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La lucha por la vida

PRIMERA PARTE (continued 2)

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—Es una cantimpla, ¿sabe?, una niña blanca y sosa que parece una muñeca.

Manuel la conocía, pero no sabía si ella se acordaría de él; en los años que no la veía se había hecho una muchacha preciosa. No recordaba en su tipo á su madre; aunque rubia como ella, debía de parecerse al padre. Era blanca, de facciones correctas, ojos azules claros, de cejas y pestañas doradas y el pelo rubio, sin brillo, pero muy bonito.

Al llegar á casa, niña Chucha hizo grandes demostraciones de cariño á la colegiala; Manuel fué reconocido por ella, lo que le produjo gran satisfacción.

La hija de la baronesa se llamaba Catalina, sus parientes de Amberes la llamaban Kate, pero la baronesa generalmente la decía la Nena.

Con la llegada de Kate las costumbres variaron en la casa; la baronesa abandonó sus excursiones nocturnas y contuvo sus ligerezas de palabra. En la mesa, con una sonrisa triste, escuchaba las historias de colegio que contaba su hija, sin poner interés en lo que oía.

No armonizaban los caracteres de las dos. Kate tenía la comprensión lenta, pero profunda; en cambio su madre poseía la sutileza y el ingenio del momento. La baronesa á veces se impacientaba al oirla, y decía entre cariñosa y enfadada:

—¡Ay, qué Nena más sosita tengo!

Desde la llegada de Kate, niña Chucha y Manuel no le acompañaban en el comedor á la baronesa; esto á Manuel no le molestaba, pero á la mulata sí, y atribuía estas disposiciones á Kate, á quien consideraba como una muñeca blanca, orgullosa, fría y de poco corazón. Manuel, que no tenía motivo alguno de antipatía por Kate, la encontró muy llana, muy amable, aunque con poca vivacidad.

Por aquellos días de fiestas de Navidad, madre é hija salían de casa con mucha frecuencia á compras, y les acompañaba generalmente Manuel, que volvía cargado con paquetes.

Un día de Año Nuevo, en que la baronesa, Kate y Manuel fueron al Teatro de Apolo á ver Los sobrinos del Capitán Grant, notó Manuel que Roberto Hasting iba á alguna distancia detrás de ellos. Al salir les siguió; la muchacha se hizo la desentendida.

Al día siguiente estaba nevando, y Manuel vió á Roberto que paseaba por la plaza de Oriente, al parecer muy entretenido.

Encontró Manuel un pretexto para salir de casa, y al momento Roberto se acercó á él.

—¿Estás en su casa?—le preguntó apresuradamente.

—Sí.

—Tienes que darle una carta.

—Bueno.

—A la tarde te la traeré. Se la das, y me dices qué cara pone al recibirla. No me contestará, ya sé que no me contestará; pero tú se la darás, ¿verdad?

—Sí, hombre, descuide usted.

Efectivamente, á la tarde Roberto siguió paseando por entre la nieve, bajó Manuel, cogió la carta y subió en seguida á casa.

Kate se divertía arreglando en aquel momento su armario. Tenía guardadas mil chucherías en varias cajitas; en unas, medallas; en otras, estampas, cromos, regalos del colegio y de su familia. Sus libros de rezos estaban llenos de recordatorios y de estampitas.

Manuel, con la carta de Roberto en el bolsillo, se acercó á la muchacha como un criminal. La Nena enseñó á Manuel todas sus riquezas, éste se sintió orgulloso. Manuel apenas se atrevía á tocar las medallas, las alhajas, las mil cosas que guardaba Kate.

—Esta cadena me la regaló mi tío—decía la colegiala—. Esta sortija es de mi abuelo. Este pensamiento le cogí en Hyde-Park, cuando estuve en Londres con mi tío.

Manuel la escuchaba sin decir palabra, avergonzado de tener la carta en el bolsillo. La Nena siguió enseñando nuevas cosas. Los juguetes de su niñez aún los conservaba; en su armario todo estaba clasificado con el mayor orden, cada cosa tenía su sitio. En algunos libros prensaba pensamientos y hierbas que luego copiaba y pintaba con una caja de acuarelas.

Manuel hizo dos ó tres veces un esfuerzo para hablar de Roberto, pero no se atrevió.

De pronto, después de carraspear mucho, balbuceó:

—¿Sabe usted?

—¿Qué?

—Roberto... aquel estudiante rubio de la otra casa... el que ayer estaba en el teatro... me ha dado una carta para usted.

—¿Para mí?—. Y las mejillas de Kate tomaron un tono rosado y sus ojos brillaron con más vivacidad que de ordinario.

—Sí.

—Pues dámela.

—Tome usted.

Manuel entregó la carta y Kate la escondió rápidamente en el pecho. Concluyó de arreglar su armario, y poco después se encerró en su cuarto. A los dos días, Kate le envió á Manuel con una carta para Roberto, y Roberto en seguida con otra para Kate.

Un día Kate fué con Manuel á su colegio, en donde había un Nacimiento, y á la ida y á la vuelta le acompañó Roberto. Hablaron los dos muchísimo; Roberto contó sus proyectos. Manuel pensó en que esto del amor es una cosa extraña. Para él no dijo Roberto nada que valiera la pena de oirse, y, sin embargo, Kate le escuchó con el alma en un hilo.

Roberto fué para Kate el colmo de lo respetuoso. Le habló con una gravedad tranquila, sin echárselas de jacarandoso ni de listo; ella le escuchó atenta.

Manuel fué confidente de Roberto y de Kate. Era la muchacha de un candor y de una inocencia inmaculadas, tenía una falta de comprensión para cosas de malicia extraordinaria. Manuel sentía verdadera sumisión ante aquella naturaleza aristocrática y elegante, tenía un sentimiento de inferioridad que en nada le molestaba.

La Nena le contó á Manuel las cosas que había visto en París, Bruselas, Gante; le habló de los parques de Londres, le deslumbró. En cambio, Manuel le contó á Kate detalles de la vida pobre madrileña, que á la colegiala le producían el más profundo asombro; las cuevas, las tabernas, los descampados; le habló de los chicos que se escapaban de sus casas é iban á dormir á los rincones de las iglesias, de los que robaban en los lavaderos; le describió las tiendas-asilos...

