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La letra escarlata

LA LETRA ESCARLATA (continued 4)

Sellén Francisco translation

El ministro entonces se tranquilizó algo. Pronto distinguió, sin embargo, el brillo de una luz lejana que se iba acercando gradualmente, y que le permitía reconocer allá un objeto, más acá otro, tales como la puerta arqueada de una casa, con aldabón de hierro, una bomba de agua, etc., que fijaban su atención, á pesar de que estaba firmemente convencido de que á medida que se aproximaba aquella luz, que pronto daría de lleno en su rostro, se iba también acercando el momento en que su suerte quedaría decidida y revelado el funesto secreto oculto por tanto tiempo. Cuando la luz estuvo más cerca, pudo distinguir la figura de su hermano en religión, ó para hablar con más propiedad, de su padre espiritual al mismo tiempo que muy estimado amigo, el Reverendo Sr. Wilson quien, como el Sr. Dimmesdale conjeturaba con razón, había estado rezando á la cabecera de un moribundo. El bueno y anciano ministro venía precisamente de la alcoba mortuoria del Gobernador Winthrop, que acababa de pasar á mejor mundo, y se dirigía ahora á su casa alumbrándose con una linterna. El brillo de ésta había hecho imaginar al Sr. Dimmesdale que veía al buen padre Wilson rodeado de un halo ó corona radiante como la de los santos varones de otros tiempos, lo que le daba un aspecto de gloriosa beatitud en medio de esta noche sombría del pecado. Dimmesdale se sonrió, mejor dicho, se echó á reir ante tales ideas sugeridas por la luz de la linterna, y se preguntó si se había vuelto loco.

Cuando el Reverendo Sr. Wilson pasó junto al tablado, envolviéndose muy bien en los pliegues de su manto genovés con una mano, mientras sostenía con la otra la linterna, el Sr. Dimmesdale apenas pudo reprimir el deseo de hablar.

—Buenas noches, venerable padre Wilson; os ruego que subáis y que paséis un rato en mi compañía.

¡Cielos! ¿Había hablado realmente el Sr. Dimmesdale? Así lo creyó él mismo un instante; pero esas palabras fueron pronunciadas sólo en su imaginación. El venerable padre Wilson continuó lentamente su camino, teniendo el mayor cuidado en evitar mancharse con el lodo de la calle, y sin volver siquiera la cabeza hacia el fatídico tablado. Cuando la luz de su linterna se hubo desvanecido á lo lejos por completo, el joven ministro se dió cuenta, por la especie de desmayo que le sobrecogió, de que los últimos momentos habían sido para él una crisis de terrible ansiedad, aunque su espíritu había hecho un esfuerzo involuntario para salir de ella con la especie de apóstrofe semijocoso dirigido al Sr. Wilson.

Poco después se deslizó nuevamente en Dimmesdale el sentimiento de lo grotesco en medio de las solemnes visiones que se forjaba su cerebro. Creyó que las piernas se le iban poniendo rígidas con el frío de la noche, y empezó á imaginarse que no podría descender los escalones del tablado. La mañana se acercaba entretanto y allí se encontraría él: los vecinos empezarían á levantarse. El más madrugador, saliendo en la semiobscuridad del crepúsculo, percibiría una vaga figura de pie en el lugar consagrado á expiar los crímenes y delitos; y casi fuera de juicio, movido de susto y de curiosidad, iría llamando de puerta en puerta á todo el pueblo para que viniese á contemplar el espectro,—pues así se lo figuraría,—de algún difunto criminal. En esto, la luz de la mañana iría creciendo cada vez en intensidad: los ancianos patriarcas de la población se irían levantando apresuradamente, cada uno envuelto en su bata de franela, y las respetables matronas sin detenerse á cambiar su traje de dormir. Toda la congregación de personas decentes y decorosas, que jamás hasta entonces se habían dejado ver con un solo cabello despeinado, se presentarían ahora con la cabellera y el vestido en el mayor desorden. El viejo Gobernador Bellingham saldría con severo rostro llevando sus cuellos de lechuguilla al revés; y la Señora Hibbins, su hermana, vendría con algunos ramitos de la selva prendidos á su traje, y con rostro más avinagrado que nunca, como que apenas había podido dormir un minuto después de su paseo nocturno; y el buen padre Wilson se presentaría también, después de haber pasado la mitad de la noche junto á la cabecera de un moribundo, sin que le hubiera agradado mucho que le turbaran el sueño tan temprano. Vendrían igualmente los dignatarios de la iglesia del Sr. Dimmesdale y las jóvenes vírgenes que idolatraban á su pastor espiritual y le habían erigido un altar en sus puros corazones. Todos llegarían apresuradamente, dando tumbos y tropiezos, y dirigiendo con espanto y horror las miradas hacia el tablado fatídico. ¿Y á quién percibirían allí á la luz rojiza de la aurora? ¡Á quién, sino al Reverendo Arturo Dimmesdale, medio helado de frío, abrumado de vergüenza, y de pie donde había estado Ester Prynne!

Movido por el grotesco horror de este cuadro, el ministro, olvidándose de su inquietud y alarma infinitas, prorrumpió en una carcajada, que fué respondida inmediatamente por una risa ligera, aérea, infantil, en la que con un estremecimiento del corazón—que no sabía si era de intenso dolor, ó de placer extremo,—reconoció el acento de la pequeña Perla.

—¡Perla! ¡Perlita!—exclamó después de un momento de pausa; y luego, con voz más baja, agregó:—Ester, Ester Prynne, ¿estáis ahí?

—Sí; es Ester Prynne,—replicó ella con acento de sorpresa;—y el ministro oyó sus pisadas que se iban acercando.—Soy yo y mi pequeña Perla.

—¿De dónde venís, Ester?—preguntó el ministro. ¿Qué os ha traído aquí?

—He estado velando á un moribundo,—respondió Ester,—he estado junto al lecho de muerte del Gobernador Winthrop, he tomado las medidas para su traje, y ahora me dirijo á mi habitación.

—Sube aquí, Ester; ven tu con Perlita, dijo el Reverendo Sr. Dimmesdale. Ambas habéis estado aquí antes de ahora, pero yo no me hallaba á vuestro lado. Subid aquí una vez más, y los tres estaremos juntos.

Ester subió en silencio los escalones, y permaneció de pie en el tablado, asiendo á Perla de la mano. El ministro tomó entre las suyas la otra mano de la niña. No bien lo hizo, parece como si una nueva vida hubiera penetrado en su sér, invadiendo su corazón á manera de un torrente y esparciéndose por sus venas. Se diría que madre é hija estaban comunicando su calor vital á la naturaleza medio congelada del joven eclesiástico. Los tres formaban una cadena eléctrica.

—¡Ministro!—susurró la pequeña Perla.

—¿Qué deseas decir, niña?—le preguntó el Sr. Dimmesdale.

—¿Quieres estar aquí mañana al mediodía con mi madre y conmigo?—preguntó Perla.

—No; no así, Perlita mía,—respondió el ministro; porque con la nueva energía adquirida en aquel instante, se apoderó de él todo el antiguo temor de revelación pública que por tanto tiempo fué la agonía de su vida, y ya estaba temblando, aunque con una mezcla de extraña alegría, al fijarse en la situación en que se encontraba en la actualidad.—No, no así, niña mía, continuó. Estaré de pie contigo y con tu madre otro día; sí, otro día; pero no mañana.

Perla se rió é intentó desasir la mano que le tenía asida el ministro, pero éste la mantuvo firme.

—Un instante más, niña mía,—dijo.

—Pero ¿quieres prometerme que mañana al mediodía nos tomarás de la mano á mi madre y á mí?—le preguntó Perla.

—No, no mañana, Perla,—dijo el ministro,—pero otro día.

—¿Qué día?—persistió la niña.

—En el gran día del Juicio Final,—murmuró el eclesiástico, que se vió como obligado á responder de este modo á la niña en su carácter sagrado de ministro del altar.—Entonces, y allí ante el Juez Supremo, continuó, tendremos que comparecer tu madre, tú y yo, al mismo tiempo. Pero la luz del sol de este mundo no habrá de vernos reunidos.

Perla empezó á reir de nuevo.

Pero antes de que el Sr. Dimmesdale hubiera terminado de hablar, brilló una luz en toda la extensión del obscuro horizonte. Fué sin duda uno de esos meteoros que el observador nocturno puede ver á menudo, que se inflaman, brillan y se extinguen rápidamente en las regiones del espacio. Tan intenso fué su esplendor, que iluminó por completo la densa masa de nubes entre el firmamento y la tierra. La bóveda celeste resplandeció de tal modo, que dejó ver la calle como si estuviera alumbrada por la luz del mediodía, pero con la extrañeza que siempre comunica á los objetos familiares una claridad no acostumbrada. Las casas de madera, con sus pisos que sobresalían y sus curiosos caballetes rematados en punta; las escaleras de las puertas y los quicios con las primeras hierbas de la primavera que empezaban á brotar en las cercanías; los bancos de tierra de los jardines que parecían negros con la tierra removida recientemente;—todo se volvió visible, pero con una singularidad de aspecto que parecía darle á los objetos una significación diferente de la que antes tenían. Y allí estaba el ministro con la mano puesta sobre el corazón; y Ester Prynne, con la letra bordada brillando en su seno; y la pequeña Perla que era en sí misma un símbolo y el lazo de unión entre aquellos dos seres. Allí estaban de pie al fulgor de aquella extraña y solemne luz, como si ésta fuera la que había de revelar todos los secretos, y fuera también la alborada que había de reunir todos los que mutuamente se pertenecían.

En los ojos de Perla había cierta expresión misteriosa, y en su rostro, cuando lo alzó para mirar al ministro, aquella sonrisa maliciosa que la hacía comparar á un trasgo. Retiró su mano de la del Sr. Dimmesdale, y señaló al otro lado de la calle. Pero él cruzó las manos sobre el pecho y levantó las miradas hacia el cielo.

Nada era tan común en aquellos tiempos como interpretar todas las apariciones meteóricas, y todos los otros fenómenos naturales, que ocurren con menos regularidad que la salida y la puesta del sol y de la luna, como otras tantas revelaciones de origen sobrenatural. Así es que una lanza brillante, una espada de llamas, un arco, ó un haz de flechas, pronosticaban una guerra con los indios. Era sabido que una lluvia de luz carmesí indicaba una epidemia. Dudamos mucho que haya acontecido algo notable en la Nueva Inglaterra, desde los primeros días de su colonización hasta el tiempo de la guerra de la Independencia, de que los habitantes no hubieran tenido un previo aviso merced á un espectáculo de esta naturaleza. Á veces había sido visto por la multitud; pero con mucha mayor frecuencia, todo reposaba en el mero dicho de un solitario espectador que había contemplado el maravilloso fenómeno al través del trastornador vidrio de aumento de su imaginación, dándole más tarde una forma más precisa. Era sin duda una idea grandiosa pensar que el destino de las naciones debía revelarse en estos sorprendentes geroglíficos en la bóveda celeste. Entre nuestros antepasados era una creencia muy extendida, indicando que su naciente comunidad estaba bajo la custodia especial del cielo. Pero ¿qué diremos cuando un individuo descubre una revelación en ese mismo libro misterioso dirigida á él solamente? En ese caso, sería únicamente el síntoma de una alteración profunda del espíritu, si un hombre, en consecuencia de un dolor prolongado, intenso y secreto, y de la costumbre mórbida de estarse estudiando constantemente, ha llegado á asociar su personalidad á la naturaleza entera, hasta el extremo de que el firmamento no venga á ser sino una página adecuada para la historia del futuro destino de su alma.

Por lo tanto, á esta enfermedad de su espíritu atribuímos la idea de que el ministro, al dirigir sus miradas hacia el cielo, creyese contemplar en él la figura de una inmensa letra,—la letra A,—dibujada con contornos de luz de un rojo obscuro. En aquel lugar, y ardiendo opacamente, solo se había dejado ver un meteoro al través de un velo de nubes; pero no con la forma que su culpable imaginación le prestaba, ó á lo menos, de una manera tan poco definida, que otra conciencia delincuente podría haber visto en él otro símbolo distinto.

