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La letra escarlata

LA LETRA ESCARLATA (continued 5)

Sellén Francisco translation

El ministro, por el contrario, nunca había pasado por una experiencia tal que le condujera á poner en tela de juicio las leyes generalmente aceptadas; bien que en una sola ocasión hubiera quebrantado una de las más sagradas. Pero esto había sido un pecado cometido por la pasión, no las consecuencias de principios determinados, ni siquiera de un propósito. Desde aquella malhadada época, había observado con mórbido celo y minuciosidad, no sus acciones, porque éstas eran fáciles de arreglar, sino cada emoción por leve que fuera, y hasta cada pensamiento. Hallándose á la cabeza del sistema social, como lo estaba el eclesiástico en aquella época, se encontraba por esa misma causa más encadenado por sus reglas, sus principios y aun sus prevenciones injustas. Como ministro del altar que era, el mecanismo del sistema de la institución lo comprimía inevitablemente. Como hombre que había cometido una falta una vez, pero que conservaba su conciencia viva y penosamente sensible, merced al roce constante de una herida que no se había cicatrizado, podía suponérsele más á salvo de pecar de nuevo que si nunca hubiese delinquido.

Así nos parece observar que, en cuanto á Ester, los siete años de ignominia y destierro social habían sido sólo una preparación para esta hora. Pero, ¿y Arturo Dimmesdale? Si este hombre delinquiera de nuevo, ¿qué excusa podría presentarse para atenuar su crimen? Ninguna, á menos que le valiera de algo decir que sus fuerzas estaban quebrantadas en virtud de largos é intensos padecimientos; que su espíritu estaba obscurecido y confuso por el remordimiento que lo corroía; que entre la alternativa de huir como un criminal confeso ó permanecer siendo un hipócrita, sería difícil hallar la decisión más justa; que está en la naturaleza humana evitar el peligro de muerte é infamia y las sutiles maquinaciones de un enemigo; y, finalmente, que este pobre peregrino, débil, enfermo, infeliz, vió brillar inesperadamente, en su senda desierta y sombría, un rayo de afecto humano y de simpatía, una nueva vida, llena de sinceridad, en cambio de la triste y pesada vida de expiación que estaba ahora llevando. Y dígase también la siguiente y amarga verdad: la brecha que el delito ha abierto una vez en el alma humana, jamás queda completamente cerrada mientras conservamos nuestra condición mortal. Tiene que vigilarse y guardarse, para que el enemigo no penetre de nuevo en la fortaleza, y escoja quizás otros medios de entrar que los empleados antes. Pero siempre está allí el muro abierto, y junto á él el enemigo artificioso que, con cautela y á hurtadillas, trata de obtener de nuevo una victoria más completa.

La lucha, si hubo alguna, no es preciso describirla; baste decir que Dimmesdale resolvió emprender la fuga, y no solo.

—Si en todos estos siete años pasados—pensó—pudiera yo recordar un solo momento de paz ó de esperanza, aún lo soportaría todo confiando en la clemencia del Cielo; pero puesto que estoy irremediablemente condenado, ¿por qué no gozar del solaz concedido al sentenciado antes de su ejecución? Ó si este sendero, como Ester trata de persuadirme, es el que conduce á una vida mejor, ¿por qué no seguirlo? Ni puedo vivir por más tiempo sin la compañía de Ester, cuya fuerza para sostenerme es tan vigorosa, así como lo es también su poder para calmar las angustias de mi alma. ¡Oh Tú á quien no me atrevo á levantar las miradas!—¿me perdonarás?

—Tú partirás,—dijo Ester con reposado acento al encontrar las miradas de Dimmesdale.

Una vez tomada la decisión, el brillo de una extraña alegría esparció su vacilante esplendor sobre el rostro inquieto del ministro. Fué el efecto animador que experimenta un prisionero, que precisamente acaba de librarse del calabozo de su propio corazón, al respirar la libre y borrascosa atmósfera de una región selvática, sin leyes y sin freno de ninguna especie. Su espíritu se elevó, como de un golpe, á alturas más excelsas de las que le fué dado alcanzar durante todos los años que el infortunio le había mantenido clavado en la tierra; y como era de un temperamento en extremo religioso, en su actual animación había inevitablemente algo espiritual.

—¿Siento de nuevo la alegría?—se preguntaba, sorprendido de sí mismo.—Creía que el germen de todo contento había muerto en mí. ¡Oh Ester, tú eres mi ángel bueno! Me parece que me arrojé, enfermo, contaminado por la culpa, abatido por el dolor, sobre estas hojas de la selva, y que me he levantado otro hombre completamente nuevo, y con nuevas fuerzas para glorificar á Aquel que ha sido tan misericordioso. Esta es ya una vida mejor. ¿Por qué no nos hemos encontrado antes?

—No miremos hacia atrás,—respondió Ester,—lo pasado es pasado: ¿para qué detenernos ahora en él? ¡Mira! con este símbolo deshago todo lo hecho y procedo como si nunca hubiera existido.

Y diciendo esto, desabrochó los corchetes que aseguraban la letra escarlata, y arrancándola de su pecho la arrojó á una gran distancia entre las hojas secas. El símbolo místico cayó en la misma orilla del arroyuelo, y á poco más lo habría hecho en el agua que le hubiera arrastrado en su melancólica corriente, agregando un nuevo dolor á la historia que constantemente estaba refiriendo en sus murmullos. Pero allí quedó la letra bordada brillando como una joya perdida que algún malhadado viajero podría recoger, para verse después perseguido quizá por extraños sueños de crimen, abatimiento del corazón é infortunio sin igual.

Una vez arrojada la insignia fatal, dió Ester un largo y profundo suspiro con el que su espíritu se libró de la vergüenza y angustia que la habían oprimido. ¡Oh exquisito alivio! No había conocido su verdadero peso hasta que se sintió libre de él. Movida de otro impulso, se quitó la gorra que aprisionaba sus cabellos, que cayeron sobre sus espaldas, ricos, negros, con una mezcla de luz y sombra en su abundancia, comunicándole al rostro todo el encanto de una suave expresión. Jugueteaba en los labios y brillaba en los ojos una tierna y radiante sonrisa, que parecía tener su origen en su femenino corazón. Las mejillas, tan pálidas hasta entonces, se veían animadas de rosado color. Su sexo, su juventud, y toda la riqueza de su hermosura se diría que habían surgido de nuevo de lo que se llama el pasado irrevocable, y se agrupaban en torno de ella con su esperanza virginal y una felicidad hasta entonces desconocida, y todo dentro del mágico círculo de esta hora. Y como si la obscuridad y tristeza de la tierra y del firmamento solo hubieran sido el reflejo de lo que pasaba en el corazón de estos dos mortales, se desvanecieron también con su dolor. De pronto, como con repentina sonrisa del cielo, el sol hizo una especie de irrupción en la tenebrosa selva, derramando un torrente de esplendor, alegrando cada hoja verde, convirtiendo las amarillentas en doradas, y brillando entre los negruzcos troncos de los solemnes árboles. Los objetos, que hasta entonces habían esparcido solamente sombras, eran ahora cuerpos luminosos. El curso del arroyuelo podría trazarse, merced á su alegre murmullo, hasta allá á lo lejos en el misterioso centro de aquella selva que se había convertido en testigo de una alegría aún más misteriosa.

Tal fué la simpatía de la Naturaleza con la felicidad de estos dos espíritus. El amor, ya brote por vez primera, ó surja de cenizas casi apagadas, siempre tiene que crear un rayo de sol que llena el corazón de esplendores tales, que se esparcen en todo el mundo interior. Si la selva hubiera conservado aun su triste obscuridad, habría parecido sin embargo brillante á los ojos de Ester, y brillante igualmente á los de Arturo Dimmesdale.

Ester le dirigió una mirada llena de la luz de una nueva alegría.

—Tienes que conocer á Perla,—le dijo,—¡nuestra Perlita! Tú la has visto,—sí, yo lo sé,—pero la verás ahora con otros ojos. Es una niña singular. Apenas la comprendo. Pero tú la amarás tiernamente, como yo, y me aconsejarás acerca del modo de manejarla.

—¿Crees que la niña se alegrará de conocerme?—preguntó el ministro visiblemente inquieto.—Siempre me he alejado de los niños, porque con frecuencia demuestran cierta desconfianza, una especie de encogimiento en entrar en relaciones familiares conmigo. ¡Yo he temido siempre á Perla!

—Eso era triste,—respondió la madre,—pero ella te amará tiernamente y tú la amarás también. No se encuentra muy lejos. Voy á llamarla. ¡Perla! ¡Perla!

—Desde aquí la veo,—observó el ministro.—Allí está, en medio de la luz del sol, al otro lado del arroyuelo. ¿De modo que crees que la niña me amará?

Ester sonrió y llamó de nuevo á Perla que estaba visible á cierta distancia, como el ministro había dicho, y semejaba una brillante visión iluminada por un rayo de sol que caía sobre ella al través de las ramas de los árboles. El rayo se agitaba de un lado á otro, haciendo que la niña pareciera más ó menos confusa, ya como una criatura humana, ora como una especie de espíritu, á medida que el esplendor desaparecía y retornaba. Oyó la voz de su madre, y se dirigió á ella cruzando lentamente la selva.

Perla no había hallado largo ni fastidioso el tiempo, mientras su madre y el ministro estuvieron hablando. La gran selva, que tan sombría y severa se presentaba á los que allí traían la culpa y las angustias del mundo, se convirtió en compañera de los juegos de esta solitaria niña. Se diría que, para divertirla, había adoptado las maneras más cautivadoras y halagüeñas: le ofreció bayas exquisitas de rojizo color, que la niña recogió, deleitándose con su agreste sabor. Los pequeños moradores de aquella soledad apenas se apartaban del camino de la niña. Cierto es que una perdiz, seguida de diez perdigones, se adelantó hacia ella con aire amenazador, pero pronto se arrepintió de su fiereza y se volvió tranquila al lado de su tierna prole, como diciéndoles que no tuvieran temor. Un pichón de paloma, que estaba solo en una rama baja, permitió á Perla que se le acercase, y emitió un sonido que lo mismo podía ser un saludo que un grito de alarma. Una ardilla, desde lo alto del árbol en que tenía su morada, charlaba en són de cólera ó de alegría, porque una ardilla es un animalito tan colérico y caprichoso que es muy difícil saber si está iracundo ó de buen humor, y le arrojó una nuez á la cabeza. Una zorra, á la que sobresaltó el ruido ligero de los pasos de la niña sobre las hojas, miró con curiosidad á Perla como dudando qué sería mejor, si alejarse de allí, ó continuar su siesta como antes. Se dice que un lobo,—pero aquí ya la historia ha degenerado en lo improbable,—se acercó á Perla, olfateó el vestido de la niña é inclinó la feroz cabeza para que se la acariciara con su manecita. Sin embargo, lo que parece ser la verdad es que la selva, y todas estas silvestres criaturas á que daba sustento, reconocieron en aquella niña un sér humano de una naturaleza tan libre como la de ellas mismas.

También la niña desplegaba aquí un carácter más suave y dulce que en las calles herbosas de la población, ó en la morada de su madre. Las flores parecían conocerla, y en un susurro le iban diciendo cuando cerca de ellas pasaba: "Adórnate conmigo, linda niña, adórnate conmigo;"—y para darles gusto, Perla cogió violetas, y anémonas, y columbinas, y algunos ramos verdes, y se adornó los cabellos, y se rodeó la cintura, convirtiéndose en una ninfa infantil, en una tierna dríada, ó en algo que armonizaba con el antiguo bosque. De tal manera se había adornado cuando oyó la voz de su madre y se dirigía á ella lentamente.

Lentamente, sí, porque había visto al ministro.

