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La lucha por la vida

TERCERA PARTE (continued 2)

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Muchas veces este traidor no es tal traidor, sino un pobre diablo á quien algún truchimán de la policía, haciéndose pasar por un dinamitero feroz, le saca todos los datos necesarios para meter en la cárcel á unos cuantos.

Al acercarse el período de la coronación, los periódicos por hablar de algo, dijeron que se preparaban á venir á Madrid policías extranjeros por si llegaban anarquistas con fines siniestros.

Al leer esto hubo un hombre que pensó que la tal noticia podía valer dinero. Este hombre no era un hombre vulgar, era Silvio Fernández Trascanejo, el hombre de la Puerta del Sol.

Entre los muchos Fernández más ó menos ilustres del mundo, Fernández Trascanejo, el hombre de la Puerta del Sol, era indudablemente el más conocido. No había más que preguntar por él en la acera del café Oriental, en cualquiera de esos clubs al aire libre que en la Puerta del Sol se forman junto á los urinarios; todo el mundo le conocía.

Trascanejo era un hombre alto y barbudo, con un sombrero blando de ala ancha á lo mosquetero que le cubría media cara, una chaqueta de alpaca en verano, un abrigo seboso en invierno, y en las dos estaciones una sonrisa suntuosa y un bastón.

Era un desarrapado que se las echaba de marqués.

—No me gustan los términos medios, ¿está usted?—decía—, ó voy hecho un andrajoso, ó elegante hasta el paroxismo.

El hombre de la Puerta del Sol vestía y calzaba indudablemente de prestado, y el que le prestaba las ropas debía ser más grueso que él porque siempre estaba holgado en ellas; pero en cambio el donador tenía el pie más pequeño, porque á Trascanejo los tacones le caían hacia la mitad de la planta del pie, con lo cual solía caminar á modo de bailarina.

Trascanejo no trabajaba, no había trabajado nunca. ¿Por qué?

Un sociólogo de estos que ahora se estilan me ha dicho en secreto que piensa escribir una memoria para demostrar casi científicamente, que el 80 al 90 por 100 de la golfería en España, literatos, cómicos, periodistas, políticos, etc., proviene en línea directa de los hidalguillos de las aldeas españolas en el siglo XVII y XVIII. La tendencia á la holganza, según el tal sociólogo, se ha transmitido pura é incólume de padres á hijos, y según él, la clase media española es una prolongación de esta caterva de hidalgos de gotera, hambrones y gangueros.

Trascanejo era hidalgo á cuatro vientos y por eso no trabajaba; su familia había tenido casa solariega y un escudo, con más cuarteles que Prusia, entre los cuales había un jefe que representaba tres conejos en campo de azur.

El hidalgo se pasaba el día en ese foro que tenemos en el centro de Madrid, al que llamamos la Puerta del Sol.

Siempre tenía este hombre, que era un pozo de embustes y de malicias, alguna noticia estupenda para solazar á sus amigos íntimos.

—Mañana se subleva la guarnición de Madrid—decía con gran misterio—. Tenga usted cuidado. Están comprometidos la Montaña, San Gil y algunos sargentos de los Docks. ¿Tiene usted un pitillo? Yo iré á la estación del Mediodía con los de los barrios bajos.

Este hombre, almacén de noticias falsas, que anunciaba revoluciones y pedía cigarros, tenía una vida interesante. Vivía con su novia, señorita ya vieja entre cuero y mojama, y la madre de ella, señora pensionista, viuda de un militar. Con la pensión y con lo que trabajaban las dos damas pasaban con cierta holgura y hasta tenían bastante para convidar á comer á Silvio á diario.

Cada día este hombre, de una imaginación volcánica, preparaba un nuevo embuste para explicar que no le hubiesen dado un cargo de gobernador ó de cosa parecida, y ellas le creían y tenían confianza en él. El hombre de la Puerta del Sol, que en la calle era el prototipo del hablar cínico, desvergonzado é insultante, en casa de su novia era un hombre delicado, tímido, que trataba á su prometida y á la madre de ella con un gran miramiento. Entre la señorita ya acartonada y el golfo callejero se había desarrollado desde hacía veinte años un amor platónico y puro. Algún beso en la mano, y una porción de cartas ya arrugadas, eran las únicas prendas cambiadas de su amor.

Silvio había cobrado algunas veces por servicios prestados á la policía, y la noticia de los posibles atentados anarquistas le puso en guardia.

—Hay un complot que explotar—se dijo—. Este complot está incubándose, en cuyo caso no hay más que descubrirlo, ó no hay nada pensado, y en este caso la cuestión está en organizarlo.

Trascanejo olfateó por dónde olía á anarquismo, y á los pocos días cayó en la taberna de Chaparro.

Habló con Juan.

—Si ustedes están dispuestos á ayudar, nada más que ayudar, tengo gente para dar el golpe. Contamos con Pepe el Pollero, con Matías, el cortador de la Plaza de la Cebada. No necesitamos más que una señal.

Se discutió por todos los socios, con gran misterio, si se tomaría parte en el complot.

Una tarde, al salir Manuel de la imprenta, se encontró con el Libertario.

—Te venía á buscar—le dijo éste.

—¿Pues qué hay?

—Vigila á Juan. Es muy cándido y lo van á meter en algún lío. Me da en la nariz que hay algún manejo de la policía. Ahí por la taberna se han descolgado tipos que me escaman. Ahora un descubrimiento de un complot vendría al gobierno de perillas.

—¿Y qué dicen que van á hacer?

—Dicen que van á matar al rey. Es una añagaza burda. Figúrate tú, á los anarquistas qué nos importa que el rey viva ó que no viva, que mande Sagasta ó cualquier mamarracho de los republicanos.

La Salvadora y Manuel, ya sobre aviso, vigilaron á Juan.

Un día Juan recibió una carta que leyó con gran interés.

—Es un amigo de París—dijo—que aprovechándose de los trenes baratos quiere ver Madrid.

—Un amigo; ¿no será algún anarquista?—dijo la Salvadora alarmada.

—No. ¡Quiá!

Manuel no se hizo cargo de la cosa. Juan fué á su trabajo y Manuel á la imprenta.

A los siete ú ocho días llego otra carta, y una noche, antes de cenar, Juan salió de casa y se presentó con un hombre joven, afeitado, mal vestido.

—Es mi amigo Passalacqua—dijo Juan á Manuel cuando éste volvió de la imprenta—; le he conocido en París.

Manuel contempló con atención al amigo.

Era un muchacho afeitado, de tez pálida y aceitosa. Tenía la cabeza piriforme, la frente estrecha y unas greñas negras y ensortijadas que le caían en rizos, el cuello redondo, de mujer; los ojos azules claros, y los labios pálidos. Su aspecto era de un ser linfático y poltrón. Cenaron todos y como el italiano no sabía apenas español habló únicamente con Juan en francés. De vez en cuando se echaba á reir y entonces su cara estúpida se transformaba y tomaba un aspecto de ironía y de ferocidad.

Al terminar la cena, Juan quiso ceder el cuarto suyo á Passalacqua y dormir él en una butaca; pero el otro le contestó que no, que dormiría en el suelo, que estaba acostumbrado.

—Haced la cama arriba en el cuarto de Jesús—dijo Juan á la Ignacia y á la Salvadora—. Llevaron las dos mujeres un colchón y mantas al sobrado.

—Ya está la cama—dijo la Salvadora.

El italiano al despedirse estrechó la mano de Juan y de Manuel, cogió su maleta y subió las escaleras hasta el cuarto de la guardilla. Luego tomó el candelero con un cabo de vela de manos de la Ignacia.

—¿Tiene llave este cuarto?—preguntó.

—No.

Dejó su maleta con gran cuidado sobre la silla.

—Está bien—añadió—. Mañana al amanecer quisiera que se me llamara.

—Se le llamará.

—Buona sera.

—Malas trazas tiene el pájaro—dijo Manuel á su hermano.

—Quia, es una excelente persona—replicó éste.

—¿Por qué no vas á la cama?—preguntó la Salvadora á Juan.

—Todavía es temprano.

—¡Qué ganas tiene de enviarte á la cama hoy la Salvadora!—dijo torpemente Manuel.

Ella le lanzó una mirada y Manuel comprendió que se trataba de algo extraño y se calló. Juan estaba muy pensativo; por más esfuerzos que hacía se le notaba una honda preocupación. Entró en el cuarto y estuvo paseándose largo rato.

—¿Qué pasa?—preguntó Manuel cuando se quedaron solos.

La Salvadora puso un dedo en los labios.

—Aguarda—murmuró.

Esperaron largo rato.

Juan apagó la luz en su cuarto; entonces la Salvadora en voz baja dijo á Manuel:

—Ese hombre trae algo en la maleta; quizás una bomba.

—¡Eh!

—Sí.

—¿Por qué supones eso?

—Tengo indicios para creerlo. Es más, estoy segura.

—Pero bueno, ¿qué has visto?

