TOMO IV (continued 7)
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—Esta mosita, que se yama Concha, es mi sobrina, nasía en Graná, recriá en Málaga; es bailaora en casa de Silverio y gana sinco pesetas... Aquella del chaleco es una tía pescuesa, ¿sabuté?, que viene siempre onde se jama... Esta otra regordetiya, la Serrana, es bailaora en er Burrero..., una güeña chica... Ha sido novia der Saleri—añadió con cierto respeto-. Ya conosería uté ar Saleri...
—¡Mucho!—respondí, aunque en mi vida le había oído nombrar.
—¡Qué lástima de chico!
Oyendo esta exclamación supuse que se había muerto, y puse la cara triste.
La conversación no impedía beber de firme a los amigos del conde... Dejaron, al fin, los toros y comenzaron a bromear con las chicas. Una de ellas, la tía pescueza que decía Primo, vino hacia mí con una cañita, y se la bebió, diciendo:
—Por uté, güen moso.
Luego se sentó a mi lado y emprendió mi conquista, sin lograr enternecerme. Sus redondeces excepcionales no me hacían efecto: me causaban asco.
Uno de aquellos barbianes se divertía en tirar aceitunas a Concha la Carbonera, que, lastimada en la cara, profería insultos atroces, entreverados de blasfemias.
—No me tirarás una monea de sinco duros, grandísimo arrastrao, dao pol tal.
—¿A que sí? Párala en la boca.
Y le arroja con tal ímpetu una moneda que si no baja la cabeza la descalabra. Fue corriendo a buscarla; pero el barbián le tiró otra a la vez, y le pegó en el cogote. La Carbonera dio un grito y se llevó la mano al sitio de donde brotaba sangre. Las atrocidades que salieron de sus labios no son para dichas. Quiso llorar; pero su tío Primo recogió del suelo las dos monedas de oro y se las entregó, con lo cual, y con un poco de agua y vinagre con que la lavó su amiga la Serrana, apaciguose lindamente. No sé si me asustó más la barbarie o la prodigidad de aquel bruto.
—¿Qué es eso? ¿Estamos en la necrópolisss o en el merenderosss de Eritañasss?—exclamó otro barbián, cuya gracia consistía en agregar una ese final a las palabras y silbarlas mucho—. ¡A bailars, niñasss! ¡A cantars, niñasss!
Primo comenzó a preludiar un tango. Todos se sentaron formando corro. La Carbonera, sentada también, olvidada del descalabro, inició allá en las profundidades de la garganta un canto que tenía mucho de salmodia:
Con sentimiento profundo voy a nombrá un torero que en er mundo no tuvo rivaliá. Por su arte y su bravura era el rey de los torero, por su elegante figura se paesía ar Chiclanero.
La voz era ronca, aguardentosa, desagradable; el sonete, lúgubre.
De pronto se levanta, me arranca el sombrero de la cabeza sin mirarme, salta al medio del corro y se lo pone. Comienza una serie de movimientos con las caderas, con el pecho, los brazos, la garganta, con todo menos con los pies.
—¡Olé la Carboneriya!—gritaron dos o tres.
La Serrana y Lola siguieron:
Para España su nombre es tan grato, que er nombrarlo nos causa plaser; como Antoñito Sánchez, er Tato, denguno ha imitao el volapié. ¡Qué lástima de torero! Será eterna su memoria. ¡Mardito sea asta aquer toro que le ha quitao al arte su gloria!
Concha se había despojado del sombrero y hacía con él mil gestos y carocas, ora poniéndoselo, ora quitándoselo. Luego que se hartó de mover su cuerpo flexible con ondulaciones de vara verde agitada por el viento, de echar los brazos atrás y adelante, levantarlos y bajarlos, se dejó deslizar sobre la arena con movimiento imperceptible de los pies. Anduvo así formando un círculo por delante de nosotros, rozando nuestras rodillas.
Al pasar cerca de mí, me puso el sombrero y dijo sordamente:
—Grasia, senificante.
Volvió de nuevo al centro del corro, y volvieron los movimientos a pie firme. Lola y la Serrana seguían cantando nuevas coplas, todas referentes a toreros más o menos difuntos. Los barbianes jaleaban a la bailaora, prodigándole mil epítetos extravagantes. Principalmente el plebeyo, a quien apodaban el Naranjero, que por lo que noté oficiaba de gracioso, se distinguía de los otros por la multitud de frases burdas, obscenas, pero extrañas, propias de una imaginación descompuesta, que sin cesar profería.
Concha taconeaba fuertemente sobre el suelo, levantando polvo, restregando los muslos, las manos en las caderas, dejando inmóvil el torso. Su mirada se iba tornando de maliciosa en lúbrica. Una sonrisa vaga, delatando el cansancio y el vicio, se esparcía por sus facciones marchitas. El taconeo llegó a su período culminante, y de allí a debilitarse, hasta morir en suave, imperceptible agitación de los muslos. La bailaora, en términos técnicos, se quedaba dormía, con íntimo gozo de los espectadores, que la jaleaban vivamente. Parecía una estatua, la estatua de la impudicia.
La bailaora despierta, al fin, de su inmovilidad, con leve vaivén de las caderas, que se va acentuando, acentuando, hasta convertirse en desenfrenado movimiento de rotación, conservando, no obstante la fijeza en el resto del cuerpo. Este era el supremo toque de la voluptuosidad, al parecer, porque al llegar aquí los barbianes de la reunión quisieron volverse locos.
—¡Viva tu sangre, chiquilla!—exclamó el Naranjero—. ¡Vivan las mujeres castisas! Al estante nos vamos a beber una cañita, ¿verdá, prenda?... ¡Viva tu mare, que tengo para ti en er borsiyo un biyete de la lotería pasá!
La estatua sonrió, sin perder su inmovilidad ni suspender aquella impúdica rotación que a los otros tanto alegraba y a mí me causaba profunda repugnancia. Súbito hizo una pirueta, pateó el suelo tres o cuatro veces con furor, y vino a sentarse tranquilamente, entre los olés y los aplausos de la reunión. El Naranjero se apresuró a ofrecerle una caña, que ella apuró de un tope, como quien la vierte en el estómago.
A nuestro lado, en los demás cenadores, se oían también los sones de la guitarra, el choque de las copas y los jipíos de los cantaores y cantaoras, entreverados de blasfemias y frases obscenas. La novia del Saleri cantó, acompañada por Primo, un jaleo o canto gitano, que tampoco fue de mi gusto. El conde permanecía grave, silencioso, apurando con sosiego las cañas que le vertían, respondiendo a las preguntas con exquisita cortesía, cual si se hallase en una recepción palaciega. Su actitud, correcta, contrastaba con los modales descompuestos, rufianescos, de los amigos. Sólo el inglés se mantenía también tranquilo y serio. De cuando en cuando, sin que se alterase poco ni mucho la expresión fría de su rostro, gritaba en español chapurrado alguna frase asquerosa que hacía retorcerse de risa a las chicas.
—¡Qué grasia tiene er chavó! ¡Maldita sea su estampa!—exclamaba la Carbonera, que gozaba realmente con la excentricidad del inglés.
Entre dos de los barbianes había surgido una disputa acerca de los muruves (¡vuelta a los muruves!), y estaban a punto de venir a las manos. Los demás no les hacían caso. Yo hablaba con la ex novia del Saleri, aquella morena regordetilla, que era la única que no me disgustaba enteramente. Pero ignorando en absoluto el lenguaje que se usa con esta clase de mujeres, nuestra conversación languidecía. La entretenía con preguntas acerca de Málaga, a las cuales ella contestaba con marcada indiferencia, mirándome alguna vez con curiosidad, como diciendo para sí: «¿Quién será este desaborío?»
Me esforzaba en aparecer alegre y jacarandoso como los demás, y, sobre todo, en disimular el acento de mi país, adoptando otro, si no andaluz, castellano puro, al menos. No lo conseguía. Cada vez me iba poniendo más serio y hacía preguntas más insustanciales.
La Serrana me dijo de pronto:
—¿Tú eres gallego?
—No; soy de Salamanca—respondí, negando a mi tierra, como San Pedro negó a su Maestro.
—Pues se me figuraba...
Habiéndole tocado el asunto de su infancia, la ex novia del Saleri se animó un poco. Comenzó a recordar a Granada con enternecimiento, asegurando que allí se divertía la gente mucho más que en Sevilla. No dijo en qué. Traía a la memoria algunos episodios bastante ñoños de su niñez, que yo escuchaba con aparente atención, respirando, al fin, libremente, al verla distraída.
Dos de los barbianes habían ido al cenador inmediato y habían vuelto trayendo dos mujeres, que se fueron tan pronto como bebieron algunas cañas y dijeron algunas desvergüenzas. El Naranjero, cada vez más alegre, respondía a las insolencias con otras mucho mayores, gozando en aquellos dimes y diretes, donde tanto padecía la decencia. El inglés, grave y tieso, vino a sentarse sobre las rodillas de Concha la Carbonera, que le recibió a pellizcos, desternillándose de risa.
—Mi dar a ti un beso antropófago, ¿no quieres?
—¿Un beso como en tu tierra?
—Más allá.
—Bueno, venga—respondió la pobre, sin imaginar lo que pedía.
El inglés se inclinó y le dio un mordisco feroz en el carrillo. La chica lanzó un grito penetrante. Al separarse se vieron los dientes bien señalados en sus mejillas. Concha agarró una caña y la tiró a la cabeza del bárbaro, sin lograr acertarle. Pero su tío, indignado, comenzó a echar bravatas y sacó una navaja. Afortunadamente, se detuvo lo bastante para que pudiéramos intervenir y sujetarle. Imaginé que no tenía voluntad muy decidida de sacarle las tripas al inglés, aunque bien lo repetía.
Todo volvió a quedar tranquilo. La pobre Carbonera lloraba en un rincón, poniéndose el pañuelo sobre la parte dolorida. Estaba de Dios que aquella tarde la habían de perseguir.
Empezaba a sentirme mareado. La lengua me había engordado sensiblemente. Noté que algo de lo que decía excitaba la risa de mi amiga la Serrana, quien me ofrecía a cada instante cañas y más cañas. Animado con sus carcajadas, me figuré que había logrado, al fin, dar con el secreto de la gracia andaluza, y, por lo visto, comencé a desbarrar de un modo lamentable. Una de las veces que Matilde me ofrecía una caña, le dijo no sé quién:
—¡Ojo, chiquiya, que eso es un bolo! (Una caña llena.)
La Serrana le hizo un guiño, que pude ver.
—Vamos, tú lo que quieres es emborracharme, ¿eh?—le dije con sonrisa protectora—. ¡Qué chasco te llevas, hija! A mí no ha conseguido emborracharme nadie jamás. Prepara el Guadalquivir de manzanilla si deseas verme ajumado.
—Matilde, deja a ese maleta... ¡Si es un gallego!—dijo a la sazón la tía pescueza de las manos amorcilladas, que no me perdonaba el mostrarme insensible a sus enormes glándulas.
—¿Yo gallego, so z...?—bramé furioso—. Ni soy gallego ni he estado en mi vida en Galicia.
Por segunda vez, como San Pedro, negué a mi tierra, y casi en los mismos términos.
Estaba muy locuaz. Les conté todos los chascarrillos que sabía y les recité una tirada de versos de mi cosecha. La ex novia del Saleri me preguntó si era escribano.
—Escritor querrás decir, prenda.
—Bueno, es igual.
—¿Igual? ¡Anda, anda!
Y con mucha formalidad me puse a explicarle la diferencia. Debí de estar muy pesado, porque concluyeron por dejarme solo. El Naranjero, que no cesaba de bromear con todo el mundo, se acercó a mí y me dijo:
—Joven, ¿qué debe hasé er que se casa?... Aprovecharse, ¿verdá uté?
No comprendo por qué aquella inocente broma me pareció un insulto terrible.
—Aprovecharse, ¿eh?—respondí rechinando los dientes—. Me parece a mí que aquí hay muchos aprovechados que se van a encontrar con la horma de su zapato.
No debió de entender lo que quería decir, porque siguió, con sonrisa plácida, preguntando lo mismo a todos.
El Naranjero era hombre de unos cuarenta y cinco años, de piel morena y curtida, cabellos cerdosos y grises, ojos negros extremadamente vivos, más bien bajo que alto y vestía, como el guitarrista Primo, la chaquetilla clásica, la faja y el hongo flexible. Sin saber por qué, quizá por su presunción de gracioso, me fue antipático desde el principio.