XIX LA NIÑA JUNTO AL ARROYUELO

—TÚ la amarás tiernamente,—repitió Ester mientras en unión de Dimmesdale contemplaban á Perla.—¿No la encuentras bella? Y mira con qué arte tan natural ha convertido en adorno esas flores tan sencillas. Si hubiera recogido perlas, y diamantes, y rubíes en el bosque, no le sentarían mejor. ¡Es una niña espléndida! Pero bien sé á qué frente se parece la suya.

—¿Sabes tú, Ester,—dijo Arturo Dimmesdale con inquieta sonrisa,—que esta querida niña, que va siempre dando saltitos á tu lado, me ha producido más de una alarma? Me parecía... ¡oh Ester!... ¡qué pensamiento es ese, y qué terrible la idea!... Me parecía que los rasgos de mis facciones se reproducían en parte en su rostro, y que todo el mundo podría reconocerlas. ¡Tal es su semejanza! ¡Pero más que todo es tu imagen.

—No, no es así,—respondió la madre con una tierna sonrisa. Espera algún tiempo, no mucho, y no necesitarás asustarte ante la idea de que se vea de quién es hija. ¡Pero qué singularmente bella parece con esas flores silvestres con que se ha adornado el cabello! Se diría que una de las hadas que hemos dejado en nuestra querida Inglaterra la ha ataviado para que nos salga al encuentro.

Con un sentimiento que jamás hasta entonces ninguno de los dos había experimentado, contemplaban la lenta marcha de Perla. En ella era visible el lazo que los unía. En estos siete años que habían transcurrido, fué la niña para el mundo un jeroglífico viviente en que se revelaba el secreto que ellos de tal modo trataron de ocultar: en este símbolo estaba todo escrito, todo patente de un modo sencillo, á haber existido un profeta ó un hábil mago capaces de interpretar sus caracteres de fuego. Sea cual fuere el mal pasado, ¿cómo podrían dudar que sus vidas terrenales y sus futuros destinos estaban entrelazados, cuando veían ante sí tanto la unión material como la idea espiritual en que ambos se confundían, y en que habían de morar juntos inmortalmente? Pensamientos de esta naturaleza,—y quizás otros que no se confesaban ó no describían,—revistieron á la niña de una especie de misteriosa solemnidad á medida que se adelantaba.

—Que no vea nada extraño, nada apasionado, ni ansiedad alguna en tu manera de recibirla y dirigirte á ella,—le dijo Ester al ministro en voz baja.—Nuestra Perla es á veces como un duende fantástico y caprichoso. Especialmente no puede tolerar las fuertes emociones, cuando no comprende plenamente la causa ni el objeto de las mismas. Pero la niña es capaz de afectos intensos. Me ama y te amará.

—Tú no tienes una idea,—dijo el ministro mirando de soslayo á Ester,—de lo que temo esta entrevista, y al mismo tiempo cuánto la anhelo. Pero la verdad es, como ya te he dicho, que no me gano fácilmente la voluntad de los niños. No se me suben á las rodillas, no me charlan al oído, no responden á mi sonrisa; sino que permanecen alejados de mí y me miran de una manera extraña. Aun los recién nacidos lloran fuertemente cuando los tomo en brazos. Sin embargo, Perla ha sido cariñosa para conmigo dos veces en su vida. La primera vez... ¡bien sabes cuando fué! La última, cuando la llevaste contigo á la casa del severo y anciano Gobernador.

—Y cuando tú abogaste tan valerosamente en favor de ella y mío,—respondió la madre.—Lo recuerdo perfectamente, y también deberá recordarlo Perla. ¡No temas nada! Al principio podrá parecerte singular y hasta huraña, pero pronto aprenderá á amarte.

Ya Perla había llegado á la orilla del arroyuelo, y allí se quedó contemplando silenciosamente á Ester y al ministro, que permanecían sentados juntos en el tronco musgoso del viejo árbol, esperando que viniese. Precisamente donde la niña se había detenido, el arroyuelo formaba un charco tan liso y tranquilo que reflejaba una imagen perfecta de su cuerpecito, con toda la pintoresca brillantez de su belleza, que realzaba su adorno de flores y hojas, si bien más espiritualizada y delicada que en la realidad. Esta imagen, casi tan idéntica á lo que era Perla, parecía comunicar algo de su cualidad intangible y flotante á la niña misma. La manera en que Perla permanecía allí, mirándoles fijamente al través de la semi-obscuridad de la selva, era realmente extraña; iluminada ella, sin embargo, por un rayo de sol atraído allí por cierta oculta simpatía. Ester misma se sentía de un modo vago y misterioso como alejada de su hija; como si ésta, en su paseo solitario por la selva, se hubiera apartado por completo de la esfera en que tanto ella como su madre habitaban juntas, y estuviese ahora tratando de regresar, aunque en vano, al perdido hogar.

Y en esta sensación había á la vez verdad y error: hija y madre se sentían ahora mutuamente extrañas, pero por culpa de Ester, no de Perla. Mientras la niña se paseaba solitariamente, otro sér había sido admitido en la esfera de los sentimientos de la madre, modificando de tal modo el aspecto de las cosas, que Perla, al regresar de su paseo, no pudo hallar su acostumbrado puesto y apenas reconoció á su madre.

—Una singular idea se ha apoderado de mí,—dijo el enfermizo ministro.—Se me figura que este arroyuelo forma el límite entre dos mundos, y que nunca más has de encontrar á tu Perla. ¿Ó acaso es ella una especie de duende ó espíritu encantado á los que, como nos decían en los cuentos de nuestra infancia, les está prohibido cruzar una corriente de agua? Te ruego que te apresures, porque esta demora ya me ha puesto los nervios en conmoción.

—Ven, querida niña,—dijo Ester animándola y extendiendo los brazos hacia ella.—Ven: ¡qué lenta eres! ¿Cuándo, antes de ahora, te has mostrado tan floja? Aquí está un amigo mío que también quiere ser tu amigo. En adelante tendrás dos veces tanto amor como el que tu madre sola puede darte. Salta sobre el arroyuelo y ven hacia nosotros. Tú puedes saltar como un corzo.

Perla, sin responder de ningún modo á estas melosas expresiones, permaneció al otro lado del arroyuelo, fijando los brillantes ojos ya en su madre, ya en el ministro, ó incluyendo á veces á entrambos en la misma mirada, como si quisiera descubrir y explicarse lo que había de común entre los dos. Debido á inexplicable motivo, al sentir Arturo Dimmesdale que las miradas de la niña se clavaban en él, se llevó la mano al corazón con el gesto que le era tan habitual y que se había convertido en acción involuntaria. Al fin, tomando cierto aspecto singular de autoridad, Perla extendió la mano señalando con el dedo índice evidentemente el pecho de su madre. Y debajo, en el cristal del arroyuelo, se veía la imagen brillante y llena de flores de Perla, señalando también con su dedito.

—Niña singular, ¿por qué no vienes donde estoy?—exclamó Ester.

Perla tenía extendido aun el dedo índice, y frunció el entrecejo, lo que le comunicaba una significación más notable, atendidas las facciones infantiles que tal aspecto tomaban. Como su madre continuaba llamándola, lleno el rostro de inusitadas sonrisas, la niña golpeó la tierra con el pie con gestos y miradas aun más imperiosos, que también reflejó el arroyuelo, así como el dedo extendido y el gesto imperioso de la niña.

—Apresúrate, Perla, ó me incomodaré,—gritó Ester, quien, acostumbrada á semejante modo de proceder de parte de su hija en otras ocasiones, deseaba, como era natural, un comportamiento algo mejor en las circunstancias actuales.—Salta el arroyuelo, traviesa niña, y corre hacia aquí: de lo contrario yo iré á donde tú estás.

Pero Perla no hizo caso de las amenazas de su madre, como no lo había hecho de sus palabras afectuosas, sino que rompió en un arrebato de cólera, gesticulando violentamente y agitando su cuerpecito con las más extravagantes contorsiones, acompañando esta explosión de ira de agudos gritos que repercutió la selva por todas partes; de modo que á pesar de lo sola que estaba en su infantil é incomprensible furor, parecía que una oculta multitud la acompañaba y hasta la alentaba en sus acciones. Y en el agua del arroyuelo se reflejó una vez más la colérica imagen de Perla, coronada de flores, golpeando el suelo con el pie, gesticulando violentamente y apuntando con el dedo índice al seno de Ester.

—Ya sé lo que quiere esta niña,—murmuró Ester al ministro, y palideciendo, á pesar de un gran esfuerzo para ocultar su disgusto y su mortificación, dijo:—los niños no permiten el más leve cambio en el aspecto acostumbrado de las cosas que tienen diariamente á la vista. Perla echa de menos algo que siempre me ha visto llevar.

—Si tienes algún medio de apaciguar á la niña,—le dijo el ministro,—te ruego que lo hagas inmediatamente. Excepto el furor de una vieja hechicera, como la Sra. Hibbins,—agregó tratando de sonreir,—nada hay que me asuste tanto como un arrebato de cólera cual éste en un niño. En la tierna belleza de Perla, así como en las arrugas de la vieja hechicera, tiene ese arrebato algo de sobrenatural. Apacíguala, si me amas.

Ester se dirigió de nuevo á Perla, con el rostro encendido, dando una mirada de soslayo al ministro, y exhalando luego un hondo suspiro; y aun antes de haber tenido tiempo de hablar, el color de sus mejillas se convirtió en mortal palidez.

—Perla,—dijo con tristeza,—mira á tus pies.... Ahí... frente á tí... al otro lado del arroyuelo.

La niña dirigió las miradas al punto indicado, y allí vió la letra escarlata, tan cerca de la orilla de la corriente, que el bordado de oro se reflejaba en el agua.

—Tráela aquí,—dijo Ester.

—Ven tú á buscarla,—respondió Perla.

—¡Habráse visto jamás niña igual!—observó Ester aparte al ministro.—¡Oh! Te tengo que decir mucho acerca de ella. Pero á la verdad, en el asunto de este odioso símbolo, tiene razón. Debo sufrir este tormento todavía algún tiempo, unos cuantos días más, hasta que hayamos dejado esta región y la miremos como un país con que hemos soñado. La selva no puede ocultarla. El océano recibirá la letra de mis manos, y la tragará para siempre!

Diciendo esto se adelantó á la margen del arroyuelo, recogió la letra escarlata y la fijó de nuevo en el pecho. Un momento antes, cuando Ester habló de arrojarla al seno del océano, había en ella un sentimiento de fundada esperanza; al recibir de nuevo este símbolo mortífero de la mano del destino, experimentó la sensación de una sentencia irrevocable que sobre ella pesaba. La había arrojado al espacio infinito,—había respirado una hora el aire de la libertad,—y de nuevo estaba aquí la letra escarlata con todo su suplicio, brillando en el lugar acostumbrado. De la misma manera una mala acción se reviste siempre del carácter de ineludible destino. Ester recogió inmediatamente las espesas trenzas de sus cabellos y las ocultó bajo su gorra. Y como si hubiera un maleficio en la triste letra, desapareció su hermosura y todo lo que en ella había de femenino, á manera de rayo de sol que se desvanece, y como si una sombra se hubiera extendido sobre todo su sér.

Efectuado el terrible cambio, extendió la mano á Perla.

—¿Conoces ahora á tu madre, niña?—le preguntó con acento de reproche, aunque en un tono moderado. ¿Quieres atravesar el arroyo, y venir á donde está tu madre, ahora que se ha puesto de nuevo su ignominia,—ahora que está triste?

—Sí, ahora quiero,—respondió la niña atravesando el arroyuelo, y estrechando á su madre contra su pecho. Ahora eres realmente mi madre, y yo soy tu Perlita.

Y con una ternura que no era común en ella, atrajo hacia sí la cabeza de su madre y la besó en la frente y en las mejillas. Pero entonces,—por una especie de necesidad que siempre la impulsaba á mezclar en el contento que proporcionaba una parte de dolor,—Perla besó también la letra escarlata.

