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La lucha por la vida

PRIMERA PARTE

Reading edition

CAPÍTULO I El taller.—La vida de Roberto Hasting.—Alex Monzon.

Roberto se había levantado de la cama, y vestido con su traje de calle y sentado á una mesa llena de papeles, escribía.

El cuarto era una guardilla trastera, baja de techo, con una gran ventana á un patio. El centro del cuarto lo ocupaban dos estatuas de barro, de un armazón interior de alambre, dos figuras de más del tamaño natural, descomunales y estrambóticas. Estaban ambas solamente esbozadas, como si el autor no hubiera sabido acabarlas; eran dos jigantes rendidos por el cansancio, los dos de cabeza pequeña y rapada, pecho hundido, vientre abultado y largos brazos simiescos. Los dos parecían agobiados por un abatimiento profundo. Frente á la ventana ancha había un sofá, tapizado con una percalina floreada; en las sillas y en el suelo se levantaban estatuas medio envueltas en trapos húmedos; en un ángulo aparecía una caja, llena de pedazos secos de escayola, y en un rincón un lebrillo con barro.

De cuando en cuando Roberto miraba á un reloj de bolsillo colocado sobre la mesa, entre los papeles; se levantaba y daba unos paseos por el cuarto. Por la ventana, en las galerías de las casas de enfrente se veían pasar mujeres desharrapadas y sucias; de la calle subía una baraúnda ensordecedora de gritos de las verduleras y de los vendedores ambulantes.

A Roberto, sin duda, no le molestaba aquella continua algarabía, y al cabo de poco rato se sentaba y seguía escribiendo.

Mientras tanto, Manuel subía y bajaba las casas de toda la calle en busca de Roberto Hasting.

Hallábase Manuel con decisión para intentar seriamente un cambio de vida, se sentía capaz de tomar una determinación enérgica y dispuesto á seguirla hasta el fin.

Su hermana mayor, que acababa de casarse con un bombero, le regaló unos pantalones rotos de su esposo, una chaqueta vieja y una bufanda raida. Además, añadió á la donación una gorra de forma y de color absurdos, un sombrero hongo anciano y algunos buenos y vagos consejos acerca del trabajo, el cual, como nadie ignora, es el padre de todas las virtudes, como el caballo es el más noble de todos los animales y la ociosidad la madre de todos los vicios.

Es muy posible, casi seguro, que Manuel hubiese preferido á estos buenos y vagos consejos, á esta gorra de forma y color absurdos, á la chaqueta vieja, al sombrero anciano, á la bufanda raida y á los pantalones rotos, una pequeña cantidad de dinero, ya fuera en cuartos, en plata ó en billetes.

La juventud es así, no tiene norte ni guía; imprevisora siempre, concede más valor á los dones materiales que á los espirituales, sin comprender en su ignorancia absoluta que una moneda se gasta, un billete se cambia, y las dos cosas pueden perderse, y en cambio un buen consejo ni se gasta ni se pierde, ni se reduce á calderilla, y tiene además la ventaja de que sin cuidarse de él para nada, dura eternamente, sin enmohecimiento ni deterioro. Prefiriese una cosa ú otra, hay que confesar que Manuel tuvo que contentarse con lo que le dieron.

Con este lastre de los buenos consejos y de las malas prendas de vestir, sin vislumbrar ni un cuarto de luz en su camino, Manuel repasó en la memoria la corta lista de sus conocimientos, y pensó que de todos, el único capaz de favorecerle era Roberto Hasting.

Penetrado de esta verdad, para él muy importante, se dedicó á buscar á su amigo. En el cuartel ya le habían perdido de vista hacía tiempo; doña Casiana, la de la casa de huéspedes, á quien Manuel encontró en la calle, no sabía las señas de Roberto, y le indicó que quizás el Superhombre las supiera.

—¿Sigue viviendo en su casa de usted?

—No, estaba ya harta de que no me pagara. No sé dónde vive; pero le encontrarás en El Mundo, un periódico de la calle de Valverde que tiene un letrero en el balcón.

Buscó Manuel el periódico de la calle de Valverde y lo encontró en seguida; subió al piso principal de la casa, y se detuvo ante una puerta cerrada con un cristal, en donde había grabados dos mundos, el antiguo y el moderno. No había timbre ni llamador de campanilla, y Manuel se puso á repiquetear con los dedos en el cristal, encima precisamente del nuevo mundo, y en esta ocupación le sorprendió el mismísimo Superhombre, que llegaba de la calle.

—¿Qué haces aquí?—le dijo el periodista, mirándole de arriba á abajo—¿Quién eres tú?

—Yo soy Manuel, el hijo de la Petra, la de la casa de huéspedes, ¿no se acuerda usted?

—¡Ah, sí!... ¿y qué quieres?

—Quisiera que me dijese usted si sabe dónde vive don Roberto, que creo que ahora es periodista.

—¿Y quién es don Roberto?

—El rubio... el estudiante amigo de don Telmo.

—¿El niño litri aquél?... ¡yo qué sé!

—¿Ni dónde trabaja tampoco?

—Creo que da lecciones en la academia de Fischer.

—No sé en qué sitio está esa academia.

—Me parece que en la plaza de Isabel II—contestó el Superhombre de un modo displicente, mientras abría la puerta de cristales con un llavín y entraba.

Manuel fué á la academia; aquí un ordenanza le dijo que Roberto vivía en la calle del Espíritu Santo, en el número 21 ó 23, no sabía á punto fijo, en un piso alto, donde había un estudio de escultor.

Manuel buscó la calle del Espíritu Santo; la geografía de esta parte de Madrid le era un tanto desconocida. Tardó en dar con la calle, que estaba en aquellas horas animadísima; las verduleras, colocadas en fila á los lados de la calle, anunciaban sus judías y sus tomates á voz en grito; las criadas pasaban con sus cestas al brazo y sus delantales blancos; los horteras echaban un párrafo recostados en la puerta de la tienda con la cocinera guapa; corrían los panaderos entre la gente con la cesta en equilibrio sobre la cabeza, y el ir y venir de la gente, el gritar de unos y de otros formaba una baraúnda ensordecedora y un espectáculo abigarrado y pintoresco.

Manuel, abriéndose paso entre el gentío y las cestas de tomates, preguntó por Roberto en los números que le indicaron; no le conocían las porteras, y no tuvo más remedio que subir hasta los pisos altos y enterarse allí.

Después de varias ascensiones dió con el estudio del escultor. En el extremo de una escalera sucia y obscura se encontró con un pasillo en donde charlaban unas cuantas viejas.

—¿Don Roberto Hasting? ¿Uno que vive en el taller de un escultor?

—Será ahí en esa puerta.

La entreabrió Manuel, se asomó y vió á Roberto escribiendo.

—Hola, ¿eres tú?—dijo Roberto—. ¿Qué hay?

—Pues venía á verle á usted.

—¿A mí?

—Sí, señor.

—¿Qué te pasa?

—Que me he quedado parado.

—¿Cómo parado?

—Sin trabajo.

—¿Y tu tío?

—¡Oh, ya hacía tiempo que no estaba allí!

—¿Y cómo ha sido eso?

Manuel contó sus cuitas. Luego, viendo que Roberto seguía escribiendo rápidamente, se calló.

—Puedes seguir—murmuró Hasting—, te oigo mientras escribo; tengo que concluir un trabajo para mañana y necesito correr, pero te oigo.

Manuel, á pesar de la indicación, no siguió hablando. Miró los dos jigantones derrengados que ocupaban el centro del taller y quedó sorprendido. Roberto, que notó el asombro de Manuel, le preguntó riendo:

—¿Qué te parece eso?

—Qué sé yo. Da miedo. ¿Qué quieren decir esos hombres?

—El autor los llama Los Explotados. Quiere dar á entender que son los hombres á quienes agota el trabajo. Poco oportuno el asunto para España.

Roberto siguió escribiendo. Manuel separó la vista de los dos figurones y la dirigió por el cuarto. No tenía aspecto de riqueza, ni siquiera de comodidad; Manuel pensó que el estudiante no marchaba bien en sus asuntos.

Roberto echó una rápida mirada á su reloj, dejó la pluma, se levantó, y paseó por el cuarto. Contrastaba su elegancia con el aspecto miserable del cuarto.

—¿Quién te ha dicho dónde vivía?—preguntó.

—En una academia.

—¿Y quién te ha indicado la academia?

—El Superhombre.

—¡Ah! El divino Langairiños... Y dime: ¿desde cuándo estás sin trabajo?

—Desde hace unos días.

—¿Y qué piensas hacer?

—Pues estar á lo que salga.

—¿Y si no sale nada?

—Creo que algo saldrá.

Roberto sonrió burlonamente.

—¡Qué español es eso! Estar á lo que salga. Siempre esperando... Pero, en fin, tú no tienes la culpa. Oye. Si estos días no encuentras sitio donde dormir, quédate aquí.

—Bueno, muchas gracias. ¿Y la herencia de usted, don Roberto? ¿Cómo va?

—Marchando poco á poco. Antes de un año me ves rico.

—Me alegraré.

—Ya te dije que me figuraba que había un enredo de los curas en esta cuestión; pues, efectivamente, así es. Don Fermín Núñez de Letona, el cura, fundó diez capellanías para parientes suyos que llevaran su apellido. Sabiendo esto pregunté por estas capellanías en el Obispado; no sabían nada; pedí varias veces la partida de bautismo de don Fermín á Labraz; me dijeron que allí no aparecía tal nombre. Para aclarar este asunto he ido hace un mes á Labraz.

—¿Ha estado usted fuera de Madrid?

—Sí; he gastado mil pesetas. En la situación en que me encuentro, figúrate lo que representan mil pesetas para mí; pero no he tenido ningún inconveniente en gastarlas. He ido, como te decía, á Labraz; he visto el libro de partidas en la iglesia vieja y me he encontrado con que hay un salto en el libro desde el año 1759 al 60. ¿Qué es esto?, me dije. Miré, volví á mirar, no había señal de hoja arrancada; la numeración de los folios estaba bien, pero los años no concordaban y, ¿sabes lo que pasa?, que una hoja está pegada á otra. Después fuí al Seminario de Pamplona y conseguí encontrar una lista de los alumnos que estudiaron á fines del siglo XVIII y allí está don Fermín, y pone: Núñez de Letona, Labraz (Alava). De manera que la partida de bautismo de don Fermín se encuentra en la hoja pegada.

—¿Y por qué no ha hecho usted que la despeguen?

—No; ¿quién sabe lo que puede suceder?, podría levantar la caza. El libro queda allá. Yo he mandado á Londres mi escrito; cuando venga el exhorto, el Juzgado nombrará tres peritos que irán á Labraz y, ante ellos y ante el Juez y el Notario, se despegará la hoja.

Roberto, como siempre que hablaba de su fortuna, iba exaltándose; su imaginación le hacía ver perspectivas admirables de riqueza, de lujo, de viajes maravillosos. En medio de sus entusiasmos y de sus ilusiones apareció el hombre práctico; miró al reloj, se calmó en un instante, y se puso á escribir de nuevo.

Manuel se levantó.

—¿Qué, te vas?—le dijo Roberto.

—Sí; ¿qué voy á hacer aquí?

—Si no tienes para almorzar toma una peseta. No tengo más.

—¿Y usted?

—Yo como en casa de un discípulo. Oye, si vienes á dormir, adviérteselo á mi compañero. Estará aquí dentro de un momento. Aún no se ha levantado. Se llama Alejo Monzon, pero le llaman Alex.

—Bueno; sí, señor.

Almorzó Manuel pan y queso y volvió al poco rato al taller. Un hombre rechoncho, de barba negra y espesa, cubierto con una blusa blanca, la pipa en la boca, modelaba en plastelina una Venus desnuda.

—¿Usted es don Alejo?—le preguntó Manuel.

—Sí, ¿que hay?

—Yo soy amigo de don Roberto, y he venido á verle hoy y le he dicho que no tenía trabajo ni casa, y él me ha indicado que podía dormir aquí.

—Tendrás que acostarte en el sofá—dijo el de la blusa blanca—, porque no hay otra cama.

—No importa. Estoy acostumbrado.

—¡Qué! ¿Tú tienes algo que hacer?

—Yo no.

—Anda, entonces ponte sobre la tarima; me servirás de modelo. Siéntate en esta caja. Así. Ahora apoya la cabeza en la mano como si estuvieras pensando en algo. Bueno. Está bien. La mirada más alta. Eso es.

El escultor se sentó, machacó de un puñetazo la Venus que estaba modelando y comenzó á levantar otra figura.

Manuel se cansó pronto de posar y se lo advirtió así á Alex, quien le dijo que descansara.

