TERCERA PARTE
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CAPÍTULO I
Las evoluciones del Bolo.—Danton, Danton, ese era el hombre.—¿Anarquía ó socialismo?... lo que gustéis.
Dejó de aparecer Juan por casa de Manuel. Este creyó que estaría trabajando, cuando supo por los amigos que se encontraba malo, con un catarro terrible. Fué á buscarle, y lo vió en la casa de huéspedes muy abandonado, con mal aspecto. Tosía mucho, tenía las manos ardorosas y rosetas malares en las mejillas.
—Lo mejor es que vayas á casa—le dijo Manuel.
—Si no tengo nada.
—Vale más que vayas allá.
Fué efectivamente, y al cabo de una semana de cuidados, Juan se puso mejor y volvió á la vida normal.
Mientras los demás peroraban en las reuniones de la taberna de Chaparro, Manuel se hizo amigo del Bolo, un zapatero de portal, de la calle de Palafox, hombre bajito, rechoncho, encarnado, muy feo y algo cojo.
Una noche el zapatero se presentó en casa de Manuel á llevarle la Historia de la Revolución Francesa, de Michelet. Al ver aquel tipo la Salvadora, y sobre todo la Ignacia, exigieron á Manuel que no volviera más á aparecer por casa semejante hombre. Manuel se echó á reir, y por más que dijo que el Bolo era una buena persona, no llegó á convencer á las dos mujeres.
El Bolo procedía, políticamente, de los republicanos. Al principio, según decía, se había afiliado al partido socialista; pero después, viendo el aspecto gubernamental que iba tomando poco á poco el socialismo en España, y sobre todo, la lucha que se entablaba entre socialistas y republicanos, se separó de los socialistas, considerándose ácrata. Como sus inclinaciones eran las de un hombre normal, no podía menos de encontrar bárbaro todo esto de las bombas y de la dinamita; pero delante de los socialeros, de las adormideras del socialismo, defendía la utilidad y la necesidad de los atentados.
En el fondo de su odio por los socialistas, latía la idea de que ellos habían quitado toda la masa obrera al partido republicano, inutilizándolo, quizás para siempre, sólo con el calificativo de partido burgués. El Bolo no podía acostumbrarse á oir á los compañeros tratar sin consideración intelectual á hombres como Salmerón, Ruiz Zorrilla, que habían sido siempre sus ídolos; no podía acostumbrarse á oir tratar á estos hombres ilustres como reaccionarios sin relieve; figurones de cartón, más ó menos serios, que barajaban con grandes aires de hierofante frases conceptuosas, sin ningún valor filosófico ni práctico.
La única satisfacción del zapatero como político, era ver que los libertarios tenían casi como uno de los suyos á Pí y Margall, y que el recuerdo del viejo y venerable don Francisco se conservaba en todos ellos con entusiasmo y con respeto...
Manuel tardó mucho tiempo en comenzar á leer la Historia de la Revolución. Al principio, le aburrió; pero luego, poco á poco, se sintió arrastrado por la lectura. Primero se entusiasmó con Mirabeau, luego con los girondinos: Vergniaud, Petion, Condorcet; después con Danton, luego llegó á creer que Robespierre era el verdadero revolucionario, después Saint-Just; pero al último, la figura gigantesca de Danton fué la que más le apasionó. De los revolucionarios, el más repugnante le pareció Sieyes; el más simpático Anacarsis Cloots, el ateo prusiano.
Sentía Manuel una gran satisfacción sólo por haber leído aquella historia. Algunas veces pensaba:
—Ya no me importaría ser golfo, no tener dinero; habiendo leído la Historia de la Revolución Francesa, creo que sabría ser digno...
Después de Michelet, leyó un libro acerca, de la revolución del 48; luego otro sobre la Commune, de Luisa Michel, y todo esto le produjo una gran admiración por los revolucionarios franceses. ¡Qué hombres! Además de los colosos de la Convención: Babeuf, Proudhon, Blanqui, Baudin, Delescluze, Rochefort, Félix Pyat, Valles... ¡qué gente!
—Lo que se debía hacer—le dijo un día Morales á Manuel—es poner una encuadernación aquí al lado.
—¿Pero sólo para lo que se trabaja en casa?—preguntó Manuel.
—No, buscar un encuadernador que alquile la puerta de al lado, y á él le convendría estar junto á una imprenta, y á nosotros tener aquí una encuadernación.
—Eso sí es verdad.
—Estése usted á la mira.
Se enteró Manuel, preguntó en varias imprentas, y ya iba á abandonar sus gestiones, cuando el dueño de La Tijera, periódico órgano de los sastres, le dijo:
—Yo conozco á un encuadernador que piensa mudarse de casa. Y tiene parroquia, porque trabaja bien.
—Pues voy á verlo.
—Le advierto á usted que es muy zorro. Como que es judío.
—¡Hombre, judío!
—¿Eso qué importa?
—Después de todo, nada. ¿Y cómo se llama?
—Jacob.
—¿Jacob? ¿Uno de barba negra, bajito?—preguntó Manuel.
—Sí.
—Entonces es amigo mío. Voy á verlo en seguida.
Le indicó el propietario de La Tijera, órgano de los sastres, dónde estaba la casa, y por la tarde Manuel fué á ver á Jacob. Llamó en un piso bajo en una puertecilla, y pasó á la encuadernación.
Era un cuartucho con dos rejas á la calle, por las cuales entraba en aquel instante la luz del anochecer. Cerca de una ventana, Mesoda, la mujer de Jacob, cosía las hojas de un libro. En medio había una mesa grande, iluminada con dos bombillas eléctricas, y sobre la mesa una niña doblaba unos pliegos impresos. El viejo judío, padre de Jacob, pegaba en el lomo de unos libros tiras de papel que antes embadurnaba con engrudo. A un lado de la mesa, en la zona de sombra, entre una prensa y una guillotina de cortar papel, andaba Jacob colocando pilas de libros sin cubierta aún.
En la pared, de un ancho listón de madera con escarpias, colgaban tijeras, punzones, compases, escuadras, reglas y otros instrumentos del oficio.
Manuel se dió á conocer, y toda la familia le agasajó en extremo; luego, cuando hizo la proposición de mudarse de casa á Jabob, éste muy serio, presentó grandes dificultades; le perjudicaba el traslado; la casa era más cara; además, había que hacer gastos.
—Bueno—le dijo Manuel—, tú, decídete; el trabajo que yo tengo de encuadernación te lo daré á ti si vas allá; ahora, si no quieres, no vayas.
Jacob volvió á lamentarse y á quejarse, y después de hacer prometer á Manuel una indemnización pequeña para gastos de traslado, se decidió á establecerse en la vecindad de Manuel.
Como había supuesto Morales, fué esto muy ventajoso; se evitaban el llevar y el traer los pliegos á la encuadernación; además, Jacob trabajaba más barato y proporcionaba parroquia.
Morales solía ir con mucha frecuencia á casa de Manuel por la noche, y allí discutía, sobre todo con Juan. Los Rebolledos terciaban también en las discusiones.
Manuel no pensaba afiliarse á ningún partido; pero en medio de aquel ambiente apasionado, le gustaba oir y orientarse.
De las dos doctrinas que se defendían, la anarquía y el socialismo, la anarquía le parecía más seductora; pero no le veía ningún lado práctico; como religión, estaba bien; pero como sistema político-social, lo encontraba imposible de llevarlo á la práctica.
Morales, que había leído libros y folletos socialistas, llevaba las discusiones por caminos distintos que Juan, y consideraba las cosas desde otros puntos de vista. Para Morales, el progreso no era más que la consecuencia de una lenta y continua lucha de clases, terminada en una serie de expropiaciones. El esclavo expropiaba á su amo al hacerse libre; el noble expropiaba al villano y nacía el feudalismo; el rey al noble y nacía la monarquía; el burgués al rey y al noble y llegaba la revolución política; el obrero expropiaría al burgués y vendría la revolución social.
El aspecto económico, que Morales encontraba el más importante, para Juan era secundario. Según éste, el progreso era únicamente el resultado de la victoria del instinto de rebeldía contra el principio de autoridad.
La autoridad era todo lo malo; la rebeldía todo lo bueno; la autoridad era la imposición, la ley, la fórmula, el dogma, la restricción; la rebeldía era el amor, la libre inclinación, la simpatía, el altruísmo, la bondad...
El progreso no era más que esto: la supresión del principio de autoridad por la imposición de las conciencias libres.
Manuel, algunas veces decía:
—Yo creo que lo que se necesita es un hombre... un hombre como Danton.
Morales y Juan trataban de demostrar sus ideas con argumentos. Morales afirmaba que las predicciones socialistas se verificaban. La concentración progresiva del capital era un hecho comprobado. La máquina grande mataba la pequeña; el almacén, la tiendecita; la posesión, la heredad. El gran capital iba absorbiendo al pequeño; las sociedades en comandita y las compañías, absorbían al gran capital; los truts, absorberían á las sociedades; todo iba pasando á un número de manos más reducido; todo iba convergiendo á un poseedor único, hasta que el Estado, la colectividad, expropiaría á los expropiadores, se posesionaría de la tierra y de los instrumentos de trabajo.
Mientras la evolución se verificaba, los capitalistas chicos, expropiados, y los trabajadores actualmente burgueses, como médicos, abogados, ingenieros, irían engrosando la masa obrera, intelectualizándola, lo que apresuraría la revolución social.
Replicaba Juan, que si era verdad este movimiento de concentración, era también cierto que existía contrario y quizás mayor que éste un impulso de difusión, y que en Inglaterra y Francia, la propiedad, sobre todo territorial, tendía al fraccionamiento, á la diseminación, y que esto no sólo ocurría con la tierra sino también con el dinero, que se iba democratizando. En Francia, sobre todo, el número de contribuyentes con cinco mil pesetas de renta había cuadruplicado desde la tercera República.
—En el fondo, llegáis los dos á la misma conclusión—decía Manuel—; á la necesidad de generalizar la propiedad; sólo que Morales quiere que esto lo haga el Estado, y tú quieres que se haga libremente.
—Yo no veo la necesidad del Estado—decía Juan.
—Pero el Estado se impone—replicaba Morales—. Nosotros no decimos un Estado tal como es ahora, sostenido por el capitalismo y el ejército; sino un centro de contratación... el Municipio, por ejemplo.
—¿Pero para qué queremos ese centro?
—Para realizar las obras comunes, útiles á todos, y además para impedir el desarrollo de los egoísmos.
—Vamos entonces al despotismo—replicaba Juan.
—No; el Ayuntamiento de un pueblo suizo ejerce actualmente una acción en los individuos más fuerte que el de San Petersburgo, pero es una acción útil. Uno que nace en Basilea, tiene, desde que nace, la atención del Estado; el Estado le vacuna, el Estado le educa y le enseña un oficio; el Estado le da alimentos baratos y sanos; el Estado le envía un médico gratis cuando está enfermo; el Estado le consulta por un plebiscito por si hay que hacer reformas en las leyes ó en las calles; el Estado le entierra gratis cuando se muere...
—Pero eso es una tiranía.
—Una tiranía, ¿por qué?
—Vivir uniformados, haciendo todos lo mismo...
—Uniformados, no. Haciendo todos lo mismo, en parte, sí. Porque todos comemos, dormimos y paseamos. Nosotros no queremos la uniformidad en la vida de una nación, y menos aún en la vida de los individuos; que cada Municipio tenga su autonomía, que cada hombre viva como quiera sin molestar á los demás. Nosotros no queremos más que organizar la masa social y dar forma práctica á la aspiración de todos, de vivir mejor.
—Pero á costa de la libertad...
—Eso es según á lo que se llame libertad. La libertad absoluta llevaría á la concurrencia libre. El fuerte se tragaría al débil.
—No; ¿para qué?
—Son ustedes unos visionarios. Afirman ustedes brutalmente la individualidad, y cuando se les dice que el individuo puede extralimitarse en el uso de la libertad, no lo creen.
Con estas discusiones, Manuel iba haciéndose cargo de la cuestión en sus distintos puntos de vista, y al mismo tiempo, aunque no tuviese una dependencia directa, comprendía y se explicaba otras muchas cosas que antes no se había tomado el trabajo de comprender.
Esta actitud suya de expectación le hacía ecléctico; unas veces estaba con su hermano, otras con Morales.
