SEGUNDA PARTE
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CAPÍTULO I
Juego de bolos, juego de ideas, juego de hombres.
Hay entre Vallehermoso y el paseo de Areneros, una ancha y extensa hondonada que lentamente se va rellenando con escombros.
Estos terrenos nuevos, fabricados por el detritus de la población, son siempre estériles. Algunos hierbajos van naciendo en los que ya llevan aireándose algunos años. En los modernos, manchados de cal, llenos de cascote, ni el más humilde cardo se decide á poblarlos.
Por encima de estas escombreras pasan continuamente volquetes con tres y cuatro mulas, rebaños de cabras escuálidas, burros blanquecinos, chiquillos harapientos, parejas de golfos que se retiran á filosofar lejos del bullicio del pueblo, mendigos que toman el sol, y perros vagabundos.
En la hondonada se ven solares de corte de piedras, limitados por cercas de pedruscos, y en medio de los solares, toldillos blancos, bajo los cuales los canteros, protegidos del sol y de la lluvia, pulen y pican grandes capiteles y cornisas marcados con números y letras rojas.
En el invierno, en lo más profundo de la excavación, se forma un lago, y los chiquillos juegan y se chapotean desnudos.
En esta hondonada, ya bastante cerca del paseo de Areneros, al lado de unas altas pilas de maderas negras, había un solar, y en él una taberna, un juego de bolos y una churrería.
El juego de bolos estaba en medio, la taberna á su derecha y la churrería á la izquierda. La taberna se llamaba La Aurora; pero era más conocida por la taberna de Chaparro. Daba al paseo de Areneros, y á un pasadizo entre dos empalizadas; tenía un escalón á la entrada, y una muestra llena de desconchaduras y de lepras. Por dentro era un cuarto muy pequeño con una ventana al solar. En medio de la taberna, por las mañanas, solían verse cuatro ó cinco barreños con ceniza, y encima unos pucheretes de barro, en donde hervía el cocido de unos cuantos mozos de cuerda que iban á comer allí.
El local tenia sus refinamientos de lujo y de comodidad; en las paredes había un zócalo de azulejos; en el invierno se ponía una estufa, y continuamente había cerca de la ventana un reloj parado de caja grande pintarrajeada.
La churrería estaba al otro lado del solar. Era una barraca hecha de tablas pintadas de rojo; tenía el tejado de cinc, y por en medio de él, salía una alta y gruesa chimenea, sujeta por cuatro alambres y adornada con una caperuza.
Como trazo de unión entre la churrería y la taberna, estaba el juego de bolos. Tenía éste su entrada por una valla pintada de rojo con un arco en la puerta. Se dividía en dos plazas separadas por un gran tabique ó biombo, hecho con trapos sujetos en un alto bastidor. En el fondo, en un sotechado con gradas, se colocaban los espectadores.
Dando la vuelta al juego de bolos, había una casita blanca casi cubierta por enredaderas; detrás de ésta un antiguo invernadero arruinado, y junto á él una noria, cuya agua regaba varios cuadros de hortalizas. Al lado del invernadero, medio oculto entre altos girasoles, se veía un coche viejo, una antigua berlina destrozada, sucia, con las portezuelas abiertas y sin cristales, que servía de refugio á las gallinas. La churrería, la taberna y el juego de bolos, eran de los mismos dueños; dos socios que habitaban en la casita de las enredaderas.
Los dos socios eran tipos diametralmente opuestos. Al uno, rubio, bastante grueso, con patillas, le decían el Inglés; el otro, delgado, picado de viruelas, con los ojos pequeños y enrojecidos, se llamaba Chaparro. Los dos habían sido mozos de café. Eran hombres que con los genios más opuestos y contradictorios, se entendían admirablemente.
Chaparro solía estar siempre en la taberna, el Inglés siempre en el juego de bolos; Chaparro llevaba gorra, el Inglés sombrero de jipi japa; Chaparro no fumaba, el Inglés fumaba en pipa larga; Chaparro vestía de negro, el Inglés trajes claros y anchos; Chaparro estaba siempre incomodado, el Inglés siempre alegre; Chaparro creía que todo era malo, el Inglés que todo era bueno, y así, con esta disparidad absoluta, se entendían los dos compadres.
Chaparro trabajaba mucho, no paraba nunca; el Inglés, más pacífico, miraba jugar á los bolos, leía el periódico, con sus anteojos negros, puestos sobre la nariz, regaba sus plantas que las tenía en cajas y en grandes jarrones de piedra, que debían de haber ido á parar allí de algún derribo, y meditaba. Muchas veces no hacía ni esto siquiera; salía á la hondonada, se tendía al sol y contemplaba vagamente la sierra y la línea austera apenas ondulada de los campos madrileños bajo el cielo azul radiante.
Una tarde, paseaba Juan con un pintor decorador, á quien había conocido en la Exposición, por el paseo de Areneros, cuando vieron el juego de bolos del Inglés y entraron.
—Aquí podríamos tomar algo—dijo Juan.
—No habrá quien sirva—contestó el otro.
Llamaron á un chico que recogía las bolas.
—Ahí al lado, en la taberna, se pueden ustedes sentar.
Se sentaron debajo de un emparrado y siguieron hablando. El que hablaba con Juan era hombre ilustrado, que había vivido en Francia, en Bélgica y viajado por América. Solía escribir en un periódico anarquista, en donde firmaba: Libertario, y por este apodo se le conocía.
Había dedicado un artículo elogioso al grupo de Los Rebeldes, y luego había buscado á Juan para conocerle.
Sentados bajo el emparrado, el Libertario hablaba. Era éste un hombre delgado y alto, de nariz corva, barba larga, y un modo de expresarse irónico y burlón. A pesar de que á primera vista parecía indiferente y hombre que tomaba todo á broma, era un fanático. Trataba de convencer á Juan. Hablaba con un tono un tanto sarcástico, manoseando con sus dedos largos y delgados su barba antigua de prócer, suave y flexible. Para él, lo principal en el anarquismo era la protesta del individuo contra el Estado; lo demás, la cuestión económica, casi no le importaba; el problema para él estaba en poder librarse del yugo de la autoridad. El no quería obedecer; quería que si él se asociaba con alguien fuese por su voluntad, no por la fuerza de la ley. Afirmaba también que las ideas de bien y de mal tenían que transformarse por completo y con ellas la del deber y la de la virtud.
Hacía sus afirmaciones con cierta reserva, y de cuando en cuando observaba á Juan con una mirada escrutadora.
El Libertario quería dejar una buena impresión en Juan, y ante él, sin alardes, iba exponiendo sus doctrinas.
Juan escuchaba y callaba; asentía unas veces, otras manifestaba sus dudas. Juan había tenido un gran desengaño al conocer á los artistas de cerca. En París, en Bruselas, había vivido aislado, soñando; en Madrid llegó á intimar con pintores y escultores, y se encontró asombrado al ver una gente mezquina é indelicada, una colección de intrigantuelos, llenos de ansias de cruces y de medallas, sin un asomo de nobleza, con todas las malas pasiones de los demás burgueses.
Como en Juan las decisiones eran rápidas y apasionadas, al retirar su fe de los artistas, la puso de lleno en los obreros. El obrero para él era un artista con dignidad, sin la egolatría del nombre y sin envidia. No veía que la falta de envidia del obrero, más que de bondad, dependía de indiferencia por su trabajo; de no sentir el aplauso del público, y tampoco notaba que si á los obreros les faltaba la envidia, les faltaba también en general el sentimiento del valor, de la dignidad y de la gratitud.
—Aquí se está bien—dijo el Libertario, ¿verdad?
—Sí.
—Podíamos reunirnos los domingos por la tarde; yo vivo por aquí cerca.
—Sí, hombre.
—Yo vendré con algunos amigos que tienen ganas de conocerle. Todos han visto Los Rebeldes, y son entusiastas de usted.
—¿Son anarquistas también?
—Sí.
Salieron al paseo de Areneros por la taberna.
—Voy á ver el número de esta casa para decírselo á los amigos—dijo el Libertario.
—Pues no tiene número—replicó Juan—; pero tiene nombre: La Aurora.
—Buen nombre para una reunión de los nuestros.
Se despidieron. Juan marchó á casa de Manuel. En el cerebro del escultor comenzaba á germinar la idea de que había una misión social que cumplir, y que esta misión era él el encargado de llevarla á cabo.
Mientras Juan se reunía con sus nuevos amigos, Manuel trabajaba en la imprenta. Iban poco á poco viniendo los encargos.
Una vez Manuel había dicho á la Salvadora:
—Quisiera hablar contigo despacio.
—¿Por qué no esperar á ver si salimos adelante?—le había contestado ella.
Y se entendieron sin más explicaciones, y los dos se pusieron á trabajar. Manuel, de noche, después de cerrar la imprenta, llevaba él mismo los encargos en una carretilla. Se ponía una blusa blanca y echaba á andar. Hay trabajos que parece que despiertan el pensamiento, y uno de ellos es empujar una carretilla. Al cabo de algún tiempo no se nota si uno lleva el carretón, ó si es el carretón el que le lleva á uno. Así en la vida muchas veces no se sabe si es uno el que empuja los acontecimientos ó si son los acontecimientos los que le arrastran á uno.
A Manuel su vida pasada le parecía un laberinto de callejuelas que se cruzaban, se bifurcaban y se reunían sin llevarle á ninguna parte; en cambio, su vida actual, con la preocupación constante de allegar para echar el ancla y asegurarse un bienestar, era un camino recto la calle larga que él iba recorriendo con el carretoncillo poco á poco.
El recuerdo de la Justa había quedado ya borrado para siempre en su memoria. Algunas veces, al pensar en ella, se preguntaba: ¿Qué hará aquella pobre mujer?
Jesús seguía viviendo en su guardilla y trabajaba en la imprenta con intermitencias.
Un domingo del mes de Noviembre, después de comer, Jesús preguntó á Manuel:
—¿No vas á ir hoy á La Aurora? Vamos á tener junta.
—¿En dónde? ¿En la taberna de Chaparro?
—Sí.
—Yo no voy. ¿A qué?
—¡Qué burgués te estás haciendo! Allá estará tu hermano; va todas las noches.
—Le están haciendo la pascua á Juan, metiéndole en esas cosas de anarquismo, que no son más que memadas.
—¿Ya has renegado también de la idea?
—Hombre, á mí la anarquía me parece bien, con tal de que venga en seguida y le dé á cada uno los medios de tener su casita, un huertecillo y tres ó cuatro horas de trabajo; pero para no hacer más que hablar y hablar, como hacéis vosotros, para llamarse compañeros, y saludarse diciendo: ¡Salud! Para eso prefiero ser sólo impresor.
—Tú con anarquía ó sin anarquía serás siempre un burgués infecto.
—¿Pero es que es necesario ser anarquista y emborracharse para vivir?
—Claro que sí; por lo menos tomar la vida de otra manera. Conque, ¿vienes ó no á La Aurora?
—Bueno; iré á ver lo que es eso. El día menos pensado os van á meter á todos en la cárcel.
—¡Quia! hay la mar de puertas en el solar ese.
Jesús contó que hacía unos días habían estado unos polizontes, por una delación, en la taberna y se encontraron con que no había nadie.
Entraron Jesús y Manuel en la taberna, y por la puerta de al lado del mostrador pasaron á un cuarto con un zócalo de madera, con una mesa redonda en medio. Había ya diez ó doce personas, y entre los conocidos de Manuel, estaba el señor Canuto y Rebolledo. El cuarto era tan chico, que no cabían en él. Iba viniendo más gente.
El Libertario llamó á Chaparro.
—¿No hay un sitio por ahí donde pudiéramos meternos?—le preguntó.
—No.
—En esa cosa con cristales que tienen ustedes, ¿no se podría entrar?
—¿En el invernadero? Ahí no hay sillas, ni mesa ni nada.
—Sí; pero ya ve usted. Aquí no cabemos. ¿Hay luz?
—No.
—Bueno; pues traiga usted unas velas.
Salieron al solar; estaba lloviendo á cántaros. Corriendo se metieron en el invernadero. El Inglés y el Libertario trajeron entre los dos una mesita, la pusieron en el centro y encima dos bujías metidas en dos frascos vacíos. No había sillas y se fueron sentando unos sobre un banco, otros en tiestos colocados del revés, y otros en el suelo. Tenía aquello un aspecto tétrico; la llama de las bujías temblaba á impulsos del viento, sonaba la lluvia densa y ruidosa en los cristales y al escampar se oía el tintineo acompasado y metálico de las goteras. Sin saber por qué todos hablaban bajo.
—Yo creo, compañeros—dijo Juan, levantándose y acercándose á la mesa—, que el que tenga algo práctico que decir debe levantarse y hablar. Hemos constituído este grupo de partidarios de la idea. Casi todos conocemos este sitio por el nombre de Aurora; como nuestro grupo debe tener un nombre, por si hay que relacionarlo con otras sociedades, propongo que desde hoy se llame Aurora Roja.