Manuel tenía cierta gracia para contar sus impresiones; exageraba y rellenaba con fantasías imaginadas los vacíos dejados por la realidad. La Nena le solía escuchar muy intrigada.

—¡Oh, qué miedo!—solía decir—; y sólo el pensar que aquella gente miserable de que Manuel hablaba podía rozarse con ella, le hacía estremecer.

Sentía la niña una repugnancia profunda por la gente de la calle; no quería salir los domingos por no andar entre hombres de blusa y soldados. Le parecía que la gente del pueblo debía ser mala. Desde que se encendían los faroles no le gustaba salir de casa.

Las conversaciones solían tenerlas al anochecer en un gabinete que daba á la calle, desde donde se veía la plaza de Oriente, como un bosque, y el Palacio Real en cuyas cornisas se posaban cientos de palomas que de día revoloteaban en bandadas. Como fondo se veía la Casa de Campo y el horizonte que se enrojecía al caer de la tarde...

Pasado el día de Reyes, Kate volvió al colegio, y en la casa se restablecieron las antiguas costumbres y reinó el habitual desorden.

La primera salida nocturna que hizo la baronesa fué acompañada por Manuel á casa de su amiga cubana.

Salieron la baronesa y Manuel después de cenar. La cubana vivía en la calle Ancha. Llamaron en la casa; les abrió un criadito con librea azul y galones dorados, y entraron, por un corredor, en una sala muy iluminada adornada con lujo barato y chillón. En medio había un aparato eléctrico con siete ú ocho bombillas, un sofá grande con flores, dos sillones dorados al lado de una chimenea y sobre el mármol de ésta un reloj en forma de bola, un barómetro como un martillo, un termómetro como un puñal y otra porción de cosas con formas absurdas. Por todos lados se veían fotografías.

No había allí más que unas cuantas mujeres de mal aspecto, que se levantaron humildemente. La baronesa se sentó, y al poco rato entró la cubana, una mujer ordinaria y brutal, vestida con un traje muy llamativo y con brillantes gruesos en las orejas y en los dedos. Tomó de la mano á la baronesa y se sentó en un sofá junto á ella. Se veía que quería halagarla. Era la coronela una mujer, más que vulgar, bestial; tenía la mandíbula prominente, los ojos pequeños, negros y la boca con una expresión de crueldad. Había en su aspecto algo lúbrico inquietante y amenazador; se figuraba uno que aquella mujer debía tener vicios extraños, que era capaz de cometer crímenes.

Manuel, en un rincón, se puso á mirar un álbum de fotografías puesto sobre un velador.

La mujer del coronel, á quien la baronesa había conocido de sargenta en Cuba, dijo que pensaba que su niña menor, Lulú, debutara en un Salón, de bailarina, y le estaban dando las últimas lecciones.

—Pero, ¿de verdad?—preguntó la baronesa.

—Sí, sí; Mingote hizo la contrata, y se ha encargado de los últimos toques, como dice él. ¡Ay, qué hombre tan gracioso! Está ahora con unos amigos en el comedor. Vendrán en seguida. Mingote ha traído un poeta que ha hecho un monólogo para la niña graciosísimo. Se llama Instantáneas. Es un nombre modernista, ¿verdad?

—Ya lo creo.

—Es una muchacha que va á sacar fotografías á la calle y se encuentra con un pollo que se le acerca y le propone hacer una reproducción ó un grupo, y ella contesta: «¡Ay, no me toque usted el chassis!» Es bonito, ¿verdad?

—Precioso—dijo la baronesa mirando á Manuel y riéndose.

Las demás mujeres, fregonas distinguidas á juzgar por su aspecto, movieron la cabeza en señal de asentimiento, y sonrieron de un modo triste.

—¿Tiene usted mucha gente en la sala?—preguntó la baronesa.

—Todavía no ha venido nadie. Mientras tanto, que baile la niña un poco para que usted la vea.

Dió la coronela un grito por el corredor, y apareció Lulú, vestida con falda llena de lentejuelas y el pelo cortado y rizado. Estaba incomodada porque no encontraba una pulsera, y chillando con una vocecilla agria.

—Advierte á esos—le dijo la coronela—de que estás aquí.

Salió la niña con el recado, y al poco rato entraron en la sala el coronel, señor respetable, de barba blanca, que cojeaba é iba apoyado en el brazo de Mingote; detrás de éstos un joven flaco, de bigote rubio, con las mejillas rojas; el poeta, según advirtió la baronesa, y un melenudo, el profesor de piano, que venía llevando del brazo á la hija mayor de la casa, una mujer guapetona, blanca y rubia, que parecía escapada de un cuadro de Rubens.

—Primero, ¿qué va á ser? ¿el monólogo ó el baile?—preguntó la coronela.

—El monólogo, el monólogo—dijeron todos.

—Vamos á ver. Silencio.

El poeta, borracho á juzgar por el brillo de sus ojos y el color de sus mejillas, sonrió amablemente.

La chiquilla comenzó á recitar muy mal, con voz de gallito ronco, una porción de brutalidades en verso, capaces de llevar el rubor á las curtidas mejillas de un carabinero. Cada barbaridad de aquellas terminaba con el estribillo de ¡Ay, no me toque usted el chassis!

Al terminar el coronel dijo que le parecían los versos un poco así... un poco, vamos, demasiado libres y miró á todos pidiendo su opinión. Se discutió el punto acaloradamente. El amo de la casa presentó sus argumentos, pero la réplica de Mingote fué decisiva.

—No, coronel—concluyó diciéndole el ex prestamista exaltado—, es que usted siente de una manera excesiva el pundonor militar. Usted lo mira esto como militar.

La baronesa contempló asombrada á Mingote y no pudo contener la risa.

El coronel explicó confidencialmente á Mingote por qué las ideas de los militares acerca de la honra necesariamente tenían que ser más rígidas que las de los paisanos, por la disciplina, la ordenanza, y sobre todo por el uniforme.

