LA LETRA ESCARLATA (continued 2)
Sellén Francisco translation
II LA PLAZA DEL MERCADO
EL pradillo frente á la cárcel, del cual hemos hecho mención, se hallaba ocupado hace unos doscientos años, en una mañana de verano, por un gran número de habitantes de Boston, todos con las miradas dirigidas á la puerta de madera de roble con puntas de hierro. En cualquiera otra población de la Nueva Inglaterra, ó en un período posterior de su historia, nada bueno habría augurado el aspecto sombrío de aquellos rostros barbudos; se habría dicho que anunciaba la próxima ejecución de algún criminal notable, contra el cual un tribunal de justicia había dictado una sentencia, que no venía á ser sino la confirmación de la expresada por el sentimiento público. Pero dada la severidad natural del carácter puritano en aquellos tiempos, no podía sacarse semejante deducción, fundándola sólo en el aspecto de las personas allí reunidas: tal vez algún esclavo perezoso, ó algún hijo desobediente entregado por sus padres á la autoridad civil, recibían un castigo en la picota. Pudiera ser también que un cuákero ú otro individuo perteneciente á una secta heterodoxa, iba á ser expulsado de la ciudad á punta de látigo; ó acaso algún indio ocioso y vagamundo, que alborotaba las calles en estado de completa embriaguez, gracias al aguardiente de los blancos, iba á ser arrojado á los bosques á bastonazos; ó tal vez alguna hechicera, como la anciana Señora Hibbins, la mordaz viuda del magistrado, iba á morir en el cadalso. Sea de ello lo que fuere, había en los espectadores aquel aire de gravedad que cuadraba perfectamente á un pueblo para quien religión y ley eran cosas casi idénticas, y en cuyo carácter se hallaban ambos sentimientos tan completamente amalgamados, que cualquier acto de justicia pública, por benigno ó severo que fuese, asumía igualmente un aspecto de respetuosa solemnidad. Poca ó ninguna era la compasión que de semejantes espectadores podía esperar un criminal en el patíbulo. Pero por otra parte, un castigo que en nuestros tiempos atraería cierto grado de infamia y hasta de ridículo sobre el culpable, se revestía entonces de una dignidad tan sombría como la pena capital misma.
Merece notarse que en la mañana de verano en que comienza nuestra historia, las mujeres que había mezcladas entre la multitud, parecían tener especial interés en presenciar el castigo cuya imposición se esperaba. En aquella época las costumbres no habían adquirido ese grado de pulimento en que la idea de las consideraciones sociales pudiera retraer al sexo femenino de invadir las vías públicas, y si la oportunidad se presentaba, de abrir paso á su robusta humanidad entre la muchedumbre, para estar lo más cerca posible del cadalso, cuando se trataba de una ejecución. En aquellas matronas y jóvenes doncellas de antigua estirpe y educación inglesa había, tanto moral como físicamente, algo más tosco y rudo que en sus bellas descendientes, de las que están separadas por seis ó siete generaciones; porque puede decirse que cada madre, desde entonces, ha ido trasmitiendo sucesivamente á su prole un color menos encendido, una belleza más delicada y menos duradera, una constitución física más débil, y aun quizás un carácter de menos fuerza y solidez. Las mujeres que estaban de pie cerca de la puerta de la cárcel en aquella hermosa mañana de verano, mostraban rollizas y sonrosadas mejillas, cuerpos robustos y bien desarrollados con anchas espaldas; mientras que el lenguaje que empleaban las matronas tenía una rotundidad y desenfado que en nuestros tiempos nos llenaría de sorpresa, tanto por el vigor de las expresiones cuanto por el volumen de la voz.
—Honradas esposas,—dijo una dama de cincuenta años, de facciones duras,—voy á deciros lo que pienso. Redundaría en beneficio público si nosotras, las mujeres de edad madura, de buena reputación, y miembros de una iglesia, tomásemos por nuestra cuenta la manera de tratar á malhechoras como la tal Ester Prynne. ¿Qué pensáis, comadres? Si esa buena pieza tuviera que ser juzgada por nosotras, las cinco que estamos aquí, ¿saldría acaso tan bien librada como ahora con una sentencia cual la dictada por los venerables magistrados? ¡No por cierto!
—Buenas gentes, decía otra, se corre por ahí que el Reverendo Sr. Dimmesdale, su piadoso pastor espiritual, se aflige profundamente de que escándalo semejante haya sucedido en su congregación.
—Los magistrados son caballeros llenos de temor de Dios, pero en extremo misericordiosos, esto es la verdad,—agregó una tercera matrona, ya entrada en la madurez de su otoño.—Á lo menos deberían haber marcado con un hierro hecho ascua la frente de Ester Prynne. Yo os aseguro que Madama Ester habría sabido entonces lo que era bueno. Pero qué le importa á esa zorra lo que le han puesto en la cotilla de su vestido. Lo cubrirá con su broche, ó con algún otro de esos adornos paganos en boga, y la veremos pasearse por las calles tan fresca como si tal cosa.
—¡Ah!—dijo una mujer joven, casada, que parecía de natural más suave y llevaba un niño de la mano,—dejadla que cubra esa marca como quiera; siempre la sentirá en su corazón.
—¿Qué estamos hablando aquí de marcas ó sellos infamantes, ya en el corpiño del traje, en las espaldas ó en la frente?—gritó otra, la más fea así como la más implacable de aquellas que se habían constituído jueces por sí y ante sí.—Esta mujer nos ha deshonrado á todas, y debe morir. ¿No hay acaso una ley para ello? Sí, por cierto: la hay tanto en las Sagradas Escrituras como en los Estatutos de la ciudad. Los magistrados que no han hecho caso de ella, tendrán que culparse á sí propios, si sus esposas ó hijas se desvían del buen sendero.
—¡El cielo se apiade de nosotros! buena dueña,—exclamó un hombre—¿no hay por ventura más virtud en la mujer que la debida al temor de la horca? Nada peor podría decirse. Silencio ahora, vecinas, porque van á abrir la puerta de la cárcel y ahí viene en persona Madama Ester.
La puerta de la cárcel se abrió en efecto, y apareció en primer lugar, á semejanza de una negra sombra que sale á la luz del día, la torva y terrible figura del alguacil de la población, con la espada al cinto y en la mano la vara, símbolo de su empleo. El aspecto de este personaje representaba toda la sombría severidad del Código de leyes puritanas, que estaba llamado á hacer cumplir hasta la última extremidad. Extendiendo la vara de su oficio con la mano izquierda, puso la derecha sobre el hombro de una mujer joven á la que hacía avanzar, empujándola, hasta que, en el umbral de la prisión, aquella le repelió con un movimiento que indicaba dignidad natural y fuerza de carácter, y salió al aire libre como si lo hiciera por su propia voluntad. Llevaba en los brazos á un tierno infante de unos tres meses de edad, que cerró los ojos y volvió la carita á un lado, esquivando la demasiada claridad del día, cosa muy natural como que su existencia hasta entonces la había pasado en las tinieblas de un calabozo, ó en otra habitación sombría de la cárcel.
Cuando aquella mujer joven, madre de la tierna criatura, se halló en presencia de la multitud, fué su primer impulso estrechar á la niñita contra el seno, no tanto por un acto de afecto maternal, sino más bien como si quisiera de ese modo ocultar cierto signo labrado ó fijado en su vestido. Sin embargo, juzgando, tal vez cuerdamente, que una prueba de vergüenza no podría muy bien ocultar otra, tomó la criaturita en brazos, y con rostro lleno de sonrojo, pero con sonrisa altiva y ojos que no permitían ser humillados, dió una mirada á los vecinos que se hallaban en torno suyo. Sobre el corpiño de su traje, en un paño de un rojo brillante, y rodeada de bordado primoroso y fantásticos adornos de hilos de oro, se destacaba la letra A. Estaba hecha tan artísticamente, y con tal lujo de caprichosa fantasía, que producía el efecto de ser el ornato final y adecuado de su vestido, que tenía todo el esplendor compatible con el gusto de aquella época, excediendo en mucho á lo permitido por las leyes suntuarias de la colonia.
Aquella mujer era de elevada estatura, perfectamente formada y esbelta. Sus cabellos eran abundantes y casi negros, y tan lustrosos que reverberaban los rayos del sol: su rostro, además de ser bello por la regularidad de sus facciones y la suavidad del color, tenía toda la fuerza de expresión que comunican cejas bien marcadas y ojos intensamente negros. El aspecto era el de una dama caracterizado, como era usual en aquellos tiempos, más bien por cierta dignidad en el porte, que no por la gracia delicada, evanescente é indescriptible que se acepta hoy día como indicio de aquella cualidad. Y jamás tuvo Ester más aspecto de verdadera señora, según la antigua significación de esta palabra, que cuando salió de la cárcel. Los que la habían conocido antes y esperaban verla abatida y humillada, se sorprendieron, casi se asombraron al contemplar cómo brillaba su belleza, cual si le formaran una aureola el infortunio é ignominia en que estaba envuelta. Cierto es que un observador dotado de sensibilidad habría percibido algo suavemente doloroso en sus facciones. Su traje, que seguramente fué hecho por ella misma en la cárcel para aquel día, sirviéndole de modelo su propio capricho, parecía expresar el estado de su espíritu, la desesperada indiferencia de sus sentimientos, á juzgar por su extravagante y pintoresco aspecto. Pero lo que atrajo todas las miradas, y lo que puede decirse que transfiguraba á la mujer que la llevaba,—de tal modo que los que habían conocido familiarmente á Ester Prynne experimentaban la sensación de que ahora la veían por vez primera,—era LA LETRA ESCARLATA, tan fantásticamente bordada é iluminada que tenía cosida al cuerpo de su vestido. Era su efecto el de un amuleto mágico, que separaba á aquella mujer del resto del género humano y la ponía aparte, en un mundo que le era peculiar.
—No puede negarse que tiene una aguja muy hábil, observó una de las espectadoras; pero dudo mucho que exista otra mujer que haya ideado una manera tan descarada de hacer patente su habilidad. ¿Á qué equivale esto, comadres, sino á burlarse de nuestros piadosos magistrados, y vanagloriarse de lo que esos dignos caballeros creyeron que sería un castigo?
—Bueno fuera,—exclamó la más cariavinagrada de aquellas viejas,—que despojásemos á Madama Ester de su hermoso traje, y en vez de esa letra roja tan primorosamente bordada, le claváramos una hecha de un pedazo de esta franela que uso para mi reumatismo.
—¡Oh! basta, vecinas, basta,—murmuró la más joven de las circunstantes,—hablad de modo que no os oiga. ¡No hay una sola puntada en el bordado de esa letra que no la haya sentido en su corazón!
El sombrío alguacil hizo en este momento una señal con su vara.
—Buena gente, haced plaza; ¡haced plaza en nombre del Rey! exclamó. Abridle paso, y os prometo que Madama Ester se sentará donde todo el mundo, hombre, mujer ó niño, podrá contemplar perfectamente y á su sabor el hermoso adorno desde ahora hasta la una de la tarde. El cielo bendiga la justa Colonia de Massachusetts, donde la iniquidad se vé obligada á comparecer ante la luz del sol. Venid acá Madama Ester, y mostrad vuestra letra escarlata en la plaza del mercado.