—Eso no es bueno,—dijo Ester,—cuando me has demostrado un poco de amor, te mofas de mí.

—¿Por qué está sentado el ministro allí?—preguntó Perla.

—Te está esperando para saludarte,—replicó su madre.—Vé y pídele su bendición. Él te ama, Perlita mía, y también ama á tu madre. ¿No lo amarás tú igualmente? Vé: él desea acariciarte.

—¿Nos ama realmente?—dijo Perla mirando á su madre con expresión de viva inteligencia.—¿Irá con nosotros, dándonos la mano, y entraremos los tres juntos en la población?

—Ahora no, mi querida hija,—respondió Ester.—Pero dentro de algunos días iremos juntos de la mano, y tendremos un hogar y una casa nuestra, y te sentarás sobre sus rodillas, y te enseñará muchas cosas y te amará muy tiernamente. Tú también lo amarás, ¿no es verdad?

—¿Y conservará siempre la mano sobre el corazón?

—¿Qué pregunta es esa, locuela?—exclamó la madre: ven y pídele su bendición.

Pero sea que influyeran en ella los celos que parecen instintivos en todos los niños mimados, en presencia de un rival peligroso, ó que fuese un capricho de su naturaleza singular, Perla no quiso dar muestras de afecto alguno á Arturo Dimmesdale. Solamente, y á la fuerza, la llevó su madre hacia el ministro, y eso quedándose atrás y manifestando su mala gana con raros visajes, de los cuales, desde su más tierna infancia, poseía numerosa variedad, pudiendo transformar su móvil fisonomía de diversas maneras, y siempre con una expresión más ó menos perversa. El ministro,—penosamente desconcertado, pero con la esperanza de que un beso podría ser una especie de talismán que le ganara la buena voluntad de la niña,—se inclinó hacia ella y la besó en la frente. Inmediatamente Perla logró desasirse de las manos de su madre, y corriendo hacia el arroyuelo, se detuvo en la orilla y se lavó la frente en sus aguas, hasta que creyó borrado completamente el beso recibido de mala gana. Después permaneció á un lado contemplando en silencio á Ester y al ministro, mientras éstos conversaban juntos y hacían los arreglos sugeridos por su nueva posición y por los propósitos que pronto habían de realizar.

Y ahora esta fatídica entrevista quedó terminada. Aquel lugar donde se encontraban, permanecería abandonado en su soledad entre los sombríos y antiguos árboles de la selva que, con sus numerosas lenguas, susurrarían largamente lo que allí había pasado, sin que ningún mortal fuera por eso más cuerdo. Y el melancólico arroyuelo agregaría esta nueva historia á los misteriosos cuentos que ya conocía, y continuaría su antiguo murmullo, no por cierto más alegre de lo que había sido durante siglos y siglos.

XX EL MINISTRO PERDIDO EN UN LABERINTO

ARTURO DIMMESDALE partió el primero, adelantándose á Ester y á Perla, y ya á cierta distancia dirigió una mirada hacia atrás, como si esperara descubrir tan sólo algunos rasgos débiles ó los contornos de la madre y de la niña desvaneciéndose lentamente en la semiobscuridad de la selva. Acontecimiento de tal importancia en su existencia, no podía concebir que fuese real. Pero allí estaba Ester, vestida con su traje de pardo color, de pie todavía junto al tronco del árbol que algún viento tempestuoso derrumbó en tiempos inmemoriales, todo cubierto de musgo, para que esos dos seres predestinados, con el alma abrumada de pesar, pudieran sentarse allí juntos y encontrar una sola hora de descanso y solaz. Y allí también estaba Perla, bailando alegremente á orillas del arroyuelo, ahora que aquel extraño intruso se había ido, y la dejaba ocupar su antiguo puesto al lado de su madre. No: el ministro no se había quedado dormido, ni había soñado.

Para conseguir que desaparecieran de su mente la vaguedad y confusión de sus impresiones, que le hacían experimentar una extraña inquietud, se puso á recordar de una manera precisa y definida los planes y proyectos que él y Ester habían bosquejado para su partida. Se había convenido entre los dos que el Antiguo Mundo, con sus ciudades populosas, les ofrecería mejor abrigo y mayor oportunidad, para pasar inadvertidos que no las selvas mismas de la Nueva Inglaterra ó de toda la América, con sus alternativas de una que otra choza de indios ó las pocas ciudades de europeos, escasamente pobladas, esparcidas aquí y allí á lo largo de las costas. Todo esto sin hablar de la mala salud del ministro, que no se prestaba ciertamente á soportar los trabajos y privaciones de la vida de los bosques, cuando sus dones naturales, su cultura y el desenvolvimiento de todas sus facultades le adaptaban para vivir tan sólo en medio de pueblos de adelantada civilización. Para que pudiesen llevar á cabo lo que habían determinado, la casualidad les deparó que hubiera en el puerto un buque, una de esas embarcaciones de dudoso carácter, cosa muy común en aquellos tiempos, que sin ser realmente piratas, recorrían sin embargo los mares con muy poco respeto á las leyes de propiedad. Este buque había llegado recientemente del Mar de las Antillas, y debía hacerse á la vela dentro de tres días con rumbo á Brístol en Inglaterra. Ester, cuya vocación para hermana de la Caridad la había puesto en contacto con el capitán y los tripulantes de la nave, se ocuparía en conseguir el pasaje de dos individuos y una niña, con todo el secreto que las circunstancias hacían más que necesario.

El ministro había preguntado á Ester, con no poco interés, la fecha precisa en que el buque había de partir. Probablemente sería dentro de cuatro días á contar de aquel en que estaban. "¡Feliz casualidad!"—se dijo para sus adentros. Por qué razón el Reverendo Arturo Dimmesdale lo consideró una feliz casualidad, vacilamos en revelarlo. Sin embargo, para que el lector lo sepa todo, diremos que dentro de tres días tenía que predicar el sermón de la elección; y como semejante acto formaba una época honrosa en la vida de un eclesiástico de la Nueva Inglaterra, el Sr. Dimmesdale no podía haber escogido una oportunidad más conveniente para terminar su carrera profesional. "Á lo menos, dirán de mí,—pensó este hombre ejemplar,—que no he dejado por desempeñar ningún deber público, ni lo he desempeñado mal."—¡Triste es, indudablemente, ver que una persona que podía hacer un examen tan profundo y minucioso de sí mismo, se engañara á tal extremo! Ya hemos dicho, y aun nos quedan por decir, cosas peores de él; pero ninguna tan lastimosamente débil; ninguna que diera una prueba tan irrefragable de la sutil enfermedad que había, desde tiempo atrás, minado la verdadera base de su carácter. Ningún hombre puede llevar por mucho tiempo, por decirlo así, dos rostros: uno en público y otro frente á frente de su conciencia, sin que al fin llegue á no saber cuál es el verdadero.

La agitación que experimentó el Sr. Dimmesdale al regresar de su entrevista con Ester, le comunicó una energía física inusitada, y le hizo caminar hacia la población con rápido paso. El sendero al través de los bosques le pareció más bravío, más áspero con sus obstáculos naturales, y menos hollado por pies humanos, que cuando lo recorrió en sentido inverso. Pero saltaba sobre los lugares pantanosos, se introducía por entre el frondoso ramaje, trepaba cuando encontraba cuestas que subir, ó descendía á las hondonadas; en una palabra, venció todas las dificultades que se le presentaron en el camino, con una actividad infatigable que á él mismo le sorprendía. No pudo menos de recordar cuán fatigosamente, y con cuántas paradas para recobrar aliento, había recorrido ese mismo camino tan solo dos días antes. Á medida que se acercaba á la ciudad fué creyendo que notaba un cambio en los objetos que le eran más familiares, como si desde que salió de la población no hubieran transcurrido solamente dos ó tres días, sino muchos años.

Ciertamente que las calles presentaban el mismo aspecto que antes, según las recordaba, y las casas tenían las mismas peculiaridades, con su multitud de aleros y una veleta precisamente en el lugar en que su memoria se lo indicaba. Sin embargo, la idea de cambio le acosaba á cada instante, aconteciéndole igual fenómeno con las personas conocidas que veía, y con todas las que le eran familiares en la pequeña población. No las hallaba ahora ni más jóvenes ni más viejas; las barbas de los ancianos no eran más blancas, ni el niño que andaba á gatas ayer podía moverse hoy haciendo uso de sus pies: era imposible decir en qué diferían de las personas á quienes había visto antes de partir; y sin embargo, algo interno parecía sugerirle que se había efectuado un cambio. Recibió una impresión de esta naturaleza, de la manera más notable, al pasar junto á la iglesia que estaba á su cargo. El edificio se le presentó con un aspecto á la vez tan extraño y tan familiar, que el Sr. Dimmesdale estuvo vacilando entre estas dos ideas: ó que hasta entonces lo había visto solamente en un sueño, ó que ahora estaba simplemente soñando.

Este fenómeno, en las varias formas que iba tomando, no indicaba un cambio externo, sino un cambio tan repentino é importante en el espectador mismo, que el espacio de un solo día de intervalo había sido para él equivalente al transcurso de varios años. La voluntad del ministro y la de Ester, y el destino que sobre ellos pesaba, habían operado esta transformación. Era la misma ciudad que antes; pero no era el mismo ministro el que había regresado de la selva. Podría haber dicho á los amigos que le saludaban: "No soy el hombre por quien me tomáis. Lo he dejado allá en la selva, retirado en un oculto vallecillo, junto á un tronco musgoso de árbol, no lejos de un melancólico arroyuelo. Id: buscad á vuestro ministro, y ved si su cuerpo extenuado, sus mejillas descarnadas, y su pálida frente surcada de arrugas por el dolor, no han sido arrojados allí como vestido de que uno se deshace." Sin duda alguna sus amigos habrían insistido, diciéndole: "Tú eres el mismo hombre"; pero el error hubiera estado de parte de sus amigos y no del ministro.

Antes de que el Sr. Dimmesdale llegara á su morada, su sér íntimo le dió otras pruebas de que una revolución se había operado en su modo de pensar y de sentir. Á la verdad, solo á una revolución de esa naturaleza, completa y total, podían atribuirse los impulsos que agitaban al infortunado ministro. Á cada paso se sentía movido del deseo de hacer algo extraño, inusitado, violento ó perverso, con la convicción de que sería á la vez involuntario é intencional y á despecho de sí mismo, pero emanando de un sentimiento más profundo que el que se oponía al impulso. Por ejemplo, se encontró con uno de los diáconos de su iglesia, buen anciano que le saludó con el afecto paternal y el aire patriarcal á que tenía derecho por sus años, sus virtudes y su posición, y al mismo tiempo con el profundo respeto, casi veneración, que el carácter público y privado del ministro reclamaban. Nunca se vió un ejemplo más hermoso de cómo la majestad y sabiduría de los años pueden hermanarse á la obediencia y respeto que una categoría social é inteligencia inferiores deben á una persona superior en esas cualidades. Pues bien, durante una conversación de unos pocos momentos entre el Reverendo Sr. Dimmesdale y este excelente y anciano diácono, solo merced á la más cuidadosa circunspección y casi haciéndose violencia, evitó el ministro proferir ciertas reflexiones heréticas que se le ocurrieron sobre varios puntos religiosos. Temblaba y palidecía temiendo que sus labios, á despecho de sí mismo, emitiesen algunos de los horribles pensamientos que le cruzaban por la mente. Y sin embargo, aunque con el corazón lleno de tal terror, no pudo menos de sonreirse al imaginar lo estupefacto que se habría quedado el santo varón y patriarcal diácono ante la impiedad de su ministro.