—¡Aceptado! ¡Aceptado!
La mayoría estuvo conforme. Algunos propusieron otros nombres, como Ravachol, Angiolillo, Ni Dios ni amo; pero en general, todos fueron de parecer que se pasara á otro punto y que quedase el nombre de Aurora Roja.
Luego de aclarado esto, se levantó un joven delgado, vestido de negro, y echó un verdadero discurso. ¿Qué había que hacer? ¿Qué fin había de perseguir el grupo designado con el nombre de Aurora Roja? Unos eran partidarios de la labor puramente individual; pero él encontraba que esta labor individual tenía un carácter poco revolucionario y era demasiado cómoda. Uno que no fuese escritor, ni orador, ni anarquista de acción, que no se reuniera ni se asociara, podía echárselas de anarquista tremendo y hasta podía serlo con la misma tranquilidad que un coleccionista de sellos. Además, no había peligro en esto.
—Y eso ¿qué importa?—dijo Juan—; á nadie se le exige que sea valiente. Los actos de los anarquistas tienen más valor por eso, porque nacen de su conciencia y no de mandato alguno.
—Es verdad—dijeron los demás.
—Yo no lo niego; lo que yo quiero decir es que no necesitamos liebres con piel de león, y que sería conveniente un compromiso entre todos nosotros.
Mientras este joven defendía la necesidad de la asociación, Jesús explicó á Manuel quién era. Se llamaba César Maldonado y era estudiante; había figurado entre la juventud republicana. Era hijo de un mozo de café y había muchas probabilidades para creer que su anarquismo era una manera de vengarse de la posición humilde de su padre. En el fondo, el joven aquel era un presuntuoso, lleno de esa soberbia jacobina que sabe disimular las bajas pasiones con grandes frases.
A su lado, y defendiendo todas sus ideas, había un vascongado, alto y ancho, cargado de espaldas, que se llamaba Zubimendi, hombre triste, con unos puños formidables, que no hablaba apenas, que había sido pelotari, y últimamente se dedicaba á servir de modelo.
—Para formar una asociación habrá que hacer un reglamento, ¿no es eso?—preguntó el Libertario levantándose.
—Según—contestó Maldonado—. Yo no creo que deba haber reglamento; basta un lazo de unión; pero lo que sí considero indispensable es poner un límite al ingreso en el grupo y otorgar ciertas prerrogativas para los directores; pues si no, los elementos extraños podían llegar hasta cambiar el objeto que perseguimos.
—Yo—replicó el Libertario—, soy enemigo de todo compromiso y de toda asociación que no esté basada en la inclinación libre. ¿Vamos á comprometernos á una cosa y á resolver nuestras dudas por el voto? ¿por la ley de las mayorías? Yo, por mi parte, no; si hay necesidad de comprometerse y de votar, no quiero pertenecer al grupo.
—Hay que ser prácticos—replicó Maldonado.
—Si yo fuera práctico, hace tiempo hubiese puesto una casa de empeños.
Se levantó un hombre alto, delgado, rubio, picado de viruelas, de aspecto enfermizo, con el bigote fino y bien cuidado, y se acercó á la mesa.
—Compañeros—dijo sonriendo.
—¿Quién es éste?—preguntó Manuel á Jesús.
—El Madrileño, un chico listo que trabaja en el Tercer Depósito.
—Compañeros: A mí me parece que vuestro pleito se puede resolver con mucha facilidad. El que quiera asociarse y comprometerse, que lo haga; el que no, que lo deje.
Excepto tres ó cuatro partidarios de Maldonado que defendieron la utilidad del compromiso, los demás no quisieron asociarse.
—Entonces, ¿para qué reunirnos?—preguntó uno de los amigos del estudiante.
—¿Para qué?—contestó Juan—; para hablar, para discutir, para prestarnos libros, para hacer la propaganda, y si llega el momento de ejecutar, individual ó colectivamente, cada uno hará lo que su conciencia le dicte.
—Yo, por mi parte, estoy conforme con esto—dijo el Libertario—. Que cada cual sea responsable de sus actos. No podemos aceptar una solidaridad con nadie desde el momento que todavía ni siquiera nos conocemos... De manera que el que quiera reunirse libremente, el domingo que viene aquí estaremos.
Se levantaron todos.
—Bueno, vamos—dijo uno—; que ha dejado de llover.
Salieron al solar, que estaba encharcado, y se despidieron, dándose fuertes apretones de manos.
—¡Salud, compañero!
—¡Salud!
Y en todos ellos se notaba cierta alegría de jugar á los revolucionarios...
El mismo Manuel, á pesar de su aburguesamiento, sintió el atractivo de aquella reunión, y al domingo siguiente estaba en la Aurora fraternizando con los compañeros.
Formaron la peña en la tejavana de uno de los juegos de bolos, que no se utilizaba. Allí se podía hablar libremente. Cada domingo se iba haciendo el grupo más numeroso; se habían comprado folletos anarquistas de Kropotkine, de Réclus y Juan Grave, y pasaban de una mano á otra. Ya comenzaban á hablar todos con cierta terminología pedante, entre sociológica y revolucionaria, traducida del francés.
En el grupo se manifestaron pronto tres tendencias: la de Juan, la del Libertario y la del estudiante César Maldonado. El anarquismo de Juan tenía un carácter entre humanitario y artístico. No leía Juan casi nunca libros anarquistas; sus obras favoritas eran las de Tolstoï y las de Ibsen.
El anarquismo del Libertario era el individualismo rebelde, fosco y huraño; de un carácter más filosófico que práctico; y la tendencia de Maldonado entre anarquista y republicana radical, tenía ciertas tendencias parlamentarias. Este último quería dar á la reunión aire de club; pero ni Juan ni el Libertario aceptaban esto; Juan, porque veía una imposición, y el Libertario, además de esto, por temor á la policía.
Una última forma de anarquismo, un anarquismo del arroyo era el del señor Canuto, del Madrileño y de Jesús. Predicaban éstos la destrucción, sin idea filosófica fija, y su tendencia cambiaba de aspecto á cada instante, y tan pronto era liberal como reaccionaria.
El primer domingo, en la reunión del juego de bolos, el señor Canuto llevó la voz cantante. El señor Canuto había sido uno de los entusiastas de La Internacional, y cuando la escisión de los partidarios de Marx y de los de Bakounine, el señor Canuto se había puesto del lado de Bakounine. Había saludado con entusiasmo la Commune, creyendo que venía con ella la revolución social; después tuvo sus ilusiones con el levantamiento de Cartagena; luego, todas las asonadas, todos los motines, pensó que iban á traer la gorda; hasta que al último, desesperanzado ya, no quería oir hablar de nada. Era de los entusiastas de Pí y Margall; había conocido al caballero Fanelli, á Salvochea, á Serrano, á Mora, y recordaba una porción de frases extravagantes de Teobaldo Nieva, el autor de la Química de la cuestión social.
Las historias del señor Canuto tenían para todos cierto carácter arcaico, y no llegaron á interesar. Hablaba de cosas pasadas, de artículos de El Condenado y de La Solidaridad, y de las épocas en que él había tenido gran mano en las cuestiones de los anarquistas.
Apenas estaba enterado de las corrientes modernas, y la fama de Kropotkine y Grave, cuyos libros no había leído, le parecía una usurpación cometida en contra de Fourrier, Proudhon y otros. Es verdad que tampoco había leído las obras de éstos; pero sus nombres le sonaban.
El quería su anarquía, la de su tiempo, la de Ernesto Alvarez, sobre todo. Estas últimas cosas catalanas, como decía él con cierto desdén, le molestaban.
No tuvo esta segunda reunión el mismo atractivo que la primera, y muchos salieron aburridos. Con el objeto de avivar el interés, se anunció para el domingo siguiente, que se discutirían puntos de la doctrina y que Maldonado y Prats contestarían á las objeciones que se les hicieran.
—Este Prats, ¿quién es?—preguntó Manuel al Madrileño.
Se lo presentó. Era un hombre bajo, barbudo, con una cara de pirata berberisco, de un color bronceado, con rayas y vetas negruzcas. Tenía este hombre pelos en toda la cara, alrededor de los ojos, en la nariz aguileña, en las orejas. Con su aspecto terrible, su manera de hablar bronca, las manos de oso, peludas y deformes, imponía.
—¿Vendrás el domingo, compañero?—le dijo á Manuel después de saludarle.
—Sí.
—Entonces, hasta el domingo.
Y se dieron un apretón de manos.
—Vaya un tipo—dijo Manuel.
—No es tan tremendo como parece este Rama Sama—añadió el Madrileño—. En fin, veremos si el domingo esto se anima.
Salieron Manuel y el Madrileño. Era el Madrileño, por lo que le oyó decir Manuel, hombre burlón y paradójico y que tenía un gran fondo de malicia. Su tipo de anarquista, según aseguraba, era Pini el estafador, y le encantaba que unos ladrones hubiesen dado dinero á Juan Grave. A Manuel le pareció que debía ser un hombre capaz de sacrificarlo todo por una frase ingeniosa ó por un chiste.
El Madrileño había sido amigo de Olvés, de Ruiz y Suárez, autores de una explosión en la Huerta, el hotel donde vivía Cánovas.
—Paco Ruiz era un hombre de buen corazón—le dijo á Manuel. Si yo hubiera estado en Madrid, no hubiese hecho la barbaridad de poner la bomba en casa de Cánovas.
—¿Y no hizo daño á nadie con la bomba?—le preguntó Manuel.
—A nadie más que á él, que murió.
—¿Y cómo no se pudo escapar?
—Se pudo escapar. Verás lo que pasó; él llevaba una botella de pólvora cloratada, la puso delante de la verja del hotel y encendió la mecha. Cuando se retiraba, vió que iba á entrar una criada con unos niños. Inmediatamente Paco volvió, recogió la botella y en la mano le estalló; le arrancó el brazo la explosión y lo dejó muerto.
El Madrileño, conocido de la policía como amigo de anarquistas, había sido víctima de un seudocomplot de la calle de la Cabeza, y había estado algunos meses preso.

CAPÍTULO II
El derecho.—La ley.—La esclavitud.—Las vacas.—Los negros.—Los blancos.—Otras pequeñeces.
El domingo siguiente llegó Manuel tarde á la reunión; hacía un hermoso tiempo de invierno, y Manuel y Salvadora lo aprovecharon para pasear.
Cuando entró Manuel en el juego de bolos, la discusión estaba en el período álgido.
—Qué tarde—le dijo el Madrileño—te has perdido; la gran juerga; pero, en fin, todavía continúa.
Las caras estaban congestionadas.
—¿Quiénes son los que discuten?
—El estudiante, Prats y ese jorobado amigo tuyo.
El jorobado era Rebolledo.
—Lo que proclamamos nosotros—decía el estudiante Maldonado con voz iracunda—es el derecho al bienestar de todos.
—Ese es el derecho que yo no veo por ningún lado—replicó Rebolledo padre.
—Pues yo sí.
—Pues yo no. Para mí, tener derecho y no poder, es como no tener derecho. Todos tenemos derecho al bienestar; todos tenemos derecho á edificar en la Luna. ¿Pero podemos? ¿No? Pues es igual que si no tuviéramos derecho.
—Se pueda ó no se pueda, el derecho es el mismo—replicó Maldonado.
—Claro—dijo Prats.
—No, claro no—y el jorobado agitó enérgicamente la cabeza con vigorosos signos negativos—, porque el derecho de la persona varía con los tiempos y hasta con los países.
—El derecho es siempre el mismo—afirmó el grupo jacobino.
—¿Pero cómo antes se podía hacer una cosa, por ejemplo, tener esclavos, y ahora no?—preguntó el jorobado.
—Porque las leyes eran malas.
—Todas las leyes son malas—afirmó rotundamente el Libertario.
—Las leyes son como los perros que hay en el Tercer Depósito—dijo con ironía el Madrileño—, ladran á los que llevan blusa y mala ropa.
—Si se suprimiera el Estado y las leyes—afirmó uno de los circunstantes—los hombres volverían á ser buenas personas.
—Esa es otra cuestión—repuso con desdén Maldonado—, yo le contestaba al señor—y señaló á Rebolledo—y ¡la verdad! no recuerdo lo que decía.
—Usted decía—dijo el jorobado—que las leyes antiguas, que permitían tener esclavos, eran malas, y yo no digo que no; lo que sí afirmo es que si volvieran aquellas leyes, volvería á haber el derecho de tener esclavos.
—No... la ley es una cosa, el derecho es otra.
—¿Pero qué es el derecho entonces?
—El derecho es lo que á cada uno le corresponde naturalmente como hombre... Todos tenemos derecho á la vida; creo que no lo negará usted.