Después del monólogo, el melenudo se puso al piano y la niña comenzó á bailar el tango. En este punto se presentaba también una cuestión que dilucidar y la coronela quería que se resolviera al momento. La cosa no era para menos. Hay una parte en el tango verdaderamente grave y trascendental; es ese movimiento de caderas que el público llama científicamente bisagra. La coronela preguntaba: ¿Cómo tiene Lulú que hacer esta parte del tango, ó sea la bisagra? ¿Dándole todo lo que ello pide ó velándolo un poco?

A la baronesa no le parecía bien que el tango fuera tan exagerado; un poco de aquel movimiento no estaba mal. La coronela y Mingote protestaron, y afirmaron que el público pide siempre, por más emocionante, la bisagra.

El coronel, á pesar de su pundonor militar, opinaba que el público, efectivamente, pedía bisagra, y que un poco más ó menos de zarandeo era cosa de material.

Mingote entonces, para enseñar á la niña cómo debía hacer aquel movimiento, se levantó y se puso á mover las caderas de un modo grotesco. La niña repitió la suerte sonriendo, pero sin calor. Entonces la coronela dijo al oído de la baronesa que sólo el hombre podía enseñar á la mujer la gracia en aquel movimiento. La baronesa sonrió discretamente.

En aquel momento el criadito galoneado entró y dijo que estaba Fernández. Fernández debía de ser persona de importancia porque la coronela se levantó al momento y se dispuso á salir.

—Anda, dale la ruleta, dijo el coronel á su esposa, y que enciendan las luces en la sala.—¿Que?—añadió el buen señor—, ¿quiere usted que hagamos una vaquita, baronesa?

—Ya veremos, coronel. Primeramente intentaré la suerte sola.

—Bueno.

Bailó otro tango Lulú y al poco rato apareció la coronela.

—Ya pueden ustedes pasar—dijo.

Las viejas fregonas se levantaron de sus asientos, y cruzando el corredor entraron en una sala grande con tres balcones. Había dos mesas allí, una de ellas con una ruleta, la otra sin nada.

Las tres viejas, la baronesa, el coronel y sus dos hijas se sentaron en la mesa de la ruleta, en donde estaban ya sentados el banquero y los dos pagadores.

—Hagan juego—dijo el croupier con una impasibilidad de autómata.

Giró la bola blanca en la ruleta, y antes de que se parara, el croupier dijo:

—¡No va más!

Los dos pagadores dieron con su rastrillo en los paños, para impedir que se siguiera apuntando.—No va más—repitieron al mismo tiempo con voz monótona.

Fué entrando gente poco á poco y se ocuparon las sillas colocadas alrededor de la mesa.

Al lado de la baronesa se sentó un hombre de unos cuarenta años, alto, fornido, ancho de hombros, de pelo crespo negrísimo y dientes blancos.

—Pero hijo, ¿tú aquí?—le dijo la baronesa.

—¿Y tú?—replicó él.

Era aquel hombre, primo en segundo ó tercer grado de la baronesa y se llamaba Horacio.

—¿No decías que te acostabas invariablemente á las nueve?—preguntó la baronesa.

—Y es una casualidad que haya venido aquí. Es la primera vez que vengo.

—Bah.

—Créeme. ¿Hacemos una vaca, prima?

—No me parece mal.

Reunieron el dinero de ambos y siguieron jugando. Horacio apuntaba según las órdenes de la baronesa. Tenían suerte y ganaban. Poco á poco se iba llenando el salón de un público abigarrado y extraño. Había dos aristócratas conocidos, un torero, militares. De pie se apretaban algunas señoras con sus hijas.

Manuel vió á la Irene, la nieta de doña Violante, al lado de un señor viejo con el pelo engomado, que jugaba fuerte. Tenía los dedos llenos de sortijas con piedras grandes.

Sentados en un diván hablaban cerca de Manuel un hombre viejo, de barba blanca, muy pálido y demacrado, con otro joven lampiño de aire aburrido.

—¿Usted se retiró ya?—decía el joven.

—Sí; me retiré porque no tenía dinero; si no hubiera seguido jugando hasta que me hubieran encontrado muerto sobre el tapete verde. Para mí esta es la única vida. Yo soy como la Valiente. Ella me conoce, y me suele decir algunas veces:—¿Hacemos una vaca, marqués?—No le daría á usted mala suerte—le contesto yo.

—¿Quién es la Valiente?

—Ahora la verá usted cuando empiece el bacarrat.

Se encendió la luz en la otra mesa.

Se levantó un viejo de bigote de mosquetero, con una baraja en la mano, y se apoyó en el borde de la mesa. Al mismo tiempo se le acercaron diez ó doce personas.

—¿Quién talla?—preguntó el viejo.

—Cincuenta duros—murmuró uno.

—Sesenta.

—Cien.

—Ciento cincuenta duros.

—Doscientos—gritó una voz de mujer.

—Ahí está la Valiente—dijo el marqués.

Manuel la contempló con curiosidad. Era una mujer de treinta á cuarenta años; vestía traje de hechura de sastre y sombrero Frégoli. Era muy morena, con una tez olivácea, los ojos negros, hermosos. Se cegaba en las apuestas y salía á los pasillos á fumar. Se notaba en ella una gran energía y una inteligencia clara. Decían que llevaba siempre revólver. No le gustaban los hombres y se enamoraba de las mujeres con verdadera pasión. Su última conquista había sido la hija mayor del coronel, la rubia gruesa, á la cual dominaba. Tenía una suerte loca algunas veces, y para mitigar sus amorosas penas jugaba, y ganaba de un modo insolente.

—Y ese hombre que no juega nunca y está siempre aquí, ¿quién es?—preguntó el joven, señalando un tipo de unos sesenta años, basto, de bigote pintado.

—Este es un usurero que creo que es socio de la coronela. Cuando yo fuí gobernador de la Coruña estaba pendiente de un proceso por no sé qué chanchullo que había hecho en la Aduana. Le dejaron cesante y luego le dieron un destino en Filipinas.

—¿En recompensa?