Ahora, después de la injuria que me había hecho (así lo creía yo), concebí por él un odio mortal, y deseaba vivamente armarle camorra. Desde el rincón donde me hallaba sentado arrojábale miradas furibundas, que él estaba lejos de advertir. Sin embargo, al cabo de un momento observé que la Serrana y Lola, formando grupo con él y otros dos barbianes, miraban hacia mí sonrientes. El Naranjero se destacó del grupo, vino con sonrisa burlona, y llevándose la mano al sombrero, con afectado respeto, me preguntó:
—Mi amo, ¿e su mersé gallego?
Una ola de indignación me invadió la cabeza. Me levanté furioso, y tratando de arremeterle, le escupí a la cara más que le dije:
—El gallego lo será usted, ¡tío granuja indecente!
Por tercera vez negué a mi tierra. El gallo no cantó, pero sucedió una cosa peor.
El Naranjero dijo con tranquilidad amenazadora y poniéndome una mano en el pecho:
—Arto, señorito, no se descomponga usté, que no va haber quien le arregle.
—¡A usted es a quien voy yo a arreglar, canalla!—grité con incomprensible rabia.
Y diciendo y haciendo, le largué una bofetada.
¡Caso extraño! Todos los que allí había, en vez de dirigirse a mí, se lanzaron hacia él y le sujetaron. Observelos pálidos y con señales de terror en el rostro. La niebla que tenía en la cabeza se me disipó. Vagamente comencé a entender que había hecho algo más grave de lo que a primera vista parecía. No sabía dónde estaba esta gravedad, pero la adivinaba. Mi enemigo, agarrado por todas las manos, me dirigió una mirada centelleante de cólera. Luego la cambió por otra irónica, y dijo con aparente sosiego:
—Vamo, señore, suerten ustedes, que no ha pasao na... Bofetá más o menos, ¡qué importa!
Le soltaron, pero sin dejar de observarle con inquietud. Apareció completamente tranquilo. Se puso el sombrero, que se le había caído, bebió una caña de manzanilla, y acto continuo se despidió, sonriendo, de sus amigos:
—A la paz de Dios, señores. De aquí a luego.
Así que salió reinó un silencio embarazoso. Los semblantes expresaban mal humor e inquietud, incluso el del conde, quien me dirigió una mirada fría de curiosidad donde creí advertir también cierta conmiseración burlona.
—¿Qué les parece de mi amigo Sanjurjo?—preguntó después a los barbianes con cierta sorna—. ¿Verdad que no tiene el vino bueno?
—¡Pchs! No ha estao mal—respondió uno, con la misma entonación de zumba, y sin mirarme.
Observé que los barbianes cambiaron entre sí rápidas miradas burlonas, que me hicieron malísimo efecto.
La tía pescueza, que aún persistía en su conquista, vino a mí con una caña en la mano, y me dijo en voz baja:
—Así me gustan los hombres. Perdona, hijo, si te he llamao gallego.
Me encogí de hombros con indiferencia superior, y le volví la espalda. Fui a sentarme al lado de Primo. Pasado el primer momento de malestar, todo volvió a su ser. Las cabezas, harto calientes ya por el alcohol, después de aquel fugaz enfriamiento, se pusieron más fogosas. Vino el período de las canciones báquicas, desacordadas; las frases obscenas menudearon entre ellos y ellas. Un barbián salió a bailar el tango con Matilde la Serrana, mientras Concha les batía las palmas y cantaba con voz opaca de prostituta.
—¿Quién es ese tío a quien di la bofetada?—pregunté en voz baja y confidencial a Primo.
—¿No lo conose usté?—dijo, mirándome con sorpresa—. ¿No conose usté a Juan Ruiz?... ¡Ya me lo paresía!
Me explicó que aquel Juan Ruiz, apodado el Naranjero, era un antiguo y célebre bandido de la provincia de Córdoba, que, por varios años, había traído en jaque a la Guardia Civil y había dado muerte a varios de sus individuos.
Voy a confesar que, al oír esta noticia, sentí cierto cosquilleo por la parte de adentro, cuya sensación era semejante a si se me desprendiese de su sitio alguna entraña interesante, aunque sin dolor. Los cortos residuos de niebla que la manzanilla podía haber dejado en mi cerebro se evaporaron de súbito. En mi vida me sentí más despejado.
Sin que yo se lo preguntase, Primo me enteró del carácter e historia de aquel dulce personaje. Había robado unos gallos cuando tenía dieciocho años. Le echó mano la Policía. Se fugó a la sierra. Comenzó a merodear, asaltando a los pastores y a los viajeros, pero nunca les exigía más que lo indispensable para vivir. Mató a un guardia. Ya no pudo presentarse, porque le costaba la cabeza. Luego hirió a otro, luego a otro, y siguió viviendo del robo, aunque «sin hasé daño a denguno». Era un bandido generoso. Algunas veces se presentaba de noche a los propietarios y les pedía un duro para comer. Si querían darle más, lo rechazaba, diciendo que no lo necesitaba por entonces. La razón de encontrarse allí pacíficamente y no haber muerto en el patíbulo era haberse puesto al frente de una partida liberal poco antes de la revolución del 68. Cuando ésta estalló, le indultaron, gracias a las influencias de algunos magnates que le protegían. Era un hombre, al decir de Primo, «mu guasón y mu corriente», un hombre de bien, pero de muy mala sangre.
Aunque todo aquello me lo decía en voz baja, me sonaban sus palabras en los oídos como si las profiriese con bocina. Sin embargo, no quise dar el brazo a torcer, y escuché la historia con una indiferencia que, ¡ay!, estaba muy lejos de sentir. Hasta tuve fuerzas para formar una sonrisa y decir:
—¿Cree usted que me matará?
Primo se rascó la oreja, rasgueó distraídamente la guitarra después, y, por último, dijo mirándome francamente a la cara:
—Yo que usté, cabayero, tomaría el olivo en er primer tren de la mañana.
—¡Pchs!—silbé yo, alzando los brazos con desdén.
El guitarrista me dirigió una mirada donde creí ver mezcladas la lástima y la admiración.
La animación, en tanto, iba creciendo entre los barbianes. Llegó el período de las salvajadas. Uno de ellos se puso sobre la mesa a perorar, y los demás, para aplaudirle, le arrojaban jerez y manzanilla a la cara. Otro se empeñó en levantar con los dientes a un compañero que la borrachera había tendido en el suelo, y no lo consiguió; pero le rasgó la chaqueta. Otro quiso que la tía pescueza nos enseñase algo que debe ocultarse, y entre los dos se trabó una lucha y rodaron por el suelo.
El conde permanecía grave, silencioso, apurando, una tras otra, las copas de jerez. Pero su mirada ya no era la misma, opaca y distraída, del hombre hastiado. Brillaban ahora sus pupilas con un fuego feroz y maligno que imponía temor. Sus labios estaban contraídos siempre con una sonrisa despreciativa.
Sin hablar ni moverse, parecía otro hombre distinto.
El inglés se había despojado de la americana y el chaleco y, remangándose la camisa, enseñaba los bíceps de sus brazos, que eran en verdad poderosos, entreteniéndose en dar sobre ellos con las botellas vacías hasta partirlas. Se había hecho sangre una vez, pero continuaba sin hacer caso. Luego pidió al mozo que le trajese una botella de ron y un vaso grande. Llenolo hasta los bordes de este licor, y lentamente, sin hacer el menor gesto ni pestañear siquiera, lo bebió todo. Luego colocolo sobre la mesa frente al conde, y dijo gravemente:
—Usté no haser esto.
Pasó por los ojos del magnate calavera una chispa de furor. Supo reponerse, no obstante, y vertiendo en el vaso el resto de la botella, mandó tranquilamente al mozo traer pimienta. Echó un puñado de ella; echó luego ceniza de su cigarro, que tenía amontonada delante de sí, y sin decir palabra, con la misma sonrisa despreciativa, apuró el vaso, y no contento con esto, lo rompió con los dientes. Vimos sus labios manchados de sangre. La reunión acogió con olés y gritos de triunfo esta prueba de gran estómago, en que, al parecer, se hallaba interesada la honra nacional.
Estaba oscureciendo. Dentro del cenador la luz era ya muy escasa. Como mi cabeza no estaba al unísono con las demás, porque, según he dicho, el paso con el Naranjero había tenido la virtud de despejármela, las grotescas y bárbaras escenas que presenciaba me infundían profundo malestar. Deseaba irme; pero, como cualquiera comprenderá, no se me pasó siquiera por la imaginación el hacerlo. Nuestros vecinos de los demás cenadores debían de haber alcanzado el mismo grado feliz de temperatura. No se oían más que gritos descompasados, campanilleo de copas, carcajadas groseras y blasfemias.
El conde no se había dado por satisfecho con la victoria alcanzada sobre el inglés. Mientras seguía paladeando, con aparente sosiego, las cañas que le ofrecían, no dejaba de comérselo con los ojos, embargado por una rabia sorda que no tardó en estallar. Sus ojos, que eran lo único móvil en su fisonomía impasible, brillaban cada vez más feroces, semejando los de un loco cuando le han puesto la camisa de fuerza.
El inglés seguía haciendo alardes de fuerza, completamente ebrio y causando bastante molestia a los demás, que no tenían una borrachera tan brutal.
—Usted es muy valiente, ¿verdad?—le dijo el conde, sin dejar de sonreír con desdén.
—Más que usted—respondió el inglés.
Don Jenaro fue a lanzarse sobre él, pero le sujetaron. Calmándose de pronto, dijo:
—Ya que es usted tan bravo, ¿a qué no pone la mano sobre la mesa?
—¿Para qué?
—Para clavársela con la mía.
El inglés, sin vacilar, extendió su grande y membruda mano. El conde sacó del bolsillo un puñalito damasquinado, y puso la suya, fina, de caballero, sobre la del inglés. Y, sin vacilar, con arranque feroz, alzó el puñal con la otra y clavó de un golpe ambas sobre la mesa.
Las mujeres lanzaron un grito de terror. Los hombres nos precipitamos a socorrerlos. Algunos salieron en busca de auxilio. En un instante llenose nuestro cenador de gente. De las heridas brotaban abundantes chorros de sangre, que manchaban los pañuelos que les aplicábamos. Un médico, que por casualidad había entre los circunstantes, les hizo la primera cura provisional con los pocos elementos de que pudo disponer. El conde sonreía mientras le curaban. El inglés se había abatido como un buey, vomitando. No tardó aquél en hacer lo mismo. A ambos se les subió a los cuartos que el establecimiento tiene, y se los acostó. Todo el mundo se dispersó, comentando la barbarie del acto.
Pero el horror que me había producido aquella escena no bastó para curarme del que sentía ante la que se preparaba para mí, cien veces más cruenta. Porque si tanta sangre salía de las manos atravesadas por un estrecho puñalito, ¿qué cantidad no saldría del boquete abierto en mi estómago por una faca de siete muelles o por una lengua de vaca? ¡Cielos, una lengua de vaca! Se me erizaba hasta el vello de la nuca. Viendo a todo el mundo montar en los carruajes y partir, se me ocurrió que era necesario, a todo trance, buscar vehículo para trasladarme a Sevilla, porque pensar en que iba a hacer el viaje a pie a aquellas horas era un delirio. Miré con ansia a todas partes, a ver si tropezaba con alguno de los barbianes del cenador. No hallé ninguno. Se habían evaporado no sé por dónde. Me entró un gran abatimiento, y pensé en pedir a cualquier desconocido un puesto en su carruaje, pues no había ninguno por alquilar, cuando se acercó a mí la tía pescueza, que tanto había desdeñado.
—¿Te vienes con nosotras? Matilde y yo traemos una berlina; pero cabemos los tres si te avienes a ir en la bigotera.
Vi el cielo abierto. Con tanto júbilo acepté, que la prójima me miró con curiosidad. Me puse colorado, pensando en que había adivinado mi congoja. Fui con ellas, y creo que estuve todo el camino amabilísimo.
¡Qué no se hace por conservar íntegra esta preciosa piel que nos envuelve!