—He visto que cuando ha dejado la maleta lo ha hecho con un gran cuidado; luego, al venir con Juan, he visto que por la calle, detrás de ellos, iban siguiéndoles dos hombres; además ya ves cómo está Juan... preocupado...

—Sí, es verdad.

—Ese hombre trae algo.

—Sí, creo que sí.

—¿Y qué hacemos?

—Hay que coger esa maleta—dijo Manuel.

—Iré yo—exclamó la Salvadora.

—¿Y si se despierta?

—No se despertará. Viene muy cansado.

Pasada una hora salieron á la escalera, y subieron los dos despacio. Acercaron el oído á la puerta del desván. Se oía la respiración lenta del hombre que dormía.

—Yo sé dónde ha dejado la maleta—dijo la Salvadora—; á tientas estoy segura de cogerla; empujó la puerta, que rechinó suavemente, entró en el desván y salió al instante con la maleta en la mano.

Bajaron los dos al comedor sin hacer el menor ruido y pusieron la maleta encima de la mesa. Estaba cerrada y bien cerrada. Manuel cogió un cuchillo y, forcejeando, la descerrajó.

Sacaron un manojo de ropa; luego folletos, y de enmedio una cosa dura envuelta en periódicos. Por el peso comprendieron que era algo terrible. Se quedaron pálidos, horrorizados. Destaparon el bulto. Era una caja de metal, cuadrada, de un palmo de alta, reforzada con alambres y con una asa de cuerdas.

—¿Qué hacemos con esto?—se preguntó Manuel, perplejo. No se atrevían á tocarlo.

—¿Por qué no llamas á Perico?—dijo la Salvadora.

Bajó Manuel de puntillas la escalera. El electricista estaba todavía en el taller. Le llamó y le contó lo que pasaba.

—Vamos á ver eso—dijo Perico al oir la relación de Manuel—. Subieron los dos despacio, sin hablarse y contemplaron el aparato.

—¡Ah, ya comprendo lo que es!—dijo Perico—. Esto—y señaló un tubito de cristal que salía por enmedio de la caja y que estaba lleno de un líquido amarillento—debe tener un ácido. Si se quiere que estalle la máquina, se le da vuelta, el ácido corroe este corcho, lo que da tiempo al que pone la bomba de escapar; luego entra el ácido dentro y provoca la explosión. Si llegáis á dar vuelta á la caja, creo que á estas fechas ya no lo podríais contar.

La Salvadora y Manuel se estremecieron.

—¿Y qué hacemos?—preguntaron los dos.

—Hay que romper el tubo. ¡Animo! Y salga lo que saliere. Perico apretó el tubito con un alicate y lo hizo saltar.

—Ahora ya no hay cuidado. Vamos abajo.

Cogió el electricista la caja, y seguido de Manuel bajó la escalera. En el taller cortaron los alambres que reforzaban el aparato, y con un destornillador Perico soltó una tapadera sujeta á tuerca. Hecho esto, volcó la lata y salió una gran cantidad de polvo rojizo, que recogieron en un periódico. Había un par de kilos.

—¿Esto será dinamita?—preguntó Manuel.

—Debe serlo.

—¿Y qué hacemos con ella?

—Echala en la pila de la fuente con cuidado, y abre el grifo. Se irá marchando poco á poco.

Hizo esto Manuel, y dejó la llave de la fuente abierta.

—Aquí queda algo dentro—murmuró Perico—. Metió la punta de una tijera en la lata y la fué abriendo.

Había pedazos de hierro retorcidos, y en el sitio de donde partía el tubo de cristal lleno de ácido había una cajita pequeña hecha con dos naipes y llena de polvos blancos, que olían á almendras amargas.

Lavaron la caja y tiraron los trozos de hierro por el sumidero del patio.

Terminada la operación, subieron de nuevo. La Salvadora había separado las ropas, los papeles encontrados en la maleta y un cuchillo largo, de cocina, con su vaina. Este cuchillo tenía un mango de madera pintado de rojo adornado con los nombres de todos los anarquistas célebres, y en medio de todos ellos se leía: Germinal. Fueron mirando uno á uno los papeles. Había proclamas impresas, recortes de periódicos, grabados y notas manuscritas. En uno de los papeles estaba el dibujo de la bomba. Perico lo cogió para verlo. Por lo que señalaba el papel en el compartimiento pequeño, hecho con dos naipes, lleno de polvos con olor á almendras amargas, había una mezcla de bicromato, permanganato y clorato potásicos empapados en nitrobencina. En el tubito había ácido sulfúrico, y el resto estaba lleno de dinamita y de pólvora cloratada.

—Yo voy á quemar todos estos papeles—dijo Manuel.

Hicieron fuego en la cocina y echaron los periódicos, y sobre ellos el cuchillo. Cuando se carbonizó el mango, bajó Manuel el cuchillo al patio y lo metió en la tierra. Rebolledo, el jorobado, que había notado los pasos por la escalera, se levantó á ver lo que ocurría.

—¿Qué pasa?—dijo en alta voz.

Le hicieron enmudecer y le enteraron de lo ocurrido.

—¿Qué hay?—dijo Juan desde su cuarto, que al ruido se había alarmado.

—Nada—le contestó la Salvadora—. Perico que ha perdido la llave.

—Registradle á Juan por si acaso—dijo el jorobado—no tenga alguna carta que le comprometa.

—Es verdad—dijo Manuel—. ¡Qué torpes hemos estado! Precisamente hace unos días ha recibido dos cartas.

Entró la Salvadora como á dar nuevas explicaciones al enfermo y volvió con la chaqueta y el gabán de Juan. Allí estaban las dos cartas, una de ellas horriblemente comprometedora, pues se hablaba claramente de un complot. Se registraron las ropas de Juan y se quemaron todos los papeles.

—Yo creo que ahora podéis estar tranquilos—dijo Rebolledo—. ¡Ah!, una cosa. Cuando venga la policía, que vendrá por lo que decís, si no traen los agentes auto del juez, preguntarán si les dejáis entrar, y les contestáis que sí, pero que vengan con dos testigos. En el mismo momento advertirle á Juan y decirle lo que habéis hecho, pero que no tenga tiempo de advertir nada al otro.

Pasaron la noche la Salvadora y Manuel en el comedor con una gran inquietud. Como si aquella máquina infernal hubiese estallado en su cerebro, Manuel sentía que todas sus ideas anarquistas se desmoronaban y sus instintos de hombre normal volvían de nuevo. La idea de un aparato así calculado fríamente le sublevaba. Nada podía legitimar la mortandad que aquello podía producir. ¡Cómo Juan podía intervenir en un proyecto tan salvaje! ¡El, tan exageradamente bueno y humano! Es verdad, como había dicho Prats una vez, que en la guerra se bombardeaban pueblos enteros y se sembraba la muerte por todas partes; pero en la guerra había una presión nacional sobre los ejércitos que combatían, había además una disgregación de la responsabilidad; cada uno hacía lo que le mandaban, y no podía hacer otra cosa, á riesgo de ser fusilado; pero en el caso de los anarquistas era distinto; no había fuerza que les impulsara á cometer el crimen; al contrario, todo conspiraba para que no lo cometiesen... y, sin embargo, ellos iban llevados por un bárbaro fanatismo, salvando todos los obstáculos, á sembrar la muerte entre infelices.

A la hora de costumbre Manuel salió de casa; no había dado la vuelta á la calle de Magallanes cuando dos hombres le detuvieron.

—¿Es usted Manuel Alcázar?

—Servidor de usted.

—Queda usted detenido.

—Está bien.

—Vamos á registrar su casa. ¿Quiere usted darnos permiso para hacerlo, ó quiere que vengamos con auto del juez?

—Lo mismo me da.

—Entonces, haga el favor de decírselo así á su familia.

—Bueno.

Volvieron á la casa.

—Ah, yo exijo una cosa—dijo Manuel al entrar en el portal.

-¿Qué?

—Que asistan dos vecinos al registro.

—Está bien.

Manuel, con un agente, fué al Juzgado de guardia é inmediatamente le llevaron á presencia del juez.

—Tengo entendido—le dijo el juez—que es usted un anarquista peligroso.

—¿Yo?, no señor, no soy anarquista.

—Entonces, el agitador es un hermano de usted.

—Mi hermano es anarquista, pero no de acción.

—Su hermano es escultor, ¿verdad?

—Sí, señor.

—Y un escultor notable. ¡Cómo no influye usted para que abandone esas ideas!

—Si pudiera, crea usted que lo haría; pero no tengo influencia para eso. El ha estudiado y ha visto más que yo.

—Pues siento que su hermano se haya metido en un mal negocio. ¿Cuándo recibió su hermano las cartas de Passalacqua?

—¿Qué cartas?—preguntó cándidamente Manuel.

—¿No ha recibido su hermano de usted unas cartas?

—No sé; no le puedo decir á usted, porque yo paso muy poco tiempo en casa.

—¿Usted vió ayer al forastero que su hermano Juan ha hospedado en su casa?

—Sí, señor.

—¿Sabe usted cómo se llama?

—Mi hermano dijo que era un italiano que iba á pasar la noche.