Había una circunstancia especial que caracterizaba el estado psicológico del Sr. Dimmesdale en aquel momento. Todo el tiempo que estuvo mirando al zenit, tenía la plena conciencia de que Perla estaba apuntando con el dedo en dirección del viejo Rogerio Chillingworth, que se hallaba en pie no muy distante del tablado. El ministro parecía verle con la misma mirada con que discernía la letra milagrosa. Así como á los demás objetos, la luz meteórica comunicaba una nueva expresión á las facciones del médico; ó bien pudiera suceder que éste no se cuidaba en esta ocasión, como siempre lo hacía, de ocultar la malevolencia con que miraba á su víctima. Ciertamente, si el meteoro iluminó el espacio é hizo visible la tierra con un fulgor solemne que obligó á recordar al clérigo y á Ester el día del Juicio Final, en ese caso Rogerio Chillingworth debió parecerles el gran enemigo del género humano, que se presentaba allí con una sonrisa amenazadora reclamando lo que le pertenecía. Tan viva fué aquella expresión, ó tan intensa la percepción que de ella tuvo el ministro, que le pareció que permanecía visible en la obscuridad, aun después de desvanecida la luz del meteoro, como si la calle y todo lo demás hubiera desaparecido por completo.

—¿Quién es ese hombre, Ester?—preguntó Dimmesdale con voz trémula, sobrecogido de terror.—Me estremezco al verlo. ¿Conoces á ese hombre? Le odio, Ester.

Ella recordó su juramento y permaneció en silencio.

—Te repito que mi alma se estremece en su presencia,—murmuró el ministro de nuevo.—¿Quién es? ¿Quién es? ¿No puedes hacer nada por mí? Ese hombre me inspira un horror indecible.

—Ministro, dijo Perlita, yo puedo decirte quién es.

—Pronto, niña, pronto,—dijo el ministro inclinando el oído junto á los labios de Perla.—Pronto, y tan bajo como te sea posible.

Perla murmuró algo á su oído que resonaba á manera de lenguaje humano, cuando no era en realidad sino la jerigonza ininteligible y sin sentido alguno que usan á veces los niños para divertirse cuando están juntos. De todos modos, no le comunicó ninguna noticia secreta acerca del viejo facultativo. Era un idioma desconocido para el erudito clérigo, que sólo sirvió para aumentar la confusión de su espíritu. La niña entonces prorrumpió en una carcajada.

—¿Te burlas de mí ahora?—dijo el ministro.

—No has sido valiente, no has sido sincero,—respondió la niña,—no quisiste prometerme que nos tomarías de la mano á mí y á mi madre mañana al mediodía.

—¡Digno señor!—exclamó el médico que se había adelantado hasta el pie del tablado,—piadoso Sr. Dimmesdale, ¿sóis realmente vos? Sí, sí, seguramente que sí. ¡Vaya! ¡Vaya! Nosotros, hombres de estudio, que tenemos la cabeza metida en nuestros libros, necesitamos que se nos vigile. Soñamos despiertos, y nos paseamos durmiendo. Venid, buen señor y amigo querido; dejadme que os conduzca á vuestra casa.

—¿Cómo supiste que yo estaba aquí?—preguntó Dimmesdale con temor.

—En realidad de verdad, respondió el médico, no sabía nada de esto. Gran parte de la noche la he pasado á la cabecera del digno Gobernador Winthrop haciendo en su beneficio lo que mi poca habilidad me permitía. Á un mundo mejor ha partido, y yo me dirigía á mi morada, cuando brilló esa luz extraordinaria. Os ruego que vengáis, reverendo señor; de otro modo no os hallaréis en estado de cumplir vuestros deberes mañana domingo. ¡Ah! ¡Ved cómo los libros perturban el cerebro! ¡Estos libros, estos libros! Debéis estudiar menos, buen señor, y procuraros algún recreo, si no queréis que estas cosas se repitan.

—Iré con vos á mi casa,—dijo el Sr. Dimmesdale. Completamente abatido, con una sensación de frío, como el que despierta de una pesadilla, acompañó al médico, y partieron juntos.

El día siguiente, domingo, predicó sin embargo un sermón que se consideró el mejor, el más vigoroso y más lleno de unción celeste que hasta entonces hubieran pronunciado sus labios. Se dijo que más de un alma se sintió regenerada con la eficacia de aquel discurso, y que fueron muchos los que juraron eterna gratitud al Sr. Dimmesdale por el bien que les había hecho. Pero, cuando bajó del púlpito, le detuvo el anciano sacristán presentándole un guante negro que el ministro reconoció por suyo.

—Se encontró esta mañana,—dijo el sacristán,—en el tablado en que se expone á los malhechores á la vergüenza pública. Satanás lo dejó caer allí deseando sin duda jugar una mala pasada á su Reverencia. Pero ha procedido con el mismo desacierto y ligereza de siempre. Una mano limpia y pura no necesita guante que la cubra.

—Gracias, buen amigo,—dijo el ministro con gravedad, pero muy sobresaltado, pues tan confusos eran sus recuerdos, que casi creía que los acontecimientos de la noche pasada eran solo un sueño.—Sí, agregó, parece que es mi guante.

—Y puesto que Satanás ha creído conveniente robároslo, en adelante Vuestra Reverencia debe tratar á ese enemigo sin miramientos de ninguna clase. Duro con él;—dijo el anciano sacristán con horrible sonrisa. Pero, ¿ha oído Vuestra Reverencia hablar del portento que se vió anoche? Se dice que apareció en el cielo una gran letra roja, la letra A, que hemos interpretado significa Ángel. Y como nuestro buen Gobernador Winthrop falleció también anoche, y fué convertido en ángel, de seguro que se creyó conveniente publicar la noticia de algún modo.

—No; nada he oído acerca de ese particular,—contestó el ministro.

XIII OTRO MODO DE JUZGAR Á ESTER

EN su última y singular entrevista con el Sr. Dimmesdale, se quedó Ester completamente sorprendida al ver el estado á que se hallaba reducido el ministro. Sus nervios parecían del todo arruinados: su fuerza moral era la de un niño: andaba arrastrando los pasos, aun cuando sus facultades intelectuales conservaban su prístina fuerza, ó habían adquirido acaso una mórbida energía, que solamente pudo haberles comunicado la enfermedad. Conociendo ella toda la cadena de circunstancias que eran un profundo secreto para los otros, podía inferir que, además de la acción legítima de su propia conciencia, se había empleado, y se empleaba todavía contra el reposo y bienestar del Sr. Dimmesdale, una maquinaria terrible y misteriosa. Conociendo también lo que había sido en otros tiempos este pobre hombre, ahora caído, su alma se llenó de compasión al recordar el hondo sentimiento de terror con que le pidió á ella,—la mujer despreciada,—que lo protegiese contra un enemigo que instintivamente había descubierto; y decidió que el ministro tenía el derecho de esperar de su parte todo el auxilio posible. Poco acostumbrada, en su largo aislamiento y estado de segregación de la sociedad, á medir sus ideas de lo justo ó de lo injusto según el rasero común, Ester vió, ó creyó ver, que había en ella una responsabilidad respecto á Dimmesdale, superior á la que tenía para con el mundo entero. Los lazos que á este último la ligaron, cualquiera que hubiese sido su naturaleza, estaban todos destruídos. Por el contrario, respecto al ministro existía el férreo lazo del crimen mutuo, que ni él ni ella podían romper, y que, como todos los otros lazos, traía aparejadas consigo obligaciones ineludibles.

Ester no ocupaba ya precisamente la misma posición que en los primeros tiempos de su ignominia. Los años se habían ido sucediendo, y Perla contaba ya siete de edad. Su madre, con la letra escarlata en el pecho, brillando con su fantástico bordado, era ahora una figura muy conocida en la población; y como no se mezclaba en los asuntos públicos ó privados de nadie, en nada ni para nada, se había ido formando una especie de consideración general hacia Ester. En honra de la naturaleza humana puede decirse que, excepto cuando interviene el egoísmo, está más dispuesta á amar que á odiar. El odio, por medio de un procedimiento silencioso y gradual, se puede transformar hasta en amor, siempre que á ello no se opongan nuevas causas que mantengan vivo el sentimiento primero de hostilidad. En el caso de Ester Prynne, no había ocurrido nada que lo agravase, porque jamás ella se declaró en contra del público, sino que se sometió, sin quejarse, á todo lo que éste quiso hacer, sin demandar nada en recompensa de sus sufrimientos. Hay que agregar la pureza inmaculada de su vida durante todos estos años en que se había visto segregada del trato social y declarada infame, y esa circunstancia influyó mucho en favor suyo. No teniendo ahora nada que perder para con el mundo, y sin esperanzas, y acaso tampoco sin deseos de ganar alguna cosa, su vuelta á la senda austera del deber sólo podría atribuirse á un verdadero amor de la virtud.

Se había notado igualmente que si bien Ester jamás reclamó la más mínima participación en los bienes y beneficios del mundo, excepto respirar el aire común á todos y ganar el sustento para Perlita y para ella misma con la labor de sus manos,—sin embargo, siempre se hallaba dispuesta á servir á sus semejantes, cuando la ocasión se presentaba. No había nadie que con tanta prontitud y buena voluntad compartiera sus escasas provisiones con el pobre, aun cuando éste, en recompensa de los alimentos llevados con toda regularidad á su puerta, ó de los vestidos trabajados por aquellos dedos que habrían podido bordar el manto de un monarca, le pagase con un sarcasmo ó una palabra ofensiva. En tiempos de calamidad general, de epidemia, ó de escasez, nadie había tan llena de abnegación como Ester: en los hogares invadidos por la desgracia, allí entraba ella, no como huésped intruso é inoportuno, sino como quien tiene pleno derecho á hacerlo; cual si las sombras que esparce el dolor fueran el medio más adecuado para poder tratar con sus semejantes. Allí brillaba la letra escarlata á manera de luz que derrama consuelo y bienestar: símbolo del pecado en todas partes, en la cabecera del enfermo era emblema de caridad y conmiseración. En casos tales, la naturaleza de Ester se mostraba con todo el calor que le era innato, y con aquella ternura y suavidad que nunca dejaban de producir el efecto deseado en los afligidos que á ella acudían. Su seno, con el signo de ignominia que en él lucía, puede decirse que era el regazo donde podía reposar en calma la cabeza del infortunado. Era una hermana de la caridad, ordenada por sí misma, ó mejor dicho, ordenada por la ruda mano del mundo, cuando ni éste, ni ella, podían prever semejante resultado. La letra escarlata fué el símbolo de su vocación. Ester se volvió tan útil, desplegó tal facultad de hacer el bien y de identificarse con los dolores ajenos, que muchas personas se negaron á dar á la A escarlata su significado primitivo de "Adúltera," y decían que en realidad significaba—"Abnegación." ¡Tales eran las virtudes manifestadas por Ester Prynne!

Sólo las moradas en que el infortunio había arrojado un velo sombrío, eran las que podían retenerla; desde el instante en que comenzaban á iluminarlas los rayos de la felicidad, Ester desaparecía. El huésped caritativo y servicial se alejaba, sin dar siquiera una mirada de despedida en que recoger el tributo de gratitud que le era debido, si es que existía alguna en los corazones de aquellos á quienes había servido con tanto celo. Al encontrarlos en la calle, jamás levantaba la cabeza para recibir su saludo; y si alguno se dirigía á ella resueltamente, entonces indicaba en silencio la letra escarlata con un dedo, y continuaba su camino. Esto podría atribuirse á orgullo, pero se asemejaba tanto á la humildad, que producía en el espíritu del público todo el efecto conciliador de esta virtud. El temperamento del público es en lo general despótico, y capaz de denegar la justicia más evidente, cuando se demanda con demasiada exigencia como de derecho; pero concede frecuentemente más de lo que se pide, si, como sucede con los déspotas, se apela enteramente á su generosidad. Interpretando la conducta de Ester como una apelación de esta naturaleza, la sociedad se hallaba inclinada á tratar á su antigua víctima con mayor benignidad de la que ella misma deseaba ó tal vez merecía.