Inmediatamente quedó un espacio franco al través de la turba de espectadores. Precedida del alguacil, y acompañada de una comitiva de hombres de duro semblante y de mujeres de rostro nada compasivo, Ester Prynne se adelantó al sitio fijado para su castigo. Una multitud de chicos de escuela, atraídos por la curiosidad y que no comprendían de lo que se trataba, excepto que les proporcionaba medio día de asueto, la precedía á todo correr, volviendo de cuando en cuando la cabeza ya para fijar las miradas en ella, ya en la tierna criaturita, ora en la letra ignominiosa que brillaba en el seno de la madre. En aquellos tiempos la distancia que había de la puerta de la cárcel á la plaza del mercado no era grande; sin embargo, midiéndola por lo que experimentaba Ester, debió de parecerle muy larga, porque á pesar de la altivez de su porte, cada paso que daba en medio de aquella muchedumbre hostil era para ella un dolor indecible. Se diría que su corazón había sido arrojado á la calle para que la gente lo escarneciera y lo pisoteara. Pero hay en nuestra naturaleza algo, que participa de lo maravilloso y de lo compasivo, que nos impide conocer toda la intensidad de lo que padecemos, merced al efecto mismo de la tortura del momento, aunque más tarde nos demos cuenta de ello por el dolor que tras sí deja. Por lo tanto, con continente casi sereno sufrió Ester esta parte de su castigo, y llegó á un pequeño tablado que se levantaba en la extremidad occidental de la plaza del mercado, cerca de la iglesia más antigua de Boston, como si formara parte de la misma.
En efecto, este cadalso constituía una parte de la maquinaria penal de aquel tiempo, y si bien desde hace dos ó tres generaciones es simplemente histórico y tradicional entre nosotros, se consideraba entonces un agente tan eficaz para la conservación de las buenas costumbres de los ciudadanos, como se consideró más tarde la guillotina entre los terroristas de la Francia revolucionaria. Era, en una palabra, el tablado en que estaba la picota: sobre él se levantaba la armazón de aquel instrumento de disciplina, de tal modo construído que, sujetando en un agujero la cabeza de una persona, la exponía á la vista del público. En aquella armazón de hierro y madera se hallaba encarnado el verdadero ideal de la ignominia; porque no creo que pueda hacerse mayor ultraje á la naturaleza humana, cualesquiera que sean las faltas del individuo, como impedirle que oculte el rostro por un sentimiento de vergüenza, haciendo de esa imposibilidad la esencia del castigo. Con respecto á Ester, sin embargo, como acontecía más ó menos frecuentemente, la sentencia ordenaba que estuviera de pie cierto tiempo en el tablado, sin introducir el cuello en la argolla ó cepo que dejaba expuesta la cabeza á las miradas del público. Sabiendo bien lo que tenía que hacer, subió los escalones de madera, y permaneció á la vista de la multitud que rodeaba el tablado ó cadalso.
La escena aquella no carecía de esa cierta solemnidad pavorosa que producirá siempre el espectáculo de la culpa y la vergüenza en uno de nuestros semejantes, mientras la sociedad no se haya corrompido lo bastante para que le haga reir en vez de estremecerse. Los que presenciaban la deshonra de Ester Prynne no se encontraban en ese caso. Era gente severa y dura, hasta el extremo de que habrían contemplado su muerte, si tal hubiera sido la sentencia, sin un murmullo ni la menor protesta; pero no habrían podido hallar materia para chistes y jocosidades en una exhibición como esta de que hablamos: y dado caso que hubiese habido alguna disposición á convertir el castigo aquel en asunto de bromas, toda tentativa de este género habría sido reprimida con la solemne presencia de personas de tanta importancia y dignidad como el Gobernador y varios de sus consejeros: un juez, un general, y los ministros de justicia de la población, todos los cuales estaban sentados ó se hallaban de pie en un balcón de la iglesia que daba á la plataforma. Cuando personas de tanto viso podían asistir á tal espectáculo, sin arriesgar la majestad ó la reverencia debida á su jerarquía y empleo, era fácil de inferirse que la aplicación de una sentencia legal debía de tener un significado tan serio cuanto eficaz; y por lo tanto, la multitud permanecía silenciosa y grave. La infeliz culpable se portaba lo mejor que le era dado á una mujer que sentía fijas en ella, y concentradas en la letra escarlata de su traje, mil miradas implacables. Era un tormento insoportable.
Hallándose Ester dotada de una naturaleza impetuosa y dejándose llevar de su primer impulso, había resuelto arrostrar el desprecio público, por emponzoñados que fueran sus dardos y crueles sus insultos; pero en el solemne silencio de aquella multitud había algo tan terrible, que hubiera preferido ver esos rostros rígidos y severos descompuestos por las burlas y sarcasmos de que ella hubiese sido el objeto; y si en medio de aquella muchedumbre hubiera estallado una carcajada general, en que hombres, mujeres, y hasta los niños tomaran parte, Ester les habría respondido con amarga y desdeñosa sonrisa. Pero abrumada bajo el peso del castigo que estaba condenada á sufrir, por momentos sentía como si tuviera que gritar con toda la fuerza de sus pulmones y arrojarse desde el tablado al suelo, ó de lo contrario volverse loca.
Había sin embargo intervalos en que toda la escena en que ella desempeñaba el papel más importante, parecía desvanecerse ante sus ojos, ó á lo menos, brillaba de una manera indistinta y vaga, como si los espectadores fueran una masa de imágenes imperfectamente bosquejadas ó de apariencia espectral. Su espíritu, y especialmente su memoria, tenían una actividad casi sobrenatural, y la llevaban á la contemplación de algo muy distinto de lo que la rodeaba en aquellos momentos, lejos de esa pequeña ciudad, en otro país donde veía otros rostros muy diferentes de los que allí fijaban en ella sus implacables miradas. Reminiscencias de la más insignificante naturaleza, de sus juegos infantiles, de sus días escolares, de sus riñas pueriles, del hogar doméstico, se agolpaban á su memoria mezcladas con los recuerdos de lo que era más grave y serio en los años subsecuentes, un cuadro siendo precisamente tan vivo y animado como el otro, como si todos fueran de igual importancia, ó todos un simple juego. Tal vez era aquello un recurso que instintivamente encontró su espíritu para librarse, por medio de la contemplación de estas visiones de su fantasía, de la abrumadora pesadumbre de la realidad presente.
Pero sea de ello lo que fuere, el tablado de la picota era una especie de mirador que revelaba á Ester todo el camino que había recorrido desde los tiempos de su feliz infancia. De pie en aquella triste altura, vió de nuevo su aldea nativa en la vieja Inglaterra y su hogar paterno: una casa semi-derruida de piedra obscura, de un aspecto que revelaba pobreza, pero que conservaba aún sobre el portal, en señal de antigua hidalguía, un escudo de armas medio borrado. Vió el rostro de su padre, de frente espaciosa y calva y venerable barba blanca que caía sobre la antigua valona del tiempo de la reina Isabel de Inglaterra. Vió también á su madre, con aquella mirada de amor llena de ansiedad y de cuidado, siempre presente en su recuerdo y que, aún después de su muerte, con frecuencia y á manera de suave reproche, había sido una especie de preventivo en la senda de su hija. Vió su propio rostro, en el esplendor de su belleza juvenil é iluminando el opaco espejo en que acostumbraba mirarse. Allí contempló otro rostro, el de un hombre ya entrado en años, pálido, delgado, con fisonomía de quien se ha dedicado al estudio, ojos turbios y fatigados por la lámpara á cuya luz leyó tanto ponderoso volumen y meditó sobre ellos. Sin embargo, esos mismos fatigados ojos tenían un poder extraño y penetrante cuando el que los poseía deseaba leer en las conciencias humanas. Esa figura era un tanto deformada, con un hombro ligeramente más alto que el otro. Después vió surgir en la galería de cuadros que le iba presentando su memoria, las intrincadas y estrechas calles, las altas y parduscas casas, las enormes catedrales y los edificios públicos de antigua fecha y extraña arquitectura de una ciudad europea, donde le esperaba una nueva vida, siempre relacionándose con el sabio y mal formado erudito. Finalmente, en lugar de estas escenas y de esta especie de variable panorama, se le presentó la ruda plaza del mercado de una colonia puritana con todas las gentes de la población reunidas allí y dirigiendo las severas miradas á Ester Prynne,—sí, á ella misma,—que estaba en el tablado de la picota, con una tierna niña en los brazos, y la letra A, de color escarlata, fantásticamente bordada con hilo de oro, sobre su seno.
¿Sería aquello verdad? Estrechó á la criaturita con tal fuerza contra el seno, que la hizo dar un grito: bajó entonces los ojos, y fijó las miradas en la letra escarlata, y aún la palpó con los dedos para tener la seguridad de que tanto la niñita como la vergüenza á que estaba expuesta eran reales. Sí: eran realidades—¡todo lo demás se había desvanecido!
III EL RECONOCIMIENTO
DE esta intensa sensación y convencimiento de ser el objeto de las miradas severas y escudriñadoras de todo el mundo, salió al fin la mujer de la letra escarlata al percibir, en las últimas filas de la multitud, una figura que irresistiblemente embargó sus pensamientos. Allí estaba en pie un indio vestido con el traje de su tribu; pero los hombres de piel cobriza no eran visitas tan raras en las colonias inglesas, que la presencia de uno pudiera atraer la atención de Ester en aquellas circunstancias, y mucho menos distraerla de las ideas que preocupaban su espíritu. Al lado del indio, y evidentemente en compañía suya, había un hombre blanco, vestido con una extraña mezcla de traje semi-civilizado y semi-salvaje.
Era de pequeña estatura, con semblante surcado por numerosas arrugas y que sin embargo no podía llamarse el de un anciano. En los rasgos de su fisonomía se revelaba una inteligencia notable, como la de quien hubiera cultivado de tal modo sus facultades mentales, que la parte física no podía menos que amoldarse á ellas y revelarse por rasgos inequívocos. Aunque merced á un aparente desarreglo de su heterogénea vestimenta había tratado de ocultar ó disimular cierta peculiaridad de su figura, para Ester era evidente que uno de los hombros de este individuo era más alto que el otro. No bien hubo percibido aquel rostro delgado y aquella ligera deformidad de la figura, estrechó á la niña contra el pecho, con tan convulsiva fuerza, que la pobre criaturita dió otro grito de dolor. Pero la madre no pareció oirlo.
Desde que llegó á la plaza del mercado, y algún tiempo antes que ella le hubiera visto, aquel desconocido había fijado sus miradas en Ester. Al principio, de una manera descuidada, como hombre acostumbrado á dirigirlas principalmente dentro de sí mismo, y para quien las cosas externas son asunto de poca monta, á menos que no se relacionen con algo que preocupe su espíritu. Pronto, sin embargo, las miradas se volvieron fijas y penetrantes. Una especie de horror puede decirse que retorció visiblemente su fisonomía, como serpiente que se deslizara ligeramente sobre las facciones, haciendo una ligera pausa y verificando todas sus circunvoluciones á la luz del día. Su rostro se obscureció á impulsos de alguna poderosa emoción que pudo sin embargo dominar instantáneamente, merced á un esfuerzo de su voluntad, y de tal modo, que excepto un rápido instante, la expresión de su rostro habría parecido completamente tranquila. Después de un breve momento, la convulsión fué casi imperceptible, hasta que al fin se desvaneció totalmente. Cuando vió que las miradas de Ester se habían fijado en las suyas, y notó que parecía haberle reconocido, levantó lenta y tranquilamente el dedo, hizo una señal con él en el aire, y lo llevó á sus labios.
Entonces, tocando en el hombro á una de las personas que estaban á su lado, le dirigió la palabra con la mayor cortesía, diciéndole:
—Le ruego á Vd., buen señor, se sirva decirme ¿quién es esa mujer, y por qué la exponen de tal modo á la vergüenza pública?
