

La palidez del de las barbas hizo callar á su contrincante, y siguieron los tres hablando en tono tranquilo.

De pronto el viejo se puso á chillar.

—Pues no será una persona decente—decía.

—¿Por qué no?—replicaba la mujer.

—Porque no. Será carpintero, basurero, ó ladrón, ó hijo de mala madre, porque una persona decente no sé á qué se va á levantar por la mañana.

Cenaron Manuel y Vidal. Poco después se levantaron la muchacha y sus tres acompañantes.

—Ahora va uno á casa—murmuró el de las barbas rojas en tono lúgubre—, arregla la cama, se mete uno dentro, se enciende un pitillo, bebe un vaso de agua, orina y se duerme uno. La vida es repugnante.

Al salir los cuatro á la calle, Vidal fué detrás de ellos.

—Voy á enterarme quién es ella—le dijo á Manuel—. Hasta mañana.

—Adiós.

CAPÍTULO III La Flora y la Aragonesa.—La Justa.—La inauguración del Salón París.

Al día siguiente, Vidal dijo á su primo que se había enterado quién era la muchacha. Se llamaba Flora, vivía en la calle del Pez y solía acudir á una tienda de modas de la calle del Barquillo, casa de trato disimulada. Vidal esperaba hacer la conquista de la Flora.

Ya iba adelantado en su intento, cuando Calatrava, que estaba satisfecho de Manuel y de Vidal, les invitó á los dos un domingo por la tarde á ir á una casa de la calle del Barquillo, en donde encontrarían mozas guapas é irían con ellas á los Viveros.

Aquella tarde fué terrible de emociones para Manuel. Fueron Calatrava, Vidal y Manuel en coche á la tienda de modas, y les hicieron subir á un saloncillo regularmente amueblado. Al poco rato llegó Flora, acompañada de una mujer alta, de ojos negros y cara cetrina, verdaderamente hermosa, la cual produjo un gran entusiasmo en Calatrava.

—Esperaremos que venga otra—dijo Vidal.

Esperaron charlando. Se oyó ruido de pasos en el corredor, se levantó una cortina y apareció una mujer. Era la Justa, más pálida, con los ojos más negros y la boca roja. Manuel la miró sobrecogido; ella volvió la espalda, y trató de salir.

—¿Por qué quieres marcharte?—preguntó Vidal.

La muchacha nada replicó.

—Bueno, vamos—dijo Calatrava.

Salieron del salón y bajaron las escaleras; en el coche que estaba esperando montaron Vidal con la Flora y Manuel con la Justa, y en otro coche Calatrava y la mujer alta de ojos negros; se dirigieron hacia la Puerta del Sol, y después, por la plaza de Oriente, á la Bombilla.

En el coche, Vidal y Flora hablaron por los codos; la Justa y Manuel estuvieron callados.

La merienda fué para los dos triste; al terminarla, Vidal y Calatrava desaparecieron; la Justa y Manuel quedaron en la mesa sin saber qué decirse. Manuel sentía una tristeza dolorosa, el aniquilamiento completo de la vida.

Al anochecer, las tres parejas volvieron á Madrid, y cenaron en un cuarto del café Habanero.

Hubo confidencias entre todos ellos; cada uno contó su vida y milagros, menos la Justa, que calló.

Calatrava y Vidal querían saber cómo sus amadas habían entrado en la vida irregular que llevaban.

—Yo entré en la vida—dijo la Flora—, porque no veía otra cosa en mi casa. No he conocido padre ni madre, viví hasta los quince años con mis tías, que eran golfas como yo. Sólo que eran más alegres que yo. La mayor tenía un chico, y lo dejaba en el cajón de la cómoda, que había convertido en cama. No tenían trajes, y para salir era necesario que una se quedara en casa, y las botas y las enaguas de una servían para la otra. Cuando se encontraban sin dinero, escribían á una señora que tenía casa de compromiso, acudían á la cita, y volvían con el dinero tan contentas. A mí me querían meter en un taller, y dije yo:—No, para trabajar, prefiero ser golfa—, y me lancé á la vida.

La otra mujer, alta y hermosa, habló con cierta amargura. La llamaban Petra la Aragonesa.

—Yo—dijo con voz grave—, fuí deshonrada por un señorito; vivía en Zaragoza, y entré en la vida. Como mi padre vive allí, y es carpintero, y también mis hermanos, para no darles esta vergüenza, pensé venir á Madrid, y nos arreglamos una compañera y yo para hacer el viaje juntas. Teníamos cada una más de diez duros cuando llegamos á Madrid. En la estación tomamos un coche, paramos en un café, comimos y nos echamos á andar por las calles. En una rinconada, creo que estaba por la plaza de los Mostenses, en una callejuela que no sabría decir á dónde cae ni qué nombre tiene, vimos una casa con las ventanas iluminadas y oímos el sonido de un organillo. Entramos, dos chulos se pusieron á bailar con nosotras, y nos llevaron á una casa de la calle de San Marcos.

Al día siguiente, cuando me levanté, aquel hombre me dijo:—Anda; trae el dinero que llevas y vamos á comer aquí mismo. Yo dije que nones. Después salió un señor y nos enseñó la casa, que estaba muy bien puesta, con divanes y espejos, y nos ofreció unas copas y pasteles y nos invitó á quedarnos allá. Yo no quise tomar nada y me fuí. La otra le dió todo el dinero que tenía al chulo y se quedó. Luego el hombre aquel la sacaba el dinero y la pegaba.

—¿Y vive todavía en la casa tu compañera?—preguntó Vidal.

—No; la traspasaron á una casa de Lisboa por cuarenta y cinco duros.

—¿Para qué fué?

La Aragonesa se encogió de hombros.

—Es que las mujeres de la vida son muy bestias—dijo Vidal—; no tienen entendimiento ni conocen sus derechos ni nada.

—¿Y tú?—preguntó Calatrava á la Justa.

La muchacha se encogió de hombros y no desplegó sus labios.

—Esta será alguna princesa rusa—dijo con sorna la Flora.

—No—replicó la Justa secamente—; soy lo que eres tú, una tía.

Concluyeron de cenar y cada pareja se fué por su lado. Manuel acompañó á la Justa hasta la calle de Jacometrezo, en donde vivía.

Al llegar al portal, Manuel iba á despedirse, esquivando su mirada, pero ella le dijo:—Espera. Les abrió el sereno, le dió ella diez céntimos, el vigilante le entregó una cerilla larga después de encenderla en su linterna, y comenzaron á subir la escalera. A la luz de la cerilla, la sombra de los dos se alargaba y se achicaba con alternativas al reflejarse en las paredes. En el tercer piso abrió la Justa una puerta con un llavín y pasaron los dos adentro á un cuarto estrecho con una alcoba. La Justa encendió un quinqué de petróleo y se sentó; Manuel hizo lo mismo.

Nunca Manuel se había sentido tan miserable como aquella noche. No comprendía para qué la Justa le había hecho subir á su casa; se encontraba cohibido ante ella y no se atrevía á preguntarle nada.

Después de algunas palabras indiferentes que cambiaron, Manuel la dijo:

—¿Y tu padre?

—Bueno.

De pronto la Justa, con una brusca transición, empezó á llorar. Debía de sentir un gran deseo de contar á Manuel su vida, y lo hizo sollozando, con palabra entrecortada.

El hijo del carnicero, después de sacarla del taller, la había deshonrado y la había contagiado una enfermedad horrorosa; después la abandonó y se fué de Madrid. Entonces ella no tuvo más remedio que marcharse al Hospital. Cuando fué su padre á San Juan de Dios y la vió boca arriba con unos tubos de goma en las ingles abiertas, creyó que la iba á matar, y con voz rabiosa le dijo que para él su hija había muerto y que no volviera más por su casa. Ella se echó á llorar desconsolada; una vecina que estaba en una cama de al lado, le dijo: «¿Por qué no te echas á la vida?» Pero ella no hacía más que llorar. Cuando le dieron el alta fué á ver á la maestra del taller y no la quiso recibir. Entonces, ya á la noche, salió dispuesta á todo. Estaba en la calle Mayor cuando se le acercó un hombre que llevaba un bastón en la mano y le dijo: «Anda para adelante». Fueron calle abajo, y aquel hombre la hizo entrar en el Gobierno civil, subieron hasta el último piso y pasaron por un corredor obscuro á un cuarto con luz eléctrica, lleno de mujeres, que hablaban y reían con los empleados. Al cabo de algún tiempo, un señor empezó á leer una lista y se fueron marchando las mujeres. No quedaron más que veinte ó treinta de las más zarrapastrosas y sucias. A todas las hicieron bajar unas escaleras y las encerraron en una cueva.