—¿Llevaba ese italiano una maleta pesada?

—No sé; yo no lo vi. Cuando llegué de la imprenta estaba cenando. Las mujeres de casa le hicieron la cama en el desván y yo no me enteré de más.

—Bueno. Espere usted un instante.

Al cabo de poco tiempo le dijeron que podía marcharse.

Volvió de prisa á su casa. La Salvadora estaba sonriendo. Contó la escena entera. Juan había quedado asombrado al ver que en la maleta no había bombas ni cuchillo, ni folletos.

Passalacqua, al ser registrado por los agentes, no había dicho esta boca es mía; los policías lo registraron todo y se llevaron unos libros de Juan.

Después del registro habían detenido al italiano como indocumentado y á Juan le habían dejado libre.

Por la noche los periódicos hablaron del registro llevado á cabo en casa de Manuel. Lo consideraban como una plancha de la policía.

Passalacqua había declarado que efectivamente era anarquista, pero no anarquista de acción y que venía á España á buscar trabajo.

Había indicios para creer que no se llamaba Passalacqua, sino Butti, y que estaba reclamado por la policía italiana. Venía de América, en donde había estado preso por varios robos. El gobierno decretaría inmediatamente su expulsión.

Por la noche, al volver Manuel de la imprenta, se encontró con Juan.

—¿Pero cómo es posible que hayas tomado parte en un proyecto tan estúpido?—le preguntó.

—Es necesario; hay que hacer la revolución; hay que sacrificarse por ella.

—Pero es imbécil; ¿qué íbais á adelantar con eso?

—¿Qué? Hacer saltar este armazón social, este conglomerado de iniquidades á fuerzas de bombas. Hay que barrer todo lo que queda de esta sociedad podrida.

—En nombre del bienestar de todos, ¿eh?

—Tú lo has dicho—contestó Juan.

—Y en nombre del derecho á la vida de los que han de vivir, vais á matar al niño y al viejo y á la mujer... que ya viven.

—Es necesario—replicó Juan con voz sombría.

—¡Ah! ¡es necesario!

—Sí. El cirujano que amputa un miembro gangrenado tiene que cortar carne sana.

—Y tú, libertario—repuso Manuel—tú que crees que el derecho de vivir de un hombre está por encima de todo, tú que no aceptas que uno evite la fatiga y haga trabajar á otro, aceptas que un inocente tenga que sacrificar su vida para que los hombres de mañana vivan bien. Pues yo te digo que eso es imbécil y es monstruoso. Y si á mí me dijeran que la felicidad de la humanidad entera se podría conseguir con el lloro de un niño, y eso estuviera en mi mano, yo te digo que no le haría llorar á un niño, aunque todos los hombres del mundo se me pusieran de rodillas...

—Y harías bien—murmuró Juan—. Por los niños, por las mujeres, por los débiles, nosotros trabajamos. Y por ellos hay que destruir la sociedad actual basada en la iniquidad, por ellos hay que cauterizar brutalmente la llaga social.

Para Juan en su exaltación todos los caminos, todos los procedimientos eran buenos, con tal de que trajeran la revolución soñada. Esta sería la aurora de un nuevo día, la aurora de la justicia, el clamor del pueblo entero, durante tantos años vejado, martirizado, explotado, reducido á la miserable situación de bestia de carga. Sería una aurora sangrienta en donde á la luz de los incendios crujiría el viejo edificio social sustentado en la ignominia y en el privilegio, y no quedaría de él ni ruinas, ni cenizas, y sólo un recuerdo de desprecio por la vida abyecta de nuestros miserables días.

Sería el barro negro de las Injurias y de las Cambroneras que ahogaría á los ricos; la venganza justa contra las clases directoras que hacían del Estado una policía para salvar sus intereses obtenidos por el robo y la explotación, que hacían del Estado un medio de calmar á tiros el hambre de los desamparados...

Aquella mayor parte de la humanidad que agonizaba en el infierno de la miseria se rebelaría é impondría la piedad por la fuerza, é impediría que se siguieran cometiendo tantas infamias, tantas iniquidades. Y para esto, para excitar á la rebelión á las masas, todos los procedimientos eran buenos, la bomba, el incendio, el regicidio...

¡Qué se podía contestar á un fanatismo así!

No había argumentos posibles; pero Manuel, cuando vió á Juan ya más tranquilo, le atacó de soslayo.

—Por lo menos—dijo—ya que estás dispuesto á un sacrificio tan grande, entérate primero de si no te engañan. Este Passalacqua era de la policía.

—¿Crees tú?

—Sí. Estoy seguro. ¿Quién viaja con un montón de papeles comprometedores, con un cuchillo grande con el mango lleno de nombres de anarquistas?

—Eso no tiene nada de particular.

—Pues bien, yo te digo que Passalacqua es de la policía, que sabía que iban á venir á registrar esta casa, y que si sigues fiándote así de cualquiera no te sacrificarás por la anarquía, sino que harás el caldo gordo al gobierno. Tú no le conocías antes á Passalacqua, ¿verdad?

—No.

—¿Cómo te relacionaste con él?

—Hace una semana recibí una carta de Passalacqua, de Barcelona; me decía que venía por un asunto urgente y si yo tenía un sitio seguro donde acogerle. Le contesté que sí, y entonces me escribió que el día I.º del mes llegaría, que tenía la intención de poner una bomba al paso de la comitiva en las fiestas de la Coronación, y que le reconocería por estas señas: joven, afeitado, con boína, con una maleta amarilla en la mano derecha y un paraguas negro en la izquierda. Al verle, debía preguntarle: ¿Este es el tren de Barcelona? Y el me contestaría: Yo no sé, señor; no entiendo bien el castellano. Efectivamente, así lo hice; bajé á la estación del Mediodía y me encontré con el italiano. Tomamos un coche. Passalacqua me indicó lo que trataba de hacer y que llevaba la bomba en la maleta. Iba yo á llevarle á mi antigua casa de huéspedes, cuando me dijo:—Soy indocumentado. Quizás no me quieran admitir aquí.

—Ves—saltó Manuel—, tenía interés en venir á tu casa.

—Yo le dije que sí, que le admitirían; pero él se empeñó en que estaría más seguro en mi casa. Yo no hubiera querido comprometeros á vosotros; pero lo traje aquí. Al irme á la cama pensaba: Si viene la policía, nos revienta. Cuando me han despertado, he dicho: Aquí está, y la verdad, al resultar que no había nada, ni bomba ni papeles, me he quedado asombrado. ¿Cómo habéis podido saber que iban á registrar la casa?

—La Salvadora lo sospechó; después yo tengo indicios para creer que Passalacqua es de la policía.

Manuel insistió en este punto para ver si llevaba la duda y la desconfianza al ánimo de su hermano.

Illustration from La lucha por la vida: Aurora roja

CAPÍTULO VII

Otra vez Roberto.—La lucha por la vida.—El regalo del inglés.—El amor.

Una tarde, después de comer, estaba Manuel regando las plantas de su huertecillo, cuando se presentó Roberto.

—Hola, chico, ¿qué tal? ¿Estás de jardinero?

—Ya ve usted. ¿Y la señorita Kate?

—Muy bien. Allí en Amberes con su madre. Hemos hablado mucho de ti.

—¿Sí? ¿De veras?

—Te recuerdan con verdadero cariño.

—Son muy buenas las dos.

—Tengo ya un chico.

—¿Sí? ¡Cuánto me alegro!

—Es un pequeño salvaje. Su madre lo está criando. ¿Y tus negocios? ¿Qué tal van?

—No tan bien como yo quisiera; no le voy á poder devolver el dinero tan pronto como creía.

—No importa. Cuando puedas. ¿Qué te pasa? ¿No marcha el negocio?

—Sí, va muy despacio; pero me matan los obreros socialistas.

—¿Los socialistas?

—Sí. Está uno atado de pies y manos. Las sociedades hacen ya en todos los oficios lo que quieren, ¡con un despotismo! Uno no puede tener los obreros que se le antoje, sino los que ellos quieran. Y se ha de trabajar de esta manera, y se ha de despachar á éste, y se ha de tomar al otro... Es una tiranía horrible.

—Y con esto, tu tendencia anarquista se habrá aumentado.

—Claro que sí. Porque si hay que hacer la revolución social, que la hagan de una vez; pero que le dejen á uno vivir... ¿Quiere usted subir un rato, don Roberto?

—Bueno.

Subieron los dos y pasaron al comedor. Roberto saludó á la Salvadora.

—¿Tomará usted café, don Roberto? ¿eh?—le preguntó Manuel.

—Sí.

Le trajeron una taza de café.

—¿Tu hermano es también anarquista?—preguntó Roberto.

—Mucho más que yo.

—Usted debe curarles de ese anarquismo—dijo Roberto á la Salvadora.

—¿Yo?—preguntó ella ruborizándose.