Los gobernantes de aquella comunidad tardaron más tiempo que el pueblo en reconocer la influencia de las buenas cualidades de Ester. Las preocupaciones que compartían en común con aquel, adquirían en ellos mayor fuerza merced á una serie de razonamientos que dificultaba en extremo la tarea de desentenderse de dichas prevenciones. Sin embargo, día tras día, sus rostros avinagrados y rígidos se fueron desarrugando y adquiriendo algo que, con el transcurso de los tiempos, se podría tomar por una expresión de benevolencia. Así acontecía también con los hombres de alto copete, que se consideraban los guardianes de la moralidad pública. Los individuos privados habían perdonado ya completamente á Ester Prynne su fragilidad; aún más, habían empezado á considerar la letra escarlata, no como el signo que denunciaba una falta, tan larga y duramente expiada, sino como el símbolo de sus muchas y buenas acciones. "¿Véis esa mujer con la divisa bordada?"—decían á los extraños. "Es nuestra Ester, la Ester de nuestra población, tan compasiva con los pobres, tan servicial con los enfermos, tan consoladora para los afligidos." Cierto es que entonces la propensión de la naturaleza humana á referir lo malo cuando se trata de otro, les impelía también á contar en voz baja el escándalo de otros tiempos. Y á pesar de todo, era un hecho real que á los ojos de las mismas personas que así hablaban, la letra escarlata producía un efecto parecido al de la cruz en el pecho de una monja, comunicando á la que la llevaba una especie de santidad, que le permitía atravesar con toda seguridad por en medio de cualquier clase de peligro. Si hubiera caído entre ladrones, la habría protegido. Se decía, y muchos lo creían, que un indio disparó una vez una flecha contra la letra, y que, al tocarla, cayó la flecha al suelo hecha pedazos, sin haberle causado el menor daño á la letra.

El efecto de la divisa, ó mejor dicho, de la posición que ésta indicaba con respecto á la sociedad, fué poderoso y peculiar en el ánimo de Ester. Toda la gracia y ligereza de su espíritu habían desaparecido á influjos de esta funesta letra, dejando solamente algo ostensiblemente rudo y tosco, que habría podido hasta ser repulsivo para sus amigas ó compañeras, á haberlas tenido. Los atractivos físicos de su persona habían experimentado un cambio igual; quizá debido en parte á la seriedad de su traje, y en parte á la sequedad de sus maneras. También fué una triste transformación la que experimentó su hermosa y espléndida cabellera que, ó había sido cortada, ó estaba tan completamente oculta bajo su gorra, que ni siquiera se alcanzaba á ver uno solo de sus rizos. En consecuencia de todas estas causas, pero aun mucho más debido á algo desconocido, parecía que no había ya en el rostro de Ester nada que pudiera atraer las miradas del amor; nada en la figura de Ester, aunque majestuosa y semejante á una estatua, que despertara en la pasión el anhelo de estrecharla entre sus brazos; nada en el corazón de Ester que pudiera responder á los latidos amorosos de otro corazón. Algo había desaparecido en ella, algo completamente femenino, como acontece con frecuencia cuando la mujer ha pasado por pruebas de una severidad peculiar: porque si ella es toda ternura, esto le costará la vida; y si sobreviviere á estas pruebas, entonces esa ternura ó tiene que extinguirse por completo, ó reconcentrarse tan hondamente en el corazón, que jamás se podrá mostrar de nuevo. Tal vez esto último sea lo más exacto. La que una vez fué una verdadera mujer, y ha cesado de serlo, puede á cada instante recobrar sus atributos femeninos, si solamente viene el toque mágico que efectúe la transfiguración. Ya veremos si Ester Prynne recibió más tarde ese toque mágico y quedó transfigurada.

Mucha parte de la frialdad marmórea de que parecía estar dotada Ester, debe atribuirse á la circunstancia de que se había operado un gran cambio en su vida, reinando ahora el pensamiento donde antes reinaban la pasión y los sentimientos. Estando sola en el mundo, sola en cuanto á depender de la sociedad, y con la pequeña Perla á quien guiar y proteger,—sola y sin esperanzas de mejorar su posición, aunque no hubiera desdeñado semejante idea,—arrojó lejos de sí los fragmentos de una cadena hecha pedazos. La ley universal no era la ley de su espíritu. Vivía además en una época en que la inteligencia humana, recientemente emancipada, había desplegado mayor actividad y entrado en una esfera más vasta de acción que lo que había hecho durante muchos siglos. Nobles y tronos habían sido derrocados por los hombres de la espada; y antiguas preocupaciones habían sido destruídas por hombres aun más atrevidos que aquellos. Ester se había penetrado de este espíritu puramente moderno, adoptando una libertad de especulación, común entonces al otro lado del Atlántico, pero que, á haber tenido noticia de ello nuestros antepasados, lo habrían juzgado un pecado más mortal que el que estigmatizaron con la letra escarlata. En su cabaña solitaria, á orillas del mar, la visitaban ideas y pensamientos tales, como no era posible que se atrevieran á penetrar en otra morada de la Nueva Inglaterra: huéspedes invisibles, que habrían sido tan peligrosos para los que les daban entrada en su espíritu, como si se les hubiera visto en trato familiar con el enemigo del género humano.

Es digno de notarse que las personas que se entregan á las más atrevidas especulaciones mentales, son con frecuencia también las que más tranquilamente se conforman á las leyes externas de la sociedad. El pensamiento les basta, sin que traten de convertirlo en acción. Así parece que pasaba con Ester. Sin embargo, si no hubiera tenido á Perla, las cosas habrían sido muy diferentes. Entonces tal vez su nombre brillaría hoy en la Historia como la fundadora de una secta religiosa á par de Ana Hutchinson:[17] quizás habría sido una especie de profetisa; pero probablemente los severos tribunales de la época la habrían condenado á muerte por intentar destruir los fundamentos en que descansaba la colonia puritana. Pero en la educación de su hija, la osadía de sus pensamientos había abatido en gran parte su entusiasta vuelo. En la persona de su niñita, la Providencia le había asignado á Ester la tarea de hacer que germinaran y florecieran, en medio de grandes dificultades, los más dignos atributos de la mujer. Todo estaba en contra de la madre: el mundo le era hostil; la naturaleza misma de la niña tenía algo perverso en su esencia, que hacía recordar continuamente que en su nacimiento había presidido la culpa,—el resultado de la pasión desordenada de la madre,—y repetidas veces se preguntaba Ester con amargura si esta criaturita había venido al mundo para bien ó para mal.

Verdad es que la misma pregunta se hacía respecto al género humano en general. ¿Valía la pena aceptar la existencia, aun á los más felices entre los mortales? Por lo que á ella misma tocaba, tiempo hacía que la había contestado por la negativa, dando el punto por completamente terminado. La tendencia á la especulación, aunque puede verter la calma en el espíritu de la mujer, como sucede con el hombre, la vuelve sin embargo triste, pues acaso vé ante sí una tarea irrealizable. Primeramente, todo el edificio social tiene que derribarse, y reconstruirse todo de nuevo; luego, la naturaleza del hombre tiene que modificarse esencialmente antes de permitírsele á la mujer que ocupe lo que parece ser una posición justa y adecuada; y, finalmente, aun después de allanadas todas las otras dificultades, la mujer no podrá aprovecharse de todas estas reformas preliminares hasta que ella misma haya experimentado un cambio radical, en el cual, quizá, la esencia etérea, que constituye el alma verdaderamente femenina, se habría evaporado por completo. Una mujer nunca resuelve estos problemas con el mero uso del pensamiento: son irresolubles, ó solamente pueden resolverse de una manera. Si por casualidad prepondera el corazón, los problemas se desvanecen. Ester, cuyo corazón, por decirlo así, había perdido su ritmo regular y saludable, vagaba errante, sin luz que la guiase, en el sombrío laberinto de su espíritu; y á veces se apoderaba de ella la duda terrible de si no sería mejor enviar cuanto antes á Perla al cielo, y presentarse ella también á aceptar el destino á que la Eterna Justicia la creyese acreedora. La letra escarlata no había llenado el objeto á que se la destinó.

Ahora, sin embargo, su entrevista con el Reverendo Sr. Dimmesdale en la noche de la vigilia de éste, la había proporcionado nueva materia de reflexiones, presentándole en perspectiva un objeto digno de toda clase de esfuerzos y sacrificios para conseguirlo. Había presenciado el suplicio intenso bajo el cual luchaba el ministro, ó, para hablar con más propiedad, había cesado de luchar. Vió que se encontraba al borde de la locura, si es que ya su razón no se había hundido. Era imposible dudar que, por mucha que fuese la eficacia dolorosa de un punzante y secreto remordimiento, un veneno mucho más mortífero le había sido administrado por la misma mano que pretendía curarle. Bajo la capa de amigo y favorecedor médico, había constantemente á su lado un secreto enemigo que se aprovechaba de las oportunidades que así se le presentasen para tocar, con malvada intención, todos los resortes de la naturaleza delicada del Sr. Dimmesdale. Ester no podía menos de preguntarse si no fué desde el principio una falta de valor, de sinceridad y de lealtad de parte suya, permitir que el ministro se encontrara en una situación de la que nada bueno, y sí mucho malo, podría esperarse. Su única justificación era la imposibilidad en que había estado de hallar otro medio de librarle de una ruina aun más terrible de la que á ella le había caído en suerte. Lo único posible fué acceder al plan del disfraz de Rogerio Chillingworth. Movida de esta idea, se decidió, entonces, como ahora lo comprendía, por el partido peor que pudiera haber adoptado. Determinó, por lo tanto, remediar su error hasta donde le fuera posible. Fortalecida por años de rudas pruebas, ya no se sentía tan incapacitada para luchar con Rogerio como la noche aquella en que, abatida por el pecado, y medio loca por la ignominia á que acababa de ser expuesta, tuvo con él la entrevista en el cuarto de la prisión. Desde entonces, su espíritu se había ido remontando á mayores alturas; mientras que el anciano médico había ido descendiendo al nivel de Ester, ó quizás muy por debajo de ella, merced á la idea de venganza de que se hallaba poseído.

En una palabra, Ester resolvió tener una nueva entrevista con su antiguo marido, y hacer cuanto estuviera en su poder para salvar á la víctima de que evidentemente se había apoderado. La ocasión no tardó en presentarse. Una tarde, paseándose con Perla en un sitio retirado en las cercanías de su cabaña, vió al viejo médico con un cesto en una mano, y un bastón en la otra, buscando hierbas y raíces para confeccionar sus remedios y medicinas.

XIV ESTER Y EL MÉDICO

ESTER le dijo á Perla que corretease por la ribera del mar y jugara con las conchas y las algas marinas, mientras ella hablaba un rato con el hombre que estaba recogiendo hierbas á cierta distancia; por consiguiente, la niña partió como un pájaro, y descalzándose los piececitos empezó á recorrer la orilla húmeda del mar. Aquí y allá se detenía junto á un charco de agua dejado por la marea, y se ponía á mirarse en él como si fuera un espejo. Reflejábase en el charco la imagen de la niñita con brillantes y negros rizos y la sonrisa de un duendecillo, á la que Perla, no teniendo otra compañera con quien jugar, invitaba á que la tomara de la mano y diese una carrera con ella. La imagen repetía la misma señal como diciendo:—"Este es un lugar mejor: ven aquí;"—y Perla, entrando en el agua hasta las rodillas, contemplaba sus piececitos blancos en el fondo mientras, aun más profundamente, veía una vaga sonrisa flotar en el agua agitada.

Entretanto la madre se había acercado al médico.

—Quisiera hablarte una palabra,—dijo Ester,—una palabra que á ambos nos interesa.

—¡Hola! ¿Es la Sra. Ester la que desea hablar una palabra con el viejo Rogerio Chillingworth?—respondió el médico, irguiéndose lentamente.—Con todo mi corazón, continuó; vamos, señora, oigo solamente buenas noticias vuestras en todas partes. Sin ir más lejos, ayer por la tarde, un magistrado, hombre sabio y temeroso de Dios, estaba discurriendo conmigo acerca de vuestros asuntos, Sra. Ester, y me dijo que se había estado discutiendo en el Consejo si se podría quitar de vuestro pecho, sin que padeciera la comunidad, esa letra escarlata que ostentáis. Os juro por mi vida, Ester, que rogué encarecidamente al digno magistrado que se hiciera eso sin pérdida de tiempo.