—Allí pasé una noche desesperada—concluyó diciendo la Justa—; al día siguiente me llevaron á reconocimiento y me dieron cartilla.

Manuel no supo encontrar ni una frase de consuelo, y al ver su frialdad la Justa se repuso de su emoción. Siguieron hablando. Después Manuel contó su vida tranquilamente; los recuerdos se engarzaron unos con otros, y hablaron y hablaron sin cansarse; de pronto la llama del quinqué vaciló un momento, y con un suave estallido se apagó.

—También es casualidad—dijo la Justa.

—No; que no tendría petróleo—repuso Manuel—. Bueno, yo me voy.

Se registró los bolsillos; no tenía fósforos.

—¿No tienes cerillas?—preguntó ella.

—No.

Manuel se levantó y fué tanteando; tropezó con la mesa; luego con una silla y se detuvo.

La Justa abrió el balcón que daba á la calle y Manuel pudo ver algo y dirigirse hacia la puerta.

—¿Tienes la llave de la casa?—dijo.

—No.

—Y entonces, ¿cómo voy á salir?

—Tendremos que llamar al sereno.

Salieron los dos al balcón; la noche estaba fría, muy estrellada. Esperaron á que se viera el farolillo del sereno.

La Justa se acercó mucho á Manuel; éste le pasó él brazo por el talle. Luego no hablaron más; cerraron el balcón y huyeron en la obscuridad hacia la alcoba.

Había que aceptar las cosas tal como venían; Manuel prometió á la Justa que si encontraba algún medio de ganar honradamente unos cuartos, la sacaría al momento de aquella vida, y la Justa lloró emocionada sobre el hombro de Manuel. A pesar de los hermosos planes de regeneración que idearon aquella noche, Manuel no intentó nada; lo único que hizo fué ir á vivir con la Justa. A veces los dos sentían una repugnancia grande por la vida que llevaban, y reñían y se insultaban por cualquier motivo, pero en seguida hacían las paces.

Todas las noches, mientras Manuel dormía en aquel cuchitril, de vuelta de la casa de juego, llegaba la Justa, cansada de rodar por cafés, colmados y casas de citas. A la luz lívida del amanecer, sus mejillas tenían un color sucio y su sonrisa era muy triste.

Algunas veces iba tambaleándose, completamente borracha, y al entrar en la casa y al subir las escaleras sola sentía un miedo y un remordimiento grandes. El amanecer le producía como un despertar de la conciencia.

Al llegar al cuarto, abría la puerta con el llavín, entraba y se acostaba junto á él, sin despertarle, temblando de frío.

Manuel se iba acostumbrando á aquella vida y á sus nuevas amistades; no se atrevía á intentar un cambio de postura por pereza y por miedo. Algunos domingos por la tarde, la Justa y él marchaban de paseo á los Cuatro Caminos y á la Puerta de Hierro, y cuando no reñían hablaban de sus ilusiones, de un cambio de vida que vendría para ellos sin esfuerzo, como una cosa providencial.

Durante este invierno los dueños del Círculo instalaron en la planta baja en donde antes estaba el café, el Salón París, y en la lista de las bellezas sensacionales que habían de exhibirse, aparecieron las bailarinas y cupletistas de más nombre; las Dalias, Gardenias, Magnolias, etc. Además, como gran atracción, se anunció el debut de Chuchita, la hija de la Coronela. Esta trataba de explotar á su niña como empresaria y como madre. El día de la presentación la madre hizo que la clac ocupara todas las localidades. Vidal, el Cojo y Manuel se acomodaron en las primeras filas de sillas en calidad de alabarderos.

—Aplaudirán ustedes, ¿eh?—preguntó la Coronela.

—Descuide usted—dijo Calatrava—y al que no le guste, mire usted qué argumento le traigo—y mostró su garrote.

Después de un magnetizador salió Chuchita en medio de una salva de aplausos. Bailó sin gracia ninguna, y al terminar su canción y de bailar un tango sacaron al escenario una gran cantidad de guirnarlas de flores y de otros regalos. Cuando concluyó la sección en que trabajaba la Chuchita, se reunieron Manuel y Vidal con unos periodistas, entre los cuales había dos amigos de Alex el escultor, y fueron juntos á dar la enhorabuena al padre de la Chuchita.

Llamaron al sereno y entraron en la casa. La criada les hizo pasar al cuarto del Coronel. Este, metido en la cama, fumaba tranquilamente. Entraron todos en la alcoba.

—Que sea enhorabuena, mi coronel.

El hombre del pundonor militar recibía los plácemes sin notar la sorna que aquello significaba.

—¿Y cómo ha estado? ¿Cómo ha estado?—preguntaba el padre desde su cama.

—Muy bien; al principio un poco tímida, luego se soltó.

—Si las bailarinas son como los militares, en cuanto llegan al terreno se crecen.

Celebraron todos, periodistas y demás golfería, la frase, con risas burlona, se despidieron del Coronel y volvieron de nuevo al Salón París.

La Coronela, Chuchita y la hermana de ésta, la rubia, acompañadas las tres de un señor senador, de un periodista y de un torero de fama se preparaban para cenar en un gabinete del Círculo.

Según se decía, Chuchita manifestaba una inclinación decidida por el torero, y la Coronela, no sólo no la disuadía, sino que había llamado al torero para que el debut de la Chuchita fuera para ella del todo agradable...

La apertura del Salón París dió ocasiones á Manuel y á Vidal de nuevos conocimientos.

Este se había hecho amigo del hermano de la Chuchita, que alcahueteaba por el teatro, y el chiquillo llevó á Vidal y á Manuel á los cuartos de las bailarinas.

Cuando la Justa se enteró de las amistades de Manuel le armó un escándalo tremendo. La Justa se había propuesto hacer la vida de Manuel insoportable, y tan pronto le insultaba y le decía que era un chulo que vivía á sus expensas, como se manifestaba celosa. Cuando armaba un escándalo de éstos, Manuel resignado se encogía de hombros y la Justa, sumida momentáneamente en la mayor desesperación, se tiraba larga en el suelo y quedaba inmóvil, como muerta. Luego se le pasaba el arrechucho y tan tranquila.

CAPÍTULO IV Un fusilamiento.—En el puente del Sotillo.—El Destino.

Una noche de Agosto salían del Teatro Eldorado, Manuel, Vidal, la Flora y la Justa, cuando dijo Vidal.

—Hoy fusilan á un soldado. ¿Queréis que vayamos á ver?

—Sí, vamos—contestaron la Flora y la Justa.

Hacía una noche hermosa y templada.

Subieron la calle de Alcalá y entraron en Fornos. A eso de las tres salieron del café y en una manuela se dirigieron al lugar de la ejecución.

Dejaron el coche frente á la Cárcel Modelo.

Era demasiado temprano. Aún no había amanecido.

Dieron vuelta á la cárcel metiéndose por una callejuela como una zanja abierta en la arena, hasta salir á los desmontes próximos á la calle de Rosales. Tenía el edificio de la Cárcel Modelo, visto desde aquellos campos desolados, un aspecto imponente; parecía una fortaleza envuelta en la luz azul y espectral de los arcos voltaicos. Los centinelas daban de vez en cuando un alerta largo que producía una terrible impresión de angustia.

—¡Qué triste es esta casa!—murmuró Vidal. ¡Y cuánta gente habrá ahí encerrada!

—Pse..., que los maten—replicó la Justa con indiferencia.

Pero Vidal no sentía este desdén, y se indignó con la frase de la Justa.

—¿Pa qué roban?—replicó ésta.

—Y tú, ¿por qué...?

—Yo para comer.

—Pues ellos también para comer.

La Flora recordó que de chica había visto la ejecución de la Higinia. Había ido con la hija de la portera de su casa.