—Hombre, todo el mundo tiene que vivir—replicó el marqués—. En Filipinas no sé qué hizo que le procesaron varias veces, y cuando quedó libre, lo emplearon en Cuba.

—Querían que estudiara el régimen colonial español—advirtió el joven.

—Sin duda. Allí también tuvo líos, hasta que vino aquí y se dedicó á negocios de usura, y dicen que ahora no se ahogará por menos de un millón de pesetas.

—¡Demonio!

—Es un hombre serio y modesto. Hasta hace unos años vivía con una tal Paca, que era dueña de una tintorería de la calle de Hortaleza, y los dos salían á pasear los domingos por las afueras como gente pobre. Se le murió aquella Paca, y ahora vive solo. Es huraño y humilde; muchas veces él mismo va á la compra y guisa. El que es interesante es su antiguo secretario; tiene unas condiciones de falsificador como nadie.

Manuel escuchaba con atención.

—Ese sí que es un hombre—dijo el marqués, mirándole atentamente.

El observado, un hombre de barba roja y puntiaguda, de aire burlón, se volvió y saludó amablemente al viejo.

—Adiós, Maestro—le dijo éste.

—¿Le llama usted maestro?—preguntó el joven.

—Así le llama todo el mundo.

Lulú, la hija de la coronela, y otras dos amigas pasaron por delante del marqués y del joven.

—Qué moninas son—dijo el marqués.

Tomaba aquello un aspecto mixto de mancebía lujosa y garito elegante. No reinaba el silencio angustioso de las casas de juego, ni la greguería alborotadora de un burdel; se jugaba y se amaba discretamente. Como decía la coronela, era una reunión muy modernista.

En los divanes hablaban las muchachas con los hombres animadamente; se discutía, se estudiaban combinaciones para el juego...

—A mí esto me encanta—dijo el marqués con su sonrisa pálida.

La baronesa estaba mareada y sentía ganas de marcharse.

—Me voy. ¿Me acompañas, Horacio?—preguntó á su primo.

—Sí, te acompañaré.

Se levantó la baronesa, después Horacio, y Manuel se reunió á ellos.

—¡Qué gentuza!, ¿verdad?—dijo la baronesa con la risa ingenua peculiar suya al encontrarse en la calle.

—Es la amoralidad, como dicen ahora—replicó Horacio—. Los españoles no somos inmorales, lo que pasa es que no tenemos idea de moralidad. «Ya ve usted—decía el coronel en el momento que me he levantado para tomar un poco de aire—ya ve usted, á mí me han mermado el retiro: de ochenta duros me han dejado en setenta; y ¡claro!, hay que buscar otros ingresos; así las hijas de los militares tienen que ser bailarinas... y todo lo demás.

—¿Te decía eso? ¡Qué bárbaro!

—¿Pero eso te choca? A mí no. Si eso es una consecuencia natural y necesaria de nuestra raza. Estamos degenerados. Somos una raza de última clase.

—¿Por qué?

—Porque sí; no hay mas que observar. ¿Te has fijado en la cabeza que tiene el coronel?

—No. ¿Qué, tiene algo en la cabeza?—preguntó burlonamente la baronesa.

—Nada, que tiene la cabeza de un papúa. La moralidad sólo se da en razas superiores. Los ingleses dicen que Wellington es superior á Napoleón porque Wellington peleó por el deber y Napoleón por la gloria. La idea del deber no entra en cráneos como el del coronel. Háblale á un mandingo del deber. Nada. ¡Oh! La antropología enseña mucho. Yo me lo explico todo por leyes antropológicas.

Pasaron por delante del café de Varela.

—¿Quieres que entremos aquí?—dijo el primo.

—Vamos.

Se sentaron los tres en una mesa, pidió cada uno lo que quería y siguió el primo de la baronesa hablando.

Era un tipo gracioso el de aquel hombre; hablaba en andaluz cerrado, aspirando las haches; tenía algún dinero para vivir y con eso y un destinillo en un ministerio iba pasando. Vivía en un desorden muy reglamentado, leyendo á Spencer en inglés y cambiando de género de vida por temporadas.

Hombre original, llevaba ya cuatro ó cinco años encenagado en los pantanosos campos de la sociología y de la antropología. Estaba convencido de que intelectualmente era un anglosajón, á quien no le debían de preocupar las cosas de España ni de ningún otro país del Mediodía.

—Pues sí—siguió diciendo Horacio llenando su copa de cerveza—. Yo me lo explico todo, los detalles más nimios por leyes biológicas ó sociales. Esta mañana al levantarme oía á mi patrona que hablaba con el panadero de la subida del pan.—¿Y por qué ha encarecido el pan?—le preguntaba ella.—No sé replicaba él; dicen que la cosecha es buena.—¿Pues entonces?—No sé. Me fuí á la oficina á la hora en punto con exactitud inglesa; no había nadie; es la costumbre española, y me pregunté: ¿En qué consiste la subida del pan si la cosecha se presenta buena? Y dí con la explicación que creo te convencerá. Tú sabrás que en el cerebro hay lóbulos.

—Yo qué he de saber eso, hijo mío—replicó la baronesa distraída, mojando un bizcocho en el chocolate.

—Pues sí hay lóbulos, y según opinión de los fisiólogos, cada lóbulo tiene su función; uno sirve para una cosa, el otro para otra, ¿comprendes?

—Sí.

—Bueno; pues figúrate tú que en España hay cerca de trece millones de individuos que no saben leer y escribir. ¿No me atiendes?

—Sí, hombre, sí.

—Pues bien; ese lóbulo que en los hombres ilustrados se emplea en esfuerzos para entender y pensar en lo que se lee, aquí no lo utilizan trece millones de habitantes. Esa fuerza que debían de gastar en discurrir, la emplean en instintos fieros. Consecuencia de esto, el crimen aumenta, aumenta el apetito sexual, y al aumentar éste, crece el consumo de alimentos y encarece el pan.

La baronesa no pudo menos de reirse al oir la explicación de su primo.

—No es una fantasía—replicó Horacio—es la pura verdad.

—Si no lo dudo, pero me hace reir la noticia. Manuel también se ríe.