—Vd. tiene que ser un extranjero recién llegado, amigo,—le respondió el hombre, dirigiendo al mismo tiempo una mirada curiosa al que hizo la pregunta y á su salvaje compañero,—de lo contrario habría Vd. oído hablar de la Señora Ester Prynne y de sus fechorías. Ha sido motivo de un gran escándalo en la iglesia del santo varón Dimmesdale.
—De veras, replicó el otro. Yo soy aquí forastero; y muy contra mi voluntad he estado recorriendo el mundo, habiendo padecido contratiempos de todo género por mar y tierra. He permanecido en cautiverio entre los salvajes mucho tiempo, y vengo ahora en compañía de este indio para redimirme. Por lo tanto ¿quiere Vd. tener la bondad de referirme los delitos de Ester Prynne (creo que así se llama), y decirme qué es lo que la ha conducido á ese tablado?
—Con mucho gusto, amigo mío, y me parece que se alegrará Vd. en extremo, después de todo lo que ha padecido Vd. entre los salvajes, dijo el narrador, de encontrarse en fin en una tierra donde la iniquidad se persigue y se castiga en presencia de los gobernantes y del pueblo, como se practica aquí, en nuestra buena Nueva Inglaterra. Debe Vd. saber, señor, que esa mujer fué la esposa de un cierto sabio, inglés de nacimiento, pero que había habitado mucho tiempo en Amsterdam, de donde hace años pensó venir á fijar su suerte entre nosotros aquí en Massachusetts. Con este objeto envió primeramente á su esposa, quedándose él en Europa mientras arreglaba ciertos asuntos. Pero en los dos años ó más que la mujer ha residido en esta ciudad de Boston, ninguna noticia se ha recibido del sabio caballero Señor Prynne; y su joven esposa, habiendo quedado entregada á su propia extraviada dirección....
—¡Ah! ¡ah! comprendo, le interrumpió el extraño con una amarga sonrisa. Un hombre tan sabio como ese de quien Vd. habla, debería de haber aprendido también eso en sus libros. Y ¿quién se dice, mi excelente señor, que es el padre de la criaturita, que parece contar tres ó cuatro meses de nacida, y que la Sra. Prynne tiene en los brazos?
—En realidad amigo mío, ese asunto continúa siendo un enigma, y está por encontrarse quien lo descifre, respondió el interlocutor. Madama Ester rehusa hablar en absoluto, y los magistrados se han roto la cabeza en vano. Nada de extraño tendría que el culpable estuviera presente contemplando este triste espectáculo, desconocido á los hombres, pero olvidando que Dios le está viendo.
—El sabio marido, dijo el extranjero con otra sonrisa, debería venir á descifrar este enigma.
—Bien le estaría hacerlo, si aun vive, respondió el vecino. Sepa Vd., buen amigo, que los magistrados de nuestro Massachusetts, teniendo en cuenta que esta mujer es joven y bella, y que la tentación que la hizo caer fué sin duda demasiado poderosa, y pensando, además, que su marido yace en el fondo del mar,—no han tenido el valor de hacerla sentir todo el rigor de nuestras justas leyes. El castigo de esa ofensa es la pena de muerte. Pero movidos á piedad y llenos de misericordia, han condenado á Madama Ester á permanecer de pie en el tablado de la picota solamente tres horas, y después, y durante todo el tiempo de su vida natural, á llevar una señal de ignominia en el cuerpo de su vestido.
—Una sentencia muy sabia,—observó el extranjero inclinando gravemente la cabeza. De este modo será una especie de sermón viviente contra el pecado, hasta que la letra ignominiosa se grabe en la losa de su sepulcro. Me duele, sin embargo, que el compañero de su iniquidad no estuviera, por lo menos, á su lado sobre ese cadalso. Pero ¡ya se sabrá quién es! ¡ya se sabrá quién es!
Saludó cortésmente al comunicativo vecino, y diciendo en voz baja algunas cuantas palabras á su compañero el indio, se abrieron ambos paso por en medio de la multitud.
Mientras esto pasaba, Ester había permanecido en su pedestal, con la mirada fija en el extranjero; tan fija era la mirada, que parecía que todos los otros objetos del mundo visible habían desaparecido, quedando tan solos él y ella. Esa entrevista solitaria quizás habría sido más terrible aun que verle, como sucedía ahora, con el ardiente sol del mediodía abrasándole á ella el rostro é iluminando su vergüenza; con la letra escarlata, como emblema de ignominia, en el pecho; con la niña, nacida en el pecado, en los brazos; con el pueblo entero, congregado allí como para una fiesta, fijando las miradas implacables en un rostro, que debía haberse contemplado solo al suave resplandor de la lumbre doméstica, á la sombra de un hogar feliz, ó bajo el velo de novia en la iglesia. Pero por terrible que fuera su situación, sabía, con todo, que la presencia misma de aquellos millares de testigos era para ella una especie de amparo y abrigo. Preferible era estar así, con tantos y tantos seres mediando entre él y ella, que no verse faz á faz y á solas. Puede decirse que buscó un refugio en su misma exposición á la vergüenza pública, y que temía el momento en que esa protección le faltara. Embargada por tales ideas, apenas oyó una voz que resonaba detrás de ella y que repitió su nombre varias veces con acento tan vigoroso y solemne, que fué oído por toda la multitud.
—¡Óyeme, Ester Prynne! dijo la voz.
Como se ha dicho, directamente encima del tablado en que estaba de pie Ester, había una especie de balconcillo ó galería abierta, que era el lugar donde se proclamaban los bandos y órdenes con todo el ceremonial y pompa que en ocasiones tales se usaban en aquellos días. Aquí, como testigos de la escena que estamos describiendo, se encontraba el Gobernador Bellingham, con cuatro maceros junto á su silla, armados de sendas alabardas, que constituían su guardia de honor. Una pluma de obscuro color adornaba su sombrero, su capa tenía las orillas bordadas, y bajo de ella llevaba un traje de terciopelo verde. Era un caballero ya entrado en años, con arrugado rostro que revelaba mucha y muy amarga experiencia de la vida. Era hombre á propósito para hallarse al frente de una comunidad que debe su origen y progreso, y su actual desarrollo, no á los impulsos de la juventud, sino á la severa y templada energía de la edad viril y á la sombría sagacidad de la vejez; habiendo realizado tanto, precisamente porque imaginó y esperó tan poco. Las otras eminentes personas que rodeaban al Gobernador se distinguían por cierta dignidad de porte, propia de un período en que las formas de autoridad parecían revestidas de lo sagrado de una institución divina. Eran indudablemente hombres buenos, justos y cuerdos; pero difícilmente habría sido posible escoger, entre toda la familia humana, igual número de hombres sabios y virtuosos, y al mismo tiempo menos capaces de comprender el corazón de una mujer extraviada, y separar en él lo bueno de lo malo, que aquellas personas cuerdas de severo continente á quienes Ester volvía ahora el rostro. Puede decirse que la infeliz tenía la conciencia de que si había alguna compasión hacia ella, debía de esperarla más bien de la multitud, pues al dirigir las miradas al balconcillo, toda tembló y palideció.
La voz que había llamado su atención era la del reverendo y famoso Juan Wilson, el clérigo decano de Boston, gran erudito, como la mayor parte de sus contemporáneos de la misma profesión, y con todo eso hombre afable y natural. Estas últimas cualidades no habían tenido, sin embargo, un desenvolvimiento igual al de sus facultades intelectuales. Allí estaba él con los mechones de sus cabellos, ya bastante canos, que salían por debajo de los bordes de su sombrero; mientras los ojos parduscos, acostumbrados á la luz velada de su estudio, pestañeaban como los de la niña de Ester ante la brillante claridad del sol. Se parecía á uno de esos retratos sombríos que vemos grabados en los antiguos volúmenes de sermones; y para decir la verdad, con tanta aptitud para tratar de las culpas, pasiones y angustias del corazón humano, como la tendría uno de esos retratos.
—Ester Prynne, dijo el clérigo, he estado tratando con este joven hermano cuyas enseñanzas has tenido el privilegio de gozar,—y aquí el Sr. Wilson puso la mano en el hombro de un joven pálido que estaba á su lado,—he procurado, repito, persuadir á este piadoso joven para que aquí, á la faz del cielo y ante estas rectas y sabias autoridades y este pueblo aquí congregado, se dirija á tí y te hable de la fealdad y negrura de tu pecado. Conociendo mejor que yo el temple de tu espíritu, podría también, mejor que yo, saber qué razones emplear para vencer tu dureza y obstinación, de modo que no ocultes por más tiempo el nombre del que te ha tentado á esta dolorosa caída. Pero con la extremada blandura propia de su juventud, á pesar de la madurez de su espíritu, me replica que sería ir contra los innatos sentimientos de una mujer, forzarla á descubrir los secretos de su corazón á la luz del día, y en presencia de tan vasta multitud. He tratado de convencerle de que la vergüenza consiste en cometer el pecado y no en confesarlo. ¿Qué decides, hermano Dimmesdale? ¿Quieres dirigirte al alma de esta pobre pecadora, ó debo hacerlo yo?
Se oyó un murmullo entre los encopetados y reverendos ocupantes del balconcillo; y el Gobernador Bellingham expresó el deseo general, al hablar con acento de autoridad, aunque con respeto, al joven clérigo á quien se dirigía.
—Mi buen Señor Dimmesdale, dijo, la responsabilidad de la salvación del alma de esta mujer pesa en gran parte sobre vos. Por lo tanto, os pertenece exhortarla al arrepentimiento y á la confesión.
Lo directo de estas palabras atrajeron las miradas de toda la multitud hacia el Reverendo Sr. Dimmesdale, joven clérigo que había venido de una de las grandes universidades inglesas, trayendo toda la ciencia de su tiempo á nuestras selvas y tierras incultas. Su elocuencia y su fervor religioso le habían hecho eminente en su profesión. Era persona de aspecto notable, de blanca y elevada frente, ojos garzos, grandes y melancólicos, boca cuyos labios, á menos de mantenerlos cerrados casi por la fuerza, tenían cierta tendencia á la movilidad, expresando al mismo tiempo que una sensibilidad nerviosa, un gran dominio de sí mismo. Á pesar de sus muchos dones naturales y vastos conocimientos, había en el aspecto de este joven ministro[14] algo que denotaba una persona asustadiza, tímida, fácil de alarmarse, como si fuera un sér que se sintiese completamente extraviado en el camino de la vida humana y sin saber qué rumbo tomar, sintiéndose tranquilo y satisfecho tan sólo en un lugar apartado, escogido por él mismo. Por lo tanto, hasta donde sus obligaciones se lo permitían, su existencia se deslizaba, como si dijéramos, en la penumbra, habiendo conservado toda la sencillez y candor de la infancia; surgiendo de esa especie de sombra, cuando se presentaba la ocasión, con una frescura, fragancia y pureza de pensamiento tales que, como afirmaban las gentes, hacían el efecto que produciría la palabra de un ángel.
Tal era el joven ministro hacia quien el Reverendo Sr. Wilson y el Gobernador habían llamado la atención del público, al pedirle que hablase, en presencia de todos, del misterio del alma de una mujer, tan sagrado aún en medio de su caída. Lo difícil y penoso de la posición que así le crearon, hizo agolpársele la sangre á las mejillas y volvió trémulos sus labios.
—Háblale á esa mujer, hermano, le dijo el Sr. Wilson. Es de la mayor importancia para su alma, y por lo tanto, como dice nuestro digno Gobernador, importante también á la tuya, á cuyo cargo está la de esa mujer. Exhórtala á que confiese la verdad.