Manuel no encontraba mal el anarquismo como necesidad de cambio de valores. Comparando este período con el anterior á la revolución francesa, encontraba que los anarquistas de hoy eran en menor intensidad y en menor altura; algo semejante á los filósofos de entonces. Lo que le parecía absurdo y estúpido á Manuel era el procedimiento anarquista. En cambio, respecto al socialismo que defendía Morales, le parecía lo contrario; le resultaba antipático el plan y su sistema de organización del trabajo por el Estado, sus bonos, sus almacenes nacionales, su intento de hacer del Estado un Proteo monstruoso (panadero, zapatero, quincallero), y de convertir el mundo en un hormiguero de funcionarios, marchando todos al compás. A esto Morales decía que el socialismo, por boca de Bebel, había dicho que toda concepción sobre la futura sociedad socialista, no tenía ningún valor.
En principio á Manuel la teoría socialista le parecía mucho más útil para el obrero que la de los anarquistas.
El anarquismo se consideraba siempre en vísperas de un cambio total; de una revolución completa. Se encontraba en el caso del que le ofrecen un empleo modesto para vivir y lo desprecia porque cree que va á heredar una gran fortuna. O todo ó nada. Y los anarquistas esperaban la revolución como los antiguos el santo advenimiento, como un maná, como una cosa que vendría sin esfuerzos pesados y molestos.
—¿Pero no es más lógico—decía Morales—, reunir las energías de toda la clase, para ir avanzando poco á poco hasta llegar á un gran desarrollo, que no esta revolución providencial de los anarquistas, que es una cosa como los polvos de la madre Celestina, para traer la felicidad del mundo?
Juan sonreía.
—La anarquía hay que sentirla—solía decir.
—Pero ¿por qué no han de aceptar ustedes la asociación? Es la mayor defensa del proletariado. Ustedes no admiten más que la propaganda individual por la idea ó por el hecho. La propaganda de la idea es, al cabo de poco tiempo, para un señor que hace un periodiquito, un buen negocio, y la propaganda por el hecho, es sencillamente un crimen.
—Para los burgueses, sí.
—Para todo el mundo. Matar, herir, es un crimen.
—Puede ser un crimen conveniente.
—Sí, puede serlo. Pero si esta doctrina se aceptara tendría unas consecuencias horribles. No habría bandido ni déspota que no afirmara la conveniencia de sus crímenes.
—La anarquía hay que sentirla—terminaba diciendo Juan.
Manuel, casi siempre, se inclinaba del lado de Morales.
Las discusiones con los amigos de Morales, que eran todos socialistas, le hacían ver á Manuel el lado flaco del anarquismo militante.
Según ellos, la idea anarquista iba perdiendo su virulencia rápidamente, y ya, al menos entre los obreros, no asustaba á nadie. El mismo radicalismo de las teorías fatigaba á la larga, se llegaba en la anarquía pronto al fin, y el fin era un dogmatismo como otro cualquiera. Luego la predicación de la rebeldía terminaba en los espíritus independientes en ser rebelión contra el dogma y nacían los libertarios, los ácratas, los naturistas, los individualistas... y el anarquismo con su crítica destructora se destruía y se descomponía á sí mismo. Se había disgregado, fundido, había entrado en su cuerpo de doctrina el germen de la descomposición, y quedaba del anarquismo lo que debía quedar, su crítica de negación política, su metafísica, su filosofía libre, y la aspiración de un cambio social.
En todas partes sucedía lo mismo. El dogma-anarquía con su andamiaje de principios marchaba á la bancarrota y al mismo tiempo que el desprestigio del dogma, venía el de sus defensores y propagandistas. Después de los Quijotes de la anarquía, de los filósofos nihilistas, de los sabios, de los sociólogos, de los anarquistas dinamiteros, venían los anarquistas editores, Sancho Panzas del anarquismo, que vivían del dogma y explotaban á los compañeros con periodiquitos en donde se las echaban de importantes y de grandes moralistas.
Estos buenos Sanchos largaban su sermón plagado de lugares comunes de sociología callejera, hablaban de la abulia, de la degeneración burguesa, de la amoralidad y del egotismo; en vez de citar á Santo Tomás, citaban á Kropotkin ó á Juan Grave; definían lo lícito y lo ilícito para el anarquista; tenían la exclusiva de la buena doctrina; sólo ellos despachaban en su tienda el verdadero paño anarquista; los demás eran viles falsificadores vendidos al gobierno. Tenían la manía de decir que eran fuertes y sonrientes, y que vivían sin preocupaciones, cuando la mayoría de ellos eran pobres animales domésticos, que se pasaban la vida haciendo artículos, poniendo fajas á los paquetes postales de sus periódicos, y reclamando el dinero á los corresponsales morosos.
Cada pequeño mago de éstos reunía un público de papanatas que le admiraba, y ante quienes ellos hacían la rosca como pavos reales, y tenían una petulancia tal, que no era raro ver que el más insignificante Pérez se encarara desde su periodiquín con Ibsen ó con Tolstoy, y le llamara viejo cretino, cerebro enfermo, y hasta le expulsara del partido como indigno de pertenecer á él.
En Madrid eran dos los periódicos que se disputaban el público anarquista: La Anarquía y El Libertario, y los dos se odiaban cordialmente.
El odio entre La Anarquía y El Libertario era un odio de empresa. El dueño de La Anarquía había llegado hacía unos años á defender las ideas libertarias en un sentido radical y científico, y con la aparición de su periódico mató las publicaciones ácratas anteriores. Poco á poco, al asegurar la vida económica de La Anarquía, el propietario, sin darse él cuenta quizás, había ido moderando su radicalismo, quitando jierro, como se dice vulgarmente, considerando la idea como un diletantismo y este momento lo aprovecharon los de El Libertario para echar su periódico á la calle. Inmediatamente la escisión se produjo.
Trataban los de una y otra publicación de demostrar que les separaban ideas, principios, una porción de cosas, y lo único en el fondo que les separaba era una cuestión de perros chicos.
Para los socialistas la importancia que el anarquismo activo tenía en España era consecuencia de la torpeza del gobierno. En ningún lado, según ellos, eran tan ineptos los hombres de la anarquía militante como en España; ni un escritor, ni un orador, ni un hombre de acción; sólo la torpeza del Estado podía dar relieve á hombres de una insignificancia tan absoluta. Con un gobierno libre como el de Inglaterra, aseguraban ellos, al año ya no se sabía si había anarquistas ó no en España.
Según los amigos de Morales, la crisis, aunque existía también en el socialismo activo, no era tan honda. Los oradores y los escritores del partido socialista no tenían el atrevimiento de ser pastores de conciencias; se contentaban con recomendar la asociación y con poner los medios para mejorar la vida de las clases obreras. Aun la misma cuestión de la doctrina se subordinaba á la asociación para la lucha.
—Nosotros—terminaba diciendo Morales—, tendemos á la organización, á la disciplina social, que en todas partes es necesaria, y en España más.
Esto de la disciplina hacía torcer el gesto á Manuel; le parecía mejor aquella frase dantoniana «¡Audacia! ¡Audacia! ¡Audacia!»; pero no decía nada, porque era burgués.
Como es natural y frecuente entre sectarios de ideas afines, socialistas y anarquistas se odiaban, y como en el fondo y á pesar de los nombres pomposos, la evolución de las ideas en los dos partidos era bastante superficial, unos y otros se insultaban en las personas de sus respectivos jefes, que eran unos buenos señores, que convencidos de que el divino papel que representaban era demasiado grande para sus fuerzas, hacían lo posible para sostenerse en el pedestal en que estaban subidos.
Para los socialistas, los otros eran unos imbéciles, locos que había que curar, ó pobres ingenuos, capitaneados por caballeros de industria, que se pasaban de cuando en cuando por el ministerio de la Gobernación.
En cambio, para los anarquistas, los socialeros eran los que se vendían á los monárquicos, los que se pasaban de cuando en cuando por el ministerio á cobrar el precio de su traición.
Los dirigidos en general en uno y otro bando valían mucho más que los directores; eran más ingenuos, más crédulos, pero valían más como carácter y como arranque entre los anarquistas que entre los socialistas.
Al bando anarquista iban sólo los convencidos y exaltados, y al ingresar en él sabían que lo único que les esperaba era ser perseguidos por la justicia; en cambio, en las agrupaciones socialistas, si entraban algunos por convencimiento, la mayoría ingresaba por interés. Estos obreros, socialistas de ocasión, no tomaban de las doctrinas más que aquello que les sirviera de arma para alcanzar ventajas: el societarismo, en forma de sociedades de socorros ó de resistencia. Este societarismo les hacía autoritarios, despóticos, de un egoísmo repugnante. A consecuencia de él, los oficios comenzaban á cerrarse y á tener escalafones; no se podía entrar á trabajar en ninguna fábrica sin pertenecer á una sociedad, y para ingresar en ésta había que someterse á su reglamento y pagar además una gabela.
Tales procederes constituían para los anarquistas la expresión más repugnante del autoritarismo.
Casi todos los anarquistas eran escritores y llevaban camino de metafísicos; en cambio, entre los socialistas, abundaban los oradores. A los anarquistas les entusiasmaba la cuestión ética, las discusiones acerca de la moral y del amor libre; en cambio á los socialistas les encantaba perorar en el local de la Sociedad, constituir pequeños congresos, intrigar y votar. Eran sin duda más prácticos. Los anarquistas, en general, tenían más generosidad y más orgullo, y se creían todos apóstoles, hombres superiores. Se figuraban muchas veces que con cambiar el nombre de las cosas cambiaba también su esencia. Para la mayoría era evidente que desde el momento en que uno se declaraba anarquista, ya discurría mejor, y que en el acto de ponerse esta etiqueta cogía uno sus defectos, sus malas pasiones, sus vilezas todas y las arrojaba fuera como quien echa la ropa sucia á la colada.
De buenas intenciones y de buenos instintos, excepto los impulsivos y los degenerados, hubiesen podido ser, con otra cultura, personas útiles; pero tenían todos ellos un vicio que les imposibilitaba para vivir tranquilamente en su medio social: la vanidad. Era la vanidad vidriosa del jacobino, más fuerte cuanto más disfrazada, que no acepta la menor duda, que quiere medirlo todo con compás, que cree que su lógica es la única lógica posible.
En general, todos ellos, por el sobrecargo que representaba la lectura y las discusiones después de un trabajo fuerte y fatigador, por el abuso que hacían del café, estaban en excitación constante, que aumentaba ó remitía como la fiebre. Unos días se notaba en todos ellos la fatiga y la desilusión; otros, en cambio, el entusiasmo se comunicaba y había una verdadera borrachera de hablar y de pensar.
Los dos partidos obreros, con sus hombres, representaban en la clase proletaria los partidos burgueses: el socialismo, el conservador, oportunista, prudente; el anarquismo, el paralelo al republicano, con las tendencias levantiscas de los partidos radicales.
La diferencia entre estos partidos, las agrupaciones de la burguesía, estaba más que en las ideas, en los hombres. Ambos partidos obreros tenían la seguridad de no llegar nunca al poder; en sus filas se alistaban hombres exaltados ó creyentes, á lo más algunos interesados; pero no ambiciosillos de dinero ó de gloria como en las oligarquías burguesas. Les daba sobre éstas una gran superioridad á los dos partidos obreros, su internacionalismo que hacía que buscasen sus hombres tipos, sus modelos, más bien fuera que dentro de España. La táctica de la adulación, del servilismo, empleada para escalar puestos en las oligarquías burguesas, liberales, conservadoras ó repúblicanas, no servía para nada entre socialistas y anarquistas...
A veces, cuando discutían en el despacho de la imprenta, solía entrar Jacob el judío á preguntar si los pliegos tales ó cuales estaban ó no tirados. Oía las discusiones, las apologías entusiastas del socialismo y de la anarquía, y nunca decía su opinión. Indudablemente no le interesaba nada aquello. Para él eran los que se debatían asuntos de otra raza, de hombres de otra religión, y le eran perfectamente indiferentes.

CAPÍTULO II
Paseo de noche.—Los devotos de Santa Dinamita. El cerro del Pimiento.
Había dicho el médico que Juan se encontraba enfermo de gravedad, le recomendó que estuviese el mayor tiempo posible al aire libre; casi todos los días que hacía bueno salía á pasear.
Juan tosía mucho; tenía grandes fiebres y sudaba hasta derretirse. Mientras estuvo así, la Salvadora y la Ignacia no le dejaron salir de casa. La Ignacia dijo que, si sus amigos los anarquistas iban á visitarle, ella los despacharía á escobazos.