—Sí, usted; que seguramente tiene más buen sentido que Manuel. Al artista no le conozco. A éste sí, desde hace tiempo, y sé cómo es: muy buen chico; pero sin voluntad, sin energía. Y no comprende que la energía es lo más grande; es como la nieve del Guadarrama, que sólo brilla en lo alto. También la bondad y la ternura son hermosas; pero son condiciones inferiores, de almas humildes.

—Y si yo soy humilde, ¿qué le voy á hacer?

—¿Ve usted?—replicó Roberto dirigiéndose á la Salvadora—. Este chico no tiene soberbia. Luego es un romántico, se deja arrastrar por ideas generosas; quiere reformar la sociedad...

—No me venga usted con bromas. Yo ya sé que no puedo reformar nada.

—Eres un sentimental infecto.

Luego añadió, dirigiéndose también á la Salvadora:

—Yo cuando hablo con Manuel, tengo que discutir y que reñirle. Perdone usted.

—¿Por qué?

—¿No le molesta á usted que le riña?

—Si le riñe usted con razón, no.

—¿Y que discutamos tampoco le molesta?

—Tampoco. Antes me aburrían las discusiones, ahora ya no; me interesan muchas cosas y también soy algo avanzada.

—¿De veras?

—Sí; casi, casi libertaria, y no es por mí, precisamente; pero me indigna que el gobierno, el Estado ó quien sea, no sirva más que para proteger á los ricos contra los pobres, á los hombres contra las mujeres, y á los hombres y á las mujeres contra los chicos.

—Sí, en eso tiene usted razón—dijo Roberto—. Es el aspecto más repugnante de nuestra sociedad ese, el que se encarnice con los débiles, con las mujeres, con los niños, y que, en cambio, respete todas las formas de la bravuconería y todas las formas del poder.

—Yo, cuando leo esos crímenes—siguió diciendo la Salvadora—en que los hombres matan á una mujer, y luego se les perdona, porque han llorado, me da una ira.

—Sí, ¿qué quiere usted? Es el jurado, sentimental, que va á la Audiencia como quien va al teatro. Así le condenan á veinte años de presidio á un falsificador y dejan libre á un asesino.

—¿Y por qué las mujeres no habían de ser jurados?—preguntó la Salvadora.

—Sería peor; se mostrarían seguramente más crueles para ellas mismas.

—¿Cree usted?

—Para mí es seguro.

—La pena debía ser—dijo Manuel—menor para la mujer que para el hombre; menor para el que no sabe que para el que sabe.

—A mí me parece lo mismo—añadió la Salvadora.

—Y á mí también—repuso Roberto.

—Eso es lo que debía modificarse—siguió diciendo Manuel—; las leyes, el Código. Porque eso de que haya república ó monarquía ó congreso, bastante nos importa á nosotros. ¿Por qué, por ejemplo, han de poner en el Registo civil si un niño es legítimo ó no? Que le apunten y nada más.

—Pues eso se va consiguiendo poco á poco—replicó Roberto—. Se van haciendo liquidaciones parciales, y las leyes cambian. En España todavía no; pero vendrán esas modificaciones y vendrán mejor ¡créelo! si hay una voluntad fuerte, un poder audaz encargado de dominar el desconcierto de los egoísmos y de los apetitos.

—Pero eso sería el despotismo.

—Sí; el despotismo ilustrado. Para mí la autoridad es mejor que la ley. La ley es rígida, estable, sin matiz; la autoridad puede ser más oportuna, y en el fondo más justa.

—Pero obedecer á un hombre es horrible.

—Yo prefiero obedecer á un tirano que á una muchedumbre; prefiero obedecer á la muchedumbre que á un dogma. La tiranía de las ideas y de las masas es para mí la más repulsiva.

—¿No cree usted en la democracia?

—No; la democracia es el principio de una sociedad, no el fin; es como un solar lleno de piedras de un edificio derruido. Pero este estado es transitorio. Lentamente se va edificando, y cada cosa toma su lugar, no el antiguo, sino otro nuevo.

—¿Y siempre habrá piedras altas y piedras bajas?

—Seguramente.

—¿Usted no cree que los hombres van á la igualdad?

—Quia, al revés, vamos á la diversidad; vamos á la formación de nuevos valores, de otras categorías. Claro que es inútil actualmente y además perjudicial, que un duque por ser hijo de duque y nieto de otro y descendiente de un cobrador de gabelas del siglo XVII, ó de un lacayo de un rey, tenga más medios de vida que un cualquiera; pero en cambio es natural y justo que Edison tenga más medios de vida y de cultura que ese cualquiera.

—Pero entonces se va á la formación de otra aristocracia.

—Sí; pero de una aristocracia cambiante en consonancia con las aristocracias de la naturaleza. No vas á cruzar el Támesis con un puente de las mismas dimensiones con que cruzas el Manzanares.

—Me parece una desigualdad. Una cosa que había que evitarla.

—¡Evitarla! Es imposible. La humanidad lleva su marcha, que es la resultante de todas las fuerzas que actúan y que han actuado sobre ella. Modificar su trayectoria es una locura. No hay hombre, por grande que sea, que pueda hacerlo. Ahora sí, hay un medio de influir en la humanidad y es influir en uno mismo; modificarse á sí mismo, crearse de nuevo. Para eso no se necesitan bombas, ni dinamita, ni pólvoras, ni decretos, ni nada. ¿Quieres destruirlo todo? Destrúyelo dentro de ti mismo. La sociedad no existe, el orden no existe, la autoridad no existe. Obedeces la ley al pie de la letra y te burlas de ella. ¿Quieres más nihilismo? El derecho de uno llega hasta donde llega la fuerza de su brazo. Después de esta poda, vives entre los hombres sin meterte con nadie.

—Sí, ¿pero usted no cree que fuera de uno mismo se puede hacer algo?

—Algo, sí. En mecánica podrás encontrar una máquina nueva; lo que no podrás encontrar será el movimiento continuo, porque es imposible. Y la felicidad de todos los hombres es algo como el movimiento continuo.

—¿Pero no es posible un cambio completo de las ideas y de las pasiones?

—Durante muchos años, sí. El agua que cae en el Guadarrama tiene que ir al Tajo necesariamente. Las ideas, como el agua, buscan sus cauces naturales, y se necesitan muchos años para que varíe el curso de un río y la corriente interna de las ideas.

—¿Pero usted no cree que con una medida enérgica podía cambiarse radicalmente la forma de la sociedad?

—No. Es más, creo que no hay actualmente, ni aun pensada siquiera, una reforma tan radical que pueda cambiar las condiciones de la vida moderna en su esencia. Respecto al pensamiento, imposible. Se destruye un prejuicio; nace en seguida otro. No se puede vivir sin ellos.

—¿Por qué no?

—¿Quién va á vivir sin afirmar nada por el temor de engañarse esperando la síntesis última? No es posible. Se necesita alguna mentira para vivir. La República, la Anarquía, el Socialismo, la Religión, el Amor... cualquier cosa, la cuestión es engañarse. En el terreno de los hechos no hay tampoco solución. Que venga la anarquía, que no vendrá, porque no puede venir; pero bueno, supón que venga y tras ella una repartición pacífica y equitativa de la tierra y que esta repartición no traiga conflictos ni luchas... Al cabo de algún tiempo de cultivo intensivo, de fecundidad, ya está el problema de las subsistencias y la lucha por la vida en circunstancias más duras, más horrorosas que ahora.

—¿Y qué remedio habrá entonces?

—Remedio, ninguno. El remedio está en la misma lucha; el remedio está en hacer que la sociedad se rija por las leyes naturales de la concurrencia. Lo que en castellano quiere decir: «Que á quien Dios se la dé, San Pedro se la bendiga». Y para esto, lo mejor sería echar todos los estorbos; quitar la herencia, quitar toda protección comercial, todo arancel; romper con las reglamentaciones del matrimonio y de la familia; quitar la reglamentación del trabajo; quitar la religión del Estado; que todo se rija por la libre concurrencia.

—¿Y los débiles?—preguntó Manuel.

—A los débiles se les llevará á los asilos para que no molesten, y si no se puede, que se mueran.

—Pero eso es cruel.

—Es cruel, pero es natural. Para que pueda perpetuarse una raza es preciso que gran número de individuos mueran.

—¿Y los criminales?

—Exterminarlos.

—Eso es feroz. Es usted muy duro, muy pesimista.

—No. Eso de pesimismo y optimismo no son más que fórmulas vacías, absolutamente artificiales. ¿Que el dolor está mezclado á nuestra vida en mayor cantidad que el placer ó al contrario? Eso no lo puede calcular nadie ni importa tampoco el calcularlo. ¡Créeme! En el fondo no hay más que un remedio y un remedio individual: la acción. Todos los animales, y el hombre no es más que uno de ellos, se encuentran en un estado permanente de lucha; el alimento tuyo, tu mujer, tu gloria, tú se lo disputas á los demás; ellos te lo disputan á ti. Ya que nuestra ley es la lucha, aceptémosla, pero no con tristeza, con alegría. La acción es todo, la vida, el placer. Convertir la vida estática en vida dinámica; este es el problema. La lucha siempre, hasta el último momento, ¿por qué? Por cualquier cosa.