—Ni lo niego ni lo afirmo... pero que mañana vengan los negros, por ejemplo, á Madrid, y á este quiero y á este no quiero, empiecen á cortar cabezas; ¿qué hace usted con el derecho á la vida?
—Podrán quitar la vida, no el derecho á la vida—replicó Prats.
—¿De modo que estará uno muerto, pero tendrá derecho á la vida?
—Aquí en Madrid todo se resuelve con chistes—dijo el catalán enfadado.
—No, no es un chiste; es una aplicación de lo que ustedes dicen.
—Es usted un reaccionario.
—Yo discuto como puedo. Presento mis argumentos, y por ahora no me han convencido.
—¿Pero es que usted no cree—gritó Maldonado—que todo el que nace tiene derecho á vivir?
—No sé—contestó el jorobado—; las vacas también nacen y deben tener derecho á vivir; pero, á pesar de esto, las matamos y nos las comemos en bisteck, es decir, se las comen los que tienen dinero.
Se echaron todos á reir.
—Es que se va de la cuestión—dijo Prats.
—No—replicó el jorobado—, es que á mí las pamplinas me hacen la santísima, ¿sabe usted? y aquí se habla mucho, pero no se dice na. Todos esos derechos que ustedes dicen, yo no los veo por ninguna parte, y pa mí todo eso de los derechos es hablar de la mar. Es como si á mí me quisieran demostrar que tengo derecho á quitarme la joroba. Yo creo que estas cosas las hacen las circunstancias, y pondré un ejemplo: Que tengo que pasar una botella de vino por las puertas y me la ven, que yo haré que no me la vean, y me piden el consumo, y yo ¿qué hago? Pagar. ¿Por qué? Porque tienen el derecho de exigirme el pago; pero que mañana suprimen los consumos, pues no me pueden pedir ni una perra gorda, aunque traiga un bocoy, porque ya no tienen derecho de exigirme nada. Yo encuentro esto más claro que el agua. El hombre vive, si puede, y si no puede, se muere, y al que se muere lo entierran, y no hay más derecho ni más filosofía que eso.
—Así, echándolo todo á rodar, no hay discusión posible—dijo Maldonado.
—Yo encuentro que tiene razón—exclamó el Libertario.
—Sí, desde su punto de vista sí—añadió Juan.
—De esa manera de pensar—repuso el Libertario—son la mayoría de los españoles. En un pueblo donde hay un cacique, no se pregunta si el cacique tiene razón ó no tiene razón, sino si tiene fuerza. Es el más fuerte... pues tiene razón... Es la ley natural... la lucha por la vida.
El jorobado quedó algo engreído de su triunfo, y sin duda no quiso quedar ante el auditorio como un negador sistemático, y con cierta modestia añadió al cabo de un rato:
—Yo no sé de estas cuestiones nada, hablo al buen tum tum... ahora, hay cosas que me parecen bien, como lo que se ha dicho antes, de repartir el trabajo entre todos, y hasta eso de suprimir la herencia.
—Pero si niega usted los principios, ¿con qué derecho va usted á impedir que el hijo herede al padre?—preguntó Maldonado.
—Pondría una ley que lo prohibiera. A mí me parece natural que todos los hombres tengan al empezar su vida medios idénticos de trabajo; luego el listo y el trabajador que vayan arriba; el holgazán que se fastidie.
—Con la anarquía no habrá holgazanes—dijo Prats.
—¿Y por qué no?
—Porque no; porque la holgazanería es un producto de la organización social de hoy; suprima usted ésta, y ya no habrá holgazanes.
—¿Por qué?
—Porque nadie tendrá interés en no trabajar, como no habrá avaros tampoco.
Se entabló entonces un diálogo vivo entre Prats y Rebolledo.
—¿Y el que guarde dinero?—preguntó el jorobado.
—No habrá dinero, ni propiedad, ni guardias para vigilar la propiedad.
—¿Y los ladrones?
—No habrá ladrones.
—¿Y los criminales?... ¿los asesinos?
—No habrá criminales. Sin propiedad, no hay ladrones, ni gente que asesine para robar.
—Pero hay hombres que asesinan porque tienen mala sangre desde chicos.
—Esos son enfermos y hay que curarlos.
—¿Entonces las cárceles se convertirán en hospitales?
—Sí.
—¿Y lo alimentarán á uno allá sin hacer nada?
—Sí.
—Pues va á ser el gran oficio el de criminal dentro de poco.
—Usted todo lo quiere tomar al pie de la letra—dijo Prats—. Esas cosas de detalles se estudiarán.
—Bueno, y otra cosa: ¿Los obreros qué vamos ganando con la anarquía?
—¿Qué? mejorar la vida.
—¿Ganaremos más?
—¡Claro! A cada uno se le dará el producto íntegro de su trabajo.
—Eso quiere decir que á cada uno se le dará lo que merece.
—Sí.
—¿Y quién lo tasa? ¿Y cómo se tasa?
—¿No se ve claramente lo que uno ha trabajado?—dijo Prats de mal humor.
—En el oficio de usted y en el mío, sí; pero en los ingenieros, en los inventores, en los artistas, en los hombres de talento, ¿quién les tasa el trabajo?
Esta exclusión de su persona entre los hombres de talento indignó al catalán, que dijo en un arranque de mal humor:
—Esos, que vayan á romper piedra á la carretera.
—No—arguyó Maldonado—, que cada uno haga su obra. El uno dirá: «he escrito este libro»; el otro: «he cultivado este prado»; el otro: «he hecho este par de zapatos», y no será el uno superior al otro.
—Bueno—replicó Rebolledo—, pero aun suponiendo que el inventor no sea superior al zapatero, dentro de los inventores habrá uno que invente una máquina importante y otro que haga un juguete, y uno será superior á otro, y dentro de los zapateros habrá también unos buenos y otros malos, y unos superiores á otros.
—No, porque la idea de categoría habrá desaparecido.
—Pero eso no puede ser.
—¿Por qué no?
—Porque es como si yo le dijera á usted: «Este banco es mayor que esa bocha», y usted me dijera: «Mañana no lo será, porque vamos á suprimir los metros, las varas, los palmos, todas las medidas, y no se verá si es mayor ó menor.»
—Es que usted todo lo mira tal como es ahora, y no puede usted comprender que el mundo cambie en absoluto—dijo Maldonado con desdén.
—¡Sí, no lo he de poder comprender! Tan bien como usted. Yo no dudo de que tenga que variar; de lo que dudo es de que ustedes sepan cómo va á variar. Porque usted me dice no habrá ladrones, no habrá criminales, todos serán iguales... no lo creo.
—No lo crea usted.
—Claro que no; porque si tuviera que creer en esos milagros, por su palabra de usted, antes hubiera creído en el Papa.
Maldonado se encogió de hombros, y dijo algunas impertinencias respecto del barbero.
—Me ha convencido usted—le dijo Manuel al jorobado.
—Claro—exclamó el Madrileño impaciente—, como que todas esas fórmulas son mamarrachadas. No hay más que una cosa: la Revolución por la Revolución, pa divertirse.
—Eso es—dijo el señor Canuto—; qué tanta teoría, ni tanta alegoría, ni tanta chapucería. ¿Qué hay que hacer? ¿Pegarle fuego á todo? pues á ello y echar con las tripas al aire á los burgantes, y tirar todas las iglesias al suelo, y todos los cuarteles, y todos los palacios, y todos los conventos, y todas las cárceles..... Y si se ve á un cura, ó á un general, ó á un juez, se acerca uno á él disimuladamente y se le da un buen cate ó una puñalá trapera... y adivina quién te dió... Eso es.
Prats protestó diciendo que los anarquistas eran hombres dignos y humanos y no una partida de asesinos.
—¡Pero será este hombre mendrugo!—exclamó el señor Canuto en el colmo del desprecio; luego, compadecido de las pocas luces de su interlocutor, le dijo:—Mire usted, pollo, antes de que usted viniera al mundo, me dolían á mí los molares de saber lo que es la anarquía; pero he visto algo en la vida—poniéndose el dedo índice junto al párpado inferior del ojo derecho—más que muchos y he cambiado de táctica militar. ¿Está usted enterado? Y me he convencido de que la cuestión está en echar el sello y no meter el zueco. ¿Me comprende usted? Pues bien; mi sistema actual es mismamente tan científico como un maüser. Echa usted el cañón para fuera y dispara... pum... pum... pum... todas las veces que usted quiera; ahora, si pone usted el fusil apuntándose al pecho, es posible que se atraviese usted el corazón.
—No le entiendo á usted—dijo el catalán.
—¿No?—y el señor Canuto sonrió mirando á su interlocutor con lástima—. ¡Qué le vamos á hacer! Quizá yo no dé pie con bola—y haciéndose el humilde continuó—: pero sí que me figuraba conocer un poquito de la vida y del rentoy. Pero vamos á cuentas. Si usted tiene una caballería ó un niño, es igual para el caso, con úlceras escrofulosas, ¿qué hace usted?
—¡Yo qué sé! No soy veterinario ni médico.
—Usted tratará de que desaparezcan esas úlceras, ¿no es verdad?
—Claro.
—Y para esto puede usted hacer muchas cosas. Primera, intentar curar al enfermo; yodo, hierro, nueva vida, nuevo alimento, nuevo aire; segunda, aliviarlo, limpiar las úlceras, desinfectarlas y demás; tercera, paliar, ó lo que es lo mismo, hacer la enfermedad menos dura, y cuarta cosa, disimular las úlceras, ó sea poner encima una capa de polvos de arroz. Y esto último es lo que usted quiere hacer con las úlceras sociales.
—Será verdad; á mí no me lo parece.
—¿No?, pues á mi sí. Yo le daría á usted un consejo. No se si se ofenderá usted. Eso es.
—No, señor; yo no me ofendo.
—Pues hágase usted socialista.
—¿Por qué?
—Porque eso que dice usted y hacerse socialero, es lo mismo que ir á cazar al Pardo con un morral muy grande, ¿sabe usted? y una escopeta de caña. Eso es.

CAPÍTULO III
No hay que confiar en los relojes ni en la milicia.—Las mujeres son buenas, aun las que dicen que son malas.—Los borrachos y los perros.
Comenzaba ya á encarrilarse la imprenta. El trabajo se iba regularizando; pero Manuel ni un momento podía dejar el taller. Así, que si alguna diligencia tenía que hacer, la hacía de noche, después de cerrar la tienda. Jesús seguía viviendo en la casa, sin trabajar y sin hacer nada. Por las tardes iba á ver al señor Canuto, á charlar con él; luego cenaba, se acostaba, y al día siguiente aparecía á la hora de comer; muchas veces no se le veía el pelo.
—Jesús tiene dinero—le dijo una vez la Salvadora á Manuel—, ¿qué hace? ¿trabaja en algún lado?
—Que yo sepa, no.
—Pues tiene dinero.
—No sé cómo se las arreglará.
Una noche que Manuel fué á casa de un editor á entenderse con él para la publicación de unos libros, se le hizo tarde, y al llegar á la plaza del Callao vió á Jesús parado en una esquina, borracho, sin poder sostenerse. Manuel pensó en seguir adelante sin hacerle caso, pero luego le dió lástima y se acercó á él.
—¿Qué haces aquí?—le dijo.
—¿Quién es usted... para preguntarme á mí eso?—tartamudeó Jesús—. Ah, ¿eres tú? Estaba tomando el fresco.
—Tienes una curda indecente. Vamos á casa. ¡Anda!
—¿Qué anda? ¿Qué?
—¡Cómo estás! No te puedes tener.
—¿Y á ti qué te importa? Tú no eres más que un cochino burgués... eso... y un avaro. Entre tu hermano y esa otra te han hecho un roñoso... y un mal compañero.
—Bueno; yo seré un burgués; pero no huelo que apesta, como tú.
—Pero ¿á qué huelo yo? A vino, á vino...
Jesús decía á vino, como hubiera dicho á rosas.
—Eres un sinvergüenza—exclamó Manuel—, un borracho indecente.
—¿Tú sabes por qué me emborracho yo? ¿Tú sabes? Porque tengo un ansia muy grande; porque tengo una sed...
—Sí, una sed de vino y aguardiente.
—Pero, ¿para qué hablo yo con hombres que no me comprenden?... Soy un huérfano...
—Mira, no me vengas con cosas de zarzuela. ¡A casa!
—¿A casa?... No quiero. Mira, Manuel, yo no sé qué tengo más grande, si el cerebro ó el corazón..., porque mira que yo tengo cerebro...
—Yo creo que lo que tú tienes mayor es la asaúra.
—Pues aún tengo mayor el estómago, ¡gracioso! Y á mí no me vengas tú con esos ratimagos de chulo, ¿sabes?, porque tú serás un buen tipógrafo; pero de gracia madrileña... no tienes ni tanto así.