—No depende de la voluntad de los magistrados quitarme esta insignia,—respondió tranquilamente Ester.—Si yo fuere digna de verme libre de ella, ya se habría caído por sí misma, ó se habría transformado en algo de una significación muy diferente.

—Llevadla, pues, si así os place,—replicó el médico.—Una mujer debe seguir su propio capricho en lo que concierne al adorno de su persona. La letra está bellamente bordada, y luce muy bien en vuestro pecho.

Mientras así hablaban, Ester había estado observando fijamente al anciano médico, y se quedó sorprendida á la vez que espantada, al notar el cambio que en él se había operado en los últimos siete años; no porque hubiera envejecido, pues aunque eran visibles las huellas de la edad, parecía retener aun su vigor y antigua viveza de espíritu; pero aquel aspecto de hombre intelectual y estudioso, tranquilo y apacible, que era lo que ella mejor recordaba, había desaparecido por completo, reemplazándole una expresión ansiosa, escudriñadora, casi feroz, aunque reservada. Parecía que su deseo y su propósito eran ocultar esa expresión bajo una sonrisa, pero ésta le vendía, pues vagaba tan irrisoriamente por su rostro, que el espectador podía, merced á ella, discernir mejor la negrura de su alma. De vez en cuando brillaban sus ojos con siniestro fulgor, como si el alma del anciano fuera presa de un incendio, que se manifestara solo de tarde en tarde por una rápida explosión de cólera y momentánea llamarada. Esto lo reprimía el médico tan pronto como le era posible, y trataba entonces de parecer tan tranquilo como si nada hubiera sucedido.

En una palabra, el viejo médico era un ejemplo de la extraordinaria facultad que tiene el hombre de transformarse en un demonio, si quiere por cierto tiempo desempeñar el oficio de éste. Transformación tal se había operado en el médico, por haberse dedicado durante siete años al constante análisis de un corazón lleno de agonía, hallando su placer en esa tarea, y añadiendo, por decirlo así, combustible á las horribles torturas que analizaba y en cuyo análisis hallaba tan intenso placer.

La letra escarlata abrasaba el seno de Ester Prynne. Aquí había otra ruina de que ella era en parte responsable.

—¿Qué véis en mi rostro, que contempláis con tal gravedad de expresión?—preguntó el médico.

—Algo que me haría llorar, si para ello hubiese en mí lágrimas bastante acerbas,—respondió Ester;—pero no hablemos de eso. De aquel infortunado hombre es de quien quisiera hablar.

—Y ¿qué hay con él?—preguntó el médico con ansiedad, como si el tema fuera muy de su agrado, y se alegrara de hallar una oportunidad de discutirlo con la única persona con quien pudiera hacerlo.—Para decir la verdad, mi Sra. Ester, precisamente mis pensamientos estaban ahora ocupados en ese caballero: de consiguiente, hablad con toda libertad, que os responderé.

—Cuando nos hablamos la última vez, dijo Ester, de esto hace unos siete años, os complacísteis en arrancarme la promesa de que guardara el secreto acerca de las relaciones que en otro tiempo existieron entre nosotros. Como la vida y el buen nombre del ministro estaban en vuestras manos, no me quedó otra cosa que hacer sino permanecer en silencio de acuerdo con vuestro deseo. Sin embargo, no sin graves presentimientos, me obligué á ello; porque hallándome desligada de toda obligación para con los demás seres humanos, no lo estaba para con él; y algo había que me murmuraba en los oídos que al empeñar mi palabra de que obedecería vuestro mandato, le estaba haciendo traición. Desde entonces, nadie como vos se halla tan cerca de él: seguís cada uno de sus pasos; estáis á su lado, despierto ó dormido; escudriñáis sus pensamientos; mináis y ulceráis su corazón; su vida está en vuestras garras; le estáis matando con una muerte lenta, y todavía no os conoce, no sabe quién sois. Al permitir yo esto, he procedido con falsedad respecto al único hombre con quien tenía el deber de ser sincera.

—¿Qué otro camino os quedaba?—preguntó el médico.—Si yo hubiera señalado á este hombre con el dedo, habría sido arrojado de su púlpito á un calabozo—y de allí tal vez al cadalso.

—Habría sido preferible,—dijo Ester.

—¡Qué mal le he hecho á ese hombre?—preguntó de nuevo el médico.—Te aseguro, Ester Prynne, que con los honorarios más crecidos y valiosos que un monarca pudiera haber pagado á un facultativo, no se habría conseguido todo el esmero y la atención que he consagrado á este infeliz eclesiástico. Á no ser por mí, su vida se habría extinguido en medio de tormentos y agonías en los dos primeros años que siguieron á la perpetración de su crimen y el tuyo. Porque tú sabes, Ester, que su alma carece de la fortaleza de la tuya para sobrellevar, como lo has hecho, un peso semejante al de tu letra escarlata. ¡Oh! ¡yo podría revelar un secreto digno de ser conocido! Pero basta sobre este punto. Lo que la ciencia puede hacer, lo he hecho en su beneficio. Si aun respira y se arrastra en este mundo, á mí solamente lo debe.

—Más le valiera haber muerto de una vez,—dijo Ester.

—Sí, mujer, tienes razón,—exclamó el viejo Rogerio haciendo brillar en los ojos todo el fuego infernal de su corazón;—más le valiera haber muerto de una vez. Jamás mortal alguno padeció lo que este hombre ha padecido.... Y todo, todo, á la vista de su peor enemigo. Ha tenido una vaga sospecha acerca de mí: ha sentido que algo se cernía siempre sobre él á manera de una maldición; conocía instintivamente que la mano que sondeaba su corazón no era mano amiga, y que había un ojo que le observaba, buscando solamente la iniquidad, y la ha encontrado. ¡Pero no sabía que esa mano y ese ojo fueran los míos! Con la superstición común á su clase, se imaginaba entregado á un demonio para que le atormentara con sueños espantosos, con pensamientos terribles, con el aguijón del remordimiento, y con la creencia de que no será perdonado, todo como anticipación de lo que le espera más allá de la tumba. Pero era la sombra constante de mi presencia, la proximidad del hombre á quien más vilmente había ofendido, y que vive tan solo merced á este veneno perpetuo del más intenso deseo de venganza. ¡Sí; sí por cierto! No se equivocaba, tenía un enemigo implacable junto á sí. Un mortal, dotado en otro tiempo de sentimientos humanos, se ha convertido en un demonio para su tormento especial.

El infortunado médico, al pronunciar estas palabras, alzó los brazos con una mirada de horror, como si hubiera visto alguna forma espantosa, que no podía reconocer y estuviese usurpando el lugar de su propia imagen en un espejo. Era uno de esos raros momentos en que el aspecto moral de un hombre se revela con toda fidelidad á los ojos de su alma. Probablemente jamás se había visto á sí mismo como se veía ahora.

—¿No lo has torturado ya bastante?—le preguntó Ester notando la expresión del rostro del anciano.—¿No te ha pagado todo con usura?

—¡No! ¡no! Ha aumentado su deuda,—respondió el médico, y á medida que proseguía, su rostro fué perdiendo la expresión de fiereza, volviéndose más y más sombrío.—¿Te acuerdas, Ester, cómo era yo hace nueve años? Aun entonces me encontraba en el otoño de mis días, y no al principio del otoño. Pero toda mi vida había consistido en años tranquilos de estudio severo y de meditación, consagrados á aumentar mis conocimientos, y también, fielmente, al progreso del bienestar del género humano. Ninguna vida había sido tan pacífica é inocente como la mía: pocas, tan ricas en beneficios conferidos. ¿No recuerdas lo que yo era? Aunque frío en la apariencia, ¿no era yo un hombre que pensaba en el bien de los demás, sin acordarse mucho de sí mismo; bondadoso, sincero, justo, y constante en sus afectos, si bien éstos no muy ardientes? ¿No era yo todo esto?

—Todo esto, y más,—dijo Ester.

—¿Y qué soy ahora?—preguntó el anciano, mirándola fijamente al rostro, y dejando que toda la perversidad de su alma se retratase en la fisonomía.—¿Qué soy yo ahora? Ya te he dicho lo que soy: un enemigo implacable: un demonio en forma humana. ¿Quién me ha hecho así?

—Yo he sido,—exclamó Ester estremeciéndose.—Yo he sido, tanto ó más que él. ¿Por qué no te has vengado en mí?

—Te he dejado entregada á la letra escarlata,—replicó Rogerio.—Si eso no me ha vengado, no puedo hacer más.

Y puso un dedo en la letra, con una sonrisa.

—¡Te ha vengado!—replicó Ester.

—Es lo que creía,—dijo el médico.—Y ahora ¿qué es lo que quieres de mí respecto á ese hombre?

—Tengo que revelarle el secreto,—respondió Ester con firmeza,—tiene que ver y saber lo que realmente eres. No sé cuáles serán las consecuencias. Pero esta deuda mía para con él, cuya ruina y tormento he sido, tiene al fin que quedar satisfecha. En tus manos está la destrucción ó la conservación de su buen nombre y estado social, y tal vez hasta su vida. Ni puedo yo,—á quien la letra escarlata ha hecho comprender el valor de la verdad, si bien haciéndola penetrar en el alma como con un hierro candente,—no, ni puedo yo percibir la ventaja que él reporte de vivir por más tiempo esa vida de miseria y de horror, para rebajarme ante tí é implorarte compasión hacia tu víctima. No; haz con él lo que quieras. No hay nada bueno que esperar para él—ni para mí—ni para tí—ni aun siquiera para mi pequeña Perla. No hay sendero alguno que nos saque de este triste y sombrío laberinto.

—Mujer, casi podría compadecerte,—dijo el médico á quien no fué posible contener un movimiento de admiración, pues había una cierta majestad en la desesperación con que Ester se expresó.—Había en tí grandes cualidades; y si hubieras hallado en tus primeros años un amor más adecuado que el mío, nada de esto habría acontecido. Te compadezco por todo lo bueno que en tí se ha perdido.

—Y yo á tí,—contestó Ester,—por todo el odio que ha transformado en un monstruo infernal á un hombre justo y sabio. ¿Quieres despojarte de ese odio y volver de nuevo á ser una criatura humana? Si no por él, á lo menos por tí. Perdona; y deja su ulterior castigo al Poder á quien pertenece. Dije ahora poco que nada bueno podíamos esperar él, ni tú, ni yo, que andamos vagando juntos en este sombrío laberinto de maldad, tropezando á cada paso contra la culpa que hemos esparcido en nuestra senda. No es así. Puede haber algo bueno para tí; sí, para tí solo, porque tú eres el profundamente ofendido, y tienes el privilegio de poder perdonar. ¿Quieres abandonar ese único privilegio? ¿Quieres rechazar esa ventaja de incomparable valor?

—Basta, Ester, basta,—replicó el anciano médico con sombría entereza.—No me está concedido perdonar. No hay en mí esa facultad de que hablas. Mi antigua fe, olvidada hace tiempo, se apodera de nuevo de mí y explica todo lo que hacemos y todo lo que padecemos. El primer paso errado que diste, sembró el germen del mal; pero desde aquel momento ha sido todo una fatal necesidad. Vosotros que de tal modo me habéis ofendido, no sois culpables, excepto en una especie de ilusión; ni soy yo el enemigo infernal que ha arrebatado al gran enemigo del género humano su oficio. Es nuestro destino. Deja que se desenvuelva como quiera. Continúa en tu sendero, y haz lo que te parezca con ese hombre.

Hizo una señal con la mano y siguió recogiendo hierbas y raíces.