XIV
PRINCIPIO A SER UN HÉROE DE NOVELA
E dejaron a la puerta de mi casa. Quise pagar al cochero, pero ellas lo impidieron, y no insistí. Prometiles ir más tarde al café de Silverio, engolosinándolas con empalmar la juerga a mis expensas. Por supuesto, que lo hice. ¡Buena gana tenía de gastarme las pesetas neciamente!

Era ya noche cerrada, pero no habían sonado las nueve. Fui a mi cuarto, y para esperar la hora de la cita con Gloria, me tendí un poco sobre la cama a reposar, que harto lo necesitaba. Ello es que eché un sueño, y cuando me desperté sobresaltado y miré el reloj eran más de las nueve y media. Me puse el sombrero y salí corriendo; pero cuando puse el pie en la calle y se me ofreció repentinamente a la imaginación la bofetada del Naranjero y el peligro que corría, volvime y a toda prisa cambié de traje y de sombrero. Después, caminando con grandes precauciones, mirando a todos lados y procurando ir siempre pegado a algún transeúnte, me dirigí a casa de mi novia. Eran cerca de las diez cuando llegué. La ventana estaba ya cerrada, mas al aproximarme a ella se abrió con estrépito y apareció Gloria con semblante hosco.
—¡Hijo, me has dao el rato! Creí que ya hasías rabona.
Procuré desenojarla, explicándole cómo había ido a ver a su tío Jenaro, en cumplimiento de lo acordado, y lo que con él me había sucedido, aunque ocultándole el incidente del Naranjero. No había para qué inquietarla. Habíamos llegado tarde porque el asunto de las manos atravesadas nos había retenido mucho tiempo. El relato de esto último le causó sensación, aunque menos de lo que yo pensaba. Hasta no tardó en envanecerse.
—Qué sangre tiene mi tío, ¿verdá, tú?
Compartí su admiración, aunque en el fondo me reservé el derecho de juzgar al conde como merecía. Contome otras cuantas atrocidades de él en este género, que no hicieron más que confirmar mi opinión. Al ver cómo le gustaba la gente cruda, estuve tentando a darle cuenta de mi hazaña; pero me detuve, considerando que podía traslucir el miedo que ahora sentía. Porque demasiado a menudo volvía la cabeza, explorando de un lado y de otro de la calle. Siempre veía aparecer al terrible Juan Ruiz ¡con la horrenda lengua de vaca!
También me distraía, a lo mejor, no diciendo cosa con cosa.
—¡Niño, tú parese que estás ajumao!... Y sí que lo estarás: ¡echas una peste a bebía! ¡Puf, quita allá, gorrino!
No me dejó acercar la cara a la reja.
Antes de irme le hice presente cómo al otro día me era imposible pelar la pava, a causa de la velada poética que daba en el Casino Español. Estuvimos a punto de reñir, no por la supresión de la pava, sino porque, al saber que asistirían señoras, se le antojó que se iban a enamorar todas de mí. La sospecha no era verosímil. Le expuse, razonablemente, que mi figura, por esto y lo otro, no merecía tanto honor. Sin embargo, debí de estar blando en la argumentación, porque ella insistía cada vez con más fuerza, y por un momento creí ser derrotado. Entonces capitulé. Le dije que, aun suponiendo, lo cual no era probable, que las señoritas que allí asistieran se enamoraran de mí, nada malo podía redundar para ella, puesto que yo estaba ya perdidamente enamorado, y en mi corazón no cabía otro amor. Todavía se defendió, pero en retirada, negando mi cariño, para verme afirmarlo cada vez con más brío. ¡Si ella pudiese ir! ¡Qué feliz sería asistiendo a mi triunfo! Pero no había que pensar en ello siquiera. Persistía en creer que nuestros asuntos marchaban mal, que era necesaria, de todo punto, la intervención del tío Jenaro porque tenía la seguridad de que su madre no consentiría buenamente en nuestro casamiento.
—Por supuesto—exclamó—, es igual que quiera o no quiera... Yo me caso contigo así tenga que escaparme por la alcantarilla.
Vi sus hermosos ojos brillar con una expresión de orgullo y bravura que me conmovió hondamente.
El alma vehemente, apasionada, de aquella mujer despertaba en la mía energía que no sospechaba existiese. Le apreté la mano con fuerza. En aquel instante no temía a nadie en el mundo, incluso al Naranjero.
Luego que me separé de la reja y entré en mi casa, ya fue otra cosa. La idea de la lengua de vaca comenzó a hacerme cosquillas nuevamente. Reflexioné largo rato acerca de los medios oportunos para no trabar conocimiento con este precioso artefacto de la industria nacional. Al fin, di con uno. Se me ocurrió que lo mejor era desagraviar al Naranjero con un acto que mostrase que la escena de la tarde anterior había sido ocasionada por la borrachera. Tenía en mi poder unas cuantas tarjetas de invitación para la velada del Español. ¡Si le enviase una!.... Supongo que no sería tan bruto que... Nada, nada, se la envío.... Pero ¿cómo?... No conocía su domicilio. Pero el guitarrista Primo debía de conocerlo.
A la mañana siguiente tomé un coche y me fui al café de Silverio; pregunté allí dónde vivía Primo, y me dijeron que en el Real de la Feria, número... Acto continuo me dirigí allí, siempre en coche, porque aunque había convenido conmigo mismo, al separarme de Gloria, en que nada en el mundo podía asustarme, durante la noche había hecho alguna ligera rectificación a este juicio. El artista flamenco aún estaba en la casa. Insistí en querer verlo. Una mujer del pueblo, pobremente vestida, su esposa, según dijo, me introdujo en el dormitorio, que era, por cierto, un cuartucho bien oscuro y estrecho. Primo, despertado violentamente por su mujer, no me conoció al pronto; no tardó en caer. Le expliqué el asunto con alguna timidez. Se trataba de hacer llegar a manos de Juan Ruiz la presente tarjeta que le entregaba. Sentado sobre la cama y dándole vueltas entre las manos, el guitarrista sonrió antes de contestarme. Aquella sonrisa me hirió profundamente. Cualquiera diría: «¿Qué importa la sonrisa de un flamenco?» Sin embargo, cuando el flamenco tiene razón para sonreír y lo hace del modo espontáneo y sencillo que Primo, puede muy bien sentirse uno humillado.
—Juan Ruiz vive aquí serquita, en la Alameda de Hércules...
—Bueno; pero si usted pudiera...
—¿Pregunta su mersé por er Naranjero?—interrumpió la solícita esposa—. Pues no tiene más que torser a la derecha, saliendo de aquí; toma la callesita primera...
El guitarrista la atajó de mal humor, mandándola callar. No se trataba de ir yo en persona a casa del Naranjero, sino de enviarle una tarjeta...
Todo aquello me humillaba cada vez más. Después de que ambos cónyuges, con excesiva cuanto inmerecida amabilidad, me prometieron cumplir el encargo, apresureme a salir, dándoles las gracias. Y como la vecindad de mi enemigo hacía peligrosos aquellos sitios, ordené al cochero que me llevase de prisa a mi casa, donde me entretuve en escribir los sobres y enviar las tarjetas que me quedaban a las personas que conocía, y en leer por centésima vez los versos que por la noche había de presentar a la admiración de los sevillanos. En los pasajes que me parecían más enérgicos procuraba ahuecar la voz y hacerla sonora, campanuda; en los más tiernos me conmovía, pero de verdad, y llegaba hasta derramar lágrimas, aunque me los sabía mejor que el padrenuestro.
Por la tarde estuve en el palacio de Padul. Encontré al conde sentado en una butaca, con el brazo en cabestrillo. Tenía alguna fiebre. En la mirada que me dirigió al entrar comprendí que debía sorprenderme de la herida, y así lo hice. Me contó, con la mayor sangre fría, que la noche anterior, tratando de separar a dos hombres que reñían en una calle, le habían herido, o, por mejor decir, se había herido él mismo. Isabel recriminaba a su padre por tanto celo. ¡Cómo se iba a meter entre dos hombres que tenían la navaja abierta! Dejarlos que se maten. Más valía la vida de su padre que la de aquellos chisperos. El conde escuchó sin ruborizarse las calurosas expresiones de su hija, cosa que me parecía imposible.
Llegó, por fin, la hora crítica de las nueve de la noche. Había comido muy poco. Estaba nervioso, como si fuera a batirme. En la casa todos estaban revueltos, como si el amor propio de la fonda de la calle de las Águilas estuviese comprometido en aquella jornada. Eduardito se empeñó en ir conmigo, lo mismo que Villa y Olóriz. Matildita había ofrecido un cirio a la Virgen de la Esperanza si me aplaudían, y Fernanda, el dueño adorado cuanto maduro de su hermanito, oír una misa en día que no fuese festivo. Todos me recomendaban el ánimo.
—¡Mucho ánimo, ¿eh?, don Seferino!
Me mimaban, me festejaban, andaban todos solícitos para traerme cualquier cosa que me apeteciese; pero siempre con una expresión entre dolorida y afectuosa, como si se tratase de un reo en capilla. Matildita concluyó por declarar que dudaba mucho de mi serenidad, y que desearía encontrarse en mi lugar, «porque ella era capaz de leer versos delante de la misma reina de España.»
Después de tomar té en la Británica los cuatro, viendo que llegaban las nueve, me levanté con arranque diciendo:
—Vamos, Señores.
Y nos dirigimos a la acera de enfrente, donde estaba el casino. Me había puesto de frac y sombrero de copa. Cuando entramos, el Círculo hervía ya de gente, lo cual me causó una emoción de placer y de miedo difícil de explicar. Mi entrada produjo cierta sensación. En aquel momento sería bien difícil convencerme de que yo no era un personaje importantísimo, y que el acto que allí se iba a ejecutar no tenía una gran significación en el curso de los acontecimientos de este siglo. Rodeáronme unos cuantos socios de la Junta directiva, hablándome con deferencia. Yo respondía con pocas palabras, pero mostrando gran amabilidad y una estudiada modestia, que debía de realzarme mucho. Afectaba hablar de todo menos de la solemnidad que iba a efectuarse, porque los hombres verdaderamente superiores y avezados al aplauso del público miran la exhibición como un acto natural y corriente. En fin, me estaba dando un tono horroroso.
El salón estaba ya mediado de señoras. Levanté un portier cautelosamente, y vi sentadas en las primeras filas a las de Anguita. Isabel y las de Enríquez estaban un poco más allá. Dejé que se llenase por completo, para que mi aparición hiciese más efecto. Poco a poco, los concurrentes habían ido desapareciendo de los corredores y acomodándose en las sillas del salón, detrás de las señoras. Al fin, quedé solo con la Junta directiva, porque Villa, Olóriz y Eduardito, mis fieles acompañantes, se habían ido también a coger sitio.
—Cuando usted guste, señor Sanjurjo—me dijo, al fin, el presidente, sacando el reloj.
Despojeme del paletó, que entregué a no sé quién, como un torero que tira la capa al tendido; hice lo mismo con el sombrero; metí los dedos por el cabello, a guisa de escarpidor, levantándolo y ahuecándolo lindamente, y, por último, aparecí en la plataforma alzada al efecto en el salón. Y fui saludado por una salva de aplausos.
Durante la lectura de La mancha roja me bebí dos vasos de agua con azucarillo. Pero sucedió un percance, que no puedo pasar en silencio por las fatales consecuencias que pudo tener. En vez de los treinta y siete minutos que tenía calculados, la lectura de la leyenda no duró más que veintidós. Se aplaudió muchísimo; las señoras se conmovieron y agitaron los pañuelos con entusiasmo, esparciendo por el ambiente caldeado mil perfumes de opoponax, fleur d'Italie, reseda, etc.
Era una leyenda altamente patética. No me sorprendió nada que se hubieran impresionado vivamente. No lejos de mí, hacia la derecha, había un señor que cuatro o cinco veces, durante la lectura, dio un fuerte porrazo con el bastón en el suelo, gritando:
—¡Olé! ¡Viva tu mare!
El aplauso no era muy oportuno a la sazón, y me escamé un poco. Le dirigí alguna que otra mirada exploradora; pero no vi en su rostro nada que pudiera indicar intención de burlarse. Era un señor de mediana edad, con patillas que le llegaban hasta la nariz, de continente grave, y que parecía prestar gran atención.