El Reverendo Sr. Dimmesdale inclinó la cabeza como si estuviera orando, y luego se adelantó.
—Ester Prynne,—dijo reclinándose sobre el balconcillo y fijando sus miradas en los ojos de aquella mujer,—ya has oído lo que ha dicho este hombre justo, y ves la responsabilidad que sobre mí pesa. Si crees que conviene á la paz de tu alma, y que tu castigo terrenal será de ese modo más eficaz para tu salvación, te pido que reveles el nombre de tu compañero en la culpa y en el sufrimiento. No te haga guardar silencio una mal entendida piedad y compasión hacia él; porque, créeme, Ester, aunque tuviera que descender de un alto puesto, y colocarse á tu lado, en ese mismo pedestal de vergüenza, sería sin embargo mucho mejor para él que así sucediera, que no ocultar durante toda su vida un corazón culpable. ¿Qué puede hacer tu silencio en pró de ese hombre sino tentarlo, sí, compelerlo á agregar la hipocresía al pecado? El cielo te ha concedido una ignominia pública, para que de este modo puedas conseguir un triunfo público sobre lo malo que en tí pueda haber. Mira lo que haces al negarle, á quien tal vez no tenga el valor de tomarla por sí mismo, la amarga pero saludable copa que ahora te presentan á los labios.
La voz del joven ministro, al pronunciar estas palabras, era trémulamente dulce, rica, profunda y entrecortada. La emoción que tan evidentemente manifestaba, más bien que la significación de las palabras, halló honda resonancia en los corazones de todos los circunstantes, que se sintieron movidos de un mismo sentimiento de compasión. Hasta la pobre criaturita que Ester estrechaba contra su seno parecía afectada por la misma influencia, pues dirigió las miradas hacia el Sr. Dimmesdale y levantó sus tiernos bracillos con un murmullo semi-placentero y semi-quejumbroso. Tan vehemente encontró el pueblo la alocución del joven ministro, que todos creyeron que Ester pronunciaría el nombre del culpado, ó que bien éste mismo, por elevada ó humilde que fuera su posición, se presentaría movido de interno é irresistible impulso y subiría al tablado donde estaba la infeliz mujer.
Ester movió la cabeza en sentido negativo.
—¡Mujer! no abuses de la clemencia del cielo,—exclamó el Reverendo Sr. Wilson con acento más áspero que antes.—Esa tierna niña con su débil vocecita ha apoyado y confirmado el consejo que has oído de los labios del Reverendo Dimmesdale. ¡Pronuncia el nombre! Eso, y tu arrepentimiento, pueden servir para que te libren de la letra escarlata que llevas en el vestido.
—¡Nunca! ¡jamás!—replicó Ester fijando las miradas, no en el Sr. Wilson, sino en los profundos y turbados ojos del joven ministro.—Está grabada demasiado hondamente. No podéis arrancarla. Y ¡ojalá pudiera yo sufrir la agonía que él sufre, como soporto la mía!
—Habla, mujer, dijo otra voz, fría y severa, que procedía de la multitud que rodeaba el tablado. Habla; y dale un padre á tu hija.
—No hablaré,—replicó Ester volviéndose pálida como una muerta, pero respondiendo á aquella voz que ciertamente había reconocido.—Y mi hija buscará un padre celestial: jamás conocerá á uno terrestre.
—¡No quiere hablar!—murmuró el Sr. Dimmesdale que, reclinado sobre el balconcillo, con la mano sobre el corazón, había estado esperando el resultado de su discurso.—¡Maravillosa fuerza y generosidad de un corazón de mujer! ¡No quiere hablar!... Y se echó hacia atrás respirando profundamente.
Comprendiendo el estado del espíritu de la pobre culpable, el ministro de más edad, que se había preparado para el caso, dirigió á la multitud un discurso acerca del pecado en todas sus ramificaciones, aludiendo con frecuencia á la letra ignominiosa. Con tal vigor se espació sobre este símbolo, durante la hora ó más que duró su peroración, que llenó de terror la imaginación de los circunstantes á quienes pareció que su brillo escarlata provenía de las llamas de los abismos infernales. Entretanto Ester permaneció de pie en su pedestal de vergüenza, con la mirada vaga y un aspecto general de fatigada indiferencia. Había sufrido aquella mañana cuanto es dado soportar á la humana naturaleza, y como su temperamento no era de los que por medio de un desmayo se libran de un padecimiento demasiado intenso, su espíritu podía solamente hallar cierto desahogo bajo la capa de una insensibilidad marmórea, mientras sus fuerzas corporales permanecieran intactas. En condición semejante, aunque la voz del orador tronaba implacablemente, los oídos de Ester nada percibían. Durante la última parte del discurso la niña llenó el aire con sus gritos y sus quejidos; la madre trató de acallarla, mecánicamente, sin que le afectara, al parecer, el desasosiego de la criaturita. Con la misma dura indiferencia fué conducida de nuevo á su prisión y desapareció á la vista del público tras la puerta de hierro. Los que pudieron seguirla con la vista dijeron, en voz muy baja, que la letra escarlata iba esparciendo un siniestro resplandor á lo lago del obscuro pasadizo que conducía al interior de la cárcel.
IV LA ENTREVISTA
DESPUÉS de su regreso á la cárcel fué tal el estado de agitación nerviosa de Ester, que se hizo necesaria la vigilancia más asidua para impedir que intentase algo contra su persona, ó que en un momento de arrebato hiciera algún daño á la pobre criaturita. Al acercarse la noche, y al ver que no era posible reducirla á la obediencia ni por medio de reprensiones ni de amenazas de castigo, el carcelero creyó conveniente hacer venir á un médico, que calificó de hombre muy experto en todas las artes cristianas de ciencias físicas, y que al mismo tiempo estaba familiarizado con todo lo que los salvajes podían enseñar en materia de hierbas y raíces medicinales que crecen en los bosques. En realidad, no solamente Ester, sino mucho más aún la tierna niña, necesitaban con urgencia los auxilios de un médico; la niña, que derivaba su sustento del seno maternal, parecía haber bebido toda la angustia, desesperación y agitación que llenaban el alma de su madre, y se retorcía ahora en convulsiones de dolor. Era, en pequeña escala, una imagen viva de la agonía moral por que había pasado Ester durante tantas horas.
Siguiendo de cerca al carcelero en aquella sombría morada, entró el individuo de aspecto singular cuya presencia en la multitud había causado tan honda impresión en la portadora de la letra escarlata. Lo habían alojado en la cárcel, no porque se le sospechase de algún delito, sino por ser la manera más conveniente y cómoda de disponer de él hasta que los magistrados hubieran conferenciado con los jefes indios acerca del rescate. Se dijo que su nombre era Rogerio Chillingworth. El carcelero, después de introducirlo en la habitación, permaneció allí un momento, sorprendido de la calma comparativa que había causado su entrada, pues Ester se había vuelto inmediatamente tan tranquila como la muerte, aunque la criaturita continuaba quejándose.
—Te ruego, amigo, que me dejes solo con la enferma, dijo el médico. Créeme, buen carcelero, pronto habrá paz en esta morada; y te prometo que la Sra. Prynne se mostrará en adelante más dócil á la autoridad y más tratable que hasta ahora.
—Si Su Señoría puede realizar eso, contestó el carcelero, os tendré por un hombre indudablemente hábil. En verdad que esta mujer se ha portado como si estuviese poseída del enemigo malo; y poco faltó para decidirme á arrojar de su cuerpo á Satanás y á latigazos.
El extranjero había entrado en la habitación con la tranquilidad característica de la profesión á que se decía pertenecer. Ni tampoco cambió de aspecto cuando la retirada del carcelero le dejó faz á faz con la mujer que le había reconocido en medio de la multitud, y cuya abstracción profunda al reconocerle indicaba mucha intimidad entre ambos. Su primer cuidado fué atender á la tierna criaturita, cuyos gritos, mientras se retorcía en su cama, hacían de absoluta necesidad posponer todo otro asunto á la tarea de calmar sus dolores. La examinó cuidadosamente y procedió luego á abrir una bolsa de cuero, que llevaba bajo su traje, y parecía contener medicinas, una de las cuales mezcló con un poco de agua en una taza.
—Mis antiguos estudios en alquimia, dijo por vía de observación, y mi residencia de más de un año entre un pueblo muy versado en las propiedades de las hierbas, han hecho de mí un médico mejor que muchos que se han graduado. Oye, mujer, la niña es tuya, no tiene nada mío, ni reconocerá mi voz ni mi rostro como los de un padre. Adminístrale por lo tanto esta poción con tus propias manos.
Ester rechazó la medicina que le presentaban, fijando al mismo tiempo con visible temor las miradas en el rostro del hombre.
—¿Tratarías de vengarte en la inocente criatura? dijo en voz baja.
—¡Loca mujer! respondió el médico con acento entre frío y blando. ¿Qué provecho me vendría á mí de hacer daño á esta pobre y bastarda criatura? La medicina es buena y provechosa; y si fuera mi hija, mi propia hija así como tuya, no podría hacer nada mejor en beneficio suyo.
Como Ester aun vacilaba, no hallándose realmente en aquellos momentos en su sano juicio, el médico tomó á la niña en brazos y él mismo le administró la poción, que pronto dejó sentir su eficacia. Los quejidos de la pequeña paciente se calmaron, sus convulsiones fueron cesando gradualmente; y á los pocos momentos, como es la costumbre de los tiernos niños después de verse libres del dolor, quedó sumergida en un profundo sueño. El médico, pues así puede llamársele con todo derecho, dirigió entonces su atención á la madre. Con calma y despacio la examinó, le tomó el pulso, dió una mirada á sus ojos; mirada que le oprimió el corazón y la hizo estremecer, por serle tan familiar, y sin embargo tan extraña y fría,—y finalmente, satisfecho de los resultados de su investigación, procedió á preparar otra poción.
—No sé donde hallar el leteo ni el nepentes, dijo, pero he aprendido muchos nuevos secretos entre los salvajes; y esta receta que me dió un indio en cambio de algunas lecciones mías, tan antiguas como Paracelso, es uno de esos secretos. Bebe esto. Será sin embargo menos calmante que una conciencia limpia y pura; pero no puedo darte eso. Calmará á pesar de todo la agitación de tu pecho y las marejadas de tu pasión, así como lo hace el aceite arrojado sobre las olas de un mar tempestuoso.
Presentó la taza á Ester, que la recibió mirándole con fijeza de una manera lenta y seria; no precisamente con una mirada de temor, sino llena de dudas, como interrogándole acerca de lo que podrían ser sus propósitos, y al mismo tiempo dirigió también una mirada á la niñita dormida.
—He pensado en la muerte, dijo, la he deseado, hasta hubiera rogado por ella, si pudiera rogar por algo. Sin embargo, si la muerte se encierra en esta taza, te pido que lo reflexiones antes de que me veas beberla. Mira: ya la he llevado á los labios.
—Bebe, pues, replicó el médico con el mismo aire de sosiego y frialdad de antes. ¿Tan poco me conoces, Ester? ¿Podrían ser mis propósitos tan vanos? Aun en el caso de que imaginara un medio de vengarme, ¿qué podría servir mejor para mis fines que dejarte vivir, y darte estas medicinas contra todo lo que pudiese poner en peligro tu vida, de modo que esa candente ignominia continúe brillando en tu seno?
Al hablar así, tocó con el índice la letra escarlata, que parecía abrasar el pecho de Ester como si hubiera sido en efecto un hierro candente. El médico notó su gesto involuntario, y con una sonrisa dijo:
—Vive, sí, vive; y lleva contigo este signo ante los ojos de hombres y mujeres,—ante los ojos de aquel á quien llamaste tu marido,—ante los ojos de esa niñita. Y para que puedas vivir, toma esta medicina.