Allí estaba el patíbulo,—y señaló el centro de una tapia frente á la capilla—. En los desmontes hormigueaba el gentío. Vino la Higinia vestida de negro, apoyada en los Hermanos de la Paz y Caridad; debía de estar ya muerta; la sentaron en el banquillo, y un cura con una cruz alzada se puso delante de la Higinia, le ató el verdugo con unas cuerdas por los pies, sujetándola las faldas; luego le tapó la cara con un pañuelo negro, y poniéndose detrás de ella dió de prisa dos vueltas á la rueda, en seguida le quitó el pañuelo de la cara y quedó la mujer tan raida sobre el palo.

Después, terminó diciendo la Flora, la otra chica y ella tuvieron que echar á correr porque los guardias civiles dieron una carga.

Vidal, al oir tan minuciosas descripciones, palideció.

—Estas cosas me matan—dijo poniéndose una mano sobre el corazón.

—¿Para qué has querido venir?—le preguntó Manuel.—¿Quieres que volvamos?

—No, no.

Salieron á la plaza de la Moncloa. En una esquina de la cárcel había un grupo grande de gente. Estaba amaneciendo. Una franja de oro se formaba en el horizonte. Por la calle de la Princesa subía un escuadrón de artillería, presentaba un aspecto extraño á la luz vaga del amanecer. Se detuvo el escuadrón frente á la cárcel.

—A ver si nos dan la entretenida y lo fusilan en otra parte—decía un vejete, á quien la idea de madrugar y no presenciar la ejecución, debía parecer en extremo desagradable.

—Hacia San Bernardino es donde lo fusilan—anunció un golfo.

Todos echaron á correr. Efectivamente, debajo de unos desmontes próximos al paseo de Areneros formaban los soldados el cuadro. Había un público de cómicos, trasnochadores, coristas, prostitutas, subidos en coches simones, y una turbamulta de golfos y de mendigos. El espació despejado era extensísimo. Vino un furgón gris y entró en medio del cuadro á la carrera, bajaron tres figuras que parecían muñecos; los de á los lados del reo llevaban sombrero de copa. No se veía bien al soldado.

—Bajad las cabezas—decían los del público, los que estaban atrás—, que veamos todos.

Se destacaron ocho soldados de caballería con fusiles cortos y se pusieron delante del reo; se conoce que no quedaron bien de frente, porque moviéndose de lado, como un animal de muchas patas, anduvieron algunos metros. El sol brillaba en la arena amarilla del desmonte, en los cascos y correajes de los soldados. No se oyó voz de mando, los fusiles apuntaron.

—Bajad las cabezas—gritaron otra vez con acento irritado los que se hallaban colocados en tercera y cuarta fila.

Sonó una detonación sin fuerza; poco después se oyó otra.

—Es el golpe de gracia—murmuró Vidal.

Todo el público echó á andar hacia Madrid; se oyó estrépito de tambores y cornetas. El sol brillaba en los cristales de las casas. Iban Manuel, Vidal y las dos mujeres por el paseo de Areneros, cuando oyeron otra detonación.

—Se conoce que no había muerto—añadió Vidal, más pálido.

Estaban los cuatro preocupados.

—¿Sabes?—dijo Vidal—. Se me ha ocurrido una cosa para quitar la mala impresión de esto: ir á merendar esta tarde.

—¿Adónde?—preguntó Manuel.

—Hacia el río. Recordaremos nuestros buenos tiempos. ¿Eh? ¿Qué te parece?

—Muy bien.

—¿La Justa no tendrá nada que hacer?

—No.

—Bueno. Pues entonces al medio día estamos todos en el merendero de la señora Benita, que está cerca del Embarcadero y del puente del Sotillo.

—Convenido.

—Ahora vamos á casa á dormir un rato.

Lo hicieron así. A las doce salieron Manuel y la Justa y fueron al merendero; todavía no había llegado nadie.

Se sentaron los dos en un banco; la Justa estaba malhumorada. Compró diez céntimos de cacahuetes y se puso á comerlos.

—¿Quieres?—le dijo á Manuel.

—No; se me meten en las muelas.

—Pues yo tampoco—y los tiró al suelo.

—¿A qué los compras para tirarlos?

—Me da la gana.

—Bueno, haz lo que quieras.

Pasaron los dos bastante tiempo esperando, sin hablarse; la Justa, impacientada, se levantó.

—Me voy á casa—dijo.

—Yo voy á esperar—replicó Manuel—.

—Anda y que te zurzan con hilo negro, ladrón.

Manuel se encogió de hombros.

—Y que te den morcilla.

—Gracias.

La Justa, que iba á marcharse, se detuvo al ver que llegaban Calatrava con la Aragonesa y Vidal al lado de la Flora. Calatrava traía una guitarra.

Pasó un organillo por delante del merendero. El Cojo lo hizo parar y bailaron Vidal y la Flora, la Justa y Manuel.

Llegaron nuevas parejas, entre ellas una mujer gorda y chata, vestida de un modo ridículo, que iba acompañada de un hombre de patillas de hacha y aspecto agitanado. La Justa, que se sentía insolente y provocativa, comenzó á reirse de la mujer gorda; la otra contestó con despreciativo retintín y recalcando la palabra.

—Estos pericos...

—¡La tía gamberra!—murmuró la Justa—, y cantó á media voz, dirigiéndoselo á la chata, este tango:

«Eres más fea que un perro de presa, y á presumida no hay quien te gane.»

—¡Indecente!—gruñó la gorda.

El hombre con facha de gitano se acercó á Manuel para decirle que aquella señora (la Justa) estaba faltando á la suya y que él no podía permitir esto. Manuel comprendía que tenía razón; pero, á pesar de esto, contestó insolentemente al hombre. Vidal se interpuso, y después de muchas explicaciones por una y otra parte, se decidió que allí no se había faltado á nadie y se arregló la cuestión. Pero la Justa estaba con humor de pelea y se trabó de palabras con uno de los organilleros, desvergonzado por razón de oficio.

—Calla ¡leñe!—gritó Calatrava, dirigiéndose á la Justa—, y tú calla también—dijo al organillero—, porque si no te voy á arrimar un estacazo.

—Vamos nosotros adentro—indicó Vidal.

Pasaron las tres parejas á un cobertizo con mesas y bancos rústicos y un barandado de palitroques que daba al Manzanares.

En medio del río había dos islas cubiertas de un verdín brillante, y entre éstas unas cuantas tablas que servían de paso desde una orilla á otra.

Trajeron la comida, pero la Justa no quiso comer, y á las preguntas que la hicieron no contestó, y luego, sin saber por qué, empezó á llorar amargamente entre las burlas de la Flora y de la Aragonesa. Luego se tranquilizó y quedó alegre y jovial.

Comieron allá opíparamente y salieron un momento á bailar á la carretera al son del organillo. Manuel creyó ver pasar varias veces al Bizco por delante del merendero.

—¿Será él? ¿Qué buscará por aquí?—se preguntó.

Al anochecer volvieron las tres parejas adentro, encendieron luz en un cuarto y mandaron traer aguardiente y café. Hablaron durante largo rato. Calatrava contó con verdadera delectación horrores de la guerra de Cuba. Había satisfecho allí sus instintos naturales de crueldad, macheteando negros, arrasando ingenios, destruyendo é incendiando todo lo que se le ponía por delante.

Las tres mujeres, sobre todo la Aragonesa, le escuchaban con entusiasmo. De pronto, Calatrava calló pensativo, como si algún recuerdo triste le embargara.

Vidal tomó la guitarra y cantó el tango del Espartero con un gran sentimiento, después tarareó el de La Tempranica con mucha gracia, cortando las frases para dar mas intención y poniendo la mano en la boca de la guitarra, para detener á veces el sonido. La Flora marcó unas cuantas posturas jacarandosas, mientras Vidal, echándoselas de gitano, cantaba:

¡Ze coman los mengues mardita la araña que tié en la barriga pintá una guitarra! Bailando ze cura tan jondo doló... ¡Ay!, malhaya la araña que á mí me picó.