La Salvadora y la Ignacia cuidaban á Juan, le instaban para que descansara; no le dejaban trabajar.
A Manuel, entonces, se le ocurrió si la Salvadora estaría enamorada de su hermano. En este caso, él era capaz de marcharse de casa, decir que se iba á América y pegarse un tiro.
Tenía Manuel con esta idea una gran preocupación moral y se sentía inquieto. Si su hermano quería también á la Salvadora, ¿qué debía desear él? ¿Qué viviese ó no? Estas dudas y casos de conciencia le perturbaban.
Le obsesionaba la enfermedad de Juan, y cuando se libertaba de esta idea, le asaltaba otra, el temor por la marcha de la imprenta, ó un miedo pueril por un peligro lejano.
Juan, á pesar de las recomendaciones del médico no reposaba. Se había agenciado veinte ó treinta libros anarquistas, y continuamente estaba leyendo ó escribiendo. Se veía que ya no vivía más que por su idea.
Sin decir á nadie nada, había vendido los Rebeldes y el busto de la Salvadora, y el dinero lo había dado para la propaganda.
Manuel, muchas veces en la calle, se encontraba con algunos obreros desconocidos, que se le acercaban tímidamente:
—¿Cómo está su hermano?—le preguntaban.
—Está mejor.
—Bueno, eso quería saber. ¡Salud!—y se marchaban.
—Mira—le dijo un día Juan á Manuel—vete al Círculo del Centro y diles que mañana por la tarde iré á la Aurora y que hablaremos.
Manuel fué á un Círculo que estaba próximo á la calle del Arenal. Una porción de gente, á quien no conocía, le preguntó por Juan; al parecer, tenían por él un gran entusiasmo. Vió al Libertario, al Madrileño y á Prats.
—¿Cómo está Juan?—le dijeron.
—Ya va mejor. Mañana os espera en la taberna.
—Bueno; ¿qué, te vas?
—Sí.
—Espera un momento—le dijo el Libertario.
Estaban discutiendo una huelga de canteros. Manuel se cansó de una discusión que para él no tenía interés y dijo que se marchaba.
—Nos iremos nosotros también.
Salieron con Manuel, Prats, el Libertario y el Madrileño.
Estos dos últimos tenían que andar siempre juntos mortificándose.
El anarquismo del catalán, era sobre todo catalán, y Barcelona el modelo ideal de anarquismo, de industria, de cultura; en cambio, al Madrileño, bastaba que una cosa fuera catalana para que le pareciera mala.
—Allá no hay más que pacotilla—decía el Madrileño—, desde los géneros de punto, hasta el anarquismo, todo es ful.
—Y aquí, ¿qué hay en este pueblo indecente?—replicó Prats—. Si esto debían convertirlo en cenizas.
—¿Aquí? Aquí hay la mar de sal.
—Aquí... chistes es lo que saben hacer. ¡Cochina rasa!
—Dejad eso...—gritó el Libertario—. ¡Vaya unos anarquistas! Se pasan la vida discutiendo si valen más los castellanos ó los catalanes. Y luego quieren que desaparezcan las fronteras.
Manuel se echó á reir.
Siguieron los cuatro por la calle del Arenal, atravesaron la Puerta del Sol y subieron por la calle de Preciados.
—Es que á mí me da asco lo que pasa aquí—dijo Prats—. Esto está muerto... En aquella época, en Barcelona, allá había alma... aunque éste no lo crea—y señaló al Madrileño; después siguió dirigiéndose á Manuel—. Había agitación, que es lo que se necesita; solíamos dar conferencias bíblicas, y teníamos reuniones en donde cada noche se explicaba un punto de las ideas libertarias. Nosotros les convencíamos á los estudiantes y á los hijos de los burgueses y les atraíamos á nuestro campo. Recuerdo en una reunión de éstas á Teresa Claramunt, embarazada, que gritaba furiosa: ¡Los hombres son unos cobardes! ¡Mueran los hombres! Las mujeres haremos la revolución!...
—Sí, fué una época de fiebre de todo el pueblo entero—dijo el Libertario.
—¡Sí fué! En todas partes se daban mitins de propaganda, se hacían bautizos anarquistas, matrimonios anarquistas, se mandaban proclamas á los soldados para que se indisciplinaran y no fueran á Cuba, y gritábamos en los teatros: ¡Muera España! ¡Viva Cuba libre!... Luego, ya hubo día en que las calles de Barcelona estuvieron dominadas por los anarquistas.
—¡Bah!—exclamó el Madrileño.
—Que lo diga éste.
—Sí, es verdad—contestó el Libertario—; hubo días en que los polizontes no se atrevieron á dar la cara á los anarquistas; en el Centro de Carreteros, en el Club de la Piqueta Demoledora y en algunos otros sitios, había bombas cargadas y botellas explosivas puestas en los armarios á la vista de todos los socios y al servicio del que las pidiera.
—¡Qué barbaridad!—dijo Manuel.
—Y eran bonitas las bombas—añadió el Libertario—; había unas en forma de naranja, otras de pera, otras eran de cristal, redondas, con balas también de cristal, que pesaban muy poco.
—A todas les llamábamos corre-cames—repuso Prats—, lo que llaman aquí los chicos carretillas... ¿Te acuerdas—preguntó el Libertario—cuando pasábamos en grupos y nos saludábamos, gritando: ¡Salut y bombes d’Orsini!...? Un día nos comprometimos más de doscientos á entrar en la Rambla, un domingo por la tarde, echando bombas á un lado y á otro.
—Y no hicísteis nada—dijo el Madrileño—. Pa mí que los catalanes son muy blancos para eso.
—¡Quia, no!—replicó el Libertario—. Es gente templada.
—Sí, lo será—replicó el Madrileño—; pero yo te digo á ti que estuve en Barcelona trabajando cuando la bomba de Cambios Nuevos y pude ver el valor tan decantado de los anarquistas catalanes. Empezaron á encerrar gente en Montjuich y había que ver la jinda. Todos aquellos señoritos que se las echaban de terribles y que no les importaba la vida tres pepinos, empezaron á correr como liebres. Unos se metieron en Francia, otros se escondieron en el campo... y los que cayeron, todos ó casi todos renegaron de la idea; el uno era federal, el otro librepensador, el otro regionalista, pero anarquista ninguno... un hatajo de sinvergüenzas.
—No tienes razón—dijo el Libertario.
—No; casi nada.
Siguieron bajando por la calle Ancha y se cruzaron con Caruty que iba oliendo á éter, encogido, envuelto en un gabán desgarrado.
Caruty les saludó estrechándoles la mano con toda su fuerza.
—Vengo de dejar á Avellaneda—dijo—. Está un hombre admirable. El se ha comprado un pequeño perro y unos dientes postizos. Hoy ya no tenía demasiado dinero y me ha dicho: «Vamos á cenar á la Bombilla». Hemos cenado efectivamente; yo he recitado los versos de papá Verlaine, y él ha principiado los suyos; pero los dientes que venía de comprar le molestaban mucho, y al comenzar su poesía «Los Desesperados» me ha dicho: «Espera un momento», y él se ha metido los dedos en la boca y ha agarrado la dentadura y la ha arrojado por la ventana y ha seguido recitando sus versos. ¡Pero con un fuego, con una verva! ¡Y una dignitá en el ademán! Tiene una pose amplia ese hombre. Sí. Está un poeta admirable—dijo Caruty convencido.
Siguieron los cinco por la calle Ancha. Se detuvieron cerca de casa de Manuel, delante de una fábrica. Por los ventanales se veía el local ancho, iluminado fuertemente, y los grandes volantes negros que giraban zumbando; los reguladores de Wat, de acero, unos con las bolas muy separadas que volteaban con rapidez, otros con las bolas juntas.
—¿Te vas ya?—le dijo á Manuel el Libertario—. Hace una hermosa noche.
—¡Hombre! Entraré en casa á decir que se acuesten.
Subió rápidamente sin hacer ruido y pasó al comedor.
—Voy á dar una vuelta—le dijo á la Salvadora.
—Bueno.
—¿Y Juan?
—Acostado.
—Acuéstate tú también.
Salió. Los cinco entraron por la calle de Magallanes, entre las dos tapias. Era una de esas noches negras, en las que no se ve dos pasos más allá. Hacía una temperatura suave, tibia. Al principio de la calle estrecha la luz de un farol oscilaba con el viento y alumbraba el suelo lleno de piedras; luego, en la obscuridad, se divisaban vagamente las tapias y por encima las copas negras de los cipreses. Los alambres del telégrafo zumbaban misteriosamente.
—Una noche también muy negra—dijo el Libertario—fuimos en Barcelona al Tibidabo unos amigos, entre ellos Angiolillo. Los catalanes cantaban trozos de óperas de Wagner. Angiolillo empezó á cantar canciones napolitanas y sicilianas y le hicieron callar. Decían los catalanes que la música italiana era una porquería. Angiolillo calló, se apartó del grupo y cantó á media voz las canciones de su tierra. Yo me reuní con él. Ibamos por el monte, cuando de pronto, á lo lejos, oímos la marcha de Tanhäuser, que entonaban los otros á coro; había salido la luna llena. Angiolillo enmudeció, y en voz baja murmuró varias veces: ¡Oh come e bello!
Llegaron los cuatro al cementerio de San Martín y se sentaron delante de un patio; en la obscuridad, los altos cipreses se erguían majestuosos.
Caruty habló de sus paseos con el papá Verlaine, borracho por las calles de París; de las frases rotundas y brillantes de Laurent-Tailhade, y de sus conversaciones con Emilio Henry.
—Aquel estaba un joven hombre terrible—exclamó Caruty—; solía ir á Londres por bombas y las llevaba á París sin que lo notara nadie.
—Pero eso de poner bombas así es una barbaridad—dijo Manuel.
—Al terrorismo de Estado no hay más remedio que contestar con el terrorismo anarquista—exclamó el Libertario.
—Pero hay que confesar que los provocadores son siempre los anarquistas—replicó Manuel.
—No; no es cierto. El primer provocador ha sido el gobierno.
—¿En España también?
—Sí; en España también.
—Pero yo creo que antes de los atentados no iban á comenzar la represión.
—Pues se comenzó—repuso el Libertario. Cuando Lafargue, el yerno de Karl Marx, vino á España á pactar con Pí y Margall la formación del partido socialista obrero, Pí le contestó que la mayoría de los españoles que habían seguido la marcha de la Internacional estaban del lado de Bakounine. Y era verdad. Vino la Restauración y se trató de arrancar violentamente esta semilla revolucionaria. Ya con la Mano Negra, que no era más que un comienzo de asociación obrera, el gobierno cometió un sin fin de atropellos y quiso ver en ella una cuestión de bandolerismo..... Pasados bastantes años, vienen los sucesos de Jerez, se demuestra que Busiqui y el Lebrijano, que eran dos bárbaros que no se habían distinguido como anarquistas, ni como nada, habían asesinado á dos personas y se les agarrota, pero al mismo tiempo que á ellos se agarrota á Lamela y á Zarzuela que eran anarquistas, pero que no tenían participación alguna en los asesinatos. Se les mató porque eran propagandistas de la idea. El uno era corresponsal de El Productor y el otro de La Anarquía; los dos incapaces de matar á nadie, los dos inteligentes; por eso más peligrosos para el gobierno, cuyo fin era exterminar á los anarquistas. Pasan años y Pallás comete, para vengar á los de Jerez, el atentado de la Gran Vía. Fusilan á Pallás, y Salvador echa la bomba desde el quinto piso del Liceo. Se prende á una porción de anarquistas, y cuando iban á condenar á Archs, Codina, Cerezuela, Sabat y Sogas, como culpables, encuentran á Salvador, el autor del atentado. Entonces, viendo que estos cinco anarquistas se les escapaban de entre las manos, ¿qué hace el gobierno? Manda abrir nuevamente el proceso de Pallás y como cómplices fusila á los cinco. Agarrotan á Salvador y luego viene una cosa estupenda: la bomba de la calle de Cambios Nuevos, que cae desde una ventana al final de una procesión. No la echan cuando pasan los curas ni el obispo, ni cuando pasa la tropa, ni cuando pasa la burguesía; la echan entre la gente del pueblo. ¿Quién la arrojó? No se sabe; pero seguramente no fueron los anarquistas; si alguien tenía interés entonces en extremar la violencia, era el gobierno, eran los reaccionarios, y yo pondría las manos en el fuego apostando á que el que cometió aquel crimen tenía relación con la policía. Se consideró el atentado como un ataque á la fuerza armada, se proclamó el estado de sitio en Barcelona y se hizo un copo de todos los elementos radicales, que fueron á parar á Montjuich. Se fusiló á Molas, Alsina, Ascheri, Nogués y Más. De éstos, todos, menos Ascheri, eran inocentes. Después viene Miguel Angiolillo—concluyó diciendo el Libertario—, que había leído en los periódicos franceses lo que estaba pasando en Montjuich, oye á Enrique Rochefort y al Dr. Betances, que achacaban la culpa de todo lo ocurido á Cánovas, de quien decían horrores; llega á Madrid, aquí habla con algunos compañeros, le confirman lo dicho por los periódicos franceses; va á Santa Águeda y mata á Cánovas... Esta ha sido la obra del gobierno y la réplica de los anarquistas.