—Pero no todos están á bastante altura para luchar—dijo Manuel.

—El motivo es lo de menos. El acontecimiento está dentro de uno mismo. La cuestión es poner en juego el fondo de la voluntad, el instinto guerrero que tiene todo hombre.

—Yo no lo siento, la verdad.

—Sí, tus instintos se funden en un sentimiento de piedad para los demás; ¿no es verdad? No sientes el egoísmo fiero... Estás perdido.

Manuel se echó á reir.

Pasó Juan por el corredor.

—Este muchacho está mal—dijo Roberto—. Debía marcharse de Madrid; al campo.

—Pero no quiere.

—¿Trabaja mucho ahora?

—No; preocupado con esas cosas de anarquía, no hace nada.

—¡Qué lástima!

Se levantó Roberto y se despidió de la Salvadora muy afectuosamente.

—Crea usted que le envidio á Manuel—la dijo.

La Salvadora sonrió.

Manuel acompañó á Roberto á la puerta.

—¿Sabes quién me persigue todos los días?

—¿Quién?

—Un señor Bonifacio Mingote. Creo que tú le conoces.

—Sí.

—Me habló pestes de la madre de Kate, sin saber quién era yo. ¡Figúrate! Yo me las eché de incomodado y ahora no hace más que escribirme cartas que yo no leo.

—¿Y qué es de él? ¿cómo vive ahora?

—Creo que vive con una mujer que le pega y le hace barrer la casa.

—El, que era tan conquistador.

—Sí, ¿eh?... pues ya ves; ha sido conquistado... Oye, te tengo que decir una cosa—dijo Roberto en la puerta de la escalera.

—Usted dirá.

—Mira, no sé cuándo volveré á España; es muy posible que tarde, ¿sabes?

—Sí.

—He hablado con mi mujer y con mi suegra de ti, las he enterado de cómo vivías; las he hecho un retrato de la Salvadora y se han alegrado mucho al saber que estabas bien y las dos me han dicho que en recuerdo de su amistad te quedes tú solo con la imprenta.

—Pero eso no puede ser.

—¡No ha de poder ser! Aquí tienes la escritura de venta. Guárdala.

—¡Pero es mucho dinero!

—¡Quia, hombre; qué ha de ser mucho dinero! Oye ahora un consejo. Cásate cuanto antes con esa muchacha. ¡Adiós!

Y Roberto cogió la mano de Manuel, se la estrechó afectuosamente y bajó las escaleras; luego, desde el portal, exclamó:

—¡Ah! Hay una advertencia; si al primer chico que tengas le llamas Roberto, vendré desde Inglaterra á ser su padrino.

Manuel, sin salir aún de su asombro, volvió al comedor, al lado de la Salvadora.

—Me ha regalado la imprenta—dijo.

—¡Eh!

—Sí. Esta es la escritura. Ya no tienes necesidad de trabajar tanto, ni de ahorrar. ¿Es un barbián mi amigo, verdad?

—Sí; es muy simpático.

—Y generoso.

—Debe serlo.

—Y enérgico, ¿verdad?

—Sí.

De pronto Manuel, con aire cómicamente desolado, dijo:

—¿Sabes que estoy celoso?

—¡Celoso! ¿De quién?

—De Roberto.

—¿Por qué?

—Porque le has oído con admiración.

—Es verdad—replicó burlonamente la Salvadora.

—¿Y á mí no me admiras?

—Ni pizca. Tú no eres tan enérgico...

—Ni tan guapo, ¡eh!...

—Es verdad.

—Ni tan listo...

—Claro que no.

—¿Y dices que me quieres?

—Te quiero, porque tengo mal gusto; te quiero así, brutito, feo, poco enérgico.

—Entonces... déjame que te bese.

—No; cuando estemos casados.

—¿Y qué necesidad hay de esa farsa?

—Sí; por los hijos.

—¡Ah! ¿Tú quieres que tengamos hijos?

—Sí.

—¿Muchos?

—Sí.

—¿Y no te da miedo tener muchos hijos?

—No; para eso somos las mujeres.

—Entonces tengo que besarte; no hay más remedio. Te besaré con respeto; ¿no quieres? Te besaré como á una santa. ¿No te convences tampoco? Te besaré como si besara la bandera roja, ¿sabes?

La Salvadora vaciló y presentó la mejilla; pero Manuel la besó en los labios.

CAPÍTULO VIII

La Coronación.—Las que encarecen los garbanzos. El final del señor Canuto.

No se varió nada en la casa con el matrimonio, que se celebró sin ceremonias de ninguna clase. Manuel estaba resplandeciente. El estado de Juan era lo que turbaba su felicidad; le veía siempre inquieto, febril. De noche, soñando, hablaba á gritos, y tosía continuamente hasta romperse el pecho. Ya no tomaba las medicinas ni hacía caso de las prescripciones del médico; salía á todas horas, bebía aguardiente para excitarse algo y se reunía con los amigos en la taberna de Chaparro.

Mientas tanto, Silvio Fernández Trascanejo maniobraba á sus anchas. Se había ganado la confianza de todos los socios de la Aurora, y les había hecho creer que había una conjuración revolucionaria terrible para el día de la Coronación.

—Con que uno dé la señal—decía Trascanejo—, yo me echo al centro con la gente de barrios bajos.

El más convencido de todos era Juan.

—La cosa está ya hecha—le dijo el Madrileño á Manuel una vez—. Ahora se va á batir el cobre bien. Hay además setenta y dos compañeros que han venido á Madrid. Están perseguidos de cerca por la policía española y extranjera; pero no saben dónde se encuentran. Hemos recibido instrucciones de Londres; nos pondremos á lo largo de la carrera á esperar. Si podemos coger al rey vivo, mejor.

Juan estaba febril, deseando que llegara el momento; sus nervios, en constante tensión, no le dejaban reposar un instante. Estaba dispuesto á sacrificarse por la causa. Además, y esto le perdía, veía el acontecimiento en artista. Veía la brillante comitiva de reyes, de príncipes, de embajadores, de grandes damas, pasando por en medio de las bayonetas, y se veía á él avanzando, deteniendo la comitiva con el grito estridente de ¡Viva la Anarquía!

La noche antes del día de la fiesta, Juan no apareció por la casa. Manuel fué á la Aurora por ver si le encontraba.

Estaban allá el Inglés, Prats, el Madrileño y Silvio, que peroraba. No le habían visto á Juan. En esto entró el Libertario, se acercó á Silvio, le agarró de la solapa, y le dijo:

—Usted es un soplón y un polizonte. ¡Hala! Fuera de aquí.

Quedaron todos extrañados. Silvio, que estaba sentado, se levantó dignamente; recibió también dignamente un puntapié certero que le arreó el Inglés, el del juego de bolos. Al llegar á la puerta de la taberna, el hombre de los tres conejos en campo de azur se sintió hidalgo, recordó su apellido, se volvió, hizo un corte de mangas á todos y echó á correr por el paseo de Areneros como un huracán, llevándose una mano á atrás y otra al sombrero, sin duda para que no se lo llevara el aire.

—¿Era un polizonte?—dijeron Prats y el Madrileño asombrados.

—Sí.

—¿Y todo lo que nos ha contado es mentira?

—Y tan mentira.

Al día siguiente no había venido Juan, y Manuel salió de casa. La Salvadora quedo cosiendo, desazonada.

Era un día de Mayo esplendoroso; un cielo azul; una tarde de oro. La luz intensa, cegadora, vibraba llameante en las colgaduras amarillas y rojas, en las banderas, en los gallardetes, en los farolillos de las iluminaciones.

Hormigueaba la gente por las calles. En los balcones y en las ventanas, en las cornisas y los tejados, en las tiendas y en los portales, se amontonaban los curiosos. El sol reía en los trajes claros de las mujeres, en los sombreros vistosos, en las sombrillas rojas y blancas, en los abanicos que aleteaban como mariposas, y bajo el cielo azul de Prusia todo palpitaba y refulgía y temblaba á la luz del sol con una vibración de llama.

Manuel fué husmeando por entre la multitud; á veces el gentío lo llevaba á un lado y tenía que estarse en la esquina de una calle quieto durante algún tiempo.

Un temblor le iba y otro le venía, pensando que á cada momento podía oir una explosión. Por fin se hizo la masa menos compacta y Manuel pudo avanzar; la gente iba hacia la Carrera de San Jerónimo.

—¿Ha pasado algo?—dijo Manuel á un municipal.

—No.

—¿Por qué va la gente hacia allá?

—Para ver otra vez al rey.

—¿Tiene que volver á pasar por aquí?

—Sí.

Manuel avanzó hasta ponerse en primera fila, cerca de los soldados, en la calle Mayor. Miró á todas partes por si veía á Juan ó alguno de los compañeros. No vió á nadie.

No tardó mucho en estar la comitiva de vuelta. A la entrada de la Carrera de San Jerónimo se veía avanzar la tropa de jinetes que abría el paso.