Referiremos otro incidente de igual naturaleza. Yendo á toda prisa por la calle, el Reverendo Sr. Dimmesdale tropezó de manos á boca con uno de los más antiguos miembros de su iglesia, una anciana señora, la más piadosa y ejemplar que pueda darse: pobre, viuda, sola, y con el corazón todo lleno de reminiscencias de su marido y de sus hijos, ya muertos, así como de sus amigos fallecidos también hacía tiempo. Sin embargo, todo esto, que de otro modo habría sido un dolor intenso, se había casi convertido para esta alma piadosa en un goce solemne, gracias á los consuelos religiosos y á las verdades de las Sagradas Escrituras, con que puede decirse que se había nutrido continuamente por espacio de más de treinta años. Desde que el Reverendo Sr. Dimmesdale la tomó á su cargo, el principal consuelo terrenal de la buena señora consistía en ver á su pastor espiritual, ya de propósito deliberado, ya por casualidad, y sentir confortada el alma con una palabra que respirase las verdades consoladoras del Evangelio, y que saliendo de aquellos labios reverenciados, penetrase en su pobre pero atento oído. Mas en la presente ocasión, al querer el Reverendo Sr. Dimmesdale abrir los labios, no le fué posible recordar un solo texto de las Sagradas Escrituras, y lo único que pudo decir fué algo breve, enérgico, que según le pareció á él mismo entonces, venía á ser un argumento irrefutable contra la inmortalidad del alma. La simple insinuación de semejante idea habría hecho probablemente caer á tierra sin sentido á esta anciana señora, como por efecto de una infusión de veneno intensamente mortífero. Lo que el ministro dijo en realidad, no pudo recordarlo nunca. Tal vez hubo en sus palabras una cierta obscuridad que impidió á la buena viuda comprender exactamente la idea que Dimmesdale quiso expresar, ó quizás ella las interpretó allá á su manera. Lo cierto es, que cuando el ministro volvió la mirada hacia atrás, notó en el rostro de la santa mujer una expresión de éxtasis y divina gratitud, como si estuviera iluminado por los resplandores de la ciudad divina.

Aun referiremos un tercer ejemplo. Después de separarse de la anciana viuda, encontró á la más joven de sus feligreses. Era una tierna doncella á quien el sermón predicado por el Reverendo Sr. Dimmesdale, el día después de la noche pasada en vela en el tablado, había hecho trocar los goces transitorios del mundo por la esperanza celestial que iría ganando brillantez á medida que las sombras de la existencia se fueran aumentando, y que finalmente convertiría las tinieblas postreras en oleadas de luz gloriosa. Era tan pura y tan bella como un lirio que hubiese florecido en el Paraíso. El ministro sabía perfectamente que su imagen se hallaba venerada en el santuario inmaculado del corazón de la doncella, que mezclaba su entusiasmo religioso con el dulce fuego del amor, y comunicaba al amor toda la pureza de la religión. De seguro que el enemigo del género humano había apartado aquel día á la joven doncella del lado de su madre, para ponerla al paso de este hombre que podemos llamar perdido y desesperanzado. Á medida que la joven se iba acercando al ministro, el maligno espíritu le murmuró á éste en el oído que condensara en la forma más breve, y vertiera en el tierno corazón de la virgen, un germen de maldad que pronto produciría negras flores y frutos aún más negros. Era tal la convicción de su influencia sobre esta alma virginal, que de este modo á él se confiaba, que el ministro sabía muy bien que le era dado marchitar todo este jardín de inocencia con una sola mirada perversa, ó hacerle florecer en virtudes con una sola buena palabra. De consiguiente, después de sostener consigo mismo una lucha más fuerte que las que ya había sostenido, se cubrió el rostro con el capote y apresuró el paso sin darse por entendido que la había visto, dejando á la pobre muchacha que interpretase su rudeza como quisiera. Ella escudriñó su conciencia, llena de pequeñas acciones inocentes, y la infeliz se reprochó mil faltas imaginarias, y al día siguiente estuvo desempeñando sus quehaceres domésticos toda cabizbaja y con ojos llorosos.

Antes de que el ministro hubiera tenido tiempo de celebrar su victoria sobre esta última tentación, experimentó otro impulso no ya ridículo, sino casi horrible. Era,—nos avergonzamos de decirlo,—nada menos que detenerse en la calle y enseñar algunas palabrotas muy malsonantes á un grupo de niños puritanos, que apenas empezaban á hablar. Habiendo resistido este impulso como completamente indigno del traje que vestía, encontró á un marinero borracho de la tripulación del buque del Mar de las Antillas de que hemos hablado; y esta vez, después de haber rechazado tan valerosamente todas las otras perversas tentaciones, el pobre Sr. Dimmesdale deseó, al fin, dar un apretón de manos á este tunante alquitranado, y recrearse con algunos de esos chistes de mala ley de que tal acopio tienen los marineros, sazonado todo con una andanada de ternos y juramentos capaces de estremecer el cielo. Detuviéronle no tanto sus buenos principios, como su pudor innato y las decorosas costumbres adquiridas bajo su traje de eclesiástico.

—¿Qué es lo que me persigue y me tienta de esta manera?—se preguntó el ministro á sí mismo, deteniéndose en la calle y golpeándose la frente.—¿Estoy loco por ventura, ó me hallo completamente en poder del enemigo malo? ¿Hice un pacto con él en la selva y lo firmé con mi propia sangre? ¿Y me pide ahora que lo cumpla, sugiriéndome que lleve á cabo todas las iniquidades que pueda concebir su perversa imaginación?

En los momentos en que el Reverendo Sr. Dimmesdale razonaba de este modo consigo mismo, y se golpeaba la frente con la mano, se dice que la anciana Sra. Hibbins, la dama reputada por hechicera, pasaba por allí, vestida con rico traje de terciopelo, fantásticamente peinada, y con un hermoso cuello de lechuguilla, todo lo cual le daba una apariencia de persona de muchas campanillas. Como si la hechicera hubiese leído los pensamientos del ministro, se detuvo ante él, fijó las miradas astutamente en su rostro, sonrió con malicia, y,—aunque no muy dada á hablar con gente de la iglesia,—tuvo con él el siguiente diálogo:

—De modo, Reverendo Señor, que habéis hecho una visita á la selva,—observó la hechicera inclinando su gran peinado hacia el ministro.—La próxima vez que vayáis, os ruego me lo aviséis en tiempo, y me consideraré muy honrada en acompañaros. Sin querer exagerar mi importancia, creo que una palabra mía servirá para proporcionar á cualquier caballero extraño una excelente recepción de parte de aquel potentado que sabéis.

—Os aseguro, señora,—respondió el ministro con respetuoso saludo, como demandaba la alta jerarquía de la dama, y como su buena educación se lo exigía,—os aseguro, bajo mi conciencia y honor, que estoy completamente á obscuras acerca del sentido que entrañan vuestras palabras. No he ido á la selva á buscar á ningún potentado; ni intento hacer allí una futura visita con el fin de ganarme la protección y favor de semejante personaje. Mi único objeto fué saludar á mi piadoso amigo el apóstol Eliot, y regocijarme con él por las muchas preciosas almas que ha arrancado á la idolatría.

—¡Ja! ¡ja! ¡ja!—exclamó la anciana bruja, inclinando siempre su alto peinado hacia el ministro.—Bien, bien: no necesitamos hablar de esto durante el día; pero á media noche, y en la selva, tendremos juntos otra conversación.

La vieja hechicera continuó su camino con su acostumbrada majestad, pero de cuando en cuando volvía hacia atrás las miradas y se sonreía, exactamente como quien quisiera dar á entender que existía entre ella y el ministro una secreta y misteriosa intimidad.

—¿Me habré vendido yo mismo,—se preguntó el ministro,—al maligno espíritu á quien, si es verdad lo que se dice, esta vieja y amarillenta bruja, vestida de terciopelo, ha escogido por su príncipe y señor?

¡Infeliz ministro! Había hecho un pacto muy parecido á ese de que hablaba. Alucinado por un sueño de felicidad, había cedido, deliberadamente, como nunca lo hizo antes, á la tentación de lo que sabía que era un pecado mortal; y el veneno inficionador de ese pecado se había difundido rápidamente en todo su sér moral; adormeciendo todos sus buenos impulsos, y despertando en él todos los malos á vida animadísima. El odio, el desprecio, la malignidad sin provocación alguna, el deseo gratuito de ser perverso, de ridiculizar todo lo bueno y santo, se despertaron en él para tentarle al mismo tiempo que le llenaban de pavor. Y su encuentro con la vieja hechicera Hibbins, caso de que hubiera acontecido realmente, sólo vino á mostrarle sus simpatías y su compañerismo con mortales perversos y con el mundo de perversos espíritus.

Ya para este tiempo había llegado á su morada, cerca del cementerio, y subiendo apresuradamente las escaleras se refugió en su estudio. Mucho se alegró el ministro de verse al fin en este asilo, sin haberse vendido él mismo cometiendo una de esas extrañas y malignas excentricidades, á que había estado continuamente expuesto, mientras atravesaba las calles de la población. Entró en su cuarto, y dió una mirada alrededor examinando los libros, las ventanas, la chimenea para el fuego, y los tapices, experimentando la misma sensación de extrañeza que le había acosado durante el trayecto desde la selva á la ciudad. En esta habitación había estudiado y escrito; aquí había ayunado y pasado las noches en vela, hasta quedar casi medio muerto de fatiga y debilidad; aquí se había esforzado en orar; aquí había padecido mil y mil tormentos y agonías. Allí estaba su Biblia, en el antiguo y rico hebreo, con Moisés y los Profetas que le hablaban constantemente, y resonando en toda ella la voz de Dios. Allí, sobre la mesa, con la pluma al lado, había un sermón por terminar, con una frase incompleta tal como la dejó cuando salió á hacer su visita dos días antes. Sabía que él era el mismo, el ministro delgado de pálidas mejillas que había hecho y sufrido todas estas cosas, y tenía ya muy adelantado su sermón de la elección. Pero parecía como si estuviera aparte contemplando su antiguo sér con cierta curiosidad desdeñosa, compasiva y semienvidiosa. Aquel antiguo sér había desaparecido, y otro hombre había regresado de la selva: más sabio, dotado de un conocimiento de ocultos misterios que la sencillez del primero nunca pudo haber conseguido. ¡Amargo conocimiento por cierto!

Mientras se hallaba ocupado en estas reflexiones, resonó un golpecito en la puerta del estudio, y el ministro dijo: "Entrad"—no sin cierto temor de que pudiera ser un espíritu maligno. ¡Y así fué! Era el anciano Rogerio Chillingworth. El ministro se puso en pie, pálido y mudo, con una mano en las Sagradas Escrituras y la otra sobre el pecho.

—¡Bienvenido, Reverendo Señor!—dijo el médico.—Y cómo habéis hallado á ese santo varón, el apóstol Eliot? Pero me parece, mi querido señor, que estáis pálido; como si el viaje al través de las selvas hubiera sido muy penoso. ¿No necesitáis de mi auxilio para fortaleceros algo, cosa de que podáis predicar el sermón de la elección?

—No, creo que no,—replicó el Reverendo Sr. Dimmesdale.—Mi viaje, y la vista del santo apóstol, y el aire libre y puro que allí he respirado, después de tan largo encierro en mi estudio, me han hecho mucho bien. Creo que no tendré más necesidad de vuestras drogas, mi benévolo médico, á pesar de lo buenas que son y de estar administradas por una mano amiga.

Durante todo este tiempo el anciano Rogerio había estado contemplando al ministro con la mirada grave y fija de un médico para con su paciente; pero á pesar de estas apariencias, el ministro estaba casi convencido de que Chillingworth sabia, ó por lo menos sospechaba, su entrevista con Ester. El médico conocía, pues, que para su enfermo él no era ya un amigo íntimo y leal, sino su más encarnizado enemigo; de consiguiente, era natural que una parte de esos sentimientos tomara forma visible. Es sin embargo singular el hecho de que á veces transcurra tanto tiempo antes de que ciertos pensamientos se expresen por medio de palabras, y así vemos con cuanta seguridad dos personas, que no desean tratar el asunto que más á pecho tienen, se acercan hasta sus mismos límites y se retiran sin tocarlo. Por esta razón, el ministro no temía que el médico tratara de un modo claro y distinto la posición verdadera en que mutuamente se encontraban uno y otro. Sin embargo, el anciano Rogerio, con su manera tenebrosa de costumbre, se acercó considerablemente al particular del secreto.