El diálogo político entre Solón y González Bravo gustó menos, y en vez de durar quince minutos, no duró más que ocho, casi la mitad de lo calculado. Sin embargo, bebí un vaso de agua azucarada. Los criados del Círculo no cesaban de ir y venir con bandejas en las manos. En cambio, la descripción de las cataratas del río Piedra produjo un escándalo de palmadas y vítores y me la hicieron repetir tres veces, con lo cual gané lo menos veinte minutos de los perdidos. Gracias a esta oportunísima compensación no pasé la vergüenza de suspender la lectura antes de la hora y media, mínimum, como ya he dicho, de estas solemnidades. Las señoras volvieron a agitar los pañuelos con entusiasmo. Observé, sin embargo, que Joaquinita Anguita se estaba queda, lo cual me pareció una ruin venganza y me irritó más de lo que el asunto merecía. Durante estas poesías y las otras que siguieron, el caballero de las patillas no dejaba de gritar de cuando en cuando, al final de las estrofas: «¡Olé! ¡Viva tu mare!», dando el consabido porrazo en el suelo con el enorme roten que empuñaba. Yo cada vez estaba más escamado de él, y por encima de las cuartillas que tenía en la mano le echaba miradas, ora de temor, ora de recriminación. Ningún efecto le hacían. Seguía atento, imperturbable, sin mirar a los lados, y eso que observé con cólera que sus vecinos reían cada vez que lanzaba el «¡Olé!» No pude saber entonces, ni a estas horas sé aún, si aquel individuo me admiraba sinceramente o era todo guasa viva, por más que me inclino a lo segundo.
Ello es que fui aplaudido a rabiar, que la Directiva me abrazó con efusión al concluir; las señoras, al marcharse, me dirigían miradas de curiosidad, y que sudé como un caballo de carrera y me bebí una cantidad prodigiosa de agua azucarada. Al salir a los corredores me tropecé de frente con el Naranjero, de quien ya no me acordaba más que de la muerte; bien es cierto que el Naranjero y la muerte eran para mí términos idénticos. Me parece que los colores que el calor y los aplausos habían puesto en mis mejillas debieron de bajar mucho de repente. Sin embargo, fue por poco tiempo. Juan Ruiz vino a mí con el semblante risueño y me dio un cordial apretón de manos. Comprendí que se sentía muy honrado con la amistad de un hombre tan eminente y lleno de gratitud por mi galante invitación. Respiré con un placer como no volví a respirar en mi vida, y le invité a beber con mis amigos Villa, Olóriz y Eduardito un chato en casa de Juanito, allí cerca.
Noche feliz fue aquella para mí. Sólo otra podía comparársele: la primera en que pelé la pava con Gloria. Después de estar un rato en casa de Juanito, tomando un tentempié, nos fuimos a casa. El Naranjero nos acompañó, y al dejarme a la puerta se me ofreció por amigo, con un calor y efusión que me conmovieron; verdad es que estaba yo muy predispuesto en aquel instante a las emociones tiernas. Aprovechando la ocasión en que los demás hablaban entre sí, me dijo en voz baja:
—Don Seferino, si alguna vez le hase farta un hombre..., ya sabe usté..., ¡un hombre!..., cuente usté conmigo.
Aunque había cierta vaguedad en él, acaso por esto mismo me hizo profunda impresión el ofrecimiento. Eso de necesitar un hombre ¡era tan enérgico!
Dormí aquella noche bastante agitado. La felicidad también produce insomnio. No faltaba para completar la mía sino que Gloria hubiese asistido a mi triunfo. Pero me consolaba la idea de que los periódicos darían cuenta de él, y aun lo abultarían, como suelen, proponiéndome llevarle recortados los sueltos o los artículos, si a tanto llegaban. Matildita, llorando de emoción, me pidió permiso para darme un abrazo, el cual le otorgué generosamente. Tuvo que subirse a una silla para hacerlo. La verdad es que, a pesar de su petulancia, que nada tenía de ofensiva, era una buena chica la hija de mi huéspeda. Llegó a decirme, en el calor de su entusiasmo, que se le figuraba que era yo mejor poeta que Pepe Ruiz, el autor de Hojas del árbol caídas—juguete del viento son. En su boca era mejor elogio que si me hubiera colocado por encima de Homero.
Pero, como «la roca Tarpeya está muy cerca del Capitolio», como dice, un número sí y otro no, cierto periódico de mi pueblo titulado El Centinela del Bollo, estaba de Dios que no había de gozar muchas horas de la dicha con que amor y gloria me inundaban. Compré todos los periódicos de la mañana, y en la mayor parte se daba cuenta de mi lectura con frases muy laudatorias, aunque no tanto como yo hubiera apetecido. Un poeta, en materia de elogios, jamás dice en su fuero interno: «Basta.» Pero, en fin, esto era natural que sucediese, y no fue lo que turbó mi felicidad. Recorté los sueltos más calurosos y los guardé en un sobre para dárselos a Gloria aquella noche. ¡Qué ajeno estaba, cuando los metía en el bolsillo, de lo que iba a suceder! Durante el almuerzo, la conversación, claro está, versó sobre la velada. Eduardito y Olóriz daban pormenores a otros huéspedes recientes, que, enterados ya por los periódicos, me miraban con una curiosidad y respeto que contribuían a inflarme.
Antes de concluir, Matildita vino a decirme al oído:
—Don Seferino, hay ahí una mujer que pregunta por usté con mucha prisa.
Preguntele si la conocía, y me dijo que se le figuraba que era la misma que alguna que otra vez me traía recaditos. «Paca», dije para mí, y salí del comedor apresuradamente. En efecto, hallé en el patio a la cigarrera, quien avanzó precipitadamente a mi encuentro, con la fisonomía pálida y descompuesta, diciendo:
—¡Señorito, se la yevan!
—¿Se la llevan? ¿A quién?
—¿A quién ha de ser? ¡A mi señorita!
Quedé clavado al suelo.
—¿Adonde?—pregunté con un vago terror de algo extraordinario, maravilloso, que la palidez de Paca me infundía.
—No sé..., al convento me parese.
Mi terror disminuyó al saber el caso concreto, y recobré la acción. Nada nos deja tan paralizados como el miedo de lo que se ignora.
—¿Y cuándo se la llevan?
—Ahora mismito. Hase poco fui a casa, como otras veses, y no vi a la señorita. Me dijeron que estaba malita; pero yo, que guipo de lejos, no lo creí. «¡Aquí hay gato enserrao!», me dihe. La casa andaba un poco revuelta, y oí voses en el piso de arriba; pongo la oreja, y oigo gritar a la señorita Gloria, isiendo: «¡No voy, no voy así me hagan ustedes peasos!» «Sierto son los toro», me dihe. Veo entrar a don Manuel, el teneor de libros de la fábrica de la señora; luego salí..., ¡vamo, que no quise ver más! Y salí escapá a contárselo a su mersé.
Me lancé a mi cuarto sin responderle, me puse el sombrero, cogí el revólver y lo metí en el bolsillo, y salí a la calle, resuelto a impedir el rapto de Gloria, aunque no sabía por qué medio. Noté que Paca corría detrás de mí. En un instante alcancé la calle de Argote de Molina. Al divisar la casa de Gloria vi que un coche, parado delante de ella, arrancaba hacia abajo, y que don Oscar, a la puerta, gesticulaba violentamente haciendo señas al cochero. No me cupo duda alguna de que dentro del coche iba Gloria prisionera.
Lanceme a toda carrera de mis piernas en su seguimiento. Al pasar por delante, enseñé con rabia los puños, sin detenerme, al perverso enano, que aún seguía a la puerta, como guardián misterioso de algún cuento de Las mil y una noches. Como las calles son tan estrechas, los carruajes no pueden correr en Sevilla, so pena de atropellar a los transeúntes.
Gracias a esto pude alcanzar pronto al que conducía a mi novia, y aun lo hubiera pasado si me lo propusiera. Pero no me convenía. Mientras caminaba, mi cerebro reflexionaba acerca de aquel lance y combinaba el plan de ataque único a la sazón factible. Pensé en coger las riendas al caballo y detenerlo. Pero sobre ser esto un poco aventurado, porque el cochero podía arrear y volcarme, se adelantaba poco en ello. Sin poder ofrecer las pruebas, no era fácil que hiciese creer a la gente que llevaban a una joven secuestrada. Imaginé que sería mejor esperar a que se detuviese a la puerta del convento y, al tiempo de apearse, impedir la entrada en él y dar un escándalo, reunir gente en torno de nosotros y llamar la atención de la Policía.
Así que el coche salió de la calle de Alemanes, como hay mayor espacio, se puso al galope y le vi alejarse con dolor. Pero no me desanimé. Emprendí otra vez la carrera furiosa, y cuando entró en la calle de la Borceguinería tuvo que acortar el paso y le alcancé.
Seguile de cerca, y al entrar en la calle de San José me adelanté y fui a situarme delante del convento. No tardó en llegar y pararse. Observé que un individuo que estaba en el portal del colegio tiró de la campanilla y que la puerta se abrió instantáneamente. Del carruaje salió un hombre que no conocí y cogió por las manos a mi Gloria, que vi claramente hacía esfuerzos por desasirse. De dentro la empujaron, y saltó también a la calle, y detrás de ella, don Manuel, el tenedor de libros. No faltaba más que un paso para meterla en el portal. Pero aquel paso no pudieron darlo.
Con el coraje que cualquiera puede suponer me lancé a ellos, diciendo en voz alta, casi a gritos:
—¡Alto! ¿Adonde llevan ustedes a esa señorita?
—¡Seferino, sálvame!—gritó Gloria, tratando de acercarse a mí y siendo retenida fuertemente de un brazo por don Manuel.
—¿Y a usted qué le importa?—dijo éste con mirada y actitud agresivas, pero en voz baja.
—Me importa mucho—repliqué en tono más alto aún—. Ustedes llevan a esta joven secuestrada. Ustedes son unos secuestradores. Suelten ustedes a esa joven, tunantes.
Algunos transeúntes ya habían acudido al escuchar mis voces.
—Vamos, apártese usted—me dijo el hombre desconocido, tratando de echarse sobre mí.
Pero di un paso atrás y, sacando el revólver, grité:
—¡No pasarán ustedes, canallas, miserables! Suelten a esa joven que llevan secuestrada...
En un instante se llenó aquello de gente. Mis gritos eran horrendos. Deseaba que el escándalo fuese gordo y viniese la Policía cuanto más pronto.
—Suelten ustedes a esa joven, secuestradores—proseguía yo, agitando el revólver—. Para que ustedes la encierren en la prisión, tendrán que pasar sobre mi cadáver.
—No grite usted tanto, buen hombre—dijo el tenedor con rabioso acento.
—¡Ah! ¿No quieren ustedes que se sepa?—exclamé con voz campanuda de cómico de la lengua—. ¡Pues yo sí! Quiero desenmascarar a los canallas. No estamos ya en los tiempos en que se emparedaba a la gente. La Inquisición se ha suprimido en España hace mucho tiempo.
Este recuerdo oportunísimo me captó la simpatía de la gente. Tanto, que cuando el acompañante desconocido del tenedor se arrojó sobre mí de improviso y me sujetó la mano con que empuñaba el revólver, un hombre del pueblo le sujetó a la vez, diciendo:
—¡Aquí no se hacen canalladas! Deje usted que vengan los guardias.
Y hubo un murmullo de aprobación en el corro.
Gloria se había desprendido de las manos de don Manuel y había corrido a ponerse a mi lado. Cualquiera otra se hubiera desmayado ante aquella escena; pero ella no estaba de ese humor. Agitada, furiosa, dijo en voz alta:
—¡Dame el revólver, yo le mato!
Esta frase tuvo un gran éxito. El coro la acogió con risas y muestras de aprobación. Uno exclamó:
—¡Olé por la niña de sangre!
En esto llegó, desalada, Paca, se abrió paso por entre el círculo de curiosos y, dándose por enterada instantáneamente de lo acaecido, comenzó a decir a grito herido:
—¡Eso! ¡Eso! Estos desalmados quieren enchiquerar a la pobresita de mi niña. La culpa no la tienen ellos, sino el fenómeno que está allá en la casa, que tiene pato con el demonio. ¿No hay justisia en Seviya? ¿Pa cuándo se deha la horca? Por unos cuantos reales, esos arrastraos hasen de verdugos.
—¡Señora, mire usted lo que dice!—exclamó, ya descompuesto, el tenedor—. Nosotros traemos a esta joven por orden de su madre.