—Ni me importa.
—Y tú, ¿por qué no te emborrachas?
—Porque no quiero.
—Porque no quieres, ¿eh?... Te conozco, lebrel... Tu tienes una tristeza muy honda...
—Sí; soy un pobre huerfanito como tú.
—No...; tú no eres más que un burgués..., y la otra tiene la culpa..., porque antes eras un buen compañero...; pero la otra te domina, y tú ya no sabes hacer nada sin ella.
—Bueno, hombre; me domina; ¿qué le vamos á hacer?
Al llegar á una taberna de la calle Ancha, Jesús se detuvo, se apoyó de espaldas á la pared, y afirmó rotundamente que no se iba de allí aunque lo mataran.
—¡Anda, no seas estúpido!—le dijo Manuel—; te voy hacer andar á patadas.
—Pégame; pero no me voy.
—Pero, ¿qué quieres hacer?
—Tomar aquí unas copas.
—Bueno, tómalas.
En esto pasó de prisa una mujer. Jesús se abalanzó sobre ella; la mujer comenzó á chillar asustada.
—Está borracho; no le haga usted caso—le dijo Manuel interponiéndose entre los dos.
—¿Y qué?—replicó Jesús—. La convido á cenar. ¿Quieres venir á cenar conmigo, prenda?
—No.
—¿Y por qué no?
—Porque tengo que ir á casa.
—¿A casa á las dos de la mañana? ¿A qué?
—Pero, ¿son las dos?—preguntó la muchacha á Manuel.
—No debe faltar mucho.
Pasaron por delante de la Universidad y miraron al reloj. Eran las dos en punto. La muchacha quedó asombrada y vacilante luego se decidió y se echó á reir. Estaba algo alegre, y tenía la blusa con las puntillas rotas y manchada de vino. Contó que había ido con su novio, que era sargento, y con otra amiga, con su correspondiente galán, á los Cuatro Caminos. Allí los novios les habían hecho beber á las dos, hasta emborracharlas; luego las engañaron, diciéndoles que eran las seis, cuando daban las nueve, y que eran las nueve cuando daba ya la una. Ella estaba sirviendo y pensaba llegar á una hora regular á casa; pero ya que no podía, le tenía todo sin cuidado.
—¿Y qué vas á hacer?—le preguntó Manuel.
—Dejaré la casa y buscaré otra.
—Lo que vamos á hacer—dijo Jesús—es irnos los tres á cenar ahora mismo.
—Bueno; vamos donde queráis—exclamó la muchacha, y se agarró del brazo á Manuel y á Jesús.
—¡Bravo!—gritó Jesús—. ¡Olé por las mujeres valientes!
Manuel vaciló; le esperarían en casa... Aunque ya se habrían acostado.
—Un día es un día—murmuró—. Vamos allá—; además, la muchacha era agradable, con la nariz respingona, abundante de pecho y de caderas.
—¿De modo que vas á dejar á tus amos?—preguntó Manuel.
—¡Qué voy á hacer!
—Bien hecho—gritó Jesús—; deja á los amos...; que les sirva su señora mamá... ¡Mueran los burgueses!
—Calla—exclamó Manuel—; van á venir los guardias.
—Que vengan... Yo me río de los guardias municipales..., y de los guardias civiles... y de los guardias de orden público... Y yo le digo á esta mujer que es un cachito de gloria, que hace bien en ir á los Cuatro Caminos... con el sargento, con el soldado ó con quien le dé la gana... Todos somos libres. Pues ¡qué!, ¿las amas no tienen también sus líos?... ¿Verdad, corazón?
—Ya lo creo.
La muchacha cogió estrechamente del brazo á Manuel.
—¿Y tú no dices nada?
—Que tienes una espetera, que ya ya.
—Mientras más gracia dé Dios, ¡mejor!—replicó ella riendo—. ¿Cómo te llamas?
—Manuel.
—¿Y qué eres?
—Este—saltó Jesús—, este es un cochino burgués... que quiere hacerse rico... para casarse con una mujer... y poner entre los dos una casa de préstamos... ¡Ja... ja!...
—No le hagas caso—dijo Manuel—, no sabe lo que se dice. ¿Cómo te llamas tú?
—Yo, Paca.
—¿Estás sirviendo de veras?
—Sí.
Varias veces Jesús trató de coger á la muchacha por el talle y de darle un beso.
—Bueno; si éste me agarra, me voy—dijo ella.
Jesús, ofendido, comenzó á insultarla.
—A mí lo que me sobran son mujeres más guapas que tú... ¿sabes?... y tú no eres más que una fregona..., y yo tengo siempre cinco duros en el bolsillo pa tirarlos..; ese que va contigo es un gallina..., y si no, que salga..., porque le voy á romper un ala.
Manuel se volvió y cogió de un brazo á Jesús.
—Si es una broma—dijo éste—. Parece mentira que te pongas así por una broma. ¡Si á mí me gusta que vayas con ella, hombre! ¡Si yo no soy un ganguero como tú! Y ahora voy á convidar yo á otra, y nos iremos á cenar.
Efectivamente, invitó á una mujer, y los cuatro entraron en una taberna de la calle del Horno de la Mata, que estaba llena, y pasaron á un cuartito, precedidos de un muchacho con un mandil azul.
—¿Qué desean los señores?—preguntó éste.
—Tráete—le dijo Jesús—dos raciones de pescado frito, chuletas asadas para cuatro..., queso, y que manden por unos cafés... ¡Ah!, y mientras tanto, á ver si hay por ahí unas aceitunas y una botella de vino blanco.
—Todo esto lo voy á tener que pagar yo—pensó Manuel.
Sirvieron las aceitunas y el vino, y Jesús llenó las copas. La mujer que había venido con Jesús, era pálida, con el pelo negro y lustroso, peinado como un casco. Contempló á la criada con curiosidad.
—Tú no eres de la vida—la dijo.
—¿Cómo?—preguntó la muchacha.
—No—saltó Manuel—; es una chica que está sirviendo. Oye—y Manuel atrajo hacia sí á la Paca—, ¿qué te suelen decir los amos?
—¡Tantas cosas!
—¿Y tú qué les contestas?
—¿Yo?... pues, según.
—Bah—murmuró Manuel—, ya veo que ese sargento no ha sido el primero.
La muchacha se echó á reir á carcajadas. La otra mujer se quitó de la cintura el brazo con que Jesús la estrechaba.
—No seas pelma—le dijo.
La mujer aquella tenía la tez marchita, los ademanes tímidos. Había en ella cierta dignidad, que indicaba que no era de las nacidas con vocación para su triste oficio. En los ojos negros, en el rostro prematuramente arrugado, se leía la fatiga, el insomnio, el abatimiento, todo esto amortiguado por un velo de indiferencia y de insensibilidad.
—¿De manera que tú estás sirviendo?—preguntó la mujer pálida á la criada.
—Sí.
—¿Qué edad tienes?
—Diez y ocho años.
—Yo tengo una hija que tiene quince.
—¿Usted?
—Sí.
—No parece que tenga usted edad bastante.
—Sí, soy vieja; he cumplido ya treinta y cuatro. La chica está en Avila con mis padres. Yo, claro, no quiero que venga conmigo, y los abuelos suyos son pobres. Cuando tengo algún dinero se lo envío.
Jesús se puso serio, y comenzó á preguntarle por su vida.
—Hace un año tuve un hijo, y me lo tuvieron que sacar con unos ganchos—siguió contando la mujer mientras cortaba la carne con el cuchillo—. Desde entonces estoy mala; luego, hace unos meses, he tenido el tifus, me llevaron al Cerro del Pimiento, y allí me quitaron toda la ropa que tenía. Salí tan desesperada, que quise matarme.
—¡Se quiso usted matar!—exclamó la criada.
—Sí.
—¿Y qué hizo usted?
—Cogí las cabezas de unos fósforos, las eché en un vaso de aguardiente, hasta que se deshicieron, y lo bebí. ¡Me entraron unos dolores!... Vino un médico y me dió un vomitivo. Luego, durante cuatro ó cinco días, echaba el aliento en la obscuridad, y brillaba.
—¿Pero tan desesperada estaba usted?—preguntó la criada.
—Tú no sabes cómo vivimos nosotras. ¿Ves? Hoy yo no gano; pues mañana tengo que empeñar esta blusa, y si me ha costado tres duros, me dan por ella dos pesetas. Luego, á los hombres les gusta hacer sufrir á las mujeres... Créeme, hija, sigue sirviendo; por muy mal que estés, no estarás peor que así...
Jesús dijo que se había puesto malo, y salió del cuarto.
—¿Y no podría usted encontrar algún trabajo?—preguntó Manuel á la mujer.
—¿Yo? ¿A dónde voy? No tengo fuerza... estoy anemia. Además, está una acostumbrada á hablar mal y á beber, y la conocen á una lo que es en seguida. Si tuviera salud, me hubiera puesto á nodriza. Todavía tengo leche. Con tu permiso, rubia—dijo á la criada—y se desabrochó la blusa, sacó el pecho, y apretó la ubre con dos dedos.—Ahora, que esto debe estar envenenado—añadió—. Si yo pudiera colocar á mi hija en un taller ó en una buena casa, ya no me importaría nada. Porque cuando se empieza la vida mal...
La conversación tomó entre los tres un giro tétrico, y se contaron sus respectivas lástimas. De pronto se oyó la voz de Jesús que gritaba:
—¡Socorro! ¡Socorro!
—¿Qué le pasa á ese hombre?—preguntó Manuel, y salió al pasillo de la taberna.
—¡Socorro! ¡Socorro!—seguía gritando Jesús.
Manuel se encontró en el corredor con el mozo de la taberna.
—¿Qué hay?—le dijo.
—No sé; su compañero debe ser; hace un momento me ha preguntado dónde estaba el retrete; no sé qué le habrá pasado.
Entraron en la cocina de la taberna.
—Dejadme salir—gritaba Jesús—. ¡Socorro! ¡Socorro! Que me han cerrado la puerta.
Y se oía un estrépito de puñetazos y patadas.
—Pero si la puerta está abierta—dijo el muchacho—; y efectivamente, la abrió, y salió Jesús espantado de dentro.
Manuel no pudo menos de soltar una carcajada al ver á Jesús manchado de yeso, con los pelos alborotados, lleno de espanto.
Jesús abrió y cerró la puerta del retrete varias veces para convencerse de que estaba abierta, y no replicó.
—Vamos á tomar café, y andando—dijo Manuel—, que ya es tarde. A ver qué se debe—preguntó al mozo.
—A ti no te importa lo que se debe—exclamó Jesús—, porque esto no lo paga nadie mas que yo.
—¿Pero tienes jierro?
—Mira—y Jesús enseñó cinco ó seis duros á Manuel.
—¿Pero de dónde sacas ese dinero?
—Ah... eso no se puede decir... eres muy curioso.
—Yo creo que el señor Canuto y tú os dedicais á hacer moneda falsa.
—Je... je; tú lo que quieres es averiguar mi secreto..., pero nones.
Tomaron el café, bebieron unas copas de aguardiente y salieron de la taberna, Jesús con la mujer pálida, y Manuel con la criada.
—¿A dónde quieres ir?—preguntó Manuel á ésta.
—Yo, á mi casa.
—¿No quieres venir conmigo?
—No; yo no soy una perdida. ¿Usted qué se ha figurado?
—Nada, mujer, nada. Vete á donde te dé la gana. ¡Adiós!
La muchacha se detuvo; luego llamó:
—¡Manuel!
—Anda á paseo.
—¡Manuel!—volvió á llamar.
—¿Qué quieres?
—El domingo que viene ¡espérame!
—En dónde.
—En casa de mi hermana.
La muchacha dió las señas de su casa.
—Bueno. ¡Adiós!
La muchacha le presentó la mejilla; Manuel la besó. Trató de abrazarla; pero ella huyó riendo. Cuando Manuel llegó á su casa, la Salvadora estaba cosiendo aún; Roch, acurrucado en la mesa debajo de la lámpara, dormía; por las maderas entreabiertas del balcón se filtraba la claridad triste de la mañana.
—¿Has estado hablando con ese señor hasta ahora?—preguntó la Salvadora.
—No.
Y contó lo que había pasado con Jesús.
Como era ya de día, Manuel no se acostó. Al salir, camino de la imprenta, vió á Jesús sentado en un portal de la calle de San Bernardo; un perro vagabundo le lamía las manos y Jesús le acariciaba, y le dirigía largos discursos.

CAPÍTULO IV
El inglés quiere dominar.—Las razas.—Las máquinas.—Buenas ideas, bellos proyectos.
Una tarde lluviosa de Febrero, Manuel había encendido la luz en su despacho de la imprenta, cuando se detuvo un coche á la puerta, y entró Roberto.