Luego fué Marcos Calatrava el que cogió la guitarra. No sabía puntear como Vidal, sino que rasgueaba suavemente, con monotonía. Marcos cantó una canción cubana, triste, lánguida, que daba la nostalgia de un país tropical. Era una larga narración que evocaba los danzones de los negros, las noches espléndidas del trópico, el sol, la patria, la sangre de los soldados muertos, la bandera, que hace saltar las lágrimas á los ojos; el recuerdo de la derrota... algo exótico y al mismo tiempo íntimo, algo muy doloroso, algo hermosamente plebeyo y triste.

Y Manuel sentía al oir aquellas canciones la idea grande, fiera y sanguinaria de la patria. Y se la representaba como una mujer soberbia, con los ojos brillantes y el gesto terrible, al lado de un león...

Después, Calatrava entonó, acompañándose del rasguear monótono de la guitarra, una canción de insurrectos muy lánguida y triste. Una de las coplas, que Calatrava cantaba en cubano, decía:

«Pinté á Matansa confusa, la playa de Viyamá, y no he podío pintá el nido de la lechusa; yo pinté po donde crusa un beyo ferrocarrí, un machete y un fusí y una lancha cañonera, y no pinté la bandera po la que voy á morí.»

No sabía Manuel por qué, pero aquella reunión de cosas incongruentes que se citaban en el canto le produjo una tristeza enorme...

Afuera anochecía. A lo lejos la tierra azafranada brillaba con las últimas palpitaciones del sol, oculto en nubes incendiadas como dragones de fuego; alguna torre, algún árbol, alguna casucha miserable rompía la línea del horizonte, recta y monótona; el cielo hacia el Poniente se llenaba de llamas.

Luego obscureció; fué ennegreciéndose el campo, el sol se puso.

Por el puentecillo de tablas, tendido de una orilla á otra, pasaban mujeres negruzcas, con fardeles de ropa bajo el brazo.

Manuel experimentaba una gran angustia. A lo lejos, de algún merendero, llegaba el rasguear lejano de una guitarra.

Vidal salió del cobertizo.

—Ahora vengo—dijo.

Un momento... y se oyó un grito de desesperación. Todos se levantaron.

—¿Ha sido Vidal?—preguntó la Flora.

—No sé—dijo Calatrava dejando la guitarra sobre la mesa.

Rumor de voces resonó hacia el río. Se asomaron todos al balcón que daba al Manzanares. En una de las islillas verdes dos hombres luchaban á brazo partido. Uno de ellos era Vidal, se le conocía por el sombrero cordobés blanco. La Flora, al conocerlo, dió un grito de terror; poco después los dos hombres se separaron y Vidal cayó á tierra, de bruces, en silencio. El otro puso una rodilla sobre la espalda del caído y debió asestarle diez ó doce puñaladas. Luego se metió en el río, llegó á la otra orilla y desapareció.

Calatrava y Manuel se descolgaron por el barandado del cobertizo y se acercaron por el puente de tablas hacia el islote.

Vidal estaba tendido boca abajo y un charco de sangre había junto á él. Tenía clavada la navaja en el cuello, cerca de la nuca. Calatrava tiró del mango pero el arma debía de estar incrustada en las vértebras. Después Marcos hizo dar al cuerpo media vuelta y le puso la mano en el pecho sobre el corazón.

—Está muerto—dijo tranquilamente.

Manuel miró al cadáver con horror; las últimas claridades de la tarde se reflejaban en sus ojos, muy abiertos. Calatrava puso al cadáver en la misma posición. Volvieron al merendero.

—¡Hala!, vamos—dijo Marcos.

—¿Y Vidal?—preguntó la Flora.

—Ha espichado.

La Flora comenzó á chillar; pero Calatrava la agarró violentamente del brazo y la hizo enmudecer.

—Vaya... ahuecando—dijo, y con gran serenidad pagó la cuenta, cogió la guitarra y salieron todos del merendero.

Había obscurecido; á lo lejos, Madrid, de un pálido color de cobre, se destacaba en el cielo azul, melancólico y dulce, surcado en el Poniente por grandes fajas moradas y verdosas, las estrellas comenzaban á lucir y á parpadear con languidez, el río brillaba con reflejo de plata.

Pasaron silenciosos el puente de Toledo; cada uno entregado á sus pensamientos y á sus temores. A final del paseo de los Ocho Hilos encontraron dos coches; Calatrava con la Aragonesa y la Flora entraron en uno, la Justa y Manuel en otro.

CAPÍTULO V El calabozo del Juzgado de guardia.—Digresiones. La declaración.

Al día siguiente de la muerte de su primo, Manuel compró con ansiedad los periódicos; contaban todos lo pasado en el merendero; las señas de cada uno de los comensales venían claras; se había identificado el cadáver de Vidal, y se sabía que el asesino era el Bizco, un pájaro de cuenta, procesado por dos robos, lesiones y presunto autor de una muerte cometida en el camino de Aravaca.

El pánico de la Justa y de Manuel fué grandísimo; temían que les considerasen complicados en el crimen, que les llamasen á declarar; no sabían qué hacer.

Después de pensar mucho, decidieron como lo más cuerdo mudarse de casa é ir por los alrededores. Anduvieron la Justa y Manuel buscando habitación, y la encontraron al fin en una casa de la calle de Galileo, próxima á Tercer Depósito, en Vallehermoso.

La casa era barata, tres duros al mes; tenía dos balcones, que daban á un gran descampado ó solar en donde tallaban los canteros grandes piedras. Este solar hallábase limitado por una cerca de pedruscos sueltos, residuos del corte de piedras, y en medio tenía una barraca en donde vivía el guarda con su familia.

Entraba en las habitaciones el sol desde que salía hasta que se ocultaba. Fuera por el terror producido por la muerte trágica de Vidal ó por un impulso íntimo, Manuel sintió en su alma bríos para comenzar una vida nueva; buscó trabajo y lo encontró en una imprenta de Chamberí. Era muy violento para él estar encerrado todo el día en la imprenta; pero la misma violencia que tenía que hacer le animaba á perseverar. La Justa, en cambio, se aburría, se hallaba continuamente malhumorada y triste.

A la semana de esta vida ejemplar, un sábado, al volver á casa Manuel, se encontró con que no estaba la Justa. La esperó toda la noche, inquieto; no apareció.

Al día siguiente, cuando vió que no volvía, se echó á llorar. Comprendió que le abandonaba. Era el despertar de un sueño hermoso; había llegado á creer que al fin se emancipaban los dos de la miseria y de la deshonra.

Los días anteriores le había oído á la Justa quejarse de dolores de cabeza, de falta de apetito, pero no sospechaba aquella resolución, no creía que le iba á abandonar así, tan fríamente.

¡Y se sentía tan solo, tan miserable, tan cobarde otra vez! Aquel cuarto inundado de sol, que antes lo había encontrado alegre, ahora le parecía triste y sombrío. Miró desde el balcón las casas lejanas, con sus tejados rojos. En lontananza se extendía Madrid, envuelto en el ambiente limpio y claro, bajo un sol de oro. Algunas nubes blancas pasaban lenta y majestuosamente, desplegando sus fantásticas formas.

Familias de artesanos endomingados pasaban en grupos; se oían vagamente notas alegres de los organillos.

Manuel se sentó en la cama pensativo. ¡Cuántos buenos proyectos, cuántos planes acariciados en la mente no habían fracasado en su alma! Estaba al principio de la vida y se sentía sin fuerzas ya para la lucha. Ni una esperanza, ni una ilusión le sonreía. El trabajo, ¿para qué? Componer y componer columnas de letras de molde, ir y venir á casa, comer, dormir, ¿para qué? No tenía un plan, una idea, una aspiración. Miraba la tarde del domingo alegre, inundada de sol, el cielo azul, las torrecillas lejanas...

Embebido en vagos pensamientos, no oyó Manuel que llamaban á la puerta, cada vez más fuerte.

—¿Será la Justa?—pensó—. No puede ser.

Abrió la puerta con la vaga esperanza de encontrarla. Delante de él se presentaron dos hombres.

—Manuel Alcázar—le dijo uno de ellos—. Quedas detenido.

—¿Por qué?

—El Juez te lo dirá; ponte las botas y anda para adelante.

—¿Me van á atar?—preguntó Manuel.

—Si no haces tonterías, no. Hala, vamos.