La muchedumbre, mal contenida por los guardias civiles, avanzaba en oleadas; pasaban por entre los caballos, hombres y mujeres congestionados, rojos, sudando. Los soldados que formaban la carrera, hacían retroceder á la gente con la culata de sus fusiles.

Comenzó á pasar la comitiva por entre las filas de soldados y los cuchillos del maüser, que refulgían al sol; aparecieron los palafreneros á caballo, abriendo la marcha, con sus trajes vistosos, de casaca, media blanca y sombrero de tres candiles; luego siguieron varios coches, de concha y de laca pintados y dorados, con sus postillones á la grupa y sus lacayos tiesos, empelucados, llenos de galones, y los caballos hermosos, de movimientos petulantes, con penachos blancos y amarillos. Después de estos coches de respeto, pasaron otros también dorados, ocupados por señoras ajadas, adornadas con diademas, con el traje cubierto por montones de perlas, acompañadas por hombres de aire insignificante, enfundados en uniformes vistosos, con el pecho lleno de cruces y de placas.

—¿Quiénes son?—preguntó Manuel.

—Serán diputados ó senadores.

—No—repuso otro—; éstos son mayordomos de Palacio. Criados elegantes.

Dos viejas gordas sudorosas, vociferando, peleándose con la gente, llegaron hasta ponerse en primera fila.

—Ahora veremos bien—dijo una de ellas.

—¿Ve usted esas que pasan ahí?—las dijo un aprendiz con sorna señalando á las damas con el dedo—. Pues esas son las que hacen subir los garbanzos.

—Y que el pueblo no pueda vivir—añadió un hombre de malas trazas.

—¡Qué feas son!—murmuró una de las viejas gordas á su compañera.

—No, que serán guapas—replicó el aprendiz—. Con esa señora se podría poner una carnicería—añadió señalando con el dedo una anciana y melancólica ballena que iba en un coche suspendido por muelles.

—Y tó lo llevan al aire—siguió diciendo la vieja á su compañera sin hacer caso de las observaciones del muchacho.

—Pa que no las entre la polilla—replicó el aprendiz.

—Y tien las tetas arrugás.

—No, que las tendrán duras.

—¿Y esas señoras son las ricas?—preguntó la lugareña á Manuel muy preocupada.

—Sí.

—Parece que tienen cara de no haberse desayunado nunca. ¿Verdad, usted?—preguntó el aprendiz en serio.

—Ya vienen, ya vienen.

Se estrechó más la gente. Manuel tembló. Pasaron las infantas en sus coches con los caballerizos á los lados; luego los príncipes de Asturias.

—¡Ahí va Caserta!—se oyó decir.

Luego del coche de los príncipes, vino otro vacío, después unos cuantos soldados de la Escolta Real y el rey, la reina y una infanta.

El rey saludaba militarmente, hundido en el coche, con el aire fatigado é inexpresivo.

La regente, rígida, miraba á la multitud con indiferencia, y sólo en los ojos de la infanta, de tez morena, había un relámpago de vida y de alegría.

—Qué delgado está.

—Parece enfermo—se oía decir á un lado y á otro.

Pasó todo el cortejo; la masa de gente se hizo más permeable. Manuel pudo acercarse á la esquina de la calle Mayor y en ella se encontró con el señor Canuto. Por el brillo de las mejillas le pareció que debía estar borracho.

—¿Qué hay?—le dijo Manuel—. ¿De donde viene usted?

—De Barcelona.

—¿Ha visto usted á Juan?

—Ahí está en la calle Mayor.

—¿No ha pasado nada?

—¿Te parece poco? Se ha acabado el reinado de María Cristina—dijo el señor Canuto en voz alta—. Esta buena señora tendrá muchas virtudes; pero lo que es suerte, no nos ha dado muy buena á los españoles. ¡Vaya un reinado! Miles de hombres muertos en Cuba, miles de hombres muertos en Filipinas, hombres atormentados en Montjuich, inocentes como Rizal fusilados, el pueblo muriéndose de hambre. Por todas partes sangre... miseria... ¡Vaya un reinado!

Manuel abandonó al señor Canuto en su peroración y se dirigió á la esquina de la calle Mayor.

Juan estaba pálido y sin fuerzas, formando un grupo con Prats, Caruty y el Madrileño.

Estos dos últimos borrachos gritaban y escandalizaban.

—Vamos, tú—le dijo Manuel á Juan—. Esto se ha terminado.

Volvieron todos por la Puerta del Sol y se encontraron con el Libertario y con el señor Canuto.

—¿No decía yo que no pasaría nada?—dijo el Libertario sarcásticamente. Yo no sé qué ilusiones os habíais hecho vosotros. Nada. Los terribles revolucionarios que iban á pedir cuenta al gobierno de los miles de hombres sacrificados en Cuba y en Filipinas para sostener la Monarquía, modelos de corrección y de sensatez, se han marchado de Madrid á derrochar su oratoria fanfarrona por los rincones de provincias. Nada. Esto es la sociedad española; este desfile de cosas nuestras ante la indiferencia de un pueblo de eunucos.

El Libertario tenía una exaltación fría.

—Aquí no hay nada—siguió diciendo burlonamente—; esto es una raza podrida; esto no es pueblo; aquí no hay vicios ni virtudes, ni pasiones; aquí todo es m...—y repitió la palabra dos ó tres veces.—Política, religión, arte, anarquistas, m... Puede ese niño abatido y triste recorrer su ciudad. Lo puede hacer y puede andar si quiere á latigazos con esta morralla. Ese rebaño de imbéciles no se incomodará.

—¡Tienes razón!—exclamó el señor Canuto.

En esto cruzó la Puerta del Sol, entre la gente, un batallón. Sonaban estrepitosamente los tambores, brillaban las bayonetas y los sables. Al llegar frente á la calle del Arenal la banda comenzó á tocar un paso doble.

Se pararon.

—Aquí está la mili, como siempre, haciendo la pascua—dijo el señor Canuto.

Al pasar la bandera los soldados se cuadraban; el teniente decía: ¡Firmes! y saludaba con el sable.

—El trapo glorioso—exclamó alto el señor Canuto—; el símbolo del despotismo y de la tiranía.

Un teniente oyó la observación y se quedó mirando al viejo amenazadoramente.

Caruty y el Madrileño intentaron cruzar por en medio de los soldados.

—No se puede pasar—dijo un sargento.

—Estos sorchis, porque visten con galones—dijo el Madrileño—, ya se figuran que son superiores á nosotros.

Pasó una bandera y dió la coincidencia de que se parara delante de ellos.

El teniente se acercó al señor Canuto:

—Quítese usted el sombrero—le dijo.

—¿Yo?

—Sí.

—¡No me da la gana!

—Quítese usted el sombrero.

—He dicho que no me da la gana.

El teniente levantó el sable.

—¡Eh, guardias!—gritó—. ¡Prendedle!

Un hombre bajito, de la policía secreta, se echó sobre el señor Canuto.

—¡Muera el ejército! ¡Viva la Revolución social! ¡Viva la Anarquía!—gritó el viejo temblando de emoción y levantando el brazo en el aire.

Luego ya no se le vió; desapareció entre la multitud; unos polizontes se arrojaron sobre él; los guardias civiles metieron sus caballos entre la gente... Juan intentó ir en socorro del viejo; pero le faltaron las fuerzas, y se hubiera caído si no le hubiera agarrado Manuel. Este fué sosteniéndole hasta sacarle de en medio del gentío. Pasaron entre los caballos y los coches amontonados en la Puerta del Sol. Juan iba poniéndose muy pálido.

—Ten fuerza un momento, ya vamos á salir—le decía Manuel.

Llegaron á la acera y tomaron un coche. Cuando pararon delante de casa en la calle de Magallanes, Juan estaba desmayado y tenía las ropas llenas de sangre.

Illustration from La lucha por la vida: Aurora roja

CAPÍTULO IX

La noche.—Los cuervos.—Amanece.—Ya estaba bien.—Habla el Libertario.

Al llegar, Manuel tomó en brazos á Juan y le subió á su casa.

La Ignacia y la Salvadora, al verle en aquel estado, preguntaron desoladas.

—¿Qué ha sido? ¿Qué ha sido?

—Nada, qué le ha dado un vómito y no sé cómo no se ha muerto. Está desmayado.

Le desnudaron entre los tres, le pusieron botellas de agua caliente y llamaron al médico. Le dió éste una poción de morfina, porque de cuando en cuando el enfermo seguía tosiendo y echando sangre.

—¿Cómo está?—le preguntó la Salvadora al médico.

—Mal, muy mal. Hay una depauperación grande y la enfermedad se encuentra muy avanzada. No puede resistir más que días.

Se marchó el médico, se tranquilizó Juan, y pasó toda la noche durmiendo, con un sueño tranquilo. A veces su respiración se hacía bronca y sibilante; otras, de su pecho salía un gorgoteo, como el del agua al salir de una botella. Pasaban minutos en que parecía que ya no alentaba, hasta que un suspiro profundo normalizaba de nuevo la respiración.