—¡Hola! ¿Qué tal estás?
—Bien, ¿y usted?, ¿qué le trae por aquí con un tiempo tan malo?
—Te traigo trabajo.
—¡Hombre!
—He encontrado á mi antiguo editor, y hablando de sus negocios, me he acordado de tu imprenta...
—De nuestra imprenta, querrá usted decir.
—Es verdad, de nuestra imprenta. Se me quejaba de que le hacían sin cuidado los libros. Yo conozco, le he dicho, á un impresor nuevo que trabaja bien. Pues dígale usted que venga, me ha contestado.
—¿Y qué hay que hacer?
—Unos libros con grabados, estadísticas y números. ¿Tú podrás tirar grabados?
—Sí; muy bien.
—Pues vete hoy ó mañana á verle.
—Descuide usted; iré. ¡Ya lo creo! Tendré que tomar otro cajista bueno.
—¿Y qué? ¿Trabajas mucho?
—Sí.
—Pero ganas poco.
—Es que como los obreros están asociados, se imponen.
—¿Y tú, no estabas asociado antes?
—Yo, no.
—¿No eres socialista?
—Pse.
—¿Anarquista quizás?
—Sí; me es más simpática la anarquía que el socialismo.
—¡Claro! Como es más simpático para un chico hacer novillos que ir á clase. ¿Y cuál es la anarquía que tú defiendes?
—No; yo no defiendo ninguna.
—Haces bien; la anarquía para todos no es nada. Para uno sí, es la libertad. ¿Y sabes cómo se consigue hacerse libre? Primero, ganando dinero; luego, pensando. El montón, la masa, nunca será nada. Cuando haya una oligarquía de hombres selectos, en que cada uno sea una conciencia, entre ellos la libre elección, la simpatía, lo regirán todo. La ley sólo quedará para la canalla que no se haya emancipado.
Un cajista entró con el componedor y unas cuartillas en la mano á hacer una pregunta á Manuel.
—Iré luego—dijo éste.
—No, hombre; vete ahora—repuso Roberto.
—Es que quería oirle á usted.
—Me quedaré un rato todavía y filosofaremos.
Salió Manuel del despacho y á los pocos minutos volvió y se sentó.
—Usted también es algo anarquista, ¿verdad?—preguntó á Roberto.
—Sí; lo he sido á mi manera.
—¿Cuando vivía usted mal quizás?
—No. Eso no ha influído en mis ideas para nada. Puedes creerlo. Mi primer sentimiento de rebeldía lo experimenté en el colegio. Yo trataba de comprender lo que leía, de desentrañar el sentido de las cosas. Mis profesores me acusaban de holgazán porque no aprendía las lecciones de memoria; yo protestaba furioso. Desde entonces, todo pedagogo para mí es un miserable. Hasta que comprendí que hay que adaptarse al medio ó aparentar conformidad con él. Ahora, por dentro, soy más anarquista que antes.
—¿Y por fuera?
—¡Por fuera! Si en Inglaterra llego á entrar en política, seré conservador.
—¿De veras?
—¡Claro! ¿Qué haría yo en Inglaterra siendo anarquista? Vivir obscurecido. No; yo no puedo despreciar ninguna ventaja en la lucha por la vida.
—Pero usted ha resuelto ya su problema.
—En parte, sí.
—¿En parte? ¿Pues qué quiere usted más? Tiene usted el dinero que quiere; se ha casado usted con una mujer preciosa, bonísima...
—Aún queda algo que conseguir.
-¿Qué?
—El dominio, el poder. Si yo ya no deseara, estaría muerto. En la vida hay que luchar siempre; dos células lucharán por un pedacillo de albúmina; dos tigres, por un trozo de carne; dos salvajes, por unas cuentas de vidrio; dos civilizados, por el amor ó por la gloria... yo lucho por el dominio.
—¿Y siempre habrá que luchar?
—Siempre.
—¿No cree usted que vendrá la fraternidad?
—No.
—¿No se podrá conseguir que deje de haber explotadores y explotados?
—Nunca. Viviendo en sociedad, ó es uno acreedor ó es uno deudor. No hay término medio. Actualmente, todo hombre que no trabaja, que no produce, vive de la labor de otro, ó de otros cien; es indudable; cuanto más rico es, más esclavos tiene; esclavos que él no conoce, pero que existen. Y mañana sucederá igual; siempre habrá suplementos de hombres que suden por el sabio, por la mujer bonita, por el artista...
—Tiene usted unas ideas muy negras.
—No; ¿por qué? En el porvenir no pueden suceder más que dos cosas: ó que á pesar de las leyes que están hechas á beneficio de los débiles, de los inmorales, de los no inteligentes, sigan como hasta ahora dominando los fuertes, ó que la morralla se imponga y consiga debilitar y acabar con los fuertes.
—Me chocan mucho las ideas de usted; quisiera verle discutir con el Libertario.
—¿Quién es el Libertario?
—Un amigo mío.
—No nos convenceríamos.
—¿Por qué?
—Porque cada uno es como es, y no puede ser de otra manera. Yo soy una mezcla del individualismo inglés de los manchesterianos y del individualismo español, agresivo y cabileño. En el fondo experimentamos todos la fatalidad de la raza. Tú no sabes por qué eres anarquista, y por qué siéndolo no tienes instinto de destrucción... A todos les pasa lo mismo.
—No, á todos no.
—A todos. Si el español es más individualista que el alemán, ¿crees tú que es por su gusto? No. Es un resultado del clima... de la alimentación. Una fatalidad, no tan clara, pero parecida á la que hace el Jerez fuerte y el Rhin suave.
—Pero hay anarquistas alemanes.
—Sí; como hay naranjos en Inglaterra y abetos en España.
—Bueno; pero las ideas, ¿no las pueden tener allí como aquí?
—Sí; pero las ideas son lo de menos. Tú serás un buen chico, de poca voluntad, de buenas intenciones, y lo serías igual siendo carlista, protestante, ó mahometano. Y es que debajo de las ideas están los sentimientos y los instintos, y los instintos no son más que el resultado del clima, de la alimentación, de la vida que ha llevado la raza de uno. En ti está toda tu raza, y en tu raza está toda la tierra donde ella ha vivido. No somos hijos de la tierra, somos la misma tierra, que siente y piensa. Se cambia el terreno de un país, y cambian los hombres en seguida. Si fuera posible poner Madrid al nivel del mar, al cabo de cincuenta años los madrileños discurrirían de otra manera.
—¿Entonces usted da poca importancia á las ideas?
—Sí; muy poca. La inteligencia pura es en calidad igual en todos los hombres. Un químico español y un químico noruego tienen que hacer un análisis y lo hacen lo mismo; piensan sobre su ciencia y piensan lo mismo; pero salen del laboratorio y ya son distintos; el uno come mucho, el otro poco; el uno se levanta temprano, el otro tarde... Los obreros alemanes y los ingleses, que leen mucho más que los españoles y los italianos, no se hacen anarquistas, ¿por qué?, ¿porque no entienden las teorías? ¡Bah! Las comprenden muy bien; pero es que el alemán es, sobre todo, hombre de orden, bueno para mandar y para obedecer, y el inglés es hombre práctico que no quiere perder el tiempo... El español no; es anarquista porque es perezoso; tiene todavía la idea providencial; es anarquista como mañana lo será el moro. Yo creo que para los meridionales, para todos estos mediterráneos medio africanos, lo mejor sería un gobierno dictatorial, fuerte, que pudiera dominar el desconcierto de los apetitos y suplir la falta de organización que tiene la sociedad.
—¿El despotismo?
—El despotismo ilustrado, progresivo, que actualmente en España sería un bien.
—¡Obedecer á un tirano! Eso es horrible.
—Para mí, para mi libertad, es más ofensivo acatar la ley que obedecer á la violencia.
—Es usted más anarquista que yo—dijo riéndose Manuel—. ¿Usted cree de veras en esa dictadura?
—Si fuera posible que saliera un hombre, sería utilísima. Figúrate tú un dictador que dijera: voy á suprimir los toros, y los suprimiera; voy á suprimir la mitad del clero, y la suprimiera, y pusiera un impuesto grande sobre la renta, y mandara hacer carreteras, y ferrocarriles, y metiera en presidio á los caciques que se insubordinan, y mandara explotar las minas, y obligara á los pueblos á plantar árboles...
—Eso ya no se puede hacer hoy, don Roberto.
—Sí, hombre, sí. Todo sería cuestión de tener fuerza.
—Las cosas pasadas yo creo que ya no vuelven.
—¿Por qué no? Cada cosa puede tener varios momentos. El clan del celta, por ejemplo, era un gran atraso con relación á la ciudad del griego ó del romano; pero es muy posible que, dentro de unos cientos de años, volvamos á vivir en una especie de clan. Cuando la energía eléctrica se pueda enviar á cientos de kilómetros y los medios de comunicación sean rapidísimos, ¿qué necesidad tendremos de vivir apiñados en calles estrechas? No; viviremos en agrupaciones, diez ó doce familias que se quieren, que se conocen, formando una especie de clan en medio del campo y comunicados por tranvías y ferrocarriles con otros clans. Y esto ya está pasando con las fábricas. Hace algunos años se produjeron las grandes aglomeraciones de fábricas; hoy se inicia una verdadera revolución en la vida fabril y en el maquinismo. En vez de marchar á la concentración, se va á la difusión, y cuando la fuerza motriz se pueda transportar y distribuir con un precio económico, las grandes aglomeraciones de fábricas habrán desaparecido. Todo cambia, no hay nada definitivo, ni en el mundo físico ni en el moral. Este despotismo progresivo, hoy en España sería un bien.
—Quizás; lo seguro es que nosotros no lo veremos.
—Por lo menos es lo más probable. En fin, hemos arreglado la sociedad, y me marcho. No te olvides de ir á ver al editor.
—No, no me olvidaré.
—Bueno. ¡Adiós, Manuel!
—¡Adiós, don Roberto!
—Y en eso de la anarquía, tómalo como sport; no te metas demasiado.
—¡Oh! Yo lo tomo con mucha tranquilidad.
—Sí; pero siempre es malo significarse. Porque en esas ideas perseguidas por los gobiernos no hay término medio: ó es uno un desdichado que no puede vivir, ó es un granuja que vive explotando á los demás; y las dos cosas deben ser desagradables. ¡Vaya, adiós!
Roberto entró en su coche rápidamente, y los caballos comenzaron á trotar por la calle.

CAPÍTULO V
El buen obrero socialista.—Los esparcimientos de Jesús. ¿Para qué sirven los muertos?
En vez de tomar un cajista como había pensado, lo que hizo Manuel fué poner un regente, y no se arrepintió.
Manuel no tenía condiciones para la dirección; además, estaba rendido con el trabajo del taller y el corretear por las noches.
El regente que llevó Manuel á su casa tenía unos treinta y tantos años, era hombre ilustrado, rechoncho, fuerte, con ideas socialistas. Se llamaba Pepe Morales.
Era el tipo del obrero inteligente y tranquilo, trabajaba muy bien, lo hacía todo con maña, no se impacientaba nunca y era puntual como un reloj. Desde que entró Morales, el trabajo en la imprenta comenzó á regularizarse.
Manuel podía estar después de comer algún tiempo charlando.
En el corral de la casa crecía una higuera achaparrada. La Salvadora y la Ignacia habían pedido al casero permiso para desempedrar el patio y hacer un jardinillo; en un rincón pusieron dos parras y otras plantas que el señor Canuto trajo de su huerta.
Los días de buen tiempo bajaban todos al corralillo, seguidos de Kis y de Roch. Las gallinas cacareaban; el gallo petulante, con sus ojos como los botones de un pantalón, se contoneaba gallardo, y en la guardilla se arrullaban las palomas...
A poco de estar en la imprenta, Morales, con su mujer y sus hijos, fué á visitar á Manuel. La mujer del regente era muy guapa é hizo grandes amistades con la Salvadora. Se contaron una á otra sus apuros y sus preocupaciones.
Manuel, mientras tanto, no adelantaba nada en sus negocios amorosos; había entre la Salvadora y él algo que les separaba. Muchas veces Manuel, por la noche, al acostarse, se decidía á tomar una resolución para el día siguiente; pero se levantaba y todos sus planes se le olvidaban; le parecía que los detalles menudos de la vida, interponiéndose en su camino, le impedían decidirse.
—Sin embargo—decía—habrá que resolverse.
Algunas veces pensaba si la Salvadora guardaría algo en el fondo de su corazón, si estaría enamorada de otro, y la observaba. Ella notaba la observación, y le miraba, como diciendo: No te oculto nada; soy así.
—En fin—murmuraba Manuel—, esperaremos á que se arregle la cuestión económica.
En ocasiones, sin que Manuel comprendiera el motivo, la Salvadora se ruborizaba y sonreía turbada...