A media tarde entraron en la guardilla una porción de muchachos amigos del escultor; dos de ellos se pusieron en mangas de camisa y comenzaron á amontonar barro en una mesa; un melenudo se sentó en un sofá. Llegaron poco después otros y comenzaron todos á charlar á voz en grito.

Hablaron y discutieron una porción de cosas, de pintura, de escultura, de comedias. Manuel pensó que debían de ser personas importantes.

Habían clasificado al mundo. Tal, era admirable; Cuál, detestable; H, un genio; B, un imbécil.

No les gustaba, sin duda, las medias tintas ni los términos medios; parecían árbitros de la opinión, juzgadores y sentenciadores de todo.

Al anochecer se prepararon para salir.

—¿Tú te vas?—preguntó el escultor á Manuel.

—Saldré un momento á cenar.

—Bueno; ahí tienes la llave. Yo vendré á eso de las doce y llamaré.

—Está bien.

Manuel comió otra ración de pan y queso y dió un paseo después por las calles y, entrada la noche, volvió al taller. Hacía frío allá arriba, más frío que en la calle. Se acercó á tientas al sofá, se tendió y esperó á que vinera el escultor. Cerca de la una llamó y le abrió Manuel.

Alex venía ceñudo. Se metió en su alcoba, encendió una vela y anduvo paseando por el estudio hablando solo.

—Ese imbécil de Santiuste—le oyó murmurar Manuel—que dice que el no concluir una obra de arte es señal de impotencia. ¡Y me miraba á mí! Pero, ¿por qué le haré caso yo á ese idiota?

Nadie pudo dar al escultor una contestación satisfactoria, y siguió paseando por el cuarto lamentándose en voz alta de la estupidez y de la envidia de sus compañeros.

Después, ya apaciguada su cólera, cogió la bujía, la acercó al grupo de Los Explotados y lo miró durante largo tiempo con curiosidad. Vió que Manuel no dormía y le preguntó cándidamente:

—¿Has visto tú algo más colosal que esto?

—Es una cosa muy rara—contestó Manuel.

—¡Sí es!—replicó Alex—. Tiene la rareza de todo lo genial. Yo no sé si habrá alguien en el mundo capaz de hacer esto. Quizás Rodín, Hum... ¿quién sabe? ¿Dónde te figuras tú que pondría yo este grupo?

—No sé.

—En un desierto. Sobre un pedestal de granito cuadrado, tosco, sin adornos. ¡Qué efecto produciría, eh!

—Ya lo creo.

El asombro de Manuel lo tomó Alex por admiración, y con la bujía en la mano fué quitando los paños que cubrían sus estatuas y enseñándoselas.

Eran figuras espantables y monstruosas: viejas encogidas con los pellejos lacios y los brazos hasta los tobillos, hombres que parecían buitres, chiquillos jorobados y deformes, unos de cabeza muy grande, otros de cabeza muy chica, cuerpos todos sin proporción ni armonía. Manuel sospechó si aquella fauna monstruosa sería una broma de Alex; pero el escultor hablaba entusiasmado y explicaba por qué sus figuras no tenían la estúpida corrección académica tan alabada por los imbéciles. Todas eran símbolos.

Después de mostrar sus obras, Alex se sentó en una silla.

—No me dejan trabajar—exclamó con abandono—y lo siento, no creas que por mí, sino por el arte. Si Alejo Monzon no triunfa, la escultura en Europa retrocede cien años.

Manuel no podía decir lo contrario, y se echó en el sofá á dormir.

Al día siguiente cuando se despertó, Roberto estaba ya vestido elegantemente y escribiendo en su mesa.

—¿Está usted ya levantado?—le dijo Manuel con asombro.

—Hay que madrugar, amigo—contestó Roberto—, yo no soy de los que están á lo que salga. No viene la montaña á mí, pues yo voy á la montaña, no hay más remedio.

Manuel no entendió bien lo que quería decir Roberto con esto de la montaña, y desperezándose se levantó del sofá.

—Anda, le dijo Roberto—, ve por un café con media tostada.

Salió Manuel y volvió en seguida. Desayunaron los dos.

—¿Quiere usted alguna cosa más?—preguntó Manuel.

—No, nada.

—¿No piensa usted volver hasta la noche?

—No.

—¿Tantas cosas tiene usted que hacer?

—Muchas, ya lo creo. Ahora, después de traducir invariablemente diez páginas, voy á la calle de Serrano á dar una lección de inglés; de aquí tomo el tranvía y marcho al final de la calle de Mendizábal, vuelvo al centro, me meto en la casa editorial y corrijo las pruebas de la traducción. Salgo á las doce, voy á mi restaurant, como, tomo café, escribo mis cartas á Inglaterra y á las tres estoy en la academia de Fischer. A las cuatro y media voy al colegio protestante. De seis á ocho paseo, á las nueve ceno, á las diez estoy en el periódico y á las doce en la cama.

—¡Qué barbaridad! Pero entonces usted ganará mucho—dijo Manuel.

—De 80 á 90 duros.

—¿Y vive usted aquí?

—Es que tú ves los ingresos, pero no los gastos. Tengo que enviar todos los meses 30 duros á mi familia para que mi madre y mis dos hermanas vayan viviendo. El proceso me lleva mensualmente 15 ó 20 duros, y con lo demás voy pasando.

Manuel contempló con admiración profunda á Roberto.

—Pues hijo—exclamó Roberto—, para vivir no hay más remedio. Y es lo que debes hacer tú, buscar, preguntar, correr, trotar, algo encontrarás.

Manuel pensó que aunque le hubiesen prometido ser rey, no era capaz él de desenvolver una actividad semejante, pero se calló.

Esperó á que se levantara el escultor y hablaron los dos largamente de las dificultades de la vida.

—Mira, por ahora me sirves de modelo—dijo Alex—, y ya encontraremos alguna combinación para comer.

—Bueno, sí señor, como usted quiera.

Alex tenía crédito en la tahona y en la tienda de ultramarinos, y calculó que la alimentación de Manuel le resultaría más barata que pagar un modelo. Los dos se decidieron á alimentarse de conservas y de pan.

No era el escultor perezoso, ni mucho menos, pero no tenía constancia en el trabajo, ni dominaba su arte; no sabía concluir sus figuras, y viendo que al ir á detallarlas los defectos iban apareciendo con más fuerza, las dejaba sin terminar. Su orgullo le hacía creer después que el modelar exactamente un brazo ó una pierna era una labor indigna y decadente, y sus amigos, en quienes se daba la misma impotencia para el trabajo, corroboraban su idea.

Manuel no se preocupaba de cuestiones artísticas, pero muchas veces pensó que las teorías del escultor, más que convencimientos suyos, parecían pantallas para ocultar sus defectos.

Hacía un retrato ó un busto, y se le decía: No se le parece, y él contestaba: Eso es lo de menos, y en todo pasaba lo mismo.

Manuel se fué aficionando á las reuniones del estudio por la tarde, y escuchaba con atención lo que decían los amigos de Alex.

Dos ó tres eran escultores, otros pintores y literatos. Ninguno de ellos conocido. Pasaban el tiempo correteando de teatro en teatro y de café en café, reuniéndose en cualquier parte, para tener el gusto de hablar mal de los amigos. Fuera de esta conversación en la cual todos concretaban admirablemente, en las demás se divagaba con placidez. Era un continuo discutir y proyectar, afirmar hoy, negar mañana, que á Manuel, que no tenía base alguna de juicio, le despistaba por completo; no comprendía si hablaban en serio ó en broma; les oía cambiar de opinión á cada momento y le chocaba cómo uno mismo podía defender cosas tan contradictorias.

A veces una alusión embozada, un juicio acerca de éste ó del otro exasperaba á todos los de la reunión de tal manera, que entonces cada palabra tenía un retintín rabioso, y por debajo de las frases más sencillas se notaba que latía el odio, la envidia y la intención mortificante y agresiva.

En medio de aquellos jóvenes, casi todos de una mordacidad venenosa, solían acudir al taller dos tipos que permanecían tranquilos é indiferentes en medio del furor de las discusiones. Uno era ya algo viejo, grave, enjuto; se llamaba D. Servando Arzubiaga; el otro, de la misma edad que Alex, se apellidaba Santín. Don Servando, aunque literato, no tenía vanidad literaria, ó si la tenía era tan honda, tan subterránea, que no se le notaba.

Acudía al taller á distraerse, y fumando cigarrillos solía escuchar los diversos pareceres de unos y otros, sonriendo á las exageraciones, terciando en la conversación con alguna palabra conciliadora.

Bernardo Santín, el más joven de los contertulios indiferentes, no hablaba; le era muy difícil comprender que por una cuestión puramente literaria ó artística pudiesen reñir de aquella manera.

Santín era flaco, tenía la cara correcta, la nariz afilada, los ojos tristes, el bigote rubio y la sonrisa insípida. Se pasaba este hombre copiando cuadros en el Museo y cada vez lo hacía peor; pero desde que comenzó á frecuentar el estudio de Alex, las pocas aficiones al trabajo las había perdido por completo.

Una de sus manías era hablar de tú á todo el mundo. A la tercera ó cuarta vez de ver á una persona ya la tuteaba.

Los conciliábulos en el estudio de Alex se conoce que no bastaban á los bohemios, porque de noche volvían á reunirse en el café de Lisboa. Manuel, sin ser considerado como uno de ellos, era aceptado en la reunión, aunque sin voz ni voto.

Por lo mismo que no hablaba se fijaba más en lo que oía.

Eran casi todos ellos de malos instintos y de aviesa intención. Sentían la necesidad de hablar mal unos de otros, de injuriarse, de perjudicarse con sus maquinaciones y sus perfidias, y al mismo tiempo necesitaban verse y hablarse. Tenían, como las mujeres, el afán de complicar la vida con miserias y pequeñeces, la necesidad de vivir y desenvolverse en un ambiente de murmuraciones y de intrigas.

Roberto pasaba por en medio de ellos tranquilo, indiferente; sin hacer caso de sus proyectos, ni de sus discusiones.

Manuel creyó comprender que á Roberto le molestaba verle tan metido en la vida bohemia, y para congraciarse con él, una mañana le acompañó hasta la casa en donde daba su lección de inglés. Le contó por el camino que había hecho una porción de gestiones infructuosas para buscar trabajo, y le preguntó qué marcha debía seguir en adelante.

—¿Qué? Ya te he dicho varias veces lo que debes hacer—contestó Roberto—; buscar, buscar y buscar. Luego trabajar hasta echar el alma por la boca.

—¡Pero si no tengo en dónde!

—Siempre hay donde trabajar si se quiere. Pero hay que querer. Saber desear con fuerza es lo primero que se debe aprender. Tú me dirás que no deseas más que vegetar de cualquier modo; pues ni eso conseguirás, y si te reúnes con los que vienen aquí al estudio, además de vago concluirás en sinvergüenza.

—¿Pero ellos?...

—Ellos yo no sé si han hecho ó no indignidades; como comprenderás, eso á mí no me va ni me viene; pero cuando un hombre no puede comprender nada en serio, cuando no tiene voluntad, ni corazón, ni sentimientos altos, ni idea de justicia ni de equidad, es capaz de todo. Si esta gente tuviera un talento excepcional, podrían ser útiles y hacer su carrera, pero no lo tienen; en cambio han perdido las nociones morales del burgués, los puntales que sostienen la vida del hombre vulgar. Viven como hombres que poseyeran de los genios sus enfermedades y sus vicios, pero no su talento ni su corazón; vegetan en una atmósfera de pequeñas intrigas, de mezquindades torpes. Son incapaces de realizar una cosa. Quizás haya algo genial, yo no digo que no, en esos monstruos de Alex, en esas poesías de Santillana; pero eso no basta, hay que ejecutar lo que se ha pensado, lo que se ha sentido, y para eso se necesita el trabajo diario, constante. Es como un niño que nace, y la comparación, aunque sea vieja, es exacta: la madre lo pare con dolor, luego le alimenta en su pecho y le cuida hasta que crece y se hace fuerte. Esos quieren hacer de golpe y porrazo una obra hermosa, y no hacen más que hablar y hablar.

Roberto se detuvo para tomar aliento, y continuó con más dulzura.

—Aun así, ellos tienen la ventaja de estar en la corriente, se conocen unos á otros, conocen á los periodistas, y, amigo, la prensa hoy es una fuerza brutal. Pero tú no, tú no puedes acercarte á la prensa; necesitarías siete ú ocho años de preparación, de buscar amistades, recomendaciones. Y mientras tanto, ¿de qué comes?