—¿De dónde has sacado este chico?

—Es el hijo de una mujer que conocimos. ¿Qué te dice tu ciencia de él?

—A ver, quítate la gorra.

Manuel se quitó la gorra.

—Este es un celta—añadió Horacio—. ¡Buena raza! El ángulo facial abierto, la frente grande, poca mandíbula...

—Y eso, ¿qué quiere decir?—preguntó Manuel.

—En último término, nada. ¿Tú tienes dinero?

—¿Yo? Ni un botón.

—Pues entonces lo que te puedo decir es esto, que como no tienes dinero, ni eres hombre de presa, ni podrás utilizar tu inteligencia, aunque la tengas, que creo que sí; probablemente morirás en algún hospital.

—¡Qué bárbaro!—exclamó la baronesa—no le digas eso al chico.

Manuel se echó á reir; la profecía le parecía muy divertida.

—En cambio yo—siguió diciendo Horacio—no hay cuidado que muera en un hospital. Mira qué cabeza, qué quijada, qué instinto de adquisividad más brutal. Soy un berebere de raza, un euro-africano; eso sí, afortunadamente, estoy influído por las ideas de la filosofía práctica de lord Bacon. Si no fuera por eso estaría bailando tangos en Cuba ó en Puerto Rico.

—¿De manera que gracias á ese lord eres un hombre civilizado?

—Relativamente civilizado; no trato de compararme con un inglés. ¿Tengo yo la seguridad de ser un ario? ¿Soy acaso celta ó sajón? No me hago ilusiones; soy de una raza inferior, ¡qué le voy á hacer! Yo no he nacido en Manchester sino en el Camagüey y he sido criado en Málaga. ¡Figúrate!

—Y eso, ¿qué tiene que ver?

—La mar, chica. La civilización viene con la lluvia. En esos países húmedos y lluviosos es donde se dan los tipos más civilizados y más hermosos también, tipos como el de tu hija con sus ojos tan azules, la tez tan blanca y el cabello tan rubio.

—Y yo... ¿qué soy?—preguntó la baronesa—¿Un poco de eso que decías antes?

—¿Un poco berebere?

—Sí, me parece que sí; un poco berebere, ¿eh?

—En el carácter quizás, pero en el tipo, no. Eres de raza aria pura, tus ascendientes vendrían de la India, de la meseta de Pamir ó del valle de Cabul, pero no han pasado por Africa. Puedes estar tranquila.

La baronesa miró á su primo con expresión un tanto enigmática. Poco después los dos primos y Manuel salieron del café.

CAPÍTULO VII El berebere se siente profundamente anglosajón.—Mingote mefistofélico.—Cogolludo.—Despedida.

Desde aquel encuentro en la chirlata del coronel, de la baronesa y el sociólogo, éste comenzó á frecuentar la casa y á poner cátedra de antropología y de sociología en el comedor. Manuel no sabía cómo serían aquellas ciencias; pero traducidas al andaluz por el primo de la baronesa, eran muy pintorescas; Manuel y niña Chucha escuchaban al berebere con grandísima atención y algunas veces le hacían objeciones que él contestaba, si no con grandes argumentos científicos, con muchísima gracia.

El primo Horacio empezó á quedarse á cenar en la casa y terminó quedándose después de cenar; niña Chucha protegía al berebere quizás por afinidades de raza y se reía enseñando los dientes blancos cuando venía don Sergio.

La situación era comprometida porque la baronesa no se preocupaba de nada; después de servirse de Mingote le había despedido dos ó tres veces sin darle un céntimo. El agente comenzaba á amenazar, y un día fué decidido á armar la gorda. Habló de la falsificación de los papeles de Manuel y de que aquello podía costar á la baronesa ir á presidio. Ella le contestó que la responsabilidad de la falsificación era de Mingote, que ella tendría quien la protegiese, y que en el caso de que interviniese la justicia el primero que iría á la cárcel sería él.

Mingote amenazó, chilló, gritó demasiado, y en el momento álgido de la disputa llegó el primo Horacio.

—¿Qué pasa? Se oye el escándalo desde la calle—dijo.

—Este hombre que me está insultando—clamó la baronesa.

Horacio cogió á Mingote del cuello de la americana y lo plantó en la puerta. Mingote se deshizo en insultos, sacó á relucir la madre de Horacio; entonces éste, olvidando á lord Bacon, se sintió berebere, levantó el pie y dió con la punta de la bota en las nalgas de Mingote. El agente gritó más y de nuevo el berebere le acarició con el pie en la parte mas redonda de su individuo.

La baronesa comprendió que al agente le faltaría tiempo para vengarse; no creía que se atrevería á hablar de la falsificación de los papeles de Manuel porque se cogía los dedos con la puerta, pero probablemente advertiría á don Sergio de la presencia del primo Horacio en la casa. Antes de que pudiese hacerlo, escribió al comerciante una carta pidiéndole dinero, porque tenía que pagar unas cuentas. Envió la carta con Manuel.

El viejo calcáreo, al leer la carta, se incomodó.

—Mira, dile á tu... señora que espere, que yo también tengo que esperar muchas veces.

Al saber la contestación, la baronesa se indignó:

—¡Valiente grosero! ¡Valiente animal! La culpa la tengo yo de hacer caso á ese vejestorio infecto. Cuando venga yo le diré cuántas son cinco.

Pero don Sergio no apareció, y la baronesa, que supuso lo pasado, se mudó á una casa más barata con el propósito de economizar; y niña Chucha, Manuel y los tres perros pasaron á ocupar un tercer piso de la calle del Ave María.

Allí continuó el idilio iniciado entre la baronesa y Horacio; á pesar de que éste, por su tranquilidad anglosajona, ó por la idea pobre de la mujer, patrimonio de las razas del Sur, no le daba gran importancia al flirt.

La baronesa, de vez en cuando, para atender á los gastos de la casa, vendía ó mandaba empeñar algún mueble; pero con el desbarajuste que reinaba allí, el dinero no duraba un momento.