Un día, la Salvadora contó á Manuel algo extraño que había visto.
—Ayer, por la noche, estaba sin poder dormir, cuando oí que en la guardilla andaba Jesús. Escuché, y al poco tiempo sentí pasos muy ligeros en la escalera, como de un hombre que va descalzo, y después el ruido de la puerta de la calle. Me levanté, me asomé al balcón, y le vi á Jesús, calle de Magallanes arriba. Eran las dos de la noche. Me fuí á mi cuarto, y estuve escuchando para ver si le oía al volver; pero me dormí. Hoy la Ignacia ha sacado la ropa de Jesús para cepillarla, y las botas y los pantalones estaban llenos de tierra, como si hubiese andado por el campo.
—¿A dónde irá ese hombre?—preguntó Manuel.
—No sé; pero seguramente no irá á hacer cosa buena.
—Nos pondremos en acecho. Si otra vez le oyes que sale, llámame.
—Bueno.
Días después, al mediar la noche, sin que nadie le llamara, Manuel se despertó. Se oía ruido arriba, en el cuarto de Jesús. Se incorporó en la cama, y escuchó largo rato. Se oyeron pasos lentos, leves; después el crujido de los peldaños de la escalera. Manuel se levantó, se vistió y se acercó á la puerta. El que bajaba en aquel momento salía á la calle. Manuel abrió el balcón se asomó y vió á Jesús; luego bajó de prisa las escaleras; la puerta estaba entornada.
Adelantó Jesús por el obscuro callejón, convertido en un río de fango, y Manuel le siguió á larga distancia. La noche estaba obscura y temerosa; caía una lluvia fina y penetrante.
Al llegar al final del pasadizo que formaban las tapias de la calle de Magallanes, se oyó un silbido suave que fué contestado por otro.
Al terminar la calle obscura, Jesús volvió hacia la izquierda, pasó al lado de la tapia derruida del cementerio, luego se detuvo, miró en derredor, por si le seguían, se encaramó en la cerca y desapareció. Al poco rato, otro hombre hizo la misma operación. Manuel esperó, por si acaso.
Siguió esperando en su acechadero, y viendo que ya nadie aparecía, se fué acercando al sitio por donde saltaban. Tuvo la mala suerte de meterse en un barrizal. En los pies se le iban formando pellas de barro y no avanzaba más que á duras penas. Llegó tras de mucho bregar al sitio aquel.
La tapia estaba allí rota, formando un boquete. Manuel se asomó. Se veía el cementerio abandonado, con algunas lápidas blancas, que resplandecían á la vaga claridad de las estrellas.
No se oía nada. Juzgó Manuel que si quedaba allí le podían descubrir; volvió sobre sus pasos, y entró en un antiguo patio del cementerio, ya abierto y sin cerca, en donde se levantaban unas casuchas derruidas. Manuel recordaba que por allá había una puerta desvencijada que daba al campo santo. Efectivamente, la encontró; tenía grandes rajaduras y se puso á mirar por una de ellas el interior del cementerio.
En aquel punto sonaron las horas.
Por entre nubarrones apareció en el cielo la luna amarillenta y triste, rodeada de un gran cerco; las nubes iban pasando rápidamente por delante de ella. De pronto Manuel vió en el cementerio dos bultos; luego el viento trajo un rumor lejano de voces.
—Tú vas con las letras de bronce á la calle del Noviciado—decía una voz—, y yo iré á la calle de la Palma.
—Bueno—contestó la otra voz.
—Y por la tarde, en el cafetín.
Ya no se oyó más; Manuel vió á la luz de la luna un hombre encaramado sobre el sitio derruido de la tapia y luego otro; después pasaron dos sombras rápidamente por el camino. Resonaron sus pasos recatados y se alejaron. Muy despacio, Manuel salió del escondrijo y regresó por la calle de Magallanes. En algunas ventanas brillaba la luz de algunos vecinos madrugadores. Manuel se acercó á su casa. La puerta estaba cerrada, pero el balcón había quedado abierto.
—Vamos á ver si tengo pulso—se dijo Manuel, y se encaramó por la reja del taller de Rebolledo hasta agarrarse al hierro del balcón; allá, con algún esfuerzo, logró subir. Cerró el balcón y volvió á acostarse...
Al día siguiente, Manuel contó á la Salvadora lo que pasaba. La muchacha quedó aterrada.
—Pero ¿será verdad? ¿Habrás oído bien?
—Sí; estoy seguro. ¿Se ha levantado Jesús?
—No; creo que no.
—Bueno; pues cuando se levante, dile á la Ignacia que le siga de lejos.
—Bueno.
Al volver Manuel á comer, la Salvadora le dijo que Jesús había ido con un saco oculto en la capa, á una prendería de la calle del Noviciado.
—¿Ves como es verdad?
—Pues si le cogen le llevan á presidio.
—Hay que quitarle la llave y además asustarle.
—Mañana hablad de que se dice por ahí que roban en el campo santo.
En la comida, la Salvadora de sopetón dijo:
—Ha habido ladrones en los cementerios de al lado estas noches pasadas.
—¿Quién dice eso?—preguntó Jesús inquieto.
—Eso han dicho en la calle unas mujeres.
—¿Pero qué van á robar ahí? Si no hay nada—murmuró Jesús.
—Pueden robar lápidas de mármol—replicó Manuel—, garras de ataúdes, crucifijos, lo que suele haber en los cementerios.
—¿Y para qué van á robar eso?—repuso Jesús cándidamente.
—¿Toma! ¿para qué? Para venderlo.
—Esas cosas no valen nada. Ya sé yo por qué han dicho eso.
—¿Por qué?
—Porque habrán visto al chico ese que va á hablar con la hija del conserje.
—Yo también he oído—añadió la Ignacia—que en este campo santo se robaba. Hasta he oído contar que hace algún tiempo se sacó el cadáver de una niña.
—¡Bah!
—Sí; dicen que se presentó un señor en un coche delante de la puerta que hay cerca de las casillas. El señor y otro hombre entraron en el cementerio, rompieron un nicho, sacaron una caja, la llevaron al coche, la metieron dentro, y salieron echando chispas hacia Madrid.
—¿Quién sería ese señor?—preguntó la Salvadora.
—Pero si todas esas cosas son mentiras y majaderías—exclamó Jesús incomodado—. ¿Quién sabe que robaron ese muerto?
—La señora Jacoba, la que vive en una de las casas de la Patriarcal, lo decía—contestó la Ignacia.
—La señora Jacoba estaría idiota.
—No; pues hay hombres que desentierran los muertos para sacarles los untos—añadió la hermana de Manuel.
—Usted también es imbécil—gritó furioso Jesús—. ¿Usted cree que los muertos sirven para algo? Pues no sirven más que para oler mal.
—Bueno, no grites tanto—replicó Manuel—; que roban y que se han llevado muchas cosas del cementerio, es verdad, y que han avisado á la policía, también es verdad; ahora lo del muerto probablemente será mentira.
Jesús se calló.
Con el pretexto de que se había encontrado una noche la puerta de la calle abierta, al día siguiente encargaron al cerrajero que pusiera una cerradura. Jesús no dijo nada hasta unos días después.
—¿Por qué se cierra la puerta ahora?—preguntó á Manuel.
—Para que no entre nadie.
—Bueno; dadme una llave á mí.
—No hay más que una.
—Mandad hacer otra.
—No puede ser.
—¿Por qué?
—Porque no queremos que andes en malos pasos.
—¿Qué malos pasos?
—Ya sabes lo que te quiero decir.
—No sé; no te entiendo.
—¡Bah! Sí me entiendes.
—Como no te expliques más claro.
—¿De dónde sueles tener el dinero que gastas?
—Hago mis combinaciones.
—¿Quieres que te diga una cosa?
—¿Qué?
—Que tus combinaciones huelen á cementerio que apestan.
Jesús palideció profundamente.
—¿Me has espiado, eh?—dijo con voz débil.
—Sí.
—¿Cuándo?
—Hará unos ocho días.
—¿Y qué? ¿Qué has visto?
—He visto, que tú, el señor Canuto y otros, os vais á ganar el presidio.
—Bueno.
—Te advierto que está avisada la policía.
—Ya lo sé.
—¡Parece mentira; el señor Canuto metido en eso! Yo que lo creía una buena persona.
—¿Y qué? ¿No se puede ser una buena persona y aprovecharse de lo que no sirve para nadie? ¿Para qué quieren ellos el cobre, las lápidas, ni lo demás?
—Hombre... para nada.
—¿Pues entonces?... la gente está llena de preocupaciones...
—Sí; pero eso de abrir una sepultura... es muy grave. ¡Rediez!
—Todos los días traen momias á los museos y las venden, y nadie se indigna.
—No es igual. Esas momias murieron hace tiempo.
—Y los chicos de San Carlos, ¿no abren á los muertos frescos y les cortan las orejas y el corazón?
—Pero eso es para estudiar.
—Y lo nuestro para comer, que es más serio... Hacemos como Ravachol.
—¿También Ravachol se dedicaba á robar sepulturas?
—Sí; no tenía supersticiones como vosotros.
—¿Y cuánto tiempo hace que desvalijáis ese cementerio?
—Cerca de un año.
—¿Y habéis apañado muchas cosas?
—Psch... la mar de porquerías... lápidas de mármol, verjas, cadenas de hierro, asas de metal, crucifijos, bustos, candelabros, letras de bronce... la Biblia en verso.
—¿Y dónde habéis vendido tanta cosa?
—En las prenderías. En un cafetín teníamos el centro de operaciones.
—Bueno; pues ya sabéis, la policía anda rondando. Avísale al señor Canuto.
—No; si ya lo sabe.
Unos días después le dijo Jesús á Manuel:
—¿Quiéres darme diez duros?
—¿Para qué?
—Para irme al Moro.
—¿Al Moro?
—Sí; voy á Tánger. Os dejaré en paz.
—¿Y qué vas á hacer allá?
—Eso es cuenta mía. ¿Tú me das el dinero?
—Sí, hombre; ahí tienes los diez duros.
—¡Gracias! ¡Que os vaya bien!
—¿Pero cuándo te vas?
—Hoy mismo.
—¿No quieres despedirte de la Salvadora?
—No; ¿para qué?
—Como quieras—le dijo Manuel fríamente.

CAPÍTULO VI
El francés que canta.—El protylo.—Cómo se llegan á tener las ideas.—Sinfonía en rojo mayor.
Casi todos los domingos había presentación de un compañero en la Aurora Roja. Los dos más curiosos, por lo exóticos, fueron un francés y un ruso.
El francés era un joven anguloso, torcido, raro, con los ojos bizcos, los pómulos salientes y una perilla de chivo.
Se presentó dando grandes apretones de mano y haciendo reverencias ceremoniosas á todos. Habló largamente de sus viajes de vagabundo. El era el hombre de las carreteras; ninguno le entendía bien, parte porque hablaba incorrectamente el castellano y parte porque sus teorías eran incomprensibles.
—¿Y no tienes familia, compañero?—le preguntó alguno.
—Sí—contestó él—, pero quisiera ver á mi padre, á mi madre y á mis hermanos, ahorcados en un jardín reducido.
Después de contar sus aventuras, habló de que había visto á Ravachol, y cantó la canción del Pere Duchesne, á la cual el terrible anarquista había puesto letra, y que iba entonando al ir á la guillotina, en Montbrison.
Caruty, con las manos en la espalda, como si estuviera atado, y lanzando á derecha y á izquierda miradas de altivo desprecio, se puso á cantar:
Peuple trop oublieux Nom de Dieu.
Ya se figuraba el francés que era Ravachol y que iba insultando á los burgueses. En la canción, se le aconsejaba al pueblo que no fuera generoso, que no fuera militar, que tirara todos los cuarteles á tierra, y todo esto acentuado por vigorosos Nom de Dieu. Terminaba la canción, diciendo:
Coupe le curé en deux Nom de Dieu Et le bon Dieu dans la merde Nom de Dieu Et le bon Dieu dans la merde.
Luego, ya entrenado, Caruty cantó canciones socialistas y otras de café-concierto de Bruant y de Rictus...
Otro de los presentados fué un judío que se llamaba Ofkin. Era éste comisionista y viajaba por una casa de París, y vendía toda clase de esencias y de perfumes. Era un fanático, muy frío y muy seco. Tenía el pelo castaño, la barba en punta, la mirada azul; era muy pálido; en el cuello se le notaban cicatrices escrofulosas; vestía levita larga y negra, pantalón claro, y sombrero de paja pequeño y flexible. Con esta indumentaria parecía un charlatán de feria. Hablaba una mezcla de castellano, de italiano y de francés.
Su conferencia fué de un carácter opuesto á la de Caruty.
La del francés, todo arte, y la del ruso, todo ciencia.