—¿No sería mejor, dijo, que os sirvierais esta noche de mi poca habilidad? Realmente, mi querido señor, tenemos que esmerarnos y hacer todo lo posible para que estéis fuerte y vigoroso el día del sermón de la elección. El público espera grandes cosas de vos, temiendo que al llegar otro año ya su pastor haya partido.

—Sí, á otro mundo,—replicó el ministro con piadosa resignación.—Concédame el cielo que sea á un mundo mejor, porque, en verdad, apenas creo que podré permanecer entre mis feligreses las rápidas estaciones de otro año. Y en cuanto á vuestras medicinas, buen señor, en el estado actual de mi cuerpo, no las necesito.

—Mucho me alegro de oírlo,—respondió el médico.—Pudiera ser que mis remedios, administrados tanto tiempo en vano, empezaran ahora á surtir efecto. Por feliz me tendría si así fuere, pues merecería la gratitud de la Nueva Inglaterra, si pudiese efectuar tal cura.

—Os doy las gracias con todo mi corazón, vigilante amigo,—dijo el Reverendo Sr. Dimmesdale con una solemne sonrisa.—Os doy las gracias, y sólo podré pagar con mis oraciones vuestros buenos servicios.

—Las preces de un hombre bueno son la más valiosa recompensa,—contestó el anciano médico al despedirse.—Son las monedas de oro corriente en la Nueva Jerusalén, con el busto del Rey grabado en ellas.

Cuando estuvo solo, el ministro llamó á un sirviente de la casa y le pidió algo de comer, lo que traído que fué, puede decirse que despachó con voraz apetito; y arrojando á las llamas lo que ya tenía escrito de su sermón, empezó acto continuo á escribir otro, con tal afluencia de pensamientos y de emoción que se creyó verdaderamente inspirado, admirándose sólo de que el cielo quisiera transmitir la grande y solemne música de sus oráculos por un conducto tan indigno como él se consideraba. Dejando, sin embargo, que ese misterio se resolviese por sí mismo, ó permaneciera eternamente sin resolverse, continuó su labor con empeño y entusiasmo. Y así se pasó la noche hasta que apareció la mañana, arrojando un rayo dorado en el estudio, donde sorprendió al ministro, pluma en mano, con innumerables páginas escritas y esparcidas por donde quiera.

XXI EL DÍA DE FIESTA EN LA NUEVA INGLATERRA

MUY temprano, en la mañana del día en que el nuevo Gobernador había de ser elegido por el pueblo, fueron Ester y Perla á la plaza del mercado, que ya estaba llena de artesanos y otros plebeyos habitantes de la ciudad en número considerable. Entre estos había muchos individuos de aspecto rudo, cuyos vestidos, hechos de piel de ciervo, daban á conocer que pertenecían á algunos de los establecimientos situados en las selvas que rodeaban la pequeña metrópoli de la colonia.

En este día de fiesta, como en todas las demás ocasiones durante los siete últimos años, llevaba Ester un traje de paño burdo de color gris, que no tanto por su color como por cierta peculiaridad indescriptible de su corte, daba por resultado relegar su persona á la obscuridad, como si la hiciera desaparecer á las miradas de todos, mientras la letra escarlata, por el contrario, la hacía surgir de esta especie de crepúsculo ó penumbra, presentándola al mundo bajo el aspecto moral de su propio brillo. Su rostro, por tanto tiempo familiar á las gentes de la ciudad, dejaba ver la calma marmórea que estaban acostumbrados á contemplar. Era una especie de máscara; ó mejor dicho, era la calma congelada de las facciones de una mujer ya muerta, y esta triste semejanza se debía á la circunstancia de que Ester estaba en realidad muerta, en lo concerniente á poder reclamar alguna simpatía ó afecto, y á que ella se había segregado por completo del mundo con el cual parecía que aún se mezclaba.

Quizás en este día especial pudiera decirse que había en el rostro de Ester una expresión no vista hasta entonces, aunque en realidad no tan marcada que pudiese notarse fácilmente, á no ser por un observador dotado de tales facultades de penetración que leyera, primero, lo que pasaba en el corazón, y luego hubiese buscado un reflejo correspondiente en el rostro y aspecto general de esa mujer. Semejante observador, ó más bien adivino, podría haber pensado que, después de haber sostenido Ester las miradas de la multitud durante siete largos y malhadados años soportándolas como una necesidad, una penitencia, y una especie de severa religión, ahora, por la última vez, las afrontaba libre y voluntariamente para convertir también en una especie de triunfo lo que había sido una prolongada agonía. "¡Mirad por última vez la letra escarlata y á la que la lleva!"—parecía decirles la víctima del pueblo.—"Esperad un poco y me veré libre de vosotros. Unas cuantas horas, no más, y el misterioso y profundo océano recibirá en su seno, y ocultará en él para siempre, el símbolo que habéis hecho brillar por tanto tiempo en mi pecho!"

Ni sería incurrir en una inconsistencia demasiado grande, si supusiéramos que Ester experimentaba cierto sentimiento de pesar en aquellos instantes mismos en que estaba á punto de verse libre del dolor, que puede decirse se había encarnado profundamente en su sér. ¿No habría quizás en ella un deseo irresistible de apurar por última vez, y á grandes tragos, la copa del amargo absintio y acíbar que había estado bebiendo durante casi todos los años de su juventud? El licor que en lo sucesivo se llevaría á los labios, tendría que ser seguramente rico, delicioso, vivificante y en pulido vaso de oro; ó de otro modo produciría una languidez inevitable y tediosa, viniendo después de las heces de amargura que hasta entonces había apurado á manera de cordial de intensa potencia.

Perla estaba ataviada alegremente. Habría sido imposible adivinar que esta brillante y luminosa aparición debía su existencia á aquella mujer de sombrío traje; ó que la fantasía tan espléndida, y á la vez tan delicada, que ideó el vestido de la niña, era la misma que llevase á cabo la tarea, quizá más difícil, de dar al sencillo traje de Ester el aspecto peculiar tan notable que tenía. De tal modo se adaptaba á Perlita su vestido, que éste parecía la emanación ó el desarrollo inevitable y la manifestación externa de su carácter, tan imposible de separarse de ella, como al ala de una mariposa desprenderse de su brillantez abigarrada, ó á los pétalos de una espléndida flor despojarse de su radiante colorido. En este día extraordinario, había sin embargo una cierta inquietud y agitación singular en todo el sér de la niña, parecidas al brillo de los diamantes que fulguran y centellean al compás de los latidos del pecho en que se ostentan. Los niños participan siempre de las agitaciones de aquellas personas con quienes están en íntima relación; experimentan siempre el malestar debido á cualquier disgusto ó trastorno inminente, de cualquier clase que sea, en el hogar doméstico; y por lo tanto Perla, que era entonces la joya del inquieto corazón de la madre, revelaba en su misma vivacidad las emociones que nadie podía descubrir en la impasibilidad marmórea de la frente de Ester.

Esta efervescencia la hizo moverse como un ave, más bien que andar al lado de su madre, prorrumpiendo continuamente en exclamaciones inarticuladas, agudas, penetrantes. Cuando llegaron á la plaza del mercado, se volvió aún más inquieta y febril al notar el bullicio y movimiento que allí reinaban, pues por lo común aquel lugar tenía en realidad el aspecto de un solitario prado frente á la iglesia de una aldea, y no el del centro de los negocios de una población.

—¿Qué significa esto, madre?—gritó la niña.—¿Por qué han abandonado todos hoy su trabajo? ¿Es un día de fiesta para todo el mundo? Mira, ahí está el herrero. Se ha lavado su cara sucia y se ha puesto la ropa de los domingos, y parece que quisiera estar contento y alegre, si hubiese solamente quien le enseñase el modo de estarlo. Y aquí está el Sr. Brackett, el viejo carcelero, que se sonríe conmigo y me saluda. ¿Por qué lo hace, madre?

—Se acuerda cuando tú eras muy chiquita,—hija mía,—respondió Ester.

—Ese viejo horrible, negro y feo, no debe sonreirme ni saludarme,—dijo Perla.—Que lo haga contigo, si quiere, porque estás vestida de color obscuro y llevas la letra escarlata. Pero mira, madre, ¡cuántas gentes extrañas, y entre ellos indios y también marineros! ¿Para qué han venido todos esos hombres á la plaza del mercado?

—Están esperando que la procesión pase para verla,—dijo Ester,—porque el Gobernador y los magistrados han de venir, y los ministros, y todas las personas notables y buenas han de marchar con música y soldados á la cabeza.

—¿Y estará allí el ministro?—preguntó Perla,—¿y extenderá las dos manos hacia mí, como hizo cuando tú me llevaste á su lado desde el arroyuelo?

—Sí estará,—respondió su madre,—pero no te saludará hoy, ni tampoco debes tú saludarle.

—¡Qué hombre tan triste y tan raro es el ministro!—dijo la niña como si hablara en parte á solas y consigo misma.—En medio de la noche nos llama y estrecha tus manos y las mías, como cuando estuvimos juntas con él sobre el tablado. Y en el bosque, donde solo los antiguos árboles pueden oir á uno, y donde sólo un pedacito de cielo puede vernos, se pone á hablar contigo sentado en un tronco de árbol. Y me besa la frente de modo que el arroyuelo apenas puede borrar su beso. Pero aquí, á la luz del sol, y en medio de todas estas gentes, no nos conoce, ni nosotros debemos conocerle. ¡Sí, un hombre raro y triste con la mano siempre sobre el corazón!

—No hables más, Perla,—le dijo su madre,—tú no entiendes de estas cosas. No pienses ahora en el ministro, sino mira lo que pasa á tu alrededor y verás cuán alegre parece hoy todo el mundo. Los niños han venido de sus escuelas, y las personas crecidas han dejado sus tiendas, sus talleres y los campos con el objeto de divertirse; porque hoy empieza á regirlos un nuevo Gobernador.

Como Ester decía, era mucho el contento y alegría que brillaban en el rostro de todos los presentes. En un día semejante, como sucedió después durante la mayor parte de dos siglos, los puritanos se entregaban á todo el regocijo y alborozo público que consideraban permisibles á la fragilidad humana; disipando solo en el espacio de un día de fiesta, aquella nube sombría en que siempre estaban envueltos, pero de manera tal, que apenas si aparecían menos graves que otras comunidades en tiempo de duelo general.

Pero tal vez exageramos el aspecto sombrío que indudablemente caracterizaba la manera de ser de aquel tiempo. Las personas que se hallaban en la plaza del mercado de Boston no eran todas herederas del adusto y triste carácter puritano. Había allí individuos naturales de Inglaterra, cuyos padres habían vivido en la época de la Reina Isabel, cuando la vida social inglesa, considerada en conjunto, parece haber sido tan magnífica, fastuosa y alegre como el mundo pueda haber presenciado jamás. Si hubieran seguido su gusto hereditario, los colonos de la Nueva Inglaterra habrían celebrado todos los acontecimientos de interés público con hogueras, banquetes, procesiones cívicas, todo con gran pompa y esplendor. Ni habría sido difícil combinar, en la observación de las majestuosas ceremonias, el recreo alegre con la solemnidad, como si el gran traje de gala que en tales fiestas reviste una nación, estuviese adornado de una manera brillante á la vez que grotesca. Algo parecido á esto había en el modo de celebrar el día que daba comienzo al año político de la colonia. El vago reflejo de una magnificencia que vivía en el recuerdo, una imitación pálida y débil de lo que habían presenciado en el viejo Londres, no diremos de una coronación real, sino de las fiestas con que se inaugura el Lord Corregidor de aquella gran capital, podría trazarse en las costumbres que observaban nuestros antepasados en la instalación anual de sus magistrados. Los padres y fundadores de la República,—el hombre de Estado, el sacerdote y el militar,—creían de su deber revestirse en esta oportunidad de toda la pompa y aparato majestuoso que, de acuerdo con las antiguas tradiciones, se consideraba el adminículo indispensable de la eminencia pública ó social. Todos venían á formar parte de la procesión que había de desfilar ante las miradas del pueblo, comunicando de este modo cierta dignidad á la sencilla estructura de un gobierno tan recientemente constituído.