La Salvadora y Manuel pasaron toda la noche en el cuarto, observando al enfermo.

Por la mañana la Ignacia salió de casa á oir misa.

—Vete tú también á la imprenta—dijo la Salvadora á Manuel—; si pasa algo, ya te avisaré.

Al volver de la calle la Ignacia, dijo con cierto misterio á la Salvadora:

—¿Se ha marchado Manuel?

—Sí.

—Me alegro.

—¿Por qué?

—Porque he avisado un cura para que confiese á Juan. El pobre lo está deseando. ¡Como ha sido seminarista! Pero no se atreve á pedirlo.

Quedó la Salvadora azorada con la noticia.

—¿Pero sabes tú si él querrá confesarse?—preguntó.

—Sí, ya lo creo. Se lo diremos nosotras.

—Yo no, yo no se lo digo.

—Pues se lo diré yo. Y la Ignacia se acercó á la cama.

—No, no le despiertes.

—Déjame.

En aquel momento sonó la campanilla de la casa.

—Aquí está—dijo la Ignacia.

Al ruido de abrir y cerrar la puerta, Juan abrió los ojos, y al ver á la Salvadora sonrió.

—Siento una gran debilidad, pero estoy muy á gusto. ¿He dormido mucho rato?—preguntó.

—Sí, todo el día. Nos has dado un susto grande—balbuceó la Salvadora—, y la Ignacia, como es así, ha llamado á un cura, y está ahí.

El rostro de Juan se demudó:

—¿Está ahí?—preguntó intranquilo.

—Sí.

—No le dejes entrar. Defíendeme, hermana mía. Quieren turbar mis últimos momentos. Defíendeme. Y Juan buscó la mano de la Salvadora.

—No tengas cuidado—dijo ella—. Si no quieres, no entrará.

—No, no, nunca.

—Espera un momento, le voy á decir que se vaya.

Salió la Salvadora al comedor. Un cura, alto, flaco, huesudo, con una sotana raida, paseaba de arriba á abajo.

—Permítame usted, señor cura—le dijo la Salvadora.

—¿Qué quieres, hija mía?

—Mire usted, señor cura, mi cuñado nos ha dado un susto grande. Creíamos que se iba á morir; por eso su hermana le ha avisado á usted; pero ahora ya ha pasado el peligro y no queremos asustarle.

—¿Asustarle?—repuso el cura—no, al revés; se tranquilizará.

—Es que ha tomado hace poco una medicina y está entontecido.

—No importa, no importa; me han dicho que es un chico muy bueno, pero de ideas avanzadas, antirreligiosas; además, ha sido seminarista y es necesario que se retracte. Y el cura trató de pasar á la alcoba.

—No entre usted, señor cura—murmuró la Salvadora.

—Mi obligación es salvar su alma, hija mía.

—Entonces espere usted un momento; yo le hablaré de nuevo—replicó ella—. Y entrando en la alcoba cerró la puerta con llave.

—¿Se ha marchado?—la preguntó Juan débilmente.

—Sí.

—Defiéndeme, hermana mía—gimió el enfermo—, que no entre nadie más que mis amigos.

—Nadie entrará—repuso ella.

—¡Gracias! ¡gracias!—murmuró él—y volviéndose de lado añadió—: Voy á seguir con mi sueño.

De cuando en cuando la Ignacia, con voz imperiosa, llamaba á la puerta de la alcoba, pero Juan apenas oía y la Salvadora no contestaba.

—Si vieras—murmuró el enfermo—las cosas que he soñado esta noche. ¡Oh qué sueños tan hermosos!

En esto se oyó un murmullo de voces; luego llamaron más fuerte á la puerta de la alcoba.

—Abre, Salvadora—dijo la voz de Manuel.

Abrió ella y Manuel entró de puntillas en el cuarto.

—Ya se ha marchado—advirtió en voz baja.

—Tu mujer es una mujer valiente—murmuró sonriendo Juan—; le ha despedido al cura que venía á confesarme.

Juan tendió una mano á la Salvadora y otra á Manuel.

—Nunca he sido tan feliz—dijo—. Parece que la proximidad de la muerte ha de ser terrible, ¿verdad? Pues yo la veo venir como una cosa tan vaga, tan dulce...

Durante todo el día Juan estuvo hablando con sus hermanos, de la infancia, de sus ideas, de sus sueños...

Los Rebolledos estaban en el comedor por si se ofrecía algo.

Al anochecer se oyó una aldabada discreta, se cerró recatadamente la puerta y alguien subió salvando de dos en dos los escalones. Era el Libertario que venía á enterarse de lo que pasaba. Al saber el estado de Juan, hizo un ademán de desesperación.

Contó que el señor Canuto estaba en el hospital gravísimo. Le habían dado sablazos en la cabeza y en la espalda. Tenía una conmoción cerebral y probablemente moriría.

—¿Va usted á entrar á ver á Juan?—le preguntó Perico Rebolledo.

—No, voy á avisar á los amigos y luego volveré.

Salió el Libertario corriendo y al poco rato volvió acompañado de Prats, del Bolo y del Madrileño.

Pasaron los cuatro á la alcoba. Juan estaba cansado de hablar y sentía una gran debilidad. Alargó la mano á los amigos, y murmuró:

—Ahora estoy soñando cosas hermosas, muy hermosas. Adiós, compañeros. Yo he cumplido mi misión, ¿verdad?... seguid trabajando. Ahí os dejo mis papeles... Si creéis que son útiles para la idea, publicadlos... ¡Adiós!

Se quedaron los anarquistas en el comedor charlando. Dejaron el balcón abierto. De la taberna alguien había dado la noticia al Círculo de la gravedad de Juan, y de vez en cuando se acercaba alguno á la casa y desde la misma calle gritaba:

—¿Eh?

—¿Quién es?—decía Prats ó el Libertario saliendo al balcón.

—¡Salud, compañero!

—Salud.

—¿Cómo está Juan?

—Mal.

—¡Qué lástima! Vaya... salud.

—Salud.

Al cabo de un rato se repetía lo mismo.

La Salvadora y Manuel estaban en el cuarto de Juan, que divagaba continuamente: Sentía el enfermo la preocupación de ver la mañana, y á cada paso preguntaba si no había amanecido.

Tenían abiertas las contraventanas por orden de Juan. A las cuatro empezó á amanecer; la luz fría de la mañana comenzó á filtrarse por el cuarto. Juan durmió un rato y se despertó cuando ya era de día.

En el cielo azul, con diafanidades de cristal, volaban las nubes rojas y llameantes del crepúsculo.

—Abrid el balcón—dijo Juan.

Manuel abrió el balcón.

—Ahora levantadme un poco la cabeza.

Metió la Salvadora el brazo por debajo de la almohada y le irguió la cabeza. Luego le colocaron un almohadón debajo para que estuviera más cómodo.

Ya el sol de una mañana de Mayo, brillante como el oro, iba iluminando el cuarto.

—¡Oh! Ahora estoy bien—murmuró el enfermo.

El reflejo rojo del día daba en el rostro pálido del enfermo. De pronto hubo una veladura en sus pupilas, y una contracción en la boca.

Estaba muerto.

La Salvadora y la Ignacia vistieron á Juan, que había quedado como un esqueleto. Quitaron la mesa del comedor y allí pusieron el cadáver.

Su rostro después de la muerte, tomó una expresión de serenidad grande.

Durante todo el día no pararon de ir y venir compañeros. Entraban, hablaban en voz baja y se marchaban entristecidos.

Por la noche se reunieron más de doce personas á velar al muerto. Manuel entraba también á contemplarle.

¡Quién le había de decir que aquel hermano á quien no había visto en tanto tiempo iba á dejar una huella tan profunda en su vida!

Recordaba aquella noche de su infancia, pasada junto á su madre muerta. El mismo flujo tumultuoso de pensamientos le sobrecogían. ¿Qué hacer? pensaba. Se ha hundido todo. ¿Es que ya no quedaba en la vida cosa digna de ser deseada? ¿Es que ya no había más plan que hundirse para siempre en la muerte?

—¡Te has ido al otro mundo con un hermoso sueño—y miraba el cadáver de Juan—, con una bella ilusión! Ni los miserables se levantarán, ni resplandecerá un día nuevo, sino que persistirá la iniquidad por todas partes. Ni colectiva ni individualmente podrán libertarse los humildes de la miseria, ni de la fatiga, ni del trabajo constante y aniquilador.

—¡Acuéstate!—dijo la Salvadora á Manuel viéndole tan excitado.

Estaba rendido y se tendió en la cama.

Tuvo un sueño extraño y desagradable. Estaba en la Puerta del Sol y se celebraba una fiesta, una fiesta rara. Llevaban en andas una porción de estatuas; en una ponía «La Verdad», en la otra «La Naturaleza», en la otra «El Bien»; tras ellas iban grupos de hombres de blusa con una bandera roja. Miraba Manuel asombrado aquella procesión, cuando un guardia le dijo:

—¡Descúbrete, compañero!