Manuel no podía comprobar si esta versión era cierta ó no; tenía bastante confianza en el Libertario; pero podía estar engañado por sus entusiasmos de fanático.
—Yo lo que no puedo creer—dijo Manuel—, es que la policía haya llegado á producir un atentado sólo para extremar la represión.
—¡Pues si eso se ha visto aquí en pequeño!—exclamó el Madrileño—. Cuando el complot de la calle de la Cabeza... en lo de los Cuatro Caminos. Se puede decir que cuando en un círculo de obreros anarquistas aparecen cartuchos de dinamita, proceden de la policía.
—¿Sí?
—Sí, hombre, sí—dijo el Libertario—. Ascheri, uno de los que fusilaron en Montjuich, había sido de la policía. Cuando un anarquista trabaja por su cuenta, nadie lo suele saber, ni aun sus compañeros muchas veces.
—Es verdad—dijo Prats—. Yo me acuerdo de Molás, uno de los que fusilaron en Montjuich, cuando hacía sus primeras pruebas con la dinamita. Molás era ladrón y solía vivir temporadas robando. Algunas veces pasaba mucho tiempo sin que se le viera. Yo una vez le dije: «¿Qué haces?» «¿A ti qué te importa? ¡Yo trabajo por la causa!»—me contestó—. Una noche me dijo: «¡Anda, ven si quieres á ver lo que hago!» Echamos á andar, y ya por la mañana, llegamos á un sitio desierto donde no había más que un tejar. Sacó de un agujero del suelo un tubo de hierro de una cañería. Por lo que me dijo, estaba cargado de dinamita. Arrimó el tubo al tejar, le puso una mecha, la encendió y echamos á correr. Hubo una explosión formidable. Al volver no se veía más que un agujero en el suelo; del tejar no quedaba ni rastro.
—¿Es que no sabían en Barcelona hacer bombas que estallaran al choque?—preguntó Manuel.
—No.
—Y luego, ¿cómo aprendieron?
—Un relojero suizo hizo las primeras, que pasaron de mano en mano como curiosidad—contestó Prats—, luego aprendieron á hacerias las los cerrajeros, y como los trabajadores de Barcelona son tan hábiles...
—¿Y la dinamita?
—De eso todo el mundo tenía la receta. Luego no sé quién trajo un Indicador Anarquista con una porción de fórmulas.
—Un amigo mío—dijo el Madrileño—, que era mecánico, había escrito un catecismo para su hijo, y le examinaba al chiquillo delante de nosotros. Recuerdo las primeras preguntas que decían así: «¿Qué es la dinamita, niño?» «La dinamita es una mezcla de arena y de nitroglicerina, que se hace detonar por medio de la cápsula de un fulminante.» «¿Cómo se prepara la dinamita, niño?» «Se prepara primero la nitroglicerina, tratando la glicerina por una mezcla, en frío, de ácido nítrico y de ácido sulfúrico, y luego se mezcla con una substancia inerte.» El chico sabía cómo se hacían todas las bombas y todos los explosivos. Cuando al padre lo llevaron á Montjuich nos solía decir: «Yo no sé si me matarán; pero tengo un consuelo, que mi hijo sabe hacer dinamita.»
Se levantaron todos del banco porque sentían frío. Comenzaba á amanecer. La luz fina y velada de la mañana iba filtrándose entre las nubes de un gris de estaño. Desde el repecho de una colina vieron la cavidad inmensa del Tercer Depósito que estaban construyendo. Siguieron después el canalillo, con sus filas de chopos, sin hojas, al lado de la cinta de agua que brillaba y se curvaba en mil vueltas.
—Y eso de las órdenes del Comité Central de Londres, ¿es verdad?—preguntó Manuel.
—¡Quia, hombre! Son leyendas—replicó el Libertario—. No ha habido nunca tales órdenes.
...Ya la claridad de la mañana se esparcía por la tierra, sembrada de hierba. El cielo se llenaba de nubes pequeñas y blancas, como vellones de lana, y en el fondo, cortando el horizonte, iba apareciendo el Guadarrama, orlado por la claridad del día.
Un labrador sembraba marchando detrás del arado; sacaba el grano de una espuerta que le colgaba del cuello y echaba un puñado de semilla al aire que brillaba un momento como una polvareda y caía en los surcos de la tierra obscura.
Caruty cantó una canción en argot campesino, en la que se llamaba ladrones y canallas á los propietarios. Después entonó la Carmañola Anarquista:
Ça ira, ça ira, ça ira tous les bourgeois á la lanterne ça ira, ça ira, ça ira, tous les bourgeois on les pendra.
y saltaba el hombre exagerando los movimientos de una manera grotesca...
Había aclarado ya el campo; algún tinte de rosa brotaba en el cielo; el Guadarrama iba apareciendo velado por nieblas alargadas y blancas; cerca surgía una como ciudad amurallada, con una tapia de ladrillos y unas casitas pequeñas de tejados rojos, con una iglesia enmedio. Un sendero violáceo á la claridad de la mañana, iba ondulando por el campo hasta llegar á aquella aldea roja. Se acercaron á ella. Desde un altozano se veía el interior. En una de las casetas ponía: «Desinfección».
—Este es el hospital del Cerro del Pimiento—dijo el Libertario.
Siguieron adelante.
Salió el sol por encima de Madrid. La luz se derramó de un modo mágico por la tierra; las piedras, los árboles, los tejados del pueblo, las torres, todo enrojeció y fué luego dorándose poco á poco.
El cielo azul se limpió de nubes; el Guadarrama se despejó de nieblas; un pálido rubor tiñó sus cimas blancas, nevadas, de un color de rosa ideal. En los desmontes, algún rayo de sol vivo y fuerte al caer sobre la arena, parecía derretirla é incendiarla.
Se metieron los anarquistas por una zanja y salieron al paseo de Areneros y siguieron adelante hasta desembocar en la calle de Rosales.
El paisaje desde allá era espléndido. Sobre las orillas del río se extendía una niebla, larga y blanca; los árboles de la Casa de Campo, enrojecidos por el otoño, formaban masas espesas de ocre y de azafrán; algunos chopos altos y amarillos, de color de cobre, heridos por el sol, se destacaban con sus copas puntiagudas entre el follaje verde obscuro de los pinos; las sierras lejanas se iban orlando con la claridad del día y el cielo azul, con algunas nubes blancas, clareaba rápidamente.
Se despidieron al llegar á la calle de Ferraz.
—Hay algo de loco en todos ellos—se dijo Manuel—. Habrá que separarse de esta gente.

CAPÍTULO III
El mitin en Barbieri.—Un joven de levita.—La carpintería del arca de Noé.—¡Viva la Literatura!
Había que hacer el mitin cuanto antes. Juan, no sólo no estaba aún repuesto, sino que se encontraba peor. Desde casa iba dirigiendo el movimiento de propaganda; tenía gran correspondencia con los anarquistas de provincias y con los extranjeros. El médico no le permitía salir más que un momento por las tardes, en las horas de sol. Manuel era el encargado de no permitir la menor transgresión.
—Yo haré lo que sea—le decía á su hermano—, pero tú quédate en casa.
—Bueno; pues no hay que perder el tiempo para hacer el mitin.
—¿Le veremos á Grau?
—Psch... bueno; no querrá ir.
Prats era partidario de que se viera á Grau. Manuel le acompañó. Fueron los dos á Vallehermoso y en una callejuela subieron al tercer piso de una casa. Llamaron; una muchacha les preguntó qué querían, dijeron á lo que iban, la muchacha vaciló y abrió la puerta. Pasaron por un pasillo á un despacho con un balcón en donde apenas cabían tres personas. En la pared había una porción de retratos. Manuel y Prats estuvieron contemplándolos.
—Esta es Luisa Michel—dijo Prats.
Era una mujer de rostro escuálido y perfil aguileño, con la frente desguarnecida y el cabello corto. Después Prats mostró á Kropotkine, calvo y barbudo, agazapado tras de sus anteojos, con cierto aire de gato fosco; á Elíseo Reclus, de cara apacible de soñador y de poeta; á Gorki, con su tipo innoble y repulsivo.
Se sentaron Prats y Manuel, y pasó media hora larga sin que apareciera nadie.
—Hay que hacer aquí más antesala que para ver á un ministro—dijo Manuel.
Por fin, salió una señora flaca, de aire autoritario. Escuchó lo que dijo Prats, de pie, con marcada impaciencia, y contestó que su marido estaba trabajando. Le daría el encargo y él les enviaría la contestación.
Salieron de casa de Grau, y Manuel, en derechura, se fué á la imprenta.
Por la noche, en la Aurora, donde había gran movimiento para concertar los preparativos del mitin de propaganda, se habló de la negativa de Grau á tomar parte en la reunión.
El Madrileño despotricó contra Grau.
—Es un vividor—dijo—, un farsante vendido al gobierno.
—No—replicó el Libertario—, es un temperamento de burgués, que vende su periódico como otro vende pastillas de chocolate.
—Sí—dijo el Madrileño—; pero cuando uno tiene un temperamento de burgués, pone uno una tienda de ultramarinos, ó una zapatería ó cualquier cosa; todo menos un periódico anarquista. Cuando uno es partidario del amor libre y enemigo del matrimonio, no se casa; cuando se predica contra la propiedad, no se trabaja para reunir cuatro cuartos.
—Grau será lo que se quiera—dijo Prats—; pero es una persona honrada y decente. En cambio, el director de El Libertario, es un miserable, una cucaracha, un reptil.
—¡Bah! ¡Como es amigo tuyo!—replicó el Madrileño—, por eso le defiendes á ese farsante!
—¡Farsantes, vosotros!
—Si estáis todos vendidos al gobierno.
—Vosotros sí que lo estáis. Queréis sembrar la cizaña en el campo anarquista—gritó Prats enfurecido—. ¿Cuánto dieron á vuestro periódico por hablar bien de Dato?
—Y vosotros—exclamó el Madrileño—¿qué cobrásteis por la campaña rabiosa que hicísteis contra los republicanos?
—La hicimos por dignidad.
—¡Por dignidad! Para vosotros todo es negocio. Habéis comido pan de Montjuich. Estáis engañando á la gente de una manera asquerosa. Todos tenéis salvoconducto de la policía.
—¡Canallas!—vociferó Prats fuera de sí—. Vosotros sí que estáis vendidos al gobierno y á los jesuítas para desacreditarnos. Pero tened en cuenta, que hemos desenmascarado á muchos farsantes.
—Claro, queréis ser vosotros los únicos y os molestan los hombres dignos. ¿Por qué odiáis á Salvochea? Porque vale más que vosotros; porque ha sacrificado su fortuna y su vida por la anarquía, y vosotros no habéis hecho más que vivir de ella.
—Escupe tu baba, ¡miserable!—exclamó Prats.
—El miserable eres tú—gritó el Madrileño, acercándose á su contrincante con el puño levantado.
El Libertario y Juan se interpusieron entre los dos y lograron calmarlos.
—¡Imbéciles! ¡Idiotas!—murmuró el Libertario—. Saben que lo que dicen es mentira y lo dicen á pesar de todo... No parece sino que tienen interés en desacreditarse á sí mismos... Créelo, Juan, necesitamos un hombre...
—¿Y por qué no citáis al mitin á los socialistas?—preguntó Manuel.
—¿Para qué?—preguntó el Libertario.
—Para discutir con ellos.
—¡Quia!—replicó en tono humorístico el Madrileño—. A esos, todo lo que no tenga que ver con la bazofia y con el jornal no les importa nada.
—La cuestión sería dar el mitin en un teatro del centro—dijo el Libertario.