Para Ofkin, la cuestión social era una cuestión de química, de creación de albuminoides por síntesis artificiales. Transformar pronto las substancias inorgánicas en orgánicas: ésta era la base para resolver la lucha por la vida. Que tantos millones de hombres inorganizan tanta cantidad de substancia orgánica, pues todo es cuestión de volver á organizarla. Esto aseguró el ruso que se había hecho ya; se estaba trabajando en crear el protylo, una substancia protoplasmática primitiva parecida al bathibyus de Haeckel, con vida y crecimiento. De aquí á la creación de la célula, no había más que un paso.
El auditorio del juego de bolos no se entusiasmó con el protylo tanto como el judío ruso; se miraron todos, unos á otros, un poco asombrados. A Manuel le produjo el efecto de que la anarquía de aquel señor era también algún producto químico, encerrado en un frasco.
Un domingo de Abril, por la tarde, se habían reunido en el invernadero, huyendo de la lluvia, unos cuantos y charlaban alrededor de la mesa.
—¿Y Maldonado?—preguntó Manuel al llegar y notar su falta.
—Ya no viene—dijo Prats.
—¡Hombre, me alegro!
—Todos dicen lo mismo—exclamó el Madrileño—. Maldonado es el tipo del republicano español. ¡Son admirables esos tíos!
—¿Por qué?—dijo el Bolo.
—Sí, hombre; odian á los aristócratas, porque no pueden ser aristócratas; se las echan de demócratas, y les molesta todo lo plebeyo; se las echan de héroes, y no han hecho ninguna heroicidad; se las echan de Catones, y el uno tiene una casa de juego, el otro una taberna... ¡Rediós! Así es muy fácil ser austero... Luego todos son absolutistas... y toda su emancipación consiste en dejar de creer en el Papa para creer en Salmerón ó en cualquier fabricante de frases por el estilo... A nosotros nos odian porque ya discurrimos sin necesidad de ellos...
—¡Qué mala intención tienes!—dijo el Bolo, que era anarquista con simpatías republicanas. Hay que verles á esos en el Congreso.
—Yo no he estado nunca en el Congreso—replicó el Madrileño.
—Ni yo—añadió Prats.
—Yo sí—repuso el Libertario.
—¿Y qué?—le preguntaron.
—¿Vosotros habéis visto la jaula de monos del Retiro?... pues es una cosa parecida... Uno toca la campana, el otro come caramelos, el otro grita...
—¿Y el Senado?
—¡Ah! Esos son los viejos chimpancés... muy respetables.
—¡Qué guasón!—dijo el Bolo.
Siguieron hablando. Manuel aprovechó la clara para ir á su casa y preguntar á la Salvadora si pensaba salir, y viendo que no quería, volvió al juego de bolos.
Hablaba en aquel momento el Libertario:
—¿Cómo se llega á tener las ideas?—decía—. ¿Quién lo sabe?... Hace ya algunos años, en París, se presentó una mañana en mi guardilla un mocetón alto, fornido, afeitado, con cara de cura.
—¿No me conoce usted?—me dijo con un acento andaluz cerrado.
—No. Ya me figuro que debe usted ser paisano; pero no le conozco.
—¿Pero no se acuerda usted de Antonio, el hijo del sacristán del pueblo?
—¡Ah!... ¿eres tú? ¿y qué haces aquí?
—Nada; vengo de Cardiff; he estado trabajando cerca de un año en las minas.
—¿Y en el pueblo?
—Aquello está muerto. Allá no se puede vivir.
—¿Y qué piensas hacer?
—Me voy á América. Tengo una recomendación para un capitán que hace la travesía de Burdeos á la Habana.
Le llevé á mi restaurant; un agujero de Montrouge; un nido de anarquistas y revolucionarios rusos. Las mujeres se entusiasmaron con mi paisano, por el aire bárbaro é ingenuo que tenía. La verdad es que el chico era simpático y modesto, lo que es bastante raro en un andaluz. Después de comer solíamos cantar todos á coro, hombres y mujeres. El dueño del tabernucho, el Pere David, nos suplicaba que no gritásemos, pero no le hacíamos caso, y desde la calle se oían las canciones anarquistas.
Había una, que cuando le expliqué á mi paisano lo que significaba, le entusiasmó; no la recuerdo ahora, hablaba de la dinamita...
—¿Sería ésta?—preguntó Caruty, y se puso á cantar:
Dame dynamite que l’on danse vite chantons et buvons et dinamytons dynamite, dynamite dinamytons.
—Eso es—dijo el Libertario—. Eso de «dynamitons» entusiasmaba á mi paisano.
—¿Qué quieren eztos?—me decía.
—Derribarlo todo—le contestaba yo.
—¿Tó?
—¡Todo!... Monarquía, República, curas, reyes, obispos... ¡todo abajo!
—¡Qué gachos!—decía él, con una admiración de salvaje...
Se fué con una de las mujeres del restaurant y le perdí de vista; unos meses después, cuando se comenzó la revisión del proceso Dreyfus, en París á cada paso había alborotos en las calles. Un día los anarquistas organizaron una manifestación en la plaza de la República. A la cabeza iban Sebastián Faure y sus amigos. Se veían tipos raros, melenudos, con levitas largas y entalladas, gente pálida, de mirada triste... luego venía una tropa que daba miedo, unos tíos de barbas, chillando, amenazando con el bastón y con los puños, y entre ellos aprendices de taller y gomosos elegantes... una mezcolanza, que ni Dios la entendía. Iban por el bulevar Magenta, hacia la estación de Estrasburgo. Un grupo llevaba una gran bandera roja, y tras él venían otros grupos cantando Les Lampions, y gritando de cuando en cuando, pero muchas veces seguidas:
—¡Viva Zola! ¡Viva Zola! ¡Viva Zola!
Se oían también gritos chillones de ¡Viva la Anarquía!, y el público comenzaba á correr asustado.
En esto salieron de una bocacalle doscientos ó trescientos municipales, y como una cuña entraron entre los manifestantes, á puñetazos y á empujones, y cortaron la manifestación. Veinte ó treinta cargaron sobre el grupo que llevaba la bandera é intentaron cogerla. La bandera retrocedió, anduvo si caigo ó no caigo, inclinándose, levantándose... Yo me paré á ver en qué terminaba aquello.
Ya iba á desaparecer la bandera entre la gente, cuando de pronto se irguió de nuevo, los manifestantes se pusieron á cantar La Marsellesa como locos, cargaron sobre los guardias y los arrollaron. Toda la avalancha pasó gritando, vociferando, y se rehizo la manifestación. Yo me adelanté, cruzando unas callejuelas, hasta salir otra vez al bulevar.
Al pasar junto á mí, iba la bandera roja desplegada, y la llevaba mi paisano el andaluz, que marchaba en medio de una turba de exaltados. El muchacho me miró con los ojos como ascuas... Se alejaron. Desde alguna distancia, La Marsellesa, cantada por miles de personas, resonaba como una tempestad, y yo veía por encima de la multitud ondear la bandera roja, que brillaba, soberbia y triunfante, como una entraña sangrienta... El Libertario dejó de hablar; los demás quedaron silenciosos.
En las pupilas de todos había como un destello siniestro, y en los labios contraídos una expresión de amargura. Afuera caía mansamente la lluvia suave de la primavera...
—Ese no era más que un sentimental—dijo de pronto Prats.
—¿Y qué?—preguntó Juan.
—Creía en la Anarquía como en la Virgen del Pilar.
—En todo lo que se cree, se cree lo mismo—contestó Juan.
—Yo—dijo Skopos, que era un muchachito afeitado, grabador, hijo de un griego, vendedor de esponjas, y que acababa de ingresar en el grupo—conocí á Angiolillo en Barcelona; nos reuníamos unos cuantos en un cafetín próximo á la Rambla. Casi todos éramos anarquistas platónicos. Una vez, por cierto, dos de los más jóvenes del grupo, fueron á un club en donde había bombas, y cada uno cargó con la suya, y salieron á la calle. Anduvieron de un lado á otro, sin saber donde colocarlas. Contaban ellos que iban á una casa rica á poner la bomba, y el uno le decía al otro: «¿Y si hay chicos aquí?» Por último, fueron al puerto y tiraron las bombas al mar.
—¿Y Angiolillo?—preguntó Juan.
—Pues solíamos verle muchas veces. Era un tipo delgado, muy largo, muy seco, muy fino en sus ademanes, que hablaba con acento extranjero. Cuando supe lo que había hecho, me quedé asombrado. ¡Quién podía esperar aquello de un hombre tan suave y tan tímido!
—¡Ese era también un sentimental!—exclamó Prats.
—Con muchos sentimentales así se hubiera hecho ya la revolución—repuso el Libertario.
—Para mí, el verdadero tipo del anarquista, es Pallás—añadió Prats.
—¡Claro! Como que era catalán—dijo con sorna el Madrileño.
—Son los verdaderos anarquistas. No son borrachos, como los franceses, ni traidores, como los italianos.
—¿Y los andaluces?—preguntó el Madrileño?
—¿Los andaluces? Son como los demás españoles.
—¡Cualquiera diría que vosotros no lo sois!
—Nosotros somos catalanes.
—¡Qué necedad!—exclamó el Madrileño.
—No—murmuró el Libertario—. Cada uno tiene el derecho de ser de donde le dé la gana.
—No; si yo no niego ese derecho—replicó el Madrileño—; yo lo que quiero decir, es que si él no tiene ninguna satisfacción por ser paisano nuestro, nosotros no tenemos tampoco ningún entusiasmo por ser paisanos de los catalanes.
—Todos los españoles son dogmáticos y autoritarios—siguió diciendo el catalán, haciendo como que no oía la observación—; lo mismo los andaluces, que los castellanos, que los vascongados. Además, no tienen el instinto de la revolta...
—Me hace mucha gracia á mí este hombre hablando de gente autoritaria...—comenzó á decir el Madrileño.
—¿Y Pallás?—interrumpió Juan, comprendiendo que el Madrileño iba á decir algo desagradable para el catalán—. ¿Era templado Pallás?
—Sí, era... ya lo creo.
—Se achicó también—dijo el Madrileño—, y aquí está el Libertario que lo vió.
—Sí, es verdad—dijo, el Libertario—; los últimos días en la cárcel se descompuso. Y era natural. Nosotros solíamos ir á verle, y nos hacía la apología de la idea. El último día, ya en capilla, estábamos despidiéndonos de él, cuando entraron un médico y un periodista.—Yo quisiera—dijo Pallás—que después de muerto, llevaran mi cerebro á un museo para que lo estudiaran.—Será difícil—le contestó el médico fríamente.—¿Por qué?—Porque los tiros se los darán á usted, probablemente, en la cabeza y los sesos se harán papilla. Pallás palideció y no dijo nada.
—Es que sólo con la idea hay para ponerse malo—saltó diciendo Manuel.
—¡Pues bien valiente estuvo Paulino al morir!—exclamó Prats.
—Sí, luego ya se animó—dijo el Libertario—. Le estoy viendo al salir al patio de la cárcel cuando gritó: ¡Viva la Anarquía!; al mismo tiempo, el teniente que mandaba la tropa, dijo á sus soldados: ¡Firmes! y las culatas de los fusiles, al dar en el suelo, apagaron el grito de Pallás.
Manuel tenía los nervios estremecidos; todos sentían una gran atracción, una acre voluptuosidad al escuchar aquellos relatos terribles. El señor Canuto hacía más gestos que de costumbre.
—¿Y por esto fué por lo que echaron la bomba en el teatro?—preguntó Perico Rebolledo.
—Sí—contestó Prats—; la venganza fué terrible; ya lo había dicho Paulino Pallás.
—Yo lo vi—saltó diciendo Skopos.
—¿Estabas dentro?
—Sí; fuí al Liceo á ver al director de un periódico que me había encargado le hiciese unos dibujos. Tomé una delantera de paraíso, y busqué con la vista al director hasta que lo vi en una de las butacas. Bajé y me puse á esperarle en una puerta. Tardaba en acabar el acto, yo estaba atento á que saliera la gente, cuando oigo una detonación sorda y sale una llamarada por la puerta. Me figuré que habría pasado algo; pero algo de poca importancia, un cable de luz eléctrica fundido ó una lámpara rota; cuando veo venir hacia mí un turbión de gente espantada, con los ojos desencajados, empujándose y espachurrándose unos á otros. La ola de gente me echó fuera del teatro; pregunté, en la calle á dos ó tres lo que pasaba; nadie lo sabía. Yo estaba sin sombrero y sin abrigo, y entré á recogerlos. Subo, y un acomodador me pregunta, temblando, qué era lo que quería; le digo que buscaba mi gabán, lo encuentro, y entonces se me ocurre mirar hacia la sala. ¡Cristo! La cosa era terrible; me pareció que había cuarenta ó cincuenta muertos. Bajé á las butacas. Aquello era imponente; en el teatro, grande, lleno de luz, se veían los cuerpos rígidos, con la cabeza abierta, llenos de sangre; otros, estaban dando las últimas boqueadas. Había heridos gritando y la mar de señoras desmayadas, y una niña de diez ó doce años muerta. Algunos músicos de la orquesta, vestidos de frac, con la pechera blanca empapada en sangre, ayudaban á trasladar los heridos... era imponente.