—¿Pues qué es lo que pasa? ¿Qué procesión es esta?

—Es la fiesta de la Anarquía.

En esto pasaron unos andrajosos en los cuales Manuel reconoció al Madrileño, á Prats y al Libertario, y gritaron: «¡Muera la Anarquía!» y los guardias los persiguieron y fueron dándoles sablazos por las calles.

Enredado en este sueño le despertó la Salvadora.

—Está la policía—le dijo.

Efectivamente, á la puerta había un hombre bajito, de barba, elegante, acompañado de otros dos.

—¿Qué quiere usted?—le dijo Manuel.

—Tengo entendido que hay una reunión de anarquistas aquí y vengo á hacer un registro.

—¿Trae usted auto del Juez?

—Sí, señor. Traigo también orden de prender á Juan Alcázar.

—¡A mi hermano! Ha muerto.

—Está bien; pasemos.

Entraron los tres policías en el comedor sin quitarse el sombrero. Al ver la gente allí reunida uno de ellos preguntó:

—¿Qué hacen ustedes aquí?

—Estamos velando á nuestro compañero—contestó el Libertario—. ¿Es que está prohibido?

El principal de los polizontes, sin contestar, se acercó al cadáver y lo contempló un instante.

—¿Cuándo lo van á enterrar?—preguntó á Manuel.

—Mañana á la tarde.

—Es usted su hermano, ¿verdad?

—Sí.

—A usted le conviene que no haya atropellos, ni escándalos; ni ninguna manifestación en el entierro.

—Está bien.

—Nosotros haremos lo que nos parezca—dijo el Libertario.

—Tenga usted cuidado de no ir á la cárcel.

—Eso lo veremos—y el Libertario metió la mano en el pantalón y agarró su revólver.

—Bueno—dijo el polizonte dirigiéndose á Manuel—; usted es hombre de buen sentido y atenderá mis indicaciones.

—Sí, señor.

—Buenas noches—saludaron los policías.

—Buenas noches—contestaron los anarquistas.

—Cochina rasa—gruñó Prats—. Este maldito pueblo había que quemarlo.

Todos hablaron en el mismo sentido. Odio eterno, eterna execración contra la sociedad.

Por la mañana algunos se fueron al trabajo y quedaron Prats, el Libertario y Manuel. Estaban hablando cuando se presentó en el cuarto la Filipina.

La Salvadora la dejó pasar. Había estado en el hospital, enferma. Se le notaba la enorme palidez en los labios y en los ojos. Le habían operado á la pobre y olía de un modo insoportable á yodoformo. Entró, tocó la cara del cadáver con las manos y empezó á llorar. Manuel la contempló con melancolía. Aquella tristeza de animal en los ojos, el cuerpo débil, las entrañas quemadas por el cirujano...

—¡Maldita vida!—murmuró—. Había que reducirlo todo á cenizas.

Salió la Filipina y á la media hora volvió con lirios blancos y rojos, y los echó en el suelo delante de la caja.

A las dos era el entierro, y para antes de esta hora había ya un grupo grande en la calle de Magallanes. Al dar las dos Perico Rebolledo, Prats, el Libertario y el Bolo, sacaron la caja en hombros y la bajaron hasta el portal. Un amigo de Prats echó una bandera roja encima del ataud y se pusieron todos en marcha. Cruzaron por entre callejuelas, hasta salir al paseo del Cisne. Iban allá á dejar la caja en el coche, cuando cuatro mujeres, á quienes Manuel no conocía, les substituyeron, y siguió el cortejo. Las cuatro, con el mantón terciado, braceaban garbosamente. En la Castellana la gente se paraba á mirarles. En el barrio de Salamanca pusieron la caja en el coche y siguió todo el cortejo á pie. Al pasar de las Ventas, en el camino del Este, por detrás de cada loma, salía una pareja de municipales, y cerca del cementerio había un piquete de guardias á caballo.

Entraron los obreros en el cementerio civil, colocaron la caja al borde de la fosa y la rodearon los acompañantes.

Estaba anocheciendo; un rayo de sol se posó un instante sobre la lápida de un mausoleo. Se bajó con cuerdas la caja. El Libertario se acercó, cogió un puñado de tierra y lo echó á la hoya; los demás hicieron lo mismo.

—Habla—le dijo Prats al Libertario.

El Libertario se recogió en sí mismo pensativo. Luego, despacio, con voz apagada y temblorosa, dijo.

—Compañeros: Guardemos en nuestros corazones la memoria del amigo que acabamos de enterrar. Era un hombre, un hombre fuerte con un alma de niño... Pudo alcanzar la gloria de un artista, de un gran artista, y prefirió la gloria de ser humano. Pudo asombrar á los demás, y prefirió ayudarlos... Entre nosotros, llenos de odios, él sólo tuvo cariños; entre nosotros, desalentados, él sólo tuvo esperanzas. Tenía la serenidad de los que han nacido para afrontar las grandes tempestades. Fué un gran corazón, noble y leal... fué un rebelde, porque quiso ser un justo. Conservemos todos en la memoria el recuerdo del amigo que acabamos de enterrar... y nada más. Ahora, compañeros, volvamos á nuestras casas á seguir trabajando.

Los sepultureros comenzaron á echar con presteza paletadas de tierra que sonaron lúgubremente. Los obreros se cubrieron y en silencio fueron saliendo del campo santo. Luego, por grupos, volvieron por la carretera hacia Madrid. Había obscurecido.

FIN

Madrid, Diciembre 1904.

INDICE

Págs.

Anteportada1

Obras del mismo autor2

Portada3

Prólogo.—Cómo Juan dejó de ser seminarista5

PRIMERA PARTE

Capítulo I.—El barrio sepulcral.—Divagaciones trascendentales.—Electricidad y peluquería.—Tipos raros, buenas personas29

Cap. II.—La vida de Manuel.—Las tertulias del enano.—El señor Canuto y su fraseología44

Cap. III.—Los dos hermanos.—Juan charla.—Recuerdos de hambre y de bohemia52

Cap. IV.—El busto de la Salvadora.—Las impresiones de Kis.—Malas noticias.—La violeta. No todo es triste en la vida65

Cap. V.—A los placeres de Venus.—Un hostelero poeta.—¡Mátala!—Las mujeres se odian. Los hombres también76

Cap. VI.—Las vagas ambiciones de Manuel.—Las mujeres mandan.—Roberto.—Se instala la imprenta89

Cap. VII.—El amor y la debilidad.—Las intermitentes y las golondrinas.—El bautizo de S. M. Curda I en una imprenta98

SEGUNDA PARTE

Capítulo I.—Juego de bolos, juego de ideas, juego de hombres109

Cap. II.—El derecho.—La ley.—La esclavitud. Las vacas.—Los negros.—Los blancos.—Otras pequeñeces128

Cap. III.—No hay que confiar en los relojes ni en la milicia.—Las mujeres son buenas, aun las que dicen que son malas.—Los borrachos y los perros139

Cap. IV.—El inglés quiere dominar.—Las razas.—Las máquinas.—Buenas ideas, bellos proyectes 152

Cap. V.—El buen obrero socialista.—Los esparcimientos de Jesús.—¿Para qué sirven los muertos?161

Cap. VI.—El francés que canta.—El protylo.—Cómo se llegan á tener las ideas.—Sinfonía en rojo mayor172

Cap. VII.—Un paraíso en un campo santo.—Todo es uno y lo mismo188

Cap. VIII.—Cómo cogieron al Bizco y no vino la buena.—Nunca viene la buena para los desdichados196

Cap. IX.—La Dama de la Toga Negra.—Los amigos de la Dama.—El pajecillo, el lindo pajecillo214

TERCERA PARTE

Capítulo I.—Las evoluciones del Bolo.—Danton, Danton, ese era el hombre.—¿Anarquía ó Socialismo?... lo que gustéis227

Cap. II.—Paseo de noche.—Los devotos de Santa Dinamita.—El cerro del Pimiento248

Cap. III.—El mitin en Barbieri.—Un joven de levita.—La carpintería del arca de Noé.—¡Viva la literatura!264

Cap. IV.—Gente sin hogar.—El Mangue y el Polaca.—Un vendedor de cerbatanas.—Un gitano.—El Corbata.—Santa Tecla y su mujer.—La Filipina.—El oro escondido286

Cap. V.—Esnobismo sociológico.—Anarquistas intelectuales.—Humo297

Cap. VI.—Miedos pueriles.—Los hidalgos.—El hombre de la Puerta del Sol.—El enigma Passalacqua309

Cap. VII.—Otra vez Roberto.—La lucha por la vida.—El regalo del inglés.—El amor332

Cap. VIII.—La coronación.—Las que encarecen los garbanzos.—El final del señor Canuto345

Cap. IX.—La noche.—Los cuervos.—Amanece.—Ya estaba bien.—Habla el Libertario356

Se imprimió AURORA ROJA EN EL Establecimiento Tipográfico DE Antonio Marzo DE MADRID en DICIEMBRE de 1904

colophon
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Illustration from La lucha por la vida: Aurora roja
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