—No, si yo no quiero ser como ellos. Yo ya sé que soy un obrero.

—¡Obrero! ¡Quia! Ojalá lo fueras. Hoy no eres más que un vago y debes hacerte obrero. Lo que soy yo, lo que somos todos los que trabajamos. Muévete, actívate. Ahora la actividad para ti es un esfuerzo; haz algo; repite lo que hagas, hasta que la actividad sea para ti una costumbre. Convierte tu vida estática en vida dinámica. ¿No me entiendes? Quiero decirte que tengas voluntad.

Manuel contempló á Roberto desanimado; hablaban los dos en distinto idioma.

CAPÍTULO II La señorita Esther Volowitch.—Una boda.—Manuel, aprendiz de fotógrafo.

A pesar de los consejos de Roberto, Manuel siguió sin buscar ni hacer nada útil, sirviendo de modelo á Alex y de criado á todos los demás que se reunían en el estudio.

Algunas veces, al pensar en las recomendaciones de Roberto, se indignaba en contra de él.

—Yo ya sé—pensaba—que no tengo su arranque, que no soy capaz de hacer lo que hace él. Pero su consejo es una tontería, al menos para mí. Me dice:—Ten voluntad,—Pero ¿si no la tengo?—Hazla. Es como si me dijesen que tuviera un palmo más de estatura. ¿No sería mejor que me buscase un sitio donde trabajar?

Manuel comenzó á sentir odio por Roberto. Esquivaba el encontrarse á solas con él; le daba rabia que en vez de proporcionarle algo, cualquier cosa, saliera del paso con un consejo metafísico imposible de llevar á la práctica.

Seguían los bohemios su vida desordenada, en su continuo proyectar, cuando hubo en la reunión una baja, la de Santín. Un día faltó al café, al siguiente no apareció por el estudio, y en un par de semanas no se le vió el pelo.

—¿Dónde andará ese ganso?—se preguntaron todos.

Nadie lo sabía.

Una noche Varela, uno de los literatos, dijo que había visto á Bernardo Santín paseando por Recoletos con una señorita rubia que parecía inglesa.

—¡Rediez con los tontos!—exclamó uno.

—Eso es cosa vieja—repuso otro—. Ya lo dijo Schopenhauer, los fatuos son los que tienen más éxito con las mujeres.

—¿De dónde habrá sacado esa inglesa?

—¡La ingle esa!... ¡Como no haya sido de la ingle!—dijo un jovencito, aprendiz de sainetero.

—¡Uf! Se va uno á intoxicar aquí con esos chistes—gritaron varios al mismo tiempo.

Se pasó á hablar de otra cosa. A los tres días de esta conversación apareció Santín en el café. Se le obsequió con un recibimiento estrepitoso, haciendo sonar las cucharillas y los platillos. Cuando terminó la ovación, le preguntaron:

—¿Quién es esa inglesa?

—¿Qué inglesa?

—¡Esa chica rubia con quien te paseas!

—Es mi novia; pero no es inglesa. Es polaca. Es una muchacha á la que he conocido en el Museo. Da lecciones de francés y de inglés.

—¿Y cómo se llama?

—Esther.

—Buena cosa para invierno—saltó el aprendiz de sainetero.

—¿Por qué?—preguntó Bernardo.

—Toma, porque una estera abriga mucho las habitaciones.

—¡Eh! ¡Eh! ¡Fuera! ¡Fuera!—gritaron todos.

—¡Gracias! ¡Gracias, amado pueblo!—replicó impertérrito el jovencito.

Santín contó cómo había conocido á la polaca. Todos sentían alguna envidia por el éxito de Bernardo, y se encargaron de amargarle su triunfo, insinuando que la polaca podía ser una aventurera, podía tener cincuenta años, podía haber tenido dos ó tres chiquillos con algún carabinero... Bernardo, que comprendió la mala intención, no volvió á presentarse en el café.

Un par de semanas después muy temprano aún dormía Manuel en el sofá del estudio, y Roberto, según costumbre, traducía sus diez páginas, lo que constituía su tarea diaria, cuando se abrió la puerta del estudio y apareció Bernardo. Se despertó Manuel al ruido de los pasos, pero se hizo el dormido.

—¿A qué vendrá éste?—se preguntó.

Bernardo saludó á Roberto y se puso á andar á un lado y á otro del estudio.

—Qué temprano vienes. ¿Pasa algo?—dijo Hasting.

—Chico—murmuró Santín deteniéndose en su paseo—, te tengo que dar una noticia muy seria.

—¿Qué hay?

—Que me caso.

—¡Que te casas tú!

—Sí.

—¿Con quién?

—¡Con quién ha de ser! Con una mujer.

—Me lo figuro. ¿Pero tú estás loco?

—¿Por qué?

—¿Con qué vas á mantener á tu mujer?

—¡Hombre... algo gano pintando!

—¡Pero qué has de ganar tú! No ganas dos perras gordas.

—Eso te parece á ti... Además, mi novia da lecciones.

—Y piensas vivir á su costa... Vamos, lo comprendo.

—No, no, señor. No pienso vivir á su costa. Voy á poner una fotografía.

—¡Una fotografía! ¿Tú? ¡Si no sabes hacer retratos!

—Nada. Yo no sé nada, según tú. Pues habrá otros más brutos que yo que hagan retratos. No creo que para ser fotógrafo se necesite ser un genio.

—No; pero se necesita saber, y tú no sabes.

—Ya verás, ya verás como sé, hombre.

—Además, se necesita dinero.

—El dinero lo tengo.

—¿Quién te lo ha dado?

—Una persona.

—¡Qué suerte tienes, chico!

—Ahí verás.

—¿A que le has sacado ese dinero á tu novia?

—No.

—¡Bah! No me engañes.

—Te digo que no.

—Y yo te digo que sí. ¿Quién te iba á dar el dinero si no? Una persona cualquiera se enteraría primero de tus conocimientos fotográficos, de si habías trabajado en algún taller; exigiría pruebas de tu habilidad. Sólo una mujer puede creer así, bajo la palabra de uno.

—Es una mujer la que me presta el dinero, pero no es mi novia.

—Bueno. No me vengas con embustes. No creo que habrás venido á contarme unas cuantas bolas.

Roberto, que había dejado de escribir, reanudó su tarea.

Bernardo no contestó y siguió paseando por el cuarto.

—¿Te falta mucho?—preguntó de repente, parándose.

—Dos páginas. Si tienes que decirme algo, te escucho.

—Pues mira, la cuestión es ésta. El dinero, efectivamente, es de mi novia. Ella me lo ofreció.—¿Qué podríamos hacer con esto?—me dijo. Y á mí se me ocurrió el instalar la fotografía. He alquilado un piso cuarto, con un taller muy hermoso, en la calle de Luchana, y tengo que arreglar la casa y la galería. Y la verdad, la galería yo no sé cómo arreglarla, porque hay que poner cortinas... Pero no sé cómo.

—Es raro eso en un fotógrafo, hombre, no saber cómo se arregla una galería.

—Yo sé manejar la máquina.

—Vamos, tú sabes lo que sabe todo el mundo, apuntar, dar al resorte y lo demás... que lo haga otro.

—No; también sé lo demás.

—¿Sabrías reforzar una placa?

—Sí, ya lo creo que lo sabría.

—¿Cómo?

—¿Cómo?... Pues lo vería en un manual.

—¡Qué fotógrafo! Estás engañando á tu novia de una manera miserable.

—Ella lo ha querido. Yo no sabré nada, pero ya aprenderé. Lo que quiero ahora es que escribas á estas dos casas de Alemania que traigo aquí apuntadas, pidiendo catálogos de máquinas y de los demás aparatos de fotografía. Además quisiera que pasaras por mi casa, porque tú, con tu talento, me puedes dar una idea.

—Me adulas de una manera indecente.

—No, es la verdad; tú entiendes de esas cosas. Conque ¿irás?

—Bueno, iré algún día.

—Sí, vete. La verdad, créeme, me quiero hacer una persona decente y trabajar, para que mi pobre padre pueda vivir en la vejez tranquilo.

—Hombre, me parece bien.

—Oye otra cosa. Este muchacho que tenéis aquí, ¿os sirve?

—¿Por qué?

—Porque yo me lo podía llevar á mi casa, y allí podría aprender el oficio.

—Mira, también eso me parece bien. Llévatelo.

—¿Querrá Alex?

—Con tal de que quiera el chico.

—¿Le hablarás?

—Sí, ahora mismo.

—¿Cuento con que escribirás esas cartas?

—Sí.

—Bueno; me voy, que tengo que comprar unos cristales. ¡Háblale al chico!

—Descuida.

—Gracias por todo. Y vete por mi casa, ¿eh? Mira que de eso depende mi porvenir y el de mi padre.

—Iré por allá.

Bernardo estrechó las manos de su amigo con efusión y se fué. Roberto, al terminar de escribir, llamó.

—¡Manuel!

—¿Qué?

—Estabas despierto, ¿eh?

—Sí, señor.

—¿Has oído la conversación?

—Sí, señor.

—Pues si quieres, ya sabes. Ahí tienes un oficio que aprender.

—Iré, si le parece á usted bien.

—Lo que tú quieras.

—Entonces voy ahora mismo.

Manuel dejó la guardilla de Roberto sin despedirse de Alex y se marchó en busca de Bernardo Santín, á la calle de Luchana. Era la casa piso tercero, pero con el entresuelo y el principal resultaba quinto. Llamó Manuel y le abrió un viejo de ojos encarnados, el padre de Bernardo. Le explicó á lo que iba, y el viejo se encogió de hombros y se fué á la cocina en donde estaba guisando. Manuel esperó á que llegara Bernardo. La casa estaba todavía sin muebles; sólo había una mesa y unos cuantos cacharros en la cocina y en un cuarto grande dos camas. Llegó Bernardo, almorzaron los tres y dispuso Santín que el muchacho pidiera una escalera al portero y se dedicase á sujetar y á componer los cristales de la galería.

Después de dar estas órdenes, dijo que le esperaban y se fué.

Manuel el primer día se lo pasó en lo alto de una escalera sujetando los cristales con listas de plomo y los rotos con tiras de papel.

Le costó mucho tiempo el arreglar los cristales; después Manuel colocó las cortinas y empapeló la galería con papel continuo de color azulado.

A la semana ó cosa así apareció Roberto con los catálogos. Marcó con lápiz las cosas necesarias que se habían de traer, y le dijo á Bernardo cómo debía poner el laboratorio; le señaló un sitio en donde era conveniente hacer un tragaluz para poner las placas al sol y sacar las positivas, y le indicó otra porción de cosas. Bernardo se fijó en lo que le decía, y transmitió el encargo á Manuel. Bernardo, además de ser poco inteligente, era un gandul completo. No hacía absolutamente nada. Sólo cuando venía su novia á ver cómo marchaban los trabajos, fingía estar atareado.

Era la novia muy simpática; á Manuel le pareció hasta bonita, á pesar de tener el pelo rojo, y las pestañas y las cejas del mismo color. Tenía una carita blanca, algo pecosa, la nariz sonrosada, respingona, los ojos claros y los labios tan rojos y tan bonitos que despertaban el deseo de besarlos. Era de pequeña estatura, pero estaba muy bien formada. Hablaba rozando las erres y convirtiendo las ces en eses.

Parecía bastante enamorada de Bernardo, lo que á Manuel le chocó.

—Es que no le conoce—pensó.

Bernardo, con un convencimiento absoluto de su propia ciencia, le explicaba á la muchacha los trabajos que hacía, cómo iba á poner el laboratorio. Lo que oía á Roberto se lo espetaba á su novia con un descaro inaudito. La muchacha lo encontraba todo muy bien; sin duda se prometía un porvenir risueño.

Manuel, que comprendía el timo que estaba dando Bernardo, pensaba si no sería una obra de caridad advertirle á la rubia que su novio era un zascandil que no servía para nada; pero ¡quién le metía á él en esto!

Bernardo se llevaba la gran vida; paseaba, compraba alhajas en las casas de préstamos, jugaba en el Frontón Central. Si algo hacía en casa era dar disposiciones contradictorias y embarullarlo todo. Mientras tanto el padre, indiferente, guisaba en la cocina y se pasaba el día entero machacando en el almirez ó picando en el tajo.

Manuel iba á la cama tan cansado que se dormía en seguida; pero una noche en que no se durmió tan pronto, oyó en el otro cuarto á Bernardo que decía:—Voy á mataros—. ¿Le mata?—preguntó la voz del viejo de los ojos encarnados—. Espera—replicó el hijo—, me has interrumpido, y volvió á comenzar nuevamente la lectura, porque no se trataba más que de una lectura, hasta llegar otra vez al: Voy á mataros. En las noches siguientes continuó Bernardo leyendo con un tono terrible. Era este sin duda su único trabajo.