—Pero hubiera sido aún más terrible si llegan á hacer lo que querían, que era apagar las luces del teatro antes de echar las bombas—dijo Prats.
—¡Qué barbaridad!—exclamó Manuel.
—A obscuras hubieran muerto todos—añadió riendo Prats.
—No—exclamó Manuel levantándose—; de eso no se puede reir nadie, á no ser que sea un canalla. Matar así de una manera tan bárbara.
—Eran burgueses—dijo el Madrileño.
—Aunque lo fueran.
—Y en la guerra, ¿no matan los militares á gente inocente?—preguntó Prats—. ¿No disparan sobre las casas con bala explosiva?
—Pues los que hacen eso son tan canallas como el otro.
—Este, como ya tiene su imprenta—dijo el Madrileño con sorna—, se siente burgués.
—Por lo menos, no me siento asesino. Ni tú tampoco.
—Una de las bombas no estalló—dijo Skopos—, cayó sobre una mujer muerta por la primera bomba. Por esto la carnicería no fué mayor.
—¿Y quién hizo esta bestialidad?—preguntó Perico Rebolledo.
—Salvador.
—Ese sí que tendría las entrañas negras...
—Debía ser una fiera—dijo Skopos—. El se escapó del teatro en el momento del pánico, y al día siguiente, cuando el entierro de las víctimas, parece que se le ocurrió subir á lo alto del monumento de Colón con diez ó doce bombas, y desde allí irlas arrojando al paso de la comitiva.
—No comprendo cómo se puede tener simpatía por hombres así—dijo Manuel.
—Mientras estuvo preso—siguió diciendo Skopos—hizo la comedia de convertirse á la religión. Los jesuítas le protegieron, y allí anduvo un padre Goberna solicitando el indulto. Las señoras de la aristocracia se interesaron también por él, y él se figuraba que le iban á indultar... pero cuando le metieron en capilla y vió que el indulto no venía, se desenmascaró, y dijo que su conversión era una filfa. Tuvo una frase hermosa: «¿Y tus hijas?—le dijeron—. ¿Qué va á ser de tus pobrecitas hijas? ¿Quién se va á ocupar de ellas?» «Si son guapas—contestó él—, ya se ocuparán de ellas los burgueses.»
—¡Ah!... Es bien... Es bien—gritó Caruty, que hasta entonces había estado silencioso é inmóvil—. Es bien... le grand canaille... Es bien... Es una frase...
—Yo asistí á la ejecución de Salvador—siguió diciendo Skopos—desde un coche de la Ronda; cuando subió al patíbulo iba cayéndose... pero ¡la vanidad lo que puede!... el hombre vió un fotógrafo que le apuntaba con la máquina, y entonces levantó la cabeza y trató de sonreir... Una sonrisa que daba asco, la verdad, no sé por qué... El esfuerzo que hizo le dió ánimos para llegar al tablado. Aquí trató de hablar; pero el verdugo le echó una manaza al hombro, le ató, le tapó la cara con un pañuelo negro y se acabó... Yo esperé á ver la impresión que producía á la gente. Venían obreros y muchachas de los talleres, y todos, al ver la figurilla de Salvador en el patíbulo, decían: ¡Qué pequeño es! Parece mentira.
Y hablaron de otros anarquistas, de Ravachol, de Vaillant, de Henry, de los de Chicago... Había obscurecido y siguieron hablando... Ya no eran las ideas, eran los hombres los que entusiasmaban. Y entre su humanitarismo exaltado y su culto de sectarios por una especie de religión nueva, aparecía en todos ellos, saliendo á la superficie, su fondo de meridionales, su admiración por el valor, su entusiasmo por la frase rotunda y el gesto gallardo...
Manuel se sentía inquieto, profundamente disgustado en aquel ambiente.
Y todos los domingos aumentaba el número de adeptos en la Aurora Roja. Unos contagiados por otros iban llegando... Y crecía el grupo anarquista libremente, como una mancha de hierba en una calle solitaria...

CAPÍTULO VII
Un paraíso en un campo santo.—Todo es uno y lo mismo.
Bastante tiempo después de la partida de Jesús, una noche, desde casa de Manuel, se oyeron tiros.
—¿Qué habrá pasado?—se preguntaron todos.
—Quizás sean matuteros—dijo la Ignacia.
—También se ha dicho que andaban unos ladrones robando alambre del telégrafo—advirtió Manuel.
Pasados unos días, se supo que los guardias habían sorprendido á unos cuantos ladrones en el cementerio de la Patriarcal. Al huir, les echaron el alto, y viendo que no se paraban, dispararon. A los disparos, los merodeadores se detuvieron asustados y los guardias prendieron al Corbata y al Rubio, y como no declaraban, les arrimaron á cada uno de ellos una paliza monumental, hasta que cantaron de plano.
Por la noche, al volver Manuel á casa, se encontró en la puerta con un hombre, cuya presencia le sobrecogió. Era Ortiz, el polizonte, vestido de paisano.
—¡Hola, Manuel! ¿Qué tal estás?—le dijo.
—Bien—contestó Manuel secamente.
—Ya sé que trabajas, que vas marchando. ¿Y la Salvadora?
—Está buena.
—¿Y Jesús?
—Ya hace unos días que no le hemos visto.
—¿Sabes que han robado en ese cementerio?
—No; no sabía nada.
—¿No habéis notado algo desde vuestra casa?
—No.
—Pues ya llevan mucho tiempo robando. Es raro que...
—No, no es raro; porque yo no me ocupo de lo que hacen los demás. ¡Adiós!
Y Manuel se metió en el portal.
—Si preguntan por aquí algo—le dijo Manuel á la Salvadora y á la Ignacia—, no digáis ni una palabra.
Todo el barrio se conmovió con la noticia. Se volvió á hablar de muertos robados, y se supieron detalles cómicos y macabros. Un larguero de mármol, de una sepultura, había ido á parar á una tienda de quesos; las letras de bronce de los nichos, estaban en algunos escaparates de tiendas lujosas. Se dijo que Jesús y el señor Canuto eran los directores de la banda.
Por la noche, el jorobado le dijo á Manuel:
—He tenido carta del señor Canuto.
—¿Sí? ¿dónde está?
—En Tánger, con Jesús; de buena se han escapado los dos.
—Pero robaban, ¿eh?
—Sí, hombre. Todo lo que podían. El señor Canuto vivía ahí hecho un príncipe. Ahora yo á los de la policía, les he dicho que no sabía nada. Que averigüen ellos si pueden. El señor Canuto había convertido el cementerio en un paraíso.
—Sí, ¿eh?
—Sí. ¡Ya lo veo! Tenía su cosecha deplantas medicinales que vendía á los herbolarios, y con las malvas, su mujer hacía emplastos y bizmas. En una época, el señor Canuto y Jesús, suministraron de caracoles á los ventorrillos, hasta que acabaron con todos los del cementerio. ¡Las cosas que no han pensado! ¡Qué puntos! En un charco tenían galápagos, y sanguijuelas en otro. Luego se les ocurrió poner conejos para criarlos y cogerlos á lazo, pero se les escapaban por los agujeros de los nichos. ¡Si llevaban una vida pistonuda! ¿Que no tenían dinero? Pues ¡hale! desenterraban un ataud, y vendían todo lo que encontraban.
Dos días después, un domingo por la tarde, fué el Juzgado al cementerio, y Ortiz llamó á Manuel y á Rebolledo para que les acompañaran.
No se notaba la devastación llevada á cabo por el señor Canuto y Jesús; el cementerio de por sí se encontraba ya bastante arruinado.
En algunos puntos la tierra estaba removida; cerca de un pozo se advertían aún los cuadros de hortalizas labrados por el señor Canuto, y en ellos la hierba era más verde y jugosa.
El juez hizo algunas preguntas á Rebolledo, que le contestó con su gran habilidad. Juntos recorrieron el cementerio. Estaba todo talado, las sepulturas rotas, las lápidas de los nichos arrancadas.
Reinaba en los patios un gran silencio.
De los techos colgaban trozos de cascotes sostenidos por tomizas podridas. En las paredes, debajo de las arcadas, aparecían los nichos abandonados y rotos, cubiertos de polvo. Pendían de un clavo coronas de siemprevivas, de las que no quedaba más que su armazón; allí se veían cintajos y lazos deshechos; aquí una fotografía descolorida, cubierta con un cristal convexo, un ramo arrugado y seco, ó el juguete de algún niño.
Por un corredor obscuro, una verdadera catacumba, repleta á un lado y á otro de nichos, salieron al segundo patio.
Era éste tan ancho como una plaza; una pradera salvaje limitada por ruinosos tapiales.
El hombre había convertido un trozo del yermo madrileño en un jardín frondoso; de un erial desnudo, había hecho un parque dedicado á la silenciosa muerte; la naturaleza conquistó el parque y lo transformó, fecundándolo con su lluvia de gérmenes, en un mundo vivo; en una selva espesa, poblada de matorrales, de zarzas, de plantas parásitas, de espinas, de flores silvestres, de pájaros y de mariposas.
Ya no quedaban allí avenidas, ni paseos, ni plazoletas; los hierbajos borraron lentamente toda huella humana.
Ya no quedaban arbustos, ni mirtos recortados; las ramas crecían con libertad; ya no quedaba silencio; los pájaros piaban en los árboles. Junto á las tapias, entre el follaje tupido y verde, brillaban las campanillas purpúreas de las digitales, y las rosas menudas de algún rosal silvestre.
Rodeadas de malezas y de zarzas, medio ocultas por los jaramagos y las ortigas, se veían las lápidas de mármol, blancas, rotas, y las de piedra, carcomidas y verdeantes por los musgos. En algunas partes, el follaje era tan espeso, que las tumbas desaparecían envueltas en plantas trepadoras, entre grandes cardos espinosos y yezgos de negras umbelas.
Del fondo de algunos nichos brotaban florecillas tristes, rojas y azules, y junto á sus tallos y á sus hojuelas verdes, se veían pedazos de ataúdes, restos de la estameña de los hábitos y del traje blanco de los niños.
En las paredes, en los huecos de las piedras de la vieja tapia derruida, corrían, al sol, las lagartijas y las salamandras.
Algunos arbolillos enclenques, debilitados por las hierbas parásitas, nacían en medio de aquella selva, y de sus brazos desgajados, por entre su ramaje podrido, salían pájaros de colores, que volaban como flechas por el aire de invierno, ligero y sutil...
De este patio pasaron á otro que daba hacia una explanada frontera al Tercer Depósito. Llegaba hasta allá el rumor de los organillos de los merenderos próximos; silbaban los alambres del telégrafo al ser movidos por el viento, y á veces se oía el cacareo de algún gallo y el silbido de algún tren.
Unas vacas rojas pastaban en aquellos campos.
—¿Y esas vacas?—preguntó el juez.
—Son de una vaquería de la calle de Magallanes—dijo el conserje.
—Este terreno, ¿no pertenece al cementerio?
—Sí; pero lo tiene arrendado el cura. Ya hace mucho tiempo que no se entierra aquí.
—El cura también es un punto—dijo Rebolledo á Manuel—; se ha llevado las puertas de hierro de la capilla á una posesión suya. Volvieron el juez y el actuario á reconocerlo todo de nuevo y al avanzar la tarde se retiraron.
Manuel, Ortiz y Rebolledo salieron los últimos.
Iba anocheciendo; un aire de tristeza y de ruina, llenaba el cementerio; á lo lejos de las hierbas húmedas, de color de esmeralda, brotaban ligeras neblinas...
Ortiz se acercó á Manuel.
—¿Sabes?—le dijo—. Ya le cogimos al Bizco.
—¿Sí? ¿Cuándo?
—Hará unos meses. No te puedes figurar quién me ayudó á cogerlo.
—No.
—Un amigo tuyo.
—¿Quién?
—El Titiritero... aquel viejo.
—¿Don Alonso?
—Sí. Había entrado en la policía.
—¿Y sigue ahí?
—No; creo que murió.
—Pobre. ¿Y el Bizco?
—El Bizco tiene para rato. Probablemente le condenarán á muerte.
—¿No le han juzgado todavía?
—No. Si quieres verle...
—¡Yo! ¿Para qué?
—Al fin y al cabo ha sido amigo tuyo.
—Es verdad. ¿Y cuándo le juzgarán?
—Dentro de unos días. En los periódicos lo podrás ver.
—Quizás vaya. ¡Adiós!