Sin decir una palabra, Ester apuró la taza, y obedeciendo á una señal de aquel hombre de ciencia, se sentó en la cama en que dormía la niñita, mientras él, tomando la única silla que había en la habitación, se sentó á su lado. Ella no pudo menos de temblar ante estos preparativos, pues comprendía que, habiendo ya hecho él todo lo que la humanidad, ó el deber, ó si se quiere, una refinada crueldad le obligaban á hacer en alivio de sus dolores físicos, iba á tratarla ahora como hombre á quien había ofendido de la manera más profunda é irreparable.
—Ester, dijo, no pregunto por qué motivos, ni cómo has caído en el abismo, mejor dicho, has subido al pedestal de infamia en que te he hallado. La razón es fácil de hallar. Ha sido mi locura y tu debilidad. Yo,—un hombre dado al estudio, una verdadera polilla de biblioteca,—un hombre ya en el declive de sus años, que empleó los mejores de su vida en alimentar su afán devorador de saber,—¿qué tenía que ver con una belleza y juventud como la tuya? Contrahecho desde que nací, ¿cómo pude engañarme con la idea de que los dones intelectuales podrían en la fantasía de una joven doncella arrojar un velo sobre las deformidades físicas? Los hombres me llaman sabio. Si los sabios fueran cuerdos en lo que les concierne, yo debería haber previsto todo esto. Yo debería haber sabido que, al dejar la vasta y tenebrosa selva para entrar en esta población de cristianos, el primer objeto con que habían de tropezar mis miradas, serías tú, Ester, de pie, como una estatua de ignominia, expuesta á los ojos del pueblo. Sí, desde el instante que salimos de la iglesia, ya unidos por los lazos del matrimonio, debería haber contemplado la llama ardiente de esa letra escarlata brillando á la extremidad de nuestro sendero.
—Tú sabes, dijo Ester,—quien á pesar del estado de abatimiento en que se encontraba, no pudo sufrir este último golpe que le recordaba su vergüenza,—tú sabes que fuí franca contigo. Ni sentí amor, ni fingí tener ninguno.
—Es verdad, replicó el médico: ¡fué una locura mía! Ya lo he dicho. Pero, hasta aquella época de mi vida, yo había vivido en vano. ¡El mundo me había parecido tan triste! Mi corazón era como una morada bastante grande para dar cabida á muchos huéspedes, pero fría y solitaria. Yo deseaba tener un hogar, experimentar su calor. Á pesar de lo viejo, de lo contrahecho y sombrío que era, no me pareció un sueño extravagante la idea de que yo podía gozar también de esta simple felicidad, esparcida en todas partes, y de que toda la humanidad puede disfrutar. Y por eso, Ester, te albergué en lo más recóndito de mi corazón, y traté de animar el tuyo con aquella llama que tu presencia había encendido en mi pecho.
—Te he agraviado en extremo, murmuró Ester.
—Nos hemos agraviado mutuamente, respondió el médico. El primer error y agravio fué mío, cuando hice que tu floreciente juventud entrara en una relación falsa, y contraria á la naturaleza, con mi decadencia. Por consiguiente, como hombre que no ha pensado ni filosofado vanamente, no busco venganza, no abrigo ningún mal designio contra tí. Entre tú y yo la balanza está perfectamente equilibrada. Pero, Ester, el hombre que nos ha agraviado á los dos vive. ¿Quién es?
—No me lo preguntes, replicó Ester mirándole al rostro con firmeza. Eso nunca lo sabrás.
—¿Nunca, dices?—replicó el médico con una sonrisa amarga de confianza en sí mismo. ¿Nunca lo sabré? Créeme, Ester, hay pocas cosas,—ya en el mundo exterior, ó ya á cierta profundidad en la esfera invisible del pensamiento,—hay pocas cosas, repito, que queden ocultas al hombre que se dedica seriamente y sin descanso á la solución de un misterio. Tú puedes ocultar tu secreto á las miradas escudriñadoras de la multitud. Puedes ocultarlo también á las investigaciones de los ministros y magistrados, como hiciste hoy cuando procuraron arrancar ese nombre á tu corazón y darte un compañero en tu pedestal. Pero en cuanto á mí, yo me dedicaré á la investigación con sentidos que ellos no poseen. Yo buscaré á este hombre como he buscado la verdad en los libros; como he buscado oro en la alquimia. Hay una simpatía oculta que me lo hará conocer. Le veré temblar. Yo mismo al verle, me sentiré estremecer de repente y sin saber por qué. Tarde ó temprano, tiene que ser mío.
Los ojos del médico, fijos en el rostro de Ester, brillaron con tal intensidad, que ésta se llevó las manos al corazón como temiendo que pudiese descubrir allí el secreto en aquel momento mismo.
—¿No quieres revelar su nombre? Sin embargo, de todos modos lo sabré,—continuó el médico con una mirada llena de confianza, cual si el destino lo hubiera decretado así. No lleva ninguna letra infamante bordada en su traje, como tú; pero yo la leeré en su corazón. Pero no temas por él. No creas que me mezclaré en la clase de retribución que adopte el cielo, ó que lo entregue á las garras de la justicia humana. Ni te imagines que intentaré algo contra su vida; no, ni contra su fama si, como juzgo, es un hombre que goza de buena reputación. Le dejaré vivir: le dejaré envolverse en el manto de su honra externa, si puede. Sin embargo, será mío.
—Tus acciones parecen misericordiosas, dijo Ester desconcertada y aterrada, pero tus palabras te hacen horrible.
—Una cosa te recomendaré, á tí, que eras mi esposa, dijo el sabio. Tú has guardado el secreto de tu cómplice: guarda también el mío. Nadie me conoce en esta tierra. No digas á ningún sér humano que en un tiempo me llamaste tu esposo. Aquí, en esta franja de tierra plantaré mi tienda; porque habiendo sido donde quiera un peregrino, y habiendo vivido alejado de los intereses humanos, he encontrado aquí á una mujer, á un hombre, y á una tierna niña entre los cuales y yo existen los lazos más estrechos que puedan imaginarse. Nada importa que sean de amor ó de odio, justos ó injustos. Tú y los tuyos, Ester, me pertenecéis. Mi hogar está donde tú estés y donde él esté. ¡Pero no me vendas!
—¿Con qué objeto lo deseas?—le preguntó Ester, negándose, sin saber por qué, á aceptar este secreto convenio. ¿Por qué no te anuncias públicamente y te deshaces de mí de una vez?
—Pudiera moverme á ello, replicó el médico, no querer arrostrar la deshonra que mancha al marido de una mujer infiel. Pudieran moverme también otras razones. Basta con que sepas que es mi objeto vivir y morir desconocido. Por lo tanto, tu marido ha de ser para el mundo un hombre ya muerto, y de quien jamás se recibirá noticia alguna. No me reconozcas ni por una palabra, ni por un signo, ni por una mirada. No descubras á nadie tu secreto, sobre todo al hombre que sabes. Si me faltares en esto... ¡ay de tí! Su fama y buen nombre, su posición, su vida, estarán en mis manos! ¡Guárdate de ello!
—Guardaré tu secreto, como guardo el suyo, dijo Ester.
—Júralo, replicó el otro.
Y ella prestó el juramento.
—Y ahora, Ester,—dijo el anciano Rogerio Chillingworth, como había de llamarse en lo sucesivo,—te dejo sola: sola con tu hija y con la letra escarlata. ¿Qué es eso, Ester? ¿Te obliga la sentencia á dormir con la letra? ¿No tienes temor de que te asalten pesadillas y sueños horribles?
—¿Por qué me miras y te sonríes de ese modo?—le preguntó Ester toda inquieta al ver la expresión de sus ojos.—¿Eres acaso como el Hombre Negro que recorre las selvas que nos rodean? ¿Me has inducido á aceptar un pacto que dará por resultado la perdición de mi alma?
—No la de tu alma,—respondió el médico con otra sonrisa. ¡No; no la de tu alma!
V ESTER AGUJA EN MANO
TERMINADO el período de encarcelamiento á que fué condenada Ester, se abrieron las puertas de la prisión y salió á la luz del sol que, brillando lo mismo para todos, le parecía sin embargo á su mórbida imaginación que había sido creado con el único objeto de revelar la letra escarlata que llevaba en el seno de su vestido. Quizá padeció moralmente más cuando, habiendo cruzado los umbrales de la cárcel, empezó á moverse libre y sola, que no en medio de la muchedumbre y espectáculo que quedan descritos, donde se hizo pública su vergüenza y donde todos la señalaron con el dedo. En aquel entonces se encontraba sostenida por una tensión sobrenatural de los nervios y toda la energía batalladora de su carácter, que la ayudaban á convertir aquella escena en una especie de lóbrego triunfo. Fué, además, un acontecimiento aislado y singular que solo ocurriría una vez durante su vida; y para arrostrarlo tuvo que gastar toda la fuerza vital que habría bastado para muchos años de tranquilidad y calma. La misma ley que la condenaba, la había sostenido durante la terrible prueba de su ignominia. Pero ahora, fuera ya de la prisión, sola y sin compañía en el sendero de la vida, empezaba para ella una nueva existencia, y tenía que sostenerse y proseguir adelante con los recursos que le proporcionara su propia naturaleza, ó de lo contrario, sucumbir. No podía contar con lo porvenir para sobrellevar su dolor presente. El día de mañana aportaría su ración de pesadumbre, y lo mismo el siguiente y los sucesivos: cada uno traería su propio pesar que, en esencia, era sin embargo el mismo que ahora le parecía tan inmensamente doloroso. Los años por venir se sucederían unos á otros, y ella tendría que continuar sobrellevando la misma carga, sin poder jamás arrojarla; pues la sucesión de días y de años no haría más que acumular miseria sobre ignominia. Durante todo ese tiempo, despojándose Ester de su propia individualidad, se convertiría en el ejemplo vivo de que podrían servirse el moralista y el predicador para encarecer sus imágenes de fragilidad femenina y de pasión pecaminosa. Le diría á la joven y á la pura, que contemplasen la letra escarlata que brillaba en su seno,—que se fijasen en esa mujer, la hija de padres honrados,—la madre de una criaturita que más adelante sería también una mujer,—que recordasen que en un tiempo había sido inocente—y que vieran ahora en ella la imagen, la encarnación, la realidad del pecado; y sobre su tumba, la infamia que la había acompañado en vida, sería también su único monumento.
Parecerá sorprendente, que con el mundo abierto ante ella, sin ninguna restricción en su sentencia que la impidiera dejar aquella obscura y remota colonia puritana y volver al lugar de su nacimiento, ó á cualquiera otro país europeo, y ocultar allí su persona y su identidad, bajo un nuevo exterior, como si empezara por completo otra existencia,—y teniendo también á su alcance los bosques sombríos y casi impenetrables, donde lo impetuoso de su sér espiritual podría asimilarse al pueblo cuyas costumbres y vida nada tenían de común con la ley que la había condenado;—parecerá sorprendente, repito, que esta mujer pudiera aún dar el nombre de hogar á aquel sitio donde había ella de ser el tipo de la ignominia. Pero hay una especie de fatalidad, un sentimiento tan irresistible é inevitable, que tiene toda la fuerza del destino, que casi obliga invariablemente á los hombres á permanecer y vagar, á manera de espectros, en el lugar mismo en que un acontecimiento grande y notable ha influído en el curso de su vida, y que es tanto más irresistible cuanto más sombría ha sido su influencia. Su pecado, su ignominia, eran las raíces que la retenían en aquel suelo, que había llegado á convertirse en el hogar permanente y final de Ester. Todos los otros sitios del mundo, aun aquella aldea de Inglaterra donde corrieron su infancia feliz y su juventud inmaculada, se habían convertido en cosas extrañas. Los lazos que la ataban á este nuevo suelo estaban formados de eslabones de hierro que penetraban en lo más íntimo de su alma, sin que jamás llegaran á romperse.