—Hombre, yo conozco á uno que está empleado en la Zarzuela—contestó Manuel.
—Podríamos ir á verle.
—Bueno.
A Manuel le molestaban estas idas y venidas. Afortunadamente, Morales llevaba la imprenta como una seda.
Unos días después, el Libertario y Manuel fueron á la Zarzuela, aunque convencidos de que no les habían de ceder el teatro.
Se acercaron á allá, vieron que unos coristas ó comparsas entraban por un pasillo, y siguieron tras ellos. Preguntaron en la portería por el Aristas, y les dijeron que estaba en el escenario.
Recorrieron un largo callejón sombrío hasta aparecer frente á una puerta atada con una cuerda y que se cerraba á golpes por un resorte.
Empujaron la puerta.
—¿Qué quieren ustedes?—les dijo un hombre con gorrilla.
—Preguntamos por el Aristas.
—En el otro lado.
Pasaron; el escenario estaba en una semiobscuridad extraña; al lado de las candilejas cantaban una mujer y un hombre; en el fondo, sentados en corros, había coristas embozados en la capa y mujeres arrebujadas en el mantón con toquilla en la cabeza.
Encontraron al Aristas y le expusieron lo que querían.
—No, no puede ser. ¡Para un mitin anarquista! ¡En la Zarzuela! Imposible—dijo el Aristas—. Ahora, se lo diré al representante.
—Como usted quiera—dijo con indiferencia el Libertario, á quien le molestaba el aire de superioridad del Aristas.
Dirigidos por él, cruzaron el escenario y por una escalerilla de un extremo bajaron al patio de butacas. La sala estaba á obscuras; arriba, de la claraboya del techo, se filtraba pálida luz.
Se sentaron el Libertario, Manuel y el Aristas. Habían concluído de cantar un coro; el músico, sentado al piano, daba instrucciones.
Un cómico, con aire acaponado, se asomó á las candilejas y comenzó á decir, con una voz aguda y unos visajes repulsivos, que él se llamaba Fulano de Tal y de Tal, que le gustaba seguir á las modistas, porque era un pillín y una porción de sandeces y de cosas incongruentes.
—¿Qué bien trabaja, eh?—exclamó el Aristas sonriendo—. Gana ocho duros al día.
—¡Qué barbaridad!—murmuró el Libertario!—. ¡Cuántos de nosotros tenemos que ser explotados para que viva uno de estos mamarrachos!
—¿Qué tiene que ver eso?—¿A usted le quitan el dinero?—preguntó el Aristas.
—Sí, señor. El dinero que nos quitan los burgueses á mí y á otros como yo, lo vienen á gastar con nenes como este capón.
—Ya se ve que no entiende usted nada de arte—dijo desdeñosamente el Aristas.
—¿De arte? ¡Pero si eso no es arte ni es nada! Sirve para distraer á los burgueses mientras hacen la digestión. Es como el bicarbonato de sosa para el flato.
El Aristas se levantó y se fué. Volvió al poco rato y secamente le dijo á Manuel que de ningún modo podían dar el teatro para un mitin, y menos para un mitin anarquista.
—Está bien—dijo el Libertario—. Vámonos.
Volvieron á subir por la escalerilla al tablado, buscaron la puerta y salieron del teatro.
No hubo más remedio que hacer el mitin en Barbieri. El Libertario, el Madrileño, Prats y otros compañeros, hicieron los preparativos. El día fijado, un domingo de Enero, frío y desapacible, Manuel avisó un coche, y él, la Salvadora y Juan, fueron al teatro. Juan iba muy abrigado.
Entraron en el teatro. La sala estaba bastante obscura; la luz entraba por un alto ventanal é iluminaba con una luz borrosa la sala aún vacía.
Juan fué al escenario.
—Ten cuidado—le dijo la Salvadora—, no te enfríes.
Manuel y la Salvadora se sentaron en las butacas.
Se encendieron dos lámparas del telón de boca. A la luz mezclada del día triste y de las bombillas eléctricas, se vió el escenario como una cueva. En medio se habían sentado alrededor de una mesa, unos cuantos hombres mal vestidos; á un lado había una mesita pequeña, con un tapete azul y una botella y un vaso. En el fondo del escenario se veía una fila de hombres sentados en un banco, á los cuales no se les distinguía y entre éstos se sentó Juan.
Iba llenándose el teatro; entraban obreros endomingados con sombrero hongo, otros de blusa y gorra, andrajosos y sucios. En las plateas se instalaban algunos que parecían capataces, con sus mujeres y chicos, y en un palco del proscenio había unos cuantos escritores ó periodistas, entre los que se señalaba un hombre con el pelo rojo y la barba también roja, en punta. Entró el Libertario en el teatro y se acercó á saludar á Manuel. Este le presentó á la Salvadora.
—¡Salud, compañera!—dijo el Libertario estrechándole la mano.
—¡Salud!—contestó ella riendo.
—La conocemos á usted mucho—añadió el Libertario—; éste y su hermano, no saben más que hablar de usted.
La Salvadora sonrió y se turbó un tanto.
—Y qué, ¿vas á hablar?—le preguntó Manuel al Libertario.
—Eso quieren; pero no me hace gracia. Si les pudiera convencer de que no... Yo no sirvo para orador.
Luego se apoyó en una butaca de espaldas al escenario, miró hacia atrás y añadió:
—¡Qué pocos son los que tienen caras de persona! ¿eh?
La Salvadora y Manuel volvieron la cabeza. La verdad que ninguno de los tipos tenía mucho que celebrar. Había rostros irregulares, angulosos, de expresión brutal, frentes estrechas y deprimidas, caras amarillas ó cetrinas, mal barbadas, llenas de lunares; cejas torvas, bajo las cuales brillaba una mirada negra. Y sólo de trecho en trecho alguna cara triste, plácida, de hombre ensimismado y soñador...
—¡En qué pocas miradas hay algo de inteligencia, y sobre todo, en qué pocas hay bondad!—añadió el Libertario—. Aires solemnes, graves, tipos de orgullosos y de farsantes... La verdad es que con esta raza no se va á ninguna parte. Bueno, me voy al escenario. ¡Salud, compañeros!
—Salud.
Estrechó la mano de la Salvadora, dió una palmada en el hombro de Manuel y se fué.
Se encendió la batería de las candilejas. El presidente, un viejo de barba blanca que estaba sentado entre Prats y un obrero enfermizo, pálido, de mirada vaga, hizo sonar la campanilla y se levantó. Dijo unas cuantas palabras, que no se oyeron, y concedió la palabra á uno de los oradores.
Inmediatamente uno de los que se hallaban sentados en el fondo del escenario, avanzó hasta colocarse delante de la mesa, llenó un vaso de agua, bebió un sorbo y... ¡Compañeros!—dijo.
A pesar de las amonestaciones del presidente, que reclamó silencio, al orador no se le entendió gran cosa, parte por el ruido que el público hacía al entrar, y parte por la monotonía del discurso, que debía estar aprendido de memoria y recitado. Al terminar se le aplaudió y se fué.
Después vino un viejecillo, cogió la botella muy pausadamente, llenó el vaso de agua, se caló unas antiparras, dejó sobre la mesa un paquete de periódicos y comenzó á hablar.
Era sin duda el compañero un señor muy metódico y prudente; porque no decía una palabra sin referirse á lo que había publicado este ó el otro periódico. A cada paso leía trozos con una lentitud desesperante. El público aburrido hablaba en voz alta, y algunos chuscos en el gallinero relinchaban con gran maestría.
Dijo el viejecillo que era zapatero y contó cosas interesantes de la gente de su oficio, siempre documentándose. Cuando concluyó hubo en todo el mundo un suspiro de alivio.
Tras del viejo se presentó un joven de gran levita y cuello almidonado muy alto. Era un periodista desconocido, que indudablemente trataba de pescar algo en las turbias aguas del anarquismo.
El público, que había acogido con indiferencia á los dos primeros oradores, rompió á aplaudir á las primeras frases que pronunció el joven de la levita.
En su discurso enfático, petulante, hueco, barajó términos científicos de sociología y de antropología.
En la actitud de aquel joven, siempre había algo así como un reto. A cada instante parecía decir á los cuitados del público:
¡Ya veis que llevo levita!, ¡que llevo sombrero de copa!, ¡que soy hombre ilustrado!; pues, ¡asombraos!, ¡admiradme! He descendido hasta vosotros. Me he identificado con vosotros.
Puesto en el camino de las jactancias, el joven de la levita dijo que despreciaba á los políticos, porque eran unos asnos; despreciaba á los sociólogos que no se afiliaban á la anarquía, porque eran unos ignorantes; despreciaba á los socialistas, por vendidos al gobierno; despreciaba á todo el mundo, y cada baladronada de éstas era acogida por los papanatas del público con estrepitosos aplausos.
El acogía los aplausos con cierto gestillo desdeñoso, del hombre á quien le convencen en su casa de que tiene mucho talento.
Para final de su oración, el joven enlevitado hizo una frase de latiguillo.
—Al poder de las armas—dijo—, opondremos nosotros nuestra austeridad; si ésta no basta, á las armas contestaremos con las armas, y si la fuerza del gobierno quiere arrollarnos y exterminarnos, recurriremos al poder destructor de la dinamita.
Después de esta frase, que fué coreada por los bravos y los aplausos del público, el enlevitado, muy derecho, como si llevara en la cabeza el Sancta santorum de la Anarquía, se retiró con cierto aire displicente de hombre no comprendido.
Después de éste, habló el Libertario. La sala había quedado emocionada con las frases campanudas y huecas del periodista, y la voz algo parda y confusa del Libertario no se llegó á oir; habló de la miseria, de los niños anémicos, y viendo que no le hacían caso, cortó el discurso y se fué sin que nadie se ocupara de él. Manuel aplaudió, y el Libertario se echó á reir, encogiéndose de hombros.
Seguía en el público la marejada producida por el discurso del joven de la levita, cuando se acercó á la mesa, decidido, un hombre de blusa, tostado por el sol, con la mirada atravesada.
El hombre puso los dos puños sobre la mesa y esperó á que se callara la gente. Luego, con voz vibrante y acento andaluz cortado y bravío, dijo:
—¡Esclavos del capital! ¡Vosotros sois unos idiotas, que os dejáis engañar por cualquiera! Vosotros sois unos estúpidos, que no tenéis noción de vuestro interés. Ahora mismo acabáis de oir y de aplaudir á quien ha dicho que hay obreros intelectuales que son como vosotros... ¡Es mentira! Esos que se llaman obreros intelectuales son los más ardientes defensores de la burguesía; esos periodistas son como los perros que lamen la mano del que les da de comer. (Aplausos.)
Una voz gritó:—No es verdad.
—¡Fuera ese! ¡Fuera!
—Dejadle hablar.
—Yo he conocido un verdadero obrero intelectual—siguió diciendo el orador—, un verdadero apóstol, no como esos gomosos de la gabina y del futraque. (Aplausos.) Era un maestro de escuela, que predicaba la idea por los pueblos y las cortijadas de la serranía de Ronda. Aquel hombre siempre andaba á pie; aquel hombre vestía peor que cualquiera de nosotros; á aquel pobretico le bastaba para vivir una panilla de aceite y un currusco de pan. En las gañanías, enseñaba á leer á los braceros á la luz del candil. Aquel era un verdadero anarquista, aquel era un amigo de los explotados, no como los de aquí, que hablan mucho y no hacen nada. ¿Qué hace la prensa por nosotros? Nada. Yo soy tejero, y los del oficio, mal comparados, vivimos peor que cerdos, en chozas que no tienen dos varas en cuadro. Y allí, métase usted con toda la familia y gane usted un jornal de dos pesetas. Y eso no todos los días, porque cuando llueve no hay jornal; pero, en cambio, hay que recoger ladrillos y cargar carros, todo gratis, para que el patrón no se arruine. Y esto, comparado con lo que pasa en Andalucía, es la gloria. Y es lo que yo digo, cuando un pueblo sufre todo esto, es que es un pueblo de gallinas...
El orador aprovechó esta oportunidad para hacer gala de nuevo de sus instintos agresivos, y volvió á insultar con verdadera elocuencia al público, que le aplaudió con entusiasmo. Se veía que era un hombre fanático y feroz. Tenía una mandíbula de lobo, unos músculos maséteros abultados, de animal carnívoro, y al hablar se le contraían las comisuras de los labios y se le fruncía la frente. Se comprendía que aquel hombre, irritado, era capaz de asesinar, de incendiar, de cualquier disparate.