XV ESTER Y PERLA

DE este modo Rogerio Chillingworth,—viejo, deforme, y con un rostro que se quedaba grabado en la memoria de los hombres más tiempo de lo que hubieran querido,—se despidió de Ester y continuó su camino en la tierra. Iba recogiendo aquí una hierba, arrancaba más allá una raíz, y lo ponía todo en el cesto que llevaba al brazo. Su barba gris casi tocaba el suelo cuando, inclinado, proseguía hacia adelante. Ester le contempló un momento, con cierta extraña curiosidad, para ver si las tiernas hierbas de la temprana primavera no se marchitarían bajo sus pies, dejando un negro y seco rastro al través del alegre verdor que cubría el suelo. Se preguntaba qué clase de hierbas serían esas que el anciano recogía con tanto cuidado. ¿No le ofrecería la tierra, avivada para el mal, en virtud del influjo de su maligna mirada, raíces y hierbas venenosas de especies hasta ahora desconocidas que brotarían al contacto de sus dedos? ¿Ó no bastaría ese mismo contacto para convertir en algo deletéreo y mortífero los productos más saludables del seno de la tierra? El sol, que con tanto esplendor brillaba donde quiera, ¿derramaba realmente sobre él sus rayos benéficos? ¿Ó acaso, como más bien parecía, le rodeaba un círculo de fatídica sombra que se movía á par de él donde quiera que dirigiera sus pasos? ¿Y á dónde iba ahora? ¿No se hundiría de repente en la tierra, dejando un lugar estéril y calcinado que con el curso del tiempo se cubriría de mortífera yerba mora, beleño, cicuta, apócimo, y toda otra clase de hierbas nocivas que el clima produjese, creciendo allí con horrible abundancia? ¿Ó tal vez extendería enormes alas de murciélago, y echando á volar en los espacios, parecería tanto más feo cuanto más ascendiera hacia el cielo?

—Sea ó no un pecado,—dijo Ester con amargura y con la mirada fija en el viejo médico,—¡odio á ese hombre!

Se reprendió á sí misma á causa de ese sentimiento, pero ni pudo sobreponerse á él ni disminuir su intensidad. Para conseguirlo, pensó en aquellos días, ya muy lejanos, en que Rogerio acostumbraba dejar su cuarto de estudio á la caída de la tarde, y venía á sentarse junto á la lumbre del hogar, á los rayos de luz de su sonrisa nupcial. Decía entonces que necesitaba calentarse al resplandor de aquella sonrisa, para que desapareciera de su corazón de erudito el frío producido por tantas horas solitarias pasadas entre sus libros. Escenas semejantes le parecieron en otro tiempo investidas de cierta felicidad; pero ahora, contempladas al través de los acontecimientos posteriores, se habían convertido en sus recuerdos más amargos. Se maravillaba de que hubiera habido tales escenas; y sobre todo, de que se hubiera dejado inducir á casarse con él. Consideraba eso el crimen mayor de que tuviera que arrepentirse, así como haber correspondido á la fría presión de aquella mano, y haber consentido que la sonrisa de sus labios y de sus ojos se mezclara á las de aquel hombre. Y le parecía que el viejo médico, al persuadirla, cuando su corazón inexperto nada sabía del mundo, al persuadirla que se imaginase feliz á su lado, había cometido una ofensa mayor que todo lo que á él se le hubiere hecho.

—¡Sí, le odio!—repitió Ester con más intenso rencor que antes.—¡Me ha engañado! ¡Me hizo un mal mucho mayor que cuanto yo le he inferido!

¡Tiemble el hombre que consigue la mano de una mujer, si al mismo tiempo no obtiene por completo todo el amor de su corazón! De lo contrario, le acontecerá lo que á Rogerio Chillingworth, cuando un acento más poderoso y elocuente que el suyo despierte las dormidas pasiones de la mujer; entonces le echarán en cara hasta aquel apacible contento, aquella fría imagen de la felicidad que se la hizo creer era la calurosa realidad. Pero Ester hace tiempo que debía haberse desentendido de esta injusticia. ¿Qué significaba? ¿Acaso los siete largos años de tortura con la letra escarlata habían producido dolores indecibles sin que en su alma hubiese penetrado el remordimiento?

Las emociones de aquellos breves instantes, en que estuvo contemplando la figura contrahecha del viejo Rogerio, arrojaron una luz en el espíritu de Ester, revelando muchas cosas de que, de otro modo, ella misma no se habría dado cuenta.

Una vez que el médico hubo desaparecido, llamó á su hijita.

—¡Perla! ¡Perlita! ¿dónde estás?

Perla, cuya actividad de espíritu jamás flaqueaba, no había carecido de distracciones mientras su madre hablaba con el anciano herbolario. Al principio se divirtió contemplando su propia imagen en un charco de agua; luego hizo pequeñas embarcaciones de corteza de abedul y las cargó de conchas marítimas, zozobrando la mayor parte; después se empeñó en tomar entre sus dedos la blanca espuma que dejaban las olas al retirarse, y la esparcía al viento; percibiendo luego una bandada de pajarillos ribereños, que revoloteaban á lo largo de la playa, la traviesa niña se llenó de pequeños guijarros el delantal, y deslizándose de roca en roca en persecución de estas avecillas, deplegó una destreza notable en apedrearlas. Un pajarito de pardo color y pecho blanco fué alcanzado por un guijarro, y se retiró revoloteando con el ala quebrada. Pero entonces la niña cesó de jugar, porque le causó mucha pena haber hecho daño á aquella criaturita tan caprichosa como la brisa del mar ó como la misma Perla.

Su última ocupación fué reunir algas marinas de varias clases, haciendo con ellas una especie de banda ó manto y un adorno para la cabeza, lo que le daba el aspecto de una pequeña sirena. Perla había heredado de su madre la facultad de idear trajes y adornos. Como último toque á su vestido de sirena, tomó algunas algas y se las puso en el pecho imitando, lo mejor que pudo, la letra A que brillaba en el seno de su madre y cuya vista le era tan familiar, con la diferencia de que esta A era verde y no escarlata. La niña inclinó la cabecita sobre el pecho y contempló este ornato con extraño interés, como si la única cosa para que hubiera sido enviada al mundo fuese para desentrañar su oculta significación.

—¿Quisiera saber si mi madre me preguntará qué significa esto?—pensó Perla.

Precisamente oyó entonces la voz de su madre, y corriendo con la misma ligereza que revoloteaban los pajaritos ribereños, se presentó ante Ester, bailando, riendo, y señalando con el dedo el adorno que se había fijado en el pecho.

—Mi Perlita,—dijo la madre después de un momento de silencio,—la letra verde y en tu seno infantil no tiene objeto. ¿Pero sabes tú, hija mía, lo que significa la letra que tu madre tiene que llevar?

—Sí, madre,—dijo la niña,—es la A mayúscula. Tú me lo has enseñado en la cartilla.

Ester la miró fijamente; pero aunque en los ojos negros de la niña había la singular expresión que tantas veces notara en ellos, no pudo descubrir si para Perla tenía realmente alguna significación aquel símbolo, y experimentó una mórbida curiosidad de averiguarlo.

—¿Sabes acaso, hija mía, por qué tu madre lleva esta letra?

—Sí lo sé,—respondió Perla fijando su inteligente mirada en el rostro de la madre,—por la misma causa que el ministro se lleva la mano al corazón.

—¿Y cuál es esa causa?—preguntó Ester medio sonriéndose al principio con la absurda respuesta de la niña, pero palideciendo un momento después.—¿Qué tiene que ver la letra con ningún corazón, excepto el mío?

—Nada, madre; he dicho todo lo que sé,—respondió Perla con mayor seriedad de la que le era habitual.—Pregúntale á ese viejo con quien has estado hablando. Tal vez él te lo pueda decir. Pero dime, mi querida madre, ¿qué significa esa letra escarlata? ¿Y por qué la llevas tú en el pecho? ¿Y por qué el ministro se lleva la mano al corazón?

Diciendo esto tomó la mano de su madre entre las dos suyas y fijó en su rostro las miradas con una expresión grave y reposada, poco común en su inquieto y caprichoso carácter. Se le ocurrió á Ester la idea de que tal vez la niña estaba tratando realmente de identificarse con ella con infantil confianza, haciendo lo que podía y del modo más inteligente que le era dable, para establecer entre las dos un lazo más estrecho de cariño. Perla se le mostraba bajo un aspecto que hasta entonces no había visto. Aunque la madre amaba á su hija con la intensidad de un afecto único, había tratado de conformarse con la idea de que no podía esperar en cambio sino muy poco: un cariño pasajero, vago, con arranques de pasión, petulante en sus mejores horas, que nos hiela con más frecuencia que nos acaricia, que se muestra besando las mejillas con dudosa ternura, ó jugando con el pelo, ó de otro modo semejante, para desvanecerse el instante inmediato y continuar con sus juegos de costumbre. Y esto era lo que pensaba una madre acerca de su hijita, pues los extraños habrían visto tan solo unos cuantos rasgos poco amables, haciéndolos aparecer aun más negros.

Pero ahora se apoderó de Ester la idea de que Perla, con su notable precocidad y perspicacia, había llegado ya á la edad en que podía hacerse de ella una amiga y confiarle mucho de lo que causaba el dolor de su corazón maternal, hasta donde fuera posible teniendo en cuenta la consideración debida á la niña y al padre. En el pequeño caos del carácter de Perla había sin duda en embrión un valor indomable, una voluntad tenaz, un orgullo altivo que podía convertirse en respeto de sí misma, y un desprecio por muchas cosas que, bien examinadas, se vería que estaban contaminadas de falsedad. Se hallaba igualmente dotada de afectos que, si bien poco tiernos, tenían todo el rico aroma de los frutos aun no madurados. Con todas estas altas cualidades creía Ester que esta niña se volvería una noble y excelente mujer, á menos que la parte mala heredada de la madre fuese grande en demasía.

La tendencia inevitable de Perla á ocuparse en el enigma de la letra escarlata, parecía una cualidad innata en la niña. Ester había pensado á menudo que la Providencia, al dotar á Perla con esta marcada propensión, lo hizo movida de una idea de justicia y de retribución; pero nunca, hasta ahora, se le había ocurrido preguntarse si, enlazada á esta idea, no habría también la de benevolencia y perdón. Si tratara á Perla teniendo en ella fe y confianza, considerándola mensajero espiritual al mismo tiempo que criatura terrestre, ¿no sería su destino suavizar y finalmente desvanecer el dolor que había convertido el corazón de su madre en una tumba? ¿No serviría también para ayudarla á vencer la pasión, en un tiempo tan impetuosa, y aun hoy ni muerta ni dormida sino sólo aprisionada en aquel sepulcro de su corazón?

Tales fueron algunos de los pensamientos que bulleron en la mente de Ester, con tanta viveza como si en realidad algún sér misterioso se los hubiera murmurado al oído. Y allí estaba Perla todo este tiempo estrechando entre las manecitas suyas la mano de su madre, con las miradas fijas en su rostro, mientras repetía una y otra vez las mismas preguntas.

—¿Qué significa la letra, madre mía? y ¿por qué la llevas tú? y ¿por qué se lleva el ministro la mano al corazón?

—¿Qué le diré?—se preguntó Ester á sí misma.—¡No! Si este ha de ser el precio del afecto de mi hija, no puedo comprarlo á tal costo.

Después habló en voz alta.

—Tontuela,—le dijo,—¿qué preguntas son esas? Hay muchas cosas en este mundo que una niña no debe preguntar. ¿Qué sé yo acerca del corazón del ministro? Y en cuanto á la letra escarlata, la llevo por lo bonito que lucen sus hilos de oro.

En todos los siete años ya transcurridos, jamás Ester había mostrado falsedad alguna respecto al símbolo que ostentaba su pecho, excepto en aquel momento, como si á pesar de su constante vigilancia hubiese penetrado en su corazón una nueva enfermedad moral, ó alguna otra de antigua fecha no hubiera sido expulsada por completo. En cuanto á Perla, la seriedad de su rostro ya había desaparecido.

Pero la niña no se dió por vencida en el asunto de la letra escarlata; y dos ó tres veces, mientras regresaban á su morada, y otras tantas durante la cena, y cuando su madre la estaba acostando, y aun una vez después que parecía estar ya durmiendo, Perla con cierta malignidad en las miradas de sus negros ojos, continuó su pregunta:

—Madre, ¿qué significa la letra escarlata?

Y la mañana siguiente, la primera señal que dió la niña de estar despierta fué levantar la cabecita de la almohada y hacer la otra pregunta que de tan extraño modo había asociado á la letra escarlata:

—Madre, madre, ¿por qué tiene siempre el ministro la mano sobre el corazón?