Bernardo no tenía más preocupación que su padre; lo demás le era completamente indiferente; le había sacado el dinero á su novia y vivía con aquel dinero y lo gastaba como si fuera suyo. Cuando llegaron la máquina y los demás artefactos de fotografía de Alemania, al principio se entretuvo en impresionar placas que reveló Roberto; pronto se aburrió de esto y no hizo nada.

Era torpe y bruto hasta la exageración; no hacía más que necedades, abrir la linterna cuando se estaban revelando las placas, confundir los frascos. Roberto se exasperaba al ver que no ponía ningún cuidado.

Mientras tanto adelantaban los preparativos de la boda, Manuel y Bernardo fueron varias mañanas al Rastro y compraron fotografías de actrices hechas en París por Reutlinger, despegaron de la cartulina el retrato y lo volvieron á pegar en otros cartones con la firma Bernardo Santín, fotógrafo, puesta al margen con letras doradas.

En Noviembre se celebró la boda en la iglesia de Chamberí. Roberto no quiso asistir, pero el mismo Bernardo fué á buscarle á casa y no tuvo más remedio que tomar parte en la fiesta. Después de la ceremonia fueron á comer á un café de la Glorieta de Bilbao.

Los comensales eran: dos amigos del padre del novio, uno de ellos militar retirado; la patrona en cuya casa vivía la novia, con su hija; un primo de Bernardo, su mujer y Manuel.

Roberto comenzó á hablar con la novia y le pareció muy simpática y agradable; hablaba muy bien el inglés y cambiaron los dos algunas frases en este idioma.

—Es una lástima que se case con esta mastuerzo—pensó Roberto.

En la comida uno de los viejos comenzó á soltar una porción de indecencias que hicieron ruborizar á la novia; Bernardo, que bebió demasiado, dió bromas á la mujer de su primo y lo hizo con la pesadez y la falta de gracia que le caracterizaba.

La vuelta de la boda á la casa, al anochecer, fué melancólica. Bernardo se sentía valiente y quería hacer graciosidades. Esther hablaba con Roberto de su madre que había muerto, de la soledad en que vivía.

Al llegar al portal se despidieron los invitados de los novios, y al ir á marcharse Roberto, Bernardo se le acercó y con voz apagada y débil le confesó que tenía miedo de quedarse solo con su mujer.

—Hombre, no seas idiota. Entonces, ¿para qué te has casado?

—No sabía lo que hacía. Anda, acompáñame un momento.

—Pues ¡vaya una gracia que le haría á tu mujer!

—Sí, le eres muy simpático.

Roberto contempló con atención á su amigo y no le miró la frente porque no le gustaban las bromas.

—Sí, hombre, acompáñame. Hay otra cosa además.

—¿Pues qué hay?

—Que no sé aún nada de fotografía y quisiera que vinieras una semana ó dos. ¡Por favor te lo pido!

—No puede ser, yo tengo que dar mis lecciones.

—Ven aunque no sea más que á la hora de comer. Comerás con nosotros.

—Bueno.

—Y ahora sube un instante, por favor.

—No, ahora no subo—, y Roberto dió media vuelta y se fué.

En los días posteriores Roberto fué á casa del recién casado y charló un rato con el matrimonio durante la comida.

Al tercer día entre Bernardo y Manuel retrataron á dos criadas que aparecieron por la fotografía. Roberto reveló los clichés que por casualidad salieron bien, y siguió acudiendo á casa de su amigo.

Bernardo continuaba haciendo la misma vida de antes de casado, dedicándose á pasear y divertirse. A los pocos días no se presentó á la hora de comer. Tenía una falta de sentido moral absoluta; había notado que su mujer y Roberto simpatizaban y pensó que éste, por seguir adelante y hacerle el amor á su mujer, trabajaría en su lugar. Con tal de que su padre y él viviesen bien, lo demás no le importaba nada.

Cuando lo comprendió Roberto, se indignó:

—Pero, oye tú—le dijo—¿Es que tú crees que yo voy á trabajar por ti, mientras tú andas golfeando? Quia, hombre.

—Yo no sirvo para estas porquerías de reactivos—replicó Bernardo malhumorado—, yo soy un artista.

—Lo que tú eres es un imbécil que no sirve para nada.

—Bueno, mejor.

—Es indigno. Te has casado con esa muchacha para quitarle los pocos cuartos que tenía. Da asco.

—Si ya sé yo que tú defenderás á mi mujer.

—No, hombre, yo no la defiendo. Ella ha sido también bastante idiota la pobre para casarse contigo.

—¿Eso quiere decir que ya no quieres venir á trabajar?

—Claro que no.

—Pues me tiene sin cuidado. He encontrado un socio industrial. De manera que ya sabes; yo á nadie le pido que venga á mi casa.

—Está bien. Adiós.

Dejó Roberto de aparecer por la casa; á los pocos días se presentó el socio y Bernardo despidió á Manuel.

CAPÍTULO III La Europea y la Benefactora.—Una colocación extraña.

Volvió Manuel al estudio de Alex. Éste, incomodado con el muchacho por haberse ido del estudio sin despedirse, no quiso que se quedara allí de nuevo.

Preguntaron á los bohemios que se reunían en el taller por la vida de Bernardo, y se hicieron una porción de comentarios humorísticos acerca de la suerte que el Destino reservaba á la cabeza del fotógrafo.

—¿De manera que Roberto le revelaba los clichés?—dijo uno.

—Sí.

—Le retocaba las placas y la mujer—añadió otro.

—¡Qué sinvergüenza es el tal Bernardo!

—No, es un filósofo de la escuela de Cándido. Ser cornudo y cultivar la huerta. Es la verdadera felicidad.

—¿Y tú que vas á hacer?—preguntó Alex irónicamente á Manuel.

—No sé; buscaré una colocación.

—Hombre, ¿ustedes conocen á un señor don Bonifacio Mingote, que vive en el tercer piso de esta casa?—dijo don Servando Arzubiaga, el hombre enjuto é indiferente.

—No.

—Es un agente de colocaciones. No debe tenerlas muy buenas cuando no se ha colocado él. Yo le conozco del periódico; antes era representante de unas aguas minerales, y solía llevar anuncios. Me habló el otro día de que necesitaba un chico.

—Véanle ustedes—replicó Alex.

—¿Tú no aspiras á ser grande de España, verdad?—preguntó don Servando á Manuel, con una sonrisa entre irónica y bondadosa.

—No, ni usted tampoco—dijo con desenfado Manuel.

Don Servando se echó á reir.

—Si quieres, le veremos á ese Mingote. ¿Vamos ahora mismo?

—Vamos, si usted quiere.

Bajaron al tercero de la casa, llamaron en una puerta y les hicieron pasar á un comedor estrecho. Preguntaron por el agente, y una criada zarrapastrosa les mostró una puerta. Llamó don Servando con los nudillos, y al oir ¡adelante!, que dijeron de dentro, pasaron los dos al interior del cuarto.

Un hombre gordo, de bigote grueso y pintado, envuelto en un mantón de mujer, que iba y venía, hablando, y accionando con un junquillo en la mano derecha, se detuvo y, abriendo los brazos con grandes extremos y en un tono teatral, exclamó:

—¡Oh, mi señor don Servando! ¡Tanto bueno por aquí!—Después miró al techo, y de la misma manera afectada, añadió:—¿Qué le trae por este cuarto al ilustre escritor, noctámbulo empedernido, á horas tan tempranas?

Don Servando contó al señor gordo, el propio don Bonifacio Mingote, lo que le llevaba por allá.

En tanto, un hombre feo, con unos brazos de muñeco y una cabeza de chino, sucio y enfermo, colocó la pluma sobre la oreja y se puso á frotarse las manos con aire de satisfacción.

El cuarto era nauseabundo, atestado de anuncios rotos, grandes y pequeños, pegados á la pared; en un rincón había una cama estrecha y sin hacer; tres sillas destripadas, con la crin al descubierto, y en medio un brasero cubierto con una alambrera, encima de la cual se secaban dos calcetines sucios.

—Por ahora no puedo asegurar nada—dijo el agente de negocios á don Servando, después de oir sus explicaciones—, mañana lo sabré; pero tengo un buen asunto entre manos.

—Ya ves lo que dice este señor—indicó don Servando á Manuel—; mañana ven por aquí.

—¿Tú sabes escribir?—preguntó el señor Mingote al muchacho.

—Sí, señor.

—¿Con ortografía?

—Algunas palabras quizás no sepa...

—A mí me pasa lo mismo. Los hombres verdaderamente grandes despreciamos esas cosas verdaderamente pequeñas. Ponte á trabajar aquí—y puso una silla al otro lado de la mesa donde escribía el hombre amarillo—. Este trabajo—añadió—será el pago del servicio que te voy á prestar buscándote una colocación pistonuda.

—Señor Mingote—exclamó don Servando—, muchísimas gracias por todo.

—¡Señor don Servando! ¡Siempre á sus órdenes!—contestó el agente de negocios y de colocaciones revirando uno de los ojos que se le desviaba y haciendo una solemne reverencia.

Manuel se sentó á la mesa, tomó la pluma, la mojó en el tintero y esperó.

—Vete poniendo un nombre de estos en cada circular—le dijo Mingote dándole una lista y un paquete de circulares. La letra del agente era defectuosa, mal hecha, de hombre que apenas sabe escribir. La circular ponía lo siguiente:

LA EUROPEA AGENCIA DE NEGOCIOS Y DE COLOCACIONES DE Bonifacio de Mingote

En ella se ofrecían á las diversas clases sociales toda clase de artículos, de representaciones y de colocaciones.

Se compraban á bajo precio medicamentos, carnes, hules, frutas, mariscos, coronas fúnebres, dentaduras postizas, sombreros de señora; se analizaban esputos y orinas; se buscaban amas de cría garantizadas; se proporcionaban apuntes de asignaturas de Derecho, de Medicina y carreras especiales; se ofrecían capitales, préstamos, hipotecas; se ponían anuncios monstruos, sensacionales, emocionantes, y todos estos servicios y otros muchísimos más se hacían por una tarifa mínima, ridícula de puro exigua.

Manuel se puso á copiar con su mejor letra los nombres en las circulares y en los sobres.

El señor de Mingote vió la letra de Manuel y, después de conceder su beneplácito, se embozó en el mantón, dió dos ó tres pasos por el cuarto y preguntó á su escribiente:

—¿Dónde íbamos?

—Decíamos—contestó con su gravedad siniestra el amanuense—que el Anís Estrellado Fernández es la salvación.

—Ah, sí; lo recuerdo.

De pronto el señor de Mingote, con voz de trueno, gritó:

—¿Qué es el Anís Estrellado Fernández? Es la salvación, es la vida, es la energía, es la fuerza.

Manuel levantó la cabeza asombrado y vió al agente de negocios con la vista desviada fija en el techo que accionaba terriblemente, como amenazando á alguien con su mano derecha armada del junquillo, mientras el escribiente garrapateaba veloz en el papel.

—Es un hecho, universalmente reconocido por la Ciencia—siguió diciendo Mingote en tono melodramático—, que la neurastenia, la astenia, la impotencia, el histerismo y otros muchos desórdenes del sistema nervioso... ¿Qué otras enfermedades cura?—añadió Mingote en su voz natural.

—El raquitismo, la escrófula, la corea...

—Que el raquitismo, la escrófula, la corea y otros muchos desórdenes del sistema nervioso...

—Perdone usted—dijo el amanuense—, creo que el raquitismo no es un desorden del sistema nervioso.

—Bueno, pues táchelo usted. ¿Ibamos en el sistema nervioso?

—Sí, señor.

—...Y otros desórdenes del sistema nervioso provienen única y exclusivamente de la atonía, del cansancio de las células. Pues bien—y Mingote levantó la voz con nuevos bríos—; el Anís Estrellado Fernández corrige esta atonía, el Anís Estrellado Fernández, excitando la secreción de los jugos del estómago, hace desaparecer esas enfermedades que envejecen y aniquilan al hombre.

Después de este párrafo, dicho con el mayor entusiasmo y fuego oratorio, Mingote se sacudió con el junquillo los pantalones y murmuro con voz natural.

—Ya verá usted cómo ese Fernández no paga. ¡Y aún si el anís fuera bueno! ¿No han mandado más botellas de la farmacia?

—Sí, ayer enviaron dos.

—¿Y dónde están?

—Me las he llevado á casa.

—¿Eh?

—Sí, me las prometieron; y como en la primera remesa usted arrambló con todas, yo me he permitido llevarme estas á casa.