Bajaron los tres á la calle y salieron al paseo de Areneros.

—Tomaremos el tranvía—dijo uno de los polizontes.

Entraron; venía atestado de gente y fueron los tres en la plataforma. Al llegar á la plaza de Santa Bárbara bajaron, y, cruzando dos ó tres calles, aparecieron frente á las Salesas; de aquí torcieron una esquina, se metieron en un portal, atravesaron un pasillo largo, y al final de éste hicieron entrar á Manuel en un calabozo y cerraron por fuera.

Dicen que la soledad y el silencio son como el padre y la madre de los pensamientos profundos. Manuel, en medio de la soledad y el silencio, no encontró ni la idea más insignificante en su caletre. Por no encontrar, no encontró ni siquiera en el mundo de los fenómenos un sitio donde sentarse, lo cual no tenía nada de extraño, porque no había ni una mala silla ni una mala banqueta en el calabozo.

Se sentía abatido y cansado, y se dejó caer en el suelo. Así permaneció algunas horas; de pronto, una claridad pálida brilló sobre la puerta, en un montante.

—Han encendido luz—se dijo Manuel—. Habrá obscurecido.

Poco después se oyó un estrépito de voces y de lloros.

—Ande usted, que si no le va á salir peor cuenta—decía una voz grave.

—Pero si yo no he sido, señor guardia, si yo no he sido—replicaba una voz suplicante—; déjeme usted ir á casa.

—Hala. Adentro.

—¡Por Dios! ¡Por Dios! que yo no he sido.

—Adentro.

Se oyó el ruido que hizo el hombre al entrar empujado en el calabozo, después el cerrar violento de la puerta. La voz suplicante siguió clamando con pesada monotonía:

—Yo no he sido... Yo no he sido... Yo no he sido.

—Pues señor ¡vaya una lata!—se dijo Manuel. Si está toda la noche así, me va á divertir.

Las lamentaciones del vecino fueron aminorando poco á poco y debieron terminar en silencioso llanto. Se oía en el corredor los pasos rítmicos de alguno que iba y venía.

Manuel trató de buscar desesperadamente una idea en su cerebro, aunque no fuese más que para entretenerse con ella, y no encontró nada; lo único que pudo sacar en conclusión es que se había lucido.

Tal carencia de ideas le condujo como de la mano á un sueño profundo que quizás no duró más que un par de horas, pero que á él le parecieron un año. Se despertó derrengado, con la cintura dolorida; no había perdido en el sueño la idea de que se hallaba encerrado, pero fué para él tan reparador el corto momento de descanso, que se encontró fuerte, dispuesto á cualquier cosa.

Tenía en el bolsillo aún el dinero que le habían dado en la imprenta. Llamó discretamente á la puerta del calabozo.

—¿Qué quiere usted?—le dijeron de afuera.

—Quisiera salir un rato.

—Salga usted.

Salió al pasillo.

—¿Podría traerme alguno un café?—preguntó á un guardia.

—Pagándolo.

—Claro que pagándolo. Que me traigan un café con tostada y una cajetilla—Entregó al guardia dos pesetas.

—Ahora van—dijo éste.

—¿Qué hora es?—preguntó Manuel.

—Las doce.

—Si no fuera porque tengo que estar en ese rincón, le invitaría á tomar café conmigo, pero...

—Aquí fuera lo puede usted tomar. Con un café hay para los dos.

Vino un mozo con el café y los cigarros. Tomaron el café, fumaron un pitillo, y el guardia, ya conquistado, le dijo:

—Llévese usted un banco de estos para dormir.

Manuel cargó con uno y se echó á la larga. El día anterior, libre, se encontraba débil y caído; en aquel momento, preso, se sentía fuerte. Los proyectos se amontonaban en su cabeza, pero no podía dormir.

El cansancio físico consume las fuerzas y excita el cerebro, la imaginación aletea en la obscuridad como los pájaros nocturnos, como ellos también se refugia en las ruinas.

Manuel no durmió pero soñó y proyectó mil cosas: unas lógicas, la mayoría absurdas. La luz del día, al entrar vaga por el montante de la puerta, desechó sus ideas sobre el porvenir y pensó en lo inmediato.

Le irían á llevar ante el juez. ¿Qué iba á contestar? Idearía un plan: una casualidad le había llevado al puente del Sotillo, no conocía á Calatrava; pero, ¿y si le careaban con ellos? Se iba á embarullar. Lo mejor era decir la verdad y atenuarla en todo lo que pudiera, para favorecer su causa: le conocía á Calatrava por su primo, le veía de cuando en cuando en el Salón, él trabajaba en una imprenta...

Estaba ya decidido á seguir este plan, cuando entró un guardia:

—Manuel Alcázar.

—Servidor.

—Anda, al despacho del juez.

Siguieron los dos un largo pasillo y llamaron en una puerta.

—¿Da usía su permiso?—dijo el guardia.

—Adelante.

Pasaron á un despacho con dos grandes ventanas por donde se veían los árboles de la plaza. Delante de la mesa estaba el juez sentado en un sillón de alto respaldar. Frente á la mesa había un armario de estilo gótico lleno de libros. Un escribiente entraba y salía llevando montones de papeles debajo del brazo; el juez le hacía alguna que otra pregunta y firmaba de prisa.

Cuando terminó, el guardia, con la gorra en la mano, se acercó al juez y le indicó, en pocas palabras, quién era Manuel. El juez echó una mirada rápida sobre el muchacho, y éste, en aquel momento, pensó:

—Hay que decir la verdad; si no me la arrancarán y será peor.

Con esta decisión se sintió más tranquilo.

—Acérquese usted—le dijo el juez.

Manuel se acercó.

—¿Cómo se llama usted?

—Manuel Alcázar.

—¿Cuántos años tiene?

—Veintiuno.

—¿Qué oficio?

—Cajista.

—¿Jura usted decir verdad en todo aquello que le sea preguntado?

—Sí, señor.

—Si así lo hace, Dios se le premie, y si no, se lo demande. ¿Qué hizo usted el día del crimen?

—La noche antes, Vidal y yo, con dos mujeres, fuimos á ver cómo fusilaban á un soldado; después, por la mañana, dormí un rato, y á las once fuí con una mujer al merendero del puente del Sotillo, en donde nos habíamos citado con Vidal.

—¿Qué parentesco tenía usted con el muerto?

—Era su primo.

—¿Riñó usted alguna vez con él?

—No, señor.

—¿Cómo ha vivido usted hasta el día en que murió Vidal?

—He vivido del juego.

—¿Qué hacía usted para vivir del juego?

—Jugaba el dinero que me daban, en el Círculo de la Amistad, y entregaba las ganancias unas veces á Vidal, otras á un cojo que se llama Calatrava.

—¿Qué cargos desempeñaban en el Círculo Vidal y ese cojo?

—El cojo era secretario del Maestro, y Vidal secretario del cojo.

—¿Cómo se llama el cojo?

—Marcos Calatrava.

—¿Por quién le conoció usted al cojo?

—Por Vidal.

—¿En dónde?

—En la taberna del Majo de las Cubas, que está en la calle Mayor.

—¿Cuánto tiempo hará de esto?

—Un año.

—¿Quién le llevó á usted al Círculo de la Amistad?

—Vidal.

—¿Conoce usted á un sujeto apodado el Bizco?

—Sí, señor.

—¿De dónde le conoce usted?

—De que era amigo de Vidal, cuando chico.

—¿No era amigo también de usted?

—Amigo, no; nunca he tenido simpatía por él.

—¿Por qué?

—Porque me parecía malo.

—¿Qué entiende usted por esto?

—Lo que entiende todo el mundo: que tenía malas entrañas y martirizaba al que era más débil que él.

—¿Usted tiene una querida?

—Sí, señor.

—¿Es una mujer pública?

—Sí, señor—tartamudeó Manuel temblando de dolor y de ira.

—¿Cómo se llama?

—Justa.

—¿Dónde vive?

—No sé; se marchó de mi casa anteayer.

—¿Dónde la conoció usted?

—En casa de un trapero, en donde yo estuve de criado.

—¿Cómo se llamaba ese trapero?

—El señor Custodio.