—Cállate, niña traviesa,—respondió la madre con una aspereza que nunca había empleado hasta aquel momento.—No me mortifiques más, ó te encerraré en un cuarto obscuro.

XVI UN PASEO POR EL BOSQUE

ESTER permaneció firme en su propósito de hacer que el Reverendo Sr. Dimmesdale conociera el verdadero carácter del hombre que se había apoderado de su confianza, fuesen cuales fuesen las consecuencias de su revelación. Durante varios días, sin embargo, en vano buscó la oportunidad de hablarle en uno de los paseos solitarios que el ministro acostumbraba dar, todo meditabundo, á lo largo de la costa ó en las colinas cubiertas de bosques del campo vecino. No habría habido sin duda nada de escandaloso ni de particular, ni peligro alguno para la buena reputación del ministro, si Ester le hubiera visitado en su propio estudio donde tanto penitente, antes de ahora, había confesado culpas quizás aun más graves que la que acusaba la letra escarlata. Pero sea que ella temiese la intervención secreta ó pública de Rogerio Chillingworth, ó que su conciencia le hiciera temer que se concibiese una sospecha, que ningún otro habría imaginado, ó que tanto el ministro como ella necesitaban de más amplitud de espacio para poder respirar con toda libertad mientras hablasen juntos,—ó quizás todas estas razones combinadas, lo cierto es que Ester nunca pensó en hablarle en otro lugar sino á la faz del cielo, y de ningún modo entre cuatro paredes.

Al fin, una noche que asistía á un enfermo, supo que el Reverendo Sr. Dimmesdale, á quien habían ido á buscar para que le ayudase á bien morir, había partido á visitar al apóstol Eliot, allá en su residencia entre sus indios convertidos, y que regresaría probablemente el día siguiente al mediodía. Al acercarse la hora indicada, tomó de la mano á Perla, su constante compañera, y partió en busca del Sr. Dimmesdale.

El camino no era más que un sendero que se perdía en el misterio de una selva virgen, tan espesa que apenas podía entreverse el cielo al través de las copas de los árboles. Ester la comparó á la soledad y laberinto moral en que había estado ella vagando tanto tiempo. El día era frío y obscuro: cubrían el firmamento espesas y cenicientas nubes ligeramente movidas por la brisa, lo que permitía que de cuando en cuando se vislumbrara un rayo de sol que jugueteaba en la estrecha senda. Esta tenue y vacilante claridad se percibía siempre en la extremidad más lejana, visible al través de la selva, y parece como que se desvanecía ó se alejaba á medida que los solitarios viajeros avanzaban en su dirección, dejando aun más sombríos los lugares en que brillaba, por lo mismo que habían esperado hallarlos luminosos.

—Madre,—dijo Perla,—la luz del sol no te quiere. Corre y se oculta, porque tiene miedo de algo que hay en tu pecho. Mira ahora: allí está jugando, á una buena distancia de nosotros. Quédate aquí, y déjame correr á mí para cogerla. Yo solamente soy una niña. No huirá de mí porque aun no llevo nada sobre mi pecho.

—Y espero que nunca lo lleves, hija mía,—dijo Ester.

—Y ¿por qué no, madre?—preguntó Perla deteniéndose precisamente cuando iba á emprender la carrera. ¿No vendrá eso por sí mismo cuando yo sea una mujer grande?

—Corre, hija mía,—respondió la madre,—y atrapa el rayo del sol, pues pronto se irá.

Perla emprendió la carrera á toda prisa y pronto se halló en medio de la luz del sol, riendo, toda iluminada por su esplendor, y con los ojos brillantes de alegría. Parecía como si el rayo solar se hubiera detenido en torno de la solitaria niña regocijándose en jugar con ella, hasta que la madre llegó bastante cerca para penetrar casi también en el círculo mágico.

—Ahora se irá,—dijo Perla moviendo la cabeza.

—Mira,—dijo Ester sonriendo,—ahora yo puedo alargar la mano y atrapar algo.

Pero al intentarlo, el rayo de sol desapareció; ó, á juzgar por la brillantez con que irradiaba el rostro de Perla, su madre podía haberse imaginado que la niña lo había absorbido, y lo devolvería luego iluminando la senda por donde iban, cuando de nuevo penetrasen en los parajes sombríos de la selva. Ninguno de los atributos de su tierna hija le causaba á la madre tanta impresión como aquella vivacidad constante de espíritu, reflejo quizás de la energía con que Ester había luchado combatiendo sus íntimos dolores antes del nacimiento de Perla. Era ciertamente un encanto dudoso, que comunicaba al carácter de la niña cierto brillo metálico y duro. Necesitaba un dolor profundo para humanizarse y hacerse capaz de sentir compasión. Pero Perla tenía tiempo sobrado para ello.

—Ven, hija mía,—dijo Ester;—vamos á sentarnos en el bosque y á descansar un rato.

—Yo no estoy cansada, madre,—replicó la niña; pero tú puedes sentarte si quieres, y entretanto contarme un cuento.

—Un cuento, niña,—dijo Ester,—y ¿qué clase de cuento?

—¡Ah! algo acerca de la historia del Hombre Negro,—respondió asiéndola del vestido y mirándola con expresión entre seria y maliciosa.—Díme cómo recorre este bosque llevando bajo el brazo un libro grande, pesado, con broches de hierro; y como este Hombre Negro y feo ofrece su libro y una pluma de hierro á todos los que le encuentran aquí entre los árboles, y como también todos tienen que escribir sus nombres con su propia sangre. Y entonces les hace una señal en el pecho. ¿Has encontrado alguna vez al Hombre Negro, madre?

—Y ¿quién te ha contado esta historia, Perla?—preguntó la madre reconociendo una superstición muy común en aquella época.

—Aquella señora vieja que estaba sentada en un rincón junto á la chimenea en la casa donde estuviste velando anoche,—dijo la niña. Ella me creía dormida mientras estaba hablando de eso. Dijo que mil y mil personas lo habían encontrado aquí, y habían escrito en su libro, y tenían su marca en el pecho. Y una de las que lo han visto es esa mujer de tan mal genio, la anciana Señora Hibbins. Y, madre, dijo también que esa letra escarlata que tú tienes es la señal que te puso el Hombre Negro, y que brilla como una llama roja cuando lo ves á media noche, aquí, en este bosque obscuro. ¿Es verdad, eso, madre? ¿Y es verdad que tú vas á verle de noche?

—¿Te has despertado alguna vez sin que me hayas visto junto á tí?—le preguntó Ester.

—No lo recuerdo,—dijo la niña.—Si temes dejarme sola en nuestra choza, debes llevarme contigo. Mucho me alegraría acompañarte. Pero, madre, dime ahora, ¿existe semejante Hombre Negro? ¿Y lo has visto alguna vez? ¿Y es ésta su señal?

—¿Quieres dejarme en paz, si te lo digo de una vez?—le preguntó su madre.

—Sí, si me lo dices todo,—respondió Perla.

—Pues bien, una vez en mi vida encontré al Hombre Negro,—dijo la madre.—Esta letra escarlata es su señal.

Conversando así, penetraron en el bosque lo bastante para ponerse á cubierto de las miradas de algún transeunte casual, y se sentaron en el tronco carcomido de un pino que en otros tiempos habría sido un árbol gigantesco y ahora era tan solo una masa de musgo. El lugar en que se sentaron era una pequeña hondonada, atravesada por un arroyuelo que se deslizaba sobre un lecho de hojas de árboles. Las ramas caídas de estos árboles interrumpían de trecho en trecho la corriente del arroyuelo, que formaba pequeños remolinos aquí y allí, mientras en otras partes se deslizaba á manera de un canal sobre un lecho de piedrecitas y arena. Siguiendo con la vista el curso del agua se veía á veces en su superficie el reflejo de la luz del sol, pero pronto se perdía en medio del laberinto de árboles y matorrales que crecían á lo largo de sus orillas: aquí y allí tropezaba con alguna gran roca cubierta de liquen. Todos estos árboles y estas rocas de granito parecían destinados á hacer un misterio del curso de este arroyuelo, temiendo quizás que su incesante locuacidad revelase las historias de la antigua selva. Constantemente, es verdad, mientras el arroyuelo continuaba deslizándose hacia adelante, dejaba oir un suave, apacible y tranquilo murmurio, aunque lleno de dulce melancolía, como el acento de un niño que pasara los primeros años de su vida sin compañeros de su edad con quienes poder jugar, y no supiese lo que fuera estar alegre, por vivir entre tristes parientes y aun más tristes acontecimientos.

—¡Oh arroyuelo! ¡Oh loco y fastidioso arroyuelo!—exclamó Perla después de prestar oído un rato á sus murmullos.—¿Por qué estás tan triste? ¡Cobra ánimo y no estés todo el tiempo suspirando y murmurando!

Pero el arroyuelo, en el curso de su existencia entre los árboles de la selva, había pasado por una experiencia tan solemne que no podía menos sino expresarla con el rumor de sus ondas, y parecía que no tenía otra cosa que decir. Perla se asemejaba al arroyuelo, en cuanto á que la corriente de su vida había brotado de una fuente también misteriosa, y se había deslizado entre escenas harto sombrías. Pero, todo lo contrario del arroyuelo, la niña bailaba, y se divertía y charlaba á medida que su existencia transcurría.

—¿Qué dice este arroyuelo tan triste, madre?—preguntó la niña.

—Si tuvieras algún pesar que te abrumara, el arroyuelo te lo diría,—respondió la madre,—así como me habla á mí del mío. Pero ahora, Perla, oigo pasos en el camino y el ruido que forma el apartar las ramas de los árboles; vete á jugar y déjame que hable un rato con el hombre que viene allá á lo lejos.

—¿Es el Hombre Negro?—preguntó Perla.

—Vete á jugar,—repitió la madre,—pero no te internes mucho en el bosque, y ten cuidado de venir en el instante que te llame.

—Sí, madre,—respondió Perla,—pero si fuere el Hombre Negro, ¿no quieres permitirme que me quede un rato para mirarlo con su gran libro bajo el brazo?

—Vete á jugar, tontuela,—dijo la madre impaciente,—no es el Hombre Negro. Ahora puedes verlo por entre los árboles. Es el ministro.

—Sí, él es,—dijo la niña.—Y tiene la mano sobre el corazón, madre. Eso es porque cuando el ministro escribió su nombre en el libro, el Hombre Negro le puso la señal en el pecho. Y ¿por qué no la lleva como tú fuera del pecho?

—Ve á jugar ahora, niña, y atorméntame después cuanto quieras,—exclamó Ester.—Pero no te alejes mucho. Quédate donde puedas oir la charla del arroyuelo.

La niña se alejó cantando á lo largo de la corriente del arroyuelo, tratando de mezclar algunos acentos más alegres á la melancólica cadencia de sus aguas. Pero el arroyuelo no quería ser consolado y continuó, como antes, refiriendo su secreto ininteligible de algo muy triste y misterioso que había sucedido, ó lamentándose proféticamente de algo que iba á acontecer en la sombría floresta; pero Perla que tenía harta sombra en su breve existencia, se alejó del arroyuelo gemidor, y se puso á recoger violetas y anémonas y algunas florecillas color de escarlata que encontró creciendo en los intersticios de una alta roca.

Cuando la niña hubo partido, Ester dió un par de pasos hacia el sendero que atravesaba la selva, aunque permaneciendo todavía bajo la espesa sombra de los árboles. Vió al ministro que avanzaba solitario apoyándose en una rama que había cortado en el camino. Su aspecto era el de una persona macilenta y débil, y se revelaba en todo su sér un abatimiento, que nunca se había notado en él en tanto grado, ni en sus paseos por la población, ni en ninguna otra oportunidad en que creyera que se le pudiese observar. Aquí, en la intensa soledad de la selva, era penosamente visible. En su modo de andar había una especie de cansancio, como si no viera razón alguna para dar un paso más, ni experimentase el deseo de hacerlo, sino que con sumo placer, si es que algo pudiera causarle placer, habría preferido arrojarse al pie del árbol más cercano y tenderse allí á descansar para siempre. Podrían cubrirle las hojas, y el terreno elevarse gradualmente y formar un montecillo sobre su cuerpo, sin importar nada que éste estuviera animado ó no por la vida. La muerte era un objeto demasiado definido para que pudiese anhelarla ó desease evitarla.