Al último, para demostrar la inutilidad de los intelectuales, habló de los astrónomos, á quienes llamó imbéciles, porque perdían el tiempo mirando al cielo.
—¡Qué le habrán hecho á éste los astrónomos!—dijo Manuel á la Salvadora.
Después de una excitación al pillaje, el tejero terminó diciendo:
—No queremos ni Dios ni amo. ¡Abajo los burgueses! ¡Fuera esos farsantes que se llaman obreros de la inteligencia! ¡Viva la Revolución Social!
Se aplaudió al andaluz, y se presentó en la tribuna un hombre grueso, cachazudo y calvo, de unos cincuenta años, que dijo, sonriendo, que él no tenía más odio que la Biblia.
Era un tipo contrario al anterior, tranquilo, bien avenido con la vida.
Para él, la Biblia no era más que un conjunto de necedades y de disparates. Se burló con cierta gracia de los siete días del Génesis, de la creación de la luz antes del sol y de otra porción de historias.
Dijo también que una de las cosas que le hacían reir era la existencia del alma.
—Porque ¿qué es el alma?—preguntó él—. Pues el alma no es más que el juego de la sangre que corre por el venaje de todo el sistema humanitario—y se miró á los brazos y á las piernas—, y si se va á ver, lo mismo que el hombre tienen alma los animales; pero no sólo los perros, sino hasta los más insiznificantes.
Después de esta explicación materialista del alma, digna del Ecclesiastes, explicó el hombre gordo el infundio del arca de Noé, como él lo llamó:
—Yo no sé—dijo—si Noé sería maestro carpintero; yo lo soy; pero lo que sí puedo decir es que el arca aquella no era una chapuza ni mucho menos (risas), y que para meter allí una parejita de cada animal, lo mismo terrestre que volátil, que acuario, se necesitaba toda una señora arca. Yo no le quito á Noé nada como carpintero, á cada uno lo suyo (nuevas risas); pero si le hubiera conocido á este señor, le hubiera preguntado: ¿Qué necesidad tenía usted de meter en el arca los chinches, las cucarachas y otros inseztos? ¿No hubiera sido mejor dejarles que se ahogaran?... La verdad es que este Noé debía tener alma de burgués (risas). Y si bien se quiere, el hombre era poco galante, porque en orsequio de las señoras, que son á quienes más les pica (risas, gritos y patadas), debía haber suprimido las pulgas. Y otra cosa se me ocurre. Si las golondrinas comen moscas, y allá dentro del arca las dos golondrinas se comieron las dos moscas, ¿de dónde vienen las que hay ahora? Y los camaleones que se alimentan del aire, ¿cómo vivían allí si no había aire?
—¿Y por qué no había de haber aire?—preguntó uno desde arriba.
—Si había aire, estaría viciado—contestó el hombre gordo—. Porque cuarenta días y cuarenta noches en un sitio cerrado y sin ventilación con todos los animales de la tierra, habría que ver la peste... En fin, compañeros, que todo eso no es más que una filfa muy grande, y he dicho.
Se aplaudió algo burlonamente este discurso y se levantó Juan, muy pálido, con los ojos abiertos, como espantados. Manuel sintió una gran desazón.
—A ver si se trabuca—dijo á la Salvadora.
—No lo hará bien—contestó ella, también intranquila.
Se acercó Juan, modestamente á la mesa, y comenzó á hablar con una voz velada y algo chillona sin equivocarse. Interesado el público por el aspecto de niño enfermo de Juan, quedó silencioso. Juan, al sentirse escuchado, se tranquilizó; tomó el tono natural de su voz y comenzó á hablar con convicción y facilidad, de una manera flúida é insinuante.
—La anarquía—dijo—no era odio, era cariño, era amor; él deseaba que los hombres se libertasen del yugo de toda autoridad, sin violencia, sólo por la fuerza de la razón.
El quería que los hombres luchasen para salir del antro obscuro de sus miserias y de sus odios á otras regiones más puras y serenas.
El quería que el Estado desapareciera, porque el Estado no sirve más que para extraer el dinero y la fuerza que él supone, de las manos del trabajador y llevarlo al bolsillo de unos cuantos parásitos.
El quería que desapareciese la ley, porque la ley y el Estado eran la maldición para el individuo, y ambos perpetuaban la iniquidad sobre la tierra.
El quería que desaparecieran el juez, el militar y el cura, cuervos que viven de sangre humana, microbios de la humanidad.
El afirmaba que el hombre es bueno y libre por naturaleza, y que nadie tiene derecho de mandar á otro. El no quería una organización comunista y reglamentada, que fuera enajenando la libertad á los hombres, sino la organización libre basada en el parentesco espiritual y en el amor.
El prefería el hambre y la miseria con la libertad á la hartura en la esclavitud.
—Sólo lo libre es hermoso—exclamó y en una divagación pintoresca dijo:—El agua, que corre clara y espumosa en el torrente, es triste y negra en el pantano; al pájaro se le envidia en el aire y se le compadece en la jaula. Nada tan bello como un barco de vela, limpio y preparado para zarpar. Es pez en su casco y pájaro en su arboladura; tiene velas blancas que parecen alas; un bauprés que parece un pico; tiene una aleta larga que se llama quilla y una aleta caudal que es el timón. Es una gaviota que navega; marcha y se le mira con envidia como á un amigo que se va. En cambio, ¡qué triste el barco viejo y desarbolado que ya no puede salir del puerto! Y es que la vejez también es una cadena.
Y Juan siguió hablando así, pasando de un asunto á otro.
El quería que las pasiones, en vez de ser constantemente reprimidas por una férula implacable, fuesen aprovechadas como fuerza de bienestar.
El no veía en la cuestión social una cuestión de jornales, sino una cuestión de dignidad humana; veía en el anarquismo la liberación del hombre.
Además, para él, antes que el obrero y el trabajador, estaban la mujer y el niño, más abandonados por la sociedad, sin armas para la lucha por la vida...
Y habló con ingenuidad de los golfillos arrojados al arroyo, de los niños que van á los talleres por la mañana muertos de frío, de las mujeres holladas, hundidas en la muerte moral de la prostitución, pisoteadas por la bota del burgués y por la alpargata del obrero.
Y habló del gran deseo de cariño del desheredado, de su aspiración nunca satisfecha de amor. Una misma congoja agitaba todos los corazones; algunas mujeres lloraban. Manuel contempló á la Salvadora y vió que en sus ojos trataban de saltar las lágrimas. Ella sonrió, y entonces dos lágrimas gruesas corrieron por sus mejillas.
Y Juan siguió hablando; su voz, que se iba haciendo opaca, tenía entonaciones de ternura; sus mejillas estaban encendidas. En aquel momento parecía sentir los dolores y las miserias de todos los abandonados.
Nadie seguramente pensaba en la posibilidad ó imposibilidad de las doctrinas. Todos los corazones de la multitud latían al unísono. Ya iba á terminar Juan su discurso, cuando se produjo un escándalo en las últimas filas de butacas.
Era Caruty que se había subido al asiento, pálido, con la mano abierta.
—¡Fuera! ¡Fuera!, que se siente—gritaron todos, creyendo quizás que intentaba replicar al orador.
—No, no me sentaré—dijo Caruty—. Tengo que hablar. Sí. Tengo que decir: ¡Viva la Anarquía! ¡Viva la Literatura!
Juan le saludó con la mano y dejó la tribuna.
Una agitación extraña se sintió en el público. Entonces, como despertado de un sueño y dándose cuenta de su belleza, todos, de pie, se pusieron á aplaudir de una manera rabiosa. La Salvadora y Manuel se miraban conmovidos, con lágrimas en los ojos.
El presidente dijo algunas palabras que no se oyeron y terminó la reunión.
Comenzó á salir la gente. En el pasillo del escenario se habían amontonado grupos de entusiastas de Juan. Eran obreros jóvenes y aprendices, con trajes azules; casi todos anémicos, tímidos, con aire de escrofulosos.
Al salir Juan le estrecharon alternativamente la mano con una efusión apasionada.
—¡Salud, compañero!
—Salud.
—Dejadle al hombre, que está malo—dijo el Libertario.
Caruty se pavoneaba entusiasmado. Sin notarlo, sin comprenderlo quizás, había dado la nota verdadera del discurso de Juan: ¡Viva la Anarquía! ¡Viva la Literatura!
En el momento de salir á la calle, dos agentes de la policía se echaron sobre el francés y le prendieron. Caruty sonrió y cantó entredientes, mirando con desprecio á una burguesía imaginada, la canción de Ravachol.
Juan, Manuel y la Salvadora volvieron en coche á casa.
—¿Qué ha querido decir Caruty?—preguntó Manuel—. ¿Qué la anarquía es cosa de literatura?
—Ni él mismo lo sabrá—dijo Juan.
—No, no; él ha querido decir algo—repuso Manuel.
¡Anarquía! ¡Literatura! Manuel encontraba una relación entre estas dos cosas; pero no sabía cuál.

CAPÍTULO IV
Gente sin hogar.—El Mangue y el Polaca.—Un vendedor de cerbatanas.—Un gitano.—El Corbata.—Santa Tecla y su mujer.—La Filipina.—El oro escondido.
En los paseos que Juan daba el invierno por las tardes al sol, un día que le sorprendió la lluvia, entró en una de las casuchas que había al lado de la tapia de la Patriacal, mirando al Tercer Depósito.
Se encontró que la casucha estaba habitada por dos muchachuelos y una chiquilla. Los dos chicos le contaron al momento su vida y milagros. Uno se llamaba el Mangue y el otro el Polaca; los dos eran aprendices de torero. A la chica le decían la Chai.
El Mangue era un chiquillo delgaducho y listo como una sabandija; el Polaca tenía una cabeza enorme, unos ojos inexpresivos, redondos como dos botones, y los labios abultados. El padre del Mangue era carbonero y quería obligarle á trabajar; pero él se había escapado de casa con la Chai y el Polaca, y durante todo un verano y un otoño habían andado en las capeas. El Polaca había estado en un asilo hasta los seis años. Un día, por una falta leve, una monja le tuvo durante ocho días desnudo, atado con cuerdas de esparto, á pan y agua. A consecuencia de este bárbaro castigo, el Polaca enfermó y lo llevaron al hospital. A la salida se echó á andar por las calles.
—¡Qué infamia es esa farsa de caridad oficial!—murmuró Juan—. ¡Qué infamia!
El Mangue y el Polaca, con la ilusión de ser toreros, vivían contentos.
—¿Y ganábais algo en esas capeas?—les preguntó Juan.
—Sí, lo que nos daban.
—¿Y cómo ibais de un pueblo á otro?
—Nos subíamos á los estribos del tren, y antes de llegar á una estación bajábamos.
—Pero todos los días no habría capeas.
—No.
—Y mientras tanto, ¿qué comíais?
—Sacábamos patatas del suelo y comíamos uvas y frutas.
—¿Y ahora qué hacéis?
—Ahora nada. Esperando el verano.
La Chai era una muchacha fea y de aspecto encanallado, y por lo que pudo observar Juan, trataba como esclavos á sus dos amantes.
—¿Y vivís solos aquí vosotros?
—No, hay más en estas casillas.
A Juan le interesó aquella madriguera y volvió al día siguiente. Hacía una hermosa tarde de sol. En el antiguo patio del cementerio, arrimados á una tapia, había un vendedor de cerbatanas y de majuelas, que tenía su mercancía en una cesta; un gitano y un golfo. Les preguntó Juan por el Mangue y por el Polaca, y se sentó junto á ellos.
El gitano dijo que tenía como profesión la de matar pájaros con tirabeque; profesión que á Juan le pareció bastante cómica.
—No crea usted... que es guasa—dijo el gitano—. ¿A que le doy á aquel bote de pimiento?
—¿A que no? Una perra gorda—apostó el de las cerbatanas.
El gitano arregló su tirabeque, disparó... y no le dió al bote.
Se trabó una larga discusión entre el gitano y el de las cerbatanas.
—Y usted, ¿qué hace?—le preguntó Juan al golfo.
—¿Yo?—exclamó el otro en tono displicente.
—Sí.
—Yo soy ladrón.
—¡Mal oficio!
—¿Por qué?
—Porque no produce más que disgustos.
—¡Psch! También suelo vender perros; pero eso es peor.
—¿Y qué es lo que roba usted?
—Lo que se tercia. Antes robábamos aquí, en este camposanto.