Pudiera ser también,—y sin duda lo era aunque se lo ocultaba á sí propia, y palidecía cuando luchaba por salir de su corazón como una serpiente de su agujero,—pudiera ser también que otro sentimiento la hiciera permanecer en el lugar que tan funesto le había sido. Allí moraba, allí pasaba su existencia alguien á quien ella se consideraba unida con lazos que, si bien no reconocidos en la tierra, los llevarían juntos ante el tribunal del juicio final, donde quedarían enlazados para un futuro común de retribución inextinguible. El tentador del género humano había presentado repetidas veces esta idea á la mente de Ester, y se reía del gozo apasionado, al mismo tiempo que lleno de desesperación, con que ella al principio la acogía, y después se esforzaba en rechazarla. Apenas acariciaba semejante idea, cuando ya quería destruirla. Lo que al fin quiso creer, lo que ella misma consideró la razón suprema para continuar viviendo en aquel sitio, era en parte verdad y en parte una ilusión con que trataba de engañarse. Aquí, se decía para sus adentros, cometí mi falta, y aquí debe efectuarse mi castigo terrenal; y quizás de este modo las torturas de su diaria ignominia purificarán al fin su alma, dotándola de una nueva pureza en cambio de la que había perdido, más sagrada puesto que sería el resultado del martirio.
De consiguiente Ester no se movió de allí. En los lindes de la población, aunque no en la vecindad inmediata de ninguna morada, había una choza ó cabaña, construída por uno de los primeros colonos, y abandonada porque la tierra era demasiado estéril para el cultivo. Su aislamiento y distancia de la población, la ponían fuera del círculo de la actividad social que ya se notaba en las costumbres de los colonos. Aquella pequeña habitación estaba á orillas del mar, medio oculta por un bosquecillo de árboles no muy corpulentos; y en ese lugar solitario, con los pocos recursos que poseía, y gracias al permiso de los magistrados que aun ejercían una especie de vigilancia inquisitorial sobre Ester, se instaló ésta con su niñita. Inmediatamente se asoció á aquel lugar una vaga idea de algo misterioso y desconocido. Los niños, demasiado tiernos para comprender por qué aquella mujer se encontraba separada del resto de sus semejantes, se arrastraban lo más cerca posible para verla ocupada con su aguja sentada á la ventana de su cabaña, ó de pie á la puerta de la misma, ó trabajando en el jardincito, ó paseándose en el sendero que conducía á la población; y al contemplar la letra escarlata en el seno de su vestido, emprendían la carrera con un temor extraño y contagioso.
Á pesar de lo solitario de la situación de Ester, y aunque no tenía un amigo en la tierra que se atreviese á visitarla, no corría sin embargo el riesgo de padecer escaseces. Poseía un arte que bastaba para proporcionarle el sustento á ella y á su hijita, aun en un país que ofrecía comparativamente pocas oportunidades para su ejercicio. Arte que en aquella época, como hoy, era casi el único que estuviera al alcance de la mujer,—la costura. Llevaba en el seno, en la letra primorosamente bordada, una muestra de su habilidad delicada y de su inventiva, de que se habrían alegrado las damas mismas de la Corte poder aprovecharse para agregar á sus ricas telas de seda y oro los adornos aun más preciados del arte humano.
Cierto es que, dada la sencillez del traje negro que caracterizaba en lo general las modas puritanas de aquel tiempo, no se presentarían muchas ocasiones en que pudiera desplegar Ester sus talentos con la aguja; sin embargo, el gusto de la época que se complacía en lo que era complicado en esta clase de trabajos, no pudo menos de ejercer su influencia en aquellos severos puritanos, nuestros antepasados, que se habían desprendido de tantas cosas que hoy nos parecen muy difíciles de renunciar. Las ceremonias públicas, tales como la instalación de magistrados, y cuanto pudiera agregar majestad al modo con que un nuevo gobernador se presentaba al pueblo, se distinguían por un ceremonial imponente y una sombría pero estudiada magnificencia. Grandes cuellos ó lechuguillas, fajas de intrincadas labores, y guantes lujosamente bordados, eran de absoluta necesidad para los altos funcionarios al hacerse cargo de las riendas del poder; y su uso se permitía también á los individuos distinguidos por su posición ó riqueza, aunque las leyes suntuarias prohibían estos y otros lujos semejantes á los plebeyos. En los funerales, ya en el vestido del difunto, ó ya para expresar por variedad de signos emblemáticos de paño negro y linón blanco el dolor de los sobrevivientes, había también una demanda frecuente de la clase de labor que Ester podía suministrar. Los pañales y faldellines para niños, pues en aquella época los niños de tierna edad llevaban vestidos de gala, ofrecían también ocasión para labores delicadas de aguja.
Poco á poco, aunque no con mucha lentitud, los trabajos de Ester se fueron haciendo de moda, como hoy se dice, ya por compasión hacia una mujer cuyo destino había sido tan desgraciado, ya por la mórbida curiosidad que da un valor ficticio á cosas comunes ó que no tienen ninguno, ya porque entonces, como ahora, se concediera á ciertas personas, por cualquiera razón, lo que otros solicitan en vano, ó porque Ester llenara realmente un vacío que se dejaba sentir; es lo cierto que halló frecuente empleo para su aguja, y bien remunerado. Tal vez la vanidad escogió, como medio de mortificarse, llevar á las pompas y ceremonias del Estado los adornos labrados por sus manos pecadoras. Veíase su labor en los cuellos del Gobernador; los militares la mostraban en sus bandas y fajas; el ministro del altar también dejaba verla en su traje severo; adornaba el gorrito de los recién nacidos, y hasta los ataúdes de los que llevaban á enterrar. Pero no se recuerda un solo caso en que la habilidad de Ester se solicitase para bordar el velo blanco que debía de cubrir el rostro pudoroso de una novia conducida al altar. Esta excepción indicaba lo inextinguible del rigor con que la sociedad reprobaba su pecado.
Ester no trataba de adquirir más allá de lo necesario para su subsistencia, siendo ésta de la naturaleza más sencilla y ascética que pueda darse en lo que á ella se refería; y para su niña, alimentos muy sencillos si bien con abundancia. Los vestidos que usaba eran hechos de las telas más bastas y del color más sombrío, con un solo adorno,—la letra escarlata—que estaba condenada á llevar siempre. El trajecito de la niña, por el contrario, se distinguía por cierto corte y adornos caprichosos, mejor dicho, fantásticos, que servían para realzar una especie de encanto aéreo que desde muy temprano empezó á notarse en la criaturita, la que también daba muestras de una seriedad profunda. Ya hablaremos de esto más adelante. Excepto la pequeña suma que dedicaba Ester al adorno de su hija, el resto lo empleaba en obras de caridad, en infelices menos desgraciados que ella, y que con frecuencia insultaban la mano que los socorría.
Mucha parte del tiempo que hubiera podido aplicar á labores más productivos, la pasaba haciendo vestidos de estofas groseras para los pobres. Es probable que á esta clase de ocupación asociara ella una idea de penitencia, y que al dedicar tantas horas á esa ruda labor, las ofreciera como una especie de sacrificio de otros goces. En la naturaleza de Ester había algo de la rica y voluptuosa naturaleza oriental, un gusto por todo lo que era esplendorosamente bello, y que, excepto en las exquisitas producciones de su aguja, no encontraba en qué poder ejercitarlo. Las mujeres hallan en la delicada labor de la aguja un placer incomprensible para el sexo fuerte. Para Ester era quizás una manera de expresar la pasión de su vida, y por lo tanto de calmarla. Á semejanza de todos los otros goces, rechazó esta pasión como un pecado. Semejante mórbida intervención de la conciencia en cosas de poca monta pudiera muy bien considerarse indicio de una penitencia que no era genuina ni constante, sino más bien algo dudoso, y que en el fondo no era lo que debería ser.
De este modo Ester Prynne tuvo su parte que desempeñar en el mundo. Merced á la energía natural de su carácter, y á su rara inteligencia, no fué posible segregarla por completo de la sociedad, aunque ésta la había marcado con una señal más intolerable para el corazón de una mujer que la grabada en la frente de Caín. En todas sus relaciones con esa sociedad, no había sin embargo nada que la hiciera comprender que pertenecía á ella. Cada gesto, cada palabra, y hasta el silencio mismo de aquellos con quienes se ponía en contacto, implicaban y expresaban con frecuencia la idea de que estaba desterrada, y tan aislada como si habitase en otra esfera. Encontrábase separada de los intereses morales de sus semejantes, á pesar de estar tan cerca de ellos, á manera de un espíritu que volviese á visitar el hogar doméstico sin poder hacerse ver ni dejarse sentir; sin participar de sus alegrías, ni poder tomar parte en sus dolores; y que, caso de que llegase á manifestar los sentimientos que le estaban vedados, habría sido para despertar solamente terror y horrible repugnancia. Y en realidad esto, y el más acerbo desdén, parecía que era lo único que había para ella en el corazón de sus conciudadanos. No era aquella una época de delicadeza y refinamiento en las costumbres; y aunque Ester se diese exacta cuenta de su posición, y no hubiera peligro de que la olvidara, con harta frecuencia se la hacían sentir de una manera muy ruda, y cuando ella menos lo esperaba. Los pobres, como ya hemos dicho, á quienes había hecho el objeto de sus bondades y de su beneficencia, á menudo deprimían la mano que se extendía para socorrerlos. Las damas de alto copete en cuyas moradas penetraba á desempeñar sus labores de costura, acostumbraban destilar gotas de acíbar en su corazón; á veces, merced á esa alquimia secreta y refinada con que la mujer puede infiltrar un veneno sutil extraído de las cosas más baladíes; y en otras ocasiones, con una rudeza de expresión que caía en el pecho indefenso de aquella infeliz como un golpe asestado á una herida ulcerada. Ester se había amaestrado por largo tiempo en el arte de sufrir en silencio: jamás respondía á estos ataques, sino con el rubor que irresistiblemente enrojecía su pálida mejilla y después desaparecía en las profundidades de su alma. Era paciente, una verdadera mártir; pero se abstenía de rezar por sus enemigos, por temor de que, á despecho de sus buenas intenciones, las palabras con que implorase la bendición para ellos se convirtiesen irremediablemente en una maldición.
Continuamente, y de mil maneras, experimentaba los innumerables tormentos que para ella había ideado la sentencia imperecedera del tribunal puritano. Los ministros del altar se detenían en medio de la calle para dirigirla palabras de exhortación, que atraían una multitud implacable alrededor de la pobre pecadora. Si entraba en la iglesia los domingos, confiada en la misericordia del Padre Universal, era con frecuencia, por su mala suerte, para verse convertida en el tema del sermón. Llegó á tener un verdadero terror de los niños, que habían concebido, gracias á las conversaciones de sus padres, una vaga idea de que había algo horrible en esa triste mujer que se deslizaba silenciosa por las calles de la población, sin otra compañía que su única niña. Por lo tanto, dejándola al principio pasar, la perseguían después á cierta distancia con agudos chillidos, pronunciando una palabra cuyo sentido exacto no podían ellos comprender, pero que no por eso era menos terrible para Ester, por venir de labios que la emitían inconscientemente. Parecía indicar una difusión tal de su ignominia, como si esta fuera conocida de toda la naturaleza; y no le habría causado pesar más profundo si hubiera oído á las hojas de los árboles referirse entre sí la sombría historia de su caída, y á las brisas del verano contarla entre susurros, ó á los ábregos del invierno proclamarla con sus voces tempestuosas.