Al mes de estancia en la calle del Ave María, apareció una mañana don Sergio indignado. La baronesa no quiso presentarse y mandó á decirle por la mulata que no estaba. El viejo se marchó y por la tarde escribió una carta á la baronesa.

Mingote no había cantado. Don Sergio respiraba por la herida; no le parecía bien que Horacio pasase la vida en la casa de la baronesa; no encontraba mal que la visitase, sino la asiduidad con que lo hacía. La baronesa enseñó la carta á su primo, y éste, que sin duda no buscaba más que un pretexto para escurrir el bulto, se acordó de lord Bacon, se sintió de pronto anglosajón, ario y hombre moral y dejó de presentarse en casa de la baronesa.

Ella, que padecía el último brote de romanticismo de la juventud de la vejez, se desesperó, escribió cartas al galán, pero él siguió sintiéndose anglosajón y ario y acordándose de lord Bacon.

Mientras tanto don Sergio, al ver que su carta no producía efecto, volvió á la carga y se presentó en la casa.

—Pero, ¿qué le pasa á usted, Paquita?—dijo al ver á la baronesa desmejorada.

—Creo que tengo el trancazo, según siento de pesada la cabeza. Estoy con dolores en todo el cuerpo. Me tiene usted completamente abandonada. En fin, Dios sobre todo.

Don Sergio dejó pasar la hojarasca de palabras y lamentaciones con que la baronesa trataba de sincerarse, y dijo:

—Este sistema de vida no puede seguir. Hay que tener método, hay que tener régimen; así no puede ser.

—Eso mismo estaba pensando yo—replicó la baronesa—. Sí, lo comprendo, á mí no me corresponde esa vida. Volveré á tomar otra casita de doce duros.

—¿Y los muebles?

—Los venderé.

¿Cómo decir que los había ya vendido?

—No, yo...—El calcáreo iba á hacer una observación de buen comerciante, pero no se atrevió.—Luego esas visitas tan frecuentes de su primo de usted no están bien—añadió.

—¿Pero si me persigue—murmuró con voz quejumbrosa la baronesa—qué voy á hacerle yo? Ese hombre tiene por mí una pasión loca; comprendo que es raro, porque ya á mis años...

—No diga usted esas cosas, Paquita.

—Pero nada; se ha convertido en mi duende. Pero ahora ya verá usted cómo no va á volver.

—¿No ha de volver? Volverá hasta que usted no se lo diga claramente...

—Si se lo he dicho, y por eso ya no volverá.

—Entonces, mejor que mejor.

La baronesa miró indignada á don Sergio; después tomó una actitud compungida.

Don Sergio planteó sus planes de regeneración y pensó que Paquita debía dejar á niña Chucha, á quien el viejo calcáreo detestaba cordialmente; pero la baronesa afirmó que la quería como á una hija, tanto ó más que á sus perros, que eran casi para ella como las niñas de sus ojos.

De pronto la baronesa se incorporó en el sofá.

—Tengo un plan—le dijo á don Sergio—. Dígame usted si le parece bien. En El Imparcial de ayer vi anunciada una finca ó casa en Cogolludo, con huerta y jardín, por cincuenta duros al año. Supongo que será cosa muy mala; pero, al fin, será un terreno y una choza, y á mí me basta con una cabañita. Podría ir arreglando esa choza. ¿Qué le parece á usted, don Sergio?

—Pero, ¿para qué te vas á marchar de aquí?

—Es que no se lo he querido decir—añadió la baronesa—; pero ese hombre me persigue. Y contó una porción de embustes. Se recreaba la buena señora haciéndose la ilusión de que el primo la perseguía tenazmente, y todas las cartas quien ella había escrito á él supuso que era él quien se las había escrito á ella.

—Y claro—siguió diciendo—, no es cosa de ir al fin del mundo huyendo de ese ridículo trovador.

—Pero Cogolludo no debe tener tren; te vas á aburrir.

—¡Quia! Allá me meto en mi choza como una santa y me entretengo en regar el jardín y cuidar las flores... pero soy tan desgraciada, que con seguridad ya habrán alquilado la casa.

—No, eso no. Pero yo no veo la necesidad de marcharse. El chico no podrá ir al colegio.

—Ya no tiene necesidad. Estudiará por libre.

—Bueno; alquilaremos esa casa.

—Si no, ese canalla me va á perseguir. Yo quisiera que le llevasen á la cárcel y le ahorcaran. ¡Ay, don Sergio! ¡Cuándo vendrá Carlos VII! No estoy por la libertad ni por las garantías constitucionales para los pillos.

—Vamos, vamos, mujer. Ya veremos si se arregla eso de la casa. Y alíviate pronto.

—Gracias, don Sergio; usted siempre tan fuerte. Es usted una roca... Tarpeya. Y sin saber dónde guardar el dinero. ¡Acuérdese usted de mí! Ya sabe usted que soy muy arregladita y que no pienso ni desperdicio nada.

Era lo mejor que tenía la baronesa, que se conocía á fondo.

Decididos á ir á Cogolludo, comenzaron á embalar los muebles entre niña Chucha y Manuel, cuando la mulata salió diciendo que ella lo sentía mucho, pero que se quedaba en Madrid en una casa.

—Pero hija, ¿qué vas á hacer?

La mulata, apurada á preguntas, confesó que un señor americano, un pequeño rastaquouere que sentía la nostalgia del cocotero, le había ofrecido el puesto de ama de llaves en su casa.

La baronesa no se atrevió á hablarla de moralidad, y el único consejo que le dió fué que si el americano no se contentaba únicamente con que ella fuera ama de llaves, que se afirmara bien; pero la mulata no era tonta, y había, según dijo, tomado todas sus precauciones para caer en blando.

Manuel quedó solo en la casa para terminar las diligencias necesarias para el traslado. Una tarde, de vuelta de la estación del Mediodía, se encontró con Mingote, que al verle echó á correr tras él.

—¿A dónde vas?—le dijo—; cualquiera hubiese dicho que huías de mí.

—¡Yo! ¡Qué disparate! Me alegro mucho de verle.

—Yo también.

—Mira, vamos á entrar en este café. Te convido.

—Bueno.