—¿Fué usted el que impulsó á su querida á prostituirse?

—Yo no, señor.

—Cuando la conoció usted, ¿era ya mujer pública?

—No, señor. Cuando la conocí era modista; un hombre la sacó de su casa; luego, cuando la vi por segunda vez, era ya pública.

Al decir esto, á Manuel le temblaba la voz y las lágrimas pugnaban por salir de sus ojos.

El juez le contempló fríamente.

—¿Quién propuso ir al merendero del puente del Sotillo?

—Vidal.

—¿Vió usted al Bizco rondar por los alrededores del merendero?

—Sí, señor.

—¿No le chocó?

—Sí, señor.

—¿Tenía usted noticia de que el Bizco había matado á una mujer en el camino de Aravaca?

—Eso me dijo Vidal.

—Después de este crimen del Bizco, ¿había hablado usted alguna vez con él?

—No, señor.

—¿Nunca?

—No, señor.

—Tenga cuidado con lo que dice—y el juez clavó su mirada en Manuel—. ¿No habló usted, después de la muerte de la mujer, nunca con el Bizco?

—No, señor—y Manuel sostuvo con energía la mirada del juez.

—¿No le chocó el que el Bizco rondara el merendero?

—Sí, señor.

—¿Cómo no le comunicó usted la noticia á Vidal?

—Porque mi primo me había dicho que no le hablara del Bizco.

—¿Por qué?

—Porque le daba miedo. Yo, sabiendo esto, no quise asustarle.

—Cuando vió usted que iba á salir, ¿cómo no le advirtió usted que podría estar el Bizco?

—No se me ocurrió.

—¿Qué hizo usted cuando oyó el grito dado por Vidal?

—Salí al balcón del merendero con las tres mujeres y con el Cojo, y desde allá vimos á Vidal y al Bizco en la islilla que peleaban.

—¿Cómo conoció usted que eran ellos?

—Por el grito de Vidal, y además porque llevaba un sombrero cordobés blanco.

—¿Qué hora sería cuando sucedió esto?

—No sé á punto fijo. Estaba anocheciendo.

—¿Cómo conoció usted al Bizco?

—No le conocí; pensé que era él.

—¿Llevaba dinero Vidal?

—No lo sé.

—¿Cuánto duró la lucha?

—Un momento.

—¿No tuvieron ustedes tiempo de ir en su socorro?

—No, señor. A poco de asomarnos al balcón, cayó Vidal al suelo, y el otro se metió en el río y se fué.

—Está bien; ¿qué pasó después?

—El Cojo y yo nos descolgamos por el barandado, saltamos al río y nos acercamos á la isla. El Cojo le cogió la mano á Vidal y dijo: «Está muerto.» Luego volvimos los dos al merendero y nos fuimos.

El juez se volvió al escribiente:

—Luego le leerá usted la declaración y que la firme.

Llamó al timbre y apareció el guardia.

—Que siga incomunicado.

Manuel salió del despacho, erguido. Le habían llegado al alma algunas de la frases del juez; pero estaba satisfecho de su declaración; no le habían llegado á embrollar.

Entró de nuevo en el calabozo y se tendió en el banco.

—El juez quiere hacerme cómplice del crimen. O ese juez es muy bruto ó muy malo. En fin, esperemos.

Al medio día abrieron la puerta del calabozo y entraron dos hombres. Uno era Calatrava; el otro el Garro.

—Chico, acabo de leer en un periódico cómo te han prendido—dijo Calatrava.

—Ya ve usted, aquí me tienen.

—¿Has declarado?

—Sí.

—¿Qué has dicho?

—Toma, ¡qué voy á decir!, la verdad.

—¿Has hablado de mí?

—No que no. He hablado de usted, del Maestro y de todos.

—Rediós, ¡qué bestia eres!

—No; que voy á pudrirme yo aquí, sin culpa, mientras los demás se pasean por la calle.

—Merecías estar aquí siempre—exclamó Calatrava—, por panoli, por boceras.

Manuel se encogió de hombros. Consultáronse con la mirada Calatrava y el Garro, y salieron del calabozo.

Volvió Manuel á tenderse. A media tarde se abrió de nuevo la puerta y entró el guardia. Llevaba un puchero, pan y una botella de vino.

—¿Quién me manda esto?—preguntó Manuel.

—Una muchacha que se llama Salvadora.

Se enterneció Manuel con el recuerdo, y como el enternecimiento no le quitó el apetito, comió abundantemente y se tendió en el banco.

CAPÍTULO VI Lo que pasaba en el despacho del juez.—La Casa de Canónigos.

Unas horas después el juez recibió tres cartas urgentes. Las abrió é hizo sonar inmediatamente un timbre.

—¿Quién ha traído estas cartas?—preguntó el juez al guardia.

—Un lacayo.

—¿Hay por ahí algún agente?

—Está el agente Garro.

—Que pase.

Entró el agente y se acercó á la mesa del juez.

—En estas cartas—le dijo éste—se hace referencia á la declaración que ha prestado ese muchacho preso. ¿Cómo alguien puede saber la declaración que ha dado?

—No lo sé.

—¿Ha hablado ese muchacho con alguno?

—Con nadie—dijo tranquilamente el Garro.

—En esta carta, dos señoras á quienes el ministro no puede negar nada, le piden á él, y él me pide á mí, que eche tierra á este asunto. ¿Qué interés pueden tener estas señoras en ello?

—No sé. Si supiera quiénes son, quizás....

—Son la señora de Braganza y la marquesa de Buendía.

—Sí, entonces sé de qué se trata. Los dueños del Círculo en donde estaba empleado el muchacho, tienen interés en que no se hable de la casa de juego. Uno de los dueños es la Coronela, que habrá hablado á esas señoras y esas señoras al Ministro.

—¿Y qué relación tiene la Coronela con estas señoras?

—La Coronela presta dinero. Esta señora de Braganza firmó en falso con el nombre de su marido, y el documento lo guarda la Coronela.

—¿Y la marquesa?

—Lo de la marquesa es otra cuestión. Ya sabe usted que, últimamente, su querido era Ricardo Salazar.

—¿El ex diputado?

—Sí, un golfo completo. Hace uno ó dos años, cuando las relaciones de Ricardo y la marquesa estaban todavía recientes, la marquesa recibía de vez en cuando una carta en la que le decían: «Tengo una carta de usted dirigida á su amante, en la que dice usted esto y esto (cosas íntimas bastante fuertes). Si no me da usted mil pesetas, enviaré la carta á su marido.» Ella, asustada, pagó tres, cuatro, cinco veces, hasta que, por consejo de una amiga, y de acuerdo con un delegado, prendieron al hombre que iba con la carta. Resultó que era un enviado del mismo Ricardo Salazar.

—¿Del amante?

—Sí.

—¡Vaya un caballero!

—Cuando riñeron la marquesa y Ricardo...

—¿Al descubrirse el enredo de la carta?

—No, eso se lo perdonó la marquesa. Riñeron porque Ricardo exigía dinero que la marquesa no pudo ó no quiso darle. Salazar debía tres mil duros á la Coronela, y ésta, que no es tonta, le dijo: Deme usted las cartas de la marquesa y no me debe usted nada. Ricardo se las dió, y la marquesa ha quedado entregada de pies y manos á la Coronela y á sus socios.

El Juez se levantó de su silla y paseó lentamente por el despacho.

—Hay además—dijo—un besalamano del director de El Popular en que me ruega que no prospere este asunto. ¿Qué relación hay entre el garito y el propietario del periódico?

—Que es socio. En el caso que se descubriera el garito, el periódico haría una campaña fuerte contra el gobierno.

—¡Quién hace justicia de este modo!—murmuró el juez, pensativo.

El Garro contempló al juez irónicamente.

Se oyó el timbre del teléfono que resonó durante largo tiempo.

—¿Da usía su permiso?—preguntó un escribiente.

—¿Qué hay?

—De parte del señor Ministro si se ha despachado el asunto conforme á sus deseos.

—Que sí, dígale usted que sí—contestó el juez malhumorado. Luego se volvió hacia el agente.—Este muchacho preso, ¿no tiene participación ninguna en el crimen?

—Absolutamente ninguna—contestó el Garro.

—¿Es primo del muerto?