Un guardia se presentó en aquel momento. Todos nos dirigimos a él explicándole el suceso, de modo que, como todos hablábamos a un tiempo, imposible era que se hiciese cargo de él. Sin embargo, Paca, a fuerza de chillidos, logró dejarse oír. El guardia no quiso dar la razón a nadie y nos ordenó que fuésemos a la Inspección con él, y así lo hicimos, seguidos de un buen golpe de gente. Mientras caminábamos, Paca iba explicando el caso a la muchedumbre. Contaba la historia en estilo pintoresco, y consiguió poner de nuestra parte a todos los curiosos.
—La quieren emparedá pa comerse la guita, ¿sabéi ustedes? Mi señorita es rica, y un enano que asota toas las noches a un Cristo, ¡yo lo he visto con estos oho!, se quiere engullí los millones que le ha dejado mi señorito. A la fuersa la quiere meté monha ese perro; pero ella no quiere, ¿sabéi ustedes? Le guta ese señorito, porque es un buen moso y tiene buen aquel..., ¡porque sí, vamo!, y se casará con él, ¡vaya si se casará!, y le dará al roío enano pol tal. ¡Que no vaya a la gloria si yo mesma no le ayudo!...
Yo iba bastante avergonzado, y Gloria mucho más, como puede suponerse. Pero mi plan hasta entonces se desenvolvía con buen éxito, y esto compensaba hasta cierto punto aquella molestia. Por fortuna, llegamos pronto a la Inspección. Allí expuse con firmeza mi querella, apoyada por Gloria, y reclamé la intervención del juez. Al mismo tiempo mandé un recado al conde del Padul por medio de Paca. El juez, a quien se avisó, tuvo la atención de venir por tratarse de una señorita, y delante de él volvimos, como ante el inspector, a exponer nuestro litigio. El tenedor de libros también reclamó. Yo pedí, desde luego, el depósito de Gloria en lugar adecuado, y el juez lo decretó inmediatamente. Como nos hallásemos deliberando sobre esto, presentáronse Isabel y la tía Etelvina, y sin más dilaciones cogieron a Gloria y la hicieron montar en un coche con ellas, llevándola a casa. El conde no había podido venir a causa de su indisposición. En casa de él, como pariente y persona caracterizada, quedó, pues, depositada mi animosa Gloria.

XV
TROPIEZO DE NUEVO CON EL MALAGUEÑO
L escándalo fue grave y tuvo en Sevilla, con ser gran población, mucha resonancia. Los periódicos se apoderaron de él e hicieron comentarios nada halagüeños para la familia de Gloria. El conde dirigió una carta a su prima, donde cortés, pero enérgicamente, le manifestó que su sobrina no saldría de su casa sino para el altar, y aconsejándole que desistiera, por el buen nombre de ella y de la familia, de querer forzar la voluntad de la joven. No sé si a influjo de esta carta o por temor o vergüenza, doña Tula no dio un paso para reclamar a su hija. El odioso enano, su director, tampoco.

Comenzaron para mí días venturosos. El palacio de Padul se me abría a todas horas y siempre hallaba en él grato recibimiento. Se me consideraba ya como de la familia. Por las tardes, después de almorzar, me iba allá, y sentado o montado en una silla (que a tanto llegaba mi confianza), las veía coser o bordar y bromeábamos con alegría. Gloria, que se había puesto de un humor delicioso y hasta creo que engordó en pocos días, gozaba en hacer jugarretas a todo el mundo, pero muy particularmente a mí. La casa, un poco sombría por el abandono del conde, el humor tétrico de la tía Etelvina y el carácter débil de Isabel, había cambiado notablemente de aspecto. Estaba ahora riente, sonora, gozosa, merced al ambiente de franqueza y alegría que mi adorada esparcía en torno suyo. El conde paraba más tiempo en casa. La tía Etelvina, que acostumbraba pasar el día encerrada en su habitación, buscaba ahora la compañía de las jóvenes, y a menudo su rostro de piedra se contraía con una sonrisa al escuchar las salidas de la huéspeda. Hasta los criados servían con más agrado y eran más locuaces.
No dejaba de sorprenderme, sin embargo, aquella alegría y aturdimiento de Gloria. Parecíame que después de las tristes ocurrencias pasadas, en guerra abierta con su madre, con las miradas de la población fijas en ella, debía mostrar más reserva y circunspección. Asaltábanme tristes sospechas respecto a su carácter, y, reconociendo su irresistible atractivo, acusábala interiormente de frívola y ligera. Estas dudas me atormentaban, porque, al fin, pretendía hacerla mi esposa. Toda mi felicidad podía venir a tierra si a mi esposa le faltaba un poco de aplomo en el cerebro. «¿Será una mujer casquivana?», me preguntaba con miedo. Y cada vez la observaba con más atención, interpretaba escrupulosamente sus menores actos y palabras y me perdía en un mar de cavilaciones. Al cabo no pude menos de desahogarme. Un día le dije:
—¿Sabes que me sorprende que estés tan alegre estos días?
—¿Pues?—me preguntó, fijando en mí sus grandes ojos aterciopelados.
—Porque... yo presumía—aquí comencé a vacilar y turbarme—que después de una escena tan desagradable como aquella..., teniendo que reñir con tu mamá..., ibas a estar abatida, melancólica...
—¡Melancólica! ¿Por qué?... Lo estaría si me hubieran enchiquerado allá en el colegio... ¡Pero ahora! ¡Anda, hijo; pues si estoy como el pez en el agua! ¿No te veo todos los días? ¿No me dices que me quieres? ¿No vamos a casarnos?
—Bien...; pero creí que sentirías a tu madre.
—A mamá la quiero mucho; pero a ti te quiero retemuchísimo más... No te des tono, porque yo siempre he tenío muy mal gusto. Mi primera pasión fue un perro ratonero.
La verdad es que quien menos debía recriminar a Gloria por su alegría era yo. Sólo por una de esas aberraciones con que el sistema nervioso, excitado, nos atormenta, podía hallar mal una conducta que era el testimonio más convincente del entrañable amor que me profesaba.
Cambié de conversación; pero al poco rato, acometida, sin duda, de una sospecha, me dijo:
—Oye: ¿por qué te extraña que esté contenta?
—Por nada—respondí, sonriendo, con un poco de vergüenza.
—¡Ya!... Tú querías que hiciese un poco la comedia, ¿verdad? Que soltase algunas lagrimillas y me riese por dentro. Pues, hijo, si la quieres así, busca otra... Yo no sé llorar sin gana...
Procuré disuadirla, riendo, de su fundada sospecha, y loé de corazón su franqueza. ¿Cómo pude hallar censurable aquella naturaleza espontánea, sincera, rebosante de pasión y de alegría?
Pero las nieblas de la duda no se desvanecieron por completo en mi espíritu, harto suspicaz. Confesaba que Gloria tenía un corazón honrado, era una mujer sin dobleces y que me amaba de todas veras; pero... su carácter ligero seguía inspirándome algún temor. «Hoy me quiere; convenido—me decía—. Sería capaz de hacer por mi amor cualquier sacrificio. Pero en una mujer de tan viva imaginación, ¿será el amor duradero? ¿Podrá resistir a la prosa continuada del matrimonio? ¿No habrá miedo de que algún día esta vehemencia, este fuego, que es la esencia de su carácter la despeñen, tristemente para ella y para mí, sobre todo para mí?» Como éste era el fondo de mis cavilaciones aquellos días, no es extraño que le sacase la conversación a Villa. Una noche le dije en el café, hablando de las mujeres sevillanas:
—Amigo Villa, evidentemente estas mujeres son más graciosas y apasionadas que allá en el Norte, tienen más ingenio y saben querer de verdad...; pero me temo que no hagan tan buenas esposas como amantes.
Quería tirarle de la lengua. Y lo conseguí, con gran satisfacción por mi parte. El comandante hizo una defensa acabada y fogosa de la mujer sevillana. Según él, ésta es viva y ardiente, pero no vanidosa, lo cual suprime uno de los grandes incentivos, acaso el más capital, que la mujer tiene para caer. El fuego de su alma, al casarse, se convierte en ternura y abnegación. Exige que se la ame, no que se la adorne. El lujo en Sevilla no fascina, como en otras partes, al sexo femenino, y es porque la pobreza no se considera ridícula; la mantilla es una prenda que las iguala a todas. Aquí no se siente la diferencia de clases. La joven más encopetada por su nacimiento y fortuna alterna de igual a igual con otras muchachas que viven del modesto sueldo de su padre. Luego, por la tradición árabe quizá, la mujer casada vive casi siempre retirada. No se concibe que frecuente con toda libertad, como en las grandes capitales, los saraos, los teatros y paseos. El orgullo de la esposa es ser amada por su marido. Si éste es una mijita calavera, se me figura que le quiere más. Dicen que hay en ella algo de odalisca todavía; pero con una mujer que no exige más que se la acaricie tiernamente al llegar a casa, la vida es muy fácil y muy dulce. «Por lo demás—terminó diciendo el comandante—, esas mujeres de su país, más vergonzosas, más tímidas, más circunspectas que las nuestras, acaso sean más peligrosas.»
Callé, porque no quise hacer injuria a las mujeres de mi país; pero no me pareció descaminada del todo aquella idea.
Isabel consiguió que Gloria fuese alguna vez a la tertulia de las de Anguita, hacia las cuales seguía mostrando antipatía. Imagino que vino en ello por el gusto de demostrar su triunfo a Joaquinita, pues aún no se le habían desvanecido los celos por completo. Se había abandonado el patio por hacer ya demasiado fresco, y la reunión se trasladó a un salón contiguo. Los tertulianos, excepto el pequeño núcleo que ya conocemos, variaban constantemente. Ahora asistía casi diariamente una partida de cinco o seis muchachos de Antequera, al parecer estudiantes, gente de buen humor, socarrones y maleantes, que tramaban entre sí mil guasas, algunas de ellas de un color harto subido. Las de Anguita, como buitres al olor de la carne fresca (perdón por este símil; pero mejor sería como palomas al reclamo del cazador), acudieron a ellos, esperando hallar el novio apetecido, y abandonaron así mismo al resto de los asistentes. Ramoncita caminaba con cierta cautela, con la sonrisa en los labios y el escepticismo en el corazón, dispuesta a dejar el campo al primer contratiempo. Pepita, fiando siempre en su gracioso desenfado, rayano del cinismo. Joaquinita perseguía a uno de los antequeranos con incansable brío, con una firme voluntad de hacerle suyo, digna, en verdad, de admiración. Dejábanse querer los estudiantes, y con afectado ahínco, para ser sincero, las festejaban y hacían con ellas apartes prolongados que colocaban en posiciones desairadas a los demás que allí asistíamos. Comprendí que sería ridículo tomárselo a mal.
Una de las guasas de aquellos mozalbetes consistía en presentarse los martes siempre vestidos de rigurosa etiqueta, en forma y actitud enteramente diversas del resto de la semana, haciendo profundas reverencias al entrar, saludando a todos con gran ceremonia y llamando a Ramoncita duquesa; a Joaquinita, condesa, y a Pepita, baronesa. Esto causaba gran regocijo en la tertulia, no sé por qué, sobre todo a las niñas de la casa, que aceptaban los títulos. Durante la noche representaban su papel como damas de teatro cursi. Al señor de Anguita le llamaban el gran duque de Anguitoff, y el pobre viejo aceptaba, riendo, el título. Otra consistía en mostrarse celosos los unos de los otros y en obligar a sus respectivas damas a que declarasen en público sus preferencias. Si uno de ellos, convenidos entre sí anteriormente, regalaba una flor a Joaquinita, el amante de esta exigía que la arrojase al suelo y disimuladamente la pisase. El donante adoptaba un continente lúgubre y siniestro, y Joaquinita se asustaba, pensando que podría haber reyerta al salir de la tertulia. A su vez, ellos procuraban introducir la discordia entre las hermanas, dedicándose ora a una, ora a otra. Venían los consiguientes líos y desabrimientos, y en esto se divertían.