—¡Dios de Dios! Está bien; es cogolludo... Que le envíen á usted unas botellas de un anís magnífico, para que venga otro con sus manos lavadas... ¡Dios de Dios!—y Mingote quedó mirando al techo con uno de los ojos extraviados.

—¿No le queda á usted ninguna?—dijo el amanuense.

—Sí, pero se me van á acabar en seguida.

Después comenzó otro párrafo elocuente, paseándose por el cuarto, accionando con su junquillo é interrumpiendo con frecuencia su discurso para lanzar un violento apóstrofe ó una cómica reflexión.

Al medio día el escribiente se levantó, se encasquetó el sombrero y se fué sin saludar ni decir una palabra.

Mingote, puso una mano sobre el hombro de Manuel, y paternalmente añadió:

—Anda, ve á tu casa á comer y vuelve á eso de las dos.

Manuel subió al estudio; ni Roberto ni Alejo estaban; no había en toda la casa ni un mendrugo de pan. Registró por todos los rincones y para la una y media volvió á casa de don Bonifacio y entre bostezo y bostezo siguió poniendo nombres en las circulares.

A Mingote le agradó el comportamiento de Manuel, y por esto ó porque en la comida se dedicara con exceso al Anís Estrellado Fernández, se entregó á la verbosidad más desordenada y pintoresca, siempre con la mirada desviada hacia el techo. Manuel rió con grandes carcajadas las cómicas y extravagantes ocurrencias de don Bonifacio.

—No eres como mi amanuense—le dijo, halagado por las manifestaciones de alegría del muchacho—, que no ríe mis chistes y luego me los roba y los pone estropeados en unas cuantas piececitas fúnebres que escribe. Y no es eso lo peor. Lee. Y Mingote le dió á Manuel un anuncio impreso.

Era también una circular por el estilo de las de don Bonifacio. Decía así:

LA BENEFACTORA AGENCIA MÉDICO-FARMACÉUTICA DE DON Pelayo Huesca

Nadie como ella cumple sus compromisos. El Consejo de Administración de La Benefactora lo forman los banqueros más acaudalados de Madrid. La Benefactora tiene cuenta corriente con el Banco de España. En La Benefactora no hay cuota de entrada.

Servicio de abogado, relator, procurador, médico, farmacéutico, partos, dietas, entierros, lactancia, etc.

Cuota mensual: Una, dos, dos cincuenta, tres, cuatro y cinco pesetas.

(Obras son amores y no buenas razones.)

Director gerente: Pelayo Huesca, Misericordia, 6.

—¿Eh?—gritó Mingote cuando Manuel concluyó de leer—. ¿Qué te parece? Está viviendo de La Europea y, plagiándome, hace La Benefactora. En todo es así este hombre: pérfido como la onda. Pero ¡ah! señor don Pelayo, yo le encontraré á usted. Si es usted murciélago alevoso, yo le clavaré en mi puerta; si es usted un miserable galápago, yo le romperé su concha. ¿Ves, hijo mío? ¿Qué se puede esperar de un país donde no se respeta la propiedad intelectual, no la más santa, pero sí la única legítima de todas las propiedades?

Mingote no enseñó á Manuel ó una nota impresa al margen de la circular. Era una idea de don Pelayo. En ella la Agencia se ofrecía para servicios y averiguaciones íntimas. Esta nota, discretamente redactada, se dirigía á los que deseaban conocer una mujer agradable para completar su educación; á los que querían realizar un buen matrimonio; á los que dudaban de su cónyuge, y á otros, á los cuales la Agencia ofrecía investigaciones confidenciales y profundas por poco precio, y vigilancia de día y de noche, realizando todos estos servicios con una delicadeza delirante.

A Mingote no le gustaba confesar que esta idea se le había escapado á él.

—¿Ves? No se puede vivir—terminó diciendo—. Todos los hombres son unos canallas. Tú veo que distingues, y yo te protegeré.

Efectivamente; por la protección de Mingote, Manuel pudo comer aquella noche.

—Mañana, cuando vengas aquí—advirtió don Bonifacio—, coges un paquete de circulares y las vas repartiendo casa por casa, sin dejar una. No quiero que las eches por debajo de la puerta. En cada piso llamas y preguntas. ¿Entiendes?

—Sí, señor.

—Yo, mientras tanto, prepararé tu asunto.

Al día siguiente Manuel repartió una porción de circulares y volvió á la hora de comer con el recado hecho.

Se encontraba aburrido de esperar, cuando apareció Mingote en el cuarto; se plantó delante de Manuel, agitó su junquillo en un rápido molinete, dió un golpe en el brazo al muchacho; se paró, se tiró á fondo, y gritó:

—¡Ah! ¡pillo! ¡bandido! ¡infame!

—¿Qué pasa?—dijo asustado Manuel.

—¿Qué pasa? ¡Tunante! ¿Qué pasa? ¡Miserable! Que eres el hombre de la suerte lisa; que ya tienes un porvenir, que ya tienes un empleo.

—¿De qué?—preguntó el muchacho.

—De hijo.

—¿De hijo? No comprendo.

Mingote se cuadró, miró al techo, hizo un saludo con el bastón como un profesor de esgrima con el florete, y añadió:

—¡Vas á pasar por hijo de toda una baronesa!

—¿Quién, yo?

—Sí. No te podrás quejar, perillán. Desde el arroyo subes á las alturas aristocráticas. Hasta título puedes llegar á tener.

—Pero ¿es verdad?

—Tan verdad como que yo soy el hombre de más talento de toda Europa. Conque anda, futuro barón, arréglate, ráscate la mugre, cepíllate, quita el barro á esas alpargatas inmundas que llevas y ven conmigo á casa de la baronesa.

Manuel quedó ofuscado; no comprendía bien de qué se trataba; pero no creía que el agente se tomase el trabajo de corretear por las calles únicamente por el gusto de embromarle.

Estuvo en seguida en disposición de acompañar á Mingote.

Salieron los dos á la calle Ancha de San Bernardo, bajaron por la de los Reyes á la de la Princesa y siguieron después por esta calle hasta detenerse en un portal, en donde entraron.

De aquí pasaron por un corredor á un patio espacioso.

Una serie de galerías con filas simétricas de puertas de color de chocolate circundaban el patio.

Llamó Mingote en una de las puertas de la galería del segundo piso.

—¿Quién es?—preguntó desde dentro una voz de mujer.

—Soy yo—contestó Mingote.

—Voy, voy.

Se abrió la puerta y apareció una mulata, en chanclas, seguida de tres perros de lanas, que ladraron con furia.

—¡Quieto, León! ¡Quieto, Morito!—gritó la mulata con un tono muy lánguido—. Pasen, pasen.

Entraron Manuel y Mingote en un cuarto ahogado, con una ventana al patio. Las paredes del cuarto, desde cierta altura, se hallaban casi cubiertas por ropas de mujer que formaban como un zócalo de trapos alrededor de la habitación; en la falleba de la ventana colgaba una camisa escotada, sin mangas, con puntillas y lazos azules marchitos, que mostraba cínicamente un manchón obscuro de sangre.

—Esperen un momento. La señora está vistiéndose—advirtió la mulata.

Al poco tiempo salió de nuevo y les indicó que pasaran al gabinete.

La baronesa, una señora rubia vestida con una bata clara, estaba sentada en un sofá, con un gran aspecto de languidez y desolación.

—¿Otra vez por aquí, Mingote?

—Sí, señora, otra vez.

—Siéntense ustedes.

El cuarto era un tabuco estrecho y sin luz, ocupado por muchos más muebles de los que buenamente cabían en él. Amontonados en poco trecho se veían una consola antigua con un reloj de chimenea encima; unos sillones ajados, en los cuales la seda, antes roja, había quedado violácea por la acción del sol; dos retratos grandes al óleo, y un espejo biselado grande con la luna rajada.

—Le traigo á usted, baronesa—dijo Mingote—, el chico del que hemos hablado.

—¿Es éste?

—Sí.

—Yo creo que le conozco á este chico.

—Sí; yo también la conozco á usted—dijo Manuel—. Yo estaba en una casa de huéspedes de la calle de Mesonero Romanos; la patrona se llamaba doña Casiana; mi madre era la criada.

—Toma. Es verdad. Y tu madre, ¿qué hace?—preguntó la baronesa á Manuel.

—Murió ya.

—Es huérfano—saltó diciendo Mingote—. Libre como el pájaro en la selva, libre para cantar y para morirse de hambre. En esta misma situación llegué yo á Madrid hace ya bastante tiempo, y, es original, extraño, verdaderamente extraño, me gustaría volver á aquella época.

—Y tú, ¿cuántos años tienes?—preguntó la baronesa al muchacho sin hacer caso de las reflexiones del agente.

—Diez y ocho.

—Pero, oiga usted Mingote—dijo la baronesa—, el chico no tiene la edad que usted me decía.

—Eso es lo de menos. Nadie dirá que tiene más de catorce ó quince. El hambre no deja crecer los productos de la naturaleza. Deje usted de regar á un árbol, deje usted de alimentar á un hombre...

—Y diga usted—y la baronesa interrumpió impaciente á Mingote para hablarle en voz baja—, ¿le ha dicho usted para qué es?

—Sí; si no lo hubiera averiguado en seguida. A un chico de éstos, que ha rodado por ahí, no se le engaña como á un hijo de familia. La miseria enseña mucho, baronesa.

—Dígamelo usted á mí—repuso la dama—, que cuando pienso en la vida que he llevado y en la que llevo ahora, me asombro. Indudablemente, Dios me ha dado una naturaleza privilegiada, porque me acostumbro con facilidad á todo.

—Usted siempre podrá llevar una buena vida si quiere—replicó Mingote—. ¡Oh! Si yo hubiera sido mujer, ¡qué carrera!

La baronesa volvió la cabeza con un gesto de disgusto.

—No hablemos de eso.

—Tiene usted razón; ya, ¿para qué? Ahora desarrollaremos el nuevo plan estratégico. Yo iré preparando las pruebas del estado civil del muchacho. Usted, ¿quiere quedarse con él?

—Bueno.

—Le puede servir á usted para los recadas. Sabe escribir bastante bien.

—Nada, nada, que se quede.

—Entonces, mi señora baronesa, hasta uno de estos días en que traeré los papeles. Señora... á sus pies.

—¡Ay, qué ceremonioso! ¡Adiós, Mingote! Acompáñale, Manuel.

Fueron los dos hasta la puerta. Allí el agente puso sus dos manos en los hombros del muchacho.

—Adiós, hijo mío—le dijo—, que no se te olvide: si alguna vez llegas á ser barón de veras, que todo me lo debes á mí.

—No se me olvidará; descuide usted—contestó Manuel.

—¿Te acordarás siempre de tu protector?

—Siempre.

—Conserva, hijo mío, esa piedad filial; un protector como yo es casi tanto como un padre; es..., iba á decir, el brazo de la Providencia. Me siento enternecido... ya no soy joven. ¿Tienes ahí, por casualidad, algunos cuartos?

—No.

—Es un contratiempo molesto—y Mingote, después de hacer un molinete con su bastón, salió de casa.

Manuel cerró la puerta y volvió al cuarto de puntillas.

—¡Chucha! ¡Chucha!—gritó la baronesa; y al aparecer la mulata que les había abierto la puerta á Mingote y á Manuel, le dijo, señalando á éste que se hallaba confundido y sin saber que hacer:

—Mira, éste es el chico.

—¡Jesú! ¡Jesú!—gritó la mulata—. ¡Si es un golfo! ¿Pero qué ocurrensia le ha dado á la señora de traer este granuja á casa?

Manuel, ante un ex abrupto así, aunque dicho con la más melosa y la más lánguida de las pronunciaciones, quedó paralizado.

—Le estás azorando—exclamó la baronesa riendo á carcajadas.

—Pero su mersé está loca—murmuró la mulata.

—Calla, calla; ¿para qué tanto alborotar? Prepárale agua y jabón y que se limpie.

Salió la mulata, y la baronesa contempló á Manuel atentamente.

—¿De modo que te ha contado ese hombre lo que vienes á hacer aquí?

—Sí, algo me ha dicho.

—¿Y estás conforme?

—Yo sí, señora.

—Vamos, eres un filósofo. Me parece bien; ¿y qué has hecho hasta ahora?

Manuel contó su vida, fantaseando un poco, y entretuvo á la baronesa durante algún tiempo.

—Bueno, no cuentes eso á nadie, ¿sabes?... y vete á lavarte.

CAPÍTULO IV La baronesa de Aynant, sus perros y su mulata de compañía. Se prepara una farsa.