Entraron en el café de Zaragoza. Mingote pidió dos cafés, papel y pluma.

—¿A ti te importaría algo escribir lo que voy á dictarte?

—Hombre, según lo que sea.

—Se trata de que me pongas una carta diciéndome que no te llamas Sergio Figueroa, sino Manuel Alcázar.

—¿Y para qué quiere usted que le escriba eso? Si usted lo sabe tan bien como yo—contestó cándidamente Manuel.

—Es una combina que me traigo.

—Y yo, ¿qué voy ganando en eso?

—Te puedes ganar treinta duros.

—¿Sí? ¡Vengan!

—No, cuando el negocio esté terminado.

Viendo Mingote á Manuel tan propicio, le dijo que si se las apañaba para quitar á la baronesa los papeles falsificados de su identificación y se los entregaba, añadiría á los treinta veinte duros más.

—Los papeles los tengo yo guardados—dijo Manuel—; si espera usted aquí un momento, voy y se los traigo á usted en seguida.

—Bueno, aquí espero. ¡Qué infeliz es este muchacho!—murmuró Mingote—. Se figura que le voy á dar cincuenta duros. ¡Qué primo!

Pasó una hora, luego otra; Manuel no aparecía.

—¿Habré sido yo el primo!—exclamó Mingote—. Sin duda. ¡Me habrá engañado ese condenado niño!

Mientras esperaba Mingote, la baronesa y Manuel tomaban el tren.

Fueron á Cogolludo, y la baronesa se llevó el gran chasco. Creía que el pueblo sería algo así como una aldea flamenca y se encontró con un poblachón en medio de una llanura.

La casa alquilada estaba en un extremo del pueblo; era grande, con una puerta azul, tres ventanas chicas al camino y un corral en la parte de atrás. Debía de hacer más de diez años que no la habitaban. Al día siguiente de llegar la baronesa y Manuel la barrieron y fregaron. La baronesa se lamentaba amargamente de su resolución.

—¡Ay, Dios mío, ¡qué casa!—decía—. ¿Por qué habremos venido aquí? Y ¡qué pueblo! Yo había visto de paso algún pueblo de España, pero en el Norte, donde hay árboles. ¡Esto es tan seco, tan árido!

Manuel se encontraba en sus glorias; la huerta de la casa no producía más que ortigas y yezgos, pero él supuso que se podría convertir aquel trozo de tierra, seco y lleno de plantas viciosas, en un vergel. Se puso á trabajar con fe.

Primeramente escardó y quemó toda la hierba del huerto.

Después removió la tierra con un pincho y sembró á discreción garbanzos, habichuelas y patatas, sin enterarse de si era ó no el tiempo de la siembra. Luego pasó horas y horas sacando agua de un pozo profundísimo que había en medio del huerto, y como se desollaba las manos con la cuerda y además á la media hora de regar la tierra estaba seca, ideó una especie de torno con el cual se tardaba media hora en sacar un balde de agua.

A los quince días de estancia allí tomó la baronesa una criada, y cuando ya la casa estuvo limpia fué á Madrid, sacó del colegio á Kate y la llevó á Cogolludo.

Kate, como tenía un espíritu práctico, llenó unas cuantas macetas de tierra y plantó una porción de cosas en ellas.

—¿Para qué hace usted eso?—le dijo Manuel—, si dentro de poco estará todo esto lleno de plantas.

—Yo quiero tener las mías—contestó la niña.

Pasó un mes, y á pesar de los trabajos ímprobos de Manuel, no brotó nada de lo plantado por él. Sólo unos geranios y unos ajos puestos por la criada crecían, á pesar de la sequedad, admirablemente.

Los tiestos de Kate también prosperaban; en las horas de calor los metía dentro de la casa y los regaba. Manuel, viendo que sus ensayos de horticultura fracasaban, se dedicó con rabia al exterminio de las avispas, que en grandes panales de celdas simétricas, ocultos en los intersticios de las tejas, se guarecían.

Entabló con las avispas una lucha á muerte y no las pudo vencer: parecía que le habían tomado odio; le atacaban de una manera tan furiosa, que la mayoría de las veces tenía que batirse en retirada, expuesto á caerse del tejado lleno de picaduras.

Los entretenimientos de Kate eran más tranquilos y pacíficos. Había arreglado su cuarto con un orden perfecto. Sabía embellecerlo todo. Con la cama, cubierta por la colcha blanca y oculta por las cortinas; los tiestos, en la ventana, en los que empezaban á brotar las plantas; su armario, y los cromos en las paredes azules; su alcoba tenía un aspecto de gracia encantador.

Luego, era la muchacha de una bondad amable y serena.

Había encontrado en el campo un gato herido, á quien perseguían unos chicos, á pedradas; lo recogió, á riesgo de ser arañada, lo cuidó y curó, y el gato la seguía ya por todas partes y sólo quería estar con ella.

Manuel obedecía á la Nena ciegamente, sentía además una gran satisfacción al obedecerla; la consideraba como un dechado de perfecciones, y á pesar de esto, nunca se le ocurrió, ni en su fuero interno, enamorarse de ella. Quizás la encontraba demasiado buena, demasiado hermosa. Experimentaba Manuel la tendencia paradójica de todos los hombres de fantasía que creen amar la perfección y se enamoran de lo imperfecto.

El verano transcurrió agradablemente; el calcáreo estuvo dos veces en Cogolludo, al parecer contento; pero, al fin de Agosto, las pesetas que recibía la baronesa no aparecieron.

Escribió á don Sergio varias veces sacando á relucir la persecución de que era víctima, pues de este modo satisfacía la vanidad y el amor propio del viejo Cromwell; pero don Sergio no cayó en la celada.

Indudablemente, Mingote había hablado. Esperó la baronesa algún tiempo trampeando, haciendo deudas. Un día, á principios de Otoño, se presentó el guarda de la casa diciendo á la baronesa que la desalojara, que en Madrid no habían pagado el alquiler. Se desahogó la baronesa insultando y poniendo como un trapo á don Sergio; el guarda dijo que la orden suya era no dejar que se llevaran los muebles sin que le pagaran el alquiler.