—¿Entonces conocería usted á Jesús?
—A Jesús, el cajista, ya lo creo. ¿Era amigo de usted?
—Sí, amigo y compañero. Yo soy anarquista.
—Pues yo soy el Corbata. Cuando hago de Don Tancredo me llaman el Raspa.
—¡Ah! ¿Hace usted de Don Tancredo?
—Sí; el año pasado un toro me dejó á la muerte. Y espero el año que viene para ir á los pueblos á repetir el experimento.
—¿Y si le matan á usted?
—¡Psch! Es igual.
—¿Y cómo le han soltado ya de la cárcel?
—Me las he arreglado para que me saquen.
—¿Y qué tal en la cárcel? ¿Hay buena gente?
—¡Si hay! mejor que fuera. Ahí he conocido á los Ladrilleros, dos buenas personas.
Los Ladrilleros no habían hecho más que asesinar á uno para robarle.
—Uno de los Ladrilleros, domesticaba gorriones en el pasillo de arriba—contó el Corbata—. Solía hacer que los pájaros fuesen á comer miguitas de pan en su mano, y les hacía bailar y dar vueltas. Tenía dos en su cuarto más listos que una persona, y no dejaba que los tocara nadie. Un día va el director y le ve que no tenía más que un gorrión: «¿Y el otro gorrión? ¿Se ha muerto?»—le preguntó. «No, señor director.» «¿Es que se ha escapado?» «Tampoco.» «¿Pues dónde está?» «Usted me perdonará, señor director—le dijo el Ladrillero sonriendo—, pero el preso de ahí al lado estaba tan triste el pobrecillo, que le he prestado el gorrión por tres días para que se distraiga.»
El Corbata contó esto sonriendo, como una debilidad disculpable de un niño. El de las cerbatanas dijo que esto no le chocaba, porque en los presidios había tan buena gente ó más que fuera.—Un acaloro cualquiera lo puede tener—terminó diciendo. Al marcharse Juan, el Corbata distraídamente le quitó el pañuelo. Juan lo notó, pero no dijo nada.
Unos días después, Juan vió en la era de la Patriarcal á un amigo del Corbata, que se llamaba el Chilina. Era éste un joven delgado, de bigotillo negro, con la cara redonda, afeminada, y una mirada indiferente y fría de unos ojos verdes. El Corbata le había conocido en la cárcel y le tomó bajo su protección.
El Chilina era un golfo siniestro, lleno de pereza, de vicios y de malas pasiones.
—He vivido en una casa de zorras—le dijo á Juan riendo—, hasta que se murió mi madre, que estaba allá. Me echaron de la casa, y la misma noche me encontré con una mujer. «¿Quieres venir?» me dijo. «Si me das todo lo que ganas, sí»; le contesté. «Bueno, toma la llave»; me dió la llave y nos arreglamos. Así estuve hasta hace un año, viviendo bien, pero una mujer me faltó y la dí una puñalá. Ahora estoy aquí porque me tengo que ocultar.
Unos días después, el Chilina llevó á las casas del cementerio una mujer tagala con el objeto de explotarla.
Esta mujer ganaba algunos céntimos entregándose á los hombres por aquellos descampados.
Le llamaban la Manila, era bastante fea, tenía un cándido cinismo, el instinto natural de su vida salvaje; se ofrecía con una absoluta ignorancia de ideas de moralidad sexual. No sentía el desprecio de la sociedad cerniéndose sobre su cabeza. Acostumbrada desde la infancia á ser maltratada por el blanco, no llegaba á herirle la abyección de su oficio, y por esto no manifestaba odio contra los hombres. Lo que le daba miedo era el tener que andar de noche por aquellos andurriales.
El Corbata y el Chilina la poseían cuando querían en los rincones apartados, cerca de las tapias del cementerio, y ella se entregaba como quien hace un favor. El Chilina, además, le sacaba el dinero.
Otras dos personas se acogieron en las casuchas en aquel invierno: un mendigo viejo, sucio y repugnante, con una barba enmarañada y ojos purulentos, y su mujer, una arpía con la que estaba amontonado.
Este mendigo se ponía en las bocacalles y golpeando la acera con la garrota, gritaba varias veces el santo del día.
El Corbata, la primera vez que le vió, le oyó decir:
—Hoy, hoy... Santa Tecla... Santa Tecla... hoy... hoy—y desde entonces le llamaba Santa Tecla.
—¡Qué hermoso!—pensaba Juan—sería sacar á estos hombres de las tinieblas de la brutalidad en que se encuentran y llevarlos á una esfera más alta, más pura! Seguramente en el fondo de sus almas hay una bondad dormida; en medio del fango de sus maldades hay el oro escondido que nadie se ha tomado el trabajo de descubrir. Yo trataré de hacerlo...
Todas las tardes, lloviera ó hiciera bueno, iba Juan á las casuchas del campo santo á hablarles á aquellos hombres. Acudían algunos mendigos de San Bernardino y escuchaban con atención. Formaban un corro. Enfrente los cipreses del cementerio de San Martín sobresalían por encima de las tapias. Oían todos las palabras de Juan como una música agradable y dulce y la Filipina, quizás la que menos entendía, era la que con más fe le escuchaba.
Cuando se marchaba Juan á su casa, muchas veces se decía á sí mismo:
—El oro está dentro; saldrá á la superficie.
Un anochecer Juan presenció una apuesta entre Santa Tecla y la vieja arpía, con quien se hallaba amontonado.
—¿Qué sabes tú, vieja zorra?—decía Santa Tecla.
—¿Qué sé yo? Más que tú, asqueroso; mucho más que tú—replicaba la vieja haciendo gestos repugnantes.
—Tú crees que toda la gente es tan mala como tú.
—Si parece que tienes telarañas en los ojos.
—Calla, calla, arrastrá.
—Si es que tú pareces tonto; ya te figuras tú que la gente te da dinero porque eres tú.
—Calla... ¡leñe! ¡tanto moler y tanto amolar!... porque tú eres una cochina zorra, ya crees que todas lo han de ser.
—Y lo son. ¡Me parece!—y la vieja hizo un gesto desvergonzado.
Santa Tecla metió la mano por la abertura y se puso á rascarse el pecho con dignidad.
—Pues sí, pues sí—chilló la vieja—, mañana va otro ciego cualquiera al Buen Suceso y le dan limosna lo mismo que á ti.
—¡Cállate, cerda! Si eres más venenosa que un sapo. ¿Tú qué sabes?
—¿Que no sé? Haz una apuesta. A que mañana domingo, si voy yo de tu parte á las señoras del coche y les digo que tú estás malo, ¿á que no dan nada?
—A que sí.
—¿Cuánto apostamos?
—Una botella.
—Está.
—Hay que ver en qué termina la apuesta—dijo el Corbata.
Al día siguiente fué Juan. Santa Tecla paseaba por la era dando muestras de impaciencia. El Corbata y el Chilina tomaban el sol tendidos en la hierba.
Al medio día apareció la vieja en la vuelta del camino con una botella en la mano.
Santa Tecla sonrió.
—¿Qué?—dijo cuando se asomó la vieja—. ¿Han dado?
—Ná, ni una perra. Les dije: «¡Señoritas, una limosna pa el cieguecito, que mi pobre marío está mu malo y no tenemos ni pa melecinas!
—¿Y qué?
—Pus ná, que entraron en la iglesia sin mirarme. Luego las seguí hasta su casa... y la señora ha llamao al portero y le ha dicho que me eche. ¡Ah, perras! Aquí traigo la botella. ¡Dame los dos reales!
—¡Los dos reales! ¿Pero tú te has figurao que á mí me la das? Lo que te voy á dar es un estacazo por liosa.
—No pagues si no quieres. Pero que me muera si no es verdad lo que digo.
—Bueno, trae la botella—y Santa Tecla cogió la botella, la destapó y comenzó á beber y á murmurar.
—¡Desagradecías, más que desagradecías!
—¿Ves?—gritaba la vieja atenta al odio más que á la golosina—. ¿Ves lo que son?
—¡Desagradecías!—gruñía el viejo.
—Pero oiga usted, compadre—le preguntó el Corbata en tono de chunga—. ¿Usted qué ha hecho por esa gente? ¿Rezar?
—¿Y te parece poco?—replicó el mendigo componiendo el semblante.
—A mí muy poco.
—Si tú eres un hereje, yo no tengo la culpa—refunfuñó el viejo con la barba llena de vino. El Corbata y el Chilina se echaron á reir á carcajadas, mientras Santa Tecla, con la botella ya vacía en la mano, murmuraba entre dientes cabeceando:
—Son unas desagradecías. ¡Para que haga uno por ellas nada!
Juan había contemplado entristecido la escena. Vino la Manila; el Chilina se acercó á ella á pedirle el dinero que había ganado. Era domingo y quería divertirse el mozo.
—No tengo más que unos céntimos—dijo ella.
—Te los habrás gastado.
—No; es que no he ganado.
—A mí no me vienes tú con infundios. Venga el dinero.
Ella no replicó. El le dió una bofetada, luego otra; después furioso la echó al suelo, la pateó y la tiró de los pelos. Ella no lanzaba ni un grito.
Al fin ella sacó de la media unas monedas y el Chilina, satisfecho, se marchó.
Juan y la Filipina encendieron una hoguera de ramas y los dos, muy tristes, se calentaron en ella.
Juan se fué á su casa. El oro de las almas humanas no salía á la superficie.

CAPÍTULO V
Esnobismo sociológico.—Anarquistas intelectuales.—Humo.
Un día Juan recibió una carta de un señor desconocido. Le decía este señor que había pensado hacer un periódico radical, casi anarquista, y quería saber si podía contar con él y con sus amigos. En el caso de que no tuvieran inconveniente, les invitaba á tomar café en su casa, en donde les presentaría unos compañeros.
—¿Iremos?—le preguntó el Libertario á Juan.
—Por qué no.
Fueron Juan, Manuel, el Libertario y Prats.
Los pasaron á un gabinete amueblado con ese carácter deplorable, que es el encanto de los carpinteros y de los cursis, que se llama estilo modernista. Había desparramados por el cuarto sillones bajos, sillas blancas con las patas torcidas, y dos ó tres veladores repletos de baratijas. En las paredes había encuadrados con marcos blancos algunos grabados ingleses, en donde no se veían más que mujeres delgadas con el talle largo, un lirio en la mano y una expresión de estupidez desagradable.
Estaban sentados esperando cuando entró el amo de la casa, y saludó afectuosamente á todos. Era un joven alto, afeitado, con levita, gran corbata azul y un chaleco claro rameado.
—Pasemos á mi despacho—dijo—. Les presentaré á mis amigos.
Pasaron á un cuarto más grande; después de hacer una porción de ceremonias chinescas en la puerta, el anfitrión presentó á los anarquistas á unos cuantos jóvenes, entre ellos un militar.
El despacho era grande, de techo alto; tenía varios retratos al óleo, y cerca de los balcones, había vitrinas llenas de miniaturas y sortijas. En el fondo había una chimenea encendida.
—Sentémonos por aquí, al lado del fuego—dijo el anfitrión.
Se sentaron todos y el dueño de la casa tocó un timbre. Vino un criado y acercó una mesita de te con tazas y pastas.
Sirvió el criado á unos te á otros café.
El Libertario y Prats sonreían burlonamente, sobre todo cuando el criado les preguntó:
—¿De qué quiere la copa el señor? ¿de ron? ¿de Chartreuse?
—Me es igual.
Pasó luego el criado con una caja de puros y mientras fumaban se habló de la compañía del Español, de los cómicos extranjeros, de Gabriel d’Annunzzio y de otra porción de cosas.
Cuando ya la conversación languidecía, el dueño de la casa se arrellanó en la butaca y dijo:
—Vamos á hablar de nuestro asunto. Yo quisiera hacer una revista de una gran independencia de criterio y que representara las tendencias más avanzadas en sociología, en política y en arte, y para eso me he permitido llamarles. Yo, digo la verdad, soy anarquista, en el sentido filosófico, por decirlo así. Yo creo que hay que renovar esta atmósfera en que vivimos. ¿No les parece á ustedes?
El anfitrión sonrió amablemente. No estaba al parecer muy convencido de la necesidad de la renovación.
—Yo quisiera saber—prosiguió—si ustedes podrían llegar á un acuerdo para poder trabajar en común, porque de la parte económica me encargaría yo.