En ocasiones semejantes se le permitía al pueblo, y hasta se le animaba, á que se solazara y dejase sus diversos trabajos é industrias, á que en todo tiempo parecía se aplicaba con la misma rigidez y severidad que á sus austeras prácticas religiosas. Por de contado que aquí no podía esperarse nada parecido á lo que se hubiera visto en las fiestas populares de Inglaterra en tiempos de la Reina Isabel; ni rudas representaciones teatrales; ni ministriles con sus arpas y baladas legendarias; ni músicos ambulantes con un mono bailando al son de la música; ni jugadores de mano y titiriteros con sus suertes y artificios de hechicería; ni payasos y saltimbanquis tratando de alegrar la multitud con sus chistes, quizás de varios siglos de antigüedad, pero surtiendo siempre buen efecto, porque se dirigen á los sentimientos universales dispuestos á la alegría y buen humor. Toda esta clase de profesores de los diferentes ramos de diversión y entretenimiento habían sido severamente suprimidos, no sólo por la rígida disciplina de la ley, sino por la sanción general que es lo que constituye la vitalidad de las leyes. Sin embargo, aún careciendo de todo esto, la honrada y buena cara del pueblo sonreía, quizás con cierta dureza, pero también á quijada batiente. Ni se diga por eso que faltaban juegos y recreos de la clase que los colonos habían presenciado muchos años atrás, en las ferias campestres de Inglaterra, en los que acaso tomaron parte, y consideraban sería conveniente conservar en estas nuevas tierras; por ejemplo, se veían luchas á brazo partido, de diferentes clases, aquí y allí en la plaza del mercado; en una esquina había un combate amistoso al garrote; y lo que más que todo llamaba la atención, en el tablado de la picota á que ya se ha hecho referencia varias veces en estas páginas, dos maestros de armas comenzaban á dar una muestra de sus habilidades con broquel y espadón. Pero con gran chasco y disgusto de los espectadores, este entretenimiento fué suspendido mediante la intervención del alguacil de la ciudad, que no quería permitir que la majestad de la ley se violase con semejante abuso de uno de sus lugares consagrados.

Aunque los colores del cuadro de la vida humana que se desplegaba en la plaza del mercado fueran en lo general sombríos, no por eso dejaban de estar animados con diversidad de matices. Había una cuadrilla de indios con trajes de piel de ciervo curiosamente bordados, cinturones rojos y amarillos, plumas en la cabeza, y armados con arco, flechas y lanzas de punta de pedernal, que permanecían aparte, como separados de todo el mundo, con rostros de inflexible gravedad, que ni aun la de los puritanos podía superar. Pero á pesar de todo, no eran estos salvajes pintados de colores, los que pudieran presentarse como tipo de lo más violento ó licencioso de las gentes que allí estaban congregadas. Semejante honor, si en ello le hay, podían reclamarlo con más fundamento algunos de los marineros que formaban parte de la tripulación del buque procedente del Mar Caribe, que también habían venido á tierra á divertirse el día de la elección. Eran hombres que se habían echado el alma á las espaldas, de rostros tostados por el sol y grandes y espesas barbas; sus pantalones, cortos y anchos, estaban sostenidos por un cinturón, que á veces cerraban placas ó hebillas de oro, y del cual pendía siempre un gran cuchillo, y en algunos casos un sable. Por debajo de las anchas alas de sus sombreros de paja, se veían brillar ojos que, aun en momentos de alegría y buen humor, tenían una especie de ferocidad instintiva. Sin temor ni escrúpulo de ninguna especie, violaban las reglas de buen comportamiento á que se sometían todos los demás, fumando á las mismas narices del alguacil de la población, aunque cada bocanada de humo habría costado buena suma de reales, por vía de multa, á todo otro vecino de la ciudad, y apurando sin ningún reparo tragos de vino ó de aguardiente en frascos que sacaban de sus faltriqueras, y que ofrecían liberalmente á la asombrada multitud que los rodeaba. Nada caracteriza tanto la moralidad á medias de aquellos tiempos, que hoy calificamos de rígidos, como la licencia que se permitía á los marineros, no hablamos sólo de sus calaveradas cuando estaban en tierra, sino aún mucho más tratándose de sus actos de violencia y rapiña cuando se hallaban en su propio elemento. El marinero de aquella época correría hoy el peligro de que se le acusara de pirata ante un tribunal. Por ejemplo, poca duda podría abrigarse que los tripulantes del buque de que hemos hablado, aunque no de lo peor de su género, habían sido culpables de depredaciones contra el comercio español, de tal naturaleza, que pondrían en riesgo sus vidas en un moderno tribunal de justicia.

Pero en aquellos antiguos tiempos el mar se alborotaba, se henchía y se rizaba, según su capricho, ó estaba sujeto solamente á los vientos tempestuosos, sin que apenas se hubiera intentado establecer código alguno que regulase las acciones de los que lo surcaban. El bucanero podía abandonar su profesión y convertirse, si así lo deseaba, en hombre honrado y piadoso, dejando las olas y fijándose en tierra; y ni aun en plena carrera de su existencia borrascosa se le consideraba como individuo con quien no era decente tener tratos ni relación social, aunque fuera casualmente. De consiguiente, los viejos puritanos con sus capas negras y sombreros puntiagudos, no podían menos de sonreirse ante la manera bulliciosa y ruda de comportarse de estos alegres marineros; sin que excitara sorpresa, ni diese lugar á críticas, ver que una persona tan respetable como el anciano Rogerio Chillingworth entrase en la plaza del mercado en íntima y amistosa plática con el capitán del buque de dudosa reputación.

Puede afirmarse que entre toda aquella multitud allí congregada no había figura de aspecto tan vistoso y bizarro, á lo menos en lo que hace al traje, como la de aquel capitán. Llevaba el vestido profusamente cubierto de cintas, galón de oro en el sombrero que rodeaba una cadenilla, también de oro, y adornado además con una pluma. Tenía espada al cinto, y ostentaba en la frente una cuchillada que, merced á cierto arreglo especial del cabello, parecía más deseoso de mostrar que de esconder. Un ciudadano que no hubiera sido marino, apenas se habría atrevido á llevar ese traje y mostrar esa cara, con tal desenfado y arrogancia, sabiendo que se exponía á sufrir un severo interrogatorio ante un magistrado, incurriendo probablemente en una crecida multa ó en algunos cuantos días de cárcel: pero tratándose de un capitán de buque, todo se consideraba perteneciente al oficio, así como las escamas son parte de un pez.

Después de separarse del médico, el capitán del buque con destino á Brístol empezó á pasearse lentamente por la plaza del mercado, hasta que, acercándose por casualidad al sitio en que estaba Ester, pareció reconocerla y no vaciló en dirigirle la palabra. Como acontecía por lo común donde quiera que se hallaba Ester, en torno suyo se formaba un corto espacio vacío, una especie de círculo mágico en el que, aunque el pueblo se estuviera codeando y pisoteando á muy corta distancia, nadie se aventuraba ni se sentía dispuesto á penetrar. Era un ejemplo vivo de la soledad moral á que la letra escarlata condenaba á su portadora, debido en parte á la reserva de Ester, y en parte al instintivo alejamiento de sus conciudadanos, á pesar de que hacía ya tiempo que habían dejado de mostrarse poco caritativos para con ella. Ahora, más que nunca, le sirvió admirablemente, pues le proporcionó el modo de hablar con el marino sin peligro de que los circunstantes se enteraran de su conversación; y tal cambio se había operado en la reputación de que gozaba Ester á los ojos del público, que la matrona más eminente de la colonia en punto á rígida moralidad, no podría haberse permitido aquella entrevista, sin dar margen al escándalo.

—De modo, señora,—dijo el capitán,—que debo ordenar á mi mayordomo que prepare otro camarote, además de los que Vd. ha contratado. Lo que es en este viaje no habrá temor de escorbuto ó tifus; porque con el cirujano de abordo, y este otro médico, nuestro único peligro serán las píldoras ó las drogas que nos administren, pues tengo en el buque una buena provisión de medicinas que compré á un buque español.

—¿Qué está Vd. diciendo?—preguntó Ester con mayor alarma de la que quisiera haber mostrado.—¿Tiene Vd. otro pasajero?

—¡Cómo! ¿No sabe Vd.,—exclamó el capitán del barco,—que el médico de esta plaza,—Chillingworth como dice llamarse,—está dispuesto á compartir mi cámara con Vd.? Sí, sí, Vd. debe saberlo, pues me ha dicho que es uno de la compañía, y además íntimo amigo del caballero de quien Vd. habló, de ese que corre peligro aquí en manos de estos viejos y ásperos gobernantes puritanos.

—Sí, se conocen íntimamente,—replicó Ester con semblante sereno, aunque toda llena de la más profunda consternación,—han vivido juntos mucho tiempo.

Nada más pasó entre el marino y Ester. Pero en aquel mismo instante vió ésta al viejo Rogerio de pie en el ángulo más remoto de la plaza del mercado, sonriéndole; sonrisa que,—al través de aquel vasto espacio de terreno, y en medio de tanta charla, alegría, bullicio y animación, y de tanta diversidad de intereses y de sentimientos,—encerraba una significación secreta y terrible.

XXII LA PROCESIÓN

ANTES de que Ester hubiera podido darse cuenta de lo que pasaba, y considerar lo que podía hacerse en vista de este nuevo é inesperado aspecto del asunto, se oyeron los sones de una música militar que se acercaba por una de las calles contiguas, indicando la marcha de la procesión de los magistrados y ciudadanos en dirección de la iglesia, donde, de acuerdo con una antigua costumbre adoptada en los primeros tiempos de la colonia, el Reverendo Señor Dimmesdale debía predicar el sermón de la elección.

Pronto se dejó ver la cabeza de la procesión que, procediendo lenta y majestuosamente, doblaba una esquina y se abría paso al través de la muchedumbre que llenaba la plaza del mercado. Primeramente venía la banda de música, compuesta de variedad de instrumentos, quizás imperfectamente adaptados unos á otros, y tocados sin mucho arte; sin embargo, se alcanzaba el gran objeto que la armonía de los tambores y del clarín debe producir en la multitud; esto es, revestir de un aspecto más heroico y elevado la escena que se desarrollaba ante la vista. Perla, al principio, empezó á palmotear, pero luego, por un instante, perdió la agitación febril que la había mantenido en un estado de continua efervescencia toda la mañana: contempló silenciosamente lo que pasaba, y parecía como si los sonidos de la música, arrebatando su espíritu, la hicieran, á manera de ave acuátil, cernerse sobre aquellas oleadas de armonía. Pero volvió á su antigua agitación al ver fulgurar á los rayos del sol las armas y brillantes arreos de los soldados que venían inmediatamente después de la banda de música, y formaban la escolta de honor de la procesión. Este cuerpo militar,—que aun subsiste como institución, y continúa su vieja existencia con antigua y honrosa fama,—no se componía de hombres asalariados, sino de caballeros que, animados de ardor marcial, deseaban establecer una especie de Colegio de Armas donde, como en una Asociación de Caballeros Templarios, pudieran aprender la ciencia de la guerra y las prácticas de la misma, hasta donde lo permitieran sus ocupaciones pacíficas habituales. La alta estimación en que se tenía á los militares en aquella época, podía verse en el porte majestuoso de cada uno de los individuos que formaban la compañía. Algunos, en realidad de verdad, por sus servicios en los Países Bajos y en otros campos de batalla, habían conquistado perfectamente el derecho de usar el nombre de soldado con toda la pompa y prosopopeya del oficio. Toda aquella columna vestida con petos de luciente acero y brillantes morriones coronados de penachos de plumas, presentaba un golpe de vista cuyo esplendor ningún despliegue de tropas modernas puede igualar.