Poco trabajo, poca comida y ropa limpia; estas condiciones encontró Manuel en casa de la baronesa, condiciones inmejorables.

Por la mañana, la obligación consistía en pasear los perros de la baronesa, y por la tarde, en algunos recados. A veces, los primeros días, experimentaba la nostalgia de su vida bohemia. Unos cuantos tomos de novelones por entregas que le prestó niña Chucha, mitigaron su afán de corretear por las calles y le transportaron, en compañía de Fernández y González y Tárrago y Mateos, á la vida del siglo XVII, con sus caballeros bravucones y damas enamoradas.

Niña Chucha, habladora sempiterna, contó á Manuel, en varios folletines, la vida de su amita, como llamaba á la baronesa.

La baronesa de Aynant, Paquita Figueroa, era una mujer original. Su padre, un rico señor cubano, la envió á los diez y ocho años, acompañada de una tía, á que conociera Europa. En el vapor, un joven flamenco, rubio y blanco, elegante como un tipo de Van Dyck, le hizo la corte; la muchacha le correspondió con todo el entusiasmo de los trópicos, y al mes de llegar á España, la cubana se llamaba la baronesa de Aynant, y marchaba con su marido á vivir á Amberes.

Pasó la luna de miel, y el flamenco y la cubana se convencieron, al comenzar la vida tranquila, de que no congeniaban: el flamenco era entusiasta de la vida tranquila y metódica, de la música de Beethoven y de las comidas aderezadas con manteca de vaca; á la cubana, en cambio, le entusiasmaba la vida desordenada, el corretear por las calles, el clima seco y ardiente, la música de Chueca, las comidas ligeras y los guisotes hechos con aceite.

Estas divergencias de gustos en cosas pequeñas, amontonándose, espesándose, llegaron á nublar por completo el amor del barón y de su esposa. Esta no podía oir con calma las ironías tranquilas y frías que su marido dedicaba á los boniatos, al aceite y al acento de la gente del Sur. El barón á su vez se molestaba oyendo hablar á su mujer con desprecio de las mujeres grasientas, que se dedican á atracarse de manteca. La supremacía del aceite ó de la manteca, enredándose y mezclándose con asuntos más importantes, tomó tales proporciones, que los cónyuges llegaron á un estado de exaltación y de odio tal, que se separaron; y el barón quedó en Amberes dedicándose á sus aficiones artísticas y á sus tostadas de manteca, y la baronesa vino á Madrid, donde pudo entregarse á la alimentación frugívora y aceitosa con delicia.

En Madrid, la baronesa hizo mil disparates; trató de divorciarse para volverse á casar con un aristócrata arruinado; pero cuando tenía presentada su demanda de divorcio, supo que su marido estaba gravemente enfermo, y al saberlo, en seguida abandonó Madrid, se presentó en Amberes, cuidó al barón, le salvó, se enamoró otra vez de él y tuvieron una niña.

En esta segunda época de su amor, los dos cónyuges echaron un velo sobre la cuestión capital que los dividía; la baronesa y el barón hicieron mutuas concesiones, y la baronesa iba á terminar en una buena dama flamenca cuando quedó viuda.

Volvió á Madrid con su hija, y pronto sus instintos levantiscos se despertaron; su cuñado, tutor y tío de la niña, le pasaba un tanto al mes, pero esto no le bastaba. Un amigo de su padre, un señor don Sergio Redondo, comerciante riquísimo, le ofreció la mano; pero la baronesa no la aceptó y prefirió la protección de aquel señor á ser su mujer. Pronto le engañó con cualquiera, y en plena trapisonda vivió durante doce años.

En medio de sus prodigalidades, de sus locuras y de sus caprichos, la baronesa tenía un fondo moral y apartaba á su hija por completo del mundo en que ella vivía; la puso interna en un colegio de monjas, y todos los meses, el primer dinero que encontraba, era para pagar el colegio de la niña. Cuando ésta terminase su educación, la llevaría á Amberes y viviría con ella, resignándose á ser una señora respetable.

Niña Chucha gruñía y se incomodaba con las ocurrencias de su amita, pero terminaba siempre obedeciéndola.

Manuel encontrábase en aquella casa en el paraíso; no tenía nada que hacer, y se pasaba las horas muertas fumando, si había qué, ó paseando por la Moncloa, acompañado de los tres perros de la baronesa.

Mientras tanto Mingote laboraba. El plan de Mingote era explotar á don Sergio Redondo, amigo del padre de la baronesa y antiguo protector de la dama. Esta, con su instinto de mujer enredadora y trapisondista, manifestó á su antiguo protector que, de sus relaciones, tenían un hijo; después, que el hijo había muerto, y luego, nuevamente, que el hijo vivía.

A todas estas afirmaciones y negaciones acompañaba la dama con una petición de dinero, á la cual don Sergio accedía; hasta que al último, escamado, advirtió á la baronesa que no creía en la existencia de aquel hijo. La baronesa le acusó de hombre ruin y miserable, y don Sergio contestó haciéndose el sueco y cerrando su caja.

¿Cómo averiguó Mingote estos hechos? Indudablemente no fué la baronesa la que se los contó, pero él logró averiguarlos; y como su imaginación era fecunda, se le ocurrió proponer á la baronesa el buscar un chico, proveerle de papeles falsos y hacerle pasar por hijo de don Sergio.

La baronesa, que no entendía de leyes y creía que el Código era una red puesta para cazar á los descamisados, le pareció aquello una jugada productiva y excelente. Mingote exigió una participación en el negocio, y la baronesa le prometió que le daría todo lo que quisiera.

Desde aquel momento, Mingote se dió á buscar un chico que reuniera las condiciones necesarias, para darle el cambiazo á don Sergio, y cuando encontró á Manuel lo llevó inmediatamente á casa de la baronesa.

A la semana de estar allí, Manuel tenía ya los papeles que le identificaban como Sergio Figueroa. Entre Mingote, don Pelayo, el escribiente y un amigo de éstos, llamado Peñalar, los falsificaron con un arte exquisito.

—¿Y ahora qué hacemos?—preguntó la baronesa.

Mingote quedó pensativo. Si la baronesa le escribía á don Sergio, éste probablemente, ya escamado, podía acoger con duda la especie. Había, pues, que encontrar un procedimiento indirecto, darle la noticia por otra persona.

—¿Qué le parece á usted si fuera un confesor?—preguntó Mingote.

—¿Un confesor?

—Sí. Un cura que se presentase en casa de don Sergio y le dijese que en secreto de confesión le había usted dicho...

—No, no—interrumpió la baronesa—. ¿Y dónde está ese cura?

—Iría Peñalar disfrazado.

—No. Además don Sergio sabe que soy poco devota.

—Un maestro de escuela quizás sería mejor.

—¿Pero piensa usted que va á creer que me confieso con un maestro?

—No, el plan varía. El maestro va á ver á don Sergio y le dice que tiene un niño en su escuela, un prodigio de talento, pero cuya madre no le atiende. Un día le pregunta al prodigio:—¿Cómo se llaman tus padres, niño?—Y él dice:—Yo no tengo padres; mi madrina se llama la baronesa de Aynant. Entonces él, el pedagogo, viene á ver á usted y usted le contesta que está en una mala situación y que no puede pagar el colegio del chico, y que su padre, un señor acaudalado, no quiere ni conocerlo siquiera. El pedagogo evangélico le pregunta á usted repetidas veces el nombre del padre desnaturalizado; usted no se lo quiere decir, pero al último le arranca á usted el nombre de ese ser cruel. El pedagogo sublime dice:—Yo no puedo permitir el abandono de ese niño, de ese prodigioso niño, de ese extraordinario niño, y toma la determinación de ir á ver al padre de la criatura... ¿Eh? ¿Qué le parece á usted?

—La trama no está mal urdida, ¿pero quién va á hacer de maestro de escuela? ¿Usted?

—No, Peñalar. Viene pintiparado para el caso. Ha sido pasante de un colegio; ya lo verá usted. Hoy mismo le busco y le traigo aquí. Mientras tanto, arregle usted á Manuel. Que tenga cierto aspecto de colegial. En el tiempo que yo estoy fuera, no estaría de más que le enseñara usted algo de ciencia, las primeras preguntas y respuestas de la doctrina, por ejemplo.

Siguiendo las indicaciones de Mingote, la baronesa ordenó á Manuel que se peinara y se acicalara; luego buscaron para él un traje de marinero y un cuello grande y blanco; pero por más que le adornaron y le escamondaron no se consiguió darle un aspecto regular de hijo de familia; siempre trascendía á golfo, con sus ojos indiferentes y burlones y la expresión de la sonrisa entre amarga y sarcástica.

A las dos horas, Mingote estaba de vuelta en casa de la baronesa, con un hombre negro, de aspecto clerical. El hombre, apellidado Peñalar, habló con gran énfasis; luego, cuando le propuso Mingote el negocio, abandonando el tono enfático, discutió las condiciones de cobro y el tanto por ciento que le correspondería á él.

Vaciló en aceptar el trato por ver si obtenía mayores beneficios; pero viendo que Mingote no cedía, aceptó.

—Ahora mismo que venga el chico conmigo.

Peñalar se cepilló las mangas de la levita negra, se echó el pelo hacia atrás, y tomando de la mano á Manuel, le dijo con un tono verdaderamente evangélico:

—Vamos, hijo mío.

Don Sergio Redondo tenía un almacén de harinas en la plaza del Progreso.

Llegaron á la plaza y entraron en el almacén.

—¿Don Sergio Redondo?—preguntó Peñalar á un viejo de boina.

—No ha bajado aún al despacho.

—Esperaré; dígale usted que hay aquí un caballero que desea verle.

—Bueno; ¿quién le digo que le espera?

—No, no me conoce. Adviértale usted que se trata de asuntos de familia. Siéntate, hijo mío—añadió Peñalar, dirigiéndose á Manuel con una voz y una sonrisa de pura cepa evangélica.

Se sentó Manuel y Peñalar paseó su mirada por el almacén con la calma y la tranquilidad del que tiene la seguridad y la conciencia de sus actos.

No tardó en aparecer el viejo de la boina.

—Pasen ustedes al despacho—y empujó una mampara negra con cristales rayados. Ahora viene el señor—añadió.

Peñalar y Manuel entraron en un cuarto iluminado por una ventana con rejas y se sentaron en un sofá verde. Enfrente se levantaba un armario de caoba con libros de comercio, en medio una mesa de escribir llena de cajoncitos y á un lado de ésta una caja de valores con botones dorados.

El cuarto trascendía á comerciante implacable; se comprendía que aquella jaula debía de encerrar un pajarraco de mala catadura. Manuel se sintió amilanado. Peñalar quizás experimentó también un momento de debilidad, pero se creció, se atusó el pelo, colocó bien los lentes sobre su nariz y sonrió.

No tardó mucho en aparecer don Sergio. Era un viejo alto, de bigote blanco, con una mirada suspicaz lanzada de través por fuera de sus antiparras. Vestía levita larga, pantalones claros; en la cabeza llevaba un gorro griego de terciopelo verde, con una gran borla que le caía hacia un lado. Entró sin saludar, miró con desagrado al hombre y al muchacho, que se levantaron; quizás creyó que había descubierto el objeto de la visita, porque con voz seca, autoritaria y sin invitarles á que se sentaran, preguntó á Peñalar:

—¿Qué quería usted, caballero? ¿Era usted el que tenía que hablarme de un asunto de familia? ¿Usted?

Otro cualquiera hubiera sentido ganas de estrangular al viejo, Peñalar no; los casos difíciles eran los de su incumbencia, los que á él más le gustaban. Comenzó á hablar sin desconcertarse, con las miradas inquisitoriales del comerciante.

Manuel le escuchaba lleno de admiración y de espanto. Veía que el comerciante iba cargándose de cólera por momentos. Peñalar hablaba impertérrito:

El era una pobre alma cautiva, un sentimental, un idealista ¡oh!, dedicado á la enseñanza de la juventud, de esa juventud en cuyo seno se guardan los gérmenes regeneradores de la patria. El sufría mucho, mucho; había estado en el hospital; ¡un hombre como él! conocedor del francés, del inglés, del alemán, que tocaba el piano, un hombre como él, emparentado con toda la aristocracia del reino de León, un hombre que sabía más teología y teodicea que todos los curas juntos.

¡Ah! Esto no lo decía para vanagloriarse; pero él tenía derecho á la vida. Gómez Sánchez, el ilustre histólogo, le había dicho:—Usted no debe trabajar—. Pero tengo hambre.—Pida usted dinero—. Y por eso algunas veces pedía.