—Sí, señor.

—¿Y conoce al Bizco?

—Sí, ha sido amigo suyo.

—¿Podría ayudar á la policía á capturar al Bizco?

—De esto yo me encargo. ¿Se le pone en libertad al preso?

—Sí. Necesitamos coger al Bizco. ¿No se sabe dónde anda?

—Andará escondido por las afueras.

—¿No hay algún agente que conozca bien los rincones de las afueras?

—El mejor es un cabo de orden público que se llama Ortiz. Si quiere usted escribirle al coronel de Seguridad que ponga á Ortiz á mis órdenes, el Bizco, antes de ocho días, está en la cárcel.

Llamó el juez á un escribiente, le mandó escribir una carta, y se la entregó á Garro.

Salió éste del despacho del juez é hizo que abrieran el calabozo de Manuel.

—¿Hay que declarar otra vez?—preguntó el muchacho.

—No, vas á firmar la declaración y quedas libre. Vamos.

Salieron á la calle. A la puerta del Juzgado vió Manuel á la Fea y á la Salvadora, pero ésta no tenía un aspecto tan severo como de ordinario.

—¿Estás ya libre?—le dijeron.

—Así parece. ¿De dónde sabíais que estaba preso?

—Lo hemos leído en el periódico—contestó la Fea—, y á ésta se le ocurrió traerte la comida.

—¿Y Jesús?

—En el hospital.

—¿Qué tiene?

—El pecho... ya está mejor... Pasa luego por casa. Vivimos en el callejón del Mellizo, cerca de la calle de la Arganzuela.

—Bueno.

—Adiós, ¿eh?

—Adiós y muchas gracias.

Dieron el Garro y Manuel la vuelta á la esquina y entraron en un portal con dos leones de bronce y subieron una corta escalera.

—¿Qué es esto?—preguntó Manuel.

—Esta es la casa de Canónigos.

Recorrieron un pasillo con mamparas negras, y en un cuarto en donde escribían dos hombres, el Garro preguntó por el Gaditano.

—Ahí fuera debe estar—le dijeron.

Siguieron adelante. Pululaban por los pasillos hombres que iban y venían de prisa; otros quietos, esperaban. Eran éstos obreros desharrapados, mujeres vestidas de negro, viejas tristes con el estigma de la miseria, gente toda asustada, tímida y humilde.

Los que iban y venían llevando carpetas y papeles bajo el brazo, todos ó casi todos tenían un continente altivo y orgulloso; era el juez que pasaba con su birrete y su levita negra, mirando con indiferencia á través de sus gafas; era el escribano menos grave, más jovial que llamaba á uno y le hablaba al oído, entraba en la escribanía, dictaba, firmaba y volvía á salir; era el abogado joven que preguntaba por la marcha de sus pleitos; era el procurador, los curiales, los escribientes, los pinches.

Y empujando al rebaño de humildes y de miserables hacia el matadero de la Justicia, aparecían el usurero, el polizonte, la corredora de alhajas, el prestamista, el casero...

Todos se entendían con los pinches y escribientes, los cuales les arreglaban sus asuntos; daban carpetazo á los procesos molestos, arreglaban ó empeoraban un litigio y mandaban á presidio ó sacaban de él por poco dinero.

¡Qué admirable maquinaria! Desde el primero hasta el último de aquellos leguleyos, togados y sin togar, sabían explotar al humilde, al pobre de espíritu, proteger los sagrados intereses de la sociedad haciendo que el fiel de la justicia se inclinara siempre por el lado de las monedas...

El Garro encontró al Gaditano, á quien buscaba, y le llamó:

—Oye, tú has tomado la declaración á este chico, ¿verdad?

—Sí.

—Pues haz el favor de poner que no sabe quién le mató á su primo; que supone que sea el Bizco, y nada más. Y luego decreta su libertad.

—Bueno. Pasad á la escribanía.

Entraron en un cuarto estrecho, con una ventana en el fondo. En una de las paredes largas del cuarto había un armario y encima una porción de cosas procedentes de robos y de embargos, entre ellas una bicicleta.

Entró el Gaditano, sacó del armario un legajo y se puso á escribir rápidamente.

—Que es primo del muerto y que supone que el autor del hecho de autos es un sujeto apodado el Bizco, ¿no es eso?

—Eso es—dijo el Garro.

—Bueno, que firme aquí... Ahora aquí... Ya está.

Se despidió el agente del Gaditano, y Manuel y Garro salieron á la calle.

—¿Ya estoy libre?—preguntó Manuel.

—No.

—¿Por qué no?

—Te han dejado libre con una condición: que ayudes á buscar al Bizco.

—Yo no soy de la policía.

—Bueno, pues escoge: ó ayudas á buscar al Bizco, ú otra vez vas al calabozo.

—Nada; ayudaré á buscar al Bizco.

CAPÍTULO VII La Fea y la Salvadora.—Ortiz.—Antiguos conocidos.

Salieron los dos por la calle del Barquillo á la de Alcalá.

No me vuelven á coger, pensó Manuel; pero luego se le ocurrió que tan tupida y espesa era la trama de las leyes, que resultaba muy difícil no tropezar con ella aunque se anduviese con mucho tiento.

—Y no me ha dicho usted todavía por quién me dejan libre—exclamó Manuel.

—¿Por quién te han puesto libre? Por mí—contestó Garro.

Manuel no contestó.

—Y ahora, ¿dónde vamos?—preguntó.

—Al Campillo del Mundo Nuevo.

—Entonces tenemos camino largo.

—En la Puerta del Sol tomaremos el tranvía de la Fuentecilla.

Efectivamente, así lo hicieron. Bajaron en el sitio indicado y tomaron por la calle de la Arganzuela.

Al final de esta calle, á mano derecha, ya en la plaza que constituye el Campillo del Mundo Nuevo, se detuvieron. Pasaron por un largo corredor á un patio ancho con galerías.

En la primera puerta abierta entró Garro y preguntó con voz autoritaria:

—¿Vive aquí un cabo del orden que se llama Ortiz?

Del fondo de un rincón obscuro, en donde trabajaban dos hombres, cerca de un hornillo, contestó uno de ellos:

—¿A mí qué me cuenta usted?, pregúnteselo usted al portero.

Los dos hombres estaban haciendo barquillos. Tomaban de una caldera, llena de una masa blanca como engrudo, una cucharada y la echaban en unas planchas que se cerraban como tenazas. Después de cerradas las ponían al fuego, las calentaban por un lado y por otro, las abrían, y en una de las planchas aparecía el barquillo como una oblea redonda. El hombre, rápidamente, con los dedos, lo arrollaba y lo colocaba en una caja.

—¿De manera que no saben ustedes si vive ó no aquí Ortiz?—preguntó de nuevo Garro.

—Ortiz—dijo una voz del fondo negro, en donde no se veía nada—. Sí, aquí vive. Es el administrador.

Manuel entrevió en el agujero negro dos hombres tendidos en el suelo.

—Pues sí es el administrador—dijo el que trabajaba—; hace un momento estaba en el patio.

Salieron Garro y Manuel al patio y el agente vió al guardia en la galería del piso primero.

—¡Eh, Ortiz!—le gritó.

—¿Qué hay? ¿Quién me llama?

—Soy yo, Garro.

Bajó el guardia con rapidez, y apareció en el patio.

—¡Hola, señor Garro! ¿Qué le trae á usted por aquí?

—Este muchacho es primo de ese que han matado en el puente del Sotillo; conoce al agresor, que es un randa conocido por el Bizco. ¿Quieres encargarte de la captura?

—Hombre... Si me lo mandan.

—No, la cuestión es si tienes tiempo y quieres hacerlo. Yo llevo una carta aquí del juez para tu coronel, pidiéndole que te encargues tú de la captura. Ahora, si no tienes tiempo, dilo.

—Tiempo hay de sobra.

—Entonces ahora voy á dejar la carta á tu coronel.

—Bueno. ¿Habrá alguna propinilla, eh?

—Descuida. Aquí está el chico; no le sueltes, que te acompañe.

—Está bien.

—¿No hay más que decir?

—Nada.

—Pues adiós, y buena mano derecha.

—Adiós.

El Garro salió de la casa y quedaron frente á frente Manuel y Ortiz.