Y sin embargo, los hombres de eminencia en lo civil, que marchaban inmediatamente en seguida de la escolta militar, eran aun más dignos de la observación de una persona pensadora. Su aspecto exterior tenía cierto sello de majestad que hacía parecer vulgar, y hasta absurdo á su lado, el altivo continente del guerrero. Era aquel un siglo en que el talento merecía menos estimación que ahora, reservándose ésta en mayor grado para las cualidades sólidas que denotaban firmeza y dignidad de carácter. El pueblo, por herencia, era respetuoso y deferente; y los colonos ingleses que habían fijado sus moradas en estas ásperas costas, dejando tras sí, rey, nobles, y toda la escala de la jerarquía social, aunque con la idea de respeto y obediencia todavía muy arraigada en ellos, la reservaban para las canas y las cabezas que los años hacían venerables; para la integridad á toda prueba; para la sólida sabiduría y amarga experiencia de la vida; en fin, para todas aquellas cualidades que indican peso, madurez, y se comprenden bajo el calificativo general de respetabilidad. Por lo tanto, aquellos primitivos hombres de Estado, tales como Bradstreet, Endicott, Dudley, Bellingham y sus compañeros, que fueron elevados al poder por la elección popular, no parece que pertenecieron á esa clase de hombres que hoy se llaman brillantes, sino que se distinguían como personas de madurez y de peso, más bien que de inteligencias vivas y extraordinarias. Tenían fortaleza de ánimo y confianza en sus propias fuerzas, y en tiempos difíciles ó peligrosos, cuando se trataba del bienestar de la cosa pública, eran como muralla de rocas contra los embates de las tempestuosas olas. Los rasgos de carácter aquí indicados se manifestaban perfectamente en sus rostros casi cuadrados y en el gran desarrollo físico de los nuevos magistrados coloniales; y en lo que concierne á porte y autoridad natural, la madre patria no se habría avergonzado de admitir á estos hombres en la Cámara de los Pares ó en el Consejo del Soberano.

Después de los magistrados venía el joven y eminente eclesiástico cuyos labios habían de pronunciar el discurso religioso en celebración del acto solemne. En la época de que hablamos, la profesión que él ejercía se prestaba mucho más que la política al despliegue de las facultades intelectuales. Los que veían ahora al Sr. Dimmesdale, observaron que jamás mostró tanta energía en su aspecto y hasta en su modo de andar, como la que desplegaba en la procesión. Su pisada no era vacilante, como en otras ocasiones, sino firme; no iba con el cuerpo casi doblado, ni se llevaba como de costumbre la mano al corazón. Sin embargo, bien considerado, su vigor no parecía corporal sino espiritual, como si se debiera á favor especial de los ángeles; ó quizás era la animación procedente de una inteligencia absorbida por serios y profundos pensamientos; ó acaso su temperamento sensible se veía vigorizado por los sonidos penetrantes de la música que, ascendiendo al cielo, le arrastraban y hacían mover con inusitada vivacidad. Sin embargo, tal era la abstracción de sus miradas, que podía pensarse que el Sr. Dimmesdale ni aun siquiera oía la música. Allí estaba su cuerpo marchando adelante con vigor no acostumbrado. ¿Pero dónde estaba su espíritu? Allá en las profundidades de su sér, ocupado con actividad extraordinaria en coordinar la legión de pensamientos majestuosos que pronto habían de verter sus labios; y de consiguiente ni veía, ni oía, ni tenía idea de nada de lo que le rodeaba; pero la parte espiritual se apoderó de aquella débil fábrica y la arrastró consigo adelante, inconscientemente, y convertida también en espíritu. Los hombres de inteligencia poco común, que han llegado á adquirir cierta condición mórbida, poseen á veces esta facultad de hacer un esfuerzo poderoso en el cual invierten la fuerza vital de muchos días, para permanecer después como agotados durante mucho tiempo.

Ester, con los ojos fijos en el ministro, se sentía dominada por tristes ideas, sin saber por qué ni de qué provenían. Se había imaginado que una mirada, siquiera rápida, tenía que cambiarse entre los dos. Recordaba la obscura selva con su pradillo solitario, y el amor y la angustia de que había sido testigo; y el tronco mohoso del árbol donde, sentados, asidos de las manos, mezclaron sus tristes y apasionadas palabras al murmullo melancólico del arroyuelo. ¡Cuán profundo conocimiento adquirieron entonces de lo que eran en realidad uno y otro! ¿Y era éste el mismo hombre? Apenas lo conocía ahora. ¿Era acaso él, ese hombre que pasaba altivo al compás de la hermosa música, en compañía de los venerables y majestuosos magistrados, él, tan inaccesible en su posición social, y aún mucho más como ahora le veía allí, entregado á los poco simpáticos pensamientos que le preocupaban? El corazón de Ester se entristeció á la idea de que todo había sido una ilusión, y que por vívido que hubiera sido su sueño, no podía existir un verdadero lazo de unión entre ella y el ministro. Y había en Ester tal suma de sentimiento femenino, que apenas podía perdonarle,—y menos que nunca ahora cuando casi se oían, cada vez más próximas, las pisadas del Destino que se acercaba á toda prisa,—no, no podía perdonarle que de tal modo le fuera dado abstraerse del mundo que á los dos les era común, mientras ella, perdida en las tinieblas, extendía las manos congeladas buscándole, sin poder hallarle.

Perla, ó vió y respondió á los pensamientos íntimos de su madre, ó sintió por sí misma también el alejamiento del ministro y creyó notar la especie de barrera inaccesible que los separaba. Mientras pasaba la procesión, la niña estuvo inquieta, moviéndose y balanceándose como un ave á punto de emprender el vuelo; pero cuando todo hubo terminado, miró á Ester en el rostro, y le dijo:

—Madre, ¿es ese el mismo ministro que me besó junto al arroyo?

—Calla ahora, mi querida Perla,—le contestó su madre en voz baja,—no debemos hablar siempre en la plaza del mercado de lo que nos acontece en la selva.

—No puedo estar segura de que sea él, ¡tan diferente me parece!—continuó la niña;—de otro modo habría corrido hacia él y le hubiera pedido que me besara ahora, delante de todo el mundo, como lo hizo allá, bajo aquellos árboles sombríos. ¿Qué habría dicho el ministro, madre? ¿Se habría llevado la mano al corazón, riñéndome y ordenándome que me alejara?

—¿Qué otra cosa podría haber dicho, Perla,—respondió su madre,—sino que no era esta la ocasión de besar á nadie, y que los besos no deben darse en la plaza del mercado? Perfectamente hiciste, locuela, en no hablarle.

Hubo otra persona que expresó igualmente sus ideas acerca del Sr. Dimmesdale. Esta persona era la Sra. Hibbins, cuyas excentricidades, ó mejor dicho, locura, la llevaban á hacer lo que pocos de la población se hubieran atrevido á realizar, esto es: sostener una conversación, delante del público, con la portadora de la letra escarlata. Vestida con gran magnificencia, con un triple cuello alechugado, talle bordado, bata de rico terciopelo y apoyada en un bastón de puño de oro, había salido á ver la procesión cívica. Como esta anciana señora tenía la fama (que después le costó la vida) de ser parte principal en todos los trabajos de nigromancia que continuamente se estaban ejecutando, la multitud le abrió paso franco y se apartó de ella, pareciendo temer el contacto de sus vestidos, como si llevaran la peste oculta entre sus primorosos pliegues. Vista en unión de Ester Prynne,—á pesar del sentimiento de benevolencia con que muchos miraban á esta última,—el terror que de suyo inspiraba la Sra. Hibbins se aumentó y dió lugar á un alejamiento general de aquel sitio en que se encontraban las dos mujeres.

—¿Qué imaginación mortal podría concebirlo?—dijo la anciana en voz baja, confidencialmente, á Ester.—¡Ese hombre religioso, ese santo en la tierra como el pueblo lo creía, y como realmente lo parece! ¿Quién que le vió ahora en la procesión podría pensar que no hace mucho que salió de su estudio,—apostaría que murmurando algunas frases de la Biblia en hebreo,—á dar una vuelta por la selva? ¡Ah! Nosotras, Ester Prynne, sabemos lo que eso significa. Pero, en realidad de verdad, no puedo resolverme á creer que ese sea el mismo hombre. He visto marchando detrás de la música á más de un eclesiástico que ha bailado conmigo cuando Alguien, que no quiero nombrar aquí, tocaba el violín, y que tal vez sea un hechicero indio ó un brujo laponés que nos saluda y estrecha las manos en otras ocasiones. Pero eso es una bicoca, para quien sabe lo que es el mundo, ¿Pero este ministro? ¿Podrás decirme con seguridad, Ester, si es el mismo hombre á quien encontraste en el sendero de la selva?

—Señora, no sé de qué me estáis hablando,—respondió Ester, conociendo, como conocía, que la dama Hibbins no tenía todos sus sentidos cabales, pero sorprendida en extremo, y hasta amedrentada, al oir la seguridad con que afirmaba las relaciones personales que existían entre tantos individuos (entre ellos Ester misma) y el enemigo malo.—No me corresponde á mí hablar con ligereza de un ministro tan piadoso y sabio como el Reverendo Sr. Dimmesdale.

—¡Ja! ¡ja! ¡mujer!—exclamó la anciana señora alzando el dedo y moviéndolo de un modo significativo.—¿Crees tú que después de haber ido yo á la selva tantas veces, no me sería dado conocer á los que han estado también allí? Sí; aunque no hubiera quedado en sus cabellos ninguna hojita de las guirnaldas silvestres con que se adornaron la cabeza mientras bailaban. Yo te conozco, Ester; pues veo la señal que te distingue entre todas las demás. Todos podemos verla á la luz del sol; pero en las tinieblas brilla como una llama rojiza. Tú la llevas á la faz del mundo; de modo que no hay necesidad de preguntarte nada acerca de este asunto. ¡Pero este ministro!... ¡Déjame decírtelo al oído! Cuando el Hombre Negro ve á alguno de sus propios sirvientes, que tiene la marca y el sello suyo, y que se muestra tan cauteloso en no querer que se sepan los lazos que á él le ligan, como sucede con el Reverendo Sr. Dimmesdale, entonces tiene un medio de arreglar las cosas de manera que la marca se ostente á la luz del día y sea visible á los ojos de todo el mundo. ¿Qué es lo que el ministro trata de ocultar con la mano siempre sobre el corazón? ¡Ah! ¡Ester Prynne!

—¿Qué es lo que oculta, buena Sra. Hibbins?—preguntó con vehemencia Perla.—¿Lo has visto?

—Nada, querida niña,—respondió la Sra. Hibbins haciendo una profunda reverencia á Perla.—Tú misma lo verás algún día. Dicen, niña, que desciendes del Príncipe del Aire. ¿Quieres venir conmigo una noche que sea hermosa á visitar á tu padre? Entonces sabrás por qué el ministro se lleva siempre la mano al corazón.

Y riendo tan estrepitosamente, que todos los que estaban en la plaza del mercado pudieron oirla, la anciana hechicera se separó de Ester.

Mientras esto pasaba, se había hecho la plegaria preliminar en la iglesia, y el Reverendo Sr. Dimmesdale había comenzado su discurso. Un sentimiento irresistible mantenía á Ester cerca del templo. Como el sagrado edificio estaba tan lleno que no podía dar cabida á ninguna persona más, se situó junto al tablado de la picota, hallándose lo bastante cerca de la iglesia para poder oir todo el sermón como si fuera un murmullo vago, pero variado, lo mismo que el débil acento de la voz peculiar del ministro.