La baronesa sentía que su hija se enterara de sus trapisondas; calculó lo que valdrían los muebles, que ya en Madrid con las ventas y los empeños quedaron reducidos estrictamente á lo indispensable, y se decidió á dejarlos y á huir de Cogolludo.

Una tarde en que salieron del pueblo á dar un paseo, la baronesa expuso á Kate, muy azorada, la situación.

—¿Vamos á Madrid?—terminó diciendo.

—Vamos.

—¿Ahora mismo?

—Ahora mismo.

Hacía frió. Comenzaba á lloviznar.

La estación del tren estaba en un pueblo inmediato. Manuel sabía el camino. Marcharon los tres por entre lomas bajas; no encontraron á nadie. Kate iba un tanto asustada.

—Vaya una facha rara que debemos de tener—decía la baronesa.

A la hora y media de salir del pueblo, de repente, á la revuelta de un sendero, apareció el faro de señales de la vía férrea, un disco blanco como un alto fantasma. Soplaba un vientecillo sutil. Oyeron de pronto á lo lejos los silbidos agudos de un tren, aparecieron las linternas roja y blanca de la locomotora, fueron agrandándose en la obscuridad rápidamente, retembló la tierra, pasó la fila de vagones rechinando con una algarabía infernal, surgió una bocanada de humo blanco con incandescencias luminosas, cayó un diluvio de chispas al suelo y el tren huyó y quedaron dos farolillos rojos y uno verde danzando en la obscuridad de la noche, hasta que se escabulleron en seguida en las sombras.

Estaban los tres cansados cuando entraron en la estación. Esperaron unas horas, y á la mañana del día siguiente llegaron á Madrid.

La baronesa estaba azorada, fueron á una casa de huéspedes, les preguntaron si tenían equipaje, la baronesa dijo que no, y no supo encontrar ningún pretexto ni explicación; les dijeron que sin equipaje no les tomarían, á no ser que pagaran por adelantado, y la baronesa salió avergonzada. De allí pasaron por la casa de una amiga, pero se había mudado: no se sabían tampoco las señas de Horacio. La baronesa tuvo que empeñar un reloj de Kate y fueron á parar los tres á un hotel de tercera clase.

Al cuarto día el dinero terminó. La baronesa había perdido su presencia de ánimo y en su rostro se notaba la fatiga y el cansancio.

Escribió una carta humilde á su cuñado pidiéndole hospitalidad para ella y su hija, y la contestación tardaba. La baronesa se ocultaba de Kate para llorar.

La dueña del hotel les pasó la cuenta; le suplicó la baronesa que esperara unos días á que recibiera una carta; pero la mujer de la fonda, á quien la petición hecha en otra forma no le hubiera chocado, se figuró, por el tono empleado por la baronesa, que se trataba de engañarla, y dijo que no esperaba, que, si al día siguiente no la pagaban, avisaría á la policía.

Kate, al ver á su madre más afligida que de costumbre, le preguntó lo que le pasaba, y ella expuso la situación apurada en que se veían.

—Voy á ver al embajador de mi país—dijo Kate resueltamente.

—¿Tú sola? Iré yo.

—No, que me acompañe Manuel.

Fueron los dos á la Embajada; entraron en un portal grande. Dió su tarjeta Kate á un portero é inmediatamente la hicieron pasar. Manuel, sentado en un banco, esperó un cuarto de hora. Al cabo de este tiempo salió la muchacha al portal acompañada de un señor de aspecto venerable.

Este la acompañó hasta la puerta y habló con un lacayo con galones.

El lacayo abrió la puerta de un coche que había frente á la puerta y permaneció con el sombrero en la mano.

Kate se despidió del anciano señor; luego dijo á Manuel.

—Vamos.

Entró ella en el coche y después Manuel estupefacto.

—Ya está todo arreglado—dijo la muchacha á Manuel—. El embajador ha telefoneado al hotel diciendo que pasen la cuenta á la Embajada.

Manuel pudo notar en esta ocasión, y comprobarlo después repetidas veces, que las mujeres acostumbradas desde niñas á doblegarse y á ocultar sus deseos tienen, cuando despliegan sus energías ocultas, un poder y una fuerza extraordinarios.

La baronesa recibió la noticia alborozada, y en un arrebato de ternura, besó á Kate repetidas veces y lloró amargamente.

Días después se recibió la contestación del cuñado de la baronesa y un cheque para que se pusieran en camino.

A pesar de lo que le prometió la baronesa á Manuel, éste comprendió que no le llevarían á él. Era natural. La baronesa compró ropa para la Nena y para ella.

Una tarde de otoño se fueron madre é hija. Manuel las acompañó, en coche, hasta la estación.

La baronesa sentía mucha tristeza de dejar Madrid; la Nena estaba, como siempre, al parecer serena y tranquila.

En el trayecto, ninguno de los tres dijo una palabra.

Bajaron del coche, entraron en la sala de espera; había que facturar un baúl y Manuel se encargó de ello. Después pasaron al andén y tomaron asiento en un vagón de segunda. Roberto paseaba por el andén de la estación pálido, de un lado á otro.

La baronesa prometió al muchacho que volverían.

Sonó la campana de la estación. Manuel se subió al coche.

—Vamos, bájate—dijo la baronesa—. El tren va empezar á andar.

Manuel ofreció la mano tímidamente á la Nena.

—Abrázala—dijo su madre.

Manuel apenas se atrevió á rodear el talle de la muchacha con sus brazos. La baronesa le besó en las dos mejillas.

—Adiós, Manuel—le dijo—, secándose una lágrima.

Echó andar el tren; la Nena saludó desde la ventanilla con la mano; pasaron vagones y vagones con un ruido sordo; el tren aceleró la marcha. Manuel sintió una congoja grande; huyó el tren, silbando por los campos, y Manuel se llevó las manos á los ojos y sintió que estaba llorando.

Roberto le agarró del brazo.

—Vamos de aquí.

—¿Es usted?—le dijo Manuel.

—Sí.

—Han sido muy buenas para mí—añadió Manuel tristemente.

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