Otra especie de tortura peculiar que experimentaba la pobre mujer era cuando veía un nuevo rostro, cuando personas extrañas fijaban con curiosidad las miradas en la letra escarlata, lo que ninguna dejaba de hacer y era para ella como si le aplicasen un hierro candente al corazón. Entonces apenas podía contener el impulso de cubrir el símbolo fatal con las manos, aunque nunca llegó á hacerlo. Pero las personas acostumbradas á contemplar aquel signo de ignominia, podían hacerla sufrir también intensa agonía. Desde el primer momento en que la letra formó parte integrante de su vestido, Ester había experimentado el terror secreto de que un ojo humano estaba siempre fijo en el triste emblema: su sensibilidad en ese particular, lejos de disminuirse con el tiempo, era cada vez mayor, merced al tormento cuotidiano que sufría.
Pero alguna que otra vez, quizás con intervalo de muchos días ó acaso de varios meses, tenía la sensación de que una mirada—una mirada compasiva—se fijaba en la letra ignominiosa; y esto parecía proporcionarla un alivio momentáneo, como si alguien compartiera la mitad de su agonía. Pero un instante después se reduplicaba ésta con renovado dolor, porque en aquel breve momento había pecado nuevamente. ¿Había Ester pecado sola?
Su imaginación estaba un tanto afectada, y á haber poseído menos fibra intelectual y moral, se habría afectado aun mucho más, en consecuencia de la soledad y de la angustia continua en que vivía. Yendo al reducido mundo exterior con que estaba en relaciones y regresando á su morada, y siempre solitaria en esos paseos, creyó Ester, ó se imaginó creer, que la letra escarlata la había dotado de un nuevo sentido. Se estremecía al pensar, y no podía menos de pensar así, que aquella le proporcionaba una especie de conocimiento intuitivo de las culpas secretas de otras almas. Las revelaciones que de este modo se presentaron á sus ojos la llenaban de terror. ¿Y cuáles eran? ¿Pero qué podían ser sino las insidiosas insinuaciones del ángel malo, que habría deseado persuadir á aquella mujer, que estaba luchando y era solo su víctima á medias, que el aspecto exterior de pureza no era más que una mentira, y que si la verdad se conociera, la letra escarlata brillaría en más de un seno, y no únicamente en el de Ester Prynne? ¿Debía ella acaso recibir esas obscuras insinuaciones como si fueran una cosa real y positiva? Esta especie de sentido sobrenatural de que se creía dotada, era de lo más terrible é insoportable que hubiese experimentado en el curso de su desgraciada existencia. La llenaba de perplejidad y de malestar, pues á veces aquella marca roja de infamia en el pecho de su vestido, parecía como si latiera y se agitase cuando Ester pasaba junto á un venerable eclesiástico ó magistrado, modelos de piedad y de justicia, á quienes el mundo contemplaba como si fueran los compañeros de los ángeles.
—¿Qué malvado pasa junto á mí? Se decía Ester para sus adentros.
Y levantando con repugnancia la cabeza veía que en aquellos alredederes no había más ser humano que aquel hombre que todos consideraban un santo. Otras veces creía tener á su lado á una hermana en la culpa, y al levantar los ojos tropezaba con la forma de una devota y áspera matrona, cuyo corazón, según la creencia pública, había sido un pedazo de hielo durante toda su vida. Aquel hielo en el pecho de la matrona y la candente ignominia de Ester ¿qué tenían de común? Otras veces el estremecimiento eléctrico le daba la señal, como si le dijera: "Ester, ahí tienes una compañera,"—y al alzar los ojos, veía á una joven doncella que contemplaba la letra escarlata, á hurtadillas, y se alejaba rápidamente con un ligero rubor en las mejillas, como si su pureza se hubiera empañado con aquella ojeada instantánea. Semejante falta de fe en la virtud de los demás, es una de las consecuencias más tristes del pecado. Pero una prueba de que en esta pobre víctima de su propia fragilidad y de la dureza de las leyes del hombre, la corrupción no había hecho mucho progreso, consistía en la constante lucha de su espíritu para creer que ningún mortal era tan culpable como ella misma.
El vulgo, que en aquellos rudos tiempos añadía siempre el elemento de lo grotesco á todo lo que hiriera su imaginación, había inventado una historia acerca de la letra escarlata, que fácilmente podríamos convertir en una terrible leyenda. Afirmaban que aquel símbolo no era simplemente un paño escarlata, teñido con un color que era obra del hombre, sino que el rojo ardiente lo producía el fuego del infierno, y se le podía ver brillar con todo su fulgor cuando Ester se paseaba sola, junto á su morada, durante la noche.
VI PERLA
HASTA ahora apenas hemos hablado de la niña; de la criaturita cuya inocente vida parecía una bella é inmortal flor brotada en medio de la excesiva lozanía de una pasión criminal. ¡Cuán extraña se presentaba esa niña á los ojos de la triste mujer, á medida que ésta contemplaba el desarrollo y la hermosura, cada vez más brillante, y la inteligencia que iluminaba con sus trémulos rayos las delicadas facciones de su hija, de su Perla! Tal era el nombre que le había dado Ester, no porque tuviese analogía alguna con su aspecto, pues no tenía nada del blanco, tranquilo y frío lustre que podría indicar la comparación; sino que la llamó "Perla," por haberla obtenido á un gran precio, por haberla comprado en realidad con todo lo que ella poseía, con lo que era su único tesoro. ¡Cuán singular era todo esto! El hombre había hecho patente la falta de esta mujer por medio de una letra escarlata dotada de tan grande y desastrosa eficacia, que impedía que aquella fuera objeto de las simpatías humanas, á no ser de personas igualmente culpables. Pero la naturaleza, en compensación de esta falta que el hombre había castigado, la dotó de una niña encantadora, que reposaba en aquel mismo seno infamado por la ley, para poner por siempre á la madre en relación con la raza humana, y para que llegara al fin á ser un alma escogida en el cielo. Sin embargo, estas ideas llenaban la mente de Ester con sentimientos de temor más bien que de esperanza. Sabía que su acción había sido mala, y por lo tanto no podía creer que sus resultados fueran buenos. Con creciente sobresalto contemplaba el desarrollo de la criatura, temiendo siempre descubrir alguna peculiaridad sombría y extraña, que guardara correspondencia con la culpa á que debió el ser.
Defecto físico no había ninguno en la niña: por su forma perfecta, por su vigor y la natural agilidad en el uso de sus tiernos miembros, era digna de haber nacido en el Edén; de haber sido dejada allí para que jugara con los ángeles, después de la expulsión de nuestros primeros padres. Poseía una gracia ingénita que no siempre acompaña á la belleza perfecta: su traje, á pesar de su sencillez, despertaba en el que la veía la idea de que era precisamente el que más le convenía. Pero la tierna Perlita no estaba vestida con silvestres hierbas. Su madre, merced á cierta tendencia mórbida, que más adelante se comprenderá mejor, había comprado las telas más ricas que pudieran procurarse y daba rienda suelta á su fantasía creadora en el arreglo y adorno de los vestidos de la niña, cada vez que ésta se presentaba en público. Tan magníficamente lucía aquella criaturita ataviada de esa suerte, y era tal el esplendor de la propia belleza de Perla, brillando al través de los trajes vistosos que habrían podido apagar una hermosura mucho menos radiante, que puede decirse que en torno suyo se formaba un círculo de fulgente luz en el suelo de la obscura cabaña. El aspecto de Perla tenía un encanto de infinita variedad: en aquella niña se compendiaban y resumían muchos niños, comprendiendo desde la belleza á manera de flor silvestre de un niño campesino, hasta la pompa, en escala menor, de una princesita. En toda ella había sin embargo algo de apasionado, una cierta intensidad de color de que nunca se despojaba; y si en alguno de sus cambios ese color se hubiera vuelto más débil ó más pálido, habría cesado de ser ella, no habría sido Perla.
Esta movilidad externa indicaba y expresaba completamente las diversas condiciones de su vida interior. Parecía que en su naturaleza la profundidad se hermanaba con la variedad; pero, á no ser que los temores de Ester la engañasen, diríamos que le faltaba la facultad de adaptarse al mundo en que había nacido. La niña no podía someterse á reglas fijas. Al darle la existencia, se había quebrantado una gran ley moral, y el resultado fué un sér cuyos elementos tal vez eran bellos y brillantes, pero en desorden, ó con un orden que les era peculiar, siendo difícil, ó casi imposible, descubrir donde empezaban ó terminaban la variedad y el arreglo. Ester únicamente podía darse cuenta del carácter de Perla, y eso de una manera vaga é imperfecta, recordando lo que ella misma había sido durante aquel período crítico en que el alma y el cuerpo de la niña se estaban formando. El estado de agitación apasionada en que se hallaba la madre había servido para transmitir á la criaturita por nacer los rayos de su vida moral; y por claros y puros que fueran primitivamente, habían adquirido ciertos tintes ya vivos y brillantes, ya intensos y sombríos. Pero sobre todo, se había perpetuado en el alma de Perla aquella violenta lucha que reinaba en el ánimo de Ester, quien podía reconocer en su hija el mismo espíritu libre, inquieto, provocativo y desesperado, y la misma ligereza de su carácter, y aun algo del mismo abatimiento que se había apoderado de su corazón. Ahora todo eso estaba iluminado por los rayos de la aurora que doran el cielo de la infancia, pero más entrado el día de la existencia terrenal, pudiera ser fecundo en torbellinos y tempestades.
La educación de la familia era en aquellos tiempos mucho más severa que ahora. El entrecejo, la reprensión áspera y la aplicación de la correa ó de las varillas, no tenían por objeto castigar solamente faltas cometidas, sino que se empleaban como un medio saludable para el desenvolvimiento de todas las virtudes infantiles. Sin embargo, Ester, la madre solitaria de esta su única hija, corría poco riesgo de pecar por demasiado severa. Teniendo plena conciencia de sus propios errores y de sus infortunios, trató desde muy temprano de ejercer una estricta vigilancia sobre la tierna alma cuyos destinos estaban á su cargo. Pero esta tarea era superior á sus fuerzas, ó á su capacidad. Después de probar tanto la sonrisa como el entrecejo, y viendo que nada ejercía una influencia notable, decidió por fin dejar que la niña obedeciera á sus propios impulsos. Por supuesto que la restricción ó la compulsión producían su efecto mientras estaban vigentes; pero toda otra clase de disciplina moral, ya se dirigiere á su inteligencia ó á su corazón, daba ó no daba resultados según fuera la disposición caprichosa de su ánimo á la sazón. Cuando Perla era todavía muy tierna, su madre había observado en ella cierta expresión peculiar de la fisonomía, que era señal de que entonces todo cuanto se hiciera para que la niña obedeciese sus órdenes sería en vano. Aquella expresión era tan inteligente, y sin embargo tan inexplicable, tan perversa, y á veces tan maligna, aunque en lo general acompañada de una gran exuberancia de extravagante buen humor, que Ester no podía menos de preguntarse si Perla era en realidad una criatura humana. Parecía más bien un espíritu aéreo que, después de haberse divertido con sus juegos fantásticos en el suelo de la cabaña, desaparecería en los aires con una sonrisa burlona. Siempre que sus ojos profundamente negros y brillantes tomaban esa expresión, la niña semejaba á un sér intangible de indefinible extrañeza. Se diría que se estaba cerniendo en el aire y que podría desvanecerse á manera de una luz que no sabemos de dónde viene ni á dónde irá. Entonces Ester se veía obligada á arrojarse sobre la niña, á perseguirla en la carrera que invariablemente emprendía el pequeño duende, y á estrecharla contra el seno cubriéndola de besos y caricias, no tanto por un efecto de excesivo amor, sino para cerciorarse de que era la misma Perla en carne y hueso, y no una forma completamente ilusoria. Pero la risa de Perla cuando se veía atrapada, bien que armoniosa y rebosando contento, solo daba por resultado aumentar las dudas de su madre.