El órgano vocal del Sr. Dimmesdale era de suyo un rico tesoro, de modo que el oyente, aunque no comprendiera nada del idioma en que el orador hablaba, podía sin embargo sentirse arrastrado por el simple sonido y cadencia de las palabras. Como toda otra música respiraban pasión y vehemencia, y despertaban emociones ya tiernas, ya elevadas, en una lengua que todos podían entender. Á pesar de lo indistinto de los sonidos, Ester escuchaba con atención tal y con tan profunda simpatía, que el sermón tuvo para ella una significación propia, completamente personal, y sin relacionarse en manera alguna con las palabras; las cuales, si las hubiera podido oir más claramente, sólo habrían sido un medio materializado que hubiera obscurecido su sentido espiritual. Ya oía las notas bajas á semejanza del viento que se calma como para reposarse; ya se elevaba con los sonidos, como si ascendiera por gradaciones progresivas, ora suaves, ya fuertes, hasta que el volumen de la voz parecía envolverla en una atmósfera de respetuoso temor y solemne grandeza. Y sin embargo, á pesar de lo imponente que á veces se volvía aquella voz, tenía siempre algo esencialmente quejumbroso. Había en ella una expresión de angustia, ya leve, ya aguda, el murmullo ó el grito, como quiera concebírsele, de la humanidad sufriente, que brotaba de un corazón que padecía é iba á herir la sensibilidad de los demás corazones. Á veces lo único que se percibía era esta expresión inarticulada de profundo sentimiento, á manera de un sollozo que se oyera en medio de hondo silencio. Pero aún en los momentos en que la voz del ministro adquiría más fuerza y vigor, ascendiendo de una manera irresistible, con mayor amplitud y volumen, llenando la iglesia de tal modo que parecía querer abrirse paso al través de las paredes y difundirse en los espacios,—aún entonces, si el oyente prestaba cuidadosa atención, con ese objeto determinado, podía descubrir también el mismo grito de dolor. ¿Qué era eso? La queja de un corazón humano, abrumado de penas, quizás culpable, que revelaba su secreto, cualquiera que éste fuese, al gran corazón de la humanidad, pidiendo su simpatía ó su perdón,—á cada momento—en cada acento—y nunca en vano. Esta nota profunda y dominante, era lo que proporcionaba gran parte de su poder al ministro.

Durante todo este tiempo Ester permaneció, como una estatua, clavada al pie del tablado fatídico. Si la voz del ministro no la hubiese mantenido allí, habría de todos modos habido un inevitable magnetismo en aquel lugar, en que comenzó la primera hora de su vida de ignominia. Reinaba en Ester la idea vaga, confusa, aunque pesaba gravemente en su espíritu, de que toda la órbita de su vida, tanto antes como después de aquella fecha, estaba relacionada con aquel sitio, como si fuera el punto que le diera unidad á su existencia.

Perla, entretanto, se había apartado de su madre y estaba jugando como mejor le parecía en la plaza del mercado, alegrando á aquella sombría multitud con sus movimientos y vivacidad, á manera de un ave de brillantes plumas que ilumina todo un árbol de follaje obscuro, saltando de un lado á otro, medio visible y medio oculta entre la sombra de las espesas hojas. Tenía movimientos ondulantes, á veces irregulares, que indicaban la inquietud de su espíritu, mucho mayor en aquel día porque reflejaba la de su madre. Donde quiera que Perla veía algo que excitara su curiosidad, siempre alerta, allí se dirigía rápidamente, pudiendo decirse que la niña tomaba plena posesión de lo que fuere, como si lo considerase su propiedad. Los puritanos la miraban y si se sonreían; mas no por eso se sentían menos inclinados á creer que la niña era el vástago de un espíritu malo, á juzgar por el encanto indescriptible de belleza y excentricidad que brillaba en todo su cuerpecito y se manifestaba en su actividad. Se dirigió hacia el indio salvaje y le miró fijamente al rostro, hasta que el indio tuvo conciencia de que se las había con un sér más selvático que él mismo. De allí, con innata audacia, pero siempre con característica reserva, corrió al medio de un grupo de marineros de tostadas mejillas, aquellos salvajes del océano, como los indios lo eran de la tierra, los que con sorpresa y admiración contemplaron á Perla como si una espuma del mar hubiese tomado la forma de una niñita, y estuviera dotada de un alma con esa fosforescencia de las olas que se vé brillar de noche bajo la proa del buque que va cortando las aguas.

Uno de estos marinos, el capitán seguramente, que había hablado con Ester, se quedó tan prendado del aspecto de Perla, que intentó asirla para besarla; pero viendo que eso era tan imposible como atrapar un colibrí en el aire, tomó la cadena de oro que adornaba su sombrero, y se la arrojó á la niñita. Perla inmediatamente se la puso al rededor del cuello y de la cintura, con tal habilidad que, al verla, parecía que formaba parte de ella y era difícil imaginarla sin ese adorno.

—¿Es tu madre aquella mujer que está allí con la letra escarlata?—dijo el capitán.—¿Quieres llevarle un recado mío?

—Si el recado me agrada, lo haré,—dijo Perla.

—Entonces dile,—replicó el capitán,—que he hablado otra vez con el viejo médico de rostro moreno, y que él se compromete á traer á su amigo, el caballero que ella sabe, á bordo de mi buque. De consiguiente, tu madre sólo tiene que pensar en ella y en tí. ¿Quieres decirle esto, niña brujita?

—La Sra. Hibbins dice que mi padre es el Príncipe del Aire,—exclamó Perla con una maligna sonrisa.—Si vuelves á llamarme bruja, se lo diré á ella, y perseguirá tu buque con una tempestad.

Atrevesando la plaza del mercado regresó la niña junto á su madre y le comunicó lo que el marino le había dicho. Ester, á pesar de su ánimo fuerte, tranquilo, resuelto, y constante en la adversidad, estuvo á punto de desmayarse al oir esta noticia precursora de inevitable desastre, precisamente en los momentos en que parecía haberse abierto un camino para que ella y el ministro pudieran salir del laberinto de dolor y de angustias en que estaban perdidos.

Abrumado su espíritu y llena de terrible perplejidad con las noticias que le comunicaba el capitán del buque, se vió además sujeta en aquellos momentos á otra clase de prueba. Se hallaban allí presentes muchos individuos de los lugares circunvecinos, que habían oído hablar con frecuencia de la letra escarlata, y para quienes ésta se había convertido en algo terrífico por los millares de historias falsas ó exageradas que acerca de ella circulaban, pero que nunca la habían visto con sus propios ojos; los cuales, después de haber agotado toda otra clase de distracciones, se agolpaban en torno de Ester de una manera rudamente indiscreta. Pero á pesar de lo poco escrupulosos que eran, no podían llegar sino á unas cuantas varas de distancia de ella. Allí se detenían, merced á la especie de fuerza repulsiva de la repugnancia que les inspiraba el místico símbolo. Los marineros, observando la aglomeración de los espectadores, y enterados de lo que significaba la letra escarlata, vinieron con sus rostros ennegrecidos por el sol, y de hombres de alma atravesada, á formar también parte del círculo que rodeaba á Ester; y hasta los indios se vieron contagiados con la curiosidad de los blancos, y deslizándose al través de la multitud, fijaron sus ojos negros, á manera de serpiente, en el seno de la pobre mujer, creyendo acaso que el portador de este brillante emblema bordado tenía que ser persona de alta categoría entre los suyos. Finalmente, los vecinos de la población, á pesar de que no experimentaban ya interés alguno en este asunto, se dirigieron también á aquel sitio y atormentaron á Ester, tal vez mucho más que todo el resto de los circunstantes, con la fría é indiferente mirada que fijaban en la insignia de su vergüenza. Ester vió y reconoció los mismos rostros de aquel grupo de matronas que habían estado esperando su salida en la puerta de la cárcel siete años antes; todas estaban allí, excepto la más joven y la única compasiva entre ellas, cuya veste funeraria hizo después de aquel acontecimiento. En aquella hora final, cuando creía que pronto iba á arrojar para siempre la letra candente, se había ésta convertido singularmente en centro de la mayor atención y curiosidad, abrasándole el seno más dolorosamente que en ningún tiempo desde el primer día que la llevó.

Mientras Ester permanecía dentro de aquel círculo mágico de ignominia donde la crueldad de su sentencia parecía haberla fijado para siempre, el admirable orador contemplaba desde su púlpito un auditorio subyugado por el poder de su palabra hasta las fibras más íntimas de su múltiple sér. ¡El santo ministro en la iglesia! ¡La mujer de la letra escarlata en la plaza del mercado! ¿Qué imaginación podría hallarse tan falta de reverencia que hubiera sospechado que ambos estaban marcados con el mismo candente estigma?

XXIII LA REVELACIÓN DE LA LETRA ESCARLATA

LA elocuente voz que había arrebatado el alma de los oyentes, haciéndoles agitarse como si se hallaran mecidos por las olas de turbulento océano, cesó al fin de resonar. Hubo un momento de silencio, profundo como el que tendría que reinar después de las palabras de un oráculo. Luego hubo un murmullo, seguido de una especie de ruido tumultuoso: se diría que los circunstantes, viéndose ya libres de la influencia del encanto mágico que los había transportado á las esferas en que se cernía el espíritu del orador, estaban volviendo de nuevo en sí mismos, aunque todavía llenos de la admiración y respeto que aquel les infundiera. Un momento después, la multitud empezó á salir por las puertas de la iglesia; y como ahora todo había concluído, necesitaban respirar una atmósfera más propia para la vida terrestre á que habían descendido, que aquella á que el predicador los elevó con sus palabras de fuego.

Una vez al aire libre, los oyentes expresaron su admiración de diversas maneras: la calle y la plaza del mercado resonaron de extremo á extremo con las alabanzas prodigadas al ministro, y los circunstantes no hallaban reposo hasta haber referido cada cual á su vecino lo que pensaba recordar ó saber mejor que él. Según el testimonio universal, jamás hombre alguno había hablado con espíritu tan sabio, tan elevado y santo como el ministro aquel día; ni jamás hubo labios mortales tan evidentemente inspirados como los suyos. Podría decirse que esa inspiración descendió sobre él y se apoderó de su sér, elevándole constantemente sobre el discurso escrito que yacía ante sus ojos, llenándole con ideas que habían de parecerle á él mismo tan maravillosas como á su auditorio.

Según se colige de lo que hablaba la multitud, el asunto del sermón había sido la relación entre la Divinidad y las sociedades humanas, con referencia especial á la Nueva Inglaterra que ellos habían fundado en el desierto; y á medida que se fué acercando al final de su discurso, descendió sobre él un espíritu de profecía, que le obligaba á continuar en su tema como acontecía con los antiguos profetas de Israel, con esta diferencia, sin embargo, que mientras aquellos anunciaban la ruina y desolación de su patria, Dimmesdale predecía un grande y glorioso destino al pueblo allí congregado. Pero en todo su discurso había cierta nota profunda, triste, dominante, que sólo podía interpretarse como el sentimiento natural y melancólico de uno que pronto ha de abandonar este mundo. Sí: su ministro, á quien tanto amaban, y que los amaba tanto á todos ellos, que no podía partir hacia el cielo sin exhalar un suspiro de dolor,—tenía el presentimiento de que una muerte prematura le esperaba, y de que pronto los dejaría bañados en lágrimas. Esta idea de su permanencia transitoria en la tierra, dió el último toque al efecto que el predicador había producido; diríase que un ángel, en su paso por el firmamento, había sacudido un instante sus luminosas alas sobre el pueblo, produciendo al mismo tiempo sombra y esplendor, y derramando una lluvia de verdades sobre el auditorio.

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