Don Sergio, en el colmo del asombro, ante aquel chorro de palabras, no intentó interrumpir á Peñalar; éste se detuvo, sonrió con dulzura, notó que la fuerza de la costumbre había llevado su discurso al tema constante del por qué pegaba sablazos, y comprendiendo que su elocuencia le arrastraba por un camino extraviado, bajo la voz y continuó en tono confidencial.

—Esta vida atrae de tal modo, á pesar de sus impurezas, ¿no es verdad, don Sergio?, que no puede uno desprenderse con indiferencia de ella. Y eso que yo creo que la muerte es la liberación, sí, yo creo en la inmortalidad del alma, en el dominio absoluto del espíritu sobre la materia. Antes no, lo confieso—sonriendo más dulcemente aún—, antes era panteísta y conservo no sé si de aquella época el entusiasmo por la naturaleza. ¡Oh, el campo!, ¡el campo es mi delicia!; muchas veces recuerdo aquellos versos del mantuano:

«Te, dulcis conjux, te solo in litore secum te veniente die, te decedente canebat.»

¿A usted le gusta el campo, don Sergio? Sí le debe de gustar, con el talento que usted tiene.

La cólera de don Sergio, que iba agrandándose con la verbosidad incoherente de Peñalar, estalló en esta frase corta:

—El campo me revienta.

Peñalar quedó parado, con la boca abierta.

—Señor mío, señor mío—añadió el comerciante, levantando la voz iracunda—, si usted tiene mucho tiempo que perder, á mí no me pasa lo propio.

—No le he expresado á usted aún el motivo de mi visita—, dijo Peñalar y se quitó los lentes y se preparó á limpiarlos con el pañuelo.

—No, ni hay necesidad; me lo figuro, me lo figuro muy bien. Yo no doy limosnas.

—Caballero, señor don Sergio—y Peñalar se levantó con las gafas en la mano y paseó por el cuarto su mirada oscura de cegato—, está usted en un profundo error. No vengo á pedir una limosna, no son esos mis hábitos. Nadie podrá decirlo, vengo—y se coló los lentes con resolución—á cumplir un deber sagrado.

—Concluyamos. ¿Qué deber sagrado es ese? ¡Qué! Basta de farsas. La charlatanería me revienta.

—Permítame usted que me siente. Estoy fatigado—murmuró Peñalar con voz desfallecida—. ¿No nos oye nadie?

Don Sergio le miró como una hiena; Peñalar pasó por su ancha frente el pañuelo lleno de agujeros; luego, dirigiéndose á Manuel, que seguía sumido en el mayor estupor, le dijo:

—Haz el favor, mi querido niño, de salir un momento y esperarme.

Manuel abrió la puerta del despacho, y salió al almacén. Esta maniobra produjo un movimiento de extrañeza en don Sergio.

—Yo, caballero—dijo Peñalar al verse solo con el comerciante—, estoy dedicado á la enseñanza de la juventud.

—¿Que es usted maestro? Lo he oído.

—Estaba de pasante en el colegio del Espíritu Santo, cuando se me ocurrió establecerme por mi cuenta.

—Y ha perdido usted el dinero; bueno. ¿Y á mí todo eso qué me importa?—gritó don Sergio, golpeando la mesa con un libro.

—Perdone usted. Entre mis alumnos tengo este muchacho que acaba de salir de aquí, y que es un prodigio, un niño de unas facultades extraordinarias. Al notar la claridad de su inteligencia y la energía de su voluntad, me interesé por él; le pregunté por su familia, y me dijo que no tenía padre ni madre, y que una señora le había recogido en su casa.

—¿Y á mí qué?

—Espere usted, don Sergio. Fuí á ver á esa señora protectora suya, que es una baronesa, y la dije:—El muchacho á quien usted protege es digno de las mayores atenciones y de que se haga algo por su educación.—Su madre no tiene dinero y su padre que es rico, no hace nada por él—me contestó la baronesa.—Dígame usted quién es su padre, y le iré á ver.—Es inútil—replicó—, porque no conseguirá usted nada de él; se llama don Sergio Redondo.

Al decir esto, Peñalar se levantó, y contempló con la cabeza erguida á don Sergio, como el ángel exterminador puede mirar á un pobre réprobo. Don Sergio palideció profundamente, sacó el pañuelo, se frotó los labios, carraspeó. Se comprendía que estaba turbado.

Peñalar observó al viejo atentamente, y viendo que aminoraba en sus arrogancias, se sintió cada vez más evangélico y más moral.

—La baronesa—añadió—me dijo, y perdone la inquebrantable sinceridad mía, me dijo que era usted un egoísta y un hombre sin corazón; yo, á pesar de esto—sonriendo dulcemente y sintiéndose ya super-evangélico y super-moral—pensé: Mi deber es ir á ver á ese caballero. Por eso he venido. Ahora usted hará lo que su conciencia le dicte. Yo he cumplido con la mía.

Después de este párrafo, Peñalar nada tenía que decir y con la sonrisa de todo el martirologio en los labios cogió el sombrero, saludó ceremoniosamente y se acercó á la puerta.

—¿Y ese niño es el que estaba aquí?—preguntó en voz baja y vacilante don Sergio.

—El mismo.

—¿Y dónde vive esa mujer, esa baronesa?—exclamó el comerciante.

—Yo no puedo decirlo. Se lo preguntaré; si ella me lo autoriza, vendré con la contestación.

Y Peñalar salió del despacho.

—Vamos, hijo mío—le dijo á Manuel.

Y con altivo y noble continente, con la cabeza erguida, salió de casa, llevando de la mano á su querido discípulo, á aquel niño portentoso tan poco apreciado por sus padres.

CAPÍTULO V Vida y milagros del señor de Mingote.—Comienza la dulce explotación de don Sergio.

Según los mejores historiógrafos madrileños, el conocimiento de la baronesa de Aynant con Bonifacio de Mingote databa de dos años á la fecha.

Una de las muchas veces que la baronesa se encontraba en la necesidad de buscar dinero, avisó á un prestamista de la calle del Pez. En lugar del prestamista se presentó su dependiente, el propio Mingote, y se arregló el negocio entre los dos. Desde entonces don Bonifacio frecuentaba la casa de la baronesa. ¿Quién era don Bonifacio? ¿Cómo era don Bonifacio?

Hay bimanos que producen una extraordinaria curiosidad. En la historia natural del hombre son como esas especies de monotremas entre aves y mamíferos, asombro de los zoólogos. A esta clase de bimanos interesantes pertenecía Mingote.

Era este Mingote hombre de unos cincuenta años, bajo, grueso, de bigote pintado, con la cara carnosa, la nariz pequeña y roja, la boca cínica, las trazas de agente de la policía ó de zurupeto. Vestía de una manera presuntuosa, le encantaba llevar una cadena gruesa en el chaleco y diamantes falsos, como garbanzos de grandes, en la pechera y en los dedos.

Mingote había ejercido todos los oficios que un hombre puede ejercer no siendo persona decente: prestamista, policía, jefe de clac, zurupeto de la Bolsa, agente de quintas, curial, revendedor, gancho...

Manuel pudo ir conociéndolo á fondo. Era maestro en todas las artes del engaño, ingrato, procaz, cobarde con los valientes, valiente con los cobardes, petulante y vanidoso como pocos, amigo de atribuirse las heroicidades y los méritos ajenos y de repartir entre los demás los defectos propios.

Manuel notó que la baronesa solía hablar siempre mal de Mingote, cuando se hallaba ausente, y, sin embargo, cuando le escuchaba lo hacía con gusto; sin duda al oirle admiraba la sutileza y la finura de las malas artes de aquel pícaro.

Al cabo de algún tiempo de oirle su charla desvergonzada repugnaba.

La preocupación de Mingote era ocultar su natural cínico, pero el cinismo suyo, por su fuerza de expansión, le salía fuera del alma, apuntaba en sus ojos y en sus labios y fluía libremente en sus palabras.

—Pierden el tiempo los que me insultan—decía tranquilamente—; á sinvergüenza no me gana nadie.

Y tenía razón. A veces se daba cuenta del mal efecto producido por alguna arlequinada suya, y se esforzaba entonces en presentarse como un Roldán ó un Cid de la corrección; pero al poco rato, por entre su coraza de puntilloso caballero aparecía la garfa del truhán.

—En cuestiones de honor, no admito distingos—decía el hombre cuando se sentía hidalgo—; usted me dirá: el honor es una martingala. Es verdad. Pero yo tengo esta desgracia; soy caballeresco por temperamento.

Mingote comulgaba en las ideas anárquico-filantrópico-colectivistas, algunas de sus cartas terminaba poniendo: Salud y Revolución Social, lo cual no era obstáculo para que intentase unas veces establecer una casa de préstamos, otras una casa de citas ó algún otro honrado comercio por el estilo.

Había hecho aquel ex prestamista una porción de ignominias con los compañeros de la dinamita y del ácido pícrico, sacándoles dinero, ya para dar un golpe y comprar bombas, ya para escribir un diccionario libertario en donde él, Mingote, desmenuzaría con su análisis formidable, más formidable que los más furiosos explosivos, todas las ideas tradicionales de esta estúpida sociedad.

Cuando Mingote hablaba de su diccionario, su desdén por la existencia, su mirada de iluminado, su melancólica actitud de hombre no comprendido, todo indicaba al genio de las revoluciones.

En cambio, al contar y especificar sus éxitos de agente de anuncios y de negocios, surgía el hombre moderno, el struggle for lifeur de la almoneda y de la casa de préstamos, de la droguería y de la perfumería.

—Yo—solía decir—hice la almoneda de la Chavito, yo le vendí la cuadra al marqués del Sacro-Cerro y el monte á la vizcondesa. Yo he lanzado el cataforético Pipot; el pectoral de sampaguita salvaje Alex; la pasta manícura de Chiper; la cataplasma eléctrica de Pirogoff; la harina pépsica de Clarckson; la auditina de Well; el corazón artificial de Tomás y Gil; el emplasto sudorífico de Rocagut, y, sin embargo, se ha hecho el vacío á mi alrededor.

Mingote suponía que Madrid entero se confabulaba contra él para no dejarle prosperar; pero él esperaba el momento bueno en que les daría en la cabeza á sus enemigos.

Sus mayores ilusiones se basaban en sus minas, que, á pesar de ser admirables, no tenía inconveniente en venderlas en lotes de poco dinero. Constantemente llevaba en el bolsillo piedras envueltas en papeles de periódico de sus minas de aquí y de allá.

—Esta—y Mingote mostraba un pedrusco—es de mis minas del Suspiro del Moro. ¡Qué muestra! ¿Eh? Es admirable. ¿Es verdad? De hierro... casi puro. Noventa y nueve y medio por ciento de hierro mineralizado. Esta otra es de calamina. Sesenta y ocho por ciento. Hay medio millón de toneladas.

Cuando se le descubría la mentira, no sólo no se incomodaba, sino que se echaba á reir.

La baronesa celebraba con carcajadas los proyectos de Mingote.

—Pero si no tiene usted minas, ¿cómo las va usted á vender?—le preguntaba.

—¡Ah!, no importa—replicaba Mingote—; se inventan; es lo mismo. En seguida que le demos el golpe á don Sergio, nos dedicamos á los negocios. Demarcamos una mina; depósito: trescientas, cuatrocientas pesetas, lo que sea; llevamos al terreno minerales de otra parte, y en seguida hacemos acciones: «Sociedad anónima del coto Prosperidad»; capital: 7.000.000 de pesetas; alquilamos una casa, ponemos una hermosa plancha de cobre con letras en la puerta y un criado con una librea azul: cobramos las acciones, y ya está hecho el negocio.

¿Creía Mingote en sus fantasías? Ni aun él lo sabía de cierto; aquel hombre se hallaba desconocido á sí mismo. Allá, dentro de su alma, encerraba la idea de un hado adverso que le impedía prosperar, por ser un sinvergüenza; porque habilidad tenía de sobra; sabía como nadie recibir á un acreedor y no pagarle; sabía adular y mentir; pero, á pesar de su mentir constante, era crédulo para los embustes ajenos como nadie.

Creía en las sociedades secretas, en la masonería, en los h... y en otra porción de mojigangas por el estilo.

En el peligro y en las situaciones graves, á pesar de la cobardía extraordinaria del ex prestamista, no le abandonaba nunca su ingenio; el soltar una gracia constituía para él una necesidad, y probablemente, empalado, con la soga al cuello, ó en las gradas del patíbulo, temblando de miedo, hubiera tenido que decir, entre castañeteos de dientes y convulsiones, alguna cosa chusca.