Para Ester, á juzgar por lo que ella podía ver, el Reverendo Arturo Dimmesdale no presentaba síntoma ninguno visible de un padecimiento real y profundo, excepto que, como Perla ya había notado, siempre se llevaba la mano al corazón.

XVII EL PASTOR DE ALMAS Y SU FELIGRESA

Á pesar de lo lentamente que caminaba el ministro, había éste pasado casi de largo, antes de que á Ester le hubiera sido posible hacerse oir y atraer su atención. Al fin lo consiguió.

—¡Arturo Dimmesdale!—dijo al principio con voz apenas perceptible, pero que fué creciendo en fuerza, aunque un tanto ronca,—¡Arturo Dimmesdale!

—¿Quién me llama?—respondió el ministro.

Irguiéndose rápidamente, permaneció en esa posición, como un hombre sorprendido en una actitud en que no quisiera haber sido visto. Dirigiendo las miradas con ansiedad hacia el lugar de donde procedía la voz, percibió vagamente bajo los árboles una forma vestida con traje tan obscuro, y que se destacaba tan poco en medio de la penumbra que reinaba entre el espeso follaje, que casi no daba paso á la luz del mediodía, que apenas pudo distinguir si era una sombra ó una mujer.

Se adelantó un paso hacia ella y descubrió la letra escarlata.

—¡Ester! ¡Ester Prynne!—exclamó,—¿eres tú? ¿Estás viva?

—Sí,—respondió,—¡con la vida con que he vivido estos siete últimos años! Y tú, Arturo Dimmesdale, ¿vives aún?

No debe causar sorpresa que se preguntaran mútuamente si estaban realmente vivos, y que hasta dudasen de su propia existencia corporal. De tan extraña manera se encontraron en el crepúsculo de aquella selva, que parecía como si fuese la primer entrevista que tuvieran más allá del sepulcro dos espíritus que habían estado íntimamente asociados en su vida terrestre, pero que ahora se hallaban temblando, llenos de mutuo temor, sin haberse familiarizado aún con su condición presente, ni acostumbrado á la compañía de almas desprovistas de sus cuerpos. Cada uno era un espíritu que contemplaba, lleno de asombro, al otro espíritu. Igualmente experimentaban respecto de sí mismos una extraña sensación, porque en aquel momento á cada cual se le representó, de una manera viva é intensa, toda su íntima historia y toda la amarga experiencia de la vida, como acontece tan solo en tales instantes en el curso de nuestra existencia. El alma se contempla en el espejo de aquel fugitivo momento. Con temor pues, y trémulamente, cual si lo hiciera impulsado por necesidad ineludible, extendió Arturo Dimmesdale su mano, fría como la muerte, y tocó la helada mano de Ester Prynne. Á pesar de lo frígido del contacto de aquellas manos, se sintieron al fin habitantes de la misma esfera, desapareciendo lo que había de extraño y misterioso en la entrevista.

Sin hablar una sola palabra, sin que uno ni otro sirviera de guía á su compañero, pero con silencioso y mutuo acuerdo, se deslizaron entre las sombras del bosque de donde había salido Ester, y se sentaron en el mismo tronco de árbol cubierto de musgo en que ella y Perla habían estado sentadas antes. Cuando al fin pudieron hallar una voz con que hablarse, emitieron al principio solo las observaciones y preguntas que podrían haber hecho dos conocidos cualesquiera, acerca de lo sombrío del cielo, del mal tiempo que amenazaba, y luego de la salud de cada uno. Procedieron después, por decirlo así, paso á paso, y con muchos rodeos, á tratar de los temas que más profundamente les interesaban y más á pecho tenían. Separados tan largo tiempo por el destino y las circunstancias, necesitaban algo ligero, casual, casi indiferente en que ocuparse, antes de comenzar á dar salida á las ideas y pensamientos que realmente llenaban sus almas.

Después de un rato, el ministro fijó los ojos en los de Ester.

—Ester, dijo, ¿has hallado la paz del alma?

Ella sonrió tristemente dirigiéndose una mirada al pecho.

—¿La has hallado tú?—le preguntó ella á su vez.

—No: no; solamente desesperación,—contestó el ministro.—¿Ni qué otra cosa podía esperar, siendo lo que soy, y llevando una vida como la que llevo? Si yo fuera ateo, si fuera un hombre desprovisto de conciencia, un miserable con instintos groseros y brutales, ya habría hallado la paz hace tiempo: mejor dicho, nunca la habría perdido. Pero tal como es el alma mía, cualquiera que fuese la capacidad que originalmente pudiera existir en mí para el bien, todos los dones de Dios, los más selectos y escogidos, se han convertido en otros tantos motivos de tortura espiritual. Ester, ¡yo soy inmensamente infeliz!

—El pueblo te reverencia,—dijo Ester,—y ciertamente producen mucho bien entre el pueblo tus palabras. ¿No te proporciona esto consuelo?

—Más padecimientos, Ester, solo más padecimientos!—contestó Dimmesdale con una amarga sonrisa.—En cuanto al bien que yo pueda aparentemente hacer, no tengo fe en él. ¿Qué puede realizar un alma perdida como la mía, en pro de la redención de otras almas? ¿Ni qué puede un alma manchada hacer en beneficio de la purificación de otras almas? Y en cuanto á la reverencia del pueblo, ¡ojalá que se convirtiera en odio y desprecio! ¿Crees tú, Ester, que pueda servirme de consuelo tener que subir á mi púlpito, y allí exponerme á las miradas de tantos que dirigen á mí sus ojos, como si resplandeciera en mi rostro la luz del cielo? ¿Ó tener que contemplar mi rebaño espiritual sediento de verdad y oyendo mis palabras como si fueran vertidas por uno de los escogidos del Eterno, y luego contemplarme yo á mí mismo para no ver sino la triste y negra realidad que ellos idolatran? ¡Ah! me he reído con intensa amargura y agonía de espíritu ante el contraste que existe entre lo que parezco y lo que soy verdaderamente! ¡Y Satanás se ríe también!

—Tú eres injusto contigo mismo en esto,—dijo Ester con dulzura.—Tú te has arrepentido profunda y amargamente. Tu falta ha quedado relegada á una época que hace tiempo ha pasado para siempre. Tu vida presente no es menos santa, en realidad de verdad, de lo que aparece á la vista de los hombres. ¿No tiene por ventura fuerza alguna la penitencia á que han puesto un sello y de que dan testimonio tus buenas obras? ¿Y por qué no han de traer la paz á tu espíritu?

—¡No, Ester, no!—replicó el ministro.—No hay realidad en ello: es frío, inanimado y no puede producirme bien alguno. Padecimientos, he tenido muchos; penitencia, ninguna. De lo contrario, hace tiempo que debería haberme despojado de este traje de aparente santidad, y presentarme ante los hombres como me verán el día del Juicio Final. ¡Feliz tú, Ester, que llevas la letra escarlata al descubierto sobre el pecho! ¡La mía me abrasa en secreto! Tú no sabes cuán gran alivio es, después de un fraude de siete años, mirar unos ojos que me ven tal como soy. Si tuviera yo un amigo,—ó aunque fuese mi peor enemigo,—al que, cuando me siento enfermo con los elogios de todos los otros hombres, pudiera abrir mi pecho diariamente para que me viese como al más vil de los pecadores, creo que con eso recobraría nuevas fuerzas. Aun esa parte de verdad, con ser tan poca, me salvaría.... Pero ahora, ¡todo es mentira!—¡todo es vanidad!—¡todo es muerte!

Ester le dirigió una mirada, quiso hablar, pero vaciló. Sin embargo, al dar el ministro rienda suelta á sus emociones largo tiempo reprimidas, y con la vehemencia que lo hizo, sus palabras ofrecieron á Ester la oportunidad de decir aquello para lo cual le había buscado. Venció sus temores, y habló.

—Un amigo como el que ahora has deseado,—dijo,—con quien poder llorar sobre tu falta, lo tienes en mí, la cómplice de esa falta. Vaciló de nuevo, pero al fin pronunció con un gran esfuerzo estas palabras:—en cuanto á un enemigo, largo tiempo lo has tenido, y has vivido con él, bajo un mismo techo.

El ministro se puso en pie, buscando aire que respirar, y llevándose la mano al corazón como si quisiera arrancárselo del pecho.

—¡Cómo! ¿Qué dices?—exclamó.—¡Un enemigo! ¡Y bajo mi mismo techo! ¿Qué quieres decir, Ester?

Ester Prynne comprendió ahora perfectamente el mal inmenso hecho á este hombre desgraciado, y de que era ella responsable, al dejarle permanecer por tantos años, más aun, por un solo momento, á la merced de un hombre cuyo propósito y objeto no podían ser sino perversos. La sola proximidad de este enemigo, bajo cualquiera máscara que quisiera ocultarse, era ya suficiente para perturbar un alma tan delicadamente sensible como la de Arturo Dimmesdale. Hubo cierto tiempo en que Ester no se dió bastante cuenta de todo esto; ó quizás, en la profunda contemplación de su propia desgracia, dejó que el ministro soportara lo que ella podría imaginarse que era un destino más tolerable. Pero últimamente, desde la noche aquella de su vigilia, sintió profunda compasión hacia él, pues podía leer ahora con más acierto en su corazón. No dudaba que la continua presencia de Rogerio Chillingworth,—infectando con la ponzoña de su malignidad el aire que le rodeaba,—y su intervención autorizada, como médico, en las dolencias físicas y espirituales del ministro, no dudaba, no, que todas esas oportunidades las había aprovechado para fines aviesos. Sí, esas oportunidades le habían permitido mantener la conciencia de su paciente en un estado de irritación constante, no para curarle por medio del dolor, sino para desorganizar y corromper su sér espiritual. Su resultado en la tierra sería indudablemente la locura; y más allá de esta vida, aquel eterno alejamiento de Dios y de la Verdad, del que la locura es acaso el tipo terrestre.

¡Á tal estado de infortunio y miseria había ella traído al hombre que en otro tiempo,—y, ¿por qué no decirlo?—que aun amaba apasionadamente! Ester comprendió que el sacrificio del buen nombre del eclesiástico y hasta la muerte misma, como se lo había dicho á Rogerio Chillingworth, habrían sido infinitamente preferibles á la alternativa que ella se había visto obligada á escoger. Y ahora, más bien que tener que confesar este funesto error, hubiera querido arrojarse sobre las hojas de la selva y morir allí á los pies de Arturo Dimmesdale.

—¡Oh Arturo!—exclamó Ester,—¡perdóname! En todas las cosas de este mundo he tratado de ser sincera y atenerme á la verdad. La única virtud á que podía haberme aferrado, y á la que me aferré fuertemente hasta la última extremidad, ha sido la verdad; en todas las circunstancias lo hice, excepto cuando se trató de tu bien, de tu vida, de tu reputación; entonces consentí en el engaño. Pero una mentira nunca es buena, aun cuando la muerte nos amenace, ¿No adivinas lo que voy á decir?... Ese anciano,—ese médico,—ese á quien llaman Rogerio Chillingworth... ¡fué mi marido!

Arturo Dimmesdale la miró un instante con toda aquella violenta pasión que,—entrelazada de más de un modo á sus otras cualidades más elevadas, puras y serenas,—era en realidad la parte á que dirigía sus ataques el enemigo del género humano, y por medio de la cual trataba de ganar todo el resto. Nunca hubo en su rostro una expresión de cólera tan sombría y feroz como la que entonces vió Ester. Durante el breve espacio de tiempo que duró, fué verdaderamente una horrible transformación. Pero el carácter de Dimmesdale en tal manera se había debilitado por el sufrimiento, que aun esos arranques de energía de un grado inferior no podían durar sino un rápido momento. Se arrojó al suelo y sepultó el rostro entre las manos.