Herida en el corazón por esta especie de misterio indescifrable y desconcertador que con tanta frecuencia se interponía entre ella y su único tesoro, tan caramente adquirido, y que era todo su universo, Ester rompía á veces en amargo llanto. Entonces, y sin saber por qué, Perla fruncía el entrecejo, cerraba el puño, y daba á su pequeño rostro una expresión dura, severa y de seco descontento; ó bien prorrumpía de nuevo en una risa más ruidosa que antes, como si fuera un sér incapaz de sentir y comprender el pesar humano; ó acaso, aunque muy raramente, experimentaba convulsiones de dolor, y en medio de sollozos y palabras entrecortadas expresaba su amor hacia su madre, y parecía que deseaba probar que tenía un corazón haciéndoselo pedazos. Sin embargo, Ester no confiaba mucho en aquel exceso de ternura, que pasaba con tanta rapidez como se había presentado. Pensando en todas estas cosas, la madre se encontraba en la posición de una persona que ha evocado un espíritu, como se lee en las historias fantásticas, pero que ignora la palabra mágica con que debe mantener bajo sus órdenes y dominar aquel poder misterioso. Sus únicas horas de completa tranquilidad eran cuando la niña yacía en el reposo del sueño. Entonces estaba plenamente segura de la criaturita, y gozaba de deliciosa y apacible felicidad hasta que, acaso con aquella perversa expresión que se veía vislumbrar bajo los entreabiertos párpados,—Perla despertaba.
¡Cuán pronto!—y realmente ¡con cuánta extraña rapidez!—alcanzó Perla una edad en que ya era capaz de oir algo más que las palabras casi sin sentido con que una madre habla á su pequeñuela. Y ¡qué felicidad habría sido entonces para Ester poder oir la voz clara y sonora de Perla mezclada al tumulto de otras voces infantiles, y distinguir y reconocer los sonidos que emitiera su adorado tesoro entre la mezcla confusa de la gritería de un grupo de niños juguetones! Pero semejante dicha le estaba vedada. Perla, desde que nació, era una proscripta del mundo infantil. Siendo un enjerto del mal, emblema y producto del pecado, no tenía derecho á estar entre niños bautizados. Era muy notable el instinto con que la niñita comprendía su soledad y el destino que había trazado un círculo inviolable en derredor suyo; en una palabra, todo lo peculiar de su posición respecto á otros niños. Jamás, desde que salió de la cárcel, había arrostrado Ester la presencia del público sin ir acompañada de Perla. En todas sus visitas á la población, iba Perla también: primero, cuando tierna niña, la llevaba en brazos; luego, más crecida, iba como una pequeña compañera de su madre, asida de un dedo y dando saltitos. Veía á los niños del pueblo ora sobre la hierba que crecía en las aceras de las calles, ya en los umbrales de las puertas de sus casas, jugando de la manera que les permitía su educación puritana, esto es: jugando á ir á la iglesia; ó á arrancar cabelleras en simulacro de combates con los indios; ó bien asustándose mutuamente con algo en que trataban de imitar actos de hechicería ó brujería. Perla lo veía todo, lo contemplaba todo intensamente, pero jamás trató de trabar conocimiento con ninguno de los niños. Si le hablaban, no respondía. Si los niños la rodeaban, como acontecía á veces, Perla se volvía realmente terrible en su cólera infantil, cogiendo piedras para arrojarlas á aquellos, acompañando la acción con gritos y exclamaciones incoherentes y penetrantes que hacían temblar á su madre, porque se asemejaban á los acentos de una maldición que pronunciara una hechicera en algún idioma desconocido.
La verdad del caso era que aquellos puritanitos en agraz, como dignos vástagos de la casta más intolerante que jamás haya existido, abrigaban una vaga idea de que había algo extraño, misterioso y fuera de lo común y diario tanto en la madre como en la hija, y por lo tanto las despreciaban en lo íntimo de su corazón, y con frecuencia las insultaban de voz en cuello. Perla resentía la ofensa, y se vengaba con todo el odio de que puede suponerse capaz un pecho infantil. Estas explosiones de un carácter violento, tenían algún valor y aun servían de consuelo á la madre, puesto que por lo menos revelaban cierta seriedad comprensible en aquella manera de sentir, lo que no acontecía con los caprichos fantásticos que tantas veces la llenaban de sorpresa y que no acertaba á explicarse en algunas manifestaciones de su hija. Le aterraba, sin embargo, discernir aquí y allí una especie de reflejo del mal que había existido en ella misma. Todos estos sentimientos de enemistad y de cólera los había heredado Perla de su madre: en el mismo estado de exclusión de todo trato social, se encontraban la madre y la hija; y en la naturaleza de esta última parecía que se perpetuaban todos aquellos elementos de inquietud que tanto agitaron á Ester antes del nacimiento de la niña, y que después habían comenzado á calmarse merced á la influencia benéfica de la maternidad.
Al lado de su madre, en el hogar doméstico, Perla no tenía necesidad de mucho trato social. Su imaginación prestaba los atributos de la vida á millares de objetos inanimados, como una antorcha que enciende una llama donde quiera que se le aplique: la rama de un árbol, unos cuantos harapos, una flor, eran los juguetes en que se ejercitaba la magia creadora de Perla; y sin que experimentasen ningún cambio exterior, se adaptaban á todas las necesidades de su fantasía. Prestaba su voz infantil á multitud de seres imaginarios, viejos y jóvenes, con quienes emprendía de ese modo animados diálogos. Los antiguos pinos, negros y solemnes, que emitían una especie de gruñido y otros rumores melancólicos cuando los agitaba la brisa, convertíanse sin dificultad en clérigos puritanos á los ojos de Perla; las hierbas más feas del jardín, eran sus hijos; hierbas que la niña pisoteaba y arrancaba sin compasión. Era en realidad sorprendente la vasta variedad de formas en que se complacía su inteligencia, sin orden ni concierto, siempre en un estado de actividad sobrenatural, sucediéndose unas á otras como las emanaciones y despliegues caprichosos de la aurora boreal. En el mero ejercicio de la fantasía y la festiva disposición de una mente en desarrollo, tal vez no hubiera mucho más de lo que se podría observar en otros niños dotados de facultades brillantes, excepto que Perla, por verse privada de compañeros de juego, acudía, para reemplazarlos, á los recursos que le prestaba su imaginación. Lo singular del caso consistía en la actitud hostil que la niña desplegaba hacia esas criaturas hijas de su fantasía y de su corazón. Jamás creó un amigo, sino que siempre, á imitación del Cadmo de la fábula, parecía sembrar á derecha é izquierda los dientes del dragón, de los que brotaban batallones de enemigos armados á los cuales la niña declaraba al punto la guerra. Era en extremo triste observar en un sér tan tierno esta idea constante de un mundo adverso, y el fiero despliegue de energía que la preparaba para las luchas del mundo; y fácil es de suponer el dolor intenso que todo esto produciría en su madre, que hallaba en su mismo corazón la causa de aquel fenómeno.
Contemplando á Perla, dejaba con frecuencia Ester caer la costura en el regazo, y rompía á llorar con una aflicción que hubiera deseado ocultar, y que se manifestaba con sollozos y palabras entrecortadas exclamando:—"¡Oh Padre que estás en los cielos! si es que eres aun mi Padre, ¿qué criatura es esta que he traído al mundo?"—Y Perla, al oir esta exclamación, ó al percibir aquellos sollozos de angustia, volvía hacia su madre la viva y preciosa carita, sonreía dulcemente y continuaba su juego.
Nos resta hablar de una peculiaridad de esta niñita. La primer cosa que notó en su vida, no fué la sonrisa de la madre respondiendo á lo que, como en otros niños de tierna edad, puede tomarse por una sonrisa, ó mejor dicho, embrión de sonrisa. No: el primer objeto que parece haber llamado la atención de Perla, fué la letra escarlata en el seno de Ester. Un día, al inclinarse ésta sobre la cuna, las miradas de la niñita se fijaron en el brillo del bordado de oro que cercaba la letra, y extendiendo las manecitas trató de asirla, sonriendo sin duda, aunque con una extraña expresión que hizo que su rostro pareciera el de un niño de mucha más edad. Entonces Ester, trémula y convulsa, apretó con la mano el signo fatal, como si instintivamente quisiera arrancárselo del seno. ¡Tan intensa fué la tortura que le causó la acción de aquella criaturita! Y como si la agonía que revelaba el rostro de la madre, no tuviera otro objeto que divertirla, la niñita fijó las miradas en ella y se sonrió. Desde esa época, excepto cuando Perla estaba durmiendo, Ester jamás tuvo un instante de seguridad, ni un momento en que gozara con plena calma de la compañía de su hija. Cierto es que á veces transcurrían semanas enteras sin que las miradas de la criaturita se fijaran en la letra escarlata; pero también es cierto que lo contrario acontecía cuando menos se esperaba, y siempre con aquella sonrisa peculiar y la extraña expresión de los ojos de que ya se ha hablado.
Una vez, mientras Ester contemplaba su propia imagen en los ojos de su hija, como es costumbre en las madres, brilló en ellos esa expresión singular y fantástica; y como las mujeres que viven solitarias y cuyo corazón está inquieto se hallan sujetas á innumerables ilusiones, se imaginó de repente que veía, no su propia imagen en miniatura, sino otra faz que se reflejaba en los ojos negros de Perla. Era un rostro enemigo, lleno de malignas sonrisas, pero que sin embargo tenía gran semejanza con facciones que había conocido muy bien, aunque raras veces las animara una sonrisa y jamás una expresión malévola. Se diría que un espíritu maligno se había posesionado de la niña, y se mostraba en sus ojos. Después de ese suceso, Ester se vió atormentada varias veces con la misma ilusión de sus sentidos, aunque no con tanta fuerza.
En la tarde de cierto día de verano, cuando ya Perla había crecido lo bastante para poder andar sola, se divertía la niña en recoger flores silvestres, arrojándolas una á una al regazo de su madre; y ejecutando una especie de baile cada vez que una de las flores acertaba á dar en la letra escarlata. El primer movimiento de Ester fué cubrir la letra con ambas manos; pero fuese orgullo ó resignación, ó la idea de que la pena á que había sido condenada la satisfaría más pronto por medio de este dolor indecible, resistió el impulso y se irguió en su asiento, pálida como la muerte, mirando con tristeza profunda á Perla cuyos ojos brillaban de inusitado modo. Y siguió la niña lanzándole las flores que invariablemente daban contra la letra, llenando el pecho maternal de heridas para las que no podía hallar bálsamo en este mundo, ni sabía cómo buscarlo en el otro. Al fin, cuando concluyó de arrojar las flores, la niña permaneció en pie mirando á Ester precisamente como aquella imagen burlona del enemigo que la madre creía ver en el abismo insondable de los ojos negros de su hija.