—Tú no te separas de mi lado hasta que cojamos al Bizco, ya lo sabes—le dijo el cabo á Manuel.

El tal Ortiz, afamado como perseguidor de granujas y de bandidos, era un tipo de criminal completo; tenía el bigote negro y recortado, las cejas salientes y unidas, la nariz chata, el labio superior retraído, que dejaba mostrar los dientes hasta su nacimiento; la frente estrecha y una cicatriz profunda en la mejilla.

Vestía de paisano, traje obscuro y gorra. En su figura había algo de lo agresivo de un perro de presa y de lo feroz de un jabalí.

—¿No me va usted á dejar salir?—preguntó Manuel.

—No.

—Tenía que ver á unas amigas.

—Aquí no hay amigas que valgan. ¿Quiénes son ellas?, algunas golfas...

—No; son las hermanas de un cajista compañero mío, que fueron mis vecinas en el parador de Santa Casilda.

—¡Ah!, pero ¿tú has vivido allí?

—Sí.

—Pues yo también. Las conoceré.

—No sé, son hermanas de un cajista que se llama Jesús.

—La Fea.

—Sí.

—La conozco. ¿Dónde vive?

—En el callejón del Mellizo.

—Aquí mismo está. Vamos á verla.

Salieron de casa; calle de la Arganzuela arriba estaba el callejón del Mellizo, próximo al matadero de cerdos. No había en el callejón, que en su principio tenía empalizadas á ambos lados y estaba obstruído por grandes losas puestas unas encima de otras, más que una casa grande en el fondo. Delante de la casa en un patio grande, trajinaban algunos cañis con mulas y pollinos; en las galerías asomaban gitanas negras y gitanillas de ojos brillantes y trajes abigarrados.

Preguntaron á un gitano por la Fea y les indicó el número 6 del piso segundo.

En la puerta del cuarto, un letrero, escrito en una cartulina, ponía: «Se cose á máquina.»

Llamaron y apareció un chiquillo rubio.

—Este es el hermano de la Salvadora—dijo Manuel.

Se presentó la Fea en la puerta y recibió á Manuel con grandes extremos de alegría, y saludó á Ortiz.

—¿Y la Salvadora?—preguntó Manuel.

—En la cocina; ahora viene.

El cuarto era claro con una ventana, por donde entraban los últimos rayos del sol poniente.

—Debe ser muy alegre este cuarto—dijo Manuel.

—Entra el sol desde que sale hasta que se marcha—contestó la Fea—. Queremos mudarnos, pero no encontramos cuarto parecido á éste.

Respiraba aquello tranquilidad y trabajo; había dos máquinas de coser nuevas, un armario de pino, sillas y macetas en la ventana.

—¿Y Jesús, en el hospital?

—En la clínica de San Carlos—dijo la Fea.

No quería ser gravoso á la familia; y aunque la Salvadora y ella le hubieran cuidado en casa, á él se le había metido en la cabeza ir al Hospital. Afortunadamente se encontraba ya mucho mejor y le iban á dar el alta.

En esto entró la Salvadora. Estaba muy arrogante y muy guapa. Saludó á Manuel y á Ortiz y se sentó á coser á la máquina.

—¿Te quedarás á cenar con nosotras?—le preguntó la Fea á Manuel.

—No, no puedo; no me dejan.

—Si vosotras me aseguráis—saltó diciendo Ortiz—que cuando le avise á este hombre vendrá, aunque sea á las dos de la mañana, le dejo libre.

—Sí, pues se lo aseguramos á usted—dijo la Fea.

—Bueno, entonces me voy—. Mañana á las nueve en punto en mi casa. ¿Estamos?

—Sí, señor.

—Con exactitud militar.

—Con exactitud militar.

Se fué Ortiz y quedó Manuel en el cuarto de las dos costureras.

La Salvadora, muy desdeñosa con Manuel, parecía ofenderse porque éste la miraba con cierta complacencia al verla tan guapa. Enrique, el hermano de la Salvadora, estaba fuerte y muy gracioso, jugó con Manuel y le contó, en su media lengua, una porción de cosas de su hermana y de su tía, como le llamaba á la Fea.

Después de cenar y de acostar al chico, pasaron al cuarto de una bordadora de la vecindad y Manuel se encontró con dos antiguos amigos suyos, el Aristas y el Aristón.

El Aristas había olvidado sus entusiasmos de gimnasta y se había hecho capataz de periódicos.

Corría medio Madrid llevando el papel de un puesto á otro, y le había substituído al Aristón en su cargo de comparsa. Por la mañana repartía periódicos, repartía entregas, repartía prospectos; por la tarde solía pegar anuncios y por la noche iba al teatro. Tenía una actividad extraordinaria, no paraba nunca; organizaba funciones, bailes; representaba los domingos con una compañía de aficionados; sabía de memoria todo el Don Juan Tenorio, El puñal del godo y otros dramas románticos; tenía tres ó cuatro novias y á todas horas hablaba, peroraba, disponía y manifestaba una alegría sana y comunicativa.

El Aristón, algo más moderado en su necromanía, estaba de ajustador en una fábrica y tenía un buen sueldo. Manuel se encontró muy agradablemente entre sus antiguos amigos.

Vió ó creyó ver al menos que el Aristón galanteaba á la Fea y le llamaba repetidas veces Joaquina, como era su nombre. La Fea, al verse galanteada, se ponía hasta guapa.

Manuel, de noche, fué á su casa á la calle de Galileo. No había vuelto la Justa. El Aristas le encontró trabajo en una imprenta de la Carrera de San Francisco.

CAPÍTULO VIII La pista del Bizco.—Las afueras.—El ideal de Jesús.

Al día siguiente, después de trabajar en la imprenta, Manuel, á las nueve de la noche, estaba en casa de Ortiz.

—Así me gusta—le dijo el cabo—con puntualidad militar.

Ortiz se armó de un revólver que metió en el cinto, de un bastón que sujetó al puño con una correa y de una cuerda; entregó un garrote á Manuel y salieron los dos.

—Vamos por estos cafetines—dijo el guardia á Manuel—, y tú mira bien si está el Bizco.

Hablaron mientras subían por la calle de la Arganzuela.

Ortiz era un polizonte enamorado de su profesión. Su padre lo había sido también, y el instinto de persecución era en ellos tan fuerte como en los perros de caza.

Ortiz, según contó, estuvo de carabinero en la costa de Málaga, en lucha siempre con los contrabandistas, hasta que vino á Madrid y entró en el Orden público.

—He hecho más servicios que nadie—dijo—; pero no me ascienden porque no tengo recomendaciones. A mi padre le pasó lo mismo; él cogió más ladrones que toda la policía de Madrid junta, y nada, no pasó de cabo. Luego le colocaron en la ronda de las alcantarillas, y tuvo cada trifulca allá abajo...; pero aquél no llevaba revólver, ni garrote, como yo, sino su trabuco. Era un guerrero.

Pasaron por delante de una taberna y entraron, bebieron su copa de vino, y Manuel recorrió con la mirada la gente reunida alrededor de las mesas.

—No hay nada de lo que buscas—dijo el tabernero al policía.

—Ya veo que no, tío Pepe—contestó Ortiz, y sacó dos monedas para pagar.

—Está pago—replicó el tabernero.

—Gracias. ¡Adiós!

Salieron de la taberna y llegaron á la plaza de la Cebada.

—Vamos al café de Naranjeros—dijo el polizonte—; aunque por aquí no es fácil que ande ese pájaro; pero muchas veces, donde menos se piensa...

Entraron en el café; no había más que un grupo de personas hablando con las cantaoras. Ortiz, desde la puerta, gritó:

—Eh, Tripulante, haz el favor.

Se levantó un joven con aire de señorito y se acercó á Ortiz.

—¿Tú conoces á un randa á quien llaman el Bizco?

—Sí, creo que sí.

—¿Anda por estos barrios?

—No, por aquí no.

—¿De veras?

—De veras que no. Estará hacia abajo; puede usted creerme.

—Te creo, hombre, ¿por qué no? Oye, Tripulante—añadió Ortiz agarrando del brazo al muchacho—: Ojo, ¿eh?, que te vas á caer.

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