Pero lo que dio más juego fue cierto aparato de proyección o linterna mágica que uno de ellos compró para dar sesiones en la tertulia. Se colocaba una cortina blanca en el fondo del salón, se hacían apagar todas las luces (solía ser una) y comenzaba el experimento cuando todos se habían colocado convenientemente al lado de alguna niña. En seguida malicié de lo que se trataba, y más viendo que el que mostraba las vistas era siempre distinto, sucediéndose en esta tarea, que debía ser la más ingrata, por riguroso turno. Observé también que la noche en que, previo anuncio, se daba sesión de linterna, la concurrencia era mucho más numerosa. El que estuvo a punto de echar a perder aquel sabroso recreo fue el tío de Elenita, que en lo más interesante de él se puso a gritar, indignado, que le habían dado un beso. Nunca pudo saberse quién había sido el desdichado agresor.
No quise decir nada a Gloria; pero procuré con todas mis fuerzas que dejase de ir a aquella casa. Algo contribuyó también a hacérmela poco grata la escena inverosímil que una de aquellas noches presenciara en ella. Ha de saberse que el piano había desaparecido del salón. Cuando se notó la falta, Pepita, con su habitual despreocupación, nos dirigió el siguiente discurso:
—Señores, el piano era de alquiler: nos costaba tres duros cada mes. Como ya estarán ustedes enterados de que la casa de Anguita viene hace tiempo en decadencia y se encuentra en el día bastante escasa de metales preciosos, no extrañarán ustedes que, con harto dolor de nuestro corazón, porque somos muy artistas, hayamos tenido que prescindir de él. Si a ustedes les acomodara que lo hubiese para bailar, con abrir una suscripción y pagarlo estaba todo resuelto.
—Que se abra esa suscripción—dijo uno—. Yo doy dos pesetas.
—Que se abra... Yo no doy nada—dijo otro.
Pensé que todo aquello era pura broma. Así que mi estupor fue grande cuando observé que, efectivamente, a presencia de todos, se recogía el dinero. Me vi en la precisión de contribuir con un óbolo de dos pesetas, lo cual me llenó de indignación, no tanto por las dos pesetas cuanto por lo indecoroso del acto.
Pero en aquellos días había llegado el duque de Malagón, novio oficial de Isabel, y a ésta le gustaba exhibirlo en la tertulia. Era un jovencito de veinte a veintidós años, delgado, moreno, completamente insignificante. Enterado inmediatamente de que yo era el novio de Gloria y la especial situación en que nos hallábamos, me mostró simpatía algo pegajosa. Iba a buscarme para salir de paseo, tomaba café conmigo y con Villa y cuando salíamos de casa de Padul, nunca dejaba de acompañarme hasta la mía. Era bondadoso y simpático; pero tenía el aturdimiento y la petulancia de un adolescente. Todo lo zanjaba de golpe y porrazo; para él no había dificultades. Tan pronto me proponía facilitarme medios para marcharme con Gloria al extranjero, como hacer prender a don Oscar por conspirador carlista o pagar a unos gañanes para que le rompiesen la cabeza, etc. Sus proyectos eran siempre expeditivos y penables por el Código. Costábame trabajo sustraerme a sus importunidades, aunque le agradecía el interés que tomaba por mis asuntos. Creía hallarse enamorado de la condesita. Pronto comprendí que estaba en un error. El duque se casaba por hacer el hombre formal. Su novia le preocupaba menos que las dos jacas francesas que le habían llegado recientemente. Le placía que alabasen a Isabel, y se daba tono acompañándola en el paseo y bailando con ella todos los valses y rigodones que se tocaban en los saraos del Alcázar. Pero, cumplida la obligación del hombre formal, respiraba con libertad y me iba a buscar para jugar unas carambolas al billar, en lo que, sin duda, se deleitaba mucho más.
Villa andaba celoso de esta nueva amistad. Alguna vez me había dicho, con sonrisa forzada:
—¡Hombre, qué íntimos se han hecho usted y el duque en pocos días!
Yo alzaba los hombros con indiferencia y me reía de aquella amistad, que suponía debida exclusivamente al carácter infantil del duque. Trataba en lo posible de no herir la susceptibilidad del comandante, pues bien se me representaba que el pobre tenía una espina clavada en el corazón. Su rival, ignorando en absoluto que lo fuese (creo que si lo supiere sería lo mismo), le hablaba con toda cordialidad y hasta le distinguía mucho, por la razón de ser hombre hecho y militar. En cambio, Villa hacía esfuerzos visibles por parecer amable con él, aunque sin conseguirlo más que a medias. Alguna vez se le tiene escapada ésta y otras exclamaciones semejantes:
—¡Cómo me carga este chiquillo! ¡Parece mentira que usted le pueda sufrir tanto tiempo!
Había que perdonarle esta injusticia por lo que el pobre debía de padecer. Hasta pocos días antes de la llegada del duque había seguido obsequiando a Isabel. Esta no dejaba de coquetear con él y alentarle, cosa que nos tenía sorprendidos lo mismo a Gloria que a mí. Pero hacía ya algunos días que, desengañado tal vez, o por ventura para hacerse interesante, se dedicaba a una de las de Enríquez, que, con ser amiga y parienta de la condesita, le había recibido con los brazos abiertos.
Entonces observé que ésta procuraba atraérselo de nuevo, prodigándole aquellas sonrisas cándidas y bellas de querubín con que le había enloquecido a él y a otros muchos. Le hablaba con singular agrado y, aun delante del duque, le prodigaba atenciones que hubieran parecido mal a cualquier novio menos aturdido que éste. El comandante quería mostrarse insensible a este dulce reclamo, pero no podía. Veíasele rojo, tembloroso, cada vez que la condesita le llamaba para decirle algo. Era curioso observar la lucha que dentro de aquel hombre sostenían el entendimiento y el corazón. El primero le aconsejaba no apartarse de la de Enríquez, no mirar a la condesita; el segundo le exigía adorarla de rodillas, como siempre. Una noche, y tomando café en la Británica, me dio una sorpresa. Estábamos los dos solos frente a la mesa. Notábale distraído, preocupado, pero no triste. Sus ojos brillaban con un fuego especial de malicia y triunfo. A veces, sus labios se contraían con leve sonrisa inmotivada. Se conocía que deseaba hablar, desahogarse, y yo le busqué pretexto para ello en cuanto lo advertí. Le hablé del duque y le expresé mi sospecha de que no estuviese verdaderamente enamorado de Isabel.
—Al mismo tiempo—añadí—, ¿sabe usted lo que se me figura?... Que la condesita tampoco le profesa un amor muy entrañable...
La cara de beatitud que puso Villa al escuchar esta afirmación en mi boca, por poco me hace soltar la carcajada. Bajó la vista sonriendo, dejó escapar tres o cuatro chicheos, revolvió el café con la cucharilla, echó un sorbo, poniendo los ojos en blanco, y después de limpiarse los labios con sosiego, con el sosiego del hombre fuerte que va a hacer sentir en breve el peso de su valor, llevó la mano al bolsillo interior de la americana, y dijo, sacando una cartera, y de la cartera un sobrecito:
—Entérese usted de lo enamorada que está Isabel del duque.
Dentro del sobrecito, que despedía perfume penetrante, había una tarjeta y algunas hojas de rosa. La tarjeta decía: «Isabel de Montalvo, condesa del Padul», con corona encima. Al respaldo se leía en letra diminuta, pero clara: «Lo prometido es deuda.»
Volví a encerrarla en el sobre con las hojas y se la entregué, altamente sorprendido, a Villa.
—¿Qué le parece a usted?—me dijo, guardándola en la cartera con aire triunfal.
—¡Muy extraño! ¿Usted se las había pedido?...
—Nada más que una, de la rosa que llevaba en el pecho anteayer, en casa de Anguita... ¡Y esta mujer se casa el ocho de diciembre!
Me espanté del caso más de lo que debiera, porque comprendía que con ello le daba mucho gusto. La verdad es que la conducta de Isabel era inexplicable; pero aquello no tenía la extraordinaria importancia que Villa le daba, mucho más cuando en la tarjeta nada se decía que pudiera alentar sus pretensiones. Conseguí ponerle de un humor delicioso, asegurándole que la condesita sólo se casaba por presión de la familia o por razones de conveniencia. Su corazón, indudablemente, estaba en otro lado. Hasta le hice entrever un porvenir dichoso cuando hubiera por medio un editor responsable. En aquel momento mentía yo como un bellaco, porque, en mi concepto, si Isabel no estaba enamorada del duque, por lo menos lo parecía. A Villa tenía la absoluta seguridad de que no le amaba.
—Si yo mandase esta tarjeta al duque—dijo con profunda emoción—, la boda quedaría deshecha... Pero no lo haré, porque soy hombre de honor. De las mujeres me vengo de otro modo.
Convine con él en que era cierto que tenía entre sus manos aquella egregia boda, y aplaudí calurosamente su nobleza. Esta ilusión de ser un hombre de alma generosa y heroica acabó de hacerle feliz. Mandó por cigarros habanos y me regaló un puñado de ellos.
* * *
A la tertulia de Anguita seguía asistiendo con bastante puntualidad mi ex rival Daniel Suárez. Desde la tarde aquella de la excursión a La Palmera, en vez de aumentar su hostilidad hacia mí, decreció notablemente. Con buen acuerdo, sin duda, comprendió que la lucha era imposible, y renunció a ella. Hasta me dio una explicación cierta tarde que me tropezó en las Delicias y se emparejó a pasear conmigo.
—Aunque a uzté le dizguzte, voy a pacear con uzté un ratiyo.
—¡Disgustarme! ¿Por qué?
—Porque uzté me aborrece..., confiézelo uzté...
—Pues, en efecto, no le tengo mayor simpatía; bien lo sabe usted.
—Mientra hemos zido rivales, ez natural que zucediese... ¡Pero ahora que me ha vito uzté caer en la mizma cuna y por do vece recogío...!
No pude menos de sonreír. Comprendí que tenía razón. Habló con la mayor franqueza de su posición y recordó todos los pasos que había dado para agradar a Gloria, haciendo burla de sí mismo con bastante gracia.
—Bazta de ezo... He eztao zacudiendo el árbol, y la naranja no ha caío... Uzté no ha hecho má que tocarle y ze le ha venío a la boca... Buen provecho le haga.
El triunfo me hizo generoso. En un momento olvidé lo que aquel hombre me había hecho rabiar, y se borró mi antipatía. Después de la escena violenta que dio por resultado la salida de Gloria de su casa, Suárez me dio la enhorabuena cordialmente y mostró interés porque aquel estado de cosas durase lo menos posible y viniese la boda cuanto más antes. Lo mismo en casa de Anguita que cuando nos tropezábamos en la calle, charlábamos como buenos y antiguos amigos; tanto, que una vez, que confidencialmente reíamos en un rincón, exclamó Pepita, al cruzar por nuestro lado:
—¡Tiene grasia! Hase poco querían ustedes matarse, y ahora...
—Y ahora noz estamo dando la lengua, ¿verdá, prenda?—replicó Daniel con su inveterado cinismo.
A Gloria le sorprendía un poco aquella repentina intimidad; pero no hacía gran caso de ella. En el fondo, el malagueño le era por completo indiferente. Este convencimiento, que recabé de mis observaciones, fue lo que más contribuyó, como puede suponerse, a que se borrase mi antipatía. Daniel era un compañero malévolo, a quien no se podía profesar estimación, pero ameno. Su lenguaje, harto cínico, no dejaba de tener gracia; su escepticismo despreciativo salpicaba con picantes especias la conversación. Tenerlo siempre al lado sería aburridísimo, porque no hay nada que fatigue tanto como los hombres predispuestos a burlarse de todo; pero de cuando en cuando sus murmuraciones, removiendo las heces que todos tenemos en el alma, despertaban la alegría. A Villa y al duque les caía en más gracia que a mí.
Cierta noche le tropecé en el teatro. Hablamos en los entreactos y me citó para irnos a beber a la salida unas cañas. Gloria no asistía al teatro por ciertos miramientos bien comprensibles. Me encontraba libre, y acepté con gusto su oferta. Salimos, pues, juntos, y haciendo comentarios sobre las actrices, bastante escandalosos por cierto, dirigimos nuestros pasos a una tienda de montañeses que Suárez conocía en la plaza del Pan. Entramos, pasamos por en medio de varios parroquianos y fuimos a sentarnos en un cuartito de la trastienda, alumbrados por una lámpara de petróleo colgada de la pared.