—¡Debía haberlo conocido!—murmuró.—Sí: lo conocí, ¿No me reveló ese secreto la voz íntima de mi corazón desde la primera vez que le ví, y después cuantas veces le he visto desde entonces? ¿Por qué no lo comprendí? ¡Oh Ester Prynne! ¡qué poco, qué poco conoces todo el horror de esto! ¡Y la vergüenza!... ¡la vergüenza!... ¡la horrible fealdad de exponer un corazón enfermo y culpado á las miradas del hombre que con ello tanto había de regocijarse!... ¡Mujer, mujer, tú eres responsable de esto!... ¡Yo no puedo perdonarte!

—Sí, sí; tú tienes que perdonarme,—exclamó Ester arrojándose junto á él sobre las hojas del suelo.—¡Castígueme Dios, pero tú tienes que perdonarme!

Y con un rápido y desesperado arranque de ternura le rodeó el cuello con los brazos y le estrechó la cabeza contra su seno, sin cuidarse de si la mejilla del ministro reposaba sobre la letra escarlata. Dimmesdale, aunque en vano, intentó desasirse de los brazos que así le estrechaban. Ester no quiso soltarle por temor de que fijase en ella una mirada severa. El mundo entero la había rechazado, y durante siete largos años había mirado con ceño á esta pobre mujer solitaria,—y ella lo había sufrido todo, sin devolver siquiera al mundo una mirada de sus ojos firmes, aunque tristes. El cielo también la había mirado con ceño, y ella no había sucumbido sin embargo. Pero el ceño de este hombre pálido, débil, pecador, á quien el pesar abatía de tal modo, era lo que Ester no podía soportar y seguir viviendo.

—¿No me quieres perdonar? ¿No quieres perdonarme?—repetía una y otra vez.—¡No me rechaces! ¿Me quieres perdonar?

—Sí, te perdono, Ester,—replicó el ministro al fin, con hondo acento salido de un abismo de tristeza, pero sin cólera.—Te perdono ahora de todo corazón. Así nos perdone Dios á entrambos. No somos los más negros pecadores del mundo, Ester. ¡Hay uno que es aun peor que este contaminado ministro del altar! La venganza de ese anciano ha sido más negra que mi pecado. Á sangre fría ha violado la santidad de un corazón humano. Ni tú ni yo, Ester, jamás lo hicimos.

—No: nunca, jamás,—respondió ella en voz baja. Lo que hicimos tenía en sí mismo su consagración, y así lo comprendimos. Nos lo dijimos mutuamente. ¿Lo has olvidado?

—Silencio, Ester, silencio,—dijo Arturo Dimmesdale alzándose del suelo;—no: no lo he olvidado.

Se sentaron de nuevo uno al lado del otro sobre el musgoso tronco del árbol caído, con las manos mutuamente entrelazadas. Hora más sombría que ésta jamás les había traído la vida en el curso de los años: era el punto á que sus sendas se habían ido aproximando por tanto tiempo, obscureciéndose cada vez más y más á medida que avanzaban, y sin embargo tenía todo aquello un encanto singular que les hacía detenerse un instante, y otro, y después otro, y aun otro más. Tenebroso era el bosque que les rodeaba, y las ramas de los árboles crujían agitadas por ráfagas violentas, mientras un solemne y añoso árbol se quejaba lastimosamente como si refiriese á otro árbol la triste historia de la pareja que allí se había sentado, ó estuviera anunciando males futuros.

Y allí permanecieron aun más tiempo. ¡Cuán sombrío les parecía el sendero que llevaba á la población, donde Ester Prynne cargaría de nuevo con el peso de su ignominia y el ministro se revestiría con la máscara de su buen nombre! Y así permanecieron un instante más. Ningún rayo de luz, por dorado y brillante que fuera, había sido jamás tan precioso como la obscuridad de esta selva tenebrosa. Aquí, vista solamente por los ojos del ministro, la letra escarlata no ardía en el seno de la mujer caída. Aquí, visto solamente por los ojos de Ester, el ministro Dimmesdale, falso ante Dios y falso para con los hombres, podía ser sincero un breve momento.

Dimmesdale se sobresaltó á la idea de un pensamiento que se le ocurrió súbitamente.

—¡Ester!—exclamó—¡he aquí un nuevo horror! Rogerio Chillingworth conoce tu propósito de revelarme su verdadero carácter. ¿Continuará entonces guardando nuestro secreto? ¿Cuál será ahora la nueva faz que tome su venganza?

—Hay en su naturaleza una extraña discreción,—replicó Ester pensativamente,—nacida tal vez de sus ocultos manejos de venganza. Yo no creo que publique el secreto, sino que busque otros medios de saciar su sombría pasión.

—¿Y cómo podré yo vivir por más tiempo respirando el mismo aire que respira este mi mortal enemigo?—exclamó Dimmesdale, todo trémulo, y llevándose nerviosamente la mano al corazón,—lo que ya se había convertido en él en acto involuntario.—Piensa por mí, Ester; tú eres fuerte. Resuelve por mí.

—No debes habitar más tiempo bajo un mismo techo con ese hombre,—dijo Ester lenta y resueltamente.—Tu corazón no debe permanecer por más tiempo expuesto á la malignidad de sus miradas.

—Sería peor que la muerte,—replicó el ministro,—¿pero cómo evitarlo? ¿Qué elección me queda? ¿Me tenderé de nuevo sobre estas hojas secas, donde me arrojé cuando me dijiste quien era? ¿Deberé hundirme aquí y morir de una vez?

—¡Ah! ¡de qué infortunio eras presa!—dijo Ester con los ojos anegados en llanto.—¿Quieres morir de pura debilidad de espíritu? No hay otra causa.

—El juicio de Dios ha caído sobre mí,—dijo el eclesiástico cuya conciencia estaba como herida de un rayo.—Es demasiado poderoso para luchar contra él.

—¡El cielo tendrá piedad de tí!—exclamó Ester. ¡Ojalá tuvieras la fuerza de aprovecharte de ella!

—Sé tú fuerte por mí,—respondió Dimmesdale. Aconséjame lo que debo hacer.

—¿Es por ventura el mundo tan estrecho?—exclamó Ester fijando su profunda mirada en los ojos del ministro, y ejerciendo instintivamente un poder magnético sobre un espíritu tan aniquilado y sumiso que apenas podía mantenerlo en pie.—¿Se reduce el universo á los límites de esa población, que hace poco no era sino un desierto, tan solitario como esta selva en que estamos? ¿Á dónde conduce ese sendero? De nuevo á la población, dices. Sí: de ese lado, á ella conduce; pero del lado opuesto, se interna más y más en la soledad de los bosques, hasta que á algunas millas de aquí las hojas amarillas no dejan ya ver vestigio alguno de la huella del hombre. ¡Allí eres libre! Una jornada tan breve te llevará de un mundo, donde has sido tan intensamente desgraciado, á otro en que aun pudieras ser feliz. ¿No hay acaso en toda esta selva sin límites un lugar donde tu corazón pueda estar oculto á las miradas de Rogerio Chillingworth?

—Sí, Ester; pero solo debajo de las hojas caídas—replicó el ministro con una triste sonrisa.

—Ahí está también el vasto sendero del mar,—continuó Ester:—él te trajo aquí; si tú quieres, te llevará de nuevo á tu hogar. En nuestra tierra nativa, ya en alguna remota aldea, ó en el vasto Londres,—ó seguramente, en Alemania, en Francia, en Italia,—te hallarás lejos del poder y conocimiento de ese hombre. ¿Y qué tienes tú que ver con todos estos hombres de corazón de hierro ni con sus opiniones? Ellos han mantenido en abyecta servidumbre, demasiado tiempo, lo que en tí hay de mejor y de más noble.

—No puede ser,—respondió el ministro como si se le pidiese que realizara con sueño.—No tengo las fuerzas para ir. Miserable y pecador como soy, no me ha animado otra idea que la de arrastrar mi existencia terrenal en la esfera en que la Providencia me ha colocado. Á pesar de que mi alma está perdida, continuaré haciendo todavía lo que pueda en beneficio de la salud de otras almas. No me atrevo á abandonar mi puesto, por más que sea un centinela poco fiel, cuya recompensa segura será la muerte y la deshonra cuando haya terminado su triste guardia.

—Estos siete años de infortunio y de desgracia te han abrumado con su peso,—replicó Ester resuelta á infundirle ánimo con su propia energía.—Pero tienes que dejar todo eso detrás de tí. No ha de retardar tus pasos si escoges el sendero de la selva y quieres alejarte de la población; ni debes echar su peso en la nave, si prefieres atravesar el océano. Deja estos restos del naufragio y estas ruinas aquí, en el lugar donde aconteció. Echa todo eso á un lado. Comiénzalo todo de nuevo. ¿Has agotado por ventura todas las posibilidades de acción en el fracaso de una sola prueba? De ningún modo. El futuro está aun lleno de otras pruebas, y finalmente de buen éxito. ¡Hay aun felicidad de que disfrutar! ¡Hay aun mucho bien que hacer! Cambia esta vida falsa que llevas por una de sinceridad y de verdad. Si tu espíritu te inclina á esa vocación, sé el maestro y el apóstol de la raza indígena, Ó,—pues acaso se adapta más á tu naturaleza,—sé un sabio y un erudito entre los más sabios y renombrados del mundo de las letras. Predica: escribe: sé hombre de acción. Haz cualquier cosa, excepto echarte al suelo y dejarte morir. Despójate de tu nombre de Arturo Dimmesdale, y créate uno nuevo, un nombre excelso, tal como puedes llevarlo sin temor ni vergüenza. ¿Por qué has de soportar un solo día más los tormentos que de tal modo han devorado tu existencia,—que te han hecho débil para la voluntad y para la acción,—y que hasta te privarán de las fuerzas para arrepentirte?—Ánimo; arriba, y adelante.

—¡Oh Ester!—exclamó Arturo Dimmesdale cuyos ojos brillaron un momento, para perder el fulgor inmediatamente, á influjos del entusiasmo de aquella mujer,—¡oh Ester! estás hablando de emprender la carrera á un hombre cuyas rodillas vacilan y tiemblan. ¡Yo tengo que morir aquí! No tengo ya ni fuerzas, ni valor, ni energía para lanzarme á un mundo extraño, inmenso, erizado de dificultades, y lanzarme solo.

Era esta la última expresión del abatimiento de un espíritu quebrantado. Le faltaba la energía para aprovecharse de la fortuna más favorable que parecía estar á su alcance.

Repitió la palabra.

—¡Solo, Ester!

—Tú no irás solo,—respondió Ester con profundo acento.

Y con esto, todo quedó dicho.

XVIII UN TORRENTE DE LUZ

ARTURO DIMMESDALE fijó los ojos en Ester con miradas en que la esperanza y la alegría brillaban, seguramente, si bien mezcladas con cierto miedo y una especie de horror, ante la intrepidez con que ella había expresado lo que él vagamente indicó y no se atrevió á decir.

Pero Ester Prynne, con un espíritu lleno de innato valor y actividad, y por largo tiempo no sólo segregada, sino desterrada de la sociedad, se había acostumbrado á una libertad de especulación completamente extraña á la manera de ser del eclesiástico. Sin guía ni regla de ninguna clase había estado vagando en una especie de desierto espiritual; tan vasto, tan intrincado, tan sombrío y selvático como aquel bosque en que estaban ahora sosteniendo un diálogo que iba á decidir del destino de ambos. El corazón y la inteligencia de Ester puede decirse que se hallaban en su elemento en los lugares desiertos que ella recorría con tanta libertad como los indios salvajes sus bosques. Durante años había contemplado las instituciones humanas, y todo lo establecido por la religión ó las leyes, desde un punto de vista que le era peculiar; criticándolo todo con tan poca reverencia como la que experimentaría el indio de las selvas por la toga judicial, la picota, el cadalso, ó la iglesia. Tanto su destino como los acontecimientos de su vida habían tendido á hacer libre su espíritu. La letra escarlata era su pasaporte para entrar en regiones á que otras mujeres no osaban acercarse. La Vergüenza, la Desesperación, la Soledad: tales habían sido sus maestras; rudas y severas, pero que la habían hecho fuerte, aunque induciéndola al error.

Notes in this chapter

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