—Nosotros somos anarquistas—dijo el Libertario—, y cada uno de nosotros tiene sus opiniones particulares; pero nosotros cuatro y con nosotros todos nuestros amigos, ayudarán en lo que puedan con el trabajo y con la propaganda, á un periódico que sirva para atacar la actual sociedad.
Juan, Prats y Manuel asintieron á lo dicho por su compañero.
—Pero eso es muy vago—dijo con cierto aire displicente un joven acicalado y repeinado, hablando con ceceo de gomoso.
—¿Vago? Yo no veo la vaguedad—replicó con rudeza el Libertario—. Ayudaremos con gusto á todo lo que sirva para desprestigiar el Estado, la Iglesia y el Ejército. Somos anarquistas.
—Pero hay que saber qué anarquismo es el de ustedes—indicó el gomoso, y añadió dirigiéndose al anfitrión—; porque hay el nihilismo filosófico, hay la anarquía, que es la fórmula lógica y científica del socialismo radical, y además de esto hay el sentimiento anarquista, que es un sentimiento bárbaro, salvaje, de hombres primitivos...
—Ese sentimiento bárbaro y salvaje es el nuestro—dijo sonriendo el Libertario.
—¿Un sentimiento puramente de destrucción?
—Eso es, puramente de destrucción.
—Yo estoy con estos señores—saltó un joven de barba y anteojos, de aspecto ensimismado y hablar meloso—; creo que hay que destruir mucho, disolver las ideas hechas, atacar los dogmas en sus principios.
—Hay que construir—interrumpió el gomoso con un gesto de desdén.
—¿Pero usted cree que la sociedad no tiene fuerza de cohesión para resistir todas las ideas, aun las más disolventes?
—Había que discutir eso.
—Discutir, ¿para qué?—repuso el de las barbas—. Es una convicción que yo tengo y de la que usted no participa.
—¿Pero usted qué quiere en último término? Una revolución filosófica.
—Todas las revoluciones son filosóficas. Primeramente cambian las ideas; luego se modifican las costumbres, y por último, vienen las leyes á inmovilizarlas.
—Las ideas están ya transformadas—replicó el gomoso.
—Perdone usted. Yo creo todo lo contrario. Creo que no hay un liberal verdadero en toda España.
—¡Qué exageración! Y entonces, ¿cómo se va á verificar el cambio que usted desea?
—El cambio se hace inconscientemente, por irrespetuosidad en los de abajo y por falta de convicciones en los de arriba. Esto se agrieta, porque se descompone. Nadie cree en su misión, ni el juez que condena, ni el cura que dice misa, ni el militar, perdone usted—dijo al oficial—que mata en la guerra.
—Yo—saltó el oficial—hago una diferencia entre el militar y el guerrero: el uno es el de las paradas, el otro el de las batallas.
—Esta sociedad de los explotadores, de los curas, de los soldados y de los funcionarios, yo creo que se hunde—siguió diciendo el de las barbas.
—¡Bah!
—Es mi opinión—y el de las barbas se quedó mirando al fuego muy ensimismado.
—Yo—dijo el oficial á Juan—encuentro muy simpáticas las ideas de ustedes. No espero más que la sociedad me pise la cola para saltar y clavar las uñas. Ahora, encuentro una cosa que no me gusta, y es que ustedes tratan de suprimir en el hombre el instinto guerrero.
—No—repuso Juan—; lo que queremos es aplicarlo á algo más noble que á exterminarse unos á otros.
—Yo lo que quisiera saber—dijo el joven sociólogo—, quiénes son los que van á hacer esa revolución.
—¿Quiénes?—contestó el Libertario—, los desarrapados, los que viven mal. ¡Que hubiese diez hombres de talento y de iniciativa en España, y la revolución estaba hecha.
—Quizás les parezca absurdo lo que voy á decir—exclamó el oficial—; pero para mí la revolución social es una obra que debía realizarla el ejército.
El oficial explicó su plan. Era un hombre atezado, flaco, con un perfil de aguilucho, un temperamento vehemente. Por su cerebro pasaban las ideas y los proyectos más extraordinarios como una rueda de fuegos artificiales, sin dejar más rastro que un poco de humo. El quería que la revolución social la hiciera el ejército dando la batalla á los capitalistas; quería también que el ejército hiciese en el país las obras públicas de canalización, de construcción de caminos, de tendido de líneas férreas, de repoblación de árboles, y que luego de arreglado el terreno de España, se le licenciara si ya no era útil. Tenía una concepción napoleónica de una Europa federada entre cesarista y anarquista.
El joven gomoso encontró muy mal las ideas del capitán. Este joven gomoso y sociólogo escribía en periódicos y revistas y se llamaba á sí mismo anarquista intelectual. No tenía simpatía por nada, ni por nadie. Para él, lo que había que debatirse antes de todo eran las posibilidades científicas de la doctrina. Su ideal era una sociedad por categorías: arriba los sociólogos, como modernos magos, definiendo y dictando planes y reformas sociales; abajo los trabajadores ejecutando los planes y cumpliendo las órdenes. La parte sentimental del socialismo y de la anarquía le parecía despreciable.
—Yo estaría con ustedes—dijo el joven sociólogo—, siempre que ustedes se atuvieran á la parte científica de la doctrina. La idea anarquista, sí; el sentimiento anarquista, no; porque no produce más que crímenes y brutalidades.
—Ustedes los sociólogos, los ateneístas—murmuró el de las barbas con sorna—, quieren catalogar las ideas y los hombres, como los naturalistas clasifican las piedras y las mariposas. Se han muerto doscientas personas de hambre. No hay que indignarse, la cuestión es ver si el año pasado se murieron más ó menos.
—¿Nos vamos á poner á llorar?
—No digo eso. Lo que quiero decir es que todos los números y todas las estadísticas no sirven para nada. Dice usted: la idea anarquista, sí; el sentimiento anarquista, no. Pero eso no puede ser, no ha sido nunca. Entre miles de anarquistas que habrá actualmente en el mundo, no llegarán á quinientos los que tengan una idea clara y completa de la doctrina. Los demás son anarquistas, como hace treinta años eran federales, como antes progresistas, y como en épocas pasadas monárquicos fervientes. Podrá ser un sociólogo anarquista por un espejismo científico; pero el obrero lo será porque actualmente es el partido de los desesperados y de los hambrientos. El obrero se contagia con el sentimiento anarquista que hay en el ambiente; el sabio no; toma la idea, la estudia como una máquina, ve sus tornillos, observa su funcionamiento, señala sus imperfecciones y luego va á otra cosa; el obrero, por el contrario, no tiene términos de comparación, se agarra á la idea como á un clavo ardiendo; ve que el anarquismo es el coco de la burguesía, un partido execrado por los poderosos, y dice: «¡Ese es el mío!»
—Está bien; pero yo no soy anarquista de ese modo. Para mí la anarquía es un sistema científico.
—Pues para el pueblo no es más que la protesta de los hambrientos y de los exaltados.
—Seguramente no nos entendemos—dijo Juan—, ¡vámonos!
—No; no nos podemos entender—replicó incomodado el sociólogo—. Primeramente debíamos saber cuál es el programa de ustedes.
—Creo que mi compañero ha dicho que somos anarquistas.
—Yo también lo soy.
—Pues entonces debemos estar conformes. Nosotros queremos aligerar esta atmósfera pesada, abrir los balcones, que entre la luz para todos; queremos una vida más intensa, más fuerte; queremos agitar, remover esto.
—Pero eso no es un programa claro.
—¡Programa claro! ¿Para qué?—exclamó el Libertario—. ¿Para no realizarlo nunca? ¿Es que vamos á tener la vanidad de suponer que los que vengan detrás de nosotros van á considerar como infalibles los planes que nosotros hemos forjado? No, ¡qué demonio! Lo que se siente es la necesidad del cambio, la necesidad de una vida nueva. Todos sentimos que esta organización social no responde á las necesidades de hoy. Está todo variando, evolucionando con una rapidez enorme; no sólo varía la ciencia, sino las ideas de moral; lo que ayer se tenía por monstruoso hoy se considera natural; lo que ayer pasaba por lógico hoy se tiene como injusto. Se está verificando un cambio completo en las ideas, en los valores morales, y en medio de esta transformación la ley sigue impertérrita, rígida. Y ustedes nos preguntan: ¿Qué programa tienen ustedes? Ese. Acabar con las leyes actuales... Hacer la revolución; luego ya veremos lo que sale.
—No estamos conformes.
—Bueno. ¡Vámonos!—dijo Juan.
Se levantaron los cuatro. El dueño de la casa les aseguró que les había oído con verdadero placer y que tendría una gran satisfacción en ser su amigo.
El militar les saludó con efusión y también el de los anteojos.
Salieron los cuatro á la calle.
—Abrígate—le dijo Manuel á Juan.
—Quia, no hace frío.
La noche estaba suave y tibia; la tierra abrillantada por una lluvia menuda. El cielo obscuro, gris, parecía pesar sobre la ciudad como un manto de plomo; las luces de los escaparates brillaban resplandecientes en la atmósfera húmeda y este aire limpió las aceras mojadas, las luces de los faroles y de las tiendas; todo esto daba una impresión de vida amplia y hermosa.
—¡Qué imbéciles son!—dijo Prats.
—No; que no se quieren comprometer—replicó el Libertario—. Es natural. Cada uno defiende su posición. Quizás nosotros hiciéramos lo mismo. Lo que es interesante es el instinto anarquista que hay en todos los españoles.
—Sí; desgraciadamente es verdad—pensaba Manuel.
—Estas tentativas de unión fracasan siempre—dijo Prats—. Sólo en Barcelona, cuando funcionaba el Centro de Carreteros, y había allí reuniones secretas, se vió á la juventud radical burguesa ayudar á los anarquistas.
—Sí, es verdad—repuso el Libertario—; ese elemento radical burgués es el que mejor podría ayudarnos. Los ingenieros, los médicos, los químicos, todos esos van preparando la revolución social, como los aristócratas prepararon la revolución política.
Se despidieron.
—Salud, amigos—dijo el Libertario.
—¡Salud!
Manuel y Juan fueron á su casa.

CAPÍTULO VI
Miedos pueriles.—Los hidalgos—El hombre de la Puerta del Sol.—El enigma Passalacqua.
Hay entre las diversas formas y especies de miedos, pavores y terrores, algunos extraordinariamente cómicos y grotescos.
A esta clase pertenecen el miedo de los católicos por los masones; el miedo de los republicanos por los jesuítas; el miedo de los anarquistas por los polizontes y el de los polizontes por los anarquistas.
El miedo al coco de los niños es mucho más serio, mucho menos pueril que esa otra clase de miedos.
Al católico no se le convence de que la masonería es algo así como una sociedad de baile, ni el republicano puede creer que los jesuítas son unos frailucos vanidosillos, ignorantuelos, que se las echan de poetas y escriben versos detestables y se las echan de sabios y confunden un microscopio con un barómetro.
Para el católico, el masón es un hombre terrible; desde el fondo de sus logias dirige toda la albañilería antirreligiosa, tiene un papa rojo, y un arsenal de espadas, triángulos y demás zarandajas.
Para el republicano, el jesuíta es un diplomático maquiavélico, un sabio, un pozo de ciencia y de maldad.
Para el anarquista, el polizonte es un individuo listo como un demonio, que se disfraza y no se le conoce, que se cuela en la taberna y en el club, y que está siempre en acecho.
Para el polizonte, el que está siempre en acecho, el listo, el terrible, es el anarquista.
Todos suponen en el enemigo un poder y una energía extraordinarios.
¿Es por tontería, es por romanticismo ó solamente por darse un poco de importancia?
Es muy posible que por todas estas cosas juntas. Lo cierto es que al católico no se le puede convencer de que si las ideas anti-religiosas cunden no es por influencia de los masones ni de las logias, sino porque la gente empieza á discurrir; á los republicanos tampoco habrá nadie que les convenza de que la influencia jesuítica depende, no de la listeza ni de la penetración de los hijos de San Ignacio, sino de que la sociedad española actual es una sociedad de botarates y de mequetrefes dominados por beatas.
Los polizontes no pueden creer que los atentados anarquistas sean obras individuales, y buscan siempre el hilo del complot; y los anarquistas no pueden perder la idea de que son perseguidos en todos los momentos de su vida.
Los anarquistas padecen además la obsesión de la traición. En cualquier sitio donde se reúnan más de cinco anarquistas, hay casi siempre, según ellos, un confidente ó un traidor.