Reñía con todo aquel á quien no necesitaba, por cosas fútiles; vociferaba en los tranvías y teatros con cobradores y acomodadores, levantaba el bastón á los golfos, trataba desdeñosamente á todo el mundo, hacía proposiciones indecorosas á las mujeres delante de sus maridos ó de sus padres, y á pesar de esto no recibía más que raras veces las bofetadas ó los palos que otro cualquiera en su lugar recibiera.

Vanidoso y petulante, él mismo se reía de su petulancia. Cambiaba la sonrisa en gesto amenazador y el gesto amenazador en sonrisa; á veces sentía cierta especie rara y cómica de pudor y se ruborizaba, pero no se desconcertaba nunca.

El ex prestamista, á pesar de que su tipo no era nada agradable, tenía grandes éxitos con las mujeres. Se dedicaba á la ancianidad. Su táctica era rapidísima y expedita; á la primera semana ya pedía dinero.

Contaba las queridas á pares, cada una con dos ó tres pequeños Mingotes. Con ellas el ex prestamista había organizado un servicio de mendicidad maravilloso por medio de cartas, y como la agencia producía cada vez menos, gracias al dinero que traían las mujeres, vivían ellas, el gran Mingote y los pequeños Mingotes. Cuando le preguntaban por aquellas mujeres, el ex prestamista decía que constituían su servidumbre.

Este era Mingote, el maravilloso y peregrino Mingote, auxiliar y colaborador de la baronesa de Aynant.

El mismo día en que Manuel y el sublime pedagogo contaron los detalles de la visita á don Sergio, la baronesa y Mingote se pusieron en campaña. La baronesa alquiló un gabinete por unos días á una patrona del principal.

—¿Pero para qué hace usted eso?—la preguntó Mingote—. Cuanto en peor situación la vea á usted il vecchio será más espléndido.

—Yo le creía á usted más listo, Mingote—replicó fríamente la baronesa—. Si don Sergio me viera en este cuartucho indecente, me daría una limosna; de otro modo, ya veremos. Además déjeme usted á mí dirigir mis asuntos.

Mingote calló confundido. Indudablemente allí tenía que aprender.

La baronesa arregló el cuarto alquilado con gusto, mandó coser y planchar una de sus batas, y vistió á Manuel y hasta le dió polvos de arroz, con gran desesperación del chico. Todo preparado, Mingote escribió á don Sergio, il vecchio Cromwell, como le llamaba él, una tarjeta con la firma de Peñalar, dándole las señas de la casa.

La baronesa y Manuel esperaron á que llegara il vechio. A media tarde se oyó el ruido de un coche que paraba á la puerta.

—Este es—dijo la baronesa. Miró por las rendijas de la persiana—. Sí, es él—añadió, y se tendió en el sofá y cogió un libro.

Bien vestida y ataviada resultaba apetitosa; una jamona rubia de buen ver.

—Mira, es mejor que te metas en ese otro cuarto—dijo la baronesa á Manuel señalándole una alcoba—; le diré que estás estudiando.

Manuel, á quien el papel que le designaron no le agradaba, se escabulló en la alcoba. Había entre ésta y el gabinete una puerta de cristales, con sus correspondientes cortinas. Manuel encontró el observatorio muy cómodo, y se puso á mirar por los visillos; le interesaba ver cómo se desenvolvía la baronesa y manejaba los hilos de aquella trapisonda, en los cuales podía quedar enredada al menor descuido.

Cuando la criada de la casa de huéspedes fué á anunciar la visita de don Sergio, la baronesa se hallaba ya posesionada de su papel. Il vecchio pasó gravemente, saludó; la baronesa hizo un gesto de asombro al verle, luego con un ademán de languidez y de contrariedad le indicó que podía sentarse.

Il vecchio Cromwell se sentó; Manuel pudo observarle con calma. Estaba pálido y tenía un color calcáreo.

—Vaya un papá feo que me he echado—se dijo Manuel.

La baronesa y don Sergio comenzaron á hablar en voz baja. No se oía lo que hablaban. El calcáreo anciano pasó la mirada por el cuarto, observó los muebles, indudablemente extrañado de ver el gabinete tan elegante.

Luego siguió hablando con calor; la baronesa le escuchaba lánguidamente, sonriendo con cierta amable y bondadosa ironía. Manuel pensó que no le faltaban al viejo más que unos cuernecitos y unas patas de cabra para representar, en unión de la baronesa, un grupo que él había visto unos días antes en un escaparate de la carrera de San Jerónimo, cuyo título era «La Ninfa y el Sátiro». Manuel creyó que el viejo se iba á arrodillar y le dieron ganas de gritarle ¡fuera Cromwell!

Continuaba el viejo hablando de una manera insinuante, cuando se fué animando y comenzó á accionar con violencia.

—Ese abandono del muchacho es incalificable—decía.

—¡Incalificable!

—Sí, señora.

—Pero usted, ¿qué derechos tiene para hablar?

—Tengo derechos. Sí, señora.

La baronesa pareció asombrada de aquellas palabras, y replicó con vaguedades y excusas; luego se indignó, y levantándose del sofá con un gallardo ademán y tirando el libro al suelo acusó al iracundo Cromwell de todo lo malo que podía ocurrir al niño. El tenía la culpa de todo, por ser un avaro y un miserable.

Replicó á esto el terrible vecchio, en tono brusco, diciendo que para las mujeres livianas y gastadoras todos los hombres eran avaros.

—Si usted ha venido aquí—interrumpió la baronesa—á insultar á una mujer porque está sola, no lo consentiré.

Entonces vinieron las explicaciones del calcáreo anciano, el sincerarse, el ofrecerse...

—No necesito de usted para nada—contestó la baronesa arrogantemente—. No le he llamado á usted.

El marrullero vecchio juró y perjuró que no había ido allá más que á ofrecerle todo lo que necesitara y á pedir que le dejara costear los gastos de los estudios del muchacho. También deseaba verle un momento.

La baronesa se dejó convencer; pero advirtió al calcáreo que el niño creía que sus padres habían muerto.

—No, no tenga usted cuidado, Paquita—exclamó il vecchio.

Llamó la baronesa el timbre, y preguntó á la criada con indolencia:

—¿Está en casa Sergio?

—Sí, señora.

—Dígale usted que venga.

Entró Manuel confuso.

—Este señor quiere verte—dijo la dama.

—Ya sé, ya sé que eres un estudiante muy aprovechado—murmuró il vecchio.

Manuel levantó los ojos con el mayor asombro. Don Sergio dió unos golpecitos en la mejilla nada sonrosada del muchacho. Manuel quedó mirando al suelo, y se marchó, al darle la baronesa el permiso para salir.

—Es muy huraño—dijo la baronesa.

—Yo era igual á su edad—repuso don Sergio.

La dama sonrió maliciosamente. Manuel volvió á la alcoba y siguió observando la actitud de los dos; la baronesa se lamentaba de su falta de recursos; Cromwell se defendía como un león. Al terminar la conferencia, el calcáreo sacó su cartera y dejó unos billetes sobre el velador.

La baronesa le acompañó hasta la puerta.

—¿De modo, Paquita, que está usted contenta?—la dijo antes de marcharse.

—¡Contentísima!

—¿No siente usted que haya venido á verla?

—¡Ay, don Sergio! Me ha tenido usted muy abandonada. ¡Cuando es usted el único amigo de mi pobre padre!

—Sí, es verdad, Paquita, es verdad—murmuró il vecchio acariciando entre las suyas una de las manos regordetas de la baronesa.

Y bajó las escaleras, deteniéndose á cada instante, para saludar á la dama.

—Jesús, qué lata de viejo—murmuró ella dando un portazo—. ¡Manuel, Manolito, has estado muy bien! Hecho un héroe. ¿Has visto? Il vecchio Cromwell, como dice Mingote, ha dejado mil pesetas. Mañana mismito nos mudamos de casa.

Al día siguiente, muy de mañana, la baronesa y Manuel se echaron á la calle á buscar cuarto. Después de mucho corretear y de andar con la cabeza descoyuntada de tanto mirar hacia arriba, encontraron un tercer piso en la plaza de Oriente, que á la baronesa le encantó. Costaba veinticinco duros al mes.

—A niña Chucha le va á parecer caro, pero yo lo alquilo—dijo la baronesa—. Y llamó en el primer piso en donde vivía el administrador y habló con él y pagó la casa por adelantado.

El mismo día se hizo la mudanza y Manuel trajinó con entusiasmo, llevando trastos de un lado á otro y colocándolos en la nueva casa en el sitio que designaba niña Chucha.

Como la casa quedaba vacía y la baronesa tenía algunos muebles guardados en casa de una amiga cubana, unos días después fué á verla para pedírselos. No apareció en todo el día ni aun á cenar, y volvió á la noche muy tarde. Niña Chucha y Manuel la esperaron. Al llegar á casa, venía con los ojos más brillantes que de ordinario.

—La coronela no me ha querido dejar venir—murmuró—; he cenado en su casa, luego he ido con sus chicas á Apolo y me han acompañado hasta aquí mismo.

No pudo Manuel comprender qué tendría esto de extraño para la baronesa, y se asombró bastante al oirle contestar á los reproches de niña Chucha, balbuceando y riéndose á carcajadas de una manera insubstancial. Hubiese jurado Manuel que al salir del comedor la baronesa había dado un traspiés, pero con el sueño no se enteró bien y se abstuvo de comentarios.

Al día siguiente, poco antes de la hora de comer, estaba niña Chucha en la calle cuando llamaron á la puerta. Abrió Manuel. Era el calcáreo.

—Hola, estudiante—dijo—. ¿Y doña Paquita?

—En su cuarto—contestó Manuel.

Llamó don Sergio en la puerta con los nudillos y repitió varias veces:

—¿Se puede?

—Pase usted, don Sergio—dijo la baronesa—y abra usted las ventanas.

Entró el viejo en el cuarto tropezando con los bultos desparramados por el suelo y abrió el balcón.

—Pero, Paquita, ¿todavía en la cama?—preguntó en el colmo de la estupefacción—. Eso no es sano.

—¡Oh! si viera usted cómo he trabajado—replicó la baronesa desperezándose—. Ayer me acosté rendidita, y hoy para las cinco estaba ya trabajando; pero de tanto trajinar se me ha levantado un dolor de cabeza que me he tenido que acostar otra vez.

—¿Para qué trabajas tanto? No te conviene.

—Es que hay que hacer las cosas; luego, en esta casa no ayudan. Chucha no hace más que leer novelas; á Sergio no le voy á poner á andar como un mozo de cuerda, y yo sola tengo que hacerlo todo. Espero que otro día seré más feliz y tendrá usted el gusto de presenciar lo buena chica que soy y cómo sigo sus consejos al pie de la letra.

—Bueno, Paquita, bueno. Sigues siendo una chiquilla.

La baronesa, para demostrar que era verdad esto, hizo unos cuantos arrumacos á Cromwell, y después, en tono indiferente, le pidió cincuenta pesetas.

—Pero...

—Si ya sé que me va usted á reñir. No crea usted que he gastado todo el dinero, ni mucho menos. Es que la verdad, un billete de quinientas pesetas no quiero cambiarlo, y como tengo que pagar una cuentecilla...

—Vaya, ahí va—. Y don Sergio con una sonrisa que quería ser amable, sacó la cartera del bolsillo y dejó un papel azul sobre la mesilla de noche; luego le pareció poco galante dar lo que le habían pedido y dejó otro.

La baronesa puso el candelero encima de los dos billetes, y después, acurrucándose entre las sábanas con voz soñolienta, murmuró:

—¡Ay, don Sergio, me vuelve el dolor de cabeza!

—Pues cúidate, hija, cuídate y no trabajes tanto.

Don Sergio salió de la alcoba, luego de cerrar el balcón, y se encontró con niña Chucha que volvía de la calle.

—No debes dejar que trabaje tanto tu ama—le dijo secamente—; se pone enferma.

La mulata contempló sonriendo al viejo.

—Bueno, señó—dijo.

—Y el muchacho, ¿qué hace?

—Etá etudiando—contestó niña Chucha con malicia, y lo mostró con los codos sobre la mesa del comedor y la cabeza entre las manos.

Efectivamente, estaba devorando una novela por entregas de Tárrago y Mateos.

CAPÍTULO VI Kate, la niña blanca.—Los amores de Roberto.—El pundonor militar.—Las cucas.—Disquisiciones antropológicas.

Al mes de instalados en la nueva casa llegaron las fiestas de Navidad, y como en los colegios había vacaciones, la baronesa fué en busca de su hija al del Sagrado Corazón, y volvió con ella en coche.

Niña Chucha se encargó de informar á Manuel y de darle detalles de la hija de la baronesa.

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