El dueño, grande amigo de Daniel, nos sirvió por sí mismo boquerones fritos y japuta, poniéndonos al lado un par de botellas de manzanilla. Suárez estaba muy contento, y comía y bebía bravamente. No lo hacía yo mal tampoco. Las niñas de Anguita y su original papá nos servían de tema inagotable de conversación. Pidiose otro par de botellas.
—¿Zabe uzté cómo llaman las monjas en mi país a este pezcao?—me preguntó mi compañero, cortando un trozo de japuta y llevándoselo a la boca.
Le miré sin contestar:
—El pezcao del nombre feo.
Y dejó escapar al mismo tiempo aquella risita equívoca, parecida a un chillido nacido y apagado en la garganta y que era en él la suprema explosión de alegría.
—Ya zabe uzté cómo ha de decirle a zu monjita que ha comío japuta—añadió.
Confieso que el sacar a cuento a mi novia me hizo malísima impresión. Me contenté con sonreír levemente y traté en seguida de cambiar de tema. Pero él insistió al cabo de un momento:
—¿Y cuándo se caza uzté, compare?... Ezo huele ya a puchero de enfermo.
—No sé cuándo me casaré ni si me casaré—respondí, bastante secamente.
—Todo ezo es mojama, amigo. ¡Ahora que tiene uzté los dos milloncetes en el borziyo, viene uzté con remilgos!
Sentí aquella frase como un bofetón en la mejilla, y le dije, frunciendo el entrecejo, en tono áspero:
—Ruego a usted, Suárez, que no siga en ese camino, porque vamos a reñir. No tolero bromas sobre tal asunto.
El malagueño volvió a reír, diciendo con protección:
—Vamo, no ze críe uzté bilis, ahora que está uzté en vízperas de ser feliz.
—¡Nada, nada: lo dicho!—repliqué, con las mejillas encendidas ya y con acento más imperioso.
—A la zalú de uzté y de zu gachona—dijo por toda contestación, sorbiendo una caña.
Cambiamos de conversación, y volvió a reinar la alegría y cordialidad. Bebimos el otro par de botellas. Noté que cada vez hablábamos más alto, y sentí en el rostro un calor extraordinario. El de Suárez permanecía tan sereno y cetrino como siempre. Sólo sus ojuelos, siempre vivos, parecían bailar ahora arrebatadamente. Dije que en aquel cuartucho hacía demasiado calor, y me levanté para quitarme la americana, pero al hacerlo observé que la habitación se bamboleaba.
—¿Sabe usted que estoy un poco mareado?... El humo de los cigarros y el calor que aquí hace... ¿Quiere usted que salgamos a refrescarnos?
Daniel se levantó a su vez; me prohibió pagar, porque tenía allí cuenta abierta, y salimos a la calle. Bajamos a la de las Sierpes, única donde quedaban aún ciertos residuos de animación. Había algunos cafés abiertos. Al través de los cristales veíamos a los rezagados parroquianos gesticular delante de las mesas, aunque ninguna palabra llegaba a nuestros oídos. La noche era espléndida, como casi todas las de aquella venturosa región. Estábamos a últimos de octubre. Suárez se quejaba de que estaba un poco fresca. Para mí, hombre del Norte, aquello era una temperatura deliciosa, y no me subí siquiera el cuello de la americana, como hizo mi compañero. Sentía la cabeza caliente; me quité el sombrero y caminé con él en la mano. Suárez me propuso dar una vuelta por el muelle, y yo accedí gustoso porque sentía la necesidad de despejarme.
Comenzamos a discutir sobre política con calor. Seguimos todo el paseo de las Delicias, enteramente solitario a tales horas, y cuando nos cansamos de caminar hacia abajo, dimos la vuelta por el muelle. En una de las pocas pausas que hicimos, Daniel dijo de pronto:
—Diga uzté, amigo: ¡zupongo que ahora podré enjabonarme las manos de balde!
—¿Pues?
—¡Como uzté va a zer el dueño de una fábrica de jabones...!
—¡Ah, sí!—exclamé, sonriendo crispadamente.
No sé por qué, aquella noche me molestaba de un modo horrible cualquiera alusión a mis amores. Suárez, o por imprevisión o por malicia, cometió la falta de insistir:
—La barbiana vale máz que la fábrica, aun... para un andaluz. A uzté, como ez gallego, le guztará más la fábrica.
Sin aguardar más, a mano vuelta, según íbamos caminando emparejados, le dirigí una tremenda bofetada, que le hizo caer sobre los vagones estacionados sobre la vía del muelle. Me pareció entonces que me había dicho la injuria más atroz que a ningún ser humano puede dirigirse. Y, no contento con esto, me arrojé sobre él con rabia, dirigiéndole con los golpes mil denuestos:
—¡Canalla! ¡Granuja! ¡Tío indecente!
Suárez, repuesto un poco, me echó las manos al cuello, y comenzamos a forcejear furiosamente. Los dos estábamos bastante cargados de alcohol; pero yo era más alto y más fuerte. Pronto conseguí separar las manos de mi enemigo, que me oprimían, y le abrumé a mojicones. Mas, de repente, vi brillar un arma en su mano, y casi al mismo tiempo sentí hacia la cadera como la impresión de un alfilerazo.
Me arrojé de nuevo sobre él y le sujeté la mano en que tenía la navaja.
—¡Cobarde, suelta esa navaja!—le decía.
Y dábamos vueltas por el muelle, sin hacernos cargo de que estábamos a la orilla del agua. En una de estas vueltas me falló un pie y caí al río, no sin arrastrar conmigo al malagueño. No le vi más. La impresión del agua fría apagó la calentura de ambos. Solté las manos y el primer pensamiento de los dos al salir a la superficie fue el de salvar nuestras preciosas existencias. Cada cual nadó por su lado.
Al ruido que habíamos hecho habíanse despertado algunos marineros que dormían en los barcos anclados, y acudió también la pareja de carabineros que estaba de vigilancia. Diéronse voces de socorro; prodújose el alboroto consiguiente. A mí me sacaron en vilo dos marineros que habían saltado en un bote. A Suárez fueron a sacarle un poco más lejos, por las escaleras mismas del muelle.
Pero al poner el pie en el bote me encontré con que no podía mantenerme derecho.
—Estoy herido—les dije—. Háganme el favor de llevarme a casa.
Subiéronme al muelle, y se vio que, en efecto, destilaba sangre por una cadera. Entonces los carabineros prendieron a Suárez, y uno de ellos le condujo a la Inspección. A mí me transportaron a la botica más próxima; se llamó al boticario, que dormía; bajó éste y examinó la herida. Era mayor de lo que yo pensaba. Me hizo la primera cura provisional y mandó que inmediatamente me trasladasen a la cama y se avisase al médico. Lleváronme en una silla hasta casa. No fue pequeño el susto que allí hubo al verme entrar de aquel modo. Los huéspedes se levantaron, y todos se pusieron en movimiento para socorrerme. Matildita se hizo merecedora de mi gratitud eterna por la actividad prodigiosa que desplegó en atenderme, a pesar de hallarse la pobrecita muy asustada.
Antes que el médico forense y los otros que, por diferentes conductos, habían sido llamados, vino el juez a tomarme declaración. Procuré hacer con ella el menor daño posible a Suárez. Dije que éramos amigos íntimos, que habíamos bebido más de la cuenta y, disputando en el muelle por cuestiones insignificantes, nos habíamos pegado; que Suárez había sacado una navaja para defenderse, porque yo era más fuerte, y que me había precipitado sobre él, saliendo herido en el encuentro.
La conciencia me obligaba a hacer esta declaración, pues yo le había agredido por leve motivo, teniendo en cuenta que hablaba en broma. Sin embargo, más adelante pensé que bien podría haber sido preparada aquella escena, porque el malagueño era hombre malintencionado y vengativo. En el día en que esto escribo aún no sé si, en efecto, me llevó al muelle con objeto de buscarme camorra y herirme o matarme, o todo fue resultado del manzanilla que teníamos entre pecho y espalda.
La herida, aunque bastante profunda, no había interesado ningún órgano importante. El único peligro, según el médico, hubiera sido la hemorragia; pero ésta se cortó, afortunadamente, por el baño imprevisto de agua fría que me di. Sin embargo, me levantó bastante fiebre y me obligó a permanecer en cama nueve días. Al siguiente de mi percance mandé un recado por Villa a Gloria, participándole lo que me había sucedido. Por la tarde, ella, Isabel y el conde se presentaron de improviso en mi cuarto. Tuve una alegría inmensa y más cuando Isabel me dijo en voz baja que Gloria había tomado la iniciativa en aquella visita.
Cuando entró estaba pálida y tenía los ojos hinchados de llorar.
Después que me oyó hablar, el susto dio paso a la indignación. Rompió en denuestos contra mi agresor:
—¡Qué cobardía! ¡Qué vilesa! ¡Herirte ese tío de las patas tuertas! Callaba, y después de un rato volvía a exclamar, con rabia:
—¡Atreverse ese tío de las patas tuertas!...
Por lo visto, mi novia pensaba que el agravio habría sido menor si el adversario hubiera tenido las piernas derechas.
El conde, viendo mi estado relativamente satisfactorio, se opuso a que se telegrafiase a mi padre, para no alarmarle.
Y, en efecto, a los nueve días pude levantarme, y cuatro después salir a la calle y terminar, como se dirá en el capítulo siguiente, la aventura amorosa que constituye el fondo de esta verídica narración.

XVI
EN QUÉ PARÓ LA HERMANA SAN SULPICIO
ENSANDO en los medios de unirme pronto a Gloria, antes del suceso que acabo de narrar se me había ocurrido una transacción con el maldito enano. Como yo tenía la certidumbre de que éste era el único causante de nuestros males y sospechaba que la razón de oponerse a nuestro casamiento y el empeño de hacer monja a Gloria estribaban en el interés, imaginé que podíamos llegar a un acuerdo. Verdad que acaso pudiera alcanzar la meta de mis deseos sin necesidad de componendas, porque la actitud, pasiva hasta entonces, de doña Tula lo hacía verosímil. Pero ¿quién me aseguraba que de la noche a la mañana no cambiasen totalmente las cosas? Aunque no pudieran encerrar a Gloria en el convento contra su voluntad, porque las autoridades estaban ya sobre aviso, al matrimonio podía oponerse la madre mientras no fuese mayor de edad. Ahora se encontraban, lo mismo ella que don Oscar, amedrentados por la escena escandalosa de la puerta del convento y por la actitud firme del conde del Padul, que inspiraba general temor por su posición y carácter. Mas, si llegaban a vencer este miedo, lo mismo del conde que de la opinión pública, volvería a encontrarse en grave aprieto. Aunque no consiguiesen otra cosa que aplazar el matrimonio, ya era bastante para mi anhelo, que cada día iba siendo mayor. Además, en esta dilación había peligro. Gloria era muy celosa, y cualquier insignificante pretexto podía levantar una reyerta como la de marras y dar al traste con mi felicidad. Sin contar con los acontecimientos imprevistos a que todos nos hallamos sujetos, y más los que esperan con afán cualquier bienandanza.

Pesaban estas consideraciones de tal modo en mi ánimo, que me vino la idea de abandonar en las garras de don Oscar, como precioso vellón, la mitad de la dote de Gloria, con tal de unirme pronto a ella y obtener la otra mitad. Confieso que este proyecto duró poco tiempo en la cabeza. ¡La mitad de la dote! ¡Cincuenta mil duros! La idea de desprenderme (los conservaba ya como míos) de esta cantidad exorbitante de duros me produjo tal desasosiego que la abandoné presto por insensata. Y de un golpe rebajé la cifra a la mitad. Si la dejaba de los dos millones veinticinco mil duros, bien podía darse por contento y facilitarme todos los medios para que el cura nos bendijese cuanto más antes. Pero, aunque duró mucho más, tampoco este arreglo consiguió echar hondas raíces en mi espíritu acongojado. Veinticinco mil duros tampoco son un grano de anís. Poníame a considerar la renta que de esta cantidad, bien administrada, se podía obtener, y me aturdía. Colocadas allá, en Bollo, con buenas hipotecas, podían dar cuarenta mil reales al año, sin manchar la conciencia.
Volví a rebajar la mitad. Me parecía que doce mil duritos no eran de despreciar por quien nada tenía que ver con ellos, máxime cuando no se le compraba ningún servicio extraordinario, sino tan solo que se callase y dejase hacer. Para no volverme atrás de este propósito, hablé del asunto al conde. Si tuviera mucho tiempo para rumiarlo, es casi seguro que concluiría por vacilar y arrepentirme; me conozco bien. No le dije a don Jenaro mi plan concreto; le hablé únicamente, en términos vagos, de convenio amistoso con la madre de Gloria, para lo cual no tenía inconveniente en ceder algunos de mis derechos.
Halló razonable mi pensamiento, y me prometió entender en el negocio y llevarlo a feliz remate. Pero ya sabía yo, por experiencia, lo que eran las promesas del conde. Lo que no se refiriese directa o indirectamente a sus placeres, le interesaba tan poco que podía esperarse sentado a que diera los pasos necesarios. Y así sucedió, como temía. Pasábanse los días, y nada me comunicaba de sus gestiones.
Yo no le hablaba de ello, porque temía impacientarle, y no me convenía por ningún concepto ponerme mal con él. Al cabo, al entrar un día en su casa, exclamó, como enfadado consigo mismo:
—¡Caramba! ¡Siempre se me olvida que tengo que ir a casa de mi prima Tula!... Pero no tenga usted cuidado, que de mañana no pasa...
Transcurría el día siguiente, y otro después, y otro, y otro, sin que el viejo calavera se acordase de mi asunto más que de la muerte. Imagino que hubiera tenido toda la vida a Gloria en casa sin inconveniente mejor que molestarse en buscar solución a aquel conflicto. Isabel se mortificaba viendo mi impaciencia; pero tampoco se atrevía a insistir mucho con su padre, por temor a uno de esos movimientos de feroz desdén con que zanjaba todas las dificultades cuando le apuraban. En fin: que comprendí que debía tomar yo mismo la iniciativa y buscar aparejo para salir de aquella situación molesta. Decidime a dirigir una carta a doña Tula, sin advertírselo a Gloria. Temía que su orgullo me obligara a desistir. Después de tres o cuatro borradores, escribí una carta habilísima (dispénsenme la inmodestia), ni humilde ni altiva, clara, correcta y metódica. Como que, más que a doña Tula, iba dirigida al enano sinóptico, que era seguramente quien habría de contestarla.
Y bien conocí su estilo en la que, a los tres a cuatro días, recibí de mi futura suegra. Era un modelo de epístolas razonadas, metódicas y hasta simétricas. Principiaba dividiendo la mía en tres grandes secciones. En la «primera» se comprendía lo referente «al supuesto propósito de hacer monja a Gloria contra su voluntad», de que yo hablaba; en la «segunda» entraba el permiso para contraer matrimonio; en la «tercera», todo lo relativo a intereses, y la posibilidad de una entrevista y convenio amistoso. Estos tres capítulos los subdividía doña Tula, o, lo que es igual, el enano, en varios párrafos, igualmente numerados. Las palabras subrayadas, y había bastantes, lo estaban con tiralíneas.
De todo esto saqué en limpio que, con el escándalo y la perspectiva de matrimonio, estaban bastante más blandos. Al punto de la entrevista, que era, sin duda, el más interesante, me respondía que estaba dispuesta a concedérmela, con tal que fuese solo. «A la hija ingrata y desobediente no quería verla más en casa.» Además, había de ser a presencia de don Oscar. No tuve inconveniente en suscribir estas condiciones, que ya de antemano presumía. Quedé citado para el día siguiente, a las ocho de la noche.
Aquella tarde di conocimiento a Gloria de mi intriga. Al pronto se enfadó y me llamó hipócrita y pastelero, rechazando con energía toda idea de concierto con quien tan inicuamente se había portado con ella. La dejé desahogarse, como solía hacer en estos casos, y a los pocos momentos ella misma volvió sobre sí, sin costarme palabra alguna, aplacando su enojo y suavizando bastante la aspereza de sus conceptos. Cuando, al fin, le dije:
—Hay que considerar que es tu madre, y con una madre no hay humillación posible.
La vi enternecerse; los ojos se le arrasaron de lágrimas, y exclamó, queriendo reprimir los sollozos con un esfuerzo:
—A mi madre la quiero con toda mi alma, y la perdono... Está embaucada... Si no lo estuviera, no haría conmigo lo que ha hecho... ¡Pero a ese tío brujo, que ha de arder en los infiernos, nadie le corta el pescuezo más que yo!
Y, detrás de las lágrimas, brillaron sus ojos africanos con un fulgor siniestro, que hacía verosímil la promesa.
Todo el día siguiente lo pasé concertando mi plan diplomático de ataque. Debía aprovechar aquella repentina blandura, ocasionada por los últimos sucesos, para arrancar de doña Tula y su director todas las ventajas posibles o, mejor dicho, que no me arrancasen a mí las que de derecho me correspondían. Preparé mi discurso de introducción y las respuestas que había de dar a las objeciones que, en mi concepto, podían hacerme. Repetime más de cien veces que lo más esencial en la próxima conferencia era no alterarse bajo ningún pretexto, escuchar con absoluta calma cualquier impertinencia y obligarlos por la astucia a ceder y transigir en lo que me importaba. No había necesidad de tantas interiores recomendaciones, porque la Naturaleza me ha hecho bastante diplomático. El espíritu dúctil y fijo de mi raza nunca se ha desmentido en los actos trascendentales en que me he visto precisado a intervenir.
Cuando llegaron las siete y media de la noche, me vestí aquella famosa larga levita que tanto odiaba Gloria, pero que juzgué muy del caso en estas circunstancias. Púseme el sombrero de copa alta y una chalina severa de raso negro, y metiéndome los guantes salí de casa y me dirigí con todo el aspecto de un embajador a la morada de mi futura suegra. Fui retardando el paso, para llegar a la puerta a las ocho en punto; ni un minuto más ni uno menos. La criada que salió a abrirme, y que me conocía del tiempo en que yo era dependiente de la casa, me acogió con alegría y quiso entablar conversación; pero la corté con un gesto grave, preguntándole con toda solemnidad por la señora doña Gertrudis Osorio, viuda de Bermúdez.
—Sí, señorito..., le está a usted esperando.
Y me introdujo en aquella sala discreta, misteriosa, donde tantas noches había resonado el leve murmullo de mi charla amorosa con Gloria. Miré otra vez con enternecimiento el alféizar de aquella ventana en que mi adorada se sentaba; pero al instante volví en mi acuerdo, juzgando que no era hora de enternecerse ni pensar en niñerías, sino de aguzar el ingenio y dar gallarda muestra de ser tan buen dialéctico como poeta.
Sobre la consola ardían dos quinqués con sendas pantallas, que no les permitían alumbrar más que el suelo, dejando envuelto en media luz y muy tenue el resto de la habitación. Al poco rato de estar allí sentí el taconeo de unos pasos, y doña Tula y don Oscar llegaron al mismo tiempo a la puerta. Éste se hizo a un lado y dejó pasar respetuosamente a aquélla, siguiéndola y empujando la puerta tras sí, con objeto sin duda, de no ser escuchados por la servidumbre. Hice dos profundas y consecutivas reverencias a uno y a otro, que me había ensayado al espejo: los pies juntos, el rostro grave y majestuoso. Sabía cuánto influye el aparato de las formas para imponer respeto, y pude notar en seguida que mis cortesanos saludos habían hecho su efecto. Don Oscar se inclinó también gravemente, y doña Tula, bastante confusa, me preguntó por la salud y me invitó a sentarme. Después que los tres lo hicimos: doña Tula en el sofá, a guisa de presidente; don Oscar y yo en los sillones de los lados, principié, en tono mesurado, mi aprendida peroración.
Las primeras palabras de ella fueron dirigidas a dar las gracias a la señora por la cortesía que usaba recibiéndome en su casa. Tuve ocasión, a este propósito, de deslizar algunas lisonjas que le supieron a almíbar a mi futura mamá, como luego pude conocer.
Entrando después en el asunto, me mostré enteramente seguro de casarme con Gloria. Lo di como cosa indiscutible. Para dar fuerza a estas afirmaciones, hice presente que aquella cumpliría los veinte años dentro de seis meses, que con tres más que la ley exige para esperar el consejo paterno, sumaban nueve. A los nueve meses, pues, nos hallábamos en libertad de unirnos. Pero... (aquí bajé los ojos y me abrí de brazos con ademán tan modesto, tan compungido, que lo envidiaría un gran actor); pero yo sentía tal dolor en llevar a cabo aquel matrimonio contra la voluntad de la madre de la que iba a ser mi esposa, una señora que por tantos conceptos era merecedora a nuestra veneración y cariño (golpe de incensario en este punto), que temía no hallarme con valor para realizarlo. Hice gala de mis sentimientos honrados, de mi profundo respeto a los lazos sagrados de la familia. Protesté de que primero que consentir que Gloria faltase a la obediencia y sumisión que a su madre debía, sería preferible para mí renunciar a su mano. Al llegar aquí manifesté que traía de ella encargo expreso de pedirle humildemente perdón. No venía en persona a pedirlo por el temor de no ser recibida. (Si Gloria hubiese escuchado esta parte de mi discurso, de seguro que me araña.)
Pasé luego a la cuestión de intereses, y aparecí generoso, desprendido. Este asunto, para mí, era muy secundario. Aunque no podía llamarme rico, como era hijo único tenía más que suficiente para vivir con modestia. La fortuna de Gloria no me interesaba mucho. Sabía que estaba perfectamente administrada, y tal seguridad me obligaba a mostrarme indiferente y descuidado respecto de ella. Esta fue la parte del discurso que peor dije. Era la menos sentida.
Cuando terminé, doña Tula se apresuró a manifestarme, con su vocecita dulce, que no me guardaba ningún rencor, que le parecía una persona muy decente, y que lo único que sentía era que hubiese tenido la desgracia de enamorarme de su hija. La miré con sorpresa, y eso que venía resuelto a no asombrarme de nada, y respondí que, lejos de considerar como una desgracia el haber tropezado con Gloria, lo tenía a gran ventura, y me creía obligado por ello a dar gracias a la Providencia, sobre todo el día que nuestra unión se realizase. Mirome fijamente, con ojos compasivos, la diminuta señora.
—¿Cree usted de verdad que le hará feliz mi hija Gloria?
—¿Por qué no, señora?
—Mucho le agradezco esa buena opinión que tiene de mi niña. ¡Los padres gozamos tanto cuando oímos elogiar a los hijos de nuestro corazón!... ¡Pobresito! Se conoce que tiene usted buenos sentimientos. ¿No es verdad, don Oscar, que nuestro amigo Sanjurjo tiene un alma muy buena?
Aquellas reticencias respecto a Gloria, con que no contaba, me molestaron más aún que el discurso de don Oscar, que se apresuró a tomar la palabra, diciendo:
—No estoy conforme con casi nada de lo que acaba de decirnos este caballerito. Ha hablado bastante, y a pesar de traerlo aprendido de memoria, he observado mucha confusión y mucho desorden en su perorata. Ha pronunciado frases, muchas frases; pero ideas razonables y serias he hallado muy pocas. En primer lugar, este caballerito nos habla de su matrimonio con la desdichada hija de doña Tula como de cosa resuelta y juzgada, sin tener en cuenta que su madre puede reclamarla al instante y hacerse cargo de ella en tanto no cumpla los veinte años. Para entonces, ¿quién sabe si se habrán modificado sus ideas? Después de esta afirmación, que considero atrevida y un poco desvergonzada, nos habla de sus sentimientos honrados, de su respeto a la autoridad paterna y de otra porción de cosas por el estilo, que son en su boca risibles. El que ha entrado en esta casa usurpando un nombre para mejor engañarnos; el que se ha vendido por amigo y dependiente de la casa para seducir a la hija de su dueño; el que ha tenido la osadía de oponerse con el revólver en la mano a que se cumpliese la voluntad de una madre, produciendo un escándalo en la calle, no debe venir hablándonos de sus sentimientos, porque ya los conocemos bien. Este caballerito ha visto una joven que le han dicho que es rica y huérfana, y ha abierto el ojo. Quiere a todo trance hacer fortuna, y no repara en llevar la discordia y la desolación a una familia. Le prevengo, sin embargo, que todavía no ha caído en sus manos. Si esta excelente señora quiere seguir mi consejo, no sólo no concederá el perdón a su desobediente hija, sino que mañana mismo la reclamará. Veremos si, a pesar de la protección de su magnate (que más le valiera atenderse a sí mismo), no se cumplen las leyes.